Está en la página 1de 7

Las ciudades antiguas

El modelo urbano aparece con la revolución neolítica. La posibilidad de cultivar plantas implica, no
solamente una menor necesidad de un territorio y una mayor concentración de la población, sino la
creación de unos excedentes agrícolas que permiten liberar a parte de la población para otras
funciones: artesanía, comercio o Estado. Desde el comienzo serán estas otras funciones las más
características de la vida urbana.
La ciudad neolítica se convierte en modelo de convivencia. En ella se encuentra la industria y el
mercado, y gracias a estas actividades puede crecer, tanto en extensión como en población. Pero el
tamaño de esta ciudad es limitado por culpa de la productividad agrícola e industrial, la capacidad del
mercado y las posibilidades técnicas, que no permiten grandes aglomeraciones, aunque algunas
ciudades de la antigüedad han sido muy grandes, acercándose al millón de habitantes, como Roma.
Las primeras civilizaciones urbanas aparecen hace unos 5000 años en siete regiones diferentes: la
llanura del valle del río Hoang-ho (Huixia, Anyang, Gaocheng), el valle del Indo (Harapa, Mohenjo-
Daro, Balatok), los valles del Tigris y el Éufrates (Nínive, Babilonia, Ur, Uruk, Asur), el valle del Nilo
(Ilahun, Menfis, Giza, Tebas, Abidos), el valle del Níger (Goa, Tomboctú), las altas mesetas
mesoamericanas (Tikal, Cocaxtlan, El Tajín, Tenochtitlan, Copán), y las alturas peruanas (Tiahuanaco,
Pikimachay, Machu Picchu, Nazca). No se puede descartar una comunicación entre todas estas
regiones, pero no parece que fueran lo suficientemente intensas como para determinar que una de
ellas es el origen y las demás son focos de difusión, particularmente si consideramos las civilizaciones
urbanas americanas. Es de destacar que en todas estas zonas hay un denominador común: las
primeras ciudades se sitúan en una llanura aluvial y con buenas posibilidades para la agricultura, lo
que demuestra la enorme dependencia del entorno inmediato de la ciudad antigua.

La ciudad clásica
La ciudad clásica es muy diversa. Nos referimos a la ciudad griega y romana. Como todas las
ciudades la forma y estructura de ellas depende de la concepción que sobre el ámbito urbano tienen la
cultura que las crea. A pesar de todo, tienden hacia la regularidad geométrica, frecuentemente
ortogonal, que ya aparece en Harapa y Mohenjo-Daro. Pero es en las ciudades griegas donde alcanza
su máximo desarrollo, en la antigüedad clásica. En general las casas son de adobe, ladrillo, madera y
caña.
No obstante hay otras tipologías. Las ciudades egipcias se organizan en torno a una avenida central,
mientras que las mesopotámicas se fortifican y se construyen sobre elevaciones. Ilahun es la ciudad
egipcia más antigua que conocemos. Su plano tiende a la regularidad geométrica, con bloques
rectangulares y calles estrechas y rectas que se cortan perpendicularmente; la casa, hecha de adobe,
madera y caña, se organiza en torno a un patio central; y la ciudad estaba amurallada. Las ciudades
de Mesopotamia se organizan en torno a una castillo fortificado, que es el punto más elevado de la
ciudad. Su función militar está siempre presente. El resto de la ciudad es ciertamente irregular, con
casas de adobe y madera. A pesar de su irregularidad, no faltaba una gran avenida procesional que
comunicaba la puerta principal con el palacio, lo que les da un aire monumental.
Las ciudades cretenses son precursoras de las griegas. No estaban fortificadas, ya que por su
insularidad se sentían protegidas. En cambio las ciudades del Peloponeso sí tenían murallas. En estas
urbes aparece una plaza central en la que tiene lugar la vida pública.
Salvo excepciones, la ciudad clásica se conforma como una ciudad estado, que organizaba el espacio
circundante para su abastecimiento: agricultura, ganado, monte y puerto si lo hubiere. Las excepciones
más notables son Egipto, Persia y Roma, las más representativas las ciudades griegas, cuyo modelo
pasa a Roma, donde se transforma.

La ciudad griega
La ciudad estado griega, la polis, tiene un plano ortogonal, más regular cuanto más organizadas
estuvieron. Tienen edificios y lugares públicos donde se reunía el pueblo, y donde se organizó la
democracia y surgió la filosofía. Estos lugares son los templos, el ágora, el mercado que a veces
estaba cubierto con soportales (la stoa). Fue necesario construir edificios de administración y de ocio,
como los teatros y los estadios. El plano tópico es el que aplicó en Mileto Hipodamos, al que
Aristóteles atribuye el habernos legado la doctrina de la distribución lógica de la ciudad. Este plano se
basa en la disposición ortogonal de las calles y las manzanas.
Todas las calles debían de tener la misma anchura, y la distribución de oficios debería hacerse
con criterios lógicos. Los griegos construyeron colonias en diferentes partes del Mediterráneo, y para la
construcción de nueva planta de una ciudad este tipo de plano es muy útil. Ciudades como Mileto,
Atenas, Esparta, Antioquía, etc., tienen esta tipología, modificada sólo por la topografía. Siempre que
se puede, el plano está orientado en dirección norte-sur, con lo que todas las viviendas tenían una
fachada con vistas al sur.
La casa griega se organiza en torno a un patio central. Solían ser de adobe, y no especialmente de
buena calidad: en Grecia se daba más importancia a la vida pública que a la privada.
Durante la época helenística este tipo de ciudad se extiende por todo el mundo ya que se crean
muchas urbes nuevas, varias con el nombre de Alejandría; pero, en parte, los lugares tradicionales,
como el ágora, han perdido su función.
Las ciudades-estado de Grecia, o polis, se desarrollaron como ciudades centrípetas. Nacieron a
partir de la acropolis, lugar que servía de refugio en caso de peligro. Poco a poco, la actividad
comercial fue creando una plaza de mercado vecina a la acrópolis, llamada agora, en torno a la cual
fueron surgiendo progresivamente edificios que albergaban otras actividades, como templos, teatros,
gimnasios, estadios y edificios de gobierno. Al aumentar la población, las ciudades crecieron,
añadiendo calles angostas de trazado irregular que luego fueron rodeadas de muros con fines
defensivos.
Además de las ciudades de origen centrípeto, los griegos fun¬daron un gran número de ciudades
por todo el Mediterráneo, las cuales adoptaron un trazado en forma de damero.

La ciudad romana
Las ciudades romanas poseían una intensa vida urbana con espacios recreativos instalados:
circos, teatros y baños. Tenían además servicios de agua y alcantarillado. Roma, la capital del Imperio,
se desarrolló en forma centrípeta y el trazado de sus calles era irregular. En sus orígenes, los
habitantes de Roma ocuparon el valle pantanoso, situado entre las siete colinas. Para enterrar a sus
muertos y, más tarde, como centro de mercado. Luego, el valle pantanoso se convirtió en el foro
romano, que servía de centro de gobierno y de culto. Allí se emplazaron los edificios gubernamentales.
Roma fue la primera metrópoli de la historia y debió enfrentar problemas que posteriormente se han
hecho típicos en las ciudades modernas, como la congestión, la extracción de basuras y la
contaminación de la; aguas, problemas que los ingenieros romanos lograron resolver brillantemente.
En los territorios conquistados, el Imperio Romano fundó un gran número de ciudades militares
de trazado centrífugo, denominadas castres, en las que se adoptó un trazado de calle; en forma de
damero. Sus emplazamientos fueron cuidadosamente elegidos para garantizar su defensa y el
abastecimiento de agua, encontrándose interconectadas por una magnífica red caminera que las unía
con la capital del Imperio.
La ciudad romana es heredera directa de la griega, pero tuvo un desarrollo gradual e
ininterrumpido durante todo el Imperio. Tienen, como las griegas, un plano ortogonal, lugares públicos
donde se reúne el pueblo para tomar las decisiones políticas y en donde divertirse, templos y palacios;
pero son claramente diferentes. Si el plano es cuadrangular no todas las calles son iguales, hay dos
calles principales mucho más anchas y que cruzan la ciudad de parte a parte: el cardo con dirección
norte-sur, y el decumanus, con dirección este-oeste. El resto de las calles son más estrechas y se
inscriben dentro de una de las manzanas en que se divide el rectángulo. Claro que esta es la
disposición de las ciudades nuevas, frecuentemente de origen militar; sin embargo, las ciudades más
antiguas, las creadas sobre poblados indígenas o las que surgen a partir de una casa rural tienen un
núcleo central más irregular. Además, Roma, que alcanza casi el millón de habitantes, tiene un plano
más complejo. Córdoba, Mérida, León, Zaragoza, son algunas ciudades romanas de la península
ibérica, Roma, Constantinopla, Verona, Lutecia, Narbo, Timgad, Tingis, en otras partes, aunque hay
muchas más.
A demás de la herencia griega, la ciudad romana desarrolla su propia morfología. Los romanos
tratarán de hacer del entorno urbano un lugar digno para vivir, por lo que son necesarios: el
alcantarillado, la traída de aguas (acueductos), las fuentes, los puentes, las termas, los baños, el
pavimento, el servicio de incendios y de policía, los mercados y todo aquello que es necesario para
que viva la gente lejos del campo y con todos los refinamientos posibles para mejorar la salud pública.
Había edificios públicos para el gobierno, el culto y la diversión: los palacios, templos, foros, basílicas,
teatros, anfiteatros, circos, mercados, baños, etc.; todos ellos construidos de nueva planta. Además,
había motivos de adorno y conmemoración como las columnas y los arcos de triunfo. De lo que en
principio carecieron estas ciudades fue de muralla, ya que el poderío del Imperio no ponía en peligro a
los núcleos urbanos; aunque cuando comenzaron las invasiones germánicas en el siglo III las
ciudades se amurallaron, se colmataron y la calidad de la vida urbana descendió. Esto fue un golpe
mortal para una civilización urbana como la romana. Las ciudades se convirtieron en lugares
congestionados y poco saludables, y que en épocas de peligro no podían proporcionar a sus
habitantes los productos básicos; así que los señores hacendados comenzaron a construir casas en el
campo, las villas romanas, que se procuraban todo lo que necesitaban y se defendían a sí mismas. Es
el comienzo de la Edad Media: la sociedad se ruraliza y la economía se feudaliza.
La casa romana es más cómoda que la griega. También se organiza en torno a un patio, con pozo o
piscina para procurarse agua, y de ahí salen diferentes estancias con diferentes funciones, desde
dormitorio, hasta recibidor, cocina, caballerizas, habitaciones para esclavos, etc.; dependiendo de la
renta de la familia. En Roma se llegaron ha construir edificios de viviendas de varias plantas, lo que
significa que no todos los romanos tenían una casa típica, sino sólo los romanos con buenas rentas.

La ciudad medieval
Tras la caída del Imperio romano y las invasiones bárbaras, aparecen en occidente dos culturas
importantes con concepciones totalmente diferentes de ciudad: el mundo islámico y el mundo cristiano,
con la religión en el centro de la civilización.
El burgo medieval
Con el surgimiento del feudalismo, Europa tendió a la vida rural (siglo IX), pero a consecuencia
de las cruzadas, se intensificó el comercio, con lo cual se reactivó el desarrollo de las ciudades que
tomaron el nombre de burgos. Los Burgos estaban amurallados y su trazado, sinuoso e irregular, les
daba un pintoresco aspecto, con una sucesión de pequeñas calles y plazas que surgieron
espontáneamente. Las calles angostas y oscurecidas por los numerosos balcones de los pisos
superiores, resultaban mal entiladas, sucias y malolientes, ya que el sistema de alcantarillado corría
por canaletas abiertas. Entre esas calles oscuras se abría la gran plaza, que servía para la localizaron
del mercado y la celebración de fiestas populares.
La mayor parte de los burgos se emplazaron sobre las antiguas ciudades romanas, aprovechando
la óptima localización que habían tenido y su vinculación a la red de caminos, que continuaba siendo
utilizada. A pesar de su trazado irregular, algunos burgos mantuvieron en su interior una zona cuyas
calles tienen un trazado rectangular, como la ciudad de Florencia

La ciudad barroca
Durante los siglos XVII y XVIII la aristocracia feudal se trasladó a vivir a la corte de los
reyes, lo que trajo consigo la construcción de nuevos palacios y parques. Los reyes absolutos
y los papas hicieron construir numerosas plazas y grandes avenidas arboladas. Este
boulevard terminaba en los grandes palacios reales. La principal función de estas avenidas
era facilitar el control militar de la ciudad y resaltar el poder del rey. En esta época, a causa del
desarrollo de las técnicas de guerra, se eliminaron las murallas de las ciudades,
transformándoles en grandes anillos de parques.

LA CIUDAD ISLÁMICA
La ciudad islámica responde a un tipo de sociedad introvertida y fuertemente jerarquizada en la
que las relaciones comunitarias son mínimas. La vida se desarrolla dentro de la vivienda, muy
espaciosa y lujosa, sin apenas vanos exteriores. El aspecto de la ciudad islámica es muy pobre ya que
tiende a carecer de adornos. Damasco, Bagdad, El Cairo, Fez, Marraquech, Córdoba, Toledo, son
ciudades islámicas bien porque se crearon de nueva planta bien porque se transformaron tan
intensamente que no es posible descubrir en su plano la morfología anterior.
El callejero es irregular y estrecho en el que con frecuencia hay calles que no tienen salida y
adarves. Son auténticos laberintos. Muchas de estas calles forman barrios con puertas que se cierran
por la noche y los días de fiesta, aislándolos del resto de la ciudad. No hay en la ciudad islámica
plazas, edificios públicos y de diversión, como teatros y circos. Los únicos lugares comunes son los
baños, el zoco y la mezquita.
En todas las ciudades hay una segregación funcional del espacio muy acusada. Existen barrios de
carpinteros, teñidores, orfebres, zapateros, etc., y el lugar del mercado, el zoco, que se situaba en un
barrio con las mismas características que los demás; calles estrechas y tortuosas, incluso cubiertas.
Aunque es cierto que, modernamente, se han construido zocos en recintos cerrados y plazas
cercadas. En la ciudad medieval islámica existen tiendas fijas y mercados permanentes, cosa que no
encontramos en las cristianas; no en vano su población supera en mucho a estas. Algunas de ellas
cuentan con más de 100.000 habitantes, y otras los 500.000, como Córdoba, Bagdad, Damasco,
Toledo, Granada, Fez o Marraquech. Se trata de una cultura urbana muy desarrollada, y con una
morfología uniforme que se extiende desde la península ibérica hasta la India.
La ciudad medieval islámica está amurallada y por lo tanto tiene puertas en las que se pagan
impuestos de paso por las mercancías. La muralla encierra la medina: la ciudad. Tras las murallas
surgen barrios de arrabales, frecuentemente especializados, donde se sitúan los oficios no deseados
dentro de la ciudad, como los curtidores.
También existen ciudades fortaleza llamadas kasba, que son en realidad un castillo con
dependencias familiares en el interior, en el que no hay calles.
La casa islámica es el lugar donde se desarrolla la vida, tiene un patio ajardinado interior y dos tipos de
estancias: las privadas o harén, y el salámlik en donde se reciben las visitas.

La ciudad cristiana
La ciudad medieval cristiana responde a otro modelo de relación social, heredado de Roma y Grecia.

Tienden a la regularidad geométrica y adaptarse a la topografía, si bien la poca exactitud con que se
construyeron les da cierta disconformidad. No faltan ejemplos de irregularidad fruto de su origen
multipolar y de la evolución histórica. Ciudades como Salamanca, Segovia o Soria nacen tras el
amurallamiento de varios núcleos rurales próximos, los cuales irán creciendo hasta llegar a ser uno
solo.
La intención de las ciudades medievales no es ser irregulares, por lo que encontramos en ellas varios
tipos de planos básicos: circulares, lineales, bastidas (ortogonales), etc., generalmente adaptados a la
topografía y en trono a un castillo. La servidumbre de los caminos interiores, y la diferente estructura y
organización inicial de cada núcleo, conforman, con el paso del tiempo y la colmatación urbana, una
ciudad irregular.
El caserío es pobre, tiene vanos abiertos al exterior y la calle es un lugar de convivencia, por lo que
se tiende a que existan lugares públicos: pequeñas plazas, iglesias y plazas forticadas.
En la sociedad medieval existe una profunda división entre dos tipos de vida, la rural y la urbana. La
vida urbana se caracteriza por tener una serie de privilegios derivados de un sistema jurídico especial:
el fuero. El fuero concedía a los villanos el privilegio de ciertos oficios, exenciones y obligaciones
fiscales, y la celebración de ferias y mercados.
Las ciudades cristianas no eran demasiado grandes, unos 15.000 habitantes, y no tenían una
desvinculación muy grande del campo, muchos de sus pobladores se dedicaban a tareas agrícolas.
En la Baja Edad Media se amurallarán la mayoría de las ciudades, sobre todo a partir de 1270 cuando
las partidas de Alfonso X el Sabio especifican que ciudad es toda población amurallada. Todas las
ciudades tenían que estar fortificadas, y las que no lo estaban se cercaron por motivos fiscales, para
mantener su fuero y para controlar la percepción de los impuestos de paso: portazgos, pontazgos y
derechos de almacenaje.
Con las murallas aparecen también los arrabales extramuros al borde de ellas, y en principio un poco
alejadas, para no dificultar su defensa. Sin embargo, no es la función militar la razón más importante
para construir murallas; en España la Reconquista ya estaba en el valle de Guadalquivir, y en el resto
de Europa no había grandes peligros de invasión.
Como en las ciudades musulmanas, la segregación funcional del espacio es muy acusada. Los
diferentes oficios se localizan en determinadas calles y barrios; en ellas los gremios controlan la
producción, la calidad, la venta y el acceso a la profesión. Algunos de los gremios estarán
privilegiados.
Las ciudades cristianas tenían una participación activa en su gobierno, por medio de los
ayuntamientos y la catedral, que eran los ejes de la política ciudadana. Algunas de ellas tenían acceso
a las Cortes, que se reunían fundamentalmente para prestar homenaje al rey y para conceder
impuestos extraordinarios. La burguesía medieval, urbana y feudal, controlaba el gobierno de las
ciudades.
Uno de los lugares fundamentales de la ciudad es el mercado, que se situaba en alguno de los
espacios abiertos: una plaza asoportalada, una puerta de entrada, o el cementerio, si no había plazas
dedicadas a tal fin. En la ciudad cristiana no había mercado permanente, ni tiendas, aunque se podía ir
a comprar los artículos de consumo a los productores, en sus barrios.
Las servidumbres colectivas en la Edad Media son muchas, lo que se refleja en el aspecto y
funcionamiento de la ciudad.
La escasez y decadencia de los centros urbanos tras el siglo III provoca que los reyes medievales
tengan que volver a ocupar ciudades tradicionales (León en el 856 que había sido abandonada) o que
se funden ciudades de nueva planta. La fundación de ciudades, y bastidas, consiste,
fundamentalmente, en la concesión de un fuero que presente una ventaja sobre el medio rural y que
favorezca la población de la urbe. Pero no faltan ejemplos de ciudades espontáneas, que se crean en
los cruces de caminos de los grandes ejes económicos como el camino de Santiago, los ríos
navegables, en la desembocadura o en el límite de la navegación, como en el Sena o en el Rin.
La ciudad medieval es un espacio privilegiado en un entorno feudal con fuertes servidumbre
personales.

Renacimiento: desarrollo de la ciudad ideal


Uno de los grandes aportes del Renacimiento fue la invención de la perspectiva, por medio de la
cual se hizo posible manipular la percepción que un observador tiene del espacio. Por ejemplo,
determinada posición de los edificios permitía que una plaza pudiera verse más larga o más corta de lo
que realmente era. Durante el Renacimiento surgieron las utopías urbanas, proyectándose y
escribiéndose numerosos tratados sobre cómo debían ser las ciudades. En su mayoría, se
estructuraban a partir de un centro y calles que surgían desde él.

La ciudad moderna
Durante el Edad Moderna se crean los estados nacionales y la monarquía absoluta. Esto implica la
extensión del régimen jurídico a todo el territorio, si bien no ha todas las clases sociales. Por esta
época nace el capitalismo mercantil, que tendrá en el descubrimiento de América y en la deriva del
cabo de Buena
Esperanza sus hitos más significativos, ya que dará a los mercaderes la posibilidad de comerciar con
otros ámbitos geográficos. Todo esto supone una nueva concepción de la ciudad como un lugar donde
relacionarse y un punto organizador del espacio regional. La ciudad es el centro del mercado sobre la
que confluyen las mercancías, pero pierden poder político y las influencias que tuvieron en la Edad
Media.
El espíritu racionalista de la Edad Moderna tiende a regularizar las calles y a ensancharlas. En
España se crean las plazas mayores: grandes espacios en el centro de las ciudades, abiertos con
ocasión de algún incendio o cualquier catástrofe, o alguna operación que permitiese al ayuntamiento
comprar el suelo barato, como el incendio de Valladolid de 1561. Estas plazas están asoportaladas y
acogen a los edificios municipales más representativos de la ciudad. Además, sirven como mercado,
lugar de fiestas y ejecuciones públicas, o simplemente como centro de relación social. Suelen tener
soportales y la entrada, normalmente, se encuentra en una de las esquinas.
En el Renacimiento, durante la Edad Moderna, con frecuencia se hacen diseños de ciudades
ideales basadas en las ideas de Vitrubio y en el nuevo arte de la guerra, que incluye la artillería. Tienen
plantas geométricas, ortogonal o radial, y un nuevo tipo de murallas, estrelladas, que responden a la
necesidad de defenderse contra la artillería desde todos los puntos. Sin embargo, este nuevo tipo de
ciudad apenas se construye en Europa. Sólo Palmanova, en Italia, es una ciudad construida de nueva
planta con estos supuestos. Lo que sí se levantarán serán nuevas murallas en las ciudades de
frontera, y en este tipo de fortificaciones no se permitirán los barrios arrabales, a diferencia de lo que
ocurre en las ciudades medievales.
Algo más tarde, en América y África, y en la costa, sí se crearán ciudades nuevas, sobre todo en
los dominios españoles y portugueses. Estas urbes tienen un plano ortogonal, con calles anchas que
siguen un plan. Sólo estaban amuralladas las ciudades costeras que eran puertos importantes. Incluso
algunas ciudades costeras se amurallaron muy tardíamente. Las urbes americanas tienen una plaza
mayor como las españolas, pero esta plaza está planeada desde el principio y generalmente se crean
por la supresión de una o varias de las manzanas del damero. No suelen tener soportales y la entrada
no suele hacerse por una de sus esquinas sino por el centro de sus laterales. Estas plazas tienen las
mismas funciones que las de la península, pero, además, son plazas de armas, debido al carácter
fuertemente militar de la sociedad indiana.
A pesar de que la muralla moderna tiene una clara función defensiva no se pierde la función fiscal. En
1625 Madrid se rodea de una cerca fiscal que delimita su territorio y dentro de la cual los impuestos
son diferentes, a los de fuera. También se mantienen los impuestos de paso y almacenaje.
Durante toda la Edad Moderna el caserío será bajo y pobre, con amplias huertas interiores donde
se suelen depositar las heces. Los longueros son más estrechos que nunca, y las órdenes religiosas,
que se han vuelto urbanas, tienen amortizado gran parte del suelo. Los gremios son poderosos y
ejercen un severo control funcional y espacial sobre la producción, la calidad, la venta y el acceso a la
profesión. La ciudad moderna del siglo XVI continúa siendo, en gran medida, medieval.
Pero durante el Barroco la ciudad tiende a cambiar radicalmente. Se acometen operaciones de
cirugía urbana: ensanchamiento de calles, creación de perspectivas, salones, arboledas, paseos, etc.
La ciudad refleja la grandeza del Estado y la monarquía, y se señalan diversos edificios emblemáticos
creando espacios y puntos de vista que los destaquen. La ciudad comienza a tener una fachada, pero
también tendrá espacios singulares y recogidos, que crean luces y sombras, muy del gusto barroco. El
modelo universal de este tipo de ciudad es Versalles, que en España se imitará en ciudades como
Aranjuez, y se hacen ciudades nuevas, en Sierra Morena, con un plano ortogonal, como La Carolina.

La ciudad contemporánea
Durante el siglo XIX cambia radicalmente la sociedad, la economía y, por lo tanto, el concepto de
ciudad.
Aparece el capitalismo industrial y la creación de una nueva sociedad, la de clases, con la burguesía
dominadora del poder político; desde la Revolución francesa y las revoluciones burguesas del 38, 48 y
68, y con el proletariado cada vez más explotado y con unas condiciones de vida miserables. La
burguesía es la ostentadora del poder económico, y pronto lo será del político. Su concepto de
propiedad es diferente al que había en la Edad Moderna: es la propiedad absoluta, libre de
servidumbres y que se pueda comprar y vender. Uno de los hechos más trascendentales para la
construcción de la nueva ciudad es la desamortización, que pone en el mercado mucho suelo urbano y
posibilita la especulación por parte de la burguesía, cosa totalmente aceptada en la época.
Durante el siglo XIX la ciudad cambia radicalmente, se hace industrial y burguesa; y crece hasta
dimensiones insospechadas, gracias al transporte. La ciudad contemporánea gravita sobre dos ideas
básicas: la concentración del mercado en torno a la creación de un centro urbano y la reunión de la
fuerza de trabajo y los consumidores.
El prototipo de ciudad es París, y la reforma de Haussmann el modelo de actuación en todo el
mundo. Haussmann propone una ciudad ordenada, en la que estén presentes los supuestos
higienistas de los ilustrados: alcantarillas, iluminación, calles anchas y arboladas, etc. Pero, además,
esta ciudad está construida con criterios policiales, ya que se propone un plano; bien sea este radial,
ortogonal, o cualquier otro; que permite la represión de las manifestaciones revolucionarias. Sin
embargo, lo importante del modelo de Haussmann no es esto, sino el hecho de que somete a la ciudad
antigua a toda una operación de cirugía urbana, tirando lo viejo para construir lo nuevo, y todo ello
financiado por los poderes públicos: Haussmann es un ministro de Napoleón III.
El primer hecho significativo es la reforma interior. Consiste en un plan de rectificación y
ensanchamiento de calles en el que el municipio pone gran parte del capital. Es un negocio
especulativo, en el que se crea la «gran vía». Este espacio se convierte en una zona comercial y se
reserva a la burguesía. Es la creación del centro urbano. El centro urbano es la zona principal donde
se hacen los negocios, y en torno a la cual se disponen las demás funciones de la ciudad, desde la
administración a la residencia. El centro urbano genera una segregación social en el espacio en virtud
de los diferentes precios del suelo que se crean con la actividad comercial y terciaria.
En el centro es donde se concentran los edificios más altos que están dedicados a oficinas. A él se
llega desde cualquier parte de la ciudad. El precio del suelo es muy caro. En las ciudades españolas
se encuentra en el ensanche.
La reforma interior engarza con el ensanche: un plan de expansión de la ciudad reservado a la
burguesía y a la función servicios, que como prolongación de la reforma interior y la gran vía, se dirige,
en la mayoría de los casos, a la estación del ferrocarril; verdadero motor de la industrialización y del
desarrollo económico. Esta expansión supone la desamortización de los solares intramuros y el derribo
de las murallas, al menos en el área de crecimiento. La tendencia es a la colmatación de la ciudad y a
la progresiva desaparición de los espacios verdes, salvo algunos que fueron retenidos por motivos
especulativos, o programados en el Plan de Ensanche y Reforma Interior. En todas las ciudades de
España se hace ensanche: el de Madrid fue diseñado por Carlos María de Castro, el de Barcelona por
Ildefonso Cerdá, pero también en León, Málaga, Mataró, etc. Además, algunas ciudades que no
tuvieron Plan de Ensanche, el crecimiento de la ciudad en el eje de la estación hizo las veces de él,
como en Oviedo o en Valladolid. Fuera del ensanche y la ciudad antigua quedaría el extrarradio.
Alrededor del centro urbano y en torno al ferrocarril aparece la industria urbana, que caracteriza a la
ciudad del siglo XIX. Pero las necesidades de espacio y los problemas de la contaminación terminan
por expulsar esta actividad de las urbes, en favor de la función residencial y terciaria. La industria se
instala en el extrarradio, cada vez más lejano del centro, a medida que crece la ciudad.
Los altos precios de las parcelas tras los planes de reforma interior y ensanche suponen que el
proletariado no puede acceder a estas viviendas, por lo que aparecen dos tipos de vivienda marginal:
las barriadas del extrarradio, parcelaciones ilegales, sin un proyecto conjunto y que dan al plano un
aspecto irregular, a pesar de su regularidad interna; y los corrales o casas de vecinos, en los cascos
antiguos de las ciudades y en el ensanche. Estos corrales se suelen encontrar en el interior de las
manzanas o en los edificios abandonados por la burguesía, que progresivamente se van deteriorando.
Las parcelaciones ilegales carecerán de infraestructura sanitaria, ya que el Ayuntamiento no las
reconocerá. Los altos precios hacen caro el suelo incluso para la burguesía, por lo que los planes
iniciales casi nunca se cumplen. Las parcelas se dividen, creándose calles nuevas, porque son muy
caras para un solo promotor. Las casas que se construyen tienen más pisos de los previstos y menos
espacio verde, todo para rentabilizar del suelo.
Con el tiempo, la burguesía fue trasladándose al ensanche y el casco antiguo se fue degradando
socialmente hasta que recientemente el interés por conservar los testimonios del pasado y su nueva
función, como lugar de ocio y turismo, lo ha revitalizado, para lo que está siendo necesario expulsar de
allí a las clases marginadas.
La nueva economía capitalista industrial creará una ciudad que acoja el mercado concentrado, pero
también al proletariado que trabaja en las fábricas, por eso, en todos los países del mundo, en algún
momento, hay un éxodo rural, el abandono del campo y la emigración a la ciudad, donde está la
industria. Esta concentración de la mano de obra no sólo pretende tener la fuerza de trabajo agrupada
y cerca, sino también desvinculada del medio rural, al que podrían volver en caso de crisis. De esta
manera la burguesía se asegura que la fuerza de trabajo depende de ella para sobrevivir, y de paso
que tiene dedicación exclusiva, por lo que no hay escasez de mano de obra en las épocas
agrícolamente activas.
Con la explosión demográfica y la urbanización de la sociedad industrial, las ciudades crecen. El
transporte urbano es el que posibilita el crecimiento de las ciudades en superficie, hasta límites
insospechados poco antes, y sin grandes trastornos de tiempo. El tranvía es el símbolo de la ciudad
decimonónica y el coche privado el de la ciudad de nuestro tiempo.
Tras la generalización del coche privado, la ciudad ha de adaptar su infraestructura para su uso: se
asfaltan las calles, se crean las aceras y se ponen las señales de tráfico, especialmente el semáforo.
Todos ellos son elementos presentes en nuestras ciudades actuales. La ciudad tradicional no está
preparada para este tráfico y presenta problemas de congestión. Los atascos son frecuentes por lo
que en todas partes han sido necesarias las carreteras de circunvalación, la construcción de vías
rápidas y la peatonalización de la ciudad más antigua.
El crecimiento urbano ha supuesto la colmatación de la ciudad y la creación de barrios social y
funcionalmente diferenciados. En ellas aparecen distritos especializados en determinadas funciones:
negocios, residencia, ocio, turismo, etc.
Durante los años 60 el crecimiento demográfico fue, en España, más rápido que la construcción de
viviendas. Esto ha pasado en todos los países en algún momento. El precio de las viviendas aumentó
y las clases más humildes no pudieron acceder a ellas. Aparecen así los barrios de chabolas y casas
de auto construcción en las periferias de las ciudades. Son suburbios socialmente marginados sin
infraestructura sanitaria; lo que les convierte en permanentes focos de infección, en los que la
marginación es caldo de cultivo de la delincuencia. Este proceso continúa en las ciudades del Tercer
Mundo.
Pero la ciudad contemporánea es en la que se hacen reformas fundamentales: calles nuevas,
anchas y arboladas, alcantarillas, alumbrado y diversas medidas higienistas. Además, se diseñan las
urbes con criterios policiales y de organización política y administrativa.
En el siglo XIX no se crean ciudades de nueva planta, pero sí se construye la nueva urbe con
arreglo a un plan. Ese proyecto dibuja distintos planos, con distintos objetivos, dentro de cada ciudad.
Hoy en día nos podemos encontrar, en todas las ciudades, distintos tipos de plano según la época en
la que fueron reformadas: desde el irregular de la ciudad antigua, al plano radial, ortogonal o lineal. Sin
embargo, esto no quiere decir que no hubiese propuestas de ciudades ideales. Todos los socialistas
utópicos tienen un modelo urbano, muy similar, pequeñas comunidades de unos 1500 habitantes que
se abastecían de todo lo necesario.
Esta es la época en la que se adapta a los nuevos medios de transporte, como el ferrocarril. En los
años 20 surge un nuevo modelo de ciudad: se abren las calles para los coches y se jerarquiza la red
viaria; se crean las infraestructuras que llevarán el agua y la electricidad a las casas, se recogen las
basuras, etc., y aparece un nuevo tipo de edificio que condicionará el paisaje urbano; el rascacielos y
los edificios de varios pisos.
Los edificios de varios pisos permitirán el uso de los bajos para mercado y el resto del edificio para
vivienda. La revolución industrial necesita un mercado concentrado, y la agrupación de la fuerza de
trabajo de dedicación exclusiva, de ahí que la población se reúna en las ciudades y se desvincule del
campo.
La ciudad actual necesita de una gran infraestructura que debe situarse en las afueras, desde
hospitales y cementerios a vertederos, rondas de circulación, depósitos de agua, transformadores
eléctricos, etc. La ciudad debe dotarse también de pavimento asfaltado, modernamente de calles
peatonales, alumbrado, estaciones de transporte y taxi, mobiliario urbano, recogida de basuras y toda
una infraestructura sin la cual sería imposible su funcionamiento.
Tras la segunda guerra mundial los poderes públicos de todo el mundo toman las riendas de la
planificación eficaz de la ciudad, aunque en muchos casos se salten sus propias normas. La ciudad se
fue equipando, e incorporó a su entorno las barriadas marginales y del extrarradio. Se construirán
viviendas obreras dignas y también para las clases marginales, con el fin de erradicar el chabolismo.
En la actualidad, se intentan conservar los edificios más antiguos de la ciudad, pero la renovación del
caserío ha sido tan intensa que apenas quedan edificios anteriores al siglo XIX.
El caserío de la ciudad actual es marcadamente diferente al de la tradicional. En su concepción
han tenido una influencia decisiva los argumentos de la arquitectura racionalista. Pero no es el modelo
de Le Corbusier el que triunfa (edificios de viviendas en altura rodeados de campo) sino su técnica de
construcción. La arquitectura racionalista permite optimizar el precio del suelo, permitiendo construir
varias viviendas en altura, y que los bajos de los edificios puedan ser utilizados para diversos
negocios, tiendas, oficinas, etc. En estos edificios el ascensor es un elemento esencial. Será en
Chicago donde se cree este modelo de ciudad, donde se pongan los primeros ascensores, donde los
bajos se reserven para los negocios y donde se construyan los primeros grandes almacenes, otra de
las señas de identidad de la ciudad actual. Este modelo es el que ha permitido el aumento de la
densidad humana en las urbes, y el crecimiento en altura del paisaje urbano. Además, el equipamiento
de la casa ha cambiado extraordinariamente, gracias al alto consumo de energía y el abaratamiento de
los electrodomésticos: luz eléctrica, televisión, teléfono, frigorífico, lavadora, lavaplatos, microondas,
ordenador, etc.
Las ciudades actuales han crecido enormemente, hasta el punto de haber absorbido pueblos y
ciudades vecinas. La aparición de las conurbaciones y las megalópolis es uno de los fenómenos
urbanos más dinámicos de nuestro tiempo. Existen regiones en las que el continuo urbano entre
ciudades es la tónica general, como Tokio-Yokohama, Liverpool-Manchester, Washington-Boston, la
región del Ruhr, etc.
Desde hace algún tiempo en todas las ciudades se observan fenómenos de rururbanización, que en
las ciudades más grandes alcanzan la isócrona de 30 minutos, he incluso más. Aparecen así viviendas
unifamiliares en el entorno rural habitadas por gente que viven de la ciudad conviviendo con gente que
vive en y del campo