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El feminsmo y la emancipación de la mujer

Hoy en día estamos acostumbrados a la participación, muchas veces


protagónica, de las mujeres en la vida social. Sin negar la discriminación
o violencia que ellas continúan sufriendo, por donde miremos las encon-
traremos desempeñándose en diferentes esferas. Como trabajadoras o
empresarias; profesionales, deportistas o artistas de las diversas discipli-
nas; líderes políticas, sociales o sindicales; etc. En general, sus palabras y
acciones son apreciadas y valoradas por gran parte de la sociedad. Esto
es así al punto de que, sin el aporte cotidiano de las mujeres, podemos
afirmar que nuestra época como tal, simplemente no existiría.
Sin embargo, esto no ha sido siempre así. De hecho, la actual situa-
ción de la mujer es fruto de cambios bastante recientes. Durante la ma-
yor parte de la existencia de la sociedad humana (al menos, en lo que
se refiere a los últimos 10 mil años), la condición de la mujer fue –casi
siempre- de inferioridad y subordinación frente al hombre. En las Cien-
cias Sociales esto recibe el nombre de Patriarcado. No fue sino hasta
hace unos cien años que la desigualdad que sufría la mujer fue cuestio-
nada y enfrentada tanto por movimientos político-sociales (el Feminis-
mo), como por individuos (aquellas mujeres pioneras que alcanzaron la
excelencia en áreas antes adjudicadas exclusivamente a los hombres). En
Historia, este episodio recibe el nombre de emancipación de la mujer o
primera ola del Feminismo. Las siguientes páginas son un esfuerzo por
tratar de explicarlo.

El patriarcado y la doble revolución


Las mujeres han realizado inne-
Cuando hablamos de Patriarcado, nos referimos a todo sistema social

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gables avances en la lucha por
en el que los varones son la principal figura de autoridad, desempeñan-
sus derechos políticos: desde el
do –de manera exclusiva- los roles de liderazgo político, autoridad mo- derecho a votar, hasta encabezar
ral y control de la propiedad. En contrapartida, la mujer queda práctica- diferetes estados democráticos.
mente recluida al espacio doméstico, dedicada a las tareas del hogar y De arriba hacia abajo: Dilma Rous-
el cuidado de los niños. Esto implica la institucionalización del dominio seff, presidenta de Brasil; Miche-
masculino y, por ende, de la subordinación femenina. Así, en una familia llet, presidenta de Chile; Angela
patriarcal el padre detenta la autoridad sobre la mujer y los hijos por Merkel, primer ministra alemana;
igual. Las familias patriarcales suelen ser, además, patrilineales; es decir y Johanna Sigurdardottir, primera
que el parentesco, la propiedad y el título son heredados por vía paterna. ministra islandesa

La mayoría de las sociedades de antes de la Doble Revolución fun-


cionaron bajo los principios del Patriarcado. El desarrollo de la sociedad
humana, comenzando en las lejanas tribus primitivas, fue acompañado
por la progresiva subordinación de la mujer al hombre. Una subordina-
ción justificada por las creencias, tradiciones y costumbres. En lo que
respecta a la cultura occidental, por ejemplo, fue enorme la influencia
que tuvieron la cultura de la Antigua Grecia y la doctrina de la religión
cristiana. En ambas, las mujeres eran –muchas veces- retratadas como
seres inferiores a los hombres, o como una fuente de males y penurias.
Así, por ejemplo, dentro del relato bíblico, Eva provocó con su curiosidad
la expulsión del Paraíso. Algo similar ocurrió con Pandora, de la mitolo-
gía griega, quien –también empujada por la curiosidad- abrió la caja que
liberó a las enfermedades y a la muerte sobre la Tierra.
Lo cierto es que la desigualdad entre hombres y mujeres generalmen-

Trabajo Práctico Nro 2 - La emancipación de la mujer


te quedó en segundo plano frente a otras desigualdades más apremian-
tes. En Europa, el Antiguo Régimen había dividido a la sociedad entre la
Nobleza y los Comunes (los burgueses y los campesinos). Y en América,
la Sociedad Colonial legitimaba el privilegio de los blancos, la discrimina-
ción hacia los mestizos, la servidumbre de los indígenas y la esclavitud de
aquellos seres humanos traídos desde África. Las diferentes revolucio-
nes que estallaron a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, tenían
como finalidad terminar con estas desigualdades y transformar la socie-
dad. Y todas ellas contaron con una amplia participación de las mujeres.
Durante la Revolución Francesa (1789 – 1815), las mujeres se mani-
festaron codo a codo junto a los hombres por la tan anhelada Libertad,
Igualdad y Fraternidad (el lema de la revolución). Por ejemplo, en la ma-
ñana del 5 de Octubre de 1789, miles de ellas marcharon –con cañones,
picas y bayonetas- a través de las calles de París y hacia el palacio real,
reclamando contra el alto precio y la escasez del pan. Su participación
resultó fundamental para lograr la caída de la monarquía. Sus detracto-
res las apodaron, despectivamente, las Furias. Entre aquellas mujeres
revolucionarias destacó Olimpia de Gouges (1748 – 1793), una escritora
y dramaturga que en 1791 escribió la Declaración de los Derechos de la
Mujer y la Ciudadana, donde reclamaba que la revolución extendiera a
las mujeres los derechos que ya había otorgado a los hombres (derecho
Olympe de Gouges (1748 - 1793) a la propiedad, a la libertad, al sufragio, etc.) equiparando a ambos sexos.
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fue una dramaturga y política fran-


cesa, y quizás una de las primeras Otro tanto ocurrió durante las revoluciones de Independencia en
feministas de la Historia. Apoyó a América. Fueran blancas, indias o esclavas africanas, las mujeres desta-
la Revolución Francesa, aunque caron por su laboriosidad y su bravura en pos de la Independencia. Tal
cuestionó que ésta sólo otorgara fue el caso de las mujeres cuyanas, de las diferentes clases sociales, que
derechos al Hombre y no a la Mu- con su esfuerzo ayudaron a crear los pertrechos (armas, uniformes, etc.)
jer: “¿Quién ha erigido al hombre y viandas que necesitó el Ejército de los Andes antes de cruzar a Chile
en único juez si la mujer comparte bajo el mando del general San Martín. Muchas de ellas, incluso, partici-
con él el don de la Razón?” paron en batallas o dirigieron ejércitos, como ocurrió con Juana Azurduy
Estos cuestionamientos la llevaron (1780 – 1862) comandante de grupos guerrilleros formados por gauchos
a ser acusada de traición y murió
e indígenas, que resistieron los avances de los realistas en el Alto Perú
decapitada en la guillotina.
(Bolivia), mientras San Martín llevaba a cabo su campaña libertadora.
Si bien la participación femenina en estas luchas por la libertad y la
igualdad fue innegable, hacia el final de las mismas las mujeres no se
beneficiaron. O, al menos en lo inmediato, su situación no cambió. Aún
cuando muchas de ellas demostraron su capacidad y su valor, una vez
que se hubo disipado el humo y la niebla de la revolución y la guerra, la
sociedad reclamó a sus mujeres que reasumieran –con exclusividad- sus
lugares como hija obediente, esposa fiel y madre amorosa, igual que an-
tes. El patriarcado seguía intacto.
Pero el cambio estaba en camino. La nueva sociedad nacida de la Do-
ble Revolución, sobre todo de las transformaciones socio-económicas de
la Revolución Industrial, incorporarían nuevas formas de trabajar, con-
sumir, habitar, relacionarse, entretenerse y –en resumidas cuentas- de
vivir. De a poco, la consolidación de la democracia en lo político y del
capitalismo en lo económico, afectó a las mujeres y su rol en la sociedad.
Hacia 1870, surgieron claramente los primeros movimientos feministas:
diferentes grupos políticos que reclamaban por la emancipación de la
mujer. Entendemos por ésta al reemplazo del patriarcado por la igualdad
jurídica, política, económica y social entre la mujer y el varón. El Feminis-
mo surgió en la lucha por temas específicos (como las sufragistas, y su
reclamo por el voto femenino) o como parte de movimientos más am-
plios (como fue el caso de la destacada participación de muchas mujeres
dentro de los partidos socialistas en Europa y América).
La característica principal de la primera ola del feminismo fue su lucha
por obtener reformas legales que liberaran a la mujer del yugo masculi-
no. Se extendió –de manera irregular- hasta mediados del siglo XX, cuan-
do fue reemplazada por una segunda ola. Ésta dejó un poco de lado las
reformas legales, buscando cambiar la mentalidad que tenía la sociedad
sobre cuál era el rol de la mujer dentro de ella. Cabe destacar que la pri-
mera ola no tuvo un desarrollo parejo a nivel mundial. Todo lo contrario,
en un principio se trató de un fenómeno vivido casi exclusivamente por
mujeres de la clase media en aquellos países de Occidente donde –para
fines del siglo XIX- ya se había desarrollado el Capitalismo (como Ingla-
terra, Estados Unidos, Francia, Alemania, etc.). En lo que respecta a las
mujeres de Asia, África, la mayor parte de América Latina e inclusive las
regiones menos desarrolladas de Europa, sus vidas continuaron casi tal Fotografía de dos mujeres soste-

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y como habían sido durante siglos, sin sufrir alteraciones de ningún tipo. niendo un carte que dice “Voto
No sería sino hasta la segunda mitad del siglo XX que los avances de la para las mujeres.” Inglaterra, prin-
primera ola se extenderían de manera casi universal. cipios del siglo XX.

Pese a ello, no debemos desestimar la primera ola del feminismo, cu-


yos innegables resultados tocaron la fibra, el núcleo, de las diferentes
dimensiones que implicaban ser una mujer.

La mujer y la familia
A la hora de hablar sobre las diferentes dimensiones de la mujer, se
impone comenzar a hacerlo por la familia, pues fue éste el espacio o te-
rritorio que el Patriarcado le destinó a la mujer desde tiempos remotos.
Antes de la emancipación, una mujer únicamente podía realizarse en la
vida a través de los demás integrantes de su grupo familiar. Si no era es-
posa de, madre de o hija de, una mujer –sencillamente- no era.
En los inicios de la sociedad humana, esto respondió a una división de
tareas: para que los hombres pudieran cazar, cultivar y guerrear, ellas de-
bían quedarse en casa para cocinar, limpiar y –fundamentalmente- parir.
Una de los fundamentos más poderosos del Patriarcado fue la necesidad
de los hombres de poder transmitir su propiedad (es decir, lo que habían
obtenido cazando, cultivando y guerreando) a sus hijos. Para ello, debían
asegurarse que fueran sus hijos (y no los de otro) los que recibieran esas
propiedades; lo que en última instancia implicaba convertir a la mujer
en una propiedad más. Inclusive, la misma palabra familia proviene del
término latín famīlia, utilizado en la Antigua Roma para designar al “gru-
po de siervos y esclavos patrimonio del jefe de la gens (o clan)”, entre
los que se podía contabilizar a su esposa e hijos, que también eran de su
propiedad.
Con la Doble Revolución, las bases del Patriarcado en la familia no
fueron alteradas: así, mientras en la vida pública triunfaban la democra-
cia con igualdad de derechos y la economía basada en el esfuerzo indi-
vidual; puertas para adentro, la familia era una autocracia patriarcal. El
varón ejercía, al menos en teoría, un dominio total sobre su esposa y sus

Trabajo Práctico Nro 2 - La emancipación de la mujer


hijos. En muchas naciones, se llegaba al extremo de que la subordinación
de la mujer quedaba establecida por la ley. Tal era el caso, entre otros,
de la Argentina.
A fines de la década de 1880, la oligarquía argentina sancionó nume-
rosas leyes denominadas laicas, ya que otorgaron al Estado argentino
prerrogativas que antes se encontraban en manos de la Iglesia Católica.
Una de esas leyes fue la ley 2393 de Matrimonio Civil. La misma decía
que la unión de parejas, para ser legal, debía realizarse en el Registro
Civil y no ante la Iglesia. Incluía, a su vez, un capítulo sobre el divorcio,
aunque en realidad se trataba de una “separación de cuerpos” que no
disolvía el vínculo matrimonial ni autorizaba a nuevos casamientos (la
ley de Divorcio recién sería sancionada en nuestro país en 1987).
Pero sus estipulaciones no terminaban allí, pues la ley 2393 regla-
mentaba las relaciones entre marido y mujer. Así, su artículo 57 expre-
saba que “el marido es el administrador legítimo de todos los bienes
del matrimonio, incluso los de la mujer”. Otros artículos profundizaban
esta tendencia, al afirmar que la mujer “está obligada a habitar con su
marido donde quiera que éste fije su residencia” (art. 58), o que la mujer
“no puede estar en juicio (…) sin licencia especial del marido” (art. 59).
Peor aún, el Código Penal vigente durante la época (y que recién sería
reformado en 1921) afirmaba que la mujer sorprendida o comprobada
en adulterio en cualquier forma, tenía prisión de uno a tres años, auto-
rizando al marido a pedir el “divorcio”. Éste, por otro lado, sólo podía
ser acusado de lo mismo en el improbable caso de tener a su amante
En la familia patriarcal del siglo viviendo en su casa, lo que a las claras justificaba y autorizaba la extendi-
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XIX, el padre ocupaba la figura da práctica de la infidelidad masculina (castigando sólo aquella cometida
central, ejerciendo su dominio so- por las mujeres).
bre su esposa y sus hijos por igual.
Fotografía de fines del siglo XIX. La supremacía del varón que dictaban las leyes se profundizaba con
otras prácticas enraizadas en la costumbre. Quizás la más fuerte y exten-
dida de todas ellas era la enorme diferencia etaria a la hora de concertar
las parejas. Era muy común, durante aquella época, que los maridos do-
blaran la edad de sus esposas, quiénes no pasaban de los 13 o 15 años en
el momento en el que sus padres arreglaban su matrimonio (ya que ellas
no tenían ni voz ni voto en el asunto). Estas esposas-niñas terminaban
de ser “criadas” por sus maridos, quienes se aseguraban de obtener la
absoluta fidelidad y, sobre todo, obediencia por parte de la chiquilla (la
cual, muchas veces, todavía se hallaba peinando muñecas al momento
de caminar por el altar).
Sin embargo, aunque el dominio del varón dentro del grupo familiar
es una característica del período, el siglo XIX fue también testigo de un
cambio fundamental: la consolidación de la familia nuclear. Ésta, com-
puesta por el padre, la madre y los niños, es producto de la Revolución
Industrial. En las sociedades agrarias de antaño, las familias eran más
extensas y a veces estaban compuestas por diferentes subgrupos, cada
uno con su respectiva prole. Estas familias extensas, en el caso de los
campesinos, estaban atadas al trabajo de la tierra: la formación de una
nueva familia sólo era posible a través de la obtención de nuevas tierras
(avanzando sobre los bosques vírgenes o sobre las fincas de otras fami-
lias campesinas). Hasta entonces, cada nuevo integrante de la familia era
un brazo más para labrar, plantar y cosechar.
La urbanización que acompañó al desarrollo de la industrialización
transformó la estructura familiar. Para empezar, una pareja podía co-
menzar una nueva familia cuando así lo quisiese. Tan sólo era necesario
que al menos uno de los dos adultos trabajara y ganara lo suficiente para
proveer a los niños. En segundo lugar, los avances científicos y tecnoló-
gicos del siglo XIX bajaron estrepitosamente los índices de mortalidad,
especialmente de la mortalidad infantil (antes, uno de cada dos niños de
Europa o América moría sin cumplir los tres años). Pero más importante
aún, este descenso de la mortalidad fue acompañado por un descenso
también de la natalidad. En las crecientes ciudades de finales del siglo
XIX, a medida que el Capitalismo extendía el consumo de diversos bienes
y servicios a mayores capas de la sociedad, fue surgiendo en la gente
(especialmente en las clases medias) un anhelo común: vivir mejor. Para
poder hacerlo, era necesario disminuir los gastos que representaba una
prole numerosa. A su vez, en las ciudades (a diferencia de las áreas rura-
les) los niños eran una carga cada vez más pesada para sus padres, a me-
dida que los diferentes gobiernos de los países occidentales prohibieron
el trabajo infantil e impusieron la escolarización primaria obligatoria (lo
que disminuía los ingresos y aumentaba los gastos). Finalmente, el an-
helo de ascenso social y de una vida mejor también era transferido a los
hijos. Y, si se pretendía que éstos tuvieran mejor suerte que sus padres, Charles Kingsley (1819 - 1875),

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tenían que gozar de mejores oportunidades. La reducción del tamaño fue un influyente novelista del si-
de la familia posibilitaba dedicar más tiempo, cuidado y recursos a cada glo XIX. Resumió el rol de la mu-
uno de los hijos. De este modo, resultó determinante la decisión que jer dentro de la familia, según el
tomaron (de forma generalizada y silenciosa) una abrumadora mayoría Patriarcado, en la siguiente frase:
de parejas en los países desarrollados de Europa y América, de limitar el “Sé buena, dulce sierva, y deja que
tamaño de sus familias. él sea inteligente.”

Pero todo este complejo proceso fue más allá de transformar la es-
tructura de lo que hoy conocemos como familia, y también afectó a la
mujer y sus roles en la sociedad y en el grupo familiar. No sólo porque, a
partir de 1875, las madres perdieron menos hijos; sino también porque
parieron menos hijos. Parir menor cantidad de niños fue igual a criar me-
nor cantidad de niños, lo que significaba disponer de mayor cantidad de
tiempo para que miles de mujeres pudieran visualizarse como algo más
que sólo madres y esposas, aunque esto no necesariamente quiere decir
que lo hiciesen. Después de todo, como anticipamos al principio de este
apartado, la familia nuclear continuaba siendo una autocracia patriarcal:
la emancipación no sería conseguida fácilmente.

La mujer y los cambios en la población


Ya hicimos mención del descenso de la natalidad y de la mortalidad,
y sus corolarios sobre la estructura familiar. Otro cambio demográfico
igual de importante fueron las masivas migraciones que comenzaron ha-
cia 1850 y finalizaron con la Primera Guerra Mundial; y que cambiaron la
fisonomía de sus países destinatarios.
Una primera consecuencia de estos movimientos de población fue
que los inmigrantes se agruparon en comunidades formadas por sus
compatriotas (como los barrios Little Italy o Chinatown de Nueva York,
ambos surgidos en este período). En esas comunidades, durante mucho
tiempo, se produjo una suerte de endogamia por nacionalidad; es decir,
los inmigrantes y sus descendientes sólo se casaban con personas que

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tuvieran sus mismos orígenes.
Otra consecuencia de la inmigración masiva fue la enorme cantidad
de personas que se desplazaron solas (más hombres que mujeres); lo
cual, aparejado a la pobreza, fue un caldo de cultivo para que se tejieran
grandes redes de prostitución y trata de personas, que operaron durante
décadas.
Argentina no fue la excepción: En 1869, el Censo Nacional contabi-
lizaba a 361 personas dentro del rubro de “rufianes y prostitutas”. Ya
para 1915, solamente en los registros porteños esas cifras habían tre-
pado hasta un total de 16500 prostitutas, entre las cuales había un 80%
de inmigrantes. Ahuyentadas de sus patrias por el hambre y la pobreza,
muchas de las jóvenes mujeres que llegaron a nuestro país se convirtie-
ron en víctimas de este negocio vil. Las casas de tolerancia (nombre que
recibían los prostíbulos) albergaban a españolas, italianas, francesas, in-
glesas, mulatas, rusas, judías, argelinas y paraguayas. Algunas de ellas
eran “incorporadas al oficio” desde niñas, en lo que constituiría clarísi-
mos casos de esclavitud sexual. Tales fueron las prácticas de la “Sociedad
Varsovia”, una red de trata fundada en 1906, con contactos en diferentes
Fotografía de cuatro “pupilas” de
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ciudades del Mar Mediterráneo.


un prostíbulo de la “Sociedad Var-
sovia”, una de las más temibles Los gobiernos de la oligarquía, lejos de luchar contra este problema,
redes de trata que operó en la lo reglamentaron, con el objetivo de mantener una hipócrita fachada
Argentina, que llegó a regentear de moral y buenas costumbres en la city porteña. Siempre y cuando las
unas 30 mil mujeres. prostitutas (o pupilas, en el caso de las ya mencionadas casas de tole-
rancia) no se dejaran ver provocativamente desde las puertas y balco-
nes, asistieran regularmente a la inspección médica y no transitaran la
vía pública en determinados horarios, el gobierno no haría nada. Y si lo
hacía, era para castigar a la prostituta (que no dejaba de ser una pobre
víctima), y nunca a los clientes o proxenetas. Solamente se escucharon
las críticas, nunca atendidas, tanto de la Iglesia Católica como de los gru-
pos socialistas y anarquistas, únicos interesados en terminar con esta
lacra social.

La mujer y la sociedad
La consolidación de la familia nuclear fue uno entre varios cambios
que vivió la sociedad de los países desarrollados o industriales entre fi-
nes del siglo XIX y principios del siglo XX. Cambios que, por supuesto,
también atañeron a la mujer.
Primero que nada, hay que hablar sobre la ampliación (progresiva
y despareja) de los beneficios del sistema educativo hacia las mujeres.
Esto se notó, especialmente, en la educación elemental. Por ejemplo, en
Argentina, la ley 1420 de Educación Común (otra de las leyes laicas), que
estableció la instrucción primaria de manera universal, gratuita, obliga-
toria y gradual para niños y niñas. También hubo una expansión en la
educación secundaria, aunque estuvo prácticamente restringida a los
sectores de clase media, donde se convirtió en una vía para satisfacer
los deseos de superación de sus jóvenes mujeres. Países como Francia,
Alemania o Rusia, ya contaban decenas de miles de estudiantes femeni-
nas justo antes de que estallara la Primera Guerra Mundial (unas 33 mil
en el caso francés, y aproximadamente 25 mil en cada de las otras dos
naciones). Finalmente, el acceso a la Universidad, aunque más limitado,
también creció: ya desde la década de 1860, las mujeres comenzaron a
ser admitidas en universidades de Rusia, Estados Unidos y Suiza. Para
1914, ya había entre 4500 y 5000 universitarias en Alemania, Francia o
Italia. No ocurrió lo mismo en Argentina (ni en el resto de Latinoaméri-
ca), donde las universitarias fueron escasas: recién en 1885, a la edad 18
años, Élida Passo se recibió de farmacéutica en la Universidad de Buenos
Aires, primera egresada universitaria de TODA Sudamérica.
Otro cambio importante tuvo lugar en el mundo del trabajo, con el
surgimiento o incremento de ocupaciones fundamentalmente feme-
ninas: desde enfermeras y maestras hasta empleadas de tiendas y se-
cretarias de oficinas, pasando por operadoras de telefonía, lavanderas,
planchadoras y costureras. Estos oficios permitieron a las mujeres salir
a trabajar en una economía predominantemente masculina, aunque –al
mismo tiempo- se reproducían las desigualdades de género (por ejem-
plo: era propio del hombre ser el patrón, y de la mujer ser su secretaria
o asistente). Pero, como veremos más adelante (al profundizar sobre la
mujer y el trabajo), no era éste el único obstáculo que enfrentaban las
mujeres trabajadoras.
En tercer lugar, el consumo de masas convirtió a la mujer (especial-
mente las mujeres burguesas o de clase media) en uno de los objetivos
centrales del mercado. En la nueva sociedad de masas de fines del siglo
Cecilia Grierson (1859 - 1934) fue

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XIX, donde hasta los más desfavorecidos practicaban el consumo masivo, la primera mujer que logró recibir-
a los empresarios (especialmente los de la industria de la publicidad) no se de médica en la Argentina, ca-
se les pasó por alto el “nuevo” poder de compra de la mujer: pues el rrera de la que egresó en 1889 (a
dinero había que obtenerlo de la persona que decidía y realizaba la ma- la edad de 30 años).
yoría de las compras del hogar (es decir, la mujer). Esto se tradujo en un
nuevo trato por parte del mercado hacia la mujer, que incluía un mayor
respeto por ella. Las nuevas tiendas por departamento o grandes alma-
cenes (establecimientos comerciales de grandes dimensiones, similares
a los centros comerciales de hoy) institucionalizaron ese respeto hacia la
mujer consumidora, a través de la deferencia, la adulación, la exhibición
y los avisos publicitarios. Cabe aclarar que se trataba de un respeto que
no liberaba a la mujer, pues, por ejemplo, los avisos publicitarios retra-
taban a la mujer de manera frívola y superficial, perpetuar su situación
de inferioridad dentro del Patriarcado. En nuestro país, esta fue la época
en la que surgieron las grandes tiendas porteñas, como Gath y Chaves o
Harrod’s, ambas en calle Florida, destino privilegio de nuestro oligarquía
a la hora de consumir. Por sus paseos y galerías podía verse a las mujeres
de la clase alta ostentar su posición social, mientras seguían atentas la
moda de la costura francesa (sombreros, guantes y sombrillas pasaron a
formar parte del atuendo indispensable para salir, al igual que los vesti-
dos de telas lujosas, importadas).
Finalmente, el último cambio social estuvo ligado a una serie de nue-
vas costumbres sociales que permitieron a las mujeres adquirir una ma-
yor libertad de movimientos en la sociedad, tanto en su calidad de indi-
viduos como en su relación con los hombres. Ya para 1914, podía verse
a los jóvenes (varones y mujeres) más liberados de las grandes ciudades
occidentales reunidos en clubes nocturnos, donde se practicaban las más
provocativas danzas de la época (como el tango, aquí en nuestro país, o
el jazz, en Estados Unidos). Pero la libertad de movimientos no fue sólo
a nivel social, sino también a nivel corporal. Los cambios en la moda fe-

Trabajo Práctico Nro 2 - La emancipación de la mujer


menina a principios del siglo XX así lo expresaron: la popularización de
vestidos más sueltos y del corpiño (que sustituyeron, respectivamente,
a las armaduras de tejido y a los corsés) simbolizaban a una mujer me-
nos estática y limitada, más dueña de sus movimientos, de su cuerpo. Y
es que fue ésta también la época del surgimiento del deporte moderno
(amateur y profesional), imposible de llevar a cabo bajo los viejos códi-
gos de vestimenta y etiqueta. Así, hubo mujeres que participaron –codo
a codo, junto a los hombres- en algunas de estas actividades, como las
caminatas de montaña, el tenis y la bicicleta (que se constituyó en un
verdadero motor de libertad para muchas de ellas).

La mujer y el trabajo
En el apartado anterior mencionamos que uno de los cambios sociales
que afectó a las mujeres estuvo relacionado con el mundo del trabajo. En
realidad, las mujeres siempre trabajaron. Antes de la Doble Revolución,
la vida de las mujeres se caracterizaba por una imposibilidad de separar
las funciones familiares y del trabajo: los campesinos necesitaban a sus
esposas para cultivar la tierra, los artesanos y comerciantes las necesi-
taban para la buena marcha de sus negocios, y todos ellos (campesinos,
artesanos y comerciantes) las necesitaban para cocinar y procrear. Sin
lugar a dudas, las mujeres siempre han trabajado. Muchísimo. La única
diferencia es que –por lo general- no obtenían ningún tipo de reconoci-
miento por ese trabajo.
Esa continuaba siendo la realidad de las mujeres que vivían en esas
regiones del mundo que aún no se habían industrializado para el período
La bicicleta se convirtió, para mu- de 1870 – 1945 (la mayor parte de Asia, África y América Latina, y algu-
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chas mujeres, en un símbolos de nas regiones del este o del sur de Europa).
la tan anhelada libertad. En la fo-
tografía, vemos a una mujer de Muy distinta fue la situación de las mujeres en los países industriales.
principios del siglo XX, con su bi- Mientras las mujeres de clase media o alta trataban de abrirse camino
cicleta, vistiendo unos “bloomers” a través de la educación secundaria y de la universidad, la mayoría de
(faldas-pantalón desarrollados las mujeres (es decir, las mujeres de clase trabajadora) pasaban grandes
para que las mujeres pudieran an- obstáculos dentro del mundo laboral.
dar en bicicleta, entre otras cosas)
El principal obstáculo constituía poder ingresar al mundo laboral. Se
trataba de una consecuencia de la Revolución Industrial. Mientras que
antes, campesinos y artesanos trabajaban –con sus mujeres- donde vi-
vían (pues la tierra a labrar o el taller donde producir muchas veces se
hallaba de manera adyacente a sus casas), con la industrialización esto
cambió. Los obreros y empleados de las sociedades industriales debían
abandonar sus hogares todos los días para ir a cumplir horario en fábri-
cas u oficinas, retornando a casa al final de la jornada. De este modo, la
Revolución Industrial había separado el hogar del puesto de trabajo. Al
quedarse en casa al cuidado de los niños, las mujeres quedaron exclui-
das de la economía. Esto complicó su situación de inferioridad frente al
hombre, al aumentar la dependencia económica.
Sin embargo, en los estratos sociales más bajos, los salarios eran insu-
ficientes, y muchos obreros no podían mantener por sí solos a sus fami-
lias. Esto obligó a muchas mujeres a lanzarse sobre un mundo del trabajo
que era hostil hacia ellas.
¿Cuáles eran las razones de esa hostilidad? Para empezar, las mujeres
solamente eran aceptadas para realizar ciertas profesiones, típicamente
femeninos. Las mujeres de clase media podían –estudios mediante- ob-
tener puestos como institutriz o enferma. Pero las mujeres de los secto-
res populares no tenían muchas opciones. Lavanderas, planchadoras o
costureras era el destino de la mayoría de ellas. Estos oficios resultaban
ideales para las mujeres casadas con hijos, porque podían realizarlos en
sus propios hogares (cosiendo, lavando y planchando para particulares
o incluso para grandes empresas del área textil). Sin embargo, el traba-
jo doméstico tenía una contrapartida: las trabajadoras debían hacerse
cargo de los insumos (la materia prima, etc.), al mismo tiempo que sus
ingresos resultaban inferiores a los sueldos de las empleadas asalariadas
de una tienda o de una fábrica.
En realidad, y he aquí otra fuente de hostilidad hacia la mujer tra-
bajadora, las mujeres –en líneas generales- ganaban la mitad que los
hombres, por realizar una misma tarea o trabajar la misma cantidad de
horas. Como, en teoría, era el varón el que debía proveer a su familia, los
ingresos obtenidos por las mujeres eran considerados como un dinero
extra. Muchos empresarios se abusaban de esta situación y retaceaban
mezquinamente los salarios de las mujeres, argumentando la debilidad o
falta de experiencia que –según ellos- tenían estas mujeres. Algo similar
ocurría con aquellos niños que trabajaban (resultaban muy útiles, por
su pequeño tamaño, para desplazarse por los estrechos corredores de
las minas o para operar los ascensores industriales, todas tareas de alto
Imágenes de mujeres obreras a

>>
riesgo).
principios del siglo XX. La de la fo-
Los bajos salarios de las mujeres impedían que aumentaran los sa- tografía de arriba es apenas una
larios de los obreros varones, por lo cual éstos también eran hostiles niña.
hacia sus compañeras: lo más común –en aquel entonces- era que, luego
de casarse, el varón presionara a su esposa para que dejara el trabajo,
concentrándose en el cuidado de los niños. Esto ocurría también en los
sectores de clase media y alta, al punto de que –como veremos más
adelante- muchas de las mujeres profesionales, artistas y científicas se
encontraban en la difícil encrucijada de optar entre sus carreras y el an-
helo de tener una familia.
Finalmente, cabe mencionar que las obreras y empleadas se encon-
traban completamente desprotegidas por la ley y las autoridades. Care-
cían de cualquier tipo de derecho o beneficio relacionado con temas es-
pecíficos de la mujer, como la maternidad, que no tenía cobertura (una
trabajadora que quedaba embarazada, perdía su puesto). Peor aún, en
ocasiones sufrían el acoso acechante de patrones y capataces, que podía
llegar incluso a la violación (algo bastante normal en el caso de las em-
pleadas domésticas y sirvientas de las familias de clase alta).
Sin embargo, todas estas dificultades no amilanaron a las mujeres,
que pronto comenzaron a participar de diferentes reclamos para mejo-
rar su situación.
En nuestro país, se contabilizan numerosas protestas con alta parti-
cipación femenina desde finales del siglo XIX: en 1888, una huelga del
personal doméstico en Buenos Aires y otras provincias; en 1889, una
huelga de modistas en la ciudad de Rosario; en 1896, huelgas tanto de
telefonistas como de las alpargateras de la fábrica La Argentina (Buenos
Aires); en 1901, un conflicto en la Refinería Argentina (de azúcar) en la

Trabajo Práctico Nro 2 - La emancipación de la mujer


ciudad de Rosario; en 1902, una protesta de tejedoras denunciaba las
situaciones de abuso sexual; en 1907, la huelga de los inquilinos de los
conventillos; etcétera.
Estas diferentes manifestaciones no ocurrían de forma aislada: casos si-
milares pueden verse en los diferentes países del hemisferio occidental,
especialmente en los países industriales. Al punto de que ese reguero
de protestas llevó a que las mujeres se unieran, sobrepasando los lími-
tes nacionales, y formaran la Conferencia Internacional de Mujeres, que
agrupó a más de 100 delegadas de 17 países. Esta conferencia se reunió
en dos ocasiones (en 1907, en Alemania, y en 1910, en Dinamarca) y pro-
clamó una serie de derechos para la mujer, empezando por el derecho
al voto. Sin embargo, la Conferencia Internacional de Mujeres es más
conocida por haber iniciado la conmemoración del Día Internacional de
la Mujer, el 8 de marzo de 1910, que continúan celebrándose hoy en día.

La emancipación de la mujer
En el medio de tantas penurias y transformaciones, muchas mujeres
se largaron a la acción política. La Conferencia Internacional de Mujeres
mencionada con anterioridad es sólo un ejemplo. Pero si la economía
estaba masculinizada, otro tanto ocurría con la política, que tradicional-
mente había sido un asunto de hombres. Las democracias del siglo XIX
convivían con la amarga paradoja que la mitad de la población (las muje-
Desalojo realizado por la policía
>>

res) no tenían voz, ni voto. Romper las barreras sociales del Patriarcado
en un conventillo durante la huel-
que buscaban confinarla al espacio doméstico, como si se tratase de un
ga de inquilinos de 1907, que tuvo
ser humano de segunda, constituyó una verdadera liberación de la mu-
una altísima participación femeni-
na. jer. Ésta pasó –al menos en teoría- a tener control sobre su destino. Por
ello es que hablamos de una emancipación.
Tal y como adelantamos en la introducción de este texto, la emanci-
pación se desarrolló a través de dos medios distintos, pero complemen-
tarios. Por un lado, los movimientos colectivos (como el feminismo o
el sufragismo); y, por otro, las trayectorias individuales de mujeres que
incursionaron en profesiones o áreas exclusivamente masculinas (las lla-
madas mujeres pioneras).
En lo que se refiere a los movimientos colectivos, es necesario dife-
renciar entre sufragismo, feminismo y socialismo.
El sufragismo fue un movimiento muy importante en los países an-
glosajones y nórdicos (Inglaterra, Estados Unidos, Holanda, Dinamarca,
Suecia y Noruega). Su principal característica fue la agitación política (mí-
tines, manifestaciones y actos públicos) reclamando el derecho al voto
femenino. Estuvo protagonizado casi en forma exclusiva por mujeres,
provenientes mayoritariamente de la clase media. Las diferentes orga-
nizaciones de las sufragistas, enfrentando la represión gubernamental,
realizaron una importante labor política, que muchas veces logró acele-
rar los tiempos de sus respectivos países para que las mujeres obtuvie-
ran el derecho al voto. En general, utilizaron métodos pacíficos. Tal fue
el caso de la Asociación Nacional por el Sufragio de la Mujer (National
Woman Suffrage Association), fundada en Estados Unidos en 1869, o la
Unión Nacional de Sociedades del Sufragio Femenino (National Union
of Women’s Suffrage Societies), fundada en Inglaterra en 1897. Aunque
también hubo algunas sufragistas que recurrieron a métodos violen-
tos, desde el sabotaje y los incendios de edificios públicos, hasta el escra-
che de funcionarios públicos en sus viviendas. A ellos recurrió la Unión
Social y Política de las Mujeres (Women’s Social and Political Union), fun-
dada en Inglaterra en 1903.
El socialismo, por otro lado, era una de las principales ideologías del
siglo XIX (junto al conservadurismo y el liberalismo), aunque era la úni-
ca de todas ellas que pregonaba la liberación de la mujer. Esto atrajo la
atención de varias mujeres, que comenzaron a participar en la creación
de sindicatos y organizaciones políticas para incorporar a las mujeres de
las clases trabajadoras a la participación política y a la lucha por sus de-
rechos. A diferencia del sufragismo, las mujeres socialistas no buscaban
obtener una reforma o ley concreta (como el derecho al voto), sino que
postulaban que la liberación de la mujer llegaría con la emancipación del
conjunto de la sociedad, en un sistema social sin opresores ni oprimidos:
el sistema socialista. Los países que más destacaron por la participación
de las mujeres en sus movimientos socialistas fueron Rusia (antes y des-
pués de la revolución de 1917) y Alemania
Finalmente, el feminismo (o, mejor dicho, su primera ola) no fue un
movimiento puntual, sino que de algún modo englobó a los dos anterio-
res. Básicamente, la primera ola del feminismo tomó la tarea de cues-
tionar y denunciar cualquier desigualdad, opresión o dominio sufrido
por la mujer frente al hombre, en las diferentes áreas de la sociedad. Su
objetivo era –y sigue siendo- acabar con el Patriarcado, no sólo presente Una sufragista es detenida por la

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en las leyes y en la economía, sino también en las tradiciones y prácticas policía durante una manifestación,
culturales de la población. en Inglaterra, a principios del siglo
XX.
Hacia 1945, la primera ola del feminismo estaba llegando a su fin.
¿Había logrado su objetivo: la emancipación de la mujer? Se puede decir
que más de cien años después de la Doble Revolución, los Derechos del
Hombre se habían extendido la mujer. Al menos en Occidente, ésta ha-
bía comenzado a gozar de los derechos de ciudadanía.
Sin embargo, es fácil reconocer las limitaciones de este progreso. El
derecho al voto, entre otras cosas, era un hecho positivo pero no era
suficiente, sobre todo para la inmensa mayoría de mujeres cuya pobreza
y cuya situación en el matrimonio las mantenían en situación de depen-
dencia. La historia del feminismo estaba lejos de terminar.

Trabajo Práctico Nro 2 - La emancipación de la mujer