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literatura

Profesora: Carolina Cáceres Calvo

Nombres: Julio Belmon

Apellidos: Apaza Yampara

Grado: 3° Sección: Beta

Año: 2017
La metamorfosis
Una mañana, después de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se
despertó transformado en un monstruoso insecto. Tenía muchas
patitas que se movían sin que él pueda controlarlas y todo
indicaba que no se trataba de un sueño: el reloj indicaba las seis y
media y el tren salía a las cinco. No podía comprender cómo pudo
quedarse dormido si el despertador sonaba todos los días a las
cuatro de la mañana, y tan fuerte que hasta hacía vibrar los
muebles. Pero no era momento de lamentarse, debía levantarse
o perdería su trabajo. Si bien había perdido el tren de las cinco
podía alcanzar el de las siete si se daba prisa. Pero no era posible
salir de la cama, se balanceaba sobre su enorme caparazón y aun
así no lograba llegar ni al borde. Su mamá llamó a la puerta:

―Gregorio ―dijo ella― van a ser las siete, ¿te pasa algo malo?

También llamó su padre y hasta escuchó la voz de su hermana


Grete, pero intentó calmarlos diciéndoles que no pasaba nada y
que enseguida estaría con ellos. Pero no podía levantarse, aunque
lo intentaba. Quiso rendirse, decir que estaba enfermo y
descansar un día. Pero no era tan fácil, vendría su jefe a buscarlo,
traería a un médico (el que se daría cuenta que Gregorio no estaba
enfermo) y lo botarían de su empleo por perezoso. Y Gregorio no
podía perder su trabajo, por lo menos ahora no, en cinco años
podía ser, cuando termine de pagar la deuda de su padre, pero
ahora no, su familia lo necesitaba.

Miró una vez más el reloj: eran las siete, había perdido el segundo
tren, definitivamente estaba en problemas. En ese momento oyó
que tocaban a la puerta y que alguien decía: “Buenos días, ¿está
Gregorio en casa?” Era la voz del gerente, ya no era tiempo de
estar jugando o perdería su trabajo. Giró con todas sus fuerzas y
cayó de la cama a la alfombra. Sus patas se acomodaron
perfectamente al piso y se acercó a la puerta. Tocaron a la puerta,
el gerente le increpó su actitud:
―No lo puedo creer, señor Samsa, yo había confiado en usted y
usted ni siquiera quiere ir a trabajar. Además, es muy sospechoso
que ayer usted tenía que hacer unas cobranzas y hoy, en vez de
llevar el dinero, se queda en casa.

Muy sospechoso, señor Samsa, muy sospechoso.

Gregorio estaba disgustado, ¿por qué lo trataba así?, él sería


incapaz de robarle a sus patrones, además tenía años de un
trabajo impecable. Pero ni eso valoraba el gerente.

―Un momento por favor, ―dijo Gregorio― ya me levanto, me he


sentido mal por la mañana, pero ya estoy bien y voy a trabajar, así
que no se preocupen.

Al otro lado de la puerta, el gerente y la familia de Gregorio no


había escuchado palabras, sino sonidos monstruosos, silbidos,
gruñidos y resoplidos. Grete fue a buscar a un médico y la criada
corrió a buscar a un cerrajero para forzar la puerta y saber que
estaba pasando dentro de esa habitación. Pero Gregorio logró
abrir la puerta antes. Usó su mandíbula sin dientes y se hizo
bastante daño, pero giró la manija de la puerta. “Al fin”, exclamó
el gerente y entró antes que los demás a la habitación. Cuando vio
al insecto se quedó estático y mudo, la madre cayó desmayada y
el padre amenazó a Gregorio con el puño para que no se acerque.
El único que mantuvo la calma fue el insecto.

―No se preocupen ―dijo Gregorio― cualquiera tiene una


indisposición, pero ya estoy bien, en un minuto me cambio y voy
a trabajar. Además, voy a trabajar el doble para compensar mi
tardanza, pero no piensen que soy un perezoso. Nuevamente lo
que oyeron todos no fueron palabras sino balbuceos
monstruosos. El gerente huyó casi a la carrera, Gregorio fue tras
él pues temía perder su trabajo y como estaba apoyado en la
puerta pudo pasar su ancho caparazón de lado. Pero cuando quiso
regresar a su habitación, no podía pasar por la estrecha puerta. Su
padre había salido a detenerlo pensando que atacaría al gerente,
y con la rabia que sentía no se fijó que Gregorio tenía el caparazón
incrustado en el marco de la puerta y de un empujón lo envió al
fondo del cuarto. El caparazón se hirió y de las llagas salía un
líquido verdoso.

El resto de ese día Gregorio lo pasó durmiendo. Cuando despertó


encontró una bandeja con su alimento preferido: leche, y en ella
nadaban pedacitos de pan. Al instante supo que su hermana había
puesto ahí la comida. Se acercó, emocionado, a comer pero al
primer sorbo sintió asco y se sorprendió pues nunca la leche le
había causado esa sensación. Intentó de nuevo, pero era
imposible, asqueroso. Así que se arrinconó debajo del sofá y pasó
durmiendo y con hambre la primera noche de insecto.

En la mañana, su hermana entró al cuarto, y al ver que Gregorio


no había comido, como adivinando sus pensamientos, sacó el
plato con leche y a cambio le trajo varios alimentos
descompuestos: vegetales, restos de comida, un queso mohoso; y
dejó solo a Gregorio que sólo entonces pudo comer y esta vez
también se sorprendió pues lo que antes habría sido repulsivo
para él, entonces era delicioso. Terminó y volvió a esconderse bajo
el sofá. Más tarde, Grete limpió todo mientras el insecto estaba
escondido bajo el sofá, pero la muchacha podía ver el bulto
tenebroso debajo del mueble y aunque evitaba mirarlo, sentía su
presencia y eso incomodaba a ambos. Y aunque la única que se
encargaba de cuidar a Gregorio era ella, la situación se hizo cada
vez más tensa: Grete abría de par en par las ventanas de la
habitación cada vez que entraba para que escape el hedor del
insecto, pero eso mortificaba a Gregorio que habría preferido que
las ventanas no solo estén cerradas sino que también estén
corridas las cortinas. Una noche, Gregorio escuchó la
conversación de su familia (la puerta de su cuarto daba al
comedor). Las conversaciones en casa ya no eran alegres ni
joviales, casi no se hablaban, todo había entrado en un estado de
petrificación. La criada se había ido y habían contratado otra
bastante mayor. Y aunque solo Grete se encargaba de Gregorio,
continuamente su madre declaraba su intención de ver a su hijo y
conocer su estado; pero su padre y su hija se lo impedían. Gregorio
estaba de acuerdo con ellos, no quería que su madre, ni su
hermana (ni nadie) pase malos momentos por su culpa. Así que,
aunque demoró cuatro horas, arrastró la sábana de su cama y la
llevó bajo el sofá, donde se tapó con ella y evitaba que su hermana
se aterrorice cada vez que entraba a limpiar la habitación. Por ese
entonces, Gregorio había encontrado un pasatiempo: había
descubierto que sus patas viscosas se adherían a las paredes y que
podía caminar por ellas, incluso podía pasear por el techo. Su
hermana lo había notado pues quedaban las huellas de sus patas.
Se le ocurrió entonces que si su hermano quería pasear por las
paredes y por el techo, lo más sensato sería quitarle todos los
obstáculos que pueda encontrar: los muebles, el escritorio, la
cama. En ese momento no tenía quién la ayude en la labor, y como
la única en casa era la madre, tuvo que pedírselo a ella. Gregorio
se escondió bajo la sábana y las dos mujeres comenzaron la labor.
Sin embargo, él no quería que desalojen sus cosas, no quería
sentirse un animal, no quería que le quiten lo último que le deba
una apariencia humana a su habitación. “Es ahora o nunca”,
pensó, y salió de debajo de la sábana y se apoyó sobre un cuadro,
pegando su vientre viscoso al cristal del retrato.

Cuando volvió la madre al cuarto, vio al insecto pegado al vidrio y


se desmayó por el espanto. Grete intentó auxiliarla y le
desabrochó la blusa para que pueda respirar mejor, mientras
amenazaba al insecto con la mirada. Gregorio, asustado, se
despegó como pudo del vidrio y huyó hacia el comedor y trepó
por las paredes y el techo. Pero su nerviosismo lo traicionó: se
despegó del techo y cayó pesadamente sobre la mesa. En ese
momento llegó el padre del trabajo. Cuando vio la expresión de
susto de su hija, lo adivinó todo.

―Gregorio se ha escapado ―dijo ella abrazándose al pecho del


padre―, mamá lo ha visto y se ha desmayado, pero ya está mejor.
El padre no quiso escuchar más, tiró la gorra sobre el sofá y
empezó a perseguir al insecto. Gregorio huía, pero pronto se dio
cuenta que era preferible dejar de escapar y dirigirse al cuarto
para demostrar que tenía la intención de encerrarse por sí mismo.
Pero el padre no entendió y empezó a arrojarle manzanas, una de
las cuales se encajó en el caparazón del insecto, quien se cruzó
con su madre que corría espantada para detener a su esposo y
pedirle llorando que por favor no mate a su hijo.

A partir de entonces, la relación con Gregorio cambió


drásticamente. Todos en casa debieron buscar un empleo: el
padre era mensajero, la madre costurera y la hermana encontró
trabajo en una tienda. Además tuvieron que despedir a la criada y
contrataron una asistenta que venía por unas horas para limpiar
la casa. Grete atendía a Gregorio con desdén: le arrojaba la
comida y ya no limpiaba su cuarto, pronto abandonó su cuidado y
se lo encargaron a la asistenta, quien, a diferencia de todos, no le
tenía el menor temor al insecto: lo insultaba, le picaba el
caparazón con la escoba y ponía todas las cosas de sobra en su
cuarto. En poco tiempo Gregorio tenía un estado deplorable:
estaba cubierto de polvo, viviendo entre los desechos, con restos
de basura y comida adherida a su cuerpo y sin nadie que lo atienda
de verdad.

Por esos días los padres decidieron recibir inquilinos en casa para
tener un ingreso adicional. Recibieron a tres amigos a los que
trataban con demasiada sumisión (ni siquiera se sentaban en su
sofá si los inquilinos estaban cerca) pues nunca habían tenido
huéspedes en casa y querían tratarlos de la mejor manera para
que no se vayan. Una noche, mientras cenaban, Grete tocó el
violín en la cocina; los inquilinos se sintieron conmovidos por la
música y le pidieron que toque para ellos y que a cambio le darían
una propina. La muchacha lo hizo, el padre colocó el pentagrama
y ella empezó a tocar.
Cuando Gregorio oyó la música, se sintió conmovido. Recordó que
soñaba con ahorrar dinero para enviar a su hermana al
conservatorio y pensó que la música habría enternecido a todos
tanto como a él así que se atrevió a salir del cuarto y asomarse al
comedor (la asistenta había olvidado cerrar la puerta). Uno de los
inquilinos vio al insecto pero mantuvo la calma.

―Señor Samsa ―dijo uno de los inquilinos―, ¿qué es eso? ―y


señaló a Gregorio.

El padre, espantado por el suceso, en lugar de meter a Gregorio


en su cuarto, empujó frenéticamente a los huéspedes al suyo sin
darles una explicación. Grete soltó el violín y corrió al cuarto de
los huéspedes donde arregló las camas antes que ellos ingresen.
Entonces, cansados de tantos empujones los inquilinos se
detuvieron en seco.

―Señor Samsa, debo decirle que me siento ofendido por el trato


que se nos ha dado ―dijo uno de ellos―. Así que nos vamos de su
casa sin pagarle ni un centavo, al contrario creo que les voy a pedir
una indemnización.

Los dos compañeros de este, asintieron con la cabeza y se


encerraron en su cuarto.

El padre se dejó caer en el sillón, la madre y la hermana lloraban y


Gregorio, por la falta de fuerzas que le ocasionaba el hambre, no
podía moverse de regreso a su cuarto. No lograba entender como
su buena intención se había convertido en una maldición para los
demás.

―Debemos deshacernos de él ―gritó la hermana―. Yo ya no


aguanto más. Esa cosa nos va a matar a todos. Nuestro error ha
sido creer que eso es Gregorio, y no lo es. Echémoslo de casa,
suficiente tortura es que todos nosotros trabajemos y que aparte
debamos encargarnos de ese insecto. ¡Papá! ―dijo con un débil
chillido y corrió a esconderse detrás de él―, ahí viene.
Pero Gregorio no iba hacia ella, sino que daba la vuelta para
regresar a su encierro. Estaba tan débil que demoró mucho en
llegar, pero cuando cruzó el umbral, Grete cerró la puerta
violentamente y la aseguró con llave. Toda esa noche Gregorio la
pasó despierto, convencido (aún más que su hermana) de que
debía morir. Cuando el reloj de la iglesia dio las tres de la
madrugada, Gregorio encogió su cabeza y murió.

A la mañana siguiente fue la asistenta la que notó la muerte del


insecto. “Al fin estiró la pata”, le dijo a la familia que no le prestó
atención. Intentó explicarles lo que tenía planeado para el
cadáver, pero tampoco fue tomada en cuenta. Hasta que ella
misma arrastró el cadáver con la escoba para que ellos lo vean.

―Demos gracias a Dios ―dijo el padre.

En ese momento salieron los inquilinos, quienes pidieron el


desayuno y fueron sorprendidos por la asistenta que les mostró el
insecto muerto. El padre, enojado, se paró frente a ellos y los botó
duramente de su casa. También la criada salió muy enojada pues
nadie tomaba atención a sus planes sobre qué hacer con el
insecto.

La familia se tomó el día libre de sus trabajos, sacaron sus cuentas


y vieron que lo que ganaban entre los tres les alcanzaba para vivir
y hasta sobraba un poco para ahorrarlo, así que sintieron un alivio
por la carga que se les quitaba con la muerte de Gregorio.
Decidieron salir, pasear, como hace meses no lo hacían; y,
mientras viajaban en el tranvía, los padres notaban la belleza de
Grete, que ya estaba en condiciones de tomar un buen marido.

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