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Vigilia de Pentecostés

Esta es una vigilia para la Solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu


Santo sobre los apóstoles y María. Les sugerimos el siguiente esquema:

1. Exposición del Santísimo


2. Rezo de vísperas (opcional) u oraciones previas a la meditación.
3. Lectura espiritual o puntos de meditación
4. Breve tiempo de oración en silencio
5. Oración final (secuencia del Espíritu Santo)
(Durante los momentos de silencio se pueden cantar himnos
dedicados al Espíritu Santo, como el “Veni Creator”.)

Oraciones previas a la meditación sobre el Espíritu Santo.


L.- Confesemos todos juntos nuestra fe trinitaria.
T.- Creemos en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo, que
no son tres dioses, sino uno solo en Trinidad de personas.

L.- Confesamos que existe el Espíritu Santo.


T.- Que es la tercera persona de la Santísima Trinidad, distinta del
Padre y del Hijo, de los que eternamente procede.

L.- Reconocemos que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por
espiración de amor eterno.
T.- Él es don del Padre y del Hijo a su Iglesia. Consolador nuestro,
defensor ante los ataques de nuestros enemigos.

L.- El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.


T.- Porque así como el Padre, al comprenderse a sí mismo, engendra al
Verbo, así del amor del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo.

L.- Creemos en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, que procede del
Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y
gloria, y que habló por los profetas.
T.- Él es el Señor de nuestras almas porque nos libra de la esclavitud
del pecado.

L.- Él es dador de vida, porque así como el alma anima al cuerpo, la gracia
da la vida al alma con la fuerza del Espíritu Santo.
T.- El Espíritu Santo merece la misma adoración que el Padre y el Hijo,
porque las divinas personas son iguales en su divinidad.
L.- Los profetas nos hablaron y enseñaron los misterios de Dios, movidos
por ti, Espíritu Santo.
T.- De la misma manera la Iglesia, pueblo profético, debe hablar y
enseñar los misterios divinos a cada generación en el mundo.

L.- Del ti, Espíritu Santo, procede el conocimiento de las cosas futuras, la
inteligencia de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la
distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los
ángeles.
T.- De ti, Espíritu Santo, proviene la alegría que nunca acaba, la
perseverancia final, la gloria eterna.

L.- Derrama en nuestras almas los frutos que proceden de ti: el perdón de
nuestros pecados, la iluminación de nuestras inteligencias para conocer los
misterios divinos, la ayuda para cumplir los mandamientos, la esperanza de
la vida eterna.
T.- Tus frutos, don excelso, que nos llenan de dulzura y gozo.

L.- Los cuerpos se vuelven resplandecientes al recibir los rayos de luz y así
nuestras almas, llevadas por ti, Santo Espíritu, inundadas de la gracia, se
tornan espirituales.
T.- Del mismo modo que al salir el sol todo se contempla con claridad
si el ojo está sano, así el que recibe la iluminación del Espíritu Santo
ve lo que antes ignoraba.

L.- Sin tu ayuda nada hay en el hombre de inocente y valioso.


T.- Tú puedes lavar lo manchado, curar lo enfermo, dar calor al
corazón frío, enderezar al que se cae, poner en buen camino al que
anda descarriado, señalar el rumbo a nuestras almas hacia el puerto
seguro de la salvación y del gozo eterno.

L.- Tú que te manifestaste en plenitud en Pentecostés, manifiéstate ahora


entre nosotros y vivifica a la Iglesia fundada por Jesucristo, el primer
Paráclito.
T.- Tú que te apareciste en forma de paloma y de fuego a los apóstoles
y discípulos, y los hiciste sencillos y los animaste a obrar, haznos
humildes, con pureza de alma y cuerpo, y anímanos con el celo
apostólico.

L.- Quédate con nosotros y permanece en tu Iglesia, guíala, garantiza con tu


presencia la conservación del depósito que el Verbo nos reveló.
T.- Tú que has recibido lo que nos consiguió Jesucristo en la Cruz,
anúncianos todo y condúcenos a la verdad plena.
L.- Del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa
compacta y en un solo pan si antes no es humedecido,
T.- así también nosotros, que somos muchos, no podíamos
convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús sin esta agua que baja
del cielo.

L.- A ti, Espíritu Santo, nosotros necesitados de santidad, dirigimos nuestras


miradas y nuestros corazones.
T.- A ti que eres la fuente de la santificación, luz de nuestras
inteligencias, claridad de nuestra razón.

L.- Eres inaccesible por tu naturaleza pero te has hecho accesible por tu
bondad.
T.- Necesitamos del Espíritu Santo para nuestra perfección y
renovación.

(De rodillas. Pausa de silencio. Canción)

(En pie)

L.- Por ti, Espíritu Santo, los corazones son elevados a lo alto, los débiles
son llevados de la mano, los que van progresando llegan a la perfección.
T.- Por ti se nos restituye el paraíso y subimos al Reino de los Cielos.

L.- Por ti, Espíritu Santo, los hombres llegamos a la pureza de afectos e
intenciones y obtenemos la adopción filial.
T.- Por ti podemos llamar a Dios Padre y participamos en la gracia de
Cristo.

L.- Por ti, Espíritu Santo, tenemos derecho a ser llamados hijos de la luz.
T.- Por ti participamos de la vida eterna y tenemos la plenitud de la
bendición.

L.- Por ti, Espíritu Santo, contemplamos, como en un espejo, los bienes
prometidos que nos están esperando y que por la fe esperamos disfrutar.
T.- Iluminas a los limpios de corazón y los haces espirituales por la
comunión contigo.

L.- Todo lo llenas con tu poder, pero te comunicas solo a los que te son
dignos y distribuyes tus dones según la fe de tus siervos.
T.- Así como la tierra árida no da fruto si no recibe el agua, así también
nosotros, que éramos antes un leño árido, nunca hubiéramos dado
fruto de vida sin esta gratuita lluvia de lo alto.

L.- De la misma manera que el árbol seco, al recibir el agua germina, así
también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del
arrepentimiento, produce frutos de santidad.
T.- Cuida amorosamente de tu Iglesia y conserva la integridad de la fe,
el carisma de la infalibilidad, las múltiples manifestaciones de
santidad.

L.- Tú te sirves de nuestras endebles palabras como de un instrumento para


la salvación de los hombres y las perfeccionas interiormente, haciendo
producir buenos frutos.
T.- Haz que todos nosotros cumplamos con fidelidad la misión de
llevar a las almas de los jóvenes a Dios, nuestro Padre, por Jesucristo,
nuestro hermano.

L.- Dios nos ha dado un gran auxiliar y protector a fin de que


permanezcamos vigilantes en la tarea apostólica.
T.- Él no se cansa de buscar a cuantos son dignos de Él, a los que
abren las puertas de su corazón de par en par, para derramar sus
dones.

L.- No tardamos en aprender todo lo que quieres, porque inmediatamente


que tocas nuestra mente, enseñas.
T.- Y cuando ilustras el alma, la transformas.

L.- Ocultas lo que parecía que era.


T.- Y manifiestas lo que no era.

(De rodillas. Pausa de silencio. Canción)

(En pie)

L.- Haznos pasar del gusto por las cosas de la tierra


T.- a la sola esperanza de las celestiales.

L.- Llévanos del temor y la pusilanimidad


T.- a una decidida y generosa fortaleza del alma.

L.- Que, a ejemplo de los apóstoles, no nos dejemos intimidad por nuestros
perseguidores.
T.- Y permanezcamos tenazmente unidos al amor de Cristo.
L.- Que seamos sensibles y dóciles a lo que el Espíritu Santo promueve en
nuestro corazón.
T.- Y nos dispongamos a recibir los carismas que distribuye, los
efectos y decisiones que hace nacer en nuestro interior.

L.- ¿Por qué sentirnos solos si el Espíritu Santo nos acompaña?


T.- ¿Por qué sentirnos inseguros o angustiados si el Paráclito está
pendiente de nosotros y de nuestras cosas?

L.- ¿Por qué ir alocadamente por la vida pidiendo felicidad donde no la hay?
T.- ¿Por qué tardamos tanto en comprender que no hay mayor gozo
que el trato ferviente con este dulce huésped del alma?

L.- Repitamos todos las palabras que nos dirigió Jesús en la noche de su
despedida:
T.- “Yo rogaré al Padre y os enviará otro Consolador, para que esté
eternamente con vosotros, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo
no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce: pero vosotros lo
conoceréis porque morará con vosotros y estará dentro de vosotros”
(Jn. 14, 16-17).

L.- Hemos sido sellados con el sello del Espíritu Santo prometido (Ef. 1, 13)
para pertenecerle eternamente a Él en alianza perpetua.
T.- Y nos has concedido tus dones de sabiduría e inteligencia, espíritu
de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, espíritu de
santo temor.

L.- Recordamos en tu presencia que hemos sido sellados con tu sello y que
necesitamos con mayor abundancia tus tesoros espirituales, que son tus
siete sagrados dones. Que comprendamos la eficacia y excelencia de tus
dones
T.- para seguir más fácil y prontamente tus inspiraciones, y para que
llegar rectamente a la santidad.

L.- Por medio del don de ciencia nos enseñas a no hacer nuestra voluntad,
sino la del Padre.
T.- Que, llenos de piedad y agradecimiento, reconozcamos lo que se
nos ha dado por consentimiento y gracia del Espíritu Santo.

L.- Llénanos con tus inspiraciones porque somos tuyos como propiedad
sellada (cfr. Ex. 12, 13; Ez. 9, 4-7)
T.- para que bajo tu cuidado nos despertemos del sueño de la muerte,
nos movamos a amar a Dios sobre todas las cosas, nos sintamos
empujados hacia el amor del prójimo y al ejercicio de las santas
virtudes, al amor celestial y a las buenas resoluciones.

L.- Somos un pueblo de marcados con el sello resplandeciente del Espíritu.


Para Él somos valiosos y nos guarda con esmero. Él nos defenderá.
T.- Guardémonos de entristecer al Espíritu Santo, en el cual hemos
sido sellados para el día de la redención (cf. Ef. 4, 30). No queremos
desconfiar nunca de su amor y su fidelidad para con nosotros.

L.- Aprendamos como los primeros cristianos y dejémonos catequizar de


nuevo.
T.- “¿Acaso ignoráis que sois templos del Espíritu Santo que habita en
vosotros y que habéis recibido de Dios, y que ya no os pertenecéis a
vosotros mismos?” (I Cor. 6, 10).

L.- Aquellos hermanos nuestros, los primeros cristianos, vivieron en un


ambiente pagano, despreciados y, muchas veces, perseguidos.
T.- Pero el Espíritu Santo, dulce huésped de sus almas, era su
consuelo en medio de las tristezas y persecuciones del mundo.

L.- Supieron dar testimonio de Cristo con su vida y con su palabra,


proclamando su fe en toda circunstancia y lugar, incluso con su propia
sangre derramada. A menudo se hacen realidad las palabras del Señor.
T.- “Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a
hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel
momento. Porque no seréis vosotros quienes hablaréis, sino el
Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt. 10, 19-20).

L.- Necesitamos tratar a Dios con sencillez y confianza, sentirle cerca y


pedir constantemente su ayuda. El Espíritu Santo inspira nuestra oración
para rezar como conviene. Así, nos hace portadores de Dios en medio de
un mundo que hay que liberar de la esclavitud.
T.- Solo así seremos fuertes y podremos ir contracorriente, hablar de
Dios, sin temores o falsos complejos, en todas las situaciones de la
vida.

L.- Tenemos una altísima dignidad:


T.- ser Hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, herederos del Reino que
Él nos ha preparado.

L.- Ven, Espíritu Santo: enséñanos e ilumínanos.


T.- Ven, Espíritu Santo: fortalécenos y confórtanos.
L.- Ven, Espíritu Santo: defiéndenos y aliméntanos.
T.- Ven, Espíritu Santo: llénanos y sácianos.

L.- Ven, Espíritu Santo: cúranos y santifícanos.


T.- Ven, Espíritu Santo: elígenos y justifícanos.

L.- Ven, Espíritu Santo: inspíranos y revélanos.


T.- Ven, Espíritu Santo: consuélanos y libéranos.

L.- Ven, Espíritu Santo: ayúdanos y condúcenos.


T.- Ven, Espíritu Santo: anúncianos y glorifícanos.

L.- Tu actuación es suave y apacible.


T.- La experiencia de los que te poseen es agradable y placentera.

L.- Tu yugo es levísimo y tu venida, llena de luz y de verdad.


T.- Tu bondad nos protege del mal y tu amor es nuestro vínculo de
unidad.

(De rodillas. Pausa en silencio. Canción)

MEDITACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO


¿Qué es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es Dios, es la tercera persona
de la Santísima Trinidad, uno e igual al Padre y al Hijo. No son tres dioses,
sino uno sólo. Un único Dios al que si tuviéramos que definir con una única
palabra diríamos que “Dios es amor”. Así nos lo define San Juan. Y todo
ese amor que hay en el seno de la Trinidad y que une a las tres
personas divinas entre si tan íntimamente, todo ese amor se hace
“don”, se dona a nosotros a través del Espíritu Santo. Por eso en el
Credo definimos el Espíritu Santo como “Señor y dador de vida”.

La vida procede del amor, y es el don primero que hace posible todo lo
demás. Por eso es tan importante el Espíritu Santo para nosotros, porque
es a través de Él que recibimos todo de Dios, todo. El Espíritu Santo es
amor del que se deriva como de una fuente todos los dones que Dios da a
sus criaturas: la donación de la existencia a todas las cosas por la creación;
la donación de la vida de la gracia, que nos ha merecido Jesucristo
muriendo en la Cruz, pero que llega a nosotros por el Espíritu Santo.

Por eso es tan importante hacernos amigos del Espíritu Santo, porque todo
lo recibimos a través de Él, todo lo que importa de verdad. Y la una de las
gracias que podemos pedir hoy al Espíritu Santo es que nos haga
comprender cuáles son las cosas que importan de verdad.

El Espíritu Santo es tan importante para nosotros que dice San Pablo:
“nadie puede decir Jesús es el Señor sino por influjo del Espíritu Santo”, es
decir, que no podemos hacer ni acto de fe si no nos ayuda el Espíritu Santo.
Pero dice más San Pablo, dice que “nadie conoce lo íntimo de Dios sino el
Esp de Dios”. Cuando tenemos necesidad de hacer una consulta sobre
nuestra salud, acudimos a un médico, cuando nos preocupa una cuestión
legal, preguntamos a un abogado. Si nosotros queremos conocer a Dios, si
queremos crecer en nuestra vida espiritual, hemos de pedir ayuda al
Espíritu Santo, porque es el Espíritu Santo el que nos revela quién es Dios,
quién es Jesucristo. Y conocer a Jesucristo es fundamental para nosotros,
para no equivocar nuestro camino. JX no es algo de lo que podamos
prescindir. Es el único capaz de dar sentido a mi existencia y el único capaz
de darme vida eterna. Todos sentimos nostalgia de Dios en nuestro
corazón. Lo sentimos cuando sentimos la necesidad de un amor más puro,
más estable, más profundo que lo que encontramos a nuestro alrededor.

Pedirle al Espíritu Santo en esta noche que nos revele a Jesucristo, que nos
haga conocer verdaderamente a Jesucristo, que nos descubra su gran amor
por nosotros.

Pedirle también al Espíritu Santo que cumpla en nosotros las promesas de


Dios, que son promesas salvadoras. En el AT, a través del profeta Ezequiel,
Dios había prometido: “Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu
nuevo, quitaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón
de carne”. (Ez 36, 25ss)

¿Qué es el corazón de piedra? Es el corazón endurecido por el pecado.


Pedir al Espíritu Santo que inunde nuestra alma con la lluvia de su gracia,
para que el amor de Dios pueda entrar en nosotros.

En ese mismo pasaje de Ezequiel dice también el Señor: “Os rociaré con
agua pura y os purificaré de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros
ídolos”. Hoy te pregunto: ¿Tienes ídolos que tengan atrapado tu corazón?
¿Hay cosas en tu vida que han cogido el puesto de Dios? Pide al Espíritu
Santo que te ayude a descubrir esos ídolos, a reconocerles y arrojarles del
corazón.

San Pablo (Rm 8, 26) sigue diciendo: “El Espíritu Santo viene en ayuda de
nuestra debilidad, porque no sabemos pedir para orar como conviene.
Porque el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables”. Y más
tarde “Sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le
aman”. Hay tanta confusión en nuestra vida que muchas veces no sabemos
qué es lo que nos conviene realmente. Pedir al Espíritu Santo que quiera
guiar vuestra vida.

Relato de Pentecostés. La semana pasada fue la Ascensión. Escuchamos


el relato de cómo el Señor asciende al Cielo. Tuvo que ser una experiencia
impresionante para los apóstoles. Antes de irse les dice que no se alejen de
la ciudad, que van a recibir la promesa del Padre, recibirán la fuerza del
Espíritu Santo y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra.

En la era de la eficacia, parece que damos importancia a las cosas sólo por
el resultado que nos dan, por lo eficaces que son. Pues mirad la eficacia del
Espíritu Santo. Los apóstoles estaban con María, eso es muy importante, y
dice la Escritura que “perseveraban en la oración”. Y el día en que el pueblo
judío celebraba su fiesta de Pentecostés, “se produjo de repente un ruido en
el cielo, como de viento impetuoso que pasa, que llenó toda la casa donde
estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego que se dividían y
posaban sobre cada uno de ellos. Y todos quedaron llenos del Espíritu
Santo”. Y el fuego del amor de Dios les llenó, y de hombres débiles y
asustados, pasaron a ser testigos, y llegaron hasta los confines de la tierra.

Pedid al Espíritu Santo un nuevo Pentecostés, pedidle que se derrame de


nuevo sobre el mundo. El mundo necesita a Dios, necesita ser renovado por
una nueva efusión del Espíritu Santo. ¿No ves tanta gente triste, deprimida,
jóvenes cansados de vivir, tantos hombres y mujeres tan decepcionados de
todo que llegan a acabar con sus vidas…? El mundo necesita a Dios. Los
hombres y las mujeres de nuestro mundo necesitan conocer a Dios. Pero
para eso, debemos dejarnos transformar nosotros los primeros por el fuego
del Espíritu Santo, para poder ser testigos.

Uno puede decir: ¿Yo puedo ser un testigo? El Señor le dijo un día a Sta.
Margarita Mª de Alacoque: “Si crees verás el poder de mi corazón”. Cree en
el poder de Dios, para cambiar tu vida y para cambiar el mundo.

En el mismo libro del profeta Ezequiel que hemos comentado antes, hay
otra imagen impresionante. El profeta ve un valle lleno de huesos. Dios le
pregunta si podrán revivir esos huesos secos. El profeta dice: “Señor, tú lo
sabes”. El profeta profetizó sobre los huesos en nombre de Yavé. Hubo un
estremecimiento y los huesos comenzaron a juntarse y se cubrieron de
carne y recobraron la vida poniéndose en pie. Era una muchedumbre
inmensa.
También hoy puede suceder esto, si oramos con fe al Espíritu Santo. Quien
no conoce a Dios y vive de espaldas a Dios es comparable a esos huesos
secos. Pero el Señor puede devolver la vida de la gracia a todos esos
hombres y mujeres que viven alejados de Él. Oremos junto con María,
nuestra buena Madre. Pidamos el Espíritu, sobre nosotros y sobre toda la
humanidad. Que sea un nuevo Pentecostés.

ORACION FINAL.
(Se puede intercalar entre cada verso la aclamación musicalizada veni
Sancte Spiritus- ven Santo Espíritu) de los canto de Medjugorie)

Ven, Dios Espíritu Santo,


y envíanos desde el Cielo
tu luz, para iluminarnos.

Ven ya, padre de los pobres,


luz que penetra en las almas,
dador de todos los dones.

Fuente de todo consuelo,


amable huésped del alma,
paz en las horas de duelo.

Eres pausa en el trabajo;


brisa, en un clima de fuego;
consuelo, en medio del llanto.

Ven luz santificadora,


y entra hasta el fondo del alma
de todos los que te adoran.

Sin tu inspiración divina


los hombres nada podemos
y el pecado nos domina.

Lava nuestras inmundicias,


fecunda nuestros desiertos
y cura nuestras heridas.

Doblega nuestra soberbia,


calienta nuestra frialdad,
endereza nuestras sendas.

Concede a aquellos que ponen


en ti su fe y su confianza
tus siete sagrados dones.

Danos virtudes y méritos,


danos una buena muerte
y contigo el gozo eterno.

Amén.

Despedida:
Bendición sacerdotal con el santísimo.