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¿Cómo pillar a un mentiroso?

Inmaculada Ruiz
El País Semanal

Aunque parezca increíble, engañar es un arte no apto para todos los públicos. Su práctica efectiva
requiere de una importante actividad cerebral e implica un intenso ejercicio de memoria y control
de los gestos y las emociones.

Aunque intentemos controlarlo, cuando mentimos a alguien, nuestro cuerpo nos delata. No existe un
detector fiable, a nadie le crece la nariz, pero sí hay pistas que nos pueden indicar el riesgo de que
alguien nos está engañando. La policía, los investigadores y los servicios de inteligencia de los
gobiernos lo saben y se instruyen para detectarlo. Decir la verdad es un acto cerebral simple. Sólo
hay que bucear en nuestra memoria, recordar los detalles de lo que vamos a contar y hacerlo tal
cual. Sin florituras. Mentir, sin embargo, requiere una intensísima actividad mental, lo que al final
puede llevar al error. No es fácil cambiar el relato, hacerlo coherente y, sobre todo, creíble. Al
construir una nueva versión tenemos que intuir o saber qué información tiene el otro para que no
nos pille. Mientras hablamos, vamos calibrando las señales que emite: vemos si nos está creyendo o
no, e ir así adecuando la historia. Por si fuera poco, hay que memorizar la trola que estamos
soltando y evitar caer en contradicciones.

La dilatación de las pupilas, morderse los labios, sentir calor, tener sed o no parar de mover las
manos pueden delatar señales de engaño

Por si esta labor cognitiva fuera poca, en la mentira intervienen factores emocionales muy potentes,
como la excitación que nos provoca lograr colar una historia con éxito, el miedo a que nos pillen y
la anticipación de la vergüenza y la culpa, si al final descubren el engaño.no debe obviarse que se
necesitará mucho más tiempo del necesario para decir la verdad. En esta demora y en la
complejidad de sus mecanismos radica la facilidad para cometer fallos. Cualquier gesto involuntario
acaba delantándonos. Al mentir tenemos dos emociones contrapuestas y enfrentadas: la excitación
por el éxito y el miedo al fracaso. Intentar reprimirlas no es nada fácil: nuestros gestos las reflejarán
de una u otra manera en cualquier desliz. Si a esto añadimos el control sobre el contenido de nuestro
relato, hace falta una personalidad muy determinada para mantener cara de póker.

Según explican en el seminario Detección del riesgo de mentira impartido por la Escuela de
Inteligencia de la Universidad Autónoma de Madrid, hay dos tipos de señales que nos dejan en
evidencia:Las que muestran la tensión que llevamos dentro a través de movimientos faciales (como
la dilatación de las pupilas, el parpadeo excesivo, el mantener la mirada con frialdad o, por el
contrario, esquivarla) o corporales (movimiento de piernas, jugar con un objeto). Y las que
muestran una emoción reprimida, como una casi imperceptible mueca de satisfacción o un desvío
de la mirada que denota incomodidad. Algo parecido a decirle a la pareja que vienes de trabajar
cuando la cruda realidad impuso una visita al amante. Se puede detectar el engaño a los cinco
segundos de que empiece el relato, pues en ese momento se fuerza la expresión para convencer al
otro. Otra situación clave es justo al final, cuando el mentiroso se relaja y afloran sus verdaderos
sentimientos (y sus incoherencias).

La falsedad se intuye también con los movimientos de la cabeza que contradicen el mensaje verbal,
como negar algo de palabra pero asintiendo con la cabeza, o al contrario. Las manos pueden
traicionarnos: usarlas excesivamente, tocarse o frotarse la nariz, la cabeza, los ojos o cubrirse
parcial o totalmente la boca al hablar podrían indicar que la historia que nos cuentan es una farsa.
La tensión acumulada produce un aumento de la temperatura corporal, lo que hace que tengamos
mucha sed, calor, queramos desabrocharnos algún botón de la camisa, desanudarnos la corbata,
quitarnos el collar. Sospeche si alguien se aprieta continuamente los labios. Cuando engañamos a
alguien, el cuerpo tiende a distanciarse, ya sea cruzándose de brazos o poniendo un bolso o una
chaqueta en el regazo como muestra de separación. Desconfíe de los continuos movimientos de
piernas o de pies, de los tics nerviosos, de los apretones de manos. Preste atención si el interlocutor
no para de jugar, presionar o tocar continuamente cualquier objeto que tenga cerca.

Estas expresiones no van nunca aisladas. Si uno quiere averiguar la verdad, hay que examinarlas en
su conjunto. Eso sí, antes que nada debe conocer bien a esa persona: saber si tiene tics, si suele
hablar rápido o lento, si es tranquilo o nervioso. Las señales pueden ser engañosas. Una apariencia
de frialdad, por ejemplo, es relevante en alguien normalmente inquieto. Al final, Pinocho es un
cuento: no existe un mecanismo fiable para detectar la mentira, pero hay ciertos gestos que
inconscientemente nos hacen dudar. Así que si quiere mentir, aplíquese este cuento.