Está en la página 1de 2

EL AUTOMÓVIL

Un lujoso automóvil, o lo que quedaba de él, había aparecido abandonado en una


carretera secundaria. Un grupo de muchachos “scouts” lo había descubierto, medio oculto
entre los arbustos de la cuneta. Lo rodearon enseguida y observaron, curiosos, su tono
plateado y la línea moderna y dinámica de la carrocería. Comentaron cada detalle con
ruidoso asombro.
—Es una maravilla de coche deportivo —dijo un chico muy alto, que gastaba gafas. Su
compañero más cercano asintió.
—Lástima que le falten las ruedas —dijo. —Podríamos quedarnos con él.
La portezuela estaba abierta, y el larguirucho estuvo husmeando en el interior. La
tapicería era de cuero, y parecía nueva.
—Por dentro está muy bien —dijo, volviéndose. —No parece que lleve mucho tiempo
aquí. Faltan la radio, y el cassette.
Era, en efecto, un automóvil poco corriente, seguramente importado, y parecía contar
con todos los extras. Mientras los muchachos seguían descubriendo maravillas, otro
vehículo llegó por la carretera y se detuvo con un frenazo. Era un coche de la policía.
—¿Qué hacéis ahí? —preguntó el conductor, que era corpulento y llevaba uniforme.
—Vamos, retiraos de ahí.
—Yo lo vi primero —dijo un chico menudo. —Parece que lo han abandonado.
El policía grueso se bajó del coche celular, seguido por un compañero. Ambos se
acercaron al vehículo.
—¿No habéis visto a nadie por aquí? —preguntó. El muchacho alto dio un paso
adelante.
—No había nadie —dijo. —Hace sólo cinco minutos que llegamos.
Los dos hombres inspeccionaron el vehículo. Una llamada anónima los había alertado,
y no tuvieron mucha dificultad para hallar el paradero del automóvil que estaba hundido en la
cuneta, apoyado sobre la carrocería. Uno de los chicos intervino.
—¿Han visto qué trasto? Vaya chisme de lujo —dijo, admirativo.
El policía grueso abrió el capó, que cedió suavemente, y ante la mirada atónita de
todos apareció el interior completamente vacío. Ahora fue el hombre quien silbó.
—Buena labor —dijo, pensativo. Su compañero asintió.
—Han tenido todo el tiempo del mundo para hacerlo —indicó. —Me pregunto quién
será el dueño de este trasto, y cómo ha llegado hasta aquí. —El otro se encogió de hombros.
—Cualquiera sabe —dijo. —Lo cierto es que aquí lo han desguazado, porque los
neumáticos han dejado su señal en el barro. Fíjate.
Sobre la tierra húmeda podían percibirse claramente las huellas, algunas borradas por
las pisadas de los chicos. El hombre grueso se volvió.
—Habrá que dar aviso para retirarlo de aquí. Es un peligro si alguien pasa de noche
por esta curva. —El compañero resopló.
—¿Te das cuenta el dinero que debe costar un trasto así?
—Ya te digo —corroboró el más grueso. Luego, dirigiéndose a los chicos: —¿Estáis
por aquí cerca? —preguntó. El muchacho alto asintió vivamente.
—Estamos acampados en un pinar, detrás de ese monte —señaló. —¿Podemos
ayudar en algo? —El hombre entró en el automóvil policial.
—Es posible —dijo. —Ahora, podéis marcharos. Apenas queda nada por robar.
Cuando la grúa llegó ya anochecía, y los muchachos se habían retirado hacía tiempo.
Izaron la carrocería, que fue a parar con otros muchos vehículos al lugar donde se
aguardaría una posible reclamación. De no producirse ésta por su dueño, aquellos restos se
subastarían.
Pero habían pasado semanas y el lujoso cascarón no fue reclamado por nadie. No
tenía placas de matrícula, y el número de bastidor estaba borrado. Se hicieron
averiguaciones, y transcurrido un tiempo prudencial se dio por liquidado el asunto.
—Seguramente, es de algún extranjero que habrá vuelto por otro medio a su país —
comentó el jefe de servicio. —No es más que un cascarón, pero habrá que subastarlo.
—Hay que estar loco para cargar con eso —comentó su ayudante.
Se adjudicaron otros vehículos a sus nuevos dueños sin dificultad: unos serían
desguazados y los mejores se repararían. El encargado se impacientaba, pero a última hora
alguien se interesó por el coche. Se trataba de una joven pareja. Él vestía vaqueros y una
cazadora claveteada.
—¿No es guay? —le dijo ella. —Podía servirnos de hotel. —Él soltó la carcajada.
—Está bien —dijo. —Pero mis padres van a echarme de casa cuando llegue con eso.
—Es una ganga —dijo la chica alegremente. Con un poco de imaginación, haremos
maravillas.
Al día siguiente, los restos del automóvil fueron retirados por los nuevos dueños, que
habían alquilado una grúa al efecto. La carrocería quedó instalada en un garaje a las afueras
de la ciudad.
—Estoy impaciente —dijo la muchacha. —Habrá que empezar cuanto antes.
Él cerró la puerta abatible del garaje. Se dirigió hacia el fondo, y con un llavín abrió un
armario metálico. Dentro había una serie de piezas brillantes, completamente nuevas. Había
cuatro ruedas con sus neumáticos, y una más de repuesto.
—Eso está hecho —dijo él.
Entre los dos, con la minuciosidad con que lo hubiera hecho un relojero, fueron
situando cada pieza en su lugar. Luego las ajustaron, mostrando la habilidad de unos
perfectos mecánicos. Cuando terminaron, ella se dejó caer en una silla y él se limpió el sudor
con un pañuelo.
—Ya casi está listo —resopló. —Ahora, nos falta la matrícula.
Después de varias horas de trabajo, el automóvil había quedado como nuevo.
—Nos hemos ganado una buena merienda —rió la muchacha. —Tenemos los papeles
en regla, y todo es legal. —Él la besó en los labios.
—Somos geniales —dijo.
Salieron a la autopista para probar el coche. Faltaban algunos ajustes, y con todo
adelantaban fácilmente a cualquier vehículo que se pusiera a su alcance. Ella apoyó la
cabeza en el hombro del compañero que conducía, y enlazó su pierna con la suya.
—Nos iremos de juerga esta noche —le dijo al oído.
La tarde era gloriosa. Todo resultaba perfecto, sobre todo aquella sensación de
plenitud, la certeza de que habían burlado a las fuerzas del orden. Desde el día en que
vieron el coche ante una lujosa urbanización, todo había sido cuidadosamente planeado
hasta el último detalle: sin dificultad lo pusieron en marcha, y lo llevaron hasta aquella cuneta
en una carretera apartada. Lo del desguace fue sencillo.
—Aguardaremos para dar el aviso —habla dicho él. —Hay que esperar a que pase el
mes de vacaciones para que el fulano vuelva a su país. Entonces, no habrá ningún peligro.
Así lo hicieron. Mediado el mes de septiembre, la policía recibió una llamada. Era una
voz femenina, y denunciaba la presencia de un coche accidentado, y el lugar.
Es un auto de color gris plata —informó. —Yo he estado a punto de chocar con él.
Antes de que el funcionario hubiera tomado sus datos, la mujer había colgado el
teléfono. Se volvió hacia su compañero.
—Ahora no queda más que aguardar la subasta —rió.
Todo aquel enredo no era para ellos más que un juego apasionante. Y ahora, el
automóvil volaba por la carretera sobre los altos acantilados.
—Conduce tú —le dijo él.
Fue cuestión de segundos. Cuando se apercibieron de la gran mole que se venía
encima, no tuvieron tiempo de reaccionar. Era una curva pronunciada, y abajo los
acantilados estaban bordeados por la blanca espuma de las olas. El conductor del camión
vio con horror cómo aquel bólido de plata se salía de la carretera, yendo a caer en el mar
con un sonido sordo, al que siguió un macabro burbujeo.