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OSCAR WILDE

André Gide

18 DE AGOSTO DE 2017
VALERIA LARA ARRIAGADA
Lectura de Poetas 2
Oscar Wilde, André Gide Valeria Lara

Oscar Wilde fue un importante poeta de la época de 1890, un que llegó a tener tanta
majestuosidad, fama y admiración de la sociedad, que estando en la cima solo bastó una
persona que estuviera en contra de él y lo difamará, como para que todo su éxito llegara al
sub suelo y no se volviera a mencionar su nombre con admiración hasta varios años después
de su muerte. Es entonces cuando André Gide, quien fue un íntimo amigo del escritor, decide
publicar un memorándum, en el que trata de resaltar al autor por sobre los escritos, donde sus
palabras se confunden con las de Wilde y comienza a ser difícil discernir al autor del texto
por completo, pues Gide relata de manera casi honesta los recuerdos que tenía de este poeta,
pero citando sus frases por completo y solo cada ciertas páginas agregando su opinión sobre
los hechos que en ese momento acontecían.

Esta obra nos muestra cómo fue conocer a este escritor de origen tranquilo y ameno en su
época de máxima gloría y su transición a su caída, especialmente la idealización que Gide
tenía sobre él y como con el paso de los años pasó a ser una crítica a su vida y obra, acto
curioso que al fallecer Wilde transforma en una nueva idealización a lo que fue como hombre
más que como escritor.

Esto último André Gide lo hace destacar en un principio, ya que Oscar Wilde en su paso por
la cárcel solo llevó infortunio a su apellido y al trabajo de toda su vida, su arte. Sus obras ya
no eran reconocidas y no lo volvieron a ser hasta muchos años posteriores a su muerte, lo
que provoca a muchos otros poetas o literarios a escribir memorias en su honor, unas en que
sobre admiraban los escritos más que nada y pasaban a ser poco creíbles para la época en que
toda la sociedad lo criticaba. Esto provoca a Gide a hacer un cambio en la redacción de las
memorias que quería entregar, pues él dice “….Fuerza es reconocerlo: Wilde no era un buen
escritor! El salvavidas que se le lanzó no hizo, pues, sino acabar de perderle, sus obras, lejos
de sostenerle, parecieron hundirse con él”i Así que la única manera correcta que encontró de
referirse a quien tanto admiró, fue resaltando al hombre detrás del autor, al que solo él veía
y quien no fingía ser agradable para los demás, si no aquel que hablaba con pensamientos,
cuentos e historias que de cierta forma mostraban su interior, Wilde decía a esto: “He puesto
todo mi genio en mi vida; en mis obras sólo he puesto mi talento.”ii

Una de las razones por las que Oscar Wilde logró ser tan famoso y reconocido por la sociedad
del 1880, fue la potencia e ingenio que le daba a sus escritos, eran tan espontáneos y

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novedosos que cualquiera que pasara caminando por su lado se quedaba a escuchar su final,
muchos extraños que solo le daban más particularidad a su carácter, y es que siempre ofrecía
lo que el otro quería escuchar, lo que decepcionaba a muchos que no esperaban nada de él,
pero engatusaba más a todos los que lo admiraban y fue lo que hizo que Gide le visitara con
frecuencia después de su primer encuentro junto a cuatro amistades más, el autor extrae de
ese momento lo siguiente: “Wilde, inseguro de nosotros, nos tanteaba. De su sabiduría o bien
de su locura, jamás ofrecía si no aquello que él suponía podía gustar al oyente; servía a cada
cual el pienso, según su apetito”iii y lo que le pareció aún más curioso después de sus
encuentros fue ese particular individualismo que lo llevó a su fin, solo se preocupaba de sus
historias, de su arte, de su grandeza, no tanto en la de los demás, ni si quiera lo que los otros
contaban de su día le parecía interesante, pero obviamente es algo lógico por su filosofía y
pensamiento artístico, él no veía la realidad de la misma manera que los demás, para él solo
era una historia que no merecía ser repetida, pero aquella que sí, que generalmente era toda
producto de la ficción, debía ser contada una y mil veces, porque como él mencionaba:
“Existen dos mundos: El que existe sin que se hable de él, y que llamamos mundo real... Y
el otro, el mundo del arte; de éste es del que hay que hablar, porque de lo contrario no
existiría.”iv Y el arte es único, al contrario de la naturaleza que se repite, igual que la historia.

Oscar Wilde estaba convencido de su misión representativa en el mundo de la literatura, creía


en la determinada fatalidad del artista, y que la idea es más fuerte que el hombre, él debía
hacer prosperar el arte, y la hizo su vida. Incluso cuando la gente lo empezó a difamar por
los rumores acerca de su homosexualidad, él jamás dejo de escribir, aunque fueran tragedias,
y en esta obra se puede ver la transformación de su arte en este proceso, pues en sus tiempos
de gloría él le mencionó un pequeño poema a André Gide: “Entonces tomó aquella estatua
de la tristeza, de la tristeza que puebla la vida; la rompió, la fundió, e hizo la estatua de la
alegría, la alegría que solo puebla el instante.”v, pero la crítica le quitó todo a este autor,
transformó su arte y lo hizo sucumbir a la pobreza, el alcohol y otros desastres que acabaron
con su vida rápidamente después de salir de la cárcel. Sin mencionar, que en esos dos años
que estuvo recluso, su personalidad, sus pensamientos, e incluso los libros que leyó lo
transformaron en un hombre decaído, deprimido y sin poder creerse por completo lo que
tanto trataba de hacer notar a los demás, ni cambiando su nombre a Sebastian Melmoth logró
suprimir lo que era, lo que tuvo y lo que había perdido, y al mencionarle a Gide el poema en

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prosa que una vez le contó, las palabras cambiaron demasiado y dejaron en evidencia a aquel
poeta, que sin querer dio más una confesión que un cuento: “El hombre que con el bronce de
la estatua del placer que vive un momento, tiene que fabricar la estatua del dolor que
permanece eternamente.”vi

Sin embargo, otro de los cambios que consiguió sacar la cárcel de Wilde, es que lo hizo
reconocer todas sus acciones, aquellas que lo llevaron a perderlo todo, pero de lo cual nunca
se arrepintió, pues perderlo significa que lo tuvo en algún momento, y todo lo que tuvo fue
gracias al arte y no se puede menospreciar el valor artístico si lo que se quiere hacer es que
perdure a través del tiempo, aunque la caída fuera necesaria para darle valor a su obra, como
bien lo mencionó él en sus últimos poemas: “Lamentar las experiencias vividas es detener su
propio desarrollo; negarlas es poner una mentira en los labios de nuestra propia vida. Es nada
menos que renegar del alma”vii.

Y él era consciente de la importancia que tendrían sus acciones, además de que en sus obras
deja entrever la importancia de la sociedad en el arte, la gente lo idealizó al escuchar de él,
le dio una imagen que si bien no era la verdadera, se vio obligado a usar con el fin de dejar
satisfechos a todo el mundo y que el arte prosperara, tuvo que ocultar su verdadero ser en la
poesía y en grandes obras fatalistas y trágicas con el toque de comedia que engatusaba a los
demás, pero no todos tienen los mismos gustos, nunca se puede simpatizar con todos, y cada
gran poeta tiene un némesis que lo lleva a la ruina. Una crítica es como un hongo en una casa
húmeda, se propaga con facilidad, se incrementa y crean nuevas que solo hacen que la casa
se pudra poco a poco por dentro y por fuera. Sin el apoyo de la población, Wilde perdió el
incentivo que todo escritor necesita, un lector, y por tanto los motivos para escribir y volver
a brillar como el sol. Aunque las criticas lo condujeron al fin de su vida, solo fue necesaria
una pausa en los años para que sus obras volvieran a brillar y a ser idealizadas por la sociedad,
aunque en el mundo moderno se puede ver la verdad detrás de cada poema y al autor detrás
de cada fragmento, mucho más que la fachada que le dio la gloria. Oscar Wilde mencionó
finalmente: “Todo lo que gana la vida lo pierde el arte. Entonces, ¿es preciso dirigirse siempre
al Arte? Porque el arte jamás hiere.”viii

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Bibligrafía

i
André Gide, Oscar Wilde, Página 13. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach
ii
André Gide, Oscar Wilde, Página 15. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach
iii
André Gide, Oscar Wilde, Página 19. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach
iv
André Gide, Oscar Wilde, Página 23. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach
v
André Gide, Oscar Wilde, Página 35. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach
vi
André Gide, Oscar Wilde, Página 98. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach
vii
André Gide, Oscar Wilde, Página 99. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach
viii
André Gide, Oscar Wilde, Página 99. Barcelona, Lumen, 1999. Traducción de Enrique Ortenbach