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Capitulo 7. La producción de discapacidad en clave de ideología

Esteban Kipen
Indiana Vallejos

A lo largo de nuestra producción colectiva hemos propuesto que la discapacidad


es una producción social, lo cual en sí mismo no nos dice demasiado acerca de qué
implica este proceso de producción.
Desandar ese proceso de producción supone discutir que la discapacidad esté
dada en el cuerpo, que sea natural y evidente, que no pueda dejar de reconocerse a
simple vista, por el sólo hecho de “estar ahí”, porque a ese cuerpo le falta un brazo -es
manco- le falta visión -es ciego- es un lesionado medular –no camina- le sobra un
cromosoma -tiene Síndrome de Down-. Y supone, también, pensar al cuerpo como algo
construido, lo que sugiere que los cuerpos deficientes – anormales solo viven dentro de
las limitaciones productivas de ciertos esquemas reguladores en alto grado
generalizados (Butler: 2002:26).
Al respecto Foucault sostiene que
“(…) las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los
cuerpos sin tener incluso que ser sustituidos por la representación de los sujetos. (...).
Existe una red de biopoder, de somato- poder (...) en el interior de la cual nos
reconocemos y nos perdemos a la vez”. (1979:156)

Ahora bien, ¿cómo es que la discapacidad ha adquirido esa condición de natural


y evidente? ¿Cómo se articulan ideología, normalidad y exclusión en la producción de
discapacidad? ¿Qué relaciones sociales subyacen y dan origen a esa producción? ¿Por
qué esas relaciones permanecen ocultas?
En este capítulo nos proponemos responder a esos interrogantes buceando en los
conceptos de ideología, normalidad y exclusión que –a nuestro entender– subyacen a la
producción social de la discapacidad. A la vez, intentamos una lectura socio-política de
la discapacidad que de cuenta del proceso de su producción1.

1
El análisis de la injusticia económica y simbólico – cultural a la que están sometidos los discapacitados
inherente a la producción social de la discapacidad se aborda específicamente en el Capítulo 10 de este
libro.
129

Para iniciar la búsqueda de respuestas a estos interrogantes, proponemos pensar


que la normalidad social –que está en la base de la producción de discapacidad– no
puede pensarse sino en términos de ideología, y en este sentido hablamos de ideología
de la normalidad.

Acerca de la ideología y la ideología de la normalidad

El concepto de ideología no está tomado aquí en el sentido de falsa conciencia,


ni remite exclusivamente al plano de las ideas, sino que consideraremos que las ideas se
materializan en las prácticas, y diremos con Zizek que lo que realmente importa es
“(…) el modo como el contenido (positivo de la ideología) se relaciona con la posición
subjetiva supuesta por su propio proceso de enunciación. Estamos dentro del espacio
ideológico en sentido estricto desde el momento en que este contenido es funcional
respecto de alguna relación de dominación social de un modo no transparente: la lógica
misma de la dominación social debe permanecer oculta para ser efectiva” (2004:15)
La dominación, inherente al capitalismo, no sólo se materializa en la relación
capital/trabajo como relación de explotación, sino que se produce y reproduce en otras
relaciones sociales, materializando diferenciaciones simbólicas y culturales que dan
origen a grupos de personas.
Estos grupos de personas no necesariamente tienen como único origen la
estructura económica de la sociedad (como las clases sociales) sino que su origen puede
situarse también en los modelos sociales dominantes, que instalan patrones de
interpretación y evaluación. En este caso, un modelo de interpretación acerca de lo que
es normal y lo que no lo es, que establece claras líneas de demarcación social respecto
de quién es discapacitado y en qué grado, lo que será adecuadamente evaluado por los
médicos, en su calidad de agentes autorizados a para ello, y certificado.2
Son grupos de personas que luchan por su reconocimiento y que son víctimas de
la dominación cultural en un contexto de desigualdades materiales, que inciden en que
la discapacidad sea vivida de modos distintos, de acuerdo a las condiciones de
existencia de cada uno. Estas desigualdades materiales condicionan el acceso a la salud,
a la educación, a la accesibilidad, a la tecnología, al trabajo, como también la
posibilidad de la vida independiente, entre otros múltiples aspectos. Sin embargo, al

2
Para ampliar ver capítulo 9 en este mismo libro.
130

igual que otras desigualdades materiales, y también como efecto ideológico, quedan
ocultas tras el velo de un problema individual o sectorial.
Podríamos pensar que la ideología de la normalidad y su efecto de producción
de discapacidad, generan un grupo social: el colectivo de discapacitados, que como
otros colectivos (vinculados a las “razas”, las sexualidades y los géneros) dista de ser
homogéneo pero que puede considerarse como un movimiento que reivindica el eje
transversal de reconocimiento de diferencia.3
Puede pensarse, por ejemplo, en la comunidad sorda y su reivindicación de la
identidad y la cultura sordas, o en la pretensión de inscripción en “la diversidad” de las
personas con discapacidad mental.
En cambio, parece mucho más difusa (o digamos inexistente) la disputa política
por la redistribución económica primaria y en contra de la explotación, la desigualdad y
la privación, por parte de este colectivo. Su lucha por la redistribución aparece más
ligada a la búsqueda de reconocimiento de derechos específicos y de políticas
compensatorias de la condición de discapacidad. Al respecto, Eduardo Mondino –
Defensor del Pueblo de la Nación– expresó4 ante el Consejo de Derechos Humanos de
Naciones Unidas que
“la violación del derecho a la salud puede considerarse todavía una disfunción
sistemática que perjudica a los discapacitados”, haciendo especial mención de “la
imposibilidad de acceder a la rehabilitación, la excesiva dilación en la prestación de
servicios, la resistencia de las empresas de medicina prepaga a brindar cobertura o
admitir la asociación de personas con discapacidad y los impedimentos para la
obtención o utilización de los certificados de discapacidad.” También se refirió a “la
limitación en la inserción laboral de esa gente, ya que hay incumplimiento de las normas
de cupo.”

El Defensor del Pueblo alude a dos políticas sectoriales: la de salud y la de


trabajo; dos sectores que resultan problemáticos para grandes sectores de la población
que no aparecen siquiera mencionados en el informe. Es decir: si bien la violación de
los derechos a la salud y al trabajo existen con relación a los discapacitados también
son violados esos derechos de otros grupos, y sin embargo no establece relación alguna
con ellos, como si ésta no fuera una situación transversal.

3
Ver también Capítulo 10 en este libro
4
Publicado por la Agencia de Noticias DyN el 22 de marzo de 2007.
131

Esa reducción de la lucha por la redistribución a la reivindicación de derechos


específicos se inscribe en la exigencia que plantea toda forma de dominación: la de una
ideología que –aunque más no sea como naturalización– la oculte, distorsione y
justifique.
La naturalización de la discapacidad y el ocultamiento de su origen asociado a la
normalidad y la normalización social resultan, entonces, consustancial a esta relación de
dominación específica. Pensar esa dominación específica nos vuelve a vincular con el
análisis de la ideología de la normalidad, para lo que resulta potente recurrir al planteo
de Zizek en torno a las ideologías. Este autor plantea que:
“Nos referiremos a la ideología “en sí”, es decir, un conjunto de ideas creencias,
conceptos y demás, destinado a convencernos de su “verdad”, y sin embargo, al servicio
de algún interés de poder inconfeso” (2004:17).

En nuestro caso, e interpretándolo para considerar específicamente a la ideología


de la normalidad, hacemos alusión a lo desarrollado como “constitución discursiva de la
normalidad”5 que, a la vez que elabora discursivamente la noción de normalidad,
esconde su carácter social e histórico y su contenido ideológico, instalándose como
natural y por lo tanto, evidente.
En este proceso de constitución discursiva de la normalidad, se opera el pasaje
de lo vital a lo social y de lo descriptivo a lo prescriptivo.
Con relación al pasaje de la normalidad vital a la normalidad social,
Canguilhem (1972) realiza un extenso desarrollo en el que plantea que es necesario
distinguir lo normal vital de lo normal social: mientras que la demanda de normas es
algo interno del organismo ( y por lo tanto, corresponde al ámbito de lo vital) la
normalización que obra en lo social descansa sobre una elección y una decisión
exteriores al objeto normalizado.
“La sociedad se construye en torno a normas arbitrarias y trascendentes a los objetos
normados.... la normalización social existe solamente porque la sociedad se define
mediante un conjunto de exigencias colectivas articuladas en torno a una estructura
directriz que define su bien singular” (Le Blanc, 2004:69).
En este sentido, plantear que la normalidad social tenga un origen biológico,
verificable estadísticamente y que el valor promedio es expresión de una norma, es parte

5
Ver capítulo 4 en este libro.
132

de los efectos de ocultamiento de la ideología. El hombre normativo es el hombre


creador de sus propios valores, sean vitales o sociales. Desde este punto de vista, el
hombre normal no es el hombre de laboratorio reducido a una norma única de
funcionamiento, ni siquiera el hombre medio aprehendido mediante una objetivación
externa: es el hombre normativo “para quien es normal romper las normas establecidas
e instituir otra nuevas”. Así, el hombre normativo se convierte en el hombre del desvío
y la expresión “normatividad social” designa la creación de sí por sí mismo; aludiendo a
la figura nietzcheana del tipo activo: aquello que tiende al poder y deviene creador, en
contraposición a aquella idea de normalidad social como la inscripción en reglas y
normas impuestas heterónomamente. (Canguilhem, G. 1972:106)
Ese pasaje de lo descriptivo a lo prescriptivo implica un cambio de significados
de la normalidad, que de ser entendida como omalos (en griego: unido, igual, liso) pasa
a ser la normalidad como nomos (la ley y cuyo significado se ha extendido a designar lo
que está en escuadra, lo no desviado). A su vez, se opera una cierta aproximación en los
significados de lo anómalo y lo anormal. Lo primero, que refiere estrictamente a un
significado descriptivo (lo insólito, lo desacostumbrado, lo poco frecuente, lo no
masivo, lo diferenciado, lo singular) se tornó lo segundo, adquiriendo un significado
normativo (que refiere a la no adecuación a un valor, a la desviación: lo inaceptable
socialmente, lo no permitido, lo que genera desorden y atenta contra la estabilidad, lo
desajustado, lo improductivo, lo no competitivo).
La ideología “para sí” refiere a su exteriorización,
“(…) es el momento sintetizado por la noción althusseriana de Aparato Ideológico de
Estado (AIE), que designa la existencia material de la ideología en prácticas ideológicas,
rituales e instituciones”. (Zizek, 2004:20)
Es decir: la ideología de normalidad “para sí” alude a las prácticas
normalizadoras (la invención de un cuentagotas normal –que divide un gramo de agua
destilada en 20 gotas en caída libre–, de una vía ferroviaria normal –que tiene 1,44 m de
distancia entre los rieles– como de la noción de medidas antropométricas normales
publicadas en los manuales de ergonomía y que sirven de base para la producción de
objetos y maquinarias que serán utilizados por sujetos normales), a los rituales
normalizadores (la fragmentación de los cuerpos, reducidos a imágenes en las que la
posibilidad de cumplir con el mandato de gozar se reduce a lucir abdominales
133

hipertrabajados, piernas torneadas, etc., la valoración de la inteligencia a partir de la


mensura de ciertas capacidades), a las instituciones de normalización, cuyo origen
remite a las instituciones educativas (la escuela normal) y las instituciones de salud (el
hospital).
En relación a las instituciones de normalización, Canguilhem nos dice que el
propio término normal se naturalizó en la lengua popular
“(…) a partir de los vocabularios específicos de dos instituciones: la institución
pedagógica y la institución sanitaria, cuyas reformas coincidieron bajo el efecto de una
misma causa: la Revolución Francesa. Normal es el término mediante el cual el siglo
XIX va a designar el prototipo escolar y el estado de salud orgánica” (1972:185).
La educación y la salud: dos instituciones paradigmáticas de la normalización, se
materializan en escuelas y hospitales cuyos agentes son “productores” activos de
discapacidad. Podemos decir que la escuela obligatoria, con su organización graduada
y secuencial, que valora un único modo de aprender, una única historia, una única
matemática, una única lengua, genera algunos sujetos resistentes a los aprendizajes (de
contenidos y de normas de conducta) esperados.
Es en la escuela en donde se expresan las dificultades de aprendizaje que
instalan la sospecha de la discapacidad, provocando la pregunta ¿no será que no
aprende como debe porque es discapacitado? Y esta sospecha se instala a partir de un
parámetro que establece cuáles son los aprendizajes normales. Existiendo el parámetro
de medición (que a la vez considera lo que antes se estableció como
“inteligencia normal, y que se mide a través de los tests de inteligencia) es posible que
los docentes “evalúen si el niño sabe lo que tiene que saber de acuerdo a la edad que
tiene y el grado en el que está. Porque en 5º tiene que saber tal cosa y en 6º tal otra, y no
puede tener lectura silábica para pasar a 5º ni escribir con lápiz porque todos escriben
con birome”.
Es decir, “hay un cierto ordenamiento que establece lo que se debe saber a determinada
edad. Un chico de 12 años tendría que tener estas y estas capacidades cognitivas
resueltas”. (Entrevista a una maestra)
Cuando esta sospecha se instala ya existe una anticipación realizada en la
escuela respecto de lo que se objetivará como diagnóstico médico. Esta anticipación
permite establecer una primer clasificación y decidir a “quién hay que hacer testar”.
Una maestra dice: “con los años de docencia, pero también con los años de vida y de
haber criado hijos y de haber estado en contacto con chicos, uno va viendo determinadas
disfunciones en algunos chicos, en otros ves que son cosas normales, comunes, ya sea
porque son muy vagos, porque le faltan muchos límites en la casa o porque en la casa no
134

se los mira mucho, pero hay como “cosas” que uno va viendo en los chicos... después los
médicos dicen que son patologías o discapacidades”.
Y otra agrega: “Efectivamente hay una anticipación. Uno manda a testar cuando está
convencido de que ese chico va a tener una respuesta a lo que uno ya está hipotetizando.
Muchas veces los maestros diagnosticamos que este chico ‘no le da’ y a lo mejor
cometemos grandes errores por no haber pedido ayuda a quienes realmente pueden
(diagnosticar)... es decir, lo censuramos socialmente, lo declaramos discapacitado sin
antes haber abordado las cosas como tienen que ser. Los maestros somos muy
diagnosticadores.”
La división entre aquél “al que le da” y “al que no le da” remite necesariamente
a la ideología de la normalidad propia de la institución de normalización. Allí una idea
(“la de igualdad ante la escuela”) se constituye como una verdad que, ante la
constatación empírica y cotidiana de los agentes normalizadores, se ve
permanentemente desmentida y debe recurrir a otro sistema para legitimar esa
impresión:
“(…) la escuela no puede ser la ‘escuela para todos’ si no es al precio de no ser la
escuela de todos... La idea de la ‘igualdad ante la escuela’ (es decir, ante la instrucción)
se manifiesta como la verdad de la escuela, cuando se confronta con la realidad socio-
económica de la miseria mayor –que se ve en los cuerpos y se oye en la pobreza del
lenguaje- no puede continuar siendo verdad si no es con la condición de clasificar con la
lógica de otro sistema (médico-psicológico) a aquellos que la escuela no puede tolerar.”
(Muel, 1991:135)
Esta clasificación médico – psicológica se produce en el campo de la salud: se
deriva a médicos, psicólogos y/o psicopedagogos (aunque estos últimos deben ser
refrendados por un médico) para que realice las pruebas correspondientes y clasifique al
niño en correspondencia con la categoría nosográfica6 en la que lo ubica. Así,

6
Nosología y Nosografía son dos conceptos del campo de la medicina en su vocación de clasificación de
las enfermedades, acuñados en un contexto de expropiación de la experiencia y el saber del enfermo y de
externalidad de la mirada clasificatoria. Nosología (nosos: enfermedad + logos: estudio) alude al
desarrollo teórico de la medicina que tiene por objeto la descripción, diferenciación y clasificación de las
enfermedades y procesos patológicos en tanto entidades, a partir del ordenamiento y agrupación de los
signos. Constituye un discurso sobre la enfermedad que considera los síntomas (semiología), las causas
(etiología) y los procesos por los cuales uno o varios agentes originan la enfermedad (patogenia).
Nosografía (nosos: enfermedad + graph: escritura) refiere la objetivación de la nosología en una precisa
clasificación taxonómica que describe las enfermedades, en las que luego el médico ubicará a los
enfermos, interpretando signos y síntomas como significantes del significado enfermedad. Taxonomía
(taxis: ordenamiento + nomos: norma o regla) remite al ordenamiento en un sistema de clasificación
categorial. Cada categoría taxonómica tiene un nombre –parte de una nomenclatura sujeta a
reglamentación de la comunidad científica–, está descripta y refiere a un “ejemplar tipo”. Los sistemas de
clasificación que son producto de este ordenamiento contienen información referida a cada taxón,
respecto de los que se produce y hace circular conocimiento científico y sirven al saber médico como
predictores (aunque originariamente estas predicciones se refieran a la fisiología y ecología), también en
este aspecto la medicina ha operado un pasaje del campo de lo vital al campo de lo social.
135

“(…) la clasificación de los especialistas del dominio médico - pedagógico converge


con la de la escuela, reforzando mediante la aportación de un aparato científico de
medición, la ideología de los dones naturales”. (Muel, 1991:142)
Es decir: la ideología de la normalidad, a través del discurso médico–pedagógico
genera todo un desarrollo conceptual, metodológico e instrumental tendiente a instalar
una supuesta causa biomédica de la inteligencia, que por causas naturales, estaría
distribuida en forma desigual entre los sujetos. Existirían entonces algunos sujetos
naturalmente más inteligentes que otros, sin relación con las áreas de conocimiento
evaluadas, las metodologías de enseñanza utilizadas, las condiciones de vida ni la
lengua utilizada. Y es en la escuela en donde este discurso prospera y se hace evidente
la “diferencia” entre los niños con aptitudes distintas, y los profesionales del campo
médico – pedagógico se constituyen como los habilitados para determinar exactamente
su medida y su correspondiente diagnóstico. En el supuesto de existir inaptitudes,
incapacidades, dificultades de aprendizaje u otras características similares, el
diagnóstico será de discapacidad.
Finalmente Zizek propone un análisis de la ideología “en y para sí” (siguiendo la
tríada hegeliana) y se refiere a una cierta
“(…) desintegración, autolimitación y la autodispersión de la noción de ideología.
(Ésta) ya no se concibe como un mecanismo homogéneo que garantiza la reproducción
social, se transforma en una familia wittgensteiniana de procedimientos heterogéneos y
relacionados vagamente unos con otros cuyo alcance es estrictamente localizado”
(2004: 23)
En nuestro caso, ello supone la extensión y la interiorización del mandato de
“ser normal por voluntad propia”, sostenido en la convicción de que ser normal es
“inherente” a la naturaleza humana y que toda anormalidad contradice esa naturaleza.
Ya no es el intento de caminar o casi caminar, de completamiento por imposición
violenta de un profesional en ejercicio del poder. Es la identificación con ese mandato,
es la interiorización del debo caminar, o casi caminar, o ver u oír como debe ser (debe
ser a la medida de lo normal). Es la atribución de responsabilidad al discapacitado de
volverse normal, de recuperar o adquirir sus rasgos humanos.

Acerca de la ideología de la normalidad y la normalización de la sociedad

En otro punto de este libro se expresa que “la ideología de la normalidad opera
sustentada en una lógica binaria de pares contrapuestos, proponiendo una identidad
136

deseable para cada caso y oponiendo su par por defecto, lo indeseable, lo que no es ni
debe ser. El otro de la oposición binaria no existe nunca por fuera del primer término
sino dentro de él, es su imagen velada, su expresión negativa”, la falta, la carencia, y
para este segundo término es siempre necesaria la corrección normalizadora. Ya
Foucault señalaba que
“(…) todas las instancias de control funcionan según una modalidad doble: la de la
partición binaria y marcado (loco – no loco, peligroso – inofensivo, normal – anormal)
y la de la asignación coercitiva, del reparto diferenciado (quién es, dónde debe estar,
qué lo caracteriza, cómo reconocerlo, cómo ejercer sobre él una constante vigilancia)”
(2002:203)
En el caso de los discapacitados, la ideología de la normalidad no solo los
define por lo que no tienen: su falta, su déficit, su desviación, su ausencia y su carencia;
sino que también y simultáneamente confirma la completud de los no discapacitados,
que suelen ser igualados a los normales. La oposición se expresa entonces, como
normal-discapacitado, reemplazando tanto la expresión normal – anormal, como la
originaria normal – patológico.
La operación de reemplazo es un instrumento ideológico que oculta las
mediaciones concretas que hay entre lo anormal/patológico y la discapacidad.
Esta lógica binaria se asienta sobre el “convencimiento” del valor de la
normalidad: está bien ser normal, y si no lo sos, es imperativo hacer los tratamientos de
rehabilitación necesarios para acercarse lo más posible a ese estado/condición.
“Desde el punto de vista fáctico, existe entre lo normal y lo anormal una relación de
exclusión. Pero esta relación está subordinada a la operación de negación, a la
corrección requerida por la anormalidad”. (Canguilhem. 1972:191)
La exclusión tiene aquí el sentido foucaultiano de la separación y expulsión. Sin
embargo, esa separación no ubica a los sujetos por fuera de la sociedad. De ser así, la
única forma de exclusión sería la aniquilación física.
Lo anormal designa justamente el territorio, las zonas ‘invisibles’, ‘impensables’ de la
vida social, sin embargo, son zonas densamente pobladas por quienes no gozan de la
jerarquía de los sujetos [normales], pero cuya condición de vivir bajo la esfera del
signo de la “exclusión” es necesaria para circunscribir la esfera de los incluidos. En este
sentido, los anormales vienen a conformarse como el ‘exterior constitutivo’ del campo
de los sujetos [normales]. (Butler, 2005:20)
137

La expulsión no refiere a un “afuera” de la sociedad, sino a un exterior de ciertas


prácticas sociales y circuitos institucionales7.
Prácticas para las que estos sujetos, denominados personas con discapacidad o
discapacitados están inhabilitados: podríamos considerar, por ejemplo, la atribución de
incapacidad civil por la mera existencia de un diagnóstico de discapacidad, con la
consiguiente restricción a los actos jurídicos reconocidos a los mayores de edad.8
Si pensamos en los circuitos institucionales existentes encontramos que aquellos
denominados comunes, competitivos o normales presentan restricciones importantes (ya
sean formales o fácticas) para el ingreso y permanencia de los discapacitados. Entre
las restricciones formales encontramos, por ejemplo, la Constitución de la Provincia de
Entre Ríos, que en su artículo 22 expresa:
“No podrán ser empleados, funcionarios, ni legisladores, los deudores de la Provincia,
que ejecutados legalmente, no hayan pagado sus deudas, los inhabilitados por sentencia,
los quebrados fraudulentos no rehabilitados los afectados por incapacidad física o
mental”.
Entre las restricciones fácticas, podríamos pensar en la negativa de algunos
profesionales de la medicina de otorgar certificados de buena salud a aspirantes a becas
educativas en el exterior, porque el aspirante es discapacitado; o la expulsión
encubierta a estudiantes universitarios con discapacidad, porque no va a poder trabajar
como profesional cuando se gradúe, y la institución no se puede hacer responsable de
formar a alguien que ya sabemos que no va a ingresar al mercado de trabajo (sin
reconocer que la institución universitaria no se hace responsable por el ingreso de
ningún graduado al mercado de trabajo y desconociendo las múltiples formas de
participación en el campo ocupacional como también la posibilidad de estudiar sin el
interés de trabajar como profesional una vez graduado).
Sin embargo, este estar “afuera” de ciertas prácticas e instituciones supone, a la
vez, ser incluido en otras prácticas sociales y otros circuitos institucionales
(instituciones de rehabilitación, escuelas especiales, talleres protegidos, etc.) destinados

7
“Circuito institucional” alude aquí a la existencia de una serie encadenada de organizaciones
institucionales (como organización establecimiento: centros de salud, hospitales, escuelas, fábricas,
empresas, etc.) que materializan las instituciones (salud, educación, trabajo, etc.)
8
Ver capítulo “La discapacidad diagnosticada y la certificación del reconocimiento”, en este mismo libro.
138

a la corrección normalizadora (prácticas caritativas y asistenciales, tutelas, educación


especial, rehabilitación, trabajo protegido, etc.). En términos de Karsz:
“(…) la exclusión atañe a personas que están fuera de una sociedad de la que forman
necesariamente parte. Para ser excluido hay que estar adentro. Si no se está adentro no
se es excluido... la exclusión es un estatuto social como cualquier otro, se despliega en
una sociedad dada.” (2004: 160).
Se trata entonces de una suerte de exclusión incluyente que ubica a los
discapacitados en circuitos institucionales específicos.
Son instituciones que tienen una función correctora, normalizadora, a la vez que
la propia existencia de ese circuito cumple un objetivo económico, pudiendo hablarse de
una verdadera “industria de la rehabilitación”. Así, los discapacitados tienen un lugar
social y económico de “demandantes de ‘servicios de rehabilitación’”, de consumidores
de prácticas profesionales, de medicamentos, de prótesis y órtesis, etc.; de destinatarios
de políticas compensatorias que esconden la exclusión masiva y naturalizada.
La exclusión, pensada en estos términos, es paradojal, ya que supone un tipo
específico de inclusión: la del estatuto de discapacitado (adquirido a través de la
certificación de discapacidad).9
Otro de los efectos ideológicos de la normalidad es ocultar que los procesos de
clasificación y separación de lo normal y lo anormal están atravesados por relaciones de
poder, de cuya dinámica deviene justamente el carácter inestable y fluctuante.
Esto se expresa en que normalidad y anormalidad no representan un par
verdadero, dos contrarios con mutuas referencias, sino una oposición jerárquica en la
que (al menos aparentemente) la normalidad se define implícitamente, constituyéndose
como la negación de la anormalidad: es normal lo que no es anormal y viceversa
Es decir: se produce una operación que esconde que el verdadero sustento de la
normalidad son los valores definidos como preferenciales para el orden social en el que
se inscriben (como se explicitará más adelante).
Podemos entonces retomar el análisis propuesto por Zizek, de la ideología “en
sí”, “para sí” y “en y para sí”, en tensión con la normalidad y los procesos de
normalización social, en la constitución de la ideología de la normalidad. Para este

9
El tema se desarrolla más extensamente en el capítulo 9.
139

análisis, es interesante trabajar los aportes de Georges Canguilhem y de Susan Wrigth.


Al referirse a la ideología, esta autora plantea:
“(…)en su forma más segura, una ideología aparece como hegemónica. Esto es, se torna
tan naturalizada, dada por hecho y ‘verdadera’ que las alternativas están fuera de los
límites de lo imaginable. Tal como lo sugieren Comaroff y Comaroff (1992), en su
dimensión hegemónica, la cultura aparece como coherente, sistemática y consensuada.
Procura aparecer como un objeto, una cosa más allá de la acción humana, no ideológica
en lo más mínimo: en pocas palabras, como la vieja idea de cultura auténtica. Los
mismos antropólogos previamente habían confundido a las ideologías hegemónicas con
la auténtica cultura, y en el proceso, apoyaron a aquellos miembros de la comunidad con
el poder ascendiente para definir las características de su ‘cultura’ y proyectarla como
atemporal y objetiva.
Ninguna ideología, por más hegemónica que sea e imbricada en las instituciones y la
vida cotidiana que esté, se encuentra fuera de disputa; el de ‘cultura’ es un concepto
dinámico, siempre negociable y en proceso de aprobación, discusión y transformación.
Actores diferencialmente posicionados, con inventivas impredecibles, apelan a,
retrabajan y fuerzan en nuevas direcciones los significados acumulados de ‘cultura’ –
incluyendo los viejos y nuevos significados académicos. En un proceso de reclamar
poder y autoridad, todos están tratando de sostener diferentes definiciones, que tendrán
diferentes resultados materiales”.(2004:132)

Si analizamos la dimensión ideológica de los procesos dinámico-normativos


constituyentes de la cultura, nos referimos a aquello que Canguilhem llama
normatividad social, esto es la capacidad de un grupo social de establecer normas e
imponerlas al conjunto social.
“(…) Se podría decir, tratando de reemplazar por un equivalente el concepto marxista
de clase ascendente: entre 1759, fecha de aparición de la palabra “normal” y 1834, fecha
de aparición de la palabra “normalidad”, una clase normativa conquistó el poder de
identificar –hermosa alusión ideológica– la función de normas sociales con el uso que
ella misma hacía de aquellas cuyo contenido determinaba” (Canguilhem, 1972:193)
La imposición cristalizada de esa normalidad resulta útil no sólo a la
racionalización de la sociedad, sino a su dirección acorde a los intereses de los grupos
dominantes a la vez que se esconde esa direccionalidad en un supuesto estado natural.
Canguilhem dirá “si es verdad que por ‘naturaleza’ hay que entender un ideal de
normalidad sin normalización”. (1972:180)
Esta normalidad apunta a maximizar la producción de excedentes, propia del
capitalismo, aunque –como ya se dijo- esta intencionalidad quede oculta, como efecto
de evidencia de la ideología.
En el intento de moldear una sociedad con arreglo a normas definidas por un
sector social y extendidas a la totalidad social, la normalización –como estrategia de
140

control social– se sustenta en una elección de valores y una decisión normativa


exteriores al objeto normalizado, que prescriben un conjunto de exigencias colectivas,
otorgándole su sentido disciplinario. Éste
“(…) encuentra su expresión social en la corrección o en la vigilancia. De ahí en
adelante, la normalización aparece como el intento de racionalización de lo social,
entendido como una prueba reguladora, axiológica, disciplinaria” (Le Blanc, 2004: 73)
Al igual que el concepto normalidad, la normalización requiere desandar el
camino que oculta su origen y contenido. Siguiendo a Canguilhem, podemos decir que
la génesis social de la normalización implica tres momentos: la intención normativa, la
decisión normadora y el uso normalizador. Por su parte Susan Wrigth se refiere a los
procesos de disputa por la construcción de significado, y también identifica tres
momentos en la construcción de ideología
Analicemos estos tres momentos identificados por los autores:
a) la intención normativa que apunta a valores (la belleza, la utilidad, la productividad,
la inteligencia racional, la competencia, la armonía, el orden y la estabilidad). En
términos de Wrigth, este momento corresponde a
“(…) intentos desembozados por parte de agentes identificados por redefinir símbolos
clave que dan una particular visión del mundo, de cómo la gente debiera ser y
comportarse, y de qué debiera verse como la ‘realidad’ de su sociedad e historia: en
pocas palabras, una ideología”. (2004:132)
Así, lo normal es conceptualizado por los cursantes del Seminario “La
producción social de la discapacidad” como
“todo aquello que se ajusta a los parámetros según las reglas establecidas y socialmente
aceptadas. El mandato dispone que es la normalidad la que habilita el mundo
competitivo y productivo”.
“La idea de normalidad en un orden establecido se refiere a lo regular, lo permitido, con
lo cual se vería reflejado lo socialmente aceptable para un colectivo”.
Como se ha dicho, un sector dominante selecciona valores eficaces para la
reproducción del orden establecido, y los instala con la potencia de ser pensados como
atributos naturales del cuerpo de los humanos.
En el mismo momento que se instalan valores preferenciales que se impondrán
al conjunto social, se excluyen otros valores. Esta operación, supone también la
exclusión de los sujetos que no son capaces de portar esos valores.
Es posible pensar que un sistema social opera como un campo de acción de
ciertas normas que distinguen, separan y excluyen. Normas que demarcan lo social y lo
141

constituyen, en tanto tienden a establecer líneas divisorias al interior de las relaciones


sociales.
b) la decisión normadora, instituye reglas, reglamentos, patrones, modelos. Es el
momento de la instauración de la norma propiamente dicha. En términos de Wrigth, es
en este momento la visión del mundo previamente definida
“(…) se institucionaliza y trabaja mediante un poder que ya no requiere agentes.
Foucault ha documentado cómo el conocimiento acerca de la salud mental, la
sexualidad y la criminalidad en los siglos XVIII y XIX se tornó la base sobre la cual se
construyeron las instituciones. Estas prácticas institucionales moldearon percepciones,
categorías, valores y comportamiento”. (2004:132)

Es decir: es este el momento de constitución de un discurso del cuerpo normal y


del cuerpo deficitario, que oculta su producción social y parece anclarse en la
naturaleza, con efecto de evidencia y se definen tanto medidas (del cuerpo, de la
inteligencia, de la velocidad para el aprendizaje y para el trabajo, etc.) como
instrumentos para su evaluación. Esta decisión normadora da “formas y contenidos”
concretos a los valores que subyacen a las normas.
La producción de un atributo como deficitario es una producción ideológica que
supone que hay cuerpos completos (los cuerpos normales, definidos arbitrariamente
como tales, en orden a valores hegemónicos de cada época –según se ha trabajado
anteriormente) y que todo desvío será considerado un cuerpo incompleto, deficitario, al
que “le falta algo” para ser totalmente un cuerpo humano.
En este sentido, es posible decir que es esta decisión normadora la que
constituye todo aquello que será considerado deficitario y, por lo tanto, puede
considerarse el origen de la discapacidad.
c) el uso normalizador, que autoriza la referencia del objeto a la norma instaurada, y
que se materializa cotidianamente en las prácticas. Así el mandato de normalizarse
prescinde del agente normalizador externo al sujeto. Éste, constituido en sujeto sujetado
producido ideológicamente, aparece deseando normalizarse.
La familia espera que el discapacitado adhiera voluntaria y fervientemente a la
rehabilitación, y el discapacitado, a su vez, suele exigirla. Las demandas por una
rehabilitación integral rara vez cuestionan el cómo, el para qué y el para quién de esa
rehabilitación. Para Wrigth, el tercer momento se produce
142

“(…) cuando un término clave que implica una nueva manera de pensar acerca de un
aspecto de la vida entra en otros dominios (fuera de las actividades del estado) y se
torna una manera de pensar difusa y prevaleciente en la vida cotidiana”. (2004:132)

Sobre la producción social de la discapacidad. Tensiones entre naturaleza e


ideología de la normalidad.

A esta altura, se torna imprescindible tensionar el desarrollo anterior con la


producción de discapacidad, buscando dar cuenta de nuestra hipótesis que propone que
la producción social de la discapacidad es posible en tanto existe una ideología de la
normalidad.
Muchas de las producciones teóricas desarrolladas en Argentina y España,
inscriptas en lo que se ha dado en llamar “modelo social de la discapacidad”10
coinciden en hablar de la discapacidad como construcción social, y remiten a la idea del
“entorno discapacitante de aquellos que son portadores de una deficiencia”,
enfatizando las consecuencias “desventajantes” de los modos de organización social y
reivindicando la equiparación de oportunidades como política.
Entre estas producciones es posible inscribir incluso las de la Organización
Mundial de la Salud (OMS) con su planteo de las “limitaciones a la actividad y la
participación” incluidas en la Clasificación Internacional de Funcionamiento (2001)
Asimismo, la Convención Internacional por los Derechos de las Personas con
Discapacidad, sancionada en diciembre de 2006, establece que “las personas con
discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales
o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su
participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las
demás”. Al analizar la concepción contenida en la Convención, Carlos Eroles dice:
“(…)La consideramos un paso significativo dado hacia delante. No son las personas con
discapacidad las responsables de su propia situación de exclusión. Son las barreras
construidas por el resto de la sociedad, las que generan los verdaderos impedimentos
para la igualdad de condiciones...
La discapacidad debe ser conceptualizada en términos de las oportunidades que se abren
a las personas con deficiencias... Debe ser evaluada por las oportunidades abiertas para

10
Existen otras producciones, inscriptas en lo que se conoce como Disability Studies, que también son
consideradas como parte del “modelo social de la discapacidad”, que rompen con esta postura,
cuestionando la noción de déficit.
143

la plena integración, si se establecen políticas que posibiliten la eliminación de barreras


y actitudes obstaculizadoras” (2007:3)
Más allá del reconocimiento de la influencia del entorno en la vida de los
discapacitados, estos desarrollos enfatizan la causalidad individual de la deficiencia
física y psíquica, a partir de los desarrollos científicos y técnicos para su corrección;
olvidando las condiciones sociales de constitución de dicho campo de intervención y
reflexión.
Es decir: más o menos radicalmente, cuestionan las relaciones sociales y las
consecuencias que estas originan a los sujetos que tienen algunas características que se
conceptualizan como déficit; pero dejan incuestionada esa valoración de “atributos
deficitarios”. El déficit mantiene su condición de esencia del sujeto: situado en el plano
de lo biológico, la base material de la discapacidad y se instala como “realidad
objetiva”. En este sentido, si bien podrían evitarse las consecuencias discapacitantes de
la deficiencia, ésta es un dato evidente de la naturaleza del individuo, inscripta en su
cuerpo.
Nuestra ruptura (ya planteada en páginas anteriores) reside en problematizar la
noción de deficiencia, de déficit y cuerpo deficitario, que se viene situando en el origen
mismo de la discapacidad como su causa última. Al respecto Murillo, analizando la
obra de Foucault, sostiene que
“(…) decimos que los sujetos son fabricados, constituidos, y ello no se produce a partir
de una esencia pre-dada, sino en relación al hecho que es más íntimo y a la vez más
público, aún antes del nacimiento, en relación a ciertas formas de organización social,
atravesadas por relaciones de fuerza” (1997:88)
Ahora bien, ¿Cómo se produce el tránsito de la producción social de la
anormalidad a la producción social de la discapacidad?
Según venimos sosteniendo la categoría de normalidad opera como
demarcatoria, aparece dividiendo el mundo en dos: separa lo normal –sujetos, reglas,
instituciones, formas– de lo todo aquello anormal.
El discapacitado, como habitante del lado anormal del mundo, presenta ciertas
especificidades. Aparece como aquel al que le falta algo en su naturaleza corporal o
funcional, no tiene lo que hay que tener: no tiene ni el cuerpo, ni la inteligencia, ni los
sentidos necesarios para ser normal.
144

Esta falta se muestra en expresiones utilizadas frecuentemente para denominar a


los discapacitados: “no le llega el agua al tanque”, “le falta un jugador”, “no tiene todos
los patitos en fila”, “no ensilla con todas las caronas”, “le falta un golpe de horno”, “es
no vidente”, “tiene movilidad reducida o necesidades especiales”.
Como la falta es atribuida a la naturaleza, el sujeto está eximido de
responsabilidad por su inadapatación a las normas, pero simultáneamente le es impuesta
la responsabilidad de someterse a todo intento de normalización o casi normalización.
Esta eximición de su responsabilidad implica que la sanción social de su infracción no
es punitiva sino correctiva, bajo parámetros medicalizados.
Se produce un movimiento a la esfera de control medicalizado, que da origen a
la industria de rehabilitación. Claro ejemplo de que lo que en un primer momento
resulta una exclusión de las relaciones productivas (como trabajador o propietario)
reingresa luego como mercancía, como razón de ser de industrias, instituciones,
profesiones, manuales, que obtendrán no solo ganancia económica sino rédito moral –a
partir de la noble tarea de ayudar a los discapacitados–.
Así la discapacidad es una anormalidad, que a partir de ser diagnosticada, es
decir: a partir de ser producida en un acto de enunciación que supone la constatación
profesional de una falta respecto del parámetro de una normalidad única, presenta
algunas características paradojales:
No se corrige, pero el discapacitado debe intentar la corrección, a través del
sometimiento a rehabilitación.
No se cura, pero la cura es la orientación de las intervenciones profesionales y
del sentido común.
No se castiga punitivamente, pero somete a dominación extrema, que incluye la
expropiación del cuerpo y la sospecha de inhumanidad.
Esa resistencia a la vez que sostiene la industria de rehabilitación, denuncia lo
que la ideología de la normalidad oculta la radical diferencia como constitutiva de lo
humano, las relaciones de desigualdad entre quienes adquirieron el poder de imponer
ciertas normas y quienes son prescriptos/proscriptos por las mismas, la irrupción de la
singularidad a pesar del proyecto eugenésico y racionalizador.
145

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Parte III “ De la exclusión al reconocimiento”