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Tres miradas y una sola perspectiva sobre el gaucho

Un inglés, un francés y un alemán rescataron las virtudes de este arquetipo

30 de octubre de 1999

La canonización del gaucho es relativamente reciente. Antes de que lo señalaran, en cierto modo como arquetipo,
Leopoldo Lugones, Martiniano Leguizamón y Ricardo Rojas, la voz gaucho suscitaba un cierto desdén. El propio
gaucho se sentía un tanto incómodo al ser nombrado como tal. Prefería ser llamado paisano.

Respecto de la reivindicatoria obra de José Hernández, la revista Caras y Caretas tituló así una nota publicada a
comienzos de siglo: "Páginas olvidadas de la literatura argentina: Martín Fierro".

Con ánimo imparcial, independencia de juicio y acertado sentido de justicia, el inglés Samuel Haigh, el francés
Paul Groussac y el alemán Germán Burmeister hicieron el elogio del gaucho.

El comerciante y viajero inglés Samuel Haigh -que asistió a la batalla de Maipú, conoció al general San Martín y a
Simón Bolívar- expresa :"He mencionado que los habitantes de la pampa se llaman gauchos. No existe ser más
franco, libre e independiente que el gaucho... constituyen una raza con menos necesidades y aspiraciones que
cualquiera que yo haya encontrado. Sencillas, no salvajes, son las vidas de esta "gente que no suspira" de las
llanuras".

"Nada puede dar al que lo contempla idea más noble de la independencia que un gaucho a caballo: cabeza
erguida, aire resuelto y grácil, los rápidos movimientos de su bien adiestrado caballo: todo contribuye a dar el
retrato del bello ideal de la libertad."

De luchas y sufrimientos

El escritor franco-argentino Paul Groussac (1848-1929) en una conferencia pronunciada en Chicago, el 14 de julio
de 1893, en un congreso mundial de folklore, dijo del gaucho:"Brotado en algún rancho de la pampa argentina,
desprendido muy temprano del tronco nutricio y criado sobre el caballo, viene aprendiendo desde la niñez la lucha
y el sufrimiento; sus primeras e indelebles impresiones resumen un sentimiento de abandono.

"Se hace hombre enfrente de la naturaleza impasible, con esta noción siempre presente, si bien nunca
formulada:que no debe y no puede contar sino consigo mismo. La pampa inmensa, sin árboles, sin caminos
trillados, para él más estéril que el océano del viejo Homero, se despliega ante sus ojos, misteriosa, infinita: es ahí
donde debe vivir, luchar, amar, morir. El desierto lo rodea como al pescador insular el mar sin límites. Para vencer
la distancia y procurar su alimento, tiene su lazo y su caballo; para dirigirse hacia cualquier punto de ese horizonte
invariablemente circular, tiene el matiz de las yerbas, algún pajonal o ramillete de arbustos que ha visto una vez y
que no olvidará jamás.

"De noche, a 50 leguas de su pago, después de 10 años de ausencia, sabrá encontrar su camino por el olor y el
gusto de los pastos atravesados.... Tiene aguzados sus sentidos como otras armas necesarias:se ha hecho el
oído y el olfato de una fiera, la vista aguda de un halcón, y posee, por otra parte, la insensibilidad exterior, la
resistencia al frío y al hambre, la facultad de soportar el dolor y curar sus heridas, propias de los organismos
inferiores.
"En un rumor de tempestad discierne si los rebaños huyen despavoridos al sólo amago de la tormenta o delante
de un ataque de los indios. En un tropel invisible alcanza a contar los caballos; distingue si vienen montados y si
los jinetes son soldados, salvajes o compañeros de correría. Un grito de pájaro, la fuga de un avestruz, la oreja
parada de su caballo, son otros tantos indicios preciosos. En la arena blanda o la yerba pisada, su mirada fija de
zahorí sigue el rastro reciente hasta dar con el caballo perdido; la huella familiar no se le escapa en el confuso
pisoteo de una tropa numerosa. Reconoce a media legua, disparándose con las crines al viento, al potro que
señaló el año anterior entre centenares de compañeros. Individualiza cada bestia de la manada, al igual que
nosotros cada persona y sabe lo fuerte y lo débil, las cualidades y los defectos moralesdel caballo que ha elegido,
como sabemos la psicología de un amigo."

Esta aguda e inteligente página de Groussac recuerda las de Sarmiento, cuando se refiere a las virtudes sutiles
del rastreador Calíbar.

Pero nada ha sido posible con un mero recurso imaginativo. Groussac no es solamente el hombre de escritorio; el
historiador pegado al documento; el brillante prosista de "La vida de la carabela", hermosísima página de su obra
"Mendoza y Garay", sobre las dos fundaciones de Buenos Aires. Contra lo que puede suponerse, el historiador, el
ensayista, el docente, el poeta y el dramaturgo fue también, a su turno, "hombre de a caballo".

El joven profesor radicado en Tucumán, de novio en Santiago del Estero con la que luego fue su esposa, Cornelia
Beltrán, realiza por encargo de su suegro larguísimas jornadas a lomo de mula, casi hasta el límite con Bolivia,
para atender el negocio mular que se encomendaba. ¡Cómo no hacerse "hombres de a caballo" con semejante
experiencia!". Y bien lo demostró trajinando leguas a lomo de mula con toda la premura posible, para asistir, desde
larga distancia, al cumpleaños de la novia...

En el texto de la conferencia sobre el gaucho, pronunciada en Chicago, Groussac agrega respecto de su


personaje: "Su existencia es azarosa y dura, pero no propiamente triste, merced a su fácil resignación, a su innato
y estoico fatalismo. Desde la infancia tiene endurecidos sus músculos y disciplinado su estómago. Se ha criado
alrededor de su rancho, entre las astas de los toros, ágil y fuerte, jinete como un centauro; teniendo por primeros
juegos infantiles el manejo del lazo y las boleadoras y la esgrima del cuchillo que serán muy pronto sus únicos
medios de existencia o defensa.

"Se conchaba más tarde en alguna estancia, casi nunca por mucho tiempo; pues prefiere vagas aquí y allá en
busca de fiestas, hierras y carreras impelido por el deseo incurable de la aventura y la nostalgia del desierto.
Indolente y pródigo, los pesos ganados se le escurren de los dedos."

Acertada consideración, que coincide con alguna página de Justo P. Sáenz (h.) en su cuento "Un gaucho". "El
gaucho que encuentra poco menos que una fortuna en el tirador de un indio muerto y juega todo hasta el último
peso, hasta quedar tan pobre como antes, pero soberanamente libre, sin ganas de echar raíces o poblar..."

También el alemán Germán Burmeister (1807-1892), sobresaliente hombre de ciencia, rengo por un accidente,
objeto de un ataque por un ordenanza furibundo, lo que le dejó graves secuelas, hizo honor a la caballerosidad del
gaucho.

Quien fuera activo director de nuestro Museo Nacional de Ciencias Naturales, Carlos Germán Conrado
Burmeister, escribió en su "Viaje por los Estados del Plata" (1587-1860):"Es muy injusto creer que los gauchos son
hombres groseros y brutales, o aun pensar que todos son más bien hombres que tienen dignidad y cierta
caballerosidad, por lo cual advierten en seguida la superioridad y se la reconocen a cualquier persona de mayor
cultura y más alta posición social, que los trate decentemente.
"No toleran el trato grosero y la pretenciosa arrogancia. Esto despierta en ellos muy pronto pasiones latentes, y
aquel que pretende tratar de arriba abajo a un gaucho, que no está a su servicio, puede estar seguro de escuchar
su réplica con el mismo menosprecio.

"Por mi parte, no trato nunca de ponerme de relieve frente al humilde; por eso siempre y en todas partes ha sido
tratado con respeto y consideración; por eso también los gauchos fueron pronto mis amigos."

Con libertad y franqueza

Burmeister cuenta que, contra todo consejo, se arriesgó a viajar por la pampa con dos relojes de oro y las
correspondientes cadenas cruzándole el pecho.

"Saludé a los gauchos -cuenta- sentándome en la silla ofrecida, y a vista de todos miré la hora, como si quisiera
comprobar cuánto tiempo habíamos andado.

"Naturalmente, ninguno de ellos se movió para quitarme el reloj y la cadena. Por el contrario, uno preguntó al
instante qué hora sería, y se inició una conversación (...) Ni en esta oportunidad ni más tarde, en ninguno de los
casos parecidos, he tenido jamás ocasión de quejarme del comportamiento de ningún gaucho.

"Siempre me he presentado con toda libertad y franqueza ante esta gente, como si fuera uno de ellos, y en cambio
me han tratado deferentemente, como a un extranjero de distinción a quien se debe respeto, y me han
demostrado cierta consideración en el trato, que pronto tenía que alejar necesariamente todo temor, si lo hubiese
tenido, tornándolo en confianza."

Tres testimonios, pues que por venir de extranjeros y ser expresados sin sentimentalismos localistas hacen honor
a la personalidad del a veces calumniado gaucho...

El autor es historiador y poeta especialista en temas gauchescos.