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Académicos Revista No.

3 September 17, 2013

Resumen:

No deja de ser paradójico que en un país donde sus habitantes consideran que
la cordillera de Los Andes es un elemento fundamental en su definición de
identidad y el centro de sus nostalgias cuando se migra, no se autodefina como
un país andino. Sin embargo, esta actitud negadora de la presencia y
permanencia de lo andino dentro de la identidad chilena se condice con el
rechazo de amplios sectores nacionales a definirse como mestizos y a un tic
cultural de negación del componente indígena.

Abstract:

It is some paradoxical that in a country where people believe that the Andes is a
key element in their definition of identity and the centre of nostalgia when
migrating, it describes itself as an Andean country. However, this attitude
denying the presence and permanence of the Andes in the Chilean identity is
consistent with the rejection of broad national sectors to define themselves as
mestizos and a cultural tic of denial of the indigenous component.

Loreto Rebolledo González. Antropóloga y Periodista, Dra. en Historia.


Docente Universidad de Chile.

Correo electrónico: mareboll@uchile.cl.

Introducción

En el imaginario de los chilenos, especialmente del centro y sur del país, lo


andino ha tendido a ser entendido en dos dimensiones: una que enfatiza más en
los aspectos geográficos y otra que hace referencia a ciertas manifestaciones
culturales. La primera, se localiza en un espacio específico que trasciende las
fronteras de los estados nacionales. Lo andino es situado así en el norte –
específicamente en el altiplano chileno-y en Perú y Bolivia y se entiende como
una región amplia signada por una historia que arranca en tiempos
precolombinos y que tiene expresiones culturales específicas fruto del
mestizaje[1]. Geografía, historia y cultura se combinan así en esta acepción.

En la segunda acepción, lo andino es entendido como adjetivo, algo que


especifica y define ciertas manifestaciones culturales y que es ampliamente
reconocible por el conjunto de la población. Así la música andina no solo tiene
un sonido particular, sino instrumentos claramente identificables (quenas,
zampoñas, charangos, entre otros), los tejidos andinos se reconocen por sus
particulares combinaciones de colores y motivos, así como ciertas fiestas
religiosas en que la música, la danza, y la comida dan cuenta de un sincretismo
religioso en que se mezclan elementos indígenas y españoles.

A partir de los años 90 en el contexto del incremento de las migraciones desde


Perú, Ecuador y Bolivia hacia Chile se produce una ampliación y
desplazamiento de lo que tradicionalmente se ha entendido por lo andino. Lo
andino cobra corporeidad y su definición se amplía y se mezcla haciéndose
extensiva a los inmigrantes originarios de los países identificados como andinos
constituyendo una metacategoría que tiende a hacerse sinónimo de mestizaje.
De esta manera, los inmigrantes ecuatorianos, bolivianos y peruanos que han
llegado a Chile buscando mejores oportunidades laborales, sean de la costa o
de la sierra a ojos de los chilenos se constituyen en los andinos génericos, “los
otros”. Inmigrantes cuya presencia se hace visible a partir de su etnicidad y color
de piel.

Lo andino, en el sentido geográfico tradicional ya no queda relegado al altiplano


y ciudades del norte chileno o tras las fronteras de los países vecinos sino se
hace visible en lo cotidiano, en las calles, en el centro de las ciudades y en los
diversos espacios públicos. Lo andino y los andinos pasan a ser parte de una
misma unidad en la cual se confunden las personas con elementos sociales,
culturales y nacionales. Pobreza, mestizaje y nacionalidad se funden y
materializan en los cuerpos de los inmigrantes andinos de acuerdo a las
percepciones de muchos chilenos. Percepciones alimentadas en parte por las
construcciones discursivas difundidas por los medios de comunicación y que
conllevan elementos de racialización[2].

Por lo tanto, este artículo busca dar cuenta de cómo los medios de
comunicación masiva visibilizan a los inmigrantes originarios de los países
andinos a través de discursos con un fuerte componente etnocentrista, en que
se los construye como una alteridad distante y racializada contribuyendo así a
profundizar la discriminación y xenofobia.

La migración en Chile

Chile, a diferencia de otros países del cono sur[3], dado su aislamiento


geográfico no ha sido un país al que llegaran grandes contingentes de
inmigrantes. Pese a las políticas de inmigración selectiva impulsadas por el
estado chileno a fines del siglo XIX para atraer artesanos, técnicos y
profesionales europeos que pudieran colonizar el territorio recuperado por la
república después del proceso de reducción de los mapuches (Pérez Rosales
1976) las cifras de inmigración fueron relativamente bajas, y los que llegaron
fueron localizados en zonas específicas del sur del país donde tendieron a
reproducir sus costumbres y cultura sin mezclarse demasiado con los habitantes
locales.

El interés oficial por la inmigración disminuyó desde 1890 y en las disputas


generadas sobre a qué tipo de inmigrantes atraer, se evidencia la búsqueda de
una homogeneidad cultural. “Apareció la xenofobia (la cual se hizo muy aguda,
por algunos años al empezar el siglo XX); se polemizó sin tregua ni fin si era
mejor traer católicos (decían los clericales) o protestantes (afirmaban los laicos);
se enfatizó el peligro que significaban las minorías extranjeras cuando no se
fusionaban con los chilenos ( …) estados dentro del Estado” (Vial, 1981:722).

Es de destacar que en 1885 la proporción de extranjeros en Chile era sólo del


2,9%. Hacia 1907 se produjo un leve incremento alcanzando los extranjeros un
4,5%. De ellos, una parte importante eran peruanos y bolivianos vinculados al
trabajo de la minería en las salitreras del norte del país (Luján, 1994-95: 169),
muchos de los cuales debieron retornar a sus países de origen a causa de la
crisis salitrera y de las actitudes xenófobas de los chilenos contra los peruanos
después del plebiscito que se realizó en Tarapacá, una vez anexados esos
territorios por Chile al finalizar la Guerra del Pacífico.

Este episodio vergonzoso, donde se persiguió y hostilizó cotidianamente a


familias peruanas marcando sus casas con cruces de alquitrán ha sido borrado
de la historia nacional chilena (González, 2002).

Cierto racismo y la testaruda obsesión por la homogeneidad racial y cultural de


los sectores dominantes que controlaban el Estado chileno llevó a que en 1927
la Cancillería enviara una Carta Confidencial a todos los cónsules de Chile en la
cual se les daba instrucciones para “rechazar la inmigración de indeseables,
particularmente los chinos, los sirios y los africanos, por razones de raza”. (Vial,
2001: 426).

A lo largo del siglo XX la situación no varió sustantivamente, excepto por


migraciones esporádicas de europeos y árabes que huían de las guerras y la
ocupación de sus países. En la década de los 90 el fin de la dictadura
pinochetista y una economía relativamente saludable se constituyeron en
elementos que daban garantías de estabilidad económica y política a los
habitantes de países vecinos que no vivían la misma situación (Martínez, 2003).
Comenzaron a llegar a Chile inmigrantes de los países vecinos, algunos de ellos
– peruanos especialmente -solicitando refugio político. Ellos fueron la
vanguardia de oleadas migratorias que sin ser muy voluminosas se han
mantenido sostenidamente en el tiempo.

De acuerdo al último censo, realizado el 2002, 184.484 personas nacidas en


otros países vivían en Chile, lo que representaba un crecimiento cercano al 75%
respecto del censo de 1992. De acuerdo al Departamento de Extranjería y
Migraciones del Ministerio del Interior el año 2008 había 290.901 extranjeros en
Chile con su documentación al día, los que representaban el 1,8% de la
población nacional. De esos extranjeros el 69% son sudamericanos, un 28,6 %
son peruanos, lo cual los constituye en el grupo inmigrante más grande,
desplazando del primer lugar a los argentinos que en el censo 2002 eran el
grupo mayoritario. Los bolivianos son un 6,9%, los ecuatorianos el 5% y los
colombianos representan el 5% (González, 2009). En otras palabras, la
migración desde los países andinos es proporcionalmente grande respecto a los
inmigrantes de otros países.

Si bien las cifras no dan cuenta de un incremento real de los inmigrantes


respecto de la población nacional, simbólicamente esta inmigración cobró
importancia debido a dos razones, una de las cuales explica a la otra: por una
parte la relativa homogeneidad del país – muchas veces más deseada que real-
explicada en parte por la baja inmigración y mezcla con otros; y por otra, la
visibilización de la alteridad representada por los inmigrantes andinos que al
comienzo eran mayoritariamente peruanos, pero posteriormente al aumentar la
llegada de bolivianos y ecuatorianos, el concepto se amplió abarcándolos a
ellos.

El mayor flujo de inmigrantes andinos se ubica en Santiago, aunque no deja de


ser importante la migración a ciudades del norte como Iquique y Arica. Al igual
que otras migraciones latinoamericanas de los últimos años, la inmigración a
Chile de habitantes de países de América del Sur tiende a ser mayoritariamente
femenina, siendo más evidente esto el caso de Perú, (cada diez mujeres
migrantes hay 6 hombres) (Martínez, 2003).

Los inmigrantes andinos tienden a ubicarse en comunas y barrios específicos


dentro de las ciudades. Así, por ejemplo el centro de la ciudad de Santiago, al
igual que las comunas de Independencia, Renca y Estación Central son lugares
en los cuales se concentran, lo que relativiza su presencia en el conjunto de la
ciudad. Sin embargo, la ocupación del centro de Santiago en los alrededores de
la Plaza de Armas les da una visibilidad importante, que ha sido destacada
especialmente por los medios de comunicación, a partir de un uso particular de
los espacios públicos: comercio ambulante, venta y consumo de alimentos en la
calle, discusiones, entre otros.

Los migrantes andinos en los medios de comunicación.

Los medios de comunicación masivos en tanto formadores de opinión pública,


han contribuido de una manera importante en la construcción de la migración
como un problema, magnificando el peso de los inmigrantes en el conjunto de la
población chilena, y por tanto creando la percepción de esta como un tema de
preocupación.

La sociedad chilena en su conjunto conoce más de los inmigrantes a través de


lo que los medios difunden sobre ellos que por una experiencia directa y
cotidiana, no solo por la cantidad que ellos representan respecto al conjunto de
la población nacional sino por la segregación espacial propia de las ciudades
que permite que las experiencias sociales se vean localizadas y se segmenten
según situación socioeconómica.
En este sentido es posible afirmar que son los medios de comunicación los que
instalan en la agenda el tema de la inmigración relevando sus aspectos
negativos y levantando sospechas sobre los inmigrantes y sus verdaderas
intenciones[4]. Es importante tener en cuenta, que estas construcciones sobre
los inmigrantes no son estáticas y han ido variando en el tiempo. Así, cuando
recién comenzaron a llegar inmigrantes de los países vecinos se los vio como
una amenaza a las fuentes de trabajo de los chilenos. Algunos estudios
académicos que daban cuenta de la estabilidad económica y política del país,
encontraron un eco importante en la prensa que mostró a Chile como un polo de
atracción de inmigrantes, lo que vino acompañado a la vez con una serie de
especulaciones de los medios de comunicación masiva respecto a la eventual
competencia que estos representarían para los trabajadores chilenos
aumentando las cifras de cesantía nacionales y sobre el gasto social en salud y
educación de los hijos de esos extranjeros que debería absorber el Estado
chileno (Doña, 2002).

Posteriormente, cuando la realidad mostró que los inmigrantes, especialmente


los provenientes de países andinos ocupaban nichos laborales en los cuales los
chilenos no mostraban interés[5] y que su permanencia en el país se mantenía e
incluso llegaban nuevos inmigrantes, las construcciones discursivas respecto a
ellos fueron variando; aunque el elemento de continuidad que se constata es el
temor que difunden y la sospecha que se instala sobre sus conductas y hábitos.

Aunque la presencia de los inmigrantes andinos no ocupa un lugar central en las


noticias y notas, se constata que recurrentemente aparecen en estas y que las
representaciones que se hacen de ellos suelen ser estereotipadas con
diferencias importantes de género. Los estereotipos se construyen a partir del
habla y de los contenidos de la información que se entrega. En relación al habla,
pese a las diferencias que presenta la prensa escrita, destaca que la
construcción de los “otros” se hace a partir de juicios racistas. Los peruanos y
bolivianos son definidos como “cholos, cholitos, mamanis o paisanos”, tomando
así como rasgo de definición identitaria sus características físicas o tono de piel
que dan cuenta de un mestizaje con raíces indígenas.

La alteridad se construye así desde la etnicidad y la racialidad. Lo andino queda


definido a partir de una de sus características: el mestizaje, “marcado” por lo
indígena, perceptible más a partir de las huellas físicas evidenciadas en los
cuerpos que de los elementos culturales pero indisolublemente ligados a estos.
Esta construcción de lo andino está también signada por aspectos de clase,
aunque esto tiende a encubrirse tras el mestizaje, pero es la convergencia de
pobreza-etnicidad y color de piel la que se conjuga y potencia al momento de las
discriminaciones.

Desde los inmigrantes se percibe y reconoce que hay nacionalidades como las
peruana y boliviana que conllevan mayores prejuicios[6] pero que estos se
activan con más fuerza a partir del aspecto físico, el cual va asociado a
posiciones socioeconómicas, lo que se recoge de testimonios como el siguiente
“ hay una fijación en ciertas personas, pero yo estudio con dos peruanos, una es
hija de un diplomático, obviamente ella es blanca y Daniel es rubio, entonces
con ellos no hay discriminación, es una cuestión más racial y étnica” (migrante
hombre profesional, en Paéz. 2009:100)

Hay coincidencia entre estas percepciones de los inmigrantes andinos,


especialmente peruanos y bolivianos, y los resultados que arrojan diversos
estudios académicos e informes de observatorios realizados en los últimos
años.

El estudio “Convivencia en el ámbito escolar” realizado por UNICEF el año 2004


en las ciudades de Santiago, Iquique y Temuco a alumnos de colegios
particulares, subvencionados y municipales, evaluó los prejuicios que existen
entre los escolares chilenos. El estudio mostró que 46% de los menores cree
que alguna otra nacionalidad es inferior a la chilena, los más nombrados como
inferiores fueron los peruanos con 32%, bolivianos con 30%. Estos resultados
se asemejan a los obtenidos en la encuesta telefónica realizada por la
Fundación IDEAS el 2003 con adultos, donde se evidencia que los “chilenos se
encuentran más inteligentes, trabajadores, cariñosos y valientes que los
peruanos (…) aunque se reconocen más intolerantes y prepotentes”. Por otra
parte, el 53% de los encuestados consideraba que los inmigrantes peruanos son
más propensos a cometer delitos (Estévez, 2004: 66). Según el informe de
DDHH elaborado por la Universidad Diego Portales (2005-2006), el solo hecho
de ser migrante no es condición necesaria para ser vulnerado en el ejercicio y
goce de derechos, pero si lo son la apariencia y el país de origen, como es el
caso de peruanos y bolivianos y migrantes de raza negra (UDP, 2005 y 2006).

En la medida que lo pobre y lo mestizo se tienden a englobar en el concepto de


lo “andino” las discriminaciones a hombres y mujeres bolivianos, peruanos y
ecuatorianos los abarcan a todos. Sin embargo, es interesante constatar el
sesgo de género que muestra la información mediática. Si bien la importancia
de las mujeres en la migración hacia Chile es un dato irrebatible, la mayor parte
de la información se tiende a referir a los hombres, los cuales son víctimas
preferenciales de los estereotipos negativos.

Los medios promueven modos de interpretación, de entender los


acontecimientos que nos rodean y entregan significaciones del acontecer social
(Sunkel, 2005). Sin embargo, estos mensajes no son recepcionados de manera
acrítica ni desde una mente en blanco. El consumo se hace desde los
parámetros, ideologías y visión de mundo de los que los reciben. Así, los
discursos emitidos por los medios, respecto a los inmigrantes andinos no caen
en el vacío, llegan a un terreno abonado desde diversas instituciones
nacionales: escuela, ejército, narrativas históricas, mitos e ideologías sobre la
homogeneidad cultural y la “blancura “racial. En este sentido actúan como
refuerzo de un imaginario social ya existente, y estos pre-juicios se traducen en
conductas cotidianas, que inciden en las interacciones de los nativos con los
inmigrantes y viceversa.

La coexistencia de nacionales con inmigrantes genera dinámicas intergrupales


en las cuales está presente lo que los psicólogos llaman “ansiedad intergrupal”
(González, 2009), la cual tiene como causa las asociaciones negativas
aprendidas que generan “incertidumbre” y cuyo efecto visible es el incremento
de los estereotipos negativos. De tal modo, los “otros” son percibidos como una
“amenaza simbólica”.

En un estudio realizado recientemente con chilenos y peruanos se estableció


que los prejuicios en ambos grupos son similares, aunque un poco más de los
chilenos respecto a los peruanos. No obstante, pese a que la ansiedad es
similar entre chilenos y peruanos, la sensación de amenaza es mayor entre los
primeros (González, 2009).

Las construcciones discursivas difundidas por los medios hacen aparecer a los
inmigrantes de Perú y Bolivia signados por la pobreza, las conductas delictuales
y un cierto halo de “ingobernabilidad y desorden”, lo que se complementa con
información sobre los problemas internos de esos países que dan cuenta de sus
dificultades de gobernabilidad, desacuerdos y conflictos sociales. De este modo,
se crea una visión negativa donde no es posible distinguir al país de sus
habitantes. Tampoco contribuyen a mejorar esas imágenes los reportajes de tipo
“cultural” exhibidos por la televisión donde se muestra ritos y ceremonias
religiosas de carácter sincrético descontextualizadas y en las cuales se resalta
los aspectos más “curiosos”.

Se muestra así a los inmigrantes andinos como oriundos de países donde aún
se ve “atraso” lo cual se explica por las características étnicas de su población.
Se los define así como un “otro lejano” en el sentido que lo plantea Todorov,
personas con quienes no se comparte hábitos, conductas e incluso visiones de
mundo. Esta distancia cultural y social instala a los andinos como una eventual
amenaza a quienes se les teme o bien como sujetos pasivos y vulnerables a
quienes es necesario proteger. 10

Respecto a los estereotipos que se construyen a partir de la información


contenida en las notas y noticias destacan dos variantes: el inmigrante como
delincuente vinculado a actividades ilegales o como víctima. En ambos casos el
espacio en el cual aparecen es en las crónicas policiales. Entre las actividades
ilegales a las cuales aparecen frecuentemente asociados los inmigrantes
andinos está la clonación de celulares y tarjetas de crédito, robo a cajeros
automáticos, traficantes de droga, burreros, ladrones de poca monta,
comerciantes ambulantes que trabajan sin permiso sanitario, hombres
involucrados en peleas callejeras o en actos de violencia doméstica.
El otro estereotipo que se construye de los inmigrantes andinos es como
víctimas. En estos casos se trata de reportajes en diarios, revistas o programas
de televisión donde se da cuenta del sufrimiento de los inmigrantes, de la
dureza de la vida en sus países de origen, de las dificultades que enfrentaron
para llegar e instalarse en Chile y de los abusos y discriminaciones de los
cuales son víctimas por parte de los chilenos. Generalmente las protagonistas
de estas noticias son mujeres y ocasionalmente niños/as[7]. Esto da cuenta
como la construcción de los migrantes andinos no solo está cruzada por la
etnicidad sino también por el género. Las migrantes andinas en su versión
mediática de víctimas pasivas aparecen sumidas en una vulnerabilidad de la
que es necesario apiadarse; de personas que necesitan ser protegidas.

En ambas vertientes, estos estereotipos no construyen al inmigrante andino


como un igual, sino como un inferior, ya sea por su tendencia a la trasgresión
del orden y legalidad establecidos o bien por su vulnerabilidad que demanda
protección y apoyo. La carga etnocéntrica que conllevan este tipo de
percepciones dan cuenta tanto de la intolerancia hacia lo diverso como de la
soberbia de sentirse superiores.

En suma, lo que los medios trasmiten respecto a los inmigrantes andinos


informan tanto de las percepciones respecto a ellos como de la necesidad de
autoafirmación de los chilenos.

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Paidós.

[1] No deja de ser paradójico que en un país donde sus habitantes consideran
que la cordillera de Los Andes es un elemento fundamental en su definición de
identidad y el centro de sus nostalgias cuando se migra, no se autodefina como
un país andino Sin embargo, esta actitud negadora de la presencia y
permanencia de lo andino dentro de la identidad chilena se condice con el
rechazo de amplios sectores nacionales a definirse como mestizos y a un tic
cultural de negación del componente indígena

[2] Entendemos por racialización el procedimiento discursivo por el cual se


define a los individuos a partir de sus características fenotípicas aunque también
puede haber un desplazamiento del término para abarcar a grupos
culturalmente diferentes. En este caso se combinan ambas cosas.

[3] Entre 1884 y 1907 el número de inmigrantes reclutados oficialmente por


Chile en el viejo mundo eran 50.000. En cuarenta años Argentina había recibido
2.275.521 extranjeros en su territorio. (Vial, 1981).

[4] Esto es coincidente con lo encontrado por Van Dijk (1976) en su análisis de
titulares de la prensa holandesa donde constata que la información entregada
acerca de inmigrantes y grupos minoritarios tiende a situarlos como “problema”,
toda vez que éstos suelen ser relacionados con temáticas como la delincuencia,
tensiones raciales, conflictos socioculturales, entre otros. Las miradas sobre los
inmigrantes tienden a ser etnocentristas lo cual los/as lleva a recurrir a
estereotipos al momento de entregar la información. Un planteamiento similar es
el que hace Delgado (2002) al analizar la inmigración a España.

[5] De acuerdo a investigaciones realizadas recientemente se constata que los


inmigrantes no calificados se ubican en el sector servicios y comercio, así como
en actividades por cuenta propia (negocios étnicos entre otros) y entre los
profesionales los médicos ecuatorianos trabajan en consultorios de salud
primaria de comunas y barrios en los cuales los médicos chilenos no quieren
trabajar. (Paéz, 2009).

[6] La xenofobia anclada en acontecimientos conflictivos de orden histórico,


tiende a actualizarse a partir del uso político que hacen los gobiernos de los
países en tiempos de convulsiones internas de los cuales los medios de
comunicación se hacen parte, exacerbando la conflictividad entre chilenos y
peruanos y bolivianos

[7] La película “Alicia en la país” (2008), se basa en un reportaje que hizo una
revista a una niña boliviana que atravesó a pie el altiplano de ida y regreso.
Otros reportajes dan cuenta de la travesía de una mujer desde Colombia hasta
llegar a Santiago para solicitar el refugio.