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RUIZ, Alicia, Idas y vueltas. Por una teoría


crítica del derecho, Ed. Del Puerto/Fac.
Derecho UBA, Buenos Aires, 2001.
VI. De las mujeres y el derecho*

“Ya no se trata de ponerse en conformidad con lo universal (as-


pirando todos a los mismos valores, en el mejor de los casos: por
ejemplo a los derechos del hombre), ni de afirmar una ‘diferen-
cia’ (étnica, religiosa, sexual) intocable y sagrada; menos aún de
combatir una de esas tendencias con la otra, o simple y funda-
mentalmente de combinarlas. Se trata de forzar a fondo la exi-
gencia de universal y la exigencia de singularidad en cada indi-
viduo, haciendo de ese movimiento simultáneo el resorte del
pensamiento a la vez que del lenguaje. ‘Hay sentido’: éste será mi
‘universal’. Y ‘yo’ tomo las palabras de la tribu para inscribir en
ellas el despliegue de mi singularidad. ‘Yo es otro’: ésta será mi
‘diferencia’, y ‘yo’ formaré mi especificidad practicando distor-
siones en los clisé, empero necesarios de los códigos de comuni-
cación, así como desconstrucciones permanentes en las ideas-
conceptos-ideologías-filosofías de las que ‘yo’ soy ‘heredero’”.
Julia KRISTEVA, Sentido y sinsentido de la revuelta.
Literatura y psicoanálisis.

I. El derecho participa en la configuración del estereotipo “mu-


jer”, y es a partir de ese estereotipo, que las reglas jurídicas recono-
cen o niegan “derechos”, a las mujeres de carne y hueso. Las for-
mas de discriminación que ellas padecen definen espacios de
conflicto, en los cuales el discurso jurídico cumple su papel. Los ju-
ristas se han ocupado poco por dar cuenta de las razones (o sinra-

* La primera versión de este texto fue publicada en Alicia E. C. RUIZ


(comp.), Identidad femenina y discurso jurídico, primer volumen de la colección
“Identidad, Mujer y Derecho”, Biblos, Buenos Aires, 2000.

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Segunda Parte

zones) que hacen que el derecho instale y consolide cierta “figura


de mujer”, y que le atribuya, implícita o explícitamente, algunas
cualidades y le niegue otras. O, cuanto más, y especialmente desde
la dogmática, su aporte ha consistido en señalar qué textos legales
deberían conservarse o derogarse según se quisiera mantener o
modificar la situación existente.
Sin embargo, el tema es bastante más complejo. No basta con
cambiar la ley –aunque, y paradójicamente, cambiar la ley sea, a
veces, de la mayor importancia– porque el discurso jurídico opera,
con fuerza singular, más allá de la pura normatividad. Instala
creencias, ficciones y mitos que consolidan un imaginario colecti-
vo resistente a las transformaciones. Basta leer la obra de algunos
tratadistas o los repertorios de jurisprudencia para descubrir la
persistencia de pautas, modelos y estilos de interpretación, que re-
sisten frente a las innovaciones constitucionales o legislativas.
Así como los juristas no se interesan demasiado en este tema,
más allá de aportes a los que ya aludiera, y que entiendo poco sa-
tisfactorios, la situación es especular en el movimiento feminista.
Ni unos ni otros han profundizado demasiado en la relación entre
teoría del derecho y teoría feminista, y el contacto suele quedar res-
tringido a la discusión en torno a la conveniencia o inconveniencia
de reformas normativas.
Dos aspectos, que han sido atendidos de modo diverso por femi-
nistas y teóricos del derecho, pueden servir simultáneamente, co-
mo ejemplo de aquel desencuentro y como provocación para un de-
bate sugerente: identidad y ciudadanía.
Cuando las mujeres reclaman por nuevos derechos o por la su-
peración de situaciones intolerables, participan en el proceso de
ampliación y reformulación de la noción de ciudadanía, al tiempo
que sus identidades individuales y colectivas se modifican. La vin-
culación entre feminismo y ciudadanía ha sido un tema recurrente
en las corrientes feministas que recogen el legado filosófico y polí-
tico del liberalismo, pero, salvo excepciones, no fue receptado –o lo
fue negativamente– por las demás líneas del feminismo.
Por otro lado, los juristas y teóricos del derecho no han hecho
“suyo” el tema de la identidad. Es más, pareciera que lo consideran
ajeno a sus preocupaciones y tienden a creer que es una materia
más afín a los antropólogos, a los psicoanalistas o a los filósofos,
que nada tiene que ver con ellos. Una explicación acerca del desdén
de los juristas por el problema de la identidad abriría un parénte-
sis demasiado extenso y me alejaría de lo que es el eje de este tex-

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VI. De las mujeres y el derecho

to. Me limitaré, pues a insinuar que, tal vez, ese desinterés tiene
mucho que ver con la expansión de aquellas visiones de lo jurídico
que se agotan en sus aspectos normativos.
En adelante analizaré el papel del derecho en torno a la identi-
dad y a la ciudadanía, asumiendo una posición antiesencialista y
crítica. En un proyecto de radicalización de la democracia, teorías
y prácticas son significativas. De ahí la relevancia del aporte de las
teóricas del feminismo y de los filósofos del derecho, tanto como el
de los operadores jurídicos y el de los movimientos de mujeres, que
comparten esta perspectiva.

II. La realidad social y las verdades acerca de esa realidad son


siempre construcciones también sociales, y por tanto contingentes
y relativas. Construcciones culturales, en las que el derecho tam-
bién interviene.
La realidad de la vida cotidiana, que se presenta como “la reali-
dad” por excelencia, aparece objetivada y organizada en un orden
dentro del cual adquiere sentido. Esa “realidad” no se cuestiona y
se impone por sí misma. Ella integra una visión del mundo, en la
cual se originan pensamientos, creencias y acciones, que determi-
nan otros pensamientos, otras creencias y otras acciones, todos los
cuales adquieren una cierta correspondencia, porque componen
una intersubjetividad compartida con otros y permiten pensar que
existe algo así como una perspectiva común. “No requiere verifica-
ciones adicionales sobre su sola presencia y más allá de ella. Está
ahí, sencillamente como facticidad evidente de por sí e imperio-
sa…” (BERGER y LUCKMANN: 1992).
Esta cuestión sólo es problemática para el filósofo o para el
científico, que indagan acerca del carácter último de la realidad y
del modo en que cualquier cuerpo de “conocimiento” queda esta-
blecido socialmente como “realidad”. Es en la vida cotidiana, y en
la percepción de la realidad donde “el sentido común” se constitu-
ye y adquiere la fuerza de lo verdadero, de lo irrefutable. Los vín-
culos, las jerarquías y las prácticas establecidas se aprehenden co-
mo naturales, como propias del mundo que es, que, por su propia
existencia, no admite cuestionamientos. La “naturalización” del en-
torno social y de los “sujetos” que lo habitan oculta ese proceso de
atribución de sentido, de construcción humana que configura el
mundo tal como aparece ante nuestros ojos.
El conjunto de procesos de producción, circulación y consumo
de significaciones en la vida social que llamamos “cultura” define

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Segunda Parte

modos de vida, instituciones y prácticas, además de tradiciones y


memoria comunes (GARCÍA CANCLINI: 1999). Vuelve significante el
mundo social, y aún la naturaleza, y lo hace de modos diferentes,
lo cual distingue una cultura de otra.
Las personas, los lugares y las relaciones sociales relevantes, los
ámbitos de actuación reconocidos; lo que es, y también lo que de-
be ser, resultan de una trama tejida por múltiples –y no siempre co-
herentes– asignaciones de sentido, asignaciones que nunca son ne-
cesarias ni absolutamente predeterminadas. Si, apenas por un
momento, pusiéramos entre paréntesis las cualidades que definen
lo que somos y a la sociedad que nos rodea, emergerían aspectos
hasta ahora invisibles, que alterarían nuestra propia configuración
y la del paisaje social. Como dice Mary DIETZ, es innegable que los
contextos en los que vivimos nos condicionan, pero también lo es,
que somos los creadores de nuestras construcciones políticas y so-
ciales y que podemos cambiarlas, si estamos resueltos a hacerlo
(DIETZ: 1990).
En forma coincidente con DIETZ, una feminista italiana advierte
acerca de los efectos que los movimientos de mujeres producen en
la percepción social de “lo femenino”, que ha parecido “eterno” só-
lo porque fue investido del “mismo sentido por siglos de siglos”. Pe-
ro, agrega, “… el sentido puede cambiar. Y este es el proceso al que
hemos dado vida, un proceso de construcción de sentido, de atri-
bución de sentidos nuevos a la figura de la mujer, a sus sentimien-
tos, a sus infelicidades, a sus goces, a la historia de sus madres, a
su ser en el mundo. Toda esta es la tarea que nos hemos asignado
cuando las mujeres nos dirigimos a nosotras mismas la pregunta
‘¿qué es una mujer?’. Podría parecer una paradoja, pero, en cam-
bio, es una pregunta inaugural. Inaugura una economía de distan-
cias de los sentidos que hasta ahora nos han definido, de lo obvio
que ha construido nuestra figura. De este modo venimos a afirmar
que en lo que en nuestro estar en el mundo parece evidente, en lo
que suele definirse como nuestra ‘dimensión natural’, hay sentidos
ocultos que se deben descubrir” (BOCCHETTI: 1995).
En las citas precedentes el eje es la referencia al “sentido”, que
nos vuelve al punto de la construcción de la realidad como construc-
ción humana que aunque destinada a perdurar, admite la posibili-
dad de cambio. “Tomar distancia” de las imágenes recibidas, dejar
de aceptarlas como “naturales” y “necesarias”, importa empezar a
crear otros sentidos, a delinear nuevos espacios y a dibujar figuras
diferentes a través de operaciones simbólicas en las que se integran

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VI. De las mujeres y el derecho

lenguaje, ritos, mitos, racionalizaciones e imaginerías. Y como


apunta BOCCHETTI éste es el efecto que, pleno de paradojas, signado
por avances y retrocesos, ha provocado la incorporación de las mu-
jeres y de “las mujeres” al debate político y filosófico y a las accio-
nes de los movimientos sociales de la segunda mitad del siglo XX.
El derecho es un discurso social, que como tal, participa en ese
proceso de construcción de la realidad. En tanto orden impuesto,
prescribe lo que se debe y no se debe hacer, decir o pensar, y sin que
se lo advierta opera “naturalizando ciertos vínculos y relaciones”, a
través del mecanismo de la legitimación selectiva de algunos de
ellos. Marca los modos en que calificamos nuestras conductas y las
de los que nos rodean. Lo hace sin plantear opciones, ni darnos
oportunidad de elegir “unas razones mejores que otras” para actuar
y decidir.
El derecho interfiere en nuestras vidas cuando promete, otorga,
reconoce o niega. Cuando crea expectativas y cuando provoca frus-
traciones. Las calidades de mujer y de hombre, de padre de fami-
lia, de cónyuge, de hijo, de niño y de adulto, de capaz o incapaz, de
delincuente y de víctima, de culpable y de inocente, están siempre
jurídicamente estatuidas. Y el discurso jurídico es complejo, opaco,
paradojal, enunciado por actores diversos, cada uno de los cuales
agrega, modifica, elimina sentidos. Las subjetividades e identida-
des sociales e individuales son, entonces, y al menos parcialmente,
instituidas por este discurso conformado por muchas voces, que no
dejan de hacerse oír, y que pugnan por ganar otros lugares, o por
preservar los que tienen alcanzados.
Claro que el derecho no nos instituye como sujetos de una vez y
para siempre, ni de una sola manera. El juego de interpelaciones no
es singularizado. No nos llama a cada uno y, en un acto único y de-
finitivo, nos dice “Serás…”. El mecanismo es infinitamente más su-
til. Somos mencionados en muy distintos textos, identificados por
medio de rituales, aludidos indirectamente, silenciados en ocasio-
nes. Así se conforma la condición de sujeto de derecho, y así el dis-
curso jurídico deja su huella en la conformación de la identidad, a
través de infinitas interpelaciones que se articulan con relativa –só-
lo relativa– estabilidad. Las diversas posiciones de sujeto que cada
uno ocupa (v. gr., ser mujer y comerciante, víctima y victimaria, hi-
ja y madre, etc.), no suponen un vínculo necesario que las preceda.
Una postura antiesencialista y crítica denuncia la ficción que
subyace a la repetida fórmula del Código Civil: “persona es todo en-
te susceptible de adquirir derechos y contraer obligaciones”, por-
que, justamente, esa expresión “ente” parecería indicar que hay al-

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Segunda Parte

go anterior y propio del “ser sujeto de derecho” que precede al su-


jeto construido en el cruce de las interpelaciones que provienen de
los distintos niveles del discurso jurídico. A la objeción previsible:
“Kelsen ya lo dijo…”, contesto que una postura crítica y antiesen-
cialista va más allá de KELSEN, en tanto no reduce la construccción
de la subjetividad jurídica a los dictados normativos, por una par-
te. Por la otra, porque como indica la cita de Mary DIETZ, se pien-
sa y se actúa al interior de situaciones históricas y sociales determi-
nadas que habilitan la creación de nuevos sentidos, pero que son,
también, un límite a nuestra capacidad creativa. Por tanto no se
puede ignorar la historia, ni la cultura, ni la política si queremos
trabajar teórica y prácticamente en el mundo del derecho.
Las identidades individuales y sociales, que el discurso del dere-
cho contribuye a definir son, por tanto, construcciones (operacio-
nes de asignación de sentido), que se constituyen en el cruce de lo
social, lo político y lo cultural, lo que no significa que estén prede-
terminadas por estos factores, sino que llevan las marcas de la con-
tingencia y el azar.
García CANCLINI sostiene que las identidades no tienen consis-
tencia fuera de las construcciones históricas en que fueron inven-
tadas, pero que, aún así, “los relatos sobre identidades (deberían to-
marse muy en serio) porque mucha gente los usa para guiar su
conducta y hasta morir por ellos” (GARCÍA CANCLINI: 1999).

III. ¿Cómo explicar la configuración de la mujer como “sujeto


de derecho”? Cómo hablar acerca del impacto del discurso jurídico
en la definición de la identidad femenina, evitando una recaída
esencialista, y sin perder la mirada crítica, esto es, procurando ir
más allá de las normas (lo que no significa desconocer su impor-
tancia) para revelar cuánto de lo que el derecho impone (y cuanto
de lo que es posible transformar) está ligado a la producción, cir-
culación y consumo de sentidos establecidos por las tradiciones ju-
diciales, las postulaciones de la dogmática y el imaginario social. Y
hay más, se trata de sostener que la negación de cualquier forma
esencial de lo femenino no conlleva la imposibilidad de actuar pa-
ra cambiar lo dado.
La observación de Chantal MOUFFE se orienta en la misma direc-
ción, cuando dice que “la ausencia de una identidad esencial feme-
nina y de una unidad previa, (…) no impide la construcción de múl-
tiples formas de unidad y de acción común. Como resultado de la
creación de puntos nodales, pueden tener lugar fijaciones parciales

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VI. De las mujeres y el derecho

y pueden establecerse formas precarias de identificación alrededor


de la categoría ‘mujeres’, que provean la base para una identidad fe-
minista y una lucha feminista” (MOUFFE: 1998).
Ernesto LACLAU (1987, 1993, 1996, 1997) y la misma Chantal
MOUFFE, proponen un sugerente análisis de la identidad, al que me
referiré en los párrafos que siguen. LACLAU se pregunta por el lugar
del sujeto, del lenguaje y de la ideología en la producción del orden
social. Experimenta con los conceptos, indaga acerca de cómo se
constituye un orden social, siempre contingente e incompleto y
presenta una teoría de la subjetividad en relación con una teoría
del orden político (SCHUSTER: 1997).
Un primer dato es el carácter histórico y social de las identida-
des. Al construir una identidad se actualizan algunas de las posibi-
lidades estructurales de la sociedad y se dejan de lado las restantes,
a través de estrategias de afirmación y de reconocimiento. LACLAU
subraya que “no hay ningún cambio histórico importante, en el que
la identidad de todas las fuerzas intervinientes no sea transforma-
da…” (LACLAU: 1996).
La constitución de una identidad supone un juego con otras
identidades. En ese juego todas ellas se resignifican. Ninguna esta
garantizada en lo que “es”, no es permanente ni invariable. Si apa-
recen nuevas identidades, las que ya están dadas se transforman,
aún cuando resistan para preservarse “sin mácula”. Si algunas de-
saparecen o son destruidas, la supervivencia de las demás se ve,
cuanto menos, amenazada.
Ahora bien, en ese proceso, algo se deja fuera, algo no se incor-
pora, algo se excluye, de donde la afirmación de una diferencia es
condición de existencia de toda identidad. Lo excluido, el “exterior
constitutivo” de cualquier identidad individual o colectiva, son los
otros, ya se trate de grupos, comunidades, actores sociales, clases.
Es fundamental, en este análisis, advertir que no hay identidades
autopoiéticas; que el otro, algún otro u otros (reales o imaginarios)
están siempre presentes, como antagonistas, y que lo están en su
exclusión. En el mismo sentido, DERRIDA apunta que, construir una
identidad implica la exclusión de algo y el establecimiento de una
cierta jerarquía entre los polos resultantes.
En otros términos, en el proceso de construcción de una identi-
dad, siempre algo se deja fuera, algo no se incorpora, con lo que lo
excluido pasa a ser el exterior de aquella. La presencia de este ex-
terior hace que LACLAU sostenga que la identidad está siempre dis-
locada. A partir de esta conceptualización resulta más clara la pri-

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Segunda Parte

macía de lo político en la forma según la cual las identidades se or-


ganizan. “Esta noción –que alimenta una pluralidad de movimien-
tos estratégicos que, como la concibe DERRIDA, son posibles gracias
a indecidibles tales como “suplemento”, “trazo”, “diferencia”, etc.–
indica que toda identidad se construye a través de parejas de dife-
rencias jerarquizadas: por ejemplo entre forma y materia, entre
esencia y accidente, entre negro y blanco, entre hombre y mujer. La
idea de “exterior constitutivo” ocupa un lugar decisivo en mi argu-
mento, pues, al indicar que la condición de existencia de toda iden-
tidad es la afirmación de una diferencia, la determinación de un
“otro” que le servirá de “exterior”, permite comprender la perma-
nencia del antagonismo y sus condiciones de emergencia. En efec-
to, en el dominio de las identificaciones colectivas –en que se trata
de la constitución de un “nosotros” por la delimitación de un
“ellos”– siempre existe la posibilidad de que esta relación nosotro-
s/ellos se transforme en una relación amigo/enemigo, es decir que
se convierta en sede de un antagonismo. Esto se produce cuando se
comienza a percibir al otro, al que aquí se consideraba según el
simple modo de la diferencia, como negación de nuestra identidad.
A partir de ese momento, sean cuales fueren las relaciones nosotro-
s/ellos, ya se trate del orden religioso, étnico, económico o de cual-
quier otro (esas relaciones), se convierten en políticas, en el senti-
do schimittiano del término” (MOUFFE: 1998).
En el par hombre/mujer, entonces, ambos elementos son condi-
ción necesaria de las respectivas identidades masculina y femeni-
na, y de cómo cada una de ellas quede configurada. Hombres y mu-
jeres son, recíprocamente “el otro” al que se reconoce en su
diferencia, sin el cual ni “esos” hombres ni “esas” mujeres existi-
rían, o cuanto menos no serían lo que son (para bien o para mal).
Claro que, afirmar una diferencia no implica necesariamente per-
cibir al otro como un enemigo. Sin embargo, toda diferencia con-
lleva –como posibilidad–, que el diferente se convierta en antago-
nista, es decir, que sea visualizado como una amenaza, un peligro
o una negación de nuestra identidad. Éste es el momento en el que,
como dice MOUFFE, una relación del tipo nosotros/ellos pasa a ser
una relación del tipo amigo/enemigo, y se ingresa en el terreno de
lo político. Lo que el antagonismo expresa “…no es mi identidad si-
no la imposibilidad de constituirla; la fuerza que me antagoniza
niega mi identidad en el sentido estricto del término” (LACLAU), lo
que hace del enfrentamiento antagónico la forma de construcción,
reconstrucción o deconstrucción de identidades sociales.

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VI. De las mujeres y el derecho

También el poder, entonces, está presente en la constitución de


toda identidad, la cual es, en sí misma, un acto de poder, de modo
que sin poder no habría identidad (ni identidades). La afirmación
parcial de cada identidad depende de su capacidad de reprimir
aquello que la amenaza (poder contra poder). El poder no es, en-
tonces, externo a dos identidades constituidas, sino que las integra
y define. Por tanto, la desaparición radical del poder equivaldría a
la disolución del tejido social, ya que en toda sociedad, aún en las
que se proclaman más libres, el poder es condición de identidad.
No hay identidad social o individual, pues, que se sitúe más allá
del cruce de la política con el poder. O, dicho de otro modo, no hay
identidad social o individual que no esté apresada por la contin-
gencia.
¿Y el derecho? La teoría crítica (o algunas de las múltiples ver-
siones que se autodenominan críticas) insiste en que el discurso ju-
rídico se sitúa como legitimador del poder, como instituyente de
unas relaciones sociales en desmedro de otras, como orden consti-
tutivo de la subjetividad, a través de múltiples interpelaciones que
se articulan con relativa –sólo relativa– estabilidad. Estas tesis se
acercan al enfoque que sostienen Ernesto LACLAU y Chantal MOUF-
FE, y considerarlos conjuntamente abre un interesante campo de
reflexión para los juristas dispuestos a mirar “más allá” de la pura
normatividad.
Debemos volver una y otra vez, ya que no estamos dispuestos a
abandonar una postura antiesencialista y crítica, a destacar que el
derecho no es, unicamente, un conjunto de normas. En la constitu-
ción del sujeto de derecho, así como en el reconocimiento de iden-
tidades individuales o colectivas están presentes todos los niveles
del discurso jurídico. Un discurso social que interactúa, además,
con otros discursos sociales, como el de la política o el de la moral.
Así, sucede que las cualidades que definen a la “ mujer honesta”
no están, en realidad, escritas en la ley, pero es la “honestidad jurí-
dicamente valorada” la que determinará que una mujer de carne y
hueso, como decíamos al comienzo, sea o no alcanzada por la con-
dena o la protección del Código Civil o del Código Penal. El concep-
to de honestidad que el derecho hace suyo, se integra con prescrip-
ciones normativas, creencias depositadas en el imaginario social,
teorías sustentadas por los juristas, interpretaciones enunciadas
por los jueces, concepciones ideológicas, conocimientos científicos
propios de una época y de una sociedad. La instalación de la mujer
como sujeto de derecho supone este proceso complejo de asigna-

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Segunda Parte

ción de sentidos a la “ley”. Las mujeres son interpeladas por el dis-


curso jurídico, adquieren (una) identidad y son sujetos según cómo
y con los alcances que resulten de las múltiples formas en que el de-
recho se dirige a ellas. Se trata de una cuestión decisiva, porque del
orden en que se articulen las diversas interpelaciones dependerá,
en buena medida, lo que “la mujer sea” para sí misma y para los de-
más. La importancia del concepto de “articulación” en el discurso
del derecho es similar a la que le otorga Chantal MOUFFE al refle-
xionar en torno al discurso político.

“Negar la existencia de un vínculo a priori, necesario, entre las posiciones


de sujeto, no quiere decir que no haya constantes esfuerzos para establecer
entre ellas vínculos históricos, contingentes y variables. Este tipo de víncu-
lo que establece una relación contingente, no predeterminada, entre varias
posiciones, es lo que designamos como ‘articulación’. Aunque no existe un
vínculo necesario entre diferentes posiciones de sujeto, en el campo de la
política, siempre hay discursos que tratan de proveer una articulación en-
tre ellas, desde diferentes puntos de partida. Por eso, cada posición de su-
jeto se constituye dentro de una estructura discursiva esencialmente inesta-
ble, puesto que se somete a una variedad de prácticas articulatorias que
constantemente la subvierten y transforman. Por eso, no hay ninguna posi-
ción de sujeto cuyos vínculos con otras estén asegurados de manera defini-
tiva y, por tanto, no hay identidad social que pueda ser completa y perma-
nentemente adquirida. Esto no significa, sin embargo, que no podamos re-
tener nociones como ‘clase trabajadora’, ‘varones’, ‘mujeres’, ‘negros’ u otros
significantes que se refieren a sujetos colectivos. No obstante, una vez que
se ha descartado la existencia de una esencia común, su estatus debe ser
concebido en términos de lo que Wittgenstein designa como ‘semejanza de
familia’, y su unidad debe considerarse el resultado de una fijación parcial
de identidades mediante la creación de puntos nodales” (MOUFFE: 1998).

Volvamos al par hombre/mujer para agregar algo más. En esta


sucesión y/o conjunción inestable de posiciones la identidad de la
mujer no se modifica sin afectar su entorno, sin poner en juego la
identidad reconocida a los hombres, lo que prueba que los vínculos
culturalmente establecidos (y jurídicamente legitimados) entre
hombres y mujeres, no son estables, se alteran cuando aparecen
nuevas identidades o cuando las dadas se componen de manera
distinta como consecuencia de que una articulación (entre otras
muchas) se torna dominante.

IV. La cuestión de las identidades individuales o colectivas, en el


marco teórico que hemos elegido, supone hablar acerca de la igual-

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VI. De las mujeres y el derecho

dad y de la diferencia, o mejor, de las igualdades y las diferencias


en sociedades signadas por la multiculturalidad y la fragmenta-
ción, y por una creciente conflictividad.
“El pensamiento occidental, y su presunto dominio del cuadro
en su conjunto, debe enfrentarse con el carácter incompleto de
mundo ‘fragmentado y disperso’ (…) un mundo quebrado en com-
plejidades, cuerpos diferentes, memorias, lenguajes, historias, di-
versidades. (…) el ‘Otro’ se ha metamorfoseado, ahora, en cuerpos
e historias concretos, y pone en tela de juicio la pantalla del pensa-
miento universal –razón, teoría, Occidente– que históricamente ha
enmascarado la presencia de una voz, de un sexo, de una sexuali-
dad, una etnicidad y una historia singulares y ha otorgado al ‘Otro’
sólo una presencia a fin de confirmar sus propias premisas (y pre-
juicios)” (CHAMBERS: 1995).
Abandonar la “singularidad” no es un simple juego de palabras,
es hacerse cargo de que la emancipación significó en el proyecto de
la modernidad, eliminar las diferencias entonces relevantes y pro-
poner la concreción de una sociedad reconciliada, a través de la
realización de una pura esencia humana. Hoy, en cambio, y como
dice LACLAU, la emancipación importa la afirmación simultánea del
carácter constitutivo e inerradicable de la diferencia.
Es aquí donde identidad y ciudadanía convergen, porque la ciu-
dadanía implica el debate acerca de la igualdad. La pregunta perti-
nente es si puede construirse un concepto de ciudadanía desde la
“diferencia”, una ciudadanía que incluya la diversidad sin preten-
siones hegemónicas, que tienda a la emancipación y no a la regula-
ción en términos de Boaventura DE SOUZA SANTOS (DE SOUZA SAN-
TOS: 1990/1991).
Una ciudadanía que reconozca al diferente no como un acto de
caridad sino por la conciencia adquirida de que nadie puede dar
cuenta de su identidad, sin afirmar la diferencia del otro y custo-
diarla como una necesidad vital. Ese reconocimiento obliga a supe-
rar todo etnocentrismo, todo antropomorfismo, a admitir que no
somos los dueños de la tierra, a rescatar lo singular e irrepetible, a
percibir la irreductibilidad de nuestro cuerpo y la relevancia origi-
naria de lo femenino y lo masculino, a aceptar que éramos distin-
tos a como somos y que, con el paso del tiempo, la alteridad nos
atraviesa, a renunciar al ejercicio de nuestra voluntad de poder
que, fatalmente, conlleva la negación del otro o su asimilación, a
ejercitar la pasividad de dejar sitio a otro (BARCELLONA: 1992).
Los señalamientos de BARCELLONA, guardan una notable analo-
gía con las tesis y los reclamos reiterados de las mujeres, lo que

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Segunda Parte

muestra que muchas de las discusiones y de los debates suscitados


en el campo del feminismo pueden ser considerados aportes de sin-
gular importancia para la construcción de un nuevo concepto de
ciudadanía.
El derecho moderno, por su lado, hizo suyo el problema de la
igualdad, y una vez que la igualdad entra en la historia difícilmen-
te sale de ella. De ahí que pueda interpretarse toda la modernidad
como una época marcada por el trayecto de la igualdad, donde los
temas de la ciudadanía y los derechos se convierten en representa-
ciones complejas de nuevas formas de sociabilidad en las que cam-
bian las formas, la semántica y donde los “espacios de la experien-
cia se transforman en horizontes de expectativas” (RESTA: 1994). En
ese horizonte, en el que también cuentan las expectativas de las
mujeres, es preciso asumir las diferencias y preservar la igualdad.
Pero, ¿cuál igualdad?.
No se trata de que para ser iguales las mujeres deban resignar lo
que las hace distintas de los hombres; ni tampoco aceptar que lo
que las distingue las coloca en un lugar subordinado o inferior.
Tampoco se trata de proclamar que es lo que las diferencia, lo que
las hace ser “mujeres” (recaída esencialista), porque eso sería tan-
to como afirmar que son lo que son, que están donde están (o don-
de deben estar) y que toda pretensión de cambio es puramente ilu-
soria. Se trata, más bien, de sostener la diferencia con el otro,
asumiendo los riesgos inevitables del antagonismo y aún de la ne-
gación, en un intento de inaugurar un espacio en el cual converjan,
sin imponerse nuevas formas de reconocimiento que vayan más
allá del “reconocimiento simétrico de la igualdad formal de la ley”
(MOUFFE: 1998).
Los filósofos del derecho (los filósofos críticos del derecho) han
contribuido, y aún tienen mucho por agregar a una propuesta de
este tipo, porque el discurso jurídico incide fuertemente en la am-
pliación y radicalización de un espacio social común en el que la
igualdad implique la posibilidad de ser “legítimamente diferentes”.
Para las feministas este modo de plantear la relación entre identi-
dad y ciudadanía, por un lado, e igualdad y diferencia, por el otro,
puede tener, como lo destaca Chantal MOUFFE, “… consecuencias
muy importantes en lo que se refiere a la manera como formula-
mos nuestras luchas políticas. Las preguntas centrales vienen a ser:
¿cómo se construye la categoría “mujer” como tal dentro de dife-
rentes discursos?, ¿cómo se convierte la diferencia sexual en una
distinción pertinente dentro de las relaciones sociales?, y ¿cómo se

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VI. De las mujeres y el derecho

construyen relaciones de subordinación a través de tal distinción?


Todo el falso dilema de la igualdad versus la diferencia se derrum-
ba desde el momento en que ya no tenemos una entidad homogé-
nea “mujer” enfrentado con otra entidad homogénea “varón”, sino
una multiplicidad de relaciones sociales en las cuales la diferencia
sexual está construida siempre de muy diversos modos, y donde la
lucha en contra de la subordinación tiene que plantearse de formas
específicas y diferenciales. La pregunta de si las mujeres tienen que
volverse idénticas a los hombres para ser reconocidas como igua-
les, o la de si tiene que afirmar su diferencia al precio de la igual-
dad, aparece como una pregunta sin sentido, una vez que las iden-
tidades esenciales son puestas en duda” (MOUFFE:1998).
Sostener la diferencia significa, pues, rechazar la identificación
unitaria que niega y anula la existencia del otro. Significa también
determinar de nuevo un espacio común. “El único espacio para
una comunidad de diferentes es la tierra de nadie, sin apropiacio-
nes, sin límites… el único tiempo es el tiempo de lo posible, no do-
minado por un proyecto, pero donde se pueda construir un proyec-
to de otro modo de convivir: el tiempo de la creación de un nuevo
vínculo social” (BARCELLONA: 1992).
Una última reflexión. La calidad de “mujer” está jurídicamente
construida, tanto en sus derechos como en las discriminaciones
que la signan. No depende únicamente del derecho, es cierto, pero
es innegable la fuerza prescriptiva y legitimante de este discurso so-
cial que, en la modernidad desplazó a otros discursos sociales (o se
apropió de ellos) y se autonomizó de la moral y de la religión. Pro-
gresos y aporías de la modernidad que no pueden separarse. La cul-
tura que heredamos y que internalizamos nos limita, nos crea pre-
juicios y, al mismo tiempo, nos abre ventanas. Tenerlo presente es
decisivo, en especial en los lugares de la autoridad y del saber.

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