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23 abril 1990

¿Quién mató a Jaramillo Ossa?


Nota de archivo
Si no fue Escobar, entónces quién?
Lo sucedido el jueves de la semana pasada pareció la repetición de una historia
conocida, en la cual lo único diferente fueron los nombres de los protagonistas. Un
hombre--en este caso el candidato presidencial de la Unión Patriótica, Bernardo
Jaramillo-ingreso, poco antes de las 8 de la mañana, al
terminal de pasajeros del Puente Aereo de Bogotá, donde lo esperaba una pareja
de sicarios con ametralladoras. Uno de ellos--identificado horas despues como
Andrés Arturo Gutierrez, de apenas 17 años--le disparó en medio del hall del
edificio, causandole heridas en el cuello, el torax y el abdomen. La esposa de
Jaramillo se lanzó sobre el cuerpo sangrante de su marido mientras terminaba un
tiroteo de varios minutos, tras el cual Gutierrez resulto herido y su compañero
escapó. Luego un rápido recorrido hasta la clinica de la Policia, en la Avenida El
dorado, y dos horas despues el fatídico anuncio: Jaramillo había muerto .

Pero para el gobierno la cuestion esta vez era aun más compleja que de
costumbre: 48 horas antes del crimen, el ministro de Gobierno, Carlos Lemos, se
habia trenzado con Jaramillo en una agria polémica, iniciada por el primero al
declarar que existia una clara vinculación entre la UP y las FARC. Jaramillo y el
presidente de la UP, Diego Montaña Cuellar--quien ocho días antes había
condenado energicamente un ataque de las FARC a un convoy militar--rechazaron
la imputacion y promovieron ante la Procuraduría General de la Nación una
investigación contra el ministro, en la ultima gestion politica de Jaramillo antes de
morir (ver recuadro).

Sin embargo, más allá del debate sobre la responsabilidad política que le podía
caber al titular de la cartera de Gobierno la opinión nacional, que había vivido una
especie de relativas vacaciones en medio de la guerra, desde la muerte a
principios de diciembre de Gonzálo Rodríguez Gacha, El Mexicano, se encontraba
de repente ante la inminencia de una nueva oleada violenta.
Aparte del sentimiento nacional en el que se mezclaban la indignación y la
frustracion, el pais terminaba la semana en medio de una gran confusion en
cuanto a la autoria del asesinato. Al principio, todo parecia muy claro. En un
maletín que el sicario llevaba, las autoridades habían encontrado el jueves en la
mañana una cédula falsa a nombre de Jaime Alberto Restrepo Posada, una
revista en la que aparece una foto de Jaramillo, un manual de regulación aerea de
la Academia Antioqueña de Aviación y un libro del periodista Fabio Rincon sobre
la vida de El Mexicano, señalado en una página donde aparece una foto del
general Miguel Maza, director del DAS. La vinculación del sicario con Antioquia y
la foto del general Maza eran indicios que apuntaban a ubicar en Medellín la
autoría intelectual del crímen.

Esta idea se vio reforzada en horas de la tarde por una llamada telefónica a una
emisora de la capital antioqueña, en la que una voz anónima se atribuia el
asesinato a nombre del cartel de Medellín. "El atentado fue ejecutado por el
comando Gonzalo Rodríguez Gacha que tenemos en Bogotá", dijo la voz, que
agrego otros detalles: que el cartel de Medellín había reorganizado su aparato
militar; que la próxima víctima sería el candidato liberal Cesar Gaviria, contra quien
habría fallado un atentado el martes de la semana pasada; que el cartel había
decidido reiniciar la guerra debido a que durante cinco meses ofreció negociar con
el gobierno y la unica respuesta que obtuvo fue que sus dirigentes se entregaran a
la justicia".

El general Miguel Maza, director del DAS, y el ministro de Defensa, general Oscar
Botero, habian confirmado esa misma mañana, poco despues de la muerte de
Jaramillo, que se trataba del cartel de Medellin, y habian responsabilizado en
forma directa a Pablo Escobar. Habian señalado que el día antes del asesinato,
una conversación entre Escobar y uno de sus jefes de sicarios, apodado "El
Zarco" había sido interceptada y que en ella (ver recuadro) se hablaba claramente
de un atentado para el jueves. En la misma grabación se habla, segun la
interpretacion que de ella hacen las autoridades, del pago de 300 mil pesos a
alguien, cifra que corresponde con la que el sicario confeso haber recibido como
adelanto del operativo. Para los dos generales el origen del sicario, las
caracteristicas de su contratacion y entrenamiento, y la coincidencia de la cifra
paga da, asi como el anuncio en la conversación de un golpe para el día siguiente,
permiten "establecer con certeza" que el autor intelectual del asesinato es Pablo
Escobar.

El jueves, los colombianos se fueron a dormir con la idea fija en sus cabezas de
que la guerra terrorista de la organización de Pablo Escobar se había reactivado y
de que lo que venía era una nueva ofensiva, presumible mente más sangrienta
que la que se inicio en agosto con el asesinato de Luis Carlos Galan, puesto que a
juzgar por el lenguaje utilizado en la llamada anónima a la emisora de Medellin, se
trataba de una guerra de kamikases.

Pero lo que hubo el viernes fue una carta de Pablo Escobar, con su huella digital
impresa--como acostumbra el jefe del cartel a identificar sus documentos desde
hace algun tiempo- en la que desmentia categóricamentt ser el autor intelectual
del crimen, presentaba una larga serie de argumentos para sustentar su posición.
La carta iba dirigida al presidente de la UP, Diego Montaña, a quien se refería
como "Distinguido señor". En la comunicación, Escobar comenzaba por declararse
"adolorido" por el crimen y luego "asombrado de ver la facilidad y la rápidez con
las que el gobierno encuentra un culpable para justificar ante el pueblo los
asesinatos cometidos por sus sicarios oficiales".
Agregaba que a Jaramillo "lo quise, lo respeté y lo admiré siempre". Contaba que
se había reunido con él varias veces "para mediar ante mi amigo Gonzálo
Rodríguez Gacha, con el fin de que se respetara su vida".
Luego preguntaba que interés podría tener el en matar a quien, como Jaramillo, se
opuso a la extradición y defendió el diálogo con el narcotráfico.
Para terminar, citaba una frase del candidato de la UP en una entrevista de
septiembre pasado a la revista Cromos, que le venia como anillo al dedo: "Ahora
todo se lo achacan al señor Pablo Escobar. El va a ser el chivo expiatorio de todas
las bellaquerías que se han hecho en el país durante estos años. Aqui hay altas
personalidades del Estado que estan comprometidas con los grupos paramilitares
y tienen que responderle al pais por los crimenes que han cometido ".

En otras palabras, había tres posiciones diferentes en este asunto: la del supuesto
grupo de Fidel Castaño que reivindicaba el crimen, la de Escobar que lo negaba y
la de las Fuerzas Armadas que se lo atribuian a Escobar.

En medio de semejante confusion, corrieron toda suerte de especulaciones sobre


la autoria intelectual del crimen. Como sucede siempre en estos casos se hablo
mucho de un asesinato "por carambola". Es decir, que alguien lo hizo para que le
echaran la culpa a otro.

Pero por otra parte, hay que aceptar que en esta oportunidad hay un elemento que
pareceria apuntar hacia la posibilidad de que una trama de ese estilo haya sido
diseñada. Y es el hecho de que, segun la version de las autoridades, el sicario que
mato a Jaramillo habría recibido de su contacto con Escobar en el aeropuerto, un
maletin cuyo contenido es definitivamente incriminatorio contra el cartel de
Medellin. Que en el mismo maletin en el que iba la ametralladora para el sicario,
un hombre del cartel incluyera elementos como un libro sobre la vida de El
Mexicano, en el que además estaba señalada la pagina en que aparece la foto del
general Maza, enemigo numero uno del cartel, era demasiado para no despertar
sospechas, pues equivalia practicamente a firmar con nombre propio la autoria del
asesinato a nombre de la organización de Escobar. Y no es que a veces en
Colombia no se firmen estos crimenes con nombre propio. Lo que sucede es que
si Escobar hubiera querido firmarlo el jueves, no tenía sentido que a primera hora
del viernes saliera a desmentir su autoria de manera tan enfática.

ENTONCES QUIEN ?
Pero si se le creía a Escobar, quien podía entonces ser señalado como autor
intelectual del crimen? Como suele suceder en estos casos, las teorias de coctel
inundaron el ambiente: que fueron las FARC porque la proxima semana Jaramillo
iba a dar a conocer una declaracion condenando la lucha armada; que por la
misma razón habría sido el ELN; que fueron los gringos porque Colombia se
estaba durmiendo en la lucha contra el cartel; que fue el Ejército, hastiado de los
ataques de las FARC, o para hacer abortar un posible dialogo con los
narcotraficantes etc. Sin embargo, aceptar cualquiera de estas tesis equivalia a
comenzar a jugar a la bola de cristal, pues fuera de basarse en interpretaciones a
varias bandas, nada más apuntaba hacia ellas.

Pero volviendo a las declaraciones enfrentadas de Maza, Escobar y el supuesto


representante de Castaño, quien está diciendo la verdad?

Como cosa curiosa, a quien más credibilidad se le esta otorgando es a Pablo


Escobar. El propio diario El Tiempo le reconoce a su argumentacion "razones
lógicas". Lo que olvidan, sin embargo, quienes creen que Escobar no fue, es que
quien reivindico el atentado en una llamada anónima a una estacion de radio no
dijo que habia sido Escobar (ver transcripcion). Lo que dijo es que la organizacion
de Rodriguez Gacha había sido heredada por Castaño, quien ahora era el
responsable.

Por su parte, Pablo Escobar no dijo en su carta que no haya sido Castaño. Afirmó
simplemente que el no tenia nada que ver con los grupos paramilitares, que no era
de derecha y que el comunicado "a nombre del cartel de Medellin" era falso. Esto
podria ser interpretado como que el grupo de paramilitares de Castaño, que
reivindico el crimen, no puede asumir la voceria del cartel. El texto de la
transcripcion de la llamada anonima deja la impresión de que nadie estaba allí
suplantando a nadie. La unica duda al respecto es que habla de entrega de
laboratorios y armas y de la liberación del hijo del secretario general de la
Presidencia, German Montoya, cuando esos procesos han sido responsabilidad
exclusiva de Escobar.
Pero esto se puede explicar teniendo en cuenta que los señores Fidel Castaño,
Henry Perez y compañía también están asociados con el narcotrafico, el exito o
fracaso del denominado "proceso de rendición" también los afecta.

El asunto es que el grupo paramilitar de Castaño está en guerra declarada desde


hace tiempos con todo lo que huela a izquierda en Urabá y otras regiones del país.
El pasado de este hombre, que segun las autoridades inicio su sangrienta
actividad con la masacre de Remedios en 1984, explica su anticomunismo
visceral: su padre fue secuestrado a principios de la década pasada por las FARC,
la familia pago el rescate y le devolvieron el cadaver. Desde entonces, Castaño
juró venganza. Cuando El Mexicano comenzo a estructurar la organización
paramilitar a nivel nacional, convirtio a Castaño en uno de sus hombres claves
para extender sus tentáculos del Magdalena Medio hacia otras regiones,
principalmente Cordoba y el Urabá antioqueño. De ahí que resulte lógico que el
haya heredado lo que quede de la organizacion de Rodríguez Gacha, y que haya
concentrado sus esfuerzos, no tanto en defender los intereses del narcotrafico --
actividad de la que al parecer se desvinculó--, como en adelantar su cruzada
anticomunista, en especial en la zona de Uraba y Cordoba, donde en los últimos
meses se han cometido más asesinatos politicos que en los años anteriores. En
este orden de ideas, Bernardo Jaramillo representaba para esa organización un
objetivo significativo, pues el aspirante presidencial de la UP se formo
politicamente en esa region, asesorando a los sindicatos bananeros.

Surgen entonces algunos interrogantes adicionales. Cual es la verdadera relacion


entre Escobar y Castaño? Podía el segundo actuar sin autorización del primero?
Segun las autoridades, esto es casi imposible.
Para ellas, el cartel de Medellin tiene dos brazos armados: el urbano, que es el
sicariato de la capital antioqueña, y el rural, que son los paramilitares. Castaño
pertenece a los segundos. De dónde resulta entonces contratando sicarios en
Medellin para llevar a Bogotá a matar a Jaramillo sin consultarle a Escobar y
poniendo en peligro cualquier esperanza de negociacion del proceso de rendición
que Escobar ha ofrecido si lo juzgan en Colombia? Por otro lado, el cartel de
Medellin es solo uno y, hasta donde se sabe, Escobar lo manda de verdad.
Castaño es un lugarteniente de Escobar y es sabido que a el nadie le monta tolda
aparte. Estos argumentos, que el gobierno presenta para no darle credibilidad a
las afirmaciones de la carta de Escobar, son válidos.
Pero tambien hay que considerar que, a pesar de que Escobar dice no tener nada
que ver con los grupos paramilitares, es un hecho que Castaño, que si tiene que
ver, trabaja para el cartel y ha liquidado gran numero de dirigentes y militares de la
izquierda en Urabá. Puede que esta guerra no tenga nada que ver con Escobar,
quien dice no ser de derecha, pero lo que si es seguro es que El Mexicano, y
despues de el Castaño, le declararon la guerra al comunismo mientras trabajan
con Escobar. Rodríguez Gacha mato al primer candidato presidencial de la UP,
Jaime Pardo Leal, por iniciativa mas propia que de Escobar. No es por ello
imposible que su sucesor haya hecho lo mismo con el sucesor de Pardo Leal. En
todo caso, el hecho es que alguien a nombre de Castaño reivindico el asesinato.
Pablo Escobar salio a decir que no había sido él, pero Castaño, que podía haber
hecho lo mismo, no lo hizo.

En cuanto a la posición de los generales Botero y Maza, que el jueves señalaron


sin dilaciones a Escobar como el autor intelectual del asesinato de Jaramillo, en la
transcripcion de la conversación interceptada la vispera hay suficientes elementos
que permiten hacer esta interpretacion. Escobar habla de algo que sonaba lo
suficientemente peligroso como para que despertaran al general Maza a la una de
la mañana, 7 horas antes de los disparos a Jaramillo, para alertarlo. Sin embargo,
en cuestión de atentados, nadie es muy explicito en comunicaciones que puedan
ser interceptadas.
En donde si es evidente que hubo un error de interpretacion fue en lo relacionado
con los 300 mil pesos pagados al sicario. Como se puede apreciar en la
transcripción, Escobar habla diez minutos de "300 pesitos" pero leyendo en
contexto es obvio que no puede tratarse de 300 mil pesos.
Mas bien podrian ser 300 millones de pesos o 300 kilos de cocaina. Las dos
interpretaciones son posibles. Lo que no es posible es que a un hombre a quien se
le atribuye una fortuna de 3.000 millones de dolares, esté tan preocupado por 600
dolares, que es a lo que equivalen los 300 mil. Lo que todo lo anterior indica es
que es posible que nadie este mintiendo y que simplemente se trate de
interpretaciones y matices alrededor de unos hechos.

LAS IMPLICACIONES
Si lo anterior se confirma, el pais se estaria enfrentando de nuevo a algo que
muchos creyeron habia muerto con El Mexicano: una ofensiva anticomunista en la
cual la militancia y la dirigencia de la UP son consideradas por los atacantes como
un objetivo militar asimilado a las FARC. Esto no solo tiene implicaciones para los
intentos de aclimatar la paz en el país, sino para el futuro del ministro de Gobierno,
Carlos Lemos, pues su situacion, que despues de los problemas del jueves en la
mañana habia mejorado con la llamada anonima atribuida al cartel--ya que al fin y
al cabo ningun otro ministro del actual gabinete se ha enfrentado mas duramente a
los narcotraficantes--, volvía a ser difícil al apuntar las cosas hacia una actividad
paramilitar que se basa en no distinguir a la UP de las FARC.
Y para las Fuerzas Armadas, ya que en multiples ocasiones se ha denunciado que
Fidel Castaño se pasea como Pedro por su casa en Cordoba y Uraba.

El viernes en la noche, el alto gobierno enfrentaba un problema adicional, derivado


del terreno que la anterior tesis sobre los autores intelectuales del asesinato
ganaba no solo entre la opinión pública, sino entre los dirigentes tanto de la UP,
como de la oposición social conservadora.
Tras una larga reunión de Montaña con el candidato Rodrigo Lloreda ambos
acordaron, en unión del M-19 y otros grupos menores, pedirle al gobierno un
aplazamiento de las elecciones presidenciales del 27 de mayo. Más alla del
alcance juridico y politico de esta solicitud, lo cierto es que para el Presidente
Barco la semana se abre con una extensa agenda de complicaciones, que
incluyen la toma de una decision sobre la permanencia en su gabinete, del
ministro Lemos y una respuesta a las quejas y amenazas de la oposición.

Pero todo esto no parecen mas que problemas coyunturales de solución


relativamente facil, al lado del reto que lo sucedido le plantea al país, al gobierno
que esta por terminar y al que debe iniciarse el 7 de agosto. La conclusion de que
la organización paramilitar no desaparecio con la muerte de El Mexicano y de que,
mermada o no, esta tiene una nueva cabeza en la persona de Fidel Castaño,
quien además se habría convertido en una rueda suelta del cartel de Medellin
implica que el país, que se habia acostumbrado a hablar de dos enemigos, la
guerrilla y el narcotrafico y su brazo armado paramilitar, tiene que empezar a
hablar de tres, siendo el tercero, el grupo de Castaño, tanto o más peligroso que
los anteriores. Y si librar una guerra en dos frentes era ya bastante dificil, hacerlo
en tres parece casi imposible.-

¿SICARIOS KAMIKASES?
El interrogante está abierto: ¿qué tan suicida es el sicario? Mucho se ha
especulado sobre el tema. Algunos estudiosos de esta problemática afirman que
son jóvenes dispuestos a matar sin importarles sus propias vidas.
Otros dicen que el sicario es un sujeto cobarde, que con gran facilidad pierde el
control, especialmente cuando se siente herido. Pide clemencia para que no lo
dejen morir. Sin embargo
por el momento lo único cierto es que hay elementos muy contradictorios en esta
teoría.

Los ejemplos sobran. Andrés Arturo Gutiérrez Maya, el sicario que disparó contra
Bernardo Jaramillo Ossa, tenía la esperanza que una vez cumpliera su misión, el
resto del plan se llevaría a cabo para que él pudiera escapar. Pero esa esperanza
de vida que guardaba Andrés Gutiérrez era una tenue luz en medio de un
huracán. No se necesita saber de cálculos ni de estrategias delicuenciales para
saber, por más juventud que se tenga, que una persona que se enfrenta a 16
guardaespaldas, armados hasta los dientes, afronta todas las posibilidades de que
lo maten.

Por tanto, es indudable que el sicario promedio es una persona que cuenta con la
posibilidad de morir cuando se compromete a una acción suicida como la del
pasado jueves en el terminal aéreo de Bogotá. Y hay elementos que apuntan a
que los sicarios tienen si no la vocación de suicidas que generalmente es producto
de la depresión o del fanatismo, por lo menos un concepto sublimizado de la
muerte. Y no la de sus víctimas sino de la propia. Morir no solamente es normal. Si
no es deseable. Siempre y cuando se muera en su ley. Es decir, así como un
torero acepta la dignidad de morir en las astas de un toro, un sicario acepta la
dignidad de morir en un operativo. Eso ocurrió en el terminal aéreo de Bogotá,
cuando fue asesinado José Antequera y herido de gravedad Ernesto Samper
Pizano.
Las imágenes grabadas por las camaras del circuito cerrado de televisión del
aeropuerto, que nunca han sido proyectadas al público en el momento de los
disparos, muestran una escena espeluznante cuando el sicario, una vez ha
descargado su metralla sobre los cuerpos de sus victimas, en lugar de correr para
ponerse a salvo, comienza a bailar, como si estuviera celebrando un gol, junto a
los cuerpos de los dos heridos. Y en medio de esta celebración, los
guardaespaldas de Antequera y Samper le dan de baja.

Ese realismo es patético también en la película "No-futuro", de Víctor Gaviria, que


es un documental sobre sicarios reales. Aquí también hay una escena
escalofriante: ante el féretro de un muchacho que murió, desfilan sus compañeros
de gallada. Uno de ellos dice claramente "sos un verraco", y el que le sigue en fila,
le dice "moriste en tu ley". Como dato curioso, siete de los sicarios que aparecen
en la película han muerto. El último, quien el mes pasado había hablado con esta
revista, fue asesinado la semana pasada.

Por eso en sus velorios no hay luto.


El negro desapareció para darle paso al rojo encendido. Sus compañeros se paran
frente al difunto y lo congratulan porque cumplió su misión y "está donde debe
estar".

Péro también se encuentra el sicario que le duele la muerte de un pájaro. Como


ocurre con Andrés Gutiérrez. Su abuela no se explica cómo su nieto fue capaz de
matar a una persona, cuando días antes lloró porque con su pistola de balines
mató una tortolita.

DESAFORTUNADA COINCIDENCIA
Todo comenzó con una entrevista al ministro de Gobierno, Carlos Lemos
Simmonds, publicada entre el 1 y el 17 de marzo en los periódicos afiliados a la
agencia nacional de noticias Colprensa. En ella Lemos, refiriéndose al momento
que vive Colombia, aseguró que "el país ya está cansado y una prueba de ese
cansancio en que en estas elecciones votó contra la violencia y derrotó al brazo
politico de las Farc que es la Unión Patriótica . Se van a enojar porque les estoy
diciendo esto, pero ellos saben que es así".

La afirmación del ministro, aunque expresada en medio de una extensa entrevista


en la que habló de lo divino y lo humano, difícilmente podía pasar desapercibida. Y
menos cuando el martes siguiente, a la entrada a un Consejo de Ministros en
Palacio, Lemos, lejos de matizar lo dicho en la entrevista, lo reafirmó frente a las
cámaras de todos los noticieros de televisión.

Según él, una prueba contundente de los vinculos entre la Union Patriótica y las
Farc era el hecho de que Braulio Herrera, elegido en 1986 representante a la
Cámara por la UP, supuestamente después de haber dejado la lucha guerrillera en
las Farc, hubiera abandonado el Congreso para regresar al monte. Pero, sobre
todo, que la Unión Patriótica no hubiera condenado tajantemente la lucha armada,
especialmente después de la escalada terrorista de los últimos meses.

Tal como lo preveía Lemos en su entrevista a Colprensa, la Unión Patriótica se


enojó. Su presidente, Diego Montaña Cuéllar, envió de inmediato una carta de
reclamo al ministro, en la cual lo acusaba de ejercer una actitud abiertamente
hostil contra su movimiento político. "Usted debe saber--decía Montaña- que una
declaración suya puede causar muchos muertos, porque evidentemente nuestros
enemigos se sentirían amparados". Bernardo Jaramillo Ossa tampoco se quedó
atrás en sus recriminaciones. En una entrevista para un noticiero de televisión--la
última que concedió--, no sólo calificó de injuriosas e irresponsables las
afirmaciones de Lemos, sino que además, en palabras que resultaron
infortunadamente premonitorias, señaló con tono acusador al titular de la cartera
de Gobierno diciendo que "por el hecho de que no le guste al ministro la forma
como nosotros decimos las cosas, no le da derecho a condenarnos a muerte con
sus declaraciones, tal como lo está haciendo".

La "desafortunada coincidencia" como algunos calificaron el hecho de que, horas


después de la polémica, Jaramillo hubiera sido asesinado, puso a tambalear al
ministro y al final de la semana todo parecía indicar que la última palabra sobre el
asunto no se había dicho.

Homenaje

"Abrázame... esos hijueputas me mataron"


Tomado de Semana

Lunes 14 de marzo de 2005

Hace 15 años asesinaron a Bernardo Jaramillo, líder de la UP. León Valencia


hace una remembranza del país de fin de siglo a través de una de las figuras
más emblemáticas de la izquierda colombiana.

Bogotá.- Aún hoy, a 15 años de la muerte de Bernardo Jaramillo, uno se estremece


sintiendo la ternura y la rabia que encierra esta frase. Está en la memoria de Mariela
Barragán, su compañera, que la cuenta como si no hubiera pasado el tiempo, como si
viviera ese momento del 22 de marzo de 1990, en el aeropuerto El Dorado de
Bogotá. Como si el eco de los disparos que derrumbaron a Bernardo no se hubiera ido
nunca. La cuenta y uno lo puede ver a él, en los ojos de Mariela, en el suelo,
implorando amor y denostando a los asesinos.

Lo ve a él, a través de unos ojos y a través del amor, lo ve detrás de una frase tan
terrible como tierna, pero ve también la desoladora realidad de un país donde
siempre ha habido hijueputas que se atreven al magnicidio.
Bernardo Jaramillo fue, quizás, eso que dicen los franceses: un enfant terrible. Un
enfant terrible de la izquierda colombiana. Contra todo pronóstico. Porque nació y
vivió su infancia, su adolescencia y su primera juventud en Manizales, una de las
ciudades más pacatas y conservadoras del país. Porque hizo toda su vida política en
el Partido Comunista Colombiano que tiene muy pocos émulos en el mundo en
resistencia al cambio, en hibernación del pensamiento.

Quizás no se sepa nunca el misterio que impulsó a Bernardo Jaramillo a ir contra la


corriente en una ciudad congelada en el siglo XIX y en un partido aherrojado por la
posguerra fría. En medio de anacronismos tales emergió un hombre tan crítico como
desafiante, un ser en la más empecinada fuga hacia delante.

Corría y corría, porque sentía a la muerte tocando sus talones, pero también porque
sentía la urgencia de cambiar ideas tatuadas con hierro caliente en la faz de una
izquierda que sacrificaba la convocatoria de la ciudadanía al ejercicio de una
beligerancia armada.

Corrió a condenar la política de "combinación de todas las formas de lucha" que


propugnaba el Partido Comunista buscando que su voz llegara al oído agudo de
’Manuel Marulanda Vélez’ y las Farc se decidieran por fin a soltar las armas para
ingresar a la vida democrática. Lo hizo a finales de los años 80, cuando aún no había
caído el muro de Berlín y la rebeldía guerrillera gozaba de cierta aureola. Lo dijo en
medio del tendal de muertos que la guerra sucia le infringía a su partido, a la Unión
Patriótica, que había tenido la osadía de designarlo candidato presidencial cuando
apenas contaba con un poco más de 30 años.

Corrió a proponer la afiliación de la Unión Patriótica a la Internacional Socialista y


logró que la mayoría de la dirección de este agrupamiento aprobara esa decisión. A la
luz de hoy esta posición no parece tener un mérito mayor, pero ha pasado mucha
agua en el ancho río de la política y es forzoso recordar que aquel movimiento -la UP-
tenía como eje central al Partido Comunista y a las Farc, que estaban lejos de atribuir
alguna legitimidad revolucionaria al socialismo de la Europa Occidental.

En estas dos actitudes se cifra lo que perdió Colombia con el asesinato de Bernardo
Jaramillo. Perdió la oportunidad de que, 15 años atrás, florecieran organizaciones
como el Polo Democrático Independiente, que ahora, desde la concertación y la
moderación, busca un espacio cierto en la política, para contribuir a la construcción
de una democracia pluralista.

Quizá sea vano hablar de lo que hubiese podido ocurrir si la mano artera de la
intransigencia colombiana no hubiera segado la vida de Bernardo y de cientos de
dirigentes que como él empezaron a abrir los ojos en un país enceguecido por los
odios heredados de las batallas incontables del pasado.

Podemos imaginar otro pasado. En las tardes sigilosas de los campamentos


guerrilleros, adecuados de cuando en cuando para ilusorias negociaciones de paz,
muchos colombianos se han acercado a preguntarles a los líderes de las Farc por las
razones de su radicalización, por los motivos que alientan la ferocidad de su lucha. No
hay quien no invoque el genocidio de la Unión Patriótica como la causa más inmediata
de la confrontación sin tregua que adelantan contra el Estado. Se saben la cifra: más
de 3.000 muertos, repiten sin cesar.
No falta quien diga que el discurso de las Farc es un pretexto para cubrir sus
crímenes de hoy. Quizás tenga mucha razón quien así piensa. Pero no es menos
pretexto el que se arguye ahora para justificar aquellas muertes. Se dice que la
agresión se hizo porque no era aceptable que las Farc pudiesen a la vez hacer política
pública y mantener un aparato armado. Se olvidan que el Estado, en cabeza del
presidente Belisario Betancur, había aceptado esta regla al firmar una tregua con
aquella guerrilla y posibilitar la presencia de líderes insurgentes en el escenario legal.
Podemos decir que fue ingenuo o perverso, pero la ingenuidad o la perversidad cobija
por igual a las partes.

Podemos imaginar un pasado en el cual el Establecimiento colombiano hubiese tenido


una excepcional generosidad. Un pasado en el cual no se hubieran coaligado algunos
dirigentes políticos, con sectores de las Fuerzas Armadas, con paramilitares y con
narcotraficantes para adelantar esa matanza. Imaginar también la realización de la
reforma agraria y la apertura democrática negociada que pedían las Farc en aquel
entonces. Soñar en que, por estas razones, el Partido Comunista se hubiese visto
obligado a declinar la "combinación de todas las formas de lucha" y las Farc, a
deponer las armas para unirse a otras fuerzas subversivas que caminaron hacia la
legalidad. En este caso hipotético no es impensable que los partidos Liberal y
Conservador habrían perdido espacios valiosos, habrían sacrificado parte de su poder.
Pero el país estaría mejor.

Bernardo Jaramillo fue capaz de sobreponerse al dolor de sus amigos muertos, al


asedio de sus compañeros de militancia embebidos como estaban en la alienación de
las armas, para proponer un desenlace distinto de la década de los 80 en Colombia.
Él quería construir la segunda posibilidad de pasado que he pintado desde la
imaginación febril con que he escrito estas páginas. Díganme amigos lectores si no
fue valiente y osado y soñador, si no fue irreverente y visionario, este comunista
atípico que propuso la humillación de las armas para que emergiera por fin del orgullo
de la civilidad.

La Colombia de los años 90 y la de principios del siglo XXI ha pagado con creces la
falta de generosidad de unos y de otros. La maldición de todos los dioses se derramó
sobre este territorio sin piedad alguna. De nada valieron las reformas que atrajo
consigo la Constitución de 1991, de nada valió el acuerdo de paz que firmaron ocho
grupos guerrilleros. El terrorismo del narcotráfico, la activación implacable de las
guerrillas que se negaron a firmar el pacto de reconciliación, el desmesurado
crecimiento del cruel paramilitarismo y la indolencia de un Estado incapaz de la paz
multiplicaron las muertes y el dolor.

Bien valdría la pena que en la conmemoración del 15 aniversario de la muerte de


Bernardo Jaramillo muchos colombianos nos pasáramos por su tumba y también por
las de Carlos Pizarro, Luis Carlos Galán y Pardo Leal, para jurar, en la intimidad, que
lucharemos hasta el cansancio por conquistar la generosidad de las partes en
conflicto y buscar el fin de la violencia política y la reconciliación de los colombianos.
Sería una protesta silenciosa contra los hijueputas que denunció Bernardo en el
instante en que la muerte se lo llevó del lado de Mariela, de sus hijos y del país.
09 enero 2010

Los magnicidios y el DAS


JUSTICIALa Procuraduría está llegando a la grave conclusión de que la
agencia de inteligencia estatal jugó un oscuro papel en los asesinatos de
tres candidatos presidenciales.

Nuevamente, la Procuraduría decidió desempolvar un expediente clave para


esclarecer un capítulo no resuelto de la historia reciente del país: el del asesinato
en 1990 del candidato a la presidencia Carlos Pizarro Leongómez. Y así como en
el magnicidio de Luis Carlos Galán hay un gran interrogante so
bre la acción del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), la
Procuraduría encontró que dos importantes funcionarios de ese organismo
desempeñaron un papel importante en la muerte de Pizarro.

Como el país recuerda, en 1990 tras firmar los acuerdos de paz, el ex comandante
del M-19 aspiraba a la presidencia y fue acribillado a sangre fría en un avión en
pleno vuelo. Luego de meses de investigación, la Procuraduría está convencida de
que el ex director de inteligencia del DAS Alberto Romero Otero y el detective
Jaime Ernesto Gómez tienen responsabilidad en el asesinato.

El crimen ocurrió el 26 de abril de 1990. Ese día, a las 9 de la mañana, Pizarro


llegó al aeropuerto El Dorado para tomar un avión que lo llevaría a Barranquilla,
donde iniciaría una correría por toda la Costa en desarrollo de su campaña. Para
ese momento, el candidato de la Alianza Democrática M-19 era uno de los
hombres más custodiados del país. Y las medidas de seguridad para el viaje se
extremaron luego de que en la sede de la campaña se recibió una llamada
anónima que alertó sobre un plan de atentado.

El esquema de seguridad cambió la hora de la reserva y organizó todo para que


Pizarro abordara el vuelo sin que se expusiera a las filas de trámite en el
aeropuerto. Algunos miembros del cuerpo de escoltas, conformado por 14
hombres, cuatro del M-19 y el resto del DAS, inspeccionaron minuciosamente el
avión apenas minutos antes de que fuera ocupado por los viajeros. Una vez estos
abordaron y se ubicaron en sus sillas, el candidato y algunos de sus
guardaespaldas ingresaron a la nave por la escalerilla trasera.

A los ocho minutos de vuelo el aparato alcanzó los 15.000 pies de altura y el
capitán apagó la luz que ordena mantener ajustados los cinturones de seguridad.
En ese momento un hombre joven que viajaba en los puestos de adelante se
levantó de su silla y se dirigió al baño posterior, a tres metros de la silla que
ocupaba Pizarro. Se trataba de Gerardo Gutiérrez Uribe.

El hombre entró al baño. A los dos minutos salió, dio un paso y accionó el gatillo
de una subametralladora mini Ingram por la espalda de Pizarro. En apenas unos
segundos el arma vació el proveedor de 15 proyectiles calibre 9 milímetros corto:
13 tiros impactaron en la cabeza, cuello y manos del político. Los guardaespaldas
reaccionaron y abatieron al agresor. De milagro ningún disparo atravesó la
estructura del avión, que habría podido sufrir una despresurización e incluso haber
estallado en el aire.

Los colombianos quedaron conmocionados con la noticia. Al día siguiente las


directivas del DAS señalaron a Pablo Escobar como el responsable del crimen.
Este desmintió la acusación a través de un comunicado desde la clandestinidad.
De cualquier forma, y sin que mediara ninguna duda, hacia él se enfocaron todas
las investigaciones. Pero la justicia nunca llegó a nada concreto. Alias el 'Zarco',
responsable de conformar y dirigir bandas de sicarios al servicio del capo, fue
judicializado pero más adelante resultó absuelto por el Tribunal Superior de
Bogotá. A 20 años del asesinato de Pizarro el único condenado es el
desaparecido jefe paramilitar Carlos Castaño, y ello debido a que en su libro Mi
confesión, él mismo reveló su participación.

Ese expediente, de dos décadas de impunidad y con mucha manipulación de la


justicia, fue el que empezó a revisar la Procuraduría hace seis meses. Para ello se
designó un procurador que, luego de estudiar los miles de folios adormecidos del
proceso, practicó cerca de 50 nuevas pruebas. Decenas de testigos y funcionarios
de la época y hasta criminales encarcelados fueron entrevistados. La Procuraduría
también realizó inspecciones y ubicó importantes documentos, todo esto en
conjunto con la Fiscalía. Al cruzar esos registros con los nuevos testimonios, dos
funcionarios del DAS de la época aparecen como importantes sospechosos que
nunca fueron investigados.

Para la Procuraduría, el talón de Aquiles de Pizarro fue el esquema de seguridad


del DAS que lo escoltaba. La actuación del detective Jaime Ernesto Gómez Muñoz
al momento del crimen es la que más inquietudes suscita. Gómez fue enviado al
grupo de escoltas de Pizarro poco antes del asesinato, y sin pertenecer al primer
anillo de seguridad se le permitió viajar en el avión con el candidato, algo muy
inusual. Nadie se explica tampoco cómo hizo el detective Gómez para abordar un
arma cargada cuando todos los demás escoltas estaban obligados a llevarlas por
equipaje (o sin balas). Y lo más sorprendente de su actuación en el avión es que
luego de que los demás escoltas habían logrado desarmar al sicario y reducirlo a
la fuerza, el detective Gómez, según lo narran los testigos, lo asesinó a mansalva.

Para la Procuraduría, las sospechas respecto al ex director de inteligencia del


DAS Alberto Romero no son menos delicadas. Los testimonios recolectados en los
últimos meses por ese organismo de control advierten que sostuvo una estrecha
relación con el jefe paramilitar Carlos Castaño.

El Ministerio Público tiene documentado con datos concretos de tiempo, modo y


lugar, varios de los encuentros que se habrían dado entre Romero y Castaño. Los
testigos afirmaron que esa relación incluyó compromisos específicos y una mutua
colaboración de la que participó directamente el jefe de inteligencia. El propio
Castaño habló de esa relación con la cúpula del DAS en su libro. Castaño dedicó
un capítulo para contar de esos vínculos secretos y narró incluso que alguna vez
visitó a Romero en su oficina en la sede principal del organismo en Bogotá.

El ex director Romero -hoy con 73 años- niega haber conocido personalmente a


Castaño. Explica que en 1989 un informante que se identificó como 'Alekos' lo
contactó telefónicamente y le suministró valiosa información con la que se logró
impedir atentados terroristas. Calcula que fueron siete comunicaciones a lo largo
de seis meses hasta que 'Alekos' dijo que su verdadero nombre era Carlos
Castaño y que necesitaba ayuda para que un hermano que estaba detenido
saliera de la cárcel. "Averigüé y me informaron que la persona tenía medida de
aseguramiento y nada podía yo hacer, entonces le sugerí que le buscara un buen
abogado a su hermano. Él se puso furioso y esa fue la última vez que hablamos.
Con todo lo que está pasando hoy, después de 20 años, lo único que se busca es
destruir moralmente a quienes no pudieron eliminar físicamente en ese entonces",
dijo Romero a SEMANA.

Sin embargo, el procurador delegado para asuntos penales Gabriel Jaimes afirmó
categóricamente: "Dentro del proceso por el crimen de Pizarro ahora existen
pruebas concretas que vinculan al director de inteligencia del DAS Alberto Romero
y al detective Jaime Ernesto Gómez". Basándose en esos hallazgos, la
Procuraduría le solicitó a la Fiscalía que vincule a la investigación a los dos ex
funcionarios.

Pero el caso de Pizarro no es el único magnicidio en el que se ha involucrado al


DAS. La Procuraduría también desempolvó la investigación por el asesinato de
Luis Carlos Galán. Lo primero que hizo fue lograr trasladar y unificar los
expedientes que se hallaban dispersos en Medellín y Bogotá. Tras analizar los
folios impulsó la práctica de nuevas pruebas que exploraban hipótesis nunca antes
desarrolladas por la justicia. Los agentes del Ministerio Público, siempre en
compañía de fiscales, ubicaron testigos y practicaron entrevistas en todo el país.
También inspeccionaron archivos particulares y otros de entidades del Estado y
dieron con importantes documentos de la época. Muchos de estos son oficios con
membretes del DAS o menciones al mismo.

Fruto de toda esa labor, en agosto pasado la Fiscalía tomó dos determinaciones
sorprendentes. Por un lado, elevó el crimen de Galán a la categoría de lesa
humanidad para evitar que la investigación prescribiera al cumplirse 20 años del
suceso. Y por otro lado, ordenó la captura del ex director del DAS, el general
retirado Miguel Maza Márquez. Esto debido a que se fortaleció la hipótesis de que
el crimen de Galán se perpetró con colaboración de su jefe de escoltas, un
detective del DAS.

Esto no quiere decir que el general Maza y los otros funcionarios del DAS sean
culpables. Las investigaciones judiciales deben determinar cuáles fueron las
razones detrás de los cambios repentinos de escoltas días antes de los
magnicidios y si los directores tienen responsabilidad directa o indirecta frente a
esos hechos. Lo cierto es que tanto en el caso de Galán como en el de Pizarro
hubo un modus operandi muy similar en el corazón de los anillos de seguridad a
cargo del Departamento.

Otro magnicidio en el que se está revisando con lupa la actuación del DAS, es el
de Bernardo Jaramillo Ossa. Cada paso del esquema de seguridad que escoltó al
político en sus últimos días está siendo analizado. De hecho, la labor es instruida
por el mismo procurador que revisó el expediente de Pizarro.

Jaramillo Ossa, candidato presidencial por la Unión Patriótica, fue asesinado el 22


de marzo de 1990, un mes antes que Pizarro. Una serie de elementos vinculan
estos dos crímenes. Se ha verificado que el muchacho de 16 años que baleó a
Jaramillo en el aeropuerto El Dorado (Andrés Arturo Gutiérrez Maya) era primo del
sicario de Pizarro (Gerardo Gutiérrez Uribe). Este último incluso tenía cupo para
abordar el avión que debía llevar a Jaramillo a Santa Marta el día en que fue
asesinado. El análisis detallado de otros elementos -armas, prendas, modus
operandi- indica que los homicidios de Pizarro y Jaramillo fueron planeados por
una misma organización criminal con los mismos recursos logísticos.

El meritorio esfuerzo de la Procuraduría por impedir que crímenes trascendentales


para la historia del país queden en la impunidad está llevando a una conclusión: la
degradación del DAS no es asunto sólo de los años recientes.

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