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Séneca, Epístolas morales, trad. Ismael Roca Meliá, Madrid, Gredos, 1986.

Los viajes y las lecturas

1 Por las nuevas que me das y las que escucho de otros, concibo buena esperanza de ti: no vas de acá para allá ni te
inquietas por cambiar de lugar, agitación ésta propia de alma enfermiza: considero el primer indicio de un espíritu equilibrado
poder mantenerse firme y morar en sí1.

2 Más evita este escollo: que la lectura de muchos autores y de toda clase de obras denote en ti una cierta fluctuación e
inestabilidad. Es conveniente ocuparse y nutrirse de algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que
permanezca firmemente en el alma. No está en ningún lugar quien está en todas partes. A los que pasan la vida en viajes les
acontece esto: que tienen múltiples alojamientos y ningunas amistades. Es necesario que acaezca otro tanto a aquellos que no se
aplican al trato familiar de ingenio alguno, sino que los manejan todos al vuelo y con precipitación.

3 El cuerpo no aprovecha ni asimila el alimento que expulsa tan pronto como lo ingiere; nada impide tanto la curación
como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta
que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por
ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer.

4 «Pero», argüirás, «es que ahora quiero ojear este libro, luego aquel otro)). Es propio de estómago hastiado degustar
muchos manjares, que cuando son variados y diversos indigestan y no alimentan. Así, pues, lee siempre autores y, si en alguna
ocasión te agradare recurrir a otros, vuelve luego a los primeros. Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno
frente a la muerte, no menos que frente a las restantes calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para
meditarlo aquel día.

5 Esto es lo que yo mismo hago también; de los muchos pasajes que he leído me apropio alguno. El de hoy es éste que he
descubierto en Epicuro (pues acostumbro a pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador): «cosa
honesta –dice– es la pobreza llevada con alegría».

6 Más no es pobreza aquella que es alegre; no es pobre el que tiene poco, sino el que ambiciona más. Pues, ¿qué importa
cuánto caudal encierre en su arca, cuánto en sus graneros, cuánto ganado apaciente o cuántos préstamos haga, si codicia lo
ajeno, si calcula no lo adquirido, sino lo que le queda por adquirir? ¿Preguntas cuál es el límite conveniente a las riquezas?
Primero tener lo necesario, luego lo suficiente.

En su retiro el sabio es útil a la comunidad

1 «¿Eres tú», me replicas, «quien me exhorta a evitar la multitud, buscar el retiro y atenerme a mi conciencia?, ¿dónde
quedan aquellos preceptos vuestros que ordenan morir en medio de la acción? ». ¿Cómo?, ¿crees que te aconsejo la indolencia?
Me escondí y cerré las puertas con el fin de poder ser útil a muchos2. Ningún día transcurre para mí inactivo; reservo al estudio

1 Se establece así una relación con la epístola anterior: allí uindicare se sibi, aquí secum morari. Precisamos de la tranquilidad y de la reflexión intima
como antídoto frente a la agitación de los viajes. De ahí la necesidad del estudio.
2 Separado de los cargos públicos Séneca piensa ser útil, resultar eficaz con sus conciudadanos y la posteridad. Resuelve la aporía entre vida activa y

la contemplativa: cuando ya no es posible la participación en los asuntos públicos, cabe laborar en un retiro fecundo por el bien de los demás.
parte de la noche; no me entrego al sueño sino que me rindo a él y trato de mantener despiertos los ojos fatigados por la vigilia y
que desfallecen en la brega.

2 Me he apartado no sólo de los hombres, sino de los negocios y principalmente de mis negocios: me ocupo de los
hombres del futuro. Redacto algunas ideas que les puedan ser útiles; les dirijo por escrito consejos saludables, cual preparados
de útiles medicinas, una vez he comprobado que son eficaces para mis úlceras, las cuales, si bien no se han curado totalmente,
han dejado de agravarse.

3 El recto camino que descubrí tardíamente, cansado de mi extravío, lo muestro a los demás. Proclamo a gritos: «evitad
cuanto complace al vulgo, cuanto el azar nos procura; manteneos desconfiados y recelosos de todo bien fortuito: tanto una fiera
como un pez son engañados por el cebo que les atrae. ¿Consideráis esto regalos de la fortuna? Son emboscadas. Cualquiera de
vosotros que desee pasar la vida en paz debe evitar en la medida de lo posible estos beneficios pegajosos que lastimosamente
nos engañan también en esto: en que creemos poseerlos y quedamos sujetos a ellos.

4 Esta carrera conduce al precipicio. El término de esta vida encumbrada es la caída. Luego que la prosperidad comienza
a empujarnos fuera de camino, no es posible detenernos o, al menos, hundirnos con la nave derecha, o de una sola vez. La
fortuna no nos derriba, sino que nos va volteando y nos estrella.

5 Mantened, por lo tanto, esta sana y provechosa forma de vida: que concedáis al cuerpo cuanto es suficiente para la
buena salud. Se le ha de tratar con bastante dureza, para que no se someta al espíritu con rebeldía: que el alimento calme el
hambre, que la bebida apague la sed, que el vestido aleje el frío, que la casa sea defensa contra las inclemencias del tiempo.
Nada importa que sea el césped o el mármol jaspeado de país extranjero lo que la haya erigido: sabed que al hombre lo protege
igualmente la paja que el oro. Despreciad todo aquello que un esfuerzo inútil pone como adorno y decoración; pensad que nada,
excepto el alma, es digno de admiración, para la cual, si es grande, nada hay que sea grande.

6 Si esto me digo a mí mismo y lo transmito a la posteridad, ¿no te parece que soy más útil que cuando comparezco en
juicio en calidad de defensor, o cuando imprimo el sello en las tablillas de un testamento, o cuando con mis palabras y actitud
apoyo en el senado a un candidato? Créeme, los que pasan por no hacer nada realizan actos más importantes, se ocupan a un
tiempo de lo humano y lo divino.

7 Pero debo ya poner fin y, como lo he decidido hacer, pagarte algo en esta epístola. No lo tomaré de mi repuesto; estoy
compilando todavía a Epicuro, de quien en el día de hoy he leído este aforismo: «para que alcances la verdadera libertad
conviene que te hagas esclavo de la filosofía ». No hace esperar de un día para otro a quien se sometió y entregó a ella; en
seguida queda emancipado; porque ser esclavo de la filosofía es precisamente la libertad.

8 Puede que me preguntes por qué recuerdo tan bellas sentencias de Epicuro más bien que de los nuestros: pero, ¿qué
motivo tienes para considerarlas propias de Epicuro y no del dominio público? ¡Cuán numerosos son los poetas que expresan lo
que ha sido o ha de ser expuesto por los filósofos!

(…)

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