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Servicio

El Señor nos dice dos cosas sobre la vida con Él y en Él. Primero, que Él es el Camino (Juan 14, 6 “Yo soy
el Camino, la Verdad y la Vida”) y que quien lo conoce a Él, conoce al Padre; y segundo, nos dice que el
Camino para encontrar la Vida es angosto (Mateo 7, 14), pero lo que no nos dice tan a detalle es que
caminar en ese Camino no solo implica pasar por Él, sino también activamente formar parte de ese
equipo que constantemente está trabajando por mantener ese camino lo más limpio y transitable
posible. Caminar en el Señor no es un paseo por el campo, solo viendo hacia todos lados, recordando las
cosas hermosas e ignorando lo difícil que vemos a la orilla del camino, estar en la Senda angosta significa
poner nuestras manos a trabajar para que otros caminen en firme aun cuando nosotros hemos
caminado sobre puentes tambaleantes. Cuando nuestra fe se ha visto movida, removida y al final
fortalecida, esa fortaleza debe ser la base, el pilar y el cimiento para que otros pasen sobre él. Que la
madera de mi cruz sea el puente que mis hermanos van a usar para cruzar por los precipicios que
nosotros hemos navegado. Si yo caí y me levanté, trabajaré para que mi hermano no caiga, si no que sea
más fuerte por mi debilidad.

Todo esto suena hermoso, y en teoría lo es, pero como todo lo bueno y hermoso, cuesta y es difícil. Es
justamente esa parte difícil a la que nosotros con tanto amor nos referimos como “el servicio”. Porque
el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, si no a servir (Marcos 10, 45), y nosotros como hijos
obedientes del Padre y hermanos de Cristo, nos sentamos junto a Él, a aprender e imitar. Como el niño
que a las faldas de su madre aprende normas de conducta, y que a los pies de su padre se admira y
aprende de su ejemplo, nosotros de igual manera tenemos el deber y la obligación de hacer vida la
enseñanza de Cristo, porque el que quiera ser el primero, deberá ser el último entre sus hermanos y,
agrega la escritura, el servidor de todos (Marcos 9, 35). Ese servidor tiene el llamado a ser como Cristo,
y a dar igual que Cristo. Pero, ¿quién de nosotros ha sido llamado a servir? La respuesta es muy sencilla:
Todos. Todos hemos sido llamados a servir, a vestir al desnudo, a alimentar al hambriento, dar de beber
al sediento, visitar al enfermo, visitar al preso (Mateo 25, 35 – 36). Pero no todos atendemos el llamado,
y tan bello es Dios con nosotros que el día de hoy es justamente ese Evangelio el que nos acompaña en
la escritura, que termina con la dura frase “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” (Mateo
22, 14). Y estamos aquí, los que fueron llamados y escogidos. Los que vamos a alimentar al que tiene
hambre y sed de la Palabra, los que vamos a vestir con la armadura de la fe a quien está desnudo en el
mundo ante los ataques del enemigo, los que vamos a sanar a los enfermos de la falta de amor, los que
vamos a visitar y liberar a los presos del pecado, y no porque nosotros podamos hacer todas esas cosas,
sino porque Dios, a través de nosotros, siervos inútiles va a hacer sus maravillas. Como el cayado en
manos de Moisés y Aarón, como el lodo en las manos de Jesús, así somos nosotros, el instrumento del
mayor artesano, el conducto del poder y del amor de Dios. Los siervos que escuchan y obedecen al amo
y quien se gloría en nuestras muestras de amor. Eso somos, benditos de nuestro Padre, porque hemos
sido llamados, hemos sido escogidos, y como Samuel hemos respondido “háblame Señor, que Tu siervo
escucha” (1 Samuel 3, 10).

No es tampoco solo en la Biblia que encontramos el llamado del fiel, laico y consagrado, al servicio del
Señor, de su Iglesia y del prójimo. La exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (Del papa Pablo VI, del
año 1975) ya señala (n. 70), que los seglares, en primer lugar, tienen como vocación específica la
evangelización en medio del corazón del mundo, en los complejos ámbitos de la política, de lo social, de
lo económico, de la cultura, de la ciencias y de las artes. Y están llamados a ejercer ciertos ministerios
dentro de la Iglesia.
Y en la exhortación apostólica del papa Juan Pablo II Christifideles Laici del año 1988 podemos
comprender mucho mejor qué son los denominados “ministerios y funciones laicales”. A partir de esta
exhortación se podría hacer la siguiente distinción:

a) Ministerios sacramentales y públicos: tienen como base el sacramento del orden.

b) Ministerios estables no sacramentales o instituidos: los principales, hoy, son lector y acólito.

c) Ministerios laicales ocasionales, ejercidos en circunstancias determinadas y puntuales: voluntariado


de caridad, catequistas, sacristanía, etc;

Estos ministerios denominados “laicales”, tanto los ocasionales como los estables, ayudan a concretar
las cuatro dimensiones tradicionales de la Iglesia: caridad (diakonia), comunión (koinonia),
evangelización (martyria) y culto (leiturgia).

Son ministerios importantes y necesarios y expresión del sacerdocio común bautismal de los fieles y de
la riqueza de manifestaciones del Espíritu para la edificación de la Iglesia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en el numeral 1816: El servicio y el testimonio de la fe son
requeridos para la salvación: “Todo [...] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me
declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le
negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).

El Código de Derecho Canónico en el numeral 225 § 1. Puesto que, en virtud del bautismo y de la
confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen
la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que
el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo;
obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos
pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo.

Nuestra Iglesia Católica tiene como principio, base y fundamento el servicio. No hay milagro en la Biblia
sin acción, ni profeta sin trabajo, ni en nuestros tiempos Santo sin sacrificio, sin entrega particular por la
causa.

Pero como dije hace un rato, el servicio no es fácil. El mayor servidor de todos hizo su máximo servicio
dando su vida en la cruz, y es para nuestro gozo eterno que ese mismo es nuestro destino: Dar nuestra
vida en la cruz.

No digo que vayamos a ser crucificados en físico al igual que Cristo, pero nos sirve de ejemplo perfecto
de cuánto espera Dios que nosotros demos por nuestros hermanos. No nada, no el mínimo, ni siquiera
el máximo del que nos consideramos capaces. Si no dar más que eso, dar hasta que duela. Servir hasta
que los pies no nos soporten, nuestras manos se llenen de heridas y nuestro corazón esté cerca de
explotar, porque cada gota de nuestro sudor, cada latido de cansancio en nuestro cuerpo es un
momento de descanso para quien busca a Dios en la desesperación de su vida. Porque nuestro
cansancio no es en vano, y cada sacrificio acerca a alguien más a Dios. Pero nuestra recompensa no es
esa, nuestra recompensa no es cuánto converso dejamos a nuestro paso, ni siquiera si llegamos a ser el
instrumento de algún milagro, dice la Palabra “no se alegren que los espíritus se les sometan, alégrense
más bien que sus nombres están escritos en el Libro de la Vida” (Lucas 10,20).
Tenemos que dar hasta que duela. Si tenemos un servicio, y nos hemos comprometido ante Dios y ante
nuestros hermanos, mi vacación no importa, mi tiempo es más valiosos en manos del Señor. Mi
descanso no vale nada, mi comodidad se transforme en arena en mi boca, mis quejas se conviertan en
alabanzas. Voy a servir hasta que mi familia me reclame que no tengo tiempo para ella, porque a
ejemplo de Cristo yo tengo que decir "«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y,
extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que
cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre." (Mateo 12, 48 –
50). Porque si yo soy luz en mi casa, ya alimenté y vestí a mi familia, pero son ahora estos, los más
pequeños, los que vienen al retiro con hambre y sed, los que vienen en busca de la palabra de Dios, él es
ahora quien mi necesita, ellos son mi hermano, mi hermana y mi madre. Porque el Hijo de Dios no vino a
ser servido, si no a servir, y yo sé que soy un hijo de Dios.

Cuando Cristo dio su vida en la cruz y su costado fue herido, el milagro que nos regaló fue ver brotar de
él Sangre y Agua. Los sacramentos del bautizo y la eucaristía. Pero hay ahí también una segunda lección.
El Señor dio hasta su última gota de sangre por nosotros, hasta la última. La derramó por cada uno de
nosotros y es ahora donde nos toca a nosotros decir ese mismo sí. Dar hasta el extremo, dar hasta el
cansancio, servir como Cristo sirvió.

Los voy a dejar, para no aburrir con esto, con un último pensamiento. El Señor nos enseñaba que un
padre tenía dos hijos a quienes pidió un favor. Uno que, como muchos de nosotros, con gran amor y
deseo dijo que si, que iría a hacer lo que su padre pedía, pero al final, como también nos pasa a muchos
de nosotros cuando dejamos que las comodidades y preocupaciones del mundo nos atrapen, no fue.
Mientras que el segundo le dijo que no a su padre, que no quería, pero tuvo un cambio de corazón y a
pesar de todo fue, a regañadientes quizá, contra su propia comodidad y sus propios deseos, e hizo la
voluntad del padre. Ahora les pregunto yo. ¿Quién al final hizo lo que al padre pidió? El segundo, el que
sin importar su respuesta sus acciones hablaron más fuerte. Ahora hermanos, como dijo Cristo, vamos
nosotros también a hacer eso mismo.

Gloria a Dios.