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En átomos volando
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En aquel interior, el recorrido del cable que pendía de la mitad del techo

terminaba en una bombilla de sesenta vatios. El color amarillento de la débil

iluminación aparecía entre el humazo, mezclándose con un fuerte olor a

grasas. En ese ambiente, tan oscuro y medieval, la pestilencia formaba, por el

encierro, una melaza de bruma.

En medio de las mesas, sentados entre los numerosos trabajadores de

las construcciones vecinas, Johny y Beto miraban pasar las sopas color pollito,

repletas de pastas y de papas.

Impacientes, los dos muchachos esperaban en el restaurante de un

chino, personaje de quien no sabemos nada sobre las oscuras razones, ni

sobre el porqué o el cuándo, había llegado algún día al país.

Almorzar en ese chuzo era barato. La comida era abundante, por eso

estaban allí. Entre la agitación cotidiana de la gente entrando o saliendo al

medio día, el oriental desde el mostrador ordenaba, y con el dedo índice hacía

volar los platos. Sobre los comedores, las bandejas aterrizaban cargadas con

montañitas de arroz y diversos colgandejos, algunas verduras, huevo y carnes

mechadas.

El comedero estaba ubicado en una calle del centro más bien escondida,

la cual vivía a perpetuidad llena de charcos sucios de porquerías y aceite. La

misma esquina era conocida porque, en las noches, la actividad más normal

que allí se desarrollaba era el hurto, y en general el atraco a mano armada.


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Aunque a la hora de la merienda no eran usuales esos problemas pues los

maleantes - así como también los sanos - estaban todos ocupados tragando.

Fuera de los villanos y de los modestos trabajadores que llegaban a

merendar al establecimiento, era cotidiano ver además, en esa misma

atmósfera, otras glotonas personalidades. Entre las once y media de la mañana

y las dos de la tarde allí se podían encontrar funcionarios de orden menor del

estado, emboladores con betún en mano y estudiantes de bachillerato o de

universidad que, perdidos en la termodinámica de la villa, buscaban

afanosamente como gastar en comida lo mínimo necesario.

Al final de la mañana, en ese paraje sombrío cuyo olor, con el tiempo, ya

les era familiar, Johny y Beto se encontraban sobre las sillas, frente a frente,

los brazos cruzados, un poco encorvados, los pies torcidos e incómodos bajo la

mesa.

Comenzaban a amodorrarse. Los morrales que habían dejado tirados a

un lado hacían evidente que realizaban estudios y efectivamente así era, ya

que ambos estaban matriculados en una de las principales universidades

públicas de la nación.

Beto hacía, para ese entonces, quinto semestre de antropología y Johny

cursaba cuarto de Ingeniería Civil. Se habían conocido en la universidad, desde

hacía más o menos dos años, dándose la grata oportunidad de volverse

compinches en la vida, pese a que suele decirse que los ingenieros y los

antropólogos no tienen nada que hacer en el mismo saco.

Sin embargo, a los dos les gustaba los mismos géneros de música Rock.
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Además, habiendo sido educados con esfuerzo de las familias en buenos y

privilegiados ámbitos, juntos pertenecían a esa elite de personas, en las cuales,

los viejos y la sociedad depositan, aún hoy en día, la esperanza de un mejor

futuro para el país.

En ese momento sin hablar y con el estomago apurado, los dos jóvenes,

apachurrados, observaron como el propietario chino desde el vestíbulo movía

el brazo y encendía con el control remoto la gran pantalla. Segundos después,

todos los parroquianos, masticando desde las mesas, voltearon la mirada hacia

una de las esquinas superiores del restaurante.

Iban a pasar la emisión de noticias de las doce y medía.

La televisión, un poco chueca, arriba era sostenida por unas varillas

dobladas y amenazaba con caerse y aplastar a alguien que estuviera - pobre

ingenuo - sentado en la mesa, justo abajo del aparato. Esto, aunque posible,

era juzgado por el chino como matemáticamente improbable: “No había por

qué temer”, parecía decir con la mano.

Iniciado el noticiero, luego de la presentación y de la tanda de

comerciales, ese viernes todo en las primicias tenía el aire de ser normal. La

gente mientras comía vio los mismos veinte o cuarenta muertos de la jornada

militar matutina, y las demás actividades festivas y feriadas que transcurrían

con confianza en el porvenir y sin mayor contratiempo en el país.

No obstante, durante el transcurso de la emisión, una particular

información acaparó la atención pasajera de los comensales. Se trataba de

algo más bien curioso y hasta peculiar: corrían rumores de que, esa mañana, el
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gobierno de España acababa de advertir a nuestra nación, sobre ciertas

aspiraciones creadas en torno a la propiedad legítima de una antigua y

conocida estatua. Una joya artística y religiosa de la época colonial. Se tratada

de un Cristo situado en una importante iglesia del centro de la capital y el cual,

súbitamente, se descubría reclamado por la península ibérica.

Cuando la mesera llegó por fin llevando en sus manos los humeantes

platos de sopa, por instantes, distrajo la atención de los jóvenes concentrados

para entonces en las declaraciones del asunto. Mirando a la dama y apurados

por continuar atentos a la pantalla, ambos le pidieron para el seco que les

trajera pollo, pues la otra opción – que ese día era sobrebarriga - no les llamó

mucho la atención. Para completar el pedido, Beto apeteció que le cambiaran

la verdura por tajaditas de plátano y Johny preguntó si había ají o salsa de

tomate. Entonces, mientras que la mujer anotaba y ponía en un papelito la

suma sobre el mantel de la mesa, ellos volvieron de nuevo la mirada hacia el

televisor.

La efigie requerida por el antiguo reino de Castilla era una pequeña

escultura, una obra maestra del barroco latinoamericano, el redentor en su

cruz. Ésta hubiera sido una de aquellas estatuas santas y comunes, utilizadas

para la devoción y la queja de los feligreses, si no fuera porque se decía que

precisamente a esta representación en particular con el paso del tiempo el pelo

le crecía “automáticamente”.

Así era corriente desde épocas remotas ver llegar al templo el

peregrinaje de gentes procedentes de las cuatro esquinas del país asomando a


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pedir favores, pues se consideraba unánimemente que como a aquel

Jesucristo el cabello le crecía, la escultura era, sin lugar a dudas, una estatua

milagrosa.

Cuando la señora regresó con los platos del seco a la mesa, los

muchachos nuevamente voltearon a mirarla. Ellos la conocían bien de vista, ya

otras veces la habían detallado. Era una mesera contratada por el chino, un

poco extraña ya que se arreglaba con una estrambótica moña que, desde la

frente, le levantaba el pelo hacia lo alto. Se pintaba además unas rayas negras

de pestañina laterales a los ojos, de tal forma permitiéndose alargar, de lado a

lado, las órbitas a la fuerza. Daba la impresión de que ella misma quería pasar

también por oriental. Era por esto que cuando los muchachos almorzaban allí,

al verla seguido se preguntaban si en realidad esta señora era o no era china,

pues a veces semejaba tener, cuando hablaba, un acento que ellos mismos

calificaban precisamente: “como de otro mundo”.

Al rato, acabando de comer, los dos jóvenes se pararon, dejaron la paga

sobre la mesa y moviendo las cejas se despidieron entonces amablemente

tanto del chino como de la dama.

Hablando sobre las noticias, Johny y Beto salieron del restaurante ese

medio día pensando que en los informativos nacionales últimamente pasaban

cualquier cosa, solamente con el objetivo de mortificar más y más a todo el

mundo. Se apoyaban en el postulado por el cual en la televisión nacional nada

podía ser verificable científicamente.

Sin embargo, como ambos jóvenes habían quedado interesados en las


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imágenes del reportaje, decidieron, antes de separarse, pasar un momento por

la nombrada iglesia, pues desde ese punto, en el centro, no se encontraba sino

a escasas cuadras.

Querían echarle de nuevo un ojo a la susodicha figura, a pesar de que

en otras ocasiones ya la habían visto, pues la misma era muy famosa.

***

El blanquísimo Señor se encontraba crucificado y medía más o menos

ochenta o máximo noventa centímetros de largo. La representación era

bastante desgarradora e impresionante. Encajado en una urna transparente, el

Mesías estaba iluminado y mantenía una mirada sufriente con dirección al

firmamento. Su extraña cabellera caía primero aprisionada por la corona de

espinas y luego se extendía hasta más abajo de las rodillas.

Para acceder al salvador se requería caminar hasta el fondo por una de

las alas de aquel santuario de concepción gótica. Incluso era necesario hacer

algunas veces fila porque, a ciertas horas de la jornada, la cantidad de

feligreses era tenaz e innumerable. Contando con suerte, ese día los

muchachos tuvieron la oportunidad de llegar en un momento en el que no

había gran agolpamiento de público, pudiendo así entrar e ir hasta el santísimo

fácilmente.

Históricamente el objeto había sido realizado en alguna especie de

porcelana finísima, siendo moldeado con una técnica hispánica, que más o
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menos hacia mediados del siglo XVII se había impuesto en las colonias. En

aquella época, en las principales ciudades de Hispanoamérica, se habían

institucionalizado talleres de escultura y de orfebrería, donde se trabajaba con

materiales muy finos venidos directamente de Francia. Es así como hacia

mediados del siglo XVIII, en los virreinatos latinoamericanos se había difundido

un cierto número de estatuas de Cristo, resaltándose especialmente por su

calidad estética una serie fabricada en los talleres de un artista gallego del

mismo periodo: un tal don Pedro Orejón de la Barba.

Justamente, los días siguientes las informaciones de la televisión

adelantaron que, aunque no era oficial el anuncio de la embajada, se tenían

bases sólidas para creer que la efigie de la iglesia en cuestión, era,

efectivamente, una pieza de la ejemplar serie realizada por el maestro Orejón.

Las noticias hacían referencia a unos documentos actualmente en posesión del

gobierno español donde se testificaba y se atribuía la pieza a aquel brillante

artífice. De esta forma se demostraba que la reliquia histórica pertenecía a los

descendientes gallegos de su autor y, por esta lógica, la pieza debía volver a la

península.

Estos últimos - la familia actual y numerosa de Orejón de la Barba - eran

representados por una abogada judía, quien vivía en ese momento en

Barcelona. La letrada se llamaba Serafia Patascón y era una mujer gorda y

recia. Entre otras características, la misma poseía los cabellos como la mota de

un ángel. Ella estaba ansiosa por tener la figura lo más pronto posible entre sus

manos.
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- ¡Parece vivo! - dijo Beto observando la estatua.

Aproximándose un poco más, Johny detalló a través del vidrio la

retorcida y lánguida anatomía del salvador. Poco después, escamoteándose la

bendición, ambos salieron finalmente del recinto.

En la calle había comenzado, a esa hora, una molesta lloviznita y en

medio de una multitud de paraguas, como cada uno iba para un lado distinto,

se despidieron con un “chao, nos vemos. Suerte”.

***

Después de subirse la capucha de su impermeable, Johny continuó por

las calles del centro, deambulando sólo y sin rumbo fijo, casi toda la tarde. Con

las manos en los bolsillos, sus ojos se mantenían atentos a las largas filas de

negocios, baratillos y liquidaciones que abarrotaban las cuadras, más abajo de

la carrera séptima.

Desde hacía meses el muchacho había estado buscando comprarse un

flotador para piscina.

Aprovechando la lluvia, ese viernes paso largo rato escampando de una

tienda a la otra, escudriñando lo ofrecido para la venta, en medio de ese gris

panorama de luces de neón sobre porcelanas chinas.

En el comercio, los salvavidas que halló nuevamente esta vez no le

llamaron la atención. Juzgó los motivos de baja calidad y por costumbre

consideró que estaban baratos y por ende feos.


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Horas después, dispuesto a regresar a su casa, acercándose a la calle

diecinueve levantó la mano y de un salto rápido, entre la polución, los charcos y

el ruido, alcanzó a treparse como pudo en una buseta.

El joven estaba exhausto. Iban a ser las seis de la tarde. Por la

oscuridad y la lluvia parecía ya estar anocheciendo. Gracias a Dios montado en

el cálido servicio público encontró un puesto libre.

Esa misma mañana Beto lo había acompañado a sacar, de la biblioteca

Luís Ángel Arango, dos mil trescientas veinticinco fotocopias para una

exposición de final de semestre. Como era lógico, Johny nunca las iba a leer, ni

mucho menos las ojearía jamás pero, como desde entonces las iba a cargar

para todas partes, estas numerosas reproducciones de libros le servirían al

muchacho para experimentar lo muchísimo que sí estudiaba.

En aquella época, Johny tenía veintitrés años, era alto, flaco y

desgarbado, de rostro alegre y fino. Un muchacho bueno, inteligente aunque un

poquito vagabundo. Contrario al fenotipo del criollo actual, tenía el cabello

rubio, lucía nariz respingada y ojos azules. Si bien la plata no le alcanzaba para

invertir en buenos vestidos, le gustaba aparentar ser una persona muy

sofisticada. Y lo lograba por su agraciado porte. Igualmente, evitaba no tener

arrugas en los pantalones de paño o en las camisas planchadas que lucía con

presencia fulminante. Habitualmente, en la espalda cargaba un morral rojo de

marca “Totto” que, precisamente, para sentirse más cómodo, se lo estaba

quitando ya estando sobre la silla de la buseta.

El universitario vivía en un apartamento situado en una urbanización


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residencial llamada “Pablo Sexto segunda etapa”. Aquel suburbio había sido

construido a finales de los años sesenta y era compuesto por muchos bloques

de ladrillo de cinco a seis pisos. El sector era reputado porque estaba rodeado

de amplias y bellas zonas verdes.

Fuera del rubio, también su mamá Judith, el esposo de ella, dos niños

pequeños y tres gatas habitaban el apartamento 302 del bloque b -

53221265874 + 6.

Al bajar de la buseta, a las cinco cuadras de marcha, Johny cambió

momentáneamente de rumbo. Antes de llegar a su casa, necesitaba pasar por

una de las tienditas del conjunto.

Objetivo: comprarse un cigarrillo sin filtro.

***

Aunque pequeña, la tiendita tenía espacio suficiente para acomodar

algunas mesas. A diario, en el sitio solían reunirse los viejos pensionados del

sector que, al degustar cervezas, pasaban los atardeceres departiendo allí,

animadamente, procurando despistar así al irrefrenable paso del tiempo.

Cuando en el curso de los anocheceres Johny pasaba a comprarse el

mismo cigarro de siempre, solía observar en ese lugar a un poco de veteranos

que, por lo poco que les había escuchado hablar, él consideraba de erradas

concepciones.

Entre los clientes cotidianos había personas siempre dispuestas al inicio


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de la charla. Al calor de la cebada, en las mesas se entretejían con frecuencia

análisis políticos y sociales de toda índole, y en el espacio frecuentemente se

armaban debates acalorados de una gran calidad humanística, pues muchos

de los presentes eran cultos y los que no lo aparentaban.

El rubio estaba acostumbrado ya a aquellas cotidianas presencias y fue

por esto que al penetrar en la cigarrería, ese atardecer, le extrañó ver que, al

contrario de lo previsto, el establecimiento se encontraba vacío y en silencio.

“Raro que no estén esos viejos hoy”, pensó distraídamente mientras se

frotaba las manos por el frío. Luego bostezó esperando a que la vendedora

saliera para atenderlo.

- Buenas - dijo con voz ronca y los ojos fijos en el vidrio de una de las

alacenas.

Johny miraba los paqueticos de fritos con indiferencia, casi como si no

quisiese comprarse también unas papas fritas, una chocolatina o algo por el

estilo, igual para eso sí no tenía plata.

Estaba observando hacia el cristal absorto, cuando de repente captó, en

ese reflejo, una silueta detrás de él. Al fondo, en la parte oscura del

establecimiento, se distinguía una indefinida presencia.

El lugar no estaba del todo vacío como hasta entonces lo había

pensado.

Así, volteándose, Johny reconoció sentado allí al señor Blas Mormones

de Balboa, respetable eminencia del barrio y más conocido por todos como: “El

historiador”.
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***

Un viejo de unos sesenta años lo había estado observando como un

búho insomne desde las profundidades del almacén. Parecía haber estado

estudiándolo.

El personaje no se movía.

Johny, más bien perturbado por aquella mirada, lo saludó con timidez,

articulando un gesto torpe con las cejas y la mano.

Al momento, poniéndose de pie con dificultad pero apoyándose en

movimientos firmes, el viejo se acercó lentamente, asumiendo un aire y una

dignidad poco usuales y casi exagerados ya para esa época. Inmediatamente,

extendió la mano para saludar al rubio y como la tendera se demoraba en salir,

le preguntó al chamo si quería tomarse con él una cerveza. Era claro que,

teniendo algo de reto, la proposición resultaba muy difícil de refutar sin quedar

mal.

Johny, mirando un instante a aquel veterano, de repente se le figuró que

el historiador era uno de esos señores fracasados en la vida que, llegados a la

jubilación, se la pasaban tomando licor e inmiscuyéndose en todo lo que les

permitiese aún gustar de un poco de sabor a la vida.

“Lo que toca es seguirle la cuerda a este tipo de viejos”, pensó el

muchacho, aceptando el ofrecimiento como si le fuese grato.

***
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El historiador estaba vestido esa tarde con un traje elegante y negro.

Aunque usualmente utilizaba corbatas rojas sobre camisas blancas, ese

día portaba una de color azul. Era un hombre enérgico, de gran elocuencia,

persona del barrio muy docta y culta. En su vida había leído a todos y cada uno

de los grandes clásicos de la literatura, incluyendo la Biblia cincuenta y nueve

veces. Tenía un mostacho bien cuidado, una nariz abundante, los cabellos

completamente blancos y un peinado de carrera, a pesar de que su cabellera

tendía a la ondulación. A veces le caía, por la frente, un ligero penacho. Se

trataba de un ser antiguo, temperamental y de espíritu. Enderezado allí,

sacando el pecho como un gallo, el viejo mostraba, frente al muchacho, algo

que Johny percibía como una especie rara de gallardía.

-Ustedes lo jóvenes están muy equivocados - dijo rompiendo el

incomodo silencio que por instantes se había creado.

- A usted joven y a sus amigos, los he visto pasar por aquí muchas

veces.

Johny bebía la cerveza ofrecida por el viejo sin prestarle mucha atención

a lo que éste decía. En tanto que el hombre seguía de pie, el rubio se había

sentado sobre un butaco y recostado contra el muro estiraba las piernas

mientras chupaba la botella, como si se tratase de una enorme y ardorosa teta.

En esa posición, Johny miraba al historiador con la cabeza hacia al frente mas

con los ojos de lado. Le parecía haber escuchado de aquel viejo decir lo mismo

toda la vida.
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Observando la ociosa actitud del muchacho, el erudito tomó aire y

exclamó con un vozarrón muy grueso y lleno de seguridad: “Tengo una

proposición para hacerles”.

- ¿De qué se trata o qué? - replicó Johny de inmediato.

Caminando un poco hacia el mostrador y luego volteando la mirada,

rápidamente, el viejo repuso impasible:

- Los reto a usted y a sus amigos a que tengamos una discusión, ¡sobre

lo que a ustedes se les dé la gana, y a cualquier nivel!

El joven levantó las cejas exhibiendo una falsa estupefacción. En

realidad, poquísimamente interesado, Johny deseaba sólo acabarse

apuradamente la amarga para poder largarse de allí e irse a dormir a su casa.

Pero, al bajarse de nuevo la botella de la boca, advirtió que el señor Blas

proseguía allí frente a él, con la cabeza en alto, erguido e inmóvil.

Peor aún, parecía estar esperando una respuesta.

El rubio entonces decidió bajarle al tono a la conversación y se dedicó a

mirar al viejo con algo de tomadura de pelo, de la misma manera como un

camello rumiando observa pasar a la gente curiosa en un zoológico o, de

pronto, como uno puede mirar a una gallina despescuezada y colgada en un

árbol.

Pero el hombre de edad no era ningún tonto. Descifró la mirada del

joven en el acto y no le gustó lo que vio en ella. Incluso, lo que descubrió lo

irritó y lo hirió profundamente. Sintió que el muchacho no lo estaba tomado en

serio. Mascó entonces alguna cosa y dirigiéndose hacia un costado exclamó:


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“No crea que va a ser tan fácil, güevetas.”

Al contrario de lo que pudiese pensarse, el historiador era un hombre

muy cuerdo. Recitaba, por ejemplo, las primeras cinco páginas de la Odisea de

memoria y a la perfección. Era experto en adagios populares y de otra parte

oía, veía y entendía más o menos bien. Hacía incluso, cuando se acordaba,

estiramientos de brazos, piernas y algunas sentadillas por las mañanas. Era

lógico entonces no merecerse, en esa ocasión, el trato altanero que le estaban

dando.

- Es que nosotros no discutimos de nada, nosotros siempre estamos de

acuerdo, ¡siempre estamos bien! - le respondió Johny levantándose de la silla

para irse.

- Hasta luego profesor.

Johny salió de la tiendita, como a las ocho de la noche, teniendo la

impresión de que el historiador debía de vivir en otro planeta o en otra galaxia

irreal, desconocida pero sobretodo inaudita.

“Ahí gente rara por todos lados”, pensó casualmente aquel chamo y sin

complicarse la vida se fue alejando del lugar, con su cigarrillo sin filtro puesto

sobre una de las orejas.

El viejo, por el contrario, se quedó allí parado con su botella en la mano.

Mientras se acomodaba para sentarse, comprobó con desagrado que ya la


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bebida se le estaba acabando. Pensó pedir otra más y al volver a mirar hacia

fuera divisó en la espesura aún al joven que, a lo lejos, daba entre los edificios

un buen paso de marcha. Desde el rincón de la tiendita, su mirada se fue

deambulando por entre las construcciones de ladrillos, siguiendo el recorrido de

aquella figura, que terminó perdiéndose por completo detrás de una última

esquina.

El historiador se dio cuenta entonces que estaba mirando la nada, y en

aquel melancólico instante pensó que sólo le hacía falta un sombrero. Un

sombrero en ese turbio pasaje del alma, un sombrero que había querido

comprarse, desde hacía tiempos, para poder quedar idéntico a aquel sheriff de

una película antigua, de esas que siempre le había gustado cuando era niño.

- Deme otra cerveza - le dijo con impaciencia a la tendera y frunciendo el

ceño se encorvó sobre sí mismo. Quería dar a entender, con esa posición, que

al fin de cuentas él se encontraba muy ocupado en lo profundo de su reflexión

interna. En esas andaba cuando pasó por su pensamiento la idea funesta de

que, en el país, la perversidad y la zozobra jamás habrían de acabarse.

- ¿Cuándo se va a acabar esto? - se preguntó diciéndose que lo

espantoso, como todas las cosas de la vida, debía tener en algún momento un

punto final.

***

Entretanto, Johny dio vuelta a la llave para entrar a su apartamento.


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Quitándose la chaqueta y lanzándola sobre el sofá, dirigiéndose a la cocina

advirtió que en el hogar esa noche no había nada preparado para la cena.

- Que desgracia - pensó aburrido. Desde hacía una semana pasaba

más o menos lo mismo. Nuevamente a él le iba a tocar responsabilizarse y

cocinar para la familia.

- Que jartera - se dijo con resignación.

Fue entonces sacando dos cebollas de la nevera y con pereza se puso a

cortarlas en pedacitos sobre un rectángulo de madera, hasta ahora recostado

contra el muro por detrás del lavaplatos.

Unos cuchicheos sonaban, allí mismo, viniendo de las alcobas. Sus

hermanitos menores andaban por alguna parte. A lo lejos, hacían ruido. Se

aventuraban por el suelo metidos por debajo de unas cobijas.

Hacían un túnel.

- Apaguen esa luz, ¡hay que ahorrar electricidad! - les gritó el rubio

bruscamente.

Los dos pequeños, con el alarido, salieron del escondrijo y correteando

de un lado a otro, en saltitos entraron a la cocina de baldosas color vinotinto.

Sin siquiera saludarlo, estaban ya gritándole: “¡Tengo hambre!, ¡tengo

hambre!”.

- Voy a hacer huevos con cebolla - repuso Johny con indiferencia.

***
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El apartamento estaba en un desorden abominable y exagerado a las

diez de la noche cuando Judith, la mamá de Johny, luego de un fatigado día de

labores por fin regresó a su hogar.

Se trataba de una mujer trabajadora, querida y simpática, orgullosa de

sus hijos. Esa tarde, después del colegio, había estado dictando unas clases

extras a domicilio. Esa era la razón por la cual se había demorado tanto.

De todas formas, unas gigantescas montañas de ropa, juguetes, pelos y

orines de gato la esperaban allí, esa noche, con los brazos abiertos.

“Siempre me toca hacer todo en esta casa” venía pensado en ese

momento.

- Quiay mijos - dijo con cariño mientras abría la puerta.

Judith tenía unos cincuenta años de edad. Sus cabellos eran claros y

rizados, sus facciones aún delicadas y dulces. Demostraba provenir de un

medio privilegiado de la sociedad, a pesar de que en las actuales

circunstancias no podía darse lujos.

Por encima del desorden, afortunadamente esa noche, cuando entró, no

todo estaba tan mal en el apartamento. Por lo menos, Johny había comido y

dado de comer a sus hermanos menores. Así mismo, a esa hora, ya el

muchacho estaba en camiseta y calzoncillos, y encerrado en su cuarto se

disponía a dormirse.

Pero, al sentir la llegada de su madre, gritó desde allí:

- ¡Quiay mama!

El joven tenía la espalda reposada contra uno de los muros. Sobre la


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cama se encontraba ocupado armándose, con el cuero del cigarro, un buen

porrito de verde estupefaciente. Inmediatamente, cuando comenzó a fumarse

el enrollado, se acomodo cambiándose varias veces de posición la almohada

bajo la cabeza. Cuando terminó dicha acción, entrecerrando los ojos al chupar,

verificó que tenía la música puesta a un volumen discreto pero suficientemente

fuerte como para dedicarse plenamente al relax.

- Quiubo mijo - le gritó con cariño Judith desde afuera, pero Johny,

aturdido, cerró los ojos y acomodándose las cobijas, en ese instante,

boquiabierto se quedó fue fundido.

***

No muy lejos de allí, en ese anochecer, el historiador seguía sobre la

silla y continuaba bebiendo. De todas formas no iba a durar allí solo por mucho

tiempo más.

Arreglándose las mancornas doradas de la Francmasonería,

ajustándoselas correctamente a los puños, ya sabía que, cuando llegaran sus

coetáneos, no faltaría el tonto seguramente listo a preguntarle su opinión en

torno a la pertenencia histórica del Cristo, al que le crecía tanto el pelo.

Pensando que el litigio sobre la propiedad original iba a ser la charla

inevitable de esa noche, con algo de amargura, al viejo Blas le dieron ganas

más bien de irse de ese lugar.

Pero para entonces, ya era demasiado tarde.


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- ¡La iglesia siempre ha tenido la culpa de todo! - exclamó una voz

atravesando, en ese instante, la puerta del establecimiento.

Era Paco Polo, un profesor jubilado de la facultad de ciencias de la gran

universidad pública, un hombre tosco y alebrestado que, anunciándose así,

llegaba sin importarle en realidad nada más que tomarse un trago.

- ¡La iglesia le ha hecho mucho daño al país! - dijo otra voz entrando

detrás de él. Al contrario del primero, este último sentenciaba aquello por hacer

la rima, pues era hombre de poemas, siendo en realidad un bardo

perteneciente a un dúo nombrado a secas en el barrio como “Los Músicos”.

Los músicos eran dos abogados, las cejas asnudas, cariaguileños y

algo de coto, muy conocidos en Pablo Sexto. Frecuentaban ellos también la

dependencia y se les apelaba de esta manera porque, simplemente, en sus

ratos libres, fuera de embriagarse, tocaban la guitarra y el tiple, pulsando las

cuerdas con uñas de pasta puestas, como es costumbre, al dedo gordo de la

mano derecha, no del pie.

En sus ratos libres, estos dos personajes, más allá de andar cual

borrachines remachados, daban conciertos de música autóctona,

especialmente en las reuniones de amonitas y de gente prehistórica.

De resto se la pasaban allí en la tienda, como ese día en que, de

inmediato, el historiador interrumpió en seco la alegría de los recién llegados:

- ¡Las conclusiones de las pasiones son las únicas dignas de fe! - señaló

el docto y mientras miraba por la ventana, sin hacerles caso, el viejo Blas se

mantuvo concentrado en el exterior.


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***

Entre tanto, el sueño de Johny vendría a ser perturbado repentinamente

por una alarmante gritería. En el extremo de una de las habitaciones contiguas

su madre lloriqueaba en voz alta y al tiempo, en la vivienda, se escuchaban los

alaridos de un energúmeno.

El padrastro del muchacho acababa de llegar. El sujeto era el padre de

sus hermanitos y el propietario del apellido que Johny, desde hacía largos

años, soportaba detrás de su nombre. Y allí estaba aquel tipo irrespetando de

nuevo a su mamá.

Sobre la cama, el muchacho, que hasta ese momento placido estaba,

notó que de imprevisto se le estaba subiendo, como nunca antes, la rabia hasta

el tope. Decidido, no iba a soportar más esta clase de escándalos en el

apartamento. Ese patán, resentido y fracasado de Jaime Rodríguez,

usualmente borracho, seguramente pretendía zurrar y pegarle de nuevo a su

querida madre.

La copa se había rebosado. Esta vez, los actos impíos no quedarían

impunes.

Levantándose entonces de la cama, con la serenidad que el caso

ameritaba, el joven alcanzó lo primero que tuvo a su alcance: un taco de billar

que un día se había robado de alguna tasca. Aferrando aquel utensilio entre las

manos, contempló el madero con placer. Deslizándoselo entre los dedos, justo
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antes de proyectarse a la acción, Johny se arrodilló, le echó al palo un poco de

tiza azul que tenía en un dado, lo erigió hacia el techo y como un gentilhombre,

concentrado, proclamó en voz baja y seca: “Ya tengo el poder”.

Enseguida, levantándose, el cazador amazónico surgió del cuarto,

internándose en la oscuridad. En la opacidad de la selva nocturna, asechó

sigilosamente el recinto contiguo tras la escena. Inmediatamente percibió la

presa entre las sombras, apuntó la mira.

Con el extremo del alargado y pulcro leño asestó unos secos y fuertes

golpes interdiscales al sujeto, en lugares estratégicos de la espalda. El

individuo, confundido y atortolado, nunca se hubiese esperado un ataque por la

retaguardia. A los pocos minutos de la primera acometida, Johny, poseído por

el deporte de mesa, ya para ese entonces había olvidado la sofisticada técnica

de los primeros empellones, y se había degenerado en un virtuosismo de

mazazos sedientos de venganza pura y reprimida durante siglos.

Fue tanta la zurra y la apaleada que recibió el esposo de su madre que,

en el último instante de la partida, el hombre pidió tiempo y como pudo

abandonó el torneo. Despavorido entre la sala y el corredor del edificio, el tipo

atravesó la puerta de salida y poniéndose los zapatos, a la vez torpemente

intentaba apuntarse los pantalones. Pero, en el afán que llevaba, tropezó con

los travesaños y por el hueco de la escalera en espiral se cayó derechito con la

cabeza hacia abajo.

Afortunadamente salió ileso porque en el primer piso lo contuvo el

colchón de un trasteo, que en ese momento iba pasando. Aún así, durante el
25

trayecto de escapatoria, siguió recibiendo golpes secos que Johny, inclemente,

le propinaba todavía con avidez.

- No vuelvas por aquí nunca, ¡cabrón! - gritó abruptamente el muchacho,

soltando por fin el taco de billar caliente encima de uno de los sofás de la sala.

- ¡Ahora sí vamos a dormir en esta casa, no joda! - exclamó Johny y,

manoteando como si estuviese loco, se largó satisfecho para su cuarto,

cerrando la puerta de un sólo golpe.

Renegridos y turbios estaban los agasajos, tras las horas, no lejos de

allí, al interior de la dependencia. La gente había ido llegando poco a poco y el

espacio acalorado se agitaba ya como todos los viernes a la misma hora. Las

diferentes idiosincrasias se revolvían en la celebración y las carcajadas

excesivas se achispaban al humazo.

Hacía un rato, largo ya, la querella sobre la estatua en reclamo había

desembocado en otras materias, todas sugiriendo tocar los fondos más

recónditos de la naturaleza del bípedo animal.

Iban a ser las once y media de la noche. La charla de los veteranos

había pasado hasta entonces por la economía, la fisiología, el buen comer, la

malicia indígena, el escorbuto, la pasión, la sarna y se aproximaba

peligrosamente a las cuestiones básicas de la vida y de la muerte.


26

Paco Polo descargaba sus concepciones oscuras sobre la institución de

la cual se había pensionado como profesor, hacía algunos años antes. El viejo

Blas y los músicos, por su parte, recibían halagos de una joven regordeta que,

cursi, se abanicaba cual buscona. En el zafarrancho de palabras y trémulos

temperamentos, se formaba un corrillo por el que mucha otra gente

deambulaba indagando por un puesto libre en los bancos, las banquetas y los

escalones.

Por la puerta iban y venían escribanos, camioneros, colegiales,

traductores, personas con sida, taxistas, perros callejeros haciendo el amor,

poetas con revolver oculto y mansedumbre de toda índole.

Muchas de estas personalidades, incluso queriendo participar en las tan

afamadas conversaciones, dejaban su granito de arena, proyectando al aire

frases de diferentes resonancias y calibres.

Las mejores ideas eran catadas especialmente por el aguzado sentido

auditivo del historiador quien, como moderador, asentía o negaba simplemente

con la cabeza cuando consideraba los enunciados validos o no.

- Váyase, váyase… - decía frunciendo el ceño, y moviendo la mano

echaba del lugar, discretamente, a quien se hubiese dejado coger diciendo

alguna estupidez, pues era menester conservar el buen nivel de la

conversación y de los debates.

El sudor, el talante ahogado, la ironía, la alegría, la excreción tenebrosa,

las sombras. Por todo se pasaba en aquellas reuniones noctámbulas y al final

del viaje, después de un millón de tragos, todo el mundo quedaba agotado. No


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es por causar inquietud, pero es sabido que si se hubiesen anotado los mejores

apartes de esas conversaciones se habría solucionado, allí mismo y a

perpetuidad, cada uno de los más temibles problemas humanos.

Pero, como nadie al final tenía con que escribir esa noche - ni nunca -,

todos los allí presentes, remamados por tanto alcohol y cigarro, se fueron a

dormir al infierno, como de costumbre a las cuatro y media de la mañana.

La semana siguiente, de regreso al centro, caminando por la carrera

séptima Johny observó, a la altura de la Jiménez, una inmensa cola que se

extendía partiendo de los portones de la popular iglesia. Exorbitante era la

muchedumbre de gentes que hacían la fila para ver al Señor, desde que la

reconocida estatua salía tanto por televisión.

Por su parte, la curia se mantenía inquieta. Con todo el escándalo que

los medios le habían proporcionado a la noticia, las peregrinaciones al lugar se

incrementaban llegando a extremos insólitos. Más allá de las tres de la mañana

y a veces desde la noche anterior, se formaban las romerías y, a la expectativa,

la montonera esperaba atenta la apertura de la parroquia, a la madrugada, para

lanzarse hacia adentro en estampida.

A eso del medio día, Johny vio cómo la fila le daba ya la vuelta a cinco

cuadras a la redonda. La masa humana entraba a tropezones y codazos,


28

cargando miles de velas prendidas entre los murmullos y las oraciones.

Muchas personas, queriendo colarse, habían sido abatidas minutos antes y

designadas como “moriscos indeseables”.

Surcando la larga hilera junto al templo, Johny distinguió acentos de

todas las regiones del país. Adelante, descubrió al lado de los portones a dos

sacristanes corpulentos quienes, a pesar de que se mantenían irguiendo

antorchas, se mostraban impotentes en la tarea de controlar el agolpamiento

de la afluencia.

En ese instante, un cura que venía del interior les pasó unos trajes

antiguos que los gladiadores sacros se pusieron de inmediato. Con ingenuas

pretensiones, esperaban que los signos de la inquisición pudiesen controlar y

mermar a la multitud.

Pero ni siquiera los capirotes que se colocaron en sus cabezas, similares

a los del Ku-klux-klan, vendrían a dar resultado. La aglomeración en la

algarabía arremetía contra las puertas, sin prestarles atención alguna.

Empujándose y abucheando, los feligreses se apresuraban para acceder como

fuera al santuario.

***

Huir de allí era lo más conveniente antes de que acaeciera una

catástrofe, pensó Johny al advertir a un grupo de Hare-Krisnas que, corriendo

para alcanzar la entrada, trataban infructuosamente de socorrer a los para


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entonces arrollados acólitos.

Alejándose apresuradamente de la muchedumbre y cavilando sobre su

eventual rumbo, el joven deambuló, entonces, por algunas calles y terminó

dirigiéndose hacia el restaurante del chino, finalmente con la intención de hacer

trabajar allí la muela.

En esa dirección, de repente cayó en la cuenta de que ese día no tenía

porque gastar su dinero en almuerzo ejecutivo, ya que ahora, con más

tranquilidad, podía ir a almorzar a su casa.

Efectivamente, con la partida de su padrastro, las condiciones en el

apartamento eran consideradas mejores. Las porciones de alimento sobre los

platos últimamente venían siendo más grandes, sobrando incluso comida al

medio día. Por esa época, este hecho fue recibido con mucha alegría no sólo

por Johny sino sobre todo por los dos chicuelos que, hasta ese momento,

estaban ya cansados de extraer la proteína chupando las cobijas llenas de

motas o royendo unos pedazos viejos de panela, guardados en el bife de la

sala desde hacía meses.

En camino hacia el norte, Johny anduvo por un pequeño bazar de

vendedores ambulantes y deteniéndose un instante, vio por casualidad un

flotador de piscina exactamente como desde enero lo había imaginado.

Ya que el hambre lo apuraba, reunió rápidamente algunos billetes

arrugados que guardaba en un bolsillo y, dejando tan sólo las monedas

suficientes para la buseta, pagó el inflable. Enseguida, se lo acomodó bajo el

brazo al tiempo que sin detenerse prendía un cigarrillo. En ese momento, no


30

veía la hora de estar ya en la cocina de su apartamento, fritándose un buen

pedazo de carne para disfrutarlo con papas saladas. De regreso paleó el

hambre recordando que más tarde, en casa, se podía también aprovechar

repetir duchazo. Era cierto que la bañada de las mañanas así como las

raciones de champú y de televisión estaban en aumento.

Sin embargo, a pesar de las múltiples ventajas dadas por la partida de

su padrastro, Johny era consciente que en el hogar no era todo color de rosa.

Judith, la única verdaderamente afectada por la ausencia de su marido,

estaba por dicha causa sufriendo de depresiones críticas. Más aún, a la

señora, fuera de la intensa lloradera, la tristeza había comenzado a

manifestársele en un síntoma particular cuya fatalidad vendría a ser notoria

días luego.

Fue así como en la lengua, a Judith le dio una comezón y luego

rasquiñas crónicas en el interior de la boca. Al no poder evitar el fastidio que le

producía esta molesta culebrilla, los días siguientes la mujer se dedicó a

rascarse frenéticamente inclusive en el trabajo. Lo malo fue que, en esa época,

ella era profesora de inglés en un colegio y la acción no pasó desapercibida.

Eso y otros escándalos añadidos - por ejemplo una vez golpeó por error al

prefecto de disciplina que era un enano - fueron causales de su penosa

expulsión de la institución educativa, una semana después.

Enterado de estas razones, muy discretamente al saber de la gravedad

del asunto, el historiador se permitió actuar, y una noche en la tienda aconsejó

a Johny con discreción y tacto: “dígale a su mamá que haga buches con jarabe
31

de totumo”.

***

Judith era una persona bondadosa y poseía el agradable encanto de la

hospitalidad y de la preocupación por el prójimo. Desde la época en que había

vivido en Nueva York, le agradaba escuchar a Bob Dylan y a otros clásicos de

la música anglosajona.

Los vecinos costeños del apartamento contiguo, que no tenían ni idea ni

les importaba en lo más mínimo quién diablos era Bob Dylan, sólo pensaban

que Judith era una vieja loquincha y aficionada a hacer escándalos.

Fue a partir de un lunes que, una vez curada del engorroso problema

papilar y sin trabajo, a la señora no le quedó otra opción que pensar en dar

clases particulares o ponerse a rebuscar lo que saliera. Después de varias

semanas de mucha inquietud y de preguntar aquí y allá, prácticamente al borde

de la inopia, afortunadamente dio con media docena de estudiantes ignorantes,

mediocres y rajados entre otras materias en inglés, y cuyos preocupados

padres inmediatamente aceptaron pagar las clases a domicilio.

La acción de desplazamiento en buseta, de un lado a otro de la ciudad,

mantuvo desde esa semana a Judith muy ocupada. Tanto así, que las

oportunidades para dar lora y quejarse a sus anchas de la situación del país se

le volvieron escasísimas, siendo que, hasta entonces, en la casa esta actividad

era de lo más frecuente.

Por inaguantable, sus hijos no le ponían ya mayor atención a sus


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quejumbres, que eran hasta hacía poco pan de cada día. Ahora, las únicas

veces que podía seguir desfogando sus penas sintiéndose escuchada eran los

días en que Beto, el amigo de Johny, se quedaba a dormir en el apartamento.

El muchacho solía ir de visita más que todo los fines de semana. Era

frecuente verlo rondar por ahí, en horas nocturnas, especialmente cuando a él

y a Johny, concentrados en cualquier cosa, por andar tan drogados se les

olvidaba irse de rumba. El compinche de su hijo, en el narcótico desocupe, por

la sala o por los cuartos, algunas veces pensando en darse a algo, le daba por

ayudar en los oficios de la casa y no era raro que se ocupara aspirando o

barriendo la sala los sábados a la medía noche.

No desperdiciando la presencia del colaborador muchacho, Judith se

dedicaba a declararle, escandalosamente y a diestra y siniestra, que tarde o

temprano la guerrilla iba a tomarse a Bogotá. En esas oportunidades,

gravitando sobre la estratosfera, sumido en las flores de una falda que se le

había ocurrido planchar o interesado en los detalles de una foto de un álbum de

cumpleaños, Beto, en la pálida iluminación de la sala, levantaba la cabeza y,

sin adivinar sobre la gravedad del estado psicológico de la señora, resolvía

hasta ponerle atención.

Sin antes haber consultado con Johny, parándole bolas, el joven se

dedicaba a escuchar las declaraciones que Judith le hacía, pensando incluso

que estas apreciaciones eran hasta novedosas. Beto experimentaba la

sensación de que ella tenía ideas muy originales y claras. Sobre todo, el joven

pensaba aquello cuando, después de haber citado mil nombres de generales,


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ministros y diversas corrupciones estatales, Judith, con las manos espichadas

sobre la cara, hacía una mueca horrible y terminaba clamando: “¡En esta

ciudad lo que estamos es sitiados!”

***

Sería también en uno de esos fines de semana, cuando en un tiraje de

un periódico matutino, al lado de una mujer desnuda, en la última página se

afirmó que, en el asunto de la pieza controversial, el gobierno español tenía un

otro “As” bajo la manga.

Esto era explicado así por un conocedor del tema:

“Debajo del sagrario donde reside el Cristo en cuestión debe haber una

placa de oro grabada que tiene la firma del ilustrado español Don José

Celestino Mutis.” El artículo argumentaba que, en consecuencia, de

comprobarse este indicio “la pieza debía regresar lo más pronto posible a la

península ibérica.”

El problema del argumento es que no era fácilmente verificable, ya que

el sagrario, en el que se encontraba el Señor, había sido clavado al piso de

aquella iglesia con unos chazos de hierro gigantes, justo un siglo antes del

nacimiento del sabio. Pero, como la información aparecía en un periódico

amarillista, inmediatamente, en la nación todo el mundo la creyó como verídica.

Fue así como los periodistas de otros diarios más serios, asumiendo lo relatado

como un hecho, en los editoriales realizaron una serie de análisis doctos en


34

torno a la situación del país, haciendo énfasis en las consecuencias de estas

declaraciones a corto y mediano alcance.

Incluso llegó a correr el rumor que el estado iba a decretar el colapso

económico, y que los gringos iban a intervenir en cualquier momento. Estas

últimas habladurías desencadenaron las folclóricas protestas de encapuchados

lanzando “papas explosivas” en las principales entradas de las universidades

públicas del país, en un tropel mayúsculo que, como de costumbre, varios días

duró.

Próximo a terminar el bonche, con la Universidad Nacional hecha

pedazos, la policía, para controlar el incidente, dotó de tantos gases

lacrimógenos al aire que no sólo sollozaron los agentes en conflicto sino,

además, el hecho indujo a los otros animales del sector: hombres, vacas, ratas

y cucarachas dejaron correr la lágrima. Y más aún, también las plantas: pinos,

eucaliptos y ante todo los guaduales lloraron largamente, porque tenían alma.

Ante este sorprendente nacionalismo de los árboles, el presidente de la

república apeló a la unidad nacional y, desde un helicóptero, anunció por

televisión esa misma noche: “A mí que no me vengan con ese cuentico de que

aquí algunos lloran y otros no. O aquí lloramos todos o aquí no llora nadie”.

En consecuencia, esta orden fue acatada sin esfuerzo por los altos

mandos militares, los cuales unos lloraron y los otros no. La población normal

de la urbe, mucho más ingenua, hizo caso inmediatamente. Durante tres días,

el nauseabundo humor era tal que muchísimas personas, con sentido de la

lógica y de la práctica, aprovecharon la coyuntura y el empujón de los gases


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para, al derramar las lagrimas, coordinar esta actividad con la acción de pensar

en sus desdichadas vidas de perros.

Así mataban dos pájaros de un tiro.

Menos mal, entrando en acción la brisa, el aire mejoró y después de

unas cuantas jornadas, la gente salió de nuevo a las calles y cada cual mostró,

por pena, que no había pasado nada y que los que habían llorado eran otros y

ellos no. La parálisis total duró casi dos semanas y pasado el lapso, las

actividades económicas reemprendieron su curso cotidiano de mentiras, usuras

y ventas de apartamentos para pagar por cuotas, los esclavos, durante los

próximos veinte años.

El historiador era un hombre de una gran sapiencia. Sus amplios valores

humanísticos y su ética basada en la constitución y la ley no se oponían para

nada con aquella predilección que mostraba hacia los placeres salvajes, las

empresas barbáricas, la decadencia de Roma, la bebida excesiva, las pasiones

piratas y la comida suculenta y bestial. Le gustaba combinar el porte de un

hombre de batalla con el de un noble ilustrado y enciclopédico. Durante mucho

tiempo portó una abundante barba negra que rimaba muy bien con su

corpulencia, sus ojos verdes y su piel muy blanca. Le era placido mostrar, con

esa apariencia, la perfecta oscilación que podía tornarle a su propio gesto,

asumiendo afinadamente, en razón a tal o cual circunstancia, tanto el rol de un


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corsario camorrero de la peor calaña como el carisma de un educado sabio

renacentista, con disquisiciones platónicas.

Queriendo descansar de todos esos disturbios propios de la capital, que

acontecían por esos días, al viejo no se le vio más esa semana por la tiendita.

Un jueves, fastidiado por la maluquera de los aires, subido en su Toyota

amarillo se había largado para su finca en los llanos orientales, como le era

costumbre hacer varias veces al año. Paco Polo le había escuchado decir que

no iba a regresar sino en quince días y que de venida como que iba a traer una

carga de ganado.

Treinta y dos años atrás, en alguna de aquellas batallas que le dio la

vida, el viejo Blas había ido a parar a un remoto paraje árido y distante.

Una soleada mañana, ya lejana en su recuerdo, despertó cubierto de

polvo, a la vera de una trocha, perdido en una desolada estepa de la geografía

del país. Con una resaca magnánima, sostenía allí aún el timón de su montero,

entre las manos, para que el mundo no se le fuese a poner boca arriba. En

medio de un lote llano y baldío de diez mil hectáreas, se encontró perdido a

cientos de kilómetros de la ciudad capital y de toda población cercana. En

aquel pasado remoto, por los caminos muchos días de alborotado trayecto sin

descanso, abrigo o rumbo, la noche lo había visto caer en esa planicie donde,

acorralando a los diablos, se había quedado dormido. A pesar de que habría de

combatirlos aún por largos años de su vida, en aquellas circunstancias, con los

primeros visos de luz, el viejo, aún joven en esos días, levantó la mirada hacia

el paisaje que tenía al frente.


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Abriendo lentamente la puerta chirriante de su Toyota, puso ambas

botas de cuero sobre tierra firme. Por su camisa blanca, desapuntada hasta el

ombligo, corría un torrente de sudor que le empapaba incómodamente la

espalda. Afuera, la sensación del sol se empeñó en achicharrarle el peinado

abombado que desde esa época ya tenía.

No tardo mucho tiempo en decidir la compra de esos terrenos. Bajando a

las maniguas había considerado que el clima del lugar era benéfico, próspero y

de buen augurio. Cortando, con una navaja suiza, un pedazo del salchichón

que tenía amarrado al espejo retrovisor del carro, caminó hacia los morichales

y, echándose al diente el mecato, observó que el ambiente del lugar era

propicio para las curaciones del cuerpo.

Adquirió la extensión bastante barata. El antiguo dueño era un

comerciante de telas de origen turco que no dudo en vendérselo por un buen

precio, ya que el tipo sabía que en ese peladero nunca iba a crecer nada.

Desde entonces, el desplazamiento de la ciudad a la finca se le convertiría, al

viejo, en un hábito. Cada vez que tenía vacaciones y más frecuentemente en

su jubilación, salía con su jeep buscando episodios que en aquellos territorios

lo esperaban.

Los primeros quince años, los viajes a ese paraje eran largos y

colmados de vicisitudes épicas dignas de tiempos remotos. El historiador

surcaba las serranías, en su montero, andando hasta quince o veinticinco

horas en una sola jornada. Muchas veces, perdido completamente en las

travesías, tuvo la ocasión de conocer, a miles de kilómetros de cualquier


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civilización existente y en medio de los nocturnos, los lugares más exóticos y

paleolíticos de la geografía de Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y

Criptón.

En aquellos primerizos tiempos, la finca era una sabana estelar de

arenas rojizas por donde se desplazaban plagas enormes de hormigas y otros

insectos gigantes y desproporcionados. Con la ayuda de la aurora boreal, la

hierba mala que nunca muere pululaba esparciéndose junto a magnánimas

plantas carnívoras, las mismas que vivían atragantadas con corderos y

marranos.

Al filo de las haciendas, en el fondo de los infiernos, justo al lado de los

riachuelos crepitaban los piedemontes llaneros y, desde los cañaverales, en los

amaneceres surgían, con la bruma, espectros que corrían en dirección a los

rancheríos más cercanos. Las fieras salvajes eran para entonces seres

temerarios y no faltaron las contiendas en que, el viejo Blas, dio la batalla a los

tigres de bengala, encandelilló centauros y enfrentó especies de Boas

Constrictor, estas últimas aún hoy no clasificadas por la ciencia y, según el

historiador, en algunos casos próximas al hombre. Ningún ser viviente detenía,

para entonces, la perseverancia de los propósitos civilizadores de aquel

trotamundos.

Sin embargo, fuera de las condiciones inhóspitas del terreno, allí no

hubo gran cosa humana durante mucho tiempo. En las idas y venidas del

historiador a la finca, los planes que se hicieron para construir una casa fueron

bastante largos. Durante extensos periodos de tiempo, el viejo había llegado a


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diseñar, a la perfección, complejas arquitecturas con pleno conocimiento de

materiales y medidas. Los diseños eran realizados en la ciudad, la mayoría de

las veces sobre servilletas de pollería en algún almuerzo y también sobre

papelitos de facturas o cosas así, que desaparecían misteriosamente luego,

engullidas por los bolsillos sin fondo de sus pantalones.

En unas vacaciones, bajando a la finca, luego de años de espera,

habiendo aprendido como realizarlo todo de memoria, en un leve desespero

cogió un azadón y cavó finalmente un hueco, en forma de rectángulo, para

poner los primeros cimientos. Fue así como la construcción de la casa se

prosiguió durante los siguientes quince años. El levantamiento de la

construcción se demoró tanto, porque el historiador se la pasaba calculando

opciones en miras de hacer economías y al final, embotado, se le olvidaba en

qué punto estaba el desarrollo de toda la operación. Mientras esa tarea

avanzaba lentamente, el viejo se ocupaba de otros oficios sembrando, a

menudo, en diversas partes de la propiedad, palos de guayaba y otros árboles

frutales.

El tiempo nunca era suficiente para la puesta de cercas de púas y para

negociar ganado que, poco a poco, iba adquiriendo aquí y allá. Con un pedazo

de escopeta, un trambuco que culeteaba, salió unos años a la caza de saínos y

de lapas. Basado en un libro de Leonardo da Vinci, un día había hecho una

serie de estudios matemáticos con el fin de construir, el mismo, un molino de

viento en un alto.

Sería en una de esas ocasiones lejanas en que, levantando el brazo,


40

con un dedo señaló un palito que tenía medio muerto enterrado en la tierra y,

orgullosamente, dirigiéndose a sus dos hijos menores les dijo: “eso que tengo

ahí sembrado es la única planta de canela que existe en todo el país”.

En la ciudad, todo retornó aparentemente a la calma la semana

siguiente. Empero, como en las montañas del trópico las apariencias corren el

riesgo de volverse realidades, la tranquilidad en la urbe duraría muy poco. Una

alteración súbita del clima procuró una secuencia de chubascos inusitados, que

se desataron de norte a sur y desde el oriente hacia el occidente de la capital.

Los aguaceros se precipitaron, sobre el altiplano cundiboyacense, los mismos

días en que las universidades y los colegios celebraban la salida a vacaciones

de mitad de año. El agua caía a cántaros intempestivamente.

Lo particular del fenómeno era que la lluvia sobrevenía cuando el cielo

se veía completamente despejado y los días oscuros el sol quemaba con el

firmamento encapotado. Desarreglos climáticos de chubascos sin anuncio eran

cosa habitual en junio o julio pero, en esta oportunidad, la gente rumoraba que

el desvarío de la atmósfera no era para nada corriente.

Las anómalas circunstancias del tiempo hicieron entonces pensar a

muchos fanáticos que el clima debía de estar siendo “gobernado

telepáticamente”. Y como algunos percibieron que el fenómeno podía ser una


41

maniobra electoral en miras de recoger votos, la gente más sensata se hizo a

la idea de que, simplemente, se trataba de una “promoción de aguas límpidas

vía satélite”.

Lo cierto era que los chubascos se desplomaban con los cielos teñidos

de amaranto y una vez las nubes cargadas y negras aparecían en la atmósfera

sobrevenía un calor tremebundo.

Los más reacios se resistían a creer en el asunto, hasta que el agua, en

cierto momento, en vez de caer sobre el suelo comenzó a botarse hacia el

cielo, lloviendo hacia arriba.

En el barrio Pablo Sexto, el desajuste atmosférico suscitó constantes

especulaciones entre los residentes y vecinos. Felizmente, para la comunidad,

las singulares precipitaciones favorecieron las conversaciones y la fraternidad

en los corredores y en los portones de entrada de los edificios. Las paseantes,

mirando el fenómeno, entraban más fácilmente en confianza. Muchas

personas, de origen diverso, gracias a la extraña meteorología pudieron

entonces al fin conocerse y conversar un rato, amenamente, sobre los

pronósticos del tiempo. Hubo justamente muchas conquistas, muchos

matrimonios se arreglaron y un niño del bloque c-45 conoció por fin, por esta

razón, a su padre.

Una noche, luego de un día oscuro y de calor extremo, la gente salió por

los pasillos buscando el fresco y por doquier se instalaron mesas para jugar

dominó. Al despejarse y salir las estrellas, sobrevino entonces una lluvia

congelada de picachos y de esa suerte, mientras las mujeres iban a traer los
42

abrigos, los hombres votaron los dominós por el suelo y ante lo agreste del

clima, sobre las mesas se organizaron combates de pulso.

En aquella ocasión, el hielo cayó del cielo de una forma tan brutal que

llegó a abrir cráteres en el subsuelo donde, más tarde, se descubrieron

pirámides muiscas. A las ocho y media de la noche, cuando se acabó la misa,

los pedazos congelados que aún se desplomaban descalabraron a una docena

de parroquianos que, a esa hora, salían de la iglesia sin haber dado limosna.

Al cabo de una semana, los meteorólogos indicaron claramente que el

asunto era una “disfuncionalidad orgánica de los ciclos climáticos”. Y por esta

razón, muchas mujeres interpretaron este anuncio como una invitación

insultante al uso indiscriminado de píldoras anticonceptivas.

En Pablo Sexto, los niños, viendo los bloques de granizo y suponiendo

que era nieve, una mañana de junio decidieron unánimemente que Papa Noel

“debía de estar muy cerca”. Esta declaración ofendió luego a la gente mayor y

especialmente a los abuelos que se oponían a que fuera ese idiota papanatas y

barbudo quien trajera los regalos este año, ya que la tradición decía que era el

niño Dios quien debía aportarlos.

En esas inestables condiciones climáticas, al paso de los días oscilantes

entre lluvia sin nubes, calor con ellas y chubascos hacia arriba, la gente no

sabía tampoco muy bien cómo vestirse. Hubo incluso, en el sector, un

escándalo porque dos celadores de la urbanización llegaron a las garitas de

Pablo Sexto cubiertos, en la parte baja, tan sólo con unos taparrabos de

fabricación casera.
43

Con los intempestivos chubascos, los viejos de la tiendita tuvieron otra

buena excusa o razón para tomar. Con excepción del historiador, que

continuaba en esos días de viaje, todos duraron esa semana borrachos, viendo

el agua irse y venir con el sol constantemente, hasta veinticinco veces por día.

Inclusive, el doctor Villamizar, otro de los hombres de edad y consuetudinario

personaje afín a la tiendita, viniendo una de esas mañanas, buscando

aguardiente y a la expectativa de su tradicional cuartico, al incrementarse

alarmantemente la pluviosidad, le tocó quedarse encerrado allí durante tres

días.

Debido a la inundación extrema que las lluvias produjeron en el barrio, la

propietaria, alarmada, cerró la puerta del establecimiento con llave, y sin pedir

la opinión de nadie, no dejó por ningún motivo que los viejos pudieran salir a la

calle.

***

Cuando finalmente escampó, con los chaparrales soleados y diluvianos,

las principales vías de toda la ciudad estaban hechas una catástrofe. Las

avenidas se habían convertido en ríos enormes por donde navegaban camas,

lodo y corotos de gente de escasos recursos. Estos trastos junto con sus

dueños terminaron yéndose por los desagües al momento en que las

alcantarillas sin tapa se tragaron desaforadamente todo lo que pudieron. La

buena nueva fue que, al cabo de los días, el ambiente de Bogotá quedó muy

limpio y la atmósfera bastante clara. En esas, sobre las zonas verdes,


44

surgieron de la tierra miles de lombrices pálidas y regordetas, rellenas de agua,

hecho que demostraba la alta fertilidad de los suelos del altiplano, rico en

sustancias para cultivos.

De los potreros baldíos emergieron además, y sobre toda la ciudad,

tormentas desmesuradas de cucarrones de color siena tostado, recién nacidos,

los cuales plagaron los aires dedicándose, con prontitud, a hacerse el amor sin

escrúpulo, unos encima de otros. Los niños en los colegios públicos jugaban a

capturarlos, intentando meter el mayor número de estos grupos dentro de sus

loncheras.

Esa misma mañana, los habitantes de Pablo Sexto, una vez

dispersados los coleópteros, vieron salir del subsuelo vapores de un aspecto

industrial, color violáceo y con un ligero aroma a jabón de baño.

- Ese aire que sale de ahí debe de ser cancerígeno - exclamó Judith

asustada al observar el fenómeno por la ventana de su cuarto.

Beto, escuchándola en la sala, levantó la cabeza. Esos días de lluvias, el

joven se había quedado a dormir en el apartamento y a esa hora en que Johny

tomaba el chapuzón hirviente, él, atareado, llevando en la boca un cigarro sin

prender, aspiraba a fondo el tapete de la sala desde hacía un buen rato.

- ¿Qué pasa? - gritó Johny desde la ducha - ¿qué pasa?, ¿mamá?, ¿es

a mí?

- ¡No..., estoy hablado con Beto...! - repuso Judith.

En esa mañana de sábado, por fin se había estabilizado más o menos el

clima. Con el sol, la madre de Johny junto a la ventana estaba dedicaba a


45

doblar unas camisas que tenía embojotadas, como habían caído, sobre un

sillón de su cuarto.

- Estas cortinas de esta casa están horribles - dijo quejándose - ¿cuándo

será que voy a tener plata para cambiarlas?

Beto se acercó entonces a la ventana de la sala, tiró un poco las cortinas

con una mano y le pareció que, de pronto, otro día él podía simplemente

meterlas en la lavadora. Acto seguido pasó a seguir aspirando.

Beto tenía la misma edad que Johny. Al contrario de su amigo, éste era

un muchacho servicial aunque muy nervioso, opaco, marginal, atribulado y un

tanto obsesivo. Las novias, antes de echarlo, siempre le decían que él les

parecía “muy humano”.

De origen afro, llevaba gafas cuadradas de marco rojo y poseía,

cruzando el vidrio, una cierta inspección sonámbula. Era grande, cuajado el

cachetón, peludo y de piel tostada, los cabellos un poco achurumbados.

Siendo muy inteligente, se interesaba de sobremanera en el

conocimiento del género humano estudiando por ello antropología.

Por el estimulante sabor que le producía el vinagre, desde hacía dos

meses, le había dado por tomarse, a escondidas, una copita de acético en

ayunas.
46

Vivía en el barrio “Las Guacamayas”, al sur de la ciudad, a una hora y

media de Pablo Sexto en bus. Compartía el hogar con su primo pequeño y una

tía que los mantenía a ambos. Los tres habitaban el segundo piso de una casa

a medio terminar y de dos niveles, que estaba custodiada por un perro llamado

Cachaco. Se trataba de un gozque enrasado de bóxer con pequinés, quien

dormía encima de la terraza, entre un poco de trastos metálicos y oxidados. El

can gobernaba y asechaba desde ese alto, ladrando al ajeno fieramente.

La tía de Beto era una actriz fracasada y costeña llamada Alix. La mujer

había estudiado unos semestres de informática en una universidad de garaje, y

más tarde dedicó su tiempo a la actuación en Cali. Con algunos golpes de

suerte, años atrás, había sido muy llamada a representar papeles secundarios

para la televisión pero, con el paso del tiempo, poco la solicitaban ahora para

nuevas grabaciones. De todas formas, la mujer se mantenía constantemente a

la expectativa, con el sueño de que un día le iban a ofrecer a lo mejor un papel

protagónico. Solía así ponerle su triste cara a algunos directores de novelones

que, eventualmente, apiadándose de ella, le ofrecían desempeñar

genéricamente el papel de la “boba”.

Durante las vacaciones universitarias, Beto prefería permanecer poco

en esa casa. Cuando se cansaba del perendengue y la peleadera que a cada

rato le armaba su tía - molestia que era frecuente pues esta mujer, al sentirse

ignorante y desdichada, sólo quería armar camorra - el muchacho, saliendo a

ventearse, se escapaba de allí, alegando diversas excusas académicas.

La biblioteca del centro era, a ciencia cierta, un lugar un poco fatigoso


47

para esa época de ocio de mitad del año. Entonces, no teniendo ocupación

mayor, el joven se largaba frecuentemente a casa de su amigo Johny, en Pablo

Sexto, compinche al que había conocido cursando una materia electiva de

música electroacústica.

El rubio gustaba de la colección de casetes de rock que Beto poseía y

admiraba sus amplios conocimientos sobre este tema. “Este man sabe mucho

de música”, solía decir normalmente Johny sobre su camarada.

En la habitación donde dormía, Beto tenía ochenta y nueve casetes

grabados la mayoría directamente de los discos originales. Por el orden

alfabético de los grupos, tenía los registros enumerados y metidos en un

estante situado debajo de la ventana de su cuarto. El mueble era formado por

dos tablas sacadas de una cama más cuatro ladrillos desportillados

recuperados de algún antejardín.

La música a Beto le servía más que todo para calmar sus estados

ansiosos. Quien sabe porqué razones, tal vez genéticas, el muchacho tenía

obsesiones constantes de ir a cometer un crimen sin desearlo. Se veía de

manera repetitiva, por ejemplo, subido en la terraza de su casa arrojando hacia

abajo, por culpa de un movimiento torpe, ya fuese un vidrio roto, grandote y

empolvado o unas materas que permanecían allí sobre una baranda.

Imaginaba constantemente que estos objetos, en la caída, le cortarían en una

sola rebanada la nariz o le espicharían el cráneo a algún transeúnte. Y si esto

entonces sin intención llegara a ocurrir un día, - ¿ante la ley podré ser

dictaminado culpable? - era la pregunta que se hacía constantemente.


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Para evitar esas imágenes morbosas y desagradables, Beto procuraba

subir poco a la terraza.

Lo malo era que allí lo mandaba su tía, repetitivamente, a darle de comer

a Cachaco o a buscar alguna otra cosa. Refunfuñando pero acatando, Beto

montaba las escaleras y bajaba lo más rápido que podía, procurando

permanecer en la azotea el mínimo tiempo necesario.

Un día, Alix le pidió el favor de ir a mirar si allá en lo alto estaba la tapa

de una olla que se había perdido de la cocina. Lo curioso es que, en aquella

ocasión, el asunto distaba de simplemente subir, coger la cobertura y bajar de

inmediato, pues esta vez tocaba hacer pesquisa.

De mala gana, Beto sufrió de esta forma, largo rato, la búsqueda de la

cobertura. Angustiosamente, levantó y movió los objetos amontonados allí

arriba, entre ellos una gran cantidad de sábanas y trapos cochinos, una

aglomeración de varillas y dos triciclos rojos oxidados y torcidos. Como la tapa

no aparecía y el muchacho había pasado en lo alto demasiado tiempo, aquella

vez tuvo que hacer un gran esfuerzo, concentrándose mentalmente para evitar

que la obsesión y el desvarío subvinieran. Pero, en el estrés, su imaginación lo

traicionó y la tribulación en su cerebro dio un giro adverso. En el momento en

que el alegre Cachaco, al lado, lo miraba moviéndole la cola, Beto abrigó la

impensada noción de que bajaría de aquel lugar, con un pedazo del vidrio roto

e inclemente rajaría el cuello de su tía.

Ella, que estaría en la cocina revolviendo con un cucharón una sopa de

plátano, a la espera de una estúpida tapa, en ese instante, jamás pensaría ser
49

degollada. La cámara un poco más arriba filmando la eyección del chorro rojo

bañando los baldosines azules de los muros, imaginándose esta escena

cinematográfica de horror en que, sajándole la yugular, la sangre salpicaría del

cuello, Beto quedó aterrorizado. En la misma sevicia, se le antojo elucubrar de

paso la idea de envenenar a su primo, echándole insecticida en el caldo para

que no sufriera la ausencia de su progenitora.

Muerto del miedo sobre el suelo de la azotea, el joven empezó a

revolcarse convulsivamente tras esas espeluznantes visiones que lo hacían

gesticular, al mismo tiempo, una gran risotada sádica y demoníaca. Cachaco, a

su lado, con la lengua afuera sin entender nada, por diversión le batía la cola.

Al levantarse nuevamente, con los ojos inyectados en sangre y húmedos

de tanto reír, el muchacho supuso entonces que no había nadie, en el mundo,

más perverso que él y que aquellas ideas maléficas eran las peores

invenciones mentales, en toda la existencia de la especie humana. Ya se veía

saliendo en el juicio grabado por los noticieros y catalogado de psicópata

demente. La gente morbosa lo iba a observar, en televisión, para ver qué cara

tenía “Belcebú”.

Así, los siguientes meses, esas imágenes mortuorias se instalarían en

Beto y como él intentaba rechazarlas, lo atormentarían y lo abatirían

frecuentemente. Para combatirlas, el joven pretendió, desde entonces,

mantenerse altamente ocupado. Se le veía concentrado excesivamente en sus

estudios y gracias a esto, en el futuro, se graduaría con honores. Durante las

vacaciones, se quedaba en la casa sólo cuando su tía no rondaba por allí, y se


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encerraba en su cuarto dedicándose a ordenar y a aumentar su colección de

música rock. Leía, además, todo lo que podía sobre la historia de los

movimientos musicales y escuchaba sus casetes más pesados mientras, desde

su cuarto, espiaba a los transeúntes por la ventana.

Cansado de su mundo, se iba para donde Johny.

Aunque sintiéndose allí más a salvo, subvenían de todas formas las

imágenes mórbidas que, desde su psiquis, habían demostrado poder emerger

en cualquier parte. Apareciendo sobre todo cuando él andaba desocupado, era

por esto que para evitarlas le daba por entregarse a la ayuda de los oficios

domésticos.

Esta era la única forma de pensar en otra cosa.

Obviamente Judith aceptaba con complacencia las contribuciones

compulsivas del amigo de su hijo y, gustosa, reflexionaba, con opinión errada,

sobre lo bien que estaba educado ese muchacho y sobre cómo hacía todo con

gran placer.

- Menos mal que Johny elige muy bien sus amistades, mire como es

Beto de servicial - se decía la dama.

Verbigracia, esa mañana, en el apartamento, a la hora en que Johny se

demoraba en la ducha, una vez que Beto acabara de aspirar hasta los rincones

más profundos del piso de la sala, ella ya lo tenía elegido para que luego,

humildemente, pasara por la cocina y le echara un vistazo a la enorme

montaña de loza.
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De regreso de un viaje más, esa misma madrugada el historiador se bajó

de su Toyota en alguna esquina de la ciudad. Orientándose, se dirigió a

comprar un periódico en un quiosco de venta de dulces, revistas y Condoritos,

que encontró fácilmente entre un caño y un supermercado Carulla. Dando

pasos muy lentos, de vuelta a su carromato, desplegó entre sus manos las

páginas del diario. Aguzando la vista para ver mejor los encabezados, buscó la

sección económica. Deseaba verificar, sin ninguna razón aparente,

aproximadamente en cuanto estaba el precio del dólar.

Caminando y leyendo de esa forma, sobre la acera terminó fijándose en

un artículo que le llamó curiosamente la atención. En un apartado de la sección

editorial, se indicaba que los altos intelectuales del país y sobretodo “los siete

sabios” indignados se encontraban, y ofendidos habían puesto el grito en el

cielo por el rumor que corría de que - ante los roces surgidos por el litigio de la

reliquia histórica con España -, la embajada de la península examinaba,

seriamente, la posibilidad de poner visas a los nacionales.

- ¡Ja! - dijo el historiador mientras cerraba la página justo frente a su

vehículo. La noticia era para él simplemente un dato alarmista más, entre los

muchos que corrían por el bullicio capitalino.

Había estado viajando de regreso a la ciudad toda esa noche, y el

cansancio le hacía, ahora, onda mella. De nuevo, en la silla de piloto de su


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Toyota, fue consciente de que la fatiga se incrementaba al no haber comido

todavía.

Bostezando, encendió el motor en búsqueda del desayuno. Pronto,

estaba atravesando la sección de carnes, en la plaza de mercado del siete de

agosto. Caminando, de pasada echó un ojo a los congeladores repletos de

ubres, lenguas y cachamas, y fue a sentarse, más adelante, en una mesa de

concreto, tapizada con baldosines para baño de color blanco bajo filigranas

azules y rosadas.

Habiendo olvidado el periódico en el carro, y acomodándose sobre una

silla larga, con la mano pidió que le trajeran un poco de lo que se alcanzaba a

ver en el interior de una gran olla de metal. Una señora salió y le acercó a la

mesa un caldo de costilla con cilantro.

- ¿Cómo le va doctor? - le preguntó con naturalidad la campesina.

Levantando la cara, él la observó fijamente. Era una mujer que conocía

de ahí, pero que nunca había detallado. Tenía la mitad de la cara quemada.

- Me va muy bien, aunque no soy doctor. ¿Y a usted como le ha ido? -

repuso el viejo, interesado por algo que percibía de la naturaleza de aquel

extraño personaje.

La campesina lo escuchó pero no le entendió porque decía que no era

doctor, si a ella le parecía que era como un doctor. De todas formas le sonrió

amablemente. Enseguida, el viejo le pidió un poco de fritanga para completar el

bocado.

***
53

Lejos de allí, en la tienda de Pablo Sexto, Paco Polo dialogaba con

cuatro o cinco personajes ilustres del Barrio. El científico jubilado hacía

campaña sobre ciertas cuestiones que concernían al conjunto residencial.

- No podemos dejar que esto siga así - dijo tras un monologo de

propuestas, que él consideraba fundamentales para una convivencia sana en el

sector.

Como representante de la junta de acción comunal, y en vísperas de una

nueva reunión de la asamblea, el pensionado se proponía, con la charla, ir

convenciendo a los habituales de la dependencia sobre sus concepciones

empíricas en pro del bien común.

Disfrutando del tiempo libre que la jubilación le otorgaba, aquel

personaje tosco y áspero, había asumido, desde hacía poco y solo en su

interior, el rol de líder vecinal, esto a manera de reto consigo mismo. Quería

probarse y probarle al mundo que lo que sus compañeros de trabajo habían

pensado, durante todos esos años de encierro y de martirio en la facultad de

ciencias, nunca había sido cierto. Se le notaba la amargura de haber sido

siempre considerado como un bruto para las relaciones sociales.

- Definitivamente, no podemos dejar que esto siga así – repetía con

convicción, esa mañana más o menos a las once.

En efecto, estaba empecinado en promover la tala de un bosquecito del

sur occidente del conjunto residencial. Insistía en que, en ese sector de Pablo

Sexto, los jóvenes aprovechaban frecuentemente las sombras para realizar allí
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actividades ilícitas.

- En esos árboles, eso son lugares de vicio – anunciaba, señalando con

el dedo hacia el fondo.

Sumado a otras necesidades y reformas que también consideraba

prioritarias en el sector, mientras continuaba hablando ese día recordó,

momentáneamente, que aquella mañana iba tal vez a regresar el historiador de

los llanos. Fue por eso que, poco después, él fue el único que en la tiendita no

se sorprendió al escuchar al viejo Blas, estacionar al lado y entrar al

establecimiento mostrando una actitud serena y entusiasta.

- Ya llegó el letrado y estoy seguro que hoy nos va a salir con algo -

pensó Paco Polo impasiblemente.

Guardando las llaves del automóvil en su bolsillo, el viejo pidió una

amarga al tiempo que saludó contento a los presentes.

- Ahora sí, voy a poder llenar la finca de pasto - dijo con certeza, mirando

a sus camaradas.

El desayuno lo había restablecido completamente. Solía pasar que

cuando el viejo estaba sumido en aquella actitud positiva, fácilmente sacaba

del sopor a quienes, adormilados sobre las sillas de la tienda, permanecían

siempre aletargados sorbiendo alcohol cual vegetales.

La descripción del negocio de un tractor que había comprado acaparó,

instantes luego, el rumbo de la charla.

El viejo Blas se extendió en el tema, contando el negocio desarrollado

hasta entonces y durante varios años con el cuidandero de la finca vecina, el


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cual, por fin en esta ocasión, se había decidido a venderle el aparato por un

buen precio.

Atento a dicho relato, uno de los músicos prehistóricos, que en ese

instante le prestaba suma y ferviente atención, en medio de la modorra bostezó

y se dijo para sus adentros:

“Esto de lo que habla este viejo es tan convincente que debe de ser

mentira.”

Enseguida, el historiador consumó todo un análisis sobre el pensamiento

de las diferentes partes en el trato, construyendo una larga reflexión sobre la

relación de las personas frente a las cuestiones del trueque.

El viejo sabía muy bien volver sus extrañas fábulas literatura oral, de tal

manera que hasta Doña Cristina, la dueña del establecimiento, desde el otro

lado del mostrador, junto a la greca, le prestaba atención; a pesar de que ella

intentaba no hacer mucho caso a esas conversaciones, sin fin, de ese grupo de

viejos sin quicio.

- Con tal que compren harta cerveza y ya - pensaba generalmente la

doña, quien, fuera de esperar a destaparles eternamente una nueva ronda, era

por otra parte una persona muy correcta y atenta. Siempre que Johny pasaba,

por ejemplo, como a las cinco de la tarde, a llevarse su consabido cigarrillo sin

filtro, a ella le daba la impresión de que el joven estaba cada día más flaco.

- Ahí mijo, usted sí está muy mal, récele, récele al señor - le decía de

vez en cuando.
56

A Johny le gustaba meter la grabadora en el baño cuando tomaba la

ducha.

Era ésta un aparato de color metalizado, ecualizable y con dos parlantes

que, con la ruptura de unos pedazos de plástico, ya para esa época se

desprendían del cuerpo central, dándole al dispositivo la apariencia de un

cascaron inservible. Sin embargo, la sonoridad del artefacto era aún de buena

calidad. Algún día, el mismo había sido fino, poseyendo incluso alguna marca.

Johny acostumbraba transportarlo de un lado a otro por la casa.

En el cubículo de la ducha, la cortina estaba arruinada. Era de

pescaditos y además de estar mohoseada abajo, el agua fácilmente

comenzaba a escapársele a los cinco minutos de estar abierta la llave. Solía

así empaparse todo el exterior y se formaban grandes charcos, nunca

alcanzados a ser absorbidos por un tapete cuadrado que yacía apichado a la

entrada del remojón.

A pesar de que el agua salpicaba y corría por todos lados, Johny nunca

vio mayor problema en meter y dejar la grabadora sobre el suelo mojado.

Jamás tampoco se le ocurrió, ni remotamente, pensar en la posibilidad de una

muerte por electrocución.

Menos mal que en el baño no había tomacorrientes.

No obstante, para conectar la radio, el chaval utilizaba un cable

extendido hasta el enchufe, situado detrás de uno de los sofás de la sala. Ya


57

que esta distancia era bastante larga, la extensión había tenido que sufrir una

serie de remiendos chambones con fines de estiramiento. Tales reparaciones

habían sido efectuadas muchas veces de afán, utilizando cinta de enmascarar,

tijera y cuchillo del pan. Y así funcionaba perfectamente.

Aunque las dos caseteras del aparato ya no servían para nada, a Johny

lo que más le gustaba, al bañarse, era poner la emisora de música romántica

en inglés, pues las melodías lo hacían sentirse - en la zambullida - como una

estrella.

En la inmensidad vaporosa del agua caliente, el joven tenía el hábito de

permanecer estático por más de media hora y, frecuentemente, terminaba allí

metido hasta dos o tres veces al día.

Mientras el agua caía, no preocupándose por nada, el muchacho,

agachándose de rodillas, cerraba los ojos muy fuertemente para experimentar

así, con toda la intensidad del asunto, el chorro abatiéndosele sobre la

cabezota.

- La cabezota que es tan intensa cuando uno cierra los ojos - pensaba

mientras, al tiempo, masajeaba con el jabón su piel blanca y tersa. Era

especialmente minucioso revisando cada palmo de la superficie de su

organismo, detallando la posición de cada lunar, vigilando cada pequeña

mancha de su cuerpo.

Parecía gozar enormemente sacando, con la fricción, mucha espuma,

tanto así que, tal vez en dicha acción, al joven sólo le hubiese causado envidia

la posibilidad de llegar a emular a la pantera rosa, saliendo como una limpia y


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voladora burbuja de un baño tomado dentro de una maquina lavadora, repleta

de jabón.

***

Esa misma noche, esperando a que terminara de ducharse, con las

manos bajo la cabeza su amigo lo esperaba afuera. Recostado sobre el

edredón de la cama, Beto miraba, oblicuamente, las fotos pegadas sobre una

pared. Iban a ser las nueve y media de la noche.

- ¿No has comprado el estropajo mamá? - gritó el rubio desde la

regadera.

Había pasado casi media hora.

- Judith salió - le respondió Beto, un poco aburrido y en voz alta. - ¡Oiga

mire a ver si le apura!

- Ya voy, ya voy – riñó Johny mientras cerraba la llave. Entonces,

tembloriqueando alegremente, el muchacho salió del baño y se acercó al

cuarto, llevando la toalla envuelta alrededor de la cintura. Pasando al armario,

se dispuso a escoger una buena pinta.

“Pero si vamos a salir sólo un momento al parque…” le recordó Beto, un

perico resignado, sabiendo que esta actividad era, en su amigo, también de

singular demora. Procediendo a ponerse unos pantalones de pana, Johny se

apuntó la camisa y se miró al espejo. Arreglándose el cuello de la prenda, se

quedó reflexionando sobre si la tela estaba o no estaba arrugada.

- Que falla - pensó finalmente - está arrugada.


59

- Oiga ¡ya deje eso! - exclamó Beto ansiosamente. Luego, caminando

por detrás, empujó al mono hacia el espejo para hacerlo chocar contra el

vidrio, e impaciente siguió su camino rumbo a la cocina.

Johny, sin prestarle atención, se quitó la prenda para ensayarse otra y le

gritó desde allí: “Tranquilidad... estamos en vacaciones, ¿es que no se acuerda

o qué?, además ni esculque allá porque dentro de la nevera no hay nada para

comer.”

Al cabo de un rato salieron del edificio. En el exterior, atravesaron la

cancha de básquet, cruzando luego dos parqueaderos. Fueron a sentarse no

lejos de allí, en una banquita verde, al frente de unos columpios clavados

sobre el césped. Beto sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta dos

cervezas en lata, y ya estando sentados le ofreció una a su amigo

preguntándole:

- Muestre a ver. ¿Cuál es Yerbux?

- Ahí está Yerbux - le contestó Johny señalándole, con algo de

solemnidad, un eucalipto situado no muy lejos de donde ellos se hallaban.

***

Yerbux era un árbol excepcional del conjunto con el que Johny había

entrado en contacto telepático hacía cierto tiempo atrás.

Escuchemos, en este punto, lo que nos aporta el vegetal:

“Pude hablar con Johny - nos explica el frondoso - una vez que otra de
60

aquellas noches, con la piedra que sostenía la puerta de la cocina, vi que el

joven desbarataba en pedazos una panela, y con tres fragmentos de ésta puso

en agua a sancochar unos hongos secos, que para ese entonces celaba en un

frasco color café. Una vez preparado aquel menjurje, se sentó a mirar la

televisión. Iban a ser como las ocho y media de la noche y desde afuera, a lo

lejos, a través de la ventana abierta del patio de ropas, a esa hora yo alcancé

a percibirlo. Por eso me puse a llamarlo.”

“- ¿Quién será el que me jode en esta vida? - pensó Johny, y con la

intención de ir a investigar fue oyendo poco a poco y más claramente mi voz

solicitante, preveniente del exterior. Intrigado, el muchacho se puso encima un

saco y salió del apartamento. Posteriormente, divisé que el chamo caminaba

hacia el lugar donde mi tronco lenguado ha permanecido, desde que fui

sembrado aquí, al inicio del conjunto residencial.”

“- Esto no puede ser posible - se dijo al llegar junto a mí. Se le veía, en

realidad, bastante asombrado.”

“- ¿Por qué? - le pregunté.”

“- ¿Cómo así?”

“- ¿Te acuerdas de mí, Yony? - continúe interrogándolo, observando que

había por fin retenido fuertemente su atención después de tanto tiempo.”

“-¿Ah?”

“Al ver al joven de nuevo tan cerca de mi tronco, entonces surgió en mí

un sentimiento de cariño el cual era compungido y triste, pues detrás de mi

alegría experimentaba, al mismo tiempo, un gran rencor frente al muchacho.


61

¿Cuántas veces desde hacía años había estado llamándolo sin que me

escuchara ni me hiciera caso?”

“¿Cuántas veces no había pasado el maldito Yony por estos lados, sin si

siquiera voltear a saludarme? Que ingratitud con su viejo amigo vegetal de la

infancia. Que ingratitud, maldito perro corrupto, si pudiera mover las ramas lo

ahorcaba.”

“Pero, de igual manera, viendo que por fin de nuevo me escuchaba,

apaciblemente, aunque casi llorando de la emoción sentida, pasé a recordarle

sin perder el tiempo que yo era su viejo Yerbux y que, siendo un árbol insigne

del conjunto, lo tenía muy presente a él desde la época en que con su mamá

habían llegado a vivir a Pablo Sexto.”

“- Nosotros éramos amigos cuando estabas pequeño, ¿lo recuerdas

Yony?- continúe diciéndole, con mi voz conmovida cual milhojas.”

“- Yo vi desde aquí, por tu ventana, la fiesta de tus cinco años. Más aún,

ustedes despanzurraron una piñata en forma de sapo.”

“- ¿De qué se tratará toda esta artimaña? - se preguntó entonces el muy

vil, intentando chamuscar, con su encendedor, un pedazo de mi corteza.”

“- Ya sé, - exclamó luego - éste debe de ser un viejo roble como los que

se la pasan en la tiendita y en este momento está teniendo una alucinación

mientras habla conmigo, más bien toca seguirle la cuerda a este tipo de viejos.”

“Y al escucharlo decir estas palabras, me sentí aún más mal ya que no

soy roble sino eucalipto. Más tarde, felizmente, tras el acoso efectuado de mi

parte - incitado por mi necesidad de afecto - Yony debió aceptar que


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efectivamente yo, un árbol olvidado del barrio, le estaba hablando, pues el

alcornoque ¡ni siquiera quería admitirlo!

En último término, para darle más muestras de que mi elocuencia era

verídica, me tocó hasta señalarle que, de niño, uno de sus juegos favoritos era

dedicarse a mirar derretir babosas, echándoles encima sal yodada por ahí

cerca en la tierra.”

“- Bueno sí, está bien, ése era yo - reconoció Yony y yo descansé.

Descansé por fin al observar su aprobación. La conversación después hasta se

puso amena y grata. Evocamos las anécdotas y los viejos tiempos. Le pedí una

última oportunidad, le dije: me siento muy solo Yony, prométeme que vendrás

más seguido a visitarme. El muchacho afirmó esa noche moviendo la cabeza y

me estrechó esta rama que ahora es tronquito. Y en la oscuridad, lo observé

yéndose para su casa a seguir viendo la televisión.”

***

- Y eso fue hace rato, ¿no? y ¿todavía le habla? - le preguntó Beto al

rubio, mientras éste le relataba, una vez más, la misma historia de aquel árbol

parlante.

Escuchándolo nuevamente, el de gafas se acomodó en la banca y,

divertido por la reiterativa ocurrencia de Johny, chupó de adrede su cerveza

para así disimular una sonrisa incrédula. Beto no quería que su amigo notara

su jocosa expresión, pues para el rubio el asunto era de suma seriedad.


63

- ¿Todavía le habla ese árbol? - volvió a insistirle, con un gesto algo

indiferente, como si estuviesen charlando de uno de aquellos temas comunes

que aparecen, cotidianamente, entre los jóvenes experimentales.

El otro finalmente no le respondió. Johny seguía allí, con los ojos fijos

señalando a Yerbux, con el brazo levantado, teniéndolo ya para entonces

medio encalambrado.

- Oiga, vamos más bien por ahí a caminar a otro lado - le dijo por último

el rubio y sorbiendo lo que quedaba de trago, arrojaron las latas a una caneca y

se alejaron de las banquitas, marchando por entre la penumbra.

***

La noche estaba calmada en el barrio. La atmósfera parecía cubierta por

una especie de limo vaporoso que lo bañaba todo, y que poco dejaba ver lo

que se tenía justo al frente. Entre la neblina, por los parques, algunos púberes

ensimismados hacían ejercicios. Más allá, un columpio se movía chirriando en

la soledad, yendo y viniendo con el viento bajo la suave iluminación de un

poste.

Caminando por entre las hileras de los bloques, los muchachos

alcanzaron un claro donde se levantaba un pasamanos de diferentes colores.

Allí se detuvieron un momento a contemplar la gran cantidad de ventanas

iluminadas que se extendía frente a ellos.

Estaban justo delante de ocho o nueve edificios.


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Sobre las múltiples edificaciones de la ciudadela, a través de los

cristales, se podía ver a las personas que, en actividades familiares, se

consagraban al letargo y a la inercia de las intimidades de esa hora.

- Sería bueno un día de estos tomar desde aquí unas fotos - dijo Johny,

mientras proseguían la marcha por entre un caminito construido con pequeñas

losas de cemento.

- En estos días pasa el cometa - continuó diciendo, dirigiendo su vista

hacia las nubes que cubrían el firmamento. Atravesando la primera portería,

caminaron luego por fuera del vecindario, andando paralelos al muro de la

parroquia y desembocando más allá, en el sector comercial.

- ¿Para dónde vamos?- preguntó Beto.

- No sé - respondió el otro.

- Entonces volvamos.

Dando la vuelta, circularon por el frente de las misceláneas, de las

fotocopiadoras y de las pollerías. Entraron de nuevo al conjunto por otra de las

vigilancias, saludaron a Joaquín, el portero, que estaba de trasnochada y

siguieron por entre los multifamiliares.

***

Alcanzando el césped, retomando el camino principal hacia el interior del

conjunto, de entre el medio de unos matorrales oscuros emergió la figura de

Mauricio Jayanes.

- Huy, ahí viene ese man…- murmuró Johny, intentando hacer como si
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no lo hubiese visto.

El sujeto se aproximó y en el andar de los jóvenes los acompasó

sonriendo, mostrándoles su retorcida dentadura. Estrechándoles la mano, el

oscuro personaje se puso a silbar, secundando el mismo trayecto. Calmado,

sujetaba fuertemente, con un lazo, un labrador de color negro.

- Me tocó sacar a pasear al perro, a ver si se me baja esta loquera

muchachos - les dijo, manifestando una especie de gustosa incomodidad,

reflejada en sus ojos rojos y pequeños.

- Tenga, échese góticas - le propuso Johny, alcanzándole por el aire un

frasquito de plástico.

El individuo tenía esa noche puesto una americana de cuero, una

guayabera de manga larga, bluyines escurridos y largas botas vaqueras. Por

cautela, fingía ser otro estudiante más: llevaba el pelo largo más abajo de los

hombros, y lucía un porte mezcla entre indígena con clase y cantante de

heavy-metal. Pegaba su estilo, muy bien, con una mochila de insurgente

colgada al hombro. Habitaba el vecindario por el lado nororiental del conjunto.

Los chismes decían que era un tipo muy poco recomendable, mucho menos de

fiar.

A Johny le parecía haberlo visto en el barrio toda la vida. Desde épocas

remotas, el rubio se estremecía, desagradablemente, cada vez que se lo

encontraba por azar, y tenía recuerdos muy lejanos de su niñez cuando

Mauricio amedrentaba a los mocosuelos del sector, diciendo groserías y

molestándolos a todos. Se acordaba incluso de la ocasión en que unos niños


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inventaron que, en su casa, Jayanes les había mostrado una bolsa donde

guardaba reliquias “que eran del diablo”.

La verdad, de pequeño Mauricio Jayanes siempre había sido muy

inquieto. Desde los cuatro años mostró una crueldad anómala. Fue en la

misma época en que empezó su manía de aplicarse a morder con rabia a sus

hermanas mayores. En una de esas oportunidades, hirió gravemente a tres de

ellas un viernes, luego de ver en televisión un capitulo del hombre increíble.

Las malas lenguas aseguraban que estas manifestaciones de afecto, ahora en

la juventud, hacían del tipo una persona capaz de mandar al que fuera

embutido en un costal hacia el caño.

En el barrio, de boca en boca, era sabido que Jayanes llevaba una

carrera en el hampa, desde hacía más de una década. En un principio,

calificando para el puesto de catador ordinario de drogas fabricadas por una

transnacional, y ante la tolerancia que mostró frente a los “tests” de

alucinofobia, la empresa lo contrató, más tarde, para laborar en otro sector del

negocio. Cobraba jugosas sumas por hacer viajecitos intermunicipales en un

Mazda de color blanco y bien cargado.

- Esas gotas están buenas - dijo después de aplicarse el colirio.

- Ahora sí voy a poder conducir esta noche. Tengo un recomendado que

hacer, ¿me las regala?

- Cójalas - le respondió Johny.

Hubo entonces un silencio en medio de aquella caminata noctámbula.

Entre los bloques, con los pasos, se escuchaba tan sólo al perro soplando por
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la boca, a la derecha de su amo.

El animal mantenía la lengua lamiendo el recorrido, dejando así una

infinita estela de baba.

- ¿Cómo les va en la universidad muchachos? - interrogó el aparecido,

abrupta y amenamente.

-Pues hay bien, lo mismo de siempre - le respondió Johny con la mirada

hacia el suelo. Luego, sin dejar de caminar, el rubio se metió las manos en los

bolsillos en una actitud discreta y precavida.

A Beto y a Johny nunca se les hubiese pasado por la cabeza fomentar la

amistad con un sujeto de dicha estampa. No obstante, en esas ocasiones en

que se lo encontraban, preferían seguirle la cuerda para evitar problemas. A su

vez, el mequetrefe, aunque no lo mostraba, sentía un gran agrado cuando

conversaba con ellos, ya que de esa forma experimentaba en el sector ser

“aceptado también por los cultos”.

En realidad, a pesar de que los jóvenes normalmente se azoraban al

verlo, el pelafustán, en el fondo, les tenía mucho respeto. Esto se debía a que

Jayanes ni siquiera había acabado el bachillerato. Así, albergaba, para sus

adentros, la idea de que él era un idiota y que la educación era una cosa

inaccesible en este país, sólo alcanzable para espíritus elevados. Tenía incluso

la extraña intuición de que Johny y Beto eran de los pocos cerebros del

vecindario.

Y era cierto. El sector residencial estaba básicamente poblado por una

gran horda de holgazanes, mujeriegos, deportistas trabados, contemplativos,


68

retozones y, por último, existía, bien acentuada, la casta de los que, en

cualquier pastal, terminaban rumiando la hierba.

Al no haber mucha gente que estudiara para ese entonces y menos en

la universidad, Jayanes veía, en Johny y Beto, algo así como lo que él siempre

hubiese deseado alcanzar y ser. De todas formas, como no quería que los

muchachos lo tomaran por un iletrado, troglodita e inepto le gustaba - cuando

no amenazaba con matar a alguien - dárselas de avispado. El asunto era tan

así que, esa noche, mientras caminaban estuvo torpemente procurando hablar

con ellos sobre algo de política, con el objetivo de mostrar que él estaba muy

enterado sobre la realidad del país.

- ¿Y qué tal ese cuento del Cristo que nos quieren quitar ahora? – dijo,

llamando la atención de los dos chavales, los cuales, a ciencia cierta, no sabían

que el tipo fuese tan tonto.

Sin embargo, de tiempo en tiempo, Jayanes mostraba razonamientos

brillantes. Por citar algo, últimamente con la moda de la disputa sobre la

reliquia histórica, había llegado a la sabia conclusión de que Europa nunca

había existido, y que lo que pasaba era que el “antiguo continente” se trataba,

más bien, de un viejo invento de los Estados Unidos para tenernos a nosotros

en el muladar, cada vez más dominados.

De igual manera, extendiendo este planteamiento, Jayanes elucubraba

brillantemente que, por lo tanto, el Español debía ser la lengua natural y

originaria de todos los seres humanos.

Es bastante posible que si los muchachos hubiesen sabido de los


69

alcances de dichas reflexiones lo hubiesen tomado por genio y maestro. Pero,

como el bellaco lo único que quería era, humildemente, ser aceptado por ellos,

- sin que esta intención se notara - terminaba generalmente diciendo, en las

conversaciones, sólo frases tímidas. Ya a esas alturas de la noche, él, su perro

y los dos amigos venían de surcar un buen trecho en la caminata, recorriendo

la distancia paralela a quince bloques. Atinaban ahora a uno de los

parqueaderos, desde donde podía ser divisada la tiendita iluminada.

Allí adentro, la conversación estaba estancada en algún tema, hacía

más o menos cuarenta y cinco minutos. Los viejos intentaban poner

parámetros para definir la importancia de la plusvalía en el desarrollo de la

oligarquía tercermundista, así como discutían sobre la distinción entre

circulación y capital, tal como la presentaba Tooke, Wilson y otros. De esa

forma, elucubraban sobre el cómo hubiesen podido ser aplicables estas

definiciones a la transferencia de capitales en el gobierno de Rojas Pinilla.

Entre la conceptualización del caso, los tres muchachos se acercaron

curiosos al lugar. No iban a entrar pero, siguiendo de largo, miraron paralelos a

la vitrina y escucharon difusamente la conversación desde afuera. Detallaron

un poco indiferentemente la escena de los ancianos que, en plenas

disquisiciones, estaban sentados flotando entre una humareda de cigarros.

Alrededor de dos mesas juntas, los longevos, se emocionaban en el debate,

logrando con los enunciados hacer vibrar el pocillo lleno de ají picante, que

sobre el mantel de una de las tablas, desde hacía siglos, descansaba allí

chorreando.
70

- Ese pocillo a lo que huele es a mierda - masculló Jayanes.

Un signo de aprobación, de la boca de los otros dos, surgió en el acto.

Sin detener su curso, los tres y el perro se alejaron del lugar. Johny se

preguntaba si era posible o no que al presidente de la república ya se le

hubiesen ocurrido esas brillantes soluciones a los problemas del país, que esos

viejos del barrio siempre exponían ahí en la dependencia.

-Yo creo que sí - bufó el perro.

- Al fin de cuentas, lo que es importante en esta vida es tener una buena

colección de música y no preocuparse por esos cuentos - dijo Beto, resolviendo

fácilmente el problema, en el momento en que Mauricio Jayanes iba a

despedirse de ellos.

- Bueno muchachos, me voy a hacer una vueltica. ¡Pilas hay! - remató el

analfabeta y con el perro batiendo la cola, les dio la espalda.

El de la mochila se retiró pensando cuan inteligente había sido la última

reflexión de Beto y, lanzándose hacia la oscuridad, finiquito perdiéndose en la

negrura de los matorrales, cuyas hojas hicieron estrépito y un sonido de

“shhhhh”.
71

II

1
72

Echado boca arriba, a esa hora temprana de la mañana siguiente, el

historiador miraba apaciblemente la entrada de los primeros rayos solares que,

a través de los cuadraditos tejidos de una cobija, se filtraban formando círculos

en su retina.

Aún adormecido, sobre el lecho esperaba a que fueran ya las seis de la

mañana. Dudando entonces si debía levantarse de una vez, recordó por azar y

sin mucho agrado que el carro lo tenía todavía varado.

Desde hacía unos días, el Toyota no le había querido prender y el

jueves pasado le había tocado dejarlo tirado ahí, en uno de los aparcaderos del

barrio Pablo Sexto, no pudiendo ni siquiera remolcarlo hasta el garaje donde

normalmente lo guardaba.

Con ánimos de aprovechar entonces la madrugada, el viejo se sentó en

la cama. Frotándose los muslos mientras por unos instantes se instalaba en él

todo el espectro de la conciencia diurna, decidió ir a ver qué era lo que le

pasaba al motor. Luego de bañarse y desayunar un caldo, se encaminó hacia

el lugar.

Iba cargando varios alicates, algunos destornilladores y piezas de

repuesto, todos ellos haciendo ruidajos dentro de dos cajas de metal oxidadas,

y cuyas manijas apretaba cada una en una mano.

Una vez frente al tiesto, movió hacia abajo dos clavijas situadas en la

parte frontal y levantó el capó. Con rapidez, se aplicó al oficio de desbaratar

completamente el motor. Manipulando, con presteza, de un extremo al otro las


73

herramientas, al cansarse de ellas introdujo las manos. Regresó, en ese

instante, a su memoria el placer táctil del contacto con los órganos internos del

aparato. Con el resbalamiento de la grasa negra y quemada por entre sus

dedos embadurnados, se dejó ir por la inercia que esta sensación le producía,

e introdujo por un hueco todo el brazo derecho hasta el fondo.

Al rato, tenía ya la totalidad del aparato desarticulado y deshuesado por

piezas. La carrocería se expandía entonces en fragmentos irreconocibles sobre

el pavimento del parking.

Alejándose una decena de metros y entrecerrando los ojos, el viejo se

aplicó a mirar el desplegado conjunto de cachivaches.

“Deben de ser las bujías”, meditó fugazmente. Luego, limpiándose con

un trapo la frente e intentando no distraerse, tiró enseguida aquel limpión al

piso y, alejándose algunos metros más, apuntó con un escarpelo la

aglomeración de trastos desparramados. Como si se tratase de un toro a

astillar, corrió enseguida hacia aquel desparrame y rearmó con todo eso, y en

consecuencia, el aparato a la perfección, en menos de media hora, dejándolo

nuevo.

Sin desperdiciar ni un sólo peso, reparó lo que había encontrado

dañado, sin siquiera cambiar una sola pieza. Para completar, cuando todo ya

estaba en orden, le dio dos suaves golpes con el pie a una de las ruedas y

tarareando alguna alegre melodía, con la misma destreza se acaballó en el

automóvil. Tomando rumbo, se largó silbando, sin más contemplación,

satisfecho en dirección a su finca.


74

***

El viejo era un personaje singular. Procedía de una familia en la que sus

abuelos y padres habían sido alguna vez terratenientes y propietarios de toda

una región de planicies y valles, que, en lejanas épocas, formaban un latifundio

tan grande como medio departamento de Boyacá. Él había nacido en una casa

de Sutamarchán y, a corta edad, los miembros de su familia, cultos de estirpe

y modernos como a la vez personas de campo, habían entrado en desgracia,

perdiéndolo todo en las guerras de siempre y en los comicios de cada cuatro

años.

En razón de las contiendas violentas que azotaban al país, desde muy

joven, Blas había sido enviado a vivir a la casa de un primo de su madre que

residía en la ciudad de Tunja.

De nombre Hermógenes Ortegón, su tío lejano lo alojó varios años

dándole un espacio sucinto, en alguno de los doce cuartos de una gran casa

colonial de dos pisos con jardín y patio. Aquel pariente, hombre acomodado y

poeta innato (poseía una gran nariz), dedicaba su vida a la filosofía del goce,

manteniendo relaciones con todo tipo de lindas muchachas, veinte, treinta o

hasta cuarenta años más jóvenes que él; las cuales entraban a la casona

furtivamente en las noches, saliendo luego al otro día contentas y satisfechas.

Igualmente se trataba de un hombre culto, terrateniente y sin preocupaciones

materiales. Tenía dos de sus más grandes habitaciones repletas de libros,


75

tratados, manuales y textos, traídos por encargo frecuentemente de la capital.

Cuando Blas descubrió esos serenos recintos, muchos compendios de

derecho, ciencias y metafísica se apilaban unos contra otros, formando

enormes montañas de papel ondulado y de hojas torcidas. Las habitaciones

eran bastante húmedas. Aquí y allí, los folios se acomodaban,

improvisadamente, pues nunca hubo el interés ni de colocarlos en estantes, ni

de organizar biblioteca alguna. Hermógenes nunca mandaba a arreglar

aquellos aposentos. Tenía la idea de que la sabiduría se alcanzaba más

fácilmente por la lectura en desorden, pues consideraba que ojeando, de un

lado al otro, se podían conectar más datos y hechos a la vez.

Y tal vez fue también por esa atmósfera anárquica, de palabras, textos y

retóricas, que esos parajes se convirtieron, rápidamente, en el sitio predilecto

del muchacho. Abundaban en los salones tratados de letras humanas, poéticas

y de teatro. Entre otras curiosidades, Blas tropezó, allí mismo, con un

diccionario castellano-chibcha, impreso sobre medios pliegos de periódico.

Éste se encontraba junto a una colección bastante completa de los almanaques

Bristol, serie que daba prueba de la gran energía de un gorgojo cuyo rastro era

un fino hueco, que atravesaba el conjunto de revistas de lado a lado.

Escudriñando datos, el joven pasó mucho tiempo en esos cuartos. Y

dada la afición que poco a poco adquirió por la lectura, - cosa que fuera de su

tío los demás familiares veían con malos ojos -, por intermediación de

Hermógenes, sus padres decidieron cuando cumplió dieciocho años mandarlo

a estudiar a la capital. En aquella época, allá se enviaban a los hijos inútiles


76

que, frente a los importantes quehaceres del campo, habían demostrado no

servir para nada.

Ya en la metrópoli, habiendo contemplado diversas posibilidades de

estudio, se había decidido finalmente por la historia. Recién fundada la facultad

de ciencias humanas, en la Universidad Autónoma, los años siguientes realizó

una brillante carrera, graduándose con distinciones. Posteriormente, fue en la

misma institución nombrado catedrático, hallando su fuerte en la Edad Medía y

en el Renacimiento, temas en los que profundizó por muchos años pero que,

entrado ya en la jubilación, le dejaban sólo un ligero tufo o un sabor amargo.

Una vez habían cesado los treinta y cinco años de clases, procuraba olvidar

todo aquello de lo que tanto a los alumnos les había hablado, lo mismo que

ahora consideraba que en la vida práctica nunca le había servido para nada.

Curiosamente, con el pasar del tiempo, se había incentivado en él una

actitud pragmática frente a la vida, en la cual, al presente, los detalles sobre la

historia de Italia no cabían más. Fastidiado de sobremanera con tantos datos,

en los primeros tiempos de su pensión, pretendiendo olvidarlo todo, se

levantaba en las mañanas, sudando y completamente exaltado. Con gran

desazón, para sus adentros maquinaba que Michelangelo Merisi da Caravaggio

aún le estaba debiendo una plata.

Pero, con el tiempo, estas absurdas confusiones de horarios habían ido

también mermando y desapareciendo finalmente en su interior. Ya por ejemplo,

para esa madrugada de sábado, subido en su Toyota amarillo y destartalado, el

historiador no tenía presente más aquellas épocas pasadas, ni remotas, ni


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cercanas. Lejanas habían quedado las temporadas en las que lanzándose en

armas, había invadido la Trapisonda, la Mongolia o atacado las Guyanas. A

ciencia cierta, a aquel viejo lo que si al caso le podía preocupar ahora eran sus

territorios salvajes, sus vacas, comer, tomar y dormir abundantemente pero,

por encima de todo, sembrar y sembrar, sobre sus suelos, cada vez más pasto.

Entretanto, mientras que el carromato salía del camino tomando la ruta

en dirección a las pampas, por entre las montañas, en el transcurso de ese

amanecer, en el barrio otros eventos de sin igual importancia vendrían a

sucederse.

Pocas horas antes de que saliera la luz del sol de ese mismo día, al

tiempo que Johny había dormido como un lirón durante toda la noche, su amigo

Beto, por el contrario, hasta entonces estaba pudiendo adormecerse. Este

último se encontraba acostado encima de un colchón dispuesto como había

caído, al lado de la cama, sobre el suelo de la habitación de su secuaz.

El dormitorio de Johny se hallaba en extrema calma.

Las paredes pintadas con vinilo azul oscuro, y en algunas partes

purpúreo, aminoraban la anarquía de aquel reino de cachivaches, trastuelos,

libritos, prendas de ropa y papelillos tirados a la deriva y por todas partes.

Los miles de corotos en desorden parecían, a esa hora, combinar

perfectamente: encima de un televisor en blanco y negro, el rubio tenía una


78

extensa colección de chucherías, muñecos y figurillas recuperadas de los

paqueticos de los fritos, que comía en las medias nueves. Un poco más arriba,

sobre unas repisas, estaban embutidos un par de libros doblados de fotografía

para amateur, algunos discos de música clásica ya rayados y un pocotón de

revistas viejas de la National Geographic. En un tornillo, incrustado en el muro,

había enganchado un títere, un bikini de florecitas y un guante de béisbol.

Al interior de ese alboroto, a las seis de la mañana, por el suelo unas

cobijas gruesas y de diferentes colores cubrían a Beto, quien yacía tendido

trasnochado e incomodado por algún objeto, no identificado y bastante grande,

que permanecía atrapado debajo de su colchón.

Ensayando a acomodarse mejor para evitar el turupe, con uno de los

dedos gordos del pie, el joven se percató que alcanzaba a tocar, por algún

lado, las puertas descarriladas del armario de la alcoba. Estas estaban zafadas

del mueble y yacían recostadas contra uno de los muros.

Con la idea paranoica de que las largas maderas podían de pronto

caérsele encima, en ese instante, Beto emergió de su frágil letargo y, de súbito,

mientras todos en la casa dormían plácidamente, él, probablemente

obedeciendo a una fuerza magnética, se fue poniendo de pie.

Para guarecerse del frío, se enrolló lo mejor que pudo una cobija desde

los pies hasta la cabeza y, camino al corredor, despejó lo que logró mover,

tumbando sin querer una bolsa de cuero llena de palos de golf del abuelito de

Johny.

Saliendo de la habitación, con mucho esfuerzo y apoyando las manos en


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cualquier parte, atravesó hacia la sala y se dirigió a uno de los estantes de la

cocina, sin prever que pronto se le iba a acabar el tapete. Los baldosines

helados estaban por comenzar.

Despabilándose gracias al golpe seco que recibió como una glaciación

mañanera debajo de sus talones, avanzó por la cocina sin hacer ruido.

Arreglándose a cada instante la cobertura astronáutica, deambuló como un

zombi y pasó directo a la alacena. Allí adentro, el viajero espacial encontró

primero unos tarros en forma de oso de miel vacíos, y segundo dos botellas de

salsas de tomate, de interiores pegotudos. Despejando un poco los frascos,

quería ver si allí a la familia le quedaba algo de vinagre.

Removiendo unas ampollas en el fondo de la alacena, destapó y

olisqueó unas cuantas. Sus contenidos cartilaginosos inmediatamente le

produjeron ganas de regurgitar. Resignado a que no había nada de lo que

buscaba, abrió la caja del pan, rasgó un talego y sacó una mogolla que se fue

embutiendo de regreso al cuarto.

Transitando por la sala, el muchacho observó que los cojines del sofá se

veían más cómodos en comparación al colchón que tenía en el suelo de la

habitación. Sin pensarlo dos veces, allí se echó. El cosmonauta tenía, a esa

hora, un poco de lumbago y de mareo, molestias que se incrementaban en

razón a los primeros relumbrones de la amanecida. Por el enorme ventanal del

aposento entraba, en este momento, la luz nefasta y tenue de las seis de la

mañana. La cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca ligeramente

abierta, - ¿cómo moverse? - pensó Beto, en el incomodo letargo que en la


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vigilia, luchando contra él, no lograba sin embargo atraparlo del todo.

Tomando una decisión definitiva y el impulso necesario, se levantó

entonces consumiendo toda su energía, en un máximo esfuerzo por mejorar su

situación.

Regresó al cuarto que en todo caso estaba más oscuro. Caminando

difícilmente por entre los corotos apilados, junto a la puerta, ya adentro movió

sin querer, con la cobija que llevaba colgando, el bufete cuadrado junto a la

pared. Hizo caer, desde el mueble, un marrano de cerámica, un elefante de

caucho, dos materas llenas de colillas y por último unos pitufos y un pito de

policía.

En últimas, el estruendo que venía de causar lo incitó a desplomarse,

acción que operó derrumbándose rotundamente, sobre el colchón, a la mejor

manera de un Tiranosaurio Rex cayendo muerto al final de un combate contra

un Triceratops.

***

Por tierra, en postura horizontal, pese a que ya había cerrado los ojos,

los volvió a abrir. El recinto se mantenía en la penumbra gracias a una telilla

negruzca y delgada que, cubriendo la ventana, lucía la estampa de un ángel

dibujado en blanco y completado abajo por un letrero, cuyas letras formaban

las palabras: “Led zeppelin”.

En aquel instante, por cierto punto del apartamento, venía a la vez

surgiendo, primero tenue pero firmemente, un sonido ligero, una suerte de


81

silbido, acrecentándose con imprudencia y prontamente transformándose en un

gemido impertinente, el cual se expandió, rápidamente, abarcando la totalidad

de la atmósfera.

Beto, por el ruido, petrificado como estaba, advirtió que su descanso

anhelado era para entonces una simple ilusión insostenible. La incomodidad

auditiva provenía de la habitación contigua, a manera de un lamento implacable

que mucho tiempo, parecía, iba a durar.

El muchacho dedujo que Judith se despertaba quejándose y sollozando.

Moviendo las cejas hacia arriba y con los ojos abiertos, tendida la cara

de lado y cerca al corazón mismo de aquel sonsonete, el de gafas,

desagradado, se quedó tieso y mudo, mirando al fondo, hacia el interior del

armario.

Una lágrima densa y una baba achampañada se le salieron por la

incómoda posición en la que estaba. El molesto ruido se volvía cada vez más

intenso, haciéndose evidente un llanto inoportuno e incontenible.

Mortificado y tieso, el joven observó cómo una imagen mental se

formaba en medio de la negrura del recinto.

Bajo aquel suplicio sonoro, con los ojos rojos, algo salidos y clavados en

un rincón preciso, de repente se le hizo comprensible la particular forma a la

que su mirada apuntaba fija, hacia las profundidades del armario.

Se trataba de una máscara chandosa de King Kong en caucho,

despachurrada y corroída, la cual se hacía, inusitadamente, extraña y nítida.

La cabeza yacía en medio de un poco de cables, zapatos y cepillos para


82

embolar, los mismos revueltos residiendo en el cajón abajo del ropero.

- Ahí, ¡ya no más mama! - gritó Johny desde la cama, levantando

bruscamente su cabeza enrojecida, surgiendo de entre el revuelto de

almohadas y cobijas que, con el avance, hasta ese momento, en la profundidad

del letargo, le presionaban la mollera.

Afuera, en el corredor su madre transitaba de un lado a otro, como le era

usual a esa hora, y desde la cocina al cuarto lloraba quejándose de lo posible y

de lo imposible. Dedicaba, eternamente, las horas de las mañanas a echarle la

culpa al gobierno por su desgraciada vida de perros.

A esas alturas, los muchachos, perjudicados por el sonsonete, se

resignaron a salir definitivamente del sopor.

Johny se paró y atravesó por encima del cuerpo de su camarada,

tumbado aún en el suelo sobre el colchón. Asentando la pierna sobre el baúl

lleno de fotocopias, el rubio salió dándole un portazo a la puerta.

Descubierto de piernas, a la cocina el joven se condujo y

abasteciéndose con algunos bocadillos, pasó por el lado de su madre, quien

permanecía incesante en la misma tónica.

Sin mirarla, Johny le repitió más tiernamente: “Hay ya mama”, y sin

detenerse, cargando unos calados con mantequilla puestos en equilibrio sobre

un vaso de leche, continuó su curso rumbo a la habitación.

Entre tanto barullo, sus hermanitos se habían despertado y también

ponían pereque. En medio de los sollozos, Judith les untaba y les servía, sobre

la mesa, arepas con mermelada de mora, dándoselas a morder directamente


83

en la boca.

- ¡Otra, otra! - pedían en coro las dos pirañas y así temiendo que

acabasen con el resto del desayuno, asumiendo un aire más resignado, la

mujer les prohibió la entrada a la cocina, mandándolos a jugar Monopolio.

En el dormitorio, Beto, parándose, intentó enrollar el colchón.

Confundido al no ver por ninguna parte, sobre el piso, lo que durante toda la

noche había causado el turupe, rígido impedimento y martirio para su imposible

sueño, por el trasnocho, olvidándose del asunto, fue a anudar la cortina, para

mirar hacia afuera.

Por la ventana, el entorno estaba limpio, el sol marcaba la pauta y la

atmósfera del sábado, en el barrio, parecía amena y salutífera. El pasto tenía

un color aceitunado y fresco. En frente, la cancha de baloncesto a esa hora ya

estaba ocupada por tres o cuatro chiquillos, saltando achispadamente tras un

balón de fútbol.

Johny, compartiendo los calados con su amigo, sacó de la mesita de

noche un espejo redondo a fin de mirarse el semblante. Frente al vidrio, se

examinó las ojeras, los pómulos y levantó las cejas varias veces.

Posteriormente, pasó a abrir la boca, metiéndose en ella el dedo índice

izquierdo, con el propósito de ensancharse exageradamente las fauces.

Persiguiendo la luz, Beto lo vio instalarse encima de los sillines para rectificar,

sobre el cristal, el aspecto de sus dientes y muelas.

El de gafas siguió observándolo de reojo, en esa actividad, pero ya algo

desinteresado por lo que Johny hacía, se volteó y arrodillándose sobre la cama,


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apoyó los brazos en la baranda, abstrayéndose en el afuera.

***

Llevaba tres días quedándose en el hogar del rubio y había ido

perdiendo la noción del tiempo.

Ya no sabía si era la primera o la quinta noche que pasaba allí, en la

residencia. Lo peor era que, en esta ocasión, ni siquiera se había tomado la

molestia de llamar a su tía Alix, a informarle donde diablos era que andaba.

Al cabo de algunos minutos, Beto tuvo el sentimiento de que, al frente

de esa ventana, estaba viendo pasar los días de todo un mes. Este

pensamiento lo llenó de ira y lo sacó de la calma mantenida con esfuerzo.

Perturbado, con los ojos sonámbulos y fijos en el parque, fue

desplazando su mirada e involuntariamente cayó con ella sobre una plasta de

perro, espichada sobre la hierba.

Esa imagen era precisamente lo que le faltaba, en aquel instante, para

desencadenarle la idea de las materas y del vidrio cayendo de su terraza.

- Es la vida misma la que, en este momento, está en juego - pensó

afanosamente y como despavorido se lanzó desde la cama, dando un salto con

fuerza, y propinándole una patada ninja a la puerta gritó cual reto:

- ¿En qué será que se puede ayudar aquí?

Johny, quien proseguía analizándose en el espejo, aún con el dedo

metido en la boca, de la alcoba vio al de gafas saltar hacia afuera,


85

proyectándose aéreamente, como una bala con la pata hacia adelante,

dispuesto a hacer de inmediato cualquier oficio en la sala.

- ¡Ay, Beto!, ¡tú sí que eres gentil!, exclamó Judith al verlo, ¡tú sí que

eres chévere!, ¡tú sí que no eres como Johny, que se la pasa todo el tiempo sin

ayudar en la casa, ni hacer es nada! Ven Beto, ponte a lavar los baños, toma

este cucurucho.

- ¡Ay, ya mamá! - gritó Johny encolerizado al escucharla.

A continuación, la mujer le alcanzó al gentil diferentes útiles de aseo y

dejándoselos en el baño, se friccionó los ojos con un pañuelo, teniéndolos

todavía irritados por las lagrimas. Sin mucho más, la mujer fue a revisar si sus

dos pequeños aún continuaban con vida, y luego de advertirlos todavía en lo de

los juegos de mesa - en realidad se tragaban las fichas -, decidió abandonar la

cantaleta.

Fue entonces a sentarse en la sala donde, acomodándose, prendió el

televisor.

La mañana estaba por terminar y Judith quería que la dejaran en paz,

para poder ver las noticias del mediodía.

***

Parándose, la mujer fue a mover la antena metálica, erguida encima del

aparato. Zarandeándola un tanto en todas las direcciones, se acomodó

nuevamente en el sillón naranja. El noticiero Criptón, de la cadena Prego


86

televisión, no había empezado a la hora habitual, aparentemente debido a

fallas técnicas.

- Debe ser la señal Colombia - pensó la televidente con impaciencia.

La imagen surgió de repente y desapareció una vez más. Después de

algún relámpago, por fin se estabilizó.

En aquella pausa, la presentación del noticiero atravesó por el medio de

una bruma de rayos catódicos. El sonido irrumpía cortadamente en alguna

parte de la introducción de las primicias. Entre los titulares, la novedad era el

arribo, al país, de la doctora Serafia Patascón, representante de la familia del

artista Orejón de la Barba.

La distinguida dama - gorda y fea - venía a entrevistarse con las

autoridades eclesiásticas nacionales, con el objetivo de entablar negociaciones

en relación a la pertenencia actual de la efigie.

Deseaba concertar finalmente acuerdos pertinentes al traslado de la

misma a España. La mujer venía preparada, promulgando un especial discurso

sobre el delicado trato que debía dársele a la información, en favor de la

diplomacia.

De otra parte, la llegada a la capital de Patascón había sido prevista,

con anticipación, por las autoridades locales. Para dar una buena imagen del

país en el exterior, por pudor se habían recogido y encerrado a todos los locos

e indigentes que deambulaban, normalmente, por las principales vías de la

metrópoli.

A pesar de los arreglos, en las últimas horas, la llegada de la dama


87

venía suscitando la oposición de la población nacional, básicamente en la costa

atlántica y particularmente entre las comunidades negras, los pueblos nativos y

demás sectores populares que, apoyados por los sindicatos, se fueron a la

huelga.

Entre los grupos más extremistas, se destacaban un sector de

indígenas, quienes, repudiando la docilidad del Estado y ante el inminente

aterrizaje del avión de Patascón, decidieron no volver a dejar entrar a la región

a periodistas extranjeros que viniesen a filmarlos mientras ellos estuviesen

“mambeando coca”.

El reportaje informativo acababa con una frase de esperanza:

- De todas formas, Patascón se ha mostrado contenta por el clima de

Bogotá y así mismo, el embellecimiento de las avenidas le ha gustado.

- Pensé que aquí sólo vivían salvajes - dijo sonriendo amigablemente a

los medios de comunicación, emocionada al ver al público peninsular saliendo

a recibirla en el aeropuerto.

Aprovechando la temática, el informativo prosiguió con la sección

farándula. Una firma americana de largometrajes había realizado su última

película incluyendo, en los escenarios, lugares propios de nuestra geografía.

“A pesar de la escena de una emboscada en unas callejuelas inmundas,

en la cinta nuestra capital sale relativamente bien librada - decía el presentador

-, pues se incluye una panorámica urbana de cierto relieve y junto a las

masacres que se exponen, se alcanza a vislumbrar algunas comodidades

producto de la modernidad. Entre ellas un gran edificio donde se esconden los


88

malos del paseo, el cual es explotado al final de la trama por un benéfico misil

norteamericano”.

La crónica remataba con la opinión de un importante crítico de cine del

país: “la película muestra que la tecnología también está llegando a nuestra

nación. En términos fílmicos, los gringos nos enseñan que hemos dejado de

vivir en la edad de piedra. Hemos superado, con honor, esta dura prueba.

Definitivamente ésta es una buena noticia.”

Minutos después, la emisión pasó a la tanda de comerciales y Judith le

bajó el volumen al televisor. Desgraciadamente pronto sería la hora del

almuerzo, y a ella le iba a tocar mirar a ver que inventarse para alimentar a esa

jauría hambrienta y desconsiderada.

En esas, viniendo del corredor, Johny preguntó: “¿Ya pasaron algo

sobre el cometa?”.

Su madre se volteó y se quedó mirándolo.

Antes de salir del cuarto, al muchacho se le había olvidado quitarse un

gorro de caucho para piscina, que sobre la testa le calveaba la cabeza. Tenía

puesto además un esqueleto blanco, unos pantalones de ciclista, unas gafas

negras de mosca y un collar de taches amarrado al cuello.

- Ese collar no te queda nada bien - le dijo su madre.

- No molestes mama, estoy ocupado - respondió el rubio, y con un aire

de estar preocupado por algo, husmeó de aquí para allí.

Judith permaneció mirando el deambular de su hijo, viéndolo detenerse

a recoger una carta postal que reposaba contra unos libros, en el bife de la
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sala. Con ella en la mano, Johny atravesó enseguida la cocina, dirigiéndose

hacia el patio de ropas.

Cruzando por entre dos bicicletas desbaratas y mal estacionadas, pasó

por entre el medio de una gran cantidad de ropa húmeda que pendía sobre las

cuerdas. Quitándose las gafas para guiarse por el medio de esa selva, de

abajo del lavadero, desencajó un pequeño lienzo, el cual descansaba allí sobre

un bastidor.

Era una pintura sin terminar de una mujer tendida sobre una laguna.

El muchacho la acomodó como pudo, apoyándola contra la pared, por

encima de la alberca. Moviendo algunas cosas para lograr espacio, regresó de

nuevo a la cocina, cogió un plato, y se sirvió un poco de agua en una tasa

pintarrajeada de dinosaurio. Retornando al lugar, aproximó unos pinceles

envueltos en un pedazo de trapo. Luego extrajo, de unos tubos viejos de

acrílico, un poco de colores, depositándolos sobre el plato.

Organizando la labor pictórica, puso la postal a un lado del bastidor para

poder tenerla al alcance de su mirada. Se trataba del cromo de una pintura de

Millais: “Ofelia muerta sobre el lago”.

Sentándose en un banco, el muchacho continuó la copia que, en ese

apartado rincón de la casa, desde hacía varios meses venía realizando. Esa

mañana, la plácida iluminación de los rayos solares entrando por la ventana del

patio le resultaba agradable y sugestiva.

Una delicada melodía de piano se percibía, igualmente, filtrándose

desde el apartamento de arriba, haciendo sentir al muchacho como todo un


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prerrafaelita.

- Un porrito sería ahora ideal – pensó aplicando las primeras pinceladas.

***

- ¡Mijo, ya van a pasar lo del cometa! - gritó Judith desde la sala,

subiéndole el volumen al televisor.

Era la última noticia antes de pasar a la sección deportes.

Beto, que acababa de restregar con Sanpic y esponja todo el baño,

avanzó hacia la sala para no perderse el reportaje. El cometa Halley, la

semana siguiente, iba a pasar lo más próximo a la órbita terrestre. Era un

evento fuera de lo común.

La noticia anunciaba que el fenómeno astronómico se iba a poder ver en

el cielo, más o menos a las cuatro de la mañana, si no se presentaban nubes.

Mientras la información se extendía en detalles, Judith se distrajo y con

la impresión de que cierto asunto no estaba en su sitio, bajó la mirada desde el

televisor, dirigiéndola al mueble que estaba debajo del mismo.

- ¿Dónde está el Betamax?- preguntó con inquietud, detenida y

sorprendida con las pupilas en el estante inferior, hallándolo vació.

- Repito, ¿dónde está el Betamax? - exclamó nuevamente, con más

fuerza y poniéndose las manos agarrotadas sobre las mejillas, la mujer estiró la

boca, mostrando un gesto dramático.

Fueron, en seguida, suscitados en el ambiente una serie de iracundias y


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una frase de “no hay almuerzo hasta que ese aparato no aparezca”.

***

Los muchachos no tenían idea del paradero del Betamax.

Mientras pasaban los goles del repechaje, con cierto aire de

preocupación y aburrimiento, Beto y Johny se pusieron a levantar, de todas

formas, los cojines de la sala, yendo también a mirar debajo de los muebles y

de las camas.

Por desgracia, al cabo de media hora de estar buscando, se hizo

flagrante la impotencia de los presentes. La tranquilidad regresó al hogar

solamente hasta que a Judith, al racionalizar la perdida, no le quedó más

remedio que consolarse con la ponzoña de la resignación. Las evidencias

parecían indicar que los ladrones se habían metido, durante la noche anterior,

por la ventana del patio, pues ésta muchas veces quedaba abierta.

Afortunadamente, el viejo aparato parecía ser lo único que se habían largado.

Johny, que en principio se había mostrado algo intranquilo por lo

sucedido, luego dejó a un lado toda inquietud al verificar que el televisor - su

objeto más preciado - continuaba funcionando como de costumbre, sobretodo

recibiendo a la perfección los canales internacionales. En hora buena, los

asaltantes no habían averiado el cable con el que se chuzaba la línea para

recibir gratis el servicio de la parabólica.

La verdad, Johny hacía tiempos no miraba ninguna película utilizando el


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Betamax, ya que el aparato se encontraba trabado desde hacía cuatro años

con una cinta pirata de “Mi amigo Mac”, sacada alguna vez de un alquiler que

en el barrio había quebrado. Felizmente, esto Judith no lo sabría jamás y por

esta razón, Johny, relajado, experimentaba los ecos inconscientes de un cierto

alivio que le comenzaba a producir, en el fondo, aquella desaparición.

Finalmente, todo el asunto se diluyó más tarde entre los frijoles para la

merienda, que la mujer puso a cocinar. Esperando a que al arroz se le

formaran los huecos para poderle poner en bajo, la contrariedad en Judith era

ahora tan sólo un sollozo, extinguiéndose con el calor de los fogones.

Entretanto, Johny aprovechó ese tiempo para derivarse de nuevo en su

pintura.

En ese comienzo de la tarde, la atmósfera en el apartamento lentamente

se iba haciendo algo pesada. La resolana que entraba por los ventanales

tornaba espesa la atmósfera. Así mismo, un desagradable olor a felino se

incrementaba y se esparcía por el ambiente.

En aquel intervalo, una de las gatas de Johny saltó a encaramarse sobre

el lavaplatos, excitada por el buen olor del guiso para la frijolada. Judith la

espantó moviéndole en la cara un limpión y haciéndola que saltara de nuevo al

piso. Quejándose de esos animales, la mujer destapó un caldo Maggi y

embutiéndoselo a la sopa en ebullición, cerró con un movimiento seco la

pitadora.

- Toca regalar esas gatas – dijo mirando molesta a Johny, quien,

haciéndose el desentendido, persistía en un trazo del rostro de la figura. Beto,


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para entonces, se había quedado dormido del cansancio encima del sofá de la

sala y con el calor que hacía, se le sentía respirar dificultosamente. El televisor

ya estaba apagado y sólo se oía el débil sonido del aire saliendo por la olla a

presión, más algunos murmullos de los dos pequeños, correteando por las

habitaciones.

- De todas formas ya dentro de poco va a llegar Alison - exclamó Judith -

cuando ella llegue, a esas gatas les va a tocar irse de este apartamento,

porque aquí no va a haber espacio para tanta gente.

***

La comida estuvo en su punto a la hora en que primaba ya, entre los

atentos, una hambruna cuasi caníbal. La mujer, haciendo pitar la olla, la asió

con un limpión y la llevó hasta el lavaplatos, dejando correr el agua sobre el

metálico recipiente antes de destaparlo. Sirvió luego el interior en unos platos

soperos, y viendo a los comensales avanzar el hocico hacia el comedor, al

terminar la labor, fue al cuarto y se dispuso a arreglarse para salir.

- ¿Hay arroz? - preguntó Johny, mientras se lavaba, ávidamente, las

manos llenas aún de pintura.

- Sí, se me olvidó servirlo. Sírvase el que quiera. Me voy a dictar clase -

dijo la mujer despidiéndose.

- Taluego Má - repuso Johny junto a sus hermanos, que en coro dijeron:

“chao mamá”.
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- Chao Judith, gracias - dijo por su parte Beto, levantándose y viéndola

abrir la puerta.

Pero, una vez afuera, pensando que a los muchachos en el almuerzo

les podía estar faltando vitaminas, regresó y, asomando la cabeza hacia el

comedor, exclamó: “Bueno chao. ¡Coman frutas!”.

El sofoco que producía el calor se volvió extremo a eso de las cuatro de

la tarde. El vapor de agua, que durante la mañana había impregnado la región

de lozanía y sanidad, se trasformó después del medio día y al paso de las

horas, se había convertido ya en un ligero aroma a chamusquina vegetal. Al

tiempo, un olor a carne fresca, expelido por la carnicería del barrio, a tal punto

se había exacerbado que atrajo consigo a miles de moscas, las cuales,

revoloteando, formaban marañas sobre el sector comercial.

Algunas de estas agrupaciones de insectos adquirieron, en el acto, para

camuflarse la forma de siluetas humanas que, como rayos, se diluyeron entre

el gentío y el ruidajo de los carros. Una de esas configuraciones, en la multitud,

se distrajo y fue atropellada por una buseta, que afanosa rodaba sin rumbo fijo.

La gente que iba dentro del vehículo cocinada se paró pensando que el

conductor “había matado a una sombra”.

No lejos de allí, el apachurre se había apoderado por completo del

interior del apartamento. En la cocina, los dos hermanitos de Johny, irritados


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por el calor, llenaban bombas de caucho con agua y antes de hacerles el nudo

se las tiraban mutuamente. Lanzaban alaridos cada vez que el liquido se

desparramaba por el piso de más en más emparamado.

Cuando ya las pompas estaban olvidadas entre un poco de charcos, los

pequeños se pusieron a tapar con los dedos directamente la boca del grifo,

haciendo que el chorro saliera despepitado hacia cualquier parte. Con esto se

procuraban gritos, chirridos y risotadas.

Johny y Beto, abanicándose allí cerca, recostados sobre los sofás de la

sala y sintiéndose muy pesados por ese bochorno, salieron por el corredor y

emprendieron la marcha hacia afuera, buscando ir tras la frescura de un buen

pastal.

Más allá de una de las amplias zonas verdes, y antes de llegar a la cerca

exterior que separaba a la urbanización de la urbe, los muchachos terminaron

recostándose cerca de un bosquecito, sobre la hierba dócil y fresca. Allí, lejos

de los bloques, no tardaron en tumbarse plácidamente en posición horizontal

boca arriba. Junto a ellos, dos inmensos árboles se desplegaban hacia el

firmamento. Cobijados bajo la sombra, algo del viento que por fin pasaba les

hizo arreciar los ahogos.

El clima afuera estaba perfecto. Lo suficientemente cálido como para

reposar sin molestias. Por encima, la fricción de las hojas de los frondosos

follajes produjo una sutil y etérea sinfonía, que lentamente sumió a los jóvenes

en una tranquila sensación de bienestar.

En esa calmada posición, a la hora de la siesta, la presencia de la


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ciudad se convirtió entonces tan sólo en un zumbido evanescente, lejano y

vagamente perceptible.

Relajados, en la contemplación del firmamento, Johny y Beto se sentían

ya a miles de kilómetros por encima del planeta. El azul iridiscente era de una

intensidad extraordinaria y el limpio celaje desbordaba en oxigenación. Pronto,

sobre el pastal, el amodorramiento los acogió aún más y un intenso estado de

tranquilidad y somnolencia apaciguó sus espíritus completamente.

En aquel grado cero de entendimiento, los muchachos supieron que

durante esa fracción pasajera del tiempo, ellos serían para siempre dos

errabundos visionarios, dos vagabundos de inteligibles poderes o en últimas

cuentas, dos tótems de madera lanzados hacia el espacio con una bazuca

explotada desde el circo que era, en los lindes remotos ya, el mundo terrícola

del homo-sapiens.

Errar como lo hacían ahora era su verdadero oficio y su verídica

profesión que se enunciaba al buscar, en las profundidades del cosmos,

señales imperecederas, más allá de ese agitado mundo de la zona tórrida.

Johny, alcanzando Plutón, se mantuvo dando vueltas sobre su órbita y

acomodándose mejor los brazos bajo la cabeza, terminó descendiendo la

mirada hacia los montes en el cenit. El cordón montañoso de la cordillera

oriental palpitaba trémulamente, siendo su energía emanada, al fondo, a través

de esa profunda capa vegetal de color azulino verdoso. La magnificencia de las

montañas hizo que el joven se preguntara si más allá de esa visión, en los

confines de esos territorios, existirían aún los helechos gigantes. Aletargado,


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presintió entonces que por las cumbres borrascosas se estaban desplazando, a

esa misma hora, enormes osos hormigueros acompañados por grandes garzas

morenas, monos titís y demás animales inimaginables.

Aquel espejismo le hizo sacudir la cabeza.

Incorporándose un poco, el rubio se frotó los párpados. De nuevo,

relajado, se estiró, cruzó los brazos y entreabriendo los ojos creyó ver, en el

firmamento, una espléndida bandada de pterodáctilos míticos y galácticos.

- Ya nos llegaron los chulos - dijo calmadamente Beto, quien con una

pajita en la boca punteó con el dedo a los gallinazos, que daban vueltas en

círculos, tal vez a un kilómetro más arriba de donde ellos yacían.

Johny, afinando la vista, se dio cuenta de las verdaderas dimensiones de

los carroñeros, pero restándoles importancia, se abstrajo como venía estando y

durmió un rato más. Luego, terminó finalmente acomodándose para sentarse.

En medio de aquel silencio, aproximó su maleta Totto y procedió a abrirle el

cierre de la cremallera. Sacó de ella una bolsa plástica.

- Mire lo que me compré el otro día - dijo desempacando y mostrándole

a Beto un pedazo de plástico aún plegado, el cual sugería ser un flotador de

piscina de colores blancos, verdes y rojos.

- Pues está chévere - le respondió su amigo, acomodándose para recibir

un poco mejor el sol, con los ojos de lado, mirando el flotador sin mover la

cabeza.

Desenrollando el flexible, Johny se puso a soplar hacia el interior del

adminículo. La masa informe poco a poco fue cogiendo la apariencia de un


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simpático avioncito. Acabada la tarea, el muchacho le cerró al inflable el tubo

transparente, y procedió a espicharlo para comprobar que estuviese bien

hinchado y gordo. Luego, impulsándose con las dos manos, lo tiró torpemente

hacia delante con el objetivo de observar que efecto daba éste, directamente,

encima del prado.

Por su parte, Beto, irguiéndose un poco sobre los codos para poder ver

mejor el salvavidas, le preguntó:

- Venga en serio, ¿para qué compró eso? Oiga, ¿para qué compra esas

vainas inútiles?, debería más bien ahorrar.

- Es que quiero tomarle unas fotos - le respondió Johny imperturbable,

poniéndose las gafas negras de mosca que traía en un bolsillo.

- Lo compré y me quedé sin un peso - prosiguió luego, intuyendo que

de pronto no había sido una muy buena idea aquella adquisición.

- Eso ¿si ve lo que le pasa?, para que aprenda - lo exhortó el otro,

regresando a su cómoda postura sobre el pasto. El rubio, imitándolo, concluyó

con una aseveración: “¡que miseria!, ¡tenemos que hacer algo para ganar

plata!”

***

Era cierto. Ambos eran conscientes que pronto estarían graduados y

serian presas fáciles del desempleo.

- Posiblemente estaremos sin trabajo para siempre - agregó sonriendo


99

Johny, quien, divertido, ingenuamente creía aún muy lejos el peligroso día en

que enfrentados a la realidad, deberían batirse por cualquier migaja podrida,

arrojada por aquella nación en ruinas.

- No debe de ser tan difícil inventarse algo para engañar a la gente -

repuso Beto pensativo. Más tarde, detenidos en aquella preocupación

momentánea, estirados en la comodidad del sin oficio, ambos se aplicaron a la

tarea de soltar ideas para resolver, de una manera fácil, la dura carga social

que implicaba ganarse la vida.

En cuestión de segundos, armaron y desarmaron diversos negocios.

Entre ellos, les sobrevino una posibilidad que consideraron factible e

interesante. Ésta consistía en fundar una sociedad que tendría por objeto

mandar correspondencia a los difuntos en el más allá. Para ello, en el barrio se

contrataría a una serie de ancianos agonizantes, quienes aprenderían los

textos de memoria a mil pesos la palabra y después, llegados a feliz

destinación, estarían encargados de contactar y trasmitir los mensajes a sus

destinatarios. Pensando en algunos detalles, Johny propuso que los viejos

debían jurar que iban a buscar y a encontrar a las personas requeridas en el

cielo. A la vez, el muchacho señaló que la empresa debía refutar,

enérgicamente, todo recomendado que contuviera groserías, así como toda

nota que tuviese como destinación el infierno. Beto agregó diciendo que no se

aceptarían correspondencias dirigidas a animales como perros o gatos

domésticos. Por último, se cobraría mucho más si el destinatario era una

persona famosa - por ejemplo John Lennon o Kurt Cobain -.


100

En medio del entusiasmo que para ambos había suscitado aquella

empresa, una voz avecinó al lugar, pronunciándose ruidosamente: “pasen a

ver, qué están fumando”.

- Pues nada - respondió Beto, levantando el torso. El rubio, que había

reconocido la voz desde el principio, no se movió. Echado e indiferente ante la

cuestión, Johny se pasó un brazo sobre la cabeza para cubrirse los ojos de la

luz, le pegó un chupón al porro que había pegado y dijo con un tono amargo:

“¡qué va!”.

***

El que acababa de llegar al pastal era Andrés, el negrín. Un viejo amigo

que a veces asomaba y al que ya habían echado de la universidad en dos

ocasiones, aunque todavía pedía reintegro. Era un muchacho poco agraciado,

pero moreno y divertido, de ahí su sobrenombre poco original “el negro”. Tenía

ese día puesta una chaqueta impermeable de plástico oscuro y unos zapatos

de cuero, con una hebilla de charol cubierta por la bota del bluyín.

- Negrín, ¿cómo te va con el bar? - le preguntó Johny desde su posición

de hortalizado durmiente.

- Ahí, pues lo mismo - respondió el recién llegado sentándose.

En realidad, el negro siempre había sido mal estudiante. Repitió tres

veces décimo grado y sus padres, para que terminara el bachillerato, lo

metieron en un instituto experimental para genios, del cual se gradúo


101

ganándoles a todos los profesores en diversos juegos de mesa. En ese

momento, hacían referencia al negocio al que estaba dedicado mientras

esperaba el reintegro a la universidad. Se trataba de una pequeña taberna, en

la que había invertido la poca plata que le quedó de una herencia familiar.

-¿Y qué?, ¿si está yendo gente al bar?

-Pues ahí, ahí.

Hacía un año, antes de poner el establecimiento, había recibido el

dinero, del cual, en el transcurso de los meses ya se había bebido la mitad,

oliéndose también la cuarta parte. Canalizando lo poco que le quedaba de esas

pachangas, compró unos equipos de música y en un sector transitado del

barrio La Esperanza arrendó un local, con la ilusión de poner el sitio “boom”

que le estaba haciendo falta a la rumba de la ciudad.

Desgraciadamente, sin empeño en la publicidad, desde la inauguración y

los cuatro fines de semana en que había durado abierto, uno que otro

pelagatos era máximo lo que allí entraba, junto a unas pavorosas ratas sin

guarida. Incluso, una vez hasta arrimó al lugar un borracho que, si no le daban

una vieja y un trago, tenía todas las intenciones de romper los vidrios.

- Pues sí, eso sigue ahí igual, poca gente va - continuó - más bien he

estado pensando en invertir en la siembra de tomates - expresó el tostado,

pasándose la mano por su cabeza lisa.

El negro llevaba ahora el cabello bastante corto. Teniéndolo largo y

trenzado en otros tiempos, un día había metido el coco en un tarro lleno de

petróleo para ver si así la greña se le trasformaba en pegotes. No dándole


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resultado, desde esa época se había calveado, prefiriendo más tarde

simplemente el corte clásico.

- ¿Cómo así que invertir en tomates? - le preguntó Beto.

- Pues resulta - continuó el negro - que una tía abuela que tengo conoce

una gente en el Tolima que arrienda terrenos, así, - movió la mano - para

cultivar, y ahora con lo del internet se puede pensar en hacer exportaciones.

Los tomates son como buen negocio. Es sólo mejorar el inglés.

Diciendo esto, se paró y corrió a alcanzar el flotador de Johny que

estaba por irse con el aire. De regreso, con el avión en la mano, explicó que

estaba pensando clausurar el bar, pues tenía hallada esta nueva manera para

hacer dinero fácil, invirtiendo en siembras.

- Igual, somos un país agrario – dijo, explicando que le restaba

solamente convencer a su familia para ponerlos a trabajar en la idea, siendo

finalmente él quien se encargaría de la administración del dinero.

Hablando sobre el tema, se puso entonces a exponer luego sus ideas

referentes a la sociedad en general, y pasándose al flotador de una mano a la

otra declaró más tarde: “porque yo sí no pienso hacer más esfuerzo”.

Enseguida, señalando al fondo con el brazo estirado y con el pico del hinchado

aeroplano a una gente humilde y trabajadora, terminó su discurso

exhortándolos:

- En esta trampa de la sociedad muchachos, ¡ja!, ¡yo sí no voy a dejarme

atrapar!

***
103

La conversación cambió su curso yéndose a la deriva entre meandros y

curvas. Dando vueltas en el desocupe, esa tarde varias risotadas subvinieron

en el camino de la charla. Los tres jóvenes, echados boca arriba y sumidos en

el hechizo del atardecer, platicaban ahora sobre cualquier cosa. Entre la

placidez vegetativa y el canto de los gorriones, sus ojos reconocieron, en la

inmensidad, la llegada de las nubes cargadas y grises, que en el ocaso

recubrían de colores rozas, violáceos y naranjas incandescentes, toda la

bóveda del firmamento.

En Bogotá, iban a ser las seis de la tarde.

- ¡Uyuyui que frío! - exclamó Johny arrodillándose y frotándose, con las

palmas de las manos, los brazos que llevaba descubiertos.

- ¡Uyuyui que frío! - repitió nuevamente.

Levantándose entonces vio a sus camaradas acostados, percibiéndolos

allí inmóviles, con los ojos cerrados, como pegados al suelo y más rígidos que

nunca.

En esa posición, sobre el prado y completamente tiesos, a Johny se le

hizo en aquel momento que sus amigos parecían así dos esculturas antiguas

en piedra, botadas al suelo, tal vez como las de la isla de Pascua o incluso

como las de los Incas (le daba igual, tenían líquenes).

En la contemplación de esa imagen, el joven entró en un gracioso

estado de divertimento. A continuación, sin hacer ruido, agarrando su flotador

con cautela se paró y se encaminó hacia su casa. Algunos metros adelante,


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tornó la mirada para ver a sus adormilados camaradas a la distancia.

Repentinamente fue iluminado y desde allí les gritó:

- Ya lo sé. Ya sé lo que pasa aquí: ¡nada es real!

- Eso lo dice porque está resentido - repuso Beto sin levantarse - eso es

que no sabe bailar salsa.

De regreso a su casa, la mujer estaba sentada en una de las primeras

sillas de una buseta ejecutiva, dos puestos antes de la puerta de entrada.

Por la ventana, la ciudad se veía recibiendo la noche y tanto en las

fachadas de los almacenes como en las casas, las iluminaciones comenzaban

a encenderse.

A esa hora, Judith venía de dar dos clases cerca a Unicentro y rendida

regresaba a su morada de norte a sur. El transporte público en el que se

desplazaba pasó por el barrio Chapinero alto y por la Castellana, de la carrera

séptima a la quinta subió una loma y finalmente, por encima de la línea

horizontal de la planicie, tomó la circunvalar.

Desde allí arriba, la ciudad se veía extendiéndose hasta los límites del

altiplano. Millones de luces alumbradas destellaban perdiéndose hacia los

confines del horizonte.

- Ya van a apagar - exclamó el conductor del vehículo.

Instantes después, los pasajeros, desde el cerro, vieron a la ciudad de


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un golpe quedar en la oscuridad absoluta. Apagones todos los días, durante

ese mes, había decretado el gobierno nacional para “racionalizar” la energía,

debido a la escasez del agua en las represas productoras de electricidad. El

corte de la luz estaba ocurriendo de siete a ocho y media de la noche, sobre la

totalidad del territorio nacional.

- Eso debe de ser muy raro ver el país desde el cielo - dijo el amigo del

conductor sentado junto a él - imagínese, todo el planeta prendido y nosotros a

oscuras en plena noche.

- ¡A oscuras y llenos de balas! - repuso otra voz misteriosa que, desde la

última fila de la buseta, puso una mano negruzca sobre el cojín de adelante.

El vehículo prosiguió su trayecto por la avenida en altitud y más

adelante, desde las montañas, vio surgir las flamas de miles y miles de velas

prendidas por la gente humilde, a esa hora, en las atiborradas y gigantescas

zonas de invasión.

Alrededor de la urbe, a lo largo de las montañas, los altos estaban

colonizados a la fuerza, moldeados por los tugurios que, día a día, crecían en

esos terrenos tan propicios al deslizamiento y a la catástrofe.

Allí, fácilmente y gratis, se podía adquirir la experiencia de un

derrumbamiento de tierra de una tonelada o más sobre el cuerpo, y a los

socorristas, habidos de causas humanitarias y provenientes de todas partes del

mundo, se les premiaba la buena intención de ayudar con una malaria, una

tifoidea, los tétanos, la polio y el hepatitis a, b, y hasta la zeta.

La pobreza era absoluta. Precisamente, en uno de esos sectores de la


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ciudad, la cruz roja rescataba constantemente a la gente de los despeñaderos

de greda y barro. En cierta oportunidad, al saber que allí se hacían masajes

con lodo, tres señoras de la clase alta acudieron a uno de esos tristes lugares y

metieron las caras en un barrial, para ver si, así, las arrugas, que tenían bajo

los ojos, se les desvanecían un poco. Se fueron sin dar ni limosna.

- Que bonito como se ve desde aquí - pensó Judith observando la

enorme cantidad de espermas alumbradas al fondo y un poco aturdida,

permaneció contemplando aquel sombrío paisaje por la ventana. Las nubes

pasajeras habían dejado el cielo una vez más descapotado y, bajo la luz de la

luna, más allá de los chiribitiles, se percibían miles de siluetas de árboles, pinos

y coníferas descendiendo a lo largo de las pendientes.

La mujer sólo dejó de mirar hacia el exterior poco antes de llegar al

barrio. Venía con hambre y cansada. La buseta había bajado ya por la avenida

el Dorado, había pasado por la autopista Ciudad de Quito, subido a la novena,

correteado la Caracas y rematado en la avenida sesenta y ocho, a la derecha,

para salir por último cerca al parque el Salitre.

Hacia el norte, orientándose hacia una esquina, por el club de

empleados oficiales, la ruta desembocó en Galerías.

En un punto indefinido de ese trayecto, con el mareo que le ocasionaba

siempre tanta vuelta, Judith observó la parte alta del respaldar de la silla que

tenía al frente.

Distraída, presto atención al protector blanco que protegía al asiento. De

repente, se le hizo que la tela blanca y cosida, frente a ella, tenía una forma
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similar a la de un calzón.

Entretanto, la buseta atravesó el puente de la calle cincuenta y tres y en

el transito fugaz, con la mirada otra vez en la ventana, la mujer vio pasar un

carrito de perros calientes situado en una de las entradas del barrio Federman.

- ¿Eran Johny y sus amigos los que estaban allí comiendo arepas? - se

preguntó, insistiendo de nuevo sobre el asiento de enfrente. En el interior del

servicio público, su vista distraída divagó luego, cayendo, por casualidad, en

uno de los espejos retrovisores situados en la parte alta de la cabina del

conductor. Una lucecita intermitente le botó su reflejo sobre el vidrio más pálido

que nunca.

El resto del viaje, en medio de un trancón, Judith se internó en sus

reminiscencias. Con las luces de los carros pitando afuera, se fue en el tiempo,

arribando a la época de su grado de bachiller, consumado en la iglesia de

aquel internado de monjas. Meses después se había marchado a Nueva York,

y veinticinco años atrás, estando allí, había conocido al padre de Johny, un

inglés llamado Christian Harvey, quien, por amor y cuestiones del embarazo, se

vino después con ella a vivir a Colombia.

En el país, aquel individuo había disfrutado del acogedor recibimiento

que se le da siempre a los extranjeros. No obstante, juzgando que Bogotá era

especialmente una ciudad muy fea, el europeo se voló antes del nacimiento del

pequeño y nunca se había sabido nada más de él.

Solamente, en una ocasión, unos señores llamaron al apartamento de

Johny diciendo que eran los abuelos del muchacho. “No se preocupe, su futuro
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estará asegurado” le dijeron a Judith en inglés, esa vez, hacía como quince

años y, desde entonces, nada más se supo de esa gente.

Los rezagos psíquicos eran, sin embargo, evidentes en el joven, quien

muchas veces al mirarse al espejo, viéndose los ojos azules, el cabello rubio y

un porte anómalo para la generalidad nacional, se quedaba reflexionando si él

era o no de este hemisferio de mala muerte.

- ¡Ay!, me estoy pasando - pensó Judith parándose de la silla.

Enseguida, saliendo deprisa por el corredor de la buseta, la mujer atravesó por

la máquina registradora y mirando hacia atrás, en el último escalón, antes de

saltar al piso, exclamó: “en la esquina por favor”.

Una o dos semanas después, un viernes al medio día, Paco Polo

caminaba rumbo a una fritanguería de prestigio llamada La Gorgona.

La venta de frituras estaba instalada en un callejón poco transitado, en

algún punto más bien escondido, por la parte trasera y fuera de la cerca que

rodeaba la gran universidad pública.

Andando hacia el puesto, paralelo al perímetro universitario, de reojo el

jubilado prestaba sigilo a los predios de la academia, de la cual él mismo se

había pensionado como profesor de la facultad de ciencias.

-Buenas…- dijo al llegar al quiosco.

Si no fuera porque llevaba unos binóculos terciados y en la mano


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izquierda una valija habana, en ese punto el veterano hubiese asemejado a un

asalariado que, sofocado, simplemente venía a echarle algo a la carraca.

Justamente, tendidos sobre el prado, dos trabajadores de una fábrica

contigua se debatían en silencio, haciendo la digestión concentrados en una

partida de ajedrez. Un poco más lejos, con palos y piedras a manera de

canchas, sus compañeros, sobre la calle despavimentada, se echaban un

picadito de microfútbol.

“Pásela. Pásela güevón”, gritaba uno sin camiseta y al taponazo, el

balón iba y venía hasta que, en algún momento, la bola cayó con potencia

sobre dos alacranes unidos bajo una roca, danzando de lado y muriendo al

instante, con el choque, mientras se hacían el amor.

El paraje sofocante y el ambiente soleado y turbio producían el malestar

del bochorno. A la expectativa, Paco Polo se limpió el sudor de la frente.

-Buenas...- repitió, esperando a que alguien saliera para atenderlo.

En esas andaba cuando, echando cabeza, notó que algo le estaba

lastimando el interior de la mano derecha. Abriendo el puño, el veterano vio

que apretaba la copia de una llave. La misma que, tiempo atrás, le había

servido para abrir la puerta del laboratorio de “pesas y medidas”, el cuchitril del

cual estuvo encargado en la facultad de ciencias durante varias décadas.

Contemplando la oxidada pieza, un poco desconcertado al reconocerla y

sin saber exactamente por qué era que ese día la tenía entre sus dedos, se la

metió al bolsillo con velocidad y disimulo.

El olor a fritos, que brotaba de la venta, le estaba ya pandeando el


110

estomago, haciéndolo trizas.

Adentro, dos alacenas de vidrios trasparentes y ahumados mantenían

las suculencias calientes y extendidas. En uno de los mostradores se advertían

las arepas, las papas rellenas y las empanadas. En el otro, más selecto aún, se

celaban las papas criollas, las morcillas y unos crocantes chicharrones de pelos

rizados y tiesos, ya freídos por el aceite. Más hacia el fondo, desde una olla,

volaban jugos vaporosos con sabores a pelanga.

- Buenas, ¿hay alguien? - repitió el jubilado una vez más con

impaciencia.

En el interior se escuchaban las propagandas de una emisora mal

sintonizada. Uno de los comerciales de gaseosa anunciaba los tiquetes para un

concierto de una agrupación de música Pop que, estando de gira por

Latinoamérica, milagrosamente había decidido pasar por Bogotá. Ya se

vendían los tiquetes de entrada en los supermercados y en los puestos de

revistas. Más aún, sabiendo la fecha del cumpleaños del cantante, una

peluquera se ganaría, esa tarde, el premio de una cena exclusiva con todos los

integrantes del grupo.

La interferencia de la emisora se mezclaba ahora bastante bien, en ese

ambiente acalorado, con los sonidos de varios camiones pasando y llenando el

aire con un humo denso y oscuro, resultado de sus pésimas combustiones.

Abrumado, Paco Polo se distanció un poco de esa atmósfera, buscando

el aire. Volteándose, aprovechó para destapar sus binóculos del estuche y

mientras que aparecía el encargado, se orientó detallando con éstos las


111

inmediaciones y planicies del alma mater.

Las numerosas canchas de fútbol estaban llenas de jóvenes deportistas,

y desde allí se podía apreciar la concha acústica y las facultades de medicina y

de veterinaria, la una al lado de la otra.

- ¿A la orden? - dijo por fin una voz de mujer, emergiendo

repentinamente de debajo del mostrador. Era una joven atractiva y aindiada,

como de unos veinticinco años de edad, de pechos puntiagudos y saltones.

Hasta entonces, la misma se hallaba oculta bajo las alacenas. Hacía unas

tareas en la parte inferior del quiosco.

El jubilado se quitó los visores de los ojos y rotó nuevamente la mirada

hacia la venta, cayendo, sin proponérselo, en la maravillosa anatomía de la

muchacha.

- Deme quince metros de chorizo crudo - dijo parcamente. Agachándose,

aturdido por lo que acababa de observar, abrió la cremallera de su maleta con

el objetivo de recibir la larguísima tira del embutido.

Al observar la cantidad del pedido que en la tienda comenzaba a

largarse, uno de los obreros de al lado, interesado en el jubilado, fue a

preguntarle sobre su identidad y sobre las razones por las cuales estaba allí

comprando tanto chorizo.

Presagiando el peligro, Paco Polo entonces cerró de un tirón la valija y

pagándole a la muchacha, alzó la mano para subirse en un taxi de inmediato.

***
112

- ¿A dónde lo llevo?

- Lléveme a Pablo Sexto.

- ¿Qué lleva ahí?, ¿chorizo? - preguntó el taxista.

- Sí, conseguí un poco, ahí del que venden en esa tienda que es como

bueno.

- Sí, ése es bueno - continuó diciendo el chofer mirando al veterano por

el retrovisor. Al volante iba un hombre moreno y gordo, de gran bigote negro y

un palillo saliéndole por la boca.

Paco Polo se tocó el pecho. Su corazón latía precipitadamente, pues el

susto había sido grande. Respirando pausadamente, intentó calmarse. Se

quitó del cuello la correa que sostenía los prismáticos y agarrándolos, los

envolvió con esmero en una página de periódico que extrajo de uno de los

bolsillos de su chaqueta. Una vez empacados, los dispuso con cuidado encima

de las tiras de carne y volvió a cerrar la cremallera de un sólo golpe.

Un poco más sereno, miró hacia afuera y escuchando la melodía que

tenía puesta el chofer en la radio, se refirió a la misma diciendo:

- Eso es de Silva y Villalba.

- Si. ¿Los conoce? - le preguntó el conductor interesado.

- ¿Qué si los conozco? Qué si los conozco. ¡Tengo como 20 discos de

ellos!

- No me cuente…

Cuando el taxi posteriormente se detuvo entre los bloques del barrio, el


113

chofer y el pasajero se habían encarnizado ya, pasando revista por los puntos

claves de la música popular colombiana de los últimos cincuenta años.

Durante el trayecto, Paco Polo procuró mostrarse como hombre experto

en el tema, para lo cual citó a numerosos compositores e intérpretes

nacionales. El piloto, no quedándose atrás, animosamente repuntó varias

veces en el capítulo dedicado a la salsa y a los vallenatos. Pero, frente a las

iniciativas de este último, el jubilado no mostró mayor sorpresa y al descender

del vehículo, había simplemente elaborado la ególatra idea de que el chofer no

era ningún versado ni en música, ni en nada más.

Ya en el barrio, el veterano caminó rumbo a la tienda.

A la hora de la siesta, ese día en el establecimiento no estaba más que

uno de los músicos. Al verlo entrar con la maleta hinchada, el intérprete se paró

y se apresuró abriendo y extendiendo una bolsa negra de plástico, sobre una

de las mesas.

- ¿Se pudo hacer el negocio? - le preguntó, esperando a que Paco Polo

mostrara la gran salchicha.

- ¡Pues claro! - le respondió el jubilado y allí mismo, mientras doña

Cristina salía a espantar a un burro que pretendía comerse la basura, los dos

tragaldabas se repartieron el botín.

En la época en que el historiador continuaba aún de viaje, Beto se había


114

ido para su casa un martes, dejando el apartamento de Judith en un estado de

limpieza tal, que cuando ella llegó esa noche del trabajo pensó que se había

equivocado de bloque.

Sentada sobre el sofá de la sala, a las seis de la tarde, la mujer

descansaba algo atónita frente al excesivo orden de tan excelente aseo. A su

lado, Johny, echado a lo largo del mismo sofá, tenía la cabeza recostada sobre

las piernas de su madre. De frente, en el televisor, estaban pasando un

capitulo de los Picapiedra.

Pedro tomaba una ducha y el agua salía por la trompa de un mamut.

Parecía que el hombre prehistórico se alistaba para salir a una reunión del clan

de los búfalos mojados. Cuchi-cuchi y Vilma preparaban costillitas azadas en la

cocina. En el instante en que sonó el cuernófono (era Pablo), uno de los

hermanitos de Johny rompió en llanto. Incomodada, Judith se paró y fue a

mirar que era lo que estaba pasando. No era nada. Bobos. Estaban

molestando.

Enseguida, viendo que ya era la hora de comer, la mujer pasó a la

cocina y pensando en hacer unos emparedados de queso, se puso a buscar la

sanduchera.

Vendría el pánico. El aparato había desaparecido.

***

Desde el incidente del Betamax, en el apartamento se estaba


115

presentando la misteriosa perdida de diversos objetos. Noche tras noche, y en

menos de una semana, se habían evaporado ya la vieja máquina para hacer

ponche, un molinillo chocolatero, un estropajo nuevo y dos piedras pomex, así

como un extinguidor acabado que por años duró tirado en un rincón de la sala,

detrás de uno de los sofás.

Para colmo, ahora faltaba la sanduchera eléctrica.

Johny, acomodado, observando la escena del boliche, escuchó que su

madre ponía alharaca una vez más, por lo que, parándose, fue a la cocina

para averiguar las razones del escándalo.

- Ya mamá, esa vaina debe estar en alguna parte - dijo el rubio

agachándose y moviendo las ollas guardadas bajo el lavaplatos, con el objetivo

de ver si así el adminículo aparecía espontáneamente.

La desaparición de los objetos ocurría casi todas las noches.

Días antes, se había llegado a creer que el padrastro de Johny era el

causante de las perdidas, pudiendo el hombre estarse metiendo en la casa a

sacarse las cosas. Pero una semana luego de haberlo echado, se habían

cambiado las guardas de la entrada. Parecía ilógico entonces que, en ese

caso, el tipo se estuviera entrando por las ventanas a sacarse las piedras

pomex pudiendo, para esa gracia, robarse a los niños.

A la sazón, Judith y Johny esa tarde llegaron a suponer que podía ser

Beto el responsable de los hurtos, pero, al anochecer, descartaron la idea ya

que era absurdo desconfiar del muchacho, a quien conocían desde hacía ya

tiempo, siendo tan colaborador y educado.


116

Johny, en realidad, se mostraba más bien tranquilo, pues tenía la

seguridad de que los objetos debían estar refundidos por ahí en la casa.

Pensaba que después cada cosa iba a aparecer en su sitio. Consideraba que

eso debía de ser parecido a lo que ocurría siempre con la cinta pegante, el

colbón o las tijeras, útiles que, a pesar del orden, nunca se encontraban en el

instante necesario, pero que cuando ya no hacían falta, en el desorden, se

manifestaban con mucha facilidad.

Viendo a Judith resignada en la cocina, Johny se recostó contra el marco

de la puerta. Tenía las manos metidas en los bolsillos de un pantalón a cuadros

y mirando a su madre, condolido por lo que ocurría, hizo con las cejas y la

boca una expresión teatral de conmiseración.

De repente, sonó el timbre del teléfono. Judith, más sosegada,

limpiándose las manos con un trapo fue a contestar a la sala.

- Johny bájale, bájale el volumen al televisor, ¿aló?

La llamada era de larga distancia. Era la voz de la tía de Johny, quien

llamaba desde Bucaramanga a confirmar la hora en que llegaría a la capital su

hija, Alison.

La sobrina de Judith iba a venir a instalarse en el apartamento desde el

próximo miércoles y la madre de la joven, afanada por el viaje, pretendía que

fuesen a recogerla a la terminal de transporte, ya que la chica se iba a venir

sola.

A Judith, que se la pasaba bregando y que a duras penas había

aceptado que su sobrina viniera a establecerse en el apartamento, le pareció


117

este pedido un acto de conchudez adicional.

- Yo ando muy ocupada. Espere le preguntó a Johny si puede ir. Johny,

¿qué si puedes ir el miércoles a recoger a tu prima Alison a la terminal?

- ¿Yo?, ¡ni loco! - respondió el muchacho, desentendiéndose del asunto.

- Johny como que anda también muy ocupado… - continuó diciendo

Judith por la bocina -, pues cuando ella se baje de la flota que coja taxi hasta

acá. Eso es fácil – y tranquilizando a su hermana, le aclaro: “no, no, no, eso es

muy fácil.”
118

III
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El día en que Beto salió de Pablo Sexto y regresó a su casa, se bajó de

la buseta en cierto recodo del barrio Las Guacamayas y ladeando una estación

de Policía, anduvo por un arenoso caminillo que se abría entre dos potreros.

Girando al final de una cuadra, cuando ya había comenzado a bajar la

luz, el de gafas evitó un atajo usual, con el fin de eludir a las galladas de

maleantes que por allí a esa hora abundaban. Por entre el comercio, se orientó

entre las construcciones bajas y de cemento. La gente deambulaba, de un lado

a otro, caminando por entre las iluminaciones, bajo los avisos de los negocios

desplegados como un gran collage de retazos multicolores.

Pasando frente a una taberna, la visión de unos Mariachis sumió a Beto

en un estado de divagación, generándole, por instantes, la insólita sensación

de que él ya no estaba allí, en Guacamayas, sino que se había trasladado de

repente a México.

Circulando con dicha imaginación, el muchacho supuso que en aquel

país, aquí y ahora mismo, alguien parecido a él debía de estar observando más

o menos los mismos paisajes: las mismas calles, los mismos basurales, las

mismas caras de la gente. ¿Por qué México? no lo sabía. Igual, en cualquier

otro país de Suramérica, pensaba, debía de ser la misma mezcolanza de

olores, mierda y anarquía.

Luego, en el fantaseo propio del regreso al hogar, su deambular lo llevó

a fijarse, por instantes, en el estilo y en el porte de un personaje que venía


120

pasando. Con una sonrisa, Beto dedujo que se trataba de un peruano. Y en

esas reflexiones soñadoras, siguió su camino.

Iba aventurándose en la marcha por aquellas calles, cuando, antes de

subir una loma, vino a caerle a sus pies, incomprensiblemente y proviniendo

de un incógnito lugar, una pelota de letras. Buscando de donde había salido la

redonda verde y de caucho que se le atravesaba rebotando suavemente, el

joven percibió a lo lejos a unos niños en un potrero, próximos a un muro que

con letras rojas anunciaba “este lote no se vende”.

Queriendo devolverles la bola, agarrando impulso, Beto le asentó un

fuerte y descoordinado patadón. La esfera, en la trayectoria, golpeó enseguida

un poste inclinado y retornó instantáneamente junto a él.

- ¡Esto sólo me pasa a mí! - pensó viendo a los niños aproximándose.

Lo más fácil era lanzarles la pelota con la mano y de esa forma,

tomándola con ambas, al tirarla al aire, con atino una buseta la atajó y con el

vidrio de la salida de emergencia la rebotó, dejándola otra vez más,

exactamente en el mismo punto junto a él.

Observando entonces que nada iba a funcionar y que los pequeños ya

estaban recogiendo piedras para descalabrarlo, Beto dispuso el balón,

equilibrándolo sobre la acera, y con prisa se alejó de allí en dirección a su

refugio.

Este hecho inesperado de la bola rebelde acabó por abrirle la herida

que, en su interior, lo había acompañado siempre durante el transcurso de su

existencia. Desde la infancia y toda su vida se había considerado un torpe, un


121

descoordinado, un nulo. A la luz de neón de una farmacia, esto se le hizo claro.

Sumido en un profundo estado de desazón y tristeza, aquella noche fría, por

esos caminos melancólicos, en algún lugar en Suramérica, la soledad

compañera insistente y fastidiosa lo abrasaba cual amante, cuchicheándole

historias fúnebres al oído.

Detenido, con las manos en los bolsillos frente a la botica, las medicinas

detrás del vidrio resplandecían en el fondo, palidecidas por la aséptica

luminiscencia azulina.

Más allá de la vitrina, la contemplación de los tarros de agua destilada,

sobre el mostrador, en vez de ayudarle a sanar su malestar, condujeron sus

pensamientos al pasado confuso y turbio de su niñez. Se detuvo en el recuerdo

de su padre llevándolo los sábados, al amanecer, a que en una droguería del

centro contra la sinusitis le aplicaran ampolletas de benzetacil por el culo.

Varios años había tenido que soportar a la misma droguista retacándole

la penicilina de quinientos mililitros, la cual en el glúteo le entraba siempre

como cemento liquido.

***

Iban a ser las ocho de la noche.

Llegando a su domicilio, Beto atravesó el antejardín y abrió la puerta del

primer piso sin hacer ruido. El garaje interno estaba vació. Llevaba ya unos

cuantos meses así, casi un año, desde que el señor Rufino, propietario del
122

inmueble y quien vivía en el primer piso, había vendido su Ford fiesta blanco.

En otras épocas, el automóvil permanecía estacionado allí, pero, desde la

venta, ahora restaban tan sólo en la cochera un poco de manchas de aceite en

el piso, más una estantería que en la oscuridad emergía del fondo recostada

contra la pared izquierda. Debajo de unas mantas, en ese anaquel, se

arrumaban muchos periódicos viejos y fascículos de revistas, desgastados por

el polvo y acumulados a través de las décadas.

Siguiendo su camino hacia el segundo piso, Beto subió las escaleras

aspirando a asomar a su apartamento sin hacer rechinar la puerta. Pero,

Cachaco, desde la azotea, al detectar su olor, saltando alertó a Alix con sus

ladridos alegres. Sentada sobre la mecedora de su austera habitación, la tía del

joven, mirando la telenovela, al escuchar los ladridos comenzó a llenarse de

furia.

Al punto, apagó el televisor y se encolerizó aún más, al ver que Beto

entraba a la residencia tan fresco como una lechuga. Hacía dos o tres días,

buscándolo, la mujer no había parado de llamar a las estaciones de policía, a

los hospitales y a las morgues. La víspera había ido a visitar una fosa común,

cuyos propietarios la citaron tras la pista de un cadáver chupado, que decían

era idéntico a su sobrino según un retrato hablado. La sola mirada a esa momia

le había costado una fortuna.

Llamándolo desconsiderado y desagradecido, la mujer le pegó al

muchacho una insultada tremebunda. Los gritos que lanzaba por la boca

terminaron convertidos en una serie de sonidos espasmódicos y chillones, y


123

más tarde en espasmos gangosos e indescifrables.

Beto escuchándola pacientemente, para sus oscuros adentros imaginó

que la gritería de su tía, ciertamente, parecía la de un perro al que le acababan

de cortar de un tajo la cola.

En silencio, a pesar de que lo invadió la culpa, eludió el reclamo.

El chalado estaba tan rendido que no se le antojaba embrollarse la

cabeza. Dirigiéndose hacia su alcoba, impasible, le comunicó a Alix que se iba

a dormir. Escuchando la cantaleta detrás de él, Beto, ensimismado y algo

avergonzado, cuidando de no hacer ningún sonido para no molestar a los

demás vecinos, desde adentro, fue cerrando la puerta de su habitación con

seguro y muy delicadamente.

***

En su cuarto, pegados a la pared del fondo, dos cajones altos de

madera, uno al lado del otro, bajo el colchón hacían las veces de una cama

rústica, que se elevaba casi hasta la altura del techo.

Al costado se encajaba, en la pared, un armario largo y de madera

rojiza. El lado izquierdo del mueble era utilizado para guardar la ropa y el

derecho se convertía en un escritorio, con repisas llenas de diferentes enseres,

bártulos y unas latas de gaseosa para almacenar lápices, bolígrafos y pinceles.

En la parte de abajo del armatoste asomaban desparramados algunos tomos

de la enciclopedia Lexis 22, y más al fondo yacía una pequeña colección de


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búhos.

En la seguridad de su espacio, Beto prendió la lámpara de la mesita y

dando un salto, se encaramó en la cama. Acostándose boca abajo, lanzó los

zapatos palanqueándolos para zafárselos, haciendo, enseguida, el molesto

esfuerzo de empelotarse estando ya acostado. En esa posición, poniéndose

con dificultad la pijama de rayas azules que tenía bajo la almohada, colocó sus

gafas a un lado, y miró hacia arriba con los ojos fijos en las texturas

carrasposas y sombreadas del techo de la residencia. Estiró la mano y tocando

el cemento, pensó para sus adentros: “Que jartera”.

Acababa de darse cuenta que tenía que volver a bajar a apagar la luz.

Para colmo de males, en la contemplación de la nada, recordó además que no

se había cepillado los dientes.

Enderezándose con desagrado, se sentó sobre la cama, mirando hacia

abajo por la ventana de la pared del frente. Encorvado, en esa posición,

contemplando hacia el exterior, tuvo la leve sensación de que él, desde allí

arriba, era algo así como una gárgola milenaria y que su cuarto no era más que

un cubil felino de observación hacia el mundo. La vista, a través del vidrio, era

amplia y desde la cumbre de su lecho, se podían ver los barrios cercanos en

contrapicada y a la redonda. Las construcciones habitadas semejaban

fortalezas fabricadas no para vivir, sino para escapar de la inseguridad de la

urbe.

- ¿Será así también en Calcuta? - se preguntó el muchacho, con la

atención puesta en la inconmensurable cantidad de rejas y cercas que


125

guarecían los conjuntos y las casas de las multitudes. En la inmensidad de un

potrero abandonado y alumbrado por un faro de la iluminación pública, vio a lo

lejos a un grupo de niños con escopetas de balines, persiguiendo algunas ratas

para devorarlas, en medio de las profundidades abismales de la hierba.

Moviendo un poco la cabeza y volviendo en sí, con los ojos de nuevo

hacia el interior de la habitación, Beto tomó fuerzas, se estiró y fue poniendo un

pie descalzo sobre el suelo.

El joven sintió en seguida que acababa de aplastar algo crujiente e

informe. Sin querer cerciorarse de que lo que había espichado era una

cucaracha, presionó el interruptor de la lámpara y a tientas, en la oscuridad, se

encaramó de nuevo, recostándose con los pedazos de caparazón y fluidos de

algún gran insecto pegados bajo la planta. Pensando que su cama era un

inmenso desierto, deseó entonces nunca haber nacido y en ese desvarío, se

desvaneció por fin, en medio de una vaga y tétrica zozobra.

***

A la mañana siguiente, desde la cama, la atmósfera revelaba un tono

caluroso y apaciguador. Abriendo los ojos, desperezándose un poco, renovado

y con la mente descansada, Beto descendió lentamente, distinguiendo, con

agrado, que no le quedaban ya rezagos de aquellas ideas confusas de la

noche anterior. Un clima soleado y el reposo nocturno, ese día, le restablecían

los ánimos y el semblante.


126

Destrancando la puerta, se asomó hacia el corredor. El umbral estaba en

total silencio. Eso también era un alivio, su tía quizá había salido temprano a

las grabaciones de la novela.

Transitando hacia la sala, encima del vidrio de la mesita, al lado del

elefante de porcelana, encontró un papelito que tenía un mensaje escrito y que

decía “baje la basura”. Después de leerlo, el de gafas pasó a la cocina, abrió la

nevera, desgarró con los dientes una bolsa de leche y escupió el pedazo de

plástico rasgado al piso. Se sirvió un poco en un vaso, adicionándole, a este,

una copita de vinagre que sacó de la alacena.

Mientras tomaba el menjurje fue a colocar, en el equipo, un casete de

metal a todo volumen y, cabeceando una melodía, de súbito recordó que la

noche anterior, durante el sueño, había amado a una australopiteca.

- Otra información que se pierde, otro dato más - pensó tomándose de

un sólo golpe lo que le quedaba en el vaso. Luego, de regreso a su cuarto, fue

a ponerse los tenis.

Antes del medio día, se dedicó a ordenar su habitación.

Recolectó con rapidez tres grandes bolsas plásticas negras

desbordantes de basura que contenían, entre otras cosas, botellas de licor de

borracheras antiquísimas, colillas de cigarrillo en cantidades exorbitantes,

cáscaras de plátano, empaques de refritos y de gaseosas, huesos de pollo,

porciones de papa y cúmulos de pelo crespo que el mismo se cortaba porque

nunca iba a la peluquería.

Una vez terminada la tarea, a eso de las doce y media, abrió la puerta
127

para bajar por las escaleras con las bolsas. Atravesando el garaje, fue a

depositar las hediondas talegas en el bote del edificio, más allá del antejardín.

En el exterior, el sol estaba radiante y la atmósfera excesivamente luminosa

pero amena. Metiendo las dos primeras chuspas como cayeron en el

receptáculo, notó que la tercera no iba a entrar y sin perder la esperanza, pujó

con el pie las otras dos dentro del bote, intentando crear espacio.

Pero allí adentro nada se movió.

Un tanto incomodo por la situación y dándose cuenta que la única opción

era llevar la bolsa restante hasta el otro poste, caminó hacia la esquina donde

había imaginado que estaba la caneca siguiente, encontrando luego que allí no

había más que un palo enterrado al suelo y que, primero, éste no era ningún

poste y que, segundo, ahí no existía bote de basura alguno.

- Hubiera jurado que aquí había una caneca - pensó el muchacho y

confusamente, no viendo otra salida, inspeccionó con disimulo a su alrededor.

Percibiendo que nadie lo estaba mirando, velozmente dejó tirada la chuspa por

el suelo, pero, como la había amarrado mal, la misma al instante se abrió y

bufando hacia el lado descargó un poco de su asqueroso contenido sobre la

acera. Mejor era irse de allí y rápido, pensó.

- Mientras que nadie me vea, no importa - y a gran velocidad huyó de

nuevo hacia la casa. Pronto, subiendo una vez más, se encerró en su cuarto.

Más tarde, lo que en un principio había sido un simple acto de dejadez

pública lo hizo cargar con el susto de haber transgredido la ley. Sacando la

cabeza por la ventana, intentando comprobar que nadie lo hubiese visto,


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reiteradamente los nervios se le oponían ganándole la partida.

- Aquí hay mucho control en las calles - pensó moviendo la cabeza de un

lado al otro. Era casi la una de la tarde.

Por la ventana, las niñas de los colegios públicos comenzaban a entrar

a sus casas a esa hora. Se bajaban atortoladas de los buses, con hambre y

sueño, en medio de un vendaval de personas, ruidos de motor y pitos por todas

partes, inundando súbitamente la calle, al filo del medio día.

Escondido tras las cortinas, Beto permaneció absorto, mirando hacia

afuera el movimiento de la gente.

Un profesor de canto y solfeo, que domiciliaba sobre la misma acera,

pasó y pillando a Beto con esa cara de angustia allí arriba, se acercó y

deteniéndose, con un halo paternal, desde abajo lo gritó: “ Oiga mijo, vaya

siéntese e imagínese una pared en blanco, y no piense en nada por lo menos

durante media hora.” Y reanudando su marcha, le encimó un: “hágalo todos los

días y vera que se mejora”.

Para entonces, la paranoia se había apoderado nuevamente de todo su

ser. ¿Cuánto tiempo había pasado sin hacer nada? Otra mañana perdida en un

mundo sin esperanzas. Otro día más en que la vida perdía todo su sentido.

Tornándose hacia el interior, Beto fue hasta el estante donde guardaba

sus libros de ciencia ficción, y desde allí por primera vez miró con desprecio su

gran colección de música rock.

-Y ahora que la maquina del mundo todo se lo había tragado, ¿dónde

quedan las posibilidades de escapatoria?... ¿y a la final qué? - se preguntó el


129

de gafas, experimentando lo miserable que se sentía como ser humano.

“Tengo miedo de sorprenderme a mí mismo en un mundo gobernado por

idiotas” se dijo cerrando la cortina completamente.

Oscurecido el espacio, se sentó encima de un butano en la penumbra.

Quería no hacer y tampoco pensar en nada, tal como se lo había recomendado

el profesor de canto. Minutos después, en esa posición, frente a la pared, lo

único que llegó a su mente fue la idea de que ese profesor, aunque era buena

gente, era también como medio marica.

***

En pro de evitar las horribles imágenes que se refugiaban en su

imaginación, asechándolo y queriendo salir a flote, un poco más tarde, Beto

fue y trajo de la cocina una escoba, el recogedor y el trapero.

Afanado, se atareó barriendo el piso de su dormitorio. A esas alturas,

intuyendo el despertar de la latencia, encajó trémulamente un casete de su

colección en la grabadora.

Con los ojos bastante rojos, se pasó la mano nerviosamente por su nariz

humedecida y no contento con la música la cambió por otro casete, y luego por

otro y otro más. En la ansiedad en la que se hallaba, no convencido de nada y

visualizando ya el peligro, abrió el armario afanosamente. Sacó del fondo de

éste, una guitarra sin cuerdas y llena de polvo.

Cogiéndola del mástil, la inclinó recostándola contra una pared y,


130

tomando fuerzas, la agarró a golpes violentos con la pierna izquierda,

rompiéndola en dos, tan sólo del primer tramacazo.

Esta acción lo alivio un poco, bajándole la ansiedad.

De todas formas, el instrumento nunca le había servido para nada y

jamás había aprendido a afinarlo. Siendo consciente de que el malestar iba y

venía y que era próximo de nuevo a la ascensión, fue entonces hasta la sala y

sintonizó una emisora universitaria, haciendo vigorosos esfuerzos por pensar

en otra cosa. Los presentadores se quejaban de que la ministra de cultura,

recién electa, había cancelado un festival de Jazz en la Medía Torta.

Los locutores denunciaban al ministerio por, impunemente, querer

valorar este año sólo las manifestaciones autóctonas, como las cumbias, los

porros y los sanjuaneros.

- ¿Cómo pretenden que nos civilicemos? - afirmaba uno de los

comunicadores.

***

Acostado sobre la cama, escuchando esta información, Beto empezó a

revolcarse como un agonizante. Anhelaba trasbocar. Afortunadamente, una voz

optimista pasó a anunciar, en contados instantes, la emisión de un especial

musical sobre la discografía reciente de uno de los grupos favoritos del joven.

Sería una hora y medía ininterrumpida de canciones sin tandas comerciales.

- Tengo que grabarlo - exclamó el muchacho desde la cama y rotando

sobre sí mismo, se incorporó con dificultad. Desgraciadamente sabía que no le


131

quedaba mucho tiempo para conseguir un casete virgen.

Tenía que apurarse. ¿Qué hacer? Tomando fuerza, optó por una

solución rápida. Corriendo, bajó al garaje, llegó hasta la estantería de libros y

periódicos viejos cubierta con aquellas mantas, metió la mano debajo de las

cobijas y exhumó, del polvorín y al azar, uno de los casetes que acompañaban

los tomos azules de un curso de inglés de la BBC de Londres. Aquel sistema

de aprendizaje era del señor Rufino, quien tenía los fascículos con las

grabaciones allí arrumados, desde épocas inmemoriales.

La captura de la cinta fue cuestión de unos segundos. A gran velocidad,

el joven ya estaba otra vez en su cuarto con el precioso material así obtenido.

De inmediato, metiéndole un papelito enrollado en el huequito vació de

seguridad, la cinta recobró su status de objeto útil y virgen.

Siendo precavido, cada vez que así obraba, solía rasparle al casete el

enunciado del curso de inglés: “no sea que el señor Rufino suba un día de

estos a visitar a mi tía y entre por estos lados y se la pille”.

Finalmente, justo antes del inicio de las canciones, el muchacho logró

meterlo en la grabadora, y sintiéndose mucho mejor espichó “Rec”.

***

Beto continuó esa tarde ordenando la casa. Llegó a sacar de su cuarto

una bolsa más, repleta exclusivamente de papeles de contenidos

indiferenciables. Con un trapo y jabón también se aplicó a borrar unas manchas


132

de kerosén, que, en uno de los muros, había dejado un antiguo inquilino al

estallido de una estufilla de gasolina.

Revolviendo los cajones, el hallazgo más importante, ese día, fue el

redescubrir que él era estudiante de antropología ya que, en el transcurso de

las vacaciones, este dato se le había ido olvidando por completo.

Lo que le evocó su oficio fueron unas notas viejas que encontró en un

cajón. Se trataba de algunos bocetos relativos a la idea de armar una revista

en ciencias sociales. Entre lo poco que el muchacho tenía claro y fijo era el

nombre que llevaría la publicación, se llamaría: “Antro-Pus-Logos”.

El próximo semestre, cuando volviera a la universidad, pensaba

desarrollar más a fondo esta iniciativa, con otra gente interesada de la facultad

de humanidades. Para el primer número de la revista, la idea era aceptar solo

los artículos del más alto nivel intelectual y contemporáneo. Es decir, con el fin

de desarrollar una buena selección, no se tendrían en cuanta los

planteamientos y ensayos que deliberadamente utilizasen un orden lógico entre

sujeto, verbo y predicado.

Más aún, se daría prioridad a las ideas innovadoras que mencionaran

palabrejas incomprensibles y que generaran frases construidas de manera

absurda. Tendrían gran cabida, por ejemplo, diatribas sin sujeto o sin

predicado, o con predicado pero sin verbo, ya que esto - pensaba Beto -

atraería al público joven y abriría las exploraciones hacia “nuevos territorios”.

- ¿Nuevos territorios?, ¡aquí lo que nos va a tocar es buscar un nuevo

territorio para ver a donde irnos, si mi mamá no paga el arriendo este mes!” - le
133

dijo Johny, pragmáticamente, un día que su camarada hacía inhumanos

esfuerzos para que el rubio entendiese sus planteamientos antro-pus-lógicos.

***

El cuarto estuvo en orden como a las seis de la tarde. A esa hora, Beto,

agotado, se quedó dormido con el mango de la escoba entre las manos, a su

vez empuñando, al pecho, un librito de Edmundo de Amicis.

Alix regresó a la casa a eso de las ocho, encontrando al joven sudando,

con escalofríos y metido dentro de la cama. Los días siguientes Beto continuó

enfermo, no pudiendo escapar de allí durante toda la semana.

Su tía estuvo varias noches cuidándolo, sentada junto a su lecho,

sintiéndolo afiebrado y con temblores. En un principio ella, guardando la calma,

había supuesto que era una crisis de sinusitis. Pero, con preocupación, luego

vendría a cobijar la posibilidad de fuese algo más grave, justo cuando, a los

tres días, el joven bardo se levantó y deambulando por la morada, con voces

ajenas una noche emprendió a sermonear en lenguas. Sobre la cama, en la

penumbra, ella le ponía toallas húmedas en la frente, mojándole los brazos y el

pecho para calmarlo. Él la miraba con sus ojos perdidos, la confusión reinante

en su cerebro.

Durante el transcurso de esa semana, Beto no se procuró otra

ocupación que mirar por la ventana. Durante el día, se levantaba e iba a

sentarse junto al vidrio. Allí pasaba las horas hasta entrada la tarde,
134

observando la nada imperturbablemente. Al mismo tiempo, a lo largo de los

atardeceres, el señor Rufino, luego de dormir la siesta, desde el primer piso

sacaba una butaca a las cuatro y se sentaba en el antejardín de la casa, a ver

pasar a la gente. Tenía esa costumbre desde hacía años.

- Nunca cuenta nada ese anciano - pensó Beto viéndolo ese viernes

desde arriba, una vez que su conciencia recuperó brevemente una parcela del

terreno perdido. En ese momento, recorriendo la calle del frente, fue

emergiendo, poco a poco, la corriente de una marcha enorme, levantando con

su paso una polvareda asfixiante.

Por encima de la agitación, Beto observó las manos de la muchedumbre

levantadas hacia lo alto y batiendo pañuelos blancos. Desde la azotea,

Cachaco ladraba a la tromba inalterable e impotente el can amenazaba a la

multitud que, horripilada, gritaba “ya no más”. “Queremos Paz”. “No más

sangre”. “La vida es sagrada”.

Ese anochecer, don Rufino, por primera vez, se paró de su butaca antes

de que fueran las seis y medía.

- No creo que vaya a unirse a la procesión - pensó Beto con agravado

desconcierto.

- Debe ser que le dieron ganas de ir a orinar.

No siendo así, el anciano alcanzó en el garaje un zurriago de palo

colgado en una puntilla y surcó el antejardín, atravesando la calle por en medio

de la afluencia. En seguida, intentó alcanzar a un par de pelados pintores que,

sobre el pavimento cuarteado de la otra acera, con vinilos dibujaban el esbozo


135

de una paloma azulada.

- ¡Desgraciados! - exclamó el longevo - cómo se atreven con ese color.

¡Cómo si no supieran que éste es un barrio liberal! - y después de un par de

fuetazos al aire, cuando los niños huyeron, el abuelo regresó a su puesto, sin

que nadie entre el gentío le hubiese prestando atención alguna. Al sentarse

nuevamente, la cola de un cocodrilo apareció brotándole al octogenario por

detrás del pantalón. El único que pudo notarlo fue Beto quien, absorto, le restó

importancia al detalle y volvió a concentrar su mirada en la procesión.

El oleaje de la marcha había dejado ya, con su paso, un turbio y triste

silencio y muchas latas de gaseosa, paquetes de plástico, tusas de mazorca y

mugre por todos lados. El joven siguió con sus ojos el curso de las personas a

quienes percibir oprimidas, como si se tratase de grandes hileras de salchichas

rellenas, no de queso sino de desesperanza y desaliento.

- Pobre señor Rufino - se dijo - lo que está es zafado. ¿Para qué será

que les pega a esos pobres chinos? Liberal o conservador, yo siempre he

entendido que eso es la misma mierda y de todas formas de nada le va a servir

pegarles, porque a esos pelados se los va es a terminar llevando la guerrilla.

***

Al final de esa semana, Beto reprendió su descenso hacia el delirio. Alix

lo veía caminar por la casa hasta bien entrada la noche de un lado a otro, sin

rumbo fijo. Iba de aquí para allí, diciendo una frase repetitiva que, filtrándosele
136

desde las profundidades de su psiquis, enunciaba sin cesar y hasta altas horas

del amanecer. La consigna era: “yo por ejemplo no tengo plata y como van las

cosas por aquí, nunca voy a tener es nada”.

De cuando en cuando, el joven terminaba también pronunciando

jerigonzas inescrutables adornadas con groserías. Un anochecer, en que su

aspecto se le había revelado a la desquicia, con cara de racional, Alix lo

observó desde la sala, levantándose y acercándose al teléfono.

- Eso es buen signo - pensó ella - que llame a su amigo Johny y que lo

vaya a visitar. Eso le va a sentar bien para que se airee un poco.

Al contrario, el muchacho en vez de telefonear a su camarada, alzó el

directorio telefónico de páginas blancas y se lo puso bajo la oreja. “Aquí

adentro hay miles de personas hablando en este momento unas con otras” dijo

con la cabeza de lado. Y permaneció así, en esa posición, casi quince minutos

como si algo estuviese escuchando.

- ¿Cuánto podrá costar llamar a Afganistán?

- Me voy a acostar. Por favor no llames a Afganistán - le respondió su

tía, haciendo un gesto de amargura y cerrando, de un golpe seco, la puerta de

su cuarto.

Parado allí, Beto comenzó a sentir, de repente, que estaba perdiendo el

tiempo. Muchas cosas, tal vez miles, podían estar pasando en el mundo hoy.

No podía estar más ajeno a todo lo que afuera estaba ocurriendo.

Con aquel sentimiento, el joven se apresuró y una vez más tomó el

directorio telefónico. Necesitaba saber que estaba pasando en el exterior.


137

***

- Quiero suscribirme al tiempo.

- Sí señor... ¿Por un año?

- Bueno... sí.

- Cómo piensa pagar el señor, ¿con tarjeta de crédito o por tarjeta

debito?

- ¿Pagar?... ¿Cómo así?

- Si... por la suscripción al Tiempo señor, ¿cómo quiere pagarla?

- ¿Pagar? ¿Cómo así que pagar? ¿Qué le pasa señorita? ¡Cómo voy a

pagar por suscribirme al tiempo! Qué tal. ¡Si el tiempo me pertenece! O ¡es

que no se da cuenta que éste es mi tiempo!, ¿Acaso es idiota? ¡Qué le pasa

señora!
138

IV
139

A regañadientes y bajo la conminación de Judith, Johny tenía que a ir a

recoger a su prima Alison, a la Terminal de transporte de Bogotá, y

sanseacabó. Este compromiso en ningún caso le agradó al rubio, ya que la

estación de flotas era conocida por la insistente afluencia de las clases

populares del país, situación que estaba en contra del estilo sofisticado,

cosmopolita y en todo caso en oposición total a la música electrónica y sintética

que Johny escuchaba cotidianamente. No obstante, la señora luego de

recapacitar sobre si dejar a su sobrina llegar sola a la casa o no, se empecinó

en que el joven tenía que ir más bien a recibir a su prima, “no vaya a ser que le

pase algo”.

Sin embargo, esta resolución dio pie a algunas fuertes discusiones entre

madre e hijo, lo que contribuyó a sacar al aire otras problemáticas que

aquejaban al apartamento por aquellos tiempos.

Una vez que llegara su sobrina, Judith le advirtió al muchacho que era

menester salir también, de una vez por todas, de las gatas que el rubio, un día,

había licenciosamente acogido en la casa. Las felinas mantenían, desde hacía

meses, todo el hábitat oliendo asqueroso, ya que en la única parte en donde no

orinaban era en el cartón con arena, instalado en el patio de ropas para esos

fines. Johny, cansado de luchar durante meses para que las mininas hicieran

donde tenían que hacer, había abandonado la tarea, desentendiéndose del

asunto.
140

- Dile a Beto que te acompañe a la Terminal.

- ¡Eso es lo que voy a hacer! ¡Yo por allá no me voy solo! - respondió

varias veces el joven, indignado por la obligación impuesta.

Finalmente, como consecuencia de la reiteración constante sobre esas

dos empresas, el día esperado, Beto y Johny emprendieron la marcha hacia la

estación de transporte. Cargaban, cada uno de una manija, una pesada caja de

mascotas donde habían metido a las dos gatas, junto a diez hambrientas crías

de las últimas dos camadas, y que en ese encierro maullaban frenéticamente.

- ¡Cuándo se van a callar estos animales! - dijo Johny fastidiado, ya que

el berrinche de los animales atraía las miradas de los transeúntes.

La Terminal estaba inundada por una enorme cantidad de pasajeros.

Los últimos días, la gente en masa viajaba a la capital buscando conocer al

Cristo milagroso, al cual le crecía el pelo y que ahora, debido al litigio

internacional, tan sonado era.

Sumergidos en el interior de la gran estación, Johny y Beto pasaron casi

media hora intentando comprender el orden y la numeración de las ventanillas

y compuertas de llegada de los buses. En el extravío, fueron a parar a una

taquilla cualquiera y desocupada de flotas La Macarena.

- Aquí es donde vamos a comprar el tiquete - exclamo Johny y

dirigiéndose a la señorita, le pidió un pasaje “para la próxima flota que vaya a

Girardot, por favor”.

***
141

El bus ya estaba por arrancar. Agarrando el cofre con las dos manos, el

rubio fue a hacer la cola para alcanzar el transporte. Ya del otro lado de la

compuerta, hizo meter la caja con los gatos en el compartimento de los

equipajes, y despidiéndose de su compinche se subió en el carromato. Beto,

por su parte, al escuchar el motor del vehículo encendiéndose, con las manos

en los bolsillos y un cigarrillo en la boca, se rotó para irse.

Pero, inesperadamente, Johny descendió de nuevo, indicándole al

ayudante de la flota que algo aún se le estaba quedando afuera. “Apúrele,

entonces, apúrele” riñó el aguatero de seño fruncido y camisa de flores, y el

rubio, al trote, volvió a atravesar la compuerta hacia el interior del recinto, como

quien iba a recuperar algún enser que se le había olvidado.

-¡Ahora sí, trote duro y parejo! - le gritó a Beto cruzando la barda y en

un acelere vertiginoso, los dos muchachos, en un par de segundos, evacuaron

el área, disparados esquivando en zigzag a la muchedumbre viajera.

Terminaron yendo a callar durante quince minutos debajo de un carro de

bomberos, afuera de las edificaciones. “Por fin se fueron a Melgar las pobres

gatas... de vacaciones de por vida” exclamó Johny, tendido y sonriente sobre el

pavimento.

Medía hora después, luego de ir furiosos a alegar para que a Johny le

devolvieran la plata arguyendo que el bus se había ido sin esperarlo, fueron ya,

con lo del pasaje en mano, a tomarse un cafecito con mojicón en un quiosco.

Posteriormente, el dúo dinámico se dispuso a detectar, ahora con más


142

calma, la puerta correspondiente a la llegada de Alison. Ella debía de estar

aproximándose a la Terminal subida en un transporte proveniente de

Bucaramanga, el cual, en ese momento, a paso de tortuga se dirigía a su

destinación final.

Levantando las cabezas para mirar por encima del gentío, Johny

prefirió subirse en una silla para ver hacia afuera de la estación.

- Allá viene - le dijo a Beto.

***

Antes de que la flota frenara, la caja de cambios hizo un ruido chillón.

El vehículo daba la impresión de que iba a venirse con todo hacia el

interior del recinto, e instantes después aquello fue lo que ocurrió. Debido a un

descache del conductor - que manejaba un tanto dormido por la borrachera -,

en los últimos veinte metros y en un estrépito increíble, el bus derribó las

barreras de contención, destruyó los vidrios de la compuerta principal, atropelló

en su camino a tres personas y echando abajo las instalaciones de la entrada

de la Terminal, en su desfogar hizo añicos la integridad de todo lo pulverizable.

Los pasajeros que venían en el transporte, colinchados como micos de

las puertas, procuraban hacer todos los esfuerzos posibles para no soltarse de

los tubos y de las manijas del carromato, por temor a perder sus vidas.

La flota se detuvo al otro lado de la estación, precisamente donde se

venían a ubicar los taxis para recoger pasajeros.


143

De inmediato, el ayudante del conductor de un salto descendió del

caliente armatoste, y sin mayor intención por socorrer a los malheridos se puso

a acomodarle, al transporte, unos tacos de madera detrás de las llantas para

evitar que el móvil se fuera para atrás.

Una vieja que vendía “concha de nácar” contra las cicatrices, se

aproximó a los accidentados y les ofreció el producto barato para aplicarlo, de

una vez por todas, sobre la piel infecta. Entretanto, los pasajeros sancochados,

atolondrados y sin saber que pasaba en el exterior, se fueron bajando del

servicio público, en medio de una gran polvareda mezclada con un humo

pesado y denso. Finalmente, detrás de dos chivos llorones, se divisó la chica.

- Por allá está - dijo Johny señalando con el dedo un punto entre las

confusas fumarolas, hollín y excrecencias de aceite quemado que se

expandían como los pensamientos oscuros de un autómata.

***

Alison era una joven de talla mediana, de piel trigueña y ojos color miel.

Caminando hacia el frente, el sinuoso movimiento de sus caderas resaltaba en

medio de la confusión reinante, al tiempo que su cabello, ondulado y largo, se

movía con el aire cándidamente. Con su mochila azul al hombro y una maleta

firmemente aferrada a la mano izquierda, la chica parecía, en ese preciso

instante, una beldad imposible destellando en medio de esa fea turbulencia

matutina. Su mirada de ojos dormilones, era serena y noble. Llevaba en sus


144

oídos un walkman puesto a la escucha de una melodía sideral.

Intentando ubicarse, la joven vio a lo lejos a su primo Johny.

Mientras sonreía moviendo la mano para saludarlo, cerca de allí, un

hombre canoso, elegante y con gafas oscuras oprimió un numero en un celular,

y desde un Mercedes Benz de vidrios polarizados exclamó: “uno, dos tres,

señales-humo. Es el momento ¡ahora!”.

Apagando el teléfono portable y ordenándole al chofer poner en marcha

su automóvil para emprender la huida, inmediatamente el bus colisionado con

esa orden explotó, formando, por detrás del caminar de la chica, un enorme

hongo atómico e incandescente.

Alison siguió imperturbable, marchando hacia delante, poco más o

menos como en cámara lenta y sin percatarse de lo que ocurría detrás de ella,

debido al volumen de la música en sus oídos. En ese mismo instante, dos

Aviones Hércules de la fuerza aérea colombiana, rastreando el impacto, se

desviaron de su curso y lanzaron dos misiles sobre la misma flota, con el

objetivo de “desactivar el atentado”.

Impávida, la joven finalmente se reunió con los muchachos.

- Quiubo Alison - le dijo Johny secamente, y dándole un abrazo poco

comprometido continuó - ¡como está de grande usted china no!

- ¡Ahí que!, estoy igual… - le respondió ella sonriendo y ajustándole un

golpe suave por arriba de la nuca.

- Hola. Yo soy Beto - le dijo el de gafas estirándole la mano.

Luego, ayudándole con el equipaje, los tres se fueron a buscar una


145

buseta para dirigirse a Pablo Sexto.

***

Ese mismo día, en un extraviado rincón de los llanos orientales,

deambulando sobre una pequeña colina, el historiador mantenía, entre sus

manos y hacia el frente, los dos extremos de una varita bifurcada de madera.

Sobre el terreno, sus pasos se dejaban guiar por aquella rama seca en

forma de cauchera sostenida hacia adelante.

Eran más o menos las cuatro y media de la tarde.

El viejo Blas se limpió el sudor de la frente con la manga de su camisa

blanca. Se detuvo entonces para observar, por un momento, hacia las alturas.

El cielo estaba descubierto a esa hora y la luna se veía en tonos azules y

claros.

Luego, el viejo volvió a concentrarse en el madero y con la atención

hacia el suelo, lentamente caminó unas leguas más. En un alto, la astilla entre

sus dedos bruscamente comenzó a vibrar con particular insistencia.

- Aquí debe haber agua - pensó el historiador apaciblemente.

Dejando a un lado la rama, marcó el lugar con algunas piedras. Más

tarde fue hasta la casa y volvió al rato con una pala para abrir un hueco

exactamente en ese punto.

A eso de las seis y media, justo antes del anochecer, sacando la tierra,

un líquido empezó a fluir entonces del subsuelo, en un instante mágico e


146

indescriptible.

Desde pequeña, Alison nunca había sido modelo de buena estudiante.

Acababa de graduarse de un colegio público de Bucaramanga. La

educación, en ese establecimiento, era bastante mediocre, por lo cual pasaba

siempre todas las materias, sin problema. En realidad, los últimos años de la

secundaria, se la había pasado recostada a veces durmiendo sobre las últimas

sillas del salón de clases. Durante el transcurso escolar, por andar somnolienta,

poco supo de la historia, de la geografía, de la matemática y mucho menos dio

razón alguna de la química o de la física. Para su bien, nunca entendió de qué

se trataba todo ese misterioso fenómeno de los números fraccionarios y sólo

en una ocasión extraordinaria, cursando octavo grado, en un minúsculo

instante de máxima lucidez, al abrir los ojos y mirar hacia al tablero,

comprendió cual revelación divina lo que significaba “factorizar”.

Sin embargo, en el bachillerato, la joven había mostrado un relativo

interés por las materias consideradas siempre como las de menos valor. Por

ejemplo, en clase de música se destacaba singularmente, pues tenía dotes

particulares para el canto y para tocar, en la flauta dulce, algunas melodías de

canciones a la moda. Por esta razón, en noveno grado, la aceptaron en la

estudiantina.
147

En las actividades teatrales del último año sorprendió igualmente. Dejó

perplejos a los profesores una vez que improvisó una pieza en la que,

desparramando mantequilla y miel sobre un pupitre, lamió el reguero e hizo

contorsiones, mientras balbuceaba una canción en lengua francesa.

. Como señal de inconformismo, en los últimos años solía calvearse

frecuentemente la cabeza. Los educadores, por esta causa, en grado once la

amenazaron con prohibirle la entrada al establecimiento. Para resolver el

inconveniente, la chica consiguió un postizo negro y discreto con el que, una

mañana, llegó a la formación, luego de haber faltado a clases durante quince

días. Parecía este periquillo estrictamente pelo verídico. Desgraciadamente, los

profesores vinieron a darse cuenta de la falsedad del bisoñé sólo hasta el día

de los grados, en el que, al quitárselo para meterse el birrete, la chica lustró la

pelada.

Al llegar a la capital, donde su tía pretendía dejar ese pasado de

mediocridades con miras a formarse en la educación superior. Tenía la

intención de presentarse a estudiar artes plásticas en varias universidades.

Los exámenes iban a ser el mes siguiente.

***

Una vez instalada en su nuevo hogar, a Alison no le fue difícil entender

las rutinas de las diferentes personalidades de la familia. Desde que llegó, la

chica hizo los esfuerzos necesarios para comenzar a integrarse a la disposición


148

y al ánimo del lugar. En pocos días, encontró afinidad en el ritmo de existencia

que llevaba Johny.

En efecto, halló rápidamente en su primo a una persona con la cual

podía compartir intereses comunes. El rubio, por su parte, al notar la adhesión

de la joven a sus principios, estilo de vida, y observando que la música que

escuchaba Alison estaba lejos del vallenato y era próxima al rock, dejó

entonces a un lado las infundidas reticencias iníciales hacia ella. A los pocos

días, aceptando su presencia como nueva integrante de la casa, como señal

de afecto, el rubio le regaló una boa de peluche que hacía parte de sus tesoros

más preciados.

En ese trance de acomodarse a la vida en el apartamento, los primeros

días, curiosa, Alison en las mañanas esperaba a que la gente saliera para

quedarse escudriñando todos los rincones de la morada.

El contenido de cuantos cajones y escondrijos fue examinado en detalle

y al poco tiempo la chica ya tenía un inventario mental de todo lo existente en

la residencia. Había incluso ubicado las partidas de bautismo de Johny y de los

niños clasificadas en un archivero, unos papeles de notaría que invalidaban un

divorcio entre dos personas desconocidas y una colección de papelitos

vencidos del “chance”. Le erizó particularmente dar con unos diarios

escondidos que celaba su tía en el armario, donde se relataban las efemérides

de su juventud al final de los años sesenta.

A propósito de Judith, con la llegada de Alison y disfrutando de la

reciente ausencia de las gatas - que terminaron cayéndose con todo y flota por
149

un precipicio -, la señora pretendió instaurar un orden definitivo en el hogar.

Basada en un libro que andaba leyendo llamado “La mujer rigurosa con

el palo” y a la ayuda de un compás, la mamá de Johny trazó un círculo sobre

un cartón, pegándolo luego visiblemente sobre el bife de la sala. A través de

una serie de manecillas adjuntadas a éste, se detallaban las labores que debía

efectuar cada persona durante la semana en miras del bien común. Estaba

escrito, por ejemplo, que Johny tenía que bajar la basura los miércoles y los

viernes, así como a Alison le tocaba esa labor los lunes y los jueves. De esa

forma, se reglamentaban los horarios a cumplir en todas las labores

domesticas.

Era de suponerse el escepticismo que produjo la implementación de esta

medida, siendo la deserción total a la misma, incitada por las revueltas de los

niños, quienes se rancharon a no ir por el pan los martes a la bizcochería. Ante

la huelga general, la proposición al cabo de unos días fue abolida. Mas como a

alguien tocaba designar definitivamente para que hiciera las labores más jartas,

cogieron a la recién llegada como candidata idónea.

Lo que nadie se esperaba era que Alison, siendo tan emprendedora,

experimentaría más tarde en la cocina nuevas formulas, y durante toda una

semana a la familia le tocó alimentarse a punta de sopas licuadas de frutas

dulces con sal y papa; brebajes estos que causaron su destitución definitiva de

las labores culinarias.

En compensación, se le encargó que se ocupara de las actividades de

limpieza. Sin embargo, esta decisión afectó seriamente el humor de Beto que,
150

yendo de visita los fines de semana, encontraba a la joven haciéndole la

competencia en las ayudas al oficio que él habitualmente ofrecía en la

residencia. Tanto fue su disgusto que comenzó a mirar mal a la chica, después

de dos semanas en que él no había podido enjabonar ni fregar ni un trapo. Con

la decisión de no dejarse ganar el terreno, una mañana de sábado, el

muchacho se empecinó con ahínco sujetando la aspiradora. Cuando la joven

pasó por la sala, lo descubrió en esa acción y no sabiendo que Beto tenía la

costumbre de encargarse de la profilaxis del terreno, le preguntó inquieta: “¿Y

usted que está haciendo ahí?”

- ¿Qué cree que es lo que hago aquí?, ¿cree que lo hago por gusto? No

mija. Yo lo que estoy haciendo aquí es practicando un “performance” - le

respondió el muchacho con tono serio y grave.

Un poco confundida, abandonando por la insistencia del amigo de Johny

las labores domesticas, sin saber exactamente ahora en qué era lo que debía o

no debía ocuparse, para no molestar a nadie la chica aburrida se ausentó del

apartamento desde entonces constantemente. A la hora en que llegaba Judith

por las noches, Alison emprendió a dar vueltas por el barrio, donde fue

identificando, poco a poco, las diferentes personalidades y situaciones típicas

del sector. No le fue difícil dar con los viejos de la tiendita, a los cuales calificó,

inmediatamente, de parranda de ancianos machistas, decrépitos y fracasados.

Prefiriendo otras partes de la urbanización, esos días se quedaba

sentada en una banca, desde donde podía observar a los adolescentes

saltando las rampas dispuestas sobre la calle, subidos en sus monopatines y


151

haciendo piruetas al final de los atardeceres.

Un día, en esa observancia, conoció al director de la asociación de

deportes de Pablo Sexto, quien vino gustoso a presentársele. Se trataba de un

pobre infeliz desempleado que coordinaba el campeonato de microfútbol del

conjunto. Era un tipo chaparrito, enjuto y de bigotes puntiagudos que salía a

trotar en sudadera roja a las seis de la mañana, con un walkman modernísimo

en la mano y los audífonos apretados en las orejas. El hombre se la pasaba

todo el día por los prados, dando vueltas, supuestamente cuidando las zonas

verdes, manteniendo la seguridad de los deportistas alrededor de las canchas.

La verdad era que, en el sin oficio, el muy ambiguo se dedicaba a ejercer la

pupila lujuriosa sobre las nalgas de las muchachas. Alison ya lo había pillado

en aquella andanza, y al topárselo de frente por esa causa intentó evitarlo en

otras porque, dándoselas de detentar mucha autoridad, el pelele posaba de

importante para la comunidad, saludando a las personas muy

confianzudamente.

Otro día en que ella estaba subida y acostada en la parte alta de un

pino, él se paseaba cerca de unos subibajas corroídos por la lluvia. Desde allí,

la joven observó a unos pequeños yendo a preguntarle al fulano si estos

objetos eran parte de unos cañones utilizados por los criollos, en el momento

de la declaración de los derechos humanos.

-¡Dejen eso quieto, eso no es para jugar! - escuchó que el hombre les

respondía a los pequeños secamente y con el ceño fruncido.

- Este tipo es un guarro - pensó Alison con disgusto desde el árbol,


152

suponiendo incluso que el walkman del individuo debía de ser robado. Pero no

era así, honestamente él lo había comprado en el sur de la ciudad, en una

plaza de contrabando de objetos de la más reciente tecnología y en un

almacén secreto, cuya fama era la de sacar al mercado los productos más

recientes, entre ellos los que ni siquiera se habían estrenado aún ni en el

Japón.

Por la casa, advirtiendo que la colaboración en las actividades

domesticas había terminado en la deserción de todos los integrantes de la

familia, Judith se decidió a pagarles, a Alison y a Johny, unos pesos para que

fueran y compraran unos potes de vinilo con el fin de pintar el apartamento,

también buscando tenerlos a ambos bien ocupados y, al tiempo, mejorar el

aspecto de la residencia.

Esta empresa fue iniciada con entusiasmo. Los muchachos salieron

hacia un almacén y compraron los colores más estridentes que encontraron.

Pero, cuando la señora regresó esa tarde, observando los primeros resultados,

los obligó a clausurar la iniciativa, conminándolos a mezclar aquellos tonos

chillones con blanco para apastelar y apaciguar las paredes ya bastante

iridiscentes.

Los dos primos duraron trabajando quince días más, cubriendo con
153

varias capas los manchones de dedos, rayones y sombras que plagaban los

muros del hogar, haciendo falta varias repasadas con los rodillos y con las

brochas para borrar las trazas más relevantes. En el empeño que le pusieron al

asunto, pintaron por descuido hasta los tomacorrientes, a los cuales fue difícil

después meterles los enchufes, ya que el vinilo, secándose, los dejó

absolutamente taponados.

Sin embargo, la ardua labor tuvo su punto favorable pues logró arrancar

a Johny del letargo, alejándolo, al menos momentáneamente, de la mala

costumbre suya de dormir durante el día, pues a través de las vacaciones el

joven vivía despierto sobre todo por las noches.

Convertido en un noctámbulo, justificaba sus reiterados trasnochos con

la idea de espiar por donde era que se estaba efectuando el inusitado escape

de los objetos en la casa. En alguna de aquellas amanecidas, una madrugada,

el sol sorprendió al rubio en la cocina, ofreciéndole con sus rayos tan

transilvánica contrariedad, que el joven se metió fastidiado bajo las cobijas,

pensado que lo que tenía que hacer, de ahora en adelante, era ir a un

laboratorio y alimentarse de exclusividad con sangre fresca. Menos mal, la

labor sobre los muros le hizo olvidar esa pretensión y lo devolvió al ritmo

normal de la vida diurna.

Con entusiasmo, se dedicó esos días a ayudarle a Alison a pintar la

habitación de los niños, la cual había sido adecuada ahora para ella.

De acuerdo con los gustos de su prima, los colores utilizados en el

dormitorio fueron rozado en las paredes y amarillo en el techo. En esa tarea,


154

para alcanzar los muros, con el movimiento de los muebles que debió

efectuarse, se encontró que los hermanitos de Johny, debajo de la cama,

llevaban cavando, desde hacía meses, un hueco que mantenían colmado con

agua estancada, pedazos de plastilina y champú, revueltos bajo el propósito

de “hacer una pócima”.

Al correr de las semanas, Alison logró cubrir, finalmente, con cemento

aquel inmundo socavón. Los juguetes y la ropa de los niños fueron trasladados

a la habitación de la señora y la chica, apropiada de su nuevo nicho, sobre una

de las paredes recién pintadas, decidió dibujar con unas crayolas una figura

antropozoomorfa sentada sobre una roca y alrededor varios sistemas solares.

Su tía no tuvo tiempo de oponerse una vez vio el singular diseño, entre otras

porque la mujer se encontraba muy ocupada, por esos días, efectuando

mejoras en el hábitat, entre ellas la reparación de un fogón de la estufa que no

prendía desde hacía dos años.

Igualmente, con algún ahorro, Judith había contratado a un carpintero

para que enganchara las puertas descarriladas al armario de la habitación del

rubio. El día en que el ebanista fue a realizar el trabajo, dando un leve vistazo

al cuarto, aclaró que no era viable llevar a cabo la maniobra debido al desorden

tan impresionante, siendo imposible pasar hacia el interior de la habitación.

Johny, entonces, fue sometido a presiones para que sacara, de cabo a

rabo, la integridad de lo que tenía en cajas de cartón a la sala.

Esta coyuntura permitió a Judith acceder directamente a esa serie de

reliquias y tesoros inservibles, almacenados con recelo por el muchacho.


155

Mientras Johny dormía una mañana, a partir de una selectiva clasificación

materna, fueron botados casi todos los bártulos y sobre todo los mejores

enseres a la basura, generando, de esa manera, un fuerte altercado en la

casa. El rubio tiró la puerta de su habitación tres veces al no encontrar, por

ninguna parte, una cabeza de un maniquí, que él mismo había pintado con

esmaltes para tomarle unas fotos.

Otra particularidad de esos días fue la relación que se estableció entre

Alison y los dos pequeños; pues cierta época transcurrió sin que la joven

pudiese llegar a acercárseles lo suficiente, como para percibirlos con claridad.

Desde que la chica había llegado a la casa, los niños, por molestar y por pena,

vivían prácticamente metidos bajo una cobija, con la que se desplazaban por

el apartamento de un lado al otro, dando la impresión de ser un animal de

cuatro patas sin forma. A raíz de los muchos días andando con la manta

encima - no se la quitaban ni para comer y a Judith le tocaba pasarles los

platos por debajo de la misma -, duraron en pijama allí metidos casi todas las

vacaciones, en un enajenamiento del mundo exterior, hasta el punto de casi

fusionarse en un sólo ser membraniforme que vivía de incógnito en la familia.

Cuando Judith los obligó a salir de allí, a los pequeños enfurecidos fue

difícil quitarles la cobija, pues ya habían generado simbiosis con ésta adherida

fuertemente a sus pellejos. Al fin, quedando sin ella, los dos chicuelos estaban

blanquísimos por la falta de luz solar. Parecían haber perdido las primeras

capas de la epidermis y exhibían un enrojecimiento canceroso sobre la piel. Su

madre, aterrorizada, pensando que les había dado sarna de perro, supuso que
156

este color en los cueros era el resultado de los quince días sin tomar el baño,

sumado esto a los revolcones efectuados sobre el charco de pócima bajo la

cama.

Ante el estado de abandono en que se encontraban, Alison se ofreció a

bañarlos y a la fuerza los fue zampando en dos grandes tinajas de color

morado. Metiéndolos en la ducha, la chica los enjabonó vigorosamente,

echándoles agua y cepillo. Los restregó con estropajo y una esponja verde

para los platos. La joven, tan entusiasta, llegó a imaginar que si se dedicaba a

la crianza de esos salvajillos, tal vez podría amaestrarlos y utilizando el método

de lanzarles pasabocas al aire, ¿por qué no? obligarlos con el tiempo a que

“hicieran números”. Pero, como los infantes no eran ningunos bobos, no se

dejaron convencer y, a los dos días, le robaron el paquete de galletitas para

perro que la joven se había sacado del supermercado con esos fines.

Aurelio Vásquez, un campesino madrugador y subversivo, cargando una


157

camuflada y asesina macheta, a las siete y media entró al santuario, se acercó

al Cristo y sintió que la volátil figura le imponía su santidad, requiriéndole, en su

fuero interno, dejar atrás su larga trayectoria de vicios y de crueldad.

Arrodillado, frente a la majestad del sagrario, el delincuente monopolizó

lo que más pudo su situación frente al señor, antes de ser linchado por la

demora. Como un mártir fue abatido y arrasado por la cola multitudinaria que

convergía, confusamente, al paso de los turnos de llegada hacia el tabernáculo.

Una gota memorable y suplicante emergió en aquel momento de la

mirada del salvador y, fluyendo, le recorrió una mejilla como respuesta muda

frente a los actos brutales efectuados al interior del templo.

Entre la gente que atrás se debatía por llegar hasta la célebre estatua

estaba Andrés, el negrito, amigo de Johny y Beto. El joven surgió entonces de

la fila y vio, al instante, la lágrima fluir del rostro mesiánico.

Oportunamente, el muchacho había pasado a pedirle favores a Dios, no

fuera a ser que el negocio de los sembradíos de tomates fallase con la

inversión ya en curso. La gota por la mejilla del redentor, en el desorden de la

iglesia, fue recibida como la sobrenatural e inusitada enunciación de buenos

augurios en el negocio.

Presintiendo que era ya el turno en que los zagueros iban a arrojarse

sobre él, justo antes de que lo sacrificaran por demorado, dándose la

bendición, el negrín logró escabullirse, saliendo feliz, agradeciéndole al altísimo

esa señal personalizada.


158

Concluida la pintada del apartamento, las mismas noches en que según

Noticias Criptón, el cometa podía verse pasando muy cerca a la atmósfera

terrestre, Alison, aburrida de tanto permanecer en la casa, reanudó sus

incursiones externas por los jardines del conjunto. Caminando por Pablo Sexto,

y luego explorando más allá de sus límites, por entre los barrios a la redonda,

la ciudad estimulaba su curiosidad.

En uno de aquellos recorridos, marchando sin rumbo fijo, una tarde ganó

por casualidad los predios de la universidad pública. Paseó por sus

interminables jardines, recorrió las largas canchas de deportes y fue a mirar a

algunos perros callejeros enjaulados, listos para ser degollados y

diseccionados en la facultad de Veterinaria.

Circulando alrededor del alma mater, conoció más tarde los metederos

donde los estudiantes mediocres suelen jugar billar, ahogándose en la cerveza

y olvidándose de las clases. Otro día, entró por casualidad a algunos bares de

música salsa, donde las comunidades negras se agrupan a bailar el son. Por

ese mismo sector, en uno de aquellos crepúsculos, frente al palacio del

Colesterol presenció intrigada una gresca callejera entre dos palenqueros,

peleando borrachos, ladeando navajas y todo por el amor de una mulata

jamonuda, la muy encantada mirando radiante también la disputa entre los dos

machos.
159

Caminando perdida por la avenida Ciudad de Quito, hacia el norte,

Alison advirtió un anochecer las maravillosas arquitecturas del coliseo cubierto

y del estadio el Campín. En ese último recinto estaba, precisamente,

programada la presentación del grupo de Pop - tan esperado en la ciudad -.

Sobre ello, el concierto finalmente no tuvo lugar ya que los representantes del

conjunto declararon pronto que al país no viajarían, ni de riesgo, por falta de

seguridades. Los que ya habían invertido en las boletas para el espectáculo les

fue imposible recuperar la plata, pero la que más sufrió, con la cancelación del

evento, fue la peluquera ganadora de la cena con los integrantes del grupo. A

la mujer la entrevistaron llorando en la sección “farándula” del noticiero.

Mostrando una foto del cantante, ella sollozaba diciendo haberse

quedado con la ilusión de conocer a la única persona que amaba sinceramente

en la vida.

***

Al límite de esas jornadas, así Alison nunca hubiese estado interesada

por el fútbol, frente a la monumental construcción, empezó a sentir un gran

deseo de acceder a curiosear, por dentro, la arquitectura alrededor de la

cancha. Circulando a su alrededor, varias horas estuvo una tarde estudiando

las entradas y de repente supo cómo hacerlo.

Horas después, a eso de la medianoche encontró en la sala del

apartamento a su primo a la expectativa del cometa. El rubio había recaído en


160

sus costumbres noctámbulas y queriendo instintivamente aullar, largas horas

miraba por la ventana, en dirección al firmamento, cual lobo o perro, todas las

amanecidas. La chica, entonces, aprovechó esa coyuntura para invitarlo a ver

el fenómeno estelar que pasaba por aquella época, desde un punto mejor y

más estratégico: la gramilla del estadio olímpico.

Ciertamente, Alison había descubierto la manera de saltarse una barda

y pasar, clandestinamente, por entre unas compuertas para acceder al Campín.

- Ya lo tengo, ya lo tengo, se le ve hasta la cola, ¡qué chimba! - exclamó

Johny, en medio de la cancha, sumido con entusiasmo en el visor de un

catalejo con trípode prestado por el de gafas. Los dos primos instalaron el

pequeño telescopio en la mitad del rectángulo deportivo, para poder divisar la

fugaz estrella.

- Oiga, ¡ahora me deja ver, oyó! - le dijo Alison acostada boca arriba,

sobre el pasto rasurado y límpido, algunas horas antes del alba.

***

A pesar del susto que sufrieron escapando ese amanecer en que un

celador los pilló y desde las gradas lanzó varios tiros al aire, los paseos

exploratorios de Alison por la ciudad no terminaron con el asustadizo

escarmiento de ese incidente.

En otra oportunidad, cocinando un huevo frito por la mañana, a la chica

se le ocurrió que estando en la capital, no debía de ser tan difícil ubicar los
161

círculos subterráneos y los circuitos alternativos de la urbe.

Teniendo el propósito de entrar en contacto con los inframundos, según

las indicaciones ofrecidas por un vendedor de semáforo, en la calle cincuenta y

tres Alison ingresó por una alcantarilla, cuyos largos subterráneos recorrió

durante casi media hora.

Sacando la cabeza, lejos de allí, en un desaguadero perdido del barrio

Egipto, retornó después al apartamento muy contenta al haber descubierto

esos parajes.

Al día siguiente, durante dos horas más exploró los túneles del enorme

laberinto extendido bajo el piso de la metrópoli.

Llegado el fin de semana, cautivada por el descubrimiento, se preparó

un sanduche, lo envolvió en papel aluminio, y metiéndoselo con una gaseosa

en el morral, se aventuró de nuevo por los conductos internos de la ciudad. A

medida que descendía por las cloacas, el soroche y la falta de aire, a pesar de

todo, no la hicieron devolverse.

Pasadas algunas horas, en cierto instante tuvo la sensación de que

estaba con la cabeza hacia abajo y los pies encima, tocando el techo

inexplicablemente. Aquellos indicios mostraban que había desembocado sobre

una superficie en la cual la gravedad actuaba de manera inversa.

- ¿Habría llegado a la China? - se preguntó y en búsqueda de resolver

ese misterio, de un brinco intentó atrapar a un gamín de los muchos que

correteaban por entre esas catacumbas. Yendo de un lado a otro, cantidades

de niños, tantos para llenar diez colegios, estaban ocupados de aquí para allí,
162

deambulando, saliendo y entrando por las ratoneras mientras, chupando

pegante, efectuaban negocios.

- ¿La China? No señora, eso no es aquí - sostuvo uno, emergiendo de

las tinieblas y desapareciendo ágilmente en la misma oscuridad.

Por un corredor bastante amplio, Alison continuó descendiendo

lentamente con su linterna, hasta llegar a un espacio más abierto en cuyas

paredes se incrustaban, en línea recta, unas diez o quince antorchas.

Al fondo, una enorme construcción se veía aún difusa.

Si bien el olor era de lo más nauseabundo, el panorama subterráneo no

podía ser otro que los albores de una civilización aborigen - probablemente

paleolítica - hubiese afirmado Beto.

En efecto, el hundimiento y las ruinas perfectamente conservadas de

una sociedad, cuya tecnología era imprecisa, se levantaban allí frente a la

chica. Al fondo, hacia las cumbres, se divisaba un paisaje montañoso de

celajes ambarinos. Edificaciones de piedras rojizas orgánicamente

desplegaban, entre esos túneles, espacios habitados.

- Entonces, eso que está allá arriba debe de ser el núcleo de la tierra -

se dijo la joven señalando con el dedo, hacia la parte alta, una bola

incandescente de color azul.

- No señora, ese es el sol - le respondió el mismo ladronzuelo

evanescente, todavía acompañándola desde atrás, tal que un ángel guardián

pues llevaba alas.

- ¿Cómo así?, si no son los chinos entonces ¿quiénes son ustedes?,


163

¿qué hacen aquí? - preguntó Alison, ya un poco alterada e inquieta al no

entender donde era que se hallaba.

- Señora, no se afane...- le dijo el gamín con una sonrisa cálida y

tranquilizadora - nosotros somos sus ancestros. Somos los chibchas.

Y tras esas palabras, enseguida el jovenzuelo destapó la botellita de

pegante encaletada hasta entonces bajo sus harapos y embutiéndosela en la

boca, descendió a la tierra. Parado frente a ella, el infante se despojó de su

sucia vestimenta y quedando al desnudo, comenzó también a quitarse su

desgastada piel. Precipitadamente, el hombrecillo terminó de librarse de sus

antiguos despojos cutáneos y al punto, corrió hacia algún lado, luciendo una

nueva dermis.

El bulevar pronto se tornó desértico.

Boquiabierta, Alison vio los cartílagos de otros pequeños depositados

por el piso a manera de cuerpos sin almas. De todas formas no tuvo tiempo

para pensar. Delante de ella, unos cien metros a lo lejos, se irguió de repente

una descomunal montaña, un edificio de piedra esculpido en forma de un oso

de anteojos.

Sobre la cabeza del pétreo mamífero nacía un árbol de color blanco y de

siete ramas. Sus frutas, frescas y jugosas, caían por los escalones de la

apoteósica montaña, aplastando iguanodontes de ojos uránicos, reptiles

apresurados por montar al firmamento ocultándose, para protegerse, en las

resquebrajaduras de la zoomórfica babélica.

Aquella cumbre colosal era surcada, a la par, por un dócil arroyuelo


164

cristalino, y de su centro, Alison vio salir a un viejo de cuya cabellera brotaron

varias manos que, en hélice, lo elevaron montado sobre una vacuola digestiva,

hasta alcanzar el sol.

“No mires a los ojos del amo de la vida” le dijo el gamín que la

acompañaba.

A eso, aquel lugar subterráneo comenzó a agitarse mientras, al fondo, la

estrella polar lanzaba rayos luminosos sobre el caparazón de tortuga que

cubría aquel firmamento muisca.

Alison fue alzada entonces por diez mirlas parlanchinas y en medio de

un terremoto devastador, voló sobre ellas. Enseguida, sobre las nubes terminó

absorbida por el desagüe, y por los chorros de la ducha del apartamento surgió

dividida en fideos carnosos, cayendo sobre el piso y uniéndose con suerte,

integrándose al entrar en contacto con la superficie.

A miles de kilómetros de allí, en los llanos orientales, el historiador se

dedicaba a actividades más productivas. Sentado en la cama, con los pies

desnudos y apoyados sobre el suelo, utilizaba un cuchillo para pelar la corteza

de un palo de guayabo con el que buscaba fabricarse un bastón. Al movimiento

de uno de los tajos, algunos ruidos distrajeron su atención en la tarea por

segundos. Poniéndose las botas, se levantó y fue a espantar a unos marranos


165

afuera, por tanto los cochinos tanteaban la manera de entrarse a los cuartos.

Hacía dos días había comprado esos cerdos en una ranchería cercana y

aún los animales no se acostumbraban a su nuevo hábitat. Convenido estaba

con el intendente alimentarlos y cuidarlos mientras se cebaban. El viejo Blas le

había prometido al baquiano lo usual en cuanto a paga: “el que esté más flaco

en seis meses es el suyo”.

En una de las piezas contiguas, el hormigueo de un televisor incomodó

al veterano repentinamente, a esa hora. Dirigiéndose al lugar, inclinándose

desconectó la batería del Toyota y apagó el trasto prendido a ella, tras una

cómoda. A la mujer del trabajador se le había olvidado apagar el receptáculo a

blanco y negro.

- Esta mujer gastándome la energía, juemadre vida, - pensó disgustado -

este aparato toca usarlo sólo para ver las noticias.

En efecto era importante mantenerse informado. La noche anterior, los

sucesos en el país habían sido devastadores. Quince mil muertos en

Mapiripán, cinco mil en Caño Limón y veinte mil en Montería.

Ante tal cantidad de decesos, el historiador, desde el alba, sostenía para

sí mismo una tesis que consideraba de suma importancia: “en este país, sólo

matamos por costumbre”.

A las cinco y media de la tarde fue y guindó el toldillo. Acomodando el

cabezal de su camastro, debajo del cual guardaba el fisto, se quedó un rato

meditando como si algo hubiese venido a hacer al cuarto. Lo mismo que de

súbito se le había olvidado.


166

En el exterior, junto a la morada, sobre una mesa tenía un diccionario

inglés - español abierto en la letra doble ve. Un movimiento en forma de

abanico encausaba las hojas con el viento.

Enderezándose, el viejo recordó entonces que venía por un lápiz.

Sacándolo de una maleta, pasó por la cocina, se sirvió una taza de guarapo y

cruzando el zaguán, fue a sentarse afuera en la silla, al lado del bufete de

madera.

Con la mano acercó una carta postal extendida allí sobre la tabla.

Las primeras frases le habían parecido fáciles de leer. El enunciado se

encontraba impregnado con el optimismo de un saludo caluroso. Apuntado con

el dedo para no perderse, a la sazón fue moviendo las hojas del glosario,

indagando por algunas voces de la primera oración del segundo párrafo. Se

esforzaba por traducir el mensaje que le había enviado, el mes pasado, su

amiga sueca Paniuverda Bulsidic.

Poco a poco, en el transcurso de los años, al historiador se le había ido

olvidando el inglés. Dos décadas atrás, viajando por Grecia, lo había utilizado

en algún seminario sobre todo al conocer a Paniuverda, una profesora

escandinava, gentil e instruida, inicialmente sorprendida al saber que en

América del sur existía a la vez gente culta, vestida también con corbata.

A partir de ese lapso, cada cierto tiempo la señora le escribía desde

Suecia. Una fila intermitente de cartas y postales confirmaban que, a lo largo

de los años, aquella extraña mujer le había ido otorgando al viejo el papel de

un confidente ultramarino pero cercano. Era así como, durante las dos últimas
167

décadas, el historiador se había ido enterando de toda clase de detalles y de

ciertos pormenores de la vida sentimental de la dama. Para esa época, la mujer

estaba casada con un camerunés y tenía dos hijos de diecisiete y quince años.

De hábito, las correspondencias estaban acompañadas con fotos de esa

extraña familia. En el curso del tiempo, el viejo había ido metiendo esas letras

dentro de una maleta en su cuarto; la misma con la que, algún día, había

viajado a Europa y que reposaba ahora, sin moverse, desde hacía diez y ocho

años, en Bogotá, cubierta de polvo entre su cama y el armario.

Recibía las misivas cada dos, tres o seis meses. Solamente en una

única ocasión, él se había decidido a responderle, garabateando una nota en la

que la saludaba y le preguntaba sobre el precio actual de los tractores en

Escandinavia.

Molesta por lo inoportuno de la cuestión, la sueca dejó de escribirle por

casi dos años, pero, una vez se le pasó el enojo, sin reparar más en el agravio

reanudó el envió de sus correspondencias.

A pesar del olvido de la lengua y de la dificultad que tenía el historiador

para leerlas, disfrutaba bastante de esas misivas como una singular distracción

que le ofrecía de vez en cuando la existencia.

***

Comenzaba a bajar el sol. Sentado solo al lado de la mesa,

empeñándose en descifrar las últimas frases, tuvo que detener la diligencia


168

debido a la fastidiosa aparición de una nube de zancudos, revoloteando por

encima de su cabeza. Iban a ser las seis de la tarde. Levantándose de su

puesto, advirtió que unas avispas, por igual, intentaban metérsele por entre las

mangas dobladas de la camisa.

Espantándolas, agitando bruscamente una toalla sobre su cuello, le puso

unas monedas encima a la carta para que no se fuera a volar y fastidiado por el

acoso de los bichos, se levantó para regresar a la casa.

Recogiendo la escopeta salió de nuevo circulando por detrás de los

corrales. Saltó por encima de un tranquero, encaminándose en medio de los

hierbazales rumbo a los altos, donde los insectos disminuían a causa de la

preponderancia de los ventarrones.

Marchando varias leguas adelante se tocó el abdomen. Ese día le

afligía, como de costumbre, la boca del estomago. A la vera del camino,

acompañado por el incesante sonido de las garzas y las cigarras, el viejo

continuó su recorrido acercándose a una pequeña laguna artificial, producida

haciendo un dique, tiempo atrás.

Los colores de los terrenos, oro y múrice se perdían en el horizonte de

ese atardecer fantástico, reflejándose ya, sobre la estancada, aquella difusa

energía del satélite lunar.

- Mañana será tiempo de salar el ganado - pensó contemplando un gran

número de tortugas Terecay que descansando en la otra orilla, al escuchar la

presencia del robinsoniano personaje, por prudencia calladamente se

internaron en el plancton.
169

Con los ojos fijos en el agua, el viejo recordó entonces la pretérita época

en que había explorado, por primera vez, ese universo.

Parecía ayer el día en que obligado por las circunstancias, había tenido

que despinchar, en un sólo viaje, veinticinco veces el Toyota, sirviéndose en

una ocasión hasta de los golpes de un azadón para abrir una llanta tras el

neumático. Tenía aún la cicatriz de una herida en la mano derecha abierta en

aquella contienda de torpeza y desesperación. Afortunadamente, el

aguardiente, las trochas borrascosas y las zozobras de esos primeros tiempos,

en su mente, pronto, al caer la noche, se perdían en la penumbra.

Con el paso de la vida, ese cosmos había ido cambiando. A través de

los menguantes, desde aquel vago recuerdo de un mundo primario, hostil y

adverso, el historiador había ido transformando aquella naturaleza rotunda en

civilización. La evolución efectuada durante todos esos años daba hoy

síntomas de un ligero bienestar brindado por la labor cumplida, tanto así que el

colono no sentía ya más remordimiento al recordar aquella ocasión en que

comprando trescientos pollos para la crianza, en menos de dos meses, con

impotencia los vio agonizar a todos lentamente.

Al presente, aunque no tenía la misma fuerza de las primeras

incursiones, el viejo Blas conservaba aún intactas sus hercúleas espaldas

curtidas por la experiencia forjada en un mundo que, hasta su llegada a los

llanos, no había tenido nada que ver con él.

***
170

Hacia los morichales, el viejo atravesó el estrecho formado por dos

desfiladeros.

Se dirigía a verificar si el pozo, cavado fechas antes, estaba todavía

surtiendo de agua el terreno. Utilizando unas poleas, hacía dos días, había

logrado instalar un sistema móvil, accionado gracias a la fuerza combinada de

la gravedad y del viento, el cual enviaba el líquido subterráneo en dirección a

un alto, repartiéndolo posteriormente por varias hectáreas a la redonda.

La concepción del diseño de aquel procedimiento hidráulico tenía sus

raíces en el estudio minucioso de algunas notas de Leonardo, adoptando las

ideas extraídas del sabio a ciertas técnicas de irrigación propias a los

acueductos romanos.

Revisando que el método estuviese operando con eficiencia, sin

embargo, por esos días, las verdaderas tribulaciones del historiador se

concentraban en la persistente atención que prestaba a las fronteras de su

finca.

Lejos, se detenía constantemente y largo rato observaba el horizonte

con escrúpulo.

Según los rumores de la comarca, los jesuitas venían de tomar posesión

de un hato colindante de cinco mil hectáreas, inicialmente patrimonio de un

finado católico que, sin hijos, había donado a la comunidad religiosa aquel

latifundio.

El viejo Blas entonces, frunciendo el seño, levantó su arma brillante y


171

larga dirigida al firmamento y antes de regresar a la casa exclamó con violencia

hacia lo alto:

-¡Por aquí no quiero la curia!

En Bogotá, un día en que Judith batía una melcocha para clarearla,

Johny en otro rincón del apartamento le sacaba las pepas a la marihuana.

Beto, en el mismo instante, sacudía el mantel por la ventana mientras los

niños, a su vez, intentaban derribar un muro.

En aquellas particulares circunstancias, Alison, acostada sobre la cama,

se dio cuenta que se sentía completamente amañada en medio de esa

particular familia. “Todo está tan lleno de animación” pensaba, estirándose

perezosamente sobre el colchón.

Desde la última aventura, sus paseos en el exterior acabaron

mermándose y ahora disfrutaba más bien quedándose tranquila en el hogar. A

pesar de ello, algo la hacía permanecer inquieta: días antes, una tarde,

caminando por una callejuela del barrio Federman, había percibido desde el

otro lado de la acera unos chillidos amargos, provenientes de un garaje.

Tras un par de barrotes un ser se lamentaba y sufría. Las mismas

quejumbres se repetían en cada ocasión pasando por esa cuadra.

Esa mañana, cuando Judith, viéndola tan desocupada, la envió a


172

comprar unas agujas de crochet al Carulla de Galerías, de vuelta al barrio, al

caminar por la calle en cuestión, la joven escuchó de nuevo los quejidos y no

pudiendo soportar más la curiosidad, decidió acercarse a detallar,

cautelosamente, a la persona enferma y tanto quejumbrosa por esas épocas en

el fondo de aquella cochera.

Frente al sitio, atravesando los barrotes, una mano diminuta y negra

humanamente deforme le arrebató raudamente el tostaco, que en ese

momento la muchacha se llevaba a la boca, producto de un paquetico

comprado con la plata de las vueltas. Ciertamente no se trataba de un ser

humano allí sufriendo, sino de una especie de homínido oscuro y lleno de

pelos. Un orangután pequeño encerrado en ese garaje era en realidad el ser

adolorido, chillando tan desdichadamente tras las rejas.

Por compasión con el animal, Alison se dirigió a una tienda y poco

después le trajo unos bombones y otros caramelos. ¿Qué tipo de ineptos

podrían tener encerrado a un macaco en semejante grado de abandono y en

una casa al parecer de familia?

Al llamar a poner la denuncia, el funcionario de la sociedad protectora de

animales le prometió a la joven no hacerse cargo del caso, explicándole que la

única opción posible, para el primate, era que lo trajeran a la institución, con el

fin de que allí ellos lo castraran anestesiándolo.

Sin desanimarse, intentando hacer lo que estaba a su alcance, Alison

decidió pasar al menos a alimentar al sufriente mamífero las tardes siguientes,

a eso de las cuatro y media. Tomó por costumbre comprar, con lo que ahorraba
173

de la mesada, algunas frutas en las ventas rodantes que circulaban a esa hora

por el barrio.

Esta situación dio pié para que Mauricio Jayanes, quien solía

mariposear por esos parajes, reparara a la chica fácilmente.

En un principio, el oscuro personaje supuso que se trataba de una joven

nueva del conjunto, algo graciosa. Después, con facilidad dedujo que debía

ser la famosa prima “del cacumen del Johny”.

Al paso de los días, viéndola repetidas veces, no pasó mucho tiempo sin

que una pequeña pulsión se activara en el jibarito. Una particular curiosidad

aparecía y una súbita atracción, en un principio fugaz, se había ido

incrementando gradualmente como una puntilla hundiéndosele.

Al ver a Alison, en su interior, progresivamente empezaron a

magnificarse y a exacerbarse los tímidos atributos físicos inicialmente

percibidos sin atención en la chica.

No pudiendo identificar con certitud por qué esto le estaba ocurriendo,

Jayanes fue abandonándose ante una inquietud insistente, apareciendo

acompañada por una particular sensación.

Pasado algún tiempo, el tipo se descubrió, casi sin darse cuenta,

espiando cautelosamente a la muchacha y frecuentemente intentando verla.

Incluso emprendió a acecharla y a vigilarla a escondidas, sin aceptar para sí

mismo que eso era lo que estaba haciendo.

Finalmente planeó un día abordarla con la coartada de que él también

estaba muy interesado por el fenómeno del garaje.


174

- Si quiere darle algo para que no chille más, lo mejor es que le dé una

agüita hecha con estas maticas - le dijo a Alison, y acercándole unas

herbáceas de raíz gruesa y bifurcada, le aseguró que con esa planta el animal

iba a encontrar la calma. Sin saber de quién se trataba, la chica le recibió los

gajos dándole las gracias. Pero, con prevención y algo escéptica, al llegar a la

casa ella misma se propuso primero probar el remedio, no sea que fuese a

hacerle daño al animal.

Ingiriendo el extracto de una pizca del hervido vegetal diluido en agua, el

placiente efecto que le procuró a Alison aquella infusión terminó sumiéndola en

una profunda tranquilidad. Tan fuerte fue la sensación resultante que se le

olvidó por completo, por esos días, regresar a visitar al macaco, el cual

permaneció berreando aún más desenfrenadamente.

Ella, un poco aturdida y con la conciencia nublada, sin recordar el

asunto, se dedicó en la casa a tomarse, desde esa fecha, la infusión y resolvió

beberse caliente un pocillo por la mañana y tres por las tardes con azúcar y

limoncito.

Sintiendo que el menjurje la llenaba mucho y omitiendo las demás

comidas, aquel brebaje rápidamente se convirtió en su único alimento.

Alison se la pasaba tan aletargada por el efecto, que comenzó a preferir

quedarse plácida todas las mañanas debajo de las cobijas, y de ese modo

comprendió por fin por qué era que Johny amaba tanto la somnolencia

matutina.

Intuyendo que algo raro le estaba pasando a su prima, el mencionado


175

joven se puso pilas y receloso cogió la manía de esconder la marihuana,

buscando tenerla bien segura, elucubrando que su prima podía estársele

fumando la hierba a escondidas.

- Lo que él no sabe, es que esto es mucho mejor que eso - pensaba

sonriendo la chica, con los ojos saturninos y las manos debajo de la cabeza.

En esas, a la luz de la pequeña lámpara corría perdida en el reflejo de las

sombras, transitando de un lado a otro sobre los muros rozados de su

habitación.

***

El dominio de las percepciones que a Alison le fue ofreciendo el

consumo de esas raíces se dio paulatinamente.

Obtenido como un primer don fue la capacidad de ver más allá de lo

evidente, pudiendo de esta forma, bajo preciso movimiento ocular, atravesar

con la vista las paredes cual rayos equis. El barrio no tendría nada más que ver

con lo que hasta entonces ella había pensado de sus habitantes. Gracias a su

nueva facultad, la joven pasaba fácilmente revista, curioseando las intimidades

de los habitantes de los bloques. Incluso llegó a inferir que esa actividad era

casi equivalente a ver telenovelas, salvo por una cantidad mucho mayor de

canales a su disposición.

- Sería un excelente sistema para reemplazar la parabólica o incluso el

cine - pensaba comiendo palomitas de maíz y viendo las tragedias, las

angustias y las felicidades en los interiores de la clase media.


176

Por desgracia, descubrió rápidamente que ella no era la única que podía

hacerlo. Mucha gente en el barrio normalmente poseía una idéntica facultad al

lograr ver a través de los muros. Especialmente ello era habitual en los

ancianos encamados al borde de la muerte y en uno que otro colegial

esotérico, consumidor de libros amazónicos y practicante de la ouija.

Pronto, debido al fastidio que le causó el acceder tan fácilmente a la

inmundicia de algunos baños vecinos, la chica dejó a un lado aquel truco ya

que de otra parte, gracias al extracto de la planta, se le reveló una nueva

facultad, más poderosa en la escala de la magia sin color. Ésta era la

oportunidad de convertirse en “uno” con los objetos materiales de su entorno,

utilizando cierto silbido bucal. Con delicadeza, un aire suave, expulsado por su

hocico melódicamente y dirigido a alguna cosa, provocaba el proceso

camaleónico conocido ya por los faraones y que terminaba por resolver la

absorción de las materias.

Aprendiendo a modular los registros sonoros, Alison exploró en aquella

práctica de la transmutación y estuvo encantada al comprender, en carne

propia, los sentimientos de una tasa de cerámica, de un pitufo de plástico, o de

un casete de P. J. Harvey con la cinta rota.

En esas tardes, cuando Judith regresaba de dictar clase dispuesta a dar

alharaca, a su sobrina, habiendo dominado aquella gracia, le era fácil

esconderse por allí, convertida en un libro, en una lámpara o en un cuadro del

corredor o de la sala.

Más allá, esto le abrió otras posibilidades. La joven comprobó que fuera
177

de lograr ver á través de los muros y de transmutarse en cosas, se le había

otorgado el don de poder “escribir” mensajes telepáticos sobre los objetos, así

como la facultad de alcanzar a leer comunicaciones dejadas por seres que

habían narrado sus vivencias, redactándolas sobre las diversas materias del

hábitat. En la tierra de las materas, por ejemplo, todos los integrantes de una

pandilla humana, de origen neandertal, se quejaban de que sus

contemporáneos, los Sapiens, eran como medio estúpidos.

Pero más interesantes serían las misivas provenientes del futuro.

Una de ellas, escrita sobre la energía de un bombillo, le anunció a la

chica que en un lugar del universo existiría, alguna vez, una especie cuya

reproducción se efectuaría cada vez que estuviesen siete de ellos reunidos,

para así, inexplicablemente, al instante formarse un “otro”. Estos seres jamás

podrían descubrir nunca en qué consistía el misterio de la reproducción

ovípara.

En esas estupefactas revelaciones, una mañana Johny encontró a su

prima con la frente pegada al espejo del baño repitiendo: “¿así son los seres

humanos?”.

Acercándose y asumiendo su rol de primo mayor, el muchacho le dijo:

“Venga Alison, ¿qué es lo que le está pasando a usted últimamente que anda

tan pensativa?”

- No puedo contar nada de lo que he visto, - le respondió ella - no puedo

decir nada hasta que su revelación sea necesaria para el cumplimiento de mi

deber.
178

La noche siguiente, en el apartamento, una fría corriente de aire se

desplazaba en medio de la oscuridad, como un manto tenebroso entre las

habitaciones. En la cocina, una gota caía del grifo cada dos o tres segundo,

golpeándose y muriendo inaudible pero metódicamente.

Las luces estaban apagadas y la familia ya se había ido a descansar. A

lo lejos se escuchaba el tenue sonido del televisor. Cada anochecer, desde la

sala, Judith acostumbraba pasarlo al cuarto. Ahora, los destellos grises y

azulados de la pantalla aparecerían y desaparecían como moscas agitándose

con la interferencia de la nada, rebotando sobre los muros del corredor.

Iban a ser las once de la noche.

Johny, en su dormitorio, se acomodaba entre las cobijas intentando

dormirse. En la pared del frente se veía el reflejo móvil de los resplandores

amarillos de los taxis que traían, a esa hora, pasajeros al barrio. En esa

contemplación, una trémula y pavorosa emoción lo abordó, arrancándolo de la

mansa sensación impávida en la que, hasta ahora, se mantenía.

Una voz proveniente de un lugar lejano se comunicaba con él a la

distancia:

“Adiós Yony” pareció decirle alguien en su mente.

Estremecido, en la oscuridad de su cuarto, el rubio abrió los ojos. De

súbito, algo lo jaló lanzándolo hacia el patio de ropas y atravesando la cocina,


179

de un golpe corrió la ventana de vidrio esmerilado que daba al parque.

Una ráfaga de viento helado entró golpeándole el rostro.

A esa hora se realizaban, no lejos de allí, operaciones nocturnas. Paco

Polo, con un casco sobre la cabeza y un plano entre las manos, dirigía a unos

obreros contratados por la junta, quienes estaban encargados de derribar los

árboles del sector nororiental del conjunto.

En ese instante, en una acción desgraciada, los tipos tiraban abajo el

mejor bosquecito de Pablo Sexto.

Johny, en ese momento, comenzó a entender lo que estaba sucediendo.

- Nunca te olvides de mi Yony...- dijo de nuevo la voz telepática y

agonizante, cuyo eco se expandía adentro y fuera de su cabeza. ¡Era Yerbux!

Como petrificado, en medio del desconcierto, la confusión y la cólera lo

invadieron.

En menos de un instante, tomando aire, el rubio salió corriendo, abrió la

puerta, atravesó el vestíbulo y en calzoncillos como estaba trotó hasta al

parque para detenerlos.

A los camajanes no les fue difícil atajarlo. Lo agarraron por los brazos, le

dieron de trompadas y terminaron pateándolo por sublevado. Lo único que

pudo hacer Johny fue articular un gesto desgarrador y exclamar

angustiosamente un inédito: “¡NOOOOOOO!” lleno de lagrimas.

Burlándose de él, uno de los fortachones lo empujó hacia un charco.

Apenas pudo liberarse del ruso, en la caída, llenas sus piernas y su trasero de

tierra mojada, maltrecho emprendió sin otra opción la retirada.


180

A rastras regresó a su cuarto.

Cerrando la puerta, se limpió con el brazo la sangre corriéndole desde

una ceja.

Cundía en su espacio un silencio ensordecedor.

Yerbux se había ido para siempre y su imagen abatida por los suelos era

ahora una pesadilla más para cargar. En aquella furia intensa, las lágrimas

comenzaron a correrle por la cara y con los labios ensangrentados, el rostro de

Johny fue estacionándose en una posición totalmente patética y retorcida.

***

Duró sollozando parado largo rato frente a la cama. Sólo se movió un

poco para entreabrir la cortina. A eso de las tres de la mañana miró hacia

afuera. Lejos debía estar durmiendo ya, Paco Polo, el personaje a quien Johny

consideraría, desde entonces y para siempre, como su máximo enemigo.

Dejando el vidrio, el muchacho se volteó lentamente. Recomponiéndose

y cojeando un poco, fue a encender la luz. Presionando el interruptor, percibió

enseguida su imagen lejana sobre el espejo sórdido y cuadrado, que contra la

pared pendía de un clavo amarrado con un cordón de zapato. Acercándose,

sus mejillas se reflejaban allí, excesivamente enrojecidas y abultadas por los

golpes. A esa hora, Johny, en esqueleto, tenía la piel de los brazos erizada

como la de una gallina, resultado del aire frío que seguía soplando hacia

adentro. Al menos el barro sobre su cola y piernas había terminado


181

secándose.

Luego, frotándose las manos para no congelarse, cerró la ventana y

yendo hasta el armario colocó un casete en la grabadora. Sonó entonces una

letrilla rápida cuyo coro era: “no te desanimes, mátate”.

Bajo el ensordecedor sonido de aquella ritual melodía, se quitó la camisa

intentando desparpajarse un poco. Luego, acercándose a la pared y contra su

reflejo, lenta y metódicamente se atareó amarrándose, alrededor del cráneo,

una banda de seda brillante de colores patrios, amarillo, azul y rojo.

Lánguidamente, por la descalabradura sufrida en la frente, aquella tira se fue

humedeciendo y empapando de sangre caliente y fresca.

Para entonces, las prioridades en la mente del rubio habían cambiado.

Quizás para el resto de su vida. Haciéndole una venia al espejo y yendo a

encender unos velones que dispuso sobre una resma de periódicos apilados,

exclamó con voz desahogada:

“Vengaré tu muerte Yerbux y más aún tendré que hacer algo por esta

nación inerme e indefensa: daré por ésta todo, ¡mi patria boba!”. E intentando

hacer unas flexiones de pecho, al tercer ensayo, se quedó pegado y aturdido

por los suelos.


182

I
183

La gente del laboratorio de pesos y medidas, de la universidad pública,

nunca llegó a establecer si el extraño robo del metro absoluto de la república,

hasta entonces allí guardado, había sido la causa directa, a la par, de la

perdida en la nación de toda magnitud y de cualquier medida. Tampoco se

supo si fue más bien la influencia de un monzón o el poder de un meteorito,

desprendiéndose del cometa Halley, lo que produjo los incidentes inusuales

que vendrían a sucederse en seguida.

Pero lo cierto fue que una serie de acontecimientos, sin precedencia

mundial, alteraron la cotidianidad de los habitantes nacionales durante las

jornadas siguientes.

En cierta medida, en la atmósfera se produjo un cambio paulatino.

Su inicio se remonta al momento en que muchos campesinos de

Boyacá, una mañana de jueves, al levantarse encontraron a los animales de

las fincas con cara de “estar pensando”. En la misma jornada, en las calles de

algunas ciudades, la disposición de la gente se hizo tensa y sospechosa. Las

personas, desplazándose hacia sus trabajos, se miraban de reojo y con

inquietud.

Lo que inconscientemente la población percibía era una especie de

dislocación de los sentidos, manifestada en un principio de manera sobria para

luego exteriorizarse en aumento y con fuerza a medida que pasaban las horas.

Los síntomas se iban revelando gradualmente. Uno de ellos fue explícito


184

en la conducta de Paco Polo, quien, observando el orden inquieto de la

población, pensó en aprovechar la situación de incertidumbre para su propio

beneficio. Esa tarde, parado enfrente de la tiendita, el pensionado se ubicó y

repartió a los transeúntes unos volantes firmados, donde declaraba su anhelo

por lanzarse a las campañas presidenciales, bajo el lema: “para cambiar esta

mierda”.

El particular manuscrito, ávido de poder, se dirigía al electorado de la

siguiente forma:

“Yo soy ese compatriota extrañamente infeliz que muchas personas han

visto pasar por las calles de este país, invadido por el flagrante delito de un

estado de comunicación electromagnética a gran distancia.

De ese problema yo padezco desde hace cuatro años. Estoy enfermo

de la distancia, especialmente en el cuello y permanezco temblando al imaginar

que un día no podré más tragar, hablar, ni respirar.

Si votan por mí, con sus votos protestan contra el siniestro horror de la

comunicación electromagnética a gran distancia. Ella es la más siniestra arma

que jamás haya sido inventada. Apóyenme, con su voto, ¡vamos a cambiar

esta mierda!”.

***

Era cuestión de esperar.


185

La actitud de Paco Polo no sería aislada y era, con seguridad, un

pequeño esbozo de lo que vendría. Como si se tratase de aumentarle

metódicamente el volumen a un aparato, eso que en un principio había sido

una desconcertante e incómoda sensación colectiva, paulatinamente, devino

un asunto de dimensiones estratosféricas. Los síntomas, signos y señales de

aquel extraño fenómeno se presentaron primero como situaciones aisladas y

luego en cadenas de acontecimientos enlazados unos con otros, a la manera

de fichas de un dominó cayendo sobre una mesa; en la cual la inestable

tranquilidad de la república perdería, una vez más, su achuecada orientación.

Los diversos incidentes iban de menor a mayor. Inicialmente y de

manera equivoca, el gobierno no le dio el valor necesario a la sobresaliente

anomalía presentada en la totalidad de los colegios del país. En las

instituciones educativas, los profesores habían decidido, unánimemente, para

la clase de geografía universal poner los mapas y los mapamundis del planeta

sobre el tablero al revés. De esta forma, a los alumnos se les pretendía inculcar

la verdad. Desde ahora, el norte en las cartas geográficas debía situarse del

lado correspondiente a la Argentina y a Sudáfrica y no como hasta ahora,

erróneamente, se había entendido.

Los educadores, la mayoría gente de izquierdas, se justificaban

alegando que, según Dios, la actual disposición con Europa y Estados Unidos

en la parte alta era falsa.

En la costa atlántica, el comandante de un navío de descanso, al

escuchar por las noticias estos rumores sobre las nuevas pedagogías
186

geográficas, reflexionando sobre la propuesta confundió la brújula y desvío sin

querer la dirección de su barco. En ese momento, el marino comandaba un

viaje turístico con pasajeros y bajo este equívoco, al no saber al fin cuál era el

norte, embrollado terminó perdiendo el rumbo. La embarcación se quedó sin

gasolina, en medio del océano a ciento veinte kilómetros de la costa.

Ante tal adversidad, como única salida, en un acto heroico, el avezado

tripulante se lanzó al agua, prometiendo a los excursionistas volver lo más

pronto posible con ayuda y alimentos. Nadando hacia la costa e influenciado

por el fenómeno atmosférico, estando ya en tierra el capitán, sin embargo,

decidió dejar pasar varios días sin decir nada, pues quería comprobar si a su

regreso los pasajeros ya habían comenzado a comerse los unos a los otros.

Pero, al cabo de una semana, al volver con el helicóptero de rescate, el

comandante desilusionado lo único que encontró, sobre el bote, fue un poco de

carracas sin piel, intentando tocarse las lenguas.

No lejos de allí, sobre la misma bahía, en el famoso festival del burro

celebrado en San Antero, los asnos traían exponiendo a la gente amarrada.

Dándoles palo para que se movieran, habían disfrazado con colgandejos, ollas

y cachivaches a los palenqueros más ancianos. Ese año, el ganador del

concurso del burro más bonito sería un hombre de color, cuyas cualidades

fisonómicas causaron la admiración hasta de las mulas solteras. Lo malo fue

que antes de que le dieran el premio a su propietario equino, una tropa

autodenominada “Los Marcianos de San Jacinto” se tomó el pueblo a la fuerza,

logrando liberar a las bestias.


187

En la capital, las cosas no estaban tampoco nada bien. En el barrio

Pablo Sexto, varios niños disfrazados de superhéroes, colgados de los pies y

boca abajo, estaban suspendidos de unas cuerdas amarradas a las manijas de

las ventanas, en los últimos pisos de los edificios. En esa posición pretendían

que alguien cortara las cuerdas para poder salir volando. Entretanto, todos los

residentes del bloque b-874 se volvieron sabios, incluyendo las empleadas del

servicio doméstico; estas últimas entregadas ahora a la ocupación de generar

conocimiento luego de tender las camas.

Una de aquellas domesticas, en continuación a un acceso de fiebre,

recitó frente al supermercado Carulla salmos en lenguas semitas. El

tratamiento con electrochoques al que se vio sometida arrojó ciertas pruebas

que legitimaron la versión de los psiquiatras, quienes habían rechazado la

explicación inicial en torno a una posible iluminación espiritual. Los mismos

patólogos simplificaron la cosa, escribiendo un libro donde describían cómo la

mujer, en su juventud, había trabajado en casa de un rabino.

En el mismo bloque, después de haber leído todos los volúmenes sobre

historia y teoría del arte escritos por E. Gombrich, R. Arnheim, y A. Medina,

otra empleada adquirió el vicio de introducirse en las inauguraciones de las

exposiciones de arte. En una ocasión, dialogando en medio de un coctel con

uno de los expositores, un sofisticado artista putumayense, la empleada no se

calló más y le advirtió: “ya dejen de engañar a la gente. Dejen de jugar al traje

nuevo del emperador tramando a las personas con esas ridiculeces de obras

contemporáneas. Mire, ya aquí todo el mundo se está cansando de esa mierda.


188

En realidad, toda la gente se está dando cuenta de esta farsa.”

En suma lo dejó llorando y alejándose de él, la casera, a manera de

consolación, le expresó con suficiencia una frase que el joven artista habría de

recordar toda su vida: “Muchacho, las obras de arte ven a los hombres como

los hombres ven a las gallinas”.

Igualmente, en la urbanización esas hazañas vendrían a ser sólo un

aperitivo del porvenir. En esas fechas, las chicas deslucidas y menos

agraciadas de Pablo Sexto en la calle se transfiguraron en exquisitas y

soberbias amazonas. Mirándose en las vitrinas, observando el cambio, ciertas

de entre ellas lloraron de alegría al conocer por fin la felicidad de ser jóvenes.

En cambio, las que en el sector siempre habían sido agraciadas les vino

a salir papada y se les cayó la cola. Tanto así fue su desgracia que los

hombres espiritualmente de ellas prendados no volvieron a mirarlas y

denunciándolas por feas, terminaron sintiendo vergüenza.

En otro paraje del barrio, el carro de la basura, que usualmente cruzaba

los lunes, en un intento fallido por demostrar eficiencia se adelantó y pasó el

domingo por la mañana, comandando una caravana de otros cuatro camiones.

En vez de llegar a recoger desperdicios, con la excusa de estar en promoción,

los carromatos públicos desparramaron una gran cantidad de porquería sobre

el pavimento limpio de los parqueaderos.

La gente, frente a este soberano acto de incultura, quedó pasmada

cuando el detritus, al contacto con el suelo, se convirtió en oro puro de

veinticuatro quilates. Con el destello de esa riqueza, los vecinos en las calles
189

fueron sorprendidos por un niño que se atrevió a recoger un pedazo y

comprobó que el metal precioso no era duro, sino calentito, blando y

moldeable.

En un acto de convivencia ciudadana, ante aquella opulencia brillante,

se generó la propuesta de invertir fuerzas para hacer, con todo ese oro flexible

y desparramado, una escultura gigante.

Pensando en un símbolo universal, representante futuro de nuestro

pueblo en el exterior, el alcalde de la ciudad, enterado del evento, orgulloso se

asomó a pronunciar un discurso, anunciando la buena nueva capitalina: por fin

en la Atenas Suramericana, gracias a esa riqueza y a la colaboración de los

vecinos de la localidad, se iba a poder edificar un monumento ciudadano, más

grandilocuente que las maravillas del mundo hasta ahora conocidas, tales

como la torre Eiffel en París, o la estatua de la libertad en Nueva York.

La gente, entonces, en el desafío de igualar a esas proezas se precipitó

poseída por un sentimiento patriótico y en un enorme desenfreno de ánimos, la

comunidad moldeó en conjunto la sustancia preciosa, trayendo escaleras y

andamios. La rica materia resplandeciente fue manipulada y esculpida por toda

una muchedumbre, generando una descomunal figura dorada de treinta metros

hacia el cielo y cuya forma era la de un Juan Matachín.

Ante el flujo de personas que venían de los barrios aledaños a mirar y a

colaborar en la realización de la obra, en una de las porterías de entrada a la

urbanización, un celador, temiendo retaliaciones de grupos beligerantes, creó

un sistema de contabilidad de los individuos que ingresaban al conjunto,


190

marcando rayitas de tiza sobre una pared, para numerar así la cantidad de

personas que iban por el lugar transitando.

A los individuos que caían cada cien números, el cuidandero, muy buena

persona, pensó otorgarles un premio consistente en un bono que permitía a los

afortunados tener el derecho de ingresar a la portería, hasta el fondo, a fin de

inspeccionar y conocer allí adentro como era el baño. Las buenas intenciones

del vigilante fueron truncadas cuando, en el despiste, uno de los ganadores

del premio se metió y salió dejándole, en una de las paredes del escusado, un

grafiti realizado con un indeleble marcador negro, el cual esgrimía al aforismo:

“Michael Jackson es un pirobo”.

***

Si estas eran tan sólo situaciones locales, lo que pasaba en el territorio

nacional se revelaba como de mayor envergadura y gravedad. Con el

desequilibrio que ocasionó en la bolsa nacional el hallazgo de esta cantidad tan

gigantesca del Dorado en Pablo Sexto, los estadistas abolirían, un martes, la

noción de peso-oro. De esta manera, los bancos obtuvieron licencias para

emitir billetes falsos, acción que elevó hasta las montañas el nivel de vida de

los colombianos. Muchas familias beneficiadas económicamente compraron

equipos de sonido Aiwa acondicionados sólo para música vallenata, televisores

japoneses por montones y reservas de comida para las guerras y los conflictos

internos del país de los próximos quinientos años. En menos de dos días,

muchos universitarios, enriquecidos igualmente, renunciaron a sus ideas


191

revolucionarias y bajo una consigna ultra liberal, fueron a tomarse las

instalaciones de la hemeroteca nacional, a fin de tachar, sobre todos los

periódicos del siglo pasado, cualquier artículo o indicio que dejase pistas e

hiciese referencia al vergonzoso término de “pobreza absoluta”. Invadidos par

tan noble causa, los mismos estudiantes cogieron de rehenes a los

bibliotecarios y amenazaron, peligrosamente, con quemar la totalidad de los

periódicos para acabar en cuerpo y alma con la integridad del pasado histórico

y vergonzoso, que constituía el patrimonio moral y actual de la república.

El episodio a nivel financiero dio como resultado una devaluación de

18900 por ciento del peso en relación al dólar, aunque la catástrofe monetaria

fue controlada bastante bien, dando la orden a los cajeros electrónicos de

emitir y botar a las calles miles y miles de billetes falsos. Empero, la

consecuencia más lamentable de esa medida fue que algunos indigentes

estaban, esa mañana, metidos durmiendo dentro de las cabinas y en

consecuencia murieron ahogados por el flujo de riqueza que les cayó encima,

asfixiándolos fulminantemente. Reaccionando, los eclesiásticos intervinieron

llamando a los cristianos a confesarse en continuo, todos los días, durante ese

oscuro periodo entre Dominica de Septuagésima y Octava de Corpus, ambas

fechas inclusive, pero considerando el sínodo, el ministerio del interior autorizó

a los curas para que encerrasen a los ateos recalcitrantes o a sus mujeres en

una casa a manera de cárcel, tres o cuatro días de la semana, hasta que

confesasen. Avisados, ciertos sectores democráticos armaron protestas ante la

imposición del régimen e invitaron a la población más bien a volver, calmada y


192

dulcemente, a lo cotidiano de la anarquía absoluta y ordinaria.

***

Los disturbios duraron casi una semana. En el apartamento, Alison,

aletargada, permanecía influenciada por la ingestión constante de aquella

infusión de hierbas, cuyos efectos neutralizadores le permitieron no ser

afectada por los alcances del fenómeno atmosférico. En la residencia, la toma

de esas tisanas le dio la posibilidad de permanecer inmune y en estado de

máxima lucidez, durante la integridad del tiempo durante el cual se extendieron

las perturbaciones.

Ese domingo, el noticiero mostró el libro más vendido en las calles de

Bogotá. Se trataba de una edición pirata donde se vaticinaba, con lujo de

detalles, los finales de las próximas trescientas películas de Hollywood. El

documento ya había sido fiscalizado por el gobierno y poco antes de que la

presidencia, apoyada por esa prueba, fuese a declararle la guerra a los

Estados Unidos, Alison, presagiando el desastre universal, decidió salvar al

menos a la familia.

Para entonces, los habitantes de la casa estaban concentrados en

actividades coincidentes con los eventos desarrollados afuera, a lo largo y

ancho del país: Judith enseñaba en la sala inglés a un cojín estampado con un

dibujo de Pluto. Johny reptaba por los tejados y Beto hacía malabarismos,

lanzando a los niños hacia arriba por las ventanas para atraparlos, en la caída,
193

mientras los pequeños, encantados, chorreaban por la boca jabonadura

naranja, producida por sus fauces repletas de efervescentes vitaminas.

A la expectativa, Alison entonces avanzó hacia la cocina y sacó un

molde en donde revolvió los ingredientes necesarios para hornear unos

brownies, bien cargados con cannabis y otras plantas curativas. Creyendo que

este medicamento sería suficiente para bajar de las nubes a la familia, sin

perturbarlos en sus labores, sutilmente los indujo a comerse el bizcocho.

Lamentablemente, el manjar con intenciones curativas, una vez ingerido, lo que

produjo fue traerlos a la realidad pero con las personalidades intercambiadas.

Johny creyó que era su mamá, su mamá creyó que era Beto, y los niños uno

creyó que era los pies de Johny y el otro que era la cabeza.

- Que chanda, me tocará utilizar lo que me queda de la mandrágora -

pensó la joven resignada. Licuó entonces los restantes pedazos del bulbo

empleado, hasta la fecha, únicamente para preparar sus usuales aromáticas.

Luego cocinó la crema en una olleta, echándole sal y cilantro. Había invertido

en ese caldo todo el resto de la planta regalada por Jayanes.

- Mírame… soy Buda - le dijo Beto saliendo del baño, con una toalla en

la cabeza y como Dios lo trajo al mundo, precisamente cuando ella, acelerada y

nerviosa, les servía el menjurje sobre la mesa.

2
194

Una vez el potente remedio surtió efecto, junto a la cancha de básquet,

Johny, recobrando la consciencia, salió y emprendió la lucha contra unos

descomunales hormigueros, emergidos sobre el césped y levantados durante

la noche por unas hormigas culonas, viajeras por el subsuelo, provenientes de

la región del Caguán. Como a las tres de la tarde, listo a combatir a las

insectas, el rubio corrió al parque llevando consigo los destartalados parlantes

de su grabadora. Al punto, jaloneando la extensión, se los plantó a las bestias

con música vallenata, a fondo con el volumen. - Si no morían, al menos

quedarían sordas - pensó el muchacho resuelto y rotundamente obrando.

Sintonizando la emisora y cuadrando la dirección de los amplificadores,

dos vagos errabundos y de pelo largo, despreciando los buenos propósitos del

rubio, al circular lo importunaron con humillaciones: “¡Qué va!, ¡Ovejas que

intentan colaborar y sólo se dejan arrastrar por el sistema!”

Judith, desde la ventana, contemplando la escena, al contrario

consciente de la buena acción que desempeñada su primogénito pensó para

sus adentros: “Menos mal que aquí no hay ningún sistema, salvo este régimen

de huecos por donde se desangra y se evacuan los horrores de todo lo que

pasa en este país, para que nadie se acuerde al otro día de nada.”

Adelante, el cielo relampagueó y se cubrió de nubes oscuras y pesadas.

Retirándose, Judith le prendió una veladora al sagrado corazón que

atildaba una de las paredes del corredor entre los cuartos. Sosegada por la

flemática iluminación mortecina, la dueña fue a acostarse.

En el exterior la lluvia sobrevino y Johny, aún atareado en la faena,


195

cubierto de fango, a la escucha de la música del acordeón, terminó

postrándose. Penosamente el rubio se fue quedando tieso con una pala de

plástico entre las manos. Rápidamente, en el aguacero, su mirada se fue yendo

con las hormigas, huyendo hacia los huecos, por donde habían salido.

Subido en la cabina de un dobletroque, de vuelta a la ciudad, el

historiador venía trayendo un cargamento de hermosas reses. El extraño

prodigio perturbador mermaba ya para esos días, emprendiendo velozmente su

infatigable carrera hacia el olvido colectivo.

Habiendo contratado un camión de turno, sentado en el puesto de

copiloto, el viejo guiaba al conductor por la vía más eficaz hacia al matadero de

la urbe. En la parte de atrás, sin muchas magulladuras, veinticinco becerras,

bonachonas y juiciosas, iban de turismo felices hacia las carnicerías de la

capital.

Adelante, en la cabina, las acolchadas sillas tapizadas de color marrón

vibraban con el traqueteo de la palanca de cambios. La cabeza de la barra, en

resina transparente, de adorno lustraba un cucarrón verde fluorescente. El

brillante escarabajo combinaba perfectamente con una pantera rosa rebotando

suspendida de una cadena enganchada al techo, exactamente en el lugar

donde, normalmente, debía plantarse el espejo retrovisor.


196

De resto, el furgón era común: una macheta reposaba detrás de la silla

del chofer.

A sus espaldas, las vacas acomodadas estaban amarradas en fila a las

barandas del carromato. Las reses daban muestra de la hipnosis producida por

la combinación entre el olor a aceite requemado, el beriberi y la chirriadera de

las ruedas rebotando imperturbablemente contra los guardabarros.

Abriendo la ventana, el historiador echó un ojo hacia afuera.

- Con estos camiones es con lo que avanza el país - rumió a pesar del

trancón en que se hallaban. - La única forma en que se genere progreso, en

este país, es con estos sucios camiones.

Más tarde, en el matadero, para concretar la transacción era necesario

esperar varias horas. Desde el crepúsculo, los acarreos arrimaban al sitio,

repletos de semovientes provenientes de las cuatro esquinas del país. Los

automotores se iban acomodando unos detrás de otros, cuadrándose en una

fila perpetua.

Hasta el punto de bajar a las rumiantes, los choferes pasaban un

dilatado lapso de tiempo tomando aguardiente o cerveza. Muchos se distraían

a media cuadra en una cantina que, como entretenimiento, dejaba a

disposición del público un gran juego de sapo, todo menos el sapo pintado de

color verde tablero.

Con la llegada constante de los furgones se incrementaba la incansable

cola, la cual en ningún momento del año se detenía. Los mercaderes hacían

turno a veces desde el día anterior y, con la apertura del local, a las cuatro de
197

la mañana se descargaban lentamente las bestias, al recitar de una lista en la

que, anteriormente, por orden de llegada, cada recién aparecido debía inscribir

su cargamento.

Al final de la espera, según el peso y el estado de las reses, con los

compradores se efectuaba el negocio sin más contratiempos.

***

En vilo, casi toda la noche, el viejo permaneció recostado en la silla

derecha de adelante, al interior del transporte. Al paso de los turnos tomaba de

vez en cuando un largo sorbo de guaro.

Atento, sus ojos detenidos observaban a lo lejos una gresca callejera,

que a navaja puntiaguda duraba ya casi cuatro horas.

En ese amanecer, a las siete y media, cuando por fin lo llamaron, una

sonoridad singular apareció bajo una pronunciación errónea y seca. El

encargado de recitar la lista leyó mal su nombre diciendo a voces:

“Siguiente…Blado Dormo de Balboa”.

Pasados unos instantes, a la escucha de esta confusión y antes de

corregir la falta, el viejo Blas notó que el mote en realidad no sonaba nada mal.

El error del apelativo ofrecía carácter, incluso aquella voz que le estaban

dando, a pesar de ser equívoca, se le antojaba la de todo un legítimo

ganadero. Sin corregir la falla y más bien agradado por las circunstancias, el

viejo entreabrió el vidrio de la cabina y gritó desde allí: “ése soy yo”.
198

El negocio se cerró sin dificultades. Las vacas estaban un poco más

flacas en comparación al inicio del viaje. Eso era normal, pues la carga, por

efecto del recorrido, perdía siempre algunos kilos.

A las ocho, evacuadas las becerras y con la plata en mano, el viejo

comentó el negocio con el camionero tomándose un caldo en la plaza de

mercado de Paloquemao. Al rato, lo despachó dándole su paga en un paradero

de la calle trece.

Sobre la vía, el historiador levantó la mano para coger un taxi.

***

Cómodamente, desplazándose sobre el vehículo, el viejo se quitó la

ruana roída que llevaba puesta. Cambiándola por una camisa almidonada y

limpia que extrajo de una bolsa de su maleta, encima se puso una chaqueta

negra, anudándose, ágilmente al cuello, una de sus corbatas rojas.

Transmutaba, de ese modo, su identidad de finquero trascendental a la de un

pensador común de la urbe.

Bajo esta personalidad, le pidió al taxista que lo llevara a Pablo Sexto.

No reparando mucho en el excesivo estado de extenuación en que se

hallaba, antes de irse a dormir, de todas formas quería ir a jorobar un rato a sus

conocidos, e imaginaba gustoso contarles los flamantes acontecimientos del

viaje.
199

Sin embargo, al llegar al barrio, frente a él se presentó un paisaje

oscuro y turbio. De súbito, al historiador se le hizo que, en la ciudad, el tiempo

de esas semanas había transcurrido como si hubiesen pasado largos años.

En consecuencia del anormal fenómeno presentado días antes, la vida

en la urbanización tenía el aspecto de haber sido modificada para siempre.

Deambulando por entre una bruma densa, el veterano transitó despacio,

reconociendo a algunos personajes habituales del conjunto, viéndolos en

actitudes y acciones ajenas a ellos mismos. Los que antes afirmaban solterías

ahora se les veía cargando carritos con hijos y esposas. Los que previamente

vivían en matrimonio, en esa actualidad, circulaban cabizbajos, sumidos en la

triste soledad y posiblemente en trámites de divorcio.

A su vez, los parroquianos, hasta entonces fieles acostumbrados a ir a

misa, al pasar por el sector comercial, en los bares, el viejo los halló tomando

trago; así pues, también los que vivían borrachos, convertidos al catolicismo,

iban, esa mañana, bien peinados y devotos a la misa. Incluso, los jóvenes

vagabundos, al presente, llevaban gafas más libros sostenidos al pecho; y los

que antes estudiaban con juicio andaban por los pástales sin afeitar y

sentados, rumiando la mona, con cara de desempleados.

- Todo gira en este mundo - se dijo el viejo, cargando con incomodidad

su maleta de viaje.

En el aire, los vestigios del extrañamiento acontecido producían todavía

una leve ensoñación mortecina. En dirección a la tienda, cruzando los

parqueaderos, el velo acariciante de la niebla sumergió entonces al historiador


200

en un estado de letargo, etapa prontamente superada, con asombro, al

contemplar, allí al frente, la gigantesca montaña de sobras, basura y

excrementos, en ese lugar formando la triste y moderna escultura de Juan

Matachín.

Turbado tras esa visión, el viejo apoyó su valija sobre la acera.

Desorientado y mareado, reposándose sacó de allí su sombrero. Al plantárselo,

jaló del maletín, de adentro hacia fuera, un pequeño chigüiro amarrado a una

cabuya.

Era un roedor que desde la finca transportaba ahí guardado.

- Vamos Toro, vamos - le dijo al animal, dándole una palmada para

hacerlo caminar hacia el frente.

***

Adelante, entrando al negocio, el panorama era desolador.

Sus amigos de parranda ocho días habían pasado allí dentro, tomando

trago sin reparo ni interrupción alguna. En apariencia, los abuelos seguían bajo

los efectos del prodigio. Siendo tan prolongada la bebedera y el insomnio, a los

allí presentes ni siquiera se les advertía el asomo de la embriaguez.

Conversaban los ancianos, simplemente, con serenidad sobre las mesas,

dándole a la cervecita y contando, invariablemente, historias de otros tiempos.

Los delataban, no obstante, sus visajes grasosos, llenos de sudor, sus

ojos lagañosos inyectados en sangre y salidos por fuera de las órbitas.


201

Paupérrimas eran las verdaderas condiciones en que se encontraban sus

cuerpos moribundos, decrépitos y al borde de desfallecer ante semejante

Delirium-Tremens.

El viejo se quedó mirándolos, a la sazón, con el seño fruncido desde la

puerta. Acomodándose el sombrero, tiró un poco la cabuya arrastrando al gran

roedor. Indignado ante semejante visión sombría, sacó el revólver y apuntó a la

mesa.

Enseguida, gritó con aire legendario:

- ¡Bellacos, como osan presentarse así, en semejante estado, ante Toro

y el Llanero Solitario!

***

Al ver el revólver, el tenaz sobresalto de los presentes se repartió

difundiéndose con la alarma de los gritos, al instante, por la integridad del

conjunto. Quién sabe como hicieron para hacerle bajar el arma pero, poco a

poco y como pudieron, los allí presentes salieron del estupor y conversándole,

discretamente persuadiéndolo, se escabulleron del sitio como pudieron, sin

sombra de borrachera, más lucidos que nunca y muertos del miedo, derechito

para sus casas, donde habrían de esperarlos sus desalentadas esposas.

Transcurrida una medía hora, el viejo terminó calmándose.

El silencio en que había quedado el espacio le hizo guardar el revólver

en la funda. Inmediatamente, ya sentado, pidió a la doña una botella de


202

aguardiente.

Por fuera, uno de los músicos, al rato, en un acto de lealtad osó

acercarse de nuevo observando por el ventanal a su camarada meditando. El

cantor, temeroso, se arriesgó y asomó lentamente la cabeza para, desde la

puerta, gritarle que le tenía un recado. Un mensaje que le habían dejado.

- Diga haber - exclamó el viejo y, sin voltearse, encorvado como venía

estando, continuó absorto sobre la silla sorbiendo su jugo.

El músico le comentó entonces que, en medio de la confusión de esos

días, unos guerreros provenientes de Teotihuacán habían venido a buscarlo.

Levantándose de un sólo impulso, al escuchar este anuncio, el viejo

botó en el acto la silla hacia el lado, pegó un arrebatado golpe seco con el puño

sobre la mesa y mostrando el orgullo de su casta de boyacense puro, exclamó

irreductible:

- Que se vengan cuando quieran. LOS ESTARÉ ESPERANDO.

El historiador no vivía en Pablo Sexto. Daba la impresión de residir allí

pero esto realmente era falso. Estando en la ciudad, el viejo solía sólo pasar a
203

tomarse unos tragos, sin otra cosa por hábito a la dependencia.

Vivía en un barrio contiguo, por los lados del parque Simón Bolívar.

De un lado al otro, viajando a la finca y luego de su retiro de las labores

pedagógicas, en la ciudad no requería más que un pequeño espacio. Hacía

años, enviudado, había vendido su casa en el barrio Chico Alto, seguidamente

contentándose con un domicilio sucinto, un dormitorio arrendado.

Desde tiempos remotos, fuera de él, casi nadie entraba a esa recámara.

Salvo, ocasionalmente, accedían al lugar algunos testigos de Jehová, a los

cuales, tocando a la puerta con Biblia en mano, el erudito hacía pasar con el fin

de acribillarlos adentro, intelectualmente hablando.

Los recibía para poder tener a alguien con quien pelear. La disputa era

una de sus distracciones mayores aunque, al paso del tiempo, aquellas

personalidades tampoco habían vuelto a asomarse.

La habitación estaba llena de polvo. Con el movimiento de la llave, al

abrirse la portilla, miles de diminutos sólidos flotaban y, revoloteando, se

posaban sobre los objetos en un va y viene constaste e iniciado desde el

principio de los siglos.

El dormitorio, poco agraciado, tenía el aspecto de un gabinete

ministerial africano. Dos entrepaños y tres estanterías acres y paralelas

estaban rebosantes de libros. En alguno de los estantes, la pelusa negruzca de

una araña pollera, metida dentro de un frasco, era el enunciado más

destacable entre los títulos. Sobre el mismo muro, un poco más abajo, de un

metro por ochenta de largo yacía una reproducción al óleo de un cuadro de


204

George de La Tour, un herrero en la penumbra, ejecutada con destreza, en

épocas de estudiante, recurriendo a la cuadriculación del espacio.

Una gran escribanía gris azulada, cerca a la litera, albergaba papeles de

toda índole. Repartidos por doquier y sin ningún orden, documentos y legajos

inclasificables se revolvían en una batahola silenciosa de texturas. Se advertían

diversos escritos en tinta realizados en letra cursiva, así como por encima de

las muchas cartulinas, se destacaban las copias de unas monografías de

antiguos estudiantes, junto a los papeles de una sucesión fallida. Unos ramitos

de laurel se desgajaban encima de una litografía de Picasso, maltratada,

sobreviviendo aplastada rudamente por una resma de papel.

En alguna parte, también resaltaban los títulos de una investigación

concerniente a la procedencia y al abolengo del viejo Blas, pesquisa realizada

por él mismo en el curso de un año sabático. Se trataba de unas copias,

obtenidas en el archivo bautismal de Tibasosa, más exactamente las pistas que

permitían enlazar su parentela, a través de un periodo de tiempo que

comprendía los últimos cuatrocientos cincuenta años.

En miras de plasmar su genealogía, analizando los manuscritos, luego

de tachar a un zambo y a dos conservadores, el historiador se encontró

descendiente directo de un virrey, quien en 1540 desterró para siempre de las

colonias a un grupo de capataces reputados por tratar cruelmente a los indios.

Respecto de los castigos ejercidos por los caporales, a estos les era necesario

destinar a los trabajadores golpes con vara, palos, y mazos apuntillados,

siendo lo pertinente aplicar correas de cuero curtido y moderadamente, ya que


205

era menester enseñarles a los aborígenes lo que había que hacer y no

dedicarse a atemorizarlos. Escudriñando, fuera de otras anécdotas, los

integrantes de su familia, hasta la generación de sus abuelos, murieron en

Boyacá pensando toda la vida que habían vivido en España. Muchos eran

terratenientes sin ninguna comprensión de la geografía o de la ley. Eran

numerosos sus ancestros también amantes de los caballos y el viejo, ferviente

crédulo en la transmisión genética del conocimiento, varias veces intentó

comunicarse con unos rocines flacos y desgarbados, posesión de un primo

suyo, los mismos pencos supuestamente descendientes legítimos - pero

bastardos - de aquellos jamelgos pura sangre de sus antepasados comunes.

De regreso a la escribanía, en el primer cajón había siempre unas

monedas de a peso al lado de unas arcaicas pastillas de chocolate macizo. En

otra de las gavetas yacía un regalo de su mejor amigo de juventud: un pequeño

vaciado en bronce, que representaba el semblante de un policía. Bajando un

poco más, por debajo del mueble, dos espantajos perversos y apezuñados,

envueltos en papel periódico, estaban metidos en una caja de cartón, regalo de

una pariente lejana. Y era cierto, esos muñecos eran dos entidades malignas.

El viejo los tenía embojotados ahí, desde hacía años, y muchas veces parecía

distraerse permaneciendo estático, atento, ojo de águila desde la cama hacia

aquel lugar del cuarto, como si en su interior quisiese que aquellos seres

diabólicos por fin se manifestasen.

Fue a eso de las diez de ese mismo anochecer en que, llegando a su

habitación, al abrir la puerta, el historiador entró estando aún en un estado


206

confuso y algo tenso. Ciertos de entre los asiduos a la tienda - sospechaba el

viejo - unos cuantos sin saber exactamente los cuales andaban fraguando un

complot contra él.

De eso estaba seguro.

Cerrando la puerta con llave, fue y se sirvió un vaso con agua e

intranquilo se sentó sobre la silla.

Pensó entonces hacer una llamada. Agachándose, buscó un cofre

escondido bajo la cama y abriéndolo, del fondo sacó un papelito rayado con

unos números en rojo. Dirigiéndose hacia el teléfono, discando los dos

primeros, se arrepintió intuyendo que aquella conversación no sería para

entonces conveniente. Doblando el escrito, lo puso en la misma parte,

metiendo el cofre en su sitio. Pronto, fue a encender el televisor y acostándose

sobre la cama, apagó la luz.

La pantalla brillaba azul con las noticias de media noche. Pasaban un

especial sobre la Doctora Serafia Patascón, la abogada de la familia Orejón,

quien esa tarde regresaba espantada a la península ibérica. Por causa de los

acontecimientos cotidianos al interior del país, y ya que el gobierno hasta ahora

declaraba el “estado de conmoción absoluta”, la dama aterrorizada, subiéndose

en su avión privado, se apresuraba a salir lo más pronto posible de la república.

Sobre la cabeza tenía puesta una peluca crespa y morada, comprada en

almacenes Ley.

- Van a ver - declaró a los medios - voy a trasmitir el caso a las

autoridades de mi país.
207

- Evidentemente se trata de un choque cultural - dijo un psiquiatra

bogotano, al que, en el reportaje, se le preguntó el punto de vista médico.

Entre otras noticias, los sucesos inexplicables que días antes habían

alterado el orden público provocaban, hoy por hoy, una grave desestabilización

en los mercados internacionales de la coca y de la marihuana. La carencia de

estos productos, considerados por los consumidores en las potencias

occidentales como “necesidad básica”, produjo la decisión de crear una

comisión de verificación por parte de los gobiernos del Atlántico norte. Esto con

la excusa de venir a Colombia a mirar como usufructuar mejor de dichas

cosechas tropicales, a través de la inversión extranjera. Se tenía como pretexto

la mascarada de supervisar las negociaciones sobre el Cristo, en razón al

actual conflicto con España, el cual ya se veía con inquietud y reticencias.

La comisión de verificación iba a tener a cargo la tarea de evaluar y

poner una calificación a Colombia ante los ojos del mundo. La nota - del uno al

diez -, ya indicaba a la república bananera como candidata a ser rajada con

antelación al inicio del examen. Entre otras informaciones, a nivel interno, los

muertos del conflicto armado aumentaban en un dos por ciento este mes. La

oferta bursátil era de dos mil cadáveres por día.

- No se puede hacer nada. Ya quedamos otra vez mal ante el mundo -

pensó el historiador apagando el noticiero y con pésimo humor, se volteó para

quedarse dormido.

***
208

En algún siniestro paraje de la misma ciudad:

- ¿Aló?

- Aló. Se encuentra comunicado con el frente paramilitar numero uno de

la guerrilla. Habla N.M. Bocadillo Veleño, alias “buchipluma”, siga.

- A... si, con usted quería hablar. Con usted era precisamente con quien

quería hablar.

- ¿Quién habla?... ¿Qué quiere?

- Quiero que nos dejen en Paz. ¡No nos jodan más güevón! COMAN

MIERDA, TRIPLEIJUEPUTAS.
209

VI
210

Un cálido domingo cerca del alto de Tequendama, nadando en una

piscina climatizada, al interior de un club privado, Mauricio Jayanes se

zambullía con el sentimiento de que todo, en su mente, desde hacía unos días

había venido cambiando.

Ajustándose unas gafas de caucho azules, al sumergirse, el joven

buceaba experimentando a la olímpica como a una agradable gelatina sin

sabor.

Concentrado en aquella movilidad acuática, ese amanecer, echando

burbujas, el fresco venía notando que ya no le interesaba más espiar,

disimuladamente, los cuerpos nadando de las bellas hijas de los narcos, a su

lado, tal como siempre lo había hecho. Sin interés alguno por esa antigua

práctica, ahora su pensamiento estaba absorto en otra parte. Se descubría

concentrado en una sola e idealizada persona.

Ascendiendo a la superficie y pensando en ella, se tendió de espaldas

para flotar bocarriba.

Por lo alto, los rayos de la mañana atravesaban los amplios ventanales

transparentes, cubriendo y aislando la esplendida arquitectura. Afuera, la suave

visión de aquella vegetación desbordante parecía combinarse, afinadamente,

con la tranquilidad producida por el suave y artificial ondulado de las olas. Las

luminiscencias solares traspasaban entre los árboles que, en el exterior, por

enormes bien disimulaban el mafioso territorio.


211

Que bella era esa chica, no podía evitarlo, cierto era, pensó

emergiendo, por las escaleras montando, y hacia al vestíbulo advirtiendo más

conscientemente su gozo y su desdicha: no había podido pasar un minuto sin

pensar en ella.

En esas impresiones, avecinó a las duchas, se quitó la pantaloneta, la

envolvió metódicamente en la toalla y embojotándola en un plástico, se la

enmochiló.

A eso de las once y media, saliendo a la carretera, con suerte adelante

paró una flota. Alcanzando la ciudad, pasada media hora se bajó al inicio de

una ciclovía.

Caminando a pie rumbo al centro, Jayanes se experimentaba ese día

más vivo y dinámico que nunca. Los ruiseñores cantaban a su alrededor como

antes jamás y el cielo, teñido de amaranto, se veía formidable e intenso. En la

marcha, que hermosos eran los antejardines de las casas, que cándidas sus

magnolias, sus elenitas, sus buganvilias, sus fiques y sus lágrimas de

cocodrilo. Los bosques floridos retumbaban desde las montañas y atravesando

la vía, las motonetas, los triciclos, los paseantes cruzaban próximos a él con

alegría. Sus gafas oscuras bien acomodadas bajo un rotundo sol brillante, en

ese bienestar del cariño autista, Jayanes comprendió, por fin, lo que parecía

vislumbrarse como la capital idílica, risueña y cursi de los cachacos. Mejor

dicho: “Bogotá coqueta”.

Jornadas enteras andaba cautivado, más exactamente a partir de la

fecha en que, por casualidad, había vuelto a ver a Alison.


212

Por las tardes, más o menos a las cuatro, la chica de nuevo regresaba a

llevarle algo de comer al mamífero de aquel próximo garaje.

Viéndola a lo lejos, la mirada del muchacho había ido transformándose.

Estaba seguro, esta vez no se trataba ni de simples apetitos fatuos, ni de la

búsqueda de placeres mundanos, mucho menos universales. Aturdido y

sumido en extrañas aprehensiones exclusivas, algo más allá de todo límite

ahora lo incitaba a querer confirmar, cada tarde, aquella paradójica sensación,

originándose en su interior únicamente al verla. Disimuladamente corría a

espiarla, cuando al tiempo aumentaba en él un laberinto gigante de

vacilaciones contenidas: el tormento, el dolor, la pena, múltiples preguntas que,

en su existencia actual, aparecían como cuestiones hasta ahora jamás

expuestas: ¿Qué es la vida? ¡Gran temor! mi sangre hiela.

Esa sencillez graciosa de sus movimientos le estaba secuestrando el

alma. Era etérea, volátil, imperecedera. ¡Afortunado simio con quien ella se

comunicaba a través de aquellas rejas, en ese lenguaje cifrado practicado por

ambos cómplices, dándose golpecitos en las yemas mutuas de los deditos!

Y para él: ¡nada!

Los asechaba a lo lejos. Ella brincaba, jugándole al macaco, deleitándolo

con sus deliciosos plátanos, maduros y hartones. ¡Qué celos!

- Maldito mono, yo creo que al menos yo soy más inteligente que ese

animal - pensaba Jayanes, amarga y resentidamente, sentado y aplanchado

sobre un andén. A lo sumo, se equivocaba: la mente del primate justamente

era más rápida que la suya.


213

Recordaba entonces cómo había sido de espontaneo y natural su primer

acercamiento cuando sin más ni más le había regalado, tiempo atrás, esa

mandrágora a la expectativa de calmar las dolencias del mandril. Al contrario,

en el presente, la ansiedad le impedía aproximarse con lucidez o frescura a

ella. Experimentaba en aquel momento dificultades nunca antes pensadas.

Sufría al verla, pues no se le ocurría nada que decir.

Las jornadas siguientes fue, en consecuencia, presa de reflexiones

agobiadoras: ¿era su meta alcanzar un amor fogoso y sin igual?, ¿cómo

demostrarle, a esa bella, su pasión hasta ahora invisible e inexpugnable? Una

fuerza casi incontenible lo atraía como un imán hacia Alison y con ganas de

decirle alguna frase, de pronto un piropo tímido, “yo te amo”, imaginando el

rechazo, escondido detrás de una esquina, terminaba retorciéndose agónico

por culpa de la ansiedad y del miedo.

- ¿Los fabulosos capos de la mafia de otros tiempos habrían enfrentado

sentimientos humanos de tan alta fatalidad? - se preguntaba constantemente y

al rato, tomando ánimos de donde ya no tenía, se respondía a sí mismo: “claro

que sí. ¡No puede ser tan difícil conquistar el amor de una mujer!”. Y esta

última perspectiva lo ilusionaba y lo mantenía pleno, su cuerpo habitado de

extraordinarias esperanzas frente a la vida. Igual, desde que la joven estaba en

sus pensamientos, al levantarse por las mañanas cantaba y bailaba haciendo

mímicas, tomando un desodorante de bolita a manera de micrófono frente al

espejo. “Esto es algo que no me esperaba yo en la vida” decía feliz pero, de

contrafaz, una pasión nerviosa, única y excluyente lo tenía atrapado.


214

Marchando hacia el centro, al final de esa mañana, se inquietaba por

enésima vez:

- ¿Cómo conquistarla?

Reflexionando, pensó quizás comprarle unas chirimoyas en la plaza,

unas grosellas, unas pomarrosas, unos nísperos, qué más da, ¡simplemente

mangos biches con sal y limón!

- Pero... y ¿si no le gustaban las frutas? - ¿y si le hacía zancadilla y

después le ayudaba a pararse? O Fatalidad. O cruel destino. O que desventura

la hoguera de su corazón. O Gloria inmarcesible. O jubilo inmortal.

Ciertamente le era difícil saber cómo acercársele.

Asaltado por el pesimismo, especulando una tarde, maquinó la

seguridad de que ella debía querer antes por compañía un hombre estudiado.

Y él, ¿cómo le iba a confesar que él era un pelele y un bruto?

- ¿Engañarla sería lo correcto? - se preguntó y al punto, sacando un

antiguo cuaderno de matemáticas, le escribió en la última hoja, ayudado por un

diccionario, una especie de acróstico. Entregándole el descuadrillado con su

nombre, mirando las primeras páginas plagadas de sumas y restas, ¡ella

sabría que él sí era hombre estudiado!

Al planear más precisamente el asunto, recapacitando terminó

arrepintiéndose. No tendría el valor de mentirle. Su autoestima no podía caer

tan bajo. Con cruel sentimentalismo - encogerse uno, entristecerse - se decía

en la cama mirando al techo, desconsoladamente, una que otra lagrima hacia

los lados.
215

Derrotado por aquella emoción profunda, una tarde decidió buscar a los

muchachos.

Los halló, bastante fácil, sentados en una de las bancas del barrio.

Era la oportunidad de tener de su lado al primo de la joven, por eso fue

directo al grano:

- Oiga lumbreras, díganme ¿qué hacer?

Johny alzó las cejas:

- Mire la verdad, ¿esa china?, esa china ni idea que será lo que quiere -

fue la respuesta insensible procurada por el rubio, quien, en ese momento,

mirando al frente chupaba un cigarro y se mantenía pensando en otra cosa.

***

Intentando mostrarse indiferente, Jayanes cambió de tema

precipitadamente. En todo caso, no quería que Johny y Beto se diesen cuenta

del poderoso sentimiento que lo embargaba. Haciendo una broma fallida,

entonces se retiró aduciendo alguna otra diligencia.

A pesar de los muchachos, el jibarito esa tarde se mantuvo

deambulando de un lado al otro por el barrio, caminando nerviosa y

desenfrenadamente, pensando algo turbio en ella. No podía evitarlo. No

aguantaba más.

Pasó junto al Carulla varias veces. A la entrada de Pablo Sexto, fue

hasta el quiosco, se compró un perro caliente y continuó comiéndoselo a


216

trancazos mientras marchaba esperando el paso de las horas. Más adelante,

por el sector comercial, miró hacia la pollería, saludó pasando al historiador,

quien por su lado un pernil engullía y circulando por entre los bloques, retornó

a su apartamento.

Apurado por salir - que de malas, esperar hasta las cuatro a verla - a

eso de las tres, sin razón alguna, se aceleró y a zancadas nuevamente bajó en

dirección al lugar donde frecuentaba espiarla. Distraído como estaba,

descendiendo velozmente por el segundo piso, con el muro granulado de arriba

de la escalera, en la frente se pegó un tiestazo y terminó, el gusano, rodando

en sucesivos botes hasta abajo.

En el suelo, los moretones y un chichón le encendieron la inventiva:

desde que era pequeño siempre había sido experto en dibujar animales.

Especialmente era dotado para los osos pandas y los pulpos verdes, al

copiarlos de un juego electrónico, un presente de su abuela para una navidad a

los siete años. ¿Entonces, por qué no regalarle un dibujo?

Remontando a su morada maltrecho pero más jovial, con ánimos y sin

perder un segundo, golpeó y pidió, en el apartamento contiguo y al azar, un

número - rápido - de la enciclopedia amarilla. Aguardando, con precisión tajó

un lápiz. Cuando lo tuvo ya en sus manos, fue hasta el cuarto y sobre un papel

esbozó la imagen a partir de la fotografía de un celenterado, que halló abriendo

el libraco en cualquier página.

Le fue necesario más o menos media hora para obtener un resultado

satisfactorio, con la aplicación de luces, grisalla y sombras al carboncillo.


217

El regalo había quedado genial.

Para completar el presente, le sumó una frase escrita, un poquillo más

abajo, tal vez la enunciación poética mejor lograda por Jayanes en el curso de

su vida:

“No quiero para con mi tiempo, tejer esa linda prenda, aquélla que lleva

luciendo tu sombra, peor aún, sueño con el que la lleves puesta”.

En seguida, metiendo el regalo dentro de un sobre, con la lengua lo

selló, y soplándole toda la buena energía fue y lo dejó pegado, con un

corazoncito, en uno de los barrotes del garaje, donde el mico, cinco minutos

antes de que la chica pasara a darle de comer.

Ese viernes, los vecinos de al lado no dejaron a la familia pegar el ojo.

Los costeños del apartamento colindante estuvieron hasta la madrugada

dándole al guaro y recitando coplas.

- Esa gente debe hasta comer perros - pensó Judith, cocinando el

almuerzo a las once de la mañana del sábado, sintiendo todo el cansancio de

una pésima velada. Un olor a tortilla de huevo y papa comenzó a esparcirse

desde la cocina e influyó, al momento, en el espíritu de Johny, quien como si

respondiera a un inesperado estimulo, bruscamente se alzó desde donde

dormitaba y antojado, con los brazos estirados, caminó como un sonámbulo en


218

dirección al horno.

Su mamá le advirtió que estaba perdiendo el tiempo: “métele un cuchillo

y veras que todavía no sale limpio”.

Investigando pues, durante la cocción, si había otra cosa comestible,

frente a la estufa, el muchacho rascó con una cuchara la pega en el fondo de la

olleta del arroz.

Entretanto, por la alcoba, Judith prendió un sahumerio y circuló después

al baño, sólo lugar en el que aún la mujer encontraba cierta privacidad. En esa

época, el inconveniente era que ni siquiera la portezuela del wáter-closet podía

trancarse ya, siendo la última reclinada pues las otras no restaban más en pie.

Para evitar el estorbo, las puertas de los dormitorios, desbarajustadas, habían

sido trasladadas temporalmente al corredor del edificio y el lunes pasado, por

descuido, se las había cargado el camión de la basura.

Johny, entonces, sintiendo a su madre ingresando al escusado, en

menos de un dos por tres, le alcanzó la olla mazacotuda a Beto, quien

husmeando por la cocina buscaba lo suyo y le dijo: “oiga, téngame aquí un

momento, voy a mirar que mi mamá no se esté suicidando”.

- Mamá, ¿todo está bien? - preguntó el rubio.

- Sí mijo, no te afanes. Ya salgo.

La mujer salió del lavado con los ojos humedecidos.

No era para menos. En el hogar, la misteriosa desaparición de los

objetos proseguía noche tras noche. Ahora faltaban aquí y allá diversos

enseres de menor importancia, empero, entre los de cierto valor esfumados


219

recientemente estaban la nevera, la licuadora y dos jarrones chimbos de la

dinastía Ming.

Afortunadamente, los trastos de Johny permanecían inmunes a las

desapariciones nocturnas. Cuando en el resto de la casa se esfumaban los

bártulos, nada en su cuarto hasta el presente hacía falta. De resto, hasta Alison

había tenido percances. La chica no encontraba por ningún lado varios pares

de medías y unos calzones aunque, ante la inquietud de su tía, prefirió guardar

silencio, ya que no estaba del todo segura si esas prendas se le habían

quedado en Bucaramanga.

Cara a la situación agravada, ese sábado Johny y Beto sacaron un cable

de una extensión dañada y sujetaron anudando en la sala los dos sofás, el

televisor y el tocadiscos, intentando mantenerlos unidos.

Por fortuna, en la cocina, la comida se mantenía vigilada en los estantes.

A la una y media, la familia almorzó y después cada quien se dispersó,

dedicándose a las labores típicas de un atardecer sabatino.

***

Alison en su cuarto continuaba sorprendida.

La víspera había recibido un dibujo extraño. Sin embargo, la particular

ofrenda no iba a ser una impar excepción como presente. Los días siguientes,

de visita por el simio, encontraba pegado a la puerta del garaje gris, flores,
220

chocolates y bombones. Posteriormente, otros obsequios, en equivalencia,

comenzaron a aparecer directamente en el apartamento, por debajo de la

puerta.

En la sala, pasado el almuerzo, los muchachos retozaban esa tarde

bien comidos, la espalda contra los sofás, dedicados al relax, oportuna la

bonanza marimbera. Lanzando el humo con parsimonia, en continuo se

empeñaban en comprobar, sobre el aire, la existencia verídica del diámetro de

un segundo. Poniendo en el tocadiscos las rayadas canciones de Bob Dylan,

viendo a los jóvenes pitando la verde, Judith, en el estado de depresión en el

que se hallaba, no tuvo ganas de reprenderlos.

- Déjenme algo a mí también. Al menos para dormir esta noche - les dijo

mientras se retiraba al cuarto.

- En este momento, somos tan sólo un recuerdo de nosotros mismos -

exclamó plácidamente por su lado Beto, al tiempo que, botando una última

bocanada hacia arriba, se acomodaba mejor encima del canapé.

Johny, levantándose, pasó por la cocina y apagando el fogón del agua

hirviendo, sirvió café con calados. Volviendo, la conversación de los

muchachos se centró, por varias horas, en las ventajas obtenidas por los

actuales habitantes de la India.

“Allá, los que se sientan en la calle a fumar la hierba son considerados

sabios” afirmaba Johny, moviendo la mano tajantemente, sin saber en realidad

de donde era que había sacado esa estrambótica teoría.

Acabado el tinto, y dejando las tasas a un lado, recostándose cada uno


221

sobre un sillón, una suerte de estremecimiento o de agitación interna los asaltó,

y estirados, mirando al techo, los dos muchachos imaginaron la posibilidad de

estar siendo sorprendidos, en el acto, por una gran sacudida terrestre. Un

temblor frente al cual era necesario pilotear la anómala situación como se

pudiera.

Mirándose mutuamente, aprovechando la irrealidad de los hechos, uno y

otro comenzaron a mover sus rostros convulsivamente, gesticulando

ocurrentes y anómalos aspavientos. Bajo los efectos del sedante, ambos,

desde los sofás, se lanzaban carantoñas incoherentes y muecas de remedo

mutuo, exageradas y absurdas.

“El trece de septiembre de un año que no diré múltiples terremotos

destruirán Santafé” exclamó Johny, con los ojos repequeños, la nariz corta y

sin nada de olfato, la boca seca y ajustando formidable sonrisota.

Beto, levantándose y algo más serio, queriendo pasar a otro asunto fue

y hurgó, tras el comedor, en el bife junto a la puerta. Sacó de allí aguja e hilo

para zurcir el remate de su pantalón.

Simultáneamente, el tocadiscos a esa hora se fue deteniendo

lentamente. La voz de Bob Dylan se asentó grave y apesadumbrada, poco

antes de enmudecer.

La empresa de energía eléctrica acababa de cortarles la luz.

***
222

En ese intervalo, Judith estaba en la habitación, convenciendo a Alison

para que la semana entrante la acompañara a una reunión de la asociación

“Pare de sufrir”. La mujer además se había inscrito en un catecumenado, en un

curso de Milagros y se preparaba para un retiro espiritual, este último a

celebrarse en dos meses hacia la mitad del cañón del Chicamocha. El

encuentro convocaba a gente en pesquisa espiritual, la mayoría por tanto

deseosa de buscar, en el ingenio, más bien encuentros extraterrestres.

Al punto, percibiendo el inconveniente, deteniendo su charla, la mujer

circuló con inquietud hacia la estancia.

Ya a las siete fue evidente que la totalidad del conjunto estaba

alumbrada, excepto ellos.

- ¡Hay no!, ¡hagan algo! - exclamó Judith mascullando un gesto

excesivo, la mueca expresiva de ansiedad y desesperación.

Beto, quien nervioso terminaba de coserle más dobladillos a otras

prendas, al escuchar el clamor de la dama le respondió conforme y rápido: “no

te preocupes Judith, yo voy a intentar arreglar eso.” Y, tomando una linterna, el

de gafas se dirigió por el corredor del inmueble en dirección al sótano, rumbo al

cuarto de los fusibles del bloque.

- Ese tipo sabe lo que hace - le dijo con confianza a su madre Johny,

quien, acomodándose de costado, buscando descansar un rato, se echó una

cobija encima y, desentendiéndose de la cuestión, pasó a soñar para siempre

sobre el sofá.

Bajando las escaleras, Beto abrió la puerta del cuchitril.


223

Adentrándose con paciencia, en la frívola oscuridad del encierro, se

orientó tanteando el numerador concerniente.

Allí mismo, el de gafas iría a enterarse que sus problemas psicológicos

eran peores de lo que hasta ahora había podido conjeturar.

Por encima de los interruptores, los contadores y los circuitos, Beto vio

con dificultad unos conductos delgados y ennegrecidos pasando por la parte

alta de aquel sombrío habitáculo comunal.

Las telarañas en la opacidad se apropiaban del techo. El deslucido

espacio, sucio y claustrofóbico, era asfixiante y siniestro.

- ¿Cuál será el cable?, ¿cuál será? - se preguntó el chamo, aspirando a

finiquitar la electrizante labor lo más rápidamente posible. Posteriormente,

encontrando lo que creyó conveniente y entrelazando dos cables, efectuó a

satisfacción la complicada maniobra.

Con alivio, uf, concluida la incómoda operación, poco antes de salir a

flote, en el fondo del recinto, algo, al parecer un movimiento rápido, distrajo su

atención por segundos.

Con la lámpara de mano, el de gafas apuntó de golpe trémulo contra una

pared.

- ¿Hay alguien aquí? - inquirió deteniéndose, adrenalina en chorro,


224

escalofrío justo ya frente a la puerta. Con prudencia un tanto, dirigió la luz,

pegando al intenso, fijándola en un tubo delgado, al que se le veía levantado un

tramo abierto. Enseguida, en la tétrica oscuridad del encierro, un pico asomó la

cabeza por el hoyuelo del conducto y, de imprevisto, un ornitorrinco, de cabeza

peluchona, prosperó el entrecejo por el repelente cilindro.

La bestezuela estaba vestida con cachucha y overol y súbitamente, sin

más ni más, alumbrada por el reflector pronunció desde el tubo:

- Aquí le traigo una correspondencia don Beto. Para usted le tengo hoy

dos recetas de cocina y cinco Rin rines renacuajos de goma arábiga.

El de gafas, sorprendido y curioso, viendo al risueño indefenso, dejó a

un lado su inicial desconfianza frente al aparecido, se fue acercando y recibió

con cariño y entusiasmo, de la parte del pequeño monotrema, las recetas

culinarias y un poco después, titubeando, le preguntó:

- ¿Y con esto otro?, ¿qué voy a hacer yo con estos tales Rin rines

renacuajos de goma arábiga?

- ¡Lo entenderán sus hijos! - le respondió el apeluchado pato e

inmediatamente, ante la amabilidad del mamíparo, el muchacho agradecido

decidió ofrecerle a cambio lo que más rápidamente encontró a su alcance. El

joven sacó del bolsillo su cédula de ciudadanía y se la aproximó al parlante, el

cual la engulló en el acto dejándolo sin identidad.

- De todas formas, en este país eso no sirve para nada - se dijo Beto

desacreditando el atracón, mientras el gordo y contento personaje se despedía

de él, yéndose para su habitación en las profundidades del desagüe.


225

- He ganado un amigo - comprendió el joven satisfecho y, en la

oscuridad, una risa macabra e inevitable, una especie de “jojojo” fue

invadiéndolo súbitamente.

En el barrio, el sol radiaba de manera sensacional chocando y rebotando

exactamente contra la camiseta despercudida que portaba Johny, quien, con

gentil compás de pies, a la mañana siguiente salió llevando, según es fama,

sobre el algodón y en serigrafía estampada, la mítica consigna: “¡palenque

campeón!”.

Lucía igualmente, el joven, su elástico tricolor amarrado a la cabeza y

escuálido, cual divo enjuto, caminaba invulnerable llevando de guardaespaldas

a su secuaz, Beto. Este último, por su parte, traía descolgada al hombro una

hamaca de rayas rojas, amarillas y negras. Junto a unos árboles instalaron la

dormilona en beneficio del primero, no obstante, el de gafas, sin problema

alguno, se contentó ampliamente echándose sobre la grama y, como

tradicionalmente hacía, sonriéndole al mundo, encima del pasto recién cortado,

miró con la boca abierta feliz hacia el firmamento.

Poco antes habían pasado por allí la podadora.

La vista cercana de unas montañas del hierbazal acumulado, estimuló,

por tanto, la creatividad de los muchachos, disponiéndose los psicotrópicos en


226

seguida a darle forma a unos muebles, modelados con ese pocotón de pasto

cortado. Prontamente, al fabricar una silla, un sofá, una poltrona y un televisor,

apilando hierba, en medio de la sala, ambos regresaron al retozo.

Destapando unas cervezas, Andrés, el negrito, que andaba cruzando

cerca de la improvisada y cómoda estancia exterior, al captarlos con su infalible

olfato, vino presto a saludarlos.

Convidándolo a una amarga, destapándola, el recién llegado les

comentó sobre el escarmiento que hoy estaba pagando. Sus ideas sobre la

exportación de tomates terminaron resultando un fracaso. ¡Y ahora estaba

penando!

Resultó que, estando próxima la estación de cosecha, unos

subversivos, pasando por la región, habían plagado de minas quiebra patas los

terrenos arrendados. Una polla intrusa pisoteando por el sitio en consecuencia

quedó sin piel y en átomos volando salió disparada, asentando sube y baja al

firmamento. Por el aire, con ella se fue lo mejor de los cultivos, los fragmentos

de los tomates cayeron por cualquier parte y la gallinácea, sin plumas, no lejos

de allí terminó zambulléndose en la olla de un sancocho, listo para la

consumación de unos paisanos bailando en jolgorios, detrás de unos pedazos

de peña.

Lo que restó del sembradío, los campesinos se habían negado a ir a

recuperarlo, no por superstición alguna sino debido al evidente peligro que

aquella labor representaba. Los rojos, blandos y brillantes chontos terminaron

perdiéndose.
227

“Ahora, este negrín está pagando los excesos de su locha” pensó Johny,

reflexionando y mirando con languidez hacia el vacío.

Con algo de congoja disimulada tras carcajadas, pidiéndoles otra pola

más, el marrón, luego de conversar un rato, se alejó con ella, aludiendo

pasiones que lo esperaban.

Johny y Beto restaron al piso, meditabundos y contemplativos,

divagando referente a lo difícil de la vida y más que nada discutiendo sobre lo

complicada situación del país.

Entonces, Johny dijo: “hay que hacer algo, esta situación tiene que

cambiar. Esto no puede seguir así.” Y lanzándose entre ambos una mirada

cómplice y resuelta, con la capacidad creativa de la cual estaban conformados

sus cuerpos, los dos se pararon y alejándose de la hamaca, descalzos sobre

la hierba, caminaron entre los edénicos jardines del conjunto, alcanzando la

orilla de un riachuelo bordeado por tierras húmedas.

Con unos palos delgados dibujaron allí, sobre el suelo, un corchete e

inmediatamente imaginaron ideas.

Su patriotismo desde hacía unos días rebosaba todo limite. Tan era así

que, por muestra, a sus hermanitos para dormir Johny les venía amarrando, a

lado y lado de las cabezas, unas tablillas para irles forjando, al crecer, los

cráneos en forma cónica, a la inspiración de unas láminas explicativas,

ilustraciones de un libro de bachillerato en torno a las ancestrales prácticas de

la antigua cultura Tayrona.

Judith, escandalizada, al descubrir la medida la suspendió tres días


228

después, sin que la acción hubiese dado sus frutos.

- ¿Qué podría hacerse ahora para sacar al país del moridero? - era hoy

la casual pregunta de aquellos jóvenes valientes.

En principio, parecía menester urgente emprender a hacerse de aliados.

Por ejemplo, uno de ellos podía ser el chino del restaurante barato, dado que

tal asiático era en óptimas condiciones un pretérito asesino, prófugo de oriente,

ágil en armas, pirotecnia y caza de grandes reptiles.

- Mmm, yo creo que la unión latinoamericana es la que podría, más bien,

hacer la fuerza aquí - dijo Beto reorientando el diálogo.

- ¿Cómo es la vaina? - inquirió Johny.

- Si allá en Europa la unión funciona, ¿por qué aquí no? Esa gente tiene

en sus pasaportes el título “Comunidad económica europea”, tocaría entonces

encontrar otro lema similar para las personas oriundas de estas Indias.

- Pues podría ser: “Comunidad Intelectiva Latinoamericana” - apuntó

Johny, aludiendo con ese rotulo a que, aunque no éramos los más ricos, al

menos si los más inteligentes.

- Me parece muy bien - asintió Beto - estar por ejemplo en la China y

sacar el pasaporte con el logo de: “Intellective Latin-American Community”. Sí,

tiene razón, me parece que suena muy bien. Que elegancia carajo, ¡buena idea

viejo!

La proposición perdió su fuerza al cabo de un rato. No podían seguir

desperdiciando el tiempo con ese tipo de entelequias pasajeras. Era necesario

pasar a la acción y rápido, antes de que la nación terminara engullida por la


229

ballena de Jonás.

***

Entonces, fue en aquel preciso instante cuando Johny, levantando un

poco la cabeza, mirando lenta y reflexivamente hacia lo alto, persiguió una

noción en su interior gestándose y que, a punto de salir a flote, iba a cambiar

para siempre la vida de los dos inocentes muchachos.

Moviendo el brazo y apuntando hacia adelante, el rubio examinó las

montañas en la lejanía, entrecerrando los ojos a fin de perderse hacia lo lejos,

en el sueño de sus ancestros, nativos bailando por la selva virgen y lluviosa, al

eco del bullerengue, del mapalé, del chande o de la chalupa.

A vuelo de pájaro, meditando sobre la manera de formular lo mejor

posible su propósito, el rubio extendió el cuello, abrió el pico y radiante le

propuso a su compañero:

“¡Pues robémonos el Cristo que quieren quitarle al país!”

En efecto, según los jóvenes, la figura daba testimonio de que en la

república aún restaba algo poco de cultura. Siendo ella escasa, no podía

permitirse a los forasteros el apoderarse de esa pieza tan valiosa.

- ¡No podemos dejárnosla quitar! - gritó Beto exaltado y parándose

prestamente.
230

- ¡Al rescate de los valores propios, pedagógicos y religiosos de

Colombia! - replicó el rubio, levantando el puño al aire en el exacto y mismo

momento en el que, sobre un metro de París, en la estación Saint Germain des

Pres, el arcángel San Gabriel sentado oculto en algún vagón, haciendo una

inspección telequinética desde el Himalaya a Roma, pasando por la oriental

cordillera, pensó para sus adentros: “la consideración de esos dos muchachos,

en este instante, es la mejor idea que cualquier naturaleza humana está

teniendo durante este mismo minuto sobre toda la faz de la Tierra”.

Prontamente, cuando el convoy avanzó prolongando su curso, el

subalterno de Dios volvió a acomodarse, metió sus patas desnudas dentro de

una palangana de metal repleta de canicas moradas, cepilló su barba blanca y,

encogiéndose de hombros, reanudó la lectura de un periódico en letras rojas

escrito en chino, el cual, antes de distraerse, venía leyendo.

***

De todas formas, robarse una reliquia en la actualidad tan custodiada

requería cranear un plan demasiado pulcro y si acaso insuperable. Era preciso,

tal vez, enmascararse bajo alguna ilusión utópica, un grupo beligerante

atribuyéndose el hecho, por ejemplo a la manera del conocido robo de la

espada de Bolívar.

- ¡Inventemos que somos una secta! - gritó Johny, zarandeando la

cabeza como un chiflado.


231

Su compañero asintió enseguida: era mejor concebirse como una

organización al margen de lo establecido, si se trataba de generar golpes.

Formar una sociedad secreta - indicó Beto - tendría como objetivo la

organización de una logia ocultista cuyos fines serían portar, en sí, el

patriotismo nacional elevado hasta su máxima expresión.

Faltaría sólo colocarle un nombre al grupo.

En ese sentido, diversas ocurrencias vinieron en su ayuda: “Trilogía del

matacayo vencedor”, “Tertulia Catódica” o “Club jamón”, entre otras.

Pero, poco a poco, descartando lo estrafalario de esas iniciales

solicitudes, en un destello de lucidez cósmica, después de mucho cavilar, los

muchachos prefirieron optar, finalmente, por un apelativo discreto pero disiente

que, desde esa inventiva, cargarían a cuestas. El mismo título los llevaría más

lejos de lo que jamás habrían podido imaginar.

A partir de ese glorioso día, aquellos muchachos, comunes y peleles,

nacidos en un barrio de clase media cualquiera, en un país pobretón y

subdesarrollado serían conocidos, a nivel mundial, como la poderosa

organización de: “LAS VIEJITAS”.

- Pase lo que pase, después de que nos robaron el oro, asaltaron y

violaron a nuestras mujeres, nos impusieron esta lengua, esta vez no se

saldrían con la suya. Esta vez no sería igual la historia. ¡Ja!. No señor. Esta

vez, el que viniera a conquistar estas tierras, tendría que enfrentarse cara a

cara con: “LAS VIEJITAS”.


232

Días después, a la altura de las Guacamayas, Beto descendió de la

buseta tomando la precaución de llegar a su morada a una hora en que,

seguramente, su tía debía de estar en las grabaciones de la novela. Desde

hacía una semana y media, sin aparecerse por la casa, el muchacho no daba

señales de vida. Sin embargo, tenía una excusa: El teléfono del apartamento

de Johny estaba cortado desde el domingo.

Lúcido y alegre, viéndolo aparecer, Cachaco por la terraza sacó la

lengua y lo saludó ágilmente batiéndole la colita. El joven entró al garaje y

subió los escalones apaciblemente. Se preguntaba: ¿en qué fecha era que

estaba?

- De pronto es viernes, quien sabe - pensó abriendo la puerta y

caminando al baño enseguida desfiló a quitarse la ropa.

Desde hacía dos semanas, dada la carencia de servicios en el hábitat

del rubio, no había podido tomar la ducha. A Judith, corta de dinero ese mes,

no le alcanzo para pagar el chorro, faltaba la luz, cuantioso menos iba a

solventar el aparato.

Nada comparable al fastidio de tener que desde la alberca acarrear, con

un balde, el agua para lavar el escusado.

- Para esa gracia sí - ¡ni mierda! – se dijo Beto, mejor regresar a

Guacamayas.
233

Al menos antes de irse, el de gafas le había explicado a Johny cómo

conectar la luz por las noches.

- Eso sí, tenga cuidado con un animal que vive ahí - le indicó a su amigo,

quien creyó que el otro le inventaba cuentos.

Quince minutos después, Beto salió de la regadera secándose el torso y

anudándose la toalla alrededor de la cintura. Frente al espejo se puso las gafas

y con las dos manos, sacándole espuma al jabón, fue ungiéndose la cara. Al

punto, pasándose la Gillette oxidada por el cachete, la cuchilla le irritó el

tegumento, con par de cortadas, haciéndolo relinchar.

Concluida esa operación sangrienta, el joven se puso las chanclas y fue

a ver, a la cocina, si Alix le había dejado pegada por casualidad alguna nota.

No encontrando de aquello nada, se distrajo con el ojo en el calendario

de monas engarzado al muro. - ¿En qué fecha era que estaban? - volvió a

preguntarse y casi como por azar, cayendo en la cuenta, la consulta le recordó

el día del cumpleaños de su tía para el próximo domingo.

Que falla. ¿En serio? ¡No!

Pensativo, en la alcoba se vistió con una camisa a cuadros rojos y

amarillos combinándola con un agrisado pantalón de pana.

La solución posible era bajar al centro comercial y comprarle a la vieja si

a lo mucho una simple pendejada. Pensando en el detalle a adquirir, se amarró

con apatía sus botas de cuero negro y observando luego el sol picando por la

ventana, alcanzó de la percha un gorro de paja blanco, enflautándoselo en la

cabeza y afilándolo un tris en la punta.


234

Adoquín antes de alzar el vuelo, con un desprevenido movimiento de

pata, golpeó una antigua máquina de escribir que recostada yacía junto a la

puerta. El artilugio reposaba allí, por inercia, entre el teléfono y la salida.

A la sazón, éste era un buen augurio. Razonando así, Beto tomó el

aparato por la agarradera y, al punto, traspasó la barda pensando aprovechar

el recorrido en dirección al comercio. Tal vez, en algún momento, valdría la

pena detenerse y hasta de pronto, ¿por qué no? en algún sitio redactar el

primer artículo de su revista: “Antro-pus-logos”.

En tal ocasión, la excelente iniciativa ameritaba que el párrafo fuese

narrado al mejor estilo de una crónica urbana.

Al rato, deambulando por entre los almacenes, tras varias horas

determinando el presente, repasando los electrodomésticos, se decidió en

definitiva por el siguiente adminículo: Un pelapapas plateado, 1.7 auto-papas

por minuto, disco duro de ochenta fritas, doscientos cincuenta y seis dígitos en

cáscara plana y otras cositas.

De seguro iba a gustarle a su tía. Igual, de dudosa procedencia y de

enigmático ensamblaje, estaba eso sí bien barato.

Ya con la compra embolsada y a la espalda, el joven marchó

regresando, buscando establecer ahora un segundo punto propicio para

abordar la actividad subsiguiente.

“Un documental puede aquí empezar por cualquier parte” se dijo viendo

el cuantioso material en las calles volando y esparciéndose por los suelos.

En esas, un papelito de papas fritas divagó, frente a él, anunciando cinco


235

por ciento de colesterol.

Luego, ávido de ideas, transitando llegó hasta un parque y andando a

sentarse sobre unos tronquitos, destapó la caja. Instalándose cómodamente,

adecuó la cacharra a su gusto. Frente a ella, unos minutos esperó a que la

inspiración apareciera con la idea de reproducir, lo mejor posible y en pocas

palabras, esa vivencia única y presente, sentida al suspirar allí mismo, cara a

un rodadero descascarado y por detrás de un columpio dañado y distintivo de

esos jardines públicos. Mientras tanto, a la mecánica le puso una hoja en

blanco girando avivadamente el pesado rodillín.

Recordando las complicadas condiciones impuestas para su propia

revista, respiró y mecanografió tanto como fue saliendo, por fin y encima del

papel, yéndose mejor de chorro:

“El centro comercial. El Éxito. El Ley. La Ley. El hampa. La droga. La

amapola. Las armas. El sexo. El Rock and roll. La guitarra. El arte. La pintura.

La escultura. La forma. La naturaleza. Los animales. Las guacamayas. Las

selvas. Las ciudades. La polución. La miseria. La prostitución. La mujer. La

madre. El hijo. El padre. El espíritu santo. Dios. El Diablo. El mal. La maldad.

La ignorancia. La cultura. La totalidad. El universo. Los sistemas solares. Los

átomos. Los microbios. Las enfermedades. La vejez. Los nietos. Las plagas.

Los piojos. La sarna. La soberbia. El ego. El orgullo. La calma. El relax. La

espuma. La arena. La playa. Las cremas. Los flotadores. Los sobrevivientes.

Los sanos. Los enfermos. El cáncer. La capa de ozono. La crema UB. El agua
236

mala. Las algas. El Caribe. San Pelayo. Cuba. Miami. Carlos Vives. El mar. Las

constelaciones. El cielo. La Vía Láctea. El infinito. Las promesas. El amor. El

odio. La envidia. La codicia. La esposa. Los hijos. La familia. El divorcio. La

iglesia. La tradición. Los acuerdos. La política. La bomba atómica.

Jerusalén. El Putumayo. La coca. La marihuana. El café. Los productos

nacionales. Las Mercancías. El contrabando. Los juegos de Computador. La

industria cinematográfica y los Mass media. Las doctrinas. Las religiones. Los

intelectuales. Los calzoncillos. La lavadora. La tecnología. El atraso. El primer

mundo. Los opuestos. Los conservadores. Los liberales. Los partidos de

millonarios y Santafé. Santo Tomas de Aquino. Los filósofos. Los científicos.

Los chinos. Los gringos. Los negros. El choco. Tintín en el Congo. Los niños

trabajadores de la India. El hambre. El hombre caimán. El pan con bocadillo. El

último emperador de la china. La mística oriental. Los faquires. Los druidas.

Los judíos. Jehová. Ala. Buda. Afganistán. Irak. Los latinos en los Estados

Unidos. El inglés. El español. El francés. La tradición humanista. Los grupos de

ultraderecha. El machismo. El catolicismo. Los árabes. La costa atlántica. Los

maricas. Los paracos. La guerrilla. El ejercito. El negocio. El país. La paz. El

computador. El televisor. El fin de semana. Los sentidos. La mente. El

cerebelo. La neurona. El núcleo. El huevo frito. El meollo de este asunto...”

Encorvado e inmerso en esa fulminante celeridad unidactila, al

presionar una eme, de improviso, por la espalda, el de gafas fue interrumpido

por solícitos golpecitos en el hombro.


237

Sobre el paisaje, en aquellas importantes declaraciones, sin duda un

curioso interesado por detrás había osado acercársele tímidamente. De pronto

era uno o varios niños, de los que por allí tanto jugueteaban.

Los niños, como son los niños de curiosos. En efecto, no era muy usual

ver a una persona mayor por ahí escribiendo en la calle y sin duda esto debía

llamar la atención y causar curiosidad, a sabiendas que la población nacional

anhelaba la culturalización de la república.

Hasta, de repente, podía ser algún viejo analfabeta o quién sabe quién,

alguien, en todo caso, deseando conocer detalles de tan noble labor en vía

pública.

Razonando de esa forma y asumiendo plenamente su condición

universitaria, Beto sintió el deber de recoger las inquietudes culturales del

interesado, con serenidad, para así pedagógicamente aportarle lo suyo, en lo

posible resolviendo las preguntas a expresarse sobre su escrito.

Creía conveniente para esta labor educativa, antes que nada, resaltarle

y explicarle, al inexperto, la importancia y el valor de la escritura para una

sociedad.

Lleno de orgullo y buscando adentrarse en los vericuetos de ese rol

humanista, el joven, sonriente, rotó lentamente la cabeza y lo que vendría a

recibir, a manera de una única inquietud, fue un coñazo en la jeta que, al

dejarlo sano, le hizo escupir una sangrante flema volátil.

Ahuyentado, el escupitajo corrió hacia el prado habitado por la punzante

sorpresa.
238

De repente, vendrían, con gran furor y ahínco, las patadas y los

canillazos propinados por una parranda de canallas que midiéndole las costillas

se las doblaron a palos.

Lo batieron y zurraron durante casi media hora.

Beto, con las gafas en pedazos, viéndolo todo borroso, por el suelo

vislumbró señalándolo un brazo, y al instante escuchó la voz de un incierto

gandul soez y de baja ralea, quien, en las tinieblas, rompiéndole su crónica, le

advertía:

“Usted aquí no va a escribir ni a decir es nada”.

Los tipos se fueron con la maquina a modo de trofeo de caza, dejándolo

ahí tirado, desbaratado y molido.

El domingo, su tía, por conmiseración, fingiría que no había podido

recibir un mejor regalo que aquel curioso pelapapas.


239

VII
240

Lejos de allí, en otro de aquellos parajes, cundía un ambiente adverso y

fatuo.

En la tiendita, tras el mostrador, envuelta en un chal, doña Cristina se

esmeraba enjuagando unos platos embadurnados con vestigios de mojicón y

algunas otras confituras. La dependiente, algo cansada por la altisonante

conversación de sus clientes, acababa de repartirles una última ronda de

chelas.

En la bebedera de cada tarde, el agrio establecimiento no dejaba de

agitarse con humores extraviados. Hágale al guaro, Paco Polo continuaba, en

el sermón de ese anochecer, alardeando y eternamente sacándole lustre a su

gran colección de música nacional.

Varios de entre los escuchas, aburridos por la repetida historia, para sus

adentros hacían muecas de tener dengue, disimulándolas, en la superficie, bajo

una actitud cándida, desapegada y comprensiva.

Otros, en cambio, aludidos no estaban en lo absoluto de acuerdo con el

grueso de apreciaciones del jubilado, sobretodo dadas sus inclinadas

convicciones e irreales más indudables fantocherías al tocar los fondos de la

folclórica musical.

Al minuto, entre estos últimos y Paco Polo, se desencadenó un quite y

ponga o por decir así un juego de realidades sobre las raíces autóctonas de

ciertas interpretaciones, tertulia viniendo a finiquitar en una lucha campal de


241

puntos de vista opuestos.

En ese momento, los músicos prehistóricos afirmaban que el dueto

Garzón y Collazos eran superiores al dúo Silva y Villalba.

Otros, partidarios del científico, afirmaban lo contrario. Ajenas

personalidades ponían por encima a un grupo foráneo apelado “los Visconti”.

Así, con tantas contradicciones, los gruñidos y los dientes tan

frecuentemente mostrados indicaban una línea de demarcación bien frágil entre

la conversación y el estado de guerra canina.

En un santiamén, se alborotó el avispero y la jauría de perros, tomando

partido, enloquecidos por las divergencias se fueron finalmente a los golpes.

Levantando mesas en la pelotera, los allí presentes se encarnizaron a punta de

garrotazos, leñazos y trastazos, hasta que, sin soportarlo más, un indio Pielroja

de una paca de cigarrillos se lanzó al ataque, defendiendo sus intereses

colombo-americanos. Seguido fue éste por un jaguar, e incluso, en la batahola,

el elefante de Choco-krispis, con su formidable abdomen, de sobrepeso aplastó

a uno de los impávidos cotudos.

La gresca levantó el polvorín, volaron las sillas y en el trajín de la

camorra, por los aires girando se alzó un hacha, la cual cayó separándole los

hemisferios a un galán, quien, sin inmutarse, bostezó y clandestinamente se

evadió de allí, con el vaino enterrado en el coco.

Antes de que arreciara la campal batalla, la sangre en el negocio ahora

se esparcía y chorreaba de los cuadros, haciéndolos parecer más nobles.

En el apogeo de la contienda, llegando al establecimiento, el historiador


242

se detuvo algunos minutos en la puerta. Sus pensamientos parecían estar

suspendidos, su mirada se antojaba completamente ajena e indiferente frente a

la dramática escena de violencia, efectuada con tanto ardor allí dentro.

Con calma, concentrado en lo suyo y casi instintivamente, el viejo movió

el brazo, sacando de nuevo, desde su espalda, su antiguo y largo arcabuz.

Con cabeza fría, cerrando el ojo derecho, apuntó a la masa de gente en

acción concluyendo, al disparar, maquinal a quemarropa.

El impulso de la culata, volándolo para atrás, al Pielroja dibujado lo fusiló

en el acto. A la par, tras el estruendo, se detuvo la agitación. Agonizante, sobre

el piso, próximo a sucumbir, el cuerpo del amerindio entre la vomitada se

transformó en una borrosa combustión de tabaco.

Por la humareda, súbitamente, el viejo Blas se puso otra vez de pie y

entrando al recinto, con el rifle hacia lo alto, dejó a todos los presentes tiesos,

callados y juiciosos a los degenerados, a la par sentados en sus sitios a los

pendencieros.

En medio del silencio, dos amedrentados parroquianos deprisa se

pusieron a barrer, acompañados por otros enmudecidos que acomodaron la

tienda, levantando y organizando apresuradamente las sillas.

Corrían los últimos días de julio. Regando las florecitas en el


243

apartamento, Alison escuchó atenta un tono acusador de cierto crujir por el

suelo y, corriendo a la entrada, pilló a Jayanes, al interior del edificio, por el

corredor agachado afuera.

El inmaduro estaba arrodillado, introduciéndole chocolates por debajo de

la puerta.

En todas las circunstancias, hasta la ocasión, el enamorado se había

cuidado evitando ser sorprendido en dicha acción, si bien ahora, sobresaltado,

verde y tieso había quedado, desguarnecido al verla. La chica, sacando la

cabeza por encima de la alberca, más empeoró la situación gritándole

insensible desde la ventana:

- ¡Aja!, ¡con que era usted!

Y claro que Alison se acordaba de él.

- ¡Primero me sale con maticas poderosas y ahora con chocolates y

dibujos de pulpos morados, usando marcador y con olor a frutas! - le increpó

riendo la joven con ironía, sin saber de la pena tan profunda que sufría, en su

interior, el pobre cariacontecido.

Asintiendo y no viendo más escapatoria, Jayanes bajó la mirada y le

confesó a la chica, con pesadumbre y sin esperanza, que efectivamente era él

aquel culpable de tantas flores, chocolates y dibujos de gelatinosos animales.

Observando la expresión del desinflado, Alison extrañada, con la sonrisa

convertida en rictus, quedó abstraída en un tenue desconcierto.

- Venga, creo que tenemos que hablar - le respondió entonces, algo

meditando y más seria, observando al abatido, entristecido por su burla y su


244

desplante.

Saliendo del apartamento, la chica lo cogió del brazo y jalándolo con

ternura, la mirada hacia delante, suavemente lo obligó a marchar afuera del

edificio.

Muerto del miedo y de la emoción, Jayanes se dejó conducir por el

conjunto hasta al fondo de Pablo Sexto.

***

Sin saber exactamente cómo actuar, ambos terminaron recostados

contra un árbol, el uno junto al otro, sin mirarse directamente en ningún

momento el rostro. Ella estaba sentada de tal forma que él disimuladamente

veía su bonito perfil, cada vez que tornaba un poco la cabeza.

Por lo demás, sin darse cuenta, acababan de sentarse bajo un árbol de

borrachero. Fue precisamente por el atino de las partículas transitando hacia la

sombra del serpollo que, sin mayor conocimiento del efecto encantador del

junco, a los dos les sobrevino, en efecto, el hormigueo, las cosquillas y como

entresueños, antes de decir palabra, volteando al fin las facciones para verse,

advendría el irrefrenable flechazo, tras una plegaria cálida y ferviente,

anunciada por el muchacho, dulcemente llevado allí hasta por los mismos

diablos.

En definitiva, Jayanes, tartamudeando, le preguntó que si gentil a la

familia debía pedirle formalmente su mano. El muchacho, desdichado, calló


245

diciendo esto, cubriéndosele íntegramente el rostro de un color próximo a

revelar, bien nítido, los nobles sentimientos resguardados por su alma.

- ¡Hay no sea tan bobo! - le respondió ella y tomándolo de la mano,

temblorosa e hipersensible, al tacto emprendió también a palpitar.

Pasado un largo silencio, Alison le dio a entender que lo aceptaba, que

los dibujos le habían gustado mucho y que él siempre le había causado un

poquito de curiosidad.

Alborotado al escuchar esta proclama, Jayanes, en ese momento, volvió

en sí, sintiendo la afirmativa a manera de una incitación a un primer beso.

Con cuantioso pudor albergado, más poderoso ardor, el arrebatado

macho le acercó el semblante, mostrando tímidas pero ostensibles intenciones

de precipitarse sobre ella, para besarla mil veces.

Con gran dificultad, en un último instante - la gota fría prevé el rechazo -

logró refrenarse y terminó dándole, en principio, tan sólo un lechuguino y suave

pico.

En demás, pocos días después ella le dejó bien clarito: “por ahora sólo

estamos saliendo”. Pero, para esa época, el pobre pelagatos ya se había

desentendido del planeta.

-Yo creo que sí somos novios.

- No.

- Si.

- ¡No! ¿Para qué decir que somos novios?, ¿para qué ponerle un

nombre a esta relación? - le indicaba incesantemente la muchacha,


246

convenciéndolo de que, en un idilio verdadero, la aventura era más bonita si no

se miraba el tiempo en el reloj.

Jayanes, por su parte, entendiendo poco de aquellas ambivalentes

lógicas femeninas sobre el amor, ni le importaba ya nada, ni le prestaba

atención, y convencido estaba absolutamente seguro de que ambos sí eran

novios y punto.

En la práctica, más bien eso poco importaba.

La verdad era que andaban felices gozando en el umbral del romance.

Esos días volaba la pareja en el tire y el afloje, de ahí la música

sentimental, las baladas, la conquista, la seducción y la persuasión.

Vagabundeando juntos, por el barrio Chapinero, advertían los

crepúsculos violetas rozando encima del horizonte, las calles plenas en

caléndulas, florecidas las gardenias en los jardines y parques.

Entregados al romance, iban juntos al cine, discutían sobre arte o de

cocina, pasaban las horas riendo, para con broche de oro liquidar la tarde

comiendo helados o algodones de azúcar, por la séptima y en Rodeolandia.

Una mañana, el muchacho le prestó unos casetes a su parecer medio

buenos y ella le regaló un libro a full color ilustrado. Otra vez, madurando un

complot, se robaron unas papayuelas de un árbol del barrio y esa misma tarde,

subiendo a la torre Colpatria se quedaron allá arriba encerrados mientras llovía.

Un sábado, fueron al museo del Oro, entrando luego al planetario y otra

mañana, se pusieron cita en el aeropuerto sólo para encontrarse en un lugar

insólito.
247

Les gustaba conversar sobre Beto. Hablaban sobre Johny. Le sacaban

historias a Judith. Discutían sobre el historiador y su finca. Difamaban en contra

de los viejos de la tienda. Lleno de simpatía, el amante le decía - ¿conoces tú

la flor de la batatilla? - y con una planta recogida detrás de la espalda la

sorprendía: “¡escoge una mano o esta otra!, ¡entonces, esto es para ti!”

La colmaba de regalos. Le llevó un día un melón, un pito para cazar

patos, un elefante felpudo y cursi - difícil fue meterlo y jalarlo por la puerta - y

en una oportunidad, en moto se fue hasta Chiquinquirá, para, en el mercado,

búsquele una totuma con letras diciendo arriba: “en Chiquinquirá te pensé, por

eso te la compré”.

La apodó de cariño mi “cuchi-cuchi”, expresiones cursis tales como:

“nena ven aquí” eran frecuentes, y cual amantes sin saciar se revolcaban en

los potreros de la metrópoli en pasiones desenfrenadas.

Lejos, extendidos junto a los lulos y entre los uchuvos, tiernamente el

tortolo le soplaba dientes de león en el rostro. Pronto, dando botes, iba y le

acercaba florecitas amarillas. Así, en medio de las cosquillas, ambos se

desvanecían entre besos o muertos de la risa sobre la hierba.

Por esas épocas, en la tienda, ningún suceso, por más grave, podía
248

detener a los clientes tradicionales en su ferviente, inagotable y tenaz

ocupación de sorber mansamente alcohol etílico. La inconmensurable tarea del

vicio había logrado borrar ya los acontecimientos y las circunstancias

acaecidas fechas antes.

Junto a los músicos, con el Alzheimer, las carcajadas volvían a circular

en el ambiente y aunque, todo al paso, el viejo Blas se mantenía vigilante, al

observar en los presentes una disposición tranquila, a eso de las seis y media

salió al parqueadero, fue al Toyota, y regresó con unos papeles públicos que,

sin previas explicaciones, fue repartiendo de mano en mano.

Los documentos eran unas cédulas gestionadas en el ministerio del

interior, en las cuales se le otorgaba, al viejo, el permiso de instaurar

oficialmente en su finca un nuevo régimen ganadero. De tras fondo, con esos

pliegos, el historiador maquinaba la jurispericia de crear, en su hacienda, un

territorio de características netamente feudales.

Intuyendo que el sistema medieval, tal como hoy se entendía, era la

forma de sociedad más acorde y humana para con el tiempo por el que

atravesaba el país, el historiador pensaba que la democracia era un régimen

obsoleto e inaplicable ya en Latinoamérica. Por consiguiente, lo mejor que

podía hacerse era ir implantando un futuro y nuevo orden social, más práctico y

en perspectiva capitalista.

Según su análisis, el sistema a aplicarse no podía ser otro sino el afán

de una economía monetaria vinculada al irreductible regreso del oscurantismo,

época en la cual, de otra parte, vivía ya el noventa y cinco por ciento de los
249

latinoamericanos. Con todo, el titulo de “señor feudal” por su apariencia y porte

le iba muy bien al viejo Blas.

Expectantes los escuchas, en el salón, ante la comprensión de la idea se

produjo un sepulcral silencio.

Era posible. Diez mil hectáreas poseía el historiador en los llanos

orientales y a la hora actual, se sabía de la existencia de muchos billetes

celados por el docto bajo su almohada, los suficientes como para desarrollar un

proyecto de tan grande envergadura. En su propiedad, eso sería una empresa

fácilmente realizable: haría falta inicialmente poner en marcha la construcción

de un gran castillo, mas empezar subyugando a todos los campesinos a la

redonda.

Circulando los papeles, autentificados en notaria pública, el viejo espulgó

con disimulo la mirada de los embriagados longevos. Insinuó y dio a entender

que a quien cooperara en su feudal proyecto se le otorgaría un título de Conde

o por lo mucho de Marqués de alguna ínsula.

Frente a la medieval proposición, la incredulidad fue disimulada con

elogios.

Los presentes no creían del todo en lo que decía el historiador pero era

preferible seguirle la cuerda a ese viejo pues estaba mejor así. ¿Para qué

contradecirlo? Si quería fundar un territorio feudal, ¡pues que lo hiciera!

- Al que me acompañe en esa empresa le pago bien. Eso sí, habrá que

acatar órdenes y duro habrá que trabajar.

- ¿Y qué proezas vuestra majestad pretenderíamos realizar por tan


250

ilustre empresa? – formuló, sobre económico interés, uno de los cotudos.

El viejo se quedó entonces mirándolo con reticencia. Enseguida,

caminando hacia la puerta, se acomodó el sombrero y antes de marcharse,

frunciendo el seño le respondió:

“Llanero no toma caldo, ni pregunta por camino.”

Una o dos semanas fueron necesarias para observar el cambio.

Jayanes se había transformado completamente. Se preocupaba, desde

el apego, por su apariencia física, primero pidiendo una cita para evaluar futura

ortodoncia, y segundo mandándose decentemente a cortar la greña, en

“Momo´s peluquería”, una farsa abierta en un sector comercial del norte.

Ahora, todos los días, se endomingaba para ir a verla.

Animadamente, por esas tardes, con el idilio se le convirtió en rutina

acompañar a Alison, llevándole la canasta de hortalizas y frutas frescas cuando

iba a visitar a su amigo el orangután.

Cogidos de la mano, frente al garaje, la chica dulcemente le mostraba la

elaborada forma de comunicación en la que, por días, ella y el simio habían

estado trabajando. Se trataba de un lenguaje producido por golpecitos mutuos

sobre las yemas de los dedillos, lo que permitía formular letras, palabras y

frases complejas.
251

- ¡Esto es un prodigio! - dijo Jayanes boquiabierto - ¡es un animal re-

inteligente!

- Es más inteligente que tú - le respondía la chica sonriendo.

- Pero, deja de consentirlo… lo vas a entecar - le alegaba el mequetrefe,

desconcertado, no sabiendo si ella, sobre su agudeza mental, le hablaba de

mentiras o acaso en serio. Él resolvía de todas formas reírse. Le resultaba

gracioso: “¿cómo haría ese mico para entender las cosas?”.

En esos atardeceres, la pareja pensó ponerle un nombre.

Por idea de Jayanes, lo llamaron “Chimpandolfo” y él les respondió

“papás”, un día en que, queriendo hacer sentir bien a Alison, el enamorado le

compró al antropoide, un racimo de bananos.

En últimas, puesto que ella solía quejarse tanto y constantemente de la

suerte del primate, para demostrarle su afecto incondicional, Jayanes una

noche rompió el candado, se introdujo en la cochera, y sacó a la fuerza al

simio, embutiéndolo dentro de una talega de la basura, grande y negra.

Al día siguiente, se lo cargó al apartamento, esperando observar, a la

postre, la emoción de la chica al verlo. No obstante, a Alison por poco le da un

infarto, al reparar a Chimpandolfo medio morado y cuasi asfixiado dentro del

plástico.

Ocultando al peludo en su cuarto, durante ese fin de semana, ilusionada

por el propio, la chica desgraciadamente sin buscarlo, el lunes, entreabriendo el

armario lo dejó salir, en conclusión, a zarandearse por la casa.

Su tía, llegando al rato, abriendo la compuerta de la lavadora pilló al


252

cabezón de allí sacando el semblante, los ojos saltones, los dientes

traqueteando y mordiéndose las uñas - el pobre bestia - hasta medio

aterrorizado.

La señora, sorprendida, al tiempo se opuso rotundamente a la presencia

del cuadrumano en la casa.

Ágilmente, Johny intento mediar:

-Hay mamá déjalo, es un buen mico.

Pero, por más inteligente, Chimpandolfo no podía quedarse.

- Cómo se te ocurre Johny - le respondía ella - fuera de que nos están

robando las cosas del apartamento, ¿Alison pretende meter aquí a ese animal?

No mijita, llévenlo al zoológico de Santa Cruz. Ni más faltaba - resolvió diciendo

la señora, ingenuamente suponiendo que los jóvenes iban a acatar sus

órdenes.

No habiendo otra solución, Jayanes decidió asumir su responsabilidad

paterna, cargándose a Chimpandolfo a vivir a su residencia.

Mientras tanto, él se quedaría con el orangután y los tres, ya como una

familia, podrían persistir y verse a escondidas cuando se pudiera.

5
253

En el apartamento, reducidas las cosas al mínimo, ese mismo fin de

semana desapareció la pitadora que, junto a las sartenes antiadherentes, se

esfumó con la lavadora y todos los frascos de la cocina, incluyendo los de la

sal y el azúcar.

Los cubiertos, el bife, y sus múltiples contenidos no daban señales de

vida, lo mismo el deslucido bodegón de la sala reclamaba la falta de dos

botellas.

Quedaban poquísimos muebles.

La situación llegó al extremo una mañana en que, al despertar, Judith no

pudo bajarse de la cama, estando ya el colchón por el piso.

En dichas calamidades, el cuarto de Johny, inmune aún a las

sustracciones, se había convertido en el depósito de los objetos de valor de los

demás integrantes de la familia.

La entrada al dormitorio del rubio tocaba, por el arrume, casi traspasarla

a gatas. El espacio era mínimo para respirar. La cantidad de cacharros

abarrotaba, hasta el tope, la habitación e inclusive la comida terminó

guardándose allí, al lado de los juguetes más preciados de los niños,

incluyendo monigotes y revólveres espaciales. Muchos años después,

ordenando a fondo, en un rincón del recinto se encontraría un hombre araña

abrazado a una piña fosilizada.

En cuanto a los sillones de la sala, asimismo, sin reparo desaparecieron,

a pesar de estar amarrados, quedando en el suelo sólo el viejo televisor.

Fue una suerte que Judith ese mes arriscó a pagar el agua, sorteando
254

así la catástrofe absoluta. El desembolso necesario para saldar la astronómica

cuenta de la energía, en cambio, tendría que aguardar varios años más.

Afortunadamente, por las noches, Johny y Beto continuaban

encargándose de conectar a hurtadillas la electricidad. Actualmente, tenían por

costumbre desenchufar la energía en las madrugadas como precaución por si

las moscas llegaban a husmear, explorando la zona, los inspectores eléctricos.

Durante la jornada, para cocinar, Alison por colaborar había comprado,

en un mercado de pulgas, un mechero transparente que instaló junto a los

fogones, por debajo de una parrilla.

Aconsejada por unas amigas, Judith, a su vez, fue y adquirió una mata,

cría de sábila, concediéndole fervor y fe a la creencia popular que dice que el

alimento de este tipo de plantas son las energías negativas producidas en los

espacios de hábitat.

De un clavo colgándola arriba, entrando al patio de ropas y antes de la

cocina, no corrió una semana cuando, por sobrecarga alimenticia, la sábila se

engordó cubriendo pronto medio patio, extendiendo indebidamente sus verdes

y espinosos tentáculos.

Hacia adentro de su bocaza, se tragó sin problemas las bicicletas azules

pinchadas de Cross, en ese lugar tiradas y hasta el presente estorbando

eternamente.

La pintura de Ofelia, a poco de ser concluida y a punto de ser así mismo

engullida, fue rescatada por Johny, cual osado oriundo celta saltó llegando al

sitio, batiéndose con la escoba y enfrentando con garra al adefesio vegetal.


255

***

En medio de esa turbia atmósfera, en esas fechas, por andar tan

consternada, Judith nunca llegó a enterarse de la intensidad con que su

sobrina vivía aquel idílico romance.

Saliendo a dictar su materia, la jefa del hogar no sospechaba que el

jibarito acudía presto al apartamento, trayendo al mico y visitando a la joven

por poco todos los días.

No obstante, la relación era sana.

Por las mañanas, Alison recibía al mozo con Chimpandolfo acaballado al

cinto, y no más, sentándose sobre el piso, los tres terminaban por hábito

sencillamente mirando la televisión.

Solía la chica prepararles un juguito de guayaba y en ausencia de los

muebles, recostándose en la pared pasaban las horas charlando, jugando a los

acertijos o a las adivinanzas.

Por esa época, Jayanes se mantenía trayéndole a su amada obsequios

inusitados. Prosperando en su ilícito negocio, un día le llevó un acuario de un

metro y medio de largo, con luz interior de neón y sobre una mesa alta,

perfecto para instalarlo en el vacío de la estancia.

La pecera estaba llena de encantadores cardúmenes y de coloidales

cuchas, pegadas las sirenas sapas a los vidrios y en la transparencia abrían los

ojos saltones, chupe y saque al ritmo de sus palpitantes bocazas.


256

Una culebra cilíndrica y ciega, serpenteando su dinámico espesor, en un

posterior y trágico incidente, con el flash de una foto Johny la impresionó,

haciendo que la reptilia brincara quedando, por el impulso, enganchada de una

cortina y muriendo la mísera ipso - facto.

Curiosamente, quién sabe sí por ser un regalo, la pecera no se esfumó y

junto al televisor se mantuvo con el paso del tiempo, inamovible, en la mitad del

rectángulo.

Los niños, en el desocupe, felices, corra de un lado al lado, acabaron

amarrando un nylon a las puntillas de las paredes y a las fallebas de las

ventanas, formando aéreamente un enredijo transparente e imposible de

desenmarañar. El epicentro de este molusco era el acuario conectado, por en

medio de las fibras, al televisor a manera de un satélite sobre su eje.

Ante semejante instalación plástica, el fin de semana, para poder

atravesar la sala, a la familia le tocó desplazarse a gatas a lo largo de la

vivienda.

Radiante estaba discreta y prudente eso sí la sábila, asomándose

desde la cocina, zigzagueando entre las cuerdas y aproximando sus ramas,

conmovida por la luz del recipiente sumada al destellar inaudible del televisor,

encendido cada noche.

Bajo la petición de la dama, para acabar ese relajo, un lunes irrumpió en

la casa un jardinero del sector. Cargaba una sierra eléctrica con la que logró

mutilar como mantequilla a la noble sábila, de la misma manera rompiendo, a la

guachapanda, la telaraña e imponiendo así la ley del más fuerte.


257

Raudo y radical, dejando atrás las Guacamayas, Beto iba magullado de

regreso a Pablo Sexto.

Las operaciones y futuras acciones del grupo beligerante Las Viejitas

debían ser el eslabón fundamental en el cambio que aguardaba a la nación y

no sólo a ésta, sino quizás a toda Latinoamérica.

Fuerte era, por esos días, la presión que ejercía la doctora Patascón al

gobierno español para que actuara, y sus constantes alocuciones en los

medios eran cada vez más ponzoñosas. En el interior, las discrepancias entre

gobierno e iglesia indicaban rupturas y resquebrajamientos de toda índole.

Las instituciones podían caer en cualquier momento.

La comisión de verificación internacional, conformada en Suiza, había

llegado al país horas antes. Expertos de varias nacionalidades se disponían a

reunirse para estudiar los tratados coloniales y del virreinato, buscando analizar

las pruebas de Patascón, según las cuales se demostraba la pertenencia del

Cristo a la actual familia española Orejón de la Barba.

Las expectativas y especulaciones creadas en torno al criterio de la

comisión mantenían a la población nacional en vilo. En cualquier momento las

revueltas podían estallar.

En aquellas delicadas circunstancias, la organización beligerante de Las


258

Viejitas parecía ser la única institución capacitada, si era preciso actuar, para

salvar a la sociedad de un inminente colapso. En esa perspectiva, la paliza

soportada en el parque, días antes, había sido claramente, para Beto, una

especie de revelación hacia la causa: el compromiso de los muchachos debía

ser ahora total.

En el transporte, llevando un par de chichones y moretones inflándole el

rostro, el de gafas sentía además retortijones en el estomago.

Cojeando, a paso lento, se paró de su puesto. Debía bajarse pronto.

Rumbo a Pablo Sexto, era necesario cambiar de buseta.

Con la cara por retazos llena de coágulos y excesivamente sensitivo a

los ruidos y a la luz, Beto descendió del vehículo con dificultad. Por el sector de

la cincuenta y tres, más arriba de la treinta, a la espera del siguiente transporte,

el joven sacó de un bolsillo un paquetico de gomas y en la marcha, se mandó

un viajao por entre los dientes.

Iban a ser las tres y media.

¿Por qué no ir al cine?

Sería bueno relajarse. Necesitaba tiempo para él.

Salvar el mundo podía esperar un poco más.

Igual, Johny estaría durmiendo a esa hora o estaría pasando la traba,

acostado haciendo modorra.

En todo caso mejor era llegar más tarde.

Entre los afiches de los cines del centro comercial Galerías, se

destacaba, ese mes, una versión reencauchada del llanero solitario. La cola
259

para ingresar ya bajaba hasta los almacenes de ropa, en la mitad del primer

piso, circulando por entre los negocios.

Esperando y entrando, la sala se llenó con prontitud.

Beto encontró un buen puesto muy cerca de la pantalla. Entre las sillas,

precavidamente, se dejó caer sobre el respaldar. Se escurrió inclinando la

cabeza un poco para atrás, poniendo el pie derecho en el cabezal de adelante.

Enseguida dejó desplomar la pierna, no fuera a ser que vinieran a joderlo los

acomodadores. El vulgo aún hablaba, aquí y allá, si bien pronto enmudeció al

comenzar la película.

Cuando el joven salió de la sala acababa de caer la noche.

Retomando la calle y caminando taciturno en dirección al barrio, el de

gafas anduvo por varias cuadras orientándose hacia al oeste. Luego sintió que

alguien cerca, pisándole los talones, le pitaba desde la vía.

- ¿Y ahora qué? - pensó temeroso, sin voltear la cabeza, caminando

silenciosamente algo más rápido.

Sintiendo entonces de nuevo el mismo sonido, de lado miró con disimulo

hacia el pavimento.

Vio, a su izquierda, el Toyota del historiador deteniéndose frente a él.

- ¿Va para el barrio muchacho? Camine lo llevo, yo voy para allá

también, camine - le dijo el viejo parando adelante, girando la manija de la

puerta.

- ¿Cómo es que se llama usted?

- Beto.
260

- Sí, súbase, súbase muchacho.

En todo caso aquel encuentro era bueno. El universitario no tenía más

plata y le hubiera tocado caminar largo rato hasta el apartamento de Johny.

- Oiga pero ¿le pegaron?, lo veo como medio mal - continuó el

historiador mirando al joven de soslayo, mientras el auto subía un puente.

- ¿Por qué está así de maltrecho? - le preguntó el veterano.

El joven se quedó callado un momento y al punto le respondió: “no

profesor, es que tuve unos problemas por ahí, el otro día, con una gente.”

- No se preocupe - le dijo el viejo - a mí me pasa lo mismo desde hace

años. Siempre tiene uno por ahí sus enemigos. Eso aquí es algo muy natural.

- A raíz de esta golpiza he tenido hasta pesadillas. Asesinatos y muertos.

Cosas así... no sé.

- Lo que le digo muchacho. Eso aquí, en este país, es muy normal entre

la gente.

***

A la hora en que el de gafas asomó al apartamento, Alison en la cocina,

con el mechero prendido y junto a Chimpandolfo, sancochaba unas

papayuelas.

El simio había recuperado el lunes pasado las frutas, encaramándose en

un árbol por el barrio Federman, y Jayanes las había traído en una canasta,

esa tarde, con la idea de hacer dulcecillo.

Desde la sala, recostado sobre un muro, el jibarito, aflojándose los


261

zapatos, miraba dulcemente a la chica recogiéndose la cabellera y revolviendo

las peladas dentro de una cacerola. Chimpandolfo, un tris más bajito, brincaba

a su lado, intentando mirar hacia el interior de la olleta, con la expectativa de

que el dulce estuviese ya en su punto.

- Todavía falta mucho Chimpandolfo - le explicó la joven.

Al momento se escuchó el sonido del timbre.

Johny, quien echándose un motoso soñaba con osos koalas,

incomodado se alzó y gritó desde su habitación con voz ronca: “Yo voy a abrir.

Debe ser el Beto”.

Y saliendo por entre los cachivaches arrumados, corrió a la puerta.

- ¡Huy pero lo dejaron fue remal! - le dijo al de gafas mirándole el rostro.

- Sí, pero no haga escándalo.

- Y qué, ¿de dónde viene? Oiga pero lo dejaron fue jodido.

- Ya no friegue. Estoy bien. Vengo del cine.

- ¡Hay!, yo quería ir esta tarde. ¿Y están pasando algo bueno?

- Sí. En Galerías están dando la del llanero solitario. Pero oiga,

imagínese quién me trajo de venida.

- No pues ni idea.

- Me encontré a este viejo, al que llaman el historiador.

- ¿En serio?, ese viejo es amigo mío - repuso Johny.

- Pues el hombre a lo último me salió con unas teorías ahí sobre la gente

y que no sé qué. Que aquí en Colombia no sé qué. Yo ni le entendí. Esos

viejos siempre son así.


262

- ¡Qué tal ese anciano! - apuntó Johny sonriendo mientras iban hacia el

cuarto.

Beto, moviendo la mano tímidamente, saludó a los presentes al paso.

- ¿Quieren dulce de papayuela? - les preguntó Alison.

- No fresca gracias - le respondió el rubio.

- ¿Qué le pasaría a ese man?- indagó Jayanes en voz baja.

- A ese man, - repuso Alison - como que lo agarraron a palo.

***

Por el corredor el recién llegado se vio en apuros para agacharse e

ingresar a la habitación.

- Oiga Johny, ¿cómo quiere que entre ahí?

Con tanta vaina obstruyendo el socavón, la negrura era absoluta.

- Pues por... ¡por ese hueco!, agáchese ¡bobo! No sea tan marica - y en

dificultades, el aporreado procuró, con esfuerzo, traspasar la entrada.

Habiendo ajustado sobre la ventana la oscura cortinilla, adentro el rubio

alumbró dos velones.

El malherido, yéndose a sentar, pasado el sofoco desenfundó dos

casetes.

- Tenga, esto es lo último que he conseguido. Póngalos si quiere.

- ¡Qué va!, la grabadora está redañada - le respondió Johny espichando

un botón para cuando menos sintonizar la radio.


263

Yendo al grano, las preocupaciones en ese momento eran otras. Sabían

de las razones por las cuales Las Viejitas se reunían ese día.

Johny, sacando un cigarro, lo prendió y agitando la mano apagó el

fósforo mirando de reojo por la ventana, moviendo un poco la tela y soplando el

humazo hacia afuera. A continuación, corriendo un pedazo del bife, cerró la

entrada, colocándole encima algunas cobijas para tapar el resto del ingreso al

cuarto.

La idea de robarse el Cristo era demasiado delicada. No podían darse el

lujo de que se filtrara ninguna información hacia el exterior.

El problema ahora consistía en convenir el plan exacto a poner en

marcha. Las Viejitas debían estudiar los pasos necesarios para efectuar el

golpe. Era preciso cuadrar la puntual estrategia en miras de liberar al redentor

del sagrario, con el fin de sacarlo del templo.

Trampas, sorpresas, cepos, acechanzas, emboscadas fueron

propuestas y analizadas paso a paso. A poco, fueron descartadas una a una,

advirtiendo diversas dificultades técnicas.

Por desgracia, pasadas las horas, las posibilidades de efectuar la

operación se tornaban fuertemente utópicas. Las indiscutibles dificultades del

proyecto llevaron a los muchachos fácilmente a la zozobra.

Johny, en un principio entusiasmado, encima de la cama saltaba

gritando el eslogan “salvemos a Dios”, mas al momento, embotado, apoyaba la

cabeza sobre el brazo y se rascaba la mejilla estando flaco, ojeroso, cansado y

sin ilusiones.
264

Moviendo unos cartones, el rubio abrió un cofre y queriendo olvidarse

del tema sacó de allí dos recipientes, uno azul y el otro rojo.

Los dos muchachos, en definitiva, saldaron esa carreta fumándose un

porrito y pasando a jugar Batalla naval. Sin pensar, de pronto más tarde hasta

se les ocurría una buena idea.

- ¡Pues mejor no hagamos nada como siempre y ya! - dijo Johny

recostándose sobre la pared, chupando la verde detrás de la cama.

- G5.

- F8.

- A3.

- Impacto.

En esas andaban cuando, sin saberlo, un oído aguzado desde el

corredor había estado siguiendo el intríngulis.

Precisamente, en un momento crucial de la plática, Jayanes, corriendo a

orinar al baño, una vez finiquitada la urgencia se había quedado escuchando

las disertaciones de Las Viejitas, afuera junto al cuarto.

A hurtadillas, el jibarito oyó hablar de las dificultades presentadas para

acceder a la iglesia y sobre los peligros que debían sortearse.

Interesado, paró la oreja atenta a los arrebatos de patriotismo, a los

desánimos, a la desesperanza, a la motivación debilitada y en conclusión a la

frustración, producto de los infranqueables obstáculos de esa insostenible

empresa.

Los muchachos parecían haber concertado la deshonrosa muerte de Las


265

Viejitas. ¡Qué cantidad de planes construidos sobre la arena! Era correr detrás

de lo imposible...

- A3.

- ¡Huy maldito!, me hundió el trasatlántico.

Jayanes se fue para su casa, ese anochecer, sumido en una profunda

inquietud por las implicaciones de esa charla. De alguna forma intuía que los

muchachos estaban metidos en un asunto trascendental.

Cuando menos había alcanzado a vislumbrar las intenciones generales

de la iniciativa. Echándole cabeza, en toda apariencia lo imposible era descifrar

el significado de esas extrañas cifras: ¿A3?, ¿B5?, G7… y otras más.

No obstante, entre los bloques, estaba seguro de que se trataba de un

código secreto y sin menor lugar a dudas perteneciente a las más altas esferas

universitarias del país.

Retornando, orientado hacia el otro extremo del conjunto, apuntando a

su apartamento, el asunto debía ser de relevancia mayor para la república. “¡O,

esta patria que tanto necesitaba de la mano amiga de sus hijos por

reconstruirla!”, pensó sin interrumpir su andar, jalonando de la mano a

Chimpandolfo.

Al ocaso, el jibarito se sentía intranquilo. Deteniéndose un segundo, se


266

limpió torpemente una legaña y adelante miró nervioso, escudriñando el

entorno hacia los costados.

Las desordenadas ideas patrióticas de Las Viejitas revoloteaban por su

cabeza como persiguiéndolo.

Más en avance, en un estado confuso y preso de un incomodo

sentimiento, paró bajo un bosquecito y se sentó en un tronco, intentando

encontrar la calma. Allí mismo, sobrecogido por los resplandores de los astros,

aquel alejado espacio permanecía en el barrio desolado y en silencio.

De su bolsillo, Jayanes sustrajo entonces un paquetico lleno de polvitos

blancos. Con una llave común, extrajo un tanto del producto e inhaló por cada

ñata un buen poco de perica. Respirando, ayudado por otro golpe hacia

adentro, concluyó la absorción de la blanquísima sustancia.

Al placido ardor, limpiándose la trompa, con los ojos mojados e irritados

por el rico y agrio efecto, reflexionó con más cabeza fría sobre la deshonra y

vergüenza cargada por los de su calaña, esa estirpe de jíbaros y narcos a la

cual él pertenecía.

En su interior, se arremolinaba la conjetura de que el país transitaba por

un instante de gravedad extraordinario, por un momento de colosal dificultad y

de amenaza extrema, debido a tipos como él que tanto daño habían hecho.

***

Esa noche, el joven pernoctó con tribulaciones y culpas.


267

Bajo la iluminación de los reflectores azul y rojo instalados por encima

de su cama, sobre la sábana se daba en la cresta, al interior de su amarmolada

y loba habitación.

El sudor grueso escurría por su frente, acompañado por un agudo ardor

en la boca del estomago.

No lograba conciliar el sueño.

Levantándose a media noche, pasó a la nevera por un vaso con

sabajón. Tomándoselo, le daba vueltas a dos bolas chinas, concebidas para el

alivio. La pena. El dolor. El sufrimiento. La tristeza de una nación

desmoronándose. El mal de una sociedad adolorida por tanta sangre.

“Heme aquí señor a tus pies” dijo claudicando y acuclillándose en la

regadera a las dos y media de la mañana. Qué enajenado cliché y emblema del

hampa había representado su papel en la historia. ¿Qué quedaría para su prole

en estas demoníacas tierras del acordeón y del vicio? ¿Qué infierno él estaba

ayudando a construir para su país de esa manera?

Pero, por otro lado... ¿acaso tenía él que soportar el cínico desprestigio

sembrado por la gente de su calaña, al hacer de la imagen de Colombia ante el

mundo una inmunda pifia?

Sintió entonces el anhelo de tener el amor de una familia. Chimpandolfo

y Alison lo querían, pero, en el fondo, a él le faltaba todo.

No tenía nada.

- Simio, simio, levántate, simio dime, ¿qué debo hacer?

La indecisa noche del bien y del mal terminó a la alborada, hora en la


268

que el pillo, sobresaltado, empujó al macaco a su lado bello durmiente y

despertándolo, le gritó con emoción: “Chimpandolfo, ¡ya lo sé! ¡Nosotros

poseemos los elementos necesarios para hacer la jugada de la que hablaban

los muchachos!, amigo, ¡ya no vamos a ser más los malos del paseo!”.

Dos días después, el mequetrefe convocó a un par de guarros avezados

en mañas y les dio precisas instrucciones:

“Tengan la plata y no quiero muertos en la iglesia”

***

Tres malignos vestidos de negro, sombreros de cuervo y ambos brazos

cargando amplias metrallas dispuestas, en la sombra, de un par de tiros con

silenciador, destruyeron la gran cerradura oxidada del enorme portón del

templo.

Los vitrales del rosetón de la iglesia desde afuera, alumbrados por los

faroles del andén, vibraron levemente con los disparos.

Un ligero olor a mirra circulaba al interior del recinto.

Por la lúgubre arquitectura, los golpes de unos zapatos de cuero lustrado

fueron retumbando rítmicamente.

Con calma, los tenebrosos visitantes caminaron paralelos a la vertical

construcción. La magna distribución de figuras santas y barrocas, en silencio,

acompañó a los siniestros personajes hasta el ala diestra.

El sacristán, encargado de hacer la ronda, fue sorprendido junto al altar


269

acostado haciendo la roña, recostado y largo encima de la primera hilera de

sillas. Encañonado y con la cara forjando mudos aspavientos de terror, el

acólito observó la criminal escena: los misteriosos agentes del mal, a punta de

hachazos, abrieron la urna y despegaron la figura con violencia, desclavándola

de su cruz.

Nadie hubiese podido detenerlos.

Los cuatreros se estaban cargando el elemento histórico que, algún día,

había traído la civilización a nuestro pueblo.

En la penumbra, uno de los forajidos, rompiendo un habano en la punta

y metiéndoselo en la boca, miró al pávido Sacristán, rascó el encendedor y al

prender el puro, le dijo al oído soplándole el humo: “diga que fueron Los

Pájaros”.

A Judith la clase sobre el ienege que venía de dictarle a un bruto la

había dejado exhausta. A la entrada del barrio, con los ojos fijos en el suelo,

diversas siluetas anónimas se apresuraban para alcanzar el calor de sus

hogares.

Saludando al vigilante, la profesora cruzó la entrada principal de la

ciudadela.

Unos golpes de una pistola resonaban, al fondo, confundidos por rutina

con los sonidos explosivos de ciertos sacaniguas, buscapiés y otras cuantas


270

pirotecnias. Esa noche, por fuera del conjunto, más allá del cerco externo, un

grupo de indigentes bailaba al son de un rito ancestral, en contorciones,

dándole vueltas a una fogata.

Deambulando bajo el alumbrado, antes de llegar al apartamento, Judith

entró al Carulla en búsqueda de unas arepas, una bolsa de leche para el

desayuno y una crema de dientes que en el baño se había acabado.

A la par, dentro del supermercado, el historiador estaba haciendo la cola

para pagar unas compras. Llevaba en la canasta un cajón de bocadillos

veleños, dos paquetes de velas y tres kilos de arroz. Ese anochecer, el viejo

andaba redondeando la remesa para su próximo viaje a los llanos.

Justamente esa tarde, en la tienda, había convencido a algunos de sus

camaradas para que lo acompañaran a la finca, en la necesidad de,

prontamente, comenzar a proyectar las operaciones en miras de la

implantación del sistema medieval de desarrollo autosuficiente.

-Señor Blas, ¿cómo le va?, no le había podido agradecer personalmente

por el jarabe de totumo que me recomendó la otra vez, para el mal de lengua.

Muchas gracias - exclamó Judith, acercándose con una canasta verde asida al

lado de una baranda.

El viejo, frito por un momento ante la irrupción de la dama, le respondió

fríamente:

“De nada señora. Era lo mínimo”.

- ¿Sabe?, en mi apartamento los últimos días no hacen sino robarse las

cosas. Yo quería comentarle eso a usted, a ver qué opina.


271

- Aquí en este barrio, toda la gente me pide consejos - pensó el veterano

para sus adentros y un poco por salir del paso, sarcásticamente le indicó:

- Yo ya había escuchado rumores de esos robos en su casa. Óigame

señora, ¿eso no será que es cosa de brujería? Y antes de que la mujer pudiese

pedirle alguna aclaración sobre la hipótesis, el historiador le cambió el tema,

prosiguiendo así:

- A propósito, hoy también me encontré con el amigo de su hijo, al que

llaman “Beto”. Que golpiza la que le dieron. Seguramente por andar de

pendenciero. Eso sí, así es la juventud hoy en día.

Al punto, alcanzando la caja, sacando un fajo de billetes desordenados y

guardados en el bolsillo del pantalón, el rancio pagó y despidiéndose de la

mujer, se dio la vuelta para irse.

Judith salió de allí momentos más tarde. ¿Una maldición? La conjetura

del docto no hacía sino acrecentar ahora sus fantásticas teorías en cuanto al

increíble poder de lo sobrenatural.

Afuera hacía frío y más allá del sector comercial, los vecinos trancaban a

esa hora las puertas. Al paso, dentro de un caparazón de huevo amarillo, un

teléfono público de color gris timbró repetidamente, en una de las esquinas.

La mujer se aproximó y descolgó la bocina.

- ¿Aló?, ¿si aló?

- No se afane señora - le dijo una voz grave - lo que usted piensa sí es

correcto. Esta ciudad sí la tenemos sitiada.

- ¿Quién habla?, ¿aló?


272

La mujer colgó el aparato y entre la ventisca huyó de allí hacia el

corredor del bloque, haciendo sonar sus tacones torpemente en una marcha

nerviosa.

Frente al inmueble, con la llave abrió la puerta exterior,

apresuradamente.

Una máquina de coser sonaba desde el segundo piso y al entrar una

mariposa negra y repulsiva, en la negrura del claustro, con el movimiento de la

puerta se sobresaltó, y agitándose le puso a la dama los pelos de punta.

***

El apartamento estaba en silencio.

- Quiubo mijos - dijo cerrando a doble llave y colgando su chaqueta en el

perchero.

Luego se dirigió al cuarto, más de regreso, entrando a la cocina, en el

mechero colocó una sartén con un poco de mantequilla. Quebrando unos

huevos en un plato, con un tenedor cuchareando, Judith se dedicó a la comida.

Johny, desperezándose, con las manos en los bolsillos pasó a la

alacena, tosiendo se sirvió un vaso de leche y saludó con un beso a su madre

tiernamente. Mirando el reloj y poniéndose los zapatos, el joven bajó al sótano

a conectar la corriente. A su regreso, Judith le dijo:

-He estado pensando mijo. Es mejor que no te metas tanto con Beto. Él

anda como en rollos raros, alguien me dijo que estaba de pendenciero.


273

- No mama. Eso fue que le pegaron el otro día, por andar escribiendo un

artículo.

- ¡A claro!, tu amigo con esa idea tan estrambótica que tiene de esa tal

revista “Antro-pus-logos”. Mira Johny, te voy a decir lo que pienso. Eso no es

nada serio. ¡Qué idea! Fuera de eso, él vive por allá en un barrio de mala

muerte y todos los papeles de su tía en la televisión son de boba.

- ¡Hay ya mama!, no molestes - refutó Johny intranquilo al notar que

Beto podía estarlos escuchando.

Precisamente, desde el cuarto, apretando los dientes su amigo seguía

de cerca el diálogo. Levantándose extrañado, con cautela el de gafas pensó en

salir del apartamento y no volver por allí jamás. Ante semejantes calumnias,

Beto, indispuesto, esperaba el momento propicio para irse sin ser percibido.

Johny había pasado ahora al patio y entrando al cuartico de atrás,

buscaba a los niños, los cuales jugando a las escondidas se habían perdido

desde hacía dos días.

-No te preocupes Má - dijo el rubio mientras limpiaba con un trapo

mojado el polvo de su pintura.

- Cuando sientan el olor a comida, ellos salen de algún lado.

Entre tanto, sin hacer ruido, Beto terminó escabulléndose hacia la

entrada.

Alison, desde su habitación, percibió la sombra del joven evadiéndose, e

intrigada fue a conectar la luz de neón del acuario, para inspeccionar lo que,

por la sala, estaba ocurriendo. Al percibirla, el de gafas se volteó y


274

cautelosamente la miró con desazón desde la puerta, dándole a entender que

por favor no dijera nada.

Para él, no era más el tiempo de permanecer allí en el apartamento.

-Y usted Alison... ¡espero que por aquí no me esté metiendo gente! -

exclamó Judith desde el fogón amenazante, - ¡queda prohibido que por aquí

me traiga gente!

***

En dirección a su casa, Beto se fue mirando con melancolía los prados

de Pablo Sexto. Pensaba en nunca más volver por ese barrio de visita. Era

verdad: las Guacamayas era un sector de la ciudad mucho más feo y

paupérrimo, tal como lo afirmaba Judith, pero él no tenía por qué andar

soportando humillaciones.

Que infamia.

Bueno, de todas maneras, Johny no tenía la culpa de que su madre

fuese tan chismosa y escandalosa. Pero, si Las Viejitas debían reunirse, las

sesiones tendrían que realizarse desde ahora en otra parte.

Sí señor.

Con el ánimo por el piso, el muchacho caminó hacia el sector comercial

y aproximándose a las luminarias de los locales, melancólicamente se distrajo

contemplando la vitrina de una miscelánea henchida de baratijas.

Parado se quedó mirándolas. Pensándolo mejor, no era necesario irse


275

del sector tan rápido. Contemplando las minucias, acababa de calcular el

proceder vengativo preciso para combatir esas sucias afirmaciones e

improperios contra él enunciados.

- ¿Y usted qué se había hecho? - le preguntó Johny al rato, al abrirle de

nuevo la puerta.

- Salí a comprar unas cervezas. Tenga. - Y lanzándole una lata por el

aire, Beto de reojo observó a Judith, en el comedor, sirviéndole a los niños los

huevos para la cena.

- Quiay Judith - le dijo el de gafas con voz firme e indiferente.

- Hola Beto, deja ver, muestra esos chichones, ¡huy pero te volvieron

naco!

- Eso no es nada Judith. A propósito, mi tía te envió algo, lo tengo aquí

en la maleta.

- ¿Si? - preguntó la señora con intriga.

- Si, es este betún… es para limpiar los intersticios de los baldosines de

la cocina.
276

VIII
277

La misma noche del siniestro, en una apremiante reunión extraordinaria,

los arzobispos tomaron la decisión de guardar el hurto en secreto. Eran

demasiados los intereses en juego, hoy por hoy, tanto para la república, como

para el continente.

Decidieron así, los sacerdotes, inesperadamente cerrar el templo al

público.

Algunos flagelantes en grupo, quienes habían permanecido crucificados

por dos días, a la expectativa de ingresar a rendirse ante la milagrosa estatua,

al serles negado el acceso, arremetieron con violencia contra la fachada del

santuario. Degenerándose, los torturados se abalanzaron, entregándose a la

destrucción exterior de la casa de Dios, a punta de piedras y palos.

Ante aquellos alarmantes disturbios, la Iglesia tuvo más razones para

justificar el cierre. El clérigo declaró así en rueda de prensa:

“El templo va a estar cerrado este mes, por reparaciones internas y

externas, debido al deterioro y la degradación sufridos en los últimos días, y a

causa de la excesiva afluencia del público durante los últimos meses.”

Sin embargo, los eclesiásticos estaban hasta ahora enfrentados a

pequeñeces, pues inexplicablemente la basílica, dos días después, estalló en

llamas.

Atento a la conflagración, el gobierno, temiendo que fuese una reiterada

toma al palacio de justicia, mandó por la carrera séptima tres arcaicos tanques
278

de guerra. Los cañones de estos últimos impactaron los arcos de medio punto,

desbaratando los principales arbotantes de la basílica y dejando a medio

sostener la estructura de la bendita construcción.

Cuando las flamas arreciaron, entre los escombros se encontraron dos

monjes atados con unas sogas, pendidos y carbonizados en el campanario. En

el bolsillo de uno de los ahorcados, los investigadores de la Dijín encontraron

una edición autografiada de “El nombre de la rosa”.

Con gran consternación, el arzobispo de Bogotá tomó de nuevo la

palabra, para mentir, en aquel luctuoso ocaso:

“Quisiera tranquilizar a la población aclarando que la estatua de nuestro

señor Jesucristo salió ilesa de este lamentable episodio. Las investigaciones

sobre las causas de la conflagración están ya en curso. La santa efigie, por

seguridad, fue trasladada. Hace falta sólo la confirmación de las autoridades de

restauración para que pueda ser vista por la comisión internacional.

Infortunadamente, tocará que los respetables señores inspectores

internacionales tengan paciencia unos días más.”

En ese turbio ambiente, el citófono timbró más o menos a las nueve de

la mañana. Levantándose con el soniquete del aparato, Johny fue a

contestarlo. Desde la portería, el celador le informó que unos fulanos habían

dejado, ahí abajo, un costal lleno de papas y por consiguiente era menester

recogerlo lo antes posible, ya que estorbaba en el pasaje de entrada.

- ¿Un bulto de papa?, ¿seguro que es para este apartamento?

- Sí señor, la gente que lo dejó dijo que era para “don Johny”.
279

- Bueno espere a ver entonces.

Colgando el aparato, el joven se rascó sorprendido la barbilla.

- ¿Qué tal ese celacho? ¡Qué tal! - Se dijo el rubio.

- Yo no voy a bajar por ningún bulto de papa, no. ¡Olvídese!

Explicación: por idiosincrasia, una persona tan sofisticada como Johny,

que pena, que vergüenza, Dios mío para su estilo de individuo refinado y

cosmopolita, descender a la portería por un bulto de plaza.

¡Patética la influencia desconocida si acaso él osara bajar por un sucio

saco de cabuyas además cargado de terrosos tubérculos!, y lo más importante

¿qué iban a pensar los vecinos?, ¿dónde iba a quedar su reputación y su

autoestima?

Lo más sensato era ir a pedirle el favor a Beto para hacerle subir el

fardo.

- Oiga Beto despierte, venga, que si puede bajar por un bulto de papa

que dejaron para este apartamento. Yo me quedo aquí haciendo un chocolate

para el desayuno. ¿Listo Betico? Mientras usted va, yo hago el chocolate,

¿listo?

- mmm...

- ¡Oiga despierte!

- mmm.

- Oiga, ¡que vaya por un bulto de papa, no joda!

***
280

Al de gafas, el portero no le dio mayor explicación sobre quiénes habían

dejado el saco ahí plantado. Sin esfuerzo, el muchacho cual carguero de puerto

y sin pudor alguno se lo echó en la espalda y lo subió hasta la residencia.

- Por lo menos se podrán hacer papas fritas - dijo Johny arriba, mirando

el tamaño con menosprecio.

- Déjelo ahí, hágale, saque y nos hacemos unas papitas.

Beto lo depositó al lado del patio de ropas, y alcanzando el cuchillo del

pan regresó a abrir el fardo.

Una vez desanudado, un pequeño bojote de fieltros grises saltó de su

interior hacia adelante con un leve impulso.

Parecía un paquete envuelto.

- Venga Johny, aquí hay algo raro ahí adentro.

- ¿Y eso qué será? - inquirió el rubio bostezando.

- Abra, abra a ver.

Beto destapó el bojote sin mayor cuidado. Seguramente era un poco de

cebollas, a lo mejor zanahorias o puerros envueltos entre las batatas - curioso

envoltorio - pensó el muchacho.

Más pasó entonces lo inimaginable: al ir destapando el panecillo, una

cabellera larga fue surgiendo lentamente, dejando paulatinamente percibir la

brillantez de una porcelana finísima. Una figura así fue tomando forma,

irradiando un aura extraña y vibrante saliendo de su blanquísima luminiscencia

azulina.
281

Beto, aun calmado, sostuvo el muñeco por la cintura jalándolo de un

tirón para hacerlo salir del todo.

- ¿Y esto? - dijo con el brazo alejando la figurilla y sosteniéndola para,

con la distancia, percibirla mejor.

- Mire ahí tiene algo pegado, deje ver qué es - indicó Johny, perturbado

al reconocer la efigie.

En el pecho, con un pedazo de cinta pegante, la estatua llevaba

adherida una nota anónima:

“Muchachos, con este salvador, hagan lo que se pueda por el país.”

Inmediatamente, Las Viejitas, disponiéndose a la acción, se lo llevaron

al cuarto a fin de observarlo en detalle. Beto movió la telilla negra cayendo del

travesaño, tapando la ventana de un tirón.

- Traiga, traiga el mechero de la cocina, aquí no se ve ni mierda y no

tengo fósforos - le indicó Johny.

Ágilmente, ubicándose en el suelo, examinaron la estatua. Las menudas

costillas desencajadas, la trágica corona de espinas lastimándole la piel del

cráneo, los magullamientos y laceraciones cuidadosamente esmaltadas, la

postración angustiante de la mirada. La llaga lateral. - ¡Aquel glorioso era tan

igual al original!

Difícil era creerlo... no podía ser. La situación era imposible.

Aquel presente debía obedecer a algún tipo particular de lógica o

explicación. Podía tratarse, simplemente, de una réplica bien elaborada. Era

inevitable la pregunta: ¿cómo iba a ser esta estatua la auténtica reliquia, por
282

esos días en el país, causa de tantas disputas?

Alguien seguramente había estado espiando a Las Viejitas en sus

planes y ahora se burlaba de ellos, tomándoles del pelo con un buen calco del

salvador.

Sin embargo, cara al misterio, ninguna opción debía descartarse. Era

necesario, en cualquier caso, esconder la estatua.

Johny, a la fuerza, quiso encajarla en un cajón del armario, pero, con la

cabeza afuera, decidió meterla mejor en el baúl encima de las fotocopias.

Enseguida, cerró el cofre con llave.

Vendrían entonces disquisiciones difíciles...

***

- Suponiendo que la estatua haya desaparecido de la iglesia... ¿y si los

curas, ellos mismos incendiaron el templo y colgaron a los sacristanes para

evitar el escándalo? inquirió Beto, perturbado, sudando la gota fría y fumando

como una presa.

- ¿Y si este muñeco es el verdadero redentor? - replicó Johny con

acaloramiento.

- Esto es como grave. Consultemos con mi mamá cuando llegue.

Por fortuna, Judith no se demoró esa tarde. Inmediatamente entró, los

muchachos se le abalanzaron, comunicándole la llegada del Mesías a la

residencia.
283

La mujer los escuchó atenta. Luego, por el corredor, agarró a Johny por

la solapa irascible y furiosa: “óigame bien Johny ¡esos ácidos los están

volviendo locos!” y corriendo a su cuarto, la señora fue a traer la Biblia.

Enseguida, en la sala a ambos los obligó a sentarse y se puso a leerles el libro

de los Romanos, hasta casi media noche.

“Estos jóvenes están muy mal” pensó por último yéndose a acostar aún

sumamente intranquila. Por fortuna, había logrado convencerlos de que toda

esa historia de la llegada del Señor a la casa no era más que el producto de

sus desmedidas imaginaciones.

- Ustedes no me van a timar a mí - les dijo - con viajecitos de ácido.

Como si yo no supiera por experiencia propia cómo es esa movida.

Mandándolos a dormirse, Judith apagó la luz e intentó con esfuerzo

conciliar el sueño.

La mujer estaba estresada y alterada en exceso. Lo que sucedía en la

casa sumado a los problemas con los muchachos la tenían al borde de la

demencia. Muchos pensamientos tostados y nebulosos la atormentaban. Las

horas siguientes fueron sólo de pesadillas e insomnio.

En sus sueños, creciendo la hierba a su alrededor, el historiador sentado

en un tronco del barrio, con un péndulo en la mano le hablaba del maleficio

operando en su residencia. Los muchachos, metidos en una laguna de fango,

detrás del viejo, atrapaban sapos. Beto sostenía los anfibios y Johny, con unas

agujetas, les tatuaba en la espalda, a los animales, el mismo dibujo realizado

por Alison en el muro de su habitación.


284

Pálida y cadavérica, con la piel amarilla por la fiebre, Judith amaneció al

otro día críticamente enferma. Los labios morados y amaceinados, sus cabellos

enrojecidos, las pupilas en línea horizontal como al mirar las ovejas. Las cuatro

jornadas siguientes, no pudo salir de la casa.

Viéndola delirante, Johny se dedicó a hacerle changüitas y papillas sin

estar seguro de la gravedad de la dolencia.

Dos días después, la mujer pidió la extremaunción.

Mosqueándose, Las Viejitas fueron en búsqueda de ayuda.

“Tranquilos muchachos no se alarmen. Debe de ser un simple ataque de

depresión embolica, manifestándose de esa manera. Ante este tipo de males

según la antigua usanza para que se recupere lo que les toca es sangrarla.

Cójanle un brazo y con un cuchillo destápenle una vena” les aseguró el rancio,

recordando un pasaje de la historia de las ciencias en la Edad Media. El viejo

continuó: “No se preocupen muchachos, también voy a decirle a los músicos

del barrio que vayan a darle una serenata, de la parte de todos los de la tienda,

para que la señora se recupere pronto.”

En la alcoba, la mujer abrió los ojos al tacto de la lama del cuchillo que,

rozándole la piel, le sostenía Johny tembloroso sobre el brazo. El frío del metal

le hizo recobrar los colores.

Al instante, con el alma de vuelta hacia el cuerpo, brincó y

zangoloteando el fuete, la mujer expulsó a Las Viejitas de su cuarto, quienes,

armados con un balde, estaban por sajarle la piel del bíceps, que dizque para

mejorarla.
285

Con nausea atragantada, al comprender semejante iniciativa, Judith

corrió al balcón y con la cabeza pendiendo hacia abajo, regurgitó sobre los

músicos que, animosos, en el césped le cantaban las sonajas.

Por el sospechoso incendio y dado el cierre del templo, de nuevo el caos

se apoderó de la república.

Una batahola de violencia se desató expandiéndose con la opinión

pública de que el Cristo ocultamente había sido ya extraditado a España. Por

ese rumor, sin tardar en el barrio Las Cruces se fundó un grupo político llamado

el “Nuevo criollismo”. Se temía que sus mentores fuesen dos antiguos

chulavitas.

En la localidad de Kennedy, un gentío interesado en la preservación de

los símbolos patrios salió a las calles a romper pacíficamente los floreros de

sus salas, acción realizada en señal de protesta.

Una programadora de televisión, aliada con una estación de radio,

pensando usufructuar del nacionalismo en boga montó un concurso en vivo

cuyo premio era un viaje a Disneylandia para dos personas. El certamen

televisivo consistía en llevar y tirar el mayor número de floreros patrióticos al

aire.

Mientras tanto, vía al aeropuerto, un grupo de negros chocoanos atacó,

en las últimas horas, la embajada de los Estados Unidos, con el fin de robar el
286

cofre donde se escondían las visas de residencia.

Temiendo un golpe de estado, el gobierno instó al episcopado a

pronunciarse sobre la permanencia segura de la estatua del redentor, en miras

de calmar a la población. Para esto, era necesario mostrar la figura a las

cámaras en lo posible junto a un periódico de esa misma fecha.

En comunicación constante con el papado, no pudiendo ocultar más

tiempo la invención, el prelado destapó la inmoralidad del escándalo: el

redentor había sido secuestrado un día antes de la quema del templo, al

parecer gracias a un sofisticadísimo sistema y con técnicas de la más alta

tecnología. Por decoro, se buscaba ocultar que el robo había sido efectuado a

punta de hachazo.

Ante la declaración de la Iglesia, la guerrilla aprovechó para negar

cualquier relación con los hechos. “Entre otras noticias, novecientos ochenta

soldados japoneses, de un grupo de mil, fueron muertos por cocodrilos en

proximidades del río Atrato”.

- Otra vez, todo está remal aquí - se dijo Johny, escuchando las

informaciones llegando desde la otra habitación.

- Mamá, bájale el volumen al televisor por favor.

- No viejito, la situación no está para eso.

***

Deprimido, Johny, acostándose inmóvil anhelaba dormirse. Las noches


287

anteriores las había pasado en blanco.

Atento a la situación nacional, el rubio, tenso pero cansado, permanecía

contra su interés despierto a la expectativa de encontrar, sin lograrlo, un

momento de reposo.

Turbado por los indicios relativos al desclavado, deseando alejarse por

fin de toda inquietud referente el caso, rendido se abandonó al asalto del sopor.

Pronto, con un respiro largo, en la ensoñación el sonido de un arroyuelo

apareció en medio de una pradera luminosa.

Planeando sobre el terreno, Johny vino a aterrizar entre un valle de

naranjos. Acercándose a un árbol, encima de un escritorio, entre la hierba

estaba encendido un computador. Una serie de enunciados en la pantalla

surgían nítidamente.

Persistiendo en su letargo, ojeando el mensaje, con sorpresa y de

memoria, Johny empezó a recitarlo dormido. Entonces, con el ojo sobre el

virtual y ensoñado escrito, vino a declamar cinco páginas de física, esenciales

notas de una materia del semestre pasado en la que, el muy vago, se había

rajado.

Visualizando claramente la lección, el muchacho, torciéndose hacia

arriba, abriendo los ojos, fue consciente de lo que acababa de decir. Siguiendo

una corazonada, saltó de la cama y con cuidado fue a destapar el cofre.

Entreabriendo la tapa, corrió hacia un lado el embalaje de fieltros que en

la penumbra envolvía la imagen. Con la mano deslizó hacia afuera el primer

paquete de fotocopias apilado por debajo del santísimo. Concentrado, analizó


288

las hojas apresuradamente.

Tal como lo temía… Evidentemente, los párrafos que acababa de

entonar coincidían exactamente con las primeras copias. Frunciendo el seño,

extrajo del baúl más y más papeles.

Poco a poco, fue confirmando así que, extrañamente, ya se sabía de

memoria las dos mil quinientas ocho páginas, que había ido arrumando allí en

el curso de su vida universitaria, sin haberlas leído jamás y ni siquiera ojeado

nunca.

Mirándose al espejo, levantando un tris las cejas, comenzó a pronunciar,

primero lenta y luego desenfrenadamente, datos y más datos.

Acomodando otra vez las mil hojas y disponiendo de nuevo en medio de

algunos libros al señor envuelto, lo tapó un poco mejor, antes de cerrar el baúl.

- Oiga, necesito que se venga urgente.

- Ya voy, nos vemos al rato.

- ¿Lo siguieron?

- No. ¿Por qué?

- Camine, vamos al cuarto - cerró la puerta.

- Vea observe, - balbuceó el rubio - míreme.

- Si. ¿Qué pasa? - preguntó Beto.

- Cállese.

- ¿Bueno y qué?

- Míreme, míreme.

- ¡Qué, diga a ver no joda!


289

Johny entonces gravemente cerró los ojos y con firmeza recitó:

“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón

al azar y me lo gano la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni

de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes...”

- Sí, ¿qué pasa? - lo interrumpió el de gafas - ¿se aprendió el inicio de la

Vorágine?, ¿y para qué?

- Pues imagínese marica, que yo nunca leí ese libro - repuso Johny - en

el colegio para el examen de español lo que me leí fue el resumen. De todas

formas, yo tenía el texto completo por si la profesora en esa época preguntaba.

Mírelo aquí.

Y abriendo el cofre, el rubio sacó una edición pirata de la novela de

Rivera, embutida por uno de los costados junto a los pies del bojote.

- Resulta - continuó diciendo - que ayer por casualidad lo metí en el baúl

para tapar el Cristo, junto a ese otro pocotón de fotocopias que están ahí y que

ahora, no sé porqué, pero ¡ya me las sé todas de memoria! Pregúnteme lo que

quiera y verá.

- Muchachos - chilló Alison desde afuera.

- China, estamos ocupados, por favor no nos joda.

- Es importante.

- ¿Qué pasa?

- Es Chimpandolfo. Estaba jugando esta mañana con una Ouija pintada


290

en un pedazo de palo. Dice que el espíritu de un tal “Jorge Elías el Gaitán” lo

contactó y que a ustedes les dejó un recado.

- ¿No será más bien, el caudillo, don Jorge Eliécer Gaitán? - repuso

Beto, abriendo la puerta de un porrazo y mirándola con su inquisidor entrecejo,

de desorientadas órbitas.

- Diga a ver el mensaje recogido por el simio.

- El simio dice que el man dijo: “Muchachos con esa estatua, yo veré.”
291

IX

1
292

En camino al latifundio, parando en un piqueteadero cercano a Cáqueza,

echando fritanga y cerveza estaban descansando los veteranos de la tienda:

Paco Polo, el doctor Villamizar y los músicos prehistóricos.

Contratados por el docto, en pro de hacer una inicial inspección

geográfica, iban a reconocer la hacienda para inaugurar así las labores

convenientes a la medieval empresa. Era necesario abordar cuanto antes la

planificación de los albergues, del castillo, del pueblo y de la catedral.

Allí cerca, un poco más atrás, el historiador se había quedado unos

segundos antes junto al carromato, con la excusa de revisarle el cigüeñal.

Por regla general, manteniendo la desconfianza, el viejo con la distancia

vigilaba a sus secuaces desde detrás del Toyota. Se le había metido en la

cabeza que alguno de ellos, sin saber cual sería tal, al corriente de su destino

como futuro emperador de esos dominios, pudiese, en algún momento, por

envidia traicionarlo. Lo mejor era llegar lo más rápido a sus reinos. Allí, él

tendría todo el control de la situación.

En marcha, tres horas después, por detrás de la cordillera el llano se

extendió plano, infinito y seco. Al filo de las horas, al volante, el historiador les

expuso su esperanza: “Este año parece que el pavimentado por fin va a llegar

a Puerto Carreño.”

El viejo acostumbraba tener esa ilusión. Soñaba que algún día el

gobierno iba a pasar el asfalto no lejos de su finca, lo más cerca en lo posible

para hacer, por lo alto, valorar sus territorios. Mientras conducía solía afirmar lo
293

mismo cada mes, cada año, y cada década, sin que en realidad por esas

trochas acaeciera jamás el signo de algún tipo de progreso.

En cada emprendida, la incómoda travesía duraba más de quince

horas. La fatiga del trayecto era, sin embargo, aliviada un tanto perdiéndose en

la contemplación del paisaje. Las planicies de los llanos orientales aparecían

magnificas, en medio de la sacudidas de la trocha, extendiéndose en la

demasía de un espectáculo desértico y desolador. En aquel accidentado e

incomodo itinerario, ciertos paradisíacos grupos de palmeras, en la lontananza,

a modo de letras, sobre la horizontal, definían una enorme impresión de

plenitud.

Al cabo del itinerario, muchas horas después, unas vacas perdidas y

flacas recibieron a los visitantes extenuados en algún desértico paraje, en toda

apariencia Mercurio, a la entrada de esos predios.

***

A buena hora, al fin patas a tierra, bajando maletas e instalándose en el

rancho, algo feo, no a mucho rato apareció el baquiano, acaballado y con una

escopeta enganchada al hombro.

“Por si aparece la chusma dotores” se excusó el iletrado, saludando a

los presentes y haciéndole una venia al viejo, tal como éste, en otra ocasión, se

lo había indicado.

- De ninguna manera hay que excusarse - le dijo el soberano


294

explicándole que la caza de altanería era digna de los grandes señores.

-La caza de cachicamo no es muy gustosa, y más cuando se caza con

galgos prestados - replicó uno de los músicos, creyéndose muy conocedor del

campesinado.

El baquiano, con discreción y mesura, pero mostrando desinterés por el

comentario, se dirigió con exclusividad al viejo diciéndole que haría lo mínimo

por los otros, mas todo lo que él le mandara; y desmontándose del jamelgo, se

retiró a traer para ofrecerles la caneca del guarapo.

Pasaron así varios días.

Los veraniegos incomodados y ya cansados comenzaron a exigir los

bagajes necesarios: “de eso sí aquí no hay, defecar toca hacerlo afuera para

eso es que están los campos”.

Luego de aquel desenfado y creyendo suficiente ya el descanso, una

mañana, el historiador, desde el pozo, avanzando al punto de tomar su baño,

los concretó secándose la cabeza:

“Firmes, nobles señores, feudo quiero en estas tierras. Será el inicio de

un nuevo sistema social para nuestro pueblo y si acaso esta idea haya de

funcionar, los gamonales de medio país seguirán mis pasos. Bueno, dejemos la

modestia a un lado y vamos a lo que me interesa.”

Los condujo por la planada.

“Quiero un castillo similar al de este librito, pero un poco mejor por

supuesto.”

“La fortaleza será edificada piedra por piedra. En acuerdo al aumento en


295

la producción de la tierra, con el dinero obtenido se someterá a la población

nativa. Los campesinos serán aquí los súbditos repartidos en diversos

ejercicios necesarios: vasallos, bufones, zapateros remendones, sastres,

pintores de la corte y demás profesiones útiles a la vida ilustre. Con sudor y

trabajando pagarán alto impuesto. En principio es menester organizar el

avasallamiento de los aborígenes. ¡Oiga, apunte hermano, apunte, para eso es

que lo traje!”

Escuchando esas órdenes, los citadinos continuaron a lo largo del

dominio tras el viejo, quien, al dedo señalando, examinaba la estéril sabana,

explicando detalladamente, ahora, el lugar propicio para establecer un canal

que debía excavarse alrededor de la muralla.

- A falta de unos dragones, he pensado meter ahí una docena de boas

nativas, un par de güios, eso es hasta repeor - prosiguió - por allá, yo creo ira

la herrería y los hornos de cerámica. No habrá de faltar, en aquel alto, cuatro

torres por si hay ataque. El puente levadizo debe estar terminado en dos años

más o menos, si es que hay plata.

En esas indagaciones alcanzaron un alto, desde donde se divisaba,

hacia el horizonte, gran parte del latifundio. Con las manos en las caderas, la

quijada cayendo, más las camisas marcadas por las manchas de sudor, los

cerveceros intentaron visualizar, con dificultad, como se vería desde allí arriba

todo el asunto.

Una molesta lloviznita se intensificó de repente. Caminando de regreso

al rancho, se desató de improviso una tormenta eléctrica, obligando al grupo a


296

trasladarse diligente.

- ¡Juemíchica, al suelo pendejos! - gritó el historiador corriendo adelante

entre el aguacero, sabiendo del peligro que implicaba en la sabana la caída de

los rayos. Con la orden, lanzándose al piso, a los cinco les figuró desplazarse,

cual gusanos, en medio de la borrasca.

Por el lodazal, esforzándose por arribar hasta la escampada, los

visitantes pensaron estar asumiendo la actitud más lógica para sortear la

terrible tormenta.

En Pablo Sexto, con grave y acrecentada sospecha sobre la autenticidad

de la representación, Las Viejitas resolvieron arriesgarse e ir en búsqueda de

un experto.

La única autoridad en historia patria conocida por los muchachos era en

el barrio aquel antiguo personaje de leyenda. Desde su último encuentro, el

viejo parecía de confianza. Y era imprescindible ahora resolver el misterio

sacro. El docto, competente para examinar el Cristo, podía ayudarlos a

diagnosticar, en secreto, si la imagen era finalmente la original o en definitiva

una simple copia.

Las dudas sobre la veracidad de la figura se habían ido acrecentando los

últimos días. Al fin y al cabo, el prodigio de la memorización de las fotocopias

podía explicarse hoy, simplemente aceptando que Johny estuviese sufriendo


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de lecturas sonámbulas. Por lo pronto, el punto de vista del historiador, en esa

fatal encrucijada, resultaba ciertamente imprescindible.

Desgraciadamente, en la tiendita, doña Cristina les informó la mala

noticia:

“Todos esos viejos por aquí esta semana no han vuelto, como que se

fueron para la finca de Don Blas Mormodes.”

- Tocará esperar a que regrese el viejo entonces. ¿Será que se

demoran?

- ¡Hui, esos viejos se demoran! A lo mejor en unos quince días por ahí

llegan - les respondió la doña.

Las Viejitas no podían esperar tanto. El país caía en el caos. Quince

días era un lapso insostenible. Era necesario buscar velozmente otro plan.

A las afueras de la ciudad, Johny y Beto, acompañados por Alison y

Chimpandolfo, subieron a un cerro cerca a Usme. Escalando hacia lo alto, en el

páramo, rodeados de frailejones y de bruma, contemplaron el horizonte infinito

de las montañas cubiertas de pinos, en dirección a los llanos orientales.

Entonces Johny dijo:

“Simio, tu eres el único que ahora puedes alcanzarlo pues viajas por los

árboles más rápido que las flotas.” Y dándole al macaco el costal con el Cristo

envuelto, le señaló con el dedo la dirección a la que el animal raudo debía

dirigirse.

- Entrégale por favor esto también al historiador. Parece un papel en

blanco pero en realidad tiene escrito con zumo de limón lo que aquí está
298

pasando. Dáselo al viejo y explícale que tiene que pasarlo por detrás de una

vela para leer el mensaje en clave.

Solemnemente, poniéndole la mano sobre el hombro, el muchacho

terminó sentenciando así:

“Macaco, salva tú la patria”, y el simio, haciendo un legendario cero

partido con el dedo sobre la tierra, montó veloz a un árbol. Los muchachos

restaron allí, viendo a Chimpandolfo alejarse, por las copas de la floresta, en

medio de una neblina densa y fría.

***

Minutos después, los tres bajaron del alto.

Alcanzando la carretera, con sorpresa para ellos, detrás apareció de

nuevo el mono. Regresaba de la montaña, arisco y llevando el seño fruncido.

Parecía reprenderlos con su mirada atravesada.

- ¿Qué dice, Alison, qué dice?

- Dice que no lo jodan más, que él ya estuvo mucho tiempo encerrado y

que por eso no va a ir por allá, a los llanos, a que lo secuestre la guerrilla.

Un lento atardecer, los músicos prehistóricos, acostados en los


299

chinchorros, insolados dormitaban incómodamente. Uno de ellos, entre sueños,

cacareaba vagamente una melodía, molesto y sin poder profundizarse. Al

mismo cotudo un nuche lo había picado en un brazo, que cayendo suspendía

hinchado por debajo de su espalda. Con la otra mano, al pecho empuñaba la

guitarra.

De allí, a una legua de distancia, el historiador poco antes venía de

cazar un cachicamo y ahora lo estaba tostando, dándole vueltas, sosteniéndolo

pinchado sobre las brazas de una fogata.

Algunas estrellas se veían a esa hora ya sobre el horizonte.

Sacando de su bolsillo una media de aguardiente, el viejo la destapó y

después de un trago, emprendió a rociar suavemente con un poco del etílico la

carne dorándose del animal. Más tarde, tapando la ampolla, el historiador

divisó a lo lejos una figura procedente de la casa. Comenzaba a acercarse y se

hacía bastante nítida. Portaba una de las maletas del viaje.

Paco Polo traía una cara pesada y grave.

Sin decir palabra, llegando a su lado, colocó la valija en el suelo, le jaló

la cremallera, y sacó de ella una vara metálica, brillante y de dimensiones

perfectas.

- Blas - dijo el científico jubilado - guárdemela aquí en su finca,

guárdemela bien.

El viejo reconoció la exacta medida, comprendiendo con prontitud el

chueco. En segundos, hirvió en cólera. Paco Polo estaba delatándose en el

robo de aquel extraordinario modelo métrico.


300

“A mi usted no me va a coger de parapeto” le respondió el historiador,

empuñando su defensa y amenazándolo en el acto, apuntándole al pecho con

el cascaron de su arcabuz.

“Aquí señor duque, en mis terrenos ¡yo soy Dios y la ley!”

- ¡Este viejo es el propio Lucifer! - pensó fugazmente el científico.

A la sazón, el manilargo sobresaltado sintió una gota de sudor frío

bajándole por la frente. Fijos los ojos cual cernícalos a la expectativa, en la

intensidad del silencio pasaron algunos segundos.

Pronto, Paco Polo logró lanzarse contra el docto y con el brazo desvió la

mira de la escopeta. Tras un fuerte forcejeo, el historiador de un jalonazo

consiguió entonces rechazar la envestida, arrebatándole al otro la vara métrica

de entre las manos.

Teniéndola ya asida, el viejo Blas corrió hacia un alto, cruzó la cerca

hacia los lotes de nadie y brincó a encaramarse con ella sobre una peña.

Arriba, empuñándola hacia el cielo a la metálica perfecta y brillante con los

destellos, la clavó de un sólo golpe hasta el fondo de la roca y acabó diciendo:

“Al que pueda sacarla de aquí, le va a quedar esta tierra”.

Caminando convaleciente ese lunes por la cocina, Judith observó a

Alison deshojando la cáscara de un banano. Al momento, la chica rió


301

frenéticamente pues la fruta interior envuelta exhibía la inusual figura de una

cantante calva, haciendo un gesto macabro.

- No podía ser coincidencia - pensó la señora - de seguro esta visión

estaba ligada al maleficio que caía sobre el apartamento.

De regreso al cuarto, la mujer se quedó un momento abstraída, mirando

los peces en el acuario. Igual, las noticias de la radio lograban sumergirla,

como a toda la población, en un profundo estado de consternación, producto de

un mundo devastado y hasta la eternidad rechazado por el sosiego.

La impresión desagradable en la que por momentos entró,

despabilándole el rostro, la hizo reaccionar. Parando con su llamado a la familia

del reposo, anunció para la jornada batida de orden y aseo. El embrujo

causante de las desapariciones tenía que descubrirse ya y ser erradicado de

una vez por todas.

Entregándose a la acción, buscando cada quien algún indicio, los muros

interiores de la alberca fueron revisados palmo a palpo. En conjunto rompieron

los bombillos de los cuartos, se auscultó con lupa el lago donde Ofelia

reposaba, así como se efectúo el vaciado del acuario, revisando piedra a

piedra, pez a pez, procurando indagar sobre las marcas del diablo.

En esa ocupación estaban cuando, abriendo el baño de un sólo golpe,

Judith sorprendió a Beto sirviéndose, en una copita, el vinagre de la casa.

El de gafas apenado enrojeció.

- Es mejor que te vayas para tu casa Beto, el apartamento está

embrujado - le dijo la señora con estupor, aparentando una actitud


302

comprensiva.

Descubierto en su vicio, el muchacho avergonzado, lánguidamente fue a

despedirse de Johny, quien, en la distracción, había aprovechado para olvidar

la tarea del orden y se había retirado a prolongar su modorra.

***

Judith permaneció esculcando y revisando por los rincones del

escusado. Levantando la tapa del inodoro, destapó la bola flotante y hueca. Al

interior encontró una tortuga ninja instalada con cama y armario. No era nada

en realidad. Simplemente un juguete de plástico que los niños, quién sabe

cómo, habían metido allí adentro.

Las pesquisas continuaron a lo largo de la mañana.

Examinando aquí y allá, sin proponérselo la señora tropezó con una foto

de Jayanes, celada por su sobrina en una carterita guardada dentro de su

mesita de noche.

Comprendiendo al momento lo que sucedía entre Alison y el mal

conocido muchacho, la mujer vino a suponer una extraña ligazón entre el

origen, al parecer diabólico, de los frecuentes regalos y las desapariciones en

el hábitat común. Este asunto, pensó, podía estar afectando y llenando de

energías negativas el apartamento.

Llamando a la chica, el pernicioso amorío fue puesto en evidencia, a

pesar de que la joven en un principio intento negarlo todo. Ante las pruebas,
303

Alison terminó con los ojos empapados, implorándole a su tía que la dejara

tranquila. Finalmente, no pudiendo soportar más los reclamos, la muchacha

estalló en una cólera confusa, exigiendo a gritos sus derechos a ultranza. La

jefa del hogar controló la situación con facilidad, recurriendo a amenazas y

prohibiéndole salir hasta nueva orden. Sin entender razones, Alison se tumbó

sobre la cama sin saber cuál salida darle a su desdichada suerte.

- No mama, aquí sí no entres - le dijo el rubio a Judith, entreabriendo la

puerta, y mirándola de reojo, cuando ella, inquisidora, con una escoba insistía

evaluando e intentaba eliminar cualquier generador posible de campos

energéticos nefastos.

Al momento, en su cuarto, los niños entre los juguetes encontraron una

semilla de ojo de buey, que podía ser asumida a manera de otro indicio más de

un temible sortilegio.

En el curso de las horas, finalmente la prueba absoluta de la existencia

del maleficio se presentó irrefutable: en el hueco del registro, jalando una rama,

la dueña encontró un envoltijo atado con un pegostre seco y amarillo.

Resguardaba en su interior en toda apariencia un hueso de clavícula humana.

Enrollado entre unas hojas de muérdago, el despojo estaba amarrado a un

diente de jaguar y poseía un cierto olor a rancio.

Con los guantes de plástico del lavaplatos, sacando de allí la identificada

porquería, la señora ordenó a Johny trapear la periferia del rincón con un

pestilente cáustico. Mientras tanto, ella marchó hacia fuera y rociando con

gasolina la prueba del hechizo, le prendió fuego y fue a botarlo lejos en los
304

botes de la basura.

Posteriormente, salió del barrio y feliz se fue a dictar clase.

***

Una vez la calma volvió esa tarde, Alison se despertó confundida y con

inquietud por lo acontecido esa mañana en el apartamento. En la cama,

ensimismada, levantándose pasó a la cocina, esculcó en la alacena y desde

allí, por la ventana del patio, en un instante de fervor y de suspirante

desconsuelo, lanzó un par de cebollas cabezonas hacia abajo.

Deprimida por la prohibición de salida, vio a lo lejos a su enamorado que

pasaba por la cancha. Jayanes, deteniéndose y volteándose a mirarla,

escuchó que su amada gritaba desde lo alto: “¡Mauricio, no podemos volver a

vernos, Mauricio estamos malditos!”


305

X
306

Días después, partiendo de las Guacamayas rumbo el centro, Beto

debía cumplir una misión concreta. Alix lo había mandado a que hiciera por fin

algo útil: pagar el recibo del agua.

- ¿Sería o no sería el Cristo? - seguía preguntándose el muchacho al

encaramarse de un brinco en una desvencijada buseta.

Bajando del páramo, el otro día con Johny, al anochecer habían cavado

un hueco con el fin de enterrar la figura cerca al tronquito del difunto Yerbux.

Nadie sospecharía de ese guardado y era mejor mantener a la estatua bajo

tierra, al menos hasta la llegada del historiador. Habían concertado finalmente

esperarlo para consultarle a ver si la misma era o no la antigua reliquia

realizada en los talleres del maestro Orejón de la Barba.

Por lo pronto, la única tarea posible era soportar el suplicio de la

diligencia y del recorrido vía al centro.

Hora y media pasadas, una vez que los trancones y el transito sin forma

lo aproximaron al sitio, el de gafas descendió un tanto mareado del colectivo.

Un poco atortolado por la larga reflexión efectuada durante el viaje, fácilmente

se ubicó: estaba a pocos metros de la iglesia de la calle trece.

Iniciando la marcha, una ventisca mortuoria atravesó la ruta,

provocándole una sensación helada y desagradable. Desde allí se divisaba al

fondo una avalancha de gente moribunda, arremetiendo aún a esa hora contra

el santuario. Entre las ruinas, sólo quedaban escombros, en medio de un


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huracán de personas gimiendo con el aire incesantemente.

- ¿Sería el fin del país? - se preguntó el muchacho, acomodándose las

gafas y prendiendo un cigarrillo sin filtro. Un escalofrío le recorrió la espalda,

como una gota abriéndole la piel con su paso.

Adelante, Beto entró a un banco, ubicándose en el último puesto de una

larga cola. Cuarenta y cinco minutos después - ¡esto no lo puede pagar aquí! -

lo recibió diciéndole con satisfacción y una enorme sonrisota un cajero gordo y

calvo.

- ¿Y ahora, qué le voy a decir a mi tía? - pensó el muchacho inquieto.

Al menos había traído consigo las fotos y así podía hacer una segunda

vuelta. Guardando el recibo y la plata, intentó situar la oficina de la

Registraduría pública.

- Un animal se me tragó la cédula.

- Firme, ¡firme aquí! ¿Trajo las fotos?

- Sí claro.

- Firme, firme. Váyase, váyase… regrese a reclamar la nueva dentro de

dos años.

Al menos, esta última diligencia había salido bastante rápido, pensó el

de gafas, y de nuevo afuera continuó caminando en dirección a la plaza de

Bolívar.

Había ya atravesado varias cuadras cuando una inclinación repentina lo

detuvo frente a un supermercado. Mirando hacia el interior, un impulso

inesperado lo hizo entrar. Sin que se diera cuenta en realidad por donde se
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conducía, en la puerta recogió un canasto e ingresó por entre los estantes. El

cansancio de la mañana, tantas colas y pereques, las preocupaciones de la

vida cotidiana y todo lo demás nublaban su mente, al deambular, por el medio

de una cantidad de productos para la venta. No era malo disfrutar con el hecho

de comprar. Comprar, comprar y comprar. “No hay más que hacer que

comprar” pensó con claridad. ¿Cuántos hijos era que tenía?, ¿cuántas bocas

por alimentar?

A lo mejor no tenía ninguna. Para entonces ni lo sabía.

En la sección Frigoríficos, en la canastilla se echó dos pollos pelados de

tamaño mediano. De súbito, viendo el precio por gramos, se le hizo que la

carne fresca de las aves estaba muy bien como para preparar esa deliciosa

comida de navidad, aquélla que, desde su oscura infancia, tanto había

deseado. Era cierto, la esquizofrenia parecía acorralarlo en ese lugar de

manera similar a un estornudo inflado y por estallar.

Al llegar a la caja, el muchacho pagó con lo del recibo y salió de allí con

los pollos embutidos en una bolsa doblada, metiéndola, con cuidado, dentro de

su mochila. Alejándose, Beto soñaba pensando en la navidad.

- ¿Por qué no habrían puesto ya los alumbrados en la séptima? - se

preguntó olvidando que faltaban aún varios meses para las celebraciones de

final de año.

En su mente, el ruido de la calle disminuyó hasta silenciarse y aislarlo

del exterior. El sonido constante y nítido de un triángulo de metal se produjo

sobre la atmósfera. La mirada al frente, las manos en los bolsillos de su gabán,


309

- ¿en cuál de ellas llevaría el puñal? - se preguntó, al verlo pasar, un fulano de

tales.

Por entre la vertiente de gente sin forma, el joven siguió su camino. Un

burro, en medio de la calle, se le acercó antes de llegar a la gran plaza.

Cargaba en su lomo una santísima virgen con aquella expresión afligida y

popular. En los brazos, la santa llevaba al niño y más atrás, de la cola del

borrico, se sujetaba, con una cabuya, un sarcófago cuyo rostro era el del propio

muchacho.

Angustiado, observando su ataúd, Beto levantó la vista y sin entender

ahora bien donde era que se hallaba, se le antojó estar mejor en otra parte, en

otra cosa, bien lejos de ese sitio.

Pero no. Estaba allí.

Su rostro invariable y oval se mantenía avanzando hacia el frente. Las

sombras sin foco circulaban a su alrededor, por todos lados, haciendo las

veces de un gigantesco enjambre de seres sin almas ni rostros.

Para evitarlas, Beto dirigió la mirada hacia lo alto, quedándose fijado en

la cúspide de la catedral primada. Inmóvil, cual turista gringo, observó las

palomas dejando pasar algunos minutos más.

Al cabo del tiempo, logró agitar la cabeza y reponerse un poco.

Con el dorso de una mano se limpió la frente. Luego bajó la cabeza para

mirarse los pies. Se agachó. Se desabrochó los zapatos y metódicamente dejó

correr las medías hacia un lado. Arrodillado, sacó de su mochila la bolsa con

los congelados y fue embutiéndose los pollos pelados cada uno en una pata.
310

Calzado con las frías carnes de ave, se fue de nuevo parando. A

continuación cerró los ojos, se destapó el gabán y extendiendo los brazos hacia

los cielos, desnudo y extático como estaba, exclamó en la mitad de la plaza:

“¡Escucha mi pueblo al original artífice, yo soy el verdadero zaguán de

las aguas, don Pedro Orejón de la Barba vestido de santo!”.

Una vez expulsado el maleficio de la casa, liberado de su nefasta acción,

el apartamento adquirió una desconocida y reluciente atmósfera.

No solamente la energía del sitio volvió a estabilizarse, sino además, al

revertirse el proceso, fue brindado, al sufrido hogar, la bendición de unas

cuantas y estrambóticas bonanzas.

De emprendida, abriendo un cajón del bife, al día siguiente Johny

encontró miles de cintas pegantes, colbones alineados, tijeras afiladas y demás

utensilios, perennemente extraviados. Pero más importante fue el hallazgo en

su cuarto: al intentar abrir una gaveta desde hacía tiempo trabada, se eyectó

hacia el rubio una paca gigantesca de marihuana jamaiquina, refinada, de

óptima calidad y de cincuenta kilos.

Hilvanadas las jornadas transcurrieron en la recuperación de lo perdido.

En su totalidad, los objetos hurtados en las precedentes noches fueron

apareciendo, por fortuna, no los mismos usados de antaño, sino otros en


311

últimos modelos y colores, como si fuesen recién comprados. El viejo Betamax

fue, por ejemplo, permutado por un DVD plateado, así como los muebles

vendrían al mejor estilo Luis XV, originales y con chal de tigrillo. La tostadora

era ahora un horno profesional haciendo parte de la cocina metamorfoseada en

integral. Las piedras pomex perdidas fueron canjeadas, de la noche a la

mañana, por un yacusi y un sauna dentro del baño. Unas apenadas notas de

excusas del acueducto y de la telefónica de Bogotá llegaron con cheques de

indemnización por ciento cincuenta millones de pesos. Los funcionarios de la

empresa de teléfonos cablearon tres líneas adicionales, una para cada cuarto.

La nevera, de dos puertas, repleta amaneció conectada al Internet. De un

camión timbraron trayendo mercados gratis todos los días, desde el

supermercado del barrio.

La gente estaba feliz.

Sin embargo, a pesar de la bonanza, la única que no podía gozar con

tanta novedad era Alison. Con la prohibición de ver a su amado, la joven no

sentía ningunas ganas de salir de su cuarto a disfrutar de aquellas súbitas y

milagrosas comodidades.

-Ya se le pasará - pensaba Judith pacientemente, abanicándose en la

sala y mirando hacia un aparato de doscientos cincuenta pulgadas, equipado

con trescientos canales internacionales. Disfrutando de sus nuevas joyas,

sobre la reclinadora ergonómica y aferrando el control remoto, la señora tenía

la cabeza metida dentro de una secadora astronómica de plástico.

Con tanta dicha, la mamá del rubio no era consciente del duelo por el
312

que atravesaba su sobrina. Saliendo de su encierro, de vez en cuando Alison

intentaba imponer su punto de vista, pero era fácilmente controlada:

- No mijita está prohibido salir. Usted vino a esta ciudad fue a estudiar - y

además la dueña le remachaba: “Si quiere vivir pasiones desenfrenadas pues

le toca irse para otra parte. Lejos de esta casa. Téngale respeto a su familia. Si

quiere seguir aquí, me da mucha pena pero eso no lo vamos a permitir.”

- Tía, por favor, por favor… - insistía la chica, llorando

desconsoladamente.

- No mijita, así son las reglas en esta casa.

***

Alison duro varios días sin querer comer casi nada. Permanecía

recostada e inmóvil, escuchando en su antiguo radio canciones de plancha, las

mismas que tiempo atrás oía junto a su amado, cuyo rostro al presente sólo

parecía irse evaporando, más y más, en medio de un recuerdo inestable y

triste.

No volvió a hablar con nadie por varios días.

Johny por las mañanas, preocupado, terminó dejándole al lado del

cuarto un plato con leche, cereales y pedacitos de banano. Salvo por su primo,

los demás de la casa no se inquietaron más por ella. La abandonaron a su

suerte, de malas si no quería comer.

- ¿Por qué su tía no comprendía nada del amor? - se preguntaba la


313

abatida. A buena hora, una tarde, el rubio le entregó una carta que Jayanes le

había dejado por debajo de la puerta:

“Cariño,

Desde hace tiempo he esperado de nuevo tus señas. ¿Qué pasa? No

puedo entender tu distancia.”

“¿Por qué me has dejado solo? Voy a decirte lo que pienso. Sé que tu

tía ya sabe lo nuestro y seguramente ha descubierto que yo no soy tan sólo un

hombre humilde y de poca cultura, sino además un maleante.”

“Soy un vago, lo reconozco, también lo sé.”

“Tú me conoces. Me levanto muy tarde, me gustan las drogas y el

alcohol, ando en malas compañías. Pero en el fondo soy aquel hombre bueno

que te adora y que siempre ha querido darte lo mejor de sí. Por eso aprovecho

esta distancia para exponerte algo que hasta ahora no te había mencionado

antes claramente, no porque no lo sintiera sino más bien por miedo.

Alison, quiero decírtelo:

Te amo.”

Visiblemente, Jayanes consideraba que sin ella le era imposible


314

continuar enfrentando la existencia misma. Todo lo que en tan corto idilio su

amada le había enseñado, hacía de él, para entonces, un ser muy lejano de

aquel a quien, en otros tiempos, sólo le importaba el riesgo y la bebida.

Actualmente, con la ilusión de una familia, no se concebía sin el amor de su

chica.

Entre el sufrimiento y la desdicha diaria, al no poder tenerla más, un

nuevo infierno lo abrazaba cada amanecer. El vacío de su amada se instalaba

en su mente al levantarse y enseguida su reflejo en el espejo le votaba lo que,

hasta entonces, desde la felicidad del romance nublaba su verdadero yo. Aquél

de un pequeño y joven jíbaro, cínico y corrupto por su profesión, y enamorado

de una hermosa que irrumpiendo en su camino de delitos, lo abandonó en el

trayecto y a la intemperie lo dejó libre, al fuego de la desolación, en medio de

este mundo turbio y feo.

Que enérgico y duro golpe recién ahondado en sus sentimientos.

La ausencia del afecto a manera de un puñal intenso se le enterraba en

las viseras. ¿Cómo contener tal sufrimiento?, ¿por qué Alison no luchaba por

este amor?

Tal vez era él el responsable de este fatal suplicio y si bien era así,

tendría merecido sus padecimientos. ¿Cómo curarlos?, ¿cómo refrenar esta

tortura carcomiéndole por dentro todo su ser? Era necesario mantenerse fuerte

y él lo sabía. Era duro enfrentarse al duelo de la soledad. Era difícil y más

cuando la terrible ausencia lo llevaba a ser consciente de su vida, siempre

siguiendo al mal, con esa carga de delitos, narcotráfico y muerte llevada a


315

cuestas.

Muy grave estaba un martes en la noche, cuando viendo un documental

sobre el Amazonas, se le iluminó el cacumen. Decidió tomar la iniciativa: si

había alguna parte donde conseguiría ser curado no podía ser en la ciudad

sino al interior de las selvas.

Habiendo escuchado ya de aquellas practicas mágicas, en miras de

purificar su espíritu, se dispuso a ir tras el remedio. Los sanadores del

Putumayo eran reputados en terapias que, con fe, lo liberarían al fin de esos

dolorosos tormentos.

***

No duró mucho en alistar maletas.

Al día siguiente salió presto para al aeropuerto, acompañado por su fiel

macaco.

Con la mirada interna en dirección a lo profundo de las junglas, Jayanes

encontró, sin mayor problema, un espacio entre dos caletas de químicos para

procesar, en la parte de atrás de una avioneta, donde, haciendo lugar, cabían

dos personas. El aeroplano pertenecía a uno de sus superiores y él, por buen

parcero, conocía al piloto. En esos días, aunque la nave cargada de coca no

daba abasto, el tripulante no le vio mayor problema en llevarlos hasta

Florencia, departamento del Caquetá, en un vuelo que duró, por mal tiempo, al

menos tres horas.

Más era allí, desembarcando, donde comenzaría para ellos el verdadero


316

viaje.

Embutidos en una flota destartalada, veinticinco horas de recorrido

aguardaban a Jayanes y a Chimpandolfo sobre una trocha despavimentada e

insoportablemente accidentada. El olor a gasolina requemada y los saltos del

transporte presagiaron, durante los primeros minutos, un calvario crístico.

Iniciando la ruta, aprovechando sus ventajas evolutivas, el simio salió

por una de las ventanas y fue a montarse arriba, sobre el techo del vehículo.

Esta precavida acción le evitó gran parte de las incomodidades del viaje.

Al interior del buseto, Jayanes, por el contrario, no ha muchas horas ya

tenía los riñones casi consumidos por la molienda, ausencia total de

amortiguadores, la lata sentida al brinco, por poco sus órganos hechos naco.

Con un dolor agudo en las posaderas, mareado a la escucha del sonoro

vallenato, en la cara soportaba el restriego de una vieja, ¡la jodida con su

enorme y puto matorral de cilantro!

Junto a los pies de un gallo, el jibarito, buscándose lujos, en algún punto

logró en medio de los pasajeros abrirse paso e ir hasta el fondo para echarse

allí, en un hueco formado contra el respaldar de los últimos asientos y la cola

de atrás del bus. El joven, metiéndose en ese bache, horizontalmente se

acomodó lo mejor que pudo.


317

Más tarde, con la insistencia de las vibraciones y con la espalda

friéndosele sobre la lata hirviente, tuvo la sensación de que le estaban

perforando un pulmón a punta de taladradora. Un polvo amarillento sin parar

hacia adentro se colaba por los ventanales abiertos del inhumano carromato

público. En un leve estado de ensoñación producido por el dolor, Jayanes

creyó que estaba pagando, de una vez por todas, los pecados cometidos

durante toda su vida, incluyendo hacia atrás como diez reencarnaciones.

La flota seguía su curso, sonando frenéticamente con cada salto.

Parecía que todos los tornillos de la carrocería se iban desajustando más y

más hasta presagiar el desplome, como si la carcacha fuese por completo a

desbaratarse con cada rebote sobre la trocha.

Indudablemente, el jibarito se había lanzado a la aventura, sin prever las

vicisitudes de esa insoportable línea afilada hacia los infiernos. Agachado,

encogido en aquel hoyuelo, mareado, Jayanes observó a uno de sus costados.

Visualizó un pequeño roto abriéndose por entre la lámina de metal. A través de

la ranura, hacia abajo podía observar lo que pasaba afuera: unas gallinetas

sorpresivas, de forma zancuda, aparecían y desaparecían ante sus ojos, de

vez en cuando siendo puntos negros, en medio de las soleadas vegetaciones

de esas tundras inhóspitas. Pronto, pumas y otros felinos al anochecer

plagaron las colinas, encendiendo el horizonte, en la sigilosa expectativa de

sus ansiosas fauces carnívoras. En la lejanía, algunos carroñeros, afilando sus

agudísimas zarpas, asimismo aguardaban el descosido descenso sobre la

llanura de una eventual y jugosa carne de cañón.


318

En el fondo de la maquina, la tortura del trayecto mantenía a Jayanes

luchando contra el desfallecimiento. Por fortuna, Chimpandolfo descendió y fue

a darle en la boca un sorbo de agua a su amo agonizante.

Al borde de la expiración, el armatoste se detuvo por fin y apareció de

repente una bomba de gasolina, perdida como un oasis, en medio de ese

desierto.

***

Mientras que llenaban el tanque, con el humo y tras el silencio dejado

por el motor, una vieja se subió al bus para vender una especie local de arepas

y papas rellenas.

- Deme una papa con gaseosa - pidió Jayanes, levantando la cabeza y

expresándose sin hálito, como si fuese la frase final de su vida. El olor a la

comida, por segundos, algo le restableció los ánimos.

El muchacho recibió el jugoso comestible salivando enormemente.

Envolviendo la empanada, una servilleta embebida en el acto se derritió,

sudando sustancias lípidas que bajaban por las manos sucias del muerto de

hambre. Dos lágrimas se le salían al disponerse ansiosamente ya a darle un

primer y trémulo trancazo con la mandíbula.

Infortunadamente, junto al debilitado, la saliva aglutinada en la jeta de su

amigo el animal denotaba claramente una mala señal. Chimpandolfo, al

instante, de par en par abrió por igual sus fauces y en menos de un dos por
319

tres, mientras Jayanes intentaba proteger su nutrimento, los enormes caninos

del macaco arrancaron, de un gran mordisco, casi hasta la totalidad del

bocado, incluyendo parte de la epidermis de los dedos de su amo.

El joven, tragando entero lo que quedaba de la ración, pateando al simio

hacia un costado, para evitar la hemorragia cortó y se envolvió con un pedazo

de la camisa la mano desnuda y ensangrentada.

Felizmente, soportando un poco más el suplicio, dos horas después

llegaron por fin al poblado indicado sobre el mapa.

Esa noche, en un albergue, se tendieron a roncar. Durmieron bajo

toldillos hasta pasado el medio día de la mañana siguiente.

***

Afortunadamente Jayanes llevaba suficiente dinero y al principio de la

tarde, en un montallantas no le fue difícil alquilar una buena moto. Repuesto

después del descanso, con curitas en los dedos y una barba de tres días, se

sentó sobre el ciclomotor.

Luego, atrás ajustando al simio, poco antes de emprender camino, el

jibarito se puso las Ray-ban negras y bebió varios sorbos de agua de una

botella de plástico.

Acomodándose un palillo en la boca, mientras orientaba la dirección,

encendió el aparato haciéndolo sonar varias veces. Al punto, arrancó

propulsándose lentamente hasta ir tomando vuelo. Ya sobre la ruta, levantó


320

varias veces la rueda de adelante revelando, con aquella vivacidad, su

refrescada y presuntuosa berraquera.

En pocos minutos, los dos compañeros andaban vertiginosos, bajo un

solazo espléndido, por un lindero paralelo a la selva virgen.

***

Media hora más tarde, cortando el aire, iban corriendo a más de ciento

cincuenta kilómetros por hora. A esa velocidad, sobre la autopista de arena se

levantaba, tras de ellos, una fantástica nube de partículas. En dicha urgencia,

Jayanes llevaba puesto un esqueleto negro estampado al pecho con una

metálica calavera. Sus espectaculares extremidades descubiertas al sol hacían

broncear, en la escapada, sus vibrantes tatuajes de troglodita. Una delicada

música sintética acompañaba aquella escena de arrojo sobre la planicie.

De imprevisto, emergiendo a sus espaldas, tras una colina se levantó un

helicóptero Black Hawk, de las fuerzas armadas contrarrevolucionarias de

Colombia. En la huida, a la consulta de un general, el copiloto empezó a

artillarlos con una ametralladora de largo alcance.

Jayanes, agachándose, esquivó los disparos serpenteando ágilmente

sobre la pista. Explotando a sus costados, dos mísiles fueron sorteados a la par

por el hábil motociclista.

Por encima, el volátil artefacto se levantó un poco más. A poco,

comunicándose por la radio, los celestes tripulantes se dieron cuenta de su


321

despropósito. En efecto, tomando el rábano por las hojas, se habían

equivocando de blanco.

Para reponer la falta, el piloto a los de la moto les tiró dos sanduches,

buscando dejarlos a tono con el almuerzo. Jayanes por el aire los atrapó y

agradeciendo el gesto, sin detener su marcha, se sacó el palillo de la boca y

saludó con la mano amigablemente a los aeronautas.

Pronto, aceleró las dos ruedas a doscientos ochenta kilómetros, dejando

rezagados a los de arriba.

La energía que llevaban cada vez más impetuosa los condujo hasta un

filo agudo que apareció de repente en medio de la inmensa landa. En

semejante velocidad, con el timonazo para evitar el hueco, un tronco los atajó y

finalmente, volviendo mierda la moto, los disparó por los aires.

***

Gracias al cielo, fueron a caer sobre los torrentes de un río.

Jayanes se batió contra las corrientes y agarrando por el cuello a su

compañero, logró jalarlo de los rápidos hasta la orilla. Saliendo del agua

jadeando, el mico parecía no respirar. El muchacho nervioso empuñó la mano y

le clavó tres fuertes golpes en el esternón, que lograron hacerle expulsar el

líquido contenido en sus pulmones.

Al abrir los ojos, el macaco miró a su amo agradecido. Una risotada y un

abrazo se dieron en complacencia.


322

No obstante, su ubicación era incierta. En la huida y con el golpe, ambos

no tenían ahora la más remota idea de donde podían hallarse.

Reposándose contra un árbol, menguado el susto, una vez el influjo

sedativo de la adrenalina dio vía libre al dolor intenso, advirtieron las secuelas

del choque. Unas ampollas en forma de una babosa cartilaginosa le

colapsaban, al muchacho, la parte alta de la espalda. El animal, no saliendo

mejor librado, había quedado sin dientes, perdiendo incluso la lengua.

Sin embargo, a pesar de las molestias, frente al infortunio y perdidos

como estaban, tocaba mantener la calma. Estirando las piernas, se levantaron

para seguir el curso de la corriente.

Suponiendo que no debían estar muy lejos, adentrándose en la

espesura, varias horas anduvieron a pie junto a la orilla, más o menos hasta la

media tarde.

En cierto punto, surgió de nuevo la esperanza. En el fondo apareció un

campamento, al cual, con cautela, se fueron aproximando. Detrás de unos

arbustos, alrededor de un descubierto, estaban paradas numerosas carpas

verdes.

***

Desde los matorrales, antes de presentarse, intentaron averiguar de qué

gente se trataba. Agachados, circulando alrededor del fortín, encontraron un

lugar apropiado desde donde podía divisarse un llano espacio central, entre
323

aquel sinnúmero de tiendas móviles.

En un principio, observaron la marcha de algunas personas hacia el

descampado. Dos fornidos camajanes se hicieron visibles, instalando sobre el

plano una especie de piñata colorida, grande y hecha de papel enrollado. La

misma tenía la forma de un payaso que los hombres colgaron de la parte

superior de un árbol.

Sacándolo del plástico lo dejaron allí, mientras otros muchos se

acercaban al lugar a contemplarlo. Tres o cuatro uniformados, al parecer los de

rangos superiores, con unos machetes y a golpes secos le iban quitando, al

colgado, dedo por dedo, mano por mano, rompiéndole las articulaciones

achurcadas de graciosos flecos.

Con horror, Jayanes y el simio observaron ese episodio mórbido.

Después, los comandantes del grupo de degenerados obligaron a los

reclutas jóvenes a ensañarse, con cuchillos afilados, picando el cadáver hasta

lograr cierta especie de orgasmo sádico.

Desgajado en trozos, los dulces, los confetis, los juguetillos interiores,

junto a las tripas sangrientas del cuerpo del hombre piñata, iban cayendo a la

rebatiña.

Aterrorizado entonces Jayanes hizo crujir una manzana al pegarle un

mordisco mientras observaba la pavorosa escena. Al sonido, uno de los

comandantes con una seña envió a dos hombres armados a echar por allí un

vistazo.

- Nos van a coger - pensó Jayanes.


324

- ¿Qué pasa?

Algo sucedía también más arriba, por los árboles. Unas figuras, desde

las copas, comenzaban a descender. Desplazándose sobre las delgadas

ramas, entre las sombras, algunos aborígenes de súbito se descolgaron y

apuntando a los uniformados, en sepulcral silencio comenzaron a eyectar

dardos con cerbatanas. De inmediato, las puntas filudas recubiertas con curare

engarrotaron a los armados, tumbándolos uno a uno.

- ¡Nos van a matar!, ¡nos van a matar! - gritó Chimpandolfo, aferrándose

contra su amo y arañándolo por encima de los ojos.

Los dos citadinos se postraron ante los indígenas, arrodillándose y

clamándoles misericordia.

- Estos son gente buena - dijo en español un indio de mirada seria, que

viniendo desde atrás observó la pinta dominguera y de ciudad que llevaba

Jayanes puesta ese día. Era el hijo del cacique de un pueblo aborigen, un

individuo joven e ilustrado, estudiado en una universidad pública de Bogotá.

- Llévenlos al caserío - ordenó enfático.

- Nosotros vivimos acá, somos gente de estas tierras - les dijo el mismo

autóctono, conduciéndolos por un sendero que a media hora de paso terminó

desembocando en una rustica aldea.

Jayanes y el nativo entablaron una apacible charla. Una vez el indígena


325

pasó a preguntarle sobre cómo seguía la rumba en Bogotá, los espacios de

tomata próximos a la universidad fueron una buena excusa para extender la

conversación e hicieron hasta buenas migas.

En el poblado, por esta razón los forasteros fueron recibidos como

invitados de honor. Esa noche se organizó una cena a nombre de los recién

llegados, especialmente porque Jayanes, viendo que estaban en buenas

manos, reforzó su presentación inventando que él había sido, unos años atrás,

estudiante de antropología y por tanto Chimpandolfo era el fruto de sus

investigaciones.

- ¿Estudiante?, a bueno - dijo uno de los mayores.

“Olviden lo que vieron anoche. Esos bárbaros a veces pasan por aquí y

nos toca reaccionar de esa manera. Ésta es nuestra tierra.”

A la mañana siguiente, el cacique les indicó la ruta al templo.

- Tenga, lleven esto para que los dejen entrar - les dijo entregándoles

una talla de madera, cuya forma era la de una curiosa ave de rapiña.

***

A eso de las cuatro y media, esa madrugada, después de un caldo

ofrecido por las dueñas, los invitados reanudaron su camino. Abriéndose paso

entre los ramajes, el muchacho y el simio comenzaron a empujar hacia los

costados el apachurre de la espesura, con la ayuda de un par de machetas

prestadas por los nativos. La neblina era densa a esa hora y siguiendo el
326

sendero abierto con cada golpe, se internaron en la jungla.

Horas más tarde, por arriba, el sonido gutural de los primates los hizo

detenerse varias veces. Entre las ramas, muchos curiosos seres se asomaban,

aquí y allí, próximos a Chimpandolfo; quien feliz los observaba saludándolos

desde abajo, con un gesto humanizado y amigable.

Jayanes, mirando a su amigo, se volteó hacia un lado y al comprender el

significado de la familiar escena, sólo pudo decirle al mono, un tanto con la voz

quebrada: “Te están llamando”.

Hacía tiempo sabían ambos que este instante tarde o temprano iba a

producirse, como todo lo que marcando una época debe abrirle paso a la

siguiente.

Era el momento. No restaba más sino decirse adiós.

- Aquí te dejo amigo, puedes volver a la selva. Ve con tu verdadera

estirpe - le dijo Jayanes con pesadumbre. Luego, en medio de los sollozos se

dieron un largo abrazo.

“Por favor amigo, cuando evoluciones, nunca vayas a inventar la rueda,

ni trabajes jamás el sílex”, exclamó el muchacho intentando, con aquella frase,

sopesar la tristeza de la despedida entre los dos cerebros hermanos.

En aquel momento, volteándose, Chimpandolfo se fue perdiendo en la

oscuridad del bosque, acompañado por las sombras de su misma especie.

***

Al foco de su linterna, Jayanes prolongó la marcha, solitario a esa hora


327

nebulosa, únicamente orientado tras el sendero descrito por los indios, un día

antes. Una llovizna intermitente le dificultaba, cada vez más, el avance entre la

espesura. Media jornada después, su nuca era dulce comidilla saciando la

hambruna inclemente de los insectos.

“¡Jodete, aquí murió tu sociedad!” susurró una voz afónica, traída por

las ventiscas.

- ¿Habría perdido el rumbo?

Estuvo caminando hasta la noche, ladeando macheta casi sin detenerse.

El fango y la lluvia le impedían el paso, más luchando, deslizándose con cada

caída, raspándose incomodo y hasta el tuétano embarrado, sabía ahora que no

podía recular.

Quién sabe cuánto tiempo había pasado cuando una débil iluminación

fue apareciendo entre los ramajes, manifestándose tal vez sólo una luciérnaga,

al fondo de ese inhóspito paraje.

Reanimado por aquella esperanza brillante, el joven se precipitó hacia el

claro. Algún hollín agonizante era expelido por unas boñigas de vaca, a

proximidad de la barraca, cuya conflagración colapsaba, lentamente, con la

caída de las gotas. En el corazón de esa tétrica y verde basílica, un sapo

croaba en calidad de un lento marcapasos.

Un rancho lúgubre adelante le dio la bienvenida.

***
328

A la entrada, haciéndole señas, varios nativos le alcanzaron una toalla.

Adentro, una estufa expelía por un hueco bocanadas vaporosas. La llama

ascendía por detrás cocinando el muro de barro negro. Una mesa de madera

pandeada y centralizada expandía unos peyotes y algunas frutas.

Siguiendo una indicación, Jayanes fue a acostarse sobre una estera,

dispuesta en un recoveco en una de las esquinas de la maloca. El borroso y

largo espacio tenía varias recámaras y, en la negrura, unas y otras albergaban

diversas sombras en vísperas de ser sanadas.

Tranquilo y recostado con la cabeza levemente apoyada en una pared,

el muchacho espulgó en silencio la llama consumiéndose. Escuchando los

sonidos de los carbones de vez en cuando explotando por debajo de la flama,

aguardó a la expectativa de la ceremonia.

En esa sombría atmósfera, casi una hora después, un viejo de rostro

chupado y brahmánico clamor emprendió chillando unas cuantas melodías. Sin

tardar, un nativo joven le acercó un sorbo de la bebida cargada en un garrafón.

Así, el anciano inauguró la toma, sirviendo y pasando totumas.

Luego, durante un buen rato nada más pasó. Las primeras horas

Jayanes pernoctó viendo algunas figuras corriendo a vomitar afuera. El joven,

por el contrario, no sentía ningún cambio tras el consumo del brebaje. La planta

sagrada de pronto en él no surtía mayor efecto.

Bajando la cabeza del muro, la imagen de Alison permanecía intacta y

suspendida en sus pensamientos. La amaba, la amaba ahora y siempre y no

podía hacer nada para evitarlo.


329

Entumido, se enderezo un poco buscando olvidarse y entristecido más

tranquilizándose, quiso dar una vuelta por las alcobas. Al pararse, sin embargo,

algo de enorme fuerza lo jaló hacia atrás y de repente un frío molesto le heló

las piernas.

- Será mejor continuar acostado - se dijo frotándose la cabeza. Al tiempo

el tambor sonaba cada vez más fuerte, casi violentamente.

Perturbado, sintiendo el calor de la hoguera, el joven percibió la sangre

hirviendo por debajo de su piel. Se miró las manos. Las tenía carbonizándose.

¡Lo mismo los pies! Horrorizado, queriendo articular palabra, por su propio peso

la mandíbula sucumbió a tierra. Inaugurada la ceremonia de depuración,

Jayanes estaba sumido en una pesadilla virtual.

El dolor, ese ser animado y con personalidad lo seguía por las salas en

ese desespero por topar la salida. El anciano, gimiendo todavía, viéndolo

tropezarse, le lanzó una mirada inquisidora.

¿Era a él a quien se la dirigía? - ¡desvergonzado! - pareció decir una voz

de infante. ¿De dónde sales? - ¡aquí no hay niños, aquí no hay niños! - dijo

alguien en su mente.

- ¡Impertinente! - escuchó en otra parte y con un dolor hacia abajo notó

un pequeño agarrado a él mordiéndole una pierna, buscando así succionarle

sus peores temores y culpas.

Procurando un movimiento brusco para desembarazarse de aquel

diablillo, fugaz recibió del taita otra mirada energúmena. Estaba en peligro.

Tenía que salir de allí inmediatamente.


330

Despavorido, como un rayo, Jayanes se lanzó hacia la jungla.

Corriendo por los agudos filos de la mala hora, el jibarito tenía la

sensación de que sus ojos, lejos de mirar para el frente, estaban arriba,

planeando sobre el gran cañaveral, por encima de la selva. Su cuerpo al

contrario corría entre la vegetación espesa que, impidiéndole la huida, lo

derrumbaba al paso de los tumbos. Al avanzar, no podía mantener el equilibrio.

En ese estado podía sucederle cualquier cosa.

Atrás, en el bohío, uno de los nativos, viéndolo en el escape y temiendo

por la seguridad del asustado, fue a ensillar una yegua para ir a rescatarlo. Mas

como el nativo también estaba tomado, al agarrar a la caballa por el freno, la

potra se asusto y terminó pisando al indio, quien, por el dolor, nombrando la

madre hizo a lo lejos suponer a Jayanes que era a él a quien se la estaban

mentando.

- ¡Partida de embaucadores!, ¡indios desgraciados! - replicó el joven

acelerando, con los ojos desorbitados, en medio de ese universo de oscuras y

verdes cúpulas.

Alcanzando el lindero, con los tropezones, a tientas se lastimaba la piel

de los brazos. Las ramas parecían azotes, dejándole laceraciones con el delirio

de la evasiva.

- ¡Las luces!, ¡las luces!, el caserío tenía que estar ya muy cerca - pensó
331

con esperanza.

Entre la neblina, terminó por deslizarse sobre un suelo en escalada.

Pronto, se encontró en medio de una laguna de fango donde un olor

nauseabundo vino a invadir su enardecido olfato. Arrastrándose, el muchacho

pudo finalmente agarrarse a una piedra.

Con la respiración asfixiada, cubierto de barro, no pudo moverse más.

Tendido sobre la roca, se echó boca arriba y aterrado presenció la sórdida

expectativa de los carroñeros, que desde las alturas lo examinaban por el

rabillo del ojo. En las cúspides, los chulos custodiaban aquel foso donde venían

a morir los semovientes ancianos.

Por caer en las cascadas, Jayanes estaba al borde de un desfiladero.

***

El pútrido olor en medio del mareo se iba haciendo cada vez más

insoportable. “Estoy aquí, estoy aquí” decía inaudiblemente, levantando la

mano como buscando socorro.

El atrayente precipicio ejercía un poder de fascinación tal como una

pulsión que lo inducía a soltarse e ir a acompañar a las reses muertas,

consumidas en las profundidades de ese lúgubre cementerio animal.

Una vaca aberrada fue entonces elevándose desde el hueco, y por

encima de la caída emergió el muñón de su cabeza de cebú. Acercándose a

Jayanes y mugiéndole al oído, le deseó una pronta y placida agonía.


332

En la zozobra, los gallinazos se levantaron para irse. Abriendo el cielo,

tras ellos dieron paso a una luz resplandeciente que apareció desde el

firmamento, por detrás de la espesura de las copas.

- ¿Podría estar salvado? - pensó el joven - ¿sería el helicóptero? -

anheló inmóvil.

Entrecerrando los ojos, miró aquella luminosidad que descendía del

espacio.

Tras la luz, una serpiente alada de rayones zodiacales venía reptando

lentamente, iluminándolo todo con sus resplandecientes matices. La visión de

los colores era aterradora y fabulosa. El reptil fluorescente fue acercando su

gigantesco espesor, sacando varias veces junto a la nariz del chalado su

enorme lengua bífida. En seguida, le anunció la profanación que cometía al

internarse sin consentimiento en los actuales dominios del señor “Quetzalcóatl”.

Jayanes se tornó boca abajo para abandonarse finalmente ante la

adversidad del encuentro. Implorando una oración, le pidió al cielo que lo

dejara morir.

La divinidad precolombina lo alcanzó por el dorso con sus garras

puntiagudas. Con la cara de costado aplastada contra el piso, pensando en

dejarse ir, el joven cerró los ojos esperando su última exhalación.

Pero, sintiendo las uñas filudas del mito viviente enterrándosele por

debajo de la camisa, al desgarrarle la espalda, inmediatamente volvió a abrir

los parpados. Con la mirada hacia un lado, bajo el efecto del insoportable dolor

en su lomo, el color café alrededor de sus pupilas empezó a convertirse en un


333

tono verde fluorescente e intenso.

De un jalón, el cuerpo del muchacho emprendió a inflarse y sus

músculos comenzaron a henchirse y a crecer de una manera espontánea y

descomunal. Su ropa se fue rompiendo por el espinazo. Los pantalones fueron

dechirándosele por la ensanchada de su masa muscular. El color de la piel de

Jayanes se volvía a la vez más y más verde.

“Agggggggg” gritó hacia lo alto el increíble “Hulk”, el héroe que siempre

cuando niño había deseado ser y en el que ahora lograba permutarse, gracias

al prodigio de la toma de ayahuasca.

Al punto, cogiendo por la cola a la legendaria culebra, el gigante y verde

americano la giró por los aires, mandándola a la porra tan sólo con la primera

brazada.

Moviendo orgullosamente sus enormes pectorales, con júbilo el

monstruo pegó primero un brinco saliendo así del aprieto, y ágilmente fue

desplazándose por la selva a punta de grandes zancadas. En menos de cinco

minutos, la criatura arribó al poblado.

Caminando y gruñendo en medio de las cabañas, con la calma y el

silencio de la atmósfera, poco a poco el coloso recobró su forma natural.

Jayanes tenía la frente ensangrentada, las uñas desgarradas y, con el pedazo

de pantalón en forma de desmechada bermuda, arriscó al guacal donde había

dejado sus pertenencias.

Allí, echándose sobre la cama, se quedó dormido.


334

***

A la mañana siguiente se despertó con el zumbido de unos zancudos

tras el toldillo. Levantándose con dificultad, el jibarito escupió una inmunda

costra por debajo del chinchorro y salió del recinto, dispuesto a pedir disculpas.

Iban a ser las nueve de la mañana. Fue hasta la plaza central y llamó a

la gente.

Nadie salió a recibirlo. Ni una sola persona. El poblado estaba desierto.

Los indígenas habían sido desplazados esa noche por la violencia. Todos los

indios se habían ido.

Al fondo, en medio de la espesura, unas cabezas monumentales,

talladas en unas grandes rocas, se hacían visibles, mirando hacia el cielo

desde cada rincón del caserío.

Los agentes en la plaza de Bolívar se resignaron a no poder darle bolillo

al notar que el individuo indocumentado era cultivado en letras. Subiéndolo a

un camión, lo llevaron a la estación, lo ficharon, le quitaron la plata junto a los

pollos, y un sargento le dijo: “Yo sé que usted es un hombre de bien, váyase”.

Pegándole una patada por el culo, lanzándolo de una tanqueta, dejaron

a Beto tirado en cualquier esquina.


335

- ¿No tiene ni camiseta, ni nada, debajo de ese gabán? - le preguntó

sorprendido el rubio, viendo a su amigo llegar trastornado al apartamento.

- ¡Usted sí se mete en unas vainas oiga! Pues póngase esto y no piense

más - continuó diciéndole Johny mientras le alcanzaba una muda de marca

francesa, muy fina, de las que ahora a él le sobraban en el armario.

- Pilas, - prosiguió el estrenoso - pilas porque doña Cristina me dijo que

había visto a los músicos cotudos pasar anoche por la tiendita. Eso quiere decir

que ya llegaron los viejos. Toca que estemos pendientes.

Efectivamente, el altercado acaecido por la finca había tenido como

consecuencia el retorno anticipado de los viajeros. Más temprano de lo

previsto, el historiador anunció la decisión de volver a la ciudad, aludiendo la

firma de algunos papeles.

Con aquel pretexto, los músicos no supieron ni sospecharon nunca las

verdaderas razones del apresurado retorno a la capital. La lógica del hecho

obedecía, en realidad, a la extraña disputa que el historiador y Paco Polo

habían sostenido aquella noche turbia y estrellada.

A los intérpretes les había causado curiosidad sin embargo ver, desde la

parte alta de la finca y más allá de sus límites, un peñasco clavado en la mitad

con lo que parecía ser un metro de metal, oxidado y entrando retorcido en la

roca. Sin embargo, al percibir que el viejo no pasaba por sus mejores días, los

cantores sin mencionar el asunto, prefirieron tampoco preguntarle a Paco Polo

nada al respecto.

Por su parte, guardando silencio, el historiador daba la impresión de


336

haberse olvidado del incidente, tal como si se hubiese tratado simplemente del

delirio de alguna noche de tragos.

En realidad, el viejo pensaba mencionar la cuestión, solamente, una vez

estuviesen en Bogotá.

***

- Como nos vinimos antier, hoy el hombre debe estar ocupado sacando

unos permisos en el ministerio, para una cosa que quiere realizar en la finca -

les explicó a Las Viejitas, uno de los músicos en la tienda.

- Por esos papeles fue que nos vinimos con él más temprano. Sino

todavía estaríamos por allá descansando.

Era viernes. Al tanto de su regreso, Johny y Beto sospecharon que, al

inicio de ese fin de semana, el historiador no iba a faltar a la tertulia de la

dependencia.

A las cinco de la tarde, los jóvenes decidieron esperarlo al fondo del

establecimiento.

En la penumbra, Beto, sentado, mantenía los ojos sobre el calendario de

la pared, observando las nalgas enormes de una brillante mujer. Los dos

músicos, acomodados en otra tabla, junto a la entrada fumaban cigarros en

absoluto silencio. De vez en cuando, alguno de los prehistóricos decía unas

palabras y el otro sin mover la cabeza asentía, y adormilado, con los parpados

de pollo, se rascaba ciertas ronchas del viaje y bostezaba, un poco para indicar

que, al paso del tiempo, aun seguía con vida.


337

La tarde se fue yendo así, entristecida por los nubarrones que durante el

lapso encapotaron el cielo. A la expectativa, mientras los muchachos tomaban

las amargas, ese anochecer el barrio adquirió pronto el aspecto de un espacio

lúgubre y feo.

Paco Polo no tardó en aparecer. Llegó a eso de las seis y media. Venía

de comprar varios mangos que traía metidos en una bolsa. Ahora sí los

muchachos estaban seguros. El viejo no debía de estar muy lejos.

El historiador se aproximó precavidamente, escoltado por varios

uniformados. Al exterior del negocio, con el índice les indicó cual de los allí

presentes era el pérfido bandido.

- Ese sujeto que está allá, fue el que se robó el patrimonio científico del

cual les hablo - exclamó en voz baja, señalando a Paco Polo.

De inmediato, cuatro policías, gordos y bajitos, irrumpieron en el recinto.

Con un bolillazo, uno de ellos volvió añicos el vidrio de la portilla para lograr

acallar al vulgo.

El científico jubilado soltó los mangos. Desconcertado y comprendiendo

la encrucijada en la que se hallaba, en seguida trató de huir, empujando hacia

un costado a uno de los de quepis. En el acto y a pesar de las tristes

condiciones físicas de los agentes del orden, a los mismos no les fue difícil
338

atajarlo. Lo agarraron hábilmente por las extremidades, lo tiraron bocabajo

contra la mesa, atrás de la espalda los brazos, la vena del cuello salida.

- Tiene derecho a decir lo que se le dé la gana, ¡a nosotros nos vale

güevo! - exclamó, imperturbable, uno de los tombos, mientras le colocaba las

esposas.

La captura había transcurrido con tanta velocidad que los músicos ni

siquiera se habían levantado y hasta ahora lo hacían, estupefactos, la espalda

contra la pared, sudorosos y sin saber qué hacer.

Las Viejitas, por su parte, observaban el arresto, atentas y sin agitarse.

- Desgraciados, ¡ustedes no saben con quién se están metiendo! -

gritaba Paco Polo.

- ¡Suéltenme o mando destruir mi colección de cuatrocientos noventa

discos!, ¡es la colección más completa de la historia musical de este país!,

¡para el pueblo será una pérdida peor que la del metro absoluto!

Detrás de las amenazas, se había formado un corrillo atiborrado de

fisgones. Muchas personas llegaban presurosas al lugar, con la esperanza de

no haberse perdido las mejores partes del espectáculo allí gratis ofrecido. Era

claro que casi nadie a ciencia cierta entendía lo que estaba sucediendo. No

importaba, con tal que hubiera bastante sangre.

- Yo tengo más discos que ese anciano, los míos son de música actual -

pensó Beto.

Luego, esquivando el bullicio, Las Viejitas franquearon la entrada, pues

el rubio había creído ver afuera el rostro del historiador entre la afluencia.
339

- Oiga, creo que el profesor se está yendo por allá, camine rápido - le

indicó al de gafas. En ese momento, Paco Polo continuaba en medio del gentío

gritando insolencias contra el país. Molesta por la alharaca, doña Cristina, a

uno de los cabos le pasó entonces una botella de ron, con la cual, castigándole

la cabeza, lograron darle silencio.

Al tiempo, los espectadores pedían más y más sangre. En seguida,

Johny y Beto salieron saltando por encima de la patrulla estacionada al frente.

Corrieron por entre los bloques tras la figura del historiador, quien a la distancia

se alejaba del lugar, con la satisfacción de aquella misión cumplida.

El viejo había logrado su cometido: derrotar al menos un foco de

corrupción en el país.

***

Las Viejitas lo alcanzaron en los aparcaderos, antes de que se subiera al

auto.

- Lo estábamos buscando señor Blas, venimos a pedirle un favor, es

urgente - exclamó Johny respirando cortado, deteniéndose con brusquedad

cerca al Toyota.

Convencerlo para que examinara la estatua y dictaminara sobre la

autenticidad del redentor no fue tarea fácil. Johny con seriedad le presentó

rápidamente el difuso sumario de los sucesos, pidiéndole, ante el espinoso

panorama, un máximo de reservas. A continuación le pidió una cita para que


340

examinara la pieza lo antes posible.

Al final de la escucha, el historiador parecía distraído. Cuestionando

algunos apartes del relato del muchacho, la respuesta del docto se fue

convirtiendo entonces en un monologo, desplazándose, largamente, en vía de

la política y llevando la inquietud presentada a otros parajes lejanos. Allí había

cabida hasta para una extenuante reflexión sobre las malas costumbres de la

juventud actual, heredera de la mediocre tradición de la generación de los años

sesenta.

A la hora y media, el viejo remató su interminable retahíla aludiendo a

una oscura ecuación que podía fácilmente descubrirse, formada entre los

sindicatos de trabajadores y la corrupción actual en el estado.

Sin entender casi nada de aquel singular discurso, con cara de

aburrimiento, los dos muchachos sólo esperaban a que el hombre terminara

por callar y aceptara examinar la estatua.

- Los sindicalistas y los intelectuales de este país son los que están

acabando con lo poco que nos queda - exclamó dando un paso en falso.

Luego, antes de abrir la puerta del automóvil, hilvanando ideas, el docto

recordó que tenía que dar respuesta a la razón por la cual los jóvenes lo habían

estado oyendo.

- ¿El Cristo de qué? - se preguntó en ese punto, sin acordarse ya de que

se trataba todo el particular asunto por el cual se había detenido a hablar con

ellos.

Un corto silencio emergió entretanto y en aquel intervalo, en buena hora,


341

observando al viejo ya por irse, a Johny se le iluminó el pensamiento.

Imaginando que hasta entonces las razones de Las Viejitas no habían logrado

convencerlo, el joven creyó, en ese aire, captar algo de la esencia de aquel tipo

de antiguos hombres del país. Y suponiendo saber lo que al historiador le

gustaba escuchar, oportunamente, el muchacho resolvió citarle un verso.

Se trataba del inicio de uno de esos libritos, de los muchos que hasta

hace poco él había aprendido sin razón y de memoria. Así, el rubio,

circunspecto, exclamó levantando y moviendo el índice pausadamente:

“Después de tantas horas de caminar, sin encontrar ni una sombra de

árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los

perros...”

Buscando en uno de sus bolsillos, las llaves de su montero, el viejo, a la

escucha del preludio, volvió a retornarse.

- Nada mal - exclamó - me gusta ese cuento. Me gusta. Ustedes no

están tan mal como yo creía, muchachos. Tengan mi dirección. Traigan ese

Cristo mañana a mi casa y miramos a ver qué se puede hacer con él.

Con los nudillos Beto golpeó la puerta del cuarto del jubilado. El docto
342

abrió y desconfiadamente, mirando hacia fuera, los hizo pasar con rapidez.

Del costal recién exhumado, extrajeron la figura envuelta.

Al tiempo que Beto la iba con cuidado descubriendo, la cara del

historiador fue transformándose. En un principio, el humanista sospechaba que

los jóvenes, en mofa, habían sacado seguramente de alguna parte un pedazo

de madera seca, una réplica de segunda mano sobre seguro de poco o ningún

valor. Pero lo que tenía ante sus ojos, distaba mucho de esa primera hipótesis.

Barriendo con el brazo y tirando al suelo el papelerío de su escribanía, el

dueño abrió espacio para extender la extraña pieza. Luego, frunciendo el seño,

se dirigió a la puerta y la cerró con llave.

Un tanto desconcertado, el historiador se quedó absorto mirando la

imagen durante algunos segundos. Por encima, acomodando la luz de una

lámpara a mango flexible, apuntó el foco para poder observarla mejor.

De debajo de la cama, fue pronto a sacar unos tomos de lejanos

pretéritos, los cuales lucían, en el borde de las páginas, laminillas de oro puro.

Entre ellos se distinguían un tratado de los ritos tántricos, una cábala mística y

un rollo, en pergamino finísimo, del libro de la Tora judía. Consultando los

volúmenes, el viejo comenzó a pasar las hojas agitadamente.

Remangándose la camisa y pidiéndoles espacio, el historiador fue y

sumergió un copito en el líquido de la botella donde guardaba su embebida

araña pollera sobre el estante. Con el algodón mojado, al uso de aquel

antiquísimo formol, palpó suavemente la llaga situada en el torso del Mesías.

Al contacto con la lánguida esmaltada, salió humo.


343

- ¿Qué pasa?, ¡si es!

- ¡Cállense! - interrumpió el viejo - eso no nos prueba nada aún.

Con un pañuelo, secándose el sudor de la frente, añadió:

“Es mejor que se vayan muchachos. Los llamaré cuando confirme estas

sospechas. Aquí no tengo los documentos precisos y necesarios para estudiar

bien esta figura. Con estos libros que tengo no es suficiente para avanzar

conclusiones. Debo ir a consultar unos antiguos manuscritos a la biblioteca

nacional.”

Y echándolos del cuarto, el erudito cerró la puerta para poder

concentrarse.

10

Por esos días, el país se mantenía estable en la consonancia del

desorden más inaudito. Las matanzas al menos se equilibraban con la

pendiente que alcanzó la tasa bruta de natalidad. “El crecimiento este año será

de menos cincuenta por ciento” declaró el gobierno optimista, habiendo perdido

ya toda credibilidad.

Ciertos parlamentarios, ideando recobrar el apoyo de la opinión pública,

esa misma tarde echaban discursos en las plazas principales de los pueblos.

Con la pericia propia del timo a la gente tras el poder, proclamaban

planteamientos mostrando con ellos un grado cero de inverosimilitud absoluta.

A quemarropa, uno a uno, los fueron bajando a bala.


344

- ¿Por qué diablos será que se demora tanto ese viejo revisando la

estatua? - se preguntaba Johny impaciente, mirando las noticias, una semana

más tarde.

La lentitud del diagnostico ya superaba los límites de lo posible. Los

muchachos sabían que el país no podía esperarlos más. Era necesario

apremiar al veterano para que dejara de tardar en el dictamen. Las Viejitas

entonces llegaron prestas a acosarlo, timbrándole varias veces.

Adentro, haciendo caso omiso del soniquete, el historiador no daba

hacia el exterior señal alguna de vida. Tenía las cortinas cerradas y desde

afuera, a eso de las siete de la noche, por la acera, sólo en la ventana tras la

colgadura, se advertía la luz opaca de la lámpara sobre el mesón de su alcoba.

La sombra del ilustrado aparecía de vez en cuando, moviéndose por el recinto,

caminando imperturbable y de un lado a otro, con un libro abierto entre las

manos.

Las Viejitas lo observaban, raspachines los dientes, solicitándolo desde

afuera. Ese fin de semana, creyendo menester urgirlo, se pegaron a la bulla y

dándole a los platillos, protestaron desde abajo, ajustándole la rechifla.

Abriéndoles el portón, el viejo al salir entre los humos, conservando

apenas la calma, con las manos cerró de un sólo golpe un antiquísimo volumen

de Vesalio, cuya carátula rezaba: “Humani Corporis Fabrica”.

- Aún no he terminado - les dijo gravemente.

Al día siguiente, regresando a presionarlo, él historiador cual poseído

desde arriba sacó la cabeza y continuó reprendiéndolos mientras alzaba las


345

manos:

“¡Déjenme trabajar!, ¡Ahí está pintada esta juventud guacherna, que lo

único que ha cambiado de las costumbres de este país es reemplazar la

adoración de la imagen de la virgen de Chiquinquirá por la del Che Guevara!”

“¡Fuera de aquí, diletantes académicos!, ¡fuera de aquí, nueve-

abrileños!”

Y yéndose con sus quejidos, cerró la ventana de un porrazo.

Por delante, la mañana de un miércoles, el viejo exhausto decidió

claudicar finalmente a la tarea. Metiendo la estatua dentro de su costal de

papa, asumiendo sobriamente su derrota, devolvió el bulto a Las Viejitas

diciéndoles con cara apesadumbrada y dos enormes ojeras:

“Muchachos, he hecho lo necesario en esta investigación.

Lamentablemente, según mis conclusiones, parece ser humanamente

imposible para las ciencias sociales saber si se trata de la pieza original o no.”

“Para tener la certeza sobre la originalidad del Mesías, tocará esperar a

ver si le crece el pelo.”

11

Jayanes volvió a la metrópoli, sintiendo a sus espaldas un inminente


346

peligro. Antes de volver a Bogotá, no había conseguido pedirles disculpas a

los aborígenes por el golpe personal asentado a una de sus divinidades, la

misma serpiente sagrada saliendo a volar aquella tétrica noche.

Regresando a la ciudad, el jibarito sentía más culpa de la que albergaba

al inicio del viaje. En la flota de regreso, mirando por la ventana, varias veces

tuvo la molesta sensación de que lo venían persiguiendo.

Esa noche, al llegar a Pablo Sexto, le fue necesario dormir de costado,

con un cromo del sagrado corazón abrazado al pecho. Algunas sombras desde

las selvas alcanzando la metrópoli, le volaban por encima del edificio,

golpeándole en las ventanas. Revenían a su vez los animales y una que otra

vaca se asomaba, de reojo, entre los vehículos de su colección de revistas de

carros.

El Retorno de la jungla dejaba ver consecuencias flagrantes: tal como un

programa de computador, la paranoia se había instalado en su conciencia. Con

impresiones trastornadas y sin poder pegar el ojo, esa madrugada, desde la

cocina, Jayanes vio afuera la silueta demoníaca de un gallo sobre un gato,

sobre un perro y sobre un asno.

Eran los teatreros de al lado, noctámbulos y emborrachados,

experimentando un número de sombras chinescas. Lastimosamente el

muchacho no lo sabía.

Angustiado y sumido en un agravado malestar, reflexionó en el baño

buscando una última salida. Ahora sólo parecía posible redimirse, según la

usanza de los colinos santafereños, a través de una cura con hongos sagrados.
347

Dos días después, a la madrugada, prendiendo su Mazda de color

blanco, tomó la autopista del norte en dirección a Villa de Leiva. Detrás del

poblado se extendían los campos donde las setas se multiplican. Aquellas

trufas ahora eran su última esperanza para librarse de sus perseguidores

fantasmas.

***

Tres horas después estacionó el automóvil cerca a la plaza enlosada del

pueblo y marchó por detrás del cementerio. Un camión vía al pozo lo recogió al

rato, dejándolo medía hora más tarde, próximo a unas cascadas. Al anochecer,

acomodó su carpa, hizo una fogata y sacó los champiñones recogidos en los

alrededores, crecidos sobre las plastas de vaca.

Echándolos en agua de panela, los calentó en una olleta. Transcurrido

un rato, tomando el brebaje y mirando hacia el horizonte, vio llegar allí cerca a

tres individuos de pelo largo, quienes a pocos metros instalaron igualmente un

toldo.

Interesados por su parte en hacer fogata, uno de los aparecidos fue a

pedirle un tizón caliente. Jayanes, alcanzándoselo, en su mirada comprendió la

inquietud que lo había abordado al verlos arrimarse.

¡Eran los indios trasmutados en hippies! Hasta el lugar habían llegado

persiguiéndolo.

Turbado, el joven entró afanosamente en la tienda. Cerró la cremallera


348

sintiendo el corazón acelerado. Los escuchó con una guitarra afuera cantando

música de Silvio Rodríguez. De seguro, entonaban las canciones sediciosas

para confundirlo.

Las llamas de las fogatas impregnaban las paredes de plástico con sus

incesantes movimientos.

A la medía noche, aturdido por las culpas, el estremecido no pudo más.

A la luz de la luna, Jayanes salió resuelto y sin que los hombres lo vieran fue a

treparse a la cima de una de las cascadas. Estaba determinado a pagar, de

una vez por todas, sus abrumadoras cargas y culpas.

A la altura del precipicio ya fue siendo demasiado tarde. Había fracasado

en su vida. Allá abajo, el remedio no existía.

Luego, con un patético gesto de resignación, Jayanes se dejo caer

desde esa altura.

***

“¡Oiga Manuel, ese man se tiróoooo!” - gritó uno de los sesenteros,

viéndolo caer en el agua.

Levantándose de la fogata, el pseudo-Lennon veloz avanzó al rescate.

Los otros mechudos, tras del primero, levantaron con cuidado al accidentado y

cargándolo hasta su carpa, lo acomodaron acostándolo.

“Pilas hermano con esas notas” le dijo uno de los nihilistas y

observando que el alucinado tan sólo estaba maltrecho, los jóvenes agitadores
349

se retiraron, dejándolo tendido dentro de la tienda.

Con el dolor de un esguince y lo demás tronchado, afortunadamente el

incidente no había pasado a mayores. De madrugada, los hippies desmontaron

sus enseres. Jayanes, como a las once, al sacar la cabeza del toldo los advirtió

yéndose con los morrales ya ajustados en los hombros. Despidiéndose de él, le

hicieron, con el pulgar, señales de buena energía.

- Todo bien mijo. ¡Buena esa “Lorenzo Pez!” - le dijo sonriendo al

parecer el líder y quien sabe por qué sería que aquel mechudo lo vino a llamar

así.

- ¡Eso de suicidarse viejo no paga! - le dijo el otro alegre, iniciando la

partida.

Con la cabeza aun nebulosa, Jayanes, levantando la mano derecha, se

despidió de los melenos y entrando se volvió a echar para atrás. Una enorme

sonrisa se posó en su rostro y unas lágrimas se le fueron saliendo, corriéndole

por entre la felicidad, los moretones y las magulladuras.

Por fin estaba en reposo. Aquella cordial despedida enunciada por los

indios camuflados en desgobierno, significaba ciertamente su pagado perdón

de todas las culpas. En buena hora sentía saldadas totalmente sus pesadillas.

En más, por lo que estos chamanes le habían expresado, tenía ahora un nuevo

nombre que desde entonces asumiría. Doblando su carpa para irse, “Lorenzo

Pez” tuvo la certeza de que, con su caída, regresando a la ciudad, la calma se

habría tendido, como una sábana blanca, sobre el lecho de la demografía

insomne del país.


350

12

Agosto avecinó radiante con el final de esta historia. Por las fechas en

que reiniciaban las clases, tras la caída de aquel alto, los astros señalaron el

paso definitivo hacia la reconciliación nacional.

Sin tardanza, un optimismo generalizado inauguró las festividades, y los

carnavales estallaron desde Punta Gallinas hasta Tabatinga.

Esa misma soleada mañana, un avión de Air-France surcó los aires

trayendo a dos figuras tantos años esperadas.

El inglés, padre de Johny, reencontró a Judith exactamente como,

décadas antes, la había dejado plantada. La mujer, rejuvenecida gracias a los

efectos benéficos irradiados en su apartamento, se veía hoy igual que el día de

su partida. Pero lo más sorprendente fue, para el europeo, el lujoso palacio en

el que ella y su hijo vivían. ¡Se quedaría para siempre!

Cerca de Pablo Sexto, por su parte el historiador, abriendo la puerta de

su dormitorio, vio allí plantada, con maleta en mano, a su antigua amiga sueca

Paniuverda Bulsidic.

La mujer había dejado al camerunés por marchar a su reencuentro.

Mirándose, a los dos se les vinieron las lágrimas. En el fondo de las arrugas, se

reconocieron perdidos en el transcurso de toda una larga vida. Con los años, a

ambos ya no les quedaba ni un diente.


351

Por la tiendita, los tomatragos, al viejo Blas no lo volvieron a ver jamás.

Cuenta la leyenda que el historiador partió con la sueca montado en su Toyota

hacia los llanos, dejándoles a sus compinches unos versos formidables,

pegados en una servilleta sobre la puerta del establecimiento, los cuales

decían así:

Farewell

Por buscar y beber el agua pura,


distraje un poco el sentido de la vida,
y hasta mi libertad casi perdida,
casi deja mi entraña sin dulzura.

Y, ¿cómo es que ha de germinar ternura,


en donde la conciencia yace herida,
asaltada sin tregua y sometida,
a una sola contrata de locura?

Así es mejor dejar a los profetas


con los farsantes y los proxenetas,
y al volver a ensillar a Rocinante,
sin ofrecerle culto a la utopía,
- sospechosa de fraude día por día -
me propongo seguir de caminante.

***

Finalmente, Lorenzo Pez terminó con sus actividades ilícitas. Admitido


352

por la tía de su amada, instaló formalmente un carrito de perros calientes en la

entrada de Pablo Sexto, dispuesto a irse de ahorros, para más tarde casarse

con Alison. Ambos enamorados comprarían, años después, un apartamento en

el barrio Bachué, subsidiado por la casita roja de Davivienda.

Al tronquito de Yerbux, en el barrio, gracias a que el Cristo había

permanecido enterrado al lado de sus raíces, le saldrían ramas.

“Hola Yony, soy yo” le dijo el árbol resucitado a su amigo,

bonachonamente, como antes lo hacía.

Reintegrados a la vida estudiantil de un nuevo semestre universitario, los

muchachos, bien parecidos, cada uno consiguió novia y admiradoras por

montones. Para la suerte de la República, ambos se desentenderían para

siempre de asuntos políticos y peliagudos.

Beto publicó, ese semestre, su primer número de la revista Antro-pus-

logos, y Johny casó más tarde con una australiana.

Y el país por fin obtendría la paz tan anhelada, cuando, por la iglesia,

arrimaron los maleantes trayendo metido al redentor dentro de una canasta.

Moviendo el sombrero y haciéndole una sonrisa al sacristán, uno de los

ametrallados exclamó:

“Chino, diga que fueron Las Viejitas”.


353

FIN