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TEORÍAS DE LA LIBERTAD: reconstrucción del argumento

La libertad implica trascender el ámbito de la necesidad. Sólo habiendo cubierto


las condiciones materiales de existencia puede tenerse tiempo libre, puede estarse
libre del tiempo, en el sentido de estar libre de cualquier dependencia con respecto
a las urgencias de la naturaleza. Una vez cubiertos unos requisitos de subsistencia
digna puede estarse en condiciones de ser libre para pensar, ya no sobre los
medios adecuados para conseguir determinados fines, sino sobre aquello que sea
un fin en sí mismo. Pero esto requiere que rija el imperio de la ley, es decir, que el
derecho se imponga por igual a cada uno de los individuos que se dicen libres. La
libertad implica igualdad jurídica, por la cual cada sujeto es libre de hacer lo que le
dé la gana siempre y cuando ello no sea incompatible con que otro sujeto
cualquiera pueda, bajo las mismas condiciones, hacer, si quiere, lo mismo. A su vez,
ser, ser sujeto de derecho acarrea ser propietario, en la medida en que alguien que
no posee más que su propio pellejo no puede decirse libre e igual al resto: una
persona que no cuenta con medios de subsistencia digna no puede ser un sujeto
libre, en la medida en que no tiene cubiertas aquellas necesidades materiales que
hemos dicho que son requisito previo de la libertad. Así, la condición de la que se
parte, a la hora de poder pensar la libertad, es la de ser propietario de, por lo
menos, aquel producto resultante del trato con la naturaleza. En otras palabras: la
libertad presupone la propiedad del producto del trabajo propio. Sin esta condición,
no se habrá ganado el reino de los fines en sí mismos, por cuanto que seguiremos
inmersos en el terreno de los medios.

Ahora bien, partiendo de este espacio vacío que se abre entre individuos libres,
iguales y, por lo tanto, propietarios, tenemos una situación de mercado, en el que
los sujetos intercambian mercancías. Una mercancía es una cosa que puede ser
cambiada por cualquier otra, y cuenta con dos caracteres: su valor de uso, el cual
es diferente para cada mercancía e irreductible frente a las demás, y su valor de
cambio, que es aquella cantidad de otra mercancía por la que puede ser
intercambiada. El valor de uso, por consistir en una cualidad que es distinta para
cada cosa y que justamente la diferencia con respecto al resto, no puede dar cuenta
de ese carácter de intercambiabilidad que caracteriza a la situación mercantil de
partida. La posibilidad del cambio de unas cosas por otras nos la da, como su
propio nombre indica, el valor de cambio, a través del cual se fijan equivalencias
entre las distintas cantidades de cosas. Esto queda reflejado en la fórmula Xa=Yb, en
la cual lo que quedan igualadas son las distintas cantidades de cada mercancía, y
no sus cualidades, que son irreductiblemente específicas para cada una. Ahora
bien, para que la fórmula anterior tenga sentido, es decir, para que se pueda
establecer la equivalencia, ha de suponerse una magnitud única con respecto a la
cual las distintas cantidades de cada mercancía sean meras particiones: para que
se pueda decir que X cantidad de la mercancía A es intercambiable por Y cantidad
de mercancía B, hay que suponer que X e Y son segmentos de una misma
substancia. Aquello de lo cual X e Y no serían sino distintas cantidades de lo mismo,
es el valor, que comparece como trabajo humano en un continuum de horas por
persona. En efecto, habíamos partido de una situación en la que cada individuo
sólo es propietario del producto de su metabolización de la naturaleza, y esta
actividad que produce las cosas es lo que hemos llamado trabajo; por lo tanto, el
intercambio entre cosas cuyos valores de uso son mutuamente inconmensurables
sólo es posible a través de la equivalencia entre las distintas cuantías de trabajo
que ha comportado la producción de cada mercancía. Así, el valor de cambio de
cada cosa está determinado por la cantidad de trabajo que haya costado
producirla, y el intercambio tiene lugar entre mercancías cuyo valores de cambio
son equivalentes. He aquí la ley del valor, o principio de equivalencia entre cuantías
de trabajo humano, un trabajo que no es el trabajo concreto que ha producido cada
mercancía en concreto, sino un substrato único que se presupone como fondo de
toda la red de intercambios de la sociedad, a segmentos del cual ha de poderse
reducir todo valor de cambio. Aquí entra el dinero, que es aquella mercancía que
funciona como representante del valor, es decir, como aquella cosa cuyas distintas
particiones expresan las distintas cantidades de valor de cada mercancía. De esta
manera, el ciclo que caracteriza a la situación mercantil descrita sería el siguiente:
M-D-M’, siendo M y M’ mercancías distintas y D la cantidad de valor-trabajo con
respecto a la cual se reducen en el intercambio.

Ahora bien, es un hecho que, en las sociedades capitalistas, no sólo se vende para
comprar, sino que también, y sobre todo, se compra para vender; es decir, que el
ciclo D-M-D’ es intrínseco al capitalismo, siendo así que, como D y D’ son
cualitativamente idénticos, en vista de que su única diferenciación puede ser
cuantitativa, el único sentido del acto de comprar una mercancía para luego
venderla ha de estribar en que la cantidad inicial de dinero invertido y la cantidad
resultante de dinero ingresado sean diferentes. Suponiendo que cada individuo
intercambie en pos de su propio interés, se buscará que, en cada ciclo D-M-D’, D’
sea mayor que D, de manera que la diferencia cuantitativa sea positiva. Sin
embargo, aquí parece que se incurre en una violación de la ley del valor, ya que la
mercancía que actúa como término medio de la transacción es comprada a un
valor menor del que es vendida, quebrándose el principio de equivalencia. No se
consideran aquí cuestiones contingentes, como la estafa, el robo o la fluctuación
del valor; de hecho, estos accidentes presuponen la ley del valor, ya que para que
tenga sentido decir que alguien ha sido estafado o robado, o que una mercancía ha
experimentado un aumento o decremento de valor, se presupone que cada
mercancía tiene un valor determinado, y ello sólo es posible en la medida en que
cada cosa comporte la cristalización de una cierta cantidad de trabajo, es decir,
porque sea reductible a un determinado segmento de ese substrato social que es el
valor. Por lo tanto, el sentido del propio intercambio que caracterizaba a la
situación mercantil de partida parece amenazado por el ciclo D-M-D’, ya que, según
la estructura sincrónica del mercado, el valor ha de fijarse como un importe
determinado (y sólo uno) para cada cosa: algo tiene que suceder con la mercancía
para que su valor cambie entre el momento de su compra y el de su venta. Ahora
bien, con la mercancía sólo pueden hacerse dos cosas: venderla, o usarla, y lo
primero, según el ciclo D-M-D’ que ocurre de facto en las sociedades capitalistas,
viola la ley del valor, así que sólo cabe usarla. Sin embargo, parece que a través del
uso ninguna mercancía incrementa su valor sino que, al contrario, se gasta, así que
ha de buscarse una mercancía cuyo uso no disminuya su valor, sino que lo
incremente. Ahora bien, la única mercancía cuyo valor aumenta con su utilización
es la propia capacidad de trabajar. Pero esto parece sumirnos en un círculo vicioso,
ya que habíamos dicho que el trabajo era la propia fuente del valor, la mismísima
substancia cuyas particiones constituyen los diversos importes de valor a los que
quedan reducidas las cosas: ¿cómo puede el trabajo cristalizar como un segmento
de sí mismo? ¿Cómo puede intercambiarse la propia condición de posibilidad del
intercambio mismo? Sin embargo, en la sociedad capitalista no ocurre que se
venda el propio trabajo, la capacidad de trabajar: aquello que se compra es la
propiedad de los futuros productos del trabajo de un determinado individuo. Pero
esto trastoca por completo la situación de mercado que veníamos analizando, ya
que se introduce un presupuesto que había quedado descartado al principio del
razonamiento porque privaba al sujeto de su carácter de libertad: la expropiación
del producto del trabajo propio. De esta manera, queda demostrado que el ciclo
propio del capitalismo, D-M-D’, parte de la anulación del principio jurídico del
mercado, presupone la expropiación de los medios de subsistencia de un
individuo. Además, en la medida en que esta dinámica capitalista rige de manera
hegemónica en la sociedad moderna, es decir, que no se trata de una casualidad o
de un hecho puntual sino de una situación sostenida y generalizada, la condición
de posibilidad de la reproducción del capital ha de residir en una permanente
oferta de mano de obra, esto es, en una irreductible masa de población
desempleada y expropiada de sus medios de producción. Así, en el intento de
deducir el ciclo D-M-D’ del intercambio M-D-M’ sin infringir la ley del valor,
obtenemos como conclusión la contradicción de la premisa. Por ello, es
absolutamente necesario decir que el capitalismo no se rige de acuerdo con las
leyes del mercado y que, por lo tanto, su análisis no pasa por la reconstrucción
conceptual de una estructura mercantil cuyos principios jurídico-económicos sean
la libertad, la igualdad y la propiedad, sino por la inevitable división de la sociedad
en dos clases de persona: los capitalistas, o dueños del capital cuya inversión inicia
cada ciclo D-M-D’, y los proletarios, cuya fuerza de trabajo ha de permanecer
expropiada para la reproducción del capitalismo.

En el ciclo característico del capitalismo, que hemos visto que entra en


contradicción con un mercado de libre concurrencia entre propietarios iguales
entre sí, la diferencia positiva resultante de la resta de D a D’ recibe el nombre de
plusvalor. Ya hemos visto que ese excedente no es posible según el principio de
equivalencia que rige el mercado, por lo que su obtención ha de buscarse en una
esfera distinta a la de la circulación de mercancías: el ámbito de la producción. En
él ya no rige la ley del valor, ya que, como el título de propiedad de los productos
de la fuerza de trabajo lo posee el capitalista y no el proletario, la puesta en uso de
dicha fuerza de trabajo dependerá de la voluntad del capitalista. Cierto es que
dicha voluntad nunca se ejerce de manera pura, sino que siempre ha de contar con
ciertas eventualidades ajenas a ella, como la necesidad de descanso por parte del
cuerpo del trabajador. Lo importante es que el valor de la compra del derecho de
propiedad sobre los productos la fuerza de trabajo es, en esencia, distinto de las
condiciones de explotación de dicha fuerza; en condiciones capitalistas, esta
diferencia estructural tiende a aumentar para generar un remanente de valor que
es obtenido al margen de toda equivalencia, esto es, como extracción de valor
gratuito para el capitalista a través del trabajo impagado del proletario. El capital,
así, podría quedar definido como plusvalor que genera más plusvalor, en la medida
en que el capitalismo requiere que este excedente de valor sonsacado a la fuerza
de trabajo sea invertido en la compra de más fuerza de trabajo para la apropiación
de una nueva y mayor cantidad de trabajo ajeno. Al capital, por lo tanto, le es
esencial esta lógica de autosuperación exponencial, así como la exigencia de que
una parte de la población permanezca sin requisitos de subsistencia para poder
comprarle su fuerza de trabajo a cambio de un valor que, en condiciones ideales
para el capitalista, permanezca lo más cerca posible del umbral mínimo de
subsistencia del trabajador, mientras que la tasa de explotación tienda a su
maximización.

El nivel de la producción puede aún ser atravesado por, al menos, un par de


categorías más. Una ellas sería la del tiempo: dado que el trabajo es una actividad
que, como tal, transcurre como segmento del devenir, es susceptible de ser medido
por secciones de tiempo, por las que se puede estipular el punto a partir del cual el
obrero cruza la frontera del tiempo por la que, en condiciones mercantiles de
intercambio, se le paga la propiedad del producto que ha vendido, siendo así que, a
partir de ese momento estructural, trabajaría “gratis”, es decir, generando valor sin
recibir a cambio equivalente alguno. De esta manera, se puede añadírsele al
capital, así como al plusvalor, el concepto de plustrabajo, como esa cuantía de
tiempo que, una vez superado el tiempo necesario para pagar el valor de la fuerza
de trabajo, constituye una porción de tiempo que pasa a ser acumulado por el
capitalista sin que éste dé nada a cambio. De la misma manera, el producto que es
producido a partir de ese tiempo necesario para el pago del valor de la fuerza de
trabajo, llamado plusproducto, caracteriza el trabajo que le es enajenado al
trabajador por parte del propietario de los medios de producción.

Esta dinámica del capital, que orienta toda actividad a la generación de una
cantidad de plusvalor-plusproducto-plustrabajo mayor que aquella con la que
parte en cada ciclo, puede bien ser caracterizada como la acumulación por la
acumulación, la producción por la producción: una estructura maquinal que no
conoce límite alguno y que sólo busca un crecimiento ilimitado sin finalidad
alguna, incluso si ello supone la aniquilación de lo que no deja de ser su requisito
fundamental: la mano de obra. En condiciones de capitalismo, no puede en rigor
hablarse de un estado de derecho, ya que hemos visto que el imperio de la ley está
inextricablemente unido a la noción de libertad, que presupone una cobertura de
las necesidades vitales de existencia digna que el capitalismo expropia en pos de la
creación de plusvalor. Sólo a través de una apariencia jurídica puede la economía
política (hacer) creer que el capitalismo cuenta con una situación de mercado en la
que concurren ciudadanos libres. El discurso que identifica el capitalismo con el
liberalismo pretende hacer creer que la situación en la que el proletario vende su
fuerza de trabajo y el capitalista la compra es un mercado que iguala a todos los
concurrentes en tanto que personas propietarias y libres, cuando en realidad se
trata de una impostura que enmascara la alienación sistemática por la que el
trabajador es obligado a ceder, de forma gratuita, una parte maximizada de los
productos de su trabajo en pos de el enriquecimiento de una parte de la población.
El capitalismo, así, al mercantilizar el requisito que hace posible el mercado, al
alienar la condición de toda alienación, al expropiar aquella propiedad que hace
posible la estructura mercantil misma, veda toda posibilidad de establecer una
república de ciudadanos libres e iguales, al hacer a unos propietarios de los medios
de existencia de los otros. Allí donde haya proletarios, no habrá ciudadanía; allí
donde haya capital, no habrá libertad.