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EL CASO WHITE

UN LIBROJUEGO ESCRITO POR

JORDI CABAU TAFALLA


Ganador del “Primer premio de creación de librojuegos Ojo al dado”
1ª edición: 2016
Título completo: El caso White
Autor: Jordi Cabau Tafalla
Ilustración portada: Josema Carrasco
Correcciones: Moisés Sanz González
Maquetación: Jose Luis Pastor Diez
Editor: Simón Blasco Perales
Editorial: Nexo Ediciones
Versión Digital
“A Alicia, que al conocerla hizo sitio en su casa para mis
cosas y en su corazón para mí. De no haberla conocido habría
terminado éste libro mucho antes... pero no habría tenido a
quién dedicárselo: doy gracias por ello.”
Jordi Cabau Tafalla
Sobre el autor, Jordi Cabau Tafalla:

Jordi Cabau lleva vinculado al mundo de los juegos en general


y al rol en particular desde hace casi treinta años. La historia
siempre ha despertado en él un gran interés, llamándole espe-
cialmente la atención aquellos hechos y anécdotas históricas
poco conocidas que le han sido de mucha utilidad a la hora de
llevar a cabo su labor creativa. Colaborador desde sus inicios
en revistas como Troll, Líder, Alea o Playrol; también ha par-
ticipado en la confección de módulos para juegos de rol autóc-
tonos (Akelarre, Almogàvers, Far West, etc.) o foráneos (La
Llamada de Cthulhu, D&D, James Bond 007, Nephilim...).
Junto con Ricard Ibáñez es el creador de “Mili KK, el juego de
rol de la puta mili”. Ha traducido juegos del francés (“Nephi-
lim”, Joc Internacional) y escrito relatos cortos (véase “La Piel
de Toro” para La Llamada de Cthulhu); su labor creativa no
sólo se detiene ahí, durante su permanencia en Auryn (decano
de los clubs de rol españoles), organizó varios juegos por co-
rreo de ambientación diversa y creación propia: (“Reconquis-
ta”, “Shogun”, etc...) haciéndose cargo del Boletín interno del
club durante una buena parte de la existencia de éste. Como le
sucede a la mayoría de la “Vieja Guardia” del rol y simulación
de este país, las obligaciones familiares y laborales le han ido
apartando poco a poco de la corriente principal, pero nunca
ha cortado completamente su vínculo con “el mundillo”; de
hecho, nunca ha dejado de desarrollar su labor creativa, orga-
nizando gymkanas y juegos de pistas con sus amigos y dise-
ñando algún que otro juego en su tiempo libre (...y presentán-
dolo a concurso en la feria Jugar X Jugar). El librojuego “El
caso White” es un nuevo proyecto cuyo origen se remonta a
una serie de módulos para “La Llamada de Cthulhu” que nada
tenían que ver con la ambientación habitual de dicho juego

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El caso White
de rol, sino que utilizaban su sistema de reglas para desarro-
llar tramas e historias propias del cine negro americano de los
años 30-40 y teniendo como protagonistas a personajes como
investigadores privados, detectives de la policía, agentes de
FBI, etc. Esperamos que disfrutéis tanto jugándolo cómo lo
hicieron en su momento los jugadores que lo testaron. ¡Buena
suerte y buena caza!

Sobre el ilustrador, Josema Carrasco:

Josema Carrasco. Ilustrador. Ilustrador, dibujante de cómics,


diseñador gráfico y poeta ocasional. Entre sus creaciones figu-
ran campañas de publicidad nacionales e internacionales, car-
teles de jazz, caratulas de cedés de varios grupos musicales,
portadas de libros, etc... Acaba de publicar “Mapa de besos”
un liricómic que une viñetas y versos, poniendo imágenes a
los poemas y canciones de Ángel Petisme. Dibujó “La dama
y el diplomático” para la colección de novelas gráficas Fan-
tasmagoría (2012) con guión de Frank Palacios. También di-
buja, desde 2006, la serie de cómics Ciclocirco, que ya va por
su sexta entrega, con guiones de Joseba Gómez y editada por
Saure, en la que se narran las aventuras de un payaso ciclista
desde una óptica ecologista y comprometida. Premio al autor
revelación por votación popular en el 29 Salón del Cómic de
Barcelona. Participa en numerosas exposiciones, fanzines y
varios proyectos colectivos. Actualmente imparte talleres de
ilustración y cómic junto a Marta Martínez. Además, es el
responsable del equipo gráfico de “Josemitadinamita”. El pop
art, la línea clara de la bande desinée, Goya y Picasso son sus
referencias.

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Jordi Cabau Tafalla

Advertencia: ¡Este no es un libro como los demás!

Parte novela, parte juego, este libro que tienes en las manos es dife-
rente, pues no es uno, sino muchos. En este libro tú eres el protago-
nista. Tus decisiones y el azar te pueden conducir, cada vez que lo
abras, a nuevas aventuras, a veces muy diferentes entre sí, tanto por
su contenido como por su desenlace. Y tu primera decisión empieza
ahora mismo:

Si no te ves capaz de asumir el reto, cierra inmediatamente este


libro

Si por el contrario quieres convertirte en el protagonista de las


aventuras que en este libro aparecen…

…vuelve la página.

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Jordi Cabau Tafalla
Creación del personaje

Bien, parece que eres un tipo con agallas… Aunque aquí hay que
demostrarlo. Así que vamos a empezar por lo primero, y es ver de
qué madera estás hecho, cuáles son tus virtudes y cuáles tus fla-
quezas.

Tres son los rasgos que definen a un ser humano: Su Cuerpo, su


Mente… y su Suerte, ese factor de azar que impide que el mundo
sea frío, mecánico y previsible como las tripas de un reloj. Repar-
tiremos veinte puntos entre estas tres características, teniendo en
cuenta que no podemos poner en cada una más de diez puntos ni
menos de cinco. Tendremos así un personaje ágil y fuerte, o inteli-
gente, o afortunado… o quizá alguien que sin destacar en ninguna
de las tres ande parejo en todas.
Si importante es el ser, tanto o más lo es el saber: De la siguiente
lista de quince habilidades, deberás elegir una que hagas muy bien,
y ponerle un +6, dos que hagas bien, y ponerles un +4, cuatro en las
que tengas algún conocimiento, y ponerles un +2, cinco en las que
te manejes de manera mediocre, y ponerles un +0, dos que hagas
mal, y darles un -3 y finalmente una que realices francamente mal,
y otórgale a esta un -5.

Agilidad (Cuerpo)
Indica la capacidad del personaje a la hora de saltar, tratar de caer
de pie en caso de caída, trepar por rocas o muros, correr, esquivar o
luchar cuerpo a cuerpo.

Buena Fortuna (Suerte)


Esta característica incide directamente en la suerte del personaje.

Callejeo (Mente)
Representa cómo se desenvuelve el personaje en los barrios mar-
ginales de cualquier ciudad: Su capacidad para conseguir informa-
ción, para mezclarse con delincuentes sin llamar la atención, etc.

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El caso White
Conducir Vehículo (Cuerpo)
Como su nombre indica, es la habilidad que indica cuán bueno (o
malo) es el personaje al volante de un vehículo de cuatro ruedas
(Automóvil, Furgoneta o Camión).

Cultura (Mente)
Indica la formación académica del personaje. Con valores altos,
dispone de estudios superiores y es un erudito. Con valores bajos,
abandonó a edad temprana sus estudios disponiendo de una forma-
ción básica.

Disimulo (Mente)
Permite pasar desapercibido, no llamar la atención, incluso desapa-
recer entre una multitud si uno se siente perseguido.

Disparar (Cuerpo)
Esta habilidad, como su nombre indica, representa la pericia del
personaje con las armas de fuego (armas de fuego cortas, largas y
automáticas).

Etiqueta (Mente)
Si la habilidad anterior es propia de tipos duros, esta es de la de los
que gustan de las buenas maneras: Sirve tanto para tratar con edu-
cación y hasta aparente servilismo a un superior, o para hacer alarde
de modales exquisitos cortejando a una dama o en cualquier evento
de la “alta sociedad”.

Mando (Mente)
Permite dar órdenes a subordinados o a gente acostumbrada a obe-
decer (por ejemplo, criados), con la seguridad de que serán cumpli-
das. En tiempo de guerra, esta habilidad también sirve para llevar a
la batalla a un grupo de soldados.

Maña (Cuerpo)
Si la habilidad de Agilidad permite realizar proezas atléticas, esta
habilidad indica la destreza del personaje con sus manos. Su uso
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Jordi Cabau Tafalla
puede abarcar desde hacer una reparación de urgencia hasta forzar
una cerradura, robar una billetera o escamotear discretamente algo
ante las narices de su dueño…

Medicina (Mente)
El valor de esta habilidad indica la capacidad del personaje para cu-
rarse a sí mismo o a los demás de heridas o enfermedades. Un valor
bajo indicará que el personaje apenas sí sabe ponerse una venda
sobre una herida para evitar que siga sangrando; un valor alto sig-
nifica que el personaje podría ejercer tranquilamente como médico.
A efectos de juego el jugador podrá hacer UNA ÚNICA tirada por
esta habilidad al finalizar un combate pero, al tratarse de una cura
rápida (unos primeros auxilios y poco más), recuperará solamente
1D6 Puntos de Resistencia.

Si a lo largo del libro se le da la opción de guardar cama podrá


recuperar hasta 2D6 Puntos de Resistencia; llegando a recuperar
la totalidad de su Resistencia en caso de recibir atención médica
equivalente a la de un hospital.

Nadar (Cuerpo)
Habilidad que mide la destreza natatoria del personaje. Un valor
muy bajo en dicha habilidad indicará que el personaje no sabe na-
dar o apenas sabe mantenerse a flote en un estanque de aguas tran-
quilas.

Percepción (Mente)
Muestra la capacidad del personaje para fijarse en detalles que nor-
malmente pasarían desapercibidos. También sirve para calcular la
agudeza de sus sentidos.

Sigilo (Cuerpo)
Si la habilidad de Disimulo permite pasar desapercibido, movién-
dose poco o nada, esta habilidad permite poder moverse en silen-
cio, sin llamar la atención de quien pudiera estar alerta.

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El caso White
Supervivencia (Cuerpo)
El uso de esta habilidad permite al personaje saber desenvolver-
se en medio de la naturaleza: buscar agua, comida, improvisar un
refugio para dormir, orientarse, saber seguir rastros, etc. Aparente-
mente poco útil en un entorno urbano… aunque nunca se sabe.

Usando las habilidades

Como habrás visto, cada habilidad depende de una característica:


siete de Cuerpo, otras siete de Mente y una de Suerte. La suma de
la característica más la habilidad nos dará el número máximo que
habrá que sacar con 2 dados de seis caras para realizar con éxito la
acción cuando en el texto se nos pida que usemos esta o aquella ha-
bilidad. Repetimos: sacar con la suma de los dos dados un resultado
igual o inferior equivale a haber realizado con éxito la acción. Sacar
más… quiere decir que se ha fallado.

No se puede tirar por una habilidad si el texto no lo especifica.

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Jordi Cabau Tafalla
El combate

Como ya se ha dicho, en un combate cuerpo a cuerpo se usará la


habilidad de Agilidad (aplicándose modificadores en caso de que
estén implicadas armas blancas) y, en un enfrentamiento con armas
de fuego, la habilidad de Disparo. Según lo bueno o malo que sea
combatiendo nuestro enemigo tiene un modificador positivo o ne-
gativo a nuestra tirada, que al no haber dos enemigos iguales, malo
sería que todos fueran idénticos. Como norma general, enemigos
de “poca importancia” o escasa habilidad serán despachados de un
único acierto con los dados. Enemigos más poderosos, por el con-
trario, pueden exigir varios aciertos antes de vencerlos.

Armas Blancas
Se usa con la habilidad de Agilidad. Salvo que en el texto se diga
lo contrario, en el primer asalto de combate el enemigo no sufrirá
daño alguno si el personaje pasa la tirada… aunque si el personaje
la falla sí que sufrirá el daño que le corresponda. Esto refleja la
dificultad inicial de aproximarse al oponente en el caso de las Ar-
mas Blancas, lo que las convierte en menos letales que un arma de
fuego.

Si no se dice lo contrario, una herida provocada por un arma de


estas características causa la pérdida de 1D6 Puntos de Resistencia.

Arma corta de calibre pequeño


Se usa con la habilidad de Disparo y da un modificador de +1 cuan-
do se usa. Su poca potencia se ve compensada con la facilidad con
que puede ocultarse entre la ropa del personaje.

Si no se dice lo contrario, una herida provocada por un arma de es-


tas características causa la pérdida de 1D6+1 Puntos de Resistencia.

Arma corta de calibre medio


Se usa con la habilidad de Disparo y da un modificador de +2 cuan-

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El caso White
do se usa. Su mayor potencia también indica un mayor volumen,
con lo que suele ser evidente ante ojos expertos cuándo un persona-
je lleva encima una de estas armas.

Si no se dice lo contrario, una herida provocada por un arma de


estas características causa la pérdida de 1D6+1D3 Puntos de Resis-
tencia. (N. del A. 1D3 equivale a dividir por 2 el resultado de 1D6,
redondeando las fracciones hacia arriba).

Otras Armas
Armas cortas de gran calibre, metralletas Thompson, granadas de
mano, escopetas recortadas, etc. La época que nos ocupa es prolí-
fica en cuanto a medios de liquidar al prójimo. Las características
de dichas armas vienen descritas en el momento en que aparecen
en juego.

El daño

Si en un combate fallamos nuestra tirada el enemigo nos causará


cierta cantidad de puntos de daño. En un principio el personaje tie-
ne 20 puntos de resistencia a las heridas, y el hecho de que sea el
mismo número que los que se usan para repartir entre las caracterís-
ticas no es una casualidad, pues esos son, precisamente, los puntos
de los que se dispone. A la hora de restarse puntos, a consecuencia
de una herida, el jugador tendrá que elegir de qué características
(Cuerpo, Mente o Suerte) se los quita, lo cual incide en el resultado
de sus posteriores acciones. Si más adelante el personaje tiene oca-
sión de curarse o que lo curen, esos puntos se recuperarán. Ni que
decir tiene que en una curación no se pueden sanar más puntos de
los perdidos, ni se puede alterar el reparto inicial de puntos a base
de restar de una característica y luego, con la curación, sumar los
puntos perdidos a otra.

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Jordi Cabau Tafalla

Las posesiones personales

Armas
El personaje empieza el libro con un arma a elegir entre:

Un arma corta de calibre pequeño (Revólver o pistola)


ó
Un arma corta de calibre medio (Revólver o pistola)

A lo largo de la aventura el personaje podrá, si el texto así se lo


indica, hacerse con más armas.

Ropa y otros bienes


El personaje empieza el libro con ropa normal (traje, gabardina,
sombrero, zapatos) y un automóvil usado. Puede, además, elegir
entre tener:

Un traje lujoso (+1 a Etiqueta y +1 a Mando)


ó
Un Automóvil Nuevo (+1 a Conducir)

Al igual que con las armas, en el texto se dan oportunidades para


conseguir lo que nos falta al inicio.

Dinero
En nuestra cuenta corriente del banco tenemos una cantidad de dó-
lares igual al valor inicial de nuestra habilidad de Buena Fortuna
multiplicado por 100 (entre 500 y 1000 $); hasta un 10% de dicha
cantidad la lleva el protagonista “encima”, o se halla disponible
de forma inmediata. El protagonista puede disponer de todo o par-
te del dinero que tiene en su cuenta (o ingresar dinero en ella) en
cualquier momento del juego, salvo en aquellos en que la acción
transcurra en momentos y/o lugares en los que, por lógica, sea difí-
cil hallar una sucursal bancaria abierta: en una solitaria gasolinera

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El caso White
de las afueras, a medianoche, en domingo, etc. Asimismo, a lo largo
del texto el personaje podrá ganar o perder dinero, (ya sea porque
se lo roben o lo gaste).

Cómo leer este libro

A diferencia de otros libros, este librojuego no se lee de una manera


lineal. Tras la Introducción, el lector deberá elegir ir a uno u otro
párrafo numerado, y continuar la aventura allí.

¡Suerte en la Gran Manzana, amigo! Dirígete a la Introducción,


pues para ti, si es que así lo deseas, la aventura comienza…

AHORA

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El caso White
Jordi Cabau Tafalla

Los Ángeles (USA) Invierno de 1.93...

Hace pocos meses que has abierto tu flamante agencia de detectives


y lo cierto es que todavía no has tenido un buen caso que llevarte
a la boca. Unos pocos casos de infidelidad conyugal y la búsqueda
de un caniche desaparecido no son un desafío para un expolicía
que estaba a punto de entrar en la división de detectives del depar-
tamento. Con tan solo cuatro años pateando las calles como agente
y dos años en el departamento de antivicio el capitán Banks ya
se había fijado en ti para proponerte para el cambio a la división
de detectives..., por desgracia tuviste que abandonar la policía tras
aquel desafortunado incidente con el concejal Smith (¡Si al menos
este no hubiera estado tan borracho como para no poder vocalizar
bien su nombre e identificarse!... Tampoco es que ayudase mucho
el hecho de que intentase golpearte mientras le ponías las esposas
e, instintivamente, le devolvieses un directo a la mandíbula que le
dejó K.O. en el suelo...).
Gracias a su influencia, el concejal logró que el asunto no saliese
en los periódicos... y que tú fueses destinado a patrullar las calles de
uno de los peores barrios de la ciudad. No esperaste a que te diesen
tu nuevo destino y pediste una excedencia indefinida, renunciando
a tu puesto en el cuerpo. Con algo de dinero que pudiste reunir y los
pocos amigos que te quedaban en el departamento conseguiste una
licencia de detective y montaste tu propia agencia: David Carter,
detective privado.
El capitán Banks intentó convencerte de que te quedaras en la
policía:

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El caso White
—Ten un poco de paciencia, Carter: Dentro de dos o tres años
el asunto se habrá olvidado y podrás retomar tu carrera donde la
dejaste. Necesito a hombres como tú en la división de detectives.
Aguanta el chaparrón y luego todo volverá a ser como antes...
—No capitán —dijiste—. Todavía tengo el suficiente orgullo
como para no dejarme pisotear. Smith es un gusano y tarde o tem-
prano caerá: entonces regresaré al cuerpo con la cabeza bien alta.
—Bueno, chico —dijo Banks—. Aquí estoy para lo que necesi-
tes. Espero que tengas suerte en tu nuevo negocio...
Sentado tras la mesa de tu flamante despacho piensas en las pa-
labras del capitán: “Suerte, eso es exactamente lo que necesito”.
Con los pies apoyados en la mesa echas un vistazo a tu alrededor.
El deslucido papel pintado de las paredes hace juego con los pocos
muebles de segunda mano con que se halla amueblada la habita-
ción: una mesa, un perchero, un par de sillas, un archivador para
guardar los informes de los casos (prácticamente vacío) y una me-
sita de ruedas con una vieja máquina de escribir Underwood a la
que le falla la A.
Solitario sobre la mesa de tu despacho, el teléfono permanece
inmóvil igual que un enorme escarabajo negro y reluciente que se
hubiese visto paralizado al encenderse la luz de la habitación. Aun-
que hace casi quince días que no has recibido ninguna llamada sa-
bes que funciona correctamente y resistes el impulso de descolgarlo
para comprobar que hay línea.
Por el ventanal de tu despacho contemplas el invernal cielo gris
de Los Ángeles; cierras los ojos mientras, a lo lejos, la sirena de
un coche patrulla trae a tu mente recuerdos felices de los años de
servicio en el cuerpo...
... y no es hasta el tercer timbrazo que te das cuenta de que ¡el
teléfono que está sonando es el de tu despacho!
Abres los ojos y, de forma mecánica, lo descuelgas llevándote el
auricular al oído:
—David Carter al habla ¿dígame?
—¿Señor Carter? ¿Carter el detective? —preguntó una voz fe-
menina al otro lado de la línea.

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Jordi Cabau Tafalla
—Yo mismo.
—Usted no me conoce señor Carter; mi nombre es Bárbara Whi-
te y tengo un trabajo para usted ¿podría acudir al 1710 de Ever-
green Terrace? Se trata de un tema demasiado delicado como para
hablarlo por teléfono... —la cuidada entonación, propia de una bue-
na educación, no podía ocultar un ligero tono de inquietud.
—Ahora mismo salgo para allá —dices intentando que tu voz no
parezca demasiado ansiosa. Cuelgas el teléfono, te pones el som-
brero y la gabardina y, al abrir el cajón de tu escritorio para coger
las llaves de tu coche, tu mirada se posa en el arma que guardas en
él...

¿La coges? Pasa al 10.


¿O cierras el cajón sin cogerla? Ve al 15.

Ante tus ojos se encuentra la sala de fiestas del “Blue Iguana”. La


suave iluminación del local te permite distinguir las mesas de los
clientes, así como la barra del bar, que ocupa buena parte de la pared
sur de la sala. En la pared oeste distingues una salida de emergencia
y, a tu izquierda, puedes ver dos puertas muy juntas, sin duda los
servicios de damas y caballeros. En la pared este, casi tocando la
barra del bar, hay otra puerta que, por su disposición, va a dar a la
parte del local reservada al personal del mismo.
Un pequeño escenario, elevado sobre el suelo circundante a una
altura de un metro aproximadamente, ocupa toda la esquina nordes-
te de la sala. A un lado hay unos escalones que facilitan el acceso al
mismo desde la zona de las mesas. Un micrófono en el centro, una

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El caso White
batería y un piano de cola lo llenan casi en su totalidad. La pared de
atrás del escenario está cubierta con unas pesadas cortinas negras
tras las cuales entrevés una entrada para los artistas.
Sentado frente al piano un hombre joven interpreta libremente
versiones de algunos éxitos del momento, llenando el local de una
música suave e intimista que se confunde con el ruido de conversa-
ción y risas de las pocas mesas que están ocupadas.
A tu derecha ves la barra del bar, hecha de madera pulida con
adornos de latón y con una docena de taburetes vacíos frente a ella.
Te sientas en uno de ellos esperando a que te sirvan.
Frente a ti la pared está cubierta de estantes donde se hallan las
bebidas que pueden pedirse en el local. En una pequeña repisa bajo
estos se hallan dispuestos ordenadamente los elementos que permi-
ten a los barman atender a los clientes y servir las bebidas: vasos,
copas, cucharillas, hielo, etc.
Fijado a la pared hay un teléfono con algunos botones, observas
que solo dos de ellos están marcados: uno como “Guardarropa” y
el otro como “Oficina”.
—¿Qué va a ser, amigo? —frente a ti acaba de detenerse el bar-
man.
—Bourbon con hielo.
—Okey —responde, marchándose a buscar lo que le has pedido.
Mientras esperas te fijas que tras la barra del bar hay otra puerta.
En cierto momento observas cómo uno de los otros dos camareros
que hay sirviendo en el local entra y sale por la misma, confirmando
tus sospechas de que tras dicha puerta se halla el almacén del bar.
—Aquí tiene —comenta el barman mientras deposita un vaso
frente a ti—, no recuerdo haberle visto antes por aquí ¿es la primera
vez que viene al Blue Iguana?

Echas un trago antes de responder. Pasa al 86.

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Jordi Cabau Tafalla

Miras a tu alrededor para asegurarte de que no hay nadie cerca.

Realiza una tirada exitosa por la habilidad de Maña para


conseguir abrir la cerradura. Por desgracia, y teniendo en cuenta
su buena calidad y la oscuridad reinante, tienes una penalización
de -1 a tu habilidad.

Si fallas, ve al 84.
Si tienes éxito, ve al 131.

Hay otra puerta en el rellano aparte de la del mejicano y los Kras-


towski. Llamas varias veces y, cuando estás a punto de desistir,
oyes una voz proveniente del interior.
—¿Si? ¿Quién es? —dice una voz femenina sin ningún acento
apreciable.
—Trabajo para el Departamento de Policía de Los Ángeles ¿po-
dría hacerle unas preguntas? Es solo un momento.
—¿Sucede algo malo? —inquiere la voz.
—No, señora.
La puerta se abre y puedes ver a una anciana pequeña y delgada
de ojos azules e inquisitivos.
Repites la maniobra de mostrar fugazmente tu licencia de de-
tective y compruebas por la expresión de la mujer que tu treta ha
tenido éxito de nuevo.

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El caso white
—Soy el detective Carter ¿Cómo se llama, señora?
—Señorita. Señorita Marble —puntualiza la anciana.
—¿Hace mucho que vive aquí, señorita Marble?
—Desde que se hizo la casa, hace unos treinta años.
—¿Conoce a su vecino del apartamento de al lado? ¿El señor
Ricardo Ortiz?
—¿Por qué lo pregunta? —El rostro de la anciana ha adoptado
una expresión de repentino interés; parece bastante evidente que
una de sus principales aficiones es la de cotillear acerca de sus ve-
cinos, por lo que decides aprovecharte de ello.
—Sospechamos que pueda hallarse implicado en un delito...
—¿Qué delito? —pregunta ansiosa.
—No puedo decírselo... —contestas—. La investigación es con-
fidencial...
—¿Es por lo de las mujeres?
—¿Qué mujeres? —inquieres interesado.
La señorita Marble te hace un gesto para que acerques la cabeza.
—Ayer él no pasó la noche en casa, pero esta madrugada, a eso
de las cinco, alguien ha entrado en su apartamento.
—¿Está segura?
—Totalmente. Tengo el sueño ligero y lo he oído perfectamente.
Se ha paseado por la casa, ha usado el baño y se ha acostado en la
cama.
—¿Sabe quién era?
—Al principio no, pero a eso del mediodía alguien ha llamado
insistentemente a su puerta. He mirado por la puerta entreabierta,
no es que me guste hacerlo, por un momento he pensado que llama-
ban a mi puerta, ya sabe...
—Es perfectamente comprensible —dices disculpándola.
—... Y he podido ver a una mujer de esas que le gustan a él, ya
sabe a qué me refiero...
—Asientes con la cabeza en un gesto de complicidad—... y una
chica joven ha abierto la puerta. Las dos se han metido en la casa y
han salido juntas al cabo de un rato.
—¿Está segura de que no ha sucedido nada más? —preguntas.

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Jordi Cabau Tafalla
—Hace unas dos horas he oído un fuerte ruido proveniente de su
apartamento. He mirado por la puerta...
—Es natural... —te apresuras a decir.
—... He oído algunos ruidos en el apartamento contiguo y al
poco rato han salido dos hombres con cara de fastidio.
—¿Uno alto y grande y otro bajo con cara de rata?
—¡Sí! ¿Son delincuentes?
—Lo siento, no me dejan decir nada —dices con aire confiden-
cial—. ¿Sabe si alguna de esas personas llevaba algo? ¿Un paquete,
una maleta?
—La chica joven llevaba una bolsa de viaje.
Sacas la foto de Katherine y se la enseñas a la anciana.
—¿Era esta joven?
—¡Sí! ¿Es una delincuente? —se apresura a preguntar.
—La estamos buscando para interrogarla por el asunto que nos
ocupa, lamento no poder decirle más. ¿Sabe si alguna de esas per-
sonas había acudido anteriormente al apartamento del señor Ortiz?
—Creo que la mujer, pero no estoy segura.
—¿Podría describírmela?
—No me fijé mucho... estatura media, no llegaría a los trein-
ta, pelo castaño claro y ojos del mismo color. Zapatos oscuros de
medio tacón y una pulsera de oro en la muñeca izquierda con una
pequeña cruz colgando de ella. Vestía un traje azul sencillo y nada
despampanante pero, créame, solo un tipo de mujer visitaba esa
casa.
“Suerte que no se fijó, un poco más y me le hace una foto” pien-
sas.
—Muchas gracias, señorita Marble, me ha sido de gran ayuda.
Ojalá todos los ciudadanos colaboraran como usted.
—De nada, agente —la anciana está henchida de orgullo, ade-
más de tener tema de comadreo para varias semanas.
Desciendes lentamente las escaleras y te diriges hacia tu coche.
Subes al mismo pensando en toda la información que has obtenido
cuando un gruñido de tu estómago te recuerda que no has comido
nada desde el desayuno. Echas un vistazo a tu reloj. “¡Casi las seis

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El caso White
de la tarde ¡Con razón tenía hambre!” Ya sabes cuál va a ser tu
siguiente destino: el restaurante de Velma situado en la esquina de
tu oficina.

Pones en marcha el motor y enciendes los faros del coche,


pues empieza a oscurecer. Pasa al 14.

La luz está encendida y rápidamente compruebas que la habitación


está desocupada, por lo que cierras la puerta a tus espaldas y te en-
tretienes en examinarla con más calma...

¿Has estado en el párrafo 246? Si es así,


dirígete inmediatamente al párrafo 221.
En caso contrario, ve al párrafo 337.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —dice Cara de Rata, quien


no parece especialmente asustado por tu arma, a diferencia de su
enorme colega.
—Aquí yo hago las preguntas —dices mientras alzas tu arma
hacia ellos—. ¿Dónde está la chica? —dices lanzando la pregunta
al azar.
Para tu sorpresa, el grandullón hace un gesto con la cabeza hacia
la oficina.
—No le hemos hecho daño —dice en tono de disculpa—. En
serio que no. Solo la hemos dormido un poco con morfina.

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Jordi Cabau Tafalla
—¡Cállate idiota! —gruñe Cara de Rata.
Permaneces unos instantes pensando en qué hacer. Por fin te de-
cides.
—Venga, adelante —dices indicándoles con el cañón de tu arma
que se dirijan hacia la oficina—. Esas manos bien arriba.
Ambos hombres levantan las manos y empiezan a caminar hacia
la oficina lanzando esporádicas miradas por encima del hombro.

Pasa al 43.

...al cabo de pocos minutos has llegado frente al local anunciado en


la cajetilla de cerillas. “Blue Iguana”, reza el apagado neón situa-
do sobre la entrada principal. Se trata de un edificio relativamente
nuevo de una sola planta que hace esquina. En esta zona apenas hay
vecinos, abundando los almacenes y los locales de oficinas por lo
que no te extraña que se haya instalado aquí un local nocturno: para
evitar así las inevitables quejas de los habitantes de las zonas resi-
denciales ya que, aunque hay cierta actividad en la calle, supones
que por la noche este barrio será bastante solitario.
Observas detenidamente el edificio desde la esquina de enfren-
te: en una de las fachadas, la que da a la calle más pequeña, hay
una salida de emergencia, fácilmente distinguible por las señales
prohibiendo aparcar enfrente que la rodean. En la fachada que da
a la calle más transitada se encuentra la entrada principal y, unos
metros a la derecha de esta, una puerta con aspecto de entrada de
servicio. Cruzas la calle y rodeas la esquina del local como si fueras
un caminante ocasional, avanzando lentamente sin detenerte pero
fijándote en cada detalle.

Pasa al 110.

29
El caso White

Observas al acercarte que la otra puerta que hay en la habitación


tiene una cerradura en el pomo. Pegas tu oído a la madera y perma-
neces unos minutos escuchando: no oyes nada. Apoyas tu mano en
el pomo y empiezas a girarlo... pero enseguida confirmas que está
cerrada con llave. No es una cerradura especialmente compleja e
intentar abrirla te llevará algo de tiempo y eso es precisamente lo
que no te sobra, por lo que pones manos a la obra.

Haz una tirada por la habilidad de Maña.

Tienes éxito, ve al 46. Fallas, ve al 92.

—¿Diga? Bárbara White al habla.


... Tras unos instantes de silencio, se oye la voz apagada y lejana
de un hombre. Aunque solo la has escuchado una vez, asegurarías
que es la misma de la anterior llamada.
—Escúcheme atentamente, solo lo diré una vez ¿entendido? —
dice con voz autoritaria.
—Le escucho —responde Bárbara con un hilo de voz.
—En la esquina de la avenida Santa Fe y la calle 55 hay un edi-
ficio de apartamentos. Su hija se encuentra en el apartamento 3B.
¿Lo ha entendido?
—Sí —responde Bárbara— ¿está bien mi hija? ¿No le han he-
cho daño? —pero nadie le responde, han colgado.

30
Jordi Cabau Tafalla
Al ver que la comunicación se ha cortado Bárbara también cuel-
ga el teléfono.
—Bien —comentas mientras te levantas— usted se quedará
aquí y yo iré a buscar a Kate.
—Yo iré con usted —te responde Bárbara poniéndose de pie.
—No, podría ser peligroso. Quédese aquí y yo traeré a Kate sana
y salva.
—No me ha entendido, Carter. No le estoy pidiendo permiso
para venir —es la primera vez que escuchas ese tono en la voz de
Bárbara White... Y es evidente que no aceptará un “no” por res-
puesta.
—Bien, vendrá conmigo, ¡pero hará exactamente lo que yo le
diga! ¿Entendido? —dices con firmeza.
—Lo que usted diga.
—Bien —antes de salir compruebas que tu arma esté preparada
para funcionar, Bárbara te observa mientras lo haces.
—¿Cree que va a necesitar eso?
—No lo sé, pero prefiero llevarlo por si acaso...

Os ponéis los abrigos y subís a tu auto. Pasa al 51.

Mientras tratabas de ocultarte, has golpeado un trozo de metal con


el pie y el ruido ha llamado la atención del gigante.
—¿Quién anda ahí? —dice el gigantón, enfocando la lámpara a
los bultos tras los que te ocultas.

Pasa al 236.

31
El caso White

En un gesto casi automático compruebas que está cargada, pones el


seguro y te la metes en el bolsillo interior de tu chaqueta. Tienes un
permiso de armas que te autoriza a llevarlas y a utilizarlas, aunque
solo en defensa propia. Todavía no sabes a qué has de enfrentarte,
pero tu experiencia en la policía te aconseja que es mejor ir armado
que desarmado. Anota que llevas un revólver en tu equipo.

Te pones la gabardina y sales a la calle. Pasa al 20.

Sobre la mesa del despacho ves varios útiles de escritura y la lám-


para de latón con la pantalla de cristal verde, única fuente de ilu-
minación de la habitación. También hay un cenicero, una cajita de
laca conteniendo tarjetas de visita a nombre de Edward Hanson,
propietario del “Blue Iguana” y un teléfono con diversos botones,
dos de los cuales están marcados como “Guardarropa” y “Bar”.
En los cajones hay papel, sobres y diversos objetos y útiles de
escritorio intrascendentes... salvo debajo del tablero del escritorio
donde, sujeta con un soporte metálico, encuentras una pistola auto-
mática de calibre 45. Compruebas que está cargada, con el seguro
quitado y una bala en la recámara. “Parece que al señor Hanson
le gusta estar preparado para hacer frente a cualquier situación”,
piensas.

¿Qué haces? ¿Dejas la pistola donde estaba o te la guardas en el


bolsillo? Si haces esto último, apúntatela en tu Hoja de personaje.

32
Jordi Cabau Tafalla
Prosigues tu búsqueda en el armario, donde descubres un par de
trajes, un smoking y una gabardina, así como media docena de ca-
misas planchadas y diversos complementos de vestir, todos ellos de
la misma talla. En los archivadores metálicos encuentras facturas,
recibos y todo tipo de papeles concernientes a la administración
del negocio. Mirando por encima algunos de ellos descubres que
Edward Hanson es el propietario del “Blue Iguana” desde hace solo
cuatro años. Antes el local se llamaba Bruno’s y era propiedad de
un tal Bruno Martinelli, quien se lo vendió a Hanson.
En el lavabo ves un par de toallas con las iniciales E.H. y diver-
sos útiles de aseo. Te acercas a la caja fuerte e intentas abrirla giran-
do la manija. Como suponías está cerrada y careces de la habilidad
para abrir una caja de estas características.
Estás a punto de salir de la habitación cuando hay algo que te
llama la atención en los paneles de madera de la pared oeste: una
puerta disimulada por estos. Te acercas a la misma y giras un pe-
queño tirador...

... la puerta se abre. Pasa al 138.

La detonación del disparo suena como un cañonazo a tus oídos.


Cara de Rata cae hacia atrás a consecuencia del impacto de la bala,
quedando inmóvil en el suelo, no sabes si muerto o no, aunque ese
detalle no te importa.
—¡No dispare! ¡No dispare! —dice Kid levantando las manos
por encima de su cabeza con expresión asustada.
—¡Quieto ahí si no quieres acabar como tu amigo!
—Sí, señor —responde el gigante mansamente.

Pasa al 32.

33
El caso White

“¿Quién demonios acabaría con la vida de Ricardo Ortiz? Hay algo


que se me escapa”, piensas. Estás convencido de que no fueron
Hanson y sus hombres, pero ¿quién? Conduces distraídamente sin
rumbo fijo cuando te das cuenta de que la zona por la que estás te
resulta vagamente familiar. “¡Maldición! ¡Casi lo había olvidado!”
piensas mientras das un volantazo describiendo un ángulo de no-
venta grados para meterte en una amplia avenida que te llevará en
poco tiempo al centro de la ciudad.
Cinco minutos después aparcas el coche frente al pub de Paddy
O’Mahan, el cual no cierra nunca antes de la medianoche. Entras
saludando con la cabeza a un par de conocidos y te diriges directa-
mente a la barra. El local está casi lleno pero, aún así, encuentras un
taburete libre donde sentarte.
—¿Qué va a ser, David? ¿Lo de siempre? —Nick, el primo de
Paddy, se halla solo tras la barra atendiendo a los clientes. Pese a
ello se ha acercado a ti desatendiendo otras demandas.
—Si, gracias. Oye, Nick ¿está Paddy por ahí? —apenas has ter-
minado de preguntarlo cuando una mano se posa en tu hombro y
una voz conocida te grita en la oreja, haciéndose oír por encima del
bullicio del local.
—¡Maldita sea David! ¿Dónde te metes? ¡Llevo horas intentan-
do contactar contigo! ¿Es que nunca estás en tu despacho? ¡Incluso
he llamado al restaurante de Velma por si te veía! Por cierto, ya me
contó lo del borracho —te das la vuelta para encontrarte con un
sonriente Paddy.
—¿Eso quiere decir que tienes algo para mí? —contestas yendo
directamente al grano.
—¡Claro! ¡Ven! —abandonas el taburete y sigues al irlandés
hasta una mesa vacía situada al fondo del local donde podéis hablar
tranquilamente.
Ambos os sentáis mientras Nick deposita un vaso de bourbon

34
Jordi Cabau Tafalla
con hielo frente a ti. Le das las gracias y luego te vuelves hacia
Paddy.
—¿Y bien?
—Me debes cuarenta dólares —responde el irlandés.
—Antes debo decidir si te los has ganado, ¿qué averiguaste?
—contestas.
—White & Company es, mejor dicho, era, una fábrica de hi-
lados que hay cerca de Venice. La fábrica es propiedad de un tal
Thomas White, un hombre de negocios que tiene una oficina en el
centro de la ciudad...
—... dime algo que no sepa —interrumpes a Paddy—. ¿Cuaren-
ta dólares por eso?
—¡Espera, eso no es todo! —Responde el irlandés—. White
también se dedica a realizar inversiones en bolsa. Este verano pa-
sado invirtió mucho dinero en valores muy rentables pero arriesga-
dos, perdiendo mucho dinero. Parece ser que ha tenido que malven-
der muchas de sus propiedades para poder pagar las deudas que le
generó esa operación...
—Sigue... —dices interesado.
—De hecho, me parece que esa fábrica es lo único que le que-
da... y acaba de incendiarse. Según me han comentado el incendio
ha empezado en un local contiguo y se ha extendido rápidamente
al suyo.
—¿Eso es todo? —preguntas— Me parece que eso no vale cua-
renta dólares...
—¡Qué dices! —responde airado el irlandés— ¡No sabes la de
gente con la que he tenido que hablar para obtener esa información!
Por cierto —dice bajando la voz— hay algo más.
—Soy todo oídos.
—He hablado por separado con dos agentes de seguros que sue-
len pasarse por aquí a tomar la última copa antes de irse para sus ca-
sas... ambos me comentaron que sus respectivas compañías habían
asegurado contra incendios la fábrica de White desde noviembre
pasado y, por lo que sé, no son los únicos...
Lanzas un silbido mientras Paddy asiente con la cabeza.

35
El caso White
—Esto que te acabo de contar solo lo sabes tú, Carter.
—Bien, parece que te debo cuarenta dólares —te sacas el dinero
del bolsillo y le pagas. Descuéntate el dinero de tu Hoja de Perso-
naje.
—Es un placer hacer negocios contigo, David —dice Paddy ha-
ciendo el gesto de levantarse. Le detienes poniendo tu mano sobre
su brazo.
—Una última cosa Paddy ¿te suena un club nocturno llamado
“Blue Iguana”?
—¿El local de Reno Hanson? Claro —responde mientras vuelve
a sentarse.
—¿Qué puedes decirme al respecto?
—No mucho, hace años el local pertenecía a un tipo llamado
Bruno quien lo compró y remodeló para convertirlo en club noctur-
no. Tuvo poco éxito, más que nada debido a la mala gestión, y las
deudas empezaron a acumularse. Después Reno compró el local a
buen precio, redecorándolo y cambiando el nombre por el de “Blue
Iguana”. Va tirando, tengo entendido.
—¿Qué sabes de ese tal Reno Hanson?
—Hizo un pequeño capital con el contrabando ilegal de alcohol
durante la prohibición. Le pillaron un par de veces y se salió con
pequeñas condenas. Tuvo la suficiente vista como para comprar el
“Blue Iguana” antes de que el final de la prohibición acabara con su
negocio. Tengo entendido que suele organizar partidas de póquer
de alto nivel y que tiene en nómina un par de matones ¿te suena el
nombre de “Kid” Williams?
—No.
—Llegó a participar en la final del campeonato estatal de pesos
pesados, pero tuvo que abandonar el boxeo profesional porque se
descubrió que había tongo en los combates. Es uno de ellos. El otro
no recuerdo cómo se llama, pero tengo entendido que es un mal
bicho.
—Gracias ¿qué te debo? —respondes echando mano a tu carte-
ra.
—Déjalo, invita la casa —dice Paddy—. Y a la copa también

36
Jordi Cabau Tafalla
—dice levantándose de la mesa— ¡A ver si te pasas una noche de
estas y echamos unos dardos!
—Cuenta con ello —respondes.
Te quedas unos minutos saboreando tu copa y dándole vueltas
en la cabeza a lo que te acaba de decir Paddy. Echas un vistazo al
reloj de la pared: son las once y cuarto. Terminas tu copa de un tra-
go y te diriges al teléfono público del local...

... para llamar a la casa de los White esperando que no sea


demasiado tarde. Pasa al 281.

Aparcas frente al restaurante de Velma, entras y te sientas en tu


mesa habitual. Pensando en el dinero que vas a cobrar por el caso,
haces tu pedido a una de las dos camareras del restaurante. Poco
después, es la misma Velma la que te trae el primer plato. Es raro
que salga de la cocina para servir, pero tú tampoco eres un cliente
cualquiera.
—¿Comes tarde o cenas temprano David? —te dice sonriendo.
Velma es una mujer alta y grande, más cerca de los cincuenta
que de los cuarenta, y de rostro poco agraciado, aunque lo cierto es
que tampoco hace mucho por arreglarse. “Me lavo la cara con agua
cada mañana” dice “la pintura es para las paredes”. Al principio
su marido regentaba el restaurante hasta que se fugó con una de
las camareras. “Nunca le estaré lo bastante agradecida a esa chica
por librarme de él” suele bromear. Lo cierto es que pasaba un mal
momento y tú le prestaste tus servicios como detective en el juicio
por divorcio que siguió a la fuga de su ex.
Desde entonces, y al menos un par de veces por semana, sueles
pasarte por su restaurante aunque solo sea para tomar un café.
—Es una comida-cena —respondes llevándote el tenedor a la
boca.
37
El caso White
—Come tranquilo, luego hablamos —te dice, mientras regresa
a la cocina.
Echas un vistazo a tu alrededor mientras comes. El local está casi
vacío, ya que todavía es temprano para la hora de la cena, apenas
hay media docena de parroquianos. Las dos camareras parlotean en
voz baja junto a la puerta de la cocina mientras permanecen atentas
a cualquier gesto de los clientes. En una mesa un anciano apura
su café hojeando un periódico mientras en otra mesa dos chicas
vestidas a la manera de las secretarias hablan en voz baja. En una
esquina del local Bert el taxista está hablando por el teléfono públi-
co y, aunque no sabes lo que está diciendo, puedes imaginarte que
al otro lado de la línea está su corredor de apuestas, pues no para
de tomar notas en una libretita. Sentado en la barra, un tipo vestido
a la manera de los camioneros está tomando un whisky absorto en
sus pensamientos.
Bert cuelga el teléfono y pide un café en la barra. Parece conten-
to y, al verte, te hace un gesto saludándote; respondes a su saludo
con un gesto y te señalas la boca llena de comida disculpándote.
Bert asiente con la cabeza y se gira hacia su café.
Tú te concentras en la comida mientras no paras de darle vueltas
a todo lo que te ha sucedido durante el día. A través del cristal de la
ventana puedes ver como ya se ha hecho de noche y un viento frío
invita a los pocos transeúntes que ves a guarecerse en sus casas.
Terminas tu segundo plato y una de las chicas deja frente a ti una
taza de café y un trozo de tarta de manzana sin necesidad de que lo
hayas pedido. Cierras las manos sobre la taza caliente mientras ana-
lizas lo poco que sabes del caso. Estás bloqueado y no sabes cuál ha
de ser tu siguiente paso ¿Quién es la misteriosa mujer que se llevó
a Katherine del apartamento de Ricardo? ¿Qué relación guarda con
este? ¿Qué buscaban los dos tipos que destrozaron la cerradura?
¿Qué le ha ocurrido al chófer?
Absorto en tus pensamientos tardas unos segundos en darte
cuenta de que alguien está gritando...

Dirígete al párrafo 26.

38
Jordi Cabau Tafalla

Miras el revólver y decides que es mejor no cogerlo mientras re-


cuerdas el consejo de tu instructor del departamento: “Llevar un
arma sin estar seguro de que vas a utilizarla, es un peligro para
quien la lleva”...

Te pones la gabardina y sales a la calle. Pasa al 20.

En un gesto casi instintivo te agachas para oír cómo un cuchillo se


clava en la madera junto a tu oreja.

Pasa al 168.

Echas un vistazo a ambos extremos de la calle para asegurarte de


que no hay nadie y en cuatro zancadas cruzas hasta el callejón.
Te detienes en la entrada y esperas a que tus ojos se acostumbren
a la oscuridad para poder examinarlo con detenimiento. Avanzas
lentamente fijándote en todo, pero nada parece haber cambiado
desde tu visita anterior. Un movimiento entre los cubos de basura
te llama la atención y echas mano rápidamente a tu arma... para
descubrir que has asustado al mismo gato callejero que viste la pri-
mera vez.
Todavía no te has recuperado del sobresalto cuando te fijas en
una débil claridad proveniente de un ventanal del edificio contiguo

39
El caso White
al “Blue Iguana”, un abandonado almacén de mercancías. Te acer-
cas al ventanal, pero está a demasiada altura como para ver al otro
lado. La luz es muy débil, y parece provenir del otro extremo del
almacén.
Examinas detenidamente la pequeña puerta de servicio: tiene un
aspecto bastante abandonado, como si no hubiera sido usada en
años... por lo que te llama la atención que la cerradura sea prácti-
camente nueva.
Te alejas de la puerta y te acercas a la entrada del callejón. A la
luz de las farolas observas el almacén, hecho de ladrillo rojo con
techo de chapa ondulada a dos aguas, amplios ventanales situados a
unos tres metros sobre el suelo y dos grandes puertas tipo persiana
en la fachada que da a la calle para dejar pasar los camiones. Es
evidente por su aspecto exterior que el local lleva varios años sin
usarse, por lo que te llama la atención la novedad de la cerradura y
la luz que proviene del interior.
Hay tres formas de penetrar en el almacén: los ventanales, las
puertas de carga o la entrada de servicio. Descartas inmediatamente
las puertas de carga: es evidente de que hace años que no se han
abierto y, en el caso dudoso de que tuvieses suficiente fuerza como
para levantarlas, el escándalo que harías sería mayúsculo, poniendo
sobre aviso a cualquier ocupante del almacén.
Las otras dos opciones son, o forzar la cerradura de la puerta de
servicio o trepar hasta uno de los ventanales e intentar abrirlo desde
fuera.

¿Por cuál opción te decides?

Decides forzar la cerradura. Pasa al 2.


Intentas trepar a uno de los ventanales. Ve al 44.

40
Jordi Cabau Tafalla

Caes sin apenas ruido sobre tus pies y permaneces inmóvil unos
instantes mientras tus ojos se adaptan a la penumbra del lugar...

Dirígete al 379.

Te encuentras detrás de la típica barra de bar hecha de madera puli-


da con adornos de latón por la parte de fuera. Frente a ella hay una
docena de taburetes, de madera y latón forrados de cuero, fijados
al suelo. La pared sur está cubierta de estantes donde se hallan las
bebidas que pueden pedirse en el local. En una pequeña repisa bajo
estos se hallan dispuestos ordenadamente los elementos que permi-
ten a los barman atender a los clientes y servir las bebidas (vasos,
copas, cucharillas, hielo, etc.).
Bajo la barra, y fuera de la vista de los clientes, hay algunas
cajas que contienen las bebidas más solicitadas (para ahorrar viajes
al almacén), así como lavaderos, grifos y el resto de elementos que
completan el equipamiento de todo bar. Fijado a la pared hay un te-
léfono con algunos botones, tal y como suponías dos de ellos están
marcados como “Guardarropa” y “Oficina”.
Aquí no hay nada más que ver, por lo que levantas la tapa que
hay en un extremo de la barra y sales a la sala.

Pasa al 369.

41
El caso White

Echas un vistazo el cielo gris plomizo que amenaza lluvia, entras en


tu coche y pones en marcha el motor. “Evergreen Terrace... Ever-
green Terrace... juraría que la he oído nombrar alguna vez, pero
¿cuándo?”.

Haz una tirada por la habilidad de Callejeo.

Si no tienes éxito, pasa al 30. Si la pasas ve al 377.

...tu mente no puede dejar de pensar. “Es evidente que los White
ignoran el macabro contenido de su piscina”, piensas, “y con toda
seguridad el cadáver que encontré es el chófer de la familia, Ri-
cardo Ortiz. Pero ¿quién lo ha matado?, ¿y por qué? Los tipos que
secuestraron a Kate seguían buscando al chófer al día siguiente de
que este hubiese muerto, por lo que no podían ser sus asesinos...
aunque también podrían haberle mentido a Kate. Lo cierto es que
un asesino entró hace dos noches en el jardín de los White y es-
tranguló a un hombre, y ese asesino sigue libre. Si no lo atrapo los
White podrían estar en peligro”
Echas un vistazo a Kate que ha vuelto a dormirse en el asiento
de atrás. Apagas el motor, desciendes del coche y cierras las puertas
con llave...

... encaminando tus pasos de vuelta al almacén. Pasa al 76.

42
Jordi Cabau Tafalla

Miras a tu alrededor para asegurarte de que no hay nadie cerca.

Realiza una tirada exitosa por la habilidad de Maña para conseguir


abrir la cerradura. Por desgracia, y teniendo en cuenta su buena
calidad, tienes una penalización de -1 a tu habilidad.

Si tienes éxito, ve al 73. Si fallas, pasa al 91.

Desgraciadamente Vince Frattini no es un oponente cualquiera, de-


berás llevar a cabo un total de tres aciertos en la habilidad de Dis-
parar para neutralizarle.
Además, tienes una penalización de -2 a la habilidad de Dispa-
rar debido a la oscuridad y a que tu oponente se oculta entre los
árboles. Además, cada vez que falles significará que Vince te ha
devuelto el fuego con éxito con su pistola automática de calibre 45,
causándote 2D6 puntos de daño por impacto.

Si no tienes éxito ve al 399. En caso que le derrotes, ve al 400.

Se trata del típico cartel en el que se anuncian las actuaciones que


tienen lugar en el club nocturno... pero lo que te ha llamado la aten-
ción es la fotografía del artista principal, una cantante de nombre
artístico Dakota.

43
El caso White
Se trata de una fotografía casi de tamaño natural en la que la
cantante aparece vistiendo un traje de noche de lentejuelas mientras
su rostro, con el mentón apoyado en las manos entrelazadas, esboza
una leve y sugerente sonrisa. Pero lo que te llama la atención de la
foto no es que la artista aparente una edad cercana a los treinta, ni
que tenga el pelo y los ojos de color claro (la foto es en blanco y
negro y, por el tono de gris de la misma, la artista bien podría tener
el pelo y los ojos de color castaño claro)... si no la pulsera que lleva,
de la cual cuelga una pequeña cruz...
En ese momento recuerdas la conversación que tuviste con la
anciana vecina del chófer de los White, describiendo a la mujer con
la que se había marchado Katherine:
“... No llegaría a los treinta, pelo castaño claro y ojos del mismo
color... y una pulsera de oro en la muñeca izquierda, de la cual col-
gaba una pequeña cruz... “
Llamas a la puerta principal del local, pero nadie te responde;
diriges tus pasos al callejón y llamas a la entrada posterior con el
mismo resultado.
Echas un vistazo a tu alrededor... haz una tirada por la habilidad
de Observar.

Si fallas, pasa al 121.


Si tienes éxito, ve al párrafo 157.

Una hora después tú, Thomas y Bárbara White estáis ante la puerta
de la habitación de Kate esperando que salga el médico de la fami-
lia, el doctor Herbert, la discreción del cual ha garantizado la madre
de Kate. Mientras este llegaba has aprovechado para informar a
Thomas White de lo sucedido hasta el momento. La puerta se abre
y sale el doctor Herbert, lo cierto es que tiene el aspecto del típico
médico de familia de las películas: ligeramente calvo, rechoncho y
con gafas.
44
Jordi Cabau Tafalla
—Kate estará bien en unas horas —dice, dirigiéndose directa-
mente a Bárbara— No le he administrado ningún medicamento,
bastante morfina lleva ya en el cuerpo, pero es joven y se recupe-
rará pronto. Ahora lo mejor que puede hacer es descansar. Si su
estado variase no dude en llamarme. Buenas noches.
—Buenas noches, doctor, y muchas gracias —responde Bárbara.
El doctor responde con una inclinación de cabeza y desciende
las escaleras.
—Ya sé lo que acaba de decir el doctor —comentas— pero de-
bería hacerle un par de preguntas a Kate...
—¿No puede esperar a mañana? —dice Thomas, visiblemente
molesto.
—Mañana tal vez sea tarde —respondes—. No se preocupe, pa-
raré inmediatamente si veo que incomodo a Kate.
—No sé... el señor Carter nos ha ayudado tanto... —dice Bárbara
dubitativa.
—Pueden estar presentes, si lo desean —esta última afirmación
parece terminar de convencer a la madre de Kate, que da su con-
sentimiento.
Entráis los tres en la habitación, Kate tiene los ojos cerrados,
pero los abre al oír la puerta.
—¿Eres tú, mamá?
—Sí, cariño —responde la señora White.
—Perdóname. No volveré a escaparme.
—No hay nada que perdonar, cariño. Lo importante es que estés
bien —dice mientras le acaricia la frente—. Este es el señor Carter,
quiere hacerte unas preguntas. Él nos ha ayudado a encontrarte.
—¿Es usted policía? —te pregunta Kate con un poco de miedo
en la voz.
—Lo fui hace mucho tiempo... —respondes— Si no quieres
contestarme, no tienes por qué hacerlo, Kate.
—No puedo dormir. Pregúnteme —dice la joven.
—Bien, tú y Ricardo, el chófer, teníais intención de huir juntos,
¿verdad?
—Sí... —dice en voz baja.

45
El caso White
—¿Qué sucedió la noche en que debías escaparos juntos?
—Habíamos quedado en el jardín a la una, junto al pozo falso.
Estuve esperando hasta las dos y, al ver que no venía, salí de casa
por la puerta principal, paré un taxi y fui a casa de Ricardo, pensan-
do que lo encontraría allí...
—... Pero no estaba —comentas.
—No..., no estaba. Abrí la puerta de su apartamento con una
llave que me había dado y me quedé dormida esperándole.
—... Y te despertó Dakota, la amiga de Ricardo. ¿Qué te dijo?
¿Por qué te fuiste con ella? Bárbara y Thomas te observan intriga-
dos, ya que no les habías contado nada de todo esto.
—Me dijo que había ido al apartamento de Ricardo para avisarle
de que unos tipos iban a darle una paliza. Ricardo les debía dinero
y, como no podía pagarles, le iban a romper las piernas. Me asusté
mucho y Dakota me dijo que no podía quedarme allí, me ofreció
quedarme en su apartamento hasta que apareciese Ricardo.
—... Y la seguiste. ¿Sabía ella lo de tu fuga con Ricardo?
—No, y se enfadó mucho con Ricardo cuando se lo dije.
—¿Por qué?
—Me dijo que ella y Ricardo habían sido novios hacía tiempo,
pero que lo habían dejado correr y ella no le deseaba ningún mal.
Cuando le dije que iba a fugarme con Ricardo se puso furiosa con
este, sobre todo cuando le dije que era menor de edad. Dijo que se
merecía que le rompieran las piernas...
“Estoy de acuerdo”, piensas.
—¿Qué pasó luego? —comentas.
—Dakota se marchó a trabajar y me dejó sola en su apartamento,
diciéndome que no abriera a nadie. Eran las nueve de la noche, más
o menos. Acababa de irse cuando dos tipos, uno muy alto y otro
bajo entraron en el apartamento buscando a Ricardo.
—¿Les abriste tú?
—No. Tenían llave aunque, por lo que dijeron, me pareció en-
tender que Dakota no lo sabía. Al ver que Ricardo no estaba me lle-
varon con ellos. Yo no quería ir, pero me amenazaron con hacerme
daño, pensaban que yo sí sabía dónde se ocultaba Ricardo.

46
Jordi Cabau Tafalla
—¿Dónde te llevaron?
—No lo sé, me taparon la cabeza con un trapo cuando entré en
su auto. Condujeron un rato y luego el auto se detuvo, el grandullón
me sacó en volandas, caminamos un trozo, subimos unas escaleras,
me sentaron en una silla y me quitaron el trapo. Me enfocaron una
lámpara a los ojos y me interrogó acerca de Ricardo.
—¿Quién?
—Otro hombre, parecía el jefe.
—¿Qué sucedió luego?
—Al ver que yo no sabía nada estuvieron a punto de soltarme.
Pero estaba tan asustada que les conté quién era yo y lo de mi fuga
con Ricardo. Entonces se olvidaron de él y decidieron pedir un
rescate por mí... y eso es lo último que recuerdo claramente. Me
sujetaron y me pincharon algo en el brazo, a partir de ahí todo es
confuso.
—Gracias, Kate, eso es todo. Ahora prueba de descansar un
poco —dices mientras sales de la habitación.

Pasa al 66.

Miras hacia la barra y ves que el camionero está gritándole a una


de las camareras.
—¡He dicho que quiero otro whisky! ¡Ahora! —por el tono de
su voz te das cuenta de que lo que menos necesita el tipo es otro
whisky.
—Señor, esto es un restaurante familiar... —se disculpa la joven.
El tipo da un puñetazo sobre la barra.
—¡Que me sirvas!
En ese momento Bert el taxista se levanta de su taburete y le
pone una mano encima del hombro al tipo, intentando tranquilizar-
le...

47
El caso White
—Oiga, amigo, ya ha oído a la señorita ¿por qué no se va a des-
cansar a su casa y deja que todos cenemos tranquilamente?
Apenas ha terminado Bert de hablar que el camionero se gira
rápidamente y, de un puñetazo en la mandíbula, lo deja tumbado en
el suelo cuan largo es.
Todo el mundo en el local parece haberse quedado paralizado:
las secretarias, el anciano, las camareras...

¿Qué haces?
¿Intentas tranquilizar al borracho?
¿Te acercas sigilosamente y le noqueas de un puñetazo en la nuca?
¿Sacas tu arma y le amenazas con ella para que se vaya? (Solo si
la llevas)

Intentas tranquilizarle. Pasa al 37.


Intentas noquearlo por la espalda. Pasa al 48.
Le amenazas con tu arma para que se largue. Pasa al 59.

Aterrizas sobre un montón de sacos podridos que frenan tu caída.

Recibes 1D6 heridas por contusiones.

Aparte de dichas contusiones, solo tu orgullo está seriamente


herido. Por suerte, nadie ha sido testigo de tu patoso intento de
escalada. ¿Prefieres probar suerte con la cerradura de la puerta de
servicio o decides intentarlo de nuevo?

La cerradura parece menos peligrosa. Pasa al 2.


Lo intentas de nuevo. Ve al 247.
48
Jordi Cabau Tafalla

A medida que te vas acercando se hace evidente que no estás solo


en el almacén: oyes ruido de voces proviniendo de la oficina. Ex-
tremas las precauciones situándote justo debajo de la escalera de
madera. Una vez allí tratas de escuchar la conversación que se de-
sarrolla encima de tu cabeza.

Haz una tirada por la habilidad de Observar.

Si tienes éxito, ve al 77.


En caso contrario, ve al 103.

Le sigues cautelosamente entre los árboles hasta el borde de la pis-


cina. Una vez allí ves como la rodea hasta detenerse junto a la zona
más profunda, abre el saco que lleva, extrae una cuerda con una es-
pecie de garfio en un extremo de esta... y lo lanza al agua. No nece-
sitas ver más, avanzas oculto entre los árboles intentando rodearle
mientras él recoge y vuelve a lanzar otra vez el garfio...

Haz una tirada por la habilidad de Sigilo.

La pasas, ve al 74. No la pasas, ve al 118.

Te incorporas a la circulación y, tras haber preguntado a un taxista


llegas al fin a tu destino: un lujoso complejo residencial, situado en

49
El caso White
los límites de la ciudad, en la que medio centenar de mansiones de
diversos estilos se hallan rodeadas de inmensos jardines y bosques.
“No me extraña que no conociese este sitio” piensas “está muy lejos
de los ambientes por los que siempre me he movido”. Una amplia
y cuidada carretera, apenas transitada por algún que otro coche de
lujo, serpentea entre las mansiones. No te cuesta mucho encontrar
el 1710 de Evergreen Terrace: se trata de una espléndida mansión
de dos plantas con un inmenso jardín en la parte de atrás. “Creo que
este es el golpe de suerte que necesitaba”, piensas mientras detienes
el coche frente a la mansión.
Al bajar del coche observas que las nubes prácticamente han
desaparecido, dejando ver un límpido cielo azul en el que brilla el
sol de invierno.

Subes los escalones y llamas al timbre. Pasa al 35.

Al cabo de unos instantes aparece Bárbara White seguida por Ja-


mes.
—Pensaba que se había marchado —dice— James me ha dicho
que quería verme ¿hay algún problema?
—No, pero querría pedirle permiso para permanecer al menos
esta noche en la casa para velar por la seguridad de Kate. Sé que
su esposo preferiría que no me quedase, por eso le pido permiso a
usted. No se preocupe, seré discreto y mañana por la mañana me
marcharé sin que él se entere ¿puedo quedarme?
—¿Ocurre algo? —pregunta Bárbara intranquila.
—No quiero preocuparla, pero estaré más tranquilo si perma-
nezco aquí esta noche.
—Bien, no veo por qué no... —comenta, girándose hacia el ma-
yordomo— James, encárguese de que la estancia del señor Carter
sea lo más cómoda posible. Buenas noches.
—Buenas noches —te despides de ella mientras sale de la habi-

50
Jordi Cabau Tafalla
tación, quedándoos James y tú a solas.
—¿A qué hora se va el servicio, James? —preguntas al mayor-
domo.
—A las diez —responde. Miras tu reloj: falta muy poco para esa
hora.
—Si no le importa, permaneceré aquí hasta entonces. No les
diga nada, prefiero que tampoco sepan que me quedo aquí. Luego,
si acaso, me quedaré en la salita de espera del servicio. Puedo des-
cansar en uno de los sofás que hay allí.
—Bien, señor. Cuando se hayan ido le prepararé algo de cenar.
—Muy agradecido, James.
El mayordomo sale de la habitación y tú te sientas en una silla
meditando sobre lo sucedido en los últimos días...

Pasa al 166.

Sin dejar de mirar esta vez a los dos truhanes, giras la cabeza lige-
ramente hacia la figura que hay tendida a tus espaldas.
—¿Katherine Banner? ¿Es usted?
Una voz soñolienta, probablemente narcotizada, responde.
—Mmmm... ssí.
—No se preocupe, está a salvo. Todo ha terminado —mientras
dices esto te acercas al teléfono que hay sobre el archivador. Lo
descuelgas y, comprobando que hay línea, pides a la operadora que
te ponga con el capitán Banks de la policía.
—¿Carter? ¿Qué sucede?
—Hola, capitán Banks. Necesitaría que me enviase un coche
patrulla y una ambulancia a la dirección que voy a darle. Por cierto
¿podría venir usted? Preferiría explicarle los detalles personalmen-
te...

Pasa al 398.

51
El caso White

Aprietas el gatillo de tu arma en un acto reflejo.

Haz una tirada por la habilidad de Disparar.

Si tienes éxito, pasa al 12. Si fallas, pasa al 63.

Estás esperando en el salón cuando recuerdas la llamada que hiciste


a Paddy O’Mahan esa misma tarde. “Todavía no es muy tarde para
llamarle”, piensas mientras echas un vistazo a tu reloj.
Descuelgas el teléfono y al cabo de unos instantes estás hablan-
do con el irlandés.
—¡Carter, maldita sea! ¡Llevo toda la tarde intentando locali-
zarte! ¡Me debes cuarenta dólares! —grita el irlandés intentando
hacerse oír por encima de la clientela de su pub.
—Antes debo decidir si te los has ganado ¿qué averiguaste? —
contestas.
—White & Company es, mejor dicho, era, una fábrica de hi-
lados que hay cerca de Venice. La fábrica es propiedad de un tal
Thomas White, un hombre de negocios que tiene una oficina en el
centro de la ciudad...
—... dime algo que no sepa —interrumpes a Paddy—. ¿Cuaren-
ta dólares por eso?
—¡Espera, eso no es todo! —Responde el irlandés—. White
también se dedica a realizar inversiones en bolsa. Este verano pa-
sado invirtió mucho dinero en valores muy rentables pero arries-
gados, perdiendo mucho dinero. Parece ser que ha tenido que mal-
vender muchas
de sus propiedades para poder pagar las deudas que le generó

52
Jordi Cabau Tafalla
esa operación...
—Sigue... —dices interesado.
—De hecho, me parece que esa fábrica es lo único que le que-
da... y acaba de incendiarse. Según me han comentado el incendio
ha empezado en una fábrica contigua y se ha extendido rápidamen-
te a la suya.
—¿Eso es todo? —preguntas— Me parece que eso no vale cua-
renta dólares...
—¡Qué dices! —responde airado el irlandés—¡No sabes la de
gente con la que he tenido que hablar para obtener esa información!
Por cierto —dice bajando la voz— hay algo más.
—Habla.
—He hablado por separado con dos agentes de seguros que sue-
len pasarse por aquí a tomar la última copa antes de irse para sus ca-
sas... ambos me comentaron que sus respectivas compañías habían
asegurado contra incendios la fábrica de White desde noviembre
pasado y, por lo que sé, no son los únicos...
Lanzas un silbido que Paddy oye a través del auricular.
—Esto que te acabo de contar solo lo sabes tú, Carter.
—Bien, Paddy, te debo cuarenta dólares. Esta semana me paso
por ahí para tomar una copa y pagártelos. Una última cosa ¿te suena
un club nocturno llamado “Blue Iguana”?
—¿El local de Reno Hanson? Claro.
—¿Qué puedes decirme al respecto?
—No mucho, hace años el local pertenecía a un tipo llamado
Bruno quien lo compró y remodeló para convertirlo en club noctur-
no. Tuvo poco éxito, más que nada debido a la mala gestión, y las
deudas empezaron a acumularse. Después Reno compró el local a
buen precio, redecorándolo y cambiando el nombre por el de “Blue
Iguana”. Va tirando, tengo entendido.
—¿Qué sabes de ese tal Reno Hanson?
—Hizo un pequeño capital con el contrabando ilegal de alcohol
durante la prohibición. Le pillaron un par de veces y se salió con
pequeñas condenas. Tuvo la suficiente vista como para comprar el
“Blue Iguana” antes de que el final de la prohibición acabara con su

53
El caso White
negocio. Tengo entendido que suele organizar partidas de póquer
de alto nivel y que tiene en nómina un par de matones ¿te acuerdas
de “Kid” Williams?
—Me suena ¿no llegó a participar en la final del campeonato
estatal de pesos pesados?
—Recuerdas.
—Cierto, pero tuvo que abandonar el boxeo profesional porque
se descubrió que había tongo en los combates. Es uno de ellos. El
otro no recuerdo cómo se llama, pero tengo entendido que es un
mal bicho.
Oyes unos pasos que se acercan.
—Tengo que colgar, te veo esta semana —te despides apresura-
damente.
—Hasta luego, Carter.
Instantes después Thomas y Bárbara White entran en el salón...

... parece que han tomado una decisión. Pasa al 151.

Tras medio minuto de espera la puerta se abre: frente a ti hay un


tipo alto, de unos cincuenta años, cabello negro con algunas hebras
grises y ojos castaños. El traje que lleva, que le hace parecer una
especie de pingüino gigante, lo identifica como uno de los sirvien-
tes de la casa.
—¿En qué puedo servirle, señor? —La mirada de Pingüino se
pasea desde tu arrugada gabardina hasta la punta de tus gastados
zapatos, pasando por un breve vistazo por encima de tu hombro a tu
“vulgar” automóvil. El tono en que ha pronunciado esta última pa-
labra, mezclado con un inconfundible acento británico, indica que,
en su escala de valores social, no ocupas un lugar muy superior al
de los paramecios—. Le informo de que la entrada de servicio se
halla al otro lado de la casa...

54
Jordi Cabau Tafalla
—La señora White me ha mandado llamar —le interrumpes—.
Soy Carter, el detective.
—¡Oh! Permítame que le acompañe —responde, haciéndose a
un lado y haciendo un gesto invitándote a entrar—. Soy James, el
mayordomo ¿puede darme su sombrero y su gabardina?
—No, gracias, cómprese unos —respondes—. ¿Puedo ver a la
señora White?
—Sígame, señor Carter. Le está esperando —responde Pingüino
mientras se aparta para dejarte paso y hace un gesto invitándote a
entrar.
Nada más cruzar el umbral te hallas en un amplio recibidor de-
corado con gran lujo y distinción: armaduras, cuadros y otros ob-
jetos de arte llenan las paredes. Frente a ti una amplia escalinata
conduce al piso superior (bajo esta puedes distinguir una pequeña
puerta que probablemente dé a las dependencias del servicio). Una
gran puerta doble a tu izquierda y otra a tu derecha completan las
salidas de la estancia; el mayordomo se dirige a esta última y la
abre echándose a un lado:
—El detective, señora White —dice con el mismo tono de voz
que habría utilizado para anunciar al callista.
Entras lentamente en la habitación mientras te quitas el sombre-
ro.
Paseas tu mirada alrededor: la luz del mediodía entra por los
amplios ventanales situados en la pared de la derecha y la que hay
frente a ti; en la pared de la izquierda una gran puerta doble comu-
nica con otra dependencia que no puedes ver, pues está cerrada.
Te encuentras en un gran salón decorado con discreción y buen
gusto. Algunos pocos objetos de arte colocados estratégicamente,
así como una acertada combinación de colores, lo hacen acogedor
y cómodo. El mobiliario lo componen diversos sillones, una lujosa
y potente radio, tocadiscos y un mueble bar. Frente a una gran chi-
menea hay una mesa de juego tapizada de verde rodeada de cuatro
sillas. Sentada en una de estas se encuentra Bárbara White jugando
al solitario. Pese a que la habitación no es muy soleada, lleva unas
gafas de sol ocultándole los ojos. En una mano sostiene el mazo de

55
El caso White
cartas y con la otra sostiene un cigarrillo. Con un gesto de esta últi-
ma te indica que tomes asiento frente a ella, cosa que haces.
Bárbara White parece concentrada en el juego y aprovechas esos
instantes para examinarla detenidamente...

Si tienes éxito en una tirada de la habilidad Observación


pasa al 40. Si no lo tienes, pasa al 45.

...Una hora después tú, Thomas y Bárbara White estáis ante la puer-
ta de la habitación de Kate esperando que salga el doctor Herbert.
Mientras este permanecía dentro has aprovechado para informar
al padrastro de Kate de lo sucedido hasta el momento. La puerta
se abre y sale el doctor Herbert, lo cierto es que tiene el aspecto
del típico médico de familia de las películas: ligeramente calvo,
rechoncho y con gafas.
—Kate estará bien en unas horas —dice, dirigiéndose directa-
mente a Bárbara—. No le he administrado ningún medicamento,
bastante morfina lleva ya en el cuerpo, pero es joven y se recupe-
rará pronto. Ahora lo mejor que puede hacer es descansar. Si su
estado variase no dude en llamarme. Buenas noches.
—Buenas noches, doctor, y muchas gracias —responde Bárbara.
El doctor responde con una inclinación de su cabeza y desciende
las escaleras.
—Ya sé lo que acaba de decir el doctor —comentas—, pero de-
bería hacerle un par de preguntas a Kate...
—¿No puede esperar a mañana? —dice Thomas, visiblemente
molesto.
—Mañana tal vez sea tarde —respondes—. No se preocupe, pa-
raré inmediatamente si veo que incomodo a Kate.
—No sé... el señor Carter nos ha ayudado tanto... —dice Bárbara
dubitativa.

56
Jordi Cabau Tafalla
—Pueden estar presentes, si lo desean —esta última afirmación
parece terminar de convencer a la madre de Kate, que da su con-
sentimiento.

Entráis los tres en la habitación. Pasa al 200.

—Venga, amigo —dices con voz tranquila— no cause más pro-


blemas y váyase antes de que alguien más resulte herido...
Mientras, en el suelo Bert lanza un gemido de dolor.

Haz una tirada por la habilidad de Mando


con una penalización de -2 a la tirada de dado.

Si aun así tienes éxito, pasa al 61.


En caso contrario, pasa al 72.

En un par de ocasiones tienes que saltarte un semáforo en rojo para


no perderle la pista al sedán oscuro. En un momento dado ves venir
por tu derecha un camión y apenas tienes tiempo de frenar para no
tener que chocar con él. El camionero te lanza varias imprecaciones
mientras se aleja... pero tú has dejado de ver las luces del vehículo
que seguías.
Permaneces unos instantes con las manos en el volante pensan-
do en qué vas a hacer ahora. Finalmente te decides por regresar a la
mansión de los White... y esperar la llamada de los secuestradores.

Pasa al 317.

57
El caso White

La inestable estructura te hace perder el equilibrio y una de las ca-


jas acaba cediendo bajo tu peso; caes hacia atrás manoteando en el
vacío.

Haz una tirada por la habilidad de Buena Fortuna.

Si eres afortunado, ve al 242.


¡Qué mala pata! Ve al 354.

Pese a lo avanzado de la hora, la señora White todavía viste batín


y camisón de dormir. Su rostro ligeramente maquillado revela que
sus años rondan la cuarentena, aunque muy bien llevados. La corta
melena, teñida de rubio platino siguiendo la moda del momento,
difiere de las diversas fotografías que puedes ver en la cercana re-
pisa, en las que se la ve luciendo una larga cabellera oscura. Y,
aunque las gafas de sol no permiten ver el color de sus ojos, en un
fugaz instante en que gira la cabeza puedes observar que son azul
oscuro... rodeados de unas profundas ojeras que el maquillaje no
consigue ocultar. La mano que sostiene la baraja luce una soberbia
alianza en la que brilla un pedrusco del tamaño de una nuez, curio-
samente te llama la atención el hecho de que lleve dos anillos de
prometida, un sencillo anillo de oro junto a otro mucho más lujoso.
En una esquina de la mesa de juego observas un cenicero repleto de
cigarrillos manchados de carmín apagados a medio usar.
Fijas tu vista en el solitario que está jugando la señora White en
ese momento y te das cuenta de que un dos de corazones se encuen-
tra atrapado irremisiblemente con lo que la partida es imposible

58
Jordi Cabau Tafalla
de acabar. Tras unos instantes de silencio la señora White deposita
la baraja encima de la mesa, apaga nerviosamente el cigarrillo y,
echándose hacia atrás en la silla fija su mirada en ti como si te viera
por primera vez.
—Así que usted es el detective ¿no? —su agradable voz dejaba
traslucir un cierto apresuramiento, como si tuviera ganas de acabar
con aquel encuentro lo antes posible.
—Sí —respondes lacónicamente.
—El trabajo que voy a encargarle es un asunto privado, y no
desearía ver a la prensa mezclada en este asunto. Banks me dijo
que podía confiar en usted ¿puedo hacerlo? —Al oír el nombre de
tu antiguo jefe comprendes qué haces allí.
—Puede hacerlo.
—¿Sabe por qué está usted aquí?
—No.
Bárbara White dejó escapar un largo suspiro y encendió un ciga-
rrillo, arrellanándose en la silla.
—Esta mañana Evelyn la doncella, al entrar en la habitación de
mi hija Katherine para despertarla porque no bajaba a desayunar, ha
visto que estaba vacía y que Katherine no había pasado la noche en
casa. Hace un par de días tuvimos una fuerte discusión y sospecho
que se ha fugado. Mi hija tiene diecisiete años, señor Carter, y no es
la primera vez que se escapa de casa...
—¿Qué hizo las otras veces? —preguntas.
—La primera vez fue hace dos años, también después de una
fuerte discusión, y regresó llorando al cabo de un par de horas des-
pués de que descubriera que no sabía qué hacer ni adónde ir. Aun-
que llamé a la policía, su intervención no fue necesaria... la segunda
vez también llamé a la policía, pero al ver que transcurrían las horas
sin que apareciese contraté a un detective que me recomendó el juez
Harvey, mi vecino. El detective la encontró al día siguiente cuando
se hallaba a punto de embarcarse en un autobús con destino a San
Francisco. Esa vez Katherine se llevó dinero y una maleta con ropa.
—¿Por qué no ha contratado esta vez al mismo detective?
—Era un hombre mayor y ya se ha jubilado. Harvey me dijo que
hablase con el capitán Banks, y él me dio su número de teléfono.

59
El caso White
—¿Por qué San Francisco?
—Lo cierto es que no lo sé. Es una ciudad grande... supongo que
Katherine pensaba que allí habría un lugar para ella.
—¿De qué discutieron entonces? ¿De lo mismo que hace dos
días?
La pregunta pareció coger desprevenida a la señora White, pues
tardó unos segundos en responder.
—¿Importa eso?
—Tal vez pueda darme una pista de dónde buscarla... Tras unos
instantes de duda, la señora White respondió:
—Kate es fruto de mi primer matrimonio y me culpaba del fra-
caso de este, haciéndome única responsable.
—¿Y es eso cierto? —Como un gancho directo a la barbilla, la
pregunta pareció dejar fuera de combate a Bárbara White durante
unos segundos, aunque enseguida reaccionó. Sin embargo su voz se
había vuelto más fría...
—Le pagaré sus honorarios habituales más una prima cuando
encuentre a mi hija. Si no me necesita más, tengo una cita en el
Club de Campo —dijo mientras se levantaba de la silla.
—Me gustaría examinar la habitación de su hija...
—Por supuesto —dijo, presionando un botón dorado que había
en la pared. Instantes después se abre la puerta por donde has entra-
do, haciendo su aparición Pingüino.
—James, acompañe al señor Carter hasta la habitación de Kate
—dice, dirigiéndose después a ti—. James le ayudará en lo que
necesite. Si me disculpa.
—Cómo no.
La señora White abandona la habitación, dejándoos solos a Pin-
güino y a ti. Este te mira como si acabase de verte por primera vez.
—¿En qué puedo ayudarle señor?
—Quiero examinar la habitación de Katherine.
—Sígame, señor —dice James mientras abandona la habitación
por la misma puerta por la que ha entrado.

Sigues a James fuera de la habitación. Pasa al 50.

60
Jordi Cabau Tafalla

61
El caso White

Una vez tras los bultos observas más atentamente a los dos hombres
que están descendiendo por la escalera. Uno de ellos es fácilmente
distinguible ¡es gigantesco! y, pese a su enorme tamaño, sus movi-
mientos no son torpes ni desmañados; viste un traje sin corbata y
lleva la cabeza descubierta. El otro hombre, solo un poco más bajo
que la media, parece un enano al lado del gigante. Viste traje con
corbata y lleva un sombrero echado hacia atrás; la expresión de su
rostro te recuerda vagamente a un roedor.
—He oído algo ¡seguro! —dice Cara de Rata.
—Yo no he oído nada... —responde el gigante.
—¡Tú no oyes ni tus propios pedos!
—¿No será que estás perdiendo? Por cierto —comenta el gigan-
te, contando con los dedos— ya me debes veinte dólares.
—¡Cállate y echa un vistazo por ahí! —responde malhumorado
Cara de Rata. Ambos se despliegan y empiezan a buscar entre los
trastos...

Haz una tirada por la habilidad de Disimulo para poder


permanecer oculto. Tienes un bonificador de -1 a la tirada
debido a la penumbra del lugar.

La fallas, ve al 116. Tienes éxito, ve al 307.

En un par de ocasiones tienes que saltarte un semáforo en rojo para


no perderle la pista al sedán oscuro. En un momento dado ves ve-
nir por tu derecha un camión, pisas a fondo el acelerador y cruzas
62
Jordi Cabau Tafalla
delante de él mientras oyes una serie de furiosos bocinazos que te
lanza el camionero mientras te alejas... pero tú no has dejado de ver
las luces del vehículo que seguías.
Finalmente ves a lo lejos como el vehículo se detiene junto a la
acera y apaga sus luces. Tú haces lo mismo y permaneces a la espe-
ra. El vehículo se ha detenido en la confluencia de la avenida Santa
Fe con la 55, en plena zona industrial de Los Ángeles.
Desde donde estás puedes ver que el vehículo se ha detenido
frente al único edificio de apartamentos que hay en la zona, ya que
el resto de edificios son naves industriales. No ves a nadie en la
calle y, aparte de tu auto, solo hay algunos camiones aparcados
pertenecientes a las industrias de la zona.

Bajas del coche. Pasa al 194.

—¡Alto! —ordenas cuando llegáis a la altura de la oficina.


Rodeándolos sin dejar de apuntarles echas un vistazo a través de
la puerta abierta que hay bajo la escalera que sube a la oficina. Pese
a la poca luz reinante, puedes distinguir una amplia habitación que,
en su día, debió de ser el vestuario de los trabajadores del almacén:
unos colgadores en la pared y unos destartalados bancos de madera
bajo estos lo atestiguan. Al fondo ves un par de puertas abiertas: un
inodoro y una ducha confirman tu impresión de que el lugar era un
vestuario sin ninguna otra salida que la puerta por la que observas.
Tu observación ha durado tan solo unos segundos...

... cuando un repentino movimiento a tu espalda hace que te


vuelvas rápidamente. Ve al 78.

63
El caso White

La parte baja de los ventanales está situada a unos tres metros de


altura. Echas un vistazo a tu alrededor para ver si hay algo que
pueda ayudarte. Observas un montón de sucias cajas de madera
apiladas al fondo del pequeño callejón. Con cuidado de no ensu-
ciarte, amontonas las cajas bajo uno de los ventanales fabricando
una improvisada escalera. Trepas con cuidado intentando alcanzar
el alféizar de uno de los ventanales.

Haz una tirada por la habilidad de Agilidad.

Si tienes éxito, ve al 268. Si fallas, ve al 314.

Pese a lo avanzado de la hora, la señora White todavía viste batín


y camisón de dormir. Su rostro ligeramente maquillado revela que
sus años rondan la cuarentena, aunque muy bien llevados. Va teñida
de rubio platino, siguiendo la moda del momento, aunque las gafas
de sol no permiten ver el color de sus ojos. Lleva una alianza en la
mano que sostiene la baraja, aunque te llama la atención el hecho
de que lleve dos anillos de prometida.
Tras unos instantes de silencio la señora White deposita la baraja
encima de la mesa, apaga nerviosamente el cigarrillo y, echándose
hacia atrás en la silla fija su mirada en ti como si te viera por pri-
mera vez.
—Así que usted es el detective ¿no? —su agradable voz dejaba
traslucir un cierto apresuramiento, como si tuviera ganas de acabar
con aquel encuentro lo antes posible.

64
Jordi Cabau Tafalla
—Sí —respondes lacónicamente.
—El trabajo que voy a encargarle es un asunto privado, y no
desearía ver a la prensa mezclada en este asunto. Banks me dijo
que podía confiar en usted ¿puedo hacerlo? —Al oír el nombre de
tu antiguo jefe comprendes qué haces allí.
—Puede hacerlo.
—¿Sabe por qué está usted aquí?
—No.
Bárbara White dejó escapar un largo suspiro y encendió un ciga-
rrillo, arrellanándose en la silla.
—Esta mañana Evelyn la doncella, al entrar en la habitación de
mi hija Katherine para despertarla porque no bajaba a desayunar, ha
visto que estaba vacía y que Katherine no había pasado la noche en
casa. Hace un par de días tuvimos una fuerte discusión y sospecho
que se ha fugado. Mi hija tiene diecinueve años, señor Carter, y no
es la primera vez que se escapa de casa...
—¿Qué hizo las otras veces? —preguntas.
—La primera vez fue hace dos años, también después de una
fuerte discusión, y regresó llorando al cabo de un par de horas des-
pués de que descubriera que no sabía qué hacer ni adónde ir. Aun-
que llamé a la policía, su intervención no fue necesaria... la segunda
vez también llamé a la policía, pero al ver que transcurrían las horas
sin que apareciese contraté a un detective que me recomendó el juez
Harvey, mi vecino. El detective la encontró al día siguiente cuando
se hallaba a punto de embarcarse en un autobús con destino a San
Francisco. Esa vez Katherine se llevó dinero y una maleta con ropa.
—¿Por qué no ha contratado esta vez al mismo detective?
—Era un hombre mayor y ya se ha jubilado. Harvey me dijo que
hablase con el capitán Banks, y él me dio su número de teléfono.
—¿Por qué San Francisco?
—Lo cierto es que no lo sé. Es una ciudad grande... supongo que
Katherine pensaba que allí habría un lugar para ella.
—¿De qué discutieron entonces? ¿De lo mismo que hace dos
días? Bárbara White tardó unos segundos en responder.
—¿Importa eso?

65
El caso White
—Tal vez pueda darme una pista de dónde buscarla... Tras unos
instantes de duda, la señora White respondió:
—Kate es fruto de mi primer matrimonio y me culpaba del fra-
caso de este, haciéndome única responsable.
—¿Y es eso cierto? —Como un gancho directo a la barbilla, la
pregunta pareció dejar fuera de combate a Bárbara White durante
unos segundos, aunque enseguida reaccionó. Sin embargo su voz se
había vuelto más fría...
—Le pagaré sus honorarios habituales más una prima cuando
encuentre a mi hija. Si no me necesita más...
—Me gustaría examinar la habitación de su hija...
—Por supuesto —dijo, presionando un botón dorado que había
en la pared. Instantes después se abre la puerta por donde has entra-
do, haciendo su aparición Pingüino.
—James, acompañe al señor Carter hasta la habitación de Kate
—dice, dirigiéndose después a ti—. James le ayudará en lo que
necesite. Si me disculpa.
—Cómo no.
La señora White abandona la habitación, dejándoos solos a Pin-
güino y a ti. Este te mira como si acabase de verte por primera vez.
—¿En qué puedo ayudarle señor?
—Quiero examinar la habitación de Katherine.
—Sígame, señor —dice James mientras abandona la habitación
por la misma puerta por la que ha entrado.

Sigues a James fuera de la habitación. Pasa al 50.

Un ligero chasquido indica que has logrado abrir la cerradura. Giras


el pomo y abres lentamente la puerta...
La habitación está desocupada, aunque alguien ha dejado encen-
dida una lamparita en la mesa que hay en el centro de la habitación.

66
Jordi Cabau Tafalla
Su débil luz deja gran parte de la pieza en penumbra pero, aun así,
resulta evidente que te hallas en el despacho del dueño del local: la
mesa de despacho hecha de caoba, un sillón forrado de cuero tras
ella, un archivador metálico, un par de silloncitos frente a una me-
sita baja, una caja fuerte bastante grande, un armario, algunos cua-
dros similares a los de la salita de estar, etc. Una espesa alfombra
cubre el centro de la habitación y las paredes se hallan recubiertas
de paneles de madera oscura de suelo a techo, dándole a la estancia
un aspecto distinguido. En la esquina sureste hay un lavabo con un
espejo rodeados por un biombo y en la pared este hay una ventana
a través de la cual solo se ve la oscuridad de la noche.
Procedes a examinar la habitación, cuidando de dejar cada cosa
en su sitio.

Haz una tirada de Observar.

La pasas, ve al 11.
No la pasas, ve al 304.

El local es de planta rectangular, con la entrada en el lado oeste, las


mesas dispuestas en dos hileras paralelas a las paredes norte y sur y
la barra del bar situada al fondo, ocupando casi toda la pared este.
Pero lo que te interesa está situado en la esquina sureste: en la
misma esquina hay un teléfono público de monedas y, a unos tres
metros de este y situada en la pared sur (paralela a la calle de la
papelera donde se depositó el dinero), hay una puerta con el cartel
de “Servicios”.
Aparte de la entrada es la única otra puerta que ves en el local.
El almacén del negocio parece ser la propia barra, detrás de la cual,
en el suelo, se amontonan las cajas con las bebidas que consumen
los parroquianos.
67
El caso White
Depositas tu cerveza en la barra y te diriges hacia los servicios
con la evidente intención de hacer uso de ellos.

Abres la puerta y entras. Pasa al 213.

Te acercas lentamente por su espalda intentando que no te vea. El


camionero se ha vuelto a girar a la camarera reclamándole su whis-
ky y no parece prestar atención a otra cosa: haz una tirada por la
habilidad de Sigilo con un bonificador de -1 a la tirada de dados.

Si tienes éxito, ve al 83. Si la fallas, ve al 94.

Sobre la mesa del despacho observas varios útiles de escritura y una


lámpara de latón con la pantalla de cristal verde, única fuente de
iluminación de la habitación. También hay un cenicero, una cajita
de laca conteniendo tarjetas de visita y un teléfono con diversos
botones.
En el suelo junto a la mesa ves dos maletas de tamaño mediano
y estás a punto de abandonar tu examen cuando hay algo que te
llama la atención en los paneles de madera de la pared oeste: una
puerta disimulada por estos. Por la disposición de la misma calcu-
las que debe de comunicar con la parte de atrás de la barra del bar.
Mientras la estás observando oyes cómo el individuo que hay tras
el biombo cierra el grifo y deja de silbar...

Pasa al 343.

68
Jordi Cabau Tafalla

Vuelves a hallarte en el vestíbulo de entrada, James gira a la dere-


cha y empieza a ascender por la escalinata, esta da un giro de ciento
ochenta grados y os encontráis en un amplio distribuidor al cual
van a dar todas las habitaciones del segundo piso. James rodea la
escalera y se dirige con decisión a una puerta que abre, colocándose
a un lado y haciéndote un gesto invitándote a entrar.
—La habitación de la señorita Katherine, señor.
Entras en la habitación y te detienes en el umbral, observándolo
todo detenidamente: se trata de una pieza bastante amplia pintada
con colores vivos y alegres, conservando todavía bastante el ca-
rácter de la típica habitación de niña pequeña: muñecas, juguetes,
etc. La habitación se halla amueblada con una cama, un par de ar-
marios, tocador, escritorio, un par de sillas y una mesita de noche.
Todo ello muy limpio y bien ordenado. La cama está hecha. En
una esquina de la habitación hay una puerta entreabierta por la que
puede verse un cuarto de baño.
Sin girarte a mirar al mayordomo, entras en la habitación y em-
piezas a pasearte abriendo y cerrando cajones. A veces apartas algo
de ropa y miras debajo, pero procuras no desordenar nada y dejarlo
tal y como estaba.

Si tienes éxito en una tirada por la habilidad Observación.


Pasa al 55. Si no lo tienes. Pasa al 60.

Pones en marcha el motor y te diriges hacia la dirección que ha


dicho el secuestrador. Intentas recordar qué es lo que hay en la con-
fluencia de la avenida Santa Fe con la 55, pero lo único que te viene

69
El caso White
a la mente es que está en plena zona industrial de Los Ángeles y
que cerca de allí confluyen varias líneas de trenes de mercancías.
Conduces en silencio y no habláis nada hasta que llegáis a vuestro
destino.
—Aquí es —dices, apagando el motor.
En toda la esquina solo hay un edificio de apartamentos ya que el
resto de edificios son naves industriales. No veis a nadie en la calle
y, aparte de tu auto, solo ves algunos camiones aparcados pertene-
cientes a las industrias de la zona. El edificio de apartamentos es
bastante antiguo, de principios de siglo, y muestra claros síntomas
de deterioro. La puerta de entrada está bloqueada por unos tablones
y no se ve ninguna luz en las ventanas: un gran cartel que hay en el
techo anuncia que todo el edificio está en venta.
Bajas del coche y te giras hacia la madre de Kate, por un mo-
mento estás a punto de decirle que permanezca dentro del auto has-
ta que tú regreses... pero sabes que no lo hará.
—Venga conmigo pero quédese todo el rato detrás de mí ¿en-
tendido?
—Sí.
Abres el maletero del coche y rebuscas entre los trastos que hay
acumulados en el mismo. Sacas una linterna eléctrica y una palan-
queta. Compruebas la linterna y ves que las pilas no están gastadas
del todo.
—Sosténgame esto —dices mientras le das la palanqueta a Bár-
bara—. Intente no abrirle la cabeza a nadie...
La mujer agarra con fuerza la palanca y ambos avanzáis hacia la
entrada el edificio. Una vez ante esta apartas un par de tablones que
hay sueltos y giras el pomo de la puerta... no te sorprende ver que
se abre. Ante ti solo ves oscuridad.
—Recuerde: siempre detrás de mí —dices a Bárbara...

... enciendes la linterna y penetras en el edificio. Pasa al 82.

70
Jordi Cabau Tafalla

La escalera finaliza en una puerta de madera cuya parte de arriba


está hecha de cristal translúcido. A través del cristal, puedes distin-
guir una figura sentada a lo que debe de ser una mesa.
Esperas unos instantes y decides entrar en acción: apoyas tu
mano en el pomo de la puerta mientras sostienes tu arma en la otra,
inspiras profundamente y abres la puerta de golpe...
Tu súbita irrupción ha pillado completamente desprevenido
al único ocupante de la habitación, dejándolo clavado en la silla.
Aprovechas ese breve instante de sorpresa para lanzar una rápida
mirada a tu alrededor: aparte de la mesa y la silla que ocupa, el
único mobiliario que hay en la habitación es otra silla y un viejo ar-
chivador metálico sobre el cual descansa un teléfono. Todo ello ilu-
minado por la cruda luz de una bombilla que cuelga del techo. Una
mampara de madera y cristal divide la habitación en dos, creando
otra pieza independiente a la que se accede por una puerta acrista-
lada situada a tu izquierda.
Te fijas en el tipo, ahora que lo tienes tan cerca: viste un traje ba-
rato y lleva un sombrero echado hacia atrás, la expresión de su ros-
tro te recuerda vagamente a un roedor y coincide con la descripción
que te dieron los vecinos del apartamento del chófer de los White.
—¿Y Kid? —pregunta. No parece especialmente impresionado
por tu arma, observando cada uno de tus movimientos.
—¡No muevas un músculo si no quieres sufrir una intoxicación
por exceso de plomo! —dices amenazadoramente.
En ese momento, un gemido proveniente del otro lado del mam-
paro te recuerda lo que has venido a buscar.
—¡Las manos encima de la mesa! —el cañón de tu arma no deja
de apuntarle mientras avanzas lentamente hacia la puerta del fondo
sin quitarles un ojo de encima.
Cuando llegas a la puerta la abres sin dejar de vigilarle.
—¡Quieto! —vuelves a insistir mientras lanzas una rápida mi-
rada al interior.

71
El caso White
En los pocos segundos que has observado la pieza has podido
ver que, en esta, solo hay una mesa de despacho, con una lámpara
y un sillón de madera tras él... y, en un rincón, una figura humana
tumbada sobre unas viejas mantas.
Captas un movimiento por el rabillo del ojo, y te giras rápida-
mente... para descubrir que Cara de Rata acaba de lanzar algo con-
tra ti a la velocidad del rayo.

Haz una tirada de Agilidad.

Si tienes éxito, pasa al 89. Si no lo tienes, ve al 114.

“¡W.C.!” Abres con cuidado la puerta, comprobando el cartel no


miente: una antecámara con espejo y lavabo y dos puertas abiertas
que comunican con sendos retretes. Dos ventanucos dejan entrar
algo de claridad que te permite verificando que no hay nada de inte-
rés allí, por lo que cierras la puerta y sigues tu camino. Unos pocos
metros más adelante hay otra puerta a tu derecha, a la débil luz de
una cerilla puedes ver que hay una estrella dorada clavada en ella.

Abres la puerta con cuidado. Ve al 326.

Después de haber avanzado unos cuarenta metros por el sinuoso


sendero llegas ante una casita baja hecha de ladrillo rojo y recubier-
ta de tejas del mismo color. Tendrá unos cinco por cinco metros y el
sendero desemboca frente a una puerta de madera pintada de color
verde. Te acercas a la puerta y llamas con los nudillos, al cabo de
unos segundos oyes la voz de un hombre.

72
Jordi Cabau Tafalla
—¡Ya va! ¡Ya va! —Instantes después se abre la puerta y fren-
te a ti tienes a un hombre de unos sesenta años, de pelo y bigote
blancos como la nieve, ojos castaños y gafas gruesas. Parece tan
sorprendido de verte allí que casi se le cae la pipa que está fumando
de la boca. —¿Y usted quién diablos es?
—Mi nombre es David Carter. La señora White me ha contrata-
do para buscar a su hija. Desearía hacerle algunas preguntas, si no
está muy ocupado ¿puedo pasar, señor...?
—Wolfkin! ¡Henry Wolfkin! No sé cómo podré ayudarle, señor.
Pero pase, pase —dice mientras se hace a un lado, invitándote a
entrar.
Una vez dentro de la casita aprovechas para echar un vistazo
al reino de Henry, el jardinero. El ambiente es agradable, en un
rincón arde una estufa de leña junto a la cual hay una mesa y una
silla desvencijadas. De un perchero cuelga un viejo abrigo y sobre
la mesa puedes ver algunas herramientas y un aparato de fumigar
desmontado. Apoyados y colgados en las paredes hay gran varie-
dad de utensilios para el cuidado del inmenso parque de los White:
un enorme cortacésped, sacos de semillas, palas, rastrillos, es-
caleras de mano, botes de pintura, útiles para la limpieza y cuidado
de la piscina, etc...
Henry Wolfkin viste una vieja camisa de cuadros, un gastado
pantalón de pana y unas botas de goma de media caña, sobre todo
ello lleva un delantal impermeable de color verde.
—Solo hay una silla —dice— pero si quiere sentarse…
—No gracias, permaneceré de pie... ¿usted solo se encarga de la
selva de ahí fuera?
—No —dice sonriendo—. Dos o tres veces al año la señora
White contrata a media docena de peones para que me ayuden en
las tareas más pesadas. Yo solo realizo trabajos de mantenimiento y
conservación ¡y aun así no doy abasto!
—¿Puede decirme algo acerca de la desaparición de la señorita
White?
—Lo cierto es que me he enterado no hace mucho, cuando he ido
a la cocina a pedirle algo de comer a la señora María, la cocinera.

73
El caso White
—¿Ha visto algo inusual por el jardín estos días? Tal vez en su
momento no le diese importancia...
—Pues no... —dice pensativo el jardinero— lo cierto es que no...
—Si se acuerda de algo, hágamelo saber a través de James.
—Lo haré señor Carter, lamento no haberle podido ser de ayuda
—Henry Wolfkin parece sincero.
—No se preocupe, y gracias por su ayuda.

Sales al exterior con la sensación de no haber aprovechado


mucho el tiempo... Regresas al claro tras la casa. Pasa al 230.

—¿Conoce usted bien a la señorita Katherine? —comentas al


mayordomo, que ha permanecido en el umbral de la puerta mien-
tras realizas tu tarea de examinar la habitación.
—Hace diez años que trabajo aquí, señor.
—¿Y?
—La señorita Banner es una joven inteligente, amable y muy
agradable.
—... Sin embargo, parece que no se lleva del todo bien con su
madre... ¿cómo ha dicho? ¿Banner?
—Es el apellido del primer marido de la señora White, el señor
Douglas Banner.
—¿Qué fue de él? ¿Murió?
—No, el señor Banner y la señora White se divorciaron.
—¿Primer marido?
—Hace cinco años la señora volvió a casarse con el señor Tho-
mas White. De hecho, señor, el nombre de soltera de la señora es
Bárbara Fenwick.
—¿Dónde se encuentra ahora el señor White?
—En su despacho de la ciudad.
—¿Está informado de lo sucedido a la señorita Katherine?

74
Jordi Cabau Tafalla
—La señora se ha encargado de comunicárselo.
Algunos pequeños detalles decorativos te han hecho observar que
la joven que ocupa esta habitación es ya toda una mujer con ideas
propias. Tu registro te ha confirmado que Kate se ha llevado una
maleta con algunos de sus trajes más sencillos y elementos de aseo.
No has encontrado ningún diario ni ninguna pista de adónde pueda
haberse ido la joven. El cuarto de baño era moderno y muy limpio,
de allí solo has podido observar que faltan algunos objetos de aseo
personal, así como un par de toallas. Aparte de ello, lo único que
te ha llamado verdaderamente la atención es un levísimo olor a
colonia masculina barata en un par de las prendas de uno de los
armarios. La clase de colonia que no usaría un hombre del círculo
de conocidos de Katherine.
Tu inspección de la habitación ha terminado, sales de esta y te reú-
nes con James mientras meditas en las conclusiones que has podido
sacar de tu examen.

Pasa al 65.

Consigues auparte hasta alcanzar el alféizar del ventanal. Sacas un


pañuelo del bolsillo y limpias el sucio cristal para poder echar un
vistazo al interior.

Realiza una tirada por la habilidad de Observar.

Si tienes éxito, ve al 68.


Si la fallas, dirígete al párrafo 93.

75
El caso White

—¿Diga? —dice Bárbara White con un hilo de voz.


—Un caballero pregunta por el señor White, señora, dice que
este está esperando su llamada —comenta el mayordomo.
—Pásemelo, James —responde la mujer—. ¿Oiga? ¿Hay al-
guien ahí?
Tras unos segundos de silencio, se oye la voz apagada y lejana
de un hombre. Casi podrías asegurar que está hablando a través de
un pañuelo colocado encima del auricular.
—Quiero hablar con el señor White. ¿Quién es usted? —Pese
a lo difícil de la escucha, puedes distinguir claramente el tono de
contrariedad.
—Soy Bárbara White... la madre de Katherine.
—Que se ponga Thomas White —ordena la voz.
“Dígale lo del incendio y que no está” murmuras al oído de Bár-
bara, “dígale que si quiere negociar deberá hacerlo con usted”; la
mujer asiente y sigue hablando.
—... Mi marido no está en este momento. Su fábrica se ha in-
cendiado esta noche y ha tenido que ausentarse. Si quiere negociar
deberá hacerlo conmigo... —Pese a la tensión del momento, Bár-
bara consigue transmitir cierta autoridad cuando dice estas últimas
palabras. Transcurren algunos instantes de silencio hasta que vuel-
ve a escucharse la voz.
—¿De qué incendio me habla? ¡No trate de engañarme o su hija
lo pasará mal! —Las circunstancias no son las mejores, pero po-
drías asegurar de que vuestro interlocutor es sincero al extrañarse
por lo del incendio.
—¡No le engaño, se lo juro! ¡No le haga daño a mi hija! —res-
ponde casi llorando Bárbara. El secuestrador tarda unos instantes
en decidirse, pero al fin responde.

76
Jordi Cabau Tafalla
—... Bien... escúcheme atentamente, le diré lo que debe de ha-
cer, tome nota...
—Sí... —responde Bárbara, señalándote un bloc de notas y un
lápiz plateado que hay junto al teléfono.
—Meta el dinero en una bolsa de papel de modo que abulte lo
menos posible. Si es necesario, métalo en varias bolsas no mayores
de un palmo de largo. Esté esta tarde a las cinco en la esquina que
hay entre la calle Vance y la avenida Brown. Allí hay una cabina
telefónica: permanezca junto a ella y a las cinco en punto recibirá
una llamada dándole más instrucciones. ¿Entendido?
Apuntas rápidamente el nombre de las calles y, antes de que ha-
yas terminado, Bárbara
White se dirige al secuestrador.
—... Lo he entendido, pero antes querría hablar con mi hija para
asegurarme de que está bien.
—Eso no es posible —dice la voz.
—¡Si no puedo hablar con mi hija llamaré a los federales y usted
no tendrá el dinero!
Incluso a ti te sorprende la autoridad y firmeza con que Bárbara
ha dicho estas últimas palabras. Transcurridos unos segundos, oyes
de nuevo la voz del secuestrador.
—Espere...
Al cabo de unos instantes, una voz femenina se oye al otro lado
de la línea.
—¿Mamá? ¿Eres tú mamá? —la voz parece confusa y desorien-
tada pero, a diferencia de la del secuestrador, esta vez se oye con
toda nitidez.
—¡Kate! ¿Estás bien? —responde emocionada la señora White.
—Estoy mareada... me han dado algo... tengo los ojos tapados.
Hace frío y tengo mucho miedo... —dice la joven sollozando—
perdóname por haberme escapado, mamá... te quiero...
—Yo también te quiero hija; no hay nada que perdonar —las
lágrimas acuden a los ojos de Bárbara—. Tranquila; mamá se ocu-
pará de todo.
77
El caso White
—... No me han hecho daño... hay uno muy alto que... —la voz
se interrumpe bruscamente, siendo sustituida al cabo de unos se-
gundos por la del secuestrador.
—Como puede oír, su hija está bien. Haga lo que le he dicho
y no llame a la policía. —La comunicación se interrumpe brusca-
mente, han colgado.
Permaneces callado mientras Bárbara White llora en silencio,
al cabo de unos instantes se seca las lágrimas con la punta de un
pañuelo y te mira con los ojos enrojecidos.
—Era ella ¿verdad? —dices, mientras la mujer responde afirma-
tivamente con la cabeza.
Echas un vistazo al reloj de encima de la chimenea: tienes algo
más de cuatro horas hasta las cinco de la tarde para intentar averi-
guar dónde se halla Katherine...

... Enciendes un cigarrillo y te pones a pensar. Pasa al 88.

Haces un gesto hacia las escaleras con el cañón de tu arma.


—¡Venga! ¡Abajo! —encañonándolo con tu arma le obligas a
meterse en el vestuario donde su compañero permanece retenido.
Cierras la puerta a sus espaldas y vuelves a colocar el trozo de hie-
rro que te avisará si intentan salir.
Asciendes los escalones, entras en la oficina...

... y te diriges a la figura tumbada en el suelo. Pasa al 331.

78
Jordi Cabau Tafalla

En un gesto estudiado, te levantas lentamente de la mesa y das dos


pasos acercándote a él lentamente.
—Será mejor que se marche, amigo —dices en tono amenaza-
dor.
—¿Ah, sí? —dice el borracho, levantándose del taburete—. ¿Tú
también quieres besar el suelo, héroe? —dice con una sonrisa ame-
nazadora.
—¿Y tú quieres acabar dos metros debajo de él? —dices mien-
tras sacas tu arma y la montas con un chasquido amenazador.
—Oiga, amigo —dice el borracho levantando las dos manos
ante él— no quiero problemas. —La vista del cañón de tu arma
apuntándole directamente al pecho parece haberle puesto sobrio de
repente.
—Pues para no querer problemas, te lo montas muy mal amigo
—tu voz se vuelve amenazadora de repente—. Fuera. Ya.
No necesitas decirlo dos veces; el tono que has empleado, refor-
zado con el arma que empuñas, parece ponerle alas en los pies. Una
vez el camorrista fuera del local guardas tu arma y ayudas a Bert a
ponerse en pie.
—Trae algo de hielo en una bolsa —le dices a la camarera,
que se apresura a entrar en la cocina a por lo que le has pedido—.
¿Cómo te encuentras, amigo?
—¿Qué ha pasado? —dice Bert llevándose una mano a la man-
díbula. Lo acompañas hasta una mesa y lo sientas a una silla.
—Digamos que si naciste para martillo, del cielo te caen los
clavos.
—¿Cómo? —gruñe.
—Ponte esto en la cara y di ouch! —dices mientras le acercas al
rostro el hielo que te ha traído la camarera.

—¡OUCH! —gime el chófer. Ve al 141.

79
El caso White

—¿Conoce usted bien a la señorita Katherine? —preguntas al


mayordomo, que ha permanecido en el umbral de la puerta mien-
tras realizas tu tarea de examinar la habitación.
—Hace diez años que trabajo aquí, señor.
—¿Y?
—La señorita es una joven inteligente, amable y muy agradable.
—... Sin embargo, parece que no se lleva del todo bien con su
madre... —comentas en voz baja—. Por cierto ¿dónde se encuentra
ahora el señor White?
—En su despacho de la ciudad.
—¿Está informado de lo sucedido a la señorita Katherine?
—La señora se ha encargado de comunicárselo.
Algunos pequeños detalles decorativos te han hecho observar
que la joven que ocupa esta habitación es ya toda una mujer con
ideas propias. Tu registro te ha confirmado que Kate se ha llevado
una maleta con algunos de sus trajes más sencillos y elementos de
aseo. No has encontrado ningún Diario ni ninguna pista de adónde
pueda haberse ido la joven. El cuarto de baño era moderno y muy
limpio, de allí solo has podido observar que faltan algunos objetos
de aseo personal, así como un par de toallas.
Tu inspección de la habitación ha terminado, sales de esta y te
reúnes con James mientras meditas en las conclusiones que has po-
dido sacar de tu examen.

Pasa al 65.

80
Jordi Cabau Tafalla

El tono de tu voz y tu actitud conciliadora parece que atraviesan las


brumas del alcohol que enturbian su cerebro. El borracho parece
darse cuenta de lo que acaba de hacer y empieza a balbucear una
disculpa...
—Yo no quería... lo siento... acaban de despedirme...
—Lo comprendo —dices— hay días que lo mejor sería no le-
vantarse de la cama; pero seguro que tiene a alguien que le necesita
ahí afuera más que aquí, bebiendo...
—Tiene razón... —musita mientras se levanta y hace ademán de
pagar.
—Déjelo —dice la camarera— invita la casa.
El camionero murmura un “Gracias” mientras sale con paso in-
seguro del local. Mientras tanto tú ayudas a Bert a ponerse en pie.
—Trae algo de hielo en una bolsa —le dices a la camarera,
que se apresura a entrar en la cocina a por lo que le has pedido—.
¿Cómo te encuentras, amigo?
—¿Qué ha pasado? —dice Bert llevándose una mano a la man-
díbula.
Lo acompañas hasta una mesa y lo sientas a una silla.
—Digamos que si naciste para martillo, del cielo te caen los
clavos.
—¿Cómo? —gruñe.
—Ponte esto en la cara y di ¡ouch! —dices mientras le acercas al
rostro el hielo que te ha traído la camarera.

—¡OUCH! —gime el chófer. Ve al 141.

81
El caso White

El tono dubitativo de voz de James te alertó.


—¿Tal vez usted vio algo inusual?
—No, no es eso... pero esta mañana no ha venido Ricardo, el
chófer, por lo que no puedo decirle si él vio algo inusual anoche.
—¿Ha llamado para justificar su ausencia?
—No —por primera vez, el tono de voz del mayordomo mostró
alguna emoción, esta vez para indicar falta de interés por todo lo
relacionado con el chófer.
—¿Se ha puesto en contacto con él?
—No dispone de teléfono.
—Por cierto, ha dicho Ricardo ¿de dónde es el chófer?
—Es mejicano, como la cocinera, María.
—¿Son parientes?
—No. No tienen nada que ver... —poco le faltó para añadir
“Gracias a Dios”.
—¿Podría hablar con el resto del servicio?
—Como guste ¿quiere que los convoque en el salón?
—No. No será necesario ¿dónde puedo encontrarles?
—María, la cocinera; y Evelyn, la doncella; en la cocina o en la
salita para el servicio anexa a esta. Henry, el jardinero, suele rondar
por la propiedad, aunque es fácil encontrarlo en el cobertizo donde
guarda sus herramientas. Ricardo suele estar en el garaje o en la
salita para el servicio cuando no se encuentra conduciendo para uno
de los miembros de la familia.
—Gracias James, si le necesito ya le buscaré. —James no pa-
reció muy convencido de vuestra separación—. No se preocupe,
sabré encontrar el camino.

James se aleja escaleras abajo. Pasa al 80.


82
Jordi Cabau Tafalla

La detonación del disparo suena como un cañonazo en la pequeña


habitación, Cara de Rata se queda congelado al oír el disparo.
—¡No dispare! ¡No dispare! —dice Kid levantando las manos
por encima de su cabeza con expresión asustada.
—¡La próxima bala sí que dará en el blanco! —dices, convir-
tiendo tu fallo en una amenaza.
—Sí, señor —responde el gigante mansamente.

Cara de Rata te mira con odio, pero termina levantando las


manos por encima de su cabeza. Pasa al 32.

Dejas el rumor de la conversación de Studs y Bill a tus espaldas y,


a la luz de las lámparas que iluminan el pasillo echas un vistazo a
las tres puertas que hay a tu derecha. La primera tiene un cartelito
en la puerta: W.C. Abres con cuidado, comprobando que el cartel
no miente: ves una antecámara con espejo y lavabo y dos puertas
abiertas que comunican con sendos retretes. Dos ventanucos dejan
entrar algo de aire fresco y un rápido vistazo te confirma que no hay
nada de interés allí, por lo que cierras la puerta y echas un vistazo
a las otras dos. Observas que hay una estrella dorada clavada en
cada una de ellas. Armándote de valor llamas a la primera con los
nudillos...

... y la abres a continuación. Ve al 259.

83
El caso White

—¿Qué otros miembros de la familia viven en la casa? —co-


mentas a James.
—Solo el señor y la señora White y Katherine, señor.
—¿Cuánto personal compone el servicio?
—Cinco personas: la doncella, la cocinera, el chófer, el jardinero
y yo mismo, señor.
—Deje de llamarme “señor” ¿todos duermen en la casa?
—No, señ... No, solo yo. Dispongo de una habitación en la plan-
ta baja, junto a la cocina.
—¿Qué horario realizan?
—De siete de la mañana a diez de la noche.
—¿Quién fue la primera persona en darse cuenta de la falta de
la señorita?
—La doncella, Evelyn. La señora la envió a despertar a la seño-
rita Kate al ver que esta no bajaba a desayunar.
—¿A qué hora tuvo lugar eso?
—Sobre las once de la mañana.
—¿Alguien del servicio le ha comunicado si anoche vio algo
inusual en el comportamiento de la señorita Katherine?
—No...

Si tienes éxito en una tirada de la habilidad Observación


pasa al 62. Si no lo tienes pasa al 75.

Una vez fuera, los padres de Kate se te acercan y te preguntan in-


trigados.
—¿Qué es todo eso del chófer, los dos tipos y la fuga a Oklaho-
ma? —pregunta intrigado Thomas White.
84
Jordi Cabau Tafalla
—Dakota —respondes— y es un nombre artístico.
—No nos lo ha dicho todo, señor Carter —dice la señora White.
—Lo cierto es que su hija tenía pensado fugarse con el chófer
de la familia, Ricardo Ortiz. Sospecho que iban a irse a Méjico y,
una vez allí, Ricardo utilizaría su influencia sobre Kate para casarse
con ella.
—¡Pero si es menor de edad! —dice Bárbara.
—Hay lugares en los que no piden el certificado de nacimiento
para casarse, señora White. Me parece que esta parte del plan era
ignorada por su hija aunque, una vez en Méjico, estaría completa-
mente a merced de Ricardo. Creo que la auténtica intención de este
era, una vez celebrado el matrimonio, exigirles a ustedes una gene-
rosa compensación económica para deshacer el entuerto.
Thomas White lanza una maldición.
—¡Cómo le ponga las manos encima!
—No creo que vuelva a aparecer por aquí... —comentas.
—Pero eso no explica lo del secuestro de Kate... —dice Bárbara.
—Ricardo estaba metido en varios asuntos turbios y unos indivi-
duos nada recomendables le buscaban para satisfacer una deuda de
juego —respondes— Kate se encontró en el peor lugar y en el peor
momento, eso es todo.
Transcurren unos instantes de silencio.
—¿Qué podemos hacer ahora? —dice Bárbara White.
—Pueden tratar de olvidarlo todo e intentar rehacer sus vidas.
Tienen doscientos mil dólares menos, pero no creo que eso les su-
ponga ningún trauma, o...
—¿Qué... ? —interroga Thomas.
—Pueden intentar llegar hasta el final del asunto y pretender que
los que le han hecho daño a Kate paguen por ello. En ese caso hay
dos opciones, o sigo investigando por mi lado hasta hallar a los cul-
pables y luego nos ponemos en contacto con la policía, o llamamos
directamente a la policía y les comunicamos todo lo que sabemos y
que ellos sigan a partir de ahí...

¿Has visitado los párrafos 390 y/o 300?

85
El caso White
Si es así, dirígete inmediatamente al 159.
En caso contrario, pasa al 181.

...Hay dos sitios donde has encontrado un envoltorio de carame-


lo de iguales características al que acabas de ver en el servicio. Uno
es el apartamento del chófer de los White... y el otro es el callejón
que hay tras el “Blue Iguana”...
—Bien, permanezca en su casa junto al teléfono. La llamaré
poco después de las ocho para saber qué le han dicho. No haga
nada hasta entonces ¿entendido?
—Sí ¿cree que Kate estará bien?
—Por supuesto —mientes— esté tranquila.
—Gracias —responde Bárbara White con un hilo de voz.
Cuelgas y enciendes un cigarrillo. “No estaría de más echar un
nuevo vistazo a ese callejón...”, piensas. Te acercas a la barra del
bar y depositas unas monedas para pagar tu cerveza. El camarero
te saluda con un gruñido y abandonas el local con destino al “Blue
Iguana”...

... al cabo de pocos minutos estás frente al club nocturno.


Pasa al 177.

El cristal está sucio y dentro está oscuro, pero aun así puedes dis-
tinguir unos muelles de carga vacíos y lo que parece ser la oficina
del almacén. Esta se encuentra en una esquina del local, a unos
tres metros del suelo, y se accede a ella por una empinada escalera
de madera; los bajos están ocupados por otra dependencia, proba-
blemente servicios o vestuarios para los trabajadores. Al principio

86
Jordi Cabau Tafalla
no ves nada más que te llame la atención pero, por un instante, te
parece escuchar el sonido de unos pasos sobre un suelo de madera
proveniente de la oficina. “En teoría el almacén debería estar des-
ocupado”, piensas; te llevas la mano al bolsillo comprobando que
tu arma sigue allí.

Pasa al 172.

Un gemido de Vince te indica que has acertado pese a la dificultad


de la situación. Desgraciadamente Vince Frattini no es un oponente
cualquiera, deberás llevar a cabo un total de tres aciertos en la ha-
bilidad de Disparar para neutralizarle. Por suerte para ti, ya llevas
uno.

Tienes una penalización de -2 a la habilidad de Disparar debido a


la oscuridad y a que Vince se ha ocultado entre los arbustos.
Además, cada vez que falles significará que Vince
te ha devuelto el fuego con éxito.

Con un revólver de calibre 22 que llevaba oculto en su pantorrilla


izquierda (si previamente le obligaste a deshacerse del arma que
ocultaba bajo el brazo), causándote 1D6+2 puntos de daño por im-
pacto.

Con una pistola automática de calibre 45 que ocultaba bajo el bra-


zo (si no la has visto antes), causándote 2D6 puntos de daño por
impacto.

Si pierdes el combate, ve al 399.


En caso que le derrotes, ve al 400.

87
El caso White

Sigues a James fuera de la cocina. Cruzáis el pasillo, el distribuidor


posterior y entráis en el recibidor principal. Una vez allí, James se
dirige a las puertas dobles que hay en la pared sur, las abre y te hace
un gesto para que entres.
Todas las paredes de esta habitación se hallan cubiertas por es-
tanterías de roble llenas de libros, solo se salvan el espacio ocupado
por un ventanal situado en la pared este y una puerta doble que hay
en la pared sur.
Un rápido vistazo a los lomos de los libros te revela que casi
todos son ediciones de clásicos encuadernadas en piel compradas a
metros con el único fin de llenar la biblioteca, cosa que deduces por
su evidente falta de uso.
Aparte de la función decorativa de dichos libros, ves que una
parte de la biblioteca está llena de libros más dispares, probable-
mente aquellos que responden a las inquietudes intelectuales de los
White. Así puedes ver libros referentes a temas tan diversos como
el polo, el tenis y el bridge; libros acerca de la navegación a vela y
viajes a países exóticos y otra sección en la que hallas temas como
el Tíbet, la Cruz Roja, la Revolución rusa, el jazz, el cine, etc.
Un par de cómodas butacas junto a una mesita y un piano de cola
completan la decoración de la pieza.
James hace el gesto de que le sigas junto al piano: sobre este
ves un montón de fotografías enmarcadas en las que puede verse
a la familia White solos o en conjunto en multitud de lugares y en
diversas épocas de su vida.
—Escoja la que guste —te dice el mayordomo.
Te acercas al piano.

Pasa al 310.

88
Jordi Cabau Tafalla

De camino a la mansión de los White haces una rápida parada en tu


despacho para coger tu arma. “Demasiadas cosas me indican que
sería una imprudencia salir sin ella”, piensas. Regresas a tu auto y
sigues camino hacia la mansión de los White.

Pasa al 174.

—Sí, por ejemplo tú —dice el camionero mientras se te acerca


con aire amenazador.
Pese a que has intentado evitarlo, es evidente que tendrás que
pelear contra el camionero borracho; por suerte, su estado de em-
briaguez te facilita las cosas.

CAMIONERO BORRACHO

Resistencia: Con dos aciertos es suficiente para vencerle.


Bonificador de +1 a la habilidad de Agilidad (A causa de su
embriaguez). Daño: 4 (Pese a estar borracho, es muy fuerte).

Si le vences, pasa al 128. Si eres derrotado ve al 139.

“¡Click!” La cerradura cede por fin a tus intentos. Miras a tu alre-


dedor y no ves a nadie, por lo que empujas con cuidado la puerta,
que se abre silenciosamente hacia adentro. “Qué extraño”, obser-

89
El caso White
vas, “las bisagras están engrasadas”: un dato más a añadir a la lista
de curiosidades de este caso.
Entras en el almacén, cerrando la puerta a tus espaldas. Perma-
neces quieto unos instantes
hasta que tus ojos se acostumbran a la penumbra. Distingues un
muelle de carga vacío y restos dispersos de embalajes y cajas de
madera. Todo ello con aspecto de llevar mucho tiempo allí abando-
nado. Lo único destacable es lo que parece ser la oficina del alma-
cén. Esta se encuentra en una esquina del local, a unos tres metros
del suelo, y se accede a ella por una empinada escalera de madera;
los bajos están ocupados por otra dependencia, probablemente ser-
vicios o vestuarios para los trabajadores. Encaminas tus pasos hacia
allí.

Pasa al 28.

Poco a poco consigues situarte a una docena de pasos a su espalda.


Sacas el arma, te incorporas y con voz tranquila, pero firme, te di-
riges al individuo.
—... Buena noche para pescar. ¿Qué? ¿No pican?
Este deja caer la cuerda sobresaltado, pero permanece inmóvil
frente a ti.
—Levante las manos y dese la vuelta lentamente —ordenas— le
estoy apuntando con un arma. El tipo te obedece.
—Quieto —le dices. Aprovechas la claridad de las estrellas y la
poca distancia que os separa para examinarlo detenidamente.
Frente a ti tienes a un hombre relativamente joven, de unos trein-
ta y pocos años, pelo negro y ojos oscuros. Es un poco más alto que
la media y de una cierta delgadez, va vestido con un traje de cierta
calidad y en su rostro de rasgos afilados puedes ver una delgada ci-

90
Jordi Cabau Tafalla
catriz en la mejilla izquierda. Te fijas que él también ha aprovecha-
do para examinarte a ti... y que no parece especialmente nervioso
de tener un arma apuntándole directamente al pecho.

Haz una tirada de Observar.

Si tienes éxito, ve al 164.


En caso contrario, ve al 357.

—¿Podría hablar con el resto del servicio?


—Como guste ¿quiere que los convoque en el salón?
—No. No será necesario ¿dónde puedo encontrarles?
—María, la cocinera; y Evelyn, la doncella; en la cocina o en la
salita para el servicio anexa a esta. Henry, el jardinero, suele rondar
por la propiedad, aunque es fácil encontrarlo en el cobertizo donde
guarda sus herramientas. Ricardo suele estar en el garaje o en la
salita para el servicio cuando no se encuentra conduciendo para uno
de los miembros de la familia.
—Gracias James, si le necesito ya le buscaré —James no pa-
reció muy convencido de vuestra separación—. No se preocupe,
sabré encontrar el camino.

James se aleja escaleras abajo. Pasa al 80.

Apenas han pasado unos pocos minutos desde que has abandonado
el local. Por suerte dejaste la puerta abierta, por lo que no tienes
que preocuparte en buscar un modo de volver a entrar al mismo.
Entras con el arma preparada y con todos tus sentidos alerta, aun-

91
El caso White
que enseguida observas que la puerta del vestuario sigue cerrada...
los dos secuestradores no parecen ser muy valientes. “Mejor para
mí”, piensas.
Te acercas sigilosamente a la puerta, pues oyes voces provinien-
do del interior.
—¿Y si todavía está fuera, Bugs? —dice el grandullón con un
deje de temor en la voz.
—¡Ese ya está a diez millas de aquí! —responde despectiva-
mente Bugs—. ¡No quiero estar aquí dentro cuando regrese Reno!
¡Y menos cuando no encuentre ni a la chica ni el dinero!
“¡El dinero!”, maldices mentalmente, “¡lo había olvidado! No
recuerdas haber visto ninguna bolsa con aspecto de contener el di-
nero... aunque tampoco registraste los cajones del archivador, ahora
que lo piensas.
Te escondes tras la esquina que forman las paredes de la oficina
y esperas... al cabo de unos instantes oyes cómo cae con estrépito
el trozo de metal que colocaste apoyado en la puerta del vestuario.
Una exclamación de sorpresa seguida de una maldición te ha-
cen sonreír, pero sigues esperando el momento propicio... en ese
momento oyes el ruido de un auto entrando en el callejón. Apenas
tienes tiempo de esconderte en la oscuridad antes de que se abra la
puerta del almacén.

Pasa al 212.

Al parecer, arriba no hay más de dos individuos; están jugando al


póquer para pasar el rato y toda su conversación parece girar en tor-
no a ese tema. De todos modos puedes escuchar sus nombres: uno
de ellos, de voz baja y suave, parece llamarse “Bugs”; el otro, de
voz grave y poderosa, responde al nombre de “Kid”. Permaneces
92
Jordi Cabau Tafalla
unos instantes más escuchando y, al no oír nada nuevo, concentras
tu atención en la puerta que hay junto a ti, justo debajo de la esca-
lera.

Pasa al 161.

...para descubrir que Cara de Rata acaba de lanzar algo contra ti a


la velocidad del rayo.

Haz una tirada de Agilidad.

Si tienes éxito, ve al 132. Si la fallas, ve al 137.

“Es evidente que los White ignoran el macabro contenido de su


piscina”, piensas, “y es indudable que el cadáver que encontré es
el chófer de la familia, Ricardo Ortiz. Pero ¿quién lo mató?, ¿y por
qué? Reno seguía buscando al chófer al día siguiente de que este
hubiese muerto; además, el mejicano solo le debía dinero, necesi-
taba dejarlo vivo si quería cobrarlo. No creo que sean Reno y sus
secuaces quienes hayan matado al chófer. Lo cierto es que un ase-
sino entró hace dos noches en el jardín de los White y estranguló
a este, y ese asesino sigue libre. Si no lo atrapo los White podrían
estar en peligro”
Te encuentras sumido en estos pensamientos cuando aparece Ja-
mes, el mayordomo.
—¿Se marcha ya, señor?

93
El caso White
—Sí...
—Quería darle las gracias por haber traído de vuelta a la señorita
Katherine, señor. Todos en esta casa la apreciamos mucho.
—No tiene por qué dármelas, es mi trabajo. ¿Podría hacerle unas
preguntas, James? Hay un asunto que me intriga, pero preferiría
que hablásemos en otro sitio más reservado, no aquí, en medio del
recibidor.
James te mira extrañado, pero hace un gesto indicando que le
sigas.

—Por aquí, Señor. Pasa al 126.

Estás solo en el distribuidor de la segunda planta. Por un amplio


ventanal entra la luz del sol que te permite ver que hay cinco puer-
tas que dan a esta pieza de la casa. Una de ellas ya sabes adónde
dirige: al cuarto de Katherine. Las escaleras no suben más, no hay
un tercer piso. El distribuidor se halla recubierto en parte por una
alfombra hecha a medida. Observas que en el techo, frente a la
única ventana de la pieza, hay una trampilla que seguramente lleva
al tejado. Algunos cuadros adornan sus paredes y, aunque parecen
más sencillos que los que has visto en la planta baja, no dejan por
ello de carecer de atractivo y buen gusto.
Permaneces unos instantes en silencio pero no oyes nada salvo
el tic tac de un gran reloj situado en un rincón. ¿Bajas a la planta
baja o decides explorar el lugar?

Si decides lo primero, pasa al 85.


Si decides lo segundo, pasa al 90.

94
Jordi Cabau Tafalla

De hecho la puerta está abierta pero, debido a la oscuridad reinante,


no puedes ver lo que hay en el interior. Una repentina idea viene a
tu mente: tanteas junto al marco de la puerta buscando un interrup-
tor, tus dedos tropiezan con uno y lo accionas. Una débil bombilla
ilumina la habitación, a la luz de esta descubres una amplia habita-
ción que, en su día, debió de ser el vestuario de los trabajadores del
almacén: unos colgadores en la pared y unos destartalados bancos
de madera bajo estos lo atestiguan. Al fondo ves un par de puertas
abiertas: un inodoro y una ducha confirman tu impresión de que el
lugar era un vestuario. Puedes ver que el inodoro, pese a no estar
muy limpio, se utiliza regularmente. Apagas la luz y regresas pen-
sativo hasta debajo de la escalera de madera.
¨Este almacén no está tan abandonado como parece indicar su
aspecto exterior...” comentas para ti mismo... cuando oyes clara-
mente un gemido proveniente de la oficina...

... un gemido femenino. Pasa al 109.

A la luz de la linterna ves la portería del edificio. Unas escaleras


suben a los pisos superiores, una puerta a tu izquierda y otra a tu
derecha comunican con los locales comerciales que has visto desde
la calle. El suelo está lleno de suciedad y desperdicios y una rata se
escabulle entre la basura al ser sorprendida por la luz de tu linterna,
es evidente que hace muchos años que el edificio está abandonado.
Empiezas a ascender lentamente por las escaleras, que crujen
bajo tu peso. Llegas al primer piso seguido muy de cerca por Bár-
95
El caso White
bara White, quien sostiene con fuerza la palanqueta para darse va-
lor. El edificio tiene dos pequeños apartamentos por planta. Las
puertas de entrada han sido arrancadas, por lo que puedes ver parte
del interior de los mismos. Ignoras la primera planta y sigues ascen-
diendo. En la segunda planta ves el mismo espectáculo de puertas
arrancadas, suciedad y basura. Sin embargo, al llegar a la tercera
planta, ves que la puerta del apartamento B sigue en su lugar.
El pomo está roto, por lo que empujas la puerta abriéndola len-
tamente. Ante ti tienes un estrecho pasillo con tres entradas a tu
izquierda y una puerta al fondo. La primera y la tercera entradas
carecen de puerta. Avanzas lentamente mientras enfocas tu linter-
na hacia el interior. La primera entrada da a un pequeño cuarto de
baño, cosa que deduces por los azulejos y las marcas de los sani-
tarios en las paredes. Empujas la puerta de la segunda entrada, que
carece de pomo, y descubres lo que en su día debió de ser la cocina
del apartamento. La tercera entrada da a una pequeña habitación;
algunas maderas en el suelo es todo lo que queda del mobiliario
original.
Empujas la puerta del fondo para descubrir un pequeño salón
comedor. En la pared de enfrente solo queda el quicio de un balcón
que da a la calle. A tu izquierda hay una puerta atrancada con una
cadena y un candado. Parecen bastante nuevos... y en un clavo que
hay en el marco de la puerta cuelga una llave.
—Quédese aquí, no se mueva —le dices a Bárbara. Prefieres ser
tú quien entre primero, por si tienes que prepararla para lo peor.
Descuelgas la llave y la introduces en el candado, abriéndolo.
Descorres la cadena y la dejas en el suelo. Inspiras profundamente...

... y empujas la puerta enfocando al interior con tu linterna.


Pasa al 124.

96
Jordi Cabau Tafalla

Hábilmente te has situado justo a su espalda sin que el borracho se


percatase de tu presencia y le golpeas en la nuca antes de que tenga
tiempo de darse cuenta de nada. Gracias a tu posición de ventaja
puedes sumar un +3 a tu habilidad de Agilidad, pero solo a esta
tirada.

Si fallas la tirada, pasa al 94. Si tienes éxito, pasa al 106.

“¡Maldita sea!” piensas. Lo cierto es que llevas quince minutos pe-


leándote con la maldita cerradura y no hay manera. Te detienes
unos instantes y miras a tu alrededor, parece que no hay nadie. ¿De-
cides volverlo a intentar? ¿O prefieres probar la opción de trepar a
uno de los ventanales?

Dejas de lado la puerta de servicio y decides trepar


a uno de los ventanales, ve al 44.
¡Todavía no han fabricado cerradura que no pueda abrir!
Ve al 349.

Es tu primer trabajo con la alta sociedad y no quieres arriesgarte a


echarlo todo por la borda si eres descubierto fisgando en un lugar

97
El caso White
no relacionado directamente con el caso. Decides que lo mejor es
concentrar tu atención en averiguar el paradero de la joven Katheri-
ne, por lo que desciendes las escaleras hacia la planta baja.

Pasa al 105.

—No. Es la primera vez —respondes con cautela—. ¿Cuánto


falta para la actuación de la cantante?
—¿Dakota? Ahí está —contesta señalando con la cabeza.
Te giras en tu taburete para ver aparecer de detrás de las cortinas
a una hermosa mujer vestida con un elegante traje de noche azul
oscuro que se acerca al micrófono mientras el público aplaude tí-
midamente. Reconoces en ella a la joven que aparecía en el cartel
publicitario de la entrada... y, por lo tanto, a la mujer que acogió a
Kate en su apartamento intentando protegerla de los matones que
buscaban al chófer.
Se enciende un foco iluminando con una luz suave el centro del
escenario; la cantante se detiene junto al micrófono mientras un
músico ocupa su puesto en la batería y otro músico hace su apari-
ción con un contrabajo.
A la luz del foco observas detenidamente a la joven. Es bastante
guapa y calculas que debe tener unos veintipocos años, pese a ello
se la ve desenvolverse con soltura en el escenario. Acerca sus labios
al micro y, sin previa presentación, hace un gesto a los músicos
y estos empiezan a tocar. Reconoces la canción, es “I can’t give
you anything but love”, Dakota la versiona a su manera y puedes
ver cómo la gente mueve la cabeza siguiendo el ritmo. Aprovechas
para echar un vistazo a tu alrededor; han entrado algunas parejas
más y han ocupado rápidamente las mesas cercanas al escenario.
Todo el mundo está con la vista puesta en este.

98
Jordi Cabau Tafalla
La canción finaliza y todo el mundo aplaude con brío. Dakota
sonríe y habla al público por primera vez.
—Gracias por haber venido al “Blue Iguana” esta noche... per-
mítanme que les presente a mis compañeros. Al piano, Louie —este
ejecuta algunos arpegios—, Bill a la batería —el susodicho realiza
un rápido redoble— Studs al contrabajo —para no ser menos este
lanza algunas notas con su instrumento— ... y la que les habla,
Dakota. Espero que disfruten esta noche con nuestra música. Gra-
cias.
Mientras el público responde con algunos aplausos, Bill y Studs
se levantan y descienden hasta la barra del bar, donde el camarero
les sirve unas cervezas. Dakota se queda sola con el pianista, y este
inicia las primeras notas de una canción: “On the sunny side of the
street”. Los minutos transcurren y el local se va llenando poco a
poco. De tanto en tanto alguno de los músicos sube y baja del es-
cenario para descansar un poco mientras la cantante ejecuta las di-
versas piezas. Lo cierto es que tiene bastante talento y te descubres
moviendo los pies al ritmo de la música hasta que, al finalizar una
canción, la joven comenta entre los aplausos del público:
—Ahora nos retiraremos durante media hora para descansar un
poco. —Se oyen algunos lamentos entre el público, pero Dakota los
silencia levantando la mano—. Pero antes de irnos voy a interpretar
para ustedes una canción que siempre ha sido una de mis favoritas,
“Paper doll”. —El público aplaude mientras Dakota empieza su
canción. Una vez finalizada esta la cantante y los músicos desapare-
cen tras las cortinas... llenándose repentinamente el local del típico
ruido de vasos, risas y charla.
Aprovechas que los camareros están atareados para atravesar la
puerta que hay en la pared este junto a la barra. Aparte de un par
de clientes que te miran con indiferencia, nadie parece advertir tu
maniobra.

Pasa al 134.

99
El caso White

Las calles por las cuales avanzáis empiezan a ser cada vez menos
transitadas. “Cara de Rata” se gira a menudo para asegurarse de
que nadie le pisa los talones, pero gracias a tu habilidad consigues
seguirle sin que se dé cuenta.
Al cabo de una media hora llegáis a la esquina donde se encuen-
tra el “Blue Iguana”... y ves como “Cara de Rata” se mete en el
pequeño callejón que hay junto al local.

“¿Por qué será que no estoy sorprendido?”, piensas. Ve al 224.

Haces un esfuerzo de memoria intentando relacionar la voz del se-


cuestrador con las voces de los hombres con los cuales te has entre-
vistado últimamente:

haz una tirada por Observación con una penalización de -2


debido a la dificultad en la escucha.

Si aun así la pasas, ve al 113. Si no tienes éxito, ve al 147.

En un gesto casi instintivo te agachas para oír cómo un cuchillo te


pasa rozando a la oreja.

Pasa al 308.
100
Jordi Cabau Tafalla

Te diriges a la primera puerta, situada frente a la de la habitación


de Katherine, y apoyas tu mano girando lentamente el pomo ¡está
abierta! Empujas lentamente la puerta intentando no hacer ruido.
Haz una tirada por la habilidad de “Sigilo”.

Si no tienes éxito, pasa al 95. Si tienes éxito, pasa al 100.

“¡Maldita sea!” piensas. Lo cierto es que llevas quince minutos pe-


leándote con la maldita cerradura y no hay manera. Te detienes
unos instantes y miras a tu alrededor, parece que no hay nadie. ¿De-
cides volverlo a intentar? ¿O prefieres probar la opción de trepar a
uno de los ventanales?

¡Todavía no han fabricado cerradura que no pueda abrir!


Ve al 299.
Dejas de lado la puerta de servicio y decides
trepar a uno de los ventanales, ve al 394.

Llevas un buen rato intentando abrir la cerradura, pero no hay ma-


nera. Te detienes unos instantes e inspiras profundamente antes de
ponerte de nuevo a la labor. “No puedo echarme atrás ahora”, pien-
sas.
Vuelve a tirar por la habilidad de Maña.

101
El caso White
Tienes éxito, pasa al 46.
Nada ¡que no hay manera! Pasa al 153.

El cristal está sucio y dentro está oscuro, pero aun así puedes dis-
tinguir unos muelles de carga vacíos y lo que parece ser la oficina
del almacén. Esta se encuentra en una esquina del local, a unos tres
metros del suelo, y se accede a ella por una empinada escalera de
madera; los bajos están ocupados por otra dependencia, probable-
mente servicios o vestuarios para los trabajadores. El lugar parece
abandonado y no ves nada más que te llame la atención.

Ve al 172.

Tu intento de sorprender al borracho no ha tenido éxito: este se gira


repentinamente haciéndote frente.
—¡Vaya, otro héroe! ¡Empezaba a aburrirme! —dice con una
sonrisa amenazadora mientras se levanta del taburete y se dirige
hacia ti.

CAMIONERO BORRACHO

Resistencia: Con dos aciertos es suficiente para vencerle.


Bonificador de +1 a la habilidad de Agilidad (A causa de su em-
briaguez). Daño: 4 (Pese a estar borracho, es muy fuerte).

Si le vences, pasa al 128. Si eres derrotado, pasa al 139.

102
Jordi Cabau Tafalla

—¿Puedo ayudarle en algo, señor? —te giras para ver que Ja-
mes, el mayordomo, ha vuelto a subir por las escaleras. Probable-
mente el ruido de tus pasos en el suelo de madera le haya hecho
regresar.
—No, simplemente tenía curiosidad por saber que había tras esa
puerta...
—Son las dependencias de los señores, señor. Si me acompaña,
le llevaré adonde se encuentra el servicio.
—Gracias, no querría perderme... —maldices interiormente al
mayordomo mientras le sigues escaleras abajo.

Pasa al 105.

Te fijas en los dos tipos que acaban de entrar: uno de ellos es casi un
gigante, viste un traje sin corbata y lleva la cabeza descubierta. El
otro hombre, que es el que ha hablado primero, parece un enano al
lado del gigante, viste traje con corbata y lleva un sombrero echado
hacia atrás; la expresión de su rostro te recuerda vagamente a un
roedor. Su aspecto coincide plenamente con la descripción dada por
los vecinos del chófer de los White y con la descripción que Kate te
dio de sus secuestradores.
—¿Y bien? —se interesa Hanson.
—Ya hemos eliminado cualquier rastro del almacén... —dice el
más bajo.
—¿Qué quiere que hagamos ahora jefe? —pregunta el más alto.
—Este es para ti, Bugs, son de mi auto —dice mientras deposita
un juego de llaves encima de la mesa. Luego deja otro manojo de

103
El caso White
llaves junto al primero y dice—. Y este otro es para ti, Kid, son de
mi apartamento.
Ambos se las meten en el bolsillo mientras Hanson sigue ha-
blando.
—Bugs, acompaña a Kid hasta mi apartamento y déjale allí.
Toma —dice entregando una nota a Kid—. Verás un par de maletas
en mi dormitorio: aquí tienes una lista de lo que debes meter dentro
—luego se vuelve a Bugs—. Mientras tanto llena el depósito del
coche y comprueba que no le falte de nada. Cuando volváis aquí
nos largaremos y cruzaremos la frontera por San Diego. Una vez
allí, cada cual seguirá su camino. Tengo que terminar de ordenar
algunas cosas —dice señalando el montón de papeles que tiene en-
cima de la mesa —daos prisa.
—¿Cuándo repartiremos el dinero? —pregunta Bugs.
—Cuando lleguemos a México —responde Hanson.
—Preferiría que fuera antes... tengo mis propios planes... Si no
le importa, jefe —añade inmediatamente.
—Bien, me parece justo —comenta Hanson con fingida des-
preocupación—. Haced lo que os he dicho y repartiremos el dinero
cuando regreséis. Si alguien se quiere venir conmigo a México,
tengo sitio en el coche. Daos prisa, no quiero quedarme aquí más
tiempo del necesario.
Bugs y Kid asienten y salen del despacho dejando la puerta
abierta tras ellos. Hanson sigue rompiendo papeles... hasta que oye
como la puerta de la salita se cierra tras los dos sicarios. Permane-
ce unos instantes inmóvil escuchando como sus pasos se alejan y,
cuando dejan de escucharse, se lanza sobre el teléfono.
—¿Taxis Vitale? Envíen uno inmediatamente a la puerta princi-
pal del “Blue Iguana” —permanece unos instantes escuchando—.
¿Diez minutos? ¡Perfecto! A nombre de Hanson —cuelga, espera
unos segundos, y vuelve a descolgar apretando un botón del teléfo-
no—. ¿Mary? Acabo de pedir un taxi, llámame al despacho ense-
guida que llegue. Gracias, encanto.
Hanson rompe un par de papeles más... pero está demasiado ex-
citado. Los tira todos de golpe dentro de la papelera, saca una ceri-

104
Jordi Cabau Tafalla
lla y la lanza dentro. Mientras empiezan a arder saca las maletas del
armario... y avanza hacia el rincón donde te ocultas con la evidente
intención de coger su abrigo y su sombrero...

Pasa al 143.

No consigues esquivar el cuchillo que Cara de Rata se ha sacado


de la manga, y este se te clava profundamente en un costado.

Recibes 1D6+2 puntos de daño.

Si todavía estás vivo, pasa al 33.

—Mire, James, no soy nadie para juzgar, pero necesito saber de


dónde proviene exactamente el whisky que oculta bajo su cama y
cuándo suele tomarlo. Me parece un licor de excesiva calidad para
alguien de su condición, no se ofenda.
James alza una ceja intentando encontrar sentido a tu pregunta,
y por fin te contesta.
—Estas botellas son un regalo que un cliente le hizo al señor
White; como al señor no le gusta el whisky escocés, él mismo me
las dio para que tomase una copa antes de acostarme, duermo mu-
cho mejor... ¿responde eso a su pregunta? —parece molesto, pero
también sincero.
—Perfectamente —respondes.

Pasa al 341.

105
El caso White

No dispones de mucho tiempo, será mejor darse prisa. ¿Decides


investigar el almacén o prefieres dedicar tu atención al club noc-
turno?

Examinas el almacén. Dirígete al párrafo 252.


Te centras en el club nocturno, pasa al 287.

El tamaño y la disposición de la habitación que hay ante ti es idén-


tico al de la habitación de Katherine. Su mobiliario consta de una
cama, armarios, escritorio, tocador, mesita de noche y un par de
sillas. El colchón de la cama está cubierto con un edredón y no
tiene sábanas, en los armarios solo hay perchas vacías y ropa de
cama perfectamente doblada. Los cajones están vacíos y tanto la
habitación como el baño adjunto están perfectamente limpios y con
claras evidencias de que hace tiempo no han sido usados por nadie:
es una habitación de invitados. Sales con el mismo sigilo con que
has entrado procurando dejarlo todo tal y como estaba. A tu dere-
cha hay tres puertas: diriges tus pasos a la primera de ellas girando
lentamente el pomo ¡está abierta! Empujas lentamente la puerta in-
tentando no hacer ruido.

Haz una tirada por la habilidad de Sigilo.

Si no tienes éxito, pasa al 95.


Si tienes éxito, pasa al 107.

106
Jordi Cabau Tafalla

La inestable estructura te hace perder el equilibrio y una de las ca-


jas acaba cediendo bajo tu peso; caes hacia atrás manoteando en el
vacío. Haz una tirada por la habilidad de Buena Fortuna.

Hoy no es tu día, ve al 148.


Eres afortunado, ve al 204.

“Cara de Rata” se mueve muy rápidamente... y se gira a menudo


para comprobar si alguien le sigue.

Haz una tirada por la habilidad de Disimulo.

Si tienes éxito, pasa al 87. Si la fallas, ve al 189.

No estás seguro pero, al parecer, arriba no hay más de dos indivi-


duos. Dirías que están jugando a las cartas para entretenerse y, lo
poco que consigues distinguir de su conversación, parece centrado
en ese tema. Permaneces unos instantes más escuchando y, al no oír
nada nuevo, concentras tu atención en la puerta que hay junto a ti,
justo debajo de la escalera.

Pasa al 161.

107
El caso White

Oyes claramente el ruido del agua corriendo: parece que el recién


llegado está ocupado lavándose o algo así. “¡Qué demonios!”, pien-
sas, abres la puerta unos centímetros procurando hacer el menor
ruido posible y observas el interior de la habitación por la rendija
resultante mientras sostienes con fuerza tu arma en la otra mano...
... la estancia está iluminada únicamente por una lamparita situada
en la mesa que hay en el centro de la misma. Su débil luz deja gran
parte de la pieza en penumbra pero, aun así, resulta evidente que
te hallas en el despacho del dueño del local: la mesa del escritorio
hecha de caoba, un sillón forrado de cuero tras ella, un archivador
metálico, un par de silloncitos frente a una mesita baja, una caja
fuerte bastante grande, un armario, algunos cuadros similares a los
de la salita de estar, etc. Una espesa alfombra cubre el centro de la
habitación y las paredes se hallan recubiertas de paneles de madera
oscura de suelo a techo, dándole a la estancia un aspecto distingui-
do. En la esquina sureste hay un biombo detrás del cual procede el
ruido del agua corriendo; oyes perfectamente los típicos golpecitos
de una maquinilla de afeitar en la porcelana de un lavabo así como
a alguien silbando despreocupadamente, por lo que deduces que el
individuo que acaba de entrar se está afeitando.
Te deslizas sigilosamente dentro de la habitación cerrando en silen-
cio la puerta a tus espaldas. La esquina que hay justo detrás de la
entrada está casi en una oscuridad total, aun así puedes ver que está
ocupada por un perchero del que cuelga un abrigo y una gabardina.
Te sitúas tras el mismo encogiéndote un poco y permaneciendo in-
móvil a la espera de acontecimientos.

Pasa al 49.

108
Jordi Cabau Tafalla

Sigues a James por una pequeña puerta situada bajo la escalinata de


mármol que va a dar a un pequeño distribuidor con una puerta en
cada una de sus paredes. La puerta que hay frente a ti es acristalada
y a través de ella puedes ver lo que parece ser un gran jardín lleno
de árboles.
—Por aquí, señor —dice James abriendo la puerta que hay a la
izquierda.
Le sigues y te encuentras en un pasillo en ángulo al que puedes
ver que desembocan varias puertas, aunque no puedes ver más allá
del primer giro: es evidente que te encuentras en la zona de las de-
pendencias del servicio.
—Sígame, señor —James te hace un gesto para que le sigas cru-
zando una puerta que hay justo enfrente. Al cruzarla ves que te
hallas en una dependencia en forma de L: la cocina de la mansión.
Amplia, limpia, luminosa y equipada con todos los adelantos técni-
cos del momento. James deposita la bandeja en el fregadero.
—Por aquí, señor —te indica, cruzando una puerta que hay a la
izquierda y que va a dar a una pequeña salita.
La función de dicho cuarto es evidente: aquí es donde el servicio
pasa sus ratos libres y realiza su vida cotidiana. En una esquina hay
una mesa y un par de sillas. Junto a la única ventana de la habita-
ción hay un par de sillones y una mesita baja. Hay una puerta en
la pared de la izquierda, aunque está cerrada. Sobre la mesita hay
una pequeña radio en la que, en este momento, está sonando una
canción de moda.
En uno de los sillones se encuentra una chica con el uniforme
negro y blanco de doncella. Sentada con las piernas cruzadas, está
fumando un cigarrillo mientras tararea la música que suena en la
radio y mira el jardín a través de la ventana. Es bastante atractiva
y no debe de tener mucho más de veinte años. Lleva el largo pelo
negro recogido bajo la cofia de su uniforme.

109
El caso White
Sentada en la mesa vestida con un uniforme azul claro y llevan-
do un mandil, hay una mujer de unos cincuenta años. Lleva el pelo
gris recogido en un moño y tiene la piel morena. Pese a que tiene la
vista fija en un bol de patatas que está pelando, ha percibido vuestra
entrada y comenta:
—¿Alguna novedad sobre la señorita, señor Jaime? —La última
parte de la frase la ha pronunciado en español.
—Todavía no, María —responde James—. Pero este señor de-
sea haceros algunas preguntas al respecto...
Al pronunciar estas palabras, tanto María como la chica del si-
llón parecen ponerse en guardia y fijan su mirada en ti...

Te acercas a una de las sillas y te sientas. Pasa al 229.

Bam! Tu puño golpea la nuca del borracho como si de un martillo


pilón se tratase.

Ve al 128.

El mobiliario contenido en esta estancia es casi idéntico a la ante-


rior: cama, armarios, escritorio, tocador, mesita de noche y un par
de sillas, por lo que deduces que debe de tratarse de otra habitación
de invitados. Al igual que en la anterior, tanto la habitación como
el baño adjunto están perfectamente limpios... pero es evidente que
esta sí es utilizada habitualmente por alguien. Los armarios están
llenos de ropa, la cama está hecha y en el cuarto de baño hay útiles
de aseo. Todo ello indica que el ocupante es un hombre y, por la ca-
lidad de los trajes y complementos que has podido ver, deduces que

110
Jordi Cabau Tafalla
debe de tratarse de alguien de categoría. Pronto deduces la identi-
dad de su ocupante al descubrir las siglas
T.W. bordadas en diversas prendas de ropa: Thomas White. Te lla-
ma la atención que el señor de la casa ocupe una habitación aparte
de la de su esposa, pero estos millonarios suelen ser bastante ex-
céntricos.

Haz una tirada por la habilidad de Observación.

Si tienes éxito, pasa al 115. En caso contrario, ve al 120.

Frente a ti queda la última puerta de esta parte del pasillo. Procu-


rando no hacer ruido, la abres lentamente...

Ve al 373.

Sacas tu arma del bolsillo y quitas el seguro. Miras hacia la parte


de arriba de la escalera e inspiras profundamente mientras pones el
pie sobre el primer escalón. “Cuidado Carter”, piensas, “un error
ahora podría ser fatal”... y empiezas a ascender lentamente por la
escalera. Esta finaliza en una puerta de madera cuya parte de arriba
está hecha de cristal translúcido; a través del mismo puedes distin-
guir dos figuras sentadas frente a frente con lo que debe de ser una
mesa entre las dos. La conversación entre los dos hombres no se ha
detenido en ningún momento, y ahora puedes distinguirla con toda
claridad.
111
El caso White
—Te toca a ti —dice una de las voces.
—Yo ya he ido antes a ver como estaba, ahora te toca a ti —res-
ponde la otra voz.
—Vale ¡pero no mires las cartas! —dice la primera voz mientras
distingues como una de las siluetas, correspondiente a alguien muy
alto, se levanta de la silla y se aleja de la mesa hacia el fondo de la
habitación, perdiéndola de vista.
Te encuentras en tensión y no sabes qué hacer, cuando regresa
el tipo grande.
—Sigue dormida, solo tiene pesadillas. Oye ¿nunca te cansas de
comer esos caramelos?
—comenta mientras se sienta.
—No. Por cierto, subo la apuesta al doble.
Ambos hombres prosiguen su partida ajenos a tu presencia. Es-
peras unos instantes y decides entrar en acción: apoyas tu mano en
el pomo de la puerta mientras sostienes tu arma en la otra, inspiras
profundamente...

... y abres la puerta de golpe. Pasa al 339.

Así observas que la salida de emergencia solo puede abrirse desde


dentro, que la entrada principal está asegurada con una doble cerra-
dura y que la puerta de servicio tampoco dispone de ninguna llave
exterior, abriéndose también desde dentro. En cuanto a las ventanas
y ventanucos que puedes ver, todos tienen barrotes y cortinas que
impiden ver claramente el interior.
Como era de esperar en un negocio de estas características, el lo-
cal está cerrado a estas horas y no parece que haya nadie dentro. Es-
tás a punto de desistir cuando observas que entre el club nocturno y
el siguiente edificio hay un estrecho callejón de unos tres metros de
112
Jordi Cabau Tafalla
ancho en el que no te habías fijado antes. Prosigues tu lenta marcha
y, cuando llegas al callejón, entras en él con la mayor naturalidad...

... deteniéndote a los pocos metros. Ve al 312.

Caes sin apenas ruido sobre tus pies y permaneces inmóvil unos
instantes mientras tus ojos se adaptan a la penumbra del lugar...

Ve al 388.

—¡Ese Ricardo es un impresentable! ¡La señora haría bien en


despedirlo! —comenta enojado... en ese momento te ve a ti y su
rostro adopta el semblante inexpresivo que le caracteriza.
—¿Por qué lo dice, James? —preguntas interesado.
—Tal vez sea un excelente chófer y mecánico, pero carece de
puntualidad y formalidad ante el trabajo. He conseguido hablar con
su casero y me ha dicho que no ha pasado la noche en casa ¡es la
tercera vez este mes! ¡Y ni siquiera se ha molestado en llamar para
excusarse! Esta mañana el señor White ha tenido que irse a la ofici-
na conduciendo él mismo el coche, estaba muy enojado. Recomen-
daré a la señora White que le despida.
—¿Puede darme la dirección de Ricardo? Por cierto ¿cuál es su
apellido?
—Ortiz, Ricardo Ortiz.
Tu mirada se vuelve hacia María, la cocinera.
—No somos parientes, señor —sonríe María— mucha gente lo
piensa, pero no. James escribe en una hoja de papel los datos que le

113
El caso White
has pedido y te la entrega.
—Ricardo no tiene teléfono, el que le he anotado es el de su
casero, que vive en el mismo edificio.
Echas un vistazo a la dirección: un modesto barrio residencial
situado cerca del centro.
—Gracias. Por cierto, necesitaría una fotografía reciente de la
señorita Katherine ¿podría proporcionarme alguna?
—Cómo no, sígame.

Te despides de las dos mujeres y sigues a James fuera de


la habitación. Pasa al 70.

La voz se correspondía con la de un hombre adulto, sin ningún


acento o particularidad característica. Estás prácticamente conven-
cido de que no la has escuchado antes.

Ve al 216.

No consigues esquivar el cuchillo que Cara de Rata se ha sacado


de la manga, y este se te clava profundamente en un costado.

Recibes 1D6+2 puntos de daño.

¿Todavía estás vivo? Pasa al 308.

114
Jordi Cabau Tafalla

Un examen detenido de la cama te ha permitido descubrir algunos


cabellos largos y oscuros, detalle que no te habría llamado la aten-
ción de no ser porque los cabellos que has visto en los útiles de aseo
del baño son castaños y cortos. También has podido advertir un
imperceptible olor a perfume proviniendo de la almohada.

Pasa al 120.

—¡Aquí hay alguien! —grita el gigantón, señalando a los bultos


tras los que te ocultas.

Ve al 313.

—¿Dónde está? —gruñe.


Señalas al suelo con la cabeza, donde yace el camionero.
—¿Le atizaste bien, por lo menos? —dice Bert.
—Se llevó lo suyo —respondes.
—Me alegro —responde mientras se acaricia con cuidado la
barbilla—, me pilló completamente desprevenido.
—Lo sé —respondes.
Velma trae un botiquín y aplica algo de desinfectante a sus he-
ridas, luego le sirve una copa de coñac y se sienta a vuestro lado.
—No necesito caballeros andantes que me protejan, David, sé

115
El caso White
cuidar de mi negocio. De todos modos, gracias a los dos —dice
girándose a Bert.
—De nada —decís ambos a la vez.
—Quédate así un rato —comenta Velma.
Instantes después aparecen por la puerta dos agentes uniforma-
dos.
—¿Qué ha sucedido aquí, Velma? —pregunta uno de ellos.
—Yo se lo puedo explicar todo, agentes —dices, adelantándote.
—¡Carter! —exclama el más viejo de los dos.
Le reconoces, y pronto estáis hablando de las últimas novedades
que han habido en el departamento hasta que un gemido provenien-
te del suelo les recuerda el asunto que los ha traído hasta allí. Les
informas en jerga policial de lo sucedido mientras Velma, Bert y las
camareras asienten confirmando tu declaración.
—¿Querrán presentar una denuncia? —dice el agente más jo-
ven. Velma te mira y tú asientes.
—No será necesario. Llévenselo a comisaría y que pase la borra-
chera en una de sus celdas. Creo que será suficiente.
—Bien —los agentes ayudan al borracho a levantarse y se diri-
gen a la salida.
—¿Sabe Carter? —dice el más viejo antes de irse— Hay gente
que le echa de menos en el departamento ¿Volverá?
—Tal vez... La vida da muchas vueltas.
—Hasta la vista, pues —dice llevándose los dedos a la visera de
la gorra.
Te das la vuelta y echas un vistazo a Bert, cuyo aspecto es bas-
tante lamentable.
—¿Llamo a un taxi para que te lleve a casa? —propone Velma
preocupada.
—¡Por favor! ¡Mis compañeros se reirían de mí! —gruñe dolo-
rido Bert.
—Yo lo haré —dices. Sabes que el taxista no vive muy lejos de
tu casa.
—Te lo agradezco —dice Bert—, ahora mismo no estoy en con-
diciones de conducir.

116
Jordi Cabau Tafalla
—Vamos —dices mientras le ayudas a levantarse de la silla—.
Gracias por todo Velma.
Ambos salís juntos del restaurante y no es hasta que aparcas el
taxi de Bert frente a su casa y lo dejas en manos de su preocupada
esposa que te das cuenta de que no has pagado la cuenta del restau-
rante. “Seguro que Velma lo sabe”, piensas.

Dirígete al párrafo 152.

De repente el tipo suelta la cuerda y saca una pistola apuntando


hacia los árboles.
—¿Quién anda ahí? —dice con un marcado acento italoamerica-
no—¿White? ¿Es usted?
Te parapetas detrás de un tronco, sacas tu arma en silencio y
observas detenidamente al individuo que hay frente a ti. Se trata
de un hombre relativamente joven, de unos treinta y pocos años,
pelo negro y ojos oscuros. Es un poco más alto que la media y de
una cierta delgadez, va vestido con un traje de cierta calidad y en
su rostro de rasgos afilados puedes ver una delgada cicatriz en la
mejilla izquierda. Sostiene con firmeza una pistola automática de
calibre 45. “No es precisamente un juguete”, piensas
Con voz tranquila, pero firme, te diriges al individuo.
—Es un poco tarde para pescar ¿no?
El tipo se vuelve hacia donde estás con el arma en la mano, pero
tu escondite no le permite verte claramente.
—¿Por qué no sale y lo discutimos? —contesta con una sonrisa.
—Prefiero permanecer donde estoy, señor... vaya, no hemos sido
presentados —comentas.
—Vince —responde sin soltar su arma.
—¿Para quién trabajas, Vince?

117
El caso White
—Sabes mi nombre, pero yo no sé el tuyo —contesta dando
unos pasos a un lado para ver mejor donde estás.
—Me llamo David. Por favor quédate quieto Vince, me pone
nervioso verte mover tanto. Y no querrías recibir un balazo por ac-
cidente ¿verdad? —Vince se detiene en seco al oír tus últimas pa-
labras.
—¿Para qué te paga el señor White, Vince? ¿Para que te desha-
gas del cadáver de Ortiz?
—¿No lo sabes? —responde sonriente. Empieza a ponerte ner-
vioso este tipo, tus amenazas no parecen impresionarle y es eviden-
te que sabe muchas cosas.
—Voy a decirte lo que creo, Vince —le dices—. Creo que tú
mataste a Ricardo Ortiz.
—¿Ah sí?
—Sí. Creo que hace dos noches viniste aquí para entrevistarte
con el señor White. Por eso él se “olvidó” de soltar a los perros esa
noche, para que pudieras cruzar sin problemas el jardín. No habría
problemas si os veíais en su despacho ya que los otros tres habi-
tantes de la casa no os molestarían: la señora suele tomar pastillas
contra el insomnio, el mayordomo estaría durmiendo la borrachera
y la chica no vería nada, pues su habitación está en la otra punta de
la casa.
Vince permanece en silencio sin decir nada, y tú continúas ha-
blando...
—Imagino de lo que debisteis hablar: aunque su esposa es millo-
naria, White está arruinado
¿y qué mejor forma de recuperarse que incendiar su fábrica y
cobrar el seguro?. Pero claro, White necesitaba a alguien que le
hiciese el trabajo sucio de forma que la compañía de seguros no
sospechase que había gato encerrado. La idea de que el incendio
empezase en otro edificio es francamente buena ¿se te ocurrió a ti?
El silencio de Vince confirma que vas por buen camino. El ita-
loamericano da unos pasos, pero tú te mueves interponiendo el ár-
bol en su ángulo de visión. Sigues hablando...
118
Jordi Cabau Tafalla
—... Pero algo salió mal ¿verdad? Dio la casualidad que esa fue
la misma noche en que el chófer pensaba fugarse con la hija de
White. Seguro que el mejicano ya estaba escondido en el jardín
esperando a que apareciese la chica cuando tú llegaste. Apuesto a
que debió veros hablar a ti y a White a través de las ventanas del
despacho de este... puedo imaginar lo que pasó por la mente de Ri-
cardo al oíros hablar: seguro que debió pensar que era una excelen-
te oportunidad para sacar un dinero extra amenazando a White de
contarlo todo. Por desgracia para él, lo descubristeis ¿de quién fue
la idea de matarlo? De White ¿no? —lanzas esta última afirmación
con la intención de herir el orgullo de Vince... y da resultado.
—Te equivocas, amigo —responde despectivamente—. White
no vio nada, fui yo al salir de la casa quien vio a ese tipo escondido
entre los arbustos. Hice como que no le veía, pero di la vuelta y lo
sorprendí por la espalda. No me costó mucho hacerle hablar, me lo
contó todo. Cuando vi la clase de tipo que era, vi que solo me iba
a traer problemas, lo estrangulé e intenté esconderlo en esa mierda
de pozo de juguete, pero no servía, entonces se me ocurrió lo de la
piscina.
—¿Sabe White lo del chófer? —preguntas.
—No ¡qué va a saber ese inútil! —responde despectivamente—
¡Debería haberle cobrado el doble por impedir que el mejicano se
llevase a su hija!
—Inútil... ¿ya sabes que tenía la fábrica asegurada con más de
una compañía? Seguro que se olvidó de decírtelo. Claro, entonces
le habrías pedido más de cinco mil dólares por el trabajito... y enci-
ma te cargas a un tipo gratis, ¿quién es aquí el inútil?
Lanzando una maldición en italiano Vince se agacha repentina-
mente, cogiéndote desprevenido.

Pasa al 23.

119
El caso White

La inestable estructura te hace perder el equilibrio y una de las ca-


jas acaba cediendo bajo tu peso; caes hacia atrás manoteando en el
vacío.

Haz una tirada por la habilidad de Buena Fortuna.

Si eres afortunado, ve al 214.


¡Qué mala suerte! Ve al 303.

Abandonas la habitación dejándolo todo tal y como lo encontraste y


diriges tus pasos a la siguiente puerta. Apoyas tu mano en el pomo
y descubres que también está abierta, empujas lentamente la puerta
intentando no hacer ruido.

Haz una tirada por la habilidad de Sigilo.

Si no tienes éxito, pasa al 95.


Si tienes éxito, pasa al 125.

“Es demasiado pronto para que haya alguien en un local de estas


características”, piensas, “no estaría de más confirmar mi hipóte-
sis”.

120
Jordi Cabau Tafalla
Regresas junto al cartel que hay en la entrada principal y, asegu-
rándote de que no hay nadie cerca en ese momento, lo arrancas de
un tirón cuidando de preservar intacto el rostro de la cantante.
Regresas rápidamente a donde has dejado aparcado tu auto...

... y pones rumbo al apartamento del chófer de los White.


Pasa al 338.

Pronto das por terminada tu búsqueda: aparte de algunos restos de


embalajes y trastos cubiertos de polvo el almacén se halla comple-
tamente vacío, por lo que decides examinar la oficina. Moviéndote
con cautela, te acercas poco a poco a la misma.

Dirígete al 28.

Por unos instantes llegas a creer que tu ruidosa entrada no ha aler-


tado a nadie... pero pronto compruebas que no ha sido así. Oyes
voces provenientes de la oficina del almacén, se abre la puerta de
esta y una figura humana desciende cuidadosamente por la empina-
da escalera de madera iluminándose con una lámpara de petróleo.
Te deslizas en silencio hacia unos bultos que hay en un rincón,
intentando ocultarte tras ellos.

Haz una tirada por la habilidad de Sigilo.

121
El caso White
Tienes éxito. Consigues ocultarte tras los bultos
sin llamar la atención, ve al 191.
Tu escondite no es lo bastante bueno. Pasa al 376.

Tu linterna ilumina lo que debe de ser la habitación principal del


apartamento. Aparte de una ventana que hay en la pared de tu dere-
cha, lo único destacable es un viejo colchón que hay en un rincón...
sobre el cual hay un bulto envuelto en una manta.
Te acercas rápidamente y apartas la manta. Frente a ti está Ka-
therine Banner, con los ojos cerrados y enroscada sobre sí misma.
La incorporas y le tomas el pulso: está viva, aunque respira dé-
bilmente. Le das unas palmadas en la cara para que abra los ojos
sin resultado. Recorres con tu linterna todo su cuerpo y ves que la
manga izquierda de su vestido está subida por encima del codo.
Examinas más de cerca el antebrazo... para descubrir varias marcas
de pinchazos en el mismo.
“¡Drogada! ¡Malditos... !”. En ese momento Bárbara aparece en
el quicio de la puerta, cansada de esperar fuera. Al ver a su hija
tirada en el suelo se arrodilla rápidamente junto a ella y la abraza
llorando.
—¡Kate! ¡Soy yo, mamá! ¡Por favor, dígame que no está muer-
ta! —te dice, girándose hacia ti mientras la abraza.
—Tranquilícese Bárbara, su hija está bien. Únicamente la han
narcotizado para poder manejarla mejor y que no escapase de aquí
—dices señalando a tu alrededor—. Se recuperará.
—¡Gracias a Dios! —dice mientras cubre de besos el rostro de
su hija.
—Preferiría no haber de llevarla a un hospital para no tener que
responder demasiadas preguntas, ¿conoce algún médico de con-
fianza que sea discreto?
—El doctor Herbert ha sido siempre el médico de mi familia.

122
Jordi Cabau Tafalla
No dirá nada.
—Bien. Usted me iluminará el camino y yo llevaré a Kate hasta
el coche —dices mientras le pasas la linterna—. En marcha.

Pasa al 374.

Ligeramente mayor que las otras habitaciones, un gran armario y


una gran cama de matrimonio la identifican como el dormitorio
principal de la casa. Pese a ello la decoración es sencilla y de buen
gusto. Un pequeño escritorio y un tocador de época completan el
mobiliario de la pieza. Sobre este hay algunas fotografías de Bár-
bara, una joven y un hombre (sin duda Katherine Banner y Thomas
White) en las que se les puede ver juntos o en solitario. Las fotos
han sido tomadas en lugares como cruceros, clubs y ambientes ex-
clusivos.
Hay varias cosas que te llaman la atención: pese a que estás en el
dormitorio principal, parece que este solo está ocupado por la seño-
ra White, pues en los armarios y en el baño solo encuentras ropa y
artículos femeninos, también te llama la atención una fotografía sin
marco colocada boca abajo en el fondo de un cajón del escritorio
en la cual puede verse a una Katherine de pocos años sostenida en
brazos por un hombre joven y sonriente junto a una Bárbara mucho
más joven, menos artificial y, por ello, mucho más atractiva. Al fon-
do del trío puede verse uno de los muchos y famosos monumentos
de la capital de la nación. Aparte de esto encuentras en el cajón de
la mesita de noche un frasco conteniendo unas potentes pastillas
para dormir que solo se expenden con receta médica. El frasco está
casi vacío. Sales de la habitación cerrando la puerta tras de ti.
Solo te queda una última puerta que explorar. Te encaminas ha-

123
El caso White
cia la misma haciendo girar el pomo para descubrir, una vez más,
que está abierta. Abres lentamente la puerta intentando no hacer
ruido.

Haz una tirada por la habilidad de Sigilo.

Si no tienes éxito, pasa al 95.


Si tienes éxito, pasa al 130.

Sigues a James hasta el área ocupada por el servicio pero, una vez
allí, te guía hasta su habitación, un pequeño dormitorio compuesto
por una cama, una mesita de noche, un armario no muy grande y un
escritorio con una silla ante él.
—¿Sí señor? —dice James, volviéndose hacia ti.
—¿Quién se encarga de soltar a los perros cada noche en el jar-
dín?
—Habitualmente yo, señor.
—¿Habitualmente?
—A veces el señor White desea estirar las piernas por el jardín
antes de acostarse y, para que no le molesten los perros, asume la
responsabilidad de soltarlos una vez terminado su
paseo.
—¿Esto siempre ha sido así?
James permanece pensativo unos instantes.
—Desde hace una semanas, señor.
—¿Antes no tenía esta costumbre?
—Pues, ahora que lo menciona, no, no la tenía.
—Hace dos noches ¿quién se encargó de soltar a los perros?
—Fue el señor White, señor.
—¿Y anoche?

124
Jordi Cabau Tafalla
—Yo, señor.
—¿Suele realizar estos paseos muy a menudo el señor White?
—No, señor.

¿Has visitado los párrafos 110 y/o 125?


Si es así, dirígete inmediatamente al 208.
En caso contrario, ve al 288.

Hay unas ocho mesas de billar dispuestas en dos hileras de a cuatro


que dejan un pasillo central por el que se llega al fondo del local.
Ahora que estás dentro puedes ver que al final hay un mostrador
con algunos taburetes frente al mismo. Mientras avanzas hacia el
mismo ves que solo la mitad de las mesas están ocupadas; aparte
de dos jubilados los jugadores son obreros y oficinistas que apro-
vechan el fin de su jornada laboral para distraerse jugando mientras
toman una cerveza.
En el aire flota un olor, mezcla de tabaco, cerveza y talco para
los tacos, que te trae el recuerdo de tiempos mejores... tú también
habías finalizado una dura jornada laboral tomando una cerveza en
un local parecido que había junto a la comisaría de la que formabas
parte, ¿cuánto tiempo hace? Parece que hayan transcurrido cientos
de años...
Llegas hasta el mostrador y te sientas en uno de los taburetes.
Detrás de la barra hay un tipo alto y barrigón que luce un enorme
mostacho negro, y que está limpiando unos vasos en ese momento;
probablemente Al, el propietario.
—¿Qué va a ser? —gruñe por debajo del bigote.
—Cerveza —respondes quitándote el sombrero y depositándolo
junto a ti en la barra. Lanzas un profundo suspiro y te arrellanas
en el taburete adoptando la actitud del que ha terminado una dura
125
El caso White
jornada laboral y se merece no una, sino diez cervezas, sin apenas
necesidad de fingir.
El camarero abre una botella y la deposita frente a ti sin acom-
pañarla de ningún vaso. Alzas la cerveza y bebes directamente del
cuello de la misma, vaciando la mitad de un solo trago. Con la bo-
tella todavía en la mano te giras en el taburete y permaneces unos
minutos en silencio contemplando la partida que se desarrolla más
cerca de ti, la de los dos jubilados.
Lo cierto es que juegan bastante bien y, mientras contemplas la
partida, lanzas miradas ocasionales a tu alrededor...

... observando la disposición del local.


Ve al 47.

Después de tu último golpe el camionero cae al suelo como un saco


de patatas. Te giras hacia la camarera.
—Llama a la comisaría y dile al sargento Perkins lo que ha suce-
dido; por la hora que es, él estará de guardia. Dile que envíe un co-
che patrulla con un par de agentes a llevarse a este infeliz... ¿Cómo
te encuentras, Bert? —dices mientras ayudas al taxista a levantarse.
—¿Qué ha sucedido? —dice este con un gruñido.
—Trae algo de hielo en una bolsa —le dices a la camarera,
que se apresura a entrar en la cocina a por lo que le has pedido—.
¿Cómo te encuentras, amigo?
—Creo que me baila un diente —dice Bert llevándose una mano
a la mandíbula—. ¿Qué ha pasado?
Lo acompañas hasta una mesa y lo sientas a una silla.
—Digamos que si naciste para martillo, del cielo te caen los
clavos.
—¿Cómo? —gruñe.
126
Jordi Cabau Tafalla
—Ponte esto en la cara y di ¡ouch! —dices mientras le acercas al
rostro el hielo que te ha traído la camarera.
—¡OUCH! —gime el chófer.

Pasa al 117.

Los secuestradores se detienen de golpe, Bugs y Kid se dan la vuel-


ta pero permanecen inmóviles al ver que estás encañonando a su
jefe.
—¡Es él! —dice Bugs— ¡Es el tipo que se llevó a la chica!.
—¿Qué quiere? —dice Reno sin darse la vuelta.
—Hacerle unas preguntas. Le agradecería que fuera sincero en
sus respuestas. Los secuestradores no dicen nada.
—Bien ¿Dónde está Ricardo Ortiz?
—No lo sé —responde Reno; sus sicarios también niegan con
la cabeza.
—¿Por qué lo buscaban?
—Me debe dinero —responde Reno.
—¿De qué? —el jefe de los secuestradores permanece en si-
lencio unos instantes, pero al final responde ante la amenaza de tu
arma.
—Suelo organizar partidas de póquer en la parte de atrás de mi
club, el Blue Iguana. Ricardo solía participar en ellas pero última-
mente tuvo mala suerte; envié a Bugs y Kid tras él porque había
agotado el plazo para pagar, y les dije que le persuadieran de que
debía cumplir con sus compromisos.
—¿Qué pasó cuando no lo encontraron en su apartamento?
—Dakota, la cantante de mi club, sabía que Bugs y Kid iban a ir
a hacerle una visita, ya que les sorprendió hablando sobre ello en el
Blue Iguana... Ricardo había sido amante de Dakota hacía tiempo
127
El caso White
y supuse que ella lo habría escondido en recuerdo de su antigua
amistad. Les dije a Bugs y Kid que buscasen a Ricardo en el aparta-
mento de Dakota, pero que esperasen a que ella se fuera. No tengo
nada contra Dakota... aunque no sepa elegir a sus amistades.
—... Ni a sus jefes —respondes— ¿Qué paso entonces?
—Mis hombres no encontraron al mejicano... pero sí encontra-
ron a la chica. Esta les dijo que también lo estaba esperando, por lo
que decidieron traérmela por si ella sabía dónde podíamos buscarlo
—responde Reno.
—... y entonces descubrieron que su familia tenía dinero y deci-
dieron pedir un rescate por ella ¿me equivoco?
—Es usted muy listo, amigo —responde el jefe de los secues-
tradores.
Lo cierto es que no ves razón alguna por la que pueda haberte
mentido; tomas la bolsa con el dinero de su mano.
—Devolveré esto a quien le pertenece. Ahora voy a salir por esa
puerta y será mejor que se queden unos instantes aquí dentro sin
moverse. Luego si quieren pueden largarse de la ciudad antes de
que llame a la policía, ¿entendido?
—Entendido... —responde Reno con voz de fastidio al ver cómo
el dinero desaparece de su poder.
Les rodeas sin quitarles el ojo de encima mientras les apuntas
constantemente con tu arma. Llegas a la puerta y sales al callejón,
pasas junto a un lujoso automóvil que está aparcado en medio de
este y te diriges corriendo a tu vehículo, comprobando que Kate
sigue dormida en el asiento de atrás antes de salir disparado en di-
rección a la mansión de los White...

Pasa al 140.

128
Jordi Cabau Tafalla

Descubres una habitación idéntica a la primera habitación de invi-


tados. Pese a que la decoración es distinta, el mobiliario consta de
las mismas piezas: cama, armario, escritorio, tocador, mesita de no-
che y un par de sillas. Del mismo modo el colchón de la cama está
cubierto con un edredón y no tiene sábanas y en los armarios solo
hay perchas vacías y ropa de cama perfectamente doblada. Los ca-
jones están vacíos y tanto la habitación como el baño adjunto están
perfectamente limpios y con claras evidencias de que hace tiempo
no han sido usados por nadie. Sales con el mismo sigilo con que has
entrado procurando dejarlo todo tal y como estaba. Ha finalizado tu
inspección del piso superior, cierras la puerta tras de ti procurando
no hacer ruido y desciendes por las escaleras.

Pasa al 135.

“¡Click!” La cerradura cede por fin a tus intentos. Miras a tu alre-


dedor y no ves a nadie, por lo que empujas con cuidado la puerta,
que se abre silenciosamente hacia adentro. “Qué extraño”, obser-
vas, “las bisagras están engrasadas”: un dato más a añadir a la lista
de curiosidades de este caso.
Entras en el almacén, cerrando la puerta a tus espaldas. Perma-
neces quieto unos instantes hasta que tus ojos se acostumbran a la
penumbra. Distingues un muelle de carga vacío y restos dispersos
de embalajes y cajas de madera. Todo ello con aspecto de llevar
mucho tiempo allí abandonado. Lo único destacable es lo que pare-
ce ser la oficina del almacén. Esta se encuentra en una esquina del
129
El caso White
local, a unos tres metros del suelo, y se accede a ella por una empi-
nada escalera de madera; los bajos están ocupados por otra depen-
dencia, probablemente servicios o vestuarios para los trabajadores.
La claridad que viste desde el callejón proviene de la oficina...

... Encaminas tus pasos hacia allí. Pasa al 171.

En un gesto casi instintivo te agachas para oír cómo un cuchillo te


pasa rozando a la oreja.

Pasa al 167.

Avanzas por el pasillo intentando no hacer ruido hasta que alcanzas


la bifurcación. Miras a ambos lados y, pese a lo oscuro del lugar,
observas que el pasillo se alarga una decena de metros en ambas di-
recciones antes de terminar. En el ramal de tu izquierda distingues
dos puertas y cuatro en el de la derecha. Lo piensas unos instantes y
decides tomar el camino de la derecha. Al poco de avanzar encuen-
tras la primera puerta a tu derecha: hay un cartelito en la misma; no
quieres dar las luces para no llamar la atención...

... por lo que enciendes una cerilla y lees lo que pone.


Ve al 53.

130
Jordi Cabau Tafalla

Te encuentras en el extremo sur de un estrecho pasillo ilumina-


do por cuatro bombillas de baja potencia espaciadas regularmente.
Enfrente de la puerta por la que acabas de entrar hay otra puerta
cerrada en la que puedes ver un letrero que pone “Privado”, a tu
izquierda el pasillo se alarga hacia el norte unos cuantos metros.
Puedes ver una bifurcación a media altura en dirección este y, pa-
sada esta, tres puertas a la derecha del mismo. Al fondo de todo a
la izquierda hay una puerta que deduces debe de ser la entrada de
artistas que va a dar a la parte de atrás del escenario.
El apagado ruido de fondo que proviene de la sala no te permite
escuchar con claridad, pero jurarías que oyes voces provenientes de
la bifurcación que hay a la derecha del pasillo, aunque no parecen
acercarse. ¿Qué haces?

¿Avanzas por el pasillo y miras con cautela quién hay


más allá de la esquina?

¿O pegas tu oreja a la puerta que tienes frente a ti,


intentando escuchar si hay alguien dentro?

Avanzas por el pasillo. Pasa al 173.


Escuchas tras la puerta que hay frente a ti. Ve al 219.

Nada más llegar al pie de las escaleras se abren las puertas dobles
situadas a tu derecha y por ellas sale James el mayordomo llevando
una bandeja con un vaso vacío.
—¿Puedo ayudarle en algo, señor?

131
El caso White
—Desearía hablar con el resto del servicio ¿dónde podría en-
contrarles?
—Sígame, señor.
—Gracias...

Le sigues. Pasa al 105.

No consigues esquivar el cuchillo que Cara de Rata se ha sacado de


la manga, y este se te clava profundamente en un costado.

Recibes 1D6+2 puntos de daño.

Si todavía estás vivo, pasa al 168.

No consigues esquivar el cuchillo que Cara de Rata se ha sacado de


la manga, y este se te clava profundamente en un costado.

Recibes 1D6+2 puntos de daño.

Si todavía estás vivo, ve al 167.

Una desnuda bombilla que cuelga del techo te proporciona la sufi-


ciente luz como para ver que te hallas en el almacén del club noc-
turno. En las estanterías que hay fijadas a sus paredes se encuentran
todos los materiales y objetos necesarios para el funcionamiento

132
Jordi Cabau Tafalla
del club: artículos y útiles de limpieza, sillas de recambio, cajas con
licores, tabaco, vajilla, posavasos, estuches de cerillas con publici-
dad del club, etc.
En la pared sur está la entrada de servicio que has visto desde
la calle y entiendes por qué no viste una cerradura en el exterior:
la puerta está asegurada por un barrote que se cierra y abre desde
dentro. También observas que el acceso que acabas de abrir no tiene
ni cerradura ni manija por la parte que da al almacén por lo que es
imposible de abrir desde este. En la pared de la derecha hay otra
puerta y proveniente de ella escuchas el ruido provocado por los
clientes del club nocturno; es evidente que se trata de la puerta que
viste tras la barra del bar. Como no quieres ser sorprendido allí por
ninguno de los camareros regresas al despacho de Hanson cerrando
la puerta a tus espaldas.

Pasa al 353.

La sensación de algo fresco en la cara hace que recuperes la cons-


ciencia repentinamente.
Te das cuenta de que estás en el suelo y de que a tu lado está Vel-
ma con una toalla húmeda en la mano. Un poco más allá una de las
camareras ayuda a Bert a levantarse del suelo. Miras a tu alrededor
y no ves al camionero por ningún lado.
—¿Dónde está? —gruñes.
—Se largó. Le amenacé con llamar a la policía y se fue profirien-
do amenazas —responde la dueña del establecimiento, mientras te
ayuda a ponerte en pie.
Permaneces sentado unos instantes en una silla mientras Velma
saca su botiquín y aplica algo de desinfectante a tus heridas, luego
te sirve una copa de coñac y se sienta a tu lado.
—No necesito caballeros andantes que me protejan, David, sé

133
El caso White
cuidar de mi negocio. De todos modos, gracias a los dos —dice
girándose a Bert.
—De nada —dices.
—¿Llamo a un taxi que te lleve a casa? —propone Velma preo-
cupada.
—Yo lo haré —dice Bert.
—¿Seguro que podrás? —dice la mujer.
—Sí, no te preocupes Velma. ¿Vamos, David? —dice, dirigién-
dose a ti.
—Sí, necesito descansar.
Ambos salís juntos del restaurante y no es hasta que Bert te deja
en casa que te das cuenta de que no has pagado la cuenta del restau-
rante. “Seguro que Velma lo sabe”, piensas.

Dirígete al párrafo 152.

Después de un par de kilómetros, cuando estás seguro de que no te


sigue nadie, detienes tu auto junto a una cabina telefónica y llamas
a Bárbara White...
—Residencia White ¿dígame? —oyes la voz de James al otro
lado del teléfono.
—Póngame con la señora, pronto.
—Sí señor —responde el mayordomo.
Instantes después oyes la voz ansiosa de la madre de Kate.
—¿Carter? ¿Sucede algo? Todavía no son las ocho.
—Tranquilícese Bárbara, su hija está bien. Por desgracia la han
narcotizado para poder manejarla mejor y preferiría no haber de
llevarla a un hospital para no tener que responder a demasiadas
preguntas ¿conoce algún médico de confianza que sea discreto?
—El doctor Herbert ha sido siempre el médico de mi familia.
134
Jordi Cabau Tafalla
No dirá nada.
—Llámelo. Estaré ahí con Kate dentro de media hora —y cuel-
gas, regresando junto a la muchacha.
Una hora después tú, Thomas y Bárbara White estáis ante la
puerta de la habitación de Kate esperando que salga el doctor Her-
bert. Mientras este llegaba has aprovechado para informar al pa-
drastro de Kate de lo sucedido hasta el momento. La puerta se abre
y sale el doctor Herbert, lo cierto es que tiene el aspecto del típico
médico de familia de las películas: ligeramente calvo, rechoncho y
con gafas.
—Kate estará bien en unas horas —dice, dirigiéndose directa-
mente a Bárbara—. No le he administrado ningún medicamento,
bastante morfina lleva ya en el cuerpo, pero es joven y se recupe-
rará pronto. Ahora lo mejor que puede hacer es descansar. Si su
estado variase no dude en llamarme. Buenas noches.
—Buenas noches, doctor, y muchas gracias —responde Bárbara.
El doctor responde con una inclinación de su cabeza y desciende
las escaleras.
—Ya sé lo que acaba de decir el doctor —comentas— pero de-
bería hacerle un par de preguntas a Kate...
—¿No puede esperar a mañana? —dice Thomas, visiblemente
molesto.
—Mañana tal vez sea tarde —respondes—. No se preocupe, pa-
raré inmediatamente si veo que incomodo a Kate.
—No sé... el señor Carter nos ha ayudado tanto... —dice Bárbara
dubitativa.
—Pueden estar presentes, si lo desean —esta última afirmación
parece terminar de convencer a la madre de Kate, que da su con-
sentimiento.

Entráis los tres en la habitación. Pasa al 169.

135
El caso White

—¿Dónde está? —gruñe.


—Se largó —respondes—, le convencí para que lo hiciera.
Velma trae un botiquín y aplica algo de desinfectante a sus he-
ridas, luego le sirve una copa de coñac y se sienta a vuestro lado.
—No necesito caballeros andantes que me protejan, David, sé
cuidar de mi negocio. De todos modos, gracias a los dos —dice
girándose a Bert.
—De nada —decís ambos a la vez.
—¿Llamo a un taxi para que te lleve a casa? —propone Velma
preocupada.
—¡Por favor! ¡Mis compañeros se reirían de mí! —gruñe dolo-
rido Bert.
—Yo lo haré —dices. Sabes que el taxista no vive muy lejos de
tu casa.
—Te lo agradezco —dice Bert—. Ahora mismo no estoy en con-
diciones de conducir.
—Vamos —dices mientras le ayudas a levantarse de la silla—.
Gracias por todo Velma.
Ambos salís juntos del restaurante y no es hasta que aparcas el
taxi de Bert frente a su casa y lo dejas en manos de su preocupada
esposa que te das cuenta de que no has pagado la cuenta del restau-
rante.
“Seguro que Velma lo sabe”, piensas.

Dirígete al párrafo 152.

136
Jordi Cabau Tafalla

—¿Desde hace cuánto que el señor y la señora White duermen


en habitaciones separadas? —tu pregunta coge de improviso a Ja-
mes. Este duda unos instantes, pero al final responde.
—Desde poco antes del verano, señor. Aunque creo que esa in-
formación es de ámbito privado y no veo en qué puede ayudarle...

¿Has visitado el párrafo 115 y/o el 145?


Si es así, dirígete inmediatamente al 238.
En caso contrario, ve al 306.

...No das tiempo a Hanson a reaccionar. Cuando este aparta la puer-


ta para tomar su abrigo le lanzas un puñetazo directo a la mandíbula
que lo lanza al suelo cuan largo es. Aprovechando que está semiin-
consciente en el suelo le quitas rápidamente el arma que cogió de
la caja de caudales, abres el armario y sacas la maleta que contiene
el dinero del rescate, la abres y repartes este por los bolsillos de tu
gabardina, volviéndola a dejar donde estaba.
Te giras rápidamente para echar un vistazo a Hanson, el cual to-
davía no se ha recuperado del golpe que le has dado. Te acercas en
dos zancadas a la puerta disimulada que viste al otro lado del despa-
cho y la abres de golpe mientras sostienes tu arma en la otra mano...
Una desnuda bombilla que cuelga del techo te proporciona la su-
ficiente luz como para ver que te hallas en el almacén del club noc-
turno. En las estanterías que hay fijadas a sus paredes se encuentran
todos los materiales y objetos necesarios para el funcionamiento
del club: artículos y útiles de limpieza, sillas de recambio, cajas con
licores, tabaco, vajilla, posavasos, estuches de cerillas con publici-
dad del club, etc.
137
El caso White
En la pared sur está la entrada de servicio que has visto desde
la calle y entiendes por qué no viste una cerradura en el exterior:
la puerta está asegurada por un barrote que se cierra y abre desde
dentro. También observas que el acceso que acabas de abrir no tiene
ni cerradura ni manija por la parte que da al almacén por lo que es
imposible de abrir desde este.
En la pared de la derecha hay otra puerta y proveniente de ella
escuchas el ruido provocado por los clientes del club nocturno; es
evidente que se trata de la puerta que viste tras la barra del bar.
Como no quieres ser sorprendido allí por ninguno de los camareros,
regresas al despacho de Hanson cerrando la puerta a tus espaldas a
tiempo de ver cómo este se lleva una mano a la mandíbula con un
gemido de dolor...

Pasa al 158.

Por unos instantes llegas a creer que tu ruidosa entrada no ha aler-


tado a nadie... pero pronto compruebas que no ha sido así. Oyes vo-
ces provenientes de la oficina del almacén y, casi inmediatamente,
se abre la puerta de esta y dos figuras humanas descienden cuida-
dosamente por la empinada escalera de madera.
Te deslizas en silencio hacia unos bultos que hay en un rincón, in-
tentando ocultarte tras ellos.

Haz una tirada por la habilidad de Sigilo.

Tienes éxito. Consigues ocultarte tras los bultos


sin llamar la atención, ve al 41.
Hoy no es tu día. Ve al 318.

138
Jordi Cabau Tafalla

La doncella, la cocinera y el mayordomo se miran unos a otros y


niegan con la cabeza.
—No —responden los tres.
Lo cierto es que los tres parecen sinceros... sin embargo Evelyn,
la doncella, no parece hallarse del todo a gusto con aquella con-
versación, cosa que no deja de llamarte la atención. Decides que
todavía es muy pronto para forzar la situación.
—Si más adelante recuerdan algo que pueda ser de utilidad en la
búsqueda de la señorita Katherine, no duden en hacérmelo saber. El
señor James sabrá cómo hacérmelo llegar. Muchas gracias.
Notas que Evelyn parece aliviada cuando te despides y sales de
la salita por la puerta que da a la cocina seguido por James.

Pasa al 155.

Tu súbita irrupción ha pillado completamente desprevenidos a los


dos ocupantes de la habitación los cuales se han quedado com-
pletamente inmóviles con la vista clavada en el cañón de tu arma.
Aprovechas ese breve instante de sorpresa para lanzar una rápida
mirada a tu alrededor: aparte de la mesa y las sillas en que están
sentados los dos individuos el único mobiliario que hay en la ha-
bitación es un viejo archivador metálico sobre el cual descansa un
teléfono. Una mampara de madera y cristal divide la habitación en
dos, creando otra pieza independiente a la que se accede por una
puerta acristalada situada a tu izquierda.
Te fijas en los dos tipos: uno de ellos es casi un gigante, tiene
139
El caso White
la nariz rota (de una antigua pelea probablemente), viste un traje
sin corbata y lleva la cabeza descubierta. El otro hombre parece un
enano al lado del gigante, viste traje con corbata y lleva un sombre-
ro echado hacia atrás; la expresión de su rostro te recuerda vaga-
mente a un roedor.
—¡Eres un estúpido, Kid! Te dije que había oído algo... —dice
Cara de Rata.
—¡No mováis ni un músculo si no queréis sufrir una intoxica-
ción por exceso de plomo! —dices amenazadoramente.
En ese momento, un gemido proveniente del otro lado del mam-
paro te recuerda que estás haciendo allí.
—¡Las manos encima de la mesa!—. El cañón de tu arma se
mueve alternativamente de uno a otro mientras avanzas lentamente
hacia la puerta del fondo sin quitarles un ojo de encima.
Cuando llegas a la puerta la abres sin dejar de mirar a los dos
tipos.
—¡Quietos! —vuelves a insistir mientras lanzas una rápida mi-
rada al interior.
En los pocos segundos que has observado la pieza has podido
ver que, en esta, solo hay una mesa de despacho con un sillón de
madera tras él... y, en un rincón, una figura humana tumbada sobre
unas viejas mantas.
Captas un movimiento a tu espalda por el rabillo del ojo, y te gi-
ras rápidamente... para descubrir que Cara de Rata acaba de lanzar
algo contra ti a la velocidad del rayo.

Haz una tirada de Agilidad.

Si la fallas, ve al 97. Si la pasas, ve al 207.

140
Jordi Cabau Tafalla

La voz se correspondía con la de un hombre adulto, sin ningún


acento o particularidad característica. Debido a las precauciones
tomadas por el secuestrador, no podrías asegurar que no la has es-
cuchado antes.

Ve al 216.

Caes directamente sobre el duro suelo de cemento recibiendo 2D6


heridas por contusiones.

¿Todavía te quedan puntos de resistencia?


Si todavía estás vivo, dirígete al 372.

Dentro del mueble bar ves un buen surtido de bebidas alcohóli-


cas, así como varias barajas de cartas nuevas y fichas de plástico
como en los casinos. La habitación huele a tabaco y, por el aspecto
desgastado del tapete de la mesa de juego, dirías que las partidas
de cartas son bastante habituales aquí. Estás a punto de abandonar
tu examen... cuando debajo de la mesa de juego encuentras varios
envoltorios de caramelo del mismo tipo que los que hallaste en el
apartamento de Ricardo Ortiz. No ves nada más que te llame la
atención...

141
El caso White
... por lo que decides echar un vistazo a la puerta del rincón.
Ve al 203.

La doncella, la cocinera y el mayordomo se miran unos a otros y


niegan con la cabeza.
—No —responden los tres.
Los tres te parecen sinceros.
—Si más adelante recuerdan algo que pueda ser de utilidad en la
búsqueda de la señorita Katherine, no duden en hacérmelo saber. El
señor James sabrá cómo hacérmelo llegar. Muchas gracias.

Te despides y sales de la salita por la puerta que da


a la cocina seguido por James. Pasa al 155.

—Mi esposa y yo hemos pensamos que lo mejor para Kate será


que este asunto se airee lo menos posible —te dice Thomas Whi-
te—. Si la policía interviene tarde o temprano la noticia saltará a la
prensa y ello supondría otro trauma para Kate. Es preferible dejarlo
todo tal y como está, por el bien de nuestra hija.
—Le estamos muy agradecidos por todo lo que ha hecho por
nosotros —dice Bárbara—No olvidaré que, si mi hija sigue viva, es
probablemente gracias a usted. Recibirá una buena recompensa por
ello... —hace un gesto para acallar tus protestas— la mejor forma
de agradecérmelo es olvidar este asunto y guardar la mayor discre-
ción posible acerca del mismo...
—No se preocupe —comentas.
—Ahora, si nos disculpa, preferiríamos estar solos. Estos dos

142
Jordi Cabau Tafalla
últimos días han sido agotadores —dice Thomas White.
—Lo entiendo —respondes...

... te despides y abandonas el salón.


Pasa al 79.

Te subes las solapas de la chaqueta y metes las manos en los bolsi-


llos para protegerlas del frío. Ya es noche cerrada y a pesar de que
tan solo son las ocho no ves a nadie en la calle. Te diriges a paso
vivo a tu apartamento para entrar en calor y al cabo de quince mi-
nutos te encuentras a la puerta de tu bloque. Abres la puerta y echas
un vistazo al correo de tu buzón. “¡Facturas! ¡Siempre facturas!”,
te diriges al ascensor para descubrir que cuelga del mismo el cartel
de “Averiado”.
Con una maldición empiezas a subir las escaleras hasta alcanzar
el cuarto piso en el que vives. Abres la puerta de tu apartamento
y enciendes las luces de la salita. Te dejas caer en el viejo sillón y
lanzas un profundo suspiro. Echas la cabeza hacia atrás mientras
cierras los ojos... ¡cuando, un ruido a tu espalda hace que los abras
de repente!

Pasa al 346.

“¡Maldita cerradura!”, piensas, “¡te vas a abrir como me llamo


David Carter!”

... haz una tirada por la habilidad de Observar

143
El caso White
Si tienes éxito, pasa al 276.
En caso contrario, ve al 383.

Sales al pasillo y abres la puerta que hay frente a ti y que lleva a la


sala de fiestas.

Ve al 344.

—¿Dónde puedo encontrar al jardinero? —preguntas al mayor-


domo una vez a solas en la cocina.
—Si no está en la salita para el servicio, como es el caso, casi se-
guro que estará en el cobertizo que hay en la zona sureste del jardín,
si no está en algún lugar del jardín mismo, señor.
—¿Y dónde suele hallarse el chófer cuando no se halla haciendo
un servicio para alguien de la casa?
—O en la salita para el servicio, que no es el caso, o en el garaje,
señor.
—¿Dónde está el garaje?
—En la zona noroeste del jardín. No tiene pérdida, señor.
—¿Le sobra una brújula?
—¿Cómo dice, señor?
—Nada, gracias. Ya les buscaré.
—Bien, señor.
Sales de la cocina por la puerta que da al pasillo, cerrándola tras
de ti. Frente a ti está la puerta que lleva al pequeño distribuidor,
donde sabes que hay una puerta que lleva al mismo jardín que pue-
des ver por la ventana que hay a tu izquierda. A tu derecha el pasillo
describe un giro de noventa grados. Desde donde estás puedes ver

144
Jordi Cabau Tafalla
una puerta frente a la ventana, aunque el ángulo del pasillo no te
deja ver el final del mismo. ¿Qué haces?

¿Sales al distribuidor que va a dar al jardín? Ve al 160.


¿Avanzas por el pasillo? Ve al 165.

“¡No hay manera!” piensas. Tras casi media hora intentando abrir
la maldita cerradura decides que la tarea está más allá de tus posi-
bilidades.

Decides intentar trepar a uno de los ventanales.


Pasa al 44.

“Todavía es demasiado pronto para que haya alguien en un local de


estas características”, piensas...
Observas el callejón con más detenimiento que la primera vez.
Aparte de la entrada posterior del “Blue Iguana” solo hay otra
puerta, también de servicio, perteneciente a un edificio contiguo,
un almacén de mercancías; estás a punto de marcharte cuando ob-
servas algo entre la basura que hay en el suelo cerca de los cubos
de basura. En otras circunstancias lo habrías pasado por alto, pero
una lucecita se enciende en el fondo de tu mente y te agachas para
examinarlo más de cerca.
Se trata de un arrugado envoltorio de caramelo.
Metes la mano en uno de los bolsillos de tu gabardina y sacas
otro arrugado envoltorio de caramelo, idéntico al que hay en el sue-
lo.

145
El caso White
Recuerdas que, ayer por la tarde, cuando registraste el aparta-
mento del chófer de los White, encontraste dicho envoltorio tirado
de un modo que solo habría sido posible si quien lo hubiera hecho
hubiese participado en el registro o hubiese llegado al apartamento
después de efectuado este.
Te levantas y examinas detenidamente la puerta del otro local.

Haz una tirada de Observar.

... si tienes éxito, dirígete al párrafo 352.


En caso contrario, ve al 384.

...coges la lámpara que hay sobre la mesilla de noche y la enfocas


hacia él cuidando de permanecer en las sombras. Cuando ves que
Hanson intenta incorporarse le apuntas con tu arma de modo que
esta quede iluminada por la luz.
—Quieto —dices.
—¿Qué demonios... ? —dice mientras se lleva la mano a los
ojos, cegado por la luz— ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
—Respuestas.
—No entiendo...
—Ni falta que hace. Solo quiero saber una cosa ¿dónde está Ri-
cardo Ortiz?
—No lo sé... —ves que lleva su mano lentamente hacia el bolsi-
llo donde ocultaba el revólver que le has quitado.
—¿Buscas esto? —le dices, sacando el arma de tu bolsillo con tu
otra mano y mostrándola a la luz.
Hanson se queda quieto. Amartillas tu arma y le apuntas direc-
tamente.
—¿Dónde está el mejicano? ¿le mataste? ¿o encargaste a esos
dos inútiles que te hicieran el trabajo sucio? —una idea repentina

146
Jordi Cabau Tafalla
viene a tu mente, y añades— Ortiz tiene una cuenta pendiente con
el Don, y el Don quiere saber.
Ves que Hanson está asustado, y te parece sincero cuando te
responde.
—¡Le juro que no lo sé! ¡Me harté de sus promesas y envié a mis
hombres a que le dieran una paliza y le dijeran que no quería volver
a verle por aquí si no me traía lo que me debía!
¡Pero no lo encontraron! ¡Se había dado el piro! ¡Alguien debió
de avisarle! Permaneces unos instantes en silencio para dar más
fuerza a tus palabras.
—Si me has mentido lo sabré... y no volveré solo. No te muevas
—dices mientras te diriges hacia la puerta que da al almacén sin de-
jar de apuntarle. La cruzas rápidamente, cerrándola a tus espaldas,
coges una caja de bebidas y la apoyas en la puerta dificultando su
apertura desde el despacho. Te diriges a la puerta de servicio que da
al exterior, sacas el barrote que la asegura, y cruzas rápidamente la
calle en busca de tu auto mientras ves como un taxi gira la esquina
y se detiene ante el club nocturno.
Sonríes para tus adentros pensando en la cara que pondrá Reno
cuando descubra que ya no tiene el dinero. Con un poco de suerte,
ya estará en México para entonces. Subes a tu auto y arrancas como
una bala sin ni tan siquiera perder tiempo en encender las luces.
Todo ello apenas te ha llevado un par de minutos.
Una vez estás a varias manzanas de allí, enciendes las luces y
moderas la velocidad mientras lanzas un suspiro de alivio.

Enciendes un cigarrillo mientras el frescor de la noche


te ayuda a pensar. Pasa al 13.

—¿Puede dejarnos solos un momento? —dice Thomas White.


—Por supuesto —respondes—, les estaré esperando en el salón.

147
El caso White
Te diriges al salón y, al cabo de pocos minutos, aparecen Tho-
mas y Bárbara White.
—Mi esposa y yo hemos decidido que lo mejor para Kate será
que este asunto se airee lo menos posible —te dice Thomas Whi-
te—. Si la policía interviene tarde o temprano la noticia saltará a la
prensa y ello supondría otro trauma para Kate. Es preferible dejarlo
todo tal y como está, la tranquilidad de Kate bien vale esos doscien-
tos mil dólares.
—Le estamos muy agradecidos por todo lo que ha hecho por no-
sotros —dice Bárbara— No olvidaré que, si mi hija sigue viva, es
probablemente gracias a usted. Recibirá una buena recompensa por
ello... —hace un gesto para acallar tus protestas— la mejor forma
de agradecérmelo es olvidar este asunto y guardar la mayor discre-
ción posible acerca del mismo...
—Descuide —comentas.
..Poca cosa más hay que decir, te despides de la familia White y
abandonas su mansión.
Una vez en la calle te pones tu sombrero y te diriges con paso
lento hacia tu auto. Subes al mismo, lo pones en marcha y permane-
ces unos instantes pensando en lo que acaba de suceder.
“Es evidente que los White ignoran el macabro contenido de su
piscina”, piensas, “es indudable que el cadáver que encontré es el
chófer de la familia, Ricardo Ortiz. Pero, ¿quién lo mató?, ¿y por
qué? Los tipos que secuestraron a Kate seguían buscando al chófer
al día siguiente de que este hubiese muerto, por lo que no podían ser
sus asesinos. También podrían haberle mentido a Kate. Lo cierto
es que un asesino entró hace dos noches en el jardín de los White
y estranguló al chófer, y ese asesino sigue libre. Si no lo atrapo los
White podrían estar en peligro”
Enciendes las luces y pones en marcha el auto, dirigiéndote al
único lugar donde puedes proseguir tu investigación, dado lo avan-
zado de la noche...

... el “Blue Iguana”. Pasa al 209.

148
Jordi Cabau Tafalla

A tu izquierda se halla la puerta acristalada que lleva al jardín y a


tu derecha está la puerta que va a dar al vestíbulo de la mansión.
Frente a ti hay otra puerta que desconoces adónde va a dar. Dudas
entre salir al jardín o seguir explorando la casa. ¿Qué haces?

Sales al jardín. Pasa al 180.


Abres la puerta que hay frente a ti. Pasa al 185.

De hecho la puerta está abierta y, pese a la poca luz reinante, puedes


distinguir una amplia habitación que, en su día, debió de ser el ves-
tuario de los trabajadores del almacén: unos colgadores en la pared
y unos destartalados bancos de madera bajo estos lo atestiguan. Al
fondo ves un par de puertas abiertas: un inodoro y una ducha con-
firman tu impresión de que el lugar era un vestuario.
Una repentina idea viene a tu mente: te acercas hasta el inodoro
y buscas un interruptor en la pared, accionándolo. La luz se encien-
de y, con la claridad de esta, descubres que el inodoro, pese a no
estar muy limpio, se utiliza regularmente. Apagas la luz y regresas
pensativo hasta debajo de la escalera de madera. “Cerraduras nue-
vas, bisagras engrasadas, electricidad, servicios utilizados... este
almacén no está tan abandonado como parece indicar su aspecto
exterior”. Estás pensando en esto último cuando oyes claramente
un gemido proveniente de la oficina... un gemido femenino...

Pasa al 193.

149
El caso White

La súbita maniobra del italoamericano te ha pillado desprevenido y


tu disparo se pierde en la noche.
Desgraciadamente Vince Frattini no es un oponente cualquiera,
deberás llevar a cabo un total de tres aciertos en la habilidad de
Disparar para neutralizarle.
Además, tienes una penalización de -2 a la habilidad de Disparar
debido a la oscuridad ya que tu oponente se ha ocultado entre los
arbustos. Además, cada vez que falles significará que Vince te ha
devuelto el fuego con éxito.

Con un revólver de calibre 22 que llevaba oculto en su pantorrilla


izquierda (si previamente le obligaste a deshacerse del arma que
ocultaba bajo el brazo), causándote 1D6+2 puntos de daño por
impacto.

Con una pistola automática de calibre 45 que ocultaba bajo el


brazo (si no la has visto antes), causándote 2D6 puntos de daño
por impacto.

Si no tienes éxito ve al 399.


En caso que le derrotes, ve al 400.

¡Riiiing! ¡Riiiing! ¡Riiiing! El ruido de un teléfono te saca de tu


sueño y alargas la mano hasta el receptor que hay en la mesilla de
noche.
—¿Diga? Carter al habla —murmuras con la voz ligeramente
resacosa.

150
Jordi Cabau Tafalla
—¿Carter? ¡Soy Bárbara White! ¡Por fin le encuentro! ¡Hace
una hora que intento localizarle! ¡He llamado a su despacho varias
veces hasta que la compañía telefónica me ha dado este número!
—la voz de la señora White parece muy nerviosa y alterada. Echas
un vistazo al despertador que hay en la mesilla de noche intentando
averiguar la hora que es hasta que recuerdas que anoche te olvidaste
de darle cuerda.
—¿Qué hora es? —preguntas.
—¡Son las nueve y media de la mañana! —responde Bárbara
White. Miras por la ventana para ver que los rayos de sol se están
filtrando a través de la persiana. ¡Te has quedado dormido vestido
encima de la cama!—. ¿Qué sucede, señora White? ¿Hay alguna
novedad? —notas un tono extraño en la voz de la señora.
—¡Venga inmediatamente a mi casa! ¡Hemos de hablar de algo
muy importante! —dice nerviosa.
—¿Y no me lo puede decir por teléfono? —respondes extrañado.
—No. Venga por favor —dice, casi suplicando, la señora White.
—¿Qué pasa? —dices.
Tras unos instantes de silencio, oyes la voz llorosa de la señora
White que te responde.
—Han secuestrado a Katherine.
—Voy para allá inmediatamente —respondes, colgando el telé-
fono ya completamente despierto.
Te cambias rápidamente la ropa arrugada y sales a la calle. Coges
un taxi para que te acerque al restaurante de Velma, donde dejaste
aparcado tu auto la noche anterior. Pones en marcha el motor con
la intención de dirigirte rápidamente a la mansión de los White...

¿Llevas tu arma encima? Si no es así ve al 71.


En caso afirmativo pasa al 174.

151
El caso White

Te fijas en un bulto que tiene en el sobaco izquierdo.


—Coja la pistola que lleva y déjela caer en el suelo. Pero que
muy lentamente —añades. Sosteniéndola con dos dedos, el tipo
saca una automática del 45 de la axila izquierda, dejándola caer
sobre la hierba con una gélida sonrisa.

Pasa al 357.

Te encuentras ante a la puerta que hay delante de la ventana. El pa-


sillo continúa haciendo un giro de noventa grados hacia la izquier-
da, no ves ninguna puerta en él. ¿Qué haces?

¿Vuelves sobre tus pasos y sales al distribuidor


que sabes va a dar al jardín? Ve al 160.
¿Intentas abrir la puerta que hay ante ti? Ve al 170.
¿Avanzas por el pasillo hasta la siguiente
esquina del mismo? Ve al 175.

Pasan unos minutos de las diez cuando el mayordomo viene a bus-


carte.
—El servicio ya se ha marchado, señor, puede salir.
Le sigues hasta la salita de espera del servicio, donde ves unos
emparedados y una botella de cerveza sobre la mesa.
152
Jordi Cabau Tafalla
—Si quiere puedo prepararle otra cosa, señor —comenta James.
—No, gracias, bastará con eso. ¿A qué hora se acuesta usted,
James? —preguntas, sentándote a la mesa.
—No más tarde de las once de la noche, señor; tengo que estar
preparado para recibir al resto del servicio a las siete de la mañana.
—¿Y los señores?
—Depende... de todos modos, si necesitan algo a partir de las
once, suelen bajar ellos a la cocina.
—¿Dónde están ahora?
—La señora ha hecho llevarse un sofá a la habitación de su hija
para velarla toda la noche. El señor está en su despacho, tomando
una copa y escuchando la radio antes de dar su paseo nocturno. Si
no me necesita para nada más, me retiraré a mi habitación. Si sue-
na el teléfono antes de las once es que reclaman mis servicios; no
lo coja, puedo oírlo desde mi habitación y ya vendría a atenderlo.
Buenas noches, señor —se despide James.
—Buenas noches —respondes, quedándote solo en la salita.
Cenas en silencio y, al terminar, dejas los platos en el fregadero
de la cocina.

Pasa al 206.

Aprietas el gatillo de tu arma en un acto reflejo.

Haz una tirada por la habilidad de Disparar.

Si pasas la tirada, ve al 267.


Si la fallas, ve al 348.

153
El caso White

Aprietas el gatillo de tu arma en un acto reflejo.

Haz una tirada por la habilidad de Disparar.

Tienes éxito, ve al 257.


La fallas, pasa al 327.

—¿Eres tú, mamá? —Kate tiene los ojos cerrados, pero los abre
al oír la puerta.
—Sí, cariño —responde la señora White.
—Perdóname. No volveré a escaparme.
—No hay nada que perdonar, cariño. Lo importante es que estés
bien —dice mientras le acaricia la frente—. Este es el señor Carter,
quiere hacerte unas preguntas. Él nos ha ayudado a encontrarte.
—¿Es usted policía? —te pregunta Kate con un poco de miedo
en la voz.
—Lo fui hace mucho tiempo... —respondes—. Si no quieres
contestarme, no tienes por qué hacerlo, Kate.
—No puedo dormir. Pregúnteme —dice la joven.
—Bien ¿tú y Ricardo, el chófer, teníais intención de huir juntos,
verdad?
—Sí... —dice en voz baja.
—¿Qué sucedió la noche en que debías escaparos juntos?
—Habíamos quedado en el jardín a la una, junto al pozo falso.
Estuve esperando hasta las dos y, al ver que no venía, salí de casa
por la puerta principal, paré un taxi y fui a casa de Ricardo, pensan-
do que lo encontraría allí...

154
Jordi Cabau Tafalla
—... Pero no estaba —comentas.
—No..., no estaba. Abrí la puerta de su apartamento con una
llave que me había dado y me quedé dormida esperándole.
—... Y te despertó Dakota, la amiga de Ricardo. ¿Qué te dijo?
¿Por qué te fuiste con ella? Bárbara y Thomas te observan intriga-
dos, ya que no les habías contado nada de todo esto.
—Me dijo que había ido al apartamento de Ricardo para avisarle
de que unos tipos iban a darle una paliza. Ricardo les debía dinero
y, como no podía pagarles, le iban a romper las piernas. Me asusté
mucho y Dakota me dijo que no podía quedarme allí, me ofreció
quedarme en su apartamento hasta que apareciese Ricardo.
—... Y la seguiste. ¿Sabía ella lo de tu fuga con Ricardo?
—No, y se enfadó mucho con Ricardo cuando se lo dije.
—¿Por qué?
—Me dijo que ella y Ricardo habían sido novios hacía tiempo,
pero que lo habían dejado correr y ella no le deseaba ningún mal.
Cuando le dije que iba a fugarme con Ricardo se puso furiosa con
este, sobre todo cuando le dije que era menor de edad. Dijo que se
merecía que le rompieran las piernas...
“Estoy de acuerdo”, piensas.
—¿Qué pasó luego? —preguntas.
—Dakota se marchó a trabajar y me dejó sola en su apartamento,
diciéndome que no abriera a nadie. Eran las nueve de la noche, más
o menos. Acababa de irse cuando dos tipos, uno muy alto y otro
bajo entraron en el apartamento buscando a Ricardo.
—¿Les abriste tú?
—No. Tenían llave aunque, por lo que dijeron, me pareció en-
tender que Dakota no lo sabía. Al ver que Ricardo no estaba me lle-
varon con ellos. Yo no quería ir, pero me amenazaron con hacerme
daño, pensaban que yo sí sabía dónde se ocultaba Ricardo.
—¿Dónde te llevaron?
—No lo sé, me taparon la cabeza con un trapo cuando entré en
su auto. Condujeron un rato y luego el auto se detuvo, el grandullón
me sacó en volandas, caminamos un trozo, subimos unas escaleras,
me sentaron en una silla y me quitaron el trapo. Me enfocaron una

155
El caso White
lámpara a los ojos y me interrogó acerca de Ricardo.
—¿Quién?
—Otro hombre, parecía el jefe.
—¿Qué sucedió luego?
—Al ver que yo no sabía nada estuvieron a punto de soltarme.
Pero estaba tan asustada que les conté quién era yo y lo de mi fuga
con Ricardo. Entonces se olvidaron de él y decidieron pedir un
rescate por mí... y eso es lo último que recuerdo claramente. Me
sujetaron y me pincharon algo en el brazo, a partir de ahí todo es
confuso.
—Gracias, Kate, eso es todo. Ahora prueba a descansar un poco
—dices mientras sales de la habitación.
Una vez fuera, los padres de Kate se te acercan y te preguntan
intrigados.
—¿Qué es todo eso del chófer, los dos tipos y la fuga a Oklaho-
ma? —pregunta intrigado Thomas White.
—Dakota —respondes— y es un nombre artístico.
—No nos lo ha dicho todo, señor Carter —dice la señora White.
—Lo cierto es que su hija tenía pensado fugarse con el chófer
de la familia, Ricardo Ortiz. Sospecho que iban a irse a Méjico y,
una vez allí, Ricardo utilizaría su influencia sobre Kate para casarse
con ella.
—¡Pero si es menor de edad! —dice Bárbara.
—Hay lugares en los que no piden el certificado de nacimiento
para casarse, señora White. Me parece que esta parte del plan era
ignorada por su hija aunque, una vez en Méjico, estaría completa-
mente a merced de Ricardo. Creo que la auténtica intención de este
era, una vez celebrado el matrimonio, exigirles a ustedes una gene-
rosa compensación económica para deshacer el entuerto.
Thomas White lanza una maldición.
—¡Cómo le ponga las manos encima!
—No creo que vuelva a aparecer por aquí... —comentas.
—Pero eso no explica lo del secuestro de Kate... —dice Bárbara.
—Ricardo estaba metido en varios asuntos turbios y unos indivi-
duos nada recomendables le buscaban para satisfacer una deuda de

156
Jordi Cabau Tafalla
juego —respondes—, Kate se encontró en el peor lugar y en el peor
momento, eso es todo. ¡Ah, por cierto! He recuperado su dinero.
Transcurren unos instantes de silencio.
—¿Qué podemos hacer ahora? —dice Bárbara White.
—Pueden tratar de olvidarlo todo e intentar rehacer sus vidas,
esa es una opción —contestas.
—¿O... ? —interroga Thomas.
—... Pueden intentar llegar hasta el final del asunto y pretender
que los que le han hecho daño a Kate paguen por ello. En ese caso
hay dos opciones, o sigo investigando por mi lado hasta hallar a
los culpables y luego nos ponemos en contacto con la policía, o
llamamos directamente a la policía y les comunicamos todo lo que
sabemos y que ellos sigan a partir de ahí...
—¿Puede dejarnos solos un momento? —dice Thomas White.
—Por supuesto —respondes—, les estaré esperando en el salón.

Bajas las escaleras y te diriges al salón.


Pasa al 34.

Giras el pomo y empujas la puerta descubriendo que está abierta,


aunque la pieza a la que da está completamente a oscuras. Tanteas
junto a la puerta en busca de un interruptor y enciendes la luz.
Ante tus ojos puedes ver un pequeño dormitorio compuesto por
una cama, una mesita de noche, un armario no muy grande y un es-
critorio con una silla ante él. Un breve examen del armario y el es-
critorio revelan que se trata del dormitorio de James Worthington,
el mayordomo, el único miembro del servicio que pasa la noche en
la casa. Algunos papeles y cartas que hay en el escritorio te infor-
man de que James es inglés y de que lleva varios años al servicio
de la señora White.
El dormitorio de James es una habitación interior, por lo que

157
El caso White
no está muy bien ventilada. Ello motiva que, cuando estés a punto
de salir, un ligero olor proveniente de la zona de la cama te lleve
a examinar más detenidamente esta, descubriendo en una caja de
zapatos dos botellas de whisky escocés añejo, una de ellas prácti-
camente vacía.
“¡Caramba con el mayordomo!” piensas. Sales de la habitación
dejándolo todo tal como estaba. Una vez en el pasillo miras a tu
izquierda, por donde este continúa y a la puerta situada frente a ti
y a la derecha, que sabes va a dar al distribuidor que da al jardín.
“Tal vez será mejor que no me pillen fisgando por aquí”, piensas,
“debería salir al jardín y buscar al jardinero y al chófer”...

“Será lo mejor”, piensas, y cruzas la puerta de la derecha


hacia el distribuidor. Pasa al 160.
“¡Qué demonios!”, piensas, y giras a la izquierda
hasta la esquina del pasillo. Pasa al 175.

A medida que te vas acercando oyes ruido de voces proviniendo de


la oficina. Extremas las precauciones situándote justo debajo de la
escalera de madera. Una vez allí tratas de escuchar la conversación
que se desarrolla encima de tu cabeza.

Haz una tirada por la habilidad de Observar.

Si tienes éxito, dirígete al 264.


En caso contrario, ve al 301.

158
Jordi Cabau Tafalla

Aprovechando un cristal roto, metes la mano y abres el cierre in-


terior del ventanal. Empujas este lo suficiente como para descubrir
que, por la parte interior, el suelo está a tan solo dos metros del al-
féizar; calculas la distancia y saltas con cuidado de no hacerte daño.

Haz una tirada por la habilidad de Agilidad.

Si tienes éxito, ve al 111.


Si fallas, ve al 282.

Llegas hasta la esquina y echas un vistazo con cautela más allá de


la misma.
Observas un corto pasillo que finaliza en una puerta que va a dar
al callejón que hay detrás del “Blue Iguana”. La puerta está abierta
y sentados en el escalón que hay en la entrada están Bill y Studs
fumando y bebiendo cerveza mientras conversan sin que parezca
importarles el frío aire nocturno.
—¿Qué te hace suponer que en la Costa Este tendríamos más
éxito? —comenta Studs respondiendo a Bill.
—No digo que tengamos más éxito, al menos no al principio
—contesta Bill— pero hay más oportunidades para un grupo como
el nuestro.
—El “Blue Iguana” no es un mal sitio... —responde Studs.
—¿Quieres estar tocando aquí toda tu vida? Mi hermano toca
el saxofón dos veces por semana en un local del Village en Nueva
York y gana lo mismo que yo tocando aquí cada noche —responde
vehementemente Bill.

159
El caso White
—No sé... ¿qué dirán Louie y Dakota? —dice Studs dudando.
—Has de ayudarme a convencerlos. Me consta que Dakota está
un poco harta de este sitio...
¿Aprovechas que están de espaldas a ti y concentrados en su
conversación para cruzar al otro lado del pasillo?
¿O regresas sobre tus pasos y escuchas tras la puerta que pone
“Privado”?

Cruzas al otro lado del pasillo, ve al 64.


Regresas y escuchas tras la puerta. Pasa al 219.

Aparcas frente a la puerta principal y subes de un salto los escalo-


nes que llevan a esta. Antes de que hayas podido llamar, la puerta
se abre y tienes frente a ti a James, el mayordomo.
Apenas abre la boca que ya le estás preguntando.
—¿Dónde está la señora White?
—Sígame, señor.
Sigues a James al interior de la mansión hasta la misma sala don-
de viste por primera vez a Bárbara White. Esta vez ella está sentada
en uno de los lujosos sillones con el rostro entre las manos, sentada
junto a ella con un brazo por encima de sus hombros en actitud
consoladora hay un hombre de unos cuarenta y pico años, cabello
castaño claro, ojos oscuros y bigote: Thomas White. Le reconoces
por las fotografías de él que viste el día anterior en la biblioteca de
la mansión. Ambos se giran al oírte llegar.
—¿Señor Carter? ¡Gracias a Dios que ha venido! ¡Déjenos so-
los, James! —dice la señora White.
El señor White hace un gesto para que tomes asiento frente a
ellos.
—Cuéntenmelo todo —dices mientras te sientas.
Observas que Thomas White viste un elegante traje y está co-

160
Jordi Cabau Tafalla
rrectamente peinado y afeitado; sin embargo, su esposa tampoco ha
tenido tiempo esta vez de vestirse y todavía lleva una bata encima
del camisón de dormir; observas que no lleva maquillaje y que tiene
los ojos enrojecidos de haber llorado, le tiembla la voz al hablar y
parece sinceramente afectada por lo sucedido.
—Esta mañana, a eso de las ocho y media, cuando mi esposo
estaba a punto de marcharse a su oficina, han telefoneado pregun-
tando por él. James le ha pasado la llamada y ha resultado ser un
hombre que ha afirmado tener secuestrada a mi hija y ha exigido
que paguemos un rescate si queremos volver a ver a Kate con vida.
—Entiendo ¿estaba usted presente cuando se ha hecho esa lla-
mada?
—No... Mi esposo me ha despertado inmediatamente informán-
dome de ella. Te giras hacia el señor White.
—¿Qué puede decirme de esa llamada? —preguntas.
Pese a la calma aparente que mantiene Thomas White mientras
te habla, te das perfecta cuenta de que también está afectado por
todo el asunto.
—Me desperté esta mañana poco antes de las ocho, como cada
día. Me arreglé y estaba a punto de pedir un taxi para dirigirme a la
oficina cuando James me informó de que había una llamada de un
hombre que preguntaba directamente por mí.
—¿Cómo se presentó ese hombre a James? —preguntas.
—Dijo tener noticias de Katherine y que solo las diría a mí o a
su madre.
—Cuando habló con usted ¿qué le dijo?
—Fue muy rápido... dijo que tenía a Katherine en su poder y
que debíamos pagar un rescate de 200.000 dólares si queríamos
volver a verla con vida. Que no llamásemos a la policía y que vol-
vería a llamar al mediodía dándonos los detalles sobre cómo debía
realizarse la entrega. Para que supiese que no mentía describió con
detalle la ropa que llevaba Katherine cuando se marchó y un par de
detalles sobre su físico que me indicaron que, o conocía muy bien
a Kate, o verdaderamente esta estaba en su poder: una cicatriz en la
pierna, consecuencia de un profundo corte que se hizo cuando tenía

161
El caso White
doce años, y una mancha en la piel del brazo izquierdo, seguida-
mente colgó.
—¿Reconoció la voz? —preguntas.
—No... aunque sonaba un poco extraña, como apagada —dijo
Thomas White—. Era la voz de un hombre adulto, eso sí. No tenía
ningún acento característico.
“Probablemente utilizaría un pañuelo para disimular la voz...
“, piensas. Permaneces unos instantes en silencio barajando en tu
mente todo lo que has averiguado hasta el momento y te das cuenta
de que no puedes descartar la posibilidad de que realmente Kathe-
rine haya caído en poder de algún desaprensivo...
—¿Dijo que iba a llamar a un taxi para ir a la oficina? ¿Acaso no
tienen chófer? —preguntas al señor White.
—Cierto, pero desde ayer que no ha aparecido por aquí —Tho-
mas White parece molesto—. Lo contraté porque era bueno con-
duciendo y sabía de mecánica, pero la verdad es que ha resultado
ser un impresentable incapaz de mantener una regularidad en su
trabajo. Voy a despedirle inmediatamente que se presente.
—¿No sabe usted conducir? —preguntas.
—Sí, pero yo no me ocupo de esos detalles —responde Thomas
White con naturalidad, como si tener chófer fuese lo más normal
del mundo.
Permaneces pensativo unos instantes...
—... Bien, hemos de partir de la base de que su hija se halla en
poder de unos secuestradores. ¿Qué piensan hacer?
Ambos padres se miran y te miran a ti sin entender lo que quie-
res decir.
—No comprendo... —dice el señor White.
—¿A qué se refiere? —Bárbara White parece igualmente des-
orientada. Lanzas un suspiro y les explicas la situación.
—Verán... si deciden ocultar el secuestro a las autoridades y algo
sale mal —al decir esto la señora White se pone pálida— podrían
tener que enfrentarse a un juicio por obstrucción a la justicia, con
penas de cárcel de uno a quince años. Además, deben de tener en
cuenta que en este país el secuestro de una menor es un crimen

162
Jordi Cabau Tafalla
federal que debe de ser investigado por el FBI y castigado con ca-
dena perpetua en el mejor de los casos y hasta pena de muerte en
el peor… —haces una pausa para que tengan tiempo de asimilar lo
que acabas de decir, y prosigues—. La persona que haya secues-
trado a Kate probablemente lo sabe y no estará dispuesta a dejarse
atrapar... sin importarle lo que deba sacrificar para ello...
La señora White oculta su rostro entre las manos y empieza a
llorar silenciosamente.
—... por otro lado, si llaman a las autoridades, mi experiencia
personal me dice que es probable que se preocupen más por intentar
dar caza a los secuestradores que por la seguridad de su hija, por lo
que no sería la primera vez que algo sale mal...
Thomas White también está muy afectado cuando te habla.
—¿Qué podemos hacer, señor Carter? ¿Qué nos aconseja? Ins-
piras lentamente, antes de responder...

Si decides llamar al F.B.I., pasa al párrafo 186.


Si decides llevar este asunto al margen de
las autoridades, ve al 197.

Giras la esquina para descubrir que el pasillo finaliza a los pocos


metros en una puerta cerrada. A la derecha hay otra puerta a través
de la cual puedes oír el sonido de una radio. Deduces que esa puerta
es la que viste cerrada en la sala de espera del servicio. Por lo que
intentas abrir la puerta que hay al final del pasillo... para descubrir
que se trata del cuarto de baño del servicio. Un examen superficial
del mismo te convence de que allí no encontrarás ninguna pista.
Cierras la puerta y regresas silenciosamente sobre tus pasos hasta
el pequeño distribuidor que da al jardín.

Pasa al 160.
163
El caso White

La luz está encendida y rápidamente compruebas que la habitación


está desocupada. Cierras la puerta a tus espaldas, enfundas tu arma,
y te entretienes en examinar la estancia con más calma...

¿Has estado en el párrafo 246?


Si es así, dirígete inmediatamente al párrafo 221.
En caso contrario, ve al párrafo 337.

Las farolas de la calle empiezan a encenderse y un aire frío obliga


a los transeúntes a acelerar el paso para guarecerse. Ya es práctica-
mente de noche pero, aún así, todavía es pronto para que abra un
local de las características del “Blue Iguana”. “Probablemente no
abran antes de las diez”, piensas mientras vigilas desde el otro lado
de la calle, oculto entre las sombras de un portal. Te envuelves en
tu gabardina para protegerte del frío... y piensas en cuál va a ser tu
siguiente paso.
“Probablemente tengan a Kate ahí dentro, por lo que podría in-
tentar liberarla por mí mismo... pero ¿y si no está ahí? en ese caso
debería esperar acontecimientos y actuar en consecuencia. También
podría llamar a la policía ahora que sé dónde se ocultan los secues-
tradores... “
Descartas esta última posibilidad pues sabes que, con el dinero
en su poder, los secuestradores podrían actuar de forma imprevisi-
ble, como utilizando a la chica como escudo para huir o algo peor.
¿Qué decides?

Decides entrar. Pasa al 17.


Decides esperar, ve al 332.
164
Jordi Cabau Tafalla

Sin dejar de mirar esta vez a los dos truhanes, vuelves la cabeza
ligeramente hacia la figura que hay tendida a tus espaldas, pero sin
apartar los ojos de los dos tipos.
—¿Katherine Banner? ¿Es usted?
Una voz soñolienta, probablemente narcotizada, responde.
—Mmmm... ssí.
Haces un gesto hacia las escaleras con el cañón de tu arma.
—¡Venga! ¡Abajo!—. Encañonándolos con tu arma les obligas
a bajar las escaleras. Una ves los tres abajo les señalas la puerta del
vestuario que hay bajo la oficina.
—¡Adentro! —y acompañas tus palabras con un gesto amena-
zador de tu arma. El hombretón hace lo que le dices sin rechistar.
Lo cierto es que, a pesar de su aspecto amenazador, parece bastante
consciente del riesgo que supone que le encañonen a uno con un
arma. Su compañero parece pensárselo dos veces. Le apuntas direc-
tamente al pecho mientras con el pulgar amartillas el percutor de tu
arma... finalmente, se mete dentro de la habitación.
Cierras la puerta tras ellos y la examinas desde fuera, pero no
ves ningún modo de asegurarla. Recoges un trozo grande de metal
que ves en el suelo y lo apoyas contra la puerta. “Si intentan abrirla,
lo oiré”, piensas.
Asciendes rápidamente los escalones y te diriges al bulto que
hay en el suelo, apartando la manta. Frente a ti está Katherine Ban-
ner, con los ojos cerrados y enroscada sobre sí misma. La incorpo-
ras y le tomas el pulso: está viva, aunque respira débilmente. Le
das unas palmadas en la cara para que abra los ojos sin resultado.
Recorres examinas su cuerpo y ves que la manga izquierda de su
vestido está subida por encima del codo; te fijas en el antebrazo...
para descubrir varias marcas de pinchazos en el mismo.
“¡Drogada!”, maldices mentalmente. “... Es evidente que la han
narcotizado para poder manejarla mejor”. Kate es una muchacha

165
El caso White
joven y probablemente se recuperará pronto... pero no estaría de
más que le examinase un médico.
—¡Kate! Kate Banner! ¡Despierta! —le gritas al oído mientras
le das dos sonoros bofetones. La joven parece reaccionar abriendo
los ojos.
—¿Qué pasa? —murmura con voz soñolienta.
—No se preocupe, está a salvo. Todo ha terminado —mientras
dices esto te acercas al teléfono que hay sobre el archivador...

... y telefoneas a Bárbara White. Pasa al 266.

Cuando llegas ante ellas ves que, tal y como suponías, se trata de
los servicios para el público. Abres la del servicio de caballeros
para ver un pequeño vestíbulo con dos lavabos, sendos espejos y
dos retretes con las puertas abiertas, por lo que ni siquiera te to-
mas la molestia de abrir la otra. “Será mejor que me largue de aquí
antes de que venga alguien”. Cruzas la sala hasta la puerta que
hay en la pared este, junto a la barra del bar, y sales al pasillo por
el que has entrado. Avanzas por el mismo hasta la entrada que da
al callejón y sales a este, no sin antes asegurarte de haber cerrado
bien la puerta.
Echas un vistazo al reloj. “No me queda mucho tiempo”, piensas,
“tal vez será mejor que me vaya de aquí”.

Decides echar un vistazo al almacén


de enfrente antes de irte, ve al 252.
Regresas en busca de tu auto. Pasa al 364.

166
Jordi Cabau Tafalla

El “jardín”... Te echas hacia atrás el sombrero y contienes un sil-


bido de admiración. ¡Si la gente de Evergreen Terrace entiende lo
que tienes frente a ti como un “jardín”, que deberá ser para ellos un
“bosque”!
Te hallas en una especie de explanada que ocupa toda la parte de
atrás de la mansión. Recubierta de fina gravilla, la zona se halla de-
limitada por un pequeño bordillo más allá del cual hay una espesa
arboleda. Pese a que no hay sotobosque, ya que en el suelo del par-
que solo ves hojas secas y algún que otro arbusto cuidadosamente
podado, no puedes distinguir más allá de unos pocos metros entre
los árboles. Observas que hasta el claro pueden llegar automóviles,
ya que del mismo sale una amplia pista que desaparece por una
abertura entre los árboles situada en un extremo. También te fijas
que del claro parten dos senderos, uno a tu izquierda y otro a tu de-
recha, fácilmente distinguibles por los bordillos y el recubrimiento
de gravilla, aunque no puedes ver ninguna indicación de adónde se
dirigen.
¿Qué haces?

Te diriges al sendero de la derecha. Pasa al 54.


Tomas el sendero de la izquierda. Pasa al 190.
Decides ver adónde lleva la pista para automóviles. Pasa al 195.

—¿Puede dejarnos solos un momento? —dice Thomas White.


—Por supuesto —respondes—les estaré esperando en el salón.
Te diriges al salón y, al cabo de pocos minutos, aparecen Tho-
mas y Bárbara White.

167
El caso White
—Mi esposa y yo hemos decidido que lo mejor para Kate será
que este asunto se airee lo menos posible —te dice Thomas Whi-
te—. Si la policía interviene tarde o temprano la noticia saltará a la
prensa y ello supondría otro trauma para Kate. Es preferible dejarlo
todo tal y como está, la tranquilidad de Kate bien vale esos doscien-
tos mil dólares.
—Le estamos muy agradecidos por todo lo que ha hecho por no-
sotros —comenta Bárbara—. No olvidaré que, si mi hija sigue viva,
es probablemente gracias a usted. Recibirá una buena recompen-
sa por ello... —hace un gesto para acallar tus protestas— la mejor
forma de agradecérmelo es olvidar este asunto y guardar la mayor
discreción posible acerca del mismo...

Pasa al 393.

Aparcas tu auto un poco alejado de la mansión y recorres los últi-


mos metros a pie. Llamas con los nudillos a la puerta principal y
James, que ya te estaba esperando, te abre la puerta.
—Buenas noches, señor. Sígame —su voz denota cansancio.
Observas que casi todas las luces de la casa están apagadas
mientras sigues al mayordomo hacia la zona reservada al servicio.
—Quería darle las gracias por haber traído de vuelta a la seño-
rita Katherine, señor. Todos en esta casa la apreciamos mucho —te
comenta durante el camino.
—No tiene por qué dármelas, es mi trabajo —respondes—. ¿Po-
dría hacerle unas preguntas, James? Hay un asunto que me intriga.
El mayordomo está demasiado cansado como para ocultar su
extrañeza.
—¿Algo va mal, señor?
—Tal vez. No se preocupe, no le entretendré mucho tiempo.
Le sigues hasta la salita de espera del servicio, donde ves unos

168
Jordi Cabau Tafalla
emparedados y una botella de cerveza sobre la mesa.
—Me he tomado la libertad de prepararle algo de cenar, señor. Si
quiere puedo prepararle otra cosa —comenta James.
—No, gracias, bastará con eso. ¿A qué hora se acuesta usted,
James? —preguntas, sentándote a la mesa.
—No más tarde de las once de la noche; tengo que estar prepa-
rado para recibir al resto del servicio a las siete de la mañana. De
hecho, ya debería estar acostado.
—Enseguida termino ¿Y los señores? ¿A qué hora se retiran?
—Depende del día... de todos modos, si necesitan algo a partir
de las once, suelen bajar ellos a la cocina.
—¿Dónde están ahora?
—La señora ha hecho llevarse un sofá a la habitación de su hija
para velarla toda la noche. El señor está en su despacho, tomando
una copa y escuchando la radio antes de dar su paseo nocturno.
—¿A qué hora se suelen ir el resto del servicio, James? —pre-
guntas al mayordomo.
—A las diez —responde.
—Si no le parece mal, me quedaré en esta habitación. Puedo
descansar en uno de esos sofás.
—Bien, señor. ¿Ha terminado?
—Solo un par de preguntas más, James ¿quién se encarga de
soltar a los perros cada noche en el jardín?
—Habitualmente yo, señor.
—¿Habitualmente?
—A veces el señor White desea estirar las piernas por el jardín
antes de acostarse y, para que no le molesten los perros, asume la
responsabilidad de soltarlos una vez terminado su paseo.
—¿Esto siempre ha sido así?
—No siempre, señor.
—¿Antes no tenía esta costumbre?
James permanece pensativo unos instantes.
—Pues, ahora que lo menciona, no, no la tenía. Empezó poco
después del último verano.
—Hace dos noches ¿quien se encargó de soltar a los perros?

169
El caso White
—Fue el señor White, señor.
—¿Y anoche?
—Yo, señor.
—¿Suele realizar estos paseos muy a menudo el señor White?
—No, señor.

¿Has visitado los párrafos 110 y/o 125?


Si es así, dirígete inmediatamente al 142.
En caso contrario, dirígete al 306.

Tras unos minutos escuchando estás seguro de que aquí no hay na-
die. Al menos en las habitaciones más cercanas.

Ve al 133.

Apagas todas las luces y te quedas de pie junto a los ventanales


de la cocina que dan al norte. Poco a poco tus ojos se van acos-
tumbrando a la oscuridad y, desde donde estás, puedes ver toda la
explanada que hay en la parte posterior de la mansión de los White.
El silencio reina en la casa y puedes oír perfectamente el tictac del
reloj de la cocina desgranando lentamente los minutos. “Tal vez me
equivoque”, piensas, pero permaneces en tu puesto sin moverte.
Finalmente, tu paciencia se ve recompensada al ver al señor White
salir por la puerta posterior de la mansión en dirección al jardín.
Rápidamente abandonas la cocina y te diriges a la entrada posterior
de la casa...

Pasa al 251.
170
Jordi Cabau Tafalla

Descubres un amplio salón cuya característica principal es una lar-


ga mesa rodeada de sillas con capacidad para cerca de veinte co-
mensales. En un rincón hay una amplia chimenea y la decoración es
bastante sobria y elegante. Cuatro amplios ventanales iluminan la
estancia y a tu derecha hay una puerta doble que deduces debe co-
municar con la sala donde te ha recibido Bárbara White. Das media
vuelta procurando no hacer ruido y regresas por donde has venido.
Una vez en el distribuidor, sales al jardín.

Pasa al 180.

—Este asunto se me escapa de las manos —comentas con sem-


blante grave—. Lo mejor será que se hagan cargo las autoridades...
Thomas y Bárbara White asienten resignadamente. Te acercas al
teléfono que hay en una mesita y te pones en contacto con tu ex—
jefe el capitán Banks.
—¡Qué hay Carter! ¿Todo bien? —oyes la voz de Banks al otro
lado del teléfono.
—No, todo muy mal —el tono de tu voz no deja lugar a dudas—.
Hay algo que debe saber... —y le pones al corriente del secuestro de
Katherine White.
—¡Maldita sea, Carter! ¡Eso es cosa de los federales! —exclama
Banks.
—Lo sé, por eso le llamo capitán, para que se ponga en contacto
con ellos advirtiéndoles de quiénes son los White y de que deben
manejar el caso con la mayor discreción posible.
—Bien, Carter, yo me encargo —dice Banks, y cuelga. Te giras

171
El caso White
hacia los White.
—El asunto ya no está en mis manos. Los federales vienen hacia
aquí para hacerse cargo de todo.
—Gracias de todos modos, señor Carter —dice Thomas White
—ahora, si nos disculpa, desearía estar a solas con mi esposa antes
de que llegue la policía.
—Lo entiendo —contestas.
Sales al recibidor y de allí a la entrada de la mansión. Te sientas
en los escalones y, antes de que hayas apagado el tercer cigarrillo
aparece un coche sin marcas del cual descienden cuatro tipos tra-
jeados de aire inconfundible. “Federales”, piensas...

... mientras te levantas para recibirlos. Pasa al 397.

A la luz de la cerilla observas algo extraño en la parte de la papelera


que da a la pared: hay como una especie de tapa, semioculta por los
desperdicios.
“¡Maldita sea!”, piensas, “¡Son más listos de lo que parece”.
Examinas la pared en la que está sujeta la papelera: hay dos ven-
tanucos situados a unos dos metros sobre el suelo, el de la izquierda
está justo encima de la papelera. A ambos lados hay diversos co-
mercios, pero la pared no parece pertenecer a los mismos edificios.
“Probablemente se trate de la parte posterior de otro edificio”.
Abandonando toda intención de disimulo penetras en el comercio
situado a la izquierda de la pared, una barbería. Dentro está el bar-
bero, un hombre de unos cincuenta años de pelo gris y que está
leyendo el periódico sentado en uno de los sillones a la espera de
algún cliente, puesto que el local está vacío.
Al oírte entrar se levanta y te hace un gesto señalando uno de los
sillones vacíos.
—¿Qué va a ser? —dice.

172
Jordi Cabau Tafalla
—Perdone —respondes— no venía a cortarme el pelo. ¿Podría
hacerle una pregunta? Es importante para mí.
El barbero te observa con desconfianza, no tienes pinta de men-
digo pero podrías ser uno de esos zumbados que, cuando se tiene un
negocio con puerta a la calle, entra para intentar convertir al dueño
a una nueva religión o convencerle de que compre una aspiradora.
—¿Sí? —dice en actitud defensiva.
—¿Podría decirme a qué edificio va a dar la pared de su derecha?
El barbero te mira unos segundos intentando valorar si estás ha-
blando en serio o no. Por fin decide que tu pregunta no parece su-
ponerle ningún riesgo inmediato.
—A los billares de Al, amigo. Sale de aquí, gira hacia la derecha,
dobla la esquina otra vez a mano derecha y verá la entrada...
—Gracias —respondes saliendo del local en la dirección que te
ha dicho. No necesitas darte la vuelta para imaginarte que el hom-
bre estará observándote y preguntándose qué clase de loco eres,
pero le ignoras.
Siguiendo sus instrucciones doblas la esquina y, a los pocos me-
tros, te encuentras ante los billares que te ha indicado el barbero.
Se trata de un edificio bajo de una sola planta con dos amplios ven-
tanales que dan a la calle y a través de los cuales puedes ver diver-
sas mesas de billar y varios jugadores moviéndose indolentemente
entre las mismas. El local es bastante profundo y no ves el fondo.
Abres la puerta con decisión...

... y entras. Ve al 127.

El cristal está sucio y dentro está oscuro, pero aún así puedes dis-
tinguir unos muelles de carga vacíos y lo que parece ser la oficina
del almacén. Esta se encuentra en una esquina del local, a unos tres
metros del suelo, y se accede a ella por una empinada escalera de

173
El caso White
madera; los bajos están ocupados por otra dependencia, probable-
mente servicios o vestuarios para los trabajadores. La claridad que
viste desde el callejón proviene de la oficina. “En teoría el almacén
debería estar desocupado”, piensas; te llevas la mano al bolsillo
comprobando que tu arma sigue allí.

Pasa al 273.

Las calles por las cuales avanzáis empiezan a ser cada vez menos
transitadas. Una de las veces que “Cara de Rata” se gira te parece
que no has conseguido pasar desapercibido... cosa que se confirma
cuando doblas una esquina ¡y ves que ha desaparecido!
A tu alrededor hay varios callejones y portales en los que podría
haberse ocultado fácilmente. “Podría estar observándome ahora”,
piensas... por lo que decides no poner en peligro la vida de Kate y,
sin detener tu marcha, prosigues decidido tu andadura como si tu
destino fuese otro. Maldices interiormente y te alejas de la zona a
paso vivo...

Haz una tirada por la habilidad de Supervivencia.

Si la fallas, pasa al 254.


Si tienes éxito, ve al 347.

Tras una treintena de metros discurriendo por un sinuoso sendero


desembocas en un cruce del que parten cuatro caminos: el que te ha
traído hasta allí, uno que sigue recto, otro a la izquierda y otro a la
derecha. ¿Cuál tomas?
174
Jordi Cabau Tafalla
Tomas el camino de la derecha. Pasa al 205.
Sigues recto. Pasa al 210.
Giras a la izquierda. Pasa al 215.

Una vez tras los bultos observas más atentamente al hombre que
está descendiendo por la escalera. ¡Es gigantesco! Pese a su enor-
me tamaño sus movimientos no son torpes ni desmañados; viste un
traje sin corbata y lleva la cabeza descubierta. Avanza unos metros
desde el pie de la escalera y enfoca la linterna alrededor.
—¿Ves algo, Kid? —grita una voz desde el interior de la oficina.
—¡Nada, Bugs! —responde el gigante.
—¡He oído algo, seguro! —responde la primera voz.
—¡Yo no he oído nada! —contesta el gigante.
—¡Tú no oyes ni tus propios pedos!
—¿No será que estás perdiendo? Por cierto —comenta el gigante,
contando con los dedos— ya me debes veinte dólares.
—¡Cállate y echa un vistazo por ahí! —responde Bugs malhumora-
do. Kid avanza y empieza a buscar entre los trastos...

Haz una tirada por la habilidad de Disimulo para poder


permanecer oculto. Tienes un bonificador de -2 a la tirada debido
a la oscuridad del lugar.

La fallas. Pasa al 9.
Tienes éxito. Ve al 351.

Una vez fuera, los padres de Kate se te acercan y te preguntan in-


trigados.

175
El caso White
—¿Qué es todo eso del chófer, los dos tipos y la fuga a Oklaho-
ma? —pregunta intrigado Thomas White.
—Dakota —respondes— y es un nombre artístico.
—No nos lo ha dicho todo, señor Carter —dice la señora White.
—Lo cierto es que su hija tenía pensado fugarse con el chófer
de la familia, Ricardo Ortiz. Sospecho que iban a irse a Méjico y,
una vez allí, Ricardo utilizaría su influencia sobre Kate para casarse
con ella.
—¡Pero si es menor de edad! —dice Bárbara.
—Hay lugares en los que no piden el certificado de nacimiento
para casarse, señora White. Me parece que esta parte del plan era
ignorada por su hija aunque, una vez en Méjico, estaría completa-
mente a merced de Ricardo. Creo que la auténtica intención de este
era, una vez celebrado el matrimonio, exigirles a ustedes una gene-
rosa compensación económica para deshacer el entuerto.
Thomas White lanza una maldición.
—¡Cómo le ponga las manos encima!
—No creo que vuelva a aparecer por aquí... —comentas.
—Pero eso no explica lo del secuestro de Kate... —dice Bárbara.
—Ricardo estaba metido en varios asuntos turbios y unos indi-
viduos nada recomendables le buscaban para satisfacer una deuda
de juego —respondes—. Kate se encontró en el peor lugar y en el
peor momento, eso es todo.
Transcurren unos instantes de silencio.
—¿Qué podemos hacer ahora? —dice Bárbara White.
—Pueden tratar de olvidarlo todo e intentar rehacer sus vidas.
Tienen doscientos mil dólares menos, pero no creo que eso les su-
ponga ningún trauma, o...
—¿Qué... ? —interroga Thomas.
—Pueden intentar llegar hasta el final del asunto y pretender que
los que le han hecho daño a Kate paguen por ello. En ese caso hay
dos opciones, o sigo investigando por mi lado hasta hallar a los cul-
pables y luego nos ponemos en contacto con la policía, o llamamos
directamente a la policía y les comunicamos todo lo que sabemos y
que ellos sigan a partir de ahí...

176
Jordi Cabau Tafalla
¿Has visitado los párrafos 390 y/o 300?
Si es así, dirígete inmediatamente al 159.
En caso contrario, pasa al 181.

Sacas la pistola del bolsillo y quitas el seguro. Miras hacia la parte


de arriba de la escalera e inspiras profundamente mientras pones el
pie sobre el primer escalón. “Cuidado Carter”, piensas, “un error
ahora podría ser fatal”... y empiezas a ascender lentamente por la
escalera.

Ve al 392.

Ocultándote entre los camiones, te acercas un poco más. De este


modo puedes ver que el edificio de apartamentos es bastante anti-
guo, de principios de siglo, y muestra claros síntomas de deterioro.
La puerta de entrada está bloqueada por unos tablones y no se ve
ninguna luz en las ventanas: un gran cartel que hay en el techo
anuncia que todo el edificio está en venta.
Los tres ocupantes del vehículo han descendido del mismo y,
mientras uno de ellos permanece en la acera vigilando, los otros dos
sacan algo del maletero. El más alto, casi un gigante, se encarga del
paquete mientras el más bajo abre la puerta principal del edificio
e ilumina el interior con una linterna eléctrica. Instantes antes de
que ambos desaparezcan en el interior puedes distinguir que, lo que
llevan consigo, ¡es una figura humana!
Los minutos transcurren lentamente. El tipo que se encuentra
junto al auto permanece todo el rato en la zona de sombras del edi-
ficio embutido en su abrigo y con el sombrero tapándole la cara, de
él solo distingues que es de estatura media.
Por un instante te llama la atención el destello de una linterna
177
El caso White
proveniente del tercer piso del edificio; al cabo de pocos minutos
los dos secuestradores que habían entrado en el edificio salen de
este, suben al coche junto con el tercer tipo, que se pone al volante,
arrancan y se alejan calle abajo. Te has fijado que, al salir, no lleva-
ban nada consigo.
Regresas a tu auto, abres el maletero y rebuscas entre los trastos
que hay acumulados en el mismo. Sacas una linterna eléctrica y
una palanqueta. Compruebas la linterna y ves que las pilas no están
gastadas del todo.
Avanzas hasta la entrada el edificio, apartas un par de tablones
que hay sueltos y giras el pomo de la puerta... ante ti solo ves os-
curidad.

... enciendes la linterna y penetras en el edificio. Pasa al 217.

Al cabo de una treintena de metros el camino se bifurca en dos: el


de la izquierda avanza otros cuarenta metros hasta terminar en una
imponente puerta de hierro forjado, el de la derecha avanza unos
treinta metros hasta terminar en una pequeña explanada frente a un
edificio bajo con todo el aspecto de un garaje. ¿Qué decides? ¿Si-
gues hasta la puerta trasera o te diriges al garaje?

Te diriges a la puerta trasera. Pasa al 260.


Avanzas hacia el garaje. Pasa al 265.

Reconoces al hombre de la foto ¡es el cadáver que encontraste en


la piscina!
Regresa al 290.

178
Jordi Cabau Tafalla

Piensas en todas las veces en que la torpeza de los federales y su


obsesión por atrapar a los malhechores han finalizado en tragedia
y, con un profundo suspiro, tomas la decisión que crees acertada.
—... Mantendremos a las autoridades al margen de todo esto
hasta que Kate no esté en casa a buen recaudo, pero deben de obe-
decer mis instrucciones al pie de la letra ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dice Thomas White, su esposa mueve la cabeza
afirmativamente.
—Bien, en primer lugar ¿disponen de ese dinero?
—Mis activos están inmovilizados en diversas inversiones, y
tardaría varios días en poder disponer de tanto dinero en efectivo,
sin embargo mi mujer dispone de su propia fortuna personal a la
que solo ella puede tener acceso ¿puedes disponer de ese dinero tan
rápidamente, querida?
—Sí... —responde con un hilo de voz—. Debería hablar con el
director del banco, pero no será ningún problema...
—Yo les acompañaré en mi coche —respondes—, ¿hay más te-
léfonos en la casa? —dices, señalando el que hay en la mesita del
rincón.
—Hay otro en el despacho, otro en el dormitorio principal y otro
en la salita de descanso del servicio —responde Thomas White.
—¿Son independientes?
—Sí. Cada uno dispone de su propia línea, pero apretando un
botón pueden pasarse las llamadas de uno a otro y comunicarse
entre sí.
—¿A cuál de los cuatro teléfonos llamó el secuestrador?
—Al del servicio, y James me pasó aquí la llamada —responde
el señor White.
—Bien, escúchenme: poco antes de las doce permaneceremos
los tres en esta habitación. James deberá pasar a este teléfono cual-
quier llamada que se realice a la mansión a partir de ahora. Cuando

179
El caso White
los secuestradores se pongan en contacto con nosotros para dar los
detalles de la entrega, usted —dices señalando a Thomas White—
hablará con ellos. Yo pegaré la oreja al auricular para escuchar la
conversación. Ya les explicaré más adelante cómo deben prepararse
para la llamada...

En ese preciso instante suena el teléfono...


Dirígete al párrafo 201.

La detonación del disparo suena como un cañonazo a tus oídos.


Cara de Rata cae hacia atrás a consecuencia del impacto de la bala,
quedando inmóvil en el suelo, no sabes si muerto o no... aunque en
ese instante es un detalle que no te importa.
Segundos después oyes un quejido proveniente del suelo, al pa-
recer solo le has herido superficialmente en un brazo. Se incorpora
y hace intención de levantarse.
—Poco a poco... —dices mientras le apuntas con el arma—, ten-
go más balas.
Te mira con odio... pero obedece tus órdenes. Una vez de pie se
sostiene el brazo herido, del cual apenas mana algo de sangre.
Haces un gesto hacia las escaleras con el cañón de tu arma.
—¡Venga! ¡Abajo!—. Encañonándolo con tu arma le obligas a
meterse en el vestuario donde su compañero permanece retenido.
Cierras la puerta a sus espaldas y vuelves a colocar el trozo de hie-
rro que te avisará si intentan salir.
Asciendes los escalones y entras en la oficina...

... dirigiéndote a la figura que hay tumbada en el suelo.


Ve al 331.

180
Jordi Cabau Tafalla

Transcurre casi una hora y nadie aparece para recoger el dinero.


Harto de esperar sales del bar y te diriges a la papelera andando de
forma casual con el periódico bajo el brazo. Cuando pasas junto a la
misma dejas caer el periódico en la papelera... aprovechando para
echar un vistazo a su interior. ¡Está vacía!
“¡Maldita sea! ¡Pero si no le he quitado ojo de encima! ¡No pue-
de ser!”. Ya sin ningún disimulo observas atentamente el interior
de la papelera, encendiendo una cerilla para hacerlo mejor. Algu-
nos viandantes te miran con curiosidad, pero siguen su camino sin
detenerse, pensando tal vez que has tirado por error algún objeto
valioso. Algunos incluso aceleran el paso. “Cosas que tiene la gran
ciudad” piensas, “las actitudes extrañas provocan desconfianza y la
gente no quiere meterse en problemas”.

Haz una tirada por Observar.

Si tienes éxito, dirígete al párrafo 187.


En caso contrario, ve al 284.

—¿Eres tú, mamá? —Kate tiene los ojos cerrados, pero los abre
al oír la puerta.
—Sí, cariño —responde la señora White.
—Perdóname. No volveré a escaparme.
—No hay nada que perdonar, cariño. Lo importante es que estés
bien —dice mientras le acaricia la frente—. Este es el señor Carter,
quiere hacerte unas preguntas. Él nos ha ayudado a encontrarte.
—¿Es usted policía? —te pregunta Kate con un poco de miedo
en la voz.
181
El caso White
—Lo fui hace mucho tiempo... —respondes—. Si no quieres
contestarme, no tienes por qué hacerlo, Kate.
—No puedo dormir. Pregúnteme —dice la joven.
—Bien ¿tú y Ricardo, el chófer, teníais intención de huir juntos,
verdad?
—Sí... —dice en voz baja.
—¿Qué sucedió la noche en que debías escaparos juntos?
—Habíamos quedado en el jardín a la una, junto al pozo falso.
Estuve esperando hasta las dos y, al ver que no venía, salí de casa
por la puerta principal, paré un taxi y fui a casa de Ricardo, pensan-
do que lo encontraría allí...
—... Pero no estaba —comentas.
—No..., no estaba. Abrí la puerta de su apartamento con una
llave que me había dado y me quedé dormida esperándole.
—... Y te despertó Dakota, la amiga de Ricardo. ¿Qué te dijo?
¿Por qué te fuiste con ella? Bárbara y Thomas te observan intriga-
dos, ya que no les habías contado nada de todo esto.
—Me dijo que había ido al apartamento de Ricardo para avisarle
de que unos tipos iban a darle una paliza. Ricardo les debía dinero
y, como no podía pagarles, le iban a romper las piernas. Me asusté
mucho y Dakota me dijo que no podía quedarme allí, me ofreció
quedarme en su apartamento hasta que apareciese Ricardo.
—... Y la seguiste. ¿Sabía ella lo de tu fuga con Ricardo?
—No, y se enfadó mucho con Ricardo cuando se lo dije.
—¿Por qué?
—Me dijo que ella y Ricardo habían sido novios hacía tiempo,
pero que lo habían dejado correr y ella no le deseaba ningún mal.
Cuando le dije que iba a fugarme con Ricardo se puso furiosa con
este, sobre todo cuando le dije que era menor de edad. Dijo que se
merecía que le rompieran las piernas...
“Estoy de acuerdo”, piensas.
—¿Qué pasó luego? —preguntas.
—Dakota se marchó a trabajar y me dejó sola en su apartamento,
diciéndome que no abriera a nadie. Eran las nueve de la noche, más
o menos. Acababa de irse cuando dos tipos, uno muy alto y otro

182
Jordi Cabau Tafalla
bajo entraron en el apartamento buscando a Ricardo.
—¿Les abriste tú?
—No. Tenían llave aunque, por lo que dijeron, me pareció en-
tender que Dakota no lo sabía. Al ver que Ricardo no estaba me lle-
varon con ellos. Yo no quería ir, pero me amenazaron con hacerme
daño, pensaban que yo sí sabía dónde se ocultaba Ricardo.
—¿Dónde te llevaron?
—No lo sé, me taparon la cabeza con un trapo cuando entré en
su auto. Condujeron un rato y luego el auto se detuvo, el grandullón
me sacó en volandas, caminamos un trozo, subimos unas escaleras,
me sentaron en una silla y me quitaron el trapo. Me enfocaron una
lámpara a los ojos y me interrogó acerca de Ricardo.
—¿Quién?
—Otro hombre, parecía el jefe.
—¿Qué sucedió luego?
—Al ver que yo no sabía nada estuvieron a punto de soltarme.
Pero estaba tan asustada que les conté quien era yo y lo de mi fuga
con Ricardo. Entonces se olvidaron de él y decidieron pedir un
rescate por mí... y eso es lo último que recuerdo claramente. Me
sujetaron y me pincharon algo en el brazo, a partir de ahí todo es
confuso.
—Gracias, Kate, eso es todo. Ahora prueba a descansar un poco
—dices mientras sales de la habitación.
Una vez fuera, los padres de Kate se te acercan y te preguntan
intrigados.
—¿Qué es todo eso del chófer, los dos tipos y la fuga a Oklaho-
ma? —pregunta intrigado Thomas White.
—Dakota —respondes— y es un nombre artístico.
—No nos lo ha dicho todo, señor Carter —dice la señora White.
—Lo cierto es que su hija tenía pensado fugarse con el chófer
de la familia, Ricardo Ortiz. Sospecho que iban a irse a Méjico y,
una vez allí, Ricardo utilizaría su influencia sobre Kate para casarse
con ella.
—¡Pero si es menor de edad! —dice Bárbara.
—Hay lugares en los que no piden el certificado de nacimiento

183
El caso White
para casarse, señora White. Me parece que esta parte del plan era
ignorada por su hija aunque, una vez en Méjico, estaría completa-
mente a merced de Ricardo. Creo que la auténtica intención de este
era, una vez celebrado el matrimonio, exigirles a ustedes una gene-
rosa compensación económica para deshacer el entuerto.
Thomas White lanza una maldición.
—¡Cómo le ponga las manos encima!
—No creo que vuelva a aparecer por aquí... —comentas.
—Pero eso no explica lo del secuestro de Kate... —dice Bárbara.
—Ricardo estaba metido en varios asuntos turbios y unos indi-
viduos nada recomendables le buscaban para satisfacer una deuda
de juego —respondes—. Kate se encontró en el peor lugar y en el
peor momento, eso es todo.
Transcurren unos instantes de silencio.
—¿Qué podemos hacer ahora? —dice Bárbara White.
—Pueden tratar de olvidarlo todo e intentar rehacer sus vidas.
Tienen doscientos mil dólares menos, pero no creo que eso les su-
ponga ningún trauma, o...
—¿Qué... ? —interroga Thomas.
—Pueden intentar llegar hasta el final del asunto y pretender que
los que le han hecho daño a Kate paguen por ello. En ese caso hay
dos opciones, o sigo investigando por mi lado hasta hallar a los cul-
pables y luego nos ponemos en contacto con la policía, o llamamos
directamente a la policía y les comunicamos todo lo que sabemos y
que ellos sigan a partir de ahí...

Pasa al 389.

Los tres miráis atentamente el teléfono y este vuelve a sonar. Miras


la hora: son casi las diez y media, demasiado pronto para que lla-
men los secuestradores.

184
Jordi Cabau Tafalla
—Cójalo —le dices a Thomas White.
—Pero... —el hombre parece indeciso, el teléfono suena por ter-
cera vez.
—¡Cójalo! —ordenas, mientras te sientas junto a Thomas Whi-
te—. Yo escucharé y, si son los secuestradores, le indicaré en voz
baja lo que debe de decir.
Todavía indeciso, Thomas White descuelga el auricular y se lo
lleva a la oreja, tú acercas tu cabeza a la suya y te llevas un dedo a
los labios en una muda señal hacia la señora White...
—¿Diga? —dice inseguro el señor White. Oyes la voz de ma-
yordomo al otro lado.
—Tiene una llamada de su despacho, señor White. Es urgente
¿quiere que se la pase?
—Sí —responde White un poco más tranquilo.
—¿Señor White? ¿Es usted? —dice una voz femenina.
—¿Emma? ¿Ocurre algo? —responde White; seguidamente tapa
el auricular con la mano y te dice en voz baja—. Es mi secretaria.
—¡No se lo va a creer, señor! ¡White & Co. ha sufrido un terrible
incendio esta noche pasada!
—¡Oh! —responde lacónico Thomas White.
—¿Señor White? ¿Sigue usted ahí? —pregunta una atribulada
Emma.
—Sí...—. El empresario no parece muy sorprendido; deduces
que su capacidad de absorción de emociones debe de haberse visto
superada con la noticia del incendio de su negocio.
—¡Debería venir inmediatamente! ¡El teléfono no para de sonar!
¡El gerente de la fábrica, las compañías de seguros, todos parecen
haberse vuelto locos!
—Bien, me ocuparé inmediatamente —responde, colgando el
teléfono.

Pasa al 243.

185
El caso White

Recuerdas lo que viste en la piscina... y te encaminas rápidamente


hacia el claro del pozo y de allí hasta la encrucijada que lleva a la
misma. Empiezas a encontrarle sentido a tus últimos descubrimien-
tos... y no te gusta la conclusión a la que estás llegando.

Llegas a la piscina. Pasa al 390.

La otra puerta que hay en la habitación se encuentra en la pared sur,


tocando casi al muro exterior. Cuando te acercas ves que tiene una
cerradura en el pomo y, al intentar abrirla, confirmas que está cerra-
da con llave. No es una cerradura especialmente compleja, aunque
intentar abrirla puede llevarte algo de tiempo y eso es precisamente
lo que no te sobra.
¿Qué decides?

Sales de la habitación y sigues explorando el club nocturno.


Ve al 154.
Intentas forzar la cerradura. Pasa al 367.

De nuevo aterrizas sobre el mismo montón de sacos podridos, que


frenan tu caída.

Recibes 1D6 heridas por contusiones.

186
Jordi Cabau Tafalla
Tu autoestima está por los suelos, y eso que nadie ha sido testigo de
tu patoso intento de escalada.

Decides probar mejor suerte con la cerradura de


la puerta de servicio, pasa al 2.

Tras doblar un recodo del camino descubres un claro donde se en-


cuentra la piscina de la mansión. Esta se encuentra rodeada de un
amplio margen de cuidado césped por tres de sus lados, el cuarto
lado está formado por un área embaldosada donde puedes ver una
mesa y seis sillas de jardín, así como dos tumbonas a juego, todo
ello en madera pintada de blanco. La mesa dispone de un agujero
central para poder colocar una sombrilla aunque, al ser invierno, no
te sorprende ver la sombrilla tirada en el suelo a un lado y que las
sillas y las tumbonas carezcan de los cojines que suelen acompa-
ñarlas.
La piscina está llena de agua para favorecer su conservación y
mantenimiento durante el invierno, aunque esta sea un agua turbia
y sucia, recubierta de hojas e insectos muertos, que no dejan ver el
fondo de la misma, por lo que no logras averiguar cuán profunda es.

Haz una tirada por la habilidad de Observación.

No hay nada de interés aquí.


Si no tienes éxito, ve al 245.
Si tienes éxito, dirígete al 250.

187
El caso White

Apagas las luces y te quedas junto a los ventanales de la cocina.


Poco a poco tus ojos se van acostumbrando a la oscuridad y, des-
de donde estás, puedes ver toda la explanada que hay en la parte
posterior de la mansión de los White. El silencio reina en la casa y
puedes oír perfectamente el tictac del reloj de la cocina desgranan-
do lentamente los minutos. “Tal vez me equivoque”, piensas, pero
permaneces en tu puesto sin moverte. Finalmente, tu paciencia se
ve recompensada al ver al señor White salir por la puerta posterior
de la mansión en dirección al jardín. Rápidamente abandonas la
cocina y te diriges a la entrada posterior de la casa...

Pasa al 251.

En un gesto casi instintivo te agachas para oír cómo un cuchillo se


clava en la madera junto a tu oreja.

Pasa al 33.

—¿Desde hace cuanto que el señor y la señora White duermen


en habitaciones separadas? Tu pregunta coge de improviso a James.
Este duda unos instantes, pero al final responde.
—Desde poco antes del verano, señor. Aunque creo que esa in-
formación es de ámbito privado y no veo en qué puede ayudarle...

188
Jordi Cabau Tafalla
¿Has visitado el párrafo 115 y/o el 145?
Si es así, ve al 253.
En caso contrario, pasa al 288.

Aparcas tu auto frente al Blue Iguana y observas el edificio. No


hace tanto tiempo que has estado aquí, apenas pasan veinte minutos
de las diez de la noche, pero parece como si hubiese sido en otra
época: el neón del local está encendido, hay una docena de autos
aparcados frente al club y puedes ver a varias personas conversan-
do de pie frente a la entrada principal.
Desciendes de tu auto y te diriges hacia el edificio, pasas junto a
las parejas que hay en la entrada y empujas la puerta del mismo...

Pasa al 316.

Después de algunas decenas de metros, el sendero desemboca en


una pista de tenis recubierta en parte por hojas secas. No tiene la
red instalada y es evidente que nadie juega en ella al menos desde el
último verano. En el breve examen que dedicas al lugar, encuentras
varias pelotas de tenis entre los arbustos cercanos, cosa bastante
lógica si tienes en cuenta que la cancha carece de reja que la rodee.
Aparte de ello no ves nada más de interés.

Das media vuelta y regresas por donde has venido.


Pasa al 240.

189
El caso White

Después de dar un par de sorbos a tu whisky, descuelgas el teléfono


y llamas a un número que te sabes de memoria. Al cabo de unos
instantes, alguien descuelga al otro lado.
—¿Dígame? —reconoces el fuerte acento irlandés de tu inter-
locutor.
—¡Paddy O’Mahan! ¿Todavía sigues vendiendo alcohol de que-
mar en tu garito y cobrándolo como si fuese whisky de importa-
ción? ¿O tu hermano el misionero te ha hecho ver la luz y has abier-
to una mercería? —dices riendo.
—¿Carter? ¿Estás vivo? ¡Qué suerte! ¡Todavía podré romperte
las piernas! —responde el irlandés, también riendo—. Y no te me-
tas con mi hermano, que está convirtiendo salvajes en algún lugar
de Sudamérica, eso si no se lo han comido ya... ¿qué tripa se te ha
roto?
—Necesito información acerca de una fábrica que se ha incen-
diado esta pasada noche en la ciudad, se llama White & Co. Averi-
gua todo lo que puedas saber, cualquier cosa me vale.
—Todavía me debes veinte dólares de la última vez —responde
el irlandés.
—Te pagaré el doble si encuentras algo.
—¡Hecho!
—Hasta luego Paddy —te despides, y cuelgas el teléfono.
Paddy O’Mahan regenta un pub irlandés cerca del centro y mu-
chos de sus clientes son hombres de negocios y oficinistas que van
a su local a hacer la última copa mientras hablan de sus asuntos. Por
otro lado, Paddy también tiene algunos clientes que se mueven en
la frontera de la legalidad, por lo que siempre escucha cosas muy
interesantes.
Apenas has terminado de colgar que oyes un taconeo acercarse
a la puerta del salón...

Ve al párrafo 222.

190
Jordi Cabau Tafalla

Desde tu refugio observas al tipo que acaba de entrar, aunque debi-


do a la falta de luz solo observas que es de mediana estatura, lleva
abrigo hasta los tobillos y el sombrero echado sobre los ojos.
—¡Reno! —oyes la voz de Bugs y notas un cierto nerviosismo
en la voz.
—¿Qué haces aquí abajo? ¿Y Kid?—. Inmediatamente recono-
ces la voz del tipo que llevaba las negociaciones del secuestro.
—Aquí estoy, jefe... —oyes la voz del gigantón.
—¿Qué hacéis los dos aquí abajo? ¿Quién está vigilando a la
chica? —el volumen de la voz se ha ido elevando, adquiriendo un
tono cada vez más irritado—¡Aunque esté drogada no debéis qui-
tarle los ojos de encima!
El silencio de los dos sicarios te hace sonreír en la oscuridad.
—¿Qué ha pasado? ¡No me digáis que la chica se ha largado!
—el tono de la voz es cada vez más furioso.
—No exactamente... —responde Bugs—... vino un tipo y se la
llevó.
—¿Cómo? ¿Y no hicisteis nada?
—Traté de impedírselo... —responde Bugs—... pero llevaba un
arma. Nos obligó a meternos en los servicios y se largó con la chica
y el dinero. Acabamos de salir...
—¡Estúpidos! —maldice Reno mientras sube corriendo las es-
caleras, seguido por los dos sicarios.
—¡Se ha llevado a la chica! —oyes maldecir al jefe, aunque
instantes después exclama con extrañeza—. ¿Cómo? ¡El dinero to-
davía está aquí!
Puedes imaginar el suspiro de alivio de los dos sicarios al oír las
palabras de su jefe...
—¿Quién era? ¿Qué dijo? —pregunta intrigado Reno.
—Parecía un poli… —dice Bugs— pero no actuó como tal. No
llamó pidiendo refuerzos y, por lo visto, se dejó el dinero. Era de

191
El caso White
estatura media, vestía gabardina, sombrero, la camisa arrugada...
nunca le había visto antes.
—Yo tampoco —añade Kid.
Transcurren unos instantes de silencio hasta que vuelves a escu-
char la voz de Reno.
—Bien, no importa, tenemos el dinero. Tengo el coche fuera, lo
había traído para llevar a la chica al lugar de la entrega, pero cam-
biaremos de planes: nos largamos a Méjico ahora mismo.
—¿Y el club? —pregunta Kid.
—¡Ya no hay club! —responde Reno— Aquí hay más dinero del
que podría ganar dirigiendo el Blue Iguana los próximos diez años.
No sé quién era ese tipo que se llevó a la chica, pero será mejor que
nos larguemos lo antes posible antes de que aparezca la poli, no sea
que se le haya ocurrido llamarla. ¡Vámonos!
Oyes cómo descienden las escaleras y sus pasos se acercan a tu
escondite. Permaneces escondido y ves cómo pasan de largo ante
ti sin verte, camino de la salida. Reno cierra la marcha con la bolsa
del dinero en la mano.
... en ese momento te pones de pie como un rayo y apoyas el
cañón de tu pistola en la nuca del jefe de los secuestradores.
—Quieto —dices con voz glacial.

Pasa al 129.

Tal y como indicaba el cartel de la puerta, estás en los servicios.


Concretamente en una habitación con las paredes embaldosadas
con un lavabo y un viejo espejo desconchado encima de él; una
papelera abollada, una pastilla de jabón desgastada y una toalla casi
limpia completan todo el mobiliario.
En la pared sur hay dos puertas abiertas, a las cuales les hace
mucha falta una mano de pintura, que dan a sendos inodoros. A

192
Jordi Cabau Tafalla
unos dos metros por encima de cada inodoro hay un ventanuco a
través del cual entra algo de luz, aire fresco y ruido de circulación.
Aparte del mal olor, la falta de limpieza y algunas inscripciones
más o menos imaginativas en las paredes no ves nada de interés...
... salvo un trocito de papel de color vistoso que destaca entre la
suciedad que hay en el suelo del inodoro situado a tu derecha.
En otras circunstancias lo habrías pasado por alto, pero una lu-
cecita se enciende en el fondo de tu mente y te agachas para exami-
narlo más de cerca.
Se trata de un arrugado envoltorio de caramelo.
Metes la mano en uno de los bolsillos de tu gabardina y sacas
otro arrugado envoltorio de caramelo, idéntico al que hay en el sue-
lo.
Recuerdas que, ayer por la tarde, cuando registraste el aparta-
mento del chófer de los White, encontraste dicho envoltorio tirado
de un modo que solo habría sido posible si quien lo hubiera hecho
hubiese participado en el registro o hubiese llegado al apartamento
después de efectuado este.
Te incorporas y entras en el servicio...

... cerrando la puerta a tus espaldas. Pasa al 239.

Aterrizas sobre un montón de sacos podridos que frenan tu caída.

Recibes 1D6 heridas por contusiones.


Aparte de dichas contusiones, solo tu orgullo está seriamente heri-
do. Por suerte, nadie ha sido testigo de tu patoso intento de esca-
lada. ¿Decides intentarlo de nuevo o prefieres probar suerte con la
cerradura de la puerta de servicio?

Decides probar con la cerradura. Ve al 22.


Intentas trepar de nuevo. Ve al 323.
193
El caso White

Al cabo de unos treinta metros de sinuoso sendero llegas a un pe-


queño claro en el centro del cual hay un pozo de piedra bellamente
tallada. En una esquina del claro hay un cómodo banco de madera
y hierro forjado. El pozo dispone de cuerda y cubo de madera y el
brocal apenas tendrá un metro de altura más o menos. Echas un
vistazo a su interior para ver algunas hojas secas en su fondo, a no
más de metro y medio de profundidad, y eso contando desde el bor-
de. El cubo y la polea parecen relativamente nuevos comparados
con el pozo, que parece muy viejo. “Probablemente se trate de una
antigüedad” supones, “estos millonarios no saben en qué gastarse
sus dólares”.

Haz una tirada por la habilidad de Observación.

Tienes éxito, pasa al 220.


Si no tienes éxito, pasa al 225.

Echas un vistazo a la dirección que has apuntado en el papel.


La dirección se corresponde con un barrio residencial de clase
media-baja situado cerca de la zona portuaria. “Vance esquina ave-
nida Brown”, piensas, “alguna vez he pasado por allí, pero ahora
mismo no recuerdo lo que hay...”. En ese momento un gruñido de
tu estómago te recuerda que no has comido nada desde la cena del
día anterior.
—Trate de descansar un poco —le dices a Bárbara White—.
Debo de hacer unas cosas; volveré antes de las cuatro y la acompa-
ñaré hasta el lugar de la entrega. Le daré los detalles de lo que debe

194
Jordi Cabau Tafalla
de hacer cuando vayamos para allí; la telefonearé antes para saber
si ha habido alguna novedad ¿alguna pregunta?
—¿Qué le digo a mi marido? —pregunta ansiosa Bárbara.
—La verdad. Hasta pronto —te despides de ella y sales a la calle
en busca de tu auto. Lo pones en marcha y te diriges hacia el centro
de la ciudad.

¿Has visitado anteriormente el párrafo 270?


Si es así, dirígete inmediatamente al párrafo 228.
En caso contrario, ve al 241.

A la luz de la linterna ves la portería del edificio. Unas escaleras


suben a los pisos superiores, una puerta a tu izquierda y otra a tu
derecha comunican con los locales comerciales que has visto desde
la calle. El suelo está lleno de suciedad y desperdicios y una rata se
escabulle entre la basura al ser sorprendida por la luz de tu linterna,
es evidente que hace muchos años que el edificio está abandonado.
Empiezas a ascender lentamente por las escaleras, que crujen
bajo tu peso. Llegas al primer piso con la linterna en una mano...
y la palanqueta en la otra por si has de utilizarla como arma. El
edificio tiene dos pequeños apartamentos por planta. Las puertas de
entrada han sido arrancadas, por lo que puedes ver parte del interior
de los mismos. Los apartamentos señalados con la letra A dan a la
parte interior del edificio, los señalados con la letra B dan a la ca-
lle. Ignoras la primera planta y sigues ascendiendo. En la segunda
planta ves el mismo espectáculo de puertas arrancadas, suciedad y
basura. Sin embargo, al llegar a la tercera planta, ves que la puerta
del apartamento B sigue en su lugar.
El pomo está roto, por lo que empujas la puerta abriéndola len-
tamente. Ante ti tienes un estrecho pasillo con tres entradas a tu
izquierda y una puerta al fondo. La primera y la tercera entradas

195
El caso White
carecen de puerta. Avanzas lentamente mientras enfocas tu linter-
na hacia el interior. La primera entrada da a un pequeño cuarto de
baño, cosa que deduces por los azulejos y las marcas de los sani-
tarios en las paredes. Empujas la puerta de la segunda entrada, que
carece de pomo, y descubres lo que en su día debió de ser la cocina
del apartamento. La tercera entrada da a una pequeña habitación;
algunas maderas en el suelo es todo lo que queda del mobiliario
original.
Empujas la puerta del fondo para descubrir un pequeño salón
comedor. En la pared de enfrente solo queda el quicio de un balcón
que da a la calle. A tu izquierda hay una puerta atrancada con una
cadena y un candado. Parecen bastante nuevos... y en un clavo que
hay en el marco de la puerta cuelga una llave.
Descuelgas la llave y la introduces en el candado, abriéndolo.
Descorres la cadena, la dejas en el suelo e inspiras profundamente...

... mientras empujas la puerta enfocando al interior


con tu linterna. Pasa al 294.

Al principio no te resulta muy difícil seguir al auto y no llamar la


atención de sus ocupantes (a la luz de las farolas puedes ver que son
tres). Sin embargo, cuando este entra en una zona de industrias en
la que la circulación escasea, te ves obligado a alejarte bastante del
mismo para no llamar su atención a la vez que intentas no perderle
de vista.

Haz una tirada por la habilidad de Conducir Vehículo.

Si la fallas, pasa al 38.


En caso contrario, ve al 42.

196
Jordi Cabau Tafalla

El ruido que proviene de la puerta que tienes a tus espaldas, y que


va a dar a la sala de fiestas, te impide oír con claridad cualquier
sonido proveniente de la puerta que hay frente a ti. Pese a ello, te
esfuerzas por escuchar.

Haz una tirada por la habilidad de Observar.

Si la pasas, ve al 334. Si la fallas, ve al 368.

Cuando ibas a salir del claro observas algo que te llama la atención
en una esquina del mismo. Te acercas para descubrir un rastro en la
tierra como si alguien hubiera arrastrado un bulto. Decides seguirlo
y te internas en el bosque. Lo cierto es que el rastro es bastante fácil
de seguir si uno sabe dónde mirar. Pronto te hallas frente a la pared
oeste de la mansión para descubrir que el rastro finaliza frente a uno
de los ventanales del edificio, concretamente el que se halla situado
en el extremo sur de la pared. La parte inferior de las ventanas de la
planta baja no se halla situada a más de metro y medio de altura del
suelo, por lo que no te resulta muy difícil echar un vistazo a través
de los cristales
Es evidente que se trata de un despacho: paredes de colores so-
brios, una mesa grande con un sillón a juego tras la misma y dos
sillones de menor lujo al frente de esta, algunas estanterías con al-
manaques y lo que parecen libros de consulta legal o similar, una
mesita baja con cuatro sillones a su alrededor para entrevistas de
tono más cordial y otros elementos típicos.
En este momento la habitación no está ocupada y, en la pared de

197
El caso White
enfrente puedes ver la única puerta que da entrada a la habitación.
Antes de regresar observas por última vez las pisadas que hay en
el suelo...

Haz una tirada por la habilidad de Supervivencia.

¡De algo te sirvió ser Boy Scout! Ve al 235.


Si la fallas pasa al 386.

Ante ti tienes la misma salita que visitaste esa misma tarde. Nada
parece haber cambiado de lugar: ves los mismos sillones, la radio,
el mueble bar, la mesa de juego, las sillas, los cuadros baratos...
A través de la ventana situada en la pared este solo ves oscuri-
dad, aunque sabes que al otro lado está el callejón que hay tras el
club nocturno. Diriges tus pasos a la puerta que hay en la pared sur.
Pegas tu oído a la madera y permaneces unos minutos escuchan-
do, pero, al igual que sucedió esa misma tarde, no oyes nada. Giras
el pomo, pero compruebas que está cerrada con llave. Parece que
vas a tener que volver a pelearte con la cerradura.
Por suerte para ti no es la primera vez que la abres, por lo que no
te cuesta mucho volver a conseguirlo.

Ve al 271.

Al cabo de unos instantes se abre la puerta del salón y aparece


Bárbara White. Contienes un silbido de admiración... un traje de
doscientos dólares, las joyas, unos zapatos de importación a juego
y una sabia elección del maquillaje ponen al descubierto todo el

198
Jordi Cabau Tafalla
atractivo que apenas se dejaba intuir en las entrevistas que has man-
tenido con la madre de Katherine.
—¿Está preparada? —preguntas.
—Sí...
—Vamos, pues.
Salís a la calle y subís a tu coche. Durante el trayecto aprovechas
para comentarle un par de detalles a la señora White:
—Estacionaré el vehículo a cierta distancia de la entrada del
banco y permaneceré fuera vigilando como usted entra y sale. Será
mejor que yo no entre, pues el director del banco podría sospechar
algo si usted entra acompañada por un desconocido y retira una
cantidad tan importante. Intente aparentar la máxima naturalidad.
Dejo en sus manos inventar una excusa del porqué retira una can-
tidad tan grande en metálico. Es probable que el director del banco
le ofrezca ser acompañada por un guarda hasta su casa; en cuyo
caso debe negarse. Antes de ir al banco pasaremos por una tienda
de viajes y compraremos un maletín en el que guardar el dinero.
¿Alguna pregunta?
Tras unos instantes de silencio, la mujer responde preocupada.
—¿Cree que Katherine estará bien?
—Por supuesto —dices aparentando una seguridad que no tie-
nes—. Los secuestradores la tratarán bien por la cuenta que les trae.
Intente mantener la serenidad y haga exactamente lo que yo le diga.
—Bien...
Pese al poco tiempo de que disponéis, realizáis todos los encar-
gos a tiempo para estar de vuelta en la mansión pocos minutos an-
tes del mediodía. En el banco no habéis tenido ninguna dificultad,
gracias a la antigua amistad que unía al padre de la señora White
con el director de la sucursal. De todos modos, según la señora
White, el director se ha quedado algo extrañado ante su negativa
a ir acompañada por uno de los guardas debido a la magnitud del
dinero retirado.
—Ha relacionado la operación con el incendio que ha sufrido
esta noche la fábrica de mi esposo, y se lo he dejado creer... —co-
menta Bárbara.
—Bien hecho, ahora regresemos a la mansión.

199
El caso White
Llegáis a la mansión poco antes de las doce.
Pasa al 333.

...Te acercas al escritorio y echas un vistazo debajo del mismo. Ob-


servas que allí sigue el soporte metálico que sujetaba la pistola au-
tomática de calibre 45 que descubriste en tu anterior visita.
¿Te llevaste esa pistola? Si no fue así, ahora puedes volver a
cogerla si lo deseas.

Toma nota de ello en tu Hoja de personaje.

Ve al 353.

Echas un vistazo a tu alrededor y ves una cabina telefónica una


manzana más allá. Te diriges hacia ella y marcas el número de te-
léfono de Bárbara White. Al cabo de unos instantes oyes la voz de
James al otro lado del teléfono.
—Residencia White, dígame.
—Hola James, soy Carter. ¿Ha llegado la señora?
—Sí, señor Carter. Hace unos instantes.
—Póngame con ella.
—Bien, señor.
Permaneces unos instantes a la espera, y enseguida oyes la voz
de Bárbara White por el auricular.
—¿Carter? ¿Es usted? —dice ansiosa.
—Sí. Pero no tengo mucho tiempo, quiero que me diga qué es lo
que habló con el secuestrador desde la cabina —comentas, yendo
al grano.

200
Jordi Cabau Tafalla
—Bueno... estoy convencida que la voz era la del mismo hom-
bre que llamó la otra vez; pero esta vez apenas me dejó hablar. Me
dijo que depositara el dinero en una papelera que había unos metros
más allá y que regresara a casa. Dijo que si todo estaba bien me lla-
maría a las ocho para comunicarme dónde podría encontrar a Kate.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Bien, permanezca en su casa junto al teléfono. La llamaré
poco después de las ocho para saber qué le han dicho. No haga
nada hasta entonces ¿entendido?
—Sí ¿cree que Kate estará bien?
—Por supuesto —mientes—. Esté tranquila.
—Gracias —responde Bárbara White con un hilo de voz.
Cuelgas y enciendes un cigarrillo. Echas un vistazo a tu reloj: las
seis de la tarde y ya es casi noche cerrada...

... regresas al “Blue Iguana” paseando lentamente. Ve al 177.

Decides regresar sobre tus pasos hasta el cruce que te ha llevado


al claro del pozo. Una vez allí observas los otros caminos: a tu
derecha está el que regresa al claro tras la casa, luego hay los otros
dos, el que se dirige al noroeste y el que continúa hacia el suroeste.
¿Cuál escoges?
Lee atentamente la descripción y consulta el mapa del jardín,
evita repetir un camino que ya hayas escogido previamente, aunque
sí puedes escoger regresar al claro tras la mansión.

El del noroeste. Pasa al 205.


El del suroeste. Pasa al 210.
Regresas al claro tras la casa. Pasa al 230.

201
El caso White

Tu inesperada aparición deja inmóvil al gigantón, que no puede


apartar los ojos del cañón de tu arma. Realmente su aspecto coinci-
de con la descripción que te dio la vecina de Ortiz de los dos tipos
que registraron el apartamento del chófer de los White.
El tipo hace gesto de ir a hablar, pero tú te llevas un dedo a los
labios indicándole que guarde silencio.
—Aquí yo hago las preguntas —dices en voz baja mientras no
dejas de apuntarle—. ¿Dónde está la chica?
El grandullón hace un gesto con la cabeza hacia la oficina. Per-
maneces unos instantes pensando en qué hacer. Por fin te decides.
—Venga, adelante —dices mientras señalas hacia la oficina con
el cañón de tu arma—. Esas manos bien arriba.
El tipo levanta las manos y empieza a caminar hacia la oficina...

... mientras lanza esporádicas miradas por encima


del hombro. Pasa al 361.

Bárbara White sigue tumbada en el sofá con los ojos cerrados. Al


entrar tú los abre y te pregunta.
—¿Ya es la hora?
—Falta poco —respondes—, será mejor estar preparados.
—¿Qué hacemos?
—Usted se pondrá al teléfono y escuchará lo que tengan que
decir. Yo me sentaré a su lado con la oreja pegada al auricular. De-
berían limitarse a comunicarnos el lugar donde nos entregarán a
Kate. Si no es así, le diré en voz baja lo que debe de decir. No diga
nada que pueda ponerlos nerviosos. Eso es todo.

202
Jordi Cabau Tafalla
—Bien.
Te acercas al mueble bar y haces un gesto hacia Bárbara, pero
esta rechaza tu invitación. Te sirves una copa y te sientas al lado del
teléfono.
—¿Ha avisado a James que le pase aquí cualquier llamada que
se reciba?
—Sí.
—En ese caso solo queda esperar.
Faltan tres minutos para las ocho cuando suena el teléfono, la
madre de Kate descuelga el auricular y tú acercas tu oído al mismo.
—¿Diga? —dice Bárbara White.
—Un caballero pregunta por usted, señora. Dice que está espe-
rando su llamada —responde el mayordomo.
—Pásemelo, James —ordena la mujer...

Pasa al 8.

Aprovechas para dar un rodeo y pasar frente a la entrada posterior


de la mansión de los White; reduces la velocidad y te fijas en el
bosquecillo que hay al otro lado de la carretera frente a esta: tal y
como sospechabas, la motocicleta de Ricardo Ortiz todavía perma-
nece aparcada entre los arbustos. Aceleras y sigues hacia la ciudad.

Pasa al 241.

—¿Es usted policía, señor? —dice María—. Tengo mis papeles


en regla. Me llamo María Guerrero y nací en Méjico, señor, pero
ahora soy ciudadana de los Estados Unidos, señor.

203
El caso White
—No, no soy policía. Soy detective privado —respondes tran-
quilizándola—, y me ha contratado la señora White para que en-
cuentre a su hija. Por eso estoy aquí, porque tal vez hayan visto u
oído algo estos últimos días que pueda darme una pista acerca del
paradero de Katherine.
—No, señor —responde María, visiblemente calmada—, lo
cierto es que casi nunca salgo de la cocina y no me relaciono ape-
nas con los señores. Aunque la señorita Catalina es muy amable y
simpática, y a veces viene directamente aquí cuando quiere pedir
algo para comer.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio? —preguntas.
—Anoche, sobre las nueve y media. Había pasado todo el día
fuera y me pidió que le preparara algo para cenar —responde Ma-
ría.
—¿Sabe dónde fue?
—No.
—¿Y usted? —preguntas dirigiéndote a la doncella—. Por cierto
¿cuál es su nombre?
—Evelyn... Evelyn Fields—responde la joven sin dejar de fu-
mar—No estoy segura pero creo que estuvo en casa del juez Har-
vey. En su mansión tienen una piscina climatizada y creo que fue a
nadar allí. La señorita Katherine y la hija del juez son muy buenas
amigas.
—¿Alguno de ustedes ha visto algo inusual en el comportamien-
to de la señorita Katherine estos últimos días? ¿Algo que pueda dar
una pista acerca de sus intenciones o su paradero?

Si tienes éxito en una tirada de Observación,


ve al 145. Si no la tienes, ve al 150.

Otra vez te hallas en la explanada que hay detrás de la mansión.


Observas los tres caminos que parten del claro: el camino para au-
tomóviles, el sendero de la zona sur y el sendero de la zona norte.
204
Jordi Cabau Tafalla
¿Qué haces?

Evita repetir una opción que ya hayas escogido.

Tomas el sendero que se dirige al sureste. Pasa al 54.


Decides explorar el sendero que se adentra en el parque,
dirección suroeste. Pasa al 190.
Echas a andar por la pista para automóviles. Pasa al 195.
Ya tienes bastante de parque, entras en la mansión. Pasa al 305.

—Suba, amigo —dice el taxista.


—No se trata de eso ¿quiere ganarse diez dólares?
—Depende —responde el taxista con desconfianza—, ¿de qué
se trata?
—Coja estas llaves —dices, dándole las llaves de tu auto—.
Vaya a la esquina que hay cinco calles más allá y verá un auto apar-
cado frente a una ferretería —le describes tu auto—, apárquelo en
ese lado de la calle, tráigame las llaves aquí y le daré diez dólares.
—¿Eso es todo? —comenta.
—Eso es todo —ves que todavía está dudando, por lo que le
enseñas tu carnet de detective—. He seguido hasta aquí a un tipo
por encargo de su mujer, pero mi coche está a cinco calles de aquí
y sospecho que el tipo se largará en auto. Necesito saber adónde va
¿comprende, amigo?
—Hecho —dice el taxista cogiendo las llaves, bajándose de su
taxi y alejándose a paso vivo de allí.
Transcurren unos quince minutos sin que nada haya sucedido
cuando el taxista regresa con tu auto aparcándolo donde le has di-
cho, un lugar fuera de la vista del club nocturno. Cumples con tu
palabra y le das los diez dólares al taxista (descuéntatelos de tu
inventario), el cual se aleja en su propio vehículo.

205
El caso White
Algún transeúnte o vehículo ocasional rompen la monotonía de
tu vigilancia, pero no ves nada que te llame la atención... hasta que
un sedán negro se detiene frente al callejón que hay detrás del “Blue
Iguana” y maniobra para entrar en este marcha atrás. Puedes dis-
tinguir a un único ocupante antes de que se apaguen las luces del
vehículo, la oscuridad del callejón te impide ver más allá del frontal
del auto.
Te diriges rápidamente a tu coche y, poniéndolo en marcha pero
sin encender las luces, te acercas lo suficiente como para poder vi-
gilar la boca del callejón. No tienes que esperar mucho hasta que
las luces del sedán vuelven a encenderse y este parte en dirección
este.

... Dejas que se aleje un poco antes de empezar a seguirlo.


Ve al 218.

Avanzas por el pasillo dejando las puertas de los camerinos y los


servicios a tu izquierda y pasando de largo ante el corredor que lle-
va a la puerta por la que has entrado. Llegas al final del pasillo don-
de hay dos puertas, una frente a otra a izquierda y derecha. Como
sabes que la de la derecha va a dar a la sala de fiestas...

...decides abrir primero la de la izquierda.


Ve al 246.

Te incorporas a la circulación y, casi en las afueras de la ciudad,


llegas por fin a tu destino. Williams no mentía: Evergreen Terra-
ce era un lujoso complejo residencial en el que medio centenar de

206
Jordi Cabau Tafalla
mansiones de diversos estilos se hallaban rodeadas de inmensos
jardines y bosques. “No me extraña que no conociese este sitio”,
piensas, “está muy lejos de los ambientes por los que siempre me
he movido”. Una amplia y cuidada carretera, apenas transitada por
algún que otro coche de lujo, serpentea entre las mansiones. No te
cuesta mucho encontrar el 1710 de Evergreen Terrace: se trata de
una espléndida mansión de dos plantas con un inmenso jardín bos-
coso en la parte de atrás. “Creo que este es el golpe de suerte que
necesitaba”, piensas mientras detienes el coche frente a la mansión.
Al bajar del coche observas que las nubes prácticamente han
desaparecido, dejando ver un límpido cielo azul en el que brilla el
sol de invierno.

Subes los escalones y llamas al timbre. Pasa al 35.

Te soplas en la punta de los dedos y vuelves a intentarlo.

Haz una tirada por la habilidad de Maña con un -3.

¡Por fin! Ve al 296.


Nada, que no hay manera. Ve al 358.

Te arrodillas junto a las huellas y observas detenidamente estas y


las plantas que hay alrededor... Después de algunos minutos llegas
a la conclusión de que, no hace muchas horas, ha habido una pelea
en aquel lugar: dos hombres se enzarzaron cuerpo a cuerpo y uno
de ellos cayó al suelo, probablemente inconsciente, siendo arras-

207
El caso White
trado en dirección al claro del pozo donde la gravilla del sendero
hace que el rastro se pierda. No hay indicios de sangre ni descubres
ningún objeto extraviado. Parece como si uno de los dos hombres
hubiese estado un buen rato junto a la ventana: hay algunas plan-
tas pisadas justo bajo esta. “Esto se está empezando a complicar”,
piensas.

¿Has estado en el párrafo 250?


Si es así, dirígete inmediatamente al 202.
En caso contrario, ve al 225.

Oyes los pasos de Kid acercándose rápidamente a donde te ocultas.


Dentro de unos segundos estará junto a ti. ¿Qué haces?

Sales repentinamente de tu escondite apuntándole con tu arma.


Ve al 226.
Sales de detrás de los bultos e intentas razonar con él.
Dirígete al 396.

Sobre la mesa del despacho ves varios útiles de escritura, una lám-
para de latón con la pantalla de cristal verde, un cenicero y un telé-
fono con diversos botones, en dos de ellos hay algo escrito: “Guar-
darropa” y “Bar”. Una cajita de laca conteniendo tarjetas de visita
te informa de que te hallas en el despacho del señor Edward Han-
son, propietario del “Blue Iguana”.
En los cajones hay papel, sobres y diversos objetos y útiles de

208
Jordi Cabau Tafalla
escritorio intrascendentes... salvo debajo del tablero del escritorio
donde, sujeta con un soporte metálico, encuentras una pistola auto-
mática de calibre 45. Compruebas que está cargada, con el seguro
quitado y una bala en la recámara. “Parece que al señor Hanson
le gusta estar preparado para hacer frente a cualquier situación”,
piensas.
¿Qué haces? ¿Dejas la pistola donde estaba o te la guardas en el
bolsillo?

Si haces esto último, apúntatela en tu Hoja de personaje.

Prosigues tu búsqueda en el armario, donde descubres un par


de trajes, un smoking y una gabardina, así como media docena de
camisas planchadas y diversos complementos del vestir, todos ellos
de la misma talla. En los archivadores metálicos encuentras factu-
ras, recibos y todo tipo de papeles concernientes a la administración
del negocio. Mirando por encima algunos de ellos descubres que
Edward Hanson es el propietario del “Blue Iguana” desde hace solo
cuatro años. Antes el local se llamaba “Bruno’s” y era propiedad de
un tal Bruno Martinelli, quien se lo vendió a Hanson.
En el lavabo ves un par de toallas con las iniciales E.H. y diver-
sos útiles de aseo. Te acercas a la caja fuerte e intentas abrirla giran-
do la manija. Como suponías está cerrada y careces de la habilidad
para abrir una caja de estas características.
Estas a punto de salir de la habitación cuando hay algo que te
llama la atención en los paneles de madera de la pared oeste: una
puerta disimulada por estos. Te acercas a la misma y giras un pe-
queño tirador...

...la puerta se abre. Pasa al 382.

209
El caso White

—Yo decidiré eso, por cierto; ¿desde cuándo son amantes Evelyn
y el señor White?
—¿Cómo dice, señor? —por un momento estás a punto de que-
brar la impasibilidad del mayordomo.
—Mire, James, me niego a creer que alguien que vive en la casa
y, además, supervisa las tareas de limpieza de esta no haya adver-
tido unos cabellos largos y oscuros entre la ropa de cama del señor
White, así como cierto olor a perfume barato en estas. Es más, ima-
gino que en todo este tiempo habrá observado más pruebas confir-
mando lo que digo. ¿Me equivoco? La turbación de James confirma
tus sospechas.
—No sabría asegurarlo... más o menos al poco de entrar Evelyn...
unos diez meses.
—No se preocupe James, no pienso decírselo a nadie y menos a
la señora. “... a menos que sea imprescindible”, piensas.

Pasa al 306.

Calculas el lugar donde debe hallarse la papelera al otro lado de


la pared y examinas atentamente este lado de la misma. La letrina
tiene un zócalo de azulejos de aproximadamente un metro y medio
de altura. Sabiendo lo que estas buscando no te cuesta mucho en-
contrarlo: uno de los azulejos tiene una esquina rota, metes el dedo
y tiras hacia ti con suavidad. Con un ligero clic se desprenden cua-
tro baldosas que forman un cuadrado de poco más de un palmo de
lado. Las baldosas están enganchadas entre sí por la parte de atrás
formando una tapa que se sujeta a la pared por medio de cuatro
imanes.
210
Jordi Cabau Tafalla
Al sacar la tapa has dejado al descubierto un agujero hecho en el
muro que comunica con la parte de atrás de la papelera. Hay diver-
sos detalles (suciedad, desgaste, etc.) que indican que esta abertura
no es reciente y que, probablemente, tenga algunos años.
“¡Que ingenioso!”, piensas, “no me extrañaría que el dueño del
local no sepa nada de esto”.

Sales de los servicios dejándolo todo tal y como estaba.


Pasa al 274.

Regresas sobre tus pasos hasta el cruce que te ha llevado a la pista


de tenis. Una vez allí observas los otros caminos: frente a ti está el
que regresa al claro tras la casa, luego hay los otros dos, el que se
dirige al nordeste y el que lo hace hacia el suroeste. ¿Cuál escoges?
Lee atentamente la descripción y consulta el mapa del jardín, evita
repetir un camino que ya hayas escogido previamente, aunque sí
puedes escoger regresar al claro tras la mansión.

Te decides por el del nordeste. Pasa al 205.


Eliges el del suroeste. Pasa al 215.
Regresas al claro tras la casa. Pasa al 230.

Después de conducir durante algunos minutos llegas a la esquina


de Vance con Brown: se trata de una confluencia bastante transitada
en la que edificios de viviendas se alternan con comercios y alguna
que otra oficina. Aparcas no muy lejos de la esquina y diriges tus
pasos hacia esta. A medida que te vas acercando observas que, en

211
El caso White
la confluencia de las dos calles, se concentra bastante actividad co-
mercial: una ferretería, un par de bares, un restaurante griego, una
barbería, dos tiendas de comestibles, unos billares, un taller mecá-
nico, una tienda de modas... todo ello ocupando los bajos de varios
edificios de viviendas construidos a principios de la década pasada.
Siguiendo los dictados de tu estómago entras en el restaurante
griego y pides el menú del día, aprovechando para sentarte junto
a uno de los ventanales desde los que se domina perfectamente la
práctica totalidad de la encrucijada. Mientras esperas que te sirvan
observas que en una de las esquinas se encuentra la cabina descri-
ta por el secuestrador. No parece averiada, pues en el tiempo que
permaneces en el restaurante tienes ocasión de ver que es utilizada
varias veces por los transeúntes.
Terminas de comer sin que hayas podido sacar nada en claro del
lugar. Sales a la calle para descubrir que se ha levantado un vien-
to frío y desagradable, te arrebujas bien la gabardina metiendo las
manos en los bolsillos... para descubrir que guardabas algo en uno
de estos:
Una baraja de cartas usada, un paquete de Lucky Strike casi va-
cío, una caja de cerillas publicitaria y la fotografía de Katherine y
el chófer en la playa.
Examinas más atentamente los objetos... para descubrir unas mi-
núsculas muescas en los bordes de algunas de las cartas de la bara-
ja. “¡Cartas marcadas!” piensas. “¿Por qué será que no me sorpren-
de?”. El paquete tan solo contiene media docena de cigarrillos y no
parece contener nada más en su interior. Como no te queda mucho
tabaco, enciendes uno para ahorrar ¡y pronto tienes que apagarlo
entre un acceso de tos!
“¡Grifa! ¡Maldita sea!”, maldices. ¡Vaya angelito que estaba he-
cho el tal Ricardo Ortiz! ¿Qué otras sorpresas ocultará el mejica-
no?”. Intrigado, examinas detenidamente la fotografía del chófer y
la joven heredera de los White. No descubres nada que no supieras
ya, aunque, por un par de borrosos carteles indicadores que pueden
distinguirse detrás de la pareja, puedes confirmar que la fotografía
se debió de tomar a finales del pasado verano en la playa de San-

212
Jordi Cabau Tafalla
ta Mónica, una de las más concurridas por los ciudadanos de Los
Ángeles.
Por último tu vista se fija en la caja de cerillas que acabas de
utilizar para encender el cigarrillo: se trata de una caja vulgar y co-
rriente con publicidad sobre un local nocturno en su cubierta pero,
lo que te llama la atención, es que dicho local está situado a tan solo
tres calles de donde te encuentras ahora.
“¿Casualidad?”, tal vez. Pero tampoco tienes muchas pistas so-
bre las que trabajar, por lo que, mirando tu reloj y viendo que toda-
vía tienes bastante tiempo, decides ir a echar un vistazo a ese local.
“Nunca se sabe” piensas, “donde menos se espera, salta la liebre”.
Decides no coger el coche dada la cercanía del lugar...

...avivas el paso y te diriges a tu nuevo objetivo. Pasa al 6.

De nuevo aterrizas sobre el mismo montón de sacos podridos, que


frenan tu caída.

Recibes 1D6 heridas por contusiones.

Tu autoestima está por los suelos, y eso que nadie ha sido testigo de
tu patoso intento de escalada.

Decides probar mejor suerte con la cerradura


de la puerta de servicio, pasa al 22.

Se gira hacia ti.


—¿Lo ha oído? —te pregunta.

213
El caso White
—Sí... —y, tras unos instantes de reflexión, le preguntas— ¿hay
alguien que desee vengarse de usted, señor White?
—No le entiendo... —el hombre de negocios parece sinceramen-
te sorprendido.
—Primero secuestran a su hijastra y luego su fábrica sufre un
incendio. Podría ser una casualidad... o no. ¿Sabe de alguien que le
desee tanto mal?
—Lo cierto es que el mundo de los negocios no es precisamente
un cuento de hadas... pero nunca he hecho nada que pueda motivar
una respuesta tan extremada... —Thomas White parece sincero al
decir esto.
—Bien... —el incendio de la fábrica añade una nueva variable al
caso que deberás investigar
en su momento pero, por ahora, tu prioridad es la hija de la seño-
ra White —Quiero que vaya a su oficina y se encargue del asunto de
la fábrica de modo que la señora White y yo podamos dedicar nues-
tra atención a los secuestradores sin interferencias —dices al señor
White—. Le telefonearemos informándole de cualquier novedad.
Te giras hacia la señora White, mientras miras tu reloj.
—No nos queda mucho tiempo. Suba a vestirse, debemos ir al
banco a por el dinero. ¡Dese prisa!
Al cabo de unos instantes estás solo en el salón después de que
el empresario haya llamado un taxi para irse a su oficina y Bárbara
White haya subido a su habitación a cambiarse. Te acercas al mue-
ble bar y te sirves una generosa ración de whisky añejo, te dejas
caer en uno de los sofás, enciendes un cigarrillo...

... y descuelgas el teléfono. Pasa al 211.

Diriges tus pasos hacia el sendero que lleva a la piscina. Al princi-


pio te cuesta un poco orientarte debido a la oscuridad, pero pronto
tus ojos se acostumbran a la misma y llegas a tu destino. Te hallas
en el área embaldosada que hay junto a la piscina donde distingues

214
Jordi Cabau Tafalla
claramente las formas de los muebles de jardín que viste ayer.
Echas un vistazo a tu alrededor, asegurándote de que no hay
testigos inoportunos... y luego recoges la sombrilla que hay en el
suelo y repites la misma maniobra que realizaste el día anterior con
tan macabros resultados.
Como sabes dónde buscar no tardas en comprobar que el cadá-
ver sigue en el fondo de la piscina de los White. Vuelves a dejar
todo tal y como estaba y regresas pensativo a la explanada que hay
en la parte posterior de la mansión. Enciendes un cigarrillo y pien-
sas detenidamente en tu descubrimiento.
Aunque has avanzado bastante en tu investigación, sigues sin sa-
ber qué le sucedió al chófer de los White. “Tal vez en las próximas
horas se desvele este misterio”, piensas.
Todavía sigues dándole vueltas al asunto cuando entras en la
mansión...

... dentro de quince minutos llamarán los secuestradores.


Pasa al 227.

Regresas sobre tus pasos hasta el cruce que te ha llevado a la pis-


cina. Una vez allí observas los otros caminos: a tu izquierda está el
que regresa al claro tras la casa, luego hay los otros dos, el que se
dirige al suroeste y el que lo hace hacia el noroeste. ¿Cuál escoges?
Lee atentamente la descripción y consulta el mapa del jardín,
evita repetir un camino que ya hayas escogido previamente, aun-
que sí puedes escoger regresar al claro tras la mansión.

Escoges el sendero del noroeste, ve al 210.


Te decides por el sendero del suroeste, dirígete al 215.
Regresas al claro tras la mansión, pasa al 230.

215
El caso White

Frente a ti tienes lo que parece ser una salita de estar: la pieza se


encuentra amueblada con un par de sillones, una valiosa y poten-
te radio, un pequeño mueble bar y una mesa redonda forrada de
terciopelo verde rodeada de cuatro cómodas sillas. En las paredes
cuelgan unos cuantos cuadros, de escaso valor artístico, represen-
tando caballos de carreras y en la pared sur puedes ver que hay otra
puerta.
Cierras la puerta a tus espaldas y examinas atentamente la habi-
tación.
Haz una tirada de Observar.

Si tienes éxito, ve al 149.


En caso contrario, ve al 371.

Con cuidado de no ensuciarte, amontonas de nuevo las cajas bajo el


ventanal fabricando una improvisada escalera. Trepas de nuevo con
cuidado intentando alcanzar el alféizar de uno de los ventanales.

Haz una tirada por la habilidad de Agilidad.

Fallas, ve al 101.
Tienes éxito, ve al 268.

216
Jordi Cabau Tafalla

Haz una tirada por Observar.

Si la fallas, pasa al 199.


Si tienes éxito, ve al 302.

Hace frío y, de tanto en tanto, debes moverte para entrar en calor.


Aparte del ruido de algunos insectos el silencio es total y, en todo el
tiempo que permaneces en tu escondite, solo te llaman la atención
un par de vehículos que pasan a toda velocidad frente a la cancela.
Un par de veces escuchas el ladrido lejano de algún perro, “proba-
blemente los perros de los White, quejándose por no poder salir a
corretear por el jardín”, piensas. El tiempo transcurre lentamente
en tu incómodo escondrijo pero, finalmente, tu paciencia se ve re-
compensada al ver cómo un auto con las luces apagadas se detiene
junto a la cancela. Echas un vistazo a tu reloj, es casi la una de la
madrugada.

Pasa al 283.

Hay un detalle inusual que te llama la atención, aunque al principio


no le has dado mucha importancia: tu mirada se posa en la som-
brilla que hay tirada en el suelo. “¡Qué extraño!”, piensas... “Estas
sombrillas suelen llevar un pie lastrado en la parte inferior que evita
que el viento las haga caer”, pero no ves ninguno por allí. Tu mira-
da se fija en la parte superior de la sombrilla: de un lado cuelga un
217
El caso White
trozo de cordón que sin duda debía de servir para mantener apreta-
da la tela alrededor del palo para que un golpe de viento ocasional
no la abriese. Te fijas que el cordón tiene un corte limpio, como si
lo hubiesen seccionado con una tijera o cuchillo.
No acabas de encontrarle sentido a tu descubrimiento.

¿Has visitado los párrafos 220 o 235?


En caso negativo pasa al 245.
¿Has visitado los párrafos 220 o 235?
En caso afirmativo dirígete inmediatamente al 390.

Una vez ante la puerta que da al jardín, aguardas hasta observar


cómo Thomas White desaparece por el sendero que hay a la iz-
quierda de la explanada. Abres la puerta y atraviesas rápidamente
la zona descubierta metiéndote por el mismo sendero. Una vez en
el bosque observas a tu objetivo unos cuantos metros más adelante,
le sigues silenciosamente ocultándote entre los árboles.
Thomas White avanza hasta llegar a un punto donde el camino
se divide en tres tomando el del centro sin detenerse. Le sigues
cautelosamente hasta ver que el sendero finaliza en una pista de
tenis, Thomas rodea la pista hasta los árboles que hay al norte de la
misma, gira a la derecha y avanza entre los mismos. A la izquier-
da puedes distinguir el muro que delimita la parte norte del jardín
de los White y, finalmente, ves cómo el hombre llega a la entrada
posterior de la propiedad y se detiene unos instantes junto a esta mi-
rando a su alrededor. Te agachas entre los árboles y observas cómo,
tras asegurarse de que nadie le ve, deja abierta unos centímetros la
pequeña puerta que hay junto a la verja y desanda el camino, diri-
giéndose directamente hacia ti.

Pasa al 286.
218
Jordi Cabau Tafalla

Hay tres formas de penetrar en el almacén: los ventanales, las puer-


tas de carga o la entrada de servicio. Descartas inmediatamente las
puertas de carga: es evidente de que hace años que no se han abierto
y, en el caso dudoso de que tuvieses suficiente fuerza como para
levantarlas, el escándalo que harías sería mayúsculo, atrayendo la
atención de los transeúntes y poniendo sobre aviso a cualquier hi-
potético ocupante del almacén.
Las otras dos opciones son, o forzar la cerradura de la puerta de
servicio o trepar hasta uno de los ventanales e intentar abrirlo desde
fuera.
¿Por cuál opción te decides?

Intentas forzar la cerradura, vete al 22.


Prefieres trepar hasta uno de los ventanales, dirígete al 394.

—Yo decidiré eso, por cierto; ¿desde cuándo son amantes Evelyn
la doncella y el señor White?
—¿Cómo dice, señor?
—Mire, James, me niego a creer que alguien que vive en la casa
y, además, supervisa las tareas de limpieza de esta no haya adver-
tido unos cabellos largos y oscuros entre la ropa de cama del señor
White, así como cierto olor a perfume barato en estas. Es más, ima-
gino que en todo este tiempo habrá observado más pruebas confir-
mando lo que digo. ¿Me equivoco? La turbación de James confirma
tus sospechas.
—No sabría asegurarlo... más o menos al poco de entrar Evelyn...
unos diez meses.

219
El caso White
—No se preocupe James, no pienso decírselo a nadie y menos a
la señora. “... a menos que sea imprescindible”, piensas.

Pasa al 288.

“Pero ¿cómo habrá podido apoderarse del dinero sin que yo lo haya
visto?”, piensas. Decidido a averiguarlo regresas hasta la esquina
de Vance con Brown y, una vez allí, te acercas a la papelera y dejas
caer el periódico en la misma... aprovechando para echar un vistazo
a su interior. Tal y como imaginabas está vacía.
“¡Maldita sea! ¡Pero si no le he quitado ojo de encima! ¡No pue-
de ser!”. Ya sin ningún disimulo observas atentamente el interior
de la papelera, encendiendo una cerilla para hacerlo mejor. Algu-
nos viandantes te miran con curiosidad, pero siguen su camino sin
detenerse, pensando tal vez que has tirado por error algún objeto
valioso. Algunos incluso aceleran el paso. “Cosas que tiene la gran
ciudad”, piensas, “las actitudes extrañas provocan desconfianza y
la gente no quiere meterse en problemas”.

Haz una tirada por Observar.

Si tienes éxito, ve al 187.


Si la fallas, ve al 284.

“A partir de ahora deberé de ir con mucho cuidado” piensas, “si


algo sale mal podría ser el fin de mi carrera”. Decides que lo me-
jor es actuar como si no supieses nada del cadáver de la piscina.

220
Jordi Cabau Tafalla
“Nadie sabe que lo he encontrado, y eso puede ser una baza en mi
favor”. Te vuelves por donde has venido, decidido más que nunca a
encontrar a la hija de Bárbara White.

Pasa al 245.

Los minutos transcurren lentamente, pero nadie aparece para vaciar


la papelera. En una ocasión un chiquillo arroja dentro un papel que
había tirado al suelo mientras es regañado por su madre, pero su
mano ni siquiera llega a rozar la papelera. La espera empieza a ser
exasperante...
“¿Qué esperan para recoger el dinero?”, piensas, “además, el
lugar está tan expuesto... si hubiésemos llamado a la poli nadie se
habría podido acercar sin que le cayeran encima una docena de
agentes... “

Haz una tirada de Buena Fortuna.

Si la fallas, pasa al 199.


Si tienes éxito, ve al 248.

La detonación del disparo suena como un cañonazo a tus oídos.


Cara de Rata cae hacia atrás a consecuencia del impacto de la bala,
quedando inmóvil en el suelo, no sabes si muerto o no, aunque ese
detalle no te importa.
—¡No dispare! ¡No dispare! —dice Kid levantando las manos
por encima de su cabeza con expresión asustada.

221
El caso White
—¡Quieto ahí si no quieres acabar como tu amigo!
—Sí, señor —responde el gigante mansamente.
Segundos después oyes un quejido proveniente del suelo, al pa-
recer solo le has herido superficialmente en un brazo. Se incorpora
y hace intención de levantarse.
—Poco a poco... —dices mientras le apuntas con el arma—, ten-
go más balas.
Te mira con odio... pero obedece tus órdenes. Una vez de pie se
sostiene el brazo herido, del cual mana algo de sangre...

Pasa al 178.

Sobre la mesa del despacho ves varios útiles de escritura, una lám-
para de latón con la pantalla de cristal verde, un cenicero y un telé-
fono con diversos botones, en dos de ellos hay algo escrito: “Guar-
darropa” y “Bar”. Una cajita de laca conteniendo tarjetas de visita
te informa de que te hallas en el despacho del señor Edward Han-
son, propietario del “Blue Iguana”.
En los cajones hay papel, sobres y diversos objetos y útiles de
escritorio intrascendentes. Prosigues tu búsqueda en el armario,
donde descubres un par de trajes, un smoking y una gabardina, así
como media docena de camisas planchadas y diversos complemen-
tos del vestir, todos ellos de la misma talla. En los archivadores
metálicos encuentras facturas, recibos y todo tipo de papeles con-
cernientes a la administración del negocio sin mayor relevancia.
En el lavabo ves un par de toallas con las iniciales E.H. y diver-
sos útiles de aseo. Te acercas a la caja fuerte e intentas abrirla giran-
do la manija. Como suponías está cerrada y careces de la habilidad
para abrir una caja de estas características.
Estas a punto de salir de la habitación cuando hay algo que te
222
Jordi Cabau Tafalla
llama la atención en los paneles de madera de la pared oeste: una
puerta disimulada por estos. Te acercas a la misma y giras un pe-
queño tirador...

... la puerta se abre. Pasa al 382.

La luz está encendida, pero la pieza está desocupada. Ello te per-


mite entretenerte en observar que te hallas en una pequeña habita-
ción amueblada con un espejo rodeado de bombillas, una mesa y
una silla frente al mismo, un pequeño biombo, un armario y un par
de taburetes; es evidente que se trata de un camerino para artistas.
Entras, cerrando la puerta tras de ti, y examinas brevemente el con-
tenido de los cajones de la mesa y el armario sin descubrir nada que
te llame la atención, salvo comprobar que el camerino está com-
partido por Bill, Studs y Louie. Sales, volviendo a dejar todo tal y
como estaba.

Pasa al 311.

Tus pasos finalizan frente a la entrada posterior a la mansión de los


White. Esta está constituida por una gran verja de hierro forjado de
doble batiente de la misma altura que el muro, unos tres metros y
medio y que, por lo que ves, se abre manualmente. En el lado norte
del muro, a unos dos metros de la puerta para vehículos, hay otra
puerta mucho más pequeña, también de hierro forjado, para que
puedan entrar y salir las personas. Ambas están cerradas con llave.
A través de la verja puedes ver una carretera rodeada de árboles en

223
El caso White
la que distingues, unos doscientos metros al otro lado de la misma
y en dirección norte, el muro de otra lujosa propiedad. Te das media
vuelta para regresar por donde has venido.

Haz una tirada de Observación.

Si tienes éxito, ve al 270.


Si no la pasas, dirígete al 275.

A los pocos metros llegas al final del mismo; frente a ti hay una
pared y tienes una puerta a tu izquierda y otra a tu derecha. Encien-
des una cerilla para descubrir otra estrella dorada en la puerta de tu
derecha; la puerta de la izquierda no tiene ningún cartel. Decides
abrir primero la puerta de tu derecha...

...aunque ya te imaginas lo que vas a encontrar.


Pasa al 289.

—Mucha, créame —respondes.


La joven duda unos instantes antes de responder.
—No quiero problemas; y, si se lo digo, los tendré.
—No se lo diré a nadie —respondes.
—¿Cómo sé que puedo confiar en usted? Acabo de conocerle.
—Tiene razón, no puede —dices mientras te levantas de la si-
lla— y yo ¿puedo confiar en usted? —preguntas mientras te diriges
a la puerta.
—No le entiendo... —comenta Dakota, intrigada.
Pones tu mano encima del pomo de la puerta y te giras hacia ella.
224
Jordi Cabau Tafalla
—... Tengo la certeza de que algo malo le pasó a Ricardo Ortiz
la noche en que había quedado con Dakota para fugarse —dices
con voz grave—, y que por eso no se presentó a la cita. Creo que,
aunque haya regresado con sus padres, Kate no está a salvo todavía.
Si me responde a esas preguntas tal vez podría ayudarla, y mucho.
La joven vacila unos instantes, pero por fin responde:
—Sus nombres son Bugs Kowalski y Kid Williams, ambos tra-
bajan para Reno Hanson y Ricardo le debe dinero a este.
—¿De qué? —preguntas mientras vuelves a sentarte en la silla.
—Póquer. Hanson organiza partidas de póquer de alto nivel y
Ricardo perdió mucho dinero en ellas.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—¿Habla en serio? —Dakota te mira con incredulidad.
—Sí... —respondes con expresión de no saber.
—Hanson es el dueño del “Blue Iguana”, creí que lo sabía. Si
quiere hablar con él todo lo que tiene que hacer es salir por esa
puerta, girar a la izquierda ir todo recto hasta el final del pasillo y
llamar a la puerta que encontrará a su izquierda...
—Empiezo a entenderlo...
—Sí. Hanson celebra las partidas de póquer en su despacho. Co-
nocí a Ricardo una noche en que había ganado bastante dinero en
una partida. Lo cierto es que, con dinero en el bolsillo, era un tipo
genial. Lo pasabas en grande con él... pero eso eran las menos de
las veces. Al final me cansé de sus mentiras y sus engaños y corté
con él. No estaba muy acostumbrado a que las mujeres le dejaran,
siempre era él quien las abandonaba, y supongo que eso le hizo tra-
tarme con cierto respeto cuando coincidíamos en el “Blue Iguana”.
Lo cierto es que empecé a pensar que no era tan mal tipo... Hace
un par de días, mientras pasaba frente a la puerta del despacho de
Reno, escuché cómo ordenaba a Bugs y Kid que fueran a su aparta-
mento y, si Ricardo no pagaba su deuda, literalmente “le dieran una
paliza”. Corrí a avisarle a su apartamento y allí me encontré a Kate,
el resto ya lo sabe...
—Comprendo... —dices—. ¿Puedo hacerle una última pregun-
ta? Dakota asiente con la cabeza.

225
El caso White
—¿Cree a Hanson o a alguno de sus hombres capaces de matar
a alguien a sangre fría? La pregunta coge a la joven desprevenida.
—No..., no lo creo. ¿Por qué me lo pregunta?
—Buenas noches, señorita. Me ha sido usted de mucha ayuda
—respondes mientras te levantas...

... y sales de la habitación. Pasa al 297.

Mientras mantienes la vista fija en la carretera, le comentas a la


señora Brown.
—Haga exactamente lo que han dicho los secuestradores, man-
tenga la calma y todo saldrá bien. En cuanto a mí, aunque usted no
me vea estaré cerca. Voy a dejarla a un par de calles del lugar de la
entrega —miras el reloj—, llegará justo a tiempo.
Bárbara White no te contesta, permaneciendo callada con la vis-
ta fija en el paisaje mientras aprieta fuertemente contra su regazo la
bolsa del dinero.
El resto del trayecto transcurre en silencio hasta que detienes el
coche junto a la acera, a dos calles de vuestro destino.
—Siga recto por esta calle —comentas—, el lugar de la entrega
está dos calles más allá. Recuerde, permanezca junto a la cabina y
siga las instrucciones que le darán. En caso de duda, regrese a su
casa y me pondré en contacto con usted.
Por primera vez desde que salisteis de la casa Bárbara abre la
boca.
—Estoy un poco asustada... —dice.
—Todo saldrá bien, confíe en mí. Hasta pronto.
—Hasta pronto...
Observas durante unos instantes como se aleja con paso inde-
ciso calle abajo, luego conduces hasta aparcar tu coche en una vía
lateral...

226
Jordi Cabau Tafalla
... y te diriges con paso rápido hasta la esquina
de Vance con Brown. Ve al 298.

Al parecer, arriba no hay más de dos individuos; están jugando al


póquer para pasar el rato y toda su conversación parece girar en
torno a ese tema. De todos modos puedes escuchar sus nombres:
uno de ellos; de voz baja y suave parece llamarse “Bugs”, el otro;
de voz grave y poderosa responde al nombre de “Kid”. Permaneces
unos instantes más escuchando y, al no oír nada nuevo, concentras
tu atención en la puerta que hay junto a ti, justo debajo de la esca-
lera.

Pasa al 81.

Cuando apenas estás a unos quince metros del garaje unos furiosos
ladridos hacen que des un respingo. Por un momento estás a punto
de echar a correr pero enseguida te das cuenta de que los ladridos
provienen de una zona vallada anexa al garaje y que los perros es-
tán cautivos. De todos modos te acercas hasta la valla de la perrera
dejando un espacio prudencial entre tú y los canes.
Dentro de un recinto de unos tres metros de lado por otros dos
de altura se encuentran tres feroces doberman que no paran de la-
drarte. Una puerta metálica, con un pestillo con seguro por la parte
de fuera, los mantiene a raya. En una esquina dentro del recinto
ves una caseta bastante grande donde deben dormir los perros. Los
tres dobermans prosiguen con su coro de ladridos incluso cuando
te alejas y no es hasta que llevas un rato fuera de su vista que cesan
de ladrar.

227
El caso White
Tu atención, sin embargo, se halla ahora centrada en el edificio
del garaje. Puedes ver que en el lado que da a la explanada hay tres
grandes puertas que pueden abrirse independientemente y quedar
plegadas en el techo para dejar paso a los autos. Junto a estas, en
el lado norte, hay una pequeña puerta de servicio. Pruebas una a
una las puertas de los vehículos pero parece que están cerradas.
La algarabía que han montado los perros no parece haber atraído
la atención de nadie, por lo que decides probar a abrir la puerta de
servicio.
No está cerrada con llave, la abres y penetras en la penumbra
del garaje. Tus ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la
poca luz que entra por unos pequeños ventanales que hay en la
pared oeste. Observas que hay dos vehículos aparcados, quedando
lugar de sobras para un tercero, y que en un rincón hay un banco
de trabajo y un par de armarios. Buscas un interruptor y enciendes
las luces. La claridad te revela una pequeña puerta junto al banco
de trabajo. Está entornada y puedes ver que se trata de un pequeño
lavabo. Observas los dos vehículos que hay en el garaje y no pue-
des contener un silbido de admiración: uno es un lujoso Cadillac
Sixty Special de color plateado, “Muy indicado para ir a sitios de
postín”, piensas, y el otro es un Alfa Romeo 2300 Pescara de seis
cilindros de color blanco, un deportivo biplaza descapotable. “Vaya
preciosidad, conducir esto debe de ser como flotar en una nube” no
puedes evitar pensar, echas un vistazo al cuentakilómetros “¡Solo
5.000 kilómetros! ¡Qué desperdicio!”. Ambos autos están sin una
mota de polvo, la carrocería está impecable y los cromados brillan
como espejos.
Abres los armarios de la pared para descubrir todas las herra-
mientas necesarias para el cuidado y mantenimiento de un vehí-
culo. En los cajones del banco de trabajo hay algunos recambios y
más útiles de trabajo. Sin embargo, uno de los cajones está cerrado
con llave y no lo puedes abrir. ¿Qué haces? ¿Intentas forzar la ce-
rradura o prefieres no meterte en problemas y salir del garaje?

228
Jordi Cabau Tafalla
Sales del garaje y regresas al patio trasero de la mansión.
Pasa al 230.
Sales del garaje y decides examinar la puerta posterior
de la mansión, si no lo has hecho ya. Ve al 260.
Intentas forzar la cerradura. Pasa al 280.

—Residencia White ¿dígame? —oyes la voz de James al otro


lado del teléfono.
—Póngame con la señora, rápido.
—Sí señor —responde el mayordomo.
Instantes después oyes la voz ansiosa de la madre de Kate.
—¿Carter? ¿Sucede algo? Todavía no son las ocho.
—Tranquilícese Bárbara, su hija está bien. Por desgracia la han
narcotizado para poder manejarla mejor y preferiría no haber de
llevarla a un hospital para no tener que responder a demasiadas
preguntas ¿conoce algún médico de confianza que sea discreto?
—El doctor Herbert ha sido siempre el médico de mi familia.
No dirá nada.
—Llámelo. Estaré ahí con Kate dentro de media hora —y cuel-
gas, regresando junto a la muchacha.
—¡Kate! ¡Kate Banner! ¡Despierta! —le gritas al oído mientras
le das dos sonoros bofetones. La joven parece reaccionar abriendo
los ojos.
—¿Qué pasa? —murmura.
—¡Arriba! ¡A caminar! —le gritas al oído mientras la ayudas
a ponerse de pie—. ¡Yo no puedo ayudarte a bajar! ¡Tendrás que
caminar! —continúas mientras le das otros dos buenos bofetones.
La muchacha gime de dolor... pero se aguanta de pie; con un bra-
zo le agarras la cintura mientras que con el otro sostienes tu arma
por si a tus prisioneros se les ocurre escapar, aunque observas que
tu “chivato” sigue en su lugar al pasar junto a él.
229
El caso White
—¡Quietos ahí! —gritas a través de la puerta—. ¡El hecho de
que no me oigáis no quiere decir que me haya ido! ¿O tal vez sí?
¿Alguien quiere recibir un balazo para averiguarlo?
Y realizas un disparo al aire para corroborar tus amenazas. Espe-
ras que permanezcan dentro el tiempo suficiente como para dejaros
a ti y a Kate marcharos tranquilamente de allí.
El estampido del disparo ha espabilado a Kate y de este modo,
trastabillando las más de las veces, conseguís llegar hasta la puerta
que da al callejón; por suerte la cerradura se abre fácilmente desde
dentro por lo que, instantes después, ambos os encontráis junto a
tu auto. Ayudas a Kate a tenderse en el asiento de atrás y pones el
coche en marcha.

¿Has visitado los párrafos 390 y/o 300?


Si es así, dirígete inmediatamente al 21.
Si no es así, pasa al 36.

La detonación del disparo suena como un cañonazo a tus oídos.


Cara de Rata cae hacia atrás a consecuencia del impacto de la bala,
quedando inmóvil en el suelo unos instantes, no sabes si muerto o
no, aunque ese detalle no te importa.
—¡No dispare! ¡No dispare! —dice Kid levantando las manos
por encima de su cabeza con expresión asustada.
—¡Quieto ahí si no quieres acabar como tu amigo!
—Sí, señor —responde el gigante mansamente.

Ve al 277.

230
Jordi Cabau Tafalla

Consigues auparte hasta alcanzar el alféizar del ventanal. Sacas un


pañuelo del bolsillo y limpias el sucio cristal para poder echar un
vistazo al interior.

Pasa al 188.

Diriges tus pasos hacia el sendero que lleva a la piscina. Al princi-


pio te cuesta un poco orientarte debido a la oscuridad, pero pronto
tus ojos se acostumbran a la misma y llegas a tu destino. Te hallas
en el área embaldosada que hay junto a la piscina donde distingues
claramente las formas de los muebles de jardín que viste el día an-
terior.
Echas un vistazo a tu alrededor, asegurándote de que no hay
testigos inoportunos... y luego recoges la sombrilla que hay en el
suelo y repites la misma maniobra que realizaste el día anterior con
tan macabros resultados.
Como sabes dónde buscar no tardas en comprobar que el cadá-
ver de Ricardo Ortiz sigue en el fondo de la piscina de los White.
Vuelves a dejar todo tal y como estaba y regresas pensativo a la
explanada que hay en la parte posterior de la mansión. Enciendes
un cigarrillo y piensas detenidamente en tu descubrimiento.
Aunque has avanzado bastante en tu investigación, sigues sin sa-
ber qué le sucedió al chófer de los White. “Tal vez en las próximas
horas se desvele este misterio”, piensas.
Todavía sigues dándole vueltas al asunto cuando entras en la
mansión...

...Faltan quince minutos para que llamen los secuestradores.


Pasa al 227.
231
El caso White

Cuando estás a punto de volverte un reflejo proveniente de entre los


árboles al otro lado de la carretera te llama la atención. Te acercas
a la verja y te das cuenta de que, medio oculta entre los arbustos al
otro lado del camino, hay una motocicleta aparcada. Un rayo de sol
que se ha reflejado en el cromado del manillar ha sido el que te ha
llamado la atención. Te extraña ver una motocicleta aparcada en un
lugar tan solitario.

Desde donde estás puedes ver la matrícula, sacas tu libreta y la


anotas, tal vez te sea útil en el futuro: 919KLO.

Regresas por donde has venido. Ve al 275.

Un ligero chasquido indica que has logrado abrir la cerradura. Giras


el pomo y abres lentamente la puerta...
La habitación está desocupada, aunque alguien ha dejado encen-
dida la lamparita del escritorio. Su débil luz deja gran parte de la
pieza en penumbra pero, aun así, observas que nada parece haber
cambiado desde tu visita de hace unas horas: la mesa de despacho,
el sillón tras ella, el archivador, los sillones, la mesita, el armario,
los cuadros, la caja de caudales...
Cierras la puerta a tus espaldas dejando la cerradura como es-
taba, y procedes a examinar la habitación cuidando de dejar cada
cosa en su sitio. La espesa alfombra amortigua tus pisadas mientras
te mueves por la habitación.
Sobre la mesa ves los mismos útiles de escritura, la lámpara en-
cendida, el cenicero, el teléfono, las tarjetas de visita...

232
Jordi Cabau Tafalla
Registras el escritorio, el armario, el archivador, el lavabo... no
ves nada que te llame la atención.
Te acercas a la puerta que disimulan los paneles de madera de la
pared oeste y giras el tirador, abriéndola en silencio. Ves el almacén
del bar, pero nada que pueda ayudarte en tu investigación. Cierras
la puerta para no ser sorprendido por uno de los camareros, y regre-
sas al centro de la habitación.

¿Has visitado anteriormente el párrafo 237?


Si es así, pasa inmediatamente al párrafo 223.
En caso contrario, dirígete al párrafo 353.

Tu inesperada aparición deja inmóviles a los dos tipos, con los ojos
fijos en el cañón de tu arma. Aprovechas esos instantes para exami-
narlos detenidamente. Uno de ellos es muy alto y corpulento aun-
que, pese a su enorme tamaño, sus movimientos no son torpes ni
desmañados; viste un traje sin corbata y lleva la cabeza descubierta.
El otro hombre, solo un poco más bajo que la media, parece un ena-
no al lado del gigante. Viste traje con corbata y lleva un sombrero
echado hacia atrás; la expresión de su rostro y el hecho de que esté
mascando algo te recuerda vagamente a un roedor. Su aspecto coin-
cide con la descripción que te dio la vecina de Ortiz de los dos tipos
que registraron el apartamento del chófer de los White.

Pasa al 5.

Aprovechando un cristal roto, metes la mano y abres el cierre in-


terior del ventanal. Empujas este lo suficiente como para descubrir

233
El caso White
que, por la parte interior, el suelo está a tan solo dos metros del al-
féizar; calculas la distancia y saltas con cuidado de no hacerte daño.

Haz una tirada por la habilidad de Agilidad.

Tienes éxito. Pasa al 18.


Fallas. Ve al 319.

Una vez fuera de los servicios te acercas al teléfono público del


local y marcas el número de teléfono de Bárbara White. Al cabo de
unos instantes oyes la voz de James al otro lado del teléfono.
—Residencia White, dígame.
—Hola James, soy Carter. ¿Ha llegado la señora?
—Sí, señor Carter. Hace unos instantes.
—Póngame con ella.
—Bien, señor.
Permaneces unos instantes a la espera, y enseguida oyes la voz
de Bárbara White por el auricular.
—¿Carter? ¿Es usted? —dice ansiosa.
—Sí. Pero no tengo mucho tiempo, quiero que me diga qué es lo
que habló con el secuestrador desde la cabina —comentas, yendo
al grano.
—Bueno... estoy convencida que la voz era la del mismo hom-
bre que llamó la otra vez; pero esta vez apenas me dejó hablar. Me
dijo que depositara el dinero en una papelera que había unos metros
más allá y que regresara a casa. Dijo que si todo estaba bien me lla-
maría a las ocho para comunicarme dónde podría encontrar a Kate.
—¿Nada más?
—Nada más.
Echas un vistazo a tu reloj: son las seis de la tarde y ya es casi
noche cerrada. Permaneces en silencio unos instantes, pensando...

234
Jordi Cabau Tafalla
¿Has visitado antes el párrafo 157?
Si es así, dirígete al párrafo 67.
En caso contrario, pasa al 328.

Otra vez estás donde la pista se bifurca. ¿Regresas a la mansión o


decides echar un vistazo en el garaje?

Vuelves a la explanada posterior de la mansión. Pasa al 230.


Decides echar un vistazo en el garaje. Pasa al 265.

...Estás tan enfrascado en tu tarea que solo en el último momento


oyes a tus espaldas los pasos de alguien que se acerca por el pasillo.
Abandonas inmediatamente lo que estás haciendo y echas un rápi-
do vistazo a tu alrededor. La disposición de uno de los dos sillones
impide ver lo que haya detrás a menos que se esté junto al mismo.
Te agachas tras el mismo, ocultándote segundos antes de que se
abra la puerta.
—¡Maldita sea! ¡Esos dos idiotas han vuelto a dejarse la luz en-
cendida! —exclama una voz con fastidio.
No te atreves a sacar la cabeza para observar al recién llegado,
pero no te cuesta mucho reconocer la voz como la del interlocutor
de Bárbara White en las negociaciones telefónicas sobre el secues-
tro de su hija. Oyes como atraviesa la habitación, deposita algo en
el suelo, saca unas llaves, abre la puerta que estabas intentando
abrir hace unos instantes y penetra en el interior cerrándola a sus
espaldas.
Permaneces unos instantes dudando, pero por fin te decides; te
levantas, sacas tu arma y te acercas a la puerta...

235
El caso White
...intentando escuchar a través de la misma. Pasa al 104.

Haces un gesto hacia la puerta del vestuario con el cañón de tu


arma.
—¡Venga! ¡Adentro!
Una vez tus órdenes han sido obedecidas cierras la puerta a sus
espaldas y, con un trozo de hierro que hay en el suelo, bloqueas la
puerta. “Esto no les impedirá huir”, piensas, “pero me daré cuenta
si intentan hacerlo”.
Asciendes los escalones y abres la puerta acristalada de la ofici-
na con el arma en la mano lanzando una rápida mirada a tu alrede-
dor: aparte de una mesa y dos sillas el único mobiliario que hay en
la habitación es un viejo archivador metálico sobre el cual descansa
un teléfono. Una mampara de madera y cristal divide la habitación
en dos, creando otra pieza independiente a la que se accede por una
puerta acristalada situada a tu izquierda.
En ese momento, un gemido proveniente del otro lado del mam-
paro te recuerda que estás haciendo allí. Avanzas despacio hacia la
puerta del fondo arma en ristre, abriéndola lentamente.
En la pieza solo hay una mesa de despacho con un sillón de
madera tras él... y, en un rincón, una figura humana tumbada sobre
unas viejas mantas.
—¿Katherine Banner? ¿Es usted?
Una voz soñolienta, narcotizada, responde.
—Mmmm... ssí.
—No se preocupe, está a salvo. Todo ha terminado —mientras
dices esto te acercas al teléfono que hay sobre el archivador. Lo
descuelgas y, comprobando que hay línea, pides a la operadora que
te ponga con el capitán Banks de la policía.
—¿Carter? ¿Qué sucede?

236
Jordi Cabau Tafalla
—Hola, capitán Banks. Necesitaría que me enviase un coche
patrulla y una ambulancia a la dirección que voy a darle. Por cierto
¿podría venir usted? Preferiría explicarle los detalles personalmen-
te...

Pasa al 295.

El fresco aire de la noche no aclara tus pensamientos, pero de todos


modos consigues relajarte un poco y hacer tiempo hasta que son las
ocho menos cuarto, momento en el cual, vuelves a entrar en la casa.

Pasa al 227.

Permaneces unos minutos escuchando pero no oyes a nadie, aun-


que no por ello podrías asegurar que no hay nadie en el local.

Pasa al 133.

Miras a tu alrededor para asegurarte de que no hay nadie cerca.

Realiza una tirada exitosa por la habilidad de “Maña” para con-


seguir abrir el cajón. De todos modos, y teniendo en cuenta la
gran cantidad de herramientas que tienes a tu disposición, puedes
sumar un +2 a tu habilidad de Maña, pero solo en esta tirada.
237
El caso White
Aun así, no consigues abrir el cajón. Pasa al 285.
¡Listo! El cajón está abierto, pasa al 290.

Cuentas las veces que suena el timbre al otro lado de la línea. Cua-
tro, cinco, seis, siete... por fin, alguien lo descuelga.
—Residencia White, dígame —reconoces la voz de James, el
mayordomo.
—Buenas noches, James. Soy David Carter ¿podría ponerse la
señora?
—Es muy tarde, señor ¿podría llamar mañana? —responde con
voz cansada.
—Es importante, James. Tengo que hablar con la señora White
inmediatamente —la gravedad de tu voz parecen causar efecto en
el mayordomo.
—Es que ahora está arriba, cuidando a la señorita. ¿No preferiría
hablar con el señor?
—¡No! —respondes con vehemencia—. Y le agradecería que no
le mencionase al señor que he llamado.
Puedes imaginar la expresión de desconcierto de James al otro
lado de la línea, por lo que tratas de tranquilizarle.
—No se preocupe, James, pero me gustaría pedirle permiso a la
señora para permanecer esta noche en la casa y velar por la segu-
ridad de Kate. Sé que el señor White es reacio a mi petición y por
ello quiero hacérsela a ella directamente. Mi intención es ser lo más
discreto posible y que el señor no me vea para no incomodarlo.
—Iré a avisarla... —responde.
Al cabo de unos instantes oyes la voz de Bárbara White al otro
lado de la línea.
—Pensaba que todo había terminado, señor Carter —comenta
con voz adormilada—. James me ha dicho que quería hablar con-
migo ¿hay algún problema?
—No, pero querría pedirle permiso para permanecer al menos

238
Jordi Cabau Tafalla
esta noche en la casa para velar por la seguridad de Kate. Sé que
su esposo preferiría que no me quedase, por eso le pido permiso a
usted. No se preocupe, seré discreto y mañana por la mañana me
marcharé sin que él se entere, ¿puedo quedarme?
—¿Ocurre algo? —pregunta Bárbara intranquila.
—No quiero preocuparla, pero estaré más tranquilo si perma-
nezco aquí esta noche.
—Bien, no veo por qué no... —comenta—. James se encargará
de que su estancia sea lo más cómoda posible.
—Gracias, ahora mismo salgo para allá —cuelgas el teléfono y
sales del pub saludando a Paddy con la cabeza.

Subes a tu auto y pones rumbo a la mansión de los White.


Pasa al 182.

No consigues mantener el equilibrio al saltar y terminas cayendo


con cierto estrépito en el sucio suelo del almacén.

Recibes 1D6 -2 puntos de daño.

Haz una tirada por la habilidad de Buena Fortuna

Tienes mala suerte, ve al 144.


Si eres afortunado, ve al 378.

Del vehículo desciende un individuo alto y delgado de rostro afila-


do, la oscuridad no te permite distinguir sus rasgos. El tipo se dirige
239
El caso White
directamente a la puerta posterior y, encontrándola abierta, penetra
en el jardín de los White. Observa unos segundos a su alrededor y
finalmente encamina sus pasos hacia el árbol donde se encuentra el
dinero.
Una vez junto a este, se agacha y extrae el paquete de su escon-
dite, lo abre y se toma su tiempo contando los billetes a la luz de las
estrellas. Todo parece estar en regla... pues vuelve sobre sus pasos
en dirección al automóvil.
Echas mano de tu pistola con la intención de detenerlo y que te
responda a algunas preguntas, cuando ves que no sube al asiento
del conductor, sino que abre el maletero y coge un saco del mismo,
volviendo a entrar en el jardín e introduciéndose entre los árboles
en dirección sur...

... directo hacia la piscina. Pasa al 29.

A la luz de la cerilla observas el interior de la papelera, pero no ves


otra cosa que desperdicios.
“¡Maldita sea!”, piensas, “¿Cómo lo habrán hecho?”.
Echas un vistazo a tu alrededor y ves una cabina telefónica una
manzana más allá. Te diriges hacia ella y marcas el número de te-
léfono de Bárbara White. Al cabo de unos instantes oyes la voz de
James al otro lado del teléfono.
—Residencia White, dígame.
—Hola James, soy Carter. ¿Ha llegado la señora?
—Sí, señor Carter. Hace unos instantes.
—Póngame con ella.
—Bien, señor.
Permaneces unos instantes a la espera, y enseguida oyes la voz
de Bárbara White por el auricular.
—¿Carter? ¿Es usted? —dice ansiosa.

240
Jordi Cabau Tafalla
—Sí. ¿Podría decirme qué es lo que habló con el secuestrador
desde la cabina? —comentas, yendo al grano.
—Bueno... estoy convencida que la voz era la del mismo hom-
bre que llamó la otra vez; pero esta vez apenas me dejó hablar. Me
dijo que depositara el dinero en una papelera que había unos metros
más allá y que regresara a casa. Dijo que si todo estaba bien me lla-
maría a las ocho para comunicarme dónde podría encontrar a Kate.
—¿Nada más?
—Nada más.
Permaneces en silencio unos instantes... lo cierto es que ahora
el dinero lo tienen los secuestradores y no tienes ninguna pista que
seguir, por lo que decides regresar a la mansión de los White y es-
perar la llamada de estos.
—Voy para allá —dices mientras cuelgas el auricular.

Pasa al 317.

¡No hay manera! Lo cierto es que no se te da muy bien esto de


forzar cerraduras. Decides que lo mejor es salir de allí antes de que
nadie te sorprenda en actitud tan comprometida.

Regresas a la mansión, pasa al 230.


Una vez fuera decides examinar la entrada posterior
de la mansión, si no lo has hecho ya. Ve al 260.

Te quedas inmóvil, rezando para que no te descubra, cuando ves


que se detiene junto a un árbol situado a apenas una decena de me-
tros de tu escondite. Observas que el árbol en cuestión se encuen-
241
El caso White
tra algo separado del resto, siendo especialmente grande y nudoso.
Thomas White se agacha junto a la base del tronco... y deposita
algo en un hueco que hay en esta. Seguidamente se aleja y regresa
por donde ha venido pasando a muy pocos metros de tu escondite
sin descubrirte. Dudas entre si seguirle o no, pero finalmente deci-
des permanecer donde estás. “Dudo que los perros sean soltados
esta noche”, piensas. Esperas un tiempo prudencial hasta asegurar-
te de que Thomas no va a regresar, te acercas al árbol y examinas
el hueco... donde ves un pequeño paquete envuelto en papel de pe-
riódico. Lo coges y desenvuelves con cuidado... para descubrir un
grueso fajo de billetes. Contienes un silbido y sopesas el paquete,
aquí debe de haber unos cinco mil dólares, por lo menos”, piensas.
Vuelves a dejar el paquete donde lo has encontrado y buscas un
buen escondite desde donde observar la cancela y el árbol con el
dinero. Te envuelves con tu gabardina para protegerte del frío y
miras tu reloj a la luz de las estrellas...

... Es casi medianoche. Pasa al 249.

La puerta de emergencia y la de servicio que hay en las otras fa-


chadas del night club solo se abren desde dentro, careciendo de
cerradura. En cuanto a la puerta principal, aparte de disponer de un
sistema de doble cerrojo, se encuentra demasiado a la vista. Todas
las ventanas y aberturas que has visto disponen de barrotes, y el
tejado del local se encuentra a unos cuatro metros de altura, por
lo que solo te queda una opción: intentar forzar la cerradura de la
entrada de artistas.
Te acercas a esta y la examinas más detenidamente. Es un mode-
lo bastante bueno, pero con un poco de paciencia crees que podrás
abrirla.

242
Jordi Cabau Tafalla
Haz una tirada por la habilidad de Maña con un -3.

Si tienes éxito, pasa al 296.


En caso contrario, ve al 322.

¿Has visitado el párrafo 170?


Si es así, dirígete inmediatamente al 324.
En caso contrario ve al 359.

Efectivamente, tal y como imaginabas, descubres otro camerino


amueblado de igual forma que el anterior. Examinas por encima los
cajones y el armario pero no descubres nada de interés: parece que
este también se halla compartido por diversos artistas...

... Dejas todo tal y como estaba y sales de la habitación.


Pasa al 108.

Abres el cajón... y a primera vista lo único que ves es un montón de


viejas revistas de automovilismo.
“¡Mierda! ¿Para esto tanta trabajo?” Las hojeas distraídamente...
para descubrir que hay otras revistas dentro de las primeras: ¡Bi-
blias de Tijuana!(1) “¡Vaya con el chófer!” piensas.
Registras más detenidamente el cajón para encontrar los siguien-

243
El caso White
tes objetos: una baraja de cartas usada, un paquete de Lucky Strike
casi vacío, una caja de cerillas publicitaria... y una fotografía.
En ella puedes ver la siguiente escena: un hombre y una mujer
en la playa, en traje de baño, mirando sonrientes a la cámara. El
hombre mantiene a la mujer junto a sí con su brazo derecho por
encima del hombro de ella, en actitud bastante familiar. Un poco
por detrás de ellos puede verse claramente una motocicleta sobre la
que hay un par de toallas. Puedes distinguir claramente la matrícula
de la misma: 919KLO.
Te fijas en el hombre: un tipo cercano a la treintena; de cabello,
bigotito y ojos oscuros, con un ligero parecido a Douglas Fairbanks.
En cuanto a la mujer, es una joven de apenas veinte años, cabello
negro y corto, ojos claros y sonrisa franca y cautivadora.
Te preguntas quiénes serán, aunque tienes una cierta idea... Te
metes los objetos y la foto en el bolsillo y abandonas el garaje. Pa-
rece que no hay nada más que ver por aquí, por lo que abandonas
el edificio.

(1) N. del A. “Biblias de Tijuana” era el nombre con el que se conocían


en la época unas pequeñas publicaciones pornográficas de escasa cali-
dad, a base de dibujos o fotografías de escaso gusto que, supuestamente,
habían sido realizadas en Méjico y habían cruzado de contrabando la
frontera de los USA, aunque muchas de ellas se fabricaban dentro de los
mismos USA.

¿Has visitado el párrafo 390?


Si es así ve inmediatamente al párrafo 196.
En caso contrario, ve al 230.

Aparcas frente a la mansión de los White y echas un vistazo a tu


reloj antes de bajar de tu auto; ¡son casi las cuatro y media¡ Llamas
a la puerta y James te lleva hasta el salón donde te está esperando
244
Jordi Cabau Tafalla
una agitada señora White.
—¡Me dijo que llegaría antes de las cuatro y son las cuatro y
media! ¿Ha sucedido algo?
—Nada importante —prefieres no revelarle tus últimas averi-
guaciones, al menos, no por ahora—. ¿Alguna novedad?
—No. Mi marido ha llamado para preguntarme acerca de la con-
versación con los secuestradores. Le he contado todo, como us-
ted me dijo. Le he dicho a Thomas que permanezca en su oficina
gestionando todo lo relativo al incendio de su empresa para que
no aparezca nadie por aquí. Por lo que me ha dicho, al parecer el
incendio se inició en una fábrica contigua a la suya, extendiéndose
rápidamente a esta, por lo que es probable que se trate de un acon-
tecimiento fortuito que no tenga nada que ver con el secuestro de
Katherine.
—Es probable —comentas—. Vámonos, le explicaré lo que
debe de hacer camino del lugar de la entrega.
Cogéis el dinero del rescate, que al final se encuentra metido en
una bolsa de viaje distribuido en media docena de pequeñas bolsas
de papel, tal y como han exigido los secuestradores...

... y partís en dirección a la esquina de Vance con Brown.


Pasa al 263.

Permaneces unos instantes en silencio, a la espera de que tu ruidosa


entrada pueda haber alertado a alguien; pero, al cabo de un rato,
estás convencido de que no ha sido así. Mientras tanto, tus ojos se
han acostumbrado a la oscuridad que reina en el local.

Te levantas lentamente y observas a tu alrededor.


Pasa al 379.

245
El caso White

Un ligero chasquido indica que has logrado abrir la cerradura. Giras


el pomo y abres lentamente la puerta...
Es evidente de que te hallas en el despacho del dueño del local:
ya solo el mobiliario, de mejor calidad que el de la habitación de la
que provienes, te lo indica. Puedes ver una mesa de despacho hecha
de caoba, un sillón forrado de cuero tras ella, un archivador metá-
lico, un par de silloncitos frente a una mesita baja, una caja fuerte
bastante grande, un armario y algunos cuadros similares a los de la
salita de estar. Una espesa alfombra cubre el centro de la habitación
y las paredes se hallan recubiertas de paneles de madera oscura de
suelo a techo, dándole a la estancia un aspecto distinguido. En la
esquina sureste hay un lavabo con un espejo rodeados por un biom-
bo y en la pared este hay una ventana por la que entra suficiente luz
como para poder verte sin necesidad de encender las luces.
Cierras la puerta a tus espaldas dejando la cerradura como es-
taba, y procedes a examinar la habitación cuidando de dejar cada
cosa en su sitio.

Haz una tirada de Observar.

Si tienes éxito, pasa al 237.


Si no la pasas, ve al 258.

Tu linterna ilumina lo que debe de ser la habitación principal del


apartamento. Aparte de una ventana que hay en la pared de tu dere-
cha, lo único destacable es un viejo colchón que hay en un rincón...
sobre el cual hay un bulto envuelto en una manta.

246
Jordi Cabau Tafalla
Te acercas rápidamente y apartas la manta. Frente a ti está Ka-
therine Banner, con los ojos cerrados y enroscada sobre sí misma.
La incorporas y le tomas el pulso: está viva, aunque respira dé-
bilmente. Le das unas palmadas en la cara para que abra los ojos
sin resultado. Recorres con tu linterna todo su cuerpo y ves que la
manga izquierda de su vestido está subida por encima del codo.
Examinas más de cerca el antebrazo... para descubrir varias marcas
de pinchazos en el mismo.
“¡Drogada!”, maldices mentalmente, “... es evidente que la han
narcotizado para poder manejarla mejor. Kate es una muchacha jo-
ven y probablemente se recuperará pronto... pero no estaría de más
que le examinase un médico...”
—¡Kate! ¡Kate Banner! ¡Despierta! —le gritas al oído mientras
le das dos sonoros bofetones. La joven parece reaccionar abriendo
los ojos.
—¿Qué pasa? —murmura.
—¡Arriba! ¡A caminar! —le gritas al oído mientras la ayudas a
ponerse de pie—. ¡No puedo bajarte y sostener la linterna al mismo
tiempo! ¡Tendrás que caminar! —le gritas mientras le das otros dos
buenos bofetones.
La muchacha gime de dolor... pero se aguanta de pie; con un
brazo le agarras la cintura mientras que con el otro iluminas el ca-
mino de regreso. De este modo, trastabillando las más de las veces,
conseguís llegar a la calle y de allí hasta tu auto. Ayudas a Kate a
tenderse en el asiento de atrás y la tapas con una manta vieja que
guardabas en el maletero.
Enciendes el motor y arrancas...

... camino de la mansión White. Pasa al 25.

247
El caso White

Minutos después aparece la policía seguida de una ambulancia,


ambos sin hacer sonar sus sirenas por petición expresa del capitán
Banks. La joven Kate, que parece estar bajo los efectos de un nar-
cótico, es subida a la ambulancia y los enfermeros ofrecen asisten-
cia a quien pueda estar herido.
—Bien —dice el capitán Banks acercándote un cigarrillo—,
creo que querías contarme algo Carter...
—No sé por dónde empezar... —respondes.
—¿Por qué no lo haces por el principio?
Inspiras el humo del cigarrillo y empiezas a contar tu historia
mientras la noche cae sobre la ciudad...

FIN

Un leve ¡click! te indica que has tenido éxito en tu empresa. Echas


un vistazo alrededor comprobando que no hay nadie antes de abrir
la puerta y meterte dentro, cerrándola a tus espaldas.
El lugar está bastante oscuro, pero aun así puedes distinguir que
te encuentras en un estrecho pasillo que, al cabo de pocos metros,
se bifurca a izquierda y derecha en forma de T. Permaneces unos
instantes escuchando en silencio para asegurarte de que no hay na-
die.

Haz una tirada de Observar.

Si tienes éxito, ve al 183. Si no la pasas, ve al 279.

248
Jordi Cabau Tafalla

Una vez en el pasillo te cruzas con Louie, todavía con la misma


cerveza en la mano, que te mira con desconfianza mientras vuelve
a entrar en el camerino de Dakota.
Avanzas hacia el sur y vuelves a esquivar discretamente a Bill y
Studs, que ahora están discutiendo sobre béisbol. Una vez al final
del pasillo te detienes ante la puerta que hay a la izquierda con el
cartel de “Privado”. Estás solo en el pasillo, por lo que pegas tu
oreja a la puerta intentando escuchar si hay alguien dentro.

Pasa al 219.

Compras un periódico por el camino y, cuando llegas a tu destino,


entras directamente en uno de los bares que viste en tu visita an-
terior. Te sientas en una mesa desde la que se domina la esquina,
pides un café, sacas una pluma y te pones a consultar la sección de
anuncios, marcando ocasionalmente alguno de ellos como si estu-
vieses buscando trabajo. De tanto en tanto levantas la cabeza en ac-
titud pensativa, como si reflexionases acerca de algo que has visto
en el periódico... momento que aprovechas para examinar atenta-
mente la calle.
Bárbara White se encuentra de pie junto a la cabina como si es-
tuviese esperando a alguien. Observas detenidamente toda el área,
pero no ves nada que te llame la atención. Cuando pasan unos quin-
ce minutos de las cinco de la tarde ves cómo Bárbara entra en la
cabina y descuelga el teléfono. Desde donde estás no puedes oírlo,
pero es evidente que este acaba de sonar. La mujer escucha por el

249
El caso White
auricular un par de minutos y luego cuelga, cruza la calle y empieza
caminar por la otra acera, alejándose.
Echas unas monedas encima de la mesa, y estás a punto de le-
vantarte de la mesa para seguirla, cuando ves que se detiene junto a
una papelera que hay fijada en la pared. Abre la bolsa donde lleva el
dinero y arroja dentro el contenido del mismo. Luego regresa hasta
la esquina, para un taxi, sube al mismo y le dice una dirección al
taxista.
Este realiza un giro de ciento ochenta grados y acelera alejándo-
se. “En esa dirección está su casa”, piensas. Dudas si seguirla, pero
decides permanecer donde estás...

... a la espera de que aparezca alguien


a recoger el dinero. Pasa al 256.

Echas otro vistazo a tu alrededor para asegurarte de que no hay


nadie cerca, antes de volver a enfrascarte en tu lucha personal con
la cerradura.

Realiza una tirada exitosa por la habilidad de “Maña”


para conseguir abrirlo; sigues teniendo la penalización de -1
a dicha habilidad debido a la buena calidad de la cerradura
que intentas forzar.

Si tienes éxito ve al 73.


En caso contrario dirígete al 387.

250
Jordi Cabau Tafalla

Pese a que la muerte ha desfigurado en parte sus rasgos, reconoces


al muerto: es el mismo hombre que hay en la fotografía que has
encontrado en el garaje.

Regresa al párrafo 390.

No estás seguro pero, al parecer, arriba no hay más de dos indivi-


duos. Dirías que están jugando a las cartas para entretenerse y, lo
poco que consigues distinguir de su conversación, parece centrado
en ese tema. Permaneces unos instantes más escuchando y, al no oír
nada nuevo, concentras tu atención en la puerta que hay junto a ti,
justo debajo de la escalera.

Pasa al 81.

Empiezas a ponerte nervioso y miras a todos lados sin saber qué ha-
cer. A tu alrededor se desarrollan multitud de pequeñas escenas de
la vida cotidiana y nadie parece prestar atención a la papelera: unos
mozos de color están descargando un piano de un camión al otro
lado de la calle, una madre agachada sobre un cochecito trata de
consolar a su bebé, un tipo cruza imprudentemente ante un coche y
el conductor le lanza una rápida serie de bocinazos que él contesta
con un gesto despectivo, dos albañiles de una obra cercana silban a

251
El caso White
una muchacha y esta finge ignorarlos, el dueño del quiosco charla
indolentemente con un parroquiano...
Vuelves a fijarte en la papelera pero nadie se ha acercado a ella...
entonces vuelves a fijarte en el individuo que ha cruzado ante el
coche...
Cuando se giró para insultar al chófer pudiste verle claramente
durante unos instantes... un tipo bajo de rostro vagamente ratonil.
En ese momento recuerdas el testimonio de los vecinos del chófer
de los White:
“... El otrro erra bajito y delgado con carra de rrata...” “¿... Y otro
bajo con cara de rata? ¡Sí!”
El tipo se aleja calle abajo con paso nervioso, de tanto en tanto se
gira para mirar si alguien le sigue... y bajo el brazo lleva una bolsa
que aprieta fuertemente contra sí.

Decides seguirle calle abajo. Ve al 102.

El duro suelo de cemento frena bruscamente tu caída.

Recibes 2D6 heridas por contusiones.

Permaneces unos instantes sentado en el suelo, recuperándote


de tu dolorosa caída. Por suerte, nadie ha sido testigo de tu patoso
intento de escalada. ¿Decides intentarlo de nuevo?
¿Prefieres probar suerte con la cerradura de la puerta de servi-
cio? ¿O prefieres regresar a la mansión de los White?

La cerradura parece menos peligrosa, ve al 22.


Intentas trepar de nuevo, ve al 323.
Regresas a la mansión de los White. Pasa al 364.

252
Jordi Cabau Tafalla

Sobre la mesa del despacho ves varios útiles de escritura, una lám-
para de latón con la pantalla de cristal verde (única fuente de luz de
la habitación), un cenicero, una cajita de laca conteniendo tarjetas
de visita a nombre de Edward Hanson, propietario del “Blue Igua-
na”, y un teléfono con diversos botones, en dos de los cuales hay
algo escrito: “Guardarropa” y “Bar”.
En los cajones hay papel, sobres y diversos objetos y útiles de
escritorio intrascendentes. Prosigues tu búsqueda en el armario,
donde descubres un par de trajes, un smoking y una gabardina, así
como media docena de camisas planchadas y diversos complemen-
tos del vestir, todos ellos de la misma talla. En los archivadores
metálicos encuentras facturas, recibos y todo tipo de papeles con-
cernientes a la administración del negocio sin mayor relevancia.
En el lavabo ves un par de toallas con las iniciales E.H. y diver-
sos útiles de aseo. Te acercas a la caja fuerte e intentas abrirla giran-
do la manija. Como suponías está cerrada y careces de la habilidad
para abrir una caja de estas características.
Estás a punto de salir de la habitación cuando hay algo que te
llama la atención en los paneles de madera de la pared oeste: una
puerta disimulada por estos. Te acercas a la misma y giras un pe-
queño tirador...

...la puerta se abre. Pasa al 138.

Cruzas la puerta que da al parque y otra vez estás en el recibidor


de la parte posterior de la mansión. “Tengo que conseguir una fo-
tografía de Katherine Banner antes de marcharme —piensas—. Y

253
El caso White
no estaría de más averiguar qué hizo el día antes de desaparecer”
Encaminas tus pasos hacia la salita de espera del servicio...
Una vez allí ves que solo están la doncella, Evelyn, y la cocine-
ra, María.
—¿Y James? —preguntas.
—Está telefoneando a la casa de Ricardo, el chófer —responde
Evelyn—. Esta mañana no se ha presentado a trabajar —por el tono
de su voz, no parece muy preocupada.
—¿Ha sucedido eso otras veces? —preguntas.
María y Evelyn se miran entre sí y, al final, María responde.
—Ricardo es un buen chófer, señor, pero a veces le cuesta ma-
drugar...
—¿Cuánto tiempo hace que trabaja aquí?
—Seis meses, señor —responde María.
—¿Y ustedes?
—Seis años —dice María
—Un año —comenta Evelyn. Te giras hacia esta última.
—Me dijo que la señorita Katherine había pasado el día de ayer
en casa de la hija del juez Harvey ¿no es cierto?
—Sí, así es.
—¿Dónde es eso?
—Una casa grande de ladrillo rojo situada un kilómetro carrete-
ra abajo, no tiene pérdida.
—Gracias.

Justo entonces James entra en la salita con


semblante molesto. Pasa al 112.

¿Has visitado el párrafo 170?


Si es así, dirígete inmediatamente al 98.
En caso contrario, ve al 341.

254
Jordi Cabau Tafalla

—¡Aquí no hay nadie! —dice al cabo de unos instantes el gi-


gantón.
—¿Estás seguro? —pregunta dudando Cara de Rata.
—¡Qué no hay nadie te digo! —insiste su compañero—. Venga,
vamos arriba que tengo que acabar de desplumarte.
Tras unos instantes de duda, Cara de Rata sigue a su colega es-
caleras arriba.
Buf!”, piensas, “¡casi me pillan!”. Esperas unos cuantos minutos
hasta que estás convencido de que no van a volver a bajar. En ese
tiempo has tenido ocasión de meditar acerca de los dos individuos
que acabas de ver; su aspecto coincide con la descripción que te
dieron los vecinos de Ortiz de los dos tipos que registraron el apar-
tamento del chófer de los White.
“Será mejor que vaya con cuidado, estos tipos pueden ser peli-
grosos”, piensas, y empiezas a moverte en silencio por el almacén
intentando encontrar alguna pista del paradero de Kate.

Ve al 122.

Aprietas el gatillo de tu arma en un acto reflejo.

Haz una tirada por la habilidad de Disparar.

Aciertas. Pasa al 198.


El dolor de la cuchillada hace que falles. Pasa al 363.

255
El caso White

Atraviesas el recibidor hasta la puerta que hay debajo de la escali-


nata de mármol, entras en el pequeño distribuidor y sales al jardín
por la puerta acristalada. Es de noche y el tiempo no invita a pasear,
pero tú enciendes un cigarrillo y echas a andar por la explanada
trasera sumido en tus pensamientos.

¿Has visitado el párrafo 390?


Si es así, dirígete inmediatamente al párrafo 244.
¿Has visitado el párrafo 300?
Si es así, ignora lo anterior y pasa inmediatamente al 269.
Si no has estado en ninguno de los anteriores párrafos, ve al 278.

Fijas tu mirada en las fotografías, intentando descubrir algo que te


ayude en tu investigación. De este modo observas que el color ori-
ginal del pelo de la señora White es oscuro y que, desde hace varios
años, lleva melena corta. También puedes ver fotografías del señor
White: un hombre de unos cuarenta y pico años, cabello y bigote
claros, y ojos oscuros con aspecto de hombre de mundo seguro de
sí mismo. En algunas de las fotografías se le ve al timón de un vele-
ro con aspecto de lobo de mar “o, al menos, intentándolo” piensas.
Te fijas en las fotografías de Katherine: una joven de cabello ne-
gro y corto, y de ojos claros que apenas guarda parecido con la se-
ñora White. Sobre el piano no ves ninguna fotografía de nadie con
aspecto de ser el padre biológico de Katherine. También te llama la
atención que en pocas fotografías se la vea sonreír aunque, en las
que lo hace, se muestra como una joven encantadora.

256
Jordi Cabau Tafalla
¿Has visitado el párrafo 290?
Si es así, dirígete inmediatamente al párrafo 315.

Por fin te decides por una fotografía bastante reciente en la que


aparece sola, acariciando un enorme perro y sonriendo a la cámara.
—Es “Héctor”, el perro de la señorita Sandy, la hija del juez
Harvey —te dice James.
—Gracias —dices, guardándote la foto en el bolsillo interior de
la chaqueta—Ya me marcho, diga a la señora White que le comuni-
caré cualquier progreso en mi investigación enseguida que se pro-
duzca.
—Así lo haré —responde James, acompañándote a la puerta
principal—. Buenos días.
—Buenos días.
Te calas el sombrero y sales a la calle...

Pasa al párrafo 320.

Te diriges a la segunda puerta marcada con una estrella dorada y


vuelves a llamar con los nudillos. Tras unos segundos de espera,
una voz femenina te responde:
—Adelante.
Abres la puerta y entras. Frente a ti se halla otro camerino amue-
blado de igual forma que el anterior pero, a diferencia de aquél, este
sí está ocupado. Dakota está sentada frente al tocador fumando un
cigarrillo y de pie en medio de la habitación con una cerveza en la
mano está Louie, el pianista. Ambos parecen sorprendidos al verte;
evidentemente esperaban que fueras otra persona, probablemente
uno de sus compañeros de actuación.
—¿Quién es usted? —pregunta Louie—¿Qué quiere?
—Desearía hablar un momento a solas con la señorita Dakota

257
El caso White
—respondes. Louie adopta rápidamente una actitud protectora.
—Oiga amigo, se equivoca si piensa que la señorita concede
entrevistas privadas...
—Quería hablar con ella de una amiga común... Kate Banner —
respondes interrumpiéndolo—. Creo que estará interesada en saber
que ha regresado a su casa y que se encuentra bien.
Dakota, que ha permanecido callada todo el rato observándote,
habla por primera vez.
—Tranquilo Louie, déjanos solos.

Louie parece un poco molesto, pero sale de la habitación


dejándoos solos. Pasa al 366.

Lo cierto es que no hay mucho que ver: se trata de un estrecho pa-


saje interrumpido a las pocas decenas de metros por una alta pared
de ladrillo. Media docena de cubos de basura rodeados de desper-
dicios constituyen su única decoración; desde uno de ellos un gato
callejero te mira con disimulado interés. Ignoras al felino y avanzas
unos pocos metros más descubriendo a tu izquierda, aproximada-
mente a la mitad del callejón, una pequeña puerta: otra entrada al
“Blue Iguana”. Te acercas a la misma y le echas un vistazo: la puer-
ta es metálica y en ella hay una cerradura de una cierta calidad.
Abandonas el callejón con intención de regresar a la esquina
de Vance con Brown cuando, al pasar de nuevo junto a la entrada
principal del “Blue Iguana”, te fijas en un detalle que en el que no
habías reparado antes...

Pasa al 24.

258
Jordi Cabau Tafalla

Oyes los pasos de los dos hombres, que se acercan rápidamente a


donde te ocultas. Dentro de unos segundos estarán junto a ti. ¿Qué
haces?

Sales repentinamente de tu escondite apuntándoles


con tu arma. Ve al 272.
Sales de detrás de los bultos e intentas razonar con ellos.
Dirígete al 391.

La inestable estructura te hace perder el equilibrio y una de las ca-


jas acaba cediendo bajo tu peso; caes hacia atrás manoteando en el
vacío.

Haz una tirada por la habilidad de Buena Fortuna.

Si eres afortunado, ve al 27.


¡Qué mala suerte! Pasa al 321.

Es evidente que la chica de la foto que encontraste en el garaje es


Katherine Banner.

Regresa al 310.

259
El caso White

Te encuentras en el vestíbulo de entrada al club. Frente a ti están las


puertas dobles que llevan al interior del mismo y a tu derecha hay
un mostrador detrás del cual la encargada del guardarropa te sonríe
mientras te dice.
—¿Me permite su gabardina y su sombrero, señor?
Se trata de una hermosa joven vestida con un sencillo traje de
noche. Mientras le entregas lo que te pide observas que solo una
cuarta parte de las perchas del guardarropa están ocupadas. “Toda-
vía es pronto”, piensas. Las paredes del vestíbulo están tapizadas
con terciopelo azul y, en la pared oeste, un neón del mismo color
proclama el nombre del local.

Empujas las puertas y entras en el salón principal.


Pasa al 1.

Al cabo de media hora te encuentras de nuevo junto a Bárbara Whi-


te en el salón de la mansión. La mujer está muy nerviosa y pasea
de un lado a otro encendiendo cigarrillos que apaga apenas empe-
zados.
Echas un vistazo a tu reloj, todavía falta bastante rato para que
llamen los secuestradores, por lo que decides tranquilizar un poco
a la atribulada madre.
—¿Cuánto tiempo hace que su familia reside en California? —
preguntas.
—¿Cómo? ¡Oh! Desde finales del siglo pasado. Los Fenwick
vinieron aquí desde el Medio Oeste: mi abuelo era ganadero e hizo
una fortuna vendiendo la carne que alimentaba a los trabajadores

260
Jordi Cabau Tafalla
del ferrocarril transcontinental; todavía tenemos algunas propieda-
des en Kansas. Luego mi padre hizo diversas inversiones en pozos
de petróleo y otros negocios —te responde.
—¿Los Fenwick? —dices, intrigado.
—Mi nombre de soltera era Bárbara Fenwick. Cuando me casé
con el padre de Katherine adopté el nombre de Banner y ahora el
de White.
—¿Puedo preguntarle acerca del padre de Katherine? —dices,
con el mayor tacto posible. La gravedad de la actual situación mi-
nimiza cualquier reparo que Bárbara pudiera tener sobre el asunto.
—¿Qué quiere saber? —dice con voz cansada.
—No sé... ¿Quién es? ¿A qué se dedica?
—Su nombre es Douglas Banner y proviene de una acomoda-
da familia de Boston. Nos conocimos en una fiesta que se dio en
casa del gobernador y nos enamoramos perdidamente... —la voz de
Bárbara se vuelve cálida al recordar. Éramos jóvenes y yo estaba
dispuesta a seguirle hasta el fin del mundo. Su padre era senador y
él deseaba seguir la carrera diplomática. Al principio me gustó ser
la joven esposa de un secretario de embajada y seguirle a países
extraños y exóticos, pero cuando nació Kate discutimos acerca de
regresar a los Estados Unidos. Él se quedó en el extranjero y yo
me instalé aquí con mi hija. Nos venía a ver dos o tres veces al año
hasta que decidimos separarnos: él no estaba dispuesto a renunciar
a su carrera y yo quería un hogar estable para mi hija.
—¿Qué sabe de él?
—Ahora es primer secretario de la embajada de Londres.
—¿Se ha vuelto a casar?
—No, que yo sepa.
—¿Cuál es la relación entre Kate y su padre?
—Muy buena. Se escriben constantemente y varias veces al año
Kate va a visitar a sus abuelos en Boston, a veces también está su
padre.
—¿Y Thomas White?
—¿A qué se refiere?
—¿Dónde lo conoció? ¿Cuál es su relación con Kate? Bárbara

261
El caso White
permanece pensativa unos instantes...
—Nos conocimos hace unos cinco años, en el club de polo. Fue
una relación más madura, más ¿cómo lo diría?...
—¿Cerebral? —aventuras.
—Esa no es la palabra exacta... pero podríamos llamarlo así.
—¿A qué se dedica?
—Su familia era propietaria de varias industrias, pero él vendió
la mayoría de estas y se dedica a financiar proyectos de construc-
ción y realizar inversiones bursátiles.
—¿Y cuál es su relación con Kate?
—Cordial... aunque lo considera un capricho mío.
—No querría ofenderla, pero ¿va todo bien en su matrimonio
con Thomas White?—. Bárbara permanece unos instantes en si-
lencio...
—Desde el verano pasado que nos hemos distanciado un poco;
su trabajo le absorbe bastante...
No dices nada al respecto, y transcurren algunos instantes de
silencio. De repente, Bárbara hace un comentario
—... Ella nunca me ha perdonado que no permaneciese al lado
de su padre. No parece darse cuenta de todo lo que he hecho por
ella estos años.
—Me parece que se equivoca, Bárbara —dices, tuteándola por
primera vez.
—Tal vez...
—Intente descansar un poco, la noche puede ser muy larga —le
aconsejas.
—Me tumbaré en el sofá un rato, aunque no creo que pueda des-
cansar, estoy demasiado nerviosa.
—Pruébelo. Yo mientras tanto saldré al jardín a estirar las pier-
nas...

Abandonas el salón en dirección al jardín.


Pasa al 309.

262
Jordi Cabau Tafalla

—¡Eh! ¡Ahí se ha movido algo! —grita uno de ellos.

Ve al 313.

No consigues mantener el equilibrio al saltar y terminas cayendo


con cierto estrépito en el sucio suelo del almacén.

Recibes 1D6 -2 puntos de daño.

Haz una tirada por la habilidad de Buena Fortuna

Tienes mala suerte, ve al 123.


Eres afortunado, pasa al 292.

Diriges tus pasos lentamente hasta tu coche, abres la puerta y te


sientas frente al volante. Pones en marcha el motor y, mientras es-
peras que se caliente, enciendes un cigarrillo mientras decides tu
siguiente paso...
“Tal vez debería hablar con Sandy Harvey, la amiga de Katheri-
ne. Puede que le haya confesado que tenía intención de escaparse
y, si es así, puede que le comentara adónde tenía intención de ir”
“Tampoco estaría de más visitar el apartamento del chófer. Su
ausencia podría estar relacionada con el caso, aunque es pronto
para decirlo”.
263
El caso White
“Bueno, vamos allá”, piensas mientras arrancas tu vehículo...

Evita repetir opciones ya escogidas anteriormente.

¿Has visitado el párrafo 270?


Si es así también tienes la opción de ir a examinar lo que
allí descubriste. Dirígete si así lo deseas al párrafo 335.
Si decides hablar con Sandy Harvey. Pasa al 325.
Si decides visitar el apartamento del chófer. Pasa al 330.
Si has visitado el párrafo 270 y deseas investigarlo, pasa al 335.

El duro suelo de cemento frena bruscamente tu caída.

Recibes 2D6 heridas por contusiones.

Permaneces unos instantes sentado en el suelo, recuperándote


de tu dolorosa caída. Por suerte, nadie ha sido testigo de tu patoso
intento de escalada. ¿Decides intentarlo de nuevo?
¿O prefieres probar suerte con la cerradura de la puerta de servicio?

La cerradura parece menos peligrosa, ve al 2.


Intentas trepar de nuevo, ve al 247.

“¡Maldita sea!” piensas. Lo cierto es que llevas quince minutos pe-


leándote con la maldita cerradura y no hay manera. Te detienes unos
instantes y miras a tu alrededor, parece que no hay nadie. Echas un
264
Jordi Cabau Tafalla
vistazo a tu reloj, las manecillas están cada vez más cerca de marcar
las cinco... ¿Qué haces? ¿Decides volverlo a intentar? ¿O prefieres
no arriesgarte a hacer tarde y regresar a la mansión de los White?

¡No hay cerradura que se me resista! Pasa al 234.


Decides no arriesgarte a hacer tarde y te marchas, ve al 364.

Con cuidado de no ensuciarte, amontonas de nuevo las cajas bajo el


ventanal fabricando una improvisada escalera. Trepas de nuevo con
cuidado intentando alcanzar el alféizar de uno de los ventanales.

Haz una tirada por la habilidad de Agilidad.

Fallas, ve al 39.
Tienes éxito, ve al 56.

Das unos pasos en dirección a la cama de James, te agachas... y sa-


cas la caja de zapatos donde oculta el whisky, abriéndola para poner
al descubierto su contenido... James alza una ceja, pero permanece
en silencio.
—Mire, James, no soy nadie para juzgar pero necesito saber de
dónde proviene exactamente este whisky y cuándo suele tomarlo...
El mayordomo te mira unos instantes, intentando encontrar sen-
tido a tu petición, y por fin decide que contestar con sinceridad a
esta no tiene por qué suponerle ningún problema.
—Estas botellas son un regalo que un cliente le hizo al señor
White; como al señor no le gusta el whisky escocés, él mismo me

265
El caso White
las dio para que tomase una copa antes de acostarme, duermo mu-
cho mejor... ¿responde eso a su pregunta?
—Perfectamente, James —respondes. James sale de la habita-
ción.

Pasa al 359.

Siguiendo las indicaciones de la doncella de los White, pronto en-


cuentras la mansión de los Harvey. No es tan ostentosa como la
mansión de los White, pero tiene un aspecto más acogedor.
Detienes tu coche ante la casa y te acercas a la puerta principal.
Pocos instantes después de tu llamada abre la puerta una mujer ba-
jita y regordeta ataviada con el tradicional uniforme blanco y negro
de criada.
—¿En qué puedo servirle? —te dice jovialmente, mientras te
examina de arriba abajo sin acabar de decidir a qué categoría de
visitas perteneces.
—Desearía hablar con la señorita Harvey.
—¡Oh! ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Carter. Trabajo para la señora White.
—Pase —dice, haciéndose a un lado.
Una vez dentro te acompaña hasta una pequeña salita decorada
de forma sencilla pero con bastante buen gusto.
—Espere un momento aquí, por favor.
Apenas tienes tiempo de echar un vistazo a tu alrededor que ya
regresa la criada. Como sospechabas, no regresa acompañada por
ninguna joven, sino por un hombre de unos cincuenta años, vestido
de forma informal pero elegante y de porte autoritario.
—Soy el juez Harvey. ¿Quién es usted? —por su aspecto y el
tono de su voz sabes que, en este caso, la sinceridad es tu única
opción.

266
Jordi Cabau Tafalla
—Mi nombre es David Carter. Soy detective y trabajo para la
señora White. Desearía hacerle unas preguntas a su hija.
—¿Sobre qué?
Miras a la criada, que ha permanecido detrás del juez todo el
rato, y luego vuelves a mirar al juez. Este se gira hacia la matrona
—Gracias Berta, si la necesito ya le llamaré—. Berta sale de la
habitación con una contenida expresión de fastidio, el juez espera a
que salga para volverse hacia ti.
—¿Y bien?
Pese a que la señora White ha insistido en que tu trabajo debe
llevarse a cabo de modo discreto decides que, únicamente dicién-
dole la verdad al juez podrás hablar con su hija.
—Katherine se ha escapado de casa y la señora White me ha
encargado su búsqueda. Parece ser que su hija es la mejor amiga de
Katherine y ayer ambas pasaron todo el día juntas. Tal vez Katheri-
ne le habló de sus intenciones a su hija y esta pueda darme alguna
pista sobre su actual paradero. La señora White está muy preocupa-
da y desea que todo esto acabe lo antes posible.
El juez no dijo nada durante unos instantes, luego se dirigió a un
teléfono que había en un rincón y marcó un número.
—¿Sí? ¿James? ¿Está la señora? ¿No? Tal vez usted pueda ayu-
darme. Tengo frente a mí a un caballero que dice llamarse David
Carter y trabajar para la señora White ¿Sabe si la señora...? ¡Ah!
¡Bien! Gracias James, salúdela de mi parte cuando la vea.
El juez se volvió hacia ti.
—No tengo ningún inconveniente en que hable con mi hija, pero
desearía estar presente mientras lo haga.
—Por supuesto —respondes.
—Bien —dice el juez—. ¡Berta!
La criada aparece como una flecha.
—Diga a Sandy que venga.
—Sí señor juez.
Mientras esperáis a que aparezca Sandy, el juez se sienta en un
cómodo sillón y te hace un gesto para que le imites.

267
El caso White

Si tienes éxito en una tirada de Buena Fortuna,


pasa al 340. Si no lo tienes, pasa al 345.

A la débil luz de la tarde que entra por una ventana descubres una
pequeña habitación amueblada con un espejo rodeado de bombi-
llas, una mesa y una silla frente al mismo, un pequeño biombo, un
armario y un par de taburetes; es evidente que se trata de un came-
rino para artistas. Examinas brevemente el contenido de los cajones
de la mesa y el armario sin descubrir nada que te llame la atención.
El camerino parece estar compartido por diversos artistas, de modo
que encuentras bastante normal que nadie deje nada de excesivo
interés...

...por lo que cierras la puerta y sigues avanzando por el pasillo.


Ve al 261.

La detonación del disparo suena como un cañonazo en la pequeña


habitación, Cara de Rata se queda congelado al oír el disparo.
—¡No dispare! ¡No dispare! —dice Kid levantando las manos
por encima de su cabeza con expresión asustada.
—¡La próxima bala sí que dará en el blanco! —dices, convir-
tiendo tu fallo en una amenaza.
—Sí, señor —responde el gigante mansamente.
Cara de Rata te mira con odio, pero termina levantando las ma-
nos por encima de su cabeza.

Pasa al 178.

268
Jordi Cabau Tafalla

...Lo cierto es que ahora el dinero lo tienen los secuestradores y


no tienes ninguna pista que seguir, por lo que decides regresar a la
mansión de los White y esperar la llamada de estos.
—Voy para allá —dices mientras cuelgas el auricular.

Pasa al 317.

Cuando llegas ante ellas ves que, tal y como suponías, se trata de
los servicios para el público. Abres la del servicio de caballeros
para ver un pequeño vestíbulo con dos lavabos, sendos espejos y
dos retretes con las puertas abiertas, por lo que ni siquiera te tomas
la molestia de abrir la otra. “Será mejor que me largue de aquí antes
de que venga alguien”. Cruzas la sala hasta la puerta que hay en la
pared este, junto a la barra del bar, y sales al pasillo por el que has
entrado. Avanzas por el mismo hasta la entrada que da al callejón y
sales a este, no sin antes asegurarte de haber cerrado bien la puerta.
Echas un vistazo al reloj. “No me queda mucho tiempo”, pien-
sas, “tal vez será mejor que me vaya de aquí”.

Decides echar un vistazo al almacén


de enfrente antes de irte, ve al 252.
Regresas en busca de tu auto. Pasa al 364.

269
El caso White

Después de haber conducido durante una media hora llegas a la


dirección anotada en el papel que te ha dado James. Ricardo Ortiz
reside en un ruinoso edificio de apartamentos situado en un barrio
bastante degradado de la ciudad, habitado en su mayoría por perso-
nas de clase obrera e inmigrantes, muchos de estos ilegales.
Desciendes del coche y echas un vistazo alrededor: algunos chi-
quillos están jugando en la esquina y un par de tipos de aspecto
extranjero están hablando mientras fuman sentados en los escalo-
nes de un edificio cercano. Diriges tus pasos a la portería de la casa
donde vive el chófer y empujas la puerta.
Si alguna vez la cerradura funcionó, debió de ser antes de la gue-
rra... de Cuba. Pese a la penumbra reinante en el vestíbulo puedes
distinguir perfectamente las manchas de humedad de las paredes
y las descascarilladas baldosas del suelo. Echas un vistazo a los
buzones para descubrir un nombre familiar: “Ortiz”, en el que co-
rresponde al quinto primera. El buzón tiene la puerta rota y no hay
correo en él... aunque el resto de buzones están en igual estado.
Empiezas a ascender por las escaleras puesto que, evidentemen-
te, la finca no tiene ascensor.
A medida que vas ascendiendo y pasas ante las puertas de los di-
versos apartamentos escuchas multitud de sonidos: conversaciones
en voz alta en idiomas desconocidos (aunque te parece que más de
una es en español), un par de bebés llorando, una máquina de coser
funcionando, alguna que otra radio con el volumen al máximo, etc.
Te cruzas con una muchacha de piel oscura que sostiene un bebé
en brazos y que evita rápidamente tu mirada y acelera el paso. Sa-
bes que, pese a no pertenecer ya al cuerpo de policía, te ha quedado
un cierto aire en el vestir y en tu actitud que puede serte útil en lu-
gares como este en los que la policía es respetada, e incluso temida
algunas veces, pues esta gente proviene de países donde las fuerzas
del orden actúan de forma brutal y arbitraria para proteger los inte-
reses de los poderosos.
270
Jordi Cabau Tafalla
Por fin llegas ante la puerta del apartamento del chófer. Deci-
des que lo mejor será actuar con naturalidad y no poner nervioso
a nadie, por lo que llamas con los nudillos... para descubrir que la
puerta se abre unos centímetros al apoyar tu mano en ella.
“Oh mierda” piensas.

¿Llevas tu arma encima?

Si es así y decides entrar con ella en la mano pasa al 360.


Si no es así o prefieres no hacer uso de ella, pasa al 365.

Te acercas rápidamente y apartas la manta. Frente a ti está Kathe-


rine Banner, con los ojos cerrados y enroscada sobre sí misma. La
incorporas y le tomas el pulso: está viva, aunque respira débilmen-
te. Le das unas palmadas en la cara para que abra los ojos sin re-
sultado. Observas que la manga izquierda de su vestido está subida
por encima del codo, te fijas en el antebrazo... para descubrir varias
marcas de pinchazos en el mismo.
“¡Drogada!”, maldices mentalmente, “... es evidente que la han
narcotizado para poder manejarla mejor”. Kate es una muchacha
joven y probablemente se recuperará pronto... pero no estaría de
más que le examinase un médico.
—¡Kate! ¡Kate Banner! ¡Despierta! —le gritas al oído mientras
le das dos sonoros bofetones. La joven parece reaccionar abriendo
los ojos.
—¿Qué pasa? —murmura con voz soñolienta.
—No te preocupes, estás a salvo. Todo ha terminado —mientras
dices esto te acercas al teléfono que hay sobre el archivador, lo
descuelgas...

... y telefoneas a Bárbara White. Pasa al 266.

271
El caso White

Son poco más de las seis de la tarde y ya es noche cerrada. Per-


maneces oculto en tu portal a la espera de acontecimientos, pero
los minutos transcurren lentamente sin que adviertas ningún movi-
miento en el club nocturno. De repente recuerdas que tienes tu auto
aparcado a varias calles de allí ¿y si lo necesitaras urgentemente?
Dudas entre ir a buscarlo o quedarte donde estás. “Basta que me
vaya para que suceda algo”, piensas. Estás en esta duda cuando
ves aparecer un taxi solitario al extremo más alejado de la calle, te
colocas en una esquina de modo que no puedan verte desde el club
nocturno...

... y le haces señas para que pare. Pasa al 231.

Entráis en la sala y depositas el maletín sobre el sofá. Te acercas al


mueble bar y sirves un whisky a la señora White, sirviéndote otro
para ti seguidamente. Esta acepta la copa con naturalidad y se deja
caer en el sofá con un profundo suspiro.
Bebes un trago y te aflojas el nudo de la corbata.
—Bien. No falta mucho para que llamen los secuestradores. Es-
tos querrán hablar con el señor White, por lo que no les gustará que
sea usted quien se ponga al teléfono. Dígales que su marido no ha
podido estar presente debido a que se ha incendiado su fábrica esta
noche. El modo en que reaccionen ante esta noticia nos dará una
pista acerca de si hay alguna relación entre el incendio y el secues-
tro de Kate. Si insisten en hablar con su marido dígales que no sabe
cuándo regresará, lo cual es cierto, y dígales que ya tiene el dinero.
Supongo que su codicia hará que no les importe que sea usted quien

272
Jordi Cabau Tafalla
lleve las negociaciones; además, Kate es su hija y es natural que
usted desee que no le pase nada. ¿Nerviosa?
—Un poco... —responde Bárbara con un hilo de voz.
—Es normal... Durante la conversación exija a los secuestra-
dores que la dejen hablar con su hija para asegurarse de que está
bien. —Por la expresión en el rostro de la mujer, te das cuenta de
que ella pensaba hacerlo de todos modos—. Tal vez pongan pegas
a este punto, pero insista en que si no lo hacen no habrá rescate. Yo
estaré a su lado y le indicaré lo que debe hacer.
—Gracias, señor Carter, muchas gracias. No sabe cuánto le
agradezco lo que está haciendo por mi hija y por mí...
—No me dé las gracias —respondes, añadiendo mentalmente:
“... hasta que todo haya acabado bien...”.
Permanecéis los siguientes minutos en silencio, mirando cómo
avanzan las manecillas del reloj que hay sobre la repisa de la chi-
menea. Son las doce y cinco minutos cuando suena el teléfono.
Pese a que ambos estabais esperando la llamada, no podéis evitar
un sobresalto.
—Cójalo —le dices a Bárbara White, mientras te sientas junto a
ella para acercar tu oreja al auricular...

... Bárbara descuelga el teléfono y se lo acerca al oído.


Ve al párrafo 57.

Tras unos minutos procurando distinguir algún sonido proveniente


del interior, llegas a la conclusión de que no debe de haber nadie.
De todos modos ¿qué haces?
¿Entras con las manos desnudas para no alarmar a posibles
ocupantes?
¿O desenfundas tu arma y entras en la habitación con el arma
en ristre?

273
El caso White
Entras con las manos desnudas. Ve al 4.
Entras con el arma desenfundada. Pasa al 176.

“Antes de alejarme, debería echar un vistazo a esa motocicleta que


hay aparcada en la parte trasera de la mansión”, piensas.
Después de dar un gran rodeo con tu vehículo, te encuentras en
la parte exterior de la entrada posterior de la mansión de los White.
Estacionas tu vehículo y te acercas a la motocicleta que hay oculta
entre los arbustos. Pones tu mano cerca del motor, para terminar
apoyándola completamente en este.
—”Está helada, hace mucho rato que nadie la utiliza” comentas
para ti mismo.
Examinas detenidamente la motocicleta para descubrir que el
depósito está lleno... y que las llaves de contacto están puestas. Las
coges y abres el pequeño compartimento donde suelen guardarse
los papeles y documentación del vehículo para descubrir tan solo
un pequeño destornillador, un par de bombillas de recambio, un tra-
po sucio... y una vieja factura por cambio de neumáticos a nombre
de Ricardo Ortiz, el chófer de los White.
La moto también dispone de un par de alforjas de cuero en su
parte posterior. Una de ellas está completamente vacía; pero en la
otra encuentras un viejo chubasquero doblado... y una pequeña bol-
sa de viaje con un par de mudas, una toalla y útiles de aseo, como
si su dueño fuese a emprender un viaje.
Todavía intrigado por tus descubrimientos examinas el terreno
de alrededor de la motocicleta.

Haz una tirada por la habilidad de Supervivencia.

Si no la pasas no descubres nada de interés, regresa al 320.


Si la pasas, ve al 350.

274
Jordi Cabau Tafalla

La penumbra... los nervios... lo cierto es que no has podido abrir la


cerradura, y ya llevas un rato intentándolo. Prefieres no perder más
tiempo y seguir explorando el local.

Pasa al 154.

Ante ti tienes lo que parece ser una salita de estar: la habitación se


encuentra amueblada con un par de sillones, una valiosa y poten-
te radio, un pequeño mueble bar y una mesa redonda forrada de
terciopelo verde rodeada de cuatro cómodas sillas. En las paredes
cuelgan unos cuantos cuadros de escaso valor artístico represen-
tando caballos de carreras. En la pared este una ventana va a dar al
callejón que hay tras el club nocturno y, en la pared sur, observas
otra puerta.
Dentro del mueble bar ves un buen surtido de bebidas alcohó-
licas, así como varias barajas de cartas nuevas y fichas de plástico
como en los casinos. La habitación huele a tabaco y, por el aspecto
desgastado del tapete de la mesa de juego, dirías que las partidas de
cartas son bastante habituales aquí.
No ves nada más que te llame la atención, por lo que concentras
esta en la otra puerta que hay en la habitación.

Pasa al 7.

275
El caso White

Una vez allí, aparcas frente al edificio, subes hasta el quinto piso
y llamas directamente a la puerta del apartamento de la señorita
Marble. A los pocos instantes, la puerta se abre y tienes delante a
la anciana.
—¿Otra vez usted? ¿En qué puedo ayudarle?
—¿Conoce a esta mujer? —dices, enseñándole el cartel que has
arrancado del “The Blue Iguana”.
La anciana permanece unos instantes mirando la fotografía.
—¡Cómo no! ¡Es la misma mujer con la que se fue la joven que
estuvo anteanoche en el apartamento del señor Ortiz! —responde.
—¿Está segura?
—¡Segurísima! —afirma.
— Por cierto ¿se ha fijado si ha vuelto alguien al apartamento
del señor Ortiz?
—Yo no he visto ni oído nada, y no me he movido de casa.
—Gracias, ha sido usted de gran ayuda.
—De nada.
Antes de marcharte te acercas al apartamento del chófer. La
puerta sigue rota, por lo que no te resulta nada difícil entrar y volver
a examinarlo. No ves ningún cambio respecto a tu visita de ayer...

... por lo que regresas a tu auto y pones rumbo


a la mansión de los White. Pasa al 291.

Tu súbita irrupción pilla desprevenidos a los dos ocupantes de la


habitación, los cuales se han quedado completamente inmóviles
con la vista clavada en el cañón de tu arma. Aprovechas ese breve

276
Jordi Cabau Tafalla
instante de sorpresa para lanzar una rápida mirada a tu alrededor:
aparte de la mesa y las sillas en que están sentados los dos indi-
viduos el único mobiliario que hay en la habitación es un viejo
archivador metálico sobre el cual descansa un teléfono. Todo ello
iluminado por una débil bombilla que cuelga del techo. Una mam-
para de madera y cristal divide la habitación en dos, creando otra
pieza independiente a la que se accede por una puerta acristalada
situada a tu izquierda.
Te fijas en los dos tipos: uno de ellos es casi un gigante, tiene
la nariz rota (de una antigua pelea probablemente), viste un traje
sin corbata y lleva la cabeza descubierta. El otro hombre parece un
enano al lado del gigante, viste traje con corbata y lleva un sombre-
ro echado hacia atrás; la expresión de su rostro te recuerda vaga-
mente a un roedor.
—¡Eres un estúpido, Kid! Te dije que había oído algo... —dice
Cara de Rata.
—¡No mováis ni un músculo si no queréis sufrir una intoxica-
ción por exceso de plomo! —dices amenazadoramente.
En ese momento, un gemido proveniente del otro lado del mam-
paro te recuerda que estás haciendo allí.
—¡Las manos encima de la mesa! —El cañón de tu arma se
mueve alternativamente de uno a otro mientras avanzas lentamente
hacia la puerta del fondo sin quitarles un ojo de encima.
Cuando llegas a la puerta la abres sin dejar de mirar a los dos
tipos.
—¡Quietos! —vuelves a insistir mientras lanzas una rápida mi-
rada al interior.
En los pocos segundos que has observado la pieza has podido
ver que, en esta, solo hay una mesa de despacho sobre la que des-
cansa una lámpara y un sillón de madera tras él... y, en un rincón,
una figura humana tumbada sobre unas viejas mantas.
Captas un movimiento a tu espalda por el rabillo del ojo, y te gi-
ras rápidamente... para descubrir que Cara de Rata acaba de lanzar
algo contra ti a la velocidad del rayo.

277
El caso White

Haz una tirada de Agilidad.

La pasas, ve al 16.
La fallas, ve al 136.

El juez se dirige hacia ti rompiendo el tenso silencio existente.


—David Carter... Su nombre me es familiar... —dice el juez.
—Es un nombre muy común —respondes.
El juez no parece satisfecho con tu respuesta y puedes ver que
está esforzándose en recordar algo. De pronto su rostro se ilumina
con una sonrisa.
—¡Claro! ¡David Carter! ¡Usted es el poli que arrestó y noqueó
al concejal Smith! “¡Maldita sea!” piensas “¿Es que nunca podré
sacarme eso de encima?”. Seguramente tu rostro debe reflejar tus
pensamientos, pues el juez rápidamente te tranquiliza.
—No se inquiete Carter, el concejal Smith no es santo de mi
devoción. Pero ¿no estaba usted en la policía? ¿Cómo es que ahora
trabaja de detective privado?
—Abandoné el cuerpo voluntariamente antes de verme some-
tido a las degradaciones que tenía previsto hacerme pasar Smith.
—Y el capitán de su departamento ¿Banks se llama, no?
—Tenía las manos atadas, aunque intentó convencerme de que
aguantase el chaparrón y me quedase.
—¿Por qué no lo hizo?
—Es mi carácter.
—Entiendo...
Te parece que, a partir de ese instante, el juez Harvey te mira con
otros ojos. Como si hubieses subido varios peldaños en su aprecia-
ción personal.
Pasa al 345.

278
Jordi Cabau Tafalla

Ves una expresión pensativa en el rostro del mayordomo.


—¿Sucede algo James? —preguntas.
—Lo que me ha preguntado acerca de sacar a los perros ¿es
importante?
—Bastante ¿por qué?
—Ayer por la mañana, después de que el señor me dijese que él
se encargaría de sacar a los perros la noche antes, descubrí que no
lo había hecho, pues los perros todavía estaban encerrados en su
jaula.
—¿Se lo dijo al señor?
—Sí, me dijo que se había olvidado de soltarlos.
—¿Había sucedido antes alguna vez?
—No.
—Esos perros ¿son muy feroces? —preguntas.
—Nunca se han puesto a prueba... aunque sí puedo decirle que
ladran ante la aparición de cualquier desconocido.
—¿Cómo reaccionan ante los habitantes de la mansión?
—Después de unos días acostumbrándose a cualquier recién lle-
gado, le ignoran. Por cierto, tal vez no tenga importancia...
—¿Sí?
—... Pero el señor me ha mencionado antes que esta noche va
a pasear por el jardín, y que él se encargará de soltar a los perros
cuando termine de estirar las piernas...
—Gracias, James —respondes pensativo—, puede ir a acostar-
se.
—De nada, señor —dice, saliendo de la habitación.
Devoras la cena en silencio mientras meditas en todo lo que te ha
dicho el mayordomo. Al terminar, dejas los platos en el fregadero
de la cocina.

Pasa a 184.

279
El caso White

Sales a la parte de atrás de la barra y de ahí a la sala. Solo te quedan


por explorar las tres puertas que hay en la zona sureste de esta; te
diriges a la primera de ellas, de doble hoja, y la abres.
Tal y como imaginabas, te encuentras con el vestíbulo de entrada
al club. Frente a ti está la entrada principal y a tu izquierda hay un
mostrador tras del cual ves decenas de perchas numeradas colgadas
de una barra: el guardarropa. Sobre el mostrador hay un teléfono
con diversos botones. No tienes que mirar para saber que dos de
ellos comunicarán con el bar y la oficina. Las paredes del vestíbulo
están tapizadas con terciopelo azul y, en la pared oeste, un neón
ahora apagado proclama el nombre del local.
Echas un vistazo debajo del mostrador para ver un cajón con las
fichas correspondientes a los percheros y nada más. Sales del vestí-
bulo por donde has entrado y giras a la izquierda...

... dirigiéndote a las dos últimas puertas que te quedan por abrir.
Pasa al 329.

Un hombre sale de detrás del biombo y se sienta en el sillón que


hay tras la mesa del despacho. Descuelga el teléfono y marca un
número. La luz de la lámpara cae sobre él directamente, por lo que
aprovechas la ocasión para observarle detenidamente...
Así ves a un tipo de unos cuarenta y pocos años, con el cabello
oscuro echado hacia atrás con brillantina y bigotito recortado. Viste
un traje bastante caro y lleva un enorme anillo de oro en la diestra.
Mientras lo observas, enciende un habano mientras sostiene el auri-
cular con el hombro. Parece bastante satisfecho de sí mismo.

280
Jordi Cabau Tafalla
—¿Sí? —comienza diciendo—. Mire, señorita, quisiera reservar
un pasaje de primera clase para el tren con destino a San Luis que
sale esta medianoche. Sí, a nombre de Edward Hanson. Me espero
—Hanson da una profunda calada a su habano—. Bien, gracias...
por cierto ¿podría hacer desde aquí una reserva para el tren que en-
laza San Luis con Nueva Orleáns? ¿Sí? Hágalo. Primera clase. —
Da otra profunda calada al cigarro, poniendo los pies sobre la mesa.
—¿Ya está? ¡Magnífico!... Ya puestos, supongo que ustedes no
podrían gestionarme desde aquí un pasaje desde Nueva Orleáns a
La Habana ¿verdad? —Permanece unos segundos escuchando y
comenta—. Ya... no depende de su compañía... Bien, gracias de
todos modos, preciosa, y buenas noches —se despide colgando el
auricular y echando el cuerpo hacia atrás en el sillón con expresión
satisfecha.
—¡Manos a la obra! —dice para sí mismo. Apaga el puro inaca-
bado, se levanta y abre una de las maletas encima de la mesa. Desde
donde estás puedes ver que está completamente vacía. Se dirige al
armario y la llena con ropa que saca de este. Hecho esto la guarda
en el armario y realiza la misma operación con la otra, pero sin
llenarla completamente. Luego se dirige a la caja fuerte, introduce
una combinación y la abre.
Coge diversos paquetes pequeños, que enseguida reconoces
como los que contienen el dinero del rescate de Kate, los introduce
en la maleta y guarda esta en el armario. Luego se entretiene en se-
leccionar diversos papeles que guarda en la caja fuerte, dejándolos
sobre la mesa del despacho. También ves cómo saca un pasaporte y
una pistola de calibre 22, guardándoselos en el bolsillo interior de
su traje. Una vez ha finalizado la operación de clasificación, cierra
la caja y empieza a romper los documentos que hay sobre la mesa
de su despacho, tirando los trozos dentro de una papelera metálica
que hay junto a la mesa.
Esta operación le lleva algunos minutos y, mientras está entre-
tenido en ella, ambos escucháis cómo se abre la puerta que da al
pasillo de la salita contigua y una voz pregunta:
—¿Jefe? ¿Está ahí?

281
El caso White
Hanson no parece sorprendido, y prosigue su labor destructora.
—Adelante chicos, pasad. Tengo más trabajo para vosotros.
La puerta del despacho se abre tapándote la visión... a la vez que
te oculta completamente. Por suerte para ti pronto descubres que,
si inclinas un poco la cabeza, puedes observar lo que sucede en la
habitación mirando a través del resquicio que hay entre la puerta y
el marco.

Pasa al 96.

Miras a tu izquierda y ves que, detrás de la barra del bar hay una
puerta. Pasas por debajo del mostrador y, mientras te diriges a di-
cha entrada, aprovechas para echar un vistazo. La barra del bar está
hecha de madera pulida con adornos de latón por la parte de fuera.
Frente a ella hay una docena de taburetes de madera y latón forra-
dos de cuero fijados al suelo. La pared sur está cubierta de estantes
donde se hallan las bebidas que pueden pedirse en el local. En una
pequeña repisa bajo estos se hallan dispuestos ordenadamente los
elementos que permiten a los barman atender a los clientes y servir
las bebidas (vasos, copas, cucharillas, hielo, etc.).
Bajo la barra, y fuera de la vista de los clientes, hay algunas ca-
jas que contienen las bebidas más solicitadas, así como lavaderos,
grifos y el resto de elementos que completan el equipamiento de
todo bar. Fijado a la pared hay un teléfono con algunos botones, dos
de ellos están marcados como “Guardarropa” y “Oficina”.
No ves nada más de interés...

...por lo que abres la puerta que hay tras la barra.


Pasa al 362.

282
Jordi Cabau Tafalla

En ese momento entra corriendo en la habitación una joven adoles-


cente pelirroja...
—¡Hola papá! ¿Me habías mandado llamar? ¡Oh! —exclama al
descubrir que su padre no está solo—. No sabía que tenías visita,
volveré más tarde —dice mientras se gira para salir de la habita-
ción.
—Este es el señor Carter, Sandy. De hecho, él venía a hablar
contigo —comenta el juez Harvey.
—¡Ah! —dice Sandy—. ¿De qué?
—Ambos estamos interesados en el bienestar de Katherine Whi-
te —dejas caer de repente mientras observas cómo Sandy Harvey
se pone a la defensiva nada más pronunciar el nombre de Kate.
—No sé dónde está —se apresura a decir la joven.
Es evidente que, con la experiencia que le da su profesión, la
actitud defensiva de su hija no ha pasado inadvertida al juez.
—Siéntate, Sandy —ordena.
La joven toma asiento en la punta de uno de los sillones, es evi-
dente para ambos hombres su repentino nerviosismo. El juez se
dirige a ella con voz suave pero firme al mismo tiempo.
—Sandy, Katherine se ha escapado de casa y el señor Carter
la está buscando por cuenta de la señora White, la cual está muy
preocupada por ella. No sé qué motivos tendrá Katherine para fu-
garse de su casa pero ese mundo de ahí afuera puede ser muy duro
para una menor como ella. Si sabes algo acerca de todo esto, te
agradecería que se lo dijeses al señor Carter. No creas que le estás
haciendo ningún favor a Kate ocultándolo.
La joven pasea su mirada de uno a otro nerviosamente hasta que
lanza un repentino suspiro bajando la cabeza; lo cierto es que no es
más que una niña atrapada en una situación que la supera.
—Ayer por la tarde Kate me confesó que pensaba fugarse de su
283
El caso White
casa esa misma noche.
—¿Por qué? —preguntas repentinamente.
—No se lleva bien con su madre y su padrastro las ignora a las
dos.
—¿Dónde tenía pensado ir?
—No me lo dijo —parece sincera en su respuesta.
—No me ha dicho usted nada que yo ya no sepa, señorita Har-
vey —dices—. ¿O tal vez hay algo más?
Sandy parece nerviosa y mantiene su mirada clavada en la al-
fombra del suelo.
—Sandy —comenta el juez—. Si sabes algo más díselo al señor
Carter, créeme que no beneficias a Kate ocultándolo, te lo aseguro.
—Iba a fugarse con otra persona... —dice en voz baja.
—¿Quién? —preguntas.
—Su chófer... Ricardo creo que se llamar...
—¿No le dijo nada más?
—No...
—Gracias, señorita Harvey.
—Puedes retirarte Sandy, y gracias.
—Papá, yo...
—Tranquila Sandy, has hecho lo correcto. Vete a tu cuarto, lue-
go subiré y hablaremos ¿de acuerdo?
—Sí, papá —Sandy abandona la habitación, dejándoos solos.
El juez se levanta y se dirige a una mesita. Abre un cajón de
donde saca una pipa y la rellena lentamente de tabaco. La enciende
y vuelve a sentarse en el sillón.
—¿Qué piensa hacer, Carter?
—¿A qué se refiere? —dices, como si no lo supieras.
—Katherine White es un poco mayor que mi hija, pero aun así
todavía es menor de edad. Si lo cierto es que se ha fugado con el
chófer de los White, aunque haya sido por voluntad propia, eso po-
dría ser considerado secuestro, un crimen federal, ya sabe...
—Usted lo ha dicho: “si se ha fugado...” Todavía está por de-
mostrar.
284
Jordi Cabau Tafalla
—Cierto, cierto...
—En ese caso, será mejor que no pierda ni un instante... —dices
mientras te levantas del sillón—. Gracias por su colaboración, juez.
—De nada. Buena suerte, Carter, creo que la va a necesitar. “Yo
también” piensas “yo también... “

Te calas el sombrero y sales a la calle.


Pasa al 355.

...Para ver como una bola de pelo gris salta de la nada y aterriza
entre tus piernas ronroneando.
—¡Lucas! ¡Vaya susto me has dado! ¿Qué quieres? —dices
mientras le acaricias suavemente en el cuello. Por sus ronroneos
deduces que te está pidiendo comida, por lo que te obligas a levan-
tarte y te diriges a la cocina. Una vez allí pones algo de leche en
un plato y lo dejas en el suelo. Lucas se apresura a lamer el plato y
tú te diriges cansado hasta tu dormitorio, te quitas los zapatos y la
chaqueta y te tumbas con un gruñido de cansancio.
Alargas la mano hasta la mesilla de noche para coger la pequeña
petaca llena de whisky que utilizas cuando te cuesta conciliar el
sueño. Das dos largos sorbos y te concentras en el techo de tu habi-
tación mirando sin ver.
En tu cabeza bullen todos los acontecimientos del día. Cierras
los ojos intentando poner orden en todo lo que has averiguado, con-
vencido de que hay algo que se te ha escapado...

Poco a poco te quedas dormido...


Ve al párrafo 163.

285
El caso White

Echas un vistazo a tu alrededor para orientarte... y dirías que no


estás muy lejos del “Blue Iguana”.
“¿Por qué no?”, te dices a ti mismo, “¡Hay que intentarlo!” Ha-
ces un plano mental de donde te encuentras y te diriges a paso rá-
pido hacia el club nocturno. Cuando llegas al mismo tienes tiempo
justo de ver como “Cara de Rata” se mete en el pequeño callejón
que hay junto al night club.

Pasa al 224.

La detonación del disparo suena como un cañonazo en el almacén,


Cara de Rata se queda congelado al oír el disparo.
—¡No dispare! ¡No dispare! —dice Kid levantando las manos
por encima de su cabeza con expresión asustada.
—¡La próxima bala sí que dará en el blanco! —dices, convir-
tiendo tu fallo en una amenaza.
—Sí, señor —responde el gigante mansamente.
Cara de Rata te mira con odio, pero termina levantando las ma-
nos por encima de su cabeza.

Ve al 277.

286
Jordi Cabau Tafalla

Echas otro vistazo a tu alrededor para asegurarte de que no hay


nadie cerca, antes de volver a enfrascarte en tu lucha personal con
la cerradura.

Realiza una tirada exitosa por la habilidad de Maña para


conseguir abrirla; sigues teniendo la penalización de -1.

Si tienes éxito ve al 131.


En caso contrario dirígete al 156.

Alrededor de la motocicleta solo descubres tus huellas... y las del


conductor de la moto. Por las pisadas puedes ver que, después de
descender de la moto y aparcarla, se dirigió en línea recta hacia la
entrada trasera de la mansión de los White, desapareciendo su ras-
tro al llegar al asfalto de la carretera. No hay otras huellas.

Regresas al coche mientras piensas en lo que has descubierto.


Ve al 320.

—¡Aquí no hay nadie! —dice al cabo de unos instantes el gi-


gantón.
—¿Estás seguro? —responde Bugs desde la oficina.
—¡Que no hay nadie te digo! —insiste su compañero—. Venga,

287
El caso White
vamos arriba que tengo que acabar de desplumarte.
Kid da media vuelta y sube escaleras arriba.
Buf!”, piensas, “¡casi me pillan!”. Esperas unos cuantos minutos
hasta que estás convencido de que no va a volver a bajar. En ese
tiempo has tenido ocasión de meditar acerca de lo que acaba de su-
ceder; el aspecto de Kid coincide con la descripción que te dieron
los vecinos de Ortiz de uno de los dos tipos que registraron el apar-
tamento del chófer de los White. Bugs debe de ser el otro.
“Será mejor que vaya con cuidado, estos tipos pueden ser peli-
grosos”, piensas, y empiezas a moverte en silencio por el almacén...

...en dirección a la oficina. Pasa al 171.

La pequeña puerta que tienes frente a ti en el callejón corresponde a


la entrada posterior de un gran almacén de aspecto deslucido hecho
de ladrillo rojo y con un gran techo de chapa ondulada a dos aguas.
El edificio dispone de unos amplios ventanales situados a unos tres
metros sobre el suelo, a través de los cuales apenas puedes ver nada
debido a lo sucios que están.
Sales del callejón y te fijas en la fachada que da a la calle: esta
dispone de dos grandes puertas tipo persiana lo bastante grandes
como para dejar pasar un camión de tamaño mediano. La pintura
de las puertas se halla descascarillada y, fijado entre ambas, hay
un viejo letrero demasiado roto como para no leer otra cosa que
las palabras: “Se alquila” y un número de teléfono incompleto. Es
evidente por su aspecto exterior que el local lleva varios años sin
usarse.
Regresas de nuevo al callejón y examinas la pequeña entrada de
servicio. La puerta tiene un aspecto bastante abandonado, como si
no hubiera sido usada en años... por lo que te llama la atención que
la cerradura sea prácticamente nueva.

288
Jordi Cabau Tafalla
Miras el reloj de tu muñeca: las dos y media; dentro de poco más
de dos horas debe de hacerse la entrega del rescate. Dudas entre re-
gresar ahora a la mansión de los White y tener tiempo de sobra para
prepararlo todo o investigar las débiles pistas de la cantante y los
envoltorios de caramelo y arriesgarte a llegar tarde. ¿Qué decides?

Te quedas a investigar a fondo las pistas


de que dispones. Pasa al 99.
Decides no arriesgarte a llegar tarde y regresas
a buscar tu auto. Ve al 364.

Miras la caja de caudales con frustración. Te encantaría echar un


vistazo a su interior... en ello estás pensando cuando oyes cómo
alguien abre la puerta de la salita que da al pasillo.
—¡Maldita sea! ¡Esos dos idiotas han vuelto a dejarse la luz en-
cendida! —exclama una voz con fastidio.
No sabes quién será el recién llegado, pero no te cuesta mucho
reconocer la voz como la del interlocutor de Bárbara White en las
negociaciones telefónicas sobre el secuestro de su hija. Oyes como
atraviesa la habitación, deposita algo en el suelo, saca unas llaves...
y empieza a manipular la cerradura de la habitación en la que te
encuentras.
Echas un vistazo rápido a tu alrededor. No hay muchos sitios
donde ocultarse. La esquina que hay justo detrás de la entrada está
casi en una oscuridad total, aun así puedes ver que está ocupada
por un perchero del que cuelga un abrigo y una gabardina. Te sitúas
tras el mismo encogiéndote un poco y permaneciendo inmóvil a la
espera de acontecimientos.
La puerta se abre y entra un hombre, que vuelve a cerrarla a sus
espaldas. Lleva consigo dos maletas, que no deben de pesar mucho,
ya que ambas las sostiene con una mano. Las deposita junto al es-

289
El caso White
critorio y desaparece tras el biombo.
Oyes como abre el grifo y el agua empieza a correr, instantes
después empieza a silbar mientras distingues los típicos golpecitos
de una maquinilla de afeitar en la porcelana de un lavabo, por lo
que deduces que el individuo que acaba de entrar se está afeitando.
Empiezas a impacientarte cuando oyes cómo el grifo se cierra y
terminan los silbidos...

Pasa al 343.

Caes directamente sobre el duro suelo de cemento

recibiendo 2D6 heridas por contusiones.

¿Todavía te quedan puntos de resistencia?

Si todavía estás vivo, dirígete al 381.

Subes a tu automóvil y sacas del bolsillo la dirección que te ha


proporcionado James, el mayordomo. Al parecer el chófer de los
White reside en un barrio modesto situado en el centro de la ciu-
dad. Pones en marcha el motor sin saber qué vas a encontrar en tu
siguiente destino. “Esto no puede complicarse mucho más...” pien-
sas, aunque no puedes dejar de ignorar la sensación de que todavía
tendrás que andar mucho más hasta hallar la solución a este caso...

Pasa al 330.
290
Jordi Cabau Tafalla

...Ante tus ojos se encuentra la sala de fiestas del “Blue Iguana”.


La débil luz vespertina que dejan pasar las gruesas cortinas de las
ventanas te permiten ver que te hallas sobre un pequeño escenario
que ocupa toda la esquina nordeste de la sala. La gruesa cortina
que acabas de apartar es de hecho el telón que oculta la puerta que
comunica con la zona de artistas. El escenario se encuentra elevado
sobre el suelo circundante a una altura de un metro aproximada-
mente y a un lado hay unos escalones que facilitan el acceso a la
zona de las mesas, ocupando casi su totalidad distingues las formas
de un micrófono una batería y un piano.
Más allá del escenario puedes ver las formas de las mesas de
los clientes, así como la barra del bar, que ocupa buena parte de
la pared sur de la sala. Pese a la distancia que te separa de ella,
distingues al otro extremo de la sala la puerta de emergencia que
has visto desde fuera del local. En la pared sur, un poco más allá de
la barra, puedes ver tres puertas: dos de ellas se hallan muy juntas
y tienen todo el aspecto de ser los servicios públicos de damas y
caballeros; la otra, de doble hoja, es la entrada principal de la sala.
En la pared este, casi tocando la barra del bar, hay otra puerta
que, por su disposición, supones que es una de las dos que has visto
antes en la zona del pasillo que todavía no has explorado.
Decides terminar de explorar la zona del pasillo antes de exami-
nar el resto del local, por lo que retrocedes, cerrando la puerta a tus
espaldas, y regresas por donde has venido.

Pasa al 232.

291
El caso White

—¿Cómo se llama? —le preguntas mientras le apuntas con tu


arma.
El tipo te sonríe fríamente, pero no dice nada. Amartillas tu arma
y la levantas amenazadoramente.
—Vince. Vince Frattini —responde con un cierto acento italia-
no.
—¿Para quién trabajas, Vince?
—Sabes mi nombre, pero yo no sé el tuyo —contesta.
—Aquí hago yo las preguntas; ¿para qué te paga el señor Whi-
te?, ¿para que te deshagas del cadáver de Ortiz?
—¿No lo sabes? —responde sonriente. Empieza a ponerte ner-
vioso este tipo, tu arma no parece impresionarle y es evidente que
sabe muchas cosas.
—Voy a decirte lo que creo, Vince —le dices—. Creo que tú
mataste a Ricardo Ortiz.
—¿Ah sí?
—Sí. Creo que hace dos noches viniste aquí para entrevistarte
con el señor White. Por eso él se “olvidó” de soltar a los perros esa
noche, para que pudieras cruzar sin problemas el jardín. No habría
problemas si os veíais en su despacho ya que los otros tres habi-
tantes de la casa no os molestarían: la señora suele tomar pastillas
contra el insomnio, el mayordomo estaría durmiendo la borrachera
y la chica no vería nada, pues su habitación está en la otra punta de
la casa.
Vince te mira sin decir nada, y tú continúas hablando...
—Creo que imagino de lo que debisteis hablar: aunque su esposa
es millonaria, White está arruinado ¿y qué mejor forma de recupe-
rarse que incendiar su fábrica y cobrar el seguro? Pero claro, White
necesitaba a alguien que le hiciese el trabajo sucio de forma que la
compañía de seguros no sospechase que había gato encerrado. La
idea de que el incendio empezase en otro edificio es francamente
buena ¿se te ocurrió a ti?

292
Jordi Cabau Tafalla
La mirada de Vince confirma que vas por buen camino, por lo
que prosigues...
—... Pero algo salió mal ¿verdad? Dio la casualidad que esa fue
la misma noche en que el chófer pensaba fugarse con la hija de
White. Seguro que el mejicano ya estaba escondido en el jardín
esperando a que apareciese la chica cuando tú llegaste. Apuesto a
que debió veros hablar a ti y a White a través de las ventanas del
despacho de este... puedo imaginar lo que pasó por la mente de Ri-
cardo al oíros hablar: seguro que debió pensar que era una excelen-
te oportunidad para sacar un dinero extra amenazando a White de
contarlo todo. Por desgracia para él lo descubristeis, ¿de quién fue
la idea de matarlo? De White ¿no? —Lanzas esta última afirmación
con la intención de herir el orgullo de Vince... y da resultado.
—Te equivocas, amigo —responde despectivamente—. White
no vio nada, fui yo al salir de la casa quien vio a ese tipo escondido
entre los arbustos. Hice como que no le veía, pero di la vuelta y lo
sorprendí por la espalda. No me costó mucho hacerle hablar, me lo
contó todo.
Cuando vi la clase de tipo que era supe que solo me iba a traer
problemas, lo estrangulé e intenté esconderlo en esa mierda de pozo
de juguete, pero no servía, entonces se me ocurrió lo de la piscina.
—¿Sabe White lo del chófer? —preguntas.
—No, ¡qué va a saber ese inútil! —responde despectivamen-
te—¡debería haberle cobrado el doble por impedir que el mejicano
se llevase a su hija!
—Inútil... ¿ya sabes que tenía la fábrica asegurada con más de
una compañía? Seguro que se olvidó de decírtelo. Claro, entonces
le habrías pedido más de cinco mil dólares por el trabajito... y enci-
ma te cargas a un tipo gratis; ¿quién es aquí el inútil?
Lanzando una maldición en italiano Vince se agacha repentina-
mente, cogiéndote desprevenido.

Haz una tirada por Disparar con un -3.

Si tienes éxito ve al 69.


En caso contrario, ve al 162.
293
El caso White

Tras más de media hora intentando abrir la maldita cerradura deci-


des que la tarea está más allá de tus posibilidades.

¿Has examinado el almacén contiguo? Si todavía no lo has hecho,


puedes hacerlo ahora escogiendo la primera opción,
aunque ello tal vez te retrase todavía más.
Si ya has examinado el edificio de al lado (o no lo has hecho
pero prefieres no arriesgarte a llegar tarde a la cita con
los secuestradores) escoge la segunda opción.

Examinas el almacén de al lado. Ve al 252.


Decides marcharte de allí. Ve al 364.

Ves una expresión pensativa en el rostro del mayordomo.


—¿Sucede algo James? —preguntas.
—Lo que me ha preguntado acerca de sacar a los perros ¿es
importante?
—Bastante ¿por qué?
—Ayer por la mañana, después de que el señor me dijese que él
se encargaría de sacar a los perros la noche antes, descubrí que no
lo había hecho, pues los perros todavía estaban encerrados en su
jaula.
—¿Se lo dijo al señor?
—Sí, me dijo que se había olvidado de soltarlos.
—¿Había sucedido antes alguna vez?
—No.
—Esos perros ¿son muy feroces? —preguntas.

294
Jordi Cabau Tafalla
—No especialmente, pero ladran ante la aparición de cualquier
desconocido.
—¿Cómo reaccionan ante los habitantes de la mansión?
—Después de unos días acostumbrándose a cualquier recién lle-
gado, le ignoran. Por cierto, tal vez no tenga importancia...
—¿Sí?
—... Pero el señor me ha mencionado antes que esta noche va
a pasear por el jardín, y que él se encargará de soltar a los perros
cuando termine de estirar las piernas...
—Gracias, James —respondes pensativo—. ¿Podría avisar a la
señora de que estoy aquí y de que quiero hablar con ella? Le agra-
decería que no se lo mencionase al señor.
Consideras que debes tranquilizar a James al ver su expresión
de desconcierto.
—No se preocupe, me gustaría pedirle permiso a la señora para
permanecer esta noche en la casa y velar por la seguridad de Kate.
Sé que el señor White es reacio a mi petición y por ello quiero
hacérsela a ella directamente. Mi intención es ser lo más discreto
posible y que el señor no me vea para no incomodarlo.
—Iré a avisarla... —dice, saliendo de la habitación.

Pasa al 31.

Sacas en silencio tu arma y le quitas el seguro. Empujas lentamente


la puerta desde un lado preparándote para lo peor y entras en la
habitación...

Pasa al 370.

295
El caso White

—¿Qué pasa ahí? ¿Va todo bien? —grita una voz proveniente
de la oficina.
—Di que sí, pero que tienes que ir al servicio —dices, conmina-
do al grandullón a obedecerte con tu arma.
—¡Ya voy! —grita nerviosamente tu rehén—. ¡Pero tengo que
ir a mear!
—¡Vale! —responden desde la oficina.
Señalas hacia la escalera con tu arma, indicándole al gigante que
siga en esa dirección —¡Alto! —dices en voz baja cuando llegáis
a la altura de la oficina—. Deja la lámpara en el suelo y aléjate de
ella.
Rodeándolo sin dejar de apuntarle coges la lámpara y echas un
vistazo a través de la puerta abierta que hay bajo la escalera. Distin-
gues una amplia habitación que, en su día, debió de ser el vestuario
de los trabajadores del almacén: unos colgadores en la pared y unos
destartalados bancos de madera bajo estos lo atestiguan. Al fondo
ves un par de puertas abiertas: un inodoro y una ducha confirman tu
impresión de que el lugar era un vestuario sin ninguna otra salida
que la puerta por la que observas.
—¡Adentro! —y acompañas tus palabras con un gesto amena-
zador de tu arma. El hombretón hace lo que le dices sin rechistar.
Lo cierto es que, a pesar de su aspecto amenazador, parece bastante
consciente del riesgo que supone que le encañonen a uno con un
arma.
Una vez dentro, cierras la puerta tras él, no sin antes haberte lle-
vado un dedo a los labios, conminándole a guardar silencio. Exami-
nas la puerta desde fuera, pero no ves ningún modo de asegurarla.
Recoges un trozo de metal que ves en el suelo y lo apoyas contra la
puerta. “Si intenta abrirla, lo oiré”, piensas.
Miras hacia la parte de arriba de la escalera e inspiras profun-
296
Jordi Cabau Tafalla
damente mientras pones el pie sobre el primer escalón. “Cuidado
Carter”, piensas, “un error ahora podría ser fatal”...

... y empiezas a ascender lentamente por la escalera.


Pasa al 52.

Un ventanuco que hay frente a ti te proporciona la suficiente luz


como para ver que te hallas en el almacén del club nocturno. En
las estanterías que hay fijadas a sus paredes se encuentran todos los
materiales y objetos necesarios para el funcionamiento del club:
artículos y útiles de limpieza, sillas de recambio, cajas con licores,
tabaco, vajilla, posavasos, estuches de cerillas con publicidad del
club, etc.
Frente a ti también se halla la entrada de servicio que has visto
desde la calle y entiendes por qué no viste una cerradura en el ex-
terior: la puerta está asegurada por un barrote que se cierra y abre
desde dentro. En la pared este hay otra puerta pero carece de cerra-
dura o manija siendo completamente lisa, por lo que es imposible
de abrir por este lado. No ves nada de especial interés...

... por lo que decides dar media vuelta.


Pasa al 342.

La detonación del disparo suena como un cañonazo en el almacén.


—¡No dispare! —dice tu agresor levantando las manos por enci-
ma de la cabeza con expresión asustada.
297
El caso White
—¡La próxima bala sí que dará en el blanco! —dices, convir-
tiendo tu fallo en una amenaza. Cara de Rata te mira con odio, pero
termina levantando las manos por encima de su cabeza.

Pasa al 58.

Pero antes te detienes junto al cartel que hay en la entrada princi-


pal y, asegurándote de que no hay nadie cerca en ese momento, lo
arrancas de un tirón cuidando de preservar intacto el rostro de la
cantante.
Vuelves rápidamente a donde has dejado aparcado tu auto, te
sientas detrás del volante y lo pones en marcha. Permaneces pensa-
tivo unos instantes con los dedos tamborileando sobre
el volante antes de tomar una decisión. “Solo me llevará unos
minutos”, piensas, “pero debo asegurarme”. Pones la marcha,
aprietas el acelerador...

...y pones rumbo al apartamento del chófer de los White.


Pasa al 338.

Empujas lentamente la puerta desde un lado preparándote para lo


peor y entras en la habitación...

Pasa al 375.

298
Jordi Cabau Tafalla

—¿Quién es usted? —pregunta Dakota.


—Mi nombre es David Carter y soy detective privado. La madre
de Kate me encargó que la encontrara y la trajera de vuelta a casa...
—¿Y lo ha hecho? —interroga ella.
—Sí —respondes lacónicamente.
—¿Kate está bien? —Parece sinceramente preocupada por Kate,
por lo que procuras no inquietarla más de lo necesario.
—Ahora sí —respondes—. Está en casa junto a sus padres. La
joven lanza un suspiro de alivio.
—Kate me habló de usted y de cómo intentó ayudarla. Quisiera
darle las gracias en su nombre y en el de sus padres —dices.
—No hay de qué. Esa niña podría haberlo pasado realmente mal
si yo no llego a estar ahí... aunque, cuando no la encontré al regre-
sar a mi apartamento, me asusté de veras.
Decides que lo mejor será no comentar a Dakota lo que le su-
cedió a Kate después de que la cantante saliera de su apartamento.
—Quisiera hacerle unas preguntas, si no le importa... ¿puedo
sentarme? —dices señalando una silla, la cantante asiente con la
cabeza—. ¿Conoce a un hombre llamado Ricardo Ortiz?
El rostro de la joven adopta una expresión de enojo.
—Hubo un tiempo en que creí conocerle, hasta que descubrí la
persona que era en realidad y me libré de él antes de que me hiciera
más daño. Un mal bicho.
—¿Sabía que tenía pensado fugarse con Kate a México? —pre-
guntas.
—Sí. Lo cierto es que cuando Kate me lo confesó me dije que
haría cualquier cosa para que no se la llevara allí. Estoy convenci-
da de que Ricardo tenía pensado sacar un beneficio de todo ello y
hubiera destrozado la vida de Kate... como a tantas otras. Eso no
se hace.
299
El caso White
—... Y, sin embargo, fue a avisarle de que unos matones iban a
darle una paliza... Dakota encoge los hombros con resignación.
—Cuando has amado a alguien siempre queda algo... soy una
estúpida por creer que no se merecía que le dieran una paliza.
—¿Sabe dónde está Ricardo ahora?
—... Probablemente esté metido en casa de una de sus amigas
esperando que pase todo. No creo que vuelva a aparecer en mucho
tiempo —responde Dakota, y parece sincera.
—¿Quiénes eran los tipos que querían apalizar a Ricardo? ¿Por
qué querían hacerlo? ¿Cómo se enteró de ello? —lanzas las tres
preguntas seguidas, esperando ver la respuesta de Dakota. Esta te
observa un momento en silencio antes de hablar.
—¿Qué importancia tiene eso? —pregunta.

Pasa al 262.

Usa la habilidad de Maña para conseguir abrir la cerradura.

Si tienes éxito, ve al 293.


En caso de fallo, ve al 336.

Permaneces unos instantes procurando distinguir algún sonido pro-


veniente del interior, pero no escuchas nada, por lo que decides
abrir la puerta y penetrar en el interior de la habitación. ¿Qué haces?
¿Entras con las manos desnudas para no alarmar a posibles
ocupantes?

300
Jordi Cabau Tafalla
¿O desenfundas tu arma y entras en la habitación con el arma
en ristre?

Entras con las manos desnudas, pasa al 4.


Entras con el arma desenfundada. Pasa al 176.

Solo te quedan por explorar las tres puertas que hay en la zona su-
reste de la sala. Te diriges a la primera de ellas, de doble hoja, y la
abres.
Tal y como imaginabas, te encuentras con el vestíbulo de entrada
al club. Frente a ti está la entrada principal y a tu izquierda hay un
mostrador tras del cual ves decenas de perchas numeradas colgadas
de una barra: el guardarropa. Sobre el mostrador hay un teléfono
con diversos botones. No tienes que mirar para saber que dos de
ellos comunicarán con el bar y la oficina. Las paredes del vestíbulo
están tapizadas con terciopelo azul y, en la pared oeste, un neón
ahora apagado proclama el nombre del local.
Echas un vistazo debajo del mostrador para ver un cajón con las
fichas correspondientes a los percheros y nada más. Sales del vestí-
bulo por donde has entrado y giras a la izquierda...

...dirigiéndote a las dos últimas puertas que


te quedan por abrir. Pasa al 179.

La puerta de entrada da directamente a un salón-comedor de re-


ducidas dimensiones amueblado con unos pocos muebles usados
301
El caso White
de poca calidad. Gracias a la luz que entra por la ventana que hay
en la pared de enfrente compruebas que no hay nadie en la estan-
cia. En la pared de la izquierda hay una puerta entreabierta por la
que se cuela algo de claridad, aparte de ella no ves ninguna otra
salida. Cierras lentamente la puerta a tus espaldas y te diriges cau-
telosamente hacia la otra entrada; apoyas la mano sobre la puerta
y la abres lentamente mientras sostienes con fuerza tu arma... para
descubrir un pequeño dormitorio sin nadie a la vista. Otra puerta
abierta da a lo que parece ser el servicio; te acercas lentamente y
echas un vistazo al interior con precaución: no hay nadie. Te incli-
nas para mirar debajo de la cama y luego abres lentamente la puerta
del armario que hay en el dormitorio: los dos únicos lugares que te
quedan por mirar donde podría ocultarse una persona: tampoco hay
nadie. Convencido de que estás solo en el apartamento enfundas tu
arma y te dispones a examinar más detenidamente el apartamento
de Ricardo Ortiz...

Pasa al 380.

Dentro del mueble bar ves un buen surtido de bebidas alcohólicas,


así como varias barajas de cartas nuevas y fichas de plástico como
en los casinos. La habitación huele a tabaco y, por el aspecto des-
gastado del tapete de la mesa de juego, dirías que las partidas de
cartas son bastante habituales aquí. No ves nada más que te llame
la atención...

...por lo que decides echar un vistazo


a la puerta del rincón. Ve al 203.

302
Jordi Cabau Tafalla

...Todavía estás recuperándote de tu dolorosa segunda caída cuando


oyes a tus espaldas el ruido de la puerta de servicio del almacén al
abrirse. El escándalo provocado por tus dos caídas parece que ha
tenido testigos después de todo, pero estás demasiado contusionado
como para poder hacer nada, solo darte cuenta de que alguien te
golpea fuertemente en la nuca con un objeto contundente...

FIN

Por unos instantes permaneces desorientado. ¡Tu mirada tropieza a


los pocos palmos con algo oscuro que se mueve!... hasta que des-
cubres que lo que tienes ante tus ojos es una gruesa cortina de ter-
ciopelo negro. Avanzas un poco y la apartas con cuidado para echar
un vistazo.

Pasa al 356.

Una hora después tú, Thomas y Bárbara White estáis ante la puerta
de la habitación de Kate esperando que salga el doctor Herbert.
Mientras este llegaba has aprovechado para informar al padrastro
de Kate de lo sucedido hasta el momento. La puerta se abre y sale el
doctor Herbert, lo cierto es que tiene el aspecto del típico médico de
familia de las películas: ligeramente calvo, rechoncho y con gafas.

303
El caso White
—Kate estará bien en unas horas —dice, dirigiéndose directa-
mente a Bárbara—. No le he administrado ningún medicamento,
bastante morfina lleva ya en el cuerpo, pero es joven y se recupe-
rará pronto. Ahora lo mejor que puede hacer es descansar. Si su
estado variase no dude en llamarme. Buenas noches.
—Buenas noches, doctor, y muchas gracias —dice Bárbara.
El doctor responde con una inclinación de su cabeza y desciende
las escaleras.
—Ya sé lo que acaba de decir el doctor —comentas—, pero de-
bería hacerle un par de preguntas a Kate...
—¿No puede esperar a mañana? —dice Thomas, visiblemente
molesto.
—Mañana tal vez sea tarde —respondes—. No se preocupe, pa-
raré inmediatamente si veo que incomodo a Kate.
—No sé... el señor Carter nos ha ayudado tanto... —dice Bárbara
dubitativa.
—Pueden estar presentes, si lo desean —esta última afirmación
parece terminar de convencer a la madre de Kate, que da su con-
sentimiento.
Entráis los tres en la habitación, Kate tiene los ojos cerrados,
pero los abre al oír la puerta.
—¿Eres tú, mamá?
—Sí, cariño —responde la señora White.
—Perdóname. No volveré a escaparme.
—No hay nada que perdonar, cariño. Lo importante es que estés
bien —dice mientras le acaricia la frente—. Este es el señor Carter,
quiere hacerte unas preguntas. Él nos ha ayudado a encontrarte.
—¿Es usted policía? —te pregunta Kate con un poco de miedo
en la voz.
—Lo fui hace mucho tiempo... —respondes—. Si no quieres
contestarme, no tienes por qué hacerlo, Kate.
—No puedo dormir. Pregúnteme —dice la joven.
—Bien ¿tú y Ricardo; el chófer, teníais intención de huir juntos,
verdad?
—Sí... —dice en voz baja.

304
Jordi Cabau Tafalla
—¿Qué sucedió la noche en que debías escaparos juntos?
—Habíamos quedado en el jardín a la una, junto al pozo falso.
Estuve esperando hasta las dos y, al ver que no venía, salí de casa
por la puerta principal, paré un taxi y fui a casa de Ricardo, pensan-
do que lo encontraría allí...
—... Pero no estaba —comentas.
—No..., no estaba. Abrí la puerta de su apartamento con una
llave que me había dado y me quedé dormida esperándole.
—... Y te despertó Dakota, la amiga de Ricardo. ¿Qué te dijo?
¿Por qué te fuiste con ella?
Bárbara y Thomas te observan intrigados, ya que no les habías
contado nada de todo esto.
—Me dijo que había ido al apartamento de Ricardo para avisarle
de que unos tipos iban a darle una paliza. Ricardo les debía dinero
y, como no podía pagarles, le iban a romper las piernas. Me asusté
mucho y Dakota me dijo que no podía quedarme allí, me ofreció
quedarme en su apartamento hasta que apareciese Ricardo.
—... Y la seguiste. ¿Sabía ella lo de tu fuga con Ricardo?
—No, y se enfadó mucho con Ricardo cuando se lo dije.
—¿Por qué?
—Me dijo que ella y Ricardo habían sido novios hacía tiempo,
pero que lo habían dejado correr y ella no le deseaba ningún mal.
Cuando le dije que iba a fugarme con Ricardo se puso furiosa con
este, sobre todo cuando le dije que era menor de edad. Dijo que se
merecía que le rompieran las piernas...
“Estoy de acuerdo”, piensas.
—¿Qué pasó luego? —preguntas.
—Dakota se marchó a trabajar y me dejó sola en su apartamento,
diciéndome que no abriera a nadie. Eran las nueve de la noche, más
o menos. Acababa de irse cuando dos tipos, uno muy alto y otro
bajo entraron en el apartamento buscando a Ricardo.
—¿Les abriste tú?
—No. Tenían llave aunque, por lo que dijeron, me pareció en-
tender que Dakota no lo sabía. Al ver que Ricardo no estaba me lle-
varon con ellos. Yo no quería ir, pero me amenazaron con hacerme

305
El caso White
daño, pensaban que yo sí sabía dónde se ocultaba Ricardo.
—¿Dónde te llevaron?
—No lo sé, me taparon la cabeza con un trapo cuando entré en
su auto. Condujeron un rato y luego el auto se detuvo, el grandullón
me sacó en volandas, caminamos un trozo, subimos unas escaleras,
me sentaron en una silla y me quitaron el trapo. Me enfocaron una
lámpara a los ojos y me interrogó acerca de Ricardo.
—¿Quién?
—Otro hombre, parecía el jefe.
—¿Qué sucedió luego?
—Al ver que yo no sabía nada estuvieron a punto de soltarme.
Pero estaba tan asustada que les conté quién era yo y lo de mi fuga
con Ricardo. Entonces se olvidaron de él y decidieron pedir un
rescate por mí... y eso es lo último que recuerdo claramente. Me
sujetaron y me pincharon algo en el brazo, a partir de ahí todo es
confuso.
—Gracias, Kate, eso es todo. Ahora prueba a descansar un poco
—dices mientras sales de la habitación.

Pasa al 192.

La puerta de entrada da directamente a un salón-comedor de redu-


cidas dimensiones amueblado con unos pocos muebles usados de
poca calidad. Gracias a la luz que entra por la ventana que hay en
la pared de enfrente compruebas que no hay nadie en la estancia.
En la pared de la izquierda hay una puerta entreabierta por la que
se cuela algo de claridad, aparte de ella no ves ninguna otra salida.
Cierras lentamente la puerta a tus espaldas y te diriges cautelosa-
mente hacia la otra entrada; apoyas la mano sobre la puerta y la
abres lentamente... para descubrir un pequeño dormitorio sin nadie
a la vista. Otra puerta abierta da a lo que parece ser el servicio; te

306
Jordi Cabau Tafalla
acercas lentamente y echas un vistazo al interior con precaución: no
hay nadie. Te inclinas para mirar debajo de la cama y luego abres
lentamente la puerta del armario que hay en el dormitorio: los dos
únicos lugares que te quedan por mirar donde podría ocultarse una
persona: tampoco hay nadie. Convencido de que estás solo en el
apartamento, y que este no esconde ningún peligro, te dispones a
examinar más detenidamente el apartamento de Ricardo Ortiz...

Pasa al 380.

—¿Quién anda ahí? —dice Kid.

Pasa al 236.

¡Claro! ¡Evergreen Terrace! A tu memoria viene una conversación


que mantuviste con varios compañeros del cuerpo, meses antes de
tu expulsión:
—¿Sabéis que al final Jackson ha conseguido el traslado que
quería? —dijo Williams, un policía que solía patrullar por la zona
del puerto.
—¿Le han sacado de la Cuarta Zona? —respondió Simpson—.
¡Con solo cuatro años para jubilarse ese sitio no es para nadie de
su edad!
—Sí, pero ¿a que no sabéis dónde lo han destinado? —comentó
Williams—. ¡A Evergreen Terrace!
—¿Evergreen Terrace? ¿Qué es eso? —preguntaste tú.
—¡La krem de la krem! —dijo Williams imitando lo que él con-

307
El caso White
sideraba un acento francés, y sin sospechar que acababa de hacer
revolverse en su tumba a Baudelaire—. ¡El mejor barrio residencial
de la ciudad! Ningún delincuente con dos dedos de frente se acer-
ca a la zona: la mitad de los jueces y fiscales de la ciudad viven o
tienen amigos en Evergreen Terrace. Los pocos policías destinados
solo tienen que ocuparse de que ningún indeseable se acerque al
barrio y esperar el pedazo de lote de Navidad más grande que hayas
visto en tu vida.
—¿Y allí nunca pasa nada? —comentaste.
—Las pocas veces que ha pasado algo han enviado a medio
departamento... con la orden de impedir que ningún periodista se
acerque a menos de cien kilómetros de la zona. Aunque a ningún
periodista que no quiera ver destrozada su carrera se le ocurriría
meter sus narices allí, me parece que los propietarios de dos de los
principales periódicos de la ciudad también viven en Evergreen Te-
rrace. Créeme chico —dijo Williams con mirada soñadora—. ¡Es
el paraíso de todo patrullero!

Pasa al 233.

Permaneces unos instantes en silencio, a la espera de que tu ruidosa


entrada pueda haber alertado a alguien; pero, al cabo de un rato,
estás convencido de que no ha sido así. Mientras tanto, tus ojos se
han acostumbrado a la penumbra que reina en el local. Te levantas
lentamente y miras a tu alrededor...

Ve al 388.

308
Jordi Cabau Tafalla

Observas atentamente a tu alrededor pero, aparte del muelle de


carga y algunos restos de embalajes y trastos abandonados, lo
único que merece tu atención es el lugar de donde proviene la
claridad: la oficina del almacén.

Te diriges lentamente hacia ella tratando de hacer


el menor ruido posible. Pasa al 171.

...El apartamento de Ricardo Ortiz es poco más grande que un estu-


dio y se halla amueblado con unos pocos muebles baratos y usados.
Hay lo básico para vivir: dormitorio, baño y, en un lado del salon-
cito, hay una pequeña cocina americana con dos fogones eléctricos,
nevera y fregadero. Es evidente que al chófer no le gustan excesiva-
mente los trabajos domésticos, ya que el piso no está muy limpio...
de todos modos pronto te resulta evidente que el desorden en el que
se encuentra el apartamento no es casual y multitud de pequeños
detalles te indican que alguien ha pasado por aquí recientemente:
cajones semiabiertos, un par de prendas por el suelo, el colchón de
la cama y los cojines del sofá movidos de sitio, etc...
No es que el registro se haya efectuado muy exhaustivamente;
más bien parece que quien lo hizo no buscara nada en particular y
no le importara dejar huella de su paso por el apartamento. Tampo-
co es que fuese muy sutil: la cerradura de la entrada está rota de una
patada y en el suelo del dormitorio, sobre una de las prendas caídas
durante el registro, puedes ver el envoltorio de un caramelo.
Te guardas el envoltorio en el bolsillo y prosigues tu examen del
apartamento. Al cabo de un rato llegas a la conclusión de que su

309
El caso White
ocupante estaba a punto de marcharse de viaje, si no lo había hecho
ya: la nevera está vacía, en el armario del dormitorio apenas quedan
un par de prendas de ropa y el lavabo carece de útiles de aseo, aun-
que hay rastros de que los ha habido recientemente.
Sin embargo la cama del dormitorio parece haber sido utilizada
no hace mucho y, al acercarte a ella, hueles un leve aroma que te es
familiar: la habitación de Katherine olía igual.
“Parece que Katherine no hace mucho que ha pasado por aquí
¿Habrá sido ella quien ha registrado el apartamento? ¿Dónde puede
estar ahora?”
Sales del apartamento y te detienes en el rellano de la escalera,
pensando en cuál puede ser tu siguiente paso.
Ir haciendo preguntas en un barrio de estas características no
suele dar muy buenos resultados, pero no te quedan muchas más
opciones si quieres averiguar algo acerca del paradero de Katheri-
ne. Aprietas la mandíbula, te arreglas el nudo de la corbata, adoptas
un aire de autoridad y llamas enérgicamente a la puerta del aparta-
mento contiguo al de Ricardo...

Pasa al 385.

...Todavía estás recuperándote de tu dolorosa segunda caída cuando


oyes a tus espaldas el ruido de la puerta de servicio del almacén al
abrirse. El escándalo provocado por tus dos caídas parece que ha
tenido testigos después de todo, pero estás demasiado contusionado
como para poder hacer nada, solo darte cuenta de que alguien te
golpea fuertemente en la nuca con un objeto contundente...

FIN

310
Jordi Cabau Tafalla

Un ventanuco a tu izquierda te proporciona la suficiente luz como


para ver que te hallas en el almacén del club nocturno. En las estan-
terías que hay fijadas a sus paredes se encuentran todos los materia-
les y objetos necesarios para el funcionamiento del club: artículos
y útiles de limpieza, sillas de recambio, cajas con licores, tabaco,
vajilla, posavasos, estuches de cerillas con publicidad del club, etc.
En la pared sur está la entrada de servicio que has visto desde
la calle y entiendes por qué no viste una cerradura en el exterior:
la puerta está asegurada por un barrote que se cierra y abre desde
dentro. También observas que el acceso que acabas de abrir no tiene
ni cerradura ni manija por la parte que da al almacén por lo que es
imposible de abrir desde este. En la pared de la derecha hay otra
puerta. La abres lo suficiente como para comprobar que va a dar a
la parte de atrás de la barra del bar. Decides proseguir por aquí tu
exploración, asegurándote antes de cerrar el acceso por el que has
llegado hasta el almacén.

Pasa al 19.

...Estás tan enfrascado en la tarea de intentar forzar la cerradura que


no oyes cómo alguien entra en la habitación y se te acerca sigilosa-
mente por la espalda.
Percibes un rápido movimiento por el rabillo del ojo, pero ya es
demasiado tarde, alguien te golpea fuertemente en la nuca con un
objeto contundente sumiéndote en la oscuridad...

FIN
311
El caso White

La pequeña puerta que tienes frente a ti en el callejón corresponde a


la entrada posterior de un gran almacén de aspecto deslucido hecho
de ladrillo rojo y con un gran techo de chapa ondulada a dos aguas.
El edificio dispone de unos amplios ventanales situados a unos cua-
tro metros sobre el suelo, a través de los cuales apenas puedes ver
nada debido a lo sucios que están.
La puerta tiene un aspecto bastante abandonado, de no haber
sido usada en años, y la suciedad y basura se acumulan frente a ella.
Es evidente por su aspecto exterior que el local lleva varios años
sin usarse.
Miras el reloj de tu muñeca: las dos y media; dentro de poco
más de dos horas debe de hacerse la entrega del rescate. Decides
regresar a la mansión de los White y tener tiempo de sobra para pre-
pararlo todo en vez de investigar las débiles pistas de que dispones
y arriesgarte a hacer tarde.

Ve al 364.

...Unos instantes después oyes desde el interior la voz de un hombre


que, con un marcado acento extranjero, pregunta:
—¿Quién es?
—Trabajo para el Departamento de Policía de Los Ángeles.
Abra, por favor, tengo que hacerle unas preguntas.
Tras unos instantes de vacilación, la puerta se entreabre lo su-
ficiente para dejar ver un tipo mostachudo y barrigón vestido con
unos viejos pantalones y una camiseta llena de manchas de grasa.
En un gesto estudiado sacas tu billetera y le enseñas tu licencia

312
Jordi Cabau Tafalla
de detective antes de volver a guardarla rápidamente en el bolsillo
interior de la chaqueta. La actitud amedrentada del hombre indica
que tu treta ha tenido éxito: tu “víctima” no ha sabido distinguir
tu licencia de detective privado de la placa de un detective de la
policía, a ello han contribuido también tus palabras de presentación
de las que, sabes por experiencia, solo habrá retenido la expresión
“policía de Los Ángeles”. De hecho, no le has mentido, una de las
labores de un detective privado es colaborar con la policía aunque,
si te ha confundido con uno, mejor para ti.
Adoptas una actitud profesional y rutinaria y bombardeas al tipo
a preguntas antes de que tenga tiempo de pensárselo mejor.
—¿Cómo se llama?
—Krastowski, Hershel Krastowski.
—¿Hace mucho que vive aquí, señor Krastowski?
—Unos siete años.
—¿Conoce a su vecino del apartamento de al lado? ¿El señor
Ricardo Ortiz?
—¿El mejicano? No, no mucho.
—¿Cuándo fue la última vez que le vio?
—Ayer por la mañana.
En ese momento, una voz femenina proveniente del interior del
apartamento pregunta algo en un idioma desconocido. El señor
Krastowski contesta secamente en el mismo idioma y la voz feme-
nina calla repentinamente...
—¿Con quién está hablando?
—Con mi mujer.
Tienes una repentina intuición.
—¿Puede decirle que salga un momento?
Visiblemente molesto, Krastowski hace un gesto hacia el inte-
rior de la casa y abre un poco más la puerta. Ante ti aparece una
mujer de mediana edad con un pañuelo en la cabeza y un bebé
dormido en brazos.
—¿Tal vez usted sepa algo que su marido no sepa, señora?
Con una mirada de superioridad hacia su marido, la señora Kras-
towski se planta en el quicio de la puerta y, con un marcado acento,
responde.

313
El caso White
—Esse mexicano no ess buena perssona, sse lo digo yo. Hom-
brre malo, sí señor.
—¿A qué se refiere?
En un idioma incomprensible y visiblemente molesto el señor
Krastowski hace un comentario seco a su mujer, pero esta le ignora
y sigue hablando.
—Él parrecerr simpático, perro serr hombrre malo. Trraerr mu-
jerres a casa. Mujerres malas. Ellos beberr y diverrtirrse hasta muy
tarrde. Ponerr músik fuerrte. Bebé llorrarr y él no imporrtarr. Él
también tenerr deudas. Deudas juego.
El señor Krastowski, mirando hacia el cielo y haciendo un gesto
de impotencia, se metió dentro de la casa dejando todo el protago-
nismo a su mujer.
—¿Cómo sabe eso?
—A veces venirr amigotes y jugarr pókerr. Él ganarr muchas
veces, perro perrderr más. Parrtidas hasta tarrde y hablarr fuerrte.
Bebé llorrarr y él no imporrtarr. A veces venirr hombrres parra co-
brrarr y gritarr mucho
“Esta mujer es una mina” piensas.
—¿Ha visto hoy al señor Ortiz? —preguntas.
—Niet. No.
—¿Ha venido alguien preguntando por él? La mujer frunce el
ceño.
—Niet. Perro hace unas dos horras un fuerrte rruido ha despe-
rrtado a mi pequeño. He oído que había alguien moviéndose por
la casa y he mirrado porr entrre la puerrta. Al cabo de un rrato han
salido dos hombrres de la casa.
—¿Dos hombres? ¿Cómo eran?
—Uno erra muy alto y fuerrte, un gigante. El otrro erra bajito y
delgado con carra de rrata.
—¿No ha visto ningún otro movimiento en la casa?
—Niet.
—¿Está segura?
—Bueno... a prrimerra horra me ha parrecido que se movía al-
guien por la casa. Perro como apenas hacía rruido no le he dado
imporrtancia.

314
Jordi Cabau Tafalla
—Gracias, señora, me ha sido usted de gran ayuda.
—¿Volverrá el señorr mejicano? —preguntó preocupada la mu-
jer.
—Creo que es poco probable...
—¡Alabada sea la virgen de Kazán! —respondió aliviada la mu-
jer, cerrando la puerta. Instantes después oyes cómo se inicia una
rápida sucesión de acusaciones mutuas en un idioma incomprensi-
ble, por lo que decides alejarte de allí y probar suerte en otra puer-
ta...

Pasa al 3.

Haz una tirada por la Característica Mente.

Si tienes éxito, ve al 202.


Si la fallas, ve al 225.

“¡No hay manera!” piensas. Tras casi media hora intentando abrir
la maldita cerradura decides que la tarea está más allá de tus posi-
bilidades.
Permaneces pensativo unos instantes. ¿Te olvidas del almacén
y decides echar un vistazo al “night club”, si no lo has hecho ya?
¿O tal vez prefieras regresar a la mansión de los White? También
podrías intentar trepar a uno de los ventanales.

Decides examinar el “night club”. Ve al 287.


Regresas a la mansión de los White. Pasa al 364.
Intentas alcanzar uno de los ventanales, ve al 394.
315
El caso White

Observas atentamente a tu alrededor pero, aparte del muelle de car-


ga y algunos restos de embalajes y trastos abandonados, lo único
que merece tu atención es la oficina del almacén. Te diriges lenta-
mente hacia ella tratando de hacer el menor ruido posible.

Ve al 28.

—¿Puede dejarnos solos un momento? —dice Thomas White,


después de unos instantes de silencio.
—Por supuesto —respondes—, les estaré esperando en el salón.
Te diriges al salón y, al cabo de pocos minutos, aparecen Tho-
mas y Bárbara White.
—Mi esposa y yo hemos decidido que lo mejor para Kate será
que este asunto se airee lo menos posible —te dice Thomas Whi-
te—. Si la policía interviene tarde o temprano la noticia saltará a la
prensa y ello supondría otro trauma para Kate. Es preferible dejarlo
todo tal y como está, la tranquilidad de Kate bien vale esos doscien-
tos mil dólares.
—Le estamos muy agradecidos por todo lo que ha hecho por no-
sotros —comenta Bárbara—. No olvidaré que, si mi hija sigue viva,
es probablemente gracias a usted. Recibirá una buena recompensa
por ello... —Hace un gesto para acallar tus protestas— la mejor
forma de agradecérmelo es olvidar este asunto y guardar la mayor
discreción posible acerca del mismo...
…Poca cosa más hay que decir, te despides de la familia White
y abandonas su mansión. Una vez en la calle te pones tu sombrero
y te diriges con paso lento hacia tu auto.

316
Jordi Cabau Tafalla
“Quedan unos cuantos cabos sueltos por atar”, piensas, “pero ¡el
cliente siempre tiene la razón!”.
Subes a tu auto, lo pones en marcha y te alejas en la oscuridad
de la noche.

FIN

Las huellas de pisadas, un cuerpo arrastrado, un lastre ausente, un


cordón con el que atar algo al lastre... Te quedas mirando la piscina
y en tu mente empieza a tomar forma una idea... una terrible idea...
La sombrilla tiene una longitud de poco más de dos metros y
es bastante engorrosa de manejar... pero es lo mejor que tienes a
mano. Te acercas al borde de la piscina y hundes el palo en el agua
oscura empezando a rastrear el fondo. De este modo descubres que
en un lado la piscina tiene un metro y medio de profundidad que se
va incrementando lentamente hasta cubrir casi completamente la
sombrilla al alcanzar el otro extremo.
Mueves torpemente la sombrilla de un lado a otro del fondo de
la piscina, esperando equivocarte. Sabes que con tu pértiga impro-
visada no puedes alcanzar a explorar el centro de la piscina, pero
aun así, lo intentas. Casi has terminado tu exploración, aliviado por
no haber encontrado nada cuando... ¡la punta de la pértiga tropieza
con algo!
Casi estás a punto de dejarla caer de la sorpresa. Maldiciendo tu
suerte intentas “pescar” lo que haya en el fondo de la piscina y, tras
varios intentos, parece que lo consigues. Pesa mucho y la pértiga se
dobla peligrosamente. Con mucho cuidado, consigues levantar tu
captura hasta que esta aflora en la superficie del agua...
¡Has sacado a flote un cuerpo! Al principio crees que es el cuer-
po de Katherine, pero pronto ves que se trata de un hombre de unos
treinta años, pelo negro y bigotito vestido con un traje barato y con

317
El caso White
el rostro contraído en una fea mueca. Es todo lo que puedes ver
antes de tener que soltar tu presa debido al peso, eso sí, antes de
soltarlo observas una profunda marca roja alrededor de su cuello.
¿Has visitado el párrafo 290? Si es así, ve inmediatamente
al párrafo 300, en caso contrario ignora esta nota.

Por lo poco que has podido ver dirías que el muerto probable-
mente haya sido estrangulado con alguna cuerda y que no lleva
mucho tiempo bajo el agua. Dejas caer la pértiga a un lado de la pis-
cina y te sientas en una de las sillas de jardín. El cadáver ha vuelto
a hundirse y la turbia agua de la piscina permanece igual que estaba
cuando llegaste, como si nada hubiese sucedido.
“Pero sí ha sucedido algo” piensas mientras enciendes un ciga-
rrillo y meditas en la decisión que has de tomar.
“¡Un asesinato!” piensas. “¡Mierda!”. Tus planes de encontrar
fácilmente a la pobre niña rica, cobrar una pasta y hacerte una clien-
tela entre la gente de Evergreen Terrace se han desvanecido. “¡De-
monios! ¿Qué hago?” El humo del cigarrillo asciende lentamente
hacia el cielo mientras tu cerebro no deja de pensar.
“Si llamo ahora a la policía me apartarán del caso y no cobraré
nada, aunque conservaré mi licencia. Es una solución” piensas.
“Por otro lado, si no digo nada y prosigo mi investigación sin
decir que hay un cadáver en la piscina de los White, pueden caerme
hasta quince años por obstrucción a la justicia”.
“Pero; ¿y la chica?” piensas, “tal vez esté en apuros y si intervie-
ne la policía podría salir lastimada. Pero si lo intento a mi manera y
algo sale mal puede ser el fin de mi carrera”.
¿Qué decides?

Decides no decir nada y proseguir tu investigación.


Pasa al 255.
¿Has visitado el párrafo 290? Si es así,
ve inmediatamente al párrafo 300.
Crees que lo mejor será llamar a la policía. Pasa al 395.
318
Jordi Cabau Tafalla

Sales de tu escondite, sin hacer gestos bruscos y con las manos bien
visibles, y empiezas a hablarles con tono conciliador.
—Escuchen, amigos, déjenme que les explique...
No puedes acabar la frase: el más alto de los dos te lanza un
puñetazo directamente a la mandíbula con la fuerza de un martillo
pilón, dejándote inconsciente antes de que toques el suelo.
Has fracasado en tu misión.

FIN

La escalera finaliza en una puerta de madera cuya parte de arriba


está hecha de cristal translúcido. Ahora observas que han encendido
una luz en el interior y, a través del cristal, puedes distinguir dos fi-
guras sentadas frente a frente con lo que debe de ser una mesa entre
las dos. La conversación entre los dos hombres no se ha detenido
en ningún momento, y ahora puedes distinguirla con toda claridad.
—Te toca a ti —dice una de las voces.
—Yo ya he ido antes a ver como estaba, ahora te toca a ti —res-
ponde la otra voz.
—Vale ¡pero no mires las cartas! —dice la primera voz mientras
distingues como una de las siluetas, correspondiente a alguien muy
alto, se levanta de la silla y se aleja de la mesa hacia el fondo de la
habitación, perdiéndola de vista.
Te encuentras en tensión y no sabes qué hacer, cuando regresa
el tipo grande.
—Sigue dormida, solo tiene pesadillas. Oye ¿nunca te cansas de
comer esos caramelos? —comenta mientras se sienta.

319
El caso White
—No. Por cierto, subo la apuesta al doble.
Ambos hombres prosiguen su partida cómo si nada hubiese su-
cedido. Esperas unos instantes y decides entrar en acción: apoyas tu
mano en el pomo de la puerta mientras sostienes tu arma en la otra,
inspiras profundamente y, abriendo la puerta de golpe...

... apuntas hacia los dos tipos sentados mientras gritas


“¡Quietos!”. Pasa al 146.

...Poca cosa más hay que decir, te despides de la familia White y


abandonas su mansión. Una vez en la calle te pones tu sombrero y
te diriges con paso lento hacia tu auto.
“Quedan unos cuantos cabos sueltos por atar”, piensas; “pero,
¡el cliente siempre tiene la razón!”.
Subes a tu auto, lo pones en marcha y te alejas en la oscuridad
de la noche.

FIN

La parte baja de los ventanales está situada a unos tres metros de


altura. Echas un vistazo a tu alrededor para ver si hay algo que
pueda ayudarte. Observas un montón de sucias cajas de madera
apiladas al fondo del pequeño callejón. Con cuidado de no ensu-
ciarte, amontonas las cajas bajo uno de los ventanales fabricando
una improvisada escalera. Trepas con cuidado intentando alcanzar
el alféizar de uno de los ventanales.

320
Jordi Cabau Tafalla
Haz una tirada por la habilidad de Agilidad.

Si tienes éxito, ve al 56.


Si fallas, ve al 119.

Regresas a la casa con semblante preocupado, buscas a James y le


pides que te deje utilizar el teléfono. Te pones en contacto con tu
ex-jefe el capitán Banks.
—¡Qué hay Carter! ¿Todo bien? —Oyes la voz de Banks al otro
lado del teléfono.
—No, todo muy mal —el tono de tu voz no deja lugar a du-
das—. Hay algo que debes saber...
... y le comunicas lo que has descubierto en la piscina de los
White.
Treinta minutos después la casa se llena de policía, forenses,
gente de la oficina del fiscal y, cosa curiosa, ningún periodista. “A
ninguno que quiera conservar su trabajo se le ocurrirá meter las
narices por aquí” te dice Banks, que también ha venido, “la señora
White tiene muy buenos amigos”. En ese momento aparece la seño-
ra White, que ha regresado apresuradamente del Club de Campo...
—¿Qué sucede aquí? —dice mirando alrededor, entonces te des-
cubre entre los policías y se dirige directamente hacia ti—. ¡Le dije
que fuera discreto! ¿Qué clase de circo es este?
—Perdona Bárbara... —Un hombre joven, al que reconoces
como el ayudante del fiscal del distrito, se ha acercado a la señora
White.
—Walther! ¿Puedes tú decirme que sucede?
—El señor Carter no ha hecho otra cosa que cumplir con su de-
ber, hemos encontrado algo en tu jardín que creo que deberías ver...
—¡Katherine! ¡Es Katherine! ¡Por favor, dime que no es ella!
—Tranquila Bárbara, no es Katherine. Aunque a partir de ahora

321
El caso White
su desaparición ha pasado a ser asunto de la máxima prioridad para
el Departamento...
El ayudante del fiscal y la señora White se alejan en dirección al
jardín. Banks los mira cómo se alejan y te ofrece un cigarrillo.
—No podías hacer otra cosa —dice—. Tendrás que enterarte de
cómo acaba todo por los periódicos, y dudo de que den toda la ver-
sión. Me sabe mal que esto acabe así...
—A mí también —dices mientras enciendes el cigarrillo—. A
mí también...

FIN

Sales de tu escondite, sin hacer gestos bruscos y con las manos bien
visibles, y empiezas a hablarle con tono conciliador.
—Escuche amigo, déjeme que le explique...
No puedes acabar la frase: Kid te lanza un puñetazo directa-
mente a la mandíbula con la fuerza de un martillo pilón, dejándote
inconsciente antes de que toques el suelo.
Has fracasado en tu misión.

FIN

El que parece llevar la voz cantante se dirige hacia ti y, echándote


un vistazo de arriba abajo, te dice.
—¿Es usted Carter?
—Sí.
—Soy el agente especial Smith, del F.B.I. —dice mientras te

322
Jordi Cabau Tafalla
enseña la placa—. ¿Qué ha pasado aquí?
Inspiras profundamente y empiezas a contarle todo desde el
principio...
Cuando has terminado de hablar, Smith hace un gesto con la
cabeza y los tres agentes entran en la casa.
—Un feo asunto Carter… —dice, mientras te ofrece un ciga-
rrillo—. Tendrá que enterarse de cómo acaba todo por los perió-
dicos... y probablemente no den toda la versión. Lo lamento, pero
aquí termina su trabajo...
—Lo sé —dices mientras enciendes el cigarrillo— yo también
lo lamento...

FIN

Minutos después aparece la policía seguida de una ambulancia,


ambos sin hacer sonar sus sirenas por petición expresa del capitán
Banks. La joven Kate, que parece estar bajo los efectos de un nar-
cótico, es subida a la ambulancia y los enfermeros ofrecen asisten-
cia a quien pueda estar herido.
—Bien —dice el capitán Banks acercándote un cigarrillo—,
creo que querías contarme algo Carter...
—No sé por dónde empezar... —respondes.
—¿Por qué no lo haces por el principio?
Inspiras el humo del cigarrillo y empiezas a contar tu historia
mientras la noche cae sobre la ciudad...

FIN

323
El caso White

Vince resulta ser demasiado bueno para ti, y todo sucede demasiado
rápidamente como para que alguien acuda en tu ayuda a tiempo.
Has perdido mucha sangre y empiezas a sentir que tus fuerzas
flaquean; sabes que, si pierdes el conocimiento, Vince se saldrá con
la suya. Pero no puedes hacer nada. Tu mundo se oscurece...
Has fracasado en tu misión.

FIN

...Los perros ladran a lo lejos mientras sales de tu escondite entre


los arbustos para acercarte al cuerpo caído de Vince. Compruebas
que todavía respira y, mientras guardas tu arma, encaminas tus pa-
sos hacia la mansión para comunicarles que también avisen a una
ambulancia.
Cuando te acercas al claro posterior compruebas que la mansión
tiene todas las luces encendidas y que el matrimonio White, junto
con James, todos ellos en bata, están frente a la puerta posterior mi-
rando hacia los árboles. Observas que Thomas White sostiene una
escopeta entre sus manos que levanta nada más salir tú del bosque.
—Baje eso, Thomas —comentas.
—¡Carter! ¿Qué hace aquí? —dice bajando el cañón de la esco-
peta.
—Le pedí permiso a su señora para quedarme aquí esta noche y
vigilar la casa. —respondes—. Tal y como sospechaba, ustedes co-
rrían peligro. Por cierto James, llame una ambulancia. James entra
en el interior de la casa mientras Bárbara se acerca a ti.
—¿Está usted herido? — pregunta preocupada.

324
Jordi Cabau Tafalla
—Hay un hombre herido en el bosque, él la necesita más que yo.
—No puedes dejar de advertir la expresión de inquietud de Thomas
White, pero haces como si no la hubieras visto—. Será mejor que
entremos en la casa.
Una vez en el salón te dejas caer en un sofá lanzando un profun-
do suspiro.
—¿Podría alguien servirme una copa?
Bárbara White te alcanza un vaso mientras James entra en la
habitación para informaros que ya ha avisado a la ambulancia. No
ves a Thomas White por ningún sitio.
—¿Dónde está el señor, James? —preguntas.
—Ha ido a vestirse para recibir a la policía. Llamamos en cuanto
empezamos a oír los disparos.
—Oh... —tienes la sospecha de que cuando lleguen las autorida-
des, Thomas White estará muy lejos de allí, pero así es mejor.
—¿Puede decirme qué ha pasado Carter? ¿Quién es ese hombre
que hay en el jardín? ¿Qué demonios está pasando?
—Será mejor que se siente Bárbara... No sé por dónde empezar
—¿Qué le parece si empieza desde el principio? —Y empiezas a
contarle todo lo que sabes.

FIN

325
PLANOS DE LOS EDIFICIOS QUE
DAVID CARTER VISITA:
Plano del Blue Iguana
Plano del local de billares
Plano del apartamento del chofer
La mansión de los White
Mansión de los White – planta baja

Mansión de los White – planta primera

Mansión de los White – jardín


Apartamento del chofer
Este libro ha sido publicado gracias a:

A. J. Hernández Molina
Abraham Madrid Rodríguez
Adrián Gastón Rodríguez Huerta
Alejandro Beacco
Alfonso Cabello Flores
Alicia Marchante Salmerón
Ana Pardo Miqueleiz i Joan Cama Molano
Andrés Ramos
Antonio Escuder
ApagaTuTele
Arkaitz Calzada Etxaniz (Catumarus)
Arturo Jiménez
Carlos Cáceres
Carlos Rasgado
Carmen Navarro
CrisGM+OjkPA
Cristina López Jiménez
Daniel Espinosa Alcántara
Daniel Julivert
David Alonso
Diego Marañón Falcón
El señor Atanvarno
Enric Grau
Enrique Tierraseca Piera
Francisco Javier Ginés Pérez
Gabi García
Gontzal Cáceres
Gonzalo – Webposible
GORAMI
Héctor G. de Sal
Ibán López
Ignacio “Kamui” González
Israel Bejar Suarez
Iván A. Martín Santiago
Iván Gimeno San Pedro
Iván López Berrio
Iván Marchante Gracia
Jerome
Jesús Cuartero
José Aguila
Jordi Arbós Marchante
Jorge Marchante Salmerón
Jose Antonio Pedraza
José luis marchante Salmeron
José Manuel Ordás Miguélez
Jose Manuel Ventosinos Mayor
Jose Miguel Martínez
José Miguel Orgaz
Jose Molina
JR Despuig
Juegosdemesayrol
Kaplea
Koketron2000
Koldo Almeida Pequeño
Laura Arbós
Luis F. Campos
Luis López “TheRealRoek” Ortiz
Manel Mairal Marchante
Manthix
Manucrack
Manuel Mendaña Soage
Marco A. Pérez
Merche Marchante Salmerón
Miguel Basilio
Mimi Ruiz
Natalia Adsuar García
Nerea Palomares Mora
Obijuan
Olivia Cabau Marchante
Olivia Salmerón Velázquez
Oriol Comas i Coma
Óscar Fenosa
Ozymanx
Polla con alas
Putxela
Raúl Grech Fernández
Ricardo A. Gallego Muñoz
Roberto Jiménez Muncharaz
Rosa Tafalla Rigol
Rubén de Cádiz
Salvador Garrido
Santi Ferrer i Roca y Maria José Roma Salmerón
Santi Otero Vazquez
Sara Samper
Joaquin Sabaté
Sergio F. Andreu Gracia
SrMetálico
Vanessa Arribas Velázquez
Wito
Xampeta G
Xavier “Xas”Alarcón
Xènia Álvarez Urbanejo
Yolanda Rivodigo

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