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1.

VUELO DE ÌCARO
Mito griego

Dédalo fue el hombre de mayor ingenio de su época y un artista incomparable: arquitecto


y escultor maravilloso, esculpió la piedra y cinceló los metales como el mejor artífice. De
él se dice que enseñó a los navegantes, que hasta entonces sólo conocían el remo, el uso
de la vela, que se hincha al viento e impulsa la nave; inventó la regla, estableció las más
importantes leyes físicas; y fabricó unas estatuas tan hermosas y bien modeladas, que
parecían realmente llenas de vida, pues se movían, andaban y hacían toda clase de
movimientos.

Tenía Dédalo un sobrino llamado Talos, que se parecía a él en cuanto a ingenio e


inteligencia. Celoso y temiendo llegar a ser eclipsado por él, lo mató a traición,
empujándolo al vacío desde la Acrópolis. Luego fingió ante el Areópago que había
ocurrido una desgracia; pero no le creyeron y, como castigo, fue desterrado a Creta, donde
el rey Minos le ofreció asilo.

Por aquel entonces devastaba el país el monstruo Minotauro, mitad hombre, mitad toro.
Minos encargó a Dédalo que construyese un palacio donde encerrar al pavoroso animal,
de tal modo que no pudiese ser visto desde el exterior. El hábil arquitecto construyó su
famoso Laberinto, edificio de tortuosas y engañosas galerías que extraviaba
completamente a quien lo pisaba, de tal manera que sus innumerables corredores
impedían al que entraba allí encontrar de nuevo la salida. En el centro de este laberinto,
como ya se dijo, vivía el Minotauro.

Cuando Teseo logró matar al monstruo y huir con Ariadna, el rey Minos montó en cólera
y culpó a Dédalo de aquella fuga. Para castigarlo, lo encerró a él y a su hijo, ícaro, en este
Laberinto. Sin embargo, Dédalo, quiso intentar a toda costa salir de allí: construyó
entonces, para él y para su hijo, dos pares de alas tejidas con plumas ligeras de distintos
tamaños, empezando por las más pequeñas y siguiendo ordenadamente hasta las más
largas, atándolas con un hilo de lino y uniéndolas mediante cera. Y una vez unidas, las
curvó, con lo que parecían realmente las alas de un ave.

Inmediatamente, se las acopló a los hombros y a los brazos de su y se las fijó él también
al dorso. Luego se elevó por los aires para probarlas, observando que su resultado era
maravilloso. Cuando todos los esclavos estuvieron dormidos, se dirigió a su hijo y le
habló así: ten cuidado, no te eleves mucho, porque el Sol puede quemar tus alas; ni
desciendas mucho, porque las aguas del mar te pueden abatir irremediablemente.
-No te preocupes, padre -respondió ícaro-. Puedes estar tranquilo. Ya verás cómo
atravesamos sin peligro la inmensidad de los mares en un vuelo magnífico.

Una vez realizados todos los preparativos, Dédalo se lanzó confiado al espacio, mientras
ícaro le seguía de cerca. Bajo ellos se extendían, azules y tranquilas, las aguas del mar
Egeo. Atravesaron felizmente la isla de Samos y, después las de Delos y Pharos. Siguieron
pasando costas y más costas hasta que ícaro, envalentonado y maravillado de su vuelo, se
elevó a regiones más altas, tan cerca del Sol, que se derritió la cera que unía las plumas
de las alas, y, antes de que pudiera pedir socorro a su padre, en rápido descenso cayó al
mar y desapareció entre las olas.
-Ícaro, ¿dónde estás? -gritaba desesperado Dédalo al mirar hacia atrás y no ver a su hijo.
Pero al empezar a buscarle vio sus plumas sobre las olas y comprendió lo sucedido.
Entonces descendió a tierra, plegó sus alas y el mar le devolvió el cadáver de su hijo, al
que dio sepultura en aquella isla que, como recuerdo de este trágico suceso, se llamaría
Icaria. Dédalo construyó allí un magnífico templo, dedicado a Apolo y le consagró sus
prodigiosas alas.

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