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Meditación y deseo

Juan Manzanera

Parte de la naturaleza humana es vivir con deseos. Los deseos nos impulsan a obtener cosas
que no tenemos y a alcanzar metas, y nos dan energía para funcionar en la vida.
Constantemente deseamos cosas, relaciones, objetivos, éxitos, etc. Si observamos todo lo que
nos rodea, todos los objetos que usamos, todas las propiedades, todas las personas con las
que nos relacionamos, todos los logros obtenidos a lo largo de la vida, toda nuestra evolución
como personas, y demás, encontramos que detrás de todo esto hay deseos y más deseos.
Desear forma parte de nuestra vida. La vida puede verse como una cadena de
acontecimientos en que los deseos se suceden uno tras otro. Si no hubiera deseos la vida
perdería gran parte de su sentido, y de hecho los momentos en que no tenemos ningún deseo
coinciden con los estados de desánimo y depresión.
No obstante, los deseos son peligrosos. Es muy fácil que se conviertan en un problema y, lo
que en principio nos alienta a vivir, se vuelva nuestra prisión. Entre otros, hay tres problemas
fundamentales en relación al deseo. El primero es la frustración, el segundo la pérdida de
control y el último alejarse de lo que verdaderamente te importa.

Frustración
Experimentamos frustración cuando nos quedamos sin lo que esperábamos. Habitualmente
deseamos más cosas de las que podemos conseguir con lo cual, inevitablemente, solemos
experimentar frustraciones, unas veces pequeñas y otras grandes. Deseamos conectarnos con
los demás y siempre falla algo, deseamos vivir pletóricos y felices, y nunca lo conseguimos del
todo, buscamos un equilibrio emocional y las situaciones nos desestabilizan constantemente,
etc. Las frustraciones se van acumulando a lo largo de la vida, y conforme aumentan las
frustraciones se disparan los deseos y, en consecuencia, más frustración experimentamos.
La frustración es parte de la vida, porque el deseo es parte de la vida. De modo que es
preciso aprender a sobrellevar los momentos en que las cosas no salen como deseamos.
Podríamos y nos libraríamos del dolor de la frustración pero también podemos aprender a
asumir la frustración y vivirla con serenidad y contentamiento.
Puede compararse a rascarse el picor de un grano. En muchos casos lo mejor es no tocarse
mucho y dejar que pase. Con la frustración es lo mismo. Las respuestas que damos a la
frustración suelen traernos consecuencias nefastas para nosotros mismos y para los que nos
rodean: reaccionamos con ira, impotencia, culpa, resentimiento, vergüenza, deseo,
desánimo, etc. Estos sentimientos no sólo nos causan infelicidad en sí mismos sino que
además nos llevan a actuar de un modo irracional, conduciéndonos a todo tipo de
comportamientos dañinos (comer, fumar, beber, vegetar, comprar, etc.).
Es bien conocido que numerosos trastornos psicológicos están relacionados con la
incapacidad de soportar que las cosas no sean como deseamos. De manera que es importante
aprender a estar con lo que sucede sin reaccionar. Cuando sintamos que se frustran nuestras
expectativas y deseos, necesitamos escuchar nuestros sentimientos de malestar y dejar que se
diluyan. Necesitamos aprender a ser conscientes y a mirar con calma y lucidez nuestra
experiencia.

Pérdida de control
Para algunas personas el problema con los deseos es la necesitad imperiosa de tenerlos cuanto
antes. Esta inmediatez de la satisfacción del deseo y la incapacidad de posponerlo es un grave
problema a la hora de tomar decisiones, alcanzar logros importantes o disfrutar de lo que ha
costado tanto obtener.
En este caso el problema es la incapacidad de esperar a obtener el placer. Esto hace que
sólo se deseen cosas que puedan aportar un placer inmediato y se abandonen cosas más
valiosas que requieren ciertos sacrificios. Todas las cosas importantes requieren un camino
que exige hacer elecciones y abandonar otras. Cuando no somos capaces de ceñirnos a
nuestros objetivos y de posponer nuestros deseos inmediatos acabamos sin nada, y nos
quedamos atrapados en una espiral inagotable de insatisfacción. Los placeres inmediatos
cesan tan rápido como los consumimos y generan más deseo. Sufrimos cuando no tenemos lo
que deseamos y sufrimos cuando lo tenemos porque ya estamos deseando otra cosa. Cuando
perdemos el control sobre nuestros deseos nunca disfrutamos de las cosas que tenemos (y
antes deseábamos) porque el deseo nos obliga a buscar la siguiente cosa. Es la metáfora del
agua salada, mientras más bebes más sed tienes.
De modo que aquí también tenemos que aprender a tolerar la desazón. Esta vez se trata
del malestar de no tener todavía lo que deseamos. Se trata de saber esperar y entender que
mientras más sepamos retrasar las gratificaciones mayores serán las metas a las que podemos
aspirar. Necesitamos aprender a vivir en calma los momentos de incertidumbre y espera en
que todavía falta tiempo para conseguir lo deseado.

Alejarse de lo que importa


Desde una perspectiva más profunda el gran problema del deseo es que nos impide desarrollar
el potencial que tenemos. El deseo está denigrado en todas las tradiciones por cuanto supone
un serio obstáculo a aprovechar la vida, puesto que nos alejan de nosotros mismos y de lo que
nos importa. Cuanto más nos alejamos de nuestra esencia más insatisfacción tenemos y más
miedos nos dominan. Con lo cual el sufrimiento resulta inevitable.
Dicen los maestros que para aprovechar plenamente la vida todos los deseos necesitan ser
canalizados en un único deseo, el deseo de crecer, evolucionar, realizar la verdad y trascender
el sufrimiento. Si tenemos deseos más importantes que este, es muy probable que nuestra
evolución sea lenta y costosa, y nos sintamos más insatisfechos con nuestra vida. Pero si todos
los deseos se vuelven secundarios al desarrollo de nuestro potencial todo se vuelve fácil y
fluido.
El deseo nos atrapa mentalmente. Su poder radica en la seducción y la atención que
demanda. Nos obliga a escucharlo, atenderlo y afrontar la situación; sin embargo, eso no hace
que sea más verdad. La necesidad de obtener eso que deseamos es una verdad provisional,
transitoria y relativa. Nuestro ser no está definido ni por las cosas que deseamos ni por lo que
ya tenemos, nuestra esencia es anterior a cualquier estado temporal del cuerpo y mente. Si
recordamos la enseñanza, somos la fuente de todo que ni va ni viene. Nuestra tarea es ahora,
en este momento, y consiste en mantener la presencia en la cual cualquier deseo es
irrelevante porque hay algo que es más significativo.
Finalmente el único deseo que nos libera y consume todos los demás deseos es el anhelo
de conocer la esencia de la vida. Este es el deseo que necesitamos cultivar y cuidar hasta el
final, hasta ese momento en que se realiza que la verdad siempre estuvo aquí, plena y
perfecta, desde el principio.
El enfoque puramente espiritual radica en si podemos ver que hay algo más importante que
los deseos y satisfacciones personales. Este es el principal camino a una mayor plenitud.
¿Podemos indagar en la verdad? ¿Podemos poner toda la lucidez de que seamos capaces en
descubrir que eso que deseamos, como cualquier cosa que esté sucediendo, es menos
relevante que lo que somos en última instancia? Y lo que es más importante, ¿Podemos
reconocer que cuando obtengamos eso que deseamos, lo primordial seguirá siendo la verdad
que ahora mismo somos?

Juan Manzanera
Escuela de Meditación

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