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Aristóteles y los cielos silentes.

Carolina Durán.
Instituto Filología Clásica, F. F. y L., UBA.
No busques llegar a ser Zeus...
A los mortales cosas mortales les cuadran.
Píndaro, Ístmicas, V, 14.

Resumen

La teoría de la música de las esferas es una de las más antiguas doctrinas que ha perdurado
con renovadas formulaciones en la historia del pensamiento científico y filosófico
occidental hasta avanzado el siglo XVII. En su más simple formulación, establece que los
planetas en los cielos, en su ordenado girar, producen un sonido armonioso. Aristóteles,
crítico de la historia de la filosofía, evaluó esta teoría en el libro segundo de Acerca del
cielo y estableció ciertas observaciones. Su análisis destaca principalmente la incapacidad
humana de realizar una experiencia perceptiva de tal fenómeno. Proponemos en este
artículo una revisión de estas consideraciones aristotélicas sobre la música celestial, así
como articulaciones con otros aspectos de la cosmología presentados en Acerca del cielo,
la teoría del éter. Estos desarrollos tendrán particular importancia en la recepción y
reelaboración de la doctrina de la música cósmica en autores medievales, en la medida en
que reingresa al Occidente latino el corpus aristotélico.

Palabras clave

música de las esferas, Aristóteles, Acerca del cielo, éter.

Abstract
The theory of the music of the spheres is one of the oldest doctrines that has endured with
renewed formulations in the history of Western scientific and philosophical thought until
the late seventeenth century. In its simplest formulation, it establishes that the planets in
the heavens, in their orderly turning, produce a harmonious sound. Aristotle, a critic of
the history of philosophy, evaluated this theory in the second book of On the heavens and
established certain observations. His analysis highlights mainly the human inability to
realize a perceptive experience of such a phenomenon. We propose in this article a review
of these Aristotelian considerations on celestial music, as well as articulations with other
aspects of cosmology presented in On the heavens, the ether theory. These developments
will be particularly important in the reception and re-elaboration of the doctrine of cosmic
music in medieval authors, insofar as the Aristotelian corpus re-enters the Latin West.
Key words
music of spheres, Aristotle, On the heavens, ether.

Introducción
La teoría de la música de las esferas es una de las más antiguas doctrinas que ha perdurado
con renovadas formulaciones en la historia del pensamiento científico y filosófico
occidental hasta avanzado el siglo XVII –descontando una larga serie de referencias
literarias1–. En su enunciación más simple establece que los planetas en los cielos, en su
ordenado girar, producen un sonido armonioso. Se trata de una visión que conjuga
elementos científicos y metafísicos con una perspectiva estética, y constituye un modelo
explicativo de los fundamentos últimos del universo potente y atractivo.

Sus primeras formulaciones conservadas se encuentran en la obra platónica, en


Timeo 34c-36b y República X, si bien pueden considerarse antecedentes propiamente
pitagóricos los fragmentos de Filolao2. Es en el relato del mito de Er donde se presenta
un modelo del firmamento compuesto por hemisferios concéntricos que giran en
direcciones y velocidades diferentes, esferas –o semiesferas3– que en su continuo rotar
expresan un universo acústico-musical en acto: “y encima de cada uno de los círculos iba
una sirena que daba también vueltas y lanzaba una voz siempre del mismo tono; y de

1
Estas abarcan desde La Divina Comedia de Dante, El Mercader de Venecia y Pericles de Shakespeare, la
Oda a Salinas de Fray Luis de León, El parlamento de los tontos y Troilo y Criseida de Chaucer, Madrigal
de Bateson, La mañana del nacimiento de Cristo y El paraíso perdido de Milton, Huidibras de Samuel
Butler, Las victorias del amor de Coventry Patmore, el poema A la rosa sobre la cruz de los tiempos de W.
B. Yeats.
2
“La naturaleza en el mundo advino armónica a partir de ilimitados y limitantes, tanto el universo como
todo lo que contiene”, (Fr. 1); “La extensión de la armonía está formada por la cuarta y la quinta. La quinta
es mayor que la cuarta en un tono entero. En efecto, desde la cuerda más alta hasta la media hay una cuarta;
desde la media hasta la más baja hay una quinta. Y desde la más baja hasta la tercera hay una cuarta, desde
la tercera hasta la más alta hay una quinta. Entre la tercera y la media hay un tono entero. La cuarta<es
expresada por la relación> de 3 a 4, la quinta <por la relación> de 2 a 3, la octava por <la del> doble. Así
la escala musical <abarca> 5 tonos enteros y dos semitonos menores, la quinta 3 tonos enteros y 1 semitono
menor, la cuarta 2 tonos enteros y un semitono menor” (Fr. 6b). Las citas corresponden a Eggers Lan, Juliá
(1986). Se ha modificado mínimamente la traducción, manteniendo a la voz armonía que en la traducción
citada es traspuesta por “escala musical”.
3
El término griego es periphoràs. La traducción por “esferas” ha sido cuestionada. Eggers Lan (1986) lo
traduce por revoluciones; así también en Bares (1993).
todas las voces, que eran ocho, se formaba un acorde” (617b) ‒en Timeo no hay referencia
acerca de la audibilidad de la estructuración musical del cosmos‒. En su compleja
formulación, la teoría establece una conjunción de elementos de diversas disciplinas:
aritmética, geometría, astronomía y música, las artes liberales que serán formalizadas por
Boecio como las propias del quadrivium.

Ahora bien, conocida es la tarea crítica llevada a cabo por Aristóteles en su


filosofar, caracterizada en buena parte por partir del análisis de sus antecesores. Como
con casi la totalidad de las teorías que circulaban en su momento, el Estagirita abordó la
cuestión de la música de las esferas y estableció ciertas observaciones. Proponemos en
este artículo una revisión de estas consideraciones aristotélicas sobre la música celestial,
así como articulaciones con otros aspectos de la cosmología presentados en Acerca del
cielo, que tendrán particular importancia en la recepción y reelaboración de esta doctrina
en autores medievales.

1. Cielos que no suenan.

La principal crítica aristotélica la hallamos en Acerca del cielo, texto en el que el


Estagirita se propone explicar una imagen del universo, su extensión espaciotemporal y
el orden entre sus diversos componentes4. En el segundo libro Aristóteles aborda
específicamente la música de las esferas. Para comprender las críticas que elabora a la
armonía celestial, comencemos por indicar que el filósofo subraya un hecho simple: una
armonía es un fenómeno acústico y, por este motivo, debe poder comprobarse con la
experiencia perceptiva. Admite que la formulación de una sinfonía celestial, en la que los
astros se mueven armoniosa y musicalmente, es elegante y llamativa, pero ello no implica
una correspondencia con la realidad (290b12-15). Su rechazo se fundamenta en una razón
empírica; si esta teoría es verdadera, ¿por qué no se escucha el sonar de los cielos?

Así lo presenta el Estagirita:

A algunos, en efecto, les parece forzoso que, al trasladarse cuerpos de semejante


tamaño, se produzca algún sonido, ya que también ‹se produce› con los próximos a
nosotros, aun no teniendo el mismo tamaño ni desplazándose con una velocidad
comparable: que, al desplazarse el sol y la luna, además de astros tan numerosos y
grandes, en una traslación de semejante velocidad, es imposible que no se produzca
un sonido de inconcebible magnitud. Suponiendo esto, así como que, en función de

4
Por supuesto, debe considerarse que en Física y Metafísica se encuentran elementos clave de la
construcción aristotélica cosmológica, sin olvidar, claro está, ciertas partes de Acerca de la generación y la
corrupción y de los Meteorológicos. Para un exhaustivo estudio de la temática véase Botteri-Casazza
(2015).
las distancias, las velocidades guardan ‹entre sí› las proporciones de los acordes
musicales, dicen que el sonido de los astros al trasladarse en círculo se hace armónico
(II, 290b15-23).
Continúa con la argumentación afirmando que quienes postulan la teoría toman
en consideración criterios similares, i. e., la forma de producción del sonido, que se debe
a la fricción o choque de cuerpos en movimiento. En Acerca del alma Aristóteles afirma
que la producción del sonido se debe al efecto de un golpe que se desplaza en dos medios
posibles: agua o aire (II, 8). El impacto debe producirse entre dos objetos sólidos, choque
que a su vez golpea el aire esparciéndolo. Anticipemos una particularidad del sistema
astronómico aristotélico: las esferas planetarias se hallan fijas dentro de esferas etéreas
que se mueven con el movimiento perfecto y eterno: el movimiento circular, de modo que
no se produciría en este caso impacto alguno. En sus críticas a la música celeste el
Estagirita sostiene que, dado que la experiencia nos confronta al hecho de que esta música
resulta imperceptible para nuestros oídos, quienes propugnan esta teoría se esfuerzan por
exponer la causa de que esto suceda de este modo: no hay un silencio con el cual
contrastar tal fenómeno al que estamos habituados (290b24-29), pues lo escuchamos
siempre desde que nacemos, sin tener plena conciencia de ello –por la incapacidad de
contrastar tal sonar, se entiende–. Aristóteles concuerda con que el discernimiento del
sonido y del silencio se correlacionan. Tal como quienes se acostumbran a grandes ruidos
por la constante y permanente emisión de los sonidos ‒ejemplifica con el caso de los
broncistas‒, así, nosotros no podemos oír a los astros con sus divinas melodías.

Es de destacar que este aspecto de la crítica aristotélica, el problema de la


inaudibilidad de la música de las esferas, representa un hito en las consideraciones acerca
de esta teoría, a tal punto que los autores subsiguientes que presentaron otras versiones
de esta doctrina incorporaron el argumento aristotélico, al que se responden –o en su
defecto dejan planteado el interrogante– de diversos modos. Recordemos que Cicerón,
quien realizó la primera formulación luego de la platónica, explica en el Somnium
Scipionis:

Los oídos de los hombres, abarrotados por este sonido, ensordecieron; y no existe
otro sentido más torpe en ustedes, así como, donde el Nilo se precipita desde
altísimas montañas hacia aquellas que se llaman Grandes Cataratas, ese pueblo que
habita en aquel lugar, por la magnitud del sonido, carece del sentido del oído. Aquí
en verdad, tanto es el sonido a causa del movimiento sumamente armonioso del
mundo entero, que los oídos de los hombres no pueden captarlo, así como ustedes
no pueden mirar el Sol de frente y su sentido visual es vencido por los rayos (5, 19)
5
.
Continuemos con el razonamiento aristotélico. El Estagirita si bien reconoce que
estas afirmaciones suenan bien y melodiosamente (290b30-31), reprueba, con todo, que
se busque justificar mediante diversos argumentos aquello que debería evidenciarse por
sí. Más aun, según Aristóteles, si las cosas sucediesen tal como propone la teoría, otros
signos en la naturaleza aparecerían evidenciando el fenómeno de la música cósmica:

En efecto, no solo es absurdo que no se oiga nada, de lo cual se esfuerzan por exponer
la causa, sino también que no haya ningún otro efecto al margen de la sensación (II,
290b32-33).
La crítica aristotélica prosigue enfatizando que, dado el tamaño de esos cuerpos,
el sonido debería ser descomunal pues el ruido llegaría con redoblada magnitud (291a1-
5)6. A continuación, atribuye esta teoría a “los pitagóricos” (291a8)7.

Si recapitulamos los planteos aristotélicos, resulta claro que el punto central de la


argumentación se sostiene en el movimiento de los planetas, lo cual es congruente con el
lugar privilegiado otorgado al estudio del movimiento en la cosmología y física del
Estagirita. Y es esta la cuestión a destacar: sucede que esta versión aristotélica de la teoría
pitagórica entendemos no representa con precisión los eslabones claves en los que se
estableció tal teoría, sino que, al ser tardía, incorpora elementos que podemos considerar
novedosos en su articulación. El movimiento de los astros a través de su medio produce
un sonido celestial, tomando como base la forma de producirse los sonidos en el mundo

5
Se consultó asimismo la edición latina Cicerone (1967) Somnium Scipionis. La inclusión de una cita de
Cicerón en este texto pretende dar una pequeña muestra de cómo fueron incorporándose estos problemas
en la tradición latina, que será a su vez fundamental para toda la época medieval. Cicerón en particular
resulta un autor clave, ya que como veremos, es central en las discusiones en torno al De philosophia de
Aristóteles, reconstrucción que apunta, entre otras cosas, a la conceptualización del éter como quinto
elemento, tema que abordaremos más adelante.
6
“Si los cuerpos de aquellos <astros> se trasladaran en medio de una masa de aire o de fuego esparcida
por el universo, como algunos dicen, necesariamente producirían un ruido de extraordinaria magnitud, y al
producirse éste, llegaría hasta aquí y causaría estrago” (291a1-5). A lo largo del apartado en que Aristóteles
presenta sus críticas varía en la utilización de términos para referirse al sonido, utilizando phoné o pswphon.
Seguimos lo que establece la traducción citada. Para una consideración en detalle de estas voces véase
Araoz San Martín (1999).
7
Destaquemos que esta es la primera atribución textual de la doctrina al pitagorismo. En relación con el
problema de quiénes son los “denominados pitagóricos”, así nombrados en Metafísica 985b22, que aquí en
Acerca del cielo menciona como “los pitagóricos”, hemos expuesto nuestra opinión en la Tesis de
Licenciatura en Filosofía (2017) “La música de las esferas ¿Suenan los cielos? El lugar de la música en la
Antigüedad y el Medioevo”, dirigida por Fernández Walker, UNSAM, que puede consultarse en el
Repositorio de la Biblioteca Central, UNSAM. Asimismo, puede consultarse al respecto Cornellli (2013a),
(2013b); Burkert (1972); Kahn (2001).
que habitamos. Alejandro de Afrodisia, al comentar estas consideraciones, lo explica del
siguiente modo:

Las distancias de los cuerpos que giran alrededor del centro son matemáticamente
proporcionales; unos se mueven más rápido y otros más lentamente: el sonido que
realizan los cuerpos de movimiento más lento es de tonalidad más baja y el que
producen los de movimiento más rápido, de tono más alto; debido a ello, estas notas
separadas, en correspondencia con las proporciones de las distancias, forman un
sonido resultante armonioso (I, 5, 985b)8.
Las variaciones de sonidos (agudo-grave) de los astros en el cielo se determinan
por la velocidad de sus desplazamientos. Sin embargo, fue Arquitas de Tarento –fines del
siglo V, inicios del IV a.C.– quien sostuvo que los sonidos agudos se mueven más
rápidamente y los graves más lentamente (Fr. 1)9. Anteriormente a Arquitas, lo más
probable es que el eje para conjeturar sobre la armonía de los cielos fuesen las distancias
interastrales, no las velocidades de los planetas. Y esto puede defenderse si consideramos
los numerosos relatos acerca de Pitágoras y sus investigaciones sobre las cuerdas de
distinta longitud que al ser pulsadas con igual intensidad producen sonidos de tono
diferente. Sobre las circunstancias de tales experiencias del maestro de Samos existen
variados relatos (Nicómaco de Gerasa, Gaudencio, Porfirio, Diógenes Laercio, Teon de
Esmirna, Jámblico, Boecio, entre otros). Lo que estas experimentaciones establecieron
fue que, por una parte, el sonido producido por la pulsación de una cuerda depende de la
longitud de la cuerda, y por otra, que los sonidos armónicos se originan por cuerdas
igualmente tensas cuyas longitudes se disponen según ciertas razones entre números
enteros10. Mutatis mutandis, también las longitudes de las distancias de los astros podrían
ponerse en relación con los distintos tonos musicales. Así, Burnet entiende que un
comienzo de la doctrina de la armonía de las esferas pudo haber sido la aplicación de las
proporciones de octava, quinta y cuarta a los anillos de Anaximandro (Early Greek
Philosophy, 110). El paralelismo entre el número de planetas y las cuerdas del heptacordio

8
Aquí traducción de Bares (1993: 50). Para consideraciones sobre Alejandro de Afrodisia en tanto
comentador de la obra aristotélica véase Luna (2001); Boeri (2009); Bonelli (2015).
9
“Primeramente, observaron, en verdad, que no es posible que haya un ruido sin que surja del choque de
algunos contra otros […] Por consiguiente, con relación a la percepción, los que se presentan, que por el
golpe se dan rápida y fuertemente, aparecen en forma aguda; más los que llegan lenta y débilmente son
considerados graves. Si alguno tomando una vara la moviera perezosa y débilmente, por el choque se
produciría un ruido grave. Si lo hiciera rápida y fuertemente se daría uno agudo […] Ante los que son
enviados fuertemente el aire se somete más, ante los que lo son débilmente, se somete menos. Lo mismo,
también, sucede con los sonidos, por un lado, el transportado por un viento fuerte es grande y, también,
agudo; por otro, el que lo es por uno débil, es pequeño y grave”, (DK Fr. 1), seguimos la traducción de
Fallas, (1992) cotejada con la traducción inglesa en Huffman (2005).
10
En 1760 Montucla demostró que la frecuencia del sonido producido por una cuerda vibrante no está en
proporción con la tensión sino con la raíz cuadrada de ésta (González Urbandeja, 2001: 132).
puede haber llevado a asignar cada una de las notas ejecutadas por ese instrumento a cada
uno de los astros errantes11. Si bien existen algunas variaciones entre los autores, el orden
de esa atribución iría de la Luna (la nota más baja) a Saturno (la más alta). Luego se
adicionó la esfera de las estrellas fijas, por lo que la comparación se estableció entonces
con el octacordio12. A este momento pertenecen tanto el texto aristotélico como República
X, el más antiguo conservado sobre esta teoría. La lira octacorde, sin embargo, es un
instrumento concebido en el siglo V a.C.; pese a que es un dato discutido en las propias
fuentes quien produjera la adición de esta octava cuerda13. La difusión de este instrumento
no parece probable en tiempo de Pitágoras (Bares, 1993: 51), mientras que la lira
heptacorde era ya conocido en Grecia desde la época de Terpandro14. Más aún, hay
evidencia arqueológica que este tipo de lira ya estaba en uso en el periodo conocido como
Minoico Tardío (1400-1100 a.C.) (Comotti, 1984: 16-17; Garrido Domené, 2016: 206).

Por lo tanto, se constata en las apreciaciones de Aristóteles y Alejandro un vínculo


establecido entre las distancias de los planetas y sus velocidades; sin embargo, suponer
tal filiación en una fase temprana del pitagorismo resulta controversial, dado que no hay
fundamento alguno que asocie el movimiento a los intervalos de la escala musical. Este
tipo de desarrollo se adecúa más al contexto del siglo IV a.C. y las investigaciones de
Arquitas (Barker, 1989: 58-59), a la vez que a las complejizaciones de los modelos

11
Así lo afirma Censorino (1889): Itaque a caelo summo ad solem diastema ese diatessaron, id est duorum
tonorum et dimidi, ad terrae autem summitatemab eodem caelo tonos esse sex, in quibus sit diapasón
symphonia. Praeterea multa, quae musici tractant, ad alias rettulit stellas et hunc omnem mundum
enarmonion ese ostendit; quare Dory laus scripsit ese mundum organum dei; alii addiderunt esse
id ἑπτάχορδον, quia septem sint vagae stellae, quae plurimum moveantur.
12
Cicerón, Somnium Scipionis, 5, no obstante incluir la esfera de las estrellas fijas, continúa hablando de
siete notas: es que en su versión las notas producidas por la velocidad de Venus y Mercurio quedan
unificadas.
13
Plinio el Viejo (Naturalis historia, VII, 204) refiere a Simónides de Ceos (557-468 a.C.) como el autor
de esta innovación. Boecio (De institutione musica, I, 20) menciona a Licaón de Samos, discípulo de
Pitágoras del que apenas se tiene noticia. Nicómaco de Gerasa (Manual de harmónica, V) atribuye esa
invención al propio Pitágoras, pero en el XI a ciertos músicos no nombrados. Entendemos que la atribución
al maestro de Samos de esta cuerda agregada por parte de Nicómaco responde más bien a su empeño en
ensalzar la figura del maestro.
14
Poeta lírico, músico, probablemente el más venerado en la Antigüedad, de Antissa (Lesbos), cuya
actividad se desarrolló en la primera mitad del siglo VII a.C.
astronómicos en los sistemas de Eudoxo15 y Calipo16, que el propio Aristóteles toma de
referencia (Metafísica, XII, 8). Interpretación que se verá afianzada con la continuación
del texto de Alejandro antes citado:

Llamando principio al número de esta armonía hicieron, posiblemente, al número


principio del cielo y del todo. Pues siendo, por así decir, doble la distancia del Sol a
la Tierra que la de ésta a la Luna, y triple que la de ésta a Venus, y cuádruple que la
de ésta a Marte, creían que había una proporción numérica en el caso de los demás
astros y que el movimiento del cielo era armónico. Y que se mueven más rápido los
que se mueven en un intervalo mayor, y más lentamente los que lo hacen en uno
menor, y los intermedios, en proporción a la magnitud de su recorrido (I, 5, 985b).
Podemos comprobar que, en esta cita expresamente referida a quienes postularon
inicialmente la doctrina, se trata de las distancias, este es el elemento central que arma las
proporciones. Aun cuando Alejandro pone en vinculación distancia con velocidad al
afirmar, como probablemente sostendrían sus contemporáneos pitagóricos, que a mayor
distancia de la Tierra mayor velocidad en los desplazamientos de los astros, no se
encuentra en la explicación una puesta en relación mutua de las respectivas velocidades
de los planetas, a la vez que se insiste en que es una cuestión de proporción numérica. No
obstante, la argumentación aristotélica determina justamente este segundo hecho como el
causante de los sonidos de la armonía cósmica, no las distancias entre los planetas. Si
Pitágoras, a quien el propio Aristóteles atribuye la teoría –tal como luego hacen la
totalidad de los autores que trabajan el tema–, estableció los principios de la armonía a
través de la comparación del sonido de cuerdas de diferente longitud, entender que el
pitagorismo antiguo estaba más interesado en las longitudes de los intervalos entre la
Tierra y los planteas resulta lógico, en vez de atribuirle un interés en los movimientos de
traslación de los astros en el cielo. Este último razonamiento es propio de Aristóteles,
quien como mencionáramos privilegia las consideraciones de tipo físico centradas en el
movimiento, más que las numérico-matemáticas.

15
Eudoxo era oriundo de Cnido, vivió ca. 390-337 a.C. Estudió medicina, y establecido en Atenas fue
discípulo de Platón. Viajó a Heliópolis a estudiar astronomía. Presentó un modelo de la esfera celeste y
estudió el movimiento de los planetas, recreándolos con un modelo de esferas homocéntricas. En
matemáticas fue discípulo de Arquitas de Tarento. Séneca (Cuestiones naturales, VII, 3) sostiene:
“Demócrito, el más sagaz de los sabios antiguos, supone que hay más estrellas errantes de las que se cree;
pero no fija su número ni los nombres; en su época ni siquiera estaba determinado el curso de los cinco
planetas. Eudoxo fue el primero que llevó estos conocimientos del Egipto a Grecia.”
16
Calipo de Cízico, ca. 370-310 a.C., se formó con Eudoxo y Polemarco, y compartió cierta permanencia
con Aristóteles en la Academia. Mejoró el sistema de Eudoxo al considerar la desigualdad de las estaciones;
fue autor de un calendario. Complementó el sistema de Eudoxo agregando una esfera a los subsistemas de
Marte, Mercurio y Venus y dos esferas a los subsistemas del Sol y la Luna. Será este modelo el que
finalmente adopte Aristóteles.
Aún más, puede formularse la pregunta sobre si en la cuestión central de la
armonía celeste planteada en términos aristotélicos, i. e., la proporcionalidad de los
movimientos y el orden de los astros, ofrece el Estagirita una posición realmente contraria
a la pitagórico-platónica. En Metafísica, XII, 8 presenta una propuesta astronómica que
resulta una complejización de las teorías de Eudoxo y Calipo, quienes refieren
traslaciones con diferentes disposiciones y sentidos, con el objetivo de dar razón acerca
de lo visible, pero asimismo de garantizar la identidad y concordancia con un cielo uno,
único y racional, con movimientos jerarquizados que corresponden en definitiva a una
visión armonicista. En Acerca del cielo no agrega demasiados detalles, a excepción de
ciertas cuestiones paradójicas en los movimientos (II, 12), que, con todo, son admitidas
para respaldar una perspectiva teleologista. De modo que la mayor objeción que presenta
nuestro filósofo a la teoría de la música celeste no se corresponde del todo con la imagen
en la que esta se sustenta. Por supuesto, la experiencia de que no se oye nada de lo referido
al movimiento de los astros y de que la posible vibración que produzca la traslación de
los astros no sea medible en ondas sonoras, es difícilmente rebatible, pero tampoco en los
textos conservados de tal doctrina se sostiene que sea cognoscible en este sentido.
Todavía más, debemos considerar que en las teorizaciones cosmológicas del propio
Aristóteles no encontramos una voluntad empirista estricta: efectivamente, si bien los
datos del conocimiento sensible son fundamentos de nuestro pensamiento y
conocimiento, no pueden determinarlo de un modo definitivo.

2. El elemento constitutivo del cielo: el éter.


Ahora bien, queremos tomar en consideración otros argumentos aristotélicos, que, como
hiciéramos referencia con anterioridad, van a ejercer marcadas influencias en la época
medieval, en la medida en que reingresa la obra del Estagirita a disposición de los
estudiosos. Como ya revisáramos, en Acerca del alma se presenta una explicación de la
producción del sonido: este es efecto del choque de dos cuerpos en un medio, sea aire,
sea agua; a la vez que resulta necesario un silencio con el cual contrastar el sonido 17. De
modo que hay ciertos elementos del medio que resultan cruciales para la producción y
propagación del sonido.

17
No es esta ocasión de entrar en mayores detalles en cuanto a la teoría aristotélica de la percepción. Puede
consultarse al respecto Burnyeat (1993), Corcilius (2014).
En Acerca del cielo ciertas argumentaciones referidas a la constitución del cielo
pueden resultar pertinentes en cuanto al problema de la inaudibilidad, eje central de la
crítica como ya comprobamos.

En una tradición que remonta, al menos, hasta Empédocles, y fuera reelaborada


por Platón en Timeo, Aristóteles identifica como elementos últimos de la región inferior
del mundo a los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra18. La operación de los pares
de opuestos: caliente-frío y seco-húmedo produce entre los elementos una serie de
transformaciones recíprocas. El movimiento de traslación hacia arriba y hacia abajo,
propio de esta región inferior, se explica por otro par de cualidades: pesado-liviano. No
obstante, para el Estagirita estos cuatro elementos y sus respectivas transformaciones no
alcanzan para explicar la estructura del mundo visible. Los astros del cielo, como se
verifica ante la simple observación, no se desplazan hacia arriba o abajo, sino en círculo.

Para lograr una explicación que salve los fenómenos percibidos Aristóteles
postula una de las tesis centrales de su cosmología: el universo está dividido en dos
regiones que están ocupadas por cuerpos cuyo comportamiento y conformación presentan
configuraciones heterogéneas. Una es la región inferior, aquella situada por debajo de la
órbita de la luna, designada posteriormente “sublunar”, y otra la región superior o
“supralunar”, i. e., la que se halla por encima de la órbita de la luna. En la región sublunar
se emplazan los cuatro elementos y los cuerpos compuestos a partir de ellos. Se trata, por
tanto, de la región donde encuentran aplicación las oposiciones liviano-pesado y arriba-
abajo. En la región supralunar, en cambio, se ubican los cuerpos celestes de movimiento
circular, a los que no pueden aplicarse tales oposiciones. Aristóteles da cuenta de esta
notoria diferencia de comportamiento por la hipótesis de una composición material
diferente de los cuerpos celestes, y de la región supralunar completa.

Se trata de la teoría del éter (I, 2, 269a30-32). Afirma el Estagirita:

Parece asimismo que el nombre [de la primera de las entidades corporales] se nos ha
transmitido hasta nuestros días por los antiguos, que lo concebían del mismo modo
que nosotros decimos: hay que tener claro, en efecto, que no una ni dos, sino infinitas
veces, han llegado a nosotros las mismas opiniones. Por ello, ‹considerando› que el
primer cuerpo es uno distinto de la tierra, el fuego, el aire y el agua, llamaron éter al

18
Para una visión sucinta de la cuestión puede consultarse Vigo (2006), así como Botteri-Casazza (2015).
lugar más excelso, dándole esa denominación a partir del ‹hecho de› desplazarse
siempre por tiempo interminable (I, 3, 270b18-25)19.
En su incesante desplazamiento alrededor de la tierra, los astros estarían
actualizando constantemente esa potencialidad propia de su materia, y su misma
denominación “éter”–aithér– aludiría, según una errónea etimología de la que se sirve
Aristóteles, al hecho de “estar siempre corriendo”–aei theín–20. Este elemento está
asociado a la divinidad21. Fue Filipo de Opunte quien postuló este quinto elemento como
el material básico constitutivo en el diálogo Epinomis (984d-5b), la famosa “quinta
esencia”–pémpte ousía– de la tradición cosmológica posterior22. A criterio de Jaeger se
trata del intento del Estagirita de adaptar sus concepciones cosmológicas al modelo de
Timeo (Aristóteles, 162 y ss.).

Estas postulaciones aristotélicas en Acerca del cielo encuentran paralelo con la


perdida obra Sobre la filosofía23, que puede ser en parte reconstruida desde Sobre la
naturaleza de los dioses de Cicerón24. En tal texto Tulio hace referencia al capítulo tercero
de la obra aristotélica en la que se establece que el éter es el elemento constituyente de
los astros: los restantes astros que llegan a originarse en aquel ardor celeste al que se
denomina ‘éter’ o ‘cielo’–in ardore caelesti qui aether nominetur– (II, 15, 41). En
Disputaciones tusculanas, afirma Tulio: Si existe una especie de quinta esencia, que
Aristóteles fue el primero en introducir, esta es la de las divinidades y la de las almas (I,
26, 65). Otros datos doxográficos confirman las citas que realiza Cicerón sobre esta obra
aristotélica, si bien existe una fuerte discusión en cuanto al estatuto que pueda darse a este
elemento.

Para muchos estudiosos, solo puede pertenecer a la composición de la estructura


supralunar, tal como se presenta en Acerca del cielo. En tal sentido, sería incompatible

19
Otras referencias en la obra aristotélica sobre el éter pueden revisarse en Metereológicos, I, 3, 339b21,
Física, IV, 5, 212b17-20, Generación de los animales, II, 3, 736b33-7378a7, como otras en Acerca del
cielo, II, 3, 286a10-12, II, 4, 287a32-b4, II, 12, 292b21-25.
20
La etimología correcta sería, en cambio, la propuesta por Anaxágoras por derivación del verbo aíthó,
“alumbran”, pese al reproche que le hace Aristóteles al final de este mismo párrafo. En efecto, la mayoría
de los testimonios literarios anteriores o contemporáneos de Aristóteles asocia el éter con el brillo y la
luminosidad del cielo, contraponiéndolo a la naturaleza brumosa del aire propiamente dicho.
21
Cf. Acerca del cielo, 270a5-13.
22
Para comparaciones entre la física platónica y lo postulado en Epinomis véase Melogno (2010), Melogno
(2008), Melogno (2015).
23
Una reconstrucción de este texto perdido, en base a los fragmentos de Rosse y Walzer puede leerse en
González Escudero (2009).
24
Junto a otras fuentes doxográficas, claro está. En la obra de Tulio, son centrales para tal reconstrucción
Sobre la naturaleza de los dioses I, 13, 33; I, 38, 107; II, 15, 42; II, 16, 44; II, 37, 95-96; II, 38, 107;
Cuestiones académicas, I, 7, 26; Disputaciones tusculanas I, 10, 22; I, 17, 412; I, 26, 65 27,66.
que fuera a su vez parte constituyente de las almas humanas, como se presenta en citas de
Cicerón del perdido Sobre la filosofía. Luego de la edición de Andrónico de Rodas de la
obra aristotélica, la doctrina del quinto elemento resultaba bien conocida en los ámbitos
de estudio filosófico en el siglo I a.C. Senarco de Selucia escribió una refutación de esta
teoría en Contra la quinta sustancia (Moraux, 1963: 198-206; Hahm, 1982: 68), Nicolás
Damasceno, filosofó amigo de Antonio y Cleopatra sumarizó la doctrina de Acerca del
cielo en Sobre la filosofía de Aristóteles (Hahm, 1982: 69), y Filón de Alejandría también
discute la postulación del quinto elemento en diversas obras (Moraux, 1963: 1235-1236).
La referencia de Cicerón sobre esta quinta sustancia evidencia que el texto Acerca del
cielo no era totalmente desconocido en esa época. Sin embargo, parece que la mayor parte
de la información con la que contaba Tulio sobre la obra Aristotélica se basaba en
manuales, no en una lectura directa de la obra del Estagirita (Hahm, 1982: 69). En este
sentido se ha postulado que la versión ciceroniana incorpora elementos estoicos en la
interpretación. La teoría propiamente aristotélica sería la que hemos revisado en la cita
de Acerca del cielo, es decir, lo referido a la constitución de los cielos. El resto de
consideraciones que Cicerón provee referidas al éter como elemento que compone las
almas no procederían directamente de Aristóteles. Esta desviación en la interpretación,
que hace de las almas, a su vez, seres etéreos, habría sido introducida por los comentarios
de Alejandro de Afrodisia (Moraux, 1933; Bos, 2003).

Este quinto ‒o mejor, primer‒ elemento conlleva una serie de importantes


consecuencias en torno al modelo del sistema cosmológico. Junto a los movimientos
lineales hacia arriba y hacia abajo, propios de lo liviano y lo pesado en la región sublunar,
Aristóteles introduce un tercer movimiento básico, el de la traslación circular, el
característico de los cuerpos celestes, al que otorga primacía (Acerca del cielo, I, 269b35).
De modo que cada una de las dos regiones del mundo está provista de sus respectivos
movimientos básicos. Existe, por demás, una peculiar relación causal entre los
movimientos de ambos sitios. Las traslaciones de los astros ejercen una influencia causal
en los procesos de generación y corrupción de la región sublunar, mientras que la relación
recíproca es inválida, ya que los astros no sufren ningún cambio a excepción del de su
propio movimiento de traslación ‒no padecen cambios de cualidad y cantidad, a
diferencia de los cuerpos constituidos por los cuatro elementos (Acerca del cielo, I,
269b33)‒. En efecto, Aristóteles otorga a las revoluciones de los astros, en particular a
las del Sol y los planetas, una función causal decisiva en tanto explicativa del incesante
ciclo de transformación de los elementos y, seguidamente, de los procesos de generación
de las especies animales en la región sublunar (Acerca de la generación y la corrupción,
II, 10, 336b16-19). De esta manera, afirma que, en cierto modo, la transformación cíclica
de los cuatro elementos, la “ininterrumpida” generación, “imita” el movimiento circular
de los astros (Acerca de la generación y corrupción, II, 10, 336b34-337a7). Cada nueva
generación de las especies ‒animales y vegetales‒ reemplaza a la generación anterior,
movimiento éste que permite a la especie llegar a tener una cierta participación en la
eternidad característica de los astros, aun cuando está compuesta únicamente por
individuos mortales (Acerca del alma, II, 4, 415a25-b7). Las concepciones astronómicas
en Aristóteles tienen un lugar capital en su propia filosofía teórica, de hecho, entendemos
que no pueden descuidarse para una adecuada comprensión de su metafísica. La
conceptualización teológica del libro XII de Metafísica procuraba dar cuenta de la
traslación de las estrellas fijas, por una parte, y del Sol, la Luna y los planetas, por la otra,
utilizando un complejo modelo de esferas etéreas concéntricas. El desplazamiento
observable de los cuerpos celestes resulta de un intrincado montaje de movimientos
independientes de diferentes esferas concéntricas, que están enteramente constituidas de
éter, así como los planetas son producto de una agrupación más compacta de este mismo
elemento. El número de esferas es variable para los diversos astros. Frente a las 26 esferas
postuladas por Eudoxo, y la posterior ampliación a 33 propuesta por Calipo, que parece
haber sido el consejero de Aristóteles en materias astronómicas, Aristóteles mismo llega
finalmente a un total de 55 o bien de 47, si se deja de lado las esferas correspondientes al
Sol y la Luna (Metafísica, XII, 8, 1073b3-1074a14). Con todo, que los cuerpos
constituidos por los cuatro elementos de la región sublunar “imiten” en cierto sentido el
movimiento imperecedero de los astros no implica que tengan la misma configuración
material.

De modo que, podemos comprobar que estos elementos que proveen una
explicación de la constitución propia de la cosmología aristotélica entran en tensión con
las condiciones materiales necesarias para que se produzca una percepción auditiva en el
mundo que habitamos, de acuerdo a lo postulado en Acerca del alma. Si bien las críticas
que expresara el Estagirita toman otro ángulo argumentativo, se desprende de una lectura
de su sistema cosmológico en su conjunto, una imposibilidad estructural de que la música
que compongan los astros sea escuchada por los mortales de la región sublunar.
Consideraciones finales.

Las críticas aristotélicas a la teoría de la música de las esferas toman como eje
argumentativo primordial la imposibilidad de hacer experiencia de la melodía celestial, a
la vez que establecieron este problema como un elemento de referencia central en los
autores que posteriormente escribieron sobre esta doctrina. Aristóteles no admite tal teoría
porque si se sostiene que se produce música al rodar los astros en el cielo, deberíamos
poder escuchar tal fenómeno. Si se toman en consideración otros aspectos de las
concepciones astronómicas aristotélicas puede ampliarse el alcance del problema aquí
comprendido. De acuerdo al recorrido establecido, debemos considerar que, si bien la
principal observación aristotélica se basa en consideraciones de carácter empírico, la
propia teoría cosmológica del Estagirita provee de tesis puramente especulativas que
permitirían explicar este silencio de los cielos, claro que, poniendo esta cosmología en
conjunción con las particularidades de la psicología aristotélica, es decir, la forma y modo
en que podemos percibir las sensaciones auditivas. La constitución misma de los cielos
según lo postulado en Acerca del cielo, que se confirma con la reconstrucción del perdido
Sobre la filosofía, imposibilita que accedamos a tal experiencia, dado que el elemento
constitutivo de la región supralunar no es aquel descripto como el que posibilita la
transmisión de los sonidos. En Acerca del alma se estableció sin ambigüedades que el
medio en el cual se produce la emisión sonora es un elemento necesario ‒junto con el
choque de dos cuerpos‒. Tales medios son el aire o el agua. Los astros habitan en el éter,
en la región por encima de la órbita de la Luna, inalcanzable a la experiencia humana.

Como hiciéramos referencia, la astronomía tiene un lugar importante en la obra


del Estagirita. La equiparación de los astros a la divinidad en el sistema de Aristóteles
determina el enlace de las concepciones ontológicas y teológicas. De este modo se
resolvería la separación entre ambas y se produciría un afianzamiento de la Metafísica
como ciencia verdadera, al modo como lo entiende Aubenque (1974) en su estudio sobre
el problema del ser. Aristóteles, más dado a las teorizaciones físicas que matemáticas,
rechazó que sea verdadera la postulación pitagórica de la teoría de la música de las
esferas, la cual se basaba en las cuatro disciplinas formalizadas en la Alta Edad Media
como quadrivium.
La teoría del éter como elemento conformador del universo se encuentra presente
en gran parte de los autores desde el período Tardoantiguo hasta la Baja Edad Media,
incluso con anterioridad aún, como mencionáramos, durante el siglo I a.C. ‒en el poema
de la naturaleza de Lucrecio podemos hallarla‒. Sin embargo, las consecuencias de la
postulación del éter como elemento propio de la esfera supralunar, donde se sitúan los
astros que generan música, en relación con la música de las esferas la encontraremos
recién en plena época medieval. Algunos autores medievales tomaron esta teoría para
salvar a la doctrina de la música cósmica de las propias objeciones del Estagirita. Al
disponer de los textos que los autores árabes recuperaron, concretamente en lo que
respecta a la filosofía natural aristotélica, Física, Acerca del cielo, Acerca del alma,
Acerca de la generación y corrupción y Metereológicos (Peters, 1968: 54-56) los
filósofos del siglo XII y XIII establecieron nuevas articulaciones entre diversos
desarrollos aristotélicos. Honorio de Autun, en el siglo XII, fue el primer autor que no
culpó a la imperfección humana de la posibilidad de escuchar esta música cósmica, sino
que la atribuyó a las circunstancias físicas de la producción del sonido (Patrologia latina,
CLXXII, LXXX), tal como hemos procurado desarrollar en este texto. Este mismo
argumento será sostenido por Egidio de Zamora y Jacobo de Lieja. Estos filósofos
realizaron un esfuerzo de vinculación de diversos aspectos de la teoría aristotélica a fin
de salvar a su vez la postulación de la existencia de una música en los cielos, que en la
Edad Media se nutría principalmente en la concepción de la musica mundana de Boecio.
Y de este modo reforzaron el carácter multidisciplinar de la doctrina, pues los textos sobre
la música de las esferas, desde sus inicios, evidenciaron un carácter puramente
especulativo, fundamentado en el entrelazado de las cuatro disciplinas de la máthesis.

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