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Por qué según Stephen Hawking la filosofía no


sirve para nada
Eduardo Limón

Resulta cansado y repetitivo que ciertos científicos desdeñen a la filosofía.


Más extenuante es que estos no hagan cosa distinta a meterse con los
filósofos, cual afición favorita de quienes fueron educados en una escuela
superior de ciencias y bajo la consigna de que las expresiones académicas
carentes de datos masivos o fehacientes son una pérdida de tiempo. El
clamor ha incrementado desde 2010, cuando Stephen Hawking escribió
en El gran diseño y con él dio por muerta a la filosofía . En dicho libro, el
aclamado experto sentencia que ésta ha quedado obsoleta para contener
las grandes preguntas de la humanidad y que no necesitamos de grandes
señores de la creación más que de nosotros mismos.

El astrofísico dice que «Viviendo en este vasto mundo, que a veces es


amable y a veces cruel, y contemplando la inmensidad del firmamento
encima de nosotros, nos hemos hecho siempre una multitud de
preguntas. ¿Cómo podemos comprender el mundo en el que nos
hallamos? ¿Cómo se comporta el Universo? ¿Cuál es la naturaleza de la
realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el Universo
de un Creador? La mayoría de nosotros no pasa la mayor parte de su
tiempo preocupándose por esas cuestiones, pero casi todos nos
preocupamos por ellas en algún instante (…) Tradicionalmente, ésas son
cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no
se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia,
en particular de la física. Los científicos se han convertido en los
portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de
conocimientos».
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Ante estas palabras, se han vertido comentarios tanto a favor como en


contra del cosmólogo de Cambridge. A sus declaraciones se han sumado,
sobre todo, opiniones desde el ámbito de la ciencia que parecen sentirse
defraudados o porque las más recientes teorías del físico parecen caer
en términos o métodos filosóficos, aunque éste pretenda renunciar a
ellos desde la afirmación de que la filosofía no sirve para nada. Lo más
increíble de todo es que así como las enunciaciones de Hawking, esas
mismas respuestas incriminatorias y dolidas son expresadas no en clave
científica, sino filosófica, trayendo consigo una paradoja de gran
proporción.

Hawking, en su intento por desprestigiar a la filosofía, dice que las


cuestiones fundamentales sobre la naturaleza del Universo y del hombre
en estadía no pueden responderse sin los datos masivos o las pruebas
experimentales. Así, hace alusión a que el progreso del conocimiento es
esclavo de la información presuntamente exacta, que se encuentra al
servicio exclusivo de la realidad y que las fallas teóricas son culpa del
pensador (nunca de la naturaleza). Enorme problema para un físico
teórico como lo es él, cuando su propia disciplina se ha nutrido de
postulados más filosóficos que de extrema dureza científica.

Por lo visto, a Hawking le hace falta claridad de perspectiva para advertir


que en sus épocas de mayor esplendor –aquellas en que el cientificismo
ramplón no llegaba aún a nuestras vidas– la filosofía ha trabajado con y
para las ciencias más relevantes, que la fecundación mutua de filosofía
y ciencias ha logrado un mejor saber no sólo en la antigüedad, sino en
toda era humana. Es cierto, la filosofía que ignora los avances científicos
se pierde en especulaciones vacías, justo como él lo ha señalado en
repetidas ocasiones; sin embargo, al cosmólogo le ha faltado lucidez
para notar que las ciencias que ignoran su marco filosófico, sus fuertes
aristas con lo humanístico, pierden sentido y fundamento para cualquier
labor.
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De manera evidente, Stephen Hawking intenta evidenciar que los


filósofos son nada más que un obstáculo para el progreso, debido a su
interminable obsesión con las mismas viejas preguntas sobre la verdad,
el conocimiento y similares. Pero aún peor, dicha postura nos conduce
a preguntarnos: ¿en qué año dejó nuestro gran científico de leer
filosofía? ¿Acaso el profesor piensa que ella sigue siendo la misma desde
el siglo XVII? En todo caso, si él pide a los humanistas actualizarse en
temas de ciencia, el resto deberíamos exigirle que abra un libro actual
de filosofía y se enfrente a las problematizaciones de las que su propio
sistema se ha sustentado quizá sin saberlo.

¿Por qué? El profesor es claro que se ha dirigido a los filósofos


equivocados, o bien ha prestado atención sólo a ideas incorrectas de la
filosofía best seller; su carácter altivo y rechazo con tintes de
supremacía ante la filosofía –como si ésta fuese una pseudodisciplina
inútil–, omite hechos importantes sobre el modo en que el conocimiento
se ha construido habitualmente y las deudas humanísticas que ésta tiene
en desarrollos como el de la mecánica cuántica y la relatividad.

La ciencia ha obtenido, señor Hawking, muchos de sus más grandes


avances precisamente por arrojarse hacia los límites de la evidencia
fundada, de la experimentación que tanto claman los seguidores de la
ciencia plana. Los filósofos contemporáneos no tienen la culpa de que
los adeptos más obtusos a la ciencia crean que la filosofía aplicada es
una pobre mixtura entre sociología y psicología conductista, y que los
aficionados a decir que las humanidades son un demodé académico sean
lo suficientemente ciegos como para ignorar que el enfoque realista
causal-explicativo es un giro filosófico. Un cambio paradigmático del que
varios, incluso el mismo Hawking, se apoyan al hacer ciencia.

Cuando el astrofísico reniega de la filosofía y sus métodos, de las


herencias ontológicas y la gnoseología, resulta ser el más alegre de los
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científicos, el más inconsciente de los pensadores modernos, al no


comprender incluso que sus teorías no pueden ser sometidas a prueba
de confirmación o de falsación. Desconoce que las teorías cuánticas, que
los multiversos o las cuerdas de las que tanto habla la física
contemporánea, son resultado de especulaciones y pruebas
inestimables nacidas de la hibridación entre filosofía y ciencia.

Hawking dice que la filosofía ha muerto, sus fijaciones cientificistas le


orillan a un veredicto sin contenido; sin embargo, hace falta que preste
atención a que la ciencia sin guía filosófica es tan inútil como sus
aseveraciones.