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ENSAYOS DE FILOSOFÍA DE LA CIENCIA Y

LA TECNOLOGÍA

Compilación de Nydia Lara Zavala


AGRADECIMIENTOS

Queremos externar nuestro agradecimiento a la Dirección General de Asuntos del


Personal Académico (DGAPA), de la Universidad Nacional Autónoma de México, por
brindarnos el apoyo del PAPIIT para la realización del Proyecto IN401314, El Papel de la
Tecnología en la Ciencia, del cual el presente trabajo forma parte. También queremos
agradecer a la Facultad de Ingeniería por toda la ayuda prestada para poder concretar este
libro de ensayos, así como al Ing. Gonzalo López de Haro por su invaluable soporte y
confianza en nuestro trabajo.
INDICE

Prólogo

Introducción

¿Qué es y para qué sirve la filosofía?


Nydia Lara, Ian Quallenberg, José Martín Peña y Hugo López Araiza

Empirismo
Nydia Lara Zavala

Reflexiones sobre el problema de la inducción


Raúl Ibarra Herrera

Introducción a la filosofía de la tecnología


Hugo López Araiza Bravo

Tecnociencia: una vuelta de tuerca


Nydia Lara Zavala

Tecnología y ciencia: un continuo entre meta y amplitud


Ian Quallenberg Menkes

Técnica y tecnología
Nydia Lara Zavala

Tecnología y ética
Nydia Lara Zavala
PRÓLOGO

El presente libro se compone de una introducción y ocho ensayos que fueron


escritos para iniciar a los ingenieros en temas filosóficos, aunque suponemos que puede
ser útil para cualquier otra profesión o persona interesada en temas relacionados con la
filosofía de la ciencia y la tecnología. En este texto nuestra preocupación fundamental es
la tecnología, tema que nos parece pertinente porque es una de las ramas más
abandonadas de la filosofía y que pensamos que es necesario trabajar de la mano de los
ingenieros. El primer ensayo se escribió con la intención de ofrecer a personas ajenas a la
filosofía un breve panorama en torno a qué es la filosofía, cuáles son sus ramas de
investigación y sus respectivas definiciones y temáticas. Su objetivo es ofrecerle al lector
una idea general y un tanto esquemática en torno a la clase de tópicos que le compete a la
filosofía explorar. El segundo texto versa sobre el empirismo. Aunque posiblemente es el
más filosóficos de los ensayos, lo incluimos porque el ingeniero tiende a suponer que su
actividad tiene un fuerte componente empírico, cuando en realidad ni podría ser así ni
sería deseable que lo fuera. El objetivo de este texto es mostrar los problemas insolubles
con los que tiene que lidiar el empirismo, tanto en la vida cotidiana como en la ciencia y
la tecnología. El problema es tan fuerte, que en la literatura filosófica se le conoce como
la madre de todos los problemas. El tercer ensayo es interesante porque trata de dar una
cura terapéutica al problema del empirismo por la vía de la probabilidad y la estadística.
El problema, en realidad, no se resuelve, pero cuando menos no deja al empirismo
estancado en un total escepticismo. El cuarto ensayo presenta un amplio panorama sobre
los pros y contras para gestar una rama de investigación especial relacionada con la
filosofía de la tecnología. Aunque el ensayo es básicamente de carácter histórico, su
relevancia es que ampliamente ilustra una enorme gama de prejuicios relacionados con la
manera tradicional de entender la relación entre ciencia y tecnología. Problema, dicho sea
de paso, que permea de manera alarmante a prácticamente todos los programas que
actualmente se imparten en las facultades de ingeniería y que sería prudente modificar. El
quinto ensayo versa sobre cómo, a partir de la Segunda Guerra Mundial, se gesta la
tecnociencia, movimiento que pone a la ciencia al servicio de los desarrollos
tecnológicos. En este texto se ilustra cómo una buena política científico-tecnológica
puede contribuir al desarrollo tecnológico y cómo una política errada puede hacer a los
países que la aplican en simples sirvientes del avance tecnológico del extranjero sin
saberlo. El sexto ensayo inicia dando cuenta de dos versiones opuestas que se han
mantenido a lo largo de la historia con respecto a relevancia de la ciencia y la tecnología
como formas jerárquicas de conocimiento. Lo que se ilustra en este texto es que ninguna
de las dos es correcta. Las dos posturas tienen severos problemas conceptuales al
considerar a la ciencia como un conocimiento puro y a la tecnología como un
conocimiento práctico o, para ponerlo en términos más cotidianos, se considera a la
ciencia como un saber teórico y a la tecnología como un saber aplicado. Lo que sostiene
el autor es que tanto la ciencia como la tecnología son, en realidad, conocimientos
teóricos que pueden o no aplicarse a la solución de problemas concretos. Lo que
distingue a una de otra son sus metas y sus amplitudes y no que una sea un conocimiento
puro y el otro aplicado. La meta está relacionada con lo que se quiere lograr; la amplitud
con el grado de generalidad de lo que se logra. Visto desde esta perspectiva, la ciencia y
la tecnología conforman un continuo en donde sólo difieren una de la otra por sus metas y
amplitud explicativa. El séptimo ensayo es una aclaración semántica entre los términos
‘técnica’ y ‘tecnología’. Este pequeño texto nos pareció pertinente incluirlo, porque es
común que en español (y en alemán) se utilicen como sinónimos, lo cual provoca que a la
hora de tratar de esclarecer qué es la tecnología, se produzcan más confusiones que
aclaraciones. El último ensayo trata sobre los problemas éticos que actualmente nos está n
orillando a tomar una actitud totalmente irresponsable en torno a la manera como nuestra
propia tecnología está afectando la vida de nuestro planeta. El objetivo de este texto es
explicar de dónde surge el problema ético y qué características tiene el código moral que
nos guía para que podamos pensar que somos totalmente ajenos a los problemas
destructivos y de salud que se provocan con el uso y abuso de nuestra tecnología. En este
texto se traza una distinción entre tecnologías maduras e inmaduras. El mensaje que
contiene es que es el uso de las tecnologías inmaduras las que están provocando desastres
planetarios sin precedentes, por lo que es indispensable tratar de salir de nuestro estado
de indiferencia para lograr bloquear su uso masivo y exigir que, pese a intereses
comerciales, militares o políticos, es indispensable que esas tecnologías no salgan de los
laboratorios hasta que se logre alcanzar un grado respetable de su madurez.

Nydia Lara Zavala


INTRODUCCIÓN

Comprender por qué es importante que al ingeniero se le proporcionen


herramientas filosóficas para complementar su formación es una cuestión que sin duda
requiere de aclaración. La razón es que la peculiar utilidad de la filosofía no se puede
explicar mediante definiciones o caracterizacione s simplistas. No obstante, sin un
entrenamiento filosófico, aunque sea mínimo, pasan desapercibidos importantes temas,
problemas y complicaciones, lo cual, a la larga, tiene consecuencias negativas. Por ello,
es menester que los ingenieros (al igual que los médicos, los abogados, los físicos, los
biólogos, etc.) comprendan que su formación profesional no puede reducirse al
conocimiento y manejo de ciertas técnicas, sino que hay que ubicar estas últimas en un
marco general de la vida social y de la investigación sobre las prácticas humanas en su
conjunto (en este caso de diseño, construcción, elaboración de proyectos tecnológicos,
etc.).

Ahora bien, un mínimo de reflexión nos revela el hecho de que mucho del trabajo
del ingeniero se apoya en el conocimiento científico y que es el ingeniero quien
normalmente se encarga de los desarrollos tecnológicos que impactan no sólo a su
sociedad, sino al mismo medio ambiente que nos rodea. Si este es el caso, entonces ya no
parece tan extraño que sea necesario brindarles a los ingenieros un espacio de reflexión
filosófica en torno a los límites, alcances y problemas intrínsecos a la ciencia y a la
tecnología para que entiendan de una manera más crítica y racional las repercusiones que
todo esto puede tener en su quehacer cotidiano. Tomando esto en cuenta, el propósito de
este libro es básicamente tratar de ofrecerles a los ingenieros algunos argumentos que
hagan ver que la filosofía no sólo no es desdeñable, sino que es inc lusive indispensable.
El hecho es que a través de las discusiones de filosofía relacionadas con temas de
ingeniería es como puede el ingeniero entender cabalmente la naturaleza, el puesto y la
importancia de su actividad profesional tanto en el panorama global del conocimiento
humano como en el desarrollo de la sociedad y del mundo en general, al tiempo que los
capacita para poner sus conocimientos en práctica de una manera más consciente y, sobre
todo, más crítica respecto a las repercusiones que, aunque no siempre obvias, su propia
actividad acarrea o conlleva.

En general, podemos decir que en prácticamente todo el mundo al ingeniero se le


educa y prepara para que sea capaz de dar solución a los problemas técnicos y
tecnológicos a los que lo enfrenta su sociedad y que ésta exige de él. Empero, una sólida
formación ingenieril por sí misma no le brinda las herramientas conceptuales pertinentes
para que pueda también darse cuenta de que muchas de esas técnicas y esas tecnologías
que elabora para dar solución a los problemas que enfrenta no son inocuas ni para la
sociedad ni para el medio ambiente en donde se aplican, esto es, no son éticamente
neutras. Esto puede ser un genuino problema, pues de todas las profesiones que existen
en el mundo una de las que más directamente impacta a la sociedad y al medio ambiente
es precisamente la ingeniería. Sin embargo, al ingeniero rara vez se le capacita para que
adopte una postura crítica no sólo sobre las repercusiones de su propia actividad sino
sobre los problemas inmersos en las mismas herra mientas científicas y formales que
utiliza como instrumental cognoscitivo para obtener sus desarrollos técnicos y
tecnológicos. Basta considerar algunos efectos catastróficos que están ocasionando la
utilización de ciertas tecnologías en la salud de millones de personas y en el planeta
físicamente considerado para darnos cuenta de que la formación de un ingeniero no
puede y no debe quedarse en un mero saber práctico, un mero “know-how” para
solucionar problemas. El ingeniero requiere empaparse de las cuestiones relacionadas con
los límites, alcances y problemas del instrumental cognoscitivo y práctico que utiliza para
ser capaz de preveer o prevenir muchos desastres ocasionados por sus propios
desarrollos. Esto, por supuesto, no lo puede adquirir ni en las c lases técnicas que se le
imparten ni en los libros de texto que utiliza para aprenderlas. La razón es que tanto las
clases como los textos normalmente sólo le proporcionan los ejemplos exitosos de las
teorías y sus posibles aplicaciones. En general, no se dice nada o muy poco sobre los
problemas de dichas teorías, los límites de sus capacidades predictivas, las premisas
ocultas, los intereses involucrados, etc. La crítica teórica, conceptual y metodológica en
torno a los límites, alcances y problemas de la ciencia, sus formalismos y sus posibles
aplicaciones sólo las puede adquirir a través del análisis filosófico, ya que es parte
constitutiva de esta actividad reflexionar sobre estos temas. En pocas palabras, la
comprensión cabal de las limitaciones conceptuales del instrumental cognocitivo que
utiliza el ingeniero es un asunto filosófico, no científico ni de ningún otro orden. Muchos
efectos indeseables se podrían evitar si se le proporcionara al ingeniero cuando menos los
lineamientos básicos de crítica y reflexión que ofrece la filosofía. Ella sin duda le puede
brindar una visión más clara y más precisa sobre el instrumental teórico que
cotidianamente utiliza para sus desarrollos y aplicaciones. Sólo así quizá podrá
comprender y evaluar mejor las posibles consecuencias negativas que pudieran estar
inmersas en su propio quehacer.

Otra forma de enfocar el tema es el siguiente: así como sería absurdo no ofrecerle
a los estudiantes las asignaturas de ciencias básicas y matemáticas en los programas de
ingeniería, puesto que es obvio que sin esos conocimientos el trabajo del ingeniero
simplemente ni siquiera arrancaría, la falta de claridad conceptual y reflexiva en torno a
los límites y alcances de las herramientas teóricas con las que se le dota también
entorpecen su trabajo. Con esto se quiere enfatizar el hecho de que es tan dañino para el
ingeniero carecer de una sólida formación en ciencias básicas y matemáticas como lo es
carecer de bases filosóficas mínimas en torno a la ciencia y la tecnología sobre las cuales
se desarrolla su actividad. Lo que es fundamental entender es que un mínimo de
formación filosófica en un ingeniero no es algo superfluo o redundante, algo de lo cual se
pueda prescindir. En verdad se trata de una herramienta que a la larga resulta vital para el
ingeniero y por ende para su sociedad, su medio ambiente, etc., esto es, para todo el
entorno social y natural en donde realiza su labor y tiene un impacto directo. Por otro
lado, la importancia del acercamiento a la filosofía por parte de los ingenieros consiste,
entre otras razones, en que ello les permite reconocer peligros internos a su propia
actividad. Por ejemplo, sin filosofía es muy difícil que un ingeniero esté capacitado para
distinguir entre ciencia y pseudo-ciencia, entre teorías y pseudo-teorías o genuinas
preguntas de pseudo-preguntas, por lo que muy fácilmente puede prestarse a desarrollar
tecnologías con desastrosos efectos secundarios, perderse en laberintos conceptuales y
teóricos que no tienen salida o desencaminar su investigación hacia cuestiones que sólo
responden a enredos conceptuales y que resultan muy costosas aunque hubiera podido
preverse que iban a terminar en un fracaso total. Con un poco de claridad conceptual se
podrían canalizar mejor los recursos económico s disponibles para la investigación y
evitar tanto desastres como alimentar proyectos que están condenados a fracasar desde un
inicio. Un ejemplo filosófico (es decir, no ingenieril) de lo que podríamos llamar
‘peligros científico-tecnológicos’ apoyados en pseudo-ciencia es la biotecnología. Con
conocimientos muy parciales se han desarrollado estrategias y tecnologías para modificar
localmente algo muy importante como es la vida (en el genoma humano, por ejemplo).
Sin embargo, por carecer de una genuina teoría científica los mismos investigadores son
incapaces de predecir qué repercusiones globales para la vida en el planeta tendrán las
modificaciones con las que ahora se juega. Se tienen las técnicas para hacer ciertas
modificaciones, pero no se pueden hacer predicciones y la predicción es un criterio del
carácter científico de una disciplina. Por otra parte, no es difícil encontrarse con pseudo-
teorías, como lo es, por ejemplo, la así denominada ‘teoría causal de la percepción’, que
actualmente se utiliza como guía de prácticamente todas las investigaciones de las
denominadas ‘ciencias cognitivas’. Esta pseudo-teoría, al no ser más que el producto de
un sinúmero de enredos conceptuales, ha generado una serie de pseudo-problemas en los
que ingenuamente han caído tanto científicos como ingenieros precisamente por carecer
de un mínimo de preparación filosófica. Un ejemplo lamentable lo podemos encontrar en
las neurociencias cognitivas, en donde se diseñan ingeniosos experimentos y se
construyen aparatos sumamente complicados y costosos para buscar elementos no físicos
en el cerebro. También podemos pensar en pseudo-preguntas que se derivan de la misma
pesudo-teoría, donde nos encontramos, por ejemplo, con la mal denominada ‘inteligencia
artificial’, en donde por complicados enredos conceptuales un ingeniero fácilmente se
convence de que es posible construir máquinas pensantes. En pocas palabras y para
resumir lo arriba expuesto, es tan incompetente un ingeniero que no sabe sacar la raíz
cúbica de 8 como un ingeniero que cree que una máquina puede pensar y tener eso que en
filosofía se llaman ‘actitudes proposicionales’.

Esto nos lleva a considerar otro punto conectado con lo anterior. Podemos
presentar la idea primero metafóricamente. Tradicionalmente se prepara al ingeniero para
que se inserte en el mundo de la productividad, en un sentido amplio de la expresión, y
que lo haga de la manera más eficiente posible. O sea, se le enseña a concentrarse en el
árbol con o en el que tiene que trabajar, pero poco o nada se le proporciona para que sea
capaz de comprender crítica y racionalmente de qué manera su actividad con el árbol va a
afectar la vida del bosque visto como una totalidad. Esto ha ocasionado que el ingeniero
sea muy hábil para resolver una cuestión técnica o tecnológica sin percatarse de las
repercusiones que acompañan a su solución. Puesto en otros términos, el ingeniero tiende
a ver su trabajo de manera puntual y se siente ajeno y peligrosamente distante de lo que
su desarrollo o solución pueda ocasionar en su medio ambiente. Esto es grave si
consideramos que el ingeniero representa en la actualidad un importante motor de
prácticamente todo aquello que tenga que ver con el desarrollo socio-económico. Él está
inmerso, lo sepa o no, en el ojo del huracán de la competencia industrial, militar, política
y social por lo que su indiferencia ante la utilización de su propio trabajo puede ser
nefasto en más de un sentido. Con esto se quiere marcar el hecho de que con una mínima
preparación filosófica que le permita al ingeniero ver el bosque junto con el árbol, la
sociedad y el planeta ciertamente podrían librarse de un sinfín de horrores que de uno u
otro modo los ingenieros contribuyen a que se produzcan.

Resumiendo lo anterior, podemos decir que brindarle al ingeniero las bases para
que pueda ser capaz de distinguir cuando menos la diferencia entre ciencia y pseudo-
ciencia, obtener claridad en torno a los límites y alcances de sus herramientas
cognoscitivas además de proporcionarle criterios para juzgar las consecuencias de sus
proyectos y soluciones, es útil para él como ingeniero y desde luego no es algo que él por
sí solo, por muy buen ingeniero que sea, pueda lograr. Para ello inevitablemente se
requiere disponer de un mínimo de bases filosóficas, pues es gracias a ellas que podrá
reflexionar críticamente no sólo sobre su propia disciplina sino sobre las repercusiones
que su labor conlleva. Es por esto, entre otras razones, que un texto que verse sobre esos
temas es importante tanto para la carrera de ingeniería, como para el currículum del
ingeniero.

Nydia Lara Zavala


¿QUÉ ES Y PARA QUÉ PUEDE SERVIR LA FILOSOFÍA?

Nydia Lara, Ian Quallenberg, Josué Peña, Hugo López Araiza

No es ni medianamente fácil definir en unas cuantas palabras qué es la filosofía.


Pero en relación al tema que nos ocupa, en términos muy generales y sin meternos en
muchos vericuetos, podemos decir que básicamente la filosofía es una actividad que se
caracteriza por analizar crítica y sistemáticamente los fundamentos racionales de nuestras
creencias. Su labor abarca, por lo tanto, prácticamente todos los aspectos de la cultura,
donde se incluyen instituciones políticas, comerciales, legales, educativas, militares,
religiosas, etc. Por ello R.G. Colingwood la consideró como un pensamiento de segundo
grado, esto es, como una reflexión sobre lo pensado. Esto explica por qué dentro de la
actividad filosófica tiene sentido hablar de filosofía política, de filoso fía de la historia, de
filosofía de las matemáticas, de filosofía de la ciencia, etc.

La filosofía vio la luz en Grecia durante el siglo VI antes de Cristo con Tales de
Mileto. Para que se entienda por qué se considera a Tales como el primer filósofo,
Aristóteles, por ejemplo, distingue entre “aquellos que describen el mundo en términos de
los mitos y lo sobrenatural, de aquellos que tratan de dar cuenta de él en términos de
causas naturales” 1 . Lo que afirma Aristóteles es que Tales de Mileto fue sin duda el
fundador de esta segunda y original forma de pensar 2 , por lo que a Tales se le reconoce
como el primero en rechazar las interpretaciones míticas de su época para sustituirlas con
explicaciones racionales del acaecer de los fenómenos naturales s in recurrir a ninguna
clase de deidad o de elementos misteriosos para dar cuenta de sus manifestaciones. En
ese sentido podemos considerar a Tales no sólo como el padre de la filosofía en general,
sino como el padre de la denominada ‘filosofía natural’, misma que representa el
antecedente de lo que más adelante desembocaría en lo que es la ciencia.

Pese a su cuna común, la ciencia y la filosofía con el tiempo se han convertido en


dos actividades que, aunque ambas comparten la búsqueda de la argumentación racional,
tienen objetivos muy diferentes. El interés de la ciencia, en términos muy generales, es el
conocimiento racional de la naturaleza con miras a poder entender y predecir los
fenómenos a través de causas naturales. Por contraste, el interés de la filosofía es más
bien la claridad conceptual de nuestros razonamientos, sean estos científicos o de
cualquier otra índole. Siguiendo a Wittgenstein podemos decir que “La filosofía debe
aclarar y delimitar de manera precisa los pensamientos que de otr a manera son, por así

1 W.K.C. Guthrie, The Earlier Presocratics and the Pythagoreans, Cambridge University Press, Great
Britain,1962, p. 40.
2 Aristóteles, Metafísica, A, 983b20
decirlo, opacos y borrosos”3 . Si este es el caso, evidentemente es mucho más general y
mucho más amplio el trabajo filosófico que el científico, pues prácticamente cualquier
reflexión que se considere medianamente seria, requiere para serlo, cuando menos de una
pequeña dosis de claridad conceptual.

Ahora bien, se puede argüir, con razón, que puede haber claridad conceptual sin
filosofía. Esto es cierto y, en esos casos, la filosofía no tiene nada que hacer. Su trabajo
surge cuando en un razonamiento empiezan a aparecer incoherencias, divergencias,
inconsistencias, elementos raros, misterios, falacias o cualquier clase de enredo
conceptual. En estos casos, lo que la filosofía hace es revisar los problemas para tratar de
detectar cómo, dónde y por qué se generan nudos conceptuales que impiden llegar a los
acuerdos universales que un razonamiento sano y bien fundado debería propiciar.

Para facilitar el trabajo, la filosofía ha optado por dividir los problemas en


básicamente las siguientes categorías:

a) metafísicos
b) ontológicos
c) epistemológicos
d) lógicos
e) éticos
f) estéticos

Veamos brevemente a qué se dedica cada una de estas ramas de la filosofía.

METAFÍSICA

El término ‘metafísica’ viene del griego meta ta physika, que significa más
allá de la física. En el siglo I d.C., cuando se le pide a Andrónico de Rhodas que
ordene y catalogue los escritos de Aristóteles, se topó con un grupo de temas
“raros” que decidió conjuntar. Al no tener claro cómo titularlos y dónde ubicarlos,
los llamó ta meta ta physika, que literalmente quiere decir “el libro que va
después de la física”. Aunque Andrónico no pretendió darle ese título al libro, por
lo atinado de la descripción, desde entonces a esa obra de Aristóteles se le llama
‘Metafísica’ y, hasta la fecha, ese mismo nombre, por lo intrincado de los temas
que trata, se le da a una de las ramas más difíciles y polémicas de la filosofía.

Como su nombre lo indica, la metafísica trabaja con problemas que


exceden a la experiencia sensible. Por lo mismo, ella lidia con cuestiones que la
experiencia no puede ni probar ni refutar. En ese sentido, podemos decir que los
problemas metafísicos, aunque sin duda son apasionantes, carecen por completo

3 Wittgenstein, L., Tractarus Logico-Philosophicus, 4.112


de solución. Algunas de las cuestiones con las que trabaja la metafísica son, por
ejemplo:

 ¿Existe Dios?
 ¿Qué es la realidad?
 ¿Qué es real y qué es apariencia?
 ¿El universo siempre ha existido o tiene un origen?
 ¿Tiene el mundo un orden predeterminado o es sólo un producto
del azar?
 ¿Hay algo que permanece en el cambio?
 ¿Qué es el espacio?
 ¿Qué es el tiempo?
 ¿Hay vida después de la muerte?
 ¿Somos algo más que seres meramente materiales y si lo somos,
qué es ese algo más?

En general, dentro del quehacer filosófico nos encontramos con dos


formas muy distintas de abordar las cuestiones metafísicas. Por un lado, tenemos
filósofos que ante un problema metafísico optan por asumir una determinada
postura que defienden con argumentos que, en principio, deben de ser
consistentes y convincentes. Así se constituyen las denominadas ‘doctrinas
metafísicas’ y lo que cuenta aquí es la coherencia del razonamiento para que sea
creíble su postura, ya que la experiencia es totalmente muda ante postulados
metafísicos. Por otro lado, tenemos filósofos que consideran que todos los
problemas metafísicos son pseudo-problemas normalmente producidos por alguna
clase de enredo conceptual. En estos casos su labor consiste en tratar de disolver
los enigmas metafísicos, analizando y esclareciendo el nudo conceptual que los
produce.

Pese al esfuerzo de la labor de la segunda posición, lo cierto es que cada


vez que intentamos dar u obtener una visión coherente y con sentido del mundo
que percibimos como un todo, se nos cuelan premisas metafísicas que en la
mayoría de las ocasiones son extremadamente difíciles de detectar. El filósofo las
reconoce, si las reconoce, porque normalmente son las premisas ocultas que, o
bien generan controversias, o bien nos dejan una inquietante sensación de
inseguridad o misterio en el planteamiento. El problema es que cuando su
coherencia es extrema, simplemente las asumimos como verdaderas, ya sea
porque no las vemos o porque coincidimos plenamente con el postulado
metafísico que sustenta el razonamiento. Quizá esto quede más claro en el
apartado sobre ontología como veremos a continuación.
ONTOLOGÍA

El término ‘ontología’ viene del griego ὄντος (ontos), que literalmente


quiere decir “de lo que es” y λογία (logía), que indistintamente se traduce como
estudio, tratado o teoría. Los dos términos juntos significan el estudio, tratado o
teoría de lo que es.

Muchos consideran a la ontología como una rama de la metafísica


especializada en determinar o discutir sobre lo que realmente hay en el mundo.
Esto puede ser correcto, pero la ontología se puede decir que, desde su mismo
origen, ha servido como una bisagra para conectar a la filosofía con la ciencia.
De hecho, lo que la ontología determina como lo que realmente hay en el mundo
es lo que normalmente guía el proceder de muchas investigaciones científicas y
nos permite tender el puente entre la mera especulación filosófica y la experiencia
sensible. Por esa razón hay quienes piensan que la ontología es una rama diferente
de la metafísica aunque ella misma parte de preguntas que correctamente tendrían
que catalogarse como metafísicas. Tratemos de aclarar un poco esto.

Ante la pregunta “¿Qué es lo que realmente hay en el mundo?” el sentido


común, defendido, por ejemplo, por filósofos como G.E. Moore, no sólo la
consideraría altamente sospechosa, sino que tend ería a golpear la mesa con la
mano diciendo: “¡Esto es lo que hay en el mundo!”. Las mesas, los árboles, las
montañas más todo lo que cotidianamente vemos, tocamos, olemos, oímos y
gustamos pueden servir como ejemplo de que la respuesta de Moore es sin duda
válida, por lo que tenemos que admitir que Moore y el sentido común tienen,
hasta cierto punto, la razón. Si este es el caso, entonces podemos aseverar que la
pregunta ontológica carece por completo de sentido. Pero el mundo del que nos
habla Moore y que plenamente coincide con lo que cotidianamente percibimos es,
por un lado, demasiado basto y complejo y, por el otro, no es estable, sino que
constantemente cambia y se transforma. Esto nos permite entender que detrás de
la pregunta ontológica está la búsqueda de algo que, aunque evidentemente no es
ni observable ni obvio, nos permita decir que hay cuando menos una entidad, una
sustancia o algo en el mundo que en sí mismo no cambia ni se transforma, sino
que se mantiene constante e inalterable en los procesos de cambio. Esto es
necesario porque si no se postula una unidad fundamental en la realidad, ninguna
ley universal es posible; y si no se postula su inmutabilidad, ninguna ley podría
cubrir el presente, el pasado y el futuro de forma idéntica. Aunque evidentemente
la ciencia coincide plenamente con esta idea, todo esto, sin duda, es una premisa
metafísica porque sobrepasa los límites de la experiencia. Sin embargo, hay que
reconocer que la definición de ese algo estable e inmutable, hasta la fec ha, es
fundamental para darles cuerpo y sentido a la gran mayoría de las descripciones
científicas de la realidad. De hecho, los científicos, sin reserva y muchas veces sin
darse cuenta de la gama de problemas que sus descripciones implican, nos hablan
libremente de, por ejemplo, partículas atómicas como los elementos últimos de la
realidad cambiante. Esto deja claro que las descripciones científicas, por un lado,
no aceptan la versión de la realidad del sentido común y, por el otro, que
cualquier intento de probar la existencia de elementos ontológicos, se ve en la
necesidad de asumir a priori (previo a la experiencia) su existencia. Lo que esto
quiere decir es que nosotros no sabemos, ni podremos saber, si realmente existen,
digamos, partículas atómicas. Asumimos que existen para ordenar y entender el
mundo de cierta manera. Mientras nuestras explicaciones no genere controversias,
no parece haber razones para cuestionar la existencia de lo que postulamos. Pero
eso no implica que no sea posible deshechar nuestras ontologías y sustiturlas por
otras.

EPISTEMOLOGÍA

El término ‘epistemología’ viene del griego ἐπιστήμη (episteme) que


significa conocimiento y λογία (logía) que, en este caso, se traduce como teoría,
por lo que quiere decir “teoría del conocimiento”. En la práctica, el término
griego y su traducción son libremente intercambiables, por lo que a esta rama de
la filosofía indistintamente se le llama ‘epistemología’ o ‘teoría del
conocimiento’.

El objetivo de la epistemología es discutir o determinar la naturaleza,


límites, alcances, presuposiciones y bases del conocimiento humano. Su
importancia es extrema, porque es la rama de la filosofía que le pone límites muy
severos a la libre especulación. Por ejemplo, la metafísica y la ontología pueden
argumentar coherente y convincentemente sobre la existencia de cualquier cosa,
pero lo que exige la epistemología refiere a la manera como se pretende conocer y
justificar aquello que proponen. De hecho, la epistemología es la que determina
qué es mera especulación metafísica, qué tiene visos de poder ser confirmado
como parte de la realidad, qué tan bien están fundamentadas las pretensiones de
conocer algo, cuántas formas de conocimiento hay, cuáles son sus grados de duda
o de certeza y cuáles son sus alcances, sus límites, sus fuentes, sus justificaciones,
etc.

Desde Platón, la epistemología se ha ocupado por tratar de responder a


preguntas básicas como son:
 ¿Qué es el conocimiento?
 ¿Cuáles son las fuentes del conocimiento?
 ¿Qué tanto de lo que creemos conocer es realmente conocimiento?
 ¿Se puede determinar cuándo la creencia de conocer algo es verdadera y
cuándo no?
 ¿Cuál es la relación entre creer y conocer?
 ¿Los sentidos nos pueden proporcionar conocimiento?
 ¿La razón nos puede proporcionar conocimiento?
 ¿Es posible el conocimiento?

Si analizamos detenidamente estas preguntas podemos reconocer que en


todas ellas hay un claro tinte escéptico. Esto tiene una razón: para fundamentar la
posibilidad de que algo es el caso, uno tiene que partir de que quizá no lo sea. Sin
ese toque de escepticismo en realidad nunca podríamos averiguar cuáles
efectivamente son los límites y alcances de nuestras diversas formas de conocer y
mucho menos cuáles son sus grados de certeza. Por eso no es casual que la
filosofía de la ciencia surga justamente de la epistemología.

LÓGICA

A Aristóteles se le adjudica la paternidad de la lógica, pero él no le da


ningún nombre específico a esta rama de la filosofía. Los estoicos fueron los que
la denominaron λογική (logikē) de donde ser deriva la palabra lógica y que
podríamos traducir como la técnica del discurso o del razonamiento.

Atendiendo a su etimología podemos decir que la lógica es la construcción


de técnicas que tienen como función analizar las formas del discurso racional
válidas independientemente de sus contenidos significativos. Varios trabajos de
Aristóteles representan en su conjunto la primera gran teoría lógica. Sus primeros
comentadores los recopilan en un texto que lleva como título el Órganon que
quiere decir instrumento. Lo relevante de la lógica aristotélica es que fue creada
en el siglo IV a.C. y no tuvo cambios significativos hasta la aparición de la lógica
moderna a finales del siglo XIX y principios del XX con los trabajos pioneros de
Frege y Russell que expanden y complementan la lógica aristotélica. Quizá valga
la pena mencionar que la lógica moderna es la que, hasta la fecha, sirve de base
para el desarrollo de las denominadas ‘ciencias de la computación’ y tiene
múltiples aplicaciones no sólo en todas las áreas de la filosofía, sino en todas las
ciencias en general.

Desde Aristóteles hasta la fecha, una buena parte de la lógica trabaja en


torno a las inferencias que son válidas en virtud de su forma. Para que esto sea
inteligible brevemente debemos aclarar en qué sentido estamos hablando de
“inferencia”, “validez” y “forma”. Veámoslo en ese orden.

El concepto de inferencia, dentro del dominio de la lógica, se suele


entender como un razonamiento que parte de una o varias premisas, también
llamadas ‘proposiciones’, para llegar a una conclusión. A su vez, por
‘proposición’ se entiende cualquier enunciado susceptible de ser verdadero o
falso. Por ejemplo, la proposición ‘está lloviendo’ es verdadera si, en efecto, está
lloviendo y falsa si no está lloviendo.

En general, los lógicos distinguen dos clases principales de inferencia: la


deductiva y la inductiva. En la inferencia deductiva la conclusión se sigue
necesariamente de las premisas. En la inferencia inductiva la conclusión no
necesariamente se sigue de las premisas, aunque ellas fueran verdaderas. Desde
un punto de vista lógico, se suele decir que las inferencias deductivas son
necesariamente válidas mientras que las inferencias inductivas representan un tipo
de inferencia cuya validez siempre es dudosa, probable o contingente. Esto nos
lleva al siguiente concepto que debemos aclarar: el de validez. Para explicarlo
consideremos los dos siguientes argumentos:

Todos los hombres son mortales

Sócrates es hombre

Por lo tanto, Sócrates es mortal

Si el Atlante pierde, mi padre se enoja.

Mi padre está enojado.

Por lo tanto, perdió el Atlante.

Solamente el primer argumento se basa en una inferencia necesariamente


válida. Ello se debe a que las premisas implican la conclusión. Si las premisas son
verdaderas, la conclusión necesariamente tiene que ser verdadera. En cambio, el
segundo argumento tiene una validez sólo probable porque las premisas no
implican la conclusión: la conclusión podría ser falsa aunque las premisas fueran
verdaderas. En efecto, podemos imaginar casos en los que esto ocurre.
Supongamos que el Atlante ganó el partido pero que mi padre se enojó porque, al
celebrar, golpeó su televisor y provocó que éste se cayera y se rompiera. Así,
inferir del enojo de mi padre que el Atlante perdió no siempre funciona. La
diferencia entre estos dos casos ilustra lo que queremos decir con validez lógica,
donde podemos distinguir entre la validez necesaria para el caso de las inferencias
deductivas y la validez contingente para el caso de las inferencias inductivas.

A primera vista uno tendería a pensar que la inferencia deductiva es


mucho mejor que la inductiva. La razón es que la deducción siempre nos lleva a
certezas, mientras que la inducción nunca lo hace. Sin embargo, un análisis más
profundo nos revela que tanto el razonamiento deductivo como el inductivo tienen
serias e insuperables limitaciones. Para que esto se entienda es menester recordar
que, como ya se mencionó, en el razonamiento deductivo la conclusión siempre
está previamente contenida en las premisas. Como consecuencia, la conclusión no
nos aporta nada nuevo, esto es, no nos ofrece un conocimiento novedoso. A lo
sumo, nuestras deducciones nos pueden mostrar información que previamente no
habíamos notado, pero dicha información ya estaba allí, contenida en las
premisas. Lo que esto quiere decir es que la deducción no nos avanza en nada,
esto es, no nos puede decir absolutamente nada nuevo sobre lo que acontece en el
mundo. Pese a esto, el razonamiento deductivo es ampliamente utilizado por los
lógicos y los matemáticos, que obviamente no requieren saber nada del mundo.
Por otra parte, la inferencia inductiva tiene e l gran defecto de que nunca nos
puede proporcionar certezas. Pese a esta terrible limitación, es la única clase de
razonamiento que nos proporciona nuevo conocimiento acerca de lo que acontece
en el mundo. Por esa razón, prácticamente todas las disciplinas que pretenden
decirnos algo sobre lo que pasa en el mundo real utilizan el razonamiento
inductivo, a pesar de que se sabe que jamás nos va a llevar a un conocimiento
seguro. Sobre los problemas de la inducción hablaremos con mayor detalle en el
capítulo que trata sobre empirismo. Por lo pronto, procederemos a tratar de
esclarecer el concepto de forma.

Se suele decir que la lógica es una ciencia formal. Lo que esto significa es
que en lógica el significado o sentido específico de las proposiciones es
irrelevante. Lo que le importa a la lógica es distinguir entre un razonamiento
correcto de uno incorrecto. Quizá un ejemplo muy simple, sacado del libro de
Graham Priest, Logic, a very short introduction (y en el que nos apoyaremos de
aquí en adelante), puede aclarar esto: digamos que Juan cree que las ballenas son
mamíferos y que todo mamífero es un pescado, por lo que Juan cree que las
ballenas son pescados. En este ejemplo es importante separar la parte
epistemológica de la lógica para entender cabalmente el concepto de forma, pues,
aunque epistemológicamente la creencia de Juan de que todos los mamíferos son
pescados es falsa, la forma o estructura de su razonamiento es correcta, esto es, si
fuera verdad que todos los mamíferos son pescados y las ballenas son mamíferos,
entonces su conclusión de que las ballenas son pescados sería correcta. En
términos lógicos, el razonamiento de Juan está formado de dos premisas y de una
conclusión. Como en un razonamiento deductivo la conclusión se deriva de las
premisas, podemos, por lo pronto, dejar de lado la conclusión y considerar sólo
las dos primeras premisas para después derivarla formalmente como veremos más
abajo. Lo que tenemos es pues:

Los mamíferos son pescados

Las ballenas son mamíferos

En lógica la primera premisa se puede representar como p y la segunda


como q. El objetivo no sólo es hacer más compacta la representación de estas dos
proposiciones, sino marcar que el contenido de las oraciones es irrelevante para la
lógica. Ahora p y q pueden ser cualquier par de oraciones, independientemente de
su contenido.

Recordemos que arriba dijimos que la característica de cualquier


proposición es que puede ser verdadera o falsa. Los lógicos representan estos
valores como V o F. Como en lógica no importa el contenido de una proposición,
lo que se estudia son las relaciones que conectan los valores de verdad entre dos o
más proposiciones. Tales relaciones se expresan generalmente mediante lo que se
denominan ‘conectivas lógicas’. Ejemplo de conectivas lógicas son: la negac ión
(no), la conjunción (y), la disyunción (o), el condicional (si…entonces) y el bi-
condicional (si y sólo si). Sus respectivos símbolos son los siguientes:

Cada una de estas conectivas lógicas tiene asignados todos sus posibles
valores de verdad en lo que se denomina su ‘tabla de verdad’ tal como se muestra
a continuación:
TABLAS DE VERDAD

Con esta herramienta, lo que sigue es casi mecánico, pues lo que se hace
es simplemente asignarle a cada premisa un valor de verdad. En nuestro caso,
podemos decir que p es falsa y q verdadera. Si tomamos la conjunción como la
conectiva de nuestras premisas, su representación lógica sería:

p q

La tabla de verdad nos indica que si p es falsa y q es verdadera, el


resultado de la conclusión de la conjunción es falsa. Si tomamos la disyunción
como conectiva, el resultado de la disyunción es verdadera. Si tomamos el
condicional es falsa y así sucesivamente.

Esto que a primera vista parece un tanto arbitrario, en realidad se procede


de manera semejante a como lo hacen los matemáticos cuando trabajan con
valores numéricos 3+6 (-9+2) utilizando tablas de sumar, restar y multiplicar. En
lógica se trabajan las cadenas de proposiciones asignándoles valores de verdad
según sus conectivas y en la tabla se ve el resultado del producto,
independientemente de lo que signifiquen las proposiciones.
Por todo lo anterior, se dice que la lógica es el estudio de lo que es o
cuenta como un razonamiento válido en virtud exclusivamente de su forma. Pero
antes de cerrar este apartado, vale la pena decir algo sobre una de las aportaciones
más importantes a la lógica moderna introducida por Gottlob Frege. Él es quien
rompe con el canon de sujeto-predicado típico de la lógica aristotélica al
introducir los denominados ‘cuantificadores’. Los cuantificadores son dos: el
existencial que se representa con el símbo lo ∃ y el universal que se representa
con el símbolo ∀ . Muy brevemente tratemos de explicar la utilidad de estos
símbolos.

La gramática estipula que una oración completa debe estar formada de un


sujeto y de un predicado. Pero veamos los siguientes ejemplos:

María es muy risueña

Alguien me regaló un libro

Nadie trajo la tarea

En cada uno de estos ejemplos la primera palabra es el sujeto de la oración


y el resto es el predicado. El sujeto nos informa de quién estamos hablando y el
predicado sobre lo que decimos del sujeto. Si consideramos el primer ejemplo,
podemos decir que la oración es verdadera si María efectivamente tiene la
propiedad o la característica de ser muy risueña. Pero ahora consideremos el
segundo ejemplo. De inmediato nos percatamos de que, aunque gramaticalmente
tiene la misma forma que el primero, en este caso tenemos problemas para
determinar quién es el sujeto que me regaló el libro. De hecho, quizá nadie me
regaló un libro, sino que me lo encontré y pensé que como no me era familiar,
alguien me lo había regalado. En ese sentido, la oración no puede considerarse
verdadera. Esto se agrava aún más cuando atendemos al tercer ejemplo, porque ¿a
quién refiere ‘nadie’? Lewis Caroll, quien siempre se las ingeniaba para construir
situaciones chuscas con la lógica, nos platica en su libro Alicia a través del Espejo
que estaban Alicia y el Rey Blanco parados en un camino esperando la llegada de
un mensajero. Después de un rato, el Rey Blanco un poco desesperado por la
tardanza del mensajero, le pregunta a Alicia: ‘¿Puedes ver si alguien viene por el
camino?’ a lo que Alicia, escudriñando el camino, responde: ‘A nadie’. Admirado
el rey le dice a Alicia ‘¡Cómo quisiera tener tan buena vista¡ Con esta luz y a esta
distancia yo no logro ver a Nadie’. Caroll, en realidad, esta jugando con la forma
gramatical de sujeto-predicado para mostrarnos lo confuso que puede ser a veces.
En el caso del Rey Blanco, él cree que el término ‘nadie’ refiere a una persona
que Alicia es capaz de ver a lo lejos y como se trata de una confusión del Re y
Blanco la historia es graciosa. Pero ‘nadie’, como lo usa Alicia, evidentemente no
refiere a una persona. De hecho, no refiere a nada 4 .

Lo que Frege detectó es que, pese a la forma gramatical de sujeto-


predicado, cuando en una oración aparecen términos como ‘nadie’, ‘alguien’ o
‘todos’ ellos propiamente hablando no operan de la misma forma como lo hacen
los nombres propios en una oración. Su lógica es distinta y para distinguir esta
clase de términos de los nombres propios Frege introduce los denominados
‘cuantificadores’.

Para entender cómo operan los cuantificadores imaginemos que estamos


en una fiesta donde hay más de cien personas y Pedro dice: ‘Alejandro está
contento’. Representemos a Alejandro como a y contento como C. Por razones
que no importan, esta oración los lógicos la escriben Ca. Para la lógica esta
oración es verdadera si el sujeto al que nos referimos como a tiene la propiedad C.
Ahora veamos la oración ‘Alguien está contento’. Esta oración sería verdadera si
dentro del conjunto de los comensales de la fiesta hubiera cuando menos una
persona (que para los lógicos sería un objeto) que representaremos como x, que
estuviera contento. En lógica esto se escribe ∃ x Cx que quiere decir ‘existe un x
tal que x está contento’.

Veámos ahora la oración ‘Todos están contentos’. Esto sería verdad si


todos y cada uno de los objetos (en este caso, todos los comensales de la fiesta)
estuvieran contentos. Esto se escribe ∀ x Cx que quiere decir ‘para todo x x está
contento’.

Ahora bien, en el caso de ‘Nadie está contento’ los lógicos no proponen


un cuantificador especial, sino que simplemente escriben ¬∃ x Cx que quiere decir
‘no existe un x tal que x esté contento’. La oración sería verdadera si
efectivamente ningún comensal de la fiesta estuviera contento.

Con esta nueva herramienta podemos darnos cuenta de que si decimos, por
ejemplo, ‘Juan me regaló un libro’ y ‘alguien me regaló un libro’ y
representamos ‘me regaló un libro’ como R y Juan como j, tenemos Rj como la
representación lógica de la primera oración y ∃ x Rx como la representación de la
segunda. Aunque superficialmente las dos oraciones parecen tener la forma
gramatical de sujeto-predicado, cuando hacemos su representación lógica nos
damos cuenta de que no tienen la misma forma. Esto queda aún más claro cuando
hacemos la representación lógica de la confusión del Rey Blanco en torno a lo que
Alicia vio. Representemos ‘que Alicia vio’ como A. Bien entendidas las cosas,
Alicia le reportó al Rey Blanco que no vio a nadie y el Rey Blanco lo interpretó

4 Aunque el ejemplo es de Lewis Carol, el desarrollo se tomó de Graham Priest, Logic: a very short
introduction, Oxford Univ. Press, N.Y., 2000.
como si Alicia hubiera visto a alguien. En términos lógicos el reporte de Alicia de
que no vio a nadie se escribiría de la siguiente forma:

¬∃ x Ax lo cual quiere decir que no existe un x tal que Alicia vio

Lo que el Rey Blanco infirió que Alicia le había dicho tendría la forma:

∃ x Ax que quiere decir que existe un x tal que Alicia vio

Puesto así es evidente que la inferencia del Rey Blanco no es válida puesto
que si no hay ningún objeto que Alicia vio, es falso decir que Alicia vio algo
como claramente se muestra en su forma lógica.

El esclarecimiento que se logra obtener con los cuantificadores tiene


múltiples aplicaciones no sólo en filosofía, sino en matemáticas, en la ciencia y en
cualquier disciplina o actividad que utilice el razonamiento como una herramienta
de convencimiento. En diversos capítulos veremos varias aplicaciones de la
lógica, pero, por lo pronto, en este apartado, pese a su longitud, nos limitamos a
mostrar sólo dos de las herramientas que nos ofrece la lógica para esclarecer la
forma y la validez de nuestros razomamientos independientemente de su
contenido significativo.

ÉTICA

El término ‘ética’ viene del griego ἦθος (ethos con eta) que significó, en
su sentido literal y más antiguo, la guarida o el lugar de refugio donde los
animales se protegen de la intemperie. Posteriormente el término también se
aplicó para designar el espacio interior dentro del cual el ser humano se refugia.
Pero ‘ética’ también proviene de éθoς (ethos con epsilón) que Aristóteles definió
como costumbre o hábito y que equivale a lo que los latinos llamaron ‘mores’,
que tiene que ver con el comportamiento correcto según las costumbres de una
sociedad dada. Las dos raíces del término indican que la ética intrínsecamente
tiene esta dualidad entre lo interior personal y lo exterior social. Por ello la ética
versa en torno a cómo regular el conflicto que constantemente se genera entre la
satisfacción de los intereses puramente personales con los de la sociedad y el
mundo que nos cobijan.

En este sentido, podemos decir que el objetivo de la ética es enseñarnos a


equilibrar de manera racional lo que personalmente se quiere o se puede hacer con
lo que se debe hacer para no dañar a nuestros semejantes y a la naturaleza. La
ética, pues, está íntimamente relacionada con la reflexión y justificación racional
de lo que se debe hacer en contraposición con lo que se quiere o puede hacer.
Desde esta perspectiva, se puede aseverar que todas las acciones y decisiones
humanas son intrínsecamente evaluables, por lo que la ética tiene que ver con la
manera como justificamos nuestras decisiones y evaluamos las repercusiones de
nuestras acciones y la de los demás. La ética, por lo mismo, se considera una
disciplina normativa, pues ella nos muestra el camino que nos puede hace
conscientes de la necesidad de controlar nuestras pasiones y determina los
objetivos de nuestra vida. Ella nos auxilia a distinguir entre la conducta correcta y
la incorrecta, el bien y el mal, etc. 5 Lo que esto significa es que, lo reconozcamos
o no, nosotros constantemente tendemos a justificar nuestras acciones y juzgamos
las de los demás a través de reglas morales 6 . El objetivo de la ética es, pues,
proveernos de los principios que guían lo que, en general, nos va a permitir juzgar
con fundamentos lo que se podría considerar como la buena conducta o lo que
propiamente hablando se denomina ‘la conducta moral’.

Como es de suponer, hay infinidad de personas que nunca se plantean un


dilema moral, es decir, sólo se preguntan sobre lo que quieren o pueden hacer, sin
reflexionar jamás sobre las consecuencias de sus actos. Creo que todos hemos
sufrido los embates de personas inmorales (o amorales) que dañan y acaban
dañándose a sí mismas sin percatarse de que sus acciones y decisiones hubieran
podido ser menos brutas con un poco de entrenamiento ético.

Si se entiende esto, es claro que la ética no tiene que ver directamente con
el conocimiento de los hechos que acontecen en el mundo, sino con la valoración,
individual o colectiva, en torno a las consecuencias de las acciones humanas que
afectan, para bien o para mal, a la sociedad o al mundo. En ese sentido, las
preocupaciones de la ética son, por ejemplo, la justicia, los derechos, la virtud, la
responsabilidad, la comunidad, etc.

Ahora bien, un individuo que actúa con justicia, que respeta a los demás,
que toma decisiones de manera responsable, etc., e videntemente logra una vida
buena. Curiosamente, la mayoría de los filósofos sostienen que la felicidad es un
componente importante para lograr una vida buena, pero, como bien lo señala
Tomasini 7 , hay una vida feliz contingente y una trascendental. La primera
acontece de manera fortuita y un tanto azarosa, por lo que esa felicidad, en
realidad, no depende directamente de nuestra voluntad, sino más bien de las
diversas circunstancias que la producen. En cambio, la felicidad trascendental está
estrechamente ligada a nuestros actos voluntarios, a nuestras decisiones

5 Tomasini, Alejandro, Filosofía moral y visiones del hombre, p. 13, Ed. Devenir el Otro, número 42 de
la Colección dirigida por Juan Pastor, Madrid, 2012.
6 Ibídem
7 Ibídem
razonadas, conscientes y, por ende, libres. Esto, nos dice Tomasini, conforma el
universo de “la felicidad moral, tan difícil de caracterizar”8 .

Algo que es menester reconocer es que la felicidad moral está


estrechamente vinculada con la moral personal. Esa moral personal no es factual
ni compartible. Ella está íntimamente relacionada con situaciones conflictivas
donde nos preguntamos “¿Qué debo hacer?”. Como se mencionó arriba, no se
trata de contestar “¿Qué puedo hacer?” o “¿Qué quiero hacer?”. La respuesta a
“¿Qué debo hacer”? tiene que ir acorde con los principios éticos que libremente
hicimos nuestros. Por lo mismo, una decisión moral no tiene nada que ver con
cálculos, donde sumemos o restemos pérdidas de ganancias o conveniencias de
inconveniencias. En la decisión que tomemos está implicada nuestra vida más
íntima, nuestro estar a gusto o a disgusto con nosotros mismos. Aquí es donde
vale la pena considerar que con la única persona que necesariamente tenemos que
dormir cada noche de nuestra vida es con nosotros mismos, por lo tanto, uno tiene
que cuidar el no pelearse consigo mismo, esto es, en nunca ir en contra de uno
mismo. Si siempre actuamos de acuerdo a nuestros propios valores morales
estaremos felices con nosotros mismos, lo que equivale a decir que obtendremos
la verdadera felicidad, esto es, obtendremos nuestra propia tranquilidad moral,
independientemente de cómo nos juzguen los demás.

ESTÉTICA

El término ‘estética’, aunque viene del griego αἰσθητικός (aisthetikos) que


significa estético, sensitivo o sensible no fue utilizado por los griegos para
designar a esta rama de la filosofía. El nombre fue introducido a la literatura
filosófica hasta 1735 por Alexander Baungarten. Aunque el término se conserva
para designar a esta rama de la filosofía, mucho se ha debatido en torno a si la
estética versa, efectivamente, sobre lo sensitivo o sensible, sobre todo si se
considera que se trata de una disciplina básicamente normativa y no biológica.
Esto lo que quiere decir es que, si bien es cierto que la estética tiene algo que ver
con los sentidos y los sentimientos, la experiencia estética implica una valoración
racional y justificable sobre la belleza, el arte y el gusto sobre aquello que se
percibe o siente. En ese aspecto, la estética y la ética se asemejan, pero mientras
que la ética norma lo que debemos considerar como lo bueno o lo malo, la estética
norma y, en más de un sentido, refina lo que debemos considerar como lo bello, lo
artístico o lo deleitable.

El siglo XVIII se ocupó, casi de manera obsesiva, sobre el problema del


gusto, ya que la gente tiende a pensar que se trata de algo totalmente subjetivo y

8 Ibídem, p. 406
arbitrario. Sin embargo, desde entonces se detectó que el gusto es algo que sin
duda puede ser desarrollado, perfeccionado y que no carece de estándares que nos
permiten distinguir entre personas de buen gusto y personas de mal gusto. Con
esto queremos decir que la gente no nace con buen gusto o mal gusto, sino que el
gusto se desarrolla con la experiencia. Como bien lo dice Tomasini: si alguien
quiere refinar su gusto, digamos sobre la pintura o la música, es indispensable que
vea cuadros o que escuche música, que asista a exposiciones o a conciertos, que
conozca algo de la historia de la pintura o de la música, que se familiarice con las
críticas para que aprenda a juzgar lo que mira o lo que escucha, que también
aprenda a detectar y comparar estilos, diferencias, semejanzas, etc., y
fundamentalmente que aprenda a explicar y argumentar las razones de sus propios
juicios estéticos para hacerlos objetivos y compartibles con otros 9 .

Por esto último se puede decir que la definición de Baungarten es poco


satisfactoria, pues, aunque como seres biológicos estemos equipados de manera
semejante para percibir y sentir, el entrenamiento estético ofrece una dimensión
humana distinta y mucho más refinada para apreciar lo que meramente
percibimos y sentimos. Precisamente porque hay un fuerte componente educativo
en la apreciación estética, se genera la apariencia de que el gusto estético es
subjetivo. Pero lo que hay que tener claro es que la diversidad del gusto se puede
dirimir con argumentos y quien no sea capaz de ofrecer argumentos en torno a
una divergencia de gustos, se puede entender como un penoso indicativo de falta
de refinamiento.

Ahora bien, si atendemos a estas seis definiciones de las ramas que componen a la
filosofía, es relativamente fácil detectar que las tres primeras, a saber, la metafísica, la
ontología y la epistemología trabajan alrededor de los problemas que fundamentan
respectivamente lo que decimos o asumimos sobre el ser, la existencia y los límites del
conocimiento. En contraste, las tres últimas, esto es, la lógica, la ética y la estética son
normativas. Lo que ellas propiamente hacen es estudiar, revisar o estipular las reglas que
guían respectivamente el razonamiento válido, la conducta correcta o la apreciación de lo
bello. Pero parte de su labor también consiste en detectar los problemas que se generan
cuando se ignoran, omiten o malentienden las reglas que estas disciplinas estipulan.

Dentro de la temática relacionada con la ciencia y la tecnología es posible encontrar tanto


problemas de fundamento como de normatividad. Su detección y análisis se facilita con
la intervención del esclarecimiento conceptual que ofrece la filosofía. Lo que es
importante entender es que, aunque compartimos el mismo mundo, las interpretacio nes

9Tomasini, Alejandro, “David Hume y la teoría del gusto”, aparece en su libro Discusiones filosóficas,
Plaza Veldés, México, 2008
que hacemos de él pueden disentir entre culturas, grupos o individuos. Lo que la filosofía
nos enseña es que cuando enfrentamos controversias y desacuersos, la postura sana es
tratar de ponernos de acuerdo revisando los problemas que los causan para tratar de
detectar cómo, dónde y por qué se generan nudos conceptuales que impiden llegar a
acuerdos universales en torno a la manera como entendemos, justificamos o explicamos
algún hecho del mundo. El punto es que si realmente queremos llegar a un consenso, lo
que se requiere revisar en una argumentación es si contiene incoherencias,
inconsistencias, elementos raros, misterios, falacias o cualquier clase de enredo
conceptual, por lo que el problema lo debemos de buscar en la argumentación, no en el
mundo, ya que el mundo es la plataforma común a todos y es lo que nos permite llegar a
un mínimo de acuerdos para iniciar o corregir cualquier razonamiento, científico o no.

BIBLIOGRAFÍA

ARISTÓTELES, Metafísica, The Great Books, Encyclopaedia Britanica, Inc., Chicago,


1952
GUTHRIE, W.K.C., The earlier Presocratics and the Pythagoreans, Cambridge University
Press, Great Britain,1962
PRIEST, G., Logic: a very short introduction, Oxford Univ. Press, N.Y., 2000
TOMASINI, A., Filosofía moral y visiones del hombre, Ed. Devenir el Otro, número 42
de la Colección dirigida por Juan Pastor, Madrid, 2012.
TOMASINI, A., Discusiones filosóficas, Plaza Veldés, México, 2008
WITTGENSTEIN, L., Tractatus Logico-Philosophicus, Routledge and Kegan Paul,
Londres, 1978
EMPIRISMO E INDUCCIÓN: LA MADRE DE TODOS LOS PROBLEMAS

Nydia Lara Zavala

El término ‘empirismo’ viene del griego έμπειρία (empeiría), que fue traducido al
latín como experientia y al castellano como experiencia. Más adelante, los griegos y los
latinos acuñaron el término ‘empírico’ para referirse a los médicos que se oponían a la
instrucción teórica de su época y ponderaban a la experiencia como la única guía para
tratar a sus pacientes. Actualmente el término ‘empírico’ popularmente se utiliza para
referirse a aquellas personas que carecen de instrucción teórica, pero que han adquirido
conocimiento a través de su propia experiencia. Por eso en algunas ocasiones ‘empírico’
también se utiliza como sinónimo de ‘autodidacta’.

Como doctrina, el empirismo pertenece fundamentalmente a la rama de la


filosofía que se conoce bajo el nombre de ‘epistemología’ o ‘teoría del conocimiento’,
aunque también se encuentran dentro de ella importante s cuestiones relacionadas con la
lógica, la metafísica y la ontología.

Lo que sostiene el empirismo es que la experiencia sensible es la única fuente y


garantía del conocimiento. En términos negativos se puede decir que el empirismo
rechaza las abstracciones y las especulaciones, las técnicas deductivas y toda clase de
innatismo. Su rival más poderoso es el racionalismo, que afirma que la experiencia
sensible no basta para lograr obtener el conocimiento de la realidad, sino que el intelecto
requiere del auxilio de formas, ideas, estructuras o mecanismos innatos (ahora se les
llama ‘genéticos’) para ordenar el cúmulo de sensaciones de manera predeterminada para
que tenga sentido lo que nos ofrece la experiencia directa. Los representantes más
insignes del empirismo son: Aristóteles, Locke, Berkeley, Hume, Mill, James, Russell,
Lewis, Carnap, Ayer y Quine. Los del racionalismo son: Parménides, Platón, Descartes,
Spinoza, Leibniz, Kant y prácticamente todos los teóricos que han proporcionado los
lineamientos que actualmente conforman a las denominadas ‘ciencias cognitivas (e.g.,
inteligencia artificial, lingüística, psicología cognitiva, neurociencias cognitivas, etc.).

Salvo quizá Locke, propiamente hablando, no hay empiristas puros y, salvo quizá
Parménides y, en cierta medida, Platón y Descartes, no hay racionalistas puros. La
división tajante de estas dos escuelas realmente responde al énfasis que se le puede dar a
dos formas muy diferentes de razonamiento, a saber: el deductivo y el inductivo.

Aunque el tema de la deducción y la inducción se vio en la definición de ‘lógica’


del ensayo “Qué es y para qué sirve la filosofía”, por su importancia en la cuestión que
nos ocupa, muy brevemente vale la pena recordar algunas de las características de estas
dos clases de razonamiento.
Un ejemplo del razonamiento deductivo es el siguiente:

Todos los ingenieros saben matemáticas


Juan es ingeniero
________________
Juan sabe matemáticas

Todos los argumentos que tienen esa forma lógica son válidos, lo que equivale a
sostener que si las premisas son verdaderas la conclusión necesariamente es verdadera.
Por eso también se dice que las premisas de la inferencia deductiva implican la
conclusión, esto es, la conclusión está contenida en las premisas. El ejemplo
paradigmático del razonamiento deductivo es la geometría euclidiana, pues con un
puñado de premisas (en este caso denominados ‘axiomas’) es posible deducir una gran
cantidad de conclusiones (llamados ‘teoremas’) acerca de las propiedades geométricas de
las figuras.

La ventaja de la deducción es que preserva siempre verdad. Su desventaja es que


la conclusión de un argumento deductivo válido no puede decir nada que no esté
previamente implícito en las premisas.

Pero no todo razonamiento es deductivo. Consideremos el siguiente ejemplo:

Tres botellas de vino de una misma caja de seis salieron malas


Las seis botellas pertenecen a la misma cosecha
____________________
Las seis botellas contenidas en la caja deben de estar malas

Éste es un buen razonamiento, pero no es deductivo porque las premisas no implican la


conclusión. Aunque las tres primeras botellas efectivamente estén muy malas y aunque
todas pertenezcan a la misma cosecha, no es garantía de que las otras tres botellas
también salgan malas. Es perfectamente concebible que las otras tres botellas estén
buenas. Para ponerlo en otros términos, es lógicamente posible que las premisas de la
inferencia sean verdaderas y la conclusión sea falsa. Por eso no estamos hablando aquí de
una inferencia deductiva, sino inductiva.

En lo que se denomina ‘inferencia inductiva’ o ‘razonamiento inductivo’ nosotros


nos movemos de premisas acerca de objetos que hemos examinado a conclusiones acerca
de objetos que no hemos examinado.
Sin duda el razonamiento deductivo es mucho más seguro que el inductivo. Cuando
razonamos deductivamente sabemos que si las premisas son verdaderas, nuestras
conclusiones también lo serán. Pero este no es el caso de la inferencia inductiva. En el
razonamiento inductivo podemos partir de premisas verdaderas y llegar a una conclusión
falsa. Pese a este defecto, tanto en la vida cotidiana como en la ciencia constantemente se
recurre al razonamiento inductivo.

Como quiera que sea, el racionalista tiende a ponderar el conocimiento deductivo;


el empirista, el inductivo. Las dos formas de razonamiento enfrentan severos problemas
que la filosofía sigue tratando de esclarecer, pero lo cierto es que, hasta la fecha, no lo ha
logrado. Por lo mismo, en distintas épocas y en distintas disciplinas unos se inclinan por
el racionalismo y otras por el empirismo sin llegar a ningún acuerdo universal con
respecto a cuál es el mejor camino para obtener un conocimiento seguro de la realidad
que nos rodea.

Por el tema que nos ocupa, no nos vamos a detener en toda la gama de
discusiones que se suscitan entre los racionalistas y los empiristas. Por esa razón, y para
entender algunas de las complicaciones más graves que tiene que enfrentar el
conocimiento científico, sólo nos vamos a concentrar en uno de los problemas más
intrigantes del empirismo, a saber: el que refiere al cuestionamiento de la racionalidad de
la inducción, también conocido como el problema de Hume. Muy brevemente veamos de
qué se trata este problema.

Aunque el empirismo, a primera vista, parece una postura del sentido común, los
filósofos muy rápidamente detectaron sus debilidades. Dentro de ellas podemos
mencionar el hecho de que toda experiencia es individual, personal e irrepetible y, si lo
que se busca es fundamentar la posibilidad de un conocimiento general y universal para
que sus enunciados abarquen el presente, el pasado y el futuro, es obvio que el empirismo
no reúne esos requisitos.

El método experimental, tan preciado por muchos científicos y, muy en particular


por los biólogos, pretende ofrecer una vía de salida a estos problemas del empirismo. En
ambientes controlados se intenta hacer repetible la experiencia para determinar patrones
de regularidad que puedan enunciarse como leyes idealmente universales (normalmente
este método sólo logra enunciar leyes estadísticas, lo cual, como veremos, agrava el
problema de Hume).

En realidad, la mayor dificultad que enfrenta el método experimental es que se


apoya directamente en la observación y en la experiencia y lo que sostiene Hume es que
el conocimiento que así se obtiene es siempre contingente. Lo que esto quiere decir es
que la observación de que algo una y otra vez acontece de cierta manera no nos ofrece
ninguna garantía de que siempre acontecerá así. Esta afirmación no es inocua, pues lo que
realmente cuestiona es la posibilidad de poder justificar racionalmente la universalidad de
las leyes empíricas. Pero veamos más de cerca qué es lo que dice Hume.

David Hume fue un destacado filósofo empirista escocés del siglo XVIII. Él
detectó que la gran mayoría de nuestras creencias fundamentadas en el razonamiento
inductivo asumían sin cuestionar lo que él denominó ‘la uniformidad de la naturaleza’.
Por ejemplo, si todos los días hasta hoy ha salido el sol, nosotros inferimos que mañana
también saldrá porque asumimos que la naturaleza seguirá actuado uniformemente como
lo ha hecho hasta hoy. De ahí el nombre de ‘uniformidad de la naturaleza’. Pero nos
parece que la mejor manera de explicar lo que esto significa es recurriendo a un hecho
extraído de la misma ciencia10 .

Los genetistas actualmente afirman que el síndrome de Down es causado por un


cromosoma adicional, esto es, que los que lo sufren tienen 47 cromosomas en lugar de 46
como tienen las personas normales. Para poder afirmar esto, los científicos han hecho
pruebas con un número considerable de pacientes con síndrome de Down y siempre han
encontrado que tienen 47 cromosomas. De ahí infieren que todos los que sufren ese
síndrome deben de tener 47 cromosomas. Esta generalización que va de casos conocidos
a casos desconocidos se fundamenta en la creencia de que los individuos que no se han
examinado deben ser semejantes a los que ya se examinaron. Dicha cree ncia es lo que
para Hume significa la aceptación de la uniformidad de la naturaleza.

Pero, nos dice Hume: ¿cómo podemos saber que efectivamente la naturaleza es
uniforme? ¿Podemos probar (en el sentido estricto de prueba) que la naturaleza es
uniforme? Esto es, ¿cómo podemos aseverar que el paso de casos conocidos a casos
desconocidos es racional? O para ponerlo en otros términos : ¿es factible ofrecer una
justificación racional sobre nuestras creencias inductivas? La respuesta de Hume fue un
rotundo no. Según él, la inferencia inductiva sólo está apoyada en un bruto hábito animal.
Tratemos de esclarecer las consecuencias de tamaña afirmación regresando al ejemplo
anterior.

El hecho de que en la muestra de los pacientes que sufren el síndrome de Down


aparezcan 47 cromosomas, no es prueba de que todos los individuos con ese síndrome
(presentes, pasados y futuros) tengan 47 cromosomas. Es lógicamente posible suponer
que los resultados extraídos de la muestra de pacientes que presentan 47 cromosomas no
sea representativo. La razón es que siempre es factible imaginar un universo donde la
naturaleza no sea tan uniforme como suponemos, por lo que no hay ninguna garantía de
que lo que una y otra vez acontezca de cierta manera seguirá aconteciendo de la misma
forma siempre.

10 El ejemplo no es nuestro, se tomó del libro de Samir Okasha, Philosophy of science: a very short
introduction, Oxford University Press, 2002.
Sin duda se le podría argüir a Hume que, aunque no tengamos razones lógicas
para suponer que la naturaleza es uniforme, tenemos la evidencia de la experiencia que
una y otra vez no ha demostrado que así es. Para Hume, sin embargo, esto sería un
argumento espurio, ya que lo que estamos haciendo es justamente una inducción y su
fundamento depende de la creencia en la uniformidad de la naturaleza, que es
precisamente la premisa que él está poniendo en cuestión. De aquí que Hume concluya
que no tenemos razones lógicas para aceptar la uniformidad de la naturaleza, por lo que
su fundamento simple y sencillamente no puede ser racional. El problema con esta
conclusión es que la gran mayoría de las afirmaciones científicas tienen su fundamento
en inducciones y lo que Hume está cuestionando es la racionalidad de esas inducciones.
Lo que es claro es que, si no podemos demostrar que nuestras inducciones son racionales,
tampoco podemos demostrar que muchos de los enunciados de la ciencia lo sean. Esto
deja a científicos y a filósofos en una situación muy complicada, pues lo que Hume está
haciendo es cuestionar la racionalidad de la misma ciencia y eso, evidentemente, no
satisface a nadie. Por eso, infinidad de filósofos de la ciencia se han avocado a tratar de
desmantelar la tesis humena. Empero, hasta la fecha, y pese a la enorme literatura que se
ha producido al respecto, nadie ha sido capaz de dar un argumento convincente para
desarmarla y sigue siendo una “papa caliente” en las reflexiones filosóficas.

La realidad es que el problema que Hume plantea parece tan intratable que
actualmente se le conoce o como ‘la vergüenza de la filosofía’ o como ‘la madre de todos
los problemas’. No obstante, las reflexiones filosóficas en torno al problema de la
inducción, si bien es posible que nunca se resuelva, ha obligado a los filósofos de la
ciencia a explorar y tratar de responder a otros asuntos importantes íntimamente
relacionados con la inducción, como son, por ejemplo: la naturaleza de lo que podríamos
considerar la racionalidad de la ciencia, el grado apropiado de su certeza y la
confiabilidad del uso de la probabilidad para predecir los fenómenos naturales. Como la
mayoría de las cuestiones filosóficas, quizá ninguna de estas reflexiones nos lleve a una
respuesta contundente. Sin embargo, detenerse en ellas nos ayuda mucho a esclarecer la
naturaleza y los límites de ese extraordinario fenómeno cultural que conforma eso que
llamamos ‘conocimiento científico’.

BIBLIOGRAFÍA

HUME, David, A treatise of human nature, Selby-Bigge, Oxford Univeristy Press,


Londres, 1978
HUME, David, An enquiry concerning human understanding, Peter Millican, Oxford
University Press, New York, 2007
OKASHA, Samir, Philosophy of science: a very short introduction, Oxford University
Press, New York, 2002
REFLEXIONES SOBRE EL PROBLEMA DE LA INDUCCIÓN

Raúl Ibarra Herrera

En nuestra vida cotidiana tenemos demasiada confianza en lo que los científicos


nos dicen sobre el mundo, a tal grado que constantemente ponemos nuestras vidas en sus
manos para construir edificios, diseñar aviones, crear medicamentos, etc. La ciencia ha
sido comúnmente considerada como el caso paradigmático de lo que es una investigación
racional. Pero si Hume está en lo correcto al negar que la inducción pueda estar
justificada racionalmente, entonces tendremos que aceptar que los cimientos en los que se
fundamenta la ciencia no son tan sólidos después de todo.

Muchos filósofos han tratado de responder de diversas maneras al problema


planteado por Hume para tratar de asegurar la racionalidad de la inducción. En mi
opinión, una manera de lidiar con esta dificultad es cuestionar el nivel de racionalidad
exigido por Hume. No me parece que sea necesario considerar como racionales
solamente aquellas afirmaciones o razonamientos que sean capaces de mostrar pruebas
absolutas de su verdad. En ese caso, solamente las verdades necesarias de la lógica,
demostrables por razonamientos deductivos, serían racionales. Estas verdades lógicas no
nos dicen nada acerca del mundo y su funcionamiento, ni tampoco nos dan indicio alguno
de cómo deberíamos de actuar ante determinadas circunstancias. Si nuestro criterio de
racionalidad fuera así de exigente, no podríamo s evaluar qué tan pertinentes, legítimos o
prudentes serían nuestros actos. A su vez, no podríamos considerar como irracional a
alguien que quisiera aventarse de un edificio argumentando que tal vez la gravedad
dejaría de ejercer sobre él en esta ocasión, o como maniático a alguien que no quisiera ir
al trabajo porque teme que su auto estalle en el camino la próxima vez. Nuestra vida no
podría llevarse acabo adecuadamente si no pudiéramos discernir entre buenas y malas
decisiones inferenciales, entre confiables y dudosos pronósticos, entre razonamientos
racionales e irracionales. Es claro que para poder hacer este tipo de distinciones, la
inducción juega un papel fundamental. Nuestra vida cotidiana simplemente sería
inconcebible sin su ayuda para guiar nuestra vidas. De igual manera, la ciencia no hubiera
podido llegar a donde está sin el uso de razonamientos inductivos, ni hubiera alcanzado el
inmenso conocimiento que tiene sobre el universo sin antes haber distinguido entre
buenas y malas teorías, pertinentes e irrelevantes experimentos, racionales e irracionales
investigaciones. Por todo esto, parece evidente que no se debería de condenar a la
inducción como irracional por el hecho de no poder justificarla de manera absoluta. En
cambio, si consideramos el ámbito práctico, podríamos muy bien adoptarla como criterio
mismo para la racionalidad.

La postura que propongo a continuación sobre el problema de la inducción fue en


primera instancia sugerida por el filósofo ingles Peter Strawson, que para defenderla hace
una analogía con el derecho 11 . Lo que el autor argumenta es que tratar de justificar la
11
Samir Okasha, Philosophy of science: a very short introduction, pág. 28. Cfr. Paul Snowdon,
"Peter Frederick Strawson", The Stanford Encyclopedia of Philosophy; Peter Strawson, An
Introduction to logical theory, pp. 248-263.
racionalidad de la inducción sería como tratar de justificar la legalidad de las leyes. En
nuestra vida diaria, las leyes nos sirven como criterio para juzgar la lega lidad de los actos
de las personas, es decir, si las acciones que realizan son legales o no. Pero tendría muy
poco sentido cuestionar si el criterio de legalidad es en sí mismo legal, esto es, preguntar
si las leyes mismas son legales o no. De igual manera, tendría muy poco sentido
preguntar por la racionalidad de la inducción porque ella misma es uno de nuestros
criterios para evaluar la racionalidad de la vida cotidiana y de la ciencia. La inducción es
tan fundamental a nuestra manera de razonar que no podemos prescindir de ella. Hacerlo
porque no podemos justificarla absolutamente significaría desprenderse de la propia base
de nuestro pensamiento, algo que naturalmente nos es imposible. De igual forma, la
uniformidad de la naturaleza es algo de lo que nuestro entendimiento no puede dar cuenta
de manera categórica, pues son cuestiones que en última instancia refieren a las causas
últimas de las leyes de la naturaleza y la búsqueda de causas últimas rebasa el campo de
lo físico para traspasarse al área de lo metafísico, algo que, en mi opinión, no es deseable,
pues rebasa por completo los límites de nuestro entendimiento. En palabras de Hume:
lo más que puede hacer la razón humana es hacer más simples los principios que
gobiernan los fenómenos naturales, reuniendo para ello muchos efectos particulares
bajo unas cuantas causas generales […] Pero si intentamos descubrir las causas de
estas causas generales, estaremos perdiendo nuestro tiempo. Estos orígenes y
principios últimos están completamente vedados a la investigación humana12 .

El hecho de no tener evidencia absoluta para asegurar la verdad última de la


uniformidad de la naturaleza y, por consiguiente, de la inducción, no debe impedirnos
considerarla como racional en el aspecto práctico, considerándola más bien como uno de
los criterios para evaluar la racionalidad misma en el mundo cotidiano y, por supuesto, en
el ámbito científico.

Ahora bien, concediendo que no es necesario justificar absolutamente la


inducción para considerarla como racional, creo que es oportuno plantear uno de los
nuevos retos que tendría la filosofía de la ciencia en torno a este tema y que me parece es
la mejor manera de abordar la investigación posterior sobre los razonamientos inductivos.
Como ya antes había discutido, la inducción suele ser empleada para evaluar la
racionalidad de creencias, decisiones, acciones, etc. Lo interesante de la inducción es que
parecería que en esta clase de razonamientos lo que tenemos son grados de racionalidad.
Esto es, algunas inducciones sin duda pueden ser más racionales que otras.
Evidentemente, no aseguramos con la misma certeza que mañana va a salir el sol, a que
mañana va a llover, o a que mañana va a haber un eclipse solar. Solemos tener más
confianza en inducciones que parecen más racionales, o más plausibles, o que parecen
tener más evidencia a su favor que otras. La cuestión aquí es: ¿Qué es en específico lo
que distingue a una buena inducción de una mala? ¿Cómo evaluar la sensatez de un
razonamiento inductivo? Una vía de investigación a estas interrogantes ha sido llamado
‘el problema de la caracterización’, ya que hace referencia a cómo caracterizar las buenas
y sólidas inducciones 13 . En mi opinión, éste es el problema en el que los filósofos de la
12
Investigación sobre el entedimiento humano, Sección IV, parte i
13
John Vickers, "The Problem of Induction", The Stanford Encyclopedia of Philosophy.
ciencia tienen que centrar la discusió n en torno a la inducción, pues dependiendo de
cuáles criterios admitamos para considerar a un razonamiento inductivo como sensato,
dependerá también mucha de la calidad de la investigación y del quehacer científico
futuro. Hoy en día nuestra vida cotidiana depende mucho de lo que la ciencia haga y nos
diga: desde los alimentos que consumimos, los medicamentos que usamos, el manejo de
la materia prima que obtenemos de la naturaleza, hasta la fabricación de armas nucleares.
Y conforme pasa el tiempo la ciencia va ocupando campos nuevos nunca antes
explorados, como el control genético de la natalidad. Todo esto muestra que la influencia
de la ciencia en nuestra vida es tan grande que no podemos darnos el lujo de tener ojos
ciegos a la actividad que estén realizando los científicos. Es de suma importancia el poder
distinguir qué tipo de investigaciones son permisibles, cuáles son convenientes para
financiarse, qué otras representan un peligro para el bienestar de la sociedad, etc. Me
parece que tener una distinción más clara entre buenos y malos razonamientos inductivos
puede permitirnos diferenciar entre teorías, investigaciones, aplicaciones de la ciencia
que sean más sensatas que otras, o reconocer las que puedan ser dañinas para restringirlas
y controlar su propagación.

Para lidiar con la inferencia se ha impulsado la caracterización de las sólidas y


buenas inducciones por medio del concepto de probabilidad que, con todo y sus bemoles,
en primera instancia parecería una propuesta muy prometedora. Sin embargo, en algunas
ocasiones consideraríamos que no es suficiente para determinar la sensatez de alguna
postura científica. Por ejemplo, cuando se fomenta la elaboración de alimentos
transgénicos con el razonamiento de que hasta hoy en día no han resultado severas
consecuencias en la salud para sus consumidores. En esos casos puede que se requiera de
otra clase de justificaciones y criterios para juzgar si realmente un razonamiento así es
sólido y sensato. Una alternativa podría ser la inferencia a la mejor explicación, en donde
diversas hipótesis se comparan para determinar cuál de ellas es la que mejor da cuenta de
la evidencia. Por todo esto, creo que el problema de caracterización podría ser un
excelente campo de investigación para los filósofos de la ciencia e n el futuro, donde se
podrían esperar resultados mucho más fructíferos de los que se podrían obtener si
siguiéramos intentando hallar la justificación absoluta de la inducción, lo cual, dicho sea
de paso, parece un intento destinado al fracaso.

En conclusión, me parece que no debe de considerarse a la inducción como


irracional por el hecho de que no se pueda dar una justificación última de ella. Lo que
tenemos que hacer es más bien adoptarla como uno de los criterios para evaluar la
racionalidad misma en la vida cotidiana y la ciencia. En cambio, creo que el nuevo
problema por abordar sería el de caracterizar qué distingue a un buen, sólido y sensato
razonamiento inductivo de uno que no lo es, para así poder esperar resultados más
fructíferos de estas investigaciones para nuestra vida diaria y para garantizar mejor la
calidad de la actividad científica.

BIBLIOGRAFÍA

HUME, David, Investigación sobre el entendimiento humano, traducción de Carlos


Zorrilla Piña, 2008, URL = <http://juliobeltran.wdfiles.com/local-- files/cursos:textos-
filosoficos-5-2013-1/InvestigacionsobreElEntendimientoHumano2al8.pdf>.
OKASHA, Samir, Philosophy of science: a very short introduction, Oxford University
Press, 2002, Nueva York.
SNOWDON, Paul, "Peter Frederick Strawson", The Stanford Encyclopedia of
Philosophy (Fall 2009 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL =
http://plato.stanford.edu/archives/fall2009/entries/strawson/>.
STRAWSON, Peter, An introduction to logical theory, Mathuen & CO LTD, 1952,
Londres.
VICKERS, John, "The Problem of Induction", The Stanford Encyclopedia of
Philosophy (Winter 2012 Edition), Edward N. Zalta (ed.), forthcoming URL =
<http://plato.stanford.edu/archives/win2012/entries/induction-problem/>.
INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA TECNOLOGÍA

Hugo López Araiza Bravo

INTRODUCCIÓN

Puede creerse que en filosofía se habla poco de la tecnología, que en general hay
un desdén filosófico hacia ella. Pueden darse diferentes razones. La más evidente es ese
afán que tenemos desde el siglo XIX de separar a las humanidades de las ciencias e
ingenierías. El nombre mismo nos ayuda a la discriminación, y todo lo que no sean
humanidades se convierte automáticamente en inhumano o maquinal. Al mismo tiempo,
un pragmatismo exacerbado puede llevar a ingenieros y científicos a tildar a los
humanistas de inútiles o poco productivos.
Quienes crean en lo anterior formarán parte de la imagen tradicional sobre la
relación entre filosofía y tecnología. En realidad hay más intercambio del que estas
posturas estereotipadas estarían dispuestas a admitir. Basta con ver la enorme importancia
que tiene la filosofía de la ciencia en la escuela denominada “analítica”. 14 También hay
una filosofía de la tecnología, si bien mucho más pequeña. Además, ésta ha tenido
aportaciones provenientes de personas formadas tanto en la filosofía como en la
sociología y en la ingeniería. Quizás sea ése el rasgo característico: la filosofía de la
tecnología tiende a la interdisciplinariedad. Es por eso que se ve diluida y no es tan
notoria: quienes la hacen no pertenecen al núcleo duro de sus respectivas disciplinas, sino
que están acostumbrados a trabajar en los bordes. Así, a los filósofos que la practican los
acusan de dedicarse más bien a sociología de la tecnología, a la antropología de la
tecnología o a los estudios culturales de la tecnología. 15 Evaluar su trabajo de esta manera
se debe a un malentendido, pues a pesar de tomar aportes de las ciencias sociales, sus
preocupaciones y enfoques son filosóficos.

14
Una división muy socorrida en la filosofía es la hecha entre analíticos y continentales. Los
primeros habitarían el mundo anglosajón, los segundos “el resto” del continente europeo. Si bien
en un principio la distribución geográfica era casi exacta (con un par de rebeldes aquí y allá),
actualmente se distinguen mejor como dos formas de hacer filosofía, independientemente del
lugar en que se realice. Los analíticos se caracterizan por dar valor primordial al análisis lógico de
conceptos y argumentos y por considerar que sus propias investigaciones van de la mano con las
ciencias naturales. Los continentales rechazan lo que llaman “cientificismo” (la idea de que la
ciencia es el mejor método de conocer al mundo) y buscan crear sus propios sistemas, a menudo
acudiendo a la metafísica y el historicismo.
15
En el caso particular de la sociología de la tecnología, se cuenta ya con un programa y una
metodología específica a seguirse, descritas en Bijker, W., Thomas Hughes y Trevor Pinch (eds.),
“The Social Construction of Facts and Artifacts: Or How The Sociology of Science and the
Sociology of Technology Might Benefit Each Other” en The social construction of technological
systems. New directions in the sociology and history of technology, Cambridge, MA, MIT Press,
1987, pp. 17-50. Apuntan a una investigación estrictamente empírica que ya no le será posible
seguir al filósofo, pero que es interesante para él en su planteamiento.
A lo largo del presente artículo argumentaré a favor de la existencia de una
filosofía de la tecnología, que, si bien no corre peligro de desaparecer, sí necesita
legitimación dentro de la comunidad académica. 16 Comenzaré con un poco de historia.

Sorprenda a quien sorprenda, los primeros filósofos de la tecnología eran


ingenieros. 17 Se puede trazar una línea hasta el escocés Michael Ure, un ingeniero
químico que en 1835 publicó The Philosophy of Manufacturers. En tal libro desarrolló
muchas de las ideas que se siguen trabajando hoy en día, así como una defensa a capa y
espada de los beneficios de la industria mecanizada. Sin embargo, el acuñador del
término “filosofía de la tecnología” fue Ernst Kapp en su Grundlinien einer Philosophie
der Technik (1877).18 De formación filosófica, participó activamente en la colonización
de Texas, por lo que durante dos décadas estuvo en contacto íntimo con diferentes
máquinas e instrumentos. Al regresar a Alemania y reinsertarse en la vida académica,
formó una teoría en la que veía a la tecnología como una extensión del cuerpo humano,
donde cada instrumento y máquina estarían inspirados consciente o inconscientemente en
alguno de nuestros órganos. Los remos provienen de los brazos; los platos, del hueco de
la mano; el telégrafo, del sistema nervioso; etc.

Pero no fue sino hasta principios del siglo XX cuando la filosofía de la tecnología
tomó verdadera importancia y se convirtió en foco del interés público. Peter
Klimentievich Engelmeier, ingeniero ruso, fundó en 1917 la Asociación Mundial de
Ingenieros. Con ella quería analizar el fenómeno tecnológico junto con sus objetivos, sus
relaciones con las ciencias naturales, el arte, la política, etc., incluyendo los métodos con
los que trabaja. Todo esto con miras a expandir el pensamiento ingenieril hacia todos los
ámbitos del quehacer humano. Logró instalarse en la burocracia soviética (a menudo
luchando contra ella) e iniciar un movimiento que sería conocido como “tecnocracia”: los
ingenieros al poder. Estaba muy a tono con el optimismo que había surgido con la
revolución industrial: se confiaba en que la tecnología ayudaría a hacer a los hombres
iguales y librarlos de trabajos pesados o peligrosos. Engelmeier eventualmente cayó de la
gracia del Partido Comunista soviético y fue ejecutado.19

Por último, conviene hacer mención de tres pensadores más: los ingenieros Max
Eyth y Alard DuBois Reymond y el biofísico Friedrich Dessauer, quienes sobresalen
porque dirigieron sus investigaciones a un ámbito diferente al usual. Hasta entonces se
había pensado en la tecnología como fenómeno existente, es decir, como tal o cual
máquina y cómo nos relacionamos con ella. Ellos (cada uno por su lado) dieron un paso

16
Como un ejemplo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM sólo se la puede atisbar,
con mucha suerte, a través de un curso de Filosofía de la Ciencia; por su parte, el Instituto de
Investigaciones Filosóficas apenas (2001) incluyó una especialización en Estudios filosóficos y
sociales sobre ciencia y tecnología dentro de los posgrados en Filosofía de la Ciencia.
17
Al respecto vale la pena consultar el primer capítulo de ¿Qué es la filosofía de la tecnología?,
por Carl Mitcham, a quien sigo en esta exposición.
18
Se puede ver que no utilizó “tecnología”, sino “técnica”. Ahora los tomaremos como
equivalentes, pero la distinción es importante.
19
Su trabajo fue continuado en Alemania por la Sociedad de Ingenieros Alemanes, cuyos
miembros principales fueron Simon Moser, Hans Lenk, Günter Ropohl, Alois Huning, Hans
Sachsse y Friedrich Rapp.
hacia atrás y se preguntaron cómo se llegaba a esa tecnología en primer lugar. Eyth y
DuBois Reymond distinguieron dos etapas en la invención: la teórica y la práctica. Es
decir, diseñar un aparato y fabricar el prototipo. Identificaron la primera etapa con la
llamada “inspiración” de los artistas, logrando así un puente entre la tecnología y la
estética. Dessauer, por su parte, se alineó con la escuela kantiana, apoyándose en ella para
formular sus teorías. Sostuvo que la invención nos pone en contacto con las cosas en sí.
Mediante la “elaboración”, el inventor gana acceso a un reino de las soluciones
preestablecidas para los problemas técnicos y permite que éstas pasen a nuestro mundo
material.

Como se puede ver, la filosofía de la tecnología tiene una historia que, si bien no
es tan larga como la de otras disciplinas, ya debería de garantizarle ciertas credenciales.
Si todavía no las ha ganado es porque hay una reticencia a admitir su importancia. Ésta
viene del lado filosófico. Analizaré primero los argumentos que, explícita o
implícitamente, se hacen en contra de la existencia de una filosofía de la tecnología, para
luego pasar a los que hay a favor de ésta.

ARGUMENTOS EN CONTRA DE UNA FILOSOFÍA DE LA TECNOLOGÍA

La estrategia más común para negarle existencia a la filosofía de la tecnología ha


sido la más sutil y por lo mismo la más efectiva: simplemente no se habla de ella. La
indiferencia parece que la vuelve inexistente. Sin embargo, al entrar en debate, hay tres
argumentos de los que usualmente se echa mano : 1) que la tecnología está subordinada a
la ciencia, 2) el nulo interés filosófico en la tecnología y 3) el nulo interés ingenieril en la
filosofía. Veremos a continuación cada uno de ellos.

1. Tecnología subordinada a la ciencia (filosofía de la tecnología subordinada a la


filosofía de la ciencia)
El primer y más fuerte argumento en contra de una filosofía de la tecnología es la
tesis según la cual la tecnología es ciencia aplicada. Se trata de una idea muy difundida, y
hasta podría decirse de “sentido común”: la ciencia forma una teoría que luego puede ser
aprovechada para realizar tecnología. El filósofo argentino Mario Bunge llega hasta a
considerar –tras un poco de reticencia etimológica– los términos “tecnología” y “ciencia
aplicada” como sinónimos. Para hacerlo debe contraponer a ella una “ciencia pura”, que
se dedicaría a obtener conocimiento por el conocimiento mismo. La ciencia aplicada, en
cambio, obtendría conocimiento con vistas a aumentar nuestro poder o bienestar. 20 El
caso más claro de esto es el proyecto Manhattan. Durante la Segunda Guerra Mundial
hubo una carrera armamentista entre Alemania, E.U.A. y la Unión Soviética por

20
Bunge, Mario, “Technology as Applied Science”, Technology and Cultute Vol. 7, No. 3 (1966),
pp. 329-347.
conseguir primero la bomba atómica. Los físicos más prominentes del planeta trabajaron
en los diferentes proyectos. La recién descubierta teoría de la fisión nuclear fue utilizada
para su aprovechamiento militar. En poco menos de cuatro años, los estadounidenses
lograron la primera bomba. Siguiendo este tren de pensamiento, la filosofía de la
tecnología no es necesaria como disciplina independiente: si la tecnología es de hecho
ciencia aplicada, entonces la filosofía de la tecnología se puede considerar un subgénero
de la filosofía de la ciencia.

Este argumento no anula la existencia de una filosofía de la tecnología, pero sí la


mengua considerablemente. Le niega toda trascendencia y con ello ignora –o da por
resuelto– uno de los problemas más fundamentales que le conciernen: el de la relación
entre la ciencia y la tecnología. Más adelante trataré esto a detalle.

2. Falta de interés filosófico en la tecnología

Ya había hablado del desdén que hay en la filosofía hacia la tecnología. Éste
puede ser entendido, como señalé en la introducción, como parte de la tonta lucha entre
humanistas y científicos. Sin embargo, también hay otra razón del silencio, una señalada
por Heidegger en dos influyentes artículos 21 : no pensamos la tecnología porque nos es
transparente. A lo que se refiere con “transparencia” puede explicarse con una analogía.
Una ventana es transparente en el sentido más usual. Es posible pasarla por alto y creer
que no hay nada entre nosotros y el otro lado de ella (miles de pájaros víctimas de
ventanales bien limpios lo demuestran). Sólo se vuelve obvia cuando está sucia o rota, y
en ese momento pierde su función de dejar ver hacia afuera o adentro. La tecnología
funciona igual: en general nos acompaña perfectamente y sólo nos damos cuenta de ella
cuando falla. En realidad, la tecnología está presente en cada actividad cotidiana: desde
que el despertador nos levanta hasta que las pastillas para dormir nos devuelven a la
cama. Estamos rodeados de tecnología, incluso podría decirse que habitamos en ella. Si la
filosofía no se ha dedicado a analizarla es porque su transparencia ha permitido que la
pasemos por alto. Sólo lo haremos cuando ésta falle, y las preocupaciones actuales en
torno a la catástrofe ecológica –así como las del siglo pasado en torno a la catástrofe
nuclear– explican por qué se la ha comenzado a tomar en serio. Heidegger mismo la
piensa fundamentalmente para criticarla.

Al mismo tiempo es posible ver, en el campo de la ética, una filosofía implícita de


la tecnología. Es interesante a este respecto un comentario realizado por Steve Woolgar:
“Las discusiones acerca de la tecnología –su capacidad, lo que puede y no puede hacer, lo
que debería y no debería hacer– son la otra cara de la moneda de los debates acerca de la

21
Heidegger, Martin, “El origen de la obra de arte”, en Arte y Poesía, Ed. F.C.E., México, 1958 y
"The Question Concerning Technology", en Martin Heidegger: Basic Writings from "Being and
Time" (1927) to "The Task of Thinking" (1964), editada por David Farrell Krell, Harper, San
Francisco, 1993, pp. 307-342.
capacidad, habilidad, y características morales de los seres humanos.” 22 Eso es
especialmente cierto en el área de inteligencia artificial, donde hay quienes temen que las
pretensiones de construir máquinas con capacidades cognitivas iguales a las nuestras nos
lleven a la conclusión de que pueden desplazarnos. También está el otro temor, y es que
se ha utilizado mucho la inteligencia artificial, ya no como un proyecto para imitar las
facultades humanas, sino para explicarlas. El resultado podría ser que, en el complicado
comercio entre la investigación y la puesta en práctica que la retroalimenta, lleguemos a
pasar, sin notarlo, de un modelo descriptivo a uno normativo y terminemos reduciendo
nuestras capacidades a lo que una máquina pueda imitar.

La transparencia de la tecnología y su aparición negativa en el campo de la ética


nos hacen ver que la filosofía casi siempre se acerca sólo indirectamente a la tecnología.
De esta manera no ataca de frente los problemas que ésta presenta, sino que los hunde en
problemas circundantes. El resultado es que pasan desapercibidos, mientras que es
realmente necesario dedicarse a ellos.

3. Falta de interés ingenieril en la filosofía

Ya también he esbozado la caricatura de la falta de interés ingenieril en la


filosofía. Incluso he mostrado que, tornando a la historia de la filosofía de la tecnología,
fueron los mismos ingenieros los primeros en practicarla. Sin embargo persiste la idea
generalizada de que nada podría interesar menos a los ingenieros que la filosofía.
Podemos darle la culpa a un prejuicio ampliamente difundido: que la filosofía sólo se
dedica a teoretizar, sin aterrizar nunca sus resultados. Nada más alejado de la labor de los
ingenieros, quienes a diario deben enfrentarse a la materia en crudo. Incluso frente a los
científicos llegan a tener la misma actitud: el físico podrá explicar hasta el más mínimo
detalle la teoría de la termodinámica, pero al fin y al cabo será el ingeniero quien
construya una máquina de vapor efectiva. He ahí una clave: el valor máximo en la
ingeniería es la efectividad (si algo funciona o no), con la eficiencia en segundo lugar. La
filosofía y la ciencia, en cambio, se encargan de la verdad. Vistos de esa manera, tienen
fines asimétricos. La respuesta a este argumento la daré al final de la exposición.

ARGUMENTOS NEGATIVOS A FAVOR DE LA EXISTENCIA DE LA FILOSOFÍA


DE LA TECNOLOGÍA

Ya he comenzado a refutar los argumentos en contra de una filosofía de la


tecnología. Esto no bastará. Hay que añadir argumentos a favor. Comenzaré por los que
llamo “negativos”: se trata de problemas graves que quedan sin resolver si no se estudian
dentro de una disciplina.

22
Woolgar, Steve, “Reconstructing Man and Machine” en The Social Construction of
Technological Systems: New Directions in the Sociology and History of Technology editado por
Wiebe E. Bijker, Thomas P. Hughes y Trevor Pinch, Cambridge, MA, MIT Press, 1987, p. 312.
1. Problema de la definición de tecnología
Hasta ahora he hablado muy libremente acerca de “tecnología”. Parece que es un
término obvio y transparente. No lo es. Con pedirle una definición a cualquier grupo de
personas es suficiente para ver que hay disensiones en cuanto a su uso y significado.
Alfred Espinas hizo en 1897 una distinción tripartita que sigue siendo útil: por un lado
están las técnicas, por otro la tecnología y en último lugar la Tecnología. Una técnica es
una habilidad, una tecnología es su organización sistemática y la Tecnología son los
principios generales de la acción que podría aplicarse a cualquier caso particular. 23 Con
estas definiciones se situó en término medio entre dos campos que Mary Tiles, siguiendo
a A. Feenberg, nombra teorías instrumentales y teorías sustanciales.24
Una teoría instrumental entiende a la tecnología como instrumentos, es decir,
artefactos, máquinas y herramientas. Así, la tecnología es concebida como un medio para
llegar a ciertos fines propuestos por sus creadores, o dicho de otra manera, se hace para
algo: las lavadoras son para lavar y las televisiones, para comunicar y entretener. La
consecuencia de esto es que se vuelve éticamente neutra; puede ser utilizada tanto para el
bien como para el mal, dependiendo no de ella misma, sino de los objetivos de quienes la
diseñen y usen (el ejemplo clásico es la energía nuclear, que puede ser usada tanto para
bombas como para plantas eléctricas). 25

Una teoría sustancial toma a la tecnología como una fuerza cultural. No sólo
incluye los instrumentos, sino las técnicas usadas para fabricarlos, la obtención de la
materia prima, los objetivos con los que fueron diseñados y las maneras que tenemos de
usarlos. Llega a afirmar que la tecnología se vuelve independiente del ser humano y
busca su autorreproducción. 26 En una teoría así la tecnología no es éticamente neutra,
pues su mismo uso y diseño implican una red de valores en competencia con otros más
tradicionales.

23
Mitcham, Carl, Qué es la filosofía de la tecnología, Barcelona, Anthropos, 1989, p. 39.
24
Tiles, Mary, “Technology, Philosophy of”, Philosophy of Technology, ed. Robert C. Scharff y
Val Dusek, Malden, MA, Blackwell Publishing, 2003, pp. 485-486. Se puede contrastar con Hans
Jonas, quien distingue entre el contenido sustancial de la tecnología y su dinámica formal.
Ambos tienen la misma idea en mente, aunque tratada diferentemente. Sobre todo es de notar que
usen “sustancial” para designar posturas diametralmente opuestas (los sustancialistas de Jonas
son los instrumentalistas de Tiles). Jonas, Hans, “Toward a Philosophy of Technology”,
Philosophy of Technology. Ed. Robert C. Scharff and Val Dusek. Malden, MA: Blackwell
Publishing, 2003, p. 191.
25
Todos los pensadores expuestos en la introducción, a excepción de Engelmeier, sostienen este
tipo de teorías.
26
Hans Jonas da un excelente ejemplo de esto: al inventarse la bomba de agua a vapor y aplicarla
a las minas de carbón, se aumentó la cantidad de carbón disponible. Pero al ser de vapor,
necesitaba carbón para funcionar, por lo que también creció la demanda del mineral. Asimismo,
se requirió más carbón para fabricarla, para obtener el hierro del que se hacía, para transportarla y
para fabricar lo que la transportaba. Eso resultó en la necesidad de más bombas, que a su vez
aumentaron la demanda de carbón… Jonas, Hans, ibíd., p.197.
Cabe mencionar que quienes sostienen el primer tipo de teoría ven a la tecnología
con buenos ojos, mientras que los de la segunda suelen ser críticos. Existen también
quienes navegan entre las dos vías, como el mismo Feenberg (que llama a la suya “teoría
crítica”). 27 Los instrumentalistas loan el progreso tecnológico por sus mejoras a la calidad
de vida: reducción del trabajo y de los riesgos del mismo, aumento de la esperanza de
vida a través de la medicina, aumento del conocimiento mediante el intercambio fácil y
libre de información. Se instalan en una tradición que ha agrupado a exponentes tanto de
la derecha como de la izquierda, los que albergan la esperanza de que los desarrollos
tecnológicos nos lleven en última instancia a una utopía. Los sustancialistas dirigen sus
críticas a la imposición de un modelo de calidad de vida en el que la tecnología es
indispensable. Resaltan los modos austeros de vida vigentes en sociedades agrícolas, la
satisfacción que traen las artes y el disfrute que produce el trabajo hecho por uno
mismo. 28 Heidegger y Borgmann29 proponen una reexploración de estos otros estándares
de calidad de vida, incluso estando inmersos en un mundo tecnológico.

2. Relación tecnología-ciencia
La relación entre tecnología y ciencia es otro problema que requiere mayor
tratamiento. Ya presenté la tesis según la cual la tecnología no es otra cosa que ciencia
aplicada. Se trata de una idea muy difundida, sin embargo, ha sido desafiada. Mary Tiles
ofrece un contraejemplo: en el siglo XIX, el desarrollo y la adopción de la máquina de
vapor precedieron e incitaron la investigación científica en torno a la termodinámica. 30
En ese caso, la teoría que serviría de base para la tecnología vino después y fue influida
por ella. La posibilidad de invertir el camino causal entre ciencia y tecnología no sólo
habla en contra de una tecnología como mera ciencia aplicada, sino que cuestiona la
relación necesaria entre ambas.
A esto podemos sumar una observación acerca de las actuales prácticas de
investigación, sobre todo en la física. Hace tiempo ya que comenzamos a trabajar con
entidades inobservables directamente: Las partículas subatómicas, por ejemp lo, no
aparecen en ningún microscopio. 31 Entidades como los neutrinos existieron postuladas
durante décadas antes de poder ser detectadas. ¿La razón? No se contaba con un

27
Tiles, Mary, ibíd., p. 486.
28
No niegan con ello las ventajas que indiscutiblemente ha traído el desarrollo tecnológico, sino
que expresan su temor acerca de los efectos secundarios. Una novela que expresa perfectamente
este punto de vista es Un mundo feliz, de Aldous Huxley.
29
Borgmann, Albert, "Focal Things and Practices", en Philosophy of Technology, Ed. Robert C.
Scharff and Val Dusek, Malden, MA, Blackwell Publishing, 2003, pp. 293-312.
30
Tiles, Mary, ibíd., p. 484.
31
Hay incluso quienes dudan de los microscopios mismos, pero esa no es una discusión que nos
concierne aquí. A quien le interese puede dirigirse a Maxwell, Grover, “The Ontological Status of
Theoretical Entities” en Feigl, Herbert y Maxwell, Grover, Minnesota Studies in the Philosophy
of Science, vol III (1962), Minneapolis, University of Minnesota Press, pp. 3-27.
instrumento que las pudiera detectar. Los físicos que buscaban los neutrinos sabían dó nde
buscarlos, pero no tenían con qué, así que tuvo que construirse el Super Kamiokande: un
enorme tanque de agua equipado con sensores enterrado bajo una montaña japonesa. Su
peculiar localización se debe a que se quiere evitar la interferencia por parte de otras
partículas estelares. De todos modos tiene que ser calibrado para eliminar lo que se
conoce como “ruido”: señales que no coinciden con lo que la teoría predice, por lo que
sólo estorban. Ya en funcionamiento, el Super Kamiokande ha servido para investigar
características antes desconocidas o incomprobadas de los neutrinos. De modo que
tenemos tres etapas 1) la postulación de cierta partícula 2) la construcción y calibración
de un instrumento capaz de detectarla y medirla y 3) el uso de ese instrume nto para
completar la teoría. La pregunta que surge es ¿cómo estar seguros de que el Super
Kamiokande detecta neutrinos y no cualquier otra cosa? Y también ¿cómo estar seguros
de que el “ruido” realmente es algo que estorba y no un dato importante? Son pre guntas
delicadas, ya que asistimos a una interdependencia entre la teoría y el instrumento que
ella produce, y que a la vez sirve para alimentarla.
Por razones como ésta, Gilbert Hottois propuso hablar ya no de tecnología y
ciencia por separado, sino de tecnociencia. Su propuesta se encuentra dentro de las
teorías sustanciales. Afirma que a partir del siglo XX es imposible separar ciencia de
tecnología, en parte por ejemplos como el anterior, en los que el desarrollo tecnológico es
esencial a la investigación científica, y en parte por casos como el Proyecto Manhattan,
en los que la investigación científica va completamente dirigida hacia el desarrollo
tecnológico. La admisión o el rechazo de esta tesis tiene fuertes consecuencias tanto para
las filosofías de la ciencia y de la tecnología como para sus objetos de estudio. Aceptarlo
cambiaría la manera en la que vemos a científicos e ingenieros y como se ven a sí
mismos. Ha sido desafiada, sobre todo entre quienes sostienen una teoría instrumental de
la tecnología.

ARGUMENTOS POSITIVOS A FAVOR DE LA EXISTENCIA DE LA FILOSOFÍA


DE LA TECNOLOGÍA

Finalmente daré algunos argumentos “positivos” a favor de la filosofía de la


tecnología; es decir, razones por las cuales la ingeniería podría beneficiarse de tal
disciplina.
1. Inversión a la investigación mejor dirigida

El nivel de desarrollo tecnológico está profundamente ligado con el éxito militar y


económico de cada nación. Sólo hace falta ver las divisiones históricas en Edad de
Piedra, Edad de Bronce, Edad de Hierro, etc., para ver la influencia de las revoluciones
tecnológicas (por más lentas que éstas hayan sido) en el proceso de civilización. Si bien
la superioridad militar fue durante mucho tiempo lo que definió la balanza de la
supervivencia, a partir de la Revolución Industrial la tecnología tomó el papel
preponderante en la supremacía económica, permitiendo producir más allá de la mano de
obra disponible y con mayor eficiencia que dependiendo de ella (además, el desarrollo
tecnológico sigue siendo de capital importancia militar). Es por lo tanto comprensible el
interés de muchos gobiernos por encontrar los mecanismos que aseguren la constante
innovación tecnológica. Ya habíamos hecho mención de la problemática relación ciencia-
tecnología. El enfoque más generalizado es realizar investigación en las ciencias básicas
con la esperanza de que más tarde se traduzca en ciencia aplicada: en tecnología. Sin
embargo, que la relación sea en ese sentido está abierto a debate, y con los altos costos de
la investigación científica hay gobiernos que se preguntan si vale la pena. La tarea de la
filosofía de la ciencia, además de resolver la cuestión, es definir el camino a seguir a
partir de ella. Si la tecnología es de hecho ciencia aplicada, ¿cuál es la manera en la que
una se traduce a la otra? Y si no lo es, ¿qué mecanismos propios tiene el desarrollo
tecnológico y cómo pueden incentivarse?
2. Formación de conciencia ética y ético-política

Aquí contestaré a la postura expuesta anteriormente: que filósofos y científicos


obedecen a criterios de verdad y los ingenieros a criterios de efectividad y eficiencia. Una
fructífera línea de investigación es: ¿Por qué ciertas tecnologías tienen éxito, mientras
que otras quedan en el olvido? Durante mucho tiempo se creyó que el único criterio era la
eficiencia: el aparato que mejor haga el trabajo será el elegido. Si bien eso tiene un gran
peso, una mirada a la industria y al mercado muestran que hay más factores involucrados.
El productor debe tener disponibilidad de materia prima y de mano de obra capacitada.
No cabe duda de que las casas de piedra aguantan mejor los tornados que las de madera,
sin embargo en Arkansas siguen construyendo con madera y huyendo al sótano cada vez
que sopla el viento. ¿Por qué? Porque no tienen otros materiales disponibles. Lo mismo
puede decirse de otros desarrollos tecnológicos que por su costo de producción, nunca
han tenido gran difusión. Igualmente está el peligro: no tenemos coches nucleares porque
no hemos encontrado la manera de aislar sus reactores (submarinos, en cambio, sí hay).
También hay intereses económicos involucrados: un importante proveedor de celulosa
puede intentar –y lograr– evitar que se industrialice papel hecho a base de otros
materiales, aunque –o precisamente porque– éste resultaría más barato y resistente. En la
misma línea está el caso de la obsolescencia programada: a pesar de que existen patentes
para focos de 100 mil horas de duración, se siguen produciendo de mil, porque de lo
contrario venderían menos y las fábricas correrían el riesgo de quebrar. Del lado del
mercado, el público puede optar por los productos independientemente de su desempeño,
ya sea por su atractivo en diseño, por la efectividad de la publicidad, por lealtad a una
marca conocida o, últimamente, por el impacto ecológico que pueda causar. Eso sin
contar, a nivel internacional, con los boicots y embargos que algunos países ejerzan como
medidas punitivas en contra de otros. La investigación sobre todos estos factores crea
necesariamente una conciencia ético-política acerca de los fines conforme a los cuales no
sólo se usa la tecnología, sino conforme a los que se crea en primer lugar. Es ingenuo
creer que los tecnólogos se rigen únicamente conforme a criterios de efectividad y
eficiencia.

3. Evitar callejones conceptuales


Por último está el mayor servicio que la filosofía de la tecnología podría dar a la
ingeniería. Es un lugar común –pero no por ello menos cierto– que los filósofos se
preguntan los por qués, mientras que los ingenieros se p reocupan por los cómos. Esto
normalmente ahorra a los últimos cantidad de preguntas incómodas de las que, con toda
honestidad, muchas veces pueden prescindir. Sin embargo hay ocasiones en las que estas
preguntas les conciernen. Ya pusimos en duda que todo desarrollo tecnológico dependa
de una teoría, pero hay muchos que lo hacen. De hecho, el camino que parece más fácil
siempre es revisar lo que otros han dicho o hecho respecto al tema. Así nos evitamos
inventar el agua tibia. Ahora bien, la teoría que elijamos, aunque esté respaldada por
científicos, puede llegar a tener su verdadero fundamento en doctrinas filosóficas y estar
tan enraizada en ellas que ya no se note. Eso en sí mismo no es problemático, no es como
si todas las doctrinas filosóficas fueran mentira. El problema es que pueden traer consigo
embrollos conceptuales que frenen a la investigación. Puede ser que se busque algo que
la misma doctrina evita que pueda ser encontrado, o que tenga contradicciones internas
que produzcan resultados incoherentes. Eso en el mejor de los casos. Se complicaría más
si tomamos en cuenta que pueden haber sido leídas superficialmente, creando
malentendidos. Esta lectura no necesariamente es producto del tecnólogo, sino de sus
predecesores: puede formar parte de una larga tradición cuyo origen ya haya sido
olvidado. La labor de la filosofía de la tecnología sería detectar los fundamentos
filosóficos de la investigación y analizarlos para garantizar que ésta no se vea frenada por
ellos o, en el peor de los casos, declarar que el objetivo es imposible desde su
planteamiento.

CONCLUSIONES

La filosofía de la tecnología no es una disciplina joven, pero no ha obtenido un


merecido reconocimiento. Esto puede rastrearse hacia diversas causas, entre las que se
encuentra la tonta pelea entre humanidades y ciencias e ingenierías, pero también la idea
preconcebida de que la tecnología es ciencia aplicada y por lo tanto la filosofía de la
tecnología debería estar supeditada a la filosofía de la ciencia. Varios argumentos se han
esgrimido a favor de esta postura, algunos ni siquiera de forma explícita, sino
condensándolos en una actitud de desdén o indiferencia. Contra ellos he expuesto dos
clases de argumentos, los negativos y los positivos. Los negativos son problemas que
quedarían sin solución de negársele la existencia a la filosofía de la tecnología, pues es
ella precisamente la disciplina encargada de resolverlos. Los positivos son aportaciones
que la filosofía de la tecnología podría hacer a la ingeniería.
De esta manera, considero que he demostrado que es una disciplina necesaria,
tanto por la refutación de los argumentos que la niegan como por la presentación de los
beneficios que traería. Me he centrado en los aportes hacia la ingeniería. Esto no significa
que la filosofía no se vería beneficiada. Sus ganancias han sido señaladas, aunque no
explícitamente. Recalcaré la más importante: en una época en la que es evidente que la
tecnología nos engloba, dedicarse a su estudio será una aportación enorme a la
comprensión de la condición humana.

He expuesto dos posturas éticas que los filósofos de la tecnología han tomado a
través de los años: ser críticos o impulsores del fenómeno tecnológico. El debate sigue en
pie y no tomaré partido, sin embargo quiero hacer notar que sin importar a qué bando se
pertenezca, la investigación en torno a la tecnología seguirá siendo vital. Condenarla de
un plumazo y suspender nuestro pensamiento acerca de ella nos negaría sus beneficios,
así como tenerle una fe ciega no nos permitiría predecir sus consecuencias funestas.

Varias problemáticas han surgido que merecerán tratamiento más detallado en


estudios posteriores, entre ellos la definición de tecnología y la relación tecnología-
ciencia.

BIBLIOGRAFÍA

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technological systems. New directions in the sociology and history of technology,
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Bijker, Thomas P. Hughes y Trevor Pinch, Cambridge, MA, MIT Press, 1987, pp. 311-
328.
TECNOCIENCIA: UNA VUELTA DE TUERCA

Nydia Lara Zavala

El término ‘ciencia’, tal como lo entendemos en la actualidad, apunta a un


fenómeno tardío en el desarrollo de las civilizaciones humanas. Por paradójico que suene,
no pasa lo mismo con la tecnología, ya que es evidente que ninguna civilización hubiera
sido posible sin antes desarrollar recursos técnicos y tecnológicos para subsistir. La
vivienda, la agricultura, la ganadería, el vestido y, en general, todo lo que requiere una
población sedentaria para subsistir, necesita de una muy buena dosis de técnicas y
tecnologías, por precarias que sean. Pero esas técnicas y esas tecnologías evidentemente
no surgen de la ciencia. Con esto quiero llamar la atención sobre el hecho de que la
ciencia no puede ser considerada a priori como una condición necesaria y suficiente para
el desarrollo tecnológico. Estrictamente hablando, la ciencia y la tecnología se vinculan
hasta la madurez de lo que antiguamente se denominaba ‘filosofía natural’.

La filosofía natural surge en Grecia durante el siglo VI a.C. con Tales de Mileto. Su
principal objetivo era tratar de dar una explicación racional del acaecer de los fenómenos
naturales sin recurrir a ninguna clase de deidad o de elemento misterioso para dar cuenta
de sus manifestaciones. Por eso a Tales le debemos cuando menos dos criterios que, a la
larga, nos van a ayudar a distinguir entre ciencia y pseudo-ciencia. Estos son:

 la racionalidad de nuestras explicaciones, lo cual significa el intento por


proporcionar explicaciones causales y, por consiguiente,
 el abandono de cualquier elemento no natural para construirlas

Ahora bien, la explicación racional de los fenómenos del mundo en términos de


causas naturales propició, por un lado, que se eliminara el mito de que permanentemente
se estaba a merced de los caprichos de los dioses y, por el otro, que se aclarara de una vez
por todas que el conocimiento de los fenómenos naturales acarrea consigo la posibilidad
de predecirlos para evitarlos, controlarlos, manipularlos y poner a la naturaleza al servicio
de la humanidad. La predicción queda, desde entonces como un tercer elemento
indispensable para determinar otro criterio de lo que podríamos llamar ‘cientificidad’.
El planteamiento general fue aceptado, no sin tropiezos, y perdura hasta nuestros días.
El problema fue, y en más de un sentido sigue siendo, que la empresa resultó ser mucho
más complicada de lo pensado. Los primeros resultados interesantes que lograron darle
cuerpo se manifestaron hasta el siglo XVII con la construcción de la primera gran teoría
surgida de la pluma de Sir Isaac Newton32 .

Newton, cabe mencionarlo, todavía se consideró a sí mismo un filósofo natural, pero


es con él con quien queda bien delineado el perfil de eso que en la actualidad se
denomina ‘ciencia’. La razón del cambio de nombre (o sea, de ‘filosofía natural’ a
‘ciencia’) se debe a que la especulación en torno a cómo operaba la naturaleza no
quedaba ya en un mero discurso teórico (o filo sófico o especulativo), sino que empezó a
requerir de materiales cada vez más refinados y de equipos cada vez más precisos para
confirmar las hipótesis que se desprendían de la teoría. Es a partir de entonces que el
concepto de ciencia quedó vinculado esencialmente al de desarrollo tecnológico. Aquí,
sin embargo, es menester señalar una sutileza: la tecnología que se necesita al interior de
la ciencia, aunque desde un principio se entendió que era aplicable fuera del ámbito de la
investigación científica, se desarrollaba ante todo como un requerimiento de la misma
ciencia.

En un principio era común que los mismos científicos desarrollaran o mejoraran sus
propias tecnologías, pero con el tiempo y por las mismas exigencias de las teorías
científicas de generar una tecnología más complicada y precisa para entender los secretos
de la naturaleza, fueron paulatinamente surgiendo empresas especializadas precisamente
en el desarrollo del instrumental que requerían los científicos. Los costos los cubrían
indistintamente los propios investigadores, sus mecenas o las universidades donde
laboraban. El problema ha sido que las exigencias de los requisitos tecnológicos de la
ciencia se han ido volviendo desmesuradas y en consecuencia los gastos mucho mayores.
Para mantener viva esta actividad se ha tenido que recurrir al financiamiento tanto de los
estados como de las instituciones privadas. Esta veloz evolución muy rápido provocó un
profundo cambio en torno a los intereses y valores originales del científico, pues tanto los
estados como las empresas exigían alguna clase de retribución por parte de la
investigación que ahora ellos estaban costeando. Así arranca lo que el filósofo de la
ciencia español Javier Echeverría llama ‘la tecnociencia’.

El término ‘tecnociencia’ no es nuevo. Al parecer fue acuñado por el sociólogo Bruno


Latour en 1983 sin más pretensiones que la de acotar la expresión “ciencia y tecnología”.

32 Esto, por supuesto es una simplificación extrema. Previo a Newton se realizó un arduo trabajo
para lograr construi r métodos, patrones explicativos, conexiones sistemáticas entre la observación y
los resultados, los experimentos, etc. Eso llevó siglos. En realidad fue el desmantelamiento de la
visión primitiva (pre-Tales) lo que fue complicado, arduo, difícil y que requirió de no pocas víctimas.
Todo lo sintetizo en Newton, porque en realidad fue él qui en logró recoger en una sóla teoría mucho
del trabajo parcial realizado por otros importantes pensadores.
En el 2002 el filósofo de la ciencia francés Gilbert Hottois lo utilizó para señalar que a
partir del siglo XX ya no era posible separar a la ciencia de la tecnología. Sin embargo,
en el 2003 Javier Echeverría publica el libro La revolución tencnocientífica, en donde la
noción adquiere una dimensión conceptual muy diferente y mucho más enriquecedora de
manera que permite comprender mejor la relación y los cambios que se han producido al
interior del binomio <ciencia-tecnología> a partir de la Segunda Guerra Mundial.

De manera un tanto esquemática, podemos definir ‘tecnociencia’ como el nombre del


movimiento que pone a la investigación científica al servicio del desarrollo tecnológico.
Con esto quiero decir que para la tecnociencia el conocimiento científico es ante todo un
instrumental que permite promover desarrollos tecnológicos. Así, la función primordial
de la ciencia dejó de ser el conocimiento de la naturaleza para convertirse más bien en un
mecanismo que permite satisfacer las necesidades militares, empresariales, económicas,
política, etc., de sus “benefactores”.

Lo cierto es que la tecnociencia es muy joven. En realidad, se desarrolló ya en forma


a partir de la Segunda Guerra Mundial a través de megaproyectos como el Manhattan, el
de los radares o el ENIAC. Todos estos megaproyectos originalmente se iniciaron por
cuestiones bélicas, pero para poderlos llevar a cabo se necesitó involucrar y coordinar la
actividad de los gobiernos de los países aliados, con el personal adecuado de sus distintas
universidades y la intervención de empresas especializadas para lograr la concreción de
proyectos previamente definidos. Para ilustrar la complejidad del desarrollo de estos
megaproyectos, muy brevemente me voy a detener en la historia del proyecto Manhatan.

El 2 de agosto de 1939 Albert Einstein escribe una carta en la que le informa al


Presidente Roosevelt sobre las recientes investigaciones para provocar una reacción en
cadena con el uranio. Dicha reacción sería capaz de generar una inmensa cantidad de
energía que podía ser utilizada para la construcción de una bomba sumame nte poderosa.
Einstein estaba convencido de que el gobierno alemán ya estaba activamente financiando
la investigación en esa área, por lo que urgía al gobierno americano a que hiciera lo
mismo de inmediato. El 19 de octubre de ese mismo año Roosevelt le contesta a Einstein
informándole que ya había autorizado iniciar los trabajos sobre el uranio. Entre 1939 y
1940 la investigación en torno a cómo producir una reacción en cadena se llevó a cabo
fundamentalmente dentro de los laboratorios de diversas universidades. Pero la
comunidad científica trabajaba a su ritmo acostumbrado y no entendía del todo la
importancia que su investigación tenía para el país y el mundo. Por eso en 1940 se crea
el Comité Nacional de Investigación de Defensa que queda a cargo de Vannevar Bush.
Vannevar Bush había estudiado ingeniería eléctrica 33 , trabajó en la General Electric,
fue vice-presidente y director del programa de Ingeniería del MIT y presidente del
Instituto Carnegie de Washington, institución que aportaba grandes cantidades de dinero
a la investigación.

Tan pronto tomó la dirección del Comité Nacional de Investigación de Defensa, Bush
le pide a Arthur Compton, en ese momento presidente de la Academia Nacional de
Ciencia, que coordine y revise el programa de investigación sobre el uranio. Compton le
envía dos reportes: uno en mayo y otro en junio. Ninguno de los dos satisfizo a Bush, por
lo que éste procedió a reconstituir a la Academia Nacional de Ciencia para que de
inmediato se les imprimiera a las investigaciones un punto de vista decididamente más
ingenieril.

El 28 de junio de 1941 se funda la Oficina de Investigación Científica y Desarrollo a


cuya cabeza queda Bush. Éste pone a James Conant a cargo del Comité Nacional de
Investigación de Defensa, el cual tiene que reportarle directamente a Bush sobre los
avances de las investigaciones. La ventaja que obtuvo Bush al crearse esta oficina fue que
él le reportaba y tomaba las decisiones directamente con el Presidente Roosevelt, por lo
que todo se hacía más rápido y de manera más eficiente.

En junio de 1941 el grupo MAUD de Inglaterra, que formaba parte de la oficina de


enlace del Comité Nacional de Investigación de Defensa, envía un reporte con planes
específicos para la construcción de la bomba. Ante este reporte, Bush vue lve a
reconstituir a la Academia Nacional de Ciencia, en donde exige que los científicos tomen
ahora un enfoque más técnico y traten de responder a preguntas específicas, como la
masa crítica que requería la bomba, así como su capacidad destructiva, para t ratar de
confirmar lo que decía el grupo de científico del MAUD.

El 7 de diciembre de 1941 Japón le declara la guerra a los Estados Unidos atacando


Pearl Harbor. Tres días después, Alemania e Italia también le declaran la guerra a los
Estados Unidos. Con la guerra encima y convencido de que Alemania estaba mucho más
adelantada en la carrera de la bomba atómica, Bush echa la maquinaria a andar. Contrata
a Eger V. Murphree, un ingeniero químico junto con la Standar Oil Company para hacer
estudios ingenieriles y para supervisar los planes de plantas piloto y laboratorios
especializados. En 1942 y con un enorme disgusto de los científicos, Bush incorpora al
cuerpo de ingenieros de la armada al proyecto. Para 1943 ya se estaba haciendo
tecnociencia, pues el proyecto, originalmente en manos de académicos, queda ahora a
cargo del cuerpo de ingenieros de la armada, donde los científicos juegan un rol

33En 1927 construyó una computadora analógica capaz de resolver ecuaciones diferenciales de
hasta 18 v ariables independi entes y fue el maestro de Claud Shannon, creador de la Teoría de la
Información.
subordinado a las apremiantes necesidades tecnológicas. Se contrata a la DuPont para
supervisar los avances de los científicos y para que les dé a sus resultados una
interpretación dirigida a la producción de la bomba. El costo, sin embargo, fue que la
forma cautelosa de trabajar de los científicos se tuvo que abandonar, puesto que lo que se
quería era producir una bomba y lograrlo antes que Alemania.

El nombre ‘Proyecto Manhattan’ se deriva del hecho de que las oficinas del Distrito
de Ingenieros de la armada estaban ubicadas alrededor de varios puntos de Nueva York.
El Distrito de Ingenieros operaba como cualquier compañía grande de construcción.
Compraba y construía sitios, les daba servicios y mantenimiento a las casas, hacía
contratos y reclutaba personal, ordenaba materiales, desarrollaba procesos
administrativos y contables, además de establecer redes de comunicac ión. Lo que la
diferenciaba de otras compañías eran los millonarios montos de sus inversiones en
procesos desconocidos y secretos. Se gastaron cerca de 2.2 billones de dólares en
facilidades y construcciones de pueblos sólo en los estados de Tennessee, Washington y
Nuevo México. Aproximadamente 130,000 personas fueron empleadas para participar en
el proyecto. Lo que vale la pena mencionar es que la secrecía de lo que hacían las
personas vinculadas al Proyecto Manhattan era tal que mucha de la gente que trabajaba
para su desarrollo no se enteró de los objetivos últimos de sus contribuciones hasta que
escuchó en la radio sobre el estallido de la bomba atómica en Hiroshima (6 de agosto de
1945).

Antes del fin de la guerra, Roosevelt se dio claramente cuenta de las inmensas
ventajas que acarreaban los mega-proyectos tecnocientíficos. Consciente de ello, el 17 de
noviembre de 1944, le escribe una carta a Bush donde le dice lo siguiente:

La oficina de Investigación Científica y Desarrollo, de la cual usted es el director, representa


un experimento único de trabajo de grupo y cooperación en donde se coordina a la
investigación científica y la aplicación del conocimiento científico existente para dar solución
a los problemas técnicos fundamentales para la guerra. No veo, sin embargo, ninguna razón
por lo que la lección aprendida en ese experimento no pueda ser exitosamente empleada en
tiempos de paz.

La información, las técnicas y la experiencia de investigación desarrolladas por la Oficina


de Investigación y Desarrollo y a través de los miles de científicos en las universidades y la
industria privada, debe seguir siendo utilizada en los días de paz para mejorar la salud de la
nación, estimular la creación de nuevas empresas que generen nuevos empleos y que mejoren
los niveles de vida de la nación.

La respuesta de Bush nunca la ve el Presidente Roosevelt, pues como se sabe éste


muere el 12 de abril de 1945. Bush, no obstante, le manda sus propuestas al Presidente
Truman el 5 de julio de 1945 y con base en ella, en 1950 se elabora el decreto para la
creación de la National Science Foundation, de donde nuevamente es Bush la cabeza.
Desde entonces quedan a cargo de esta institución varias responsabilidades en las áreas
de educación, investigación, aplicación de la investigación, adquisición de datos y
difusión de la información.

En realidad, por medio de la gestación, coordinación y administración de los


proyectos tecnocientíficos desarrollados durante la guerra, se aprendieron varias cosas
que aún se aplican en los países industrializados. Dentro de ellas podemos destacar las
siguientes:

 El conocimiento es una fuente inagotable de poder. El país o la industria que lo


sepa aprovechar tendrá una ventaja competitiva respecto a otros países o
industrias.

 La ciencia básica es fundamental para generar conocimiento y lograr novedosos


avances tecnológicos, si bien los avances tecnológicos no son y no constituyen
ellos mismos la prioridad de los científicos.

 Lo que el científico busca es el conocimiento y control de la naturaleza para


comprender, predecir y manipular los fenómenos bajo estudio. No forma parte de
sus intereses desarrollar tecnología. Esta es una labor independiente.

 El desarrollo de la tecnociencia requiere de la definición a priori de un desarrollo


tecnológico específico, aunque en un principio no se sepa bien a bien cómo
lograrlo (como fue el caso del desarrollo de la bomba atómica, que se sabía qué se
quería obtener, pero no exactamente cómo hacerla).

 Quienes estén al frente de esos desarrollos no deben ser los científicos


propiamente hablando, sino los ingenieros apoyados por el gobierno, la industria,
los militares, etc.

 Es esencial a la investigación científica básica permitirle que trabaje con libertad,


pues nunca se sabe qué puede ser relevante para un ulterior desarrollo
tecnológico. Sin embargo, cuando se detecte una potencial contribución de la
ciencia para el logro de un desarrollo tecnológico, entonces se le debe de encauzar
de manera que se encuentren las soluciones técnicas y tecnológicas. De otra
manera, ese conocimiento se puede perder en lo que podríamos llamar el ‘mundo
de las especulaciones’.

 Con un sistema adecuado de publicaciones, es posible monitoriar en todo el


mundo los avances de la ciencia básica que son potencialmente útiles para
emplearlos en desarrollos tecnológicos.
Con base en lo que hemos expuesto, podemos aseverar que la National Science
Foundation realmente representa, al día de hoy, un excelente modelo a seguir en lo que a
políticas de tecnociencia atañe. Internamente, esta fundación se encarga de las agencias
estratégicas para dirigir los recursos y priorizar líneas de investigación con el c laro
propósito de generar tecnología. Ella ha fomentado que proliferen revistas especializadas,
tanto en ciencia como en tecnología, pensadas como una excelente estrategia que permite
el acceso a la información obtenida de cualquier investigación, nacional o extranjera, que
aporte conocimientos para lograr objetivos concretos de los desarrollos tecnológicos en
puerta. Dichos objetivos pueden ser indistintamente gubernamentales, militares o, más en
general, industriales. Pero todos ellos están previamente establecidos por intereses
externos a la ciencia.

Obviamente, todos los países industrializados han aplicado estrategias similares y el


resultado ha sido que como nunca en la historia de la humanidad se han visto multitud de
importantes avances tecnológicos en muy poco tiempo. Como ejemplo de algunos de
ellos tenemos: los muy variados usos de la energía nuclear, los impresionantes
desarrollos computacionales, las telecomunicaciones, la conquista y exploración del
espacio, el surgimiento de la biotecnología, los avances en la nanotecnología, etc.

El problema, tal como yo lo veo, es que, pese a sus indiscutibles logros, la


tecnociencia siempre, por así decirlo, lleva prisa. Compiten entre sí países, poderes
militares e industriales para arrebatarse la batuta de la última tecnología de punta. Pero lo
que parece innegable es que, por correr contra reloj, se está impidiendo que madure la
ciencia a la que simplemente se utiliza para desarrollos tecnológicos. La consecuencia ha
sido contentarse con una ciencia mediocre y, por ende, generar una tecnología que
inevitablemente produce efectos secundarios indeseables y vergonzosamente inesperados
hasta por los mismos científicos quienes, en principio, habrían tenido la obligación de
predecirlos.

Es importante señalar que una lamentable consecuencia de una ciencia mediocre es


que se tenga en la actualidad un planeta altamente contaminado, que las masas padezcan
una alimentación deficiente, que cualquier medicina que cura una enfermedad produce
otra, etc. Con esto no estoy afirmando que carezcamos de la capacidad para hacer una
buena ciencia o que es un error utilizar resultados científicos para generar tecnologías. Lo
que estoy diciendo es que la buena ciencia tiene un ritmo que no es conveniente intentar
acelerar por intereses extra-científicos. Al pretender acelerar el ritmo del conocimiento
científico no sólo se logra minar la capacidad predictiva de la ciencia, sino su misma
racionalidad y, asimismo, su moralidad. Lo primero lo detectó muy bien el físico,
historiador y filósofo de la ciencia americano Thomas Kuhn, quien en 1962 publicó su
importante libro La estructura de las revoluciones científicas. Aunque debo decir que
Kuhn no reconoce el rol de la tecnociencia, lo que él esclarece es relevante para
comprender lo que pasa con la ciencia en la actualidad. Por eso me detendré brevemente
en la exposición de algunas de sus ideas.

Como bien lo expresa el título de su libro, Kuhn tiene un particular interés en las
revoluciones científicas, esto es, en los procesos y etapas de los grandes cambios
conceptuales durante los cuales ideas científicas aceptadas son reemplazadas por otras
radicalmente nuevas. Ejemplo de ellas son:

 la revolución copernicana
 la mecánica de Newton
 la introducción de los campos electromagnético de Maxwell
 la teoría de la evolución de Darwin
 la teoría de la relatividad de Einstein

Evidentemente, las revoluciones científicas no son muy frecuentes, por lo que se puede
decir que la mayor parte del tiempo la ciencia no se encuentra en un estado
revolucionario. Kuhn acuñó el término ‘ciencia normal’ precisamente para referirse al
trabajo cotidiano de los científicos cuando su disciplina no está en un estado de
transición. Ligado a la idea de ciencia normal, Kuhn introduce el concepto de paradigma,
pero el término ‘paradigma’ lo utiliza cuando menos de tres maneras distintas en su libro.
Uno de ellos refiere al conjunto de asunciones teóricas que todos los miembros de una
comunidad científica aceptan sin cuestionar. Otro en cambio refiere al conjunto de
ejemplos o problemas científicos que se han resuelto a través de las asunciones
propuestas por la teoría aceptada y que normalmente son los que aparecen en los libros de
texto de la disciplina en cuestión. Por último, cuando los científicos comparten un
paradigma, lo que Kuhn quiere decir es que no sólo hay un acuerdo en torno a ciertas
proposiciones científicas, sino que también lo hay en torno a:

 cómo debe hacerse la investigación presente y futura


 cuáles son los problemas relevantes que se deben de atacar
 cómo tendría que plantearse una solución aceptable
 qué instrumentos se deben de utilizar para obtenerla
 qué metodología se debe emplear

En resumen: un paradigma es la visión científica global establecida o


prevaleciente que conlleva la constelación de asuncio nes, creencias y valores
compartidos que unen a la comunidad científica y permite que la ciencia normal se
expanda. Kuhn menciona que una de las consecuencias de todo esto es que en el
desarrollo de la ciencia normal el científico no busca hechos o teorías novedosas y,
por lo mismo, sus resultados tampoco lo son. La razón es que ellos aceptan el
paradigma de manera incuestionable y su trabajo se mueve completamente dentro de
los límites que impone el paradigma asimilado de que se trate. Es más, cuando un
experimento u observación arroja resultados inesperados, la ciencia normal no
cuestiona el paradigma sino que lo que cuestiona es el experimento, la forma de
realizarlo, el instrumental, la técnica que se empleó, etc. Pero el paradigma
normalmente, en sí mismo, no es negociable.

Es sólo cuando se empiezan a acumular serias anomalías y discrepancias entre los


datos y la teoría, que se debilita la confianza en el paradigma y el proceso de ciencia
normal se detiene o, mejor dicho, entra en crisis. Esto es lo que marca el inicio de una
revolución científica. Durante el proceso, nuevas ideas surgen y se proponen
simultáneamente varias alternativas para sustituir al viejo paradigma hasta que
finalmente un nuevo paradigma queda establecido. Generalmente, una o dos
generaciones tienen que pasar para que todos los miembros de una comunidad
científica asimile el nuevo paradigma. Este evento marca el inicio de un nuevo
período de ciencia normal y la revolución científica llega a su fin.

Pero ¿cómo se elige un nuevo paradigma cuando hay en la mesa una gama de
nuevas propuestas? La respuesta de Kuhn es más que sorprendente, pues él no acepta
que los criterios de la elección sean objetivos. La verdad es que un nuevo paradigma
se impone por la presión de los científicos que tienen más poder, más prestigio pero
sobre todo, aunque esto no lo afirma Kuhn, por el que ofrece las mejores
posibilidades para conectar los resultados de la investigación con los desarrollos
tecnocientíficos. Esta idea, por supuesto, pone en tela de juicio la concepción ingenua
tradicional de la racionalidad de la ciencia pues, bien vistas las cosas, la ciencia bajo
este prisma es básicamente una actividad social más, sometida como todas a políticas
y presiones económicas y cuyo desarrollo y posibilidades de financiamiento
responden a intereses extra-científicos.

Es claro que una comunidad científica aglutinada alrededor de un paradigma no


puede existir sin financiamiento externo y es el financiamiento externo lo que en
última instancia permite lo que Kuhn catalogó como ciencia normal. Esto implica que
es la comunidad científica la que, junto con sus presiones económicas y sociales a las
que está sometida, debe determinar cómo se debe enseñar la ciencia en las escuelas,
cómo se deben entrenar a los jóvenes para que puedan formar parte de esa
comunidad, qué resultados pueden ser publicados y cuáles no, qué equipos se deben
comprar para obtener resultados aceptables, etc.

La lección aprendida de Kuhn puede molestar a muchos, fundamentalmente


porque desmitifica el aura de objetividad y racionalidad que siempre ha rodeado a la
ciencia. Empero, hay que recordar que el deseo de Kuhn no fue nunca atacar a la
ciencia. Su trabajo, al igual que el trabajo que realiza cualquier filósofo de la ciencia,
no consiste en atacarla, sino en esclarecerla de manera que la podamos ver tal cual es
en realidad y cuáles son los intereses que la impulsan o detienen.

Asumiendo que lo expuesto es suficientemente claro, ahora procederé a analizar


rápidamente cómo se desarrolla la investigación científica y tecnológica en
Latinoamérica y más particularmente en México.

Alrededor de veinte años después de la consolidación de la National Science


Foundation, la mayoría de los países latinoamericanos crearon sus respectivos
consejos de ciencia y tecnología. Nunca he podido averiguar qué fue exactamente lo
que motivó que en la década de los setenta se sintiera en Latinoamérica la necesidad
de crear consejos así 34 . Lo que sí sé es que todos ellos se gestaron con una muy pobre
concepción respecto a cómo se debería establecer la relación entre la ciencia y la
tecnología.

Hasta donde yo he podido revisar la literatura, parece que la creación de los


consejos de ciencia y tecnología latinoamericanos giró en torno a un artículo
denominado ‘Tecnología como ciencia aplicada’, escrito en 1966 por el físico y
filósofo de la ciencia argentino Mario Bunge. Gracias a dicho artículo se popularizó
la idea de que la ingeniería debía concebirse como una especie de ciencia aplicada.
Lo que Bunge sostiene en dicho artículo es que parte del proceso natural de la
investigación científica básica consiste en que, a la larga y, sin ninguna dirección
previa, puede llegar a convertirse en una aplicación tecnológica concreta. Nada más
alejado de la verdad, si lo que he sostenido tiene visos de verdad. Sin embargo, de ahí
surgió la idea de que la denominada ‘ciencia básica’ debe de entenderse como el
antecedente necesario y suficiente para el desarrollo tecnológico. Debido a esta
totalmente desencaminada concepción de cómo se gesta la tecnología, de su rol, de
sus conexiones con la investigación de punta, etc., en México y en general en la gran
mayoría de los países latinoamericanos simplemente se asume que para lograr el
desarrollo tecnológico en nuestros países es necesario lo siguiente:

 Formar recursos humanos en el extranjero para lograr tener una masa


crítica de científicos básicos. Aquí obviamente el problema es que las más
de las veces el mismo gobierno que los manda a formar no tiene ni la más
remota idea de lo que van a hacer cuando regresen.

 Apoyar a fondo perdido el trabajo de investigación básica con la ilusión de


que tarde o temprano dichas investigaciones nos van a redituar con
productos útiles para la sociedad. Como traté de hacer ver, cosas así muy
rara vez acontecen, por lo que los presupuestos que se le otorgan a la
ciencia siempre son cuestionables.

34 Nuestro CONACyT se crea en 1970 durante el mandato del Presidente Luis Echeverría.
 Facilitar la importación de los complicados y especializados aparatos o
instrumentos que requiere la investigación básica para desarrollarse, lo
cual implica que la investigación que se desarrolla en nuestros laboratorios
ya tienen, por así decirlo, “dueño”, que, por supuesto, rara vez es
mexicano, con todo lo que eso entraña.

 Exigir a nuestros investigadores que sus resultados se publiquen en


revistas arbitradas en el extranjero, que es la forma más eficiente de que
alguien los utilice para fines que el mismo investigador desconoce.

Una de las consecuencias de todo esto es que lo único que se logra es generar una
ciencia que le cuesta mucho al país, pero que se aprovecha en el extranjero. Como si esto
no fuera suficiente, por la falta de dirección y proyectos tecnocientíficos nacionales
acabamos importando valores, preguntas parciales, metodologías específicas para darle
solución a problemas que no son nuestros y que además resolvemos con equipos
importados, especialmente diseñados para resolver los problemas de otros con esas
metodologías específicas, etc.

A mi juicio, de todas las formas de dominio, sin duda el intelectual es el más


efectivo y potencialmente el más dañino. Por políticas científicas y tecnológicas
desorientadas y por ende erradas, en México se ha propiciado que sean nuestros propios
científicos los responsables de separar su investigación de las necesidades de su sociedad.
Aquí a menudo se argumenta que el conocimiento científico es universal y que no
necesita ser aplicado. La aplicación, si se da, debe considerarse como un feliz azar. Lo
que evidentemente ignoran es que ese conocimiento que se genera en nuestro país es
universal porque siempre va a haber alguien que lo sepa aprovechar para generar
tecnología en su país, la cual, más tarde o más temprano, nosotros tendremos que
importar. Todo esto me recuerda las palabras de Jean Paul Sartre que aparecen en el
prólogo del famoso libro, Los condenados de la tierra, de Franz Fanon, cuando dice
hablando de la colonización europea:

En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las “metrópolis” la preferían vestida;


era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite
europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolecentes, se les
marcó la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les
introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los
dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados.
Esas mentiras vivientes no tenían nada que decir a sus hermanos…35

35 Fanon Franz, Los condenados de la Tierra, Prefacio de Jean Paul Sartre, p.1
En mi opinión, obviamente no tiene nada de malo enviar a nuestros jóvenes a
estudiar al extranjero. Sin embargo, es importante enseñarles antes a distinguir entre lo
que es aprender una técnica valiosa para hacer investigación de simplemente aprender a
amar un problema que no saben para qué sirve o a quién le sirve. Si en México hubiera
mayor claridad respecto a lo que se quiere hacer con el conocimiento que se puede
generar ya en sus propios laboratorios podríamos revertir los daños de la conquista
intelectual. Para ello, sin embargo, es imprescindible cambiar de mentalidad y eso no es
tan fácil.

Es evidente que se está practicando una lamentable política científica y


tecnológica que sólo se puede corregir si se entiende cómo funciona la tecnociencia, así
como los roles y las responsabilidades que juegan los actores que la producen. Si México
quiere progresar, tener una sana industria, generar nuevos empleos con esa industria, ser
más competitivo, etc., forzosamente tendrá que aprender a hacer tecnociencia. Lo único
que espero es que la sepamos legislar para que no se vuelvan a cometer los errores que
nos están conduciendo a una destrucción masiva y probablemente irreversible tanto del
medio ambiente como de la salud de nuestra población.

BIBLIOGRAFÍA

ARISTÓTELES, Metafísica, The Great Books, Encyclopaedia Britanica, Inc., Chicago,


1952
BUNGE, Mario. “Technology as Applied Science”. Technology and Cultute Vol. 7, No.
3 (Summer, 1966), pp. 329-347.
ECHEVERRÍA, Javier, La Revolución Tecnocientífica, Fondo de Cultura Económica,
México, 2003
GUTHRIE, W.K.C., The Earlier Presocratics and Pithagoreans, Cambridge Univesity
Press, Great Britain, 1962
KELLY, Cythia C, The Manhattan Proyect, Black Dog & Leventhal Publishers, Inc.,
New York, 2007
KUHN, Thomas, The Structure of Scientific Revolution, 3ª edición, The University of
Chicago Press, 1996 (Este texto existe en español editado por el Fondo de Cultura
Económica en su colección de Breviarios)
RHODES, Richard, The Making of the Atomic Bomb, Touchstone, New York, 1986

MESOGRAFÍA

http://osulibrary.oregonstate.edu/specialcollections/coll/pauling/war/corr/sci13.006.4-
roosevelt-bush-19441117.html, donde aparece la carta que le escribe Rousevelt a Bush

http://www.nsf.gov/od/lpa/nsf50/vbush1945.htm, donde aparece el documento Science


the Endless Frontier, que es el proyecto de Vannevar Bush para la creación de la National
Science Foundation
TECNOLOGÍA Y CIENCIA: UN CONTINUO ENTRE META Y AMPLITUD

Ian Quallenberg Menkes

INTRODUCCIÓN

La ciencia y la tecnología han condicionado una gran cantidad de cambios


históricos y sociales desde hace algunos siglos. Hoy en día, es imposible hacer una
evaluación profunda de casi cualquier rasgo de nuestra sociedad sin entender los que son
esenciales de los sistemas tecnológicos y científicos sobre los que descansa. Por eso,
preguntas del tipo: ¿cómo deben financiar diversas instituciones (el gobierno, las
universidades, etc.) la ciencia y la tecnología?, ¿cómo deben ordenar los distintos
aspectos de la investigación tecnológica y científica?, ¿debe estar la investigación
científica dirigida a ampliar el conocimiento tecnológico o, al contrario, debe
desarrollarse tecnología para ampliar los límites del conocimiento científico?, o bien ¿hay
que tratar a la ciencia y la tecnología como disciplinas mutuamente independientes?, etc.,
son sumamente relevantes. La respuesta que demos a ellas depende de la respuesta que
demos a preguntas menos prácticas, que involucran estudios históricos, antropológicos y
sociales: ¿cómo se ha desarrollado históricamente la relación entre la tecnología y la
ciencia y cómo ha de desarrollarse en el futuro?, ¿se han fusionado los objetivos
científicos y tecnológicos lo suficiente como para hablar de un complejo tecno-
científico?, ¿es la tecnología autónoma –es decir, tiene sus propias reglas con
independencia de la ciencia?, etc.

A su vez, estas cuestiones no pueden ser discutidas satisfactoriamente sin


responder a preguntas aún más abstractas, que tienen que ver más con acla rar nuestros
propios conceptos que con hacer investigaciones empíricas que analicen a detalle el
desarrollo de fenómenos concretos. Estas preguntas entran –o tradicionalmente así se
piensa- en el dominio de la investigación filosófica. La pregunta que nos hacemos en este
ensayo (¿cuál es la diferencia entre ciencia y tecnología?), es de tal índole. Lo que
digamos al contestarla está destinado a esclarecer nuestras nociones con el fin de que
puedan surgir varios estudios empíricos sobre ciencia y tecnología que no pequen de
incurrir en confusiones conceptuales que contaminen los resultados de la investigación –
como frecuentemente sucede. Así, nuestra tarea es modesta, pero representa un grano de
arena que contribuye a la realización de un proyecto imprescind ible y titánico.

La forma más fácil de responder a la pregunta por la diferencia entre ciencia y


tecnología consistiría en dar una definición de cada una de ellas para después
contrastarlas. Sin embargo, es bastante difícil dar una definición adecuada en a mbos
casos. ¿Por qué no consultamos el diccionario?, se podría preguntar. Bueno, según la
Real Academia Española, la ciencia es un «conjunto de conocimientos obtenidos
mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que
se deducen principios y leyes generales» 36 . Mientras que la tecnología es un «conjunto de
teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento
científico»37 .

Estas definiciones parten ya de viejas ideas injustificadas (como veremos más


adelante). Se basan en el supuesto de que la tecnología no es más que ciencia aplicada.
Pero este es un error por dos razones. Primero, porque las instituciones tecnológicas
tienen sus propios departamentos de investigación y éstos, más que repetir lo que dice la
ciencia, son sumamente activos y están directamente vinculados con objetivos propios de
la tecnología. Segundo, porque la relación de transmisión cognitiva entre ciencia y
tecnología no es unidireccional: ambas se han guiado mutuamente a lo largo de la
historia. El trabajo de Faraday contribuyó fuertemente en las innovaciones tecnológicas
de Edison; pero la creación del telescopio se convirtió en una base para el desarrollo
moderno de la astronomía. Tenemos tan buenas razones para hacer la afirmación de que
la tecnología es una aplicación de la ciencia como para afirmar que la ciencia es una
aplicación de la tecnología. Como veremos más adelante, ambas son mucho más que eso.

Ahora bien, los diccionarios no están pensados para evitar cualquier


contraejemplo posible a sus definiciones. Si se procediera de tal manera, sería imposible
terminar un diccionario. Justo por eso, no podemos usar uno para hacer análisis
filosóficos satisfactorios. Muchos han pensado que necesitaríamos definiciones
exhaustivas: que nos dijeran qué condiciones son necesarias y qué condiciones son
suficientes para que algo caiga bajo un concepto. Una definición de esta clase nos daría
un conjunto de condiciones que determinen, para un término X, qué cosas son X y qué
cosas no son X. De esta forma, cuando surgió la controversia de si Plutón era un planeta,
los astrónomos elaboraron una definición exhaustiva de planeta. Un objeto debía ser
llamado planeta si y sólo si cumplía con las siguientes características: (a) estar en órbita
alrededor del Sol, (b) tener masa suficiente para que su propia gravedad se imponga a las
fuerzas de un cuerpo rígido, de manera que adquiera una forma redonda, (c) despejar los
alrededores de su órbita. Como Plutón no cumplía con todas estas características, se
decidió que no era un planeta. Uno de los problemas más importantes en la historia de la
filosofía ha sido el de encontrar una serie de condiciones de esta clase para la ciencia –
nos ocuparemos de la tecnología más adelante. ¿Cuáles son los límites del conocimiento
científico? ¿Qué teorías son científicas y qué teorías son pseudo-científicas? Como
veremos a continuación, estas preguntas no han podido ser respondidas
satisfactoriamente.

36 Diccionario de la lengua española, sub voce ciencia.


37 Diccionario de la lengua española, sub voce tecnología.
Los problemas para definir la ciencia

El problema con las definiciones exhaustivas que se han dado hasta ahora es que suelen
ser o demasiado incluyentes o demasiado excluyentes. 38 Por ejemplo, se ha tratado de
definir la ciencia como una actividad destinada a entender, explicar y predecir los sucesos
del mundo. Podemos ver que esta definición es demasiado inclusiva, puesto que algunas
disciplinas que no forman parte de la ciencia cumplen con las condiciones que ella
especifica. La mitología intenta explicar y entender el mundo sin acudir a la ciencia. La
astrología intenta predecir sucesos basándose en creencias que difícilmente podríamos
llamar científicas. Para demarcar a la ciencia de esta clase de disciplinas, varios
pensadores han tratado de dar condiciones más rigurosas.

Max Weber caracterizó a la ciencia como una disciplina en la que se llega a juicios
válidos para toda persona racional. 39 Ahora bien, ¿qué significa ser una persona racional?
Si se definiera persona racional como persona que acepta los juicios de la ciencia, se
estaría cayendo, claramente, en un círculo vicioso. Por eso, la manera que encontró
Weber para describir la racionalidad consistía en identificarla con el acuerdo de la
mayoría de las personas. Entonces, lo que diferenciaba a los juicios científicos de los
demás juicios era su capacidad de ser aceptados por una cantidad mayoritaria de seres
humanos. Sin embargo, esta definición también se muestra demasiado inclusiva, puesto
que hoy en día parece que hay más personas que creen en la religión que en la ciencia y,
sin embargo, es evidente que los juicios religiosos no forman parte del conjunto de
juicios que podrían ser llamados científicos. Por eso, la definición de Max Weber no sirve
de mucho. Después de él, varios filósofos trataron de dar condiciones más finas.

Según Karl Popper, el rasgo fundamental que caracterizaba a la ciencia y la distinguía


de todo lo demás era su capacidad de hacer conjeturas arriesgadas falseables . 40 Por
falseable se entiende que existe la posibilidad de verificar que una conjetura dada no es
cierta –la conjetura no es compatible con cualquier experiencia posible. Una teoría
falseable debía ser capaz de hacer predicciones y contrastarlas con la experiencia. Si las
conjeturas de una teoría no predecían los sucesos acertadamente, debía ser considerada
falsa y debía ser rechazada.

Popper creía que este criterio servía para trazar los límites entre la ciencia y la pseudo
ciencia. Así, el marxismo no podía ser considerado científico puesto que era imposible de
falsear: cualquier experiencia posible era un modo de confirmar la teoría. Por ejemplo,

38 Véase Okasha, Philosophy of Science. A very Short Introduction.


39 Véase Putnam, Razón, verdad e historia.
40 Véase Okasha, Philosophy of Science. A very Short Introduction.
Marx afirmaba que el capitalismo tarde o temprano se acabaría para dar paso al
socialismo y finalmente al comunismo. Cuando esto no sucedía, los teóricos del
marxismo siempre eran capaces de dar explicaciones de cómo los hechos eran
perfectamente consistentes con su teoría. Podían decir que el progreso hacia el
socialismo se alentaba a causa de las medidas tomadas por el Estado, que contentaba
parcialmente a los obreros y frenaba sus impulsos de revolución.

En cambio, la teoría de la relatividad general de Albert Einstein era un perfecto


ejemplo de ciencia, según los criterios de demarcación de Popper. Ésta hacía una
conjetura bastante precisa y arriesgada: que los rayos de luz provenientes de estrellas
distantes serían desviados por el campo gravitacional del Sol. En 1919 el astrofísico
Arthur Eddington comprobó, durante un eclipse solar, que los rayos estelares realmente
habían sido desviados por una cantidad muy aproximada a la estimada por Einstein. La
teoría se había arriesgado en sus predicciones y había sido confirmada. Según los
criterios de Popper, se trataba de un éxito científico.

Ahora bien, el asunto no es tan fácil. El criterio de demarcación no solamente deja


fuera a varias disciplinas como la sociología, la historia, la antropología y hasta algunas
ramas de la biología (por ejemplo, la teoría de la selección natural): también desaprobaría
algunos procedimientos de la misma física. Antes de 1970 se pensaba que los protones y
los neutrones eran partículas fundamentales. Ahora bien, se sabía que el núcleo atómico
estaba formado de protones de carga eléctrica positiva y de neutrones de carga eléctrica
nula, pero, según los conocimientos de la física sobre la interacción electromagnética, era
imposible que las fuerzas repulsivas entre tales tipos de carga no ocasionaran la
desintegración del núcleo atómico. Parecía entonces que o bien el modelo atómico estaba
mal o bien la teoría electromagnética era falsa. Sin embargo, los científicos no
abandonaron por completo el modelo atómico ni el conocimiento acerca de la interacción
electromagnética sino que postularon una nueva fuerza (la fuerza nuclear fuerte), que
actuaba sobre partículas todavía más elementales que los protones y neutrones (quarks y
gluones) y que no excedía distancias más grandes que la de un núcleo atómico –de lo
contrario, todos los núcleos del universo se atraerían formando un gran conglomerado
nuclear.

Entonces, los quarks, los gluones y la fuerza nuclear fuerte se postularon en cierto
momento para que las teorías más exitosas de la física fueran coherentes entre sí y
congruentes con la experiencia. En otras palabras, los científicos no abandonaron por
completo sus creencias al encontrarse en dificultades. Actuaron, en cierto modo, como el
teórico marxista acusado por Popper. Y, sin embargo, debería ser claro que su
comportamiento no fue anticientífico. Esto muestra que el criterio de Popper es
demasiado exclusivo, al dejar fuera de los límites de la ciencia casos que evidentemente
forman parte de ella.
Las anteriores definiciones son solamente unas de las múltiples que se han dado con el
fin de trazar los límites de la ciencia. Por cuestiones de espacio no podemos explicar y
criticar otras aquí, pero basta con constatar que hasta ahora no se ha podido dar una
definición exhaustiva que no sea o bien demasiado laxa (como la de Weber) o bien
demasiado rigurosa (como la de Popper). Hemos visto la dific ultad de encontrar una serie
de condiciones que determinen lo que es la ciencia. También habría que reflexionar sobre
si el mismo intento de trazar los límites de la ciencia no es ya, en sí mismo, un error. Es
la cuestión de si realmente necesitamos una definición que especifique qué forma parte y
qué no forma parte de la actividad científica. ¿Cuál es el punto de dar una serie de reglas
que determinen lo que es ciencia y lo que no es ciencia? Después de todo, se trata de un
proceso dinámico que ha ido cambiando con el paso del tiempo y que probablemente lo
siga haciendo. Como dijo John Dewey, en este mundo cambiante, hay que adaptar el
análisis del conocimiento a la manera en que se van modificando las cosas y nuestra
relación con ellas y no viceversa. 41

¿Por qué no aceptar que simplemente hay varios tipos de práctica científica que se
asemejan más o menos entre sí, pero que no comparten un conjunto definido de rasgos
distintivos? En todo caso, aquí no intentaremos dar una definición exhaustiva. Nos
conformaremos con admitir que existen varias ciencias y que la ciencia expresa un
concepto cuyos límites son borrosos; pero que dichos límites sean borrosos no implica
que sea imposible distinguirla de la tecnología mediante análisis filosóficos que no
involucren definiciones completas.

Los problemas de definir la tecnología

La tecnología tampoco es fácil de definir. Aunque el concepto de tecnología no tiene un


papel tan rico en discusiones como el de ciencia en la historia de la filosofía, no deja de
ser problemático. Tomemos un acontecimiento muy sencillo: el longbow inglés. Este era
un poderoso tipo de arco de aproximadamente 2 metros de altura, utilizado por los
ingleses en la Edad Media. Este arco fue una verdadera innovación tecnológica alrededor
del año 600 d.C. ¿Dónde empieza y dónde acaba exactamente este fenómeno
tecnológico? ¿En el arco como producto material, es decir, en un trozo de tejo o fresno
con forma arqueada? ¿En los medios de producción que lo hacen posible? ¿En las
estructuras que le asignan una función (las tácticas de guerra empleadas durante la Guerra
de los Cien Años, por ejemplo)? ¿En los conocimientos necesarios para su fabricación? A
decir verdad, se suele hablar de la tecnología en estos y muchos otros sentidos –a veces
alternando entre uno y otro dentro del mismo discurso y así provocando confusiones. Por
eso debemos distinguir los diversos significados que se asocian con el término

41 Dewey, La miseria de la epistemología. Ensayos de pragmatismo.


tecnología. Según Stephen Kline 42 , los principales sentidos en los que se usa tal término
son los siguientes:

1) Tecnología como artefacto. Aquí se denota un conjunto de objetos materiales que no


se encuentran en la naturaleza y que son manufacturados por seres humanos. En este
sentido, el fenómeno tecnológico del longbow inglés empieza y acaba con el arco mismo:
un pedazo de tejo de 78 pulgadas en D, palas de 2 pulgadas de ancho y una cuerda.

2) Tecnología como sistema de manufactura. Bajo esta acepción, la tecnología implica


todos los procesos necesarios para fabricar un artefacto: la gente involucrada, los recursos
materiales, las máquinas utilizadas y las políticas empleadas tanto para producir como
para usar el artefacto. En este caso, el fenómeno tecnológico del longbow inglés engloba
procesos como las ventajas tributarias otorgadas a los artesanos expertos en su
fabricación durante la Guerra de los Cien Años, o ciertas alianzas comerciales con
España e Italia (a Inglaterra le interesaba adquirir tejo en estos países puesto que ahí la
falta de humedad subía su calidad).

3) Tecnología como saber. Aquí la palabra saber se refiere al conocimiento necesario


para cumplir con tareas específicas. Tales tareas incluyen, principalmente, la fabricación
de artefactos, pero no solamente. También nos podemos referir al conocimiento
necesario para alterar y controlar procesos naturales. Volvamos al ejemplo del longbow
inglés para ilustrar esta concepción de la tecnología. Supongamos que en el siglo XIV el
ejército francés hubiera quemado todos los arcos galeses y además hubiera destruido
todos los centros artesanales de producción de tales arcos. ¿Qué hubiera quedado de este
fenómeno tecnológico una vez que se han eliminado todos los artefactos y todos los
sistemas de manufactura destinados a su producción? Mientras hubiesen vivido algunos
ingleses con el conocimiento balístico y artesanal suficiente para producir y usar un
longbow, lo que queda es el conocimiento tecnológico de un instrumento
momentáneamente en desuso. Esto se muestra en el hecho de que, si a la Inglaterra de
nuestro ejemplo hipotético se le permitiera restablecer sus centros artesanales de
producción, no estaría en la situación de cualquier país al que le faltara este conocimieno
tecnológico y tuviera que investigar cientos de años para desarrollarlo, sino que podría
volver a fabricar longbows en unos cuantos meses.

En lo que sigue analizaremos la tecnología según la tercera de sus acepciones. La


razón de ello es que la respuesta a nuestra pregunta inicial (¿cuál es la diferencia entre la
ciencia y la tecnología?) sería trivial si tomamos el primer sentido de tecnología y

42 Kline, «What is Technology?», p. 210.


demasiado difícil si tomamos el segundo. En efecto, si restringimos dicho término a no
designar más que un producto material, la respuesta es obvia: la diferencia entre la
ciencia y la tecnología es que la primera produce teorías mientras que la segunda produce
artefactos. La primera busca cosas abstractas mientras que la segunda busca objetos
materiales. Es cierto que la pregunta por esta relación (¿cómo se llega a producir objetos
materiales disponiendo de teorías científicas?) sigue siendo bastante complicada. De
todas formas, aquí no podemos abordarla.

Y si ampliáramos el concepto de tecnología de tal forma que englobara todos los


elementos involucrados en ella como sistema de manufactura, tendríamos que
contrastarla con la ciencia desde el punto de vista de los procesos que las hacen posibles
–sociales, económicos, políticos, etc. Como hemos dicho anteriormente, esta clase de
análisis excedería las capacidades de un análisis filosófico. No buscamos hacer una
investigación empírica para describir a detalle sucesos reales sino analizar nuestros
conceptos.

Por eso, en lo que sigue asociaremos el término tecnología con el tercero de los
sentidos expuestos anteriormente. Abordaremos el problema restringiendo los conceptos
de ciencia y tecnología a designar medios para obtener conocimiento o formas de
indagación. 43 No es nada raro hacer esta afirmación en cuanto a la ciencia. En cambio,
¿qué implica hablar de la tecnología en cuanto forma de indagación? Según Mario
Bunge 44 , las partes del proceso tecnológico contemporáneo podrían ser divididas en:
política, desarrollo, calidad y control, producción, toma de decisiones e investigación
tecnológica. Nos centraremos en lo que corresponde a las últimas dos partes, puesto que
ahí parecen encontrarse los elementos más relevantes del proceso tecnológico para el
problema en cuestión. Iniciando desde esta perspectiva, revisaremos dos respuestas
clásicas –opuestas entre sí- que se han dado en torno a la pregunta por la diferencia entre
ciencia y tecnología. La razón por la que hemos de proceder de esta manera es que así se
entenderá que la complejidad de nuestra respuesta no es innecesaria.

La respuesta aristotélica

Una forma bastante popular de caracterizar la diferencia entre ciencia y tecnología


consiste en afirmar que la ciencia se ocupa de saber la verdad mientras que la tecnología
se encarga de la utilidad. Esta respuesta parte de una concepción que pone a la ciencia
como una disciplina que se encarga del conocimiento puro y universal y a la tecnología
como una aplicación lineal de este conocimiento desinteresado y noble. Podemos rastrear
su origen en la forma en que Platón y Aristóteles trazaron la distinción entre

43 Véase Gruender, «On Distinguishing Science and Technology».


44 Bunge, Philosophical Inputs and Outputs of Technology, p. 173.
conocimiento teórico y conocimiento práctico. Ambos pensaban que la verdadera
sabiduría se encontraba en el conocimiento contemplativo y abstracto –la filosofía y las
ciencias puras como las matemáticas, mientras que el saber relativo a necesidades
prácticas era de una forma inferior.

El conocimiento práctico era ordinario, más bajo, basado en los sentidos y enfocado a
cuestiones específicas. El conocimiento contemplativo de las causas primarias o de la
naturaleza última de las cosas era un tipo de saber más elevado y genuinamente racional,
al cual el conocimiento práctico estaba sometido. En Aristóteles hay dos razones
principales para justificar la superioridad del conocimiento teórico. Primero, que
responde a motivos más nobles que la mera utilidad y el placer. Así, Aristóteles dice:

Primero, quien inventó cualquier arte que fuese más allá de las
percepciones comunes del hombre fue naturalmente admirado por los
seres humanos, no solamente porque había algo útil en sus invenciones,
sino porque se pensaba que él era superior al resto. Pero conforme más
y más artes fueron inventadas, y otras fueron dirigidas a las necesidades
de la vida, otras a la recreación, los inventores de las últimas fueron
naturalmente vistos siempre como más sabios que los inventores de las
primeras, ya que sus ramas de conocimiento no apuntaban a la utilidad.
Entonces cuando todas esas invenciones lograron establecerse, las
ciencias que no apuntaban a dar placer o a satisfacer las necesidades de
la vida fueron descubiertas. [Traducción mía]45

Segundo, continúa Aristóteles, porque es acerca de lo universal.

De todas las características, la de saber todas las cosas debe pertenecer


a quien tiene conocimiento universal en el grado más alto; porque él
sabe en cierto sentido todas las instancias que caen bajo lo universal. Y

45 «At first he who invented any art whatever that went beyond the common perceptions of
man was naturally admired by men, not only because there was something useful in the
inventions, but because he was thought wise and superior to the rest. But as more arts were
invented, and some were directed to the necessities of life, others to recreation, the
inventors of the latter were naturally always regarded as wiser than the inventors of the
former, because their branches of knowledge did not aim at utility. Hence when all suck
inventions were already established, the sciences which do not aim at giving pleasure or at
the necessities of life were discovered.», Aristotle, «On “Technē” and “Epistēme”», p.23.
estas cosas, las más universales, son las más difíciles de conocer para
los hombres; pues son las más lejanas de los sentidos. 46

Y también:

Todos los hombres suponen que la sabiduría trata con las primeras
causas y principios de las cosas; así que, como hemos dicho, se piensa
que el hombre de experiencia es más sabio que quien posee cualquier
percepción sensorial, el maestro de obra más que el mecánico, y los
conocimientos teóricos más cercanos a la naturaleza de la sabiduría que
los productivos.47

A partir de estas razones, Aristóteles deriva la idea de una relación jerárquica entre
ambos tipos de conocimiento, en donde el hombre contemplativo debe mandar sobre el
hombre práctico.

Quien es más exacto y más capaz de enseñar las causas es más sabio en
todas las ramas del conocimiento, y la ciencia que es deseable por sí
misma y por el puro deseo de conocimiento es más cercana a la
naturaleza de la sabiduría que la que es deseable según sus resultados, y
la ciencia superior es más cercana a la naturaleza de la sabiduría que la
auxiliar; porque el hombre sabio no debe seguir órdenes sino darlas, y
no debe obedecer a otro sino que el menos sabio debe obedecerlo a él.48

46 «Now of these characteristics that of knowing all things must belong to him who has in
the highest degree universal knowledge; for he knows in a sense all the instances that fall
under the universal. And these things, the most universal, are on the whole the hardest for
men to know; for they are farthest from the senses.», Aristotle. «On “Technē” and
“Epistēme”», p.23.
47 «All men suppose what is called Wisdom to deal with the first causes and the principles of

things; so that, as has been said before, the man of experience is thought to be wiser tan the
possessors of any sense-perception whatever, the master-worker tan the mechanic, and the
theoretical kinds of knowledge to be more of the nature of Wisdom tan the productive.»,
Aristotle, «On “Technē” and “Epistēme”», p.23.

48 «He who is more exact and more capable of teaching the causes is wiser, in every branch
of knowledge; and that of the sciences, also that which is desirable on its own account and
Esta división entre conocimiento práctico y teórico es la base en la actualidad de una
concepción frecuentemente admitida sobre la diferencia y la relación entre ciencia y
tecnología. Las ideas de las que surge suelen ser las predominantes en las instituciones
dedicadas a las “ciencias puras”. En realidad aquí queremos englobar una gama enorme
de distintas visiones más o menos similares entre sí, que pueden ser adquiridas de manera
consciente o inconsciente. De cualquier forma, la doctrina aristotélica parece apuntar al
corazón de todas ellas. Hay muchas afirmaciones en las que podemos reconocer una
conexión con ella: “la ciencia se dedica a entender y la tecnología a controlar”, “la
ciencia describe el mundo mientras que la tecnología nos permite actuar en él”, “la
ciencia busca leyes generales por curiosidad y la tecnología se ocupa de problemas
particulares relacionados con necesidades humanas”, “la ciencia busca la verdad y la
tecnología la utilidad”, etc.

La respuesta baconiana

Ésta es una visión pragmática que invierte la relación jerárquica entre ciencia y
tecnología. De acuerdo con ella, es imposible que la ciencia esté motivada por mera
curiosidad o por el simple placer de encontrar la verdad : el criterio para aceptar o
rechazar una teoría científica está íntimamente vinculado con su capacidad para controlar
y predecir los fenómenos naturales. Es decir, el objetivo real de la ciencia está o debería
de estar emparentado con fines prácticos: la satisfacción de necesidades humanas
concretas. Así, se pone a la ciencia al servicio de la tecnología. Si hay una diferencia
entre ellas, radica en el alcance del conocimiento buscado: la ciencia busca leyes de largo
alcance cuyo conocimiento podrá ser utilizado por la tecnología para casos específicos.
Así como la visión anterior centraba la distinción entre ciencia y tecnología en los
motivos que las guiaban –la primera busca la verdad y la segunda la utilidad, la visión
baconiana pone el acento en el nivel de generalidad en que se sitúan sus respectivas
investigaciones: la investigación física más abstracta está tan motivada por el deseo de
dominio como la investigación relativa a la elaboración de una bomba nuclear; si existe
algo que las distingue tiene que ver con que la primera aborda un problema general y la
segunda un problema concreto. Esta concepción está fuertemente influida por la idea de
Francis Bacon según la cual conocimiento y poder se implican mutuamente.

for the sake of knowing it is more of the nature o Wisdom tan that which is desirable on
account of its results, and the superior science is more of the nature of Wisdom tan the
ancillary; for the wise man must not be ordered but must order, and he must not obey
another, but the less wise must obey him.», Aristotle, «On “Technē” and “Epistēme”», p.23.
Porque el hombre es sólo el sirviente e intérprete de la Naturaleza y
sólo hace y entiende tanto como haya podido observar, en hecho o en
pensamiento, del curso de la Naturaleza; más que esto ni sabe ni puede
hacer. Ninguna fuerza puede desatar o romper la cadena causal, y la
Naturaleza sólo se supera obedeciéndola. Así es que esos dos objetos de
la humanidad, el conocimiento y el poder, vienen de hecho a ser la
misma cosa; y la falla en las tareas viene casi siempre de la ignorancia
de las causas.49

Bacon introdujo la noción de que explorar el sistema causal de la naturaleza nos


permite anticipar y controlar sus reacciones. No sólo eso sino que, más allá de esta
capacidad para predecir y controlar, no hay conocimiento alguno al que el hombre pueda
asomarse. De esto hay un paso a afirmar, como han hecho algunos instrumentalistas
contemporáneos, que las teorías científicas no hacen descripciones adecuadas o
verdaderas de la realidad, y que los objetos de los que habla la ciencia no existen
realmente, sino que forman modelos que sirven para predecir o modificar futuros eventos
con la mayor eficacia posible. De esta forma, John Gribbin sostiene que:

Cuando un científico afirma, por ejemplo, que el núcleo de un átomo


está compuesto por partículas denominadas protones y neutrones, lo
que en realidad debería decir es que el núcleo de un átomo se comporta,
bajo determinadas circunstancias, como si estuviera formado de
protones y neutrones. Los mejores científicos toman el “como si” como
se lee, pero entienden que sus modelos son, efectivamente, sólo
modelos.50

Si bien las dos posturas anteriores parecen ser contrarias, hay varios aspectos en los
cuales se parecen. Ambas plantean una relación jerárquica entre ciencia y tecnología.

49 «For man is only the servant and interpreter of Nature and he only does and understands
so much as he shall have observed, in facto r in thought, of the course of Nature; more than
this he neither knows, nor can do. No force whatever can unfasten or break the chain of
causes, and Nature is only overcome by obeying her. So it is that those two objects of
mankind, Knowledge and Power, come in fact to the same thing; and the failure of works
derives mostly from ignorance of causes.», Bacon, Francis, «On the Idols, the Scientific Study
of Nature, and the Reformation of Education», p. 29.
50 Gribbin, Biografía del universo, p. 19.
Ambas ponen a una de ellas al servicio de la otra. Ambas admiten que un factor
importante para distinguir a la ciencia de la tecnología es el grado de universalidad de las
leyes buscadas. Ambas valoran de cierta manera los motivos que guían las
investigaciones científicas y tecnológicas. La aristotélica cree que el deseo de saber la
verdad y la curiosidad desinteresada es el único motivo noble, y que todos los demás
motivos que puedan guiar una investigación son más bajos. La baconiana cree que tal
motivo puro no existe realmente

Los dos lados de la discusión parecen prestar especial atenc ión a dos propiedades que
pueden afectar nuestros modos de clasificación entre una investigación científica y una
tecnológica: la meta y la amplitud. La meta engloba los motivos, las intenciones y los
propósitos que guían una investigación. Llamaremos meta práctica a una meta que
involucre directamente necesidades humanas (curar o prevenir enfermedades, agilizar los
medios de transporte, etc.) y meta pura a una que esté basada en la mera curiosidad o
cualquier otro deseo no práctico. La amplitud se refiere a qué tan concreta o qué tan
general resulta una indagación: la cantidad de objetos sobre los que se aplica el estudio.
Como veremos a continuación, estas dos nociones se pueden combinar para formar
cuatro clases distintas de proyectos de investigación. Veremos casos paradigmáticos que
ejemplifican cada tipo.

1. El cráter en Marte

La Nasa envió al “Opportunity”, un vehículo espacial especializado, para explorar un


cráter de Marte llamado Eagle, que se encuentra en una zona llamada Meridiani Planum.
La misión del Opportunity era determinar, mediante instrumentos de alta precisión como
cámaras y espectógrafos, si las rocas del cráter mostraban rastros de la presencia de agua
dentro del Eagle en un pasado remoto. El resultado fue positivo y llevó a varias
consecuencias teóricas como la especulación acerca de la posibilidad de vida en el
planeta. Pensemos en los orígenes de la investigación. La amplitud del proyecto era muy
pequeña: determinar si había agua en un cráter de Marte. Y, sin embargo, la meta no
involucraba la satisfacción directa de necesidades humanas sino que respondía a una
curiosidad genuina.

2. El universo en expansión

El astrónomo Edwin Powell Hubble localizó varias ga laxias próximas y lejanas a la Vía
Láctea y calculó su distancia a partir de la luz recibida desde la Tierra. Observó que
todas, excepto las más cercanas, mostraban una desviación hacia el rojo en su espectro.
La percepción de tal desviación implica que el objeto emisor se está alejando. Después de
estudiar un número considerable de espectros, concluyó que las galaxias se están
separando continuamente de nosotros y que su grado de desviación hacia el rojo es
directamente proporcional a la distancia en que se encuentran, es decir, que la velocidad
de recesión de una galaxia es mayor cuanto más lejos está. Este descubrimiento lo llevó a
formular una ley (conocida como ley de Hubble) que especifica la relación matemática
exacta entre la distancia de una galaxia y su velocidad de alejamiento y que nos permite
calcular la rapidez de expansión del universo. Este es un ejemplo de una investigación
con una amplitud muy grande: lo que describen las leyes descubiertas es el universo
entero. Además, la meta no es práctica puesto que, sin acudir a la ciencia ficción, es
difícil señalar qué necesidades humanas se relacionan directamente con el conocimiento
de que otras galaxias se separan continuamente de nosotros.

3. Las manos que ven

Un grupo de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid desarrolló la idea


de crear un dispositivo táctil para ayudar a los ciegos a percibir su entorno. Con tal
propósito, desarrollaron unas gafas especiales y un estimulador táctil que puede ser usado
en las manos. Las gafas contienen una microcámara con un chip. Éste transmite las
imágenes captadas al estimulador, que a su vez contiene pequeñas bolas que se levantan
de manera coordinada, trazando en la mano las siluetas que capta la grabadora. Los
objetivos se cumplieron: si bien no se reconocen volúmenes ni colores, todos los ciegos
que probaron el aparato fueron capaces de anticipar los objetos a su alrededor. En este
caso, la meta de la investigación era evidentemente práctica, puesto que está directamente
vinculada con la necesidad de ver de algunas personas discapacitadas. La amplitud de la
investigación es bastante reducida: se trata de un modo particular en que un número
limitado de personas pueda orientarse.

4. La teoría de la información

En la década de los cuarenta, Claude E. Shannon y Warren Weaver desarrollaron una


teoría matemática relacionada con la capacidad de los sistemas de comunicación para
recibir y procesar información. Con este modelo trataron de encontrar la manera más
eficiente de codificar un mensaje, sin que la presencia de algún ruido complicase su
transmisión. Esta teoría ha sido aplicada al desarrollo de varios medios de comunicación,
como los celulares y el Internet; pero en realidad se supone que debería poder aplicarse a
cualquier sistema que contenga una fuente de información, un canal de transmisión y un
receptor que reciba una señal de la fuente a través del canal, por lo que la teoría goza de
una amplitud enorme. De todas formas, la meta de Shannon y Weaver al proponer esta
teoría era absolutamente práctica: eliminar el ruido en la transmisión de señales.
Los problemas de la concepción aristotélica y la baconiana

Bertand Russell decía que una teoría filosófica debía ser evaluada según su capacidad
para lidiar con distintos rompecabezas. Los cuatro ejemplos anteriores constituyen un
rompecabezas que ni la visión aristotélica ni la baconiana pueden armar. Veamos por
qué.

Al seguidor de Bacon le cuesta trabajo dar cuenta de los dos primeros casos, puesto
que no cree en motivos no prácticos. Recordemos que el caso del cráter en Marte y el
caso de la expansión del universo representan investigaciones en donde no intervienen
motivos prácticos específicos, donde tenemos que asumir que lo que se encuentra detrás
es realmente la mera curiosidad o el deseo desinteresado de conocer. Claramente, esto va
radicalmente en contra de la concepción del conocimiento que tiene el baconiano. Sin
embargo, los ejemplos en cuestión no son meras ficciones, por lo que hay que poder
explicarlos de alguna manera. En este punto, hay tres formas de respuesta que podría dar
el seguidor de Bacon.

Primero, podría reafirmar enteramente su postura al tomar una actitud normativa y


aceptar que de hecho existen casos de investigación cuya meta no consiste en controlar o
manipular la naturaleza para satisfacer necesidades humanas concretas, pero afirmaría
que tales casos no deberían de existir, puesto que la idea de buscar un conocimiento por
sí mismo es una simple ilusión –y, en esa medida, las indagaciones basadas en ella no
tienen razón de ser. Segundo, podría replicar que el problema es que nuestra
interpretación es errónea: si bien los ejemplos en cuestión parecerían no tener nada que
ver con lo práctico, un análisis más profundo mostraría que realmente están relacionados
con el deseo de control y con la posibilidad de satisfacción de necesidades espec íficas. En
tercer lugar, podría defender una posición más moderada, donde aclarara que no todo
conocimiento debe ser práctico en un sentido fuerte; que la palabra práctico, tal como él
la entiende, también engloba situaciones que no involucran el control d irecto sobre la
naturaleza sino objetivos que tienen que ver con una forma de control más moderada
como, por ejemplo, nuestro deseo de predecir los fenómenos que acontecerán o podrían
acontecer en ella. Así, las leyes de Hubble constituirían un modelo pred ictivo que nos
ayudaría a comprender nuestra situación en el universo y a poner nuestras prácticas en
relación con nuestro conocimiento acerca de los sucesos futuros.

En cuanto a la primera respuesta, ésta parece ser meramente ideológica, en el sentido


de que se apoya en una visión de cómo son las cosas para afirmar como tendrían que ser
y viceversa, sin salir de un círculo vicioso donde la crítica es imposible. En cuanto a la
segunda, ciertamente es probable que nuestra interpretación de los casos en cuestión no
sea la mejor posible. Sin embargo, es difícil especificar en qué sentido las metas de estas
investigaciones están directamente relacionadas con lo práctico en un sentido fuerte. Aquí
es importante poner el acento en directamente, ya que si la idea es que el conocimiento
“puro” está relacionado con asuntos prácticos de alguna manera, la perspectiva
baconiana se vuelve completamente ambigua, puesto que, a fin de cuentas, todo está
relacionado con todo de alguna manera. La tercera respuesta muestra un modo más
plausible de ver las cosas. Sin embargo, comete un error muy frecuente en posiciones
instrumentalistas: es verdad que la capacidad de predicción es un elemento sumamente
importante a la hora de evaluar una teoría. Incluso se ha llegado a afirmar que la
capacidad predictiva es la piedra de toque de la racionalidad científica; pero la
predicción no es el objetivo primordial de una teoría, sino un modo de determinar si es
correcta. Kepler no formuló las leyes del movimiento de los planetas para predecir la
posición de Marte; usó la capacidad de predicción de la posición de Marte como señal
para saber si su teoría era adecuada. No buscaba un modelo predictivo sino un esquema
descriptivo. No hay que confundir metas con criterios.

Para la concepción aristotélica, el primer y el tercer caso representan un reto.


Recordemos que en el argumento de Aristóteles se dan dos razones para afirmar la
superioridad del conocimiento teórico sobre el práctico:

1) Que está guiado por fines puros, ajenos a cuestiones de utilidad.

2) Que trata acerca de cosas universales.

El caso del cráter en Marte y el caso de la teoría de la información muestran (tomados


en conjunto) que la meta es independiente de la amplitud y viceversa. El que una meta
responda a propósitos puros no implica que trate asuntos generales, como se comprueba
en el caso del cráter en Marte. De manera similar, una investigación puede ser práctica y,
al mismo tiempo, tratar cuestiones generales, como se logra apreciar en el caso de la
teoría de la información. La mutua independencia entre meta y amplitud derrumba las
bases de esta distinción entre conocimiento teórico y práctico.

Puesto que estamos usando casos históricamente recientes, podría resultar anacrónico
apoyarnos en ellos para criticar a Aristóteles. Sin embargo, es bastante adecuado criticar
a quien hoy en día aplica la concepción aristotélica de conocimiento práctico y teórico a
la relación entre ciencia y tecnología, pues recordemos que tal distinción es la base de la
manera en que el aristotélico contemporáneo traza los límites entre ellas. A esto podría
responder que, aunque Aristóteles se haya apoyado en dos razones para distinguir el
conocimiento teórico del práctico (su universalidad y la nobleza de sus motivos), en
realidad, lo importante a la hora de distinguir el conocimiento teórico era su búsqueda de
un conocimiento valioso por sí mismo y su deseo de conocer la verdad.
Una postura aristotélica moderada podría prescindir de la premisa de la universalidad
del conocimiento teórico y conservar la que habla de la pureza de sus motivos para
mantener una concepción similar en esencia a la de Aristóteles y apoyarse en ella. Así, se
podría seguir diferenciando a la ciencia exclusivamente por medio de la calidad pura de
sus objetivos, por lo que señalar la independencia entre esta clase de objetivos y las
cuestiones universales o generales no constituiría un argumento en contra. El aristotélico
moderado tendría razón en este punto: al señalar la independencia entre meta y amplitud
no hemos dicho por qué no se podría seguir manteniendo que la ciencia busca la verdad y
la tecnología la utilidad o que la primera busca el conocimiento por sí mismo y la
segunda lo busca por fines prácticos. En el siguiente apartado veremos por qué esta idea
sigue siendo inadecuada.

La diferencia entre tecnología y ciencia

Ya hemos allanado el camino lo suficiente como para proponer una respuesta a nuestra
pregunta inicial. Tratando a la ciencia y a la tecnología como formas de indagación, las
nociones de meta y amplitud han resultado ser herramientas básicas en nuestro análisis.
Conforme lo hemos expuesto anteriormente, ambas son independientes 51 y se pueden
combinar para formar cuatro tipos de investigación:

1. Meta pura y amplitud grande.

2. Meta pura y amplitud pequeña.

3. Meta práctica y amplitud grande.

4. Meta práctica y amplitud pequeña.

Contrastando este esquema con las concepciones aristotélica y baconiana, hemos


aprendido dos lecciones:

1) No podemos homogeneizar todos los motivos que pueden guiar una investigación
suponiendo que todos están directamente vinculados con fines utilitarios (hay que dar
cabida a metas no prácticas).

2) No podemos suponer que la pureza de las metas de una investigación y su amplitud


sean directamente proporcionales.

51 Gruender, «On Distinguishing Science and Technology», p. 458.


Tomando en cuenta estas restricciones ¿por qué no proponer, como hace el aristotélico
moderado, un modelo que reconozca tanto la existencia de los motivos puros como la
independencia entre meta y amplitud y que proponga basar la distinción entre ciencia y
tecnología exclusivamente en la calidad práctica o pura de las metas que guían la
investigación? En pocas palabras ¿por qué no decir que la ciencia se propone objetivos
puros y la tecnología prácticos, sea cual sea el nivel de generalidad en que se sitúen?
Aplicando esta respuesta a nuestro esquema, el primer y el segundo caso serían ejemplos
de ciencia y el tercero y el cuarto serían ejemplos de tecnología.

Aunque quizá esta clasificación pudiera parecer correcta, estaría basada en razones
inadecuadas, ya que sigue siendo una visión bastante ingenua del asunto. Pues si bien el
baconiano se muestra demasiado grosero al afirmar que detrás de la ciencia siempre se
esconden motivos prácticos, el aristotélico (moderado o no) es demasiado cándido al
creer que está guiada siempre por metas puras. Hay veces en que esa pregunta clásica de
la ciencia sobre cuál es el modo particular en que están dispuestas las cosas está
fuertemente vinculada con la pregunta de cómo podemos alterarlas a nuestro favor.
Así, es un hecho conocido que las indagaciones sobre la estructura atómica de Niels Bohr
y su teoría de la fisión nuclear estaban directamente motivadas por la idea de generar una
bomba atómica.

A decir verdad, hay una gama de distintos niveles de pureza entre los objetivos que
pueden conducir una investigación científica: desde el deseo de conocer el origen del
universo, pasando por el intento de descubrir las causas de enfermedades frecuentes en la
especie humana, hasta la idea de averiguar la forma de enriquecer una masa mínima de
uranio.

Entonces, ¿qué distingue realmente a la ciencia de la tecnología? Si la diferencia no se


encuentra ni en la sola calidad práctica de los objetivos ni en el simple nivel de
generalidad de la investigación, ¿por qué no buscarla en la relación que hay entre ellos?
Nuestra propuesta irá justamente en esa dirección: la diferencia entre ciencia y tecnología
reside en una relación particular entre la meta y la amplitud de una investigación. No se
trata de una relación de mutua implicación, como plantearía el aristotélico
contemporáneo. Se trata de una relación gradual y compleja : el grado en el que la
particularidad de la meta restringe el nivel de amplitud de la investigación. Entre mayor
sea el grado en que el nivel de practicidad de los objetivos opere de tal manera que
delimite el nivel de generalidad, la investigación tenderá hacia la tecnología. Entre menor
sea este grado, la investigación tenderá hacia la ciencia. Usamos la palabra ‘tender’
puesto que suponemos que hay un continuum entre la ciencia y la tecnología y no una
dicotomía absoluta.52

52 Véase Gruender, «On Distinguishing Science and Technology».


Para que esto quede claro, hay que ser explícitos acerca de qué es lo que estamos
diciendo y qué es lo que no estamos diciendo. Al decir que la ciencia y la tecno logía
forman parte de un continuum de diferentes clases de investigación, no estamos diciendo
que sean lo mismo o que sea inútil separarlas mediante categorías. Entre dos propiedades
se pueden dar dos clases de relación: absoluta o gradual. Un ejemplo de r elación absoluta
se muestra entre la propiedad de ser soltero y la propiedad de ser casado. Alguien no
puede ser más soltero o menos casado que otro. Un ejemplo de relación gradual es la
relación entre ser gordo y ser delgado. Aquí sí podemos hablar de var ios niveles en donde
alguien podría ser situado entre ambos predicados. Al afirmar que la relación entre
ciencia y tecnología es gradual, estamos diciendo que es análoga al segundo caso. Y así
como los conceptos de gordo y delgado no dejan de ser útiles a la hora de describir
personas por el hecho de designar propiedades que se pueden dar en mayor o menor
cantidad, los conceptos de ciencia y tecnología no dejan de ser útiles para describir
distintas clases de investigación.

En este caso, también encontramos casos paradigmáticos, casos intermedios y casos


límite. Un caso paradigmático de ciencia es el de la teoría de la relatividad general de
Albert Einstein. Un caso paradigmático de tecnología es la invención de la bombilla
eléctrica de Thomas Edison. Ejemplos de casos intermedios entre ciencia y tecnología
son las investigaciones médicas que estudian ciertas propiedades de las células del cuerpo
humano para encontrar una manera de curar el cáncer. Un ejemplo de caso límite es el del
Proyecto Manhattan, que combinaba la investigación científica sobre la fisión del átomo
con la investigación tecnológica concerniente a la elaboración de la bomba atómica. A
continuación seguiremos contrastando a la ciencia y la tecnología pero, por propósitos de
claridad, sólo englobaremos los casos paradigmáticos de cada una de ellas.

Al hablar del nivel de practicidad de los objetivos y del nivel de generalidad en que se
sitúa la indagación como factores pertinentes para determinar qué posición tiene una
investigación, no estamos afirmando que baste con sumar ambos niveles para saber si se
trata de una investigación científica o tecnológica. Una investigación científica puede ser
muy práctica o muy particular. Lo que determina su clasificación dentro de una de estas
dos categorías es el grado en que se da una relación específica entre los distintos niveles
de pureza y tamaño de la meta y la amplitud : la restricción de la cantidad de amplitud por
medio de la calidad de la meta. El caso del cráter de Marte representa un ejemplo de
investigación científica, pero no por el hecho de que el bajo nivel de generalidad en que
se sitúa sea compensado por el alto nivel de pureza de la meta que lo guía, sino por el
hecho de que esa misma meta no restringe (o restringe en un grado muy pequeño) las
respuestas que se dan ante los posibles acontecimientos imprevistos que podrían llevar a
la decisión de tomar distintos rumbos a lo largo de la investigación. Lo que separa el caso
del cráter el Marte del caso de las manos que ven no es que el segundo tenga propósitos
prácticos sino que en el primero los objetivos dan plena libertad de que los investigadores
se interesen por cuestiones relativamente externas a y no anticipadas por los propósitos
iniciales, tal como estos fueron en un principio planteados.

De esta manera, la amplitud de la investigación variará constantemente e irá tomando


forma según se vayan adquiriendo distintos resultados. Si el Opportunity (el vehículo
espacial enviado por la NASA) hubiese encontrado en Marte rastros de una sustancia
distinta al H 2O (recordemos que fue enviado para buscar agua), o incluso completamente
desconocida, quienes lo mandaron a explorar no ignorarían esa información. Más bien,
se interesarían por este nuevo compuesto incluso más que por la existencia de agua, y
moldearían la amplitud de la investigación según los datos que se fueran adquiriendo de
sus propiedades. En cambio, los investigadores que inventaron el dispositivo de
orientación para ciegos, si hubieran observado un resultado imprevis to y ajeno a su
objetivo principal, lo habrían ignorado o evitado para seguir tratando de alcanzar su
propósito.

No estamos afirmando que los tecnólogos sean tan obstinados como para ser incapaces
de cambiar de dirección al producir sin quererlo un re sultado sumamente benéfico y
sorprendente. Seguramente, si por accidente encontraran una forma en que la persona que
usa el dispositivo de orientación pudiera ver a través de las paredes, se alegrarían ante tal
descubrimiento y harían lo pertinente para se guir adelante con él. Todos estamos
familiarizados con el estereotipo del inventor que crea por accidente un X cuando
buscaba desesperadamente un Y. Sin embargo, esta clase de accidentes en realidad son
sumamente improbables. Y el tecnólogo, al estar consc iente de ello, no atrasará ni
entorpecerá su investigación con miras a obtener un resultado imprevisto y sorprendente,
como alguien que gastase parte de sus ahorros en billetes de lotería. Si los resultados
imprevistos que encuentra no son tan sorprendente s como para ser llamados un hallazgo
o una invención, lo más probable es que los considere obstáculos para llegar a sus
propósitos.

En cambio el científico, si bien está dirigido por una meta particular, está dispuesto a
interesarse en accidentes y hasta a buscarlos, aunque éstos no sean realmente
sorprendentes. En ciencia, es mucho más probable que ciertos datos inesperados refuten
una concepción previa o den pie a una nueva teoría. Por eso lo correcto sería decir que si
no intervienen otros factores, como la obtención de resultados completamente
inesperados y grandiosos, la relación entre amplitud y meta en la tecnología suele ser más
restrictiva que en la ciencia.

Es menester aclarar que tampoco estamos afirmando que en las investigaciones


científicas la amplitud de estudio esté completamente desligada de los objetivos iniciales
ni que los científicos puedan cambiar de dirección continuamente, con independencia de
los propósitos del proyecto. Toda indagación debe estar controlada de antemano por
metas que delimiten su rango de estudio. De lo contrario, todo se vuelve un caos. Aunque
toda investigación esté determinada por un conjunto finito de objetivos, las
investigaciones científicas son más flexibles en este aspecto. Si bien están guiadas por
unos objetivos que cumplen la función de delimitar la amplitud de la investigación y los
distintos rumbos que ella pueda tomar, gozan de mayor libertad en este sentido que las
investigaciones tecnológicas.

Finalmente, al hablar de que las indagaciones tecnológicas disponen de menor


flexibilidad en lo que se refiere a tomar cambios de rumbo, no estamos diciendo que éstas
se atengan a un único modo de lograr sus objetivos. De hecho, el tecnólogo se caracteriza
por buscar miles de maneras en que puede llevar a cabo un propósito. Si la teoría en la
que se basa no funciona en el caso particular que está tratando, se basará en otra teoría o
la modificará él mismo; si los instrumentos con los que está trabajando no son adecuados
para realizar sus metas, conseguirá otros, etc. La actividad tecnológica es sumamente
flexible en este sentido. Hay que tener presente que cuando hablamos de cambios de
rumbo nos referimos estrictamente a los cambios de dirección directamente relacionados
con modificaciones en el tamaño de la amplitud del proyecto. Normalmente, el tecnólogo
que busca varias soluciones distintas a un problema, se mantiene en el mismo plano de
generalidad durante todo el proceso de investigación. En cambio, es bastante común que
las investigaciones científicas cambien de rumbo con respecto a la amplitud inicial.

Un ejemplo radical de esto último es el descubrimiento del fondo cósmico de


microondas. En 1965, los físicos Arno Penzias y Robert Wilson se propusieron encontrar
la causa de que una antena de radio de microondas de los laboratorios Bell detectara una
señal de calor que emanaba de todas direcciones. Al principio, pensaban que la causa era
terrestre y que lo más probable era que la detección de calor se debiera a que las
deposiciones de las palomas obstruían la sensibilidad de la antena. Sin embargo, se
inquietaron al descubrir que esta ola de calor tenía un origen cósmico. Posteriormente,
comprendieron que en realidad era un mar de radiación electromagnética, resultado de
una liberación de fotones que tuvo lugar hace más de 13.000 millones de años. Al probar
dicho resultado, aportaron uno de los datos más importantes para consolidar la teoría del
Big Bang. Un objetivo que no abarcaba mayor amplitud que la búsqueda de los
problemas de detección que podría tener una antena, desembocó en un conocimiento
relacionado con una teoría sobre el origen del universo.

En resumen, tenemos un modelo para analizar la diferencia entre ciencia y tecnología


según el cual ambas forman parte de un mismo continuo (con casos paradigmáticos de
ciencia y tecnología en cada uno de los extremos opuestos); en donde el grado de
restricción dado entre la meta y la amplitud determina el lugar donde se posiciona la
investigación en cuestión. A diferencia de las concepciones a ristotélica y baconiana, este
criterio tiene la ventaja de no necesitar idealizaciones injustificadas acerca de la ciencia
(como lo es decir que ésta sólo se ocupa de explicar y describir el mundo o que está en
busca de lo verdadero y lo universal); y al mismo tiempo no cae en generalizaciones
groseras (como afirmar que la ciencia no es más que una manera en que podemos
controlar al mundo).

Tiene el defecto de ser algo vaga, ya que el grado exacto de restricción entre la meta y
la amplitud no es algo fácil de determinar. A pesar de ello, puede resultar una buena guía
a nivel conceptual al proporcionar un modo de ver las cosas que puede ser precisado en
análisis más específicos. No pretendemos que la diferencia señalada sea la única que
separe a la tecnología de la ciencia, pero sí que está conectada con otras diferencias, en el
sentido de ser una causa o consecuencia de que ellas existan. Además, recordemos que
hemos hablado de la ciencia y la tecnología exclusivamente en lo que concierne a sus
formas de investigación, de manera que las diferencias triviales, como el hecho de que la
tecnología normalmente da lugar a productos materiales y la ciencia a teorías abstractas,
no son relevantes.

Nuestra distinción, como muchas distinciones filosóficas, no es más que una


estipulación. No se supone que corresponda con los usos que hace la gente común de los
términos ‘tecnología’ y ‘ciencia’, ni siquiera con los usos que hacen todos los tecnólogos
y científicos. Su tarea es proporcionar un criterio intuitivo y coherente que sirva para
clasificar varias formas de indagar. La concepción aristotélica y la concepción baconiana
son hoy en día las más frecuentes. Es indeseable que eso sea el caso, ya que ambas son
incapaces de aportar criterios adecuados para clasificarlas, financiarlas o analizar los
problemas que despiertan la ciencia y la tecnología en la actualidad

BIBLIOGRAFÍA

ARISTOTLE, «On “Technē” and “Epistēme”», en Philosophy of Techonlogy: The


Technological Condition. An Anthology. Editado por Robert C. Scharff y Val Dusek.
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Editado por Robert C. Scharff y Val Dusek. United Kingdom: Blackwell Publishing.
2003. Pp. 25-37.
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Techonlogy: The Technological Condition. An Anthology. Editado por Robert C. Scharff
y Val Dusek. United Kingdom: Blackwell Publishing. 2003. Pp. 172-181.
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traducción y notas de Ángel Manuel Faerna. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva. 2000.
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of Techonlogy: The Technological Condition. An Anthology. Editado por Robert C.
Scharff y Val Dusek. United Kingdom: Blackwell Publishing. 2003. Pp. 386-397.
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Cloquel. Madrid: Tecnos. 1988. 220 pp.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, Diccionario de la lengua española. Vigésima segunda
edición. Madrid: Espasa Calpe. 2001. Consultado en http://buscon.rae.es el 14 de marzo
de 2012 a las 15:20 horas.
TÉCNICA Y TECNOLOGÍA

Nydia Lara Zavala

Los términos ‘técnica’ y ‘tecnología’ han sido utilizados por diversos autores
dedicados a estudiar estos temas de manera laxa y ambigua y, en ocasiones, hasta como
sinónimos. Por ejemplo, el pensador alemán Martin Heidegger en La pregunta por la
técnica, en ninguna parte del texto emplea el segundo vocablo. Igual sucede con el
erudito español José Ortega y Gasset en su libro Meditación de la técnica, donde
tampoco aparece el término ‘tecnología’. En mucha literatura actual, fundamentalmente
en la de habla hispana, todavía no hay mucha claridad entre lo que es técnica y lo que es
tecnología. Miguel Ángel Quintanilla, por ejemplo, dice que en la literatura especializada
en el tema se emplea técnica para nombrar las técnicas artesanales precientíficas y
tecnología para referirse a las técnicas industriales vinculadas al conocimiento científico.
Obviamente, Quintanilla tiene muy poca claridad en torno a que, por rudimentaria que
sea una tecnología, digamos, artesanal, es tecnología. Esto ha ocasionada que no se tenga
para nada claro que ‘técnica’ refiere a una habiliad y no a una tecnología. El problema es
que al confudir habilidad con tecnología acaban enredando los temas y terminan por no
explicar nada. Veámos un ejemplo de estos enredos con una cita del mismo Quintanilla :

En principio se entiende por técnica un conjunto de habilidades y conocimientos


que sirven para resolver problemas prácticos. Los resultados de la aplicación de estas
técnicas productivas son lo que llamamos artefactos, algunos de los cuales, como las
herramientas y las máquinas, son a su vez instrumentos técnicos. Las técnicas en general
y en especial las técnicas productivas, constituyen pues, una forma de conocimiento de
carácter práctico. 53

Lo que resulta de esto es que la técnica algunas veces se entiende como habilidad
y algunas como artefactos. El problema evidente es que jamás hay claridad conceptual
con respecto a qué es técnica y qué tecnología. Por lo mismo, para nadie queda claro qué
es la tecnología y mucho menos qué es la técnica.

Ahora bien, Ludwig Wittgenstein nos enseñó que cuando había conflictos para
desentrañar el significado de algún término, la mejor manera de esclarecerlo era
atendiendo a su uso. Esto es particularmente relevante en el caso de los términos ‘técnica’
y ‘tecnología’, sobre todo si caemos en la cuenta de que hay personas que piensan que
son sinónimos, cuando en realidad no sólo no lo son, sino que confundirlos empobrece
nuestro panorama conceptual.

53 Quintanilla, Miguel Ángel, Técnica y Cultura, Filosofía de la Tecnología, Teorema, Vol. XVII/3, Ed.
Electrónica agosto 2000, p. 1-2.
Cabe aclarar que dos términos son sinónimos si en una oración uno puede utilizar
indistintamente uno u otro sin modificar su significado. Que ‘técnica’ y ‘tecnología’ no
son sinónimos, lo podemos ilustrar con un ejemplo muy simple: si alguien dice que “Juan
tiene una estupenda técnica para pintar” y luego dice que “Juan tiene una estupenda
tecnología para pintar” evidentemente no sólo no está diciendo lo mismo, sino que hay un
profundo cambio de significado en lo que cada una de estas oraciones expresa. La
primera apunta hacia la actividad, habilidad o destreza del pintor, mientras que la
segunda apunta hacia los instrumentos, utensilios o artefactos que Juan utiliza para pintar.

Si se entiende el ejemplo, lo sorprendente parece ser que haya quienes confundan


un término con el otro. Sin embargo, lo que hay que reconocer es que entre técnica y
tecnología hay una relación sumamente estrecha, por lo que a veces perdemos la
perspectiva y nos cuesta trabajo separar una de la otra. Voy a tratar de explicar esto.

Alrededor de la tecnología y la técnica es importante distinguir cuatro formas de


relacionarse con ellas:

a) la del tecnólogo
b) la del técnico
c) la del usuario profesional
d) la del usuario

Por razones didácticas los voy a exponer en sentido inverso, esto es, voy a iniciar
con el usuario y voy a terminar con el tecnólogo.

Creo que nadie puede poner en duda que nuestro mundo cotidiano está lleno de
tecnología. De hecho, hoy en día no hay prácticamente ninguna actividad que no requiera
de una buena dosis de ella. Para el usuario, sin embargo, es totalmente transparente, esto
es, la tiene tan íntimamente integrada a sus actividades que simplemente no la ve. Salvo
cuando está aprendiendo a trabajarla o no funciona de manera correcta, se usa la
tecnología de manera tan natural e inconsciente como cuando se utilizan las manos, las
piernas o los ojos. La tecnología, en este sentido, la asimila el usuario como parte de su
cuerpo y trabaja con ella como si se tratara de algo tan natural y familiar como su propio
ser. En general, el usuario ni sabe ni le interesa cómo se genera la tecnología y mucho
menos cómo esta construida. Lo importante, para él, es que le sirva para hacer con ella lo
que necesita y requiere de manera más fácil y eficiente. Por ello, aunque la tecnología
constantemente se está produciendo, renovando o mejorando, el usuario la adquiere de
forma semejante a como lo hace cuando compra en el mercado su fruta, sus verduras o su
carne para comer. Propiamente hablando, el usuario normal depende de la tecnología para
subsistir de la manera como estamos acostumbrados, pero rara vez genera técnicas
particulares para trabajar con ella. De hecho, sólo un maniático perdería el tiempo
pensando en una técnica especial para encender, digamos, la luz o calentar agua en la
estufa.

Ahora bien, de alguna manera todos somos usuarios normales de la tecnología,


pero los otros tres mundos requieren no sólo de tecnologías que el usuario normal ni
necesita ni conoce, sino de técnicas muy especiales para llevar a cabo su trabajo de
manera exitosa. Pero veamos primero rápidamente algunas características del usuario
profesional.

Dentro del mundo profesional, salvo en raras ocasiones, se busca y se adquiere


tecnología de manera muy semejante a como lo hace el usuario normal, pero dicha
tecnología, en general, es más especializada de la que tenemos, digámoslo así, en casa.
No obstante, una vez que se adquiere, dicha tecnología se vuelve para el profesional tan
transparente como para el usuario normal. En ese sentido, podemos decir que lo que más
le importa al profesional no es la tecnología que utiliza para trabajar, sino las técnicas que
la experiencia le ha enseñado que son las más adecuadas para resolver las cuestiones que
surgen relacionadas con su propia profesión. Con esto quiero decir que si tenemos a dos
individuos con exactamente la misma profesión y los dos utilizan exactamente la misma
tecnología, lo único que los va a diferenciar son sus técnicas de trabajo. Mientras más
exitosas sean sus técnicas, más exitoso y más diestro será el profesional. Lo curioso del
caso es que las técnicas del profesional evolucionan, cambian o se transforman conforme
evoluciona, cambia o se transforma su tecnología. Esto es, normalmente cuando el
profesional adquiere una nueva tecnología, se verá en la necesidad de abandonar viejas
técnicas o de idear otras novedosas que se adapten al uso de la tecnología recién
adquirida. La estrechísima relación que se mantiene entre las técnicas que utiliza el
profesional y su modificación, novedad o incluso abandono por la introducción de una
nueva tecnología es lo que a veces nos confunde y nos lleva a suponer que hay alguna
clase de sinonimia entre ‘técnica’ y ‘tecnología’. Esta confusión de alguna manera se
explica por el hecho de que normalmente la tecnología que utiliza el profesional para
hacer su trabajo no se ve. Como dije arriba, ésta se asimila como parte integral de su
cuerpo y lo que resalta entre un profesional y otro no es, propiamente hablando, su
tecnología, sino sus técnicas para resolver los problema s que enfrenta. No obstante, las
técnicas del profesional dependen en más de un sentido de la tecnología que emplea, por
lo que hay que reconocer que aunque ‘técnica’ y ‘tecnología’ sean términos diferentes y
que ellos refieren a cosas muy distintas, de todos modos hay una estrechísima relación
entre ellas.

El técnico, no cabe duda, pertenece a la categoría de los profesionales, pero a


diferencia de los que describimos arriba, su actividad cotidiana gira alrededor del
conocimiento, funcionamiento y construcción interna de la tecnología existente. Su labor
cotidiana la podríamos equiparar con la de un médico, pero en este caso sus “pacientes”
constantemente evolucionan, cambian, se transforman, etc. Su trabajo como profesional,
por lo mismo, le exige estar siempre al día de todo lo que acontece al interior de la
tecnología que él tiene que mantener activa. El técnico, hay que reconocerlo, es una pieza
clave para que el mundo de la tecnología gire de manera normal. La actividad, habilidad
y destreza de su trabajo, esto es, su técnica, es lo que le permite al usuario normal y al
profesional desentenderse de la tecnología que utilizan en su vida diaria. Con esto quiero
decir que sin buenos técnicos el mundo de la productividad decaería, se entorpecería o
simplemente se detendría. No obstante su importancia, la sociedad, en general, tiende a
no valorar el trabajo del técnico. La razón la dimos más arriba: la labor del técnico no se
ve cuando la tecnología funciona de manera normal y la tecnología que trabaja de manera
normal tampoco se ve. Esto es, el técnico sólo resalta cuando la tecnología es nueva o no
funciona como se esperaba, pero como su labor consiste en que ella funcione
correctamente, la importancia de lo que él hace cotidianamente simplemente ni se valora,
ni se detecta, lo cual es una pena si consideramos que la producción de bienes y servicios
más el confort de la vida diaria dependen de él.

Pese a la enorme importancia que el técnico juega en nuestras vidas, su labor no


podría existir sin la que realiza el tecnólogo. De hecho, el técnico repara y le da
mantenimiento a lo que el tecnólogo desarrolla, lo cual implica una muy estrecha relación
entre el quehacer de uno y otro. Por otro lado, aunque actualmente la ciencia y la
tecnología se consideran actividades diferentes, lo cierto es que, desde su origen, el
trabajo del tecnólogo siempre ha estado íntimamente ligado al conocimiento de las leyes
naturales y, por lo mismo, su relación con la ciencia siempre se ha establecido de manera
natural. Es más, la ciencia, tal cual la entendemos en nuestro tiempo, no hubiera podido
desarrollarse sin la ayuda del tecnólogo y la gran mayoría de lo que normalmente se dice
que son los triunfos de la ciencia, en realidad le pertenecen a la tecnología. Pero la
tecnología, como reiteradamente lo he dicho, en general, no se ve, por lo que sus
constantes logros e impresionantes desarrollos difícilmente se le adjudican al tecnólogo.
No obstante, nuestro mundo no sería lo que es ahora sin tecnólogos, ya que son ellos los
que se encargan, primero, de detectar los problemas o necesidades que confrontamos
cotidianamente para, después, idear y generar, con sus técnicas de trabajo y materiales
disponibles, los instrumentos, utensilios, herramientas o artefactos que, una vez que salen
al mercado, la humanidad utiliza para que su vida sea más simple, más fácil, más
cómoda, más agradable, más efectiva o más eficiente. En realidad, la evolución de la
humanidad depende del desarrollo tecnológico, por lo que al tecnólogo le debemos
agradecer que hayamos salido de las cavernas y la posibilidad de construir y seguir
construyendo lo que la sociedad requiere para continuar impulsando su propio
crecimiento. Lo que es interesante considerar en el caso del tecnólogo, es que él está
construyendo la tecnología que aún no existe y lo logra apoyado fundamentalmente en
sus propias técnicas de trabajo. Esto no quiere decir que actualmente el tecnólogo no
utilice tecnología para trabajar, sino que lo relevante en su caso es el uso de las técnicas
aprendidas que le permiten desarrollar nueva tecnología. Evidentemente, este hecho
también contribuye a diluir la distinción entre ‘técnica’ y ‘tecnología’. Sin embargo, me
parece que es suficiente recordar que ‘técnica’ refiere a la actividad, habilidad y destreza
del tecnólogo, mientras que ‘tecnología’ refiere a los instrumentos, utensilio,
herramientas, artefactos, etc., que el tecnólogo construye con el auxilio de sus técnicas. Si
se entiende esta diferencia, me parece que es suficiente para evitar que la gente se
confunda y piense que el uso de estos términos puede ser intercambiable cuando en
realidad no es así.

BIBLIOGRAFÍA

HEIDEGGER, Martin, "The Question Concerning Technology", Martin Heidegger:


Basic Writings from "Being and Time" (1927) to "The Task of Thinking" (1964), editada
por David Farrell Krell, Harper, San Francisco, 1993, pp. 307-342.
ORTEGA Y GASSET, José, Meditación de la técnica, El Arquero, Revista de Occidente,
S. A., 2ª Ed., 1977
QUINTANILLA, Miguel Ángel, Técnica y Cultura, Filosofía de la Tecnología, Teorema,
Vol. XVII/3, Ed. Electrónica agosto 2000
TECNOLOGIA Y ETICA54
Nydia Lara Zavala

Cuando pensamos en los alcances destructivos generados por el uso y abuso de la


tecnología moderna, caemos en la cuenta de que un análisis en torno a la relación
tecnología y ética parece ser no sólo un tema interesante o importante en nuestro tiempo,
sino necesario. Esto es claro sobre todo si consideramos algunos de los efectos
catastróficos que está ocasionando la utilización de ciertas tecnologías en nuestro planeta.
Pensemos, por ejemplo, en la basura radioactiva de nuestras plantas nucleares, o en la
contaminación ambiental producida por nuestras fábricas y automóviles. En este caso,
como en muchos otros, lo que llama la atención es que lo que institucionalmente
preocupa no es el efecto mismo (es decir, la producción de contaminantes que afectan la
ecología del planeta), ni siquiera el efecto del efecto en la salud de los individuos que
quedan expuestos a dichos contaminantes. Las redes institucionales, que en principio
podríamos pensar que tienen el deber moral de proteger a los miembros de la sociedad
que les dan vida y vigencia, cada vez que enfrentan un problema ecológico o de salud,
optan por tratar de solucionar el o los problemas ocasionados por esa tecnología,
estimulando la producción de nuevas tecnologías que ataquen, en lugar de las causas que
producen los problemas, sus efectos.
Sin duda alguna, con este proceder se logra mantener continuamente activa la red
de investigación científico-tecnológica. Sin embargo, lo que de alguna manera indigna es
que parece que basta que cierta tecnología quede institucionalmente aceptada, para que
ya no parezca importante reflexionar sobre la conveniencia o inconveniencia de su uso
para evitar sus efectos nocivos. La maquinaria científico-tecnológica sigue su implacable
marcha y tiende a confrontar los problemas negativos que ella misma provoca como si se
trataran de eventos inevitables.
Ahora bien, si choca un cometa con la Tierra y destruye ciudades y mata a una
multitud de gente, evidentemente tenemos que reconocer y confrontar este evento como
inevitable. Sabemos que en cierto sentido muchos fenómenos naturales lo son. Sin
embargo, también sabemos que parte del quehacer científico consiste en estudiar los
fenómenos naturales que nos representan algún peligro, no sólo para entender y predecir
su ocurrencia, sino para ver si hay forma de tomar las medidas pertinentes para evitar, en
lo posible, el daño que dicho fenómeno pueda causar.

Asimismo, se reconoce que del conocimiento científico en general se desprende


otra interesante faceta. La que refiere a la posibilidad de entender y predecir, para

54 Este artículo fue publicado por el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencia y


Hu manidades de la UNAM, en la Colección Aprender a Aprender, en la s erie Tecnología: Conceptos,
Problemas y Perspectivas, México, 1999.
manipular, algunos de los fenómenos naturales. Evidentemente, aquí es donde la c iencia
y la tecnología fuertemente se vinculan una con la otra para lograr producir ciertos
efectos que se controlan a voluntad. Desafortunadamente, la manipulación de la
naturaleza es lo suficientemente complicada como para que no siempre responda a
nuestras expectativas de absoluto control. En muchas ocasiones nos topamos con el
hecho de que junto con lo que queríamos provocar acontecen efectos secundarios
indeseables que nos gustaría poder eliminar.

Hablando en términos metodológicos el proceder del científico para comprender


las causas de un fenómeno natural que nos representa algún peligro y el de un efecto
indeseable producido por nuestra tecnología se parecen. En los dos casos, la labor del
científico consiste en analizar los patrones de regularidad que propician la producción del
fenómeno, no sólo para entenderlo y predecirlo, sino para encontrar el mejor camino para
controlarlo o evitarlo. En este sentido, un científico puede dedicar su vida a estudiar el
fenómeno radioactivo para tratar de encontrar la manera de evitar la producción de la
basura radioactiva o, en su defecto, de neutralizar los efectos no deseados que nos dañan
o contaminan al producirse. Si dicho científico logra su objetivo, ¡estupendo! Los
resultados de su investigación derivan en el descubrimiento de una manera de eliminar
los daños que ocasiona la producción de dicha basura. Pero lo que no se puede pasar por
alto es que la producción de la basura radioactiva no es un problema inevitable en el
mismo sentido que lo es que un cometa choque con la tierra y mate o dañe a sus
habitantes o produzca una terrible contaminación. Aun suponiendo que el daño y la
contaminación producidos por la basura radioactiva y el producido por el choque del
comenta con la Tierra sea en términos generales idéntico, un acontecimiento y el otro
éticamente hablando no pueden tratarse, estudiarse y confrontar su solución de manera
idéntica. La razón es obvia, en el caso de un fenómeno natural devastador no existen
agentes morales responsables del acontecimiento negativo, en tanto que en el caso de los
efectos negativos generados por el uso de una tecnología que social e institucionalmente
se sabe y reconoce como dañina, no se puede ignorar y menos aún pasar por alto el hecho
de que, por ocultos que estén, sin duda alguna hay agentes morales que directamente son
responsables de los daños generados por el uso prematuro de tecnologías nocivas.

Cabe aclarar que no estoy tratando de sostener nada semejante a las posturas que
presentan a la tecnología como intrínsecamente amenazante o dañina para el planeta y sus
habitantes. Creo que dichas posturas no sólo no consideran hasta qué punto nos hemos
beneficiado con ella, sino en qué medida actualmente dependemos de sus logros para
sobrevivir. Lo que estoy tratando de decir es que la gran mayoría de los efectos dañinos
que producen algunas tecnologías no son inevitables, sino que sus perjuicios responden
más bien a su uso masivo prematuro. Voy a tratar de explicar esto último.

Dada cierta situación, hay ocasiones en que toda nuestra ciencia y tecnología son
incapaces de prevenir, evitar o retrasar un fenómeno natural, como podría ser, por
ejemplo, el choque de un cometa con la Tierra. Este evento no se puede aplazar hasta que
se encuentre la solución que permita eludir los daños que sabemos va a causar el choque.
Pero no es éste el caso de una tecnología que se ha comprobado que es dañina para el
planeta y sus habitantes. Una tecnología que hace estragos puede, si se quiere y conviene,
no eliminarse del mundo de la investigación científico-tecnológica, pero sí podemos
aplazar su uso masivo hasta encontrar la manera de solucionar los problemas que
ocasiona o puede ocasionar. En mi opinión, el conflicto que está detrás de lo que nos hace
ver en la tecnología una amenaza es el hecho de que, evidentemente, aplazar el uso de
una tecnología dañina normalmente no es la política que se sigue. Las razones que
justifican el uso prematuro de una tecnología nociva son de muy diversa índole. En este
trabajo, empero, no voy a analizarlas. Mi tema es otro: el que atañe al ocultamiento de los
agentes morales que promueven, construyen o utilizan una tecnología, conscientes de sus
posibles destrozos. Aquí, pues, más que cualquier otra cosa, me interesa revisar algunas
de las ideas básicas que conforman el código moral que socialmente nos justifica a actuar
de manera irresponsable ante las situaciones destructivas que nosotros mismos
promovemos y creamos. Para ello, me gustaría señalar que, tal como yo lo veo, el
denominado ‘problema de la tecnología’, que seriamente se trabaja cuando menos desde
la segunda guerra mundial, en buena medida responde al conflicto que se suscita al tratar
de reconciliar dos visiones encontradas respecto a la manera como la tecnología afecta la
vida de los seres humanos en función de su desarrollo y uso. Permítaseme especificar ese
punto.

Históricamente hablando, tenemos, por un lado, la tradición baconiana que nos


presenta el desarrollo tecnológico no sólo como un arma indispensable para la
sobrevivencia humana, sino como la panacea que le dará al hombre el control del
acontecer de la naturaleza y, junto con él, la posibilidad de liberarlo de los trabajos
pesados, peligrosos y repetitivos. Con el tiempo, se nos dice, gracias al desarrollo
tecnológico el humano disfrutará de los momentos de ocio que requiere para
perfeccionar y ampliar todas sus capacidades intelectuales y creativas. No obstante, por
otro lado, topamos con los horrores de la práctica, donde ampliamente se reconoce que no
sólo la supervivencia humana, sino la vida del planeta que la sostiene está amenazada por
la misma tecnología que en principio tiene como fin conservarla. Nicola Abagnano, por
ejemplo, desde 1974, menciona en su Diccionario de Filosofía cuáles son los cinco
puntos negativos más recurrentes en la literatura ligados a las consecuencias del
desarrollo tecnológico. Estos son:

1) La explotación intensa de los recursos naturales más allá del límite de su


recuperación espontánea y, por ende, el empobrecimiento rápido y progresivo de
tales recursos.
2) La contaminación del agua y del aire debido a los desechos industriales, a la
multiplicación de los medios mecánicos de transporte y al aumento de la
población.
3) La destrucción del paisaje natural y de los monumentos históricos y artísticos
debida a la multiplicación de plantas industriales y a la indiscriminada extensión
de los centros habitados.
4) El sometimiento del trabajo humano a las exigencias de la automatización, que
tiende a hacer del hombre un accesorio de la máquina.
5) La incapacidad de la tecnología de ir al encuentro de las necesidades estéticas,
afectivas y morales del hombre y, en consecuencia, su tendencia a favorecer o
determinar el aislamiento de los individuos y su incomunicabilidad recíproca.
En todos estos puntos, lo que llama la atención son dos cosas. La primera, como lo
mencioné más arriba, tiene que ver con el doble papel que se le asigna a la tecnología ya
que, bien analizado, son los mismos puntos negativos que se le adjudican los que en
principio se dice que deben de encontrar solución a través del desarrollo tecnológico
mismo. La segunda tiene que ver con la manera de tratar de entender las causas negativas
de la tecnología. En este caso, la responsabilidad de sus efectos nocivos se le adjudica a
la misma tecnología, no a sus promotores, creadores o usuarios. Los humanos aparecen
en escena más bien como las víctimas que sufren y padecen las consecuencias
destructivas de sus mismas armas de supervivencia.

El agotamiento de los recursos naturales, la contaminación del aire y de l agua, la


destrucción de los paisajes y de nuestros monumentos culturales, la subordinación del
hombre a la máquina, así como la carencia de valores estéticos, afectivos y morales se
presentan como la consecuencia de una acción que se desarrolla con total independencia
de los seres que la promueven, la producen y la utilizan. Visto así, Abbagnano, como
muchos otros, piensan que es correcto hablar de la tecnología como si efectivamente ella
fuese capaz de realizar las acciones benéficas o desastrosas de las que gozamos o
padecemos por su propia cuenta. Bajo esta perspectiva, todo parece indicar que lo único
que pueden hacer los seres humanos frente a los efectos nocivos de la tecnología es lo
mismo que hacen cuando tienen que enfrentar los efectos nocivos de un fenómeno
natural, es decir, buscar y encontrar un camino que nos ayude a tratar de prevenirlos o
neutralizarlos analizando los problemas de manera científica para encontrar soluciones
técnicas viables. Pero las cosas no son tan simples.
Como lo mencioné más arriba, los problemas generados por la tecnología no son
problemas que puedan ser analizados y confrontados de la misma manera que se analizan
y confrontan los desastrosos efectos que pueden ser causados por fenómenos naturales.
En el caso de los efectos nocivos de una tecnología lo que es importante reconocer es que
hay agentes humanos con el poder y la capacidad no sólo de prevenirlos sino de evitarlos
a voluntad.

Ahora bien, según Platón, nadie hace un daño de manera voluntaria, por lo que
cuando una acción humana genera un daño, lo que normalmente sucede es que hay
involucrado un error intelectual, esto es, un desconocimiento de los resultados o
consecuencias de la acción realizada. Aristóteles, sin embargo, claramente distingue entre
error intelectual y responsabilidad moral. Un daño causado por falta de conocimiento en
efecto puede catalogarse como un inocente error intelectual, pero si de antemano se sabe
que el uso de cierta tecnología está provocando un daño y continuamos utilizándola, es
evidente que no estamos lidiando con un problema de ignorancia, sino con uno que atañe
a nuestra responsabilidad moral. La verdad, sin embargo, es que nadie deja de comprar
un auto porque produce contaminantes que dañan la ecología del planeta y aun nuestra
propia salud. La necesidad de resolver un problema práctico de transporte parece
suficiente para justificar nuestra acción. De hecho, tendemos a sentirnos víctimas que
padecemos la carencia de una alternativa en el mercado que nos permita solucionar
nuestro problema personal de transporte sin dañarnos. Pensamos y nos justificamos
diciendo que ni el problema ni su solución dependen de nosotros, cuando en realidad
nosotros mismos formamos parte de los agentes que, por medio de nuestras acciones,
contribuimos a producir los contaminantes que nos afectan. Pero aun sabiendo esto, no
dejamos de comprar autos que contaminan. Nos quejamos del problema que nos
representa la contaminación y pensamos que hay instancias gubernamentales que tienen
el deber de tomar cartas en el asunto y exigirles a los fabricantes de autos que busquen la
manera de darle una solución. Y lo hacen. La Ford, por ejemplo, tiene todo un centro de
investigación dedicado a este asunto. Las instituciones gubernamentales dan plazos
razonables para que la red científico-tecnológica trabaje el problema y lo resuelva. En el
inter, sin embargo, sufrimos las consecuencias causadas por la tecnología que utilizamos
como un hecho inevitable y culpamos a la tecnología por los desastres que ocasiona, no a
nosotros.
Detrás de esta actitud obviamente no sólo hay una lógica, sino un código moral
socialmente establecido que nos permite seguir justificándonos y evadiendo nuestra
responsabilidad culpando a otros. Para entender el trasfondo moral que justifica nuestra
actitud, en este trabajo yo me impuse la tarea de averiguar sus fuentes, sus motivos y las
razones que se esbozan para ver culpables siempre fuera de nosotros y nunca
responsabilizarnos de las situaciones nocivas que sabemos con certeza que son posibles
de evitar o controlar. Lo que quiero sostener es, pues, que el denominado ‘problema de la
tecnología’ involucra una cuestión directamente relacionado con una postura ética y que,
por lo mismo, no se puede pretender encontrar una vía de solución recurriendo única y
exclusivamente a lo que puede, en principio, evitarse a través de la investigación
científico-tecnológica.

Para mostrar esto, voy a empezar por aclarar que la rama de la filosofía que se
denomina ‘ética’ se inicia con Sócrates durante el siglo V a.C. El problema filosófico
surgió cuando Sócrates se impuso la tarea de mostrarles a sus contemporáneos que había
la necesidad de ser más críticos respecto a las creencias que fundamentaban muchas de
sus prácticas cotidianas. Para entender la preocupación de Sócrates hay que tomar en
cuenta que la sociedad griega del siglo V a.C. vivía en ese momento una situación de
cambios sociales interesante para el tema que nos ocupa. Grecia, en ese entonces, pasaba
de ser una monarquía agraria a una democracia comercial e industrial. Nuevas reglas de
conducta fueron introducidas por los requerimientos del mercado económico, donde el
dinero empezó a adquirir mucha más importancia que la sangre ennoblecida. El nuevo
mundo parecía reducirse a una sociedad de vendedores y co mpradores cuyo quehacer de
alguna forma impulsaba de manera natural al desenvolvimiento de una industria y una
tecnología científica propias, obviamente con sus respectivos valores e intereses
intrínsecos. El código de honor, que previamente guiaba la cond ucta de la aristocracia en
decadencia, poco a poco se sustituyó por el de la conveniencia. Lo socialmente bueno o
malo fue reemplazado por la valoración subjetiva o por consideraciones relacionadas con
el parecer personal. En este ambiente de comercialización, no sólo de objetos, sino de
valores sociales, surgió la ética, entendida como el ‘arte de vivir’ o ‘del cuidado del
alma’. Sócrates, de hecho, la conceptualizó como una actividad semejante a la medicina y
la puso en práctica convencido de que se trataba de una especie de higiene mental. Él
pensó que con las armas de la razón individual era factible encontrar los principios éticos
que nos dieran luz sobre las formas de conducirnos para que de alguna manera se
lograran reconciliar los intereses meramente personales con los del bien común.
Desafortunadamente, Sócrates no nos pudo dar una respuesta satisfactoria a este
problema, por lo que, hasta la fecha, la búsqueda de principios éticos que nos permitan
dirimir el conflicto entre el bien personal y el soc ial es justo uno de los temas
fundamentales que trabaja la ética filosófica.55

Ahora bien, quiero hacer notar que es sólo por el énfasis que la misma actividad
social reinante le da a los intereses individuales, que surge el contraste entre el bien
personal y el bien común. Como efecto de este conflicto el problema ético aparece. La
gestación de la dificultad ética presupone, por lo tanto, la idea de individuo, concebido
como una entidad distinta e independiente del contexto material y social del que emerge.
Curiosamente fue el griego el que anteriormente utilizó el término , de donde se
deriva la palabra ‘idiota’, para referirse a aquellos individuos que sólo se preocupaban
por encontrar solución a sus asuntos o problemas personales 56 . En este sentido, Sócrates,
al enfatizar de la manera como lo hizo, la importancia en el auto-conocimiento y el
cuidado del alma individual, gestó los primeros pasos para estructurar el código moral del
idiota, es decir, del individuo auto-suficiente que se declara libre para definir y decidir
sus acciones, sin tomar en cuenta lo que éstas pueden provocar en el resto del mundo que
lo cobija.
Los siglos XVII y XVIII, que vieron caer el sistema feudalista para darle entrada a la
edad de la democracia industrial del mundo moderno, vivió situaciones semejantes a las
que dieron origen al conflicto ético que se gestó en el siglo V a.C. En este caso, como en
el anterior, se retoman muchas de las prácticas sociales que conforman la actitud de lo
que estoy llamando ‘el código moral del idiota’. Sin embargo, el desarrollo del comercio
y la industria de nuestra modernidad van acompañados de otras empresas. Dentro de ellas
podemos destacar la exploración y el descubrimiento de nuevas regiones del mundo y del
cosmos mas todos los avances teóricos y tecnológicos que dan lugar a la revolución
científica. El reconocimiento de la pluralidad cultural aunado a la nueva cosmovisión del
hombre y su mundo dan pie al cientificismo metafísico que empieza a hablar del cerebro
como el elemento que nos permite acceder al conocimiento de la realidad material. Se
introduce así la teoría causal de la percepción y con ella se crean las bases del solipsismo,
esto es, de la doctrina que sostiene que no hay más realidad que la que uno percibe y
experimenta de manera directa. Con esto no sólo se exacerba el individualismo sino que
surge la duda de la existencia de otras mentes. Como uno de sus resultados, se plantea la
separación metafísica de la realidad material y la mental. Se interpreta el mundo material
como un conjunto de átomos en movimiento que obedecen ciegamente las leyes de la
mecánica. Por analogía, se habla de la sociedad como un agregado de individuos aislados
y se buscan las causas que motivan la conducta social en el interior del individuo. Con
base en las supuestas “leyes” de la biología y la psicología, se introduce la aberrante idea
de que la obtención de placer es el objetivo de todas las acciones humanas y se sostiene
que las nociones de ‘bien’ y ‘justicia’ derivan de las sensaciones de placer y dolor.
Como es de suponerse, un código moral que exalta, como guía de la conducta social,
la obtención de placer o, en su defecto, evitar el dolor, tiene que confrontar serias
dificultades para integrar el interés individual con el social. De hecho, la exaltación del

55 Raziel Abelson y Kai Nielsen, “History of Ethics”, Encyclopedia of Philosophy, T. 3, p. 82.


56 R.S. Peters y C.A. Mace, “Psychology”, Encyclopedia of Philosophy, T. 7, p. 4
placer individual cancela toda posibilidad de promover el bienestar común y la actividad
colectiva. Como atinadamente lo reconoció Thomas Reid, cualquier doctrina que
proponga al placer como la medida del bien, lo único que logra es rebajar el objetivo de
la acción humana al nivel de la existencia puramente animal. Desgraciadamente, yo creo
que algo más vil promueve el código moral del idiota.
El desarrollo tecnológico está socialmente inmerso en un mundo que hábilmente
establece el divorcio entre lo mental y lo material. Esto propicia tratar al ser humano peor
que a un animal. El trabajador, visto como un elemento material, adquiere la categoría
ínfima de un componente más de la maquinaria industrial. Dicha maquinaria, empero, es
vista como aquello que fabrica los bienes que requieren los individuos para ser felices.
De aquí surge la doble reputación de la tecnología. Como lo vimos más arriba, por un
lado, se dice que ella relega al ser humano a la categoría de engrane, por otro lado, se
dice que su desarrollo es la promesa del bienestar “común”. Éticamente hablando, se dan
las pautas para estructurar las bases del utilitarismo, doctrina que sostiene que el
sacrificio de “algunos” se justifica en aras de la obtención del bien para el mayor número
de gente.

Detrás de ello está, por supuesto, la identificación del bien con el placer,
identificación que, a su vez, le da al comercio una dinámica social propia. La moda, lo
mejor o lo nuevo se vuelven el objeto de deseo, tanto para los que tienen la economía
para acceder a ello, como para los que no la tienen. La “realización” personal no tiene
nada que ver con el trabajo que se desarrolla, sino que se limita a tratar de obtener los
“bienes” que el comercio ofrece. El objetivo del trabajador es ganar más para obtener
más “bienes”. Dichos bienes son, por supuesto, los objetos del mercado y no hay nada
espiritual en ellos. Convenientemente se ignora lo que propiamente debería entenderse
como el bien social, ya que el bien común, o la retribución que la sociedad le ofrece al
individuo, queda tramposamente identificado con los objetos que produce el mercado.
Los principios de productividad y eficiencia se vuelven los valores que mueven a las
sociedades industrializadas. Dichos valores no tienen otro objetivo que el de la
producción de los ahora denominados ‘bienes de consumo’. Desafortunadamente, junto a
ellos están dadas todas las condiciones sociales que nos hacen ver en los objetos de
consumo la obtención de la felicidad personal. Si esto implica aplicar tecnologías
contaminantes que causen daños en la salud o acaben con los recursos naturales, no nos
importa. Los efectos dañinos de la tecnología se ven como problemas ajenos a nuestro
objeto de deseo. De hecho, dentro de las premisas del utilitarismo que rigen las políticas
sociales del consumo, está inmersa la idea de que a otros les compete ver la manera de
quitarle “al bien” lo indeseable, no a nosotros. Pero tratemos de entender cómo se
justifica esta actitud de indiferencia ante los daños que genera la aceptación de productos
contaminantes revisando brevemente algunas de las premisas que fundamentan al
utilitarismo moral que rige a nuestras sociedades de consumo.

El utilitarismo sostiene que una acción debe catalogarse como correcta o incorrecta
dependiendo de lo bueno o lo malo que acarreen sus consecuencias. J.J.C. Smart, empero,
reconoce que hay cuando menos dos formas de utilitarismo: el que habla de las acciones
particulares y el que habla de las acciones reguladas 57 . En la primera, nos dice Smart, lo
que se considera es la acción individual, por lo que las consecuencias buenas o malas de
estas acciones se miden en relación a lo que se obtiene individualmente con ellas. La
segunda no considera importantes las acciones particulares, sino las consecuencias
buenas o malas que acarrea la adopción de una regla general, como puede ser, por
ejemplo, la regla que dice “Paga tus deudas”. La adopción de una regla, sin embargo,
puede ser interpretada de dos maneras diferentes. Como una regla que el individuo puede
o no aceptar, o como una regla institucional, es decir, socialmente aceptada. La regla
socialmente aceptada, sin embargo, tiene, a su vez, dos modalidades: la moral y la legal.
En realidad, en nuestra sociedad nosotros jugamos con las dos. Hay una clase de deudas,
por ejemplo, que podemos pagar o no según nuestra conveniencia y socialmente se puede
ver mal, pero legalmente no pasa nada. Empero, hay otra clase de deudas que, si no las
pagamos, son legalmente sancionadas. De aquí la idea de que lo que no está legalmente
prohibido está permitido y lo permitido, según lo establece el utilitarismo, esta
íntimamente ligado con las consecuencias buenas o malas que acarreen nuestras acciones.
Ahora bien, dejando de lado las acciones legalmente reguladas, tenemos que
reconocer que nosotros constantemente podemos optar por dos clases de acciones: las que
consideran las consecuencias buenas o malas a nivel particular y las que consideran las
consecuencias buenas o malas a nivel social. Aquí tendemos a hacer otra división. Desde
la perspectiva que justifica el código moral del idiota, se considera que hay una gama de
acciones que dependen directamente del parecer individual. Dentro de ellas está, por
supuesto, la elección de lo que individualmente se decide consumir. Pero la producción
de bienes de consumo aparentemente no depende directamente del consumidor, sino de
las instituciones que los producen. Suponemos, por lo tanto, que hay dos clases de
decisiones: las individuales, que definen qué “bienes” consumir y las institucionales, que
definen qué clase de “bienes” producir.

Los contaminantes que afectan la ecología del planeta y la salud de la sociedad en


general, evidentemente están ligados a los efectos secundarios de la tecnología que se
utiliza para la producción de bienes de consumo. Pero este problema se enfrenta de una
manera muy peculiar. Las consecuencias nocivas que se derivan del uso de ciertas
tecnologías están socialmente ligadas a la idea de que su finalidad es la producción de un
bien de consumo individual. Si la producción de dicho bien acarrea consigo la producción
de un mal, nosotros tendemos a penar que no tenemos ninguna responsabilidad moral
sobre dicho mal. Esto se justifica asumiendo que las acciones que producen el mal, si
bien nos afectan, no dependen de nuestras decisiones y, por lo tanto, sentimos que no
somos responsables de las consecuencias negativas que acarrean. Cómodamente
pensamos que los efectos negativos de las tec nologías utilizadas son el resultado de
decisiones y acciones de agentes que nada tienen que ver con nosotros. A esos agentes,
por lo tanto, les corresponde reparar el daño que gestan. El problema es que no es ni
medianamente claro quiénes podrían ser los agentes responsables del daño causado. En
este caso, tendemos a hablar de la tecnología, del gobierno o de las empresas como
agentes. Bien entendido, sin embargo, hay que reconocer que esos no son agentes. Se
presentan así porque hemos creado la distinció n conceptual entre el individuo y su

57 J.J.C. Smart, “Utilitarianism”, Encyclopedia of Philosophy, Vol. 8


sociedad. Pero estamos partiendo de un mito. Basta recapacitar en el hecho, mencionado
más arriba, de que nuestra noción de individuo no es más que el resultado del énfasis que
la dinámica comercial de la misma sociedad reinante le da a los intereses individuales
para darnos cuenta de que la distinción individuo-sociedad es totalmente espuria. No
obstante, tenemos que aceptar que mientras nos siga rigiendo el código moral del idiota,
el mito del individuo seguirá vigente y con él la amenaza, no de la tecnología, sino el de
la irresponsabilidad moral que sin duda alguna nos está conduciendo a acabar con los
recursos naturales del planeta y, en consecuencia, con nosotros mismos.

BIBLIOGRAFÍA

ABBAGNANO, Nicolas, Diccionario de Filosofía, Alfredo N. Galletti (tr.), 2ª ed., Fondo


de Cultura Económica, México, 1963, 1092 pp.
ABELSON, R. y Nielsen, K., “History of Ethics”, Encyclopedia of Philosophy, T. 3,
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BACON, Francis, New Atlantis, Britannica Grat Books, The University of Chicago,
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PETERS, R.S y Mace, C.A., “Psychology”, Encyclopedia of Philosophy, vol. 7,
Macmillan Publishers, London, 1967, 1-27 pp.
SMART, J.J.C., “Utilitarianism”, Encyclopedia of Philosophy, vol. 8, Macmillan
Publiahers, London, 1967, 206-212 pp.