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Análisis estructural de Sólo digo mi plegaria de Juan Manuel Navas

Sólo digo mi plegaria

Yo no sé rezar,

ni encontrar el agua que se oculta en las bocas de la


sombra.

No sé abrir las manos para que caigan en ellas los frutos


de la paciencia,

ni tampoco recordar el nombre de todos mis muertos,

ni las ropas que vestían en los retratos de la vieja casa


abandonada,

la casa de la luz y la predicción


donde me crecieron los ojos en el instante fallido
de un parto nunca anunciado,
de una tarde para ángeles aburridos de hacer
el amor ceguera y travesura.

Yo no sé pedir,

no he aprendido nunca a llamar en silencio a los otros,

a los que esperan entre los bancos quemados de una


iglesia,

no sé ni sabré lo que es la reunión de los que temen,


de los que arrastran consigo la fuerza tibia de lo natural,
de todo lo que crece antes de la caída,

porque fui ya en el suelo mendigo sin afrenta,


porque desde niño vi maduras las derrotas de los padres,

no sé abandonar el aliento sin pedir precio


ni llamar a gritos a mi destino para atreverme
a vencerlo con la sola fuerza de la voluntad,

de la voluntad callada a una distancia de hermanos,

la distancia no recorrida del amor.

Yo no sé perdonar,

no estuve nunca encadenado, oliendo mi limpieza,


nunca condenado a ver partir las piernas del sobreviviente,

ni pensé en los años que todavía quedan sin hablar,

tiempo para que la memoria distraiga sus alas entre


mis tardes de renuncia,

aunque tampoco anduve con los ojos abiertos


entre las ruinas de mis abdicaciones,
recogiendo al paso coronas y armiños de saldo

para averiguar quién dormía con la reina,


o quién si no fue el padre
de mis herederos siempre asesinados a destiempo.

No.

Yo no sé rezar,

yo no sé lo que es el frío piel adentro,

donde habitan los más desamparados corredores,

los que se reflejan en los pasadizos de la ira y la soberbia,

la cuenca vacía del que va a sanar,


no sé herir mis rodillas con las espaldas de los santos.

No sé rezar.

Sólo digo mi plegaria inacabada a un dios menor,

a un hombre que no conocí,

que nada me enseñó,


que no volverá.

(Juan Manuel Navas, La carne en calma, 2015)

El poema carece de un esquema métrico fijo. Es difícil hablar de versos en este caso
porque no se ajusta a la versificación tradicional, sino que logra su ritmo mediante
procedimientos de otro tipo. Por eso prescindiremos de la noción de verso y aplicaremos
más bien la de período, entendiendo un período como un “conjunto de oraciones que,
enlazadas unas con otras gramaticalmente, adquieren sentido completo”. Es precisamente
la organización de estos períodos con sentido completo lo que da al poema su cadencia.
Se organiza entonces mediante períodos más o menos largos que se rompen abruptamente
con versos muy cortos que aparecen entreverados por todo el poema (sobre todo en los
primeros versos de cada estrofa). Los versos largos y sin métrica sirven para recalcar el
carácter discursivo-narrativo que tiene el poema, al tiempo que la presencia de los breves
marca fuertes pausas que introducen nuevos grupos de períodos (nuevas estrofas). Las
estrofas en que se divide el poema son cinco, las tres primeras de formato más o menos
homogéneo. Las dos últimas son algo más breves y es menos importante el recurso al
paralelismo y la anáfora (sobre todo en el caso de la última estrofa, que tiene carácter
conclusivo), que son los procedimientos estilísticos fundamentales que articulan el
poema. La ausencia de un esquema métrico o de una rima regular no quita que sea un
poema con un ritmo particular y con una cadencia determinada. La diferencia es que esta
cadencia se logra no mediante procedimientos “clásicos” (número de sílabas, rimas,
cesuras), sino mediante la repetición de períodos con estructuras semejantes
(paralelismo), la repetición de términos como “ni” al inicio de los versos (anáfora), la
puntuación o la exposición de conceptos. Hay también algunas rimas internas. Este
carácter discursivo-narrativo sin métrica se debe probablemente a que el poema quiere
parecerse a una plegaria o a un rezo y trata de imitar su tono solemne y algo monótono.
El poema es fundamentalmente una enumeración, una enumeración de las cosas que el
poeta no sabe. Esto hace que un gran número de los períodos sean coordinadas negativas
en las que el elemento copulativo es “ni”. Así, cada estrofa principia con una oración
negativa simple (“Yo no sé rezar” / “Yo no sé pedir” / “Yo no sé perdonar”), que después
se desarrolla mediante las mencionadas oraciones coordinadas por “ni”. La última remata
el poema con la repetición de la primera negación (“Yo no sé rezar”), dando al poema un
carácter circular que funciona como conclusión. En total, se reconocen doce períodos
constituidos por una oración negativa simple y directa distribuidos por todo el poema, lo
que otorga centralidad a las construcciones negativas y al paralelismo con la forma “Yo
no sé…” como elemento cohesionador de todo el poema. Además, hay cuatro oraciones
negativas coordinadas por “ni” que cumplen una función idéntica. De todas estas
construcciones negativas la más contundente se encuentra en la cuarta estrofa. Empieza
con un “No.” que ocupa el primer verso y supone una fuerte ruptura con los períodos
largos y narrativos del final de la tercera estrofa.
El poema tiene en general un significado indudablemente religioso por cuanto alude a
contenidos propios de instituciones eclesiásticas o a ritos espirituales relacionados con el
catolicismo. Así se puede ver en la profusión de términos que se refieren a la plegaria, a
rezar, a iglesia, a santos, a dios. Dentro de este campo semántico hay redes de
significados asociados al culto, muchas de ellas evidentes como ni tampoco recordar el
nombre de todos mis muertos (cuando en la misa se ora por los difuntos), la reunión de
todos los que temen (a dios, se entiende), no sé herir mis rodillas (el acto de arrodillarse
en la iglesia para rezar), etc. Hay otras muchas referencias que pueden ser entendidas en
este sentido: el agua que se oculta en las bocas de la sombra, en la primera estrofa, puede
referirse a las pilas de agua bendita que se encuentran a la entrada de las iglesias, haciendo
hincapié en el ambiente de penumbra de los templos. Los frutos de la paciencia a los que
se hace referencia en el siguiente período es también un tema cristiano, porque la
paciencia se concibe como una de las virtudes o frutos del espíritu, por contraposición a
la ira, a la que se aludirá más tarde (…los pasadizos de la ira y la soberbia). Llamar en
silencio a los otros (es decir, hablar en voz baja como se hace en misa) o la voluntad
callada a una distancia de hermanos (como se está en misa) son algunos de los muchos
períodos del poema que pueden interpretarse como alusiones al culto y a la religión. Junto
a esta serie de referencias religiosas o espirituales aparece el campo semántico del
desarraigo o de la desesperación, que aparece contrapuesto, pero aun así ligado, al
religioso. Todas las cosas que no sabe hacer el poeta, ya enumeradas, (rezar, perdonar,
pedir) participan de esa sensación de desarraigo y de religiosidad. También lo hacen
períodos que expresan desesperación o extrañamiento como fui ya en el suelo mendigo
sin afrenta, entre las ruinas de mis abdicaciones, los más desamparados corredores, etc.
La forma en que se relacionan los campos que aluden a lo religioso y los campos que
aluden al desamparo es mediante un nexo probablemente causal. La relación de
causalidad se establece entre un campo religioso-espiritual que, en la medida en que se
niega (es una de las cosas que el poeta no sabe), da como resultado el desamparo y la
desesperación. Hay que prestar por tanto atención a los nexos que en el texto expresan
causalidad. Dos de ellos se sitúan después del período en que se ha dicho que no sabe
rezar, no sabe recordar el nombre de sus muertos y no ha aprendido a llamar en silencio
a los otros en misa. Los dos períodos introducidos por el nexo causal porque son: porque
fui ya en el suelo mendigo sin afrenta y porque desde niño vi maduras las derrotas de los
padres. Esta última causa es de especial interés, porque establece una relación temporal
y jerárquica entre la idea de padres y la idea de niño. Ahora bien, la idea de padres no se
toma en su sentido habitual, porque se habla de las derrotas de los padres. El hecho de
hablar de unos padres derrotados cambia completamente el sentido habitual que puede
tener la idea de padres para un niño: seguridad, autoridad, modelo a seguir. La idea de
derrota invierte la relación natural del niño con los padres, y es probablemente la causa
de su desamparo y desdicha actual, de su pérdida de la espiritualidad y de la religiosidad
(porque no sabe rezar ni sabe perdonar ni sabe realizar las actividades más simples del
culto católico).
Esto que hemos dicho (que es un criterio temporal: mis padres como los ancestros de
quien habla en el poema, del pasado del que se proviene), unido a los versos
fundamentales que dicen: pensé en los años que todavía quedan sin hablar, / tiempo para
que la memoria distraiga sus alas entre mis tardes de renuncia, pueden darnos la pista
de que la causa del rechazo a la religión del poeta sea el pasado o al menos un hecho del
pasado que supuso la derrota de los padres y del que todavía no se habla y queda en la
memoria. Este hecho del pasado es probablemente el apoyo de la iglesia española al bando
sublevado en la Guerra Civil, aunque en el poema no parece que se quiera referir
únicamente a ese hecho histórico concreto, sino que lo hace extensible a todas las guerras
y sufrimientos de la historia ante los que la religiosidad no ha servido para nada, partiendo
de un hecho histórico conocido en nuestro ámbito, pero trascendiéndolo notablemente.
Por eso el dios del que indirectamente se ha estado hablando todo el rato es un “dios
menor” (lo que equivale a decir que es un dios sin poder, que no interviene o que no puede
intervenir) y por eso el hombre del que se habla al final (que puede que sea su profeta en
la tierra), nada le enseñó y “no volverá”. El problema de que exista la desgracia en el
mundo aun habiendo un dios infinitamente bondadoso es un problema filosófico
antiquísimo, el llamado problema del mal, cuya primera formulación se atribuye a
Epicuro y que constituye una de las cuestiones más controvertidas del pensamiento
católico y, por extensión, de todo el pensamiento teológico.
Por último, la imposibilidad de conciliar la religiosidad y la contemplación de la desgracia
y el desamparo en el mundo no anula necesariamente la espiritualidad del poeta o su
contacto con lo “sagrado”. Puede que el poeta no crea en dios, pero eso no significa que
renuncie al culto, aunque este no sea propiamente el católico ni el de ninguna religión. Lo
que se sugiere, sobre todo en el título, y también por el tono cadencioso y solemne de
todo el poema, que quiere recordar a una oración, es que la poesía es el sustituto de la
religiosidad que emplea el poeta, su auténtica “plegaria”.

Ekaitz Ruiz de Vergara