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EL SISTEMA

Era el cumpleaños del padre de Karl. Por una vez le habían dado permiso para quedarse
con la gente grande después de la cena. Él permaneció sentado en un rincón, calladito,
mirando a los amigos y parientes que bebían y charlaban. Al levantarse, Karl chocó con
una mesa y tiró al suelo una copa de vino blanco.

-No es nada – dijo el padre.

La madre barrió los vidrios y limpió el piso con un trapo. El padre acompañó a Karl a su
dormitorio y le dijo:
- A las once, cuando se hayan ido los invitados, te pegaré.

Durante más de dos horas, desde la cama, Karl estuvo pendiente de las voces y del paso
de los minutos. A las once en punto de la noche llegó el padre, se sacó el cinturón y lo
azotó.

- Lo hago por tu bien, para que aprendas- dijo el padre, como siempre decía, mientras
Karl lloraba, desnudo, con la cabeza enterrada en la almohada. Hace algunos años, Karl
me contó, en Montevideo, esta historia de su infancia en Alemania.

Eduardo Galeano, Días y noches de amor y guerra

3. COMENTARIO CRÍTICO SOBRE EL SISTEMA DE E. GALEANO

E. Galeano nos cuenta en este relato una historia aparentemente banal: un padre
castigó a su hijo, Karl, porque había cometido una torpeza. Y, sin embargo, esta
aparente banalidad pronto desaparece si nos fijamos más atentamente en el texto y en su
evocador título: el sistema.
En primer lugar, se vale de recursos, de igual modo, que parecen muy simples y
claros. Hace uso de un narrador objetivista que presenta brevemente a los personajes,
narra lo acontecido y sus consecuencias. Por lo tanto, estamos ante una tradicional -
¿acaso también sistemática?- estructura lineal de la acción: presentación, nudo y
desenlace. Pero esa objetividad es aparente. De un lado, sólo conocemos el nombre
propio del niño castigado, Karl. Ha individualizado a la víctima. Pero la persona que
representa la autoridad o castigo no aparece nominada. ¿Por qué? Para deshumanizarla-
no existe persona sin nombre propio- o bien para generalizarla, cualquier padre, todos
los padres por sistema. En cualquier caso, como decíamos, frente a la objetividad del
narrador- dado que es evidente que no valora explícitamente la acción narrada- se nos
aparece esta caracterización mínima de los personajes. Incluso podemos profundizar un
poco más sobre la objetividad "tendenciosa" del narrador. Para referirse a Karl y su
comportamiento en su primer acto social dice que "permaneció en un rincón, calladito".
Es evidente el propósito de marcar su aislamiento y acaso desvalimiento ("en un
rincón") y de otro lado, las muestras de afecto del diminutivo ("calladito"). De igual
modo, tras ejecutar el castigo, Karl "lloraba, desnudo, con la cabeza enterrada en la
almohada". El llanto, la desnudez y la metáfora del llanto ahogado por la almohada...
todo ello nos refuerza esa primera descripción de Karl a la que nos hemos referido: el
personaje es débil y está desvalido. La debilidad, la desprotección, el sometimiento a la
autoridad... despiertan en el narrador y, por tanto, en el lector sentimientos de ternura y
aproximación.
Si ahora nos fijamos en el padre- el otro personaje central del relato, dado que la
madre, significativamente, no interviene en la acción-, se nos muestra como una
autoridad implacable, sin piedad. Pese a que públicamente, socialmente, resta valor al
accidente de la copa ("No es nada"), secretamente anuncia a su hijo un castigo
ineluctable: el castigo se cumplirá a una determinada hora ("a las once") y fuera del
ámbito social ("cuando se hayan ido los invitados"). Debemos reparar en esta
contraposición- individuo/sociedad- porque, como diremos más adelante, nos parece la
cuestión fundamental que trata el relato. Y ¿cuáles son las razones que esgrime el padre
para someter a este "desproporcionado" castigo a su hijo? Simplemente, es el modo de
educación, el modo de integración del individuo en la sociedad, a lo que obliga el
sistema: "Lo hago por tu bien, para que aprendas (...)", le dice. En fin, tenemos, pues, a
un padre implacable que no perdona ni la más mínima torpeza en la integración social
del niño. Debemos insistir que es la primera vez y de modo excepcional que el niño se
integra en el mundo de los adultos ("la gente grande"), en una celebración social: "Por
una vez, le habían dado permiso para quedarse con la gente grande". Nos parece
evidente, por último, que la visión del narrador que traslada al lector es negativa por sí
misma y más aún por contraste con el desvalimiento del niño.
Pero hay más. Hemos dicho que aparentemente se usa un narrador objetivista,
pero es un narrador objetivista interno. Así nos lo revelan las dos últimas líneas del
texto. La narración se presenta como el traslado de lo que le contó Karl al narrador, que
se convierte así en un personaje testigo, aunque sea un testigo diferido. ¿Por qué le
interesa la participación del narrador al autor? Probablemente, porque, de este modo,
refuerza su propósito: si se presenta como una experiencia compartida por el narrador a
través del relato del personaje, la implicación, pese a la objetividad, será mayor. A ello
debe unirse que pese a la lejanía en el tiempo ("Hace algunos años") y la distancia
espacial ("en Montevideo", y son miles los kilómetros que separan Alemania de
Uruguay), este historia, que arriba nos aparecía como banal, ha permanecido en la
memoria del personaje que la sufrió y la considera digna de mención el narrador que la
escuchó por primera vez, por lo que nos la trasmite a nosotros.

En síntesis, de nuestro análisis, podemos concluir:

1) Que el castigo al que un padre somete a su hijo es reprobado, de modo implícito, por
un narrador objetivista.

2) Que la razón del castigo ha sido el error- mínimo- cometido por un niño en su
primera experiencia social.

3) Que ha de ser castigado sin piedad porque ha de ser educado ("para que aprendas") y
el padre entiende que ese es "el sistema", el único posible.

4) Que, dado que el narrador desaprueba esta conducta, podemos deducir que rechaza
asimismo "el sistema".

Esta es la cuestión central, así nos parece. Lo que el relato nos plantea es si la
integración de un individuo en la sociedad ha de someterse a una autoridad implacable y
despiadada, lo que implica, de modo evidente, sometimiento, obediencia y falta de
libertad. Y este sometimiento y obediencia ciega, ¿no ha sido una característica
prototípica del pueblo alemán en su pasado reciente? No nos resultaría forzado pensar
que Karl, que recibió esta educación que lo marcó, se convirtió en su etapa de adulto en
un disciplinado oficial nazi, lo que podría explicar que se encontrara, como sucedió a
otros muchos, refugiado en un país sudamericano, Uruguay.
Más allá de esta lectura circunscrita a un pasado histórico, el relato puede
entenderse como una reflexión sobre el conflicto individuo y sociedad. Los deseos de
libertad, incluso para equivocarse, y las limitaciones, restricciones, prohibiciones y,
finalmente, castigos que implica cualquier acto o comportamiento social. Quizá lo que
nos sugiere el relato sea que es posible incorporarse a la vida social sin someterse a una
autoridad brutal, ¿quién podría objetar este deseo? Sin embargo, si reflexionamos, nos
parece evidente la necesidad de las normas sociales de comportamiento. De hecho,
creemos que vivir en sociedad no es sino someterse a un catálogo casi infinito de
prohibiciones, que llevan aparejadas si son violadas, su implacable castigo (piénsese en
el Código Penal). No obstante, compartimos el deseo implícito del narrador de una
sociedad menos autoritaria, menos limitadora, más próxima y cercana a los
individuos..., en fin, más humana.

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