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EL ALMA DE

CERVANTES
Francisco Martín Arrabal
EL ALMA DE CERVANTES
£ L ALMA

DE I N E R V A N T E S

Espíritu ‘moral y religioso


reflejado en su vida y en sus obras

POR

F R A N C IS C O M A R T ÍN A R R A B A L

M A D R ID
L I B R E R Í A DE LUIS SANTOS
Sucesor de Cuesta
Carretas, 9
1929
OBRAS DEL MISMO AUTOR

A rchivos españoles.
E l Almirantazgo.
A través del Quijote.
L as maravillas de la fotografía.

EN PREPARACIÓN

Páginas de antaño. (L eyen das y curio­


sidades históricas.)
I NDI CE
Páginas.

P r ó l o g o ..................................................... ix
Cervantes.— Su vida......................... 1
Cervantes.—Sus obras..................... 25
Las novelas ejemplares.................. 63
La Gitanilla........................................ 67
Rinconete y Cortadillo......~'.V........ 71
La española inglesa......................... 73
La fuerza de la sangre.................... 75
El celoso extremeño........................ 77
L a ilustre fregona............................. 79
Las dos donceillas............................. 81
Coloquio de los perros..................... 84
Persiles y Sigismunda..................... 88
PR O LO G O
PROLO GO

L ector a m a b le : quienquiera que tá


seas, si algún día llegan a tus manos
estas páginas m al hilvanadas, com o es­
critas por tosca y torpe plum a, te ruego
antes de nada un poco de indulgencia
para el que, falto de m achas con dicio­
nes y acaso llevado por m al aconsejada
afición, tiene el atrevimiento de dar a la
estam pa este desaliñado trabajo, cuyo
desarrollo debiera dejar a plumas m ejor
cortadas.
H ace algún tiem po te ofrecí un opúscu­
lo análogo al presente, en un folleto ti­
tulado A través cíe] Quijote; y hoy, no
arrepentido aún de aqu el p eca d o i vuel­
vo a incurrir en la misma ja ita : en la de
poner en tus m anos este otro intento li­
terario, cuya ventaja sobre aqu él es úni­
cam ente la de ser m enos ■extenso.
H e sentido siem pre gran apasionam ien­
to, obsesión diría m ejor, por todo lo que
a Cervantes se refiere, y en particular,
¡y cóm o n o !, por el Quijote, obra cumbre
de la literatura universal, libro el más
am eno del m undo, que ha dicho el señor
Rodríguez M arín; el único que se lee
una Vez y otra, y ciento, y siem pre con
interés creciente, según B en ot; creación
la m ás portentosa del ingenio hum ano,
que dijo D. Jo s é E ch eg aray ; Verdadera
ep op ey a de la H um anidad, que ha di­
cho L eón M ain es; breviario eterno de la
risa, que dijo M enéndez P e la y o ; con cep­
ción gigantesca d el ingenio de Cervantes,
que ha dicho un Padre de la Ig lesia ; Bi­
blia festiva y profana de la H um anidad,
com o lo designó D. Jo s é María A sensio,
cuyas páginas están llenas de pensam ien­
tos nobles y elevados, de m oral sana y
agradable que se respira por toda la
obra, y del que alguien ha podido decir
tam bién que es un libro divino que d e -
hiera leerse cotidianam ente, porque siem ­
pre se encuentra en él algo nueüo que
aprender, y, sin em bargo, ¡cuántos es-
pañoles hay que no lo co n o cen ; cuántos
los que han h echo intención de leerlo y ,
después de grandes esfuerzos, no han p a­
sado nunca del prim er capítulo, por aver­
sión a su lectura, y cuántos tam bién los
qu e, diciendo que lo han leído, lo h a­
brán acaso üisto por el forro, pero asegu­
ran que lo leyeron porque se avergüen­
zan de negarlo! Y P ereda, el insigne P e­
reda, abundando en esta m ism a opinión,
dice que los nom bres de Don Quijote y
d e Sancho Panza, aunque muy popula­
res, generalm ente no son conocidos m ás
que de oíd as, y es que las figuras princi­
pales de la obra no han muerto ni jam ás
morirán, las vem os constantem ente en la
calle y son conocidas aun por aquellos
que jam as la ley eron ; vese un hom bre
alto y enjuto, y todos d ic e n : «/Don Qui­
joteF»; vese, por el contrario, otro bajo
y rechoncho, y todos reconocen en él a
Sanchg P an za; se Ve un caballo éécúa-
lido y fam élico , y todos se acuerdan de
R ocinante, T ales m otivos m e traen a la
m em oria lo que en cierta ocasión oí re­
ferir al sabio académ ico y cervantista se­
ñor Rodríguez Marín, y era que D. E uge­
nio Silüeiat apasionado y entusiasta ad ­
m irador tam bién de Cervantes, decía qvc
ni por kom bre de bien tenía a quienes,
habien do seguido una carrera científica o
literaria, no hubiesen leído el Quijote y
las N oüelas ejem plares de Cervantes.
O bjeto único de nuestro trabajo es d e ­
mostrar que M iguel de Cervantes SaaVe-
dra, e l autor del Quijote y de Calatea,
fu é en todo tiem po y por todos conceptos
hom bre de sentimientos generosos, que
practicaba com o pocos la religión y la
m oral; el altruismo era en él cosa fre­
cu en te; espíritu siem pre dispuesto al
bien, no supo nunca hacer daño a nadie,
y en su p ech o no tuvo albergue jam ás ni
la envidia ni el rencor, y con datos entre­
sacados de su vida y de sus obras üamos
a dem ostrar, en contraposición con lo
expuesto por algunos comentaristas y
biógrafos suyos, que fu é hom bre lionm-
do y m oral a toda prueba, al par que in­
fatigable y fervoroso católico.
A ti te ofrezco, pues, querido lector,
este folleto„ seguro de qu e, por ser de p o­
cas páginas, habrás de leer del princi­
pio al c a b o ; si tienes paciencia para ello
y m e concedes, com o he dicho, un tan­
tico de indulgencia, yo te prom eto en
cam bio dejar reposar en paz y para siem ­
pre los restos de Cervantes en su tumba
de las Trinitarias y no m eterm e más en
libros de caballerías (1 ).

(1) Existen opiniones contradictorias respecto al lu­


gar donde reposan los restos de Cervantes, no faltan­
do quien crea que fué enterrado en la fosa común;
pero la opinión más acertada, a nuestro modo de ver,
es la del académico de la Española Marqués de Mo-
lins, quien, encargado por tan ilustre Corporación de
indagar cuanto a ello se refiere, vino a demostrar,
después de prolijos trabajos, qué fué enterrado en
el Convento de las Monjas Trinitarias, sito en la an­
tigua calle de Cantarranas, hoy de Lope de Vega,
cuyo acto tuvo lugar el sábado 23 de abril de 1616.
C E R V A N T E S— SU VIDA.
Algunos comentaristas del Quijote afir­
man de manera categórica que Cervan­
tes, en materia religiosa, era el espíritu
más abandonado de su época, y comen­
tando así su obra pretenden demostrar
que el pensamiento que le guiara no era,
como generalmente se cree, el combatir
y ridiculizar los libros de caballerías, para
de este modo hacerlos desterrar como li­
teratura inmoral y venenosa, llegando a
suponer que todo esto no era más que un
disfraz de que tuvo que valerse, por no
serle permitido, en aquella época tiráni­
ca de inquisición y absolutismo, desen­
mascarar el magno ideal de su inimita­
ble y portentosa obra.
Algunos otros intérpretes del Quijote
dicen que no era sólo la detestación de
los libros de caballerías, ni el corregir
las costumbres y los vicios de la socie­
dad lo que Cervantes se propusiera, sino
que su tendencia era emancipar a Espa­
ña de la doble tiranía monárquica y re­
ligiosa (I). ¿Pero es <3ue Cervantes había
de discrepar de lo que todos en su tiem­
po creían y respetaban en el fondo de
su alma?
Lejos de todo esto, nosotros, por el
contrario, sin pretensiones, que nunca las
tuvimos, para interpretar ni comentar
ninguna de las obras de Cervantes, por
carecer de dotes para ello, creemos que
el verdadero fin que persiguiera no era
otro, como decía, que poner en aborreci­
miento de los hombres las supersticiosas
y.fingidas historias de los libros de ca­
ballerías, tan contrarias a la moral y tan
llenas de tantos y ban desaforados dispa­
rates y de tan absurdas aventuras, y po­
niendo en ridículo las inverosímiles y
desatinadas hazañas que compusiera el

(1J Polinous.
famoso Feliciano de Silva y las que lle­
varan a cabo los Palmerin, de Inglaterra;
Belianis, de Grecia, y los Galaor y Ama-
dis, de Gaula, trata de desterrar de este
modo tan funestas y destructoras lectu­
ras, y no cabe duda que lo consigue, por
cuanto es cierto que fueron relegados al
olvido y después del Quijote no han vuel­
to a escribirse en España libros de caba­
llerías, aunque sí se reimprimieron como
curiosidad literaria los ya existentes, cosa
que no lograron Hombres tan sabios y
eminentes en literatura como los Vives,
Venegas, Arias Montano y otros mu­
chos que a tal fin dirigieron todos sus
esfuerzos.
Es fama que la familia de Cervantes
fue siempre devota y religiosa, como lo
demuestra el que sus hermanas doña Lui­
sa (!) y doña Magdalena entraron de re­
ligiosas en un convento, y más tarde su

(1) Doña Luisa profesó en el convento de la. ima­


gen ele Alcalá de Henares, eit donde se dice que llegó
a ser Vicaria. ■
hija Isabel profesara en el de las Tri­
nitarias, de Madrid.
Miguel de Cervantes, a quien alguien
equivocadamente ha tildado de antimo­
nárquico y librepensador, fue, por el con­
trario, hombre que demostró siempre
grandes respetos a la religión y a la mo­
narquía ; fué de grandes y nobilísimos
ideales y de concepto moral nruy eleva­
do. Así lo demostró en todos los actos
de su vida y en todos los pasajes de
sus obras. Pruebas irrefutables de todo
ello las vemos claramente en el capítu­
lo X X IV de la segunda parte de su in­
comparable libro : «Porque no hay otra
cosa en la tierra más honrada ni de más
provecho— decía Don Quijote—que ser­
vir a Dios prim eram ente y luego a su
R ey y señor natural.»
Pero no es sólo en sus obras donde
Cervantes diera repetidas pruebas de ver­
dadero cristiano ; antes de darlas a la es­
tampa dióse a conocer como cristiano
viejo y sincero. Navegando en la M ar­
quesa de Santo Prieto, y ya en aguas de
Lepanto, cu<ando estaba a punto de en­
trar en combate, en aquel combate que
jamás vieron los siglos pasados, los pre­
sentes, ni esperan ver los venideros, ge­
mía Cervantes postrado con unas calen­
turas que le dispensaban de todo servi­
cio ; pero él, sin embargo, llegada la hora,
se olvida de la fiebre que le atormenta,
abandona su reposo y sube a la cubierta
de su galera para ocupar uno de los
puestos de mayor peligro, en donde dice
que quiere morir defendiendo a su Dios
y a su R e y , y, con efecto, de allí a poco
recibió dos arcabuzazos en el pecho y
uno en la mano izquierda, que le deja­
ron fuera de combate y manco para siem­
pre, manquedad gloriosa que le honra y
enaltece por haberla ganado en la más
alta ocasión que vieron los siglos.
Más tarde, en Argel, dio también re­
petidas pruebas de un ejemplo sin igual,
de una nobleza de alma nunca vista.
Allí—dice el P. Jiménez Campaña—llegó
al heroísmo de la caridad cristiana, que­
riendo sufrir él solo los castigos de una
culpa noble que era común a todos sus
compañeros de cautiverio, cuando inten­
tó la fuga y quiso alzarse con Argel,
espantoso cautiverio— dice el Arzobispo,
D. Antolín López Peláez— , que hacía
más duro a cada tentativa de romperle.
Todas sus desventuras las soportó siem­
pre con santa paciencia y con resigna­
ción heroica y cristiana, y jamás, viéndo­
se vencido y maltrecho, se rebeló contra
su desventura ni dio voces impías contra
Dios. Constantemente, y llevado por la
pureza de su alma, se le veía combinar
planes generosos, exponiendo su vida en
diferentes ocasiones para salvar las de
sus compañeros de cautiverio, y siempre
encaminando sus esfuerzos a alentar a
los renegados, que tanto abundaban por
entonces en Argel, para que volviesen a
sus antiguas creencias, cobardemente
abandonadas. Allí fué, pues, donde
aprendió a tener paciencia en las adver­
sidades ; allí—dice Navarro Ledesma—
«es donde muestra mejor que en ningún
otro lugar ni ocasión de su vida el tem-
pie de 3u alma» ; allí se muestra super­
hombre, como se mostrara en Lepanto y
como se mostrara en todos los actos de su
azarosa y agitada vida, y sobre todo en
los supremos instantes de su muerte* cir­
cunstancias por las cuáles no ha faltado
quien lo incluya en el catálogo de los
santos de la humanidad.
Entre tantos desengaños, miserias y
privaciones que sufriera durante toda su
vida, singularmente durante su largo y
triste cautiverio en Argel, hasta el punto
de ser, como dice Benot, una especie de
rigor de las desdichas, nunca se le oyó,
sin embargo, ni una palabra mal sonan­
te ni exhalar la más pequeña queja como
protesta a tantas desventuras.
En cuanto a que la pobreza y la mise­
ria fueron siempre sus constantes com­
pañeras, nos lo dicen también aquellos
versos tan conocidos :
Y Cervantes no cenó
•cuando concluyó el Quijote;

y él mismo, por boca de Maese Nicolás,


el Barbero, declara que el autor de Ga-
latea fué más versado en desdichas que
en versos, y en la dedicatoria de la se­
gunda parte dice por su propia boca que
sobre estar enjerm o estoy muy sin di­
neros. Practicaba siempre con humildad
la cristiana virtud—dice Fernández Gue­
rra— , y sobrellevaba con regocijo la san­
ta pobreza; era, en fin, hombre, como
afirma Rodríguez Marín, limado y suavi­
zado en el asperón de la desgracia, y el
Arzobispo López Peláez dice que los tra­
bajos que sufrió fueron más admirables
que los que hizo con su pluma, excedien­
do sus obras de virtudes a sus obras lite­
rarias.
Por los años de 1598, y hallándose en
Sevilla, tomó parte en un certamen lite­
rario que se celebró en Zaragoza, con
motivo de la canonización de San Ja­
cinto. Cervantes envió una glosa en ala­
banza del santo, glosa que obtuvo el pri­
mer premio (1), y por entonces fué tam­
a l Entre los lroiHos de Cervantes hay muchas? can­
ciones religiosas. Hemos visto una dedicada a San
bien cuando compuso su tan renombrado
soneto al túmulo erigido en lia Catedral
de Sevilla con ocasión de las exequias de
Felipe II, soneto del que se mostró siem­
pre orgulloso, porque, en su opinión, fue
lo mejor que saliera de su privilegiada
pluma. Y a lo dice en su Viaje d el Par-
n aso:

Yo el soneto compuse que así empieza,


por honra, principal de mis escritos.
¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza (1)
y que -diera ■un doM6n por describilla!
Porque ¿a quién no soi*prende y m aravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
P o r Jesucristo vivo, cad a pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure >un siglo, o gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y grandeza.
Apostaré que el ánim a del muerto
por gozar este sitio 'boy toa dejado
da gloria donde vive eternamente.

Diego, otra a lii Resurrección de Cristo y varias a


Jesús Sacramentado.
(1) Hasta aquí en su Viaje del Parnaso; pero nos­
otros copiamos íntegro el soneto para solaz y entre­
tenimiento do nuestros lectores.
Esto oyó un valentón, y d ijo : «Es cierto
cuanto dice voapé, señor soldado,
y el que- dijere lo contrario, miente.»
Y luego, iíi continente,
caló el ch-apeo (1), requirió la espada,
miró al soslayo, fu ése, y no hubo nada.

Más tarde tomó parte, con algunas


composiciones suyas, en otro certamen
que se celebró en Madrid con motivo de
la beatificación de la muy insigne espa­
ñola Santa Teresa de Jesús, Teresa de
Ahumada, que así se llamaba en el mun­
do, y que es una de las figuras más her­
mosa y simpática de nuestra historia, y
de quien se cree que es aquel hermoso
soneto dedicado a Cristo, que dice a s í :

No me mueve, mi Dios, p ara quererte (2)


el cielo que (me tienes prometido,
■ni me mueve el infierno t<an temido
par-a 'dejar, por eso, de ofenderte.

(1) Viaje del Parnaso:


nYo he abierto en mis Novelas un camino
por do la lengua castellana puede
mostrar con propiedad nn desatino.»
(2) Tío falta quien atribuya este soneto a Han Fran­
cisco Javier.
Tú me mueves, Señor; muéveme al verte
clavado -en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte-.
Muéveme, al fin, tu amor, y en tal m anera,
que aunque no hubiera cielo, yo te am ara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero na esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera.

Este soneto, tan lleno de unción reli­


giosa, nos recuerda lo que decía Sancho
a su amo en el capítulo X X X I de la pri­
mera parte : «Con esa manera de amor he
oído yo predicar que se ha de amar a
Nuestro -Señor por sí solo, sin que nos
mueüa esperanza de gloria o tem or de
pena.» ¿Alude acaso Cervantes con esto
al soneto de Santa Teresa? Tal vez sí, y
perdónesenos nuestro atrevimiento, que
no pretendemos ni está en nuestro áni­
mo hacer nuevas interpretaciones del
Quijote, que, como dice D. José María
Asen sio t el Quijote no necesita interpre­
taciones, porque es tan claro— dice San­
són Carrasco-—, que hasta los niños lo
entienden ; pero esto no obstante, puesto
en ello, no faltarán intérpretes que pue­
dan sacar consecuencias más acertadas
que la nuestra (1).
También tomó parte—dice Fernández
Guerra—en un concurso que se abrió en
1609 entre los hermanos de la Santa
Hermandad de Esclavos del Santísimo
Sacramento para que hiciesen versos en
alabanza del Santísimo, Para este santo
fin fueron elegidos tres hermanos escla­
vos, un teólogo, un religioso Trinitario
y Miguel de Cervantes,
Todo lo hasta aquí expuesto tiende a
demostrar que Cervantes, como caba­
llero cristiano, el más cristiano, más ca­
tólico y patriótico de los escritores espa­
ñoles de su siglo, no pudo nunca dar a
ninguna de sus obras una intención reñi­
da con la moral* ni con los sentimientos
religiosos que abrigaba, y así lo hace

(l) El celobrado benedictino Fr. Martin Sarmiento,


en su obra Noticias de lo verdadera patria üe Miguel
efe Cervantes, aconseja la necesidad de comentar el
Quijote, a ñn de sacar de él el mayor fruto posible.
constar en el prólogo de sus Novelas :
«que mi intente—dice—consiste sólo en
que estas novelas mías sírvan de entre­
tenimiento sin daño del alma ni del
cuerpo».
Como Alonso Fernández de Avellane­
da, en su falso Quijotef se desatara en
improperios contra Cervantes, llamándo­
le, entre otras cosas, envidioso, Cervan­
tes contestó a todos ellos, y en respuesta
a lo de envidioso le decía que de los dos
géneros que hay de envidia, sólo cono­
cía ia la santa, á la noble y bien inten­
cionada, porque de la otra decía que es
«raíz de infinitos males y carcoma de las
virtudes, que no trae consigo sino dis­
gustos, rencores y rabias». Es la más
perversa de todas las pasiones, y por boca
de Sancho decía que no puede caber vir­
tud donde ella reine.
Fué, como dice Balart, «conjunto ex­
traordinario de facultades singulares y de
virtudes heroicas», de noble y generoso
corazón, de puros y sanos sentimientos,
envidiado más que envidioso, no guar­
dó nunca en su pecho odio para nadie ;
tuvo muchos detractores y discutidores
de sus obras, pero para ninguno guardó
jamás rencor ni empleó palabras descom­
puestas ; a las ofensas contestaba siem­
pre con la mayor templanza, y cuando
todos creían que a los improperios de Fer­
nández de Avellaneda opondría otros im­
properios* dijo que no había de dar a na­
die este contento ; que «puesto que los
agravios despiertan la cólera en los más
humildes pechos, en el mío— dice—ha de
padecer excepción esta regla ; castigúe­
le su pecado, y con su pan se lo coma, y
si por ventura llegares a conocerle* dile
de mi parte que no me tengo por agra­
viado, que bien sé lo que son tentaciones
del demonio».
Otro día, el que en un tiempo fuera
grande amigo suyo, el insigne Lope de
Vega, por ciertas rivalidades, arrecia
contra él, y le trata dura y despiadada­
mente en aquellos versos que dicen a s í;
Don Quijo-te de la Mancha
(perdone Dios a Cervantes)
fué de los extravagantes.

Y Cervantes, por el contrario, en su Via-


je del Parnaso, decía de Lope :
Llovió otra nube al gran Lope de Vega,
poeta insigne, a cuyo verso o prosa
ninguno le aventaja, ni aun le llega.
En la réplica de Cervantes a los im­
properios e injurias del falso Avellane­
da y a los atrevidos conceptos de Lope
de Vega es donde más se nota, donde
más se palpa y advierte la grandeza de
su corazón y la hermosura y temple de
su alma. Hombre de moral intachable,
de eminente moral cristiana, jamás dio
entrada en su pecho a ninguno de los pe­
cados capitales. No tuvo odio para na­
die, a pesar de las continuas vejaciones
que sufriera de unos y de otros y hasta
de su propia familia. Decía que la ingra­
titud es el pecado que más a Dios ofen­
de ; que el agradecimiento es la cualidad
del alma que más en estima tenía, por
ser la más excelsa de todas las virtudes,
3
porque de gente bien nacida es agradecer
los beneficios que recibe, y que el peca­
do mayor del hombre no es el de la so-
berbia, como generalmente se cree, sino
el de la ingratitud, ateniéndose a que de
desagradecidos está el infierno lleno: y a
par de esto decía por boca de Don Qui­
jote f refiriéndose a los banquetes con que
fueron obsequiados en casa de los Du­
ques amo y escudero, que las obligacio­
nes de las recompensas de los beneficios
y mercedes recibidas son ataduras que no
dejan campear el ánimo libre. ((Ventu­
roso aquel—decía—a quien el cielo dio
un pedazo de pan sin que le quede obli-
í?acíón de agradecerlo a otro que al mismo
cielo.))
Practicaba la religión con actos públi­
cos y pertenecía a muchas congregacio­
nes religiosas, entre eílas a la establecida
en el Oratorio del Olivar, 'de esta corte,
y a la muy venerable Orden Tercera de
'San Francisco, y durante mucho tiempo
Fue socorrido con la pensión que le se­
ñalara el inquisidor general, Cardenal
Arzobispo de Toledo, D. Bernardo de
Sandoval y Rojas (1).
Los horribles desacatos cometidos en
Inglaterra en 1607 contra el Augusto Sa­
cramento de la Eucaristía, por el fana­
tismo luterano, hizo renacer en España,
en desagravio de tan lamentables y sa­
crilegos hechos y con mayor fe y entu­
siasmo aún que lo fuera en el comienzo
del siglo anterior (2), el culto y adoración

íl) Don Bernardo ríe Sandoval y liólas, nombre gra­


to, dice el Marqués de Molins, a filien trata cnsaf?
de Cervantes.
(2) Tin Píelo antes de los hechos referidos floreció
en España una ilustre flmna que lo era de la líeina
TVifin. Isabel la Católica, bija del Almirante de Cas­
tilla P. Alfonso Enrimiez, casada con el Comendador
Mayor de T.-ertn, D, Gutierre?: do Cárdenas. Esta se­
ñora- practicaba de tn.1 manera. In religión de Cristo
v eran tantas las limosna? que constantemente repar­
tía entre los pobres, que .de todos era conocida por
el nombre de dmm Teresa Enriquez la Santa, Muerto
sn marido, dedir<5 todos sus esfuerzos y toda su vo­
luntad a Jesús Sacramentado. y tan extremado amor
era el suyo el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, ■
que Ugró a fundar en "Roma, en la iglesia de San
Loren 7.0 in Dámaso—dice el R. P. Constantino Bayle,
de la Compañía de Jesús—una capilla dedicada al San­
tísimo Sacramento, y a su iniciativa se debieron des­
pués toñas las cofradías instituidas en España, y por
su acendrado amor al Divino Sacramento, el Papa Ju-
al Santísimo Sacramento, fundándose en
Madrid la Hermandad—dice Fernández
Guerra—de Esclavos del Santísimo Sa­
cramento. Aprobadas las ordenanzas por
las cuales había de regirse dicha cristia­
na institución, pronto se vieron inscriptos
en ella desde lo más lucido y noble a lo
más humilde de la población de Madrid.
Cuatro meses contaba de existencia la
Hermandad — dice ~ cuando ingresó en
ella Miguel de Cervantes, suscribiendo él
mismo de su puño y letra la siguiente
inscripción :
R eciuióse en esta Santa H erm andad,
por esclaüo del Sm. Sacram ento, a Mi­
guel de Cerbantes, y dixo guardaría sus
santas constituciones, y lo firmó en Md. a
17 de abril de 1609.—E sclavo del Sm. S a ­
cram ento, M iguel de Cerbantes.

lío II noncedió nopiosas Indulgencias a todas las co­


fradías fundadas por rinñft Teresa, apellidando a ésta,
c-on tal Tnotlvo, oon el glorioso nombre de La Loca del
S acra 7i ¡f ‘¡¡lo.
Por ir'i nativa dr> doña '[Yrraa-iififi.de el P. Bnyle—
sí? cstFiUlRció en líspn,ña la costumbre da tañer por
las calles, al anochecer, la campanilla para que re­
zasen por las ánimas del Purgatorio,
Por aquellos días entró a formar parte
de dicha Santa Hermandad eí Beato Si­
món de Rojas, y más tarde figuró también
como inscripto en la misma O. Francisco
de Quevedo y Villegas, gran amigo de
Cervantes. —
Dentro de la Santa Hermandad de Es­
clavos del Santísimo Sacramento fué Cer­
vantes uno de los que con más empeño
trabajaron en pro del engrandecimiento
de la misma y el que con mayor interés
contribuyó para pedir al Monarca que re­
cabase de Su Santidad que en España y
en toda la cristiandad se celebrara con
suma devoción y pompa la fiesta de San
José.
Después de todo lo consignado, ¿es po­
sible que Cervantes, por las circunstan­
cias especiales de los tiempos, como dicen
algunos, tuviera que demostrar sentimien­
tos opuestos a los que su alma sintiera?
No, seguramente que no. En su anchu­
rosa frente, en su frente lisa y d esem b a ­
razada, que dice en el prólogo de sus
Novelas, resplandecieron siempre los más
puros destellos de honrada nobleza, y sus
hechos y su pluma jamás supieron fingir,
dijeron siempre la verdad; que la men­
tira y el engaño no pueden estar ocultos
mucho tiempo y perjudica más al que lo
practica que al que lo escucha. Va io
dijo él mismo por boca de la Cañizares,
aquella íamosa bruja y hechicera de Mon-
tiíia (I), amiga y discípula de la Cama-
cha, uque la ■santidad fingida no hace
daño a ningún tercero$ sino al que la usa)).
Y por último, y cuando por su edad
avanzada no estaba ya, como dice, para
burlarse con ía otra vida, escribe su P er-
siles, novela septentrional, como la ape­
llidan algunos; púlpito teológico, como
la llama Gamero, para ponerse en co­
municación con Dios y su ciencia; y en
su postrera hora, cuando se encuentra en
los umbrales de la eternidad y la vida
se le acaba, pide los auxilios espirituales
de la Iglesia, y es ungido con el Sacra-

(l) Dicese que Cervantes estuvo en Montilla por los


años 1592 como alcabalero de S. M.
mentó de ia Extremaunción, y deja or­
denado en su testamento que se le digan
dos misas en sufragio de su alma.
Conforme, pues, y dejado ya sentado
como queda, de manera ciara y rotunda,
que fue siempre hombre escrupulosamen­
te católico, hombre de moral sincera y
fiel cumplidor de la iglesia, cual pudiera
serlo el más devoto cristiano, pasamos a
sus obras, y en e-llas se ve igualmente re­
flejado el mismo espíritu moral y religio­
so que adornara su alma, siendo propen­
sión constante en él, propensión que casi
le dominaba, la de zaherir con su pluma
todos los vicios de la humanidad que no
se ajustaran a los más severos principios
de moral y religión, dando así, por lo
tanto, un solemne mentís a todos aque­
llos que, ya de una manena, ya de otra,
le juzgaran, en materia religiosa, como
el más escéptico de su tiempo.
Resultado : que su catolicismo no era
simulado ni fingido, era el fiel reflejo de
su propia conciencia, nos lo prueba el
testimonio de sus contemporáneos, Fran­
cisco de Urbina le llamó insigne y cris­
tiano ingenio de nuestros tiem pos, y así
le apellidó también otro contemporáneo,
Luis Francisco Calderón, y Quevedo, su
amigo predilecto—dice Américo Cas­
tro— , decía de él que merecía ser leído
con temor y reverencia, y más tarde, un
escritor biógrafo suyo, cuyo nombre sen­
timos no recordar, patentizando este mis­
mo concepto de Cervantes, decía que los
últimos instantes del inmortal ingenio
fueron superiores a sus obras.
En cuanto a sus escritos, y sobre todo
al Quijote, su obra famosa, la que le hi­
ciera inmortal y por la que mereciera
después el título de Príncipe de los Inge­
nios españoles, hallamos en ellos a cada
paso trozos harto demostrativos de que
su autor era hombre eminentemente de­
voto y religioso, y con datos entresacados
de los mismos se prueba más que de otra
manena la fe religiosa y el generoso al­
truismo de Cervantes.
Véanse las pruebas :
CERVAN TES.—SUS OBRAS
Dichosa edad y siglo dichoso aquel en
que Cervantes concibiera y diera a la es­
tampa su tan famosa y renombrada obra
que escribiera para gloria suya, encanto
de la Humanidad y honra de su patria,
y destinada, según éi mismo afirma, a
hacer desaparecer por completo y para
siempre los funestos y detestables libros
de caballerías, literatura inmoral y des­
tructora, pero que gustaba tanto y era
tan celebrada que corría de mano en ma­
no, desde las más humildes a las más
elevadas, con grandísimo contento y rego­
cijo de todos.
Cerrantes quiere acabar con aquellos
libros que tan corrompidas traían las cos­
tumbres de la época, y para ello escribe
otro libro más de caballería, para de
este modo, y por medio del ridículo, ha­
cer que desaparecieran, y el héroe de que
se vale es Don Quijote, que, impacien­
te un día por deshacer todos los agravios
y enmendar todas las sinrazones que en
el mundo hubiera, se dió priesa a poner
en práctica lo que deseaba., que no era
otra cosa que el bienestar de la Huma­
nidad, y, con efecto, sale de su casa una
mañana del caluroso mes de julio y em­
pieza a caminar por los anchurosos y co­
nocidos campos de Montiel, dispuesto a
enderezar todos los entuertos que a su
paso hallara. Es Alonso Quijanó el Bue­
no, que este es el verdadero nombre del
paladín manchego protagonista de la fá­
bula, hidalgo por excelencia, defensor
de la justicia atropellada, de constancia
y voluntad tan firme como no hubo otro
que le igualase, y su fortaleza y heroís­
mo llegó donde no pudo llegar jamás el
de ningún otro caballero. El sólo bastó­
se para hacer frente en fiera y desigual
batalla a un numeroso ejército de treinta
o más desaforados y descomunales gi~
gantes. Cierto es que fueron aventuras
de las que hubo de salir muy mal parado ;
pero no fué culpa suya, sino de los ma­
los y envidiosos encantadores, que todo
se lo truecan y se lo cambian, y que lo
que él tomara por formidables ejércitos
resultasen después manadas de tranqui­
las y pacíficas ovejas y molinos de viento
los gigantes; pero él decía que todas
eran buenas guerras porque redundaban
en gran servicio de D ios, por quitar tan
mala simiente de sobre la faz de la tie­
rra, y es que en medio de su locura con­
servaba incólume en su corazón el santo
temor a Dios.
Hombre de sentimientos sanos, pelea­
ba siempre en prosecución del bien, pe­
leaba por su ideal, peleaba en defensa
de la verdad y de la religión, y, a su jui­
cio, eran todas y cada una de ellas causa
bastante para acometer, como lo hacía,
las más atrevidas y descabelladas aven­
turas, porque es la tal historia— dice San­
són Carrasco, refiriéndose a la primera
parte de la misma— ttdel más gustoso y
menos perjudicial entretenimiento que
hasta ahora se haya visto, porque en toda
ella no se descubre ni por semejas una
palabra deshonesta ni un pensamiento
menos que católico)).
Doliéndose un día Sancho de cuanto
contra él pudiera haber dicho el sabio
historiador de las hazañas de Don Quijo­
te y su escudero, que se decía que anda­
ban impresas y en estampas, afirmaba
que, aun cuando otra cosa no tuviese
sino el creer, como creo, firme y verda­
deramente en Dios y en todo aquello que
tiene y cree la Santa Iglesia Católica Ro­
mana, y el ser enemigo mortal, como lo
soy, de los judíos, debían los historiado­
res tener misericordia de mí y tratarme
bien en sus escritos, pues a fe de bueno
que no he dicho mal de ningún encan­
tador.
Es nuestro hidalgo caballero católico,
de quien dice el gran poeta Turguenefz
que no hay en él rastro alguno de egoís­
mo, todo en él es sacrificio y no piensa
más que en practicar el bien. Su prime­
ra hazaña, su primera aventura, el pri­
mer entuerto que se apresta a enderezar
apenas fué armado caballero, fué el del
pobre Andresillo, que, amarrado a una
encina y desnudo de medio cuerpo arri­
ba, era azotado cruelmente por su amo
Juan Haldudo. Don Quijote, para quien
el menesteroso y el oprimido—dice Be-
not— fueron siempre cosas sagradas, tra­
ta libertarle de tan despiadadas manos ;
pero Haldudo, en vez de pagar a su
criado la doble soldada que prometiera,
se la dio por duplicado en nuevos y re­
petidos azotes tan pronto como Don Qui­
jote desapareciera de aquel lugar.
En la aventura del cuerpo muerto es
donde hace Don Quijote la declaración
más terminante de su fe religiosa. «Yo en ­
tiendo— dice a Sancho— que quedo d es­
com ulgado por haber puesto las m anos
violentam ente en cosa sagrada, aunque
sé bien que no puse las manos, sino este
lanzón, cuanto más que yo no pensé que
ofendía a sacerdotes ni a cosas de la ígle-
sia, a quien respeto y adoro com o católi­
co y fiel cristiano que soy.»
En el encuentro con los galeotes no re­
para en que aquellos encadenados son
gente que van a servir por fuerza en las
galeras del Rey, castigados en pena de
sus delitos ; nuestro héroe no ve más sino
que son oprimidos, y a los caballeros an­
dantes—dice—no toca ni atañe averiguar
la causa o la razón de por qué van de
aquella triste m anera; sólo les toca ayu­
darles como a menesterosos, poniendo los
ojos en sus penas y no en sus bellaque­
rías, y a tal fin pone en práctica la má­
xima santa de odia el delito y com p ad ece
a l delincuente, y apiadándose de éllos
arremete contra los que les llevan a gale­
ras, cuya desventura costara luego a Don
Quijote aquella tan grande lluvia de pie­
dras que le dejara tan mal parado y a
Sancho la pérdida de su rucio, que le ro­
bara después el famoso embustero y des­
agradecido Ginés de Pasamonte o Gine-
sillo de Panapilla, pues a tal extremo llegó
la conducta villana de aquellos foragidos.
Pero aun entre los galeotes, entre aque­
llas gentes tan desalmadas, condenadas a
gurapas y cargados de toda clase de vi­
cios, los hay también de gran espíritu
religioso: «Si vuestra merced, señor ca­
ballero— decía uno de los que fueron in­
terrogados por Don Quijote— , lleva al­
guna cosa con que socorred a estos po­
bretes, Dios se lo pagará en el cielo, y
nosotros tendremos en la tierra cuidado
de rogar a Dios en nuestras oraciones por
la vida y salud de vuestra merced, que
sea tan larga y tan buena como su bue­
na presencia merece.» «De gente bien
nacida—le dice Don Quijote—es agrade­
cer los beneficios que se reciben, y uno de
los pecados que más a Dios ofenden es
la ingratitud.» Y como Don Quijote les
pidiera que en pago del beneficio que de
él habían recibido recobrando la libertad
fueran al Toboso a contar a su señora
Dulcinea, a la señora de sus pensamien­
tos, punto por punto todos los que ha te­
nido esta aventura, hubo de contestar
por todos Ginés de Pasamonte : «Lo que
vuestra merced nos manda es imposible
de toda imposibilidad cumplirlo... Lo
que vuestra merced puede hacer, y es
justo que lo haga, es mudar ese servicio
en alguna cantidad de avem arias y cre­
dos, que nosotros diremos por la intención
de vuestra merced.»
En la aventura de los disciplinantes re­
conoce Cervantes, y confiesa por boca de
Sancho, la existencia del misterio de la
Inm aculada Concepción. «¿Adonde va,
señor Don Quijote?— dice Sancho— .
¿Qué demonios lleva en él pecho que le
incitan a ir contra nuestra fe católica?
Advierta que aquella es procesión de dis­
ciplinantes y que aquella Señora que lle­
van sobre la peana es la im agen bendita
de la Virgen sin m ancilla.» Dogma— dice
Salcedo—que aunque no fué declarado
hasta mediados del siglo X IX , era creído
firmemente por los españoles de aquellos
tiempos; misterio altísimo y consola­
dor—dice Gamero—que en sí lleva en­
vuelta la redención del género humano.
Entre tantas aventuras y desventuras
como le sucediera a los desdichados pro-
bajonistas de la fábula, no se le oye ni al
uno ni al otro proferir palabras deshones­
tas ni otra alguna que pueda herir >el sen­
timiento religioso del más exigente y fer­
voroso cristiano, viéndosele, por el con­
trario, muy a menudo, cual cristianos vie­
jos (1) y sinceros, levantar los ojos para
implorar del cielo los auxilios divinos,
porque me parece a mí—dice Sancho, re­
firiéndose a la aventura de los yangüe-
ses— que a dos cosechas como esta que­
daremos inútiles para la tercera, sí Dios,
por su infinita misericordia, no lo reme­
dia.

(1) LIeuuívbíiso cris/¡«no Vieja—dice Salcedo—, no al


bautizado de niño y educado en la doctrina de Cris­
to, sino que precisábase además que sus padres y
abuelas lo fueran también desde su nacimiento; y si
al hacer información se descubría que algún ascen­
diente o pariente colateral hubiera sido judío o moro,
se le miratía con prevención y se le consideraba como
cristiano de segunda o tercera clase, Cristianos nue­
vos—sigue diciendo el Sr, Salcedo—se llamaba a los
confesos, o sean los convertidos! y a Toa descendientes
de confesos.
Dorotea decía que sus padres eran cristianos viejos
rancios.
Pero la fe religiosa de que tan satura­
da está la obra no es sólo patrimonio de
los protagonistas de ella ; es virtud que se
observa también en todos los personajes
subalternos de la novela. Así como Don
Quijote llevaba consigo de continuo un
gran rosario, Montesinos, cuando se apa­
rece en su cueva a Don Quijote, no lleva
otras armas sino «un rosario de cuentas
en la mano mayores que medianas nue­
ces, y los dieces, asimismo, como hue­
vos medianos de avestruz».
De la plática que Don Quijote sostu­
viera con el caballero del Verde Gabán
se desprenden igualmente lecciones de la
más alta moral cristiana. Decía don
Diego de Miranda : «Ni gusto de murmu­
rar, ni consiento que delante de mí se
murmure ; no escudriño las vidas ajenas,
ni soy lince de los hechos de los otros ;
oigo misa cada día, reparto mis bienes
con los pobres, sin hacer alarde de las
buenas obras por no dar entrada en mi
corazón a la hipocresía y vanagloria;
procuro poner en paz a los que están
desavenidos; soy devoto de Nuestra Se­
ñora y confío siempre en la misericordia
infinita de Dios Nuestro Señor.» Atentí­
simo Sancho «a la relación que D. Diego
de Miranda hiciera de su vida y entrete­
nimiento, y pareciéndole buena y santa,
y que quien la hacía debía de hacer mi­
lagros, se arrojó del rucio y con gran
priesa le fue a asir del estribo derecho,
y con devoto corazón y casi lágrimas le
besó los pies una y muchas veces. Visto
lo cual por el hidalgo, le preguntó :
((¿Qué hacéis, hermanos? ¿Qué besos
son éstos ?» «Déjeme besar—tespondió
Sancho— , porque me parece vuesa mer­
ced el primer santo a la jineta que he
visto en todos los días de mi vida.» «No
soy santo—respondió el hidalgo— , sino
eran pecador ; vos, sí, hermano, que de­
béis ser bueno, cómo vuestra simplici­
dad lo demuestra.» (1). Ejemplos son és­
tos de D. Diego de Miranda dignos de

(1) No es de extrañar estñ lenguaje en D. Diego


ríe Miranda, pues ya decía al lialilar de la Teología
que es la reina de las ciencias.
ser imitados por todos ; pero, desgracia­
damente, escasean mucho en nuestros
días hombre de tanta religión y de tan
sana moral.
Y ese mismo fervor religioso lo vemos
también en la asturiana Maritornes, en
aquella zafia pecadora de la venta, quet
al partir de allí el Cura y el Barbero en
busca de Don Quijote, promete rezar un
rosario con el fin de que Dios les diese
buen suceso en el arduo y cristiano ne­
gocio de reducir a nuestro caballero de
la penitencia que hacía en Sierra Mo­
rena.
En la noche aqueilla que precedió a la
entrada de Don Quijote en El Toboso,
refiriendo a Sancho los hechos por los
cuales algunos caballeros andantes, como
Amadis de Caula, Belianis de Grecia, y
de otros como los Eróstrato, Horacio, Cé­
sar y Hernán Cortés, procuraron con sus
famosas hazañas hacerse inmortales en
los venideros tiempos, así también los
cristianos católicos y andantes caballe­
ros más hemos de atender— decía Don
Quijote— a la gloría de los siglos veni­
deros que a la vanidad de la fama que
en este presente y acabable siglo se al-
oanza.
Don Quijote, hablando de los caballe­
ros andantes de la Corte celestial, decía
que San Jorge fue uno de los mejores
andantes que tuvo la milicia divina; de
San Martín, del que partió su capa con
el pobre, que fue más liberal que valien­
te, y del Apóstol Santiago, patrón de las
Españas, llamado por otro nombre San
Diego Matamoros, que fue el más va­
liente santo y caballero que tuvo el mun­
do y tiene ahora el cielo. Esto nos re­
cuerda lo que Nogales, ilustre escritor de
nuestros días, en una conferencia que die­
ra en el Ateneo de Madrid decía : que
los santos no son otra cosa que caballe­
ros andantes de la caridad y del honor
cristiano, y de Santa Teresa de Jesús
decía Unamuno oue era dama andante
del amor, pero del amor divino (1).

(1) Otros la, han liaraado la monja andariega.


«Y dígame aKora-—replicó Sancho— ,
¿cuál es más, resucitar a un muerto o
matar a un gigante?» «La respuesta está
en la mano—respondió Don Quijote— :
más es resucitar a un muerto,» «Luego la
fama del que resucita muertos, da vista a
los ciegos, endereza a los cojos y da sa­
lud a los enfermos, y delante de sus se­
pulturas arden lámparas, y están llenas
sus capillas de gentes devotas que de ro­
dillas adoran sus reliquias, mejor fama
será para este y para el otro siglo que la
que dejaron cuantos emperadores, genti­
les y caballeros andantes ha habido en
el mundo.» «También confieso esa ver­
dad» , respondió Don Quijote. «Pues esta
fama, estas gracias, estas prerrogativas,
como llaman a esto—respondió Sancho— f
tienen los cuerpos y las reliquias de los
santos...i) «¿Qué quieres que infiera,
Sancho, de todo lo que has dicho?», dijo
Don Quijote. «Quiero, decir—dijo San­
cho— que nos demos a ser santos, y al­
canzaremos más brevemente la buena fa­
ma que pretendemos; y advierta, señor,
que ayer o antes de ayer canonizaron o
beatificaron dos frailecitos descalzos, cu­
yas cadenas de hierro con que se ceñían
y atormentaban sus cuerpos se tiene aho­
ra a gran ventura el besarlas y tocarlas,
y están en más veneración que está, se­
gún dije, la espada de Roldán en la ar­
mería del Rey nuestro señor, que Dios
guarde. Así que, señor mío, más vale ser
humilde frailecito de cualquier orden que
^ea que valiente y andante caballero ; más
alcanza con Dios dos docenas de disci­
plinas que dos mil lanzadas.» Pero es ver­
dad que no todos pueden ser frailes, ni
para salvarse creemos que sea preciso
tampoco entrarse en ninguna Religión;
por todos los caminos, por todas las ca­
rreras y por todos los oficios puede llevar
Dios a los suyos al cielo— dice el P. Ga-
tell— ; que com o el hombre se propon­
ga puede llegar a la mansión de los bien­
aventurados subiendo por la escala de Ja­
cob, camino seguro de la salvación y de
la santidad. En medio de un ejército—
Emade— , el soldado más infeliz puede ga­
nar la gloria como el más rígido cartujo.
Entre Don Quijote y Sancho se es­
tablece un verdadero pugilato de mutuas
alabanzas; ambos reconocen y aprecian
las condiciones morales de que se hallan
adornados el uno y el otro : Don Quijote
llama <a 'Sancho Sancho bueno, Sancho
discreto, Sancho cristiano y Sancho sin­
cero, considerándole como al mejor hom­
bre del mundo, y Sancho decía de su
amo, dirigiéndose a su compadre Tomé
Cecial : «Mi amo no tiene nada de be­
llaco; antes, por el contrario, tiene un
alma como un cántaro ; no sabe hacer mal
a nadie, sino bien a todos.»
Entre las advertencias o consejos que
diera Don Quijote a iSancho antes de que
partiese para el gobierno de su ínsula, hay
algunas saturadas, digámoslo así, de ver­
dadera unción moral y religiosa; tales
son : «Primeramente, ¡ oh hijo !—le de­
cía Don Q uijote— , hsn de ferrar a Dio?,
porque en el temerle está la sabiduría, y
siendo sabio no podrás errar en nada ; que
la sabiduría y santidad—dice Gatell— son
las bases fundamentales para gobernar
bien un pueblo.» Son otros de los conse­
jos que se precie más de humilde virtuo­
so que de pecador soberbio. Sé padre
de las virtudes y padrastro de los vicios.
Si aoaso doblares la vara de la justicia,
no sea con el peso de la dádiva, sino con
el de la misericordia, y aquel otro : al que
has de castigar con obras no trates mal de
palabras, pues le basta al desdichado la
nena del suplicio sin la añadidura de
las malas razones ; pero el más sabio y
más acertado consejo es, a nuestro enten­
der, aquel que le diera cuando Sancho
le pidió permiso para departir un poco
con él : «Sé breve en tus razonamientos—
le dice— , que ninguno es gustoso si es
largo. Todos estos consejos son docu­
mentos que han de adornar tu alma, y
escucha ahora los que han de servir para
el adorno del cuerpo : Si has de dar li­
breas a tus criados, dásela honesta y pro­
vechosa más que vistosa y bizarra, y re-
tus criiados y los pobres :
quiero decir que si has de vestir seis pa?
jes, viste tres y otros tres pobres, y así
tendrás pajes para el cielo y p a ra el
suelo.»
E n el capítulo V III de la segunda par­
te hace Don Quijote nueva dem ostración
de su ferviente am or a la religión cris­
tiana condenando los pecados y vicios de
la H um anidad : «Hemos de m atar—dice
a Sancho—en los gigantes a la soberbia,
a la envidia en la generosidad, a la ira
en el reposado continente y quietud del
ánim o, a la gula y al sueño en el poco
comer y en el mucho velar, a la lujuria
y lascivia en la lealtad que guardam os a
la que hemos hecho señora de nuestros
pensam ientos, a la pereza con andar por
todas partes del m undo buscando las oca­
siones que nos. puedan hacer y hagan,
sobre cristianos, famosos caballleros.))
Se h a dicho que Don Quijote y Sancho
son dos fracasados, y ello nos recuerda
lo que nos dice U rb a n o : «Don Quijote
fué un derrotado en la vida por el terri­
ble delito de seguir y creer en un ideal
en que nadie sino él cree y acata.» Pero
si D on Quijote fué un fracasado y Don
Quijote m urió, Sancho, por el contrario,
ni fraoasó ni ha m uerto, vivirá eternam en­
te entre nosotros. Murió el ideal, pero el
egoísmo no ha m uerto.
En el capítulo X I de la segunda parte
dice Don Quijote a Sancho : {(Si quieres
tom ar la venganza del agravio que a tu
rucio se le h a hecho, yo te ayudaré con
voces y advertim ientos saludables.)) «No
hay para qué, señor—respondió San­
cho— , tom ar venganza de nadie, pues
no es de buenos cristianos tom arla de los
agravios.»
En el capítulo X X II de la segunda par­
te da D on Quijote nuevas y enequívocas
pruebas de su acendrada fe religiosa
cuando, al estar dispuesto para bajar a
la cueva de M ontesinos, se hinca de rodi­
llas y pide a Dios que le ayude y le
saque bien de aquella al parecer peligro­
sa y nueva aventura.
Razonam ientos de alta m oral cristia­
na los hallamos tam bién en el capítu­
lo X X V II de la segunda parte, cuando
D on Quijote, en el discurso que pronun­
ció ante el escuadrón del pueblo del R e ­
buzno, decía que todo varón prudente y
toda república bien concertada sólo por
cuatro cosas debía tom ar las arm as, des­
envainar las espadas y poner a riesgo sus
personas : la prim era, por defender la fe
católica ; la segunda, por defender su vi­
da, que es la ley natural y divina ; la ter­
cera, en defensa de su honra, y la cuarta,
en servicio de su R e y ; pero tom ar las
arm as por niñerías y por cosas que antes
son de risa y pasatiem po que de afren­
ta, parece que quien las toma carece de
todo razonable discu rso ; cuanto más que
el tom ar venganza injusta, y justa no
puede haber ninguna que lo sea, va d e­
recham ente contra la santa ley que pro­
fesam os, en la cual se nos m anda que
hagam os bien a nuestros enemigos y que
amem os a los que nos a b o rre z ca n ; m an ­
dam iento que, aunque parece algo difi­
cultoso de cum plir, no lo es sino para
aquellos que tienen m enos de Dios que
del m undo y m ás de carne que de espí­
ritu, porque Jesucristo, D ios y hom bre
verdadero, que nunca m intió, ni pudo
ni puede m entir, siendo legislador mies-
l i o , dijo que su yugo era suave y su car­
ga lig e ra ; así, no nos había de m andar
cosa que fuese-im posible de cum plirla, y
es que aquellos tiempos eran m ás cristia­
nos que los presentes, y cuando los pue­
blos se declaraban la guerra, m ás lo h a­
cían por espíritu religioso que por deseos
de conquista ni por m ezquinas ni m ate­
riales am biciones comerciales, y este san­
to anhelo fué, sin duda, la causa p rin ­
cipal a que es debida la fundación de las
órdenes militares', como la del Tem ple,
la de San Juan, la T eutónica y la del
Toisón de Oro.
Q ue Sancho era tan cristiano como su
am o lo vemos en diferentes pasajes de la
obra, y sobre todo en el capítulo XL1,
pues produciéndole horror m ontar a las
ancas de Clavileño, se encom ienda a
Dios y a la Santísim a T rinidad de Gae-
ta ( 1) y suplica a todos los que le rodean
(1) La Santísima Trinidad, de Gaeta—dice González
que le ayuden en aquel trance con sen­
dos paternostres y sendas avem arias.
De regreso Sancho de su viaje al reino
de C andaya, le dijo el D uque que se ade-
liñase p ara ir a ser Gobernador ; Sancho
se le humilló y le dijo : «Después que
bajé del cielo y después que desde su
alta cum bre m iré la tierna y la vi tan p e ­
queña, se tem pló en parte e n m í la gana
que tenía tan grande de ser G oberna­
dor. Si vuestra señoría fuese servido de
darm e una tantica parte del cielo, au n ­
que fuese m ás de m edia legua, la tom a­
ría de m ejor gana que la m ayor ínsula
del m undo.» «Mira, am igo 'Sancho—res­
pondió el D uque— , yo no puedo dar p ar­
te del cielo a nadie, aunque no sea m a­
yor que una uña, que sólo a Dios está
reservado esas mercedes y gracias.»
Preguntando un día la D uquesa a San­
cho si había com enzado la tarea de ía p e­
nitencia que había de hacer por el des-

Clavijo—era un santuario que se levantaba cercano al


puerto de Gaeta, al qué acudían con gran devoción
los navegantes cuyos buques recalaban en él.
encanto de Dulcinea, dijo que sí, que
aquella. nocKe se había dado cinco azo­
tes con la m a n o ; pero como a la D u­
quesa. le parecieran pocos y dem asia­
do blandam ente dados, le dijo : A d v ie r ta ,
S ancho , que las obras de caridad que se
hacen tibia i¡ flojam ente no tienen m érito
ni Valen nada (1).
A ntes de partir Sancho p a ra su gobier­
no, como sintiera escrúpulos de su nue­
vo carero, decía a su a m o : «'Si a vuesa
m erced le parece que no soy de pro para
este gobierno, desde aquí le suelto, que
m ás quiero un solo negro de la uña de
m i alm a que a todo mi cuerpo..., y si se
im agina que por ser gobernador m e ha de
¡levar el d ia b lo , m ás m e quiero ir Sancho
al cielo que gobernador al inferno.»
En el capítulo X X I de la prim era par­
te Don Quijote llama a Sancho m al cris­
tiano porque dice que nunca olvida las

(1> Pícese que la Inquisición hizo suprimir en las


primeras ediciones de la obra las frases puestas aquí
con letras bastardillas.
injurias, refiriéndose a su m anteam iento ;
pero después, en el m ism o capítulo, con­
fiesa Sancho ser cristiano viejo, y para
ser conde esto m e basta, dice, y au n te
sobra, dijo Don Quijote : y m ás adelan­
te, en el capítulo L X V III de la segunda
parte, Don Quijote invita a Sancho para
que se dé algunos azotes a cuenta del
desencanto de D ulcinea 5 pero Sancho,
■aunque hacía alarde constantem ente de
tener sobre su alm a cuatro dedos de en­
jundia de cristiano viejo, decía contestan­
do a la invitación de D on Quijote : «No
soy yo religioso para que desde la m itad
de mi sueño m e levante y m e discipline.»
Sancho decía que en un tiem po fué m u ­
ñidor de una cofradía (I), «y m e asenta­
ba tan bien la ropa de m uñidor, que de­
cían todos que tenía presencia para po­
der ser prioste de la misma» ; pero San-

fl)' Olemencin en sus ooment&rios dice que muñidor


de cofradía es el criado u oficial encardado de avisar
a los hermanos para que asistan a las juntas o fun-
c:irmes que celebran, y prioste, lo mismo que prior, es
cabera o hermano mayor de cofradía.
cho, sin duda, olvidadizo de suyo, no se
acordaba que ya lo había sido, pues en
el capítulo XLIII de la segunda parte lo
hace así constar. «Bien sé firmar mi nom ­
bre—decía a Don Quijote— , que cuando
fui prioste en mi lugar, aprendí a hacer
unas letras como de m arca de fardo, que
decían que decía m i nombre.))
¿No vemos tam bién lecciones o con­
sejos de sana m oral para las doncellas
enam oradas en aquel tan celebrado ro ­
m ance que entonó D on Quijote en casa
de los Duques a la desenvuelta y enam o­
rada A ltisidora?

Suelen las fuerzas de amor


sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y labrar
y e'l estar siempre ocupada
ser antídoto al veneno
che las amohosas ansias.
Las doncellas recogidas,
que aspiran a ser casadas,
1-a honestidades su dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros
y los que en la corte andan
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.

La honestidad es, según la arrogante


y desdeñosa M arcela, una dé las virtudes
que al cuerpo y al alm a m ás adornan y
herm osea ; es la condición m oral que m ás
resplandece en Don Quijote. Caballero el
m ás valiente y el m ás oasto enam orado
de toda la M ancha, siente por D ulcinea
locura de a m o r ; siendo, com o dice Cas­
tro Alonso, el enam orado m ás en am o­
rado, pero con el am or m ás puro que p u e­
da im aginarse, por ella busca y acom ete
todas las aventuras; pero su am or es
puram ente platónico, pues no se extien­
de m ás que a un honesto m irar, y esto
tan de cuando en cuando, «que osaré ju ­
rar con verdad—dice—que en doce años
oue hace que la quiero, no la he visto
cuatro veces, y au n podría ser que de
estas cuatro veces no Hubiese ella echado
de ver la una que la m iraba». S u hones­
tidad y recato repelen los em bates He la
atrevida M aritornes, los de la desenvuel­
ta A ltisidora y los de la descocada D oña
Kodríguez.
T riste y m elancólico Don Quijote por
i<a ausencia de Sancho, después que éste
partiera para el gobierno de su ínsula,
hubo de decirle la D uquesa que escude­
ros, dueñas y doncellas había en su casa
que le servirían muy a satisfacción de sus
deseos. «No es esa la causa que m e hace
parecer que estoy triste— dijo D on Q ui­
jote— , y de los m uchos ofrecimientos que
vuestra excelencia m e hace, solam ente
acepto y escojo el de la voluntad con que
se m e hace, y en lo dem ás suplico a vues­
tra excelencia que dentro de mi aposen­
to consienta y perm ita que yo solo sea el
que m e sirva.» «En verdad—dijo la D u­
quesa—que no ha de ser así, que le han
de servir cuatro doncellas de las mías,
herm osas com o unas llores,» «Para mí—
respondió D on Quijote — no serán ellas
como flores, sino como espinas que me
puncen el a lm a ; déjem e que yo m e las
haya conm igo y que yo m e sirva de mis
puertas adentro, que yo ponga una m u ­
ralla en m edio de mis deseos y de m i ho­
nestidad, pues antes dorm iré vestido que
consentir que nadie m e desnude ; que es
el hom bre a veces el que suele dar a la
m ujer lecciones de pudor, de honestidad
y recato.»
Sancho m uéstrase tam bién recatado y
fiel a su T eresa cuando diciéndole Don
Quijote que a la pastora de quien podrá
ser su am ante pondrás el nom bre que qui­
sieres, dice «que no piensa ponerle otro
alguno que el de Teresona, que le ven­
drá bien con su gordura y con el propio
que tiene, pues se llama T eresa, 4y m ás
que celebrándola yo en mis versos, ven­
go a descubrir m is castos deseos, pues
no an d o a buscar pan dé trastrigo por las
casas ajenas)).
Refiriéndose a A ltisidora y a la hones­
tidad y recato que a las doncellas corres­
ponde, decía D on Quijote, contestando a
la Duquesa : «Señora m ía, sepa vuestra
señoría que todo el m al de esta doncella
nace de ociosidad, cuyo rem edio es la
ocupación honesta y continua,» Y a este
tenor decíar tam bién S an d io «que las don­
cellas ocupadas m ás ponen sus pensa­
m ientos en acabar sus tareas que en pen­
sar en sus amores», Y en otro pasaje
añade que la doncella honesta, el hacer
«algo es su fiesta, y T eresa Panza, exage­
rando algún tanto el concepto m oral de
la m ujer, decía que la m ujer honrada, la
pierna quebrada y en casa ; bien entendi­
do todo ello que sólo por el cam ino de la
virtud es por donde la m ujer alcanza re­
putación y buen nom bre, y m ás ha de
atender a conservar éste que a acrecen­
tar su hacienda si la tuviere, porque ésta
puede perderse, pero puede tam bién re­
cuperarse ; aquél, si se pierde, no se re­
cupera jam ás ; un descuido de la m ujer
en su honestidad y recato puede dar lu ­
gar a ello, y es probado que p a ra gozar
fam a de buena no basta serlo, sino tam ­
bién parecerlo.
Saliendo una m añana D on Quijote a
im ponerse y <a ensayarse en lo que había
de hacer en el trance en que otro día pen­
saba verse sosteniendo batalla con el ro­
bador de ia honra .de la hija de Doiia
Rodríguez, iíegó a ponerse junto a la cue­
va o sim a en donde cayera Sancho de re­
greso de su ínsula, y m irando hacia ella
oyó grandes voces, que entendió que el
que las daba era Sancho. kí¿ H ay algún
cristiano que me escuche—decía la voz—
o algún cabaílero caritativo que se duela
de un pecador enterrado e n vida?» í
com o le pareciera a D on Quijote oír la
voz de 'Sancho, levantó la suya todo lo
que pudo y dijo : «¿Q uién está ahí aba-
jo? ¿Q uién se queja?» «¿Q uién puede
estar aquí o quién se h a de quejar—res­
pondieron—sino el asendereado de San­
cho Panza, gobernador por sus pecados y
por su m ala andanza de la ínsula Gara-
taria, escudero que fué del fam oso caba­
llero D on Quijote de la M ancha?» O yen­
do lo cual D on Quijote le vino al pensa­
m iento que Sancho P anza debía de ser
m uerto y que estaba allí penando su a l­
m a ; y llevado de esta im aginación, dijo :
«Conjúrete por todo aquello que puedo
conjurarte como católico cristiano, que m e
Oigas quién eres, y si eres alm a en pena,
dime qué quieres que haga por ti, pues
que es m i profesión favorecer y acorrer
a ios necesitados de este m undo, tam bién
io seré p ara correr y ayudar a ios m enes­
terosos del otro m undo que no pueden
ayudarse por sí propios,.. D on Quijote
soy ei q u e profeso socorrer y ayudar en
sus , necesidades a los vivos y m uertos ;
por eso dim e quién eres, que m e tienes
atónito, porque si eres m i escudero S an­
cho Panza y te has m uerto, como no te
hayan llevado los diablos y por la m ise­
ricordia de Dios estés e n el purgatorio,
sufragios tiene nuestra santa m adre la
iglesia Católica R om ana bastante a sa­
carte de las penas en que estás, y yo que
lo solicitaré con ella por m i parte con
cuanto mi hacienda alcanzare.»
En el capítulo XLVI1I decía ya Don
Quijote, refiriéndose a D oña Rodríguez,
que él era «católico cristiano y am igo
de hacer bien a todo el m undo, que p ara
esto tom é la orden de caballería an d a n ­
te que profeso, cuyo ejercicio aun hasta
hacer bien a las ánim as del purgatorio se
extiende».
E n posesión Sancho del gobierno de su
anhelada ínsula, lo abandona por no
aguantar por m ás tiem po las burlas de
que era objeto por parte de sus goberna­
dos ni las im pertinencias del Doctor P e ­
dro Recio, y al ver derrum barse las to­
rres de todas sus ilusiones y perdida la
esperanza de em anciparse del azadón y
del arado, no se im pacienta, llora y su­
fre con resignación cristiana su desven­
tura, y desengañado ya de todo, póstrase
en tierra y repite las palabras d el per­
sonaje bíblico, del pacientísim o Job :
«Desnudo nací, desnudo m e h a llo : ni
pierdo ni gano.» (I).
En el capítulo LVIII de la segunda par­
te, D on Quijote, que se preciaba de po­
seer la herm osura del alm a, le decía a
Sancho que hay dos m aneras de hermo-

(1) Estas palabras, atribuidas al Patriarca Job, frie­


ron puestas también por Cervantes en boca de Sancho
en el capítulo XV ele la primera parte,
sura : una del aJma y otra del cuerpo.
L a del alm a cam pea y se m uestra en el
entendim iento, en Ja honestidad, en el
buen proceder, en la liberalidad y en la
buena crianza, y todas estas partes ca­
ben y pueden estar en un hom bre feo.
«Yo, Sancho, bien veo que no soy her­
m oso ; pero tam bién conozco que no soy
di forme, y bástale a un hom bre de bien
no ser m onstruo p ara ser querido como
tenga las dotes del alm a que te he dich o .»
C uando Don Quijote se determ ina a
acom eter aquella tem erosa aventura de
los batanes, Sancho no cesa de Homar ante
el temor de verse abandonado po r su
am o, y udestas lágrimas de Sancho saca
el autor desta historia qué debía ser bien
nacido o por lo m enos cristiano viejo».
Sin em bargo, y aunque nos consta el
fervor de Sancho, dem ostrado en diferen­
tes pasajes de la obra, no vemos la rela­
ción que pueda haber entre el llorar de
Sancho y ser cristiano viejo, pues el
verter lágrim as no creemos que sea sólo
patrim onio de la religión de Cristo.
El ventero, el dueño de la venta en que
fuera m anteado Sancho, tam bién dice a
este propósito «que aunque ventero, toda­
vía soy cristiano» ; tam poco vemos en
esto la incom patibilidad del oficio de ven­
tero con la religión del Crucificado.
Llegado el térm ino de la vida de nues­
tro héroe, por estar sujeto, como todos,
a pagar el tributo que debem os a la m uer­
te, m uéstrase verdadero cristiano y cum ­
plidor de los preceptos de la Iglesia, y
entonces es cuando cam pean y resplan­
decen con m ayor fuerza y pujanza las
virtudes religiosas y m orales de su autor.
Enferm o, pues, Don Quijote, le aconseja
el m édico que por sí o por no, atendiese
a la salud de su alm a, porque la de su
cuerpo corría peligro, diagnosticando que
la m elancolía y desabrim iento le acababa.
Rogó D on Quijote que le dejasen solo,
porque quería dormir un poco, y al cabo
de seis horas despertó, y dando grandes
voces d ijo : «¡Bendito sea el poderoso
Dios, que tanto bien m e ha hecho ! En
fin, sus m isericordias no tienen límite, ni
las a tre v ía n ni im piden los pecados de
los Hombres.» Estuvo atenta la sobrina
a las razones del tío, y pareciéndole m as
acertadas que el solía decirlas, a lo m e­
nos en aquella enferm edad, preguntóle :
«¿Q ué es lo que vuesa m erced dice, se­
ñor? ¿T enem os algo de nuevo? ¿ Q ué m i­
sericordias son éstas o qué pecados de los
Kombres?» «Las m isericordias—respon­
dió D on Quijote— , sobrina, son las que
en este instante h a usado Dios conmigo,
a quien, como dije, no las im piden mis
pecados. Y o tengo juicio ya libre y claro,
sin las sombras caliginosas de la ignoran­
cia que sobre él m e pusieron m i amaro-a
y continua leyenda de los detestables li­
bros d e caballería..., y no me pesa sino
que este desengaño Ka llegado tan tarde,
que no m e deia tiem po para hacer alguna
recom pensa, leyendo otros que sean luz
del alm a.» Siente, pues, Don Quijote re­
m ordim iento por el m al em pleo Hecho de
su v id a ; pero^ ¿cuántos no son los que,
despTaciadamente y a sem ejanza de nues­
tro héroe, sienten tam bién arrepentim ien-
te de vida licenciosa y desenfrenada cuan­
do ya no tienen tiem po para la enm ienda •>
Y o m e siento sobrina a punto de m uer­
te. Llám am e, am iga, a m is buenos am i­
gos el Cura, el Bachiller Sansón C arras­
ca y a M aese Nicolás, el Barbero ; tráiga­
m e un confesor que m e confiese y un es­
cribano que haga mi testa m e n to ; siento
que m e voy m uriendo a toda priesa, y en
tales trances como éste no se ha de bu r­
lar él hom bre con el alm a. Y com o no
estuviese en m anos de Don Quijote de­
tener el curso de su vida, después de reci­
bidos todos los 'Sacramentos y después
tam bién de haber abom inado con m u­
chas y eficaces razones de los libros de
emballenas, dejó de ser Don Quijote de la
M ancha y convirtióse de nuevo en A lo n ­
so Q uijano el Bueno, y así de esta m a­
nera pudiéram os decir con Sansón C a­
rrasco en su epitafio :
Fué el espantajo y el coco
^ del mundo, en tail coyuntura,
que acreditó su ventura
~ morir cuerdo y vivir loco.
LAS NOVELAS EJEMPLARES
L A S N O V E L A S E JE M P L A R E S

Las Novelas ejem plares de Cervantes,


picarescas unas, satíricas otras y am oro­
sas las m ás, pero basadas todas en los
m ás sanos principios de m oral y religión,
nos ofrecen nuevos testim onios de las
dotes de que se hallaba adornada el alm a
de su autor. Bastará, pues, leer el prólogo
de las m ism as p a ra de él sacar la conse­
cuencia de los sentim ientos que le dom i­
naban, ((que los requiebros amorosos que
en algunas hallarás—dice—son tan ho­
nestos y tan m edidos con la razón y el
discurso cristiano, que no podrán mover
a m al pensam iento al descuidado o des-
cuidoso que las leyere, y que si por al­
gún m odo pudiera inducir a quien las le­
yera a algún m al deseo o pensam iento,
antes m e cortara la m ano con que loa es­
cribí que sacarlas en público» ( 1),

Nunca voló la humilde pluma, mía (2)


por la región satírica, bajeza
que a infames premios y desgracia guía»
■Nunca pongo los pies por do camina (3)
la mentira, la fraude y el engaño,
de la santa virtud total ruina.

(1) Dicese que Cervantes bautizó sus novelas con


el nombre de N o v e la s e je m p la r e s d e h o n e s tís im o e n tr e ­
t e n i m i e n t o ; pero después, cediendo a consejos que al­
guien pudo darle, lo dejó reducido a tio v e la s ejempla­
res.
(2> Viaje d e l Parnaso.
(3) V iaje d e l Parnaso.
L A G IT A N IL L A

H e aquí el título de una de nove­


las ejem plares de Cervantes, y Preciosi-
11ai la protagonista de la m ism a. E sta m u ­
chacha, prototipo de la honradez y de la
honestidad, nos recuerda a aquella otra
de que nos habla tam bién el propio Cer­
vantes, a aquella doncella de los pasados
tiempos que, después de vivir ochenta,
años sin dormir ni una sola noche debajo
de techado, se fué al otro m undo tan en ­
tera como el día en que su m adre la
parió.
E ra Preciosilla fcan linda y de herm osu­
ra tan extraordinaria, que se decía de
ellla que hecha de plata o de alcorza no
podría ser m ejor. A com pañada siem pre
por su abuela, por, aquella' de quien decía
Cervantes que podría ser jubilada en la
ciencia de Caco, y educada en la escuela
de ésta, salió codiciosa y aprovechada ;
pero al par tan bailadora, tan discreta y
recatad a como no pudiera hallarse otra
en todo el gitanism o. Su especialidad
consistía en decir 'la buenaventura, en
bailar y en cantar rom ances de tal m a­
nera, que causaba la adm iración de cuan­
tos lo presenciaban. Preciosa no consen­
tía que las dem ás gitanas que fuesen en
su com pañía cantasen nunca cantares ni
rom ances descom puestos, ni ella los can­
tó jam ás, y por esto y por su belleza y
donaire era solicitada constantem ente en
las casas más principales de la Corte.
Como un día fueran invitadas para e n ­
trar en una casa en donde había varios
caballeros que deseaban deleitarse con
las gracias de las gitanillas, Preciosa dijo
a una de las que la acom pañaban que lo
h ic ie ra ; m as Cristina, que é$te era el
nom bre de la indicada, negóse a ello,
diciendo que no lo hacía por haber m u­
chos hom bres, «Mira, Cristina, de lo que
te has de guardar siem pre es de un hom ­
bre solo y a sola 3, y no ele tantos ju n to s ;
que la mujer que se determ ina a ser Hon­
rad a , entre un ejército de soldados lo
puede ser. V erdad que es bueno huir de
las ocasiones; pero de las secretas, y no
de las publicas.»
Enam orado He Preciosa un rico de la
Corte, púsole ésta por condición que an ­
tes de casarse h ab ía de estar el enam o­
rado dos años form ando parte de la fa­
m ilia gitana, para de este m odo y duran­
te este tiem po pudiera A ndrés, que así
se llam aba el enam orado m ancebo, p erca­
tarse bien de las faltas o virtudes de P re ­
ciosa ; pero era ésta de condición tan
honesta y recatada, que decía que no
quería dejar entrar en su alm a ni por un
m o m e n to ; que si el hom bre que la p re­
tendiera sólo fuera en busca de su virgi­
nidad, no lo lograría jam ás, pues decía
que su entereza y virginidad era para
ella joya que estim aba en m ás que a su
propia vida, cty antes pienso en irm e con
ella a la sepultura, y quizá al cielo, que
ponerla en peligro, pues será siem pre
para m í prenda que no la he de vender
a ningún precio; que el que la lleve h a
de ser ata d a con las ligaduras y lazos del
m atrim o n io ; que si la virginidad se ha
de inclinar, h a de ser a este santo yugo».
R IN C O N E T E Y C O R T A D IL L O

E n R inconete y Cortadillo, novela pu­


ram ente ham pona, se observa con fre­
cuencia en los personajes que la com po­
nen espíritu religioso, practicado, falsa­
m ente por supuesto, por aquella com uni­
dad, de la que era jefe principal M oni­
podio, y en la que entraron a form ar p a r­
te com o novicios los dos m ancebos que
dan nom bre a la novela, R inconete y
Cortadillo.
Esta congregación o cofradía de pica­
ros, de la que, como hemos dicho, era
padre y m aestro M onipodio, no era otra
cosa que una com unidad de gente m a ­
leante m uy bien reglam entada y estatui­
da, que lo m ism o se dedicaba al pillaje
que al crim en pagado. E ra una sociedad
o congregación dispuesta a observar es­
trictam ente todos los m andam ientos de la
ley de Dios, m enos el quinto y el sépti­
m o, no m atarás , no hurtarás. M onipodio
tenía ordenado a sus cofrades que parte
de todo lo robado se diera como lim os­
n a p ara el aceite de la im agen que ellos
tenían como patrona y b ien h e c h o ra ; y
estas lim osnas las daban, m ás que por
respeto y santo tem or de Dios, p ara que
el santo los librase de caer en poder de
la justicia, y con este fin rezaban todos
los días el santo rosario, privábanse de
robar los viernes y procuraban no tener
conversación los sábados con m ujer que
se llamase M a ría ; y de bal m anera prac­
ticaban la religión aquellas gentes desal­
m adas, que tenían adem ás por costum ­
bre decir y pagar todos los años ciertas
m isas por las ánim as de sus difuntos y
bienhechores, siendo de notar la seguri­
dad y confianza en que vivían de ir al
cielo calzados y vestidos sólo por el h e­
cho de no faltar a sus devociones, estan­
do, como estaban, tan cargados de hu r­
tos y de hom icidios y ofensas a Dios.
L A E SP A Ñ O L A IN G L ESA

L a española inglesa es aquella precio­


sa gaditana ilam ada Isabela, robada un
día a sus padres por Clotaldo, caballero
inglés, que la lleva a Londres y la entre­
ga com o rica presea a su esposa, doña
C atalina, señora noble y católica como
su esposo, que la adoptaron com o hija.
Por su incom parable y m aravillosa h er­
m osura, y por su nunca y bien alabada
honestidad y recato, llegó a ser la a d ­
m iración y la envidia de toda la Corte in ­
glesa y la esposa de R ecaredo, hijo único
de Clotaldo y de doña C atalina, que con­
sintieron en dársela com o esposa e n pre­
m io a tantas gracias y virtudes reunidas ;
que una onza de honestidad y buena fam a
se dice que vale m ás que una libra de
p e rla s ; que no hay joya en el m undo
que tanto valga como la m ujer casta y
honrada, y que la m ejor dote que pueda
llevar una m ujer al m atrim onio es la ho­
nestidad» porque la herm osura y la rique­
za el tiem po la gasta o la deshace.
H ay m om entos en que la m oral es atro­
pellada y brutalm ente escarnecida por un
m ancebo atrevido que, por la fuerza y
protegido por cuatro amigos tan insolen­
tes y crueles como él, a rreb ata de los
brazos de sus padres a una joven todo vir­
tud y herm osura. L a joven es Leoca­
dia ( 1), que, acom etida de un desm ayo
cuando se hallaba en los brazos de su
raptor, éste abusa de ella, robándole su
mejor prenda. Leocadia llega a ser m a­
dre ; tiene, pues, un hijo, y este hijo es
hijo de Rodolfo, nom bre del robador de
su h o n r a ; la cara del niño es el vivo
retrato de su padre, y un día la fuerza de

(1) En dos doncellas* figura otra joven con el


mismo nombre,
¡a sangre, volviendo por los fueros de la
m oral ultrajada y ofendida, obliga a R o­
dolfo a casarse con Leocadia, restituyen­
do a ésta así la joya que le robara ; que a
la mujer que le arrebatan su honra en la
form a en que le fué arrebatada a Leoca­
dia, siem pre encuentra su recom pensa,
porque no dejan de brillar en su rostro
los destellos de la virtud ; no así a la que
sólo por su gusto se la deja arrebatar, que
llevará siem pre en su frente el estigm a
del oprobio y la deshonra.
EL CELO SO E X T R E M E Ñ O

Dícese que la de ios celos es la m ás


rabiosa de las enferm edades, gusano roe­
dor que, cual el de la envidia, hace en
poco tiem po grandes estragos en las p er­
sonas que lo padecen. El rabioso C arriza­
les tan celoso era, que sus celos llegaron
a costarle la vida, fíu proceder nos en ­
seña que es inútil todo cuanto el hom bre
h aga por guardar entre laberínticos escon­
drijos la prenda objeto de sus celos, m ien­
tras haya un virote astuto, un negro eunu­
co aficionado a la m úsica y una M arialon-
so falsa y desleal que den al traste en un
m om ento con todas las recatadas p re­
cauciones de los más desconfiados y dis­
cretos Carrizales.
Y Loaysa cantaba al son de su bien
tem plada guitarra :
Madre, Ja mi madre,
guardas me ponéis,
■que si yo no me guardo
no me guardaréis.
LA ILUSTRE FREGONA

Entre las m ujeres a que hace alusión


Cervantes en sus obras, casi todas ellas
herm osas, honestas y recatadas, ninguna
lo fué banto como ,1o fuera Costanza, com ­
parable sólo, por su belleza y discreción,
a la sin par Gailatea, pastora nacida y
criada en las riberas del T ajo. E s C ostan­
za la protagonista de aquella obra que,
según la tradición, escribió Cervantes en
la posada deí Sevillano, hoy posada de
la Sangre de la im perial ciudad de T o ­
ledo ( 1); pero fué Costanza fregona tan
ilustre, que, según se decía, nunca llegó
a fregar un plato : tal era la estim ación

(1) Pe dice que en esta posaría era donde se hospe­


daba Cervantes siempre que iba a Toledo,
y aprecio en que la tenían los dueños
del m esón.
Las condiciones físicas y m orales de
Costanza resaltaban en ella de tan extre­
m ad a m anera, que de público se decía
que no había otra que la igualase en toda
la ciudad. Su rostro era de una herm o­
sura incom parable, y su m ucha hones­
tidad, recato y recogim iento constituían
la herm osura de su alm a. Confesaba y
com ulgaba con frecuencia, y era tan de­
vota de la virgen, que todos la tenían por
una santa, y se decía de ella que era una
traga avem arias.
L A S DOS DOiNCELLAS

Fueron éstas Leocadia y T eodosia, ac-


toras principales am bas de la novela y
am bas igualm ente de extrem ada y pere­
grina belleza; como lo fueron todas las
doncellas de que nos Habla Cervantes en
sus diferentes obras, pero de m enos re­
cogim iento y recato que las demás.
Teodosia, fiada de las engañosas pro-
m esas de su vecino M arco A ntonio, dio
un día al traste con todo su recogim ien­
to y honestidad, quedando después bur­
lada, como quedara tam bién Leocadia,
doncella de un lugar vecino al de T eodo­
sia ; pero de m ayor entereza Leocadia qué
Teodosia, no tuvo que lam entar el m e­
noscabo de su honra, porque p a ra ésta
no tuvo M arco A ntonio m ás que prom e­
sas incum plidas de casam iento.
Com o M arco A ntonio se ausentara un
día de su pueblo para m archar a Italia,
am bas doncesllas se consideraron burla­
das, y disfrazadas de m ancebo, se esca­
paron de casa de sus padres para ir en
busca de M arco A ntonio, y a Barcelona
se dirigieron, sabedoras de que en aquel
puerto habían de tocar las galeras en que
Maxco A ntonio hacía su viaje, T eodosia
iba e n com pañía de su herm ano don R a­
fael, am igo de M arco A ntonio, y poco
antes de llegar a Barcelona encontraron
y conocieron a Leocadia ; ésta vino a ser
am iga de Teodosia, a quien hizo archivo
de todas sus intenciones y propósitos ;
pero Teodosia, m ás prudente y hasta m ás
discreta que Leocadia, reservóse en abso­
luto los suyos.
L a llegada de las galeras a Barcelona
dió ocasión a un fuerte alboroto entre la
gente que desem barcara en aquellas p la­
yas y la de la c iu d a d ; y de este alboro­
to hubo de salir m al herido M arco A n ­
tonio, que, conducido a la galera capita­
n a y curado de sus heridas, fué luego
desem barcado por intercesión de don R a ­
fael y la influencia que con el general
de las galeras tenía don Sancho de C ar­
dona, caballero catalán con quien había
hecho am istad don R afael. A todos alojó
en su casa don Sancho, en donde, repues­
to ya de sus heridas M arco A ntonio, con­
certáronse las bodas de éste con T eo d o ­
sia y la de don Rafael, herm ano de T e o ­
dosia, con Leocadia, de quien habíase
enam orado desde que la vio y conoció
antes de su llegada a Barcelona, quedan­
do así de esta m anera restituidas en su
fam a y buena reputación las dos ultra­
jadas doncellas ; que de los bienes qué re­
parten los cielos entre los m ortales, es
indudable que los que m ás se han de es­
tim ar son los de honra.
C O L O Q U IO D E LOS P E R R O S

E n el H ospital de la Resurrección de
V alladolid existían dos perros a quienes
com únm ente llam aban los perros de Ma-
hudes ( 1), y a cada uno de ellos se le
conocía por los nom bres de Cipión al uno
y Berganza al otro. Estos perros, a quie­
nes el cielo los dotó una noche del habla,
entablaron un coloquio que ellos aprove­
charon p a ra contarse m utuam ente sus
vidas.
V uelto Berganza a Sevilla, después de
haber servido com o guardador de gana­
do, en cuyo servicio decía que le h ab ía
ido m uy m al, entró a servir en casa de un

(1) Malmetes era hermano limosnero o de la capacha


del Hospital de la Resurrección, y la acompañaban,
siempre los dos bravos perros que dan nombre a Ift
novela.
rico m ercader, y preguntándole Cipión
de qué m anera se valía para encontrar
tan pronto nuevo am o, decíale que se
valía de la hum ildad, que es la base o
fundam ento de todas las virtudes, y que
sin ella no hay ninguna que lo s e a ; ella
allana inconvenientes, vence dificultades
y es un m edio que siem pre a gloriosos
fines nos conduce.
Explicado, pues, por Berganza la m a ­
nera de que se valía para hallar pronto
nuevo am o, decía que el m ercader rico
a cuyo servicio había entrado en Sevilla
tenía dos hijos, uno de doce años y el
otro de catorce, los cuales—decía—estu­
diaban gram ática en la C om pañía de Je­
sús ; y como un día se dejaran olvidado
el vadem ecu m , se fué Berganza tras ellos,
y llegando hasta el estudio quedó a la
puerta del aula escuchando todo cuanto
el m aestro en la cátedra leía. No sé qué
tiene la virtud, que con alcanzársem e a
m í tan poco o nada de ella, recibí gusto
de ver el am or con que aquellos benditos
padres y m aestros enseñaban a aquellos
niños, enderezando las tiernas varas de
su ju v e n tu d ; consideraba cómo los re­
ñían con suavidad, los castigaban con m i­
sericordia, los an im ab an con ejem plos,
los incitaban con prem ios y los sobrelle­
vaban con cordura, y, finalmente, cómo
les pintaban la fealdad y horror de los
vicios y les dibujaban la hermosura, de
las virtudes, p ara que, aborrecidos ellos
y am adas ellas, consiguieran el fin p a ra
que fueron criados. «Muy bien dices—
contestó Cipión— , que yo he oído decir
d e esa bendita gente que p a ra repúblicos
del m undo no los hay tan prudentes e n
todo él, y para guiadores y adalides del
cam ino del cielo pocos le lle g a n ; son es­
pejos donde se m ira la honestidad, la
católica doctrina, la singular prudencia
y finalm ente la hum ildad profunda, base
sobre quien se levanta todo el edificio de
la bienaventuranza.))
Cuanto queda apuntado dem uestra cla­
ram ente y en alto grado el aprecio y es­
tim ación en que Cervantes tenía a la
C om pañía de Jesús, y el Sr. Rodríguez
M arín deduce de todo ello que el P rín ­
cipe de los Ingenios españoles, en los
añ o s juveniles que pasó en Sevilla, de­
bió frecuentar las aulas de la C om pañía.
De esta m ism a opinión participa tam ­
bién el Sr. González de A m ezúa, al de­
cir que a dos órdenes religiosas dedicó
Cervantes en sus obras calurosos elogios
y alabanzas : a los Trinitarios y a los
Jesuítas. A los prim eros debió su liber­
tad, pues gracias a los cuales pudo salir
de las m azm orras argelinas, y a los se­
gundos debió su libertad de espíritu, mil
veces m ás herm osa—añade— que la li­
bertad del cuerpo.
PERSILE'S Y SIGISM U N D A

Cervantes, al dirigirse al Conde de Le-


m os, en el prólogo de la segunda parte
del Q uijote, le habla de Persiles y S igis­
m undo, libro próximo a publicarse, se­
gún decía, que había de ser el m ás m alo
o el m ejor que se haya com puesto en len­
gua castellana, y decía después que se
arrepentía de haber dicho el m ás m alo,
porque, según la opinión de sus amigos,
ha de llegar al extrem o de bondad posi­
ble (I). Pues bien, esta obra, que, en
nuestro hum ilde y pobre concepto, es la

(1) Algunos lo han preferí tío al Quijote, y Valdivie­


so decía que es lo más ingenioso, lo más culto y en­
tretenido de cnanto escribió Cervantes, y Fernández
de Navarrete dice que es de mayor invención y arti*
ficio y de, estilo más igual y elevado, y Sbarbi en­
cierra en él toda la ciencia teológica de su autor.
segunda que saliera de la áurea y privi­
legiada plum a de Cervantes, en ella, y
cual es nuestro objeto, encontram os tam ­
bién con frecuencia pasajes por donde
se descubren los sentim ientos m orales y
religiosos de su autor.

* # «■

E ntre los personajes que constituyen la


obra de Persiles y Sigism undo, es el m ás
im portante, en cuanto a fe religiosa se
refiere, el del español A ntonio, quien, por
delitos cometidos a bordo de la nave que
le conducía de E spaña a Inglaterra, fué
condenado a ser abandonado en m edio
de los m ares en un pequeño esquife, y
así, navegando a la ventura días y m ás
días, encom endábase a los cielos, y en el
secreto de su corazón no quedó santo a
quien no llamase en su ayuda, y sin ce­
sar reiteraba plegarias y ofrecía prom e­
sas, hasta que al fin quiso el cielo que
arribase a una isla, la isla bárbara. E n
ella conoció a Riela, m uchacha salvaje, a
quien dió el agua del bautism o y des­
pués educó en la santa fe católica, en
todo lo que es y representa la Santísim a
T rinidad y en todo lo que cree la Santa
Iglesia Católica Rom ana, regida por el
E spíritu Santo y gobernada por el Sumo
Pontífice.
L a m uerte de Cloedia, ocurrida en la
m orada de A ntonio, dió lugar a recono­
cidas m anifestaciones de extrem ada fe
religiosa. A ntes de m orir encarga a su
am a A uristela que diga a los suyos que
m uere cristianam ente, y en la fe de Je­
sucristo y en la que tiene, que es la m is­
m a, la Santa Iglesia C atólica R om ana,
m uere pronunciando m uchas y repetidas
veces el nom bre de jesús, y sobre su se­
pultura, que la form a el hueco de una
peña, pone A ntonio una cruz p a ra hacer
ver que aquel cuerpo es de cristiano.
Llora Per i andró, y se dice que llora
acuciado por los celos, que sólo por tres
cosas es lícito que llore eí varón pruden­
te : la una, por haber p ec ad o ; la segun­
da, por alcanzar perdón de él, que un
buen arrepentim iento es la mejor m edi­
cina que tienen las enferm edades del a l­
m a, y la tercera, por estar celo so ; las de­
m ás lágrim as no dicen bien en un rostro
grave. D esm ayado Periandro, y ya que
no llore de pecador ni arrepentido, llore
de celoso. A uristela le enjuga sus lágri­
m as y le pide perdón, diciendo que la
fuerza de las sospechas han sido las que
le han forzado a ofenderle •, pero estos
yerros fácilm ente los perdona el am or,
pues de él se dice—replicó Periandro—
que no puede estar sin Celos, que los ce­
los se engendran entre los que bien se
quieren, del aire que pasa, del sol que
toca y aun de la tierra que pisa, haciendo
de un grano de m ostaza un m onte que
llegue al c ie lo ; y a este propósito añade
que la m ujer debe procurar en todo no
d ar celos al hom bre, porque la m ujer que
d a celos sólo po r el placer de darlos des­
m erece m ucho en su estim ación y en su
c ré d ito ; que es bien notorio, pues, que
entre todos los disgustos y sinsabores que
el am or trae consigo, ninguno fatiga ta n ­
to al enam orado pecho como la incurable
pestilencia de los celos.
V uelto de su letargo o hechizam iento,
A ntonio, mozo, después de dar m uerte
al m aldiciente Glodio y después tam bién
de los encantam ientos de Z enobia, da
A ntonio, padre, nuevas m uestras de fer­
viente am or religioso al recibir en sus
brazos 'a su hijo, y le dice : «En todo
cuanto agora quiero decirte, ¡oh h ijo í,
quiero advertirte que adviertas que se en ­
cam inan mis razones a aconsejarte que
no ofendas a Dios en ninguna m anera, y
bien habrás echado de ver esto en quince
o diez y seis años que h a que te enseño
la ley que mis padres me enseñaron, que
es la católica, la verdadera, y en la que
se han de salvar y se h an salvado todos
los que han entrado h asta aquí y h an de
entrar de aquí en adelante en el reino de
los cielos. E sta ley nos enseña que no
estam os obligados a castigar a los que
nos ofenden, sino a aconsejarles la e n ­
m ienda de sus d e lito s; que él castigo
toca al juez, y la reprensión a todos.»
E n el capítulo V del libro tercero hace
Cervantes, no por boca de ninguno de
ios personajes de la obra, sino por la
suya propia, m anifestaciones de intensa
fe religiosa y de acendrado am or a la
V irgen, cuando al hacer la descripción
de la entrada de los peregrinos en el valle
de G uadalupe nos habla de la ad m ira­
ción que causaron en ellos la contem pla­
ción del suntuoso m onasterio, «cuyas m u ­
rallas— dice— encierran la santísim a im a­
gen de la Em peratriz de los cielos; la
santísim a im agen que es libertad de los
cautivos, lim a de sus hierros y alivio de
sus prisiones ; la santísim a im agen que
es salud de las enferm edades, consuelo
de los afligidos, m adre de los huérfanos
y reparo de las desgracias. Entraron en
su tem plo—añ ad e— , y donde pensaron
hallar por sus paredes pendientes por
adorno las púrpuras de T iro, los dam as­
cos de Siria, los brocados de M ilán, h a ­
llaron en lugar suyo m uletas que deja­
ron los cojos, ojos de cera que dejaron
los ciegos, brazos que colgaron los m an-
eos, m ortajas de que se desnudaron los
m uertos todos después de haber caído en
el suello de las m iserias, ya vivos, ya sa­
nos, ya libres y ya contentos, m erced a
la m isericordia de la M adre de las m ise­
ricordias, que en aquel pequeño lugar
hace cam pear a su benditísim o Hijo con
sus infinitas m isericordias.»
* * ■»

Persiles y Sigism unda, protagonistas de


la novela, son conocidos durante el trans­
curso de la m ism a con los supuestos de
P eriandro y A u riste la ; am bos son hijos
de reyes : Periandro, de Eustoquia, reina
de T ule, y Auristel«a, de Eusebia, de
F rislandia (I). 'Sigismunda reside acciden­
talm ente en T ule, como prom etida del
príncipe M aximino, hijo m ayor de E us­
toquia, heredero de la corona y herm ano

(1) Tule es la rmís septentrional de las tierras eu­


ropeas. Piteas 3ns citó como tierra situada al norte
de la, isla de Bretaña. Frialamiia o Frieslandia son
tierras que cita y describe en ©1 siglo XIV el vene­
ciano Nicolás Zeno. La sitúfi entre los 61" y 65’
de lat. N. al S. de islandia y UO, de Escocia.
de P e rsile s; pero enam orado éste de Si-
gism unda, de acuerdo con ella y con su
m adre Eustoquia, concertaron salir de
T u le con propósito de ir a R om a a cum ­
plir un voto, -a postrarse a los pies deL
Sumo Pontífice y a conocer y a afianzarse
m ás en la perfección de la santa fe cató­
lica, cosa que en aquellas islas se practi­
c ab a fríam ente y an d ab a algo descuidada,
Dos años anduvieron errantes hasta
¿legar a R om a, durante los cuales vivie­
ron siem pre como herm anos y guardan-
do entre sí, como habían prom etido, toda
la honestidad y recogimiento que a her­
m anos corresponde, y así de esta m ane­
ra llegaron a la Ciudad E terna, en don­
de pronto halló A uristela con quien co­
m unicar sus deseos por m edio de los pe­
nitenciarios, con quienes hizo su confe­
sión, entera y verdadera. Estos peniten­
ciarios, e n la m ejor form a que pudie­
ron, ]e declararon todos los principales-
m isterios de nuestra santa fe católica. Co­
m enzaron desde la envidia y soberbia de
Lucifer y de su caída, el m isterio sagra­
do y amoroso de la E ncarnación y el no
menos sagrado de la Santísim a T rinidad ;
m ostráronle la m uerte de Cristo, los tra­
bajos de su vida, desde que se mostró
en el pesebre hasta que se p u sa e n la
c ru z ; habláronle de la penitencia, sin la
cual no se podrán abrir las puertas del
cielo, que suele cerrar e 1 p e c a d o ; m ostrá­
ronle asim ism o a Jef ^cristo, Dios vivo,
sentado a la diestra del P adre, y a Jesu­
cristo Sacram entado en la tie rra ; di járon­
le tam bién que uno de los m ayores atri­
butos de Dios es el estar e n todo lugar
por potencia, por esencia y por presen­
cia ; aseguráronle infaliblem ente la ve­
nida de Dios a juzgar al m undo, y asi­
m ism o Ja estabilidad y firmeza de su
,‘lWlesia, contra quien no prevalecerán
munca las puertas del infierno, y habláron­
le , por último, del poder del Sum o P on­
tífice, visorrey de Dios en la tierra y lla­
vero de1! cielo.

F IN

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