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Enamorado de una desconocida

Ella tiene cara de muñeca y cuerpo de ensueño. Nos cruzamos todas las mañanas
cuando salgo de casa con dirección al trabajo.

Siempre pasa por mi puerta a las 8 de la mañana, toda vez que termino de echar
llave y al voltear la veo caminando hacia mí, con su cabello húmedo aún y con la
sutileza de su femineidad. Casi siempre nos miramos, y somos tan tímidos y
tontos que ni siquiera decimos ese “buenos días” cordial que se dicen los
desconocidos que se cruzan a diario. Eso, sumado a su mirada y leve sonrisa me
regala una idea comparada con ilusión de adolescente... que le gusto como ella a
mí.

Nos cruzamos a pasos simples pero haciéndolos eternos, donde al pasar por su
lado y luego del ritual de miradas, respiro profundo para quedarme con su aroma
en demasía, ese aroma mezcla de jabones finos, shampoo de manzanilla y un
perfume que me trae recuerdos de una pasión. Son los 15 segundos más felices
de mi día, y que mejor al empezar, preparándome para todo, sumando esa cuota
meliflua a mi ser.

No sé cómo se llama, ni siquiera escucho su voz, a nadie le he hablado de ella, ni


tenemos el amigo en común que te ayude a mediar cuando te vuelves estúpido de
esta manera.

En lo que va del día la pienso, donde trabaja, como conocerla más, como
preguntarle si desea ser mi reina una vida y si fuera posible cien vidas más, sin
que me crea loco acosador. Al final la rutina del trabajo logra quitarme de la mente
por ratos esas imágenes de una vida juntos.

Sé que vive en uno de esos nuevos edificios de departamentos que invadieron el


barrio y que hizo que tanta gente siendo vecinos, seamos desconocidos, aunque
esta vez yo me sentía enamorado de mi desconocida, basta su candor, sus ojos
que al mirarme penetran mi alma en un santiamén, y esa sonrisita cabizbaja al
recibir lo mismo de mí.

Esta mañana estaba más que decido, me puse esa camisa que pinta bien, me
afeité con detalle y cuidado poniéndome la loción a golpes en la cara como
siempre me enseñó mi padre. Jamás calculé así el tiempo como soldado de
regimiento, para estar abajo en mi puerta a las 8 de la mañana y ser testigo de
que el mundo es maravilloso.

Sabía que decirle, por lo general soy bueno con las palabras, no de blofear, si no,
de decir las cosas directas y con sutileza, pero decirlas. Le diría que perdone mi
atrevimiento, pero que si no sabía de una vez su nombre, no volvería a creer que
en esta vida, las flores fueron hechas para darnos felicidad… me pareció lo más
cursi y maldije mi suerte, me pregunté porque cuando estoy con el corazón
destrozado mis palabras fluían como manantial en pendiente, pero ahora, con una
ilusión encarnada en una princesa, no podía atar dos frases coherentes y
lógicas… al carajo me dije, déjate de chiquilladas y sal que casi son las 8. Para mi
suerte volví las escaleras dos veces, la primera por mis llaves, la segunda por el
celular que estaba cargando batería, bajé como un rayo maldiciendo mi
distracción.

Cuando salí a la calle, ella ya había pasado, renegué de mi suerte, de lo absurdo


que me comportaba, de terminar quedándome sin nada más que ver su bella
anatomía alejándose de mí.

La miraba sin descaro cuando en eso pasó algo que me puso frío y sentí mi
corazón explotar como esa hola fuerte en las rocas llenando chispazos al aire…
ella volteó, me miró, me sonrió cuatro segundos y luego continuó su camino.

Volví en mí y me llené de esa promesa que mañana será otro día y de esa
realidad que estaba más enamorado que nunca de mi desconocida.

Estoy jodido.

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