Está en la página 1de 4

INTERPRETACIONES DEL NAZISMO

III. Fascismo y nazismo

Las razones que dan cuenta de la aparición de regímenes fascistas y la naturaleza de estos movimientos han

suscitado numerosas interpretaciones. A costa de simplificar un debate complejo, los estudios se pueden

clasificar en dos grandes perspectivas: las estructuralistas y las intencionalistas. Las primeras se centran en la

combinación de factores que hicieron posible la emergencia y el éxito de estos nuevos regímenes. En este

grupo se encuentran diferentes corrientes. Entre las más clásicas se distinguen, por un lado, la marxista

ortodoxa, que vinculó al fascismo con la necesidad del gran capital de recurrir a la dictadura política para

garantizar su supervivencia, y por otro la versión que lo presenta como un modo de acceder a la

modernización en aquellos países cuya industrialización había sido tardía, débil o bien muy dependiente de

sectores tradicionales. En el caso alemán se ha insistido mucho en el carácter excepcional de su evolución


histórica (el denominado Sonderweg o camino especial), en la que convivieron estructuras muy arcaicas de

carácter político con otras muy avanzadas en el plano económico. Esta contradicción sería la explicación

básica de la aparición del nazismo alemán.

En un principio, la perspectiva intencionalista se centró en el papel clave de Hitler. El mito de un Hitler

todopoderoso y omnipresente empezó con el fin de la guerra. Las memorias y biografías de generales

alemanes aparecidas en los años cincuenta contribuyeron a representarlo como un hombre sediento de poder

que centralizaba todas las decisiones y que no dejaba margen a la discusión y mucho menos a la

contradicción. Esta narrativa estuvo presente también en la obra de académicos, literatos y cineastas. Hitler

apareció como el único responsable de todos los males de Alemania y de Europa, de las matanzas, los

exterminios y las atrocidades.

La versión historiográfica liberal alemana, dominante en las décadas de 1950 y 1960, se negó a considerar al

nazismo como una expresión del fascismo genérico, especialmente en virtud de la orientación impuesta a la

política exterior nazi y de la instrumentación del genocidio judío. Desde esta versión, las obsesiones

ideológicas de Hitler fueron reconocidas como la causa principal de los rasgos básicos del régimen, signado

por un alto grado de irracionalidad y un marcado sesgo autodestructivo. La barbarie nazi era un caso único y

excepcional. Sin embargo, esta explicación simplificó el problema. El nazismo pasó a ser básicamente

hitlerismo, mientras que el papel del resto de los actores, el de los que colaboraron y el de los que

concedieron, quedaba en las sombras como si hubieran actuado, o bien bajo el influjo del líder carismático o

bien obedeciendo órdenes.

La historiografía más reciente ha buscado estudiar a Hitler como un dirigente producto de su momento y sus
circunstancias históricas, que recibió el apoyo y la admiración de amplísimos sectores al interior de Alemania,
y que además fue visualizado, por las democracias occidentales, durante los primeros años, como un freno

frente al peligro del comunismo, y que también generó expectativas entre quienes lo vieron como una
alternativa viable a la “decadente democracia”. En los mejores trabajos históricos, Hitler no deja de tener un

papel protagónico en el proceso nazi, pero sus ideas, acciones y decisiones no son suficientes para explicar la

dinámica del nazismo.

Entre los politólogos, especialmente en el marco de la Guerra Fría, ganó terreno la categoría de totalitarismo.

Este término fue utilizado en 1923 por Giovanni Amendola, diputado opositor de los fascistas, en un discurso

en el que denunciaba el control impuesto a las diferentes instituciones italianas. Mussolini lo retomó en un
discurso pronunciado en junio de 1925, en el que reivindicaba “la feroz voluntad totalitaria de su régimen”, y

siete años después Giovanni Gentile, teórico fascista, lo desarrolló en el capítulo “Fascismo” de
la Enciclopedia Italiana, en el que aparece como negación del liberalismo político. “El liberalismo negaba al

Estado en beneficio del individuo particular, el fascismo reafirma al Estado como la realidad verdadera del

individuo. (...) Ya que para el fascista todo está en el Estado, y nada humano o de espiritual existe (...) fuera

del Estado. En ese sentido, el fascismo es totalitario”.

En los años treinta el concepto de régimen totalitario fue ganando espacio para designar únicamente los

regímenes fascistas y nazis.

Con el desarrollo de la Guerra Fría, en el bloque occidental se propuso la categoría totalitarismo para definir

tanto al nazifascismo como al régimen soviético. El modelo totalitario permitía presentar políticamente el

régimen estalinista como equivalente del régimen hitleriano y convertir a la democracia liberal en su

contramodelo absoluto. En el bloque comunista se impuso la concepción de la Tercera Internacional, que

definió el fascismo como una reacción de la burguesía ante el derrumbe del capitalismo; en consecuencia, los

regímenes fascistas y nazis están más cerca del bloque occidental que de la urss, ya que el fascismo es una

evolución probable del capitalismo.

El alemán exiliado en Estados Unidos Carl Friedrich fue uno de los principales autores de la definición

universitaria del totalitarismo. En el artículo “The Unique Character of Totalitarian Society”, incluido en la obra
colectiva Totalitarianism, publicada en 1954. Dos años más tarde este autor junto con Zbigniew Brzezinski,

futuro consejero para la Seguridad Nacional del presidente demócrata Jimmy Carter, redactaron la primera
edición de Totalitarian Dictatorship and Autocracy, que definió el régimen totalitario en base a cinco rasgos

claves. En primer lugar la supresión del Estado de derecho con la supresión de la separación de poderes y la

eliminación de la democracia representativa. En segundo lugar, la imposición de una ideología oficial a través

de la censura y la instauración el monopolio estatal sobre los medios de comunicación. En tercer lugar, un

partido único de masas encabezado por un líder carismático. En cuarto lugar, la instrumentación del terror vía
el la instauración de un sistema de campos de concentración destinados al encierro y a la eliminación de los
adversarios políticos y de los grupos definidos como extraños y enemigos de la comunidad nacional que debía

ser homogénea. Por último, un fuerte control de la economía por el Estado.

En la década de 1960 se produjo una profunda renovación en la historiografía de izquierda, que rompe con el

molde economicista del marxismo estructuralista y avanza en el estudio de las conexiones entre las diferentes

dimensiones: política, económica, ideológica, culturales del régimen nazi. Al mismo tiempo se destacan la

limitaciones del concepto de totalitarismo: la identificación de las similitudes más evidentes pasaba por alto las

diferencias entre los regímenes fascistas y los regímenes comunistas, tanto en el plano de la organización

material como en la ideología, en los modos de toma del poder, en la relación con el capitalismo, en las

relaciones entre cada uno de estos regímenes con las diferentes clases sociales. Aunque ambos regímenes,

como proponía la categoría de totalitarismo, debían ser rechazados por el uso sistemático del terror ejercido

por el Estado, la subestimación de diferencias claves impedía avanzar en la explicación de procesos históricos

con marcados contrastes.

Tanto en el campo de la historia como en el de las ciencias sociales son múltiples las perspectivas desde las

que se han propuesto explicaciones del fenómeno fascista. En todos los casos, los estudiosos han combinado

presupuestos teóricos, adhesiones ideológicas y juicios de valor. Y aunque el debate seguirá abierto, los

trabajos historiográficos ofrecen cada vez más la posibilidad de articular contextos e intenciones a través de la

reconstrucción de cada experiencia singular, sin perder de vista los rasgos y procesos compartidos en que se

apoya el concepto de fascismo.

Dos trabajos en los que se pueden rastrear las principales explicaciones: Renzo de Felice, El fascismo. Sus

interpretaciones, y Ian Kershaw, La dictadura nazi. Problemas y perspectivas de interpretación. Sobre el

debate en torno al totalitarismo: Enzo Traverso, El totalitarismo. Historia de un debate.

FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS DE

LA EDUCACIÓN UNLP

ISBN 957 950 34 0658 8