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Juegos en un día soleado.

Y de repente se va llenando el patio. No alcanzan a distinguirse las voces.

Un desfile de guardapolvos blancos, que únicamente difieren en tamaños y todos tornándose


grisáceos en la desesperación de querer saltar la soga, el elástico, o jugar al pisotón. Sin dudas el
peor caso es de los que están sentados en el piso, al contacto de las baldosas calientes por efecto
del sol. Sol que se refleja en las canicas y las hace brillar, encandilando a los chicos si las miran
fijamente. Sol del que se protege Nahuel, llevando su mano a la altura de las cejas para evitar
encandilarse.

Basta un timbre para interrumpir el griterío. Por un momento el ruido se intensifica porque se le
suman pisadas en apuro, empujones por llegar a la puerta y el tránsito que se estanca alrededor
de ella. Pero paulatinamente todo queda en quietud.

El poco viento que hay apenas logra mover las hojas de los árboles en los canteros y todo es
alumbrado por el sol.

Nahuel continúa en la posición de hace rato. Aunque ahora podemos darnos cuenta de que está
mirando un ave.

La señorita Mónica, quien siempre estuvo ahí, lo mira con recelo, a punto de soltar un reto que
pareciera olvidar la amenaza de la madre.

Nahuel lleva ahora la mano a su bolsillo “Nahuel, soltá la gomera” ordena la docente con firmeza.
El chico se la vuelve a guardar pero ya no hace falta: el pichón al que apuntaba se acaba de caer y
sin su ayuda.

Con la decepción en su espíritu entra marchando al colegio. No sin antes pisar el cadáver del
pájaro, que se queda secándose al sol.