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PAPA GORIOT Y EL AMOR POR SUS HIJAS

Obra decimonónica por antonomasia, Papá Goriot tiene mucho para decirnos todavía, tanto al
novelista contemporáneo que –por regla general- parece apología de toda fatuidad, como a aquello
que, sin pretensiones de naturaleza, hemos podido bautizar el espíritu humano. Sólo la agudeza y
profundidad de un genio de la literatura podrían trazar las líneas de una pieza fundamental para esa
Francia que, negándose a tirar su guante de terciopelo, se precipita sobre el fondo lodoso y
contaminado de la época. Hay una mano de hierro debajo de ese guante, una madera cubierta por
el barniz y, en fin, mucho egoísmo y desconfianza tras la muselina y la seda.

Balzac en su obra trata dos temas muy importantes, el primero es la avaricia, representada por el
señor Grandet, en su obra se ve como el dinero puede dominar a las personas, a las leyes e incluso
a los sentimientos, como el amor, de ahí se deriva el interés por el dinero; en la obra podemos
apreciar, como dos familias (Loa Cruchot y los Des Grassis) se pelean la mano de Eugenia, pero sólo
es por las riquezas que posee su padre, ellos sólo buscan el dinero, más no él amor. La otra temática
que trata el autor es la del amor, representado en su forma más pura, por medio de Eugenia, la cual
aunque vive en un mundo material, todo lo que hace y piensa esta dirigido por su espíritu; vemos
como la bondad de Eugenia no tiene límites, que es capaz de regalar todo el oro que posee por amor
y así termina la obra, Eugenia se convierte en una persona generosa, ayudando a los pobres y
haciendo obras de beneficencia.

En Papa Goriot (Le Père Goriot, 1835) la fiereza del retrato es fría y sutil como el trabajo de un
cirujano: la novela gira en torno a varios temas interrelacionados como lo miserable del ser humano
y sus motivaciones, la pobreza moral (y real) que se esconde bajo las apariencias, la moral
corrompida por el dinero y por el egoísmo y el arribismo social. Un relato genuinamente
decimonómico de la superficie y profundidades de la sociedad parisina del XIX en la que Honoré de
Balzac dibuja con ironía y pesimismo unos personajes complejos y muy humanos.

Tal vez ni siquiera el mismo Flaubert pudo alcanzar la contundencia de ese objetivo que Honoré de
Balzac (1799-1850) tomara como propio en La Comedia Humana: erigir un arte en el que cupieran
“Paris, Francia, su siglo, la humanidad entera, el orbe miniaturizado”. A ello, a ese propósito –al que
por igual apuntó dentro de los dos grandes movimientos de que fue precursor y figura: el realismo
y la novela psicológica- dedicó su casi centenar de novelas publicadas, y la Francia y el siglo de las
que habló en ellas no son más que la vasta cadena de máscaras y contradicciones de la sociedad
burguesa.

Papá Goriot (1834) hace parte de ese complejo universo de La Comedia Humana, iniciado por Balzac
por allá en 1829 y que, aun cuando quedara inconcluso, no sólo se mantiene firme sobre sus bases,
sino que sirve como autoridad para tanta “iniciativa” parecida. Eugenia Grandet, La Piel de Lapa, Las
Ilusiones Perdidas, todas ellas novelas ejemplares en cualquier sentido, han quedado también para
la posteridad y fungen a la manera de esas referencias necesarias sobre las que se hace imperioso
volver una y otra vez; y no podría ser distinto, porque en Balzac rebosan las dos cualidades más
apremiantes del escritor: un estilo original, limpio, contundente, y la amplitud natural del buen
observador y conocedor del mundo.

Pero es que además Honoré de Balzac vivió en ese mundo, no ya en la línea de esa burguesía
aristocratizada –de la que, sin embargo, siempre dependió-, sino más bien en la compuesta por los
desposeídos en vía de reconocimiento. De a momentos intuimos a ese Balzac en dificultades que
nos habla por boca de Eugène de Rastignac, prototipo del joven que, lanzado al círculo del dandismo
parisiense, se debate entre la impresión de la fortuna y una virtud de la que no está dispuesto a
separarse. Así que lo dicho en Papá Goriot, aunque ficcional, tiene mucho que ver con el Balzac de
carne y hueso, mucho más, incluso, cuando seguimos la idea de una posible referencia biográfica
que ubica su romance con Marie Daminois y una hija presumiblemente suya como inspiración para
la figura de Goriot.

Sea como sea, lo cierto es que estamos frente a una novela de lectura obligada. No es solamente,
como se hace ver con insistencia, una obra que se circunscribe al tema de la paternidad, por el
contrario, es todo un examen de la sociedad francesa del XIX, y a lo mejor porque esto es así, el
mismo Balzac quiso jugar un poco con su título, Le Père Goriot, que vendría a significar algo como
“el bonachón Goriot” –el que lo da todo sin importar, en Colombia el Goriot que es todo una
“madre”-, es decir, un Goriot a la vez sublime (por su condición) y burlado (por sus acciones). Por
otro lado, limitar la obra a la visión de la paternidad es desconocer que la figura de Goriot parece
endeble –especialmente en el inicio e intermedio de la novela- frente a la fuerza de personajes como
Rastignac o Vautrin.

París, 1819. La pensión de la señora Vauquer, ubicada en la Calle Nueva de Santa Genoveva –muy
cerca de la residencia de Balzac-, sirve de hogar a un grupo singular: Sylvie y Christophe, criados de
la viuda, la señora Couture y su hija adoptiva Victorine, el anciano Poiret, la señorita Michonneau,
el señor Vautrin, Eugène de Rastignac y Papá Goriot. Se trata de un sitio en el que se come a un
precio razonable y que, aunque ubicado en una zona triste y miserable, conserva ciertos rasgos de
la burguesía. La joven Victorine vive allí porque su padre, señor Taillefer, reniega de ella y la ha
desheredado en favor de su hermano. Vautrin, el acomodado, viviría allí como en cualquier otro
sitio, sonríe, bromea y planea largarse para América. Rastignac es un joven estudiante de derecho
venido desde el campo, merced a los esfuerzos de sus padres. Y Goriot, bueno, ese vive allí porque
sus dos hijas, a quienes ha podido procurarles algo de fortuna –aquella que él mismo pudo
granjearse con una fábrica de fideos durante la guerra-, lo desprecian y no lo quieren a su lado.

El recelo y la desconfianza son la cotidianeidad en la casa Vauquer, y de no ser porque Eugène de


Rastignac empieza a tomar parte en el mundo, todo permanecería de esa forma. En efecto, el joven
estudiante, deslumbrado por la pomposidad del París de coches, fiestas y apellidos, ha descubierto
un pariente lejano, una tal prima vizcondesa de Beauséant, que puede ser algo así como su llave
para el reino. Como cualquier otro dandy, lo que pretende Eugène es encontrar alguna mujer
adinerada, cansada de la rutina con su marido, que esté dispuesta a pagar lo suficientemente bien
por sus afectos como para sobrellevar una vida de lujos y ostentaciones. Pero esto es más difícil de
lo que se piensa, y no porque la sociedad esté curada de estos devaneos que son, por el contrario,
además de comunes, de público conocimiento, sino porque todas las mujeres parecen ya tener su
propio amante, y porque para quien no tiene los recursos suficientes, como Rastignac, es muy difícil
mantenerse a flote mientras se consigue algo.

Hace falta dinero para todo: para camisas más suaves que las que trajo desde el campo, para pagar
la limpieza de las botas, para llegar en coche a las casas que visita, etcétera. Cierto día, en su trance
de conquista y mientras conversa con Anastasie de Restaud y su marido, se le escapa una
imprudencia: confiesa vivir en la misma pensión que Goriot, padre de la mujer, quien toma esto
como una especie de acusación o insulto, así que se le cierra una puerta a Eugène, quien, sin
embargo, después de comentarle el incidente a su prima, recibe un dato esperanzador: Delphine de
Nucingen –la otra hija de Goriot- parece inconforme con su marido. De modo que, por una y otra
situación, Eugène se ve abocado a observar de una manera diferente al viejo Goriot. Aquel,
despreciado por todos los vecinos de la casa, encuentra en el estudiante, al principio, un amigo y,
luego –una vez confesado el amor de Eugène a su hija Delphine de Nucingen-, a todo un hijo.

Pero hay otra cosa. Este tipo Vautrin ha estado muy pendiente de las andanzas y deseos de
Rastignac; es más, él, que se precia de estar por encima de los valores de su tiempo, ha querido
servir de mentor para el muchacho y conjurar en su compañía un rápido ascenso en la sociedad. Ha
hecho ver en la joven Victorine y la muerte de su hermano una posibilidad para hacerse con una
buena bolsa de dinero; pero, esta idea no termina de convencer a Eugène, primero, porque Vautrin
le produce desconfianza y estupor y, segundo, porque aunque Victorine evidentemente le ama, él
ha terminado haciendo lo propio con Delphine: aquello que empezó como una oportunidad para
ingresar en la alta sociedad, se ha convertido para Eugène en su primera experiencia del amor:
teatro, cenas, promesas y confidencias, Delphine y el joven estudiante han podido trascender la
categoría de amantes.

Confesado el amor mutuo, Goriot trabaja afanosamente para restituir la fortuna de su hija,
mermada de forma considerable por el esposo de Delphine, el abogado Nucingen –que reaparecerá
en otras treinta novelas de Balzac-, y sacrificando su renta vitalicia acondiciona para ellos un lujoso
apartamento que servirá para sus encuentros. Es un acto harto complicado porque los continuos
regalos a sus hijas, los préstamos y demás –todo ello a pesar de sus ingratitudes- han dejado muy
por debajo las posibilidades para el viejo; pero Goriot lo hace con amor y se complace él mismo de
sobremanera, así que no le da importancia. Es más, tampoco verá problema luego, cuando su otra
hija Anastasie venga pidiéndole su ayuda: una cantidad para sacar a su amante de la cárcel, otra
para pagar una cadena de diamantes. Y Papá Goriot, que empezó vendiendo cucharillas, cuadros y
otras nimiedades, que luego tuvo que vender platerías enteras y firmar una tras otra tantas letras,
ha llegado a no tener nada y se siente culpable por no poder responder a las exigencias de sus hijas,
porque el dinero es la fortuna, y ya no tiene fuerzas –aunque lo haría con todo gusto- para robar o
para venderse.

La situación, tensa de por sí, ha hecho recapacitar a Rastignac: no sólo debe tomar una decisión
frente a la propuesta de Vautrin –quien tal vez está ocultando algo oscuro sobre su pasado-, sino
también sobre ese espíritu por el que hablan las hijas de Goriot. Él, junto al médico Bianchon, serán
los únicos en acompañar al anciano en una agonía irremediable; más tarde sabremos si sus hijas
estarán allí y también sus yernos y esos nietos –de los que no se sabía nada hasta entonces-;
sabremos, pues, quiénes serán bonachones con Goriot.

“La patria perecerá si los padres son pisoteados” –grita Goriot en su lecho de muerte; y es que tiene
en su mente la calle de la Jussienne, en donde sus hijas corrían y lo abrazaban, todavía ajenas a la
“razón” que luego los separaría; es que tiene en la mente su historia de hace diez años cuando,
recién heredadas, Anastasie y Delphine atendían a su padre, le recibían por la puerta delantera de
sus casas y lo invitaban a la mesa; pero también tiene en mente ese trastrocamiento que sucedió
las imprudencias suyas en las reuniones, sus malos modales y su paulatino empobrecimiento. Sólo
estos hechos pudieron darle claridad sobre lo que había significado él para sus hijas, cómo habían
cambiado las cosas hasta el punto de amarlas y ayudarlas por una obstinación, no porque en verdad
lo merecieran.

Decíamos arriba que el amor de Goriot era al mismo tiempo sublime y burlado: sublime porque
siempre está dispuesto a todo, a trascender las posibilidades, a servir desinteresadamente, a
sacrificar cualquier cosa, a servir a todo precio y; burlado, porque constituye un absurdo en su
misma ceguera, no logra advertir la mentira ni el engaño, tampoco el interés, la hipocresía o el
arrivismo. Un sentimiento que –como advierte Carlos Pitol- se traduce en relaciones de dominio en
las que siempre hay un subyugado y un subyugador.

Curiosamente, el momento de mayor lucidez de Goriot respecto de la paternidad adviene durante


su agonía; sólo allí le es posible romper esa barrera que él mismo ha construido con su amor. Allí,
poseído del furor de la locura, puede gritar sin remordimientos: “he sido engañado” e, incluso, “sus
hijos me vengarán”. Son casi veinte páginas las que dan cuenta de esta suprema lucha en la que
Goriot, convulso y delirante, confronta todas sus dimensiones: el padre abnegado, el obsesivo, el
amoroso, pero también el engañado, el mentido y hasta el pordebajeado. En realidad se trata de un
examen tan visceral que puede dejar al lector perfectamente apoltronado en su silla, con una cosa
fea ahí en la garganta y una sensación horrible sobre el pecho.

Quisiéramos sugerir a propósito de ese París de la novela una problemática de relación que se
traduce en un personaje que conecta el refinamiento, el lujo y la pomposidad con la pobreza, la
necesidad y el deseo: Eugène de Rastignac. Ciertamente hay dos mundos en Papá Goriot, uno que
corresponde a la burguesía en vía de aristocratizarse y otro que es propio de la clase pobre-residual.
Ahora bien, aunque esto puede asegurarse sin temor a engaño, resulta más complejo arriesgar el
tipo de relaciones y correspondencias entre ambos mundos, en especial porque no se trata de
compartimentos, de contenedores que permanezcan separados totalmente, sino de realidades que
se resignifican a cada instante.

Hay cosas que separan, eso está claro: Eugène se sienta en el comedor de la vizcondesa Beauséant
y se sorprende de tanta luminosidad, un corrillo en el teatro comunica la clase de una dama y lo
impropio de la otra. Y, por supuesto, la pobreza establece sus propios límites: ese pan hecho con
harina del más bajo costo, la señorita Michonneau dispuesta a delatar a cualquier persona por un
mes de comodidad. Pero sobre ello, como una suerte de dios todopoderoso, que sirve de reducto y
tiquete, una pequeña cosa: el dinero.

Sin embargo, el caso Eugène tiene un cariz un tanto diferente: a pesar de su afán por tomar parte
en el festín de los convidados, en él prima el reconocimiento antes que la fortuna o, dicho de otro
modo, quiere un nombre, no el dinero; y por ello en Eugène si tienen lugar todos esos dilemas de
tipo moral que para aquellos que toman una decisión apresurada no revisten ningún sentido. Existen
al menos dos caminos para mí –parece decirse Rastignac-: o bien, asumo el papel de la virtud, ese
“sublime martirio”, la más lenta de las fortunas, o bien, me aboco a un destino de corrupción y
truculencias del que quizá pueda salir beneficiado bastante pronto, sólo que mientras tanto voy
arrojando a cada paso, como cosa inútil, más y más trozos de mi honradez.
Tomar una posición es más difícil todavía debido a la insistencia de Vautrin, la posición moral
inconmovible de su amigo Bianchon y la misma fuerza de los acontecimientos. Pero, a fin de cuentas,
ese es apenas un caso, el de Eugène de Rastignac, porque en el París de esta comedia humana hay
muchos otros alineados esperando su turno de elegir, y está claro que no todos pondrán los pesos
sobre la balanza, y aún peor, llegado el instante en que puedan ser juzgados por sus actos, no
asomará en ellos el más mínimo destello de sorpresa; porque ellos son al modo de Vautrin, poemas
infernales en los que se reflejan todos los sentimientos humanos, menos uno: el arrepentimiento.

Uno termina de leer Papa Goriot y comprueba con horror que en realidad nada ha cambiado en más
de cien años: el dinero es el principal motor (y corruptor) del mundo. La novela, publicada en forma
de entregas en 1834 y un año más tarde en forma de libro, narra la historia de Goriot, un
comerciante de pasta de fideos parisino que ha trabajado durante toda su vida para ofrecer a sus
dos hijas, Delfina y Anastasia, una posición económica y social privilegiada. Casadas y con títulos
nobiliarios, las hijas viven en su nuevo círculo social entregadas al lujo y al gasto de dinero,
avergonzándose de su padre y de sus orígenes. Símbolo de la abnegación paterna, Goriot sólo vive
para sus hijas, teniendo como única ilusión que éstas sean felices, aún a costa de ser rechazado en
el círculo al que sus hijas han accedido gracias a él.

Estamos de frente a un nombre imprescindible de la literatura. Papá Goriot rebosa perfección por
donde se la mire, tanto es así, que a casi dos siglos de distancia, puede decirse sin forzar nuestras
razones, que debemos a Balzac una de las obras más bellas y profundas de la historia.

Es muy real, por ejemplo muchas personas sacrifican su vida por una obra o labor que nunca es
agradecida o tomada en cuenta, la mayoría de casos los hijos después de que sus papas le dieron
todo ellos se cansan de tener ay a los viejitos y los mandan para un ancianato. Me gusta esta novela
porque destaca la superficialidad de una persona cuando no valora lo que tiene o como lo consigue,
cuando no se esfuerza por nada de lo que obtiene y termina convirtiéndose en un egoísta que solo
vive de los demás.

Creo que la teoría de Balzac es fácil de entender pues yo creo que nos trata de decir que el medio
en donde nos desarrollamos es lo que va a formar nuestra mente y por consiguiente nuestras
acciones, en esta obra las hijas de papá Goriot fueron criadas, o mejor dicho malcriadas, en un
ambiente en donde se les daban muchos lujos y mucho dinero, todo esto provocó que cuando
fueran jóvenes (como cuando aparecen en la obra) fundaran una sociedad que vacía sin valores,
que solo se movía por los interés. Es por eso que yo creo que desde pequeño hay que educar a
nuestros hijos de una forma en que hay que darles lo mejor pero siempre y cuando sin llegar a los
excesos puesto que van ir creciendo y no van a tener lleno, en el caso de papá Goriot se ve
claramente que el no estaba así porque el de pequeño fue pobre pero mas sin embargo cuando se
convirtió en padre fue cuando se volvió rico, de la misma forma encontramos a Eugenio pues el
también cuando era un niño no era rico pero cuando llega a la casa Vauquer es cuando comienza a
hacer su fortuna, caso contrario al de las hijas de Goriot que desde siempre fueron ricas. Además
otra teoria que nos dice que si se vive en una sociedad en la que los intereses, ya sea la riqueza y el
poder social, es muy difícil sobrevivir ya que gente como Eugenio que no pertenecía a esa sociedad
y al mismo tiempo no estaba acostumbrado a vivir en una sociedad materialista en la cual la misma
ambición lo fue sacando poco a poco.

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