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Lo que resta por venir

(Derrida con Benjamin)

En la Antigua Grecia, el diá-logo demo-crático entre iguales-semejantes-


varones- adultos-libres se fue consolidando a la luz de los debates públicos, en la
absoluta visibilidad de la plaza, y propiciando la plena publicidad de las
argumentaciones confrontadas. No obstante, este círculo dialéctico a duras
penas conseguía escamotear las huellas de un fondo escabroso: la crueldad
divina (el brutal ensañamiento contra los otros-humanos), el combate desigual y
la embriaguez extática que signaron su emergencia. La filosofía occidental,
desde Platón hasta Hegel (si se nos permite un reduccionismo no menos brutal),
se hubo ocupado, con mayor o menor énfasis, de instrumentar una depuración
auto-inmunitaria con el fin de poner a salvo la plenitud de la palabra. Para
imponer su impronta racional y luminosa frente sus otros maléficos (el mundo
sensible, el aura sagrada del secreto, el éx-tasis místico), para salvarse, la filosofía
occidental juzgó imprescindible “sacrificar” a los fantasmas latentes de un
pasado persistente en que la pública y transparente confrontación racional
debió convivir –en dramática tensión– con el trance maníaco, la violencia
divina, los misterios, la impenetrable oscuridad del enigma y el rostro trágico
(aporético) de lo irremediable.

En el espacio circular de la plaza pública se ponía en marcha la rueda de


un tiempo también circular (homogéneo y vacío, dirá Benjamin) dispuesto a
disimular la huella del tiempo-otro del desvío, del espaciamiento, de la diferancia,
del quizá, de la apertura al acontecimiento incalculable siempre por-venir (el
benjaminiano tiempo-ahora de la derridiana dis-yunción). Aquel espacio y aquel
tiempo ipso-falo-fonocéntricos son los que conceden, por turnos, la palabra, a los
varones libres del demos soberano (síntoma inconfundible de la excluyente
condición filial-patriarcal); redonda soberanía del Uno-Dios-Voluntad indivisible
que re-torna sobre sí sin cambiar de sitio; armónica simetría de lo/s
semejante/s, de la mismidad que no cesa de batallar contra su verdad-otra (la
verdad-otra de la democracia): el fantasma amenazante del extraño, del
extranjero, del otro; el silencio insoportable “de lo heterogéneo, de lo heteronómico, de
lo disimétrico, de la multiplicidad diseminadora del ‘quienquiera que sea’ anónimo, del
1
‘cualquiera’, del ‘cada uno’ indeterminado”

Verdad-otra de la democracia que de ningún modo debiéramos confundir


con su otro (el schmittiano estado de excepción que, según Benjamin, terminó por
constituirse como la verdadera regla de una barbarie que no había cesado de
acumular ruinas sobre ruinas), y que por eso nos invita a volver sobre ella una
vez más, “siempre de nuevo, de una forma cada vez totalmente nueva, una vez de nuevo una
primera vez”2. Verdad-otra como falla constitutiva de la rueda falofonocéntrica;
como rastro insoportable que perturba aquella homogénea armonía desafiando
su fuerza soberana; como otro-no-lugar “que viene antes de todo” (Khora) y
reclama, a priori, la renuncia incondicional a la soberanía (llamamiento
desesperanzado y, a la vez, portador de todas las esperanzas). Y es esta herida
auto-inmunitaria que derriba los muros alzados contra el otro la que pone de
relieve ese exceso a la vez semántico e histórico que desborda la (idea de)
democracia. ¿Resultará demasiado aventurado pensarla como una (freudiana)
cuarta herida narcisista que define la (i)lógica interna de ese re-torno circular
constitutivamente fallado?

Y quizá por ello, Derrida sólo pueda pensar a la democracia como


apertura al por venir, como promesa infinita de lo imposible, como un segundo
envío (un reenvío) que re-politiza aquella grieta sin proponer jamás la sutura
salvífica, saludable, tranquilizadora, del tiempo dis-junto. Lo por-venir no alude,
entonces, a la espera esperanzada del futuro ni a una kantiana idea reguladora,
sino al aquí y ahora (nunca presente) de una urgencia, a la inyunción como
urgencia absoluta, como experiencia de lo imposible, de lo incalculable. Aquí y
ahora que no espera un porvenir siempre lejano, eternamente diferido, que no es

1
J. Derrida (2005): “La razón del más fuerte (¿Hay Estados canallas?)”, en Canallas. Dos ensayos sobre
la razón, Trotta, Madrid.
2
Ibíd.
anuncio de lo irresistible, de una presencia inminente, sino apertura
incondicional. Democracia por venir, oscuro enunciado político que nos recuerda
que la política es la cuestión de la democracia. Democracia que queda por venir,
en restancia, en suspenso.

Y es éste el modo preciso en que Benjamin entendía a la dialéctica: como


trágica disyunción (mesianicidad disruptiva) que suspende la sutura en tanto
(re)conciliación que escamotea la barbarie, y sin embargo, en ese mismo gesto,
no puede dejar de convocar, de llamar, de saludar (he aquí su índice secreto) a los
espectros (las voces silenciadas-sepultadas-exoneradas) que reclaman la
inyunción redentora.

La democracia, aun en su febril circularidad, aun en el re-torno de la


segura mismidad de lo inmóvil, en la potencia de su soberana fuerza de ley, en su
autismo paternalista, patriarcal, ipso-falocéntrico, no puede escapar de la
amenaza que pone en riesgo sus conquistas más seguras, que des-quicia su
tiempo lineal, que dis-junta su trazado circular para reenviarla a los otros. La
democracia no puede contener el exceso que la desborda y di-socia su matriz
soberana, la oportunidad auto-inmunitaria de la deconstrucción que hace
temblar su estructura filial, el delirio parricida dispuesto a irrumpir en el círculo
del sí mismo, del autos, del ipse, para instaurar la promesa del incalculable quizá.
En la aparente armonía de su incesante retorno, relampaguea, entonces, el
índice secreto (que, según Benjamin, “remite a la redención”) de una promesa
infinita, de la democracia por venir.

La democracia por venir hace estallar el tiempo vacío y homogéneo para


dar el tiempo que no hay; espera sin esperar y sin esperanza el acontecimiento
incalculable; propicia la venida de lo/s otro/s silenciados, de las voces sepultadas
por la barbarie del cortejo triunfal3. Como promesa infinita, opone a la fuerza
arrolladora del derecho soberano (“la razón del más fuerte”), una fuerza débil,
vulnerable, ajena al poder, al dominio y a la salvación, una débil fuerza mesiánica
3
Barbarie que en su conferencia sobre los Estados canallas, Derrida asocia con el “soberano”
poder de veto del Consejo de Seguridad de la ONU.
(Benjamin), un mesianismo sin mesías (Derrida) que le abre, incondicionalmente,
la “pequeña puerta” a lo que viene, una fuerza que sólo puede ser
benjaminianamente redentora (o para decirlo con Derrida, que sólo puede
propiciar la inyunción, el reenvío a lo/s otro/s) como consecuencia de su
debilidad incondicionalmente hospitalaria.

Claudio Véliz