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El político

Era un político chico y flaco, feo y hediondo, como un peo. Tenía ropa viejita y sólo podía
andar en micro. Se levantaba temprano y partía hacia el congreso a ganar unas luquitas.

- ¿Por qué eres tan enano? –le preguntó un tipo en la calle, sujetándolo del brazo con
violencia, un hombre grandote, de mal aspecto– Me molestan los huevones pobres, eres
enano y pobre…
- ¡Y es político! –gritó un tipo como saludando, en buena, desde la vereda del frente, un
sujeto delgado y alto, con chaqueta, bluyines y lentes de sol, sonriendo y saludando.
- Así que eres un político… –continuó el agresor– linda la huea’… ¿Y ibai a tu peguita a
ganarte unas luquitas o no?, ¿a trabajar duro para subsistir?
- Sí –respondió lastimoso el pequeño político, débil, miserable, susceptible– tengo que
darle de comer a mis guaguas…
- ¡Oh que tierno!, que buen padre… yendo a trabajar para nutrir a sus pequeños… ¿Y
cuántos son?
- Siete.
- El número de la bestia… ¿y cuánto ganas?
- El mínimo… –confesó lastimoso y acobardado el político, ocultando su cara caricaturezca
y sudorosa dentro de una chaquetita vieja, pelusienta– Pero no hay otra opción en esta
vida.
- Claro, y más si se es torpe e inútil, ¿cómo tú? ¿Y dónde vives?
- Ahí.
- ¡Pero que casa más… ¿marginal?, ¿infrahumana?, ¿cómo decirlo?
- Modesta.
- Sí, suena bien: modesta, una casa modesta –confirmó satisfecho el matón. Bueno, antes
que yo siga por mi camino y tú por el tuyo, te voy a golpear, pero primero déjame decirte
un par de cosas. Me molestan los políticos, son tan pobres, canutos, sólo andan en micro,
no pueden andar en auto, no tienen ni uno, piden plata prestada, por eso son pobres. La
mayoría son tontos, sin estudios, marginales, pungas como se dice. Además, dicen que
son ladrones, que en el congreso andan agujas para robar billeteras, que algunos son
homosexuales, otros pervertidos, corriendo mano a las secretarias, que ganan más que
ellos. Es raro que las secretarias de los políticos ganen más que los políticos, pero así es,
porque los políticos son los sujetos que ganan menos plata en el país. Yo no tengo ningún
problema con los gay, pero si son políticos la huea cambia… A los políticos hay que
sacarles la chucha porque son políticos, son como ratas asustadas, negras, escurridizas,
rápidas, ladronas, son basura y caca. Hay que matarlos porque para eso sirven, son como
huebadas chicas que sirven para casar, hay que atraparlas y darles cuchillazos, podrán
correr pero finalmente recibiras lo que se merecen. –finalizó el abusador, tomó la cara del
político con una mano, sudorosa, grande, acomodó la cara con impaciencia y con el otro
brazo le plantó un feroz puñetazo en la cara al político, dejándolo sangrando.
El político entonces cayó al suelo y se arrastró sangrante y lloroso, pequeño y vulnerado
por la vereda, siendo pateado por la gente que pasaba como un perro chillón. “saaleee
aaraa aa-ra-ra mierda” le decían las personas apuradas con su ropa semiformal mientras
iban al trabajo o a sus casas, etc. El político trataba de no ser golpeado, chillaba como un
perro flaco callejero, trataba de huir de este mundo doloroso. Pero la gente atrasada lo
esquivaba y atizaba, le daban puntetazos de tacos, bototos, chalas y zapatillas. De pronto
un auto no pudo detenerse y arroyó al político. Más bien el político se metió debajo del
auto, entre los fierros, etc. El conductor se detuvó un poco más allá. Todos se bajaron a
ver qué animalejo se había metido dentro y el hijo, un niño pequeño, descubrió al político.
- ¡Papá, mira un político! –dijo entusiasmado y curioso el chico– ¿puedo quedármelo?
- No, yo no quiero un político en la casa, hijo; déjalo, tirémoslo por ahí, al río, donde no
nos siga; los políticos son rápidos y pueden hasta seguir a los autos, aunque nunca andan
en auto.
- ¡Pucha papi, ya po’, déjame tener un político!
- Te dije que no, hueon, los políticos salen caros, es caro alimentarlos, comen comida
especial, y hay que castrarlos, no tengo plata. Ya, súbete al auto mierda, vámonos. –Dijo
el papá y obligó con fuerza al niño a subir al auto. Se acercó y comenzo a patear al
político, echándolo, tratando de alejarlo. Pero el político se acercaba y chillaba, miraba
con ojos abiertos y brillantes al niño, quien quería llevarlo a su casa. El niño en realidad
quería tener un político en su casa para enterrarles fierros, provocarle dolor, era un niño
un poco sádico. Con todo, el padre se subió al auto, partió y le tiró el auto encima al
político, para asustarlo. El político salió arrancando, chillón, sucio, cobarde y se perdió
entre la mucha gente que transitaba a esa hora.

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