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LO QUE LE DEBEMOS A LOS “INDOCUMENTADOS”

Lo que sigue lo leyó Étienne Balibar en la reunión del 25 de marzo de 1997 en honor de los “Sans-Papiers de Saint-
Bernard”, organizada por la coordinadora de cineastas.
Los “Sans-Papiers de Saint-Bernard” eran un grupo de trescientos extranjeros, hombres, mujeres y niños, principalmente
senegaleses y malíes, que habían iniciado una huelga de hambre para obtener la regularización de su situación en el
recinto de la iglesia de Saint-Bernard, en el distrito 18° de París, después de haber sido desalojados de los locales
abandonados de la SNCF previamente ocupados en la calle Pajol, y que fueron brutalmente expulsados por la policía que
invadió la iglesia, tras romper la puerta con un hacha (agosto de 1996). La mayor parte de ellos, a pesar de las promesas
que se les hicieron, no pudieron obtener su regularización y fueron “conducidos fuera del territorio” por la fuerza. El
movimiento de solidaridad que se desarrolló, desempeñó un importante papel en la movilización contra los proyectos de
agravación de la legislación represiva de la estadía ilegal de extranjeros, evidenciando especialmente los efectos
perversos de las disposiciones que provocan numerosos casos de personas “ni regularizables ni expulsables”, así como la
aplicación restrictiva del “derecho de asilo”.
Nosotros, ciudadanos franceses de todos los sexos, orígenes, profesiones, somos en gran medida deudores de los
“indocumentados”, quienes, rechazando la “clandestinidad” que se les asignaba, han planteado con fuerza la cuestión del
derecho de residencia. Les debemos un triple reconocimiento, que nos confiere algunas responsabilidades.
Les debemos nuestro reconocimiento por haber forzado las barreras de la comunicación, por haberse hecho ver y oír
como lo que son: no fantasmas de delincuencia y de invasión, sino trabajadores, familias a la vez de aquí y de otras
partes, con sus particularismos y la universalidad de su condición de proletarios modernos. Han hecho circular en el
espacio público hechos, cuestiones, incluso contradicciones, en relación con los problemas reales de la inmigración, en
lugar de los estereotipos repetidos por los monopolios que dominan la información. Así nosotros comprendemos mejor
lo que es una democracia: una institución del debate colectivo, pero un debate cuyas condiciones no son jamás
impuestas desde arriba. Siempre es necesario que los interesados conquisten el derecho a la palabra, la visibilidad, la
credibilidad, corriendo el riesgo de la represión. Y ellos lo han hecho con un sereno coraje, desechando las facilidades de
la violencia mediática y del sacrificio, aun cuando su situación es a menudo desesperada.
Les debemos que hayan hecho estallar en pedazos la pretensión de los sucesivos gobiernos de jugar sobre dos tableros:
por un lado, el del “realismo” de la competencia administrativa, de la responsabilidad política (hace falta regular los flujos
de población, mantener el orden público, asegurar “la integración” de los inmigrantes legales…); por el otro, el de la
propaganda nacionalista y electoralista (designar chivos emisarios para culparlos por la inseguridad, proyectar el temor
de la pobreza masiva en el espacio fantasmático de los conflictos de identidad). Los indocumentados han demostrado
que su régimen de ilegalidad no era reformado por el Estado, sino creado por él. Han demostrado que esta producción de
ilegalidad, destinada luego a la manipulación política, no podía hacerse sin constantes agresiones a los derechos civiles
(en particular a la seguridad de las personas, que va desde la no-retroactividad de las leyes hasta el respeto por la
dignidad y la integridad física) y sin constantes compromisos con el neo-fascismo y con los hombres que lo propagan. Así
han puesto a la luz uno de los principales mecanismos para la extensión del racismo institucional, tendiente a crear una
especie de apartheid europeo, asociando una legislación de excepción y la difusión de ideologías discriminatorias. Pero
han mostrado también cómo resistir a este círculo vicioso, restableciendo la verdad sobre la historia y la condición
humana, ofreciéndose a la mediación y a la negociación sobre sus intereses, abriendo paso a la universalidad de sus
derechos y al aporte de sus culturas.
Por fin, les debemos (también a otros, como los huelguistas de diciembre de 1995) el haber recreado entre nosotros la
ciudadanía, en cuanto que ella no es una institución o un estatus, sino una práctica colectiva. Lo han hecho por sí mismos,
y así han mostrado que no es necesario ser nacional para contribuir de manera responsable a la vida de la ciudad, y
también han suscitado nuevas formas de militancia yhan renovado otras antiguas. Ahora bien, la militancia, si bien no es
el todo de la ciudadanía activa, es claramente uno de sus componentes indispensables. No se podría deplorar la apatía
democrática y a la vez desatender la significación de las recientes movilizaciones en torno a los derechos de los
extranjeros residentes en el territorio francés (y más generalmente, europeo). Ellos han contribuido así a dar a la
actividad política esa dimensión transnacional de la cual tenemos tanta necesidad para abrir perspectivas de
transformación social y de civilidad en la era de la mundialización. Y, por ejemplo, comenzar a democratizar las
instituciones policiales y de fronteras.
Así, los indocumentados, “excluidos” entre los “excluidos” (y, por cierto, no son los únicos), han dejado de figurar
simplemente como víctimas, para convertirse en actores de la política democrática. Ellos nos ayudan poderosamente, por
su resistencia y su imaginación, a darle nueva vida. Bien les debemos este reconocimiento, y además de decirlo, compro-
meternos cada vez en mayor número a su lado, hasta que se les haga justicia.