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Al rescate de un fantasma

Jorge Martínez
Diario la prensa de buenos aires

Nuevas miradas intentan rehabilitar a Marx en un mundo sin comunismo. El eje de


la operación intelectual consiste en distinguir las teorías del pensador alemán de los
frutos que produjo en la URSS y sus regímenes satélites. ¿Hasta qué punto es
posible establecer esa separación?
La supervivencia o muerte de Karl Marx siempre ha interesado a los círculos
culturales, sean marxistas o no tanto. Ya en 1977 la revista Time incluía la
inscripción "Marx ha muerto" en la portada de su edición internacional. Se refería a
una nota sobre el auge de los "nuevos filósofos", entonces jóvenes luminarias como
Bernard-Henri Lévy o André Glucksmann, que habían roto con el marxismo, leían a
Solzhenitzyn y criticaban los crímenes del Gulag. Faltaba más de un decenio para
la caída del Muro de Berlín y el desplome del comunismo. Cuando llegó ese fin de
época, la muerte de Marx volvió a debatirse, ya no como conjetura abstracta sino
como expresión del sentido común. Por todas partes los productos concretos de la
teoría marxista dejaban de existir y se hundían en la noche de la historia. ¿Cómo
no iba a desaparecer también el pensador que los había inspirado?
Pero con el marxismo las cosas nunca son tan simples. A dos siglos de su
nacimiento, Marx sigue vivo. O al menos eso pretenden hacer creer una variada
constelación de intelectuales y funcionarios, marxistas o no tanto. Del rescate
participó incluso el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, que el pasado 7 de abril
auspició en el Teatro Nacional Cervantes, junto con el Instituto Goethe, la
jornada "Marx nace", que consistió en una serie de debates, exposiciones y
performances.

Dos principios rectores interconectados animan este rescate. El primero sostiene


que Marx (1818-1883) no es lo mismo que el "marxismo", y el segundo, que no
corresponde imputar al pensador germano los desastres que el mundo conoció bajo
el nombre de comunismo.
Son ideas tentadoras para cierta clase de intelectual, como lo demostraron los
impulsores del encuentro "Marx nace". "Esos regímenes (los de la URSS y Europa
oriental) habían logrado petrificar los escritos de Marx y santificar su vida -consideró
Fernando De Leonardis, uno de los curadores del encuentro del Cervantes-. Caídos
los estados burocráticos de la URSS y del Este europeo, en un contexto intelectual
mundial menos opresivo, los textos de Marx comenzaron a circular con mayor
libertad, y por ello fueron reinterpretados en claves diversas".
Más expresiva, la filósofa Esther Díaz se felicitó por la anhelada divisoria de
aguas. "La mayor difusión de la obra de Marx en los últimos años se debe a que por
fin se ha comenzado a separar su pensamiento de los regímenes marxistas", señaló
con entusiasmo revelador.
VIEJOS ARGUMENTOS
Aunque atendibles, no necesariamente se trata de argumentos nuevos. Desde 1989
en adelante, todos los partidos o ideólogos comunistas del planeta los pusieron en
práctica, ansiosos por tomar distancia de unos estados que a todas luces habían
demostrado ser ineficaces, corruptos y, lo peor de todo, asesinos en masa. Jean-
François Revel lo registró cuando el proceso iba a mitad de camino. "En el fondo, el
reino del comunismo no es de este mundo, y su fracaso aquí es imputable al mundo,
no al concepto comunismo -ironizó en La gran mascarada (2000)-. De ahí que
quienes lo acusan alegando lo que hizo, están en realidad impulsados por un odio
secreto hacia lo que se supone que quería hacer: consumar la justicia".
Entonces y ahora la operación de rescate marxista viene lastrada por una
contradicción básica: ocurre que si Marx tuvo alguna validez en los últimos dos
siglos fue como inspirador de un tipo de organización social que vio la luz por
primera vez tras la revolución bolchevique en Rusia. Negar toda relación entre la
teoría marxista y la praxis comunista equivale por lo pronto a condenar a la
insignificancia al autor de El Capital.
¿De dónde habría surgido esa peculiar atracción que por un siglo ejerció el
marxismo si no hubieran existido la URSS, Lenin, Trotsky, Stalin, la China de Mao
o la Cuba de Castro y Guevara? ¿Y cómo es que sólo después de la estrepitosa
desaparición de esos líderes o estados llegó a descubrirse que Marx nada tenía que
ver con ellos?
Para tantos de nuestros intelectuales, preservar a Marx del desastre es, además, la
mejor manera absolver sus propios errores de criterio. Culpar de todos los males a
las "burocracias" del "Este" y hablar de un insólito "socialismo real" opuesto a uno
"ideal", argumento extraño en adeptos al "materialismo histórico", es un atajo
cómodo para eludir el examen de conciencia y la admisión de su complicidad con
regímenes asesinos.
Hay algo más. En el último siglo, ser marxista fue el gran sello de distinción de
la intelligentsia, una suerte de medalla a su agudeza mental. La clave de todo
estaba en el método de análisis. El marxista, escribió uno de ellos, Arthur
Koestler, no explica las cosas por la "apariencia" sino por la significación oculta de
los hechos. Sentirse parte de esa minoría esclarecida que ha descifrado las leyes
profundas de la historia les producía y les sigue produciendo una satisfacción
irreprimible.
"¿Nos vamos a asombrar ante la inalterable popularidad del marxismo entre los
intelectuales? -preguntaba en 1990 el ex disidente soviético Vladimir Bukovski-. Es
su religión, su posibilidad de figurar entre los elegidos, de expiar el pecado original
poniéndose al servicio del proletariado. Pero también es la promesa apenas velada
de un poder sobre la masa afásica, de un poder que esté asegurado por la Palabra.
De un poder consagrado a conducir a la felicidad universal, al reino de la razón y la
eterna armonía, es decir, a la muerte. ¡Ahí está el contrato de Fausto con el Diablo!".
Esa arraigada percepción elitista no se ha disipado. Beatriz Sarlo lo demostró en las
últimas semanas con una columna barnizada de nostalgia por su juventud marxista.
Al recordar su primer acercamiento a El Capial, en la década de 1970, lo definió
ante todo como una experiencia vital, de aprendizaje arduo (y hasta se permitió la
exquisitez de ilustrarlo con una palabra alemana: Erlebnis). Todo el texto confiesa
su orgullo retrospectivo por haber superado la prueba de leer y entender al pensador
alemán, la medalla más vistosa. "Esto sucede con los grandes escritores y filósofos,
solamente con ellos -se justificó en El País de Madrid-. No es necesario seguir
pensando que están en lo cierto ni que sus ideas son acertadas".
Pero la historia demuestra que es posible romper con el marxismo sin ensayar
intentos espurios por rehabilitar a su creador. Había motivos de sobra para hacerlo.
Ya desde el comienzo sus contradicciones, su visión reduccionista de la historia, la
glorificación del conflicto que entraña y el utopismo de su esencia dejaron un tendal
de desencantados entre algunos de sus partidarios más fieles.
Al frente de esa lista de disidentes, que es larga y bien nutrida, aparece el filósofo
ruso Nicolás Berdiaeff. Su ruptura fue temprana, anterior incluso a la primera
revolución rusa, la de 1905. Fundamentó su alejamiento en El cristianismo y el
problema del comunismo, donde lo resumió yendo al corazón del problema. Allí
donde no valen los rescates ni las conciencias engañadas: "Marx poseía una
enseñanza moral. Su ética partía del principio (de) que el mayor bien se realizaría
por medio del mayor mal, que la luz nacería de la condensación de las
tinieblas...Cuanto más odio tengan los obreros, cuanto más cruel sea la lucha, más
perfecta será la organización social que le sucederá. El marxismo está inspirado en
una fe llena de utopía: cree que el pecado y el mal de explotación en la sociedad
capitalista pueden ser vencidos por un proceso social, por el aumento del mal. Pero
no ve por ninguna parte el germen del bien, de la verdad y de la luz espiritual".
El siglo XX, el largo siglo de Marx, demostró con creces que la luz del bien no puede
surgir de las tinieblas del mal.