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JANE FEATHER

Destino Audaz

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JANE FEATHER
Destino Audaz

JANE FEATHER
Destino Audaz
Bold Destiny (1990)

AARRGGU
UMMEEN
NTTO
O::

Anabel Spencer fue, tiempo atrás, una genuina dama británica; ahora es Ayesha, la favorita del
harén del poderoso Akbar Kan, quien se la ofrece a un militar inglés para una noche de placer.
Éste, el teniente Kit Ralston, destinado en un puesto remoto y exótico en el que la gloria del
imperio británico ya ha decaído, oculta su amargura tras una máscara de cinismo, pero tras su
encuentro con Ayesha, esa tentadora y deslumbrante mujer de ojos verdes, su apagado corazón
despierta con una pasión incontenible. Kit le jura a Ayesha que la rescatará y la hará suya, por lo
que la rapta; pero ¿tendrá su amor el poder suficiente para vencer los obstáculos a los que se
enfrentan?

SSO
OBBRREE LLAA AAU
UTTO
ORRAA::

Jane Feather nació en El Cairo, aunque creció en New Forest, en el


Sur de Reino Unido, donde cursó estudios de asistente social. En
1978, se trasladó a Nueva Jersey (Estados Unidos) junto a su marido y
sus tres hijos y allí prosiguió su formación en psiquiatría social. Tres
años después, en 1981, la familia se mudó a Washington, D. C., ciudad
en la que Jane Feather encontró la paz necesaria para iniciar su
carrera de novelista. Tanto la formación académica de la autora como
su experiencia profesional le han sido de utilidad para dotar a los
personajes de sus novelas de una gran agudeza psicológica.
Jane Feather es una de las escritoras de novela romántica de
mayor fama y reconocimiento mundial. Con más cinco millones de libros vendidos en todo el
mundo, la autora ha obtenido varios premios importantes que la sitúan en las primeras posiciones
del ranking de escritoras superventas del género.
Sus novelas se caracterizan principalmente por la originalidad de las ambientaciones, historias
que transcurren en diferentes periodos históricos y los lugares más diversos: desde la común
Inglaterra a Francia, España o Rusia. La obra de Jane Feather también destaca por la precisión con
la que la autora construye los personajes. Habitualmente, se trata de mujeres de fuerte carácter,
independientes y decididas a luchar por aquello en lo que creen. Tampoco faltan en sus relatos
originales y sensuales escenas de amor.

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Destino Audaz

PPRRÓ
ÓLLO
OGGO
O

Agosto, 1833

Era esa molesta hora del día en que las crestas proyectan sus largas sombras, como una gran
masa oscura, sobre el estrecho camino del desfiladero que serpenteaba entre amenazadores
farallones.
George Spencer echó una mirada por encima del hombro hacia la caravana que lo seguía. Los
camellos, con sus cestos cargados de mercancías, avanzaban fatigosamente con las cabezas
erguidas sobre los largos cuellos. Mostraban una absurda dignidad, como si intentaran
mantenerse al margen de su ridículo trabajo de bestias de carga. Los camelleros chasqueaban la
lengua y lanzaban unos extraños gritos para estimular a los camellos, que supuestamente los
entendían; gritos con los que en este caso intentaban apresurar su marcha ante el avance de las
sombras, porque aún no avistaban la salida de la angosta garganta del paso de Jaiber que los
llevaría hasta la reconfortante familiaridad de la India británica.
Si a Annabel no se le hubiera ocurrido desaparecer del campamento esa mañana —había
puesto como excusa que quería perseguir a una cabra salvaje— habrían salido dos horas antes y
habrían pisado suelo británico antes del crepúsculo. Pero no; aún estaban pasando por aquel
sombrío y amenazador desfiladero y el día se acercaba a su fin. El lucero de la tarde ya se había
dejado ver, y eso no les daba seguridad sino inquietud.
Los hombres de la escolta, que iban a caballo, acariciaban las pulidas culatas de madera de sus
fusiles y se movían sin cesar sobre las sillas mirando a su alrededor, hacia el revirado sendero que
se perdía en las sombras, y hacia arriba, a los enormes picos que parecían una maligna asamblea
en espera de algo.
—Te encuentro inquieto, George. —Rosalind Spencer, que cabalgaba junto a su marido, habló
con su calma habitual—. Ya no puede faltar mucho.
George le sonrió. Como siempre, le bastó el sonido de la voz de su esposa para sentirse
tranquilo; los serenos ojos castaños de ella calmaron su creciente ansiedad.
—Habrá que hacer algo con Annabel —dijo él, aunque sin convicción. Habían estado
repitiéndolo durante los últimos diez años, pero el problema era que la niña se negaba a aceptar
injerencias. Ella seguía haciendo lo que le daba la gana y ni todas las argumentaciones del mundo
podrían desviarla de su rumbo cuando había tomado una decisión.
Rosalind le devolvió la sonrisa adivinando los pensamientos de su marido. Su hija siempre sería
una delicia, una alegría que sólo era superada por la que ambos sentían por estar juntos. Por
supuesto, era desobediente, obstinada, incluso se podría decir sin temor a errar que estaba
completamente consentida, pero así solían ser la mayoría de los hijos únicos.
—Se apaciguará de nuevo en cuanto volvamos a Peshawar —le aseguró a su marido en tono
tranquilizador—. La rutina de la casa, con las clases y la equitación, y ver a los amigos, ocuparán
toda su atención y se olvidará inmediatamente de perseguir cabras y de perderse por los bazares.
Annabel Spencer arrugó la nariz pequeña y bien perfilada. Otra vez estaban hablando de ella. Lo
sabía por la manera que tenían de inclinarse el uno hacia el otro, y por algo en la posición de las
cabezas que sugería conspiración. Probablemente hablaban de lo que había pasado esa mañana.
Papá se había enfadado terriblemente, casi estaba furioso, y todo porque había hecho que se

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retrasaran un par de horas. La verdad era que no podía soportar la idea de volver a la vida
ordenada y formal de su gran casa blanca de Peshawar, con sus exuberantes jardines, sus ejércitos
de sirvientes y una vida social rigurosamente organizada; ni a las charlas de las niñas que a sus
padres les parecían una compañía adecuada para ella; ni a sus cariñosas madres que se saludaban
con una inclinación de cabeza y una sonrisa en la terraza, con su brisa caliente producida por los
abanicos de techo movidos enérgicamente por niños sirvientes, pequeños e ignorados.
Miró a su alrededor y no encontró motivos de alarma en el paisaje afgano. Más bien la
estimulaba con su salvaje grandiosidad. Allí había disfrutado cada momento de los últimos seis
meses, durante los cuales George Spencer había cumplido la promesa que le hiciera de llevarla con
él en sus viajes al otro lado de las montañas, a Afganistán y a Persia, cuando hubiese cumplido
doce años. Su padre había comprado alfombras, sedas de lujo, plata y oro batido, todo para
enviarlo a Inglaterra, al ávido mercado que había hecho de él un nabab.
Pero a Annabel no le interesaba saber cómo su padre había amasado su fortuna, a ella le
fascinaba la gente con la que regateaba: los kanes, señores de la vida y la muerte en sus tribus; los
comerciantes de mirada astuta y voz amable pero implacables; las mujeres, que se movían como
sombras, cubiertas de tela de la cabeza a los pies; los hombres de las montañas, esbeltos
guerreros con turbante y un machete puntiagudo o una cimitarra persa a la cintura, tan afilada
que su borde destellaba bajo el sol. Se había perdido entre las exóticas maravillas de los bazares;
por el esplendor de los aylag, los maravillosos pastos de verano de la alta montaña adonde los
pastores nómadas llevaban a las ovejas de cola grasa, cabras, vacas y caballos a pastar antes de las
primeras nieves de septiembre. Se había estremecido no sin un cierto placer con los aullidos de los
lobos, ante las huellas de un oso negro y bajo las grandes y lentas siluetas grises de los
quebrantahuesos que trazaban círculos sobre los campos en busca de carroña.
Estaba tan absorta en sus reflexiones que tardó en ser consciente del primer grito de alarma
lanzado por uno de los jinetes que iban en cabeza. Levantó la vista de las crines trenzadas de la
montura... y el terror se apoderó de ella.
Había muyabidín por todas partes, bajando en masa por las pendientes de los farallones,
saltando de las rocas, acercándose al galope por el camino que quedaba delante de la ahora
arremolinada y vociferante caravana de George Spencer. Sonaban uno tras otro los disparos de
sus espingardas, que apuntaban al aterrorizado grupo; los hombres iban cayendo de los caballos y
camellos al polvo del camino, donde eran rematados a golpes de cimitarra por los fanáticos
atacantes.
Rosalind murió de un disparo en el centro de la espalda; sólo sintió un breve instante de dolor
antes de perderse en el infinito. George se inclinó hacia ella con un grito de rabia y desesperación,
pero una espada le atravesó el corazón antes de que llegase a tocarla y exhaló su último aliento
pronunciando el nombre de Rosalind.
Las terribles e irreales imágenes se sucedían ante la mirada de la paralizada Annabel, que
permanecía rígida sobre su poni castaño oyendo los salvajes gritos de triunfo y excitación que
lanzaban los hombres de las montañas mientras masacraban a los infieles, a los perros ferinyi, y
los alaridos le llegaban con tal fuerza que le parecía tenerlos dentro de la cabeza. A su alrededor
se desarrollaba la infernal escena como en un remolino. Las caras —oscuras, barbudas, con
brillantes dientes blancos— se mezclaban y luego se separaban. Los caballos relinchaban y se
formaban nubes de humo de pólvora que luego se disipaban, y de una de esas nubes emergió de
pronto una cara en la que ella supo por instinto que estaba escrito su futuro. Se fijó en la barba

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corta y puntiaguda, en que el hombre tenía aretes en las orejas, el cráneo afeitado y los ojos
refulgentes de un fanático. En el brazo alzado sujetaba un machete afgano, y lo detuvo en el punto
más alto del arco, preparado para separarle la cabeza de los hombros.
La boca de Annabel se abrió en un grito mudo de terror. La capucha se le cayó hacia atrás y lo
miró con los ojos desorbitados.
El muyahid vio unos ojos con el color y la profundidad del jade, una piel de la más delicada
pureza, una mata de pelo del color del cobre bruñido que brillaba en la penumbra del crepúsculo.
Una mirada reflexiva remplazó a la mirada feroz y sanguinaria. El machete volvió a su vaina.
—Akbar Kan. —Ella oyó el inexplicable murmullo incluso a través del espanto que la había
dejado muda e incapaz de moverse. Y ya estaba en el aire, volando hacia delante porque un par de
grandes manos que la sujetaban por debajo de los brazos la habían levantado de su poni. El terror
que estaba viviendo se manifestó en un tremendo y salvaje chillido. El hombre que la retenía rio,
la puso en la silla delante de él y la envolvió en una capa para que no pudiese mover los brazos.
Gritó algo por encima del hombro hacia la confusa carnicería que quedaba tras ellos, pero Annabel
no pudo saber si hubo una respuesta en la cacofonía de gritos que los envolvía. Luego arrancaron
al galope por el camino; notaba la proximidad del invierno en el frío viento que le silbaba en los
oídos, le revolvía el pelo y la hacía llorar, de manera que en la larga galopada no pudo saber en
qué momento comenzó por fin a llorar por el dolor insoportable que ocupó el lugar del terror.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0011

Septiembre, 1841

«En la escala de resacas, desde luego ésta es de grado superior», pensó Christopher Ralston
sumido en el dolor, y si alguien estaba capacitado para juzgar semejante asunto era él. El sol
parecía innecesariamente brillante en aquel cielo de montaña de color azul vivo y lo deslumbraba
el poco amigable reflejo en las cumbres nevadas.
Habitualmente la majestuosidad del paisaje afgano lo animaba a pesar de su malestar general,
pero ése era un día particularmente malo. Llanuras risueñas, montañas peladas, arroyos
impetuosos, caminos increíblemente revirados que trazaban un tortuoso recorrido entre las rocas
a pesar de todas las dificultades que les ponía el terreno... nada podía mitigar el persistente dolor
que le latía en las sienes, nada podía vencer el atontamiento y la fatiga, ni lubricarle la boca
estropajosa ni calmarle el estómago poco dispuesto a colaborar.
Como siempre, se preguntó por qué se trataba de esa manera. Por qué jugaba la última mano...
y la última mano... y la última mano. Por qué se tomaba el último coñac... y el último coñac... y de
verdad el último coñac. Por qué caía noche tras noche en su catre maldiciendo a su asistente, que
luchaba con hebillas, botones y botas para conseguir acostar a su casi inconsciente oficial.
Una pregunta estúpida: ¿quién no intentaría olvidar, perdido en aquel puesto avanzado del
mundo civilizado abandonado por Dios; perdido en la mediocridad de un puesto de teniente de
caballería de la Compañía de la India Oriental?
«¡Dios, menuda ironía!», pensó al tiempo que fruncía los labios para formar una burla que se
dedicó a sí mismo, «el honorable Kit Ralston, querido por la sociedad a pesar de su reputación de
crápula —o quizá precisamente por eso—, el gallardo capitán del Séptimo de Dragones Ligeros,
arrojado a las tinieblas exteriores por su afición a la bebida.»
—Perdone, señor, pero llevamos cuatro horas cabalgando. A los hombres no les vendría mal
comer.
Las suaves palabras de Abdul Alí, sargento nativo, cayeron como gotas de lluvia, pero el
recordatorio, a pesar de la amabilidad, no dejaba de ser imperativo. Kit asintió bruscamente al
sargento intentando demostrar que el aviso era innecesario.
—Tengo previsto parar en esos árboles. Estaremos menos expuestos. —Señaló con la fusta un
lugar de la montaña resguardado del viento donde un bosquecillo ofrecía como una joya su
exuberante vegetación en medio de la pelada y arenosa llanura.
—Por supuesto, señor —murmuró el siempre diplomático sargento—, una elección perfecta.
Kit se preguntó si había detectado ironía en el tono de la respuesta, y decidió que en cualquier
caso le daba igual. El desapego del teniente Ralston por su actual destino no era un secreto para
los soldados ni para los oficiales, y por aquella época a ninguno de ellos le entusiasmaba formar
parte de un ejército de ocupación sin la menor excusa moral ni legal para hacer su trabajo, usando
bayonetas británicas para obligar a los afganos a aceptar un gobernante a quien odiaban; y tenían
buenas razones para odiarlo. Sah Suya era de esa clase de déspotas cuya tiranía hunde las raíces
en la falta de carácter y en el exceso de miedo. No era un gobernante adecuado para los
ferozmente independientes jefes de las tribus afganas.

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El teniente Ralston oteó cansadamente el horizonte haciendo ociosas cábalas sobre lo que
harían su patrulla y él si se topaban con un grupo de guerreros guilzais de las montañas.
Probablemente dar la vuelta y huir. Los guilzais eran enemigos nada civilizados, aunque lo fuesen
más que los fanáticos muyahidín, pero todos se volvían igualmente fanáticos cuando decidían
unirse a la guerrilla para luchar contra los invasores ferinyi y contra su gobernante títere, que
pretendía cobrarles impuestos y mandar sobre ellos; que les negaba a los hombres de las
montañas su derecho inmemorial a cobrar peaje en los pasos de montaña y cuya arrogancia
ignoraba la autodeterminación de las tribus afganas y de sus clanes. Espoleó a su caballo.
—Dejémonos de perder el tiempo, sargento.
Abdul Alí se permitió una ligera elevación de ceja antes de darles a los cinco cipayos que iban
tras él la orden de que siguieran a su oficial al galope por la llanura.
El fresco y verde bosquecillo era una de esas deliciosas sorpresas esparcidas por el
generalmente inhóspito paisaje. Era más grande de lo que parecía desde lejos y se encontraron
con un claro alfombrado de espeso musgo salpicado de ranúnculos dorados.
La idea de comer le revolvió el estómago al teniente Ralston, que dejó a sus hombres
preparando alegremente su almuerzo y se alejó paseando entre los árboles. El sendero
comenzaba a descender suavemente por la colina, y sin pensarlo mucho lo siguió adentrándose en
el bosque. El descubrimiento inesperado de un pequeño lago lo dejó boquiabierto. Era un círculo
perfecto orlado de árboles, y en el fondo había grandes piedras planas que se apreciaban
perfectamente a través del agua cristalina. Avanzó un paso y salió de entre los árboles con la
intención de refrescarse la cabeza en la apetecible agua y, mientras se acercaba, algo llamó su
atención y se detuvo. Retrocedió instintivamente hasta los árboles y se quedó quieto observando.
Alguien nadaba en el lago. Un brazo blanco, desnudo y curvado cortaba el agua. A esa distancia
no podía distinguir rasgos, pero vio un montón de telas a pocos metros de la orilla, bastante cerca
del lugar donde estaba él. Supuso que eran las ropas del nadador. Nada permitía identificar la
pequeña pila de telas como vestidos europeos. Lleno de curiosidad, salió del escondite, se acercó
al montón y se agachó para examinarlo.
No oyó nada hasta que una sensación punzante tras la oreja derecha lo dejó helado, rígido por
el sobresalto. Alguien estaba tras él y sujetaba algo muy aguzado contra su piel. Una voz femenina
se dirigió a él ásperamente en pashtu. Tragó saliva intentando no mover la cabeza para no clavarse
la punta.
—Hablo un poco de persa —dijo él en ese idioma—, pero no pashtu. No pretendo hacerle
daño.
Para su alivio desapareció la presión que sentía tras la oreja, pero siguió sin atreverse a darse la
vuelta. Le parecía increíble haberse encontrado con una mujer afgana que se bañaba sola en un
lago. Aquella gente vigilaba a sus mujeres con todo el rigor que mandaba la ley islámica, y estaba
completamente seguro de que ellas no andaban por ahí bañándose en los lagos, por muy
escondidos que estuviesen.
—Hablaremos en la lengua de los ferinyi, si lo prefiere —dijo la voz, para su sorpresa—.
Vuélvase muy despacio.
Christopher obedeció con mucho cuidado. Se dio cuenta de que las sorpresas y los sustos eran
excelentes estimulantes. Se le aclaró la cabeza, aunque el corazón le iba a la carrera en respuesta
a la amenaza del cuchillo. De todos modos, cuando acabó de girarse la aceleración del corazón ya
se debía a una causa diferente.

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Nunca supo en qué se había fijado antes. ¿En los ojos de color verde jade un poco almendrados
y con las comisuras algo inclinadas? ¿En la extraordinaria blancura de su piel? ¿En el intenso color
cobre de su pelo, que le caía mojado sobre los hombros? ¿O en que estaba totalmente desnuda;
esbelta, flexible, llena de delicadas curvas... y totalmente desnuda?
Estaba delante de una mujer blanca desnuda, con el cuerpo aún mojado por el agua, que
sostenía un peligroso estilete en la mano y que tenía todo el aspecto de saber cómo utilizarlo y
estar dispuesta a hacerlo.
—¿Quién demonios es usted? —se oyó a sí mismo hacer la pregunta, algo ronco.
—¿Y quién demonios es usted? —fue la respuesta inmediata. Los ojos verdes recorrieron el
lago y los árboles—. Los soldados ferinyi no suelen viajar solos. Es bastante peligroso en los
tiempos que corren ¿no?
La burla de su voz era evidente y él notó una oleada de irritación en su interior. Por mucha
simpatía que pudiese sentir a título personal por el rechazo de los afganos a la presencia militar
británica él seguía siendo un oficial de ese ejército, y una acusación de cobardía, implícita o no, era
intolerable.
Pero ¿cómo debía un caballero expresar su disgusto ante una mujer completamente desnuda y
con un estilete en la mano?
Aún estaba intentando salir del dilema, incómodamente atento al destello de burla de aquellos
ojos verdes, cuando ella volvió a hablar:
—Haría usted bien marchándose de aquí. Lo matarán si lo descubren.
—¿Quién me matará? —La confusión lo superaba y era consciente de que estaba en espantosa
desventaja aunque sintiese que no debería ser así, que un teniente del Ejército de la reina Victoria
no debía someterse a semejante papelón. Seguramente era posible quitarle el cuchillo, pero para
hacerlo tendría que tocarla, y no se veía capaz de hacerlo con objetividad en sus circunstancias.
—Eso no es asunto suyo —contestó ella—. Pero puede creerme si le digo que si lo encuentran
aquí conmigo lo matarán, y será una muerte extraordinariamente desagradable en manos de unos
expertos. —El tono con el que hablaba era totalmente neutro, pero él advirtió una repentina
tensión en el ágil cuerpo de la mujer—. Váyase —dijo ella.
—¡En, un momento! —Descubrió que tenía una imperiosa aunque tardía necesidad de
imponerse—. No sé quién es usted ni qué derecho tiene a estar aquí si yo no lo tengo, pero no veo
razón alguna por la que yo deba huir. Me parece que es usted quien es vulnerable en este
momento. —Dejó que la mirada se pasease por el cuerpo de la joven y sintió una punzada de
satisfacción cuando en las mejillas de ella apareció un indicio de rubor—. No se confunda, no estoy
despreciando sus encantos, pero las damas inglesas no tienen por costumbre presentarse
desnudas ante los extraños. Y si no es usted una dama inglesa ¿qué es?
Ella se movió tan deprisa que él no llegó a saber qué había pasado, pero el caso es que la punta
del estilete le pinchó en la garganta e hizo brotar una gota de sangre, y los ojos de jade estaban
fríos como la roca.
—¡Quién soy y lo que soy no son asuntos de su incumbencia, perro ferinyi!—dijo en voz baja—.
Yo no me rijo por sus normas ni llevo sus etiquetas.
—¡Al diablo! Es usted tan ferinyi como yo —dijo él cogiéndola repentinamente por la muñeca
de la mano que sostenía el cuchillo sobre su garganta. Estaba demasiado indignado para calcular el
riesgo de la maniobra, pero le salió bien; ella no se lo clavó, como fácilmente podría haber hecho.

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En lugar de eso abrió mucho los ojos en un gesto de sorpresa y disgusto. Se quedaron así durante
un instante: él sujetando una fina y frágil muñeca; ella tan cerca de él que con cada una de las
agitadas respiraciones le rozaba la chaqueta con los pechos desnudos.
—No es usted afgana, ni persa ni india —dijo él muy lentamente aprovechando la ventaja—. Y
eso, señorita, la hace tan infiel europea como yo. Y yo le digo que las jóvenes de donde yo vengo
no van desnudas amenazando con cuchillos a extraños inocentes. —Le soltó la muñeca tan
súbitamente como la había cogido y retrocedió un paso estirando el maltratado cuello de su
chaqueta mientras miraba con precaución a la mujer.
Una sombra de incertidumbre había aparecido en la mirada de jade. Ella abrió la boca para
decir algo y entonces tensó el cuerpo. La incertidumbre desapareció, desplazada por una mezcla
de alarma y determinación.
—Ya vienen. Tiene que irse ahora mismo.
Kit sólo oía los ruidos propios del bosque, pero la urgencia de la voz de la joven era auténtica y
se encontró corriendo hacia el resguardo de los árboles. Cuando estuvo oculto se detuvo. Una
espesa mata de zarzas le proporcionó un buen observatorio desde donde podía ver el lago.
De entre los árboles del lado opuesto del pequeño lago salió un ruidoso grupo de personas
cubiertas con ropajes negros. Las ansiosas y enojadas voces llenaron el pequeño claro de sonidos
pashtu mientras corrían hacia la mujer del cabello cobrizo, que estaba plantada junto a su montón
de ropa escurriéndose el agua del pelo con aparente despreocupación.
El que observaba entre los árboles miraba hechizado y confuso. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién
demonios era esa mujer? Una chica... mujer... inglesa ¿de qué edad? ¿Diecinueve o veinte? Desde
luego, no más. Una chica inglesa que era tratada con la mayor familiaridad por un grupo de
mujeres afganas. Familiaridad, sí, pero pudo apreciar algo más mientras las otras, sin dejar de
parlotear, se afanaban en secar y vestir a la chica, que recibía tanto las evidentes reprimendas
como las atenciones con aparente indiferencia. Se comportaban con ella como si fuese una pupila
muy especial... una pupila muy valiosa. Conociendo la brava reputación de las mujeres de aquellas
tribus, Kit Ralston no sentía la menor inclinación por dejarse ver y entendía con considerable
gratitud por qué la chica le había dicho que se escondiera con tanta urgencia.
Observó cómo se ponía el shalwar, el ancho pantalón bombacho que ocultó las largas y
esbeltas piernas que aún ocupaban su imaginación. Las ayudantes le pasaron por la cabeza un
vestido largo bordado, le pusieron unas babuchas con la punta levantada y se agacharon para
sujetar las puntas a los bajos del pantalón. Luego la cubrieron con un voluminoso chadri que la
ocultaba de la cabeza a los pies. Sólo los ojos eran visibles tras la rejilla de seda blanca. Aparte del
hecho de que las ropas eran de suave seda blanca y no del basto tejido negro que vestían sus
acompañantes, una vez vestida era indistinguible de las otras mujeres; la piel blanca y el cabello
cobrizo habían quedado escondidos de la tentación.
Kit se estremeció ligeramente al pensar en lo que le habría ocurrido si lo hubieran descubierto
con ella desnuda. Quienquiera que fuese parecía estar sujeta a la ley islámica, como cualquier
mujer musulmana, y ésas no eran para los ojos de los infieles. Pero si era así ella debía de
pertenecer a algún hombre. La idea de que una chica inglesa estuviese unida a uno de aquellos
hombres de las montañas no le cabía en la cabeza. Sabía que los kanes eran dueños de la vida y de
la muerte en sus dominios, y tal y como él lo veía, eso era un asunto entre ellos y su gente. Pero
ésta era una mujer inglesa... una ciudadana del mayor imperio del mundo.

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¡Dios santo! Era inconcebible. Cualesquiera que fuesen las circunstancias que la habían llevado
hasta allí, no se podían permitir; al menos no podía permitirlo un caballero británico que se
preciase de serlo. Infundido de nueva energía que desterró su anterior apatía y su flojera, cruzó el
bosque de vuelta para reunirse con su patrulla.
El sargento se levantó rápidamente cuando su oficial apareció en el claro.
—Creía que los guilzais lo habían capturado, señor —comentó con un humor algo negro que no
conseguía ocultar la parte de verdad de la broma. En la experta opinión de Abdul Alí, no se podía
esperar que hombres tan despegados y generalmente depresivos como el teniente Ralston
adoptaran las adecuadas precauciones en territorio enemigo. Eso los convertía en oficiales
impopulares, salvo que tuvieran un sargento como Abdul Alí que tomara medidas para
contrarrestar su inconsciencia.
Kit le dirigió una mirada cortante y luego, para sorpresa del sargento, una ligera sonrisa asomó
a su severa boca y hubo un destello de auténtico humor entre los hinchados párpados de los ojos
grises. Se quitó el chacó y se pasó las manos por el cabello rubio y algo rizado.
—Casi lo hicieron, sargento; pero no como usted piensa... ¿Es té eso que están preparando?
—Sí, señor. Tómese uno, le sentará bien. —El sargento llamó en hindi a uno de los cipayos, que
le llevó una taza de lata con el líquido humeante. El color, marrón rojizo, delataba lo cargado que
estaba.
Kit bebió, se estremeció, volvió a beber y comenzó a sentirse humano.
—Estamos a unas cuatro horas de Kabul —dijo mientras sacaba un mapa de sus alforjas—. En el
centro del territorio de los guilzais. —Sacudió el mapa con una mano para abrirlo mientras bebía
té—. Nuestras órdenes son intentar determinar el paradero de Uktar Kan y sus hombres.
—O de Akbar Kan —dijo Abdul frunciendo los labios—. A mí me parece, señor, que la verdadera
amenaza es Akbar.
—Estoy seguro de que tienes razón pero siete hombres no van a encontrar al general en jefe
en estas montañas a menos que él quiera que lo encuentren. Está llevando una vida de nómada y
hace meses que no se le ve en público.
—Hemos visto su influencia —puntualizó Abdul—. Está detrás de cada incursión, conspiración,
escaramuza o asesinato.
—No lo pongo en duda. —Ralston miró su taza vacía, preguntándose si otra dosis de esa bebida
tan sumamente energética anularía el efecto de la primera o duplicaría sus beneficios. Se le
ocurrió que no estaría mal comer algo—. ¿Qué había de comer, sargento?
—Sólo pan y queso, señor. Vamos ligeros de equipaje.
—Por supuesto. —Debería haberlo sabido; dar las órdenes para el abastecimiento de la patrulla
quedaba bajo su responsabilidad: raciones de subsistencia acordes con esa misión supuestamente
secreta. Si había conseguido hacerlo entre las brumas de los excesos nocturnos, lo había olvidado;
pero en cualquier caso Abdul Alí se había encargado de ello. Él sería mucho mejor comandante de
aquella pequeña patrulla de cipayos que el teniente Ralston, que nunca había sido más que un
soldado de Hyde Park, pulcro en el regimiento, popular en las juergas, un diablo con las mujeres
que adoraban los uniformes... Una amarga oleada de asco por sí mismo amenazó su recién
alcanzado entusiasmo.
—Tome, señor. —El sargento le ofrecía una loncha de queso de cabra y una rebanada de pan.

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Kit las cogió con un gruñido de agradecimiento y volvió al mapa. Aquellas mujeres tenían que
haber venido de alguna aldea cercana, pero no podía ser una aldea de campesinos corriente. Las
ropas de la chica inglesa eran demasiado lujosas para una campesina, y las atenciones que le
dispensaba un grupo tan grande de mujeres apuntaban a una residencia muy importante: la
residencia de un kan.
Mascó el pan reseco y bebió más té. El cerebro le trabajaba con fluidez, ya no se sentía confuso
ni cansado. Sin duda entraba en su misión identificar a ese kan. ¿Quién podría asegurar que no era
la fortaleza de Uktar Kan? Sería una clara dejación de su deber ignorar esa posibilidad ahora que
se le había ocurrido.
Las mujeres habían aparecido desde el otro lado de la laguna. Él y su patrulla comenzarían a
explorar por allí. Volvió a doblar el mapa y le gustó oír el crujido del papel, como si estuviese en
consonancia con su propio sentido de la resolución.
—Ordene a los hombres que recojan, sargento. Tengo una corazonada que quiero investigar.
Abdul Alí disimuló educadamente su escepticismo y su sorpresa ante el vivo tono de autoridad
de alguien que no solía molestarse en ocultar su apatía y su desprecio por todo lo que estaban
haciendo allí. Dio las órdenes necesarias y un cuarto de hora después la partida estaba
atravesando el bosque hacia el lago, que encontraron tranquilo y desierto, no había signos de sus
recientes visitantes. El sol de mediodía brillaba a través de la abertura de los árboles y bailaba en
la superficie del agua como un diablo travieso. Por una vez Kit no encontró nada desagradables la
luz ni las irreales imágenes que producía. Guio a sus hombres por la orilla del lago, donde la hierba
estaba hundida formando unas huellas de pies que parecían ser un rastro. Las siguieron a través
de los árboles y se encontraron ascendiendo una empinada cuesta.
—Parece que sube a la sierra, señor. —Abdul se puso al lado de Kit—. Desde el llano parecía
que el bosque estaba en la base del acantilado.
Kit asintió.
—La luz hace extraños efectos en este lugar. —Siguieron cabalgando en un silencio cada vez
más profundo, hasta que no se oía ni el canto de un pájaro; sólo los crujidos de las ramas
quebradas por los cascos de los caballos.
Las mujeres no podían llevarles más de una hora de ventaja e iban a pie; ¿dónde demonios
estaban? Kit oteó a su alrededor cada vez más intranquilo. Abdul estaba sobre su enjuto poni
husmeando el viento sin dejar de mover los ojos, intentando captar alguna señal del peligro que
todos sabían que los acechaba desde algún lugar. Y fue él quien los encontró.
El bosque se terminó sin previo aviso y la patrulla casi se metió en un campamento de
nómadas. Las tiendas negras estaban apiñadas en una explanada arenosa adosada a la pared de
un farallón sobre una profunda garganta.
—¡Dios santo! —murmuró Kit, aunque se maldijo por no haber enviado por delante a uno de
los cipayos para explorar. Los nómadas no solían ser belicosos, pero en aquellos días nadie era de
fiar y los bandidos abundaban en todo el país.
Fueron saliendo hombres de las tiendas. Llevaban turbantes negros y los típicos chapalargos de
tejido casero blanco con mangas anchas que aleteaban al moverse.
—¡Alto! —Ordenó bruscamente Kit cuando los soldados sacaban sus mosquetones—. Veamos
primero qué hacen.

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Parecía que los nómadas se deslizasen hacia la patrulla. Llevaban bastones en la mano y
cuchillos en los pliegues de los chapanes, pero ningún arma de fuego que Kit pudiese ver, así que
se permitió esperar a que se aproximaran para juzgar sus intenciones. Pero cuando estuvieron
más cerca se hizo evidente la cruda hostilidad en las miradas y ademanes. Estaba a punto de dar la
orden de fuego y retirada cuando una voz, una voz muy familiar, gritó ásperamente algo en pashtu
rompiendo el silencio amenazador que había caído sobre el campamento.
La figura del chadri de seda blanca fue ligera hacia ellos y los hombres dudaron, aunque
mantuvieron las hostiles miradas fijas en los intrusos. Ignorando a la patrulla, la mujer se dirigió a
los nómadas hablando bajo y deprisa. Hubo ceños y murmullos, pero nadie se movió hacia el
grupo de soldados.
Ella se volvió finalmente hacia Kit y habló en persa.
—¿Qué se le ha perdido por aquí?
El observó la envuelta figura y buscó la mirada verde tras la rejilla del chadri. La miró y la
encontró.
—La buscaba a usted —contestó con seguridad, y con la esperanza de que nadie más que ellos
hablase persa allí. ¿Se imaginó el parpadeo tras la rejilla?
—Ha sido una búsqueda imprudente —dijo ella con fría indiferencia, y se volvió hacia los
hombres barbudos. Volvió a hablar y Kit pudo entender claramente el nombre de Akbar Kan.
También notó cómo se tensaba Abdul, y con una repentina inspiración habló en inglés:
—Lo que vengo a hacer tiene que ver con Akbar Kan —dijo claramente—. Quiero hablar con él.
Creo que el hijo de Dost Muhammad agradecerá la oportunidad de discutir en este momento.
Ella se mantuvo inmóvil, escrutándolo.
—¿Tiene un mensaje de Kabul? ¿Del general Elphinstone... o de Sah Suya? —La burla que había
notado antes apareció de nuevo.
—Aquí está pasando algo muy raro, señor —susurró Abdul entregando muy serio las riendas de
su caballo a un nómada inexpresivo.
—Muy raro, sargento —reconoció Kit—. Pero aunque nunca me he dedicado a los acertijos, me
he propuesto resolver éste.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0022

El teniente Ralston pasó una noche agitada. Sus hombres y él habían plantado el campamento
alrededor de su propio fuego y estuvieron montando guardia toda la noche. A pesar de las
precauciones, la sensación de estar tumbados dentro de las fauces del enemigo esperando a que
se cerraran no facilitaba un sueño tranquilo. Sabía que ni Abdul Alí ni los soldados entendían por
qué estaba tomando esas decisiones peligrosas e innecesarias, siguiendo al tristemente célebre
Akbar Kan hasta su propia guarida. Pero el teniente no podía explicar que tras esa decisión había
algo más que los intereses del Ejército británico en Kabul.
¿Dónde estaba ella ahora? Era de suponer que durmiendo profundamente en una de aquellas
tiendas negras, vigilada por mujeres vestidas de negro. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿De dónde venía? Y
¿cómo, por todos los santos, había llegado hasta allí? La larga noche no le dio las respuestas.
El alba lo sacó de un adormecimiento ligero y poco reparador. El campamento de los nómadas
hervía de actividad mientras desmontaban las tiendas y cargaban los ponis... y no sólo los ponis.
Las mujeres comenzaban a subir a pie el estrecho y tortuoso sendero cargadas con fardos y niños.
Ignorando completamente el esfuerzo de las mujeres, los hombres, descargados, iban delante
conversando y apoyándose en largas varas para avanzar. Los niños, silbando, corrían entre los
rebaños de ovejas y cabras empujándolas y animándolas a caminar.
Los tres ancianos de la tribu, a quienes ya había identificado la tarde anterior, se acercaron a
caballo a la pequeña partida de soldados. Con gestos transmitieron el mensaje de que debían
montar y acompañarlos al frente del grupo.
¿Y Ayesha? No podía preguntar, por supuesto, pero su mirada barría la comitiva. ¿No iría a pie
como una bestia de carga con las otras mujeres?
Entonces la vio, montada en un limpio y alto caballo gris de evidente sangre árabe. Seguía
envuelta en su chadri blanco, pero la voluminosa prenda no parecía limitarle la movilidad según se
la veía cabalgar a medio galope.
—Salaamat basbi—lo saludó frenando ante ellos—. Quiere decir «que tengas salud» —tradujo
con una risita ahogada al ver la expresión vacía de Kit—. Usted debe responder mandeh nabasbi,
zendeh bashi, que quiere decir «que nunca estés cansado, que vivas para siempre».
—Gracias —dijo él un poco débilmente—. Me esforzaré por recordarlo.
—Es una cortesía elemental —dijo ella en tono de reprobación—. Si va usted con las gentes de
las montañas lo menos que puede hacer es aprender una o dos palabras de su lengua.
—¿Akbar Kan no habla persa? —preguntó Kit subiendo a su caballo—. Su padre lo habla.
—Sí, por supuesto. Habla persa y también inglés. Pero puede decidir no hacerlo—le dijo ella—.
Incluso puede decidir no verlo.
—Pero yo supongo que si usted responde por mí, él estará completamente encantado de
escuchar lo que tengo que decirle —le contestó el teniente amablemente—. Está claro que es
usted una persona con cierta influencia.
—Sólo soy una mujer —le replicó—. Usted debe de saber lo que eso implica en esta tierra.
Espero por el bienestar de ambos que no sea tan estúpido como parece ser. Akbar Kan no soporta
a los tontos, y si no le gusta su llegada puedo asegurarle que seré yo quien cargue con las
consecuencias.

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—Entonces, ¿por qué me lleva a verlo?


Ella no le contestó de inmediato, pero Kit descubrió que estaba ansioso por escuchar esa
respuesta. Finalmente habló:
—Habrá una matanza si no se hace algo por evitarla, y cada día que pasa es más difícil hacerlo.
Sólo Akbar Kan puede impedirla, pero hace falta que lo convenzan de que a su padre y a él les
conviene.
—Pero su padre está exiliado voluntariamente en la India —señaló Kit.
—Su padre ha decidido que por ahora le presta un mayor servicio a su pueblo dejando la lucha.
Pero no se confunda, Christopher Ralston, Dost Muhammad sabía muy bien que dejaba a su hijo
para continuar esa lucha. Los métodos de Akbar Kan no son tan delicados como los de su padre, y
Dost es perfectamente consciente, como de que en esta lucha no sirven los métodos delicados.
Después de la victoria, cuando Dost Muhammad vuelva a reinar en Afganistán, querrá mantener
buenas relaciones con sus vecinos británicos de la India, y eso le resultará difícil si está implicado
en la masacre de todas las fuerzas de ocupación.
Kit se quedó mirándola. Era el primer análisis sensato de la situación que había oído desde que
llegó a Kabul desde la India hacía dos meses.
—Entonces ¿es verdad que Akbar Kan está fomentando la rebelión de las tribus?
—No esperará usted que le conteste esa pregunta ¿verdad? —Miró hacia él y los ojos color
jade brillaron a través de la rejilla.
—Entonces hábleme de usted. No me puede negar el derecho a ser curioso.
—En la sociedad afgana, lo que caracteriza y define a las mujeres es el hombre al que
pertenecen —dijo ella—. Yo pertenezco a Akbar Kan. Eso es todo lo que necesita saber... y todo lo
que puede saber.
—¡Es usted inglesa! Las mujeres inglesas no pertenecen en ese sentido bárbaro. ¿Cómo puede
decir semejante insensatez? —explotó él, y luego advirtió su error. Todos los hombres con túnica
que cabalgaban con ellos pararon en seco como si fueran sólo uno. Acompañaron con una seca
exclamación la aparición de los machetes jaiber. Los fieros ojos negros destellaban amenazadores.
Ayesha les habló rápidamente, y Kit percibió el tono apaciguador. Le contestó el jefe de los
ancianos, y mantuvieron una conversación en voz baja. Finalmente ella se encogió de hombros y
dijo en voz baja a Kit:
—No les gusta que mantengamos conversaciones que no pueden entender, especialmente si
éstas acaban a gritos. Perciben una amenaza pero no pueden identificarla, y su deber es cuidarme.
Cualquier réplica que pudiese tener murió en los labios del militar ante las fieras miradas que se
clavaban en él acompañadas del gesto amenazante de las manos, que seguían sobre los cuchillos.
Sabía que Abdul Alí y los cipayos cabalgaban tras él y que tendrían las manos en los fusiles,
también, que ya estaban nerviosos, y era consciente de que un único disparo les llevaría a la
muerte a todos. Hizo una pacífica inclinación de cabeza y retrocedió hasta colocarse junto a Abdul.
Los ancianos se tranquilizaron, pero cambiaron de posición para que Ayesha cabalgara en medio
de ellos.
—¡Hijos de perra tramposos! —volvió a murmurar Abdul—. Creí que iban a ensartarlo, señor.
—Yo también lo creí —dijo él agriamente—. Parece que hay que andar con pies de plomo
cuando se trata con la mujer de Akbar Kan.

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—¿Cómo es que habla inglés como una nativa? —preguntó Abdul en voz alta. Él, por supuesto,
no había tenido el inestimable placer de ver a la dama sin ropa. Kit decidió no darle esa
información por el momento y se limitó a encogerse de hombros como única respuesta.
Cabalgaron durante toda la mañana. A pesar del sol de septiembre, el aire era fresco; eran los
primeros indicios del invierno en las montañas. El camino se hacía cada vez más difícil y se veían
obligados a ir sorteando piedras de todos los tamaños. Kit se volvió un par de veces para ver cómo
se desenvolvían las mujeres cargadas, pero los jinetes les habían sacado una ventaja de una o dos
horas a las que iban a pie, y sólo unos cuantos hombres mantenían fácilmente la velocidad de los
caballos al paso. Oían las llamadas de los jóvenes pastores, que rebotaban en la pared del farallón
y resonaban en las gargantas rocosas. Era ése un paisaje tan árido y hostil que Kit pensó que
podría servir como telón de fondo para su imagen del infierno.
Ya hacía mucho que había ido más allá del cumplimiento de las órdenes que había recibido, que
eran que hiciera un reconocimiento de dos días y presentara un informe en el cuartel general de la
brigada, en Kabul, al tercer día. Ya no podría cumplirlas, ni siquiera aunque no acabaran
horriblemente asesinados a manos de Akbar Kan; pero, por otra parte, si pudiera informar sobre el
paradero del jefe rebelde y sobre una conversación con él, entonces se habría marcado un buen
tanto. Y si conseguía rescatar a una inglesa cautiva y devolverla con los suyos, un acto tan
honorable y caballeresco sería muy beneficioso para su reputación. Era una perspectiva
alentadora, que aún resultaba más atractiva dada la corrección moral de la misión. Quienquiera
que fuese ella y fuera cual fuese su historia, su lugar no estaba entre aquella gente; y el teniente
Christopher Ralston tenía toda la intención de devolvérsela a los suyos.
—Fíjese en el explorador, señor. —Abdul Alí lo hizo salir de su preocupante ensoñación
señalando un saliente rocoso que tenían delante. Una figura en pie con una espingarda al hombro
miraba hacia el camino—. Debemos de estar cerca —dijo el sargento—. Parece que nos mandan
escolta.
Ciertamente, entre las rocas que flanqueaban el camino fueron apareciendo jinetes silenciosos
y oscuros. Los nómadas no mostraron interés alguno por la escolta, aunque mantuvieron el paso
de la pequeña caravana sin acercarse. Kit quería preguntarle a Ayesha si eso era lo habitual o lo
hacían en honor a los soldados británicos. ¿Había llegado ya a Akbar Kan la noticia de los visitantes
inesperados? Hizo avanzar a su montura hasta que rozó la cola del caballo del acompañante de
Ayesha. El hombre hizo un gesto amenazador con la fusta y gruñó algo.
—Sólo quiero hablar con la señorita —dijo Kit en su vacilante persa, sonriendo y moviendo la
cabeza en un vigoroso e inocente gesto de amistad mientras gesticulaba hacia la oculta figura de
Ayesha, que iba delante—. Una pregunta para Akbar Kan —dijo como prueba. Al parecer el
nombre tenía algún poder mágico. El hombre se apartó a un lado y permitió que Kit avanzara
hasta colocarse junto al caballo árabe gris.
Ayesha no se giró, mantuvo la mirada hacia el frente.
—Nos están vigilando hombres que tienen mucha más influencia que estos nómadas —dijo ella
en voz baja—. Usted no debería estar hablando conmigo.
—¿Nos estará esperando Akbar Kan? —preguntó él, casi sin mover los labios y manteniendo la
vista fija en el camino—. ¿Esos exploradores le informarán?
—Sí, lo sabrá. No sabrá por qué ni cómo vienen con nosotros, y creo que se reservará su
opinión para cuando lo sepa.
—¿Y si no se reserva su opinión?

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—Entonces todos ustedes son hombres muertos.


Su capacidad para expresar de manera tan neutra un hecho tan extremadamente desagradable
lo impresionó; le pareció poco amigable y poco propio de una mujer. Por supuesto, eso era así si la
consideraba una mujer inglesa; como afgana, su actitud no tendría nada de insensible. Sería
simplemente la aceptación pragmática de una manera de vivir. Kit volvió a su lugar sintiendo los
primeros y desagradables aguijonazos de duda sobre su gran plan de rescate.
La enorme fortaleza de piedra apareció de repente, y parecía colgar sobre el desfiladero por el
que estaban pasando, asentada precariamente en un saliente rocoso al final del estrecho paso.
La misteriosa escolta se cerró alrededor de Kit y sus soldados; aquellos hombres callados, con
barbas y turbantes, parecían no verlos. Cruzaron un grupo de chozas con las paredes de barro
antes de llegar a las grandes puertas de hierro de la fortaleza. De las cabañas salió gente que se
quedó mirando a los extranjeros con la curiosidad casi lasciva que las personas del campo
mostraban en sus lugares por las más grotescas atracciones de las ferias. Kit sintió cómo se le
erizaba el pelo de la nuca y un hormigueo le subía por la espalda. ¿Qué locura era aquélla? Él, que
hasta aquel maldito asunto de Londres nunca había hecho nada que pudiera poner en peligro su
vida basada en la comodidad, la rutina y el placer, estaba siguiendo un estúpido y temerario
arrebato... de caballerosidad, patriotismo miope y elemental fascinación por una mujer. Era de
esperar que hubiese aprendido algo después de su último problema por una mujer... y esta vez ni
siquiera podía culpar al demonio de la bebida.
Dios bendito, sería el hazmerreír de todos sus compañeros si la historia llegaba a Londres. El
apuesto Kit Ralston, ¡víctima de las artimañas de una mujer! Salvo que en este caso no había
artimañas de las que hablar.
Cruzaron las puertas que les llevaron al interior de las murallas. Era un pueblo fortificado, con
cuarteles, establos y un gran torreón de piedra; había bastantes hombres con túnicas, algunos con
cascos de acero coronados con un pincho; todos entregados muy afanosamente a actividades de
carácter claramente bélico. Las puertas se cerraron tras ellos y Kit notó cómo la tensión se
extendía entre sus hombres. No tenía derecho a implicarlos en una misión personal que estaba
convirtiéndose rápidamente en una obsesión; ¿o sí lo tenía? Pero eran soldados y aquello era una
guerra. «Olvida a la chica», se dijo, «y concéntrate en lo que podemos conseguir con esta
expedición.»
—Vamos a enseñarles cómo es la caballería británica, sargento —dijo enérgicamente.
Abdul Alí sonrió.
—Encantado, señor. —Gritó una orden a los cipayos que iban tras él. Hubo algunos restallidos y
tintineos de arneses. Los caballos aceleraron el paso con sus jinetes muy erguidos sobre las sillas, y
el imperio británico, en aquella pequeña representación, se preparó para encontrarse cara a cara
con Akbar Kan.
Los escoltas se limitaron a ajustar la velocidad a la de los militares hasta que llegaron a una casa
cuadrada tras un muro de piedra y en medio de un jardín incongruentemente hermoso. Entraron a
caballo hasta un patio de la parte trasera de la casa. Kit les hizo una señal a sus hombres para que
se detuviesen y se quedaran a la espera sobre los caballos.
Dos mujeres, con velo pero sin el chadri de calle, salieron de una puerta con forma de arco que
había en un lateral del edificio. Los hombres que rodeaban a Ayesha se apartaron y las mujeres se
acercaron a ella alzando los brazos para ayudarla a desmontar. Despreciando la ayuda que le
ofrecían, ella descendió al suelo sin problemas. Echó una mirada por encima del hombro hacia

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donde el teniente y sus hombres esperaban a lomos de sus caballos en actitud vacilante. Entonces
decidió acercarse a Kit.
—Si ve usted a Akbar Kan, Christopher Ralston, sea decidido y no mienta.
Una de las mujeres agitó las manos y dejó salir por su boca un torrente de protestas mientras
Ayesha se dirigía al infiel. Sujetó a la chica por el brazo y la llevó a toda prisa hacia la puerta
arqueada.
Christopher vio cómo desaparecía la figura cubierta de blanco. Hasta entonces no fue
consciente de todos los ojos que estaban mirándolo. Volvió la cabeza hacia otra puerta, ésta sin
arco, en la pared trasera de la casa. En ella había un hombre, fuerte y ancho de espaldas, vestido
con un sencillo abrigo marrón y con un sable introducido en la faja que le rodeaba la cintura. No
llevaba turbante ni gorro alguno y tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Sus ojos de
color azul claro se detuvieron a examinar serenamente al teniente Ralston y a sus hombres. Luego
se volvió y entró en la casa.
Akbar Kan se acercó a la entrada del harén con expresión aún pensativa. Los dos guardias lo
saludaron cuando cruzó la lujosa cortina de cuentas para entrar en la zona femenina. Le gustaban
los sonidos de las mujeres, sus suaves trinos, los ocasionales golpes de risa y el cálido y
emocionante misterio de su secreta y perfumada reclusión. Estaban reunidas alrededor de Ayesha,
ahora sin el chadri y sin velo, que descansaba en un diván bajo. Lo miró cuando entró, se levantó
despacio y saludó con el resto de las mujeres, que desaparecieron como una nube gorjeante a un
ligero ademán de su mano.
—Entonces, ¿qué es lo que me has traído, Ayesha? —dijo mientras la miraba pensativo y
juntaba y separaba las puntas de los dedos.
Ella no se dejó engañar por la tranquila pregunta y la aparente relajación del poderoso cuerpo.
Después de casi ocho años en el harén de Akbar Kan conocía cada faceta de aquel hombre
apasionado y contradictorio. Si no le gustaba la respuesta o sospechaba que había el menor
engaño, aquellos hombres morirían, y ella tendría que cargar con las consecuencias de su falta de
criterio.
El encuentro junto al lago debía quedar enterrado más allá del centro de la Tierra. Y el extraño
cosquilleo de excitación que sentía cuando estaba en compañía de Christopher Ralston debía ser
enterrado con él, incluso más allá de su propio reconocimiento.
—Espero que no te hayas disgustado —dijo ella volviéndose hacia una mesa auxiliar en la que
había un cuenco de sorbete—. ¿Quieres un refresco?
—Mi placer o mi disgusto esperan tu explicación —dijo él rechazando con un gesto la copa que
ella le ofrecía. Se sentó en el diván y señaló el puf que había a sus pies—. ¿Por qué has traído a los
ferinyi a mi castillo?
Ella se sentó en el puf y escogió con cuidado sus palabras, comenzando por la precipitada
llegada del teniente Ralston y sus soldados al campamento. Como siempre, estaba atenta a
cualquier signo que delatara la actitud o el estado de ánimo de Akbar Kan, a cualquier cambio de
postura, temblor de un párpado o contracción de un músculo. Creía saber cómo reaccionaría
cuando le sugiriera que no le haría daño oír lo que Kabul tenía que decir en aquel delicado
momento de las hostilidades, en el que los rebeldes parecían tener el control; pero nunca se podía
estar seguro con Akbar Kan. Su impredecibilidad era lo que hacía de él un enemigo tan peligroso y
un señor tan quijotesco.

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Cuando ella terminó su relato y se quedó en un silencio expectante e intranquilo, él se levantó.


—Juzgaré por mí mismo a ese Christopher Ralston. Espero que su misión sea honrada y que tu
instinto no se equivoque. —Fue rápidamente hacia la cortina que cerraba la habitación, se detuvo,
volvió y la miró fijamente acariciándose la barba puntiaguda mientras ella esperaba en pie y en
silencio su marcha para relajarse. Algo destelló en su mirada azul, y ese destello hizo que se
estremeciera de aprensión—. Únete a nosotros cuando acabemos de comer, Ayesha. Tengo
interés en ver cómo se comporta el inglés en compañía de alguien de los suyos que no es de los
suyos.
La cortina se movió con un ligero ruido cuando él salió y Ayesha se quedó de pie mordiéndose
un labio. El peligro distaba mucho de haber pasado. De hecho, se podía decir que estaba
comenzando. Él había captado algo en su explicación que no lo satisfacía, pero no era algo
suficientemente sospechoso para convencerlo de que alguien estaba obrando mal, ni para
indicarle si se trataba de ella o de algún militar. Así que él seguía reservándose su opinión,
observando y esperando hasta encontrar lo que buscaba, o hasta estar convencido de que la
misión era honrada. Pero ¿qué significaba esa última orden? ¿Y ese inquietante destello en su
mirada? ¿Qué quería comprobar? ¿O habría que decir a quién? ¿A ella... o a Christopher Ralston?
Las mujeres volvieron a la habitación charlando, pero Ayesha no hizo caso de las preguntas ni
de las atenciones; se puso un velo sobre la cabeza y salió a un pequeño jardín cerrado. Un
periquito lanzó un grito estridente desde la percha a la que estaba encadenado. Ayesha cogió un
puñado de pipas de girasol y se las ofreció al ave, que graznó y bailó nerviosamente. Pero cuando
se acabaron las semillas se había quedado absorta y olvidó apartar la mano; el aguzado pico
mordió con fuerza el pulpejo de su pulgar y le hizo sangre.
Ella apartó la mano con un grito de dolor que hizo que se acercara uno de los guardas del jardín
con el cuchillo levantado para decapitar al infractor.
—¡No! —gritó ella horrorizada—. Ha sido por mi culpa.
El hombre la miró sorprendido pero se guardó el cuchillo en el cinturón y volvió a su puesto.
Ayesha se levantó un poco el velo para poder chuparse la herida. «Traicionera ave, que muerde
la mano que la alimenta», pensó. Bastaría que Christopher Ralston mirase a Ayesha, propiedad de
Akbar Kan, con interés para que fuese acusado de una traición semejante. ¿Qué había dicho
cuando le había preguntado a qué había ido allí? Aún podía oír su voz, tranquila y uniforme: la
estaba buscando.
Se estremeció. ¿Entendía él algo de aquella gente? Si no entendía o no aceptaba la naturaleza
del poder de un kan sobre sus súbditos, especialmente sobre sus mujeres, ambos estaban en
grave peligro. ¿Se trataría simplemente de un juego que Akbar quería jugar con Christopher
Ralston por pura burla, o había tras él alguna intención más seria y amenazadora? Y, fuera como
fuese, ¿cómo podía ella estar segura de que Christopher Ralston se comportaba correctamente?
«Akbar Kan, el hijo del sah depuesto, podría ser un rebelde fugitivo, pero desde luego sabe vivir
bien», pensó Kit observando la cómoda habitación a la que había sido acompañado por un
inexpresivo y fuertemente armado caballero, que le había señalado la jofaina de porcelana con
agua caliente, las toallas, la jarra de zumo de fruta, la fuente de dulces y la cesta de frutas antes de
despedirse con una reverencia y dejar tranquilo al teniente Ralston.
A Abdul Alí y a los cipayos los habían llevado en otra dirección, pero ninguno había recibido
hasta ese momento amenazas ni descortesías, así que supuso que debían de estar siendo tratados
con la hospitalidad que se merecían por su posición. Si se le iba a conceder audiencia con Akbar

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Kan, haría bien en inventarse algún mensaje convincente. ¿Sería de Elphinstone? ¿O quizá de
Macnaghten? El Enviado, que era como lo llamaban, era el máximo funcionario a cargo de la
política en Afganistán del servicio civil de la Compañía de la India Oriental. Sí; sería de
Macnaghten. Todo el mundo sabía que el Enviado era quien tomaba las decisiones en Kabul, por
encima del general Elphinstone y del Sah Suya. Pero ¿qué podría ese fatuo, engreído e inoperante
idiota transmitirle a este rebelde? ¿Amenazas? ¿Promesas? ¿Conciliación?
«Si ve usted a Akbar Kan, Christopher Ralston, sea decidido y no mienta.» Ayesha se había
arriesgado al darle aquel consejo en público. ¿Y por qué no decir la verdad tal como era? Lo habían
enviado desde Kabul en misión de reconocimiento. ¿Qué mejor sitio para explorar que la guarida
del león? Quería oír las opiniones de Akbar Kan sobre el actual estado de cosas y contestaría con
mucho gusto cualquier pregunta que se le hiciese. Pensó que era imposible ser más decidido ni
más sincero. Pero ¿cómo iba eso a ayudar al principal objetivo de su expedición suicida? ¿Cómo
iba a sacar a Ayesha de aquella fortaleza a dos días a caballo de Kabul?
Las circunstancias le darían la respuesta a eso. No podía trazar planes si no tenía ni idea de
cómo era el edificio ni de qué iba a pasar después. Tal vez no volviera a verla mientras estuviese
allí. No, eso no era más que conjeturas inútiles; el producto de una noche de insomnio. Se echó en
el mullido diván bajo la ventana y de inmediato se hundió en un profundo sueño sin sueños.

Akbar Kan se detuvo al otro lado de la ventana para examinar el rubio rostro dormido. En
aquella cara estaban todos los distintivos de su etnia y su clase, y el afgano frunció los labios con
desdén. En pocos años las huellas de la disipación y los excesos difuminarían esos rasgos,
engordarían la nariz aguileña, aflojarían la boca esculpida, volverían áspera y rugosa la piel ahora
tersa sobre los altos pómulos. Los músculos se cubrirían de grasa a medida que las actividades de
las mesas de juego, los salones, los comedores y los bares se impusieran sobre las saludables
costumbres de la juventud. De todos modos, en aquella cara no faltaba inteligencia. Quizá él
hubiese entendido un poco la realidad de la situación, a diferencia de la mayoría de aquellos
idiotas ciegos de arrogancia que se apiñaban en los mal defendidos cuarteles que había fuera de
Kabul, confiados en que la majestad del imperio británico vencería sin que ellos pusieran nada de
su parte.
Pero ¿qué tenía que ver ese Ralston con Ayesha? Akbar se acarició la corta y negra barba y
frunció el ceño. Habían hablado en inglés... era bastante natural; pero su escolta le había
asegurado que la mujer había estado correctamente cubierta todo el tiempo de la cabeza a los
pies. ¿Podría ella haberle contado su historia durante el poco rato que habían hablado? Si de lo
que le habían informado era correcto, y no tenía razón alguna para pensar que no lo era, ella no
podía haber tenido tiempo para dar explicaciones detalladas. Pero el inglés debía de estar
intrigado. ¿Y Ayesha? ¿Estaba ella también intrigada por su primer encuentro con un paisano en
ocho años? Por supuesto, lo estaba. Su intento de ocultarlo fue lo primero que él notó cuando
advirtió que faltaba franqueza en su relato.
Akbar Kan se alejó de la ventana. No podía culparla por haber tenido una reacción tan natural,
pero tenía que aprender a no fingir con él. Quizá podría practicar un pequeño juego con ambos
que dejara perfectamente claras sus posiciones con respecto al otro. Una sonrisa se dibujó en las
comisuras de los labios. No fue una sonrisa desagradable; más bien caprichosa.

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Miró hacia el sol. Aún había avanzado poco la tarde y podía permitirse dedicarle una hora al
placer antes de prestar atención al teniente y sus asuntos. Habían pasado cuatro semanas desde
que dejó a Ayesha en la fortaleza de Madela —cuatro semanas de dura campaña— y un poco de
su dulzura no le iría mal esa tarde. Era raro que ninguna otra mujer pudiera servirle cuando sentía
esa necesidad. Después de tres o cuatro semanas de ausencia se encontraba ordenando que se la
llevaran desde dondequiera que la hubiese dejado en su actual vida de nómada. Se había sentido
atrapado así por ella durante los últimos cinco años.
Akbar Kan se dirigió apresuradamente al harén.
—Ralston, huzur.
La queda voz acabó por infiltrarse en el dormido cerebro de Kit. Abrió los ojos a una escena
desconcertantemente extraña, y durante algunos segundos no fue capaz de orientarse. Se
encontró mirando unos ojos oscuros en un rostro también oscuro bajo un gorro que cubría un
pelo rizado; se dirigía a él con el tratamiento de respeto... todo le era extraño. Se incorporó y se
dio cuenta de que era la primera vez en meses que se despertaba sin resaca. No contó la mañana
anterior porque casi no había dormido. Se sentía sorprendentemente en forma.
—El kan le espera, Ralston, huzur —dijo el hombre en persa con el mismo tono amable y suave.
Kit se sentía bien, pero también sucio. Llevaba una barba de dos días y el polvo de la llanura
había formado una costra sobre su cara e impregnaba todo el uniforme. No quería ninguna
desventaja que pudiera evitar cuando se encontrara con Akbar Kan.
—Tengo que lavarme y afeitarme —dijo—. Y mis ropas necesitan un cepillado. —Hizo las señas
apropiadas, pero su ayudante parecía no necesitarlas. Asintió con la cabeza y le indicó con un
gesto que lo siguiera.
Recorrieron un pasillo abovedado abierto por un lado a un patio solado con mosaico y luego
por otro pasillo hasta una habitación llena de vapor.
—Por favor... —Su guía le señaló la bañera cuadrada de azulejo que había en el suelo y cogió
una de las ollas llenas de agua caliente que descansaba sobre braseros al fondo de la sala. El agua
cayó con un sonido silbante en el fondo de la bañera y la siguió el contenido de la segunda olla.
Ayesha se bañaba en helados lagos de montaña. El recuerdo, desconcertantemente excitante
aunque perfectamente adecuado, avergonzó un poco a Kit. Se quitó las botas y los calcetines y
luego, de espaldas a su ayudante, la chaqueta, los calzones y los calzoncillos, y se introdujo
apresuradamente en el agua caliente. El elemental confort del agua caliente disolvió eficazmente
la extraña irrupción de recuerdos excitantes y se tumbó con un profundo suspiro de placer.
El ayudante recogió la ropa del suelo, salió de la habitación en silencio y volvió en seguida con
una navaja de afeitar, un peine y un espejo de mano. Se quedó impasible junto a la ventana
mientras Kit se bañaba, afeitaba y peinaba. Cuando se puso de pie y salió de la bañera Kit oyó una
risa fuera. Era una risa de mujer y de inmediato se encontró haciendo un esfuerzo por identificar
el alegre y contagioso sonido que sólo había oído una vez antes de ese momento. Pero no iba a
oírlo ahora, ni tampoco la irritantemente burlona risita que molestaba tanto como estimulaba.
Quizá estuviese con Akbar Kan.
Se secó enérgicamente, casi como un castigo. Si iba a salir con sus hombres de la fortaleza del
jefe de la resistencia afgana, por no hablar de rescatar a la mujer, debía concentrarse en las cosas
importantes. Que Ayesha estuviese con el jefe militar rebelde era irrelevante y sólo una
distracción en ese momento.

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—Si Ralston, huzur, fuera tan amable...


Su ayudante se dirigió a él en el mismo tono suave, casi servil, ofreciéndole un chapan blanco.
Kit cogió la prenda, semejante a un abrigo ancho, con un gesto de agradecimiento,
preguntándose por qué no lo convencía su tono. Pero, por supuesto, aquel hombre no tenía la
menor necesidad de hacer de sirviente de un perro ferinyi que en esencia era un prisionero. Su
incomodidad aumentó a medida que la sensación de hacer de ratón de un gato invisible se hacía
cada vez más palpable.
Su ropa estaba en la habitación que le habían asignado. Había sido cepillada y planchada, los
botones habían sido bruñidos y las botas brillaban. Pensó que serían aceptables incluso a los ojos
de Harley, su meticuloso y fastidioso asistente, que era de suponer que estaría disfrutando de
unas pequeñas vacaciones, cómodo y seguro, en el bungalow de Ralston en el cuartel.
Kit sintió que la piel limpia y la ropa arreglada mejoraban mucho la tan necesaria seguridad de
un hombre mientras seguía a su inexpresivo acompañante por más pasillos. La sensación de estar
en una fortaleza acorazada era una presencia permanente. Hombres grandes y fuertes armados
hasta los dientes guardaban las puertas y el exterior de las ventanas, por donde fugazmente se los
veía atravesar los patios. A pesar de que la riqueza de los tapices, mosaicos y alfombras persas
contradecía la función principal del lugar. ¿Sería Akbar Kan un enigma tan grande como su palacio-
fortaleza?
Un grueso tapiz colgaba de un arco cerrando el paso. Apartaron el tapiz. Christopher Ralston,
teniente de caballería de la Compañía de la India Oriental, entró en la sala de recepciones de
Akbar Kan, hijo del depuesto Dost Muhammad, enemigo jurado de su majestad imperial la reina
Victoria y de todos sus representantes.
Akbar Kan se levantó del estrado acolchado cuando entró el soldado.
—Ralston, huzur —dijo sonriente, avanzando con la mano extendida para saludar—. Desde
luego es un honor.
Kit le estrechó la mano, sintió la firmeza del apretón y se encontró deseando estar a un millón
de millas de aquella fortaleza en las montañas, aunque no dejaba de maravillarse del impulso
caballeresco y demencial que lo había llevado hasta allí.
—Tengo entendido que tiene usted asuntos que tratar conmigo —iba diciendo el personaje
mientras llevaba a su invitado hasta el estrado—. Hablémoslo ahora, si le parece, y luego
cenaremos y disfrutaremos de una pequeña y modesta diversión.
Kit borró de su mente todo excepto la necesidad de estar a la altura de su fornido, poderoso y
aparentemente cordial anfitrión. Se sentaron sobre cojines y le ofrecieron a Kit una copa de alguna
clase de aguardiente suave, mientras Akbar Kan le decía que esperaba que fuese de su gusto. Él no
bebía alcohol, por supuesto, pero no pensaba imponerle las normas del Islam a un invitado de
honor.
Kit bebió un sorbo de cortesía y lo encontró agradable, pero decidió unirse a su anfitrión en la
abstinencia. No podía permitirse desventajas si eran evitables, como ya había decidido.
—Le estoy muy agradecido por dispensarme el inestimable honor de recibirme, señor —
pronunció formalmente—. Sir William Macnaghten está ansioso por mantener un intercambio de
pareceres con usted. Y me ha comisionado para ello.
—Ya veo. —Akbar Kan asintió pensativo, se acarició la puntiaguda barba y bebió un poco de
sorbete—. ¿Y qué es lo que quiere Macnaghten, huzur, oír de mí; podría decírmelo?

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Kit lo miró y sonrió.


—Estoy seguro, Akbar Kan, de que sir William desea oír que usted ha dejado de oponerse al Sah
Suya. Estoy seguro de que le gustaría oír que la ocupación que usted mantiene de los pasos entre
Kabul y Jalalabad terminará, y que usted y los otros jefes ya no interferirán nuestras
comunicaciones ni nuestras líneas de aprovisionamiento con la India.
Akbar Kan rio con una risa plena y maravillosa que sonó totalmente auténtica.
—Ralston, huzur, me gusta usted —afirmó—. Sólo dedico mi tiempo a quienes son decididos y
sinceros, como ya descubrirá. Puede transmitirle ese mensaje a sir William.
Kit pensó agradecido que Ayesha se había portado como una amiga. Se relajó un poco y se
recostó en los cojines.
—Si nosotros restableciéramos las subvenciones a los jefes de las tribus, Akbar Kan, ¿haría
usted alguna concesión a cambio?
—No habrá concesiones, Ralston, huzur; no mientras haya un yugo extranjero sobre nuestra
tierra; no mientras corra una gota de sangre por nuestras venas. —El tono tranquilo simplemente
aumentó la resonancia de las palabras.
Kit escuchó otra vez la voz de Macnaghten, alegremente despectivo mientras descalificaba a los
molestos insurgentes. ¿Qué había dicho? «Estas gentes son perfectos niños, y hay que tratarlos
como tales. Si a un niño revoltoso se le envía al rincón, los demás se mueren de miedo.» ¡Dios
santo! Estaba claro que ese hombre nunca se había encontrado con Akbar Kan.
Los brillantes ojos azules del kan destellaban de diversión mientras observaban la expresión del
joven teniente.
—¿De qué más tenemos que hablar, Ralston, huzur?¿Me dirá que Macnaghten y el general
Elphinstone tienen la intención de acompañar a sir Robert Sale con su brigada de vuelta a la India?
¿Me dirá que tienen la intención de sojuzgar a los guilzais de una vez por todas en esa marcha?
Christopher negó con la cabeza.
—No, señor; no le diré tales cosas. Si su información es correcta ya debe usted de saberlo. Si es
incorrecta, entonces no es el deber de este enviado corregirla.
—Pero ya le he dado algo que comunicar a Kabul, amigo mío ¿no?
¿Hasta dónde conocía el rebelde los planes británicos? Sí, le había dado esa información, igual
que le había dado una muestra de la fuerza de los rebeldes y de la cohesión de sus mandos.
Christopher volvió a sonreír.
—Desde luego que sí, Akbar Kan, pero ¿se me va a permitir que lleve esa información a Kabul?
El jefe militar pareció ofenderse.
—Ha comido usted mi sal, Ralston, huzur. ¿Pone en duda mi honor?
—No pretendo desacreditar su honor, señor. Su hospitalidad es intachable —dijo Kit en tono
tranquilo—. Supongo que le interesa que transmita a Kabul lo que he visto.
—No cuestionaré sus suposiciones. Comamos. —Akbar Kan dio una palmada y los sirvientes
que había en la habitación se pusieron en marcha. Llevaron grandes fuentes de suculenta y
sabrosa carne estofada y de arroz a una mesa baja que colocaron sobre el estrado, y otros
hombres se unieron a los dos comensales. Obviamente, eran guerreros importantes de la corte
militar de Akbar Kan; llevaban chaquetas elegantes y bien cortadas, sables brillantes y lucían

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barbas puntiagudas bien perfiladas. Saludaron a su jefe y a su invitado y se sentaron en los cojines
alrededor de la mesa.
Por deferencia hacia Kit conversaron en persa, y Akbar Kan tradujo amablemente cuando vio a
su invitado en dificultades.
—Habla usted muy bien el inglés —lo elogió Kit mientras hundía los dedos en el estofado para
coger un bocado, como hacían sus anfitriones.
Akbar Kan sonrió con un deje de travesura. Se enjuagó los dedos en un cuenco en el que
flotaban pétalos de rosa y se secó las manos pausadamente.
—He tenido una profesora de inglés poco corriente.
Kit se tensó, pero no dio muestra de interés especial.
—¿De verdad? —preguntó cortésmente.
—Sí, creo que usted ya la conoce. —Con los ojos entornados recorrió parsimoniosamente el
rostro del teniente—. Por lo que me ha dicho Ayesha, creo ya han tenido alguna conversación.
¿Por qué sabía que se estaba acercando al límite del peligro? ¿Qué había dicho Ayesha de sus
encuentros? No habría mencionado el del lago. Bebió un pequeño sorbo de aguardiente y se
encogió de hombros relajadamente.
—Intercedió por nosotros ante los nómadas. Creo que si no hubiera sido por ella nos habrían
atacado.
Akbar sacudió la cabeza con pesar y luego chasqueó la lengua.
—No siempre reciben bien a los extraños, Ralston, huzur; especialmente si llevan el uniforme
de los ferinyi. Es muy lamentable, pero son hombres ignorantes. —Sonrió afablemente—. Estoy
seguro de que lo entiende.
Kit asintió y respondió en el mismo tono afable:
—Por supuesto. Pero de todos modos estoy muy agradecido por el interés de la dama. Evitó lo
que podría haber sido un incidente muy desagradable para todos los implicados. Le expliqué que
quería encontrarme con usted y al parecer ella creía que a usted no le parecería mal. —Sus cejas
se alzaron interrogativamente.
—No, no me pareció mal —dijo Akbar Kan ofreciéndole a su invitado un cuenco de moras—.
Son exquisitas, Ralston, huzur. Aquí las llamamos tut. Los nómadas las traen del llano.
Kit se llevó un puñado a la boca. Eran deliciosas, pequeñas y dulces, y las elogió como
correspondía mientras se preguntaba si ya habían terminado de hablar de Ayesha. Desde luego él
no quería volver a sacar el asunto.
Akbar Kan le dijo algo en pashtu a un sirviente y retiraron las fuentes de estofado y arroz pero
dejaron las moras y los cestos de albaricoques. Llevaron entonces una bandeja de pasteles y copas
de sorbete que a Kit le supo a miel. Los hombres manifestaron su satisfacción y se recostaron en
los cojines. Akbar Kan le sonrió a su invitado.
—Ahora un poco de música, si le parece bien, Ralston, huzur. Y un poco de danza. Tenemos a
un par de mujeres que lo hacen muy bien.
Kit acogió la proposición con moderado entusiasmo y luego se quedó helado. Por el arco entró
una grácil figura vestida con un pantalón bombacho de raso de color crema ajustado a las caderas,
un chaleco largo de color turquesa con ricos bordados y un velo de color crema sobre la parte
inferior del rostro, sujeto a la altura de una oreja con una reluciente esmeralda. No podía verle el

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pelo, pero esos ojos de color jade eran únicos; serían únicos en cualquier lugar, no sólo en aquella
fortaleza de las montañas.
Se acercó al estrado, saludó a Akbar Kan y le dijo a Kit a media voz:
—Jur hasti, huzur.
Akbar Kan rio.
—Le pregunta si está usted en armonía. Es un saludo de nuestro pueblo.
—Zendeh bashi —respondió Kit rápidamente.
Su anfitrión aplaudió admirado.
—Es un honor que se haya molestado en aprender algunas palabras de nuestra lengua. En
general, a los ferinyi no les parece necesario.
«Los ferinyi en general, no reciben consejos de alguien como Ayesha», pensó Kit intentando no
comérsela con los ojos.
Se suponía que sólo la había visto cubierta con el chadri. Sólo le había hablado en pashtu, así
que no tendría que haberla reconocido. La miró educadamente y esperó.
Si Akbar Kan estaba decepcionado por su escasa reacción no lo demostró.
—Se habrá preguntado usted cómo Ayesha ha llegado a hablar tan bien su lengua —dijo con
otra risa contenida.
Kit lo miró a los ojos.
—Habla como una inglesa, Akbar Kan, no como una extranjera que ha aprendido nuestro
idioma.
Los ojos de gruesos párpados se entornaron para ocultar su expresión.
—Es usted muy listo, amigo. Ayesha, quítate el velo.
Ella abrió el broche de esmeralda y el velo cayó. Fue Akbar Kan quien se levantó del estrado y le
apartó el fino tejido de la cabeza para descubrir la exuberante melena cobriza que caía hasta
debajo de su cintura.
Kit, mientras miraba el rostro cautivador, la increíble blancura de esa piel, la curva vibrante de
la boca y la profundidad verde de esos ojos almendrados, se recordaba insistentemente que se
suponía que él no la había visto antes.
Akbar Kan observó a los dos... y luego sonrió.
—Es costumbre de nuestro pueblo, Ralston, huzur, compartir las posesiones más preciadas con
los invitados de honor para asegurar su confort y su placer en todo momento. —La sonrisa se
ensanchó. Apoyó ligeramente una mano en el brazo desnudo de la chica—. Por esta noche, mi
honorable amigo, Ayesha es suya.
A través de la estupefacción Kit vio indignación en los ojos de jade. Ella se volvió hacia Akbar
Kan y le dijo algo en pashtu, en voz baja pero intensa. La respuesta de Akbar Kan restalló en la
habitación como el látigo de un domador, y ella retrocedió un paso como si le hubiese pegado. El
kan se volvió hacia Kit y su mirada azul era ahora fría y cortante como la de un halcón.
—No rechazará usted esta ofrenda de hospitalidad ¿verdad, amigo mío?
Kit miró a su alrededor y sólo vio hostilidad y amenaza en todos los rostros. Nadie movía un
músculo. Si era una trampa no tenía otra opción que hacerla saltar. Tenía que pensar como un
afgano. Hizo una reverencia a Akbar Kan.

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—Es un gran honor para mí, señor, y acepto el ofrecimiento con mucho gusto. —Sus ojos le
lanzaron un rápido vistazo a la inmóvil Ayesha, que parecía mirar a través de él.
Akbar Kan se frotó las manos como quien ha conseguido un feliz acuerdo.
—Bien. Escuchemos algo de música.
Sin una palabra y aún sin expresión, Ayesha fue a sentarse en un cojín junto a Christopher.
Cogió el cuenco de moras y se lo ofreció con la mirada baja, y luego le llenó la copa.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0033

Kit mantuvo la vista fija en el suelo frente al estrado. Un grupo de músicos interpretaba una
melodía extraña, aunque a veces resultaba interesante, con flautas de caña y base rítmica de
tambores. Las chicas que bailaban para ellos eran como una nube de miembros dorados con
remolinos de tul. Llevaban los ojos muy perfilados con kohl y la piel les brillaba, perlada de sudor,
mientras giraban y se estremecían por la insistente demanda de la música. Pero él sólo era
consciente de que Ayesha estaba a su lado. Ella no habló, permanecía sentada como si estuviese
esculpida en piedra, sólo se movía para atender los deseos de Kit, ofrecerle fruta, sorbete y
pringosos pasteles, sostenerle el lavamanos o darle la toalla; todo ello sin levantar la vista. Pero a
pesar de su aparente quietud él pudo percibir la furiosa energía que irradiaba, la profundidad de
su rebeldía, y sintió los ojos de Akbar Kan sobre ambos; unos ojos inquisitivos y traviesos, aunque
ajenos a cualquier clase de juego.
Por fin el anfitrión hizo que parara la música. La muchacha que estaba bailando se quedó
quieta, jadeante y temblorosa, saludó y desapareció de la habitación seguida de cerca por los
músicos. Akbar Kan se volvió hacia su invitado:
—Espero que no tenga demasiada prisa por dejarnos, Ralston, huzur. Por la mañana me
gustaría enseñarle otra de nuestras costumbres; podría encontrarla divertida. Jugaremos un
partido de buzkashi. ¿Ha oído hablar de este deporte?
Christopher negó con la cabeza.
—No, nunca.
—Entonces, amigo mío, tiene usted mucho que aprender. Es nuestro juego de la vida, y le dirá
muchas cosas sobre el carácter de los afganos. —Dio unas palmadas en el brazo de Kit con aire
paternalista—. Confío en que se divertirá. Y si Ayesha no lo complace en cualquier aspecto, no
dude en decírmelo por la mañana.
Un temblor recorrió el esbelto cuerpo que estaba junto a Kit, pero guardó silencio limitándose a
tocarse la frente y a hacerle una seña a Kit para que la siguiera. Lo precedió decididamente por
pasillos y después de atravesar un patio se detuvo ante la puerta de la habitación que había sido
asignada a Kit. Allí se apartó para dejarlo pasar delante. Así lo hizo el teniente, y ella entró detrás
de él y cerró la puerta.
—¿De qué manera puedo complacerlo, Ralston, huzur? —preguntó tensa e inexpresiva.
—¡No diga tonterías! —susurró él indignado—. ¿Qué se supone que tenía que hacer? Si la
hubiese rechazado me habrían degollado allí mismo.
En vez de responder, ella corrió a cerrar los postigos de la ventana. Luego fue a la puerta sin
hacer ruido y echó el pestillo.
—Hay guardias por todas partes y tienen las orejas muy grandes.
Él se quedó mirándola. La cálida luz amarillenta de un quinqué le daba un resplandor dorado a
sus pómulos y sacaba destellos cobrizos de su cabellera. Kit tuvo una vertiginosa sensación de
irrealidad. Se la habían dado... y ese regalo lamentable y bárbaro lo excitaba de manera
vergonzosa. Luchó contra su excitación.
—¿Qué hay detrás de esto? ¿Usted lo sabe?

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—Akbar Kan es un hombre de grandes pasiones —dijo ella sin prisas—. Y de extraños caprichos.
Odia a los británicos, y su odio es tan profundo que debería aterrorizar a todos los que están en
este país. —Comenzó a recorrer nerviosamente la habitación alisando un cojín, mirando dentro de
un jarrón, recolocando los pasteles y frutas que había sobre la mesa—. No se deje engañar por su
cordialidad, Christopher Ralston.
—Me llamo Kit —se oyó decir a sí mismo—. ¿No puede quedarse quieta un momento?
Ella se paró.
—Lo que usted ordene, Ralston, huzur.
Una corriente de indignación subió por la espalda de Kit.
—Suéltese el pelo.
Hubo un destello de sorpresa en los ojos de Ayesha. Luego, muy lentamente, hizo lo que se le
había ordenado; soltó la espesa cabellera y la ahuecó con los dedos. Kit observó encantado que
era tan larga que podría sentarse sobre ella.
—Aún quiero saber más sobre lo que hay detrás de todo esto —dijo intentando parecer
tranquilo y formal—. ¿Por qué me ha entregado Akbar Kan a usted, que está tan estrechamente
vigilada y es tratada con tanto cuidado? ¿Por qué lo ha hecho?
—Para humillarlo —dijo sin más—. Ataca los fundamentos de su orgullo obligándolo a
reconocer el poder de un afgano sobre alguien de su propia nacionalidad... y sobre usted misino.
No tiene otra opción que coger las cartas que él va echando. —Ella se encogió de hombros—. Es
un hombre lleno de paradojas, como ya le dije. Pero la fuerza más poderosa de su vida es el odio
hacia su nación y hacia todo lo que representa.
—También es la de usted —le recordó él.
Ella negó con la cabeza y dijo con un deje de burla:
—Ya no, Ralston, huzur.
—¡Lo es! —Fue hasta ella y la sujetó por los hombros; sintió la fragilidad de su cuello y la suave
curvatura de sus brazos. Ella lo miró y le dedicó una sonrisita burlona.
—Yo no llevo sus etiquetas ni vivo bajo sus reglas, ferinyi —dijo, como en su primer encuentro.
Eso lo enfureció, y le sonó como si ella estuviese insultándose a sí misma tanto como a él y a
todo lo que representaba. Y en el fondo él supo que su ira nacía de la duda... de la idea
inconcebible de que ella podría no querer que la rescatase. Apretó los puños y su mirada gris se
tornó más dura.
—Entonces, ¿por qué Akbar Kan le hace esto, Ayesha? Él quiere humillarme ofreciéndome a
una inglesa como esclava sexual. ¿No está humillando también a la inglesa en usted?
—Se me recuerda que no debo acostumbrarme a tomar demasiadas iniciativas—dijo ella con
un nuevo gesto de indiferencia—. Ya he ido más allá de mis límites trayéndolo aquí. Él no tiene
claro por qué lo hice, pero si tuvo algo que ver con algún interés que yo pueda sentir por usted...
como hombre... como inglés, quizá... entonces él habrá demostrado que yo puedo sentir lo que
quiera pero sé a quién y a qué lugar pertenezco.
—¿Y siente algún interés? —preguntó él sin quererlo, en un susurro bajo la tenue luz del
quinqué. Levantó una mano y la apoyó sobre la mejilla de Ayesha, le recorrió con un dedo el
pómulo, siguió el firme borde de la mandíbula y notó cómo temblaba—. Debería sentirme
avergonzado —susurró—, pero no es así. Como tampoco me siento humillado por el regalo de

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Akbar Kan. Quiero lo que me ha dado. Más de lo que nunca he querido cualquier otra cosa. Has
ocupado todos mis pensamientos, despierto o dormido, desde que te vi en el lago.
—El regalo es tuyo; tómalo —dijo ella, pero había una trampa en la voz—. Es un regalo afgano:
una mujer afgana. No tienes que avergonzarte por aceptarlo.
—Eres tú lo que quiero —dijo él con súbita violencia—; no una inglesa ni una afgana; .
—Pero a mí no se me puede dar ni se me puede tomar —contestó ella con la mirada firme,
aunque él podía sentir el calor de la piel de Ayesha a través de la ropa y los temblores que la
recorrían—. No si yo no quiero. Esto —se pasó las manos por el cuerpo—; esto puede ser dado o
tomado; pero yo no.
Él puso lentamente la boca sobre la de ella.
¿A qué elevados ideales habrían estado sirviendo esos labios? Ayesha no pudo presentar
resistencia a la insistente presión de aquel beso. Inclinó la cabeza hacia atrás exponiendo la tierna
vulnerabilidad de la garganta, y, como si aceptara la invitación, la boca de Kit bajó para posarse en
la calidez de aquel pulso acelerado.
Ella quería hacerlo... En algún rincón de su ser había guardado ese deseo desde que él le había,
dicho, rodeado por los amenazadores hombres de las montañas, que había ido a buscarla. Esa
acción temeraria le había hecho sentir temblores de excitación por todo el cuerpo y había
conseguido que un presentimiento nada desagradable le encendiese la sangre y le hiciese vibrar
todos los nervios. Había vivido mucho tiempo en su encierro, velada y vigilada; sus experiencias se
limitaban a un hombre y era también él quien las limitaba. Ahora estaba aspirando ávidamente el
limpio aroma de Kit, sintiendo sobre la cara la suavidad de su mejilla, y la evidente y prieta
flexibilidad de sus labios cuando su boca volvió a descender sobre la de ella. Con las manos le
acarició la espalda, le ciñó la cintura y dejó que se le deslizaran hasta las nalgas y la apretaron
contra él hasta que ella sintió el duro bauprés de su deseo palpitar contra sus muslos.
La voz de Kit, ronca, le susurraba palabras de deseo, palabras en su lengua que ella nunca había
oído. Se apretó contra él y se entregó a la lujuria que sabía tan bien cómo sentir y cómo inspirar;
dejó de cuestionarse qué la movía o de dónde nacía aquel estremecedor deseo que los envolvía.
Tenía bastante con sentirlo.
Él se separó de ella con los ojos encendidos por la pasión:
—Tengo que verte otra vez... como en el lago.
Ella se quitó el chaleco y lo tiró al suelo. La brillante nube de cobre de su cabello le cayó sobre
los pechos, reluciendo sobre la blancura de su piel. Él le puso las manos sobre las caderas y le
desabrochó el cinturón de los vaporosos pantalones, que cayeron hasta los tobillos. Ella avanzó un
paso para liberarse del montículo de raso color crema, y se quedó de pie a la luz del candil
ofreciéndole su belleza desnuda a los ávidos ojos de Kit.
Él vagaba por un mundo encantado reconociendo sólo vagamente que había algo de ilícito en
aquel encuentro que acrecentaba su pasión hasta más allá de cualquier experiencia anterior. Era
ilícito bajo todas las normas que conocía, como la situación de la que se estaba aprovechando, del
todo incivilizada; aunque según otras normas, que él no dolía reconocer, era perfectamente
permisible. No sabía si Ayesha estaba acatando esas otras normas o si también ella sentía la
maravillosa y extraña sensación de ir más allá de lo conocido. ¿Era afgana o inglesa? ¿Estaba
siendo ella misma? Esa era la única pregunta relevante, y él sabía que era completamente

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imprescindible descubrir la respuesta, saber si la mujer a la que amaba le estaba respondiendo


realmente desde su auténtico interior.
Levantó una mano, hizo un gesto con las puntas de los dedos y ella fue hasta él. Despacio, él le
tocó la frente, le pasó los dedos por la cara, resiguió suavemente la curva de la boca, le acarició el
esbelto cuello, y con ambas manos le siguió la curva de las orejas. Maravillado y casi sin aliento
dejó que las manos vagaran por los hombros de Ayesha, que apartaran los espesos mechones de
pelo para descubrir los rosados remates de los pechos. Oyó la respiración de la joven rápida y
jadeante y sonrió satisfecho cuando los pezones se le endurecieron bajo el jugueteo de sus dedos.
Le sostuvo los cálidos y turgentes pechos sobre las manos y sintió el acelerado golpeteo de su
corazón; se arrodilló despacio y recorrió la firme redondez que sostenía con húmedas y calientes
caricias de su lengua, rodeó los erectos pezones con los labios y la oyó gemir de placer.
La suavidad de su vientre lo invitó a que lo besara y hundió la lengua en la estrecha espiral de
su ombligo. La piel de Ayesha se tensó bajo la boca y los músculos del vientre se le contrajeron
involuntariamente cuando los pulgares de Kit apretaron sus prominentes caderas. El continuó
deslizando las manos para cerrarlas sobre las nalgas de la mujer y ella se dejó caer hacia atrás,
apoyando su peso en las manos de Kit mientras sentía que la recorría un profundo
estremecimiento.
Él se apartó un poco para separarle los muslos y recorrerlos con largas caricias, para probar la
inimitable esencia de su ser, para sentir cómo temblaba de placer al llegar a la cumbre y dejarse
caer contra él sin fuerzas, lánguida y desmadejada tras el placer que había recibido.
Entonces susurró su nombre. Mientras se arrodillaba junto a él pronunció «Christopher»
deteniéndose en cada sílaba. Con dedos habilidosos trabajó en los relucientes botones de la
chaqueta de Kit e hizo bailar su boca sobre la de él probando su propia esencia, llevando su
excitación hasta nuevas cumbres. Le quitó la chaqueta, le besó los pezones, trazó una línea de
fuego en su pecho mientras le desabrochaba los calzones y los bajaba; le iba quemando la piel con
los labios a medida que la descubría. Él estaba enfermo de deseo, en el límite de la excitación,
pero ella hizo que se tendiera en la gruesa alfombra, se tumbó junto a él y exploró, jugueteó y le
dio placer como él había hecho con ella, y él descubrió que cualquier límite puede ser superado.
Ayesha se apartó durante un eterno momento para arrodillarse y abrir una caja de marquetería
que había en una mesa baja. La cara de Kit reveló su sorpresa cuando vio el pequeño condón de
tripa de cordero que sostenía en la palma de la mano, y ella sonrió y le dio un pequeño beso.
—Las habitaciones de invitados de Akbar Kan están preparadas para cualquier eventualidad. Si
yo no estuviera aquí te habrían ofrecido otra mujer, y ella tendría tan pocas ganas de quedarse
embarazada como yo; el embarazo es cosa de esposas.
Durante un momento él no supo cómo responder a una explicación en términos tan prácticos.
Un pequeño destello de incertidumbre pasó por los ojos de Ayesha.
—No te importa ¿verdad?
A él no le resultaban extraños los condones, pero no estaba acostumbrado a que se los
ofreciera una mujer. Pero aquélla no era una mujer corriente, ni estaban en un lugar ni en un
momento corrientes. Aceptándolo sencillamente como otra manifestación del escenario prohibido
por el que se movía con tan desinhibida alegría, Kit sacudió la cabeza y se incorporó para alcanzar
la boca de su amada.
—¿Cómo va a importarme?

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Ella, delicadamente, con acariciantes dedos colocó el condón en su lugar haciendo de ello otro
motivo de excitación, y él cerró los ojos con una exhalación de placer.
Ayesha se deslizó hasta situarse debajo de él, que quedó sobre ella mirándola a la cara. Le
sonrió con los ojos y pudo ver que las mejillas de la mujer tenían un tinte rosa perlado y que
curvaba los labios por el placer de dar y recibir.
—¿Quién eres? —susurró él.
—Annabel —dijo ella.
Él se curvó para besarle los párpados, se introdujo en ella, sintió que el cuerpo se le agitaba en
plena gloria y se perdió.
Durante un rato se quedaron quietos, aún enlazados, sintiendo el profundo silencio y la
penumbra de la habitación; luego Kit se movió lentamente sobre sus codos mirándola con una
sonrisa de arrepentimiento en la mirada.
—Cariño —le dijo en voz baja—, me he precipitado como un jovenzuelo virgen. Pero es que
nunca había estado tan excitado, más allá de cualquier posible control.
Ayesha negó lánguidamente con la cabeza desde la alfombra.
—Yo tampoco. —Levantó un brazo para tocarle la cara—. Tenemos toda la noche, Kit; habrá
tiempo de sobra para lo que queramos.
El volvió la cabeza para besarle la palma de la mano; tenía un sabor dulce y salado.
—Annabel —murmuró muy despacio. Salió de ella muy suavemente, se echó a un lado y se
sentó—. Ahora ¿me contarás algo de ti, Annabel?
—No había oído ese nombre desde hace ocho años —dijo ella poniéndose ágilmente en pie.
Fue hasta la mesa donde estaban la jarra de agua y la jofaina y volvió con una toalla mojada. Se
arrodilló junto a él, se la pasó agradablemente sobre el cuerpo y le pidió que volviera a tumbarse
para poder limpiarle la piel y refrescarle.
Él se tumbó de espaldas y disfrutó de unos cuidados a los que no estaba en absoluto
acostumbrado. Las mujeres que había conocido hasta ese momento eran más proclives a recibir
que a dar. Pero Ayesha había sido educada en otra escuela. El ya no estaba perdido en los salvajes
y desconsiderados territorios de la pasión y esta vez la realidad lo sacudió. Se sentó bruscamente.
—Ya basta.
Ella lo miró sobresaltada.
—¿No te gusta?
—Me recuerda algo que preferiría olvidar —dijo con franqueza—. Dame la toalla. —Ella se la
entregó sin una palabra y él fue hasta la jofaina, humedeció la toalla y volvió hasta ella, que seguía
arrodillada—. Levántate. —Le dio la mano y la ayudó a levantarse. Sosteniendo en una mano el
suave volumen de uno de sus pechos, le frotó suavemente con la toalla la piel translúcida y
satinada—. Deja ahora que yo haga algo por ti, Annabel, mientras me cuentas cómo llegaste a vivir
en este lugar y con esta gente.
De repente Annabel sacudió la cabeza y se estremeció, y cruzó los brazos sobre el pecho en un
gesto de defensa inconsciente.
—Sólo es una historia... No es importante.
—¡No es importante! ¿Cómo es posible que digas eso? —Le cogió las manos, las sostuvo
separadas de ella y dijo súbitamente sorprendido—: Estás asustada.

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Destino Audaz

Ella descubrió que era verdad. La perspectiva de desenterrar aquellos recuerdos antiguos de la
niña petrificada, aquellos recuerdos que había enterrado tan profundamente que habían dejado
de molestarla, hizo que aflorara a su piel un escalofrío de terror antiguo. Intentó soltarse de él y
volvió la cabeza para escapar de su mirada.
—No quiero hablar de ello.
Kit tuvo una reacción que era muy poco habitual en él. Quería cuidar a aquella mujer y aplacar
su dolor, calmarla y darle seguridad. No podía recordar haber sentido nunca ese impulso, ni
siquiera haberse preocupado antes tanto por alguien. La soltó, cogió una manta del diván y la
cubrió con ella.
—No tienes de qué tener miedo —le dijo con delicadeza, y la cogió en brazos, se sentó en el
sofá con ella sobre las rodillas y la abrazó—. Háblame de ti, Annabel.
—Mi nombre es Ayesha —dijo ella, pero le faltaba convicción en la voz.
—Cuéntame tu historia —insistió él acariciando su pelo como si fuese una niña necesitada de
apoyo.
Ella se quedó callada durante varios largos minutos dejando que la sostuviese. No había ni
rastro de la seguridad y de la confianza en sí misma con que se había enfrentado a él
anteriormente.
—Volvíamos a Peshawar por el paso de Jaiber —comenzó con voz extraña y tensa.
Él escuchó y vio a través de sus palabras la muerte violenta de sus padres, oyó los gritos
terribles de dolor y los gritos de guerra de los atacantes, sintió el terror paralizante de la niña
secuestrada.
—¿Y qué pasó entonces? —preguntó cuando parecía que ella no iba a continuar—. ¿Fue Akbar
Kan quien te raptó?
—No. —Ella sacudió la cabeza—. Pasaron varias semanas horribles hasta que llegué a Akbar
Kan. —Dejó vagar la mirada perdida en el abismo de sus recuerdos y luego se enderezó—. Deja
que me levante.
—¿No quieres que te coja? —preguntó él, sorprendido por el fondo de ternura que sintió.
—No estoy acostumbrada a que me cojan así —dijo con sinceridad—. Tanta amabilidad no es
propia de los afganos.
—Para ser sincero, yo no era consciente de que fuera propia de mí —dijo Kit.
Ella sonrió de repente y volvió a sus brazos.
—El muyahid que me capturó me retuvo durante muchas semanas. Yo no sabía entonces que
estaba esperando que Akbar Kan volviese a su fortaleza de Madela. Me iban a entregar a él como
tributo que los muyahidín debían a su jefe. A él le pareció que yo sería un tributo adecuado, más
interesante que los objetos o el ganado... y también más barato —añadió, encontrando la historia
más fácil de contar a medida que avanzaba—. Yo no sabía eso, por supuesto, y di por sentado que
estaba condenada a vivir para siempre con la familia de aquel hombre en una choza de barro.
—¿Cómo te trataron? —preguntó Kit sintiendo que otro estremecimiento recorría el delgado
cuerpo que abrazaba.
—Con crueldad —dijo ella secamente—. Las mujeres, no los hombres. Supongo que no sabían
qué hacer conmigo. Yo no hablaba su lengua y no entendía nada. Creo que me trataron mal

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porque estaban acostumbradas a que las trataran mal. Víctimas que se convierten en
torturadores... Es un papel contagioso.
Kit pensó en las mujeres que había visto esa mañana, esforzándose como bestias de carga para
subir la montaña. Intentó imaginar a una niña inglesa de doce años educada con amabilidad y en
el amor, sometida a los tormentos de esa existencia, y sintió un potente brote de furia en su
interior.
Annabel lo notó en el ancho cuerpo que había bajo su espalda y en cómo la estrecharon de
repente los brazos de Kit.
—No puedes juzgarlos con tus esquemas, ferinyi —dijo con el deje de burla que él ya había oído
antes—. Tienen que resistir mucho.
—No vuelvas a llamarme así —dijo él, y el tono de aviso en su voz era inconfundible.
Ella se giró entre sus brazos para mirarlo con un destello de interrogación en los ojos de jade.
Luego se encogió de hombros.
—Pero lo eres, y como el resto de los tuyos, no intentas entender a los afganos. Si los que están
al mando en Kabul hubieran hecho el menor intento por hacerlo, ahora no estaríais en este lío.
—Me parece que nos estamos desviando de la cuestión —dijo él algo tenso.
—¿De verdad? No lo creo. —Ella bajó de sus rodillas y comenzó a pasear por la habitación—. En
cualquier caso, cuando Akbar Kan llegó a Madela me entregaron a él... una sucia y demacrada
ruina vestida con los andrajos de la ropa que llevaba cuando me secuestraron. Pero para entonces
yo ya hablaba y entendía bastante pashtu. Así que cuando los muyahidín me tiraron a los pies de
este hombre y dijeron que era un regalo para su señor, yo lo entendí. —Ayesha se mordió un
labio—. Entendí que estaba en un infierno del que no había otra salida que la muerte. Llame al
muyahid «hijo del cerdo» y le dediqué los peores insultos que se le puede lanzar a un musulmán.
El me derribó de un golpe, pero antes de que pudiese hacer algo más Akbar Kan lo hizo salir de la
habitación. —Cogió un albaricoque del cesto que había en la mesa y dio un profundo mordisco a
su carne dorada—. Así es cómo llegué al harén de Akbar Kan. Le enseñé inglés y él me ensenó
persa. Pedí libros y él me los consiguió, en inglés y en persa.
—Y te enseñó otras cosas —dijo Kit tan secamente como una llanura en verano, poniéndose el
chapan que había llevado por la tarde.
Ella no simuló no haberlo entendido.
—Sí, pero esperó a que cumpliera los quince años. Está emparentado por matrimonio con
muchos jefes de tribus guilzais, pero me mantiene separada de sus esposas, y yo se lo agradezco.
Y disfruto de mucha libertad para ser una afgana.
—¡Dios todopoderoso! ¡No eres una mujer afgana! —Kit explotó indignado por la tranquila
declaración—. Eres Annabel Spencer.
—Soy Ayesha —dijo ella con calma—, y estoy contenta de serlo.
—Cuando me vaya de aquí vas a venir conmigo —afirmó él—. No sé cómo voy a hacerlo, pero
voy a devolverte con los tuyos.
La risa de Ayesha resonó en la habitación.
—Deberías oírte—dijo ella—. ¡Qué palabras tan grandiosas! El inglés va a devolverle la cautiva a
su gente. Quieres hacer de caballero de la Mesa Redonda ¿verdad? Quítate las anteojeras, ferinyi,
y mira bien la situación.

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—¡Por todos los demonios! ¡Te he dicho que no me llames así! —Kit cruzó la habitación hacia
ella de un salto. ¿De dónde venía esa furia que había borrado la maravillosa pasión de hacía sólo
media hora? ¿Que había hecho desaparecer la oleada de ternura que había sentido por ella; la
necesidad de abrazarla y protegerla? Ahora quería zarandearla hasta que reconociese quién y de
dónde era, y negase la identificación con los afganos que parecía sentir.
Ella se mantuvo firme y se limitó a rebujarse más con la manta.
—No habría manera de conseguir que yo saliera de aquí aunque quisiera hacerlo —dijo
despacio y con prudencia—. No saldréis de esta fortaleza si Akbar Kan decide que no vais a
hacerlo. Y no creo que ninguno de vosotros salga con vida de Afganistán.
Él se quedó quieto, congelado por las palabras de Ayesha y la absoluta convicción que había en
ellas.
—¿Qué quieres decir? ¿No quieres salir de aquí? —preguntó—. No es posible que quieras
quedarte prisionera en un harén.
—¿Por qué no? —Ella se encogió de hombros—. No estoy segura de que sea muy diferente de
ser una prisionera de las leyes sociales y morales de un cuartel en la India. Me crie en esa sociedad
¿te acuerdas? Aquí al menos tengo caballos y halcones, las montañas y la compañía de personas
que no son hipócritas, por muy estrictas que sean sus leyes. Mi vida dista mucho de ser aburrida,
Christopher Ralston. Viajo con Akbar Kan por todo el país, y él sólo me niega lo que está prohibido
por la ley islámica.
Kit sintió que el mundo que él conocía cabeceaba sobre su eje. ¿Cómo era posible que ella
estuviese diciendo tales disparates sin sentido? Y no sólo los decía, sino que sentía cada una de sus
palabras. La verdad relucía en aquellos ojos de color verde. Para ella, él sólo era un ciego y
arrogante ferinyi, y el mundo que intentaba ofrecerle, un rancio e inhóspito lugar de artificiosa
etiqueta y normas hipócritas. Y, si tenía que ser honesto, así lo veía también él. Jugaba con ese
mundo despreciándolo, encontrándolo plano e insatisfactorio. ¿Por qué si no se hundía en el
sopor etílico noche tras noche? ¿Por qué perdía pequeñas fortunas en las mesas de juego con
regularidad? ¿Por qué había provocado ridículos duelos con los que se había ganado el destierro a
las tinieblas de la caballería de la Compañía de la India Oriental?
—Debes de tener familia en Inglaterra —dijo él con poca Convicción.
Ella negó con la cabeza.
—¿Y qué pasa si la tengo? No significan nada para mí. Nunca he estado allí. Mi vida aquí tiene
sentido. Y aunque quisiera ir ¿te imaginas cómo encajaría alguien como yo en aquella sociedad?
No, Christopher Ralston, vuelve con los tuyos y déjame con los míos.
—Antes me llamaste Kit —dijo él aun luchando por abrir una brecha en aquella barrera de
convicción en la que parecían resbalar las palabras, planas sin la garra del verdadero
convencimiento.
—Un error —dijo ella dejando caer la manta—. Un desliz provocado por un momento de
pasión. Yo ya no uso el lenguaje íntimo de los ferinyi.
Él se retorció las manos. Deseaba intensamente utilizarlas para atravesar aquella barrera que
negaba todo lo que él había llegado a creer; para abrir alguna fisura en el muro de superioridad
que ella había erigido entre ambos.
—¿Eso fue todo? ¿Cómo puedes decir que eso fue todo? Ella se volvió y se agachó para recoger
sus ropas.

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—¿Me necesitarás otra vez esta noche, Ralston, huzur?


Si ella quería jugar a ese juego, entonces él también jugaría.
—Sí, Ayesha —dijo—. Te necesitaré. Eres propiedad de Akbar Kan y te entrega a quien él
quiere. Esta noche te ha entregado a mí. Y sólo ha pasado media noche.
Las ropas se le cayeron de las manos; una suave pila sedosa de color crema y turquesa. Se
levantó despacio y se mantuvo apartada.
—¿Qué quieres de mí?
Él observó la larga y limpia curva de su espalda, los puntiagudos omóplatos, el estrechamiento
de su cintura, la protuberancia de sus nalgas, la aparentemente ilimitada longitud de sus piernas. Y
se perdió en un torbellino de desconcertantes emociones. La deseaba, quería ese cuerpo, quería la
habilidad con que ella utilizaba el cuerpo para darle placer. Pero había más... mucho más. Había
habido un momento en que ella le había entregado su auténtico ser, pero ahora lo había
escondido, y quería que volviera.
Kit le cogió la espesa masa de cabello, la retorció en una gruesa cola y la apartó para agacharse
y besarle el cuello. La piel de Ayesha bailó, extremadamente sensible, bajo sus labios. Con la punta
de la lengua subió en una cálida caricia por el surco de su cuello hasta la suave zona de detrás de
la oreja... el punto en el que ella había sostenido la punta del estilete, y ese recuerdo le provocó a
Kit una risita baja que hizo que su cálido aliento cosquilleara en la oreja de Ayesha.
Ella se retorció. Él la sujetó por los hombros y se quedó quieta y serena.
—¿No te he oído decir que tenemos todo el tiempo que queramos, Anna, querida?
Ella volvió la cabeza en un mudo asentimiento y no puso reparos ante la suave y amorosa
intimidad del nombre. Él hizo que retrocediera hasta el diván y la tumbó sobre los cojines. Su
cuerpo brillaba blanco, cruzado por manchas doradas cuando se movía bajo la luz del quinqué.
Hubo un momento en que intentó esconder el brillo de los ojos velándolo con las gruesas pestañas
doradas rojizas, pero él le mordisqueó el lóbulo de la oreja y las pestañas se levantaron, revelando
la risa y el profundo y nebuloso brillo de la pasión que resurgía. Y otra vez se le entregó sin
reservas.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0044

Ayesha se fue de su lado con la rosada luz del alba.


—¿Tienes que irte? —Kit sonrió adormilado, incorporado sobre un codo y con la cabeza
apoyada en la mano—. Aún hay muchas cosas que quiero hacer contigo.
Las comisuras de los ojos de Ayesha se plegaron en un gesto de traviesa interrogación. Luego
sacudió decepcionantemente la cabeza.
—La noche ha terminado, Christopher Ralston. Fui entregada a ti por un período estrictamente
limitado.
—¡No hables así! —Kit se sentó y cogió su chapan—. ¿Cómo vamos a salir de este lugar?
Ella no habló durante un minuto, mientras él se levantaba. Tenía el cuerpo enjuto y musculoso
de un jinete y atleta, con la cintura delgada, las caderas estrechas... y todo el ardor y la energía de
la juventud. Habían disfrutado uno del otro durante las largas horas que les habían concedido,
habían disfrutado con el placer vigoroso y desinhibido de los amantes que descubren que sus
cuerpos, mentes y espíritus encajan a la perfección. Pero Annabel Spencer era tan realista como
Ayesha. Se había criado entre adultos en un ambiente que desconocía de qué están hechos los
sueños, en el que las esperanzas se basaban estrictamente en el entramado de la realidad, en el
que el placer podía convertirse en sufrimiento sin previo aviso.
—Te marcharás después del buzkashi —dijo ella—. No creo que Akbar Kan quiera retenerte
después de esa demostración. Ya habrá conseguido lo que quería.
—Pero tú vendrás conmigo. —Intentó darle a la afirmación un tono de tranquila determinación,
que no sonara como una pregunta, pero ella se rio con ese tono de burla que tanto lo desanimaba.
—No, Ralston, huzur. Ya te lo he dicho: aunque fuera posible, y es completamente imposible,
no iría contigo.
—Pero ¿cómo puedes decir eso después de la noche que acabamos de pasar? —Se dio cuenta,
para su propio disgusto, de que su voz parecía la de un niño desconcertado, un reflejo bastante
preciso de como se sentía.
Ayesha se esforzó por conservar la paciencia.
—Kit, no quisiera quitar valor a lo que ha pasado entre nosotros. He sentido un placer que
escapa a cualquier descripción... que supera todo lo que he conocido, pero tienes que ver las cosas
como son, distinguir los golpes de suerte de la marcha real de las cosas. Nunca olvidaré esta
noche, y... —Hizo una pausa y le tocó la frente, donde colgaba un mechón de cabello
desordenado; se lo enroscó en el dedo con una amable sonrisa—. Y viviré convencida de que tú
tampoco la olvidarás... ni siquiera cuando estés casado y seas el feliz padre de una tribu de niños.
Recordarás cómo nos hemos amado. Incluso cuando se haya convertido casi en el recuerdo de un
sueño, te confortará en esos momentos de frío interior que todos pasamos de vez en cuando.
—No te dejaré aquí.
Ella se puso de puntillas y posó ligeramente los labios sobre los de él, intentando que su dulzura
ablandara la dureza que había aparecido en ellos.
—Puede que no vuelva a verte. Las mujeres no asisten al buzkashi. Dame un beso de
despedida, Christopher Ralston, y agradece lo que hemos tenido. No me dejes tu enfado como
último recuerdo.

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En las últimas cuarenta y ocho horas Kit había aprendido lo buena que puede ser la
conformidad aparente. No dijo más, pero la abrazó y le acarició la espalda, cálida y suave, y se
deleitó en sus nalgas y en sus muslos firmes hasta que consiguió guardar el recuerdo de esas
formas en la memoria de las manos; el aroma, en la nariz, y el sabor de sus labios, en su propia
boca.
Con un último beso suave ella se apartó de él, se vistió y se deslizó hasta la puerta. Abrió el
pestillo y ya no estaba con él.
Los guardias del otro lado de la puerta miraron a Ayesha con los ojos nada curiosos de los
hombres que no ven necesario interesarse por las actividades de una mujer, que a fin de cuentas
estaban dictadas por hombres. Ella se movía con el andar grácil y despreocupado que había
aprendido con los años. A Akbar Kan no le gustaban los andares impetuosos, los comentarios
precipitados ni los gestos descuidados. Aquel hombre más apasionado e impredecible que nadie
insistía en exigir el comportamiento más tranquilo y ordenado a todos los que lo rodeaban
durante su tiempo de ocio y se ocupaban de todas sus necesidades que no se relacionaban
directamente con la guerra.
Ayesha llegó al harén y desapareció de inmediato en el encierro familiar, envuelta en los
rituales establecidos para aquel santuario femenino. La misteriosa telegrafía del palacio había
funcionado durante la noche y todas las mujeres sabían dónde había pasado las horas de
oscuridad, y bajo el mando de quién. Nadie reconoció saberlo, pero en aquel lugar de
entendimientos silenciosos se reconocían abiertamente muy pocas cosas.
Ella no tenía ganas de hablar, y nadie intentó irrumpir en su reserva mientras se desnudaba, se
bañaba en agua caliente y perfumada y tomaba té verde en una taza de delicada porcelana. Lo
bebió con gusto y luego se retiró a un diván de su habitación privada, fuera de la zona principal.
Hubo algún movimiento: estiraron la sábana y el cobertor, cerraron las persianas y luego el tapiz
que había sobre la puerta volvió a su lugar, la puerta se cerró sin ruido y la dejaron dormir.
Pero el sueño no acudía a ella a pesar de su fatiga física. Estaba llena de una curiosa añoranza
mezclada con la profunda euforia que nacía de haber sido, aunque durante un período muy breve,
transportada fuera de su mente y de su cuerpo por el éxtasis, «El ansia de amar crece en cualquier
lugar donde se la alimente», pensó agitándose sin descanso con la cabeza llena de imágenes de la
noche, de su cuerpo ansiando más. Por supuesto, sabía que si tuviera la seguridad de que podía
tener más, el ansia se apagaría para dar paso a la paz de la saciedad. Pero esas horas gloriosas no
se repetirían. Era el momento de recuperar el manto de conformidad que había llevado sin
dificultad aparente durante los últimos años. Y bajo su efecto se quedó dormida.
Despertó varias horas más tarde con la certeza de que no estaba sola. Abrió los ojos bajo la
quieta mirada de Akbar Kan, quien estaba sentado en actitud reposada y pensativa en el diván que
había junto a ella. Se inclinó para tocarle la comisura de la boca.
—Bueno, Ayesha; espero que hayas pasado una noche agradable.
—¿Era ésa la idea? —preguntó ella atrevidamente.
Hubo un momento de tenso silencio y luego Akbar Kan rio.
—Confieso que no era mi objetivo principal. Pero no tengo nada que objetar si la lección te ha
proporcionado algún placer. La lección se mantiene igualmente.
Ella se estiró perezosamente y lanzó un profundo bostezo.
—Entonces ¿no debería haberte traído a Christopher Ralston?

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Los ojos azules se entrecerraron.


—No deberías haber intentado ocultarme que encontrabas interesante al ferinyi. Debes de
pensar que soy tonto si creías que no iba a enterarme. Lo natural es que reacciones así. —Se
levantó—. Pero ahora has tenido ocasión de satisfacer tu curiosidad y ya puedes olvidarlo. —Fue
hasta la puerta—. El buzkashi comenzará a mediodía. Tu presencia añadirá más interés a la
demostración.
Ayesha se sentó mirando fijamente el tapiz, que aún oscilaba tras la salida de Akbar. Se mordió
un labio. Sus intenciones habían sido aún más retorcidas de lo que ella había pensado. Si no
hubiese disfrutado de la noche a él lo habría satisfecho que el recordatorio del carácter absoluto
de su dominio hubiese sido oportuno y eficaz. Si había disfrutado, entonces él le demostraba de la
manera más eficaz su poder de dar con una mano y quitar con la otra. Después de dejarla probar,
de abrirle el apetito, por así decirlo, le negaría cualquier repetición de esa experiencia.
Se encogió de hombros con resignación. Era un hombre a menudo imprevisible, pero ya hacía
mucho tiempo que había aceptado eso y había dejado de molestarse por sus caprichos. En este
mundo no existía la perfección. En general le daba la vida que ella quería, y si de vez en cuando le
daba un tirón a su cadena, podría soportarlo. Estaba mucho más interesada ante la perspectiva de
asistir al buzkashi. Era algo muy inusual que le permitiesen asistir a ese deporte intrínsecamente
masculino. ¿Era ese permiso una especie de rama de olivo, o Akbar Kan tenía alguna motivación
que lo justificase, como la noche anterior? ¡Era imposible saberlo! Y en cualquier caso era
irrelevante. Ella tendría el placer de gozar de la compañía de Christopher Ralston durante un poco
más de tiempo. Sería casi como una tortura, pero era mejor media tajada que ninguna.
Ese pensamiento hizo que se diera cuenta de que estaba hambrienta. Tocó la campanilla de
plata que había en la mesa, junto al diván, y puso los pies en el suelo con renovada energía.
—¿Quieres algo, Ayesha? —Una mujer mayor apareció en respuesta a su llamada.
—Nan i rougbani —dijo ella, con la boca hecha agua ante la idea de comerse un fino pan de
trigo crujiente frito en mantequilla—. Y huevos, por favor, Soraya.
La sirvienta asintió frunciendo ligeramente los labios.
—Estarán preparados cuando acabes de vestirte. Tienes que ponerte el chadri para el buzkashi
si no quieres cometer una falta. —No añadió que su mera presencia en el juego masculino ya era
una falta, pero su desaprobación se reflejaba en el gesto de la boca fruncida.
—Me limito a obedecer a nuestro señor —dijo Ayesha recatadamente.
Soraya hizo una despreciativa aspiración por la nariz. Conocía de sobra las escandalosas
licencias que Akbar Kan le permitía a la inusual miembro de su harén, pero por sus labios no
saldría una palabra de crítica hacia su señor.
Ayesha se vistió con el pantalón bombacho y el chaleco largo y durante un momento tuvo la
más extraña de las sensaciones: recordó vívidamente cómo era llevar el corsé con bailes, las
enaguas, las medias, el liguero y las voluminosas faldas de su gente. Fue casi como si hubiese
podido sentir la ligera presión de las ballenas que había llevado desde que cumplió once años, y el
peso abrumador de aquellas faldas en el calor del verano indio. ¿Cómo podía haber resistido tales
agobios? Sólo de pensar en aquellas ropas hacía que el chadri pareciese una indumentaria
liberadora. Y tenía una gran ventaja: no sólo escondía el cuerpo, también su expresión quedaba a
resguardo de los observadores, y no tendría que tener miedo de que la traicionase alguna de sus

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emociones; algo por lo que estaría agradecida cuando estuviese en compañía de Christopher
Ralston y bajo la mirada de Akbar Kan.

En una ancha repisa sobre el paso de montaña estaba el amplio, arenoso y elevado campo de
juego. El teniente Ralston y su patrulla fueron escoltados desde la fortaleza por un silencioso
grupo de guerreros de las montañas ataviados con turbantes y montados en sus magníficos
caballos del Badajshán; grandes, lustrosas y altivamente majestuosas bestias de carga con ojos
salvajes y anchos ollares. Kit los miraba con manifiesta envidia, consciente de que la expresión de
Alí era una copia de la suya.
—¿Qué no podría hacer un hombre sobre un animal como ése? —murmuró el sargento—.
Monte a la caballería británica sobre esos animales y seremos invencibles.
—Yo creía que ya lo éramos—dijo Kit sarcásticamente—. Al menos eso es lo que me han hecho
creer. Si no fuera así no estaríamos aquí, ¿no es cierto?
Abdul Alí carraspeó pero no respondió, porque no podía manifestar su acuerdo ni su
desacuerdo de manera decorosa.
—¿Qué es eso del buzkashi, señor? —preguntó después de un rato.
—Quiere decir «coger la cabra» —dijo Kit, que le había hecho la misma pregunta a Ayesha—. Es
una prueba de fuerza, creo. Tienen que recoger desde el caballo el cuerpo de un ternero o de una
cabra sin cabeza y llevárselo librándose de todos los demás. —Frunció el ceño. Ayesha le había
dicho que esa somera descripción no podía dar una idea del espíritu que animaba el juego, y
mirando a su escolta sobre sus espléndidas monturas podía creerla.
—¡Salaamat bashi, Ralston, huzur! —Akbar Kan, sobre un caballo badajshaní aún más
impresionante que los que habían visto, los saludó galopando alegremente hacia ellos cuando
llegaron por la explanada. El kan iba vestido con una lujosa chaqueta ribeteada con piel, calzones
anchos con botas de montar y un gorro cilíndrico de piel. Le brillaban los ojos y estaba de buen
humor, aunque Kit percibió una corriente subterránea de excitación, o de expectación, en su
postura y en la curvatura de su boca. Al inglés no le pareció nada tranquilizadora.
—Mandeh nabashi —respondió correctamente en un cortés saludo que Abdul Alí y sus cipayos
imitaron de inmediato.
—Venga, tiene que situarse en aquella cresta de allí. —Akbar Kan señaló con la fusta—. Desde
ese lugar tendrá la mejor vista del espectáculo.
—¿Entonces usted también participará? —preguntó Kit.
—¡Pues claro que sí! A los doce años comencé a aprender lo necesario para ser jugador de
buzkashi: a coger cualquier cosa del suelo cabalgando a gran velocidad, por ejemplo. Mi padre
también ponía un blanco de plata en el suelo y yo galopaba hacia él y le disparaba con el arco. —
Akbar rio alegre—. Se adquiere mucho control y mucha precisión con esos ejercicios, Ralston,
huzur.
—Le creo —dijo Kit sinceramente mirando el campo donde unos treinta hombres se daban
empujones sobre sus caballos, todos con el mismo aire de impaciente expectación, de energía y
determinación contenidas a duras penas. Entonces vio la figura del chadri blanco sobre un caballo
árabe gris en la Cresta hacia la cual se dirigían. Le dio un vuelco el corazón.
Casi como si hubiera percibido la reacción de su invitado, Akbar Kan lo miró de reojo.

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—Sí, Ayesha también asistirá. Podrá interpretar el juego para usted. Como todos los afganos,
entiende a la perfección su significado.
Kit se mordió la lengua. Nada ganaría con una escalada de provocaciones, y sabía muy bien
hasta qué punto Annabel Spencer había adquirido los hábitos y comportamientos de la afgana
Ayesha.
Ella no los saludó cuando el grupo llegó a la cresta, ni siquiera miró a Kit. Akbar Kan sonrió
ampliamente.
—Ayesha, dejo a mis invitados en tus manos. Tú serás capaz de contestar las preguntas que
Ralston, huzur, pueda hacer sobre el juego.
Habiéndole dado permiso, ella se volvió hacia Kit con el saludo ritual. Él respondió con
amabilidad, aunque notaba las manos frías y húmedas dentro de los guantes y la boca
extrañamente rígida mientras articulaba las palabras. Sólo podía ver el brillo del jade detrás de la
rejilla del chadri, aunque su mente la veía tal como había estado con él: sinuosa, blanca y desnuda.
—Dicen que el juego empezó entre los guerreros de Gegis Kan —le explicó ella con calma
mientras Akbar Kan se alejaba hacia el tumulto de jinetes—. Un hombre debe conseguir coger el
cuerpo de la cabra... ¿lo ves allí? —Señaló con la fusta hacia un gran bulto que había en el centro
del campo—. Cuando lo tiene debe sujetarlo mientras galopa y se libra y se desembaraza del resto
de los jugadores. —Apareció una risita en su voz—. Todos los demás, por supuesto, deben intentar
quitarle la cabra.
Kit asintió asimilando la información. Unos treinta magníficos jinetes sobre soberbias monturas
compitiendo por el mismo trofeo... y toda la fiereza de su determinación por conseguirlo.
—¿Tiene que librarse de ellos? —preguntó.
—Exactamente, Christopher Ralston —dijo Ayesha riendo—. Has cogido la idea. ¿Cuándo está
libre y desembarazado? No hay marcas en el terreno.
Ella le hablaba como si no hubieran pasado la noche anterior abrazados. Él sabía por qué, por
supuesto. No estaban solos; el campo estaba rodeado de ansiosos y ruidosos hombres de la
fortaleza, y junto a ellos había tres ancianos de la tribu armados hasta los dientes cuyos ojos no se
apartaban de la patrulla del teniente Ralston, dejando claro que estaban dentro del alcance del
largo brazo del malintencionado Akbar Kan, de nuevo le invadió a Kit la sensación de estar jugando
al ratón con un gato invisible. Pero ahora conocía la naturaleza del gato, tanto como sabía que el
odio contra los ingleses que consumía a Akbar Kan era la razón de sus insultantes jueguecitos.
—Tienes que salir de aquí conmigo —se oyó decir a sí mismo en un fiero e involuntario susurro.
—Deberías prestar atención especial al yorchi —dijo ella en tono neutro, como si él no hubiese
hablado—. Cuando se decide que un jugador ha conseguido liberarse con su trofeo, el yorchi canta
en su honor componiendo los versos según le parezca apropiado. Es como un juglar que
entretiene a la multitud. Te los traduciré cuando llegue el momento.
—Gracias —dijo Kit secamente—. Tu ayuda será de gran valor.
—Es un placer, Ralston, huzur.
—Te retorcería el cuello —susurró él.
—Mira bien. Están empezando.
Estaba tan frustrado que le rechinaron los dientes, pero se esforzó por atender al juego. Luego
se olvidó de todo y su atención se centró en el drama que se desarrollaba delante de él.

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Akbar Kan era fácil de reconocer por los ribetes de piel de su chaqueta y la lujosa gualdrapa de
su caballo. Durante un momento todo parecía confusión. Los hombres acompañaban con gritos
salvajes las frenéticas entradas en la furiosa melé y cada uno luchaba por acercarse lo suficiente a
la cabra y tomar buena posición para agacharse y cogerla. De repente, de la agitada masa de
jinetes emergió Akbar Kan y se alejó de sus perseguidores llevando a la cabra sujeta con las dos
manos por una pata y con las riendas entre los dientes. El esfuerzo de cargar con aquel peso se le
notaba en la cara. Cuando tres hombres cayeron sobre él entre frenéticos gritos de excitación y
amenaza, él lanzó su caballo a galope tendido y se agachó sobre su presa para protegerla con el
cuerpo mientras corría por el campo.
—¡Oh, no la sueltes! —dijo en un grito ahogado Ayesha, que había perdido su impasibilidad y
saltaba sobre la silla de su caballo—. ¿No es el más extraordinario de los jinetes?
Kit quería ofenderse por el fervor de sus elogios, pero no podía, porque estaba de acuerdo. Él
tenía una gran reputación de jinete, pero no se hacía ilusiones de poder competir con Akbar Kan
en algo así. Las emociones de la caza del zorro por el mejor de los campos de Inglaterra parecían
una sosería frente al ritmo furioso y la dureza del buzkashi. Y las habilidades de un cazador serían
de poca utilidad en esos parajes.
Se elevó un rugido de la multitud cuando Akbar Kan fue rodeado momentáneamente por sus
rivales, pero de nuevo se deshizo de ellos aún arrastrando el trofeo, y lanzó su gran caballo negro
por la explanada y dejó atrás a sus perseguidores.
—Ahora está libre y desembarazado —dijo Ayesha dejándose caer sobre la silla—. El público lo
ha dicho.
Desde luego, la multitud estaba aplaudiendo, gritando y disparando sus fusiles al aire. Akbar
Kan frenó su caballo y se volvió. Sus rivales retrocedieron y el yorchi entró en el campo levantando
la voz en resonante tributo al vencedor.
—Dice que Akbar Kan tiene la velocidad del antílope, el salto del leopardo, el corazón del oso
negro —traducía rápidamente Ayesha—. ¿Vas a decirme que son lisonjas? —De nuevo apareció
aquella risa burlona en su voz—. En el buzkashi, Christopher Ralston, ves la verdadera fuerza y el
poder de los afganos. Luchan hasta la muerte y no dan cuartel. El ejército británico de Kabul debe
de tener gran confianza en sí mismo si el general Elphinstone cree que va a someter a los guilzais.
Kit hizo una mueca.
—¿Cómo puedes despreciar a tu gente?
—No han hecho nada para merecer mi respeto —respondió sin más—. Este pueblo —hizo un
gesto señalando el terreno de juego—... éste merece mi respeto. Puede que sea incivilizado,
incluso bárbaro, pero es honesto y sincero. Aprecian la fuerza, el coraje y la determinación. Aquí
no encontrarás hipocresía.
—¿Y qué hay de la traición? —le preguntó él—. ¿Negarás que los afganos son traidores, que
incumplen los pactos, que te apuñalan por la espalda, que son enormemente crueles y que
asesinan indiscriminadamente a mujeres, niños y comerciantes inocentes?
Ella se encogió de hombros.
—Ellos no lo ven como una traición. Son honestos con sus mentiras. —Una risita le cruzó la
voz—. Se permite si con eso puede salvar una vida, resolver una pelea, agradar a una esposa y
engañar en la guerra a los enemigos de la fe. Sus tratos con los ferinyi entran en la última

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categoría. No han sido tocados por lo que llamáis «civilización», Ralston, huzur, y derramarán toda
su sangre por resistirse a un yugo extranjero. Nunca gobernaréis a esta nación.
—¡Maldita sea, mujer, algún día te gobernaré a ti! —Kit explotó, fuera de sus casillas ante
aquella ciega defensa del salvajismo.
—Qué parecido a un afgano —se burló ella—. Ya ves qué fácil es adoptar sus costumbres.
El rostro de Kit se ensombreció, y cerró las manos impotentes alrededor de las riendas. Sabía
que había sonado ridículo; sentía lo mismo que Annabel por los afectados y fanfarrones idiotas de
Kabul, pero seguían perteneciendo a su pueblo. Y también al de ella, si es que había manera de
hacer que lo reconociera.
Akbar Kan había vuelto a dejar la cabra en el centro del campo y los jinetes estaban
reuniéndose para un nuevo juego. De pronto el kan levantó una mano, se volvió hacia la cumbre
donde estaban los ingleses y lanzó un desafío que fue devuelto por los farallones.
—¡Ralston, huzur! ¿Quiere usted enfrentar la destreza y la fuerza de la caballería británica con
las de los afganos?
—¡No! —susurró Ayesha sin el menor asomo de burla en su voz y con un tinte de pánico en esa
única palabra—. No puedes, Kit.
Él se volvió para mirarla y sintió el frío vacío que nace cuando se toma la única decisión posible.
—¿Dudas de mí?
—Te humillarán, si no te hieren —dijo ella—. No puedes superarlos.
—Ya es hora de que te des cuenta, Annabel Spencer, de que la gente entre la que naciste tiene
agallas —declaró fríamente.
—Señor —Abdul Alí hizo avanzar a su caballo—. Vamos con usted.
Kit miró a sus hombres. En los rostros oscuros no había ni una chispa de emoción, ni un asomo
de alarma en sus tranquilas miradas.
—Muy bien, sargento.
Sacudió las riendas de su montura, que arrancó al trote y luego galopó colina abajo hacia el
agitado grupo de jinetes y el triunfante Akbar Kan.
Annabel se sintió enferma. Si no se hubiera burlado de él seguramente no habría aceptado el
absurdo desafío de Akbar Kan. ¿Por qué lo había atacado? Pero sabía por qué: era un esfuerzo por
romper la suficiencia que suponía que padecía, igual que el resto de los británicos que había en
Afganistán. Ella había crecido absorbiendo con cada aliento el violento odio y el desprecio hacia
los ferinyi. Pero no pudo absorber también la fácil y automática aceptación de una masacre como
la única arma posible contra el invasor y la única venganza por la invasión. El alma se le rebelaba
contra esa idea a pesar de saber que eso era una traición hacia la gente que la había adoptado. No
creía que los europeos pudieran ser tan malos como Akbar Kan los presentaba, o como parecía
confirmar la arrogante indolencia de la administración británica en Kabul. Ella adoraba a sus
padres y estaba convencida de que no habrían podido encajar en el molde que Akbar le había
presentado. Pero entonces sentía una punzada de duda. A fin de cuentas ella sólo era una niña
entonces. Maleducada, precoz, difícil... A menudo había oído de sus padres esa descripción en
tono de sufrimiento. ¿Cómo podía confiar en recuerdos y juicios tan antiguos de una niña así?
Finalmente había intentado hacerle comprender a Christopher Ralston la verdadera naturaleza
de su enemigo, y por culpa de su conflicto entre el odio aprendido hacia lo que él representaba y

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el rechazo instintivo del destino que Akbar Kan y los otros jefes habían decidido paradlos, su
intento había sido torpe. En vez de hacerle reconocer el peligro, con burlas lo había empujado a
sus garras y en ellas, con toda seguridad, acabaría aceptando la realidad que ella había intentado
explicarle. Pero sería una lección muy dura.
No creía que Akbar Kan pretendiese hacerle daño físico a Kit, pero sí quería humillarlo, como
intentó la noche anterior. Lo enviaría de vuelta con el rabo entre las piernas para informar de la
fuerza, el coraje indomable, la determinación invencible y la salvaje ferocidad del enemigo. Y no se
veía capaz de presenciar tal humillación. Pero aun así, con el corazón encogido por el dolor que
sabía que iba a sentir, no pudo apartar la vista del campo.
Kit respondió al gesto de bienvenida de Akbar Kan con una tranquila sonrisa mientras evaluaba
a sus rivales. Le parecieron un grupo salvaje, pero no había esperado otra cosa. El ya bastante
deteriorado cuerpo de la cabra estaba algo alejado. Con una frialdad que lo sorprendió, pensó que
debía de pesar entre treinta y cuarenta kilos. No tenía ninguna posibilidad de conseguir hacerse
con el trofeo y librarse de todos. El caballo que montaba no estaba a la altura de los badajshaníes
y él no tenía las peculiares habilidades y el entrenamiento de los jugadores de buzkashi. Pero sí
podía asegurar que él y sus hombres darían un buen espectáculo. Miró por encima del hombro al
sargento Abdul Alí.
—Nosotros jugamos en equipo, sargento. Creo que tenemos derecho a esa ventaja.
El sargento asintió y los cipayos se agruparon. Un gran grito de desafío rasgó el aire tranquilo
de las montañas, y de repente el movimiento los engulló.
Durante un segundo Kit perdió el equilibrio, luego fijó los ojos en la cabra y eliminó todo lo
demás de su vista y de su pensamiento. La arremolinada y ruidosa masa de caballos y hombres
giraba a su alrededor, pero cabalgó rápido espoleando a su caballo en medio del delirio, seguro de
que Abdul y los otros iban tras él. Alguien se agachó para recoger el trofeo; durante un segundo de
infarto lo sostuvo, lo levantó... pero entonces otro contendiente se inclinó y lo cogió también.
Hubo una breve e intensa lucha y finalmente la cabra volvió a caer a tierra. Y en esa fracción de
segundo Kit llegó hasta ella. Se colgó del caballo sabiendo que Abdul Alí había cogido las riendas
de su montura para que él pudiese usar las dos manos y sujetar el trofeo, tenía la cabeza por
debajo del vientre de su caballo y todo lo que podía ver eran cascos golpeando el suelo rocoso.
Con una mano aferró la cola de la cabra y con las rodillas se cogió a la silla con una fuerza salvaje
desconocida para él. «Si pudiera alcanzar la cabra con la otra mano...», pensó; lo hizo. Dio un
empujón con el pie, levantó el enorme peso del suelo y se enderezó en la silla. Estaban libres y
Abdul aún guiaba el caballo de Kit para que él pudiese concentrarse en sujetar la cabra. Los
cipayos les abrían camino a través de la masa de furiosos y vociferantes jinetes para alejar de ellos
el trofeo. Hubo un momento glorioso en el que Kit podía ver ante él sólo campo abierto y oír sólo
los cascos de su caballo sobre el suelo rocoso.
«¿Cuándo está libre y desembarazado?» Oía la explicación que entre risas le había dado Ayesha
del último lance del juego. Con un poderoso impulso, lanzó lejos de él la cabra, que cayó con un
golpe sordo y levantó una nube de polvo. Establecería sus propias reglas y se retirarían
dignamente y con honor. Hubo una pausa, como un respiro colectivo.
—¡Yuldi, sargento! —ordenó aprovechando el tiempo muerto.
La patrulla obedeció la orden en hindi de moverse deprisa y los siete hombres se alejaron al
galope del tumulto, hacia la cumbre, con el honor intacto.

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Kit iba poseído por una inmensa alegría cuando fue hasta Ayesha, que estaba completamente
inmóvil sobre su caballo, como un fantasma tras un velo.
—¿Y bien? —preguntó él—. ¿Nos han humillado?
Ella negó con la cabeza y sus ojos se encontraron. Era difícil interpretar su expresión a través de
la rejilla del chadri, pero sostuvieron firmemente su mirada desafiante.
—Has estado magnífico, Kit. Te debo una disculpa.
Esas palabras fueron para él el más dulce de los bálsamos; un triunfo mucho mayor del que
había conseguido en el campo.
—No somos gente sin recursos —dijo tranquilamente.
Ella inclinó la cabeza en reconocimiento y sólo dijo:
—Me temo que vais a necesitarlos.
—Bueno, Ralston, huzur, tengo que felicitarlo —Akbar Kan subió hasta donde estaban—. Es
hábil utilizar los recursos que uno tiene de manera imaginativa, y muy sabio reconocer las batallas
que uno no puede ganar. —Sonrió con benevolencia—. En reconocimiento, el anfitrión ruega a sus
invitados que pidan cualquier cosa que mis humildes recursos le permitan darles. Un caballo
badajshaní, por ejemplo. Usted es un jinete que merecería una montura así.
Kit miró sobre el campo, más allá de los altos picos que quedaban al otro lado del paso, que se
destacaban abruptos, negros, y ahora cubiertos de nieve contra el cielo azul.
—Me gustaría pasar otra noche con Ayesha, Akbar Kan —dijo.
En el silencio mortal, la lóbrega y grisácea silueta de un quebrantahuesos amenazaba, terrible y
prehistórica, sobre un estrecho barranco. Kit se encontró mirándola fijamente, como si la
respuesta de Akbar no fuese especialmente importante. La figura que estaba a su lado no había
movido ni un músculo. Kit, ausente, se preguntó dónde había aprendido a estar tan inmóvil.
—Christopher Ralston, pone usted a prueba mi hospitalidad —dijo Akbar Kan.
El peligro atravesaba el aire como innumerables tajos de cuchillo. Kit notó cómo sus hombres
se cerraban sobre él mientras veía a los guilzais de la cima prepararse para la siguiente palabra de
su jefe, que podía significar una muerte sangrienta para todos, porque el teniente Ralston había
dejado que su actual obsesión se impusiera a la prudencia. Siguió mirando al que
quebrantahuesos.
—Si Ayesha lo desea, le concederé su petición —dijo por fin Akbar Kan con una voz tan seca y
quebradiza como huesos viejos.
Kit se volvió hacia ella devorándola con los ojos, seguro de su respuesta.
Las palabras de Ayesha sonaron como una campana en el silencio:
—Creo, Akbar Kan, que lo que Ralston, huzur, intenta pedir es que se le conceda salir de aquí
sin problemas y una escolta hasta el camino de Kabul.
No podía hacer otra cosa que aceptar su rechazo. Había esperado ciegamente que otra noche
de gloria le permitiese convencerla de que se marchara con él, urdir algún plan infalible y poder
escapar con ella.
—Debo aceptar los deseos de la dama —dijo con tono mesurado—. No necesitaremos escolta,
Akbar Kan.
—De todos modos, sí un guía —dijo el kan, de repente todo él cordialidad otra vez—. No,
Ralston, huzur, insisto. No conocen este territorio y hay muchos peligros. —Hizo una señal a uno

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de los hombres de las montañas y le habló rápidamente en pashtu. El hombre gruñó y se unió a Kit
y a los suyos.
—Adiós, Annabel Spencer —dijo Kit.
—Adiós, Christopher Ralston. —Ella no lo miró—. Que tu dios os acompañe.
Ella no lo miró, pero sintió cada uno de los metros que los iban separando; y la distancia que
crecía entre ellos, como un enorme abismo. Había tenido que dar esa respuesta para salvarlos a
los dos. Ofreciéndole esa engañosa elección, Akbar Kan la había puesto a prueba. Nunca habría
perdonado su abandono. Y si Kit la hubiese tenido, esta vez en sus propios términos, el kan habría
decidido que el invitado había violado las leyes de la hospitalidad y eso habría liberado al anfitrión
de cumplirlas.
Kit y sus hombres habrían muerto con un silencioso cuchillo en la espalda y nadie se habría
dado cuenta. Si hubiese tenido más tiempo para enseñarle cómo hacían las cosas aquella gente...
Había muchas trampas para quienes no lo sabían.
—Vuelve al harén, Ayesha. —La escueta orden interrumpió su frustrante reflexión.
Supuestamente ella había representado su papel en el juego de Akbar Kan con el inglés, un
juego que no había evolucionado por completo según los deseos del afgano.
—Como quieras. —Dirigió su caballo hacia la fortaleza y su escolta la rodeó. Volvió al aislado
mundo de susurros del harén.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0055

—Se ha excedido usted demasiado en el cumplimiento de las órdenes que tenía, teniente —
dijo con voz trémula el general Elphinstone hundido en su sillón, donde estaba envuelto en
mantas. Era un tipo mortalmente pálido, tan débil que parecía que un golpe de viento pudiera
llevárselo.
—Había esperado, señor, que se me excusaría por traer información valiosa —dijo Kit
rígidamente firme porque nadie le había dado permiso para que adoptara la posición de descanso.
—No puedo ver qué es lo que le parece valioso en un informe alarmista, Ralston —le espetó sir
William Macnaghten, enviado del Servicio Civil de la Compañía de la India Oriental y asesor
político del general. Se apartó de la ventana, donde había estado contemplando
malhumoradamente el jardín otoñal que había alrededor del bungalow de Elphinstone en el
cuartel británico—. Pasa usted dos días con ese rebelde de Akbar Kan y todo lo que puede decir es
que es un salvaje bien armado con una fuerza de tribus salvajes igual de bien armadas. Maldita
sea, hombre, no es rival para nuestras fuerzas. El coronel Monteath los meterá en cintura en un
instante. Ha ido a despejar los pasos y liberar las vías de comunicación y en cualquier momento
llegará la noticia de su éxito. Acuérdese de lo que le digo.
La oleada de indignación que sintió ante tal ceguera sorprendió a Kit. Creía que estaba
acostumbrado a los idiotas, y también que había sido bastante más explícito de lo que
Macnaghten insinuaba desdeñosamente.
—Con todos los respetos, sir William, creo que Akbar Kan es un adversario considerable. No
creo que sea fácil derrotarlo. Cuando alguien actúa empujado por tan resuelta...
—¡Oh, cállese, hombre! —lo interrumpió Macnaghten con irritación—. ¿Cómo puede ser usted
tan agorero? ¡Por Dios!
Kit se ruborizó por la ira.
—No soy un cobarde ni un alarmista, señor. Pero soy capaz de usar los ojos y los oídos y de
sacar conclusiones de lo que veo y oigo. Akbar Kan sabe que la brigada de sir Robert Sale vuelve a
la India, y que intentan ocuparse de los guilzais por el camino. Sabe que usted y el general
Elphinstone tienen intención de acompañarlos. —Kit hizo una pausa. Era claramente absurda la
posibilidad de que Elphinstone estuviera en condiciones de luchar o de acompañar a una fuerza de
combate.
—Sale ya ha partido —dijo débilmente Elphinstone—. Ha ido con su brigada a ayudar a
Monteath a liberar el paso de Jaiber. —No dejaba de pellizcar la manta con la que se tapaba—. Es
de esperar que libere los pasos rápidamente y que yo pueda marcharme; porque si sucediese algo
inesperado yo no estaría en condiciones de enfrentarme a ello, estoy hecho polvo física y
mentalmente.
¡Ese era el hombre que tenía que mantener el control británico sobre Afganistán! Kit se esforzó
por que su expresión no delatara la mezcla de compasión e indignación. Elphinstone no había sido
siempre semejante piltrafa; la culpa era seguramente de lord Aukland, el gobernador de la India,
que había recomendado a aquella criatura debilitada y enferma para el puesto de mando más
difícil que tenía.
—Así que su omnipotente Akbar Kan no lo sabe todo —declaró Macnaghten con aire triunfal,
aparentemente ajeno a la patética declaración que acababa de hacer el general—. Encuentro

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enormemente lamentable que usted, Ralston, un oficial de la caballería de su majestad imperial,


corra despavorido ante las fanfarronadas de un bandido.
Kit oyó la risa burlona de Ayesha; oyó la intensidad de su convicción de que los británicos nunca
saldrían vivos de Afganistán; oyó ambas cosas y las entendió con una claridad meridiana. Y deseó
con una pasión más intensa que la que nunca había sentido volver a oírlas, y esta vez no sentiría la
necesidad de negar la verdad ni la obligación de apoyar a aquellos lunáticos.
Saludó rígidamente sin intentar defenderse de los cargos de aquel gordo funcionario civil.
—¿Puedo retirarme, general?
—Sí... sí —dijo Elphinstone haciendo un malhumorado gesto con la mano hacia la puerta—.
Váyase, teniente, y reanude sus ocupaciones habituales. Lady Sale dará una recepción esta noche,
según creo. Preséntele mis respetos y pregúntele si necesita algo que yo pueda ofrecerle. Una
mujer maravillosa... maravillosa.
—Oh, desde luego, general Elphinstone —se sumó Macnaghten—; no es una mujer a la que se
pueda desmoralizar. Su marido está peleando con los malditos guilzais y ella sigue cuidando su
huerto, y no escuchará una sola palabra pesimista. Le dirigió una mirada de burla al desventurado
teniente.
Kit volvió a saludar, giró sobre los talones y abandonó la maloliente habitación, donde el hedor
de la enfermedad se mezclaba catastróficamente con el olor a cloaca de los delirios de grandeza
suicidas y los del inevitable desastre.
Cruzó el cuartel apresuradamente pensando con amargura en el papel que le había tocado
representar en aquella trama absurda. En el equipo del general parecía que su principal tarea era
la de ser el recadero en sus actividades sociales. «Un joven bien parecido», así se había referido a
él el general la primera vez que se había presentado para recibir órdenes. Se suponía que era lo
suficientemente bien parecido para mantenerlo apartado de las vulgares y cansadas obligaciones
de un soldado y darle buena utilidad como mensajero y secretario social del general. Kit no
ignoraba que su ascendencia impecable, su anterior servicio en los dragones de élite y su nada
despreciable fortuna también lo cualificaban poderosamente para ese trabajo; y también para su
posición en la sociedad londinense, una posición que había abandonado de manera tan
caballeresca. No parecía que la mujer apreciase una actitud tan épica, pero aunque él lo creyese
así, podía ver los ojos azules de Lucy y sus rizos dorados, y revivir su inocente dependencia de él.
Aquella criatura divina había entrado en su vida y había cambiado su aburrido futuro. Él le había
debido su protección, pero quizá de una manera menos extravagante.
Christopher Ralston lanzó una grosera maldición en voz baja e intentó alejar de su cabeza las
inútiles recriminaciones contra sí mismo. Una serie de errores lo había llevado hasta su condenada
situación, hasta ese empleo inane, pero habían sido sus propios errores. Tendría que vivir con
ellos. De nuevo se le cruzó la imagen de Annabel-Ayesha. Si alguien era un ejemplo de cómo
sacarle todo el partido a su destino, ésa era ella. Se había labrado un futuro y una posición en una
sociedad totalmente extraña, hasta el punto de que ni pensaba en volver a la vida que habría
llevado sin la intervención del destino.
¡Pero tenía que volver! Sus opiniones y sus actitudes estaban influidas por la gente con la que
había vivido desde que era una niña. Tenía que conocer el otro punto de vista, aceptar quién era.
Sólo tenía clara una cosa: no se iría de Afganistán sin ella.

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Un objetivo semejante le compensaría de verse en su actual posición, completamente


irrelevante en la evolución de las cosas. Cuando llegó al bungalow de lady Sale sus andares tenían
un aire más elástico y vigoroso.
—Vaya, Christopher, es un placer. Creía que estaba en alguna misión. —Lady Sale salió del
parterre donde estaba quitando las flores muertas de un rosal y lo saludó alegremente—. Siento
que me encuentre tan desarreglada. —Bajó hacia él por el camino limpiándose las manos en el
delantal—. Pero es que siempre hay mucho trabajo en un jardín. Le prometí a mi marido que
mantendría su huerto en condiciones durante su ausencia, y casi no me queda tiempo para mis
flores. —Señaló el arreglado terreno que había tras ella—. No es que espere ver los frutos de este
trabajo. Tengo que estar en camino hacia la India en cuanto estén despejados los pasos; supongo
que esta semana.
—Sin duda, señora —Christopher hizo una inclinación de cabeza—. Será una pérdida para
Kabul.
—Siempre tiene usted un halago a punto, Kit—dijo la señora—incluso cuando era un niño.—
Sacudió la cabeza—.Pero venga a ver las alcachofas de Robert. Y las coliflores están mejor que
nunca.
Christopher la siguió obedientemente hasta la parte trasera del bungalow, donde admiró las
hileras de hortalizas concienzudamente plantadas por sir Robert Sale cuando no estaba fuera
peleando con los afganos.
—¿Entonces se irá usted de Kabul antes que su marido, señora? —preguntó él cuando entraban
en la casa.
—Parece que tengo que hacerlo. Él está ocupado con este último brote de violencia de los
guilzais. Una contrariedad... No nos llegan las cartas por el bloqueo de los pasos. —Tocó la
campanilla del vestíbulo—. Qué incivilizado por su parte, ¿no le parece?
—Mucho —asintió escuetamente Kit.
—Ghularu Naabi, té, por favor. —Lady Sale le dio la orden al criado vestido de blanco que
respondió a su llamada, y entró en la sala de estar—. Esta noche doy una recepción, Christopher.
Alguien tiene que hacer algo para mantener animada a la gente. Una mesa de cartas, algo de
música... probablemente un poco soso para usted —añadió con una ceja levantada—, pero no le
hará daño pasar una noche ejemplar por una vez. Siento que tengo la obligación con su madre de
mantenerlo vigilado. Pobre Letty —murmuró en un tono desconcertantemente alto.
«Los días en los que mi agobiada madre esperaba que sus amigas vigilaran a su hijo descarriado
habían pasado hacía mucho», pensó Kit sonriendo en su interior. Desde luego no se había portado
muy bien. Los informes transmitidos fielmente por una serie de interesadas matronas
simplemente habían hecho que su pacífica y algo atolondrada madre se encerrara más en sí
misma, y su irascible padre había declarado por enésima vez que su único hijo no era hijo suyo...
aunque llegara a su puerta con necesidad de un poco de retiro y sus escandalosas hazañas en la
ciudad se olvidasen.
—Le traigo saludos del general Elphinstone, señora —dijo como si no la hubiera oído—.
Además, si hay algo del comedor oficiales que necesite para la recepción, estará encantado de
proporcionárselo.
—Vaya, qué atento es el general —dijo lady Sale volviéndose hacia el samovar, cuidadosamente
colocado por el criado en una mesa auxiliar—. ¿Té, Christopher?

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Ya que era evidente que la oferta no incluiría algo más fuerte, aceptó educadamente y se sentó,
preparado para pasar la obligatoria media hora de visita matinal.
—Vendrá usted esta noche ¿verdad, Kit? Me gustaría que acompañara a Millie Drayton. Es una
criaturita encantadora, pero es muy tímida. Los Drayton llegaron a Kabul el mes pasado y Millie
está muy necesitada de diversión.
Kit pensó en su noche con Ayesha. Y pensó en Millie Drayton. La comparación era tan absurda
que creyó que iba a estallar en un ataque de risa muy inconveniente e imposible de explicar.
—Tenía previsto... —comenzó a decir tímidamente.
—Una noche de libertinaje y desocupación —lo interrumpió la señora enérgicamente—. No me
sorprende en absoluto. Pero seguramente podrá hacerle un favor a una de las más antiguas
amigas de su madre.
Kit no tuvo más remedio que acceder amablemente. Conocía a la vieja bruja desde que llevaba
pañales, y había algo en ella que no podía evitar admirar, la parte indomable de su naturaleza. Se
dio cuenta de que en realidad no le molestaban sus comentarios ni sus injerencias, y se resignó a
pasar una noche de aburrimiento mortal en compañía de la simple e ingenua Millie Drayton.
Se escabulló en cuanto le fue posible y salió caminando deprisa en el aire frío de octubre. Miró
las amenazadoras montañas que rodeaban aquella ciudad, colgada a mil metros de altura en el
más inhóspito de los territorios. En un par de semanas aquellas montañas estarían cubiertas de
nieve, y poco después, la llanura que rodeaba Kabul, y el río y el canal ya se habrían helado. El
cuartel quedaba fuera de la ciudad, y una vez más fue abrumadoramente consciente de lo
indefenso que estaba. Aparte de los barracones, el comedor y la escuela de equitación, aquello no
era más que una colonia de bungalows cada uno con su pequeño jardín, sin murallas ni
fortificaciones y separados de la llanura, las montañas y sus pasos hacia la seguridad por el río y el
canal, ambos cruzados por un único y vulnerable puente.
En la ciudad dominaba la fortaleza de Balla Hissar, ocupada por el títere Sah Suya y una fuerza
considerable de tropas británicas. Kit pensó que sin duda sería más sensato trasladar a todo el
contingente británico y a las familias a la seguridad de la fortaleza, pero hacer eso sería admitir la
posibilidad de que aquellos salvajes rebeldes fueran un peligro, y eso era impensable, un ejemplo
de actitud agorera.
Tenía los labios fruncidos cuando dirigió sus pasos hacia la ciudad. La inquietud no le permitía
volver a su bungalow y decidió pasear por los bazares para captar el ambiente.
No fue una actividad tranquilizadora. Incluso entendiendo sólo una o dos palabras de pashtu no
le costó trabajo advertir la amenaza en las miradas, en los susurros, y comprender algún que otro
insulto lanzado en voz alta. Mujeres envueltas en sus chadris oscuros se movían rápidamente de
puesto en puesto, y cuando veían al infiel con su uniforme impecable desaparecían por callejones
o bajo los toldos, apartadas de la vista y del camino del británico por sus ceñudos hombres. Por
supuesto, en los bazares había mujeres que no se apartaban de él, las que por una cierta cantidad
de rupias estarían encantadas de mostrarse. Kit sabía dónde encontrarlas, a menudo lo había
hecho en compañía de amigos, pero ahora no estaba para pensar en eso. Le había sucedido algo
en los últimos tres días. No estaba muy seguro de qué había sido, pero le parecía estar viendo el
mundo que lo rodeaba con otros ojos, de algún modo más penetrantes y menos cínicos; como si
viera la verdad y la realidad sin la cobertura del aburrimiento y la indiferencia.
En sus pensamientos irrumpió un grito procedente del otro lado de la calle. Miró y vio a sir
Alexander Burnes gesticulando. Burnes era el lugarteniente de Macnaghten. A diferencia de los

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demás británicos evitaba el cuartel y vivía en la residencia británica de la ciudad, una casa situada
frente a la Tesorería Británica. Sostenía que prefería la compañía de los afganos, hostiles o no, al
aburrimiento del círculo social del cuartel. A Kit le caía simpático aunque le parecía un hombre
aburrido. Con una actitud débil e irresoluta, se quejaba interminablemente de su posición
anómala, subordinado a un hombre que no le encargaba tareas concretas y lo trataba con el
mayor de los desprecios. Desde luego no existía simpatía alguna entre Burnes y Macnaghten, y eso
no contribuía a la buena marcha de la delegación política en Kabul.
—Buenas, Burnes —Kit cruzó la calle.
—¿Ha oído las noticias? —el lugarteniente lo cogió por un codo y lo sacó del bazar bajando la
voz, aunque era bastante improbable que alguno de los transeúntes que los rodeaban pudiese
entenderlos.
—No creo —dijo Kit—. He tenido una entrevista de lo más desagradable con Macnaghten y
Elphinstone, y he pasado media hora muy aburrida con lady Sale, pero nadie me ha dado noticia
alguna.
—Lo han abroncado ¿verdad? —dijo Burnes con simpatía—. Bueno, yo no haría mucho caso al
viejo, no sabe lo que dice durante la mayor parte del tiempo.
—Pero sir William sí—dijo Kit con una mueca.
Burnes le dedicó un improperio.
—Puede que sepa lo que dice, pero no sabe lo que hace. Mire esta última muestra.
Habían llegado a la residencia, con sólidos muros de piedra y cancelas de hierro. No dijeron
palabra hasta que estuvieron dentro, fuera del alcance de los oídos de los guardias cipayos y de los
criados de Burnes. Como en aquella casa era rara la presencia del samovar, Kit aceptó una copa de
brandy y bebió un sorbo con un gesto de aprobación.
—Acaba de llegar la noticia de que Monteath ha sido machacado por los guilzais en Tezín —dijo
Burnes sin preámbulos.
Kit lanzó un suave silbido.
—¿Y Sale?
—Fue en ayuda de Monteath y su avanzadilla huyó de una escaramuza contra los guilzais. —El
tono de Burnes era como si las desalentadoras noticias lo satisficieran—. Macnaghten le envía la
orden de volver a Kabul.
—Sin liberar los pasos —murmuró Kit.
—Oh, me he enterado de que Macgregor, el adjunto político de Monteath, ha llegado a un
acuerdo con las tribus. El restablecimiento de las subvenciones a cambio de la liberación de los
pasos.
—¿Cree que van a respetarlo? —preguntó Kit con el ceño fruncido.
—Eso dice Macnaghten —afirmó Burnes—. Según sir William ahora ha conseguido un acuerdo
definitivo.
Kit pensó en la declaración de Akbar Kan de que no habría concesiones mientras hubiera un
yugo extranjero sobre su tierra. Recordó el buzkashi. Recordó el frío y pragmático convencimiento
de Ayesha. Y sacudió la cabeza.
Burnes rio entre dientes.
—No hay que ser agorero ¿no, Ralston?

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—No consigo ver por qué no apuntarse a estar en la Luna tiene que significar ser agorero —le
espetó Kit dejando su copa vacía sobre la mesa—. Gracias por el brandy, Burnes. —Se levantó
estirándose la chaqueta- ¿Irá usted esta noche a la recepción de lady Sale?
Burnes le obsequió otro florido improperio.
—Intente encontrarme en ese tostón —dijo—. No, tengo otros planes —sus ojos se
entrecerraron lascivamente—. ¿Quiere unirse a mí, Ralston? Buscamos un par de potrillas en el
bazar... ¡Por Dios, saben hacer unas cosas...!
—No —dijo Kit—. Le he prometido a lady Sale que iría.
—No le va hacerse el cortesano—observó Burnes—. ¿Está usted volviéndose remilgado?
Kit rio, pero sonó falso incluso para sus oídos:
—Debería usted saber que eso es imposible, Burnes.
—Sí, debería. —Acompañó a su invitado hasta la puerta principal—. Bueno, cuando decida que
ha pagado su deuda con la sociedad venga a reunirse con nosotros. Será una noche larga y me
debe usted la oportunidad de recuperar mis pérdidas de la última vez.
—Doscientas guineas, si no recuerdo mal —dijo Kit cayendo en las antiguas costumbres sin
querer—. ¡Eso es calderilla! Pero si va a haber mesas de macao me pasaré por aquí.
—Entonces hasta esta noche.
Kit volvió al cuartel pensando amargamente que no le costaba mucho volver a las andadas. ¿De
qué servía aferrarse a la verdad contra la opinión de todos? Era como si careciese de cualquier
capacidad para alterar las opiniones de quienes tomaban las decisiones. Se lo habían demostrado
de manera dolorosa y humillante. ¿Y cómo demonios pensaba que iba a reclamar a Annabel
Spencer para los suyos? ¡Menuda fatua estupidez la suya! No era menos ridículo que aquellos a
quienes ridiculizaba. ¿Iba a organizar un ataque a la fortaleza de Akbar Kan y llevarse a la dama
sobre su silla de montar?
«Tan fiel en el amor y tan intrépido en la guerra... Nunca hubo otro caballero como el joven
Lochinvar.»
La canción se burlaba de sus imágenes románticas, y a pesar de que suponía que sir Walter
Scott no había escrito el cuento con la intención de burlarse, no sonaba convincente en aquella
trampa entre montañas. El paraguas de cinismo se abrió y se refugió bajo él con un leve gemido de
protesta. Aquella familiaridad le hacía sentirse a gusto, y la barrera lo aislaba del doloroso
autoanálisis.

—¡Oh, teniente Ralston, creo que ha vuelto a perder! —Una risa floja de cría acompañó la
exclamación, y Kit miró ausente las cartas que tenía en la mano y las que había en la mesa. Había
dejado vagar los pensamientos muy lejos de la sala de lady Sale y de la mesa de juego en la que no
había conseguido centrarse por tercera vez durante aquella noche interminable. Sacudió la cabeza
irritado, pero intentó dar una respuesta adecuada.
—Vaya, qué tonto, señorita Drayton. No entiendo cómo se me ha podido pasar por alto. —Puso
medio soberano en el bote. En la recepción de lady Sale las apuestas eran limitadas, y pensó con
sarcasmo que en su estado de ausencia debía estar agradecido por ello. Con apuestas ilimitadas,
podría acabar perdiendo una fortuna si seguía así.

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—Creía que era usted un gran jugador de cartas, teniente —dijo Millie Drayton agitando las
escasas pestañas que acompañaban a sus anodinos ojos—. Su reputación es legendaria.
Kit decidió abruptamente que no podía resistir más aquel tonto alud de risas flojas. Apartó la
silla.
—No puedo imaginar quién le ha transmitido esa idea equivocada —dijo, sin intentar ocultar el
cansancio y el aburrimiento—. Si me excusan... —Hizo una reverencia a toda la mesa aparentando
no ver la expresión de dolido desconcierto de Millie Drayton, y fue en busca de la anfitriona. Por
supuesto, la chica no tenía la culpa; no era más que el producto de la educación que había
recibido, cuidadosamente controlada en una escuela para alcanzar el único objetivo de su sexo: un
matrimonio respetable. Y todos los hombres libres servían. Había estado escabulléndose de las
cazadoras durante los últimos ocho años y encontraba un placer perverso en la caza, pero por
alguna razón ese deporte había perdido la gracia.
—Oh, Kit, ¿de verdad se marcha tan temprano? —lady Sale levantó la vista de su bordado en
un círculo de matronas ocupadas con la misma labor—. Había pensado que a ustedes, los jóvenes,
les gustaría bailar un poco; una pieza o dos. Sé que a la señora Bennet le encantaría tocar. —Hizo
un gesto con la cabeza hacia la mujer gris de un antiguo coronel, que se apresuró a asegurarle a
lady Sale que estaba por completo al servicio de los jóvenes—. Sí, por supuesto que sí —le
respondió ella enérgicamente, sin pensar que alguien podría tener una opinión diferente de la
suya—. Daré instrucciones a Ghulam Naabi para que retire la alfombra.
—Me encantaría quedarme —mintió Kit—, pero lamentablemente tengo que cumplir con
algunas obligaciones.
—¿A esta hora de la noche?
—No son ni las diez, señora —dijo Kit—. Debo recibir órdenes para mañana.
—Ah, bueno; si no puede ser, no puede ser. —Lady Sale abandonó la causa perdida y se
despidió de él tendiéndole una mano que Kit se apresuró a tomar inclinándose sobre ella.
Después pudo salir huyendo con gran alivio de la recepción. El aire de la noche era muy frío, las
estrellas brillaban en el cielo de las montañas y notaba que el hielo que se había formado en el
suelo iba crujiendo bajo el peso de las botas mientras cruzaba rápidamente el oscuro cuartel con
el pensamiento fijo en la perspectiva de un ponche de brandy, una partida de macao y la relajante
compañía de sus compinches.
Burnes lo saludó con exuberante entusiasmo. El semblante arrebolado, los ojos enrojecidos y la
lengua de trapo eran indicadores de cómo estaba pasando la noche. En la biblioteca llena de
humo, en la parte trasera de la casa, se encontraban seis de los amigos íntimos de Kit, todos en un
estado semejante al de su anfitrión, cómodamente instalados con las chaquetas desabrochadas y
los pies cerca del fuego. Le dispensaron un halagador recibimiento entusiasta.
—Hace días que no te veo, mi querido compañero —dijo el capitán Markham inclinado sobre la
ponchera—. Yo creía que tenías que volver de esa patrulla hace una semana. —Vertió un cucharón
del humeante y aromático líquido en una copa y se la ofreció al recién llegado.
—Estuve... Gracias, Bob. —Kit bebió un gran trago—. Esto está mejor. Que me condene si ese
simulacro de ponche de lady Sale había visto algo más que el olor de una botella de vino.
—¿Qué hacías en esa reunión? —preguntó otro afilando la punta de un pequeño cigarro—. No
es tu entretenimiento habitual hacerte el simpático con las señoras de edad ¿o sí?

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Una carcajada general coreó la innegable verdad. Kit se desabrochó el botón del cuello de la
chaqueta y se arrellanó en un sofá.
—Lady Sale es amiga de mi madre. La verdad es que no podía negarme. —Hizo una mueca—.
Pretendía que entretuviese a la pequeña Millie Drayton; menuda sosa es esa niña.
Alguien asintió solemnemente. Era cierto que era imposible evitar los compromisos sociales
con las amigas de la madre.
—Entonces ¿qué retrasó tu patrulla, Kit? ¿Alguna deliciosa potrilla afgana?
Hubo nuevas risas ante la salida manifiestamente absurda; era imposible encontrar una
diversión semejante en una rutinaria patrulla por las montañas.
Kit cerró los ojos cuando la potente bebida le calentó el estómago, le relajó las piernas y le
introdujo una agradable neblina en el cerebro.
—No... no exactamente; pero tengo una historia para contar, amigos. Una que os costará creer,
Kit tardó bastante en narrar toda la historia, pues sólo omitió la parte de su noche con Ayesha.
Sus impresiones de Akbar Kan, el buzkashi, y sobre todo su apasionada convicción de que Annabel
Spencer debía volver con los suyos, fueron prolijamente explicadas hasta el último detalle con
auténtico fervor, creciente a medida que su copa iba siendo rellenada por el atento anfitrión.
—Dios, ésa sí que es una historia —resopló Bob Markham en el asombrado silencio—. ¡Una
inglesa en el harén de Akbar Kan! ¿Estás seguro, Kit? ¿No habrías estado dándole a la copa con
demasiado entusiasmo?
—¿A la copa de qué? —la risa sarcástica de Kit resonó en la caldeada habitación—. La
hospitalidad de los musulmanes es destacadamente escasa en lo referente a la bebida del diablo.
Además, prefería no arriesgarme a perder la cabeza —añadió—. No en aquella compañía.
—¡Bueno, maldita sea! —murmuró un teniente barbudo, mirando el interior de su copa como
si pudiese encontrar allí una respuesta—. No está bien. —Levantó la vista retorciéndose el bigote
insistentemente—. ¿Qué vamos a hacer al respecto?
—Me gustaría saberlo, Derek —dijo Kit—. He estado devanándome los sesos para idear algún
plan que me permita sacarla de allí, pero esa fortaleza está más sellada que un pavo de Navidad.
—No añadió que la dama en cuestión había rechazado tajantemente cualquier oferta de rescate.
De hecho, le había sido completamente imposible describirla. Era demasiado ajena a la
experiencia de cualquiera de los presentes en aquella habitación; totalmente diferente de
cualquier clase de mujer que pudiese resultarles familiar.
—Siempre es posible que Akbar Kan asome la cabeza —dijo Alexander Burnes—. No creo que
sea propio de él quedarse mucho tiempo en un agujero de las montañas. Estará esperando el
momento adecuado para lanzar un golpe.
Kit sintió.
—No es un hombre que se dedique a esperar durante más tiempo del necesario.
—Si abandona su fortaleza podremos organizar un ataque y sacar de allí a la dama —afirmó un
inmaculado y joven oficial con el tono de alguien que ha tenido una idea extraordinariamente
brillante.
Nadie se dio por enterado de su nada factible sugerencia. William Troughton era famoso por
tener ideas semejantes, especialmente a altas horas de la noche. Al no recibir respuesta, el joven
oficial volvió a sumirse en un pensativo silencio.

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—Bueno —dijo Burnes—, por mi parte, me gustaría echar unas manos de macao. Tengo ganas
de recuperar lo que perdí la última vez.
La sugerencia tuvo buena acogida y el complicado asunto de la inglesa en las garras del rebelde
afgano fue olvidado por todos menos por el teniente Ralston, que se encontró de nuevo con que
tenía inusualmente menguada la capacidad de concentrarse en las cartas.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0066

El halcón voló desde el guante de Ayesha y se adentró en la ilimitada profundidad del cielo
hasta convertirse en una pequeña mancha negra contra la blancura de la montaña, cubierta de
nieve y teñida por el sol naciente.
Ayesha miró hacia arriba intentando no perder de vista al ave. Junto a ella, no menos ansioso,
el halconero también seguía su trayectoria con los ojos entornados por el resplandor rojizo del sol,
mientras esperaba con inquietud para ver si su último pupilo demostraba o no la utilidad de las
muchas y pacientes horas de adiestramiento.
—Lo he perdido de vista —dijo por fin Ayesha—. ¿Aún lo ve, Shir Muhammed?
El halconero negó con la cabeza.
—Pero volverá.
—Eso espero. —Akbar Kan soltó las pihuelas de su halcón y lo lanzó hacia el cielo—. Le pagué a
Badar Kan una buena cantidad por él.
El halconero se movía inquieto sobre la silla de su montura preguntándose si su señor le
reclamaría algún pago por considerar que había liberado al halcón antes de tiempo. Con Akbar Kan
nunca se sabía qué podía pasar. Era tan fácil que perdiera el halcón con total indiferencia como
que castigase duramente al incompetente. Miró a la mujer cubierta de pies a cabeza que estaba
junto al kan. Aquellos ojos de jade le enviaron un mensaje a través de la rejilla, y se sintió un poco
más tranquilo. El halcón era de ella, había sido un regalo de Akbar Kan, y era ella quien tendría
algo que decir sobre las consecuencias de la pérdida del ave.
—Mira, ya viene. —Ayesha señaló hacia arriba, a una mancha imprecisa que se iba haciendo
más definida. Extendió el brazo y sonrió cuando el halcón bajó hasta él con un gorrión en su
terrible y curvo pico y se cogió con las garras al guante de cuero—. ¿Le dejo el gorrión, Shir
Muhammed?
—No. La primera vez, no. Quíteselo.
Ayesha abrió la bolsa de cazador que colgaba de la silla de montar y cogió del pico del halcón el
pájaro, casi intacto, y lo echó en la bolsa. Luego, mientras le hablaba en un susurro, volvió a
sujetarlo con las pihuelas y le rascó el cuello, orgullosamente erguido.
—¿No es hermoso, Akbar Kan?
El asintió con un amago de sonrisa en la boca.
—No tendrás muchas oportunidades de practicar la cetrería en Kabul, Ayesha. Tendrás que
entretenerte en los bazares.
Era típico de aquel hombre dar una sorpresa como aquélla de una forma tan imprevista.
—¿Eso quiere decir que voy a ir contigo? —Evitó que la emoción le llegara a la voz y siguió
acariciando el halcón que tenía cogido a su muñeca.
—No veo razón alguna para privarme de tu compañía —contestó él tranquilamente—. No creo
que corramos peligro. Pero si te disgusta la idea, creo que podré arreglármelas. —Estaba
mirándola de cerca, y ella volvió a agradecer el refugio del chadri.
—No —dijo con cautela—, no me disgusta la idea. Hace dos años que no piso una ciudad y echo
de menos los bazares.
—Saldremos mañana. —El dirigió la atención a su halcón, que ya volvía.

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El halcón recién adiestrado no debía volar más que una vez ese día, así que Ayesha se lo
entregó a Shir Muhammed y cogió un halcón peregrino. Si se entregaba al apasionante arte de la
cetrería era capaz de disimular los efervescentes pensamientos, los temores o la excitación, pero
el corazón le latía desbocado. Había sabido que Akbar Kan iba a ir a Kabul, donde tenía intención
de animar la insurrección en el corazón del campo enemigo. Ella sabía que los británicos de la
ciudad estaban debilitados tanto por la ausencia de las fuerzas de Sale como por el pacto que
creían que Macgregor había conseguido sellar con los rebeldes. También era muy consciente de
que no se había acordado tregua alguna y que las concesiones hechas por los británicos les habían
dado a los rebeldes todo lo que querían sin conseguir nada a cambio. Si los británicos creían otra
cosa se estaban engañando. Ahora el invierno avanzaba deprisa y, con su llegada, Akbar Kan daría
el golpe de gracia.
Inmovilizado en Kabul, a la espera de ese acontecimiento, estaba Christopher Ralston. Quizá,
estando en la misma ciudad, ella podría verlo. Darle vueltas a esa idea era algo tan peligroso como
prohibido, pero no podía evitarlo. Igual que no podía evitar pensar que si estaba al lado de Akbar
Kan podría ejercer sobre él alguna influencia apaciguadora. El la escuchaba, aunque no se hacía
ilusiones sobre el alcance de su influencia; era impredecible, pero ciertamente limitada.
Salió el sol vertiendo fuego sobre las cimas de las montañas, pero la temperatura no subió en
consonancia. Ayesha tiritó cuando la azotó el viento helado del amanecer que corría por el
desfiladero.
—Sí, quizá ya es hora de volver —dijo Akbar Kan, tan consciente de su estremecimiento como
del torbellino interior que ella creía mantener bien oculto. No estaba seguro de por qué la llevaba
a Kabul, si no era porque quería ver cómo se comportaba ante la proximidad de los ferinyi. La
noche que pasó con Christopher Ralston la había cambiado. La diferencia era indefinible, pero no
por ello pequeña. Algunas veces no le importaba y aceptaba que cuando una mujer pasaba una
noche de amor con otro hombre, eso producía algún efecto, la cambiaba de alguna manera, y en
esos momentos se estaba preguntando si el cambio era más profundo de lo que él pensaba y se
arrepentía del impulso que le llevó a obligarla a hacerlo. No era que su dedicación a él hubiese
menguado ni que no le prestase la debida atención cuando estaban juntos, pero ahora advertía
una fuerza interior que la muchacha que había educado en las costumbres de su pueblo no tenía,
que la mujer que poseía nunca había manifestado. Y eso lo intranquilizaba.
Akbar hizo girar el caballo con el halcón firmemente sujeto en la muñeca.
—Vamos, Ayesha. Shir Muhammed se encargará del peregrino. —El caballo badajshaní arrancó
al galope.
Ayesha también lanzó su yegua al galope. El halconero y sus ayudantes eran sobradamente
capaces de ocuparse de los dos halcones y Akbar Kan había demostrado que su interés por la
cetrería estaba momentáneamente agotado. Fue un cambio de humor abrupto, pero no inusual.
Cuando llegaron a la fortaleza Ayesha desmontó y esperó alguna indicación de los deseos de
Akbar Kan, pero él entró rápidamente en la casa sin dirigirle una palabra. Ella se fue con el ceño
fruncido por el arco lateral que llevaba al harén. No había hecho nada que pudiese ofenderlo.
¿Qué podría haberlo trastornado?
Aún confusa, cruzó la cortina de cuentas y entró en las habitaciones de las mujeres. Quizá
estuviese preocupado por Kabul y la shura que había acordado con los otros kanes. La asamblea
daría lugar a divisiones, siempre era así. Había demasiados jefes y demasiadas prioridades. Sí, ésa

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era la única explicación posible. Se concentró en el viaje de la mañana siguiente y en todos los
preparativos necesarios, pero descubrió que ya los habían hecho en su ausencia.
Soraya tenía la boca fruncida, gesto que indicaba que las cosas no marchaban en el harén de
acuerdo con sus preferencias. No le preocupaba el viaje, pero si Ayesha tenía que acompañar al
kan, Soraya debería ir también en calidad de carabina y sirvienta. No iba a cuestionar las
decisiones de su señor, pero tampoco resolvería su irritación con aquellos que no tenían un
remedio para ella.
Ayesha reconoció el esquema y aceptó como inevitable el malestar general que reinaba en las
habitualmente tranquilas aguas del harén. Se dispuso a calmar los nervios de Soraya para proteger
de agresiones que no merecían a las más jóvenes de aquella comunidad de mujeres
estrechamente unida.
Un pequeño grupo de guerreros de las montañas y cuatro mujeres partieron a la mañana
siguiente antes del alba. Las mujeres, Ayesha incluida, iban detrás de los hombres, que las
ignoraban a todos los efectos. Desafiando la costumbre, Akbar Kan solía llevar a Ayesha a su lado
en viajes como aquél, aunque las mujeres que la acompañaban fueran detrás, y que esta vez no la
hubiera invitado a ir con él fue un nuevo motivo de inquietud. No podía entender por qué estaba
enfadado con ella; pero, si lo estaba, ¿por qué la llevaba con él a Kabul?
A mediodía llegaron a una chaie jana y los gruñidos de Soraya cesaron ante la perspectiva de
descansar y tomar un té. La mula en la que iba como un saco de patatas parecía igual de ansiosa
de que la libraran de la carga al llegar delante de la casa de té. Los hombres entraron en el
pequeño edificio seguidos por un arrugado y encorvado anciano que había aparecido cuando
llegaron. Una mujer cubierta salió rápidamente y se dirigió a las mujeres del grupo, que la
siguieron hasta una pequeña habitación con el suelo de tierra de la parte trasera, donde no
molestarían el descanso de los hombres. Aunque hubiera viajado al lado de Akbar Kan, Ayesha se
habría plegado a la acostumbrada segregación pública, y estaba demasiado acostumbrada para
hacer comentarios sobre ella. El samovar hervía en la habitación trasera con la misma alegría que
en la delantera, y eso era lo que importaba.
Pero encontró fastidioso en la larga tarde tener que mantener a su briosa yegua al paso de las
mulas sobre las que cabalgaban, o más bien se desparramaban, las otras mujeres. Durante un
momento jugueteó con la idea de adelantarse resueltamente hasta la altura de Akbar Kan, pero a
su pesar tuvo que reconocer que no se atrevía. A él podría divertirle la audacia, pero también
podría enfurecerse por ello. Resignada, dejó que la mente vagara y que la yegua fuera al paso.
—¿Ayesha? ¡Ayesha! —con el reiterado sonido de su nombre alzó la cabeza y salió de las
ensoñaciones. Akbar Kan se había detenido más adelante y la estaba llamando. Hizo que la yegua
acelerara la marcha.
—Perdón. No te había oído.
—Ya lo he visto —observó él—. Parecías dormida.
—Al paso que tengo que mantener para no alejarme de las mulas puedo dormir sin demasiado
peligro. —Se arriesgó a dejar caer un poco de sarcasmo.
Los ojos azules se entornaron y él se acarició la barba en silencio durante un momento. Luego
rompió a reír abruptamente.

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—Venga, si quieres galopar, lo haremos. —Cuando ella consiguió aclararse la cabeza, Akbar Kan
ya estaba lejos en el estrecho y traicionero camino de montaña. ¡Qué hombre tan incomprensible!
Ella no intentó entenderlo, como siempre, y lanzó a la yegua en su persecución.
Pronto habían dejado a su escolta muy atrás y Ayesha necesitó echar mano de toda la
concentración y de la habilidad que disponía para evitar que la yegua tropezara en el peligroso
camino lleno de pedruscos a la velocidad que marcaba Akbar Kan. A veces el camino hacía una
curva en una vertiginosa cornisa sobre una profunda garganta, y una oleada de terror la recorría
mientras se aferraba desesperadamente al lomo de su yegua, siempre consciente de que aquella
enloquecida galopada había sido iniciada por Akbar Kan con alguna intención. Era una prueba de
su valor y resistencia, y ella estaba decidida a mantener el ritmo; no pararía hasta que él lo hiciera.
Él la había desafiado de manera semejante muchas veces en el pasado, casi como si quisiera ver
cuan diferente era ella de una mujer de su propia cultura. Aquellas mujeres soportaban en silencio
la esclavitud, la brutalidad y el esfuerzo incesante, pero era un silencio de bestias de carga con el
espíritu quebrado, no el silencio del valor. Ésta era una virtud masculina, y Akbar Kan hacía que su
inglesa lo demostrase en pruebas para hombres. A veces pensaba que lo excitaba ponerla a
prueba de esa manera. Cuando ella superaba la prueba, como siempre hacía, después venía sin
falta una noche de pasión. Y a veces se preguntaba qué pasaría si fallase. ¿Se aburriría de ella? Y si
así fuese, ¿qué futuro le esperaba entonces? ¿Toda una vida de abandono en un harén?
El viento la azotaba tirando del chadri como si flotase a su alrededor, y ella dejó de controlarlo y
perdió esa última e impensable idea en el salvaje y caótico remolino que se le formó alrededor de
las orejas. Entonces lo vio frenar más adelante, en un lugar en el que el camino se ensanchaba, y el
desafío terminó. Él permaneció sobre su caballo, mirando cómo se acercaba sin reducir la
velocidad hasta que también ella alcanzó la relativa seguridad.
La yegua respiraba con dificultosas boqueadas, silbaba por los ollares y a pesar del frío tenía los
flancos empapados de sudor. Ayesha miró fijamente a Akbar Kan con un destello de triunfo en los
ojos, tras la rejilla. Él asintió despacio y una ligera sonrisa apareció en las comisuras de los labios.
Pero no dijo nada, y se quedaron sentados en silencio hasta que los demás se unieron a ellos y la
montura de Ayesha hubo recuperado el resuello.
Pasaron la noche en una aldea de la sierra con una torre de vigilancia a la entrada y cuyas
apiñadas casas de adobe estaban pegadas a la montaña. El jefe de la comunidad, el aksakai de la
aldea, salió a recibirlos inclinando su venerable cabeza al reconocer al kan. Fueron acomodados en
su casa de una habitación, donde un fuego de estiércol de oveja ardía tristemente sin llama. El
mullah del lugar entró haciendo reverencias por la baja puerta y Ayesha se resigno a soportar la
larga ceremonia de acogida en la que no participaban las mujeres. Hasta que terminase el ritual no
se cenaría, y estaba hambrienta. Su único consuelo era que los hombres estaban igual de
hambrientos y probablemente Akbar Kan haría que las cosas fueran un poco más deprisa.
La paciencia era una virtud que había desarrollado hacía mucho tiempo, y ahora mantenía esa
completa inmovilidad que había impresionado a Kit mientras continuaba la charla y el fuego
producía su molesto humo. Los hombres cogieron rapé verde, se lo pusieron bajo la lengua y la
perorata del clérigo tomó una cadencia casi hipnótica. Pero finalmente su voz calló y Ayesha sintió
un murmullo de alivio en las mujeres que la rodeaban. Ahora seguramente podrían comer.
Como era de esperar en una aldea tan pobre, la hospitalidad que les ofrecieron era poco
sofisticada, y Ayesha se dio cuenta de la carga que representaba el gran grupo de visitantes para
los limitados recursos del aksakai. Pero aparecieron otros aldeanos con sus propias ofrendas:

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talján, un pastel de moras secas con avellanas; tortas de harina de trigo para mojar en gaimak,
nata fresca; lonchas de cecina de antílope; y sal, rascada de un valioso bloque. Para beber sólo
había dough. Ayesha encontró que la leche caliente aguada era un mal sucedáneo del té que tanto
le apetecía, y su espíritu se animó notablemente al ver que Akbar Kan le ofrecía como regalo a su
anfitrión una barra de té aromatizado con guindilla. Pero ¿ofrecerían un lujo semejante a las
mujeres? Esperó salivando, en un ataque febril de desilusión anticipada.
Trajeron el samovar con gran agitación y expectación. Hicieron el té, llenaron cuencos
colectivos y los pasaron entre los hombres. Ayesha sentía que tenía las lágrimas a punto de saltar
ridículamente de los ojos. Era absurdo sentir tan dolorosamente la falta de una taza de té. Pero
había sido un día largo y duro y el esfuerzo de su loca cabalgada con Akbar Kan le estaba pasando
factura.
Akbar Kan la miró. Ella ya no iba cubierta con el chadri, pero en deferencia al ambiente mixto
estaba de espaldas a la habitación. De todos modos, él pudo percibir la lastimera decepción a
través del espacio lleno de humo que los separaba. Algunas veces se sorprendía de lo bien que
parecía poder sintonizar con las emociones de Ayesha, incluso en algo tan trivial como en eso.
Habló con el aksakai, que se apresuró a rellenar el cuenco del kan. El mismo le llevó el té a Ayesha.
—Gracias —dijo ella en voz baja, levantando la vista hacia él durante un instante.
—Sé cuánto disfrutas con él —le contestó en el mismo tono—. Y después de semejante
galopada creo que necesitas algo reconstituyente. —Miró la atestada habitación y una sonrisa
triste se le dibujó en la cara—. Me temo que hay otros placeres a los que tendremos que
renunciar, Ayesha. Al menos hasta que lleguemos a Kabul.
Ella inclinó la cabeza en reconocimiento y hundió la nariz en el intenso y picante aroma del té.

—No entiendo qué le ha pasado al general Sale —protestó Elphinstone mientras pellizcaba
como siempre la manta que le cubría las rodillas—. Tiene orden de volver a Kabul sin dilación si
puede garantizar la seguridad de sus enfermos y heridos. —Era la última semana de octubre.
—Sospecho, señor, que el general no quiere confiar en los guilzais. —Kit levantó la vista del
mapa que había estado estudiando y habló en el tono tranquilo que había observado que calmaba
a su inquieto comandante—. Probablemente no cogerá la ruta del paso de Purwan Durrah por
miedo a una emboscada. Si va por la carretera de la montaña al sur de ese desfiladero tardará más
en llegar al valle de Yugduluk, y desde allí podrá enviar a un correo.
—¿Por qué no va a confiar en ellos? —preguntó sir William—. Ahora son nuestros aliados. Se
ha acordado una tregua. Los pasos están libres.
Kit suspiró, pero no intentó entablar una discusión con el Enviado. Sería un ejercicio estéril que
sólo haría que se subiera por las paredes por la frustración. Ya le dolía la cabeza.
—General, ¿puedo hacer una sugerencia? ¿No cree usted que sería sensato trasladar los
almacenes de intendencia al interior del cuartel? —El asunto había estado preocupando a Kit y a
otros desde hacía tiempo. La intendencia estaba en un fuerte en el llano, fuera del cuartel. Los
suministros eran trasladados al cuartel cuando hacían falta. Estaba relativamente bien protegido
por una guarnición, pero había un fuerte de los afganos justo en la línea entre la intendencia y el
cuartel, y no hacía falta mucha perspicacia para ver la amenaza potencial que eso implicaba para
el acceso de los británicos a sus suministros.

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—Oh, no. Desde luego hemos adoptado todas las medidas defensivas necesarias —protestó
Elphinstone—. Hemos cavado una zanja alrededor del cuartel, ¿no es así, sir William? Y un
parapeto.
«Por encima del cuál podría saltar una vaca», pensó Kit con amargura.
—Pero el cuartel está rodeado de fuertes afganos ocupados, señor. ¿Por qué no intentamos
destruirlos si no podemos hacernos con ellos?
—Está usted excediéndose en sus competencias, teniente —dijo fríamente sir William—. Tomar
decisiones no es lo que se espera de un ordenanza.
—Le ruego que me perdone, sir William. —Kit se preguntó durante cuánto tiempo podría
contenerse mientras la certeza del desastre que se avecinaba, un desastre premeditado, se iba
haciendo cada vez más fuerte. La posición defensiva del cuartel era ridícula; la llanura que lo
rodeaba estaba llena de fortificaciones afganas. Pero Elphinstone tenía a su disposición una fuerza
equipada y bien organizada de cuatro regimientos de infantería, dos baterías de artillería, tres
compañías de zapadores y un regimiento de caballería. Y en Balla Hissar, Sah Suya tenía un cuerpo
considerable de soldados y cañones. Esa fuerza combinada sin duda podía ser capaz de ocupar los
fuertes afganos, garantizar la seguridad de los suministros y reforzar las defensas del cuartel. Pero
nadie iba a hacer nada; ni siquiera querían admitir la posibilidad de una amenaza.
—Voy a enviar estos despachos al brigadier Shelton —dijo Kit como si nunca hubiera hecho la
sugerencia—. Luego transmitiré sus instrucciones al capitán Johnson de la Tesorería. —Recogió los
papeles, se estiró la chaqueta, colocó bien el sable, saludó elegantemente al general y salió de la
habitación. Envió un mensajero a Shelton, que estaba acampado con su brigada en las colinas de
Seah Sung, a una milla y media del cuartel; luego salió del bungalow del cuartel y cabalgó hasta la
Tesorería, en Kabul.
El capitán Johnson lo recibió sombríamente.
—Macnaghten sabe que las arcas están casi vacías —dijo después de leer las instrucciones
según las cuales debía entregar a Sah Suya otras cien mil rupias—. Y ahora que hemos tenido que
volver a darles subvenciones a los jefes estamos aún peor. ¿De dónde piensa que voy a sacar esta
cantidad de dinero?
Kit sacudió la cabeza.
—Sir William no confía en mí, señor; sólo soy un ordenanza que entrega mensajes.
Johnson le lanzó una mirada aguda y perspicaz.
—¿Percibo un matiz de irritación con nuestro querido Enviado, Ralston?
—Por supuesto que no, señor. No me corresponde hacer críticas —respondió Kit suavemente.
—¡Chorradas! —afirmó el otro—. Todos sabemos que ese hombre es un tonto miope. Sólo ve
lo que quiere ver. No sabe lo que está pasando en este momento en la ciudad, pero el ambiente
que hay ahí fuera me pone la piel de gallina. ¿Qué tal un trago?
Kit aceptó un brandy con gratitud. El primer trago del día solía aplacar el efecto de los excesos
de la noche anterior, y su dolor de cabeza empeoraba por momentos. Media hora de quejas
compartidas y otro brandy más tarde, dejó la compañía del capitán Johnson y salió a las calles de
la ciudad sintiéndose mucho mejor.
Dejó su caballo en la Tesorería y siguió a pie por las estrechas calles. Johnson tenía razón. El aire
de la ciudad parecía vibrar de intranquilidad, con una violencia a duras penas contenida. Estaba
acostumbrado a la hostilidad de sus habitantes, pero esto era diferente. Había mucha insolencia

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en las miradas que se encontraba, y desafío en la manera en que los hombres se apartaban
cuando él se acercaba, como si no quisieran contaminarse por el contacto con un perro ferinyi.
Volvió al ruidoso y bullicioso bazar y se dio cuenta de que, inconscientemente, llevaba una
mano apoyada en la empuñadura de la espada, bajo el abrigo, y la otra en la pistola que llevaba en
el bolsillo. A su alrededor se arremolinaba la multitud de compradores, vendedores y curiosos,
pero las rápidas conversaciones de los que regateaban se extinguían instantáneamente en cuanto
él se aproximaba y notaba la mirada desafiante y amenazadora de los ojos oscuros que lo seguían.
Kit decidió de repente que no quería pasar más tiempo en el bazar. Volvió sobre sus pasos... y
entonces la vio. Le pareció que la sangre dejaba de circularle por las venas y que el aire se le
detenía en los pulmones. El chadri de seda blanca destacaba como siempre entre el circundante
mar de rústicos tejidos oscuros, pero incluso sin esa identificación, aunque hubiese ido vestida de
forma idéntica a las demás mujeres, la habría conocido por su porte, por la posición de su cabeza.
Estaba revolviendo piezas de tela sobre la alfombra de un puesto mientras el vendedor
permanecía a un lado observando. Ayesha le dijo algo a una de las mujeres que la acompañaban y
ésta habló con el vendedor. Tuvieron un rápido intercambio de palabras en el que no intervino
Ayesha. Estaba claro que su acompañante se ocupaba del regateo según las instrucciones de
Ayesha.
Kit quería que ella lo viera. Necesitaba que lo viera. La necesidad de que esos ojos de jade se
encontraran con los suyos a través del velo se volvió irresistible. Se acercó despacio al puesto,
ajeno ya a las voces y a las miradas, a la indisimulada amenaza que lo rodeaba. Pasó por detrás del
vendedor.
Ayesha estaba escuchando atentamente los avances de Soraya en el regateo, aunque el
protocolo exigía que se hiciese la indiferente. Tenía la mirada fija más allá del puesto cuando se le
erizaron los pelos de la nuca. Giró la cabeza en todas direcciones... y se encontró con la mirada
decidida y exigente de Christopher Ralston.
Un sudor frío le bañó la piel y le chorreó por todo su cuerpo bajo el vestido de cachemir. Se
quedó inmóvil, resistiéndose con cada fibra de su ser al impulso de unir su cuerpo al de Kit. Su
cabeza se movió infinitesimalmente; ¿como negación o como llamada? Pero no podía bajar la
mirada. Sus ojos se lo bebieron como si pudiera absorberlo por la vista en cuerpo y alma.
Se dio cuenta de que Soraya le estaba hablando. Su acompañante no debía advertir esa
ausencia, si lo hacía, en seguida advertiría también la presencia del soldado inglés, que seguía
parado y como hipnotizado a sólo cinco metros, y sin duda percibiría la corriente que fluía entre
ellos. Era casi palpable; tanto, que el aire que los separaba parecía vibrar como la cuerda de un
instrumento. Akbar Kan no debía enterarse de ese... de ese... ¿cabía llamarlo encuentro? Era
difícil, pero él debía seguir creyendo que Christopher Ralston le era indiferente, que la noche que
pasó con el inglés había desaparecido en las brumas de su memoria. Si llegaba a sospechar la
verdad dejaría de confiar en ella, y no podía arriesgarse a sufrir las consecuencias de tal pérdida de
confianza. Su vida se volvería insoportable.
Ayesha apartó los ojos de la mirada de Kit, que la atraía como un imán.
—¿Has terminado, Soraya?
—Insiste en que quiere cien rupias —dijo la mujer, irritada por no haber conseguido el precio
que ella quería.

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—Es un buen precio —dijo Ayesha tocando el tejido e intentando controlar el temblor de la
mano—. No esperaba pagar menos por ella. Saldrá un vestido muy bonito. Si está forrado de lana
de oveja abrigará lo suficiente para el invierno.
Estaban hablando en pashtu y Kit no pudo entender más que una o dos palabras, aunque captó
que ella lo había rechazado tan radicalmente como en el buzkashi. Pero en ese intenso momento
él había sentido el poder de su deseo, y estaba satisfecho. Se alejó de allí con aire despreocupado,
volvió una esquina y entró en un callejón maloliente. Allí esperó hasta que ella y sus
acompañantes acabaron las compras y se fueron del bazar. Entonces las siguió, con el mismo aire
despreocupado y a prudente distancia.
La casa en la que entraron estaba en el centro de la ciudad, en medio de una hilera de casas
similares. Era un barrio rico para el nivel afgano, pero lo que le preocupó a Kit fueron los guardias
armados de la puerta. Llevaban cimitarras y espingardas, y cotas de malla y cascos puntiagudos
como los que había visto en la fortaleza de Akbar Kan en las montañas. Era imposible que un
intruso consiguiera entrar.
Se quedó en la sombra de un portal de la otra acera y observó la entrada de las mujeres. Su
vista ascendió por la fachada. Había ventanas y balcones en el piso de arriba. ¿Se imaginó que una
figura blanca había pasado por una de las ventanas? Siguió con la vista fija hasta que le
aparecieron puntos oscuros bailando frente a los ojos. Si la había visto en el piso de arriba, estaba
en una habitación del lado izquierdo. Pero ¿de qué le servía eso? Tenía balcón. Quizá pudiese
trepar hasta allí, forzar la puerta del balcón, colarse en el interior... Pero ¿cómo iban a salir los dos
después? Y además ella siempre estaba acompañada por su oscuro grupo de sirvientas. Aunque tal
vez durmiese sola. Quizá, en la oscuridad de la noche, podría conseguir entrar, hacerla
desaparecer de allí... ¡Pero qué cosa tan ridícula! Sería tan fácil raptarla en las calles de Kabul a la
vista de toda una población hostil como entrar y salir de esa casa sin ser visto.
Sin demasiada esperanza, fue hasta la parte trasera de la hilera de casas. Tenían patios con
altos muros y puertas con rejas. Y en la entrada de la casa de Akbar Kan había guardias. Su
inspección de esa parte no lo ayudó ni le aportó idea alguna.
Kit deshizo el camino hasta la Tesorería. A pesar de su deprimente e improductivo
reconocimiento, iba infundido de una energía y una determinación que de alguna manera le
restaba importancia a las dificultades que encontraba. Ella estaba allí, en Kabul, y estaba tan
excitada como él por su proximidad. Con esos dos factores a su favor, ¿cómo podía fallar?
—Tengo razones para pensar que Akbar Kan está en Kabul —le dijo al capitán Johnson sin
preámbulos.
Johnson lanzó un suave silbido.
—Eso explicaría el ambiente. Pero intente decírselo a Macnaghten. Está convencido de que ese
hombre aún se esconde en el Hindú Kush.
—Está aquí —dijo Kit con firmeza.
—Por supuesto, usted se encontró con él ¿no es cierto? —Johnson miró al joven con
curiosidad—. He tenido noticias de su interesante patrulla. Tengo entendido que a los mandos no
les gustó.
—No —dijo secamente Kit. Sabía que la información que tuviese Johnson sobre el encuentro
del teniente con Akbar Kan no incluiría nada sobre Ayesha. Lo que un hombre les cuenta a sus
amigos íntimos en confianza no sale de ahí—. Las advertencias son vistas como muestras de

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derrotismo, pero supongo que debería informar al general y a sir William de la llegada de Akbar
Kan.
—Le deseo suerte. —Johnson lo acompañó hasta su caballo. Él miró hacia el círculo de
montañas y el cielo encapotado. Respiró profundamente—. Si seguimos aquí cuando lleguen las
nieves, Ralston, no tendremos la menor posibilidad de salir. Recogerán nuestros huesos pelados.
—No me había dado cuenta de que teníamos la intención de irnos —comentó
provocativamente Kit—. ¿Es que Sah Suya ya no necesita las bayonetas británicas para respaldar
su reivindicación?
La risa de Johnson restalló, áspera y amarga, en el frío aire.
—El sah será hombre muerto en cuanto nos hayamos ido, como bien sabe usted. Pero todo el
país que rodea esta ciudad se está levantando contra los ferinyi. Nott está haciendo lo que puede
por mantener Kandahar; puede estar seguro de que Sale está luchando por cada paso que da de
vuelta a Kabul. Están cerrándose sobre nosotros desde todas partes. La Tesorería está casi vacía,
en intendencia no están mucho mejor, y hay muy pocas probabilidades de que nos lleguen
suministros desde Peshawar o Quetta. Tendremos que retirarnos, y mejor si es pronto. Y ahora
dice usted que Akbar Kan está en Kabul —sacudió la cabeza ominosamente—. No lo
conseguiremos, Ralston, y puede acusarme de derrotismo si lo desea.
—Estoy contento de no ser el único que comete ese pecado —dijo Kit muy serio mientras
montaba. Intercambiaron amigables saludos y el teniente Ralston volvió al cuartel para
enfrentarse a la nada envidiable tarea de intentar convencer a sus superiores de un hecho que
ellos preferirían no oír.

Ayesha se envolvió en su chal forrado de piel. Se quedó de pie en la penumbra de la pequeña


antecámara de la habitación donde se celebraba la shura. Los quinqués proyectaban grotescas
sombras que se contorsionaban sobre las paredes enlucidas. En completa inmovilidad podía sentir
cómo le corría la sangre por el cuerpo. El suelo de piedra que pisaban sus pies descalzos estaba
helado. Una gélida corriente de aire entraba por una rendija de la ventana que había tras ella y
hacía oscilar el tapiz colgado en la puerta de la sala de la reunión. Las voces se alzaban y se
apagaban en su interior. De tanto en tanto se oía una iracunda exclamación, el arrastre de una silla
sobre el suelo de piedra; entonces Akbar Kan decía algo en tono tranquilizador y el que había
lanzado la exclamación callaba.
Pero cada vez que hablaba Akbar Kan Ayesha sentía la amenaza que latía bajo el tono suave y
aparentemente conciliador. Estaba incitando a aquel grupo inconexo a lanzar un ataque
coordinado. No lo dijo, pero ella podía oírlo en cada palabra y en cada silencio. ¿Cómo iban a
confiar en los ferinyi? Hacían promesas, pero mantenían sus fuerzas preparadas para el combate.
Por supuesto, estaban muy debilitados por el cierre de los pasos; por supuesto, no parecía que
estuviesen adoptando las elementales precauciones en previsión de un ataque; y, por supuesto,
probablemente despreciaban tanto a los afganos que no se les ocurría organizar una defensa.
Un coro de voces furiosas recibió esta aparentemente descuidada observación, y la agitación de
esas voces siguió aumentando. Pero esta vez Akbar Kan no intentó en ningún momento calmar los
ánimos.

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Ayesha salió sigilosamente de la antecámara con los pies ateridos por el frío, aunque ese frío no
era comparable con el que sentía en el alma cuando se vio obligada a reconocer el rumbo que iban
a tomar las cosas... si ella no conseguía ejercer alguna clase de hechizo sobre Akbar Kan.
Era el trece de octubre.

—¿Cómo puede Sale haber perdido más de ciento veinte hombres? —exclamó sir William, que
por una vez había abandonado su tranquila superioridad—. Sólo está a tres millas de Yugduluk
camino de Gundamuk.
—Tres millas de tortuosos caminos de montaña dominados por grandes elevaciones —observó
el teniente Ralston con la acostumbrada precisión—. El general dice en su despacho que la
retaguardia era atacada sin descanso por los guilzais, que los atraparon en el paso.
—Gracias, teniente, ya sé leer —dijo gélidamente el Enviado—. Y me parece una muestra
notable de ineptitud en el mando. ¿Por qué el cuerpo principal de su ejército no esperó a la
retaguardia para unirse a ella antes de comenzar el descenso del paso? ¿Qué pasó con los
destacamentos de sus flancos? Explíquemelo. Deberían haber tomado posiciones para proteger la
columna.
—Oh, ¿cómo podemos saberlo? —protestó el general Elphinstone—. Cuando uno no está allí
para evaluar la situación es muy difícil juzgar, Macnaghten.
—El hecho es que el general Sale debe de estar ahora en Gundamuk esperando órdenes —
intervino Kit—. ¿Qué debo decirle?
—¿Pues qué va a decirle? i Que vuelva de inmediato a Kabul, por supuesto!
—Muy bien, general. —Kit saludó con gran formalidad y cerró la puerta suavemente al salir.
Con cada nuevo desastre, con cada nueva metedura de pata, su sensación de irrealidad se
agudizaba. Pensó que en muchos aspectos todo aquel descomunal fiasco se había convertido en
un siniestro chiste, en el más siniestro, pero sin una dosis de humor negro era imposible mantener
la cordura en aquella casa de engaños.
El subalterno encargado de hacer el peligroso viaje hasta Gandamuk a través del territorio
controlado por los afganos para encontrarse con Sale, recibió las instrucciones con valor.
—Sería prudente que llevara ropa afgana —le recomendó Kit—, y también sus hombres.
Tendrán mayor probabilidad de pasar inadvertidos.
El consejo fue recibido con un gesto de resignación, y el joven se fue para reunir a su escolta.
Kit volvió a su bungalow, donde, bajo la mirada de desaprobación de Harley, su asistente, se vistió
de afgano, se oscureció el rostro con betún, se puso un abrigo forrado de cordero y partió a
caballo hacia la ciudad.
Había sido bastante fácil comprar la camisa, el turbante y los bombachos que llevaba por
dentro de las botas, y se sentía inmensamente cómodo con ese atuendo mientras recorría a
caballo las calles de la ciudad. No se veían europeos. Desde luego había poca gente paseando por
allí, y las personas que se iba encontrando estaban reunidas en grupos en las esquinas o en los
portales. Había una nada agradable atmósfera de expectación en toda la ciudad que hizo que le
subieran por la espalda los ya familiares escalofríos.

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Dejó el caballo en la residencia de Burnes y siguió a pie hasta la casa de Akbar Kan, como había
hecho durante la última semana desde que vio a Ayesha en el bazar. Cuando llegó se ocultó en un
portal y esperó en silencio devanándose la cabeza con el problema que seguía resistiéndosele.
Lo único que parecía tener importancia para él era esa misión en la que se había embarcado. En
ella consumía todas las horas de vigilia y sobre ella había discutido infinidad de veces con sus
amigos, pero el entusiasmo y la inventiva tendían a menguar proporcionalmente con el nivel del
brandy de la botella y lo avanzado de la hora. No podía culparlos. Ellos no tenían el conocimiento
de Ayesha que tenía él para alimentar su obsesión. Pero a medida que se apretaba el collar
alrededor de los británicos de Kabul su determinación se fortalecía; se convertía en la única
realidad en aquella demencial existencia hecha de ilusiones.
Era la tarde del día uno de noviembre.

Ayesha estaba a un lado de la ventana mirando hacia la calle, a la figura con indumentaria
afgana que vigilaba la casa. «¿Qué espera conseguir con esa vigilancia?», se preguntaba siempre
que lo veía. Y deseaba apasionadamente que se fuera, que la dejara vivir su vida, volver a la paz y
a la aceptación que había tenido antes de que él saltase a las tranquilas aguas de su existencia. Y
sentía miedo por él.
—No debemos permitir que nadie transite entre el cuartel y la ciudad. —la voz de Akbar Kan
llegaba desde el pasillo—. Como primera medida los aislaremos en su cuartel.
—Pero ¿qué pasa con Burnes, que está en la residencia, y con los hombres de la Tesorería? —
Era la voz de Badar Kan, y Ayesha sabía que los dos hombres iban a la sala de reuniones, donde
habían convocado otra shura. Se acercó más a la puerta cubierta con un tapiz.
—Si se ven obligados a permanecer en la ciudad, no tendrán contacto con sus compañeros del
cuartel —contestó Akbar Kan—. Empezaremos a atacar la confianza de los perros ferinyi. Crecerá
su inquietud cuando se den cuenta de que podemos restringirles los movimientos.
—Pero quizá deberíamos hacer algo más que eso —dijo lentamente Badar Kan.
—¿Cómo por ejemplo?
—Una demostración de fuerza.
—¿Un ataque directo?
—La gente está nerviosa —fue la indirecta respuesta del otro.
Ayesha se estremeció. Sabía que tanto Akbar Kan como el resto de los kanes estaban
fomentando la sedición entre los ciudadanos de Kabul. Si daban rienda suelta a la ferocidad de la
turba contra el enemigo, los horrores que podrían resultar de ello no eran difíciles de imaginar.
—Quizá simplemente deberíamos dejar que la gente tome sus decisiones —decía
tranquilamente Akbar Kan—. Ve a la shura, amigo mío. Yo iré en seguida.
Ayesha se apartaba rápidamente de la puerta en el momento en que entró Akbar Kan. El la
miró con gesto sagaz.
—¿Estabas escuchando?
Ella se sonrojó.
—No podía evitar oíros.
Él se acarició la barba pensativo.

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—A veces pienso que te sitúas de manera que no puedas evitarlo.


—¿Por qué sigues animando esta provocación? —dijo ella con súbita pasión pensando en el
hombre que había fuera, al otro lado de la ventana—. ¿Qué beneficios nos reportará la violencia?
—¿Qué te hace pensar que la estoy animando? —dijo él encogiéndose de hombros con
indiferencia—. Lo que haga la gente es cosa suya.
—¡Sabes que no es así! —Agitada, se acercó a él—. Sabes que puedes evitar una insurrección si
tú quieres. ¿Acaso te divierte jugar con la gente de esa manera? ¿Ver cómo alguien mata por ti?
—Te estás pasando de la raya, Ayesha —le advirtió Akbar Kan en voz baja—. Los ferinyi tienen
que aprender cuál es la naturaleza de los afganos y cómo suelen llevar a cabo la venganza por las
ofensas que sufren. Tienen que aprender a temernos.
«Claro, como me han enseñado a mí», reconoció sombríamente Ayesha. Ella los temía. Temía a
Akbar Kan. Él nunca la había tratado groseramente, nunca la había amenazado, ni siquiera la había
castigado por sus faltas cuando era una niña, pero la certeza de su poder absoluto era suficiente
intimidación. Ella unió sus manos sobre la frente en un elegante gesto de sumisión.
—Venía a decirte que no salieras de casa —dijo él con la habitual voz tranquila, como si la
última conversación nunca se hubiera producido—. Hasta que pueda estar seguro de que no habrá
alborotos no quiero que salgas de casa.
—Como tú desees —dijo ella inexpresivamente.
Él se marchó sin más palabras y ella volvió a la ventana. El observador se había ido. Caía la
noche y el viento invernal barría las calles desiertas e hizo que una puerta golpeara con un eco
vacío y melancólico.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0077

—¡Malditos salvajes impertinentes! —explotó Burnes aquella noche, más tarde—. Pero
¿quiénes demonios se creen que son? ¡Se niegan a permitirnos el paso entre la ciudad y el cuartel!
—Miró indignado al mensajero cipayo que acababa de volver a la residencia, devuelto a la ciudad
por una turba hostil cuando intentaba llevar un mensaje de Burnes para Macnaghten.
El cipayo, prudentemente, se abstuvo de responder; asumió correctamente que ésa era una
pregunta que no debía contestar. De todos modos la diatriba siguió cayendo sobre él hasta que
William Broadfoot, el secretario de Burnes, tosió para poner fin a esa embarazosa situación.
—Realmente no es culpa de este hombre, sir Alexander. Él no podía evitar que lo hiciesen
volver.
Sir Alexander sacudió la cabeza con disgusto y le hizo un gesto con la mano al cipayo, que se
batió en retirada aliviado.
—No creo que signifique gran cosa —dijo un poco más moderado—, sólo un poco de
nerviosismo. Se acabará al amanecer. Si no es así, Elphinstone enviará una brigada para enseñarles
quién manda aquí.
—¿Pero cómo va a hacer eso, Alexander, si no podemos hacerle llegar un mensaje para
explicarle la situación? —dijo el hermano menor de Burnes volviendo de la ventana donde había
estado mirando el oscuro jardín.
—Oh, no te preocupes, Charlie —lo tranquilizó su hermano—. Cuando haya luz le haremos
llegar un mensaje; no hace falta... —se calló cuando oyó voces en el pasillo—. ¡Por Dios y el diablo!
¿Es ése Kit Ralston? —Abrió la puerta de la biblioteca—. Kit, ¿qué demonios hace aquí? Creía que
se había ido de la ciudad hace horas.
Kit entró en la habitación soplándose las manos.
—Dios santo, pero qué frío hace. No; decidí darme una vuelta por los bazares para ver si podía
sacar alguna conclusión útil. Vestido así puedo pasar inadvertido entre ellos. —Hizo un expresivo
gesto señalándose la ropa.
—Parece usted uno de ellos —afirmó Burnes—. Aparte de que no lleva barba. ¿Se ha enterado
de que estos insolentes bastardos no dejan que nadie vaya de aquí al cuartel?
Kit asintió muy serio y se quitó el pesado abrigo de piel de cabra.
—La cosa está fea, Burnes. Ahí fuera hay una caldera a punto de estallar.
—Oh, tonterías. Con unos cuantos de nuestros soldados detendremos en un momento este
disparate.
—Si quiere aceptar mi consejo, doble la guardia —dijo Kit directamente—. Aquí y en la
Tesorería... No, gracias —rechazó el ofrecimiento de William Broadfoot, que le había abierto su
caja de habanos—; pero sí me tomaría un brandy. Estoy helado hasta los huesos.
La bebida apareció instantáneamente, y en la habitación se hizo un pesado silencio. Kit paseaba
sin descanso, movió con el pie un tronco que se resistía a arder en la chimenea y miró su copa con
el ceño fruncido y sin dejar de pensar en Ayesha. Podría jurar que esa tarde la había visto en la
ventana... y que ella lo había visto. Pero había entrado otra persona en la habitación. Había visto
que una silueta cruzaba la ventana, y había que ser muy mal investigador para no reconocer la
robusta y poderosa figura de Akbar Kan. ¿A qué se dedicarían allí? Las conjeturas no hacían más

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que alimentar su obsesión y se esforzó por alejarlas de la mente y volver a la conversación que
habían reanudado sus compañeros.
—¿Cree que en el cuartel saben que estamos confinados en la ciudad? —preguntó
tímidamente Charlie.
Kit se encogió de hombros.
—Es difícil saberlo. Pero todo ha estallado muy deprisa; así que lo dudo. Hasta el anochecer
todo era tan normal como podía serlo en este lugar.
—¿Cree que podría usted pasar, Ralston? Vestido así... —preguntó Broadfoot.
—Probablemente, especialmente si monto a pelo. Reconocerían una silla inglesa a cien leguas.
—Fue hasta la ventana y apartó la pesada cortina para escrutar la impenetrable oscuridad—.
Veamos qué pasa por la mañana. Quizá Alexander tiene razón y el ambiente se serena. Las
sombras de la noche pueden envalentonar a un matón, pero la primera luz del alba lo desinfla.
—Es ese maldito Akbar Kan, acuérdese de lo que le digo —afirmó Burnes con indignación—. Si
pudiera ponerle las manos encima lo colgarían por traición y rebeldía.
Kit se conformó con levantar una ceja.
—Si no les importa, creo que me iré a dormir. Si la situación no ha mejorado al amanecer saldré
hacia el cuartel
—Sí, sí; por supuesto, querido amigo. Haré que Abdul lo acompañe a una de las habitaciones de
invitados. —Burnes fue hasta la puerta—. Seguro que quiere quitarse ese... ese... bueno, lo que
sea que lleva en la cara —le sugirió torciendo los labios en un relamido gesto mientras se
acariciaba el pulido bigote—. No parece adecuado para un oficial de la caballería británica andar
por ahí con el aspecto de un maldito nativo.
—Le parecerá estupendo por la mañana, si alguien tiene que intentar llegar hasta el cuartel —le
contestó Kit sin alterarse—. A veces es conveniente hacer algunos sacrificios, Burnes. Es una
suerte que yo no tenga nada en contra de hacerlos.
Siguió al sirviente de Burnes escalera arriba hasta una habitación grande y cómoda de la parte
delantera de la casa, rechazó todos los ofrecimientos que le hicieron para que se asease y se
refrescase, se quitó las botas y se tiró en la cama completamente vestido. Quería dormir un poco
durante lo que quedaba de noche y estar preparado para salir en cuanto amaneciese.
Apenas clareaba la mañana del dos de noviembre cuando se despertó por completo con una
extraña sensación de peligro inminente. Estaba tendido en la habitación oscura intentando forzar
sus sentidos para identificar qué lo había despertado tan abruptamente. Al principio no pudo
distinguir nada anormal. Bajó de la cama, fue sigilosamente hasta la ventana y apartó la cortina.
Una débil luz procedente de un cielo totalmente encapotado comenzaba a remplazar la oscuridad
de la noche. Con instintivo sigilo, abrió la ventana y se asomó al frío exterior. Entonces oyó el
sonido. Venía de más allá de los muros de la residencia. Él sonido de pies, un ominoso murmullo
de voces... un murmullo que crecía como olas lanzadas por una tormenta contra una playa de
guijarros.
Se calzó rápidamente, comprobó la pistola y corrió escaleras abajo. En el pasillo se encontró
con Broadfoot con los hermanos Burnes. Sir Alexander parecía impertérrito, y estaba vestido de
forma tan inmaculada como si fuera a ir de visita. Broadfoot y Charlie tenían el aspecto desaliñado
de alguien que acaba de saltar de la cama.

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—Parece un pequeño disturbio —dijo sir Alexander sacudiéndose la levita y colocándose bien la
corbata—. Les diré algunas cosas desde el balcón; los enviaré a paseo en un momento.
—¿Ha doblado la guardia? —preguntó Kit yendo a la puerta central, que estaba cerrada—. Abra
—le dijo al alarmado sirviente.
—No sé para qué, querido compañero —dijo Burnes—. No me imagino qué podría querer de mí
semejante muchedumbre.
—Un ataque a la residencia daría un buen impulso a los rebeldes, y sería un buen punto de
concentración —dijo brevemente Kit poniéndose el abrigo. Salió al patio. La luz del amanecer
proyectaba sombras heladas que envolvían los arbustos que adornaban el patio. Fue hasta la gran
reja. Había guardias sobre el muro de piedra con las armas preparadas. A través de la reja vio la
turba que se iba reuniendo lentamente. Se apretaban contra la puerta pero no hicieron
movimientos particularmente amenazantes al ver al hombre del turbante y el abrigo de cabra ni a
sus guardias cipayos, que a fin de cuentas no eran ferinyi.
Kit no habló, seguro como estaba que si abría la boca su disfraz perdería toda efectividad, y
podría apostar cualquier cosa a que antes de unas pocas horas estaría muy contento de ir
disfrazado.
Volvió a la casa.
—Voy a informar a Macnaghten.
—Voy a hablar con ellos antes. No quiero empezar a gritar sin necesidad. —Burnes subió
pausadamente la escalera y fue al balcón que daba al patio y a la calle que quedaba al otro lado.
Ante la aparición del ferinyi con la levita negra, las polainas de cuero y la chistera gris se alzó un
gran bramido. Se levantaron puños, aparecieron bastones y las peligrosas hojas de las cimitarras y
los machetes brillaron apagadamente bajo la escasa luz.
Kit se estremeció por el calibre del peligro que representaba aquella turba amenazadora. Algo
había hecho desaparecer los últimos restos de contención y el odio y la necesidad de venganza
asomaban monstruosos y sin impedimentos. Aquel pueblo fiero y orgulloso había estado sometido
a un yugo extranjero y ahora iba a sacudírselo y a vengarse por la afrenta.
Burnes comenzó a hablarle a la multitud y durante un momento todos permanecieron en
silencio escuchando su fluido pashtu. Kit tuvo por un instante la esperanza de que su prosa fácil
consiguiera calmarlos, y luego se le cayó el alma a los pies. La arenga del funcionario político se fue
haciendo cada vez más paternalista, mientras expresaba la preocupación y la tristeza de un padre
que se enfrentaba a la pesada insubordinación de un niño.
Una piedra voló hasta una de las ventanas de la fachada. El sonido de vidrios rotos hizo que la
turba se agolpara contra la puerta profiriendo insultos. Algunos treparon por el muro y uno de los
guardias cipayos descargó su mosquetón justo antes de ser absorbido por la multitud entre
alaridos.
Burnes retrocedió a toda prisa al interior de la casa y atrancó la puerta del balcón; luego se
volvió hacia el silencioso trío que esperaba tras él. Su expresión había perdido una parte de la
seguridad que ostentaba momentos antes y su habitualmente pulcro bigote tenía un aspecto
marchito.
—Sería mejor que nos armáramos —dijo—. ¿Cree que podría llegar al cuartel, Kit? Vamos a
necesitar refuerzos.

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—Puedo intentarlo. No sé si estarán bloqueando las puertas de las cuadras. —No esperó a la
respuesta; salió corriendo de la habitación y por las escaleras hasta que llegó a la parte trasera de
la casa—. Atranque la puerta cuando salga yo —le ordenó al centinela sabiendo que una vez fuera
tendría que apañarse solo en el exterior.
La puerta se cerró ruidosamente y la tranca cayó con un gran golpe. Los gritos de la multitud se
hacían más fuertes. Los guardias cipayos del muro estaban disparando y Kit oía ahora
detonaciones que venían de la parte delantera de la casa. Probablemente sus compañeros habían
empezado a defenderse. La claridad iba en aumento rápidamente. Cruzó a la carrera el patio de
las cuadras y se despellejó los dedos con las prisas por abrir los helados cerrojos de la puerta del
establo. Su caballo lo saludó con un inquieto relincho. El resto se agitaba nervioso en sus boxes,
tenían los ollares dilatados y también relinchaban. Kit cogió el ronzal que colgaba de una escarpia
en la pared del establo, lo colocó en la cabeza del caballo y subió de un salto a su ancho lomo. El
caballo saltó hacia la puerta en cuanto sintió el peso del jinete y salieron a la luz del día.
La puerta trasera estaba poco vigilada y la calle a la que daba, milagrosamente vacía. Mientras
cerraban la puerta tras él, Kit les gritó a los cipayos que llevaran refuerzos, y en ese mismo
momento una ruidosa multitud apareció por la esquina y se dirigió a la puerta trasera de la
residencia. No podía detenerla ni ayudar de ninguna manera a los guardias. Su tarea era llevar el
mensaje al cuartel. Le dio la vuelta al caballo y galopó calle abajo alejándose de la multitud.
Era como si toda la vida humana de la ciudad se hubiera desplazado para concentrarse en unos
metros cuadrados alrededor de la residencia. No se veía a nadie. Las puertas estaban abiertas. Su
caballo corría sobre los adoquines cubiertos de paja y entró en la calle donde estaba la casa de
Akbar Kan.
Kit no había optado intencionadamente por tomar ese camino. De hecho, aquella calle era tan
buena como cualquier otra para alcanzar su objetivo: las puertas de la ciudad. Pero la entrada a la
casa de Akbar Kan estaba abierta y no había guardias. Después de eso Kit dejó de tomar decisiones
conscientemente. Sólo actuaba.
Saltó de la montura y entró en el oscuro vestíbulo enlosado con piedra. El silencio hueco de la
casa parecía solidificarse a su alrededor, como si Kit estuviera de pronto envuelto en un pesado
manto mojado. Subió la escalera resueltamente pero con cautela. Le parecía conocer el camino
desde siempre. Torció a la izquierda sin dudarlo al llegar al final de la escalera. Había una puerta
cubierta con un tapiz exactamente donde esperaba encontrarla. Entró.
Ayesha estaba en pie en el centro de la habitación, como si se hubiese quedado congelada a
medio dar un paso. El pelo, de un color de bronce oscuro en la penumbra, le caía sobre la espalda.
No llevaba velo e iba vestida sencillamente con un vestido de lana de color crema y unos
pantalones amplios, y en los ojos se advertían aún las sombras del sueño. El claro semblante
adquirió una palidez mortal al verlo.
—¡Dios santo! ¿Estás loco? —jadeó—. Sal de aquí, inmediatamente.
—No sin ti —dijo él con calma absoluta—. Aquí no hay nadie.
—Por supuesto que sí —susurró ella muy tensa—. Todas las mujeres están aquí. Acabo de
despertarme y en cualquier momento se despertará Soraya y...
—Entonces vayámonos deprisa. —Avanzó un paso hacia ella—. Los guardias no están en la
puerta; supongo que han ido a ver el espectáculo.

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—Akbar Kan los crucificará por abandonar sus puestos —susurró, con el terror reflejado en los
ojos cuando apareció ante ella en toda su terrible realidad la imagen de lo que le haría a
Christopher Ralston si lo encontraba allí—. Por favor, Kit, tienes que irte de aquí.
Él se cruzó de brazos y se quedó inmóvil mirándola.
—No me iré sin ti. Tú eliges.
Ayesha no tenía la menor idea de qué estaba pasando, excepto que, como temía, algo
trascendental y horrible estaba sucediendo en la ciudad. No le habían dicho nada, pero el griterío
de la multitud la había despertado. Eso, y la vacía quietud de la casa. Y de repente se había
materializado Christopher Ralston. ¿Cómo? ¿De dónde? No podía ponerse a hacer conjeturas, y no
importaba. Lo que importaba era que vio en sus ojos la misma exaltación inflamada de cualquier
fanático afgano. La había visto muchas veces desde aquella primera vez en el paso de Jaiber, y
sabía lo invencible que era. Razonar con él no habría sido más útil que razonar con un demente.
Estaba jugándose la vida, obligándola a actuar para evitar que lo descuartizasen... o algo peor.
Comenzó a sudar de miedo, exhalaba un sudor frío por las posibles consecuencias de aquella
pesadilla.
Fue rápidamente hasta la puerta. «Si pudiese llevarlo a la calle, entonces podría volver
rápidamente adentro y atrancar la puerta. Una vez fuera, vestido como va estará seguro», pensó
Ayesha y comenzó a bajar las escaleras a toda prisa con el corazón desbocado ante la posibilidad
de que en cualquier momento volvieran los guardias o apareciese Akbar Kan. Si los guardias la
cogían huyendo sin velo y en compañía de un intruso ferinyi no tendrían reparos en acabar con
ella. Su final sería tan terrible como el de Kit.
—¿Tienes un abrigo? —Kit la seguía como si aquella locura fuese la cosa más normal del
mundo; como si no entendiera a lo que se arriesgaban—. Te congelarás si no te pones algo.
Ella no contestó porque no tenía intención de alejarse de la puerta más de un paso.
En el vestíbulo colgaba de una percha un grueso manto forrado de piel. Él lo cogió y la siguió
hasta la calle desierta. El caballo aún estaba en la puerta, pero husmeaba y piafaba claramente
intranquilo.
Con un movimiento súbito, Ayesha retrocedió hacia la puerta. De nuevo sin pensarlo, Kit la
cogió del brazo y la apretó contra él. Hubo un breve, intenso y silencioso forcejeo, conscientes
ambos de que con el primer grito llegaría el desastre. Kit tenía una única idea. Durante días...
semanas... había luchado por encontrar la solución al aparentemente irresoluble problema que lo
obsesionaba. Ahora la solución estaba en sus manos. La tenía y estaban en la calle, libres de
perseguidores. ¿Cuándo se está libre y desembarazado? El dicho del buzkashi acudió a su cabeza, y
de inmediato lo descartó. La tenía. Tenía su caballo. Los otros contendientes no estaban a la vista.
El hecho de que el trofeo se le resistiera era algo irrelevante de lo que se ocuparía más tarde. De
momento, él marcaría las reglas.
La cogió por la cintura, la levantó del suelo y la depositó boca abajo sobre el lomo del caballo.
La sorpresa la dejó inmóvil durante el segundo que Kit necesitó para subir detrás de ella. Le cubrió
completamente el cuerpo con el manto y se inclinó hacia delante sujetándola firmemente con una
mano y el peso de su propio cuerpo. Su caballo arrancó casi instantáneamente al galope.
En la siguiente calle había gente que corría gritando y la visión de un caballo lanzado al galope
por un jinete de piel oscura con turbante les pareció totalmente acorde con el alboroto. El bulto
inerte que llevaba delante no era relevante. Pero Kit sabía que si ella gritaba él moriría allí mismo.
Ella no lo hizo, pero de repente comenzó a forcejear y a empujar para levantarse.

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El olor a humo denso llenaba el aire. Se alzaban llamas en la dirección de la residencia, y los
salvajes gritos les martilleaban los oídos mientras galopaba enloquecidamente hacia las puertas de
la ciudad. No hacía más de veinte minutos que había salido de la residencia, pero en ese tiempo
parecía que la turba había conseguido entrar. Súbitamente espantado, cambió de dirección hacia
la calle de la residencia.
La escena era infernal. Las cuadras estaban ardiendo vivamente y las grandes puertas del patio
estaban abiertas para dar paso a la vociferante turba. Los cuerpos de los guardias cipayos estaban
tendidos en el suelo dislocados y retorcidos. La puerta principal saltó en pedazos bajo los golpes
de un gran madero y la multitud irrumpió en el interior con un rugido. Luego llegó desde el jardín
trasero un sonido que le heló el corazón y toda la sangre. Era un exultante grito de triunfo que se
iba convirtiendo en un bramido. Se enderezó y su mano aflojó la presión sobre Ayesha. En
respuesta, ella se revolvió violentamente.
—¡Maldita sea! ¡Estate quieta! —la increpó furioso sin alzar la voz, como si ella no tuviese
derecho a protestar por la incomodidad de su posición. Y, de hecho, en aquel momento de horror
y violación él asoció a Ayesha con la carnicería que sabía que estaba sucediendo. Aumentó la
presión sobre sus riñones y miró cara a cara aquel infierno.
El torrente de personas entró en el patio desde el jardín trasero; aún gritando exultantes,
sostenían algo en alto. Una náusea llevó el vómito hasta la garganta de Kit y le llenó la boca.
Espoleó al caballo y abandonó la escena al galope con la imagen de la cabeza cortada de Alexander
Burnes fija en la mente.
Ayesha, exhausta, dejó de retorcerse. El galope la traqueteaba de manera inmisericorde, sus
costillas rechinaban en protesta y los gruesos pliegues del manto le dificultaban la respiración. La
rabia que sentía era ya tan enorme que parecía consumirla, así que era poco consciente de
cualquier otra emoción. Incluso su incomodidad física quedaba enmascarada por su violenta
indignación. Podía imaginar adonde se dirigían, y cuando Kit redujo momentáneamente la
velocidad al llegar a las puertas del cuartel oyó sin sorpresa la enérgica orden que le dio en inglés
al centinela.
La puerta se abrió y el caballo siguió su galope sin dudar hacia el bungalow de Kit y la seguridad
de su cuadra. En los pequeños jardines delanteros de los bungalows había personas con diversos
grados de desarreglo matinal que miraban hacia la ciudad, desde donde llegaban los sonidos de la
revuelta y la carnicería. El humo de la residencia y la Tesorería incendiadas formaba una densa
nube en el cielo. Llamaban a Kit a su paso, y sólo algunos reconocían al teniente Christopher
Ralston de la caballería de la Compañía de la India Oriental en el jinete de mirada llameante que
pasaba al galope. Él no contestó, y frenó bruscamente en la puerta de su bungalow.
Harley salió corriendo.
—Oh, Dios mío, señor, está usted bien. ¿Qué demonios está pasando?
—Dame un minuto —dijo Kit saltando al suelo e intentando bajar a Ayesha, pero lo hizo ella
sola en cuanto hubo recuperado la fuerza, y se volvió hacia Kit como una especie de lince de ojos
verdes, pensó él cuando pudo pensar bajo el torrente de insultos que ella le lanzó en persa y
pashtu, como si el inglés le resultase insuficiente para algo tan intenso.
Harley se quedó como pasmado mirando a aquella criatura extraordinaria. Entonces alguien los
llamó desde el otro lado de la calle y llegó Bob Markham corriendo sin parar de hablar.

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—¿Vienes de la ciudad, Kit? El viejo está llamándote a gritos. Dice... —Dejó simultáneamente
de hablar y de moverse cuando vio lo que tenía delante—. ¡En el nombre del Todopoderoso! —
gritó—. ¡La has sacado de allí!
Ayesha se volvió cuando sus palabras se abrieron paso a través de su furia, y luego levantó la
mano y abofeteó a Kit con todas sus fuerzas.
—Así que has estado hablando de mí, ¿no, Ralston, huzur? Supongo que obscenidades.
Kit volvió a la realidad. Le ardía la mejilla por el bofetón, le pitaban los oídos por los insultos y
en su cerebro aún daban vueltas las espantosas imágenes de la revuelta. Cogió el manto del suelo,
la envolvió en él y la empujó al interior del bungalow, donde no pudiesen verlos ni oírlos más
curiosos inquisitivos.
Bob y Harley los siguieron, ambos con los ojos como platos por la sorpresa y la curiosidad.
—Annabel, tengo que ir a la comandancia —dijo Kit con urgencia empujándola al interior de su
dormitorio y cerrando la puerta de una patada ante sus espectadores—. Cuando vuelva
hablaremos de esto; organizaremos algo. —Se quitó el turbante y, aturdido, se pasó las manos por
el pelo.
—Yo me voy ahora —afirmó ella, aunque más serena que un momento antes—. Apártate.
Kit pensó con incredulidad que, con todas las cosas por las que había pasado para conseguir
llevarla hasta allí, no podía ser que ella creyera que iba a dejarla volver tranquilamente.
—No seas ridícula, Annabel. Ahora vuelves a estar entre los tuyos. Todo irá bien, te lo prometo.
¡Se había vuelto loco! Ayesha lo miró totalmente estupefacta, como si acabara de encontrarse
cara a cara con un perro loco.
Aprovechando su asombrado silencio, Kit fue rápidamente hasta la puerta.
—Harley te cuidará. Te traerá lo que quieras. Volveré en cuanto informe al general.
Una vez al otro lado de la puerta se recostó desmadejadamente contra ella y se enfrentó a las
fascinadas miradas de su amigo y de su asistente.
—No podéis imaginaros la carnicería —dijo restregándose los ojos, como para borrar las
hirientes imágenes—. Han asesinado a Alexander y a Charlie Burnes, y también a Broadfoot; han
incendiado la Tesorería. No sé qué le ha pasado a Johnson. Toda la ciudad está amotinada y se han
levantado en armas. Tenemos que enviar tropas de inmediato.
Bob señaló sin decir nada la puerta cerrada que había tras Kit, levantó una ceja y dijo
lentamente:
—No me ha parecido que la dama esté muy contenta. ¿Qué piensas hacer con ella?
—De momento mantenerla aquí —dijo Kit tajante—. Harley, ocúpate de la señorita Spencer,
estoy seguro de que agradecerá un té y algo de comer. Ay, Dios; no puedo ocuparme de eso
ahora. Tengo que ir a la comandancia —añadió. El tono seco y tajante había sido remplazado por
una cierta desesperación—. Bob, ¿puedes quedarte aquí y vigilar?
—¿Quieres decir que me asegure de que no se mueve de aquí? —preguntó el otro—. Dios, Kit,
le pides mucho a un amigo.
—Gracias. —Tomando la respuesta como una afirmación, Kit salió corriendo del bungalow,
saltó sobre su caballo y fue al galope hacia la comandancia.

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En el dormitorio, Ayesha examinaba su entorno. La ventana tenía reja. Supuso que era una
precaución para evitar intrusiones más que fugas, pero servía para las dos cosas. Oía voces
masculinas fuera de la habitación. Giró la manija de la puerta. Para su sorpresa, se abrió.
Dos rostros agobiados se quedaron mirándola mientras estaba en el umbral.
—¿Quiere algo de desayunar, señorita? —se atrevió a decir Harley—. ¿Una buena taza de té?
—No —dijo ella gélidamente—. Pueden apartarse los dos y dejarme salir.
—No puedo hacer eso, señorita —dijo Bob tosiendo embarazosamente—. Se lo he prometido a
Kit ¿sabe? Él lo arreglará todo cuando vuelva; espere y lo verá.
Ayesha pateó el suelo con frustración.
—¡No quiero esperar y ver, idiota! ¡Apártese de mi camino! —Pero cuando lo empujó para
pasar, Bob Markham, aunque deshaciéndose en disculpas, demostró ser un eficaz muro de
contención.
Ella no podría escapar de aquellos dos corpulentos hombres. Tal vez sí de uno, pero en ningún
caso de ambos. Les lanzó un insulto en persa, volvió a la habitación hecha una furia y dio un
portazo que hizo que la puerta vibrara sobre las bisagras.
—¿Cree que una taza de té dará resultado, señor? —aventuró Harley.
—No me parece de esa clase de mujeres —murmuró Bob—. Demasiado bravía para un té. —Se
encogió de hombros con impotencia—. Pero no pasará nada por probar. Vaya a hacerlo, Harley; yo
vigilaré la puerta.
Diez minutos más tarde Harley volvió con una bandeja en la que había té y una tostada con
mantequilla.
—Creo que debe de tener hambre, señor. Una tostada podría calmarla.
Bob no parecía muy convencido, pero abrió la puerta.
—Si no me dejan en paz ahora mismo me desnudaré —amenazó la dama de manera fiera e
inconfundible.
Harley casi dejó caer la bandeja.
—Yo... yo... sólo le traía... le traigo., algo de desayuno, señorita —balbuceó desde el umbral
sosteniendo su ofrenda.
En respuesta, la dama cogió el bajo de su vestido y comenzó a levantarlo. Ambos hombres
salieron de la habitación con un grito.
—¡Señor! —murmuró Bob secándose la frente.
—Pero ¿qué ha hecho ahora el teniente, señor? —Harley dejó la bandeja sobre una mesa—. Ya
sé que tiene sus líos, a veces un poco salvajes, pero nada como esto. No me extrañaría que
hubiera perdido la chaveta.
Bob conocía muy bien la obsesión de su amigo por la misteriosa inglesa del harén de Akbar Kan;
aunque no se la había tomado más en serio que los demás: había supuesto que era un producto
del brandy y de la insatisfacción general y el aburrimiento de la vida en Kabul. Pero ahora parecía
que la cosa iba en serio. Kit había actuado claramente sin preocuparse por las consecuencias y sin
ningún plan para el futuro de la mujer. Tampoco les había revelado que aquella mujer fuera tan
reacia a que la rescataran, si eso fuera posible.
Con aire ausente, Bob se sirvió una taza de té de la bandeja rechazada y mordió un trozo de
tostada.

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—Oh, no se preocupe demasiado por ello —dijo Macnaghten con la vista en su taza de café—.
Sólo son unos cuantos de esos malditos rebeldes que se han crecido.
—Sir William, han asesinado a los ingleses de la residencia, y también a los cipayos —dijo Kit
preguntándose cuánto tardaría en colmarse el vaso de su paciencia—. La residencia y la Tesorería
han sido incendiadas. Es necesaria una intervención militar inmediata y enérgica si se quiere
sofocar la rebelión.
—Bueno, es una maldita vergüenza que hayamos perdido a Burnes y la Tesorería —dijo
Elphinstone con voz trémula—. Creo que deberíamos hacer algo, sir William.
Kit se preguntó si de verdad estaba sucediendo todo aquello. Había descrito tan crudamente
como había podido las escenas de la ciudad, y aquellos dos lo habían escuchado primero como si
no lo creyeran, y luego como si hubiese exagerado.
Sir William fue a la ventana y sacó la cabeza. Seguían llegando sonidos apagados desde la
ciudad, y el olor del humo estaba aún en el aire.
—Sugiero que le ordenemos a Shelton que baje hasta Baila Hissar desde los altos de Seah Sung,
general. El podrá restablecer el orden en la ciudad desde allí. La simple visión de su brigada
probablemente será suficiente para hacer que esas ratas corran a esconderse a sus agujeros.
Al menos era algo. Kit salió a enviar la orden para Shelton, pero cuando volvió al despacho del
general con la esperanza de que lo dejaran libre para cambiar su poco convencional vestimenta,
un irresoluto Elphinstone le dijo que enviara a otro mensajero a Shelton para anular la orden
anterior.
—Creo que debemos esperar un poco más —dijo el general—. Para ver si las cosas se calman
por sí solas.
—Akbar Kan está en la ciudad —dijo Kit—. Él no permitirá que las cosas se calmen, señor.
—Teniente, ¿a usted nunca le han enseñado a obedecer las órdenes? —preguntó con irritación
el general.
Kit saludó y se fue a enviar el segundo despacho. Decidió que a partir de ese momento
representaría el papel del buen soldado, obedeciendo las órdenes por inanes que fueran sin el
menor intento de moderar la estupidez con algo de sentido común. Al final sería menos frustrante
y le permitiría quedar libre de responsabilidades antes para enfrentarse al siempre urgente asunto
de Annabel.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0088

Pasó una hora más antes de que le dieran permiso a Kit para volver a su bungalow y a los
cuidados de su asistente. Durante esa hora le volvieron a enviar la orden a Shelton de marchar
hasta Baila Hissar, pero cuando Kit salió, Elphinstone estaba aún lamentablemente corroído por
las dudas sobre si la decisión había sido precipitada. ¿Tal vez, después de todo, debería enviarle a
Shelton la orden de detener la marcha y esperar nuevas órdenes?
Kit escapó dejando que el ordenanza suplente se las arreglase con el conflicto. Encontró a Bob y
a Harley sentados con aire melancólico delante de la puerta de su dormitorio.
Bob se levantó de un salto al ver a Kit.
—¡Gracias a Dios!
—Vaya ¿Qué ha pasado? —Los ojos de Kit se desviaron alarmados hacia la puerta cerrada—.
Annabel está bien ¿verdad?
—Hasta donde yo sé, sí —dijo Bob estirando su americana—. No nos deja entrar.
—Intenté llevarle a la señorita un buen desayuno —explicó Harley—, y ella me dijo que la
dejase en paz. —Dos rosetones aparecieron en las mejillas correosas y curtidas—. Amenazó con
desnudarse delante de mí, señor. No esperaría usted que yo...
—No, no; por supuesto que no —lo interrumpió apresuradamente Kit con un golpe de risa casi
asomándole en la voz. Volvió a la sala, se sirvió una gran copa de brandy y se la bebió de un trago.
Bob lo miraba un poco como podría uno mirar a un amigo íntimo que acaba de enloquecer.
—Querido amigo, ¿estás seguro de que sabes lo que haces?
Kit sacudió la cabeza y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Absolutamente, no. Lo único que sé es que no la dejaré marchar... No otra vez.
Bob se acarició la barbilla.
—¿Qué has pensado hacer con ella, Kit?
Éste lanzó una breve risotada.
—Es ridículo, ya lo sé, pero había pensado en pedirle a lady Sale protección para ella; una chica
huérfana y raptada, de buena familia, devuelta a la compañía de los suyos después de horribles
experiencias... Estaba seguro de que ese viejo dragón aceptaría tomarla a su cargo con el mayor
entusiasmo.
—Seguro que sí, si la protegida tuviese otro carácter —observó Bob—. Pero teniendo en cuenta
el estado en el que está la dama, ésa es una idea absurda.
—Ya lo sé. —Kit cogió fuerzas con otro trago de brandy y fue resueltamente hasta la puerta—.
Mejor voy y pongo las cosas en orden.
—Sí. Creo que deberías hacerlo —convino Bob—. Y será mejor que yo vuelva a mis
obligaciones. ¿Qué está haciendo Elphinstone con la revuelta?
—Dios santo —gimió Kit parándose frente a la puerta—; no sabe qué hacer. Sólo da órdenes,
contraórdenes y otra vez las mismas órdenes. Y Macnaghten no está mucho mejor; igual de
indeciso aunque a él se le nota menos. Si Ayesha tiene razón, y creo que empiezo a pensar que sí,
ninguno de nosotros va a salir con vida de Afganistán.
—¿Ayesha?

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—Creía que ya te lo había dicho: en el harén de Akbar Kan llaman Ayesha a Annabel —contestó
Kit—. Y por mi vida, Bob, que en este momento no sé si dirigirme a Ayesha o a Annabel.
—A Ayesha —dijo su amigo con seguridad—. Las damas llamadas Annabel Spencer no
amenazan con desnudarse delante de dos extraños. Aunque... —añadió—, no estoy seguro de que
las moradoras de los harenes lo hagan.
—Ésta no parece encajar en molde alguno. —Kit recordó cómo la había encontrado la primera
vez, y el recuerdo lo inspiró. Forzaría un enfrentamiento tras otro hasta que ella estuviese
preparada para hablar como él sabía que podía hacerlo, y acabaría haciéndolo cuando se
distanciase un poco y pudiera ver la realidad. Y una vez que ella hubiese empezado a hablar con él,
entonces él podría comenzar a trabajar.
—Estoy libre hasta la noche. ¿Me mantendrás informado de lo que vaya sucediendo, Bob?
—Por supuesto. Y en cuanto a lo que te importa, te deseo suerte.
Kit pensó que iba a necesitar algo más que suerte, y como precaución suplementaria cerró la
puerta del bungalow cuando salió su amigo y luego se dirigió al dormitorio. ¿Cómo se convence a
alguien de que no ha sido raptado sino rescatado?
Con el sonido de la apertura de la puerta, Ayesha dijo en voz muy alta:
—Si da un paso más me quitaré toda la ropa.
Kit entró y cerró la puerta.
—Una perspectiva que sólo puede anunciarme un placer inestimable, Annabel.
—Oh, eres tú. —Se levantó de la cama, donde había permanecido con la mirada fija en el
techo—. Creía que sería uno de tus compañeros. ¿Podemos dejar ya este disparate?
—No es un disparate. —Fue hacia ella sonriendo con las manos extendidas—. Te dije que no
podía dejarte...
—Pero ¿qué derecho tienes tú a entrometerte en mi vida? Te dije que no quería saber nada de
tus estupideces ferinyi. Yo no vivo según tus reglas ni llevo tus etiquetas. ¿Cuántas veces tendré
que decírtelo?
—Annabel...
—¡Ése no es mi nombre!
Kit respiró hondo y le cogió las manos.
—Ayesha, escúchame.
Ella se quedó muy quieta, con las manos muertas en las de él. Frunció la nariz y cerró los ojos
durante un instante. No había sentido el olor acre del aliento de un hombre desde que era una
niña. Eso la transportó a otro mundo... cuando su padre la levantaba para darle un abrazo de
bienvenida o se agachaba sobre ella en su cama de niña para darle un beso de buenas noches.
—Mi padre siempre decía que un hombre que bebe antes del mediodía no es de fiar —dijo
distante quitando sus manos de las de Kit.
Kit sintió cómo subía a su rostro el rubor de la incomodidad. Se apartó de ella.
—Me he tomado un brandy. Después de las últimas horas cualquier hombre tiene derecho a
ello, por Dios.
Ella se encogió de hombros.
—No lo sabía. Pero sé que tus enemigos afganos no se enfrentarán a ti confusos por el alcohol.

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—¿Qué eres tú? ¿Alguna clase de puritana? —preguntó él, sintiendo que el suelo se movía bajo
sus pies y que se veía obligado a discutir un asunto totalmente irrelevante.
—Olvidas de dónde vengo, Ralston, huzur —lo pinchó ella, dirigiendo la conversación a pesar de
que era una prisionera—. Respeto las leyes del islam y no las encuentro nada desagradables.
—No hables de esa manera.
—¡Hablaré como me dé la gana, Christopher Ralston! No obedezco tus órdenes ni tus
caprichos.
—Pero tú admites que obedeces las leyes y caprichos de los hombres —le espetó—. Por las
leyes del islam, ¿no?
De repente Ayesha fue arrastrada por la rabia que la había consumido durante la humillante y
dolorosa cabalgada a la que la había obligado Kit. Lo abofeteó, y volvió a hacerlo cuando se estaba
recuperando del primer golpe. Pero cuando levantó la mano para hacerlo por tercera vez él la
sujetó por la muñeca. Ahora él estaba tan metido en la pelea como ella, tan a merced de los
impulsos primitivos que suelen estar tan bien escondidos bajo la cubierta de las relaciones
educadas.
—¡No! No vuelvas a hacerlo, Ayesha. ¡Pégame otra vez y te juro que te pegaré de verdad! —La
exclamación cayó en el vacío. Los dedos de Kit apretaron aún más la muñeca. Durante un largo
instante permanecieron así, ambos jadeantes, trabados en un enfrentamiento de voluntades.
Luego él notó cómo el pulso de Ayesha se normalizaba y toda ella se relajaba a medida que
recuperaba el control.
—Eso no me sorprendería en absoluto, Christopher Ralston —dijo ella con una calma gélida
acorde con su completa inmovilidad—. No esperaría que te contuvieras como un caballero. La
brutalidad y el secuestro no son precisamente actos caballerosos.
—¿Brutalidad? —la palabra acabó con su breve sensación de control.
—¿De qué otra maneras describirías la manera en que me obligaste a salir de mi casa y me
trajiste hasta aquí? —Los ojos de jade estaban llenos de desprecio.
Eso no podía discutírselo.
—No me diste elección —dijo él—. No te haría daño por nada del mundo, Annabel, pero no
había otra manera de traerte. No habrías venido voluntariamente.
—Y supongo que de acuerdo con las leyes del islam, que tú pretendes despreciar, decidiste que
yo debía ir adonde tú quisieras. —Ahora su tono era de simple cansancio—. Acabemos con esta
estupidez, Christopher. Volveré a Kabul. No pueden haberme echado en falta más de dos o tres
horas. Diré que quería ver qué estaba sucediendo, que quedé atrapada entre la multitud y que no
pude volver a casa antes. —Mientras lo estaba diciendo sabía que esa explicación no la creerían en
casa de Akbar Kan. Él nunca se creería que ella lo había desobedecido voluntariamente. Sabía muy
bien hasta dónde llegaba su poder y que ella lo reconocía.
Kit negó con la cabeza.
—Nunca habrías salido de casa descubierta, Ayesha. ¿Cómo explicarías eso?
Ella se encogió de hombros e improvisó, aunque sabiendo que era inútil.
—Diré que perdí mi velo en el tumulto. —Pero Akbar Kan le sacaría la verdad. Era imposible
que ella lo engañase. Y cuando hubiese llegado a la verdad no descansaría hasta que Christopher
Ralston hubiese cumplido el castigo de acuerdo con la ley islámica—. ¿Por qué me haces esto? —

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dijo ella dejando caer los hombros súbitamente derrotada—. Te dije que no quería ser parte de
este desastre. No pertenezco a este lugar. Nunca podría pertenecer a tu mundo.
—Sí puedes —dijo él con pasión—. Te enseñaré a pertenecer a él.
—¡Pero qué arrogancia! —explotó ella apartándose—. ¡Ferinyi, no puedes enseñarme nada! Ya
has visto lo que sucede en Kabul. ¿Crees que es el final? ¡Sólo es el comienzo del fin! Pronto no
tendrás mundo.
Los rasgos de Kit se convirtieron en finas líneas de terca determinación.
—Eres inglesa, Annabel Spencer. Esa es la única realidad que me preocupa. Cuando hayas
aceptado eso podremos discutir el mejor camino que podemos seguir.
Fue a la puerta y llamó a Harley. El asistente apareció instantáneamente.
—Sí, señor. —Esperaba en actitud atenta, pero sus ojos cansados estaban fijos en la criatura
esbelta y con cabellera cobriza que lanzaba improperios junto a la ventana.
—Quiero darme un baño —dijo Kit—. Y quitarme esta pringue de la cara. Y tampoco me iría mal
desayunar algo. Tú debes de estar hambrienta también, Annabel —añadió con imparcial
amabilidad.
—No comeré tu sal, Ralston, huzur —le espetó ella.
Él se encogió de hombros.
—Haz lo que quieras. Llena la bañera para mí, por favor, Harley.
—Sí, señor. —Harley sacó de un armario una bañera de asiento y la colocó delante del fuego.
En la expresión del sirviente se veía la estupefacción y la desaprobación a duras penas contenidas.
Salió y reapareció al poco con dos jarras de agua caliente. Llenó la bañera. Miró a su oficial y luego
a la mujer, que al parecer no había movido ni un músculo en los últimos diez minutos. Carraspeó—
. ¿Debo acompañar a la señorita a la sala, señor?
—No, por Dios —dijo Kit sentándose en la cama para quitarse las botas—. No pienso perderla
de vista.
Ayesha soltó un resoplido. Parecía que el frente se había desplazado, aunque si él creía que ella
tenía algún interés en su aseo estaba muy equivocado. Pero el caso es que tardó más de la cuenta
en darle la espalda a lo que sucedía junto al fuego, y cuando lo hizo ya había recuperado el
recuerdo de aquel cuerpo musculoso y esbelto de anchas espaldas y caderas estrechas.
Mientras se introducía en la bañera, Kit advirtió claramente la mirada subrepticia de Ayesha, y
no se equivocó en su apreciación de la prisa con la que ella se dio la vuelta para mirar hacia la
pared. Eso le reportó un mínimo de satisfacción en aquella situación en general insatisfactoria. La
corriente de pasión aún circulaba entre ellos. Lo había sabido desde aquel momento en el bazar,
un momento en que nada existía excepto ellos mismos, cada uno proyectándose hacia el otro, con
la añoranza compartida manifiesta en sus ojos. A partir de ese momento él había sabido que sólo
tenía una línea de acción posible. Ella tendría que entrar en su mundo ya que él no podía entrar en
el de ella. La quería, como ella lo quería a él. Si pudiese instalarla en su mundo, entonces lo que
había entre ellos podría desarrollarse a su ritmo natural. Pero antes ella debía admitir
abiertamente su pasión. Y ella no lo haría mientras insistiese en pelearse con él. Volvió la cabeza y
miró por encima del borde de la bañera sus ojos entornados.
—¿Annabel?
Un temblor recorrió la figura inmóvil, pero no se volvió ni respondió.

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Kit suspiró y comenzó a quitarse el betún de la cara. La vuelta de Harley con el uniforme recién
cepillado del teniente rompió el silencio, y Kit, resuelto a ignorar a la tercera persona de aquella
habitación comenzó una de las habituales conversaciones con su asistente mientras se afeitaba y
se vestía. Harley tuvo menos éxito en su intento de actuar como si Annabel no estuviese allí, así
que la conversación fue un poco forzada, pero le informó de que en su ausencia había llegado un
mensajero desde Baila Hissar para decirles que el sah, por iniciativa propia, les había ordenado a
sus soldados, bajo el mando del coronel Campbell, que se enfrentaran a los rebeldes de la ciudad.
—¿Con qué resultado? —preguntó Kit.
—Es demasiado pronto para saberlo, señor. El asistente del capitán Markham acaba de darme
la noticia. El capitán pensó que a usted le gustaría saberlo. —Hundió una jarra en la bañera para
sacar el agua sucia y le dirigió una mirada de incomodidad a la mujer—. ¿Sirvo el desayuno en el
comedor, señor, o aquí mismo?
—En el comedor, por favor. Para dos —dijo Kit.
—No comeré tu sal —volvió a decir Ayesha aún de espaldas a la habitación.
—Estás portándote como una niña —dijo Kit haciéndole una seña a Harley para que saliera.
—¿Te atreves a acusarme de infantilismo? —Se volvió hacia él—. Estás portándote como una
especie de niñato malcriado ciegamente caprichoso, igual que todos los bastardos de tus colegas
de este lugar. Negándoos a reconocer la realidad, firmemente convencidos de que podéis pisotear
a cualquiera...
—Annabel, eso no es cierto —la interrumpió—. Ahora, por favor —dijo acercándose a ella con
las manos extendidas—, haya paz. Piensa en la oportunidad que tenemos. Sólo Bob y Harley saben
que estás aquí. No tendremos que presentarte a lady Sale hasta dentro de un buen rato. Hasta
entonces, podemos disfrutar de nosotros...
—¿Es que sólo puedes pensar en eso? —En los ojos de jade había una expresión de
incredulidad—En este momento, rodeado de caos y asesinatos, todo lo que hay en tu cabeza es
lujuria. Me raptas de mi casa y me traes a la tuya a la fuerza. ¡Supongo que la conclusión natural es
una violación!
—No seas absurda —dijo él suavemente, esta vez seguro de lo que decía. La cogió por la
barbilla y le levantó la cara para que viera su mirada de deseo—. Sí, te deseo... y ese deseo ha
alimentado mi obsesión de alejarte de Akbar Kan, pero puedo ofrecerte una vida mejor, Annabel,
que la que pueda ofrecerte él, si dejas de insultarme durante un momento y piensas en ello.
Cuando salgamos de este país dejado de la mano de Dios...
—Nunca saldrás vivo de Afganistán —lo interrumpió ella rotundamente, pero su voz había
perdido el ardor, y él notó un asomo de incertidumbre en las profundidades de aquellos ojos
claros.
—Tú también me deseas —dijo él con suave insistencia—. Dímelo, Annabel.
—El desayuno está servido, señor.
Kit lanzó un juramento inaudible. Le soltó la barbilla.
—Ven y desayuna.
Ella negó con la cabeza.
—Ya te he dicho...

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—Que no comerás mi sal —terminó él con tono de cansancio—. Muy bien, es asunto tuyo.
Cuando estés en disposición de hablar de esto racionalmente, dímelo; estaré esperando. —Se
volvió y salió del dormitorio cerrando la puerta tras él—. Harley, asegúrate de que todas las
puertas exteriores del bungalow están siempre bien cerradas y de que las llaves las tienes tú —le
dijo mientras iba hacia el comedor—. La señorita Spencer puede moverse libremente por la casa
cuando quiera.
—Sí, señor —respondió Harley inexpresivamente.
Annabel examinó la habitación a la que había decidido llamar «mi celda». Había una garrafa de
agua y un orinal con base de madera bajo la cama; las necesidades básicas. Sólo era una cuestión
de ver cuánto tiempo podía resistir.
Volvió a tirarse en la cama mirando el techo. Por supuesto, no podría resistir indefinidamente.
Escapar era algo tan inútil como aparentemente imposible y aunque era improbable que Akbar
Kan fuese a castigarla por su involuntaria desaparición, se vengaría de Christopher, y para ella era
inconcebible exponer a Kit a ese peligro. Por muy furiosa que pudiese estar con él, no podía
negarse a sí misma lo importante que era para su paz interior que él estuviese bien.
Desde que se había marchado, después del buzkashi, la había atormentado el miedo de que él
no estuviera bien, y las noches se le habían poblado de imágenes relacionadas con el destino
inevitable de Kit si no conseguía salir de aquel país al borde de la guerra. En muchos sentidos
pensaba que los invasores ferinyi se habían buscado su propia ruina. Entendía a los afganos;
conocía y entendía su necesidad de venganza, aunque la horrorizaba el inevitable salvajismo. Pero
protegería a Kit hasta donde le fuera posible. El porqué de eso, había decidido no investigarlo de
momento. La pregunta y su respuesta parecían conducir a un frustrante callejón sin salida, y era
ese callejón el que Kit parecía decidido a explorar. Pasión, deseo... sí, ella sentía todo eso, pero en
sus años de adolescencia le habían enseñado a dominar cualquier emoción que pudiese interferir
la claridad de juicio necesaria para desenvolverse en la complejidad del harén de Akbar Kan, y un
deseo totalmente avasallador de otro hombre era una clara interferencia.
Aunque reconocer ese deseo no contribuía en absoluto a reducir la sensación de ultraje que
sentía por la situación en la que se encontraba. Y Christopher Ralston iba a terminar reconociendo
que esa sensación era justa. Como ella no creía que los afganos les iban a permitir a los británicos
salir con vida de Afganistán, su propio futuro parecía un simple concepto teórico. Estaría con ellos
y, por lo tanto, sufriría su misma suerte, pero no se entregaría pasivamente a la nueva existencia
que había decretado para ella el teniente Christopher Ralston. A fin de cuentas, él no era un kan
afgano. Con ese pensamiento se quedó dormida.
Kit terminó su desayuno pero sin demasiado placer. Era simplemente cuestión de repostar.
Estaba hambriento, y la idea de que Annabel también pudiera estarlo no contribuyó a su disfrute.
Fue a coger la frasco del brandy, pero su mano se detuvo cuando recordó el tono ligeramente
recriminatorio de Annabel. Hacía mucho tiempo que no intentaba moderarse con esa bebida
reconstituyente y reconfortante. En lugar de servirse un brandy volvió a llenar su taza de té.
Con el hambre aplacada, paseó nervioso por el comedor; luego hizo lo mismo por la sala de
estar y por el pequeño pasillo que, junto con su dormitorio, la habitación de Harley y la cocina
formaba su bungalow de oficial soltero. Se quedó parado frente a la puerta del dormitorio. Había
dicho que la dejaría en paz hasta que ella diera señales de querer compañía y comida, pero se le
fue la mano hacia el manubrio de la puerta. Lo giró despacio y entró. No necesitó acercarse a la
cama para ver que su sueño no era simulado. La completa relajación de su cuerpo y su respiración

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rítmica y profunda eran pruebas suficientes. En silencio, y sin poder evitar sentirse desilusionado,
volvió a cerrar la puerta y asomó la cabeza en la cocina.
—Harley, voy a la comandancia a ver qué está pasando. Si la señorita Spencer quiere algo,
ocúpate de que lo tenga... y cierra la puerta cuando yo salga.
Harley, con el sufrido aspecto de un mártir que no se queja, lo acompañó a la puerta principal y
la cerró solemnemente cuando el teniente hubo salido. Se guardó la llave en el bolsillo de la
chaqueta y volvió a la cocina.
El bungalow de la comandancia estaba sumido en una caótica tristeza cuando Kit saludó al
centinela y entró en la oficina del ordenanza. El teniente Watson levantó la vista y dejó la pila de
despachos que tenía sobre la mesa.
—Oh, Ralston, creía que no tenía servicio hasta la noche.
—Así es; pero no podía esta sentado mirándome las manos. ¿Cómo van las cosas?
—Esto es un caos —dijo Watson sombríamente señalando los despachos—. El general ha
estado titubeando con Shelton desde que usted se fue, y ahora sir William le ha ordenado a
Shelton que vaya a Baila Hissar y que aplique su propio criterio, de acuerdo con el sah, para los
siguientes pasos.
Kit hizo una mueca.
—¿Y Campbell?
Watson se encogió de hombros.
—Lo último que oímos es que intentaba abrirse camino hasta la residencia por el centro de la
ciudad y que estaba encontrando una resistencia encarnizada en todas las calles.
—¿Está intentando mover una brigada de combate por aquellos callejones? —exclamó Kit—.
¿Por qué demonios no rodea la ciudad? Al menos tendría espacio abierto para maniobrar.
—A mí no me lo pregunte —dijo el teniente—. Mi trabajo no es hacerme preguntas. —Desde la
habitación contigua llegó una llamada quejumbrosa y Watson suspiró—. Nuestro comandante me
reclama.
Kit fue en busca de Bob Markham y lo encontró en la sala de mapas inclinado sobre la mesa.
—Eh, hola, Kit. Ven y mira esto. Me han dicho que haga venir al comandante Griffiths de
Kubbar-i-Yubbar. ¿Crees que podrá cruzar esta zona?
Kit examinó el mapa.
—Griffiths es bueno —dijo directamente.
—¿Lo suficientemente bueno para cruzar estos pasos? Los afganos los controlan. Tendrá que
luchar para dar cada paso.
—¿Y qué hay de Sale?
—Ha retrocedido hasta Jalalabad; dice que no puede llegar hasta Kabul. Elphinstone ha enviado
un mensajero a Nott, que está en Kandahar, pidiéndole que envíe una brigada a Kabul.
—No creo que pueda conseguirlo —dijo Kit muy serio—. Por Dios, Bob ¡en menudo agujero nos
hemos metido!
—Y hundiéndonos por momentos —le confirmó su amigo.
—¿Sabe alguien qué está pasando con Colin Mackenzie? Tiene a su cargo el otro almacén de
intendencia con los suministros de Sah Suya.

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Bob inspiró profundamente.


—Maldita sea... No creo que nadie se haya acordado de él. Está completamente desprotegido
en las afueras de la ciudad.
—Tengo entendido que en ese fuerte tienen un montón de mujeres y de niños.
Los dos hombres se miraron imaginando las hordas de guilzais y muyabidín atacando a
Mackenzie y a su pequeña guarnición con sus vulnerables habitantes.
—Voy a decírselo a Elphinstone y a Macnaghten; a ver si autorizan que enviemos una fuerza en
su ayuda. —Bob salió casi corriendo y Kit volvió a inclinarse sobre los mapas.
Kabul no era más que un pequeño punto aislado; Jalalabad estaba muy cerca pero muy lejos
porque había que ir por los traicioneros pasos controlados por los guilzais; Kandahar y Quetta
estaban a una distancia inalcanzable para cualquiera que no fuera una fuerza de combate en
perfectas condiciones. Las mujeres, los niños y los civiles que acompañaban al ejército, y todo el
equipaje arrastrado por el éxodo masivo de ese ejército, nunca podrían llegar hasta allí. No en
invierno, ni bajo el acoso permanente de los guerreros de las montañas con sus espingardas.
¿Les permitiría Akbar Kan marcharse sin molestarlos, suponiendo que se pudiera convencer a
Elphinstone y Macnaghten para que negociasen? Annabel pensaba que no. Y por lo que Kit había
podido ver del hijo de Dost, él tampoco lo creía.
—¡Dios todopoderoso, Kit! Esos burros inútiles no van a mover un dedo por Colin. —Bob
irrumpió en la habitación completamente rojo de indignación y con llamas saliendo de sus ojos
habitualmente azules—. El capitán Mackenzie debe defenderse solo —dijo imitando bastante bien
el tono engreído de sir William—. A fin de cuentas, no nos consta que lo estén atacando —
continuó en el tono temblón de Elphinstone.
Kit no pudo evitar una involuntaria sonrisa apreciativa a pesar de la desesperación del mensaje.
—Tendrías que haberte dedicado a la interpretación, Bob.
—Se me ocurren carreras peores —le contestó su amigo—. El ejército, por ejemplo. ¿Y qué
haces tú aquí? No estás de servicio. Había supuesto que estarías ocupándote de arreglar el otro
asunto.
—Está durmiendo —dijo Kit—. ¡Y es tan condenadamente terca! Haría buena pareja con
Macnaghten. —Se dejó caer en una silla junto a la ventana—. Francamente, prefiero estar aquí a
pasear por la casa comiéndome las uñas y preguntándome cómo la voy a abordar cuando se
despierte.
Bob sacudió la cabeza admirado.
—Has caído en una locura muy considerable, Kit. Pero, curiosamente, parece que cuadra con
las actuales circunstancias. Creo que ahora sólo son adecuadas las respuestas de un lunático.

Annabel despertó cuando llegó hasta ella un aroma apetitoso y tentador. Le resultaba familiar,
pero pertenecía a una vida anterior a Akbar Kan y no podía identificarlo. Comenzó a salivar y su
estómago se quejó ruidosamente. Era claramente ridículo forzarse a pasar hambre. Tendría que
encontrar otra forma de expresar su enfado con Christopher Ralston.
Saltó de la cama, se estiró el vestido y los pantalones, que mostraban las huellas de la
cabalgada desde Kabul, y se miró en el espejo del tocador. Llevaba el pelo un poco desordenado,

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pero consiguió un arreglo aceptable con el peine de Kit y salió de la habitación siguiendo una
estela que le indicaba el olfato, que la guio hasta la cocina.
—¿Qué es eso que está cocinando?
Harley, frente al fogón y envuelto en un enorme delantal, dio un respingo.
—¡Cielos, señorita; me ha asustado!
—Oh, perdone. Estoy acostumbrada a moverme en silencio. —Sonrió—. ¿Puedo entrar?
—Si quiere usted, señorita... —Harley miró con embarazo a su alrededor, a la pequeña cocina
que estaba acostumbrado a considerar como su territorio particular—. ¿Quiere que le prepare un
poco de beicon?
—Oh, era beicon... Claro —dijo ella sentándose en un taburete junto a la mesa—. No lo había
olido desde hace ocho o nueve años y no podía recordar qué era. Sí, por favor, me encantaría.
Estoy hambrienta.
—Entonces querrá también un huevo; y un picatoste, incluso —sugirió Harley. Su tono no era
precisamente cordial, pero ya no la miraba como si perteneciese a alguna especie extraña y
claramente peligrosa.
—Mmmmmm —Annabel asintió con ávido entusiasmo—. Y ahora sí quiero una taza de té. —
Sonrió a la impasible figura con la espátula en la mano—. Lamento haber sido tan descortés antes,
pero creo que estaba tan enfadada con el teniente que no pensaba con claridad. Fue muy amable
por su parte traerme un té.
Harley se sonrojó y carraspeó.
—No es asunto mío lo que haga el teniente, señorita. He comprobado que es mejor que me
guarde mis opiniones. Hay una taza de té en la tetera si quiere servírsela —dijo señalando la tetera
baja envuelta en un trapo para mantenerla caliente.
Annabel pensó que estaba claro que aquel inglés no era partidario del samovar. Y también que
no estaba de acuerdo con algunas actividades de su oficial, aunque se reservase su opinión.
Había tazas colgadas de ganchos en la pared. Sirvió la cargada infusión en dos de ellas y tomó
un gran trago revitalizante.
—¿Sabe dónde está ahora el teniente Ralston?
—Ha ido a la comandancia, señorita —le dijo Harley—. Creo que no estará de servicio hasta la
noche, pero están pasando muchas cosas. —Con un experto giro de muñeca le dio la vuelta al
huevo sobre la grasa del beicon y volvió a hacerlo antes de dejar que todo resbalase hasta un
plato—. Aquí tiene, señorita. Se lo llevaré al comedor.
Annabel estaba a punto de decir que le parecía bien comer en la cocina con el asistente, pero
se le ocurrió que tal vez esa idea no sería compartida, tal vez porque a él no le gustaba ella o
porque podría ir contra su sentido de la corrección social. Concluyó que probablemente sería un
poco de ambas cosas y lo siguió al comedor con su taza de té.
—¿Lleva usted muchos años con el teniente Ralston, Harley?
Harley dejó la bandeja y sacó cubiertos y una servilleta de un cajón del aparador.
—Cinco años, señorita. Yo era su asistente cuando se alistó en el Séptimo de Caballería Ligera.
—Sus labios se unieron en una fina línea de desaprobación—. Nunca pensamos que íbamos a
terminar aquí; ninguno de los dos. Pero supongo que, tal como se comportaba el teniente, tenía
que acabar sucediendo. Estamos muy lejos de Londres, aquí entre los salvajes. —Un repentino

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sonrojo apareció en su curtido y ya algo rosado rostro—. No quisiera ofenderla, señorita. Ya veo
que va usted vestida como una de ellas, pero es más que evidente que no es usted una de ellas.
Annabel lo pensó mientras se sentaba.
—No, hablando estrictamente soy tan inglesa como usted. Sólo que yo no me veo así. He vivido
entre los afganos desde que tenía doce años.
La mandíbula de Harley se desplomó y la miró con los ojos muy abiertos.
—¡Vaya! ¡Nunca lo hubiera pensado!
—Su reacción es bastante semejante a la del teniente —dijo ella con una leve sonrisa—. Parece
que eso ataca directamente el corazón de su patriotismo.
—Debo decir que no es sólo el corazón de su patriotismo —observó Harley enigmáticamente—;
es su querencia por las faldas... que siempre hace que se meta en líos. —Y con esa misteriosa
afirmación Harley dejó a Annabel con su desayuno en solitario.
«Así que el teniente siente querencia por las faldas.» Annabel cogió un bocado de beicon y
huevo. La verdad era que no la sorprendía. Pero ¿qué habría sucedido en Londres para que se
mereciese esta sentencia de destierro, como había dado a entender Harley?
Descartó por el momento las preguntas y centró su atención en las deliciosamente familiares
pero desacostumbradas sensaciones que le provocaba el contenido de su plato y en recrearse en
la idea de darse un baño frente al fuego cuando acabase de comer. Pero trazar planes para el día
en aquel entorno tan poco familiar inevitablemente suscitaba otras preguntas.
¿Qué estaría pasando en la casa de Akbar Kan en Kabul? ¿Qué habrían pensado de su
desaparición? ¿Cuánto empeño pondría él en la investigación? ¿O estaba tan inmerso en la
organización de la avalancha que iba a caer sobre los invasores ferinyi que no tendría tiempo de
preocuparse por la suerte de alguien que era, a fin de cuentas, sólo una mujer prescindible?
Sería todo mucho más fácil si esa última opción fuese la real. Más fácil... y más seguro.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0099

Akbar Kan se sentó tan inmóvil como una estatua. Sus ojos parecían mirar a través de la llorosa
Soraya, de rodillas ante él, y mucho más allá del círculo de soldados y sirvientes que rodeaba la
habitación.
—¿Estás segura de que sólo falta un manto del vestíbulo? —Por fin habló con voz serena, sin
asomo de preocupación. Pero ninguno de los presentes se confundió. Todos ellos eran culpables
en mayor o menor medida, y aquel hombre fornido y poderoso, vestido con una elegante
chaqueta verde y una camisa ribeteada de encaje, aplicaría una condena apropiada a cada uno de
ellos.
—Sí, kan —contestó Soraya—. Todas sus cosas están aún en su habitación. Debe de haberse
vestido, porque su camisón está sobre el diván. ¡Si yo no durmiese tan profundamente...! —
Empezó a sollozar pidiéndole al profeta que castigase su indolencia y su falta de cuidado con algo
tan importante.
—No es culpa tuya —dijo Akbar Kan interrumpiendo la tanda de jeremiadas—. No te levantaste
más tarde de lo acostumbrado. La culpa es de los guardias que abandonaron sus puestos y de los
sirvientes que no cerraron las puertas. Ayesha no se marchó voluntariamente. —La mirada azul
intenso barrió la habitación y bajo ella temblaron hasta los más valientes—. Alguien entró en esta
casa y se la llevó.
—Pero no había señales de lucha, señor. Y si Ayesha hubiese gritado seguro que alguien la
habría oído —observó el mayordomo.
—Eso es cierto. —El kan frunció el ceño—. Si Ayesha la hubiese llamado, sin duda habría
despertado a Soraya.
«Entonces ¿por qué no había pedido ayuda?» Se acarició la barba. Ayesha no se habría
marchado por puro capricho. Eso era un hecho indiscutible. No era una posibilidad digna de tener
en cuenta. Pero se había ido, al parecer, sin quejas manifiestas. Eso parecía implicar que no tenía
miedo del secuestrador... o que tenía miedo por él.
Asintió despacio. Si hubiese tenido miedo de alertar a los de la casa de la presencia del intruso
por miedo de lo que pudiese sucederle a él, eso explicaría muchas cosas. Pero todos los británicos
que había en Kabul fuera de Baila Hissar habían sido masacrados por la turba. Nadie se había
movido entre la ciudad y el fuerte desde muchas horas antes del ataque a la residencia. O eso
habían creído.
Su mirada se enfocó. Si Ayesha estaba en el cuartel con los británicos, la tenía tan segura como
si estuviera bajo su propio techo. Podría recuperarla con bastante facilidad cuando llegase el
momento de forzar a los ferinyi a abandonar su posición para retirarse. Ese momento estaba cada
vez más cerca, y esta afrenta personal haría que el ajuste de cuentas fuese aún más satisfactorio.
Pero ahora tenía que ocuparse de la negligencia y de la deserción de algunos de los miembros de
su servicio. Sus ojos recorrieron lentamente la habitación otra vez, duros como ágatas.

—Campbell se ha visto obligado a volver a Baila Hissar. —Watson salió del sanctasanctórum del
general con esta ominosa información—. Acaba de llegar un mensajero del sah. Shelton intentó
cubrir la retirada pero aún así abandonaron los cañones fuera del fuerte.

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Bob Markham lanzó un juramento.


—¡Se los dejaron a esos salvajes!
—Al parecer en la ciudad impera el caos —continuó Watson—. Todos están revolucionados y
todo es saqueo, violación y carnicería; en este momento sólo es entre ellos, pero sin duda eso los
mantiene enardecidos.
—Así que ahora todo Kabul está en manos de los afganos —murmuró Kit. Estaba arrellanado en
un sillón junto a la ventana con una pierna pasada sobre el brazo—. Y nadie puede hacer nada.
—¿Cree usted que puede hacerlo mejor que el comandante Shelton y el coronel Campbell,
teniente Ralston? —Sir William estaba en la puerta de la oficina del asistente sacando pecho.
Kit se puso en pie lentamente.
—Desde luego que no, sir William. El momento en el que podríamos haber tenido éxito con una
enérgica intervención militar ya ha pasado. A primera hora de esta mañana podríamos haber
conseguido algo, pero a estas alturas el control de los rebeldes sobre la ciudad es demasiado
firme.
—Me parece extraordinario, teniente, que sus brillantes análisis y prontos consejos no le hayan
servido para conseguir la brillante promoción que, estoy seguro, tanto merece —dijo el Enviado
con gélido sarcasmo—. El general Elphinstone no se encuentra nada bien y pasará el resto del día
en la cama. Aquí ya no hay nada que hacer, así que les sugiero que vuelvan todos a sus
alojamientos y se mantengan preparados para acudir si son requeridos. —Y se volvió y salió
pavoneándose.
—¿He oído bien? —dijo parpadeando Bob Markham—. ¿Acaban de darnos vacaciones?
—Eso me ha parecido entender —dijo Kit—. Los rebeldes afganos están divirtiéndose con un
poco de pillaje y algunas violaciones y asesinatos en Kabul, y nosotros nos encogemos de hombros
y nos vamos a la cama.
—Y mientras tanto Colin Mackenzie está atrapado ahí fuera. ¡Maldita sea, Kit, necesito una
copa! —Bob se echó el capote por los hombros—. Me voy a casa a ahogar mis penas. —Salió de la
habitación y Kit lo siguió a la fría tarde de noviembre.
Pensó que el cuartel parecía sufrir una conmoción. Los bungalows estaban cerrados a cal y
canto, no había muestras de la actividad habitual en las estrechas calles, ni nadie en los jardines;
no había niños con las niñeras; no había sirvientes moviéndose como de costumbre entre los
bungalows para llevar invitaciones y mensajes. El humo que salía por las chimeneas era el único
signo de ocupación, y pensó que eso tampoco duraría mucho. No si no eran capaces de
reabastecer de combustible los depósitos, algo que sólo se podía hacer desde fuera del cuartel, en
la llanura abierta, donde los guerreros afganos estaban agrupados esperando.
Llegó a la puerta de su casa y giró el manubrio. No se abrió, y recordó las instrucciones que le
había dado a Harley. Llamó fuerte. ¿Cómo encontraría a Annabel? ¿Aún furiosa y reacia? ¿O habría
llegado a aceptar la situación en el tiempo que él había pasado fuera? La ansiedad le corría por la
espalda y se reflejó en su voz cuando Harley abrió la puerta.
—¿Cómo está la señorita Spencer?
—Está dándose un baño, señor —le comunicó el asistente inexpresivamente—. Me pidió que se
lo preparase hace veinte minutos.
Kit entró al vestíbulo y se quitó el capote.

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—¿Ha comido algo?


Harley cogió el capote y lo colgó en el perchero.
—Un buen desayuno, señor. —Kit pensó que un desayuno y un baño eran buenos augurios—.
¿Hay noticias, señor?
Kit se tomó el tiempo necesario para poner a Harley al corriente de las noticias de Kabul y Baila
Hissar antes de ir a su dormitorio. Llamó a la puerta pero no esperó la respuesta antes de entrar.
Ella estaba en la bañera delante del fuego con su melena cobriza recogida sobre la cabeza, y
con esa luz, su piel parecía tan blanca como la leche.
—¿No voy a tener intimidad? —El tono de voz con el que habló no parecía estar acorde con la
habitación cálida y suavemente iluminada. Volvió la cabeza y la apoyó en el borde de la bañera.
Sus ojos, fríos y brillantes como cuarzo verde pulido, lo repasaron.
—Lo siento. Es que estaba ansioso por verte —dijo él con lo que esperaba que fuese una
encantadora franqueza—. ¿Quieres que salga?
Los suaves y blancos hombros se encogieron casi imperceptiblemente, como si su presencia
fuese un asunto completamente indiferente. Levantó una de sus torneadas piernas fuera del agua
y comenzó a enjabonarla con aire absorto.
Las manos de Kit se movieron como si estuvieran haciendo los movimientos de Annabel y se le
aceleró la respiración.
—¿Puedo hacer eso por ti?
—No —esa negación tan seca no parecía admitir ninguna negociación.
Él fue a sentarse sobre la cama, desde donde podía contemplarla.
—Pensaba que te interesarían las noticias de la ciudad. Ella cambió de pierna.
—¿El poder del imperio británico ha acallado ya la revuelta? ¿Ha vengado la muerte de sus
ciudadanos?
Kit hizo una mueca de disgusto.
—No. Al contrario.
Ella volvió a introducir las piernas en la bañera y se sentó abrazándose las rodillas. Ahora lo
miraba con interés.
—Algo habrán hecho.
Kit le explicó los sucesos del día y ella sacudió la cabeza con incredulidad.
—Ningún afgano podrá creer que no venguéis a vuestros muertos. Os despreciarán aún más.
Kit no encontró palabras para discutirle ese particular. Además, estaba perdiendo el interés por
la conversación. De hecho, la había comenzado sólo como una manera de romper la helada
indiferencia de la cautivadora bañista. Ella volvió a apoyarse en el respaldo de la bañera y él pudo
ver que los pechos se alzaban tentadores sobre el agua y que tenía los pezones rosados, suaves y
rotundos como él los había recordado tan vívidamente durante las últimas semanas. Se acercó a la
bañera y se arrodilló sobre una pierna.
—Annabel...
—No. Salvo que haya perdido completamente mi libertad.
Kit suspiró y se puso en pie.

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—Lo siento. Te dejo en paz. —Salía del dormitorio cuando llamaron a la puerta del bungalow—.
¿Quién demonios será? —Fue al vestíbulo después de cerrar la puerta tras de sí.
Harley ya estaba abriendo.

—Buenas tardes, capitán; teniente Graham... teniente Troughton... —Se apartó para dejar
entrar a Bob Markham, a Derek Graham y a William Troughton.
—Pensé que podríamos ahogar nuestras penas juntos —dijo Bob mostrando una botella de
burdeos. Era evidente que él ya estaba en camino de conseguir el feliz objetivo, y sus compañeros
no parecían precisamente abatidos.
Kit frunció el ceño. Seguramente Bob no se acordaba de la «invitada» de su amigo.
—Es un poco complicado... —comenzó, y luego cambió de idea. Annabel había dejado claro que
no quería su compañía, así que ¿por qué tenía él que sentarse en triste soledad a mirar el fuego de
la sala de estar?
—Venga. Harley, abre dos botellas del burdeos del treinta y cinco, por favor.
Acompañó a los tres hasta la sala.
—No me irá mal alegrarme un poco. —Echó más leña al fuego y fue a correr las cortinas para
ocultar el desapacible atardecer—. ¿Whist? —Revolvió en un cajón en busca de la baraja.
Desde la habitación contigua, Annabel oyó el murmullo de voces a través del delgado tabique.
Salió de la bañera, se secó y mientras tanto intentó distinguir del murmullo palabras y voces.
¿Cuántos visitantes había? Creyó distinguir la voz del hombre que había conocido por la mañana,
el que parecía saberlo todo de ella. ¿También serían partícipes los demás de los ofensivos cotilleos
de Kit? Era razonable suponer que sí. Estaba claro que él no había pensado en que el papel de
Ayesha en sus aventuras merecía una caballerosa reserva al contar la historia. Por alguna razón la
idea la hirió tanto como la enfureció, y le provocó deseos y planes de venganza.
Se volvió a poner los pantalones, el vestido y las zapatillas de punta levantada, abrochó los
bajos del pantalón a las puntas de las zapatillas y se hizo una trenza baja que dejó caída sobre su
espalda. Sólo le faltaba un velo.
En los cajones del tocador de Christopher había camisas, ropa interior, pañuelos y corbatas.
Cogió una de ellas, la sacudió para deshacer los pliegues cuidadosamente planchados y asintió con
satisfacción. Sería un velo perfecto si se la colocaba sobre la cabeza y le daba una vuelta sobre la
cara dejando a la vista sólo los ojos. En una pequeña caja de esmalte que había sobre el tocador
encontró un pasador con un diamante. Pensando que ya que Kit la había dejado sin sus
pertenencias sin consideración alguna, ahora estaba obligado a aceptar su falta, así que utilizó el
pasador para sujetar el velo a la altura de una oreja.
El espejo le devolvió la imagen de Ayesha.
Salió sigilosamente de la habitación, se detuvo junto a la puerta de la sala y escuchó las risas y
las voces, algunas de ellas un poco pastosas; luego giró el manubrio y abrió la puerta.
Los cuatro hombres levantaron la vista de la mesa de juego esperando ver a Harley y se
encontraron con una mujer afgana en la puerta. Ella se llevó las manos a la frente como saludo y

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luego cruzó silenciosamente la habitación y se sentó en el suelo frente al fuego. Juntó las manos
sobre su regazo y se quedó con la mirada baja, totalmente inmóvil.
Kit fue el primero en reaccionar.
—Annabel ¿a qué estás jugando? —preguntó incómodo. Ella levantó la vista hacia Kit.
—¿Se me permite hablar delante de tus invitados, Ralston, huzur? He pensado que tal vez
querrías que los entretuviese de alguna manera. Ya sabes, creo, que tengo algunas habilidades. —
Utilizó un tono tan mordaz e insolente que durante un momento él se quedó mudo, hasta que
cayó en la cuenta de lo que decía. Su silla cayó con un gran estruendo al suelo cuando se levantó.
—¿Te atreves a proponer...?
Bob se despejó instantáneamente cuando su amigo, blanco de ira, se inclinó sobre la mujer
sentada.
—Tranquilo, Kit. No pierdas la calma, compañero.
—¡Que no pierda la calma! —exclamó Kit—. ¿Te das cuenta de lo que está sugiriendo?
—¿Por qué te molesta? —preguntó Ayesha con más calma de la que sentía. Por alguna razón
no había esperado que Kit se pusiera tan furioso, más bien había supuesto que se quedaría mudo
de vergüenza y embarazo—. Estoy segura de que tus amigos están al tanto de la diversión que un
afgano ofrece a sus invitados... aunque sólo sea por haber escuchado el relato de tus experiencias.
Tú me poseíste a la manera de cualquier kan. Es costumbre que un anfitrión comparta sus
posesiones. Supuse que querrías hacerlo.
Hubo un instante de estupefacto silencio, y luego Bob Markham tosió embarazosamente y se
levantó.
—De verdad que lo siento, Kit, se me había olvidado todo esto... Este otro asunto. No
deberíamos haber venido; ya nos vamos.
Kit le hizo una seña con la mano para que se sentase sin apartar la vista de Ayesha. La oleada de
furia ciega había pasado y al retirarse dejó una helada calma. No sabía qué había detrás de aquella
extraordinaria representación, pero tenía la intuición de que no era una simple travesura.
—No; no es necesario que nadie se vaya. Dejad que haga las presentaciones de rigor. —Se
agachó, cogió las manos de Ayesha y la puso de pie—. Señorita Spencer, le presento a Bob
Markham, Derek Graham y William Troughton. —Quitó diestramente el pasador de diamante que
sujetaba el improvisado velo y apartó la corbata—. Ingenioso —comentó secamente—. Caballeros,
la señorita Annabel Spencer.
—¡Cielos, Kit! Entonces conseguiste sacarla de allí —observó William Troughton en un tono
muy semejante al que había usado Bob por la mañana.
—Qué brillante deducción —dijo ácidamente Annabel—. Seguramente debería sentirme
halagada de ser el objeto de tanto interés. ¿Han cruzado apuestas sobre el asunto?
Kit cerró los ojos durante un instante.
—Muy bien —dijo con serenidad—. Ya has dicho lo que querías; incluso podría decir que lo has
remachado. Ahora vamos a la otra habitación para aclarar esto.
—No sé qué es lo que hay que aclarar...
—Yo sí —la interrumpió—. Perdonadnos un momento. El vino está en la mesa. —Hizo un gesto
señalando la mesa auxiliar y empujó a Ayesha por la cintura hacia la puerta.

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Ella se movió sin resistirse, porque sospechaba que su resistencia podría terminar en una
indigna y aplastante derrota.
En el dormitorio, Kit cerró la puerta con una patada.
—¿Qué estás insinuando, Annabel?
—No insinúo nada —dio ella apartándose un paso de él—. Es perfectamente obvio que he sido
el objeto de vuestros cotilleos groseros. Debes de encontrar muy satisfactorio ser capaz de
enseñarles a tus amigos la mujer del harén de Akbar Kan que te proporcionó tanto placer durante
una...
—No es posible que pienses que yo hablo de ti en esos términos. —Dos manchas rojas le
crecieron en las mejillas—. ¡Cómo si fueras alguna puta de callejón! ¿Cómo te atreves a insultarme
así?
—¿Insultarte a ti? —exclamó ella—. Soy yo la insultada. Esos hombres de ahí lo saben todo
sobre mí. Niégalo si eres capaz.
—Pero ¿qué clase de hombre crees que soy? —La cogió por el brazo y le dejó marcados los
dedos en la piel a través del fino tejido del vestido—. Sí, les comenté que en el harén de Akbar Kan
había una inglesa que había sido raptada de niña. Sí, les dije que tú no podías seguir allí; que
ningún inglés que se preciase podría dejarte allí. Y todos estuvieron de acuerdo conmigo. Pero si
crees que habría dicho algo de la noche que pasamos juntos, o de lo que siento por ti, me haces la
mayor de las injusticias.
Annabel se quedó mirándolo con los brazos cruzados sobre los pechos. Luego le dirigió una
pequeña sonrisa y volvió la cabeza.
—Si es así te pido perdón, Christopher Ralston.
—¡Por supuesto que es así! —Por el momento, la petición de perdón no lo había apaciguado—.
¿No sabes nada de caballeros? ¿De honor?
Ella se encogió de hombros.
—Sé mucho sobre el honor de los afganos. Pero ¿cómo voy a saber algo del honor de los
caballeros ingleses?
—Tenías doce años cuando te raptaron —desestimó la objeción como la ridiculez que
realmente era—; no me vengas con tonterías. Conociste a tu padre.
Una sombra le cruzó la verde superficie de los ojos, y la vulnerabilidad que él ya había visto una
vez se dibujó claramente en su cara. Antes de que ella pudiese impedirlo la abrazó.
—No me ataques más, Annabel —le susurró con la cara hundida en la fragancia de su pelo,
acariciando suavemente su mejilla con un dedo y su espalda con la otra mano—. No vuelvas a
atacar a ninguno de nosotros.
Durante un segundo ella siguió sin resistirse a su abrazo y luego se apartó.
—No tenías derecho a traerme aquí. Era feliz como estaba.
Él suspiró.
—Si tú lo dices... Pero, ya que estás aquí, ¿al menos vendrás a la sala de estar?
—¿Como Annabel o como Ayesha? —preguntó ella.
—Eso es asunto tuyo —dijo él sujetándole la puerta.
—Parece que las cosas van mejorando. —Pasó a su lado y no vio que la frustración destellaba
en los ojos grises. Pero sintió una corriente que emanaba de su cuerpo, tenso en el umbral.

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Los tres hombres de la sala habían abandonado la mesa de juego en ausencia del anfitrión y de
la otra inusual invitada y estaban de pie alrededor del fuego con las copas en la mano. El brusco
silencio que se hizo cuando se abrió la puerta era un claro indicio de la intensidad y el contenido
de su conversación.
—Nosotros ya nos vamos, Kit —anunció Bob intentando sonar cordial—. Nos ha encantado
conocerla, señorita Spencer. —Le dedicó una pequeña inclinación y luego dejó su copa sobre la
mesa.
—Sí, desde luego —coincidieron los otros dos ofreciéndole sus reverencias—. Encantados,
señorita.
—Por favor, no se vayan por mi culpa —pidió Annabel sonriendo—. Terminen su partida. Me
gustaría verlos jugar. —Acercó una silla a la mesa de juego y se sentó expectante.
Kit hizo una seña hacia la mesa y las cartas abandonadas.
—Venga, vamos a terminar. No sería cortés negarle este deseo a la señorita.
—Puede que no sea tan emocionante como un partido de buzkashi —comentó Annabel—, pero
es completamente nuevo para mí.
—Esto también debe de serlo. —Kit sirvió una copa de burdeos y se la dio.
Ella probó un sorbo y arrugó la nariz.
—Qué gusto tan extraño. No creo que me interese ni un poco. —Le devolvió la copa.
—Se desarrolla el gusto por él —dijo Kit con una sonrisa irónica—. Si se le da la oportunidad.
Sus ojos lo miraron directamente.
—No veo que sea muy útil darle esa oportunidad; no en este momento. Sólo puede sumarse a
las desventajas de una posición desventajosa.
—¿Qué posición es ésa, señorita Spencer? —William Troughton alzó la vista de las cartas y
pestañeó confuso.
—La suya —contestó ella directamente.
—¿La mía? —El parpadeo se hizo más rápido.
—No te preocupes, William —dijo Bob Markham. Miró a Annabel con unos ojos en los que ya
no había ni rastro del alcohol—. Quiere usted decir la posición de los británicos en Afganistán. Ya
lo he captado, señorita Spencer.
Ella asintió.
—Las tribus de las montañas se agruparán alrededor de Kabul y de Akbar Kan ahora... ahora
que ustedes han sufrido una derrota tan señalada y no han hecho el menor intento de cambiar las
cosas. Si están sitiados en el cuartel, ¿cómo creen que van a conseguir quedar libres y
desembarazados?
—¿Libres y desembarazados?
—Explica las reglas del buzkashi, Kit —dijo ella—. Voy a ver si Harley me prepara un poco de té.
—Qué mujer tan extraordinaria —afirmó Bob cuando la puerta se cerró tras su salida—. ¿Cómo
se te puede haber ocurrido entregarla al cuidado de lady Sale, querido compañero? ¡Qué idea tan
descabellada!
—¿Lady Sale? —intervino Derek—. ¿La señorita Spencer, su protegida? ¿Es ésa la idea?

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—Ya no —dijo Kit—. Mirad, ¿me consideraríais un grosero si os pidiera que demos el encuentro
por terminado? —Hizo un rápido gesto que excluía a Bob y su amigo lo captó y asintió.
William y Derek eran demasiado educados para hacer otra cosa que no fuera marcharse de
inmediato. Kit observó su tambaleante marcha por el camino y luego cerró la puerta.
—Maldita sea, Bob, creo que Annabel tiene razón. ¿Cómo vamos a poder ver las cosas con
claridad ni tomar cualquier decisión sensata en este estado?
—¿Habría alguna diferencia? —preguntó Bob volviendo a la sala—. Borrachos o sobrios, me
parece que estamos condenados.
—Tal vez sea así, capitán Markham, pero tal vez no. —Annabel entró en la habitación seguida
por Harley, que llevaba una bandeja con su acostumbrado aire de resignación—. Se lo digo muy en
serio. Akbar Kan tendrá la cabeza muy clara. Si ustedes no van a estar en condiciones, ya pueden
degollarse a sí mismos.
—¿Querrá cenar, señor? —preguntó Harley—. He hecho sopa de calabaza y pasteles de patata.
En este momento no hay mucho más en el almacén.
—Eso está muy bien, gracias —dijo Kit—. Estamos escasos de suministros en todo el cuartel,
pero nuestro fuerte de intendencia está bien defendido, gracias a Dios.
—No como el del sah —dijo Bob pensando en el asediado Colin Mackenzie.
—Yo no confiaría demasiado en eso —dijo Annabel sirviéndose un té—. Los afganos sólo tienen
que ocupar los fuertes de Mahmud Kan y Mahomed Sharif para amenazar el almacén de
intendencia del cuartel. Los cañones pueden apuntar directamente al almacén de suministros.
—¿Tienes que tener siempre tan mala sombra? —preguntó Kit con un deje de cansancio.
—Escucho cosas —dijo ella—, y he estado en los lugares adecuados.
—¿Habla en serio, señorita Spencer? —Bob la miraba consternado.
—Preferiría que me llamara Annabel o Ayesha —dijo ella—. Sí, hablo completamente en serio.
¿No pensarán que Akbar Kan y los otros kanes van a retirarse? ¿Creen que les van a dejar acceder
a sus suministros sin problemas? —Sacudió la cabeza en un gesto de exasperación—. Parece que
no lo entienden. He intentado explicárselo a Kit, ¡pero son todos tan obtusos...!
—No somos obtusos —dijo Kit—. Sólo intentamos ver un rayo de esperanza.
—Serviré la cena en el comedor, señor —informó Harley, que había escuchado la conversación
sin el menor signo de emoción en su imperturbable semblante.
La cena transcurrió prácticamente en silencio. Annabel, que según le parecía a Kit tenía la
habilidad de concentrarse únicamente en el momento presente, se comió la sopa y los pasteles de
patata con el aspecto de alguien que tiene ganas de experimentar y de estar a gusto.
—Es una sensación bastante peculiar —explicó ella cuando por fin dejó el tenedor y el
cuchillo—. Conozco estos gustos y texturas, pero hace tanto tiempo que no me encontraba con
ellos que es como si me fueran completamente extraños.
—Si estás en lo cierto están a punto de volverse extraños otra vez —observó Kit, que no
compartía su habilidad para evitar los presentimientos.
—Y con ese comentario, creo que les desearé buenas noches. —Bob se levantó—. Es tarde y
creo que ya he abusado bastante de tu hospitalidad.
Kit no intentó retenerlo. Annabel le deseó buenas noches amigablemente y se fue a la sala,
donde se quedó mirando el fuego esperando a que Kit volviese de despedirse de su amigo.

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—¿Dónde voy a dormir? —preguntó ella directamente cuando él entró en la habitación—.


Parece que sólo hay un dormitorio.
La crudeza de su decepción dejó a Kit desconcertado. No había sido consciente de hasta qué
punto había dado por sentado que la negación del deseo de Annabel era una postura pasajera
promovida por un comprensible pero breve resentimiento.
Por temor a que ella pudiese ver su disgusto se agachó sobre el fuego para añadir un
innecesario tronco antes de responder con aparente despreocupación.
—Duerme en la cama. Yo dormiré en este sofá.
Ella negó con la cabeza.
—Tú mides al menos siete pulgadas más que yo. Estaré bastante cómoda en el sofá. Le pediré a
Harley algunas sábanas y mantas.
—Si insistes... —dijo él.
Ella le dirigió una sonrisa afable.
—Insisto.
Salió dejando la puerta entreabierta y Kit maldijo su obstinación en voz baja. Irritado, pensó
que necesitaría alguna clase de camisón y fue a su dormitorio a coger uno de los que él raramente
usaba.
Iba a tener que conseguirle más ropa. ¿Y cuánto tiempo más podría mantenerla oculta? Y
cuando su presencia fuera cosa conocida, ¿cómo podría mantener la reputación de inocencia
virginal que debía tener si quería tener alguna clase de vida propia en la sociedad a la que
pertenecía por derecho? ¿Y por qué demonios no había pensado en todos esos problemas
aparentemente irresolubles antes de actuar de manera tan precipitada y desmedida? No había
pensado en todas esas cosas simplemente porque estaba consumido por un deseo apasionado
más allá de cualquier descripción; un deseo que había tenido que satisfacer sin pensar en las
consecuencias. Y ahora tenía las consecuencias, pero no la satisfacción. Pensó con amargura que
era una pena adecuada.
—Toma, puedes necesitar esto. —Lanzó el camisón sobre una silla de la sala, donde Harley
estaba poniendo sábanas en el sofá.
—Gracias —dijo ella en tono neutro—. Eres muy amable. —Le dedicó otra vez esa sonrisa
afable y a él le picaron las palmas de las manos. Ninguna otra mujer había producido antes ese
efecto en él, ninguna había despertado esos impulsos sorprendentemente profundos y
tempestuosos. Pero eso quería decir que ninguna otra mujer le había importado realmente al
honorable Christopher Ralston, que había tomado el placer donde lo había encontrado; que se
había portado de manera impecable pero sin mucha emoción; que había pagado el precio
marcado, fuera cual fuera, y había seguido su camino sin que nada lo afectara. Incluso ese ridículo
asunto con Lucy había sido impulsado principalmente por su ira alcohólica contra sus supuestos
amigos.
—Buenas noches. —Giró sobre los talones, salió de la habitación y cerró la puerta de su
dormitorio casi con un portazo.
—Buenas noches, señorita. —Harley le dio un último estirón a la colcha del sofá y se retiró a su
habitación sin mirar a Annabel.
—Buenas noches —murmuró ella hacia la puerta cerrada. Se desnudó y se puso el voluminoso
camisón de Kit. Luego fue hasta la ventana y descorrió la cortina para mirar la noche. La ventana

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tenía reja, como las demás, y había que suponer que todas las puertas exteriores estaban bien
cerradas.
¿Qué estaría pasando en la ciudad? ¿Qué planes tenía ahora Akbar Kan? Un escalofrío le erizó
los cabellos de la nuca. Siempre había sabido lo vulnerables que eran los británicos, lo endeble que
era su control sobre este país, pero lo había sabido desde las imponentes alturas del halcón,
cerniéndose sobre su presa, observando con divertido desdén los ridículos movimientos de la
patética criaturilla, completamente ignorante de la amenaza que había sobre ella. Ahora ella
también estaba atrapada en las hierbas altas, y cuando el halcón se lanzara en picado sería otra
presa igual que las demás, completamente ignorantes del peligro. Había mujeres y niños apiñados
en aquel poblado suburbano; familias que llevaban sus vidas como si estuviesen instaladas en
algún encantador pueblecito inglés en lugar de aferradas a una tierra inhóspita y enfrentadas con
un bárbaro enemigo.
Volvió al sofá, apagó las velas del candelabro de la mesa y se acostó a la parpadeante luz del
fuego en su cama improvisada. Era estrecha y poco acogedora. Fría y solitaria. Y su cuerpo echaba
de menos el confort, la calidez y el placer inefable que le daba aquel otro cuerpo, que tan
libremente se le ofrecía y estaba tan deseoso como el suyo, y que yacía tumbado frío y solo al otro
lado de la pared.
¿Qué tenía de bueno esa inútil renuncia, cuando los fundamentos de sus existencia se estaban
hundiendo, o más bien ya se habían hundido? Se levantó del sofá.
Kit estaba mirando la oscuridad, con los músculos tensos por el deseo y amargas
recriminaciones contra sí mismo, dándole vueltas a los acontecimientos del día, cuando la puerta
se abrió. Una figura vestida de blanco entró sigilosamente en la habitación.
—Salaam, Ralston, huzur. —Annabel se desnudó y se quedó junto a la cama.
—Bienvenida, Ayesha —susurró él destapando la cama como invitación. No se molestó en
cuestionarse la visita; simplemente la aceptó como había aceptado a Ayesha aquella primera
noche: como un maravilloso y milagroso regalo de los dioses del amor y la pasión.
Ella se metió en la cama y él notó la frialdad de su piel.
—Deja que te caliente. —La envolvió con sus brazos y la estrechó contra su cuerpo—. Oh, si
supieras cómo me han atormentado por las noches los recuerdos de tu piel —susurró él—; el olor
y el tacto de tu cuerpo...
Ella se apretó contra él y sus piernas se enredaron hasta que comenzó a arquearse bajo las
manos que la acariciaban con lento y suave placer.
—Oh, Dios —susurró él en un grave gemido—. Quiero pasar toda la noche acariciándote,
sintiendo cómo tu piel baila bajo mis manos. Nunca lo había sentido de esta manera.
—Yo tampoco —le contestó ella en un aliento, acariciando con los labios el pulso de la base de
su garganta, abriéndole el cuerpo a las manos que se movían en largas caricias que excitaban
hasta la última de sus fibras nerviosas. Los músculos de sus muslos y de su vientre se contrajeron
involuntariamente y toda ella se arqueó bajo las caricias de las manos de Kit y las profundidades
de su cuerpo se derritieron en líquida excitación.
—Quiero hacerte el amor de formas que ni has imaginado —murmuró él pasando la lengua por
la hendidura que se formaba entre sus pechos—. Tienes un sabor maravilloso. —La punta de su
lengua se agitó sobre su garganta, siguió el borde de su mandíbula y se entretuvo en las comisuras
de su boca—. ¿Te gusta esto, mi Anna? Dime lo que quieres. Dime qué te da más placer.

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En la cálida oscuridad, se lo dijo; y él sonrió encantado mientras le hacía el amor de maneras


que hicieron que su cuerpo cantase de placer y la alegría le burbujease en los labios mientras
llegaba a la cima una y otra vez. Kit parecía capaz de continuar indefinidamente utilizando su
propio cuerpo para asegurar que el placer de Annabel no tuviese fin, hasta que, superada por el
éxtasis, ella cayó exhausta en un sueño profundo con él a su lado, despierto y más allá de
cualquier posibilidad de alcanzar su propia relajación, pero encantado de que fuera así.
Cuando ella se despertó una hora más tarde, con la primera luz del alba, él se incorporó sobre
un codo, la miró con una sonrisa y la besó suavemente.
—Buenos días.
Ella levantó una mano para apartar el mechón de cabello rubio que caía sobre la frente de Kit.
—¿No has dormido?
El negó con la cabeza.
—Creo que estaba demasiado nervioso.
—¿Por qué te reprimiste?
—No lo hice; me entregué al placer —contestó él con una risita. Luego la risa murió en los ojos
grises, remplazada por una apasionada mirada interrogante—. Tenía que unirte a mí —dijo—, y no
sabía hacerlo de otra manera.
Annabel se estremeció por la intensidad que había bajo esas palabras. Posesión... propiedad...
¿Era Kit diferente de Abar Kan en lo que quería de una mujer? Pero ella sabía que no era igual, y
cualquier tentativa intelectual de equipararlos sólo sería un inútil intento de protegerse de la
intensidad del sentimiento que la unía a Kit tan firmemente como lo unía a él con ella.
—Ven —dijo ella en voz baja sentándose en la cama y haciendo que se tumbase boca arriba—.
Yo también tengo algunas habilidades. Déjame calmarte.
Kit siguió boca arriba mientras las manos de Annabel se movían diestramente sobre él
eliminando la tensión de su cuello, espalda, brazos y piernas; hasta los dedos de sus pies
recibieron minuciosa atención. Pero cuando ella notó que avanzaba progresivamente la relajación,
aplicó sus hábiles dedos a otras partes de su anatomía y fue él quien se entregó al placer. Y luego
ambos cayeron en el sueño de la saciedad y la recuperación mientras el mundo despertaba.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1100

Disparos de fusil, gritos confusos y ruido de carreras los sacaron de su sueño.


Kit se sentó en el momento en el que se abría la puerta de su dormitorio y entraba Harley.
—Eh, señor, esos malditos salvajes están disparando contra el cuartel —dijo, y entonces sus
ojos se fijaron en la otra ocupante de la cama—. Perdóneme, señor —dijo muy tenso—. Pensé que
querría que lo despertase.
—Gracias, Harley —dijo Kit como si no hubiera advertido la incomodidad de su asistente—.
Pásame la ropa. —Saltó de la cama, se estiró desnudo en el frío aire matinal y comenzó a ponerse
los calzones y la chaqueta que Harley le dio.
Annabel se sentó y parpadeó.
—¿Ha dicho que están atacando el cuartel?
—Sí, señorita. —Harley evitó cuidadosamente mirar hacia la cama, donde ella estaba sentada
con la sábana subida hasta el cuello y la melena brillando como cobre pulido bajo la débil luz de la
mañana.
El sonido de golpes en la puerta principal hizo que Harley fuera hasta el vestíbulo. Kit se volvió
hacia la cama.
—Tengo que ver qué está pasando, pero volveré en cuanto pueda.
—Yo también voy —dijo ella apartando la ropa de la cama.
—No —intentó razonar Kit—. No pueden verte por el cuartel.
—¿Y por qué no? —Annabel recogió el camisón que había tirado y en ese momento llegó desde
el pasillo la voz de Bob Markham con tono de urgencia.
—Limítate a quedarte aquí hasta que vuelva —le dijo Kit imperativamente, y salió de la
habitación—. Bob, ¿qué demonios pasa? ¿Es un ataque organizado?
—Es difícil saberlo —contestó Bob—. Todo ha sido muy repentino. Ha cundido el pánico...
—Por supuesto que no es un ataque organizado —Annabel irrumpió en la conversación
mientras salía al pasillo abrochándose tranquilamente los botones del camisón. Se acomodó la
cascada de pelo sobre los hombros con un ademán rápido e impaciente—. No son tan tontos
como para montar un ataque abierto... o al menos Akbar Kan no lo es. No es algo suficientemente
artero para él... Oh, buenos días, capitán Markham. —Sonrió—. Ha sido muy descortés por mi
parte ignorarlo.
Estaba claro por la expresión de Bob que el significado de su atuendo y el hecho de que saliera
de la habitación de Kit no se le había escapado, pero se recuperó con una velocidad admirable.
—Buenos días, señorita Spencer.
—Annabel —lo corrigió ella de manera automática—. Me imagino que esto intenta ser más
bien una intimidación, como el ataque a la residencia.
—¿Llamas ejercicio de intimidación a aquella carnicería? —exclamó Kit.
Annabel se encogió de hombros.
—Me imagino que empezó siendo eso pero luego se les fue de las manos. —Se volvió hacia la
sala—. Me pregunto si mis ropas estarán aún aquí. Me vestiré de inmediato y...

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—Maldita sea, Annabel, tienes que quedarte en la casa —dijo Kit muy nervioso—. No puedes
moverte por el cuartel hasta que hayamos pensado cómo vamos a justificar tu presencia aquí.
Tienes que entender eso.
—No lo entiendo en absoluto —replicó ella—. ¿Qué le importa a nadie quién soy o adonde
voy?
—Kit tiene razón... eh... Annabel —intervino Bob en ayuda de su amigo—. Hay un reglamento,
¿sabe?, y...
—No es aplicable a una mujer afgana. —Descartó la objeción con un gesto altivo—. Y como ya
no estoy en un harén afgano tampoco tengo que regirme por las reglas de los harenes. ¿No sería
mejor que ustedes se dedicasen a sus asuntos? Estoy segura de que tienen que presentarse en
algún sitio. —La puerta de la sala de estar se cerró enérgicamente tras ella.
Kit dio un paso hacia la puerta y luego se dio cuenta de que no podía seguir allí atascado
intercambiando palabras con aquella mujer intransigente hasta la desesperación. Mascullando
«¡al infierno!» salió escopeteado de la casa con Bob tras él.
—Esta vez has encontrado un hueso duro de roer —observó Bob alcanzando a su compañero.
—No, no es eso —le contestó Kit bruscamente—. Lo único que necesito es tiempo para
explicárselo todo. No está acostumbrada a cómo son las cosas aquí. Llevaba una vida bastante
diferente.
—Debe de ser eso —concedió Bob muy serio—. Cuando le expliques que lady Sale no verá con
buenos ojos a una señorita que vive bajo tu techo de soltero, estoy seguro de que entenderá la
necesidad de comportarse con discreción.
—¡Oh, cállate ya! —respondió Kit al incómodo recordatorio de su responsabilidad en el asunto.
Entró en el bungalow de comandancia.
Mientras tanto Annabel se había vestido, se había puesto su velo improvisado de la noche
anterior y se había envuelto en el manto forrado de piel que Kit había cogido de la casa de Akbar
Kan. La tapaba casi tanto como un chadri y confiaba en no llamar la atención. Había sirvientes
afganos en el cuartel, y también otros civiles del país y varios regimientos de soldados afganos
leales a los británicos, por lo que no resultaría especialmente extraña.
Esta vez Harley no había recibido instrucciones de mantener cerrada la puerta principal, y como
estaba perfectamente claro que las circunstancias habían cambiado bastante desde que el
teniente había llevado a casa a su reacia cautiva, él no intentó evitar que saliera.
—Sólo voy a la puerta del cuartel —le dijo Annabel—. Quiero ver la lucha con mis propios ojos;
podría reconocer a alguien o algo; no sé qué, pero podría ser útil. Dígale al teniente que volveré
pronto si quiere saber dónde estoy.
—Muy bien, señorita. —Harley cerró la puerta cuando salió, pensando que las hazañas
amorosas del teniente habían tomado un nuevo rumbo con ésta, ya que no era en nada su estilo
habitual y, salvo que Harley estuviese muy equivocado, sí era probable que lo metiese en líos
hasta la cintura. Sacudiendo la cabeza por su ominosa profecía, fue a la cocina a preparar el
desayuno.
Annabel recorrió apresuradamente las calles siguiendo el sonido de las armas. Se dio cuenta de
que era la única civil a la vista, y un oficial al frente de un pelotón que iba a toda prisa hacia la
puerta le gritó en pashtu que abandonara las calles. Ella se limitó a esconderse agachada en un
jardín hasta que pasaron y luego siguió su camino.

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Las puertas estaban cerradas; detrás de ellas y en los parapetos que constituían la única
estructura defensiva del cuartel había muchos soldados que devolvían el fuego a los afganos que
había abajo. Volaban piedras además de balas y llegaban también insultos y amenazas. Los
soldados con cara de desesperación que había en los parapetos no advirtieron la presencia de
Annabel cuando serpenteó entre dos postes y asomó la cabeza por encima de la barrera.
Más abajo había una horda de muyahidín que gritaban y blandían cimitarras. Era una
muchedumbre desorganizada, como ya había supuesto, pero no por eso era menos alarmante.
Disparaban las espingardas con precisión devastadora, y los insultos y maldiciones que gritaban
eran tan amenazadores que los soldados que había alrededor de Annabel susurraban oraciones e
imprecaciones como supersticiosa defensa contra ellos. De todos modos a la joven le quedó claro
que en ese momento no iban a hacer un intento serio de asaltar el cuartel.
Siguió observando un poco más, pero nada sucedió que la hiciese cambiar de opinión sobre la
naturaleza de la refriega, así que retrocedió entre los postes y volvió al nivel del suelo
sacudiéndose restos de tierra y hierbas de su manto.
—¿Qué demonios está haciendo usted ahí? —le gritó un cabo que iba con un pelotón de
zapadores a reparar daños en los parapetos. Miró estupefacto a la mujer con velo que de repente
había aparecido allí en medio.
—Sólo quería ver qué está sucediendo —contestó en inglés sin pensarlo—. Creo que sería
sensato que le dijera a su comandante que cese el fuego; sin la satisfacción de tener un
contrincante, los muyahidín perderán el interés de inmediato, y...
—¿Perdone? —Una voz con acento de clase alta se dirigió a su espalda, y ella se volvió y se
encontró con un inmaculado coronel con bigote encerado y un rostro marrón rojizo que indicaba
que había servido mucho tiempo bajo el sol de la India.
—Oh, sólo estaba explicándole que los muyahidín ahora sólo están jugando —dijo muy seria—.
Juegos terroríficos, por supuesto, pero, en cualquier caso, si los ignoran seguramente se
marcharán. Siempre se puede saber por lo que gritan. Por lo que he podido oír, principalmente
son burlas y muy pronto se les acabará el vapor. No hay que preocuparse hasta que las amenazas
reales...
—Mujer, no sé quién o qué se cree que es. —Por fin el coronel se recuperó de su incredulidad e
interrumpió la tranquila explicación—. Pero le puedo asegurar que no necesito sus consejos.
Annabel levantó las manos en un gesto de frustración.
—¡Ferinyi!
Ante el claro desprecio contenido en esa única palabra el color del coronel viró al rojo y puso
sus manos sobre ella.
—¿Quién demonios se cree que es, tipeja afgana? ¡La voy a echar de este cuartel!
—¡Ayesha! —Pálido y con los ojos grises nublados por la ira y la ansiedad, Kit venía corriendo
hacia ellos por la franja de hierba—. En el nombre de Dios, ¿qué has estado haciendo?
—Teniente, ¿esta mujer tiene algo que ver con usted? —preguntó el coronel, cuyas manos aún
sujetaban los hombros de Annabel.
—En cierto modo sí, señor. —Kit saludó—. Lo siento si...
—Oh, por favor, Kit, sólo intentaba explicarle a este caballero que los muyahidín no van a
asaltar el cuartel, y que si carecen de la satisfacción de una respuesta a su fuego probablemente
abandonarán y se irán a casa. Pero debido a la típica arrogancia ferinyi no quiere escucharme.

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—¡Por Dios, cierra la boca! —le dijo Kit mientras el coronel parecía cada vez más próximo a la
apoplejía—. Me la llevaré de aquí, señor —propuso, con la esperanza de que eso permitiera
liberar a Annabel.
—¿Qué hace una tipeja afgana hablando como una inglesa? —El coronel seguía sujetándola y la
miraba fijamente, y ella de alguna manera volvió a asumir con retraso la docilidad propia de su
sexo y de su supuesta etnia y bajó los ojos.
Kit tuvo que tragarse el insultante epíteto porque negarlo expondría a Annabel a una etiqueta
que tendría consecuencias mucho peores.
—Lo aprendió por ahí, señor —dijo vagamente.
—Ah ¿sí? Bueno, pues parece que se le ha subido a la cabeza. Nunca he visto tanta insolencia
en una criada. ¡Maldita sea, hombre! ¡Lo que haga con ella en su casa es cosa suya, pero sería
mucho mejor que la mantuviese allí! —exclamó el coronel soltando por fin a Annabel—. ¡Si vuelvo
a verla otra vez por aquí la mandaremos por encima del parapeto a jugar con sus muyahidín
«juguetones»! Y todos sabemos lo que hacen con sus mujeres que se asocian con el enemigo. —Y
con estas palabras de despedida el coronel se marchó apresuradamente.
—Ven. —Kit, con los labios apretados, la cogió de la mano—. ¡Nunca me habían humillado así!
—dijo entre dientes arrastrándola a su lado—. ¿Es que te has vuelto loca y te ha dado por
proclamar tu desprecio afgano por los ferinyi en este lugar? Te recuerdo que no estás en la
fortaleza de Akbar Kan, sino en medio del cuartel británico.
—Pero sólo estaba intentando darle algunos consejos; simplemente no ha querido escucharme
—protestó Annabel dando una patada a una gran piedra que había en la calle y jurando en persa
mientras saltaba a la pata coja.
Kit le pasó una mano por la cintura y la sujetó mientras ella se frotaba el dedo gordo por
encima de la fina babucha.
—¿Cómo se te puede pasar por la cabeza que un coronel británico va a escuchar los consejos
de una civil afgana? —le preguntó exasperado.
—Pero yo soy tan inglesa como él... o eso insistes en repetirme. —Volvió a poner el pie sobre el
suelo con cuidado—. Y resulta que yo sé cosas que él ignora, como que pelearse ahora con esos
muyahidín no es más que un estúpido desperdicio de munición. No son un grupo organizado, sólo
una horda de fanáticos. —Comenzó a caminar otra vez—. Lo que no puedo entender es por qué
tus preciados mandos no movieron un dedo cuando comenzó la revuelta y la masacre de Kabul,
que era importante, y ahora desperdician tiempo y munición en un estúpido juego en la puerta.
Habían llegado al bungalow de Kit y él la empujó dentro.
—¿Qué quieres ser? —le preguntó con voz dura—. ¿Afgana o inglesa? Porque eso me ayudaría,
Annabel; mientras estés aquí tienes que ser una cosa o la otra, y quedarte así.
—No lo entiendo —dijo ella olfateando—. Harley está cocinando algo y tengo hambre.
—Entonces deja que te lo explique —dijo él—. Podrás desayunar después.
—Seré mucho más receptiva con el estómago lleno —afirmó ella yendo hacia el comedor.
—¡No, no lo serás! —Él la cogió por el brazo y la llevó hacia la sala—. Esto es importante,
Annabel.
—Me gustaría mucho que dejases de zarandearme. Se está convirtiendo en una especie de
costumbre. —Entró en la sala quitándose el velo.

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Kit suspiró y se masajeó las sienes, donde comenzaba a aparecer una desagradable opresión.
—No es mi intención. Es que siempre estás desafiándome. Desde la primera vez que te vi,
cuando pusiste aquel estilete en mi cuello.
Annabel sonrió con el recuerdo y dejó el velo y el manto sobre el sofá.
—No te desafío siempre —puntualizó.
—No. —Él sonrió levemente—. Eso te lo concedo. Pero no puedo mantenerte siempre en la
cama.
—Oh, no estoy tan segura —murmuró ella mirándolo con los ojos entornados—. Pensando en
tu última actuación creo que podrías hacerlo muy fácilmente.
Kit sintió que se deslizaba y se hundía en la promesa de sensualidad de aquella mirada verde
jade. Se agarró a la suave y fresca madera del respaldo de una silla hasta que la forma y el tacto
cotidianos del objeto lo devolvieron a la realidad.
—Escúchame.
—Te escucho. —Ella se sentó jugueteando con el pasador de diamante que había quitado de su
velo.
—Tienes que decidir si vas a ser Annabel o Ayesha —dijo él—. Annabel no puede vivir aquí
conmigo, y Ayesha no puede ir por el cuartel dando consejos y despreciando a los ferinyi en
impecable inglés.
—¿Por qué no puede Annabel vivir aquí contigo? —Dejó el pasador sobre la mesa y miró a Kit.
—Porque eso la excluiría de la sociedad —respondió él directamente—. No puedes ser tan
cándida, Annabel, como para ignorar eso. Te criaste en esta sociedad, me lo dijiste tú misma.
Debes de recordar las reglas. Como mi amante serías inaceptable. Toda la comunidad te haría el
vacío, y se asegurarían de que eso siguiese ocurriendo cuando volvieses a Inglaterra.
Ella sacudió la cabeza.
—¿Te crees que me importa un pimiento que me ignoren?
—Pero a mí sí me importa. —Mientras lo decía, Kit se dio cuenta por primera vez en su vida de
que era así. Nunca había dedicado un momento a preocuparse por cómo podía ver el mundo sus
travesuras; se reía de la idea de que él pudiese estar sujeto a las remilgadas reglas y los
insignificantes castigos de la sociedad, pero no podía burlarse de ellos cuando eso implicaba a
Annabel—. Si quieres ser Annabel te presentaré a lady Sale —siguió—; le contaremos tanto de tu
historia como consideremos conveniente y estoy seguro de que te acogerá bajo su protección. Es
la clase de misión que adora: rehabilitar... —se detuvo confuso. Annabel estaba desternillándose
en silencio y le corrían lágrimas por las mejillas.
—¡No puedes estar hablando en serio! —gritó—. Me sacas del harén de Akbar Kan para
entregarme al... a la rehabilitación bajo el madrinazgo de... Oh, no, Kit. Admite que era una broma.
Él se quedó mirándola.
—No estaba bromeando. ¿De qué otra manera vas a ocupar tu lugar en esta sociedad?
Ella se puso en pie de golpe mientras las lágrimas de risa se secaban rápidamente.
—¿Cómo puedes decir esas tonterías? ¡Aquí, en este campamento asediado, eres capaz de
decir memeces irrelevantes de semejante calibre! Aun suponiendo, por el bien de la discusión, que
todos consiguieseis salir de Afganistán y llegar a la India con vida, los rigores y peligros de ese viaje
por los pasos en pleno invierno van a acabar con cualquier vestigio de orden social. Será una

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cuestión de supervivencia pura y simple. Y quién o qué sea yo será completamente irrelevante
frente a esa supervivencia.
Kit no pudo discutirle esos argumentos.
—Eso podría ser así —dijo—, pero los recuerdos perduran, y si sobrevivimos y tú quieres
empezar una vida en Inglaterra o en la India deberás tomar algunas precauciones elementales. —
Un pequeño destello de diversión le cruzó los ojos—. Verdaderamente no esperaba que
accedieras a meterte en casa de lady Sale, pero quería que entendieses cómo son las cosas.
Quédate conmigo como Ayesha. —Le ofreció las manos—. A decir verdad, no puedo soportar la
idea de separarme de ti, pero sentí que para ser imparcial debía mostrarte todas las alternativas.
Ella apoyó dulcemente las manos sobre las de Kit.
—Entiende esto, Christopher Ralston, nunca seré capaz de adoptar las costumbres y actitudes
de los ferinyi. He pasado demasiado tiempo aprendiendo a despreciarlas y ya no reconozco
ninguna herencia ni vínculos. Así que si mi rehabilitación dentro de tu sociedad es importante en
tus prioridades, prepárate para una decepción. Pero como espíritu libre, no como la Ayesha de
Akbar Kan ni como la Annabel inglesa, me quedo contigo de momento.
—¿De momento? —Las manos de Kit apretaron dolorosamente las suyas.
Ella sonrió y sacudió la cabeza ligeramente.
—Hasta que suceda lo que tenga que suceder. Eso es todo lo que quiero decir. —De repente
ella se puso de puntillas y le miró a la cara con burlona seriedad—. Los afganos creen que un
hombre lleva el destino escrito en la frente, pero yo no puedo leer lo que hay escrito en la tuya.
Así que ¿quién puede decir qué va a suceder? Vivamos en y por el momento.
—Pero ¿me prometerás portarte con discreción en el cuartel? —insistió soltándole las manos.
—Con auténtica modestia y sumisión musulmanas, Ralston, huzur —dijo ella con un elegante
saludo—. ¿Puedo desayunar ya?
Kit se dio cuenta de que no estaba muy seguro de qué era lo que habían acordado. Fuera lo que
fuera, era vago y transitorio, pero a pesar de todo les daba una base de algún tipo. Ella se quedaría
con él por voluntad propia hasta que sucediese algo que la apartase de allí o decidiese irse. Él la
miró por encima de la mesa mientras desayunaban. Ella estaba concentrada en lo que tenía entre
manos con la firme serenidad que él admiraba y envidiaba. Era como si lo que había sucedido por
la mañana y su conversación nunca hubiesen tenido lugar.
Harley entró en el comedor.
—Discúlpeme, señor, pero hay un mensaje de la comandancia. Debe usted presentarse al
general Elphinstone de inmediato.
Kit tiró la servilleta sobre la mesa.
—¿Qué quiere ahora el viejo? Ya me ha dado las órdenes para hoy.
—¿Que son...? —preguntó Annabel con la boca llena de tostada.
—Supervisión e inventario de los suministros del cuartel —le explicó él—. No es una tarea
especialmente difícil ya que dudo que haya suministros para más de dos días de cualquier cosa.
Reabastecer los almacenes ya es otro tema, con esa horda vociferante ahí fuera. —Rodeó la mesa,
se inclinó para besarla y le quitó una miga de tostada de los labios antes de hacerlo—. ¿Por qué no
vuelves a la cama e intentas dormir un poco? Ha sido una noche muy corta.

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—No necesito dormir mucho. —Ella le tocó ligeramente los labios con la punta del dedo—.
Pero necesito mucho ejercicio. —Le dio al comentario un malévolo matiz de indirecta y él rio.
—Déjame ir a ver qué quieren los jefes y después tal vez pueda satisfacer tus necesidades.
—¿Qué tal un caballo? —dijo ella de repente cuando él iba hacia la puerta—. En serio. No
puedo pasar todo el día sentada en esta casa.
Kit frunció el ceño.
—¿Dónde montarás? ¿Por las calles?
—Eso no me suena demasiado atractivo.
—Supongo que puedo intentar conseguirte un hueco en la escuela de equitación. Podrías hacer
la pista de entrenamiento si te apetece. El oficial indio que está a cargo de la escuela es un tipo
flexible, aunque es un entrenador muy duro. Insistirá en supervisarte si yo no puedo.
—¿Y cómo vas a explicar mi presencia?
—No tengo ni la menor idea. Eres totalmente inexplicable. Dame un poco de tiempo para ver si
se me ocurre algo.
Fue hasta la comandancia sintiéndose ridículamente alegre. Sobre el cuartel había caído un
pesado manto de pesimismo aunque el ruido de disparos había cesado con excepción de alguno
aislado, pero Kit no podía encontrar en su corazón ni la menor sombra de temor o tristeza. En las
calles había pocos civiles, pero se veían hombres uniformados por todas partes, moviéndose con
un aire de emergencia que Kit sospechaba que estaba más en sus mentes que en los hechos. Había
tantas órdenes contradictorias en todas direcciones que nadie sabía de verdad qué estaba
sucediendo ni qué se suponía que estaban haciendo.
En seguida descubrió lo que se suponía que estaba haciendo él cuando se presentó al general
Elphinstone.
—Ah, Ralston, tengo un trabajo para usted —le dijo el general, por una vez con aire decidido—.
Uno que nos parece adecuado para sus habilidades particulares. Sir William se lo explicará.
Kit se volvió hacia el Enviado, que estaba como de costumbre de pie delante del fuego con las
colas de su levita muy separadas y sacando pecho.
—¿Sir William?
—Hemos recibido un mensaje de Akbar Kan —declaró sir William—. Un mensajero y una
escolta se han presentado ante la puerta hace una hora. —El Enviado se permitió sonreír
levemente—. Es evidente que ese hombre está entrando en razón. Manifiesta un gran pesar por la
revuelta de Kabul y la pérdida de nuestros hombres y propiedades, y quiere discutir la mejor
manera de compensarnos.
Kit se mantuvo impasible.
—Desde luego, señor.
—Sí, teniente. Explica que su autoridad sobre los demás kanes no es muy fiable y no puede
garantizar su comportamiento, pero quiere discutir un plan de acción conjunto que permita unir
su autoridad como hijo del depuesto Dost y la nuestra para meter en cintura a los kanes rebeldes.
La imagen de Akbar Kan se presentó nítidamente en el recuerdo de Kit: aquellos penetrantes
ojos azules, que parecían ver mucho más allá de lo físico, la boca mordaz, la naturaleza apasionada
y caprichosa, el cuerpo fornido y poderoso, la incuestionable autoridad de alguien acostumbrado a
la obediencia inmediata, a controlar con poder absoluto las vidas de todos los que estaban a su

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alrededor, y empeñado en conseguir el ardiente objetivo de su vida: liberar su país del invasor y
vengarse por la invasión.
Ese era el hombre que Macnaghten y Elphinstone creían que estaba interesado en reconciliarse
y ofrecer una reparación.
Kit guardó silencio.
—Como usted ya conoce a Akbar Kan y ha tenido alguna conversación con él, el general y yo
hemos decidido que será un negociador adecuado. —Sir William se estiró la corbata—. Akbar Kan
solicita un encuentro en Kabul y que nuestro representante vaya con la escolta que él ha enviado
con su mensajero. Puede llevar tres hombres con usted. Escójalos libremente.
—¿Y cuál es el mensaje que debo llevarle a Akbar Kan? —preguntó Kit.
—De momento, teniente, se limitará a escuchar sus propuestas y a expresarle nuestro sincero
deseo de que terminen las hostilidades —dijo Macnaghten—. Luego volverá a presentarse aquí.
—Muy bien. —Kit saludó sin mostrar un ápice de su escepticismo—. Saldré dentro de una hora.
—Fue a buscar al sargento Abdul Alí convencido de que la compañía de alguien que había estado
junto a él de manera tan fiable durante la visita a la guarida de Akbar Kan sería tan reconfortante
como sensata.
El sargento escuchó, asintió con aire estoico y aceptó escoger dos cipayos de la expedición
anterior.
—¿Cree que es una trampa, señor?
Kit se encogió de hombros.
—Si le interesa saberlo, no creo que estemos en peligro inminente. Pero puede estar seguro de
que hay algo turbio bajo la tranquila superficie de la invitación. Akbar Kan no tiene interés alguno
en negociar.
Esa sensación fue ratificada totalmente por Annabel cuando Kit volvió al bungalow para lavarse,
algo que aún no había tenido tiempo de hacer, y ponerse el uniforme completo. Pero ella tenía
otra preocupación, una que a Kit no se le había ocurrido.
—¿Has pensado en lo que sucederá si sospecha que estoy contigo? —preguntó paseando
nerviosa por la habitación mientras Kit se afeitaba. Harley estaba preparando la inmaculada
chaqueta azul de trenza dorada y brillantes botones también dorados; los calzones azul marino; la
faja, las charreteras y el fajín dorados, y las botas, tan limpias que el cuero parecía tener
profundidad.
—¿Por qué va a hacerlo? —El suave movimiento de la navaja se detuvo, pero la vista de Kit
seguía fija en el espejo.
—No es tonto, Christopher Ralston.
—Ya me he dado cuenta de eso. —La navaja siguió con su trabajo—. Pero aún no entiendo por
qué tendría que sospechar. Él no sabía que yo estaba en Kabul, nadie nos vio salir, nadie oyó nada.
En el caos que había esa noche en la ciudad podría haber sucedido cualquier cosa.
—Él verá bajo la superficie —dijo ella—. Y te encontrará bajo esa superficie. —Sabía que Akbar
Kan había sospechado algo en las semanas que siguieron a la noche que pasó con el inglés, aunque
nada dijera abiertamente. Pero Ayesha sintonizaba tan bien las reacciones del kan que no había
necesitado palabras para oír que había advertido un cambio en ella.
Kit hundió la cara en la toalla húmeda y caliente que le dio su silencioso y atento asistente.

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—No puede estar seguro de nada, Annabel. Además, en este momento tiene otras prioridades.
¿Crees que perderá el tiempo en intentar sacarme una confesión? —Lo preguntó como una
broma, pero la respuesta de Annabel fue seria.
—No lo sé —dijo sinceramente—. Yo diría que no, pero se mueve por pasiones y caprichos. Lo
sabes tan bien como yo. Si al verte se dispara una reacción especial puede degollarte allí mismo.
—Cielos, señorita, ¿habla usted en serio? —Harley no pudo evitar intervenir. Había estado
escuchando una conversación que de alguna manera le había dado las respuestas a las preguntas
que no se veía con derecho a hacer.
—Sí, Harley —contestó ella muy seria—. Kit, ¿no puedes pedirle al general que envíe a otro
hombre?
—¿Con qué excusa? —Las cejas rubias de Kit desaparecieron tras su flequillo—. ¿Quién es el
insensato ahora? —Se puso una camisa limpia—. ¿Estás sugiriendo que le diga a Elphinstone y a
Macnaghten que como he raptado a la favorita de Akbar Kan de su harén creo que sería
imprudente enfrentarme a él en su terreno?
—No estaría mal —dijo ella—. Quizá si yo te acompañara...
—¿Si hicieses qué? —Se quedó quieto a medio ponerse los calzones, con una pierna en el aire.
—Si yo les explicase la situación al general Elphinstone y al Enviado y les contase lo que sé y
entiendo de Akbar Kan, entonces quizá...
—¡Señorita! —exclamó Harley antes de que Kit pudiese tomar aliento—. ¡El teniente nunca
podría pedir que lo relevaran de una misión peligrosa por razón alguna! Y mucho menos personal.
—Oh. —Annabel se sentó en la cama—. En ese caso no hay más que decir.
Y nadie dijo nada hasta que Kit terminó de abrocharse el cinturón de la espada y cogió su
chacó. Hizo una seña hacia la puerta y Harley salió.
—Annabel, cariño. ¿No tienes ninguna fe en mí? —Kit se acercó a la cama en la que ella estaba
sentada tan inmóvil como siempre.
Annabel levantó la cara y él pudo ver en ella una expresión de ojos muy seria.
—No es una cuestión de fe. Ésta no es una situación... no te estás enfrentando a un enemigo
con el que puedas aplicar tus reglas. Dices que tu honor te impide pedir que te releven de esta
misión. Lo acepto. Pero no debes ir a ver a Akbar Kan esperando que juegue con tus reglas.
Tendrás que jugar con las suyas.
—¿Te acuerdas del buzkashi? —Le tocó la boca—. Yo jugué con sus reglas pero impuse las mías.
¿Me derrotó?
Ella sacudió la cabeza.
—No, no te derrotó. Ve deprisa y vuelve entero.
Annabel fue a la puerta para verlo marchar y luego volvió al interior del pequeño bungalow. Le
pareció que se encogía a su alrededor con su supuesta acogedora seguridad suburbana, y sabía
que necesitaba estar al lado de Kit cuando se enfrentase al mundo de complejas intrigas que ella
entendía tan bien. Pero tenía que dejarlo ir solo mientras ella se quedaba allí con Harley y sus
tazas de té.
En el harén no había habido defensas contra las fluctuaciones y las conmociones de su mundo.
Había aprendido a negociar caminos, a reconocer peligros, a rodearlos, a intrigar, a reaccionar con
rapidez y discreción. ¿Cómo podía Kit esperar que se quedase allí, en aquel lugar artificial y estéril,

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mientras él, mucho peor equipado que ella, se enfrentaba con el hijo de Dost Muhammad, el
nombre que ella se había dedicado a conocer mucho mejor que cualquiera?
Pero por el momento no tenía elección. Pronto el tiempo de actuar se los tragaría a todos.
Estaría preparada para seguir entonces el camino que marcase el destino.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1111

Seis guerreros afganos de las montañas esperaban sobre caballos badajshaníes frente a la
puerta del cuartel. Bajo los gorros colgaban largos tirabuzones y tenían el mismo gesto inexpresivo
que el pequeño grupo de cipayos y el teniente inglés que cabalgaban a su encuentro.
—Salaamat bashi —saludó Kit formalmente.
—Mandeb nabashi —contestó uno de de los jinetes, e inmediatamente volvió su caballo hacia
la ciudad.
—Tristes pordioseros —comentó Abdul Alí con su ya clásica moderación cuando se colocaron
detrás de su escolta.
El recorrido de dos millas transcurrió en completo silencio. Los fanáticos muyahidín que antes
habían estado atacando el cuartel se habían dispersado casi por completo, aunque aún quedaban
unos pocos tirando piedras hacia el parapeto con escaso entusiasmo y gritando un insulto de vez
en cuando. Miraron al grupo y les gritaron algo a los guerreros. Kit entendió el nombre de Akbar
Kan en la respuesta. Aparentemente satisfechos, los muyahidín volvieron a su acoso.
Las calles de Kabul habían sido arrasadas por la revuelta y todavía era posible apreciar las
huellas de una noche de saqueo, lucha y asesinato en los ennegrecidos edificios, los montones de
escombros y los cuerpos que aún no habían sido retirados. Deambulaban muy pocas personas por
las calles y las que había parecían a la vez temerosas y desafiantes cuando miraban al ferinyi y a los
cipayos, pero no intentaron molestarlos con palabras ni gestos.
La casa de Akbar Kan seguía igual que durante los días de vigilancia de Kit, cuando estaba
intentando ver a Ayesha. Tuvo cuidado de no dar indicios de familiaridad cuando desmontaron y
fueron conducidos al interior.
—Ah, Ralston, huzur, no se me habría ocurrido pensar que iba a tener otra vez el placer de su
compañía. —Akbar Kan apareció en lo alto de la escalera. Los amplios pantalones que vestía
desaparecían dentro de unas botas de montar, los botones de la chaqueta verde oscuro relucían y,
como antes, mostraba la cabeza descubierta—. Es una gran suerte para mí que sea usted el
encargado de hablar conmigo de este doloroso asunto. Un honor inestimable, como siempre. —
Bajó lentamente la escalera con una sonrisa en los labios pero sin un asomo de simpatía en los
ojos, que sostuvieron la mirada de Kit durante un tiempo enervantemente largo, como si buscase
algo. Luego asintió, como si hubiese encontrado lo que buscaba.
—Por favor... —Hizo un gesto de invitación hacia la puerta del lado izquierdo del vestíbulo—.
Vamos a tomarnos unos sorbetes; sus hombres pueden esperar aquí.
—¿Eso es prudente, señor? —murmuró Abdul Alí.
—Es usted mi invitado, Ralston, huzur —dijo con suavidad Akbar Kan—. No insultará mi
hospitalidad desconfiando de mí ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo Kit con la misma suavidad—. Quédese aquí, sargento.
—Muy bien, señor. —Abdul Alí decidió permanecer alerta con una mano sobre la empuñadura
de la pistola emanando desconfianza por todo su ser mientras el teniente y Akbar Kan
desaparecían por la puerta.
No había más ocupantes en la habitación y el propio Akbar Kan sirvió una copa de sorbete y se
la ofreció a Kit antes de llenar otra para él.

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—Bienvenido, Ralston, huzur—dijo con amabilidad antes de beber.


Kit hizo una inclinación de cabeza y también bebió.
—Tengo entendido que tiene usted algunas propuestas, Akbar Kan.
El kan parecía apenado.
—Qué asunto tan terrible. Me gustaría expresar personalmente el dolor de mi corazón por las
muertes de Burnes, huzur, y los demás. Confío en que transmita el mensaje a sus superiores. Pero
ahora debemos ver cómo podemos asegurarnos de que no vuelva a suceder algo así. —Sacudió la
cabeza con tristeza—. Tiene usted que entender que mi pueblo no está contento, tienen
tendencia a ser un poco... impetuosos, podríamos decir.
—Yo habría utilizado un término más fuerte —observó Kit con calma—. ¿Puede garantizar que
no se repetirá?
—Lamentablemente, no. —Akbar Kan volvió a sacudir la cabeza—. No puedo. Mi autoridad y mi
influencia sobre los otros jefes militares son mínimas, teniente. Cada uno tiene sus cuentas
pendientes con los ferinyi, y lo que hagan al respecto serán decisiones individuales. Algunos
pueden acceder a respetar un acuerdo, pero otros... —Se encogió de hombros.
—Entonces ¿qué nos propone? —preguntó Kit ocultando su escepticismo acerca de la
impotencia del kan.
—Creo que podría ser de gran ayuda para Macnaghten, huzur, fomentar la individualidad de los
jefes —dijo Akbar Kan—. Cuanto más divididos estén, menos unidos estarán en sus quejas contra
los ferinyi. —Se acarició la barba con un gesto que habría puesto inmediatamente en guardia a
Annabel—. Estoy seguro de que el Enviado tiene algunos contactos entre los kanes. Haría bien
en... sembrar algunas semillas de disensión.
—¿Y cómo se puede conseguir llegar a esa disensión? —preguntó directamente Kit.
Akbar Kan sonrió y se encogió de hombros.
—Como decida el Enviado. Tal vez con recompensas razonables; quizá con un poco de
intimidación en algún caso. Puede estar seguro de que propondré de manera convincente un cese
de las hostilidades y la aceptación de Sah Suya. Es el momento para conseguir un acuerdo de este
tipo.
Kit inclinó la cabeza ocultando su convencimiento de que le acababa de dar el peor consejo
posible. Sobornar a los jefes no serviría, aunque a Macnaghten probablemente le atraería la idea.
Y ¿por qué simulaba Akbar Kan este cambio de intenciones? Había jurado que no habría
concesiones mientras los británicos permaneciesen en tierra afgana, y Kit no creyó ni por un
instante que eso hubiese cambiado. Pero se reservó esas reflexiones.
—Si eso es todo... —dijo cortésmente volviéndose hacia la puerta.
—Ralston, huzur... —Akbar Kan habló en voz muy baja.
—¿Sí? —Kit se volvió y sintió el hielo que le entraba hasta la médula de sus huesos ante la
inconfundible y mortal amenaza que le lanzaron los ojos azules del kan.
—¿Recuerda el juego del buzkashi?
—Vívidamente.
—A veces, cuando un hombre ha sido agraviado por otro, jugamos de una manera un poco
diferente. No usamos el cuerpo de un animal. —Hizo una pausa. La apretada línea de su boca se

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estrechó y Kit vio por primera vez la ferocidad de aquel hombre al descubierto—. El ofensor se
convierte en el trofeo —continuó Akbar Kan sin pestañear.
Kit se esforzó por sostener la mirada manteniendo la expresión impasible. No podía simular no
entenderlo y sospechaba que sería de poca utilidad si pudiera. Akbar Kan sabía lo que él sabía.
—Por supuesto —dijo el Kan pensativo—, si el ofensor hace una restitución completa y pronta,
uno puede ser generoso... puede entender un impulso. De todos modos... —Miró a Kit
directamente a los ojos—, somos celosos de nuestras posesiones, Ralston, huzur, y uno de
nuestros defectos es que no perdonamos. El castigo por semejante abandono es inmutable. Estoy
seguro de que me entiende.
—Habla usted en clave, Akbar Kan —dijo Kit, sorprendido de que su voz sonase serena frente a
una amenaza tan clara.
Akbar Kan sonrió y volvió a encogerse de hombros.
—Podrá divertirse descifrando el enigma, Ralston, huzur. Seguramente será provechoso para
usted... y para alguien más... que lo haga.
De pronto dio una palmada que sonó muy fuerte en la silenciosa habitación. Inmediatamente
apareció uno de los hombres de las montañas con su largo abrigo y su gorro.
—Escolten a los ferinyi hasta su cuartel —ordenó Akbar Kan; y sin una palabra de despedida
abandonó la habitación.
Volvieron en silencio. Kit no estaba dispuesto a comentar su conversación con Akbar Kan. Sólo
podía pensar en la última parte, en la que había amenazado al teniente, aunque la amenaza
dirigida contra Annabel había sido más directa. Si Ayesha no volvía el kan daría por hecho que
había escogido no hacerlo. Y si se había decidido por esa opción sería acusada y condenada por
infidelidad. Kit no sabía qué pena le aplicarían, pero si a él lo habían amenazado con servir de
trofeo en el buzkashi no hacía falta mucha imaginación para imaginar horrores reservados a los
culpables de deslealtad y traición.
Sus escoltas los dejaron en la puerta del cuartel, tan poco comunicativos como cuando los
habían recibido. Kit despidió al sargento y a sus hombres en la comandancia y fue a informar sobre
lo ocurrido.
Como Kit había temido, el consejo de Akbar Kan cayó en tierra fértil. El Enviado se frotó las
manos.
—Sí, creo que tiene bastante razón. Si pudiésemos sembrar la discordia entre las facciones se
debilitaría la oposición al sah. Si los jefes luchan entre sí no podrán luchar contra nosotros.
—Pero ¿cómo vamos a hacer eso, sir William? —preguntó con voz temblorosa Elphinstone
desde el fondo de su sillón.
—Utilizaremos a Mohun Lal. A él lo escuchan muchos kanes y siempre nos ha sido leal. Sabrá a
quién sobornar y a quién amenazar. —Sir William asentía feliz—. Desde luego, quizá podamos
llegar más lejos. Si consiguiésemos eliminar a algunos de los jefes más hostiles, entonces la
oposición se desorganizaría considerablemente.
—¿Cómo vamos a conseguir eso? —preguntó el general pestañeando.
—Pues ¿cómo va a ser? Asesinándolos, por supuesto —le contestó Macnaghten—. Pondremos
precio a su cabeza y ya verá cómo vienen corriendo los cazadores de recompensas.
Kit no pudo controlar una exclamación de disgusto y el Enviado lo miró molesto.

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—¿Ha dicho algo, teniente?


Kit suspiró.
—¿De verdad piensa que la traición es la solución, sir William?
—Ganaremos a esos pérfidos salvajes en su propio juego —declaró el Enviado—. Además ha
sido uno de los suyos quien lo ha sugerido.
—¿Y piensa confiar en los consejos de Akbar Kan? ¿Por qué va a intentar ayudarnos?
El enfado de Macnaghten creció de manera manifiesta.
—Ese hombre sabe perfectamente que no puede esperar vencernos a largo plazo. Cuando el
comandante Griffiths baje desde Kubbar-i-Yubbar, la brigada del general Nott llegue de Kandahar y
el general Sale de Jalalabad, terminaremos con esta revuelta de una vez por todas. Akbar Kan,
bastante realista, no quiere que se lo asocie con las facciones más salvajes de su pueblo. Cuando
esto acabe querrá quedar en el bando correcto.
—Podría ser —murmuró Kit—. Si me perdonan, general, sir William, tengo que supervisar el
inventario.
—Sí, sí, teniente —Elphinstone le hizo una seña para que se marchase y Kit salió del despacho
sintiéndose contaminado. ¿Desde cuando el ejército británico se rebajaba a usar esas tácticas
repugnantes? Pero claro, Macnaghten no era militar. Era un político civil que había prosperado a
base de intrigas; un hombre para quien el asesinato y el soborno no eran nada deshonrosos. Y el
militar que debería haber detenido de inmediato ese plan estaba demasiado débil para hacer algo.
—¿Cómo ha ido, Kit? —Bob Markham lo llamó cuando iba hacia el almacén. Escuchó el relato
que le hizo Kit de su conversación con Akbar Kan y de la que tuvo después con el general y el
Enviado. Su expresión de disgusto fue equiparable a la de Kit—. Dios santo —murmuró—, ¿han
perdido la razón? La fuerza militar es la única manera de conseguir la superioridad, ¡y está
hablando de asesinatos! Mohun Lal es también un bastardo traidor. Es justo la clase de encargo
que le va bien. —Dio un golpe tan violento con su bastón de caña en el seto que hizo saltar por los
aires un montón de trozos de hoja—. En fin... ¿cómo está la dama?
—Nerviosa —dijo Kit—. Debería ir a casa y asegurarme de que no está haciendo algo indebido.
Prometió comportarse con discreción, pero no sé si de verdad entiende lo que eso significa aquí.
—Se rascó la cabeza frunciendo el ceño hasta juntar las cejas.
Bob sonrió ligeramente.
—Estas volviéndote inusualmente serio estos últimos días, querido compañero.
Kit parecía triste.
—Es una gran responsabilidad, Bob. ¿Cómo puedo estar seguro de que no sufre con esto? Si
lady Sale y las otras viejas gallinas vislumbran quién es y de dónde ha salido, nunca la aceptarán en
ninguna parte. Ella dice que no quiere que la acepten, pero eso no puede ser cierto. En realidad no
es consciente de lo que está diciendo porque no puede ni imaginar cómo es esta vida.
—¿En el supuesto de que salgamos de aquí?
—Sí, suponiendo eso. —El ceño de Kit se agravó. Levantó la vista hacia el círculo de picos grises
y helados que se confundían con el cielo plomizo. Y pensó en Akbar Kan—. Debería haberla dejado
donde estaba, Bob.

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—Las cosas están sucediendo muy deprisa —dijo su amigo cuando llegaban al almacén—, y no
recuerdo haberte oído arrepentirte de algo antes. ¿Qué ha sido del Kit Ralston «adelante y que
revienten» que todos conocíamos y queríamos?
—Creo que me he aburrido de él —dijo Kit con gesto serio—. Mira, ¿me harías un favor, Bob?
Ocúpate de mis cosas. Tengo que ir a hablar con Annabel.
—Es un placer —dijo Bob amablemente—. Y la próxima vez que saque la paja corta para una
patrulla te la pasaré.
—De acuerdo. Gracias. —Kit se marchó rápidamente con la súbita certeza de lo que debía
hacer.
Annabel estaba mirando por la ventana delantera, como había estado haciendo durante la
última hora, y en cuanto lo vio doblar la esquina salió corriendo de la casa.
—¿Dónde te has metido? He estado muy nerviosa y preocupada —se quejó mientras le echaba
los brazos al cuello en medio de la calle—. ¿Acabas de llegar de Kabul?
—No —dijo él—, hace como hora y media que he llegado. Annabel, por Dios, ¡vuelve a entrar
en casa! No llevas el velo ni el manto. ¡No puedes comportarte así en medio del cuartel!
—¡Oh, tonterías! —exclamó ella separándose de él para ponerse en jarras y lanzar llamaradas
verdes que contrastaban con su piel blanca y la cabellera cobriza que le caía sobre la espalda—.
¿Cómo te has atrevido a no decirme que habías vuelto sano y salvo?
—Tenía que informar de inmediato a mis superiores —contestó él mirando nervioso hacia los
dos lados de la calle, afortunadamente desierta—. Por favor, vuelve a entrar. Podría haber alguien
mirando desde una ventana.
—¡Olvídalos! Podrías haberme enviado un mensaje. ¿O suponías que no iba a preocuparme de
una u otra forma?
—Voy a entrar en casa, contigo o sin ti —anunció Kit tras decidir que el único camino que le
quedaba en ese momento era desaparecer de la calle. Entró en el bungalow con Annabel tras él,
aún recriminándole furiosa que no hubiese pensado en ella.
—¡Eh, deja ya de abroncarme, lince de ojos verdes! —le dijo él cuando estuvieron los dos
dentro—. No estoy acostumbrado a que haya gente que me espera y se preocupa por mí, así que
no se me ocurrió avisarte de que había vuelto. Lo siento, no volveré a hacerlo. ¿Satisfecha?
—Oh —dijo ella quedándose de repente con las velas desinfladas—; supongo que debo estarlo.
Cuéntame qué ha pasado.
—Primero necesito una copa —dijo él yendo hacia la sala—. ¿O volverás a convertirte en una
puritana?
Ella no contestó, pero se quedó mirando cómo se servía una copa de brandy, se la bebía de un
trago y hacía ademán de ir a coger la botella otra vez. Entonces le apartó la mano.
—No. Con una basta.
Él se volvió hacia ella.
—Annabel, tienes que volver con Akbar Kan.
La mandíbula se le desplomó cómicamente.
—¿Qué tengo que hacer qué?
El lanzó su chacó sobre el sofá.

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—Debes volver al Kabul. Él sabe que estás aquí.


—Te dije que lo sabría. —Hablaba muy tranquila y se había quedado muy quieta—. ¿Qué te
dijo?
Kit se estremeció.
—Dime, ¿de verdad usan a sus enemigos como trofeo en el buzkashi?
Annabel asintió.
—No es infrecuente.
—¿Vivos? —No sabía por qué le fascinaban tanto los detalles sangrientos, pero no puedo evitar
la pregunta.
—Al principio sí —dijo ella escuetamente—. Pero no durante mucho tiempo. ¿Te ha amenazado
con eso?
—De manera indirecta —contestó Kit—. Pero no es por eso por lo que debes volver.
—No te culpo por estar asustado —dijo ella amablemente—. Ese hombre asusta.
—Tú corres más peligro que yo —dijo Kit. Se agachó para remover el apático fuego, que se
reavivó—. Ha dejado muy claro que si vuelves con él será... generoso, creo que dijo. Pero que si no
lo haces serás castigada por ello.
Annabel se rascó la nariz con aire ausente.
—No esperaba menos. Pero ¿ha dicho que no habría represalias contra ti si vuelvo por mi
propia voluntad?
—Mmmm... Dice que puede perdonar un impulso.
—Eso es más generoso de lo que esperaba. —Siguió rascándose la nariz hasta que Kit le apartó
la mano.
—Vas a hacerte un agujero.
—Siempre me pica la nariz cuando pienso —se excusó ella con una leve sonrisa—. Yo creía que
si te dejaba al principio y volvía con Akbar Kan él no se vengaría de mí pero sí de ti, y por eso di por
hecho inicialmente que no podía dejarte. Pero ahora las cosas han cambiado entre nosotros. Si él
dice que no piensa vengarse de ti volveré, pero sólo por eso, si tú quieres.
Kit frunció el ceño intentando entender la frase.
—Debes volver por tu bien —dijo Kit por fin—. Para empezar, yo nunca debería haberte traído
aquí; ahora comprendo que eso fue una absoluta locura. —Se dio un puñetazo en la palma de la
mano—. He estado completamente obsesionado contigo, Annabel-Ayesha, y nunca he conseguido
controlar mis impulsos. Siempre he cogido lo que me ha apetecido y siempre pensé que no hacía
daño, pero te he puesto en un gran peligro y quiero remediar eso.
Ella sacudió la cabeza.
—Estoy aquí en este momento porque aquí escogí estar, Christopher Ralston. Te lo he dicho
esta mañana. Yo decidiré si debo dejarte y cuándo si es mi piel la que está en juego. Si hablamos
de la tuya, entonces te toca decidir a ti.
—¿Insinúas que tengo tanto miedo de Akbar Kan que te devolvería para salvar mi propio
pellejo? —Su tono era de incredulidad.
Ella captó la ira que había bajo la incredulidad y abrió las manos en un gesto apaciguador.
—No insinúo nada. Sólo examino la situación.

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—Ah, no. No estás sólo examinando la situación. Ya te dije que va siendo hora de que te des
cuenta de que tu gente también tiene agallas. —Tenía los ojos grises clavados en los de Annabel
en fiero desafío y finalmente ella se vio obligada a bajar la mirada.
—Decide —dijo ella con tranquilidad.
—Sabes que ya he decidido. —Sirvió brandy en dos copas—. Y beberemos por ello, Annabel
Spencer. —Le ofreció una copa.
Dudosa, la cogió.
—¿Un gesto de aceptación? ¿Un acto de renuncia? —Curvó los labios en una sonrisa que no era
de humor—. ¿Bebiendo esto, Ralston, huzur, abandono las leyes del islam y acepto las de tu
gente?
—Tu gente —dijo él, y levantó la copa—. Por nosotros, Annabel-Ayesha.
—Por nosotros —contestó ella, cerró los ojos, frunció la nariz y bebió—. ¡Uf!
Kit rio. Se dejó caer en el sofá y rio hasta que creyó que se le iba a romper el pecho.
—Cariño, nunca volveré a pedirte que bebas —le prometió tendiéndole los brazos.
Ella se dejó caer sobre sus rodillas.
—Bien. Hay algunos sacrificios que preferiría no hacer. ¿Quieres acabarte esto?
—No. —Le cogió la copa y la dejó en su lado de la mesa. Introdujo la mano bajo el vestido y le
acarició la suave piel—. ¿Nunca llevas ropa interior?
—¿Corsés, combinaciones y bragas? —Ella rio directamente sobre la boca de él y lo envolvió en
su cálido aliento mientras le rozaba los labios—. No, Ralston, huzur; no es costumbre en
Afganistán.
La punta de la lengua de Kit rozó la de ella y se entretuvo entre sus labios en un excitante baile
cargado de promesas eróticas. Luego ella se echó hacia atrás sujetándose suavemente las caderas
con las manos, ajustadas a las curvas del cuerpo que había bajo los pantalones de seda.
—Creo que hay algunas cosas del estilo afgano de las que sólo puedo hablar bien.
—¿Tienes que volver a trabajar o podemos irnos a la cama?
—Podemos irnos a la cama. —La bajó de su regazo y se levantó—. Bob está haciéndome el
trabajo.
—Oh, tengo que acordarme de agradecérselo la próxima vez que lo vea —dijo ella con un tono
travieso—. De alguna manera podré devolverle el favor.
—Deja que yo se lo devuelva —le contestó Kit.
—Pero estoy segura de que le podría ofrecer...
—¡Yo también estoy seguro de que podrías! —interrumpió Kit su festiva propuesta—. Pero no
encuentro divertido el juego de Ayesha, señorita Spencer.
—Pero mira que eres remilgado —replicó ella—. Daba por hecho que tenías un sentido del
humor aceptable.
—Lo tengo, pero no en lo que afecta a mis mujeres.
—Oh. Así que soy una de tus mujeres.
—Eso parece.
—¿Y cuántas has tenido?

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—No lo recuerdo. ¿Te importaría pasar al dormitorio?


—¿Por qué pierdes el sentido del humor cuando están implicadas tus mujeres?
—Porque por una broma desagradable relacionada con ello acabé en este agujero olvidado de
Dios —dijo escuetamente, cerrando la puerta del dormitorio tras de sí.
Annabel saltó sobre la cama.
—Cuéntame.
—Ahora no.
—Sí; ahora.
—Es una historia aburrida, Annabel, y hay cosas mucho más interesantes que hacer. —
Sujetándole la cara entre las manos, le besó los párpados, la punta de la nariz, la barbilla, y
finalmente la boca.
—Ahora cuéntamelo —le pidió ella en cuanto pudo.
—No creo que sea así como se supone que deben comportarse con sus señores las mujeres
afganas —susurró Kit sin soltar su cara—. ¿No se supone que tienes que ser totalmente
complaciente?
—Me convertiré en Ayesha cuando hayas satisfecho la curiosidad de Annabel. —Los ojos le
chispeaban desafiantes y prometedores.
Kit frunció los labios preguntándose cuál debería aceptar primero. Ambas eran irresistibles.
—Lleguemos a un acuerdo. Quítate la ropa —sugirió— y así podré jugar contigo mientras te lo
cuento.
—Entonces no serás capaz de concentrarte —objetó ella mientras crecía el brillo de sus ojos—,
ni en el juego ni en el relato.
—Tú eres partidaria de los juegos peligrosos ¿no? —dijo él tumbándola en la cama de un
empujón. Deslizó sus manos bajo el vestido hasta el lazo que ataba el pantalón.
Riendo, ella intentó apartarle las manos y serpentear hacia el otro lado de la cama, pero él pasó
una pierna sobre los muslos de la chica y la sujetó con su peso mientras le desanudaba los
pantalones.
—Levante el culo, señorita Spencer.
—¡Abusón! —lo acusó ella levantando las caderas para que pudiese bajarle el pantalón. Él
volvió a colocar una pierna sobre ella y la miró a los ojos con los brazos apoyados sobre sus
hombros.
—Eres la más excitante de las mujeres —susurró—. Toda tú estás llena de sinuosas promesas y
desafíos. —Se apoyó sobre un codo y acarició en toda su longitud las esbeltas piernas con la mano
libre, le hizo cosquillas detrás de la rodilla y ella se retorció y él rio, y con la pierna que la sujetaba
le separó los muslos.
Los ojos de Annabel abandonaron el desafío. Cuando los dedos de Kit le rozaron la satinada piel
del interior de los muslos el deseo puro apareció en los pozos de jade, esta vez en consonancia con
el ansia que asomaba a los ojos grises. El cuerpo de Annabel se arqueó sobre el colchón cuando él
le levantó el bajo del vestido y le descubrió el vientre, y un pequeño escalofrío le recorrió la piel. Él
se dobló para besarle el vientre mientras seguía subiéndole el vestido y con su aliento le recorría
cálidamente la piel. Ella se entregó a la invasora boca y a la acariciante mano con un temblor

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anticipado mientras la maravillosa tensión le crecía en el interior y la savia del amor fluía y la
humedecía con la expectación.
Volvió a levantarla hacia él, le quitó el vestido por la cabeza y la dejó otra vez sobre la cama,
donde por un segundo notó el frescor de la colcha guateada en la piel, antes de que se calentara
con su cuerpo. Él abarcó uno de sus pechos con una mano y acarició el pezón con un dedo antes
de besarlo. Sus largos y sensibles dedos la abrieron y desplegaron los aterciopelados pétalos de su
centro, para llevarla cada vez más cerca de ese lugar en el que la mente pierde todo el control.
La llevó hasta el borde de ese lugar y allí la mantuvo en atormentado éxtasis mientras con los
ojos parecía devorarle los de ella, que lo miraba perdida en el milagro de su cuerpo, en parte
pidiendo una tregua y en parte deseando que el instante se hiciese eterno. Entonces el cálido
abrazo de su boca remplazó la mano y el paisaje encantado la engulló y la lanzó a un torbellino
sensual en el que giró en el enloquecido vórtice de placer hasta que fue arrojada, exhausta, a la
orilla, donde quedó tumbada y temblorosa, poseída por la languidez hasta que se calmó el salvaje
galope de su corazón. Él le acarició el cuerpo mientras volvía a la vida, susurrando muy
suavemente hasta que sus ojos lo reconocieron y una sonrisa le apareció en los labios.
—Lo siento —dijo él en voz baja—pero te necesito con gran urgencia. ¿Te he agotado por
completo?
—Ha pasado mucho tiempo desde que estuvimos verdaderamente juntos —dijo ella como toda
respuesta tendiendo los brazos hacia él mientras se desnudaba apresuradamente—. Desde
aquella larga noche de septiembre. Pero esta vez no tengo…
—Yo sí —dijo él suavemente mientras abría el cajón de la mesilla de noche.
—Tengo fuerza suficiente para hacer eso por ti —susurró ella cogiéndole el preservativo
mientras él se arrodillaba a su lado—. Eres hermoso, Christopher Ralston. —Besó su poderosa
erección y él dejó caer hacia atrás la cabeza en un espasmo de placer—. Te quiero dentro de mí—
dijo ella con un ardor que lo hizo temblar—. Ven dentro de mí.
Cogiéndola por las nalgas, Kit levantó su cuerpo hasta ponerlo a la altura del suyo y se introdujo
en él jadeando de placer mientras la aterciopelada suavidad de Annabel se cerraba sobre su carne
apretándola y soltándola en un movimiento rítmico como él nunca había experimentado. La miró
maravillado. Ella estaba bajo él con las piernas separadas y los brazos abiertos, y sólo la parte
inferior de su cuerpo se movía en una excitante caricia tan hábil y absorbente que lo lanzó a
desconocidos e inimaginados lugares de voluptuoso placer. Y mientras tanto, ella lo miraba
esperando el momento en que su rostro se disolviese en el éxtasis. Y con la gloria de su clímax
latiendo dentro de ella su cuerpo explotó otra vez en su propia delicia, una brillante burbuja de
enajenación compartida que estalló alrededor de los dos amantes.
—¡Dios bendito! —susurró Kit cuando pudo comenzar a sentir su individualidad otra vez—. Eres
una criatura mágica. ¿Qué eres, Annabel-Ayesha? No eres una mujer normal, de eso estoy seguro.
—Paseó sus labios por el cuello de la joven mientras seguía echado sobre ella, aún en su interior.
Annabel posó las manos sobre la espalda de Kit. No tenía fuerzas para abrazarlo, así que
simplemente las apoyó inertes sobre su piel húmeda.
—Afganistán tiene fronteras con la India y con Persia —susurró ella consiguiendo emitir una
risita—. Semejantes vecinos tienen algo más que ofrecer que alfombras y sedas.
Kit, con un gran esfuerzo, salió de su cuerpo y se tiró en la cama junto a ella. Se apoyó sobre un
codo y la miró.

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—¿Quieres decir que aprendiste...? Oh, es igual; no quiero saberlo. —Sacudió la cabeza—. Sólo
tengo que estar agradecido.
—¿Y por qué te molesta? —preguntó ella.
—No lo sé. En realidad no es que me moleste, pero hace que me dé cuenta de lo diferente que
eres... de qué mal encajas en los moldes que me son familiares. —Sonrió con cierta tristeza—. Y
eso me intranquiliza.
—Pues no sé por qué —dijo ella—. Si crees, como los afganos, que nuestro destino está escrito
y no se puede cambiar, ¿qué importa entonces?
—¿Tú crees eso?
Encogió ligeramente los hombros, blancos como la leche.
—¿Por qué no? Es una idea tranquilizadora. Sea lo que fuere lo que tenga que suceder,
sucederá, y como nuestro comportamiento está predeterminado, no tiene sentido sentirse
intranquilo por nada.
El volvió a tenderse a su lado con la mano apoyada en la cadera.
—Tiene algunas facetas atractivas, te lo aseguro. Especialmente ahora, que no puedo prever lo
que va a suceder... contigo... y desde luego conmigo.
—Entonces deja de preocuparte y cuéntame la historia de la broma desagradable y de la mujer.
—Bebo demasiado —afirmó él.
—Yo pienso lo mismo —respondió ella con calma—, pero no estoy segura porque la verdad es
que no sé cuánto es demasiado.
—Es demasiado cuando empiezas a hacer el burro —dijo él—. Lamentablemente es un vicio
muy extendido entre la gente que conozco. Empezamos en la escuela y ya no paramos.
—¿Por qué?
—Principalmente por aburrimiento. —Volvió la cabeza para mirarla—. No hay mucha gente
como tú, que mantengan a raya el aburrimiento, ¿sabes?
—Pero tú estás en el Ejército. Seguro que eso no es aburrido.
—No, Annabel, es insoportable.
—¿Entonces, por qué te alistaste?
—Porque todos los herederos de la familia Ralston han servido en el Séptimo de Dragones
Ligeros desde hace ciento cincuenta años —le explicó—. Creo que habría sido más feliz
quedándome en Oxford, si hubiera tenido sentido común, pero cuando me expulsaron durante
dos cursos por una estúpida broma de borrachos decidí que ya estaba harto de la torre de marfil y
seguí la senda de la familia con cierto entusiasmo equivocado.
—Pero ahora no estás en los dragones, ¿verdad?
—No —dijo escuetamente—. Me vi obligado a renunciar a mi puesto y a aceptar un traslado a
la caballería de la Compañía de la India Oriental.
—Ah, a eso se refería Harley cuando dijo que habíais ido a parar muy lejos de Londres, entre los
bárbaros.
—¿Dijo eso?
—Lo dijo. Y también, que eres un faldero y que no le sorprendía que hubieses acabado aquí con
tu comportamiento.

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—¡Pero bueno! ¡Qué poca vergüenza!


Annabel rió entre dientes.
—La verdad es que no puedes quejarte de él si acabó aquí por tu culpa.
—Él no tenía por qué venir —dijo Kit—. Escogió trasladarse conmigo. Dios sabe el motivo.
—Quizá le gustas.
Él la miró y sonrió.
—Sí, quizá sea eso. Soy realmente afortunado por tenerlo.
—Entonces, ¿vas a contarme lo que sucedió?
—Si insistes... Pero no es una historia bonita. —Se recostó en el cabecero y se colocó las
almohadas detrás—. Ven aquí. —La atrajo hacia su pecho y ella acomodó la cabeza en el hueco de
su hombro—. Eso está mejor. Ahora, si tuviera un brandy ya no me faltaría nada.
Ella lo miró de reojo y vio que su boca dibujaba una sonrisa burlona.
—¡Basta ya de eso!
Él asintió.
—Érase una vez una chica llamada Lucy que trabajaba en una sombrerería. Era rellenita y
guapa; tenía un carácter muy dulce y pensaba que yo era la criatura más maravillosa sobre la
Tierra.
—Eso no debió de ser muy bueno para ti —observó juiciosamente Annabel.
—No es un comentario muy alentador. En fin; como suele suceder en estos casos, instalé a Lucy
en una casa en Hampstead donde era sorprendentemente feliz cuidando de la casa y calentando
mis zapatillas y...
—Calentando otras cosas —concluyó Annabel amablemente.
—Se podría decir así. ¿Te importaría guardarte los comentarios? No me ayudan en el desarrollo
de la narración.
—Perdóname. —Ella apretó los labios.
—Bueno, como iba diciendo, Lucy estaba muy contenta y yo estaba muy contento. La visitaba
cuando me apetecía si las exigencias de la vida militar me lo permitían. Partidas de cartas, bailes,
cenas... todas esas cosas. —La burla le orlaba la voz y miraba por encima de la cabeza cobriza
apoyada en su hombro como si viese otro mundo—. Raramente estaba sobrio, pero tampoco los
demás. Teníamos pocas razones para estarlo, y no era necesario a pesar de que,
desgraciadamente, el brandy puede hacer aflorar el lado menos agradable de algunas personas.
Tres de mis compañeros oficiales decidieron una noche que era injusto que yo disfrutara de la
posesión exclusiva de una amante tan encantadora y complaciente. —Apartó un mechón del pelo
de Annabel de su barbilla. La burla había desaparecido de su voz, que casi había perdido toda
expresión—. Todos estaban borrachos, y no creo que verdaderamente intentasen hacerle daño a
Lucy, pero a fin de cuentas sólo era una dependienta y para aquellos dioses de la aristocracia sólo
era una pieza de caza, especialmente después de que hubiera demostrado que no era virtuosa.
Annabel se incorporó y se volvió para mirarlo con un gesto de horror y disgusto.
—¿La violaron? Kit sacudió la cabeza,
—Llegué justo a tiempo para impedirlo, después de una noche especialmente negra con las
cartas y con un exceso de brandy. Estaban aún en la fase de... de... convencer a Lucy de que los

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complaciese. Ella estaba aterrorizada, la pobre, pero francamente creo que ellos estaban
demasiado borrachos para poder conseguirlo. Yo tampoco pensaba con mucha claridad, así que
tuvimos una gran bronca en la que terminé retándolos a los tres. —Se le escapó una risa breve y
amarga—. A pistola, al amanecer.
—¿Los mataste?
—No, por supuesto que no... Sólo los herí; pero eso causó un monumental escándalo. Uno no
se bate en duelo por una dependienta, ¿sabes? Se supone que uno no se bate en ningún caso,
pero en auténticos asuntos de honor las autoridades hacen la vista gorda. Las dependientas no
tienen la consideración de asuntos de honor.
—¿Y qué pasó entonces?
Kit se encogió de hombros.
—Tuve que renunciar a mi puesto en los dragones. Mi comportamiento fue impropio de un
caballero, ya ves.
—A mí me parece totalmente caballeroso —dijo ella resueltamente—. Un afgano los habría
hecho pequeños pedazos muy lentamente.
—Aquello era Londres, cariño.
—Bueno, ¿por qué te pasaste a la caballería de la Compañía de la India Oriental? Yo diría que ya
debías de estar harto del Ejército.
—Y así era, pero mi padre ya estaba harto de mí. —Volvió a aparecer la risa vacía de Kit—.
Había tenido mucha paciencia durante mucho tiempo, pero aquel último escándalo fue
demasiado. Y como hasta que heredase mi estilo de vida dependía por completo de su
generosidad, no tenía otra opción que acatar sus órdenes y marcharme del país. Y aquí estoy.
—Sí, aquí estás —susurró Annabel sentándose con las piernas cruzadas y mirándolo con ojos
sonrientes—. Y piensa que si nada de eso hubiese sucedido no estaríamos juntos en esta
habitación. Es el destino... el destino inalterable. Y no quisiera que el mío fuese diferente.
—No —susurró él algo ronco—. Yo tampoco. Estoy preparado para recibir al destino con los
brazos abiertos.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1122

—Capitán Mackenzie, la reserva de agua alcanzará a duras penas para los heridos. Y tenemos
cartuchos para pocas horas más si seguimos respondiendo al fuego enemigo a este ritmo.
Colin Mackenzie miró con aire cansado al teniente que le había llevado el desagradable pero
predecible informe. El aire tenía un olor acre por el humo y la pólvora, el ruido de disparos era
incesante y los gritos de los heridos formaban un coro triste y constante. Se volvió para mirar por
encima del parapeto hacia donde, en la semioscuridad del crepúsculo, el enemigo presionaba las
puertas del fuerte de intendencia de Sah Suya desde cada vez más cerca, aproximando las minas
hacia él de manera continua e inexorable.
Durante dos días el capitán había defendido la guarnición de ataques cada vez más feroces de
un enemigo que parecía multiplicarse en proporción directa con las abundantes bajas británicas.
—No entiendo por qué no nos envían refuerzos —dijo restregándose los ojos, que le picaban
por la fatiga y el humo de las armas—. ¿No saben que nos están atacando?
El teniente aceptó la pregunta como retórica y no respondió.
—¿Cómo están los hombres, Bill?
—Desanimados, señor —respondió el teniente con franqueza—. Nuestras bajas son muchas y
los heridos mueren como moscas por falta de cuidados. Y están preocupados por sus familias, les
preocupa que las mujeres y los niños caigan en manos de esos salvajes.
—¡Maldita sea! ¿Dónde demonios está Elphinstone? —Mackenzie se alejó del parapeto en el
momento en el que un hombre se acercaba corriendo por los escalones de piedra que subían
desde el patio.
—Están atacando la puerta sur, señor.
Mackenzie se quedó en silencio durante un momento enfrentado a la brutal y desagradable
realidad. Si quería tener la más pequeña posibilidad de salvar a los heridos y a las familias que
estaban bajo su protección, iba a tener que abandonar la posición.
—Muy bien. Prepare la evacuación del fuerte. Nos abriremos camino hasta el cuartel. —Su
expresión era de perfecta compostura y sus hombres no podían imaginar cuánto le estaba
costando dar esa orden.
Un cuadro de soldados defendió encarnizadamente la puerta sur y mantuvo a raya a la horda
de vociferantes guerreros que blandían cimitarras, mientras los heridos, las mujeres y los niños, en
camillas y a caballo, salían del fuerte por la puerta norte flanqueados por la caballería. Luego
retrocedió la infantería sin dejar de disparar hasta que llegó también a campo abierto.
Ya era noche cerrada y la oscuridad frenó un poco a los atacantes, ahora menos enérgicos que
los defensores, que sacaron fuerzas de la desesperación y de la idea de que aquella acción los
podía salvar. Quizá por eso luchaban con feroz determinación.
—Toque a las armas —ordenó Mackenzie al corneta, y el toque cruzó el llano como un vigoroso
grito de aliento. El alférez cabalgaba al frente junto al capitán, que sentía cierta satisfacción
lóbrega al ver que incluso en retirada su pequeña guarnición era capaz de portarse con gallardía.
Kit estaba con Bob Markham en el puesto de mando de la puerta del cuartel cuando oyeron el
primer toque de corneta sonando débilmente en la oscuridad.
—Ese tiene que ser Colin Mackenzie —dijo Bob.

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—¡Pues vamos a dejarlo entrar! —Kit ya iba corriendo hacia la puerta—. Enciendan las bengalas
—les ordenó a los guardias, que intentaban ver algo en la oscuridad—. ¡Y abran las malditas
puertas!
Oía cómo Bob gritaba órdenes para reunir a las tropas de caballería de cipayos que estaban de
servicio en la puerta. La noche se iluminó de repente con las grandes bengalas. Kit saltó a su
caballo cuando el grupo bajo el mando de Bob pasaba al galope por la puerta.
—Espero que no te moleste que me cuele en el grupo —dijo Kit con una carcajada de excitación
que estalló en el aire helado.
—Estás invitado —le contestó Bob también riendo—. ¡Por Dios, le debemos algo a Mackenzie!
El grupo cargó cruzando el llano hacia el claro e inconfundible sonido del combate. La corneta
seguía tocando una y otra vez, vibrante por encima de los feroces alaridos del enemigo y de los
incesantes estampidos de los fusiles. La negrura de la noche le había dejado paso a una tenebrosa
visibilidad salpicada de fogonazos de fusiles.
Con su propio e inarticulado grito de guerra nacido de los días de frustrante inactividad y de su
salvaje necesidad de atacar, los dos oficiales dirigieron a su grupo de cipayos contra el corazón del
combate. Esta repentina aparición y la ferocidad de la carga cogieron por sorpresa al enemigo y le
dieron a la rodeada fuerza de Mackenzie el necesario y definitivo impulso.
Media hora más tarde entraban en el cuartel mientras los refuerzos, que no estaban agotados
por dos días de asedio incesante y una marcha a través de la llanura, cubrían la retaguardia y
esperaban a que alcanzase la seguridad el último de los infantes para ponerse también a
resguardo en el cuartel. Las grandes puertas se cerraron mientras los hombres de los parapetos
cubrían la entrada y terminaban de poner en fuga al enemigo, que por primera vez había
encontrado una resistencia apreciable.
La gente salió de los bungalows y de los barracones y corrió a ofrecer asistencia a las mujeres y
a los niños del grupo, exhaustos y aterrorizados.
—Desde luego, os lo habéis tomado con calma —comentó Colin Mackenzie aún sobre el
caballo, tan derecho como si acabara de montar después de dormir toda la noche.
—No ha sido porque no lo intentáramos —dijo Kit suavemente y sin ofenderse—. Bob se lo
pidió a Elphinstone hasta la extenuación azul, pero... —Se encogió de hombros y desmontó.
—Ya. Puedo imaginarlo. —Mackenzie se pasó los dedos por los labios secos y cuarteados—.
Gracias a los dos de todos modos. Supongo que será mejor que vaya a informar. —Bajó del caballo
y miró hacia los barracones, hirvientes de actividad e iluminados como en pleno día por los
quinqués colocados en las ventanas y en las puertas abiertas, y sostenidos en alto por sirvientes y
médicos que se movían entre los heridos examinándolos y distribuyéndolos—. Al menos ahora
esos pobres diablos serán atendidos.
—Parece que tampoco te vendría mal un poco de atención —comentó Bob entregándole las
riendas de su caballo a un soldado—. Serás bienvenido en mi bungalow si...
Se detuvo ante la exclamación de horror de Kit. La razón de la exclamación cayó sobre ellos,
toda ella ojos llameantes y melena cobriza. Con un manto colgando descuidadamente de los
hombros, Annabel estaba de puntillas frente a Kit.
—¡Has estado ahí fuera! —exclamó con voz temblorosa por la furia—. Sin decírmelo, te has ido
a pelear con los muyahidín. Prometiste que no volverías a olvidarte de avisarme...

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Destino Audaz

—¡Por Dios, para! —Kit estaba blanco y los hombres que lo rodeaban, mudos de asombro;
incluso Bob, que pese a estar al corriente se preguntaba cómo iba a manejar su amigo de manera
satisfactoria aquel terrible espectáculo.
—No has pensado que yo estaría preguntándome dónde estabas —continuó ella ignorando su
exclamación—; dijiste que ibas a la puerta unos minutos... y has estado fuera horas y horas sin
decirme ni una palabra... y me encuentro con que has estado en peligro... —La sarta de
recriminaciones se interrumpió abruptamente cuando Kit, cuyo color había pasado al escarlata, la
cogió por los hombros con todas sus fuerzas.
—¡Cállate!
La mirada de Annabel recorrió lentamente el asombrado grupo que los rodeaba y luego el resto
de la plaza donde todos estaban parados mirándolos.
—Lo siento —dijo—. Pero tenía miedo por ti. Olvidé todo lo demás.
—¿Quién es esa joven? —preguntó con voz chillona una señora de gran porte desde el otro
lado de la plaza—. No la había visto antes. ¿Y qué lleva puesto?
—Vuelve al bungalow y espérame allí —dijo Kit controlando la voz a duras penas—. Me
ocuparé de esto más tarde.
Ella se marchó de inmediato corriendo entre la estupefacta multitud mientras se cubría la cara
con la capucha del manto y mantenía la mirada en el suelo, como si la transformación en la
adecuadamente discreta Ayesha pudiese deshacer el daño.
—¡Puf! —Colin soltó un silbido—. Menuda tigresa, Kit. ¿Quién es?
—La mujer con la que pretendo casarme si alguna vez salimos de este agujero olvidado —dijo
Kit casi fríamente—. Si no le he roto antes el cuello, por supuesto.
—¿En serio? —Bob miró a su amigo con gran interés—. No me había dado cuenta de qué se
trataba de eso.
—Yo tampoco —dijo Kit con los labios apretados—. Pero debería haberlo hecho. Vayamos a
informar. Cuanto antes lo hagamos antes podrá descansar Colin.
—Mira, no es necesario que vayamos los dos a informar a Elphinstone —sugirió Bob—. ¿No
sería mejor que fueras a ver...?
—No —lo interrumpió Kit secamente—. ¡Ella está muy bien allí sentada preguntándose qué voy
a hacer cuando vuelva! Se merecería que la enviase directamente a lady Sale y la olvidase —
añadió furioso, y salió disparado hacia la comandancia.
—¡Madre mía! —murmuró Colin—. No es propio de Kit alterarse tanto. No creía que algo
pudiese llegar a arañar la superficie de su irreductible desencanto.
—La dama es un poco inusual —fue la explicación de Bob.
—Sí, ya me he dado cuenta de eso. Tendrás que contarme los detalles cuando acabemos con
Elphinstone y Macnaghten. Podrían animarme.
El general y el Enviado recibieron sombríamente al capitán Mackenzie. No le ofrecieron
explicaciones ni disculpas por haberlo abandonado, pero fueron suficientemente amables para
elogiar al capitán Markham y el teniente Ralston por su rápida acción de refuerzo.
—Me gustaría saber qué vamos a hacer ahora —balbuceó el general—. El general Nott ha
intentado enviar una brigada desde Kandahar pero se han visto obligados a volver por el tiempo.
Comienza a nevar. Me pregunto, sir William, si no deberíamos pensar en fijar plazos.

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—Mientras nuestros suministros sigan intactos, general, podremos pasar todo el invierno —
afirmó el Enviado—. He mandado a Mohun Lal instrucciones para que comience a intrigar entre
los jefes. Pronto se arreglarán solas las cosas.
Elphinstone no parecía convencido, pero no discutió; en lugar de eso miró al teniente Ralston
con ojos acuosos.
—Teniente, tengo entendido que usted era capitán en el Séptimo de Dragones.
—Lo era, señor. —Kit había considerado su degradación como un asunto de menor importancia
comparado con el mucho más grave de su exilio, y ahora respondió sin mucho interés. Su mente
estaba muy ocupada en otro lugar.
—Mmm. Bien, creo que es justo que tenga la misma graduación en la caballería de la Compañía
de la India Oriental —dijo el general—. Prestó usted un servicio muy destacado en la negociación
con Akbar Kan y también en la acción de esta noche.
—Gracias, señor —contestó el capitán Ralston con el mismo tono indiferente.
—Bien, caballeros, creo que eso es todo por el momento. —El general se levantó
trabajosamente de su sillón—. Notificaré de inmediato su ascenso, Ralston.
—Me preguntaba cuándo pensaba hacer algo con tu promoción —comentó Bob al salir—. Era
manifiestamente absurdo después de años de servicio.
Kit rió, pero sin demasiado humor,
—«Servicio» no es como yo llamaría a mis cinco años en Londres, Bob. En fin, si me perdonáis,
tengo un asunto muy urgente que atender. Si queréis cenar conmigo dentro de una hora, la
señorita Annabel Spencer tendrá algo que deciros.
—Por lo menos Kit tiene algo que le despeja la mente de esta demencia suicida —observó Colin
mientras iban hacia el bungalow con Bob—. Y menudo «algo» —añadió con una risa cansada—.
Espero que me pongas al corriente.

Annabel había estado mordiéndose las uñas con un miedo bastante considerable durante la
hora que había pasado desde su vuelta de la plaza. Cuanto más pensaba en su estallido, más se
horrorizaba. Ella, que durante ocho años no se había atrevido a levantar la vista delante de un
hombre sin permiso, había abroncado a Kit delante de extraños de la forma más intempestiva. Y
como no era capaz de explicarse a sí misma su comportamiento ni de excusarlo, la probabilidad de
que pudiese articular una defensa convincente ante el justamente furioso Kit era mínima.
Cuando oyó la puerta de la casa se puso en pie de un salto frente a la entrada de la sala de
estar.
—Salaam, Ralston, huzur —dijo tímidamente llevándose las manos a la frente cuando él entró.
—¡No me vengas con ésas! —La puerta se cerró tras recibir un enérgico empujón—. ¡Tú, arpía!
¿Cómo te atreves a montarme semejante espectáculo abominable propio de una verdulera?
—Pero tú prometiste...
—No; tú prometiste —la interrumpió—. Tú prometiste que te comportarías con discreción en el
cuartel. ¿Y qué haces? Caes sobre mí y me abochornas con toda la familiaridad de alguien con
quien se comparte la cama, a la vista de todo el cuartel. Por la mañana todos hablarán de ello;
¿cómo demonios voy a explicarlo?

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—Di la verdad —dijo ella—. Ya te he dicho que no me importa.


—Y yo te he dicho que a mí sí. Además de eso, nadie me había avergonzado tanto; nunca.
—Lo siento —se limitó a decir—. Es inexcusable. Es que tenía miedo por ti y nunca había
sentido eso por nadie.
—Pero ¿cómo has podido olvidar todo lo que hemos hablado? —Tiró el capote sobre el sofá y
se pasó las manos por el pelo, al que la luz de la lámpara arrancó profundos reflejos dorados—.
¿Cómo, Annabel?
—No lo sé —dijo ella—. No entiendo qué es lo que me está pasando. De niña solía tener un
temperamento muy fuerte, eso lo recuerdo bien, pero la última vez que perdí los estribos fue con
el muyahid que me entregó a Akbar Kan. Desde entonces había aprendido a controlarme por
completo. —Se volvió de espaldas a él y se quedó contemplando el fuego. Las palabras le salían
lentamente mientras parecía sufrir por encontrar una explicación y entender alguna cosa—. Es
como si de alguna manera me hubiese liberado de la necesidad de andar sigilosamente en todo
momento, de vigilar mis movimientos y mis palabras.
—No te has liberado de eso —le dijo Kit directamente—. Las consecuencias de olvidarlo
pueden ser diferentes en este lugar, pero no menos graves. —La cogió por un hombro e hizo que
se volviera para mirarlo—. Y te lo advierto muy en serio, Annabel Spencer, si vuelves a
avergonzarme así te lo devolveré por completo, con toda potencia y en público.
—Tómate un brandy —sugirió Annabel de repente—. A lo mejor reduce tu enfado.
—Creía que estaba intentando evitar al demonio de la bebida —contestó Kit.
—Simplemente no tomes demasiado —dijo ella, ya con los ojos brillantes—. ¿Me cuentas qué
ha pasado esta noche?
Le hizo un relato completo sin excluir su ascenso por sorpresa, y las cosas comenzaban a entrar
por el camino de la normalización cuando llamaron a la puerta principal.
—¿Quién es? —Annabel no parecía especialmente complacida por la interrupción en un
momento en que el equilibrio era aún un poco inestable.
—Espero que sean Colin y Bob. —Kit se levantó volviendo a fruncir el ceño—. Los invité a cenar
conmigo. Y si quieres unirte a nosotros será mejor que te disculpes por la escena. Se quedaron
muy desconcertados.
Fue hasta la puerta.
—Entra Colin; tú no conoces a la señorita Spencer, ¿verdad que no?
—No he tenido el placer. —El capitán Mackenzie se inclinó educadamente ante la estática
Annabel, que estaba en pie junto al fuego.
Ella dio un paso al frente con aire resuelto.
—Debo pedirles que me perdonen. Me comporté de una manera abominable y les pido
disculpas de todo corazón por haberlos puesto en una situación tan embarazosa. —Se volvió hacia
Kit con una ceja levantada—. ¿Está bien así? —Él asintió y ella sonrió con alivio—. Entonces,
¿podemos olvidarlo ya?
—Nosotros sí —dijo él con marcada resignación—; pero no creo que nadie más lo haga. Ya te
has presentado de la manera más espectacular posible ante todo el cuartel, y sólo Dios sabe cómo
voy a explicarlo.

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—Yo no me molestaría en intentarlo —dijo alegremente Annabel yendo hacia la puerta—. Iré a
ver si Harley necesita ayuda con la cena.
—Quizá no deberías molestarte en intentarlo —convino Bob encogiéndose de hombros
ligeramente—. Con la de cosas que están pasando en este momento la sensación durará poco si
nadie dice nada.
—Esperemos que sea así.

La mañana siguiente les trajo un requerimiento muy poco deseado: lady Sale quería que el
capitán Ralston fuese a verla lo antes posible.
Kit recibió la nota con un gesto sombrío y Annabel lo miró con cautela, preguntándose si su
furia estaba a punto de reavivarse.
—Quizá no sea por...
—Por supuesto que sí —la interrumpió él—. Mira que es entrometida. —Apartó su silla de la
mesa del desayuno—. El problema es que ella es la gran señora de este lugar y el general
Elphinstone piensa que el sol brilla en su... —Se tragó la grosería y dirigió su irritación a la causa
del problema—. Podríamos haber evitado esto, Annabel, si hubieses mantenido tu promesa.
—Ya te he dicho que lo siento.
—Sí, pero eso no lo arregla ¿verdad?
—Supongo que no. —Jugaba con las migas de su plato—. Si no quieres que sepa mi historia,
¿por qué no le cuentas que soy una puta mestiza de la que te has encaprichado en el bazar? Hay
algunas, y no es raro que hablen inglés. Las mujeres afganas a menudo se tiñen el pelo con alheña;
es un color que favorece. —Levantó la vista hacia él—. Nada hay que le impida a un oficial soltero
tener alguien que le caliente la cama ¿no? Aquel coronel obtuso lo dio por supuesto.
Kit suspiró. Incluso si quisiera hacerlo sería ya demasiado tarde para volver a su primer plan de
entregar a la patética e inocente huérfana que había rescatado a la amable protección de su
señoría. Annabel había dejado suficientemente clara la naturaleza de su relación con su estallido.
Iba a casarse con ella, pero iba a hacerlo adecuadamente en la iglesia de San Jorge en Hannover
Square, con el anuncio del compromiso en The Times, las amonestaciones y las felicitaciones. Su
presunta novia no lo sabía, por supuesto, y él pensaba que por el momento era mejor guardárselo
para sí; pero eso obligaba a que ella asumiera una identidad diferente para lady Sale.
—Servirá —dijo él—, pero me caerá un chaparrón a propósito de mi laxitud moral y mi
indiscreción, que es el mayor pecado. Si hubieses sido discreta todos habrían hecho la vista gorda
a lo que sucediese bajo mi techo.
—¿Nunca perdonas? —le preguntó, ya con un deje de irritación—. Realmente no parece que
sirva de nada. He intentado hacer sugerencias constructivas y todo lo que haces es lamentar lo
que ha sucedido.
Kit sonrió de mala gana.
—Yo solía decirle eso a mi padre cuando se quejaba por algún pecadillo, hasta que dejaba de
estar arrepentido y volvía a sentirme listo para salir a pecar otra vez. —Sacudió la cabeza como
desconcertado—. No sé qué me estás haciendo, Annabel.

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—No quiero hacerte nada que tú no quieras que te haga —dijo ella echándose hacia atrás en la
silla, divertida por la curva de arrepentimiento de la boca de Kit y la expresión de ligero
desconcierto que tenía en los ojos—. ¿Qué te gustaría que te hiciese ahora? —se levantó con
premeditada lentitud y un prometedor e inconfundible brillo en los ojos—. ¿O quieres que te
sorprenda?
—Voy a afrontar las consecuencias —dijo Kit alejándose apresuradamente de ella—. No seas
mala, Annabel. —La última súplica salió como un gruñido cuando la joven se le abalanzó, encajó su
cuerpo en el de Kit, le rodeó el cuello con los brazos y le puso la boca sobre la de él mientras le
acariciaba la cabeza. Llevaba una de sus batas, y al levantar los brazos el débil nudo del cinturón se
abrió y el cuerpo cálido y desnudo se pegó al de él.
Él mantuvo los brazos apartados de ella mientras pudo, pero acabó cediendo e introdujo las
manos bajo la bata para recorrer las sedosas curvas mientras su propio cuerpo se endurecía y se
llenaba de deseo en respuesta.
—Ya está —dijo ella suavemente apartando la boca de la de Kit—. Ahora puedes ir a ver a lady
Sale y decirle que lo que tú hagas con tu puta del bazar es asunto tuyo. Ahora te será más fácil
decir eso, ¿verdad? —Con una mano, íntimamente perversa, lo tocó para remarcar el argumento.
Él miró el fondo de los ojos de jade, donde debajo de la risa traviesa nadaba el tiburón de la
pasión con unos dientes tan afilados como los del suyo.
—Eres una diablesa—afirmó él con los dedos aferrados a las curvas de las caderas desnudas—.
No sé cómo alguien como tú puede hacer magia celestial. Hay una contradicción en los términos.
—Pero una que merece la pena desentrañar —dijo ella—. ¿No vas a soltarme?
—No lo sé —contestó él con burlona seriedad—. No he decidido si aplicarte o no un castigo por
tu comportamiento diabólico.
—¿Cómo cuál? —Pareció que las palabras se le pegaban a la garganta cuando cogió aliento en
un espasmo de deseo.
Él sintió que una corriente atravesaba el cuerpo de Annabel, se la vio en los ojos, y sonrió con
presumida satisfacción.
—Como éste. —Apartó sus manos de ella—. Hacerte lo que tú me has hecho a mí, cariño. Te
dejaré pensando en la frustración de comenzar algo que no piensas concluir.
La dejó de pie en medio del comedor. Con aire arrepentido, se pasó las manos por su excitado
cuerpo y se cogió los pechos, cuyos sensibles picos estaban dolorosamente erectos. Entonces, con
media sonrisa, se volvió a cerrar la bata pensando que sólo le habían dado lo que se merecía.

Kit, decidido a llevar la iniciativa con lady Sale, la saludó con una afable sonrisa cuando lo
recibió con expresión severa en su sala de estar y le indicó con un gesto que se sentara.
—Me han informado de algo muy preocupante, Christopher —dijo ella sin preámbulos—. Estoy
segura de que sabe a qué me refiero.
Kit negó con la cabeza.
—Desde luego, señora, lamento decirle que no. No sabía que tuviese que rendirle cuentas.

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—El ambiente y la conducta en este cuartel son responsabilidad mía —respondió agriamente—.
Aparte de por mi amistad con su madre, me siento obligada a asegurarme de que su
comportamiento no estropeará el buen ambiente de nuestra comunidad ni dañará su reputación.
—Que está dañada más allá de toda reparación, señora —le recordó—. Igual que yo estoy muy
por encima de la edad de ser amonestado de esta manera. ¿A quién he ofendido?
Su señoría había comenzado a dar visibles muestras de desconcierto.
—Me han dicho que usted tiene... una persona joven bajo su protección.
—No es infrecuente —dijo él—. Debe usted estar al corriente de que la mayor parte de los
hombres solteros, aquí y en la India, atienden sus necesidades como les parece apropiado.
El color de lady Sale se intensificó.
—No sé nada de esas cosas. Lo que ustedes los hombres hagan con las nativas no me incumbe.
Pero hacer alarde de una de nuestras mujeres, de cualquier clase, ante la vista de las jóvenes
inocentes de esta pequeña sociedad es indefendible. Es un enorme insulto. ¿Qué va a pensar de
ello alguien como la pequeña Millie Drayton?
Kit frunció el ceño y aparentó prestarle alguna atención a la idea.
—Muy bien, señora —dijo por fin—, no tengo intención de alardear de nadie delante de esas
jovencitas tan delicadas. Me parece que sería algo de un mal gusto extraordinario. Pero creo, si
me permite, que sus suposiciones andan un poco erradas. ¿A quién puede usted estar imaginando
que tengo bajo mi protección? —Kit parecía verosímilmente perplejo—. ¿A una inglesa? ¿Aquí?
No es posible que crea eso, lady Sale. Y una nativa, como usted dice, no es algo de lo que tenga
que preocuparse.
Su señoría ahora estaba muy confusa y nerviosa.
—Bueno, he oído...
—Quizá no haya que hacer demasiadas especulaciones sobre la base de lo que otros puedan
haber oído —la interrumpió con un deje claramente gélido en la voz. Ya se había dado cuenta de
que no se iba a ver obligado a elaborar una compleja mentira, y eso le proporcionó una
satisfacción considerable. Confundiría a aquella personificación de la rectitud con su propia
cosecha del mismo defecto—. La otra noche estaban sucediendo muchas cosas en la plaza de los
barracones. Veo muy difícil que alguien pudiese sacar una impresión precisa de algo. —Se
levantó—. Tengo obligaciones que atender. Así que, si me disculpa... —Hizo una inclinación.
—Sí, por supuesto —dijo lady Sale muy tensa—. Si me he equivocado le ruego que me perdone.
Pero alguien tiene que controlar lo que pasa en el actual estado de cosas. Todas las normas
pueden saltar en pedazos si lo permitimos, cuando nadie sabe qué va a ser de nosotros y con
todos esos salvajes saltando y gritando al otro lado de las puertas.
—Así es —dijo Kit con otra reverencia—. Que pase un buen día, señora.
Salió a la fría mañana sonriendo sin disimulo por la tranquilidad y la satisfacción de su victoria.
Pero su satisfacción no llegó más allá de la puerta del bungalow de comandancia.
—Ah, Ralston, acabo de enviar un mensaje a su bungalow. —El teniente Watson lo saludó
distraídamente y luego se puso firme de un salto y saludó—. Perdón, señor. Había olvidado su
ascenso. Enhorabuena, señor.
Kit le hizo con la mano una seña de que lo olvidara.

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—No estoy para aguantar ceremonias. ¿Qué va mal? Aparte de lo habitual, quiero decir —
añadió.
—Parece ser que los rebeldes han ocupado los fuertes de Mahmud Kan y Mahomed Sharif —
dijo el teniente—. Amenazan el flanco suroeste del fuerte y bloquean la carretera hasta el almacén
de intendencia.
—Como alguien nos avisó que harían. —Bob entró en el despacho del asistente levantando una
ceja a Kit, que asintió lúgubremente.
—Vamos a tener que prestarles más atención a esos avisos —comentó—. Entonces, ¿qué
vamos a hacer?
—Acabamos de recibir un mensaje de Warren, del fuerte de intendencia, que dice que corre
peligro de quedarse aislado. El general le ha dado la orden de que se retire y abandone el fuerte
con todos los suministros. Se ha enviado un destacamento para cubrirle la retirada.
Kit lo miró horrorizado.
—No puede ser verdad. En el cuartel tenemos suministros para dos días y es imposible el
reabastecimiento.
—Creo que nuestro querido comandante ha decidido con su habitual confusión que, puesto
que se había equivocado ignorando la petición de ayuda de Colin, no se equivocará otra vez.
—¡Pero esto es completamente diferente! Todo lo que necesitaba Colin eran refuerzos para
seguir resistiendo. Ignorar una plaza que está siendo atacada o abandonarla no son las únicas
alternativas. ¿Qué pasa con la posibilidad de pelear, por Dios?
—Díselo al general. El oficial de intendencia está intentando hacerle entender la realidad desde
hace media hora.
—¿Y Macnaghten?
—Ocupado con Mohun Lal por lo que parece. Tramando sus asquerosos complots.
Kit hizo una mueca de asco.
—Me pone la carne de gallina sólo pensar en ello. —Se volvió cuando les llegó el sonido de
pasos a la carrera. La puerta se abrió de golpe y entró un alférez congestionado y sin resuello.
—Oh, señor... señor... —Saludó con retraso a los dos capitanes—. Tengo un mensaje para el
general, señor.
—Bien, déselo al asistente —dijo Kit señalando al teniente Watson—. Y respire hondo, alférez.
El joven lo hizo y dijo:
—El destacamento enviado para traer al teniente Warren y a sus hombres ha sufrido muchas
bajas, señor, por el fuego lateral de los afganos y los fuertes ocupados. Han tenido que retroceder.
Kit asintió.
—Yo le llevaré el mensaje al general, Watson. —Llamó a la puerta del general y entró cuando
una voz temblorosa lo invitó a que lo hiciera. Elphinstone escuchó y suspiró.
—La verdad es que no sé qué sería lo mejor.
—General, no podemos permitirnos abandonar el fuerte de intendencia —dijo Kit echándoles
una mirada a los otros dos oficiales de la habitación.

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—Como he estado diciendo —convino el oficial de intendencia—, con escasamente dos días de
suministros en el cuartel, señor, y sin esperanza de conseguir más, sería una locura abandonar el
fuerte.
—Seguramente sería mejor enviar destacamentos para asaltar los fuertes de Mahmud Kan y
Mahomed Sharif —sugirió Kit—. Si podemos tomar esos fuertes el de intendencia ya no estará
bajo ataque.
—Vaya por Dios... Vaya por Dios... —suspiró Elphinstone—. Quizá sería mejor enviarle un
mensaje a Warren diciéndole que resista mientras pueda. Hágalo, capitán Ralston, por favor.
—Muy bien, señor. —Kit saludó y giró sobre sus talones—. Muy bien; Warren tiene que resistir
hasta el límite —les dijo a los presentes en el despacho del asistente—. Con un poco de suerte
podremos convencer al viejo para atacar los fuertes enemigos.
—Le enviaré el mensaje al teniente Warren —dijo el asistente.
—Estoy de servicio en la escuela de equitación. —Kit miró la tabla de la pared—. Dios sabe de
qué servirá entrenar soldados de caballería en los más elegantes ejercicios de equitación. Harían
mejor practicando el arte del buzkashi en este momento de sus vidas.
—La vida debe seguir, querido compañero —dijo Bob con una sonrisa sarcástica—. Las
costumbres y las ceremonias son muy importantes ¿no?
—A propósito de eso... —Kit dedicó un rato a entretener a su amigo con un relato de su
entrevista con lady Sale. Eso les dio un momento de descanso, pero la relajación debía ser breve
porque aquel atolladero embarullado era cada vez peor y se perdían oportunidades
irrecuperables.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1133

Si Annabel había estado esperando el saludo de un amante cuando Kit volviese al bungalow,
advirtió su error en cuanto vio su cara.
—¿Qué ha pasado? ¿Ha sido lady Sale...?
—No —respondió él—; sorprendentemente eso se ha resuelto sin demasiado esfuerzo, pero
tenías razón en lo del ataque al fuerte de intendencia.
—Por supuesto que sí —dijo ella sin más—. ¿Es lo que está sucediendo?
—Sí. Se le ha ordenado al oficial al mando que resista hasta el límite con la esperanza de que
reciba refuerzos a tiempo. —Kit recorría la pequeña sala de estar con un profundo ceño en su
habitualmente serena frente—. Pero creo que tenemos que enfrentarnos a la posibilidad de dejar
este lugar por la fuerza.
Annabel se sentó y se cruzó de brazos con la cabeza inclinada hacia un lado en un vivo retrato
de su concentración.
—Muy bien —dijo Kit—. No te estoy diciendo nada que no supieras ya. Pero de lo que estoy
hablando es de hacer preparativos sensatos para cualquier eventualidad.
—Habla, Ralston, huzur.
La burla fue tan leve que Kit fue capaz de aceptarla como una simple sombra de su trato
anterior e incluso de reír un poco.
—Vas a necesitar un caballo, Ayesha.
—Uno bueno —afirmó ella tranquilamente—. Pero el mío está en Kabul.
—De sangre árabe, si no me equivoco.
—Sí. —Ella lo miraba de cerca.
—Supongo que si puedes manejar esa fogosa potra, debes de montar suficientemente bien
como para llevar un caballo adecuado para mi peso.
—Sí. Creo que sí.
—Tengo una cuadra; caballos de batalla, no de deporte. Irías mejor en uno de ellos, pero creo
que tendrías que aprender a manejar un animal así.
Ella asintió de inmediato.
—Ya te dije que me gustaría tener la oportunidad de hacer algo de ejercicio... del de puertas
afuera. Él sonrió.
—No puedo ofrecerte eso, pero estoy de servicio en la escuela de equitación durante el resto
de la mañana entrenando soldados de caballería. Creo que harías bien en unirte a ellos en el
picadero.
—¿Con qué disfraz?
—El de afgana. Déjame a mí las explicaciones.
—¿Cómo voy a montar sin botas?
—Si me perdonan mi intromisión, señor, creo que puedo conseguir para la señorita un par de
botas de montar. —Harley apareció en la puerta abierta—. Conozco a una chica afgana de la
cocina del comedor de oficiales, señor, que puede hacerse con todo tipo de cosas... por dinero,
claro está.

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—Entonces llena el guardarropa de la señorita Spencer, Harley —dijo Kit enérgicamente—. Sin
preguntas y sin escatimar rupias.
—Muy bien, señor. ¿Podría llevarme una de las zapatillas de la señorita para la talla?
—Algún alma emprendedora con parientes en el bazar, supongo —dijo Annabel pensativa
frotándose el pie descalzo—. Asociarse con el enemigo no es visto como una falta si con ello se
puede conseguir dinero. Seguro que debe de tener todo un puesto detrás de las cocinas.
—Bien está si cubre nuestras necesidades. No discutiré su procedencia —afirmó Kit—. Sería
mejor que fueras más tarde con Harley y compraras tú misma lo que necesites. Lo sabrás mejor
que él.
—Estoy segura de que también regateo mejor que él —dijo Annabel desde su sentido
práctico—. Y voy a necesitar algunos forros de lana y de piel para el frío. Y un chadri también me
haría la vida más fácil. El manto está muy bien, pero es difícil taparse por completo con él... y es
probable que necesite...
—¡Basta! —Riendo, Kit detuvo la enumeración de la interminable lista de la compra—. Compra
lo que creas que vas a necesitar; supongo que eso no me arruinará. Voy a las cuadras a decidir cuál
de mis caballos te va mejor, luego podréis comenzar a familiarizaros.
Volvió poco después montado en un caballo picazo fuerte y extraordinariamente feo. Annabel,
que aún iba a la pata coja, saltó hasta la puerta y afirmó riendo:
—Preferiría mi yegua árabe.
—Puede ser, pero Charlie te irá muy bien. Ven a conocerlo.
—Aún no he recuperado la zapatilla.
Kit desmontó y llevó el caballo hasta la puerta para que Charlie y Annabel pudiesen examinarse
adecuadamente. La chica acarició suavemente con los nudillos la nariz del animal.
—Es enorme, Kit.
—Pero es muy noble —le aseguró Kit—, y además muy resistente.
—Mmm... —Annabel y su nuevo caballo se miraron solemnemente, y luego ella se puso de
puntillas y sopló con suavidad en los ollares de Charlie. El caballo arrugó el aterciopelado morro y
volvió los belfos en una sonrisa de respuesta.
Kit asintió satisfecho. Era evidente que Annabel y los caballos se llevaban bien.
—Espero que éstas le sirvan, señorita. —Harley se acercaba por el camino con un par de botas
de corte afgano—. Esa tía ladrona me ha pedido una pequeña fortuna por ellas, señor.
Kit se encogió de hombros tranquilo, cogió las botas y las examinó.
—Son suficientemente fuertes. Póntelas y nos vamos. Annabel las cogió y se convirtió en
Ayesha, con el velo, el manto y la capucha. Kit la subió a Charlie, que de alguna mañera consiguió
mostrarse sorprendido, como si una mosca se le hubiese posado sobre el lomo, pero trotó alegre y
tranquilo al lado de Kit hasta la escuela.
En el gran establo había veinte soldados de caballería esperando junto a sus caballos. Un oficial
indio enjuto y curtido estaba supervisando cómo un joven alisaba la pista de serrín.
—Buenos días, capitán —le saludó a Kit el indio—. Casi estamos listos para usted.
—Buenos días, rissaldar —Kit les devolvió el saludo a los soldados—. Quiten las sillas, por favor,
caballeros —dijo con amabilidad yendo al interior de la pista; y añadió por encima de su hombro—
: Ayesha, puede conservar la suya.

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No hubo quejas verbales por la orden, pero los soldados la cumplieron con gesto arisco y
desensillaron los caballos lanzándole algunas miradas a la figura velada que iba montada en el
enorme caballo que reconocieron como de la cuadra del capitán.
El rissaldar no intentó disimular su curiosidad.
—Tenemos un visitante ¿no, capitán?
—Podríamos decir que es una amiga —dijo Kit con una sonrisa de conspiración—. He apostado
a que puedo enseñarla a que maneje ese caballo en la pista tan bien como cualquier soldado de
caballería, así que cuando yo esté de servicio en la escuela ella también estará. Y si no tiene algo
que objetar podría enviársela ahora y más veces para que practique un poco.
El rissaldar estaba demasiado acostumbrado a las diversiones disolutas de los oficiales
aristócratas para manifestar alguna sorpresa por la explicación.
—¿Habla inglés?
—Un poco —mintió Kit—. Pero lo entiende muy bien.
El instructor de equitación se limitó a asentir comentando:
—Supongo que Charlie ni siquiera sabe que la lleva encima. —Examinó con ojo de experto al
caballo y su amazona—. Va a tener que convencerlo de que lo que dice va en serio sin recurrir a la
fuerza. —Se encogió de hombros—. Pero Charlie es una bestia muy suave.
Kit asintió y se volvió hacia los soldados, ya montados a pelo.
—¿Comenzamos, caballeros? Un caracol hacia la derecha, por favor.
Por el momento Annabel se quedó sentada observando, y de inmediato se dio cuenta de por
qué los soldados habían dado tantas muestras de disgusto ante la perspectiva de tener que
ejecutar las figuras a pelo, con el engorro de las largas espadas, que a Annabel le parecieron más
ceremoniales que útiles, y las lanzas que debían mantener quietas mientras los caballos hacían
series de medios giros bajo la mirada crítica del rissaldar y del capitán Ralston.
Charlie comenzó a moverse inquieto sobre el serrín, como si no le gustase estar separado de
sus compañeros, y ella lo detuvo con una orden tajante y un tirón de las riendas.
—Déjame que vea lo que tenemos que hacer —le dijo en voz baja cuando se quedó quieto—.
Puede que tú ya lo sepas, pero yo no.
Siguió observando, tan fascinada por esta nueva faceta de Kit como por los ejercicios de los
jinetes. La voz de Kit, clara y siempre educada, incluso en sus nada infrecuentes críticas y
correcciones, era el único sonido que circulaba en el edificio de madera mientras iba haciendo
pasar a los soldados por un elaborado ritual que parecía más un baile que algo relacionado con el
combate. Pero ella no ponía en duda la habilidad que un jinete requería para llevar a cabo las
figuras, ni el grado de comunicación necesaria entre caballo y humano que hacía falta para ello. Si
pudiese moverse así con Charlie habría muy pocas cosas que no pudiesen hacer en cualquier
situación.
Después de un rato Kit le dijo algo en voz baja al rissaldar, que pasó a dirigir el ejercicio, y él se
acercó a Ayesha moviéndose con largos pasos de atleta, muy favorecido por el ajustado corte de
los calzones y la chaqueta, que marcaban su enjuto y musculoso cuerpo.
—Vamos a intentar medio giro a la derecha —dijo de repente—. Salvo que prefieras pasar toda
la mañana sentada como un monumento a la paciencia.

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—No, por supuesto que no —contestó ella con un deje de indignación antes de ver la sonrisa en
los ojos de Kit—. No quería quedar como una idiota si podía evitarlo.
—No lo harás, y Charlie sabe muy bien lo que hay que hacer pero no se sentirá cómodo si no lo
guías. —Kit comenzó la instrucción en el mismo tono amable aunque autoritario que había
empleado con los soldados, y ella encontró que era notablemente fácil seguir sus instrucciones y
nada fastidioso cuando insistía de manera reiterada en una corrección.
—Qué buen instructor eres —comentó ella—. Tienes un verdadero don.
—Me halagas —respondió él con una sonrisa radiante—. ¿Ya estás preparada para unirte a los
otros? No puedo pasar toda la sesión dando clases particulares.
—¿Qué van a pensar? —Miró dubitativa a los hombres que había en la pista.
—Están aquí para montar, no para pensar —dijo Kit tranquilamente—. ¿Estás preparada?
Al parecer así era.
—Estoy preparada como nunca. —Hizo avanzar a Charlie y él fue sin dudarlo a colocarse en el
centro de la fila de soldados.
—Ya te dije que sabe lo que hace —dijo Kit riendo.
Dos horas más tarde, Annabel estaba exhausta y chorreaba sudor por todo el cuerpo a pesar
del aire helado de la escuela de equitación. No era difícil imaginar cómo debían de sentirse los
soldados, cargados como iban con las armas y sin la ayuda de la silla y los estribos.
Kit miró por fin su reloj.
—Muy bien, caballeros. Es suficiente por hoy. Gracias por su atención.
El cortés agradecimiento fue interpretado literalmente, le devolvieron el saludo elegantemente
y los soldados encaminaron los caballos hacia el exterior del establo. El rissaldar salió tras ellos y
Kit miró a Annabel con una gran sonrisa.
—¿Has hecho suficiente ejercicio?
—No tiene gracia —dijo ella con un gruñido—. Creo que prefiero seguir a Akbar Kan por un
barranco que...
—¿Que prefieres qué?
—Era un juego al que le gustaba jugar a veces. —Pasó la pierna por encima de la silla y se dejó
caer en los brazos de Kit, que la esperaban—. Se trataba de una prueba más que de un juego —se
corrigió, dejando que la sostuviera durante un momento mientras se lo contaba—. A veces me
preguntaba qué sucedería si no conseguía pasar la prueba y pasaba a ser una más de sus mujeres.
¿Se habría aburrido de mí? —Un estremecimiento le bajó por la espalda al darse cuenta por
primera vez desde la seguridad de la distancia de cómo esa posibilidad había dominado sus
temores inconscientes.
Miró a Kit y se asustó. Su mirada gris era dura y los labios se le habían convertido en una fina
línea.
—¡Ferinyi! —lo acusó en voz baja leyendo sin dificultad los pensamientos que había tras esa
expresión—. Ya te lo he dicho: no puedes juzgarlos con tus leyes ni colgarles tus etiquetas.
—Pero puedo considerarlos responsables de lo que te han hecho —dijo ásperamente.
—¿Y qué me han hecho? —se burló suavemente—. Venga, Ralston, huzur, no he sufrido daño
alguno en las manos de Akbar Kan.

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—¿Seguro? —La miró como si quisiera verle el interior del alma—. ¿Ningún daño, Annabel
Spencer? ¿De verdad piensas que me lo voy a creer? ¿Qué puedo aceptar que una niña con tu
educación raptada, encerrada en un harén musulmán y a la que le han enseñado cosas que
ninguna niña debería aprender, entre ellas el miedo, puede salir indemne de esa experiencia?
—Cambiada —dijo ella tranquilamente—. Diferente, pero no necesariamente lesionada.
Siempre, claro, que no veas como una lesión la incapacidad de volver a su vida anterior.
Ciertamente cambié tanto que nunca podría hacerlo. —Sintió una fría punzada de premonición.
Ella no estaba diciendo nada que no hubiese dicho antes, y en el mismo tono realista, pero él se
había adentrado tanto con el pensamiento en el futuro que había imaginado, que se había
permitido pensar que la oposición de Annabel era ya una pura formalidad—. Sí —continuó
Annabel—, vería eso como el peor de los daños si resultara ser así.
El silencio los envolvió en el sepulcral frío del establo, ambos conscientes del abismo que se
abría entre ellos.
—El destino —dijo por fin Annabel—. Estamos en manos del destino, Christopher Ralston.
«Todo es un damero de noches y días
donde el destino juega con los hombres como piezas:
aquí y allá jugadas, jaques y mates,
y uno tras otro a la caja vuelven.»
Lo dijo un poeta persa, uno de los favoritos de Akbar Kan —aclaró ella ante el gesto de
confusión de Kit—. Vivió en el siglo XI Se llamaba Ornar Jayám.
—¿Y de verdad ésa es tu filosofía?
—Ah, no lo sé —dijo ella dándole la espalda con repentina impaciencia—. En cualquier caso,
¿adonde nos lleva esta discusión?
—Si tú no lo sabes no seré yo quien te lo diga —contestó él, permitiendo que aflorara la ira
porque ocultaba en ella el dolor—. Será mejor que vuelvas al bungalow; tengo otras obligaciones.
Ella le dedicó un burlón «salaam» y él le cogió las manos y se las apartó de la frente con una
violenta exclamación.
—¿Por qué tienes que ponerme tan furioso, Annabel? ¡Te zarandearía hasta que te
castañeteasen los dientes!
—Sólo te enfadas tanto cuando expreso la verdad tal como yo la veo —dijo ella
tranquilamente—. Pero si no lo hago tú comienzas a creer que veo el mundo con tus ojos, y eso no
es cierto.
El suspiró y la soltó.
—Ve con Harley a ver a su vendedora esta noche. Me sentiré más tranquilo cuando estés
adecuadamente vestida para cualquier eventualidad que tu precioso destino decida echarnos
encima.
La vio alejarse del edificio con sus elegantes y aparentemente pausados andares que la
distinguían de todas las jóvenes que conocía. No había conocido a nadie que se moviese como
Annabel, que fuese capaz de mantenerse tan inmóvil, tan serena. Pero ella no era siempre así,
recordó con un destello de esperanza. Era capaz de tener furiosos estallidos de rabia propios de la
peor de las niñas maleducadas. Sombras de su pasado, como ella admitía, despertadas por la
situación en que se encontraba. Quizá después de todo no fuese irrecuperable.

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Con ese alentador pensamiento montó en Charlie y lo condujo a su establo.


Volvió al bungalow a la caída de la tarde, que pasó trabajando en planes para contratacar los
fuertes ocupados. Harley asomó de la cocina cuando Kit entró en el vestíbulo.
—Oh, ya está aquí, señor. Menuda tarde he tenido —dijo siguiendo a Kit a la sala.
—¿Has ido de compras con la señorita Spencer? —Kit pensó que su nuevo régimen lo
autorizaba a tomar la primera copa a las seis de la tarde y se sirvió un brandy.
—Lo hice, señor. ¡Dios! Fue lo nunca visto. Las dos estaban enzarzadas en una discusión,
capitán, farfullando en esa lengua bárbara. No sé qué fue lo que dijeron, ¡pero la señorita
consiguió rebajar el precio desde seiscientas rupias hasta doscientas! —La expresión atónita en el
habitualmente inexpresivo semblante de Harley, combinada con un inusual interés por describir
las extraordinarias experiencias, daba una imagen bastante precisa del asombro y la consternación
que le provocaban las extrañas costumbres comerciales de las mujeres extranjeras.
Kit mostró una amplia sonrisa de aprecio.
—¿Compró muchas cosas?
—No lo sé, señor, pero me pareció que sí. La muchacha lo traerá por la mañana. La señorita dijo
que no lo tiene todo en el cuartel y tiene que ir por ello a la ciudad.
La sonrisa del capitán se desvaneció.
—Los guardias no la dejarán pasar. O, al menos, no deberían.
Harley asintió sensatamente.
—La señorita dijo que la chica tiene cómo entrar y salir.
Kit frunció el ceño y bebió un trago. No debería sorprenderse. Las defensas estaban llenas de
agujeros y no podían taparlos todos.
—¿Dónde está la señorita Spencer?
—Echando una cabezada, señor. Parecía estar un poco cansada después de la equitación y de
tantas compras. —Se pasó la mano por la frente expresivamente—. Ha sido para agotar a
cualquiera.
—Ya me imagino. ¿Qué hay para cenar? Estoy hambriento; no he comido nada desde el
desayuno.
—Hoy no he podido conseguir nada en el almacén, señor. No daban nada, pero la gallina sigue
poniendo; aunque ya es vieja —añadió en una nota ominosa—. Aún tenemos un saco de harina,
unas cuantas patatas y puerros. Y un poco de beicon...
—Sí, pero ¿qué tenemos para cenar? —lo interrumpió Kit salivando abundantemente.
Harley pareció herido.
—He hecho un pequeño guiso de patatas y puerros, señor, con la grasa del beicon. He
reservado el resto del beicon para el desayuno, si le parece bien.
—Eres el rey de los asistentes —dijo Kit—. No pretendía regañarte. —Exhibió la encantadora y
arrugada sonrisa que le había ganado la lealtad inquebrantable de Harley cinco años atrás.
El asistente parecía un poco acalorado e introdujo un dedo en el cuello de la camisa como si de
repente lo agobiase.
—Bueno, me pongo a ello entonces, señor. —Se retiró a la cocina y Kit se fue con su bebida al
oscuro dormitorio.

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Annabel se dio la vuelta en la cama cuando él entró, se estiró sensualmente y bostezó.


—He estado durmiendo.
—Con motivo, según me ha dicho Harley —dijo él con una risita acercándose a la cama—. ¿Qué
tal un beso?
Sus ojos relucieron en la penumbra.
—¿Entonces ya no quieres sacudirme?
—De momento, no —dijo él secamente—. Pero estoy seguro de que se me volverá a ocurrir en
un futuro no muy lejano. —Dejó la copa sobre la mesilla de noche y se agachó sobre Annabel—.
Bésame, criatura indignante.
Ella lo complació meticulosamente y luego se sentó.
—Fuimos de compras, ¿Te lo ha contado Harley?
—Con la mayor elocuencia sobreactuada. —Kit se desabrochó el cinturón de la espada y se
estiró—. Me ha dicho que la vendedora puede entrar y salir del cuartel con sus mercancías.
—Por supuesto —respondió ella con naturalidad—. No creerás que aquí no hay espías ¿verdad?
—Supongo que lo creía. —Se desabrochó la chaqueta—. Aunque no sé por qué, teniendo en
cuenta que Macnaghten tiene sus propios espías en Kabul y los ha puesto a organizar todo tipo de
conspiraciones repugnantes.
—¿Conspiraciones contra Akbar Kan? —Annabel saltó de la cama, encendió una cerilla y con
ella el quinqué de la mesa—. No sé si eso es sensato.
—¿Por qué no? —Kit se sentó en la cama para quitarse las botas—. No es más que un ajuste de
cuentas.
—Eso depende. ¿Qué están tramando?
—Oh, Macnaghten le ha encargado a uno de sus agentes, un afgano llamado Mohun Lal que
vive en la residencia de la ciudad de un jefe quizilbash, que ofrezca una recompensa por las
cabezas de algunos de nuestros más encarnizados oponentes.
Annabel se quedó mirándolo con asombro.
—Pero eso es traición bajo cualquier punto de vista.
—Tu antiguo kan fue quien lo sugirió —dijo Kit.
—¿Akbar Kan ha sugerido que Macnaghten, huzur, organice el asesinato de algunos jefes? No
puedo creer que dijese algo así.
Kit se masajeó los pómulos con aire cansado.
—No sugirió exactamente eso, y es totalmente despreciable que el Enviado haya optado por
semejante estrategia. Pero Akbar Kan insinuó que si pudiéramos sembrar la discordia entre las
facciones, entonces estarían demasiado ocupadas luchando entre sí para pelear con nosotros.
—¿Y tú te lo creíste? ¡Después de todo lo que te he dicho sobre Akbar Kan y de todo lo que
viste y oíste en la fortaleza! ¿Cómo has podido ser tan estúpido, Kit? —Comenzó a recorrer la
habitación con pasos largos y nerviosos que evidenciaban su agitación.

—No, yo no lo creí —le dijo bruscamente, molesto por su tono—. Yo sólo era un mensajero. No
se me pidió opinión. Entregué el mensaje y el Enviado...

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—Se echó en las manos de Akbar Kan —lo interrumpió rotundamente Annabel—. Si se
demuestra la traición de los británicos, su deslealtad, Akbar Kan no tendrá escrúpulos para hacer
lo que le venga en gana.
—Pero fue él quien puso la idea en la cabeza de Macnaghten —observó Kit.
—Pero era Macnaghten quien tenía que tomar la decisión. Akbar Kan lo estaba poniendo a
prueba para ver lo fiable que es. Ya sabes lo retorcido que es Akbar. Ofrece la manzana pero
rechaza toda responsabilidad si se la comen.
—¿Qué estás insinuando? —Kit se puso una bata de terciopelo marrón y se anudó el cinturón
con manifiesta irritación.
Annabel notó su cansancio, su hartazgo y su acritud. Se acercó a él, le pasó las manos por la
cintura y apoyó la cabeza en su pecho.
—La verdad es que no lo sé. Dejemos este asunto por esta noche. Estás cansado y yo preferiría
calmarte a discutir contigo.
Él le acarició el pelo mientras ella lo abrazaba, y si bien era sin pasión, conseguía transmitirle
amabilidad y una parte de su propia serenidad, que parecía capaz de repartir a voluntad para
hacer desaparecer las irregularidades, los bordes afilados y las conversaciones ásperas.
—Espero que tengas hambre —le dijo ella—. Harley ha estado cocinando desde que volvimos.
Ven al comedor y te serviré.
Él se rindió a la seductora suavidad de Ayesha sintiendo que la tensión y la ansiedad se
disipaban cuando ella atendía sus deseos, le servía, le llenaba la copa de vino, encendía el fuego o
hablaba de muchas cosas, ninguna de ellas relacionada con el destino, los combates, la traición ni
la peligrosa incompetencia. Él comenzó a tener la maravillosa y mágica sensación de que era el
centro de su universo, de que ella existía sólo para asegurarle la paz y el confort, y esa impresión
de vagar por una tierra ilícita pero cautivadora lo envolvió de la misma sensación que tuvo la
primera noche que había pasado con ella. Y más tarde, bajo la suave luz del quinqué, ella le inundó
el cuerpo de la misma paz y del mismo confort hasta que el sueño entró en él y se lo llevó sin
voluntad ni consciencia de ello.
Annabel le apartó el pelo de la frente cuando se durmió, con una suave sonrisa en la cara
mientras seguía la línea de su mentón con un dedo delicado y le rozaba los labios de la misma
manera. Cuando dormía no había ni rastro de aquella burla de sí mismo que a veces le desfiguraba
el semblante, ni de esa oscura sombra de desencanto en los ojos grises. Se preguntó cómo habría
sido de niño y su sonrisa creció. Al menos tendría seguro un aire angelical, con aquella mata de
rizos dorados y la encantadora sonrisa que aún sabía mostrar cuando olvidaba el cinismo y el
aburrimiento. Podía ser difícil resistirse a los caprichos de un niño así.
Aún sonriente, Annabel apagó el quinqué, se metió en la cama a su lado y se subió la sábana
hasta la nariz. Mientras el sueño la rondaba pensó que compartir una cama es realmente muy
agradable. No era algo que hubiese hecho antes, pero la presencia de otro cuerpo, especialmente
el de alguien querido, era muy tranquilizadora y reconfortante... mientras el destino dejase esas
piezas en el lugar del tablero donde estaban. ¿Por qué estaría tan convencida de que el destino
era una mujer?
Al principio el ruido del otro lado de la ventana casi no llegaba a penetrar en el mundo de
sueños que se desarrollaba bajo el acogedor cobertor, pero ella se sentó en el mismo momento en
que Kit se despertaba de golpe.

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—¿Qué demonios...? —Saltó desnudo de la cama y corrió a la ventana—. Maldita sea, ¡no veo
nada! —Comenzó a ponerse la camisa y los calzones—. No oigo disparos, así que no puede ser un
ataque. ¿Qué hora es?
—Las tres en punto —le dijo Annabel con la voz apagada por el vestido que estaba poniéndose
por la cabeza—. ¿Dónde está mi velo?
Kit abrió la boca para decirle que tenía que quedarse en la casa, y luego la cerró y le lanzó la
corbata.
—Prométeme que no hablarás con nadie ni le transmitirás al mundo en general ninguna de tus
incómodas opiniones sobre la ineptitud de los ferinyi.
—Me las guardaré para cuando volvamos —accedió ella sujetándose el velo bajo la oreja y
cogiendo el manto—. ¿Listo?
Kit asintió y fue hacia la puerta. Harley ya estaba en el vestíbulo abriendo la puerta principal.
—¿Y ahora, qué? —preguntó con aire fatídico mirando hacia la calle, donde las luces de las
casas brillaban en la oscuridad de la madrugada.
—Sé tanto como tú —contestó Kit—. Nada bueno, eso es seguro. —Salió a la calle—. Ayesha,
quédate conmigo. No quiero perderte de vista, ¿entendido?
—Entendido, Ralston, huzur —dijo ella inclinando la cabeza—. Iré dos pasos por detrás de ti,
que es lo correcto.
A pesar de la hora y de la absoluta convicción de que habían añadido otro clavo al ataúd
británico, los labios de Kit se curvaron. Simuló abofetearla cariñosamente.
—Asegúrate de hacerlo.
Corrieron hasta la plaza de los barracones y se encontraron con una escena de confusión
masiva. Kit se paró de golpe.
—¡Dios santo! Es Warren con su guarnición. ¡Ha abandonado la posición!
—¿Qué posición? —Ella se quedó tras él mirando la plaza donde se arremolinaban soldados y
caballos y se alzaban voces que daban órdenes por encima de la cacofonía general.
—No me lo puedo creer, Kit —Bob Markham salió de la muchedumbre y se abrió paso hasta
ellos—. Warren dice que no ha recibido el mensaje de aguantar hasta el límite. ¡Maldita sea! El
comandante Griffiths estaba a punto de salir con una fuerza considerable para asaltar el fuerte de
Sharif. Warren habría estado libre del asedio al amanecer. —Bob iba tan arrugado como Kit, sin
peinar y con los botones de la chaqueta mal alineados—. Oh, Annabel, perdone, no me había dado
cuenta de que estaba aquí —dijo como nervioso saludo, y continuó—. Warren dice que el enemigo
había incendiado la puerta del fuerte, aunque admite que no había conseguido entrar. Pero no se
lo esperaba. —El enfado era evidente en la voz de Bob—. Al parecer abrieron un hueco en el muro
del fuerte y salieron por ahí.
—¡Pero qué imbécil inepto! —Kit se pasó los dedos por el pelo, que se convirtió en una nube
filamentosa alrededor de su cabeza.
—Eres muy amable con él —dijo Bob con acritud—. Yo lo llamaría algo más.
—Sí, supongo que yo también. Pero quizá no recibió el segundo mensaje. En cualquier caso... —
Kit se encogió de hombros expresivamente—. Ahora, o peleamos o negociamos un acuerdo. Salvo
que Elphinstone haya decidido sentarse y aceptar la muerte por inanición.

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Ambos hombres parecían haber olvidado a Ayesha y ella no intentó captar su atención,
permanecía inmóvil detrás de Kit escuchando y pensando. Se acercaron otros, todos con el mismo
disgusto y la misma preocupación, y la discusión se propagó por el aire helado mientras ella seguía
allí pensando que era tan incapaz de participar en las conversaciones de los hombres como si aún
estuviese en un harén. En el cuartel sólo había cuatro hombres, aparte de Kit y Harley, que
supieran quién era y de dónde venía, y como Kit quería que se mantuviese así no tenía otra opción
que ocultar a Annabel bajo Ayesha, como había hecho durante tantos años. Resultaba irónico
teniendo en cuenta la clara determinación expresada por Kit de resucitar a Annabel Spencer y
enterrar a Ayesha.
Estaba tan inmóvil y absorta en la conversación que Kit se volvió para marcharse de la plaza,
aún en compañía de los otros y sin dejar de hablar, y no la reconoció. Preguntándose cuánto
tiempo pasaría antes de que se acordase de ella, se quedó donde estaba mirándolos salir de la
plaza.
Tres minutos más tarde Kit volvió a aparecer con la ansiedad marcada en el rostro. Cuando la
vio, aún de pie en el mismo sitio, la ansiedad se convirtió en desconcierto. Fue corriendo hasta
ella.
—¿Qué pasa?
—Sólo quería ver cuánto tardabas en darte cuenta de que te habías olvidado de mí—dijo ella.
Kit, sorprendido, intentó defenderse de la acusación pero no pudo.
Annabel rió.
—No te preocupes, no estoy herida ni enfadada. Es sólo que me parece que los hombres son
esencialmente iguales en todo el mundo, vivan en fortalezas de las montañas de Afganistán o en
bungalows. Júntalos con algo interesante de lo que hablar y las mujeres podrían no existir.
—Eso no es cierto —replicó él—. La vida sería insoportable sin las mujeres.
—Mientras se mantengan en su lugar. —dijo levantando las cejas inquisitivamente.
—Oh, venga —dijo Kit—, no voy a estar aquí de cháchara contigo. Tu sitio está en la cama y ahí
es adonde quiero que vuelvas.
—Vamos a tener que encontrar algún sustitutivo para la comida —dijo ella—. Supongo que
hacer el amor servirá tan bien como cualquier otra cosa.
La ligera broma los distrajo de reconocer el desastroso giro que habían dado las cosas; los
distrajo, pero no consiguió que lo olvidaran.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1144

—La muchacha está aquí, señorita; con sus ropas. —Harley entró en el comedor donde
desayunaban Kit y Annabel.
—Oh, gracias. —Annabel se levantó—. Voy a ver qué ha traído. Si está todo lo que prometió
necesitaré doscientas rupias, Kit.
—Voy a traerlas —dijo sin dudarlo.
La chica estaba en el vestíbulo. Llevaba velo, pero no chadri, y en los brazos sostenía un
considerable bulto. Annabel la saludó alegremente en pashtu pero no recibió respuesta. La
muchacha le dio el bulto sin articular palabra. Tenía el terrible aspecto de alguien ansioso por huir,
como si corriera peligro de contaminarse.
Annabel miró las ropas y entendió el porqué.
—No hace falta pagar —le dijo a Kit con la voz apagada cuando llegó con el dinero. Su cara
tenía una expresión extraña y él la miró sin entender nada.
—¿Por qué no?
No le contestó directamente, pero le dijo algo muy deprisa en pashtu a la chica, cuyos ojos
aterrorizados recorrían la habitación desde detrás del velo. Le contestó en voz baja y atemorizada,
saludó a toda prisa y salió rauda a la calle.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no hay que pagarle?
—Ésta es mi ropa —le dijo Annabel con el mismo tono de voz—. Uno no paga lo que es suyo.
—Me estás poniendo acertijos —dijo él con la voz marcada por la impaciencia que nacía de la
ansiedad.
Ella volvió al comedor y dejó el montón de ropa sobre la mesa, entre las tazas de té.
—Akbar Kan me envía mi propia ropa.
—¿Qué? —Se quedó mirándola fijamente—. No lo entiendo.
—¿No hablábamos anoche de espías? —Aún tenía la cara y la voz extrañamente apagadas—.
No sé por qué no pensé en la consecuencia lógica. Por supuesto, él les habrá ordenado a sus
espías de que lo informen sobre mí. Ha dejado claro que sabe que estoy aquí.
—¿Así que la chica le ha dicho a Akbar Kan que tú habías hablado con ella y él ha decidido
cubrir tus necesidades?
—¿Se te ocurre otra explicación? —Comenzó a remover el montón de ropa; el cachemir, la
seda y la piel se deslizaron entre sus dedos—. Mira, incluso me ha enviado la ropa de montar y las
botas. —Sostenía los suaves pantalones de cuero, el vestido forrado de piel y las brillantes botas
hechas a medida—. Y el chadri.
—¿Por qué? —La breve pregunta fue todo lo que él consiguió articular mientras miraba las
ropas, la reluciente riqueza de los materiales desparramados por la mesa.
En la boca de Annabel se dibujó una parodia de sonrisa, no de humor sino de reconocimiento.
—Simplemente es la manera que tiene de recordarme que estoy atada a él haga lo que haga.
Que en lo esencial dependo de él y de su generosidad. —De pronto se abrazó a sí misma—. Que su
generosidad podría terminarse en cualquier momento. —Un deje de cansada resignación se le

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coló en la voz—. Por eso ha enviado estas cosas. El halcón se lanzará sobre su presa cuando decida
que quiere hacerlo.
Kit intentó negar la oleada de impotencia que parecía haberlo privado de toda la energía y la
determinación. Pero no podía negar la realidad de la situación, la horrible sensación de ser
criaturas en un terrario de Akbar Kan.
—No dejaré que te haga daño —se oyó decir a sí mismo, aunque sabía que sonaba ridículo.
Ella sacudió la cabeza, pero la burla que él temía no apareció.
—Sufrirás tanto como yo, Kit; y yo no podré protegerte más de lo que tú puedas protegerme a
mí.
—Vuelve ya a Kabul —dijo él con dolorosa urgencia—. Yo estoy condenado a estar aquí, pero tú
no. Soy el responsable de que estés en esta situación. Quiero que vuelvas con él.
—Pero yo no quiero hacerlo —dijo ella suavemente—. Ya te dije que había elegido. Nada ha
cambiado. Y ¿quién sabe? —se encogió de hombros ligeramente y su voz se animó un poco—, el
destino podría tener guardado algo más para nosotros. Esperemos a ver qué pasa.
—Tú y tu maldito destino —dijo Kit; pero por alguna razón la exasperación que él creía estar
expresando no estaba allí. Sólo percibió alivio y una extraña alegría en su propia voz.
Annabel también lo notó y esta vez no hubo amargura en su sonrisa.
—Bueno, por lo menos no pasaré frío —dijo alegremente, como si los últimos momentos de
tensión no hubiesen existido, como si se pudiese borrar la sombra del miedo por el simple poder
de la voluntad—. Y será maravilloso cambiarme de ropa. Creo que le pediré a Harley que me
prepare un baño. —Se estiró para besarlo—. ¿No deberías presentarte al servicio? Sería útil saber
para cuánto tiempo tenemos comida y qué se va a hacer para conseguir más. Es una pena no tener
mi halcón —dijo con un repentino destello de travesura en los ojos—. Quizá podría pedirle a Akbar
Kan que me lo envíe. Nos mantendría abastecidos de gorriones y ratones de campo.
—No sé si la habilidad culinaria de Harley puede hacer apetecibles esas criaturas —contestó Kit
en el mismo tono—, pero la idea es interesante. Esta tarde saldré con el fusil a ver qué encuentro.
—La cogió suavemente por las caderas. A pesar del tono relajado que había usado, cuando miró el
rostro de Annabel ésta pudo apreciar que en los ojos de Kit se reflejaba la seriedad de su interior—
¿Estás segura? —Cuando ella asintió, sin sonreír, él la besó en la comisura de los labios—. Muy
bien; será mejor que me ponga en movimiento, pero esta tarde te llevaré a la escuela de
equitación y trabajarás un rato con el rissaldar.
—Estoy ansiosa —dijo con un gruñido burlón—. Seguro que no es tan educado como tú.
—No; te gritará. Pero te aseguro que aprenderás.
Fue hasta la comandancia y notó que la atmósfera del cuartel estaba aún más apagada de lo
que era habitual. Un chico pequeño entró en la calle desierta corriendo detrás de una pelota. Kit la
paró y la lanzó amablemente hacia el niño, que la cogió y se quedó abrazado a ella mirando al
oficial con los ojos muy abiertos, hasta que una iracunda niñera cayó sobre él regañándolo en
hindi y se lo llevó hacia el jardín de su bungalow. El niño le gritó a la niñera furioso y apremiante y
Kit siguió su camino preguntándose si Annabel Spencer había sido educada con el mismo
sentimiento de superioridad hacia los sirvientes nativos, incluso aquellos que supuestamente
podían mostrar alguna autoridad sobre los niños que tenían a su cargo. Cuando llegó a la
comandancia pensaba que si no era así, su educación había sido de lo más inusual. Todos aquellos
niños malcriados del imperio británico eran iguales. Pero ¿qué iba a pasar con los pobres diablos

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de ese lugar? La pregunta, que apareció sin invitación, le producía escalofríos y la apartó de su
cabeza cuando entró en el despacho del asistente.
—¿Algo nuevo? —preguntó a toda la habitación.
—Buenos días, Ralston. —Un comandante con bigote se volvió junto al mapa de la pared—.
Estaba esperando que viniese. ¿Le apetece una escaramuza?
Kit no estaba nada seguro de que le apeteciese, pero sólo había una respuesta.
—Desde luego, señor. ¿Dónde?
—En el fuerte de Mahomed Sharif. Si los echamos de allí quizá podamos recuperar el fuerte de
intendencia —dijo el comandante Griffiths—. Alguien tiene que mostrar un poco de resistencia
aquí. ¿Por qué no escoge una docena de hombres hábiles que vayan con usted? Reúnanse en la
plaza de los barracones al anochecer.
—Muy bien. —Kit saludó y fue en busca del sargento Abdul Alí, que seguía tan flemático como
siempre.
—Me encantará ponerles las manos encima, señor —dijo—. Buscaré los hombres adecuados
para usted.
—Gracias, sargento. —Kit volvió a la comandancia, donde por una vez reinaba una atmósfera
de entusiasmo alentada por la determinación de Griffiths y la idea de que la resistencia era posible
y deseable.
—¡Qué suerte tienes, canalla! —dijo Bob Markham—. Me gustaría ir.
Kit le dedicó una sonrisa de medio lado.
—Si sucede algo, cuida a Annabel por mí.
Bob asintió sin pensarlo.
—Espero que esta vez le hayas dicho que te vas.
—Aún no, pero lo haré.
Volvió al bungalow al mediodía y encontró a Annabel hablándole a la preciosa gallina que
Harley tenía en el jardín trasero.
—Dicen que ponen más si les hablas —dijo ella levantándose—, pero me temo que Harley tiene
razón. Esta vieja escuálida sólo sirve para la olla.
—No creo que Harley quiera decir eso realmente —dijo Kit apoyándose en la pared de la casa y,
por el momento, apartando de su mente todo menos el placer de contemplarla—. Trajo a Priscilla
desde la India. Estás encantadora vestida de ese color.
Ella no estaba acostumbrada a los cumplidos y se ruborizó al tiempo que se estiraba, un poco
cohibida, el vestido verde esmeralda.
—Siempre ha sido uno de mis favoritos.
—Las mujeres soléis saber lo que os favorece —observó él, y continuó con el mismo tono—; me
voy con un destacamento para asaltar el fuerte de Mahomed Sharif.
Annabel asintió.
—¿Cuándo?
—Al anochecer.
—Eso es sensato. No es que no vayan a esperaros, pero las sombras son buenas compañeras
cuando uno toma la ofensiva.

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—Por alguna razón, pensé que te asustarías... que incluso te enfadarías. —Le dirigió una sonrisa
arrepentida.
Ella frunció el ceño.
—Pero mira que eres tonto. Me enfado cuando no me cuentas lo que haces y tengo que
esperar sentada preguntándomelo. Pero es evidente que tienes que combatir —se encogió de
hombros—. Olvidas que he vivido entre hombres para quienes la lucha es el aspecto característico
de su existencia.
—Bob te cuidará si sucede algo —dijo directamente, aceptando que cualquier cosa que no
fuese la franqueza era una tontería con aquella mujer.
—No necesitaré que nadie me cuide de la manera que dices —le respondió con la misma
franqueza—. Éste es mi país. Sabré qué hacer si te matan.
Las manos de Kit se abrieron en un gesto inconcreto. ¿Cómo describir lo que uno siente por una
mujer que no necesita ninguno de los apoyos que uno presupone y quiere ofrecerle, que es fuerte,
que ofrece su fuerza con generosidad y a la que tienes delante, en pie, sonriendo con amable
confianza bajo el sol del invierno? Y tenía que apartarse de ella y podría no volver a verla.
Ella fue hacia él compartiendo sus pensamientos.
—Es el destino, amor —dijo cogiéndole las manos—. Acéptalo. Esta vez volverás. Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Está escrito en tu frente. —Le recorrió las arrugas de la frente con la punta del dedo—. Haz lo
que tengas que hacer. Un hombre no puede hacer más.
—Tengo que ir a la reunión de estrategia. —Le cogió las manos y las apretó con fuerza—.
Quería llevarte a la escuela de equitación, pero no tendré tiempo.
—No me importa nada olvidarme de una tarde de gritos del instructor de equitación —dijo
ella—. Seguiré diciéndole cosas a Priscilla para ver si puedo convencerla de que ponga unos
cuantos huevos más.
—Cariño...
—Vete, Kit. Estaré esperándote aquí cuando vuelvas.
Se quedó sujetándole las manos durante un largo rato y luego se agachó y la besó con un
rápido y ligero roce de labios antes de marcharse. Ella le lanzó con la mano un beso de despedida
cuando él se volvió para mirarla por encima del hombro y sonrió.
Sola en el jardín, Annabel secó una lágrima obstinada de la mejilla y miró inquisitivamente a
Priscilla.
—¿Qué tal dos huevos rubios, Prissy? Ralston, huzur, querrá un buen desayuno cuando llegue a
casa.

—¡No estamos haciendo ni una mella! —gritó el comandante Griffiths por encima del
estruendo de los proyectiles de metralla lanzados por la artillería—. Esos bastardos parecen salir
de las piedras. Míralos.
Kit miró a su alrededor y vio que el enemigo estaba apiñado en los parapetos y sus espingardas
de largo alcance iban segando los cuadros de soldados británicos que disparaban los fusiles hacia

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arriba. Griffiths tenía razón. En cuanto una fila de guilzais era eliminada por la metralla, aparecía
otra para remplazarla.
—Necesitamos otro cañón —dijo Kit justo antes de que un disparo le atravesara una mano.
Miró con incredulidad la sangre que le manaba entre los dedos—. ¿Cómo demonios ha sucedido
eso?
—Tome, señor. —Abdul Alí le ofrecía un pañuelo—. Ha debido de ser una bala perdida; sólo lo
ha rozado.
Kit se vendó la herida tan fuerte como pudo y apretó con los dientes el nudo de la improvisada
cura. A su alrededor los hombres caían y los servidores del cañón estaban extenuados. Comenzaba
a insinuarse el amanecer invernal en el cambio de la oscuridad nocturna a un gris oscuro. Habían
pasado toda la noche atacando el fuerte sin éxito alguno. El destacamento de caballería de asalto
que estaba bajo su mando esperaba en la retaguardia, preparado para entrar en acción en cuanto
el fuego de artillería despejase los parapetos, algo que hasta el momento no había conseguido.
—Toque retirada —ordenó el comandante Griffiths con un suspiro de cansancio. Luego añadió
con energía renovada—: Pero por Dios que lo voy a tomar a la próxima. Ralston, póngase al frente
de la dotación del cañón, por favor. Los cubriré lo mejor que pueda.
La lúgubre llamada de la corneta sonó por encima de los disparos mientras Kit galopaba hacia el
cañón y su casi exhausta dotación. Dirigió el montaje del armón y el del enganche a los caballos
intentando mantener la voz animosa y alegre para alentar a los soldados mientras el fuego letal de
las espingardas hacía estragos, especialmente ahora que el cañón británico había callado. Uno de
los cuadros de infantería les ofreció tanto fuego de cobertura como pudo, pero los fusiles eran
poco útiles contra las espingardas. De todos modos, al final el valioso cañón fue enganchado y
pudo comenzar la retirada.
La extenuada y bastante diezmada tropa cruzó tambaleándose las puertas del fuerte al romper
el alba. Fueron perseguidos por la llanura por un triunfante grupo de fanáticos muyahidín que
disparaban y vociferaban insultos, y que no se retiraron hasta llegar al puente que cruzaba el
canal, defendido por un destacamento de caballería.
—Será mejor que le miren esa mano, Kit —dijo Griffiths desmontando en la plaza de los
barracones—. ¿Se apunta a otro intento esta noche?
—Claro que sí—dijo con absoluta sinceridad. No estaba mejor preparado que el comandante
para aceptar que las vidas desperdiciadas durante la noche habían sido simples contribuciones a
un esfuerzo inútil—. Pero necesitaremos dos cañones.
Mientras hablaba iba recorriendo con la mirada la plaza, donde comenzaba a haber un poco de
orden en el aparente caos a medida que los soldados rompían filas, los heridos eran llevados al
hospital y los caballos eran retirados de allí. La vio de pie al otro lado de la plaza, cubierta con su
chadri blanco, y pudo sentir cómo aquellos ojos de jade lo devoraban a través de la rejilla de seda
blanca. Levantó una mano como saludo y ella se llevó las manos a la frente en respuesta; luego se
volvió y se marchó de la plaza.
«Evidentemente, ha aprendido la lección de la discreción», pensó él con una sonrisa interior
que alivió bastante su profundo cansancio. El pañuelo estaba tan empapado de sangre que ya no
detenía el imparable manantial, pero decidió que la visita al hospital podría esperar. Había asuntos
más urgentes que atender.

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—¿Alguna orden más, comandante? —preguntó formalmente mientras desmontaba con


torpeza usando sólo una mano.
Griffiths negó con la cabeza.
—Descanse un poco y volveremos a intentarlo esta noche, si no le da problemas esa mano.
—Lo dudo. —Kit saludó con la mano buena y fue hasta su casa con una energía que había
creído imposible en él después de semejante noche.
Annabel estaba en el umbral de la puerta abierta cuando él llegó a su calle.
—Me habría enfadado mucho si no hubieses venido a verme de inmediato —afirmó corriendo a
su encuentro, pero la entonación desmentía las palabras y su mirada lo envolvió en su calidez.
—No puedo abrazarte en la calle —protestó él cuando ella abrió los brazos—. Has sido
maravillosamente discreta en la plaza, no lo estropees ahora. —Mantuvo la mano herida tras la
espalda y le dio un golpecito en la cadera con la otra para que volviera al bungalow.
—¿Habéis tomado el fuerte?
—No —dijo él—. ¡Ha sido un maldito desastre! Pero vamos a intentarlo otra vez esta noche. Si
hubiésemos tenido dos cañones habría sido muy diferente.
—Vaya —dijo ella—; ¿habéis tenido muchas bajas?
Una sombra oscureció los ojos de Kit y apretó la boca.
—Esas malditas espingardas tienen un alcance terrible.
—Sí —afirmó ella rezagándose al llegar a la puerta para que él entrara primero—. Kit, hay
sangre en todo el camino. ¿Dónde te han herido? —No alteró el tono de voz, no había en ella ni un
indicio de pánico, y Kit se preguntó por qué había temido que se desmayara o tuviera una crisis de
histeria. Volvía a juzgarla con referencias equivocadas.
—Sólo es la mano. Creo que es un rasguño.
—Déjame verlo. —Le cogió la mano e hizo una mueca de disgusto ante el pañuelo empapado—
. En esto no has estado muy hábil ¿no?
—No —concedió él dócilmente dejando que lo empujara al interior de la casa—. Pero la verdad
es que no creo que hubiese podido evitarlo.
—Oh, Dios mío, señor. Está usted herido. —Harley estaba horrorizado.
—Traiga agua caliente, por favor —dijo Annabel enérgicamente—. Y algunas toallas gruesas
para empapar la sangre y poder ver si es algo serio. —Empujó a Kit hasta sentarlo en una silla de la
sala y le sirvió una copa de brandy del frasco que había en la consola—. Toma, creo que ahora
puedes hacer buen uso de esto.
—¿Eres una experta médica? —bromeó él, y bebió un trago mientras ella desenrollaba el
pañuelo de Abdul.
—Te sorprenderías —replicó ella.
—No, no lo haría; nada que tenga que ver contigo me sorprende ya.
Ella levantó la vista, le dedicó una rápida y reluciente sonrisa y luego ordenó a Harley que
dejara la carga de agua caliente y toallas en el suelo, a su lado.
—¿Es grave, señorita? —preguntó él con la ansiedad distorsionando su habitualmente
imperturbable semblante.

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—Es difícil saberlo con toda esta sangre. —Lavó delicadamente la herida y la examinó en
silencio mientras Kit se bebía el brandy y dejaba que la languidez lo inundase, y Harley seguía
esperando angustiado—. Creo que es una astilla —dijo por fin ella.
—¡Una astilla! —Kit salió abruptamente de su letargo—. Qué cosa tan humillante, Annabel.
¿Seguro que no es una bala de fusil, o al menos un trozo de metralla?
—Kit, ¿estás herido? —Bob Markham apareció de repente en la sala—. La puerta principal
estaba abierta, así que no me he molestado en llamar —explicó, entrando en la habitación con
pasos largos e impacientes.
—¿Es grave?
—Es una astilla —dijo Annabel sin levantar la vista de la zona de investigación.
—Hace un daño del demonio —dijo Kit sentándose en el borde de la silla.
—Es una astilla muy larga —dijo ella en tono tranquilizador—; y muy profunda. Harley, ¿por
qué no nos prepara un poco de té?
—Muy bien, señorita. —El asistente se retiró un poco ofendido.
—¡Ay! —protestó de repente Kit dando un respingo.
—Lo siento —dijo ella disculpándose con suavidad—, pero si no la saco entera se te
gangrenará. Toma más brandy.
—No, esperaré al té —dijo él apretando los dientes—. Pero hazlo rápido.
—Lo hago lo mejor que puedo —contestó ella con total calma—. Aquí está. —Triunfante, les
mostró una astilla de madera larga y muy afilada—. Si te hubiera dado en la garganta te habría
matado —dijo—. Es como un puñal.
—Eso hace que me sienta mucho mejor —dijo Kit irónicamente—. ¿De dónde narices vino?
Ella se encogió de hombros mientras detenía la hemorragia que volvía a comenzar.
—Una bala que toca un árbol esparce astillas a los cuatro vientos.
—Parece que sabes mucho de estas cosas —observó Bob.
Annabel levantó la vista hacia él durante un momento.
—Sé mucho acerca de la manera de pelear de los afganos. Tienen muchos trucos como éste. —
Empezó a envolver la mano de Kit con una venda—. Sólo es una herida superficial, ya lo sé, pero
va a causar una hemorragia del demonio.
—¡Annabel, vigila tu lenguaje! —la amonestó Kit sólo medio en broma.
—Lo siento. No recordaba que tienes esos oídos tan delicados —le replicó ella—. No he
advertido que cambies tu lenguaje en mi presencia.
Bob soltó una risita.
—Ahí te ha pillado, Kit. No puedes pedirles moderación a las damas cuando tú no moderas tu
lengua.
Harley apareció con la bandeja del té antes de que Kit pudiese encontrar una respuesta
adecuada.
—¿Lo sirvo, señorita?
—Sí, por favor —dijo ella ausente, concentrada en el vendaje. Las cejas de Kit se levantaron.
Estaban produciéndose algunos cambios sutiles entre Harley y Annabel a juzgar por cómo se
hablaban. El asistente se había dirigido a ella en un tono mucho más familiar.

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—¿Tienes que volver a ir esta noche? —preguntó Annabel sentándose sobre los talones y
mirándolo muy seria—. El más ligero golpe volverá a abrirte la herida, y no servirás de mucho si
vas chorreando sangre por todas partes.
—Cariño, no puedo poner una astilla como excusa —dijo él cogiendo la taza de té que le ofrecía
Harley—. Aunque quisiera hacerlo, que claramente no es el caso.
—Esta vez voy a encontrar un hueco para mí —dijo Bob con determinación—-. No, té no,
gracias, Harley. Voy a ofrecerle mis servicios a Griffiths. Duerme un rato, Kit. Te lo has ganado.
—No discutiré contigo —dijo Kit hundiendo la nariz en la taza de té—. Pero escucha, hazme un
favor más tarde, ¿vale?; lleva a Annabel a la escuela de equitación y dale una hora o así de
entrenamiento con Charlie.
—Oh, Kit —comenzó ella, pero Kit chistó imperativamente.
—Charlie sólo dará lo mejor de sí si acepta que su jinete eres tú, y vas a necesitar que dé lo
mejor de sí. Bob parecía poco convencido.
—Me encantaría, por supuesto. Enseñé a mis hermanas a montar, pero... pero, bueno...
Agitaba las manos en un descoordinado intento de explicar cómo se sentía por tener que
entrenar a alguien como Annabel Spencer.
Ella sonrió.
—No te causaré problemas, Bob. Seré tan respetuosa en todo como una de tus hermanas. Iré
completamente cubierta con el chadri, no te dirigiré la palabra y seguiré todas tus instrucciones
sin preguntar.
—¿Acaso estás burlándote de mí? —Los amables ojos azules miraron con suspicacia la afable
sonrisa en el rostro de Annabel.
—En absoluto. Cuando estés libre ven a buscarme. Te esperaré.
—Hacia el mediodía, entonces —dijo Bob, y se fue a asegurarse de tener un hueco en el intento
de la noche siguiente.
—Ven —dijo Annabel poniéndose ágilmente en pie—. Harley te preparará un buen baño. Estás
tan negro como el as de picas.
—El humo de la pólvora —explicó Kit poniéndose en pie cansinamente—. ¿Estoy a punto de
descubrir otra faceta de Ayesha?
—Efectivamente —dijo asintiendo enérgicamente—. Vas a descubrir cómo se ocupan las
mujeres afganas de los guerreros cuando vuelven de las batallas.
—Vaya —dijo Kit—, me gustaría estar menos cansado.
—Te prometo que eso sólo aumentará el placer —dijo ella con los ojos chispeantes—. Ponte en
mis manos, Ralston, huzur.
—Totalmente encantado de hacerlo. Pero ¿qué hay de tu placer? —La siguió al dormitorio.
—El placer toma muchas formas —dijo ella desabrochando diestramente la hebilla del cinturón
de su espada—. Ahora siéntate y deja que te quite las botas.
—Esta vez puedes hacer todo el trabajo. —Kit se echó hacia atrás en el sillón y estiró las piernas
cuando ella se agachó para quitarle las botas—. Pero sólo porque debo conservar las fuerzas para
más tarde, y te prometo que entonces, cariño, tengo toda la intención de asegurarme de que no
sepas si estás en esta semana o en la próxima.

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—Te esperaré hasta entonces.


Por un momento, ambos se miraron compartiendo una promesa llena de sensualidad que iba
más allá de la fatiga, y luego ella volvió a sus obligaciones auto-asignadas, y lo atendió de una
manera que le recordó a la niñera de su infancia, salvo que la manera de tocarlo de Ayesha iba
claramente dirigida a un hombre adulto.
Si hubiera estado menos fascinado, la absurda comparación lo habría hecho reír. Tal como
estaba, sólo podía intentar que no se le olvidara para divertirse más tarde.
—Échate a mi lado un momento —susurró él deslizándose entre las frescas sábanas.
—Si eso es lo que desea mi señor... —respondió ella llevándose las manos a la frente.
—Es lo que desea —dijo Kit soñoliento, mirando con los ojos entornados cómo se desvestía y se
introducía desnuda en la cama, a su lado—. Ponte de lado para que pueda abrazarte.
Él se enroscó a su alrededor ajustando el cuerpo al de ella, tomándole los pechos con las
manos. Ella podía notar el cálido aliento de Kit en su nuca, y cómo se hundía en el sueño, cómo el
cuerpo se le relajaba y las manos se volvían más pesadas sin abandonar su posesión.
Durante un par de horas se quedó a su lado mientras dormía, sintiendo que su presencia le
proporcionaba paz y lo regeneraba incluso en las profundidades de la inconsciencia. Cuando se
liberó de su abrazo suavemente él gruñó una protesta y se apretó más contra ella. Riendo en voz
baja, ella serpenteó hasta salir de la cama.
—¿Dónde estás? —No abrió los ojos y con las manos tanteaba la cama a ciegas.
—Vistiéndome. ¿No se supone que tengo que ir con Bob a montar a Charlie?
—Ah, sí. —Se volvió del otro lado farfullando—: Esta vez practica sin la silla.
Annabel le dirigió una mirada algo inquisitiva al bulto que había en la cama y murmuró con un
matiz algo irónico:
—Sí, Ralston, huzur.
Bob apareció a las doce en punto con Charlie. Estaba un poco nervioso pero su ánimo mejoró
bastante cuando recibió el alegre saludo de Annabel, dirigido tanto a él como al caballo. Este
último le respondió con un relincho de reconocimiento y piafó ansioso cuando la amazona se
sentó suavemente sobre la silla de montar con la ayuda de la mano del capitán Markham.
—¿Te deja Kit utilizar la silla? —preguntó Bob cuando llegaban a la escuela.
Annabel lo miró a través de la rejilla del chadri con ojos claros y sorprendidos.
—No soy un soldado, Bob —dijo mintiendo alegremente—. No creo que necesite entrenarme
como si lo fuera.
—No... no, supongo que no —dijo Bob poco convencido—. Pero entrenar a pelo asegura un
grado de concentración que no necesitas con la silla.
Annabel inclinó la cabeza en un elegante gesto de reconocimiento, pero dijo:
—Para un soldado, quizá. Charlie y yo sólo estamos conociéndonos.
Bob no parecía estar muy seguro, pero era demasiado tímido para discutir con ella. La escuela
de equitación estaba vacía y el ruido de disparos que llegaba desde los parapetos justificaba que
no hubiese soldados entrenándose. Perfeccionar los aspectos más precisos de la monta pasaba a
segundo plano ante la necesidad de defenderse del esporádico hostigamiento exterior.

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Annabel encontró el estilo de entrenamiento de Bob muy diferente del de Kit. Ponía tanto
cuidado en no sonar en absoluto ofensivo que tenía dificultades para distinguir las críticas
constructivas de los elogios. Finalmente, después de un comentario especialmente confuso le dijo:
—Bob, limítate a repetirme eso como si estuvieses hablando con uno de tus soldados.
Él la miró sobresaltado y luego se echó a reír.
—Perdóname, estaba esforzándome mucho por no parecer crítico.
—No soy una frágil caña que se vaya a romper bajo un soplo de crítica —dijo ella—. Sé que lo
estaba haciendo mal. Noto la confusión de Charlie.
Las cosas mejoraron después de esa conversación, y cuando Kit, con aspecto descansado y
alegre, se pasó por el edificio media hora más tarde, observó con aprobación durante unos
minutos antes de acercarse a Bob y preguntarle en voz baja:
—¿Crees que aún no estaba preparada para hacerlo sin silla? A mí me pareció perfectamente
capaz.
Bob se volvió sorprendido.
—Pero Annabel me dijo que tú pensabas que no era necesario que practicase a pelo.
—Es una fresca redomada —observó Kit con la mayor cordialidad—. Le dije que practicase hoy
sin silla. Supongo que no le gustó la idea.
—¡Kit! —Annabel lo vio y se acercó al trote cruzando la pista con una sonrisa de placer que
ellos no pudieron ver aunque era evidente en su voz—. ¿Has descansado?
—Perfectamente —dijo—. Y ahora desmonta, quiero quitar la silla.
—Pero Kit, ¿qué diferencia puede haber?
—Una muy grande, ya lo descubrirás. Abajo, por favor,
—¿Por qué tienes que ser tan perfeccionista? —Refunfuñando, saltó al suelo y se quedó
mirando con el ceño fruncido cómo quitaban la silla—. Dentro de poco querrás que lleve una
espada y una lanza.
—Deja de quejarte. —Ajeno a sus lamentos, la ayudó a subir al ancho lomo de Charlie—. Ahora,
por esa muestra de insubordinación, señorita, me vas a hacer una serie de ochos. Comienza por la
izquierda, por favor.
—¡Bruto desalmado!
Kit rió y Bob, con una gran sonrisa, se quitó el chacó.
—Si podéis apañaros sin mí, os dejo.
—Están enviando partidas a buscar comida al pueblo de Behmaru —le comunicó Kit sin apartar
los ojos de su alumna—. Me encontré con Colin cuando volvía de allí. Parece ser que en parte
podremos reabastecernos de comida del pueblo. Está escasamente a media milla del cuartel...
Annabel, Charlie tiene que coordinar la mano izquierda con el pie derecho. Estás confundiendo a
la pobre bestia.
—Lo siento —se disculpó ella—. Pero es una cosa infernal intentar darle órdenes sin tener
sujeción. Mis rodillas no son lo bastante fuertes.
—No necesitas fuerza, sólo habilidad —le respondió Kit amablemente. Como respuesta recibió
una virulenta invectiva en persa.
Bob rió entre dientes.

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—Voy a la comandancia a ver qué más se dice. Si hemos solucionado la cuestión del
abastecimiento por el momento, las cosas van mejorando.
—Me gustaría ser tan optimista como tú. —La risa desapareció de los ojos de Kit—. Pero quizá,
si tenemos éxito esta noche, podríamos frenarlos. ¿Conseguiste hacerte un hueco en la fiesta?
—Sí. Griffiths está encantado de recibir a cualquiera que manifieste el menor grado de
entusiasmo. Por allí hay un ambiente de velatorio, con Elphinstone farfullando incoherencias y
Macnaghten negro.
—Bueno, nos vemos en la plaza al anochecer... Eso está bien, cariño. Inténtalo ahora por la
derecha.
Bob dejó a su amigo y a su extraordinaria dama con el ejercicio; un ejercicio que Annabel paró
abruptamente en cuanto oyó el sonido de la puerta de la escuela al cerrarse.
—Kit, ya tengo bastante por hoy —le informó tirando de las riendas al terminar un caracol hacia
la derecha.
—¡Cielos! —exclamó él—. ¿Vas a sumar el motín a la insubordinación? Te advierto que el
castigo es severo.
—Me arriesgaré —dijo ella quitándose el chadri y lanzándoselo—. Y también arrastraré las
consecuencias de haberme quitado el velo. —Se rió de él desde su posición elevada sobre el lomo
de Charlie.
Él se quedó sin aliento cuando la miró. El pelo le caía sobre la espalda en una gruesa trenza,
todas las sinuosas formas de su cuerpo quedaban marcadas bajo los pantalones y el vestido de
cuero, los ojos de jade relucían en una malévola invitación.
—Creo recordar que esta mañana te prometí algo —dijo él lentamente mientras doblaba el
chadri sobre su brazo—. Sería recomendable que desmontaras.
—¿Recomendable para quién? —bromeó ella sin moverse.
Como respuesta, él se limitó a hacerle una seña con un dedo, y ella obedeció la orden con su
diabólica sonrisa de súcubo, en la que la anticipación y la confirmación se unían en una promesa
de contratos a punto de ser cumplidos.
—Cielo santo, pero tú eres una criatura milagrosa —le susurró él cuando ella fue, ágil y ligera,
hasta sus brazos. Las manos de Kit se movieron ansiosas sobre el cuerpo que se enroscaba en el
suyo, siguieron las curvas de sus pechos y las de sus caderas—. Voy a llevar a Charlie al establo. Ve
a casa, quítate la ropa y espérame. —La instrucción salió con un sonido ronco, y ella sintió que la
corriente de pasión la sacudía mientras él la tenía abrazada. Contrajo los muslos y se apretó contra
los de él; su bajo vientre contra el de Kit; inclinó la cabeza hacia atrás con los labios abiertos en
ansiosa expectación.
Él se complació contemplando su cara, con las gruesas pestañas de color castaño como
exuberantes medias lunas sobre la piel blanca. Bajó una mano hasta las nalgas de Annabel y la
atrajo hacia su propia excitación, mientras inclinaba la cabeza para que se unieran sus bocas y su
lengua exploraba el interior de los labios abiertos por el deseo. Una imagen fugaz del rissaldar y de
soldados de caballería que llegarían para entrenarse se le pasó por la cabeza y se desvaneció.
Tenía una promesa que cumplir.
Era una promesa que Annabel pensaba que debía cumplir. Se apretó contra él en respuesta y
renunció a toda su voluntad en favor de la orquestación de su amante. Cuando por fin él liberó su

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boca y se separó un poco con la respiración entrecortada, ella sonrió con aire soñador y no intentó
salir de sus brazos.
—No tardaré más de media hora —dijo él—. Te quiero desnuda cuando vaya a por ti.
Ella asintió. El apartó las manos y ella se alejó suavemente.
—Anna —la llamó en voz baja ofreciéndole el chadri—. Mejor ponte esto.
La abreviación de su nombre era una promesa de satisfacción. Ella entornó los ojos pero no dijo
nada; sólo se cubrió y se marchó.
Con febril impaciencia, Kit llevó a Charlie al establo rezando por que no lo abordara alguien y lo
obligara a mantener una conversación rutinaria o a tomar una fastidiosa decisión cuando las
imágenes de piel blanca, miembros sensuales, pelo cobrizo alborotado y ojos llenos de lujuria le
bailaban en la cabeza.
El sonido de disparos se había convertido en uno de los ruidos cotidianos del cuartel y él casi no
lo advirtió mientras entregaba bruscamente el caballo a un cipayo y se apresuraba a volver a su
bungalow.
No había rastro de Harley, cuyo instinto para la discreción siempre había sido una de sus
grandes virtudes. Entró en el dormitorio.
Annabel estaba sentada sobre la cama con las piernas cruzadas, cubierta sólo por una cascada
de pelo que le caía por la espalda y se le desparramaba sobre los hombros.
—Salaam, Ralston, huzur —dijo llevándose las manos a la frente y con los ojos relucientes a la
luz del hogar.
—Bienvenida, Ayesha. —Se quitó la chaqueta—. ¿Recuerdas lo que te prometí?
—Que no sabría si estaba en esta semana o en la próxima —contestó ella mirando cómo se
quitaba los calzones con movimientos rápidos y precisos, viéndolo acercarse hacia ella con pasos
elásticos, aún más atractivo por la excitación.
—Siempre cumplo mis promesas —dijo él poniendo una rodilla sobre la cama y sujetándole la
barbilla con un dedo—. Esta vez te vas a poner en mis manos.
—Encantada de hacerlo.

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Akbar Kan se acarició la barba.


—Diez mil rupias por la cabeza de cada jefe. Eso es lo que se ofrece en la carta.
Sus interlocutores permanecieron impasibles mientras el humo de los burbujeantes narguiles
formaba volutas en el aire de la sala de reuniones, caldeada por una estufa de leña.
—El representante del Enviado, el teniente Connolly, le ha escrito esto a Mohun Lal —continuó
Akbar Kan con el mismo tono pensativo—. Sugiere que se soborne a Hayi Alí para que les consiga
esas cabezas. —La brillante mirada azul recorrió toda la estancia y vio rostros pétreos y ojos
serios—. Me parece que no se puede confiar en que los que contratan asesinos cumplan un pacto
—puntualizó con calma el kan, y un murmullo de aprobación creció hasta convertirse en un
explícito consenso—. Cuando Macnaghten, huzur, asegura estar negociando de buena fe, no
puedo evitar dudar de su palabra. —Akbar Kan permitió que una sonrisa de burla le aflorara en su
incisiva boca mientras desarrollaba tranquilamente su argumento.
—Dicen que Elphinstone, huzur, está cada día más débil —añadió con voz cavernosa uno de los
kanes—. Por eso se dio orden a Shelton de ir al cuartel desde Baila Hissar.
—Según mis fuentes en el cuartel, así es —dijo Akbar Kan—. Creo que ya es hora de que
aumentemos un poco la presión. Aunque los británicos consiguieran la otra noche ocupar el fuerte
de Mahomed Sharif, nuestros hombres ocupan ahora todos los fuertes de la llanura entre Seah
Sung y el cuartel. Sugiero que disparemos directamente contra el cuartel desde el fuerte de
Rikabashi.
—¿Y el pueblo de Behmaru? —Uktar Kan bebió de su sorbete—. ¿Hasta cuándo estamos
dispuestos a permitir que se reabastezcan de esa fuente?
—No mucho más —dijo Akbar Kan—. Aunque lo que pueden conseguir del pueblo sólo son
raciones de subsistencia, es su línea de suministro y hay que cortarla. Y cuando esté eliminada no
tendrán más remedio que negociar una retirada o morir de hambre.
—Están llegando las nieves.
—Sí, vienen las nieves, y sus reservas de combustible deben de estar casi agotadas.
La shura terminó con un ambiente de unión inhabitual en aquel grupo dividido y heterogéneo,
y Akbar Kan se quedó solo mirando al vacío, meditando en completa inmovilidad.
Ayesha sabría lo que estaban planeando. ¿Y cómo se sentiría, encerrada en el cuartel entre los
débiles e indecisos idiotas que él le había enseñado a despreciar, esperando el final que ella sabía
que tendría que compartir? ¿Cuándo la sacaría de allí? Sería muy fácil hacerlo en cualquier
momento con la cantidad de los suyos que había infiltrados en el cuartel. ¿Debía dejarla allí para
que aprendiera lo que son las penas del hambre? ¿Para que experimentara el miedo a lo inevitable
cuando el collar se fuera apretando? ¿Para que temblara de terror cuando su imaginación,
alimentada por su propia experiencia, le presentara los variados destinos que su kan tenía
reservados para los desleales?
La echaba de menos. Hasta donde Akbar Kan se permitía que las preocupaciones de la carne
interfiriesen en su firme determinación de alcanzar un objetivo, echaba de menos la suavidad de
Ayesha, la suavidad que recubría esa aspereza que tanto le gustaba, que la diferenciaba de las
mujeres a las que estaba acostumbrado. Echaba de menos su rápida respuesta a sus cambios
tanto como añoraba su habilidad en el arte del amor. Echaba de menos la sensación de estar

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sintonizado con todos sus pensamientos y sus cambios de humor. Sólo podía suponer lo que ella
debía estar sintiendo en esos momentos, y quería saberlo. Había escogido quedarse con los
ferinyi, pero ¿había escogido a todo un pueblo o sólo las efímeras alegrías de la cama de
Christopher Ralston? Eso podría perdonarlo. Castigaría la infidelidad, pero perdonaría porque la
situación era en parte responsabilidad suya. Pero la traición era un asunto diferente.
Cuando salió de su trance contemplativo lo hizo con el ceño ligeramente fruncido. Por el
momento la dejaría donde estaba. Sacar partido de la estúpida traición de Macnaghten requería
toda su concentración.

—¡Dios santo! —exclamó Kit pasándose ansiosamente los dedos por el pelo—. El regimiento de
Kurdurrah ha sido aniquilado. Y ahora esto.
—¿Qué es esto? —Colin Mackenzie entró en el despacho del asistente con aspecto de estar
agobiado. Era la imagen que tenían todos en la comandancia en aquellos días.
—El cuartel de Charikar ha caído —dijo Kit muy serio—. El regimiento de gurkhas que estaba
bajo el mando de Codrington hizo lo que pudo por defenderlo, pero esos malditos fanáticos
muyahidín masacraron a toda la guarnición.
—¿A las familias?
Kit asintió con desolación.
—Pottinger y Haughton han llegado hechos polvo esta mañana; son los únicos supervivientes y
Haughton está medio muerto.
—¡Jesús! —Mackenzie fue a la ventana y se quedó mirando la calle desierta. El viento invernal
hacía temblar el vidrio y formaba remolinos con las hojas caídas en el otoño. Las guarniciones
británicas estaban cayendo en todo el país bajo las espingardas y las cimitarras de los afganos. En
la llanura que rodeaba Kabul estaban agrupados los hombres de todas las tribus y lanzaban una
lluvia de fuego contra el cuartel con una tranquilidad casi irrisoria.
—Deberíamos evacuar el cuartel y trasladarnos a Baila Hissar —dijo—. Por una vez estoy de
acuerdo con nuestro querido Enviado; es la única opción sensata. Está bien defendida y tiene una
posición relativamente dominante. Aquí caeríamos como ratas en una trampa.
—Shelton no lo hará —dijo Kit—. He estado toda la mañana escuchando las discusiones. Él está
a favor de retroceder hasta Jalalabad, donde espera Sale, y el general tiene miedo de que si nos
trasladamos a Baila Hissar se retrase la retirada.
—¿Cómo demonios cree que vamos a salir de aquí con civiles, mujeres, niños y bebés, y hacer
setenta millas hasta Jalalahad bajo ataques continuos? —exclamó Mackenzie indignado—. La
única forma que tenemos de salir de aquí es con el permiso y la ayuda de Akbar Kan y los otros
jefes.
—Díselo a Macnaghten —propuso Kit cansado—. Está firmemente convencido de que su plan
de sembrar la discordia entre las facciones funcionará, y de que si podemos resistir en Baila Hissar
durante el invierno, todo se arreglará.
—¿Capitán Ralston?
—Sí, teniente. —Kit devolvió automáticamente el saludo al recién llegado.
—Una fuerza de afganos ha sido avistada yendo de Kabul a Behmaru.

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El breve improperio de Kit hizo eco en Colin cuando vieron las implicaciones de este reciente
desastre.
—Será mejor que le lleve el mensaje al brigadier Shelton, teniente —dijo Kit.
—Si al menos Shelton fuese algo más que un soldado aplicado —murmuró Colin cuando salió el
teniente—. Alguien tendría que dar alguna muestra de energía e iniciativa aquí. En este continuo
combate a la defensiva sin raciones adecuadas, los soldados están profundamente desanimados.
No puedo conseguir de ellos ni un saludo vigoroso, y no estoy seguro de poder confiar ni un poco
en la mayoría de ellos. —Era la triste verdad. La moral estaba tan baja que cada vez resultaba más
difícil reunir a los soldados en el campo.
—No todo es culpa de Shelton —puntualizó Kit—. Para ser justos, Elphinstone no está
facilitando la vida del segundo al mando. Aún está aferrado a su mando aunque es incapaz de
tomar una decisión y no puede levantarse de la cama.
—Es cierto. —Colin se encogió de hombros con tristeza.
—Kit, necesito un escuadrón de diversión de caballería con un cañón de campaña —una voz
presurosa llegó desde la puerta—. Me han dicho que ésa es su especialidad. Prepárese para salir
dentro de media hora.
—Sí, comandante —dijo Kit a la espalda del comandante Swayne—. ¿Desde cuándo son mi
especialidad las operaciones de diversión con caballería y cañones? —preguntó en voz alta.
—Desde el asalto a Mahomed Sharif, amigo —dijo Colin con una leve sonrisa—. Menuda
reputación te ganaste en una de nuestras lamentablemente escasas victorias.
—Una reputación que en justicia merece el sargento Ab-dul Alí —dijo Kit con franqueza—.
Tiene su propia tropa de cipayos que lo seguiría al infierno de Dante. Y, no sé por qué, Ab-dul ha
decidido seguirme a mí.
—Bien, ocúpate de esto por esta vez —dijo Colin—. Y mantén al sargento detrás de ti.
Kit asintió.
—Será mejor que se lo diga a Annabel. Prefiero enfrentarme a la cimitarra de un muyahid antes
que a mi lince de ojos verdes en uno de sus ataques pasionales.
Colin rió entre dientes.
—Eres un cerdo afortunado, Ralston. Me gustaría tener algo como eso para alejar de mi mente
el sentimiento de catástrofe.
Por alguna razón el comentario no consiguió producir la rápida respuesta que Colin buscaba. Kit
sacudió la cabeza y sus ojos grises se ensombrecieron.
—Es un auténtico infierno, Colin, cuando te encuentras con rehenes del destino. Puedo vivir
con la certeza de mi propia muerte... si no en este fiasco en algún otro momento... pero no puedo
vivir con la seguridad de la muerte de Annabel. Me atormenta saber que si no me hubiese metido
en su vida con semejante arrogancia ciega, ahora ella no estaría en peligro.
—¿Ella lo siente así?
Kit sacudió la cabeza.
—He intentado convencerla de que vuelva con Akbar Kan, pero no quiere. Tiene esa
exasperante fe en el destino que tienen los afganos. Todos actuamos de una manera
predeterminada y el resultado está escrito, así que las decisiones que llevan a la felicidad y al
sufrimiento no están en nuestras manos. Aceptas lo que viene y sonríes cuando puedes.

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—Hay creencias peores —dijo Colin en serio.


—Supongo que sí. —Kit se encogió de hombros—. Mejor me voy a lo mío, Colin.
—Corre.
Kit levantó una mano como despedida y salió a la calle. Vio el chadri blanco al torcer hacia los
establos y aceleró el paso. Por alguna razón Harley iba detrás del chadri empujando una carretilla
de madera.
No quiso llamarla en plena calle. La presencia de una mujer afgana bajo el techo del capitán
Ralston ya era algo del dominio público en el cuartel, pero le parecía mejor mantener la discreción.
El asunto era tratado con caballerosa reserva por sus compañeros y conspicuamente ignorado por
árbitros de la conducta y la moral, como lady Sale.
Alargando el paso, los alcanzó en un momento.
—¿Qué estás haciendo? —Miró el contenido de la carretilla de Harley.
Harley miraba al frente de una manera que conseguía dejar clara su completa independencia
de la empresa que lo ocupaba en ese momento.
—La señorita dice que en las montañas usan estiércol como combustible, y como no tenemos
otra cosa para quemar que los muebles, señor, ha decidido...
—¡Estiércol! —exclamó Kit arrugando la nariz mientras miraba aquel humeante y aromático
montón—. Annabel, se seria.
—Lo soy —respondió con naturalidad—. No se quema fresco, por supuesto. Hacemos tortas y
las secamos. Aquí no hay sol, pero el viento servirá. El estiércol de oveja es mejor que el de
caballo, pero los mendigos no escogen.
—No —reconoció Kit débilmente—. ¿No huele mal?
—No mucho. Y calienta.
«Una cualidad muy apreciable», pensó Kit. Mirando a Harley, vio la misma reflexión bajo su
aparentemente tajante negativa a que lo relacionaran con aquella olorosa tarea.
—Los afganos intentan ocupar Behmaru. —Le pareció más fácil ir directamente el grano y dejar
que los fuegos de estiércol siguieran su marcha.
—¿Vas a interceptarlos? —preguntó ella.
—Tengo orden de lanzar una operación de diversión para la infantería del comandante Swayne.
—¡Christopher! —Una llamada imperiosa llegó desde el otro lado de la calle. Lady Sale se
abalanzó sobre él—. ¿Qué lleva su asistente en esa carretilla? —Distraída momentáneamente de
su propósito, se quedó estupefacta mirando el contenido.
—Arde bien, señora —declaró Harley decididamente alineándose con Ayesha, que había
retrocedido un paso y se mantenía con la cabeza gacha en una perfecta representación de timidez
y modestia musulmanas.
Lady Sale ignoró a la figura cubierta.
—Me he visto obligada a quemar mis sillones. Enviaré a Ghulam Naabi a los establos si es así.
Christopher, ¿es cierto que esos salvajes intentan atacar Behmaru?
—Sí, señora —dijo Kit—. Pero el comandante Swayne va con un destacamento para
interceptarlos, y me han ordenado montar una operación de diversión con caballería y artillería.
Protegeremos el pueblo, no me cabe duda.

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—Confío en ello —dijo ella—. Las provisiones ya escasean bastante tal como están las cosas.
Nadie recuerda lo que es no tener hambre. —Y siguió su camino.
—Seguro que protegeréis el pueblo —murmuró Annabel desde detrás de su velo.
—¿Detecto algo de escepticismo?
—Es posible. Ten cuidado, Kit.
—Lo tendré. Y, por Dios, asegúrate de que esa porquería está bastante seca antes de comenzar
a quemarla.

Lucharon todo el día contra la guarnición kohistaní que ocupaba el pueblo de Behmaru. La
fuerza ocupante había bloqueado todos los accesos al pueblo y cualquier intento de tomarlo por
asalto era claramente inútil.
Kit veía impotente cómo los soldados y los artilleros caían bajo las espingardas enemigas. Abdul
Alí había sido herido en la primera media hora y trasladado por los cipayos, por orden de Kit, fuera
del campo de batalla. Kit se sentía extrañamente despojado y vulnerable sin su flemático sargento
y los cinco cipayos que lo acompañaban invariablemente. La llegada de Shelton con refuerzos los
animó momentáneamente, pero aun así no consiguieron acercarse al objetivo y al anochecer
tocaron retirada.
La que entró en el cuartel era una fuerza muy menguada, con gestos de desaliento y una
sombra próxima a la desesperación en las miradas. Habían visto caer a sus compañeros, los habían
ensordecido los desgarradores gritos de los heridos, que se oían por encima de los disparos
incesantes, y no habían avanzado ni un paso hacia el pueblo donde estaba su único recurso para
evitar la lenta muerte por inanición durante la feroz brutalidad del invierno en las montañas,
rodeados por un enemigo duro e implacable.

Kit fue primero al hospital, donde Abdul Alí yacía entre muertos y moribundos. Los gritos de
impotencia de aquellos para quienes el dolor se había convertido en parte intrínseca de su ser
eran, si cabía, aún peores que los de los que acababan de ser heridos en el campo de batalla. El
sargento, afortunadamente, estaba sumido en un delirio inducido por la morfina, con un vendaje
empapado en sangre alrededor del muñón de la pierna izquierda. Kit sintió un brote de intensa ira,
ira contra todos los implicados en aquella inútil y mortífera estupidez suicida.
Salió del hospital y fue a su bungalow arrastrando los pies por la profunda fatiga, con los ojos
inundados de una latente depresión. Llegaban voces desde la sala de estar, y la puerta se abrió
justo cuando ponía la mano sobre el manubrio.
—Te vi entrar por la puerta, así que sabía que estabas bien. —Annabel se mantuvo durante un
momento apartada de él, como para que ambos tuviesen la oportunidad de adaptarse una vez
más a la derrota del terror y de saborear de nuevo la penetrante intensidad del alivio. Luego se
lanzó a abrazarlo y se permitió, como siempre, la desinhibida demostración de emoción que se
había negado a sí misma cuando se había ido.
Él la abrazó sacando fuerza de la fuerza de ella y luego miró por encima de su cabeza hacia
donde estaban Colin y Bob, que se habían levantado y estaban mirando discretamente cómo ardía
tristemente y apenas sin llama el extremadamente apestoso fuego.

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—Veo que estás quemando esa porquería —observó Kit intentando con escaso éxito sonar
alegre.
Annabel lo sometió a una rápida y completa inspección visual.
—¿Estás mal?
Él suspiró y dejó de disimular.
—Peor que nunca, creo. Pero es que un fallo más, otro día de vidas desperdiciadas, ya me
parece demasiado.
—Siéntate. —Ella lo empujó a una silla y le sirvió un brandy—. Ésta es la última botella, pero
creo que esta noche lo necesitas.
—No pienso discutir. Pon una ronda.
—Ah, no, querido compañero, ni pensar en bebernos tu última botella —dijo Colin
rápidamente.
—¡Pero qué tontería! Cuando se acaba, se acaba. —Kit rechazó la educada objeción con un
gesto—. ¿Tenemos algo de comer, Annabel?
Ella sonrió.
—Un festín. He invitado a Colin y a Bob a cenar con nosotros. Tenemos huevos y crepés, carne
de antílope con fideos... y, lo mejor de todo, té.
Kit se quedó atónito.
—¿Ahora estamos en Jauja?
—No es Jauja, es algo más corriente —dijo ella con suficiencia—. He ido al bazar de Kabul...
—¿Que hiciste qué? —Kit se puso de pie de un salto, pálido como la cal y con la piel de los
pómulos tensa.
—Es muy sencillo —dijo ella, al parecer ajena al efecto que había obrado en él tal revelación—.
Compré lo suficiente para varios días, y volveré cuando se acabe. No sé por qué no se me había
ocurrido antes.
—Quizá porque es una locura —dijo Kit extrañamente tranquilo—. He tenido ganas de
vapulearte más veces de las que puedo contar, pero creo que por fin ha llegado el momento en el
que estoy a punto de hacerlo.
—Ya nos vamos —dijo Bob con tos nerviosa.
—Sí, sí, desde luego —se unió Colin, yendo hacia la puerta.
—¡No, no os vayáis! —exclamó Annabel cuando vio que Kit no hacía nada por evitarlo—. Os
quedáis a cenar, así que no hagáis caso de Kit. Sólo está cansado y se siente mal...
—Nada comparado con lo mal que vas a sentirte tú —la avisó Kit en voz baja—, pero eso puede
esperar. —Les hizo un gesto a sus amigos para que no se fuesen—. No hace falta que os vayáis.
Quedaos a cenar. Creo que ésta debe de ser la única casa del cuartel en la que hay algo que
merece llamarse comida.
—Si estás seguro...
—Por supuesto que está seguro —dijo Annabel rápidamente, nada afectada por la actitud
amenazante de Kit—. Voy a ver si Harley está preparando el antílope y los fideos como le expliqué.
Tómate otro brandy, Kit, te ayudará a relajarte.
La puerta se cerró tras ella y Kit respiró hondo.

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—Ayudadme; voy a... ¿sabíais que había ido a la ciudad?


—Lo supimos cuando ya había vuelto —dijo Colin—. Cuando nos invitó a cenar. Es muy afgana
cuando quiere; parece una de ellas con ese chadri, habla como ellas, se comporta igual; así que la
verdad es que no le di demasiada importancia. Quiero decir, querido compañero, que Annabel no
es precisamente una mujer corriente ¿no?
—No —dijo Kit con los labios apretados—. Y Akbar Kan está ansioso por ponerle las manos
encima. Y está en Kabul. Y la Ayesha de Akbar Kan es una persona conocida en la ciudad. ¡No
puedo creer que se haya comportado de una manera tan temeraria!
—No fui temeraria. —Annabel reapareció y habló tranquilamente desde la puerta—. Tú te
juegas la vida siempre que sales del cuartel a uno de esos inútiles ejercicios de temeridad. Mi
salida no ha sido inútil y no consigo entender por qué se supone que debo estar aquí sentada
mirándome las manos y pasando hambre cuando con un poco de esfuerzo y de ingenio puedo
poner comida en la mesa. La situación es desesperada y exige medidas desesperadas, así que yo
en tu lugar dejaría de comportarme de esta manera tan estirada o se te cortará la digestión y yo
habré perdido el tiempo.
—No vas a volver a hacerlo.
—Haré lo que me parezca necesario cuando me parezca necesario, Christopher Ralston —
respondió ella rápidamente—. La cena está lista.
—Ya te dije que habías encontrado un hueso duro de roer —comentó Bob con algo de
compasión.
—Mmm... —murmuró Kit, incapaz por el momento de aceptar o rechazar el comentario.
Estuvo con el ceño fruncido cerca de un cuarto de hora, pero acabó por dejar por imposible la
pelea contra la obstinada ligereza de Annabel con los efectos beneficiosos que tuvo sobre él la
primera comida decente que todos ellos habían tenido en semanas. Pero no tenía intención de
abandonar el asunto y, cuando sus amigos se marcharon y Harley les deseó buenas noches, llevó a
Annabel al dormitorio.
—Ahora no hace falta que estés enfadado —dijo ella apresuradamente intentando soltarse de
él.
—Hace mucha falta. —La sujetó más fuerte y apretó más los labios.
—Kit, sólo era otra mujer que compraba en el bazar.
—Con un inconfundible chadri blanco, ¡el emblema de la favorita de Akbar Kan! —exclamó él—
¿Cómo has podido ser tan insensata?
—¿Insensata? ¿Yo? —Los ojos de jade relumbraron cuando renunció al espíritu
contemporizador—. No llevaba el chadri blanco; Harley consiguió que le prestase uno oscuro una
sirvienta de lady Sale. Salí por el hueco por donde sale la chica del comedor de oficiales, y una vez
fuera era completamente irreconocible.
—Caminaste dos millas hasta la ciudad y dos millas de vuelta sin escolta y a plena luz del día.
—Sí, lo hice. —Suspiró con cansancio—. En compañía de otras doce mujeres de los
asentamientos que hay en el canal. Y lo haré otra vez cuando sea necesario.
—No lo harás. —La seca afirmación quedó entre ellos, fría y pesada en el silencio cargado de
ira.

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Annabel, incluso a través de su furia, pensó en el aspecto desesperadamente cansado que tenía
Kit, con la derrota de ese día aún claramente grabada en los ojos. Quizá la necesidad que tenía de
controlar lo que ella hacía naciese de la absoluta incapacidad de él y de todos los demás de acabar
con la aparentemente ineficaz superioridad del enemigo. Y también del miedo por ella; ya lo sabía.
Pero, lo entendiese o no, ella no iba a permitirlo.
—No te concedo el derecho a decirme lo que tengo que hacer, Kit. —Ella rompió el silencio sin
levantar la voz, con una entonación razonable y bien timbrada—. Estoy viviendo bajo tu techo
porque ambos lo decidimos. Te dije que seguiría contigo mientras las cosas siguiesen igual. No se
me ocurriría decirte lo que puedes hacer y lo que no, y sólo pido el mismo tratamiento.
—Quiero que seas mi esposa. —Kit oyó su voz emergiendo de las profundidades de la fatiga y la
desilusión, diciendo en un momento bastante inadecuado algo que había conseguido contener
incluso bajo la euforia de la pasión satisfecha.
La reacción de Annabel fue inmediata.
—¡No seas absurdo!
—¿Por qué es absurdo? —Él aún la sujetaba por los brazos y la miraba con terrible intensidad.
Ella puso en su voz esa nota de burla que tanto lo había descorazonado en los primeros días.
—¿Sacarás tu varita mágica, Ralston, huzur, y convertirás a la antigua moradora de un harén
afgano en un pilar de la buena sociedad británica? —Se soltó de sus manos—. Antes muerta.
—¿Preferirías morir a casarte conmigo? —Él no sabía que algo así podía doler tanto.
Ella vio su dolor, lo percibió en su voz.
—No. No he querido decir eso. Sólo quería decir lo que ya te he dicho otras veces: yo no
encajaría en tu mundo, Christopher Ralston, y no quiero hacerlo. Soy feliz con el mundo que nos
hemos creado aquí, pero no tiene raíces en ningún otro. Sólo nos pertenece a nosotros, y mientras
podamos vivir en él, seré feliz.
—Pero no tiene futuro —dijo él, sintiendo que el dolor se desvanecía bajo un nuevo brote de
rabia por su obstinación.
—No —dijo ella con firmeza—. Sólo tiene presente. Y así es como debe ser.
—No acepto eso. —La cogió y la giró para mirarla de frente. De su expresión habían
desaparecido la fatiga y la desilusión, barridas por la clara luz del convencimiento y la
determinación de imponer ese convencimiento y rechazar la oposición.
—¿Vas a decirme que no hay futuro en esto? —La cogió por la cabeza y la besó. En el beso no
había tranquila ternura ni pasión vertiginosa. Era una dolorosa afirmación contra la que ella luchó
ciegamente durante un minuto, pero él le sujetaba la cabeza mientras con la lengua tomaba
posesión de su boca. Ignorando las intensas contorsiones de su cuerpo, Kit la hizo retroceder hasta
la cama sin apartar su boca de la de ella. Cayeron juntos y las piernas de Kit rodearon las de
Annabel y las inmovilizaron, y el peso de su cuerpo hizo inútiles los esfuerzos de la chica. Una
mano ascendió por debajo del vestido hasta alcanzar las satinadas cúpulas de sus pechos, y al
tocarlos, con una caricia que ella sabía que desearía con locura cuando ya no estuviese a su
disposición, sus pezones se irguieron y la tensión comenzó a acumularse en su interior.
Aún se retorció debajo de él en un esfuerzo por liberarse, por luchar contra la invasión que
sabía que la haría vulnerable a la convicción de Kit, porque no sería capaz de soportar la idea de un
futuro sin él.

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Intentó girar la cara, aún presa bajo la boca de Kit, pero él apretó tanto la lengua que parecía
tenerla dentro de su cabeza, una acariciante y caliente presencia muscular que se había
convertido en parte de ella. Apretó los muslos contra la rodilla que intentaba separarlos y la mano
de Kit dejó sus pechos y se deslizó por su duro vientre haciendo que los músculos se le contrajesen
involuntariamente con el roce; se introdujo en su pantalón y bajó más para acariciarla con íntima y
profunda persuasión, y así consiguió que por fin se rindiera y separase las piernas, jadeando su
sumisión contra su boca; él apartó la cabeza.
Los ojos grises la atravesaron introduciéndose en los secretos de su alma como los dedos se
introducían en los secretos de su cuerpo.
—¿No hay futuro, Anna, cariño? —susurró él—. ¿Cómo puedes decirme que no hay futuro
cuando siento cómo lates con la promesa, cómo tiemblas de ansia; cuando leo el amor y la lujuria
en tu mirada?
Ella cerró los ojos, pero sabía que era demasiado tarde para negar la verdad aunque agitase la
cabeza sobre la colcha simulando una negación. Sólo Kit la había llamado Anna, y pocas veces
usaba ese nombre privado, como si la afirmación del lugar especial que ocupaba en su vida fuese
demasiado importante para desgastarla con el uso.
—Acabarás admitiéndolo —afirmó él tranquilamente desatándole el pantalón para bajárselo y
acabar lanzándolo al suelo—. Puede que tarde toda la noche, pero acabaré oyendo cómo lo dices.
—Movió las manos para acariciarle los muslos por detrás cuando ella levantó las piernas, le apretó
las rodillas contra su cuerpo y saltó bajo su boca y el agudo placer de su lengua.
No podía resistir más el avasallador y envolvente placer que lo que podía resistir el poder de su
declaración, y saber que ella lo compartía a pesar de lo que dijese. Cuando él se quitó los calzones
y entró en el cuerpo de Annabel con un empuje ardiente que le arrancó un grito de placer, ella se
alzó para encontrarse con él vientre con vientre, y sus ojos estaban abiertos con sincero
reconocimiento cuando se encontraron con los de él.
—¿No hay futuro, Anna? —Él se retiró de su interior y llegó hasta el mismo umbral de su
cuerpo; ambos se quedaron en equilibrio al borde de la disolución.
Lo ojos de Annabel se cerraron durante un segundo cuando la miríada de sensaciones de
éxtasis corporal se mezclaron, centradas en el punto de su fusión, y le pareció que estaba
suspendida en un viscoso lago de placer.
—Dímelo, Anna —insistió él moviéndose un poco hacia dentro.
Ella abrió los ojos.
—Quizá —dijo.
Él sonrió.
—No intentaré conseguir una conversión completa... No ahora. —Entonces se introdujo
profundamente en su interior y se convirtió en carne de su carne y sangre de su sangre, y ya no
hubo pasado, presente ni futuro; sólo una fusión en el éxtasis de las células y átomos de las
entidades separadas.
Pasó mucho tiempo antes de que volviesen a reconocer que eran seres independientes.
Annabel fue consciente de tener el vestido pegado a su cuerpo por el sudor, de la suave sensación
de tener a Kit en su interior, del aliento de él en el cuello, del aroma de su amor que flotaba en el
aire. Le acarició la cabeza en una lánguida bendición. Él levantó la vista para mirarla.
—Eres preciosa, mi Anna. Una criatura maravillosa.

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Ella sonrió con un asomo de travesura bajo el rescoldo de la sensualidad.


—Hace poco estabas amenazando con hacerme no sé cuántas cosas terribles. Si te referías a
esto tendré que provocarte más a menudo.
Kit gruñó ante la derrota y se apartó de ella.
—No quiero que vayas a Kabul. Es buscarse problemas.
—Seré yo quien juzgue eso. —Ella se sentó y se quitó el vestido por la cabeza—. Estoy
completamente sudada. —Bajó de la cama y fue descalza hasta la jofaina y la jarra que había sobre
el tocador—. Te prometo que sopesaré los riesgos y las ventajas. ¿Te satisface eso?
Él la miró mientras se lavaba con soltura, ajena a la elegancia de sus movimientos cuando
levantaba un brazo o una pierna y se ocupaba de su cuerpo con una diestra familiaridad que, a
pesar de la fatiga, reavivó la pasión de Kit. Decidió que no conducía a nada seguir tratando ese
asunto con ella y se levantó de la cama con paso decidido. Y tampoco conducía a nada dejar el
placer actual para un futuro que tal vez no tendrían.
Pero mantuvo el reconocimiento de esa realidad enterrado en los rincones más oscuros de su
alma. Sólo así podría negarlo.

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ULLO
O 1166

—¡En el nombre del Todopoderoso! Eso no puede estar sucediendo. —Colin Mackenzie miraba
espantado la escena que se desarrollaba en el llano, fuera de los muros del cuartel—. Están
corriendo como conejos.
—Será mejor que les demos fuego de cobertura —dijo Bob secamente, y le gritó una orden al
sargento al mando de los fusileros alineados en el muro—. Maldita sea, están tan mezclados que
parece que los nuestros y los otros vayan a venir juntos.
Había pasado un día, y Shelton estaba intentando de nuevo recuperar Behmaru de los
guerreros kohistaníes. Durante toda la jornada habían ido llegando al fuerte una serie de noticias a
cuál peor: que el ejército británico estaba sufriendo enormes bajas porque se había reforzado la
guarnición afgana, que la infantería se había negado a acatar la orden de cargar a la bayoneta y
que los soldados de caballería se habían quedado sentados como piedras cuando la corneta llamó
a cargar. Y ni la imaginación más calenturienta del más pesimista y descorazonado de ellos había
previsto aquella derrota aplastante presidida por el pánico.
Por toda la llanura corrían tropas británicas completamente desorganizadas. Los infantes
corrían dispersos tras el desmantelamiento de las líneas, y los soldados de caballería galopaban
hacia el fuerte; tras ellos, tan cerca que a los horrorizados espectadores les parecía que vinieran
mezclados con los británicos en desbandada, iban sus perseguidores afganos, a caballo y a pie,
disparando las espingardas y causando grandes estragos con los machetes y las cimitarras.
Los hombres que caían heridos en la llanura eran abandonados por sus camaradas, y luego
despedazados en el suelo con despiadado salvajismo.
El alto e imperativo toque de la corneta sonó por encima del incesante y caótico sonido de la
batalla. Las puertas del fuerte fueron abiertas de par en par y una tropa de caballería salió al
galope por ellas blandiendo espadas y lanzas en una carga furiosa contra la mortal melé.
—¿No es Kit el que dirige esa carga? —dijo Bob observando con sus binoculares de campaña—.
Últimamente no pierde ocasión de salir ahí fuera.
—No —dijo Colin enfocando con sus binoculares la línea de fuego—. Parece que sea una
venganza personal... Ajuste a la izquierda, sargento, siete puntos.
—Siete puntos hacia la izquierda —llegó el grito que transmitía su corrección y los fusiles se
movieron de acuerdo con ella.
—Creo que lo es —dijo Bob, serio—. El amor tiene los más extraños efectos sobre las personas.
Colin le echó una mirada aguda de reojo.
—¡Amor! Esa es una palabra poderosa.
—Creo que es verdad. El insensible Kit Ralston ha caído víctima de las flechas de Cupido. Y
mataría a todos los afganos con las manos desnudas si eso le permitiese sacar de Afganistán a
Annabel Spencer.
Colin silbó suavemente.
—Yo creía que sólo era una gran pasión; adecuada aquí pero completamente imposible en
cualquier otro lugar. ¿Se dará cuenta él de eso?
Bob negó con la cabeza, pero le fue imposible pensar más en ello porque los soldados en fuga
se acercaban a las puertas y a cada momento había que a justar el alcance del fuego de cobertura.

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—Esperaba encontrar un rostro amigable —Annabel había trepado hasta los dos hombres y
estaba entre ellos sin aliento—. Supuse que Kit habría salido—. Llevaba el traje de cuero y las
botas de montar, el cabello anudado en la nuca y un manto forrado de piel sobre los hombros.
—¿No deberías llevar el velo? —preguntó Bob automáticamente.
Annabel miró el espectáculo de la catástrofe, ensimismada con el pandemónium, y luego
observó sombríamente:
—No creo que preocupaciones como ésa sean relevantes ahora. Me parece que no vais a ser
capaces de contenerlos. Y cuando crucen las puertas... —Dejó la frase sin acabar. Todos tenían la
impresión de estar viviendo una pesadilla hecha realidad mientras la imparable persecución se
acercaba cada vez más, aparentemente inmune al fuego de los fusiles que disparaban desde el
muro y sólo ligeramente afectada por la carga de caballería de Kit.
—¡Señor, parece que se retiran! —gritó un excitado vigía.
—Por Dios, creo que tiene razón —dijo Colin volviendo a levantar los binoculares—. Sí, mira,
están retrocediendo. —Cuando ya parecía que la marea enemiga caería sobre los fugitivos y los
aplastaría por completo para luego irrumpir con el mismo ímpetu en el cuartel, los afganos se
habían frenado inexplicablemente.
—¿Me dejas tus anteojos? —Annabel se esforzaba por ver algo en la confusión—. Gracias. —
Cogió los binoculares que le ofreció Colin—. Es Osman Kan —dijo—. Ha dado orden de retirada.
Me gustaría saber por qué. No es más clemente que cualquier otro de los kanes.
—¿Lo conoces? —Bob la miraba interesado.
Ella se encogió de hombros.
—Conozco un poco a casi todos. Siempre hay antecámaras y tapices para quien quiera escuchar
sin ser visto. Sé quiénes son los indecisos y quiénes los más poderosos. Osman Kan es uno de los
más poderosos y está sólidamente alineado con Akbar Kan. —Devolvió los binoculares—. Creo que
ya es hora de sacar algún partido de mis conocimientos ¿no os parece?
—¿De qué manera?
—El combate se acabó —dijo en voz baja—. Tendréis que empezar a negociar. Sé cómo
negocian los afganos, cómo funcionan sus mentes. Seguro que ese conocimiento tiene gran valor.
—No estoy seguro de que Kit vaya a estar de acuerdo contigo —dijo Bob—. Aquí viene.
Annabel apoyó los codos en el muro para mirar la desordenada muchedumbre que entraba
dando tumbos por la puerta. No había orden, ninguna cadena de mando visible, sólo la espantosa
humillación del pánico y la derrota. A pesar de todo el caos, la tropa de caballería de Kit esperaba
cerrando la marcha en una ordenada línea, pero la caballería de Kit no había sido machacada por
un día de incesante y letal fuego enemigo y por repentinos y violentos ataques de fanáticos
vociferantes. No habían sido lanzados una y otra vez contra un objetivo inexpugnable hasta que la
mortífera inutilidad de todo el esfuerzo había hecho que se desperdigaran en estampida en busca
de una falsa seguridad.
El brigadier Shelton cruzó la puerta sobre su caballo, erguido y con la mirada fija en algún punto
frente a él como si fuera ajeno a toda aquella escena de caos y desgracia. No habló con nadie;
desmontó en la plaza de los barracones y fue rápidamente a la comandancia.
—No puedo evitar sentir lástima por él —murmuró Bob—. Es un muy buen soldado, testarudo
y poco brillante, pero no se merece estar implicado en algo tan vergonzoso.

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—Suficiencia ferinyi—dijo Annabel escuetamente—. Con un poco menos de ella esto no habría
sucedido. Voy a por Kit.
—Me gustaría que no dijese esas cosas —dijo Bob incómodo—. Siempre me siento como si
debiese discutir con ella, como si no hacerlo fuera faltar a mi obligación con los míos, pero la
verdad es que si lo piensas bien...
Colin frunció el ceño.
—No es el sentimiento, es la manera de expresarlo lo que irrita. A nadie le gusta oír según qué
verdades del maldito enemigo, y así es como suena ella a veces. Voy a la comandancia a escuchar
el informe de Shelton.
—Voy contigo. —Los dos hombres bajaron del muro, desde donde siguió saliendo fuego
esporádicamente en la oscuridad creciente.
Al llegar a la plaza, Annabel fue rápidamente hasta donde Kit estaba despidiendo a sus
soldados. Se quedó a un lado hasta que él terminó y luego salió a la luz de un quinqué.
—¿Estás bien? —la suave pregunta lo sobresaltó y se volvió.
—¿Qué haces aquí?
—El mundo y su esposa están aquí —contestó ella señalando a su alrededor con un gesto—. He
estado en el muro con Bob y Colin.
—¿Por qué vas sin velo?
Los ojos de Annabel se clavaron en los de Kit.
—Parece que no tiene mucho sentido seguir con los engaños, Ralston, huzur.
Él no dijo una palabra durante un momento, y luego lo aceptó encogiéndose de hombros.
—No, tienes razón. Ya hemos llegado al final. —Miró a su alrededor y sacudió la cabeza en un
gesto inconcreto de disgusto e incredulidad—. Shelton estaba seguro de que sus soldados no
serían capaces de mantener un combate semejante. Están desanimados, débiles por la falta de
alimento, agotados por la constante lucha defensiva. Realmente no se puede culpar a esos pobres
tipos. Pero, por Dios, nunca pensé que iba a ver soldados británicos huyendo despavoridos de esa
manera.
—Haber dejado Behmaru en poder de los kohistaníes sin pelear habría equivalido a pedir una
retirada negociada —puntualizó Annabel.
—Que es la única opción que nos dejan de todos modos —dijo él, súbitamente áspero—. Quizá
habría habido algo de dignidad en la aceptación estratégica de lo inevitable.
—Me gustaría hablar con el general y con el Enviado —dijo ella directamente.
—No —dijo Kit.
—Hay cosas que puedo decirles; cosas que yo sé y, en cambio, ellos no.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no pienso exponerte a cotilleos obscenos y chismes de salón.
—Creía que estábamos de acuerdo en que ha pasado el tiempo de los engaños.
—Pero no el tiempo de la discreción.
—Kit...

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—¡No! —Se volvió y dejó en la plaza una figura notable con el color de los ferinyi y el atuendo
de los afganos.
Ella miró cómo se alejaba con un profundo ceño. Entonces también salió de la plaza con paso
por una vez largo e impaciente y el manto volando tras ella mientras las piernas enfundadas en
cuero cruzaban el cuartel.
—¡Joven! —Con la estentórea llamada, frenó el paso mirando hacia la estridente voz que había
reconocido como la de lady Sale.
—¿Señora? —De inmediato se dio cuenta de que su respuesta automática la había descubierto.
Si hubiera seguido su camino como si no hubiese entendido la llamada, el engaño se habría
salvado. La calle estaba demasiado oscura para que lady Sale viese algo salvo el cabello claro y la
familiar indumentaria afgana.
—Venga aquí. —La mujer la llamó imperativamente desde el jardín delantero de su casa, y
Annabel cruzó la calle. Lady Sale levantó sus impertinentes y la escrutó minuciosamente a la
escasa luz procedente de la ventana que quedaba tras ella, sin perderse detalle de su inusual
color, visto por primera vez ahora que la familiar figura iba sin chadri ni velo—. Ya me lo figuraba
—proclamó—, aunque no sé qué está pasando aquí. —La afirmación tenía tono de incredulidad,
como si semejante eventualidad hubiese sido algo completamente impensable hasta ese
momento.
—Ha habido una derrota aplastante, señora —dijo Annabel malinterpretándola
intencionadamente—. El enemigo ha perseguido a sus tropas por toda la llanura...
—No es eso de lo que estoy hablando —la interrumpió lady Sale—. ¿Y por qué dice usted «sus
tropas»? Es usted tan inglesa como yo ¿no? Y por su voz, claramente de buena familia. Pero tengo
que decirle que esas ropas son una ignominia.
—Lamentablemente, señora, son las únicas que tengo. —Durante un absurdo momento,
Annabel se sintió transportada a la sala de estar de su madre en Peshawar, donde siendo una niña
con vestido de muselina y pololos con volantes había saludado con reverencias y respondido
amablemente a los interrogatorios de los invitados de su madre, e intentado no arrugar la nariz
cuando la besaban parientes con bigotes que olían a brandy y tabaco.
—Sabía que Christopher estaba mintiendo —murmuró la mujer frunciendo profundamente el
ceño—. Lo conozco desde hace demasiado tiempo para que pueda tomarme el pelo. ¿De donde es
usted, joven?
—De Peshawar —dijo Annabel alegremente.
—¡Tonterías! Conozco a todas las familias de Peshawar.
—Señora, no quisiera ser descortés, pero no creo que esté obligada a contestar sus preguntas
—dijo Annabel amablemente—. Pero puedo asegurarle que cuando contesto sólo digo la verdad.
Lady Sale se protegió con una capa del soplo de una helada racha de viento que anunciaba
nieve; una vez tapada, preguntó directamente:
—¿Vive en casa de Christopher Ralston?
Annabel meditó adecuadamente la respuesta.
—Sí, señora.
—Entonces no es mucho mejor que esas que van siguiendo al ejército.
—Si así le parece, señora...

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Su inquisidora miró la afable sonrisa de la joven, cuya manera de hablar estaba modulada
claramente a la manera de la clase alta, cuyos ojos de jade eran cuidadosamente inexpresivos,
aunque destacaban sobre el níveo rostro en un curioso e involuntario desafío.
—No entiendo qué es todo esto —manifestó lady Sale—, pero voy a entenderlo. —Se volvió
hacia la puerta de su casa.
—Perdone, lady Sale, pero creo que hay cosas más importantes que requieren su atención en
este momento.
La mujer mayor se detuvo y miró por encima del hombro hacia donde seguía Annabel, en la
entrada de su jardín. Frunció aún más el ceño mientras parecía pensar algo; luego dijo
abruptamente:
—¿Cree que saldremos de ésta?
—No lo sé —contestó Annabel, como si la pregunta extrañamente confidencial no fuera en
absoluto inadecuada dentro de esa conversación—. Pero necesitaremos todas las fuerzas que
tengamos. Y hay que asegurarse de que los que dirigen, efectivamente lo hagan.
Tras un momento de reflexión, lady Sale asintió.
—Puede que sea usted una fresca desvergonzada, señorita, pero parece que piensa con
claridad. Que pase una buena noche.
—Buenas noches, señora.
Annabel esperó a que el sirviente le abriera la puerta del bungalow a lady Sale y siguió su
camino, preguntándose si debía comentarle el encuentro a Kit. De todos modos acabaría
enterándose por lady Sale, y seguro que se enfadaría, pero sobre ella había obrado un efecto muy
extraño. Algo se había cristalizado, y no estaba segura de querer enfrentarse a ello. Comenzaba a
pertenecer al interior de aquellos muros. Su destino estaba ligado inextricablemente al de los
habitantes del cuartel, pero no sólo por su presencia física allí.
Pero no sólo por su presencia física allí.
En cuanto las implicaciones que tenía esa idea se materializaron en su interior, alteró el ritmo
de su caminar, hasta ese momento apresurado. ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo había
evolucionado la sutil transformación desde el orgullo afgano hasta la vinculación con el
supuestamente despreciable enemigo? ¿Dicha vinculación era simplemente por el amor por Kit?
¿Por la amistad con Colin y Bob? ¿Por la buena comunicación con Harley? ¿O era algo más
esencial? ¿Quizá la herencia de su infancia que brotaba de nuevo vigorosamente, abriéndose
camino a través de las capas de enseñanzas de Akbar Kan, hasta que Ayesha se convirtiese en la
invención y la Annabel interior se renovara en el suelo donde nació?
Era una idea profundamente inquietante aunque extrañamente apasionante. Y fue la que
alimentó su determinación de darle un mejor uso a sus conocimientos. Si aquélla era su gente,
entonces le debía lealtad y el beneficio de la experiencia. Nadie más en aquel fuerte sabía lo que
ella sabía, y era inconcebible, a la vista del desastre que acababan de vivir y de su actual posición
desesperada, que rechazasen lo que ella les ofrecía.
Entró en el bungalow sumida en esos pensamientos. Harley, ansioso, la sacó de su
ensimismamiento cuando le preguntó:
—¿Está bien el capitán, señorita?
—Sí, Harley. ¿Te has enterado de lo que ha pasado?

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En el impasible rostro del asistente apareció una expresión de absoluta indignación.


—Sí, señorita. Una maldita vergüenza, eso es lo que fue, si me permite la expresión, señorita.
—Yo no los juzgaría con demasiada severidad —dijo ella—. Pronto todos tendremos que
enfrentarnos a la cimitarra de un muyahid.
—No verán mi espalda —afirmó Harley, y se fue con paso firme a su cocina.
Kit volvió tarde.
—Tengo entendido que has hablado con total franqueza con lady Sale —dijo sin preámbulos,
olisqueando hambriento el plato de guiso de antílope que Annabel puso frente a él.
—¿Cómo has tardado tan poco en enterarte? —Lo miró sorprendida.
—Me abordó su sirviente cuando venía desde los establos —dijo en tono cansado— para
pedirme que fuese a verla un momento. —Comió con aprecio una cucharada de guiso—. Esto se
me debería atragantar, sabiendo cómo conseguiste los ingredientes, pero por alguna razón no
sucede.
—Tal como están las cosas, tendrías que estar muy loco para permitir que semejante
consideración te quitase el apetito. Todo el mundo se está yendo a la cama con hambre —
respondió rápidamente—. ¿Que tenía que decirte la señora?
—Quería saber quién eres. Ya vi que no fuiste demasiado comunicativa. —Levantó una ceja
inquisitivamente.
—Fui muy educada —dijo Annabel—. Pero ella parecía poner en duda que yo soy de Peshawar.
De todos modos, dijo que te conoce desde hace demasiado tiempo para que puedas engañarla, y
que no te había creído cuando negaste tener a una inglesa en tu casa.
Kit se encogió de hombros.
—Bueno, me temo que le dije que eso no era asunto suyo, así que no terminamos bien.
—Oh, querido. Supongo que ha sido por mi culpa.
—Se podría decir que sí. —Su voz seguía igual de seca.
—Pero ¿cómo se le puede dar importancia a semejante tontería en este momento? —exclamó
ella con auténtica frustración.
—Las formas y las ceremonias adquieren gran importancia cuando empieza a deshacerse el
tejido de la vida —dijo Kit tranquilamente—. Las costumbres, los rituales y las normas son todo lo
que queda. Cuando se destruyen, la gente como lady Sale cree que también se destruyen la
esperanza y la energía. —Mientras hablaba se le ocurrió que unos pocos meses antes nunca habría
hecho el menor intento de entender, y mucho menos defender, las necesidades y actitudes de los
que tan libremente había llamado «pesados tontos prehistóricos»—. Lady Sale, a pesar de su
estrechez de miras, es una mujer con mucha energía —continuó—. A todo el mundo le interesa
que conserve esa energía. Hay demasiadas mujeres en el cuartel que dependen de su liderazgo y
de su fuerza.
—Ya me he dado cuenta —dijo Annabel—. Y así se lo dije.
Era el turno de Kit para la sorpresa.
—¿De verdad le has dicho eso?
—Sí, y no me pareció que se lo tomase mal —respondió con firmeza—. Incluso dijo que aunque
yo sea una fresca desvergonzada podía pensar con claridad.

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Kit rió. «No es una risa demasiado alegre, pero es un paso en la dirección adecuada», pensó
Annabel rellenándole la taza de té.
—¿Qué se ha decidido? —preguntó, pasando a un asunto de interés mucho mayor. Kit frunció
el ceño.
—Nada, por el momento. Sólo hay lamentaciones de Elphinstone, grandes declaraciones de
Macnaghten e ira sorda de Shelton. Volveré a ir en cuanto termine de cenar.
—Déjame ir contigo —insistió ella.
—No seas ridícula. —Apartó su silla—. Lo último que cualquiera necesita en este momento es
que tú líes aún más las cosas.
—Eso es muy hiriente, Kit. ¿Cómo voy a liar las cosas?
El esfuerzo que estaba haciendo por controlar la impaciencia se hacía evidente en su cara y en
su voz.
—Cariño, no voy a presentarte como una antigua miembro del harén de Akbar Kan. Me niego a
entrar en detalles íntimos de tu historia; y aunque lo hiciese, ellos no creerían tus perlas de
sabiduría. Sólo verían en ti a mi amante y sólo oirían de mí el pesado alegato de un tonto
enamorado. Macnaghten se reiría en mi cara y Elphinstone probablemente se pondría
insoportable a propósito de la cuestionable conducta de un oficial de caballería que tiene a tan
exótica criatura viviendo en su casa.
Ella se encogió de hombros y se volvió.
—Muy bien. En ese caso, creo que me voy a la cama.
Él se quedó indeciso durante un momento. Odiaba dejarla herida y enfadada, pero también
estaba demasiado cansado y abatido para hacer el esfuerzo de apaciguarla.
—No sé cuanto durará —dijo mientras se abrochaba la chaqueta.
—Seguro que estaré dormida —contestó ella con frialdad—Buenas noches. —Y salió del
comedor rozándolo al pasar.
—¡Maldita sea! —Él dio un paso para seguirla y luego sacudió la cabeza como para quitarse de
encima la irritación. Era lo que le faltaba en una noche como ésa, y no lo había previsto.
Durante toda la larga noche de discusiones interminables, de palabras desagradables que
flotaban en la niebla de humo de tabaco del despacho del general y de sugerencias que se hacían y
desechaban con la misma rapidez con que se adjudicaban y se negaban culpas, Kit se encontró
falto de la energía mental necesaria para preocuparse por los sentimientos heridos de Annabel. Y
cuando, a primera hora de la mañana, llegó desde Kabul un mensaje para el Enviado, el cansancio
producido por la inutilidad de la discusión de la noche se desvaneció.
Sir William leyó la carta.
—Es de Osman Kan —les informó.
—El jefe que detuvo la persecución de ayer —dijo Colin.
—¿Cómo sabe eso, Mackenzie? —El Enviado parecía tan sorprendido como disgustado cuando
hizo la pregunta.
Colin miró incómodo a Kit, que se quedó mirando al techo y no lo ayudó.
—Creo recordar que alguien lo dijo —explicó por fin.
Macnaghten soltó un breve resoplido y continuó.

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—Bien. Según esta carta, Osman Kan sostiene que si hubiese dejado que sus fuerzas
continuaran con su triunfo, la pérdida del cuartel y la destrucción de nuestras fuerzas habrían sido
inevitables. —Miró a los presentes y sólo encontró sombrío reconocimiento de la afirmación del
kan. Continuó—: Al parecer la intención de los jefes no es llegar tan lejos. Sólo quieren que
abandonemos pacíficamente el país y lo dejemos en manos de sus propios kanes y del rey que
ellos escojan.
Cayó un pesado silencio sobre la habitación cargada de humo mientras amanecía al otro lado
de la ventana. El general Elphinstone, desde las profundidades de su sillón, jadeaba
lastimosamente. Sir William carraspeó y dijo en tono formal:
—General, ¿cree usted que disponemos de la fuerza militar necesaria para mantener nuestra
posición en Afganistán?
—No es factible mantener nuestra posición aquí, Macnaghten —dijo el general sonando
relativamente fuerte por una vez—. Sugiero que aproveche usted de inmediato esa oferta de
negociación.
Ahora que la inevitable decisión había sido expresada por fin, el alivio se dibujó en todas las
caras. Al menos había un plan, aunque fuera el peor escenario posible, y la futilidad de las
esperanzas vanas era cosa del pasado.
—Así pues, sugiero que discutamos los términos del acuerdo con su delegación —dijo el
Enviado.

—Huevos, mantequilla, cebollas y dos espaldas de cordero, Harley —dijo Annabel dejando la
cesta sobre la mesa de la cocina—. Esto debería mantener al lobo alejado de la puerta durante
otro par de días.
—Sí, señorita —afirmó Harley sin comentar nada de la discusión a gritos que había oído por la
mañana cuando ella había anunciado su intención de ir al bazar a por comida. De hecho, en
aquellos días, cuando no estaban gritándose, el capitán y su dama guardaban un gélido silencio.
De vez en cuando el capitán intentaba realizar alguna aproximación, pero sus esfuerzos siempre
topaban con un tono de burla insultante que hacía que se marchase del bungalow enfurruñado y
dando un portazo, y que la señorita se fuese a la escuela de equitación, donde podía pasar horas
practicando complicadas maniobras con Charlie.
Oyó que la puerta principal se cerraba y Harley vio cómo Annabel se estiraba y se volvía hacia la
puerta de la cocina con su vieja expresión de impaciente bienvenida en la cara, y cómo esa
expresión desaparecía y seguía vaciando la cesta. Kit entró en la cocina.
—Vaya, estás aquí.
—Como ves, he vuelto sana y salva —dijo ella arreglándoselas para que sonase insultante—.
Capté algunos cotilleos interesantes en el bazar, pero supongo que tú no los encontrarás
interesantes. Un ferinyi siempre está demasiado seguro de saber lo que está haciendo para
reconocer otra opinión mejor informada.
Harley tosió incómodo y comenzó a hacer gran estrépito con las fuentes sobre la cocina. Kit,
con los labios apretados, hizo un gesto imperativo con la cabeza hacia la puerta. Annabel salió
rápidamente a la sala de estar.

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—No me hables en ese tono delante de Harley —dijo Kit furioso cerrando de un portazo tras
ellos.
—Afecta a tu importancia, ¿no? A los sirvientes no se les debe permitir...
—¡Para ya!
Ella se quedó en silencio y ambos se miraron con el ceño fruncido durante un largo rato; luego
Kit suspiró.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con esto, Annabel?
—Hasta que atiendas a razones. —Se sentó en el brazo del sofá junto al fuego mortecino y
maloliente y miró a Kit—. En primer lugar, Macnaghten rechaza imperativamente los términos
ofrecidos por la delegación de jefes...
—No tenía otra opción; son demasiado humillantes para tomarlos en consideración.
Ella inclinó la cabeza aceptándolo.
—Es posible. Pero ¿qué sucede entonces? Finalmente se ve forzado a reiniciar las
negociaciones. Lleva el borrador de un tratado a otra reunión fuera del cuartel, accede a evacuar
Kabul en tres días a cambio de provisiones y paso libre para el total de las fuerzas y sus
acompañantes hasta la India. Acepta la vuelta al trono de Dost Muhammad y la marcha de Sah
Suya a cambio de la amnistía. Acepta la evacuación de Baila Hissar y de todos los fuertes ocupados
por los británicos en los alrededores del cuartel. Dime si acaso esas condiciones no son
humillantes.
Kit hizo una mueca pero no pudo negarlo. Annabel continuó enérgicamente.
—Y ahora ¿qué está sucediendo? Los tres días han pasado y no se ha hecho intento alguno de
evacuar el cuartel, aunque se ha entregado Baila Hissar y también los otros fuertes. El enemigo no
ha cumplido su parte del acuerdo, no ha entregado provisiones ni tampoco los animales de carga
por los que se ha pagado una elevada suma. ¿Y qué hace ahora Macnaghten? En lugar de insistir
en que los términos del acuerdo sean cumplidos por ambas partes, sigue con sus arteros intentos
de enfrentar a los jefes. ¿Cree que no están al tanto de lo que hace? He estado escuchando las
conversaciones en el bazar. ¿Por qué crees que se limitan a estar sentados mirando y esperando?
—Se puso en pie de un salto con un brote de impaciencia—. ¿Cree que han perdido el interés, o el
impulso, o algo? Por supuesto que no. El tiempo está de su parte, casi no hay comida ni
combustible en el cuartel, y están esperando a que Macnaghten se cuelgue él mismo. Y con tu
maldita obstinación, Ralston, huzur, no me permites que le diga esto.
Kit estaba callado. No podía negar nada de lo que había dicho. Los soldados estaban viviendo
con medias raciones, las bestias de carga estaban muriendo de hambre, los civiles que servían en
el cuartel estaban comiendo carroña y no había forma de reabastecer el almacén. Mientras
Elphinstone y Macnaghten les seguían dando vueltas una y otra vez a los mismos asuntos y
concebían y descartaban planes, los afganos habían destruido el puente sobre el río Kabul y los
británicos del cuartel estaban sentados mirándolos.
—El Enviado cree que como los jefes no han cumplido su parte del tratado tampoco él tiene
que hacerlo —dijo por fin él con un breve suspiro—. Ya le he dicho lo que piensas, pero no quiere
escucharme.
—Pero es posible que me escuche a mí —dijo ella con vehemencia.
Kit miró a su apasionado lince de ojos verdes cuya trenza cobriza no dejaba de balancearse, y
cuyas delgadas y sinuosas formas se veían acentuadas por la indumentaria afgana, y pensó en el

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tono de desprecio que teñía su voz cuando encontraba alguna oposición a sus opiniones. Se
imaginó al tembloroso Elphinstone y al suficiente y pomposo Enviado escuchando una desdeñosa
diatriba de aquella extraordinaria criatura, y se estremeció.
—Les diré lo que has oído en el bazar —le dijo—. Nunca antes he atribuido mis opiniones a una
fuente bien informada, pero ahora lo haré. ¿Te parece satisfactorio?
Annabel se encogió de hombros. Si él no le permitía ayudarlo de la única manera en que podía,
ella tendría que vivir con su frustración. Pero era muy difícil, cuando podía oír la voz de Akbar Kan,
ver su rostro, leerle el pensamiento. Estaría sentado esperando a que la traición de Macnaghten
fuera manifiesta, y entonces golpearía con la conciencia limpia. No habría compasión para los que
habían roto un pacto, y Akbar Kan negaría tajantemente que él lo hubiera hecho. Se limitaría a
decir que, no habiendo indicios de que los británicos se preparasen para abandonar el cuartel,
había asumido que obraban de mala fe y había decidido no entregarles los suministros
prometidos.
Kit le puso una mano sobre el hombro y la cogió por la barbilla con la otra.
—Por favor, vamos a firmar la paz, Annabel. Todos estamos abatidos... Éste es un momento
muy bajo... y me parece una vergüenza que tú y yo perdamos el tiempo que nos queda de estar
juntos en este páramo de tormentas y silencios.
Fue la primera vez que admitía abiertamente para sí mismo, y frente a los demás, su
convencimiento de que Annabel y él estaban viviendo un tiempo prestado. Los ojos de jade se
encontraron con los suyos con calma, reconociendo lo que había dicho como si hubiese estado
esperando que lo hiciese.
—No quiero pelearme —dijo ella—. Pero estoy muy frustrada y tú estás estúpidamente ciego.
¡Como si pudiese importar quién sepa de dónde vengo! Si hay alguna esperanza de ampliar el
tiempo que nos queda de estar juntos, hay que tomar algunas decisiones correctas.
—¿Y qué ha sido del destino? —dijo él intentando bromear ligeramente pero fallando
estrepitosamente—. Creía que estabas convencida de que da igual lo que uno haga.
—El resultado puede estar predeterminado, pero aún estamos obligados a tomar las decisiones
—contestó muy seria—, y siempre hay decisiones sensatas y decisiones estúpidas.
Kit sacudió la cabeza desconcertado.
—A veces no te entiendo en absoluto. Dices una cosa pero pareces querer decir otra.
—No, ferinyi, no es a mí a quien no entiendes, es a los afganos.
—Ahora hemos cerrado el círculo —dijo Kit soltando su barbilla con un suspiro de derrota—.
Puedes conocer a Akbar Kan, pero yo conozco a Elphinstone y a Macnaghten, y sé que no
conseguiremos nada bueno si yo te presento como fuente bien informada. Sólo verán a una mujer
con un pasado dudoso y un presente aún más dudoso, y no aceptarán verdades amargas de los
labios de mi amante. —Se volvió hacia la puerta—. No sé cuándo volveré.
—Eso no es inusual —contestó ella sin expresión. La puerta se cerró con un golpe y Annabel
lanzó un juramento en voz baja. Quizá Kit tenía razón y ella no tendría credibilidad ante el Enviado.
Pero al menos podría dejar que lo intentara. Era muy irónico: ahí estaba, firmemente alineada con
los idiotas ferinyi, y nadie le dejaba hacer nada para ayudarlos.
Kit fue a la comandancia preguntándose si no estaría actuando como un tonto. No sabía si
Macnaghten le prestaría alguna atención a Annabel; tal vez sí. Pero Kit no podía enfrentarse a la
perspectiva de exponerla al examen minucioso de todo el mundo, de tener que explicar que el

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origen de lo que sabía estaba en el tiempo que pasó en el harén de Akbar Kan. Sus amigos íntimos
que conocían el secreto lo llevaban con discreción absoluta, pero en el momento en que lo supiera
más gente su nombre entraría en todos los cotilleos, su historia sería objeto de lascivas
especulaciones en el comedor y en los bungalows de todo el cuartel. Él había renunciado a
preocuparse por su futura reputación. Su gran proyecto de encontrar a la familia de Annabel en
Inglaterra, de presentársela a sus padres, de casarse en la iglesia de San Jorge en Hannover
Square, lo veía como un mero sueño imposible. Como de costumbre, había resultado que la
pragmática lucidez de Annabel era la mejor opción. No tendrían un futuro semejante a lo que
había imaginado, pero mientras existiese el presente él la conservaría para sí, la protegería de las
lenguas viperinas y dejaría que quien quisiese hacerlo se preocupase sin hacer daño por la
identidad y la historia de la misteriosa mujer que vivía bajo el techo del capitán Ralston... salvo
que en el áspero ambiente que en los últimos días había entre ellos no conseguía mucha
satisfacción con esa exclusividad. Sumido en esos amargos pensamientos llegó a la comandancia.
Antes de que pasara una hora todas esas consideraciones se habían convertido en irrelevantes.
Llegaron emisarios de Akbar Kan con una propuesta que a sir William Macnaghten le pareció muy
interesante, y que Kit, a la luz del reciente análisis de Annabel, oyó con horror: Akbar Kan proponía
que los británicos se quedasen en cuarteles hasta la primavera, cuando podrían llevar a cabo la
retirada. Akbar Kan le entregaría al Enviado la cabeza de Aminuía Kan a cambio de una suma de
dinero y un compromiso del gobierno británico de hacerle una entrega de tres millones de rupias y
pagarle una pensión anual de cuatrocientas mil.
—Ahí está —afirmó sir William enseñándoles la proposición a los oficiales reunidos—. Este
hombre es avaricioso y egoísta, como siempre he pensado. No veo razón para no acceder a su
propuesta de inmediato y aceptar su invitación a reunimos mañana por la mañana.
—Sir William —a regañadientes, Kit aceptó su obligación de hablar—. En los bazares se dice que
Akbar Kan tiene sospechas de traición. Si aceptamos su oferta de la cabeza de Aminuía
confirmaremos esas sospechas.
—¿Cómo sabe usted lo que se dice en los bazares? —preguntó el Enviado.
Kit echó una mirada a Bob y Colin, que le respondieron encogiéndose de hombros con
resignada simpatía. Ya no ganarían nada mintiendo. Le explicó al Enviado detalladamente cómo
había llegado a saber lo que se decía en el bazar.
—Esa mujer... que... —El general agitó las manos y obvió discretamente la descripción—. La
señorita Spencer, ¿dice usted que conoce personalmente a Akbar Kan?
—Sí, señor —dijo Kit inexpresivamente—. Vivió bajo su protección desde los doce años hasta
hace poco.
—Cuando paso a estar bajo la suya, supongo —dijo directamente el Enviado.
—Podríamos expresarlo así —dijo Kit.
—Quizá deberíamos escuchar lo que tiene que decir —sugirió uno de los oficiales del equipo
del Enviado—. Si Ralston no tiene nada que objetar, claro.
—Ella ha estado deseando dar su opinión durante semanas —dijo Kit secamente—. Les aviso
que esas opiniones suelen ser expresadas de manera bastante enérgica. —Miró al Enviado y
recibió un seco gesto de asentimiento. Se acercó a la puerta del despacho del ordenanza- Alférez,
vaya a mi bungalow y pídale a la señorita Spencer que lo acompañe hasta aquí.

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El alférez saludó intentando no mostrar sorpresa. Sabía, como todo el mundo, que el capitán
tenía una muchacha afgana en su casa. Pero ¿quién era esa señorita Spencer?
La discusión en el despacho del general siguió con bastante desgana mientras esperaban la
llegada de la dama del capitán Ralston. El Enviado casi no participó, concentrado como estaba en
la lectura y relectura de las propuestas de Akbar Kan. Después de unos quince minutos se abrió la
puerta y apareció Annabel.
Se quedó en el umbral, recorriendo la sala con su mirada de jade como si evaluara la reacción
de cada uno de los rostros. Kit sintió el poder de su seguridad, una seguridad ganada en una
escuela más dura que lo que pudiese imaginar cualquiera en aquella mesa, y su corazón saltó por
el amor que le despertaba y por la profunda sensación de pérdida de la vida de felicidad que
ambos habrían podido disfrutar en otro momento y otro lugar... si el destino hubiese decidido
mover sus fichas de otra manera.
—Annabel, permíteme que te presente. —De pie con el resto de los hombres, extendió la mano
hacia ella, que fue hasta su lado, respondió a las presentaciones con un saludo afgano que por
alguna razón pareció perfectamente adecuado, investido como estaba de su elegancia y su
confianza. Luego ocupó el asiento junto a Kit, rápidamente colocado por el fascinado alférez.
—Tengo entendido que tiene usted cierto conocimiento personal de Akbar Kan —comenzó el
Enviado.
—Lo conozco tan bien como a cualquier otro, creo —contestó ella sin más.
El Enviado tosió y hubo un cierto movimiento de sillas que Annabel no pareció advertir. Siguió
mirando a sir William atentamente mientras él le leía el mensaje de los emisarios.
—¿Tendría usted la bondad de ayudarnos con su opinión, señorita Spencer? —dijo él
laboriosamente al terminar, doblando el papel y echándose hacia atrás en la silla.
—Es una trampa —dijo Annabel con calma—. Liberarían a Akbar Kan de cualquier necesidad de
cumplir sus compromisos si aceptan su oferta de la cabeza de Aminula. Él está al tanto de sus
maquinaciones con Mohun Lal y simplemente quiere demostrar su perfidia.
—¿Me está llamando pérfido, señorita? —Sir William se enderezó abruptamente mirándola
ferozmente.
Kit le rozó el pie por debajo de la mesa en una llamada a la moderación y ella le lanzó una
mirada de reojo rápida y casi divertida.
—Creo, señor, que sería una tontería por su parte intentar competir con Akbar Kan cuando es
cuestión de astucia —dijo ella—. Él es un gran maestro en esa clase de tácticas.
—¿Sugiere usted que ignoremos estas propuestas? —El Enviado parecía incrédulo—. Tengo
toda la intención de reunirme con Akbar Kan por la mañana.
Annabel estaba a punto de replicar que en ese caso no entendía para qué la habían hecho ir,
pero Kit volvió a darle una imperativa patada en el tobillo y ella se lo tragó.
—No le ofrezca dinero a Akbar Kan —le aconsejó—. No lo necesita y nunca aceptaría una rupia
de los perros ferinyi.
Se produjo un sobresalto en toda la mesa y ella se dio cuenta de que su voz había tomado la
entonación de la de Akbar Kan.
—¿Sabe qué, sir William? Huele a traición —dijo Elphinstone.

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—Yo entiendo más que usted de estas cosas —le espetó el Enviado, y selló la boca del
general—. No aceptaré el pago de dinero, pero sugeriré un plan para que nuestras tropas
cooperen con las de Akbar Kan en la captura de Aminula Kan. Aceptaremos las otras propuestas.
—Se puso de pie enérgicamente—. Eso cierra la discusión, creo. Los capitanes Lawrence, Trevor y
Mackenzie me acompañarán a la reunión de mañana. Señorita Spencer, le agradezco su ayuda. —
Y con una inclinación abandonó el despacho.
Kit se volvió hacia Annabel con la resignación marcada en los labios, pero ella estaba mirando a
Colin, enfrente de ella, con gran intensidad.
—No debes ir, Colin. —El requerimiento cayó como plomo en el ambiente de abatimiento que
quedó tras la marcha del Enviado.
—Sabes que tengo que hacerlo —le replicó él con media sonrisa.
Ella siguió mirándolo muy fijamente durante mucho rato, como si pudiese leer su destino en su
carta. Luego sacudió la cabeza.
—Si tú dices que tienes que hacerlo, tendrás que hacerlo; pero vas a meterte en una trampa. —
Se volvió hacia Kit—. ¿Ya no me necesitáis?
El negó con la cabeza.
—Ya has dicho lo que querías.
—He dicho lo que tenía que decir —corrigió ella tranquilamente—. Aunque no haya servido de
mucho.
Kit abrió los brazos en gesto de aceptación y luego la sacó de la habitación amablemente.
—¿Firmamos la paz, Anna? —le preguntó con suavidad al llegar a la calle.
—Nunca he querido estar en guerra —contestó ella en el mismo tono—. Pero sentía una
acuciante necesidad de ofrecer lo que tenía. Y no me dejabas.
—Sólo quería protegerte.
—¿De la muerte? ¿De la venganza de Akbar Kan? —Sonrió, pero sin burla—. Mi amor, no
necesito protección de nada, salvo de esas cosas... y contra esas cosas no hay protección. —
Levantó la vista hacia el cielo—. Va a nevar, Kit.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1177

Akbar Kan estaba sobre su caballo en la cima de una pequeña colina que descendía con
suavidad hasta la ribera del río Kabul. Miraba hacia el cuartel, al otro lado de la llanura cubierta de
nieve. Los hombres que lo rodeaban, acostumbrados a su silencio y a su inmovilidad, no
intentaron interrumpir su estado contemplativo mientras esperaban a la partida de británicos que
iba a reunirse con ellos.
Akbar Kan se preguntó en qué lugar del interior de esos muros estaría Ayesha, y qué estaría
haciendo en ese momento. Se preguntó si tendría miedo, sabiendo como sabía cuál iba a ser el
inevitable fin de aquella lucha. Si conocía el torpe intento de traición de Macnaghten sabría cómo
iba a reaccionar Akbar Kan, y que el Enviado iba a meterse en un lazo cuidadosamente colocado
para él. ¿Cómo podía ser tan tonto como para imaginar que Akbar Kan se vendería, y con él su
honor, a los perros ferinyi? ¿Creía que iba a colaborar con ellos, como había propuesto el Enviado
en su respuesta, en la traición a uno de sus propios jefes confederados? La sola idea de que el
Enviado pudiese creerlo era suficiente para que una furia salvaje hirviese en las venas del kan y
atravesase su reflexiva calma.
Era hora de terminar con aquel asunto, de expulsar al invasor de sus tierras de una vez por
todas... y era hora de recuperar a Ayesha. ¿Qué cambios habría producido en ella la estancia entre
los ferinyi? ¿Cuánto iba a tardar en borrarlos? ¿Y cómo debía hacerlo? Akbar Kan aún no había
decidido qué iba a hacer con ella cuando la recuperase, y por el momento le valía con dejar que
esa decisión dependiese de lo que encontrase en ella.
—Ya vienen —dijo en voz baja uno de sus acompañantes señalando con la fusta a la pequeña
partida que salía a caballo del cuartel.
Akbar Kan alejó los pensamientos sobre Ayesha y concentró su energía mental, con fría
ferocidad, en el hombre que acudía a esa reunión con la cabeza llena de indignidad y el
convencimiento de que Akbar Kan traicionaría a sus compañeros afganos por un sueldo de los
británicos. Vio cómo los soldados de la escolta se detenían a cierta distancia de la colina, como
habían acordado, y cuatro caballeros desmontaban y subían a pie hasta el lugar de la cita.
Akbar Kan desmontó, y también los otros kanes, y esperaron bajo el cielo cargado de nieve, con
el río gris a sus pies y los aserrados picos de las montañas con sus cúpulas de nieve como telón de
fondo. Aquélla era su tierra y su natural carácter poco acogedor era una de las armas más
poderosas de su arsenal.
Colin Mackenzie intentaba controlar su inquietud mientras se aproximaban al grupo de
afganos, todos ellos armados hasta los dientes. Akbar Kan esperaba ligeramente adelantado, con
el manto forrado de piel abierto, a pesar del frío, dejando ver una chaqueta de brocado y
pantalones anchos introducidos en sus botas de montar. En la faja llevaba un sable. Se cubría la
cabeza con un gorro de piel. La mirada azul, gélida e impasible; en la boca, el menor rastro de
amabilidad.
«Éste es el hombre con quien Annabel ha llegado a la madurez», pensó Colin. En las escasas
ocasiones en que la había oído mencionarlo, ella siempre empleó una mezcla de temor y auténtico
agrado, aunque admitía sin problemas que había vivido al borde del terror durante una gran parte
de aquellos años, viendo y entendiendo el poder absoluto que controlaban las manos de alguien
con un carácter tan apasionado y caprichoso. Nada de lo que sabía de aquel hombre lo
tranquilizaba esa mañana, ni tampoco nada de lo que veía en el grupo de guerreros reunido en la

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colina. ¿Por qué llevaba Akbar Kan una escolta armada cuando el funcionario político y su equipo
de tres oficiales militares iban solos? No era una pregunta cómoda.
Macnaghten había tenido que admitir el riesgo de esa iniciativa, pero había desestimado la
amenaza con altiva impaciencia.
—Que las pérdidas sean las que deban ser. Prefiero morir cien veces a volver a vivir las últimas
seis semanas. —Ahora, cuando los guerreros armados se movieron casi imperceptiblemente para
rodear a los oficiales británicos, Colin sintió que su premonición se materializaba en la completa
certeza del peligro inminente. Llevó una mano hasta la culata de la pistola y la dejó allí.
—¿Está usted preparado para llevar adelante las propuestas que acordamos anoche,
Macnaghten, huzur? —Akbar Kan habló inexpresivamente en persa.
—¿Por qué no? —respondió brevemente el Enviado.
Colin se preguntó si había imaginado la lengua de furia que relampagueaba en la brillante
mirada azul del kan y que se había extinguido rápidamente. El capitán Lawrence se adelantó
señalando al círculo de hombres armados que los rodeaba e indicó suavemente que no le daba la
impresión de estar en una negociación amistosa. Dos de los jefes confederados hicieron vagas
señas de que se apartasen a los inquietantes guerreros, que no se dieron por enterados.
—No importa —dijo Akbar Kan con aparente despreocupación—. Todos están al corriente, así
que no hay de qué preocuparse.
Lo que sucedió a continuación fue tan repentino que hasta mucho después Colin no fue capaz
de enlazar correctamente las secuencias.
Akbar Kan se transformó. Pero quizá no lo hizo; quizá el hombre tranquilo y despreocupado de
los últimos minutos era la simulación y la casi diabólica fiereza que manifestó después era su
personalidad real. Su voz resonó en el helado aire de la mañana.
—¡Beyir! ¡Beyirl —Obedeciendo su propia orden, cogió por la mano izquierda al Enviado. Sultán
Yan siguió la orden de sujetarlo y lo cogió rápidamente por la mano derecha.
Los tres oficiales del equipo se quedaron pasmados durante un instante mientras el Enviado era
arrastrado colina abajo doblado por la cintura. Oyeron la voz del prisionero clamando a Dios:
—Az barae Juda!
Y vislumbraron su expresión de horror y perplejidad. Entonces saltaron espada en mano y
fueron engullidos por el círculo de guerreros.
Colin embistió con su espada oyendo el sonido del acero de los machetes jaiber y las cimitarras
en el violento choque con la feroz horda. Vio a Trevor luchando desesperadamente por abrirse
paso a través del círculo y llegar al Enviado, y luego lo vio caer bajo sus atacantes y ya fue
imposible ayudarlo; los machetes caían sobre él y de la melé salía un espantoso grito borboteante.
Los gritos llenaban el aire de horribles amenazas y los dos oficiales se plantaron luchando por sus
vidas, seguros de no poder librarse de sus atacantes, y era cuestión de minutos que ellos también
cayeran y fuesen despedazados sobre la llanura tapizada de nieve.
Lucharon con la fiereza y el salvajismo de los que se enfrentan a una muerte segura, y cuando
Colin sitió que las fuerzas se le acababan, un gran caballo negro se encabritó entre sus atacantes.
El jefe durraní que lo montaba se inclinó y gritó una imperativa orden a Colin, que en una reacción
ciega le cogió la mano y saltó fuera de la pelea, viendo en una nube destellos de dientes, miradas
salvajes y golpes de machete que se alejaban cuando el caballo saltó fuera del círculo. Se había
dado cuenta de que tras él otro jefe a caballo le ofrecía la misma vía de escape a Lawrence.

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Mientras cruzaban la cima de la colina miró hacia atrás, hacia donde Macnaghten había sido
arrastrado. Sólo vio una masa que lanzaba golpes sobre un bulto en el suelo. No le hizo falta
mucha imaginación para suponer lo que estaba sucediendo, y sintió que una náusea se le instalaba
en la garganta mientras pensaba cuál sería su suerte. ¿Había sido rescatado de manera
inexplicable o aquello sólo era un aplazamiento antes de comenzar con nuevos horrores?

La escolta, que había quedado demasiado lejos para intervenir a tiempo en la erupción de
violencia de la colina, volvió al cuartel perseguida con poco entusiasmo por un grupo de fanáticos
muyahidín. Llegaron con una confusa narración de la matanza de los cuatro negociadores
británicos, y los amigos de Colin en el cuartel escucharon y lloraron su pérdida.
—No sé por qué Akbar Kan los habrá matado —dijo Annabel acercándose al triste fuego, helada
y vacía por la pérdida y por la sensación de futilidad de aquella muerte inútil y degradante.
—Pero le dijiste que era una trampa —observó Kit—. Le avisaste de que no fuese.
—Ya lo sé. Sabía que había peligro, pero no tiene sentido que Akbar Kan los haya masacrado.
Creía que tal vez los cogería como rehenes y los usaría para forzar la evacuación del cuartel, pero
no gana nada con matarlos... salvo que... —Se estremeció.
—¿Salvo que...? —preguntó Bob con delicadeza.
—Salvo que haya decidido que se le debe una venganza. No habría organizado los asesinatos
fríamente, es demasiado astuto para que una violencia tan elemental le parezca una solución,
pero si de repente lo ha invadido la furia, entonces... —Se encogió de hombros—. Ya os he dicho
que es hombre de grandes pasiones. Y a veces son las que le dominan. —Miró con desolación a
Kit, y él le devolvió la mirada con lúgubre comprensión.

Pero Colin y Lawrence estaban de momento bajo el amable techo de Mahomed Zemaun Kan,
en Kabul. Vieron con horror desde una ventana cómo la multitud salvajemente enardecida exhibía
por las calles los cuerpos mutilados de Macnaghten y Trevor y acababan colgándolos de ganchos
de carnicero en el gran bazar.
—No es un espectáculo agradable, ¿verdad, caballeros? —Una voz suave les hablaba desde la
puerta de la habitación donde habían estado encerrados. Akbar Kan entró en la habitación seguido
por dos sirvientes que llevaban bandejas de comida y un cuenco de sorbete con miel—. Siento
mucho la violencia de esta mañana —dijo tranquilamente el kan, haciendo salir a los sirvientes
cuando hubieron dejado su carga—. La muerte de Macnaghten, huzur, fue muy lamentable.
—¿No tenía usted la intención de asesinarlo? —preguntó Colin levantando una ceja con
incredulidad.
—Por Dios, no —dijo Akbar Kan acariciándose la barba—. Por favor, coman, beban... son mis
invitados. No —continuó—, no había planeado la muerte del Enviado. Sólo quería ponerle las
manos encima; pero fue un hombre muy idiota al jugar a la traición, y hay que decir que se
merecía esa muerte. Poco podía hacer yo para controlar a los guerreros una vez que la sangre
estaba encendida. Los afganos, señores, no se toman bien la mala fe.
Colin se tragó la réplica de que en Afganistán la gente como Macnaghten había tenido buenos
maestros en materia de traición. No sabía por qué, pero pensó que a Akbar no le gustaría esa

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afirmación, ni tampoco el escepticismo ante su declaración de incapacidad para controlar el ansia


de sangre de los guerreros.
El kan se había sentado ante al comida y miraba expectante a los oficiales. Colin y Lawrence se
sentaron, ambos avergonzados por la manera en que se les hacía la boca agua frente a los ricos
aromas que les llegaban desde los platos cubiertos, y porque sus estómagos vacíos clamaban por
una alimentación adecuada y suficiente, la primera en semanas, y los horrores del día no
parecieron producir el menor efecto inhibidor.
Akbar Kan mantuvo una amable y civilizada conversación durante la comida, pero su afilada
mirada nunca descansaba.
—Sin duda fue una suerte que fuéramos capaces de ponerlos a salvo de la turba —comentó,
dando por terminada la comida con un gesto de satisfacción—. ¿Transmitirán mi más hondo pesar
al general Elphinstone, y mi deseo de que podamos reiniciar las negociaciones sin demora? —A
pesar de la entonación interrogativa de la voz, a su audiencia no le quedó duda de que era una
simple formalidad. Por supuesto, transmitirían cualquier mensaje que quisiera Akbar Kan.
Colin así se lo indicó, y esperaron. Había algo en la manera en que su anfitrión fruncía el ceño y
se acariciaba la barba que hacía pensar que aún no había terminado con ellos.
—Por supuesto, ustedes deben de conocer a Christopher Ralston —dijo por fin Akbar Kan.
«Annabel», pensó Colin.
—Sí, es amigo mío —dijo en tono neutro.
—Ah... entonces, sin duda estará enterado de que tiene una invitada.
Colin miró fijamente sus ojos azules.
—Sí, estoy al tanto de eso, kan.
—En ese caso, confío en que no le importe ser mi mensajero para otro asunto.
El kan se levantó y salió de la habitación. Cuando volvió, al cabo de pocos minutos, llevaba una
pequeña caja de palo de rosa tallada que puso sobre la mesa. La abrió y sacó de ella dos brazaletes
idénticos de plata batida laboriosamente grabados. Los cierres estaban minuciosamente
trabajados, y Akbar Kan sacó una pequeña llave de la caja y los abrió ante la mirada de los dos
hombres. Luego devolvió la llave a la caja.
—¿Tendría la bondad de dárselos a Ayesha? —dijo tranquilamente—. No los cierre. Como ve,
sólo pueden ser abiertos con la llave, y la llave queda en mi poder. —Una fina sonrisa pasó por su
mordaz boca—. Ése es el mensaje; Ayesha lo entenderá perfectamente.
Colin sintió que un escalofrío le subía por la espalda. Había algo casi bárbaro en aquellos
brazaletes... algo que le pareció primitivo y prohibido. Parecían hablar de una cultura diferente
con normas diferentes; emanaba de ellos un aura de promesa ilícita a la vez atrayente y siniestra.
Levantó la vista de los brazaletes y la clavó en los ojos del kan, que recibió la mirada interrogante
con una insinuación de sonrisa comprensiva.
—Todos tenemos nuestras costumbres —dijo con suavidad—. Los ferinyi no acaban de
entender bien las de mi pueblo. Estoy seguro de que Ayesha se lo explicará. —Llegado ese
momento todo él se volvió prisa—. Ahora irán escoltados hasta el cuartel. Espero una respuesta
del general Elphinstone, que confío en que no tardará mucho en llegar.
Una hora más tarde, Lawrence y Mackenzie llegaron a la puerta del cuartel con una escolta de
guilzais silenciosos y bien armados. Los guardias de la puerta los recibieron con expresiones de

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asombro y alivio, pero no fue nada comparado con el alegre recibimiento que les hicieron en la
comandancia, donde sus amigos habían estado en apesadumbrada vela oyendo los sonidos de
revuelta que llegaban desde la ciudad.
Los dos supervivientes de la mañana transmitieron el mensaje de pesar de Akbar Kan y su
deseo de remprender las negociaciones, y Elphinstone tembló y jadeó, alternando expresiones de
intenso abatimiento por la suerte del Enviado y de Trevor con brotes de indignación contra los
traicioneros asesinos afganos. Pero la indignación no se convirtió en acción, excepto para armar a
toda la guarnición y mantener posiciones defensivas continuamente.
—El comandante Pottinger deberá continuar las negociaciones ahora que el pobre sir William
se ha ido —susurró Elphinstone—. Debemos llegar a un acuerdo sin demora. Tengo entendido que
en el cuartel ya no queda ni un saco de trigo.
Colin sintió una punzada de remordimiento por su estómago lleno, satisfecho en la mesa del
enemigo, pero la desestimó como una reacción demasiado fácil frente a la calamidad.
—Annabel se alegrará de verte —dijo Kit en voz baja cuando salieron del despacho del
general—. Todos te dábamos por muerto.
—Tengo un regalo de Akbar Kan para ella —dijo Colin—. No entiendo qué significa, pero dijo
que ella lo entendería. —Miró muy serio a su amigo—. Me da la impresión de que es algo
siniestro, pero no sé por qué.
—En este momento todo lo que venga de Akbar Kan será siniestro —respondió Kit con gesto
sombrío—. Me he sentido como un ratón con el que juegan amablemente y con infinito cuidado
desde el mismo momento en que lo conocí. Y no puedo hacer nada por evitarlo, Colin, Annabel es
tan... tan fatalista con eso... Sé que ella espera que esto acabe en lo peor; cree que no habrá
protección posible contra el largo brazo de Akbar Kan cuando decida cerrar su mano sobre ella, y
que tampoco habrá protección contra la muerte a la que todos nos enfrentamos en este lugar
perdido. Pero me niego a aceptar eso con tal docilidad. Debe de haber algo que podamos hacer.
Habían llegado al bungalow y la puerta se abrió de golpe. Annabel, con el cabello al viento, salió
corriendo por el camino.
—¡Estás vivo, Colin!
—Ya lo ves —farfulló algo cohibido por tener los brazos ocupados por aquel cuerpo ágil y
cálido—. Al parecer a Akbar Kan no le venía bien que también nos mataran a Lawrence y a mí. —
Sus manos se desplazaban con embarazo sobre ella, como buscando algún lugar seguro donde
reposar mientras ella estaba colgada de su cuello—. ¿Sabes, Annabel? Esta demostración es muy
agradable, pero resulta un poco demasiado pública en medio de la calle.
Riendo, lo soltó.
—Los ingleses sois todos iguales. Creéis que hay algo incorrecto en las demostraciones de
afecto.
—Y, si me lo permite, ¿qué es usted, señorita? —le preguntó Kit.
Sus ojos lanzaron un malévolo destello.
—Ni lo uno ni lo otro, Ralston, huzur. Entrad en casa; allí podremos ser tan francos como
queramos sin llamar la atención. Quiero enterarme de todo lo que ha pasado esta mañana. Quizá
eso me dé alguna idea de lo que piensan hacer ahora Akbar y los otros kanes. —Cogiendo por el
brazo a los dos hombres, los empujó al interior del bungalow.
—Traigo un mensaje para ti —dijo Colin cuando llegaron a la sala de estar.

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Ella soltó su brazo y se alejó un paso de él, repentinamente tensa.


—¿De Akbar Kan?
Él asintió y, sin hablar, sacó los dos brazaletes del bolsillo de su abrigo
—Dijo que tú lo entenderías. —Y se los dio.
Durante un momento ella no los cogió y se quedó mirándolos con la mirada fascinada que
podría tener frente a una cobra preparada para saltar.
—¿Qué significan? —preguntó Kit en voz baja y apremiante por la tensión que la estática figura
de Annabel irradiaba, y que parecía hacer vibrar el aire.
—¿No te dio la llave? —preguntó, aunque por su voz estaba claro que era una pregunta
retórica.
Colin negó con la cabeza, aún sosteniendo los brillantes objetos de plata que relucían con la
pálida luz del atardecer.
Por fin los cogió, titubeante como si temiese que le hiriesen los dedos.
—Son muy bonitos —dijo en voz baja—, y muy valiosos. Antigua artesanía persa, según me dijo
cuando me los enseñó por primera vez,
—¿Para qué sirven? —insistió Kit—. ¿Por qué te envía un regalo tan valioso y tan bonito en este
momento?
Ella dibujó una sonrisa irónica y casi burlona.
—Akbar Kan adora los símbolos. —Se deslizó los brazaletes sobre las muñecas, donde era
evidente que, una vez cerradas, las anchas bandas de plata quedarían ajustadas como si hubieran
sido construidas sobre ellas—. Una vez cerrados, sólo es posible abrirlos y quitar los brazaletes con
la llave. Él tiene esa llave, —Miró a Kit—. ¿Lo entiendes? Es una marca de propiedad.
Colin sintió otra vez que un escalofrío le subía por la espalda cuando vio lo que eran aquellos
brazaletes indudablemente hermosos, de los cuales emanaba aquella aura tan extrañamente
bárbara.
—¡Quítatelos! —dijo Kit con súbita violencia sujetándole el brazo y quitando de su muñeca una
banda sin cerrar, y luego la otra. Dejó las esposas de plata sobre la mesa con un gesto de
repugnancia, como si estuviesen contaminadas—. ¡No aguanto esto! —exclamó con la misma
violencia—. Ese hombre está jugando con nosotros... todos ellos están jugando con nosotros,
recreándose desde el exterior de la verja en ver cómo pasamos hambre mansamente, esperando a
que empiece a nevar de verdad...
—Paz, mi amor. —Annabel puso la mano sobre su brazo—. No vamos a conseguir nada
entregándonos a histéricas diatribas.
—Y sentándonos a esperar los designios de tu maldito destino sí, supongo —le espetó
dirigiendo de repente su rabiosa frustración contra ella—. Ese argumento no es más que una
excusa para mantener una pasividad cobarde, y no lo soporto, ni en tu boca ni en la de nadie, así
que no quiero volver a oírlo, ¿entiendes?
Annabel se sonrojó y se mordió el labio con fuerza, intentando controlar su ira porque le
hubiera hablado de tal manera y tan injustamente, y delante de Colin, que parecía notablemente
incómodo. Como ausente, ella cogió uno de los brazaletes y pasó el dedo por el complicado
grabado.

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—¡Deja eso! —Kit se lo arrancó de la mano con el rostro cruzado por líneas lívidas y los ojos
grises duros y muertos como cantos rodados—. Ya he llegado al límite de lo que puedo aguantar
con los malditos símbolos de Akbar Kan. No vuelvas a tocarlos.
Que le dieran órdenes de esa manera autoritaria como si fuese la culpable en lugar de la
víctima de los juegos nada festivos de Akbar Kan, era demasiado. Su ansiedad fue barrida por una
oleada de cólera que, con cierto disfrute perverso, no intentó frenar.
—Son míos —afirmó enérgicamente Annabel—. Igual que son mías mis actitudes. No te
concedo el derecho a decirme lo que puedo tocar y lo que puedo creer. —Con un gesto que Colin
sólo podía describir como descaradamente provocador, cogió el otro brazalete y se lo colocó en la
muñeca—. ¡Y si decido llevarlos, lo haré, Christopher Ralston! —Durante un horrible instante
pareció que estaba a punto de cerrarlos, y Kit saltó hacia ella con una exclamación de furia
incoherente. Annabel lo esquivó y corrió hacia la puerta con el indignado Kit tras ella. La puerta del
dormitorio se cerró con un portazo.
«No puede ser malo tener semejante desahogo para la depresión y la ansiedad», pensó Colin
con un suspiro de envidia yendo al vestíbulo. Incluso la furia, cuando era el reverso de la pasión,
tenía que ser un alivio para aquella embrutecedora realidad.
—Cielos, señor. —Harley asomó la cabeza por la puerta de la cocina—. ¿La señorita ya ha
enfadado al capitán?
—Creo que es un caso bastante claro de tal para cual —dijo Colin con cansancio—. No veo que
se comporten de manera muy diferente.
Harley asintió con conocimiento.
—Así suele ser, señor.
—Yo me marcho —dijo Colin cogiendo el abrigo de la mesa del vestíbulo—. Diles a los
tortolitos... o a los gallos de pelea... o lo que sea que sean ahora, que me he ido a descansar un
poco.
En el dormitorio, Annabel estaba saltando sobre la cama fuera del alcance de Kit mientras su
exaltado amante se lanzaba contra ella. Annabel se dio cuenta de que se habían deslizado hacia
atrás desde el borde de la ira y habían caído en el juego, y desde luego era un juego salvaje, pero
cuando las tensiones y la furia alcanzaban el nivel al que habían llegado en ese momento y se vivía
al borde de la desesperación, a veces había un espacio necesario para esa desviación.
De repente Kit la cogió por un tobillo y la hizo caer en la cama, con el pelo alborotado, las
mejillas arreboladas y los ojos brillantes con el espíritu del juego, o un residuo de ira, o una
promesa de pasión, o una mezcla de las tres cosas.
—Eh, tú, condenada lince de ojos verdes —le dijo inmovilizándola boca arriba con su peso y
sujetándole la muñeca hasta casi hacerle daño mientras le arrancaba el brazalete de Akbar Kan y
lo lanzaba al otro lado de la habitación—. ¿Cómo puedes jugar con eso? —La cogió por la garganta
y le levantó la barbilla—. A veces me confundes tanto que lo mismo podría abofetearte que
amarte.
Los ojos de Annabel lo miraron mientras se esforzaba por recuperar la respiración normal, y en
ellos no había ni una pizca de alarma por la furiosa afirmación. Aunque el pulso de la base de su
garganta latía acelerado bajo su mano, la emoción que hacía que se le acelerara el corazón no era
el miedo.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó ella.

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—No lo sé —se quejó Kit—. ¡Todo el castillo de cartas está desplomándose alrededor de
nuestras cabezas y tú te entregas al juego más horriblemente provocador con algo que no tiene
nada de divertido!
—Quizá por eso tenía que convertirlo en un juego —dijo ella—. Es algo demasiado mortal para
tomárselo en serio.
—Quizá había un poco de eso —dijo él—; pero también había pura travesura. Admítelo,
maldita mujer.
—Tú me provocaste primero —concedió ella admitiéndolo sólo en parte—. Y tan fácilmente
podría pegarte como amarte.
Kit rió, primero a regañadientes, pero luego entregado a la seducción de la diversión.
—Somos una pareja que encajamos admirablemente bien —afirmó él—. Estamos claramente
unidos en el cielo. ¿Nos decidimos a besarnos?
—Con el mayor de los placeres, siempre que no nos quedemos en eso.

Aquella tarde de violentas emociones y amor enloquecido la recordarían durante mucho


tiempo. Fue la última vez en el cuartel que fueron capaces de hacer desaparecer la catastrófica
realidad en el fuego de la pasión.
Comenzó a nevar en serio y las negociaciones continuaban. El comandante Pottinger, el oficial
político encargado de ellas, no era un hombre de la misma clase que su predecesor, éste era
soldado antes que político, pero se vio obligado a aceptar la decisión de la mayoría en la
comandancia, establecía la aceptación incondicional de los términos fijados por Akbar Kan y los
jefes confederados aunque fuesen humillantes. Pottinger escribió cartas sosteniendo que había
refuerzos en camino desde Peshawar y Jalalabad; pidió la reocupación urgente de Baila Hissar o
una retirada militar forzosa por los pasos abandonando equipajes y cualquier estorbo en el
cuartel, por ser preferible a una rendición que no conseguiría garantizar la seguridad pero sí la
pérdida absoluta del honor. El consejo decidió que esas alternativas no eran factibles, y el
comandante Pottinger asumió a la fuerza la miserable carga de negociar la liberación del ejército y
los civiles dependientes de él y la salida del cuartel.
Se vio forzado a aceptar el pago a los jefes de enormes sumas por sus esfuerzos en favor del
tratado, pues era la única forma de conseguir que enviasen suministros al cuartel. Aceptó la
rendición de toda la artillería importante, y luego vino la exigencia de rehenes: cuatro oficiales
casados con sus esposas e hijos. Se envió una circular a todo el cuartel pidiendo voluntarios a
cambio de la promesa de un sustancioso sueldo. Pero no hubo voluntarios, y Pottinger se vio
forzado a suplicar a los kanes la exclusión de las mujeres como rehenes. Los enfermos y heridos
fueron enviados a la ciudad al cuidado de dos médicos, y el día de Año Nuevo se envió al cuartel
un tratado ratificado.
La guarnición británica de Kabul se comprometió a evacuar el cuartel bajo la protección y
escolta de algunos jefes en un plazo de veinticuatro horas a partir de la entrega de las bestias de
carga.
Annabel estaba en el muro, con la capucha de su manto llena de nieve. Ni el frío ni las nevadas
había desanimado a la ya familiar horda de gentes de la ciudad y fanáticos muyahidín que gritaban
sus insultos, arrojaban piedras y abucheaban a los rígidos soldados alineados a lo largo del muro

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tras los cañones de los fusiles cargados que les habían prohibido disparar. Sentía el profundo y
explosivo resentimiento de los soldados a quienes se les había negado el derecho a responder, y
miró hacia abajo, a su pueblo adoptivo, y los insultó en su propia lengua con una virulencia que la
asombró.
Sabía que los compromisos de los jefes no valían lo que el papel en que estaban escritos. Lo
sabía ella y todos los demás, estaban empantanados en la viscosa ciénaga de la desesperanza y el
desamparo. ¿Qué otra cosa podían hacer salvo lo que estaban haciendo, fuese beneficioso o no?
Mohun Lal, aún leal a sus patronos británicos, les advirtió que si los británicos no insistían en
mantener como rehenes a los hijos de los kanes no tendrían garantía alguna de seguridad durante
su retirada; pero ¿cómo podían pedir algo así cuando estaban completamente inermes y habían
rendido voluntariamente todo su poder, tanto material como emocional?
La nieve caía tan implacablemente como las insoportables heladas nocturnas que acabaron con
cualquier resto de moral de los hambrientos soldados, que tiritaban en los barracones sin nada
que quemar. Y los jefes seguían sin entregarles las bestias de carga.
Annabel sabía por qué se retrasaban. Cada extenuante día de infructuosa espera añadido, cada
pulgada más de nieve acumulada en los pasos, aumentaría la tortura del viaje que tenían por
delante unas dieciocho mil personas, ancianos y enfermos, bebés, niños, mujeres recién
recuperadas del parto, y mujeres preñadas; un viaje que podían acometer razonablemente sólo
los sanos, y siempre que estuviesen bien abastecidos y se les permitiese hacerlo en paz. Y Annabel
sabía que no harían el viaje en paz.
Se tocó una muñeca. ¿Cuándo cumpliría Akbar Kan la promesa de los brazaletes? ¿Hasta dónde
se le permitiría llegar con su pueblo de origen en aquel viaje hacia una muerte casi segura?
El cinco de enero las autoridades militares ordenaron a los ingenieros derribar el muro oriental
para abrir una salida mayor que la puerta. Aún no tenían la escolta prometida, las provisiones ni el
transporte, pero no se podía posponer más la evacuación.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1188

A las nueve en punto de la mañana del seis de enero comenzó el gran éxodo. La fuerza
avanzada estaba formada principalmente por cipayos de infantería, mal abrigados y débiles por
semanas de mala alimentación, que sólo disponían de un calzado cuyas finas suelas casi no
ofrecían protección contra la gruesa capa de nieve que cubría la llanura. La caballería avanzaba un
poco mejor, y Annabel, sentada sobre Charlie mientras los veía salir, reconoció el curtido rostro
del sargento que dirigía a unos soldados. Pensó en las sesiones en la escuela de equitación y se
preguntó si el sargento las recordaría ahora mientras salía del cuartel bajo las lacias banderas que
parecían ejemplificar el triste presentimiento que los envolvía a todos.
—Iremos con el cuerpo principal de Shelton, saldremos en cuanto acabe de hacerlo la
avanzada. —Kit cabalgó hasta ella; su voz era seca, pero no se lo tomó como algo personal—. Las
mujeres, inválidos y enfermos irán todos con el cuerpo principal, pero tú puedes ir conmigo en la
vanguardia. Acompañaré a Elphinstone como oficial de Estado Mayor. En la comandancia te
conocen todos, así que no habrá comentarios.
—Menos que si fuese con las mujeres —comentó secamente Annabel—. Estoy segura de que
entre ellas no sería bien recibida.
—Probablemente no, pero en este momento me parece algo muy secundario. Es más
importante que Charlie te lleve bien, porque últimamente está un poco flaco. —Kit se acercó y dio
unas palmadas en el cuello del caballo, como si ese gesto pudiese expiar la culpabilidad que sentía
por los sufrimientos de sus animales—. Se sentirá más en casa entre los caballos de guerra que
con los camellos y los ponis.
Bob se acercó a ellos con el semblante pálido e inquieto.
—¿Sabéis qué? El maldito puente provisional sobre el río que se suponía que los zapadores
habían terminado ya no está. La avanzada ha tenido que quedarse en la ribera. Dios sabe cuánto
tardarán en poder cruzar.
Annabel miró hacia atrás, a la confusa y agitada escena. Los camellos estiraban los largos
cuellos con desconsuelo, con las sillas ocupadas por las mujeres y los niños de los oficiales, y los
conductores tiritando en el aire gélido mientras pateaban el suelo congelado. Las literas y los
palanquines se agolpaban en la plaza, con sus porteadores gritándose entre sí y las mujeres
ocupantes asomando la cabeza para dar órdenes contradictorias. Los niños gritaban y lloraban de
frío, miedo y desconcierto. A la plaza iban llegando, además, metiéndose bajo los pies de bestias y
soldados, los escasamente abrigados civiles que acompañaban al ejército. Eran unos doce mil y no
había manera de convencerlos de que se mantuvieran atrás con el equipaje; insistían en mezclarse
con el cuerpo principal. El seco restallido de un látigo de cuero, los gritos exasperados de los
oficiales, los relinchos de los caballos y los llantos y protestas de todos juntos formaban un
estruendo infernal que rezumaba caos y frustración.
Annabel miró a Kit y sacudió la cabeza en un gesto de impotente resignación.
—Ya lo sé —dijo él—. No hay la menor posibilidad.
—Ni la menor posibilidad.
—¡Eh, menos pesimismo, por favor! —Bob intentó mantener una entonación alegre, pero la
sombra de su propia certeza la hizo áspera—. El general está tan débil que me pregunto si
conseguirá sentarse en el caballo —dijo dejando de disimular—. ¿Iréis con él?

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—Sí. Hay una litera preparada por si no puede aguantarlo. Nos frenará, pero no creo que
nuestra velocidad vaya a ser lo más importante. Annabel ¿vas suficientemente abrigada? —La
pregunta podría haber parecido incoherente, pero todos sabían que no lo era.
—Más abrigada que la mayoría —respondió ella, sin añadir «gracias a Akbar Kan». Sus
pantalones de cuero estaban forrados de cachemir, el vestido estaba forrado de piel, sobre él
llevaba una chaqueta de piel de cordero y encima el manto con capucha, forrado también de piel
igual que las botas de montar y los guantes. Iba mucho mejor protegida que Kit y sus colegas, e
inconmensurablemente mejor que la inmensa mayoría de los que intentaban hacer aquel viaje.
Pero iba vestida como una afgana, como alguien cuya vida transcurría en aquella tierra inhóspita y
estaba preparada para su dureza. Akbar Kan no había tenido la intención de que comenzase el
viaje mal preparada.
—Están comenzando a salir —dijo de repente apartándose de esos pensamientos—. ¿Nos
unimos al general, Kit?
Cuando salieron del cuartel por la amplia abertura practicada por los ingenieros, una triunfante
multitud de afganos comenzó a afluir desde la ciudad y se abrió camino hacia el interior del cuartel
mientras continuaba la evacuación.
—Dios santo —masculló Kit—. Ni siquiera pueden esperar a que salgamos para tomar posesión.
El aire se llenó de gritos exultantes que contrastaban con el lúgubre silencio de las fuerzas en
retirada, y sobre las zonas residenciales comenzaron a elevarse llamaradas a medida que los
vencedores saqueaban los bungalows y luego los incendiaban, destruyendo el enclave suburbano
hasta que de la patética copia de un pueblo inglés sólo quedaron cenizas.
Ya hacía rato que había pasado el mediodía cuando las primeras líneas del cuerpo principal
cruzaron el puente provisional siguiendo a la avanzada. Tras ellas, la retaguardia estaba
apelotonada entre el muro y el canal, ofreciendo toda la protección que podían a la gran caravana
de camellos que salía lentamente del cuartel. El equipaje, ya abandonado por demasiado
engorroso a la vista de la realidad de la gélida marcha, estaba amontonado en el exterior del muro
y desapareció rápidamente bajo la densa nevada. Y dentro del cuartel, el vandálico saqueo y la
destrucción continuaban con frenética algarabía.
Cuando se apagó el júbilo del saqueo, los afganos del cuartel volvieron sus espingardas hacia la
atrapada retaguardia, que se vio obligada a mantener su posición bajo el despiadado fuego que
venía desde el muro hasta que el último camello, el último civil y la última mula de carga habían
pasado. Estaba anocheciendo cuando pudieron volverse y seguir al cuerpo principal dejando un
oficial y cincuenta soldados muertos sobre la nieve.
En la vanguardia de la marcha, Annabel oía los confusos ruidos, los gritos de triunfo, los
continuos disparos de fusil que llegaban desde atrás a través del aire helado.
—¿Qué demonios está pasando? —murmuró Kit mirando por encima del hombro. Pero sólo
pudo ver la columna que serpenteaba tras él desde el incendio que había en la distancia.
Annabel sacó a Charlie de la fila.
—Voy a ver —gritó.
—¡Annabel, vuelve aquí! —gritó imperativamente Kit; pero ella le hizo una seña con la mano y
salió al galope siguiendo la columna.
—No le pasará nada —lo tranquilizó Colin—. Ese caballo no le va a fallar, y si no le ves la cara
sigue pareciendo más afgana que inglesa.

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No pareció que eso tranquilizara mucho a Kit, pero nada podía hacer salvo esperar a que
volviese y pensar que a su Anna no le faltaba instinto de conservación.
Annabel retrocedió por la columna de gente al galope. Ya había hombres que caían al borde del
camino, exhaustos y helados, y quedaban apáticamente tirados entre los montones de objetos
abandonados. Los saqueadores afganos se agolpaban sobre los equipajes y amenazaban con sus
machetes a los cipayos caídos mientras buscaban su botín. Sobre la nieve yacía una mujer con un
niño que lloraba débilmente a su lado. Un fanático muyahid estaba sobre ellos con el machete
alzado.
—¡Hijo del cerdo! —Annabel lanzó su caballo hacia él gritando insultos en pashtu con la
virulencia de cualquier muyahid. Ante los insultos, él se volvió con ojos centelleantes y su machete
jaiber trazó un arco en el aire dirigido a un costado del cuello del caballo; Charlie hizo un
movimiento lateral tan preciso como si estuviese practicando en la escuela. El machete pasó de
largo y antes de que pudiese volver a levantarlo, Charlie había girado en redondo, se encabritó
sobre él y alzó los cascos, tan poderosos como cualquier machete. El muyahid renunció al desigual
combate; había presas más fáciles por todas partes.
Annabel desmontó cautelosamente, muy consciente de que en cuanto estuviera en el suelo
sería vulnerable a un ataque. Llevaba un estilete, porque Kit había accedido a su petición de
conseguirle uno sin más comentario que un serio gesto de asentimiento, pero no se hacía ilusiones
de que el aguzado cuchillo pudiese desviar el golpe de una cimitarra o de un machete.
A la madre del niño, claramente una civil que seguía a los militares, debilitada por las
privaciones de las últimas semanas, ya nadie podía ayudarla; sus ojos miraban, sin verla, la gris
cúpula del cielo, que ya se oscurecía con el anochecer. El niño estaba lívido de frío, envuelto en
una fina manta, y el débil llanto hacía que le temblaran los labios, ya cuarteados. Annabel lo cogió,
envolvió bien en la manta el pequeño cuerpo y se preguntó cómo iba a montar. Hasta ese
momento siempre había tenido a alguien que la ayudase para subir al enorme Charlie, pero allí, en
la llanura helada, no había manos para ayudarla y además llevaba el niño en brazos.
Unos pies más allá había un baúl abandonado, y llevó a Charlie hasta él. Utilizándolo como
escalón, montó con el niño bien instalado en el hueco de su brazo y volvió a observar la escena. La
columna avanzaba trabajosamente por la nieve seguida por la retaguardia, y grupos de muyahidín
seguían cayendo sobre ella con implacable insistencia y entorpecían la marcha con repetidas y
mortales incursiones que los soldados no conseguían detener. Toda la fantasmal escena estaba
iluminada por el violento incendio del cuartel abandonado, cuyas llamas se recortaban en naranja
y rojo contra la triste y gris desolación del crepúsculo invernal, y los crujidos de la destrucción
resonaban como una especie de carcajada diabólica.
Con el corazón encogido, aunque sabía que no debía haber esperado otra cosa, Annabel volvió
al comienzo de la columna. Las tres millas le parecieron mucho más largas esta vez, y se dio cuenta
de que la columna se había frenado tanto que ahora era mucho más larga. Los cuerpos de los que
se habían rendido por el agotador esfuerzo y el frío, y los inacabables montones de equipaje
abandonado, obstaculizaban la marcha. Si en sólo medio día se había producido tal desintegración
¿qué se podía esperar que sucediese en los seis días que había hasta Jalalabad?
Kit la saludó con una furiosa diatriba que ella escuchó tranquilamente sin intentar responder.
Estaba demasiado castigada por lo que había visto y era muy consciente del justificable miedo de
Kit por su seguridad para defenderse o protestar, incluso delante de una vergonzosa reprimenda
en público como aquélla.

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—Es la última vez que te vas de mi lado sin mi permiso ¿está claro? —terminó él cuando por fin
se quedó sin combustible frente a su completa falta de respuesta.
—No veo que haya razón alguna para que sea así —contestó ella—. Mira lo que he encontrado.
—Sacó al niño del abrigo de los pliegues de su manto. Había dejado de llorar hacía un rato, por
extenuación o porque el calor del cuerpo lo había calmado—. ¿Qué hacemos con él?
—¿De dónde demonios ha salido? —Kit lo miraba consternado.
Annabel le contó la historia tan breve y fríamente como pudo, restándole tanta importancia a
su encuentro con el muyahid como le permitió la fidelidad a la verdad, pero vio cómo Kit palidecía
cuando su imaginación llenó las lagunas.
—Charlie y yo nos compenetramos muy bien —dijo ella con calma—. Para eso he pasado tantas
horas en la escuela de equitación ¿no?
Kit suspiró derrotado.
—Cuando nos detengamos, dáselo a una de las niñeras indias. Un niño más o menos no les
representará una gran diferencia.
Ella asintió y continuaron en silencio mientras caía la noche. Por fin una solitaria corneta dio la
orden de detenerse.
—No podemos haber avanzado más de seis millas desde el cuartel —comentó Annabel.
No hacía falta decir nada más. Todos sabían que era imposible cubrir las setenta millas hasta
Jalalabad en etapas de seis millas.
Harley, que había ido detrás del Estado Mayor del general, se acercó a ellos cuando rompieron
filas para organizar alguna clase de campamento en aquel páramo helado.
—Hay un arroyo más adelante, señor —dijo—. He enviado a unos porteadores a buscar agua.
—Desplegó una pequeña tienda que llevaba en las alforjas y buscó un lugar adecuado para
plantarla.
—¿De dónde diantres ha salido eso? —preguntó Kit.
—La señorita la encontró —dijo Harley—. También encontró nuestras provisiones—. Le mostró
cecina de antílope, talján, la torta de moras secas y avellanas, y un bloque de té—. Si conseguimos
encender un fuego nos arreglaremos esta noche.
—Estabas demasiado ocupado para atender a estas cosas —dijo Annabel viendo la expresión
de asombro de Kit—. Sabía que no podríamos fiarnos de las provisiones que van en la caravana de
equipaje. —Se encogió de hombros—. Hay suficiente para todos y en la tienda podrán dormir
ocho o nueve personas si nadie pretende estar holgado. —Echó una mirada al triste paisaje y al
confuso revoltijo de animales y personas—. Planta la tienda aquí, Harley, contra esa roca. Nos
protegerá un poco del viento.
—No creo que debamos tener ventajas con las que no cuentan los demás —dijo Kit lentamente.
—Pero nosotros ya tenemos una ventaja inestimable negada a los demás —observó ella—. Yo
conozco esta tierra y sé cómo viven los afganos y cómo sobreviven a los inviernos. He viajado con
los nómadas en la temporada de nieves. ¿Pretendes que ignore esos conocimientos? Seguro que
es mejor compartirlos que negarlos.
—Annabel tiene razón, Kit —dijo Bob—. ¿A quién vas a darle las provisiones y la tienda? —Hizo
un gesto hacia la arremolinada multitud—. ¿Escogerás a uno de esos pobres diablos?
Kit sacudió la cabeza.

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—No. Creo que será mejor que nosotros nos aprovechemos de su previsión. No será una
ventaja que dure mucho. ¿Vas a buscar a alguien que se ocupe del niño, Annabel?
—Supongo que debería hacerlo —dijo ella mirando el bulto que aún llevaba envuelto en su
manto—. Me lo quedaría, pero nunca he cuidado de un niño y la verdad es que no sé qué hacer
con él. ¿Crees que bebería té?
—Demasiado pequeño, señorita —dijo Harley con seguridad—. Démelo, se lo entregaré a la
niñera de la señora Gardner. La pobre señora hace sólo cinco días que tuvo a su niño, así que ellas
deben de tener lo necesario.
—Hace cinco días. —La idea de hacer ese viaje cinco días después de parir era espantosa y a
Annabel le provocó un escalofrío. Pero la señora Gardner no era la única que se recuperaba allí, y
muchos de ellos viajaban en literas y palanquines bajo el inclemente frío sólo con sus ropas de
dormir. Le entregó el niño y alejó los lúgubres pensamientos—. Haré un poco de té. Hay algunas
tortas de estiércol en mis alforjas para hacer el fuego, Kit; ¿puedes encenderlo? —Su tono era un
poco indeciso, como si no estuviese segura, y de hecho no lo estaba, de que los capitanes de
caballería mimados fuesen capaces de dedicarse a tareas tan bajas.
—Sí, señora —dijo Kit solemnemente—. Creo que podría estar a la altura del encargo, aunque
me temo que nos estás poniendo en evidencia a todos.
Ella sonrió con generosidad por su animoso intento de parecer alegre, pero nadie se engañaba.
Los confortó un poco el té caliente y fueron pasándose la bandeja envueltos en sus capotes
alrededor del triste fuego de estiércol.
Annabel recordó aquella ocasión en que se había sentido desesperada por un té en la choza del
aksakai, y no se lo habrían dado si no hubiese sido por la atenta amabilidad de Akbar Kan. ¿Dónde
estaría? Miró hacia los picos de las montañas que los rodeaban, oscuras sombras coronadas de
nieve contra el cielo nocturno. ¿Estaría en algún lugar por allí arriba observando aquel mortífero
desastre desde alguna posición elevada? ¿Vigilando y esperando el momento para intervenir? Ella
sabía que en algún momento lo haría, pero no podía imaginar cómo.
—Vamos. —Kit le tocó un hombro—. Es hora de dormir.
Consiguieron encajar diez personas en la tienda. Kit y Annabel ocuparon el espacio de un
cuerpo; él la mantuvo estrechamente abrazada y cubierta con su cuerpo de manera que sus
alientos se mezclaban cálidamente y mantenían a raya el frío.
En el exterior, los soldados y los civiles que los acompañaban morían de congelación por
centenares. Otros desertaron alejándose por la nieve al amparo de la noche, en busca de algún
refugio lejos de aquella marcha de condenación a través de las montañas. Cipayos, demasiado
congelados para ser aptos para el servicio, se mezclaron con los civiles y se sumaron a la confusión
cuando amaneció y la columna reanudó su lenta marcha.
Annabel no necesitaba la seriamente reiterada orden de Kit de permanecer a su lado. El atroz
frío les atravesaba la ropa a pesar de las pieles y la lana, y se encogía sobre Charlie como
adormecida, con la capucha sobre la boca dejando a la vista sólo los ojos. La retaguardia seguía
resistiendo el acoso de los perseguidores afganos, a quienes no parecían afectarles la temperatura
ni la incesante nevada.
—Anna... ¡Anna, cariño! —La llamada apremiante de Kit rompió su trance letárgico.
—¿Mmm? ¿Qué pasa? —Parpadeó y lo miró bajo la luz gris blanquecina.

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—Voy con un grupo a los altos laterales —le dijo rápidamente—. Una fuerza de afganos ha
cargado contra la columna de equipaje y amenaza con aislar la retaguardia. Necesitan refuerzos
para despejar el paso desde arriba.
—Que Dios te acompañe —se limitó a decir, y él asintió, volvió su caballo y desapareció en la
nieve.
Ella descubrió que no podía preocuparse por él. En muchos sentidos parecía que una muerte
rápida por la bala de un guilzai o el machete de un muyahid sería preferible a aquella lenta
desintegración del cuerpo y el espíritu. Podría ser una reflexión derrotista, pero tampoco parecía
capaz de preocuparse por eso.
Arriba en las crestas, el capitán Ralston y sus hombres disparaban contra el lugar de la pista
donde estaba agrupada la fuerza afgana impidiendo el avance de la retaguardia. Al final el
enemigo se apartó del camino y la retaguardia de la columna pudo alcanzar al cuerpo principal.
Kit y sus hombres volvieron a unirse a la columna cuando se aproximaban a Buzak.
En Buzak esperaba Akbar Kan.
Annabel lo vio sobre su caballo badajsaní en una cresta sobre la pista por la que avanzaba
penosamente la columna. Estaba rodeado de guerreros guilzai y tres de ellos se apartaron del
círculo y galoparon ladera abajo al encuentro de la columna.
El general Elphinstone se enderezó en su silla y los hombres de su Estado Mayor se cerraron a
su alrededor. No parecía que los que se aproximaban representaran una amenaza, pero sí había
mucha arrogancia en su manera de parar y repasar con la mirada fría y oscura la confusa y
angustiada muchedumbre.
Uno de ellos comenzó a hablar en pashtu y el general le contestó que no lo entendía.
—Dice, general, que Akbar Kan había accedido a escoltar la columna hasta Jalalabad, pero que
abandonaron el cuartel antes de tiempo, así que no pudo protegerlos de los muyahidín. —Annabel
tradujo tranquilamente, segura de que ese papel le tocaba.
El afgano, sin manifestar sorpresa, esperó hasta que terminó. Luego continuó.
—Akbar Kan insiste en que la columna se detenga aquí para pasar la noche —dijo ella cuando el
guilzai le hizo una seña con la cabeza—. Enviará provisiones por la mañana, pero pide quince mil
rupias de inmediato.
El hombre comenzó a hablar de nuevo y esta vez sonaron claramente los nombres de Lawrence
Mackenzie y Pottinger. Annabel miró a los tres hombres.
—Akbar Kan pide que el comandante Pottinger y los capitanes Lawrence y Mackenzie le sean
entregados como rehenes —dijo inexpresivamente.
—Dígales, señorita Spencer, que acepto todas las exigencias de Akbar Kan —farfulló el general
en medio de un murmullo de indignación de todos los que lo rodeaban—. Dios mío —dijo en
nerviosa defensa—, ¿qué otra cosa podemos hacer? Que alguien me diga lo que hay que hacer.
Sin pronunciar una palabra, el comandante Pottinger sacó su espada y la lanzó al suelo. Colin y
el capitán Lawrence hicieron lo mismo, y luego se quedaron sentados e inmóviles, desarmados y
con la humillación de obedecer tal orden marcada en el rostro, esperando una señal del
mensajero de Akbar Kan.
Annabel también la esperaba, pero no llegó. Los guilzais rodearon a sus rehenes y el pequeño
grupo volvió a subir la ladera sin que los tres oficiales británicos miraran atrás.

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Así que la iba a dejar retorcerse, sin salida pero dentro del agua, durante un poco más.
Desechando ese pensamiento, Annabel se apartó, no sin antes observar la expresión de Kit, que
reflejaba la cruda desesperación porque también él tenía la certeza absoluta de estar bailando al
final de la cuerda de Akbar Kan. Tiraría de ella cuando le viniese bien y hasta entonces tendrían
que soportar aquella espantosa y degradante impotencia.
Pasaron su segunda noche de horror. La nieve había alcanzado un pie de altura y los británicos
no podían acceder al suministro de agua porque los francotiradores afganos disparaban con
efectos devastadores sobre los porteadores, que no tardaron en abandonar la tarea. La tienda y
sus cuerpos entrelazados volvieron a ofrecerles a Annabel y a Kit la protección que se interponía
entre la vida y la muerte, y el amanecer llegó, para todos los que aún vivían, con la misma amarga
confirmación de lo extremadamente terrible que era su situación.
Las espingardas seguían escupiendo fuego sobre la retaguardia de la columna mientras
descansaban, y los seguidores del ejército se precipitaron hacia la cabeza cogiendo de las bestias
de carga lo que quedaba de las provisiones y llevándose también los animales en un intento
desesperado de escapar. El suelo estaba cubierto de municiones, ajuar doméstico y objetos
personales de la guarnición de Kabul.
Annabel estaba demasiado entumecida para subir a Charlie a pesar de la ayuda de Kit, que le
ofreció las manos como escalón.
La cogió por la cintura y la levantó con dificultad hasta que ella pudo cogerse al pomo de la silla
y auparse.
—No sé por qué estoy tan débil —se disculpó—. No sé si tengo derecho. Hay mucha gente que
está mucho peor que yo.
—Te desentumecerás —dijo Kit, bruscamente porque tenía miedo por ella. Estaba muy floja,
sus ojos verdes destacaban en su cara demacrada, una alarmante fragilidad se había manifestado
de repente en su cuerpo habitualmente ágil y flexible y estaban apareciendo grietas en su antes
indomable espíritu. Él sabía que no podría soportar que ella renunciase a luchar.
—Señor, esto debería sentarle bien. —Harley apareció sosteniendo un vaso de líquido de color
ámbar oscuro—. Ya sé que la señorita no bebe alcohol, pero por ahí atrás se lo están dando a los
niños. —Le ofreció el vaso—. Incluso lady Sale se ha tomado un vaso. Hablaba de cómo la había
templado, y decía que era poderoso, señorita.
Annabel cogió el vaso.
—¿Qué es, Harley?
—Jerez, señorita —respondió el asistente—. Bébaselo de un trago. Si no les hace daño a los
niños no se lo hará a usted.
En cualquier otra circunstancia Annabel habría sonreído por el alentador estímulo, pero se
limitó a probar un trago. El sabor era desagradable, pero el efecto reconstituyente fue inmediato..
—Están repartiendo las reservas del comedor, señor —explicó Harley—. Ahí atrás la cosa está
terrible. Todos los porteadores han muerto o han desertado y están colocando a las señoras en las
bolsas de los camellos. Están en plena línea de fuego.
—¿Qué ha pasado con la escolta de Akbar Kan? —Preguntó ásperamente Kit a Annabel, como si
ella pudiese tener alguna respuesta—. ¡Tiene sus quince mil rupias y sus rehenes! ¿Qué demonios
quiere ahora?

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JANE FEATHER
Destino Audaz

—No lo sé —respondió ella en voz baja ofreciéndole el vaso medio lleno—. Tú también
necesitas esto... No creo que se quede satisfecho con algo menos que la humillación total. Uno
tiene que hacer lo que dice con la esperanza de que mantendrá su palabra, pero si decide hacerlo
o no es algo que depende únicamente de él. —Miró hacia atrás, a la caótica y aterrorizada melé—.
Delante tenemos el paso de Kurd Kabul.
Los hombres que había a su alrededor no hicieron comentarios. El desfiladero de Kurd Kabul
era una garganta de cinco millas entre altos farallones y con un rugiente torrente que corría por su
fondo con capas de hielo y nieve en sus riberas
—Creo que ésa es nuestra escolta —dijo de pronto Bob señalando hacia lo alto del risco, desde
donde bajaban seis jinetes vestidos como jefes afganos, y tras ellos una numerosa fuerza de
guerreros.
Los jefes se alinearon a la cabeza de la columna, junto al general y su Estado Mayor, y los
guerreros se colocaron detrás.
La columna llegó a la entrada del paso. Annabel miró hacia las alturas. Estaban completamente
erizadas de espingardas que apuntaban hacia el fondo de la garganta. —Las mandíbulas de la
muerte —dijo en voz baja recordando el nombre que le daban los guilzais al Kurd Kabul.
Kit se volvió al oír su susurro.
—¿Qué has dicho?
—Mira —respondió ella señalando hacia arriba.
—Ya los había visto —dijo él lúgubremente.
Los jefes que los escoltaban les gritaron algo a los guerreros, que gritaron a los que estaban en
las alturas.
—Les dicen que no abran fuego —dijo Annabel. Pero en cuanto la primera línea de la avanzada
entró en el paso, una descarga de disparos cayó desde arriba, donde los guerreros de las
montañas disparaban desde unos cincuenta metros contra los atrapados soldados.
No podían hacer otra cosa que continuar aguantando la mortal lluvia de plomo mientras los
perseguidores seguían machacando la columna. Los guerreros descendieron en masa por las
empinadas laderas espada en mano y cargaron contra militares y civiles. Los camellos cayeron bajo
el fuego de las espingardas y los pasajeros rodaron por tierra para acabar bajo los machetes
cuando intentaban levantarse. Los niños gritaban cuando eran capturados por el enemigo, algunos
arrancados de los brazos de sus madres, y Annabel quedó súbitamente paralizada, congelada en el
tiempo al revivir el horror enterrado del ataque en el paso de Jaiber de hacía ocho años.

Akbar Kan miraba impasible desde un pico cercano a la salida del desfiladero. ¿Moriría Ayesha
en aquella carnicería? Si su destino era morir por el disparo de un guilzai en el paso de Kurd Kabul,
entonces él tendría que aceptarlo. Era un riesgo que había aceptado cuando no la había incluido el
día anterior entre los rehenes. Pero quería que ella fuera a él, como sabía que acabaría
sucediendo, cuando saliera del sueño en el que estaba viviendo y por fin volviera a reconocer la
realidad.
—¿Vas a ordenarles que paren, kan? —La pregunta venía de un guerrero con turbante que
acababa de acercarse a caballo por el borde del barranco.

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Destino Audaz

Akbar Kan se encogió de hombros.


—¿Cómo voy a hacerlo? Ya no es posible controlarlos.
Debajo de ellos el comandante Pottinger dijo en voz baja a Colin:
—Mackenzie, si yo muero, recuerde que al principio oí a Akbar Kan gritar «matadlos» en
pashtu, aunque en persa pidiese que dejasen de disparar.
Colin asintió, y en su expresión se reflejaba la náusea que le revolvía el estómago por la traición
a sangre fría de Akbar Kan, que había prometido protegerlos, pidió y recibió pagos por ello y luego
incitó a que los mataran. El kan estaba sentado observando la masacre sin pestañear.
En un momento Bob Markham cabalgaba al lado de Annabel y en el momento siguiente su
caballo sin jinete estaba dando saltos y tropezando mientras chorreaba sangre de la gran arteria
del cuello. Bob había muerto limpiamente de un balazo en la cabeza. Annabel se dio cuenta de
que ni siquiera aquella muerte cambiaba gran cosa la pesadilla.
Kit no tuvo ocasión de lamentar la muerte de su amigo; aceptó desde el agujero atemporal de
su actual infierno que el duelo ya llenaría sus días y sus noches más tarde, si sobrevivía. Por el
momento Annabel era su única preocupación. Hizo cuanto pudo por protegerla con su cuerpo
mientras disparaba sin cesar, escogiendo un rostro, cualquier rostro, entre las furiosas oleadas de
atacantes y apuntando con mortífera precisión; y sentía una fría satisfacción cuando veía al
hombre caer, y luego escogía otro sin dejar de empujar a su caballo hacia la salida de aquel pozo
de muerte.
Entonces salieron de las sombras y se encontraron en campo abierto, donde la blancura de !a
nieve los cegó momentáneamente y el silencio los ensordeció tras las estruendosas
reverberaciones de los disparos y los gritos que rebotaban en las paredes de roca.
—Quédate con el grupo del general —le dijo Kit con urgencia a Annabel—. Tengo que volver
atrás con un destacamento para cubrir a esos pobres que aún intentan salir. Prométeme que no te
moverás de aquí.
Ella lo miró con la vista perdida, como si no lo viese ni oyese. Luego sus ojos se enfocaron y
asintió.
—Haz lo que tengas que hacer.
Se alejó de vuelta al paso con un destacamento de soldados del cuarenta y cuatro de infantería
que daban vueltas por allí como atontados. Pero se recuperaron y lo siguieron hasta un saliente
rocoso en la boca del desfiladero. Desde allí dominaban la salida y mantuvieron una cortina de
fuego contra el enemigo hasta que los últimos rezagados de la retaguardia salieron y se dirigieron
hacia el campamento.
Quinientos soldados y más de dos mil quinientos civiles murieron ese día en el desfiladero.
El sentimiento de desgracia era tan profundo en el campamento que Kit no pudo evitar pensar
que los muertos quizá habían sido los más afortunados. El general y los miembros de su Estado
Mayor que habían conseguido salir de las mandíbulas de la muerte estaban apiñados en
desesperanzada reunión, con los jefes y los guerreros que habían ofrecido tan ineficaz escolta a un
lado sobre sus caballos. No había rastro de Annabel.
—¿Dónde está Annabel? —Intentó contener la agitación de su voz pero no pudo evitar que
asomase.

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—Está con las señoras —le dijo un exhausto capitán que se esforzaba por detener la
hemorragia de una herida que tenía en el muslo—. Lady Sale ha recibido un tiro en una mano y
hay otras que están sufriendo mucho. La señorita Spencer ha ido a ayudarlas.
Kit miró a la gente esparcida sobre la nieve manifestando su derrota con diferentes actitudes.
Se preguntó por qué los afganos no venían a terminar con ellos, con lo indefensos que estaban.
Volvió a pensar en el gato que tortura al ratón permitiendo que se aleje penosamente de sus
colmillos, que sienta durante unos instantes que podrá escapar, antes de volver a caer
tranquilamente sobre él con la aparente indiferencia del depredador.
Encontró a Annabel con las mujeres. Estaba vendando la mano de lady Sale y no levantó la vista
inmediatamente cuando la llamó. Estaba rodeada de mujeres y niños sentados sobre equipajes o
tendidos sin más donde los había vencido la extenuación del terror. Lady Sale, a pesar de su
palidez, estaba sentada muy derecha y no dejaba de animar a todo el mundo. En aquella situación
extrema, aceptaba sin remilgos la compañía y la asistencia de la fresca descarada que compartía
cama con Christopher Ralston.
Annabel se levantó cuando acabó de curarla y miró fijamente a Kit. En su cara él descubrió la
expresión de alguien que ha ido hasta el fondo de la desesperación, ha buscado y ha encontrado la
única decisión posible, que ahora le daba la serenidad de la resignación.
—Me voy a entregar a Akbar Kan.
El corazón de Kit dio un doloroso vuelco.
—No seas absurda —dijo.
—Tiene que ser así. —Hizo un gesto hacia la desesperada escena que los rodeaba—. Me he
dado cuenta en el paso; fue tan parecido a la otra vez... el ruido, las miradas... —Comenzó a
alejarse del grupo y Kit la cogió por un brazo—. Aquella otra vez la emboscada me condujo hasta
Akbar Kan. El círculo tiene que cerrarse. —Se detuvo y miró a Kit; en sus ojos había una intensa
ansiedad por que la entendiese—. Es el destino, Kit.
—¡Al cuerno tu destino! —explotó él por la angustia—. ¿Qué bien va a hacerles a los demás que
tú te entregues a ese cerdo traidor? Y menos aún a ti.
—Al final tendré que hacerlo —afirmó en voz baja—. Ambos lo sabemos. Y yo sé que está
esperándome. Quizá, si voy hasta él por mi propia iniciativa tendré una oportunidad de
interceder... por las mujeres y los niños, al menos. Tengo que intentarlo, Kit; ¿no lo entiendes?
Nadie más puede llegar hasta él, sólo yo. Lo conozco; al menos tanto como es posible conocerlo.
—Pero ¿qué pasa con nosotros? —dijo él, aunque ya estaba de luto por su pérdida y le
acariciaba la cara con desesperación como si quisiera dejarle la huella de sus manos.
—Kit —dijo ella—, no hay futuro. Nunca pudo haberlo. Volveré a él. Allí hay una muerte
posible; aquí, una muerte segura. Pero creo que puedo hacer algún bien antes de que suceda lo
que tiene que suceder.
En su angustia, a él le pareció recordar que ella le había dicho, en otro tiempo y otro lugar, que
sólo estaba con él de prestado, que seguiría con él hasta que «sucediera lo que tenía que
suceder». Y ese momento había llegado. Apartó las manos de su cara y retrocedió un paso.
Ella asintió lentamente, se volvió y fue hasta donde había dejado a Charlie, que estaba exhausto
y con la cabeza gacha. Kit miró cómo sacaba de las alforjas los brazaletes de plata de Akbar Kan, se
los colocaba en las muñecas y los cerraba sin dudarlo. Luego lo miró.
—Debo llevar velo o caeré en otra falta.

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Destino Audaz

En silencio, él se desabrochó la chaqueta y se quitó la corbata.


Ella la cogió y la sujetó sobre la parte inferior de su rostro aspirando el olor de Kit, y tragándose
las lágrimas que le inundaban los ojos y le cerraban la garganta.
Él avanzó un paso, la cogió por la cintura y la alzó hasta la altura de Charlie por última vez.
—Despídeme de Harley —dijo ella—. Ha salido con vida; lo he visto hace un momento.
—Lo haré.
—Y... —Pero no había nada más que decir. Sus ojos se miraron un momento recordando la
alegría compartida, reconociendo un futuro de pérdida compartida, y luego Ayesha hizo girar al
cansado Charlie y lo dirigió ladera arriba hacia donde estaban agrupadas las fuerzas afganas
esperando con la paciencia del gato que sabe que el ratón no tiene escondite.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1199

Akbar Kan observaba cómo se aproximaba la figura solitaria sobre un caballo enorme y sintió
un brote de placer que lo sorprendió, ya que parecía provenir simplemente de la perspectiva de
volver a verla más que de la satisfacción que le producía su sumisión.
Les hizo un gesto a los hombres que lo rodeaban para que se apartasen y se quedó esperándola
solo.
Ella fue hasta él y lo saludó con las manos sobre la frente y los guantes doblados para dejar a la
vista los brillantes brazaletes de plata. Mantuvo la mirada baja esperando permiso para hablar.
—Así que has vuelto, Ayesha —dijo él con calma.
—Sí, kan. —Ella sabía que no debía levantar la vista, no delante de tantos hombres, pero el
hábito de los dos últimos meses la había vuelto descuidada y necesitó toda la concentración para
mantener la postura.
—¿Traes un mensaje de los ferinyi? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza.
—No, pero quiero pedir tu clemencia. Allí hay mujeres, niños y bebés. ¿De qué sirven sus
muertes?
—¿De qué sirven sus vidas? —replicó él.
—Ser magnánimo en una posición de poder sólo aumenta el poder —dijo ella.
—¿Crees que no sé eso, Ayesha?
—No, Kan; sólo quería decirlo por mí misma.
—Volverás con el comandante de los ferinyi por la mañana y le dirás que tomaré bajo mi
protección a las familias de los oficiales. —Hizo una pausa y paseó la mirada por el desolado
paisaje y por el cielo, donde una gran águila volaba en círculos sobre los picos—. Con la condición
de que sus esposos las acompañen como rehenes.
Annabel volvió a encontrarse con la inmovilidad de Ayesha. Akbar Kan decapitaba así a las
fuerzas británicas. La mayoría de los oficiales estaban casados y llevaban a sus familias con ellos.
Estaba obligando de manera lenta y humillante a rendirse al mando británico. ¿Por qué ella ya no
simpatizaba con esa imperiosa necesidad de aplastar al arrogante invasor? Porque ahora conocía
al invasor con toda su debilidad, su humor, su ira y su fuerza. Había conocido al invasor como
individuo: a Colin, Harley, Bob, el general Elphinstone, lady Sale... y conocía la pasión y el amor del
invasor más allá de toda descripción. Pero seguía entendiendo la necesidad de Akbar Kan, aunque
ya no pudiese identificarse con ella. Posiblemente en eso consistía el tormento que sufriría
durante el resto de su vida.
—Como desees —dijo ella.
—Aquí no hay mujeres que cuiden de ti —dijo él—. Te mantendrás apartada de todos menos
de mí hasta que lleves el mensaje por la mañana.
Fijó los ojos bajos en los intrincados grabados de los brazaletes de plata que le rodeaban las
muñecas.
—Como desees.

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—Ven, te llevaré a mi tienda. Necesitas descansar y comer. Tu caballo también necesita


atención.
Ayesha lo siguió hasta el grupo de negras tiendas de nómada plantadas en la nieve. No había
fuegos, pero había un orden y una disciplina en total desacuerdo con la frenética sed de sangre
mostrada durante la matanza de ese día. Quería preguntar por Colin, pero no se atrevió a poner
en peligro su vuelta al papel de Ayesha con un interés inadecuado.
—Darán de comer y de beber a tu caballo —dijo Akbar Kan cuando ella desmontó sin ayuda
frente a la tienda en la que él se detuvo—. Es un animal feo, pero veo que es fuerte. —Inspeccionó
a Charlie con mirada de experto—. Uno de los de Christopher Ralston, supongo.
—Sí —le confirmó ella entregándole las riendas a un mozo, y su propia afirmación le sonó plana
e indiferente.
—Quédate en la tienda. Te traerán comida.
Entró por la estrecha abertura. Dentro hacía el mismo frío, pero había un montón de pieles
sobre la gruesa alfombra que cubría la nieve, y una somnolencia irresistible la dominó sin previo
aviso. No sabía ni le interesaba si la fatiga era por desesperación, por extenuación o por los
terribles recuerdos. Simplemente se acurrucó en el confortable montón y se durmió, y su último
pensamiento consciente fue el recuerdo de los fuertes brazos que la habían abrazado durante las
últimas amargas noches y la habían protegido simbólicamente, ya que no en la realidad, del frío y
el peligro.
Akbar Kan entró en la tienda unas dos horas más tarde y se quedó mirando el bulto acurrucado
e inconsciente que había bajo las pieles. Ella no había comido nada, pero su cuerpo debía de saber
qué era lo que más necesitaba. Rizos de cabello cobrizo escapaban de la capucha de su manto. Las
pestañas se apoyaban gruesas y espesas sobre los pómulos. Todo lo demás estaba cubierto con el
debido recato.
Sabía que se había ido de él; lo había sabido desde el momento en que se había acercado lo
suficiente para sentir su espíritu. Ayesha ya no existía, aunque ella sabía cómo hacer su papel y lo
haría si era la única manera de alcanzar sus objetivos. Pero ¿quería él que hiciese ese papel?
¿Podía satisfacerlo la mera forma y la apariencia de Ayesha, cuando la realidad se había perdido,
se había ido de él para siempre?
La dejó dormir y salió a la cruda noche, donde por el momento el único enemigo era el frío y
atacaba por igual a perseguidos y perseguidores.
Ayesha despertó al amanecer sorprendida por la extraordinaria tibieza. Luego volvieron los
dolorosos recuerdos. La puerta de la tienda se apartó y una mano entró por ella sosteniendo algo:
un cuenco de nata agria y una torta de pan untada con queso de cabra. Era la rudimentaria comida
de los nómadas, a la que había estado acostumbrada pero que ahora le sabía extraña; aunque su
hambre era tal que no habría rechazado nada.
Cuando hubo comido se ajustó el improvisado velo y salió de la tienda.
Akbar Kan estaba montado y Charlie esperaba a su lado con paciencia de animal bien
entrenado. Annabel advirtió que el caballo parecía descansado. Aquella gente lo habría cuidado
bien porque reconocía el valor de un buen animal. Se le alegró el corazón durante un momento
cuando vio a Colin y a sus dos compañeros rehenes detrás de Akbar Kan. Estaban demacrados y en
sus ojos se leía la pesada ira nacida de la frustración, pero parecían indemnes. Bajando la mirada

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con recato, fue hasta el grupo intentando idear alguna manera de subir a su caballo sin ayuda.
Ningún afgano le ofrecería tal ayuda a una mujer.
Saludó y esperó a que Akbar Kan reconociese su problema y le pusiese solución.
El miró por encima del hombro y dijo en inglés:
—¿Querría alguno de ustedes, caballeros, ayudar a Ayesha a montar?
Colin avanzó con reveladora celeridad, pero cuando se acercó los ojos de Ayesha se levantaron
una fracción de segundo pidiendo cautela. Él borró toda expresión de su cara, se inclinó y le
ofreció las manos entrelazadas. Ella subió rápidamente y se instaló en la silla.
Akbar Kan habló claramente en persa.
—Le dirás al general ferinyi que lamento sinceramente lo que están pasando las mujeres y
niños del grupo y les ofrezco mi protección, con la condición de que las acompañen sus maridos.
Le dirás que me ofrezco a escoltarlos por los pasos tras la retaguardia de sus fuerzas.
Un ofrecimiento que no valía ni el aire con que lo había pronunciado, Ayesha lo sabía, pero se
limitó a asentir y se preparó para partir.
—Y, Ayesha... —Algo en su voz le hizo sentir un escalofrío de aprensión—, incluirás a Ralston,
huzur, entre los rehenes.
Durante un segundo la aprensión fue desplazada por un brote de alegría. Aunque ni siquiera
pudiese verlo, la certeza de que estaba cerca de ella la confortaría. No había sido capaz de
enfrentarse a la idea de que nunca llegaría a saber cuándo ni cómo moriría Kit, y eso era seguro
que sucedería si seguía en la columna. Luego volvió el miedo. Akbar Kan no le haría favores al
hombre que le había robado su posesión. Entonces ¿a qué iba a jugar ahora con ellos?
—Como desees —dijo ella con la acostumbrada docilidad inexpresiva.
—Ve.
Ayesha bajó la ladera hacia la triste multitud apiñada en la llanura. Los que no habían muerto
congelados durante la noche estaban levantándose lentamente de sus guaridas de nieve para
emprender el tercer día de su viaje hacia la muerte.
Kit la vio acercarse y se preguntó si ya se había vuelto definitivamente loco. Intentó correr, pero
sus músculos estaban paralizados por el intenso frío de la noche y cayó de rodillas en la nieve.
Maldiciendo, se levantó con gran esfuerzo y renqueó hasta el grupo que tiritaba alrededor del
general.
—General, traigo una oferta de Akbar Kan —dijo Ayesha sin preámbulos. Se quitó el velo y con
ojos enamorados buscó a Kit. Le sonrió suavemente y la sangre del capitán volvió a calentarse y la
fuerza volvió a sus músculos. Fue hacia ella, levantó los brazos y Annabel bajó de Charlie y se
abrazó a él.
—¿Cuál es? —preguntó el general.
—Perdóneme, señor —dijo Kit, aunque no podía dejar de sonreír como una especie de bufón
medio idiota, como pensó alegremente mientras la abrazaba y susurraba maravillado contra su
mejilla—: No creí que fuera a volver a verte.
—¿Cuál es la oferta? —dijo con brusquedad el brigadier Shelton.
Annabel se volvió, aún rodeada por el brazo de Kit.
—Akbar Kan les ofrece protección a las mujeres y a los niños con la condición de que sus
maridos las acompañen a su campamento.

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Un murmullo de escandalizadas protestas recorrió el grupo, porque todos se dieron cuenta de


la artera estratagema que dejaría a las fuerzas sin oficiales. El general Elphinstone suspiró
profundamente.
—Caballeros... caballeros... —dijo—. Las protestas los honran, pero no podemos privar a las
señoras de la menor oportunidad de aliviar su situación. Háganlo por sus familias y que Dios los
acompañe.
—Akbar Kan también pide que el capitán Ralston se entregue como rehén. —Annabel notó
cómo Kit se tensaba y lo miró—. No sé qué trama. Podría ser peor para ti que quedarte aquí, y
peor para los dos —añadió, más para sí misma que para él—. Pero si te niegas podría vengarse con
los otros rehenes.
—¿Piensas que no voy a ir? —Su voz se volvió cortante y la ira asomó a sus ojos grises, como si
ella hubiese dudado de su integridad—. ¿Qué clase de cobarde crees que soy, Annabel?
—No eres un cobarde —dijo ella—. No pretendo insultarte. Cualquiera de las opciones conlleva
alguna clase de sufrimiento. —Salió de su abrazo—. Akbar Kan también ofrece escoltarlos desde la
retaguardia por los pasos que quedan hasta Jalalabad, general. Pero no sé hasta qué punto es
fiable su palabra en eso.
—Ni en eso ni en nada —afirmó Shelton brutalmente pero sin faltar a la verdad.
—¿Qué opciones tenemos? —preguntó Elphinstone—. Tenemos que aceptar su oferta.
—Se lo diré. —Volvió a colocarse el velo y cuando se giró hacia Kit ya volvía a ser Ayesha—. Sólo
era un momento —dijo—. No sé por qué lo ha permitido, pero no habrá más. Vuelvo a pertenecer
a Akbar Kan, y estoy aislada según la costumbre. —Hablaba inexpresivamente, exponiendo hechos
a los que ya se habían enfrentado la noche anterior y que durante un enloquecedor instante de
ilusión él había creído que habían cambiado.
Durante un momento Kit pensó que no sería capaz de reprimir el dolor que abrió una profunda
herida en su corazón. No podía soportar tocarla como despedida. No encontraba palabras para
expresar lo inexpresable. Así que se alejó de ella con su agonía y dejó que otras manos la ayudaran
a montar.
Cuando ella acabó de ascender la ladera otra vez se dio cuenta de que la invadía un cansancio
que iba más allá de lo físico. Cuando Akbar Kan le dijo suavemente que el asunto pendiente entre
ellos lo zanjarían al llegar a la fortaleza de Budia-bad, donde pensaba albergar a los rehenes,
Ayesha no sintió preocupación alguna por el destino que entonces se pudiera decidir para ella. Él
le dijo que excepto cuando cabalgaran, que se mantendría a su lado, tenía que permanecer
siempre en la tienda apartada de todas las miradas, como si estuviera en el harén. En muchos
sentidos esa orden de encierro la alivió. Sola, quizá podría volver a encontrar fuerzas para la
aceptación que tan útil le había sido en el pasado.
Cincuenta rehenes seguían a Akbar Kan y a la columna en retirada. El kan mantenía su promesa
de escoltarlos en la retaguardia, pero no era una escolta protectora y los hambrientos, helados y
desesperados restos del ejército y sus acompañantes fueron atacados en cada paso por los
fanáticos muyahidín y los guerreros de las montañas sedientos de venganza.
Kit pasó con sus amigos la garganta de Tungui Tariki, donde yacía masacrada la mayor parte del
cuerpo principal de la columna; pasaron el desfiladero de Tezín, lleno de cuerpos descuartizados; y
cruzaron el valle y subieron la pendiente hacia el pico de Yugduluk, donde los hombres de las
montañas habían cortado el paso con arbustos espinosos y bajo una luna indiferente habían

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completado la destrucción de la fuerza británica en retirada desde Kabul. Allí fue donde vio el
cuerpo de Harley, tendido como había caído, espada en mano, y junto a él el de un general a cuyo
lado había luchado.
Otro amigo muerto.
En Yugduluk, los cansados y hartos de sangre rehenes encontraron al general Elphinstone y al
brigadier Shelton, ahora «invitados» de Akbar Kan, obligados a ofrecerse a sí mismos como
rehenes tras la matanza de Tezín como única posibilidad de salvar al resto de sus fuerzas... las
fuerzas que luego fueron aniquiladas entre las rocas de Yugduluk. Sólo un militar sobrevivió a la
retirada de Kabul y llegó a Jalalabad para contar la historia.
Al día siguiente Akbar Kan partió hacia el norte con su grupo de rehenes, hacia el valle de
Laghman y la fortaleza de Budiabad. A su lado cabalgaba la cubierta figura de Ayesha, que durante
aquel viaje sólo había visto británicos muertos; los vivos habían permanecido alejados de ella.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2200

El enorme fuerte gris de Budiabad estaba en un valle entre montañas, dominado desde el norte
por las enormes cumbres del Hindu Kush. A los rehenes no les habían dicho adónde los llevaban
cuando dejaron atrás los espantosos restos de la retirada. Cabalgaron durante cuatro días por la
nieve, con las damas y los enfermos en las bolsas de los camellos, simplemente agradecidos por el
fin de los mortíferos ataques y por una adecuada aunque no abundante ración de comida y agua.
Iban rodeados por una escolta de impasibles guilzais, que guiaban los camellos arreando a las
bestias para que mantuviesen una velocidad considerable.
—Me pregunto por qué tendrán tanta prisa —comentó Colin.
—Espero que Annabel lo sepa —contestó Kit con la vista fija frente a él, como siempre en
aquellos días, como si pudiese distinguir la esbelta figura entre la considerable fuerza de guerreros
que cabalgaban con Akbar Kan en la distancia. Le habían devuelto a Charlie sin una palabra, y
había pasado el tiempo suficiente con Annabel para entender el sentido del gesto: Akbar Kan se
ocupaba de los suyos y un caballo ferinyi no era una montura adecuada para uno de los suyos.
Cuando acampaban seguían rodeados por su escolta, y cualquier intento de salir de los confines
del espacio que les habían asignado para dirigirse hacia el grupo de tiendas negras donde se
alojaban Akbar Kan y su séquito provocaba ásperas órdenes reforzadas por la amenaza de un
machete jaiber.
Colin miraba a su amigo con callada simpatía. Sabía la agonía de frustración y ansiedad que
sufría cuando su imaginación se desbocaba con conjeturas sobre las posibles venganzas de Akbar
Kan contra la mujer que lo había abandonado. Kit no parecía preocuparse por sí mismo, ni aunque
tuviera que hacer de trofeo en un buzkashi; después de los horrores de los que había sido testigos,
de los amigos que habían visto espantosamente masacrados, le parecía que semejante suerte
había perdido su carácter atroz. Pero Akbar Kan había sido más claro en la amenaza dirigida hacia
cualquiera de los suyos que lo abandonase. La pena era inapelable, lo había dicho aquel día en
Kabul, y Kit se estremecía por Annabel, furioso por su propia impotencia.
Un inconfundible murmullo de entusiasmo recorrió su habitualmente impasible escolta. Uno o
dos de ellos llamaron a sus compañeros señalando adelante con la fusta.
—Parece que hemos llegado al fin del viaje —dijo el brigadier Shelton señalando el rechoncho
edificio en la llanura, con garitas de vigilancia a ambos lados de la puerta con reja de hierro.
—Un lugar acogedor —murmuró Colin.
Ayesha habría estado de acuerdo con el irónico sentimiento si hubiese estado suficientemente
cerca para oírlo. Ya había estado una vez en Budiabad, cuando Akbar Kan viajaba para reunir un
ejército en los primeros días de la invasión. Era un lugar inhóspito incluso en verano, y a mediados
de enero era la extrema desolación.
Echó una mirada de reojo a Akbar Kan, que iba a su lado. Él no le había dicho nada relevante
desde que habían dejado Kurd Kabul; la había ignorado tanto como la ignoraban sus hombres. Ella
se había dado cuenta de que ese aislamiento significaba que iba en calidad de prisionera. No se
había aceptado que el retorno de «la hija pródiga» cerrase la cuestión. Habría un juicio y una
sentencia en algún momento. Podría morir lapidada por su delito si Akbar Kan decidía que merecía
el castigo máximo establecido por la ley islámica. ¿Y Kit? Podrían morir juntos del mismo modo, si
así se decidía. O podría idear alguna otra pena más imaginativa para ellos. Entraron por las

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Destino Audaz

grandes puertas de hierro hasta el patio central del fuerte. De una puerta baja en la pared norte
salieron dos mujeres con velo que fueron apresuradamente hasta Ayesha. La recepción no la
sorprendió. En el fuerte ya habrían recibido un mensaje para que remediaran sin demora su actual
situación irregular sin sirvientas.
Bajó de la robusta yegua que le habían dado para remplazar a Charlie y fue con las mujeres sin
siquiera una furtiva mirada interrogante al kan. Sucedería lo que tuviese que suceder.
Los rehenes entraron en el fuerte una hora más tarde. Los llevaron a un grupo de cinco
habitaciones intercomunicadas en la planta baja. Cinco habitaciones sucias y escasamente
amuebladas para cincuenta hombres, mujeres y niños. Hubo un momento de gran desaliento
cuando vieron las habitaciones que tendrían que ocupar durante un período indefinido. El
penetrante llanto de un niño los informó de que no le gustaba aquel lugar. Era frío y sucio y había
bichos por todas partes. ¿Por qué no se iban a casa?
El llanto sirvió para galvanizar a los que estaban en condiciones físicas más o menos buenas.
Distribuyeron las habitaciones, designaron jefes y también una delegación para tratar con el
captor.
Kit fue elegido para la delegación junto con el comandante Pottinger, Mackenzie y Lawrence. El
general estaba ya terriblemente debilitado y la desintegración de su espíritu se había completado
con la vergüenza de verse forzado a renunciar a su mando, así que la autoridad recayó en Shelton.
Entre las mujeres, lady Sale, a pesar de su mano herida, tomó el control con energía.
Kit discutía en silencio la posibilidad de rechazar su elección sobre la base de que su inclusión
en el grupo de rehenes tenía un componente personal que no lo hacía apto para negociar mejoras
en las condiciones, pero decidió que debía comportarse como si no hubiera una mujer entre él y
Akbar Kan. Nada había que él pudiese hacer para cambiar la situación hasta que Akbar Kan
enseñase sus cartas. Hasta entonces él sólo era otro soldado con el alma dividida entre un alivio
natural por su seguridad temporal y una profunda indignación consigo mismo por la deshonra de
su prisión y la forma en que se habían rendido.
¿Y dónde de aquella lúgubre prisión estaba Annabel? ¿Sabía ella dónde estaba él? ¿Estaría en
alguna ventana mirando al exterior, con el corazón tan vacío como el suyo de cualquier cosa
menos de la pérdida?
Cuando la delegación fue acompañada a través del patio, buscó en las insensibles paredes, en
las pequeñas ventanas vacías, con los nervios de punta mientras todos sus sentidos se esforzaban
por captar cualquier indicio que le confirmara que ella estaba allí. Pasaron juntó a un grupo de
mujeres totalmente vestidas de negro que sacaban agua de un pozo. La cháchara de las mujeres
cesó cuando los hombres se acercaron y todas volvieron la cabeza hacia la pared, fuera del alcance
de la mirada prohibida de los hombres ferinyi.
Recorrieron sombríos pasillos enlosados con piedra, todos tan necesitados de un barrido y un
fregado como las habitaciones de los prisioneros. Atisbo patios interiores, y en uno de ellos había
mujeres que tendían ropa. Su corazón se desbocó cuando reconoció el vestido verde esmeralda
que quedaba tan bien con el pelo cobrizo y los ojos de jade. Sintió un muy absurdo impulso de
robar la prenda de la cuerda y hundir la nariz en ella para intentar captar el esquivo aroma de
Annabel, una mezcla de canela y rosas cuyo recuerdo lo estaba obsesionando.
Akbar Kan los recibió en una sala de recepciones con luz invernal en la que las velas de sebo de
oveja desprendían un hedor que se mezclaba con el de los humos del fuego de estiércol.

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—Me temo que nuestros aposentos son bastante humildes, caballeros —dijo amablemente—.
Si hubiese sido posible los habría alojado de manera más confortable en otra de mis fortalezas. —
Detuvo un momento la mirada en Kit—. El capitán Ralston puede dar fe de ese confort.
—Desde luego —Kit se inclinó ligeramente—. Su hospitalidad, kan, fue extremadamente
generosa.
—Sí —murmuró el kan—; comienzo a pensar que lo fue. —Movió algunos papeles sobre una
amplia mesa y luego dijo—: ¿Tienen alguna pregunta, caballeros?
—Es costumbre que los prisioneros de guerra negocien los términos y las condiciones de su
prisión —dijo Pottinger muy formalmente.
—Quiero hacer cuanto esté en mi mano para asegurar su confort —dijo Akbar Kan con aspecto
de ser sincero—. Pero estoy limitado por el lugar. —Hizo un expresivo gesto—. El fuerte ha estado
abandonado y durante el invierno lo habitan las gentes más pobres de las montañas. Yo diría que
el grado de limpieza no es el mismo al que ustedes están acostumbrados.
—Bichos —dijo sucintamente Colin—. La señoras están muy incómodas.
—Pero al menos están vivas y bajo techo— susurró el kan como para sí mismo. Nadie le
contestó.
—Estaré encantado de proveerles cualquier cosa que necesiten para mejorar su situación, si
puedo hacerlo —dijo súbitamente de buen humor, como si no hubiese hecho el anterior
comentario en voz baja—. Querrán hacer ejercicio, estoy seguro, y pueden hacerlo con toda
libertad en el patio principal. —Sonrió de la manera benevolente que Kit ya había visto antes—. Yo
me iré pronto de aquí, en cuanto resuelva un problema pequeño pero irritante. —Sus ojos de
gruesos párpados se entornaron y ocultó así su expresión. Se acarició la puntiaguda barba—.
Tengo entendido que el comandante Pottinger habla un poco de pashtu. Él podrá transmitir sus
necesidades en mi ausencia... salvo que, tal vez, Ralston, huzur, haya aprendido algo de la lengua
de los afganos en las últimas semanas.
Kit clavó fríamente su mirada en los ojos azules.
—No recuerdo que en ningún momento tuviese necesidad de hablar otra cosa que mi lengua
materna, Akbar Kan.
Pensativo, el kan asintió como mirando el guante mientras decidía si recogerlo o no. Luego
sonrió.
—En algún otro momento estaré muy interesado en escuchar sus puntos de vista sobre el
nacimiento y la adopción.
—Me imagino que deben de ser diferentes de los suyos.
—Eso pienso yo —asintió con aparente afabilidad—. Si eso es todo, caballeros... —Una de sus
cejas se alzó inquisitivamente—. Los guardias les darán todo lo que necesiten para hacer más
habitables sus aposentos.
Tras intercambiar diplomáticas manifestaciones de gratitud y justificación, los visitantes se
marcharon y Akbar Kan se sentó con el ceño fruncido, en una expresión carente de cualquier
muestra de buen humor. Luego apartó con violencia la silla arrastrándola sobre el suelo y salió
rápidamente de la sala.
Las habitaciones de las mujeres estaban situadas en el lado norte del patio, y como todo el
fuerte de Budiabad eran frías, sucias y primitivas. Las mujeres que las ocupaban eran las
desaliñadas y embrutecidas mujeres de los campesinos de las montañas, muy diferentes de las

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habituales sirvientas de Ayesha. Pero ella, siguiendo órdenes, fue encerrada con llave en una
pequeña habitación.
Akbar Kan se detuvo frente a su puerta y apartó despacio la corredera de madera que cerraba
una pequeña mirilla por la que se podía ver al ocupante desde el pasillo. Ayesha estaba sentada en
el suelo frente al fuego, inmóvil, mirando la débil combustión. La luz de la vela oscilaba con una
corriente de aire que entraba por una rendija de la alta y mal ajustada ventana. A pesar del
entorno inhóspito estaba bien abrigada y había pieles sobre el estrecho catre arrimado a la pared
del fondo.
Él se quedó mirándola durante un largo rato intentando averiguar si su estado era de
abatimiento, de aprensión o simplemente contemplativo. Ella tenía muchos motivos para los dos
primeros, pero sabía que era capaz de sacar fuerzas de la introspección y suponía que estaba
recurriendo a ello mientras se preparaba para enfrentarse a él, en el momento en el que él
decidiera ocuparse del asunto, casi nunca mencionado pero de suma importancia, que seguía
pendiente entre ellos.
Atraído hacia ella sin pensarlo, puso la mano en el cerrojo y luego la apartó rápidamente. Se
giró y volvió a la sala de recepciones.
—Traedme a Ayesha.
Los guardias recibieron la orden en silencio y Akbar Kan se sentó a esperar.
Cuando se la llevaron iba con velo y miraba al suelo. Su actitud no era desafiante ni sumisa; era
como si simplemente aceptase la realidad de su problema. Hizo salir a los guardias y se sentó
mirándola en silencio.
—No podía hacer otra cosa —dijo ella por fin con voz baja pero firme.
—¿Has estado retenida por la fuerza en casa de Christopher Ralston?
Ella negó con la cabeza.
—No, pero no podría haber hecho otra cosa.
—Sabes que las piedras esperan a los desleales —dijo él suavemente—. Te di muchas
oportunidades para volver a mí, y le dije a Christopher Ralston que podía ser generoso si se me
devolvía oportunamente lo que era mío.
—Sé todo eso... pero no podría haber hecho otra cosa —repitió ella con la misma firmeza—. Yo
no puedo desatar el gran nudo del destino humano.
—Citas mal al poeta, Ayesha. Él se refería al destino último de la Humanidad, no al destino
inmediato de un individuo.
Ella inclinó la cabeza en reconocimiento, pero a pesar de ello dijo:
—De todos modos, no me parecía inadecuado.
Él no habló durante un minuto, disfrutando en secreto de la inteligencia de Ayesha, que él
había fomentado, como había fomentado el valor que le permitía estar ante él sin mostrar temor a
pesar de la sentencia con que la había amenazado.
—¿Pedirás clemencia, Ayesha?
Ella negó con la cabeza.
—No para mí. Pero sí para Christopher Ralston. —Con elegancia, se arrodilló sobre el frío suelo
de piedra—. Pido clemencia para él.
—Él es un hombre. ¿No puede presentar sus propias alegaciones?

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Ella levantó la vista.


—Tú no permitirías que lo hiciera, Akbar Kan, porque es un ferinyi que ha transgredido tus
leyes. No lo considerarás cualificado para presentar una defensa frente a un cuerpo de leyes que
no entiende. Está condenado porque es un infiel. —Ella sabía que volvía a cabalgar por el borde
del precipicio, midiendo su coraje con la norma que Akbar Kan había establecido para ella hacía
mucho. Si mostraba el menor signo de duda, el más leve indicio de debilidad, Akbar Kan perdería
el interés por ella. Y cuando lo perdiese, le tendría sin cuidado su destino... o el de Kit.
—Y tú escoges abandonar al verdadero creyente por el infiel, Ayesha —observó— ¿No me dirás
que tú no entiendes el cuerpo de leyes y el castigo que espera al infractor?
—No, yo lo entiendo. Pero ¿quién soy yo? —preguntó ella tan tranquilamente como siempre
pero con una palpitación de intensidad subyacente—. ¿Puedes decirme de verdad quién soy,
Akbar Kan? ¿No soy yo también en esencia una infiel?
—Ah. —Sus ojos se entrecerraron—. A eso hemos llegado ¿no? Levántate.
Ella se puso de pie con la misma elegante agilidad. Su cuerpo vibraba por la tensión y cada
nervio se estiraba mientras discutía con el destino bajo la forma de Akbar Kan.
—¿Conoces tú la respuesta a esa pregunta? —dijo él—. ¿La has descubierto durante tu estancia
con el ferinyi? —Él creía saber la respuesta y esperaba para ver si ella fingía.
Pero Ayesha conocía demasiado bien los métodos de Akbar Kan para decir otra cosa que no
fuera la verdad.
—A veces creo que la sé y otras veces creo que no.
La sorpresa brilló durante un momento en los ojos azules.
—¿Lo que deseas es el cuerpo de Christopher Ralston o su alma?
La pregunta hizo que levantase la cabeza y ahora ella mostró sorpresa en su mirada.
—Ambas cosas.
—Ah. —Abruptamente, se levantó y dio una palmada. Los guardias aparecieron de inmediato—
. Devolved a Ayesha a su habitación.
Se la llevaron y él fue hasta la ventana y se quedó observando la noche moteada de nieve.
Había pensado que, si su deserción había sido impulsada por la pasión lujuriosa, podría
perdonarla, pero no podría hacerlo con la traición de ponerse de parte de los ferinyi. Ahora no le
parecía tan simple.
Con súbita impaciencia, se apartó de la ventana. ¿Y qué importaba, a fin de cuentas? Ella sólo
era una mujer y él un perro infiel. ¿Por qué iban a importarle sus motivaciones? Ambos lo habían
traicionado. Ahora tenía que continuar la lucha por su tierra. Tenía que partir hacia Jalalabad, aún
en manos del general Sale y sus fuerzas. Jalalabad tenía que volver a las manos de los afganos, y
también Kandahar; si no, la victoria no sería completa. Colgaría al ferinyi Ralston por la mañana.
Ayesha seguiría prisionera por el momento. No tenía valor para ordenar su muerte. Más adelante,
cuando tuviese menos cosas en la cabeza, decidiría lo que había que hacer con ella.
La decisión, una vez tomada, tendría que haber zanjado el asunto, pero por alguna razón no
llevó la esperada paz a su mente. ¿Por qué lo afectaba tanto la declaración de que ella sentía algo
más que lujuria por Christopher Ralston? El amor era una emoción que Akbar Kan no se permitía,
así que ¿por qué tenía que preocuparlo que Ayesha lo sintiese por otro hombre? Ese misterio lo

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inquietaba, perturbaba su firme renuncia a interesarse más por el asunto, su resolución de


ocuparse de una vez por todas del ferinyi y dejar la suerte de Ayesha para más adelante.
«¿Qué hacían juntos? ¿Cómo afectaría la intensidad del amor al proceso normal de la pasión?
¿Por qué no satisfacía su curiosidad?» La idea tomó una forma interesante. Volvería a representar
una pequeña función. Sería un cierre adecuado para un asunto que había comenzado hacía cuatro
meses, y cuando todo estaba dicho y hecho, un hombre condenado tenía derecho a una última
noche de placer. Una sonrisa caprichosa apareció en su boca y fue a dar las órdenes oportunas.

Ayesha volvió a su celda, y cuando se cerró la puerta comenzó a temblar violentamente y le


dolió cada músculo como si hubiese estado apretándose a sí misma durante horas. Quería llorar...
gritar... hundirse y caer al suelo como un bulto exhausto y aplastado, y dejar de luchar. ¿Por qué
había sucedido aquello? ¿Por qué le había sucedido a ella? La monstruosa injusticia la envolvió y
se hundió en el pantano de la autocompasión, y dejó que sus lágrimas fluyesen como debían
mientras gritaba en callada rebelión contra un destino injusto que la había empujado a un abismo
de pérdida y miedo. Cualquier vestigio del cuidadoso control que había construido pulgada a
pulgada en los últimos ocho años se hundió en una explosión digna de la Annabel Spencer que
había sido. Y entonces, cuando amainó la tempestad y pensó en los demás, también prisioneros en
algún lugar de aquella fortaleza, algunos de los cuales habían visto cómo les arrancaban a sus
niños llorosos de los brazos o los mataban delante de ellos, recuperó la perspectiva de su propio
problema. Había sucedido.
Algo es seguro, que la vida vuela; algo es seguro, y el resto mentiras; la flor que una vez se
abrió, morirá para siempre.
Las palabras de Ornar Jayám la confortaron como siempre. Quizá para algunos entre ellos no
fueran palabras de consuelo, pero a Ayesha, que había asimilado su filosofía durante tantos años,
le proporcionaban la paz de la aceptación. Se lavó la cara con el agua helada de la palangana
desportillada del rincón de la habitación, y eso le calmó los ojos hinchados. Se soltó el cabello y lo
cepilló con golpes fuertes y rítmicos que la sumieron en una calma meditativa, y luego llamó
imperativamente a la puerta.
La abrió una renqueante mujer vestida de negro con las manos retorcidas y la espalda doblada
por años de cargar con bultos. Se dirigió a la joven con la mirada vacía y la boca desdentada
ligeramente abierta. «Probablemente no debe de tener más de treinta años», pensó Ayesha.
—Tráeme comida y té —le ordenó, sin que el tono imperativo de favorita de Akbar Kan
menguase un ápice por su prisión—. Y el fuego necesita más combustible.
La mujer farfulló un asentimiento y volvió a cerrar la puerta. Ayesha la oyó arrastrar los pies por
el pasillo. Se sentó frente al fuego y se entregó a los sueños, tejiendo su propio destino, jugando a
planear un futuro.

En la zona de los rehenes la luz de las velas oscilaba y los fuegos humeaban, pero les pareció
que era la primera noche en un eón que pasaban bajo la protección de unas paredes y un techo.
Los niños estaban callados, los inválidos dormían o yacían en relativa paz cerca del fuego. Les
habían dado un gran puchero de caldo y gruesas rebanadas de pan blanco. Brillantes pegotes de

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grasa de oveja flotaban en el caldo, y Kit recordó que Annabel le había contado que los nómadas
apreciaban mucho las colas de sus ovejas porque para muchos de ellos era la única fuente de
carne durante el largo invierno. Nadie se había quejado abiertamente mientras se tragaban el
caldo claro y grasiento (el recuerdo del hambre era demasiado reciente) pero más tarde
estudiaron la posibilidad de preparar su propia comida por consideraciones tanto higiénicas como
gastronómicas.
Estaban en plena discusión cuando se abrió la puerta y tres guilzais armados, con turbantes de
los que asomaban tirabuzones, se quedaron mirando al grupo.
—Ralston, huzur. —No dijeron más. Sólo esperaban.
Kit se puso de pie lentamente. Tenía los ojos de sus amigos fijos en él, y sabía que le decían que
si escogía luchar, sin que importara de qué se tratase, estarían a su lado. Pero no tenían armas, ni
siquiera un palo o una piedra para enfrentarse a las cimitarras, los fusiles y los cuchillos de sus
captores.
—Yo soy Ralston. ¿Qué queréis de mí?
Sin palabras, se apartaron y señalaron hacia la puerta.
—¿Un ajuste de cuentas? —murmuró Colin.
—Quizá —dijo Kit—, pero está un poco oscuro para un buzkashi. Me pregunto qué otra cosa se
le habrá pasado por la cabeza. —Se echó el capote sobre los hombros—. Lo único que puedo
hacer es ir a descubrirlo. —Con un saludo burlón a todos los reunidos, fue hacia la puerta y su
escolta lo siguió a la negra noche.
Lo llevaron cruzando el patio hasta entrar por una puerta en la pared norte. Inmediatamente se
dio cuenta de que había algo raro en el ambiente... algo oculto, secreto. No vio a nadie, pero una
vez o dos habría jurado que había oído un sonido de roce de telas, que había vislumbrado unos
ropajes oscuros escabullándose por una puerta al oír sus pasos. Miró a su escolta. Iban con la vista
al frente con rígida determinación, como si tuviesen prohibido mirar hacia la derecha o la
izquierda. Cuando intencionadamente aflojó el paso al llegar a una puerta medio abierta y se
desvió hacia ella, lo cogieron bruscamente por un hombro, unos ojos marrones lo miraron
salvajemente y dio un involuntario paso atrás ante el violento chaparrón de insultos en pashtu.
Como había supuesto, estaban pasando por las habitaciones de las mujeres. Inclinó la cabeza en
gesto de conciliación y petición de disculpas, y le dieron la vuelta y lo empujaron con un puño en la
espalda. Se mordió un labio por la furia que le había despertado el maltrato y siguió por el camino
marcado.
A lo largo de las paredes había soportes con antorchas malolientes que difundían una luz
amarilla y temblorosa. El aire helado apestaba a sebo, cuerpos sucios y ropa mohosa. Se
detuvieron frente a una puerta en la pared de piedra, en la que gotas de humedad se habían
congelado y formaban perlas de hielo. Kit se preguntó si tenía miedo y decidió, medio atontado,
que no. Al parecer ya había ido más allá del miedo.
Descorrieron el pesado cerrojo y la puerta se abrió. El puño que lo iba empujando lo introdujo
en la habitación con innecesaria violencia; entró dando un traspiés y se agarró a la ventana para
no caer.
Estaba en una habitación pequeña, tan primitiva como las demás que había visto, con la
diferencia de que el fuego era más vivo, las velas, aunque igual de malolientes, eran más
numerosas, y el suelo estaba cubierto con pieles de cabra. La puerta se cerró.

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—Salaam, Ralston, huzur—dijo ella.


—Hola, Ayesha. —Fue hacia ella con los brazos abiertos para abrazarla, sin preocuparse de
momento por aquel sorprendente giro de los acontecimientos; aceptándolo, igual que había
hecho en el pasado, como un maravilloso y milagroso regalo de los dioses del amor y la pasión. Del
destino.
Ella se echó a sus brazos con cada cálida y vibrante parte de su ser, y él contuvo la respiración
ante el familiar encanto de tener el cuerpo de su amada abrazado al suyo. Les parecía que no
habían hecho el amor desde hacía una eternidad, y allí, en aquella oscura celda de una prisión, con
el horror a sus espaldas, un acertijo como presente y un destino incierto por delante, su pasión
floreció con salvaje urgencia consumiendo todo su pensamiento.
Una semana antes él había creído que no volvería a verla, y ahora la estaba abrazando,
aspirando su aroma, sintiendo su espesa y sedosa cabellera cobriza contra su mejilla, sus pechos
apretados contra él, la firme curva de sus nalgas bajo sus manos mientras ella se apretaba contra
él. Las manos de Ayesha, en su propio viaje de reexploración, le recorrían el cuerpo y las palabras
de deseo salieron de sus labios en un susurro, de puntillas con la nariz en su boca, recorriendo con
la lengua la línea de su mentón, mordiendo salvajemente su labio inferior.
—Espera, cariño, espera un momento —dijo él con la respiración entrecortada mientras ella le
desabrochaba la chaqueta con dedos impacientes.
—No —dijo ella—. Te quiero ahora.
Él gruñó, pero sujetó sus dos manos con una de las suyas y se acercó al catre para coger unas
cuantas pieles. Las echó al suelo frente al fuego y Ayesha se hundió en ellas con las manos
levantadas hacia él mientras Kit se quitaba las botas y los calzones y se dejaba caer a su lado.
Con un gemido de ansiedad, ella cogió su rígido estandarte del deseo y volvió a familiarizarse
con su sensación, temblando ante la idea de volver a tenerlo en su interior. Él le quitó el pantalón
y ella levantó las caderas y sus muslos se separaron para él, que descendió sobre ella y le dio lo
que ansiaba entrando en su interior hasta convertirse en una parte indisoluble de su ser,
llenándola mientras ella se cerraba sobre él y ambos abandonaban la mezquina, prisión, que
quedó allí abajo, muy lejos de ellos mientras se perdían en su vuelo hacia el éxtasis.
—¡Dios santo! —susurró Kit exhausto cayendo pesadamente sobre ella—. ¿Cómo puede
suceder esto? ¿Cómo puede ser que a uno lo consuma un ansia tan desesperada y se hunda en
una satisfacción tan maravillosa? —Se apartó con un gruñido de esfuerzo y se quedó echado de
lado apoyado sobre un codo, acariciando toda la longitud de sus muslos—. ¿Cómo puede ser que
una persona quiera a otra tanto como yo te quiero a ti, mi Anna?
—Simplemente es así —dijo ella sonriendo, perdida en la felicidad de su amor y estirándose
lánguidamente sobre las pieles mientras los dedos de Kit jugueteaban con el triángulo de vello del
nacimiento de sus muslos.
—¿Por qué nos han dado esto? —Él no dejaba de juguetear, pero su voz tranquila ahora estaba
seria.
Ella sabía que se refería al momento, no al milagro del amor compartido.
—No estoy segura. Prefiero no preguntármelo. —Un escalofrío le recorrió la piel, y una neblina
de aprensión flotó sobre el cálido enclave del deseo y nubló la paz de la satisfacción.
—¿Qué quieres decir? —Él subió la mano hasta apoyarla sobre su vientre, simplemente como
una presencia, ya no un instrumento del placer.

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Ayesha negó con la cabeza sin levantarla de las pieles, como si no quisiera hablar de ello.
—¿Qué quieres decir, Anna? —insistió él, sentándose y acercando una vela para iluminarle la
cara y que no pudiese refugiarse más en las sombras.
—Déjalo, mi amor —dijo ella volviendo la cabeza para mirar al fuego—. No desperdiciemos lo
que tenemos. ¿Qué importa por qué lo tenemos?
—Oh, no —dijo él cogiéndola por la barbilla—. Eso no vale, cariño. Vas a decirme lo que
sospechas... o sabes... y vas a hacerlo ahora. Esto no es algo que podamos llevar por separado.
Un resplandor rojizo del fuego cayó sobre su mejilla, arrancó profundos reflejos de su pelo
extendido sobre la piel oscura, pero los ojos de jade lo miraron con un aterrador vacío.
—¿Conoces la celda de los condenados? ¿El último deseo del prisionero condenado?
—¡Jesús! —Kit se quedó mirándola como atontado durante un momento—. ¿Planearía algo tan
cruel y salvaje...?
En los labios de Ayesha apareció una sonrisa sin humor.
—¿Necesitas respuesta después de lo que has visto en los pasos?
Hubo un momento de silencio y luego Kit, con gesto de tranquila concentración, la levantó
contra él y le sacó el vestido por la cabeza, y ella quedó desnuda, con la suave blancura de su
cuerpo brillando y atenuando la horrible realidad de su entorno.
La dejó de nuevo sobre las pieles y con la misma concentración le deslizó las manos sobre los
pechos, le dibujó cada una de las costillas, le acarició los prominentes huesos de las caderas con
los pulgares, con un profundo ceño marcado entre sus cejas.
—Te has quedado muy delgada —observó él con ligereza.
—Todos nosotros —respondió ella, esperando a ver adonde los llevaba aquella conversación.
Kit estaba comportándose como si nunca hubieran pronunciado las palabras que habían echado
un sudario sobre el amor.
Él asintió.
—Date la vuelta.
—¿La vuelta? —Ella lo miró como sí desconfiara.
Él asintió otra vez.
—Boca abajo.
Encogiéndose ligeramente de hombros, Ayesha se dio la vuelta.
—Ahora, vamos a ver si he aprendido algo de ti en los últimos meses, Ayesha —Susurró él
arrodillándose a horcajadas sobre ella.
Le apartó el cabello y sus dedos comenzaron a moverse con fuerza sobre el cuello, bajando por
la espalda, intentando identificar y aflojar los puntos de contractura muscular como tantas veces
lo había hecho ella para él.
Kit sintió una relajación gradual, como si la hubiera ido invadiendo poco a poco, y sonrió
sabiendo que lo había conseguido porque la reacción de Ayesha había sido idéntica a la suya
cuando ella lo destensaba.
Ayesha se estiró y se arqueó como una gata y él se agachó para besarle la oreja y se colocó más
abajo, a la altura de los tobillos para seguir trabajando la parte inferior, presionando con los
pulgares sobre su columna, en la unión con la pelvis, moviendo en círculos las palmas de sus

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manos sobre sus nalgas, amasando sus muslos, acariciando suavemente sus corvas, más fuerte
sobre sus pantorrillas y finalmente levantándole los pies para buscar en las plantas los puntos que
él sabía por propia experiencia que transmitirían sensaciones de placer y relajación a otras zonas
del cuerpo sin conexión aparente con ellos.
—Qué gusto —susurró ella encantada—. Nadie me había hecho esto antes.
—Me encanta —contestó él mientras le pasaba una mano bajo el vientre y la levantaba hasta
dejarla apoyada sobre sus manos y rodillas—. Me gusta que nadie te haya relajado así antes. —
Sujetándola por las caderas, volvió a entrar suavemente en su cuerpo abierto. La cabeza y los
hombros de Ayesha fueron cayendo hasta que quedó con la mejilla apoyada sobre las pieles
levemente ásperas, en el mínimo y acariciante calor del fuego, y se rindió al amor y dejó su cuerpo
bajo el control de Kit mientras recibía el regalo del amor y le ofrecía su pasividad.
Fuera, Akbar Kan cerró sin ruido la mirilla de la puerta. Los amantes habían estado demasiado
absortos para advertir la pequeña abertura que daba acceso al ojo y el oído del mirón. Pensó que
el juego que había intentado jugar había fallado por alguna razón, y se arropó con su manto en el
gélido pasillo. Había creído que satisfaría su curiosidad observando el comportamiento de Ayesha
y del hombre al que decía amar. Había creído que obtendría alguna satisfacción sabiendo que
actuaban para él, ignorantes de la suerte que había decidido para ellos.
Y en ningún momento había conseguido esa satisfacción. Ayesha había adivinado su plan y se lo
había dicho al capitán británico, que había recibido la información y había actuado como si no
tuviese la menor importancia. Y los temores de Ayesha habían cedido bajo el control de su
amante.
Tampoco había conseguido satisfacción alguna viéndolos hacer el amor. Sin duda había
satisfecho su curiosidad sobre la diferencia entre hacer el amor o satisfacer la lujuria, pero ese
conocimiento no fue de su agrado. Sin duda, a alguien que creía que la gratificación sexual era la
única dimensión que merecía alguna consideración, esa observación sólo podía dejarle la
sensación de que algo le faltaba.
Volvió a sus habitaciones profundamente pensativo.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2211

Aquélla no fue una noche para dormir. Fue una noche para dedicársela a la lenta recreación en
el placer, a vagar por los campos de la pasión donde los horribles pensamientos sobre el día
siguiente no encontraban suelo donde germinar, y los miedos palidecían bajo las vigorosas y
lozanas flores de la alegría.
Cuando el sonido de botas por el pasillo y el chirrido del cerrojo llegó hasta el mundo de los
sueños de los amantes en el helado amanecer, se separaron sin palabras, sólo con un mínimo
instante de roce de sus cuerpos y de sus manos, que fueron deslizándose lentamente hasta
separarse.
La puerta se entreabrió, pero la escolta permaneció en el pasillo tras gritarle una brusca orden
a Kit, que él no tuvo dificultad en interpretar aunque no entendió las palabras. Se vistió
rápidamente y se volvió para mirar a Ayesha, tendida sobre las pieles, toda cobre, blanco y verde
jade. Ella sonrió y él le devolvió la sonrisa. Luego fue hacia la puerta.
La puerta se cerró tras él y Ayesha se quedó muy quieta, reuniendo todos los recursos de su
cuerpo y su espíritu para mantener a raya las espantosas imágenes de lo que iba a suceder con Kit.
¿Llegaría ella a saber qué había sido de él? Cuando Akbar Kan dictase la sentencia, ¿también le
contaría qué destino había decretado para el ferinyi?
Estuvo sola con sus temores durante un largo rato, hasta que la mujer vestida de negro entró
con un cuenco de requesón y una rebanada de pan como desayuno. La comida le renovó la
energía y cuando terminó arrastró el catre hasta debajo de la estrecha ventana y se subió a él para
ver el patio. Akbar Kan, montado en su caballo y con una considerable fuerza de guerreros a su
alrededor, se preparaba para partir.
Ayesha se quedó de puntillas mirando estupefacta, como para confirmar lo que veía.
¿Simplemente se iba a marchar y la iba a dejar así? Le había oído discutir sus planes por el camino
desde Kurd Kabul, así que sabía que tenía intención de ir a Jalalabad para unirse a los otros kanes
que, con sus ejércitos, estaban sitiando la ciudad. Pero ¿qué iba a pasar con ella? ¿Qué había sido
de Kit? ¿Se había ocupado ya del ferinyi y pensaba dejarla en su celda con la tortura de no saber
qué había pasado?
No era nada exagerado para lo cruel que ella sabía que podía ser. Y desde que había vuelto con
él no había dado muestra alguna de la suavidad, el humor y la comprensión con que la había
tratado en el pasado. Ella esperaba ser castigada, pero después del regalo de la noche pasada, veía
un refinamiento bárbaro en su aislamiento y su falta de información que iba mucho más lejos que
cualquier cosa que hubiese esperado.
Bajó del catre temblando por algo más que el frío que hacía en aquella habitación de piedra.
Había descuidado el fuego en las horas de ensueño que siguieron al momento en que se habían
llevado a Kit y ahora se dedicó concienzudamente a reavivar el mortecino rescoldo. No tenía qué
hacer durante tantas aburridas horas, ni libros ni nada con que escribir ni tareas domésticas. Ni
caballo ni halcón... ni siquiera la libertad del harén. ¿Qué iba a hacer durante las semanas de
ausencia de Akbar Kan? Y de verdad serían semanas.
La sombría reflexión fue suficiente para hundirla en un pozo de abatimiento. Comenzó a recitar
el Rubaiyat de Ornar Jayám intentando hacer una traducción elegante del persa al inglés,
ejercitando la mente con un esfuerzo de memoria y lingüística ya que nada podía hacer por su

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cuerpo. Pero estaba cansada después de una noche en vela, y acabó en el catre cubierta con las
pieles para intentar recomponerse durmiendo.
No había dormido más de media hora cuando la puerta se abrió con un chirrido y su sirvienta
entró y la sacudió por un hombro. Ayesha parpadeó somnolienta y miró la ajada cara que había
sobre ella.
—Vienen unos hombres para llevarte con ellos —dijo la mujer—. Tienes que cubrirte.
¿Llevársela, para qué? Ayesha se sentó y sacudió el sueño de su cerebro. Al parecer había
órdenes que afectaban a su destino. No se alarmó, sólo se alivió, porque iba a suceder algo. Nada
podía ser más terrorífico que la perspectiva de quedar encerrada por tiempo indefinido sin acceso
a ningún estímulo ni información desde el exterior.
—Diles que esperen —le contestó.
La mujer la miró sin entender la instrucción. Las mujeres no les decían nada a los hombres.
—Diles que estaré lista en seguida —le dijo Ayesha amablemente. Aquellos hombres, por
supuesto, no estarían acostumbrados a la inusual permisividad de Akbar Kan con su favorita. Pero
como la favorita de Akbar Kan era una prisionera en aquella primitiva fortaleza, no se los podría
culpar por no reconocerle la amabilidad de la que solía disfrutar.
La mujer salió arrastrando los pies y Ayesha se levantó, se lavó la cara para despejarse y se puso
el velo. Nada más llegar le habían quitado la corbata de Kit y le habían dado un velo corriente. La
cabeza le dio vueltas con el recuerdo, y el aroma de Kit y el calor de su cuerpo llenaron el aire a su
alrededor con tanta fuerza como si estuviese a su lado.
—Dile que se dé prisa. ¡No podemos dedicarnos a esperar por los caprichos de una mujer!
El tono áspero de la voz del pasillo la devolvió a la realidad. Los ojos asustados de la velada
sirvienta aparecieron en la puerta.
—Por favor, date prisa —susurró.
—Estoy lista. —Ayesha pasó a su lado y salió al pasillo, dudando si debía mantener una actitud
segura ante los tres hombres que la esperaban fuera. Pero Akbar Kan no estaba allí para respaldar
esa actitud y ella no sabía qué órdenes había dejado referentes a su trato. Inclinó la cabeza y
saludó a los hombres.
—Ven con nosotros, mujer.
Los siguió tres pasos por detrás cruzando el harén mientras las mujeres desaparecían a su paso.
¿La estarían llevando al pozo de las lapidaciones? ¿Al poste de los azotes? ¿Al patíbulo? ¿La habría
condenado Akbar Kan a sufrir su sentencia en su ausencia? No le parecía probable.
Salieron al patio principal y los tres hombres se cerraron sobre ella y la condujeron a una puerta
de la pared sur. Oyó las voces antes de que se abriese la puerta. Eran las agudas voces de los niños
ingleses recitando una lección al unísono. Una voz clara se alzó sobre ellas, la señora Anderson,
que reconoció de los días de la retirada, estaba dando una clase.
Se detuvo mirando de reojo a los escoltas, que le indicaron con un gesto brusco que entrara en
el edificio.
—Tienes que hablar con las mujeres y enterarte de qué necesitan —le dijeron.
—¿Son órdenes de Akbar Kan?
—No puedes hacer preguntas. Entra.

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Entró y se quedó quieta en la oscura habitación, donde había un grupo de niños sentados en
semicírculo, la señora Anderson de pie delante del fuego, y otras mujeres en el espacio
circundante.
—Por favor, sigan, no quiero molestar —dijo en voz baja—. ¿Dónde puedo encontrar a lady
Sale?
—Vaya, señorita Spencer —una de las mujeres más jóvenes se levantó y fue hacia ella—. Nos
preguntábamos qué habría sido de usted.
—Me envían para transmitir sus peticiones a los guardias —dijo con cautela mirando por
encima del hombro hacia los guardias, que no disimulaban su desprecio por las mujeres ferinyi
porque no vestían con decoro ni se mostraban sumisas ante los hombres.
—¿Annabel? —la voz de Colin Mackenzie resonó con alegre sorpresa. Entró desde una de las
habitaciones interiores—. He pensado que sólo podía ser tu voz.
—¡Colin! —Olvidándose de sí misma dio un paso hacia él.
Instantáneamente, una orden furiosa y una mano que tiraba de ella por un hombro le
recordaron su posición. Era una mujer afgana entre los ferinyi. Inclinó la cabeza y murmuró
rápidamente una disculpa, y el hombre la soltó y paseó la vista por la habitación con gesto hosco.
Colin había palidecido como si entendiese por primera vez que ella pertenecía al afgano.
—Voy a buscar a Kit —dijo sin expresión en la cara ni en la voz.
La cabeza de Annabel se levantó con la esperanza viva en sus ojos, y cuando advirtió un
movimiento amenazador tras ella volvió a inclinarla y habló en voz baja.
—¿Está bien?
—Sí, pero en una agonía por lo que te pudiera haber ocurrido —contestó él.
Uno de los guardias protestó ásperamente por la conversación y ella dijo:
—No me permitirán hablar directamente con los hombres. Diré lo que pueda indirectamente, a
través de la conversación con las mujeres.
—Ah, señorita Spencer. Laurie me ha dicho que estaba usted aquí, pero no podía creerla. —
Lady Sale irrumpió en la habitación con la mano herida en cabestrillo, y su voz era tan penetrante
y enérgica como siempre—. Tengo entendido que hará usted de enlace.
—Eso creo, señora —dijo Annabel recibiendo con alivio la llegada de la mujer. Eso distraería un
poco la terca vigilancia de sus guardias—. Akbar Kan se ha marchado, pero me han dicho que
hable con usted para ver qué necesitan. —Observó la habitación, donde los niños y las demás
mujeres miraban y escuchaban muy atentos a todo.
—Tendría que hablar también con el comandante Pottinger —le comunicó su señoría—. Él es el
oficial político al mando.
—No me permitirán hacer eso, señora —dijo rápidamente Annabel—. No entiendo qué es lo
que ha ordenado Akbar Kan ni por qué, pero por el momento debo comportarme como una mujer
afgana. Si me acompaña usted por las habitaciones quizá podría hacerle alguna sugerencia sobre
la forma de mejorar las cosas en este lugar. La gente de aquí es pobre y desconoce por completo
las comodidades europeas e incluso la higiene más elemental. Supongo que por eso Akbar Kan me
ha designado para representarlos. —Sonrió con cierta amargura, pero nadie pudo verle la boca—.
Yo entiendo las dos caras de la moneda ¿sabe?

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Kit estaba de pie en las sombras de la puerta interior, tras lady Sale. Se quedó allí mirándola
hasta que sintió su presencia. Annabel siguió hablando con lady Sale sin alzar la cabeza, pero por
encima del velo sus ojos se encontraron con los de Kit y una gran paz la inundó. Los dos estaban
bien y bajo el mismo techo. Por el momento el gato había dejado en paz a los ratones.
Pero no los había dejado en una posición que les permitiese jugar. Y no los había dejado con los
temores resueltos ni los destinos decididos. Pero debían sentirse agradecidos por las pequeñas
gracias, aunque fuesen temporales.
Annabel le guiñó un ojo a Kit y bajo el velo sus labios formaron la sonrisa de súcubo que él
conocía tan bien. Vio cómo la boca de Kit se curvaba en reconocimiento, tanto de la sonrisa como
de lo que representaba. Aún no estaban vencidos. Luego él se fundió con las sombras y ella se
puso a trabajar diligentemente con lady Sale.
Recorrieron las cinco habitaciones, Annabel seguida por su vigilante escolta. Cuando se
aproximaba algún hombre sonaba una orden gutural pero inconfundible que lo enviaba a otra
habitación.
—Esto no es en absoluto civilizado —murmuró lady Sale—. A fin de cuentas usted es inglesa,
aunque yo no apruebe su comportamiento con Christopher Ralston. ¿Por qué piensan estos
salvajes que tienen derecho a mantenerla aislada como a una de sus mujeres?
—Porque eso es lo que soy —le explicó pacientemente Annabel—. Todos somos prisioneros ¿no?
Pero las condiciones de mi encierro son diferentes de las suyas.
—Bueno, la verdad es que no entiendo nada. ¿Cómo consiguió usted llegar a esta situación?
—Kit se lo explicará —dijo ella—. Tenemos cosas más importantes de las que hablar. Los
hombres se impacientarán pronto y desconfiarán de nuestra conversación. Y no habremos
conseguido nada.
—Es usted una chica autoritaria ¿no? —dijo lady Sale, y luego comenzó a exponer una retahíla
de peticiones y quejas que Annabel fue anotando y decidiendo si se podrían remediar o quedaban
fuera de los límites de Budiabad y los campesinos que lo ocupaban.
Estaba abandonando la zona cuando el general Shelton y Colín entraron despreocupadamente
en la habitación que había dejado atrás.
—Sería interesante también saber adonde ha ido Akbar Kan —dijo el general en voz bastante
alta.
Annabel se volvió hacia lady Sale, que la había acompañado hasta la puerta.
—Ha ido a Jalalabad para unirse a los otros kanes —dijo con el mismo tono que había empleado
durante toda la conversación—. Me enteraré de lo que pueda, pero estoy tan aislada que no
puedo prometer gran cosa.
—Cualquier cosa será siempre mejor que nada. —Fue el general quien lo dijo como si hablase
con Colin—. Aunque no le parezca importante podría ser significativo.
—Entiendo —dijo Annabel. Se volvió hacia los guardias, saludó, y dijo en pashtu—: ¿Cuándo me
permitirán volver aquí?
—Cuando ellos te requieran —dijo uno de ellos—. Ahora tienes que irte.
—He entendido lo que han dicho. —El comandante Pottínger se había unido al general y a Colin
en el fondo de la habitación y habló despreocupadamente como si conversara con sus
compañeros—. Nos aseguraremos de que nos visites frecuentemente

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Ella no contestó porque eso delataría que estaban conversando. Quería mirar sobre su hombro
para intentar ver a Kit, pero no se atrevía a poner en peligro su oportunidad de volver. Los
guardias la empujaron hasta el patio, donde transmitió las peticiones de los rehenes, y luego
volvió a su celda.
Ese mismo día, más tarde, el sonido de voces que reían le llegó desde el patio. Volvió a subirse
al catre y miró hacia abajo. Los rehenes estaban jugando a la gallina ciega, y los adultos jugaban
con tanta energía como los más pequeños. Vio cómo un niño de unos diez años agarraba a Kit con
un exultante chillido. Kit, riendo, levantó al niño en el aire y luego le quitó la venda y se la puso él
mismo.
Annabel se sintió más sola que en toda su vida.
Y así continuó. Una vez al día la llevaban a escuchar las peticiones y quejas de los rehenes. A
menudo eran falsas, pero sus guardias no parecían darse cuenta de que sólo eran excusas para
permitir que los visitase. Podía ver a Kit. Podía verlos jugar al chaquete o a las damas en tableros
que ellos mismos habían construido. Podía oír a los niños en la improvisada escuela. Podía
transmitir a lady Sale los retazos de información que había conseguido de Zobaida, su sirvienta, y
de los guardias que la escoltaban durante los paseos que le permitían dar para hacer ejercicio: que
Sah Suya había sido asesinado en Kabul; que el general Pollock había ido desde Peshawar, había
liberado a la guarnición de Jalalabad y ahora estaba acampado en la llanura enfrentado a las
fuerzas afganas; que los británicos de Kandahar habían expulsado a todos los habitantes afganos
porque la situación se había vuelto muy amenazante; que los afganos habían vuelto sobre sus
pasos en Kandahar y la estaban atacando con todas sus fuerzas. Las buenas noticias se alternaban
con las malas y el estado de ánimo general oscilaba al mismo ritmo. Desde su prisión veía a los
rehenes jugar a la rayuela o a la gallina ciega con los niños. Los domingos oía los servicios
religiosos que no dejaban de celebrar, los himnos, salmos y plegarias que atravesaban los confines
físicos de esa sucia prisión. Y suspiraba por formar parte de esa comunidad, unida ahora en la
forzosa intimidad creada por la dura experiencia compartida. Sabía que el barniz estrictamente
convencional de la buena sociedad había desaparecido. Oía unas conversaciones sencillas y
directas que habrían sido impensables entre damas y caballeros en cualquier otra circunstancia. Y
en su soledad lloraba durante más horas de las que nunca admitiría.
Entonces, en un día suave de comienzos de abril, cuando la promesa de la primavera parecía
tocar el valle, llegó la noticia de que Akbar Kan había sufrido una gran derrota en la llanura de
Jalalabad y se había visto obligado a retirarse.
La alegría de los rehenes creció en proporción directa con la tristeza de los guardianes. La
esperanza de que el general Sale estuviera ahora libre para ir en su rescate se convirtió en el
asunto de su horas de vigilia, y Annabel se permitió el lujo de hacer conjeturas. Si los rehenes eran
liberados, ella también quedaría libre salvo que Akbar Kan se la llevase antes.
En la euforia despertada por esa posibilidad cometió un grave error. Kit siempre se colocaba
apoyado en la puerta cuando ella entraba en las habitaciones de los rehenes para que tuviese que
rozarlo al pasar. Nunca se miraban para no llamar la atención sobre su posición, pero ese instante
de proximidad era suficiente para levantar el espíritu de Annabel durante el resto del día. Pero en
esa ocasión se detuvo frente a él, levantó la vista y dijo en voz baja:
—Salaam, Ralston, huzur.
—Bienvenida, Ayesha —contestó él sonriendo, y alargó una mano para tocarla.

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Un cuchillo curvo se movió rápidamente y la sangre brotó de la mano del británico. Annabel se
volvió hacia el guardián con un grito de indignación. Él levantó el brazo con el puño cerrado y uno
de sus compañeros le gritó una advertencia; entonces él, en lugar de golpearla, la cogió por las
muñecas con los brazos en la espalda y la levantó hasta que dio un respingo de dolor. La empujó
así cruzando el patio en el momento en que los oficiales británicos salían del edificio, rodeaban a
Kit y se volvían furiosos hacia los restantes guardias que sacaron los cuchillos. Otros guardias
llegaron corriendo al patio al oír el alboroto, con cuchillos y cimitarras en la mano. El agudo llanto
de un niño aterrorizado cortó el aire.
Annabel, espantada porque su estupidez estaba a punto de provocar una masacre, intentó
levantarse colgándose de la presa de su captor. El humor de los guardias no había sido nada bueno
desde las noticias de Jalalabad, y ella había notado que hacía falta poco para hacerlos explotar en
una violenta venganza por la derrota de su kan. Pero también había oído el aviso de los otros
guardias de que Akbar Kan había prohibido cualquier clase de violencia contra Ayesha, y eso le dio
valor.
—¿Es esto lo que ha ordenado Akbar Kan? —preguntó ignorando el dolor de los brazos—.
¿Ordenó una masacre de los prisioneros? Si ha perdido la batalla de Jalalabad estará aún más
interesado en tener poder para la negociación. ¿Creéis que os agradecerá que los matéis?
El hombre la insultó llamándola despreciable y falso despojo de mujer. Pero la soltó de
inmediato y ella salió dando tumbos y casi cayó al suelo. Le gritó por encima del hombro al furioso
grupo que había tras él, y se alejaron de los rehenes desarmados, que estaban con la espalda
contra la pared y contaban sólo con sus manos para defenderse.
Annabel buscó ansiosamente a Kit con la mirada y vio que estaba en pie, aunque le goteaba
sangre de la de la mano. Había sido culpa suya. Un acto de irreflexiva relajación en un momento
tan delicado. Y sabía que ahora se quedaría sin las visitas diarias que parecían ser lo único que la
mantenía cuerda. Furiosa consigo misma, aceptó el castigo como plenamente justificado, y cuando
fue empujada bruscamente hasta su celda y la puerta se cerró tras ella con un golpe más violento
de lo habitual permitió que las lágrimas de enfado brotasen sin trabas. ¿Y qué pasaría si la herida
de Kit se gangrenaba? Los medicamentos y los vendajes eran escasos, lo sabía bien porque había
sido la encargada de conseguir los que tenían. Aún había suciedad y bichos por todas partes... no
sería difícil que se gangrenase... Siguió con su auto-flagelación inmisericorde hasta que el
cansancio la venció y se quedó echada sobre su catre en completo abatimiento.
El alboroto del exterior se había apagado y sobre la fortaleza y sus ocupantes había caído un
profundo y triste silencio. Al anochecer el silencio fue roto por gritos y ruidos de cascos de caballo.
Annabel se levantó de un salto con renovada energía y se subió al catre para mirar por la ventana.
Akbar Kan había entrado en el patio con un considerable séquito.
Miró hacia abajo intentando estimar su condición física y su estado de ánimo, pero era difícil
interpretar algo a esa distancia. Le pereció que desmontaba con menos vigor que de costumbre,
se preguntó si tal vez llevaba los hombros menos levantados, si su paso era menos elástico cuando
cruzaba el patio y desaparecía por una puerta bajo su ventana.
Bajó del catre y comenzó a recorrer la pequeña habitación, ahora con la inquietud como
compañera. Vendría con planes para los rehenes. ¿Los tendría también para Ayesha, o la iba a
dejar languidecer ahí? La muerte por lapidación sería mejor.
Notó que se acercaba un visitante antes de oír el ruido de las botas. Durante las semanas de
prisión se había acostumbrado a escuchar más allá de los sonidos inmediatos de su entorno, en un

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nivel más profundo. Con súbito pánico, se dio cuenta de que aún tenía en las mejillas las marcas
de las lágrimas de la tarde anterior, que tenía los ojos rojos e hinchados y llevaba el pelo
desordenado. Febrilmente, se lavó la cara con agua fría justo cuando se abría la puerta y entraba
Zobaida.
—Tienen que llevarte ante Akbar Kan —dijo con la voz temblorosa de quien pronuncia el
nombre de una deidad—. Te ayudaré a arreglarte.
Annabel aceptó su ayuda de bastante buen grado. En cualquier otro lugar y circunstancia,
cuando Akbar Kan volvía y la reclamaba, llevaba a cabo unos preparativos largos y meticulosos;
baños calientes y perfumados, aceites, las más finas sedas para vestirla, y el pelo era cepillado y
trenzado con flores para el momento en que se quitase el velo. Allí sólo había agua fría, jabón
vulgar y las ropas bastante raídas que habían constituido su pequeño guardarropa de viaje en la
retirada de Kabul. Pero hicieron cuanto pudieron y al final se sentía relativamente limpia cuando
su guardia habitual la acompañó a la sala de recepción.
Akbar Kan estaba sentado a la mesa con los brazos doblados delante de él y mirando a algún
lugar indefinido. Cuando entró y la puerta se cerró tras ella la brillante mirada azul se enfocó y la
miró en silencio durante un minuto.
—Tienes aspecto de cansado —dijo ella involuntariamente antes de que le diera permiso para
hablar.
Una ligera sonrisa apareció en su boca.
—Una observación nada equivocada, Ayesha.
Ella avanzó hacia él y dijo con súbita compasión:
—¿Quieres que te relaje?
Él negó con la cabeza.
—No... no; todavía no. —Apoyó los codos en la mesa y la barbilla en las manos cerradas, y la
miró un poco burlonamente—. Quítate el velo.
Ella soltó el prendedor y dejó que la fina gasa colgase a un lado.
—Quítatelo.
Lo desprendió totalmente y la luz de las velas cayó sobre su trenza cobriza y despertó el
luminoso brillo de jade de sus ojos, en la sombra pero impresionantes en la extrema palidez de su
rostro.
—No parece que lo hayas pasado muy bien en las últimas semanas —observó él.
—No me importa ser una prisionera —contestó ella.
En los labios del kan volvió a aparecer la misma sonrisa.
—No, a mí tampoco me importaría. Pero tu encierro te habrá dado mucho tiempo para
reflexionar sobre la pregunta cuya respuesta no tenías clara la última vez que hablamos.
«¿Quién soy yo?», había preguntado ella. «¿No soy yo también en esencia una infiel?» No había
sabido la respuesta a esa pregunta. Se quedó callada, esperando.
—¿Tienes ya la respuesta?
Ella asintió despacio, consciente de que la verdad podría condenarla si decidía ver en ella una
traición, pero también de que no tenía otra opción que decirlo.

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—Yo verdaderamente ya no soy una ferinyi ni podría volver a serlo después de los años que he
pasado contigo, pero en esencia son mi gente.
—En esencia —repitió él pensativo acariciándose la barba—. Eso no parece que sea una
posición muy cómoda, Ayesha; pertenecer en esencia pero sin ser uno de ellos.
—Pero es la posición en la que me pusiste —dijo con valor—. Si no hubieses jugado a tu juego
al comienzo yo nunca habría redescubierto mi esencia en los ferinyi. Habría estado contenta con la
vida que tenía. Sentía que era Ayesha.
—Pero no lo eres —afirmó él sin intentar negar la acusación.
—Parece que no —se limitó a confirmar ella—. Pero tampoco soy lo que yo entiendo que
debería ser Annabel Spencer.
Hubo un momento de silencio, y luego él le ordenó repentinamente:
—Ponte el velo. —Cuando lo hubo hecho dio una palmada y los guardias entraron—. Lleváosla
—dijo empujando su silla y caminando hasta la sucia ventana, de espaldas a ella, que se quedó
indecisa por un momento preguntándose si podría hacer algo para recuperar la extraña
tranquilidad, la sensación de antiguo compañerismo de unos minutos antes. Pero una mano la
empujó bruscamente hasta la puerta y una voz le mandó salir en un tono que en el pasado nadie
habría empleado con ella en presencia de Akbar Kan.
«Sin duda la favorita ha caído en desgracia», pensó lanzando una mirada hacia la imponente
figura que contemplaba la noche. Luego fue sacada de la habitación y devuelta a su prisión sin más
ceremonias.
«¿Y ahora qué?» Se miró las muñecas, aún encerradas en los brazaletes de plata. Se tratase de
una esencia espiritual o no, en esencia aún pertenecía a Akbar Kan.
Zobaida le llevó un cuenco de guiso de pollo y arroz. El pollo era un lujo durante los meses de
invierno, así que Annabel supuso que la delicadeza era en honor a la vuelta del kan. Comió sin
ganas y luego se fue al catre, a estar tumbada sin dormir toda la noche, preguntándose por la
herida de Kit, por lo que Akbar Kan pensaba hacer con los rehenes, que ahora debían de ser muy
importantes para él como piezas de negociación. Para su propia sorpresa, se dio cuenta de que ya
no sentía interés por su propio destino. Lo que tuviese que suceder, sucedería.

Al otro lado del patio, Kit estaba sentado en el umbral de la puerta de la habitación exterior. El
aire de la noche era muy frío, pero ya había pasado el extremo y continuo frío invernal y se
agradecía el cambio de ambiente desde el rancio interior donde se agrupaban demasiados
cuerpos no demasiado limpios que cohabitaban con las pulgas. La mano le daba punzadas, pero
había tenido suerte de no perder un dedo con aquel tajo salvaje. Pensó en la astilla como un puñal
que Annabel le había extraído de la mano con tanta habilidad en un momento en que la
desesperanza aún no había apretado las mandíbulas.
—Me pregunto qué fue lo que le dijo a aquel hombre para evitar que nos mataran.
Kit miró por encima de su hombro sin sorprenderse de que su amigo hubiese seguido una parte
de sus pensamientos.
—Dios lo sabe, Colin. Pero ella y yo deberíamos haber tenido sentido común. Fue una maldita
estupidez hacer eso.

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—No entiendo cómo puedes soportarlo —dijo Colin con franqueza poniéndose en cuclillas a su
lado—. Ya es bastante difícil para el resto de nosotros, pero... —Se encogió de hombros
expresivamente—. Al menos nosotros estamos todos juntos. Los maridos tienen a sus mujeres, las
mujeres a sus niños. Incluso en la miseria se encuentra confort en compartir.
—¡Lo peor es no saber! —dijo Kit con súbita violencia—. No saber lo que le sucede, lo que va a
sucederle... eso es lo que no puedo soportar, Colin. A veces creo que me volveré loco... que me
estoy volviendo loco. —Señaló al otro lado del patio—. Estoy casi seguro de que esa ventana, la
segunda desde la izquierda, es la suya. Pero no estoy completamente seguro. —Sus manos se
abrieron en señal de impotencia—. ¿Por qué no podemos hacer nada?
Colin no respondió. Era lo más difícil para todos, que habían crecido con la absoluta convicción
de que allá donde fuesen eran ellos quienes mandaban. Esa convicción la mamaban con la leche
materna, se la enseñaban mientras les hacían todo y acataban sus designios hombres y mujeres
cuya única función, por lo que el niño sabía, era satisfacerle los caprichos y asegurarle la
comodidad. En la escuela, la superioridad la aprendían a golpes y la jerarquía de los privilegiados
quedaba establecida para siempre. Y cuando les llegaba el turno, les hacían a los demás lo que les
habían hecho a ellos, en la confianza de que estaban inculcando mediante los métodos
establecidos los valores y normas de la clase dominante. Y un caballero británico nunca esperaba
encontrarse indefenso a merced de los caprichos de un ser inferior. Pero, aparte del suicidio
colectivo, los rehenes de Akbar Kan no tenían otra opción que rendirse a la realidad.
—Me voy a la cama —dijo por fin Colin—. ¿Por qué no te vas tú también? Devanarte los sesos
no te ayudará.
—Es verdad, pero alguien de mi habitación ronca de una manera impresionante. —Kit hizo lo
que se esperaba de él y alejó el momento de debilidad. Sonrió a Colin—. Mucho me temo que es
la señora Johnson, así que no me atrevo a decirlo. Es un ruido muy poco propio de una dama.
Colin rió entre dientes.
—No, es mejor guardar un caballeroso silencio sobre el asunto. —Luego dijo con seriedad—:
Me gustaría que alguien hiciera algo por la pequeña Betsy Graham. Tiene unas pesadillas horribles
todas las noches. Su madre hace lo que puede para mantenerla callada, pero no hay quien duerma
oyendo todo ese griterío.
—Me pregunto si llegarán a superarlo algún día.
—Annabel lo consiguió.
—¿De verdad? No estoy tan convencido de eso, amigo.

Akbar Kan pasó la noche en contemplación... meditando su derrota. Su batalla con los invasores
ferinyi no había terminado, aunque había sufrido un gran revés; pero tenía que idear nuevas
estrategias. Los rehenes eran vitales para sus planes y tenía que trasladarlos a Jalalabad, donde el
enemigo estaba ahora bajo control. No, era demasiado pronto aún para sentirse derrotado. Pero
¿y en el otro asunto?
Había perdido. Sólo quedaba una cuestión pendiente: ¿qué debía hacer al respecto? Podría
tomarse la venganza que quisiera. Todos ellos eran peones en su tablero. Pero la perspectiva de
una simple venganza no lo atraía. Sí la había encontrado interesante antes, en el primer momento
de cólera, pero ahora le parecía un gesto vacío que no le reportaría honor ni satisfacción.

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Podría sin más enviar a Ayesha escoltada a Madela, donde podrían reanudar su anterior ritmo
de relaciones cuando terminase la guerra. Y si a él no le apetecía reanudarlo igual que antes, ella
igualmente podría llevar una vida bastante agradable en el harén. No la privaría de sus caballos y
sus halcones, ni de sus libros. Tendría la compañía de otras mujeres. Sus esposas estaban
completamente satisfechas con menos libertad de la que él le concedía a Ayesha.
O podría... Pero no podía rendirse públicamente a los ferinyi, ni en esto ni en nada.
Paseó por la sala de recepción acariciándose la barba y meditando qué forma de derrota podría
tener la apariencia de una victoria: una solución que les exigiera a Ayesha y a su amante pensar
deprisa y con ingenio si querían ganar su libertad, y que no fuera una muestra de debilidad por su
parte.
Cuando amaneció ya creía tener la respuesta.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2222

—¡Ayesha! Ayesha, rápido, tienes que levantarte. Han venido a por ti. —La asustada voz de
Zobaida y su temblorosa mano despertaron por completo a Annabel.
—¿Qué hora es?
—Ya ha amanecido —le dijo la mujer—. Tienes que vestirte. Han venido a buscarte.
Annabel se sentó en el catre y se estiró para coger el pantalón y el vestido, pero Zobaida le dijo
con la misma voz asustada:
—No. Tienes que ponerte esto.
Annabel se quedó mirando el pantalón y el vestido de basta lana negra sin entender nada.
—Pero eso no es mío.
—Es una orden —dijo Zobaida.
Sólo había una interpretación posible. Había llegado el día del juicio. Durante un momento
Annabel sintió auténtico terror y la paz de la creencia filosófica en el destino se hundió bajo las
perturbadoras imágenes de todo lo que podía pasarle. Se vistió con aquellas ropas y su piel se
encogió por la desagradable sensación. Nunca había llevado ropas como aquéllas y el grueso tejido
le parecía demasiado áspero. Se preguntó a quién pertenecerían. Ropas de campesina como
aquéllas no andaban por ahí sin propietario cuando la gente vivía en el límite de la subsistencia. Se
estremeció al pensar en el poco aseado cuerpo que habría llevado esas ropas sólo unas horas
antes, aunque era consciente de lo estúpido que era ese disgusto en el actual estado de cosas.
—Tienes que llevar velo pero no chadri —dijo Zobaida—. Y debes salir descalza. Ésa es la orden.
Con velo; así que habría hombres durante la sentencia; pero sin chadri, para que no tuviese
forma de ocultar su reacción ante cualquier humillación y deshonra que pudiese caer sobre ella; y
descalza, como los condenados. Sólo en ese momento se dio cuenta de que su corazón no había
creído que Akbar Kan fuese a aplicarle la pena máxima. ¿Hasta dónde podía una equivocarse? Y si
no la perdonaba a ella, tampoco perdonaría a Kit.
El velo también era negro, el color de las embrutecidas mujeres esclavas de los campesinos de
las montañas; el color de las mujeres de los kanes caídas en desgracia. Al vestirse con aquellas
ropas se dio cuenta, casi abstraída, de que todo su comportamiento cambiaba. Mantener la
cabeza gacha, la mirada fija en el suelo y los hombros caídos, era de repente algo que hacía sin
pensarlo. Se sintió gris y despreciable, y el desdén que había en los ojos de los guardias cuando
salió de la prisión le pareció razonable.
Caminó tras ellos, y el profundo frío de las losas de piedra le calaba los pies y le ascendía por
todo el cuerpo.

Cuando el grupo de guardias irrumpió en las habitaciones de los rehenes poco antes del
amanecer, la primera impresión de todos los que estaban suficientemente despiertos para pensar
fue que la masacre que había evitado el día anterior iba a producirse entonces. Los niños
comenzaron a llorar al ver a los guerreros con cascos puntiagudos armados con machetes. Las
mujeres apartaron a empujones a los llorosos niños como si quisieran ocultarlos en las sombras o

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tras sus faldas. Los hombres que dormían en la habitación exterior, tan conscientes como siempre
de su indefensión, se agruparon delante de las mujeres y de los niños.
—¿Qué quieren a estas horas? —dijo el comandante Pottinger en su vacilante pashtu—. ¿Nos
vamos de aquí?
—Eso lo decidirá Akbar Kan —contestó uno de los guerreros—. Hemos venido por Ralston,
huzur.
Kit se adelantó un paso desde una habitación interior donde estaba su cama.
—Aquí estoy.
—¿Qué quieren del capitán Ralston? —preguntó el comandante—. Él es un oficial de caballería
de su majestad imperial.
—No es un puesto que impresione demasiado en el actual estado de cosas, Pottinger —dijo Kit
secamente—. Pero gracias por intentarlo. —Se estiró la chaqueta, ya deformada y bastante raída,
y cerró el botón de un desgastado puño de su camisa. Por alguna razón le parecía importante
enfrentarse a su destino con el mejor aspecto que pudiese conseguir con tan precarios medios.
Pero no conseguía acostumbrarse a la ausencia de la espada en su cinturón. Eso hacía que todos
se sintiesen desnudos, física y mentalmente.
—Caballeros... —Hizo un gesto hacia los guardias que lo miraban con fiereza—. Estoy listo.
—¿Kit...?
—Gracias, pero no, Colin —dijo adelantándose rápidamente a su amigo, que había dado un
paso al frente con el rostro oscurecido por la ira y la determinación—. No conseguiremos nada con
tu muerte, y cuanto antes saque de aquí a estos salvajes, antes dejarán de llorar los niños. —Fue
rápidamente hacia la puerta con la escolta tras él.
Cuando cruzaron el patio levantó la vista hacia el trozo de bóveda celeste delimitado por las
altas y aserradas cumbres cubiertas de nieve del Hindú Kush. Pequeñas nubes cruzaban el claro
cielo de la mañana de comienzos de primavera. En el aire había un olor peculiar de la nieve de las
montañas suavizado por el aroma de los pastos arrastrado por la brisa que los agitaba. Era un
buen día para un buzkashi. Todo parecía dibujarse claramente en sus sentidos; era consiente de
cada parte de su cuerpo, de cómo caminaba, de cada grupo de músculos moviéndose de manera
milagrosamente automática, de la sangre que le corría por las venas y del regular latido del
corazón.
Llegaron a una puerta en el extremo del patio. Un olor rancio, frío y húmedo de piedra antigua
embebida de pobreza y miseria salía de esa puerta y ensuciaba el fresco anuncio de la mañana. Se
paró antes de entrar a la oscuridad y miró a su alrededor, como para grabar la escena en su
memoria para siempre. ¿Se llevan recuerdos a la muerte? «Espero que no», pensó fríamente. Los
recuerdos sólo harían la realidad del «nunca más» mucho más difícil de aceptar.
Uno de sus guardianes hizo un gesto amenazador y él entró antes de que pudiese tocarlo. Sabía
que no podría soportar un contacto físico sin perder el control; no hasta que lo obligaran, y para
entonces ya nada le importaría.
Entraron en la sala de recepción de Akbar Kan y los ojos de Kit fueron adaptándose a la húmeda
penumbra después del luminoso exterior. Había hombres junto a las paredes, con turbante o
casco puntiagudo, machete en el cinturón tachonado, y algunos con lanzas o grandes espadas.
Eran una fuerza de combate, no jinetes ataviados para competir. Akbar Kan estaba de pie sobre un

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pequeño estrado, al fondo de la sala; habían apartado la mesa, que estaba adosada a la pared tras
él. El kan estaba vestido con cota de malla y turbante y llevaba una espada en la mano.
—Buenos días, Ralston, huzur —dijo en inglés.
—Buenos días, Akbar Kan. —Kit se oyó a sí mismo contestando como si fuese una mañana
completamente normal.
Akbar Kan señaló un lugar a un lado del estrado y el guardián de Kit lo llevó hasta allí. El kan
mantenía su posición de dominio sobre la habitación y sus ocupantes.
Kit se quedó muy quieto, deseando tener la habilidad de Annabel para la inmovilidad. No creía
que en ese momento se esperase algo de él, y lo único que él esperaba de sí mismo era tener un
aspecto tranquilo y despreocupado. Pero le gustaría saber qué había sido de su amada.
La puerta se abrió y entraron seis guilzais más. Tras ellos venía la Ayesha de Akbar Kan. Durante
un momento Kit no reconoció a aquella persona apagada y encorvada. Luego sintió cómo se
aceleraba el pulso en sus sienes mientras se preguntaba qué le habrían hecho para conseguir esa
actitud de completa sumisión. Le costó un gran esfuerzo mantener la calma exterior, pero sentía
que una expresión violenta de su indignación sólo les daría ventaja.
Akbar Kan dio una orden en pashtu con voz fuerte y áspera. Los hombres que estaban con
Ayesha la sujetaron. La habitación daba vueltas delante de los ojos de Kit. Sabía que se había
adelantado un paso con una maldición en los labios, y entonces notó que la brillante mirada azul
del kan se clavaba en él. No pudo interpretar el mensaje de la mirada, pero fue suficientemente
fuerte para conseguir que se quedara quieto.
Ayesha fue empujada brutalmente por toda la habitación hasta que cayó de rodillas a los pies
de Kit. Él se quedó mirándola mudo de asombro mientras los guardianes, habiéndose deshecho de
ella, fueron a colocarse contra la pared con aire de hombres que han hecho bien su trabajo.
Akbar Kan comenzó a hablar, o más bien a orar, en pashtu. Kit no entendía ni una palabra de lo
que decía. A su alrededor, las caras de los guilzais se volvieron aún más serias, si eso era posible.
Entonces advirtió un susurro rápido y fluido. Annabel estaba hablándole en inglés en tono
urgente, aún de rodillas y con la cabeza gacha, y sus palabras salían a través del velo negro:
—Me está dando... a ti... Es un insulto, no un regalo. Me encuentra indigna y dice que ya no
tiene en qué emplearme, así que me entrega al ferinyi, que no merece nada mejor que las
posesiones inútiles desechadas por los afganos. Estás obligado por las leyes de la hospitalidad a
aceptar esta donación, y por las leyes de la tierra a asumir la responsabilidad de mi existencia; a
asumir las responsabilidades de Akbar Kan sobre algo que ha desechado. De todos modos, por
esas mismas leyes puedes hacer de mí el uso que estimes oportuno. No soy nada.
Kit escuchó sin dar crédito. Las palabras de Akbar Kan seguían resonando en la habitación,
rezumantes de desprecio y odio, a veces insultantes, y arrancaban murmullos de divertida burla a
los presentes, encantados con los insultos. Entonces se dio cuenta de que el susurro a sus pies
había comenzado de nuevo. Sin mirarla, aguzó los oídos para captar las imperativas instrucciones.
—Tienes que enfadarte por los insultos o no habrá satisfacción por ellos. Di que no aceptas el
regalo... que el orgullo de tu pueblo no te permite aceptar algo que tu anfitrión considera inútil...
¡Piensa como un afgano!
Había urgencia en la última orden. «Piensa como un afgano.» Dios Todopoderoso, ¿cómo
piensa un afgano? ¿Qué código de honor y qué insultos tenían sentido allí? Un hombre no puede
rechazar un regalo de hospitalidad, eso lo recordaba de la primera vez, cuando Akbar Kan le había

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entregado a Ayesha durante una noche. El no habría podido rechazar el ofrecimiento sin que lo
degollaran. Aunque había entendido el insulto subyacente al regalo, se le había ofrecido de
acuerdo con el código de cortesía: un hombre comparte su posesión más preciada con un invitado
distinguido. Entonces se dio cuenta: por alguna razón incomprensible la exhibición no era para
Akbar Kan, sino para sus guerreros guilzais. Creerían lo que oyesen. Debían verlo obligado a
aceptar el insulto que salvaría el orgullo de Akbar Kan y daría legitimidad a la clemente decisión de
no aplicar la sentencia de muerte. Para aquellos hombres la muerte era preferible a la humillación,
especialmente por algo tan intrínsecamente prescindible como una mujer.
«Piensa como un afgano.» Bueno, siempre había tenido talento para el arte dramático.
Levantó la cabeza con los ojos grises centelleantes.
—Me insultas, Akbar Kan —dijo lentamente en claro persa—. Me regalas... esto... —tocó
desdeñosamente la figura arrodillada con la punta de su bota—. Esto que para ti no tiene valor
alguno.
Un murmullo recorrió la sala, un murmullo de satisfacción, aunque los hombres tenían las
manos sobre las armas. El significado era claro incluso para aquellos que no hablaban persa.
—¿Rechazarás un regalo de hospitalidad? —preguntó Akbar Kan en persa, y lo repitió
rápidamente en pashtu. La expectación aumentó en la audiencia, y Kit tuvo la inconfundible
impresión de que estaban esperando la orden para saltar sobre él.
—Un regalo ofrecido como insulto —le espetó Kit volviendo a empujar a la curvada figura. Un
escalofrío la recorrió, pero él no supo si era de tensión, de miedo o de indignación por el gesto.
Nunca podría haber imaginado una situación tan espantosa, tan bárbara, tan inestable. Akbar Kan
podía estar ofreciéndoles una vía de escape, pero si Kit cometía un error el Kan no dudaría en
entregarlos a los guilzais sedientos de sangre—. ¿Me obligas a aceptar en nombre de la
hospitalidad una mujer que has repudiado? ¿A asumir responsabilidades a las que tú has
renunciado?
—Aceptas el insulto o mueres, Ralston, huzur —dijo Akbar Kan. Alzó una mano y lanzó algo
hacia él. Un destello plateado describió un arco en la penumbra y cayó a sus pies con un sonido
metálico. Era una llave.
Kit se quedó mirándola, primero desconcertado, hasta que Ayesha movió un brazo junto a sus
pies y le mostró el brazalete en su muñeca. Era la llave de los brazaletes. Si la cogía daría a
entender que se había tragado el insulto. Saldría de allí humillado a los ojos de aquellos hombres,
como un enemigo vencido no merecedor de más consideración; y Akbar Kan emergería de la
situación victorioso y con su honor intacto.
Kit pensó que verdaderamente se estaba acostumbrando bastante a pensar como un afgano
mientras se agachaba para recoger la llave.
Un suspiro recorrió el círculo de hombres. Kit se guardó la llave en un bolsillo, miró a la figura
arrodillada y le ordenó secamente:
—Ven. —Luego giró sobre sus talones y fue hacia la puerta con la sensación en la espina dorsal
de que un cuchillo iba a clavarse en su espalda. Pero sólo escuchó los suaves pasos de los pies
descalzos de Ayesha siguiéndolo con los ojos clavados en el suelo.
Caminaron sin escolta, sin que nadie los abordara, por el pasillo de piedra hasta salir al patio. El
sol brillaba. Un gorrión saltaba por las piedras y les lanzó una mirada brillante y ufana antes de
salir volando por encima del muro.

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Kit se detuvo. Annabel se detuvo tras él.


—¿Ha sucedido lo que yo pensaba que estaba sucediendo? —preguntó él con una entonación
extrañamente monocorde y sin volverse para mirarla.
—Sí —contestó ella—. ¿Entiendes por qué...?
—Creo que sí —la interrumpió—. No podía limitarse a devolverte a tu gente. Sería admitir una
derrota.
—Exacto. No tanto por él, sino por los otros que lo siguen. Un kan no puede mostrar debilidad.
—¿Hay algún sitio al que podamos ir y donde no nos vean? —Aún estaban separados, Kit
delante y la mujer afgana vestida de negro y con velo, el número correcto de pasos detrás de él.
Annabel pensó, recordando la última vez que había estado allí, y no como prisionera.
—Quizá detrás de los establos —dijo dudosa—. A la izquierda de la casa independiente del
fondo.
—¿Nos impedirán ir? No creo que en este momento sea capaz de soportar pacientemente otro
enfrentamiento.
—No lo creo. Lamerse las heridas se ve como algo apropiado después de una tunda semejante.
Kit hizo una mueca. AI menos en ese aspecto el código afgano no era muy diferente del suyo.
Se preguntó por qué se sentía como si hubiera muerto y aún no hubiese renacido. Siguió las
indicaciones que ella le daba en voz baja mientras caminaba tras él manteniendo el engaño para
cualquiera que pudiese verlos, y se encontraron detrás del edificio de los establos. Se habían
cruzado con algunas miradas curiosas, habían sabido que los estaban vigilando, pero nadie intentó
interponerse en su camino.
Entre la pared del establo y la muralla de la fortaleza había una zona fría y sombría, con el suelo
de barro endurecido y rugoso y aire insalubre.
Ayesha se soltó el velo negro y Annabel suspiró con alivio cuando su boca y su nariz se liberaron
de la maloliente tela.
—Tenía mucho miedo de que no fueras capaz de manejar la situación —dijo apoyándose en la
pared del establo—. No sabía si entenderías bien lo que estaba pasando.
—Mujer de poca fe —dijo amargamente—. Nunca había participado en un asunto tan
desagradable.
—Oh, ferinyi —lo insultó ella—. ¿Era demasiado sutil para ti? ¿O era demasiado doloroso
representar el papel de afgano? ¿Tanto ha herido tu orgullo? Seguro que ha sido mejor que ser el
trofeo en un buzkashi.
Kit cerró los ojos a su enfado. Sabía lo que pasaba, por qué había estallado entre ellos. El miedo
terrible de los últimos meses podía haber desaparecido, pero era como un miembro amputado:
sigue doliendo. De alguna manera tendrían que establecer una comunicación que les permitiera
volver a empezar, saber que ahora se tenían sólo el uno al otro. Y él tenía que esforzarse por
entender que para Annabel la pérdida definitiva e irrevocable de Ayesha no sería algo que pudiese
llevar con indiferencia.
Kit le quitó el velo que aún llevaba sobre el cabello y la abrazó.
—Cariño, no debemos pelearnos... no ahora. Puedo imaginar el miedo que has sentido durante
las últimas horas simplemente recordando el que he sentido yo. —Apartó de su frente un mechón

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de pelo cobrizo—. Pero se acabó, y tenemos que construir algo nuevo. Ahora eres uno de
nosotros.
—¿Lo soy? —Su voz sonaba extrañamente apagada, sin su habitual confianza—. No sé qué va a
suceder ahora. No sé qué voy a hacer. ¿Cómo voy a vivir tan cerca de los demás? En realidad no
soy uno de ellos. No pertenezco a tu gente ni a los afganos. Todo cuanto ha sucedido desde Kurd
Kabul ha servido para acentuar eso. Y ellos saben que yo no soy de los vuestros.
—Podrías confiar en mí —dijo con una sonrisa interrogante—. Cuidaré de ti.
Ella levantó la barbilla y en sus ojos de jade apareció aquel brillo burlón.
—Por supuesto; has aceptado hacerlo, Ralston, huzur. Asumiste la responsabilidad de mi
existencia como Akbar Kan la había tenido durante los últimos ocho años. Te pertenezco. Tú tienes
la llave. —Levantó las manos y las giró para que los brazaletes captaran un rayo de luz que se
infiltraba en las sombras.
Súbitamente, Kit decidió que tal vez la ira tenía un sentido. Annabel parecía empeñada en
provocarlo, por algún motivo, algo nada inusual, como él bien sabía, y después de la última hora le
quedaban pocas energías para resistir la provocación. Desde luego, la verdad es que él prefería un
alto el fuego.
Cogió la llave del bolsillo, abrió una mano de Annabel y se la colocó con un golpe sobre la
palma.
—La llave es tuya. Los brazaletes son tuyos. Si los llevas o no será cosa tuya. —Le cerró los
dedos con fuerza sobre la llave—. Te lo advierto en serio: ya he tenido suficiente de esta burla
afgana; he tragado suficientes insultos en una mañana para el resto de mi vida, así que, si quieres
una pelea, señorita Spencer, puedes tenerla con el mayor de los placeres.
Los ojos grises miraron centelleantes a Annabel, ataviada con la indumentaria negra de una
campesina, el pelo sorprendentemente brillante y los ojos enormes destacando en su pálido
rostro.
—Perdóname —dijo ella—. No quiero tener una pelea.
Kit respiró hondo.
—Bien. Porque tengo que decir, cariño, que me parece que estamos en un momento y en un
lugar muy inadecuados para eso. La cogió por la barbilla, le levantó la cara y la besó muy
suavemente. Su falta de respuesta lo alarmó.
—¿Qué pasa, mi amor? —Sonrió y le acarició una mejilla.
—Nada —dijo ella sin expresión—. Simplemente no sé qué voy a hacer ahora.
¿Desde cuándo se había quedado parada Annabel-Ayesha frente a palabras o actos? Entonces
Kit se dio cuenta con un sobresalto de que ella había perdido de repente algún resorte interior,
como si se le hubiera acabado la cuerda después de utilizar las últimas reservas en la desesperada
lucha por que ambos saliesen con vida de la sala de recepción. Sin su interpretación y sus
instrucciones, él no habría conseguido entender lo que se le pedía, habría hecho un movimiento
equivocado y ambos habrían estado perdidos.
Era hora de tomar el control. Ahora ella estaba en su mundo más de lo que lo había estado en
el cuartel, cuando su presencia era algo elegido por ella y su implicación incondicional se mantenía
en secreto, y a él le tocaba cargar con la parte más difícil de idear e implementar los planes
necesarios para dar sentido a la actual situación.

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—Muy bien —dijo él enérgicamente cogiéndola de la mano—. Puede que tú no sepas qué
hacer, pero yo sí. Yo he aguantado bastantes de los ritos de tu pueblo adoptivo, Anna, querida. Y
estoy hasta el gorro de pasar por ellos como un recluta desconcertado en una ceremonia de
iniciación. Ahora vas a participar en algunas de mis ceremonias; especialmente en una.
Tirando de ella, salió a paso ligero y cruzaron el patio hacia el alojamiento de los rehenes.
—¿Qué quieres decir con «uno de mis ritos»? —preguntó Annabel mientras la arrastraba—. No
quiero ir allí así sin más, Kit.
—¿Cómo describirías esa ceremonia bárbara si no es como uno de tus ritos? —dijo Kit tirando
de ella—. Ahora vas a experimentar una tradición de la gente entre la que naciste, señorita
Spencer.
—Kit, gracias a Dios, no esperábamos volver a verte. —Colin, con el brigadier Shelton y otros
dos, salieron corriendo del edificio cuando Kit y su al parecer reacia acompañante vestida de negro
se acercaban—. ¿Quién demonios...? —Entonces Colin se quedó con la boca abierta—. ¿Annabel?
—Sí —dijo Kit escuetamente—. Y no me pidas que te cuente lo que ha pasado, Colin, porque no
me veo capaz de hacerlo sin cometer un asesinato. ¿Dónde está el cura?
—Me gustaría que hablases en inglés claro —dijo Annabel clavando los talones descalzos en los
adoquines del patio y con la voz considerablemente más fuerte que un rato antes—. A ver qué son
todas esas estupideces que farfullas sobre ritos.
—Matrimonios —dijo Kit volviéndose hacia ella—. Eso es lo que hacemos en el lugar de donde
vengo, señorita, cuando un hombre acepta la responsabilidad de procurarle bienestar a una
mujer. Y eso es lo que vamos a hacer ahora.
—¿Una boda? —exclamó lady Sale apareciendo en la puerta—. Santo Dios, Kit, ¿qué diría tu
pobre madre?
—Me imagino que vería la posibilidad con bastante alivio, señora. —La voz de Kit era seca como
el viento del desierto.
Lady Sale parecía indecisa.
—No puedo entender cómo esto le parece cosa de risa, capitán Mackenzie —dijo en severo
reproche.
—Le ruego que me perdone, señora —Colin estaba doblado con un ataque de risa—. Pero
tendrá usted que admitir que en los últimos días los motivos de diversión han escaseado.
Los labios de lady Sale se crisparon.
—Es posible... Es posible. Pero si va a haber una boda hay que celebrarla adecuadamente. Bajo
mi jurisdicción no habrá actividades clandestinas. ¿Cómo va a casarse así la pobre chica?
—¿Qué importa la ropa que lleve? —explotó Kit olvidándose por una vez de la cortesía frente a
aquel absurdo después de todo lo que había pasado.
Lady Sale se irguió hasta la máxima amplitud de su dignidad.
—Christopher, si intenta usted convertir a la señorita Spencer en una mujer decente tengo que
aplaudir su tardío sentido de la responsabilidad. Pero no puede privar a los miembros de este
grupo de la oportunidad de tener una celebración comportándose de manera ruda y desordenada.
Annabel se dejó caer lentamente sobre los adoquines totalmente vencida. Allí estaba ella, que
había escapado de la lapidación por un pelo, vestida con las ropas de la más miserable de las
montañesas, ejemplo de adúltera condenada, liberada del harén pero aún prisionera de Akbar

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Kan, lanzada sin preparación ni recursos en medio de un cerrado grupo de personas con las que
quería identificarse pero no podía, y ellos estaban discutiendo sobre el vestido de la novia como si
fuera la cosa más importante del mundo.
—¡Maldita sea! —Kit se arrodilló a su lado—. Cariño, ¿cómo puedo ser tan desconsiderado?
¿Te encuentras mal?
Lady Sale, que no se había inmutado por su lenguaje, lo cual demostraba la erosión causada por
la cautividad a las convenciones, lo apartó.
—La pobre está totalmente exhausta, no me extraña. No sé cómo nos las habríamos arreglado
sin ella estos últimos meses... y ha debido de sentirse muy sola.
—Estoy bastante bien, lady Sale —dijo Annabel—. Sólo un poco aturdida. —Alargó
imperativamente una mano hacia Kit, que la cogió y la ayudó a levantarse—. Tengo que quitarme
estas ropas —dijo de repente—. Me pica todo el cuerpo. No sé si volver al harén. Zobaida podría
darme mis ropas.
—No digas barbaridades; no puedes volver allí —dijo Kit enérgicamente—. Ya no perteneces a
ese lugar, Annabel. ¿No te lo han dejado suficientemente claro?
Ella se mordió un labio. Eso era cierto. Sí ahora entrase en un harén afgano sería una intrusa.
No tenía posibilidad alguna de mantener un pie en su antigua vida; Akbar Kan se había asegurado
bien de eso. ¿Por qué, en su confusión, no estaba agradecida? Había rezado por su liberación,
pedido al destino y a los dioses que le dieran una oportunidad de estar unida a Kit. Entonces ¿por
qué sólo quería llorar y huir del encierro de su celda? ¿Cómo podía vivir con aquellas personas con
las que nada tenía en común, en aquellas incómodas condiciones de falta de intimidad, cuando
estaba acostumbrada a la soledad y la paz de su propia compañía? Entonces se acordó de la
soledad que sintió mientras los veía jugar con los niños; mientras los oía en su servicio religioso;
cada vez que los había dejado, después de sus visitas diarias, entreteniéndose, conversando, tal
vez discutiendo, pero compartiendo cosas. ¿No era eso lo que quería?
Se volvió susurrando una disculpa y fue a sentarse al sol a corta distancia de la puerta. Kit,
sorprendido, dio un paso hacia ella, pero había algo en su postura que le prohibía acercarse... o él
supuso que se lo prohibía. Tenía la certeza absoluta de que debía respetar su intimidad.
—Vamos, Kit, hablaremos de la boda con el padre —dijo lady Sale muy animosa—Debe de
haber algo que podamos hacer para convertir esto en un acontecimiento especial. Poco tenemos,
eso es seguro, pero si todos aportamos algo... —Inmersa en esa vigorizante cháchara, entró en el
edificio.
Kit la siguió porque de momento no se le ocurría qué más hacer. Colin y el general se quedaron
un minuto mirando a la inmóvil figura vestida de negro que parecía tan fuera de lugar en su
pequeño enclave, y luego ellos también entraron.
—Ayesha...
Al oír su nombre, Ayesha salió de su ensoñación.
—Vaya, Zobaida, ¿qué haces aquí?
La velada sirvienta, lanzando temerosas miradas en todas direcciones como si esperase que un
demonio ferinyi saltase sobre ella, dejó un bulto en el suelo al lado de la joven.
—Tus ropas... pero tienes que darme las que llevas. Son de la madre del cabrero.
Eso respondía a su pregunta.

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—Un momento. —Annabel cogió el bulto y fue a la construcción aneja que utilizaban los
rehenes. Se quitó las repugnantes ropas de repudiada y se puso su raído pero confortable
pantalón y su vestido de lino, y se calzó las zapatillas. El efecto fue inmediato. De nuevo se sintió
ella misma. Fuese quien fuese. De repente la pregunta parecía conllevar emoción, la perspectiva
de descubrir la respuesta era casi embriagadora. Salió al sol de abril y entregó a Zobaida las ropas
de la mujer.
Pero cuando entró en la umbría habitación exterior de la zona de los rehenes, su brote de
confianza se desvaneció por completo. La gente, reunida en el exiguo espacio, estaba sumida en
una discusión y unas formas de comunicación que le eran ajenas. Eran hombres y mujeres
mezclados discutiendo asuntos comunes, y la capacidad de entender al otro era tan esencial como
el aire que respiraban. La conversación cesó cuando entró, de una manera que indicaba que el
asunto de la discusión era ella.
—Les ruego que me perdonen, no quería entrometerme —dijo, y se volvió hacia la puerta.
—¿Señorita Spencer...? —el brigadier Shelton se dirigió a ella vacilante—. No tiene por qué irse.
Annabel hizo una seña de vaga, y ella esperaba que educada, disculpa, y se fue con su confusión
hacia la puerta.
—Annabel. —Era la voz de Colin, tranquila e inconfundible. Cuando siguió su camino él repitió
su nombre imperativamente—. Annabel.
Kit no dijo nada, simplemente se quedó sentado en el ancho alféizar de la ventana. Annabel
tenía que entrar en aquel grupo por decisión propia, convencida de que era bienvenida. Que él la
tranquilizara no serviría de nada.
—Venga a sentarse, querida. —La señora Anderson habló tranquilamente mientras daba unas
palmadas en el banco a su lado—. Estábamos hablando de su boda... ¡Qué emocionante! —Se
frotó las manos y sonrió encantada—. Todas las niñas quieren ser damas de honor.
Annabel se volvió e hizo un esfuerzo por sonreír.
—Son muy amables, pero no creo...
—Oh, por favor, cariño, ven a sentarte —Kit escogió el momento y se permitió un pequeño deje
de impaciencia en la voz—. Aparte de cualquier otra cosa, necesitamos tu opinión sobre lo que
puede planear Akbar Kan después de su derrota en Jalalabad.
—Sí, desde luego, señorita Spencer —se sumó el brigadier—. Su opinión sería de gran valor.
Ése era el terreno de Ayesha, un área en la que ella ya tenía costumbre de cooperar. Quizá
podría ayudar a salvar el bache.
—No creo que les... nos quiera tener tan cerca de Jalalabad —dijo Ayesha entrando en la
habitación pero todavía sin aceptar la invitación de sentarse—. Necesitará mantener sus piezas
para la negociación por si acaso las cosas le fueran mal. Supongo que los... nos trasladará a un
lugar más lejano, en las montañas.
—¿Pronto? —preguntó el comandante Pottinger.
Ella asintió.
—Muy pronto. —Le echó una mirada a Kit—. Esta mañana estaban armados y preparados para
salir ¿No es así, Kit?
—Eso me ha parecido —afirmó sombríamente—. ¿Cómo has recuperado tus ropas?

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—Zobaida me las trajo —contestó ella—. Al parecer la madre del cabrero quería que le
devolviesen las suyas. No entiendo por qué.
Kit se levantó de repente, como si hubiese tomado una decisión.
—Discúlpennos, damas y caballeros, pero Annabel y yo tenemos que discutir algunos asuntos.
—Cruzó la habitación hacia donde estaba ella, casi en el umbral de la puerta. Su voz era baja pero
firme—. Ven, responsabilidad mía. Vamos a pasear al sol.
Ella le permitió que la liberase sacándola al patio.
—¿Qué tenemos que discutir?
Los ojos de Kit se entrecerraron.
—Algo muy importante, me parece. Ahora que has recuperado tus ropas me parece más fácil
entender lo que ha pasado. Estamos libres, Annabel.
—Pero no desembarazados —contestó ella.
—¡Pero mira que eres aguafiestas! —exclamó Kit exasperado—. Yo quería que nos casáramos
en la iglesia de San Jorge en Hannover Square, con tu familia cuando la hubiésemos encontrado y
con la mía, y con una escolta del Séptimo de Caballería Ligera y...
—Puede que yo sea una aguafiestas, pero es que tú estás completamente fuera de la realidad
—lo interrumpió ella—. Menuda tierra de fantasía te has inventado. Aparte de cualquier otra
consideración, yo no sé si quiero casarme ya. Puede que en esencia te pertenezca, pero no soy de
los de tu clase. Ya no sé lo que soy.
La expresión de Kit se oscureció.
—Mi amor, si piensas que en este momento tienes la menor posibilidad de escoger en este
asunto, vas a tener que recapacitar sobre tu posición muy deprisa. Ahora mismo, el matrimonio es
la única opción que puedes elegir de que tu lugar, para bien o para mal, está entre nosotros.
Tienes que regirte por nuestras reglas.
Ella le dio distraídamente una patada a una piedra.
—No creo que tenga mucho sentido discutirlo ahora. Mira quién viene.
Kit siguió la dirección de su mirada. Cruzaba el patio hacia ellos Mahommed Sah Kan, teniente
de Akbar Kan. Iba acompañado por la habitual escolta armada.
Annabel alzó las manos hacia su frente automáticamente cuando llegaba a ellos. Entonces notó
las manos de Kit, cariñosamente insistentes, que le sujetaban los brazos y se los bajaban hasta sus
costados.
—No vuelvas a hacer eso —dijo en voz baja—. Míralo a la cara.
Un escalofrío le recorrió el delgado cuerpo, pero levantó la vista, miró decididamente al afgano
y le preguntó en pashtu:
—¿Traes noticias, Mahommed Sah Kan?
—Los prisioneros se van de aquí. Tenéis una hora para preparar las cosas —dijo
inexpresivamente.
—¿Adónde nos llevan?
—Eso no es cosa vuestra.
Ella hizo una inclinación de cabeza y volvió con Kit a las habitaciones.
—¿Una boda, Ralston, huzur? ¿Dónde y cuándo?

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Ki apretó fuertemente los dientes y se recordó a si mismo que para Annabel la pérdida
irrevocable de Ayesha no podía ser indiferente.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 2233

La caravana viajó bajo el sol de primavera, y todas las posesiones de muchos de los integrantes
cabían en una toalla anudada. Annabel volvía a montar en Charlie, los niños y la mayoría de las
otras mujeres, en los cestos de los camellos o en ponis. Su escolta era fiera y silenciosa, y la
sombra de un destino desconocido destruyó la armonía que su comunidad había conseguido en
Budiabad.
En Tezín, los espantosos restos de la carnicería de enero seguían allí como ominoso
recordatorio. La guerra distaba mucho de haber terminado y su destino era tan incierto como
siempre. La victoria de Jalalabad no los acercó a la liberación. En Tezín dejaron también al general
Elphinstone, que ya estaba demasiado próximo a la muerte para continuar. Colin y el comandante
Pottinger recibieron la orden de quedarse con el general, una pérdida que nadie sintió más que
Kit.
El grupo se detuvo en la aldea de montaña de Zandeh. Annabel miró la sucia aglomeración de
chozas con paredes de barro y ventanas con rejas, por los bandidos, y la habitual torre de
vigilancia colgada de la pared de la montaña. Era un pueblo como aquéllos en los que con
frecuencia se había alojado en sus desplazamientos con Akbar Kan, pero sospechaba que sus
compañeros de viaje iban a sufrir una nueva conmoción.
—¿Vamos a quedarnos aquí? —la espantada pregunta de Millie Drayton habló por todos—.
Pero si es aún peor que la fortaleza.
—Así es como viven, ferinyi —murmuró Annabel para sí. Por alguna razón no tenía paciencia
para soportar quejas por la incomodidad. Todo el grupo las manifestó en mayor o menor grado,
algunos en serio y otros suavizándolas con un toque de humor, pero sólo ella parecía ser
consciente de que aquello de lo que se quejaban era el inmutable destino de la mayor parte del
pueblo afgano, que luchaba por rascar lo mínimo para subsistir en el corto periodo que se les
concedía entre el nacimiento y la muerte. Había momentos en que las quejas y las críticas
incrédulas la irritaban hasta más allá de lo que podía soportar.
Kit oyó lo que decía en voz baja y suspiró, preguntándose por milésima vez por qué la alegría y
el alivio que tendrían que haber sentido estaban tan manifiestamente ausentes, qué había
sucedido con la pasión y la entrega de aquella noche en la celda de Ayesha. Las presentes
circunstancias les impedían hacer el amor por falta de intimidad y de ocasión, pero estaban juntos
en la adversidad y seguramente de ello nacería algo de proximidad. Pero Annabel estaba distante
y preocupada. En general trataba a sus compañeros de cautiverio con un distante desdén que
recordaba demasiado a Ayesha. Y eso estaba llevando a Kit al borde de la obsesión, sobre todo
porque parecía tratarlo a él de la misma manera, como si fuese irrelevante frente a lo que la
preocupaba. ¿Se había equivocado? Si llegaban a ser libres, ¿podría Annabel Spencer volver a la
vida que habría llevado de no ser por su violento secuestro? ¿Era realista que él esperara eso de
ella? Y, si no lo era, ¿qué futuro realista podía esperar?
Ella había desmontado y estaba enzarzada en una discusión con su escolta. El la miraba
advirtiendo cómo, aunque ya no mantenía la mirada en el suelo cuando hablaba con ellos, aún se
comportaba con respeto. Eso lo irritaba, en especial si comparaba esa actitud con la que mantenía
con su propia gente.

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Destino Audaz

—Les han pedido a seis de los aldeanos que desalojen sus casas para nosotros —le dijo ella al
brigadier Shelton—. Eso creará muchos problemas con las familias, así que sugiero que acepten el
refugio con la debida gratitud.
—¿Cuánto nos quedaremos aquí?
Ella se encogió de hombros.
—No quieren decírmelo. Supongo que no lo saben, depende de cómo le vayan las cosas a Akbar
Kan. Los aldeanos también tienen orden de alimentarnos, y no creo que eso los haga muy felices,
ya que se trata de que el producto del sudor de sus frentes vaya a parar a los estómagos de los
ferinyi, y casi no les llega para ellos solos. Le recomiendo que le pida a su gente que se comporten
con discreción mientras estén aquí.
Kit sintió que la última hebra de su paciencia y su comprensiva tolerancia se rompía cuando vio
la palpable irritación del brigadier porque le hablasen en ese tono. Desmontó de su caballo.
—Le pido disculpas por Annabel, señor —dijo formalmente—. Las normas de cortesía de un
harén quedan evidentemente un poco por debajo de lo acostumbrado para nosotros.
El general murmuró algo en descargo de Annabel, que se puso roja de indignación y vergüenza.
—¿Cómo te atreves a disculparte por mí? —le preguntó.
—Ya es hora de que lo haga —dijo él muy serio—. En realidad, hace tiempo que es hora.
¿Vamos a resolver esto? —Sujetándola por un codo, la empujó por el estrecho sendero de tierra
que recorría el centro del poblado hacia un grupo de árboles ruinosos y deformados por el viento
en el límite de las chozas. La escolta les dirigió una mirada indiferente. En aquellas montañas no
había un sitio adonde pudiesen ir dos personas desarmadas y a pie.
Los rehenes miraban el círculo de hombres huraños y de mirada embotada de Zandeh, que
estaban observando con hostil incomprensión a sus nada bienvenidos visitantes infieles. No había
mujeres a la vista, pero todos eran conscientes de que había ojos que los vigilaban a escondidas.
No era una audiencia como para disipar su intranquilidad.
Fuera del alcance de sus oídos, entre los deformados árboles, estaban Kit y Annabel frente a
frente.
—He intentado ser comprensivo —dijo él—, pero me parece que se me ha terminado la
paciencia. ¿Qué quieres, Anna?
—¿Querer? —Le dio la espalda con un gesto de rechazo—. ¿Qué tendrá que ver lo que quiera?
—¡No me des la espalda, arrogante lince de ojos verdes!
Ella se volvió hacia él otra vez.
—No quería ofenderte, Ralston, huzur.
—¿Ah, no? —dijo él en voz baja—. No vuelvas a llamarme así, ni tampoco vuelvas a llamarme
ferinyi. Ahora, dime qué quieres de mí.
—¿De ti? ¿Por qué habría de querer algo de ti? ¿Por qué habría de querer algo de alguien?
—¡Porque te quiero, mujer provocadora!—La cogió por los hombros y la sacudió como tantas
veces había querido—. Y cuando las personas se quieren, quieren y esperan cosas del otro, y
quieren y esperan darle cosas al otro. ¿Entiendes lo que digo?
—No es fácil entender algo cuando sientes que la cabeza te va a saltar de los hombros —gritó.
Para, por favor.

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—¡Ay, Dios! —La apretó contra sí con una violencia equiparable a la de la sacudida—. Sabía que
algún día acabarías arrastrándome a hacerlo. —Le apartó el pelo de la frente y le pasó la mano por
la cara recorriéndole los rasgos con un gesto de brusca necesidad, como si tuviera que volver a
familiarizarse deprisa y con desesperación con una amiga íntima desaparecida durante algún
tiempo—. Anna... mi querida Anna, tienes que ayudarme. Dime qué puedo hacer para arreglar las
cosas entre nosotros.
Ella oyó su desesperada infelicidad, y poco a poco el reconocimiento de lo egoísta que había
sido atravesó su obsesión por sí misma. Atrapada en su propio pequeño mundo de confusión,
había ignorado la confusión de Kit. Le había parecido que él no tenía derecho a sentirse confuso
porque estaba donde había estado siempre, con la gente que lo rodeaba habitualmente. Era ella
quien había sido sacada de lo familiar, obligada a hacerse un lugar entre gente diametralmente
opuesta a la que la rodeaba habitualmente. Y por alguna perversa vía llegó a pensar que no había
pedido que sucediese nada de todo eso, en cuyo caso Kit era el culpable de su desconcierto.
Parecía haber perdido su sólida creencia en el destino, y lanzaba la culpa de su actual aflicción
directamente contra el blanco más conveniente... y el que menos se merecía su falta de
amabilidad. Entonces lo había apartado de sí y había tratado a sus compañeros de viaje con una
desdeñosa indiferencia que ignoraba sus justificados miedos y sufrimientos, y hería
abominablemente a Kit.
—Creo que quizá harías bien en volver a sacudirme —dijo ella con una sonrisa de
arrepentimiento—. No sé cómo me has aguantado... ni por qué. He sido horrible.
Él se apartó y la miró inquisitivamente.
—¿A qué estás jugando ahora?
—¡Eh, no es justo! —gritó ella—. Yo me disculpo y tú me acusas de estar jugando.
—Bueno, tienes que admitir que ha sido un poco repentino —dijo él manteniendo la expresión
interrogante—. Si un poco de violencia sensata puede conseguir semejante cambio radical, me
pregunto qué se podrá conseguir con un poco de amor igualmente sensato.
—Quizá deberías probarlo —dijo ella en voz baja pasándole los brazos por el cuello, poniéndose
de puntillas y acercando su boca a la de Kit.
Él la sujetó durante un momento, y luego dijo también en voz baja:
—Nunca rechazo un desafío, responsabilidad mía. Si tenemos espectadores, ¡que se vayan al
infierno!
Ella rió con una sensual risa sorda de excitación, y en sus ojos centelleó la sonrisa de súcubo
cuando se tendió en la hierba bajo la mano imperiosa de Kit.
—La hierba está mojada —murmuró en una burlona queja cuando él le quitó los pantalones y
sus nalgas y muslos desnudos tocaron el suelo.
—Es fácil de remediar —respondió Kit quitándose los calzones y tumbándose a su lado. Pasó
sus manos por debajo de ella y la puso encima de él—. Ya está. ¿Mejor?
—Mucho mejor. —Annabel se humedeció los labios mientras se ponía a horcajadas sobre él y
susurraba perversamente—: Supongamos que alguien viene a buscarnos.
—¡Por el amor de Dios, deja de entretenerte entonces, criatura imposible! —le ordenó él, y
luego inspiró profundamente con placer cuando ella se enderezó y levantó las caderas para
introducir en su interior el duro mástil.

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—Escucho y obedezco —murmuró ella con la sonrisa de súcubo en los ojos—. ¿Vamos a ver lo
rápidos que podemos ser?
Él cerró los ojos y se lanzó a la rápida, febril y ascendente espiral mientras sus manos sujetaban
las nalgas de Annabel, que se movía cada vez más deprisa hasta que ambos llegaron a un clímax
que hizo bailar en el aire una carcajada de placer.
—Oh, mi Anna —dijo él con un profundo suspiro de satisfacción—. Cómo te he echado de
menos. Qué milagros haces.
—¿No soy una mujer horrible, egoísta, malhumorada e ingrata?
—Bueno, eso también —bromeó él levantándola—. Pero afortunadamente, no todo el tiempo.
Vístete corriendo. Ya hemos afrontado suficientes riesgos para un día.
Él se vistió y luego se quedó mirándola durante un instante mientras ella alisaba su vestido y
recolocaba un recalcitrante mechón de pelo en su trenza.
—Annabel...
—¿Qué? —Ella lo miró y frunció el ceño—. Estás muy serio. ¿Qué pasa?
—Estoy a punto de lanzar un ultimátum —dijo él.
—¿Eso es sensato? —Ella estaba muy quieta otra vez, con sus ojos de jade como tranquilos
estanques escondiendo lo que pudiese estar pensando.
—No sé si lo es o no, pero sí sé que no estaré en paz de otra manera.
—¿ Entonces...?
—Una boda —dijo él—. Ahora.
—¿Y si digo que no?
Él suspiró y se frotó los ojos con cansancio.
—Entonces sabré que el amor que siento por ti no es recíproco. No puedo vivir contigo con
menos, Annabel. Pero si ése es el caso, te prometo que haré todo cuanto pueda para ayudarte a
establecerte cuando... si... salimos de este agujero.
—En otras palabras, no renunciarás a tus responsabilidades —dijo ella con una sonrisa
curvando sus labios—... a la manera de todos los buenos caballeros ingleses. —Le mostró los
brazaletes que aún llevaba en las muñecas—. Quítamelos.
—Dame la llave.
Ella la sacó del bolsillo de su pantalón.
—Toma. —Mantuvo estirados los brazos y él abrió los cierres y le quitó los brazaletes. —¿Ésta
es tu respuesta?
—Es una forma de decirlo.
—Qué criatura tan complicada eres. Vamos a buscar al cura.
Lady Sale los miró sagazmente cuando volvieron a unirse a los otros miembros del grupo, que
estaban inspeccionando sus alojamientos con consternación.
—Confío en que hayan llegado a un acuerdo.
—Se podría decir que sí, señora... Annabel, ¿adónde vas?
—A hablar con el aksakai —dijo ella—. A lo mejor podría suavizar un poco las cosas.

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—El brigadier ya ha hablado con él —dijo su señoría, desviando discretamente la mirada


cuando Kit se lanzó sobre Annabel como un cazador que intenta coger a una presa que se le
escapa.
—Sí, pero es posible que no lo haya entendido bien todo —dijo ella—. Kit, volveré enseguida.
—Lady Sale, ¿sabe usted dónde está el cura? —preguntó Kit sin soltar su presa—. Hay algunas
palabras que quiero que pronuncie sin demora.
—Bien, creo que ya era hora —dijo su señoría sin problemas para entender lo que quería decir
el capitán—. Pero de verdad que me habría gustado que pudiésemos haber celebrado una
pequeña ceremonia. Creo que se la debemos a la pobre y querida Letty.
—Creo que mi madre entendería las circunstancias —la tranquilizó Kit. Su señoría frunció los
labios pero no parecía disgustada cuando corrió a poner las cosas en marcha.
—Annabel, si sigues intentando escaparte vamos a tener una discusión. —Kit apretó la presa
sobre su muñeca cuando ella volvió a intentar escapar.
—¿Otra? —Levantó exageradamente una ceja—. ¡Dios nos libre! —Pero sus ojos sonreían, y
había mucho más que travesura en esa sonrisa—. No voy a escaparme, mi amor. ¿Adónde crees
que podría ir, aunque quisiera?
—¿Y no quieres?
—¿No te he dicho que no?
—En cierto modo —la miró echando hacia atrás la cabeza con ademán de desconfianza, pero la
soltó—. Tengo miedo de que suceda algo que impida esto, no puedo evitarlo, Anna.
—Nada lo evitará —lo tranquilizó ella—. Lo que suceda luego ya es más incierto.
—Ya me preocuparé por eso después. Voy a organizado. Sólo asegúrate de que pueda
encontrarte cuando te necesite.
—Sí, Ralston, huzur —bromeó ella—. Tu novia estará esperándote. Desgraciadamente, no creo
que pueda conseguir un velo.
—Ese —dijo Kit con franqueza— es un chiste de muy mal gusto.
Annabel rió y se marchó camino abajo. Si una boda podía hacer feliz a Kit, ¿qué derecho tenía a
privarlo sólo porque ella no necesitaba casarse para confirmar su amor? Tal como estaban las
cosas, eso no representaría un cambio apreciable. Sólo era una convención importante para Kit.
Pero ella sabía que el destino aún no había terminado con ellos. Por mucho que ahora tuvieran
libertad para estar juntos, aún no se habían desembarazado. Aún quedaba pendiente algo más
que el simple problema de ser prisioneros, pero todavía no podía traducirlo en palabras.
Levantó la vista hacia un gran pico cubierto de nieve que hacía parecer pequeña la montaña
donde estaba aquella pequeña aldea. Una mariposa blanca con dibujos grises en las alas bailaba
alrededor de una mata de prímulas. La tranquila y delicada luz de la tarde bañaba el poblado y
transformaba su fealdad y su sordidez haciendo desaparecer las miserias de la crueldad y la
pobreza. Era una buena tarde para una boda.
Cogió un ramillete de margaritas blancas e hizo una corona con ellas, recordando su niñez,
cuando hacía eso mismo en su casa de verano de las montañas que hay sobre Peshawar. Luego
volvió al pueblo.

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Había una conmoción considerable, pero esta vez sin angustia. Lady Sale daba órdenes
enérgicamente, sobre todo a Kit, que no parecía enterarse de ello. El cura iba murmurando
llamadas a la calma. El resto de la comunidad manifestaba diversos grados de excitación.
—Pero ¿dónde está la novia? Se oyó preguntar al brigadier Shelton por encima de la algarabía
general.
—Aquí. —Annabel fue hacia ellos con la corona de margaritas colocada en su brillante pelo
cobrizo, ahora suelto sobre su espalda.
Sin palabras, Kit le ofreció la mano y ella se colocó a su lado, sonriente.
Un curioso silencio cayó sobre el grupo. Los aldeanos salieron de sus chozas para observar con
temerosa incomprensión las extrañas extravagancias de los infieles. El sol poniente iluminaba el
pico nevado, derramaba fuego sobre una ladera y el reflejo bañaba la aldea con un suave
resplandor.
El cura pronunció en la quietud de la montaña las palabras cargadas de promesas y esperanzas
de un futuro compartido. Los novios dieron sus respuestas con la misma claridad, y si Annabel hizo
una rápida invocación al destino, quedó entre ellos.
Esa noche Christopher Ralston se acostó decorosa y legalmente con su esposa en una choza de
barro atestada y llena de bichos. Annabel, que gozaba de la capacidad de ignorar tales
incomodidades, cayó dormida casi de inmediato, y Kit se quedó mirando la oscuridad. ¡La iglesia
de San Jorge en Hannover Square! La absurda comparación hizo que aflorara en sus labios una
carcajada que fue rápidamente reprimida. Con un brazo bajo el pacífico ser que dormía a su lado,
se volvió para abrazarla bajo el raído andrajo de manta que compartían y se durmió contento y
contando picaduras de pulga.

Dos semanas más tarde Annabel entró en la choza que servía de sala común.
—Parece ser que tenemos que trasladarnos otra vez —dijo sin alterarse—. Los guardias han
recibido un mensaje de Akbar Kan. Se ve que está consiguiendo el control de Kabul y van a
llevarnos cerca de la ciudad mientras espera para ver qué pretenden los generales británicos de
Jalalabad y Kandahar.
—Cualquier lugar será mejor que éste —dijo para todos la señora Armstrong—. ¿Cuándo nos
iremos?
—Dentro de una hora —dijo Annabel—. Si hemos tenido tiempo de recoger nuestras cosas. —
La broma fue recibida con irónicas sonrisas.
—Shir Muhammed hablaba de la fortaleza de Abdul Rahim —dijo ella—. Está a unas treinta
millas de Kabul y si ése va a ser nuestro destino se me ocurren muchos lugares peores.
—¿Está limpio? —preguntó lady Sale.
—Y es cómodo —contestó Annabel con un guiño—. Con acceso al río y hermosos jardines. No
creo que Akbar Kan quiera que estén incómodos si puede evitarlo. —Se dio cuenta de su desliz
demasiado tarde para corregirlo cómodamente, así que lo dejó correr. Tú... nosotros... yo... A
veces era difícil y Kit parecía comprenderlo. Le sonreía de una manera especial que denotaba el
secreto placer que lo había invadido desde la boda, como si hubiese logrado hacerse con una
victoria importante. A ella le venían ganas de palmearle la cabeza y besarle los párpados como si
fuese un niño que había ganado un premio.

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Volvieron a partir, agradecidos de dejar atrás Zandeh y con la esperanza de que su nuevo
alojamiento fuera mejor. Extrañamente, ya no pensaban en su cautiverio como algo temporal; la
perspectiva de la liberación ya no era lo único que importaba en su existencia. Sus objetivos eran
simplemente los cotidianos de conseguir comida adecuada y aceptable, la lucha contra la suciedad
y la enfermedad, la continua batalla por mantener algunas normas de cortesía y de conducta
como ejemplo para los niños, algunos de los cuales comenzaban a asilvestrarse.
Para gran diversión de Annabel, Kit había apadrinado a un pequeño particularmente
aborrecible. La madre de! niño estaba enferma, su padre había muerto en Kurd Kabul, y el robusto
y pequeño Edmund Marten había conseguido ganarse la antipatía tanto de los revoltosos niños
como de los cansados adultos. Cuantos menos amigos tenía, más desagradable se volvía.
Cuando lo encontró atormentando a un niño pequeño con una rama de arbusto espinoso, Kit lo
abofeteó sonoramente y se lo llevó gritando hasta desgañitarse a la pequeña zona que Annabel y
él llamaban «hogar».
—Alguien tendrá que ocuparse de ese desdichado mequetrefe —dijo como si pidiese disculpas
cuando Annabel levantó inquisitivamente una ceja—. No servirá de nada tratarlo como a un paria.
—No —convino ella tranquilamente mirando al niño, que lanzaba patadas y escupía con los que
sólo podía ser calificado de ingratitud contra la mano que lo sujetaba por el cuello—. ¿Qué
sugieres?
Kit la miró y sus labios se contrajeron.
—Tengo la horrible sensación de que yo podría haberme vuelto como él en semejantes
circunstancias.
—Oh, no. Seguro que no —dijo ella con exagerada incredulidad—. Debiste de ser un ángel, con
todos esos rizos dorados.
Kit parecía apenado.
—Ese era el problema. Yo estaba horriblemente consentido, y me espanta pensar en lo que
habría sucedido si hubiesen dejado de prestarme atención como ha pasado con este mocoso.
Aparte de cualquier otra cosa, creo que está aterrorizado. Deja de pelear, Edmund, así no puedo ni
pensar. Para su sorpresa, Edmund dejó de gritar. Sorbió y se limpió la nariz con el dorso de la
mano. Como los pañuelos eran algo olvidado hacía mucho tiempo, nadie hizo objeciones.
—Me has pegado —lo acusó—. Se lo voy a decir a mi madre en cuanto esté mejor.
Kit sonrió.
—Sí, deberías hacerlo. Pero tú te lo has buscado. ¿Por qué no vienes conmigo a ver si podemos
coger algún pez en el río?
—Yo también voy —dijo Annabel.
—Las señoras no pescan —afirmó Edmund.
—¡Hay que ver cuánto sabes, maestro Edmund! —se burló Annabel.
—Las señoras tampoco llevan pantalones —dijo él. Annabel rió.
—En eso puede que tengas razón. Pero ¿quién ha hablado de señoras?
A partir de aquella tarde formaron un trío poco corriente. Edmund comía con ellos, dormía en
su rincón y seguía a Kit como una especie de pequeña mascota con nariz respingona. Cuando se
ponía desagradable Kit lo apartaba como si fuera una mosca molesta, y poco a poco el niño fue
volviéndose alegre y confiado. Annabel estaba tan intrigada como conmovida por aquel nuevo

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aspecto de Kit. Le había dicho que los niños siempre lo habían aburrido, que la perspectiva de criar
su propia prole lo llenaba de inquietud pesimista, aunque tenía asumido que hasta cierto punto
tendría que cumplir con su deber como hijo y heredero. Ese Kit, pensó ella, mostraría un talento
sorprendente para la paternidad... si es que semejante ocupación formaba parte de su destino.
Ahora, mientras se alejaban de Zandeh, Edmund montaba con Kit parloteando con el obstinado
egoísmo de un niño de ocho años. Annabel lo escuchaba a medias. Estaba convencida de que las
circunstancias iban a cambiar, pero no podía saber si era para mejor o no. Tenía que haber a la
vista alguna resolución del conflicto. Si era verdad que Akbar Kan estaba ganando terreno, su
prisión probablemente duraría poco. Si perdía terreno, los retendría hasta el final a toda costa.
Pero que los trasladara a Kabul parecía indicar lo primero. Quizá después de todo saldrían con vida
de Afganistán. ¿Y qué haría entonces? ¿La señora de Christopher Ralston asistiría a la fiesta al aire
libre del párroco? ¿Iría de visita matinal en su landó? ¿Asistiría a recepciones? ¿Cuál era su lugar?
Hasta que lo descubriese, la sensación de que había algo pendiente no cesaría.
—¿Profundos pensamientos sombríos? —La voz de Kit, alegre aunque con un deje de ansiedad,
irrumpió en sus reflexiones.
—No, en absoluto —negó ella.
—Mentirosa —dijo él.
—¿Por qué miente Annabel? —metió baza Edmund con repentino interés.
—No estoy mintiendo —dijo ella con firmeza—. Sólo me preguntaba cómo será el nuevo sitio.
—Mentirosa —articuló Kit sin emitir sonido alguno.
Esta vez ella no se tomó la molestia de defenderse. Hablando estrictamente, había estado
pensando en una nueva vida en un nuevo lugar.
El sonido de disparos, el primero que habían oído desde que salieron de Kurd Kabul, llegó hasta
la cansada caravana cuando Kabul apareció ante sus ojos. Las fuerzas de Akbar Kan disparaban
contra Baila Hissar, donde el hijo y sucesor de Sah Suya luchaba por mantener una posición ya
perdida.
—Cuesta creer que hayamos regresado al punto de partida de enero —comentó Kit—. No
esperaba volver a ver esas murallas.
«Hay muchas muertes entre el viaje de ida y el de vuelta», pensó Annabel. Quizá su destino
fuese vagar eternamente por aquella tierra. Pero sólo pensaba eso cuando su espíritu estaba
cansado.
El fuerte de Abdul Rahim era como ella les había prometido. El harén fue ocupado por los
prisioneros, con su hermoso jardín privado y diversas habitaciones cómodas y bien amuebladas.
Tenían libre acceso al río que corría por detrás de la fortaleza, y después de las penalidades de
Budiabad y Zandeh aquello parecía el paraíso. La madre de Edmund comenzó a recuperar las
fuerzas y los Ralston se encontraron con que su compañía era cada vez más esporádica, aunque Kit
mantenía la vigilancia del crío y manifestaba rápidamente su disgusto cuando Edmund mostraba
una natural inclinación a aprovecharse de la debilidad de su convaleciente madre.
Una mañana de agosto, Akbar Kan fue al fuerte de Abdul Rahim. Annabel estaba en el jardín
enseñando persa básico a un grupo de niños mayores cuando Sah Kan le dijo que fuese a la sala de
recepción del kan.
Su primer pensamiento fue de pánico. ¿Qué podía querer de ella? La manera en que la había
repudiado seguramente prohibía que volviesen a tener relaciones íntimas. Y entonces llegó la

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cegadora iluminación. Eso era lo que quedaba pendiente: la llaga, como una herida que no
cicatriza, que había alterado cualquier clase de paz que ella pudiese encontrar. Sólo Akbar Kan
podía cerrar la herida... podía hacer que corriese libre y desembarazada.
¿Cómo debía presentarse ante él? ¿Como Ayesha o como Annabel? Él había repudiado a
Ayesha, pero nunca había reconocido a Annabel. Sintió la mirada de Kit sobre ella. Estaba detrás
del teniente de Akbar Kan sin decir nada, pero su silencio era más elocuente que cualquier
discurso. Ella estaba casada con él; ahora nada la unía a Akbar Kan; ¿o sí?
—Dame unos minutos para arreglarme —le dijo a Muhammed Sah Kan levantándose del banco
de piedra, y fue rápidamente al interior.
Kit la siguió al fresco y umbrío ambiente del harén.
—Annabel, no estás obligada a obedecer esas llamadas.
—Sabes que sí lo estoy. —Había llegado a la habitación que compartían con otras dos familias—
. Todavía somos prisioneros.
—Pero él ya no tiene ningún derecho sobre ti —dijo Kit. Se quedó en la puerta, lejos de ella,
intentando que no le llegara a la cara ni a la voz su deseo desesperado de que ella no atendiese su
llamada—. Si él quiere discutir la situación de los rehenes debe hacerlo con Shelton.
Ella se volvió hacia él.
—Kit, debo ir. —Le costaba hablar; intentaba expresar lo que quería sin que sonase
amenazante—No creo que quiera nada de mí, pero siento que queda un asunto por resolver entre
nosotros. Debo escuchar lo que tiene que decir.
—Muy bien. Si tienes que ir, tienes que ir. —Su voz sonaba apagada—. Pero eres mi esposa, y
reclamo el derecho de acompañarte.
Un profundo ceño se marcó en su frente.
—Eso es absurdo. Akbar Kan no me hará daño. ¿De qué tienes miedo?
¿Como podía decírselo, cuando realmente no sabía cómo explicárselo a sí mismo? Aún no
estaba seguro de ella. No tenía plena confianza en que el vínculo que los unía fuera indisoluble. No
habían tenido tiempo suficiente para descubrirse, para hacer exploraciones privadas y
negociaciones íntimas sobre las que creciesen objetivos comunes y duraderos y compromisos. Por
Dios, ni siquiera sabían si tener objetivos comunes y duraderos y compromisos era un propósito
realista. El vínculo que los unía había sido forjado en un infierno de pasiones. ¿Y si se había
enfriado y se había debilitado con el roce cotidiano?
Se volvió hacia la puerta.
—Tienes que hacer lo que quieras, Annabel.
—Sí, creo que debo hacerlo —dijo en voz baja—. ¿Me prestas tu corbata?
Entonces fue hasta ella mirándola con ojos penetrantes y fríos como el viento del invierno.
—¡No! ¡Mi esposa no se va a presentar con velo ante un cacique tribal!
Ella se mordió el labio.
—Kit, sólo quiero respetar las reglas de cortesía. Ésta es la tierra de Akbar Kan y sus costumbres
son las que imperan. No creo que deba ofender esas costumbres. Si los ferinyi hubieran aceptado
eso al principio, las cosas serían muy distintas ahora.
—Ve a ver a Akbar Kan si debes hacerlo, Annabel, pero ve como una ferinyi, como mi esposa,
con la mirada al frente y la cabeza descubierta. Puedes ser tan educada como desees, pero, por

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Dios, preséntate abiertamente como una de nosotros. Si no lo haces es que no hay nada entre
nosotros y nunca podrá haberlo. —Esas palabras lo pusieron enfermo, aunque sabía que era la
verdad. La vio palidecer ante el ultimátum, vio la conmoción en el fondo de sus profundos ojos
verdes. Sin decir más, se fue y la puerta se quedó batiendo tristemente.
Annabel se quedó inmóvil durante un largo rato. Ya era hora de saber si Akbar Kan todavía
tenía sujeta su alma... e iba a liberarla. Esa sujeción se cimentaba en su educación desde que era
una niña hasta que se convirtió en una mujer. Había habido dependencia y miedo, y también
aprecio; una combinación muy potente. Pero Kit tenía razón. Ahora debía presentarse
abiertamente como lo que era, apartar la persona creada por esa combinación y dejar que
Annabel fuese ella misma, permitir que su esencia saliese a la luz libre y desembarazada.
Se cepilló el pelo y volvió al jardín donde la esperaba el teniente.
—Estoy lista.
Kit esperaba a la sombra de un enebro y la vio salir del jardín moviéndose con la fluida
elegancia que había adorado desde el primer momento, con el pelo brillante y libre al sol, la
espalda recta y la cabeza alta. ¿Podría vencer?
El teniente abrió la puerta de la sala de recepción, una habitación cómoda con alfombras de
seda, tapices en las paredes y divanes. Akbar Kan estaba sentado en uno de ellos bajo la ventana
abierta. Su brillante mirada azul no pasó por alto ningún detalle significativo cuando ella fue
lentamente hasta él con la cabeza descubierta bien alta.
—Mandeh nabashi, Akbar Kan.
—Salaamat bashi, Ayesha.
—No tienes buen aspecto —dijo ella suavemente.
—Estoy cansado —contestó él—. Pero ¿y tú? ¿Estás intentando andar por el alambre?
¿Pertenecer en esencia pero no ser uno de ellos?
—Soy uno de ellos —dijo ella.
—Ah. —Se acarició la barba—. ¿Has encontrado la felicidad con Ralston, huzur?
—Hasta donde es posible encontrar felicidad en situación tan incierta —dijo ella con sinceridad
sentándose en la otomana que había a sus pies, como si fuese la cosa más natural del mundo, que
sin duda lo era.
—Los británicos tienen intención de marchar en masa contra Kabul desde Kandahar y Jalalabad
—dijo él—. Esto se acabará pronto. Hemos echado de Kabul al hijo de Sah Suya y ya no hay títeres
británicos en el trono. Supongo que habrá negociaciones en Kabul... negociaciones que acabarán
con la salida de los británicos de esta tierra. —Una sonrisa curvó su boca—. Estoy seguro de que
querrán conseguir algo a cambio antes de acceder.
—¿Y qué va a ser de nosotros?
Él se encogió de hombros.
—No tengo interés en hacerle daño a ninguno de ellos. Está por ver si serán prisioneros
rescatados o restos de la rendición.
—Has hablado de «ellos» —dijo ella titubeante—. ¿Qué pasa conmigo?
—Ay, Ayesha; es sólo un caso de vieja costumbre que tarda en desaparecer —dijo él—. Ya no
me perteneces. Pero te diré una cosa —alargó la mano y le levantó la barbilla para mirarla de
frente—: tampoco serás nunca una verdadera ferinyi.

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—Así que tengo que encontrar mi propio lugar.


Él asintió.
—«Hablemos un poco mientras tanto de mi y de ti...»
—«Y después, nunca más de ti y de mí» —terminó ella levantándose elegantemente—. ¿Esto es
una despedida?
—Sí, Ayesha. Recuerda las palabras de Jayám. Te ayudarán a encontrar tu lugar.
Ella se fue con un duro y triste nudo en la garganta, aunque sabía que ahora estaba libre y
desembarazada, con su pasado en su interior, parte intrínseca de lo que era pero no un
impedimento.
En lugar de volver al harén fue al río. El caudal corría sobre grandes piedras que relucían
blancas a través del agua clara. Había ranúnculos dorados que destacaban sobre el grueso musgo
de la orilla ribeteada de papiros. No había nadie, pero pensó que no le importaría si lo hubiera. Se
quitó las zapatillas, el pantalón y el vestido, se retorció la melena para hacerse con ella un grueso
nudo en la coronilla y entró en el agua.
Esperaba encontrarla fría. Aquellas aguas bajaban de las montañas y ni siquiera el sol del
verano conseguía algo más que fundir el hielo que flotaba en ellas. De todos modos chilló, y Kit,
que la había seguido a prudencial distancia, rió entre dientes involuntariamente a pesar de la
ansiedad que lo había mantenido esperando en las sombras del exterior de la sala de recepción y
que lo había empujado tras ella, temeroso de enfrentarse a la verdad pero seguro de que tenía
que hacerlo.
Se quedó disfrutando de la vista mientras ella seguía con el agua a la altura de medio muslo,
con los brazos extendidos e intentando reunir valor para sumergirse entera. Luego ella avanzó
cortando la superficie del agua con su blanco brazo desnudo y brillante bajo el sol.
Así la había visto por primera vez. Avanzó hasta el montón de ropa de la orilla y se quedó de
espaldas al agua.
La helada mano que lo sujetó por el cuello lo cogió por sorpresa a pesar de que había estado
esperando alguna reacción.
—No te muevas, ferinyi —dijo ella con su tono más fiero.
Con un movimiento rápido lanzó los brazos hacia atrás y atrapó su cuerpo desnudo y helado
contra su espalda.
—Esta vez no tienes estilete. —Rió entre dientes y luego se estremeció—. ¡Pero creo que
podrías matarme por congelación! ¿Estás loca, Annabel? —La soltó y se volvió hacia ella.
—Simplemente me apetecía —dijo ella—. Quería lavar algunas cosas.
—¿Qué clase de cosas?
Levantó ligeramente los hombros desnudos.
—Fragmentos oscuros y colgajos que acechaban.
—¿Ahora estamos libres y desembarazados? —La miró fijamente.
—Claro que sí, Christopher Ralston. Libres y desembarazados, el yorchi ha cantado para
nosotros. —Rió y lo cogió de la mano—. Ven a correr conmigo para que me seque al sol.
Tirando de él, arrancó a correr alegremente por la orilla con el pelo liberado del nudo flotando
sobre la espalda, desnuda como una náyade, y él rió en voz alta.

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Por fin se detuvieron jadeantes y ella se tumbó en la musgosa orilla y dio unas palmadas de
invitación a su lado. Kit se arrodilló mirando su esbelto, flexible y reluciente cuerpo con los ojos
entornados.
—He estado pensando —dijo ella—, y he tenido una idea.
—Vaya —dijo él—. ¿Te distraería mucho si te acaricio mientras me la explicas?
—Podría ser —dijo ella con ojos brillantes—; pero también podría distraerte a ti.
—Sí, eso es inevitable —reconoció él alegremente—. Pero creo que nos arriesgaremos.
Cuéntame.
—Bueno, cuando nos vayamos de este país...
—¿Crees que eso va a suceder? —la interrumpió él con un dedo posado sobre el rosado pezón
de uno de sus rotundos pechos.
—Sí —dijo ella con tranquila seguridad—. Akbar Kan dice que ese momento no está lejos. Si
seremos rescatados o saldremos como rendidos es la única cuestión, hasta donde he podido
saber.
—Entonces, cuando nos vayamos de este país... —le dio el pie él, incapaz de ocultar la alegría
que lo inundaba, como si fuera una jarra de barro que ha estado demasiado tiempo vacía y
absorbe por toda su seca superficie la humedad de la vida. Ella hablaba de una manera
desconocida para él, con seguridad y aceptando el futuro que iban a compartir lejos de aquella
tierra.
—Me gustaría visitar todos los lugares que siempre he querido visitar, incluso cuando era
pequeña —dijo cerrando los ojos con gesto soñador—. China, el Tibet y Egipto. Y me gustaría
volver a Persia y tal vez incluso a África...
—¡Cielo santo! —gruñó Kit—. Me he casado con una nómada.
—¿No te gusta la idea? —Los ojos de Annabel se abrieron e hizo ademán de sentarse, pero la
mano de Kit resbaló hasta su vientre y la sujetó.
—¿De estar casado con una nómada?
—No, no quería decir eso... Bueno, quizá sí, por extensión. Hay tanto por descubrir en el
mundo... tantos pueblos diferentes por entender... Quiero entenderlos a todos. —Abrió los brazos
en un gesto de abarcar el mundo—. ¿No te apetece ni un poco? —Había ansiedad en sus ojos.
—Es evidente que lady Hester Stanhope ha encontrado sucesora —observó él irónicamente—.
¿Los nómadas tienen niños?
—Supongo que sí que deben de tenerlos —dijo ella con burlona solemnidad—. Si no, ¿cómo iba
a haber montones de pequeños nómadas que se convertirán en grandes? En cualquier caso, no
creo que debamos tener niños corrientes ¿no te parece?
Kit sonrió ampliamente.
—Creo que eso sería imposible.
—Entonces, ¿la idea no te atrae nada? —insistió ella.
Kit lo pensó durante un momento y luego dijo:
—Sí, me atrae. —Se arrodilló junto a ella y la miró muy serio—. Pero ¿no quieres visitar
Inglaterra, Anna?

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—Aún no —dijo ella—. No creo que sea mi sitio, Kit. Si tienes que hacerlo, supongo que yo
debería...
—No, no deberías —la interrumpió él— Dije visitar, no vivir, cariño.
—Ah. —Esta vez ella empujó la mano que la sujetaba y se sentó con la barbilla apoyada en las
rodillas—. Bueno, supongo que me gustaría visitarla, porque nunca he estado. Y creo que a tus
padres les gustaría verte de vez en cuando.
—Yo diría que sí —asintió él con la misma seriedad—. Y espero que también quieran conocer a
mi esposa.
—Oh, cariño —suspiró ella—. ¿No podemos ir primero al Tibet?
—Adonde quieras, cielo, siempre que vayamos juntos.
—Entonces está bien —dijo ella volviendo a tumbarse—. ¿Podemos intentar ahora ir a la cima
de aquella montaña, donde anidan las águilas doradas?
—Cierra los ojos —dijo él—, e intentaré conseguir que vayamos los dos.
Los brazos de Annabel lo rodearon cuando se tumbó a su lado.
—Hasta ahora nunca me has fallado, Ralston, huzur. —Y mientras tenga aliento, mi lince de
ojos verdes, no te fallaré.

FFIIN
N

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Nota de la autora
Al mediodía del 17 de septiembre de 1842 los rehenes británicos quedaron bajo la protección
de sir Richmond Shakespear, a quien se le había encomendado la tarea de asegurar su liberación.
La resistencia afgana estaba técnicamente vencida por los refuerzos enviados desde la India, y
como castigo los británicos destruyeron el gran bazar de Kabul, donde habían sido expuestos los
cuerpos de Macnaghten y Burnes. El 12 de octubre pasaron de Afganistán a la India de nuevo
hostigados en los pasos por los muyahidín, que tuvieron la última palabra. Dost Muhammad volvió
a su antigua posición, y todas las huellas de la ocupación británica fueron borradas.
Así terminó lo que se considera como uno de los peores ejemplos de injerencia imperial del
siglo XIX. Todo el episodio fue llevado de manera tan desastrosa que la catastrófica conclusión era
inevitable. Unos pocos de los militares que participaron en la debacle compartían este punto de
vista pero fueron ignorados por quienes tomaban las decisiones. He presentado los hechos
históricos desde ese punto de vista.
El personaje de Akbar Kan siempre fue un enigma para los cronistas contemporáneos, y lo ha
sido para los historiadores posteriores. Su fanático odio hacia los ocupantes británicos era tan
comprensible como incuestionable, pero su amabilidad y cortesía con los rehenes está bien
documentada, así como su actitud brutal durante la desastrosa retirada de Kabul. Hay diferentes
opiniones acerca de si podría haber influido en los guerreros durante la masacre y decidió no
hacerlo. También se discute si planeó a sangre fría el asesinato de Macnaghten o si fue el
resultado de un rapto de ira ciega ante la actitud traicionera del funcionario político.
Evidentemente, he desarrollado ficticiamente la personalidad de Akbar Kan, pero he intentado
incluir en mi retrato el carácter contradictorio de su naturaleza.
Colin Mackenzie fue uno de los pocos héroes supervivientes del fiasco. He expuesto los sucesos
en los que intervino con tanta fidelidad como me ha sido posible; de todos modos, me he tomado
algunas libertades con un carácter que sospecho que era demasiado recto y severo para haberle
permitido aceptar sin problemas la situación de Kit y Annabel.
El general Elphinstone, sir William Macnaghten, sir Alexander Burnes, lady Sale y otros son
presentados, hasta donde me lo permite mi habilidad, tal como nos los muestra la historia.
Los personajes de Kit y Annabel y los hechos que se relacionan con ellos son completamente
ficticios.

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