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CINDE

PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

PSICOLOGÍA DE LAS MINORÍAS ACTIVAS


Sergio Moscovici

(LECTURAS DE CIRCULACIÓN RESTRINGIDA AL PROGRAMA DE


MAESTRÍA EN DESARROLLO SOCIAL Y EDUCATIVO, CINDE)

Moscovici Sergio. Psicología de las minorías activas. Editorial Morata, 2º edición, Madrid, 1996. Capítulos I, II
y III

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DEPENDENCIA SOCIAL Y CONTROL SOCIAL71

Sergio Moscovici

Si no me equivoco, la mayor parte de los estudios relativos a la influencia social


han analizado principalmente las razones para que la gente se conforme y los
medios utilizados con éxito para inducirla a conformarse. Dos preguntas
esenciales determinan el pensamiento y la investigación actuales:
-¿Por qué y cómo intenta un grupo imponer sus puntos de vista a un individuo o a
un subgrupo?
-¿Por qué y cómo acepta un individuo o un subgrupo los puntos de vista de un
grupo o de los (líderes, expertos, etc.) que lo representan?
Las proposiciones que siguen constituyen las hipótesis fundamentales en las que
nos hemos apoyado para responder a estas preguntas.

PRIMERA PROPOSICIÓN

En un grupo, la influencia social está desigualmente repartida y se ejerce de


modo unilateral.
La idea expresada en esta proposición es muy clara y se basa en el sentido
común. La influencia puede intervenir cuando hay, de un lado, una fuente y, de
otro, un blanco. Utilizando una analogía con los procesos de comunicación
(ROMMETWEIT, 1954), se podría decir que la fuente es el emisor de
informaciones normativas o el emisor de influencia, mientras que el blanco es el
receptor de informaciones normativas o el receptor de influencia. Hay que hacer,
sin embargo, una importante aclaración: la influencia, como la transmisión de
información, se produce de modo asimétrico. Se ejerce de la fuente hacia el
blanco de la interacción pero no en el sentido inverso.
Estos conceptos de fuente, blanco y direccionalidad volvemos a encontrarlos en
todos los modelos de influencia. Lo que distingue a los modelos son las reglas
seguidas en la definición y la combinación de estos conceptos. En el modelo que
voy a describir –el modelo funcionalista- el papel de la fuente de influencia, o
emisor, y el papel del blanco de influencia, o receptor, están delimitados y
establecidos con precisión. Las descripciones del emisor se refieren siempre al
grupo, a sus representantes legítimos (líderes, delegados, etc.) o a las personas
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CAPITULO PRIMERO

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que, de un modo u otro; detentan el poder y los recursos (la competencia, por
ejemplo). Las descripciones del receptor se limitan a los individuos o subgrupos
que no ocupan situación alguna privilegiada, que no poseen poder ni recursos y
que, por una u otra razón, tienden a desviarse. Supuesta esta atribución de los
papeles, se sigue que la fuente de influencia no se considera nunca como un
blanco potencial, ni el blanco de influencia como una fuente potencial.
La consecuencia de esta asimetría fundamental es que el punto de vista de la
mayoría goza del prestigio de la de la verdad y de la norma, y expresa el sistema
social en su conjunto. Correlativamente, el punto, de vista de la minoría, o de
cualquier opinión que refleje un punto de vista diferente, se considera producto del
error o de la desviación. De ahí la definición que se supone conoce todo
estudiante: «El desviante es un individuo que se comporta de manera diferente de
lo previsto por el grupo o por la cultura en que se desenvuelve. Cuando se trata
de investigaciones sobre la comunicación y el consenso en los grupos de
discusión, el término desviante se aplica a todo individuo cuyos puntos de vista
son netamente diferentes de los de la mayoría, denominados puntos de vista
modales.» (JONES y GERARD, 1967, p. 711.)
¿Por qué se considera a los individuos y los subgrupos sólo como receptores de
influencia? Fundamentalmente porque se supone que viven en un sistema social
cerrado. Según ASCH, «cada orden social presenta a sus miembros una
selección limitada de datos físicos y sociales. El aspecto más decisivo de esta
selectividad es que ofrece condiciones a las que no hay alternativa perceptible.
No hay solución de recambio para el lenguaje del grupo, para las relaciones de
parentesco que practica, para su régimen alimentario, para el arte que preconiza.
El campo de un individuo, sobre todo en una sociedad relativamente cerrada, se
encuentra en gran medida circunscrito por lo que está incluido en el marco
cultura» (1959, p. 380).
Todo se halla, pues, concentrado alrededor del polo de las relaciones sociales
donde se reúnen aquellos que determinan los elementos de esta cultura. Son los
que están autorizados a decidir lo que es verdadero y bueno. Toda opinión
divergente, todo juicio diferente, representa una desviación respecto a lo que es
real y verdadero. Es lo que ocurre inevitablemente cuando el juicio emana de un
individuo o de un subgrupo minoritario.
Es evidente, en estas condiciones, que el grupo emite también referencias
relativas al origen de las informaciones. Pero es también evidente que los
miembros del grupo que-se desvían no poseen nada propio para emitir, puesto
que no disponen de los medios que les permitirían concebir alternativas válidas.

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De ahí la convicción tácita de que las opiniones más corrientes y menos extremas
de la mayoría tienen un valor positivo, poseen un peso psicológico mayor.
Correlativamente, las opiniones menos familiares y más extremas de la minoría o
de las personas que no han sido investidas de autoridad poseen un valor negativo
y un menor peso psicológico.
En el lenguaje ordinario, al igual que en el plano experimental, esto se refleja en la
hipótesis según la cual un individuo obligado a elegir entre dos series de
opiniones, una, atribuida a la mayoría o a un líder y otra a un desviante o a un
individuo no especificado, optará espontáneamente por la primera. En realidad, no
hay lugar a opción auténtica. Como hemos hecho notar anteriormente, el punto de
vista de la mayoría es la única opción justa normativa; el punto de vista de la
minoría no es simplemente otro punto de vista, es un vacío, una no-opinión,
definida como no mayoritaria, como anómica (y, por tanto, contraria a la
evidencia, etc.). En otros términos, la relación se concibe como unidireccional: el
grupo, la fuente de influencia, toma su propia decisión sobre la base de los
estímulos, del código y de los juicios que él ha instaurado, mientras que los
juicios, el código y los estímulos de la minoría o de los individuos que son
evidentemente blancos de influencia, están determinados por el grupo.
No es esto todo. Una vez supuesta esta asimetría en principio, uno de los
compañeros sociales se define como activo y abierto al cambio, y el otro como
esencialmente pasivo y sometido al cambio. Todo lo que constituye un derecho o
un acto positivo para el primero se convierte en una obligación o una privación
para el segundo, y esta complementariedad de los papeles quita toda posibilidad
de interacción real. Encerrado en esta situación, el individuo o el subgrupo
minoritario no tiene más que una escapatoria: la desviación o independencia, es
decir, la retirada, que implica la amenaza de aislamiento en el seno del grupo y
frente a él. En tal contexto, la pasividad conformista toma la coloración positiva de
adaptación lograda, mientras que la actividad, la innovación, la actitud
individualista, connotan peyorativamente la inadaptación.
Es de lamentar que al lado de esta conformidad relativamente estéril, fundada en
la sumisión y la represión de reacciones y de actitudes auténticas, no se haya
tomado en consideración la existencia de una conformidad productiva basada en
la solidaridad, en la satisfacción aportada por reacciones y actitudes auténticas
que se orientan hacia un objetivo o un marco común. Es muy de lamentar que se
haya resaltado la aceptación pasiva de la norma del grupo y no la conformidad
activa a ella. Lo cierto es que las hipótesis que sirven de base a este punto de
vista no habrían podido desembocar en ningún otro resultado.

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Asimismo, la independencia se considera principalmente como una resistencia a


la presión colectiva, como una especie de pasividad activa o de negación
obstinada, y no en término de iniciativa o de reto a las actitudes y decisiones del
grupo. La no conformidad está igualmente considerada como una protesta, una
ruptura de las relaciones, y no como una actitud que lleva a modificar estas
relaciones: «El anticonformismo implica un movimiento sistemático de alejamiento
respecto a las expectativas sociales.» (HOLLANDER, p. 423.)
Esto equivale a establecer una distinción rigurosa entre los que imponen la
conformidad y los que la aceptan: los primeros pueden utilizar el poder de la
conformidad contra los segundos. En realidad, bien se trate de independencia o
de anticonformismo, un individuo define su yo por referencia al grupo o a las
expectativas sociales, y no por lo que él espera del grupo o de la sociedad. Esto
es, al menos, lo que se desprende de los textos citados. Estos muestran que,
aparte de algunas observaciones generales, se ha otorgado muy poco interés al
sentido de la independencia, al modo de enfocarlo o a la manera en que una
persona llega a hacerse independiente. Con otras palabras, la independencia en
cuanto forma de afirmación propia, de acción colectiva o individual, pese a estar
presente en numerosos fenómenos observables en los pequeños grupos (grupos
de sensibilización o grupos de diagnóstico, por ejemplo), ha estado totalmente
desatendida en este campo de la investigación científica.
Algunos psicólogos sociales han tenido conciencia de este hecho. AscH, por
ejemplo, afirmaba que «no está justificado, concretamente, suponer de antemano
que una teoría de la influencia social deba ser una teoría de la sumisión a las
presiones sociales» (1956, p. 2). Hace algunos años, KELLEY y SHAPIRO (1954)
sostuvieron que la conformidad puede incluso constituir un obstáculo a la
adaptación de un grupo a una realidad cambiante, que los no conformistas
pueden ser personajes populares y gozar de la simpatía de sus semejantes, sin la
reputación de marginados o desviantes. Y lamentaban que se desatendiera la
independencia en psicología social, señal, a su juicio, de un desconocimiento de
la importancia que posee en la vida real.
Estas observaciones no han tenido prácticamente ningún efecto. Y, sin negar la
existencia de algunas opiniones divergentes, la primera proposición parece
expresar un amplio consenso.

SEGUNDA PROPOSICIÓN

La influencia social tiene por función mantener y reforzar el control social

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Se piensa que «los individuos sólo pueden llevar a cabo una acción concertada o
constituir un grupo mediante alguna forma de control social» (HARE, 1965, p. 23).
Hay que postular (y muchos autores lo hacen) que para que exista tal control, es
preciso que los individuos posean los mismos valores, las mismas normas, los
mismos criterios de juicio y que todos los acepten y se refieran a ellos. Se supone,
además, que el entorno es único y semejante para todos. En tal contexto
homogéneo, es fácil imaginar que los individuos y los subgrupos saben lo que se
espera de ellos y que la significación, el grado de verdad o de error atribuido a sus
acciones, a sus percepciones y a sus juicios no puede interpretarse de varias
maneras. Además, cuando se pasa a la realización de estos objetivos, la
existencia de diferencias es considerada como un obstáculo por los miembros del
grupo: éstos tienden a eliminar las diferencias, a establecer las fronteras del grupo
para excluir a los individuos que rehúsan aceptar el cambio. Pero no hay control
sin controladores. Como se estima que estos controladores poseen una sabiduría
superior y un noble desinterés, no es extraño que ejerzan el poder para su propio
provecho.
La influencia destinada a persuadir a los demás a aceptar el punto de vista que
conviene a los controladores tiene también las mayores probabilidades de éxito.
No he hecho sino parafrasear a SECORD y BACKMAN; pero es mejor cederles la
palabra:
"Los controles normativos aparecen en la zona de comportamiento donde los
miembros resultan dependientes del grupo para la satisfacción de sus necesidades.
Las actitudes y los comportamientos necesarios para la satisfacción de las
personas más poderosas del grupo son los que tienen mayores posibilidades de
llevar a la formación de normas" (1964, p. 351).

Las normas denominadas «comunes» son, pues, inevitablemente las normas de


la mayoría o de la autoridad. En consecuencia, toda desviación respecto a estas
normas implica dos cosas en el individuo: de una parte, una resistencia, una no
conformidad que amenaza el movimiento de grupo; de otra, una carencia: el
individuo no conoce la respuesta adecuada, no es capaz de descubrir cuáles son
las buenas respuestas. En ambos casos, el alejamiento respecto a la mayoría, al
experto, al líder, por ejemplo, es síntoma de inferioridad o de marginalidad.
Implica un tratamiento diferencial de los individuos en el interior del grupo; en
otros términos, implica la desviación.
Repetidamente, en algunas experiencias, el individuo que reacciona es inducido a
creer que está en el error, que su comportamiento es anormal; llega a volverse
ansioso, etc. Se ha demostrado asimismo que tal individuo no puede pretender la

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estima y el afecto de los demás: es impensable que puedan elegirlo para


desempeñar cualquier tipo de función, independientemente de su inteligencia, de
la exactitud de sus opiniones o del esfuerzo que ha realizado para comprender su
situación.
La consecuencia es clara. Si las exigencias del control social sitúan a la autoridad
legítima en un extremo y al presunto desviante o disidente en el otro, determinan
igualmente las condiciones de funcionamiento ideal del grupo, a saber, la
reducción al mínimo de las divergencias entre sus miembros. En la teoría de
FESTINGER a que he hecho alusión anteriormente, la presión que se ejerce
hacia la uniformidad en los grupos informales corresponde a la necesidad de
realizar este ideal. La teoría no especifica de forma explícita, que la presión deba
ejercerse inevitablemente sobre el individuo o sobre el subgrupo minoritario.
Podría pesar también sobre la mayoría o sobre la persona que ejerce la autoridad.
No obstante, el propio FESTINGER (1950), sus colaboradores y la mayor parte de
los psicólogos sociales han entendido y utilizado esta teoría como si la
uniformidad debiera instaurarse contra el desviante. Esta orientación ha influido
en algunos autores que intentaron demostrar experimentalmente la existencia de
dos tipos de influencia social (DEUTSCH y GERARD, 1955; THIBAUT Y
STRICKLAND, 1956): el primero, que se denomina «informacional» o «centrado
en la tarea», concierne a la relación con el objeto. El segundo, designado bajo el
nombre de influencia «normativa» o «centrada en el grupo», remite a la necesidad
de orientarse hacia opiniones idénticas. Esta influencia está determinada por las
relaciones entre los individuos y no por las propiedades del objeto. Es reforzada
por la cohesión del grupo y por otras ventajas ligadas a la cohesión, que sirven
para atraer miembros en el grupo. Así, la cohesión y la atracción actúan para
reducir toda distancia que pueda separar a los miembros de un grupo que
sostienen puntos de vista diferentes. La cohesión y la atracción oponen un
obstáculo interno a la tendencia a alejarse del grupo y entrar en un grupo
diferente, buscando por otra parte la solución a sus problemas y la satisfacción de
sus necesidades.
Resulta claro que todo un conjunto de conceptos -movimiento de grupo, cohesión,
influencia social normativa, etcétera- confiere de uno u otro modo una expresión
concreta a la idea de control externo o interno del grupo sobre sus miembros.
Estos conceptos, como se sabe, han sido objeto de estudios detallados y
profundos en condiciones experimentales diversas. Revelan también lo que, en
esta perspectiva, constituye el objetivo final de los procesos de influencia: la
recuperación de los desviantes. Su mecanismo específico consiste en uniformar a

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todos, en bloquear la particularidad y la individualidad de las personas o de los


subgrupos. Cuanto más lejos se lleve el proceso de identificación y
desindividualización, mejor será la adaptación de cada individuo a los otros y al
entorno.
¿Cómo suele promoverse, por ejemplo, la cohesión del grupo en la vida real y en
las experiencias?· Diciendo a la gente o a sujetos ingenuos que, sobre la base de
su inteligencia, de los tests de personalidad, de los votos y de los sondeos, etc.,
todos son semejantes. La hipótesis que sustenta esta manipulación es bien
conocida: la cohesión o la atracción de las personas es mayor cuando se
consideran semejantes y más débil cuando se consideran diferentes. Tal es la
fuerza compulsiva del «nosotros» o del «grupo». La importancia cuantitativa de la
influencia, a su vez, se mide, en la mayor parte de las experiencias, por el
desplazamiento de la opinión del desviante hacia el parecer del grupo. Esta
opinión refleja simultáneamente la sumisión a los otros y la pérdida de
individualidad.
El movimiento inverso apenas se ha tomado en consideración ni ha sido objeto de
investigaciones. Ocasionalmente se han hecho notar ciertos efectos boomerang72;
implican una notable divergencia entre el desviante y el grupo. Curiosamente,
estos efectos nunca se han interpretado en serio como efectos de influencia, ni se
han sometido a un examen atento. Después de todo ¿por qué perder el tiempo
con tales fenómenos accidentales, si no afectan a los aspectos esenciales de la
socialidad? No hace falta demostrar hasta qué punto estos conceptos han
determinado la idea que el estudiante se forma de la realidad, su concepción
misma de la psicología social y de sus métodos. De todos modos, se ve
claramente en qué medida la importancia otorgada a la no diferenciación, a la
cohesión y a la presión normativa del grupo es función de la interpretación de la
influencia como medio de integración de la parte en el todo, del individuo en la
colectividad.

TERCERA PROPOSICIÓN

Las relaciones de dependencia determinan la dirección y la importancia de


la influencia social ejercida en un grupo
Es difícil comprender por qué la psicología social se ha obsesionado tanto con el
concepto de dependencia. El concepto no es claro ni evidente en sí. Además, allí
donde se ejerce la influencia, hay múltiples tentativas tendentes a modificar las

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Boomerang=contraproducentes. En inglés en el original. (Not del Traductor.)

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opiniones y el comportamiento entre iguales, sin hablar de la regla de oro de los


agentes de publicidad y de los propagandistas políticos, que es evitar todo lo que
pueda dar la impresión de que ellos representan poderosos intereses o quieren
interferir la autonomía de la persona o del grupo.
Lo cierto es que la dependencia ha adquirido la condición de variable
independiente relevante en el estudio de los procesos de influencia. Se podría
también decir que la dependencia explica los efectos de la influencia. Se admite
su acción cada vez que se advierte un cambio de opinión o de juicio. El estudiante
que utiliza el manual de HOLLANDER aprende que «la conformidad de
congruencia, como la conformidad de movimiento, implican una aceptación de la
influencia que revela la dependencia» (1967, p. 57). Los franceses dicen cherchez
la femme73, y los psicólogos sociales dicen «buscad la dependencia y todo
quedará explicado». Pero examinemos las cosas más de cerca: los detalles son
siempre significativos.
Se puede observar, en efecto, que al hablar de «minorías», no hacemos
referencia al número (las minorías son a veces, desde el punto de vista
demográfico, tan importantes como la mayoría), sino a la desigualdad en el
reparto del poder, a la lógica de la dominación. La jerarquía social expresa
directamente esta desigualdad. De una parte, la atribución de «situación» (el
clérigo en la Edad Media, el senador en el siglo XIX, el secretario del partido
comunista hoy, ocupan situaciones clave) garantiza una cierta autoridad sobre los
que no gozan de ella. De otra parte, la superioridad otorgada al especialista, al
consejero del príncipe o al que reivindica una parcela del saber en la división del
trabajo, debe en principio asegurar el ascendiente sobre aquellos que carecen de
esta reputación. El resultado es, en todos los casos, que los situados en la cima
de tal jerarquía poseen mayor influencia que los que se encuentran abajo. Al
mismo tiempo, los individuos o los subgrupos que poseen un rango elevado se
encuentran sometidos a una influencia menor que los que poseen un rango débil.
Diversas observaciones experimentales demuestran que los sujetos que poseen
un rango social elevado influyen en los que poseen un rango social débil
(HARVEY y CONSALVI, 1960); BACK y DAVIS, 1965). Sin embargo, el estudio de
JONES (1965) muestra que la relación entre la influencia y el rango social es más
compleja; cada individuo, independientemente de su rango, acepta la influencia y
tiende a conformarse para obtener la aprobación de los otros.

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Buscad la mujer... en el sentido de buscar la causa. (N. del T.)

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Además, otros factores, como la competencia, aseguran la autoridad del individuo


en el seno del grupo y lo realzan como agente de influencia (BACK y DAVIS,
1965; HOCHBAUM, 1954). Las experiencias de MILGRAM sobre la obediencia
(1965) constituyen la más impresionante ilustración de este aspecto de la
realidad. Es públicamente notorio que, sin el menor aliciente pecuniario o moral
para ejecutar las instrucciones, algunas personas se han avenido a obedecer las
órdenes de un experimentador que les pedía infligir choques eléctricos
supuestamente dolorosos a personas para ellas desconocidas y con las que no
tenían relación alguna. El hecho de que el experimentador les pidiera tal
comportamiento en nombre de la ciencia era una justificación aparentemente
suficiente. Prisionero en la red de la autoridad, representada en este caso por la
competencia del científico, y excesivamente impresionado por la legitimidad de la
investigación científica, un hombre tortura ciegamente a otro.
Otras experiencias menos sensacionalistas han mostrado cómo individuos de
rango social inferior obedecían a individuos de rango social superior o individuos
incompetentes se sometían a individuos competentes. La convergencia de estos
estudios es tan llamativa que hubieran sido más significativos, a mi juicio, si en
lugar de confirmarlo, hubieran denunciado el carácter erróneo de la máxima,
adoptada en política y por el sentido común, según la cual la fuerza es más
importante que el derecho. Con otras palabras: los estudios hubieran tenido
mayor relevancia si, en lugar de intentar mostrar que la máxima era exacta,
hubieran subrayado las circunstancias -tan raras, por otra parte- en que no se
aplica. No formulo un juicio de valor, pero quiero llamar la atención sobre la
existencia de una idea preconcebida.
La dependencia instrumental ha sido objeto, asimismo, de investigaciones en
profundidad. Mientras que la dependencia institucional muestra al individuo
debatiéndose con el sistema social, esta otra forma de dependencia está más
ligada a la satisfacción de una cierta «necesidad de los demás». Las preguntas
que aquí se plantean son prácticas: ¿Quién se somete a la influencia y quién la
rechaza? ¿En qué situaciones se intensifica la necesidad de adoptar las actitudes
de otro, haciendo la influencia más fácil? En una palabra: necesitamos saber
quién es conformista y quién es independiente; cómo nos hacemos conformistas y
cómo nos hacemos independientes.
Se considera siempre como verdad establecida que, en un grupo, las personas
que se desvían delatan una mayor tendencia al cambio que las personas que
están de acuerdo entre sí y con las normas del grupo (FESTINGER y otros,

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1952). Las razones de esta tendencia al cambio se reducen a dos sub-categorías


de dependencia:
a) La dependencia de efecto que se observa en las situaciones en que individuos
desviantes u otros miembros del grupo tienen problemas de personalidad (JONES
y GERARD, 1967). Las necesidades de afiliación, de aprobación social, de estima
de sí, son diferentes aspectos bajo los que se manifiesta la necesidad de los
demás, que parece estar muy estrechamente ligada a la influencia. Los individuos
que experimentan con fuerza estas necesidades de de afiliación, de estima de sí,
etc., son más propensos a conformarse que los que experimentan estas
necesidades en menor grado. En cierto sentido, están menos capacitados para
resisitir a la presión social y se sienten más inclinados a seguir a la mayoría y a
los líderes, esperando así hacerse aceptar e incluso hacerse amar.
Los estudios empíricos han confirmado estas previsiones. Dos estudios, en
particular, han evidenciado el hecho de que, cuanto mayor es la necesidad de
aprobación en un individuo, mayor es su conformismo (MOELLER y
APPLEZWEIG, 1951; STRICKLAND y CROWNE, 1962). A su vez, DITTES (1959)
ha mostrado que los sujetos a los que se hacía creer que eran aceptados por un
grupo se sentían atraídos hacia él y que cuanto más débil era su propia estima,
más posibilidades tenían de someterse a las presiones del grupo. Muchos otros
estudios han mostrado el papel de la ansiedad (MEUNIER y RULE, 1967; SMITH
y RICHARDS, 1967; MILLMAN, 1968). La importancia de la necesidad de
afiliación también ha sido objeto de estudio (HARDY, 1957).
En suma, ciertos individuos están destinados a la sumisión, otros a la
independencia y otros, en fin, a la oposición.
Hasta cierto punto, estas experiencias son superfluas. Tienden todas ellas a
mostrar que ciertos rasgos de la personalidad engendran, bien sea la
dependencia, bien la independencia, de acuerdo con una necesidad
profundamente experimentada: la necesidad de los demás. En realidad, y pese al
gran número de estudios existentes, no es posible comprender con claridad el
mecanismo que regula esta necesidad; lo único que se ha hecho hasta ahora ha
sido inventariar una gran diversidad de situaciones en las que este mecanismo
entra en juego.
b) La dependencia de información corresponde a la tendencia que tienen los
individuos a buscar la exactitud objetiva en sus juicios sobre los fenómenos, a
intentar hallar la ratificación de sus juicios y, de este modo, adaptarse al entorno.
Cuando creen no poder lograr este objetivo por sí mismos, se ven obligados a

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recurrir a otros individuos para juzgar y para verificar sus propios juicios. El paso
inevitable de la adaptación individual a la adaptación social, de la dependencia
directa del entorno a la dependencia a través de los otros, abre el camino a la
influencia. Las circunstancias -que son numerosas- en las que este apoyo social
resulta indispensable han sido también objeto de estudios experimentales. Cabe
mencionar, entre otros, la incertidumbre en cuanto a la confianza que se puede
tener en los propios sentidos y en sus capacidades (HOCHBAUM, 1954; DI
VESTA, 1959; ROSENBERG, 1963), las dudas sobre la propia inteligencia, la
falta de fe en su propio juicio (ALLEN y LEVINE, 1968). El grado de autonomía o
de heteronomía es directamente proporcional al hecho de poseer (de creer que se
poseen estas cualidades.
A partir de estos estudios, se han hecho los retratos-robot de la personalidad
dependiente, dispuesta a someterse, y de la personalidad independiente, que
rehúsa someterse. Escribe STEINER: «Se ha dicho que los conformistas se
caracterizan por su espíritu convencional, responsable, cooperativo, paciente,
sincero y flexible en la vida social. La auto-evaluación de estas personas ponía el
énfasis en el sentimiento maternal, en la afiliación, en la humildad y en la
ausencia de síntomas psiquiátricos. Estas interpretaciones concuerdan
estrictamente con las averiguaciones de DI VESTA y Cox, según las cuales el
individuo que se conforma es moderado, circunspecto, dócil y solícito con los
demás. Según VAUGHAN, los conformistas se clasifican a un nivel inferior en el
plano de la inteligencia, de la seguridad, de la resistencia nerviosa, de la
extraversión, del realismo y del valor teórico.» (1960, p. 233.)
En el extremo opuesto se sitúan las características que hacen que los individuos
sean menos susceptibles de ceder a la influencia:
«Estos individuos poseen un grado elevado de certeza respecto a su propia
percepción; se sienten más competentes o más poderosos que los demás, o bien
se consideran en posesión de un rango superior; cuentan en el grupo con una o
varias personas que están de acuerdo con ellos, contra el juicio de la mayoría;
consideran los otros, quizá a diferencia de sí mismos, como fuentes de información
carentes de atractivo, y, en fin, apenas ven ventajas en el conformismo para la
satisfacción de sus propios objetivos personales esenciales» (HOLLANDER, 1967,
p. 558).

Es evidente que estos retratos-robot no deben tomarse al pie de la letra. El retrato


de la persona menos dependiente es «más simpático» que el de la persona más
dependiente, cosa, más que sorprendente, contradictoria. Si el conformismo es
habitualmente «débil, ¿cómo es posible que los independientes o desviantes,

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considerados como «fuertes», sigan a la mayoría, que suele estar compuesta de


conformistas? No se ha establecido aún con cierta precisión la relación existente
entre la personalidad y el conformismo. Intervienen siempre determinados
factores situacionales (GOLDBERG y RORER, 1966). Yo dudo de que el
establecimiento de tal relación presente un gran interés. De una parte, no
explicaría nada: ni la personalidad, ni la influencia; revelaría sólo covariaciones de
factores, no relaciones de causa y efecto. De otra, si realmente esas diversas
«necesidades» pudieran explicar fenómenos sociales, ya no sería necesario
analizar los fenómenos desde un punto de vista psico-sociológico, o incluso
sociológico. Bastaría conocer los tipos fundamentales de personalidad y su
reparto en un grupo dado o en la sociedad para poder predecir los
acontecimientos. De ser así, la psicología diferencial sustituiría con ventaja a la
psicología social.
Sin embargo, estos estudios de las «necesidades» no demuestran nada en
psicología social, ni en el terreno de la influencia social ni en ningún otro. Por eso
no me referiré a ellos en la presente obra, ni como pruebas ni como estudios
empíricos, sino como síntomas de una convicción según la cual la presión sobre
los desviantes está siempre justificada porque responde a ciertas necesidades
que existen en ellos y, en cierta medida, es provocada por ellos. Los desviantes
se prestan a la influencia igual que otros se prestan a la explotación. El
paralelismo no es accidental; lo que BRAMEL (1972) ha escrito a propósito de los
explotados se aplica también a los desviantes:
«La frecuente observación según la cual la explotación va asociada muchas veces
a actitudes hostiles hacia las víctimas podría significar a primera vista que los
grupos débiles y despreciados atraen la explotación. Cabe apoyar esta hipótesis en
hechos como estos: los animales parecen atacar y explotar a los miembros más
débiles de su grupo; los grupos humanos rechazan y castigan a sus compañeros
desviantes; los nazis explotaron y asesinaron a los judíos porque consideraban a
éstos, a la vez, como inferiores y peligrosos; y los blancos explotaron a los esclavos
negros porque, para ellos, los negros formaban parte de una raza inferior, salvaje, a
la que sólo cuadraban los trabajos duros y penosos. La investigación psico-
sociológica ha aportado recientemente una excelente idea en apoyo de una
explicación menos evidente, pero más interesante y más importante, de la
asociación entre explotación y hostilidad: a saber, que se termina despreciando a
las víctimas porque son víctimas. En otros términos, el desprecio de las víctimas es
el resultado del hecho de que éstas son explotadas y maltratadas, y no a la inversa.
Aunque la idea no sea en absoluto nueva, las ciencias sociales se han interesado
por ella con sorprendente retraso» (p. 220).

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Pero, incluso recientemente, la psicología social no se ha interesado aún por el


comportamiento de los desviantes considerados como producto de un grupo o un
sistema que obliga a los individuos o a los subgrupos a ocupar una situación
social inferior o marginal. Esta idea nos permitiría, sin excesivas dificultades,
describir el proceso de influencia social en función de los siguientes modelos de
sumisión (compliance):
- sumisión de los individuos situados por debajo de la jerarquía de rango y de
poder respecto a las personas que están en la cima de la jerarquía;
- sumisión de los individuos que no pueden adaptarse a su entorno de modo
autónomo respecto a los individuos capaces de adaptarse de modo autónomo;
- sumisión de los individuos cuya organización psicológica está orientada hacia
los otros y que son virtualmente desviantes respecto a los individuos que no son
virtualmente desviantes.
Podemos ilustrar la reacción en cadena que lleva a un subgrupo a someterse a
otro del siguiente modo:

Aumento de la dependencia Aumento de la presión social o interpersonal.

Aumento del control social o de la uniformidad.

Disminución de la resistencia, de la tendencia a


la autonomía.

Aumento del conformismo.

Este esquema, cuyo sentido aparece inmediatamente, se explica por sí solo. ¿De
qué modo las diferencias de jerarquía, de personalidad, de capacidades
psicológicas e intelectuales, se transforman en una convergencia de opinión y de
juicio? La respuesta a esta pregunta es que el hecho de fundir la dependencia en
el crisol mágico de las relaciones humanas transmuta milagrosamente el vil metal
de las dudas, las idiosincrasias y los desacuerdos, en oro de certezas,
semejanzas y acuerdos. Evidentemente, el secreto de esta receta consiste en
saber dónde se encuentra la certeza y el acuerdo antes de comenzar el proceso.
Si todos los hombres son iguales, algunos de ellos, como los animales de Animal

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CINDE
PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

Farm de ORWELL74, lo son más que otros. Una vez tomada la decisión, en un
determinado momento, de concentrar la atención en los que son más iguales,
apenas puede sorprender que la dependencia haya sido el catalizador escogido
para favorecer las transmutaciones requeridas por la influencia social.

LAS PRESIONES HACIA LA CONFORMIDAD75

CUARTA PROPOSICIÓN

Las formas adoptadas por los procesos de influencia están determinadas


por estados de incertidumbre y por la necesidad de reducir ésta.
En sus primeros estudios sobre la influencia social, SHERIF postuló que vivimos
generalmente en un entorno fluido e inestable. Llegó incluso a afirmar que esta
fluidez y esta inestabilidad constituyen aspectos fundamentales de todo estímulo
social. Las normas nacen y se modifican cuando hay interacción entre los
individuos en estas condiciones de "posibilidades múltiples, de numerosas
respuestas potenciales y de ambigüedad. He aquí sus palabras:
"En condiciones en que algún aspecto esencial no está objetivamente estructurado,
el individuo se siente invadido de incertidumbre y su sugestibilidad va en aumento.
En otros términos, es más propenso a dejarse influir por las palabras, las acciones
o las diversas comunicaciones de otros individuos, de otros grupos y de los medios
de comunicación social» (SHERIF, 1969, p. 71).

Un aumento de la ambigüedad o una supresión de los criterios objetivos, se


traduce en un estado de incertidumbre interna en los individuos. A partir de este
momento, están predispuestos a someterse a la influencia de los demás.
Las siguientes proposiciones, de general aceptación, se formulan sobre la base
de esta interpretación y han sido verificadas repetidas veces:
a) Cuanto menos estructurados estén el estímulo, el objeto o la situación en que
se ejerce la influencia, mayor es esta.
b) La influencia es mucho mayor cuando está en juego un estímulo social
complejo o un juicio de valor que cuando se trata de un estímulo material simple o
de un juicio de hecho.

74
ORWELL: Animal Farm. Conocida narración inglesa que. satiriza la dictadura. Trata sobre una revolución
que fracasa. Los personajes están encarnados por animales, quienes protagonizan un levantamiento
revolucionario en una granja. (N. del T.)
75
Capítulo II

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CINDE
PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

Pero la incertidumbre puede estar provocada por el estado interno del individuo.
Acabamos de enumerar algunas de las posibles causas de tal estado: aptitudes
intelectuales, sensoriales o caracterológicas débiles. Otras personas se
interponen entre el individuo y el entorno y atenúan estas debilidades.
KELLEY y THIBAUT han planteado bien el tema:
«Cuando el problema en cuestión requiere opiniones y juicios que no pueden ser
verificados por la lógica o por tests empíricos, la gente tiende a buscar en el
acuerdo con los asociados un apoyo a sus opiniones. Parece que pueden existir al
menos dos tipos generales de relación entre el emisor y el destinatario de una
sugestión, determinando en qué medida este último está de acuerdo con la
sugestión y la acepta. En ciertos casos, puede considerarse al destinatario desde
un punto de vista instrumental, como un 'mediador de hecho', en virtud de su
evidente habilidad, de su credibilidad o de su honradez. En otros casos, puede
incitarse al destinatario a sintonizar con el emisor sin que intervenga la 'rectitud' de
su juicio. El acuerdo puede convertirse en un motivo independiente. La fuerza de
este motivo parece depender, en parte, de la fuerza de la inclinación positiva y de la
afección hacia el emisor. Así, A puede ocasionar un cambio de opinión en B si éste
siente inclinación por él o si A proporciona a B los medios de satisfacer algún
anhelo importante. Cuando el miembro del grupo sienta una fuerte inclinación
positiva hacia el grupo y sus miembros, se orientará hacia la opinión modal
expresada en el seno del grupo» (1968, p. 743).

Más tarde volveré sobre este texto. De momento quiero simplemente llamar la
atención sobre el hecho de que la intervención de un «mediador» entre el
individuo y su entorno es indispensable cuando esta persona es incapaz de
afrontar la realidad. Pero hay que tener presente que en el caso descrito por
SHERIF el «tercero» es la norma, mientras que en el citado por KELLEY y
THIBAUT este «tercero» es un individuo o el grupo... En el primer caso, la
influencia mutua que se ejerce equivale a buscar una solución común. En el
segundo caso, influir en alguien significa utilizar el propio papel -de experto, por
ejemplo- para modificar el punto de vista o la opinión del otro. No obstante, esta
interacción, sea externa o interna, no está determinada por sí misma: es la
relación al objeto y al entorno lo que la determina.
Podemos añadir ahora otras dos proposiciones a las ya expuestas:
c) Cuanto más insegura se siente una persona en sus opiniones y juicios mayor
es su propensión a ser influida.

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d) Cuanto menos segura se siente una persona de sus aptitudes sensoriales e


intelectuales, más dispuesta está a aceptar la influencia de alguien al que atribuye
capacidades sensoriales e intelectuales superiores.
Se ha intentado especificar cuál de estos efectos puede atribuirse a la
incertidumbre del sujeto y cuál a la ambigüedad del objeto, pero sin obtener
resultados concluyentes.
No hay razón para poner en duda la exactitud de estas afirmaciones. Voy a
indicar algunas de sus conclusiones, a las que debería prestarse, a mi entender,
una mayor atención:
a) En una situación en que las dos partes se sienten seguras de sus juicios y sus
opiniones, la influencia social no tiene lugar, no puede intervenir en forma alguna,
puesto que no existe una incertidumbre a reducir.
b) Cuando un grupo, un subgrupo o un individuo están seguros de algo, no cabe
utilizar la influencia para inducirlos a modificar sus opiniones o sus juicios.
e) Cuando no hay ambigüedad en el estímulo, o cuando no es posible referirse a
un criterio objetivo, no puede haber influencia.
El individuo que tiene un entorno a su favor, si está bien adaptado y puede
reaccionar a él correctamente, es capaz de resistir las presiones sociales y de
escapar a la incomodidad resultante de su interacción con otros. Cuando no
posee un entorno favorable, no se adapta ni reacciona correctamente, cede a las
presiones sociales y no puede escapar a las incomodidades de la interacción. En
suma, cuando alguien armoniza con la naturaleza, no tiene necesidad de la
sociedad; cuando· alguien no armoniza con la naturaleza, tiene necesidad de la
sociedad. Así es como se representa la interacción en función de las relaciones
con esa parte del mundo material considerada como esencial.
La noción de incertidumbre desempeña, pues, en este modelo teórico un papel
análogo al del concepto clave de promiscuidad en antropología, o al de escasez
en economía, en el sentido de que representa para la sociedad, a la vez, una
condición previa y un motor inicial. Como se sabe, los antropólogos explican la
aparición de la organización social por la necesidad de formular reglas (la
prohibición del incesto, por ejemplo), a fin de evitar las luchas y los desórdenes
que existen entre los animales en el estado natural. Asimismo, los economistas
ven en el comportamiento y la regulación del mercado una especie de necesidad
impuesta por la escasez y por el reparto desigual de los recursos en la naturaleza.
De igual modo, para el psicólogo social la certeza es un recurso difícil de obtener,
y con el fin de lograrlo una persona se asocia o se somete a otras.
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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

La presencia o la ausencia de esta certeza determinan el contraste entre las


diferentes formas de influencia. Si el individuo, o el sub grupo, está inseguro,
busca el apoyo de un «mediador de hecho». La influencia está justificada. Pero si
no está inseguro y se conforma a pesar de todo, entran en juego otros motivos
(subjetivos): el deseo de ser aceptado por el grupo, el poder de la autoridad, etc.
Este tipo de análisis ha inspirado las distinciones antes mencionadas entre la
influencia social informacional y la influencia social normativa, y entre la
conformidad centrada en la tarea y la conformidad centrada en el grupo. COHEN
(1964, p. 106) escribe: «Particularmente importante es, pues, la distinción entre la
necesidad de rango y la necesidad de información. La influencia social puede
aceptarse, bien sea en la medida en que evoca el deseo del individuo de
conservar su rango frente a los otros, bien en la medida en que implica su
dependencia respecto a los otros en cuanto a la información sobre sí y sobre el
mundo circundante. Podemos llamar al primer conjunto de motivos de adhesión al
grupo determinantes 'normativos' o 'motivacionales', y al segundo conjunto
determinantes 'informacionales' o de 'incertidumbre'. En la situación normativa, la
imagen que la persona se forja de sí misma queda reflejada en las recompensas
o los castigos que puede recibir de otros. En la situación informacional, la persona
acepta a los otros como fuente de influencia porque los utiliza como fuentes
estables de información para evaluar el mundo que le rodea.» Así, pues, en este
caso el proceso y la forma de la influencia social corresponden a la necesidad del
individuo: éste se somete a causa de su dependencia. Si esto sucede, se deduce
que, de no tener necesidad del grupo, ningún grupo podría influir en él.
Ha llegado quizá el momento de expresar mi asombro. Lo que se nos ha dicho de
la diferencia entre la realidad física y la realidad basada en el consenso social es
plenamente convincente y ha sido verificado repetidas veces. Pero el hecho de
que la convicción haya sido tan espontánea y la verificación tan fácil debía
hacemos más escépticos y alertar nuestro sentido crítico. ¿Por qué una persona
que no es capaz de formarse un juicio exacto por falta de instrumentos de medida
adecuados va a suponer que las otras personas, que comparten con ella su difícil
situación, están en mejores condiciones para emitir un juicio más pertinente?
Cuando no existe certeza sobre la realidad física u objetiva para cualquier
individuo concreto, no puede haberla para ningún otro. Si no existe reloj para
marcar la hora o martillo para probar la dureza de una sustancia, el intento de un
individuo de indicar la hora refiriéndose a la posición del sol o de estimar la dureza
por el tacto o la vista no será ni más ni menos exacto que el de cualquier otra
persona que se sirva de los mismos métodos. La noción de ambigüedad da lugar
a observaciones similares. Si los individuos perciben un estímulo como ambiguo o
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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

carente de objetividad, según la expresión de SHERIF, y si saben además que es


así, entonces la diversidad de los juicios es lícita y normal. No se ve razón alguna
para intentar ponerse de acuerdo, ni se entiende cómo semejante acuerdo podría
asegurarles sobre la validez de sus opiniones y sus juicios. El carácter arbitrario
de los resultados de sus comunicaciones debe serles perfectamente evidente.
Incluso pueden sentirse aliviados al constatar que no son los únicos en cometer
un error. Pero nada les autoriza a afirmar que ellos tengan razón o que los otros la
posean. No hace falta añadir más sobre el tema por el momento; volveremos más
tarde sobre él.
Tomando de nuevo la cuestión de la incertidumbre, está claro que su reducción
determina la frontera entre la conformidad real y la simple sumisión. No existe una
relación necesaria entre nuestra convicción sobre el grado de verdad de la opinión
del grupo y el hecho de adherimos a éste, si somos forzados a seguirle o
sentimos el deseo de pertenecer a él. Podemos muy bien pensar una cosa y decir
otra si vemos en ello una ventaja, si deseamos obtener la aprobación de nuestros
semejantes o tenemos alguna otra buena razón para comportamos de ese modo.
Correlativamente, cuando creemos lo que nos dicen, aceptamos el juicio del
grupo únicamente porque el nuestro es incierto o muy difícil de verificar o por
alguna razón de este tipo. En el primer caso, se trata de sumisión; en el segundo,
de conformidad real. Esto es al menos lo que expresa la teoría.
Una de las interpretaciones más corrientes de las experiencias de ASCH
concuerda con esta idea. Tomemos, por ejemplo, un individuo que compara una
línea modelo con otras tres líneas. La duda interna es imposible, y la ambigüedad
externa prácticamente inexistente. La certeza es, pues, total. Por otra parte,
siendo los juicios de los otros individuos que participan en la experiencia
indudablemente falsos, el sujeto ingenuo, nuestro individuo tipo, se halla frente a
una opción clara. Si dice lo que ve y lo que sabe que es verdadero, está de
acuerdo consigo mismo y con la realidad. Pero corre peligro de caer mal a los
individuos que constituyen la mayoría y esperan que se ponga de acuerdo con
ellos. Muchas veces no es conveniente decir u oír la verdad; es posible que
despierte en la mayoría la malevolencia o incluso la hostilidad. Al evitar este
riesgo, el individuo da una respuesta que es falsa, pero que parece conveniente.
El conformista resuelve su dilema formulando públicamente una opinión contraria
a la suya personal, y quedando convencido de la verdad de su propia opinión.
Ni esta interpretación ni las otras han sido objeto de verificaciones serias. Esto
resulta particularmente interesante, ya que la interpretación está deducida de una
proposición que descarta la posibilidad de cambio cuando no hay incertidumbre.

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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

Dado que, a pesar de todo y con general sorpresa, se ha observado un cambio


cuando no debía haberse producido, el único modo de salir del paso era atribuirlo
a circunstancias exteriores y considerarlo como una sumisión puramente
superficial.
Recapitulemos algunas preguntas y las respuestas pertinentes:
-¿Por qué las personas sienten incertidumbre?
-Porque el estímulo es ambiguo o porque falta información, confianza en sí, etc.
-¿Qué es lo que justifica la existencia de la influencia social?
-La reducción de la incertidumbre en el estado interno del sujeto en el estado
externo del objeto.
Existe una excepción relevante a todo esto. Está indicada en el trabajo de ASCH.
El autor no otorgó gran importancia a estos estados de certeza o de
incertidumbre. No intentó demostrar que, en caso de incertidumbre, las personas
se vuelven influenciables o que, cuando se conforman al grupo, deben pagar el
precio de la incertidumbre en sus propias creencias y juicios. Con todo, cuando
sus investigaciones entraron en la corriente general (DEUTSCH y GERARD,
1955; JACKSON y SALTZENSTEIN, 1958), no se tuvo en cuenta su carácter
excepcional.
Hemos visto ya algunas consecuencias que se deducen de las preguntas y
respuestas mencionadas. Pero aún no he hecho alusión a las tres hipótesis
fundamentales:
a) La incertidumbre existe sólo en el blanco, nunca en la fuente.
b) La incertidumbre es percibida más como un dato que como un resultado de la
interacción social; nace en el organismo o en el marco ambiental, pero nunca en
el grupo.
c) La influencia está motivada por factores pre-sociales o no-sociales: viene a
satisfacer la necesidad de un individuo reduciendo su incertidumbre y le permite
adaptarse al entorno, sin más.
En conjunto, puede parecer que las condiciones sociales llevan a los individuos a
conformarse. Cuando esto sucede, la intervención del sistema social se limita al
restablecimiento del equilibrio psicológico de los individuos y de sus transacciones
con el mundo exterior. En todos los demás casos, el conformismo no es deseable
y siempre es puramente hipócrita. Se trata de dar al César lo que es del César.
Pero esto, por desgracia, no se hace impunemente. Podemos comenzar

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sometiéndonos por cortesía, para pasar luego a verdaderos y amplios


compromisos en los planos emocional e intelectual. Como decía DIDEROT, los
hombres acaban por creer en las opiniones que se ven obligados a expresar en
público. En último análisis, resulta difícil distinguir entre la sumisión y la
conformidad auténtica. Pero esto es otra cuestión.

QUINTA PROPOSICIÓN

El consenso perseguido por el proceso de influencia·se funda en la norma


de objetividad
Esta proposición no es probablemente muy explícita, pero interviene siempre en
el análisis de las interacciones sociales. Por lo pronto, refleja la idea de consenso
social en cuanto adaptación al mundo externo:
«Una exigencia fundamental del hombre parece ser la necesidad de validar sus
opiniones. Aunque las informaciones inequívocas ofrecidas por el entorno físico
contribuyen a la satisfacción de esta necesidad, el comportamiento de las otras
personas constituye también una fuente de verificación. Especialmente cuando
experimenta un sentimiento de incertidumbre o de confusión -cuando no sabe cómo
reaccionar-, una persona puede observar los comportamientos de otros a fin de
descubrir en ellos un mundo estable. Esta realidad social le proporciona un punto
de referencia para su propio comportamiento. Cuanto más ambigua sea la situación
no social que sirve de estímulo, más verosímil será que la persona se apoye en la
realidad social para orientarse» (SECORD y BACKMAN, 1964, p. 331).

La dicotomía usual entre la sociedad y el entorno físico se expresa aquí de modo


explícito. Se puede leer entre líneas la marcada oposición entre las relaciones con
los objetos y las relaciones con las personas. El individuo está en el centro de la
oposición: de una parte, intenta emitir un juicio correcto y evaluar sus aptitudes
para hacerlo. De otra, le es dada la realidad que debe juzgar y a la que debe
adaptarse. La realidad así percibida corresponde a la realidad física. Es también
una realidad solipsista76, puesto que el sujeto no tiene necesidad de nadie para
determinar sus dimensiones ni para identificada. Todo lo que hace falta para
precisar el color de una tela, la dureza de una mesa, la hora que es, es mirar la
tela, golpear la mesa y echar un vistazo al reloj, acciones todas ellas que el
individuo puede hacer por sí solo.
Pero, en otras circunstancias, por tener que manejar opiniones que no es posible
verificar u objetos cuyas características no son estables, somos incapaces de

76
Solipsista. (Del lat. solus ipse=por sí solo.) Seguidor de una doctrina filosófica según la cual el sujeto
pensante no puede afirmar ninguna existencia salvo la suya propia. (N. del T.)

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emitir un juicio inmediato. Entonces se hace necesario recurrir a los demás, a fin
de que nos ayuden en nuestros juicios. La visión de la «realidad» que adquirimos
de este modo puede calificarse, por tanto, de convencional o de comunicativa. Es
evidentemente una visión social, a la vez por ser producto del grupo y porque el
individuo la acepta con la sola condición de que sea admitida por los otros.
Establecer el grado de democracia de un país, la belleza de un cuadro o la hora
que es en una sociedad tradicional, presupone una consulta y un acuerdo
colectivos entre los miembros del grupo sobre la base de las diferentes
observaciones que podrán hacer a fin de fijar sus opiniones.
Se supone, pues, que los hombres viven en dos tipos diferentes de realidad, que
su existencia fragmentada y heterogénea corresponde a la fragmentación y la
heterogeneidad que existen entre el individuo y la sociedad. Esta distinción refleja
la estructura de los objetos y la disposición del entorno físico. Viene a definir las
fuerzas externas que obligan al individuo a hacer transacciones y a llegar a un
consenso con los otros.
¿Existen fuerzas internas que actúan en el mismo sentido? Tales fuerzas
derivarían de la actitud del «juez» respecto a sus propias capacidades.
FESTINGER considera el deseo de evaluar correctamente las propias
capacidades como una necesidad fundamental: una necesidad individual y no
social. Si el individuo está seguro de sus propias capacidades, no siente la
necesidad de tener en cuenta el juicio o las opiniones de los demás.
Consecuentemente, cuando le falta esta certeza, se ve obligado a compararse
con otra persona próxima o semejante a él. La teoría de la comparación social,
que acabo de evocar brevemente, trata de explicar por qué tendemos a
permanecer en un grupo o a dirigimos hacia él y a afiliamos con otros.
Yo no niego que la distinción entre la realidad física y la realidad social sea
correcta, al igual que la teoría de la comparación social. Mi único objetivo es
mostrar que tales distinciones y teorías sólo tienen sentido en la hipótesis de que
la norma de objetividad regule el comportamiento en la sociedad. La jerarquía y la
diferencia entre estas dos realidades, la primera dada por el mundo exterior y la
segunda engendrada por la sociedad, descansan en el hecho de que la primera
se supone que es más objetiva que la segunda. El consenso, el acuerdo de
grupo, son mecanismos de recambio en los que es preciso apoyarse tanto más
cuanto la objetividad resulte más inaccesible. No se pretende que las personas
que difieren en sus experiencias y en su grado de conocimiento busquen una
verdad común, traten de descubrir un aspecto desconocido de la realidad o de
resolver un problema, y lleguen a una solución por métodos sobre los que

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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

previamente se han puesto de acuerdo. Lo que se afirma es que, cuando ninguna


realidad objetiva se presenta por sí misma, las personas no tienen otra alternativa
que buscar una verdad convencional que pueda servir de sustituto.
Esto viene a esclarecer al mismo tiempo la noción de dependencia. En pocas
palabras, la dependencia es coextensiva con las relaciones sociales, y las
relaciones sociales engendran la dependencia. De hecho, y como hemos visto
repetidas veces, según este modelo, la convergencia o el intercambio entre los
individuos sólo se precisan cuando no hay realidad objetiva, cuando las
circunstancias son tales que ésta no puede determinarse directamente. La
independencia, por otra parte, va ligada a una correcta aprehensión de Ia
realidad, a la posibilidad de determinar inmediatamente sus rasgos esenciales y a
la certeza que posee el individuo de disponer de capacidades personales
suficientes.
La oposición entre las relaciones con los objetos y las relaciones con las otras
personas refleja simplemente el contraste entre una relación en la que el individuo
es independiente y encuentra en sí mismo suficiente fuerza para resistir la presión
social y una relación en la que el individuo se ve obligado a compararse con los
otros y sufrir una influencia al tener en cuenta la diversidad de los puntos de vista.
En consecuencia, en la mayor parte de las experiencias sobre la conformidad se
piensa que la autonomía se halla reforzada cuando se pide al sujeto que formule
una afirmación precisa y diga lo que ve, mientras que se define y se manipula la
presión social como si representara un obstáculo para la exactitud y una fuente de
error. Adherirse al grupo, esperar llegar con él a un consenso, equivale a hacerse
dependiente de él y abandonar la independencia garantizada por el mundo físico.
Es significativo a este respecto que MILGRAM (1965) se haya sentido obligado a
inventar una experiencia que muestre que el grupo puede a veces ser un factor de
independencia y de rechazo social. Si la opinión contraria, a saber, que toda
interacción de grupo conduce necesariamente a la dependencia, no estuviera tan
difundida, apenas cabría imaginar que tal experiencia fuera necesaria, y, a fortiori,
que fuera publicada.
Esta fragmentación entre un ámbito social y un ámbito no social, cada uno con
sus propias realidades y relaciones, esta división en un ámbito donde el consenso
y la influencia por la que éste se realiza son indispensables y un ámbito donde
ambos son superfluos, refleja aproximativamente la ausencia o la presencia de la
objetividad: en esta concepción, la objetividad constituye, pues, la consideración
primordial. Pero el propio consenso se considera como sometido a la norma de la
objetividad, como lo prueban los estudios en los que el proceso de influencia

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social va directamente ligado al grado de estructura del estímulo. Si los individuos


se conforman, no es porque no puedan soportar la ambigüedad, sino en gran
parte porque juzgan que la diversidad es inconcebible y que debe haber una sola
respuesta para la realidad objetiva. De no ser así, ¿qué motivo tendrían para
adoptar una opinión diferente de la suya? En una experiencia de SPERLING
(1946) se dijo a los sujetos que el fenómeno autocinético era una ilusión de
óptica, aunque ellos tenían derecho a emitir juicios subjetivos. No se produjo
convergencia alguna ni, por tanto, influencia alguna. Otro tanto cabe decir a
propósito de las experiencias de ASCH. Al insistir en la necesidad de dar
respuestas exactas y en la objetividad de los estímulos, se fuerza en cierto modo
al sujeto a someterse al grupo en lugar de resistirlo, ya que no puede haber, para
un objeto físico o geométrico, realidad individual. «En ciertas condiciones»,
escribe ASCH, «como las que dominan en la mayor parte de las situaciones
descritas en este capítulo, la tendencia a llegar a un acuerdo con el grupo es una
exigencia dinámica de la situación. Se funda principalmente en una concepción
clara y razonable de las condiciones: cada cual supone que ve lo que los otros
ven. Partiendo de ahí, todo individuo espera aproximarse al grupo. Este esfuerzo,
lejos de tener su origen en una tendencia ciega a la imitación, es el producto de
exigencias objetivas» (1952, p. 484)
Ahora podemos comprender mejor por qué un individuo, ante un estímulo
estructurado y ante otros individuos que están en desacuerdo con él o que no
están mejor situados que él para formular un juicio exacto, comienza por rehusar
creer a sus propios ojos y tiende aproximarse a los demás adoptando en parte o
totalmente sus respuestas, en lugar de atenerse a su propia posición y fiarse de
su propio juicio. Puesto que se trata de fenómenos físicos, y es una cuestión de
medida, las respuestas múltiples y complementarias quedan descartadas y el
acuerdo sólo puede producirse en torno a una sola respuesta. Es muy improbable
que el acuerdo tenga por base a su propia respuesta, ya que los otros están ya
totalmente o en parte de acuerdo, y de ahí proviene la tendencia de ciertos
individuos a ceder. La exigencia dinámica de la situación a que se refiere ASCH
es precisamente este consenso; sin embargo, se trata de un tipo especial de
consenso, a saber, un consenso a propósito de lo que es verdadero o falso.
La norma de objetividad ha desempeñado un papel importante en los trabajos
teóricos y experimentales sobre·la influencia social. Con su relevancia en el plano
cultural, constituye parte integrante del comportamiento y de los principios que
definen las relaciones interpersonales e inter-grupos. La norma de objetividad ha
cristalizado, incluso, en una dimensión intrínseca de las relaciones y de los
comportamientos sociales, lo que la hace aparecer
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a) como una necesidad cuasi biológica: necesidad de evaluación; y


b) como una prioridad cuasi física del entorno, a través de la oposición entre
entorno estructurado y entorno ambiguo (el primero, más objetivo que el
segundo).
La perspectiva queda así reducida, en primer lugar porque no se ha tenido en
cuenta lo que ocurre en el caso de juicios y puntos de vista múltiples, todos ellos
igualmente exactos y plausibles. Teóricamente, tal pluralidad es inconcebible
mientras se tenga el convencimiento de que la objetividad implica un juicio único.
En segundo lugar, la perspectiva ha quedado restringida porque no se quiere
abandonar la idea de que la influencia social no puede ejercerse sobre juicios de
«preferencia», sino únicamente sobre juicios de «atribución».
«Tales preferencias personales», escribe CRUTCHFIELD, «al estar muy alejadas
de la pertinencia de los modelos del grupo, parecen quedar al abrigo de las
presiones de éste» (1955). Sin una verificación experimental clara, la mayor parte
de las explicaciones que se han dado se apoyan en la idea de que los juicios de
atribución tienen un fundamento objetivo que falta a los juicios de preferencia. Si
las diferencias entre los individuos son intolerables cuando se refieren a un
atributo físico, son en cambio perfectamente aceptables cuando se trata de
preferencia, porque «de gustos no hay nada escrito» y «de gustos y colores no
hay que discutir». Es una manera indirecta de admitir que incluso los gustos y
colores pueden dar lugar a conflictos, pero que el acuerdo social permite evitarlos.
Podríamos añadir que, de hecho, discutimos más de gustos y colores que de
puntos en movimiento o de líneas de igual longitud.
Finalmente, los psicólogos sociales, con algunas excepciones (KELLEY y
SHAPIRO, 1954) han adoptado el punto de vista según el cual la verdad ofrece
más posibilidades de ser aprehendida por el grupo o el individuo que posea los
recursos sociales y materiales necesarios para hacerlo. Se ha prestado poca
atención a las condiciones en que la verdad no aparece inmediatamente, o en las
que aparenta ser un error o una aberración (como parece haber ocurrido con la
mayor parte de las grandes teorías y de los descubrimientos científicos).
Se ha concebido, pues, el proceso de influencia como asociado a la norma de
objetividad. Como no es ésta la única norma que rige los intercambios sociales,
pienso que esta concepción es el reflejo de una cierta opción, de un modo
particular de definir estos intercambios. Avanzando más, esta opción implica que
las relaciones con los otros están subordinadas a las relaciones con los objetos.
Implica, asimismo, que se atribuye a estos últimos un papel decisivo, activo, no

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dejando a los primeros más que un papel derivado o reactivo en lo concerniente al


desarrollo y al comportamiento individual. Este papel es en realidad de una
insignificancia irrisoria puesto que, según este análisis, el grupo o la sociedad sólo
entran en juego en caso de deficiencia o de impotencia. El ser humano auténtico,
completo y bien adaptado, se las arregla solo y no tiene necesidad de los demás.
Pero semejante opción teórica no tiene nada de nuevo ni de sorprendente.
Refleja, como hemos observado antes, la adopción por la psicología social de la
teoría según la cual los hombres han creado normas y relaciones sociales para
suplir las imperfecciones de la naturaleza, y de la teoría epistemológica según la
cual la verdad objetiva es independiente de nuestras ideas o teorías. Se pensaba,
y se piensa aún a veces, que el individuo adquiere informaciones a través de los
sentidos, que tiene acceso directo a los datos y que, a partir de estos datos, saca
conclusiones objetivas que realmente se imponen a él. La situación se ha
modificado un poco desde hace veinte años. La epistemología genética, de una
parte, nos ha enseñado que los datos son fruto de operaciones intelectuales y de
la acción del que percibe, y no están exentos, en consecuencia, de ambigüedad.
En este sentido, PIAGET habla del «mito del dato». La historia de la ciencia, por
otra parte, ha llegado a la conclusión de que todo lo que es considerado
verdadero, real u objetivo es una función del paradigma (KUHN, 1962) o del
sistema de disciplinas de los grupos de científicos e investigadores. Lo cual
significa que la objetividad es un producto, a la vez, individual y social y que
ninguna realidad puede ser física sin ser, en buena medida, social. La evidencia
de nuestros sentidos se convierte, así, en evidencia de nuestra cultura. Además,
la etología ha demostrado que el elemento social constituye una parte integrante
de lo que es individual y biológico. La sociedad no existe sólo para llenar un vacío
de la naturaleza, sino para ser su complemento. No hay, pues, razón alguna para
oponer el individuo a la sociedad, ni para pensar que existen ámbitos de la vida
donde la influencia social es imposible o ineficaz.
No deseo internarme demasiado en el terreno de la metafísica, y tampoco insistiré
más en este amplio problema. Pero volveré sobre él más adelante, a fin de
prestar a esta discusión una base científica y empírica.

SEXTA PROPOSICIÓN

Todos los procesos de influencia se consideran desde el ángulo del


conformismo; y se supone que el conformismo es la única base de sus
características esenciales

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CINDE
PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

Se trata de lo que yo denominaré el sesgo del conformismo en la reflexión sobre


la influencia social y, más generalmente, en el conjunto de la psicología social.
Puede parecer que exagero el problema. Sería más honesto, y quizá hasta más
eficaz, minimizarlo. No voy a negar que existe una cierta divergencia de opiniones
en este tema. Pero, en conjunto, estoy convencido de que esta proposición es
verdadera y de que corresponde al modo en que la gente, incluidos los científicos,
ve el proceso de influencia.
El análisis atento del trabajo efectuado en este terreno deja poco lugar a la duda.
Se supone que la influencia social, cualquiera que sea, conduce al conformismo y
que el conformismo es el único fenómeno de interacción ligado a la influencia.
Una vez puesta esta identificación como punto de partida, no es extraño que todo
movimiento deba concebirse alejándose del individuo y dirigiéndose hacia el
grupo, y que las variaciones esperadas sean cambios de opinión por parte del
individuo. Tal como lo expresa KIESLER (1969) después de haber pasado revista
a la bibliografía especializada: «Cuando estudiamos el conformismo» (emplea
este término para resumir todo lo referente a la influencia social), «estudiamos el
cambio en dirección al grupo, es decir, el movimiento que interviene en las
creencias y los comportamientos y los hace más conformes a los de los otros
miembros del grupo» (p. 3). Declara que la influencia se manifiesta por «un
cambio de comportamiento o de creencia en dirección al grupo, cambio resultante
de la presión real o supuesta del grupo» (p. 2).
Partiendo de esta perspectiva, la investigación en este campo se ha limitado
exclusivamente a explorar:
a) la naturaleza del individuo y los factores sociales que determinan la sumisión
de un individuo al grupo;
b) el papel de la presión hacia la conformidad sobre el equilibrio psicológico,
individual o colectivo;
e) las condiciones internas -ansiedad, necesidad de afiliación, etc.- que hacen a
un individuo dependiente (más que las que lo hacen independiente);
d) las condiciones externas -ambigüedad del estímulo, jerarquía, etc.- que hacen
al individuo más (mejor que menos) sensible a la influencia;
Este programa de investigación toma como punto de partida el modelo
funcionalista, al que se añaden algunos axiomas, a saber:
a) El consenso con el grupo y sus representantes es, en todas las circunstancias,
no sólo necesario sino también preferible al aislamiento.

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CINDE
PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

b) La conformidad es favorable al desarrollo social e individual. La desviación es


nociva, peligrosa y perjudicial para este desarrollo.
e) La socialización y el aprendizaje llevan finalmente a la conformidad, mientras
que la desviación es el síntoma del fracaso (MCGINNIES, 1970).
d) La conformidad es el mediador de los intercambios entre el grupo y el individuo:
«En general, la conformidad está considerada como el 'bien' o el producto del
intercambio, y la aprobación social como el elemento de refuerzo o el
intermediario del intercambio. Con esto se quiere demostrar que entre la
aprobación social y la conformidad existe un intercambio análogo al de los bienes
económicos.» (NORD, 1969, p. 183.)
El sesgo de conformidad no ha determinado sólo el programa de investigación.
Ha influido, asimismo, en el modo de enfocar las acciones de los individuos y la
innovación en las raras ocasiones en que estos temas han sido estudiados.
JONES (1965), por ejemplo, se preguntaba cómo una persona con un poder débil
podía modificar la actitud de otra que detenta un poder superior. La única
estrategia que le vino a la mente fue la de ganarse el favor del otro. La persona
que ocupa una posición social más bien desfavorable debe recurrir, para
equilibrar la asimetría de la relación, a los cumplidos y los halagos a fin de
presentarse con una imagen más favorable ante la persona más poderosa que
ella. A medida que el individuo dependiente resulta más agradable, el individuo
poderoso puede sentirse dispuesto a otorgarle favores más que a retirárselos.
Como se ve, se hace uso de una especie de conformidad para dar razón de la
posibilidad de una influencia recíproca que permite la modificación de las
relaciones, de las opiniones y de los comportamientos existentes. Sabemos que
hay otros modos de enfocar las cosas; pero es significativo que nadie los haya
tomado en consideración.
La misma mentalidad ha presidido el estudio de la innovación. No hay que olvidar
que en ciertas teorías sociológicas, especialmente la funcionalista y la utilitarista,
se mira la innovación como un tipo de desviación, y a los innovadores como una
sub categoría de la categoría general de los desviantes. Con semejante definición
de la innovación y semejante clasificación de los innovadores no es extraño que
las investigaciones se hayan concentrado en el siguiente problema: ¿en qué
condiciones puede una minoría ser desviante o no conformista sin verse
expulsada del grupo o sometida a sus sanciones? Lo cual equivale a preguntarse
quién tiene derecho a desviarse y a afirmar su desviación en una sociedad dada.
La respuesta es obvia: aquellos que poseen ya el poder.

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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

HOLLANDER (1958) ha expuesto este punto de vista con mayor detenimiento que
KELLEY y SHAPIRO (1954), ZILLER y BEHRINGER (1960), o que HARVEY y
CONSALVI (1960). Propone la hipótesis según la cual en un grupo cada individuo
posee un cierto «crédito de particularismo» (idiosyncrasy credit) que representa
una acumulación de disposiciones favorables de los demás hacia él. Cuanto
mayor es su crédito, mayor es la confianza que le otorgan sus semejantes y en
mejores condiciones se encuentra para desviarse y obrar sin tener en cuenta a la
mayoría. HOLLANDER demostró en varias experiencias que el individuo que por
su competencia o por su adhesión a los objetivos del grupo ha adquirido un
amplio «crédito de particularismo» puede permitirse actuar de modo no
conformista y continuar ejerciendo una influencia.
Los resultados de estas experiencias y la hipótesis que los sustenta parecen estar
en contradicción con otras experiencias y con la opinión general de que los líderes
deben habitualmente seguir más de cerca las normas del grupo que los demás
miembros, y deben respetarlas más estrictamente. HOLLANDER intentó conciliar
los dos conjuntos de hechos, demostrando mediante experiencias que se trata de
una secuencia temporal de fenómenos. El individuo debe comenzar siendo
conformista, debe alcanzar un rango elevado, una situación de dominio, o hacerse
popular. Entonces puede exigir cambios, apartarse de la norma, y esto en
proporción a la dependencia que ha impuesto, a los otros respecto de sí mismo y
a la competencia que éstos le reconocen.
Todas estas investigaciones presuponen, pues, que
a) es posible adoptar una iniciativa innovadora cuando el movimiento se realiza de
arriba abajo, hacia la base de la escala social o psicológica;
b) la minoría puede influir en la mayoría, a condición de poseer ya poder o
recursos (el término «crédito de particularismo» engloba, en general, a todo lo que
concierne a la competencia, la inclinación, etc.) y pueden desviarse impunemente;
c) no hay conflicto entre el agente social que está en el origen del cambio y el
grupo que lo acepta. Al contrario, el agente social debe ofrecer alicientes y
distribuir recompensas si quiere tener éxito.
Estos supuestos tienen un aspecto paradójico en el sentido de que tratan de
explicar cómo se llega, mediante la conformidad, al resultado objetivo de la
innovación. Esto aparece con evidencia cuando se examinan más de cerca las
diferentes fases del proceso que acabamos de describir:
Primera fase: un individuo adquiere autoridad sobre el grupo tratando de
adherirse a las normas y los objetivos de éste;
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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

Segunda fase: el individuo modifica las normas y los objetivos del grupo, y los
otros le siguen inevitablemente porque dependen de él y porque él representa
ahora al grupo.
Tanto en la primera como en la segunda fase, sólo entra en juego el conformismo.
No deja de ser destacable que en ninguna de las dos fases exista propiamente un
desviante, a no ser quizá el propio grupo. El líder, el individuo dotado de poder o
de competencia, comienza por hacer tomar conciencia al grupo de estas
cualidades. Luego, todo lo que le resta por hacer es utilizar el poder exorbitante
que implícitamente se le ha otorgado para modificar los juicios o las actitudes. El
habitual esquema teórico y empírico de dominación y de control social pesa sobre
los dos casos de innovación antes mencionados: el de la persona que, poseyendo
poco poder, busca influir en otra persona más poderosa halagándola para obtener
sus favores, y el del individuo que utiliza su crédito de particularismo para hacer
innovaciones.
Pero ¿por qué una persona ha de obrar así? ¿Qué motivación puede tener para
utilizar a fondo su crédito? ¿Qué presiones pueden incitarle a promover el
cambio? Evidentemente, existen individuos y líderes de mente abierta que
avanzan impulsados por sus propios «discípulos». Pero no es esta una situación
típica. Además, es frecuente que la actitud de los individuos y los grupos que han
tenido un gran impacto sobre nuestras ideas y nuestra conducta se caractericen
por una estricta intransigencia y una negativa total a conformarse. Tenemos de
este hecho ejemplos ilustres: COPÉRNICO en astronomía, GALILEO en
mecánica, los milenaristas en la historia religiosa, los niveladores en la historia
social, ROBESPIERRE y DE GAULLE en política, etc. Es característico que en
psicología social se presente la innovación o el no conformismo como una
consecuencia natural del liderazgo y del poder, que contribuye al mantenimiento
del predominio del líder y de las relaciones de poder existentes; no se tiene en
cuenta que las innovaciones conducen a la substitución de los antiguos líderes
por otros nuevos, o a un cambio en las relaciones de poder. Esta ocultación es, a
mi juicio, un síntoma claro del sesgo de conformismo.
Las seis proposiciones que he presentado se interfieren entre sí, como era de
esperar, ya que derivan unas de otras y forman parte de un sistema coherente
único. Con todo, era necesario formular cada proposición por separado, porque
cada una de ellas aclara un aspecto diferente del mismo fenómeno y, de modo
más general, del comportamiento social tal como es concebido actualmente. Los
trabajos de investigación y las teorías no siempre han tomado como punto de

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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

partida todas las proposiciones simultáneamente, ni han otorgado la misma


importancia a cada una de ellas.
Tomadas en su conjunto, estas proposiciones reflejan un modo de aprehender la
realidad social y la selección en esta realidad de un segmento o de un nivel
considerado como digno de interés. Deben en parte a la popularidad que han
tenido en los manuales el haber cristalizado y haberse transformado en elementos
relevantes del sentido común. Cuando se fija su sentido exacto, como hemos
hecho aquí, es más fácil precisar su alcance y sus límites. Hemos reconocido que
reflejan fenómenos que corresponden a nuestra experiencia y que merecen ser
conocidos. No podemos en modo alguno declarar falsas o inoportunas tales
proposiciones.
No obstante, tenemos la impresión inequívoca de que, al limitamos a estas
proposiciones, dejamos de lado otros aspectos de nuestra experiencia que
merecen asimismo ser conocidos. Parece ser que una parte o un nivel de la
realidad se sitúa fuera del alcance de estas proposiciones. Dicho de modo más
preciso, un buen número de problemas o de elementos esenciales concernientes
a la influencia social se hallan encuadrados de modo fortuito en la misma
categoría, o bien quedan totalmente ignorados. La segunda parte de la presente
obra tratará más a fondo de algunas de estas confusiones, inexactitudes y
enigmas. Para ello me ceñiré a los elementos más constructivos de este estudio,
que nos ayudarán a ampliar nuestro punto de vista y a abrir nuevas perspectivas.

LA CONFRONTACIÓN ENTRE LA LÓGICA DE LAS TEORÍAS Y LA LÓGICA


DE LOS HECHOS77

¿POR QUE CIERTOS ASPECTOS DE LA REALIDAD HAN SIDO EXCLUIDOS


DE NUESTRO CAMPO DE INVESTIGACIÓN?
En toda empresa científica, el objetivo de las teorías y de los métodos es sondear
hasta lo más profundo los estratos significativos de la realidad. Hay que reconocer
que las teorías y los métodos corrientes de la psicología social han tendido, en
muchos casos, a quedarse en la superficie de la realidad. La psicología social
apenas ha abordado el fenómeno de la desviación, considerándolo sólo en
relación con el conformismo. Muy pocos estudios han examinado las condiciones
en que una minoría puede tomar iniciativas innovadoras y cambiar las normas del
grupo. En cuanto a la función de la independencia dentro del grupo, tampoco ha
sido objeto de investigaciones. Hemos dicho ya, y lo repetiremos, que esta

77
CAPITULO III

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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

selectividad no es función de los fundamentos teóricos de la ciencia, sino que


refleja simplemente las preferencias de quienes trabajan en este campo. La
elección de los temas de investigación es, después de todo, cuestión de gusto o
de inspiración.
No seré yo quien rehúse una de las escasas libertades que quedan a los
investigadores, cuyo número se va restringiendo. Pero rechazo la coerción
implícita, la sutil tiranía del modelo que he esbozado y que prohíbe la exploración
de la realidad en toda su riqueza y toda su diversidad. Porque, si ha habido
opción, esta opción ha estado determinada por las restricciones del modelo, que
ha impuesto límites en las cuestiones que se podían plantear y las respuestas que
se podían buscar. Para probarlo, tomaré dos ejemplos en dominios que me son
particularmente familiares: la desviación y la innovación.
Al desviante se le ha descrito siempre como un individuo que tenía necesidad de
los demás; privado de recursos psicológicos independientes, está pronto a
suscribir las opiniones y los juicios de la mayoría y de la autoridad. El estado de
desviación, el hecho de ser diferente, es considerado como una situación
incómoda, con connotaciones puramente negativas. Los ejemplos que
habitualmente suelen aducirse son los de la delincuencia, la perversidad, la
inferioridad psicológica e intelectual. ¿Hay alguien que pueda, en cierta medida,
poner en duda la exactitud de estas hipótesis? Hemos de admitir que el desviante
aparece con tales rasgos cuando se le tiene por un conformita en potencia. Si le
consideramos desde un ángulo distinto, es posible ver en él un individuo que se
esfuerza en ser independiente, que se inclina a rechazar la influencia y la
autoridad del grupo, que tiende a imponer su propio punto de vista. En otras
circunstancias, el hecho de ser diferente refleja una necesidad de distinguirse de
los otros y el deseo de afirmar lo que él cree y juzga importante.
El hecho de ser diferente lleva consigo problemas y tensiones. En cierto modo,
hace falta ser más fuerte y más firme para superar las concepciones
convencionales y enfrentarse con la mayoría que para seguir las opiniones del
grupo y ampararse en el mayor número. Cuando se tuvo conocimiento de los
trabajos de FREUD, él y sus discípulos fueron considerados en un principio «no
sólo como perversos sexuales, sino como psicópatas, obsesivos o paranoicos, y
se vio en ellos un verdadero peligro para la comunidad» (JONES, 1961, p. 299).
Sus colegas, neurólogos, psiquíatras y psicólogos, se indignaron; las críticas y las
discusiones hostiles proliferaron en las revistas y en las obras profesionales. Se
estimó que el psicoanálisis no era de origen germano (¡qué ironía cuando se
recuerda quiénes fueron los primeros psicoanalistas!). FREUD opuso a estas

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actitudes la impasibilidad. «La única respuesta que se dignó dar a este diluvio de
crítiticas fue la misma de DARWIN: publicar otras pruebas en apoyo de sus
teorías. Despreciaba la estupidez de sus adversarios y deploraba su bajeza»
(JONES, 1961, p. 306).
En el terreno de la política, piénsese en el ataque del senador FULBRIGHT contra
las purgas comunistas del sombrío período del maccarthismo78. En los años 50,
comenzó una campaña de difamación contra los comunistas, una caza de brujas
que tomó a menudo por blanco a todo el que profesara ideas de izquierda o
incluso tuviera tendencias liberales. El proceso OPPENHEIMER es todavía un
recuerdo reciente. FULBRIGHT fue el único senador que se opuso a la asignación
de 214.000 dólares al subcomité MCCARTHY y que tuvo la osadía de negarse a
votarla. Los demás senadores se doblegaron ante el miedo que había desatado
MCCARTHY en los Estados Unidos. Esta posición «desviante» y aislada
adoptada por FULBRIGHT no dejaba de ser peligrosa. Le amenazaron, le
atacaron, fue acusado de comunista. Estos ataques no le desanimaron. En
numerosos discursos denunció el peligro que representaba el maccarthismo para
los principios democráticos. Como consecuencia, y gracias a las audiencias
televisivas, se puso fin a la carrera política de MCCARTHY.
Tales ejemplos nos ofrecen la prueba de que el no conformismo y la marginalidad
exponen a los individuos a las duras experiencias del insulto, el ostracismo o
incluso la persecución por la defensa de una creencia, de un comportamiento, de
un sector del saber. Pero estos esfuerzos tienen su recompensa. De lo contrario
no habrían existido tantas personalidades y sub grupos religiosos, políticos,
artísticos y científicos capaces de afrontar fuertes presiones durante largos
períodos para llevar a buen término, finalmente, determinados cambios
esenciales. Las monografías históricas, la correspondencia de personalidades
excepcionales o de importancia secundaria, la biografía de tantos sabios o
combatientes de la libertad y la justicia, muestran que se trata de una situación
que puede vivirse como psicológica y socialmente positiva.
Limitémonos por el momento a la bibliografía especializada. Se ha pretendido que
los desviantes ofrecían más posibilidades de ceder que los conformistas. Las
pruebas experimentales sobre este tema son demasiado exiguas y se han
aceptado con excesiva precipitación. KELLY y LAMB (1957) tuvieron ocasión de
observar que los individuos más extremos eran también los menos influidos.
JACKSON y SALTZENSTEIN (1958) descubrieron, a su vez, que los miembros
que más estrechamente se identificaron con el grupo son más conformistas que
78
Derivado de McCarthy. (N. del T.)

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los miembros marginales. Pero la obra antes citada de FREEDMAN y DOOB


(1968) nos ofrece un material particularmente abundante. Estos autores trataron
de comprobar experimentalmente cómo la desviación, percibida como tal, influía
en la conducta. Lograron establecer claramente la diferencia que separa a los
individuos que se consideran desviantes de los que no se consideran como tales.
Para ello pidieron a los sujetos someterse a tests de personalidad y les ofrecieron
los resultados, a los que agregaron falsos datos supuestamente obtenidos
pasando a otras cuatro o cinco personas los mismos tests. Esta información
desempeñó un papel de retroacción (feed·back): el sujeto fue clasificado, o bien
como desviante al final de la lista, o bien con una puntuación media. En
consecuencia, el sujeto tuvo que considerarse como semejante al grupo o como
diferente en ciertos rasgos de personalidad. Luego, en una segunda experiencia,
los autores intentaron medir el impacto de esta autoevaluación en el sujeto.
Estos fueron los resultados: en primer lugar, los sujetos identificados como
desviantes cambiaron con mayor facilidad cuando la fuente de comunicación era
uno de sus iguales que cuando se trataba de una personalidad que representaba
la autoridad, mientras que los no desviantes reaccionaron en sentido inverso. En
segundo lugar, en una situación en que se esperaba la sumisión, los desviantes
se sometieron con mayor facilidad a los no desviantes que a los otros desviantes.
Pero los no desviantes se sometieron más fácilmente a los desviantes que a los
otros no desviantes. Globalmente, es cierto que los desviantes se conformaron
menos que los no desviantes.
Para evitar las conclusiones prematuras, no voy a afirmar que los desviantes sean
menos influenciables que los no desviantes, cosa que no tendría nada de extraño,
pues un grupo incluye individuos y subgrupos que ya se han conformado una vez
y no tienen motivo alguno para no seguir haciéndolo. Sin embargo, el respeto a
los hechos nos obliga a subrayar la idea que de éstos se desprende, a saber, que
la relación entre desviación y dependencia no está claramente definida y que la
propensión del desviante a la conformidad no es mayor, en todo caso, que su
propensión a la autonomía. Los individuos desviantes resisten a la influencia y
tienden a mostrarse impermeables a las órdenes que llegan de arriba. Pueden
también tener una influencia en los no desviantes, es decir, sobre los miembros
del grupo que constituyen la mayoría.
Estas conclusiones no tienen nada de sorprendente. Más sorprendente es que se
juzgaran evidentes sin que nadie haya reparado en que estaban en contradicción
con las teorías normales. Indudablemente era difícil establecer una correlación
entre la desviación y la independencia, de una parte, y entre la conformidad y la

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PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

independencia de otra. Si los autores hubieran advertido la conexión existente


entre desviación e independencia se habrían visto obligados a examinar más
atentamente los conceptos de «mal» y de «bien»; la desviación frente al grupo se
considera como disfuncional e insoportable mientras que el deseo de ser fiel a sí
mismo de ser un individuo único se estima en nuestra sociedad como un alto valor
moral. Sin embargo la independencia no se considera nunca como desviación ni
la desviación como una forma de independencia pues la primera queda dentro de
los límites de las normas y de la decencia mientras que la segunda socava los
fundamentos de la sociedad y tiende a la anomia. En relación con la conformidad,
la independencia constituye una frontera, una barrera levantada contra la
sociedad, una alianza con la realidad física, contra la realidad social, una
tendencia a observar una situación y extraer de ella conclusiones objetivas en
lugar de seguir a la masa. La conformidad representa la «debilidad» y la
independencia representa la «fuerza», y es difícil imaginar que coexisten ambas
en un mismo individuo.
Hay en todo esto, implícitamente, una filosofía generosa, aunque discutible;
razonable, aunque habitualmente no conforme a la vida. En la vida real, la
independencia contiene un gran porcentaje de no conformismo, de deseo de ser
diferente; los individuos verdaderamente independientes tienden a expresarse, a
esforzarse por influir en las opiniones del grupo. Más interesados por los valores
que por las situaciones reales, y preocupados por las relaciones de dependencia,
los que han estudiado la influencia social no han visto en la desviación más que el
aspecto que se presenta como el reverso de la dependencia.
Veamos ahora cómo se ha tratado el tema de la innovación. Es un hecho bien
conocido que la innovación ha sido objeto de escasas investigaciones y ha
suscitado pocas tentativas de análisis teórico. La razón por la que yo dedico una
atención especial a la innovación no es en primer término, o no es únicamente, su
importancia como fenómeno social determinante de numerosas relaciones
sociales. La innovación ocupa un puesto especial porque permite -en realidad,
nos impone- revisar todo el contexto empírico y teórico de nuestro trabajo y ver
los intercambios sociales a una luz nueva. Se puede estar de acuerdo o no con el
enfoque sociológico de HOMANS, pero hay que reconocerle el mérito de haber
expresado claramente una concepción muy difundida y haber suscitado el único
intento sistemático que se ha hecho en psicología social de estudiar la teoría de la
innovación de HOLLANBER. HOMANS se esforzó en precisar por qué
encontramos menos conformismo en ambos extremos de la escala social. Los
individuos que gozan de un status social elevado se sienten libres de dar
respuestas diferentes de las de la mayoría y de no tener en cuenta a ésta cuando
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obran porque, aunque incurran en error (por ejemplo, no reaccionando como la


mayoría en experiencias en que la manipulación trataba de inducir a la mayoría a
dar una respuesta que parecía falsa, pero era correcta), no serán penalizados.
Una ligera pérdida de prestigio carece para ellos de importancia.
Correlativamente, si su independencia se traduce en una opción correcta, el
prestigio de estos individuos se verá reforzado y su elevado status confirmado.
Así, pues, para individuos que poseen un status o rango elevado, la balanza se
inclina en favor del no conformismo.
¿Qué ocurre con el individuo de status inferior? Sea que siga al grupo o que
escoja una línea de conducta independiente, no tiene mucho que perder porque
está ya en la parte inferior de la escala. Aunque cometa un error, aunque anuncie
algo contrario a lo que ve, a lo que piensa, simplemente para estar de acuerdo
con el grupo, no llama mucho la atención. Desgraciadamente, si conforma su
conducta a la del grupo y éste tiene razón, gana menos aún, si es posible, pues
no hace sino obrar como todo el mundo. En cambio, si tal individuo adopta una
línea de conducta independiente y resulta que su respuesta es la acertada, tiene
quizá una oportunidad de ver reconocidos sus talentos y aptitudes por el grupo. El
no conformismo y la rebeldía contra la mayoría ofrecen algunas ventajas
evidentes; las personas o los sub grupos con un status poco elevado, al igual que
el proletariado (si recordamos a MARX), no tienen otra cosa que perder que su
propia esclavitud.
Este análisis de HOMANS (1961) explica por qué se practica el no conformismo,
las iniciativas progresistas y la oposición a las normas del grupo en los dos
extremos de la jerarquía social. Sin embargo, este análisis está falto de
clarividencia. No tiene en cuenta las creencias de los individuos y los grupos, sus
aspiraciones a modificar, por ejemplo, las relaciones de poder en la sociedad o los
dogmas de una ciencia. Tampoco tiene en cuenta el hecho de que, pese a los
riesgos que corren, los individuos y los grupos se opondrán a las mayorías e
intentarán modificarlas. El lema de Guillermo de ORANGE ilustra este punto: «No
hace falta esperar para emprender, ni triunfar para perseverar.»
Pero aceptemos de momento el análisis de HOMANS. La aceptación resulta tanto
más interesante por cuanto aquellos que han seguido este análisis han estudiado
únicamente el comportamiento innovador y el no conformismo en la cima de la
escala social. Por ejemplo, HOLLANDER investigó tan sólo el comportamiento del
individuo que desea vivamente ser aceptado y amado por los miembros del grupo,
a fin de acumular los «créditos» necesarios para ser un líder, «mostrando su
competencia y colmando sus expectativas» (HOLLANDER, 1964, p. 195). Una

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vez alcanzado este objetivo, el individuo, que se encuentra ahora en la cima,


puede provocar cambios si lo desea, puede permitirse desviaciones, sin perder
nada de su influencia. Parece existir un consenso en apoyo de la idea de que, en
un grupo, la innovación viene del líder.
Citaré a este propósito dos pasajes muy similares, pero que están extraídos de
manuales cuya orientación general es muy diferente. «Sin embargo, otro aspecto
del papel del líder exige que éste se aparte a veces de la norma. Es él quien
mantiene mayor contacto con los elementos del sistema social exterior al grupo.
En ciertas circunstancias, el grupo debe cambiar si quiere funcionar con eficacia.
El papel del líder es entonces introducir modificaciones en la norma» (SECORD y
BACKMANN, 1964, p. 345). «Una de las responsabilidades del papel del líder es
la innovación, el establecimiento de nuevas normas y la experimentación de
nuevos métodos que permitan afrontar el mundo exterior al grupo. El líder gana
así en crédito, aunque se aparte del modo de acción habitual. Se espera a veces
que los líderes no se conformen, y su conformismo entrañaría una pérdida de
rango» (JONES y GERARD, 1967, p. 416).
Si se toman estas proposiciones al pie de la letra, hay que decir que
1) las presiones que llevan a la innovación nacen fuera del grupo;
2) esta presión a la innovación se ejerce sólo sobre el líder, por ser el único
miembro del grupo que está en contacto con el mundo exterior;
3) la innovación presupone generalmente el riesgo de una pérdida de popularidad
o de una reducción del «crédito de particularismo», etc.
El carácter restrictivo de la proposición fundamental en la que se apoyan estas
afirmaciones salta a la vista. La historia de las innovaciones y de las revoluciones
ha demostrado sin lugar a dudas que los individuos de rango poco elevado o
marginal mantienen, por razón de su situación en la periferia del grupo, un
contacto más estrecho con el mundo exterior que los individuos de rango elevado,
que se encuentran en el centro del grupo. Aun en el caso de los primates, se ha
observado que las iniciativas de recolección de alimentos, por ejemplo, nacen en
el subgrupo de los machos «célibes», que se mantienen en la periferia del grupo.
La motivación de los individuos marginales, para introducir cambios y su alto
grado de receptividad al cambio son hechos tan conocidos de todos que no hace
falta insistir en ellos. Además, una iniciativa original, un comportamiento
innovador, entrañan riesgos evidentes para todo individuo cuya posición en la
sociedad está bien establecida, mientras que es también evidente que tal
iniciativa, al venir de un individuo o de un subgrupo que espera avanzar de la

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periferia al centro del sistema social, supone tantas, si no más, ventajas como
riesgos. Por último, no hay que olvidar que cuando los líderes innovan, lo hacen a
menudo en respuesta a una presión interna que ejercen subgrupos o individuos
situados en una posición inferior.
Estos dos análisis: el «cálculo social» de HOMANS y el «sistema de crédito» de
HOLLANDER, ¿revisten una importancia real en la explicación de la influencia y
de la innovación? Un estudio de WAHRMAN y PUGH (1972) nos muestra que no
es así, de momento al menos. En la experiencia de estos autores se asignó a un
grupo compuesto de cuatro sujetos ingenuos y un cómplice79, una tarea que
exigía una opción de grupo a propósito de una estrategia. Se les pidió ponerse de
acuerdo sobre una fila de una matriz 7 X 7 que maximizaría sus ganancias si
preveían igualmente con exactitud la columna escogida por el experimentador.
Por ejemplo, si los sujetos estimaban que el experimentador escogería la columna
amarilla y su estimación era exacta, su elección de la fila «George» maximizaría
sus ganancias, es decir, les valdría diez puntos. Si elegían la columna «George»
estimando que el experimentador escogería la columna «amarillo», pero el
experimentador elegía, en efecto, la columna «negro», por ejemplo, perdían ocho
puntos. Los sujetos creían que el experimentador tenía un «sistema» que ellos
debían descubrir para ganarle. Aunque estaban aislados en cabinas, tenían la
posibilidad de comunicarse mediante micrófonos y auriculares.

MATRIZ UTILIZADA EN LA TAREA DE GRUPO

Verde Rojo Azul Amarillo Marrón Anaranjado Negro

Able ... -1 -12 +5 -1 -2 + 15 -4

Baker ... ... + 10 -1 -2 -7 +4 -3 -1

Charlie ... ... ... -5 +5 -3 +3 -11 -1 + 12

Dog ... ... ... ... +5 -7 + 10 -2 -5 +1 -2

Easy .. ... ... -4 -1 -1 +1 + 13 -10 +2

Fox ... -6 + 15 -5 -1 -3 -1 +1

George -1 -1 -2 + 10 +4 -2 -8
Figura 1. Reproducida según E. P. HOLLANDER, «Competence and conformity in the acceptance of
influence», Journal of Abnormal Psychology, 1960, 61, Nº 3, pp. 365-639.

79
Cómplice: Sujeto que ha sido informado de antemano sobre la forma correcta de efectuar la prueba y dar
unas respuestas determinadas. (N. del T.)

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En cuatro condiciones, el cómplice hacía una elección correcta en once pruebas


sobre quince. En estas pruebas, el cómplice elegía una fila que no había sido
escogida por ninguno de los otros sujetos, y el experimentador elegía su columna,
asegurando una ganancia elevada al grupo si éste había adoptado la elección del
cómplice como respuesta común. Así, si tres sujetos ingenuos sugerían «Able» y
el cuarto sugería «Charlie», el cómplice podía elegir, por o ejemplo, «Dog». Si
decía «Dog», el experimentador elegía la columna «azul», lo que significaba que
la elección de «Dog» por el cómplice (+ 10 puntos) era la mejor.
En el curso de los ensayos, el comportamiento desviante del cómplice se
manifestaba en observaciones sobre el hecho de que la ley de la mayoría era
menos eficaz que su elección, que debería tener mayor participación en las
ganancias, por la importancia de sus aportaciones y por ser el único que
rechazaba la elección de las otras personas. Interrumpía también a los otros y
expresaba su elección antes de tocarle la vez. En una primera condición,
adoptaba un comportamiento desviante en la primera prueba y lo mantenía a lo
largo de las quince pruebas. Como promedio, intervenía dos veces por prueba,
mediante observaciones o mediante gestos. En una segunda condición
manifestaba su desviación en la sexta prueba y la mantenía hasta la
decimoquinta. En la tercera condición, la desviación aparecía en la undécima
prueba y se manifestaba hasta la decimoquinta. En la cuarta condición, el
cómplice se conformaba, es decir, no manifestaba comportamiento alguno
desviante en ninguna de las quince pruebas. Había una quinta condición, en la
que el cómplice adoptaba un comportamiento desviante en las quince pruebas
(como en la primera condición), pero la mayor parte de sus elecciones eran
inexactas: sólo acertaba en cuatro pruebas sobre quince.
La influencia ejercida por el cómplice se midió por el número de pruebas en las
que el grupo aceptó la elección de la fila hecha por el cómplice. Los resultados
muestran que, entre las cuatro condiciones en las que el cómplice era
«competente» (es decir, había hecho la mejor elección en once pruebas sobre
quince), fue más influyente en aquella en que había manifestado desde el
principio un comportamiento desviante mantenido a lo largo de las pruebas. Hay
un hecho más interesante aún, a saber, que cuanto antes intervenga la desviación
en los quince ensayos, más influyente es el cómplice. La influencia alcanza su
grado mínimo cuando el cómplice se somete a las reglas durante las quince
pruebas (condición 4). En realidad, incluso cuando el cómplice es incompetente,
es decir, cuando sólo hace una elección correcta en cuatro de las quince pruebas,
y se muestra desviante desde el principio, su influencia es tan grande como la del
conformista competente. Hasta el momento en que los otros ven que las
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elecciones del cómplice no aumentan sus ganancias, éste tiene mucha mayor
influencia que el conformista.
Los autores de este estudio concluyen: «Está claro que cuando el grupo decidía
una elección, no ponía entre paréntesis las sugerencias del cómplice no
conformista. Era lo contrario lo que ocurría. El no conformismo del cómplice o su
molesto autoritarismo aumentaba al parecer su influencia. El conformista que era
igualmente competente pagó las consecuencias de su virtud.» (WAHRMAN y
PUGH, 1972, p. 380.) Dicho en otros términos, el conformismo (créditos
acumulados) no sirve de nada. En realidad, el razonamiento de HOLLANDER y
HOMANS pretende llevamos a la conclusión de que, si una persona se desvía
muy pronto, su influencia quedará seriamente disminuida en comparación con una
situación en la que se desvía después de hacerse popular, después de haber sido
reconocida como líder, etc. Pero no ocurre así. Como hemos visto, el fenómeno
inverso, aunque está excluido por la teoría psico-sociológica, no es imposible en
el mundo real. Hacemos estas observaciones preliminares con el único objeto de
recordar el hecho bien conocido de que la innovación no está ligada al rango, y
menos aún al rango elevado. En este caso, ¿por qué han continuado los autores
estudiando sólo las innovaciones que vienen de arriba? La razón resulta evidente
cuando consideramos el modelo teórico corriente. El modelo sienta como principio
que el proceso de influencia es asimétrico. La fuente posee necesariamente un
rango superior al blanco. La autoridad, la mayoría, el grupo, son siempre los
defensores de la norma; la minoría, el individuo, debe contentarse con someterse
a ella: «El que ha adquirido una importante suma de crédito goza de la más
amplia libertad para obrar como bien le parezca, mientras que aquel cuyo crédito
es débil debe mirar lo que hace, por miedo a perder lo poco que tiene. A una
persona no se la considera ya como miembro activo del grupo cuando su saldo
baja a cero. (JONES y GERARD, 1967, p. 442.)
Este es precisamente el punto que yo quería subrayar. La razón por la que la
psicología social ha ignorado determinados fenómenos no es que estos
fenómenos sean insignificantes o carentes de interés, sino que son incompatibles
con la posición teórica adoptada.
LA INCERTIDUMBRE ¿MERECE LA POSICIÓN CENTRAL QUE OCUPA EN EL
MODELO TEÓRICO?
Digan lo que quieran los filósofos, la coherencia no es una virtud cardinal de la
reflexión científica. Por otra parte, la incoherencia en el pensamiento no Científico
tiene un límite. Cuando leemos libros sobre las relaciones entre incertidumbre e
influencia, tropezamos constantemente con afirmaciones que, o bien se

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contradicen entre sí, o bien son refutadas por la experiencia. Es innegable que la
noción de incertidumbre desempeña un papel crucial en el análisis
contemporáneo de la influencia, en el sentido de que se supone que la influencia
reduce siempre la incertidumbre. Asimismo, la eficacia de una fuente de influencia
se mide por su capacidad para reducir la incertidumbre. La dependencia
informacional de un individuo respecto a los otros deriva directamente de la
incertidumbre, y JONES y GERARD(1967) reprocharon a LEWIN no haberlo
tenido en cuenta: «,En sus escritos reconoce repetidamente la existencia de la
incertidumbre en el espacio vital de una persona, pero no la integra como un
elemento esencial de la acción» (p. 189).
LEWIN, en efecto, no hizo nunca referencia a tal concepto, y también es cierto
que jamás vio su necesidad. En todo caso, este pasaje pone de manifiesto el
presunto fundamento de la incertidumbre: la falta de información, la falta de saber,
y aclara la utilidad de este concepto, que es explicar el comportamiento de
influencia en cuanto comportamiento de comunicación de informaciones. Así,
parece ser que la influencia no está ya ligada a la necesidad del emisor (o fuente)
de modificar el comportamiento del receptor (o blanco). Al contrario, la influencia
proviene de la necesidad sentida por el receptor de obtener informaciones para
hacer frente a su entorno. En otros términos, la existencia de la incertidumbre no
sólo hace a un individuo o un subgrupo más receptivo, sino que transforma
también la significación de las relaciones y de los comportamientos asociados a la
influencia.
Esto suscita numerosas cuestiones. Pero vamos a dejarlas de lado por el
momento, haciendo nuestra la inocencia general. Las siguientes proposiciones,
como ya he indicado, son aceptadas por todos:
- cuanto mayor es la incertidumbre de una persona, es tanto más fácilmente
influenciable;
- cuanto más ambiguo es el objeto, mayor es la necesidad de influencia y/o mayor
la influencia efectiva.
Estas proposiciones tienen dos corolarios:
- cuando una persona posee certeza, no hay influencia ni necesidad de influencia;
- cuando el objeto no es ambiguo, el consenso de otras personas no ofrece
interés y no se ejerce influencia alguna.
Hay que precisar también con claridad los tres postulados que sustentan estas
proposiciones y sus corolarios:

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- el estado de incertidumbre es un dato interior a la persona y determinado, sea


por los medios de que dispone para obtener información o por sus características
psicológicas;
- la ambigüedad o la no ambigüedad del entorno es una característica que es
distinta del organismo que se enfrenta a ella;
- la incertidumbre y la ambigüedad existen antes de que la influencia y la
interacción con los otros se desencadenen: son las condiciones previas a la
influencia y a la interacción.
Estas proposiciones se supone que están verificadas por la experiencia. Pero es
difícil creer que se hayan examinado sus corolarios con suficiente rigor.
Consideremos en primer lugar la ambigüedad del estímulo. SHERIF y sus
discípulos procedieron en sus estudios a una exploración completa de esta
dimensión. Sin embargo, las experiencias de ASCH y, más recientemente, las
nuestras (MOSCOVICI y otros, 1969) han revelado la posible existencia de una
fuerte influencia aun cuando los estímulos están absolutamente libres de
ambigüedad. Hay que concluir, pues, que la ambigüedad y, por consiguiente, el
carácter cambiante e inestable del entorno, no son una condición necesaria para
que se instaure una norma o se ejerza una influencia sobre las opiniones. La
razón por la que se supone que esta proposición sobre las relaciones entre el
grado de estructuración del estímulo y la incertidumbre está confirmada por la
experiencia, no es muy clara. Nadie niega que se dé mayor divergencia en las
respuestas cuando los estímulos son más ambiguos que cuando lo son menos.
Pero no hay que confundir la posibilidad de ejercer una influencia, de pasar del
estado de reposo al estado de movimiento, con la facilidad o la dificultad para
ejercer una influencia, es decir, con el grado más o menos elevado de
aceleración, pues no son cosas idénticas.
En realidad, el problema sólo resulta interesante cuando se rechaza esta
proposición, y esto por la siguiente razón: nada nos asegura que tengamos ahí
una dimensión continua. Tanto desde el punto de vista psicológico como desde el
punto de vista social, influir en alguien sobre un objeto ambiguo no es lo mismo
que influir en alguien sobre un objeto no ambiguo. En el primer caso, nos
esforzamos por limitar la gama de los valores que el objeto puede poseer, por
reducir el número de dimensiones en función de las cuales puede ser evaluado.
En el segundo caso, por el contrario, nos esforzamos por ampliar la gama y
aumentar el número de las dimensiones. La sumisión no posee el mismo sentido
en ambos contextos. Una diferencia de juicio igualmente débil es sensible

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respecto a un objeto no ambiguo, pero puede quedar invisible cuando el objeto es


ambiguo. Por tanto, la sumisión en una situación en que la desviación es
evidente, delata un cambio psicológico más acusado que la sumisión cuando la
desviación no es tan sensible. Un sujeto que dice ver verdes unas diapositivas
azules y ver iguales unas líneas objetivamente desiguales, ha sufrido realmente
un cambio y adoptado una respuesta que no formaba parte de su repertorio.
Correlativamente, un sujeto que pretende que el punto luminoso en la ilusión
autocinética se desplaza 5 centímetros en lugar de 3, se decide por una respuesta
que existe ya en su repertorio. Es engañoso comparar el grado de sumisión en
ambos casos, pues puede ocurrir que los resultados que se comparan deriven de
dos procesos psicológicos distintos. Es preciso tener en cuenta esta posibilidad
porque, según algunos estudios, las personas que se conforman respecto a
objetos ambiguos poseen, al parecer, perfiles psicológicos diferentes de las
personas que se conforman en relación a objetos no ambiguos (ALLEN, 1974).
Además, aun suponiendo que los dos procesos sean idénticos, la influencia
¿depende de la condición del objeto, de la claridad de los criterios en función de
los cuales lo evaluamos, es decir, del grado correspondiente de certeza? Nada
autoriza a sentar esta hipótesis. En las experiencias de SHERIF, los sujetos fijan
una norma personal, una estimación relativamente estable del desplazamiento de
la fuente luminosa antes de que haya interacción. En las experiencias de ASCH,
los sujetos poseen asimismo una norma, una idea muy precisa de la igualdad o
desigualdad de las líneas que les muestran. ¿Cuál es la diferencia entre los dos
grupos de sujetos que hace al primero aparentemente más fácil de influir que al
segundo? ¿Es la ambigüedad del estímulo? En absoluto. Es el hecho de que la
norma aplicable a la igualdad o desigualdad de las líneas se ha visto reforzada
muchas veces por la sociedad, mientras que la norma aplicable al desplazamiento
de un punto luminoso es nueva para los sujetos y no ha sido previamente
reforzada. Una de las experiencias de MAUSNE (1954) muestra que, si se realiza
este refuerzo, las estimaciones no convergen y no hay sumisión. Todo induce,
pues, a poner en duda que exista un nexo causal directo entre las propiedades
físicas del estímulo (o del entorno) y la influencia, es decir, que la influencia sea
función de la inestabilidad del estímulo.
¿Qué decir del status, más general, de la incertidumbre? ¿Es una condición
necesaria y suficiente de la influencia? La incertidumbre ¿es tan insoportable que
los individuos van a intentar en todas las circunstancias reducirla? ¿Existen
verdaderamente razones para considerarla como una condición previa de la
interacción social y creer que su reducción resulta únicamente de tal interacción?
Se pueden tratar estas cuestiones a varios niveles diferentes. A nivel práctico, hay
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numerosas situaciones en que los individuos o los grupos con opiniones, normas
y creencias bien definidas son influidos por otros individuos o grupos. Los
ejemplos de conversaciones religiosas, políticas, científicas y estéticas abundan.
Aunque se tratara de ejemplos excepcionales, no por ello serían menos
interesantes y menos contrarios a la afirmación de que allí donde, hay certeza no
puede haber influencia. A nivel experimental, un gran número de estudios sobre el
cambio de comportamientos y de actitudes sólidamente establecidos dan fe de
que la duda no constituye un elemento indispensable del fenómeno que nos
interesa. Las experiencias de LEWIN sobre la modificación de las preferencias
alimenticias, las experiencias fundadas en la teoría de la disonancia -en las que
los sujetos a los que se ha pedido defender opiniones contrarias a las suyas o
inclinarse en favor de ellas acaban por modificar sus opiniones-, no están tan
alejadas de las experiencias de influencia social como se podría pensar. En todos
estos casos se pide a los sujetos que imaginen un punto de vista diferente del
suyo o adopten soluciones de recambio a sus soluciones habituales. A pesar de
las vacilaciones iniciales, los sujetos se someten.
Parece existir una falta de comunicación entre los teóricos y los
experimentadores. Los primeros sostienen que la influencia se debe a la
reducción de la incertidumbre; los segundos tratan de influir a los sujetos a fin de
aumentar su incertidumbre. CRUTCHFIELD (1955) observó atentamente lo que
sucede en una sala de experimentación e hizo ver que cuando los sujetos entran
en la estancia no dudan de sus aptitudes intelectuales o sensoriales, como
tampoco se preguntan si poseen el saber necesario para juzgar si dos líneas son
o no iguales. Sólo cuando los sujetos se enfrentan con las decisiones unánimes
del grupo surgen estas dudas. Escribe CRUTCHFIELD: «En un principio, muchas
personas tienden a eliminar su divergencia con otros, achacándose el fallo a ellas
mismas. Expresan dudas sobre la exactitud de su propia percepción o de su
propio juicio; confiesan que probablemente habían interpretado o percibido mal
las diapositivas» (1955). Al principio, pues, el sujeto piensa que es como los
demás, pero poco a poco llega a ver las cosas de otro modo, a considerarse
como desviante respecto al grupo. «Otro efecto notable», continúa
CRUTCHFIELD, «era la sensación de que la distancia psicológica entre la propia
persona y el grupo se había agrandado. El sujeto tenía la impresión de ser raro o
diferente, o bien veía al grupo muy distinto de lo que pensaba. Esto iba
acompañado, en la mayoría de los sujetos, de la aparición de una notable
ansiedad, que en algunos se manifestaba de modo muy vivo. La existencia de
estas tensiones en y entre los sujetos se revelaba de modo impresionante
cuando, poco después de terminar la prueba, el experimentador confesaba el

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truco que había usado y explicaba la situación real. Había signos evidentes y
audibles de respiro y alivio... » (1955).
Está claro, pues, que el efecto del grupo es, ante todo, producir la incertidumbre y
la ansiedad. Difícilmente se ve cómo podrían modificarse, si no, las percepciones
y las respuestas. No tenemos, pues, razón alguna para suponer que la influencia
sea siempre una consecuencia de la reducción de la incertidumbre y no de la
producción de ésta. Con todo, sigue en pie la cuestión teórica, que consiste tanto
en saber cómo y por qué la influencia produce la incertidumbre, como en saber
cómo y por qué se supone que la reduce.
Se podría pensar que todo esto apenas tiene importancia, pero no es así desde
un punto de vista científico. Cuando se supone que la incertidumbre o la
ambigüedad (o la desviación en general) son datos, cabe pensar que la influencia
ha sido provocada; la influencia se justifica igualmente por factores extra-sociales,
y el punto de partida -la necesidad original- parece ser intra-individual. Por otra
parte, cuando observamos las condiciones en que pueden producirse la
ambigüedad y la incertidumbre, la desviación presenta un aspecto social. En
estas condiciones, la influencia resulta de la interacción social, y el punto de
partida, o necesidad, parece ser en este caso, interindividual.
La primera teoría de FESTINGER concerniente a las presiones hacia la
uniformidad, aun siendo menos general, se aproxima más, a este respecto, a la
realidad que su segunda teoría de la comparación social. De hecho, como él
mismo ha observado claramente, las presiones que en el seno del grupo actúan
para modificar las opiniones de un desviante provienen de la divergencia entre el
desviante y la mayoría. Es esta divergencia la que obliga a los miembros del
grupo a comunicarse, a fin de eliminar toda posibilidad de ver cuestionada su
decisión. Como hicieron ver MONCHAUX y SHIMMIN (1955), tal cuestionamiento,
caso de persistir, implicaría la duda y una revisión de las opciones hechas en
común. La comparación social no presupone ninguna otra: el individuo aislado
carece de seguridad sobre su valor, sus opiniones y sus aptitudes, y por esta
razón desea compararse con sus semejantes. Pero cabe también preguntar si
esta misma falta de seguridad no deriva de su propia comparación con otros
individuos, tal vez bajo la presión de la rivalidad, que parecen más capaces y más
seguros en sus opiniones y sus valores personales. Esta hipótesis parece que
sería más realista.
En conclusión, ni el argumento teórico ni la prueba experimental nos permiten
fundar la influencia social, su origen o su eficacia, en los conceptos de
ambigüedad o de incertidumbre. Los estados mentales que estos conceptos

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describen son «resultados» más que «datos», y es necesario efectuar


investigaciones sobre su origen y su formación en el seno de la interacción social,
en lugar de limitarse a la observación de su existencia y de sus efectos fuera de
esta interacción. En todo caso, nada nos autoriza a considerarlos como
condiciones necesarias y suficientes de la influencia. No es mi intención hacer
suponer que no tienen función alguna; pero, a mi juicio, la reducción de la
incertidumbre o de la ambigüedad no debería incluirse entre las proposiciones
generales aplicables al análisis del proceso de influencia. Es necesario, por lo
menos, reformular de modo riguroso lo afirmado hasta ahora sobre este tema.
¿ES LEGÍTIMO SEGUIR USANDO INDIFERENTEMENTE EL CONCEPTO DE
PODER Y EL CONCEPTO DE INFLUENCIA?
Creo que se ha esperado demasiado del concepto de influencia, como
consecuencia principalmente de su asociación estrecha en exceso con diferentes
aspectos del poder. Se ha asumido la hipótesis más o menos implícita de que el
poder es la única fuente de influencia y de que la influencia es la consecuencia o
el instrumento del ejercicio del poder. En esta perspectiva, era natural pensar que
el grado de conformidad correspondía al status social de un individuo y que la
dependencia respecto a la autoridad del grupo o de la mayoría era la fuente
principal de la influencia. Debemos formular tres preguntas: a) Esta relación ¿se
ha verificado experimentalmente? b) El nexo causal entre poder e influencia ¿se
ha precisado de modo conveniente y claro? c) Un estudio profundo del proceso de
influencia ¿es compatible con el hecho de moverse en el contexto de los procesos
de poder? Voy a tratar de responder una por una a estas tres preguntas.
La razón de que se haya atribuido a la dependencia tan importante papel, hasta
considerarla como una variable independiente mayor, viene de que se ha
presupuesto la existencia de una relación entre jerarquía y conformidad. A partir
de ahí, se ha definido la influencia como una extensión del poder. En la misma
perspectiva se ha supuesto que se otorga más peso a una opinión mayoritaria
que a una opinión minoritaria, ya que la dependencia respecto de la mayoría es
mayor que la dependencia respecto de la minoría. Sin embargo, una
interpretación atenta de los hechos viene a desmentir esta conclusión. No hay un
nexo entre dependencia y conformidad.
Para probarlo, volvamos al paradigma de ASCH que, con sus variantes, es de una
importancia capital. Como se sabe, en este paradigma el sujeto se encuentra ante
las respuestas evidentemente falsas de tres a quince cómplices, a tenor de
las·condiciones experimentales. Globalmente, parece ser que el sujeto se
conforma al grupo en una respuesta sobre tres (32 %). El propio ASCH y todos

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los que han estudiado esta experiencia en artículos y manuales, han atribuido
este efecto a la dependencia respecto a la mayoría. Debemos negar esta
conclusión por razones que voy a recordar brevemente. Postular un efecto
mayoritario implica ciertas consecuencias: a) cuanto más importante es la
mayoría, mayor es su influencia; b) un individuo que tenga que elegir entre el
juicio de otro individuo (de un desviante) y el juicio de la mayoría, elegirá este
último; c) cuando un individuo escape a la vigilancia de la mayoría y se encuentre
así liberado de la relación de dependencia, tenderá a emitir juicios correctos y a
no conformarse; d) ninguna otra característica del juicio mayoritario y de la
interacción social (como la unanimidad, la certeza, etc.) puede dar razón de lo que
la respuesta conformista tiene de significativo.
Ninguna de estas tesis se ha verificado con mucha claridad. En lo concerniente a
la tesis (a), observamos que desde el momento en que la mayoría supera el
número de tres cómplices un nuevo aumento no provoca un incremento de la
influencia. En cuanto a la tesis (b), ha sido totalmente refutada. Diversas
experiencias han mostrado que la acción de un individuo aislado (ASCH, 1955;
ALLEN Y LEVINE, 1971; GERARD y GREENBAUM, 1962) o de un desviante
(KIESLER, 1969) puede contribuir en buena medida a reducir la conformidad e
influir en el sujeto ingenuo. La tercera tesis no ha sido aún verificada de modo
decisivo. Se han imaginado diversas experiencias para ponerla a prueba, situando
al sujeto ingenuo en un papel anónimo; en el plano social, su respuesta no se
subraya y permanece desconocida del grupo. El sujeto ingenuo no se encuentra,
pues, en principio, en situación de temer la desaprobación del grupo. Se esperaba
que, en estas condiciones, el porcentaje de respuestas conformistas disminuyera.
En una experiencia de RAVEN (1959), por ejemplo, disminuyó en efecto, pasando
de 39 % en el caso de respuestas dadas en público a 26 % en el caso de
respuestas dadas anónimamente. Sin embargo, también el 26 % de respuestas
conformistas por parte de un sujeto que no tiene ninguna razón aparente para
someterse al grupo, constituye un porcentaje bastante importante para ser
significativo psicológicamente.
Estas conclusiones hacen poner en duda el principio del efecto mayoritario como
determinante de la influencia; pero no se ve aún una explicación de recambio, con
una sola excepción que se desprende de la cuarta tesis (d). En todas estas
experiencias, el juicio «erróneo» posee dos características: de una parte, es un
juicio mayoritario; de otra, es unánime. En otros términos, este juicio fue
persuasivo porque emanaba del grupo y estaba organizado de forma que el grupo
parecía consistente. Supongamos, como se ha hecho en algunas experiencias,
que hay dos tipos de grupos: uno, en el que los miembros son unánimes; otro, en
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el que no lo son. En el primer tipo de grupo, cualquiera que sea el número de los
miembros, el porcentaje de respuestas conformistas es siempre el mismo: 32%,
como hemos visto. En el segundo tipo de grupo, en que se ha pedido a un
cómplice romper la unanimidad dando una respuesta diferente de las otras, el
porcentaje de respuestas conformistas es sólo de 10,4% y desciende hasta 5,5%
en ciertos casos.
Por consiguiente, parece ser que una mayoría unánime de tres individuos posee
mayor influencia que una mayoría de siete que no es unánime. Esto basta para
probar que la unanimidad, es decir, la organización de las respuestas que refleja
la consistencia interindividual y la existencia de una norma común, es más
importante que el mero número de las personas que la adoptan. Conclusiones
análogas encontramos en otros estudios (GRAHAM, 1962; MOUTON, BLAKE Y
OLMSTEAD, 1956). Para mayor concesión, dejo de lado otros hallazgos
empíricos que prueban que ni la presión de la mayoría, ni la opinión de una
mayoría, son de importancia más decisiva que la de un individuo aislado. Todas
estas conclusiones vienen a cuestionar la convicción según la cual la
dependencia es la única fuente de influencia.
La elección de la dependencia como factor causal revela la hipótesis de un nexo
entre el poder y la influencia real. Pero ¿podemos realmente estar seguros de que
la dirección de este nexo se ha analizado con exactitud? FRENCH y RAVEN
(1959) intentaron clarificar la teoría del poder como origen de la influencia y
propusieron una distinción fundamental entre dos tipos de poder: el poder
coercitivo y el poder normativo. El primero se manifiesta por la coerción en función
de los recursos físicos y por la distribución de recompensas y castigos. El
segundo se manifiesta de modo análogo en función de competencias y por la
legitimación de diferentes papeles sobre la base de valores y de normas. El poder
del experto o de la persona bien informada descansa en la convicción que tiene la
mayoría de la gente de que posee conocimientos especializados en las
situaciones en que éstos son necesarios: el médico influye en el paciente, el
mecánico en el propietario del vehículo, el experimentador en el sujeto, etc.,
porque el paciente, el propietario del coche y el sujeto aceptan la autoridad de la
institución y el valor de la formación y de las calificaciones profesionales que
garantizan la conducta de estas personas. El poder de los padres, de los
directores, de los oficiales, de los delegados sindicales, se apoya asimismo en un
sistema de valores que ha sido interiorizado por el niño, el empleado, el soldado o
el obrero y que les impulsa a atribuir una autoridad superior a las personas que
los influyen. El grado de poder normativo varía en función de la aceptación de las

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normas exactamente como el grado de poder coercitivo varía en función de la


coerción y de la resistencia que ejercen los otros miembros de la sociedad.
Todo esto es perfectamente razonable y claro mientras no se plantee la cuestión
que nunca se ha formulado: ¿cuál es el origen del poder? No voy a tratar aquí la
cuestión del poder coercitivo, que ofrece menor interés, en el sentido de que su
relación con los procesos que nos preocupan es menos evidente. Consideremos,
en cambio, algunos ejemplos concretos de poder normativo en acción.
Imaginemos que un individuo o un grupo pone su confianza en una persona a la
que considera como un experto cuya autoridad y saber acepta: un médico, un
psicoanalista, un economista, un psicólogo experimental, un músico «pop».
Otorga mucho valor a sus opiniones y a su comportamiento y sigue sus
recomendaciones. Pero antes de que el individuo o el grupo se sometan a tal
relación de dependencia, es necesario que esté persuadido de que el médico es
en algún sentido preferible al hechicero o al curandero, que el psicoanalista es
más eficaz que el psiquíatra ortodoxo, que el economista entiende más que el
hombre de negocios ordinario, que el psicólogo experimental es más científico
que cualquier otro especialista del comportamiento, que la música «pop" es una
expresión válida y no una simple cacofonía. Evidentemente, no es fácil obtener
semejante asentimiento, y los grupos, las clases y las sub culturas no están de
acuerdo sobre el valor que debemos otorgar a cada una de estas categorías de
expertos.
En otros términos, la dependencia respecto al poder y a la eficacia de los expertos
está subordinada al hecho de que previamente se haya influido en los individuos,
al hecho de que se hayan modificado sus opiniones relativas a lo que constituye
el verdadero saber o la verdadera música. Para que la autoridad de los padres, de
los profesores, de los inspectores, etc., sea eficaz, es asimismo necesario que
ciertos valores concernientes a la familia, la escuela y el trabajo sean mantenidos
y compartidos. Tan pronto se modifican, se debilitan o se abandonan estos
valores, como ha ocurrido recientemente con la familia y la universidad, por
ejemplo, el poder queda, pero únicamente a título de puro poder coercitivo. Este
poder no puede como tal transmitir o resucitar valores, y no puede legitimarse.
Por eso, todas las sociedades crean sin cesar y mantienen instituciones paralelas
destinadas a transmitir valores, normas e ideologías; a influir, en una palabra. El
papel de las instituciones es precisamente, entre otros, legitimar el poder.
Así pues, si el poder presupone la influencia y es en parte resultado de ésta, no
podemos considerarlo como la causa de la influencia. No puede ser causa y
efecto a la vez. Yo no pretendo negar la analogía existente entre los fenómenos

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de poder y los fenómenos de influencia, ni discutir que de algún modo están


asociados. Pero el vínculo entre ellos no es en sentido único, y el primero no es
una condición necesaria de la segunda. Al contrario, sabemos que los métodos de
influencia fracasan a menudo porque parece que el individuo que quería influir ha
adoptado una actitud dominadora y, por ello, se presenta como una amenaza
dirigida contra la independencia de elección y de juicio. Las sociedades,
conscientes de este hecho, distinguen cuidadosamente los instrumentos de su
poder de los instrumentos de su influencia. Rara vez se hace uso de la policía y
del ejército como vías de transmisión de las ideologías, de las normas y de los
valores; se reserva este papel a los educadores, a los sacerdotes, a los
especialistas de la propaganda, y nunca se encarga a estos últimos de mantener
el orden público o de tomar las decisiones políticas que determinan los derechos
de los ciudadanos. En sus estrategias globales, ni los individuos ni las sociedades
emplean estos dos instrumentos al azar. Cabe utilizar la influencia para provocar
el cambio o la conformidad y, caso de fracasar, se puede utilizar la fuerza en su
lugar, y viceversa.
Pero todos estos extremos son bien conocidos y no hace falta insistir en ellos. He
comenzado esta discusión subrayando la diferencia que existe entre ciertas
proposiciones implícitas de la psicología social concernientes a la relación entre
influencia, poder y dependencia, y las pruebas experimentales. No parece existir
una relación causal directa entre jerarquía y conformidad. La atribución de efectos
de conformidad a la dependencia parece provenir de una mala interpretación; los
hallazgos experimentales se prestan a interpretaciones totalmente diferentes de
las generalmente admitidas (MOSCOVICI y FAUCHEUX, 1972). También en el
plano teórico, la descripción y la definición de estas relaciones dejan mucho
margen a la duda. Esto hace suponer que deberíamos tratar separadamente los
fenómenos de poder y los fenómenos de influencia. Un tratamiento autónomo de
cada problema tendría más posibilidades de llevar a explicaciones satisfactorias
de sus mecanismos de base. Sólo rechazando el interés actual tan exclusivo y
absorbente por la dependencia y el modelo de relaciones sociales vigentes,
seremos capaces de ampliar nuestra visión.

OBSERVACIONES FINALES

Mi objetivo en las páginas que anteceden no ha sido tanto criticar como suscitar
cuestiones. Por eso he puesto el énfasis en las incongruencias y los desfases
existentes entre la teoría y la experiencia, y he insistido en las contradicciones y
los límites más implícitos del propio modelo funcionalista. Las contradicciones

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CINDE
PEDAGOGÍA DE LA ALTERIDAD

provienen fundamentalmente de un análisis insuficiente de las nociones de


ambigüedad y de incertidumbre por parte de ciertas teorías que las han adoptado
como puntos de partida de la interacción social, en lugar de la perspectiva,
asimismo válida, de considerarlas como resultado de esta interacción. Los límites
del modelo funcionalista provienen directa y exclusivamente del sesgo de
conformismo, que hace imposible la toma en consideración de la influencia por los
individuos y las minorías y que proyecta una imagen tan negativa de la
desviación. La identificación injustificada de los fenómenos de influencia y los
fenómenos de poder tiene probablemente el mismo origen. De hecho, el poder y
la influencia actúan en el mismo sentido y a través del mismo agente, únicamente
en el contexto de la presión hacia la conformidad que ejerce el grupo sobre el
individuo.
Otras contradicciones y otros límites son evidentes. Así, la contradicción entre las
descripciones habitualmente peyorativas de las personas y de los subgrupos que
son «diferentes», o simplemente marginales, y las alabanzas tributadas a la
independencia; la independencia es ya en sí misma una búsqueda de la
«diferencia» o la defensa de la diferencia, que lleva en sí el riesgo de aislamiento
y desviación y que postula una fuerza y cualidades poco comunes. Y también el
límite proveniente de la importancia dada a la norma de objetividad, es decir, a la
exigencia de una respuesta correcta. La originalidad, la innovación y la necesidad
de afirmar las propias preferencias ¿no son también elementos pertinentes en la
determinación de las relaciones?

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