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CORRUPCION Y FUERZA ARMADA

Enrique Obando

Comencemos por poner el tema en su justa dimensión. Después de las


últimas revelaciones sobre cómo se manejaba el gobierno de Fujimori-
Montesinos en el tema de la cooptación de los altos mandos, es indudable que
existía corrupción en la Fuerza Armada y que ésta era utilizada por el gobierno
como una herramienta de control sobre los militares. Debemos tener cuidado,
sin embargo, de no generalizar este hecho llevándonos a la afirmación de que
los militares son corruptos. No se puede juzgar a toda una institución por el mal
comportamiento de una parte de sus miembros. Dicho esto, no obstante, es
necesario puntualizar dos hechos: que la corrupción no comenzó con Fujimori
sino que tiene antigua data y que está muy extendida. De los tres institutos el
que menos ha sufrido es la Marina y el más afectado es el Ejército. De todo
esto se desprenden inmediatamente tres preguntas. 1. ¿Qué origina la
corrupción entre los militares? 2. ¿Qué problemas causa la corrupción a la
institución militar, y específicamente en el actual momento de transición? y 3.
¿Cómo solucionamos el problema?

¿Qué origina la corrupción?

Tenemos varias causas. La primera de ellas es la sociedad misma. Es claro


que el problema no radica en la Fuerza Armada sino en la sociedad peruana
que se ha tornado disfuncional. Existe corrupción entre los jueces, policías,
empresarios, periodistas, políticos, servidores públicos, etc., etc. Esto se ha
tornado en una característica de la sociedad. Es decir, somos una sociedad
anómica en la cual la presión social no funciona para respetar las normas sino
para quebrarlas. El que respeta las normas es considerado un tonto. Si
nuestros militares provienen de esta sociedad, es lógico que tengan su cuota
de corruptos. La segunda causa es el sistema de control que Fujimori impuso a
la Fuerza Armada, que permitió y hasta incentivó la corrupción. La finalidad era
el control político de los militares. Los que estaban con el régimen podían tener
carta blanca para sus malos manejos, y los que no, eran denunciados por
corruptos. Los honrados eran peligrosos y, por lo tanto, vigilados cercanamente
o invitados al retiro. Este sistema fue nefasto para la institución militar y nos
llevó a la tercera causa de corrupción, que es el mal ejemplo. Cuando la
cabeza delinque y no tiene voluntad de controlar la corrupción, el cuerpo se
corrompe fácilmente. Las instituciones funcionan de acuerdo al ejemplo que
dan sus jefes. Una cuarta causa es, indudablemente, los sueldos deprimidos de
los militares. En todas partes del mundo, ahí donde se pagan sueldos que no
están de acuerdo con el status de quienes los reciben o, peor aún, que no
alcanzan a satisfacer las necesidades de quienes los reciben y existe la
posibilidad de acceder a ingresos suplementarios por la via ilegal, el resultado
es la corrupción. Finalmente, todo parece indicar que las instituciones armadas
no han tenido el cuidado necesario en la selección de su personal, permitiendo
el ingreso de personas que provienen de sectores muy influidos por la anomia
social. Esta falta de una adecuada selección tiene que ver también con los
sueldos deprimidos, lo que disminuye el número de candidatos que aspira a
ingresar a la Fuerza Armada, reduciendo, en consecuencia, el universo de
donde se puede escoger a los futuros cuadros. A la Fuerza Armada no se están
presentando ni los más preparados ni los más probos.

¿Qué problemas trae la corrupción?

La corrupción trae no pocos problemas y muy graves. En primer lugar, el


temor a ser descubiertos por algún mando honesto lleva a que los corruptos se
defiendan entre ellos formando argollas que luchan por colocar a su gente en
los puestos de decisión. Por lo tanto, los corruptos forman un grupo de presión
dentro de la institución armada, que en ciertos momentos logra el control de la
institución, como fue durante Fujimori con personajes como Hermoza, Malca,
Bergamino, Elesván Bello y otros. Entonces, la forma de ascender fácilmente
es ser miembro de la argolla corrupta, produciéndose una selección al revés.
Ser honesto no es una cualidad, sino que se convierte en un lastre para hacer
carrera. No hay manera de exagerar el daño que esto le causa a la Fuerza
Armada. En primer lugar, la desprofesionalización, ya que para ascender lo
importante es ser miembro de la argolla en el poder y no necesariamente un

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buen profesional. El nivel francamente lamentable de los últimos mandos del
Ejército durante el período de Fujimori es prueba de ello.

En segundo lugar, la corrupción afecta al presupuesto, ya que la merma que


ésta le produce reduce gastos ya de por sí reducidos, como los de rancho,
gasolina, mantenimiento, etc., y, en casos más serios, lleva a que se adquiera
material bélico no en función de su calidad ni de su necesidad, sino de
ganancias ilícitas.

En tercer lugar, la corrupción abre la puerta al ingreso en la Fuerza Armada


de distintas mafias, como la del narcotráfico, haciendo que ciertos oficiales le
tengan lealtad a éstas, cuando su lealtad debería ser absoluta y
exclusivamente hacia el Estado peruano. La existencia de lealtades divididas, y
a veces contradictorias, hará que donde exista esta contradicción el oficial opte
por la lealtad ilegítima que le produce ganancias, con las consecuencias del
caso para la defensa nacional.

En lo que se refiere a la transición militar, los grupos corruptos constituyen un


claro obstáculo, ya que por definición tienen que ser eliminados como parte del
plan de cambios en los institutos armados. Sin duda alguna, las argollas de
corrupción se defenderán y buscarán frustrar el cambio desde los puestos de
decisión que estén ocupando. En la medida en que no todos los corruptos son
conocidos, su eliminación puede resultar una tarea difícil.

¿Cómo solucionar el problema?

La solución puede no ser fácil, pero existe, y para dar resultados debe ser
integral. El primer paso obvio es expulsar de la Fuerza Armada a todos los
corruptos conforme vayan siendo identificados. Para ello todo lo que se
necesita es la voluntad de hacerlo. Como sabemos, en la Fuerza Armada no se
dan explicaciones a los individuos que son pasados al retiro. Una vez hecho
esto, viene la necesidad de ponerlos a disposición de la ley. En algunos casos
probar el delito ante los tribunales puede resultar difícil, pero habrá que dedicar
el esfuerzo de investigación necesario para hacerlo. La reducción de la pena e
inclusive el perdón para ciertos casos, a cambio de colaboración e información
sobre las actividades de otros elementos que hayan delinquido, puede ayudar
mucho y acelerar los procesos.

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En segundo lugar, el alto mando debe predicar con el ejemplo. El cuerpo
nunca se tornará honrado si la cabeza es corrupta. Luego, habrá que mejorar el
proceso de selección de los cadetes, para evitar el ingreso de elementos que
procedan de sectores anómicos. Asimismo, habrá que montar sistemas de
vigilancia y control del gasto, sistemas que existen en la Marina, mas no en el
Ejército, donde el comandante de unidad tiene el dinero en efectivo para su
uso.

Un cambio absolutamente necesario será el mejoramiento de los ingresos de


oficiales, suboficiales y tropa. Un soldado percibe en la actualidad 55 soles
mensuales, considerablemente menos que una empleada del hogar que gana
entre 350 y 450 soles mensuales. De hecho, el soldado recibe menos
asignación que un presidiario. Los sueldos de los oficiales están, asimismo
considerablemente deprimidos. Como ya hemos dicho, la mala paga lleva
indefectiblemente a la corrupción, además de afectar la moral y hacer que los
militares no se concentren en su quehacer de defensa nacional, sino que
tengan que estar permanentemente a la búsqueda de negocios lícitos o ilícitos
para solucionar su problema de ingresos. Eso debe terminar.

Habrá que considerar, además, dos medidas controvertidas, pero cuya


posible aplicación debe tomarse en cuenta. La primera es la posibilidad de
contar con un inspector que venga de fuera de las filas de la Fuerza Armada. El
Inspector General de cada instituto tiene, por encima de él en la jerarquía, al
jefe de Estado Mayor General y al Comandante General. La inspectoría la
puede realizar hacia abajo, pero difícilmente hacia arriba, donde están esos
dos oficiales con mayor rango que él. Un inspector civil, ajeno a la Fuerza
Armada, no tendría este problema, ya que estaría fuera de la jerarquía militar y
sería un enviado personal del Presidente de la República. Así podríamos tener
dos inspectores: uno civil para asuntos del gasto, y otro militar para asuntos de
la operatividad de la Fuerza Armada.

La segunda medida tiene que ver con el Consejo Supremo de Justicia Militar.
Dificilmente los jueces militares pueden ser imparciales cuando dependen
económica y jerárquicamente de los altos mandos. Su función legal sería más
fácil de cumplir si dependieran del Poder Judicial y no de la Fuerza Armada.

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De otro lado, al Congreso le compete un rol importante en la fiscalización del
gasto militar, del cual no debe abdicar. Esto lo debe hacer a través de la
Comisión de Defensa Nacional, Orden Interno e Inteligencia. Aquello que sea
considerado secreto podrá ser revelado a una subcomisión de la comisión
integrada por tres personas, dos del gobierno y una de la oposición. Pero es
imprescindible que el control se realice desde dos instituciones; no sólo desde
el Ejecutivo, sino también desde el Legislativo, para salvar aquellas situaciones
en las cuales el Ejecutivo hubiese caído en la corrupción, como fue en el
gobierno de Fujimori.

Finalmente, el Ejecutivo que quiera controlar la corrupción tiene una


herramienta infalible, el control horizontal. El control horizontal consiste en
conversar con oficiales, suboficiales y tropa en los distintos grados, elegidos al
azar, sobre sus problemas y vivencias en la institución militar. Dicho diálogo
será absolutamente reservado y llevado a cabo por representantes del
presidente de la República. En esta conversación horizontal siempre salen a
flote los problemas de corrupción y otros. El control tradicional es el vertical,
donde el presidente se entera de lo que ocurre a través del Comandante
General, y éste a través de sus jefes de región. El control horizontal es
definitivamente más completo y seguro.

La lucha contra la corrupción, definitivamente, no será sencilla. Pero si no


salimos victoriosos de ella, no podrán perdurar nuestras instituciones
nacionales. La moralización que se plantea llevar a cabo en la institución
militar, es en realidad algo que se debe generalizar a todas las instituciones
nacionales. La corrupción no es exclusiva de ninguna institución en particular, y
por ende no es monopolio de los militares. Es un problema que ha alcanzado a
toda la sociedad peruana y que si no es erradicado en su totalidad, aquello que
permanezca corrupto contagiará nuevamente las partes que hubiesen sido
saneadas.

desco / Revista Quehacer Nro. 129 / Mar. – Abr. 2001