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El demonio de Maxwell: el

experimento mental que tomó


un siglo resolver y explica por
qué tu computadora se
calienta
RedacciónBBC Mundo
 18 junio 2016
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Image copyrightTHINKSTOCKImage captionPrepárate para una idea


extraña que surgió en la era del vapor y explicó la digital.

¿Qué necesitas para predecir el futuro?


Hubo un tiempo en el que una bola de cristal habría sido la herramienta
ideal.

Sin embargo, en el siglo XIX parecía que las leyes de movimiento


formuladas por Isaac Newton dos siglos antes eran suficientes.
Si sabías dónde estaba cada una de las partículas del Universo con
exactitud en ese momento, podías calcular dónde iban a estar en
cualquier momento futuro.

Era imposible hacerlo, por supuesto, a menos de que fueras una criatura
sobrenatural. Pero ese no era el punto.
Aunque no tuvieras ni la más remota esperanza de poder calcularlo, el
futuro parecía estar enteramente determinado por el presente.

El problema era que...


Si eras cristiano, la teoría no funcionaba. ¿No nos había concedido Dios
el libre albedrío precisamente para que pudiéramos escoger nuestra
propia salvación?
En un Universo mecánico de partículas en movimiento, no había
espacio para escoger, y por lo tanto tampoco para la salvación.
Pocos estaban tan atribulados por la amenaza científica a la voluntad
propia como elcientífico escocés James Clerk Maxwell, uno de los más
grandes físicos de la época victoriana.

Ima
ge copyrightSCIENCE PHOTO LIBRARYImage captionMaxwell fue uno de
los primeros en entender que el calor es el movimiento de moléculas.

Maxwell era un presbiteriano devoto, así que uno de los pilares de su fe


era que Dios le ofrecía a los humanos la posibilidad de gracia, que
aceptamos o rechazamos a nuestra propia volición.

Sin esa idea, sus convicciones religiosas no tenían sentido.


Pero al buscar una solución para su conflicto, Maxwell se sentía
comprometido a honrar los principios científicos.
Y cuando encontró la respuesta, se le escapó un fastidioso demonio.

Lo diminuto es poderoso
Al solucionar un lío religioso, el científico escocés planteó -sin querer-
uno científico que tomó 100 años desenredar.

Resulta que el demonio de Maxwell apuntaba a una conclusión que se


adelantaba por mucho a su tiempo: que la energía y la información están
íntimamente conectadas.

Image copyrightTHINKSTOCKImage captionLa luz: ondas que viajan por


el espacio.

El físico es recordado hoy en día más que todo por dos cosas que hizo en
1860:

 Mostró que la luz es una onda de campos eléctricos y magnéticos


viajando por el espacio

 Comprendió cómo los movimientos de átomos y moléculas


individuales, a escalas demasiado pequeñas para verlos, producían las
leyes que gobernaban el movimiento del calor a escala cotidiana.
En esas leyes radicaba la ciencia llamada termodinámica, que fue ideada
a principios del siglo XIX para explicar cómo funcionaban los motores de
la Revolución industrial.

La pequeña bestia
La primera ley de la termodinámica dice que la energía no se crea ni se
destruye, sólo se transforma.

La teoría de Maxwell sobre los gases ayudó a explicar la segunda ley, que
establece qué transformaciones de la naturaleza pueden ocurrir.
El calor siempre fluye de caliente a frío: nuestra taza de café siempre se
enfría, no se calienta.

Image copyrightTHINKSTOCKImage captionUna pelota al caer rebota


hasta detenerse pero nunca ocurre lo inverso.

Sin embargo, el físico sabía que era posible que acciones diminutas
tuvieran un gran efecto: entre más caliente estaba algo, más rápido se
estaban moviendo sus moléculas.

Imagínate, dijo Maxwell, a un empleado ferroviario operando un cruce tan


bien lubricado que casi no hay fricción. Sólo requeriría un movimiento de
la palanca pequeñísimo para mandar el tren en otra dirección.
¿Qué pasaría -dijo- si hubiera una criatura lo suficientemente pequeña
para ver cada molécula y darle seguimiento?

Esta pequeña bestia se podría sentar junto a una diminuta puerta en la


puerta que divide una caja llena de gas en dos.

Cada vez que una molécula se acerca a alta velocidad en el


compartimento A, la deja pasar; cada vez que viene una lenta del
compartimento B, la deja pasar.

Así, acumularía las moléculas con mucha energía -gas caliente- en el


compartimento B y el gas frío en el A.

Sería como construir un horno al lado de un refrigerador sin utilizar


energía.
Image copyrightSCIENCE PHOTO LIBRARYImage captionEl diablito
ordenando moléculas.

Al final, de un gas que empezó teniendo la misma temperatura, Maxwell


creó una mitad fría y una caliente.

Su experimento mental parecía indicar que sólo teniendo la información


necesaria, podías crear orden en el desorden.
Eso era opuesto a lo que la segunda ley de termodinámica plantea.

La ciencia del siglo XIX había mostrado claramente que el desorden


siempre aumentaría: las cosas estaban destinadas a derrumbarse.

Sin embargo el demonio parecía indicar que podías volverlas a su forma


original, sin gastar nada de energía.
¿Posible?

Para examinarlo tuvo que naturalizarlo.

Tornó el demonio en una válvula muy inteligente que podía medir las
moléculas que se acercaran y tomar una decisión de abrirles o cerrarles
el camino.
¿Suena disparatado? Piénsalo ahora como una máquina diminuta con un
microprocesador que convierta medidas en acciones.

Así fue como los científicos empezaron a concebir al demonio de


Maxwell a principios del siglo XX.
Pero quien realmente lo entendió fue un científico que trabajaba en una
firma cuyo negocio era la información: IBM.
La unidad fundamental de información para los circuitos de sus
computadores era el binario 1 o 0, conocidos como bits.

Image copyrightTHINKSTOCKImage captionUn mar de información que


puede acalorar.
En 1961, el científico alemán-estadounidense Rolf Landauer se dio cuenta
que al reemplazar 0 por un 1 no costaba energía si el proceso podía
revertirse. Pero si era irreversible, era inevitable producir alguna pequeña
cantidad de calor.

Así estuviera codificado en un transistor o en el cerebro de un demonio,


si cambiabas un bit irreversiblemente, no podías evitar pagar esa multa.

El demonio hacía su tarea a base de información, que debía recordar.


Mientras la pudiera guardar en su memoria, no consumía energía. Pero
cuando se colmara, tendría que olvidar o borrar parte de esa información.
El proceso de olvidar es irreversible, de manera que produce calor.
La idea de Laudauer les puso límites tanto a las computadoras como a
los demonios.

A medida que los circuitos son más y más pequeños, requieren menos y
menos poder para mover los bits.

Pero el costo de energía es grande: todos sabemos que nuestros laptops


se calientan, y el hardware de los grandes servidores tiene que ser
enfriado con agua para evitar que se derrita.

No importa cuán enérgicamente eficiente hagamos los procesadores de


información, nunca podemos superar el límite de Landauer de cuánto
calor generamos.
Y eso en sí mismo es una ley sobre la información.

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