Está en la página 1de 72

Antología Tomo I

ÍNDICE Página
Pinocho, Carlo Collodi .................................................................................................................181

Cartas viajeras, Inmaculada Díaz .................................................................................................196

Carta desde la Tierra, Carmen Gil................................................................................................198

El lagarto está llorando, Federico García Lorca ........................................................................... 200

Sensemayá, Nicolás Guillén ....................................................................................................... 202

Para escuchar a la tortuga que sueña, Oche Califa ..................................................................... 204

La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson ................................................................................. 206

180
Pinocho
Carlo Collodi

Pinocho es un títere creado a partir de un tronco parlante. Pero es un títere travieso, flojo y
egoísta. Vende los libros que Gepeto, su padre, le ha comprado para el colegio y escapa de
casa para ver el circo. Después de muchas desventuras, es rescatado por el Hada, su hermanita
de cabellos azules, y recupera algo de dinero para su padre, pero conoce al Gato y al Zorro,
que lo convencen de sembrar sus monedas en el “Campo de los Milagros” para que crezca un
árbol de monedas…

Capítulo 19

E
l títere volvió a la ciudad y comenzó a contar los minutos uno a uno; y, cuando le pareció
que ya era la hora, reemprendió inmediatamente el camino que llevaba al Campo de
los Milagros.
Y mientras caminaba con paso presuroso, el corazón le palpitaba con fuerza y hacía tic, tac,
tic, tac, como un reloj de salón, cuando anda de verdad. Y mientras tanto pensaba en su interior:
“¿Y si en lugar de mil monedas, encontrase dos mil en las ramas del árbol…? ¿Y si en lugar
de dos mil, encontrase cinco mil…? ¿Y si en lugar de cinco mil, encontrase cien mil…? ¡Oh,
entonces me convertiría en un gran señor…! Podría tener un bonito palacio, mil caballitos de
madera en mil caballerizas para poder divertirme, y una estantería llena de confituras, de tortas,
de mantecadas, de almendrados y de barquillos con nata”.

Antología. Tomo I 181


Fantaseando así, llegó a los alrededores del campo y se detuvo para ver si por
casualidad podía divisar algún árbol con las ramas cargadas de monedas, pero no vio
nada. Avanzó otros cien pasos y nada, entró en el campo… se dirigió hacia el pequeño
agujero donde había enterrado sus monedas y… nada. Entonces se quedó pensativo
y, olvidando las reglas de urbanidad y de buena crianza, sacó una mano del bolsillo y se
rascó largo rato la cabeza.
En aquel instante oyó una gran carcajada y volviéndose vio sobre un árbol a un gran
papagayo que se arreglaba las plumas.
—¿Por qué te ríes? —le preguntó Pinocho con voz airada.
—Me río, porque me he hecho cosquillas bajo las alas.
El títere no respondió. Fue a la fuente y llenó de agua el zapato y se puso a regar la
tierra que cubría las monedas de oro. Cuando otra carcajada, todavía más impertinente
que la primera, sonó en la silenciosa soledad de aquel campo.
—¡Vamos a ver! —gritó Pinocho, enfadado—, ¿se puede saber, Papagayo mal educado,
de qué te ríes?
—Me río de los bobos, que se creen todas las necedades y que se dejan engañar por
quien es más astuto que ellos.
—¿Acaso hablas de mí?
—Sí, hablo de ti, pobre Pinocho, de ti que eres tan ingenuo como para creer que las
monedas se pueden sembrar y recoger en los campos, como se siembran los porotos
y los zapallos. También lo creí yo una vez y ahora cargo con las penas. Hoy (¡demasiado
tarde!) me he convencido de que para reunir honestamente un dinero es necesario saberlo
ganar o con el trabajo de las propias manos o con el ingenio de la propia cabeza.
—No te comprendo —dijo el títere, que ya empezaba a temblar de miedo.
—¡Paciencia! Me explicaré mejor —añadió el Papagayo—. Debes saber que, mientras
estabas en la ciudad, el Zorro y el Gato han vuelto a este campo, han tomado las monedas
enterradas y después han huido como el viento. ¡Y ahora listo ha de ser quien les alcance!
Pinocho se quedó con la boca abierta y, no queriendo creer en las palabras del
Papagayo, empezó a excavar con las manos y con las uñas el terreno que había regado.
Y excavó, excavó, excavó, e hizo un agujero tan profundo, que en él hubiese cabido un
pajar entero, pero las monedas no estaban allí.

airada: irritada, alterada.

182
Antología. Tomo I 183
Entonces, preso de desesperación, volvió corriendo a la ciudad y se fue derecho a
denunciar al juez a los dos malandrines que le habían robado.
El juez era un simio de la raza de los Gorilas. Un viejo simio respetado por su avanzada
edad, por su barba blanca y especialmente por sus lentes de oro, sin cristales, que estaba
obligado a llevar continuamente, a causa de una hinchazón de ojos que le atormentaba
desde hacía bastantes años.
Pinocho, en presencia del juez, contó con pelos y señales el injusto engaño de que había
sido víctima, dio el nombre, el apellido y las señas personales de los malandrines y acabó
pidiendo justicia.
El juez le escuchó con gran benevolencia; puso gran atención en el relato, se enterneció, se
conmovió, y cuando el títere no tuvo nada más que decir, alargó la mano y tocó la campanilla.
Tras este campanillazo comparecieron enseguida dos mastines vestidos de guardias.
Entonces el juez, señalando a Pinocho, dijo a los guardias:
—A ese pobre diablo le han robado cuatro monedas de oro, así que préndanlo y métanlo
enseguida en prisión.
El títere oyó sorprendido esta sentencia, quedó estupefacto y quiso protestar, pero
los guardias, para evitar inútiles pérdidas de tiempo, le taparon la boca y lo condujeron al
calabozo.
Y allí permaneció cuatro meses, cuatro larguísimos meses; y hubiese permanecido todavía
más, si no hubiese sido por un afortunado acontecimiento. Porque han de saber que el
joven Emperador que reinaba en la ciudad de “Engañabobos”, habiendo obtenido una gran
victoria sobre sus enemigos, ordenó grandes fiestas públicas, luces, fuegos artificiales,
carreras de caballos y velocípedos, y como muestra de su regocijo, quiso que se abriesen
las cárceles y saliesen todos los malandrines.
—Si los demás salen de prisión, también yo quiero salir —dijo Pinocho al carcelero.
—Usted no —respondió el carcelero—, porque no es de esos.
—Disculpe —replicó Pinocho—, yo también soy un malandrín.
—En ese caso tiene mucha razón —dijo el carcelero; y quitándose el gorro abrió las
puertas de la prisión y lo dejó irse.

comparecer: presentarse o acudir ante una autoridad.


velocípedo: bicicleta, triciclo.

184
Antología. Tomo I 185
Capítulo 20

F
igúrense la alegría de Pinocho cuando se vio libre. Sin pararse a pensar esto
sí y esto no, salió enseguida de la ciudad y volvió a tomar el camino que
conducía a la casita del Hada.
El tiempo lluvioso había convertido el camino en un lodazal y uno se hundía hasta
media pierna. Pero el títere no se daba por enterado. Atormentado por el deseo de
volver a ver a su papá y a su hermanita de cabellos azules, corría a saltos como un
perro de carreras, y las mugres le salpicaban hasta el gorro. Mientras tanto decía
para sí:
“Cuántas desgracias me han ocurrido… y me las merezco, porque soy un títere
testarudo y quisquilloso… y siempre quiero hacer las cosas a mi modo, ¡sin hacer
caso de los que me quieren y que tienen mil veces más juicio que yo…! Pero de
ahora en adelante, me propongo cambiar de vida y llegar a ser un muchacho atento
y obediente. Tanto más cuanto que he visto que los muchachos, cuando somos
desobedientes, siempre nos perdemos y jamás hacemos nada como debemos. Y
mi papá ¿me habrá esperado…? ¿Lo encontraré en casa del Hada? ¡Hace tanto
tiempo, pobre hombre, que no lo veo, que ansío hacerle mil caricias y llenarlo
de besos! ¿Me perdonará el Hada la mala acción que hice…? ¡Y pensar que he
recibido de ella tantas atenciones y tantos amorosos cuidados… y pensar que si
aún sigo vivo, se lo debo a ella…! ¿Pero puede haber un muchacho más ingrato
y sin corazón que yo…?”
Mientras decía esto, se detuvo de golpe espantado y dio cuatro pasos hacia atrás.
¿Qué había visto?
Había visto una gran serpiente, tendida a lo largo del camino, que tenía la piel
verde, los ojos de fuego y una cola que humeaba como la campana de una chimenea.
Imposible imaginarse el miedo del títere: se alejó más de medio kilómetro y se
sentó sobre un montón de piedras, esperando que la serpiente se fuese de una
vez a hacer sus cosas y dejase libre el paso por la carretera.
Esperó una hora, dos horas, tres horas; pero la serpiente seguía allí y, hasta
desde lejos, se veía el rojo de sus ojos de fuego y la columna de humo que le salía
de la punta de la cola.

lodazal: sitio lleno de lodo.

186
Antología. Tomo I 187
Entonces Pinocho, creyendo que tendría valor, se acercó a pocos pasos de
distancia y, poniendo una vocecita dulce, insinuante y sutil, dijo a la Serpiente:
—Disculpe, señora Serpiente, ¿me haría el favor de echarse un poco a un lado
para dejarme pasar?
Fue lo mismo que hablar con una pared. Nadie se movió.
Entonces volvió a decir, con la misma vocecita:
—Debe saber, señora Serpiente, ¡que voy a casa, donde está mi papá que me
espera y al que hace mucho tiempo que no veo…! Por tanto, ¿me permite seguir
mi camino? Esperó un signo de respuesta a aquella pregunta, pero la respuesta no
llegó; en cambio, la Serpiente, que hasta entonces parecía muy sana y llena de vida,
se quedó inmóvil y casi rígida. Se le cerraron los ojos y la cola dejó de echar humo.
—¿Estará muerta de verdad…? —dijo Pinocho, frotándose las manos de
contento; y, sin perder más tiempo, hizo ademán de saltar para pasar al otro lado
del camino; pero no había terminado de levantar la pierna cuando de pronto la
Serpiente se irguió como un muelle, y el títere, al echarse hacia atrás, espantado,
tropezó y cayó al suelo.
Y casualmente cayó tan mal, que se quedó con la cabeza clavada en el fango
del camino y con las piernas tiesas en el aire.
Al ver a aquel títere, que pataleaba cabeza abajo a una velocidad increíble,
la Serpiente fue presa de tal ataque de risa que rió, rió, rió y rió, y al final, por el
esfuerzo de reírse tantísimo, se le reventó una vena en el pecho y, esta vez, se
murió de verdad.
Entonces Pinocho echó de nuevo a correr para llegar a casa del Hada antes de
que se hiciese de noche, pero era tan largo el camino que, no pudiendo resistir más
los terribles mordiscos del hambre, saltó a un campo con la intención de tomar
unos pocos racimos de uva moscatel. ¡Nunca lo hubiera hecho!
Apenas llegó bajo las vides, ¡crac!, sintió que le apretaban las piernas dos hierros
cortantes, que le hicieron ver cuántas estrellas había en el cielo.
El pobre títere había caído en un cepo colocado por unos campesinos para atrapar
a unas grandes garduñas que eran el azote de todos los gallineros del vecindario.

cepo: trampa para cazar animales.


garduña: mamífero carnívoro.

188
Antología. Tomo I 189
Capítulo 21

P
inocho, como pueden figurarse, empezó a llorar, a chillar y a lamentarse, pero eran llantos
y gritos inútiles porque por los alrededores no se veían casas y por el camino no pasaba
alma viviente.
Mientras tanto, se hizo de noche.
Un poco por el sufrimiento del cepo, que le cortaba las pantorrillas, y otro poco por el miedo
de encontrarse solo en medio de la oscuridad de aquellos campos, el títere empezaba a perder
el sentido cuando, de pronto, viendo pasar una luciérnaga sobre su cabeza, la llamó y le dijo:
—Luciernaguita, ¿me harías la caridad de librarme de este suplicio…?
—¡Pobre muchacho! —replicó la Luciérnaga, deteniéndose apiadada para mirarle—. ¿Cómo
has quedado con las piernas atenazadas entre estos afilados hierros?
—He entrado en el campo para cortar dos racimos de esta uva moscatel, y…
—¿Pero la uva era tuya?
—No…
—Y entonces ¿quién te ha enseñado a llevarte las cosas de los demás?
—Tenía hambre…
—El hambre, muchachito, no es una buena razón para apoderarse de las cosas que no son
nuestras…
—¡Es verdad, es verdad! —gritó Pinocho llorando—. ¡No volveré a hacerlo!
En este punto del diálogo fue interrumpido por un ligerísimo ruido de pasos que se acercaban.
Era el dueño del campo que venía de puntillas a ver si alguna de aquellas garduñas, que se
comían los pollos por la noche, había caído en el cepo.
Y su sorpresa fue grandísima cuando, sacando la linterna que llevaba debajo del gabán,
advirtió que, en lugar de una garduña, había caído preso un muchacho.
—¡Ah, ladronzuelo! —dijo el campesino encolerizado—. ¿Conque eres tú quien se lleva mis
gallinas?
—¡Yo no, yo no! —gritó Pinocho, sollozando—. ¡Solo he entrado en el campo para cortar
dos racimos de uva…!
—Quien roba uva también es muy capaz de robar pollos. Déjame, que te daré una lección
que recordarás durante largo tiempo.

190
Y abierto el cepo, agarró al títere por el cogote y lo llevó en volandas hasta la casa, como se
lleva un corderito lechal.
Al llegar a la huerta delante de la casa, lo arrojó al suelo y, poniéndole un pie en el cuello, le dijo:
—Ya es tarde y quiero irme a la cama. Mañana ajustaremos cuentas. Mientras tanto, como
hoy se me ha muerto el perro que hacía la guardia de noche, ocuparás su puesto. Me harás de
perro guardián.
Dicho y hecho; le puso al cuello un grueso collar con púas de latón, y se lo apretó de manera
que no pudiese quitárselo. El collar estaba sujeto a una larga cadena de hierro y la cadena
estaba fijada al muro.
—Si esta noche —dijo el campesino— comenzase a llover, puedes utilizar esa caseta de
madera, donde todavía está la paja que durante cuatro años ha servido de lecho a mi pobre
perro. Y si por desgracia vienen los ladrones, recuerda tener las orejas bien abiertas y ladrar.
Después de esta última advertencia, el campesino entró en la casa y cerró la puerta con
muchos cerrojos; el pobre Pinocho se quedó acurrucado en la huerta más muerto que vivo por
el frío, el hambre y el miedo. Y, de cuando en cuando, metiendo rabiosamente las manos dentro
del collar que le apretaba el gaznate, decía llorando:
—¡Está bien…! ¡Desgraciadamente me lo he ganado! He querido hacerme el perezoso, el
vagabundo… he querido hacer caso de las malas compañías y por eso siempre me ha perseguido
la desgracia. Si hubiese sido un buen muchacho, como otros; si hubiese tenido ganas de estudiar
y de trabajar, si estuviese en casa con mi pobre papá, a estas horas no me encontraría aquí, en
medio de los campos, haciendo de perro guardián en casa de un campesino. ¡Oh, si pudiera
volver a nacer otra vez…! ¡Pero ya es tarde, y hay que tener paciencia!
Después de este pequeño desahogo, que le salía del corazón, entró en la caseta y se durmió.

gaznate: cuello, garganta.

Antología. Tomo I 191


Capítulo 22

H
acía ya más de dos horas que dormía profundamente, cuando alrededor de medianoche
lo despertó un murmullo y un cuchicheo de extrañas vocecitas que le pareció oír en
la huerta. Sacó la punta de la nariz por la puertecilla de la caseta y vio en sospechosa
reunión a cuatro bichejos de oscuro pelaje, que parecían gatos. Pero no eran gatos: eran
garduñas, animalejos carnívoros muy aficionados a los huevos y a los jóvenes pollastres.

192
Una de estas garduñas, separándose de sus compañeras, se acercó a la puerta de la perrera
y dijo en voz baja:
—Buenas noches, Melampo.
—No me llamo Melampo —respondió el títere.
—¿Entonces quién eres?
—Soy Pinocho.
—¿Y qué haces aquí?
—Hago de perro guardián.
—¿Dónde está Melampo? ¿Dónde está el viejo perro que vivía en esta caseta?
—Ha muerto esta mañana.
—¿Muerto? ¡Pobre animal! ¡Era tan bueno…! Pero a juzgar por tu fisonomía, también pareces
un perro amable.
—¡Perdona, pero no soy un perro!
—¿Qué eres?
—Un títere.
—¿Y estás de perro guardián?
—¡Desgraciadamente!
—Pues bien, te propongo los mismos pactos que tenía con el difunto Melampo: ¡no te
arrepentirás!
—¿Y cuáles eran esos pactos?
—Vendremos una vez por semana, como siempre, a visitar de noche este gallinero y nos
llevaremos ocho gallinas. De estas gallinas, siete nos las comeremos nosotros, y una te la
daremos a ti, a condición, se entiende, de que simules dormir y nunca tengas el capricho de
ladrar y de despertar al campesino.
—¿Y Melampo hacía eso? —preguntó Pinocho.
—Lo hacía, y siempre hemos estado de acuerdo con él. Así que duerme tranquilamente, y
estate seguro de que, antes de irnos, te dejaremos en la caseta una gallina bien pelada para el
desayuno de mañana. ¿Nos has entendido bien?
—¡Demasiado bien…! —respondió Pinocho, y meneó la cabeza de modo amenazador, como
si hubiese querido decir “¡Dentro de poco volveremos a hablar!”.

Antología. Tomo I 193


Cuando las cuatro garduñas se creyeron seguras, fueron derechas al gallinero, que además
estaba muy cerca de la caseta del perro, y abrieron a fuerza de dientes y uñas la puertecita
de madera que cerraba la entrada y se deslizaron dentro, una tras otra. Pero aún no habían
terminado de entrar, cuando oyeron cerrarse con gran violencia la puertecita.
Era Pinocho quien la había cerrado; pero no contento con haberla cerrado, puso delante una
gran piedra, a modo de puntal, para mayor seguridad.
Y después empezó a ladrar y, ladrando como si fuese un perro guardián, hacía bu-bu-bu-bu.
Al oír aquellos ladridos, el campesino saltó de la cama, tomó la escopeta y asomándose a la
ventana, preguntó:
—¿Qué sucede?
—¡Ladrones! —respondió Pinocho.
—¿Dónde están?
—En el gallinero.
—Bajo enseguida.
En efecto, en un santiamén, el campesino bajó; entró de golpe en el gallinero y, después de
haber atrapado y encerrado en un saco a las cuatro garduñas, les dijo con verdadera satisfacción:
—¡Por fin han caído en mis manos! ¡Podría castigarlos, pero no soy tan vil! Me contentaré
con llevarlos mañana al hostelero del cercano pueblo para que los cocine como si fueran liebres
gordas y tiernas. Es un honor que no se merecen, ¡pero los hombres generosos como yo no
reparamos en estas menudencias…!
Después, acercándose a Pinocho, comenzó a hacerle muchas caricias y, entre otras cosas,
le preguntó:
—¿Qué has hecho para descubrir el complot de estas cuatro ladronzuelas? ¡Y pensar que
Melampo, mi fiel Melampo, nunca había advertido nada…!
El títere habría podido contar entonces lo que sabía, es decir, habría podido contar los pactos
vergonzosos que había entre el perro y las garduñas, pero recordando que el perro estaba
muerto, pensó para sí: “¿De qué sirve acusar a los muertos…? ¡Los muertos están muertos, y
lo mejor que se puede hacer es dejarlos en paz…!”.
—Cuando llegaron las garduñas a la huerta, ¿estabas despierto o dormías? —continuó
preguntándole el campesino.

194
—Dormía —respondió Pinocho—, pero las garduñas me despertaron con sus charlatanerías, y
una vino hasta la caseta a decirme: “¡Si prometes no ladrar y no despertar al amo, te regalaremos
una buena gallina desplumada…!”. ¿Comprende? ¡Tener la desfachatez de hacerme una
propuesta semejante! Porque ha de saber que soy un títere, que tendré todos los defectos de
este mundo; ¡pero jamás el de ayudar a la gente deshonesta!
—¡Buen muchacho! —exclamó el campesino, dándole palmaditas en un hombro—. Estos
sentimientos te honran y, para probarte mi gran satisfacción, te dejo libre desde ahora para que
puedas volver a casa.
Y le quitó el collar de perro.

Collodi, C. (1988). Pinocho. Madrid: Alfaguara, S.A.

1. Comenta con tus compañeros:


t ¿qué problemas enfrenta Pinocho y cómo los soluciona?
t ¿cambió Pinocho a lo largo de la lectura?

Antología. Tomo I 195


Cartas viajeras

Desierto del Sahara, 12 de junio de 2015


Querida Mella Camella:
Por fin estoy en tu casa y tú debes estar ya en la mía. Tuviste una buena idea cuando me
propusiste hacer intercambio para conocer otros mundos.
El viaje ha sido horrible. Figúrate, bajar de los Andes, atravesar Perú y navegar por el océano
en medio de una tempestad… Vaya, que me mareé de tal modo que, cuando desembarqué
en África, tardé tres días en poder caminar sin tambalearme.
Después de una semana, llegué a tu casa, en el desierto del Sahara. ¡Cuánta arena! ¡Y qué
calor hace aquí! Tu padre, Alí-Camello, me ha regalado una pamela que lleva incorporado un
ventilador con pilas, para que pueda salir algún rato a pasear.
Me paso todo el día sudando y muerta de sed. ¿Cómo pueden estar ustedes cuarenta días
sin beber? Yo he tenido que colgarme una cantimplora al cuello.
¡Ay, prima mía! Me sobra mi piel de lana y me faltan unas gafas de sol. También me faltan mis
hermosas montañas llenas de nieve.
Un escupitajo,
Yama la Llama

196
Los Andes, 25 de junio de 2015
Querida Yama la Llama:
Yo también quiero volver a mi casa. Mi viaje fue igual de espantoso.
Salir del desierto, subir a un avión y estar veinte horas atada a un incómodo sillón me provocó
dolor de joroba. Y para qué contarte lo que me costó llegar a tu casa de los Andes. ¿Por qué
vives tan alto?
Aquí hace un frío terrible. Tu mamá, Maya Llama, me ha tejido una mantita de lana y unos
calcetines, pero no puedo salir de casa, pues me resbalo montaña abajo. Mis patas están
hechas para la arena mullida y no para estos peñascos.
Tampoco me acostumbro a escupir como lo hacen tus hermanas y hermanos. ¡Qué asco!
Yo solo sé dar algún mordisco que otro y, en todo caso, babear un poco.
En fin, prima, como ya hemos visto las dos mucho mundo, mejor será que volvamos cada
una a nuestra casa, ¿no crees?
Un mordisco,
Mella Camella

Díaz, I. (2008) Cartas viajeras. En De buena tinta. Lecturas 4. Madrid: Santillana.

Sahara: gran desierto situado en el norte de África.

1. Escríbele una carta a Mella Camella o a Yama la Llama en la que le propongas hacer un
intercambio entre tu casa y la de ella.

Antología. Tomo I 197


Carta desde la Tierra
La Tierra, 22 de julio de 2015
Querido XP-321:
Te mando esta carta por correo intergaláctico, desde un rincón interesante y divertido del
planeta Tierra.
Desde que aterricé en este planeta, hace ya unas cuantas lunas, he vivido situaciones
asombrosas. He de decirte que los terrícolas son seres muy extraños y a veces resulta difícil
entenderlos.
El otro día, por ejemplo, vi cómo un montón de terrícolas entraban en un recinto enorme,
y decidí seguirlos. Una vez dentro, se sentaron en unos grandes escalones alrededor de un
césped muy verde. Yo hice lo mismo. De pronto, un puñado de humanos, todos vestidos iguales,
salió al centro del césped. Llevaban camisetas de un solo color y pantalón corto. ¡Con el frío
que hacía! Con decirte que yo llevaba abrigo, bufanda y gorro… Pasados unos segundos, otro
grupo de terrícolas ocupó también el césped. Estos llevaban camisetas de rayas y… ¡también
pantalón corto! ¡Qué frío! Se me ponen los pelos marcianos de punta solo de recordarlo. Un
señor vestido de negro lanzó una especie de bola muy grande allí en medio y los humanos se
pusieron como locos a perseguirla y a darle patadas. El de negro pitaba de vez en cuando y los
de las camisetas discutían con él.
Y lo más sorprendente es que, en los escalones, todos aplaudían, se ponían de pie y, de vez
en cuando, gritaban palabras incomprensibles.

198
¡Sin duda, estos terrícolas están locos!
Después de meter la bola varias veces entre unos palos y una red que había en cada extremo
del césped, el señor de negro pitó y los humanos dejaron de correr y se marcharon.
Por alguna extraña razón, la mitad de los terrícolas de los escalones salió de allí sonriendo
y alegre. La otra mitad, sin embargo, estaba muy compungida, como si lo que acababa de
ocurrir fuera la catástrofe más catastrófica de todas las catástrofes. Algunos hasta lloraban.
Dime, XP-321, ¿tú puedes entender algo? Yo, desde luego, no.
En fin, amigo del alma, espero que esta carta llegue pronto a tus manos. Aunque últimamente
las naves del correo intergaláctico, en lugar de ir a la velocidad del sonido, lo hacen a la de
las tortugas terrícolas. Unos animales muy peculiares, por cierto. Ya te hablaré de ellos en mi
próxima carta.
Deseándote lo mejor, se despide de ti con mucho cariño, tu amigo,
ZW-683

Gil, C. (2008) Cartas viajeras. En De buena tinta. Lecturas 4. Madrid: Santillana.

compungido: triste, apenado.

1. ZW-683 describió un juego muy popular aquí en la Tierra en la carta que le escribió a su
amigo XP-321: el .
Escoge un deporte que conozcas y haz una descripción de él para alguien que nunca lo haya
visto practicar.

2. Entre todos, compartan sus escritos para ver si la descripción permite adivinar a qué
deporte se refería cada uno.

Antología. Tomo I 199


El lagarto está llorando
Federico García Lorca

El lagarto está llorando. 


La lagarta está llorando. 

El lagarto y la lagarta 
con delantalitos blancos. 

Han perdido sin querer 


su anillo de desposados. 

¡Ay, su anillito de plomo, 


ay, su anillito plomado! 

Un cielo grande y sin gente 


monta en su globo a los pájaros. 

El sol, capitán redondo, 


lleva un chaleco de raso. 
¡Miradlos qué viejos son! 
¡Qué viejos son los lagartos! 

¡Ay! cómo lloran y lloran, 


¡ay! ¡ay! cómo están llorando.

García Lorca, F. (2007). “El lagarto está llorando”.


En García Lorca Antología poética.
Madrid: Editorial EDAF.

1. ¿Conoces la expresión “llorar lágrimas de cocodrilo”? Averigua su significado y crea una


situación en que puedas usarla.
2. Averigua por qué los cocodrilos lloran en realidad. Comparte con tus compañeros la
información recopilada.

200
Antología. Tomo I 201
Sensemayá
Nicolás Guillén

Canto para matar a una culebra

¡Mayombe—bombe—mayombé!
¡Mayombe—bombe—mayombé!
¡Mayombe—bombe—mayombé!

La culebra tiene los ojos de vidrio;


la culebra viene y se enreda en un palo;
con sus ojos de vidrio, en un palo,
con sus ojos de vidrio.

La culebra camina sin patas;


la culebra se esconde en la yerba;
caminando se esconde en la yerba,
caminando sin patas.

¡Mayombe—bombe—mayombé!
¡Mayombe—bombe—mayombé!
¡Mayombe—bombe—mayombé!

Tú le das con el hacha y se muere:


¡dale ya!
¡No le des con el pie, que te muerde,
no le des con el pie, que se va!

Sensemayá, la culebra,
sensemayá.
Sensemayá, con sus ojos,
sensemayá.
Sensemayá, con su lengua,
sensemayá.
Sensemayá, con su boca,
sensemayá.

mayombé: culto afrocubano.

202
La culebra muerta no puede comer,
la culebra muerta no puede silbar,
no puede caminar,
no puede correr.
La culebra muerta no puede mirar,
la culebra muerta no puede beber,
no puede respirar
no puede morder.

¡Mayombe—bombe—mayombé!
Sensemayá, la culebra…
¡Mayombe—bombe—mayombé!
Sensemayá, no se mueve…
¡Mayombe—bombe—mayombé!
Sensemayá, la culebra…
¡Mayombe—bombe—mayombé!
Sensemayá, se murió.

Guillen, N. (s/f). “Sensemayá”. Cervantes Virtual.


Disponible en: http://www.enlacesantillana.cl/#/
tj_leng4_antologia1_poema1

1. ¿Por qué crees que Nicolás


Guillén agregó en su poema
“Canto para matar a una
culebra”?

2. ¿Para qué harías tú un canto?


Yo haría un canto para
a .

Antología. Tomo I 203


Para escuchar a la tortuga que sueña
Oche Califa

¿Quieren escuchar el murmullo de la tortuga


que sueña?
Entonces hagamos silencio.
Dejemos de gritar,
no estornudemos,
respiremos de a pedacitos,
no hagamos ruido al masticar,
no pisemos nada que cruja: ni la hoja
de un árbol, ni un papel,
¡mucho menos los lentes de la abuela!
No temblemos las piernas,
No nos reacomodemos en la silla.
Apaguemos el televisor,
apaguemos la computadora,
apaguemos el equipo de música.
La tortuga que sueña deja escapar de sus
labios un sonido mínimo,
pastoso, con un poco de saliva, aliento y
restos de lo que ha comido.
Son todos los secretos del mundo,
todas las respuestas del mundo,
todas las verdades del mundo.

204
Pero hagamos silencio. ¡Chist! Silencio
absoluto.
No la miremos demasiado.
(¡Mejor mirémosla con las orejas!)
Quitemos del medio todo lo que pueda
romperse.
Alejemos al mosquito que zumba.
No hagamos preguntas tontas,
no vayamos de aquí para allá como pavotes.
¡Silencio! ¡Silencio!
Hagan callar a ese perro que ladra por ladrar.

Si logramos hacer silencio durante cien años,


Podremos escuchar el murmullo de la tortuga
que sueña.
¡Sabremos todo! ¡Descubriremos todo!
¡Podremos salir a jugar como si ya estuvieran
hechos todos los deberes!

Califa, O. (2005). “Para escuchar a la tortuga que sueña”.


En Para escuchar a la tortuga que sueña. Buenos Aires: Colihue.

1. ¿Qué otras cosas harías callar tú para poder escuchar a la tortuga que sueña? Reescribe
parte del poema.
¿Quieren escuchar el murmullo de la tortuga
que sueña?
Entonces hagamos silencio.
Dejemos de

Antología. Tomo I 205


La isla del tesoro
Robert Louis Stevenson

Jim Hawkins es un muchacho que vive con su madre en la posada del Almirante Benbow y un
sospechoso huésped, el “capitán”, quien le pide a Jim que vigile por si aparece un “marinero de
una sola pierna”, hasta que un grupo de rufianes asalta la posada en busca del capitán, quien
literalmente muere del miedo. Cuando los oficiales ahuyentan a los malhechores, Jim encuentra
el mapa de una isla con un tesoro escondido entre las cosas del difunto, firmado por el capitán
Flint, el pirata legendario. Decide mostrárselo al doctor Livesey y al caballero Trelawney, y con
el financiamiento del último, juntos deciden ir a buscar el tesoro del capitán Flint.

Capítulo 2: El cocinero del barco

T
ardamos bastante más de lo que el caballero Trelawney había previsto en hacernos a
la mar. El doctor no pudo quedarse conmigo, ya que tuvo que ir a Londres para buscar
a otro médico que lo sustituyera. Entre tanto, el caballero andaba muy ocupado en
Bristol, y yo me quedé en su casa al cuidado de su viejo criado Redruth. Me pasaba allí los días
encerrado, casi como un prisionero, soñando con la isla. Con la imaginación recorría cada palmo
de su superficie, me figuraba que subía al Cerro del Catalejo y que me tropezaba con salvajes y
animales feroces con los que teníamos que luchar. Pero ninguno de estos peligros imaginados
podía compararse a los peligros reales que finalmente habríamos de encontrarnos allí.
Así pasaron las semanas, hasta que un día recibimos una carta del caballero para el doctor, pero
que en su ausencia podían abrir, decía, Tom Redruth o Jim Hawkins. Fui yo quien la abrió, y leí:

palmo: espacio, medida. bucanero: pirata, corsario.

206
Querido Livesey:
rado
El barco está contratado y listo. Se encuentra anclado en el puerto, prepa
nera: la
para hacerse a la mar. No puede imaginar una goleta más mari
lación.
Hispaniola. Hasta aquí, todo bien. Lo que me complicaba es su tripu
ntarnos
Quería encontrar un buen grupo de gente, por si tenemos que enfre
tar a
con bucaneros, franceses o salvajes. Con mucho esfuerzo pude reclu
re que
media docena, hasta que un golpe de fortuna me proporcionó al homb
ersación
necesitaba. Estaba en el muelle cuando, casualmente, trabé conv
que
con él. Me contó que aunque poseía una taberna era un viejo marinero,
como
conocía a toda la marinería de Bristol y estaba deseoso de enrolarse
a sal.
cocinero para navegar de nuevo. Había ido al muelle a aspirar el olor
y perdió
Me conmovió tanto que lo contraté. John Silver el Largo se llama,
solo
una pierna sirviendo a la patria. Bueno, pues creía que había encontrado
r y yo
a un cocinero y resulta que encontré toda una tripulación. Entre Silve
los que
reclutamos en pocos días una compañía de duros lobos de mar, con
de los
podría hacerse frente a una fragata. Incluso John se deshizo de un par
de agua
que yo había contratado antes, que me aseguró que eran marineros
fin, que
dulce en los que no podía confiarse en caso de cualquier problema. En
pronto
estoy de un humor inmejorable, y que le ruego, Livesey, que acuda tan
e con
como sea posible. Que el joven Hawkins vaya a despedirse de su madr
atado,
Redruth y venga aquí enseguida. Ah, se me olvidaba, también he contr
que sea
a través de un amigo, a un tipo admirable, llamado Smollett, para
vale su
el capitán. Un poco tieso, pero qué le vamos a hacer, como marino
muy
peso en oro. John Silver encontró por su parte a un tal Arrow, un sujeto
como
capaz, para hacer de segundo oficial. Con este equipo, y con un barco
la Hispaniola, todo irá de maravilla.
J. Trelawney

Antología. Tomo I 207


Se puede imaginar la emoción con que leí aquella carta. Redruth no parecía tan feliz, al menos
no hacía otra cosa que gruñir y quejarse, pero aun así me llevó a despedirme de mi madre a
la posada del Almirante Benbow. El caballero había arreglado los destrozos causados por los
piratas y mi madre tenía un aprendiz nuevo para ayudarle. Ahí fue cuando me di cuenta del hogar
que estaba dejando atrás y, aunque partiera para la aventura, rompí a llorar.

Al día siguiente salimos para Bristol. Cuando llegamos, me impresionó su puerto, con una gran
cantidad de barcos de todos los tamaños y banderas, y sus marineros cantando o faenando
en cubierta. Aunque había vivido en la costa toda mi vida, nunca me había sentido tan cerca
del mar como entonces. ¡Y yo mismo iba a embarcarme en una goleta, con marineros como
aquellos, rumbo a una isla desconocida para buscar un tesoro enterrado!

208
Aún estaba bajo los efectos de mi ensoñación, cuando llegamos a una posada donde estaba
esperándonos el caballero Trelawney.
—¡Aquí están! —exclamó—. El doctor Livesey llegó anoche de Londres. Ahora la tripulación
está completa.
—¿Y cuándo zarpamos, señor? —pregunté.
—¿Cuándo? ¡Zarpamos mañana!
El caballero me dio una nota para John Silver, en la taberna “El Catalejo”, y me indicó cómo llegar.
Cuando me presenté allí, vi que era un lugar limpio y acogedor, repleto de marinos que hablaban
tan alto que casi daban miedo. Mientras aguardaba, indeciso, un hombre salió de un cuarto lateral.
Al instante supe que era John Silver el Largo. Su pierna izquierda estaba cortada a la altura de la
cadera, y bajo el hombro llevaba una muleta que manejaba con gran habilidad, saltando sobre
ella como un pájaro. Era muy alto y fuerte, y su cara era ancha y pálida, pero inteligente y amable.
A decir verdad, desde que leí en la carta del caballero Trelawney la primera mención de John
Silver me había asaltado el temor de que se tratara de aquel marinero con una sola pierna al que
el capitán me había encargado que vigilara por si aparecía en la posada del Almirante Benbow.
Pero con una ojeada a aquel hombre el temor se evaporó.
—¿El Señor Silver? —preguntó, mostrándole la nota.
—Sí, amigo mío —dijo él—. Ese es mi nombre. Y tú, ¿quién eres?
Pero tan pronto vio la carta del caballero lo adivinó:
—Ah —dijo, tendiéndome la mano—. Ya veo, tú eres nuestro nuevo grumete, encantado de
conocerte.
En el camino que después hice junto a él por los muelles, se reveló como la compañía
más amena que uno pudiera imaginar. Me explicó todo acerca de los barcos junto a los que
íbamos pasando y el trabajo que en cada uno se estaba llevando a cabo. Aquí y allá intercalaba
pequeñas anécdotas marineras, o me repetía expresiones náuticas hasta que yo las aprendía
perfectamente.
Cuando llegamos a la posada, vimos al caballero Trelawney y al doctor sentados juntos.
John Silver respondió a todas las preguntas que el caballero le hizo, y daba al hablar tan buena
impresión, que apenas hubo terminado y se marchó, el doctor Livesey opinó:
—Normalmente no confío mucho en sus descubrimientos, caballero. Pero he de reconocer
que este Silver es un hallazgo.

goleta: barco, navío. náutico: relacionado al lenguaje naval.

Antología. Tomo I 209


—Y que lo diga —asintió el caballero.
—Y ahora —dijo el doctor—, ¿puede Jim venir con nosotros?
—Desde luego —respondió el caballero—. Jim, toma tu sombrero, vamos a ver el barco.
La Hispaniola estaba amarrada a alguna distancia y tuvimos que pasar bajo muchos barcos
antes de llegar a ella. Al subir a bordo nos recibió el segundo, el señor Arrow, un viejo marino
bronceado con pendientes de aro en las orejas. El caballero y él parecían llevarse muy bien,
pero pronto vi que no sucedía lo mismo con el capitán Smollett, un hombre de aspecto poco
amigable que parecía enfadado con todos a bordo y que pronto nos lo hizo saber.
—Verán —le dijo al caballero—, mejor seré franco. No me gusta este viaje, no me gusta la
tripulación y no me gusta mi segundo.
—Vaya —respondió el caballero, muy enojado—, a lo mejor tampoco le gusta el barco.

210
—Eso se verá cuando zarpemos. No parece malo.
El doctor intervino entonces para calmar los ánimos:
—Dice que no le gusta el viaje. ¿Puede explicarnos por qué?
El capitán respondió:
—Me contrataron para llevar este barco a un lugar secreto, que según ustedes me revelarían
en su momento, pero ahora me doy cuenta de que cualquier marinero sabe más que yo. Los
miembros de esta tripulación andan diciendo que vamos a una isla por un tesoro, y hasta hablan
de un mapa y unas coordenadas exactas.
El capitán citó la latitud y la longitud, y vimos que, en efecto, eran correctas. Entonces el
caballero gritó:
—¡Yo no le he dicho eso a nadie!
—Qué más da —dijo el doctor—. ¿Y qué es lo que está pensando, capitán? ¿Teme, acaso,
que pueda haber un motín?
—No he dicho eso. Pero no me gusta ir a buscar un tesoro y que todo el mundo lo sepa.
Supongo que el señor Arrow es un hombre honrado, y que también lo son la mayoría de los
marineros. Pero yo tomaría precauciones. Almacenaría las armas y la pólvora bajo la cámara
de oficiales, donde podamos tenerlas controladas.
Aunque el caballero siguió refunfuñando, el doctor lo convenció de que era mejor seguir el
consejo del capitán. Cuando estábamos todos en plena labor, trasladando la pólvora y las armas,
llegó John Silver. Subió al barco con la destreza de un mono y dijo:
—Eh, camaradas, ¿qué hacen?
—Son órdenes mías —dijo secamente el capitán—. Ve abajo, hay que prepararles la cena a
estos hombres.
—Como usted diga, señor —respondió el cocinero.
A la mañana siguiente zarpamos. No voy a contar gran cosa del viaje, que fue bastante
placentero. El barco resultó ser bueno, los marineros experimentados y el capitán competente.
Solo el segundo, el señor Arrow, demostró ser todavía peor de lo que el capitán sospechara.
No tenía autoridad con la tripulación y estaba siempre borracho. Hasta que una noche cayó al
agua y desapareció.

motín: revuelta, levantamiento.


competente: eficaz, capacitado.

Antología. Tomo I 211


Durante la travesía pude conocer algo más a John Silver, el cocinero. Todos los hombres lo
respetaban y le obedecían. A cada uno trataba de una manera particular y hacía favores a todos.
Conmigo era muy atento y siempre se alegraba de que fuera a verlo a la cocina, que tenía limpia
como he visto pocas, con los platos colgados y relucientes y la jaula del loro en un rincón.
—Acércate, Hawkins —solía decirme—. Nadie es aquí tan bienvenido como tú. Siéntate y
escucha. Este es el Capitán Flint. Llamo al loro así en recuerdo del famoso bucanero. Mira, el
Capitán Flint dice que tendremos éxito en nuestro viaje. ¿A que sí?
—¡Doblones de a ocho! ¡Doblones de a ocho! —repetía el loro, y parecía que iba a quedarse
sin resuello, hasta que John tapaba la jaula.
—Fíjate bien, Hawkins —decía—. Ese pájaro tendrá sus buenos doscientos años, viven
eternamente. Y nadie habrá visto tanta maldad como ha visto él, como no sea el Diablo mismo.
Navegó con los peores piratas y de ellos aprendió toda su palabrería. Pero en el fondo es un
pajarillo inocente, el pobre no sabe lo que dice.
Y John Silver se llevaba la mano al gorro con ese ademán solemne suyo que me hacía pensar
que era el mejor de los hombres.
Entre tanto, las relaciones entre el capitán y el caballero Trelawney seguían bastante tirantes.
El capitán apenas hablaba. Cuando le insistían mucho, acababa reconociendo que la tripulación
era buena y que el barco se portaba bien, pero al final añadía:

212
—Lo único que sé es que todavía no hemos vuelto a puerto y que sigue sin gustarme este viaje.
Después de algunos temporales, en los que los hombres tuvieron que trabajar de firme, el
caballero mandó que en el puente hubiera siempre un tonel de manzanas, para que cada uno
cogiera las que quisiera. Al capitán lo del tonel no le gustó nada: le parecía que eran demasiadas
atenciones y que de aquello no saldría nada bueno. Pero he aquí que el tonel de manzanas había
de prestarnos un servicio inesperado, tanto que, como verán, nos salvó la vida.
Una noche, antes de acostarme, me apeteció comer una manzana. El vigía, apostado en la
proa, escudriñaba el horizonte en busca de la isla, que ya debía estar próxima. De un salto me
metí en el tonel y vi que casi no quedaban manzanas. Pero una vez allí sentado, me adormilé,
hasta que un hombre corpulento se sentó junto al tonel y lo hizo tambalearse. Iba a salir cuando
el hombre habló. Por la voz lo reconocí: era Silver, y fue oírle unas pocas palabras y quedarme
allí agazapado, sin atreverme siquiera a asomar la cabeza. Porque, por esas pocas palabras,
comprendí que las vidas de todos los hombres de bien que estaban a bordo de la Hispaniola
se hallaban en mis manos.
—No, no era yo —dijo Silver—. El capitán era Flint. Yo era solo cabo, por lo de mi pierna.
Menudo cirujano me la cortó. Pero así eran las cosas en el barco de Flint. Si supieras cómo lo
he visto, teñido de sangre de proa a popa y a punto de hundirse por el peso del oro…
—Oh —se oyó la voz del marinero más joven del barco, repleta de admiración—. Qué
personaje, ese Flint.
Seguí escuchando la conversación. Por si aquellas palabras dejaban alguna duda, todo lo
que hacían sospechar se confirmó enseguida. Silver, que estaba claro que no era el honrado
cocinero que fingía ser, trataba de convencer a aquel marinero para que se uniera a él y se

tonel: barril. escudriñar: examinar, vigilar.


apostar: ubicar, situar. agazapado: agachado, oculto.
proa: parte delantera de un barco.

Antología. Tomo I 213


hiciera “caballero de fortuna”. No me engañó su forma de hablar: entendí perfectamente que
cuando decía “caballero de fortuna” quería decir “pirata”. Lo que estaba oyendo era, ni más
ni menos, cómo John el Largo incorporaba a aquel marinero a la partida de malhechores que,
aprovechándose de la confianza del caballero, nos había infiltrado entre la tripulación. En esas
andaban cuando se acercó una tercera persona. Por la voz lo reconocí: era el timonel, Israel
Hands.
—Dick está con nosotros —dijo Silver.
—Ya lo sabía yo —respondió el timonel—. Oye, ¿hasta cuándo vamos a aguantar al capitán
Smollett? Estoy harto de él, y ya me gustaría dormir en su camarote, comer su comida y beber
su vino. ¿Cuándo vamos a dar el golpe y deshacernos de ellos?
—¿Cuándo? —dijo Silver—. Lo más tarde posible. No sabemos dónde guardan el mapa,
mejor esperar a haber encontrado el tesoro. Y además, el capitán es un buen marino; nos
convendría aprovecharlo para llevar el barco de vuelta. Pero los conozco. Me obligarán a dar el
golpe en la isla, tan pronto como el tesoro esté a bordo, y será una lástima. A veces no sé qué
hago con tipos como ustedes.
—Y cuando los tengamos en nuestro poder, ¿qué piensas hacer con ellos? —preguntó Dick.

214
—Qué vamos a hacer… Yo soy buena persona, pero habrá que cortarles el pescuezo, porque
en estos negocios más vale no dejar testigos. Solo pido una cosa: Trelawney es para mí, con
estas manos le pienso arrancar la cabeza. Anda, tráeme una manzana.
Imaginen el terror que me asaltó. Por suerte, intervino Israel:
—Bah, déjate de manzanas. Echemos un trago.
Dick fue a traer ron para todos y, aliviado, escuché cómo los piratas brindaban con él. En ese
momento un rayo de luna entró en el fondo del tonel de manzanas donde yo estaba escondido.
Y, casi al mismo tiempo, se oyó la voz del vigía que gritaba:
—¡Tierra a la vista!
Stevenson, R. L., (2007). La isla del tesoro. Santiago: Edaf S.A.

1. Junto a un compañero, inventen cómo prosigue esta historia. Luego, compartan oralmente
sus creaciones con el resto de sus compañeros para confirmar si imaginaron algo similar o
distinto.

Antología. Tomo I 215


Antología Tomo II

ÍNDICE Página
La flor de añañuca, Fidel Sepúlveda ............................................................................................391

El invierno y la primavera, Leyenda ojibwa, Norteamérica. Anónimo ............................................ 392

Anansi, la araña: un cuento ashanti, Gerald McDermontt ............................................................ 394

Teseo y el minotauro, Anónimo .................................................................................................. 396

El agua del agrio, Anónimo ......................................................................................................... 398

Historia de por qué la Lloica tiene el pecho colorado, Marta Brunet ............................................ 400

El traje encantado, Óscar Alfaro ................................................................................................. 402

Un drama en el corral, Víctor Eduardo Caro ................................................................................ 405

La reina del papagayo, Ana Rossetti .......................................................................................... 408

Lo más dulce de la Tierra, Carmen Gil .........................................................................................410

El misterio de los meteoritos, María Jesús Bajo............................................................................416

390
La flor de añañuca
Versión de Fidel Sepúlveda

M
onte Patria es la cuna de la flor regional: la añañuca. En sus laderas floreció el copihue
nortino, y con ello una leyenda que ha inspirado a muchos poetas.
Antaño, cuando el Monte Grande de la tierra alta todavía se llamaba Monterrey,
vivía en sus vecindades una hermosa joven india llamada Añañuca. Cierto día llegó un gallardo
minero. Mirarse y enamorarse fue una sola cosa. Añañuca supo que había encontrado al hombre
soñado y este, a su vez, sintió que un brote sedentario lo mantendría a su lado. Así fue como
se casaron e iniciaron una vida grata y feliz, que tornó más radiante y hermosa a la muchacha.
Pero una noche, en sueños, el mozo tuvo una visión: la huella clara de una veta. La tan
buscada veta estaba a su alcance. Sin decirlo a nadie, adoptó la decisión de subir a la montaña
y verificar aquello.
Ese mismo día, la cordillera desató uno de sus más fieros temporales. Todo se cubrió de
nieve. Del minero nadie supo dar noticias. La moza lo esperó y lo esperó con una tristeza que fue
aumentando y consumiéndola a vista de todos. Los vecinos supieron, entendieron y respetaron
su dolor. Este fue tan grande que a los pocos meses le causó la muerte, la cual le llegó en un
día de lluvia suave y persistente, que se mantuvo hasta la hora en que la llevaron cerro arriba,
hasta la colina, para depositar su cuerpo en una fosa nueva, abierta en la explanada. Allí quedó.
A la mañana siguiente, al abrir el Sol, una noticia corrió como reguero de pólvora en torno
a la sepultura y por toda la planicie: había brotado una gran cantidad de flores semejantes al
copihue, pero de un tono más suave y armonioso. Eran flores que nunca antes nadie había visto
por el lugar. Los serranos la ponderaron como la flor de la añañuca, y así la conocemos hasta
el día de hoy, naciendo a comienzos de cada primavera, después de que la lluvia benefactora
ha caído sobre el Norte Chico chileno.
Anónimo. (2004). Versión de Fidel Sepúlveda. “La flor de la añañuca”.
En Leyendas chilenas para niños. Santiago: Editorial Pehuén.

ladera: lado. veta: mina. serrano: habitante de regiones montañosas.

1. Subraya los hechos fantásticos presentes en la leyenda. Compara tu selección con la de tus
compañeros.
2. ¿Por qué crees que el gallardo minero decidió subir a la montaña?
3. Escribe un correo electrónico al minero, convenciéndolo de que no suba a la montaña.

Antología. Tomo II 391


El invierno y la primavera
Leyenda ojibwa, Norteamérica. Anónimo

U
n anciano se hallaba sentado a la puerta de su cabaña, al lado de una corriente helada.
Era ya el invierno y el fuego de su hogar estaba casi extinguido. El anciano parecía
muy decrépito y desolado. Sus cabellos se habían emblanquecido con los años y
temblaba en cada una de sus coyunturas. Los días transcurrían en su gran soledad, y sus oídos
únicamente percibían los ruidos de la tempestad barriendo la nieve recién caída en el bosque.
Un día, cuando su fuego ya estaba muriendo, un apuesto joven entró en la habitación. Sus
mejillas estaban rojas por la sangre de la juventud; sus ojos brillaban con el brillo de la edad y
una sonrisa alegre jugaba entre sus labios. Caminaba con un ligero paso. Su frente se hallaba
cubierta por hierbas fragantes y traía un ramo de flores en una de sus manos.
—¡Ah, mi hijo! —exclamó el anciano—. ¡Estoy muy contento de verte! Cuéntame de tus
aventuras y de las tierras extrañas que has visto. Pasemos la noche juntos. Te contaré mis
hazañas y cuanto puedo hacer... Tú harás lo mismo conmigo y pasaremos un tiempo muy ameno.
El anciano tomó entonces de un saco una antigua pipa y la llenó de un tabaco mezclado con
hierbas olorosas y se la ofreció a su huésped.
Después que fumaron, comenzaron la charla.
—Cuando respiro —dijo el anciano— las corrientes se paralizan y las aguas se ponen duras
como una piedra.
—Cuando yo respiro —dijo el mancebo— las flores salen en todas las tierras...
—Yo muevo mis cabellos —replicó el anciano— y la nieve cubre el mundo. Las hojas caen de
los árboles a una orden mía y con un soplo las esparzo. También los pájaros escapan a distantes
lugares y los animales se esconden de mi aliento, y la tierra se pone dura como un pedernal.
—Yo muevo mis rizos —repuso el joven— y tibias lluvias, muy suaves, caen sobre la tierra; a
mis voces regresan los pájaros. El calor de mi aliento desencadena los arroyos. La música llena
los bosques por doquiera que camino, y toda la naturaleza se regocija.
El sol comenzó a elevarse y un sabroso calor invadió la habitación. El anciano calló. El petirrojo
y el ruiseñor comenzaron a cantar en el techo de la cabaña. Las aguas empezaron a correr y a
murmurar ante la puerta y el perfume de las flores llenaba el aire cálido.

decrépito: viejo. pedernal: tipo de mineral.


desolado: triste. petirrojo: ave de pecho rojo.
mancebo: hombre joven.

392
A la luz del día, el joven pudo ver a su compañero nocturno. Reconoció en él a Peboan (el
invierno), de rostro helado. Las aguas comenzaron a surgir de sus ojos. A medida que el sol se
elevaba, el tamaño del viejo disminuía, hasta que su cuerpo desapareció por completo. En el
fuego apagado se veía a Clatonia, la bella flor de la primavera, blanca, con los bordes rosados.

Anónimo. (1999). Edición de F. Cardona. “El invierno y la primavera”.


En Mitología y leyendas de América y Oceanía. Barcelona: Edicomunicación.

1. Conformen grupos de trabajo y realicen una lectura dramatiza de la leyenda. Utilicen


instrumentos musicales, sonajeros y cualquier otro elemento que les permita generar efectos
especiales de sonido. Comenten y valoren la actividad realizada.

Antología. Tomo II 393


Anansi, la araña: un cuento ashanti
Gerald McDermontt – Cuento de Ghana

A
nansi, para el pueblo ashanti, es “araña”. En las tierras ashanti, a la gente le encanta
este cuento de Kwaku Anansi.
Hace tiempo, Anansi tenía seis hijos…
El mayor se llamaba Ver Problemas. Tenía el don de ver los problemas a gran distancia.
El segundo era el Constructor de Caminos.
El tercer hijo, muy sediento, era Bebedor de Ríos.
Luego venía Desollador de Animales.
Otro hijo era Lanzador de Piedras.
Y el último de los hijos era Cojín. Era muy blando.
Todos ellos eran buenos hijos de Anansi.
Una vez, Anansi se alejó mucho de su casa.
Lejos de casa.
Se perdió.
Se metió en problemas.
En casa estaba Ver Problemas.
—¡Nuestro padre está en peligro! —gritó.
Lo supo rápidamente y así lo dijo a los demás hijos.
El hijo llamado Constructor de Caminos ordenó:
—¡Síganme!
Y partieron, haciendo camino.
Iban rápido, esos seis hermanos, movilizados para ayudar a Anansi.
—¿Dónde está nuestro padre ahora?
—¡Un pez se lo ha tragado! ¡Anansi está dentro del pez!
Bebedor tomó un enorme trago.
No más río.
Entonces, Desollador de Animales ayudó a Anansi, su padre. Abrió el pescado. Justo ahí,
surgieron más problemas.

Desollador: que quita la piel a una persona o animal.

394
Era el halcón. Tomó a Anansi y lo elevó al cielo con él.
—¡Rápido ahora, Lanzador de Piedras!
La piedra alcanzó al halcón. Anansi cayó del cielo.
Entonces Cojín corrió a ayudar a su padre.
Anansi aterrizó muy blandamente.
Era muy feliz esta familia araña.
Estaban todos en casa nuevamente esa noche. Kwaku Anansi encontró algo en la selva.
—¿Qué es esto? ¿Un gran globo de luz?
— ¡Oh, qué misterioso y bello! Se lo daré a mi hijo —señaló Anansi— ¡al hijo que me rescató!
—Pero, cuál de los seis… ¿Quién merece el premio?
—Nyame, ¿me puedes ayudar? ¡Oh, Nyame! —clamó Anansi.
Para el pueblo ashanti, Nyame es el dios de Todas las Cosas.
Anansi rogó a Nyame lo siguiente:
—Por favor, mantén el hermoso globo de luz hasta que sepa cuál de mis hijos lo debe tener.
Y así trataron de decidir cuál de ellos merecía el premio. Trataron, pero no pudieron resolver.
Discutieron toda la noche.
Nyame lo vio.
El dios de Todas las Cosas tomó la hermosa luz blanca y la llevó al cielo.
Allá la tiene para que todos la vean.
Todavía está ahí.
Siempre estará ahí.
Esta misma noche está ahí.

McDermott, G. (2006). “Anansi, la araña: cuento ashanti”. En Cuentos de otros lugares de la Tierra.
Santiago: Ediciones UC.

1. Conformen grupos de trabajo y realicen una escritura de cuento colectiva, explicando la


presencia del Sol en el cielo. Tomen como referencia el cuento de Anansi.

Antología. Tomo II 395


Teseo y el minotauro
Anónimo

E
l rey Minos, de Creta, tenía varios hijos: Ariadna, Fedra, Glauco, Catreo, pero su predilecto
era Androgeo, joven fuerte y vencedor en el gimnasio y las luchas.
Cuando en Atenas se organizaron los juegos en honor de Palas Atenea, se reunieron los
mejores atletas griegos, y allí partió Androgeo, para medirse con los más fuertes luchadores de la
Hélade, con la aceptación de Minos, quien esperaba que su hijo regresara con la corona del triunfo.
El joven príncipe logró vencer en todas las pruebas a sus rivales, los mejores campeones de
la ciudad. Pero los atenienses, en lugar de vitorearlo, hicieron recaer su furia sobre él por haber
derrotado a sus luchadores, y esa misma noche le dieron muerte.
Al recibir la noticia, el rey Minos sintió un inmenso dolor, pero inmediatamente se despertó en
él un irrefrenable deseo de venganza y marchó con un numeroso ejército a bloquear Atenas,
hasta que logró que se rindiera incondicionalmente, y le impuso condiciones y penas terribles.
Entre sus condiciones, estableció que durante nueve años los atenienses debían enviar a
la isla de Creta a siete robustos jóvenes y a siete doncellas, quienes serían las víctimas que se
ofrecerían para ser devorados por el minotauro.
El minotauro, mitad hombre y mitad toro, vivía en un laberinto, cercano a Cnosos, capital de
Creta. Estaba encerrado en dicho laberinto y se alimentaba de carne humana, de esclavos y
prisioneros de guerra, así como de los jóvenes atenienses que enviaba el rey Minos.
Año a año llegaban a Atenas los mensajeros de Creta a elegir a sus víctimas.
Al tercer año, un joven y gallardo joven, hijo del rey ateniense Egeo, llamado Teseo, se ofreció
voluntariamente, pues se consideraba capaz de enfrentar y dar muerte al minotauro.
Al enterarse el rey Minos, expresó:
—Como miembro de la familia real estás eximido de ir como víctima. Pero si insistes, te diré
que, aunque mates al minotauro, jamás encontrarás la salida del laberinto.
—No me importa —respondió el joven Teseo—, me basta con matar al monstruo y ser útil
a Atenas.

predilecto: preferido. arduo: agotador.


vitorear: aplaudir. expirar: morir.
irrefrenable: incontenible. tributar: pagar.

396
Ariadna, quien escuchó el diálogo, secretamente por la noche se acercó al joven y le entregó
un puñal y un ovillo de hilo, diciendo:
—Con este puñal mágico podrás atravesar el corazón del minotauro, y si sigues el hilo de
este ovillo podrás hallar la salida.
Agradecido quedó el joven Teseo, y penetró en el laberinto, desenvolviendo el ovillo de hilo.
Durante horas recorrió el laberinto hasta enfrentarse con la bestia. Después de una ardua
lucha, logró atravesar el corazón del monstruo con el puñal que le entregara la bella Ariadna. El
minotauro expiró entre convulsiones. Y Teseo rescató a sus compañeros, con los que emprendió
el camino de regreso siguiendo el hilo.
Fue aclamado por la gente de Cnosos por haberlos liberado del monstruo y del salvaje castigo
que año a año debían tributar al minotauro.
Teseo, victorioso, regresó a Atenas en su nave con las velas desplegadas.

Anónimo. Teseo y el minotauro.

1. ¿Qué características de los mitos reconoces en el relato de “Teseo y el minotauro”?


Comenta con tu curso.

Antología. Tomo II 397


El agua del agrio
Anónimo

C
ada tres años, durante los meses de marzo, abril y mayo, llegan desde Trapa familias
de pehuenche a las veranadas cordilleranas y allí se instalan en casuchas de ramas,
para empezar la recolección de piñones.
Durante esos tres meses, son los niños quienes más disfrutan recogiendo piñones y, en
pequeños grupos, se van internando por los bellos parajes del lugar.
Así ocurrió que, cierta vez y cierta mañana, entre risas y brincos, llegaron a la cima de un
cerro a cuyos pies vieron una ciudad maravillosa, distinta a la que ellos conocían: los rayos del
Sol hacían brillar las casas de grandes cúpulas y escalinatas, y a sus oídos llegaban alegres
voces de niños. Sin pensarlo dos veces, se deslizaron cerro abajo. Al entrar en la ciudad, vieron
que allí todo era de oro. En las calles jugaban muchos niños, quienes se les acercaron risueños.
Hablaban en un idioma desconocido; iban desnudos, y al ver la ropa de los pehuenche los
palpaban curiosos.
De pronto, uno corrió hacia un anciano de largas barbas y largos cabellos; tomándolo de la
mano lo llevó donde los otros rodeaban a los inesperados visitantes. Estos se miraron asombrados:
vestía un extraño y elegante ropaje adornado con perlas doradas.
Erguido y majestuoso, los saludó amablemente y, para su felicidad, les habló en su propio
idioma.
Al oír que los visitantes eran recolectores de piñones, ordenó a algunos de los suyos traerles
más.
Al poco rato volvieron con enormes piñones en una fuente de oro.
El mayor de los pehuenche, tartamudeando de asombro, preguntó si podía llevarse uno, pero
que no tenía dinero para pagarlo.
El anciano le palmeó la cabeza:
—Lleven lo que quieran. Aquí no existe el dinero...
Mientras saboreaban la fruta, el gentil anciano les hablaba sobre la ciudad, donde no hace
frío ni hace calor, donde solo llueve ciertos días, tan solo para mantener floridos y fértiles sus
jardines y su valle.

veranada: periodo del verano en cúpula: techo en forma de una vigor: energía.
que se alimenta el ganado. media esfera. altivo: orgulloso.
paraje: territorio. pasmado: sorprendido.

398
Como la tarde comenzaba a caer, los pequeños pehuenche debían regresar donde los suyos.
Pero, ¡qué no hubiesen dado por quedarse allí para siempre!
El anciano les regaló la fuente de oro colmada de piñones y, junto con los demás niños, los
acompañaron a las puertas de la ciudad. Si bien estos habían llegado a ella alegres, ahora
retornaban callados y nostálgicos a sus casas de ramas. Allí contaron su aventura. Los mayores,
al ver la fuente de oro y los enormes piñones quedaron pasmados. Uno de los ancianos de
la familia recordó que, siendo niño, había oído hablar de una ciudad fantástica, toda de oro,
perdida en la cordillera. Aquí estaba la evidencia de que aquello era cierto.
A primera hora partieron las familias, llevando consigo la fuente de oro, guiadas por los niños.
También ellos querían conocer la ciudad maravillosa.
Pero, una vez en la cima del cerro, tan solo pudieron ver una calle cubierta de niebla. ¡Ni
rastros de la ciudad! Como estaban sedientos, siguieron caminando hasta llegar a una vertiente
de aguas cristalinas. Una de las mujeres, la más débil y anciana, quiso beber agua en la fuente
de oro. Pero cuando la sumergió en las aguas, la fuente se convirtió en arcilla y el agua clara,
en amarga y blanquecina.
Desilusionados, regresaron los pehuenche a sus ramadas, trayendo consigo la fuente de greda
llena del agua amarga. Y dicen que aquellos que la bebieron no volvieron a sufrir enfermedades y
la primera anciana que bebió del agua recuperó su juventud y su vigor de altiva mujer pehuenche.
Desde entonces son muchos quienes llegan a la zona en busca del “agua del agrio”, con la
esperanza de que esta les devuelva la salud y vigor perdidos.

Anónimo. (2000). Compilación de Leyton, Concha y Correa. “El agua del agrio”.
En Leyendas chilenas. Santiago: Bibliográfica Internacional.

1. ¿Qué características del texto permiten señalar que se trata de una leyenda?

Antología. Tomo II 399


Historia de por qué la
Lloica tiene el pecho colorado
Marta Brunet

R
esulta que una vez, hace muchos, pero muchos años, andaba por unos potreros un
Hombre, morral al hombro y escopeta lista, viendo si veía algún pájaro para hacerle la
puntería. Y en esto se encontró con una Lloica, muy distraída en una rama de un roble,
cantando una tonada que recién había aprendido. Verla el Hombre, hacer puntería y disparar
fue todo uno.
Pero resultó que la escopeta estaba mal cargada y el tiro reventó, hiriendo en la cara al Hombre,
en tal forma, que quedó medio ciego, dando grandes gritos de dolor y auxilio.
Por los contornos no pasaba un alma. La Lloica, mientras tanto, había volado a un árbol
lejano, y desde allí, muy asustada por el peligro que acababa de correr, miraba al pobre Hombre
bañado en sangre y quejumbroso.
—Socorro... Socorro... Me he quedado ciego... Auxilio...
Y sus gritos se perdían por las quebradas inútilmente.
Poco a poco el Hombre dejó de gritar. Daba ahora ayes y suspiros y al fin pareció perder el
conocimiento y se quedó inmóvil, recostado en el pasto y con la cara mirando al cielo.
La Lloica, mientras tanto, se había ido acercando lentamente, de árbol en árbol, hasta
quedar sobre aquel que cobijaba al herido. Desde ahí siguió un rato observándolo. Y cuando se
convenció de que estaba como muerto, de un vuelo se dejó caer sobre el pecho del Hombre,
escuchando atentamente si el corazón latía aún.
La Lloica era una buena avecilla del bosque, temerosa del Hombre y de su malignidad que
se distrae matando. Pero al propio tiempo tenía por el Hombre un gran respeto y admiración:
por el hombre que sabe cantar, que sabe silbar, que sabe hablar y, en cuyas manos están el Bien
y el Mal de los habitantes de los bosques. Y la Lloica, que nunca había visto abatirse y morir a
un Hombre, tuvo una gran compasión por este que ahí alentaba apenas.
Entonces la Lloica fue hasta el río y trajo unas gotitas de agua, que echó en la boca del
Hombre, y fue de nuevo al río y trajo otras gotitas que refrescaron sus heridas, y fue hasta la

quejumbroso: que se queja o lamenta. insidioso: con malas intenciones.


ayes: lamentos (es el plural de ‘ay’). hualle: roble.
malignidad: maldad. escarlata: color rojo intenso.

400
montaña y trajo hierbas medicinales que fue poniendo sobre las llagas que eran los ojos, y de
nuevo trajo agua y de nuevo trajo hierbas, y tanto trabajó la pobre y con tanta inteligencia, que
al fin el Hombre dio un suspiro hondo y pareció recobrar el conocimiento.
Entonces la Lloica llamó a la Brisa, que todo lo sabe porque hasta por las rendijas se mete
para curiosear, y le preguntó dónde vivía el Hombre. La Brisa dio la dirección y la Lloica se fue
de un vuelo hasta la casa que estaba en la colina rodeada de jardines. Ahí llamó al Perro y le dijo:
—Avisa a tus patrones que el Hombre está herido en el potrero, al comienzo de la montaña.
El Perro empezó a ladrar desesperadamente, a correr, a aullar. Hasta que llamó la atención
del Hombre Viejo y del Hombre Joven, que salieron detrás de él, encontrando al herido.
Mientras tanto, la Lloica estaba feliz en la rama del roble viendo cómo, con grandes precauciones,
se llevaban al Hombre en una improvisada camilla. El Hombre estaba salvado...
Pero resulta que entonces oyó a la señora Cachaña que le decía:
—¡Qué linda pechera roja tiene usted, comadre Lloica! ¿Dónde la ha comprado?
La Lloica se dio cuenta de que la sangre del Hombre le había manchado toda la pechuga.
Y la señora del Jote —que ni siquiera tiene nombre, y que estaba por allí cerca— se dirigió a
la Lloica en forma insidiosa y llena de envidia.
Pero resulta que aquel día San Pedro había bajado a la Tierra a tomar un poquito de fresco a
la sombra de unos hualles y había visto todo lo pasado. Entonces se acercó a las aves y les dijo:
—Atestiguo que la Lloica tiene el pecho manchado por obra de una buena acción. Y en premio
de ella, con la venia del Padre que está en los cielos, desde hoy en adelante tendrá sobre su
noble pecho un escudo escarlata.
Y ya saben ustedes por qué la Lloica tiene esas plumillas rojas que le hacen tanta gracia.

Brunet, M. (1962). “Historia de por qué la Lloica tiene el pecho colorado”.


En Obras completas de Marta Brunet. Santiago: Zig-Zag.

1. ¿Quién era el hombre que aparece al principio del relato y qué pretendía hacer?
2. ¿Cuál es la razón por la que la Lloica quedó para siempre con un “escudo escarlata” sobre
su “noble pecho”?

Antología. Tomo II 401


El traje encantado
Óscar Alfaro

E
l pequeño príncipe era caprichoso y malo. Había que darle todos los gustos porque el
rey, su padre, decía que no se le debe negar nada al hijo de un rey.
Un día, el príncipe ordenó:
—Que me traigan el arco y las flechas.
—¿Para qué? —preguntó su padre.
—Para hacer puntería sobre aquel pastor que está parado en la colina.
Pero al poco rato, vio al mago del reino, que entraba al palacio con su traje brillante.
—¡Quiero ese traje!
—Es muy grande para ti —contestó el mago.
—A mí no me importa. Dámelo ahora mismo o pediré otra cosa, que será peor para ti.
—Pide más bien otra cosa.
—Pediré entonces tu piel, para hacerme unas botas.
El mago se puso pálido.
—Te daré mi traje —dijo, sacándoselo a toda velocidad.
Pero el príncipe ya no tenía interés en el traje.
—¡Tendré las botas de piel de hombre! ¡Nada se le puede negar al hijo del rey!
Y comenzó a dar unos gritos tan fuertes que vino corriendo el rey.
—¿Qué te pasa ahora?

402
—Quiero la piel del mago para hacerme unas botas.
—Bueno, habrá que despellejarlo —dijo el rey con la mayor tranquilidad y tocó una campana,
llamando a los verdugos.
Pero el mago se escapó del palacio por una ventana. El susto le puso alas en los pies y no
lo pudieron alcanzar.
El príncipe estaba furioso, pero a las pocas horas volvió a interesarse por la ropa del mago.
Se la probó y, aunque le quedaba muy grande, se paseó con ella por el corredor de los espejos,
haciendo gestos de mago.
Pero, ¡cosa rara!, la ropa se estaba encogiendo.
—¡Quítatelo! No te olvides que es el traje de un mago… —le dijo el rey, asustado.
El príncipe tuvo miedo y trató de desvestirse, pero no pudo. Su padre quiso ayudarlo, pero
tampoco pudo. Ahora el traje estaba tan ajustado que apenas lo dejaba respirar. Y seguía
encogiéndose. El príncipe empezó a gritar. El rey, desesperado, llamó a los hombres más
forzudos de la guardia y les ordenó desvestir al príncipe, pero ninguno pudo.
—¡Rompan el traje! —gritó el rey.
Pero nadie fue capaz de romperlo.
—Yo lo rasgaré con mi espada —dijo un oficial de la guardia.
Pero la espada se hizo pedazos y el traje continuó encogiéndose. Finalmente, el príncipe
cayó desmayado.

Antología. Tomo II 403


—¡Mi hijo se muere!... ¡Auxilio! —gritaba el rey, con lágrimas en los ojos.
Entonces, el consejero del monarca dijo:
—Hagan volver al mago. Es el único que puede salvarlo.
Mil servidores, montados a caballo, salieron a buscar al mago y lo trajeron encadenado.
—¡Maldito, sácale ese traje al príncipe o te haré cortar la cabeza!... —rugió el rey.
Pero el traje se encogió más.
El rey sacó su espada y apuntó con ella a la garganta del mago.
—¡Por las malas no vas a conseguir nada! ¡Mira cómo se encoge el traje!...
Y el traje se encogió tanto que crujieron los huesos del príncipe.
—¡Piedad! —gritó el rey al ver aquello—. Salva a mi hijo y te haré el hombre más rico del reino!...
—Está bien que cambies de tono —dijo el mago, tranquilamente—. Pero las riquezas que
me ofrece no salvarán al príncipe.
—Entonces ¿qué debo hacer para salvarlo?
—Remediar todo el daño que él hizo.
—Lo haré —dijo el rey—. Pero sálvalo.
—Yo no puedo salvarlo, todo depende de ti —contestó el mago.
Entonces el rey llamó a sus ministros.
—Ordeno que se remedien todos los daños que causó el príncipe a la gente del reino.
El traje dejó de encogerse, pero no volvió a su estado normal.
—¿Por qué no se estira, si ya ordené lo que pedías?
—Es que algunos males no tienen remedio.
—¿Entonces mi hijo morirá estrangulado por el maldito traje?
—No morirá. El traje se irá abriendo con cada buena obra que realices.

Alfaro, O. (2000). “El traje encantado”. En Clásicos de la literatura infantil-juvenil de américa latina y el caribe.
Venezuela: Biblioteca Ayacucho.

1. ¿Qué opinas de la actitud el pequeño príncipe al comienzo del relato?


2. ¿Qué opinas de la expresión “es que algunos males no tienen remedio”? Comenta con tu
curso la importancia de no dañar a las personas en su integridad física y emocional.

404
Un drama en el corral
Víctor Eduardo Caro

N
¿ o saben ustedes lo que ha sucedido en un gallinero? Es horrible, horrible.
La que así hablaba era una gallina que se hallaba en un lugar a donde todavía no
habían llegado los ecos de la tragedia.
—Sí —decía la gallina; ¡es horrible! Tanto que no voy a poder pegar el ojo en toda la noche.
Menos mal que somos muchas; si llego a estar sola, ¡qué miedo!
Y empezó a contar la terrible historia; y al cacarear, su voz temblaba de espanto, de tal modo
que a las gallinas que le escuchaban se les erizaron las plumas, y al gallo que las acompañaba
se le encogió la cresta.
Pero a lo mejor tampoco ustedes que me lean, están al corriente de los acontecimientos.
Empecemos, pues, por el principio.
La cosa sucedió en un gallinero situado en un barrio de la ciudad muy alejado de este en que
estábamos hace un momento.
Caía la tarde; el sol se ponía y las gallinas tomaban sus posiciones para la noche.
Una de ellas, una gallina blanca, de patas cortas, que era una persona de lo más respetable que
cabe, de esas que ponen su huevo con toda regularidad, en cuanto se hubo colocado en el sitio
que le correspondía, se puso a rascarse, según solía hacer todas las noches antes de dormirse.
Al efectuar esta pequeña operación se le cayó una plumita.
—¡Vaya, una menos! —dijo. Y añadió:
—Aunque se me caigan algunas plumas, no por eso dejo de estar guapa.
Esto lo dijo con tono alegre, pues era una gallina de muy buen humor, siempre dispuesta a
reír, a divertirse y a echarlo todo a broma, lo cual no impedía que, según ya hemos dicho, fuese
una gallina perfectamente respetable.
Luego se quedó dormida.

Antología. Tomo II 405


Ya la oscuridad era profunda y las gallinas apretujadas unas contra otras, se iban durmiendo.
Pero la que estaba junto a la gallina blanca, no se dormía. Había oído lo que dijo su vecina, pues
ella sabía oír sin parecerlo.
Y le faltó tiempo para comunicárselo a su otra vecina; ahora que naturalmente lo varió un poco:
—¿Ha oído usted lo que acaban de decir? —le preguntó. Yo no quiero nombrar a nadie, pero
es el caso que aquí hay una gallina que se quiere quedar sin plumas para estar más guapa.
¡Que atrocidad!
Precisamente encima del gallinero moraba la familia búho: el papá, la mamá y los pequeños búhos.
Tenían todos los oídos tan finos, que no perdieron una palabra de lo que dijo la gallina.
Sus ojos, que ya de por sí eran redondos, se redondearon más que de costumbre, y la mamá
búho exclamó, abanicándose con las alas:
—¡No escuchen esas cosas, hijos míos; demasiado saben ya. Lo he oído con mis propios
oídos, y Dios sabe si en este mundo se oyen atrocidades antes de que a uno se le caigan las
orejas de horror!
Y añadió, dirigiéndose a su esposo, el señor búho:
—¡Ya ves tú qué cosas pasan! Hay en el gallinero de abajo una gallina que se ha olvidado de
la educación y de las conveniencias, hasta el punto de arrancarse las plumas para estar más
guapa, sin duda para ver si así logra llamar la atención del gallo y que se case con ella.
—Ten cuidado —dijo el papá búho; no son cosas para hablarlas delante de los niños.
—Tienes razón —dijo la mamá búho— pero; al menos se lo iré a contar a la lechuza del frente;
también ella me viene a contar todo lo que oye.
Y se fue volando.
—¡Huuuuuu! ¡Huuuuuu! Estuvieron charlando las dos comadres cerca de un palomar.
—¡Huuuuuu! ¡Huuuuuu! ¿Se ha enterado usted? Allí hay una gallina que se ha arrancado las
plumas para ver si así pesca marido. ¡De fijo que lo que así pesca será una pulmonía! ¡Si es que
no se ha muerto ya de frío! ¡Huuuuuu!
—¡Rrrrrrucu! ¡Rrrrrrucu! —dijeron unos pichones al oírlas. ¿Dónde ha sido eso? ¿Dónde,
dónde?
—Ha sido en el corral del vecino —contestó una paloma que también había oído. Tan seguro
es, ¡como si lo hubiéramos visto con nuestros ojos! Da vergüenza contarlo y, sin embargo, no
cabe duda de que así es.
—¡Ah! ¡Claro que no cabe duda! ¡No cabe duda ninguna! —dijeron los pichones.

morar: habitar. tapia: pared hecha de tierra.

406
Y se fueron con el cuento a otro corral; pero con el cuento un poquito corregido, naturalmente.
—Allí hay una gallina, y puede que sean dos, que ha tenido la desvergüenza de arrancarse
todas las plumas para distinguirse de las demás, llamar la atención del gallo y casarse con él.
¡Han caído enfermas del frío!
—¡Kikirikí! ¡Kikirikí! —dijo el gallo de este gallinero; y volvió a encaramarse a lo alto de la tapia.
Desde allí se puso a cantar:
—¡Tres gallinas se han muerto por haberse arrancado todas las plumas para agradar al gallo!
¡Qué horror! ¡Es preciso que todo el mundo se entere de esta historia!
—¡Sí, sí. Que se enteren, que se enteren! —silbaron los murciélagos. Y los gallos y las gallinas
corearon:
—¡Que se enteren, que se enteren! De este modo la historia circuló de corral en corral, y cada
vez aumentada un poco.
Así, volvió al lugar de donde había salido.
Pero en qué forma llegó, Dios santo.
—Cinco gallinas —decían— se habían propuesto cada una casarse con un gallo. Tan
enamoradas de él estaban las cinco, que se arrancaron las plumas para demostrar lo flacas
que se habían quedado. Cuando estuvieron completamente desplumadas, se pelearon, se
hirieron a picotazos, se ensangrentaron y se mataron unas a otras. Sus respectivas familias
están desesperadas; y más desesperado todavía está el dueño del corral, que ha perdido de
un golpe cinco hermosas gallinas.
La gallina blanca a la que se le había caído una pluma, oyó esta trágica historia. Naturalmente
como estaba “algo” desfigurada no la reconoció.
—Qué cosas pasan en el mundo, Señor —exclamó juntando sus patitas con indignación.
¡Qué gallinas más locas! Gracias a Dios, en este corral nuestro no pueden suceder atrocidades
semejantes. Pero es preciso que se entere todo el mundo de esta historia para que sirva de
ejemplo. Y, tal como ella lo había oído, se lo refirió todo a cierta cotorra, que era la encargada
de redactar la “Gaceta del Corral”.

Caro, V. E. (2000). “Un drama en el corral”. En Clásicos de la literatura infantil-juvenil de américa latina y el caribe.
Venezuela: Biblioteca Ayacucho.

1. ¿Cuál crees que fue el propósito del autor al escribir este cuento?
2. Comenta con tus compañeros el final de la historia. Luego, escribe una nueva propuesta
para él.

Antología. Tomo II 407


La reina del papagayo
Ana Rossetti

I
sabel Clara Eugenia era una niña a la que le gustaba jugar y divertirse como a las demás.
Pero ella no era una niña cualquiera. Su padre era Felipe II, un poderoso rey que gobernó
en España hace 450 años. Isabel Clara Eugenia, por tanto, era infanta de España, y desde
pequeña tuvo que prepararse duramente.
Isabel aprendió a soportar incomodidades, a conversar en varios idiomas y a comportarse de
forma exquisita, sin meter nunca la pata. Pero, como tenía muy buen carácter, siempre estaba
contenta: bailando, estudiando geometría, aprendiendo a disparar, montando a caballo o leyendo
libros en latín. Y todos los que la trataban admiraban lo lista y simpática que era.

Sucedió que su madre, la reina, murió joven y la infanta, que entonces tenía catorce años,
tuvo que hacerse cargo de los asuntos de la corte. Al principio se encargaba de organizar la
complicada vida del palacio. Era como si Isabel Clara Eugenia dirigiese una orquesta, cuidando
de que cada instrumento sonara en el momento adecuado. Y lo hizo tan bien, que su padre la
nombró su ayudante.

infanta: princesa. ballesta: arco montado sobre una culata, como un rifle.
remoto: muy lejano. hacer diana: acertar al blanco.

408
Durante muchos años, la infanta Isabel fue consejera de Felipe II. Como sabía varios idiomas,
traducía las cartas y documentos que llegaban desde lugares remotos.
Pronto Isabel empezó a comprender que ser poderoso también acarreaba problemas. Los
más poderosos son los más temidos y los que más enemigos tienen. A su alrededor siempre
había traiciones y peligros. Entonces, la joven infanta imaginó un reino ideal donde todos pudieran
vivir mejor. A Isabel Clara Eugenia la llamaban “la novia de Europa”, porque todos los príncipes
europeos querían casarse con ella. La infanta se casó finalmente con Alberto de Austria. Como
regalo de bodas, Felipe II les entregó una parte de su reino, los Países Bajos, y allí se fueron a vivir.
La infanta se sentía feliz pensando que ahora podría hacer posible su reino imaginado. Isabel
abrió escuelas, protegió a los artistas y mejoró las condiciones de vida de sus súbditos. A
menudo, salía a la calle disfrazada para poder mezclarse con la gente y conocer sus problemas.
Y así supo que a muchos no les gustaba que los gobernase una extranjera.
En aquella época, en los Países Bajos se celebraba todos los años una competición popular
de tiro, en la que había que derribar la figura de un papagayo colocada sobre una torre. Solo
concursaban los mejores arqueros, porque el blanco era muy difícil de alcanzar. Quien derribara
la figura de un disparo de ballesta, sería proclamado “rey papagayo”.
Isabel decidió participar en la competición. Esto causó un gran alboroto y muchos se reían
de ella. Pero cuando llegó el día, la infanta armó la ballesta con maestría y dio en el blanco al
primer disparo. El público aplaudió entusiasmado. Isabel Clara Eugenia había hecho diana en
todos los corazones.
Los arqueros acordaron suspender aquella competición para siempre. Así, la infanta pudo
conservar con orgullo, durante toda su vida, el título de “reina del papagayo”.

Rossetti, A. (2008). “La reina del papagayo”. En De buena tinta. Lecturas 4. Madrid: Editorial Santillana.

1. Comenta con tus compañeros por qué a Isabel se la termina por conocer como la “reina del
papagayo”.

Antología. Tomo II 409


Lo más dulce de la Tierra
Carmen Gil

Personajes

Narrador 1 Saturnino
Narrador 2 Tía Eduvigis
Narradora 1 Orión
Narradora 2 Tío Pancracio
Marcelo Andrómeda
Abejas Julia

NARRADOR 1: En Marte, el planeta rojo, todo era paz y armonía: los pájaros nadaban
alegremente en los lagos, las vacas volaban de aquí para allá moviendo el
rabo. Todos estaban felices y contentos.
NARRADOR 2: ¿Todos? No. Desde hacía algún tiempo, el marciano Marcelo se había vuelto
un ser gruñón e insoportable. Le había cambiado mucho el carácter.
NARRADORA 1: Se pasaba el día refunfuñando. ¡Y no sonreía nunca!
NARRADORA 2: Los principales doctores del sistema solar coincidían en su recomendación:
Marcelo necesitaba endulzar su vida. Estaban seguros de que de ese modo
se acabarían sus males.

refunfuñar: reclamar.

410
NARRADOR 1: Y para ello, nada mejor que hacer un viaje turístico al planeta azul y buscar
allí la sustancia más dulce de la Tierra.
NARRADOR 2: Para cumplir tan importante misión, tres marcianos iban a acompañar al
pobre Marcelo. Así que, una mañana muy temprano, los cuatro despegaron
en una impresionante nave, rumbo al mayor de los planetas rocosos.
MARCELO: Estoy hasta las narices de que metas la nave en todos los baches espaciales.
Ya has chocado con cuatro estrellas, le has hecho un agujero a la Luna y le
has dado un susto a un astronauta que le sacaba brillo a su cohete.
SATURNINO: Pero... ¿qué dices, Marcelo? Si el viaje está siendo un paseo sin incidencias.
ORIÓN: ¡Eso! ¡Un verdadero paseo!
ANDRÓMEDA: ¡Aquí no se discute! A ver quién acierta esta adivinanza:
Es preciosa y fascinante,
llena, creciente y menguante.
Satélite de un planeta,
le canta cualquier poeta.

Antología. Tomo II 411


NARRADORA 1: Y así, entre refunfuños y algún que otro sobresalto, los cuatro amigos llegaron,
sanos y salvos, a su destino.
MARCELO: ¡Ay! Me duelen hasta las antenas de tantos botes durante el viaje. ¡Qué
barbaridad! ¡Eres un pésimo piloto, Saturnino!
SATURNINO: Para que sepas, si no llega a ser por mi maestría al volante, hubiésemos
atropellado a una bruja que volaba con su escoba y a un angelote que estaba
tocando tranquilamente su lira.
ORIÓN: ¡Eso, su lira!
ANDRÓMEDA: A ver, a ver... Tengo otra adivinanza:
A ver si alguno la acierta.
Por el este se despierta,
a pesar de que se acueste
cada tarde en el oeste.
MARCELO: ¡No estoy para adivinanzas! ¡Con los calambres marcianos que tengo!, ¡me
duele todo!
SATURNINO: Deja de quejarte y anímate un poco. Vamos a buscar lo más dulce de la
Tierra.
ORIÓN: ¡Eso, lo más dulce de la Tierra!
NARRADORA 2: Los marcianos estuvieron un buen rato consultando información en sus
computadores de última generación y descubrieron que lo más dulce de la
Tierra era la miel.
NARRADOR 1: Y siguiendo las indicaciones de su GPS, llegaron hasta la colmena más
cercana.
NARRADOR 2: Pero en cuanto se acercaron, las abejas empezaron a zumbar y a picar a
diestra y siniestra.
ABEJAS: Zzzzzzzz... Zzzzzzz...
MARCELO: (Corriendo). ¡Ay, qué dolor! ¡Me picaron en las manos!
ANDRÓMEDA: Y a mí en la punta de una oreja.

lira: instrumento musical compuesto de varias cuerdas. siniestra: izquierda.


diestra: derecha. hemeroteca: biblioteca.

412
SATURNINO: Pues a mí me clavaron el aguijón en mi pobre trasero marciano.
ORIÓN: ¡Eso, en mi pobre trasero marciano!
NARRADORA 1: Menos mal que la nave espacial estaba cerca y que sus cuatro piernas les
permitían correr a la velocidad del rayo. En unos segundos, los marcianos
estaban a salvo.
NARRADORA 2: Una vez dentro de la nave, y cuando se les pasó el susto, continuaron con
su investigación.
NARRADOR 1: En una hemeroteca terrestre, encontraron una sorprendente noticia en un
periódico.
ANDRÓMEDA: Aquí dice que el bizcocho de tía Eduvigis ganó el III Concurso de Pasteles.
¡Y que ese bizcocho es el más dulce del mundo!
NARRADORA 1: Con ayuda del GPS, no tardaron mucho en dar con la casa de la ganadora.
En cuanto tía Eduvigis abrió la puerta...
TÍA EDUVIGIS: (Gritando). ¡Socorro! ¡Unos monstruos morados!
TÍO PANCRACIO: ¡Con cuatro patas y tres ojos! ¡Auxilio!
NARRADOR 2: Tía Eduvigis y tío Pancracio cerraron la puerta dando un fuerte portazo.
Marcelo, triste y decepcionado, se sentó junto a la nave espacial.
MARCELO: ¡A estos terrícolas no les gustamos nada! Y solo porque somos diferentes.
Tendremos que volver al planeta rojo sin haber encontrado lo más dulce de
la Tierra. ¡Y mi malhumor no tendrá cura!
NARRADORA 1: Pero mira lo que son las cosas, a una niña terrestre que pasaba por allí le
encantó Marcelo.
JULIA: (Mirándolo frente a frente). Eres muy guapo. ¿Puedo darte un beso? ¡Muac!
NARRADORA 2: Aquello sí que le pareció al marciano lo más dulce de la Tierra. Y entonces,
en su cara se dibujó una sonrisa tan luminosa como un día soleado.

Antología. Tomo II 413


MARCELO: ¡Caramba! ¡Qué bonito es el mundo! ¡Qué bonita es la vida! ¿Cómo no me
había dado cuenta antes?
NARRADOR 1: Los marcianos se despidieron de Julia y volvieron a Marte a toda velocidad,
para enseñar a sus vecinos lo que habían aprendido. ¡Eso de darse besos
y abrazos era muy divertido! Y devolvía el buen humor a cualquiera.
NARRADOR 2: ¡Ah! Y Andrómeda inventó una nueva adivinanza, que se convirtió en la
preferida de todos los marcianos.
ANDRÓMEDA: A ver quién la adivina:
Si se dan en las mejillas,
son dulces y hacen cosquillas.
Si vienen con achuchones,
alegran los corazones.

Gil, C. (2012). “Lo más dulce de la Tierra”. En La nave de los libros 4. Lecturas. Los Caminos del Saber.
España: Editorial Santillana. (Adaptación)

achuchón: abrazo.

1. Escribe en tu cuaderno, cuatro acotaciones presentes en la obra y señala a qué tipo de


indicación corresponden.

414
Antología. Tomo II 415
El misterio de los meteoritos
María Jesús Bajo

Personajes

Supermán 2 La Gata
Supermán 1 Sherlock Holmes
Ratón Pérez Voz en off de la “Seño”
Blancanieves Voz en off del “Dire”
Superbebé

(Los personajes llevan delantales a rayas. En el escenario hay una cortina que divide la
escena en dos. La cortina, que se podrá descorrer, está pintada de tal forma que asemeja
una clase, con pupitres, pizarra… Delante de la cortina están, en cierto desorden, las
mochilas de los alumnos).

SUPERMÁN 2: (Se dirige a Supermán 1). ¡Eh!, que pisas a Eduvigis.


SUPERMÁN 1: (Sin esperar a que Supermán 2 acabe la frase). Perdón.
RATÓN PÉREZ: ¿Quién es “Edutrigis”?

416
BLANCANIEVES: E-du-vi-gis. Una amiga invisible.
SUPERBEBÉ: ¡Ay! Yo siempre he querido tener una.
LA GATA: ¿Aún no te has enterado de que los amigos invisibles no existen?
SHERLOCK: Depende de para quien...
VOZ EN OFF DE LA “SEÑO”: ¡Silencio!

(Los niños callan y permanecen inmóviles, atentos a la conversación).

VOZ EN OFF DEL “DIRE”: Como te decía, el meteoro se está acercando.


VOZ EN OFF DE LA “SEÑO”: ¿Se sabe dónde puede caer?
VOZ EN OFF DEL “DIRE”: Sí, tengo más información en mi despacho.

(Tras un breve silencio, los personajes recuperan su actividad).

SUPERMÁN 2: ¿De qué hablaban la “seño” y el “dire”?

Antología. Tomo II 417


SUPERBEBÉ: Creo que de tirar oro a algún sitio.
BLANCANIEVES: Nada de oro. De un me-te-o-ro.
SHERLOCK: Un meteoro es un fragmento de un meteoroide, un cuerpo procedente del
espacio.
LA GATA: Vamos, que van a caer piedras del cielo.
TODOS: (Conmocionados). ¡Ooooh!
BLANCANIEVES: Y aplastarán ciudades enteras, niños, gatos y perros.
RATÓN PÉREZ: No te olvides de los ratones, también los aplastará.
SUPERMÁN 1: Tenemos que hacer algo.
SHERLOCK: La cuestión que nos ocupa es trascendental para la humanidad. Hemos de
averiguar dónde van a caer los meteoritos y evitarlo. Este es un caso para
superhombres... Bueno..., para superniños.
LA GATA: Haberlo dicho antes.

(Suena una música de acción. Todos se levantan y, de espaldas, se quitan el babi y se


disfrazan con las cosas que llevan en sus mochilas. Al finalizar la música, se vuelven hacia
el público ya disfrazados diciendo “tatatachán”. Sherlock Holmes lleva gorra y una lupa.
Blancanieves, una cesta con manzanas. Supermán 1, su traje de superhéroe. Supermán
2, igual pero en otro color y sin capa. La Gata va vestida como El Zorro, pero sin espada.
Superbebé lleva un gran pañal, gorro de bebé y un gran chupete. Ratón Pérez luce unas
grandes orejas de ratón. Blancanieves, con un micrófono, va a presentar un pase de
modelos).

BLANCANIEVES: (Con aire desenvuelto). Y seguidamente les voy a presentar un desfile con
las últimas tendencias en superhéroes. Un aplauso, por favor. En primer
lugar, Sherlock Holmes. (Se dirige en voz baja a Sherlock). ¿No éramos
superhéroes? ¿Qué haces vestido de detective?
SHERLOCK: (En voz baja). No, no. Dije superhombres, no superhéroes.
BLANCANIEVES: ¿Y no tienes ningún disfraz de superhéroe a mano?

(Sherlock Holmes niega con la cabeza. Blancanieves continúa).

418
BLANCANIEVES: (Dirigiéndose con el micrófono al público mientras Sherlock Holmes desfila).
A continuación contemplarán a ¡El Zorro! (Se dirige a La Gata también en
voz baja). Oye, un poco antiguo, ¿no?
LA GATA: De antiguo nada. Además, no soy El Zorro, soy ¡La Gata!
BLANCANIEVES: (Mientras desfila La Gata). Como les iba diciendo, con todos ustedes: La
Gata. Y su superpoder, la espada.

(En ese momento La Gata saca un spray y pinta en la cortina una G).

BLANCANIEVES: ¡Ejem! Una equivocación la tiene cualquiera. Continuamos este pase de


modelos con el superhéroe por excelencia: Supermán.
SUPERMÁN 1: (desfila orgulloso). Sobre sus poderes ¡qué les voy a contar!
SHERLOCK: (Tirando de la manga de Blancanieves y en voz baja). Tenemos un problema.
(Señala al otro Supermán).
BLANCANIEVES: (A Supermán 2). Te dije que te vistieras de otra cosa.
SUPERMÁN 2: (Avergonzado). Es que no se me ocurría nada.
BLANCANIEVES: Seguidamente, la versión cutre de Supermán. (Supermán 2 desfila dando
algún tropezón que otro).
BLANCANIEVES: Y ahora, lo más revolucionario en heroínas. ¡Chis! (Hace señas a Superbebé).
¿Y tú qué haces con un pañal?
SUPERBEBÉ: Es que de pequeña mi mamá decía que yo era un superbebé.
BLANCANIEVES: (Con escepticismo, continúa presentando). ¡Ah! Pues ¡Superbebé!, con su
irresistible arma letal.
SUPERBEBÉ: (Lanza un grito agudo y prolongado). ¡Aaaaaaahg!
BLANCANIEVES: ¡Ya!, Superbebé, es suficiente. Y, como en todos los desfiles, vean algo
estrafalario… (Señala a Ratón Pérez). ¡No y no! Pase que haya dos supermanes
y una gata loca, pero ¡un ratón ya es demasiado!

cutre: de mala calidad.

Antología. Tomo II 419


RATÓN PÉREZ: ¡Qué pasa! Es un homenaje al Ratón Pérez. ¡Él solo cargando con todos los
dientes del mundo! (Se emociona). ¡Es mi héroe!
BLANCANIEVES: Y para finalizar (Se dispone a desfilar ella misma), la estrella de los superhéroes
de todos los tiempos: ¡Blancanieves!
LA GATA: Un momento. ¿Qué tiene de heroína la cursi de Blancanieves?
BLANCANIEVES: ¿Blancanieves cursi? No te confundas, bonita. ¿Te parece poco haber
sobrevivido a una madrastra, al príncipe y a Walt Disney?
RATÓN PÉREZ: Pues... yo no lo veo del todo claro.
BLANCANIEVES: (Tira una manzana a Ratón Pérez y le da). Y ahora, ¿lo ves mejor? (Se dirige
al público). Acaban de presenciar una demostración de mi arma secreta. Y
así terminamos…
SUPERMÁN 2: (Tirando de la manga de Blancanieves y hablando en voz baja). Que falta
Eduvigis.

420
BLANCANIEVES: ¡Por ahí no paso! Yo no presento a una amiga invisible.
SUPERBEBÉ: Qué trabajo te cuesta, si ya está lista.
BLANCANIEVES: ¡Está bien! (Dirigiéndose al público). Con todos ustedes Eduvigis, la amiga
invisible. No se preocupen si no la ven.

(En ese momento baja la intensidad de la luz durante unos segundos).

SUPERMÁN 2: Veis, esos son los súper poderes de Eduvigis.


SUPERMÁN 1: Casualidad.

(La luz vuelve a perder intensidad. Sorpresa general).

SUPERBEBÉ: ¡No, si al final va a existir!


LA GATA: Ya ha terminado el desfile. ¿Y ahora qué hacemos?
SHERLOCK: Pues elemental, seguir un plan para acabar con los meteoros.
SUPERMÁN 2: ¿Y dónde está el plan ese?
SHERLOCK: Pues veréis, primero salimos de la clase y subimos por la escalera del jardín;
después, bajamos por la escalera principal, damos la vuelta por el comedor
y entramos al despacho. ¿Está claro?

Antología. Tomo II 421


LA GATA: Hombre, lo que se dice claro, claro...
SUPERMÁN 1: Me he perdido en algún pasillo, si lo repites otra vez...
SHERLOCK: ¡Está clarísimo: subimos, bajamos, pasamos, volvemos, salimos y entramos!
RATÓN PÉREZ: (Con admiración). ¡Mucho mejor así!
SUPERMÁN 2: Lo que no entiendo muy bien es por qué tenemos que subir si el despacho
del “dire” está aquí, en la planta baja. (Baja la intensidad de la luz y suena
música de misterio. Los personajes caminan en fila y de puntillas por el
escenario y después por el patio de butacas. Cada uno lleva una linterna.
Tras una pequeña vuelta por el patio de butacas regresan al escenario. Se
descorren las cortinas).
BLANCANIEVES: Ya hemos llegado. Que alguien encienda la luz.
SUPERBEBÉ: ¿Y dónde está la luz?
SHERLOCK: ¡Elemental! Al lado de la puerta.

(Aumenta la intensidad de la luz y se ve un despacho con una mesa llena de papeles, una
estantería, una lámpara y una puerta semiabierta en un lateral).

SUPERMÁN 1: Es la primera vez que vengo sin estar castigado.


SHERLOCK: Bueno, organicemos la búsqueda. Y sin dejar huellas, ¡eh!

(Todos se lanzan a la búsqueda y los papeles vuelan por el escenario).

RATÓN PÉREZ: (Buscando en la mesa). ¡Ahí va! He encontrado mi pelota de tenis con el
autógrafo de Rafa Nadal.
SUPERMÁN 1: Y yo mi bolsa de canicas.
SUPERBEBÉ: ¡Qué guay! Hemos dado con los juguetes confiscados.
SHERLOCK: Lo encontré. (Coge el periódico y lee). “El meteoro se descompondrá en
fragmentos que caerán en... (Se dice el nombre de la localidad). El plan de
emergencia consistirá en repartir paraguas.”

422
BLANCANIEVES: (Cogiendo el periódico). ¿Y este es el caso de los meteoritos? ¡Puaf! (Pasa
el periódico a Supermán 2).
SUPERMÁN 2: ¡Puaf! (Se lo pasa a Supermán 1).
SUPERMÁN 1: (Sin mirarlo). ¡Puaf! (Se lo pasa a Superbebé).
SUPERBEBÉ: (Mirándolo al revés). ¡Puaf! (Se lo pasa a La Gata).
LA GATA: (Con cara de asco). ¡Puaf! (Se lo pasa a Ratón Pérez que lo mira sin decir
nada).
LA GATA: (Dirigiéndose a Ratón Pérez). Y tú, ¿no tienes nada que decir?
RATÓN PÉREZ: ¡Ah sí! ¡Puaf! (Mira a Sherlock. Los demás, también).
SHERLOCK: No me miréis así, que yo nunca dije que fuera un misterio. De todos modos,
ha sido divertido ¿no?

(Se oyen pasos. Los niños se esconden como pueden. Después, se cierra la puerta desde
fuera del escenario con un portazo. Todos empiezan a salir de los escondites, menos
Supermán 2).

BLANCANIEVES: ¿Estamos todos?


SUPERMÁN 2: (Abandonando su escondite). Sí, eso creo.
BLANCANIEVES: Y ahora, ¿cómo salimos? La puerta se cierra por fuera.
SUPERMÁN 1: Pues... esperaremos a que nos rescaten.
BLANCANIEVES: (Con gesto desesperado). Si somos superhéroes...
RATÓN PÉREZ: Entonces, nos rescataremos nosotros mismos.
LA GATA: Con nuestros superpoderes estará chupado. ¿Quién empieza?
SUPERMÁN 1: (Mirando la puerta). Yo lo haría, pero noto que esta puerta está hecha con
criptonita, y ya sabéis lo mal que me sienta.

(Ratón Pérez y Superbebé empujan a Sherlock Holmes).

SHERLOCK: (Da varias vueltas, mirándolo todo). La ventana tiene rejas. El teléfono está
averiado y en el techo no hay ningún orificio.
SUPERBEBÉ: ¡Pero qué listo es!

chupado: consumido.

Antología. Tomo II 423


SHERLOCK: Así pues, abriremos la puerta.

(Sherlock se dirige hacia la puerta, todos lo siguen con curiosidad).

SHERLOCK: Este es un método muy antiguo. (Saca una horquilla y la mete en la cerradura.
La mueve hasta que se parte). ¡Oh!
BLANCANIEVES: Está bien, lo tendré que hacer yo misma. (Coge su cesta de manzanas y
se dispone a tirar una a la puerta. Se detiene y se lo piensa). Mejor nos las
comemos. (Reparte manzanas).
LA GATA: ¡No sé cómo podéis comer en una situación así!
RATÓN PÉREZ: Es que tenemos hambre.

(La Gata se acerca a la puerta con su spray y la pinta).

SUPERBEBÉ: ¿Y ahora podremos salir por la puerta?


LA GATA: No, pero está más mona. (Se sienta en el suelo, descorazonada).
BLANCANIEVES: ¿Alguien más quiere intentarlo?

(Superbebé se prepara para gritar. Todos se tapan los oídos).

SUPERBEBÉ: ¡Mamaaaaá! (Cuando termina se sienta desconsolada).


SHERLOCK: Tendremos que esperar a mañana.
SUPERMÁN 1: Como nos encuentre aquí el “dire”, vamos a estar castigados hasta segundo
de bachillerato.
SUPERMÁN 2: Todavía nos queda un superhéroe.
TODOS: ¿Quién?
SUPERMÁN 2: (Entre muestras de decepción general). Eduvigis.
SUPERMÁN 2: (Hablando con su amiga invisible). Eduvigis, eres nuestra última esperanza.
Pasa por debajo de la puerta y abre desde fuera.
SUPERBEBÉ: ¡Edu, ánimo! (Ante la sorpresa de todos). ¿Y si existe?

(Música de tensión. Al cabo de unos segundos la puerta se abre sola. Después de un corto
silencio, hay un repentino estallido de alegría).

TODOS: ¡Bieeeen!
SUPERMÁN 2: (Con orgullo). ¡Esta es mi Eduvigis!

424
SUPERMÁN 1: Tengo que reconocer que ni yo lo hubiera hecho mejor.
LA GATA: Impresionante. Oye, ¿podrías hacer algo con el examen de Lenguaje?
BLANCANIEVES: Bueno, no hemos descubierto ningún misterio, pero sí una nueva amiga.
Esto se merece una fiesta.

(Suena la música. Los personajes bailan una coreografía preparada previamente y animan al
público para que los acompañe).

Bajo, M.J. (2008). “El misterio de los meteoritos”. En De buena tinta. Lecturas 3.
España: Editorial Santillana.

1. Comenta con tus compañeros:


t ¿Cuál es el conflicto dramático de la obra?, ¿cómo se soluciona?
t ¿Qué necesitaría una compañía teatral, para convertir esta obra dramática en una obra
de teatro?

Antología. Tomo II 425

También podría gustarte