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Esta obra se benefició del PAP Francisco de Miranda,

Programa de Ayuda a la Publicación del Servicio Cultural


de la Embajada de Francia en Venezuela
con el apoyo del Institut Français
La influencia francesa en Venezuela
Marisa Vannini de Gerulewicz

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COLECCIÓN
FRANCIA
La influencia francesa en Venezuela
Marisa Vannini de Gerulewicz
© 1ª edición 1965 Universidad del Zulia
© 1ª edición 2018 Fundavag Ediciones
© Marisa Vannini de Gerulewicz

Coordinación general de la publicación

Federico Prieto
Corrección

Alberto Márquez
Diseño de la colección y diagramación

ABV Taller de Diseño, Waleska Belisario

Depósito Legal DC2018000910


ISBN: 978-980-7581-34-9

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de esta obra sin autorización expresa del Copyright

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La influencia francesa
en Venezuela
Marisa Vannini de Gerulewicz
PRESENTACIÓN
7

Para la Embajada de Francia en Venezuela es de especial significación


poner de nuevo al alcance de estudiosos y del público en general, el libro
de Marisa Vannini (1928-2016) titulado La influencia francesa en Venezuela.
Este trabajo de investigación histórica, que seguramente fue su primer libro
de relevancia, se publicó originalmente en 1965 con el sello editorial de La Uni-
versidad de el Zulia (LUZ), como resultado de haber obtenido el primer premio
en el concurso de ensayo organizado por la citada casa de estudios en 1963.
El veredicto que premió la obra estuvo firmado por José Nucete Sardi,
Guillermo Morón y Hercolino Adrianza Álvarez, nombres fundamentales en
los estudios de historia de Venezuela, lo que evidencia el valor que merece
esta publicación.
Muchas veces hemos señalado que la imagen cultural de Francia es una
de sus mayores fortalezas para relacionarnos con otros países. De ahí que
no escatimamos a la hora de valorar los intercambios que en esa área he-
mos establecido con Venezuela a lo largo del tiempo para nutrirnos de ellos
y comprender, más aún, cómo se han caracterizado y qué hemos aporta-
do y recibido. Solo así, con profundo dominio de nuestra historia común, es
que lograremos conocer mejor nuestra diversidad cultural para asegurar
excelentes y duraderas relaciones.
Reeditar La influencia francesa en Venezuela nos merece singular rele-
vancia porque, con su lectura, podemos hacer un amplio recorrido que se
inicia en el siglo XVI y culmina en la segunda década del siglo XX. Son 500
años de relación intensa que han unido a Francia y Venezuela, y que de la
mano de Vannini podremos explorar.
8 Los tópicos tratados son diversos y entre ellos destacan la influencia
francesa en el pensamiento político, la literatura, vida social y costumbres,
el estudio del francés, lecturas y traducciones, el impacto de la colonia fran-
cesa en la sociedad venezolana, contribuciones al estudio de la geografía,
viajeros venezolanos a París, publicaciones venezolanas y sobre Venezue-
la editadas en Francia, entre otros temas que nos anuncian la recuperación
de recuerdos olvidados y encontrarnos con descubrimientos interesantes.
Dejamos entonces en sus manos esta nueva publicación que patrocina
la Embajada de Francia en Venezuela, con la seguridad de que la misma es
un valioso aporte que contiene información, datos y bibliografía relevantes,
indispensables en la generación de nuevos conocimientos sobre la relación
histórica de nuestras naciones.
Más allá de ser una lejana visión de los históricos lazos que nos unen,
me gusta pensar que esta publicación marca la vitalidad y la actualidad de
nuestros intercambios intelectuales que seguimos escribiendo día a día, en
el umbral del Milenio, con la ambición compartida de mantener en alto lo
que hace la singularidad de nuestra relación bilateral.

Romain Nadal
Embajador de Francia en Venezuela
VEREDICTO 9

Nosotros, José Nucete Sardi, Guillermo Morón y Hercolino Adrianza Ál-


varez, miembros del jurado nombrado por la Facultad de Humanidades y
Educación de la Universidad del Zulia nos constituimos para examinar los
trabajos que concurrieron al Segundo Concurso de Ensayo y decidimos:
1. Otorgamos el Primer Premio al ensayo marcado con el Nº 6 y titula-
do «La influencia francesa en Venezuela», firmado con el seudónimo
«Leonardo».
2. Otorgamos el Segundo Premio al ensayo marcado con el Nº 2 y titula-
do «La novela indianista en Venezuela: Anaida e Iguaraya de José Ramón
Yepes», firmado con el lema El Estilo es el Hombre.
3. Concedemos una mención especial al ensayo marcado con el Nº 5 ti-
tulado «Interpretación de un genio popular», firmado por Marcial Luna, y
recomendamos su publicación por parte de la Facultad de Humanida-
des y Educación de la Universidad del Zulia.

José Nucete Sardi


Guillermo Morón
Hercolino Adrianza Álvarez

Caracas, 25 de noviembre de 1963.


I. LA ILUSTRACIÓN
INTRODUCCIÓN 13

Antes de entrar en el estudio de las influencias ejercidas por la «Ilustra-


ción» en este país, resulta conveniente explorar el pasado con el propósi-
to de determinar en cuanto sea posible los diversos contactos tenidos con
Francia. Ellos empiezan a ocurrir en el siglo XVI y están representados, prin-
cipalmente, por algunas aventuras de carácter pirata,* como la llevada a
cabo por Jacques de Bon Temps sobre la Margarita, o por la presencia de
gentes de origen francés: el cronista Juan de Castellanos recuerda en la fría
Tunja que cuando él, en sus mocedades, andaba entre la gente de Antonio
Sedeño por la costa de Maracapana se encontraba por los mismos parajes
un cura francés, su tocayo en cuanto a nombre y patronímico, pues tam-
bién se llamaba Juan de Castellanos.**
En el siglo XVII dichos contactos se hacen más frecuentes. Las potencias
europeas intentan el debilitamiento de la España Imperial (al cual contribuyó,

* La primera tentativa de piratería de que tengamos noticia fue llevada a cabo por un galeón francés el

25 de julio de 1528 contra Cubagua. Los franceses fueron derrotados y vivieron algún tiempo prisione-

ros en la isla. Uno de ellos llamado Jacques Fain, en 1533 intentó regresar acompañando al corsario Al-

phonse de Saintonge. (Véase el Cedulario de la Monarquía Española relativo a la isla de Cubagua).

** Véase Juan de Castellanos, Elegías…, Canto IV, estrofa 16. También Gerónimo Benzoni, en su dis-

cutida Historia del Mondo Nuovo, recuerda al «noble sacerdote francés Castigliani» (2.ª ed., Venecia,

1572, folio 9).

Otro francés que en el temprano siglo XVI tuvo contacto con los mares venezolanos fue Domingo Bar-

tolomé, que quiso renovar la aventura del milanés Luis de Lampiñán y preparó una «tartana» para

«pescar perlas y sacarlas de mucho fondo o de donde los negros no pueden llegar», la cual no tuvo éxi-

to, según confirmó Simón de Bolívar, contador (Archivo General de Indias, leg. 2, lib. I, folio 137).
14 en buena parte, la política de Richelieu, Mazarino y Luis XIV, quienes no po-
dían permitir el engrandecimiento de los Habsburgos, pertenecieran estos
a la línea alemana o a la línea española) atacándola en los mares del Nue-
vo Continente, asaltando sus puertos, persiguiendo sus flotas: filibusteros,
bucaneros (palabra de origen francés) y piratas fueron el azote de los es-
tablecimientos españoles en América durante buena parte del siglo XVII.
Los franceses Grammont y El Olonés son personajes característicos de es-
ta época. De sus andanzas quedó un refrán, ampliamente comentado por
Arístides Rojas: «Peor que el Olonés fue el inglés», y las ruinas de algunas
poblaciones que perdieron para siempre sus riquezas, como San Antonio
de Gibraltar.
Los filibusteros franceses tienen una corta pero fulgurante actuación en
nuestro país. Más que Nau (cuyas referencias pueden encontrarse en Ha-
ring o Arístides Rojas), Francisco Esteban Grammont de la Motte merece un
estudio detenido, porque los historiadores se limitan a mencionar algunas
de sus andanzas por el lago de Maracaibo y la jurisdicción de Trujillo, sin po-
ner debidamente de relieve sus hechos en el país. Grammont no es pirata
vulgar. Representa directamente la política del gran cardenal Richelieu y de
su sucesor Mazarino. La araña empurpurada había envuelto en los hilos de
su red a casi todo el mundo y ni los escondidos rincones de la provincia ve-
nezolana escapaban a sus cálculos. El 5 de junio de 1678 avistó Grammont
las costas de Coro.1 Gibraltar fue tomada, saqueada e incendiada. El 24 de
agosto, con 425 hombres, emprendía el camino de Trujillo. El 31 la atacó y el
16 de noviembre la incendió como lo puntualiza Mario Briceño Iragorry. Ya
en 1677, como refieren antiguos documentos conservados en la Sección de
Encomiendas del Archivo General de la Nación, en Caracas, se había apo-
derado de Valencia y por Cocorote y Guama había amenazado a la Nue-
va Segovia de Barquisimeto. En este mismo año también fue amenazada la
costa de Caracas por el marqués de Maintenon. A fines de 1677 los france-
ses atacaron a Santo Tomás de Guayana, y en 1682 ocuparon Trinidad e in-
cursionaron por el Orinoco. Todavía en 1686 Grammont, acompañado de
un tal Lorencillo, inquietaba la costa caraqueña.
A medida que nos acercamos al final del siglo XVII, se va perfilando una
mayor influencia de lo francés, fundamentalmente política y administrati- 15
va, que arrinconará viejas esencias peninsulares y estará precedida por un
breve período de influencia anglo-holandesa. En efecto, durante la Guerra
de Sucesión española la superioridad incontrastable de la marina anglo-ho-
landesa reducirá la actividad comercial franco-hispana, interrumpiendo las
comunicaciones normales entre las metrópolis y sus dependencias ultra-
marinas. Esta situación llevó a la Corona española a entregar el tráfico con
el Perú a los navíos franceses, y Luis XIV fijó el puerto de Saint-Malo como
centro de dicho comercio. Baralt anota al respecto:
Hízose por los habitantes de aquel lugar tan activa la contratación que muy
pronto inundaron las comarcas de América con mercaderías francesas a pre-
cios más moderados que los de las españolas; por lo que anuladas las exporta-
ciones de la Península, próximo a ser destruido enteramente el comercio y aun
la dependencia de las Colonias, se apresuró la Corte de Madrid a revocar su per-
miso y aun armó una Escuadra para arrojar a los franceses de los mares del Sur.

El matrimonio de Luis XIV y la infanta mayor de España, concertado de


acuerdo con el tratado de los Pirineos de 1659, no modificó en nada la lí-
nea política implantada por Richelieu y seguida por Mazarino en relación
con las cosas de la Península, sino que complicó extraordinariamente la
política peninsular y provincial americana. A estas complicaciones se aña-
dieron en diciembre de 1663 las suscitadas con la boda de la infanta Marga-
rita, menor hija del rey Felipe IV, con Leopoldo de Austria, pues se estipuló
en las capitulaciones que el segundo hijo de este matrimonio podría here-
dar la Corona española si el infante don Carlos, futuro rey, moría sin dejar
sucesión. España, para esta época, era apenas un fantasma de sí misma
y los cuadrilleros de la Santa Hermandad recorrían ahora yermos inhóspi-
tos. Casi 15 millones de habitantes tenía España en el siglo XVI. Las guerras
europeas, las expulsiones de judíos y moriscos y la empresa ultramarina la
habían reducido, a mediados del siglo XVII, a unos 6 millones. La mengua
española en poder político, en fuerza económica y en número de habitan-
tes no se manifiesta, en cambio, en la literatura o el arte, que alcanzan su
apogeo. Los mismos franceses aprovechan el romancero, la picaresca, la
16 obra de Calderón y de Guillén de Castro. En pintura sobresalen Murillo, Ve-
lázquez, Alonso Cano o Claudio Coello.
Consecuente con su línea contraria a la España de los Austria, Luis XIV
protegió a Portugal y auspició el casamiento del rey Carlos II de Inglaterra
con Catalina, princesa lusitana. Contando con la cooperación del monarca
británico se dedicó a perfeccionar los ingredientes de una coalición opues-
ta a España, iniciando sus actividades en este campo con la celebración
de un convenio ofensivo y defensivo con los holandeses, en abril de 1662.
Por su parte, el inglés Carlos II celebró otro de comercio y navegación con
la misma Holanda. Felipe IV murió el 17 de septiembre de 1665 y su testa-
mento hizo aún más tensa la situación, pues expresamente consignó que
no gobernaría a España la casa de Borbón. Durante la minoridad de su hijo
Carlos II asumiría la regencia la reina doña María Ana. El 19 de enero de 1668
se firma en Viena un proyecto de repartición de España. Los Habsburgos
alemanes no podían dejar escapar una presa tan jugosa. De este período
data también la invención de un imponderable factor político llamado la ba-
yoneta, el más eficaz aparato de adoctrinamiento inventado por el hombre
en su incansable afán de dominar las conciencias de otros hombres.
Continuaba la crisis política en España: motines ocurridos en Madrid ha-
bían obligado a exiliarse al inquisidor general; poco después otro privado,
Valenzuela, emprendía el viaje hacia las remotas islas Filipinas; la regente,
doña María Ana, se refugiaba en un convento. Ahora el personaje de ma-
yor influencia es don Juan de Austria, muy diferente del antiguo vencedor
en Lepanto. Don Juan era medio afrancesado y concertó el matrimonio en-
tre el enfermizo don Carlos II y la princesa María Luisa de Orleans. En es-
ta misma época actúa, con evidente perspicacia política, nuestro célebre
marqués de Varinas, Gabriel Fernández de Villalobos. La política y la alco-
ba se entremezclan siempre. La muerte de don Juan de Austria desbarató
los proyectos de los afrancesados. De nuevo volvió a ser figura primordial
la regente doña María Ana. Luis XIV no esperaba ya nada del matrimonio de
su sobrina Orleans con Carlos II. La hija de Leopoldo I y la infanta Margarita,
candidata a casarse con Carlos II, fue dada por esposa a Maximiliano Ma-
nuel, príncipe elector de Baviera, y aun cuando con el matrimonio renun-
ció a cualquier posible herencia española, las Cortes no lo entendieron así y 17
el casamiento le valió al príncipe elector su designación como lugartenien-
te español en Flandes. A la muerte de la Orleans el rey Carlos II contrajo se-
gundas nupcias con la hermana de la emperatriz de Austria y esto puso de
nuevo a los Habsburgos alemanes sobre la pista de la herencia española,
apareciendo entre ellos, como el más seguro aspirante, el archiduque Car-
los, segundo hijo del emperador.
El 9 de mayo de 1697 se reunieron en Ryswyck los plenipotenciarios de
Inglaterra, Holanda, Austria, España y Francia en busca de poner cese a
las continuas hostilidades de que era teatro Europa, como resultado de las
ambiciones desbocadas de Luis XIV. Todos, sin embargo, estaban conven-
cidos de que cualquier arreglo tendría carácter esencialmente temporal,
ya que la lucha inevitablemente se reanudaría al fallecer Carlos II sin dejar
sucesión.
Una real cédula del 10 de noviembre de 1700,2 que incluía una cláusula
referente a la sucesión, puso en conocimiento del gobernador y capitán ge-
neral de Venezuela el deceso del infortunado rey Carlos II. Desde ese ins-
tante la Gobernación venezolana vivió en constante sobresalto, ya que por
cédula con fecha del día siguiente se recomendaba la adopción de especia-
les precauciones con el fin de evitar cualquier conato de invasión. Otra cé-
dula del 11 de enero de 1701 le comunicaba al gobernador los proyectos de
invasión de los anglo-holandeses con el fin de proclamar la soberanía del
archiduque Carlos. La situación se agravó con ocasión de ser proclamado
rey de España don Felipe V por las Cortes reunidas en Madrid el 8 de abril de
1701. Una cédula de comienzos de 1701 había autorizado la entrada de na-
víos franceses a los puertos provinciales. Cédulas dadas en Barcelona el 13
de diciembre de 1701 trataban acerca de la defensa de la provincia y la re-
misión de donativos necesarios para el sostenimiento de la guerra.
Sin entrar en detalles con relación al desarrollo de la guerra de sucesión
en Europa, hay que señalar que la actividad de Richelieu, Mazarino y Luis
XIV impidieron el renacimiento del poderío de los Habsburgos alemanes,
ya que al finalizar la casa de Austria en España, una nueva dinastía, esta vez
de origen franco-navarro, enraizó, pese a los esfuerzos de la «gran alian-
18 za», que Guillermo II Orange había urdido entre Holanda, Austria, Inglaterra
y Portugal para asegurarle la corona al archiduque Carlos.
En septiembre de 1702 los holandeses practicaron un fugaz desembar-
co en La Guaira. Una cédula del 24 de julio de 1702 disponía el embargo de
los bienes pertenecientes a ingleses, holandeses y alemanes; otra dada en
el Campo Real de La Rioja comunicaba al gobernador el estado de guerra
con Portugal y otra aún dada en Madrid el 2 de noviembre de 1704 le preve-
nía que solamente en casos de verdadera urgencia podía solicitar auxilio de
las autoridades francesas establecidas en la Martinica.
En cédula del 7 de marzo de 1704 al capitán general, Felipe V manifies-
ta sus gracias por haber sido proclamado soberano por la provincia; poco
después de esta fecha, el gobernador inglés de Jamaica solicitó de las auto-
ridades provinciales venezolanas que jurasen lealtad al archiduque. En una
representación al rey de fray Diego de Cubchillos del 4 de agosto de 1704,
se declara que procedente de Curazao llegó a Caracas el viajero conde Bar-
tolomé de Capocelato, de quien había partidarios en la ciudad, los cuales
«tenían vendida la provincia al archiduque con tanta deliberación y certe-
za que tenían nombradas y señaladas personas para los oficios públicos y
militares», todo en complicidad con Nicolás de Ponte, gobernador, aseso-
rado por los oficiales reales Andrés Manuel de Urbina y Vicente Verois y por
los Villegas Blanco, Pontes y Herreras. El 29 de junio de 1706 el marqués de
Villaverde, con tropas portuguesas, entró en Madrid y proclamó rey al ar-
chiduque con el nombre de Carlos II. Estos sucesos coinciden con algunos
alborotos ocurridos en Caracas y todavía no aclarados en cuanto a su ori-
gen y finalidades. En 1708 son introducidos en la provincia pliegos y retratos
del archiduque. Entre tanto, los holandeses de Curazao habían estableci-
do factoría y pueblo en Tucacas, de donde fueron desalojados hacia 1715.
En enero de 1712 se iniciaron las conferencias de Utrecht, que conduje-
ron al tratado del mismo nombre. En 1713 la Corona solicitó un donativo pa-
ra la continuación de la guerra contra los catalanes rebeldes, donativo que
fue remitido en 1717.
Ya asentada la nueva dinastía, se firmó un convenio con el Real Asiento
de Inglaterra el 26 de marzo de 1713 para el abastecimiento de esclavos a
las colonias. Una real orden del 13 de julio de 1719 dispone el apresamien- 19
to de los buques franceses, sus tripulantes y decomiso de los efectos en
caso de arribadas. Las hostilidades con Inglaterra fueron suspendidas for-
malmente en 1720. No por esto desaparecieron las inquietudes de los co-
lonos. Ya los holandeses apoyaban a Andresote; ya los ingleses atacaban a
La Guaira, como lo llevaron a efecto el 22 de octubre de 1739. En 1740 los in-
gleses incendian a Santo Tomás de Guayana; en 1741 hay guerra entre Es-
paña e Inglaterra; el 3 de marzo de 1743 Knowles ataca a La Guaira y el 27 de
abril a Puerto Cabello. En 1749 los sefarditas holandeses de Curazao ayu-
dan a Juan Francisco de León.
Como fruto de estas continuas agitaciones, la provincia experimenta
frecuentes crisis económicas, debidas a la paralización del tráfico marítimo
por los bajos precios de los frutos en los mercados europeos. Sin embar-
go, hay evidentes signos de progreso general bajo la nueva dinastía. Es-
ta introduce el sistema de las Intendencias y se fomenta en cierta medida
el comercio librero a través de las compañías mercantiles igualmente pro-
movidas; hacia 1783 algunos personajes rurales, como el doctor Juan Per-
domo, en la apacible población de La Victoria, disponían en su biblioteca de
escogidos títulos franceses e italianos que despertaron la curiosidad del
conde de Ségur. En la misma época, don Baltasar de los Reyes Marrero, en
los umbrosos claustros universitarios golpeará duramente con su Descar-
tes el muro hasta entonces intocado del tomismo colonial.
Por otra parte, en la segunda mitad del siglo XVIII, y especialmente des-
de el advenimiento al trono de Carlos III, empieza a producirse en España
el afrancesamiento de las letras y de las costumbres: «Comíamos, vestía-
mos, bailábamos, pensábamos a la francesa», dirá Manuel José Quintana,
criticando el nefasto influjo galo. Obviamente, algo de este afrancesamien-
to iba pasando a las colonias, que lo aceptaban para complacer a los mo-
narcas: así, en 1785, al celebrarse en Caracas el cumpleaños de Carlos III,
uno de los números del programa consistió en elevar una gigantesca Mont-
golfiera de papel.3 Las cordiales relaciones que mantuviera con Francia el
rey Carlos III se revelan también en el envío de ganados y víveres a las is-
las francesas del Mar de las Antillas, en 1777, por parte de las provincias
20 venezolanas de Caracas, Cumaná y Guayana. Otras instrucciones del rey
Carlos III, en los días de la guerra con Inglaterra y de la alianza ofensiva y
defensiva entre España y Francia, recomendaban a los gobernantes de In-
dias hostilizar a los súbditos y propiedades británicas, y proteger, en cam-
bio, a las tropas francesas que se acercasen: el 10 de febrero de 1783 arribó
en efecto a Puerto Cabello la Escuadra Francesa al mando del marqués de
Vaudrevil, que fue bien recibida y auxiliada en todas sus necesidades.4
A partir de los sucesos revolucionarios de 1789 en París la colonia vivió
un estado de agitación permanente. Las autoridades recibían y trataban de
cumplir continuas órdenes que perseguían el alejamiento de la propagan-
da revolucionaria. Manos misteriosas disparaban cohetes para celebrar las
victorias del pueblo francés.
Las simpatías populares por Francia eran como eco de la aceptación de
la cultura francesa por los núcleos más poderosos de la provincia.
LA INFLUENCIA FRANCESA EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO 21

La primera gran etapa de influencia francesa en Venezuela está repre-


sentada por el pensamiento de la Ilustración, que llega a la Capitanía General
a fines del siglo XVIII a través de España. A partir de la Revolución france-
sa las nuevas ideas se abren camino por conductos diversos, muchos de
ellos clandestinos: los derechos del hombre, por ejemplo, penetran proba-
blemente desde el Nuevo Reino, donde los había traducido Nariño (1783), y
también desde Santo Domingo o Guadalupe, donde posiblemente los impri-
mió Picornell, ayudado por Cortés en 1797.5 Desde 1778 habían empezado a
llegar a Venezuela, como a toda la América hispánica, cédulas y reales órde-
nes que prohibían la circulación de diversas obras (ya desde 1770 prohibidas
en España) que atacaban la potestad real, la suprema potestad pontificia,
los dogmas de la religión católica, o eran consideradas impías y obscenas.
La mayor parte de estas obras estaban escritas en francés.6 En el Archivo
General de la Nación, en Caracas 7, puede leerse el testimonio de la cédu-
la expedida a los virreyes, presidentes, etc., con fecha 20 de abril de 1778,
por la cual el Rey comunica que habiendo comenzado a introducirse en sus
dominios un libro en octavo mayor, escrito en lengua francesa, titulado Año
dos mil cuatrocientos cuarenta, impreso en Londres en 1776, y contrario a
la religión católica y a los derechos de la monarquía, ha resuelto «que ade-
más de prohibirse por el santo oficio este perverso libro, se quemen pública-
mente por mano del verdugo todos los ejemplares que se encuentren… y se
tenga cuidado que no pase de los puertos».8 Otras publicaciones contempo-
ráneas en lengua francesa, ingresadas clandestinamente, fueron las titula-
das: Apocalipse de Chiokoyhikoy, chef des Iroquois, sauvages du Nord de la
22 Amérique, un Extracto del Manifiesto de la Asamblea Nacional francesa y la
Mort de Robespierre.9 La prohibición, por parte del Rey, de estos libros nos
demuestra la propagación del impreso en las provincias ultramarinas. Dice
Teresa de la Parra en su Tercera Conferencia:
(Hacia 1787) pasarse en secreto los libros prohibidos era una «sport». Leerlos era
una delicia, no por lo que dijeran sino porque los prohibía una autoridad que no
penetraba en la conciencia. A fin de cuentas era el contagio inevitable y virulen-
to de la Revolución francesa que transmitía la misma España y que respondía en
América a cambios y reformas urgentes a la dignidad criolla

En el mismo período, el gobierno español envió también disposiciones


para que se vigilase, arrestase y remitiese a España todo extranjero sospe-
choso de introducir en América papeles sediciosos, y en su esfuerzo de ais-
lar las colonias para evitar cualquier contacto intelectual con la propaganda
revolucionaria, prohibió la entrada de «Negros comprados o prófugos de las
Colonias francesas», según consta en Real Orden con fecha 21 de mayo de
1790 recibida en Caracas por el gobernador Guillelmi. Seguía, sin embargo,
la alianza de la rama borbónica española con la república francesa. Así, en
mayo de 1792, una corbeta con oficiales y tripulantes franceses sondeaba
la costa de Coro:10 En 1793 tuvo lugar la intervención de tropas coloniales
venezolanas (transportadas desde Puerto Cabello por los navíos de la flota
de Gonzalo de Aristizábal) en relación con los disturbios de Haití, y en 1800
fueron recibidos y auxiliados en Caracas los famosos generales Kerver-
seau y Chanlatte, quienes con numerosa población huían de Santo Domin-
go después de la Capitulación. Al llegar allá el general Leclerc, al frente de un
poderoso ejército expedicionario, el gobernador Guevara Vasconcelos, in-
sistiendo en su idea de que el restablecimiento del orden en Santo Domingo
era tan interesante para España como para Francia, le ofreció en calidad de
préstamo cuatrocientos mil pesos, y grandes cantidades de mulas.11
En el terreno de las ideas políticas y sociales, la influencia francesa se
manifiesta de modo extraordinario sobre todos los hombres de la eman-
cipación, empezando por Miranda12 y Bolívar, que habían vivido larga e in-
tensamente en Francia, hablaban el francés con fluidez, eran entusiastas
lectores de los filósofos franceses y aceptaban y aplicaban muchas de sus 23
doctrinas. Dicha influencia, sin embargo, estuvo condicionada por las esen-
cias místicas de la tradición española y el empirismo inglés. La Revolución
francesa suministró el ropaje verbal con el cual se disfrazaron viejas ideas
que ya habían sido expuestas por los comuneros paraguayos, los vegueros
cubanos de Calabazar, Juan Francisco de León en 1749, o los hombres que
en la villa de El Socorro, entrañas del Nuevo Reino de Granada, izaron ense-
ñas de rebelión contra los funcionarios reales.
En el caso de Bolívar se hace necesario un estudio a fondo de su ideario.
El problema de las fuentes del Libertador está en plena vigencia y no ha si-
do debidamente analizado. Hay diferencias profundas y sustanciales entre
el pensamiento de Rousseau y el bolivariano; si contraponemos lo funda-
mental de las ideas de Rousseau y Bolívar, las del Libertador podrían per-
mitir formar un anti-Rousseau. Este es un tema sustancial en la historia de
las ideas políticas americanas y su exposición exigiría un verdadero ensayo,
una metódica y amplia indagación. El examen somero, carente de profun-
didad, de los temas filosóficos del período de la «Ilustración» con referencia
a los conceptos bolivarianos, puede conducir a una fácil identificación del
ideario bolivariano dentro de semejante encuadramiento, pero un análisis
más hondo pondría de resalto las diferencias. Hijo de su época, el Liberta-
dor responde al ideario filosófico imperante en sus lineamientos generales:
pero a ese ideario él le introduce modificaciones profundas, producidas por
el contacto con la realidad a la cual se enfrenta, y con la comunidad a la cual
sirve de guía y conductor en la etapa genésica de su formación social y de
su integración política.
A este tema se agrega otro igualmente importante, el de determinar los
alcances de la influencia roussoniana de Simón Rodríguez sobre Bolívar. El
Libertador, generoso siempre, exageró románticamente la influencia del
maestro: se encontraba en el apogeo de su gloria cuando el viejo misántro-
po, su antiguo y excéntrico amigo, llegó hasta él casi deshecho por los em-
bates de la fortuna. Una revisión, desde nuevos ángulos, del pensamiento
bolivariano, quizás reduciría a más estrechos límites la posible influencia de
Simón Rodríguez sobre el espíritu de su genial discípulo.
24 Aunque las ideas revolucionarias de Francia ya no son consideradas co-
mo una de las causas que producen la Emancipación, es cierto que la in-
fluencia francesa en general origina el comienzo del alejamiento espiritual
y cultural de las colonias con respecto a la Madre Patria. Así lo sostuvieron
muchos de los escritores americanos. Dice Zum Felde:13
Por la influencia francesa, la América española dejó de ser española, diferen-
ciándose, en gran parte, de los padres colonizadores. La misma revolución de
la Independencia fue debida, en mucho, a la acción de las ideas francesas so-
bre la mentalidad de los jóvenes americanos. El enciclopedismo del siglo XVI-
II, el racionalismo del Contrato Social, la llamarada de la revolución del Ochenta
y Nueve, fueron una fuerza psicológica importante en la descomposición del or-
den colonial preexistente y en la gestación de una conciencia política liberal en
el seno de la clase culta. El verbo entusiasta de la Convención está en la boca
de todos los tribunos ibero-criollos, desde Bolívar, en el Trópico, hasta Moreno
y Monteagudo en el Plata. Los escritos, proclamas y alegatos, de generales y de
publicistas, están plagados de galicismos de forma, a más del galicismo de fon-
do. Al «corromperse» el espíritu español de los americanos, por la acción de la
ideología francesa, se corrompía igualmente el idioma, por la sugestión literaria
del libro francés… Francia ha sido, así, nuestra maestra, por antonomasia abso-
lutista, como España fue nuestra madre, por el hecho histórico.

También los venezolanos de la generación posterior a la de los Próceres,


así lo habían intuido. Dice Baralt:14
En Venezuela no existió nunca una clase en donde se enseñaran la historia de
España y su literatura, y aún a fines del siglo decimoctavo, cuando el comercio y
la educación pública habían recibido mayor ensanche, las primeras ideas de los
naturales, acerca de las humanidades, las aprendieron en libros extranjeros. Los
nombres de Racine, Corneille, Voltaire y otros insignes autores franceses, fue-
ron conocidos y ensalzados primero que los de Lope de Vega, Calderón, Garci-
laso, Granada, León, Mariana y tantos otros príncipes de la literatura castellana.

Y Pedro Emilio Coll, en 1901:15


Ya desde fines del siglo XVIII los libros de los Enciclopedistas preparaban en Ve-
nezuela no sólo la revolución política sino la literaria. Antes de la ruptura de la 25
gran Colombia un autor de la época señalaba la fermentación que Rousseau,
Voltaire, Montesquieu, etc., habían producido en los cerebros venezolanos, lan-
zándolos en reformas y empresas intempestivas. Después de la Independencia
quedó casi roto el cordón umbilical que nos unía a España. Desde entonces las
letras de Francia han quedado ejerciendo su preponderancia en las venezola-
nas. Bueno o malo hay que reconocer que este hecho ha producido efectos pro-
fundos en nuestra manera de pensar y escribir. Muy pocos serán los que desde
don Andrés Bello hasta hoy no se hayan embriagado alguna vez cuando no con
puro vino de champaña, con agua fangosa del Sena.

El primero de enero de 1901 Jacinto López, al presentar el primer núme-


ro de El Cojo Ilustrado, en el nuevo siglo recuerda los pasados:
El siglo XVIII es famoso por la famosa Revolución francesa, la más radical, la más
universal, la más formidable de cuantas revoluciones se han operado en el mun-
do. Todos los progresos políticos y sociales que son el orgullo de la civilización
moderna parten del esfuerzo colosal de la gran patria de los Enciclopedistas…
El siglo XIX es el siglo de los genios: Napoleón, Bolívar, Víctor Hugo, Goethe, Edi-
son, Wagner. Las conquistas sociales y políticas de la Revolución francesa son
en este siglo afirmadas y consolidadas. Difundidas por el mundo, todos los mo-
vimientos revolucionarios se hacen en nombre de sus principios.

En un ensayo sobre la influencia de los escritores extranjeros en el movi-


miento literario de Venezuela, dice Gil Fortoul en 1904:16
En la última década de la historia de Venezuela (1893 a 1903) el estilo literario
tendió a transformarse separándose de ciertas tradiciones nacionales, ello so-
bre todo bajo el influjo de las literaturas europeas, especialmente de la francesa.
Para comprender y explicar el carácter y extensión de tal movimiento es preciso
señalar, siquiera de prisa, los puntos salientes de la evolución anterior. Nótese
desde luego que la tendencia literaria que se manifiesta en los comienzos de la
República (período de 1810 a 1830) parece contradictoria con la tendencia social
y política. En ésta predomina el espíritu de la revolución norteamericana y de la
Revolución francesa, cuando en la otra sigue imperando, salvo raras excepcio-
26 nes, el espíritu clásico español. Los diputados al congreso de 1811 muéstranse
familiarizados con todos los pormenores de la vida política de los Estados Uni-
dos y de Francia, a tal punto que se les creería salidos de las escuelas de Filadel-
fia y de París. Esto se modifica a raíz del desastre de 1812, y desde 1813 Bolívar,
Sanz y Ustáriz sustituyen la imitación americana y francesa con otro sistema po-
lítico que se inspira especialmente en el régimen constitucional inglés (plan de
gobierno de 1813 y Constituciones de Angostura, Cúcuta y Bolivia), sistema que
el genio del Libertador, mezcla singular de lirismo democrático y positivismo au-
tocrático, defendió y propagó con incansable elocuencia hasta las postrimerías
de su fecunda carrera. Bolívar, nutrido de filosofía política inglesa y lector asiduo
de los literatos franceses, emplea en sus discursos y proclamas un estilo nue-
vo, plagado a menudo de galicismos, pero siempre personal, armonioso y rico.

También Francia, por su parte, demostró gran interés hacia la Indepen-


dencia de Venezuela que fue seguida paso a paso por la prensa france-
sa. En el ejército libertador de Bolívar lucharon 7 ciudadanos franceses con
rango de general, 16 con rango de coronel, 9 con rango de comandante, 23
con rango de oficiales subalternos. Algunos de ellos perdieron la vida en el
campo de batalla, como los oficiales Larrente y Rosset, muertos en junio de
1812 en La Victoria.17 Otros llevaron a cabo acciones heroicas, como los co-
roneles René Beluche, quien salió de Los Cayos en 1816 comandando el In-
dependiente que traía al Libertador, y luchó a su llegada en aguas de la isla
de Margarita, y Nicolás Joly, que mandó el vapor Marte en la batalla del La-
go de Maracaibo el 24 de julio de 1824. Otros aún se radicaron en Venezue-
la, como el comandante Ramón Castess, muerto en Caracas en 1846, que
había combatido a las órdenes de Urdaneta y había estado con Bolívar en la
toma de Bogotá.
Datos significativos de la atención de Francia hacia lo venezolano, son
también las numerosas ediciones hechas allá antes de 1820 de obras rela-
cionadas con la Emancipación. En 1815, en París, fue publicada la Mémoire
pour servir á l’Histoire de la Révolution de la Capitainerie Générale de Cara-
cas, depuis l’abdication de Charles IV jusqu’au mois d’Août 1814, escrita por
Poudenx y Mayer, quienes fueron testigos de los sucesos. En 1817, siempre
en París, se publicó Acte d’Indépendence, Manifeste, Constitution de la Ré- 27
publique Fédéral du Vénézuela, au Continent de l’Amérique du Sud; suivis
de Documents sur la Guerre avec l’Espagne. En el mismo año se hizo simul-
táneamente en Londres y en París, la edición de la obra que el venezolano
Manuel Palacio Fajardo, ilustre prócer de la Independencia, bajo el seudóni-
mo de «un ciudadano de la América meridional», escribió en inglés: Outline
of the Revolution in Spanish America. La edición francesa de la obra, tradu-
cida del inglés, tenía como título Esquisse de la Revolution de l’Amérique
Espagnole. Además de la de 1817 se hicieron en Francia otras dos edicio-
nes, en 1819 y en 1824. En 1819 se tradujo en París el discurso del Libertador
al congreso reunido en Angostura en febrero de ese año. En 1826 también
se editaron en París las Mémoires du Général Morillo, Comte de Carthagé-
ne, Marquis de la Puerta, Relatifs aux principaux événements de ses cam-
pagnes en Amérique de 1815 à 1821. El más importante de los escritos que
componen la obra del general Morillo ya había sido publicado en Caracas,
hacia fines de 1820, con título: Manifiesto que hace a la nación española
el teniente general don Pablo Morillo, conde de Cartagena, marqués de la
Puerta, y general en jefe del ejército expedicionario de costa-firme.
La gloria de Bolívar fue reconocida en Francia desde sus comienzos:
Casimiro Delavigne (1793-1843) lo celebra en su Meseniana Trois jours de
Christophe Colomb, ya en 1821 se había publicado en París la Histoire de
Bolivar de Ducoudray-Holstein. Como datos curiosos y que demuestran su
gran popularidad, recordaremos el auge que tuvieron en Francia a lo lar-
go del siglo XIX el célebre «chapeau Bolívar», y también el abanico «Bolívar»
con el romántico retrato del Libertador. Teresa de la Parra recordó el origen
del «chapeau Bolívar» en su Tercera Conferencia, y Luis López Méndez des-
cribió el abanico «Bolívar» en un folleto ilustrativo.18
La influencia francesa fue cimentada también por viajeros, científicos y
artistas. Desde fines del siglo XVIII cultos caballeros galos visitaron a Ve-
nezuela, y varios entre ellos dejaron testimonio de sus observaciones en
obras que, además de ser fuentes históricas, contribuyeron a hacer cono-
cer el país en el mundo.
El conde de Ségur, junto con los oficiales Lameth, Dumas, Vioménil,
28 Linch, Dessoteaux, Champcenetz, el príncipe de Broglio, el duque de Dos
Puentes y el duque de Laval, llegó a Puerto Cabello en la Escuadra Francesa
del Marqués de Vendrevil el año de 1783 y recorrió parte de Venezuela co-
nociendo Valencia, La Victoria, Maracay, Caracas y La Guaira. Dejó constan-
cia de este viaje en su Memorias.19
Francisco Depons permaneció en Venezuela como corresponsal del go-
bierno francés desde 1801 hasta 1804, y en 1806 publicó en París su obra
Voyage á la Partie Orientale de la Terre-Ferme, considerada la mejor des-
cripción en todas sus fases de la Capitanía General de Venezuela en los pri-
meros años del siglo XIX.
Dauxión-Lavaysse visitó la parte oriental de Venezuela y la isla de Trini-
dad entre 1801 y 1807, y en 1813 publicó en París el Voyage aux îles de Tri-
nidad, de Tabago, de la Marguerite et dans diverses parties de Vénézuela.
Hacia 1825 llegó a Caracas Martin Maillefer, quien fuera redactor Jefe
del Peuple Souverain de Marsella; la capital tuvo en él su primer cantor ex-
tranjero, pues inspirado en el terremoto de 1812 escribió Les fiancés de Ca-
racas, poème éclectique, obra publicada en París en 1829 y reimpresa en
Caracas en 1917, en la traducción y con preámbulo de Santiago Key Ayala.20
Varios hombres de ciencia también se destacan en este período: Ama-
deo de Bonpland, médico y naturalista francés, acompañó a Humboldt
en sus excursiones en 1799 y 1800, y efectuó importantes estudios geo-
lógicos, orográficos, botánicos y astronómicos; cuando más tarde, en Pa-
raguay, fue mantenido en cautiverio por el gobierno dictatorial del doctor
Francia, Bolívar intervino con varias cartas, desgraciadamente sin éxito, pa-
ra lograr su libertad.
Otro francés, Felix Rolinchon, había descubierto en 1799 la cueva de
Atauripa, descrita por Humboldt cuando en 1800 visitó los grandes rauda-
les de Atures y Maipures.21
El doctor Boussingault llevó a cabo, en 1822, exploraciones geológi-
cas en los valles de Caracas y de Chacao y contribuyó a los estudios quí-
micos con sus trabajos sobre el urao; siguiendo las huellas de Humboldt y
Bonpland realizó una ascensión a la Silla de Caracas, visitó luego otros para-
jes de Venezuela, y escribió sus Memorias (Viaje por Venezuela). Esta obra
fue publicada en Caracas, 1948, por la Dirección de Cultura del M.E., en la 29
traducción y con prólogo de Enrique Planchart, pero una vez impresa fue
destruida para evitar su circulación, ya que se consideró ofensiva para la
memoria del Libertador, pues contenía pasajes que afectaban accidental-
mente la personalidad de Bolívar y de Manuelita Sáenz.
Al terminar el año de 1824 dictaba clases en la Universidad Central el ilus-
tre médico Santiago Bonneaud, primer catedrático de patología. Otro fran-
cés profesional de la medicina fue el Dr. Juliac, elogiado por Humboldt.22
No faltaron los artistas: el Dr. Roulin dejó un admirable perfil del Liberta-
dor, el cual servirá de modelo para las obras posteriores de Carmelo Fer-
nández, David d’Angers y Pietro Tenerani.
Finalmente nos encontramos en este período con decenas de franceses
que se asientan en el territorio venezolano, pero especialmente en el orien-
te (Carúpano, Caripe, Teresén o Ciudad Bolívar) y dedicados a las más di-
versas tareas se convierten en factores económicos de gran importancia.
Hasta en la toponimia podría ser rastreada esta influencia francesa. La geo-
grafía, en nombres de montañas, ríos o sitios habitados ha dejado cons-
tancia de que los venezolanos miraron mucho hacia Francia en una época.
Algún francés dejó huellas de su paso por Barinas y Anzoátegui en sitios
que conservan el recuerdo de su nacionalidad. El cambio de dinastía en Es-
paña en 1700 dio como resultado la aparición de localidades bautizadas
con el apellido Borbón. El natural bochinchero de los venezolanos ha mul-
tiplicado Las Rochelas. No falta un París Chiquito en Falcón, ni un Barrio
Latino con su Coqueta. Hay, en fin, varios vecindarios Versalles, casi una
decena de Verdun y hasta unos picos que recuerdan antiguas glorias de
Francia: Bonpland y Fernando de Lesseps.
30 LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA LITERATURA

La influencia francesa parece manifestarse al principio solo en el cam-


po político-social. Las letras venezolanas son todavía reacias a las noveda-
des europeas, y está aún muy arraigada la influencia literaria de España. El
idioma castellano sigue fiel a los viejos moldes, y corresponderá a un vene-
zolano, Rafael María Baralt, con su Diccionario de galicismos (Madrid, 1855),
ser el campeón del purismo y de la lucha antigalicista. Sin embargo, Baralt,
aduanero insobornable del idioma, no respondía a las exigencias de la hora.
Ya en el siglo XVIII había empezado la infiltración de los idiomas, de las lectu-
ras y de algunas costumbres de Italia y Francia, especialmente en Caracas.
Rousseau fue el autor más leído en la América latina en el siglo XVIII, di-
ce Mariano Picón Salas;23 y tal era en Venezuela su popularidad que al lado
de las obras filosóficas y de las novelas, se leía también su Diccionario de
la música: lo cita entre sus fuentes de orientación el venezolano Meserón,
que publicó en 1824 Explicación y conocimientos de los principios genera-
les de la música.24
Otro autor francés de gran importancia en el desarrollo del pensamiento
independentista fue Volney, cuya decisiva influencia aún no ha sido indaga-
da: la dedicatoria que aparece en «Las ruinas de Palmira» fue recogida por
el Libertador en su discurso de Angostura, pero también en el «Delirio so-
bre el Chimborazo» hay rastros de ella.
Una indagación en torno a los discursos de los diputados acreditados
ante la Asamblea Nacional francesa de 1789 nos revelaría no pocas sorpre-
sas: hallaríamos que buena parte de los temas bolivarianos sobre el senado
hereditario procedían del ideario de Lally-Tollendal.
Los reglamentos del Estado Mayor Libertador, a partir de 1820, son tra- 31
ducción de sus similares franceses y hasta la misma ley de patronato de
1824, aún vigente, parece se inspiró en el célebre concordato celebrado por
el primer cónsul a nombre de la República Francesa con la Sede Romana.
La traducción de Atala de Chateaubriand, por Simón Rodríguez, publi-
cada en París en 1801,25 seguida en Caracas por la publicación, en 1832, de
la Ifigenia de Racine traducida por Navas Spínola (quien es además traduc-
tor de las Lecciones de historia de Constantin François Volney, publicadas
en Caracas en 1831),26 marca el comienzo de la aceptación, no ya de la filo-
sofía, sino de la literatura francesa en Venezuela, y preconiza la larga serie
de traducciones que aparecerán, especialmente en Caracas, en la segunda
mitad del siglo XIX, como fruto de los estudios del francés y de la influencia
de los ideales literarios del Romanticismo galo. Entre los primeros traducto-
res de la poesía francesa recordaremos también a don Vicente Tejera, con
su soneto El aborto (traducción de «L’avorton» de Jean Hesnault), que da-
ta todavía del siglo XVIII. De otro género es el resumen —traducción que el
doctor José María Vargas hizo del libro de Maurice de Viarz, L’aide de camp
ou l’autor inconnu. Souvenirs des deux mondes—, publicado en París en
1832. El doctor Vargas es además autor de un Bosquejo de la historia de la
Francia,27 y trabajó en una versión del Contrato social de Rousseau.28
También entre las obras impresas durante la primera república ocupan
lugar importante los autores franceses, con la reimpresión hecha en Ca-
racas en 1811 por Juan Baillío de los Derechos del hombre y del ciudada-
no, con varias máximas republicanas; y un discurso preliminar dirigido a los
americanos29 y con la publicación en 1812 en la misma imprenta de Baillío
de la Lógica de Condillac, traducida por don Bernardo María de la Calzada.
Es de la misma procedencia la primera obra filológica publicada en Caracas
en 1824, impresa por Tomás Antero: Arte de escribir con propiedad, com-
puesto por el abate Condillac, traducido del francés, y arreglado a la lengua
castellana; y es conocida la influencia que ejerció Condillac en las ideas de
Andrés Bello. No sabemos si se realizó la reimpresión del Contrato social de
Rousseau, para la cual se había abierto una suscripción según aviso publi-
cado en la Gazeta de Caracas el 19 de febrero de 1811;30 sin embargo, pa-
32 ra 1828 encontramos la publicación caraqueña realizada por la imprenta
de Tomás Antero, de su «Discurso premiado por la Academia de Dijon, en
el año de 1750, sobre la siguiente cuestión, propuesta por la misma acade-
mia: Si el restablecimiento de las ciencias y de las artes ha contribuido a de-
purar las costumbres».
Es importante también destacar que los principales impresores republi-
canos son franceses o de origen francés: Juan Baillío, criollo de Haití, Luis
Delpéche, Víctor Chasseriau, Andrés Roderick, Damiron y Dupouy, quie-
nes en 1830 tiene el taller litográfico que en 1822 había adquirido el coronel
Francisco Avendaño.
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA VIDA SOCIAL Y COSTUMBRES 33

A principios de 1800 ya se encuentran en las costumbres y en la vida


social locales indicios del comienzo de la influencia francesa. Como tes-
timonio de este fenómeno nos quedan los juicios que sobre la sociedad
venezolana de aquella época han dado los viajeros que estuvieron en Ve-
nezuela a fines del siglo XVIII y principios del XIX. El conde de Ségur, que co-
noció a Caracas en 1784, alaba la belleza de las damas, la riqueza de sus
trajes, la elegancia de sus modales. Humboldt la visitó en 1799, y opina así:31
En muchas familias de Caracas he hallado gusto por la instrucción, conocimien-
to de los modelos de literatura francesa e italiana, y una predilección decidida
por la música, que cultivan con éxito y que sirven para unir las diferentes clases
de la sociedad, como lo hace la cultura de las bellas artes.

Francisco Depons observa: 32


Toda la juventud española (entiéndase venezolana), penetrada de la insuficien-
cia de su educación, procura remediarla, buscando con avidez en libros extran-
jeros lo que falta a su instrucción.

De la primera década de 1800 datan también las observaciones de Dau-


xión-Lavaysse:33
Se encuentra en la ciudad de Caracas el lujo de las capitales de Europa, y
un refinamiento y una exageración en su cortesía que tiene de la gravedad
española y de las costumbres voluptuosas de los criollos. Se dijera que sus
costumbres son una mezcla de las costumbres parisienses y de las grandes
ciudades de Italia.
34 Para 1750 ya tenía Caracas su primera botica francesa, fundada por don
Pedro Blandain cerca de la esquina de Cují. Hacia esta época algunos ciu-
dadanos franceses empiezan a aparecer en la crónica colonial de Venezue-
la: el doctor Francisco Cabrillac de Fontaines protagonizó, quizás, el primer
escándalo social que provocara ciudadano francés, al celebrar matrimonio
religioso en Cumaná a través de la reja de una ventana, el 23 de diciembre
de 1766, con doña María Rosario García de Urbaneja, cuyo padre no quería
aceptar como yerno a un «médico», porque «para sangrador le bastaba su
barbero».34
Guillermo Truen, de profesión cirujano, y Juan Bautista d’Arnautz, botáni-
co, por su conducta no muy clara mantuvieron despierta la curiosidad de los
caraqueños en el año 1768, hasta que por fin, averiguado el caso, el goberna-
dor Solano expulsó a d’Arnautz, por considerarlo individuo muy peligroso.35
Junto con las obras filosóficas, las novelas, el rouge y el Champag-
ne empezaron a llegar, no sabemos si libremente, los trajes de la Revolu-
ción francesa: se vendían en Caracas incroyables y «sanquilotes», y dice
José Antonio Calcaño que en 1810 José Luis Landaeta usaba su «sanqui-
lot» en las reuniones del Club de los Sin-camisa.36 En el mes de mayo de
1808 la compañía francesa de M. Espénu marcó el comienzo de la ópera
en Caracas: la orquesta se reunió entre los caraqueños y fue llamado a di-
rigirla Juan José Landaeta, quien además de leer y escribir el francés, cosa
muy corriente en Caracas a principios del siglo XIX, también lo hablaba. Los
cantantes franceses presentaron en el teatro de El Conde, trozos de ocho
óperas distintas (entre las cuales Pizarre ou la Conquete du Perou, del fran-
cés Pierre Joseph Candeille) logrando un éxito completo.37 La prima donna
Juana Faucompré inspiró al joven Andrés Bello el célebre soneto: «Nunca
más bella iluminó la aurora», que es la manifestación de la admiración in-
condicionada del sudamericano frente a la fascinación de la francesa. Mu-
cho más tarde dirá Rubén Darío: «Mi esposa es de mi tierra, pero mi querida
es de París».
NOTAS

1. Luego penetró en el lago de Maracaibo. 35


2. Cédulas y otros documentos manuscritos citados en este capítulo, se encuentran en el Archivo Ge-

neral de la Nación, Caracas.

3. Archivo General de la Nación: «Gobernación y Capitanía General». Tomo XXXI, folio 53.

4. Véase Héctor García Chuecos, Siglo XVIII venezolano, Caracas-Madrid, Ed. Edime.

5. Véase Pedro Grases, La conspiración de Gual y España y el ideario de la Independencia, Caracas,

1949, págs. 55-64.

6. José Torre Revello en El libro, la imprenta y el periodismo en América durante la dominación españo-

la (Buenos Aires, 1940) recuerda, entre otros: Año 2440, La France libre, Des droit et devoirs de l’hom-

me, La Constitución francesa.

7. Archivo Nacional. Capitanía General. Diversos. Tomo LI (1778), pág. 450

8. Según Diego Barros Arana en Historia Jeneral de Chile, t. VII, págs. 505 y 506, la edición francesa de es-

ta obra, publicada en 1770, se titulaba, L’an 2440, rêve s’il en fut jamais y el autor se llamaba L.S. Mercier.

9. Véase Julio Febres Cordero, Tres siglos de imprenta y cultura venezolana, Caracas, 1959.

10. Archivo General de la Nación: «Gobernación y Capitanía General», tomo XLVI, folio 113.

11. Véase Héctor García Chuecos, Siglo XVIII venezolano, Caracas-Madrid, Ed. Edime.

12. Como General de la Francia revolucionaria, en 1792 Miranda se apoderó de la ciudad de Amberes.

Su nombre figura en el Arco de Triunfo, en París.

13. Alberto Zum Felde, El problema de la cultura americana. Buenos Aires, 1943, págs. 124 y 128.

14. Rafael María Baralt, Carácter nacional, Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas artes,

Caracas, 1895, pág. CIX.

15. Pedro Emilio Coll, «Notas sobre la evolución literaria en Venezuela». El Cojo Ilustrado, 1º de febre-

ro de 1901.

16. El Cojo Ilustrado, 1º de enero de 1904.

17. Gazeta extraordinaria – Buletín del lunes 22 de junio de 1812, Año segundo de la República, firmado

por Francisco de Miranda.

18. Véase el Folleto ilustrativo de la «Exposición de encajes, mantillas y abanicos de las familias cara-

queñas» que tuvo lugar en febrero de 1962 en la Fundación Eugenio Mendoza.

19. Comte de Ségur, Mémoires, Souvenirs, Anécdotes, París, 1844. En Rusia se encontraron el conde

de Segúr y Miranda. Véase Revista Nacional de Cultura, Nº 63.

20. Para las obras citadas y para una completa bibliografía de las obras escritas por franceses en Vene-

zuela, véase Manuel Segundo Sánchez, Bibliografía venezolanista, Caracas, 1914.

21. Archivo General de la Nación, Reales Provisiones, Tomo XV, folio 412.
22. Véase Adolfo Dollero, Cultura de Venezuela, Caracas, 1933.

36 23. Rousseau en Venezuela by Mariano Picón Salas, Reprinted from Philosophy and Phenomenological

Research, vol. IV, Nº 2, December, 1943, EE.UU.

24. Véase José Antonio Calcaño, La ciudad y su música, Caracas, 1958, pág. 197.

25. Atala o Los amores de dos salvages en el desierto. Escrito en francés por Francisco Augusto Chateau-

briand y traducida de la tercera edición nuevamente corregida por S. Robinson, profesor de la lengua es-

pañola en París, año de 1801. (Véase Pedro Grases, La primera versión castellana de Atala, Caracas, 1956).

26. En 1832 se publicó en Caracas la traducción de Domingo Navas Spínola de la Ifigenia en Aulide de

Racine. Se había perdido todo rastro de esta edición. La recogió, afortunadamente, la compilación de

Cayetano Vidal y Valenciano, Teatro selecto antiguo y moderno, nacional y extranjero, Barcelona, 1868.

(Véase Pedro Grases, Domingo Navas Spínola, impresor, editor, y autor, Caracas, 1956).

27. Véase José María Vargas, Obras completas, Caracas, 1958, vol. I.

28. Andrés Eloy Blanco, en Vargas, el albacea de la angustia, Ed. M.E. Caracas, 1947, dice que Vargas, a

los 23 años (1809) traducía el Contrato social: «(habla Vargas) – Ignorancia es coloniaje! Y los gobernan-

tes españoles lo han comprendido muy bien. A ellos les precisa tenernos como a islas… Todo esto no

los puede explicar el librito que estamos traduciendo. En su primer estado de libertad, el hombre vive en

una situación de esclavitud… – Goloso, casi egoísta, saca del pecho el manuscrito. Es el «Contrato So-

cial» traducido por él para leerlo en tertulias clandestinas, en rincones de sabanas o recodos de río, en al-

tas horas de la noche, a los iniciados cumaneses. Bien sospecha el violento Gobernador Escudero que el

Doctor Vargas anda en tapujas y lecturas; pero la condición médica de éste le hace siempre justificado y

resbaladizo. Ya la traducción está concluida y allí está, para el repaso. – Esto, el libro, es la salvación».

29. Hubo también una segunda edición en 1848, en Cumaná.

30. Véase Pedro Grases, Orígenes de la imprenta en Venezuela, Caracas, 1958.

31. Humboldt, Viajes a las regiones equinocciales del nuevo continente, tomo IV, págs. 212-13.

32. Francisco Depons, Viaje a la parte oriental de tierra firme. Véase también Pedro Grases, Temas de

bibliografía y cultura venezolana, Buenos Aires, 1953.

33. Joaquín Gabaldón Márquez, Muestrario de historiadores coloniales de Venezuela, Caracas, 1948,

págs. 359.

34. Véase Ángel Grisanti, «Profesionales de la medicina en Cumaná y Guayana», El Universal, 31 de ju-

lio de 1962.

35. Héctor García Chuecos, Siglo XVIII venezolano, Caracas-Madrid, Ed. Edime.

36. Véase José Antonio Calcaño, La ciudad y su música, Caracas, 1958, pág. 139.

37. Véase Juan José Churión, El teatro en Caracas, Caracas, 1924, págs. 161-166; José Antonio Calcaño,

La ciudad y su música, Caracas, 1958, pág. 131.


II. EL ROMANTICISMO
LA INFLUENCIA FRANCESA EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO 39

El romanticismo en literatura, y en política Saint Simón y el positivismo


marcan en Venezuela y en toda la América Hispánica la segunda gran eta-
pa de la influencia francesa,1 y representan el alejamiento del neoclasicis-
mo español propagado en las universidades coloniales y la aceptación de
los ideales literarios, culturales y sociales de Francia: las conquistas de su
Revolución son afirmadas y consolidadas en este período, y las obras de
su literatura alcanzan prestigio y universalidad, con una legión de novelis-
tas y poetas que empiezan con Chateaubriand y Madame de Staël, con Víc-
tor Hugo y Lamartine. En su afán por apartarse de la tradición colonial, las
nuevas repúblicas miran hacia Francia. Con la admiración a Francia de las
grandes figuras literarias y políticas que sobresalen después de la Indepen-
dencia (Fermín Toro, Cecilio Acosta, Juan Vicente González), empezó en Ve-
nezuela la influencia romántica francesa, luego aceptada y aprovechada
por quienes supieron seleccionar los valores que contenía, y la cual terminó
en una efímera y abundantísima producción literaria, hoy completamente
olvidada, que tenía como ideal la imitación de lo francés a toda costa.2
Decía de Francia Fermín Toro.3
Fecunda en claros ingenios, en grandes hechos, en enormes atentados, Francia
en nuestros días rivaliza en poder, sobrepuja en audacia y oscurece con su fama
a su antigua y eterna enemiga, la que se llama señora de los mares… Francia e
Inglaterra representan la Europa civilizada.

Y Cecilio Acosta:4
No hay en los tiempos modernos un país más admirable que Francia, principian-
40 do por su importancia industrial, agrícola y fabril, y acabando por la distribución
proporcional de su riqueza: y es menester ir a ella, especialmente a París, pa-
ra conocer que allí es donde han alcanzado sus más brillantes triunfos las cien-
cias y las artes, tiene su asiento la cultura social y el espíritu reina. Se va a París
como se entra a su casa, por el agasajo de su brillo, pero además es la gran me-
trópoli de la civilización. Todas las ideas que viajan, todas las ideas que cunden,
todas las doctrinas que florecen, todos los libros que enseñan, de donde salen
es de Francia.

Según Juan Vicente González:5


El hombre que piensa tiene dos patrias: aquélla en que el cielo le hizo nacer y la
Francia, el país del pensamiento.6

No entramos, en este aparte, a desmenuzar los elementos que integran


el pensamiento político francés por haber tratado ya el tema con alguna ex-
tensión en páginas anteriores.
EL ESTUDIO DEL FRANCÉS 41

El idioma francés ha gozado universalmente, a partir de Luis XIV y has-


ta casi nuestros días, de un incontestable prestigio en el campo diplomáti-
co, literario y social. Su ascendiente empezó a llegar a las colonias a través
de España, especialmente desde el advenimiento al trono de los Borbo-
nes con Felipe V (1700), y se afirmó en la época de Carlos III (1759-1788) que
coincidió con el afrancesamiento en la vida y las letras españolas.
La lengua y la literatura francesa eran conocidas en la sociedad de la Ca-
racas colonial, según testimonio del conde de Ségur y de Humboldt, quie-
nes la visitaron respectivamente en 1784 y 1799. Durante el último cuarto
del siglo XVIII circulaban clandestinamente en Venezuela libros revolucio-
narios escritos en lengua francesa;7 como bien dijo Teresa de la Parra en
su Tercera Conferencia, el prestigio de tales obras recayó sobre el idioma
en que fueron escritas, y comenzó a cundir entre los jóvenes la moda de
aprender francés. Datan de aquella época los primeros cursos de francés
en la capital y en ciudades del interior.
En la Real y Pontificia Universidad de Caracas, fundada en 1721, se es-
tableció la primera cátedra de francés en 1788, a solicitud del doctor Juan
Cortés, y a condición de que la leyera «sin gravamen de los fondos de la
Universidad y sí con sólo la cuota que quieran contribuirle los discípulos pa-
ra que se apliquen a aprender el mencionado idioma». Debido a la falta de
oyentes que hicieran efectiva su contribución, las lecciones se suspendie-
ron a los dos meses. Sin embargo, en 1828, se reinstaló la cátedra de fran-
cés, declarándose obligatoria la asistencia para los estudiantes del primer
año de Medicina. La regentó don José Alfonso Elisnor Fourrel, autor de la
42 primera gramática francesa publicada en Venezuela, quien a pesar de gra-
ves inconvenientes de tipo financiero logró mantenerla activa hasta su jubi-
lación (1854).8
Es evidente que en la época romántica empieza la sistematización de los
estudios del francés en Venezuela (que alcanzarán su mayor auge en tiem-
pos de Guzmán Blanco), y una serie de obras didácticas publicadas en el
país nos demuestra los adelantos que conseguían y la importancia que se
les daba:9
Rodríguez Chauveau, M.F.
Gramática francesa glosada en 35 lecciones, Caracas.
Imp. de Tomás Antero, 1838 (2.ª Ed.)

Fourreil, A. de
Mecanismo de la lengua francesa, y tratado de pronunciación…
Destinado para el uso de la clase de francés por su Catedrático. Caracas, Imp.
de Valentín Espinal, 1848 (2.ª Ed.)10

Domínguez, Rafael 11
Método simplificado para aprender a leer bien el francés en quince lecciones.
Valencia, Imp. de Juan d’Sola, 185?

Mendoza, Juan José12


Lecciones elementales de lengua francesa según método de Ollendorf.
Escritas en inglés por G.W. Greene. Arregladas al castellano y dedicadas particu-
larmente a los alumnos del Colegio Roscio.
Caracas, Imp. y Lib. del Teatro de Legislación, 1857. Puerto Cabello, Imp. de J.A.
Segrestáa 1873 (2.ª Ed.)

Ahn. P.
Nuevo método práctico y fácil del idioma francés.
Adaptado al castellano por G. A. Ernst13 Caracas, Alfred Rothe – Leipzig, Imp. de
Bür Hermán. 1865
Calcaño, Juan Bautista14 43
Tratado de pronunciación francesa, escrito con vista de lo que traen sobre la
materia los profesores Gonzardi, Chantreau, Noël y Chapsal. Maracaibo, Imp.
del Estado, 1871.

Carreño, Juan de la Cruz y Palenzuela, Ramón.15


Método para aprender a leer, escribir y hablar el francés (s .p. i.)

Saldías, Eulogio S.
Vocabulario marítimo español-francés-inglés, para uso de los alumnos de la Es-
cuela Náutica de Venezuela. Caracas, 1887.

Aunque un poco más tardía y no publicada en Venezuela, recordaremos


también, por ser obra de un venezolano y por la significación de su autor:
Núñez de Cáceres, José16
Método para aprender la lengua francesa.
París, Garnier, 1901.

Coronación de los estudios del francés son las obras escritas en es-
te idioma por venezolanos, que aparecerán en su mayoría en la época de
Guzmán Blanco; sin embargo, ya desde antes algunos poetas componen
versos en francés, y es representativo Rafael Agostini, quien reúne su pro-
ducción romántica en lengua francesa, española e italiana en uno de los
primeros libros venezolanos de poesía, seguramente el primero compues-
to de versos trilingües: Chants d’Inistoga ou Echos du Désert, part R. A.
de H. citoyen de Venezuela. París, Dauvin et Fontains, 1852. R. A. de H. es
pseudónimo de Agostini, de cuyo apellido, además, el título «Inistoga» es
un anagrama.17
En las bibliotecas particulares y en la Universidad de Caracas se fue-
ron introduciendo varias obras didácticas en lengua francesa que a falta
de buenos textos en castellano, eran aprovechadas por profesores y estu-
diantes. Ya para 1815 el doctor Hernández, catedrático de Medicina, traía a
sus costas al país y explicaba a los alumnos la Anatomía y la Fisiología de Bi-
44 chat, la Química de Chaptal o Lavoisier, la Botánica de Firardin y la Nosolo-
gía quirúrgica de Richerand.18
Fruto de los estudios de la lengua es también la traducción y publicación
local de textos franceses de enseñanza, que empieza un poco más tarde.
Sin ánimo de agotar la materia, y solo para dar una idea de la actividad ve-
nezolana en este campo, damos una lista, por orden de edición, de los que
hemos conseguido hasta 1900:
Burlamaqui
Elementos de Derecho Natural. Traducción del latín al francés por Barbeyrac,
y al castellano por D. M. R. García Suelto. Caracas, Imp. de Devisme Hermanos,
1826.

Destutt de Tracy
Elementos de ideología. Caracas, reimpresos por V. Espinal, 1830.
Caracas, reimpresos por 2.ª vez por V. Espinal, 1834.

Holbach
La moral universal. Traducida del francés por D. Moreno. Caracas, Reimpresa
por V. Espinal, 1833.

Anónimo
Nuevo compendio de la mitología… Traducido Del francés. Caracas, reimpreso
por V. Espinal, 1834.

Delamarche
Usos de las esferas y de los globos… Traducción y anotaciones por Felipe Larra-
zábal. Caracas, Imp. Damiron, 1835.

Lacroix, S. P.
Tratado elemental de aritmética. Traducido del francés por José Rebollo y Mora-
les. Caracas, reimpreso por V. Espinal, 1839 (varias reimpresiones).

Masson
Enciclopedia de la juventud. Traducida del francés por don L. Arcaza. Caracas,
Reimpreso por T. Antero, 1839.
Delariviére
45
Nueva lógica clásica. Traducida del francés por Rafael Acevedo19 Caracas, Imp.
de V. Espinal, 1841.

Burnouf
Método para estudiar la lengua latina. Traducido por M. A. Carreño20 y M. Urba-
neja. Caracas, Imp. Boliviana por Dionisio García 1849, Caracas, Rojas Hermanos
Sucesores, 1890 (2.ª Ed.)

Therou (Abad)
Catecismo razonado… Traducido por M. A. Carreño y M. Urbaneja. Caracas,
Imp. de V. Espinal, 1849.

Levi, Álvarez
Física popular. Traducida del francés por el Lic Juan de la C. Carreño.
Caracas, Imp. Carreño Hermanos, 1854.

Burnouf
Elementos de gramática latina… Traducción del francés por Juan Vicente Gon-
zález (2.ª Ed.) Caracas, Rojas Hermanos, 1862.

Sabatier
El amigo de los niños. Traducido por D. Juan Escoiquia. Caracas, Imp. de la Con-
cordia, 1872.

Claretie, Jules
Historia de la Revolución Francesa de 1870 a 1871. Traducida del francés por Do-
mingo Santos Ramos. Caracas, Imp. de Espinal e hijos, 1876.

Legendre, A. M.
Elementos de geometría. Traducidos del francés. Caracas, Imp. de Alfred Rothe,
1879.

Fridensberg, Adolfo
Higiene y educación de la primera infancia. Trad. del francés y arreglada a los
usos de Venezuela. Caracas, Imp. Soriano e hijos, 1879.
46 Legendre, A. M.
Elementos de trigonometría. Traducido del francés. Caracas, Imp. de Alfred Ro-
the, 1880.

Lacroix
Álgebra. Traducida al castellano por don José Rebollo y Morales. Caracas, Rojas
Hermanos, 1881.

C. (F. J.)
Compendio de Historia Sagrada para la enseñanza primaria. Escrito en francés y
traducido al español por unos aficionados. Maracaibo, Picón e Hijo, editores tip.
«Los Ecos del Zulia» 1886 (2.ª Ed.). Maracaibo. Impr. Americana, 896 (5.ª Ed.). Ma-
racaibo, Hermanos Belloso, 1919 (8.ª Ed.).

Anónimo
Compendio de Historia Sagrada. Traducido del francés por Soledad Hurtado.
Barquisimeto, tipografía de B. Hurtado, 1888.

Rendu, Ambroise
Compendio de la historia eclesiástica. Vertido al español para uso de los cole-
gios. Caracas, Imp. «La Religión», 1897.

Castro, Juan Bautista


La devoción al Santísimo Sacramento. Traducido del francés Por Castro, J. B.
Caracas, Tip. «La Religión», 1897.

Paredes, Antonio 21
Consejos e instrucciones sobre el arte de la guerra, traducido del francés y mo-
dificados para hacerlos especialmente aplicables en las naciones de la América
del Sur. París, Imprenta Hispano Americana, 1897.

Boirac, Emilio
Curso elemental de filosofía. Traducción por
el Dr. Juan Vicente Camacho. Caracas, Imp. Bolívar, 1899.
LA INFLUENCIA FRANCESA A TRAVÉS 47
DE LECTURAS Y TRADUCCIONES

Caracas fue, a la sombra del romanticismo, un centro de cultura france-


sa: las lecturas, discusiones, traducciones y publicaciones de los autores
de Francia apasionaban a todos. Algunas ciudades del interior se esforza-
ban por imitar la capital. Los románticos franceses fueron sin duda los auto-
res más leídos en este período, afirma Gonzalo Picón Febres.22
Primero Juan Jacobo Rousseau, y después Bernardino de Saint Pierre y la Baro-
nesa de Staël, Chateaubriand, Lamartine y Víctor Hugo, Walter Scott y Goethe,
George Sand, Alejandro Dumas y Eugenio Sue, fueron los novelistas más leídos
en Venezuela desde 1838 en adelante.

En el Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas artes, que se


editó en 1895, dice el Dr. Eloy G. González, en su Informe sobre el periodis-
mo en Venezuela:
Nuevas ideas germinaban en los cerebros del viejo mundo; la reacción de estos
tiempos se preparaba y era la Francia el soldado de Dios una vez más, el abande-
rado de la revolución… Dumas, Sue y Hugo fueron inspiración y norma de nues-
tros ingenios muchos días.

Y hablando del Magüey de la Trinidad (vox populi, vox Dei) dice Luis Del-
gado Correa en Mosaico:
En una de las pencas de la mata más próxima al magüey escribieron en torcidos
caracteres dos nombres: Lamartine y Dumas.

Hay todavía en Caracas muchas copias en francés de obras románticas


48 publicadas en Francia en el siglo XIX; circulaban además varias revistas,
ejemplares de las cuales pueden todavía verse en la Biblioteca Nacional:
Annales de l’Industrie Nationale. La hemos encontrado desde 1821
L’écho de l’Amérique du Sud desde 1828
Journal des Economistes desde 1843
Revue des Deux Mondes desde 1845
Revue Nouvelle desde 1845
Revue d’Antropologie Catholique desde 1847
El Correo de Ultramar (París, Francia) desde 1869
La Revue de Géographie desde 1884
La Revue Française desde 1890

De fines del siglo XVIII y principios del XIX datan las traducciones del fran-
cés hechas por venezolanos, en su mayoría de obras culturales o sociológi-
cas. De esta clase en la época romántica hemos encontrado solamente De
la democracia en Francia, obra traducida y refutada por un publicista libe-
ral, Madrid, 1845, Imprenta Andrés y Díaz.23 En efecto, desde 1835 los vene-
zolanos parecen preferir la traducción y publicación de novelas románticas
francesas y muchos de los que desde principios del siglo XIX hablaban y
leían el francés, se vuelven ahora traductores, unos por vagas inclinaciones
literarias, otros por necesidad:
Mi destino es traducir
por un módico jornal
novelas de munición
ya de Paul, ya de Balzac24
Por cierto que malas lenguas
dicen que suelo dejar
en Vascuence25 medio tomo
y en francés la otra mitad

escribe hacia 1854 Bretón de los Herreros.26


El triunfo de la influencia francesa en las publicaciones periódicas se-
rá presentado más tarde por Cosmópolis y El Cojo Ilustrado. Pero en ese
período ya aparecen en Caracas varias revistas que publican traduccio- 49
nes y propagan los nombres y las obras de autores franceses, algunos cé-
lebres (Balzac, Alexandre Dumas, Víctor Hugo, Mirabeau, Lamartine, Ernst
Renan), otros menos conocidos (Jacques Delille, Pierre Jean de Béranger,
Charles Nodier, Charles de Bernard, Constantin François Volney, Fréde-
ric Soulié), otros del género folletinesco (Eugene Sue, Joseph Mery).27 Re-
presentativas entre ellas son en esta época en Caracas La Oliva (1836), La
Guirnalda (1839-40), El Liceo Venezolano (1842), La Semana Literaria del Li-
beral (1846-47), El Mosaico (1854 y 1857), La Revista Literaria (1865). Espe-
cialmente El Mosaico, que tenía como lema un pensamiento de Napoleón
(«No hay en el mundo sino dos poderes: el de las letras y el del sable. Al fin
de la jornada las letras vencen al sable») y La Revista Literaria, dirigida por
Juan Vicente González, han contribuido a la propagación del romanticis-
mo francés.
Venezuela no se limita a la recepción pasiva. Hacia 1845 empieza en Ca-
racas y en algunas ciudades del interior la gran empresa de la publicación
de obras románticas escritas en Francia, y en gran parte, traducidas en Ve-
nezuela. Los autores preferidos fueron Eugene Sue, Alexandre Dumas (pa-
dre), Víctor Hugo y Alphonse de Lamartine. En publicaciones venezolanas
hemos encontrado las siguientes obras de Eugene Sue;28
Los misterios de París.
Impreso en París, 1844. Reimpreso en Caracas, Oficina
de Valentín Espinal, 1845.29
Arturo o Diario de un desconocido.
Imprenta Guaireña por Manuel Rivas, 1846
El castillo del diablo.
Caracas, Imprenta de Manuel Carreño, 1852.
Matilde o Memoria de una joven del gran mundo.
Trad. José Mateu Garín. Caracas, Imprenta de Carreño Hermanos, 1853.
Los hijos del amor.
Trad. R. S. Caracas. Imprenta de Félix Bigotte, 1853.
Juan Cavalier.
Trad. R. F. Morete. Caracas, Rojas Hermanos, 1862.
50 Más tardías, pero más numerosas, parecen haber sido las publicaciones
de las obras de Alexandre Dumas padre:30
La dama de Monsoreau.
Traducción de Víctor Balaguer, y F. J. Orellana. Caracas,
Imprenta de Carreño Hermanos, 1852.
Los cuarenta y cinco.
Caracas, Imprenta de Carreño Hermanos, 1852.
La reina Margarita.
Trad. de Eduardo González Pedroso. Caracas.
Imprenta de Manuel Carreño, 1852.
La mujer del collar de terciopelo.
Traducción R. S. Caracas, Imprenta de Félix Bigotte, 1853.
Historia de la vida política y privada de Luis Felipe.
Traducción de Federico G. Domínguez. Caracas, Imprenta
republicana de Eduardo Ortiz, 1853.
Dos duelos a muerte.
Caracas, Rojas Hermanos, 1861.
El salteador.
Caracas, Rojas Hermanos, 1862.
El capitán Richard.
Caracas, Rojas Hermanos; Puerto Cabello, Imprenta de
J. A. Segrestáa, 1862.
Black.
Caracas, Rojas Hermanos; Puerto Cabello, Imprenta de
J. A. Segrestáa, 1862.
Jorge el mulato o Las preocupaciones.
Puerto Cabello, Imprenta de J. A. Segrestáa, 1864.
La San Felice.
Caracas, Imprenta de El Federalista, 1865-66.
Memorias de un médico.
Traducción de Víctor Balaguer. Barcelona,
Librería de la Sra. Viuda e hijos de Mayol, 18..?
De Alexandre Dumas hijo hemos visto solamente: 51
La dama de las perlas.
Caracas, Rojas Hermanos, Imprenta Corser. 1860.

De Víctor Hugo hemos encontrado:


Angelo, tirano de Padua.
Trad. Venezolana de Bernardo Ravelo, hijo, y Doroteo Rosales.
Caracas, Imprenta de Félix E. Bigotte, 1852.
Los miserables.
Trad. Caraqueña. Caracas, Imprenta de J. A. Segrestáa, 1863.
Noventa y tres.
Traducción de Nemesio Fernández Cuesta. Caracas,
La Opinión Nacional, 1874.
Historia de un crimen.
Trad. de Miguel Fernández de Arcila. Caracas,
La Opinión Nacional, 1877.

Lamartine no fue conocido en Venezuela solamente como poeta y no-


velista; también se publicaron sus obras históricas y hasta su Curso fami-
liar de literatura:
Historia de los girondinos.
Reimpresa de la edición traducida y publicada en Madrid.
Caracas, Imprenta de George Corser, 1851.
Historia de la restauración.
Reimpresa de la edición traducida y publicada en Madrid.
Caracas, Imprenta de George Corser, 1852-53.
Historia de la revolución de 1848 en Francia.
Traducida por Un Venezolano.31 Caracas, Imprenta de Domingo Salazar, 1853.
El civilizador.
Traducción de un literato español. Caracas, Almacén de
J. M. de Rojas, 1855.
El civilizador, Historia de la humanidad por sus grandes hombres.
Traducción al castellano por Miguel Carmona, Venezolano. Caracas, Imprenta y
52 Litografía Republicana de Aramburu y Madriz, 1855.
Historia de César.
Traducción de Luis Sanojo. Caracas, Rojas Hermanos, 1856.
Curso familiar de literatura.
Trad. de M. N. Zarzamendi y Mariano Espinal. Caracas,
Imprenta de Jesús María Soriano, 1857.
Viajes a los santos lugares del Oriente.
Trad. de A. A. Camus. Caracas, reimpreso por Tomás Antero, 1859.

En las obras de Francisco Aranda y Ponte, quien fuera notable traduc-


tor del inglés y del francés, publicadas en Caracas en 1858, encontramos la
versión de varias páginas de Lamartine, y entre muchos venezolanos que
tradujeron fragmentos de su obra, en prosa o en verso, recordaremos a An-
drés Bello, Cristóbal Mendoza y Juan Manuel Cajigal, quien vertió para El
Correo de Caracas los Deberes de un cura, Miguel Carmona, Luis Sanojo,
Zarzaramendi y Mariano Espinal (31 bis).
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LAS LETRAS VENEZOLANAS 53

En las obras de los escritores venezolanos pronto empieza a manifes-


tarse la influencia del romanticismo francés; Víctor Hugo, que conservó du-
rante toda la vida su fe en la misión profética del poeta, fue el autor más
admirado en la América hispánica: Andrés Bello tradujo o imitó varios de
sus poemas (Los fantasmas, A Olimpio, Los duendes, La oración por todos,
Moisés salvado de las aguas) y otros escritores venezolanos le rindieron ho-
menaje, imitándole o dedicándole versos: Jerónimo Blanco (El talento, imi-
tación de Víctor Hugo), Cecilio Acosta (Víctor Hugo), Francisco Guaicaipuro
Pardo (Oda a Víctor Hugo), Marco Antonio Saluzzo (Mens divinior), Jacinto
Gutiérrez Coll (Mayo, Las aves cautivas, La tumba y la rosa, traducciones).
Su influencia, valiosa por cierto, se manifiesta, además, en Las Mesenia-
nas, de Juan Vicente González (en las cuales se nota también la imitación
del francés Casimiro Delavigne, que a su vez se inspiró en el Abate Barthé-
lemy), en Venezuela heroica de Eduardo Blanco, en algunos poemas de Jo-
sé Antonio Calcaño, de Francisco Guaicaipuro Pardo, de Abigaíl Lozano, de
López Méndez. En este culto a Víctor Hugo ¿influirían ciertas circunstancias
americanas relacionadas con él? El general Hugo estuvo estacionado en
las Antillas y el hijo cantó en la «Leyenda de los siglos» asuntos americanos.
Siempre admiró al Libertador, y apoyó a la Sociedad Filotécnica de Suramé-
rica en su iniciativa de dar el nombre de Bolívar a una calle de París, con las
siguientes palabras:
Señores: estoy de acuerdo con vosotros en todo. Deseáis que el Concejo Mu-
nicipal de París bautice una de las calles de esta ciudad con el nombre de Bolí-
var, aquél que fue uno de los grandes benefactores de la humanidad. Comparto
54 vuestra idea. Todo lo que pueda hacer, lo poco que pueda hacer, será hecho en
vuestro obsequio… pues siendo Bolívar nombre de Libertador, pertenece a Pa-
rís… No soy francés. Soy humano. Os abrazo, y declaro que el nombre de Bolívar
es digno de honrar cualquiera de las mayores calles de París.

Valiosa fue también la influencia de Chateaubriand en José Ramón Ye-


pes, que se inspiró en Atala para valorizar la descripción de la naturaleza de
sus novelas Anaida e Iguaraya.
Pero esta influencia romántica francesa no siempre fue positiva para
las letras venezolanas, ni en Venezuela todo ha sido aceptación y exalta-
ción de ella. Hubo autores que reaccionaron contra sus aspectos nega-
tivos, o contra algunos de los muchos escritores que penetraron. Dice el
Marqués de Rojas: 32
Bien podemos considerar a Alejandro Dumas como un gran corruptor de la pa-
tria, y a sus vulgarizadores Rojas Hermanos como sus cómplices voluntarios.

Dumas, Sue, Féval, Mery y demás autores de género folletinesco, dieron


origen a la manifestación de otra clase de influencia francesa, lamentable-
mente negativa, en las letras venezolanas. Los caraqueños especialmente,
olvidados de todo espíritu crítico en su aceptación de lo francés y de la mo-
da romántica, se entusiasmaban por las muchas novelas llegadas de París.
En Venezuela hay una casta que recibe por paquetes certificados las novelas
que hacen llorar a las porteras de París.

Dirá Pedro Emilio Coll en 1900.33 Pero parece que en tiempos anteriores,
tal costumbre ya se había establecido. Muy pronto, los aficionados lecto-
res venezolanos se transformaron en escritores del género romántico, pen-
sando con razón que tal moda (decadente ya) no era difícil de imitar. Hacia
1854 «El Estudiante» da Lecciones de poesía romántica.34
¿Quieres, Andrés, hacerte celebérrimo?
Pues dedícate al género romántico.

Apareció entonces, desde 1840 en adelante, una abundantísima pro-


ducción de poemas llorosos, ilógicos y carentes de todo valor estético, que 55
afortunadamente quedaron encerrados, en su mayoría, en las páginas de
los álbumes, y de narraciones extravagantes, fantásticas, melodramáticas,
ya completamente olvidadas, en las cuales se reflejan muchos vicios, y po-
cas virtudes de sus inspiradores franceses.
Debemos recordar, sin embargo, que en los mejores escritores venezo-
lanos del período romántico la influencia francesa no fue predominante: en
ningún momento el romanticismo francés se impuso en Venezuela con ca-
rácter absoluto y los valores venezolanos de aquella época (a no ser en al-
gunas páginas casi todas fruto de entusiasmos juveniles, como La viuda de
Corinto y Los mártires de Fermín Toro) nunca se dejaron arrastrar entera-
mente por él: supieron mantener una posición de equilibrio entre el clasicis-
mo puro, el neoclasicismo, el romanticismo francés y español, de carácter
más popular, y el romanticismo inglés, alemán e italiano, más selecto y cul-
to. Sin negarle al romanticismo francés la importancia que ha tenido en
Venezuela, y el mérito que le corresponde, especialmente por haber des-
pertado en muchos escritores un entusiasmo de creación, hay que recor-
dar que las mejores obras producidas en este período son producto de
moderadas influencias de todos los factores antes mencionados, además
de una nueva valoración de los elementos históricos, sociales y naturales
criollos, que ya empiezan a afirmarse. También hay que tener presente que
las mejores páginas de Juan Vicente González, de Fermín Toro, de Cecilio
Acosta, de José Antonio Calcaño, y de tantos otros, han sido escritas bajo
la influencia de los clásicos y de los románticos italianos y hay que recordar
especialmente a Leopardi, cuya poesía pura, original, profundamente filo-
sófica, de una estética perfecta, ha contribuido en quienes le han imitado al
enaltecimiento y a la superación de las letras venezolanas.
56 CONTRIBUCIÓN DE LA COLONIA
FRANCESA ESTABLECIDA EN VENEZUELA

No faltan en esta época personajes y gentes anónimas que afirman en el


país el valor de Francia o actúan en él. Tales son los casos de Pedro Carlos
Gallineau, Morton, Roudier y el padre Madelaine. El primero fue secretario
de Hacienda con José Tadeo Monagas, y esto causó gran descontento po-
pular por considerársele extranjero; en realidad, era agrimensor y había soli-
citado la nacionalización el 4 de julio de 1834. Charles Morton de Kératri tuvo
gran participación en la guerra federal y posteriores ocurrencias, y dice Gil
Fortoul que fue uno de los primeros en usar en su correspondencia el lema
«Dios y Federación». Alfredo Roudier, correo diplomático de la legación fran-
cesa en 1858, contrató en 1861 la construcción de un ferrocarril subterráneo
hasta La Guaira. El insigne padre Madelaine, quien murió durante la epide-
mia de cólera, fue el reedificador del templo de Las Mercedes, que había
sido destruido en 1812 por el terremoto. Recordaremos además a Renato
Grossourdi, quien hizo viajes científicos en varias partes de Venezuela y es-
cribió una obra sobre aplicaciones terapéuticas de plantas, titulada El médi-
co botánico criollo; al doctor Fernando Minguet, llegado a Caracas en 1839,
quien se hizo acreedor de la gratitud del municipio y fue titulado oficialmen-
te «Bienhechor de la humanidad»; al botánico Plée, nacido en París, que hizo
una excursión científica por la costa de Maracaibo antes de 1850.
Sobresale entre todos el doctor Luis Daniel Beauperthuy,35 autor de va-
liosos trabajos científicos, algunos publicados en Caracas, considerado el
precursor del famoso médico cubano Finlay por haber encontrado el ver-
dadero transmisor de la fiebre amarilla.
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA VIDA SOCIAL Y COSTUMBRES 57

Con la penetración en la vida familiar de las novelas francesas, que has-


ta el mismo Páez leía junto a Barbarita Nieves,36 llegaron a las ciudades de
Venezuela las costumbres y las modas del París romántico, propagadas por
las revistas locales37 con su correspondiente vocabulario (toilette, soirée,
bouquet, corset, matinée, debut, champagne, buffet, bebé, comité, desabi-
llé, crinolina, pompadour,38 átort).
En las familias caraqueñas, muchos miembros masculinos, según nos
dice Juan Vicente González,39 fumaban cigarrillos de marca Eugenio Sue,
empezaron a aparecer el gran oncle y el grand papa40, lo que no deja de te-
ner mucha lógica puesto que, por aquel entonces, también a los nenes ve-
nezolanos los encargaban y los traían desde París.41
El enfático abrazo de año nuevo, que tan rápidamente se aclimató, parece
haber sido introducido desde Francia en esta época. Dice Tomás Lander: 42
Tienen los franceses una bella costumbre que nosotros deberíamos imitar… El
día primero del año todos los que han tenido algunas relaciones se buscan, se
abrazan y se dan el ósculo de la amistad, dando por terminadas todas sus dife-
rencias…

La influencia francesa también orientaba las fiestas, las diversiones y las


representaciones teatrales. Ya para 1839 Bretón de los Herreros traducía
del francés sainetes que se representaban en Caracas,43 empezaron lue-
go a prosperar populares establecimientos, los mabiles, cuya intención era
la de imitar, aun sea lejanamente, al del señor Mabille, según la descrip-
ción que Taine nos ha dejado en sus Notas sobre París;44 mientras tanto, en
58 la vida de las barriadas se iniciaba una nueva etapa en la cual el guapo de
antaño era, en parte, sustituido por el patiquín,45 especie zoológica nueva,
surgida en tierra tropical de una simiente francesa, el petimetre; el patiquín,
engomado vigilante de la esquina umbrosa hasta llega a desdoblarse: por
arte de alquimista aparece en las afueras el patiquín de orilla, especie híbri-
da de guapo y petimetre, candidato insustituible de los bailes de garrote,
caudillo de cuerdas, antecesor epónimo de los pavitos actuales.
Con aspiraciones modestas, pero recibidos con entusiasmos por los ve-
nezolanos, varios «forasteros», franceses especialmente, abrieron sus tien-
das de artículos de moda en el centro de Caracas después de la disolución
de la Gran Colombia: Madame Turrel y Madame Flandin ofrecían «corsets,
crinolinas, tul. Tafetán»: Monsieur Noet, peluquero francés, tenía toda cla-
se de cremas, perfumes y artificios necesarios para el aderezo romántico.46
Dice el Marqués de Rojas, en Tiempo perdido, que las modas entraron en
Venezuela desde 1839, marcando el principio de la civilización, junto con
las sardinas, los fósforos, los petates y las novelas, y que fueron peores que
las siete plagas de Egipto; y G. Pompa47 describe los apuros de un padre que
debe vestir a toda su familia según la romántica moda de París en un artí-
culo cuyo título, que resume la opinión de los caraqueños cuerdos con res-
pecto a la novedosa moda francesa, es «Maldito figurín».

NOTAS

1. Véase Alberto Zum Felde, El problema de la cultura americana, Buenos Aires, 1943.

2. Debemos no obstante destacar cierta divergencia entre el romanticismo europeo-francés y el his-

pano-americano en general. Esa divergencia señala para nuestro romanticismo otros rumbos: el ro-

manticismo americano no es una versión esclava, pues actúa en él el filtro americano y transforma la

nueva tendencia. El europeo intenta rescatar el pasado: Víctor Hugo mira al ayer y resucita la época de

Carlos V. El americano se mira en los pozos de las quebradas y bajo la bóveda vegetal canta sus amo-

res y las excelencias de su tierra.

3. Fermín Toro, Europa y América. «El Correo de Caracas». 1839.

4. Cecilio Acosta. Obras, vol. III, pág. 154.

5. Juan Vicente González, Mirabeau, orador y hombre de estado. Liceo nocturno Juan Vicente Gonzá-

lez, Presencia de Juan Vicente González, Caracas, 1954, pág. 75.


6. Todo esto tiene sabor anecdótico: ni el beatífico don Cecilio ni el desbordado Juan Vicente, habían

salido de los límites de la jurisdicción caraqueña. 59


7. Véase el primer capítulo de este estudio: La influencia francesa en Caracas. I La Ilustración.

8. Véase Leal, Idelfonso, Historia de la Universidad de Caracas (1721-1827), tesis doctoral inédita.

9. Aunque tengamos noticias de otras obras y ediciones, nos limitamos a enumerar las que hemos po-

dido examinar personalmente, comprobando así su existencia.

10. La primera edición data de principios de 1828, Caracas. El nombre del autor (se trata sin duda del ya

nombrado catedrático J. A. E. Fourrel) lo hemos encontrado también en otra forma: A. de Furzeil.

11. Puede ser el Dr. Rafael Domínguez que más tarde, en 1860, fue auditor de guerra del Ejército Cen-

tralista al mando del general León Febres Cordero.

12. Quizás se trate del licenciado Juan José Mendoza, que fue ministro de Relaciones Exteriores en

1859. La obra es dedicada a los niños de la escuela primaria.

13. El doctor Ernst, además de varias obras científicas, publicó en 1890, el Primer curso de alemán se-

gún el método de Ahn, arreglado por Ernst.

14. El doctor Juan Bautista Calcaño y Paniza (1825-1915) era catedrático de francés de la Universidad

Central de Venezuela.

15. Los doctores Carreño y Palenzuela fueron también autores de un Método de la lengua inglesa pu-

blicado en Nueva York en 1852.

16. El Dr. Núñez de Cáceres fue uno de los más eruditos humanistas venezolanos: dominó ocho len-

guas, entre vivas y muertas, escribió métodos de alemán, francés, inglés e italiano, además de dos

gramáticas latina y una griega.

17. Véase José E. Machado, Escarceos bibliográficos en «Boletín de la Biblioteca Nacional», 1-1-1925 y

Humberto Cuenca, Imagen literaria del periodismo, México-Caracas, 1961.

18. Leal, Idelfonso: Historia de la Universidad de Caracas (1721-1827), tesis doctoral inédita.

19. Se trata probablemente del político venezolano Rafael Acevedo que fue ministro de Hacienda y Re-

laciones Interiores en 1847.

20. Quizás Manuel Antonio Carreño (padre de Teresa Carreño) autor del Manual de Urbanidad.

21. Aunque publicada en Francia, reseñamos esta obra por ser de autor venezolano y por la gran acogi-

da que recibió en toda la América de habla española.

22. Gonzalo Picón Febres, La literatura venezolana en el siglo diez y nueve, Caracas, Empresa el Cojo,

1909, pág. 363.

23. Dice Pedro Grases (Rafael María Baralt, Caracas, 1960) que el autor de la obra es Guillermo Guizot,

y el traductor, Rafael María Baralt. Se trata del famoso historiador, ensayista y hombre de estado fran-

cés François Pierre Guillermo Guizot (1787-1874). En los textos venezolanos es frecuente llamarlo sim-
plemente Guizot (por ejemplo, El Cojo Ilustrado, 1º de enero de 1899). Baralt, aunque antigalicista en el

60 léxico, era profundo conocedor de la lengua y de la literatura francesa. Publicó también un ensayo so-

bre Chateaubriand.

24. Indudablemente se refiere a Paul Féval padre (1818-1887); el hijo (1860-1929) se hizo famoso des-

pués. Nos consta que las obras de Féval se publicaban en Venezuela, pues hemos encontrado El hijo

del diablo en la traducción de Don Gregorio Urbano Dargallo, Caracas, Tip. Rómulo García, 1903 (3 to-

mos). De una referencia en la portada se comprende que anteriormente se había publicado otra obra

suya, El Jorobado.

25. Probablemente usa vascuence en su segunda acepción: vascuence, 2, fig. y fam. Lo que está tan

confuso y obscuro que no se puede entender (Diccionario de la Real Academia, 1947).

26. Manuel Bretón de los Herreros, La política aplicada al amor. «Mosaico», Caracas, 1854.

27. Aunque Joseph Mery haya sido periodista de gran valor, fuera de Francia se le conoce más por sus

novelas, que han sido traducidas a varios idiomas, y algunas de las cuales hemos encontrado en la Bi-

blioteca Nacional.

28. Ni esta lista ni las que siguen, fruto de investigaciones personales en las bibliotecas, pretenden ser

completas.

29. Tenemos noticias de que Los misterios de París fueron representados en Caracas antes de 1853,

por una referencia que les hace Daniel Mendoza en Los críticos en Caracas («Mosaico», 1853).

Dice Humberto Cuenca (Imagen literaria del periodismo, México-Caracas, 1961) que fue este el primer

libro ilustrado en Caracas.

30. Sabemos, por varias referencias, que también se tradujo y publicó Los tres mosqueteros, pero a pe-

sar de una larga búsqueda, no hemos podido encontrar el texto en Caracas.

31. Seudónimo de Francisco Javier Yanes.

31 bis. Durand, René. «El más lamartiniano de los escritores venezolanos: Francisco Aranda Ponte». El

Nacional, 7 de mayo de 1950.

32. Marqués de Rojas, Tiempo perdido, París, 1905, pág. 289.

33. Pedro Emilio Coll, «Notas sobre la evolución literaria en Venezuela», El Cojo Ilustrado, 1 de febrero

de 1901.

34.- Mosaico, Caracas, 1854.

35. Véase Ricardo Archila, Luis Daniel Beauperthuy, revisión de una vida, Caracas, 1954.

36. Véase Ramón Díaz Sánchez, Guzmán, Caracas, 1952, pág. 172.

37. Véase, por ejemplo, «Mosaico», 1854 y 1857.

38. El estilo pompadour tuvo una nueva aceptación en el siglo XIX: peinado pompadour, crinolina pom-

padour.
39. Véase El Diario de la tarde del 14 de agosto de 1846.

40. También Gallegos, en La Trepadora, se burla un poco de las atildadas Alcoy, que llamaban al abue- 61
lo gran papá, y Antonia Palacios en Ana Isabel, una niña decente, describe a un gran oncle venezolano

que, ya a principios de 1900, derrochaba su fortuna en París.

41. Aún existe, en Caracas, una tienda de artículos infantiles llamada «El bebé de París».

42. El Venezolano, Caracas, 13 de enero de 1823. Reproducido en La doctrina liberal. Tomás Lander. Vol.

IV, págs. 23-24. Colección «Pensamiento político venezolano del siglo XIX». Ed. Presidencia de la Repú-

blica, Caracas, 1961.

43. Véase José Antonio Calcaño, La ciudad y su música, Caracas, 1958.

44. Véase Ángel Rosenblat, Buenas y malas palabras, 2.ª serie, págs. 149-155, Caracas, 1960.

45. Véase Ángel Rosenblat, Buenas y malas palabras, 1.ª serie, págs. 192-195, Caracas, 1960.

46. Véase José Antonio Calcaño, La ciudad y su música, Caracas, 1958, pág. 235.

47. «Mosaico», Caracas, 1854. Probablemente se trata de Gerónimo Pompa, quien en 1863 tradujo del

francés Hermano y hermana, opereta en un acto, que no ha sido publicada.


III. DE GUZMÁN BLANCO A GÓMEZ
65

La tercera etapa de la influencia francesa en Venezuela se inicia hacia


1870, y es el período de la autocracia de Guzmán Blanco, entusiasta ado-
rador de Francia y especialmente de París, a la que consideraba capital del
mundo. Allá pasó grandes períodos de su vida, ofreciendo suntuosos sa-
raos, recibiendo homenajes, derrochando dinero en la ambiciosa persecu-
ción de un título nobiliario francés para algunos de sus descendientes (en
efecto, logró casar a una hija con el duque de Morny), mientras Venezuela
costeaba con privaciones el rastacuerismo del «Archiduque Americano».
Su fanatismo por Francia lo llevó hasta concertar el famoso Protocolo Ro-
jas-Pereire, suscrito por su ministro plenipotenciario Marqués de Rojas y
por el capitalista francés Eugenio Rodríguez Pereire, que entregaba a los
empresarios extranjeros el agua, la tierra y el subsuelo de Venezuela, y que
planteó una crisis de gobierno, en la cual se le acusó de vender Venezuela a
los franceses.
También en sus costumbres, Guzmán Blanco era sumamente afrance-
sado: gran admirador del segundo imperio, usaba bigotes como los de Luis
Napoleón, y gustaba pasearse por Caracas con un uniforme de mariscal
francés. Era amigo de la conversación parisiense, de los discursos ampu-
losos, de las fiestas, de los trajes de gala, de la pompa cortesana, de los
balnearios, y logró convertir a Caracas en un petit París (así la llamaron en
aquellos tiempos), con cafés cantantes, mabiles, hetairas, boulevards, lan-
daux y caballos normandos.1 Hasta los árboles más populares, como las
acacias, se disfrazaron y aparecieron desde entonces como flamboyanes.
66 LA INFLUENCIA FRANCESA EN LAS
LECTURAS Y EN LA VIDA SOCIAL

La autocracia de Guzmán Blanco representa una influencia francesa


más avanzada que se afirma en la moda y costumbres sociales, y se va a re-
flejar también en el lenguaje, ahogado por los galicismos. Aumenta la cir-
culación de revistas que difunden los ideales, la cultura, la moda de París y
las obras de las nuevas corrientes literarias francesas, que serán imitadas,
aunque un poco más tarde, por los venezolanos.
Cosmópolis, revista de nombre stendhaliano2 que se publicó en Cara-
cas en los años 1894-95, y cuya sala de redacción era centro de reunión
donde se leían libros franceses y se discutía la filosofía y la política de Re-
nan,3 contribuye a que se conozcan en Venezuela, entre otros, los nombres
y las obras de Víctor Hugo, Baudelaire, Renan, Paul de Saint-Victor, Taine,
Daudet, Zola, Catulle Mendès, Émile Bergerat,4 Paul Bourget, Jules Lemaî-
tre, Marcel y Paul Claudel.
El Cojo Ilustrado a lo largo de su trayectoria (1892-1915) representa la
gran aceptación de la influencia francesa en Venezuela no solo en el as-
pecto literario, sino en todas sus otras manifestaciones: publica traduccio-
nes de las obras y noticias de los autores franceses más representativos
del romanticismo, del positivismo, del parnasianismo, del simbolismo, del
realismo, del naturalismo, del impresionismo, de la novela psicológica (Víc-
tor Hugo, Lamartine, los Dumas, Comte, Littré, Taine, Renan, Baudelai-
re, Leconte de Lisle, Catulle Mendès, Verlaine, Mallarmé, Stendhal, Balzac,
Flaubert, Edmond y Jules Goncourt, Zola, Maupassant, Daudet, Pierre Lo-
ti, Bourget, Prévost, Barrés): divulga comentarios o resúmenes de artículos
de periódicos y revistas francesas: La Presse, Mercure de France, La Patrie
Française, La Semaine Française, La Nouvelle Revue, La Revue, La Grande 67
Revue, La Revue des Revues, La Revue des Deux Mondes, La Revue Bleue,
muchos de los cuales eran corrientemente leídos en Caracas. Ya en su pri-
mer número (10 de enero de 1892), los tres primeros grabados represen-
tan temas venezolanos (El llanero domador, el monumento a Ricaurte, el
retrato de Luis López Méndez), pero el cuarto, de tamaño mayor, se titu-
la La Francia y representa la estatua de una mujer. Y dice la descripción:
«… publicamos la copia del monumento acabado de erigir en Aviñon y que
tomamos de un dibujo que hace una de las últimas revistas ilustradas de
Europa». También la moda de París acompañada del ideal de «chic» y de
toda una serie de vocablos franceses (atelier, baño Dauphine, bouquet,
chaise longue, esprit o sprit, maillot, massage, menu, parterre, peignoir, pe-
luche, pouf, toilette, voilà, vitraux, etc.), se afirma en Venezuela a través de
sus páginas: desde sus comienzos empieza a publicarse «El tocador», sec-
ción dedicada a las damas, en la cual se traducen directamente del francés
varios capítulos de la obra de la Baronesa de Staffe, y tiene como fin «ser-
vir de norma y guía a nuestras bellezas caraqueñas».5 Aparecen además los
clichés de trajes reproducidos de las mejores revistas parisienses, y desde
1893 hace entrada triunfal en sus páginas la propaganda de productos fran-
ceses, desde «Poudre, Savon, Créme Simon-París», y las «Pildoras Mousse-
tte, antineurálgicas París», incluyendo el «Aceite de hígado de bacalao del
Dr. Docoux-París», hasta el único retrato auténtico del papa S. S. León XIII
distribuido por Chatran.
En una de sus ediciones de gala6 es sorprendente la preponderancia de
nombres franceses (casi el 50%), en una galería de «212 retratos de celebri-
dades europeas y sudamericanas en letras, ciencias y arte».
A través de El Cojo Ilustrado (1892-1915) se propagan también otras in-
fluencias: la italiana, la alemana, la inglesa y norteamericana; escritores,
poetas, artistas, filósofos de todo el mundo antiguo y moderno desfilan por
sus páginas. Casi toda esa influencia europea se introduce por medio de
Francia: penetran y se difunden las obras de otros países que han tenido
éxito en París. Por ejemplo, la gran literatura rusa (Puschkin; Turgueniev,
Dostoyevski, Tolstoi), la polaca (Mickievicz, Sienkiewicz). Aún la influencia
68 italiana, alemana o inglesa se produce a veces a través de las traducciones
francesas. Hasta los clásicos griegos llegarán en versiones parnasianas de
Leconte de Lisle, vertidos al castellano por Vicente Blasco Ibáñez.
Durante el septenio, las obras de Eugenio Sue, Ponson du Terrail, Mon-
tepin y otros autores populares eran difundidas también por medio de la bi-
blioteca circulante de Capachivo y luego, desde 1900, La Semana, Revista
Literaria (director Rómulo A. García) publica traducciones de obras de dis-
tintos autores franceses (Féval, Maupassant, Daudet). Un buen ejercicio li-
terario sería indagar hasta dónde llega la influencia de Maupassant sobre
Gallegos.
Para 1892 ya se había establecido en Caracas la «Compagnie Françai-
se», que las damas visitaban frecuentemente para adquirir toda clase de
artículos de lujo importados de París. Mientras tanto, las modistas de la ca-
pital, que eran francesas (y también los peluqueros de la misma nacionali-
dad, como Monsieur Noet y los sastres, como Pablo y Federico Fourastié),
hacían grandes negocios, y las facturas cuyo timbre era un figurín y un le-
trero que decía «Nouveautés de París» empezaron a ser causa de discordia
en los hogares caraqueños.7 Las damas venezolanas, arregladas, vestidas y
peinadas según la moda de París, vivían tan encantadas de todo lo francés
que, para fines del siglo XIX, David Villasmil, al perfilar las condiciones de la
viveza, dice:8 «Para eso se requiere tener vocación decidida, eficaz, como la
que tienen hoy las niñas para cantar, tocar, bailar, dibujar y francear».
Para aquel entonces la vida social y cultural de Caracas tendía a imitar la
de París: había «soirées», paseos en «landau», descansos en el «café can-
tante», una sucursal de la «Alliance Française» y un teatro llamado «Folies
Dramatiques».9 Imitaban a la capital las ciudades del interior, y si no todas,
algunas poseían, como Carúpano, un elegante «Cercle Française», princi-
pal centro recreativo de la rica ciudad oriental.10
Igualmente se distinguía esta influencia francesa en los títulos de algu-
nas publicaciones que aparecieron para aquel entonces:
Bagatella, Caracas, 183611
El Sin Camisa, Caracas, 1844
La Ilustración, Caracas, 1854
El Brigán, Caracas, 186812 69
Figaro, Caracas, 1878 13

Figaro, Caracas, 1887


El Bouquet, Barquisimeto, 1887
El Foete, Barquisimeto, 188914
El Petit Figaro, Carora, 1891
La Guillotina, Caracas, 1891
Bohemias, Maracaibo, 1895
Tartarín, Carabobo, 189615
El Bouquet, Yaracuy, 1897
Le Pur Sang, Valencia, 1897
Tarascón, Carabobo, 1898
Bon Marché, Maracaibo, 190116
Rocambole, Güigüe, 1905
Los Tres Mosqueteros, Carabobo, 1905
El Foete, Carabobo, 1900
El Libre Albedrío, Carora, 1911
El Simoun, Trujillo, 191317
Cyrano de Bergerac, Carúpano, 1914
Bohemio, Barquisimeto, 1915
Cyrano, Barquisimeto, 191518
El Simbolismo, Puerto Cabello, 1820
Baudelaire, Carabobo, 1920

Otras se valían de máximas francesas, como El Delpinismo, fundado en


1885, cuyo lema era «Honnisoit qui mal y pensé».
70 EL VIAJE A PARÍS

El mito de París se va creando en el mundo entero, y muy especialmente


en los países de América Latina, desde fines del siglo XVIII. El resplandor de
la corte de Versalles, la evolución del pensamiento político social, la revolu-
ción francesa, la gloria de Napoleón, el fasto del segundo imperio, el presti-
gio de la literatura, el auge de las artes, los progresos de la ciencia, atraen la
atención de todos los pueblos hacia París, y hacen que se convierta, duran-
te el siglo XIX, en la capital intelectual del mundo.
La ciudad luz va adquiriendo, a los ojos de los extranjeros, un encanto
ineludible, un halo de atracción mágica: se vuelve símbolo. Magníficamen-
te dotada por su patrimonio histórico-cultural, por su arte, belleza, alegría,
por el esprit de sus habitantes y el «chic» de sus mujeres, es, para principios
de 1900, un bullicioso centro cultural y social en el cual figuran exponentes
de todas las nacionalidades.
Con París, «Jerusalén humana», «Ciudad gloriosa de la libertad y de la fi-
losofía», «Ciudad de las cumbres y de los abismos» sueñan los americanos.
Pedro Díaz Seijas dice, al referirse a los primeros años del siglo XX:19
Es el momento en que la máxima preocupación de los jóvenes escritores hispa-
noamericanos es visitar a París. Ver París y morir era la felicidad completa de un
artista hispanoamericano.

Aún en nuestros días son muy pocos los que, al salir de viaje para Euro-
pa, no hacen de París la primera etapa, no pudiéndose sustraer a su atrac-
ción; lo confirma Henríquez Ureña:
París es, sobre todas las ciudades, la que mejor sienta a nuestras inclinaciones
intelectuales y artísticas. Es difícil de concebir un hispanoamericano para quien 71
la atmósfera de París en diciembre o en cualquier otro mes, aun en verano, pue-
da carecer de alegría o estímulo.

Francisco de Miranda, Simón Rodríguez, Simón Bolívar y Manuel Pala-


cio Fajardo habían iniciado los viajes de los venezolanos a Francia. Después
de la emancipación se fue afirmando la tradición del viaje a París: allá estu-
vo Rafael María Baralt para publicar su Historia antigua y moderna de Vene-
zuela (1841); Juan Manuel Cajigal, quien llegó en 1839 como secretario del
Dr. Alejo Fortique y dio a su estada en la capital francesa una nota munda-
na enamorándose locamente de la Duplessis, más conocida como la dama
de las camelias; Rafael Urdaneta, el joven que desde 1842 cumplió estudios
de economía política (su padre, el general Rafael Urdaneta, murió en París
en 1845, mientras se dirigía a Madrid en misión oficial); el licenciado Miguel
Carmona, fundador para 1858 del Diario Universal, queriendo perfeccionar-
se en Literatura y Bellas Artes y Rafael Vegas, que en 1864 recibió el título de
Doctor en Medicina, presentando una tesis de grado elaborada bajo la di-
rección del ilustre Velpeau.
Pero la gran época de los viajes a Francia fue la de Guzmán Blanco, que
estuvo allá seis veces, y murió en la capital francesa en 1899.
Desde entonces y hasta fines del gobierno de Gómez el «viaje a París»
como Meca de la cultura nueva se volvió obligado para toda persona de fi-
guración social o de inquietud cultural: los intelectuales iban para aumentar
su patrimonio espiritual, adquirir nuevas experiencias, publicar sus obras
(desde principios del siglo XIX hasta la segunda guerra mundial, y aún des-
pués, la gran mayoría de los libros venezolanos fueron publicados por Ha-
chette o Garnier o la viuda de Ch. Zourat);20 los artistas buscaban inspiración
y gloria, los acaudalados anhelaban frecuentar al «beau monde» europeo.
En París estuvieron pintores como Tovar y Tovar, Carmelo Fernández,
Antonio Herrera Toro, Cristóbal Rojas, Michelena, Tito Salas, Carlos Rivero
Sanavria, Emilio Boggio, Carlos Otero; músicos como Teresa Carreño, Re-
descal Uzcátegui, Joaquín Silva Díaz, Fermín Tovar, María Teresa Villalobos,
Ramón Delgado Palacios, Hilario Machado Guerra, Ascanio Negretti Vas-
72 concelos; escritores como el Marqués de Rojas, Tosta García, Miguel Teje-
ra, José Heriberto García de Quevedo,21 Miguel Eduardo Pardo, J. Graterol y
Morles, José María Núñez de Cáceres, Ildefonso Riera Aguinagalde, Jacinto
Gutiérrez Coll, Andrés Mata, Pedro Emilio Coll, César Zumeta, Manuel Díaz
Rodríguez, Rufino Blanco Fombona, Alberto Zérega Fombona, Pedro César
Dominici, José Gil Fortoul, Carlos Villanueva.22
Los jóvenes de la sociedad venezolana no estudiaban para entonces
en los Estados Unidos, sino en París, y se graduaban (como el Dr. Gaspar
Marcano) o se especializaban (como Manuel Díaz Rodríguez) en la Sor-
bonne. Para 1889 Carlos A. Villanueva en París (París, Garnier Hermanos,
1897) recuerda a varios venezolanos estudiantes, como él mismo, en la
capital de Francia.23
Estudiantes, viajeros, literatos, diplomáticos, los venezolanos dedicaron
a París en todos los tiempos, algunas obras o algunas páginas. En una pe-
queña bibliografía venezolana de París podríamos anotar:
José Gil Fortoul, Recuerdo de París, Barcelona, 1887.
Carlos A. Villanueva, París, París, 1897.
Jacinto Gutiérrez Coll, En la Sena (Soneto escrito en París en 1885)
Miguel Eduardo Pardo, Al trote (París-Madrid), París, 1894;
Elías Toro, Instituciones contra la miseria-Recuerdos de París.
Publicado en «El Cojo Ilustrado», Caracas, 1.º de junio de 1899.
Graterol y Morles, París, Impresiones de viaje (París, 1888).
Publicado en «El Cojo Ilustrado», Caracas, 15 de febrero de 1900.
Marqués de Rojas, Recuerdos diplomáticos: Francia.
Publicado en Tiempo Perdido, París, 1905.
Gumersindo Rivas, Diario de viaje, Caracas, 1907.
Juan C. Tinoco, Álbum de viajero, Maracaibo, 1908.
Rufino Blanco Fombona, Camino de imperfección,
Diario de mi vida, (1906-1914) Madrid, 1929?
Benjamín de Los Reyes, Caracas, París, Madrid, Caracas, 1948.
Jean Aristiguieta, Poesía, amor de Europa, Caracas, 1950.

También para el destierro estaba de moda París, donde varios venezo-


lanos se refugiaban para huir de las represalias y de los odios políticos; allá 73
vivió hasta su muerte (1866) el Dr. Manuel Felipe de Tovar, expresidente de
Venezuela, con su culta esposa, Encarnación Rivas Pacheco de Tovar. Dice
Antonio Reyes que un poeta francés cantó a la bella dama.24
Hasta pacíficas familias emprendían al completo el largo viaje en bus-
ca de cultura, de novedad, de esparcimiento, de algo que después, en las
claras noches tropicales, llenara de recuerdos y de sueños las tertulias fa-
miliares; por esto varios niños venezolanos, entre ellos Teresa de la Parra,
nacieron en aquel entonces bajo el cielo de Francia.
Las diversas realizaciones del viaje a París originaron, entre los escrito-
res amigos de burlarse de las pequeñas manías de sus compatriotas, una
producción literaria criollista, humorística o reprobadora: la representa Don
Secundino en París, de Tosta García (1895), caricatura del venezolano inex-
perto que a cada paso hace el ridículo. También Pedro Emilio Coll, en Gente
de Caracas, describe de manera burlona este tipo de caraqueño afrancesa-
do y en un comentario a Ídolos rotos de Manuel Díaz Rodríguez25 critica la
«mágica atracción de París»:
Diéguez Torres (personaje de Ídolos rotos) decía que muchas de nuestras gue-
rras civiles no son sino caminos de sangre para llegar a la antigua Lutecia… en
las noches de las batallas, sobre los pobres soldados muertos, flota en la imagi-
nación de los capitanes un paso de baile de Folies Borgéres… las manos se po-
nen ágiles y perversas y la voluntad débil cuando la imagen de París cruza por la
mente del honrado oficinista.

Al comenzar la primera guerra mundial el viaje a París debía haber alcanza-


do su máxima popularidad en Venezuela: Francisco Pimentel26 denuncia a los
responsables de una «epidemia parisina» que se había declarado en Caracas:
Pues son muchos los señores que van a París por quince o veinte días, cuando
mucho, y como el viaje les ha costado un sacrificio y no han de volver, tienen de-
cidido empeño en que nosotros infelices que no hemos salido del terruño, no ol-
videmos jamás ese su único viaje.

Sin embargo, termina confesando:


74 Y por último, yo mismo que me ocupo en llenar cuartillas con el patriótico pro-
pósito de alertar a mis lectores contra el peligro de una invasión parisina, yo mis-
mo sueño con un viaje a París.

En las novelas venezolanas publicadas en el primer cuarto del siglo XX


(las de Pocaterra, algunas de Rómulo Gallegos) encontramos reflejos del ya
tradicional viaje; pero quien nos da las más acertadas y graciosas descrip-
ciones de la crisis que provocaban los devaneos por París en los hogares
venezolanos es Teresa de la Parra, en su Ifigenia. 27
Dice Abuelita:
Los hombres, hija mía, gastan a veces mucho… mucho… mucho… ¡ah! ¡ese
París!... es el sepulcro de todas nuestras grandes fortunas, y muchas veces, es
también el sepulcro de la felicidad honrada y tranquila…

Corroboran la afirmación de Abuelita las declaraciones de tío Pancho,


que se instaló en París a todo tren y gastó hasta el último céntimo de su
fortuna regalando collares de perlas, sombreros de mil francos y perritos
japoneses:
¡Ah! Sobrina, no sabes tú la serie de cheques de a veinte mil francos, que gasté
yo en París, y como a ti: ¡no me pesa!

La costumbre del viaje a París, a pesar de todos los inconvenientes, ani-


mó sin embargo muchísimo en cierta época, la vida de los venezolanos y
les dio muchas alegrías; veámoslos en la risueña descripción de María Eu-
genia, protagonista de Ifigenia:
… Me imaginé ahora a mi Abuelo y a sus dos hijos, puestos de frac, corbata
blanca, flor en el ojal y chistera un poco ladeada; es decir, algo así como tres jo-
viales personajes de Opereta vienesa, de ésos que entran alegremente en al-
gún Tabarín acompañados de Frou-Frous y de Mimíes, que se colocan en fila
uno tras otro con una copa de champagne en la mano, que levantan a compás el
mismo pie, mientras cantan en coro, aquello de «Viva, viva la alegría!...»
FLUJOS Y REFLUJOS DE LA INFLUENCIA FRANCESA 75

Frente a tan extraordinario afrancesamiento de la lengua y de las


costumbres, hacia fines de siglo, reaccionan de nuevo los escritores
venezolanos, que tratan de limitarlo en lo posible o, por lo menos, de
excluirlos del lenguaje literario. Pero el ambiente ha cambiado; la Ca-
racas de este período ya no es la severa cuna de Simón Bolívar, sino
una elegante y social metrópoli donde reina la alegría y el «bon ton»;
por esto, los antigalicistas no se lanzan a la lucha empuñando dicciona-
rios, sino que, conocedores de las debilidades de sus compatriotas, tra-
tan de derrotar la influencia francesa con el humorismo, burlándose de
los vocablos franceses y haciendo caer en el ridículo a los venezolanos
afrancesados. La ironía, durante la autocracia de Guzmán Blanco, es el
arma de la oposición, tanto en la política (la Delpiniada) como en las le-
tras. Ya en 1892 la voz satírica de «Hércules»28 habla del error «en que
caemos usando a cada paso vocablos franceses que no todos entien-
den». Sin embargo, reconoce que es muy «donoso», «bon ton», «chic»
y propio de la gente «comme il faut» decir: la «soirée», la «matinée», el
«bouquet», el «necessaire», «consommé», el «foyer», el «buffet», «hors
d’oeuvres», etc., etc., y que la elegancia de estas frases resalta especial-
mente «cuando estos vocablos se emplean para con personas no en-
tendidas en la lengua de Lamartine y, sobre todo, cuando tampoco los
entiende el que los usa».

En 1901 Felipe Tejara, en sus Epigramas, satiriza al «franchuto»:29


Un francés, digo, un franchuto,
Que hablar español pretende
76 Le contestó: «Non se entende,
Parla claro non siá bruto».

Pero también los antigalicistas, en su afán de desprestigiarlas, utilizan


palabras francesas: en los escritos de Felipe Tejera encontramos nouveau-
tés, toilettes, soirée, chic: y en Tosta García, matinée, amateur, boulevard,
creme, cocotte, derniére, chic, etc.
Cuál no habrá sido el amor al francés y el afán por aprenderlo y transmi-
tirlo, si, como nos dice Teresa de la Parra en su Segunda Conferencia, una
tía de ella, Teresa Soublette «transmitía en secreto sus conocimientos del
francés a su sirvienta, una negra joven que había traído del confín de una
hacienda». Y agrega: «Aquel pobre francés era sin duda una de las llaves
con que durante su larga vida había entrado ella al país del ensueño. Antes
de morir, para que no se perdiese, lo legaba así humildemente a su negra».
Hasta en las cárceles venezolanas la lengua francesa era distracción
y consuelo: desde Castro hasta Gómez, circularon en ellas gramáticas y
obras literarias de Francia, y muchos fueron los presos políticos que estu-
diaron el idioma o hicieron traducciones: el general Antonio Paredes, de-
tenido durante el Gobierno de Cipriano Castro, vertía al castellano L’Aiglon
de Rostand, y leía fragmentos de la traducción a sus compañeros de celda.
Esto nos demuestra que para fines del siglo XIX en Caracas estaba ha-
ciendo estragos la influencia francesa en las lecturas, en la vida social, en
la moda y especialmente en el lenguaje, para lo cual habían contribuido
mucho, además de las novelas y revistas francesas, los profesores parti-
culares de francés, clase nueva y tan apreciada para aquel entonces en
Venezuela como en toda la América hispánica, que la Alianza Française,
preocupada por el gran número de familias que piden maestros y precepto-
res de habla francesa, y también por los jóvenes que de Francia viajan hacia
América con esta esperanza, publica en 1892 un aviso en El Cojo Ilustra-
do, por medio del señor Waltz, presidente de la sucursal de esta sociedad
en Caracas, para ofrecer su mediación a los que quieran obtener maestros
y maestras serios y competentes, y para formalizar contrato con ellos. En
efecto, si excluimos a los competentes instructores del Colegio Francés,
uno de los cuales, Joseph Honoré, fue el autor del Método de francés ana- 77
lítico y directo, publicado en Caracas (hemos podido localizar la segunda
edición con fecha 1912), no todos los profesores de francés que aquí llega-
ban eran tales.
Mariano Picón Salas, en Viaje al amanecer 31 describe a un francés ori-
ginal, Monsieur Machy, «viejo revolucionario de la Comuna de París que
huyendo de la represión llegó por quién sabe qué misterioso avatar del des-
tino hasta la internada Mérida, y en vano quería conjurar su suerte adversa
dando lecciones de francés o recibiendo en su casa en calidad de pensio-
nistas a algunos jóvenes estudiantes». Monsieur Machy recibía de Francia
libros y revistas que facilitaba a sus alumnos y amigos. Eso no gustaba al
canónigo Méndez, quien en algunas pláticas aludió a «Ciertos extranjeros
que con sus ideas nocivas envenenan nuestra sociedad católica». Más en-
tendido en pedagogía parece haber sido el profesor que hacia 1855, logró
dar a Bolet Peraza y a sus jóvenes amigos seis clases seguidas de francés, y
cuyos métodos didácticos debían de ser sorprendentemente eficaces, co-
mo el de hacer comer a sus alumnos marañones verdes o cualquier otra
fruta astringente, para que pudieran fruncir mejor la boca al pronunciar la
«u» francesa.32
Al lado de la clase de francés que desde 1828 se dictaban regularmente
en la Universidad Central,33 la mejor enseñanza del francés en Caracas la
dieron en aquellos tiempos, y durante todo el gobierno de Gómez, las Her-
manas de San José de Tarbes, como reconocen sus numerosas exalum-
nas, demuestran las distinciones recibidas por las religiosas y señalan
algunas alusiones de las novelas de Pocaterra y de otros escritores de su
época. Llamadas por el presidente Rojas Paúl,34 las Hermanas de San Jo-
sé de Tarbes llegaron a Venezuela en 1889; se instalaron en una casa con-
tigua a la iglesia de San Juan y mientras se terminaba la construcción del
Hospital Vargas se encargaron del Hospital de Beneficencia y del Hospital
de hombres.35 Muy pronto el presidente, el arzobispo, la sociedad, la ciu-
dad toda, las urgen para que abran dos escuelas: un colegio para hijos de
personas pudientes y una escuela elemental para el pueblo. Así se abre,
en 1891, un internado en la casa de San Juan; en 1898 se funda un exter-
78 nado y en 1901 el Gobierno venezolano destina el edificio del Paraíso al es-
tablecimiento de un Colegio para señoritas, dirigido por las Hermanas de
San José de Tarbes. La actuación entre nosotros de las Hermanas france-
sas de San José de Tarbes ha sido valiosísima en todos los aspectos y en
todo momento; pero en este período cobra particular importancia la en-
señanza impartida por ellas en sus colegios, muy especialmente en el del
Paraíso,36 gracias a la cual la lengua francesa es conocida y amada en Ve-
nezuela en el ambiente social y familiar; sus aulas se convierten en peque-
ños centros de cultura francesa,37 y las numerosas damas de la sociedad
venezolana que han desfilado por ellas podrán sostener conversaciones
en este idioma en los salones de Caracas y de París y, en algunos casos,
podrán valerse de su francés del San José de Tarbes para forjarse una bri-
llante carrera diplomática o profesional.38
CONTRIBUCIONES FRANCESAS A LA CULTURA 79
VENEZOLANA Y AL CONOCIMIENTO GEOGRÁFICO DEL PAÍS

No faltaron, para esta época, otras valiosas contribuciones por parte de


los miembros de la colonia francesa que se estaba estableciendo: en el Pri-
mer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas artes (1895), aparecen
en la lista de «Extranjeros que han escrito en Venezuela» los siguientes es-
critores de nacionalidad francesa:
Doctor Luis Daniel Beauperthuy (médico)
Carlos Morton de Kératri (periodista)
General Víctor Barret de Nazaris (literato)
Juan Chaffanjon (naturalista)
Doctor Renato de Grosseurdi (naturalista)

Del insigne médico Luis Daniel Beauperthuy y de Morton de Kératri ya


hemos hablado. El general Víctor Barret de Nazaris, cabeza pensante del
régimen de Castro, ocupó altos cargos en Venezuela. Fue autor de El gene-
ral Venancio Pulgar (Caracas, 1873), El ilustre prócer coronel Antonio Leo-
cadio Guzmán (Caracas, 1884), Al Ilustre Americano, presidente Joaquín
Crespo, y de las Memorias que dirige el gobernador del Distrito Federal
al Congreso de los EE.UU. de Venezuela en 1881. Jean Chaffanjon explo-
ró de 1885 a 1887 las regiones del Caura y del Alto Orinoco, por cuenta del
Gobierno de Francia, logrando corregir datos anteriores, y publicó varias
relaciones de su viaje. Renato de Groseourdi o Groscurdy estudió la flora
venezolana y reunió sus observaciones en El médico botánico criollo, París,
1864, obra ya citada.
Otros destacados ciudadanos franceses merecen ser recordados en
80 este período: Jules Crévaux, uno de los más audaces exploradores de
América, publicó datos interesantes sobre Venezuela en Voyages dans
l’Amérique du Sud, París, 1883; Federico Montolieu exploró el Territorio
Amazonas, cuya gobernación desempeñó en 1878,39 y publicó varios es-
tudios en periódicos de Caracas; el Dr. P. E. Bourgoin prestó sus servicios
por veinte años a la Universidad de los Andes enseñando química, cien-
cias naturales, farmacología y francés; realizó la primera ascensión a la Sie-
rra Nevada y vivió en Mérida hasta su muerte (1913) estudiando las plantas
andinas.
También un nieto de Napoleón, el conde Carlos León, vino a Venezuela,
en busca de trabajo y fortuna; se empleó en la empresa de ferrocarriles de
Valencia, pero, víctima de la fiebre amarilla, fue sorprendido por la muerte
en Carúpano el 8 de agosto de 1894.40
OBRAS SOBRE VENEZUELA ESCRITAS POR FRANCESES 81

La época de Guzmán Blanco marca también el auge de las obras dedi-


cadas exclusivamente a Venezuela,41 escritas por franceses y publicadas
en Francia, fruto de viajes, exploraciones o trabajos de investigación. En su
mayoría, estas obras no han sido traducidas y algunas son muy poco cono-
cidas entre nosotros.42
M. A. Tourreil, canciller del Consulado de Francia y delegado de la «Socié-
té impériale d’acclimatation» en Caracas, publicó en 1859 dos interesantes
trabajos científicos: Notice géographique et climatologique sur le Vénézué-
la y Plantes alimentaires du Vénézuéla dont l’acclimatation en France ou en
Algérie pourrait contribuer á amélicrer le sort des clases laborieuses. En es-
te último describe y considera la importación del «arracache», del «igna-
me», del «mapuey» y del «ocumo».
Hacia 1863 había sido publicado también Le Vénézuéla de V. Langlois, ar-
tículo que no posee gran valor científico ni literario.
Mucho más interesante, aún con algunas inexactitudes históricas, es la
obra Excursión au pays de l’or de Ch. P. Gachet (París, 1884), que contiene
las notas de un viaje de exploración hecho en Venezuela por el autor, en-
tre «la portion du cours de l’ Orénoque voisine de son embouchure, et la
partie de l’Yuruari qui sert de ceinture aux principaux établissements des
compagnies miniéres». Especialmente dignas de conocerse son las pági-
nas dedicadas a la descripción de las minas de El Callao.
También en 1884, en París, madame Jenny de Tallenay da a la imprenta
sus Souvenirs du Vénézuéla, obra significativa, que ha sido traducida y am-
pliamente comentada por René Durand.43
82 Le Vénézuéla de Alfred Didier (París, 1888) es una obra ofrecida al gene-
ral Guzmán Blanco: después de una breve descripción del país, el autor de-
dica numerosas páginas al general y su familia.
Paúl de Cazeneuve (n. 1857) y François Haraine publican en París, en
1888, Les Etats-Unis de Vénézuéla, también dedicada al general Guzmán
Blanco, fruto de investigaciones históricas y literarias, y no de observa-
ción directa. Nos parece además destinada a comerciantes e inmigrantes,
puesto que contiene un extracto de la ley de Aduana sobre la importación
y los principales artículos de la Constitución sobre inmigración. Hemos en-
contrado en ella algunas particularidades en la escritura de nombres indí-
genas (Tacanigua, Goahiros, Catarumbo).
De 1889 (París) datan los Souveniers des Amériques Latines, de A. Bloe-
me, de los cuales fueron traducidos y publicados en Caracas algunos
capítulos: «Caracas en el año 1888» (Caracas, 1888) y «La muerte de un
dictador» (Caracas, 1890). En la Biblioteca Nacional existe un ejemplar de
la edición francesa, dedicada por el autor a Arístides Rojas en 1889. Sería
interesante averiguar quién era A. Bloeme y qué relaciones lo unían al sa-
bio venezolano.
Jean Chaffanjon (1854-1913) relató las observaciones de sus viajes en
tres artículos (Voyage á travers les Llanos du Caura et aux Sources de l’Oré-
noque, París, 1885-1887; Mon dernier voyage au Vénézuéla, 1887; Voyage
aux sources de l’Orénoque, (París, 1888); y en un libro, L’ Orénoque et le
Caura (París, 1889); esta última obra, sumamente interesante por los datos
que aporta, adolece sin embargo de excesos de imaginación: se ha dicho
que Jules Verne se inspiró en ella para su novela El soberbio Orinoco.
Le superbe Orénoque de Jules Verne (1828-1905), aunque obra de fan-
tasía, es importante como reflejo del interés que Venezuela, en particu-
lar, había despertado en Francia. La acción se desarrolla en el país (curso y
fuentes del río Orinoco, Ciudad Bolívar, Caicara, San Fernando de Atabapo)
y varios personajes (los tres geógrafos, el indio Gromo), son venezolanos.
Como todas las obras de Verne, ha sido traducida al español.
En 1892, en Rouen, Fr. Desplantes publica Six meis au Vénézuéla et a Cu-
racao, que aún no hemos podido localizar en Caracas.
Souvenirs – Au Vénézuéla 1876-1892 (París, 1897?) de madame de Ron- 83
cayolo es una obra sumamente interesante, muy poco conocida entre no-
sotros y como las antes especificadas, aún no traducida al castellano. Llegó
la dama a Venezuela en 1876, es decir, dos años antes de Jenny de Tallenay,
acompañando a su esposo, que se ocupaba de la construcción de ferroca-
rriles (uno de los cuales, el de La Ceiba-Trujillo, fue auspiciado por el padre
de él, don Benito Roncayolo); visitó Puerto Cabello, Maracaibo, Mérida, Ca-
racas, los Andes, el Táchira hasta Colombia y La Guaira; se estableció en La
Ceiba y luego en Adícora (Falcón). Describe cada lugar con gran sencillez y
sinceridad, con referencias históricas, observaciones acerca de los habi-
tantes y datos de interés, como la descripción del huracán que azotó las
costas de la península de Paraguaná el 23 de septiembre de 1877 y el nau-
fragio del velero americano Harriet en mayo de 1878.
Charles Bénard (n. 1867), oficial de la Marina Francesa y secretario de la
«Societé de Géographie commerciale de Bordeaux», publica en 1897 (Bor-
deaux) Le Vénézuéla. Études physique, politiques, commerciales, miniéres
et agricoles. En los capítulos dedicados a la historia de Venezuela hace refe-
rencia a los conflictos diplomáticos surgidos entre Venezuela y Francia; en
los estudios de geografía política presenta tablas del movimiento de la ins-
trucción popular desde 1830, y una interesante relación del intercambio de
importaciones y exportaciones entre Venezuela y Francia.
Del doctor Lucien Morisse aparece en 1904, en París, Excursion dans
l’Eldorado. I’aller, Au Callao. Le Retour. El Dr. Morisse, comisionado por el
ministro de Instrucción Pública de Francia, realizó tres excursiones a Ve-
nezuela, visitando el Orinoco y el Río Negro hasta penetrar en Brasil (1887-
1889), el Bajo Orinoco y las selvas del Caroní (1891-1892) y la Guayana
venezolana (1894). Además de valiosos datos geográficos y geológicos, la
obra mencionada contiene interesantes descripciones de los «indios», del
«chubasco», del «conuco», del «sancocho», de varias costumbres de la vida
indígena y la impresionante historia de la célebre mina del Callao, de la cual
el autor pone de relieve la inmensa riqueza.
Fruto de una seria investigación es la obra del insigne venezolanista Ju-
les Humbert: Les origines vénézuéliennes, publicada en París en 1905, que
84 contiene datos importantes sobre la sociedad venezolana de los siglos
XVII y XVIII y, especialmente, una bibliografía muy amplia y una cartogra-
fía de gran interés. El doctor Humbert publicó además L’occupation alle-
mande du Vénézuéla au XVIº siécle (París, 1905), Histoire de la Colombie et
du Vénézuéla (París, 1921), varios estudios sobre Bolívar y Un Gibraltar ig-
noré,44 notable relación de los asaltos que los filibusteros infligieron a es-
te villorrio venezolano, situado en la parte sur del lago de Maracaibo. Jules
Humbert ha sido nombrado «Commandeur de l’ordre national vénézuélien
du Libérateur».
También grandes valores franceses estudiaron con detenimiento los
problemas venezolanos: Élisée Reclus (1830-1905), el sabio literato y geó-
grafo, dedica a Venezuela un capítulo especial (tomo XVIII, cap. III: Vénézué-
la), de más de cien páginas, en su obra Nouvelle Géographie Universelle
(París, 1893). El bibliógrafo Charles Leclerc incluye obras sobre Venezuela
en la Bibliotheca Americana (París, 1878), relación de ediciones raras o casi
desconocidas referentes a historia y lingüística americana. Claude Bernard
(1813-1878), célebre fisiólogo, el más ilustre representante de la ciencia ex-
perimental a fines del siglo XIX, escribió Le curare,45 trabajo sobre el veneno
usado por los indios de Venezuela y Brasil.
VENEZOLANOS EN FRANCIA 85

Algunos venezolanos han dado su tributo al país de origen a través de


los estudios que realizaron en Francia o de su actuación allá: hasta 1903 ca-
torce profesionales de la medicina, de todas partes de Venezuela, habían
ejercido la profesión en París.46 Otros escribieron trabajos de investigación,
muchos de los cuales recibieron distinciones, y los publicaron en francés.
El Dr. Vicente Marcano, que había recibido en Francia una medalla de
oro por sus abnegados servicios en las ambulancias durante la guerra fran-
co-prusiana, publicó en París entre 1878 y 1891 más de veinte trabajos
científicos en lengua francesa, casi todos en el Boletín de la Academia de
Ciencias.47 Su hermano, Dr. Gaspar Marcano, también escribió y publicó en
Francia los tres volúmenes de sus importantes estudios etnográficos, Eth-
nographie Précolombienne du Vénézuéla (París, 1889-1891). El Dr. Guillermo
Delgado Palacios, eminente químico, representante de Venezuela en va-
rios congresos científicos extranjeros, escribió en francés la Chimie patho-
logique tropicale de la région atlantique (Caracas, 1914). Algunos escritores
venezolanos contribuyeron (y más aún contribuirán en años sucesivos) a
ilustrar algunos aspectos de la historia o de la literatura francesa, como
Carlos A. Villanueva con Napoleon el les députés de l’Amérique aux Cortes
de Bayonne y Napoleon et l’indeépendance du Vénézuéla (París, 1911), y Al-
berto Zérega Fombona con Le Symbolisme française et la poésie espagnole
moderne (París, 1919). El pintor Emilio Maury actuó en Francia hasta 1884,
mereció premios y medallas de honor y fue además designado por el Go-
bierno francés para restaurar los frescos del marqués de Saint Paul. Arturo
Michelena recibió en París los primeros reconocimientos: Premio del Sa-
86 lón Oficial de París, en 1887 y Medalla de oro de la Exposición Internacional
en 1889. Reinaldo Hahn, nacido en Caracas en 1876, fue llevado niño a Fran-
cia y allá transcurrió su vida; estudió bajo la dirección de Theodore Dúbois y
Jules Massenet, escribió varias óperas y composiciones musicales y actuó
como director de la «Opera» de París.
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA LITERATURA 87

Fruto de la influencia francesa en todos sus aspectos es una producción


literaria que, después de una breve fase de asimilación y reflexión, se mani-
fiesta en Venezuela a fines del siglo XIX y principios del XX. En este mismo
período son también notables las influencias de escritores de otras nacio-
nalidades, especialmente de los realistas italianos (Verga, Fogazzaro), es-
pañoles (Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán), portugueses (Eça de Queiroz)
y un poco más tarde de los poetas italianos Carducci, Pascoli y D’Annunzio
(47 bis), pero Francia es quien predomina. Dice Lisandro Alvarado (a quien Ma-
riano Picón Salas llamó «el último discípulo de Rousseau», que hizo algunas
traducciones del francés, entre ellas, El hombre y el mar de Baudelaire, y
hasta escribió en francés algunas cartas sentimentales):48
Teniendo en cuenta, como cosa que importa, las dificultades del lenguaje para
el estudio particular de las buenas letras, es manifiesto que entre los maestros
más afamados de Europa y América los franceses fueron preferidos, así y todo,
a los españoles e italianos.
El positivismo que florecía en Francia había sido aceptado en su integri-
dad por la juventud venezolana de la época de Guzmán Blanco (Ernst, Villa-
vicencio, Lisandro Alvarado, Gil Fortoul, López Méndez, Manuel Revenga,
Alejandro Urbaneja, Rómulo Gallegos), y luego se asimilaron las otras co-
rrientes literarias francesas de fines del siglo XIX (parnasianismo, simbolis-
mo, realismo, naturalismo). Los productos de esta nueva y vigorosa etapa
de la influencia francesa, que afortunadamente redimió a las letras vene-
zolanas de los extravíos del romanticismo, son además de valiosos, abun-
dantes y precoces. En 1887 José Gil Fortoul publica sus Recuerdos de París
88 y en 1888 Julián, con manifiesta influencia de Bourget y de Stendhal. Tam-
bién sus posteriores investigaciones históricas seguirán la dirección históri-
co-sociológica de Taine. Pedro Emilio Coll funda y redacta en París (1897) la
sección «Letras latinoamericanas» en el Mercure de France, y publica ade-
más Palabras (1896), que contiene ensayos sobre las impresiones que le
han dejado sus juveniles lecturas de Daudet, Renan, Bourget, Leconte de
Lisle, y también su cuento Borracho, que manifiesta la influencia del natura-
lismo de Zola. En 1884 Débora, de Tomás Michelena, inicia en Venezuela la
novela naturalista de Zola, algunas obras del cual fueron seguramente tra-
ducidas y publicadas en el país, pues Julio Calcaño en El castellano en Ve-
nezuela, 1896, critica los galicismos de la versión de Roma; en 1898 Rafael
Cabrera Malo en Mimí presenta en los llanos de Venezuela a una mujer pe-
cadora, que a pesar de su afán, un poco programático, de exaltar lo crio-
llo, resulta típica del naturalismo francés. Pedro César Dominici manifiesta
en La tristeza voluptuosa (1899) y en su Triunfo del ideal (1901), la influencia
francesa de Bourget, y más tarde (1905) escribirá su novela arqueológica
Dionysos, de tendencia simbolista. Manuel Díaz Rodríguez publica Confi-
dencias de psiquis (1897), Ídolos rotos (1901) y Sangre patricia (1902), obras
de indudable influjo francés puesto que, aun si existe en ellas una gran in-
fluencia de D’Annunzio, hay que recordar que Díaz Rodríguez no ha imita-
do al D’Annunzio dramaturgo, sino al del Fuoco y del Piacere, que está bajo
el ascendiente de Maurice Barrès y de Nietzsche. Blanco Fombona, del cual
Gerónimo Maldonado H. dijo: «con ser menos francés sería mejor escritor
venezolano»,49 publica en París (1904) sus Contes Américains (a los cuales
ha aplicado la técnica del cuento de Maupassant), traducidos al francés por
Maurice Andrés, y Au delá des horizons (1902, «Pequeña ópera lírica») muy
elogiada por los críticos de Francia.
Es también representativo de esta época el caso del escritor venezolano
José María Manrique (1846-1907), quien usaba un seudónimo francés, «Ed-
mond Aimé» y algunas de cuyas obras tienen título francés: L’enfant terri-
ble, Frivolité,50 Causeries.
A la escuela parnasiana se adhirieron muchos jóvenes poetas venezola-
nos (Jacinto Gutiérrez Coll, Eduardo Calcaño, Manuel Fombona Palacio, An-
drés Mata, Víctor Racamonde, Rafael Marcano Rodríguez, Gabriel Muñoz, 89
Luis López Méndez), quienes hicieron además muy buenas traducciones,
especialmente de los poemas de Sully Prudhomme («Le vase brisé»: «El bú-
caro roto» por Gutiérrez Coll) y de Leconte de Lisle («Los réprobos» y «El
viento de la noche» por Luis López Méndez). Ni siquiera Urbaneja Achelpohl
en este período, según nos dice Pedro Emilio Coll, «escapó a las influencias
de entonces y escribió algunas fantasías en prosa del género llamado “de-
cadente”».51 En 1901 Pedro Emilio Coll, en sus Notas sobre la evolución lite-
raria en Venezuela,52 refiere, aplicándola a Venezuela, una observación de
don Juan Valera: «Cada día me maravillo más de la profundidad con que ha
penetrado en los escritores hispanoamericanos el espíritu de la literatura
francesa novísima. En algunos apenas queda el lenguaje».
En 1904 un ensayo de José Gil Fortoul gana el primer premio de crítica
del certamen de literatura venezolana promovido por El Cojo Ilustrado so-
bre el tema: «¿Cuáles escritores extranjeros han influido principalmente en
el movimiento literario de Venezuela en la última década?». Afirma Gil For-
toul que «la mayor influencia extranjera durante la última década ha sido la
de los escritores franceses contemporáneos». Nombra entre los más imita-
dos en Venezuela53 a Benjamin Constant, Stendhal, los Goncourt, Verlaine,
Baudelaire, Mallarmé, Mendès, Bourget, Maupassant, Barrès. Considera
también la posible influencia de escritores de otras nacionalidades, pero di-
ce que «hablando en términos generales, Venezuela está viendo las litera-
turas extranjeras con anteojos franceses». En su opinión el idioma francés
es en Venezuela «la lengua predilecta de las lecturas literarias», y en la Uni-
versidad «suplanta de hecho al castellano en los estudios científicos, por la
rareza de buenos textos en esta lengua».
Los primeros años de 1900 representan entonces la culminación de la
influencia francesa en la vida y en las letras de Venezuela.
NOTAS

90 1. Véase Ramón Díaz Sánchez, Guzmán, Caracas, 1950; José Antonio Calcaño, La ciudad y su música,

Caracas, 1968; Mariano Picón Salas, Literatura venezolana, México, 1952, págs. 168-169.

2. Véase la Carta de Pedro Emilio Coll a Mariano Picón Salas (París, 10 de enero de 1939); Pedro Grases,

Materiales para la historia del periodismo en Venezuela, Caracas, 1951.

3. Véase Mariano Picón Salas, Literatura venezolana, México, 1952, pág. 167.

4. Émile Bergerat (1845-1922) escribió obras dramáticas (Une amie, Pére et mari), novelas (Bébé et Cie,

La Vierge) y adquirió especial renombre por las amenas crónicas que publicó en los más importantes

diarios y revistas de París bajo el seudónimo de «Caliban», que todavía resuena en la prensa bogota-

na (El Tiempo).

5. Todavía hoy las obras de la baronesa de Staffe son leídas en Caracas, y la Biblioteca Nacional tiene

varias también en su sección Circulante.

6. El Cojo Ilustrado, 1.º de enero de 1899.

7. Véase Francisco de Sales Pérez, Costumbres venezolanas, Caracas, 1850.

8. El Cojo Ilustrado, 1.º de mayo de 1892.

9. Ya estaban en auge las cenas de Año Nuevo, iniciadas por el mismo Guzmán Blanco, que dio oficial-

mente la primera.

10. El Cojo Ilustrado, 1.º de noviembre de 1897.

11. Bagatela es un italianismo que arraigó en Francia, muy usado por los autores galicistas. La Bagatela

se llamó el célebre periódico fundado en Bogotá por Antonio Nariño.

12. Al frente del primer número, aparece la siguiente aclaración:

«¡Ea! Me llamo el Brigán

porque es plebeya mi cuna,

no quiero la vil fortuna

del mantuanismo holgazán»

13. Periódico satírico y de caricaturas, tenía una máxima de Beaumarchais: «Alabado por unos, censu-

rado por otros, burlándome de los tontos; desafiando a los perversos, me apresuro a reír de todo… por

temor de verme obligado a llorar».

14. Foete con el valor de látigo, ya era palabra incorporada al habla venezolana desde hacía mucho

tiempo.

15. Eduardo Carreño en Vida anecdótica de venezolanos (3.ª Ed., Caracas, 1952, pág. 190) dice que Ale-

jandro Maduro en 1903 redactaba en Valencia Tartarín.

16. El Bon Marché era una publicación de tipo comercial-literario, auspiciada por un establecimiento

del mismo nombre.


17. Todavía era voz aceptada por la Real Academia, y entonces se usaba la forma francesa.

18. Este «Cyrano» quizás sea más bien producto de la influencia de Rubén Darío, con quien también vi- 91
no la influencia francesa.

19. Pedro Díaz Seijas, Historia y Antología de la literatura venezolana, 3ª Ed., Caracas, 1960, pág. 342.

20. Las empresas editoriales tuvieron importancia en la América Hispánica en la primera parte del si-

glo XIX, pero decayeron a partir de 1880; las ediciones de libros americanos impresos en París, Madrid,

Barcelona o Valencia, se impusieron sobre las locales de América.

21. El poeta hispano José Heriberto García de Quevedo, venezolano de origen, pues había nacido en Co-

ro, conocido por sus versiones del francés, inglés e italiano, y autor entre muchas otras de las composi-

ciones Qu’est que la vie y Dans la naissance du Prince Imperial recibió en Francia la Legión de Honor.

22. Varios de estos autores han publicado extensa y valiosa obra en París.

23. Nombra a: Juan de Dios Villegas Ruiz, Alberto Conturier, Acosta Ortiz, Ríos Llamozas, Carlos Pedro

Morales, Bernardo Herrera Vegas, Manuel Felipe Herrera Tovar.

24. Véase Antonio Reyes, Presidente de Venezuela, Caracas, 1955. No hemos podido hasta ahora en-

contrar las páginas a que se refiere.

25. El Cojo Ilustrado, 15 de mayo de 1901.

26. Francisco Pimentel, La ola parisina, en El Cojo Ilustrado, 15 de mayo de 1914.

27. Teresa de la Parra, Ifigenia (diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba), Caracas, Las

Novedades, 4.ª ed.

28. El Cojo Ilustrado, 15 de mayo de 1892.

29. El Cojo Ilustrado, 15 de junio de 1901.

30. Antonio Paredes, Cómo llegó Cipriano Castro al poder, prólogo de R. J. Velásquez, Caracas, 1958.

31. Mariano Picón Salas, Viaje al amanecer, Caracas, 1956, págs. 39-46.

(31 bis) René Durand, El más lamartiniano de los escritores venezolanos Francisco Aranda y Ponte.

El Nacional, 7 de mayo de 1950.

32. Nicanor Bolet Peraza, Artículos de costumbres y literarios, Barcelona, 1931, págs. 181-189.

33. Véase el segundo capítulo de este estudio: La influencia francesa en Caracas, II El Romanticismo.

34. Carlos Arriens, enviado extraordinario del presidente Rojas Paúl llegó a Cantaous, casa madre de la

Congregación, el 25 de abril de 1889, para pedir el envío a Venezuela, bajo protección del Gobierno na-

cional, de una misión de religiosas que se encargaran de los hospitales de Caracas.

35. Más tarde, las Hermanas tomaron a su cargo el Hospital Vargas (1891), el Hospital Militar (1891), el

Manicomio (1901), el Lazareto de Leprosos (1902), el Hospital de San Juan de Dios en La Guaira (1903), la

Clínica Santa Ana (1931), la Policlínica (1952). En Valencia se pusieron al frente (1890) del Orfelinato fun-

dado por don José Gregorio Febres Cordero y crearon en (1891) el Colegio Nuestra Señora de Lourdes.
En Barquisimeto se encargaron del Hospital desde 1896, y fundaron un Colegio en 1904. En Puerto Ca-

92 bello abrieron en 1892 el Colegio del Sagrado Corazón. Quién sabe por cuáles ocultas influencias se lla-

mó Tarbes el lugar donde nació el gran ciudadano mariscal Juan Crisóstomo Falcón.

36. Hasta hace algunos años, la enseñanza era impartida casi completamente en francés.

37. Véase las palabras pronunciadas por altos funcionarios venezolanos y franceses en ocasión de la

celebración de las «bodas de oro con Venezuela» de las religiosas.

38. Hasta 1936 las alumnas que se graduaban en «San José de Tarbes» recibían un Certificat d’Études,

reconocido en Francia, que le era entregado por el ministro del Gobierno francés.

39. Véase Adolfo Dollero, Cultura de Venezuela, Caracas, 1933.

40. Boletín de la Academia de Historia, N.º 78, año 1937.

41. Desde el descubrimiento de América fueron muchas las obras generales escritas y publicadas en

Francia que en algunos tomos o en algunas páginas trataban de Venezuela: Joannes de Laet, L’histoire

du Nouveau Monde…, 1640; Pierre F. Charlevoix Histoire de l’Isle Espagnole ou de S. Domingue (escrita

en 17??); A. F. Prévost, d’Exiles, Histoire générale des voyages. 1747; Jacques Nicolas Bellin, Description

géographique de la Guyane, 1763; Alexandre O. Oexmelin, Histoire des Aventuriers filibustiers… 1775;

François R. Depons, Voyage á la partie orientale de la Terre-Ferme…, 1806; Dauxión-Lavaysse, Voyage

aux îles de Trinidad, de Tobago, de la Marguerite et dans diverses parties de Vénézuéla, 1813; Gaspar T.

Mollien, La République de Colombia, 1824; Ségur, Mémoires ou Souvenirs et Anécdotes, 1824; Guillau-

me Lallement, Histoire de la Colombie, 1826; Malt-Brun, Dictionnaire géographique…, 1831; Henry Ter-

naux, Voyages…, 1837; Sabín Berthelot, Rapport sur les travaux géographiques… exécutés par M. le

Colonel Codazzi, 1840; Alcide D. Orbigny, Voyage dans les deux Amériques… 1853.

Para una biblioteca más extensa véase el Catálogo de la exposición de libros de geografía e historia de

Venezuela, Caracas, agosto de 1946; para las obras publicadas a partir de 1800, Manuel Segundo Sán-

chez, Bibliografía venezolanista, Caracas, 1914; y para las más recientes María Luisa Blay, Contribución

a la bibliografía viajera y descriptiva de Venezuela, Caracas, 1958.

42. Manuel Segundo Sánchez, en su Bibliografía venezolanista, Caracas, 1914, da una extensa y casi

completa relación de los libros extranjeros atinentes a Venezuela publicados o reimpresos desde el si-

glo XIX. Nosotros nos limitamos a reseñar, entre los editados en la segunda mitad del siglo, los que no

aparecen en su bibliografía o aquellos aún no traducidos, que hemos podido leer y en los cuales hemos

encontrado datos de importancia que queremos señalar a los traductores, con la esperanza de que al-

gún día estas valiosas obras venezolanas vean la luz en su versión española.

43. Véase Jenny de Tallenay, Recuerdos de Venezuela, traducción y prólogo de René Durant, Caracas,

1954.

44. En el Bulletin de la Société de Geógraphie Commerciale de Bordeaux. Año XXVII, Número 6.


45. Publicado en Revue des Deux Mondes, 1.º de septiembre de 1864.

46. Fueron los doctores Guillermo Michelena de Maracay, Eliseo Acosta de San Sebastián, Francisco 93
Delgado Jugo de Maracaibo, Gaspar Marcano de Caracas, Francisco E. Bustamante de Coro, Luis Rodrí-

guez de Caracas, Manuel Carreyó Luces de Barcelona, Juan Díaz Rodríguez de Caracas, Hermógenes

Rivero S. de Caracas, Eulogio Velásquez de Mucuchíes, Francisco La Cruz de Jajó, Santos A. Domini-

ci de Carúpano, Antonio M. Piñedo de Barquisimeto, José A. Dávila de Mérida. Véase Manuel Landaeta

Rosales, Los venezolanos en el exterior, Caracas, 1903.

47. Véase Gaspar Marcano, Biografía de Vicente Marcano, París, 1893.

(47 bis) A la popularidad de D’Annunzio en Venezuela nos hemos referido en Gabriele D’Annunzio a tra-

vés de las revistas venezolanas, Cultura Universitaria, N.º 83-84.

48. Lisandro Alvarado, La poesía lírica en Venezuela, a fines del siglo XIX (trabajo de incorporación a la

Academia Venezolana).

49. El Cojo Ilustrado, 15 de junio de 1899.

50. Publicados en Cuentos, París, 1897.

51. Pedro Díaz Seijas, Literatura venezolana, Caracas, 1960, pág. 342.

52. El Cojo Ilustrado, 1.º de febrero de 1901.

53. En su lista incluye algunos que en rigor ya no eran contemporáneos.


IV. LAS DOS PRIMERAS DÉCADAS
DEL SIGLO XX
97

En las primeras décadas del siglo XX varias tendencias se manifiestan en


la vida y en las letras de Venezuela. Su relación con los Estados Unidos de
Norteamérica se había mantenido viva en todo el siglo XIX: recuérdese la
estancia del general Páez; piénsese en las Cartas gredalenses de Bolet Pe-
raza, en los venezolanos que durante la «guerra larga» hacían cola ante la
representación diplomática de la Unión buscando la desnacionalización. La
democracia norteamericana se consideró arquetípica desde los días de la
emancipación. Con los comienzos de la explotación petrolera se inicia una
nueva era y la influencia de lo norteamericano va a desplazar en gran par-
te la tradicional influencia francesa o a poner en conflicto las dos culturas:
comienzan los viajes a Nueva York, el auge de los deportes anglosajones,
los establecimientos comerciales a la manera norteamericana, la invasión
de las películas, el aprendizaje del inglés, fundamentalmente con un interés
práctico, la aceptación de las populares teorías del go ahead, never mind,
do it yourself, time is money.
Entran también en juego otras influencias. Desde Europa, entre una y
otra guerra, y especialmente al finalizar la primera guerra mundial, llegan
las obras de Alemania, de Inglaterra, de España, de Rusia y especialmente
de Italia.1 Se admira en este período la popularidad de D’Annunzio, que so-
brepasa todas las fronteras, y el valor científico o filosófico de Lombroso,
Benedetto Croce, Enrico Ferri, Ugo Ojetti.
Frente a estos influjos de tipo cosmopolita, se empieza a manifestar con
fuerza creciente una tendencia a la exaltación de lo criollo. Sus etapas más
representativas son, hasta 1922; Peonía de Romero García (1890), Silva crio-
98 lla de Lazo Martí (1901)¸ Don Quijote en América de Tulio Febres Cordero
(1905), En este país de Urbaneja Achelpohl (1910), Tierra del sol amada de Po-
caterra (1919), Tierra nuestra de Samuel Darío Maldonado (1920), Reinaldo
Solar de Rómulo Gallegos (1920), Peregrina de Manuel Díaz Rodríguez (1922).
La influencia francesa es todavía fuerte en este período. Aunque ya no se
note tanto en la literatura, sigue penetrando profundamente en las costum-
bres de la sociedad urbana. Francia representa el refinamiento, y en ella se
refugia la que aspira a ser la gran sociedad venezolana, siempre refinada.
Al comienzo de la dictadura de Gómez, Caracas sigue viviendo de sus
recuerdos de pequeña París; pero la culminación de esta cuarta etapa de
influencia francesa será representada, más tarde, por los nuevos ideales
que llegan, aquí como en todo el mundo, de la audaz París de posguerra:
el amor libre, las novelas escabrosas de Victor Margueritte y de Colette, la
filosofía existencialista, los trajes cortos, el pelo «a la garçonne», los tan-
gos de cabaret,2 el sufragio, las reivindicaciones y aspiraciones de la mujer.
«Francia es la moda, los Estados Unidos son el dólar», dice en 1921 Arreaza
Calatrava en «Actualidades».
Tres poderosos factores son los transmisores de influencia francesa en
Venezuela y especialmente en Caracas, en las primeras décadas del siglo
XX: «La Compagnie Française», «La Ilustración Francesa» y «El Cable Fran-
cés». «La Compagnie Française» con sus telas importadas, sus últimas no-
vedades de París y sus talleres de confección, ejercía el monopolio de la
moda. «La Ilustración Francesa» llegaba a Caracas con la máxima puntua-
lidad, y repartía, además, gratis entre sus abonados el texto de las últimas
obras teatrales estrenadas en París. Gracias a «El Cable Francés», órgano
de información internacional, la mayoría de las noticias que se recibían del
extranjero llegaban de París.
Esa influencia nos la testimonia también la fuerte crítica que antes de la
primera guerra mundial se desata en Caracas contra ella. Dice Carlos Paz
García, en Los afrancesados:3
En esta deliciosa tierra venezolana pródiga en cosas curiosas, existe la regoci-
jada especie de los afrancesados, bestezuelas llenas de vanidad que siempre
bailan al compás de la música de París… Entre un simio y un bachiller galófi-
lo, no existe una distancia muy apreciable… Hasta en las más ínfimas villanías 99
surgen de pronto bachilleres más franceses que el propio Mauricio Barrés…
ya uno no sabe si vive en Venezuela, o en el propio corazón de Lutecia, en au-
téntica hermandad con el genio francés… Existen, y esto es más serio y más
ridículo, señores que predican la esclavitud mental y que metidos dentro de
su prejuicio, desprecian todo aquello que no nos venga de la Francia… Gran-
des y prestigiosos talentos tenemos que se han nutrido de la cultura france-
sa, y jamás han incurrido en el extravío de imitar servilmente a los talentos de la
Galia… Pero en cambio entre los pequeños intelectuales la obsesión del fran-
cesismo existe y es activa.

En el mismo año de 1914 Francisco Pimentel asegura que no pretende


asombrar a nadie al escribir esta frase: «París nos invade»4 . Y agrega:
«Hasta ayer, París se había contentado con imponernos sus modas, su verlainia-
nismo, unos cuantos vocablos y tal cual vicio… Al presente, la ola parisina nos
invade por todas partes: hoy no se encuentra un caraqueño que no crea a pie
juntillas en la indefectible superioridad de todo lo que París produce: literatura,
mujeres, trajes, teatros, música, ciencia, artistas, etc., etc.»

Considera que dos factores contribuyen a fomentar la poderosa inva-


sión parisina: «La Ilustración Francesa» y «El Cable Francés», y concluye di-
ciendo que él mismo, a pesar de su patriótico propósito de alertar a sus
lectores contra ese peligro, él mismo sueña con un viaje a París.
De la difusión del idioma francés en este período es representativo un
soneto a Bolívar, «Visión», escrito en francés por el brasileño Darío Galvao y
dedicado al venezolano Manuel Díaz Rodríguez, que publica El Cojo Ilustra-
do el 15 de junio de 1914.
Al terminar la primera guerra mundial y en el lustro siguiente la admira-
ción de Venezuela hacia Francia no decae: en 1919 Actualidades le dedi-
ca su primer número del año,5 con homenajes y fotos de los salvadores de
Francia (el mariscal Joffre, Pétain, Poincaré, Clemenceau), de escuelas fran-
cesas en Venezuela (el «San José de Tarbes», el «Colegio Francés»), de la le-
gación y legatarios de Francia, de los venezolanos que participaron en la
100 guerra europea y de los voluntarios franceses residentes en Venezuela. Jo-
sé E. Machado saluda a Francia en su artículo «Los viejos vínculos» con es-
tas palabras: «Las naciones vuelven a París sus miradas como a la nueva
Jerusalén, y cada pueblo parece dirigirle las palabras con que Aviñón salu-
dó la Asamblea Nacional: –Franceses, reinad sobre el mundo–. Esa palabra
la repetimos ahora los que siempre confiamos en el triunfo del derecho y
nunca perdimos la fe en los destinos inmortales de la Francia». Reproducen
luego un discurso del Dr. Juan Liscano,6 en el cual llama a Francia «Admi-
rable pueblo, asombrosa nación, privilegiado país». Varios artículos y poe-
mas, de venezolanos y extranjeros, todos dedicados a Francia, completan
este número.
Tenemos también noticias de varias veladas a beneficio de los soldados
franceses que tuvieron lugar en Venezuela. Una, a favor de los que queda-
ron ciegos a comienzos de la primera guerra mundial, se celebró en Ciudad
Bolívar el 14 de diciembre de 1917, y pronunció el discurso de orden el Dr.
Arreaza Calatrava.
Para 1920 en Caracas se sigue leyendo la «Ilustración Francesa»; «La
Compagnie Française» anuncia siempre sus «importaciones de París» y
«El Cable Francés» informa aún a través de los periódicos. El Cojo Ilustra-
do ha desaparecido, pero a través de Cultura Venezolana se difunden, jun-
to con los de escritores de toda Europa y América, los nombres y obras de
Stendhal, Anatole France, Henry Barbusse, Camille Pitollet,7 Jean Royére, y
las reseñas de revistas francesas (La Revue. La Revue mondiale, Mercure
de France, etc.), mientras que Actualidades, especialmente en su segunda
época8 refleja más la influencia francesa en las costumbres, y propaga mo-
das (las creaciones de monsieur Ruf y de madame Alice Bernard), galicis-
mos9 (attaché, societé, rendez-vous, savoir-faire, chalet, cachet, corbeille,
toilette, pendant, réclame, divette, dernier, cri, fiesta en petit comité, etc.) y
películas. En efecto, en esta época está cosechando triunfos un nuevo ele-
mento de influencia francesa: el cine. Todos los martes, en el «Capitol», la
sociedad caraqueña puede ver los «más renombrados films que se proyec-
tan a la orilla del Sena».10
Las novelas que escribe José Rafael Pocaterra entre 1912 y 1921 refle-
jan esta sociedad caraqueña afrancesada de principios de nuestro siglo: 101
en Las hijas de Inés el doctor Talavera, caballero refinado, habla el francés
de 1900, y la señora Inés recuerda lo que aprendió en el San José de Tar-
bes y en «el viajecito a Europa»; en Política Feminista vemos cómo el «chic»
preo­cupa a las señoritas de la tranquila Valencia; Vidas oscuras nos pinta
en Caracas a las señoras que viven según la moda de París, orgullosas de
sus «toilettes», de sus sedas adquiridas en «La Compagnie Française», de
los vocablos franceses que saben mezclar en su conversación, de las no-
velas de Flaubert y Goncourt que han leído; pero especialmente los miem-
bros de la familia protagonista de La casa de los Abila que hablan francés,
viajan a París, tienen camareros franceses, hacen fiesta con champagne,
bailes y fuentes luminosas, y uno de los cuales hasta tiene una garçon-
niere en Caracas, son representantes, en aquella época de creciente nor-
teamericanismo, de la adhesión que la sociedad caraqueña profesaba
todavía a París quizás por tradición, quizás por sentimentalismo. Tal vez en
La Trepadora, de Gallegos, encontramos la clave de un conflicto de influen-
cias. En el fondo aparece la lucha entre lo francés y lo yanqui: Entre la «co-
cotte» y la «flapper».
En la Ifigenia de Teresa de la Parra, escrita alrededor de 1920, y represen-
tativa de una época y de una sociedad, la influencia francesa se manifiesta
en la concepción de la obra, por la forma autobiográfica y el contenido inti-
mista y feminista; en la creación de los personajes, que admiran a Francia,
han viajado a París y salpican su conversación de expresiones francesas;
en la descripción crítica de la vivienda y de las costumbres caraqueñas; en
la importancia que la autora atribuye al «chic», palabra típica de Francia,
que implica elegancia, buen gusto, refinamiento, encanto, y que es según
ella requisito indispensable de un carro, de una casa, de un traje, de un ob-
jeto de categoría, pero cuya verdadera expresión es la mujer.
Además es muy evidente, a lo largo de toda la obra, la influencia del fran-
cés en el lenguaje de los venezolanos de principios del siglo XX. Esta in-
fluencia extraordinariamente grande se manifiesta principalmente a través
de las muchas voces francesas incorporadas a la prosa de Teresa de la Pa-
rra (que refleja el habla de su tierra y aún de sus distintos sectores socia-
102 les) y que muchas veces se han incorporado al habla venezolana y aún al
habla general: apache, banal, bibelot, bouquet, bulevar, crinolina, Pompa-
dour, cupletista, champagne, chaperon, chauffeur, chic, esprit, guiña, mati-
né, necessaire, pendantif, rasta, pose, reps, toilette.
También cobran importancia las voces, impresas por lo común en itá-
lica, que la escritora o sus personajes usan en forma plenamente france-
sa por distinción, elegancia, afectación o presunción cultural y social; à
ton aise, abat-jour, affaires, allure, baguette, beau garçon, berger, boudoir,
bourgeois blottis, brouille, c’est dommage, ca-y-est, Calembour, corte a la
garçonne, crêpe georgette, chaise longue, chantilly, charmer, charmeuse,
chien fouetté, débouche, degouter, démodé, dernier cri, deshabillé, devou-
ment, eh bien, en beauté, entrave, epatante, epaté, fagotée, frousse, gaffe,
gare, gateau D’Alsace, gourmet, granité, helas, Il s’en moque, libre penseur,
limousine, liseuse, ma cherie, ma mignonne, maladresse, manicure, mé-
nage, un-pieds, curlet á jour, parti- pris, polissoir, raffiné, réclame, regret,
réveris, rouge éclatant de Guerlain, rouge vif de Saint-Ange, Sans culot-
tes, sapristi, soutoir, savoir-faire, seyant, succés-succés fou, tartuffes, tort
trousseau, etc.
En Ifigenia se refleja también la Caracas de 1920: ciudad cosmopolita, y
al mismo tiempo provinciana, ciudad llena de contrastes, de dólares y de
miseria, de refinados y analfabetos, ciudad que ha vivido demasiado bre-
vemente en su afán de asimilarlas, las largas pasiones de Europa y de Amé-
rica; ciudad cuyos habitantes viven inconformes y atormentados por una
lucha interior entre el deseo de igualarse al París espiritual y liberal o a la
Norteamérica rica y progresista, y el antiguo anhelo de adherirse a sus ca-
sonas frescas, a sus costumbres tranquilas, a su tierra venezolana.
Mucho más tarde, en una carta al Dr. Luis Zea Uribe escrita el día de navi-
dad de 1933 desde el sanatorio de Leysin, Teresa de la Parra juzgará su pro-
pia obra junto con el ambiente que la inspiró:
Quisiera escribir un libro que llevara a las almas algo de esta esperanza y de esta
felicidad que siento ahora, algo también de mi amor exaltado por la naturaleza y
el ambiente criollo tropical. Pienso, Zea, que allá en nuestros países vivimos en-
venenados por la inconformidad. Estamos inyectados de falsa cultura europea y
americana del norte, mal asimilada, lo que nos da a todos una especie de barba- 103
rismo peligroso. Ifigenia, mi novela, está impregnada de este espíritu. Quisiera
poder hacer el reverso de Ifigenia. Pero me falta Fe, la fe temporal que impulsa
a la acción, y me falta sobre todo el ardor y el entusiasmo que me sobraban en-
tonces, cuando la escribí.

¡Cuánto más objetiva es esta declaración, que aquella audaz y entusiasta


que la escritora había pronunciado años atrás en su Segunda Conferencia!:
Como la naturaleza del trópico predispone al ensueño y anuncia cosas grandio-
sas, se forja dentro de sus proporciones una Europa fantástica y un poco des-
comunal, lo mismo que se podría forjar un cielo. Los que vienen de allá llegan
impregnados del mismo prestigio. Son especies de querubines con alas de ce-
ra. Cuando éstas se funden al calor de la realidad, viene la decepción, pero la fe
no muere. Renace en otra influencia, en otra moda, en otra personalidad puesto
que la naturaleza sigue siempre ahí lista para forjar cielos. En nuestros tiempos
los forjamos con preferencia en París.

Dice Mariano Picón Salas11 que el amor hispanoamericano por Francia


es un amor no correspondido. En general América es más bien tema de cu-
riosidad pintoresca que de verdadero cariño. Sin embargo, numerosas han
sido en todo momento las manifestaciones de interés de Francia por Ve-
nezuela. El aporte de los viajeros y misioneros franceses al descubrimien-
to geográfico del Nuevo Mundo fue considerable, y ya nos hemos referido a
las muchas obras escritas por franceses durante los siglos XVII, XVIII, XIX y
XX, que difundieron en el mundo noticias sobre América en general y sobre
Venezuela en particular.
En La disputa del Nuevo Mundo, Antonello Gerbi nombra a varios auto-
res franceses que tomaron parte en la disputa de la tesis de la «debilidad» o
«inmadurez» de las Américas.12
Para los escritores franceses, América fue, desde su descubrimiento,
tema de inspiración: el escenario americano está presente13 en las novelas
exóticas o fantásticas del siglo XVII (Les amours de Pistion, de Antoine Du
Périer, 1601; Polexandre, de Gomberville, 1637; L’histoire comique des Etás
104 et Empiros du soleil, de Cyrano de Bergerac, 1662); en las novelas senti-
mentales del siglo XVIII (Cléveland, 1731, y Manon, 1733, del Abate Prévost);
en la sátira filosófica de Voltaire (Candide, 1759); en la época ideológica de
Marmontal (Les Incas, 1777); en el triunfo de la novela romántica14 (Atala
1801, René, 1805, Les Natchez, 1827, de Chateaubriand).
No solamente como tierra nueva y como escenarios de novelas, Amé-
rica interesó a Francia. En el caso específico de Venezuela, ya hemos visto
cómo las luchas aquí libradas por la Independencia tuvieron gran eco en to-
do momento en la prensa francesa, y cómo escritores y poetas dedicaron
páginas o versos a Bolívar.
Los americanos todos, pero los del sur especialmente, siempre fueron re-
cibidos con el mayor cariño en Francia, y muchos aún hoy en día tienen su di-
ploma universitario de la Sorbonne. Desde el siglo XIX muchos venezolanos
han publicado sus obras en Francia, y algunos han hecho viajes especiales
para este fin. Si las revistas francesas fueron, entre las extranjeras, las más
leídas en Venezuela, también algunas venezolanas eran conocidas en París:
en enero de 1899 la Revue des Revues publica en su sección «Revues françai-
ses et étrangéres» un comentario muy favorable de El Cojo Ilustrado.15
El modernismo especialmente marcó la afinidad, la comunidad de idea-
les que existía entre Sudamérica y Francia, y desde París los jóvenes ad-
miradores de Rubén Darío, a través del cual penetró en América un gran
caudal de influencia francesa, llevaron el mensaje azul al movimiento litera-
rio de sus países hispanoamericanos.
Al terminar la primera guerra mundial, se renueva y aumenta el interés
de Francia por la vida y las letras de toda América, y este interés abarca-
rá también a Venezuela. En 1921 el «Bulletin de L’Amérique Latine» publi-
ca una nota bibliográfica, probablemente de Hugo Barbagelata, elogiando
la primera obra de Mariano Picón Salas: Buscando el camino, publicada en
Caracas en 1920.16
En 1922 se crea en París la Revue de l’Amérique Latine, con miras a pu-
blicar estudios de autores franceses, de hispanoamericanos sobre América
Latina y sus relaciones con Francia, y traducciones de obras de escritores la-
tinoamericanos; en sus crónicas refleja además la vida cultural y social del
continente hispanoamericano, y de sus miembros residentes en París. Esta 105
revista, muy leída en Caracas, estrecha aún más los vínculos que la unen al
mundo espiritual de París. Se cuentan además entre sus colaboradores dos
venezolanos, Gil Fortoul y Zérega Fombona, y ya en los primeros números
de su publicación se encuentran varios datos referentes a Venezuela y a los
venezolanos: una reseña de una conferencia que dio en España Rufino Blan-
co Fombona sobre el libro español en América; un comentario con motivo
de la publicación de los Essais de Philosophie hispanoamericaine de Zére-
ga Fombona, y una nota social acerca de un banquete que le ofrecieron «Los
amigos de las letras francesas» antes de su salida para Venezuela;17 una in-
formación acerca de una serie de conferencias sobre América Latina orga-
nizadas por «Le College des Sciences» y para las cuales será invitado, entre
otros, César Zumeta; la reseña de un ensayo de Lucila Pérez Díaz, en el cual
habla de los trabajos literarios de la caraqueña Sor María Josefa de Los Án-
geles;18 el resumen de una conferencia que dio M. de Negretti, cónsul en Pa-
rís, sobre la riqueza de Venezuela; y además varios estudios sobre la vida y
obras de Bolívar por escritores franceses e hispanoamericanos.
En octubre de 1921, Gil Fortoul, en Literatura Latino Americana19 contes-
ta en París a una encuesta literaria de Hugo Barbagelata: «Es natural que
nuestras letras hayan vivido durante un siglo y vivan aún reflejando modos
norteamericanos y europeos de sentir, pensar y creer… Francia ha predomi-
nado y predomina. Nuestros americanos han leído y comprendido a Anatole
France como si hubiesen nacido a orilla del Sena. Rubén Darío parecía her-
mano de Verlaine. Ahora se pasan de mano en mano, de pluma en pluma,
todas las novedades de París, desde el misticismo de Claudel hasta el dile-
tantismo de Proust… Cosmopolitas, nuestros americanos se adaptan su-
cesivamente, a un tiempo, al evangelismo de Tolstoi, al teatro de Ibsen, al
ensayismo emersoniano de Maeterlinck, al antiespansionismo de Wells, al
psicologismo de Eça de Queiroz (en España se abrazan con un Unamuno o
con Alomar), y pronto veremos también que se adaptan igualmente en la li-
teratura política, al sovietismo de Lenin arropado con el arte de Gorky. La ori-
ginalidad a este respecto consiste en la manera de ser cosmopolita. Cuando
seamos más cosmopolitas seremos más originalmente americanos».
106 NOTAS

1. Véase El Cojo Ilustrado hasta 1915 y Cultura venezolana, 1918-1931. Director José A. Tagliaferro.

2. El tango argentino, en todas sus evoluciones, llegó a Venezuela a través de París, y lo atestiguan des-

de principios de 1900 los artículos de escritores venezolanos como Francisco Pimentel y Ricardo Jo-

sé Castillo.

3. El Cojo Ilustrado, 1.º de mayo de 1914.

4. Francisco Pimentel, «La ola parisina». El Cojo Ilustrado, 15 de mayo de 1914.

5. Actualidades, 5 de enero de 1919. Director Aldo Baroni. El segundo número será dedicado a Italia.

6. Pronunciado en 1918 en la velada de la Cruz Roja Francesa.

7. Camille Pitollet (nacido en 1874) era un escritor e hispanista francés conocido en España y América

por sus ensayos sobre temas españoles y sus traducciones al francés de las obras de Cervantes, Lope

de Vega, Blasco Ibáñez, etc.

8. Actualidades, Primera época, Caracas, 1917-1919. Director Aldo Baroni, y Segunda época, 1921-

1922, director Rómulo Gallegos.

9. Algunos recientes y otros ya aceptados anteriormente.

10. Parece haber tenido especial éxito La Atlantide de una novela de Pierre Benoit (El Universal, 1922).

11. Mariano Picón Salas, Ensayos escogidos, Santiago de Chile, 1958, págs. 179-183.

12. Antonello Gerbi, La disputa del nuevo mundo, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires

1960, recuerda entre otros a Buffon, Montesquieu, Jean Bodin, Antonio Joseph Pernety, Delisle de Sa-

les, el Abate Roubaud, Voltaire, Marmontel, Rousseau, Chateaubriand, Joseph de Maistre, Ballanche

Fabre d’Olivet, Edgar Quinet.

13. Véase Gilbert Chinard, L’Amérique et le réve exotique, París, 1934.

14. Teresa de la Parra decía que el romanticismo era originario de América: «Sobre las convulsiones de

la Revolución francesa, bajo el ritmo acelerado de Napoleón, comenzaba a nacer el Romanticismo. Era

una ráfaga que parecía venir de aquí, de América, traída por Chateaubriand y a la cual el extraordina-

rio viaje del barón de Humboldt por las regiones equinocciales acababa de dar nuevo impulso y nuevas

alas». (Tercera Conferencia).

15. El texto reproducido en El Cojo Ilustrado, 1.º de febrero de 1899, es el siguiente: «Texte et illustra-

tions, tout concourt á faire de ce périodique qui date de plus de sep ans une des publications les plus

importantes de l’Amérique du Sud. Les poémes s’ y marient élégamment aux proses et les articles

d’actualité aux travaux scientifiques et artistiques. Aucun evénement important n’ y est oublié, et los

derniéres modes de París, les grandes succés des premiéres y trouvent des chroniqueurs d’élite. L’aris-

tocratie intelletuelle vénézuelienne n’a, graceau Cojo, rien á envier á la presse parisienne las plus raffi-
née. Signalons entre autras la lettre de Paul Bourget á Matilde Serao, les commentaires de Zangwill sur

Cyrano commentés á leur tour par César Zumeta, une revue des revues d’Europe et d’Amérique trés 107
compléte, et felicitons le directeur de l’ilustration vénézuélienne M. Irigoyen d’avoir resolu á Caracas

ce probléme du succes dont la solution n ést guere facile même á Paris».

16. Véase Cultura Venezolana, septiembre de 1921. Buscando el camino (ensayos y prosa poética), fue

la primera obra que publicó Mariano Picón Salas.

17. Hay referencia al discurso que Zérega Fombona pronunció en esta oportunidad y en el cual habló

de la hegemonía espiritual que Francia ejerció en América Latina.

18. María Josefa Paz del Castillo, nacida en Caracas en 1770.

19. Cultura Venezolana, octubre de 1911.


BIBLIOGRAFÍA
110

LIBROS

ACOSTA, Cecilio. Obras. Caracas, 1908-1909.

AIMÉ, Rimond (José María Manrique). Cuentos. París, 1897.

ALVARADO, Lisandro. Glosario de voces indígenas de Venezuela. Caracas, 1929.

—. La poesía lírica en Venezuela a fines del siglo XIX. En «Antología», Ed. del M.E., Caracas, 1959.

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115

REVISTAS Y PERIÓDICOS

Las fechas entre paréntesis indican los años consultados para este trabajo.

Actualidades. Caracas (1.ª época, 1917-1919 y 2.ª época, 1921-1922).

El Cojo Ilustrado. Caracas (1892-1915).

Cosmópolis. Caracas (1894 y 1895).

Cultura Venezolana. Caracas (1918-1931).

Diario de la Marina. Cuba (1930).

Élite. Caracas (1925 a 1930).

La Guirnalda. Caracas (1839 y 1840).

El Heraldo. Caracas (1920 a 1924).

La Lectura Semanal. Caracas(1922).

Lírica Hispana. Caracas (Junio de 1948: Homenaje a Teresa de la Parra).

El Mosaico. Caracas (1854 y 1857).

Mundo al Día. Bogotá (1930).

El Nuevo Diario. Caracas (1920 a 1923).

Revista Literaria. Caracas (1865).

Revue de l’Amérique Latine. París (1922 a 1925).

La Semana. Caracas (1901 a 1905).

El Tiempo. Bogotá (1930).

El Universal. Caracas (1920 a 1922).


116 ÍNDICE

PRESENTACIÓN 7

VEREDICTO 9

I. LA ILUSTRACIÓN 11
INTRODUCCIÓN 13
LA INFLUENCIA FRANCESA EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO 21
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA LITERATURA 30
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA VIDA SOCIAL Y COSTUMBRES 33
NOTAS 35

II. EL ROMANTICISMO 37
LA INFLUENCIA FRANCESA EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO 38
EL ESTUDIO DEL FRANCÉS 40
LA INFLUENCIA FRANCESA A TRAVÉS DE LECTURAS Y TRADUCCIONES 46
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LAS LETRAS VENEZOLANAS 52
CONTRIBUCIÓN DE LA COLONIA FRANCESA ESTABLECIDA EN VENEZUELA 55
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA VIDA SOCIAL Y COSTUMBRES 56
NOTAS 57

III. DE GUZMÁN BLANCO A GÓMEZ 61


LA INFLUENCIA FRANCESA EN LAS LECTURAS Y EN LA VIDA SOCIAL 64
EL VIAJE A PARÍS 68
FLUJOS Y REFLUJOS DE LA INFLUENCIA FRANCESA 73
CONTRIBUCIONES FRANCESAS A LA CULTURA VENEZOLANA Y AL 117
CONOCIMIENTO GEOGRÁFICO DEL PAÍS 77
OBRAS SOBRE VENEZUELA ESCRITAS POR FRANCESES 79
VENEZOLANOS EN FRANCIA 83
LA INFLUENCIA FRANCESA EN LA LITERATURA 85
NOTAS 88

IV. LAS DOS PRIMERAS DECADAS DEL SIGLO XX 93


NOTAS 104

BIBLIOGRAFÍA 107
LIBROS 108
REVISTAS Y PERIÓDICOS 113
118

TÍTULOS PUBLICADOS

1 Guiones solitarios Carmen Vincenti


2 Cartas para Floria Joaquín Marta Sosa
3 El arte de los aforismos y los aforismos sobre el arte Víctor Guédez
4 Con trazos de seda. Escrituras banales en el siglo XIX Cecilia Rodríguez
Lehmann
5 Para encantar tus ojos Luisana Itriago
6 Venezolanos (de la A a la Z) Rafael Arráiz Lucca
7 Hotel Humboldt, un milagro en el Ávila J.Marta Sosa, G. Vertullo, F. Prieto
8 José Antonio Ramos Sucre: Creación y vida Alberto Silva Aristeguieta
9 Edgar Eli Tolaretxipi
10 El misterio de Francisco Isnardi Marisa Vannini de Gerulewicz
11 Urbasa Joaquín Marta Sosa
12 Trompájaro Eduardo Burger
13 Angora Ana Brett
14 Sus últimas palabras Álvaro Benavides
15 Cuaderno de Manhattan Víctor Carreño
16 Encuentros con el silencio Miguel Génova
17 El plano fundacional de Caracas. La lectura del plano de Juan Pimentel
Graziano Gasparini
18 Cien mujeres contra la violencia de género Compilación: Kira Kariakin,
Virginia Riquelme y Violeta Rojo
19 Derrotar la desigualdad (El reto crucial de nuestro tiempo) AA.VV.

119

20 La mala racha Fernando Martínez Móttola


21 Fervor de Caracas. Una antología literaria de la ciudad Selección
Ana Teresa Torres
22 Cuentos completos I Salvador Garmendia
23 Cuentos completos II Salvador Garmendia
24 Cuentos completos III Salvador Garmendia
25 No cesa de llover Joaquín Marta Sosa
26 Chacao: Parques y Plazas Rafael Arráiz Lucca, Federico Prieto
27 Juegos rotos Carmen Vincenti
28 La señorita que amaba por teléfono Elisa Lerner
29 Premio Anual de cuento Salvador Garmendia [1ª. Ed.] Luis Moreno
Villamediana y otros
30 Intrusos Jacobo Villalobos. Premio franco-venezolano a la joven vocación literaria
[Ed. 2016]
31 Las aventuras de Pinocho Carlo Collodi. Trad. A. M. Del Re. Ilust. S. Di Cristofaro
32 Premio anual de cuento Salvador Garmendia [2ª.Ed.] F. Coronel Mejías y otros
33 Italia y Venezuela: inmigración y gastronomía AA.VV
34 Costumbrismo venezolano (Antología particular) A. Contreras y C. Sandoval
35 Obligaciones de la memoria Rodolfo Izaguirre
36 Doña Bárbara, Cantaclaro y Canaima Rómulo Gallegos (en producción)
37 Donde las aguas se dividen Dominique Fernandez
38 Labios mentirosos Gabriel Matzneff
120

La influencia francesa en Venezuela


Marisa Vannini de Gerulewicz

Este libro se terminó de imprimir


en el mes de junio de 2018
en los talleres de Gráficas Lauki.
En su composición se utilizó la
familia tipográfica Vectora LT Std

Tiraje 1000 ejemplares


Caracas, Venezuela