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"2004-una Lectura Del Texto: Television, De J.

Lacan (1973)"

(*) Efba- Seminario De Escuela. 2004.-

María Del Carmen Meroni

La presentación de este texto de Lacan en el Seminario de Escuela, accediendo a una


invitación que agradezco y ante colegas analistas, y en especial tratándose de un texto
enormemente condensado por estar dirigido al “público en general”, un texto que es también
un cruce de muchas vías de la enseñanza de Lacan, desarrolladas largamente en Seminarios
y Escritos y apenas rozadas en dicho reportaje, todo ello acentuó para mí (aún más que de
costumbre) el abordaje del texto con una orientación dirigida a ubicar el campo de problemas
en el que se sitúa, del cual emerge, antes que con la meta, inevitablemente pedagógica, de
alcanzar “lo que el texto quiere decir”.

La emisión del reportaje a Lacan que el texto transcribe, ocurrió a fines de enero de 1973,
según consta en la versión en español de Editorial Anagrama, fuente de consulta comparada
con una transcripción de la película y con una versión del texto en francés.

El fundamento que recorre el texto, el campo en el que se plantean los enunciados, podría
decirse a esta altura (lo extraemos de Radiofonía), de un modo abreviado: “No hay relación
sexual, sobreentendido: formulable en la estructura”. El habla funciona en el nivel que hace,
del sexo, semblante: es decir, por lo general, hombres y mujeres (“du Semblant” es el
Seminario 18 del curso 1970-71, luego de que en L´Envers …, el 17, había construido las
fórmulas de lo que llamó que llamó “4 discursos”: las 4 articulaciones de lugares y de letras
que hacen semblante como 4 modos del lazo social). Vendría bien recordar para lo que sigue,
que “El Saber del Psicoanalista” (conferencias en el Hospital Ste. Anne) y el Seminario 19,
“...oupire” ocurrieron durante el curso 1971-72 y que en el momento de emitirse este
reportaje, el Seminario 20, “Encore” estaba siendo dictado.
La no- relación sexual sostiene la articulación de varios modos de “lo uno”, algunos muy
anteriores a la formulación explícita de dicho enunciado: empezando por el uno del rasgo,
valor de goce de un objeto fabricado recortando el campo del Otro, ese del que Lacan dice no
haberlo inventado él, sino Freud; de todos modos llamarlo “unario” subraya la separación y

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articulación del mismo con los significantes llamados “binarios”, que le responden sin que le
“correspondan” exactamente. Pero a esta altura en la enseñanza de Lacan, el campo de
problemas ha producido otras modulaciones de “lo uno”, a saber: al-menos-una (“al menos
(una, en francés) error”, ella está siempre un poco extraviada, ya que no encuentra salvo en
la psicosis, a ese excepcional –es más: ella se encarga de recordarle que él no lo es- cuyo
amor la haría “toda una”), o al-menos-uno (el lugar de la excepción, en el que se sabría
cómo gozar “bien”, pero ese sólo existe: no hay manera de “agarrarlo”, de hacerlo consistir
en algo). Por otro lado el no-más -de- uno (la función fálica es una, y se reparte como se
puede entre dos cuerpos distintos de parletres, eso hace obstáculo a que haya relación sexual
de la que se pueda escribir una fórmula). Entre esos modos de articularse la función fálica,
circula el uno-en-más (el Sujeto, la serie de los significantes), lo que se pone en el lugar,
“amuebla”, amortigua, la angustia de la A-cosa, esa “cosa” angustiante del Otro (si la
hubiera), que se tapona construyendo del lado del sujeto las especies singulares del “a”, que
vienen bordeadas por un decir. El uno-en-más impide que la A-cosa tome la consistencia de
un Ser que transformaría (como la Cabeza de Medusa) al Sujeto en piedra.
Lo “uniano”, modo del “uno” en Lacan que no es ninguno de los anteriores, se esbozará más
adelante en este comentario. Ha sido formulado el año anterior al reportaje, en el Seminario
“...oupire”.

El lenguaje se fabrica en lalengua que moldea la materia del cuerpo, “hablado” con los
ritmos, tonos, timbre, distancia, calor, musculatura, las “huellas” borradas por el rasgo S1, de
Lituraterre, y eso es condición para que el laleo se convierta en fábrica que juega con las
futuras palabras. En ese contexto, cabe decir (el reportaje lo enuncia), que el Inc. es el goce
de esa actividad de cifrar (cuando felizmente tiene lugar), y el lenguaje que el Inc. fabrica en el
campo del Sujeto tiene dos vertientes (leemos): ellas son la del sentido, y la del signo. La
función Sujeto (el significante, el uno-en-más), no podría desentenderse de ninguna de dichas
vertientes del lenguaje, el puro signo y la fábrica de sentidos, si bien no consiste en ninguna
de las dos. La consistencia es evitada a lo largo de todo el texto, a través de una enunciación
que le hace barrera mediante la formulación reiterada de un “entre dos” cuya distancia no es
posible calcular. Suponemos allí, no una imprecisión caprichosa en la enunciación de Lacan,
sino una posición adecuada al asunto que está tratando de transmitir.

No parece posible abordar a esta altura (año 73) la llamada vertiente del signo, en el contexto
del “algo para alguien”, tiempos de La Instancia de la Letra (año 57). Al menos, no sin
considerar que en su presentación sobre Las Meninas (clases del Seminario del Objeto, con
Foucault presente en la sala, año 66), Lacan señala que allí la pulsión escópica es lo que
permite aprehender la función del signo: lo que hace seña, muestra, pone de relieve, capta,
atrapa la mera presencia, ineludible, del Sujeto. Es decir, dicha presencia (signo) de Sujeto,
se capta en la configuración de un circuito de pulsión, en ese caso con la famosa tela puesta
del revés dentro del cuadro y el reflejo de los reyes en el espejo (¿en qué lugar estamos,

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parados frente al cuadro, si éste “continuara” hacia nosotros?, vemos lo que nuestra posición
nos deja ver), que impide a la visión aparecer como un fenómeno “exterior al Sujeto”, es decir
disimular la presencia de la mirada. Dicha señal (remarcada) del Sujeto no es exterior al
entramado significante, pero no es equivalente al deslizante Sujeto “entre dos” (significantes)
del discurso. El signo no indica (de la mirada) más que eso: presencia de un vacío de sentido,
una marca, “construida” desde una posición.

Además en Radiofonía (año 71), encontramos una torsión en aquél “algo para alguien”, que
definía al signo en el año 57: Si hay humo en una isla “desierta”, inferimos que debe haber
“alguien”. El humo es el “signo”. ¿Pero acaso quien viera el humo sabría en ese instante
hacia qué vertiente del sentido dirigirlo, qué “contenido” darle? (cosa siempre posible en el
nivel del significante, ya que el sinsentido evoca el sentido que se ausenta, y se ha ausentado
porque es posible). Lacan vuelve a su metáfora del “Informe sobre Daniel Lagache” para
decir en Radiofonía que es dudoso que Ulises sirva para sostener algún sentido ante ese
“alguien” que así conseguiría saber de qué se trata, ya que él mismo (la causa del signo
humeante), él mismo es “Nadie” (personne). Allí se engaña el fatuo Polifemo, el furioso que
pretende poder decirles a sus hermanos de quién se trata, y no en vano está en ese momento
más ciego que nunca.

En el “alguien” de Sujeto que se capta en ese signo, parece necesario no olvidar que,
respecto de la consistencia del sentido, allí hay “Nadie”. Signo como presencia de Sujeto,
PERO Sujeto en tanto “Nadie”, es decir pura marca, : parece ser en el nivel de la pulsión
donde dicho “acéfalo” se nos presenta. El hueso duro de la gramática (Televisión pag 93)
hace de tope a lo que puede escribirse, más aún, a lo que puede traducirse. Gramática es
metáfora de pulsión en la enseñanza de Lacan. Entre el “sentido” (que indica una dirección,
no que es “inteligible”) que es pura presencia de goce (la materia fónica que se hace cuerpo
pulsional), y el sentido (aquí sí, lo inteligible) que el discurso construye, y la función
significante malentiende o interrumpe, ¿entre esos dos modos radicalmente heterogéneos del
cifrado, habría que ubicar el “litoral” que Lacan ya ha nombrado, antes de Televisión?.
“Mitad sin par”, es el oxímoron que Lacan acuña en “Lituraterre” para nombrar la relación
entre goce insabido y saber Inc. También aclaró por qué “litoral” y no “frontera”: porque los
territorios que separa no son homogéneos, y además porque no pueden pretenderse estables
(una frontera reclama permanencia, aunque no la logre).

Es en tanto que un discurso se oriente por lo que es imposible (“no hay relación sexual,
sobreentendido: formulable en la estructura”), que podría existir un discurso que no se
sostenga únicamente del semblante, entendemos allí: no una posición que permitiría
encontrar el afecto como manifestación inefable del alma, sino una que permita emerger las
grietas del semblante en los giros de cada uno de los cuatro “artefactos” llamados
“discursos”. Eso podría permitir otra disposición para alojar la contingencia (esa que no ha

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“extraviado” el sentido, siendo que le es ajeno). Pero la contingencia no podría fundar una
ubicación permanente del Sujeto. Un instante después, y ya la experiencia se relata (como se
puede), aún si es bajo la ley del malentendido. El obrero prefiere la obediencia al patrón antes
que a “la patrona”, porque la explotación, si quedara exclusivamente a cargo de “la patrona”,
sería peor (leemos en “...oupire”). No hay de por sí tal explotación, no existe ese “opeor”,
puro agujero, o puro sentido compacto, pero es a partir de eso que no existe, que un hombre
se sitúa frente al patrón y la patrona. A ese “o peor”, debería dirigirse un discurso que no
sería semblante, PERO (dice en esa misma clase), es un discurso que como tal (si se lo
afirmara, sin el subjuntivo que lo ubica en el horizonte), el “o peor” realizado, terminaría mal.
La contingencia fugaz, impredecible, no es sin la repetición, eso que no cesa de escribirse.
Ambas, heterogéneas, se reclaman mutuamente. Entre ambas, “uno en más”, el significante
insiste, nunca como “lo mismo”.

En ese marco de problemas, parece ubicarse la reflexión sobre “el santo” en el reportaje
Televisión. El “desperdicio” del goce fálico (ese goce que recibe al sinsentido como golpe en
el sentido conservado como medida), lo que del goce fálico se desprende, no “sin sentido”
sino “fuera del sentido” (el que no cabe en el marco del gran Otro, por eso el artista y el santo
lo son, cada uno, “por fuera”, pero fuera de “algo”, “sobran”, desbordan, pero no sin el
marco, aunque lo atraviesen, del discurso de su época), ese “otro goce”, el que no genera ni
aspira al sentido, el que no conduce a nada, no hace justicia, no compara, no mide, exagera,
ese goce “insensato” injuriado como la “cochinada”, ése, no merece respeto ni admiración
(la aureola viene eventualmente, después, cuando el escándalo se ha sosegado). No merece
respeto, pero sólo se ríe cuando se goza de eso. Sin embargo, la contingencia a la que ese
“otro” goce le hace un lugar, no parece poder consistir en un “estado”, ni dar lugar a un
discurso como los otros. Si no fuera una causa inasible, si fuera verificable (pero no lo es, así
como tampoco lo es alcanzar a La mujer en la perversión), si lo afirmáramos, ¿su paradigma
haría de Antígona una heroína?, ¿Medea sería su retrato ejemplar?. No es que Lacan no lo
haya planteado.

La Madeleine de André Gide (año 1958), la que quema sus cartas, y hace sangrar con ello el
corazón de quien la ha abandonado, “pobre Jasón que no reconoce a su Medea”, esa
Madeleine que hace brillar el fuego que expone y consume el goce insabido de André Gide,
hasta entonces velado en el papel (el de sus “lettres”), ¿esa sería “una verdadera mujer en
su integridad de mujer”?. La risa del semejante, citada por Lacan, y aún la sonrisa que
parece haberse provocado luego en el mismo Gide ¿igualan a dicha Medea y su acto, con el
de cualquier mujer, que sigue a un hombre sólo si es aquel a quien ella se acomoda bien
(mediante una mascarada que no es una mentira), pero se acomoda no tanto por obediencia,
sino sólo en tanto él se pueda prestar a la provocación que ella encuentra la oportunidad de
ejercer, obstáculo al sentido, barra en el gran Otro, sobre el paño que él le ofrece?. ¿Dicha
provocación, alcanza su “integridad” (escrito en el 57 sin ninguna ironía) en el acto de

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Medea?. ¿O más bien dicha “integridad” haría de la provocación, no un destello, un dicho a
medias, sino una plenitud de esas que “terminan mal”?.

La “surmoitié”: ¿media naranja, mi “peor es nada”, o el Súper-yo?. La admirable Madeleine,


“verdadera mujer”, de La Juventud de André Gide, y el “opeor” de la patrona (si el discurso
que no haría semblante consistiera en no permitir allí un velo, eso termina mal), son dos
tratamientos distintos dados por Lacan al mismo asunto. En la tensión generada entre esas
dos posiciones, ubicaríamos el problema del parecido entre el discurso científico y el de la
histeria: no piensa, no calcula, no juzga, se dirige al rasgo implacablemente, para atravesarlo.
Pero quizás el “no digo que esto sea verificable” de Televisión, permita hacer una diferencia
entre la “santa ciencia / histérica” y una “mujer” (al costo de dejar caer cierta “integridad de
mujer”, o de omitir que eso sea “verificable”). La contingencia no es verificable, si lo fuera,
ya no la habría (recordamos Encore: “...si hubiera un goce que no fuera el fálico, si lo hubiera,
no digo que lo hay”... porque si lo digo, sería el fálico, que es el goce que hay; es el mismo
modo verbal del discurso que “no sería” del semblante). Si el desecho que cae del goce
fálico fuera verificable, si se encontrara a “La” mujer en ese otro goce, si la “lettre” expusiera
“íntegramente” al calor del fuego el goce insabido destruyendo el velo del saber Inc. que lo
bordea y lo transporta en el malentendido (fantasma de la ciencia que todo lo cubre, o de la
histérica decidida a todo), quizás en dicha “integridad” tendríamos a ese “opeor” desplegado
en la escena del mundo. Cuando eso se presenta, es desgracia o catástrofe, ciega ira de los
dioses, una tragedia.

Dejar entrever una pizca del Santo, o de Medea, no se iguala a quemar todas las cartas, para
atravesar el corazón del Padre inconmovible como sea, podría ser también matándole los
hijos. No es aconsejable tomar a la “santa histérica” tan sólo en su aspecto de comedia, el
más liviano: eso nos expone, y también a ella, a lo peor. En esa línea parece inscribirse la
reflexión de Lacan (Televisión): “tengo por excluido que se analice al Padre Real, es mejor
cubrir sus desnudeces con el manto de Noé cuando se trata del Padre Imaginario” (no leemos
allí ningún amor piadoso, sino una barrera a la obscenidad que anuncia tragedia). O aquella
otra reflexión de : “tenía que acentuar el golpe según el estilo de la época cuando dije:
Ustedes aspiran a un Amo; lo tendrán” (es decir: este puro entusiasmo no terminará tan bien
como suponen). Y también aquella otra de: “no hay que pedirle a Zeus que corte en dos a la
bestia que pretende hacer del Otro un Uno, reclamarle que le ponga fin al problema, que se
decida de una vez por todas, en fin, no es lo mejor acorralarlo, o comprometerlo, en tales
inconveniencias”.

No se opone a lo que sigue: el afecto es un problema planteable en el terreno de cómo está


ubicado el Sujeto en el saber Inc. El afecto llega al cuerpo habitado por el lenguaje, donde no
encuentra una morada cómoda: ¿es un pecado, una pizca de locura, o una pincelada de lo
Real?. De cualquier modo, es siempre en un punto, discordante con el discurso. El cuerpo

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que goza está “afectado” de Inc.: eso produce cierta incomodidad irreductible. Considerar así
a ese afecto, se opone a “postrarse ante las palpitaciones inefables del alma”. La depresión
(nombre de la tristeza, cuando se la reverencia), es la barrera que la cobardía levanta frente al
bien-decir: o sea, cuando le está impedido al Sujeto reconocerse en el punto de castración
que el Inc. pronuncia. Allí, el afecto se fija. Algo equivalente, pero dicho del revés: gozar del
descifraje adelgazando, gastando lo más posible el sentido, permite algún acceso al pecado
original (la falta sin cálculo y sin plan) lo cual no lo borra. Eso puede traer la suerte (o incluso
la felicidad) de alivianar a dicho pecado de esa carga de fijeza y malestar, que es el peso de
lo que Lacan llama aquí “cobardía”. Se retorna al pecado, pero ya no es el mismo.

Parece haber una franja contingente, imposible de medir, entre el polo de huir con urgencia
hacia la explotación más “moderada” del patrón, a la empresa, al bar con los muchachos,
para salvarse como sea de la patrona (ese “o peor” que no hay, pero se lo supone),
frecuentemente correlativo a la obediencia resignada y sin gracia de la santa histérica a su
patrón, y el otro polo, el de realizar de lleno ese “o peor” que no hay, casándose con una
Medea cruel, o matándole Medea los hijos a su Jasón, decidida a hacerse imborrable a
cualquier precio. Entre esas dos desgracias (que van del crónico infortunio cotidiano al
estallido o la catástrofe), Lacan ubica la gracia en una mirada, apenas un parpadeo, que
Dante ha recibido de su Beatriz.

“Un parpadeo, o sea, menos que nada”, dice Lacan, y el desperdicio, lo inasimilable, aparece
en el lugar más afortunado: fugaz, impredecible, sin medida, por cierto, pero también sin
amargura y sin horror. En algún lugar el goce de ella quedaría colmado por completo; a Dante
al parecer ni se le ocurre que podría ser él quien se ubique allí, está exiliado de alcanzar de
lleno esa beatitud (beata-Beatrice): para esos menesteres (es decir, para arreglárselas con
Medea), para eso, estaba Dios. Sería un fastidio (ennui) no poder dejarle ese Uno a Dios, es
decir que eso cayera entero encima de un hombre. Pero también es cierto que basta esa
pequeña mirada para mostrar que Dios, entonces, tampoco la colma por entero, la beatitud
completa (a la cual, en nosotros, responde: fastidio, ennui, dice Lacan en el reportaje), la
beatitud completa no dejaría lugar para esa breve mirada. Por ese pequeño defecto en el
pleno goce de Dios, el Otro no es el Uno, el Uno mismo, el Uno solo (unien). Es necesario que
el cuerpo sea Uno (si no lo fuera, habría sólo fragmentos sueltos, el desamarre de la
esquizofrenia nos lo evoca), pero es el horror cuando el Uno no admite la compañía del rasgo,
esa marca de goce de la breve mirada, que lo des-unifica. Lacan hace girar las letras: las
mismas, pero distribuidas de otro modo, forman “ennui” y “unien”. Uniano y unario coexisten
sin concordar, pero también sin excluirse mutuamente.

Es cierto que esa mirada fastidia “un poco”, afecta al cuerpo de un modo que no se acomoda
bien a la morada del lenguaje (no cabe bien en las palabras, sorprende, inquieta) ... pero no
fastidia tanto como fastidiaría, si esa mirada fuera la del Uno solo, compacta, certera, sin

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extravío alguno ni rasgo (unario) de castración, es decir si esa mirada no parpadeara jamás.
Es necesario que el cuerpo sea Uno, pero si no es al mismo tiempo Otro (que no es ningún
Uno), eso es un desastre. Parece que el desperdicio, el fuera de sentido, el exceso,
felizmente ubicado, no sería de una pasta muy distinta al que es capaz, si reinara solo, sin
desvío alguno, de provocar la catástrofe.

La contingencia, el pequeño defecto (en el goce de Dios, con su promesa de colmar a Beatriz,
pero si la colma tanto, ¿para qué esa breve mirada?), parece hacer barrera al goce compacto
del Uno mismo. Ya sea que cayera este Uno mismo sobre Dante, sobre Dios, o sobre
cualquiera o cualquier cosa (plusvalía, ciencia, tecnologías, religión, política), sería capaz de
transformar a la graciosa Beatriz en la terrible Medea. Cuestión de si esa pequeña hiancia
puede producirse, o tiende a disolverse, cuestión que está en el corazón de nuestra
actualidad, tres décadas después de Televisión. El “fuera de sentido” no es cómico cuando
su consistencia no parpadea: pone a Júpiter en un lugar que se acerca al “opeor”. La gracia
de un desajuste sólo se distancia del salvajismo sin freno según cómo se admita, o no, el leve
parpadeo de la contingencia. Lacan se permite allí un alarde: “¿quién otro que yo supo
arriesgarse a poner en ese lugar (causa de lo mejor, y también del “o peor”) a la pulsión?”.

Hay que estar atentos (pag 134), al modo en que lalengua adviene en el lenguaje: en el mejor
lugar, cuando el cuerpo hablado deja ver esa pizca de lo “fuera de sentido” no sin la ayuda
del sinsentido que viene por lo Inc., el guante dado vuelta que no fue calculado por la mano
(“fue preciso que me dieran una mano para que yo lo advirtiera, es el lugar de la
interpretación”): no siempre las marcas de lalengua han posibilitado esa buena suerte. A
veces se puede producir el “opeor”: Lacan no encuentra cómica la cruda situación
presentada por el cómico Aristófanes: no es bueno pedirle a Júpiter esas cosas. Si Dios
recobrara la fuerza, si el Otro fuera llamado al lugar del Uno mismo, si Beatriz fuera colmada
por completo, el propicio desorden fuera de sentido de la pulsión, ese aire fresco, no sería
ninguna “pizca”. Al decir de Lacan, esa recobrada fuerza de Dios no presagia nada mejor
que un retorno de su pasado más funesto: el exterminio de lo distinto, el cierre de la hiancia,
ahora con el efecto multiplicador de la ciencia y sus teconologías de manipulación eficiente de
los cuerpos. Si bien tal reflexión está presente en el texto sobre “La Agresividad ...” del 48,
no aparecía entonces con la firmeza del pronóstico del final de “...oupire” : no les pinto el
porvenir color de rosa (el color de los “buenos sentimientos”): de la fraternidad generalizada
(¡todos hermanos, todos iguales!), se puede esperar el racismo, del cual ni siquiera han
terminado de oir hablar (21 de junio de 1972).

Darle una mano al guante dado vuelta, ofrecer la mano para que el guante calce, pero sólo a
expensas de ponerse del revés, sin suponer, como en las moralizantes fábulas ejemplares,
que la mano que hizo eso (el Sujeto, el Otro), “sabía lo que hacía”, eso nos evoca el poder
hacer el papel del incauto con el Inc. que goza cifrando, sin planificar el truco. Para concluir

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el texto, Lacan ubica a la interpretación, en 1973 (de ella se trata a esa altura, sin merma
alguna de su vigencia), en el intervalo ENTRE lo que se podría hacer durar como pérdida pura
(la que cae enteramente sobre el Sujeto) y lo que se inclinaría sin más hacia el “opeor” del
padre (lo que cae enteramente sobre el gran Otro): la interpretación es la que se ubica “entre
ambos” escollos, en el intervalo, que puede ser a veces muy delgado. A la derecha del texto,
en ese punto, se publica, bajo la supervisión de Lacan, el matema que J. A. Miller escribió
como “nota de lectura” : a / (menos fi). Es el mismo matema que anotaríamos (en el
Seminario del Acto Analítico, 10-1-68), extrayendo sus elementos de los círculos de Euler , en
el vértice de abajo a la izquierda del cuadrángulo de Klein (el menos fi en la lúnula de la
intersección, socavando, gastando, “infiltrando” al objeto “a”), tal como éstos elementos
aparecen anotados en el punto de orientación al que se dirigía a esa altura de su enseñanza,
el vector de la transferencia, en el curso de un análisis.

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