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l.

I. Las rotativas
Lauro Bochinchola se escarbaba los dientes viendo
bajar los pasajeros del tren en la estación C onstitución.
D ebe ser ese pajuerano de sombrero, pensó. Silvano U rru-
tia se había puesto lo mejor que tenía para la ocasión: traje
cruzado príncipe de Gales, arrugado por veinte horas de
viaje, mocasines, som brero panam á y un im perm eable do­
blado en el brazo. U na valija de cuero sin curtir perm itía
adivinar, no obstante, su origen hum ilde. El G ordo Bo­
chinchola se le acercó. ¿Silvano Urrutia?, preguntó. Silvano
se sacó el sombrero. Para servirle, contestó. —Venga, dijo
el G ordo, y sin dejar de escarbarse los dientes cam inó a lo
largo del andén hasta la calle, seguido por Silvano cargado
con la inm ensa valija. El G ordo señaló un Rolls-Royce ne­
gro y le dijo: -P o n g a la valija delante. Se encasquetó una
gorra y se sentó al volante. Silvano supuso que tenía que
sentarse atrás. Al abrir la puerta vio un ocupante h u ndido
en el asiento posterior, tan pequeño que no alcanzaba a la
ventanilla con sombrero y todo. -M u c h o gusto, dijo Sil­
vano. —Siéntese tranquilo, respondió el otro. Silvano se
sentó a su lado y cerró la puerta, el auto arrancó. -¿E s us­
ted el que ganó el concurso?, le preguntó sin mayor inte-

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res. —Sí señor, afirmó Silvano con un tono que le pareció a
él mismo de un orgullo desplazado. El otro lo examinó
atentam ente. Era un hom bre de unos sesenta años, de ori­
gen probablem ente indio, oscuro de piel y de pelo blanco
cuidadosam ente cortado; era delgadísimo y de estatura,
parado, no debía sobrepasar el m etro cuarenta. M e pre­
sento, dijo: -S o y el M ono Diligenti, quinielero. Se estre­
charon las manos. M e muero de sueño, bostezó el M ono
D iligenti, me pasé la noche de farra. Y bajándose el ala del
som brero se durm ió roncando ruidosam ente. —¡El M ono
se la pasa apolillando, rió el G ordo Bochinchola, tiene
diabetes! ¡Con lo que chupa cualquiera de estos días se
queda seco sentado ahí atrás! Silvano no supo qué respon­
der. D urante las veinte horas de viaje en tren desde Paraná
se había im aginado mil recepciones de diversa naturaleza
pero ninguna como ésta. Desde luego existían el Rolls-
Royce y el chofer, pero un quinielero como anfitrión e in ­
capaz de estarse despierto... le parecía increíble de parte de
una em presa tan im portante como el diario Crítica. Silva­
no era maestro de escuela en Paraná, capital de la provin­
cia de Entre Ríos. H ijo de panadero, sintió desde tem pra­
no la atracción de la cultura. A los doce años com ponía
rimas en hom enaje a los proceres nacionales; su padre de­
cidió costearle la carrera de docente. N o bien instalado
com o único maestro en la flam ante escuela, recibió los h o ­
nores de la pequeña burguesía de Paraná con hijas casade­
ras. Silvano tenía apenas diecinueve años, pero su aplom o
y sim patía lo hacían parecer de veinticinco. Alto de casi
dos metros, de piel oliva, ojos claros y cuerpo de atleta, en
Paraná se agenció el apodo del «buen mozo». Se enam oró
de una m uchacha flaca y miope, D orita, dos años mayor
que él, que conocía de m em oria los principales poemas de
R ubén D arío. Pasaba las noches en blanco escribiendo so­

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netos a D orita, cuyo padre, almacenero en ram os genera­
les, soñaba otro destino para su hija. Silvano, com o toda
la provincia que leía la prensa no conservadora, era un asi­
duo lector del diario Crítica. Figurar en la página literaria
era su am bición más secreta y desmesurada. La ocasión se
le presentó. El diario Crítica organizó un concurso de jó ­
venes poetas argentinos, cuyo prim er premio consistía nada
menos que en un empleo como periodista en el mismo
diario. El tem a del poem a era «Sangre, sudor y lágrimas»,
la famosa frase de W inston Churchill, que hacía furor en
los círculos literarios argentinos antinazis. Silvano escribió
una oda de diecisiete páginas que vio, con estupor, publi­
cada la semana siguiente en el suplem ento literario. El tí­
tulo a toda página decía: «Silvano U rrutia, el poeta del fu­
turo». En una breve reseña se le saludaba com o «el más
ágil, dinám ico y viril de nuestro nuevo equipo de jóvenes
reporteros». Al mism o tiem po recibía por el correo un
giro de mil pesos y un billete de tren para Buenos Aires.
D orita se lo entregó por prim era vez la noche de la despe­
dida en el aula de la escuela, sobre el pupitre de Silvano,
m ientras la lluvia azotaba los vidrios de la ventana. D orita
era virgen, a ambos les resultó dolorosa la experiencia; no
obstante se decían las más dulces cosas al oído. Antes de
separarse, Silvano escribió en el pizarrón «Dora y Silvano»
y rodeó la leyenda con un corazón. Se juraron am or eter­
no; no bien Silvano cobrara el prim er sueldo enviaría a
buscarla y se casarían en Buenos Aires; entretanto D orita
lo reemplazaría en la escuela. Sentado en el asiento trasero
del Rolls-Royce junto a ese enano dorm ido, vestido de
esm oquin y cubierto de papel picado, cuyo nom bre
de M ono concordaba tan bien con su fisonomía, viendo
desfilar a izquierda y derecha el paisaje del Buenos Aires
urbano a la luz del amanecer, su cercano pasado con D ori-

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ta le parecía irreal. Se apercibió de que el G ordo Bochin-
chola lo observaba por el espejo retrovisor, sonriéndose, y
desvió la mirada. -¿N o tiene ham bre, m uchacho?, pre­
guntó el G ordo Bochinchola, y sin esperar la respuesta
frenó el autom óvil frente a la entrada de un gran restorán
cuya insignia mostraba el nom bre de «Tropezón». La frena­
da fue tan brusca que el M ono Diligenti fue a rodar al piso
del auto. Silvano se precipitó para ayudarlo a incorporarse,
pero el otro lo rechazó de mala manera, volviendo a ron­
car. —Déjelo, que a él le gusta dormirse así, dijo el Gordo.
Deje el saco en el auto, agregó, que se lo van a m anchar
de grasa. Silvano obedeció, aunque se guardó los mil pesos
en el bolsillo del pantalón. Se arremangó la camisa como
vio que hacían los demás y se echó el panam á un poco de
lado. El G ordo lo precedía, las m anos en los bolsillos,
abriéndose paso con un m ovim iento de caderas acompasa­
do entre los comensales, todos personalidades, com o bien
sabía Silvano por haberlo leído en las páginas sociales de
Crítica. El m undo de la política, del arte y del periodismo
se reunía durante la noche en ese espacioso am biente cén­
trico. Silvano nunca había im aginado que ya de m adruga­
da pudiera reinar tal bullicio en un lugar público. Dos co­
nocidos diputados, uno conservador y el otro socialista, se
apostrofaban de un extremo al otro del recinto, parados
sobre las mesas. Se cantaban tangos en dos grupos distin­
tos y una pareja de mujeres pelirrojas vestidas de percal
negro bailaba sobre el m ostrador una m ilonga, seguida
por un acordeonista que las acom pañaba trotando detrás
de ellas. Era prácticam ente imposible abrirse paso; Silvano
fue em pujado de tal manera que cayó sentado sobre una
m ujer que se puso a gritar, ambos rodaron al suelo, Silva­
no se incorporó e intentó ayudarla, la gente, en coro, se
reía de la escena. La mujer, una vez en pie, lo abofeteó.

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U n silencio sucedió a las carcajadas. -¿Q u ién es este gua­
rango?, preguntó la m ujer en tono histérico. Silvano reco­
noció a la famosa artista de cine Yoli de Parma, heroína de
Rosa de las Pampas. El G ordo Bochinchola se abría paso
entre la gente gritando: -¡Yoli, calmate, que este pibe es
un repórter de Crítica! Yoli esforzó una sonrisa. -¿ D e ve­
ras?, y tendiéndole la m ano le dijo: —Entonces se lo perdo­
no todo. Pero tiene que prom eterm e que me hará un re­
portaje. Se sentaron a la mesa de Yoli, donde estaba ya
instalado un hom bre de unos cincuenta años, desm elena­
do, dorm ido con la frente apoyada en un balde de cham ­
pán. -¿C ó m o va, Senador?, le dijo el G ordo; el otro gru­
ñó. Silvano se sentía humillado. C onocer a Yoli de Parm a
personalm ente había sido uno de sus sueños en Paraná.
H abía ido a ver su últim o film con D orita, que encontra­
ba a Yoli vulgar; luego fue a verlo dos veces solo. El final
del film, en el que Rosa se entrega al beso del general Bel-
grano, m ientras se escucha el him no nacional, le parecía a
Silvano de una pura belleza. H aber conocido a Yoli de
una m anera tan casual como desagradable lo llenaba de
confusión, que resolvió adoptando una actitud desprecia­
tiva. Para darse ánim o se dijo: -C u a n d o le cuente a D o ri­
ta que la célebre Yoli de Parm a es una vulgarísima m ante­
nida de un senador... Y además esta m ujer es m ucho más
vieja de lo que parece en el cine. D ebe tener al menos
treinta y cinco años. Yoli, que tenía cuarenta y dos y adi­
vinaba la naturaleza de los pensamientos de Silvano, jugó
de una sola vez su gran baza. —¿Así que el señorito me
pone mala cara?, le dijo con una sonrisa maliciosa acari­
ciándole el rostro con la cola de su zorro plateado. Silvano
se sonrojó. —¿Me da un beso de la paz? Y, tendiéndole los
labios, los apretó contra los suyos. Silvano perdió la respi­
ración. -G ra ... gracias, señorita, atinó a decir. La candidez

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de Silvano hizo estallar de risa a Yoli, que acababa de
apercibirse de la juventud de su interlocutor, ya que sin
anteojos veía manchas en lugar de rostros; de ahí su crisis
de nervios cuando cayera al suelo, creía en un golpe m on­
tado para ridiculizarla en público por parte de una actriz
rival. -E ste es el m uchacho que se ganó el prem io literario
de Crítica, lo presentó el G ordo Bochinchola, el entrerria-
no Silvano U rrutia. Va a trabajar en el diario. —¿En qué
sección?, preguntó Yoli. - E n criminales, respondió el
G ordo. Silvano se sobresaltó: -¿C ó m o lo sabe?, preguntó.
El G ordo dijo precipitadam ente: -¡Yo no sé nada! Yoli se
incorporó y gritó a las mesas alrededor: —¡M uchachos, si­
lencio! Y levantando la copa de cham pán bien alto: -L es
pido un brindis, gritó, se hizo un silencio relativo, el sufi­
ciente para que com prendieran sus palabras en diez mesas
a la redonda. —¡Muchachos!, repitió, el m uchacho entre-
rriano aquí presente es el nuevo repórter detective del dia­
rio Crítica. Varios aplausos se dejaron oír, pero tam bién
varias risas; luego un silencio que Silvano, en su angustia,
interpretó com o un pedido de su palabra. Se puso de pie
en el m om ento en que pasaba un mozo con una bandeja,
que tropezó contra su hom bro; una sopera llena de puche­
ro lo inun d ó quem ándole la cara. Buscó a tientas una ser­
villeta y arrastró el mantel echando a rodar todo lo que
había sobre la mesa, tam bién el balde de cham pán donde
estaba apoyada la cabeza del Senador, que despertó gritan­
do: —¡Se levanta la sesión! En la mesa de al lado, form ada
por ocho com padritos, la hilaridad se manifestó a través
de varios chorros simultáneos de sifón, proyección de pa­
nes y saleros. El entusiasmo se hizo general. Yoli recibió
una fuente de estofado en la cabeza, que además de hacer­
le un chichón se le volcó sobre la melena platinada, am én
de una tajada de sandía en el escote y el zorro em papado

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de vino. Silvano se precipitó a protegerla de los proyectiles
con el m antel, mientras él mismo recibía una ristra de
morcillas que se le anudó al cuello como boleadora. El
G ordo y el Senador se habían refugiado debajo de la mesa.
La rival de Yoli, la cantante caribeña Bijou de Salsa, reía a
carcajadas parada sobre su silla, los puños apoyados sobre
las inm ensas caderas, la melena negra volando al soplo del
ventilador del techo. -E stás hundida, Yoli de Parm a, gri­
taba a toda voz, tu carrera ha term inado. Yoli apostrofaba
a Silvano, que trataba de cubrirla con el m antel. -¡D éje­
me, gritaba, guarango de mierda! ¡Todo lo que me pasa es
por culpa de usted! Y lo abofeteaba m ecánicam ente de iz­
quierda a derecha. Silvano logró dom inarla sujetándole las
muñecas, ella lo escupió en los ojos, se zafó y se encam inó
furiosa a la salida, abriéndose paso a golpes de zorro entre
el público. Silvano la seguía aferrándose a su brazo. -Yoli,
por favor, ¡perdóneme!, iba diciendo. El G ordo y el Sena­
dor los seguían casi en cuclillas. Al aire del amanecer, la
cólera de Yoli se convirtió en lágrimas. H u n d ió su cabeza
en el hom bro de Silvano, sollozando abundantem ente.
-¿ O h , am or mío, decía entrecortadam ente, cóm o he po d i­
do ser tan cruel contigo? -¿D e veras me perdonas?, m ur­
m uró Silvano. -¡C laro que te perdono, tontito! Y Silvano
descubrió el beso de cine, que contrariam ente a sus expe­
riencias con D orita, consistentes en quedarse un rato con
los labios inmóviles contra los del otro, poseía mil posibi­
lidades com o morderse los labios, o introducirse la lengua
contra el paladar, revolviéndola. M ás que sensualidad, esta
experiencia le provocó una reacción dolorosa, pues su
m iem bro se encontraba estrangulado por el elástico del
flam ante calzoncillo y Yoli, al apretarse contra él, lo do­
blaba en form a de codo. Al mismo tiem po un alfiler de
gancho que sujetaba una orquídea se le h u ndió en el pe­

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cho a la altura de la tetilla izquierda. Pegó un salto sepa­
rándose de Yoli al comprobar que el Senador estaba orinán­
doles sobre las piernas. Yoli quiso arañarlo pero recibió un
chorro más fuerte. El G ordo Bochinchola, que estaba
ya sentado al volante del Rolls con la puerta abierta, se sa­
cudía a carcajadas. El Senador parecía haber tenido acu­
m ulados en la vejiga varios litros. Se refugiaron en el auto.
Yoli cam inó sobre el M ono Diligenti, que seguía dur­
m iendo en el piso, gruñendo entre ronquidos. En el exte­
rior del auto, que el Senador continuaba regando, una
buena docena de cigarreras, vendedoras de flores, canillitas
y trasnochadores de toda clase se agolpaban contra los vi­
drios para seguir gozando del espectáculo. El G ordo Bo­
chinchola arrancó, dejando al público detrás, que les agra­
deció con un últim o tom ate que se estrelló contra el vidrio
posterior. Yoli asomó la cabeza por la ventanilla para gri­
tar: —¡A este restorán no vuelvo más!, cuando el gordo gi­
raba a la izquierda en la calle Cangallo y Yoli rodó al suelo
sobre el M ono D iligenti, que se despertó sobresaltado y le
m ordió en una oreja. Yoli se sacó un zapato y le pegó con
el taco en la cabeza. Silvano intentó separarlos y recibió un
golpe en la nariz, que empezó a sangrar. Se refugió sobre
el asiento, apretándose las narices con los dedos, echando
la cabeza hacia atrás, mientras Yoli vom itaba sobre sus
pantalones y sobre la cabeza del M ono D iligenti, que gri­
taba: -¡G o rd o , frená, que me están matando! El autom ó­
vil se detuvo, Silvano se precipitó a abrir la puerta y a salir
afuera, sentándose en el cordón de la vereda. T enía la ca­
misa cubierta de salsa de tomate, sangre y vómitos; la ca­
beza le daba vueltas, era la prim era vez que tom aba cham ­
pán y estaba en ayunas desde la tarde anterior. Se sacó la
camisa, la em papó en agua de la cuneta, retorciéndola, y
se la anudó en la frente. Estaban en una plaza m uy arbo­

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lada que a Silvano le recordó el campo, el sol empezaba
a levantarse saludado por los gorriones. Yoli y el M ono
Diligenti se habían quedado dorm idos en el suelo del au­
tomóvil. El gordo Bochinchola se bajó y vino a sentarse
a su lado, mascando maníes. -H a y que tener cuidado con
minas com o ésta, le dijo confidencialm ente tendiéndole
un cigarrillo dorado en cigarrera de plata que Silvano re­
chazó. -¿Y ahora cóm o va a hacer para sacársela de enci­
ma? Silvano prefirió no contestar, preguntando a su vez:
-¿Q ué es eso de la sección «criminales»? Yo creía que iba a
trabajar en la página literaria. -¡Pero si es lo mismo! Le
dan un tema y usted com pone el reportaje, dijo el G ordo,
escupiendo una cáscara de maní. Silvano preguntó seca­
mente: -¿Es posible que el medio de la prensa esté tan co­
rrom pido en Buenos Aires com o en Paraná? El gordo se
sacó la gorra y se rascó la cabeza. -¡Lléveme de vuelta a la
estación!, dijo Silvano, esta ciudad no me gusta. El G ordo
dejó pasar un m om ento antes de decirle: —Escuche, Silva­
no, si quiere puede ocuparse solam ente de la página litera­
ria. -¿Y usted quién es para decidir?, le espetó Silvano de
mal hum or. - N o me presenté, contestó el G ordo, soy
Lauro Bochinchola, director del diario Crítica, y con una
ancha sonrisa le tendió la mano. Silvano se sobresaltó,
pero dudando decidió adoptar un tono a m itad de cam ino
entre la sorpresa y la ironía: —¿Usted, don Lauro B ochin­
chola? Al mism o tiem po que su m irada se hacía precisa re­
conoció en el rostro del G ordo los rasgos de don Lauro
Bochinchola, director de Crítica. El G ordo le palm eó la
espalda, riéndose. Luego se puso de pie y cam inó unos pa­
sos sobre la vereda, las manos unidas sobre los riñones, el
vientre y el cuello fláccidos. -M ire, Silvano, dijo sujetan­
do el cigarrillo dorado con los dientes, le prevengo que
Buenos Aires es una ciudad cuyas posibilidades usted no

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llega a imaginarse. - N o me im porta Buenos Aires, respon­
dió Silvano, lo que he visto me basta. U sted se divierte a
costa mía; gracias por los mil pesos. Se puso de pie, aun­
que la cabeza le daba vueltas. -In d íq u em e el cam ino para
la estación C onstitución, iré cam inando. Y después de un
silencio: -Y a entendí que no puedo esperar nada de Bue­
nos Aires. U sted es un millonario, don Lauro, y el espec­
táculo del pobre ridiculizado, como lo he sido yo, le per­
m ite vivir con la conciencia tranquila. Pero hay jóvenes en
la República que tienen otra idea de la hom bría. Y se alejó
en zigzag por la vereda, furioso de saberse borracho, po­
niéndose la camisa empapada. Pensó que el G ordo lo se­
guiría, pero no fue así, y no quiso volverse. Se encontraba
en un barrio residencial, las primeras m ucam as salían a
hacer las compras. Silvano decidió seguir a una de ellas
para llegar a un lugar desde donde pudiera telefonear a un
taxi, com o había visto en una película. Siguió los pasos de
una m uchacha chueca, vestida de guardapolvo y saco cor­
to de tweed colorado. Entró en un almacén y Silvano de­
trás. U n viejo gallego le protestaba a otra m ucam a que no
le había devuelto los envases. Las dos mujeres se rieron de
la cólera del viejo, que se puso a golpear sobre el m ostra­
dor. V iendo entrar a Silvano se atusó el bigote; las dos
mujeres se callaron. —¿Puedo servirme de su teléfono?,
preguntó Silvano. El almacenero le gritó casi: —¿Lo atro­
pelló un automóvil? Y Silvano, tom ando conciencia de su
camisa ensangrentada y de su acento entrerriano: —N o,
me sangró la nariz, lo único que quiero es tom ar un taxi
para ir a la estación C onstitución. Las dos mujeres p ro ­
rrum pieron en carcajadas. -L a estación está a la vuelta de
la esquina, le contestó el almacenero, no pudiendo conte­
ner la risa. Silvano saludó inclinando la cabeza y salió.
D obló a la derecha y se encontró en la Plaza C onstitución,

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al mism o tiem po que el Rolls-Royce del G ordo frenaba
delante de él. El G ordo salió dando un portazo. -U ste d es
un soberbio, le dijo, tom e su valija, Silvano, y la em pujó
fuera del auto, haciéndola rodar por el suelo. Yoli saltó del
Rolls y le sacudió al Gordo. - N o seas estúpido, G ordo de
mierda, le dijo, ¿no te das cuenta de que es un buen pibe?
-¡Estoy harto de buenos pibes, respondió el G ordo, para
com padritos me basta con los porteños, no me faltaba
más que un entrerriano! Se subió al auto y arrancó. El
M ono D iligenti se asomó a la ventanilla trasera vom itan­
do antes de que el Rolls se perdiera de vista. Silvano se
apoderó de la valija que le pesaba demasiado, decidió
arrastrarla fingiendo no ver a Yoli. Ésta, la m elena deshe­
cha, la enagua sobrepasando el «vestido» de lentejuelas,
renqueando sobre un solo zapato y arrastrando con una
m ano el zorro y con la otra la cartera, lo siguió en silencio.
Silvano hizo la cola para sacar el pasaje, m ientras Yoli lo
esperaba sentada sobre la valija, cabizbaja. U n a vez que
pagó el im porte fue a decirle: -Y oli, no tengo nada que
hacer en la capital. En Paraná no tengo más que un sueldo
de nada, pero mi escuelita es toda mi vida. M e dejé en­
ganchar por un espejismo, aún ayer creía en Buenos Aires.
H oy no; me vuelvo al pago. Se apercibió de que Yoli esta­
ba llorando, las lágrimas caían chorreándole el maquillaje.
Yoli de Parma, la que tanto lo conm oviera en el cinem ató­
grafo, constató de pronto. Se arrodilló a sus pies y tom án­
dole las m anos le dijo: —M e estoy com portando con usted
como un canalla, discúlpeme. —¿Ya no me tuteás?, pre­
guntó ella, haciendo pucheros. - N o soy nadie en su vida
para tutearla, Yoli. H asta ayer usted fue mi ideal de mujer;
he visto varias veces cada una de sus películas. Es probable
que cuando vuelva a verla en el cine, el recuerdo de este
m om ento me parezca mentira. M i vida no está aquí; en

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Buenos Aires no soy yo mismo. Adiós, Yoli, mi tren va a
partir. -Llevam e contigo a Paraná, suplicó Yoli. Esta
eventualidad dejó a Silvano estupefacto. -E sto y com pro­
m etido, respondió. -¿Entonces, mientras estabas conm igo
estabas pensando en ella? ¿Es más herm osa que yo? -E s
distinta, dijo Silvano, y recibió una bofetada de la m ano
certera de Yoli. Se indignó y apretó los puños para no pe­
garle, se alejó unos pasos. Volvió la cabeza y le dijo sobre
el hom bro: - M i novia no es de las que m endigan cariño a
un hom bre. Yoli le saltó encim a y le arañó las mejillas con
las diez uñas. —¡Entrerriano puto!, le gritó. ¡El día que se­
pas cogerte a una m ujer como yo, m andam e un telegrama!
Silvano la aferró por el cuello y la sacudió, luego le m or­
dió los labios m ientras su m iem bro se ponía duro y la es­
trechaba con fuerza contra sí. —El día que te coja un entre­
rriano, le dijo, le mandás un telegrama a tu madre, porque
habrás nacido de nuevo. -¡Cógem e, negro, respondió ella
devolviéndole el beso m ientras la m ano de Silvano le afe­
rraba la cintura. -¡V am os a casa, busquem os un changa­
dor! La valija los precedió hasta un taxi. -¡A O ro y Alvear,
gritó Yoli al chofer, una buena propina si llega rápido! Sil­
vano deslizó su m ano sobre las medias de seda bajo la po­
llera y la introdujo entre el portaligas y las nalgas, al tiem ­
po que le m ordía el cuello. Ella se estremecía chupándole
la oreja. N o bien el auto frenó, Yoli le dijo al chofer: - D é ­
jele la valija al portero, tirándole un m anojo de billetes, y
arrastró a Silvano de la mano a la entrada de la lujosa casa
de apartam entos donde un ascensor se abrió para dejarles
paso. Yoli le arrancó la camisa, desgarrándola, y le lamió
los pelos del pecho m ientras él le bajaba la bom bacha de
encaje negro. E n el piso Yoli abrió la puerta febrilm ente
con una llave Yale mientras Silvano le bajaba el cierre re­
lámpago del vestido. Se desnudaron en la entrada, jadean­

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do; Silvano la abrió de piernas en un diván tapizado de
piel de nu tria y la penetró de golpe, ella se puso a gritar:
-¡R óm pem e, guacho, dámela toda, entram e hasta el fon­
do! Era la segunda vez que Silvano penetraba a una mujer;
todo lo que la víspera con D orita fue retenido por una pa­
sión dem asiado pura, estalló en una orgía salvaje; m ientras
le m ordía los enormes pezones, le introducía el índice en
el ano, luego se retiró y hundió la cabeza entre las piernas;
ella se dio la vuelta y se introdujo el pene en la boca. Sil­
vano le frotaba el clítoris con los bigotes al tiem po que le
introducía la lengua entre los labios de la vulva, luego la
puso de cuatro patas y la poseyó contra natura, m ientras
Yoli aullaba com o una gata en celo. —¡No acabés! -g ritó
ella y zafándose corrió a un bargueño; revolvió en un ca­
jón. Silvano se apretó los testículos para no eyacular, Yoli
volvía con un bol chino repleto de polvo blanco y le dijo:
-¡O le, guacho! Silvano dudó. Sabía que se trataba de co­
caína; Yoli introdujo la nariz adentro y aspiró abundante­
m ente, él la im itó. Le parecía ser de p ronto otra persona
cuya naturaleza ignoraba, se precipitó sobre ella y le m or­
dió los senos, las piernas y las nalgas. Ella gritaba de pla­
cer, se colgó de una cortina y él la penetró parado, relin­
chando com o un potro. C uando fue poseído por el coito
vio estrellas verdes girar dentro de sus ojos y sintió sacudi­
das en la nuca mientras el pelo se le paraba sobre la cabeza
y su piel se cubría de sudor frío como si hubiera estado la­
mido po r las olas del mar. El placer que hasta entonces
había sólo sospechado en el glande durante diez años de
m asturbación lo sintió por prim era vez en todo el m undo.
Cada espasmo le arrancaba un alarido. Cayó extenuado
sobre Yoli, luego la besó tiernam ente en la boca y le m u r­
muró: —Gracias, am or mío, mientras los ojos se le llena­
ban de lágrimas. El teléfono, que sonó al lado de ellos, lo

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sobresaltó. Yoli descolgó y le pasó el tubo diciendo: -E l
G ordo Bochinchola. La voz del G ordo reía: -¡C u á n to le
apuesto que están haciendo chanchadas! Pero no se me
atragante de cocaína, com pañero, que acá lo estoy espe­
rando en el diario con un asunto que le va a interesar. Pé-
guese una ducha mientras le m ando al M ono D iligenti
con el Rolls, y colgó sin darle tiem po de contestar. Silvano
abrazó a Yoli contra la alfom bra y apretándola bien fuerte
la miró a los ojos. Le preguntó: -¿M e amas?, m ientras el
m iem bro se le ponía duro y trataba de penetrarla. Ella lo
rechinó. -A y, negro, dejame, que me dejaste la concha ar­
diendo. ¿Cuántos años hace que no cogías? Y poniéndose
de pie le dijo: —A ndá a ducharte que el G ordo se va a eno­
jar si llegás tarde al empleo. Silvano contestó: —N o estoy
seguro de aceptar este empleo. —Vos lo que sos es un loco,
le contestó Yoli de mala manera. T e creés que te vas a
conquistar a Buenos Aires de puro guapo; no serías el pri­
m er provinciano que en menos de una semana term ina ti­
rado en una cuneta. ¿Qué te creés, que te voy a m antener
yo? ¡No serán pijas lo que me falta, si te creés que estoy en
ayunas!, y descorrió las cortinas de terciopelo rosa, dejan­
do entrar el sol del amanecer. Silvano m iró por prim era
vez a su alrededor. Se encontraba en medio de una alfom ­
bra celeste de lana espesa; todos los muebles (consolas,
mesas ratonas y divanes mullidos) estaban forrados de
seda o laqueados en diversos tonos de celeste. H abía varias
estatuas doradas representando a Buda y una piel de leo­
pardo alfom braba el techo, del centro del cual colgaba una
araña de cristal. Silvano reconoció el decorado de la pelí­
cula Besos en la Facultad, en la que Yoli encarnaba a una
hija de familia conservadora, huérfana de madre, que se
enam ora de un com pañero de facultad de origen m odesto
y logra convencer al padre para casarse. La últim a escena

96
de la película, la noche de bodas, transcurría en este de­
partam ento, donde Yoli entraba vestida de novia en bra­
zos del célebre galán Angel Magaña. - N o sos la m ism a
m ujer que imaginaba, dijo Silvano, poniéndose de pie.
Pero no im porta, te quiero de veras; la aferró por los h o m ­
bros. ¿D ónde está el baño? V ení que nos ducham os ju n ­
tos, y trató de besarla. Ella lo empujó. -D ejam e que tenés
olor a chivo. Lo precedió por un corredor larguísimo,
donde las cabezas de jabalí que adornaban los m uros for­
zaron a Silvano, que m edía casi dos metros, a cam inar
agachado. Llegaron a una sala de baño espaciosísima ro­
deada de espejos, en el centro de la cual se encontraba una
bañadera hexagonal de tres metros de diám etro sobre la
cual chorreaba una cascada de espuma. El Senador esta­
ba dentro frotándose la espalda del esm oquin con una es­
ponja. Le gritó a Yoli cubriendo el ruido de la cascada:
-¿D ó n d e te habías metido, puta de mierda? ¡Me desperté
en el cam ión de la basura! Yoli agarró un cepillo de plata y
le pegó en la cabeza. -¡T e mato!, gritaba encarnizándose a
golpes. El Senador cayó boca abajo al agua de la bañadera.
Silvano, tem iendo que se ahogara, se precipitó bajo el
chorro de agua hirviendo y se escaldó la espalda; retroce­
diendo, cam inó sobre un jabón y resbaló; cayendo sobre
los riñones contra el borde de m árm ol de la bañadera sin­
tió un dolor trem endo en el brazo izquierdo, que le arran­
có un alarido. Se aferró al Senador. La cascada los quem ó
a ambos; cada uno se arrastró como pudo fuera de la ba­
ñadera. Yoli, desnuda con chinelas de pom pón rojo, se
desgañitaba de risa sentada sobre el bidet envuelta en una
nube de vapor. Silvano se asfixiaba, se arrastró fuera del
cuarto de baño con el Senador aferrado a una pierna.
Cayó sobre la m oqueta mostaza del corredor, se desem ba­
razó del Senador, que parecía asfixiarse, colorado como

97
una langosta. Silvano le desanudó la corbata y le desabro­
chó el cuello de la camisa, el otro se puso a respirar. —Se
levanta la sesión, m urm uró. Yoli salía del baño hecha una
furia y arrem etía contra ambos a golpes de banco de toca­
dor. Se salvaron com o pudieron hasta llegar a la entrada
seguidos por Yoli. —¡Si no se van enseguida los m ato a los
dos! A brió la puerta del piso donde el M ono D iligenti los
m iraba con ojos de plato. Recibió de yapa un chichón en
la cabeza antes que Yoli les cerrara la puerta en la cara a
los tres, dejándolos solos en el pasillo, frente al ascensor.
El M ono, indignado, le gritó a Silvano: —¿Espera presen­
tarse en el diario Crítica desnudo, pajuerano? ¿Para eso le
pagamos el pasaje? —N o será usted quien me habrá pagado
el pasaje, M ono contrahecho, le contestó Silvano. Y llamó
el ascensor. —M e voy desnudo, dijo, entrando, que me lle­
ven preso, que me traten de loco, ¡prefiero la cárcel o el
manicomio! Antes que el ascensor tuviera tiem po de ce­
rrarse, el M ono y el Senador saltaron adentro. —¡Usted
está loco!, le gritaba el M ono, si lo llevan preso, ¿se da
cuenta del escándalo para el diario Crítica,? El Senador se
aferraba a su brazo suplicándole: —¡Por favor, Silvano, no
me mezcle en un escándalo! Silvano explotó de rabia.
—¡Corrom pidos de mierda!, les gritó, mientras el ascensor
llegaba a la planta baja, y salió resoplando como un loco,
los músculos tensos. En el medio del hall se encontraba su
valija abierta, el portero revisaba adentro, la cerró precipi­
tadam ente al verlo. Silvano lo apartó de un codazo, sacó
un par de pantalones y una camisa blancos, se calzó de al­
pargatas y se puso un poncho colorado y les dijo al M ono
y al Senador: —A quí estoy vestido como me vistió m i m a­
dre, que en paz descanse. C uando tengo el h o n o r de en­
contrarm e entre payasos, me sale el alma de payador. ¡Llé­
venm e al diario Crítica, quiero verlo antes de volverme al

98
pago! —Por fin entra en razón, m uchacho, dijo el Senador,
y salieron afuera; el Rolls Royce los esperaba. El M ono
le preguntó: —¿Usted sabe manejar? Silvano respondió:
-¡D em e las llaves! Entró y se sentó en el asiento del cho­
fer. El M ono le dijo: —N o se preocupe, yo le hago los
cambios. El senador entró atrás, arrastrando la valija. Sil­
vano arrancó sin dificultad, dándose cuenta de que la ú n i­
ca diferencia entre este automóvil y los otros consistía en
que el lugar del conductor se encontraba a la derecha y
que rodaba en silencio. -G ire a la izquierda, le dijo el
M ono. Silvano, en lugar de obedecer, se internó en el R o­
sedal de Palermo. Llegaron a un lago donde había cisnes,
Silvano frenó, salió del auto dando un portazo y se acercó
al borde del lago. Se puso las m anos en los bolsillos y res­
piró hondo. El sol empezaba a estar alto, vio una ardilla
saltar en un matorral, los teros volaban bajos. Se volvió; el
Senador y el M ono lo esperaban en el autom óvil con el
m otor en marcha. Silvano se alejó internándose en un
sendero bordeado por canteros de rosas cubiertas aún de
rocío. En el silencio donde sus pasos parecían afelpados
sintió la brisa fresca del amanecer sobre la cara. En un re­
codo tropezó con una estatua de m árm ol blanco que re­
presentaba a Leda y a un cisne en una posición equívoca.
Silvano se apoyó contra ella y encendió un cigarrillo. Sus
largas veladas de poeta le habían inducido al vicio de h a­
blar en voz alta cuando, al dudar sobre su destino, se daba
órdenes. - A lo mejor son los demás los que tienen razón, y
sos vos, Silvano U rrutia, pelotudito entrerriano, el que vi­
vís en la luna. H asta el día de hoy tu vida no fue más que
una rutin a estúpida; te abren las puertas de Buenos Aires y
te negás al éxito por orgullo. Porque te da vergüenza que
en Paraná se enteren que te gusta el lujo. Esta últim a frase
le sorprendió al oírla de su propia voz. Pero ¿y Dorita? ¿Si

99
la amara de verdad? Y se gritó a sí mismo: -¡Soy joven y
no le debo nada a nadie! ¡Nada me interesa más que mi
propio destino! Y se quedó m udo, como si la frase lo h u ­
biera dejado sin fuerza para seguir pensando. El Senador y
el M ono D iligenti llegaban cam inando de la m ano por un
sendero. —M ire, Silvano, dijo el M ono, se lo rogamos por
últim a vez. Ya sabemos que el prim er día en Buenos Aires
es agotador, pero usted tam bién tiene que pensar que so­
mos gente de edad, podríam os ser sus padres, y no tene­
mos ganas de seguir persiguiéndolo por Buenos Aires. U s­
ted no es el único m uchacho provinciano que prom ete. Si
desiste dígalo de una vez por todas, encontrarem os a otro.
Silvano respondió: -Y a lo entendí todo. Estoy dispuesto a
cortar con m i pasado y hasta con mis ideales, pero a lo
único que no estoy dispuesto es a que me pongan en ri­
dículo. Ya sé lo que quieren de mí: ¡aprovecharse de la
im agen de un m uchacho provinciano puro para esconder
detrás de ella más mierda que en un pozo ciego! -P e ro
qué dice, Silvano, saltó el M ono Diligenti, ¿cómo se cree
que gente de nuestra edad pueda divertirse utilizando a un
m uchacho com o usted? -¿Y toda esta farsa con la gran ac­
triz Yoli de Parma, que después de drogarm e me tira a pa­
tadas desnudo en el ascensor? -E lla es así, dijo el Senador.
A nosotros nos trata todavía peor. -¿Q u ién lo m andó a
enchufarse con ella?, preguntó el M ono. -U stedes m e dan
asco, les respondió Silvano, ¡lo único que quiero saber es
cuánto me pagan! —Lo que quiera, respondió el M ono. Yo
soy el adm inistrador del diario, así que no hay problemas.
—¿Usted, el quinielero? -S o y quinielero por vicio, respon­
dió el M ono. T om e, Silvano, para empezar; y sacó un fajo
de billetes de mil pesos del forro del som brero. Silvano le
respondió: - N o escupo sobre el dinero, y se lo m etió en el
bolsillo. Volvieron al auto, Silvano se sorprendía de su

100
propia audacia. El Senador le palmeó la espalda: —Si quie­
re, esta tarde le acom paño a mi sastre. Siguiendo las indi­
caciones del M ono Diligenti, Silvano condujo por varias
avenidas; la ciudad empezaba a despertarse. Llegaron al
diario Crítica. El M ono dijo: —¡Finalmente en casa! Entre
solo, m ientras nosotros nos dorm im os una siestita en el
auto. El Senador ya roncaba en el asiento posterior y el
M ono se acostó en el suelo en su lugar habitual. Silvano
bajó del auto encendiendo un cigarrillo para darse com ­
postura. Se encontraba frente a un inm enso edificio de
m árm ol blanco. Sobre la puerta, esculpido en metal dora­
do, el nom bre de Crítica, rodeado de neón. Todas las ven­
tanas estaban iluminadas y a través de las paredes se escu­
chaba el ruido de las rotativas. Silvano se internó en la
escalera de m árm ol rosa ascendente, llegó al prim er piso
tropezando con el G ordo Bochinchola, esta vez vestido
con un traje de seda blanca. U nos papeles se le cayeron al
suelo, que Silvano se precipitó a recoger, el G ordo tam ­
bién; se chocaron las cabezas. El G ordo gritó: -¡M u ch a­
chos, acerqúense al fogón que llegó el com pañero entre-
rriano! Silvano fue rodeado inm ediatam ente por cuatro
jóvenes de su edad que le palmearon la espalda estrechán­
dole la m ano. Estaban todos en mangas de camisa y tira­
dores con nudos de corbata impecables. —¡Felicitaciones!,
le dijo el prim ero, tu poem a nos dejó helados. - T e reser­
vamos la prim era página del suplem ento literario, le dijo
el segundo. El G ordo Bochinchola le palmeó la cara y le
dem andó: —¿Así que te cogiste a la Yoli? Los demás estalla­
ron de risa. —Vení, le dijo uno de ellos, que te m uestro el
am biente. Se presentó: —H oracio Silberman. Lo arrastró
por un brazo entrando en una escalera de caracol de metal
oculta po r el ascensor. El ruido de las m áquinas se m ulti­
plicó a m edida que descendían. D esem bocaron finalm en­

101
te en un inm enso recinto donde las rotativas tronaban, es­
cupiendo cintas paralelas de diarios que eran empaquetados
por la m ism a m áquina y los paquetes cargados com o reses
por obreros que los tiraban en el interior de camiones que
partían uno detrás del otro a toda velocidad, m ontando
una ram pa. Silvano se sintió im presionado por el espec­
táculo de la gran maquinaria, que nunca había sospechado.
-E s la edición para la provincia, le gritó H oracio al oído;
hace diez m inutos le pusimos el título, dentro de m edia
hora estará en el aeropuerto, y esta tarde en todos los
quioscos de la República, y se rió, estrechándole los h o m ­
bros. —¿Q ué te parece este imperio, loco? Parados sobre
un balcón observaron el m ovim iento de los obreros, cuya
velocidad era solam ente comparable a la de las máquinas,
pareciendo form ar parte de ellas. -Y todos estos m ucha­
chos están m uy bien pagados, le gritó el otro al oído cu­
briendo el ruido ensordecedor de las rotativas. ¡La mayoría
se ganan en dos o tres años con qué fundar u n hogar h o ­
nesto! V ení por acá. Y lo arrastró del brazo al balcón, que
súbitam ente se puso a caer chirriando; era una escalera
de incendio como en las películas de gángsters de H olly­
wood. Silvano se aferró a la baranda, una inm ensa rotativa
desfiló frente a sus ojos antes de llegar al suelo de golpe. El
ruido de las m áquinas se hizo casi insoportable, H oracio
Silberman lo em pujó a tiem po para evitar un rollo de pa­
pel de dos m etros de diám etro que avanzaba por el corre­
dor a toda velocidad em pujado por un obrero, Silvano
metió un pie en un tarro de engrudo y rodó al suelo. H o ­
racio Silberm an se precipitó a ayudarlo y resbalaron am ­
bos, cubriéndose de aserrín, que los hizo toser. Silberman
lo arrastró detrás de la rotativa, donde el ruido era menos
fuerte; Silvano volvió a sangrar por la nariz. -¡N o es nada!,
gritó. Silberman trató de limpiarlo con un diario, no hizo

102
más que ensuciarlo más. A Silvano le dieron arcadas, la
tinta tenía olor a éter. Silberman lo arrastró a un ascensor
dorado con una banqueta forrada en piel de zorro. Silvano
vom itó encima. El ascensor se elevó a toda velocidad. Sil­
berm an lo arrastró por un pasillo hasta un baño y lo hizo
entrar en la bañadera, dem ostrando ser más fuerte física­
m ente de lo que se suponía por su com plexión de flaco, y
abrió la ducha helada. —Desvestite que tengo ropa de so­
bra, voy a buscarte un Alka-Seltzer. Silvano se sacó el pon­
cho y la camisa bajo la ducha. El otro le gritó: -¡Sacate los
pantalones, sin vergüenza! Le tendió un vaso lleno de un
líquido burbujeante. Salió de la bañadera y se sentó en el
inodoro, le dolía la barriga. Se puso a cagar fuerte. Silber­
m an salió, cerrando la puerta. Se le retorcían las entrañas,
cada pedo retum baba en el inodoro. -E s esta porquería de
cocaína, pensó. C uando su vientre se calmó tiró de la ca­
dena y se lavó en el bidet. Se puso la robe de chambre de
toalla blanca que H oracio le tendiera y salió del cuarto
de baño. Se encontró en una inm ensa habitación, los m u­
ros eran de m árm ol rosa y el piso de m árm ol blanco, en el
centro una mesa cubierta de diarios donde Silberm an esta­
ba sentado hablando por teléfono. Le hizo una seña con la
mano y siguió hablando: —¡No podemos volver a titular con
H itler por segunda vez en una semana! ¿No hay ningún
crim en interesante? ¡Esperemos hasta mediodía!, y colgó.
Y m irando a Silvano se rió: -¿Pero qué te hizo esa loca de
la Yoli de Parma? ¿Te chupó los sesos? Silvano, sonriéndo-
se, le dijo: —Son cosas que nos pasan a los pajueranos en la
capital. Silberm an le palmeó la espalda y em pujó la puerta
corrediza de un armario donde colgaban decenas de trajes
de seda en todos los tonos que van del beige al blanco y
algunos esm óquines negros. -¿C u án to te apuesto que te­
nemos las mismas medidas? Le tendió unos calzoncillos de

103
seda celeste y una camisa como la de él, de seda rayada
beige, celeste y blanca. Silvano se los puso y entró dentro
de los anchísimos pantalones, que le iban un poco cortos
pero le llegaban al em peine con los tiradores flojos. Los
zapatos, mocasines blancos con taquito, le iban un poco
estrechos, pero H oracio le aseguró que el fino cuero cede­
ría una vez que cam inara algunas horas. -Y ahora, el to ­
que maestro, dijo Silberman. T e pondrás mi m ariposa fa­
vorita. Lo em pujó frente al espejo y le colocó un m oño de
seda en pied-de-poule en tonos caramelo en el cuello, anu­
dándolo con sus dedos ágiles. - T e tenés que cortar esa
melena, le dijo H oracio, parecés Alfredo Palacios, hacien­
do alusión al célebre viejo diputado socialista. Acá, la go-
m ina es de rigor. ¿Sabés que estás m uy buen mozo?, le
dijo. N o me extraña que la Yoli te saltara encima. El telé­
fono sonaba y H oracio fue a atenderlo. En la habitación
anexa, espaciosísima, Silvano vio un lecho que un m uca­
mo negro vestido de esm oquin estaba cubriendo con una
piel de visón blanco. Le hizo una sonrisa y se inclinó casi
hasta el suelo. H oracio le dijo: -E stas son tus habitaciones
hasta que te alquiles un departam ento, yo no duerm o acá
más que cuando la noche se presenta dura. Y esta noche
ha sido una pesadilla, agregó, restregándose los ojos. Y res­
pondiendo al teléfono gritó: -¡Estoy harto de titular con
Hitler!, y colgó. El G ordo Bochinchola se está volviendo
loco, suspiró. Le tendió un cigarrillo egipcio que Silvano
aceptó. Lo m ejor para la resaca es tomarse un buen whisky
con leche. Fue hasta una heladera disim ulada en un m ue­
ble y sacó una botella y hielo m ientras m urm uraba: —A
esta hora, si no me doy un golpe de whisky agonizo... ¡Y
todavía nos faltan la prim era y la tercera página! Se dejó
caer en el diván ju n to a Silvano y le tendió su vaso, golpeó
el suyo contra él diciendo «Chin-Chin», para brindar,

104
com o los americanos. Silvano bebió la leche helada donde
apenas se apercibía el gusto del licor, que cayó en su estó­
mago com o un bálsamo; se sintió resucitar. —Este diario es
un quilom bo, viejo, suspiró Horacio colocándole la mano
sobre la rodilla y apretándosela durante un m om ento. Sil­
vano sospechó que el otro era homosexual y se quedó ten ­
so, esperando la evolución de la situación. El m ucam o ne­
gro entró con una bandeja de plata donde había pequeños
canapés de caviar que les tendió riendo casi. Silvano esco­
gió uno, aprovechó el m ovim iento para alejarse sensible­
m ente de Silberman, sentándose casi en el borde del di­
ván. El caviar le repugnó como todos los gustos m arinos a
los que no estaba acostum brado, pero lo tragó forzándose.
El negro se retiró inclinándose. El teléfono sonó, pero, en
lugar de atenderlo, Silberman se puso a dar patadas contra
el sillón gritando: -¡Estoy harto! ¡Estoy harto! Silvano se
apercibió de que Horacio era mayor que él, debía tener
unos treinta años, pero su pelo rubio, su piel tersa y sus
grandes ojos azules lo hacían parecer a prim era vista de
menos de veinte. Lágrimas le corrían por sus mejillas pe­
cosas, salió corriendo entrando en el cuarto de baño. Sil­
vano se sentía mejor, entró en la habitación contigua y la
atravesó casi sin mirarla. Llegó al balcón y se apoyó en la
baranda de espeso m árm ol blanco. El am anecer en Bue­
nos Aires era lento, no como en Paraná, que el sol saltaba
de golpe com o una pelota de ping-pong; aquí la brum a
del Río de la Plata cubría el sol hasta más tarde. Silvano
escuchó a lo lejos las sirenas de los barcos; m irando a su
izquierda apercibió una m ultitud de grúas del Puerto de
Buenos Aires detrás de la Casa del G obierno, que adquirió
tonos tornasolados en la luz espesa. U na gaviota pasó
frente a él, gritando. A su derecha, en la otra extrem idad
de la Avenida de Mayo, vio el im ponente edificio del

105
Congreso, que conocía por haberlo visto reiteradam ente
en los noticieros de cine. Le pareció más grande o más pe­
queño, pero distinto. El ruido y el olor de la ciudad, pen­
só, cam bian la visión de los m onum entos. N u n ca se había
encontrado en un sitio tan alto, dom inaba con la m irada
toda la Avenida de Mayo, donde los automóviles se despla­
zaban a gran velocidad; escuchaba el concierto de las boci­
nas; las veredas horm igueaban de gente; las mesas de los
cafés, a m edida que los mozos las sacaban, se llenaban de
parroquianos. U n avión pasó escribiendo con hum o en el
cielo: «Crítica». Se quedó absorto observando el laborioso
m ovim iento de abeja del avión minúsculo. E ntretanto
H oracio Silberm an puso un disco de M ozart en la vitrola
y se acercó a Silvano acom odándose a su lado. —¿No te pa­
rece fantástica la publicidad del avión?, le preguntó. —Has
encontrado la palabra, contestó Silvano, todo Buenos Ai­
res pertenece al reino de la fantasía. T e agradezco este traje
que tengo puesto, los mocasines blancos y esta ridicula
corbata. C uando me encuentre en Paraná con mi novia
m añana de mañana, este disfraz será testigo de que no he
soñado. Silberm an preguntó displicentemente: —¿No te
gusta el poder? -¿Q u é poder?, le espetó Silvano. ¿El poder
de las rotativas? ¿Esos pobres m uchachos indios que traba­
jan com o burros para ganarse el puchero y ese negro que
se viste com o el rey de Inglaterra para servirte caviar? ¿Tan
locos están todos ustedes? El discurso de Silvano im presio­
nó a Silberm an, que le respondió confuso: - M e considerás
una basura, Silvano. Y lo dejó solo en el balcón. Silvano lo
siguió adentro. —N o te considero una basura, le dijo, pero
com prendé mi posición: hasta hace apenas dos horas creía
ser un escritor y, por qué no confesarlo, un poeta; mi im a­
gen del poder, como vos decís, se lim itaba al poder de
los ideales y de la imaginación. N o te niego que me cause

106
placer estar vestido como un príncipe. Pero ¿para qué? Soy
tan ateo com o vos, pero a veces me pregunto adonde va­
mos. -H a c é lo que quieras, le respondió Silberm an y salió
de la estancia dando un portazo. -Ju d ío puto, pensó Silva­
no. Descolgó el teléfono. Le respondió una voz de mujer:
—H oracio, ¿le paso los mármoles? Silvano contestó: - Q u i ­
siera hablar con Paraná, señorita, provincia de Entre Ríos.
El 12 en larga distancia. Ella se equivocó y le pasó el 12 en
Resistencia, un farmacéutico lo trató de asno y colgó. In ­
sistió y escuchó la voz adorm ilada de D orita: -J u a n P orta­
les, almacén en ramos generales, le dijo. -S o y yo, D ora,
dijo Silvano. -¿ Q u é te pasa?, se sobresaltó ella. - M e pasa
que te quiero, le respondió él. —¿Estás seguro que no te
pasa nada, Silvano? Tenés una voz rara. —N ada, am or
mío, solam ente necesitaba escuchar la música de tu voz.
C uéntam e cómo te fue ayer en la escuela con los niños.
-¿Y para eso me despiertas a las siete de la mañana? Silva­
no constató que era tem pranísim o. —T antas cosas m e han
pasado, am or mío, desde que he llegado, le dijo. Esta ciu­
dad es increíble, D orita. Todo pasa a un ritm o endiabla­
do. M e parece que me estoy volviendo loco. D ebe ser p o r­
que he bebido y he tom ado cocaína. —¡Cocaína!, gritó
D orita. Silvano, ¿estás bien? Silvano se sintió sin fuerzas
para explicarle todo a D orita. H abía esperado de esta lla­
m ada telefónica que D orita lo reconfortara en lugar de in­
quietarse ella misma. -C la ro que estoy bien, le m intió, es
una brom a. M e instalaron en el diario en unos aposentos
increíbles, de m árm ol. Todavía no sé cuánto me pagan.
T odo el m undo me trata m uy bien, aunque no sé todavía
lo que quieren de mí. Pensando mentirle, tuvo la extraña
sensación de estar diciendo la verdad. -¿E n un aposento
de mármol?, la voz incrédula de D orita le confirm ó lo ab­
surdo de la situación, y para volver a la realidad le detalló

107
el lugar. -¿V es que estoy bien, tontita? A hora vuélvete a
dorm ir, que los alum nos no llegarán antes de las nueve. Y
dales duro con el dictado, que esos brutos tienen demasia­
das faltas de ortografía. T e llamaré por teléfono más tarde.
Y colgó. Pensó que lo más urgente era tener una conversa­
ción seria con Lauro Bochinchola. Por el techo abovedado
se dio cuenta de que estaba en el últim o piso; recordó que
había llegado en ascensor. Lo buscó, se encontraba en el
fondo de un corredor; el ascensor se abrió y el G ordo Bo­
chinchola estaba adentro. -¡Silvano!, le gritó alegremente
palm eándole la espalda. ¡Lo busco por todas partes y usted
se me había escondido acá! Lo arrastró sosteniéndolo por
la cintura adentro del ascensor, que descendió a toda velo­
cidad algunos pisos. —Venga que le m uestro su escritorio,
le dijo, sin soltarlo. Silvano se dijo que debía ser costum ­
bre en Buenos Aires tenerse agarrados entre hom bres. E n­
traron en un espacioso corredor alfom brado, el G ordo
abrió una puerta diciendo: -E sta es Graciela, su secretaria.
U na m uchacha rubia con trenzas y flequillo que escribía a
m áquina volvió la cabeza al sentirlos entrar. Se rió y se ru­
borizó al verlo. -E s la hija de Yoli, le dijo el G ordo, ce­
rrando la puerta. Atravesó el corredor y abrió otra puerta
donde el nom bre de Silvano U rrutia estaba escrito en una
chapa, diciéndole: -E n tre adelante, éste es su escritorio.
T odo era de color habano, los m uros de caoba, los m ulli­
dos sillones de cuero inglés y la gran mesa redonda del
centro de roble, cubierta por diarios y teléfonos. El G ordo
se sentó en el brazo de un sillón y encendió un cigarro;
Silvano, de pie, m iraba por el balcón. Reconoció el mismo
paisaje de antes pero desde más cerca; el bullicio anónim o
de la ciudad, atravesado por los gritos de los canillitas y el
ruido de las bocinas de los autos se sentía más nítido.
C om o trasfondo se escuchaban las rotativas. -Y a sé lo que

108
está pensando, Silvano, le dijo el G ordo. U sted piensa que
me he portado mal con usted. -¡E n absoluto!, le respon­
dió Silvano. T odo el m undo se ocupa de m í con una soli­
citud extraordinaria. Pero antes de saber si aceptaré o no
su propuesta, espero que me sea formulada. U sted sabe
quién soy yo, yo no sé quién es usted. El G ordo le respon­
dió secamente: —Yo tampoco sé quién es usted, pero de
usted lo espero todo. Silvano tuvo de pronto la im presión
de que el G ordo Bochinchola era otro hom bre. El G ordo
se acercó al balcón sacando pecho, parecía casi un hom bre
cuadrado y voluntarioso. -¿M e perm itís que te tutee, m u­
chacho?, le preguntó, apoyando el codo en su hom bro;
Silvano pensó con sorpresa que el G ordo era más alto que
él, luego se apercibió de que estaba parado sobre una mace­
ta. -¿Ves esta ciudad?, le preguntó. Dios me ha puesto sobre
esta ciudad como un tábano sobre un noble caballo, para
picarla y m antenerla despierta. Silvano le contestó: —Reco­
nozco la célebre frase de Sócrates con la pequeña diferen­
cia que se trataba de picarlo, tratándose de un caballo, y
no de picarla como si se tratara de una yegua, y una ciu­
dad no es una hem bra que cualquier tábano se coge. Re­
conozco el esfuerzo de los hom bres y mujeres que levanta­
ron esta ciudad y los saludo bien alto desde lo alto de mi
escritorio en el diario Crítica, pero en las ciudades no hay
tábanos, hay moscardones. ¡Y no se apoye en m i hom bro
que no soy una tranquera! El G ordo se apartó, bajándose
de la maceta. —¡Tal cual me lo imaginaba! ¡Tenés reales
dotes de orador, muchacho! ¡Sos el hom bre que esperaba!
Siem pre fui un jugador y toda esta riqueza que tanto te
choca, y con razón, la gané apostando sobre hom bres en la
carrera de la vida. Pero la diferencia entre el hom bre y el
caballo, m uchachito entrerriano que respeto, y me saco el
som brero (y se lo sacó), consiste en que los caballos no

109
construyen ciudades y que cuando ganan una carrera son
los propietarios de los caballos los que se m eten la plata en
el bolsillo. Despreciás al M ono D iligenti porque es un
quinielero y todo lo que sabe hacer en la vida es ganar pla­
ta, pero te olvidás que fue un m uchacho tan hum ilde
com o vos que empezó la vida de jockey. -¡N o quiero ter­
m inar la vida en ese automóvil inglés, replicó Silvano y lo
señaló, treinta m etros más abajo, borracho y revolcado en
el vóm ito com o ese M ono! —¡Ese M ono es mi hermano!,
le gritó el G ordo, furioso, y te prohíbo que lo insultes. Si
estás vestido de seda de la cabeza a los pies es gracias a mi
herm ano el M ono. Silvano se arrancó la camisa y la tiró
por el balcón, fue a parar sobre la mesa de un café luego
de planear en el aire. -¡Lím piense el culo con esta camisa
de seda, porteños!, gritó. Y volviéndose le dijo al G ordo:
-¿Le parece que me saque tam bién los pantalones para
que me coja? ¡Si quiere me pongo en cuatro patas! G racie­
la entró con una bandeja de plata en la que hum eaban dos
cafés en pocilios de porcelana dorada. -A y, estos hom bres
siem pre peleándose. Pero le prevengo, Silvano; para que
acepte ser su secretaria tendrá que tratarm e con guantes de
seda. Ella m ism a estaba vestida con un chemisier de seda
blanca, ídem la pollera plisada. La presencia de la bandeja
no le im pidió evolucionar con gracia al abrir y cerrar la
puerta. Recién remarcó Silvano su asombroso parecido
con su madre; se parecía más a la Yoli de las películas que
la m ism a Yoli. N o debía tener más de dieciséis años. Le
tendió la bandeja preguntándole: -¿ U n terrón o dos?
—Dos, respondió él. Graciela escogió dos terrones hábil­
m ente con una pinza y los dejó caer en un pocilio que le
tendió. Las m anos de Silvano tem blaban al revolver el
café, de tal m anera que la taza rodó sobre la pollera de
Graciela, m anchándola. Se agachó para recoger la taza y

110
chocó contra la bandeja tirándola al suelo. Se hizo un chi­
chón en la frente, cubriéndose de café que le quem ó la
cara, chorreándole por los bigotes y la pelam bre del pe­
cho. Ella se puso a reír al ver su confusión y le dijo:
-¿Pero sabe, Silvano, que usted es un verdadero pajuera-
no?, sonrojándose ella también. Silvano trató de limpiarle
la pollera con la cortina de terciopelo, pero ella se resistió,
creyendo tal vez que él aprovecharía para tocarle las pier­
nas. Salió corriendo dando un portazo, abandonando la
bandeja en el suelo y gritando: —C orro a cam biarm e y le
traigo otra camisa. El G ordo Bochinchola se había queda­
do hundid o en un sillón durante todo ese rato con la m i­
rada baja y chupando el cigarro. —Si tiré el café al suelo es
porque no estoy acostum brado a las bandejas de plata,
dijo Silvano, rom piendo con el talón del mocasín blanco
la taza de porcelana contra la alfombra. Se apercibió de
que estaba llorando. Era más: se sacudía con sollozos que no
podía contener; se dejó caer en un sillón frente al sillón
del Gordo, que continuaba con la mirada baja. U n largo m o­
m ento pasó. —¿Qué es lo que me reprochas, muchacho?, le
preguntó el G ordo. Silvano le contestó conteniendo su
llanto: -U ste d pretende todo de m í sin decirm e en qué
consiste el todo. Pero yo puedo contestarle que yo no
quiero nada, ¿está claro? El G ordo se levantó y le tendió
un pañuelo de seda blanca, diciéndole: -S o n ate los m o­
cos, mocoso. Y como prim era lección en la vida aprendé
que todo el m undo quiere todo, hasta los perros. G olpea­
ron a la puerta, entró tím idam ente un hom bre de pelo
gris con enormes orejas puntiagudas, la camisa m anchada
de tinta, un fajo de papeles bajo el brazo. —¿Los interrum ­
po, don Lauro?, preguntó. El G ordo le contestó secam en­
te: -¡Ya le dije que hoy no quiero ocuparm e del diario,
Semillita! Vaya a joderlo a Silberman. -P e ro Silberm an

111
desapareció, contestó el tal Semillita. Y nos falta el edito­
rial de la prim era edición para la capital. Acá tengo todas
las inform aciones de las agencias, tam bién hay dos crím e­
nes divertidos: una m ujer hirvió al m arido en el aljibe y
un herrador crucificó a un caballo. —Dem e, dijo el G ordo
de mal hum or, apoderándose de la inform ación. -A h , dijo
Semillita luego de estrecharle la m ano hum ildem ente a
Silvano y de decirle «Norberto Semilla, m ucho gusto», ah,
don Lauro, me olvidé decirle que los alemanes invadieron
H olanda y los holandeses hicieron saltar los diques. Parece
que Á m sterdam está inundada. —¡Pero ésa es una nota sen­
sacional!, gritó el G ordo, titulen a toda página «H itler ase­
sino» y dígale a Silberman que escriba un editorial que
haga llorar hasta las paredes. -P ero Silberman desapareció,
repitió Semillita. -N u n c a sale del diario, respondió el
G ordo, se estará haciendo coger por un chongo atrás de
una rotativa. Esa alusión tan directa a la hom osexualidad
de Silberm an confirm ó a Silvano en sus presunciones. Se­
m illita salió diciendo tím idam ente: -D iscúlpem e, don
Lauro. -¡E ste Silberman me tiene harto!, dijo el G ordo. Si
lo dejara titular me haría desfilar en prim era página toda
la aristocracia argentina vestida de fiesta. Estuvo a punto
de casarse con la hija de los Echevarría del C año cuando
lo encontraron en la fiesta de su propio com prom iso ha­
ciéndose m eter pija en el baño por el herm ano de la novia,
que apenas si tenía catorce años. El herm ano mayor de la
novia lo sacó a patadas de la estancia y le rom pió un bra­
zo, que tuvo enyesado casi un año, hasta hace una semana.
Fue un escándalo espantoso, le cerraron las puertas de la
aristocracia. Desde entonces no sale del diario; cuando no
tiene una crisis de histeria contra m í tiene historias con los
guapos de la reventa que se lo cogen por plata. Sin em bar­
go tiene el sueldo más elevado del diario, ya se com pró

112
una enorm e m ansión en M ar del Plata. Estoy esperando
que se retire porque no quiero echarlo, me da lástima.
N unca he golpeado a un hom bre caído. E ntró Graciela, se
había cam biado de atuendo: llevaba una pollera de seda
chocolate, un chemisier color crema y un ramillete de cere­
zas artificiales en el escote. -¿Así que se calm aron un poco
estos hombres?, dijo. Le m ostró dos camisas a Silvano,
una rosa y otra verde claro. N o quiero ver hom bres desnu­
dos en este escritorio, dijo, o me retiro enseguida. ¿Qué
camisa prefiere? ¿Rosa como una flor o verde com o el cés­
ped? Silvano se puso de pie diciendo: —Rosa com o sus la­
bios, señorita. Ella desdobló y desabrochó la camisa ru­
borizándose, tendiéndosela. Luego recogió la taza rota
colocando los trozos rotos sobre la bandeja de plata. —Si
necesitan dictarm e algo ya saben dónde estoy, dijo, y salió
diciendo «Chau» con un m ovim iento de trenzas. El G or­
do le dijo: —Silvano, antes que nada tengo que contarte al­
gunos datos de mi vida personal, pero no quisiera hacerlo
aquí, tem o que haya instalados micrófonos, porque tene­
mos enemigos. Vamos a dar una vuelta en auto. Y se puso
el som brero. - N o tengo nada que perder, le respondió Sil­
vano, pero estoy en mangas de camisa. El G ordo hizo des ­
lizar una puerta corrediza disim ulada en la biblioteca. En
el interior, un guardarropa similar al de la otra pieza.
-D ecid id am en te acá sobra seda, dijo Silvano. Eligió un
saco y se lo puso. En el corredor el G ordo abrió la puerta
del escritorio de Graciela, que estaba parada en lo alto de
una escalera apoyada en un estante hojeando un libro, de­
jando ver las hermosas pantorrillas. -N o s encontram os a
almorzar con este pajuerano en el restorán de H arro d ’s,
am orcito mío, le dijo. Ella se rió contestando: —¡No se pe­
lee más con Papito, pajuerano sinvergüenza! M ientras es­
peraban el ascensor, Silvano preguntó: -¿Es su hija? - N o ,

113
respondió el G ordo, es mi sobrina, hija del Senador. —¿El
Senador tam bién es herm ano suyo?, preguntó Silvano.
-S om os tres hermanos: el M ono, el Senador y yo, respon­
dió el G ordo. N os criamos en un orfelinato, nuestros pa­
dres m urieron de tisis cuando yo, que soy el m enor, tenía
apenas tres años. El M ono, que es el mayor, nos sacó ade­
lante al Senador y a mí. Por eso Graciela nos trata de Pa­
piro a los tres. —¿Y Yoli, en todo esto?, preguntó Silvano.
—Yoli se volvió loca, le respondió el Gordo. Preferimos no
hacerla tratar por los psiquiatras porque los odiam os más
que a los curas, pero la verdad es que hay algo en la cabeza
que no le funciona. El ascensor abrió sus puertas. El as­
censorista era un negro. El mismo, pensó Silvano, qúe le
sirviera los canapés de caviar hace un rato, ahora vestido
de rojo con zapatos dorados. —¿Dónde se m etió ese histé­
rico de Silberman?, le preguntó el G ordo entrando al as­
censor. El negro respondió riendo al mism o tiem po que
m aniobraba la pesada palanca que puso en m archa el as­
censor: -¡Se tiró arriba de una rotativa! ¡Se hizo pedazos!
D o n Lauro, furioso, le pegó una cachetada. -¿P o r qué no
me avisaron? El negro se puso a llorar, poniéndose de ro­
dillas. —¡No me pegue, patroncito, gimió, si justam ente
subía a avisarle! El G ordo le pegó una patada en la cabeza.
Silvano agarró al G ordo por el cuello de la camisa y lo le­
vantó en el aire diciéndole: —Es la prim era vez que le pe­
gan a un hom bre de color en mi presencia. Esto merecería
una corrección, pero se la reservo para más tarde, nunca
castigaré a un hom bre si no es verbalmente. Y lo dejó caer
al suelo m ientras el ascensor se paraba de golpe. El negro
se desternillaba de risa abriendo la puerta. Se encontraban
en el subsuelo de las rotativas donde Silvano estuviera m e­
nos de una hora antes. Al ruido ensordecedor se mezclaba
el griterío; Silvano se asomó al balcón y vio la rotativa des­

114
de arriba, los rollos de papel estaban rojos de sangre y una
pierna hum ana se encontraba en un engranaje, lo que hizo
que la m áquina se quedara m uda luego de toser. Trozos
de seda em papados de sangre salían impresos. Los obreros
se precipitaron a recuperar los restos de Silberman en el
interior de la maquinaria. Sobre un m uro estaba escrito
con bleque «judío puto» y al lado la cruz esvástica. A Sil­
vano se le erizaron los pelos sobre la cabeza. Pensó que
hace pocos m om entos había pensado lo mism o del pobre
Silberman. El G ordo se aferró a Silvano y lo arrastró al as­
censor. -¿Se da cuenta de lo que le decía?, le preguntó. A
este pobre m uchacho lo m ataron los nazis. -¿P ero qué na­
zis?, preguntó Silvano. Se le trastornó la cabeza, don Lau­
ro, se cree que estamos en H olanda. -S ilberm an se sentía
acechado estos últim os días porque era judío, le dijo el
G ordo, ¡esta mism a noche una grúa le pasó a dos centím e­
tros de la cabeza! ¡Tenía m iedo de titular con la invasión
alemana en Holanda! Silvano ató cabos; hacía un rato
cuando el rollo de papel casi los aplastara contra una rota­
tiva y Silberm an lo em pujara al piso, bien habría podido
tratarse de un atentado contra Silberman. ¿Si no, por qué
un m uchacho en la flor de la edad dispuesto a retirarse a
gozar de su fortuna se hubiera suicidado? -¿Pero por qué
concluye usted que se trata de nazis?, preguntó Silvano.
-¿Y la cruz esvástica pintada en la pared?, preguntó el G or­
do. El ascensor se abrió y entró Semillita m uy excitado,
sacudiendo los anteojos sobre la nariz de pájaro. —¡Don
Lauro, dijo, Graciela ha desaparecido! Silvano se precipitó
fuera del ascensor seguido por el Gordo. En el escritorio
de Graciela la escalera en la que ésta se encontraba hacía
apenas cinco m inutos estaba tirada en el suelo, el ramillete
de cerezas y el chemisier color crema al lado, am én de va­
rios libros caídos de los estantes. -¡N o pueden haber ido

115
lejos!, dijo Silvano. ¿Cuáles son las salidas? -S olam ente el
ascensor, respondió Semillita. La escalera está cerrada con
llave. —¡Pero el ascensor estaba con nosotros en el subsuelo
de las rotativas! Silvano corrió a su propio escritorio, vio
un zapato de m ujer ju n to al armario corredizo de la bi­
blioteca. A brió la puerta. En un gran desorden de seda
blanca yacía Graciela inanim ada. Silvano la levantó en
vilo y la depositó sobre un diván. -¡H ágale la respiración
artificial!, dijo el G ordo. ¡Deben haberla drogado con clo­
roformo! Silvano estrechó los labios contra los de Graciela
y sopló, ella le devolvió poco a poco el aliento. El G ordo
parecía m uy preocupado. -Q u é golpe para Yoli, decía.
Pronto Graciela batió sus largas pestañas m irando a Silva­
no en los ojos. Le sonrió, m urm urando: —Gracias, Silva­
no. N o me acuerdo qué me ocurrió. Silvano se apercibió
de que Graciela era aún menor de lo que creía, pero su m a­
quillaje recargado la hacía parecer mayor. Sin chemisiervio
que tenía apenas pecho y que rellenaba el sostén con pa­
ñuelos de seda. —¡Pero es una niña!, dijo sorprendiéndose
en voz alta. -T e n g o ya catorce años, respondió ella, y
me gané el prim er prem io de dactilografía en el liceo ame­
ricano. Se incorporó. Gracias por salvarme la vida, señor
Superm an. En este m om ento entraban el M ono, el Sena­
dor y el N egro. El Senador se puso de rodillas frente a
Graciela y se aferró a ella, sollozando. Silvano recordó que
eran padre e hija. El M ono tam bién lloraba abrazado al
G ordo, pero por motivos distintos a los que Silvano creye­
ra al principio. —¡Lo hemos perdido todo a las carreras, so­
llozaba el Senador, el M ono se equivocó de caballo! El
M ono decía: -¡Y esta tarde teníamos que pagarle a los
obreros! Los tres teléfonos sonaban al mismo tiem po y Se­
m illita hacía malabarismos para atenderlos. Por un lado
las rotativas habían parado de m archar mientras recupera­

116
ban los restos de Silberman atascados dentro de la m áqui­
na, por otra parte la U nited Press inform aba que los nazis
se habían apoderado íntegram ente de H olanda; Associated
Press que se habían filtrado chismes de la Casa Blanca
afirm ando que Roosevelt se preparaba a borrar a H itler de
la faz de la tierra. El jefe de policía de Buenos Aires llama­
ba para preguntar de qué m anera había m uerto Silber­
man; durante la noche habían m atado a un viejo judío
que vendía ballenitas en el O nce, y un com ando de enca­
puchados había roto los vidrios de dos peleterías pertene­
cientes a judíos. Esta mañana, con gran sorpresa de la p o ­
licía, habían encontrado la cruz esvástica pintada en la
puerta de la Casa Rosada. El G ordo le gritó al jefe de poli­
cía al teléfono: —¿Pero para qué tenemos gobierno? ¿No
ponen ni siquiera guardias en la puerta de la Casa Rosada?
-E l gobierno está de vacaciones, don Lauro, dijo Semilli-
ta. D o n M arcelo fue a curarse el reum a a Europa. D o n
Marcelo, coligió Silvano, era el presidente de la República,
don M arcelo Teodoro de Alvear. - E n el Congreso quedan
los diputados de rutina porque tienen prohibido cerrar.
U sted sabe lo caluroso que es el verano en Buenos Aires,
don Lauro. -¿Pero en qué país estamos?, gritó el G ordo.
N os están invadiendo los nazis y el gobierno está de vaca­
ciones. -E so no soluciona mi problem a de prim era pági­
na, dijo Semillita. U na vez que la rotativa esté lim pia de
Silberman, va a haber que im prim ir, y bastante rápido.
D on Lauro estalló de rabia. -¿D ó n d e están los redactores?
Semillita respondió: -P resentaron sus renuncias por escri­
to, tom e, don Lauro, y le tendió unos papeles. T ienen
m iedo de los nazis. M ire lo que le pasó a Silberman.
-¡P ero Silberman era judío y puto!, respondió el G ordo.
-T o d o el m undo tiene algo que ocultar, don Lauro, dijo
Semillita. H asta los hijos de los radicales tienen miedo.

117
—¡Vivimos en un país de maricas!, estalló don Lauro. La
única que parecía guardar la cabeza calma era la joven
Graciela, a pesar del rudo shock que acabara de sufrir. -E l
hom bre que me atacó estaba encapuchado, le dijo a Silva­
no, pero creo haberlo reconocido. Estoy casi segura de que
se trataba de Silberman. -E s imposible, Silberm an ha
m uerto hace más de diez m inutos. Lo em pujaron sobre
una rotativa, le contestó Silvano. Graciela perdió los colo­
res bajo el maquillaje. Silvano la tom ó en sus brazos al
m ism o tiem po que ella se desmayaba y salió del escritorio
sin que nadie se diera vuelta; el M ono, el Senador y el
G ordo acusaban a Semillita de no haberle puesto guar­
daespaldas a Silberman. Semillita, colorado, respondía con
lágrimas en los ojos: - N o puedo ocuparm e de todo. Al
entrar en el escritorio de Graciela, con ella en brazos, Sil­
vano tropezó con la escalera que se encontraba en el sue­
lo y al sentirse caer protegió a Graciela del golpe, ella se
despertó sobresaltada; al darse cuenta de que se trataba de
él, lo besó tiernam ente en los labios. Silvano se puso de
pie, confuso al darse cuenta de que su pene se ponía rígi­
do. —¿Por qué pensás que era Silberman?, preguntó. -L e
faltaba la p u n ta del dedo m eñique de la m ano izquierda.
Lo único que se veía eran sus manos. -T en és dotes de ob­
servadora, respondió Silvano, que había observado esta
m añana la m ism a am putación en la m ano de Silberman
que le apretaba la rodilla. —¿Fue m ucho después que don
Lauro y yo tom áram os el ascensor? -In m ed iatam en te des­
pués, respondió Graciela. M e cubrió la boca con la m ano
para que no gritara. C uando escuchó los pasos de Semilli­
ta, me arrastró a tu escritorio y me escondió en el armario,
ahí perdí el conocim iento. Pero tengo la im presión que
me cloroform ó para luchar contra alguien que lo separaba
de mí. Silvano, tengo que rogarte una cosa. Sé que sos un

118
gran amigo de mamá, esta m añana te apercibí en casa des­
de mi habitación m ientras la seguías a m am á al cuarto de
baño. Y se ruborizó, lo mismo que Silvano, que pensó:
-¡Q u é cabeza más tranquila la de esta pobre chiquilina vi­
viendo en el quilom bo en que vive. -¡P o r favor, Silvano,
te lo ruego, que m am ita no se entere de nada, se m oriría
del disgusto! -T en és m í palabra, Graciela. Y ahora vamos
a decirle todo a los demás. ¿Te sentís mejor, Graciela?
-G racias a ti, Silvano, respondió Graciela. E ntraron en el
escritorio de Silvano. Semillita se sentía mal, el N egro le
sostenía una escupidera donde vomitaba. El M ono, el
G ordo y el Senador estaban cada uno a un teléfono alre­
dedor del escritorio, en el medio un m icrófono, desde el
cual tronaba una voz conocida; la de Yoli, se dijo Silvano.
-¡E stoy harta de cederles acciones del diario para que pa­
guen a los obreros, gritó, y vos, M ono de m ierda, ya es la
segunda semana que perdés tres millones a los burros!
-P erdónam e, Yoli, sollozaba el M ono al teléfono. Silvano
com prendió que gracias a este astuto sistema telefónico
Yoli escuchaba a los tres hombres a un tiem po. —N o vol­
verá a suceder, Yoli, te lo juro, lloraba el Senador. Y Yoli:
—Esa porquería de diario lo levanté yo con mi talento de
actriz, cada piso está construido gracias a una de mis pelí­
culas y no estoy dispuesta a tirarles un centavo más, y un
ruido de crepitación hizo entender que había colgado.
-G racias a Dios tu madre es una buena m ujer, dijo lloran­
do el Senador, tom ando a Graciela fam iliarm ente y sen­
tándola sobre sus rodillas. ¡Nos ha salvado nuevam ente de
la ruina! —Escúchenm e todos, clamó Silvano: ¡Silberman
está vivo! Los otros lo miraron, boquiabiertos. ¡Es él quien
trató de raptar a Graciela! ¡Lo reconoció gracias a su dedo
m eñique am putado! Luego de un silencio, el G ordo reac­
cionó. -Ju d ío de m ierda de la puta m adre que lo parió,

119
dijo lentam ente. N o hay más que una m anera de cercio­
rarse. Descolgó el teléfono. -¡Q u e me traigan la cabeza de
Silberman!, ordenó. ¿Qué me dice? ¿Desapareció la cabeza
de Silberman? ¿Pero qué pruebas tenemos entonces de
que se trate realmente de Silberman? Q ue hayan escrito
judío puto no quiere decir nada. ¡Lo puede haber hecho el
propio Silberman! —Yo sé dónde está la cabeza de Silber­
m an, dijo el N egro. Y se rió a carcajadas. El G ordo gritó:
- Q u é harto me tenés, negro de mierda, dándole una ca­
chetada. El otro se puso de rodillas gimiendo: —N o sabía
que la necesitaba, patroncito. Silvano separó al G ordo de
un em pujón. —¿Va a dejar de pegarle a este pibe? Lo ayu­
dó a levantarse al N egro y le preguntó: —¿Cómo te llamás?
-A ngelino Pagano, respondió el N egro. -A ngelino, yo me
llamo Silvano, vos y yo seremos amigos. Silvano estaba
acostum brado a tratar con mancebos, la mayoría de sus
alum nos tenían alrededor de doce años. - N o te asustes y
contéstam e calmam ente: ¿dónde está la cabeza de Silber­
man? —Acá, respondió Angelino, en la papelera. Y le m os­
tró una papelera a Silvano. Silvano revolvió entre los
papeles. T ocó la cabeza de Silberman. -G raciela, dijo Sil­
vano, sal un m om ento de la habitación. Este espectáculo
no es para una chica de tu edad. Graciela salió discreta­
m ente cerrando la puerta. Silvano tom ó la cabeza cho­
rreando sangre por los pelos del fondo de la papelera y
la depositó sobre el escritorio. Le faltaba la nariz, una ore­
ja y parte de los labios, tenía los ojos grandes abiertos en
una expresión de terror. Los mechones de pelo en las par­
tes que no habían sido arrancados por la m áquina arras­
trando trozos de cuero cabelludo eran rubios, casi segura­
m ente los de Silberman. U n detalle corroboró a Silvano.
La corbata de seda beige que usara Silvano esta m añana la
tenía hecha un nudo introducida en el agujero sanguino­

120
lento de la garganta. -¿D ó n d e encontraste esta cabeza,
Angelino?, preguntó Silvano. El N egro contestó: -L a en­
contré tirada al lado de la rotativa, patroncito, ¿dónde
quiere que la encuentre? Silberman, antes de tirarse arriba
de la rotativa, me pidió que recogiera su cabeza y se la me­
tiera a Silvano entre las sábanas de la cama esta noche con
esta carta pero que no le dijera nada a nadie; no tuve
tiem po de subirla y la escondí acá. Y sacó un papel dobla­
do de adentro del fez rojo que le cubría el cráneo m otudo
con ayuda de un elástico. Le tendió la carta a Silvano. Este
la desdobló y la recorrió rápidamente, luego la leyó en voz
alta, ante la expectativa general. Graciela había entreabier­
to la puerta sigilosamente y también escuchaba: «Silvano»,
decía la carta, «me perm ito tutearte en esta prim era y últi­
m a carta que sin duda te sorprenderá. ¿Por qué escribírtela
a vos en lugar de a otro? Porque no tengo ningún amigo
en el m undo, Silvano, y esta m añana al conocerte pensé
que habríam os podido llegar a serlo, si las culpas que car­
garan sobre m í no fueran tan aplastantes. Ser judío es en
esta ciudad sinónim o de ser homosexual, desde el liceo me
trataron de puto, quizás porque además de judío soy ru­
bio, y te lo juro, Silvano, nunca fui puto. La sociedad ar­
gentina ha fabulado a tal punto contra m í que me obliga­
ron a rom per mi com prom iso con una chica a la que
quería realmente. Ella se suicidó anoche, y acabo de ente­
rarme. Sé que ocuparás mi lugar en el diario Crítica y que
lo harás con honestidad y hom bría, como siem pre he tra­
tado de hacerlo yo. Vos no sos judío y tendrás más suerte.
U n abrazo viril; tu amigo postumo: H oracio Silberman.»
El G ordo Bochinchola le arrancó la carta de la m ano y la
observó. -E sta letra no es de Silberman, dijo. N i siquiera
la firm a está imitada. El M ono y el Senador se pasaron la
carta, diciendo: —Esta letra no es de Silberman. -D e c í la

121
verdad, le tronó el G ordo al Negro, o te pongo de rodillas
en sal gruesa, ¿quién te dio la carta? -L e juro que fue Sil­
berm an, se puso de rodillas el Negro. —¡No se puede con­
fiar una palabra en este N egro sotreta, dijo el G ordo, se
pasa el día haciendo bromas! Dos teléfonos sonaban a un
tiem po. Semillita descolgó ambos. -Y a recuperaron el to r­
so de Silberm an y piden la cabeza para entregárselo entero
a la policía. Por el otro teléfono: -L o s guapos de la reventa
dicen que si no empezamos a im prim ir la prim era edición
antes de m edia hora hacen huelga y se van a la cancha de
Boca. U n tercer teléfono sonaba, era el jefe de policía pi­
diendo hablar con don Lauro. Semillita enchufó el m icró­
fono de m anera que lo que dijo se escuchaba en toda la
habitación. —D on Lauro, dijo el jefe de policía, se han
m ultiplicado los atentados contra los judíos esta m añana.
H an m atado a cuatro, entre los cuales una piba violada.
Estoy m uy preocupado porque casi todos los m uchachos
de la policía están de vacaciones. —¡Lo que pasa, tronó el
G ordo Bochinchola, es que los mismos m uchachos que
están de vacaciones hacen horas extra disfrazándose con
capuchas para salir a asaltar a los vendedores de semillas
de girasol en el barrio judío! -Y a sé lo que usted piensa de
mí, don Lauro, pero se lo suplico, no me titule con un es­
cándalo en prim era página con esta historia de los nazis,
usted sabe que no son solamente mis m uchachos, tam bién
hay varios que trabajan en su diario. A Silberm an no lo
mató la policía, lo m ataron adentro del diario. D o n Lauro
Bochinchola estalló. Se atragantaba de rabia. -¡T itularé
contra todos ustedes, fariseos, y los sacaré del tem plo de la
policía a golpes de látigo! ¡Son ustedes los que asesinaron a
Silberm an (y señaló la cabeza del pobre Silberm an sobre el
escritorio) pretendiendo intim idarm e a mí, don Lauro
Bochinchola! Recién Silvano constató la estatura del h o m ­

122
bre. H asta entonces lo había visto dom inar al N egro o a
sus herm anos, adoptando a veces el carácter autoritario, a
veces la brom a y a veces hasta la sinceridad, pero nunca
en su real especialización: el insulto. -¡Serás jefe de poli­
cía, gritó, pero nunca vas a llegar a ser un m ilitar de raza
aria, indio pata sucia! ¡Te tom ás por M aquiavelo y no sos
más que un hijo de puta! Semillita puntualizaba cada frase
con un «bien dicho, don Lauro», m oviendo la cabeza
como un loro. -¡T e voy a obligar a presentar la renuncia,
nazi de mierda!, le gritó, y colgó el tubo. Inm ediatam ente,
por el otro teléfono: —¡Búsquenme inm ediatam ente a Se­
millita! —Pero si estoy acá desde hace una hora, don Lau­
ro, dijo Semillita. -Sem illita, ¿por qué no me dijo que
M arcelo se fue a Europa? Silvano se quedó estupefacto
ante la familiaridad con la que el G ordo y Semillita habla­
ban del presidente de la República. Semillita contestó: -E l
me pidió que no le dijera nada, don Lauro. Q uería tom ar­
se una sem ana tranquilo en las termas de M ontecatini
para curarse del reum a mientras se deshacía un poco de
doña Regina, a la que m andó a escuchar ópera a las termas
de Caracalla. -P íd am e inm ediatam ente una com unicación
con M ontecatini y búsqueme a ese viejo gagá, tronó el
G ordo. Se dirigió a Silvano: -T en g o que decirte algo a so­
las, y lo arrastró fuera del escritorio. Graciela pasaba la as­
piradora por el pasillo y se volvió sonriendo al verlos. -S i
quieren café no tienen más que decirme, les dijo al pasar.
El G ordo cerró con llave el escritorio de Graciela antes de
arrastrarlo al interior del cuarto de baño y abrir la canilla
del lavatorio. - N o quiero que nadie nos escuche, le dijo.
Creo que hay micrófonos por todas partes. ¡Todo el m u n ­
do m e ha traicionado! Estaba nerviosísimo, para calmarse
m etió la cabeza bajo el chorro de agua. Silvano lo sacó casi
de prepo y le dijo: —D on Lauro, seamos claros. H ace un

123
m om ento me pidió que lo ayudara; está bien, estoy dis­
puesto a hacerlo pero usted tiene que explicármelo todo.
—Espere un instante, respondió el G ordo, que aún yo mis­
mo no lo entiendo todo. ¡Lo que me confundió fue la
m uerte de este imbécil de Silberman! Se sentó en el borde
de la bañadera. ¡No entiendo por qué ocultó las causas de
su propio suicidio! O bien se encontraba en tal estado de
terror antes de tirarse sobre la rotativa que tem ía que se
vengaran sobre otro. -¿Pero qué puede haber sabido Sil­
berm an de tan terrible?, preguntó Silvano. - E ra el prim e­
ro en tener acceso a todas las inform aciones de todo or­
den, podía saber muchas cosas. —¿Por qué está tan seguro
de que se suicidó, puesto que la carta es apócrifa?, pregun­
tó Silvano. —El N egro lo vio tirarse arriba de la rotativa, y
el N egro, por más brom ista que sea, no m iente nunca. El
mism o Silberm an puede haber simulado otra escritura, no
podía dejar de suponer que usted me m ostraría la carta.
—Pero el N egro debía entregármela solam ente esta noche,
respondió Silvano. -¡C onociéndolo al Negro! N o, no,
créame, Silberman lo tenía previsto todo hasta este m o­
m ento, incluso la influencia macabra de su cabeza sobre
mis nervios ya alterados por cuarenta años de infierno co­
tidiano. ¡Este hom bre era un demonio! Lo que no entien­
do es el sentido de su maniobra. ¡Pero debo desenmasca­
rarlo! -L o que no concuerda en absoluto es el rapto de
Graciela, dijo Silvano. -¿Q u é rapto?, se rió el G ordo. ¿Y
usted se tragó la historia de esa mocosa? Lo que quería era
frotarse contra usted. La simulación de la violación es su
especialidad. Lo vio esta m añana cogiendo con su m adre y
se vino corriendo al diario a instalarse en el escritorio de
enfrente al suyo. N o es ninguna ingenua. Ya estuvo em ba­
razada dos veces. -¿P o r qué no me lo previno?, preguntó
Silvano. - N o sé por qué iba a prevenirle, le respondió el

124
G ordo, nunca me meto en las historias de culo de la gen­
te, de la m ism a m anera que exijo que nadie se inmiscuya
en las mías. -¡N u n ca me hubiera im aginado eso de una
piba de esa edad!, dijo Silvano. -U ste d es un ingenuo, tro­
nó el G ordo. ¡No se da cuenta de nada! ¿En Paraná nadie
le contó que las mujeres son capaces de todo con tal de
cogerse a un tipo? Esta m añana se lo enchufa la madre,
ahora la hija. ¡Usted, francamente, mijito, no tiene cultura
de quilombo! Entró Semillita, pidiendo permiso para ori­
nar; se desabrochó la bragueta y orinó en el bidet salpican­
do el pantalón de Silvano mientras decía: —¡Las papas
están que arden, don Lauro! M ire este telegrama, y lo ten­
dió con una m ano mientras se sostenía el pene con la otra.
—El jefe de policía hizo cerrar todas las casas de juego ju ­
días. -S e trataba de eso, gritó el G ordo, ¡la policía se puso
al lado de la mafia italiana, hasta el gringo M ussolini se
hizo nazi! - E l presidente está en línea, dijo Semillita. El
G ordo salió del baño y descolgó el teléfono sobre el escri­
torio de Graciela. Silvano lo siguió. Lo que vio en un rin­
cón lo dejó estupefacto. El Negro, los pantalones rojos ba­
jados hasta las rodillas, penetró a Graciela con su enorm e
falo, m ientras el Senador, su propio padre, le sostenía las
piernas abiertas. Y eso no era todo, el M ono le chupaba el
culo. T odos gritaban distintam ente de placer; el G ordo
los hizo callar, pues escuchaba mal por teléfono. -E s la fa­
milia más corrom pida que hubiera podido im aginarm e,
pensó Silvano. ¡Esto no existe desde el tiem po de los Bor-
gia! El G ordo insultaba al presidente de la República por
teléfono. —¡Esto le pasa por distraído!, le decía, ¡se va de
vacaciones al mismo tiem po que los nazis invaden H o lan ­
da! ¡Me veo en la disyuntiva de atacar abiertam ente a la
policía o de cerrar el diario! ¡Sostuve la lucha contra los
nazis porque usted me lo pidió, ahora viaja a E uropa en el

125
m om ento en que me encuentro solo sin su autoridad! El
único pretexto que el ejército esperaba para tom ar el po­
der es la im potencia de los poderes públicos ante los gru­
pos de terroristas. Súbase a un avión y vuelva enseguida,
viejo tarado, dijo, y se atragantó tosiendo. Cayó al suelo,
gim iendo. Semillita se precipitó contra él y le dio a oler
algo de un frasco. El G ordo se incorporó ayudado por Se­
millita, Silvano lo ayudó a sentarlo en un sillón pero el
G ordo se puso de pie rápidam ente y lo arrastró fuera del
escritorio. —¿Quiere que llame al médico, don Lauro?, pre­
guntó Semillita. M ire si le llega a dar otro infarto y se nos
queda tieso. En el escritorio de Silvano, el G ordo se dejó
caer en u n diván y se desanudó la corbata. -P ásem e la
m orfina, Semillita, dijo, y Semillita fue a buscar una valiji-
ta con una cruz roja escondida en el armario. M ientras le
anudaba el bíceps al G ordo y esterilizaba la aguja, le decía:
-D o n Lauro, por favor, no se ponga en este estado. Hace
cuarenta años que vivimos un dram a cotidiano; este día
no será peor que los otros. Le buscó la vena y le inyectó la
aguja. El G ordo respiró fuerte y le dijo: -D espacio, Semi­
llita, despacio. Semillita le dijo m ientras le ponía la inyec­
ción: —D o n Lauro, le previne hace ya una hora que nos
falta la prim era página y que el diario tiene que estar im ­
preso antes de m ediodía. Silvano se apercibió de que la ca­
beza de Silberman había desaparecido de sobre el escrito­
rio. -L a m andé al servicio de fotografía, dijo Semillita
como si hubiera adivinado los pensam ientos de Silvano,
porque la publicarem os en prim era página. -E s lo único
que puede salvarnos, suspiró el G ordo, y com o título le
pondrem os «El caso Silberman». -«L a cabeza de Silber­
man» es m ás im presionante como título, respondió Semi­
llita. E n un subtítulo harem os alusión a la invasión nazi
en H olanda. -¡Perfecto!, volvió a suspirar el G ordo. E sta­

126
ba casi dorm ido, pero Semillita seguía inyectándole m orfi­
na hasta que el otro dejó caer la cabeza sobre el diván. Se­
m illita volvió a guardar la jeringa en el botiquín y lo
colocó en el armario. Pasó luego ju n to a Silvano sin verlo
y salió de la habitación, mascullando. Del otro lado del
pasillo el grupo erótico había cam biado de postura: se ha­
bían puesto de pie, el N egro sodomizaba al Senador que
sodom izaba al M ono que sodomizaba a Graciela. —Si al­
guien me hubiera contado ayer todo esto del diario Crítica
no lo habría creído, dijo Silvano. Al pasar Semillita le tocó
el culo al Negro. -C ie rre la puerta, m urm uró el G ordo, y
acérquese, que no hay tiem po que perder. Existe un solo
hecho del que estoy seguro, Silvano, y es de la m uerte de
Silberman. Incluso los ataques nazis a los judíos de esta
noche pueden haber estado inventados por el jefe de poli­
cía; no es la prim era vez que me da una inform ación erró­
nea para desprestigiarnos ante la opinión pública. N os
encontram os entre dos posibilidades de inform ación para
la prim era página y no estamos seguros de la veracidad de
ninguna; si una es cierta la otra es falsa. O Silberman se
suicidó, de lo cual estoy seguro pero desgraciadamente
el único testim onio que tenemos es el del N egro y el úni­
co en creerlo soy yo; o fue m atado por uno o varios m ato­
nes profesionales pertenecientes a un grupo parapolicial.
¿Me sigue hasta ahora? -Perfectam ente, respondió Silva­
no, pero, en ese caso, ¿qué pruebas tiene ante la opinión?
—N inguna, se rió el G ordo poniéndose de pie y despere­
zándose. Eso es lo más divertido del caso Silberm an, no
tiene fin. M ultiplicarem os el tiraje por diez durante por lo
m enos una semana, el tiem po que ese tarado de M arcelo
T eodoro de Alvear vuelva a la Argentina, y entretanto el
jefe de policía habrá renunciado. El pobre no sabe lo que
le espera; se sacudió la risa. ¡Y el imbécil, que se creía

127
que inventando dos atentados contra negocios judíos iba a
intim idarm e a mí, don Lauro Bochinchola! —U sted es el
hom bre más inm oral que he conocido, le dijo calmada­
m ente Silvano. -S e equivoca, amigo mío, se reía el Gordo.
El uso de la m orfina parecía haberlo puesto risueño. -¡M ás
inm oral que yo, es usted! A las seis de la m añana recogí a
un m uchacho provinciano con la cabeza llena de poemas
de N eruda, a las diez me encuentro con un com padrito
disfrazado de Carlos Gardel que me trata de inm oral a mí,
el único hom bre moral de la República A rgentina. Se reía
tanto que tosía. -¡N o me extrañaría que pensara que hasta
fui yo el que m ató a Silberman para deshacerme del jefe
de policía! Le juro que no, Silvano. Y se puso de pronto
serio. -N u n c a elegí m atar a nadie, preferiría m orir en lu­
gar de cualquier hom bre, hasta del jefe de policía. Pero mi
destino tuvo dos fases. A fuerza de denunciar la violencia
el diario Crítica la atrae, como la miel a las moscas. (O tra
m etáfora con insectos, pensó Silvano.) —¿Por qué no deja
actuar a la justicia?, preguntó Silvano. N o está obligado a
entrar en una lucha de mafias. -¿La justicia?, rió el Gordo.
Si dejara actuar a la justicia yo estaría colgado de los pies
hace veinte años, y conm igo todos los radicales. Son los
peores conservadores. Felizmente no se llevan bien con el
ejército, ya es una suerte. -¿N o existen hom bres morales
en el ejército?, preguntó Silvano. El G ordo rió discreta­
mente: —La m arina se quiere poner por encim a del ejérci­
to, se aliaron con la aviación, que era hasta hace diez años
un arm a despreciable. A hora sueñan con com prar un por­
taaviones. El ejército, hasta ahora, estaba com puesto de
viejos generales de origen vasco, bastante tontos pero con
una vaga idea del honor, por otra parte estaban los pardos
que llegaban apenas al grado de sargento, a los indios los
eliminaban del servicio militar por sifilíticos. Usted, que es

128
de E ntre Ríos, debe conocer el problem a. Los suboficiales,
hijos de la pequeña burguesía blanca, son los únicos que
conocen el poder de las armas y están aliados con la poli­
cía. D entro de diez años serán coroneles, y dentro de diez
años yo no estaré vivo. Salió al balcón, Silvano lo siguió.
El sol se había levantado, en su cruda luz Silvano se aper­
cibió de que el G ordo Bochinchola era un hom bre de más
edad de lo que pensaba. Acodado en el balcón parecía casi
un anciano, la m irada perdida en el espectáculo de la ciu­
dad. Se retorcía los dedos. Silvano pensó que una perso­
na que viviera en tal estado de tensión nerviosa cotidiana­
m ente debía agotarse físicamente más que alguien que pa­
sara su vida en un lugar tranquilo, como su padre, que se
pasaba la noche en el horno de la panadería y se sostenía
todavía derecho. V iendo que el otro casi se dorm ía acoda­
do en el balcón, lo sacudió pensando hablarle; el G ordo se
despertó bruscam ente hablando antes que él: —T engo un
cáncer de garganta; no tengo por delante más que un mes
de vida. Semillita es el único que lo sabe. Es él quien me
adm inistra las inyecciones de m orfina cuando el dolor se
vuelve insoportable. C uando me muera, ¿qué será de esta
ciudad? Y la m ostró com o si se tratase de una tarjeta pos­
tal, antes de ponerse a llorar, la frente sobre la baranda del
balcón. —U sted se cree propietario de esta ciudad, don
Lauro, le dijo Silvano. Es posible que posea en su cuen­
ta de banco el im porte de varios edificios, la am istad del
presidente de la República, el apoyo del Congreso. Pero
cuando usted se m uera el diario Crítica m orirá con usted
y la ciudad de Buenos Aires seguirá existiendo com o an­
tes. Yo no soy un hom bre de ciudad, don Lauro, soy un
maestro de escuela de campo enam orado de las letras; no
soy el prim ero ni el últim o en la historia de la hum anidad.
N o tengo nada que ver con su m undo. Estrechém onos la

129
m ano y digám onos adiós, no creo que volvamos a vernos.
Le tendió la m ano pero el G ordo ni siquiera le devolvió la
m irada. Silvano pensó que probablem ente no lo había ni
siquiera escuchado. Lo dejó en el balcón y atravesó el es­
critorio. La cocaína que tom ara esta m añana le había pro­
ducido un calambre en la m andíbula, chirriaba los dientes
sin cesar. En el corredor no encontró a nadie, la puerta del
escritorio de Graciela estaba abierta, un gran desorden rei­
naba en él. Las plum as de un alm ohadón cubrían libros
y papeles tirados por todas partes. El M ono y el Senador,
con los pantalones bajados, dorm ían en el suelo. El M ono
tenía una jeringa en la mano y el Senador, cada vez que
roncaba, hacía volar plumas de gallina sobre la alfombra.
Semillita salió del ascensor con varias fotografías de la ca­
beza de Silberm an que hizo desfilar ante sus ojos. -¡Q u é
poder el de la fotografía!, pensó Silvano; hace m edia hora
que tuve esta cabeza entre mis m anos y me produjo m e­
nos im presión que ahora. -Y éste es usted, agregó Semilli­
ta m ostrando una fotografía en la que se veía a Silvano y a
Silberm an sentados esta m añana en un diván con vasos de
whisky en la m ano. Se sonreían; Silvano m ordía el canapé
de caviar. -S e la sacó el Negro, dijo Semillita, está bastan­
te bien para ser una foto de aficionado. -¿P o r qué me sacó
una foto?, preguntó Silvano. -S e pasa el día sacando fotos,
respondió Semillita, Silberman le regaló una K odak para
su cum pleaños. Es una suerte para nosotros; es la últim a
foto de Silberman vivo. Entró en el escritorio de Silvano,
éste lo siguió. El G ordo estaba sentado ante el escritorio,
había recuperado su com postura. M iró rápidam ente las
fotos que le m ostraba Semillita. -M e atreví a dibujar yo
mism o una caricatura política, dijo Semillita. Y sacó de
entre su fajo de papeles un dibujo que tendió riendo tím i­
dam ente al G ordo; éste lo observó frunciendo las cejas,

130
luego se lo tendió a Silvano diciendo: -M e parece intere­
sante. Silvano vio la caricatura de Silberman en cuatro pa­
tas con los pantalones bajados, H itler le introducía una
cruz esvástica en el trasero em pujándola con una bota. U na
leyenda salía de la boca de Hitler: «¡Judío puto!», decía.
O tra salía de la boca de Silberman: «¡Seré el m ártir de la
causa antinazi!» Estaba firmado: «Semillita». —A lo mejor
se puede eliminar la palabra «puto» de la leyenda, sugirió
el G ordo. Semillita respondió: -P ero tam bién hay que ha­
cer reír a los lectores, don Lauro. —Publíquela chiquita, en
la página de los anuncios, concedió el G ordo. Semillita le
agradeció, confuso. —Pero eso no me soluciona mi proble­
m a de editorial. ¿Quién va a escribírmelo?, preguntó Se­
millita. -Y o escribiré el editorial, dijo Silvano, si los se­
ñores perm iten. Los otros dos se m iraron entre ellos,
sorprendidos. -P ero con una condición, agregó Silvano.
D iré toda la verdad. El G ordo le respondió: - C o n esa
condición se lo concedo todo, Silvano. Llame a Graciela
para que tom e n o ta del dictado, Semillita. Semillita salió
de la estancia mascullando como de costum bre. - P o r fin
tom a posesión de su escritorio, m uchacho, dijo el G ordo,
y le palmeó la espalda antes de atravesar el corredor y de­
cirles al M ono y al Senador, que seguían durm iendo en el
suelo: -¡Levántense, chanchos de mierda!, acom pañando
la orden con patadas. Los otros dos se incorporaron, que­
jándose. -¡Silvano U rrutia va a dictar el editorial de la edi­
ción de esta tarde y quiero que estemos todos presentes!
C erró la puerta del escritorio y Silvano no escuchó la con­
tinuación. - N o aceptaré ninguna censura, se dijo, hace un
instante me dejó toda la responsabilidad del editorial; no
la declinaré ante estos dos tarados del M ono y el Senador.
Escuchó distintos portazos en el corredor y la voz de Se­
m illita que llamaba repetidam ente a Graciela. D os teléfo­

131
nos sonaban; no respondió. Salió al balcón a tom ar el aire
esperando el m om ento en el que dictaría el editorial. —Bue­
nos Aires cam bia de luz a cada m om ento, se dijo, esta ma­
ñana era roja, ahora es amarilla. Se inclinó para ver la
m ultitud que había invadido las veredas. C om o ganado,
pensó. Vio que en lugar del Rolls-Royce negro de hace un
m om ento se encontraba uno blanco. - Q u é m anera de ti­
rar plata al aire, se dijo. Apercibió con el rabillo del ojo
una presencia a su lado y se volvió. Era Yoli, dentro de un
escotadísimo vestido de seda cuyo estam pado im itaba la
piel de cebra, un tapado de leopardo sobre los hombros;
inm ensos anteojos negros le cubrían gran parte de la cara.
-¿ Q u é te han dicho de mí?, le preguntó. -N a d a , respon­
dió Silvano. - T e han dicho que estoy loca, dijo Yoli. -E s
cierto que el G ordo Bochinchola me dijo que estás loca,
respondió Silvano, pero en la familia de ustedes vos me
parecés la más cuerda. -¿Seguís queriéndom e después de
lo que te hice esta mañana?, le preguntó Yoli. Yo soy así,
cuando am o con locura a un hom bre me dan ganas de pe­
garle después de haber hecho el amor. Silvano le contestó
riendo: - N o me im porta que me hayas pegado aunque sí
me dio rabia que me dejaras desnudo en el ascensor. Pero
siem pre estaré obligado a perdonarte todo porque gracias
a ti conocí las posibilidades del sexo. -B ésam e, pidió ella.
- N o besarás al mismo muchacho de esta m adrugada, res­
pondió Silvano, entretanto he tenido en mis m anos la ca­
beza de un hom bre. Yoli se aferró a su brazo: —¿Te han
mezclado con el caso Silberman? -F u i el últim o en verlo
vivo, dijo Silvano. Yoli le dijo: -¡Silvano, tenés que huir
enseguida! -N o , Yoli, haré frente a la justicia de los h o m ­
bres, en caso contrario me m oriría de asco de m í mismo.
-¡Q u é exagerado sos!, le respondió Yoli. Se volvió. D entro
del escritorio se encontraban el G ordo, el Senador y el

132
M ono, sentados en sillones. Entraba Semillita diciendo:
—N o la encuentro a Graciela. -¡Graciela!, gritó Yoli, ¿qué
hace aquí Graciela? —Es la secretaria de Silvano, explicó el
G ordo. -¿D ó n d e está esa guacha que la mato?, preguntó
Yoli. -E stará cogiendo con el Negro, dijo Semillita. Se es­
cucharon distintam ente las risas de Graciela y el N egro
dentro del armario. Yoli corrió a él y descorrió la puerta.
Graciela y el N egro estaban vestidos con trajes de hom bre
de seda blanca, corbata y panamá. Yoli le pegó una cache­
tada a Graciela, que se puso a llorar: —N o estábamos ha­
ciendo nada malo, mamita, nos estábamos disfrazando. El
N egro se puso de rodillas: -¡N o nos peguen! Q ueríam os
sacarnos fotos vestidos como ustedes. -Y oli, dijo el G or­
do, esta situación no puede continuar. Los problem as fa­
miliares deben ser resueltos en casa, no en el escritorio
donde estamos trabajando. -¡Esta es mi casa, gritó Yoli,
cada ladrillo de este diario fue pagado con esto!, y abrién­
dose el escote sacó a relucir sus enormes pezones. El N e ­
gro y Graciela no pudieron contener la risa, lo m ism o que
Semillita. El Senador y el M ono tam bién se rieron, el
G ordo tam bién; finalm ente Silvano se contagió de risa
ante la cólera de Yoli, que daba carterazos contra el Sena­
dor y el M ono, que se protegían las cabezas, abrazados. La
puerta del corredor se abrió bruscam ente y entró el jefe de
policía. Silvano lo reconoció por las fotos que había visto
en el diario. U n mestizo de nariz ancha sobre un bigote
cuadrado, cuello ancho sobre espaldas cuadradas, gorra de
milico hasta las cejas, más típico que si lo hubieran inven­
tado, pensó Silvano. El jefe de policía dijo: —Acá veo que
m ientras el pobre Silberman es asesinado en las rotativas,
el piso de la dirección sólo piensa en carnavales. ¡Y son
ustedes los que tratan a la policía de corruptos! M e en­
cuentro con la mafia del diario Crítica al com pleto, la

133
gran señora del cine Yoli de Parm a a la cabeza. M is respe­
tos, se inclinó y le besó la mano. Siempre la misma, Yoli;
me parece verte hace veinte años recostada en la esquina
de Paseo C olón y San Juan, pero ahora estás rubia. T u
piba se te parece (inclinándose ante Graciela), aparte que
ella nació rica y no tuvo que luchar contra el destino. Mis
respetos, Senador; mis respetos, Diligenti; mis respetos,
Bochinchola; se inclinó ante los tres herm anos hundidos
en los sillones haciendo la venia. -¿Q u ién es este Negro?,
preguntó. -A ngelino Pagano, respondió el N egro. Su piel
se había puesto gris, temblaba. - T e conozco del conventi­
llo de la Paloma, sos el hijo del curandero uruguayo Escu­
lapio Pagano. ¡Te prevengo que si te encontrás mezclado
en esta historia lo pasarás una semana a pan y agua. -E ste
m uchacho es mi empleado, dijo el G ordo, ¡le prohíbo que
lo am enace en mi diario! -S u diario ha dejado de ser la ca­
tedral de la pureza moral, un crim en sucio se ha com etido
en él esta m añana, dijo el jefe de policía, ¡uno de los crí­
menes más sucios de estos últimos años! El G ordo se le
acercó hasta tocarlo con el vientre, cara a cara. Era sensi­
blem ente de la m ism a estatura. -M e pregunto en qué lío
estará m etido para pedirm e ayuda personalm ente. ¿Qué es
lo que quiere de m í y qué me da a cambio?, preguntó el
G ordo. El jefe de policía le respondió: —Le dejo la libertad
a usted y a sus secuaces, porque bien sabe que tengo m o ti­
vos suficientes para ponerlos en la cárcel a todos por juego
ilícito, proxenetism o y droga. El Palacio de Justicia no es­
pera más que un pez gordo como usted, sobre todo duran­
te las vacaciones del presidente de la República. A cambio
exijo el asesino de Silberman. Se acercó a Silvano. —Silva­
no U rrutia, supongo, mis respetos, dijo, inclinándose. —N o
tengo el h o n o r de conocerlo, respondió Silvano. —M iguel
Angel Sigampa, dijo el otro, jefe de policía de la C api­

134
tal Federal. -Silvano U rrutia reemplaza a H oracio Silber­
m an com o redactor en jefe del diario, dijo el G ordo. Es
un maestro de escuela de Paraná sin pasado político, tie­
ne apenas diecinueve años. -Q u e d a arrestado en nom bre
de la ley, señor Silvano U rrutia, como sospechoso del ase­
sinato de H oracio Silberman, dijo el jefe de policía. -¡M a ­
nos arriba!, dijo la voz dulce pero persuasiva de Yoli. H a ­
bía sacado una pistola de su cartera. Situada en el marco
de la puerta, los amenazaba a todos. -Silvano, avanzá has­
ta mí. Los otros se habían puesto de pie, los brazos en
alto. Silvano salió al corredor y llamó el ascensor m ientras
Yoli les seguía apuntando. -E sto me lo va a pagar m uy
caro, señora Yoli de Parma, dijo el jefe de policía. Por otra
parte el G ordo decía: -¡Bravo, Yoli, sos la m ujer más ge­
nial que puso D ios sobre la tierra! ¡Llamame por teléfono
dentro de una hora! Yoli y Silvano entraron en el ascen­
sor, que se puso en marcha. Se chuparon los labios m ien­
tras Silvano le metía una mano en el escote y con la otra
le estrechaba el culo; ella le m ordió la lengua y el bigo­
te, con u n a m ano sostenía el revólver y con la otra le
desabrochaba con dedos expertos la bragueta, le sacó el
sexo afuera y se puso en cuclillas; se introdujo el enorm e
glande en la boca. Él pegó un grito de placer cuando ella
le m ordisqueó los testículos. La puerta del ascensor se
abrió. Estaban en la planta baja. U na m u ltitud de agentes
de policía m iraba la escena. M ientras Silvano se guardaba
el sexo en la bragueta, Yoli se incorporó con naturalidad
y salió del ascensor, el revólver escondido en el escote.
T o m ó a Silvano de una mano y se abrieron cam ino entre
la cuarentena de agentes de policía. Yoli les dijo: -M á s
vale que suban enseguida al piso de la dirección, m ucha­
chos, el jefe de policía se encuentra en peligro. Los vigi­
lantes se precipitaron corriendo dentro del ascensor, apre-

135
lujándose; la puerta se cerró. T enían el cam ino libre, ba­
jaron rápidam ente la escalera de m árm ol rosa agarrados de
la m ano y subieron al Rolls-Royce blanco. Yoli tiró su
tapado de leopardo detrás, se sentó al volante y arrancó.
—H ay un revólver en la guantera, le dijo, metételo en el bol­
sillo. Silvano escuchó un ruido de sirenas, se volvió. U n
cam ión de policía los seguía, separado de ellos por tres au­
tomóviles. Yoli logró girar a la izquierda en la angosta ca­
lle Libertad delante de un tranvía; le dijo a Silvano: —¡Agá­
rrate fuerte! Frenó de golpe, el tranvía se incrustó en el
Rolls, los vidrios de atrás volaron. Yoli y Silvano corrieron
calle abajo hasta la esquina. Al volverse vieron una aglo­
m eración de gente, un concierto de bocinas protestaba
por el em botellam iento. -¡Esos imbéciles nos van a encon­
trar si son brujos!, dijo Yoli. Silvano estaba im presionado
por el núm ero de gente que cam inaba sobre las veredas y
sobre todo por la velocidad a que se movían. La gente es­
taba toda vestida lujosamente como en el cine, las mujeres,
escotadísimas, dejaban mostrar las pantorrillas y las más jó­
venes hasta las rodillas. O tra raza era la de las m ucam as y
dependientas, jóvenes de raza india dentro de uniform es
que las hacían parecer figurantas de teatro. (Silvano, aun­
que nunca había visto teatro, era un asiduo lector de tex­
tos teatrales y había com puesto una pieza en verso.) Los
hom bres, aparte de algunos con traje de seda com o él,
usaban trajes cruzados de franela gris y chambergo, excep­
to los pobres en camiseta, tiradores y alpargatas, lo mism o
que en Paraná. Silvano vio por prim era vez el obelisco de
Buenos Aires, le pareció dim inuto en com paración a las
fotografías. Yoli le dijo: —M e m uero de ham bre, guacho.
¿No querés que nos comamos una pizza? E ntraron en una
pizzería. El olor del tom ate frito y del pesto hizo a Silvano
agua la boca. Pidieron dos pizzas con m ucha mozzarella.

136
El mozo, un gordo de más de cien kilos disfrazado con el
traje típico de los pescadores napolitanos, reconoció a Yoli
y le pidió un autógrafo. Silvano le tocó las piernas bajo la
mesa diciéndole: -H a s ta esta m añana no sabía que existía
una diosa de la mitología griega en Buenos Aires. Sos la
persona más fascinante que he conocido, Yoli. -M irá gua­
cho, le contestó Yoli, el cuento de la diosa griega ya me lo
hacía mi herm ano mayor. Ustedes los entrerrianos son
unos cursis. Sacate el cine de la cabeza, que eso es para la
gilada. Acá en Buenos Aires tenés que ser directo; si te
gusta mi cuerpito decilo sin vueltas. C om ete la pizza que
no tenem os tiem po que perder. Silvano preguntó con la
boca llena: -¿A donde vamos? Al M useo de Bellas Artes, le
respondió ella. El director es el padre de Silberman. En
eso llegó el N egro, vestido de seda violeta y con m onócu­
lo. Se sentó a la mesa y pidió un plato de rabanitos con
mostaza. —¿De dónde salís, Negro?, preguntó Yoli. —¿De
dónde voy a salir?, del diario, contestó el N egro. —Estoy
harto, presenté mi renuncia. C om ía los rabanitos con una
cuchara de sopa, cubiertos de mostaza. —El G ordo me tra­
ta com o a un esclavo y tengo que cogerme a todo el m u n ­
do por un sueldo de nada. G olpeó sobre la mesa, hacien­
do tem blar la vajilla. El traje de seda violeta lo había
transform ado en otro hom bre; el hecho de ser negro hacía
olvidar que tenía apenas trece o catorce años. —¿Cóm o nos
encontraste?, preguntó Yoli. —Vi el Rolls-Royce blanco es­
trellado contra el tranvía y pensé que no podían estar le­
jos, dijo el N egro, porque tengo dotes de psicólogo. Le
tom ó de un trago todo el vino del vaso a Silvano y agregó:
-E xijo un m illón de pesos, yo soy el único que sabe quién
m ató a Silberman; se rió a carcajadas, escupiendo el vino
por las narices. —¿Quién m ató a Silberman?, le preguntó
Silvano, sacudiéndolo. -S i me trata así, no se lo diré, res­

137
pondió el N egro de mal hum or. El mozo vestido de pes­
cador trajo tres flanes con dulce de leche. El N egro se me­
tió el flan entero en la boca. Yoli sacó su libreta de
cheques de la cartera e hizo un cheque de un m illón, que
le tendió al Negro. Éste lo leyó diez veces antes de doblar­
lo en cuatro y de meterlo en la cinta de su panam á. -A
Silberm an no lo m ató nadie, dijo el N egro, se cayó solo
arriba de la rotativa. Esta m añana cuando salió del escrito­
rio después de haber tom ado whisky con Silvano, se sentía
mal, no había dorm ido en toda la noche y le había dado
una crisis de paludism o que había contraído durante su
servicio m ilitar en el Chaco. En el ascensor casi se desma­
yó; lo hice bajar en el piso de la dirección y lo acosté en el
escritorio de Silvano. Pensé que lo mejor era hacerlo tragar
algo sólido; no com ía desde la víspera y ya se había bajado
una botella y media de whisky. Bajé a la cocina en el sub­
suelo, no encontré más que un jam ón y un cacho de bana­
nas colgados del techo; como los judíos no com en jam ón,
le subí cuatro bananas. C uando volví a entrar al escrito­
rio, Silberman hablaba por teléfono con su padre. El padre
de Silberm an lo llamaba cada diez m inutos para rogarle
que no se hablara en el diario de los atentados contra los
judíos, la publicidad no hacía más que m ultiplicarlos. Por
otra parte, el G ordo Bochinchola tenía la intención de lan­
zarse en una cam paña antinazi para hacer saltar al jefe de
policía aprovechando la invasión alemana a H olanda. El
padre de Silberm an lo acusaba de haberse vendido al sen-
sacionalismo; Silberman, que tenía ya los nervios alterados
por el paludism o, tenía la intención de suicidarse. Escribió
la carta a Silvano que le di hace un rato im itando otra,
pues quería ocultarle su suicidio a su padre. N o era la pri­
m era vez que actuaba frente a mí ese tipo de dramas;
en general se calmaba después de chuparm e el pito. Pero

138
estaba agotado de cansancio, me pidió que lo acom pañara
al piso de las rotativas para echar un vistazo sobre unas fo­
tos y com poner el título; tenía la intención de tom arse
luego cuatro tubos de somníferos. Yo lo dejaba hacer p en ­
sando que siempre había tiem po de hacerle un lavaje de
estómago. Bajando en el ascensor se comió una banana.
Al llegar al piso de las rotativas tiró la cáscara de la banana
al suelo. Y fue así como murió: resbaló sobre la cáscara de
banana y se cayó desde el balcón arriba de la rotativa; yo
bajé corriendo la escalera de incendios y recuperé la cabe­
za, porque pensé que siempre podría servirme de algo.
—¿Qué pasó en el diario desde que salimos?, preguntó Yo­
li. —El G ordo Bochinchola, el M ono y el Senador se fue­
ron a almorzar al restorán de H arro d ’s en com pañía de
Graciela y el jefe de policía. -P u ta que los parió, dijo Yoli,
nos están traicionando. —¿Pero no serás vos el prim ero en
traicionarnos?, le preguntó Silvano al N egro. T u testim o­
nio sobre la m uerte de Silberman es inverosímil, lo repe­
tiste de m em oria, alguien te lo dictó. -E s posible, respon­
dió el N egro, pero es el único testim onio que puede
inocentarlo a usted. Así que ¡tráguesela doblada! Y se rió
tom ándose un chorro de sifón. -E sta es la cáscara de ba­
nana, la sacó del bolsillo y la colocó sobre la mesa. Se la
entrego a cam bio del m illón de pesos. Y volvió a reírse a
carcajadas. —Este negro es un dem onio, pensó Silvano, tie­
ne la m ism a edad de mis alum nos pero se encuentra a mil
años luz. —Ahora, si quieren, les puedo dar un consejo
gratis, agregó el Negro: desconfíen de los tres herm anos.
El G ordo, el M ono y el Senador están arruinados y tem en
que Yoli deje de financiarles el diario, que está sum ergido
en deudas de juego. U na estudiante de violín entrerriana
que Silvano conocía de vista de Paraná entró en la pizzería
y pidió una pizza con m ucho ajo. Silvano apoyó la cabeza

139
en la m ano, de m iedo de ser reconocido. La m uchacha pi­
dió hablar por teléfono a larga distancia. -¡D em asiado tar­
de!, se dijo Silvano. Viola, así se llamaba, fue a la cabina y
pidió a la operadora el núm ero de la escuela D elfina M oli­
na y V edia de Bastianini, el siete en Paraná. D orita, que
acababa de sentarse en el escritorio de Silvano, retaba a los
alum nos que habían todos llegado tarde en el instante en
que el teléfono sonó. Tuvo la intuición de que era una lla­
m ada de Buenos Aires. Les dijo a los alumnos: —M ientras
estoy al teléfono me van a hacer una com posición cuyo
tem a será «La Primavera». El teléfono se encontraba ju n to
al aula; en cuanto D orita cerró la puerta, los alum nos se
pusieron a hacer tal griterío tirándose a la cabeza los útiles
de la escuela y los tinteros, que apenas perm itían a D orita
escuchar a su amiga Viola, que gritaba a su vez en la cor­
neta: —H ay carteles con la cara de Silvano en las paredes,
está buscado por la policía. Entré en una pizzería para pre­
venirte por teléfono y me lo veo sentado a Silvano vestido
de seda blanca ju n to a un negro vestido de seda violeta en
com pañía de la actriz de cine Yoli de Parma. D o rita res­
pondió: —Gracias por avisarme, Viola, y colgó. E ntró en el
aula, los alum nos enm udecieron al tiem po que volvían a
sentarse. -N iñ o s, les dijo, van a tener que estudiar solos
esta semana, yo debo viajar a Buenos Aires. ¡Niño Núñez!
U n niño indio de dieciséis años, alto de dos m etros diez,
con piernas peludas sobrepasando el guardapolvo blanco,
se puso de pie. -V o s sos el mayor de nuestra escuelita, te
harás responsable de que los más chicos aprendan a sum ar
y a restar. Esta es la llave de la escuela, y la dejó sobre el
escritorio. Corrió las tres cuadras que la separaban de la
panadería del padre de Silvano. Aníbal U rrutia salía del
horno donde había trabajado toda la noche. Se parecía a
Silvano pero era más alto y robusto, con el pelo blanco. Le

140
dijo: —N o le estrecho la mano porque estoy cubierto de
harina, señorita Portales. D orita le relató brevem ente la
conversación telefónica. -T en em o s un tren para Buenos
Aires dentro de m edia hora, dijo D orita, consultando su
reloj de pulsera. -V éngase a Buenos Aires conm igo, don
Aníbal. A éste siempre le había caído bien D orita, aunque
fuese algo mayor que su hijo y bastante más fea. N o creyó
un instante lo que D orita le contara, pensó que se trataba
de una confabulación entre m uchachas para conquistarse
su com plicidad y aproximarse así a Silvano. Sin em bargo
la idea le pareció divertida. N o conocía Buenos Aires y
siem pre había soñado con ver teatro de revista; pensó que
era la ocasión soñada. Además tenía ganas de ver a Silva­
no, ya lo extrañaba. Silvano era su hijo único, la m adre de
Silvano había m uerto de tuberculosis cuando éste contaba
apenas dos años. Aníbal fue padre y m adre para ese chico
que se le parecía físicamente como una gota de agua a
otra. A los cuarenta años, gallardo y sano de nacim iento,
se sentía más herm ano de su hijo que su padre. Fue a pe­
garse un baño m ientras D orita corría al almacén a hacer
su valija. N o se atrevió a prevenir a su padre de su partida;
le dejó un recado sobre la cama. Puso dentro de la valija la
ropa más m oderna que poseía; faldas cortas y blusas esco­
tadas. Se encontró con el padre de Silvano en el andén,
vestido con un traje cruzado azul m arino que lo hacía pa­
recer más buen mozo que al hijo y un poncho de finísima
vicuña sobre los hom bros. Se sentaron en el com parti­
m iento de primera; el padre de Silvano insistió en pagar
los pasajes, declarando: - N o es todos los días que tengo
ocasión de viajar a Buenos Aires con una m uchacha boni­
ta que podría ser mi hija. El padre de Silvano tenía repu­
tación de donjuán; viudo y propietario de la panadería, te­
nía apenas cuarenta años y todas las solteronas de Para­

141
ná se pasaban el día haciendo cola en la panadería, lo
mismo que las jóvenes no dejaban de acechar al hijo. Pero
desde la m uerte de la m adre de Silvano, hacía ya más de
quince años, no se le conocía aventura femenina. Su vida
estaba repartida entre dos pasiones: su horno de panadero
y su hijo. Su pan era reputado en toda la provincia de E n­
tre Ríos. Les inventaba formas de dinosaurios y serpientes,
poniendo guindas abrillantadas en lugar de ojos. C uando
tenía ganas de tomarse unas vacaciones, como hoy, cerra­
ba la panadería y ponía un cartel en la puerta que decía:
«Me fui a pescar». Paraná lo respetaba porque además de
ser un com erciante honesto era pintoresco; a nadie le sor­
prendió que su hijo se hiciera intelectual. Aníbal le ofreció
a D o rita un pan dulce con forma de tortuga y una botella
de agua m ineral m ientras el tren se ponía en m archa. —Es­
toy tan nerviosa, dijo D orita. El padre de Silvano se son­
rió a sí m ism o sin contestarle; estaba persuadido de que
a su hijo nunca podría ocurrirle nada malo, pero sí una
aventura divertida; lo sabía lo suficientemente astuto como
para salirse de cualquier situación, incluso se echó abajo el
ala del som brero y se durm ió. D orita trató de leer un libro
de poesías, pero el ruido de la locom otora le im pidió con­
centrarse. El padre de Silvano roncaba frente a ella, D orita
se dijo: —El hom bre con el que estoy dispuesta a pasar mi
vida es el hijo de éste, dentro de veinte años se le parecerá
y dentro de veinte años yo tendré la edad de m i madre,
que parece de cincuenta teniendo sólo cuarenta. Lo quiero
de verdad, se dijo, y estoy dispuesta a quererlo toda la
vida. Se quedó ensimismada pensando en la velocidad
con que se habían decidido las cosas. T enía tan ta costum ­
bre de contar ovejas para conciliar el sueño, que absorta
m irando desfilar el paisaje de Entre Ríos fuera de la ven­
tanilla del tren donde pastaban gran núm ero de ovi­

142
nos hizo que los contara mecánicamente. Se apercibió de
que los contaba cuando había llegado a la cifra de mil no­
vecientos treinta y nueve; se quedó dorm ida y soñó que
estaba dando clases en la escuelita de Silvano; un niño de
dos años entraba, idéntico a Silvano, diciéndole: m am á y
tendiéndole las manos. Se despertó sobresaltada, trató de
leer algunas líneas y se volvió a dorm ir profundam ente,
sacudida por el m ovim iento del tren. Silvano se distrajo
de la conversación tratando de im aginar lo que la piba en-
trerriana podía haber contado a D orita por teléfono. La
voz del N egro lo volvió a la realidad. -L a foto de Silvano
la están tirando a doscientos mil ejemplares, la m itad es
para la policía, que ofrece una recom pensa de quinientos
mil pesos por su captura, la otra m itad serán afiches p u ­
blicitarios para la edición de esta tarde. En cuanto ustedes
salieron del escritorio, el jefe de policía y el G ordo se p u ­
sieron de acuerdo para cargarle el m uerto a Silvano. Yo,
en su lugar, me afeitaría el bigote, agregó sacando una na­
vaja de afeitar y una brocha del bolsillo interior del saco.
D entro de una hora todo Buenos Aires habrá visto su fo­
tografía. Silvano pensó: —N o puede ser, estoy viviendo
una alucinación provocada por la cocaína que tom é esta
m añana. El N egro sacó un billete de mil pesos e insistió
en pagar la cuenta. Viola salía de la cabina telefónica; pa­
sando ju n to a la mesa de los otros le dijo a Silvano: -¡Sos
un degenerado, Silvano, la traicionaste a Dorita! Y salió de
la pizzería con la cabeza alta y el estuche del violín en la
m ano. Yoli le dijo al Negro: -¡N egro de m ierda de la puta
m adre que te parió, te creés que tenés la situación en
m ano pero no te olvides que la propietaria de la plata soy
yo! —Ya lo sé, respondió el N egro y no será porque su m a­
dre es blanca que es menos puta que la mía. Pero m i ven­
taja sobre ustedes consiste en que yo sé todo lo que pasa

143
en todas partes. T engo un herm ano ascensorista en la
Casa del G obierno, otro en el Senado, otro en Tribunales,
otro en el T eatro C olón, otro aduanero en el aeropuerto y
el más chico es enterrador en la Chacarita. T odos habla­
mos por teléfono con mi padre cuatro veces por día; mi
padre está al corriente de todo; cuando el jefe de policía
necesita una inform ación seria está obligado a pagársela
m uy caro a m i padre. A mi padre lo tratan de curandero y
de brujo porque es negro pero es el hom bre más instruido
de la A rgentina, y hace todo lo posible para que alguno de
nosotros, mis herm anos o yo, llegue a ser presidente de la
República. Silvano pensó que si le hubieran contado ayer
que en un conventillo de Buenos Aires una familia de ne­
gros se organizaba en partido político lo habrían hecho
reír; en este m om ento le pareció inquietante, com o todo
lo que ocurría en Buenos Aires. - E n esta ciudad todo pa­
rece suceder por casualidad, lo único que me gustaría sa­
ber es quién conduce el baile. N adie, pensó. En una ciu­
dad pequeña como Paraná los roles estaban distribuidos,
todo el m undo sabía quién era el que decidía las subven­
ciones culturales, quién votaba por quién y la posición
económ ica de cada uno. Si en Paraná llegaran a im aginar­
se que el presidente de la República se encontraba de vaca­
ciones en Italia, que el jefe de policía estaba aliado con
grupos de extrema derecha y que el diario Crítica, cuya
objetividad no se ponía en duda, dependía económ ica­
m ente del resultado de las carreras, les produciría vértigo.
-M e dejé atrapar por un engranaje enloquecido, se dijo, y
el recuerdo de Silberm an descuartizado por la rotativa le
hizo poner de nuevo los pelos de punta. ¿Y si todas las ca­
pitales del m undo fueran así?, se preguntó, ¿como m áqui­
nas com puestas de piezas tan anárquicas com o lo son los
mism os seres hum anos y todo lo que ocurriera en ellas

144
fuera fruto del azar? Se dijo que en E uropa sería probable­
m ente distinto, aunque el ejemplo de H itler invadiendo
H olanda lo corroboró en su certidum bre. —T odo lo que vi
del m undo hasta el día de hoy es un paisaje inm óvil com o
el de Entre Ríos; en el m undo tal cual es, me siento como
un perro en cancha de bochas. Yoli y el N egro se habían
quedado callados, ensimismados. —N i siquiera piensan en
mí, se dijo Silvano, cada uno está fabulando su próxim a
aventura, mi existencia les resulta tan molesta com o al
G ordo o al jefe de policía. Yoli en la luz de neón de la piz-
zería le pareció fea. Bajo la melena de leona se velan las
raíces del pelo negras y hasta canosas. T rató de im aginár­
sela sin el rouge sobre los labios, sin la línea de las cejas di­
bujada con el pincel sobre las verdaderas cejas depiladas,
sin las pestañas postizas, y pensó que tenía al m enos la
edad que habría tenido su madre de estar viva, aunque en
su im aginación su m adre era una m ujer dulce y risueña
com o su padre y no una histérica como Yoli. Pero Yoli, le­
jos de estar ensimismada, estaba atenta a los eventuales
pensam ientos de Silvano. Le pegó una cachetada. Se que­
dó atónito. —¿Qué estás pensando de mí, guacho? —T e
im aginaba sin maquillaje y con tu color de pelo natural, le
respondió Silvano. Am én de otra cachetada recibió un bo-
tellazo sobre la frente. La aferró a Yoli por el cuello sacu­
diéndola al tiem po que volcaba la mesa. U n cam ión de la
policía frenó frente a la vidriera de la pizzería. El N egro lo
agarró a Silvano de un brazo y lo arrastró a las cocinas
m ientras Yoli les gritaba: -¡Llevátelo al conventillo de tu
padre, yo me las arreglo con la policía! Se puso a tirar bo­
tellas sobre los agentes de policía que, conociéndola, se
protegían con sus cascos esperando que se calmara. Salie­
ron a la calle Sarm iento por un largo pasillo; el N egro po­
seía una m oto pintada de dorado, se subió delante y Silva­

145
no, agarrándolo por la cintura, detrás; subía en una m oto
por prim era vez. Se asustó de la m anera en que conducía
el N egro. Se metió a girar alrededor del obelisco de con­
tram ano justo cuando un auto de la policía venía enfrente.
El auto pegó un frenazo, una bala silbó en el aire. - T e
metiste de contram ano, gritó Silvano al oído del Negro.
-¡N o soy estúpido, es el único sentido en que los autos no
pueden perseguir a una moto! Se creó un em botellam ien­
to alrededor del obelisco. Silvano se aferró a él tem iendo
caerse. E n la calle Esmeralda el N egro subió sobre la vere­
da y avanzó dándoles patadas a los transeúntes. Llegaron
finalm ente a la calle San Juan, parecía un despoblado, en­
traron en una callejuela, la del conventillo de la Paloma.
Esculapio Pagano se rascaba el sobaco izquierdo sentado
sobre una barra de hielo, los pies adentro de un tacho de
agua caliente. Su hija mayor lo despiojaba al m ism o tiem ­
po que la m enor le cebaba un mate en el m om ento en que
la m oto de Angelino entró en el patio del conventillo. T o ­
dos se sobresaltaron. Esculapio resbaló sobre la barra, se
cayó sentado en el tacho de agua caliente y la hija m enor
le tiró el m ate a la cara. -E ste m uchacho va a m atarm e a
sustos, dijo Esculapio después de abofetear a las hijas. Sa­
bía que Angelino, para llegar en m itad de la m añana tan
excitado, debía traer un pez gordo. Se asomó al balcón y
vio al pez: un provinciano m elenudo vestido de seda blan­
ca. —D e este tipo no voy a sacar ni un centavo, se dijo, no
lo com praría para m aniquí ni un sastre. Se puso de todas
maneras su corona de oro y bajó al patio. —Le presento a
mi padre, dijo el Negro, el Rey Pagano. Silvano perdió el
conocim iento, cayó al suelo mientras Angelino lo sostenía
para que no se golpeara. Las tres hermanas, V udú, M aría
M arta y Rebequita (de doce, nueve y seis años respectiva­
m ente), lo arrastraron a Silvano a un colchón en un rin ­

146
cón del patio y lo abanicaron con hojas de palma. Silvano
entreabrió los ojos, vio ante sí tres versiones de Angelino
de distintos tamaños con vestidos de todos los colores; se
dijo que estaba soñando y se sumergió en otro sueño más
profundo. Lo cubrieron con una m anta de guanaco verde
cotorra para que no atrapara una insolación y corrieron el
colchón a la som bra de la higuera. U n perro se le sentó
encim a y se puso a roer un hueso sin lograr despertarlo.
-V en g o a rendirle a sus pies un león, le dijo A ngelino al
padre, poniéndose de rodillas. Es el único hom bre hones­
to de la República Argentina.
II. Los años,
luego de haberlos hipnotizado,
devoran a sus hijos
Años más tarde. Silvano subía la escalera de la calle
Rollin, en París, cargado de provisiones. Los dom ingos era
Silvano el que iba al mercado mientras Arlette se quedaba
dándole el biberón al pequeño D idier y poniendo un
poco de orden en el tugurio en que vivían, una chambre de
bonne con agua corriente fría y sin ascensor, en el barrio
de la Contrescarpe. La portera le dio dos\cartas y le pidió
las estampillas argentinas, que coleccionaba. U n a carta era
de D orita: todo iba bien en Paraná, com o de costum bre.
D orita se había quedado embarazada en la única y breve
aventura que tuviera con Silvano. El padre de Silvano se
hizo cargo del chico, casándose con D orita por las conve­
niencias. Paraná, que entendió todo, hizo com o si nada
hubiera pasado. D orita seguía viviendo en casa de su pa­
dre; el viejo Aníbal en la panadería. El chiquilín, Silvani-
to, había ido a la escuela desde la edad de dos años, a los
cinco sabía más de matemáticas y de ortografía que los
más grandes que él, de once y hasta quince años. D o rita lo
dejaba ir a pescar con el abuelo todas las tardes a la hora
de la siesta. El viejo Aníbal y Silvanito se adoraban; el ca­
rácter de Aníbal, ya juguetón y vivaracho desde siempre,

151
se había refinado al atravesar esta aventura de radioteatro:
al llegar a Buenos Aires con D orita, luego de un viaje ago­
tador, en la estación Retiro los esperaba M ildred, una m u ­
chacha de Paraná recitadora amiga de D orita. Silvano ha­
bía sido capturado por el ham pa negra de Buenos Aires;
Yoli de Parm a se había barricado en el diario Crítica apo­
yada por el ham pa italiana de la reventa para declararle la
guerra al ham pa judía; los militares aprovechaban el tu ­
m ulto creado en la Avenida de M ayo por diversos tiroteos
para ocupar la Casa del G obierno; el Senado, apoyado por
algunos disidentes radicales, pedía una sesión extraordina­
ria dentro de una semana. M ientras M ildred les contaba
lo ocurrido, un canillita gritaba: -¡Silvano U rrutia exiliado
en París! Se precipitaron a com prar la prim era edición de
Crítica, en la cual se explicaba en detalle la últim a m anio­
bra de los militares: habían cambiado la libertad de Silva­
no por el diario Crítica. A Yoli le daban de yapa la em ba­
jada argentina en París, una renta de un m illón de pesos
por mes y el título de condesa honoraria. Aníbal y D orita
habían llegado en taxi al aeropuerto en el m om ento en
que el avión despegaba llevándose a Silvano. M ientras Sil­
vano subía las escaleras de la chambre de bonne en París
cargado de provisiones, leía la breve carta de D o rita soste­
niéndola con la m ano izquierda; distraído, dejó caer la
canasta de provisiones, que rodó por la escalera. El yogur,
los huevos, el apio y el chocolate con leche se esparcieron
en el rellano del segundo piso. La vecina salió hecha una
furia. —¿Q uién va a limpiar esto?, gritaba. Silvano no le
contestó. Subió hasta el sexto y abrió la puerta. Arlette se
precipitó afuera vestida con un quim ono y le gritó a la ve­
cina de abajo: -¡V ieja puta! La otra le contestó: -¡Q u e lla­
m o a la policía! D idier lloraba, Arlette lo tom ó en sus bra­
zos; Silvano, sereno, le preguntó: -¿D ó n d e está la esponja?

152
A rlette utilizaba la mism a esponja para lim piar indistinta­
m ente los vóm itos del chico, las cacerolas y hacerse la
toilette todas las mañanas. Era una esponja rectangular,
con la cual Silvano estaba familiarizado. Bajó las escaleras
y esponjeó el yogur, bajo la m irada asesina de la portera y
de las vecinas. -¡Extranjero sucio!, le gritó la del cuarto
piso antes de dar un portazo. Los prim eros tiem pos Silva­
no había tratado de establecer una buena relación con las
vecinas, pero le desconfiaban. Su físico era im ponente, no
estaban acostum bradas. M edía un m etro noventa, se había
dejado crecer la melena y la barba. C ada vez se le notaba
más la ascendencia india en lo renegrido del pelo y en la
nariz, de más en más aguileña. Después de haber lim piado
la escalera volvió a subirla con la esponja repugnante en la
m ano, controlándose. Le dabaiT'ganas de metérsela a A r­
lette en la boca para que se callara. E n tr^ Arlette y las veci­
nas de abajo no había diferencia: Silvano veía a todas las
parisinas iguales. Estrujó la esponja en él lavabo; Arlette
sacudía al pequeño D idier, que seguía chillando. —Pásame
al pibe, dijo Silvano luego de haberse lavado las manos.
T om ó a D idier en sus brazos, que se calmó enseguida.
—Pues bien, si es así, me las tom o, dijo Arlette. Se quitó el
quim ono y se puso un par de blue jeans, quedándose con
las tetas al aire. Desde que había nacido D idier no habían
vuelto a hacer el amor. Silvano se daba perfectam ente
cuenta que era él quien estaba loco y no Arlette. Estaban
encadenados por la existencia de D idier y habían decidido
divorciarse cuando D idier fuera más grande, pero por el
m om ento... Arlette, llorando, se puso una tee shirt a ra­
yas y salió dando un portazo. Silvano sabía adonde iba: a
em borracharse a la Chope. Suspiró tranquilo. C u an d o A r­
lette estaba borracha se ponía alegre y hablaba sola. «Lo
dejaba en paz», com o dicen los franceses. Se había puesto

153
a beber después del nacim iento de D idier, durante el cual
los médicos no quisieron hacerle la cesárea ni darle cal­
mantes. El pequeño D idier nació con una cabeza enorme,
desproporcionada para un recién nacido francés. La pobre
Arlette sufrió un m artirio durante el parto. D idier vino al
m undo estrangulado con el cordón umbilical, y pasó una
semana con perfusión dentro de una incubadora mientras
Arlette, con septicemia, estaba en coma. Silvano se había
acostum brado a este chico que adoraba, aunque a veces no
lo entendía. La diferencia entre los europeos y los del ter­
cer m undo, pensaba, es que los europeos son hum anos y
nosotros animales. Y un animal necesita afecto, si no, se
suicida. Vivía aterrorizado ante la idea de que D idier se
suicidara o Arlette lo matara, ya lo había am enazado una
vez con tirarlo por la ventana si Silvano no le com praba
un zorro en el mercado de las pulgas. Arlette trabajaba en
la librería G ilbert-Jeune durante el día; y a las tres volvía a
casa. Silvano no podía trabajar antes de obtener el perm i­
so de residencia, se ocupaba del chico y de la casa. Arlette
había obtenido vacaciones pagadas durante el embarazo y
luego dos meses por ser m adre soltera, gracias a las nuevas
leyes. Se habían conocido un catorce de julio en la Plaza
de la Contrescarpe, hacía ya cuatro años. Era el prim er ca­
torce de julio que Silvano pasaba en París; unos amigos
argentinos, exiliados como él, habían insistido en arras­
trarlo al baile preocupados al verlo tan deprim ido, todo el
día encerrado en el cuarto del hotel du C oum erd, en la
calle de la M ontagne Sainte-Geneviéve, leyendo a Marx.
Yoli, no bien llegada a París, se había introducido en el
círculo de los embajadores sudamericanos, había conocido
a un árabe m ultim illonario, se casó con él y se fue a vivir a
Casablanca, dejando a Silvano en París con una m ano atrás
y otra adelante. Pasó un año viviendo de pan con m argari­

154
na antes de conocer a Arlette. Fue un caso de «amor a p ri­
mera vista», com o dicen los franceses, el coup de foudre.
Arlette cantaba en el cabaret de la Contrescarpe canciones
realistas, en este catorce de julio, estaba vestida con un
vestido de percal negro y una boa roja. C antaba «A la Bas­
tille on l’am ait bien N ini-peau d ’chien» parada sobre una
mesa en la vereda del cabaret; alrededor un grupo de estu­
diantes de A rt Déco bailaba. En cuanto Silvano la vio, sin­
tió electrizarse su nuca. Ella paró de cantar. El acordeonis­
ta, im paciente (luego supo Silvano que era su m arido), le
gritó: -¿T e has vuelto m uda o qué te pasa? Ella contestó:
-¿ N o tengo derecho a hacet-pipí? Descendió de la mesa y
pasó ju n to a Silvano contoneándose y m eneando la boa
roja. Ai pasar ju n to a él, dejó caer el bolso que llevaba sus­
pendido de una cadena. Silvano se precipitó a xrecogerlo.
Ella le respondió «gracias» batiendo las pestañas renegridas
y le m urm uró más bajo: - T e espero en los baños del C inq
Billards. Silvano com prendía mal el francés pero entendió
perfectam ente el sentido de la frase; una vez que el m arido
se dio la vuelta para pedir lim osna en un plato, Silvano la
siguió discretamente. En el C inq Billards reinaba un gran
bullicio, varios comensales vom itaban sobre el serrín del
suelo, el patrón arrastraba a la vereda a un vagabundo por
el brazo. Silvano entró en los estrechos excusados em pu­
jando a un viejo que quería entrar antes que él. Arlette ya
se había levantado la pollera y bajado el calzón de nylon
rojo, él se puso de rodillas y le m ordió el clítoris; ella m au­
lló de placer y luego de levantarlo tirándole el pelo le m or­
dió los labios y le m urm uró: -¡T e amo con locura! El vie­
jo, exasperado, daba patadas a la puerta para entrar a
mear. A rlette le gritó: -¿Es que no puede una coger tran­
quila? A brió la puerta del excusado y lo insultó al viejo:
-¡V iejo pederasta! Se anudó la boa al cuello y arrastró a

155
Silvano al recinto donde reinaba la alegría. Afuera los es­
tudiantes de Bellas Artes sacudían el auto de un burgués
que se había aventurado de contram ano en la calle de
L’Estrapade. T oda la plaza parecía contagiada de risa, se
bailaba y saltaba alrededor del auto. -¿C ó m o te liamás?, le
preguntó Arlette. Silvano respondió: -Silvano. Se había
acostum brado a acentuar la últim a sílaba de su nom bre.
-¿M e invitás con un Sylvaner?, le preguntó ella. —¿Qué es
eso?, preguntó él. -S i me invitás con una copa —replicó
ella. —N o tengo dinero, contestó Silvano. -¿ D e dónde
sos?, preguntó Arlette. -S o y argentino, dijo él. -Y o creía
que eras corso, dijo ella. Tenés cara de corso. ¡Madeleine,
gritó, dos Sylvaner, mi padre paga! -¿ N o cantás más?, le
preguntó el viejo, que volvía de mear. -E s mi padre,
lo presentó Arlette. ¡Canto cuando me da la gana! El m a­
rido de Arlette llegaba preguntándole: -¿ N o cantás más?
-E sto y harta de estos tipos, dijo Arlette, arrastrando a Sil­
vano a la plaza. Sacó una boquilla y un gauloise y le pre­
guntó: -¿T enés fuego? Silvano le encendió el cigarrillo
con m anos que tem blaban. Arlette era la m ujer más her­
mosa que Silvano viera en París, parecía un efebo. Le so­
pló el hum o a la cara preguntando: -¿Sos tímido? El rió
confundido, la atrapó en los brazos y la besó en el cuello.
Llegó un auto de la policía, los estudiantes le tiraron ado­
quines; los policías les respondieron con gases lacrimóge­
nos. A rlette arrastró a Silvano corriendo hacia la calle Ro-
llin, en el tum ulto había perdido un zapato. Silvano la
tom ó en los brazos para subir los seis pisos; ella se sacu­
día de risa. E ntrando en la chambre de bonne él cerró la
puerta de un codazo y tiró a Arlette sobre un colchón en
el suelo cubierto por una alfombra polvorienta. Ella se
puso a gritar: -¡N o me toqués, estoy con la menstruación!
A Silvano poco le im portaba. Le sacó delicadam ente el

156
Tam pax con la p u n ta de los dedos y la penetró. Ella se
puso a aullar de placer; en este m om ento la puerta se
abrió; el marido y el padre de Arlette entraron, encendiendo
la luz. -¡T e pones a coger en vez de trabajar, chancha! El
padre quiso pegarle con una botella pero tropezó y rodó
por el suelo. Arlette se aferró a Silvano y le suplicó: -¡P ro ­
tégeme! Silvano se abotonó los_pantalones y em pujó deli­
cadam ente al viejo a la-puerta^ el m arido lo siguió casi co­
rriendo de miedo, con las manos detrás de la nuca. Sil­
vano no podía entender cómo una m uchacha tan herm osa
y encantadora pudiera tener un padre y\u n m arido seme­
jantes: el padre parecía un vagabundo, ya lo había visto
Silvano dorm ido en una cuneta una m adrugada en la Pla­
za M aubert. En cuanto al marido, un flaquito m inúscu­
lo árabe con bigote y fez, tenía por lo menos la mism a
edad que el padre. Silvano cerró la puerta con cerrojo; el
padre y el m arido se quedaron gim iendo en el corredor
com o perros. Arlette sollozaba; Silvano la tom ó en sus
brazos y la volvió a estrechar. Se acodaron en la ventana,
era el único lugar donde se podía estar de pie. Arlette le
llegaba apenas por debajo del codo. El sol se asomaba de­
trás del Panteón; la T orre Eiffel se perfilaba en el horizon­
te lím pido. -¡Júram e que eres un hombre!, le suplicó ella.
C om o respuesta él le puso la m ano sobre el m iem bro
duro. - M i padre es un cerdo, le dijo Arlette. N o tengo
madre. M i padre me sacó del orfelinato a los trece años y
me forzó a que cantara por las calles, a los quince me cam ­
bió a un m arroquí por un m ono, pero el m ono se m urió
porque m i padre le pegaba. Luego volvió y se puso de
acuerdo con el m arroquí para hacerme cantar en la C on-
trescarpe. Se puso a sollozar sobre su pecho. A Silvano,
em ocionado, le corrieron lágrimas sobre la barba. Le con­
testó: - N o llorés, pequeña. Ella com prendió el sentido de

157
la frase y se calmó. Se puso a m ordisquearle la barba. Sil­
vano, acostum brado a los cuerpos abundantes de las m u ­
jeres sudamericanas, creía que Arlette era una pebeta; lo
engañó que tenía veinte abriles hasta el día que fue al
ayuntam iento para anotar a D idier y se enteró de que te­
nía treinta y seis. Era esa m anera de abrir los ojos redon­
dos al m ism o tiem po que la boca, y ese cuerpo m enudísi­
mo, asiático, lo que lo excitaba. Vivieron un año de am or
intenso gracias a un giro que Silvano recibiera de su padre,
que había vendido unos terrenos heredados de una tía ma­
terna de Silvano. D orita y su padre lo incitaban a volver,
pero la vida en Paraná le parecía imposible, sobre todo
con A rlette y Didier. ¿Volver a Buenos Aires? ¿Para hacer
qué? Su pasado político era negro; en el m ejor de los casos
conseguiría un em pleo en una boutique com o decorador
que le ofrecía un prim o, pensando que su estadía en París
le daba algo así como un título de buen gusto. Al mismo
tiem po se decía que la educación francesa era la más con­
veniente para Didier; después de todo, en París se encon­
traba en el centro de la cultura occidental, y, al lado de eso,
¿qué era Buenos Aires? D idier se había dorm ido en sus
brazos. Lo depositó suavemente sobre el colchón y lo cu­
brió con una pollera de Arlette. Arlette volvió a entrar,
com pletam ente borracha. -¡E stá decidido, vuelvo a la can­
ción! Sacó su vestido de percal negro de una caja de cartón
que guardaba detrás del basurero y se lo puso. La boa roja
la había perdido; en su lugar se ponía un zorro apolillado.
-V uelvo con mi padre y mi marido, agregó m ientras se
m aquillaba de negro los ojos frente al lavabo. V oy a hacer
una tournée en M énilm ontant. Si ya no querés nada con­
migo, peor para vos, te dejo el chico. G uardó unos p orta­
ligas y un sostén en la cartera y salió diciendo: -¡Y es pa­
ra siempre! Silvano tom ó a D idier en sus brazos y se aso­

158
m ó a la ventana. El padre y el m arroquí esperaban a Arlet­
te abajo, el padre con un acordeón y el m arroquí con un
organillo. Apenas en la calle, Arlette se puso a cantar:
«Non, rien de rien, non, je ne^régrette rifen.» Varios veci­
nos se asom aron a las ventanas, algunos tiraron monedas.
Finalm ente Arlette desapareció en la esquina; Silvano res­
piró hondo, tranquilo. -N o s la sacamos d¿ encim a por un
buen rato, le dijo a Didier. D idier se rió* tirándole de la
barba. Silvano le dio un yogur con una cucharita y le
cam bió de pañales. Le dio una hoja de lechuga al conejillo
de Indias de D idier y los dejó juntos sobre un alm ohadón,
en el único rayo de sol que entraba por la ventana. D idier
se pasaba las horas jugando con Bibi, el conejillo de In ­
dias; Silvano aprovechó para abrir la segunda carta de
Buenos Aires. Era del G ordo Bochinchola. El G ordo Bo­
chinchola y sus dos hermanos, el M ono y el Senador, lue­
go que Yoli vendiera el diario Crítica a los militares, se ha­
bían quedado en la ruina más absoluta; el G ordo vendía
fainá en la cancha de Boca, el Senador era lustrabotas y el
M ono ofrecía ballenitas frente al Jockey C lub de la calle
Florida. Luego de siete años de mala racha se presentó de
nuevo la fortuna: el M ono ganó en la Lotería N acional «la
grande» de N avidad y se com praron una im prenta en la
calle Cangallo; fundaron un diario m odernísim o: Crónica,
en recuerdo del antiguo Crítica, cuyo espléndido edificio
se había convertido en el D epartam ento de Policía. G ra­
cias a la habilidad del G ordo Bochinchola para husm ear el
escándalo político y sobre todo gracias a la com plicidad de
la mafia turca, que era la única capaz de pararle el copete a
los milicos del diario, había pasado de los cinco mil al m i­
llón y medio de ejemplares en menos de un año; los tres
herm anos, nuevam ente ricos, le escribían una carta cari­
ñosísima a Silvano: «¡Tómese el prim er avión y vuélvase!

159
iniciaba la carta. Tenem os finalm ente la posibilidad de jo­
der a los militares, tenemos secuestrados a siete generales
en un sótano detrás de una rotativa y los hem os obligado
a llamar a elecciones. Y usted es el candidato a la presiden­
cia, amigo mío. Ya me puse de acuerdo con el partido
radical. Firm ado: el G ordo Bochinchola.» En otras cir­
cunstancias la carta le habría hecho reírse, en éstas lo in­
quietaba. Ya hacía un año que el diario Crónica se había
lanzado en una cam paña de reivindicación de Silvano
U rrutia. Según ellos, el golpe que había derrocado a los
radicales estaba dedicado contra él, Silvano. El caso Silber­
m an, la probidad de Silvano, la honestidad de su padre y
su corta producción literaria estaban com entados al infini­
to en el diario Crónica. Varios «Comités por el regreso de
Silvano Urrutia» se habían creado en los barrios de la
Boca y Balvanera. Silvano le había escrito varias veces al
G ordo, pidiéndole que abandonara ese tipo de maniobras;
no tenía la m enor intención de volver a la vida política;
durante la incursión de un solo día que hiciera en ella ha­
bía perdido futuro y Patria; que lo dejaran por lo menos
vivir su vida tranquilo en París; por otra parte preveía
complicaciones para la renovación de su permiso de resi­
dencia ya obtenido solamente en tanto que padre de D i­
dier, ciudadano francés pero hijo de m adre soltera. H acía
sin em bargo un mes que la posibilidad de volver se le di­
bujaba con más nitidez en la imaginación. Se quedaba no­
ches enteras con los ojos abiertos sin conciliar el sueño,
fum ando gauloise tras gauloise. N o se anim aba a hablarle
a nadie de eso, ni a Arlette ni a sus pocos amigos france­
ses que ignoraban todo su pasado político y lo creían un
guitarrista folklórico argentino, oficio que había aprendi­
do en un cabaret de la calle Lappe. Para despejarse las
ideas decidió bajar al Café del Irlandés, sobre la Plaza de

160
la Contrescarpe, a tom ar un pastís, costum bre de los do­
mingos. M ientras leía L ’H umanité dimanche, que algu­
nos parroquianos com praban por turno y se prestaban,
D idier jugaría al sol sobre la vereda con el conejillo de In ­
dias y con la pequeña Lucióle, la hija café con leche de
una m uchacha socióloga amiga de Silvano, rubísim a ella,
gordita y pecosa. En varias ocasiones en que Arlette llegara
de noche borracha, Silvano se había visto obligado a refu­
giarse con D idier en casa de Solange, que vivía en dos ha­
bitaciones sobre la publicidad del N égre Joyeux y había
decorado con un gusto indescriptible, con esterillas que
había traído de un viaje al Japón. Por prim era vez, Silvano
tenía una relación con una m ujer donde no intervenía el
sexo com o factor dom inante. Solange le había dado a en­
tender que no se interesaba en los hom bres sexualmente.
H abía tenido a la pequeña Lucióle para tener una hija sola
y había elegido un padre hermoso, de raza negra, que
nunca se había enterado. Solange le había prestado enor­
mes servicios a Silvano en la época en que Arlette, forzada
por su padre y su marido, se drogaba con heroína y había
que hacerla desintoxicar una vez por mes. Solange trabaja­
ba en un dispensario en la Plaza de Italia donde trataban a
los enfermos mentales haciéndoles hacer música y teatro
en lugar de electroshocks. Arlette había estado internada
en el dispensario varias veces, de donde había sido echada
porque se había robado un cajón de botellas de éter. Silva­
no se sentó en la vereda del Café del Irlandés; D idier ga­
teó hasta el flipper, que le encantaba, y se agarró de las
manos al borde, con Bibi, el conejillo de Indias, sobre la
cabeza. Solange llegaba de la calle M ouffetard arrastrando
un carrito de provisiones; a la pequeña Lucióle la sostenía
con una correa anudada a la espalda. -¡Q u é buen tiem po
hace!, le dijo ella, y se sentó a su lado. Las frutillas no es­

161
tán caras, agregó, y le tendió una frutilla que él comió.
La pequeña Lucióle y D idier jugaban con Bibi abajo del
flipper sin ocuparse de ellos. Solange se sacó el blusón na­
ranja y le preguntó: -¿Se ha m archado otra vez Arlette?
—Creo que esta vez es para siempre, le respondió Silvano.
—Esperemos que no vuelva en el mismo estado de la últi­
m a vez, suspiró ella. Silvano se sorprendió a sí m ism o pro­
nunciando esta frase: -V uelvo a A rgentina con el pequeño
D idier. Solange se quedó estupefacta, se le cayeron los an­
teojos dentro de la taza de café. Reaccionó: -¿D etestás Pa­
rís hasta este punto? ¿Estás deprim ido porque esa cerda te
abandonó? —N o digás eso, dijo Silvano, y Solange com ­
prendió por prim era vez que tenía que hacer frente a una
personalidad distinta a la suya, donde la fidelidad al ser
am ado era más fuerte, algo así como si el sentim iento pri­
vara sobre la ley. Se sintió confusa y se ruborizó; había
algo en Silvano que se le escapaba totalm ente. T o d a su ex­
periencia de socióloga y de psicóloga que le perm itía ha­
blar a un hom bre de igual a igual se resquebrajaba para
dejarla sin defensa, como de niña; cuando tenía cinco
años estaba fascinada por un chico que vivía en el mismo
piso, dos años mayor que ella, hijo de inm igrados, que se
pasaba el día sentado en la escalera jugando al balero, al
cual sus padres le habían prohibido saludar. Silvano no la
atraía físicamente, más bien le repelía su cuerpo enorme,
musculoso y cubierto de pelo. —Entonces, ¿venís a com er
conmigo?, le preguntó. M e llevo a los chicos. Los sentó a
D idier y a Bibi sobre el carrito de provisiones y se fue
arrastrando a Lucióle por la correa. Silvano term inó de
leer el diario al sol. Solange, quizás a causa de su falta de
fem ineidad, tenía la particularidad de ponerlo de mal h u ­
m or por sus frases displicentes, por su continuo deseo de
hacer aparecer los hechos de la vida intrascendentes o abu­

162
rridos, el todo teñido de un hum o/ ácido. Además odiaba
la com ida de los domingos de/Solange, siempre el mism o
guiso de soja, de palta, de naranja y de pescado que apren­
diera a cocinar en el Japón y que debía comerse por la
fuerza con té de jazmín. Si la soportaba era porque com ­
prendía que Solange era, no obstante, la única persona
que lo había tratado como un ser hum ano en París en los
peores m om entos de depresión, cuando A rlette se cortó
las venas porque se había quedado embarazada de D idier
y Silvano empezó a cantar canciones paraguayas en la ve­
reda del O íd Navy. Era el catorce de julio de hacía dos
años. Silvano, m uerto de vergüenza, cantaba «La C um par-
sita» cubierto con un poncho que le prestara un com pa­
triota, le tiraban monedas en el sombrero. Esperaba hacer­
se lo más pronto posible con los veintitrés francos que le
faltaban para pagar la chambre de bonne, de la cual habían
amenazado con expulsarlo. El catorce de julio no era el
mism o del año pasado; llovía a cántaros y Silvano estaba
engripado. C uando una señorita le tiró los diez francos
que le faltaban para pagar la habitación levantó la m irada
y la vio: era ella, Solange, con im permeable y som brero de
hule azul claro, con anteojos, que le sonreía. A Silvano le
pareció feísima pero le agradeció los diez francos, enfundó
la guitarra y subió el boulevard Saint-G erm ain hacia la
Plaza M aubert. Al llegar a C luny ella se puso a cam inar a
su lado. Le preguntó: —¿Es argentino? —Sí, contestó él sin
mirarla. —Conozco bastantes cosas sobre A rgentina porque
estoy interesada en la historia del vestido, le contestó ella.
-¿Sabía que el poncho es una prenda de origen fenicio?
Silvano le contestó, ya harto: -¿Y que su som brero de hule
es chino? Se puso a cam inar más rápido; ella, desconcerta­
da, se quedó atrás. Al día siguiente la encontró en el Café
del Irlandés, él leía La Nación, de Buenos Aires, que reci­
bía por correo. D idier y Bibi, el conejo de Indias, jugaban
com o de costum bre abajo del flipper con una nena m ulata
de la edad de D idier. Silvano com prendió de pronto que
Solange, la m adre de la pequeña Lucióle que jugaba con
D idier todos los días a la hora del aperitivo bajo el flipper
del Irlandés, con la cual había cam biado algunas palabras,
y la m uchacha fea del im permeable que la tarde anterior le
tirara los diez francos eran la mism a persona. Se confun­
dió en excusas, lo que no hizo más que aum entar la con­
fusión de ambos. Ella insistió en pagarle un pastís. En eso
llegó A rlette hecha una furia, la habían despedido de Chez
G ilbert-Jeune porque le había tirado un frasco de tinta en
la cara a la cajera. -¡T o m o al niño y vuelvo con mi padre
y mi marido!, dijo ella atrapando a D idier, que se puso
a llorar, por un brazo. ¡No bastaba con la rata (haciendo
alusión a Bibi), tenía que arrastrarse bajo el flipper con
una negra! (haciendo alusión a Lucióle, la hija de Solan­
ge). Y ésta ¿quién es?, dirigiéndose a Solange. ¿Te hacés
pagar el aperitivo por madres solteras? ¡Gastón, un calva­
dos! C uando se lo sirvieron se lo tiró a Silvano a los ojos.
-¡E xtranjero sucio!, le dijo. ¡No servís ni para arreglar la
casa! Y, encima, ahora te acostás con las sociólogas, ¿eh? Y
le pegó una cachetada a Solange haciéndole volar los an­
teojos. Ésta se agachó a recogerlos y Arlette le rom pió el
vaso de calvados en la cabeza. Silvano zam arreó a Arlette
para apoderarse de D idier, que lloraba aterrorizado, y lo
protegió en sus brazos mientras Solange se refugiaba bajo
el flipper con la pequeña Lucióle. Arlette se apoderó de un
taburete y en dos segundos hizo añicos la vitrina del Irlan­
dés m ientras G astón salía corriendo a llamar a los policías
de la plaza que ya estaban acostum brados a Arlette. Le p u ­
sieron las esposas y la llevaron al furgón de la policía. So­
lange, con gran presencia de ánimo, se presentó: -Señores,

164
soy psicóloga y esta señora está bajo mi tutela. Exijo que
en vez de llevarla a la comisaría del distrito quinto, la lle­
ven a mi consultorio, al consultorio de la doctora Soubi-
rous. Yo soy la doctora Soubirous, y les m ostró una tarje­
ta. Ellos le hicieron la venia y se llevaron a Arlette, que
cantaba agarrada a los barrotes: «Ah 9 a ira, 9 a ira, 9 a ira,
les aristocrates á la lanterne.» Solange le dijo: —Vamos, lle­
vemos a los niños a los jardines del Luxem burgo para que
se calmen un poco. Lucióle, D idier y el conejillo de Indias
treparon sobre el carrito de Lucióle y fueron todos a pasar
la tarde a los jardines del Luxemburgo. Desde entonces,
raro era el día en que Silvano y Solange no se encontraban
en el Irlandés a la hora del aperitivo antes de que ella se
fuera a trabajar. Esta situación duraba todo el verano pasa­
do. Silvano pensó esta m añana por prim era vez que Solan­
ge, detrás de su disfraz de psico-socióloga, debía ser una
m ujer como las otras. Pidió otro pastís m ientras Solange
hacía su eterna com ida japonesa de los dom ingos. Pero no
le conocía aventura con un hom bre. Se sobresaltó al darse
cuenta de que Solange estaba enam orada de él. H abía es­
perado pacientem ente a que Arlette y Silvano se separaran
para recuperarlo, y él se apercibía solam ente el día en que
había decidido volver a la Argentina. Lo que no entendía
es lo que Solange pretendía de él en tanto que hom bre.
N unca había hecho nada para excitarlo, ni siquiera suge­
rirle que lo quería; durante un año sus conversaciones se
habían reducido a la esquizofrenia de Arlette y a los p ro ­
blemas del tercer m undo. Silvano había decidido tom ar el
avión para Buenos Aires al día siguiente, lunes, con D idier
y con el conejillo de Indias, gracias al giro de mil dólares
que le enviara el G ordo Bochinchola esta m añana. Pero
antes debía tener una conversación seria con Solange. Le
com pró un ram o de violetas y una torta de nueces y subió

165
la escalera del inm ueble en que vivía, coquetísim o, recién
refaccionado. Solange sintió los pasos de Silvano en la
escalera, colocó un disco en el tocadiscos: «La m er sans
arrét roulait ses galets...» Silvano golpeó antes de entrar. El
olor del arroz frito en aceite de soja le dio, com o de cos­
tum bre, ganas de acercarse a la ventana para respirar el
aire fresco. Solange ponía las violetas en un pote de mos­
taza m ientras regaba el pescado con alcohol de arroz antes
de encender un fósforo. -¿D ó n d e están los chicos?, pre­
guntó Silvano. —Están en casa de mi madre, en el piso de
abajo, respondió Solange. - N o sabía que tu m adre viviese
aquí, respondió Silvano. -E lla es la propietaria del inm ue­
ble, dijo ella. —¿Te gusta el sukiyaki? Es una salsa hecha de
pescados macerados secados al sol con algas. -V o s sabés
que sólo me gustan los bifes poco hechos, le respondió él.
¿Por qué insistís en hacerme com ida japonesa? -P o rq u e
aquí no estamos en la pam pa, le retrucó ella, y plantó so­
bre la mesa Knoll una sopera, en el interior de la cual un
pescado, una oreja de cerdo y una costilla de cordero na­
daban dentro de un líquido tibio, amarillo de azafrán. Sil­
vano se sirvió el arroz y le agregó la salsa agria, pensando:
—Parece imposible concebir que dentro de dos días estaré
en Buenos Aires com iéndom e un asado en la costanera. El
recuerdo de Buenos Aires le volvió, más lancinante que
nunca. N o había pasado en Buenos Aires más que un día
de su vida, pero luego de siete años de exilio aquel día se
había perfilado en su m em oria como el único día de sol en
su existencia de paria. —N o sé por qué volver, pero volve­
ré; un pájaro migratorio no se pregunta el porqué de las
estaciones. —¿En qué pensás?, le preguntó Solange. —¿No te
comés el sukiyaki? Silvano le respondió: —T engo que ha­
blarte, hoy es el últim o dom ingo que pasamos juntos. Re­
greso a mi país. -¿P o r qué? ¿Te sentís desarraigado? -L os

166
hom bres tienen sus raíces, respondió él. Solange dijo:
-L os hom bres, los hombres, siempre los hom bres. Y eso
de las raíces es fálico, mordisqueando la soja. T e vas a sentir
mal allá. Vos mismo has dicho que no se puede retroceder
siete años. —Tal vez, respondió él, pero puede ser que mis
raíces en París sean imaginarias. Solange recogió la mesa y
se puso los guantes de goma. —¿Hacés el café?, le pregun­
tó. El puso el filtro dentro de la cafetera M elitta y deposi­
tó el café con una cucharita. -S é lo que pretendes de mí,
le dijo Solange. Vos querés que me vaya con vos a la A r­
gentina. Pero yo no quiero vivir en aquel país, en los con­
fines del m undo. Si vos no te has abierto cam ino en París
es culpa tuya. Arlette tiene razón, y si ella es una paranoi­
ca, es tam bién culpa tuya. - T e ruego que me ahorres la
últim a escena de una relación que jamás ha existido, le
respondió Silvano. ¿Dónde está mi hijo? G olpeaban a la
puerta. Era la m adre de Solange. Le dijo a Silvano: —Ah,
su hijo, lo adoro, me hace reír m ucho. Pero vuelvo a mis
tierras. Los chicos son encantadores pero tengo otras cosas
que hacer. Yo no soy su sirvienta, además, así que adiós.
Hizo entrar a D idier y a Lucióle en la pieza, cada uno con
un helado de pistacho; Bibi, el conejillo de Indias, chupa­
ba el helado de D idier. Los chicos estaban borrachos; se
notaba que la madre de Solange les había puesto vino en
el agua del almuerzo para que se quedaran tranquilos,
como hacían todas las abuelas del barrio. Le dio rabia pero
no dijo nada. La m adre de Solange se puso el som brero y
se fue a la M am e a pasar el fin de semana. Los chicos y el
conejillo de Indias se quedaron dorm idos debajo de la
mesa Knoll, mientras Solange lavaba los platos. Silvano
ponía los platos a m edida que ella los iba lavando en un
enrejado en la ventana. -Y o no sabía que era tan im por­
tante en tu vida. T e juro que jamás pensé en vos com o en

167
una m ujer. Pero creeme, vos sos para m í el m ejor amigo
que he encontrado en la vida, y no me im porta que seas
una mujer. Solange se desmayó, él la sostuvo en sus brazos
y la llevó hasta el diván. Pareció reanimarse y él la besó en
la frente perlada de sudor. Le apretó la m ano. Ella le de­
volvió el apretón. —Puede ser que te ame, Solange, tal vez
te am o sin saberlo. Desde el nacim iento de D idier no he
vuelto a hacer el amor, y vos tam poco has hecho el amor
desde que nació Lucióle. Lo que no im pide que hayamos
vivido dos años de una amistad intensa. Si te pido que
vengas conm igo a la A rgentina con Lucióle y D idier per­
deríamos esta preciosa amistad que nos une. Solange se
puso furiosa por haberse equivocado de estrategia. Creía
haberlo atraído a Silvano para siempre sin contar con la
existencia de ese país que hasta entonces había creído ima­
ginario: la Argentina. Sonaba el teléfono, Silvano atendió
y le pasó el tubo a Solange. Ella pegó un grito. —¡La poli­
cía ha ocupado la Sorbona! O cúpate de los chicos. Se puso
el saco de gamuza a franjas y salió, agregando: - T e llamaré
por la noche. H ay una coliflor en la heladera y bechamel
sobre el borde de la ventana. Silvano pensó que las france­
sas estaban decididam ente locas. Solange, apenas hace un
m om ento desmayada de amor, se había lanzado sin transi­
ción en una historia entre policías y estudiantes. - A todas
les agarra la primavera, se dijo, m ientras abría la ventana y
se acodaba. N o me voy a llevar nada de vuelta a Buenos
Aires, regreso con lo puesto. En Buenos Aires era el p rin­
cipio del invierno pero D idier tenía un ponchito que le
había m andado el abuelo Aníbal, y además no se resfriaba
nunca. Los chicos dorm ían abajo de la mesa, abrazados;
Bibi, el conejito de Indias, yacía panza arriba sobre la m o­
queta. Silvano lo tom ó en su mano; Bibi estaba m uerto.
U na sospecha cruzó por su m ente, se precipitó sobre los

168
niños, que dorm ían bajo la mesa Knoll: el pulso de D idier
latía apenas, la pequeña Lucióle gemía. Silvano corrió a la
ventana y gritó: -¡Socorro!, pero la m otocicleta de Solange
había desaparecido en la esquina. La plaza, aparte de dos
vagabundos que dorm ían bajo los árboles, estaba desierta
en este espléndido día de primavera. Silvano tom ó un chi­
co bajo cada brazo y bajó corriendo las escaleras. Los chi­
cos se pusieron a llorar; Silvano se apercibió de que no es­
taban envenenados com o había creído sino solam ente
borrachos; se sentó en la vereda con Lucióle y D idier, que
se durm ieron sobre sus rodillas. —¡Qué paranoia!, dijo en
voz alta. Desde el instante en que había decidido volver a
Buenos Aires le parecía imposible haber pasado tantos
años en París escondido como una rata cuando en la Ar­
gentina siem pre lo había esperado la aventura, la verdade­
ra, aquella con la cual Europa, continente viejo, no podía
hacer más que soñar. La madre de Solange llegaba co­
rriendo por la desierta calle M oufettard; le gritó a Silvano:
-¡H a n quem ado mi coche! T oda esta gente está loca, pen­
só Silvano. La m adre de Solange se sentó a su lado sobre
la vereda y le contó entre sollozos que llegando a la calle
Gay-Lussac se había encontrado con su Ford T au n u s h u ­
m eando en medio de la calle; unos estudiantes de filoso­
fía le habían prendido fuego. Silvano pensó que la vieja
estaba borracha cuando vio llegar por la mism a calle M o u ­
fettard al padre y al marido de Arlette corriendo, perse­
guidos por un destacamento de CRS que les tiraban bom ­
bas lacrimógenas. La puerta del C inq Billards, frente a la
cual se encontraban sentados, se abrió a tiem po para que
Silvano se precipitara adentro con los dos chicos; afuera
varias ventanas que daban sobre la plaza se abrían y les ti­
raban macetas y cacerolas a los CRS que se em pecinaban
en querer hacer bajar al padre y al m arido de Arlette del

169
árbol al que habían trepado en m edio de la plaza. En el
interior del café, mientras el patrón y Silvano espiaban de­
trás de la cortina, la patrona le daba a la m adre de Solange
un calvados para que se calmara. Lucióle y D idier llora­
ban abrazados sobre el m ostrador presintiendo el peligro.
D e pronto surgió de la calle de L’Estrapade un grupo de
jóvenes agarrados de la mano cantando: «á la peau dou-
ce, aux taches de sang, a l’odeur des rousses qui done le
frisson» con Arlette a la cabeza, descalza y con el vestido
desgarrado. Los CRS abandonaron las presas sobre el ár­
bol y se arm aron con los escudos como los rom anos de las
láminas, m ientras Arlette avanzaba cam biando de estrofa
cada dos pasos, enarbolando la boa roja alrededor de la ca­
beza; los CRS, intim idados por esta presencia femenina,
se apretujaban detrás de los escudos sin osar atacar. Arlet­
te, no bien term inaba una estrofa, se hacía aplaudir de to­
das las ventanas; Silvano tenía la im presión que la Plaza de
la Contrescarpe, que durante años creyera un refugio de
viejos alcohólicos, resucitaba en una antigua imagen de
París que a veces había presentido en el folklore pero n u n ­
ca con tal precisión. La Arlette de sus sueños más íntim os
no tenía la gracia de aquélla: iba y venía delante de los
CRS con los pechos al aire y cantaba: «Je sais q u ’j ’ai un
oeil en com pote, que je n ’ai que trois notes, c’est vrai.» E
inm ediatam ente: «Elle a roulé sa bosse la Marie-Vison»,
enseguida encadenaba con: «Voila des ananas, voilá des
ananas et des bananes.» Los estudiantes de A rt D éco que
habían llegado con Arlette arrancaban los adoquines y
construían una barricada en la entrada de la calle de
L’Estrapade. Los policías se dieron cuenta dem asiado tar­
de; en cuanto les pegaron cuatro piedrazos salieron co­
rriendo en desbandada por la calle Lacépéde a buscar re­
fuerzos. El padre y el m arido de Arlette se habían bajado

170
del árbol y se unieron a los manifestantes, que tom ados de
la m ano giraban en torno de la plaza cantando: «C’est la
java bleue, celle qui ensorcelle.» T odos los vecinos estaban
asomados a las ventanas y le hacían un triunfo a Arlette,
que corría recogiendo ramos de flores y paquetes de m o ­
nedas de cinco francos que los vecinos guardaban bajo los
colchones. —N o hay duda, es la revolución, le dijo el señor
Rodin a Silvano; este año la primavera ha llegado dem a­
siado pronto, era de esperar. La señora Rodier y la m adre
de Solange, la señora Soubirous, escondieron el jam ón y el
paté debajo del m ostrador. La señora Soubirous dijo: -Y o
me encargo de los chicos, tom ó a Lucióle y a D idier por
las m anos y fue a acostarlos sobre una mesa de billar en el
fondo del bar mientras la señora Rodier subía al prim er
piso a buscar una manta. -S eguro que dentro de m edia
hora nos dejan a todos los chicos de la guardería para ir a
bailar a la Sorbona, dijo la señora Rodier. En el barrio
sólo hay madres solteras. -¿Q u é quiere decir?, respondió
la señora Soubirous. Yo misma soy una m adre soltera, y
mi hija no se ha espabilado mejor que mi madre: se dejó
embarazar por un senegalés, y mire el resultado: una pe­
queña m ulata en la familia. —Pero qué vamos a hacer, se­
ñora Soubirous, si es la revolución, ¡hay que ser solidarios
con los jóvenes, y ya que estamos, disfrutar la suerte de ser
abuelas! Las viejas no se equivocaban en sus presunciones:
todos los parroquianos de la plaza venían a dejar a los chi­
cos en el C inq Billards delante del cual el señor Rodier ha­
bía escrito con bleque rojo: Créche, que quería decir guar­
dería, y los hacía pagar un franco la inscripción. Silvano se
sintió seguro pensando que D idier estaba en buenas m a­
nos y entre chicos de la misma edad. T odo el m undo pa­
recía haberse olvidado de él, cada uno se atareaba por su
lado. Los vagabundos eran los más contentos, por prim era

171
vez podían ocuparse de algo útil: transportaban uno a uno
los adoquines que los estudiantes arrancaban de la calle de
L’Estrapade y construían una pirám ide sobre la plaza en el
lugar del antiguo meadero. La m adre de Solange y la se­
ñora Rodier acostaron a unos cuarenta chicos sobre los bi­
llares luego de haberles hecho tom ar un biberón con una
gota de ajenjo para que se durm ieran; las madres solteras
tom aban un kirsch en el m ostrador m ientras los padres
solteros se excitaban discutiendo si convenía tom ar antes
la Sorbona o N o tre Dame. N otre D am e fue descartada in­
m ediatam ente; la revolución no estaba dirigida contra el
clero sino contra la cultura. Arlette, entre dos canciones,
se le acercó en medio de la plaza. -¿ N o has vuelto a la Ar­
gentina para hacer la revolución, extranjero sucio? -S os
injusta, Arlette, le respondió él. Yo no soy un extranjero
sucio, soy un extranjero y como tal te he amado. Si regre­
so a la A rgentina con Didier, jamás olvidaré que es tan
hijo tuyo com o mío y siempre podrás venir a verlo. A rlet­
te estalló en carcajadas, le dijo: -¡T e regalo a mi bastardo,
cabeza hueca!, y saltó sobre él para estrangularlo. El m ari­
do de Arlette, Alí, el m arroquí, vino a separarlos: - N o eres
razonable, Arlette, él tam bién es un hom bre com o noso­
tros. Y le tendió la m ano presentándose: -S o y Alí, el m ari­
do de vuestra querida Arlette. Era la prim era vez en cuatro
años que se conocían que Alí y Silvano se estrechaban la
mano; algo ha de haber cambiado realmente en la m enta­
lidad de París, se dijo. En menos de quince m inutos los
estudiantes de Bellas Artes habían construido barricadas
alrededor de toda la plaza, cortando las entradas de las es­
trechas calles serpenteantes que llegaban a ella; la prim era
carga de CRS llegó por la calle del Cardinal-Lem oine. T o ­
dos los habitantes de la plaza habían bajado armados con
latas y botellas vacías; los CRS no se atrevieron a pasar la

172
barricada, lanzaron una granada lacrimógena que alcanzó
a Alí, el m arido de Arlette, haciéndole un tajo en la frente.
Silvano lo sostuvo y lo arrastró hasta la vereda del Café
des Arts, donde tres estudiantes de M edicina habían insta­
lado un servicio de urgencias para los heridos. Alí era el
prim ero, fue aplaudido desde todas las ventanas. M ientras
los estudiantes le vendaban la frente al m arroquí, llegó So­
lange en su motocicleta, se paró sobre la pirám ide de ado­
quines y gritó a todo el m undo: -¡V enim os de echar a los
policías de la Sorbona! La ovacionaron, aunque eran po­
cos los vecinos que sabían que la Sorbona había estado
ocupada. El padre de Arlette y los otros vagabundos se
pusieron a gritar: -¡V am os a liberar la Bastilla!, arm ándo­
se con botellas rotas. -¡Silencio!, ordenó Solange con voz
firme. Parecía otra m ujer que una hora antes. U saba un
casco de motociclista, le brillaba la mirada. —¡Camaradas,
gritó, hom bres y mujeres del barrio, todos deben organi­
zarse en comités para levantar sus reivindicaciones! El
tiem po vuela. Los espero a las cinco en el gran anfiteatro
de la Sorbona. H abrá representantes de todos los barrios.
Saltó de la pirám ide, sacándose el casco, se ató la m elena
rojiza atrás de las orejas. Se dirigió a Silvano: —¿D ónde es­
tán los chicos? —En el C inq Billards con tu madre, respon­
dió él, todos los niños del barrio están allí. —T o d o se está
organizando m uy bien, dijo ella. —¿Qué es lo que se orga­
niza bien?, preguntó él. -L a revolución, dijo ella. ¿Venís
conmigo a la Sorbona? -¿Para qué?, preguntó él. En eso
llegaba Arlette, se había cambiado de vestido, llevaba una
m inifalda de un tejido plateado que Silvano veía por vez
prim era, pero la mism a blusa de siempre, de gasa negra
drapeada en el escote más una especie de m antón de M a­
nila rojo anudado sobre un hom bro, la melena rubia en
desorden. —¿Todo va bien?, le preguntó a Solange besán­

173
dola cuatro veces sobre ambas mejillas. Eso m archa en la
Sorbona, ¿eh? Parecían dos mujeres distintas de las que Sil­
vano había conocido, como si el pasado de rencillas y ren­
cores que las unía hubiese desaparecido, dejando lugar a
dos amigas de siempre. Al mismo tiem po se sintió exclui­
do, com o de todo lo que ocurriera en París esta mañana.
-E sta gente es rarísima, pensó. T o d a una ciudad es capaz
de cam biar de personalidad espontáneam ente en el espa­
cio de una hora y no se trata de un carnaval com o en
Sudamérica, se lo tom an m uy en serio, com o en un trip
de ácido. Silvano había tom ado ácido una sola vez con Ar­
lette hacía tres años en una época de am or perfecto que
pasaran en Ibiza; su único recuerdo era el de una aliena­
ción interm inable durante la cual uno se sentía un perso­
naje después del otro a una velocidad vertiginosa pero sin
poder volver a ser uno mismo. Se preguntó si todo París
no era víctim a de un sabotaje del estilo del que perpetra­
ban los am ericanos en el V ietnam , que echaban ácido li-
sérgico en el depósito de agua de poblaciones enteras, de­
jándolas fuera de com bate durante varias horas, y la gente
se quedaba m uy contenta, cada cual en su historia. Arlette
le dijo a Solange: -E sta tarde tom o el teatro O déon con
mis chicos, si necesitáis refuerzos te m ando a mi padre en
la m oto, y luego de volver a besar a Solange, que le res­
pondió: «¡Coraje!», se alejó sin siquiera m irar a Silvano.
A lrededor se form aban grupos de cuatro a diez personas
que discutían alegremente como italianos. Algunos estaban
borrachos, otros sim plem ente excitados por el magnífico
día de primavera. Los estudiantes y las estudiantes de Art
D éco se besaban en la boca bailando: «La guinguette a fer-
mé ses volets, les joyeux triolets fusent.» Era el padre de
A rlette quien tocaba el acordeón. H abía incluso una pare­
ja de maricas que se besaba apoyada en un farol. Arlette

174
les gritó a todos con su voz de tiple: -¡T o d o s al teatro
Odéon! U nos cincuenta de ellos la siguieron por la calle
de L’Estrapade cantando «la M adelon celle qui nous donne
á boire» después de haber hecho provisión de varias bote­
llas de Beaujolais nuevo en el café de Rodier al fiado, espe­
rando la nueva repartición de riquezas que, según ellos, no
tardaría, una vez que la revolución se realizara. Silvano d i­
rigió sus pasos hacia el C inq Billards para recuperar a D i­
dier e ir a dorm ir la siesta en la habitación de la calle Ro-
llin; pensaba que al atardecer todo París estaría borracho y
era mejor estarse en casa hasta mañana, en que tom aría el
avión de vuelta a Buenos Aires, para evitar problem as.
C uando llegó al C inq Billards lo esperaba una sorpresa:
todos los chicos, entre ellos D idier, habían sido evacuados
a la Sorbona sin consultar siquiera a los padres. Por las
discusiones, que eran cada vez más acaloradas, Silvano
com prendió que la revolución por el m om ento se orienta­
ba en dos tendencias: los que pensaban encerrarse a resistir
en la Sorbona y los que pensaban instalarse en el teatro
O déon para definir un nuevo arte, entre ellos varios am e­
ricanos del Living Theatre en plena decadencia que vi­
vían en los sótanos de los baños públicos de la calle Lacé-
péde y se ofrecían a dar cursos de teatro gratis. La p o r­
tera de Silvano era la prim era en la cola de esta nueva
tendencia. Esperaba abandonar su portería para ir.a ha­
cer un núm ero de escupidora de fuego en A viñón d u ran ­
te las vacaciones. —¡Pensar que esta m ujer me insultó esta
m añana porque se me cayó un yogur en la escalera! La
portera se había puesto una gorra de ciclista y anteojos ne­
gros, no paraba de soplar adentro de una corneta de car­
tón y llevaba a su viejo pom erania sarnoso atado con un
pañuelo de gasa india. —Esto parece el carnaval de N ueva
Orleans, pensó Silvano; no hay selección en la belleza.

175
Buscó a Solange; le dijeron que había vuelto a la Sorbona
con la motocicleta. Silvano decidió ir a la Sorbona a re­
cuperar a D idier; el giro que estaban tom ando las cosas
no le gustaba nada. Se puso la boina y subió la calle de
L’Estrapade; al llegar a la calle M alebranche empezó a sen­
tir el olor de los gases lacrimógenos, ruidos de sirenas, gri­
tos y detrás la canción: «c’est la lutte finale, groupons-
nous et demain...». Se dio cuenta de golpe de que la
revolución iba en serio, no por la canción en sí, sino por­
que el acento de quienes la cantaban venía del fondo del
corazón. Se preguntó si no cerrarían O rly y tendría que
quedarse de nuevo anclado en París antes de conseguir un
visado de la em bajada argentina, que había sin duda cerra­
do ya sus puertas y el em bajador escapado a Suiza. Por la
talle St. Jacques avanzaba un centenar de jóvenes con los
puños en alto cantando «La Internacional» en dirección a
la Sorbona. Silvano esperó que pasara el últim o para se­
guir avanzando en el mismo sentido. P ronto se encontró
integrado a la manifestación porque la gente que venía de­
trás era numerosa, cantaban todos «groupons-nous et de­
m ain l’Internationale sera le genre humain». Algunos can­
taban «sera» y otros «sauvera» le genre humain. Sólo al­
gunos viejos conocían las demás estrofas. La manifestación
giró sorpresivamente a la izquierda en la calle Soufflot, un
destacam ento de CRS entraba por la calle St. Jacques cor­
tándole el paso aunque sin atacar; pararon bajo las oficinas
de la U N E F, donde una secretaria con trenzas rubias se
asomó al balcón y les gritó: -¡Q u é hacen m anifestándo­
se aquí, banda de idiotas, hay que ir a la Sorbona rápido,
los espero! Pero era tarde, otro destacamento de CRS lle­
gaba en sentido contrario del boulevard Saint-M ichel. La
mayoría de los manifestantes se pusieron histéricos, saca­
ban martillos y destornilladores de los bolsillos y arranca­

176
ban los adoquines; los m uchachos del Living Theatre, que
estaban ejercitados en gimnasia, tiraban los adoquines con
una gran precisión sobre los cascos de los CRS. U nos chi­
cos que no debían tener más de quince años, probable­
m ente vascos, eran agilísimos para recoger en el aire las
granadas lacrimógenas con ayuda de una canasta en form a
de pinza de cangrejo de la cual se servían com o raqueta
para reenviar las granadas sobre los CRS. U n grupo de
viejos árabes corría construyendo barricadas con los ado­
quines que se despegaban del suelo con gran facilidad, es­
taban sostenidos horizontalm ente los unos por los otros,
una vez que uno podía recoger los de abajo era lo mismo
que levantar cualquier piedra; Silvano se apercibió con es­
tupefacción de que debajo de los adoquines de París había
arena. Pero alguien se le había adelantado en la im presión;
una vieja marica norteam ericana de St. G erm ain-des-Prés
que andaba vestida en shorts y con una cartera de artesano
escribía sobre un m uro con pintura blanca: «debajo del
em pedrado la playa». Los CRS se replegaron, los m anifes­
tantes aprovecharon para saltar la barricada que los separa­
ba de la calle de la Sorbona y correr hasta el inm enso edi­
ficio gritando: «Todos somos judíos alemanes.» Al llegar el
grupo fue acogido en el patio con gran algarabía. Parecía
un zoco árabe un día de fantasía. Los jóvenes artistas llega­
ban trayendo sus obras en cartones que exponían alrede­
dor del patio, los escultores traían sus estatuas en carreti­
llas, un grupo se las regalaba a quien se las pidiera; querían
deshacerse del arte burgués. U n grupo de escoceses vesti­
dos con polleras a cuadros tocaba la gaita, unos jóvenes
anarquistas españoles pintaban todas las estatuas de colo­
rado. Silvano, desamparado, observaba el espectáculo pre­
guntándose dónde estaba la guardería, quería recuperar a
D idier antes de la llegada del ejército, que le parecía inm i­

177
nente. —¡Estos franceses están locos!, dijo en voz alta.
—N o son franceses, le dijo una voz al oído. Se volvió, era
un estudiante vietnam ita que hablaba perfectam ente cas­
tellano, había pasado dos años de guerrilla en las minas
chilenas. Era un parroquiano de la C hope de la Contres-
carpe, Silvano había siempre evitado sentarse en la misma
mesa que él y los otros exiliados de tendencia cubana, que
no hacían más que term inar por pelearse a gritos a las dos
de la ínañana, borrachos de cerveza, siem pre soñando con
un m un d o socialista imposible de im plantar en América
Latina y cuyos años de exilio se pasaban en discusiones so­
bre lo que uno debiera o no debiera hacer en circunstan­
cias que no podían más que imaginarse, como la interven­
ción de la CLA en U ruguay o la huelga de ferrocarriles en
Perú. Silvano observó la cara del vietnam ita, que reía con
ancha sonrisa. - E n esto se ve la diferencia entre los asiáti­
cos y los indios de Chile, pensó; los asiáticos cierran los
ojos cuando sonríen. Lo que decía el vietnam ita era cierto.
Todos los ocupantes de la Sorbona eran extranjeros, in­
cluyéndolos a ellos. —Pero las mujeres son francesas, le res­
pondió Silvano. —N o todas son mujeres, dijo el vietnam i­
ta, la mayoría son travestís. Silvano se quedó con la boca
abierta. —Y las que no son travestís son lesbianas, agregó el
vietnam ita. H abía enrollado un cigarrillo de hasch que le
ofreció. Se sentaron sobre la escalera que dom inaba el pa­
tio de la Sorbona y se pasaron el jo in t observando lo que
ocurría. O tro tipo de público empezó a llegar a las tres de
la tarde, parejas de burgueses de todas las edades llegaban
en autos que estacionaban de cualquier m anera en la calle
des Ecoles trayendo provisiones que sin duda habían pre­
parado para otra ocasión: suntuosos patés de oca, latas de
caviar y botellas de cham pán. Eran gente de los barrios
elegantes o de la provincia, parecían encantados con el es­

178
pectáculo, daban instrucciones sobre la organización del
buffet; los árabes habían ocupado las cocinas del Collége
de France y preparaban un cuscús gigante para esta tarde
en que los revolucionarios recibían a Sim one de Beauvoir.
Chin-shu-lin le dijo: -U ste d está bien situado en la políti­
ca argentina. El asiático le explicó en dos palabras que es­
taba al corriente del pasado político de Silvano y le ofreció
tom ar la C iudad Universitaria; esperaba que alguno de sus
amigos tom ara las Casas de T únez y de C olom bia; Silvano
tom aría la Casa Argentina, C hin-shu-lin la Casa Polaca;
según él la más interesante estratégicamente si se pensaba
en la evolución internacional de la revolución. Silvano
pretextó ir a orinar para deshacerse del asiático. Lo único
que quería era recuperar a D idier para abandonar la Sor­
bona lo antes posible. Se informó: nadie sabía dónde se
encontraba la guardería, los chicos habían llegado en efec­
to en varios autobuses, había varios centenares de ellos;
debían estar probablem ente en el laboratorio de lenguas o
bien en el sótano. Silvano se inquietó. D idier, ya p ertu r­
bado por la m uerte del conejillo de Indias, debía estar an­
gustiado en medio de ese quilom bo. Bajó al sótano, se en­
contró con un congreso de homosexuales que discutían
sobre la disyuntiva de si ocupar el M useo Rodin o la Aca­
dem ia Francesa; algunos, vestidos de mujeres, querían
ocupar Versalles, que fue descartado porque se encontraba
lejos aunque todos ellos tenían automóviles, pero por el
m om ento lo im portante era ocupar París. —Versalles caería
con toda la provincia. En los mingitorios de los sótanos,
los maricas cogían com o locos, al ver entrar a Silvano p en ­
saron que era un homosexual y se le tiraron encima, uno
le desabrochó la bragueta mientras otro lo besaba en la
boca. Él los apartó y preguntó: -¿D ó n d e están los chicos?
-¡A quí nos tienes!, le gritaron los maricas, riéndose. Se es-

179
capó del m ingitorio sin atreverse a mear. Volvió a subir al
patio, donde los catangueses hacían una pila de libros para
quem arlos. Los Ciudadanos del M u ndo se oponían. Le
indicaron la oficina de inform ación en el prim er piso.
U n a decena de muchachas corrían de un teléfono a otro;
Solange, sentada sobre un escritorio, siguió hablando con
una vieja alemana, que insistía en representar Fedra en la
escalinata de la entrada. Solange le dio un plano de París
para que fuera al teatro O déon. En la Sorbona sólo se tra­
taban los problemas políticos; los artistas tenían que ir al
O déon. U na vez que la vieja se alejara, Silvano le pregun­
tó: -¿A donde llevaron a los chicos? —Al altillo, le respon-
/ dió Solange. Silvano subió al últim o piso de la Sorbona,
se escuchaba el griterío de los chicos desde abajo. En un
altillo de unos trescientos metros cuadrados se encontra­
ban en el suelo más de un millar de chicos m enores de dos
años aullando todo el tiempo, una m onja y un travestí co­
rrían de uno a otro distribuyéndoles biberones de la Cruz
Roja que llegaban por un montacargas. Silvano se diri­
gió a la m onja: —Q uisiera recuperar a mi hijo, le dijo, tie­
ne dos años y ha llegado con el contingente de niños de
la Plaza de la Contrescarpe. Se llama D idier. -S i no tie­
ne el núm ero no puede recogerlo, le respondió la monja.
-E s mi hijo, retrucó Silvano, de mal hum or. -T o d o s so­
mos hijos de Dios, y su pequeño D idier no lo es menos
que los otros. Lo abandonó para ir a separar a dos chicos
que se disputaban un biberón. Silvano echó un vistazo al
lugar, subido a una silla; todos los chicos se parecen cuan­
do lloran. T rató de acordarse de cóm o iba vestido D idier
esta m añana, sin resultado. Recorrió el recinto dos veces
sin encontrar a Didier. Se dirigió al travestí y repitió: -E s ­
toy buscando a mi hijo, se llama D idier, y ha llegado con
los niños de la Contrescarpe. -¡Ah! ¿Eres tú el padre de

180
Didier?, le preguntó el travestí: N os encontram os una vez
con Arlette en la Coupole. Silvano reconoció en el tra­
vestí a un viejo cantante m artiniqués amigo de Arlette.
-P ero D idier no está aquí, está en el O bservatorio. —¿Por
qué en el Observatorio? —Porque tiene más de dos años,
le respondió el travestí. Sólo estamos la herm ana Blan-
che D ubois y yo para hacer todo el trabajo, no podem os
ocuparnos de todos los chicos. Sólo aceptam os los de la
guardería, los mayores van al Observatorio. Abraza a A r­
lette de mi parte. Y se alejó. El volvió a alcanzarlo y le pre­
guntó: -¿Estás seguro? El le contestó: -A h , no, no estoy
seguro. Los han separado por estatura, allí han enviado a
los más grandes. Si tu D idier es pequeño para su edad,
puede ser que lo hayan llevado a N anterre. Silvano deci­
dió volver a pasar revista a todos los chicos antes de ir al
Observatorio; no encontró a D idier pero sí a Lucióle, que
lloraba en un rincón. La agarró y bajó furioso a ver a So­
lange. Ésta tenía a D idier en sus brazos y le dijo: -¡A h, te
buscaba! ¿Encontraste a Lucióle? Yo encontré a D idier.
Se intercam biaron los chicos, D idier estaba nervioso, se
colgaba de su barba. Él le m urm uró: —N u n ca más te aban­
donaré, hijo mío. -¡D o cto ra Soubirous!, llegó corriendo el
travestí del piso de arriba. Creo que hay un caso de peste.
U n niño ha sido m ordido por una rata. Solange subió co­
rriendo las escaleras abandonando a Lucióle en brazos de
Silvano. Silvano se asomó a la ventana del segundo piso;
todo el patio estaba en estado de gran excitación. Los ca-
tangueses corrían dando órdenes. H abía llegado una ban­
dada de ratas del mercado de Les Halles que saltaban por
todas partes y se agarraban de las melenas de los hippies.
Los catangueses querían evacuar a toda la gente de la
Sorbona para dar caza a las ratas, pero un grupo de jóve­
nes barbudos canadienses tom aba la defensa de las ratas.

181
U no decía un discurso al estilo de los predicadores am eri­
canos, pretendía que las ratas eran ciudadanos com o los
hum anos, y que si se encontraban en la Sorbona con no­
sotros era porque habían com prendido ellas tam bién el
sentido de la revolución. Entretanto, las ratas saltaban so-
b re/to d o lo comestible, roían papeles, hilos de teléfono,
muebles. Silvano protegió a los dos chicos con sus brazos
y bajó las escaleras; llegó a la calle des Écoles y caminó
hasta el jardín del Luxemburgo por el boulevard Saint-
M ichel, donde estacionaban los CRS sobre las veredas.
Pero a Silvano no le im portaba, se sentía seguro, sabía que
nadie lo molestaría transportando a los dos chicos. El
jardín del Luxemburgo estaba casi desierto; se encontró
con un amigo uruguayo que leía un libro, solo, sentado en
un banco. Silvano le relató lo que pasaba en estos momen-'
tos en la Sorbona; el otro se rió y le contestó, sin levantar
la m irada del libro: -R ara revolución es ésta que no tiene
m uertos. Silvano se exasperó. -¡Es en eso que esta revolu­
ción es auténtica! Se quedó helado, en un instante le pare­
ció haber com prendido toda el alma de París. -¡Im bécil de
mí!, se dijo. Le pidió al otro: -P o ch o , haceme el favor más
grande de tu vida, cuidame a los chicos esta tarde y des­
pués llevámelos a mi casa y esperame allá. T om á la llave.
Y salió corriendo hacia el teatro O déon con una agilidad
que lo hacía pensar que volvía a tener veinte años. Entró
en el teatro, jadeando; centenares de personas llegaban en
auto, en bicicleta y a pie. En la entrada todos los trajes de
teatro almacenados en el O déon durante dos siglos se en­
contraban en el mismo desorden que en el mercado de las
pulgas; cada uno que llegaba elegía uno y se lo ponía antes
de entrar en la sala. Resultaba divertidísimo ver a m ucha­
chos jóvenes vestidos de Berenice, a viejos almaceneros
vestidos de Tartufo. -¡E l arte finalm ente desacralizado!, se

182
dijo Silvano. Buscaba a Arlette, quería decirle que desde
que D idier había nacido se había com portado com o un
idiota, que no volvería nunca a Buenos Aires, que ella y
D idier eran toda su vida. Q uería jurarle que reconstrui­
rían sus futuros sobre las bases eternas que les ofrecía la re­
volución. E ntró en la sala del O déon, habían arrancado
los telones y los decorados y habían escrito al soplete en
rojo sobre el m uro del fondo de la escena: «La im agina­
ción al poder». Arlette, sobre el escenario, cantaba vestida
con el traje de Electra de M aría Casares del año pasado:
un tubo de nylon que im itaba a una serpiente. El padre de
Arlette pedía lim osna en las plateas; el m arido de Arlette,
con la cabeza vendada, iba acom odando a la gente que lle­
gaba. Silvano se subió al escenario y le gritó: —¡Te amo,
Arlette, lo he com prendido todo! Arlette lo besó en la
boca, el público aplaudió y se puso a gritar: -¡D esnudos,
desnudos! ¡En cueros, en cueros! -¡Este es mi hombre!, lo
presentó Arlette, y se puso a cantar «II me fout des coups,
il me prend mes sous, mais c’est m on homme». D e los
palcos tiraban indistintam ente monedas, sándwiches o ac­
cesorios de teatro, pelucas de estopa, zapatos, bastones.
N o paraba de llegar gente; muchos de la Sorbona se reple­
gaban sobre el O déon desde la llegada de las ratas, no a
causa de las ratas sino de los catangueses que no hacían
más que dram atizar la situación. Silvano no se había equi­
vocado: la Sorbona era un reducto de locos, Solange la
primera. Soñaban con instalar un régimen socialista para
apoderarse de viejas ruinas y refaccionarlas. -L o s franceses
de izquierda se están italianizando, pensó Silvano. Los del
teatro O déon eran distintos; se les notaba por la m anera
de usar los trajes de teatro que venían de la antigua aristo­
cracia o del antiguo pueblo francés. La diferencia entre
la Sorbona y el O déon está explicada claram ente en las

183
leyendas que escriben en las paredes. En la Sorbona
querían reorganizarse en tanto que comités, en el O déon
tom ar el poder en tanto que artistas. ¿Y los trabajadores,
en todo esto? La C G T pedía un desfile excepcional para el
Prim ero de M ayo, aprovechando el buen tiem po. -T o d o
es distinto que en América Latina, pensó Silvano, acá todo
pasa a una velocidad vertiginosa, el tiem po está concentra­
do com o en un extracto de Chanel n.° 5. Arlette se había
agenciado un m icrófono con un hilo largo y le gritaba al
público: -¡T o d o el que tenga algo que decir que haga cola
en la salida de los artistas! Algunos protestaron, Arlette los
hizo evacuar. U nos m uchachos bolivianos subieron al es­
cenario, felicitaron a Silvano y le dieron un tam boril, ellos
tocaban la quena, tenían una dam ajuana de cachafa brasi­
leña y un kilo de maconha. Silvano se em borrachó y se
m am beó fuera de la escena con los otros muchachos;
mientras, Arlette había hecho apagar la sala. Ilum inada so­
lam ente por un proyector cantaba: «Dans la ville, sur le
pavé m ouillé traínent des lueurs sans joie... une filie va
pleurant sous la pluie et pense encore á toi... T oi qui di­
sais, qui disais qui disais que tu l’amais, tu l’amais, tu
l’amais...» A Silvano le dio un ataque de risa, lo mismo
que a los otros m uchachos bolivianos. Arlette salió del es­
cenario a bambalinas y les gritó: -¡Se callan de una vez,
tengo al público en el bolsillo! El público, en efecto, se
reía a carcajadas, estaban todos drogados con ácido lisérgi-
co que los del Living Theatre vendían en la platea. Eran
apenas las cinco de la tarde, afuera hacía un tiem po mag­
nífico. Silvano decidió salir a ver qué pasaba en la calle.
U n grupo de cantantes jóvenes, Les enfants terribles, se
habían subido al escenario y echado a Arlette, que arenga­
ba al público para recuperar su lugar, pero era demasiado
tarde: todo el m undo quería subir al escenario. Los que no

184
sabían cantar ni bailar querían contar sim plem ente sus vi­
das. En la Plaza del O déon lo im presionó la lim pidez del
cielo, nunca había visto un día tan herm oso en París. So­
lange llegaba en la m oto, se sentaron am bos en la escalera
de la entrada del teatro. Solange traía en la cartera un
sándwich de foie gras y una botella de cham pán que había
recuperado en la Sorbona; se los repartieron. —H e dejado
a los chicos con Pocho en los jardines del Luxem burgo, le
dijo Silvano. —A ver si crecen de una vez para que nos de­
jen tranquilos, suspiró ella. En dos horas Solange había
cambiado de ideología y hasta de gestos, parecía casi her­
mosa, era la prim era vez que Silvano la veía reírse con tal
naturalidad. La enlazó y le tocó un pecho, ella tom ó un
sorbo de la botella y lo besó en la boca, escupiéndole el
cham pán adentro. —¡Cómo se liberó esta piba!, pensó Sil­
vano. La excitación de ambos llegó en m enos de un m in u ­
to al paroxismo. ¡Cómo podían haber pasado dos años
juntos contándose sus desgracias y ocupándose de los chi­
cos sin apercibirse de que eran un hom bre y una mujer!
Silvano le m etió la m ano en la bom bacha y le acarició el
ombligo, ella le abrió la bragueta y le tocó el pito enorm e
que nunca había sospechado. U n grupo de jóvenes de ape­
nas catorce años que llegaba corriendo del m etro, los m u ­
chachos y las muchachas vestidos iguales con blue jeans y
chaquetas de cuero con el pelo largo, se pusieron a cantar
alrededor de ellos: «II est cocu le chef de gare, le chef de
gare il est cocu.» Por prim era vez Solange y Silvano se da­
ban cuenta de que ya no eran jóvenes. Se sintieron ridícu­
los, se ruborizaron ambos. —Vení, querida, vamos a buscar
un rincón tranquilo. Entraron en el teatro y subieron a los
palcos que ya estaban llenos de gente que cogía, pero no
les im portaba. En un palco no había más que una pareja
en la oscuridad, ellos se instalaron en el rincón opuesto y

185
se pusieron a coger dando gritos como hacía todo el m u n ­
do. E n el escenario el padre de Arlette contaba su vida ves­
tido del C id de Corneille, los de la platea se sacudían de
risa. Silvano y Solange gozaban pegando alaridos; hacía
dos años que no cogían. Silvano sintió una m ano que le
/ "acariciaba el culo, no era la de Solange. U na cabeza de
hom bre se introdujo entre ellos, su boca le m ordió una te­
tilla a Silvano. Se trataba de la otra pareja del palco. Silva­
no los em pujó con el codo concentrándose en el placer
que le ofrecía Solange, pero ésta tuvo miedo, había reco­
nocido a Arlette en la m ujer que le m ordisqueaba las nal­
gas. La pareja con la que estaban haciendo equipo estaba
com puesta por Arlette y su marido Alí, que tam poco los
había reconocido. De pronto todas las luces de la sala se
encendieron y se encontraron todos en los palcos, hom ­
bres y mujeres, con el culo al aire. Los de la platea reían y
les tiraban tom ates y huevos podridos. Por segunda vez en
m edia hora Silvano se sintió viejo. En los palcos, puestos
en evidencia por los proyectores, la gente que hacía el
am or era m ayor que la que reía en la platea, todos m ucha­
chos de doce o trece años que no tenían nada que romper,
nada que reivindicar ni expresar. V enían solam ente a di­
vertirse con el espectáculo de los mayores puestos en ri­
dículo, com o los chicos que se divierten viendo los monos
en el zoológico. Silvano había eyaculado, se abotonó rápi­
do sin limpiarse. Solange se tiró al suelo para subirse los
pantalones. Arlette y Alí se reían y seguían cogiendo a pe­
sar de los silbidos del público. Solange y Silvano salieron a
la calle agarrados de la mano; hacía un atardecer espléndi­
do. A Solange le habían robado la m otocicleta pero no le
im portaba. ¡A qué velocidad estaba pasando todo! Hacía
m edia hora Silvano había creído estar enam orado de Ar­
lette, hacía un m inuto la había abandonado para siempre

186
en un palco bajo los crueles proyectores del teatro hacien­
do el am or con su propio marido. Y ahora se daba cuenta
de que amaba a Solange profundamente; ya no era un am or
adolescente ni solam ente carnal, era el am or del hom bre
que conoce la vida frente a una m ujer igual a él, con los
mismos problemas. - M i amor, m urm uró m irándola a los
ojos, ¿querés que vayamos a vivir a la A rgentina con Lu­
cióle y D idier o querés que nos instalemos definitivam en­
te en París? ¿Y si lo jugamos a cara o cruz?, preguntó Sil­
vano. A Solange le encantó la idea, sacó una m oneda del
bolsillo. -¡C ara París, cruz Buenos Aires! La tiró al aire y
fue a recogerla sobre la vereda. -¡Cruz! Es Buenos Aires.
-¡M ala suerte! —Entonces nos quedam os en París, le dijo
él. D ejam e decirte que desde que estoy enam orado de vos
estoy tam bién enam orado de París. Volvió a besarla. —¿Y
si nos instalásemos en el campo?, preguntó ella, m am á tie­
ne una vieja casucha en el Berry ju n to a un canal, hay que
arreglarla bastante, pero lo harem os juntos durante el ve­
rano, con los compañeros. - D e acuerdo, respondió él y la
volvió a besar. En eso recibió un golpe en la nuca que le
hizo entrechocar la boca contra la de Solange; le partió el
labio inferior a la pobre Solange y él se rom pió un diente
canino. Sin darse cuenta se encontraban rodeados de
CRS. U no le había dado con la porra en la cabeza. C orrie­
ron a refugiarse en el teatro agarrados de la m ano m ientras
los CRS los perseguían. Silvano recibió un par de golpes
en las costillas, Solange se torció un tobillo en la escalera.
Silvano la arrastró a la entrada donde los ocupantes se ha­
bían encerrado; en cuanto entraron volvieron a cerrar la
puerta. U nos estudiantes de M edicina le hicieron hacer un
baño de boca de penicilina a Silvano. A Solange le venda­
ron el tobillo, que empezaba a hincharse. En la sala A rlet­
te tenía una crisis de histeria sobre el escenario. Le habían

187
robado la cartera con todos sus bonos de la caja de ahorros
y amenazaba, si no se la devolvían, con llamar a la policía.
La policía ya había rodeado el teatro. La gente, un poco
asustada, se aglutinaba en los primeros pisos y acumulaba
accesorios de teatro en los palcos; en el m om ento en que
la policía entrara se los tirarían en la cabeza. Solange, en
el m ovim iento de confusión, recibió un pisotón en el to­
billo torcido que la hizo aullar de dolor. Silvano la levan­
tó en vilo y la llevó detrás del escenario, donde se encon­
traban los camerinos de los artistas. Abrió uno de una
patada. D e dos perchas colgaban los trajes de M adelei-
ne R enaud y Jean-Louis Barrault en Oh les beaux jours de
Beckett. Los accesorios, una sombrilla, un cepillo de dien­
tes, una cartera y un revólver estaban ordenados sobre una
mesa. Silvano sentó a Solange en una silla y le dio un tra­
go de C hartreuse que había sobre un estante. Ésta se puso
a escupir: era una botella de trem entina. - T o d o es así en
el teatro, dijo Silvano, es imposible hacer la diferencia en­
tre la realidad y la ficción del contenido de una botella, lo
mism o que entre un personaje de teatro y un ser hum ano.
El tobillo de Solange empezaba a hincharse seriamente,
pensaron que tenía el pie quebrado. M etió el pie dentro
del lavabo lleno de agua caliente, mientras Silvano corría a
buscar un médico en la sala. T om ó por si acaso el revólver
de utillería de Oh les beaux jours y le dijo a Solange, lue­
go de besarla sobre la boca: -V uelvo en un instante. Al
salir de los camerinos se equivocó de escalera y llegó al
agujero del apuntador. Creyó que era una salida de incen­
dios que daba al salón de la entrada. Se encontró de pron­
to en escena. Se dio cuenta porque recibió un tom ate en
los ojos no bien asomó la cabeza. Los bolivianos amigos
de Silvano se desencadenaban en un m alam bo. El público
pensó que Silvano form aba parte del conjunto y le hizo

188
una ovación. Los muchachos bolivianos lo arrancaron lite­
ralmente del agujero del apuntador por las solapas y lo su­
bieron sobre sus hom bros. Se pusieron a cantar el him no
nacional argentino. Arlette entraba en escena desnuda con
un círculo de lentejuelas alrededor de cada pecho, tacón
aguja rojo y la mism a boa de siempre. —¡Éste es, le gritó a
la audiencia, mi m arido el cornudo! La gente reía a carca­
jadas, el padre de Arlette hacía fortunas pidiendo lim osna
al público, el m arido de Arlette recogía los objetos hetero­
géneos que tiraban al escenario. Silvano se sintió intim ida­
do pero los m uchachos bolivianos le dieron ánim o. U no
de ellos le cantó: «¡Adentro, mi pensamiento!», y le pasó
un poncho. Los proyectores estaban enfocados todos so­
bre él; Arlette iba y venía por el proscenio diciendo: Silva­
no U rrutia el cornudo les va a cantar un tango argentino.
M uchos lo reconocieron de la época en que cantaba en la
vereda del O íd Navy y le pidieron «Adiós, muchachos», el
tango argentino más conocido en París. Silvano, apenas
abrió la boca para cantar, se dio cuenta de que desentonaba:
«Adiós muchachos, com pañeros de mi vida, barra querida
de aquellos tiempos, me toca a m í hoy em prender la reti­
rada....» El tum ulto en la sala había llegado a tal intensi­
dad, que Silvano apenas oía el acordeón del padre de A r­
lette que lo acompañaba. Los CRS habían entrado en el
teatro, Silvano recibió una granada lacrim ógena en pleno
pecho, se tiró al suelo y se cubrió la cabeza con el poncho.
El padre de Arlette vino tam bién a meter la cabeza bajo el
poncho y se puso a vom itar litros de vino blanco. A Silva­
no le dieron náuseas, le dio una patada al padre de Arlette
para alejarlo y trató de limpiarse el vóm ito con el poncho,
pero fue imposible, estaba inundado. El interior del teatro
parecía el infierno. Proyectores de todos los colores ilum i­
naban las nubes de gases lacrimógenos a través de los cua-

189
les se veían saltar sobre las plateas grupos de ocupantes
vestidos con los trajes de teatro más disparatados persegui­
dos por los CRS con sus porras. Pero el público no quería
irse, se refugiaba en los círculos de los palcos superiores a
pesar de que era el lugar donde los gases lacrimógenos
eran más densos. Arlette, desnuda, se había trepado al te-
i lón de terciopelo rojo del escenario y cantaba «La M arse-
llesa». U n grupo disfrazado de los Paravents de G enet, es­
capando de los golpes, quiso treparse tam bién al telón. El
telón se descolgó de las perchas y rodó envolviendo a to ­
dos, los CRS y los disfrazados de árabes. Arlette, que se
encontraba en lo alto del telón, se dio un golpe en la fren­
te sobre el borde del escenario. Silvano se precipitó a res­
catarla y la llevó entre bambalinas, donde los gases lacri­
mógenos eran menos densos. Pasó su m ano delante de los
ojos de Arlette. Su m irada estaba m uerta, le gritó: -¡Soy
yo, Silvano! Sus labios intentaban decir algo, acercó su
oído a la boca de Arlette. Detrás del estrépito de gritos y
bom bas lacrimógenas escuchó distintam ente, m uy bajo:
-H acem e el amor, grandote mío. C on esto pareció cobrar
vida, los dedos de sus manos se aferraron a sus hom bros,
tuvo un estertor como en un coito, y pegó un alarido de
placer. Estaba m uerta. Silvano se acostó sobre el cuerpo de
A rlette y se puso a sollozar hasta que Aparicio, el m ucha­
cho boliviano, lo calmó palmeándole el hom bro. -T en g o
que llevármela, gimió Silvano, no la puedo dejar acá.
-E stá m uerta, Silvano, tenés que olvidarla, le dijo Apari­
cio. Se dio cuenta de que estaba rodeado por una masa
com pacta de gente, en su mayoría mujeres que observaban
la escena en silencio. -E s Arlette M oineau, la que tom ó el
O déon, decía una joven con los ojos abiertos de adm ira­
ción. —Es la prim era víctim a de la revolución, decía otra.
-S erá la prim era m ujer que entre en el Panteón, gritó otra

190
bastante histérica. En un instante un grupo de mujeres
vestidas con telas africanas que acababan de organizar un
grupo de liberación homosexual y algunos catangueses
que adoraban a Arlette porque eran parroquianos de la
Contrescarpe, se apoderaron del cuerpo y lo envolvieron
en una bandera roja. Silvano sollozaba, sostenido por So­
lange y por Aparicio, más una banda de m uchachos su­
damericanos. U na lesbiana de la M ontagne Sainte-Gene-
viéve la maquilló, le peinó la melena a la gar<¡on sobre la
frente y le anudó su boa roja al cuello. El cortejo bajó la
escalera con Arlette dispuesta en una posición artística art
nouveau, las manos anudadas detrás de la nuca, el pecho al
aire y cubierta de laureles, envuelta en su blusa negra de
siempre sobre un bote inflable rojo ofrecido por un grupo
de autoestopistas canadienses. Silvano se precipitó a la
ventana que daba sobre la calle St. Jacques para ver el cor­
tejo que se alejaba hacia el Panteón. Arlette iba a la cabe­
za, su bote de plástico rojo se balanceaba sostenido por
una decena de catangueses; el padre y el m arido de Arlette
los precedían tocando el organillo y pidiendo limosna.
Detrás, una corte de italianos cantaba «La Internacional»,
los seguía un grupo de tunecinos que tocaba la flauta alre­
dedor de un travestí que bailaba la danza del vientre, de­
trás venían los brasileños cantando bossa nova, detrás los
americanos que cantaban «It’s a long way to Tipperary»,
detrás los africanos que se habían quedado en slip de
nylon a causa del calor que hacía esa noche en París. Desa­
parecieron al girar por la calle Soufflot, a la izquierda, h a­
cia el Panteón. Aparicio ayudó a Silvano a sentarse en el
suelo y le dio una taza de café bien fuerte. A Silvano, que
tem blaba con todos sus miembros, el café le produjo vó­
mitos. Solange le adm inistró una inyección de V alium por
consejo del médico de guardia. Lo recostaron sobre un si­

191
llón y lo taparon con un anorak. Pero la droga, lejos de
surtirle un efecto calmante, le produjo un efecto electri­
zante. Al recinto llegaban cada vez más enfermos, la ma­
yoría histéricos. La solución principal era el V alium que
Solange, a pesar de su pie enyesado, continuaba adm inis­
trando con una jeringa hipodérm ica a la cola de enfermos.
Silvano aprovechó un m om ento de distracción de Solange
y bajó la escalera que conducía a la calle St. Jacques. En­
frente, en el Collége de France tom ado por asalto a los
árabes por las lesbianas, se bailaba y cantaba en todos los
pisos. Eran las dos de la mañana, Silvano pensó recuperar
a D idier y cam inar hasta O rly (taxis y transportes en gene­
ral habían desaparecido; por otra parte se encontraba sin
un céntim o). El avión de Aerolíneas A rgentinas partía a
las once cuarenta y cinco, tenía tiem po de llegar tranquila­
m ente a pie al aeropuerto. La calle St. Jacques, a pesar del
aspecto desordenado que ofrecía, se encontraba en calma
bajo la luz de la luna llena. Los adoquines cubrían las ve­
redas en form a de cordilleras, en varios lugares la arena
había sido rem ovida para dejar lugar a trozos de acueduc­
tos rom anos y entradas de catacumbas. Sobre la arena dor­
m ía gran cantidad de gente envuelta en mantas, la mayo­
ría enlazada en parejas o en grupos. Silvano rem ontó la
calle St. Jacques hacia la calle Soufflot. En contraste con la
calle, los edificios de la Sorbona y del Collége de France
ofrecían todas las ventanas encendidas; un gran tum ulto
se adivinaba en los interiores. Silvano iba cam inando solo
por el medio de la calle sobre la arena, escuchaba chirriar
sus zapatos a cada paso. La droga que le adm inistraron
para calmarlo hacía que no se sintiera seguro sobre sus
piernas, cam inaba en zigzag. Tropezó y se cayó al suelo
sobre un nido de ratas, una le saltó encim a y le m ordió la
nariz; a pesar del alcohol que tenía en la sangre le pegó un

192
puñetazo y volvió a levantarse cuando un gato blanco se
abalanzó sobre las ratas y les dio caza. Las ratas y el gato
chillaban y saltaban entre las piernas de Silvano. Se sintió
m ordido en las rodillas y en los codos, con los cuales se
protegía la cara. Se puso a correr, volvió a tropezar contra
un bulto. Eran dos muchachas hippies que dorm ían en­
vueltas en un saco de dorm ir. Cayó sobre ellas. Algunas
ratas se introdujeron en el saco de dorm ir de las m ucha­
chas, que pegaban gritos como locas; salieron de allí y le
saltaron encim a a Silvano, pegándole con una sartén en la
cabeza como si él hubiera sido el culpable. Se trataba de
un grupo de estudiantes americanas que dorm ía en el sue­
lo en sacos de dorm ir de todos colores. Salieron todas en
Baby D olí y atacaron a Silvano pensando que había queri­
do violar a sus camaradas. Le pegaron con term os y sarte­
nes que llevaban en sus mochilas antes de recoger sus pe­
tates y salir gritando ¡Help! calle abajo. Silvano se quedó
dolorido, acostado boca abajo sobre la arena, sin poder
moverse. Se le tiraron encima el padre y el m arido de A r­
lette, que lo acechaban detrás de las m ontañas de adoqui­
nes en la oscuridad. Lo agarraron a cinturonazos y golpes
de botella. -¿Q u ién va a devolvernos a Arlette? ¡Indio su­
cio! N o le encontraron nada en los bolsillos y se alejaron
arrastrando el organillo y dejándolo por m uerto. Silvano
recuperó la conciencia, no sabía si habían pasado m inutos
u horas. Estaba acostado sobre la arena en medio de la ca­
lle St. Jacques. El gato blanco le lamía una ceja tum efacta
y la barba inm unda de vómitos y sangre. Estaba am ane­
ciendo, el sol se había levantado de repente. D ebían ser las
cinco de la m añana, en esta época amanecía tem pranísi­
mo. Se puso de pie con gran dificultad, le dolían todos los
músculos aunque no tenía ningún hueso roto. H acía frío,
se envolvió en una frazada que encontró tirada por el sue­

193
lo y empezó a cam inar hacia la calle Soufflot. A izquierda
y derecha la ciudad parecía Pernam buco un prim ero de
año. H abían tirado los muebles de la Sorbona a la calle
por las ventanas, cada dos metros roncaba un borracho
acostado entre una m ontaña de adoquines y otra de arena.
El gato blanco lo seguía. Llegó a la calle Soufflot, era un
páram o de arena donde hum eaban una decena de armazo­
nes de autos panza arriba. Grupos de revolucionarios dor­
m ían alrededor, algunos roncaban. Gaviotas volaban bajo;
era la prim era vez que Silvano veía gaviotas en París, atraí­
das quizás por la visión de la arena. C am inó hasta el Pan­
teón y entró. U n centenar de personas dorm ían en el sue­
lo sobre las tum bas, en su mayoría mujeres. La m onja y el
travestí de esta tarde estaban sentados en reclinatorios
cada uno al lado de Arlette, que yacía en m edio del Pan­
teón sobre un zócalo improvisado gracias a varios cajones
de cerveza, rodeada de una m u ltitud de cirios. Parecía m i­
núscula dentro de un traje tailleur Chanel rosa que le ha­
bían puesto; en toda su vida Arlette no se había puesto un
atuendo tan caro. Sobre ella collares de oro, billetes de
banco de todas las nacionalidades y toda clase de alhajas
yacían en desorden. La luz naciente le ilum inaba la cara;
parecía sonreír, quizás a causa del maquillaje. El gato
blanco saltó sobre el cadáver y le lamió la cara. La monja,
apenas espabilada, lo espantó de un manotazo y se puso a
rezar el avemaria. El gato vino a refugiarse en brazos de
Silvano. U n a de las americanas que atacaron esta noche a
Silvano a golpes de sartén se le acercó con la mism a sartén
y le preguntó en voz bajísima, con acento americano.
—¿Das algo para Santa Arlette? Silvano se arrancó un bo­
tón de la bragueta y lo dejó en la sartén; salió afuera, la
m añana era limpísima. Se quedó un instante parado en lo
alto de la escalera del Panteón con el gato blanco en los

194
brazos m irando la perspectiva y respirando el aire fresco
de la mañana. Detrás sonaron las campanas de la iglesia de
Saint-Etienne-du-M ont. Frente a él, detrás de la calle
Soufflot, convertida en un arenal sembrado de ruinas de
autos, de muebles y de ladrillos donde los prim eros que se
despertaban conversaban en grupos, se veían los árboles en
plena prim avera de los jardines del Luxem burgo más ver­
des que ayer. La T orre Eiffel se distinguía con una nitidez
de tarjeta postal. En el silencio entrecortado por el canto
de los pájaros se escuchó el ruido de una m otocicleta que
se acercaba; era Solange que llegaba, conducía con el pie
enyesado. Le gritó: —T e busqué toda la noche, ¿de dónde
has sacado este gato? -E ste gato es mi amigo, le respondió
él bajando lentam ente las escaleras del Panteón, el gato so­
bre su hom bro. -¿Q u é vamos a hacer con un gato?, le pre­
guntó Solange. Escuchá, Silvano, hay que ir a buscar a los
chicos. —Yo voy a buscar a mi hijo pero no al tuyo, le res­
pondió él. Y me vuelvo a la Argentina. -¿C ó m o es eso?,
preguntó ella, ¿no te quedas con nosotros para continuar
la revolución? - N o , respondió Silvano. Solange se cayó de
la motocicleta, sollozando. El se quedó ceñudo en medio
de la escalera con el gato blanco al hom bro, la m elena al
viento, la m irada fija en el cielo donde el colorado del
amanecer le recordó sus atardeceres de infancia. Solange
subió de rodillas las escaleras que la separaban de Silvano.
-P ero ¡si hace poco me juraste que nos quedaríam os en
París juntos para siempre!, le suplicó aferrándole la m ano.
-París ha m uerto, contestó él, y bajó las escaleras del P an­
teón.

195
III. La gruta
Silvano se anudó la chalina de vicuña y volvió a agitar
la campana. H acía una hora que la chinita lo había dejado
a la som bra de la parra sin cebarle un solo mate. C uando
Silvano se quedaba dorm itando a la hora de la siesta, la
chinita aprovechaba para irse al cine con el dinero que le
robaba del bolsillo del saco. Se apoyó en el bastón para
ponerse de pie teniendo cuidado de no resbalar en la ace­
quia. El loro estaba casi asfixiado; la chinita lo había deja­
do al sol. Silvano descolgó la jaula con la m ano izquierda
mientras se apoyaba en el bastón con la m ano derecha.
Llevó el loro a la pileta y abrió la canilla para ducharlo.
H oy Silvano se sentía mejor. Se había tom ado un vasito
de ginebra después del bife, aunque el doctor López se lo
había prohibido. Pensó que hacía meses que no escribía ni
una página de sus memorias. Esta tarde hacía demasiado
calor para quedarse afuera, mejor entrar y avanzar un poco
en estas malditas memorias. Lo dejó al loro jadeando en la
pileta y fue a instalarse en la mesa del com edor. Se quedó
varios m inutos sentado delante del cuaderno con la lapi­
cera en la m ano. Se le ocurrió una idea, no encontró el
tintero, ¡la chinita le había cambiado de lugar el tintero!

199
Volvió a agitar la campana, furioso. La chinita entró, abo­
tonándose la blusa. Era una india de doce años, pero tenía
unos pechos de una m ujer de veinte. Seguro que esta­
ba cogiendo con el lechero, pensó Silvano. -¿D ó n d e está
mi tintpro?, le preguntó Silvano. -A hí, delante de sus
ojos, le/ respondió ella. Q ué nervioso que está. ¿Hoy no
duerm e la siesta? Silvano agarró el tintero y trató de tirár­
selo a- la chinita a la cabeza. N o hizo más que mancharse
de tinta las bombachas blancas. Ella se rió y volvió a salir.
Silvano estaba decidido a cambiar de chinita; ya la noche
aiíterior ésta lo había dejado solo para irse a bailar m ien-
/ tras las comadrejas atacaban el gallinero. Silvano había
presenciado im potente el desastre desde la ventana. G ol­
pearon a la puerta; era el m ulato Lezama. Lezama había
sido peón de Silvano antes de hacerse rico vendiendo au­
tos de ocasión, pero pasaba a visitarlo todas las tardes a la
hora de la siesta para ver si necesitaba algo. Se sacó el som ­
brero y se lim pió los pies en el felpudo de la entrada. -L e ­
zama, le dijo Silvano, necesito que busque a otra chinita,
ésta m e deja solo, se pasa el día cogiendo con el lechero
del tam bo de enfrente. A Lezama le daba lástim a Silvano,
lo veía cada vez más agriado, sin ningún interés en la vida.
—El río Paraná está desbordando, don Silvano, le dijo,
para decirle algo. -¡Se me van a inundar las tierras!, pro­
testó Silvano. Silvano se había hecho rico heredando las
tierras de su padre sobre el río; Aníbal las había com prado
hacía ochenta años por chirolas para pescar tranquilo sin
que los vigilantes vinieran a pedirle el permiso. -¿T iene
noticias de los muchachos, don Silvano? Silvanito, el hijo
de D orita, vivía en Estados U nidos casado con una ameri­
cana; era ingeniero en una central atóm ica lo mism o que
su mujer, una americana tan blanca que parecía una galli­
na bataraza con anteojos. H abían venido a pasar un vera­

200
no a Paraná con los hijos hacía unos veinte años. Los chi­
cos eran mellizos varones idénticos a la madre. U no
estudiaba poesía en la Universidad de Cam bridge, el otro
estudiaba genética en la Universidad de Baltimore. Silva­
no se había aburrido con ellos como un loco; ya no se
acordaba ni de los nombres. D e D idier no tenía noticias
últim am ente. Recibía alguna carta de vez en cuando, pero
siempre de lugares distintos que iban desde C uba al Pakis­
tán. Silvano sospechaba que Didier, el único hijo que ado­
raba, se había m etido en una historia política y a veces de
noche se despertaba tem blando pensando que hubiera po­
dido pasarle algo. Era imposible escribirle, nunca le dejaba
la dirección. Por las últimas fotos que le había m andado
era idéntico a Silvano en la época que viviera en París. Le-
zama lo sacó de sus pensamientos diciendo, después de to­
ser: -L e he traído esto para su cumpleaños, don Silvano.
Le tendió una copa de plata com o la de los futbolistas. Sil­
vano se puso los im pertinentes para leer la inscripción.
«Silvano U rrutia, 100 años.» —Es de parte de todos los
muchachos del taller, don Silvano, que le debem os todo,
le dijo Lezama, em ocionado. -¿Q u é quiere decir cien
años?, preguntó Silvano, furioso, ¡si yo no tengo más que
setenta! -U ste d es del año nueve, don Silvano, dijo Leza­
ma. -Y a lo sé que soy del año nueve, ¡pero estamos en el
setenta y nueve! -N o , estamos en el dos mil nueve, don
Silvano. Silvano gritó: -¡Q u e me traigan el almanaque!
Lezama le tendió el almanaque con una foto de una gordi-
ta desnuda con un racimo de uvas en la boca, reina de la
vendimia. —¿Ya estamos en el dos mil nueve? Silvano se
puso de pie y se acercó dificultosam ente a la ventana, apo­
yó la frente contra el vidrio y m iró el paisaje de las barran­
cas de Paraná desde la casa en que había nacido. Lo único
que había cam biado eran los edificios que habían cons­

201
truido en el horizonte, pero eso pasaba en todas partes.
Silvano había estado de vuelta en París hacía treinta o cua­
renta añqs, toda la periferia estaba llena de edificios de
tipo americano. - N o sé cómo la gente puede vivir en esas
alturas, tan despegados de la tierra, se dijo. Se acordó de
que t^nía que podar los geranios; buscó la podadora, la chi-
nita lá había cambiado de lugar. Se puso a tocar la campana,
furioso. La chinita entró con una torta enorm e de azúcar
azul y blanca donde habían plantado cien velitas de cum ­
pleaños y la depositó sobre la mesa del com edor. Entraron
detrás varias vecinas cantando «Happy birthday to you,
happy birthday to you». El diputado por Paraná, un ganso
de treinta años vestido de com padrito de los años cuaren­
ta, entró detrás con una medalla que le entregó a Silvano.
Silvano pensó que toda esta gente iba a ensuciarle la casa,
como en el velatorio de Dorita, que se pasó una semana sa­
cando botellas vacías que le habían tirado en los canteros
de las begonias y lo habían em borrachado al loro. -¡Fuera
de esta casa!, les gritó, agitando el bastón en el aire, y casi
se cayó. Lezama lo sostuvo. Todos salieron m enos Leza-
ma. Lezama le ayudó a sentarse en la silla de m im bre del
jardín y le puso la chalina de vicuña sobre los hom bros.
Silvano seguía tem blando de rabia. Le im portaba un cara-
jo tener cien años, lo que no quería era soportar el alboro­
to de los jóvenes que bajo pretexto de venir a rendirle ho­
m enaje le dejaban la casa hecha un conventillo. —¡Me ceba
un mate!, le ordenó a Lezama. C uando Silvano se ponía
de mal hum or, Lezama sabía que era inútil dirigirle la pa­
labra. N o encontró a la chinita en la cocina, pero la pava
burbujeaba llena de leche que desbordaba; Lezama la sacó
del fuego, toda la plancha estaba quem ada. Escuchó unos
gemidos, la chinita y el tam bero estaban cogiendo en la
pieza de servicio. Puso agua hirviendo en el term o y salió

202
al jardín, donde Silvano seguía sentado ceñudo bajo la hi­
guera. A Lezama le pareció el perfil de Artigas. Le tendió
un mate. Silvano le agradeció: -Gracias, Lezama, si no fue­
ra por usted... Era la prim era vez que Silvano trataba a Le­
zama de usted, siempre lo había tratado de Lezama o de
Lezamita. Se dio cuenta de que el hombre declinaba. —¡Tam­
bién, a los cien años!, se dijo. —N o se ponga triste por ha­
ber cum plido cien años, don Silvano, le dijo, hay pocos
hom bres en la República que llegan a tan viejos. -¡N o
tengo nada que ver con la República de ustedes, le retrucó
Silvano, yo soy de antes. Lezama se cebó un m ate para él,
luego le tendió otro a Silvano. U n viento caliente sacudió
los maizales. El loro se despertó y vino renqueando a su­
birse a una rodilla de Silvano. El loro era más viejo que él,
había pertenecido a su madre, hablaba con el acento de
Paraná de antes del novecientos. Le acarició la cabeza, el
loro se le trepó al hom bro. —Los tom ates llegan tardíos
este año, dijo Silvano, tiene que buscarme un m uchacho
para que me riegue, ya no pasa agua por la acequia, está
tapada por el basural. - N o se quede en este barrio, don
Silvano, le dijo Lezama, con la plata que tiene podría vivir
en un barrio mejor. Esto es ya una villa miseria. —A quí
nací y aquí me m uero, le contestó Silvano; ¡que se vayan
los otros! Es cierto que era imposible conservar un árbol
frutal, ni siquiera un tomate; cualquier cosa m adura se la
com ían los pájaros o se la robaban los m uchachos del ba­
rrio, todos cómplices de la chinita. ¡Se habían robado has­
ta el espantapájaros! -V áyase a vivir con su hijo Silvanito a
Chicago, le dijo Lezama, allá van a tratarlo bien. Silvano
se atragantó de rabia, le pegó un golpe de bastón a Leza­
ma que lo hizo volar el mate. Se puso a agitar la cam pana
hasta que entró la chinita, abotonándose la blusa. —¡Me lo
sacás afuera a Lezama!, le ordenó a la chinita. Lezama le

203
dijo: - N o quería/ófenderlo, don Silvano. En eso sonó el
teléfono, el lopó im itó el chirrido del tim bre, la chinita fue
a atender. -E s de larga distancia, dijo la chinita. Lezama
ayudó a Silvano a levantarse y a cam inar hasta el teléfono.
-M o n sieü r U rrutia, es una llamada en PSV de París, ¿la
acepta?, preguntó una voz francesa que a Silvano le sonó
antigua, viniendo del fondo de los tiempos. C ontestó: —Sí,
sí, ciertam ente, señorita. La chinita y Lezama se quedaron
en suspenso como cada vez que Silvano hablaba en francés
por teléfono. Les parecía un lenguaje extraterrestre, se
quedaban escuchando mudos de respeto. -E l señor D idier
U rru tia al teléfono, dijo la voz, ¿acepta la llamada? -S í, sí,
sí, gritó él, al tiem po que escuchaba la voz de D idier. - D i ­
choso papá, decía la voz, ¿todo va bien? La m ism a m anera
de hablar de Arlette, pensó Silvano, y se le in u n daron los
ojos de lágrimas. -T o d o va bien, hijo mío, ¿y tú, cóm o es­
tás? —Form idable, papá, te doy con Arlette, tu nieta. U na
voz de nena francesa le dijo al teléfono: —Alió, abuelo, me
gustaría que me comprases un pequeño zorro en el m erca­
do de las pulgas. D idier volvió a tom ar el tubo: —¿Qué
efecto te hace ser abuelo, papá? Silvano no supo qué res­
ponder, se puso a sollozar agarrado al teléfono, el tubo se
le cayó de las manos. Lezama vino a sostenerlo; al pobre
viejo le había dado otro infarto. La chinita corrió a buscar
al doctor López, que vivía a la vuelta. Lezama colgó el tubo
para econom izar electricidad y le desanudó el cuello de la
camisa a Silvano; lo abanicó con un diario. El loro gritaba:
-¡C oraje, canejo!, trepado a la lámpara, que se desprendió
del techo cayendo sobre la torta de cum pleaños arrastran­
do un buen pedazo de revoque y provocando un cortocir­
cuito. El loro se debatía bajo la lámpara, se le había pren­
dido fuego a las plum as de la cola. Lezama corrió a la
cocina y volvió con un tacho de agua que le tiró encim a al

204
loro antes de que ardiera. El médico entró corriendo en
camiseta con una inyección en la m ano. Silvano, sacando
fuerzas quién sabe de dónde, le pegó un bastonazo en la
cabeza al doctor López. -Y a me dejaron la casa hecha un
quilom bo, les gritó al médico, a la chinita y a Lezama. ¡Se
me van todos afuera! Los otros se alejaron hacia la cocina.
Se apoyó en la mesa del com edor y acarició al loro, que
vino a refugiarse sobre su melena blanca. La últim a coque­
tería de Silvano era dejarse el pelo largo com o lo usara en
mayo del 68 en París; andaba siempre con un peine en el
bolsillo. Salió al jardín con el loro; los otros ponían orden
en el com edor. Silvano decidió hacer un pozo para llenar­
lo de agua y enterrarse, era lo único que le calm aba los do­
lores reumáticos. T o d o el m undo lo había abandonado,
estaba rodeado de inútiles; tenía que cavarse el pozo solo.
Los otros conspiraban en la cocina, tenían m iedo de que
se suicidara. —A un animal de mi edad, lo m ejor que le
puede pasar es morirse, repetía Silvano a m enudo. H abía
tratado de ahorcarse hacía dos años pero había atado mal
la cuerda, lo único que ganó fue un m oretón en la rodilla
y un ojo negro. H abía recuperado la conciencia entre el
doctor López y el m ulato Lezama, la chinita le frotaba los
pies con agua de Colonia. Se había quedado una semana
sentado en la cama sin hablar a nadie, con el loro en la
mesa de luz; luego había empezado a salir al jardín a cor­
tar el pasto con una tijerita de uñas. D esde entonces en el
barrio lo trataban de «viejo loco». -H o y me entierro, pen­
só Silvano, ya no tengo nada que hacer en este m undo.
Tropezó sobre la pala y se cayó sobre un cantero de lechu­
gas. Los otros vinieron a levantarlo, se había enchastrado
la camisa de barro y se había hecho un chichón en la fren­
te. Lo sentaron en una silla de m im bre y el doctor López
le dio una inyección de calmantes. —Siempre se excita

205
cuando habla pop-teléfono a larga distancia, dijo Lezama,
no se resuelve a^envejecer, es eso lo que lo mata. Le dieron
un vaso de agua, bebió un sorbito, que escupió. —¡Me ce­
ban un m,áte amargo!, ordenó. La chinita fue a buscar el
m ate a la cocina. Lezama le pasó una toalla húm eda sobre
la frente y le cambió la camisa. El doctor López, que Sil­
vano odiaba, por suerte se había ido. - H o y me voy a m o­
rir, Lezama, le dijo. - N o diga tonterías, don Silvano, le
respondió Lezama, con la salud que usted tiene. —U no no
se m uere de enfermo sino de viejo, le respondió Silvano.
—Páseme el bastón, Lezama, quiero cam inar hasta el río.
-P e ro si hoy ni durm ió la siesta, don Silvano. Silvano se
dijo que Lezama tenía razón, se sentía exhausto. Eran so­
lam ente las dos de la tarde, si salía afuera de la som bra del
alero podía agarrar una insolación. -D u e rm a un rato, don
Silvano. Le colocó a Silvano un alm ohadón de raso detrás
de la cabeza y lo volvió a cubrir con la chalina. Silvano
parpadeó y se quedó dorm ido soñando com o siem pre con
Arlette. Lezama aprovechó para ir a la cocina y tocarle una
teta a la chinita, que pegó un grito y dejó caer una pila de
platos que se estrellaron en el piso. Lezama salió de la co­
cina riéndose, la chinita le tiró un vaso que se rom pió en
la entrada. Estaba harta de Paraná, esta tarde se fugaba a
Buenos Aires con el lechero en el Chevalier de las dos y
media. Ya tenía la valija hecha; con la plata que le había
sacado a Silvano del escritorio, que ni siquiera se había
dado cuenta, se había com prado una capita de conejo y
un par de zapatos de taco alto. Salió después de haber ce­
rrado las canillas y dejado una provisión de semillas de gi­
rasol para el loro en la jaula. Se encontró con el lechero en
m edio de la calle; él llevaba otra valija de cartón, se estre­
charon por la cintura y corrieron calle arriba hacia la esta­
ción del Chevalier; tenían miedo de llegar tarde. C om pra­

206
ron los boletos con las manos tem blando; el Chevalier
llegó dando tum bos por la calle polvorienta. La puerta se
abrió y descendieron dos mujeres viejísimas, una vestida
con pantalones y chaqueta celeste pálido, una gorra de
marinero, apoyada en un bastón, la otra vestida de lente­
juelas negras con anteojos en form a de ojos de cocodrilo y
un tapado de visón. -Llegan a Paraná turistas de todas
partes del m undo, pensó el lechero, y justo a m í se me
ocurre bajar a Buenos Aires con esta pajuerana que no la
puedo colocar ni de puta. Pero era dem asiado tarde, el
Chevalier bocineaba para volver a partir. Colocó las dos
valijas sobre la galería del óm nibus, ayudó a subir a la chi­
nita, que estaba embarazada, y ambos se alejaron hacia
Buenos Aires para siempre. Solange Soubirous le preguntó
a un indígena la dirección de Silvano U rrutia en su pési­
mo castellano. Poseía un plano im perfectísim o y tenía
miedo de perderse en esta ciudad que le recordaba otra
ciudad, Galele, del Senegal, donde había estado trabajan­
do cuando era m uy joven. La otra vieja, que había hecho
el mism o trayecto en óm nibus, se presentó: -S o y Yoli de
Parma, le dijo en su pésimo francés. Ya sospechaban am ­
bas que la una era la otra. H abían tom ado el mism o avión
desde París a Buenos Aires, se habían encontrado en el
mismo com partim iento de tren entre Buenos Aires y R o­
sario, luego en la misma balsa llegaron a Paraná. Se m idie­
ron con la mirada y decidieron hacer una tregua; se besa­
ron a la francesa, sonriéndose. Yoli m andó a buscar el
único taxi de Paraná que trabajaba a la hora de la siesta.
Esperando, se sentaron en el café Em porio, que Yoli había
hecho abrir repartiendo dólares a una docena de indios
fascinados. H abían reconocido a Yoli de Parm a, cuyos
films, viejos ya de casi un siglo, seguían pasándose todas
las tardes en el cine A rgentina de Paraná. N o había cam ­

207
biado m ucho, seguiáT vistiéndose con los atuendos de sus
películas apenas^modernizados, pero las alhajas no eran
falsas c o m o ^ i/e l cine; tenía colgados alrededor del cuello,
para disim ular ocho cicatrices de cirugía estética, un m i­
llón de dólares en diamantes que brillaban con tal intensi­
dad a la luz de las tres de la tarde en Paraná, que Solange
se vio obligada a ponerse los anteojos negros. Solange ape­
nas tocó con los labios el pésimo cham pán argentino que
les sirvieron, parecía sidra con jugo de ananá. Le daba ra­
bia haberse equivocado de vestimenta, el tailleur azul cie­
lo que la hacía parecer juvenil en La Rochelle acá desapa­
recía al lado del atuendo barroco de Yoli, que debía tener
sin em bargo al menos treinta años más que ella. Solan­
ge, antes del viaje, se había hecho un tratam iento de hor­
m onas para reafirmarse los senos y un lifting que final­
m ente no había servido más que para dejarle la piel de la
cara, ya blanquísim a de nacim iento, dem asiado irritada
para estos trópicos. El taxi llegaba; era un Ford de mil
novecientos treinta. Apenas estacionado se le pinchó la
goma. El taller estaba cerrado, el taxista les prom etió que
no bien cam biara la goma les transportaría las valijas. Les
indicaron el cam ino, estaban apenas a cincuenta m etros
de la casa de Silvano por una valle de arena donde había
pil as de adoquines cubiertos de basura sobre ambas vere­
das. A Solange le recordó el sesenta y ocho en París, a Yoli
el barrio de su infancia. - H e seguido de cerca su carrera,
señora Soubirous, le dijo Yoli a Solange, tom ándola fami­
liarm ente del brazo. Se pusieron a cam inar lentam ente so­
bre la arena, evitando las piedras. En las casas se asomaban
a todas las ventanas del prim er piso para verlas pasar. So­
lange conocía a Yoli solamente por las descripciones de los
diarios de escándalos. En los últimos cuarenta años había
estado mezclada en el rapto de Ben Barka; había sido tes­

208
tigo de la m uerte de Ufkir y se encontraba en el Caravelle
en que se escapara el sha de Irán a M arruecos; era su
am ante oficial en el m om ento de la revolución islámica.
H abía amasado una enorm e fortuna; se había com prado
toda la vereda del lado del sol de la Avenue Foch, y la m i­
tad de la isla de St. Louis. Solange se preguntó cóm o una
m ujer de este tipo podía estar al corriente de una carrera
com o la de ella, hecha de una vida de sacrificios. Solange
había sido el prim er diputado ecológico de Europa en
1993, luego de varios años de exilio voluntario en C uba y
en Suecia. H abía recibido últim am ente la Legión de H o ­
nor antes de retirarse al Berry a ocuparse de redactar sus
memorias de militante. Se había dado cuenta, a m edida
que escribía, de que toda su vida estaba construida alrede­
dor de un héroe: Silvano. H abía hablado largam ente de su
problem a con una amiga psicoanalista tan vieja com o ella.
N o se anim aba a hablar con su hija Lucióle, que no h u ­
biera hecho más que reírse. Se dijo que llegar a Paraná el
día de los cien años de Silvano era más natural que llegar
un día cualquiera. H acía más de medio siglo que no se
veían. Se dijo que tenía suerte de haber conservado todo
su pelo, aunque teñido de caoba. A Yoli se le notaba la pe­
luca, por más bermellón que fuera. Las seguía una canti­
dad de gente, algunas vecinas aplaudían, unos chicos les
pedían autógrafos. Yoli firmaba, Solange tam bién. Por la
fuerza de quién sabe qué destino, Solange se había encon­
trado toda su vida en situaciones cómicas. Yoli se había
descalzado, aprovechando para deshincharse los tobillos, y
bailaba un samba de una de sus películas rodeada de unos
chiquilines que la acom pañaban tocando el tam bor con
unas latas y cantando: «mamá yo quiero ir, quiero ir al ta­
blado». Solange pensó que si Lucióle, que la creía en el
Club M editerranée de Palma de Mallorca, la hubiera visto

209
/

/
en esta situación s& habría reído; ella tam bién se rió. D es­
de que, gracias a la edad, se había convertido en objeto de
risa para su hija, todo lo que le ocurría le parecía cóm ico a
ella tam bién. —¡Qué lejos estoy de mis veinte años!, se
dijo, y súbitam ente se quedó pensativa, tristísima. Desde
el m om ento en que descendiera del Chevalier en Paraná,
había com prendido que el hom bre que volvería a ver no
era el m ism o que había conocido. Se había im aginado Pa­
raná com o el Berry y a Silvano como a un «cebollero»;
volvió a reírse de ella misma. Los chicos le tendieron una
botella de un pésimo vino blanco que ella bebió encanta­
da. Le pedían monedas en una lata, les dio los últimos
francos y pesetas que le quedaban. Se sentía perfectam ente
bien en este clima. D ecidió tom ar su estadía en Paraná
como unas vacaciones, que buena falta le hacían. En el Be­
rry no había parado de llover durante dos veranos segui­
dos. Silvano se despertó sobresaltado por los ruidos de pe­
tardos y el griterío de la calle. -L a chinita volvió a dejar la
puerta abierta, se dijo. Se levantó apoyándose en el bas­
tón, trastabilló y cayó sobre el loro, que dorm ía a sus pies.
Se achataron los dos contra el cantero de rabanitos. Silva­
no se había caído boca abajo, lo prim ero que pensó fue en
el loro, se había dado tal cocazo que estaba desmayado; se
arrastró hasta la acequia y le metió la cabeza al loro en el
agua. Batió las alas; por suerte estaba vivo. Se lo puso en­
cim a de la cabeza y trató de volver a levantarse; le fallaba
el corazón. En esos casos le daba tanta rabia que el cora­
zón se le ponía a latir a toda velocidad. Se levantó agarrán­
dose de la higuera tan rápido, que el loro se le agarró a las
orejas. —¡Esta vez los m ato a todos!, gritó Silvano. Fue al
escritorio a buscar un revólver que había escondido hacía
ocho años y que le habían robado hacía cinco. El loro,
asustado, le cagó la camisa; Silvano le pegó una cachetada,

210
el loro le m ordió la oreja y salió volando a refugiarse sobre
el armario. -¿D ó n d e está ese m aldito revólver? ¡Lezama
me lo habrá escondido! Descolgó las boleadoras de la pa­
red y pegó un alarido de indio entrando en el comedor.
U n a m urga llegaba de la calle con latas y tamboriles. Se les
abalanzó a golpes de boleadora. Los de la m urga salieron
pegando chillidos y gritando: -¡El viejo se ha vuelto loco!
- N o cambió, es el mismo hom bre de siempre, le dijo So­
lange a Yoli, besándola sobre ambas mejillas. Se pusieron
a bailar descalzas, escondidas en la cocina. Yoli se asomó a
la ventana y les gritó a los de la murga: -¡Esta tarde nos ve­
mos en el corso, muchachos!, y les tiró un anillo de diez
dólares. Silvano se había vuelto a sentar en el com edor
para escribir sus memorias. La intrusión de la m urga no le
auguraba nada bueno. La chinita lo había seguram ente
abandonado y esta noche los del corso no lo iban a dejar
tranquilo, desde que lo trataban de viejo loco en el barrio
venían a tirarle cohetes y enchastrarle el porche cuando no
tenían nada m ejor que hacer. Lo llamaría más tarde por
teléfono a Lezama, que era el único que lo com prendía.
E ntretanto aprovecharía la tarde para avanzar en sus m e­
morias. E ncontró el tintero y mojó la lapicera. N o sabía si
debía comenzar por la revolución del cuarenta y cinco en
Buenos Aires o por la del sesenta y ocho en París. Escuchó
voces en la cocina, eran voces de mujeres que hablaban en
francés. Se acercó a la puerta. -E s el hom bre más encanta­
dor que he conocido en mi vida, decía una. -E stá tan gua­
po a los cien años como a los veinte, respondía la otra. Sil­
vano no creyó en sus oídos, abrió la puerta y se encontró
con Yoli de Parm a y Solange Soubirous. Solange Soubi­
rous, viejísima y vestida como una astronauta, barría el
piso de la cocina; Yoli de Parma, más vieja aún, vestida
como en Rosa de las Pampas, batía huevos. Silvano cre­

211
yó haberse m uerto durante la siesta y encontrarse en el
más allá. Ambas vinieron a besarlo fam iliarm ente cada
una sobre una mejilla; en eso entraba Lucho, el taxista,
cargado de valijas. -A q u í está tu regalo de cum pleaños,
querido, le dijo Solange, y le tendió un reloj pulsera de
oro. —M i regalo es éste, dijo Yoli, y lo besó largamente en
la boca. Lucho, el taxista, palmeó a Silvano fam iliarm ente
en el hom bro y le dijo: -¡Q u é buena siesta se va a echar
esta tarde, don Silvano, con estos dos budines que le llega­
ron de París! Silvano se preguntó dónde se había quedado
el loro, que hacía rato que no lo veía, fue a buscarlo, esta­
ba parado sobre el teléfono y le dijo en francés: —Q uerido
mío; com o riéndose de él. Solange le dijo a Yoli: —¡Qué
em ocionado está, pobre querido! Silvano agarró el teléfo­
no y marcó con un dedo tem bloroso el 83. D espertó a Le­
zam a de la siesta y le ordenó: -¡Véngase con la chatita, Le­
zama, esta tarde nos fugamos al U ruguay con su señora y
con el loro! —¿Qué le pasa, don Silvano?, preguntó la voz
soñolienta de Lezama. -¡Estoy invadido por las ánimas!
¡Tengo que abandonar la casa! -¿Q u é ánimas, don Silva­
no? ¡Si no son más que las cuatro de la tarde! Serán los
chicos disfrazados con sábanas que em pezaron el corso
tem prano. -¡Q u é van a ser los chicos, son los fantasmas de
mis mujeres! Solange y Yoli entraban en el com edor arras­
trando las valijas y preguntando: -¿D ó n d e están nuestras
habitaciones? Silvano apenas si se atrevió a señalarles la
escalera hacia el prim er piso con la pu n ta del bastón, no
había subido desde hacía varios años, eran las piezas de
D orita, de su padre y de los muchachos. Silvano había or­
denado a Lezama que quedaran tal cual los ocupantes las
habían dejado, pero quién sabe en qué estado de mugre
se encontrarían. M ientras ellas subían las valijas, Silvano
fue a la cocina a buscar la jaula del loro; no la encontró,

212
la chinita se la había olvidado en el patio. Solange entró
en la despensa a buscar la aspiradora y le dijo, al pasar:
-E sta noche te haré un buen sukiyaki, como te lo hacía en
la Contrescarpe. Escuchó el ruido de la aspiradora en el
prim er piso, se atrevió a asomar la cabeza al com edor y vio
a Yoli de Parm a que cambiaba los muebles de lugar, ponía
la mesa del com edor contra la pared y velos de colores de­
lante de las ventanas. Silvano cerró la puerta de la cocina
sigilosamente. -¿Estaré en el infierno?, se preguntó. Si lo
pensaba bien, era posible que desde que había empezado
el carnaval, se com portaban como dem onios. El loro tenía
sed, le puso la cabeza bajo la canilla. Cerró con llave la
puerta de la cocina y esperó la llegada de Lezama, aunque
este imbécil bien podía haberse quedado dorm ido otra
vez. Yoli y Solange golpeaban discretam ente a la puerta.
Silvano se escondió en la despensa con el loro. Forzaron la
cerradura con una horquilla, lo buscaron por todas partes
y pensaron que había saltado por la ventana. Salieron
afuera. Silvano se rió, se apoyó en el bastón, corrió al jar­
dín y se escondió detrás de la higuera. Lezama se había
puesto un saco sobre el pijama y había saltado en la chati-
ta no bien colgara el tubo. Siempre lo angustiaba la idea
de que el pobre viejo se ahorcara, ya lo había am enazado
varias veces. Lezama, a veces, se hartaba de Silvano, au n ­
que el sentim iento de respeto vencía siempre. Silvano
nunca lo había tratado como a un simple peón, lo había
aconsejado bien para los negocios y hasta le había presta­
do el capital para abrir el taller, aunque le exigía cada pri­
mero de mes sumas exorbitantes, pretextando el aum ento
del oro en la Bolsa de Paraná. Además lo despertaba a
cualquier hora para obligarlo a hacer un m andado. ¡Con
la plata que tenía, que se fuera a hincharle las bolas a sus
hijos! Pensó que era sin embargo el día que el viejo cum -

213
pifa cien años; nó le iba a cantar cuatro frescas justo esta
tarde. Al doblar en la calle Sarmiento dijo: -E ste año el car­
naval va en/serio. La Plaza M ariano M oreno estaba ne­
gra de gente, tuvo que estacionar la chatita en la calle Bo­
lívar. -Y yo que no abrí el taller esta tarde, pensó. El alcalde
de Paraná, con una bandera argentina atravesada sobre la
panza, le gritó no bien se bajó del auto: —¡Lezamita, corra
a buscar a don Silvano, que ya llegaron don Arístides y
don Ramiro! Lezama vio a don Arístides y a don Ramiro
ya instalados en la tribuna presidencial bajo un toldo ama­
rillo tom ando mate, eran los otros dos caudillos centena­
rios de la provincia de Entre Ríos; don Ram iro por el par­
tido conservador y don Arístides por el partido socialista.
A Silvano siempre lo habían considerado radical, aunque
hacía cuarenta años que no paraba de decir pestes del par­
tido radical a quien quisiera escucharlo. Pero había sido
un m iem bro principal del partido radical en una época en
la cual Lezama aún no había nacido, y de la cual Silvano
probablem ente no se acordaba. Sobre el estrado habían es­
crito: «Silvano U rrutia, cien años de valor y de hombría».
D e vez en cuando venía la radio de Paraná a entrevistarlo;
él estaba ya harto de narrar las revoluciones y los golpes de
Estado de los cuales había sido testigo. Pero lo que más le
indignaba eran los jóvenes que venían a pedirle consejo;
no había ya un solo hom bre en la República que supiera
hacer política. Esperaban que todo les cayera del cielo y lo
peor es que a m enudo les caía. —Es una generación de bo­
tados, pensaba Silvano. Lezama le contestó al intendente:
—¡Está loco, doctor Cipolla, el viejo no viene ni a tiros!
¡No quiere ver más a nadie! -V aya a buscármelo aunque
sea por la fuerza, le ordenó el intendente sacando pecho.
Lezama cam inó los cien metros que lo separaban de la
casa de Silvano de pésimo hum or. T odo el m undo lo tra­

214
taba com o a un esclavo. C uando entró en el com edor de
la casa de Silvano no pudo creer en lo que veían sus ojos.
Parecía M arruecos tal como lo había visto en un docu-
mental. D os viejas gitanas estaban sentadas en el suelo fu­
m ando una pipa de opio vestidas con chilabas. Les pre­
guntó, intim idado: -¿D ó n d e está don Silvano U rrutia,
por favor? Las dos viejas seguían hablando entre ellas en
un idiom a extranjero sin apercibirse de su presencia. Leza­
ma salió afuera y encontró a Silvano tem blando de m iedo
trepado en la higuera con el loro en el hom bro. Lezama se
preguntó cómo Silvano había podido llegar hasta ahí sin
ayuda. Fue a buscar la escalera al galpón. E ntretanto Silva­
no lo apostrofaba con toda su voz, el loro tam bién gritaba:
-H a c e una hora que estoy acá arriba. ¿D ónde se había
metido, tape de mierda? Lezama se ofendió, era la prim era
vez que Silvano lo trataba de tape. —¡Se queda ahí arriba,
le gritó, no le alcanzo nada la escalera! El intendente, al
corriente de la llegada de Yoli de Parm a y de Solange
Soubirous, entraba en el comedor. Le ofrecieron una pipa
de opio y un vaso de oporto. A la luz de la tarde tam izada
por las cortinas árabes le pareció que Yoli de Parm a era
una m ujer de apenas cincuenta años; él tenía sesenta, en
cuanto a Solange Soubirous, la encontró apenas de cuaren­
ta. Los libros de la doctora Soubirous habían sido a m enu­
do motivo de discordia en su familia: sus teorías avanzadas
sobre el aborto y sobre el ham bre en el tercer m undo eran
discutidas sin cesar a la hora de la cena entre su m ujer Es­
meralda y su hija Porfiria, estudiante de M edicina. Se la
había im aginado como un hom bre, seca y malísima, igual
a su hija Porfiria. La Soubirous era encantadora, tenía
unas tetas perfectas, mientras Yoli de Parma: «¡Dios me li­
bre, qué cuerpito!» Yoli le chupaba una oreja m ientras So­
lange Soubirous le desanudaba la banda y le bajaba los

215
calzoncillos, m etiéndole un dedo en el culo. D e la calle
entraba una cofnparsa cantando: «Sacate la caretita, sacate
la caretita, que te quiero conocer...» Yoli y Solange se aga­
rraron cada una del brazo del alcalde y salieron los tres a la
calle seguidos por todo el barrio. Yoli cantaba: -¡Sigan
adelante, pingos de mi tierra, sigan adelante, pingos de mi
flor! Solange la seguía batiendo palmas, m uerta de risa, el
alcalde también aplaudía. Al llegar a la Plaza M ariano M o­
reno las esperaba una ovación. Los caudillos se habían
puesto de pie en el estrado presidencial para aplaudirlas,
les tiraban claveles y serpentinas de todas las ventanas, se
subieron al palco y abrazaron fam iliarm ente a los dos cen­
tenarios de am bos partidos, olvidando al alcalde, que se
había quedado abajo del estrado buscando una silla. Ape­
nas se sentaron, unos m uchachos churrísimos les trajeron
pantallas y un vasito de ginebra. Por la Avenida León Sola,
el corso ya se ponía en m ovimiento; en el prim er carro la
Reina del Estío, herm ana de la chinita. Estaba harta, se
había pasado el día sentada en un banco vestida de mari­
posa, su m adre no paraba de plancharle las alas. Los m u ­
chachos, excitados por el calor, tiraban cohetes por todas
partes; a la m adre le habían reventado un tím pano y se ha­
bía quedado sorda de la oreja izquierda. La m adre la pei­
naba a la C uqui, se le había arruinado la perm anente por
el chaparrón de esta mañana. Le dio un últim o toque de
spray y saltó del carro en el m om ento en que éste se ponía
en m ovim iento, iba tirado por un caballo viejísimo. La
C uqui se puso la corona y la capa de reina, se sentó en las
rodillas de la estatua en papel m aché del dios M om o y
abrió el corso. Yoli pensó que la reina tenía las piernas
cortas, nunca llegaría más allá de Paraná; Solange, en éxta­
sis, no paraba de sacar fotos con su Leica. -U ste d no es ra­
zonable, don Silvano, le decía Lezama m ientras apoyaba la

216
escalera en la higuera. El loro fue el prim ero en bajar, sal­
tando de escalón en escalón. T o d a la provincia se ha m o­
vilizado para felicitarlo por los cien años y usted ahí tre­
pado arriba de la higuera. Lo ayudó a bajar; el viejo
tem blaba de miedo. Lezama pensó que si lo llevaba al cor­
so se m oriría del corazón, lo ayudó a sentarse en la silla de
m im bre. El teléfono sonaba. Entró en el com edor, era de
larga distancia, la operadora lo hizo esperar. -P c h it, don
Silvano, m urm uró una voz. Silvano levantó la vista y lo
vio al Pelito que asomaba la cabeza sobre la tapia. El Peli-
to era un chiquilín de las barrancas que no debía tener
más de ocho años; la madre lo había abandonado en el
ayuntam iento de recién nacido; lo habían adoptado los
del tam bo de enfrente, pero el Pelito no quería ir a la es­
cuela ni hacer los m andados y lo habían echado. Se había
construido una especie de cucha de perro en el terreno
baldío de al lado y vivía de lo que Silvano le daba. A veces
se pasaban horas conversando sobre la tapia. Silvano le
contaba historias del Paraná de antes y Pelito le contaba lo
que pasaba ahora: si la mercera cogía con el farmacéutico,
si la vieja curandera había quem ado un sapo para hacer
m orir al vecino que le había robado unas gallinas, si la hija
del carnicero había abortado o si el puto se había hecho
rom per la cara por un com padrito en el muelle. Los chis­
mes del Pelito le producían la mism a hilaridad que sus
chistes de infancia. El loro lo adoraba. Se puso a gritar:
-¡Pelito, contá un chiste! Pelito saltó sobre la tapia y vino
a decirle al oído: -¡E ncontré la gruta, don Silvano! Silvano
le había dibujado un m apa de una gruta sobre el río Para­
ná adonde iba a jugar de chico y donde se acordaba había
escondido un tesoro. N o se acordaba de qué naturaleza
era el tesoro, probablem ente monedas de cinco centavos
de hace cien años o trozos de piedras de am atista que ro-

217
y
daban por todos lados en esaéjpoca. —C orram os, dijo Sil­
vano, antes que vuelvarf los otros. H izo u n atado con el
loro en la chalina de vicuña. Pelito acercó la silla de m im ­
bre a la tapia y lo ayudó a treparse, después a bajar del
otro lado en el m om ento en que Lezama salía al jardín di­
ciendo: -E s su hijo Silvanito de Chicago que quiere felici­
tarlo por el cumpleaños. Lo buscó por todas partes. U na
vez que Lezama se alejara gritando: -¡O tra vez se habrá es­
condido este viejo loco!, se echaron a reír, Pelito lo ayudó
a Silvano a ponerse de pie y se internaron por el sendero
que llevaba al río. Silvano se apoyaba con una m ano en el
hom bro de Pelito, con la otra m ano en el bastón. El loro
iba cam inando atrás. —T e lo dejo todo, Pelito, le dijo Sil­
vano. Ayer m e escapé y fui a ver al abogado, la casa y la
barranca están a tu nom bre. -¿Q u é voy a hacer con tanta
plata?, le preguntó Pelito. Silvano le contestó: —Escaparte,
m uchacho. —¿Adonde, don Silvano? —U no se escapa a
donde puede, le contestó, vos sabrás. El loro, agotado por
la marcha, se había desmayado; Pelito lo recogió y se lo
m etió adentro de la camisa. Se internaron entre los maiza­
les, donde hacía más fresco. El loro estaba inquieto, le sal­
tó aleteando a Silvano a la cabeza, aferrándosele a la mele­
na. Por el sendero venía cam inando en sentido contrario
un yacaré, se escondieron entre los choclos. El yacaré
pasó, iba cubierto de teros. N o bien se alejó, siguieron por
el cam ino entre dos acequias, llegaron a un despeñadero;
la gruta estaba abajo. Enfrente se veía el río Paraná, cauda­
loso esta tarde, arrastrando camalotales llenos de víboras,
arriba de uno había hasta un jaguar que pegaba saltos,
desesperado. Silvano se sentó a descansar sobre una piedra
a la entrada de la gruta. Pelito ju n tó leña y fue a hacer una
fogata en la orilla del río, más tarde haría frío. Silvano se
acordó de Arlette y se puso a llorar. -¿ Q u é le pasa, don

218
Silvano?, le preguntó Pelito, ¿ya no quiere buscar el teso­
ro? Claro que quería buscarlo, pero había perdido el per­
gamino. En eso pasó corriendo una iguana, Pelito pegó
un salto de dos metros y la atrapó, en menos de un m in u ­
to la había degollado y arrancado la piel. -E ste chico es
inteligentísim o, pensó Silvano. U n vuelo de garzas cubrió
el cielo colorado del atardecer. Silvano entró en la gruta,
cuyo olor le recordó su infancia. Era el olor del musgo que
cubría la bóveda, verde y hermoso, sembrado de claveles
del aire. Silvano se acordó; el tesoro estaba abajo de la pie­
dra. Lo llamó a Pelito y desplazaron la enorm e piedra. Se
pusieron a cavar con las manos, encontraron una lata de té
M azawathe que hacía un siglo que no se fabricaban. Silva­
no la abrió con dedos temblorosos. Este tesoro no era el
de él; debía ser de otro chico más joven, eran figuritas de
álbum y monedas de chocolate amojosadas. Agarró una
vela y fue a m irar las inscripciones sobre las paredes de la
gruta m ientras Pelito ponía la iguana sobre las brasas; el
loro se frotaba las alas dando vueltas alrededor del fuego,
soñando con los restos de la iguana que lo esperaban, su
m anjar favorito. Silvano pasó la luz de la vela sobre la su­
perficie de las rocas. H abía varias capas de inscripciones
obscenas; Silvano se dijo que la gruta debía ser conocida
por todos los chicos del lugar desde siempre. —C uide la
iguana que no se la com a el loro, don Silvano, le dijo Peli­
to, yo voy a pegarme un baño. Se desnudó y se zam bulló
en el Paraná; a los chicos les gusta bañarse cuando cae el
sol. Silvano acercó la vela a un dibujo esculpido sobre la
piedra, una m ujer con las tetas enormes, un hom bre con
un falo más grande que él la penetraba. A Silvano le hizo
gracia. El dibujo estaba firmado, se sacó los im pertinentes
que milagrosamente había guardado en el bolsillo de la ca­
misa y leyó: Silvano U rrutia. Se preguntó si el dibujo era

219
de él o de su hijo'Silvanito. Pero desde el novecientos
veinte no se escribía en la provincia la S en forma de vuelo
de boleadora; el dibujo era de él. Subió la vela hasta la al­
tura de la cara de los protagonistas, el perfil del hombre se
le parecía, no le sorprendió, pero la mujer tenía la cara
de... ¡Arlette! Era Arlette, la misma, hasta el peinado. Pen­
só que deliraba y volvió a guardar los impertinentes en el
bolsillo de la camisa. El loro pegaba chillidos, se había
quemado las últimas plumas que le quedaban en la cola;
Silvano le volcó encima una botella de chimichurri. Se
acercaban unas nubes, se puso a gotear; Pelito salió co­
rriendo del río y le gritó: -¡E n tre a la gruta, don Silvano,
que se va a mojar! El chico se puso las bombachas y en un
segundo entró la iguana a la cueva, ya estaba lista para
hincarle el diente. T enía una cantidad de cosas en un ca­
jón: velas, mecheros, cortaplumas, tijeras y hasta un pon­
cho doblado que le pasó a Silvano. El loro, calculando que
la tormenta siempre produce momentos de distracción en
los seres humanos, aprovechó para treparse al cadáver de
la iguana, aunque se quemara las patas, y comerle la cres­
ta, su parte preferida. Afuera se había desencadenado una
de esas tormentas que arrancaban hasta los ombúes, era
un concierto de truenos y relámpagos. -L o s del corso esta­
rán contentos, don Silvano; y ambos estallaron de risa. Pe-
lito le cortó a Silvano la parte más tierna de la iguana y se
la tendió en la punta de un cuchillo. Silvano se la metió
en la boca y se puso a mascarla lentamente chupando el
jugo; ya no tenía dientes. Detrás del ruido de la lluvia le
pareció escuchar una canción; sería el viento que la traía
desde el corso. Pero no, era una canción francesa y venía
del fondo de la gruta. Escupió la iguana, lo agarró de la
mano a Pelito y lo arrastró a esconderse detrás de la piedra
aferrándose a él. En el fondo de la gruta empezó a apare­

220
cer un arco iris, se le sentía el olor, una especie de Chanel
del siglo pasado. Arlette apareció, idéntica a sí misma, con
la misma boa roja de siempre cantando «A la Bastille on
1'Taime
aime bien NNini
in i peau d' chien; elle est si bonne et si genti-
d’chien;
lle, qu' on 1' aime
qu’on Taime bien, qui c;:a?
5a? N Nini
in i peau d' chien, ooüu c;:a?
d ’chien, 5a?
A la Bastille!». La visión desapareció, Pelito acostó a Silva-
Á Silva­
no sobre el poncho, le cruzó las manos y le cerró los ojos.

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