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Para este homenaje se me encomendó en principio hacer un trabajo sobre fuentes,

reminiscencias y paralelismos con el mundo clásico en Elogio de la madrastra (Tusquets,


1988), la novela con que Vargas Llosa hizo su primera incursión en la literatura erótica,
un magnífico relato en el que la perversidad y la sensualidad, la culpa y el deseo se
entreveran para dar forma a una de las piezas más logradas de este género en las últimas
décadas, culminada con la aparición, nueve años después, de, en mi opinión, su máximo
hallazgo en este campo, Los cuadernos de don Rigoberto (Alfaguara, 1997), donde el
tema de la imaginación erótica alcanzará su plenitud. Disfruté muchísimo con ambas
novelas (no sólo me entretuvieron, como es obligación de todo buen libro según el
“tratado mínimo de estética” de don Rigoberto: Cuadernos, p. 287), mas no hallé cosa
que decir, ya por no encontrar cómo decirlo, ya por encontrar que se había dicho casi todo
y que poco e insulso sería lo que yo pudiera escribir sobre ello. Aunque en esos momentos
estaba terminando una traducción de la Vida de Antonio de Plutarco, mi línea de
investigación habitual es sobre erotismo y sexualidad en la Antigüedad, así que me
dediqué especialmente a encontrar ecos que pudieran relacionarse con esa cuestión en
concreto. Uno de ellos es diáfano, pues en pp. 27-37 de Elogio se recrea por extenso la
historia de Giges con la mujer de Candaules, rey de Lidia (el primer caso de voyeurismo
del que se tiene constancia), narrada por Heródoto, I 8-12. Pero los que llamaron con
mayor fuerza mi atención, ya en el plano de la intertextualidad más subjetiva, fueron los
dos siguientes. En primer lugar, los cuadros que inspiran los encuentros amorosos de
Rigoberto y Lucrecia (“esos grabados de la secreta colección de don Rigoberto que él y
ella solían contemplar y comentar juntos en las noches buscando inspiración para su
amor”: Elogio, p. 65) me recordaron aquellos cuadros subidos de tono que adornaban no
sólo las alcobas de algunas casas romanas, como dice Ovidio, sino también los baños y
los burdeles de la época, como muestran los restos de Pompeya, y los manuales eróticos
ilustrados con que, según Suetonio, aprestó el emperador Tiberio las habitaciones en las
que se entregaba a sus depravadas acciones y contemplaciones sexuales durante su retiro
en Capri. También los espejos, que aparecen con frecuencia en contextos fuertemente
eróticos, como en Elogio, pp. 22 (“sumida en un atontamiento feliz” mientras hace el
amor con su marido, Lucrecia, “en el torbellino placentero”, cree ver la cara de Foncito
“como asomando y desapareciendo en un espejo que pierde su azogue”) y 63 (tras el baño,
y sabiendo que Foncito la espía, Lucrecia se exhibe desnuda mientras se seca lentamente,
se pone cremas y se contempla en el espejo con indecente abandono), o en el cap. VIII de
Cuadernos («Fiera en el espejo»), que gira en torno al cuadro de Egon Schiele pintando
una modelo desnuda delante del espejo, me trajeron a la mente la historia que cuenta
Séneca (Nat. Quaest. I 16) sobre el lujurioso Hostio Cuadra: “este rico avaro … había
hecho construir espejos … que reproducían los objetos mucho mayores de lo que eran …;
y de tal manera colocaba estos espejos, que, cuando se entregaba a un hombre, veía, sin
volver la cabeza, todos los movimientos de éste, gozando como de una realidad de las
enormes proporciones que reflejaba el engañoso espejo. … No puede recordarse sin
repugnancia lo que aquel monstruo … osaba … ejecutar, cuando rodeado de todos sus
espejos se hacía espectador de sus propias torpezas … contemplándose en actos que la
oscuridad más profunda no vela bastante”. Pero lo que me hizo concebir la idea de la que
surgió lo que he escrito fue una simple mención a Cleopatra de don Rigoberto, al final de
su diatriba contra el mundo de la pornografía y, en definitiva, de la antiestética
representada por la revista Playboy, cuando se despide diciendo: “voy ahora mismo a
hacer el amor con la Reina de Saba y Cleopatra, juntas” (Cuadernos, p. 292).
(quizás habría que poner la mención de Cleopatra tras lo de Heródoto, y luego, tras
lo de los espejos, acabar con lo de los cuadros, que dio pie realmente a la idea inicial,
como escribí en la nota pegada en la portadilla)
“Todo lo que importa es, a la corta o a la larga, estético” (Cuadernos, 285).

Siguiendo el tratado de estética particular de don Rigoberto (Cuadernos, 286), he


procurado no incluir nada que brille y no escribir «nuclearse», «planteo»,
«concientizar», «visualizar», «societal» ni «telúrico».

“Partí de algunas experiencias aún vivas en mi memoria y estimulantes para mi


imaginación y fantaseé algo que refleja de manera muy infiel esos materiales de
trabajo” (La verdad de las mentiras, 71).

“El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación


de que somos menos de lo que soñamos” (La verdad de las mentiras, 13): a Alejandro,
mi personaje, parece pasarle al revés: cuando a la fuerza vuelve a la realidad, la
lectura de los manuscritos de Hostio, que le confirman sus sospechas y le revelan su
origen regio y despejan dudas sobre su padre, le hace afrontar la muerte como
recrecido.

“La literatura cuenta la historia que la historia que cuentan los historiadores no
sabe ni puede contar” (La verdad de las mentiras, 14): esta cita, quizá mejor que la
de Séneca, podría encabezar el trabajo.

Séneca, Nat. Quaest. I 16

En este lugar quiero narrarte una historia, para que veas que la lujuria no desprecia
ningún artificio que provoque al placer, y que es por demás ingeniosa para estimular
más y más su propio furor. Hostio Quadra tuvo tal obscenidad que hasta se reprodujo en
la escena. Fue este rico avaro, aquel esclavo de millones de sextercios a quien
asesinaron sus siervos y a quien el divino Augusto consideró indigno de venganza, a
pesar de que no declaró justa su muerte. No limitaba éste a un solo sexo sus impurezas,
sino que fue tan ávido de hombres como de mujeres. Había hecho construir espejos
como los que acabo de mencionar, que reproducían los objetos mucho mayores de lo
que eran, pareciendo el dedo más grueso y más largo que el brazo; y de tal manera
colocaba estos espejos, que, cuando se entregaba a un hombre, veía, sin volver la
cabeza, todos los movimientos de éste, gozando como de una realidad de las enormes
proporciones que reflejaba el engañoso espejo. Recorría todos los baños para reclutar
sus hombres, eligiéndolos en conveniente medida; y sin embargo, tenía que recurrir
todavía a la ilusión para satisfacer su insaciable lubricidad. ¡Dígase ahora que se debe la
invención del espejo a las exigencias del tocado! No puede recordarse sin repugnancia
lo que aquel monstruo, digno de ser desgarrado con su propia boca, osaba decir y
ejecutar, cuando rodeado de todos sus espejos se hacía espectador de sus propias
torpezas: aquello que, aunque secreto, pesa sobre la conciencia; lo que todo acusado
niega, lo traía a la boca y lo tocaba con los ojos. ¡Cuándo el crimen, oh dioses, retrocede
ante su propio aspecto! Los hombres sin honor y entregados a todas las humillaciones,
conservan aún el pudor de los ojos. Pero aquél, como si fuese poco soportar cosas
inauditas, desconocidas, invitaba a sus ojos a verlas; y no contento con contemplar toda
su degradación, tenía los espejos para multiplicar las repugnantes imágenes y agruparlas
en derredor suyo; y como no podía verlo todo bien cuando se entregaba a los brutales
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En esta misma página se encuentra una referencia muy interesante y curiosa a Restif de la Bretonne y su
“fetichismo del botín”, que se suele llamar por eso mismo “bretonismo”.
abrazos del uno, y, con la cabeza baja, dedicaba la boca a los placeres de otro, se
presentaba a sí mismo, por medio de las imágenes, el cuadro de su trabajo. Repartido
algunas veces entre un hombre y una mujer, y pasivo en todo su cuerpo, contemplaba
aquellas abominaciones. ¿Qué podía reservar para la oscuridad aquel hombre impuro? En
vez de temer la luz, se mostraba a sí mismo sus monstruosas uniones, admirándose en
ellas. ¿Cómo? ¿dudarás que deseó le pintasen en aquellas actitudes? Hasta en la prostituta
queda alguna modestia, y esas desgraciadas, entregadas a la lubricidad pública, colocan
en su puerta algún velo que oculte su triste docilidad; tan cierto es que, hasta en el asilo
del vicio se conserva algún pudor. Pero aquel monstruo había convertido en espectáculo
su obscenidad, contemplándose en actos que la oscuridad más profunda no vela
bastante. «A la vez gozan de mí el hombre y la mujer, se dijo; sin embargo, con la parte
que me queda libre imprimo mancha más hedionda aún que las que recibo. Todos mis
miembros están prostituidos; que mis ojos tomen parte también en la orgía, que sean
testigos y apreciadores. Muéstreme el arte lo que la posición de mi cuerpo me impide ver,
y no se crea que ignoro lo que hago. En vano dio la naturaleza al hombre débiles medios
de gozar, habiéndose mostrado más generosa con otros animales. Encontrará medio de
asombrar y satisfacer mi frenesí. ¿Para qué me servirá mi malicia si me limito a lo que la
naturaleza quiere? Me rodearé de esos espejos que aumentan de un modo increíble las
imágenes de los objetos. Si pudiese, las convertiría en realidades; pero no pudiendo,
alimentémonos de ilusiones. Que mi obscenidad vea más de lo que recibe y se admire de
lo que puede soportar». ¡Indigno delito! Tal vez le herirían de pronto y sin que viese
venir la muerte. Delante de sus espejos debieron inmolarlo.

Suetonio, Tib. 42-45

XLII. A favor de la soledad y lejos de las miradas de Roma, entregase finalmente sin
freno a todos los vicios que hasta entonces, y aunque torpemente, había disimulado.
De ellos trataré ahora y también de su origen. En los campamentos, y desde que empezó
la vida militar, se le conocía por su extraordinaria afición al vino, hasta el punto de
llamarle los soldados, en vez de Tiberius, Biberius, en vez de Claudius, Caldius, y en vez
de Nero, Mero. (…) Pocos días después de haber apostrofado violentamente en el Senado
a Sestio Galo, anciano pródigo y lujurioso, tachado de infamia en otro tiempo por
Augusto, pidióle que le invitase a cenar a condición de que aquel día no cambiase en nada
sus costumbres y de que habían de servir la cena jóvenes desnudas. (…) Creó, en fin, una
nuevo cargo, que fue la intendencia de los placeres, y con el cual revistió a T. Cesonio
Prisco, caballero romano.
XLIII. En su quinta de Capri tenía una habitación destinada a sus desórdenes más
secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de
jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus
maestros de voluptuosidad (spintrias), formaban allí entre sí una triple cadena, y
entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio
de este espectáculo, sus estragados deseos. Tenía, además, diferentes cámaras
dispuestas diversamente para este género de placeres, adornadas con cuadros y bajo
relieves lascivos, y llenas de libros de Elefantidis, con objeto de tener en la acción
modelos que imitar. Los bosques y las selvas no eran así más que asilos consagrados a
Venus, y se veía a la entrada de las grutas y en los huecos de las rocas a la juventud de
ambos sexos mezclada en actitudes voluptuosas, con trajes de ninfas y silvanos. A causa
de esto, el pueblo, jugando con el nombre de la isla, daba a Tiberio el de Caprineum.
XLIV. La obscenidad fue llevada por él todavía más lejos, y hasta a excesos tan difíciles
de creer como de referir. Se dice que había adiestrado a niños de tierna edad, a los que
llamaba sus pececillos, a que jugasen entre sus piernas en el baño, excitándole con la
lengua y los dientes, y también que, a semejanza de niños creciditos, pero todavía en
lactancia, le mamasen los pechos, género de placer al que por su inclinación y edad se
sentía principalmente inclinado. Así, habiéndole legado uno el cuadro de Parrasio en el
que Atalanta prostituye su boca a Meleagro, y dándole facultad el testamento, si le
desagradaba el asunto, de recibir en lugar de él un millón de sestercios, prefirió el cuadro
y mandó colocarlo como objeto sagrado en su alcoba. Se afirma también que cierto día,
durante un sacrificio, enamorado de la belleza del que llevaba el incienso, apenas esperó
a que terminase la ceremonia para satisfacer secretamente su nefanda pasión, a la que
tuvo que prestarse también un hermano del joven, que era flautista; luego les hizo romper
las piernas, porque mutuamente se echaban en cara su infamia.
XLV. La muerte de Malonia demuestra también hasta qué punto se burlaba de la vida de
las mujeres ilustres: llevada, en efecto, ésta a su casa, se negó siempre a satisfacer sus
repugnantes deseos. Hízola él acusar por delatores, y, durante el proceso, no cesó un
instante de preguntarle si se arrepentía. Habiendo, no obstante, podido ella escapar del
tribunal, después de tratarle públicamente de viejo de boca impúdica, y que, velludo como
un macho cabrio, tenía también su hediondez. Por esta causa, en los primeros juegos que
se celebraron todos los espectadores aplaudieron, aplicando a Tiberio este pasaje de un
atalánico: Así se ve al cabrón viejo lamer las partes sexuales de la cabra.

MEMORIA DE LOS ESPEJOS

Alejandro el Griego no sabe aún en qué momento morirá, pero está seguro de que
hoy, a punto de cumplir treinta años, será su último día. Está rodeado de estanterías de
madera repletas de rollos de papiro y metidas en nichos excavados sobre las paredes, de
las que cuelgan numerosos amuletos fálicos y cuadros con escenas eróticas, en una de las
habitaciones privadas de la finca de recreo, a las afueras de Roma, del acaudalado Hostio
Cuadra, a quien sirve fielmente desde hace años. Allí lo ha encerrado esta mañana, cuando
se disponía a iniciar su habitual jornada de trabajo, una turba de esclavos ensoberbecidos
y sedientos de venganza por las afrentas y vejaciones sufridas durante años a manos de
su amo, cuyos gritos de dolor aún sigue oyendo de tanto en tanto. Aun así, la convicción
de que este postrero revés de su fortuna le permitirá desvelar el secreto que le ha roído el
alma durante su todavía corta vida ha trocado en ávida curiosidad el miedo que lo
mantuvo por unos interminables minutos aovillado en un rincón y lo ha llevado a buscar
entre las estanterías donde descansan los diarios privados de Cuadra la caja que contiene
los rollos correspondientes al 714 ab Urbe condita, el año de su nacimiento, en la 185ª
Olimpíada, con la esperanza creciente y cierta, como la luz del nuevo día a la que empieza
a leer arrimado a uno de los ventanales enrejados, de enterarse por fin de una historia que
había sospechado desde que tiene recuerdos pero que sólo ahora las meticulosas
anotaciones de Cuadra le ayudarán a confirmar.
Su madre –para él siempre lo será– Octavia, hermana y esposa de emperadores,
nunca le ocultó la identidad de su padre, aunque puso siempre un especial cuidado en que
Alejandro aprendiera a no mencionarlo nunca en público, porque fue tan valiente y
poderoso Marco Antonio, decía, que despertó el odio y la envidia entre los romanos, y no
era bueno que se reavivasen aquellos fantasmas. Aquél era el secreto de ambos, y ella se
lo estuvo recordando cada noche durante mucho tiempo, cuando se metía en su cama y le
acariciaba el pelo diciéndole que se iba pareciendo cada vez más a él, y ni siquiera lo
mencionaba ante su señor, el caballero Tito Cesonio Prisco, que se casó con ella en unas
segundas nupcias impuestas por su hermano, Octavio Augusto, y a quien Alejandro
nunca, ni siquiera cuando estaba en su lecho de muerte, llamó padre.
La elegante caligrafía de Cuadra, peculiar notario de los acontecimientos de las
últimas décadas de la República, revela con detalle el escándalo que en la ciudad supuso
el encoñamiento, como lo llamaban, de Antonio con aquella reina de Egipto, Cleopatra –
un leve temblor recorre la espalda de Alejandro y sube hasta la base del cráneo, una
extraña sensación que le eriza el pelo en la nuca cuando pronuncia ese nombre–, el
desprecio hacia su esposa Octavia, que para asombro de todos siempre lo amó y defendió,
el lujo extraordinario y largo dispendio de sus fiestas privadas, de sus apariciones en
público ante las masas de Alejandría que los adoraban, y la ceremonia de coronación
como rey de reyes, para escarnio de Roma, decían, del hijo de ambos, de apenas cuatro
años, nombrado soberano de Media y de Partia y de Armenia. Cruza su mente el recuerdo
de aquellos juegos privados, en el patio de casa, tardes de verano, en que su madre sacaba
del arca de su aposento, aquella que nunca supo lo que contenía, a pesar de sus esfuerzos
por abrirla cada vez que ella se ausentaba, el manto recamado en oro con el que lo trajeron
arropado a casa y dormido como Eros, le decía, después del trágico final de su padre y
sus sueños alejandrinos, arrebatado de las blandas manos de nodrizas nubias por otras
manos rudas que lo llevaron al puerto, hasta un barco enorme, cuyo olor a salitre y grasa
lo mareó y le quitó el sentido durante no supo cuánto tiempo, porque lo único que
brumosamente recordaba era la enorme mole del faro pasando ante sus ojos, y luego ruido
de caballos y traqueteo somnoliento de carros, hasta despertarse en el cálido regazo de
una mujer que le decía: “Mi rey, yo seré tu madre”. “Mi rey”, lo llamaba tras ponerle el
manto y separarse unos pasos para mirarlo con ternura y también, creía percibir él, con
cierto orgullo, y luego remedaban a nobles senadores recibiendo displicentes a
embajadores de Asia, y reían cuando su madre imitaba la voz aflautada que su hermano
siempre quiso disimular arengando a las legiones de gorriones que venían a posarse en el
tejado.
Un largo aullido de dolor, proveniente de lo más recóndito de la casa, lo distrae por
unos momentos de la lectura cuando ya estaba llegando al final del documento.
Rápidamente localiza por la etiqueta que pende de su extremo el siguiente rollo de papiro
y lo saca de la caja. Corresponde a la época de la última guerra civil y a los primeros años
de gobierno en solitario, después del desastroso triunvirato con Lépido y Antonio, de su
tío, Cayo Julio César Octavio, el divino emperador Augusto.
Aquellas palabras escritas, que Alejandro va pronunciando en voz baja, cada vez
más rápido, como si fueran una larga y sinuosa letanía, le traen a la memoria otros
recuerdos. Recuerda cómo se fue haciendo mayor casi a tironazos, porque eso era lo que
más deseaba en el mundo, y pasaba horas, día tras día, tendido en su cama, con los brazos
y las piernas estirados cayendo a cada lado del lecho y los ojos cerrados, convencido de
que, si lo pensaba con fuerza, pronto llegaría el momento en que acabaría creciendo de
golpe y haciéndose un hombre, y terminaría así de una vez con ese desprecio indisimulado
que, salvo en su madre, percibió desde siempre en los miembros de su familia,
particularmente en su tío, que nunca lo miró con buenos ojos, quizá porque su aspecto le
traía malos recuerdos, y que, convertido en sordas miradas y burlas atravesadas, se
extendió pronto a casi todas las personas que trataban con él. En la escuela, aunque no
tardó en dominar las letras con inusitada pericia, lo que le abrió las puertas de la biblioteca
de su padre, de la que todavía quedaba una parte en su casa a pesar de las repetidas
confiscaciones de libros y documentos ordenadas por su tío, y aunque aprendió griego
con soltura, porque era la lengua que había oído y comenzado a hablar desde pequeño,
sin embargo su creciente timidez, que no le dejaba expresarse en público sin parecer
indeciso y apocado, le impidió progresar en la retórica, lo que le cerró el camino de una
soñada educación superior y una brillante carrera política; tampoco en el gimnasio
destacó mucho –“La guerra no es para ti, y así es mejor”, decía su madre–, quizá porque
se esforzaba menos en los trabajos de la palestra que en soportar los continuos rumores
sobre su padre, a los que él nunca respondía, como le había enseñado su madre, pero que
le quemaban por dentro, y en disimular los blandos movimientos de su mediocre
complexión, que, unidos a su acento característico, hacían que sus compañeros se rieran
de él llamándolo despectivamente Graeculus, el grieguecillo.
Al llegar a una de las listas de cónsules que encabezan las anotaciones
correspondientes a cada año, y junto a cuyos nombres Hostio Cuadra había consignado
en letra más pequeña los vicios y debilidades de cada uno, le viene a la memoria también
cómo, una vez alcanzada la mayoría de edad, y tras desempeñar algunos cargos de menor
relieve en la estructura del Estado, que su madre le consiguió con esfuerzo ante su
hermano, entró a trabajar como secretario e intendente del noble Hostio Cuadra, a quien
el comercio con la púrpura de Siria y el papiro de Egipto le hicieron amasar una fortuna
que ni él mismo se atrevía a calcular por no levantar recelos en el emperador. Tras
habituarse a sus nuevas labores, que pronto se dio cuenta de que miraban más a la
intendencia de los placeres de su patrón que a la gestión de sus papeles, registros y cartas,
y mucho menos a sus diarios, que redactaba el propio Hostio Cuadra a solas cada tres o
cuatro días con las noticias que, sin que importara el modo de conseguirlas, le hacían
llegar puntualmente sus informantes desde todos los rincones de la Urbe, y especialmente
del Palatino y el Foro, acerca de cómo iban sus negocios o qué se rumoreaba en la ciudad
(pues estar al tanto de esto revertía en la buena marcha de aquéllos), uno de los primeros
encargos que recibió Alejandro de Cuadra fue ocuparse de reformar uno de los patios
interiores de la finca para convertirlo en el escenario adecuado de sus pasatiempos más
secretos. Con indicaciones expresas de su patrón, que Alejandro supo cumplir con mayor
esmero incluso de lo que el deber dictaba, Alejandro mandó techar el patio a dos alturas,
dejando entre ellas un pequeño vano sellado por gruesos cristales que permitían la entrada
de luz, y cerrarlo por todos sus lados, abriendo sólo una puerta por la parte que miraba a
las habitaciones privadas de Hostio Cuadra, y aprovechó la columnata del pórtico que
rodeaba el patio para construir una serie de cámaras que daban todas a la habitación
central, en cuyo extremo más alejado de la puerta hizo poner una piscina con un
sofisticado sistema para calentar el agua. Luego mandó que cada cámara fuera guarnecida
toda de camas en derredor, y se encargó personalmente de que en todas hubiera cuadros
y bajorrelieves lascivos tomados de los libros de Elefantis, para que cada acto venéreo
que allí se acometiese tuviese el correspondiente modelo que imitar, y también de
acondicionar el centro de la habitación a la que abocaban las cámaras con un lecho lujoso
de generosas dimensiones y de cubrir todas las paredes laterales e incluso una parte del
techo con espejos que reflejaran y ampliaran la insaciable lubricidad de Hostio Cuadra.
Porque este rico rijoso, que no limitaba su apetito a un solo sexo, sino que era tan ávido
de hombres como de mujeres, sin distinción de edad ni condición, se había propuesto
convertir en espectáculo su propia obscenidad y, puesto que todos los miembros y
orificios de su cuerpo gozaban y se prostituían en sus orgías, que también sus ojos
tomaran parte en ellas.
Alejandro recuerda cómo los gustos innombrables de su patrón, que él se aplicaba
con celo a atender, le fueron descubriendo un mundo de placeres sin fin que se sustentaba
en los cuerpos y las vidas de decenas de esclavos y también de hombres libres a los que
su señor Hostio Cuadra obligaba, por la fuerza de su mando o por la seducción de su
fortuna, a abismarse en los más hondos vicios. Alejandro se ocupaba de aprovisionar a su
patrón con todo, recorriendo los mercados de esclavos para comprar recias potrillas
tracias o etíopes de ingles poderosas, visitando los baños para encontrar buenos
ejemplares a quienes luego se encargaría de convencer con alguna oferta que no pudieran
rechazar, adquiriendo en el mercado de monstruos prodigios de la naturaleza que
satisficieran la lujuriosa curiosidad del rico Cuadra, o consiguiendo a buen precio, por
medio de sus contactos con los libreros y banqueros del Argileto, algún cuadro libidinoso
de Parrasio o de Nicófanes para la colección privada de su señor. Y no pocas veces se
ocupó también de eliminar las lavazas del placer de Hostio Cuadra, cuando éste se excedía
en sus experimentos lúbricos, tan difíciles de creer como de referir, más de lo que la
naturaleza de los cuerpos permite.
Recuerda que una de sus adquisiciones más laboriosas, porque lo obligó a viajar a
Creta, acompañando a un comerciante que le había prometido una pieza única, digna de
la importancia del comprador, y que también para Alejandro habría de significar mucho,
fue un ejemplar completo, con tórridas ilustraciones, del manual de Filenis, en el que se
inspiraría luego la egipcia Elefantis, que tanta fama había adquirido en los burdeles de
Roma y aún más en las altas camas de la nobleza patricia e imperial. Su vendedor lo
guardaba celosamente en un cofre de tosca factura que aseguraba haber sacado él mismo
del palacio real de Alejandría, cuando el ejército de Octavio, logrado el objetivo de acabar
con su encarnizado enemigo, el hombre que se había atrevido a deshonrar a su hermana
con la puta hechicera egipcia, como la llamaban también en Roma, recibió el permiso del
emperador para cobrarse en la ciudad el merecido botín. La obra, copiada en un grueso
rollo de papiro de mediana calidad, compartía encierro con otros objetos de dudoso valor,
pero uno de ellos llamó la atención de Alejandro, porque recordó haber visto uno similar
en su casa, vislumbrado apenas en el fondo de aquel arcón que su madre abría a veces
para sacar maravillas y luego cerraba siempre con cuidado y premura. Alejandro,
procurando no mostrar otro interés que no fuera por el libro de Filenis, le ofreció una
suma justa por el cofre completo, para mejor preservar, le dijo, ante un viaje de regreso a
Roma tan largo, la integridad de un papiro tan ajado y viejo, y tras el debido regateo se lo
llevó y, aguantándose las ganas y la curiosidad, no lo abrió hasta que su barco tocó de
nuevo suelo italiano y él se sintió seguro y a salvo de cualquier mirada en el carro que lo
llevaba de regreso a Roma. Sólo entonces abrió el cofre y, con un leve temblor, extrajo
aquel objeto y comprobó que se trataba de un lujoso díptico de tablillas enceradas, con
incrustaciones de marfil y ónice, en el que aún se podía leer, con firmes caracteres griegos,
unas breves palabras de amor: “Seré tuya, y tú mío, para siempre”. Cuando llegó a Roma
y entregó el contenido del cofre a Hostio Cuadra ya había guardado entre sus ropas, en el
mismo lugar en el que ahora lo nota, apretado contra su pecho, aquel díptico alejandrino
cuyas palabras aún le siguen turbando.
El siguiente rollo de papiro se abre con una anotación más larga de lo habitual,
correspondiente a los idus de septiembre del año 722. Alejandro comienza a leerla
mientras mira de reojo hacia la puerta del breve refugio en que se ha convertido su
improvisada cárcel, y la retoma de nuevo desde el principio dos y hasta tres veces, no
tanto por los sobresaltos que le producen los gritos indescifrables que sigue oyendo y el
ruido de carreras y golpes que va aumentando a cada momento en frecuencia e intensidad
y amenazando con hacerle perder algo más que el hilo de la lectura, cuanto porque sabe
que aquel texto encierra el secreto de su origen y no quiere que se le escape ningún detalle.
La anotación, al igual que en la mayor parte de los diarios de Cuadra que ha podido leer
hasta ahora, está encabezada por unas iniciales, en este caso T. C. P., que Alejandro
supone corresponden al informante del que procede la noticia. En ella se da cuenta del
interés del emperador por confiscar una serie de papeles y documentos de la biblioteca
del difunto Marco Antonio, y cómo mandó incluso registrar las habitaciones privadas de
su hermana, la todavía doliente viuda, que se empeñaba en seguir habitando con su hijo
espurio la casa de aquel adúltero confeso. A pesar del sigilo con que se hizo la
confiscación, aprovechando una ausencia de Octavia, el informante debió tener muy
buenos contactos entre quienes la llevaron a cabo, porque da relación de todos los
documentos que se llevaron a presencia del emperador, y que éste mandó luego destruir
sin excepción, e incluso resume algunos y otros, los más breves, los transcribe. Entre éstos
últimos se encuentra uno escrito en griego, que el informante describe como un lujoso
díptico encontrado en un arcón del aposento de Octavia, y cuyo texto dice así: “El plan
que me propongo va bien. Los hijos que tenga con ella serán tuyos también, porque tuyo
es su padre, y servirán para ganarme el afecto de las gentes de Alejandría. Una vez que
los venenos que mis médicos le administran surtan su lento efecto y se evapore su huella,
tendremos en nuestra mano, unidos, el reino milenario de Egipto y la floreciente república
romana, y yo gobernaré ambos contigo a mi lado. Seré tuyo, y tú mía, para siempre”.
Al último estrépito, como de puertas desencajadas, sigue un ominoso silencio,
interrumpido pronto por ayes y quejidos cada vez más desgarrados que parecen
acompasar la lectura febril de Alejandro, a quien los diarios de Hostio Cuadra, al fin, le
van confirmado las sospechas que siempre tuvo sobre la identidad real de su madre y
alejando de su mente, donde habían llegado a pesar como una losa, las dudas sobre la
traición de su padre. Alejandro lee, cada vez más rápido, cada vez más alto, y la salmodia
con que va musitando las letras se convierte casi en un conjuro, como si su salvación
dependiera no de la voluntad del atajo de esclavos sanguinarios que estarán ya
acercándose a por él, sino del hecho de pronunciar las palabras escritas en el papiro y
comprender su significado. Y Alejandro lee, lee y comprende: comprende que Antonio
concertó su plan con Octavio, a quien encargó de que cuidara bien de Octavia durante los
años que durara su misión, que engrandecería el imperio romano como nunca, porque
siempre había confiado en él, quizá porque lo veía como un hermano menor, desvalido y
apocado, acomplejado a la sombra del gran tribuno y orador, vencedor en cien batallas,
íntimo del gran César. Pero Octavio lo traicionó porque amaba a su hermana Octavia en
secreto, y además su ambición pudo mucho más que su frágil amistad con Antonio, y
esperó lo justo para que las calumnias contra Antonio que él mismo se había encargado
de ir vertiendo como veneno entre el pueblo surtieran su efecto y las gentes acabaran
odiándolo. Octavia nunca lo supo, pero, aunque en algunos instantes llegó a dudar de la
fidelidad de Antonio y a pensar si no sería verdad lo que todo el mundo decía, y el primero
su hermano: que los filtros y encantos de la egipcia y la pompa y el lujo de su corte habían
acabado por hacer de Antonio un traidor a su esposa y a su patria, sin embargo la idea –
no sabía si aún peor– de que la traición había partido de su hermano se impuso en su
mente cuando, durante muchos años, tuvo que seguir aguantando los sucios roces que
Octavio había iniciado siendo ella aún una niña y que tras la muerte de Antonio se
redoblaron hasta hacerla ausentarse con su hijo durante una temporada de Roma, no sin
haber dejado entrever a su hermano, cada día más atrevido con ella en la intimidad, que
si seguía por ese camino no tendría más remedio que ponerlo en conocimiento de gentes
que podían rivalizar con su poder en Roma, y que se encargarían de que todo el pueblo
supiera que el emperador, Júpiter en la tierra, quería convertirla en su Juno.
Los esclavos entran, Alejandro deja de leer y se levanta con porte regio, y mientras
los esclavos, asombrados ante el cambio de actitud, pues siempre lo veían como un poca
cosa, más bien taimado, parecen escoltarlo hasta salir de la habitación, cruzar el pasillo y
entrar en la sala de los espejos que él mismo había diseñado, en vez de sacarlo a rastras,
como venían pensado, entre sollozos y súplicas, él acaba de comprenderlo todo, también
estos últimos acontecimientos: Augusto contuvo su deseo hacia su hermana, lo que no
fue difícil acostumbrado a ello como estaba desde jovencito, pero no detuvo su odio al
verse contrariado cuando creía tener al fin al alcance de sus manos la secreta carne que
tanto había deseado, y movió los hilos como había aprendido a hacer –su madre y César
habían sido buenos maestros– hasta conseguir que los esclavos de Hostio Cuadra, porque
no podía ser otra la persona a la que se refirió la velada amenaza de su hermana, se
rebelaran y emprendieran con su amo una funesta y definitiva orgía de sangre y sexo, no
sin antes acabar con cada centímetro de su casa de recreo, donde planeaba y llevaba a
cabo todos sus excesos, y tener buen cuidado en que en ese momento se encontrara
presente su fiel servidor, Alejandro el Griego, a quien los esclavos habían prendido en los
primeros momentos de la revuelta y, cuando Alejandro ya temía lo peor –no, no, lo peor
estaba aún por llegar-, habían encerrado en aquella habitación donde Cuadra guardaba
sus más preciados objetos. Ni entonces, en el fragor de la revuelta, que se declaró a
primera hora de la mañana y se prolongó hasta bien entrada la noche, ni en los días
posteriores hizo Augusto nada por impedir aquella calculada venganza ni por prender y
castigar a los perpetradores. Porque así ganaba eliminar a un serio competidor que podía
ensombrecer su poder, deshacerse de un pariente adoptivo que le recordaba su traición
cada vez que lo miraba, y dejar sin armas la resistencia de Octavia, a quien ya imaginaba
sumisa en su lecho después de tantos años de desearla.
La confirmación de sus sospechas y la revelación del secreto de su origen regio
hacen que Alejandro salga hacia su destino fatal con otro porte, como más gallardo
(“Tenía además Antonio un porte distinguido, y la noble prestancia de su barba, su frente
ancha y su nariz aguileña parecían darle a su rostro el aspecto viril que tienen las pinturas
y esculturas de Heracles”), y lleva a los esclavos a hacerle gracia, a la hora de cumplir su
fatal encargo, de cualquier vejación o ensañamiento, dándole la posibilidad de morir
como un rey.
Antes del fin, los esclavos tuvieron la generosidad, ante los despojos
sanguinolentos de Hostio Cuadra, reflejado hasta el infinito, para siempre ya, en los
espejos de su famosa alcoba, de darle a elegir la forma de su muerte.

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