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N. T.

WRIGHT DESPUÉS DE CREER:

LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER CRISTIANO


ÍNDICE

Prólogo

l. ¿Para qué estoy aquí?

2. La transformación del carácter

3. Sacerdotes y reyes

4. El reino que ha de venir y el pueblo preparado

5. Transformados por la renovación de la mente

6. Nueve variedades de fruta y un cuerpo

7. La virtud en acción: el sacerdocio real

8. El circulo virtuoso

Epílogo: Para leer más


PRÓLOGO

Este libro es una especie de consecuencia de Simply Christian y Surprised by Hope.

Allí establecía, entre otras cosas, lo que me parece un principio básico del primitivo cristianismo,
es decir, que lo que el Dios creador intenta, en definitiva, es acercar el cielo y la tierra, y que ese
plan ha sido decisivamente inaugurado con Jesucristo. Esta visión tiene implicaciones radicales
sobre todos los aspectos relacionados con lo que pensamos sobre la fe y la vida cristiana. En
Surprised by Hope, concretamente, expuse que la esperanza final de los cristianos no es
solamente ir al cielo, sino resucitar en la nueva creación de Dios: un «nuevo cielo y una nueva
tierra». Parte del meollo de todo esto, según los primeros seguidores de Jesús, es que la
resurrección y la nueva creación ya han empezado a suceder, precisamente por lo ocurrido al
mismo Jesús en la Pascua. En esos libros anteriores empezaba por señalar alguna de las formas
en que esto puede producirse desde el punto de vista de la responsabilidad cristiana, en y para
con el mundo, así como desde el punto de vista del comportamiento cristiano. En el presente
libro intento desarrollar a fondo este tema, con particular atención a las nociones de «carácter» y
de «virtud» cristianas. Lo fundamental es esto: la vida cristiana en el momento actual, con sus
exigencias y sus responsabilidades, ha de ser entendida y moldeada en función del objetivo final
para el que hemos sido creados y redimidos. Cuanto mejor comprendamos ese objetivo, mejor
entenderemos el camino que conduce a él.

Lo que se ofrece aquí no es un tratado completo de ética. Tampoco es, ciertamente, un conjunto
de normas para cubrir todas las situaciones, que es lo que algunos esperan de un libro sobre el
comportamiento cristiano. Como explicaré más adelante, pienso que ese es un camino
equivocado para abordar el tema en su conjunto. Es más bien una exploración sobre cómo se
forma el carácter cristiano, como ejemplo concreto de la formación del carácter en general. He
otorgado especial atención a la atenta lectura de algunos textos clave del Nuevo Testamento que
creo son, a menudo, o mal entendidos o suavizados, cuando se abordan desde otros puntos de
vista. Y he intentado plantear en especial la forma de pensar de los primeros cristianos sobre el
«comportamiento», no como tema separado sino más bien como un aspecto de sus más amplios
objetivos e intenciones: el culto y la misión.

He intentado mantener un nivel de escritura accesible a todo tipo de gente y me he debido


autolimitar para no entrar en ninguno de los fascinantes debates contemporáneos sobre el
comportamiento cristiano considerado en su conjunto o en sus diversas partes. Aquellos que
saben manejarse en tales debates verán con suficiente claridad cuándo sigo una línea de tal o cual
escritor concreto o dónde me alejo del punto de vista de otro. Al final del libro he añadido una
nota, para indicar algunos sitios en donde encontré ayuda, y algunos debates a los que, me atrevo
a aventurar, este libro podrá modestamente contribuir. En particular, espero haber recordado a los
lectores del Nuevo Testamento que la gran tradición que plantea la conducta en términos de
virtud, tiene más que ofrecer que lo que algunos han podido pensar, y espero también haber
recordado a quienes han teorizado sobre la virtud que el Nuevo Testamento tiene más que ofrecer
que lo que ellos habían pensado. Pero el principal objetivo del libro es otro: estimular a cualquier
cristiano del mañana, procedente de cualquier tradición, a sentirse alentado e ilusionado por la
búsqueda de la virtud en su forma específicamente cristiana y a moldear su carácter, individual y
colectivamente, para lograr convertirse en el ser humano que Dios quiere que seamos, lo que
significa que nuestro interés se centrará primordialmente en el culto y en la misión, además de en
la formación de nuestro propio carácter, como medios indispensables para el logro de ese doble
objetivo.

A aquellos que se acerquen a un libro específicamente cristiano «desde fuera», por así decirlo,
les diría que he escrito en otros sitios sobre las razones por las que creo que, a pesar del
escepticismo actual de Occidente, después de todo debe haber un Dios que creó el mundo y que
finalmente lo va a arreglar.

Los sueños que tenemos y que se niegan a morir -sueños de libertad y belleza, de orden y de
amor, sueños de marcar diferencias en este mundo- se hacen vivos cuando los situamos en un
contexto de fe en un Dios que hizo el mundo, que va a arreglarlo de una vez por todas y que
desea implicar a los seres humanos en tal proceso. Ahora nosotros abordamos esos mismos temas
desde otro ángulo. En un mundo tan lleno de confusión, ¿cómo sabemos lo que en realidad es
bueno? Y, ¿cómo podemos descubrir lo que de verdad significa el ser humano? Este libro quiere
ofrecer un doble reto: para los cristianos, pensar la naturaleza del comportamiento cristiano
desde un nuevo ángulo; para todos, pensar lo que significa ser genuinamente humano.

Y sugiero que, cuando realmente comprendemos ambos retos, acaban por confluir.

Este tipo de libro no es el lugar para entrar en otras controversias. A este propósito, he dado por
supuesto que Jesús de Nazaret hizo y dijo más o menos lo que los cuatro evangelios dicen que
hizo; en otros sitios he escrito detalladamente sobre todo ello, debatiendo con los que mantienen
posturas radicalmente diferentes. De igual forma he dado por bueno que san Pablo escribió a los
efesios y a los colosenses, algo que muchos estudiosos del siglo pasado pusieron en duda.
Realmente el argumento del libro no depende de ninguno de esos presupuestos y por esa razón,
además de por el peligro de entorpecer la línea de pensamiento actual, no me volveré a referir a
tales cuestiones.

Al escribir sobre la vida de la Iglesia y sobre los desafíos a que se van a enfrentar los cristianos
en el mundo del mañana, me siento incómodamente consciente, porque en realidad solo conozco
la Iglesia occidental contemporánea. He disfrutado enormemente encontrándome con cristianos
de otras partes del mundo y de tradiciones muy distintas a la mía, y espero seguir aprendiendo
cosas tanto de ellos como sobre ellos. Pero no puedo presumir de hablar aquí sobre ellos. El ideal
sería que, para reflejar esto, hablara siempre de «cristianos modernos de occidente», pero queda
anticuado y embarazoso.

Confío en que los lectores, particularmente en otras partes del mundo, darán por sabido que estoy
hablando desde mi propia y limitada perspectiva. Espero que tengan la bondad no solo de
perdonar mis limitados puntos de vista, sino también de acertar al traducir lo que digo a sus
propios contextos1.

1
Las citas bíblicas están tomadas habitualmente de La Biblia didáctica, (Madrid, PPC-SM, 2005) salvo en alguna
ocasión en que, por coherencia con el contexto, se ha mantenido la traducción del original inglés (N. E.).
Como siempre, quiero expresar mi agradecimiento a los editores, en particular a Mickey Maudlin
y Mark Tauber de Harper One, y a Simon Kingston y Joanna Moriarty de SPCK, por todo su
estímulo y ayuda; y a mis colegas en Durham por su continuo apoyo.

En el epílogo, he expresado mi agradecimiento a varios colegas por su ayuda.

Mi esposa merece especial gratitud por su tenaz entusiasmo hacia mis escritos y su dispuesta
voluntad de aceptar las normales consecuencias domésticas, en una temporada especialmente
agobiante por otras inesperadas situaciones. Uno no puede escribir sobre la virtud sin pensar en
el amor y yo no puedo pensar en el amor sin pensar en ella. He dedicado otros dos de mis libros a
ella, cada uno de los cuales marcó un gran punto de inflexión en mi vida y en mi trabajo. Este
llega, como siempre, con amor y gratitud, pero con ambas cualidades configuradas, de cara al
futuro, en vistas a una más profunda implicación del corazón.
1. ¿Para qué estoy aquí?

Jaime tenía algo más de 20 años cuando sucedió. Su vida estaba transcurriendo con normalidad,
sin dramatismos, tan solo los altibajos normales. De repente y como de la nada apareció un viejo
amigo, que se dirigía a una reunión en una iglesia cercana. Jaime fue también allí y esa misma
noche, para su completo asombro, su vida quedó patas arriba y vuelta del revés.

-Nunca supe que había pasado todo esto -me dijo cuando nos encontramos años después (por
supuesto, Jaime es un nombre inventado)-. Cuando hablo sobre ello, parece como que yo fuera
un «chalado de la religión», pero es la pura verdad: encontré a Jesús. Era tan real para mí como
lo son ustedes en esta habitación. De repente, todos los viejos clichés resultaron ser verdad. Me
sentía limpio, clarificado y más vivo de lo que nunca antes había estado. Era como si hubiera
entrado en un sueño profundo, para despertar después en un mundo nuevo. Totalmente renovado.
Nunca supe bien a qué se refería la gente cuando hablaba de todas esas cosas de Dios, pero
creedme: todo ello tiene sentido.

Jaime me estaba contando esta historia, porque se acababa de meter en un laberinto. Había
estado acudiendo a la iglesia en la que había pasado por esa maravillosa experiencia de cambio
en su vida. Había aprendido mucho sobre Dios y sobre Jesús. También sobre él mismo. Le
habían enseñado, muy acertadamente, que Dios le amaba más de lo que podría imaginar; desde
luego, tanto le amaba que envió a su Hijo para que muriera por él. Los predicadores a quienes
había escuchado insistían en que nada de lo que los seres humanos hagamos puede ser aceptable
para Dios, ni ahora ni en el futuro. Todo es un don de la pura gracia y de la generosidad divina.
Jaime se había bebido todo esto de un trago, como alguien que, después de caminar quince
kilómetros en un día caluroso, recibe un gran vaso de agua fría. Era realmente una maravilla.
Gracias a ello le era posible vivir.

Pero luego se dio cuenta de que estaba frente a un gran interrogante:

-¿Para qué estoy yo aquí?

Lo planteó así mientras paseábamos. Y lo resumía de esta forma: -Dios me ama, sí. Ha
transformado mi vida de tal manera que tengo ganas de rezar, de adorar al Señor, leer la Biblia y
abandonar todos esos viejos y autodestructivos caminos por los que me he movido. Es fantástico.
Está claro (la gente en la Iglesia sigue diciendo esto también) que Dios desea que transmita a los
demás estas buenas noticias, para que puedan descubrirlas por sí mismos. Está bien. Uno se
siente un tanto extraño, y no estoy nada seguro de que yo sea muy bueno para ello, pero lo estoy
haciendo lo mejor que puedo. Y obviamente, a todo ello le acompaña la gran promesa de estar un
día junto a Dios para siempre. Sé que un día moriré, pero Jesús ha garantizado que todo el que
confíe en él, vivirá en el cielo. Esto es fantástico también. Ahora bien, ¿para qué estoy yo aquí
ahora? ¿Qué ocurre después de creer?

Jaime llamó a mi puerta, porque se sentía insatisfecho con las respuestas que había estado
recibiendo tanto de amigos como de otras personas de la iglesia a la que asistía. Lo más que eran
capaces de decir era que Dios llamaba a algunos para ciertos aspectos concretos del servicio
cristiano: para el ministerio pastoral con dedicación completa, por ejemplo, o para ser maestros,
doctores o misioneros; o para alguna combinación de esas u otras tareas similares. Pero Jaime no
sentía que nada de eso fuera para él. Estaba terminando su doctorado en informática y se abrían
ante él todo tipo de opciones. ¿Resultarían irrelevantes todos esos conocimientos y todas esas
oportunidades para los temas espirituales? ¿Tendría que estar simplemente haraganeando durante
unas décadas, esperando la muerte, ir al cielo, y en el ínterin dedicar algo de su tiempo libre a
persuadir a otros para que hicieran lo mismo? ¿Era eso realmente? ¿Es que no puede suceder
nada más después de alcanzar la fe y antes de morir e ir al cielo?

Más aún, Jaime se había dado cuenta de que esta pregunta encerraba algo así como un puzle.
Muchos de sus nuevos amigos vivían de forma muy estricta y disciplinada. Habían aprendido
muchas normas de comportamiento cristiano, primordialmente en la Biblia, y creían que Dios
quería que siguieran esas normas. Pero Jaime no podía entender cómo cuadraba todo eso con la
enseñanza básica de que Dios lo había aceptado como era, gracias a Jesús y a su obra,
simplemente por su fe. Si eso era así, ¿por qué tenía que sentirse atado por todas esas viejas
normas, algunas de las cuales parecían francamente caprichosas?

Mirando atrás, me gustaría poder decir que tengo las respuestas correctas. Para ser honesto, no
puedo recordar exactamente lo que le dije, aunque la última vez que he sabido de Jaime parecía
haber recibido el mensaje. Pero no es el único en enfrentarse a esta pregunta. Muchos cristianos
en el mundo occidental de hoy se han planteado este mismo rompecabezas y una de las
principales razones para escribir este libro es ayudarles a resolverlo.

El otro día me acordé de Jaime, cuando vi el e-mail de un amigo. Muchos -escribía- encuentran
demasiado fácil aceptar la idea de que «uno puede simplemente creer en Jesús, y luego no hacer
realmente nada más». Muchos cristianos han enfatizado tanto la necesidad de la conversión, del
acto de aceptación y compromiso de la fe, de la afirmación inicial de esa fe (que Jesús murió por
mí, o algo similar), que tienen una cierta laguna en su visión de lo que significa ser cristiano. Es
como si, estando parado a la orilla de un rio ancho y profundo, miras la otra orilla. En esta orilla,
confiesas tu fe. En la otra, está el resultado final, la propia salvación final. Ahora bien, ¿qué se
supone que hace la gente entre tanto? ¿Mantenerse simplemente en esta orilla y esperar? ¿Es que
no hay un puente entre ambas orillas? ¿Qué nos enseña todo esto sobre la propia fe? Si no
actuamos con cuidado -escribía mi amigo-, el acto inicial de fe puede convertirse en un «simple
asunto de asentimiento a una propuesta (Jesús es el Hijo de Dios, por ejemplo), sin necesidad de
que se opere una transformación».

Transformación. He aquí una idea interesante. Pero, ¿es correcto pensar así? ¿Hay que dar por
supuesto que los cristianos deben enfocar sus vidas de esa forma? ¿No equivale esto a sugerir
que hay una forma de ir del presente al futuro, de cruzar ese ancho río llamado «El resto de la
vida», un puente construido en los viejos tiempos, cuando la gente pensaba que podías usar tu
propio esfuerzo moral para resultar bueno a los ojos de Dios? Pero, si el esfuerzo moral no
cuenta para nada, ¿en qué consiste en definitiva ser cristiano, además de poder ir al cielo y quizás
convencer a otros para que vayan contigo? ¿Hay alguna razón para hacer algo más, después de
creer, además de mantener tu nariz razonablemente limpia, hasta que llegue la hora de morir e ir
junto a Jesús para siempre?
Algunos que le dan vueltas a todo esto, se enfrentan también a otra preocupación. El mismo
Jesús, seguido por los que escribieron el Nuevo Testamento, parece haber planteado algunas
exigencias morales muy severas a sus primeros discípulos. ¿Dónde encajarían? Si ya estamos
salvados, ¿por qué tiene importancia lo que hagamos? Y también, ¿son realistas esas exigencias
en nuestros días? No todos los cristianos se enredan con estos dilemas, pero muchos sí lo hacen y
este libro les enseñará que el viejo puente que quizás desconocen o consideran inútil, aguantará
bien su peso y unirá las dos orillas del río con gran estilo. El puente en cuestión tiene varios
nombres. Uno de ellos, el más obvio, es carácter. De esto trata este libro.

Hay una segunda razón para escribir este libro. Mucha gente que nunca se planteó la pregunta a
la que se enfrentó Jaime, podría haberse ocupado de ella. Permítanme presentarles a otros dos
viejos amigos (también con nombres supuestos): Juana y Felipe.

Juana y Felipe se enfrentaron una tarde durante una multitudinaria reunión-debate de la Iglesia.
El problema era que ninguno de los dos discutía la misma cuestión. Juana tenía muy claro lo que
decían las normas que aparecen en las Escrituras. El mismo Jesús había insistido en que
divorciarse de la propia esposa, para casarse con otra, era adulterio. Por supuesto que quienes lo
hacen pueden ser perdonados, cuando se arrepienten de su pecado y cortan con él arrepentidos;
ahora bien, ¿cómo pueden ser perdonados quienes se han vuelto a casar y viven una nueva
relación con apariencia de adulterio, una relación, además, a la que no tienen intención de
renunciar, sino que consideran, más bien, como correcta y hasta como un don de Dios? En
particular, ¿cómo puede la Iglesia pensar ni por un momento nombrar pastor a alguien en esa
situación? (Por este asunto precisamente se había convocado el debate eclesial). ¿Cómo iba a
poder alguien así, en esa situación, enseñar a los jóvenes lo que es bueno y lo que es malo?
¿Cómo podría preparar a las futuras parejas para un matrimonio para toda la vida, si él mismo
había hecho caso omiso de las normas? Cuando se cree en el Evangelio -decía Juana-, se te
entrega el Nuevo Testamento como tu manual para toda la vida. Las normas que contiene están
muy claras. O las cumples o no.

Felipe fue igualmente claro. Jesús no vino para darnos un montón de normas. Después de todo,
¿no dijo san Pablo que Cristo es el fin de la ley? El punto central de las enseñanzas de Jesús es la
aceptación de la gente, particularmente de aquellos que estaban excluidos por los poseedores de
la verdad (Felipe no miró a Juana al decir esto, pero todos entendieron el mensaje). Jesús vino
para ayudarnos a descubrir quiénes somos realmente y a veces, como pasó con los primeros
seguidores de Jesús, se tarda tiempo en descubrirlo y se comenten errores al hacerlo. Pero
finalmente se puede conseguir. ¿No contó Jesús la historia de un padre que acoge a su hijo
pródigo, mientras el hermano mayor, «poseedor de la verdad», critica a su padre y no participa
de su alegría? Él, Felipe, preferiría tener como pastor a alguien que haya pasado por dificultades
y haya descubierto que Jesús lo amaba a pesar de todo, en vez de a alguien que estableciera una
ley de gran calado, oprimiendo a todo el mundo con un conjunto de leyes que la mitad de la
comunidad no se plantearía ni siquiera cumplir. Eso, sencillamente, lo que hace es estimular la
hipocresía. Puesto que el Jesús en quien creemos es el Jesús que nos acepta tal como somos, la
vida que sigue en marcha después de creer, es una vida que celebra esa aceptación. Es también
un camino de honestidad, de sinceridad con uno mismo y de apertura a los demás.

No creo que Juana y Felipe se dieran cuenta, pero la razón por la que ambos se enfadaron y se
sintieron frustrados según avanzaba el diálogo, era el distinto origen de sus puntos de vista.
Juana dijo que «partía de la Biblia», dando a entender que Felipe no lo hacía; sin embargo las
cosas no son realmente tan fáciles. Juana buscaba normas; quizás deberíamos decir: «Normas»
con mayúscula, unas Normas que has de cumplir, te apetezca o no. Quería un pastor que
enseñara eso y que viviera también de esa manera. Así, todo el mundo conocería su posición. Por
otra parte, Felipe estaba deseoso de encontrar formas de ser auténtico, descubriendo aquello que
a uno le parecía profundamente cierto, como por ejemplo vivir sin hipocresía y con una honda,
rica y vulnerable honestidad. Eso es lo que él buscaba en un pastor. De esa forma respetaría y
confiaría en alguien que fuera así.

Fue una reunión incómoda. La gente se exaltó en seguida (lo que, como reflejó Juana más tarde,
era en sí mismo contrario a las normas). Se dijeron cosas que no se hubieran querido afirmar (lo
que, como Felipe intuyó en cuanto las expresiones de enfado salieron de su boca, era en sí
mismo una forma de hipocresía). No estaban simplemente discrepando sobre la respuesta a la
pregunta. Discrepaban sobre la pregunta en sí misma. ¿Cómo toman los cristianos las decisiones
morales? ¿Cómo sabe cualquiera de nosotros, cristiano o no, lo que es bueno y lo que es malo?
¿Existen cosas buenas y cosas malas? ¿O es la vida más complicada que todo eso? ¿Existen las
normas con N mayúscula? ¿Cómo se relacionan con la gente real, no con robots morales? Dentro
de la visión de Juana, Felipe aparecía como uno de esos peligrosos relativistas que piensan que
no hay cuestiones morales blancas y negras, sino solamente sombras grises, y que también
mantienen que lo más importante es mantenerse fiel a uno mismo. Oyendo a Juana, Felipe
solamente era capaz de percibir un duro y frío legalismo, que no tenía nada que ver con el Jesús
que él había conocido, el Jesús amigo de los pecadores que contaba historias sobre ángeles que
celebraban con una gran fiesta la recuperación de la oveja perdida. La radical confrontación entre
ambas maneras de abordar la cuestión del comportamiento cristiano, se repite semana tras
semana y año tras año, en iglesias y reuniones eclesiales, en sínodos, asambleas, convenciones,
conversaciones privadas y, a menudo también, en los silenciosos debates que se dan en el interior
del corazón y la mente de cada individuo. De hecho, no es sino la versión cristiana de la mucho
más amplia pregunta que toda persona sensible se acaba haciendo alguna vez: no solo cómo debo
vivir, sino también cómo puedo saberlo.

Esta es otra «Gran División», distinta de la que hemos visto hace un momento, aunque la
respuesta final a ella es la misma. Allí, en el puzle de Jaime, la Gran División tenía lugar entre la
fe inicial que se tiene en la conversión, y el momento final, después de la muerte, con la promesa
de la salvación de Dios ofrecida a cada persona. En buena medida, este libro aborda la cuestión
de lo que puede servir de puente para la disyuntiva planteada: ¿qué debo hacer en todo ese
tiempo existente entre los dos momentos? Pero también quiere tratar sobre la cuestión que
subyacía al enfrentamiento silencioso entre Juana y Felipe aquella incómoda tarde: ¿cómo tomar
decisiones morales? ¿Tenemos que elegir entre un sistema de normas (que solo necesitaríamos
trabajarlo poniéndonos de acuerdo) y un sistema que nos permita descubrir-quiénes-somos
(quién-soy-yo) realmente y ser fieles a ello? ¿Existen otros caminos no solo para poder descubrir
cómo debemos vivir, sino para vivir realmente de esa manera? ¿Qué ocurre, no solo individual
sino colectivamente, después de creer?

La misma respuesta vale para ambas preguntas: por eso este libro se dirige a ambas al mismo
tiempo. El propio Jesús, respaldado por los primitivos escritores cristianos, habla repetidamente
sobre el desarrollo de un carácter particular. El carácter -lo que trasforma, moldea y marca una
vida y sus hábitos- generará el tipo de conducta que las normas habrían indicado, pero que una
mentalidad «guardiana de las normas» nunca podrá lograr. Y producirá el tipo de vida que, de
hecho, será fiel a sí misma, aunque el ser al que será finalmente fiel es el ser redimido, el ser
transformado, y no el ser meramente descubierto del pensamiento popular. Espero que este libro
ayude no solo a los Jaimes de este mundo a encontrar la razón por la que están aquí, sino que
sirva también para que las Juanas y los Felipes puedan debatir en un marco más amplio, más
bíblico, más satisfactorio y en realidad más cristiano. En último análisis lo que importa, después
de creer, no son ni las normas ni el autodescubrimiento espontáneo, sino el carácter.

¿Para qué estoy aquí? ¿Cómo saber lo que está bien y lo que está mal? Estas preguntas se las
plantean todos los seres humanos, y quizás todas las comunidades, de cuando en cuando. Pero
hay un tercer grupo de preguntas que también tienen que ver con el tema central de este libro,
que son de mayor amplitud y van más allá de los confines de la Iglesia, alcanzando a un mundo
tan confundido y amedrentado como el nuestro.

En verano del 2008 un volcán, que había estado rugiendo de vez en cuando, desató
repentinamente una erupción de enorme fuerza. No era un volcán en sentido literal, pero sí tuvo
un efecto devastador similar. El conjunto del sistema financiero del mundo occidental que había
dominado la cultura global durante varias generaciones, se infló de tal manera que explotó,
desintegrándose bajo su propio peso. Fue como un gigante que se hubiera subido a un árbol para
coger y comer toda su fruta, y luego, por su excesiva ambición, empezara a estirarse para
alcanzar los árboles próximos y comerse también toda su fruta. Al ser su peso tan sumamente
grande, se desplomaría el primer árbol y el gigante acabaría medio aplastado por la caída,
mientras estaba comiendo todavía.

Hay muchas y complejas razones por las que se produjo el caos financiero el año 2008 y el lector
puede estar tranquilo, sabiendo que no voy a entrar a discutirlas. Pero enseguida muchos
resaltaron el hecho de que en los últimos veinte años se dejaron de lado todas las normas y
regulaciones que existían para detener la irresponsable, por arriesgada, política de dinero fácil.
Eran demasiado restrictivas -habían dicho a los políticos-. Una economía sana necesitaba asumir
riesgos, premiando a los que lo hacían. Todo el mundo se apuntó al carro, sin darse cuenta de que
estaban acelerando su llegada al precipicio. Así pues, ahora, se ha empezado a decir que hay que
volver a las normas y las regulaciones. Es hora de apretarse el cinturón.

Todo esto encaja con otros muchos aspectos de la cultura de nuestros días. Desde el 11 de
septiembre de 2001 los aeropuertos han instalado chequeos obligatorios con nuevas tecnologías,
para aumentar la seguridad. La mayoría de nosotros casi hemos olvidado lo que era subir a un
avión sin que nuestras personas y equipajes pasaran por chequeos y escáneres. Los que visitamos
regularmente los Estados Unidos, nos hemos acostumbrado a ser fotografiados y a que se tomen
nuestras huellas cada vez que pasamos por las aduanas. Pero viajemos al sitio que viajemos y,
especialmente si vas a quedarte allí más de unos días, hay que rellenar un formulario, responder
unas preguntas, ser fotografiados y demás. Miles de personas, de quienes puedes decir con solo
un vistazo que no tienen intención de dinamitar aviones, tienen que malgastar mucho tiempo y
dinero, enredados en complejos procedimientos oficiales para certificar que son ciudadanos
respetuosos de la ley (aunque después de hacer largas colas para volver a repetirlas por falta de
algún papel sin importancia, puede que no se sientan tan respetuosos con la ley). En mi propio
país, el Reino Unido, cualquiera que se ofrece voluntario para hacer algo por la comunidad que
tenga que ver con niños, debe pasar largas y complejas pruebas policiales, por si hubiera algún
rastro de mala conducta en su historial. Esto se aplica incluso a gente de setenta u ochenta años,
que han tenido una vida intachable, a los que amigos y familiares conocen de arriba abajo. Ya no
confiamos en nadie. Al escribir esto, me doy cuenta de que algunos pueden pensar que estoy
siendo peligrosamente irresponsable, por el mero hecho de cuestionar el sistema con
planteamientos como los que acabamos de hacer. La cosa sigue empeorando: se anuncian más
escritos oficiales. Y la situación solo favorece a los abogados, que ganan siempre que alguien sea
demandado. El mundo occidental se ha convertido en un amasijo de leyes, normas y regulaciones
de todo tipo, que agobian al ciudadano.

Hay razones culturales profundas para haber escogido este camino. Pero por el momento,
simplemente necesitamos advertir que nuestra cultura ha oscilado entre desregulaciones en áreas
clave de la vida -dinero, sexo y poder, por decirlo con crudeza-, y lo que podríamos llamar re-
regulaciones. La desregulación ocurrió porque la gente quería hacer sus cosas, ser fiel a sí misma
y ver qué pasaba. Pero, cuando la desregulación conduce al caos, sea en las finanzas, en las
relaciones humanas (sexo) o en la forma de hacer la guerra, la política, los interrogatorios, la
prisión u otras manifestaciones de poder, la gente empieza a estar ansiosa por reintroducir
normas que nos reconduzcan por el anterior camino. El problema es que reintroducir nuevas
regulaciones no es ir al fondo del problema. Hacer lo que te apetece no es lo suficientemente
bueno, pero las reglas por sí mismas no resolverían el problema.

Lo que sigue me fue confiado a principios de 2009, cuando hablaba con un banquero a quien
conozco bien, que había estado cerca del núcleo central de la caída de los mercados financieros
del verano de 2008, y estaba -cuando hablamos- intentando resolver el rescate de lo que podía
ser rescatado, para volver a poner las cosas en un cierto estado de cordura y control. Me dijo:

-Tom, pueden introducir tantas regulaciones nuevas como quieran. Sí, son necesarias algunas
instrucciones; fuimos demasiado lejos dando libertad a la gente para que se jugaran enormes
sumas de dinero y se hicieran negocios locos. Pero cualquier banquero o broker puede fácilmente
contratar un contable listo y un buen abogado para ayudar a tocar todos los palos que el gobierno
les dice, y luego, por detrás, darle la vuelta al sistema y hacer lo que quiera. ¿Con qué objetivo?

-Entonces, ¿cuál es la respuesta? -pregunté-.

-El carácter -contestó-. Mantener las normas está bien de momento, pero el problema real de la
última generación es que hemos ido perdiendo la idea de que el carácter importa; que la
integridad también importa. El sistema resulta saludable solo cuando se tiene confianza en que
los que lo controlan harán lo correcto, pero no por ser gobernantes, sino por la clase de personas
que son.

Esto se compadece bien con las pragmáticas perspectivas de J. K. Galbraith, que escribió a
principios de 1950 sobre el derrumbe financiero de finales de 1920. Sugería que el mejor camino
para mantener el mundo financiero a flote es escuchar a la gente que vivió aquel momento. De
hecho, sugirió que los derrumbes financieros ocurren precisamente porque los que vivieron los
anteriores ya no están o están retirados, por lo que ya no pueden, con los recuerdos y el carácter
formados por esa previa experiencia, advertir a la gente que no se comporte irresponsablemente.

Desde que tuve esa conversación, ha ocurrido algo más en la vida pública del Reino Unido, que
ha resultado casi igual de explosivo. La gente de otros países puede contemplar con cierta
diversión el alboroto formado, porque tiene que ver con políticos corruptos -en muchos países se
asume que los políticos son corruptos de por sí, y que nada se puede hacer para evitarlo-, pero en
mi país nuestro sistema financiero se ha visto sacudido hasta sus mismos fundamentos. De
repente se ha sabido que algunos políticos habían estado demandando «gastos» para todo tipo de
cosas, lo que resulta ridículo y fraudulento para quienes pagan impuestos, tales como pagos
hipotecarios por propiedades inexistentes. Y la excusa era que todos actuaban «dentro de las
normas». Quizás; ¡si fueron ellos mismos quienes establecieron esas normas! Cuando algunos de
estos políticos fueron interrogados, declararon que, en efecto, ellos no veían nada malo en usar
dinero público para lograr una mayor riqueza. Y, cuando después de intensas presiones públicas,
los políticos aceptaron que se publicaran sus gastos, se aseguraron de que todos los elementos
clave estuvieran bien tachados o resultaran ilegibles. La gente había estado sospechando un poco
durante años, pero esto ha hecho trizas cualquier confianza que quedara.

En un cierto nivel esto ha sido una pura farsa, aunque cara y ofensiva. Pero la razón por la que se
plantea aquí el tema es que revela otro ámbito en que la cuestión moral en los comienzos del
siglo XXI está emergiendo. ¿Qué sucede en democracia «después de creer»? ¿Y en el sistema
financiero occidental? ¿Y en la vida pública, y en la comunidad global del mundo de mañana?
¿Podemos vivir con «normas» y «regulaciones» o más bien serán estos estímulos para una
mentalidad de control de caja, más que para desarrollar un carácter profundo, inteligente y digno
de confianza? Paralelamente, ¿qué puede ocurrir si permitimos a la gente «ser auténtica consigo
misma» confiando sencillamente en que todo salga bien? ¿O es que eso solo funciona una vez
que el carácter ha sido desarrollado de forma que la gente actúe con un espíritu de servicio
público desinteresado (como parecen estar haciendo ahora alguno de nuestros políticos para
lograr credibilidad)?

Otra forma de vida se presenta además con una historia similar. Hace un par de años me
encontraba compartiendo una tribuna con una muy distinguida estrella del rugby en Inglaterra. Él
estaba hablando de los grandes cambios que habían tenido lugar en ese juego durante los últimos
quince años, con el incremento de la profesionalización y de la enorme presión a que se ven
sometidos hoy los jóvenes jugadores para conseguir «resultados». Y dijo:

-Hoy los jugadores están excesivamente entrenados. Se les enseñan decenas de movimientos:
cómo responder a tal situación, cómo defender con tal estrategia, cómo mantener el juego bajo
control, cómo desatascado... Pero muy pocos de ellos juegan ya por simple disfrute, adquiriendo,
al hacerlo, ese sexto sentido sobre cómo funcionan los entresijos del juego, lo que les capacitaría
para improvisar en situaciones totalmente nuevas. El resultado es que se sienten perdidos cuando
sucede algo inesperado. No se les han enseñado unas reglas para hacer frente a esas
circunstancias; lo que realmente les falta es un carácter formado profundamente, capaz de leer el
juego con una especie de segundo sentido, y aportar una solución rápida y sagaz.

Las preguntas por las que empezamos, pueden haber parecido específicas para los cristianos
(más que para el resto del mundo) y, desde luego, para un específico tipo de cristianos (aquellos
que enfocan las cosas en términos de conversión inicial y salvación final, sin mucho entre
medias). Pero no lo son. En realidad, son las mismas preguntas a las que se enfrenta hoy el
conjunto del mundo occidental. Y como Occidente ha dominado la cultura, la política y la
economía mundial -e incluso el deporte, al menos en ciertas áreas- durante algún tiempo, eso
significa que, antes o después, el resto de la comunidad global tendrá que hacerles frente.
Nuestro punto de partida: ¿qué ocurre «después de creer»?, parecía inicialmente solo referido al
cristiano individual. Sin embargo, como hemos visto, también concierne a toda la familia
eclesial, a las Juanas y los Felipes que van dando vueltas una y otra vez al círculo de
rompecabezas morales. Y apunta también, fuera de la Iglesia, a los rompecabezas a que se está
enfrentando el mundo en toda su extensión: no solo cómo pensamos con claridad y sabiduría
sobre qué hacer en nuestra vida personal, eclesial y pública, sino también de qué forma podemos
descubrir cómo hacerlo.

Volvemos de nuevo a una respuesta concreta y en ella nos mantenemos: el carácter.


Curiosamente, Jesús apremió a sus seguidores para que lo desarrollaran. Ahora debemos fijarnos
en una de sus más famosas confrontaciones, que abre el tema de forma aguda y llamativa.

Una de las escenas más recurrentes en los relatos evangélicos es la del joven rico, guapo y
brillante, que acude corriendo a Jesús con una pregunta urgente (Mt 19,16-30; Me 10,17-22; Le
18,18-30). Quizá deberíamos recordar que en el mundo antiguo las personas serias no se ponían
públicamente a correr. Resultaba indigno. Pero aquel hombre quería realmente encontrarse con
Jesús y necesitaba que contestara a su pregunta, o eso creía él. Entonces, olvida su dignidad y
corre a verle para preguntarle:

-¿Qué obras buenas he de hacer?

Está excitado, sin aliento, ansioso por ver lo que le va a decir tan extraordinario maestro. Jesús
parece tener un listado interior con todo tipo de cosas; veamos lo que dice en esta situación.

El fogoso joven hace la pregunta, porque es una referencia para su futuro. Él quiere esperanza y,
como casi todos los seres humanos, cree que las acciones del presente tienen futuras
consecuencias. Al ser un judío del siglo r, está pensando en concreto en la venida de una nueva
era de Dios; ese momento en el que -así lo creía la gente- el Dios que había creado el mundo
llegaría finalmente a juntar cielo y tierra, llenando toda la creación de justicia, paz y gloria.

-¿Qué debo hacer -espetó- para lograr la vida eterna?


Ahora, antes de avanzar más, debemos purificar nuestras mentes de la imagen que aparece en
cuanto oímos palabras como esas. Cuando los judíos del siglo primero hablaban de la «vida
eterna», no estaban pensando en «ir al cielo» tal como normalmente lo imaginamos 2. «Vida
eterna» quería decir la era que viene, la hora en que Dios juntaría cielo y tierra, la hora en que el
reino de Dios llegaría y su voluntad sería cumplida tanto en la tierra como en el cielo.

-Cuando eso suceda -pregunta el hombre a Jesús-, ¿seré yo parte de todo ello? Y, ¿cómo poder
saberlo? ¿Qué tipo de persona debería ser yo en ese momento, si he de formar parte de la nueva
era, cuando Dios rescate este triste y viejo mundo, y haga lo que siempre prometió? ¿Cómo
moldeará esa futura realidad la clase de persona en que me estoy convirtiendo ahora? Y, si esa es
mi meta, ¿cuál es el camino que conduce a ella?

Aunque el joven era un judío del siglo I, la pregunta subyacente que se hacía es compartida por
gente de todo tiempo y lugar. A menudo se plantea en términos de «felicidad»: ¿cómo encontrar
la auténtica felicidad, esa vida plenamente satisfactoria para la que me siento hecho, y que tan a
menudo parece escapárseme entre los dedos? Los Estados Unidos han hecho referencia en sus
documentos fundacionales a esta misma búsqueda: «Todas las personas tienen derecho a la vida,
la libertad y la búsqueda de la felicidad». Esto, desde luego, presupone la pregunta planteada ya
por los antiguos filósofos: ¿cómo sabemos en qué consiste la auténtica felicidad? Puesto que
numerosas personas parecen perseguirla sin encontrarla, ¿tendremos claro lo que realmente es, y
cómo ir en su búsqueda? ¿Qué debemos hacer en el momento actual para alcanzar el objetivo de
una existencia plenamente humana, el desarrollo de todo nuestro potencial, y convertirnos en
seres humanos conscientes del fin para el que estamos hechos?

Mucha gente asumirá que uno de los objetivos del cristianismo es dar respuesta a la primera
pregunta (¿cómo comportarme?), mientras dejan la segunda (¿cómo llegar a ser verdaderamente
feliz, cuál es el fin para el que fui creado?) para los filósofos y los no religiosos. Después de
todo, para mucha gente la pregunta sobre cómo debo comportarme se solapa con la otra, cómo
puedo ser realmente feliz, ya que tendemos a aceptar que las normas de conducta están diseñadas
para impedir nuestra felicidad; o por decirlo a la inversa: si realmente queremos la felicidad,
debemos romper, o por lo menos, acomodar las normas.

Creo que la vida es más compleja e interesante que todo eso. Preguntas como cuál debe ser mi
conducta adecuada o cómo ser feliz, son vistas por la auténtica fe cristiana como accesorias o
derivadas de otras. Si podemos deslindar esas otras -y la historia del joven rico que fue corriendo
a Jesús, indica el camino para ello-, podremos ser capaces de hacer camino simplemente con lo
accesorio. Espero mostrar en este libro que la visión bíblica de la finalidad de la vida humana
abrirá una perspectiva en que las preguntas sobre el comportamiento, por un lado, y una vida
humana en plenitud, por otro, quedan ensambladas. Pero es la pregunta sobre el comportamiento
y sobre las raíces bíblicas de la respuesta cristiana a ello, de lo que se ocupa este libro
principalmente.

Aquellos que estén dotados de una mirada especialmente aguda, podrían haber percibido que la
pregunta cómo debo comportarme, contiene en sí misma dos preguntas diferentes. La primera se
2
Sobre todo esto ver Surprised by Hope.
refiere al contenido de mi conducta: ¿cómo debo actuar? En otras palabras: ¿qué cosas
especificas debo hacer y cuáles no? La segunda, por su parte, se refiere a los medios o métodos
de mi conducta: una vez que se lo que debo o no debo hacer, ¿de qué medios me valdré para ser
capaz de aplicar todo ello en la práctica? Después de todo, uno de los rompecabezas morales más
antiguos y conocidos es que todos sabemos en qué consiste hacer algo que sabíamos que no
debíamos hacer o no hacer algo que sabemos que deberíamos haber hecho. Curiosamente, Jesús
parece haber dado la misma respuesta a ambos aspectos de esa misma pregunta: «Seguidme».
Esto lo abarca todo: qué debemos hacer y cómo debemos hacerlo.

Volvemos, pues, al encuentro de Jesús con el ansioso joven. El joven, junto a muchos judíos
contemporáneos, suponía que la nueva era prometida por Dios estaría reservada a judíos leales y
que la lealtad judía vendría definida en términos de obediencia a la ley encerrada en los famosos
diez mandamientos. No se trataba (como a veces supone la gente) de un sincero esquema de
méritos y recompensas, de un «guardar las normas» y conseguir así el propio pasaje para el
nuevo mundo. Se trataba, más bien, de un asunto relacionado con la antigua alianza de Dios con
su pueblo: él los había rescatado para que fueran su pueblo y en la Ley había diseñado los
términos de la alianza con la que demostrarían su gratitud hacia él. El joven, sin embargo, parece
haber conservado los términos del pacto -no matar, no adulterar, no robar ni, defraudar, no
levantar falsos testimonios, respetar a los padres-y, en cualquier caso, parecía aceptar que
posiblemente había algo más.

Jesús está de acuerdo con esto, pero, al ofrecer ese algo más, conduce al joven a un nuevo
escenario. Los mandamientos mencionados hasta este momento comprenden los últimos seis de
los diez. ¿Qué ocurre con los otros? No hay mención al sabbath; eso es un tema para otro
momento. Pero los tres primeros nos conducen a un mundo diferente, la obligación de evitar la
idolatría, para adorar únicamente a Dios y a su santo nombre. Jesús no recita esos mandamientos.
En lugar de ello, los trae de golpe al presente de la vida del joven.

Si quieres ser «perfecto» -dice-, líbrate de tus posesiones, véndelas y da el dinero a los pobres.
Luego, ven y sígueme.

De alguna forma, seguir a Jesús significa, curiosamente, poner a Dios en primer lugar, y
viceversa. Notemos lo que ha sucedido. El joven ha venido en busca de la perfección (la plenitud
humana). Quiere que su vida se realice plenamente en el presente, para que así alcance la
plenitud en el futuro. Sabe que todavía le falta algo y está buscando una meta, una sensación de
plenitud. Jesús sugiere que necesita un giro de dentro hacia fuera. Su vida se va a convertir en
parte de un objetivo más amplio. De cara al exterior: él deberá poner el reino de Dios por
delante, y también poner por delante a su prójimo -especialmente a su prójimo pobre-, por
delante de sí mismo y de su propia plenitud. Aquí está el auténtico desafío: no solo añadir uno,
dos, o más mandamientos, para elevar el listón moral un poco más, sino convertirse en un tipo de
persona diferente. Jesús está retando al joven a una transformación del carácter.

Y el joven no está dispuesto a ello. Se da media vuelta y se marcha triste. He aquí la brecha entre
la teoría y la realidad. Entre la orden y su cumplimiento. Jesús le dice cómo comportarse (en el
primer sentido), pero el joven no sabe cómo hacerlo (en el segundo). La pregunta, pues, queda
pendiente inquietantemente sobre el resto del relato evangélico. ¿Cuál es el camino hacia esa
nueva era de Dios, hacia ese nuevo tiempo, cuando el reino de Dios llene el mundo de paz y de
justicia? ¿Cómo haremos para ser la clase de gente que no solo hereda ese mundo, sino que
también se apunta a él ahora mismo, para ayudar a que todo eso suceda? ¿Qué vamos a hacer y
por qué? Y también, ¿cómo lo vamos a hacer? ¿Podría haber una visión del futuro de Dios mejor,
capaz de ayudamos a captar todo esto?

Antes de dejar esta historia, pequeña pero vigorosa, notemos cómo Marcos en concreto la ha
situado al apuntar a su sentido más profundo. Es parte de un pequeño conjunto de escenas en el
capítulo que conocemos como Me 10, donde aparece Jesús de camino hacia Jerusalén, a donde
todavía no ha llegado.

En la primera escena (versículos 2-12), unos maestros de la Ley preguntan a Jesús acerca de la
validez del divorcio, que era, políticamente, una patata caliente en un momento en que el
entonces gobernador de Galilea, Herodes Antipas, se había casado con la mujer de su hermano.
La respuesta de Jesús, críptica pero exigente, vuelve a la intención original de Dios en las
relaciones hombre-mujer. Luego, en la última escena de la secuencia (versículos 35-45), antes de
que Jesús y sus acompañantes empiecen la última parte de su viaje a Jerusalén, dos de sus
discípulos, Santiago y Juan, preguntan a Jesús sobre el privilegio de sentarse a su derecha y a su
izquierda en su reino venidero; y Jesús responde, una vez más, con una frase críptica pero
exigente, en este caso, remitiéndose a la intención divina original de cómo debe manejarse la
fuerza humana. Allí la tenemos, en un espacio inferior a cincuenta versículos: sexo, dinero y
poder, todo ello reunido en torno a un propósito original, resituado en un objetivo diferente; un
gran diseño de cómo se supone que ha de ser la vida humana. Jesús no está diciendo: «Estas son
todas las normas que has de obedecer», ni tampoco: «Lo que debes hacer es seguir tu corazón,
seguir tus sueños». Santiago y Juan estaban deseosos de cumplir sus sueños, lo mismo que
Herodes. Pero la respuesta de Jesús no es: «No, los sueños son peligrosos; mejor seguid las
normas», sino algo mucho más transformador del carácter.

Ahora bien, ¿cómo se puede cambiar o reformar el carácter? Entremezcladas con la versión que
ofrece Marcos de la historia y señalando a la respuesta, hay dos escenas cortas más. En la
primera (versículos 13-6), Jesús declara que el camino del reino de Dios es el camino de los
niños. En la segunda (versículos 32-34), afirma que, cuando él y sus discípulos lleguen a
Jerusalén, a él le darán muerte en la cruz, para después resucitar. De alguna manera, estas
escenas sugieren que los grandes temas de la vida humana han de resolverse poniéndolos en un
marco totalmente distinto al normal. Es el marco que podríamos resumir en el propio proyecto de
Jesús que es el reino venidero de Dios, y en sus palabras: «Seguidme».

Este proyecto y estos requerimientos dan a conocer una posición que aproxima las dos versiones
principales de cómo es visto normalmente el comportamiento humano. Las teorías acerca del
comportamiento humano se pueden dividir en dos: bien se trata de obedecer las normas
impuestas desde fuera, o bien se trata de descubrir los más profundos anhelos de nuestro propio
corazón para seguirlos. La mayoría de nosotros vacilamos entre una y otra, obedeciendo al
menos algunas normas, bien porque creemos que Dios lo quiere así o por las conveniencias
sociales, pero volviendo a la prosecución de nuestros propios sueños, de nuestra propia plenitud,
si se nos da la oportunidad. En torno a esos dos caminos se han ido desarrollando teorías
completas para llegar a descubrir una senda a lo largo de nuestra vida. Nos detendremos en ello
con más profundidad en el próximo capítulo.

Pero lo que advertimos en Mc 10 es algo que parece operar en una dimensión diferente. Para
empezar, es el requerimiento no de una determinada conducta con acciones concretas sino de un
tipo de carácter. Por otra parte, es una llamada a verse a sí mismo con un papel que jugar dentro
de una historia, y una historia donde hay un supremo carácter cuya vida debemos seguir. Y ese
carácter parece haber puesto su mirada en un objetivo y estar moldeando su propia vida y la de
sus seguidores en relación con ese objetivo.

Todo esto sugiere ese evangelio de Marcos, con Jesús mismo como el gran carácter que está
detrás. Y nos está invitando a algo, que no es tanto cumplir unas normas por un lado o seguir
nuestros propios sueños por otro, sino una manera de ser humanos, a la que filósofos antiguos y
modernos han dado un nombre concreto. Mi esfuerzo en este libro es hacer ver que el Nuevo
Testamento invita a sus lectores a aprender cómo ser humanos de esta manera especial, lo que, a
su vez, conformará nuestros juicios morales y formará nuestros caracteres, para que podamos
vivir bajo su guía. El nombre de esta manera de ser humano, de esta especie de transformación
del carácter es el de virtud.

En sí misma, la virtud es, como veremos, una noción compleja y multifacética. En su debido
momento sugeriré que el desarrollo de esta idea en el ámbito del primitivo cristianismo
significaba que los primeros seguidores de Jesús coincidían en ciertos aspectos con el amplio
mundo de las preguntas de los filósofos del momento, y disentían drásticamente en otros temas.
Esto, a su vez, puede proporcionar un modelo para nuestros días, en los que el carácter
específicamente cristiano es con frecuencia totalmente diferente del «camino del mundo»;
además, pretende dar sentido a toda la vida humana de una forma que ninguna otra idea
consigue. Pero antes de entrar en esos detalles, veamos, afinando el enfoque, cómo puede
aparecer en la práctica la virtud. Situémonos cerca de dos mil años después de que el joven judío
rico se acercara corriendo a Jesús, y veamos a un hombre más viejo, dotado de una cabeza fría y
un ponderado juicio.

El jueves 15 de enero de 2009 era un día normal en la ciudad de Nueva York. O eso parecía. Pero
ese mismo día, al caer la tarde, la gente hablaba ya de un milagro. Podrían haber tenido razón.
Pero la explicación completa es, en cualquier caso, incluso más interesante y excitante. Y viene a
tocar justamente la tecla que necesitamos, para que arranque nuestro estudio del desarrollo del
carácter en general, y del carácter cristiano en particular.

El vuelo 1549, un vuelo regular de US Airways, despegó del aeropuerto de La Guardia a las
15:26 hora local con destino a Charlotte, Carolina del Norte. El comandante Chesley
Sullemberger III, conocido como Sully, habría hecho todas las comprobaciones habituales. Todo
estaba bien en el Airbus A 320. Bien, hasta que dos minutos después del despegue, el avión se
topó con una bandada de ocas de Canadá. Una oca en un motor de propulsión a chorro es algo
serio, pero una bandada era un auténtico desastre (los aeropuertos ponen en marcha todo tipo de
trucos para prevenir los vuelos de pájaros en las rutas aéreas, pero aun así estos ocurren en
algunas ocasiones). Casi a la vez, ambos motores resultaron seriamente dañados, perdiendo
potencia. El avión estaba en ese momento enfilando al norte, sobre el Bronx, una de las zonas
más densamente pobladas de la ciudad.

El comandante Sullemberger y su copiloto tenían que tomar varias e importantes decisiones


instantáneamente, para salvar las vidas no solo de los que iban a bordo, sino también de los que
estaban en tierra. Podían ver a distancia uno o dos aeropuertos pequeños. Pero pronto se dieron
cuenta de que no podrían llegar tan lejos. Si lo intentaban, podrían precipitarse sobre una zona
densamente edificada. Del mismo modo, la opción de aterrizar sobre la carretera de
circunvalación de New Jersey, una carretera de entrada y salida, y de enorme densidad
circulatoria, también presentaba enormes y peligrosos problemas para el avión y sus ocupantes,
sin contar con los que afectarían a coches y conductores. Quedaba, pues, una sola opción: el río
Hudson. Es difícil aterrizar en el agua: cualquier pequeño error -meter el morro o una de las alas
en el río, por ejemplo- y el avión empezaría a dar vueltas y vueltas como una peonza, para
terminar hundiéndose enseguida.

En los dos o tres minutos de que dispusieron antes de tomar tierra, Sullemberger y su copiloto
tuvieron que hacer las siguientes cosas vitales (además de muchas otras tareas que los no
profesionales ni siquiera entenderíamos): lo primero, apagar los motores y escoger la velocidad
correcta para que el avión pudiera deslizarse tanto como fuera posible sin el motor
(afortunadamente Sullemberger es también instructor de patinaje). Debían también poner el
morro del avión hacia abajo para mantener la velocidad. Tenían que desconectar el piloto
automático y anular el sistema de dirección de vuelo. Tenían que activar el sistema ditch, que
sella los respiraderos y las válvulas, para mantener todo el avión impermeabilizado, una vez que
este tocara el río. Y lo más importante de todo: tenían primero que volar e inmediatamente hacer
deslizar el avión tras un rápido giro a la izquierda, para que pudiera descender en dirección sur a
lo largo del río; después de apagar las turbinas, tuvieron que hacer esto utilizando solamente los
sistemas de activación de baterías y generadores de emergencia. Luego, tras el giro a la
izquierda, debían enderezar el morro y enfilar el curso del río, situando el avión a nivel
horizontal, para poder «aterrizar». Finalmente tuvieron que levantar el morro de nuevo y
aterrizar planeando sobre el agua.

¡Y lo lograron! Todos pudieron salir sanos y salvos, y el comandante Sullenberger se permitió


repasar un par de veces el pasillo del avión, para asegurarse de que él era el último antes de
abandonarlo. Por una vez en la vida, haciendo rafting con otros pasajeros, hizo aún más: se quitó
su chaqueta en una heladora tarde de enero, para dársela a un pasajero que estaba muerto de frío.

La historia se ha contado una y otra vez, y permanecerá en la memoria no solo de los que la
vivieron, sino de todos los neoyorkinos, así como de muchísima gente de cualquier parte del
mundo. Solo un poco más de siete años y cuatro meses después de la horrible tragedia del 11 de
septiembre de 2001, Nueva York tenía una historia de aviones en la que se podía celebrar su final
feliz.

Como he dicho, mucha gente describió esos dramáticos momentos como un milagro. Desde un
cierto punto de vista, no querría cuestionar esta calificación. Pero lo realmente fascinante de todo
ello es la forma espectacular con que ilustra una verdad vital: una verdad que hoy día muchos
han olvidado o nunca realmente conocieron. Se podría llamar «la fuerza de las buenas
costumbres». También es posible decir que se trata del resultado de muchos años de experiencia
y entrenamiento. O podríamos denominarlo «carácter», como hemos ido haciendo hasta ahora en
este libro.

Los antiguos escritores tenían una palabra para ello: «virtud». Decir «virtud» en este contexto no
equivale simplemente a hablar de «bondad», por utilizar otra expresión. En este sentido, la
palabra ha sido a veces desnaturalizada (quizás porque instintivamente nosotros queremos huir
del reto que implica). Pero ese no es su sentido estricto. Virtud en sentido estricto es lo que
acontece cuando alguien ha tomado mil pequeñas decisiones, que han requerido esfuerzo y
concentración, para hacer algo acertado y bueno pero que no se produce «de forma natural», y
luego, a la vez mil uno, cuando realmente importa, se percata de que hace lo correcto «de forma
automática», por así decirlo. Esa ocasión mil uno parece desde luego que se produce sin más;
ahora bien, la reflexión nos dice que no es tan fácil como puede parecer. Si ustedes o yo
hubiéramos estado pilotando el Airbus A 320 aquella tarde y hubiéramos hecho lo que «viene
naturalmente» o hubiésemos permitido que las cosas «sucedieran sin más», probablemente
habríamos estrellado el avión en pleno Bronx (mis disculpas a cualquier piloto que esté leyendo
esto: habría actuado -espero- como el comandante Sullenberger). Como muestra este caso, la
virtud es aquello que sucede cuando las decisiones sabias y valientes, repetidas una y otra vez,
han pasado a convertirse en una «segunda naturaleza». No una «primera naturaleza», aunque
hayan sucedido «naturalmente». Más bien, una especie de segundo nivel de naturalidad. En
efecto, como un gusto adquirido, tales decisiones y acciones, que empezaron siendo practicadas
con dificultad, acaban siendo como una segunda naturaleza.

Evidentemente, Sullenberger no había nacido con la capacidad de pilotar un avión, menos aún
con la especial pericia que exhibió en esos tres minutos. Ninguna de las habilidades requeridas, y
ciertamente nada del coraje, el sufrimiento, la frialdad de juicio y la preocupación por los demás
que mostró, forma parte del equipaje que poseemos los seres humanos desde el nacimiento. Hay
que trabajar duro para dominar ese tipo de habilidades, actuando con constancia para alcanzar el
objetivo. Hay que querer hacerlo todo, decidir aprenderlo todo y practicar todo lo aprendido. Una
y otra vez. Y luego, algunas veces, cuando se presenta el momento, «sucede automáticamente»,
como le pasó a Sullenberger. La pericia y las habilidades surgieron y lo recorrieron de arriba
abajo.

Las otras opciones apenas exigen que las pensemos demasiado. ¿Suponer que eran pilotos
novicios, simplemente, haciendo lo que surgía de forma natural? ¿O suponer que tuvieran que
echar mano del libro de instrucciones para actuar en caso de emergencia, buscar las páginas
relevantes y luego tratar de seguir lo que decían? Para cuando lo descubrieran, el avión se habría
estrellado. No: lo que se necesitaba era ese carácter formado a través de fuerzas específicas, esto
es, de «virtudes» para saber exactamente cómo pilotar un avión, y también de virtudes más
generales, como el valor, el autocontrol, la frialdad de juicio y la determinación para hacer lo
necesario para los demás en el momento preciso.

Precisamente, estas cuatro fuerzas del carácter -valor, autocontrol, frialdad de juicio y
determinación para hacer lo correcto para los demás- son, de hecho, las cuatro cualidades que el
más grande de los antiguos filósofos que escribió sobre estos temas, identificaba como las claves
de una existencia genuinamente humana. Sin embargo, antes de ocupamos de eso (lo haremos en
el capítulo siguiente), quiero echar una mirada a otro ejemplo de emergencias en que se muestra
un aspecto muy específico de la virtud heroica.

Llueve mucho en el norte de Inglaterra, donde vivo, pero aquel principio de septiembre de 2008
fue excepcional. Había estado jarreando días enteros sin parar, con tanta lluvia al final como
sería de esperar para todo un mes. No era el momento ideal para salir a pasear, pero una familia
había decidido atreverse. Cuando estaban cruzando un parque en la localidad de Chester-le-
Street, apenas a veinte kilómetros al norte de donde vivo, su perro fue a chapotear en una gran
charca y la hija, una niña de 3 años, se fue a jugar con él. De repente, sin tiempo para darse
cuenta, la niña sencillamente desapareció. El padre fue corriendo y alcanzó a ver cómo el perro
también desaparecía. Cayó en la cuenta, como en un flash, de lo que había ocurrido: un desagüe
para tormentas había reventado su cubierta bajo la charca y la niña y el perro habían sido
succionados por el propio desagüe sin cubrir. El padre, Mark Baxter, pensando con mucha
rapidez, se dio cuenta de que el desagüe de tormentas descargaría en el río unos cien metros más
abajo. Enseguida empezó a correr y, cuando llegó al río, localizó el abrigo de la niña flotando
sobre la corriente con su hija Laura dentro de él boca abajo. Se lanzó inmediatamente al agua y
la rescató, golpeada y magullada, pero viva.

¿Otro milagro? En cierto sentido, sí. Podían haber sucedido todo tipo de cosas. La niña podía
haberse quedado atorada bajo tierra, en alguna parte. Para cuando su padre lograra alcanzarla,
ella podía haber tragado agua suficiente como para ahogarse. Pero lo que más me impresionó al
escuchar esta historia, fue lo que su padre dijo, al referirse a su frenética carrera hacia el río:

-Siempre que me llegaba un mal pensamiento, me obligaba a pensar en otra cosa.

En esto reside el secreto. Max Baxter no estaba tratando de hacer, paso a paso, aquello que
pensaba que había que hacer en casos como este. Simplemente lo decidió sin pensarlo, como en
un flash. Anteriormente, sin embargo, había necesitado autodisciplina. Mantener un firme control
de sus propios pensamientos. Todo tipo de miedos y terrores asaltarían su mente, amenazándole
con el pánico o el desplome. Pero tuvo lo que a veces llamamos «presencia de ánimo» para no
dejarse atrapar por la angustia. Hizo conscientemente el esfuerzo de sustituir los pensamientos
negativos por otros positivos, concentrándose exclusivamente en lo que tenía que hacer. Esto es,
en el sentido técnico que hemos estado utilizando, el «carácter».

No ocurre por accidente, sino por la autodisciplina necesaria para hacer cualquier cosa en la vida
a la perfección: aprender un instrumento musical, reparar un tractor, dar una conferencia o dirigir
un orfanato. O también, desde luego, vivir como un ser humano sabio. Una y otra vez, cuando
trabajamos duro en alguna tarea difícil o compleja, la mente intenta escaparse y buscar un
escenario más tentador o menos complejo. Y una vez más, si se quiere terminar el trabajo, habrá
que forzar la mente y huir de la distracción. Y habrá que entrenar la «musculatura mental»
necesaria para lograrlo, de la misma forma que lo exige la musculatura corporal, cuando se trata
de implicarse en ejercicios físicos mantenidos y extenuantes 3. Al reescribir esta sección, oí por la
radio el anuncio de un régimen para perder peso.

-He descubierto -decía el locutor emocionado- que mi ansia por comer estaba en mi cabeza, no
en mi estómago.

Reconocer esto es un primer paso vital. Mantengamos bajo control el pensamiento, y también lo
estará el pensamiento.

Se da la circunstancia de que Max Baxter había trabajado para las Reales Fuerzas Armadas
Británicas. Como Chesley Sullenberger, logró su autodisciplina en un campo que obviamente es
vital cada minuto. Una cosa es la capacidad de valorar las dimensiones de una situación, de
descubrir qué hay que hacer y de hacerlo como si fuera por instinto, y otra la capacidad de
mantener a distancia los pensamientos que te aterrarían o paralizarían en la situación concreta: el
tipo de respaldo que la disciplina mental necesita para que la virtud se produzca. «Me obligué a
mí mismo a pensar en otra cosa». Eso no es una pericia que se pueda adquirir por accidente, es
algo que se practica y se aprende. Y es igual de bueno hacerlo en cualquier esfera de la vida o de
un trabajo. No sabemos cuándo y cómo vamos a necesitar esa disciplina ni cuándo puede llegar a
salvar una vida. No tendremos tiempo de detenemos a pensar. El carácter de la disciplina mental
debe recorrerte.

Hay un bonito elemento dentro de esta misma historia. La pequeña Laura, de 3 años de edad,
había estado tomando lecciones de natación. Ya había aprendido a tumbarse en el agua y flotar.
Cuando recobró la conciencia tras ser rescatada, explicó a su padre que había estado intentando
flotar tendida sobre el agua, pero sin poder lograrlo, porque el túnel era demasiado estrecho.
Incluso a esa edad, había aprendido lo suficiente para saber que, si te encuentras de repente con
un peligro inesperado, hay cosas que puedes hacer para mantenerte a salvo. Y ella había
aprendido de alguna manera a no entrar en situación de pánico al sobrevenir cosas extrañas
inesperadas.

Ahora bien, afortunadamente no tenemos que afrontar situaciones de emergencia la mayor parte
de nuestras vidas. Pero parte del problema de lograr saber cómo comportarse en la vida «normal»
así como en momentos extraordinarios, es que esa clase de «conocimientos» esconde una actitud
no completamente recta. Desde el momento en que se dice a un niño que termine rápidamente de
comer, o que se siente derecho, o que pare de gritar o de llorar, o que se vaya a dormir (por no
hablar de cosas como no robar, no pelear, no mentir), habrá entrado en un confuso mundo de
deseos y esperanzas, de mandatos y prohibiciones, de sentimientos, de asunciones, de preguntas
y de expectativas. Aprender a navegar con sabiduría en nuestro mundo y crecer en él hacia una
vida de plena madurez humana, es el desafío a que nos enfrentamos. Y el objetivo de este libro es
sugerir que la dinámica de la virtud, en el sentido de practicar los hábitos del corazón y de la vida
que apuntan al auténtico objetivo de la existencia humana, está en el centro del reto del
comportamiento humano, como estableció el propio Nuevo Testamento. Esto es lo que significa
3
Por cierto, esta es una de las razones que existen para considerar un mal hábito pasarse las horas mirando la
televisión. Los programas están cuidadosamente diseñados para resultar tentadores pero sin ninguna exigencia.
Generalmente ofrecen entrenamiento para evitar el trabajo duro y seguir la corriente. Todo lo cual resulta aceptable
como relajación, pero no si se quiere aprender los hábitos mentales necesarios para una existencia plenamente
humana.
desarrollar el «carácter». Esto es lo que necesitamos -y lo que la fe cristiana ofrece- para el
tiempo, más corto o más largo, de «después de creer».

Cuando abordamos las cosas desde este ángulo, nos esperan varias sorpresas. Muchos cristianos,
según mi experiencia, nunca piensan las cosas de esta manera y por ello se ven presos de una
gran confusión. La virtud, por decirlo lisa y claramente, es una idea revolucionaria en el mundo
de hoy y también en la Iglesia de hoy. Y lo más urgente que necesitamos hoy es una revolución.
Y se encuentra en el centro mismo de la respuesta a la pregunta con la que empezamos. Después
de creer, necesitas desarrollar el carácter cristiano practicando las virtudes específicamente
cristianas. Para tomar decisiones morales sabias, necesitas no solo conocer las normas, o
descubrir quién eres realmente, necesitas también desarrollar la virtud cristiana. Y para ejercer un
liderazgo en nuestra sociedad con toda su amplitud, en los tiempos confusos y peligrosos que
vivimos, necesitamos con urgencia gente cuyo carácter haya sido formado en esa dirección. Ya
hemos tenido demasiados pragmáticos y atrevidos buscadores de riesgos. Necesitamos gente de
auténtico carácter.

Entonces, ¿cómo nos ayudan estas historias de virtudes humanas -el piloto que aterriza su avión
en el río sin daño alguno y el padre que, desechando pensamientos erróneos se lanza a rescatar y
salvar a su hijita- cuando se trata de seguir a Jesús? ¿No es esto algo bastante diferente?

Algunas de los grandes talentos de la historia del cristianismo han luchado con esa pregunta.
Observando la virtud humana natural y la virtud específicamente cristiana, han llegado a distintas
respuestas. La clave de todo, sin embargo, es que la visión cristiana de la virtud, del carácter que
se ha convertido en segunda naturaleza, está en descubrir lo que verdaderamente significa ser
humano. «Humano» en un sentido que la mayoría de nosotros nunca imaginaría. Y si eso es así,
se producirán solapamientos con otras visiones humanas de la virtud y habrá también puntos en
los que el cristianismo haga interpelaciones públicas y ofrezca también una ayuda diferente para
abordarlas. Parte de las reivindicaciones de los primeros cristianos eran, de hecho, que habían
descubierto, en y a través de Jesús, una forma totalmente diferente de ser humanos y un camino
capaz de obtener lo mejor que esa sabiduría antigua podía ofrecer, situándola en contextos donde
finalmente tendría sentido. El Nuevo Testamento apunta continuamente a eso.

¿Qué puede decir todo esto a Jaime, enredado entre lo que se supone que consiste la vida, desde
la primera expresión de la fe cristiana, a su fruto final de después de la muerte? ¿Qué puede
decirles a Juana y a Felipe, escocidos aún por su desagradable enfrentamiento en la reunión de la
Iglesia? ¿Y qué puede decir a nuestro ancho mundo, que se tambalea por terremotos político-
económicos, que tienen lugar en medio de un estado de confusión cultural y moral?

En cierto sentido, todo este libro es un intento de respuesta a estas preguntas o, al menos, un
principio de respuesta. Pero hay una o dos cosas que podemos decir desde el principio.

Como ya he apuntado, la gente suele ir en una o dos direcciones cuando se plantea su


comportamiento. Se puede vivir con las normas, con un sentido del deber, con una obligación
que se impone, quiera o no uno compartirla. O se puede declarar uno libre de todo tipo de cosas
y capaz de ser uno mismo, descubrir la auténtica y propia identidad, alineándose con el corazón
para lograr ser auténtico y espontáneo a la vez. En realidad, Juana y Felipe era esto lo que
debatían, aunque no se dieran cuenta de ello. Jaime estaba también en ello, pero lo estaba
enmarcando dentro un reto mayor y más preocupante: en primer lugar, ¿para qué estamos aquí?
La respuesta fundamental que exploraremos en este libro es que estamos aquí para convertimos
en seres genuinamente humanos, capaces de reflejar al Dios a cuya imagen y semejanza fuimos
creados, y hacer eso, por una parte en el culto y por otra en la misión en su sentido total,
sabiendo que lo hacemos siguiendo a Jesús. La forma en que ello se produce por la acción del
Espíritu Santo, es mediante una transformación del carácter. Esta transformación significará que
nosotros, desde luego, cumplimos las normas, aunque no como algo impuesto desde fuera, sino
como resultado del carácter que se ha ido forjando en nosotros. Y querrá decir que nosotros,
desde luego, seguimos nuestro corazón y vivimos con autenticidad solo cuando ese carácter
transformado llegue a ser plenamente operativo, como el de un piloto con toda una vida de
experiencia a sus espaldas: el duro trabajo en vanguardia da sus frutos en decisiones y actos que
reflejan lo que ha crecido en lo más hondo de nuestro interior. Y en todo el ancho mundo el
desafío al que nos enfrentamos es crecer y desarrollar una nueva generación de líderes en todos
los campos de la vida, cuyo carácter haya sido formado en el servicio público y en la sabiduría,
no en la ambición por el dinero o el poder.

El centro de todo ello, el corazón de lo que se supone que sucede «después de creer», es por
tanto, la transformación del carácter. Esto es tan importante que nos llevará otro capítulo
estudiarlo con más detalle, antes de que podamos volver a lo que Jesús y sus discípulos tenían
que decir sobre el tema.
2. La Transformación del Carácter

«Carácter» es el equivalente humano de las letras escritas a lo largo de un palo de Brighton


Rock. Es famoso lo que ocurre con este tipo de dulces playeros: la palabra identificativa
(Brighton o cualquier otra) no está simplemente impresa en la punta, de modo que después de
que alguien haya chupado o mordido la primera mitad, no sea capaz de volverla a ver nunca. No:
la palabra está ahí todo el tiempo. Cortes por donde cortes, perfores por donde perfores, las letras
siempre estarán ahí.

Cuando usamos la palabra «carácter» en el sentido que le estoy dando en este libro -el sentido
que le asigna frecuentemente el Nuevo Testamento-, queremos decir algo parecido. Carácter
humano, en este sentido, es la estructura de pensamiento y actuación que caracteriza y acompaña
siempre a alguien, de forma que entres a ella por donde entres (digámoslo así), te encuentras con
la misma persona por arriba y por abajo. Su opuesto sería la superficialidad: todos conocemos a
gente que a primera vista se presenta a sí misma como honesta, agradable, paciente, etc.; sin
embargo, cuando se intenta conocerla mejor, uno termina dándose cuenta de que es únicamente
«fachada»; y, cuando se topa con una crisis o simplemente baja la guardia, resulta ser tan
deshonesta, antipática e impaciente como las demás personas.

El asunto es este: realmente, yo no sé cómo son manufacturados los Brighton Rock y otras
golosinas de regalo parecidas, pero un palo de caramelo no tiene automáticamente algo escrito en
todas sus partes. Alguien tuvo que ponerlo allí. Del mismo modo, las cualidades del carácter en
las que Jesús y sus primeros seguidores insistieron como signos vitales de una vida cristiana
sana, no surgen automática o espontáneamente. Es necesario desarrollarlas. Uno tiene que
trabajarlas. Es imprescindible que la persona piense sobre ellas, para poder hacer opciones
conscientes y así permitir que el Espíritu Santo vaya formando el carácter por caminos que, de
entrada, parecen arduos y «antinaturales». Solo de esta forma puede uno llegar a poseer un
«carácter» capaz de reaccionar inmediatamente, con sabiduría y buen juicio, a desafíos o retos
que e presentan de repente.

Uno puede decir cuándo ha sucedido esto y cuándo no. Lo ilustra bien una historieta familiar. Un
famoso predicador tenía un amigo que era bien conocido por su mal genio. Un día, en una fiesta,
pidió a su amigo que le ayudara a servir unas bebidas. El predicador, por su parte, escanció las
bebidas, llenando deliberadamente algunos vasos hasta el borde. Entonces, pasó la bandeja a su
amigo. Según iban caminando hacia la sala para distribuirlas, chocó sin querer con su amigo,
provocando que la bandeja se moviera y que algunas bebidas se balancearan sobre el borde y
terminaran derramándose.

-Aquí lo tienes -dijo el predicador-. Cuando eres golpeado, lo que se derrama es todo aquello que
rebosas.

Cuando uno es sometido repentinamente a una prueba y no tiene tiempo para pensar cómo va a
salir adelante, siempre se pone de manifiesto su auténtica naturaleza. Por eso, el carácter necesita
constantemente ponerse a prueba: todo lo que rebosa termina derramándose. Y uno no tiene más
remedio que hacer algo al respecto.

Otra historieta, igualmente famosa, pone de relieve algo parecido desde un ángulo distinto. En
este caso, la anécdota procede del mundo judío. Había una vez un rabino que gozaba de una
magnífica reputación por su pensamiento lógico y claro en cualquier circunstancia. Para ponerlo
a prueba, una tarde empezaron a ofrecerle sin parar copas de alta graduación, hasta que terminó
dormido. Entonces, le trasladaron a un cementerio y le pusieron ingeniosamente sobre a una
lápida. Se quedaron para ver qué podía decir al despertarse. Cuando llegó ese momento, aquel
gran hombre no vaciló ni un momento en su lógica. Dijo:

-Punto primero, si estoy vivo, ¿por qué me encuentro tumbado en un cementerio? Punto
segundo: si estoy muerto, ¿por qué tengo ganas de ir al baño?

Incluso en circunstancias tan llamativas, su cabeza permaneció tan ordenada como siempre.

El carácter, en este sentido, es un fenómeno humano general, que encierra en sí, como una
variante particular, el carácter cristiano. Hablamos de «malos caracteres» para referirnos a esas
personas que, cualquiera que sea el estímulo, ponen de manifiesto una serie de características
desagradables o destructivas que les acompañan durante su vida, tanto en el pensamiento como
en las acciones. De forma parecida, hablamos de gente que tiene «buen carácter». Aunque
muchos se refieren a cosas específicas diferentes con esta frase, la mayoría de nosotros sabemos
en qué estamos pensando. Alguien así será honesto, merecerá confianza, se mostrará equilibrado,
fiable (también dentro del matrimonio), amable, generoso, etc., etc.

Durante siglos, dentro de la cultura occidental se ha especulado mucho en relación con algunos
elementos pertenecientes a la doctrina cristiana, sobre lo que se puede esperar del buen carácter.
Aunque la cultura general ha ido mostrando durante mucho tiempo signos evidentes de un
intento de abandonar sus raíces cristianas, existe todavía una considerable vinculación o, si se
prefiere, superposición entre la formación del buen carácter, en un amplio y reconocido sentido,
y la formación del carácter cristiano. Esta superposición se reflejará a lo largo de todo el libro.
Aunque nuestra preocupación en estas páginas se va a centrar especialmente en el carácter
cristiano, forma parte de la pretensión cristiana afirmar que ser cristiano implica llegar a ser más
genuinamente humano. Cuando exploremos qué significa desarrollar un carácter cristiano,
veremos, consecuentemente, la considerable correspondencia que existe con cuestiones más
amplias sobre el carácter, cuestiones que el conjunto de nuestra sociedad necesita urgentemente
redescubrir y desarrollar.

Entonces, ¿cómo se puede transformar el carácter? ¿Qué tipo de proceso conduce a ello?

El carácter se transforma mediante tres cosas: en primer lugar, hay que apuntar hacia un objetivo
correcto; segundo, se deben prever los pasos necesarios para alcanzar ese objetivo; y tercero,
esos pasos tienen que convertirse en algo habitual, algo así como una segunda naturaleza.
Todo esto suena bien y, por decirlo con claridad, es, sin duda, más fácil de decir que de hacer. Y
habida cuenta de que mucha gente ha abordado la cuestión del comportamiento cristiano desde
perspectivas muy diferentes, será mejor que, antes de ir más adelante, demos un vistazo a esas
rutas alternativas.

Volvamos a la gente que encontramos en el primer capítulo. Para Jaime y otros como él, la idea
del carácter y de su transformación, tal como yo vengo describiéndola, es, sencillamente,
territorio extranjero. Una vez que ha llegado a la fe, la gente de su Iglesia espera que tenga un
determinado comportamiento (y no que se comporte siguiendo otros posibles caminos), pero esto
es visto no en términos de carácter sino en términos de simple obligación. En otras palabras, se
espera que los cristianos vivan de acuerdo con las normas. Cuando fallen, como ocurrirá, lo
único que tienen que hacer es arrepentirse y tratar de actuar más correctamente en la próxima
ocasión. Se sigue una vida cristiana o no se sigue. Cualquier insinuación o sugerencia de alguna
forma de transformación moral -un lento y profundo cambio de los hábitos a nivel de corazón-
resultaría sospechoso. Parecería una forma de «justificación por las obras», es decir, un intento
de ganarse el propio camino de salvación. Seguir las normas (como insisten también Juana y sus
amigos) no contribuye a su justificación o salvación. Es exactamente lo que se espera que haga la
persona. De darse cualquier posible cambio de carácter, este tendría lugar ya en la conversión
mediante la acción del Espíritu Santo. Si el Espíritu Santo ha venido realmente a vivir en el
corazón y en la vida de alguien, esa persona querrá automáticamente vivir de acuerdo con la
voluntad de Dios. No debería ser un asunto de esfuerzo o lucha moral. Una vez que se ha
accedido a la fe, una vez que uno ha creído, mantener la fidelidad a las normas debería ser algo
fácil. Y, si no lo es, siguiendo un texto no explicitado, es imprescindible que el protagonista haga
lo posible para que sea.

Para Felipe, sin embargo, y para muchos que optan por una línea similar en la Iglesia occidental
de hoy, lo que importa es la «autenticidad». Ser veraces consigo mismo es lo que cuenta. Dios te
ha aceptado tal como eres; ahora tú debes vivir lleno de gratitud por esta aceptación. Cualquier
intento de forzarte a ti mismo para someterte a unas normas y patrones morales determinados,
que parecen ajenos a tu propia personalidad, es una negación, tanto de la libre aceptación que
Dios te ofrece, como de tu propia autenticidad existencial. Una vez que se ha accedido a la fe, es
menester descubrir dónde se encuentra cada uno y vivir de acuerdo con ello, haciendo
espontáneamente cualquier cosa que el corazón, en sus niveles más profundos, te enseña y
sugiere que hagas.

El objetivo de este libro es mantener una visión de la vida cristiana que, superficialmente, tiene
semejanzas con ambas perspectivas, pero también diferencias radicales. Se trata de una visión
que se sitúa en la tradición de la vieja reflexión sobre la virtud, pero que se ha dejado transformar
por el notable desafío moral del mismo Jesús y de todo el Nuevo Testamento. Trataré de ir
aclarando todo esto con más detalle desde ahora. Pero de momento, permítaseme esbozar de
manera más completa, pero todavía preliminar, qué es lo que yo entiendo por formación del
carácter dentro de un contexto cristiano y, en ese mismo ámbito, qué debemos entender por
virtud.

¿Cuál es el objetivo o la meta final de toda la vida cristiana? No tenemos más remedio que
desarrollar un tanto el punto que insinué al discutir la conversación de Jesús con el joven rico.
Aunque muchos cristianos en occidente han imaginado que el objetivo o la meta de ser cristiano
es sencillamente «ir al cielo cuando se mueran», el Nuevo Testamento ofrece una visión más rica
y más interesante. Sí, los que pertenecen a Jesús en esta vida, están llamados a ir con él una vez
que mueran; se trata de una promesa que aparece en diversos lugares del Nuevo Testamento.

Sin embargo, esto es únicamente el comienzo. Al final -después de que muchos de nosotros
hayamos tenido algún tiempo de descanso y solaz en presencia del mismo Jesús-Dios ha
prometido al mundo en su totalidad y a todo el orden creado una total transformación: será
renovado de arriba abajo, de modo que quede finalmente lleno de la presencia y la gloria de
Dios, «como las aguas colman el mar» (Is 11,9). Y entonces, ¿qué nos ocurrirá a nosotros? Se
nos darán unos nuevos cuerpos en los que vivir con encanto y poder en el nuevo mundo de Dios.
Esto, tal y como yo lo entiendo, es una pintura mucho más amplia y exuberante de la esperanza
última de futuro que la que muchos cristianos han hecho suya, pero es la que el Nuevo
Testamento nos promete.

Fijémonos en lo que sucede si contemplamos esta visión del contenido último de la vida
cristiana, y nos preguntamos a nosotros mismos: ¿qué pasos conducirán a esta meta, en oposición
a cualquier otra?

La respuesta -ofrecida una y otra vez, como veremos, en el Nuevo Testamento- es que la
transformación que se nos promete al final del tiempo, ha comenzado ya en Jesús. Cuando Dios
lo resucitó de entre los muertos, lanzó su proyecto total de nueva creación y llamó a gente de
todo tipo a formar parte del mismo ya, aquí y ahora. Y esto significa que los pasos que damos
hacia la meta última -las cosas que dan sentido a la vida cristiana, en la que de otra manera
tendría que existir un largo intervalo entre la fe inicial y la salvación final- participan ya del
mismo carácter de transformación.

Más tarde consideraremos cómo ocurre todo esto. Pero el resultado es que existen pasos que
podemos dar y que conducen a esta meta, a la vida resucitada dentro de la nueva creación que
podemos apropiarnos aquí y ahora.

Y estos pasos son, bastante literalmente, transformadores del carácter. El objetivo de la vida
cristiana en el momento presente -la meta que uno se ha impuesto nada más acceder a la fe, la
que se busca también dentro de la vida presente anticipando la vida final que vendrá- es un
carácter cristiano plenamente formado y absolutamente floreciente.

El test permitirá comprobar, como sucede con un piloto de avión que se enfrenta a un repentino
desafío de vida o muerte, si uno tiene un carácter formado de tal manera que, cuando llega un
determinado desafío, puede afrontarlo con una virtud a modo de segunda naturaleza cristiana, o
si más bien empieza a dar tumbos presa del pánico, preguntándose qué pinta y qué debe hacer en
este mundo, equivocándose, con toda probabilidad, a la hora de actuar como era menester.

Ahora bien, los desafíos morales repentinos no son en sí mismos el pan de cada día de un
carácter transformado, igual que tener que evitar una bandada de gansos no es tampoco el pan de
cada día de un piloto aéreo. Se trata de emergencias, mientras que el carácter perseverantemente
formado durante muchos años es auténtico y reconciliado consigo mismo. Pero el carácter que
puede afrontar esos momentos y hacer lo correcto bajo una súbita presión, es el carácter que ha
sido formado en función de un objetivo mucho más permanente y positivo. Este será el tema del
capítulo siguiente.

Antes de llegar a ello, sin embargo, debemos plantear unos cuantos asuntos que, en algún
sentido, están en los presupuestos, pero que, como pasa frecuentemente con los cuadros, afectan
al fundamento más de lo que uno podría pensar a primera vista. En primer lugar, ¿dónde situar
todo esto dentro del famoso mapa del pensamiento moral, sin olvidar la reflexión sobre la virtud
en el mundo occidental en su conjunto? Segundo, ¿dónde se puede situar esta especulación sobre
la transformación del carácter en el campo de los recientes estudios sobre el desarrollo del
cerebro, y también en relación con el debate sobre otros aprendizajes, concretamente el del
lenguaje? Las respuestas a ambas cuestiones resultarán una sorpresa para algunos y tal vez
también un notable estímulo.

Lo que vengo proponiendo y desarrollaré en el resto de este libro, es básicamente una respuesta
cristiana -de hecho, la respuesta del mismo Jesús- a la tradición del pensamiento moral que se
remonta a Aristóteles. Esta tradición fue magníficamente desarrollada en el mundo antiguo, y
algunos lectores serios del siglo I, que se toparon con la enseñanza de Pablo y de otros primitivos
seguidores de Jesús, tal vez la tuvieron en mente cuando ponderaron todo lo que había sido dicho
por ellos.

Fue Aristóteles, unos trescientos cincuenta años antes de la época de Jesús, quien desarrolló la
triple estructura de la transformación del carácter. Como se ha dicho anteriormente, lo primero de
todo es la meta, el télos, la realidad última tras la que vamos; después, vienen los pasos que
damos en dirección a esa meta, las potencias del carácter que nos harán capaces de llegar a esa
meta; y existe también el proceso de entrenamiento moral, gracias al cual estas potencias se
convierten en hábitos, llegando a formar una segunda naturaleza.

Para Aristóteles, la meta era el ideal de un ser humano plenamente floreciente. Pensemos en
alguien que ha vivido hasta el límite de sus potencialidades, mostrando una sabiduría completa y
acabada, además de un carácter correctamente formado. Esta meta concreta, para la que
Aristóteles usó la palabra eudaimonía, a veces es denominada «felicidad», aunque Aristóteles la
utiliza en un sentido técnico, que en realidad es más cercano a nuestra idea de florecimiento.

Los pasos hacia esta meta eran, para Aristóteles y sus seguidores, las potencias («posibilidades»)
del carácter, que, al desarrollarse, contribuían a construir gradualmente un ser humano
floreciente. El camino para alcanzar la eudaimonía -pensaba Aristóteles- era la práctica de esas
potencias (posibilidades), igual que un futbolista avanza entrenando los diferentes músculos del
cuerpo y practicando todas las distintas posibilidades del balón que le serán necesarias más tarde.
Trabajar sobre una o dos de ellas no es suficiente; no existen situaciones en las que las piernas
están perfectas, mientras el resto del cuerpo es fofo, por ejemplo; ni situaciones en las que el
futbolista es capaz de lanzar el balón a muchos metros de distancia, pero al mismo tiempo resulta
incapaz de disputárselo al contrario. De la misma manera, un ser humano plenamente floreciente
necesita de todas las potencias (posibilidades) básicas del carácter, que hemos de ver aquí. La
palabra de Aristóteles para semejantes potencias era areté; posteriormente, los escritores latinos
utilizaron la palabra virtus, de la cual, evidentemente, procede el término «virtud», que es el que
solemos utilizar. Las virtudes son las diferentes potencias (posibilidades) del carácter que, juntas,
contribuyen a que alguien llegue a ser un ser humano plenamente floreciente.

Para Aristóteles -y para la tradición que se desarrolló después de él, y que conformó el mundo
del discurso moral en la época en la que el primitivo cristianismo empezaba a crecer y a
expandirse ofreciendo la enseñanza de una nueva forma de vida- existían cuatro virtudes
principales: coraje (o valor), justicia, prudencia, y templanza. Según Aristóteles, estas eran los
«goznes» sobre los que giraba la gran puerta que podía abrir a una floreciente plenitud humana.
Por esta razón, las cuatro virtudes se denominan frecuentemente virtudes «cardinales»4.

Las virtudes cardinales no son las únicas virtudes. Pero, tal como proponía Aristóteles, son las
principales y todas las demás dependen de ellas. Si se practican estas -decía el filósofo-, se
llegará a ser una persona humana completa, «feliz» y floreciente. Esta es la meta, el destino de
nuestro viaje. Las virtudes son el camino que nos conducirá a allí. Fijémonos en las gentes que
súbitamente son jaleadas como «héroes» y cuyas acciones se describen como «milagrosas», y las
oportunidades que podremos tener de ver a gente cuyo carácter haya sido formado de esta
manera. Incluso en los deportes, con frecuencia es cierto esto: el jugador que en una gran crisis
deportiva se las arregla para detener un disparo aparentemente imposible, es muy probablemente
que sea aquel que ha practicado en privado una y otra vez esta misma situación, hasta convertirla
en una segunda naturaleza. Recuerdo al golfista africano Gary Player, cuando respondió a un
crítico que le había calificado de afortunado. Le contestó.

-Sí. Y me he dado cuenta de que cuanto más intensamente entreno, más suerte tengo.

Ciertamente, sospecho que llamar «milagro» a acontecimientos como el aterrizaje feliz del vuelo
1549, puede ser la forma que elige nuestra cultura para ignorar el desafío real, el mensaje moral
de este tipo de acontecimientos tan sumamente importantes. Las virtudes importan. Importan
profundamente. Cuando la gran puerta de la naturaleza humana se abre para revelar sus secretos
más auténticos, ellas son los goznes sobre los que gira.

Pero estas fuerzas del carácter no se obtienen de la noche a la mañana. Hay que trabajarlas. El
carácter es algo que se forma lentamente. No es posible forzar el carácter en alguien, como
tampoco lo es forzar a un árbol para que produzca frutos antes de que esté preparado para
hacerlo. La persona tiene que optar, una y otra vez, por desarrollar los músculos morales y los
instrumentos que configurarán y formarán un carácter plenamente floreciente. Y de esta forma,
igual que un programa a largo plazo y contundente de entrenamiento físico capacitará a la
persona para todo tipo de cosas, por ejemplo, correr en un maratón, andar treinta millas en un
día, levantar pesos pesados, etc., cosas que previamente ni siquiera hubiera imaginado que eran
posibles, también un programa a largo plazo y exigente de trabajo sobre las fuerzas del carácter,
es decir, las virtudes, permitirá vivir de una forma que nunca se hubiera considerado posible,
4
Cardo significa en latín «gozne». (En la Iglesia católica romana, los cardenales son los «hombres gozne», es decir,
aquellos sobre cuyo ministerio gira el resto. Los pájaros llamados «cardenales» no tienen nada que ver con los
goznes, sin embargo; son llamados así simplemente por su color, que recuerda la sotana color púrpura de los
hombres-gozne que son los cardenales. Lo mismo puede decirse con verdad a propósito de los equipos deportivos
llamados «Los cardenales»: fútbol en Arizona, beisbol en San Luis).
evitando las trampas morales y los riesgos, y exhibiendo una vida humana auténtica y
floreciente.

Parte del meollo de todo esto está en que la persona podrá entonces hacer ciertas cosas
automáticamente, cosas que antes le hubieran exigido una gran lucha. Como en el caso del
comandante Sullenberger, ciertas cosas se convertirán entonces en una segunda naturaleza, lo
cual está realmente bien, porque, si uno tuviera que parar y pensar qué hacer en determinadas
crisis, el momento habría pasado, sobreviniendo inevitablemente el desastre.

Por consiguiente, lo que los escritores del Nuevo Testamento encarecen, siguiendo al mismo
Jesús, es, en cierta medida, algo parecido al argumento de Aristóteles, pero de una forma
significativamente distinta. Hasta cierto punto, la comparación es como la que se puede
establecer entre un modelo tridimensional situado junto a otro bidimensional, diríamos, un cubo
junto a un cuadrado o una esfera junto a un círculo: lo que Jesús y sus seguidores ofrecen es el
modelo tridimensional hacia el cual apunta el bidimensional de Aristóteles. Cuando se consigue
la esfera, se da por bueno el círculo que, sin embargo, pasa a significar algo bastante diferente.

Reflexionemos por un momento sobre los tres estadios que ya hemos considerado.

1. Aristóteles vislumbraba una meta para el florecimiento humano: lo mismo hicieron Jesús,
Pablo y el resto. Ahora bien, la visión que tenía Jesús de esta meta, era más amplia y más
rica, y alcanzaba a todo el mundo, situando a los seres humanos no como individuos
solitarios, que desarrollan su propio status moral, sino como ciudadanos felices del reino
de Dios que llega.

2. Aristóteles vio que, para alcanzar la meta de una auténtica vida humana, uno debe
desarrollar las fuerzas morales que él llamó virtudes. Jesús y sus primeros seguidores, sin
olvidar a Pablo, dijeron algo parecido. Pero su visión de las fuerzas morales que estaba en
correspondencia con su diferente visión de la meta, subrayaba cualidades que Aristóteles
no valoraba tanto (amor, bondad, perdón, etc.), e incluía, por lo menos, una -la humildad-
que en el antiguo mundo pagano (y en este asunto, en el moderno mundo pagano
también), estaba totalmente en desuso.

3. Aristóteles vio que el objetivo último era lograr esa clase de carácter que hiciera posible
actuar correctamente de forma automática, gracias a la fuerza de un largo entrenamiento
o hábito. Jesús y Pablo estaban de acuerdo en esto, pero proponían un camino muy
diferente, durante cuyo recorrido había que aprender los hábitos más relevantes.
Analizaremos todo esto conforme vaya progresando el libro.

Evidentemente, se podrían decir muchas más cosas sobre la interrelación comparativa entre los
modelos de pensamiento moral ofrecidos por Aristóteles y por Jesús y los primeros cristianos.
Como no es este el tema principal de este libro, me contentaré por el momento con esta
reflexión. Creo que, si preguntáramos a san Pablo qué pensaba él sobre Aristóteles y sobre su
esquema relativo a las virtudes, habría dicho al respecto algo parecido a lo que dijo sobre la ley
judía: está bien hasta cierto punto, es decir, en la medida en que funcione; pero realmente no es
capaz de dar lo que promete. Es como un indicador que señala, más o menos, la dirección
correcta (aunque será necesario hacer algún ajuste), pero sin el soporte de un camino que
conduzca allí.

Pasamos de la antigua filosofía a la contemporánea ciencia del cerebro. Cuando la gente hace
opciones sólidas sobre sus patrones de conducta, dentro del cerebro tienen lugar cambios físicos.
Algunos pueden ver esto como algo de sentido común, pero a muchos les parecerá una realidad
fascinante y tal vez amenazadora. Queda mucho camino por recorrer en este terreno.
Comparativamente, la neurociencia está todavía en pañales. Sin embargo, existen ya claros
indicadores en el sentido de que acontecimientos significativos en nuestras vidas, incluidas
opciones importantes que hacemos en relación con nuestro comportamiento, crean nuevos
caminos y nuevos modelos de información dentro de nuestro cerebro. Los neurocientíficos
utilizan frecuentemente la metáfora de la «instalación eléctrica» del cerebro, que no resulta ni
mucho menos inapropiada, toda vez que, aunque evidentemente no están implicados cables en
sentido estricto, ciertamente la información se mueve, aquí y allá, dentro del cerebro, a través de
lo que son básicamente impulsos eléctricos.

No se trata exactamente de que se pongan en marcha nuevas estructuras eléctricas todo el


tiempo, en correspondencia con las opciones que hacemos y las conductas que adoptamos,
aunque el comportamiento es, sin ninguna duda y masivamente, un elemento para la formación
de los hábitos. Determinadas partes del cerebro experimentan realmente una ampliación física,
cuando un comportamiento individual las ejercita con regularidad. Por ejemplo, los que tocan el
violín, desarrollan no solo su mano izquierda (conocí una vez en una escuela a un muchacho
cuya mano izquierda tenía varias tallas más de guante que su mano derecha, gracias,
precisamente, a que llevaba tocando el violín sin parar durante muchos años), sino también el
sector del cerebro que controla la mano izquierda. John Medina escribe en su fascinante libro
Brain Rules5:

Estas regiones [del cerebro] se amplían, se hinchan, y se entrecruzan con


asociaciones complejas. […] El cerebro actúa como un músculo. Cuanto más lo
activa uno, más grande y más complejo puede llegar a hacerse. [...] Y lo que es
más, nuestros cerebros son tan sumamente sensibles a los estímulos que les
llegan, que su instalación eléctrica depende de la cultura en la que se encuentre.

Como consecuencia de ello,

el aprendizaje desemboca en cambios físicos en el cerebro, y estos cambios son


únicos en cada individuo.

En otras palabras, cuando aprendemos a conectar varias cosas de una forma nueva, nuestro
cerebro registra esas conexiones. El resultado es muy parecido al descubrimiento que hace un
jardinero, cuando cae en la cuenta de que un camino que ha sido previamente desbrozado, resulta
mucho más fácil de volver a ser cavado. Un conjunto determinado de asociaciones en el cerebro,
especialmente si este está conectado con emociones intensas o reacciones físicas, ya sean
5
John Medina, Brain Rules. Seattle, Pear Press, 2008, pp. 58.61-62.
placenteras o desagradables, hará que esas asociaciones resulten mucho más fáciles de volver a
desencadenarse en una segunda ocasión. La neurociencia contemporánea, por tanto, es realmente
capaz de estudiar y diseñar la forma en que han llegado a ser formados los hábitos persistentes de
la vida.

Uno de los ejemplos más famosos de este fenómeno se refiere a la estructura cerebral de los
taxistas de Londres. La obra de E. A. Maguire y otros, ha puesto de relieve algunas notables
evidencias6. Londres no es solo una de las ciudades más grandes del planeta; es, también una de
las más complejas, con más número de calles de dirección única, callejones sin salida, curvas y
otros imponderables, que pueden fácilmente imaginarse. Antes de que un taxista sea autorizado a
trabajar, tiene que pasar un examen muy riguroso, que pone a prueba su maestría con lo que se
llama The Knowledges, un proceso que exige la memorización de miles de nombres de calles e
itinerarios para llegar a esas calles en diferentes momentos del día o de la noche, según las
cambiantes condiciones del tráfico. El resultado no es solo que todos ellos son los taxistas más
eficaces del mundo, que apenas tienen que consultar un mapa, sino también que sus cerebros han
cambiado realmente. La zona del cerebro llamada hipocampo, que está donde tenemos el
razonamiento espacial (entre otras muchas cosas), es típicamente mucho más amplia en los
taxistas que en la media de las personas. Como los culturistas, que desarrollan músculos que el
resto de nosotros no sabemos cómo utilizar, los taxistas desarrollan músculos mentales, que la
mayoría de nosotros rara vez tenemos que ejercitar.

Este tipo de investigación, hasta donde yo sé, no suele tomarse en cuenta en relación con asuntos
religiosos o morales y, sin embargo, las implicaciones que tienen en estos campos son enormes.
Todos somos conscientes de que sobre determinados acontecimientos tenemos una memoria muy
intensa. Algunos, tal vez, hayamos reflexionado sobre la forma en que nuestras reacciones
emocionales y nuestras imaginaciones se han visto condicionadas por momentos concretos de
alegría o de conmoción, de encanto o de horror, de intenso placer o de indecible sufrimiento. Sin
embargo, el hecho de que no solo estos acontecimientos especiales sino millones de otros de
carácter «ordinario» dejan también huellas en la estructura física y en la «instalación eléctrica»
de nuestro cerebro, se convierte para la mayoría de nosotros en una noticia alarmante de
incalculable impacto.

Sospecho que la mayoría de la gente en el mundo occidental de hoy se imagina sus mentes como
máquinas más o menos neutrales que pueden controlarse en determinada dirección sin más.
Cuando bajo hacia Londres conduciendo y cuando subo por la carretera a Edimburgo, no se
produce ningún cambio en la estructura del coche. Pero supongamos que este tuviera una especie
de memoria interna, que registrara los viajes que he hecho; cuando salgo en dirección a Londres
-algo que hago con frecuencia-, ¿podría situarse en la posición «estamos yendo a Londres» y
darme un codazo para que coja el periférico de Londres, aun en el caso de que yo tratara en esta
ocasión de ir a Birmingham? Entonces yo tendría que hacer una opción más consciente para
rechazar el camino elegido por el coche, obligándole a hacer cosas totalmente inesperadas para
él.

De modo parecido, ¿se podría suponer que la decisión de engañar a mi declaración de impuestos
dejara una vía electrónica en el cerebro que hiciera más fácil engañar también en otros asuntos -o
6
References TK.
a otras personas-; o que la decisión de moderar mi irritación hacia un aburrido compañero de
tren, cultivando en su lugar una sosegada paciencia, dejara una huella que hiciera más fácil ser
paciente cuando alguien después se comporte de una manera verdaderamente ofensiva? Como
digo, la investigación actual sobre este tema no está tan plenamente desarrollada como nos
gustaría. Pero da la impresión de que la idea de desarrollar «la musculatura moral», en analogía
con la gente que va al gimnasio para desarrollar los músculos físicos, podría resultar más
correcta de lo que habíamos imaginado.

El proceso de adquirir hábitos en cualquier campo puede ser ilustrado de muchas formas.
Aprender a tocar un instrumento musical es una de ellas, y especialmente obvia (pensemos en
esos violinistas con sus neuronas de la mano izquierda trabajando a destajo). Aprender un
segundo idioma (y la música, por supuesto, es un tipo de lenguaje), es otra.

En nuestro mundo mucha gente solo es capaz de hablar su lengua materna. Es la única que han
aprendido y lo hicieron sin caer en la cuenta de cómo lo estaban llevando a cabo. Incluso esto
apunta en esa dirección, porque, conforme aprendemos nuestra lengua materna, sea la que sea,
estamos construyendo una red masiva y sumamente compleja de hábitos, tanto mentales como
físicos, que crean una interrelación múltiple con diferentes situaciones vitales. Un aspecto muy
importante del aprendizaje de la primera lengua, por empezar con ello, es el comportamiento
simplemente imitador. El niño oye a sus padres y familiares decir cosas e intenta hacer lo mismo.
Pero, incluso desde muy temprana edad, puede deslizarse hacia una sorprendente originalidad,
toda vez que no solamente va dominando hábitos y estructuras de dicción, sino que también
comienza a crear otras nuevas mediante sutiles variaciones. Y en esta etapa se asimila e
incorpora plenamente todo el tiempo una enorme cantidad de eso que el lenguaje de los
especialistas llama «gramática», que incluye morfología (la manera como se forman las palabras)
y sintaxis (la manera en que las palabras se unen, dando lugar a afirmaciones), y, por supuesto, el
mismo vocabulario en ambas direcciones («¿qué palabra corresponde aquí para esta cosa?» y
«¿qué significa esta palabra»?). Ya se trate de un niño gravemente disléxico o de un prodigio
poético -y ambas cosas pueden ciertamente coincidir en alguna ocasión-, los hábitos se deben
formar y las estructuras grabarse en el cerebro, lo que significa que el lenguaje se convierte
indudablemente en una segunda naturaleza. En muchas conversaciones, la mayoría del tiempo no
estamos discutiendo el lenguaje, la gramática y el vocabulario. Todas estas materias surgen solo
si alguien usa una palabra o una frase de una forma que no se entiende. Normalmente, no
estamos ni siquiera pensando en el vocabulario, mucho menos en la gramática. Solemos pensar
más bien en el tema de la conversación.

El aprendizaje de la propia lengua materna, entonces, es una buena ilustración de largo recorrido.
Ahora bien, aprender una nueva lengua, especialmente cuando se es adulto, es mejor por dos
razones. En primer lugar, porque se trata de una actividad mucho más consciente; incluso en un
ultramoderno laboratorio de lenguas, en donde se tiene que imitar las condiciones "naturales" en
las que uno aprendió su lengua materna, sigue, sin embargo, siendo necesario pensar por qué tal
palabra se ha formado de esta manera y no de cualquier otra; por qué determinados verbos
irregulares incómodos se comportan de esta forma, cuando en realidad deberían hacer lo
contrario, y así sucesivamente. Uno tiene que dominar los matices, las metáforas y los énfasis
que hacen de una lengua viva algo tan entrañable pero al mismo tiempo tan difícil. Con
frecuencia se cometerán equivocaciones, pero siempre merece la pena perseverar mirando a la
meta, el télos, que se encuentra delante. Si uno tiene el inglés como lengua materna y se pone a
aprender alemán, no tendrá más remedio que estar recordándose a sí mismo constantemente que
el verbo viene al final de la frase. Y hasta en una lengua casi igual a la propia (pensemos en un
italiano aprendiendo español), existirá abundante vocabulario que no habrá más remedio que
memorizar. Esto requiere un esfuerzo mental consciente, realizado con toda intención, para
imprimir esas estructuras con sus repercusiones físicas (los movimientos de la lengua, dientes,
labios y cuerdas vocales) sobre el cerebro, tratando de que llegue un momento en que el proceso
se produzca sin esfuerzo y sin una fijación consciente del pensamiento. Como veremos, a esta
clase de esfuerzo tan complejo es exactamente a la que se referían los primeros cristianos cuando
se urgían unos a otros a desarrollar el carácter que anticipaba el nuevo mundo de Dios.

C. S. Lewis se refiere al tránsito a la comprensión de una nueva lengua en un pasaje memorable


en el que describe el tiempo en el que él estaba aprendiendo griego antiguo:

Aquellos en los que la palabra griega vive solamente mientras están buscándola
en el diccionario y que entonces sustituyen la palabra inglesa por ella, no están
leyendo griego en absoluto; están solo resolviendo un puzle. La fórmula «naus
significa barco» es incorrecta. Naus y barco, ambas, significan una cosa y no
significan otra. Detrás de naus, igual que detrás de navis o naca, queremos tener
una pintura de una masa oscura fina con velas o remos, subiendo crestas, y sin la
intrusión de una palabra inglesa oficial7.

Y es aquí donde una segunda lengua nos da la clave para comprender cómo funciona la virtud: se
convierte en una segunda naturaleza. A partir de entonces, si todo va bien, uno va más allá de la
afectación o de lo artificial, una vez forzada la plataforma para un tipo absolutamente nuevo de
naturalidad.

Pero aquí debe hacerse una advertencia. Es posible aprender una lengua y luego olvidarla. Yo
aprendí varias lenguas cuando era joven. Una de ellas, el siríaco, me produjo un especial placer
con sus líquidos sonidos y su maravillosa poesía ancestral. Sin embargo, no fui capaz de
mantenerla ni a los treinta ni a los cuarenta años; y, cuando al comienzo de los cincuenta, volví a
vérmelas con la Biblia siríaca para comprobar alguna cosa, me sentí, para mi desgracia, incapaz
de recordar ni siquiera cómo funcionaba el alfabeto. La virtud puede ser también como esto.
Alguien que aprende auténticamente la generosidad en la infancia, puede fácilmente darse cuenta
de que los hábitos de la vida adulta han terminado con ella. Y entonces debe ser re-aprendida de
nuevo con mucha mayor dificultad. Lamentablemente, hay muchas ocasiones en las que algunos
que comenzaron a practicar la vida cristiana, encuentran el mismo problema. Interrumpir la
práctica, permitirse olvidar la meta, lleva a perder también el lenguaje.

Otra razón por la que aprender una segunda lengua constituye una buena ilustración de lo que es
la virtud, es frecuentemente la razón para hacerlo: uno quiere ser capaz de encontrarse como en
casa allá donde esa lengua es hablada, o por lo menos, quiere valerse para leer y apreciar la
literatura de ese país (o, en el caso de lenguas antiguas, de aquel tiempo). Por tanto, el
aprendizaje de una lengua se hace teniendo una meta a la vista: la de adquirir esos hábitos de
mente y cuerpo que le capacitan a uno para funcionar aquí y ahora como un ciudadano de este
7
C. S. Lewis, Surprised by Joy: The Shape of My Early Life. Londres, Fontana, 1959, p. 115.
país lingüísticamente competente, con sencilla y fácil familiaridad. El mayor cumplido que
puede hacerse a alguien que ha aprendido un segundo idioma, es confundirle con un nativo. Una
vez más, esta es la recompensa por el trabajo y no una recompensa arbitraria, como la que se
hace a un niño al que se le da una bicicleta porque ha aprobado su examen, sino una recompensa
que es el verdadero télos, la verdadera meta de la actividad original.

Así es como funcionaba la virtud para Aristóteles y así es como funciona -una vez que captamos
bien las importantes diferencias entre Aristóteles y Jesús- dentro de la vida cristiana. La meta de
Aristóteles, como hemos visto, era la eudaimonía, el florecimiento humano. Las virtudes -las
cuatro cardinales y las otras que dependen de ellas eran simplemente, por así decirlo, la
gramática y el vocabulario del lenguaje de una condición humana floreciente. Realmente, nadie
conoce esta lengua como su lengua materna, pero podemos vislumbrar ese país de tiempo en
tiempo y obtener consejos sobre cómo funciona el lenguaje, qué estructuras cerebrales y
corporales se necesitan para que seamos capaces de funcionar como ciudadanos lingüísticamente
competentes. Y cuanto más practiquemos la lengua hablada -en otras palabras, cuanto más
aprendamos qué significa actuar con valentía, templanza, prudencia y justicia- más
desarrollaremos una sencilla y fácil familiaridad con la forma en que vive la gente
verdaderamente floreciente. Quién sabe, algún día tal vez seamos confundidos con un nativo.

Si aprender una virtud es como aprender un idioma, también es como adquirir un gusto o tocar
un instrumento musical. Ninguna de esas actividades surge por generación espontánea como la
cosa más natural. Cuando uno trabaja en ellas, sin embargo, empiezan a sentirse como más y más
naturales, hasta que ese aspecto de nuestro carácter queda formado, de manera que por fin se
alcanza el duro premio de la libertad: para la fluidez en el idioma, la feliz familiaridad con el
gusto y la competencia con el instrumento.

Pues bien, si el carácter y la virtud consisten en todo esto, ¿cómo se sitúa este estudio del campo
moral en relación con las dos principales propuestas morales que la mayoría de la gente reconoce
como tales hoy en el mundo occidental?

Volvamos al debate -al intento de debate- entre Juana y Felipe. Juana mantenía que la cuestión
consistía en descubrir las normas correctas y aplicarlas; para Felipe lo importante era descubrir
quién es realmente uno y ser veraz con ello en línea con la radical aceptación que ofrecía Jesús a
todos los que se le acercaban. Estas dos posiciones representan, más o menos, los dos modelos
del pensamiento moral entre los que se ven obligados a elegir la mayoría de las personas, al
menos en línea de principio. Para ambos enfoques resulta fácil caricaturizar al otro y, en una
época de nerviosismo moral en numerosos frentes, debemos respetar la angustia que
experimentan no pocas personas. Sin embargo, debemos también examinar más de cerca esos
modelos. Si, como creo, el desarrollo del carácter y el hábito de la virtud ofrecen una perspectiva
mejor desde la que poder comprender nuestros dilemas morales, necesitamos ver qué ofrecen
realmente las mencionadas alternativas.

Para empezar, fijémonos en el mundo de las normas. Mucha gente de mi edad ha crecido
recibiendo la enseñanza de que existen unas realidades denominadas bien y mal; que estas son
más o menos universales y constantes, y que uno puede conocerlas y practicarlas. Ciertamente,
todo esto ha sido incrustado en nuestro interior. (Una frase interesante esta. Cuando la escuchas,
¿piensas en alguien que hace un agujero en un trozo de madera o más bien en un pelotón de
soldados haciendo la instrucción para aprender a obedecer órdenes de manera instintiva?).
Algunas veces, estas reglas son simples pero con profundas implicaciones, por ejemplo: «Actúa
como quieres que actúen contigo», y también: «Las personas cuentan más que las cosas».

En muchas culturas estas reglas incluyen, en su nivel más básico, la prohibición de matar, robar y
cometer adulterio, o, por expresarlo positivamente, respeto a la vida, a la propiedad y al
matrimonio. La mayor parte de las sociedades han vivido prácticamente todo el tiempo
ateniéndose a reglas así de simples, que luego han dado lugar a distintas codificaciones en los
correspondientes cuerpos legales. Un ejemplo clásico lo constituyen los diez mandamientos, pero
existen muchos otros. A no pocos de nosotros nos enseñaron no solo los diez mandamientos sino
también diversas derivaciones de ellos, de modo que (confusamente para un niño) las
prohibiciones en relación con el robar, matar, mentir, etc., parecían estar a la misma altura de
exigencia que las normas de una apropiada urbanidad, como por ejemplo la forma de sentarse en
la mesa, escribir cartas de agradecimiento, ser educado con los parientes ancianos, pronunciar
«correctamente» las palabras, etc., etc. Pero el asunto es que muchos de nosotros crecimos en un
mundo de normas, una sociedad estructurada y ordenada a la que se le imponían las reglas,
aunque pudieran existir debates sobre algunas de ellas en particular, de modo que, si uno las
cumplía plenamente, era considerado moralmente íntegro, y si no, no obtenía esa consideración.
Todos y cada uno tenían como obligación mantener las reglas, les gustaran o no. Y de forma
significativa, la gente, con frecuencia, sugería, o incluso simplemente asumía, que una de las
principales cosas que Jesús había venido a hacer, era decirnos más claramente cuáles eran las
normas que había que cumplir, dándonos al mismo tiempo un maravilloso ejemplo de cómo
guardarlas...

Las dificultades llegan, entonces, porque la gente descubre enseguida que es incapaz de
cumplirlas y así surge una nueva forma: Jesús vino para traer perdón por nuestro incumplimiento
de las normas, pero una vez que hemos asimilado esto, tenemos que volver de nuevo a
guardarlas. Este es el gran escenario en el que mucha gente occidental de hoy ha situado su
comprensión del Evangelio de Jesucristo.

Realmente, semejante esquema no procede de Jesús o de los evangelios sino de un tipo


determinado de filosofía. Los especialistas lo reconocerán como claramente emparentado en el
mundo moderno con el escritor alemán del siglo XVIII Immanuel Kant. Para unas personas que
conocían las reglas y al mismo tiempo sabían que las habían quebrantado, la buena noticia era
que Dios les podía perdonar, pero a continuación tenían que volver a guardarlas, porque esto era
lo que tenía que hacer un buen cristiano. La gente, entonces, desembocaba en una especia de
puzle, tratando de hacer compatibles a un mismo tiempo estas dos cosas: cómo hablar de las
normas sin socavar la generosidad y la gracia perdonadora de Dios, y así sucesivamente. Ahora
bien, en general, la gente asumía que parte del asunto de ser cristiano consistía en conocer cuáles
eran las normas y hacer lo posible por guardarlas.

Y efectivamente, en un cierto sentido, esto es, al menos, parte de la verdad. Casi nadie supone
que el comportamiento cristiano, o en este asunto, el comportamiento humano en general, sea
algo que pertenezca en exclusiva y totalmente a la elección individual sin ningún tipo de
orientaciones. Irónicamente, aquellos que desprecian por lo menos algunas de las antiguas
normas sin excluir las referentes al comportamiento sexual, son los mismos que muchas veces
insisten con más fuerza en algunas normas más nuevas, por ejemplo, sobre el comportamiento
con el planeta y, en general, con la ecología. Y una parte considerable de la vida depende del
reconocimiento común de las normas básicas, por ejemplo, las que regulan por qué lado de la
carretera se debe circular. No podemos situar la virtud o el carácter sencillamente contra las
normas. Cuando el comandante Sullenberger decidió súbitamente aterrizar en el río Hudson, lo
interesante fue que instintivamente hizo lo que prescribía el manual, independientemente de que
hubiera tenido tiempo para ir a consultarlo.

A mi juicio, el problema está no en las mismas normas (aunque también en eso hay problemas),
sino en una mentalidad configurada o basada en las normas: no sobre todo «qué hacer», sino
«cómo hacerlo». A mediados del siglo xx, y después, existió una reacción masiva contra la
«obligación», tanto en Europa occidental como en Norteamérica. Podemos sospechar que, en
parte, surgió como reacción a que a dos generaciones se les había dicho que su «obligación» era
ir y morir en grandes guerras. El resultado ha sido que mucha gente está olvidando la
importancia universal de las normas con su capacidad de dotamos de un marco concreto, un
conjunto de guías sólidas para miles de aspectos de la vida diaria, habiendo llegado a entender
las mismas normas, simplemente, como un problema que interfiere en el propio estilo, al
imponer arbitrariamente un esquema de comportamiento para una gente a la que le resulta
claramente inapropiado. Esto, por supuesto, es desagradable en relación con la idea fundamental
de norma, pero me parece que es una reflexión sobre dónde se sitúa actualmente un considerable
número de personas de nuestro mundo, sin olvidar, ni mucho menos, el mundo cristiano
occidental. Lo que habrá que hacer no será simplemente reafirmar, como hacía Juana en el
capítulo anterior, que las normas existen y que hay que imponerlas a la gente, le guste o no.
Debemos buscar un escenario más amplio, dentro del cual las normas puedan jugar un papel más
apropiado y tengan su parte, aunque en último término sea subordinada. Y debemos reconocer
que, cuando actuamos así, estamos, en términos de la cultura occidental, haciendo frente a un
severo vendaval.

Nos encontramos con problemas similares si hablamos ampliamente, como hacen muchos hoy
día, sobre principios o valores. En realidad, ambas cosas no son idénticas. Un principio es una
afirmación general que dice cómo deben ser las cosas y de qué normas específicas pueden
derivarse; un valor es un determinado aspecto de la vida humana que es apreciado en sí mismo y
del cual pueden derivarse principios y naturalmente, normas. Mantenemos un valor, por ejemplo,
la santidad de la vida. Actuamos según un principio, por ejemplo, que uno debe siempre («en
principio», como solemos decir) preservar la vida y no destruirla. Uno obedece una norma: «No
matarás». Pero evidentemente en la vida ordinaria la gente usa frecuentemente estas palabras de
una manera mucho más fluida y casi intercambiable. Y sospecho que algunos hablan de valores y
principios, al menos en parte, porque la palabra «norma» suena para muchos muy negativamente,
como algo restrictivo, intrusivo e incluso arbitrario. La gente sabe que necesita recuperar ciertos
patrones. Pero, como las normas siempre serán impopulares, por eso se tratará de convertirlas en
principios o valores.
Entonces, ¿podría ayudar pensar en términos de principios o valores cristianos? No resulta difícil
subrayar una serie de temas generales, a partir de la visión moral del Nuevo Testamento y del
primitivo cristianismo: vienen fácilmente a la mente paz, justicia, libertad, amor y algunos otros.
Ahora bien, ¿qué significan exactamente estas palabras tan grandes y abstractas? ¿Quién las
pronuncia? ¿Cómo las podemos aplicar a cuestiones y situaciones particulares? ¿Resulta posible
poner estos temas en relación coherente con otros aspectos de la Escritura, una vez abstraídos de
su lugar bíblico e histórico? De ser así, ¿con qué base? De no serlo, ¿cuál sería el motivo para
realizar esa abstracción en primer lugar? Los principios y valores pueden tener su lugar, pero este
no puede ser central. Son básicamente Grandes Normas sujetas a los mismos problemas que las
normas pequeñas. Cuando los políticos claman, como suelen hacer, sobre la necesidad de
restaurar los valores en nuestra sociedad, su proclama suele resultar exasperantemente vaga.
¿Qué valores? ¿Quién los dicta? ¿Cómo pueden ser restaurados sin determinar las causas
subyacentes que explican por qué, siendo tan importantes, mucha gente parece ignorarlos?
Algunos pueden hablar, incluso, de «valores cristianos» o «valores judeo-cristianos», aunque
estos suelen ser muy difíciles de articular y no digamos nada de imponer. Y, si uno de nuestros
principios llega a ser «la mayor felicidad del mayor número», principio conocido como
utilitarismo, que ha sido sumamente popular durante más o menos doscientos años, terminamos
desembocando en todo tipo de problemas muy interesantes sobre qué sea realmente la felicidad,
qué hacer cuando la gente tenga una idea incorrecta de ella, cómo calcular sus efectos y cómo
vérselas con la minoría que no va a ser feliz con una acción que se le propone y que está
diseñada para aportarle felicidad. Realmente, el utilitarismo permite una amplia discusión sobre
sí mismo, pero lo dicho aquí puede ser suficiente.

Sin embargo, la dificultad real con las normas no es solo que no las guardamos excesivamente
bien, aunque esto sea verdad. Tampoco lo es que siempre parezca que existen excepciones
perturbadoras: cuando hemos sido enseñados para decir siempre la verdad, ¿qué le decimos al
posible asesino que pregunta dónde está escondida su pretendida víctima? Y tampoco es el
verdadero problema el hecho de que los sistemas normativos difieran llamativamente unos de
otros: en algunas culturas existe la solemne obligación de matar a la persona que viola a la propia
hija, y en otras, la solemne obligación es no hacerlo. Ciertamente, existen problemas. Pero el
mayor problema está en otra parte.

El verdadero problema es que las normas siempre parecen ser, y ciertamente están diseñadas para
ser, restrictivas. Pero todos sabemos que algunas de las cuestiones clave que nos hacen humanos
son el ser creativos, celebrar la vida, la belleza y el amor, y reír. Todo esto es imposible obtenerlo
mediante legislación. Las reglas son importantes, pero no son el centro de todo. Es posible
decirle a la gente que debe obedecer siempre la norma de ser generosos. Pero, si alguien le hace a
uno un regalo exclusivamente porque está obedeciendo una norma o porque está cumpliendo su
obligación, toda la gracia del espíritu de donación cae, deslizándose entre los dedos. Si las
normas se toman como el punto principal, entonces la cuestión principal y verdaderamente
central parece claro que se pierde. ¿Y qué ocurrió con el carácter?

Un ejemplo sorprendente de este problema tuvo lugar cuando yo me encontraba reescribiendo


este capítulo. Un servidor del gobierno civil fue sorprendido mientras enviaba burdos correos
electrónicos a un colega, proponiéndole una serie de juegos sucios para llenar de porquería una
campaña contra dirigentes de la oposición. La respuesta del primer ministro fue decir que, para
prevenir estos sucesos, se pondrían en vigor nuevas normas, aunque, de hecho, existe ya un
código muy estricto sobre estas cosas, código que el funcionario en cuestión había transgredido
flagrantemente. En contraste, el líder de la oposición sugirió que lo que se necesitaba era un
cambio de cultura. Ahora bien, lo que no dijo fue cómo podría darse este.

Otro ejemplo de más atrás. Todavía me encuentro de vez en cuando al hombre que era director
de mi escuela, cuando yo era adolescente. Una vez me dijo que nada más comenzar su gestión
como director, a mitad de los años cincuenta, uno de los administradores de la escuela se le
presentó con un desafío. El anterior director -le dijo- había escrito una nueva norma escolar en el
libro de reglas de cada día. ¿Por qué el nuevo director no iba a mantener esta tradición? ¿Es que
no se iba a ocupar del comportamiento de la gente? Su respuesta, para salir del paso de
momento, fue pensar rápidamente e inventar una nueva norma: «Ningún alumno puede en
ninguna circunstancia...». etc. Pero fue la última vez que lo hizo. Por supuesto, había normas y
tenían importancia. Pero lo que resultaba todavía más importante era desarrollar el carácter de
los pupilos, de forma que se pudieran comportar con buen sentido y buen juicio en las numerosas
áreas que no estaban cubiertas por las normas oficiales.

El problema de las morales o las éticas forma parte, de hecho, de la cuestión mucho más amplia
de para qué están los hombres aquí. Diseñar una respuesta en términos de normas, cualquiera
que sean, implica siempre que la vida humana es, en alguna medida, algo así como una
preparación continua para un examen con grandes reconocimientos, con títulos o grados con los
que ser premiados, que pueden facilitar la obtención de un buen trabajo, o un programa de
postgrado o cualquier otra situación que uno ansíe. Ahora bien, ¿es realmente la vida humana
una especie de programa continuo de valoración educativa? ¿Es exactamente una cuestión de
«mantenerse en tensión», guardando unas normas, la mayoría de las veces negativas? ¿O están
las normas ahí como signos, apuntando hacia una meta más amplia y advirtiéndonos de que
existen caminos por los que nos podemos desviar o podemos perder esa meta más amplia? Ahora
bien, si este es el caso, ¿cuál es ese objetivo tan amplio y cómo podemos encontrarlo? ¿Y qué
decir de la cuestión que nos acompaña constantemente en la discusión cristiana, a saber, cómo el
comportamiento humano en su conjunto se ha de relacionar con la victoriosa gracia de Dios?

Este es el meollo al que el relato del joven rico y otras escenas del capítulo 10 del evangelio de
Marcos parecen apuntar. No: lo importante no es simplemente mantener un conjunto de normas;
lo importante es el carácter. No ciertamente cualquier forma ancestral de carácter, sino un tipo
determinado: el que Jesús proponía y modelaba, el carácter que implica paciencia, humildad y,
sobre todo, un amor generoso y entregado. Y el mensaje de Marcos en este punto parece ser que
no se obtiene este carácter simplemente ensayando. Se obtiene siguiendo a Jesús.

Las normas son importantes, sin duda, pero lo es más todavía el carácter, que, además, brinda un
marco en el que las normas, cuando son apropiadas, pueden tener su propio efecto. Ahora bien,
esta no es en modo alguno la forma en que la gente ha entendido a Jesús y el mensaje cristiano
en los dos últimos siglos.
Si se pregunta a la mayoría de los occidentales, incluyendo también a los cristianos, qué posición
mantuvo Jesús a propósito del comportamiento humano, probablemente serían incapaces de decir
algo sobre el sutil equilibrio entre carácter y normas. Probablemente sí dirían que Jesús se opuso
a los fariseos legalistas, que trataban de imponer su moral a los demás. Ahora bien, cuando la
gente dice esto, no tiende a pensar que así también les urgió a desarrollar el carácter como
alternativa, sino más bien que Jesús ofreció una especie de libertad radical. La posición de Felipe
en nuestro capítulo anterior es la misma que mantienen muchos cristianos occidentales de hoy:
Jesús aceptaba a las gentes como eran y les urgía a descubrir su verdadera identidad y a ser
auténticos con esta esencia. Él apremiaba a la gente a echar las viejas normas al cubo de la
basura y a aceptar el desafío de vivir espontánea y auténticamente en la libertad de espíritu más
que en la esclavitud de la letra. Este punto de vista está tan enraizado en muchas partes del
mundo occidental en general, y de la Iglesia de occidente en particular, que es suficiente aludir a
ello para que inmediatamente salga a la luz una forma global de ver el mundo, que muchos
instintivamente consideran que es correcta sin necesidad de mayor argumentación.

Este punto de vista es tan importante, que debemos abordarlo con mayor detalle. Si, como creo,
el Nuevo Testamento nos ofrece el camino de la virtud, necesitamos ver con mayor claridad cuál
es para muchos hoy día su principal rival. Como muchos rivales, se trata realmente de una
parodia, una caricatura de la auténtica situación.

Tres de los mayores movimientos configuradores de la opinión en los dos últimos siglos del
pensamiento y la cultura occidentales han llevado a la gente a marginar la posibilidad o
conveniencia de la virtud en términos generales. La mayoría, probablemente, no es consciente de
estos movimientos como fuerzas históricas o culturales, sino que simplemente extraen de nuestra
cultura actual -la cultura que han configurado esos movimientos- un sentido general que Jesús y
sus primeros seguidores habrían, en realidad, desafiado o combatido.

¿Cuáles fueron esos tres movimientos? Una respuesta breve y a grandes rasgos será suficiente.
Para nosotros, la importancia radica más en el efecto que tienen sobre la imaginación popular de
hoy, que en los detalles de su procedencia.

1. El movimiento romántico en el siglo XIX reaccionó contra lo que se percibía como


formalismo frío y racional: «Aquí tenemos tres normas; guárdalas; esta es tu obligación;
no preguntes más». Los románticos subrayaban la importancia del sentimiento interior y
de las acciones que se derivaban de él. Como ha expresado recientemente un escritor,
ellos preconizaban «lo espontáneo, lo no restrictivo, lo subjetivo, lo imaginativo y
emocional, y lo inspirado y heroico», más que el hecho de tener una serie de cosas
impuestas por algún otro o por un sistema filosófico o político 8. «¡No nos den sistemas;
ofrézcanos vida, amor y calor para el alma!».

2. El movimiento existencialista, a comienzos del siglo xx, subrayó la noción de


autenticidad. Vivir «auténticamente» -decían los existencialistas- es tomar la peligrosa y
difícil decisión de rechazar estructuras y sistemas que constriñen e impiden nuestra
libertad humana, y vivir de acuerdo con la verdad de nuestro ser interior. Este es el
camino para lograr cualquier forma de plenitud, de perfección humana.
8
S. Blackburn, Oxford dictionary of Philosophy. Oxford-Nueva York, Oxford University Press, 2rev-2008, p. 319.
3. Como una versión, podríamos decir, de joven pero poderoso romanticismo y
existencialismo combinados, el movimiento emocionalista insistía en que todo discurso
moral puede reducirse, en cualquier caso, a afirmaciones sobre lo que gusta y disgusta.
«Matar es malo» significa, sencillamente, «No me gusta el crimen». «Entregarse a la
caridad es bueno» significa «Me gusta la gente entregada a la caridad». Desde este punto
de vista, seguir unas normas morales y seguir las propias inclinaciones de uno vienen a
ser cosas equivalentes. Frecuentemente, en nuestros días, gente que discute opciones
morales, dirá que tal persona «prefiere» la Opción A o que tal otra «aplaude» la Opción
B, como si las opciones morales fueran cuestión de preferencia o gusto personal. Algunas
veces esos mismos hablan de «actitudes morales», como si lo que una determinada
persona crea sobre lo correcto o incorrecto de determinadas acciones fuera simplemente
una actitud, un prejuicio innato en el que no se tuviera por qué tomar la molestia de
pensar.

Se escoja el que se escoja de los tres -y en la cultura popular, romanticismo, existencialismo y


emocionalismo tienden a imbricarse en un mundo confuso de impresiones y retórica- todos ellos
llegan a una misma posición general, que hoy muchos asumen sin mayor inconveniente: que es,
aproximadamente, lo que el mismo Jesús enseñó y lo que cualquier cristiano consciente debe
asumir. «Sé tú mismo; no permitas que ningún otro te dicte el comportamiento; no permitas que
los sistemas o fobias de la gente repriman tu estilo; sé honesto con tus propios sentimientos y
deseos. Mantente en contacto con aquellas partes de ti mismo que has ocultado (o reprimido);
hazte amigo de ellas, y sé sincero con ellas. Cualquier otra cosa terminará disminuyendo tu
verdadero único y maravilloso yo».

Esta forma de pensamiento se ha convertido en algo plenamente aceptado en muchas partes de


nuestro mundo, sin excluir a muchas partes de muchas Iglesias. No pocos la confunden con el
Evangelio, suponiendo que el rechazo romántico y existencialista de las normas es lo mismo que
la doctrina de Pablo sobre la justificación por la fe al margen de las obras de la ley, o lo mismo
que defendía Jesús cuando se enfrentaba a las ataduras legales de los fariseos.

Shakespeare expresó todo esto en una clásica frase, que puso en boca de Polonius, un hombre
que nos enseña a mirar como un poco superficial y pomposo (para ser más precisos, «un loco
canalla parloteo»):

Y sobre todo, sé sincero contigo mismo,


que a esto seguirá -como el día a la noche-
el que seas sincero con todos los demás9.

Hmmm. Realmente, si uno es honesto consigo mismo, sin duda será consciente de muchos
motivos ocultos que existen en su interior y que otras personas podrían ignorar, y así será capaz
de hacer mejores opciones, tanto morales como de otro tipo. Ahora bien, ¿hay que suponer que el
yo con el que se es honesto es ese que quiere engañar a todo aquel con quien se encuentre,
incluidos amigos y familiares, al precio que sea? En los escándalos monetarios esto salió a la luz

9
W. Shakespeare, Hamlet, acto I, escena 111. Madrid, Cátedra, 2008.
en la reciente quiebra financiera. Algunos de los que aparecieron como defraudadores, habían
sido absolutamente honestos consigo mismos y absolutamente falsos con todos los demás.

-Bien -se podría decir-, los banqueros defraudadores realmente no estaban siendo honestos
consigo mismos, porque debían haberlo sabido todo, mientras lo estaban haciendo mal.

A esto replico que parte del problema que existe con nuestro mundo moderno, o posmoderno, es
exactamente que el imperativo de maximizar el propio balance bancario se ha convertido para
muchos en el máximo y más profundo nivel de verdad que pueden imaginar. Una vez que se
anulan o marginan las más antiguas -y aparentemente menos tangibles-nociones de moralidad,
¿qué otra cosa se está dejando en pie?

Me he topado con un ejemplo perfecto de esta filosofía popular sobre el ser honesto consigo
mismo, al día siguiente de dar una conferencia sobre el tema de este libro el mes de febrero del
año 2009. Dando un vistazo a una tienda de viejo en Laguna Beach, en California, descubrí un
pequeño anuncio de broma que decía:

Hay momentos en que pienso que actúo por principio,


pero la mayoría de las veces hago lo que me gusta.
Pero esto es también un principio.

«Hacer lo que gusta»: sería fácil caricaturizar esto, considerándolo una típica actitud
californiana, pero hacerlo significaría ignorar el hecho de que una amplia extensión de la vida del
occidente contemporáneo ha actuado, precisamente, apoyándose en este «principio» y ha
resistido fuertemente en nombre de la «libertad» cualquier intento de cuestionarlo o amenazarlo.
Trasladándonos de la cultura popular californiana al agudo análisis de una de las mayores
cabezas del siglo XX, fijémonos en lo que dice Arthur M. Schlesinger jr, escribiendo sobre el
impacto que había producido en él y en su generación el teólogo Reinhold Niebuhr, y
reflexionando sobre la influencia ejercida por Niebuhr en los años sesenta:

El énfasis [de Niebuhr] en el pecado sobresaltó a mi generación. Se nos llevó a


creer en la inocencia y la virtud humana. La perfectibilidad del hombre era menos
una ilusión liberal que una convicción de toda América ... Sin embargo, dentro de
nuestro sistema, nada nos preparaba para Hitler y Stalin, para los campos de
exterminio y los gulags...
La influencia [de Niebuhr] disminuyó, hasta cierto punto, en los años sesenta. El
joven rebelde de aquellos delirantes años, con su inocente confianza en la pura
bondad de los impulsos espontáneos y en la instantánea solución de problemas
complejos, no sintonizaba con Niebuhr10.

«Inocente confianza en la pura bondad de los impulsos espontáneos»: esto resume perfectamente
la mentalidad que se ha apoderado y sigue apoderándose de muchos en el mundo occidental.
Podríamos señalar que la palabra «virtud», en la segunda línea de esta cita, apenas significa lo
que significó en la tradición clásica. El meollo del agudo análisis de Schlesinger era que en la

10
Ch. C. Brown, Niebhur and His Age: Reinhold Niebhur' s Prophetic Role and Legacy. Harrisburg, Trinity Press
Intemational, 2002, pp. VIII-IX.
América de su juventud -y de nuevo en los años sesenta- parecía no haber necesidad de virtud
entendida como una segunda naturaleza ganada a pulso: «hacer lo que resulta natural» era algo
suficientemente correcto. Ciertamente, el rechazo a obedecer lo que resulta natural, los impulsos
espontáneos, cuya pura bondad podía ser confiadamente asumida, ha sido frecuentemente
juzgado como incorrecto, peligroso y dañino para la propia salud y el propio bienestar. La idea
de una meta, de un objetivo último, que nos convoca a un duro camino de autonegación; en otras
palabras, la idea a la que se refería Jesús de Nazaret cuando decía a la gente que cogiera su cruz
para seguirle, ha sido tranquilamente quitada de en medio no solo de la vida del occidente
secular sino también, llamativamente, de un buen número de discursos cristianos.

En un nivel menos obvio pero tal vez todavía más insidioso, todo esto se une a ese elemento que
aparece tanto en las culturas antiguas como modernas, al que generalmente se denomina
«gnosis» o «gnosticismo». Este implica la idea de que existe una chispa de luz escondida en lo
más profundo de cada uno de nosotros, o al menos, de algunos de nosotros. Esta chispa
escondida (se supone) está frecuentemente profundamente enterrada bajo las capas de los
condicionamientos sociales y culturales, e incluso de aquellas capas que todos nosotros
asumimos que constituyen «lo que realmente somos».

Una vez se ha revelado esta chispa, sin embargo, toma la precedencia sobre cualquier otra cosa,
superando cualquier norma, cualquier cálculo de felicidad, y ciertamente, cualquier virtud clásica
o de otro tipo. Sea lo que fuere lo que encontremos en lo más profundo de nosotros mismos,
tiene necesariamente que ser correcto. Mi corazón me dice cómo es y yo debo ir con mi corazón.
Esta es la «luz que guía», situada en el centro profundo de mi verdadero yo. Y a mucha gente hoy
día se le ha enseñado, y ha creído seriamente, que esto es lo que Jesús de Nazaret vino a
modelar y a enseñar. Este es el mensaje no solo de El Código da Vinci y de otros muchos relatos
populares, sino también de muchos escritores y autores mucho más serios. Es, después de todo,
el mensaje que mucha gente quiere constantemente oír.

En su versión corporativa, esta clase de filosofía ha dominado gran parte de nuestro mundo, no
por casualidad la gran revolución intelectual cultural de la segunda mitad del siglo XVIII se
autodenominó «Ilustración». Europa occidental y Norteamérica «descubrieron quiénes eran
realmente». Eran una raza aparte, poseedora de un nuevo conocimiento y de nuevos instrumentos
y técnicas, que no solo podían expresarse en términos de conquista de todos aquellos menos
«ilustrados», sino que positivamente exigía ser explotado de esta manera.

Este es un tema para otra ocasión (aunque, significativamente, es lo que Arthur Schlesinger viene
a decir inmediatamente después del pasaje que he citado más arriba). Pero en su versión
individual, el gnosticismo de los dos últimos siglos ha imbuido profundamente en nuestras
imaginaciones la presunción -iba a decir «el pensamiento», pero sospecho que la mayoría de la
gente no lo piensa, sino que simplemente lo asume- de que «ser honesto con uno mismo» es el
cometido central humano, (incluso) el imperativo «religioso» central, el objetivo central y la
tarea de cada ser humano: el santo grial del desarrollo personal. Esta es, sencillamente, la visión
que millones de personas tienen hoy día de sí mismas y del mundo.

Abundan los ejemplos que apoyan esta tesis. El poeta John Betjeman tuvo la desgracia de tener
un padre que llevaba adelante una exitosa empresa familiar y que esperaba que su hijo continuara
con ella. O tal vez deberíamos decir que el viejo señor Betjeman tuvo la desgracia de tener un
hijo que supo, por sus propios huesos, que no tenía madera de empresario y que lo que realmente
quería era escribir poesía. Afortunadamente, el joven, al pasar el tiempo fue «honesto consigo
mismo», por lo menos en esta cuestión. Sin embargo, y por desgracia, como indican sus cándidas
autorreflexiones, cuando accedió a su vida privada, el yo con el que trataba de ser honesto estaba
profundamente confuso. Siguió sus diversos caprichos y, consecuentemente, produjo una notable
cantidad de estragos morales y humanos. En apretada síntesis, este es el problema del
romanticismo, del emocionalismo y del neognosticismo.

Como quiera que los seres humanos somos criaturas profundamente misteriosas, nada de esto
debería sorprendernos. La antigua máxima griega: «Conócete a ti mismo» es un magnífico
consejo hoy, igual que lo fue siempre. Ahora bien, la cuestión de qué hacer con este
conocimiento una vez que se ha adquirido, resulta mucho más difícil. ¿Qué ocurre si el yo que
descubro a través de las más profundas introspecciones de que soy capaz, es un yo que apetece
matar, o robar o abusar de los niños? ¿Cómo podemos decir cuál de nuestras ocultas
profundidades debe ser reconocida para quedar entonces neutralizada, o (de ser posible)
erradicada, y cuáles de ellas deben sacarse a la luz, celebrarse y llevarse a la práctica? El hecho
de que estén profundamente dentro de nosotros, no nos aporta por sí mismo ninguna respuesta.

Finalmente, las cosas resultan todavía más confusas, si afrontamos otra noción altamente
contestada: la llamada a la «libertad». Afirmar, como hacen muchos hoy día: «Ciertamente
estamos destinados a la libertad», queriendo decir: «Ciertamente no vas a decir que no puedo
hacer lo que quiero», es, sencillamente, una petición de principio. No es más que afirmar que mi
libertad termina donde comienza la del otro. Es decir, que todo lo que cualquiera de nosotros
hace, crea nuevas situaciones que pueden convertirse en importantes cortapisas para la libertad
en todas las direcciones. Si realmente yo te doy a ti un puñetazo, ninguno de los dos somos libres
después para ser lo que de otra forma podríamos haber sido el uno para el otro (y, tal vez
también, con los demás). Si los cuatro músicos que forman un cuarteto no obedecen
escrupulosamente las reglas para medir los tiempos musicales y mantener el ritmo correcto,
ninguno de ellos será libre para interpretar la música.

Todo esto significa que la masiva presunción que existe en nuestra cultura a favor de la
autenticidad o espontaneidad -«libertad» en este sentido-, sencillamente no funcionará como una
proposición moral seria. (O, en este tema, como una propuesta seria que ayude a decidir
correctamente entre diversas posibilidades de actuación, sobre las que no parece .gravitar ningún
asunto moral inmediato). «Mide una vez, corta dos», así comienza la vieja norma que aprendí en
una lección de carpintería, la cual concluía: «Mide dos veces, corta una. No des por supuesto que
las primeras impresiones e inclinaciones son correctas. No temas lo que se presenta como
natural, pero somételo a idéntico escrutinio crítico que a cualquier otra cosa o a lo realizado por
cualquier otra persona».

En concreto, nombremos y ridiculicemos como totalmente inadecuada, la idea de que, si algo se


hace espontáneamente, merece una validación automática, mientras que si algo se hace
obedeciendo órdenes, o tras cuidadosa reflexión o a pesar de enormes presiones de diverso tipo
para hacer otra cosa, es algo menos valioso o incluso «hipócrita», por no haber sido realizado
realmente «siendo honesto con uno mismo». Esta es, sencillamente, la antigua falacia romántica,
la idea de que la genuina inspiración artística no requiere sudor, tomando prestada a veces un
poco de energía del rechazo de Martín Lutero de lo que él consideró como hipocresía medieval.
El noventa y nueve por ciento de los artistas -músicos, escritores, bailarines, pintores, etc.- nos
contarán una historia totalmente distinta. La mayor parte del arte exige masivamente un trabajo
muy duro; lo mismo ocurre con la vida moral. Las improvisaciones, por brillantes que sean, son
siempre la excepción que confirma la regla.

Y aún más. Hay algo en relación con la espontaneidad y la autenticidad, en relación con la línea
de ajuste o desajuste entre la persona y sus acciones, que requiere algún tipo de asentimiento,
pero eso sí, cuando y solo cuando las acciones son consideradas en otros campos como correctas.
Indudablemente, existe una «corrección», una «autenticidad» en el recuento de monedas del
avaro o en el mariposear del seductor en serie, pero a nadie en sus cabales se le ocurrirá decir:

-Muy bien, muy bien, todo es correcto.

Parte del problema, a propósito de la autenticidad, es que las virtudes no son las únicas cosas que
forman los hábitos: cuanto más se comporta alguien de una forma dañina para sí o para los
demás, tanto más natural resultará no solo parecerlo, sino también serlo. La espontaneidad
abandonada a sí misma puede comenzar por excusar un mal comportamiento y terminar
congratulándose con el vicio.

De hecho, uno de los principales objetivos de este libro es mostrar que esta adecuación entre la
persona y la acción, esta autenticidad, es exactamente lo que se logra a través de la segunda
naturaleza de la virtud, y en ese punto el problema que acabo de mencionar queda solventado
desde el principio. Las éticas románticas, o el existencialismo que insiste en la autenticidad, o (en
este sentido) la libertad como única señal de una genuina humanidad o la versión popular de todo
esto, a la que he aludido más arriba, intenta obtener de antemano y sin pagar el verdadero precio
lo que la virtud ofrece como final del camino y al precio de un genuino pensamiento, decisión y
esfuerzo moral. Esto es a lo que yo me refería al decir que el culto de la autenticidad o de la
espontaneidad era una parodia, una caricatura de lo que la virtud es capaz de producir cuando
despliega toda su efectividad.

«Ser honesto consigo mismo», entonces, es algo importante, pero no es lo principal. Si uno lo
toma como modelo o como punto de partida, quedará tristemente decepcionado. Frente a todos
estos modelos que sospecho han condicionado de diversas formas el pensamiento y la conducta
de muchos de mis lectores, necesitamos urgentemente captar de nuevo la visión que ofrece el
Nuevo Testamento, cuando habla de una vida humana auténticamente «buena» como una vida de
un carácter formado por el futuro prometido de Dios, como una vida con ese carácter marcado
por el futuro, vivido dentro de la historia en marcha del pueblo de Dios, ofreciendo así una
noción nuevamente trabajada de virtud. Esto es lo que necesitamos, si queremos responder a
nuestra pregunta: después de creer, ¿qué?

Hay otro problema relacionado con una recaptación o recuperación de la noción de virtud y con
el desarrollo de la fuerza del carácter dentro de un modelo cristiano. Me he referido a ello hace
un momento. Básicamente, la idea global de virtud ha estado radicalmente fuera de moda en gran
parte del occidente cristiano a partir de la Reforma del siglo XVI.

De hecho, la simple mención de la virtud pondrá a muchos cristianos en estado de alarma. Se les
ha enseñado, bastante correctamente, que no somos justificados por nuestras obras sino
solamente por la fe. Saben que carecen de poder para realizarse plenamente en consonancia con
cualquier código moral, todo lo alto y sublime que se quiera. En muchos casos lo han intentado,
pero no ha funcionado. Les ha dejado simplemente con un sentimiento de culpa. (En otros casos,
lo han encontrado excesivamente duro y sencillamente no han realizado el esfuerzo). Entonces
han descubierto que Dios les acepta tal como son: «Dios nos ha mostrado su amor haciendo
morir a Cristo, cuando aún éramos pecadores», escribe san Pablo (Rm 5,8). ¡Uf! Entonces, ¿por
qué molestarse con toda esta moralidad? ¿No podemos, simplemente, dejar a un lado la virtud,
los mandamientos y todo lo demás, y disfrutar sin más el amor del Dios que acepta y perdona?

De modo que la pregunta que podría plantear la tradición cristiana, particularmente la tradición
protestante occidental, contra todo este asunto sería esta: ¿acaso no estamos silbando al viento
con todo este discurso sobre la virtud? Sí, tal vez, los pilotos aéreos y otras gentes necesiten
practicar sus instrumentos y aprender a mantener la cabeza fría, pero ¿acaso tiene algún
significado, más allá de lo puramente pragmático, el que determinadas tareas exijan que algunos
tengan que desarrollar ciertas habilidades? ¿Es esto realmente relevante, en cualquier aspecto,
para un asunto tan serio como es el vivir como Dios quiere que vivamos? ¿Puede realmente
enseñarnos algo sobre la moral o la ética cristiana? Si incluso los diez mandamientos dados por
Dios se demuestran imposibles de guardar, ¿por qué tendría que ser la cosa diferente con las
virtudes, supuestamente formadoras del carácter? Y si todo consiste en desarrollar el carácter
mediante una práctica lenta y a largo plazo, ¿no quiere eso decir que para la mayoría de la gente
de nuestro tiempo estaremos actuando hipócritamente, haciendo teatro, pretendiendo ser
virtuosos, cuando realmente no lo somos? ¿Y no es este tipo de hipocresía lo que
verdaderamente se opone a una genuina vida cristiana?

De hecho, esto es, más o menos, lo que declaró Martín Lutero, burlándose de la larga tradición
medieval sobre la virtud. Los debates sobre todo ello, igual que sobre algunos otros de sus
llamativos rechazos de la primitiva teología, prendieron en la cultura popular y este
concretamente emerge llamativamente en Hamlet, la obra de Shakespeare a la que hemos aludido
en otro contexto.

Hamlet estudió en Wittenberg, la universidad de Lutero, y volvió a su casa de Dinamarca. Allí


encontró -a contrapelo de lo que sin duda se le había enseñado- que su difunto padre no yacía
tranquilamente en su tumba, sino que estaba profundamente desasosegado, y que él, Hamlet,
debía poner las cosas en su sitio. Su madre, la reina, se había puesto de acuerdo con su tío para
matar a su padre, de modo que aquel pudiera hacerse tanto con el trono como con la reina a un
mismo tiempo. La acusación de Hamlet contra su madre en el acto 111, escena 4 es sutil: implica
que ella había decidido no preocuparse de la virtud, sino tratarla claramente como una mera
hipocresía, para poder, de esta manera, unirse a la corriente de lo que sucede naturalmente, lo que
ella lleva haciendo todo el tiempo en que comparte el lecho del usurpador. «Tu actuación
-declara Hamlet-llama a la virtud hipócrita»; en otras palabras, ella está usando la carga de
Lutero contra «revestirse» de una virtud que no se posee, como excusa para hacer lo que quería.
En vez de ello -dice él- ella debería ahora intentar «asumir una virtud, si no la tiene»: debería
resistir las nuevas insinuaciones del rey y, con el tiempo, el hábito de actuar de esta manera lo
haría más fácil. «Revestirse de» es apropiado, «apto», en el inglés que refleja la palabra habitual
latina para «conveniente, adecuado». La costumbre -la práctica establecida, el hábito aprendido-
puede ser utilizada para conseguir un buen efecto. Así es como funciona:

Que, para realizar acciones justas y buenas,


él igualmente proporciona un traje de librea,
del cual se reviste.

«Revestirse de» está muy bien. No es hipocresía, afirma Hamlet. Así es como la virtud llega a ser
ella misma:

Estribillo esta noche:


Y esto procurará una cierta facilidad
para la siguiente abstinencia; la siguiente, más fácil;
para su uso casi se puede cambiar el sello de la naturaleza,
y o bien reducir al diablo o expulsarlo
con admirable poderío.

La alternativa es dejar que la «costumbre» -esto es, la fuerza del comportamiento habitual que
crea una huella en nuestras mentes y en la estructura de nuestras conductas» nos dicte, de este
modo, que no podemos ver un sentido. En vez de ello, tal costumbre o uso debe volverse hacia
un buen efecto, ayudándonos a revestir las virtudes que no se ponen en marcha naturalmente,
pero que sí lo harán con el tiempo. Es digno de notarse -dice él- lo que puede lograrse por estos
medios. Así pues, Hamlet rechaza con toda firmeza la propuesta de Lutero. Shakespeare, a través
de él, está emitiendo una señal en el largo y complejo debate entre los que piensan que la virtud
puede insertarse en la enseñanza cristiana, y los que la ven como una idea pagana, que los
cristianos deberían rechazar.

Este debate implica el complejo y masivo pensamiento de algunos de los mayores pensadores
cristianos, notablemente Agustín en el siglo v y Tomás de Aquino en el XIII. Ellos, y muchos
pensadores menores, merodean en torno a los presupuestos de todas estas discusiones. Pero algo
que rara vez aparece en estos debates es la pregunta por el Nuevo Testamento mismo. ¿Existe
algún sentido en el que seguir a Jesús y obedecer su llamada a «buscar ante todo el reino de
Dios» (Mt 6,33) pudiera aproximarse al perfil de la virtud? O, ¿cómo podría la virtud adecuarse a
lo que san Pablo llama «el evangelio de la gracia de Dios» (Hch 20,24)? ¿No resulta significativo
que el propio Pablo, que conocía suficientemente bien la cultura y la filosofía de su tiempo, no
use nunca la palabra areté, término estándar para «virtud»? Ahora bien, ¿no es también
significativo que en los puntos clave subraye él la importancia de un cuidadoso cultivo y
desarrollo del carácter cristiano?

En el caso de que pudiera haber alguna duda, seamos claros antes de aproximarnos a este tipo de
preguntas. Cuando San Pablo dice que «si la salvación se alcanza por la Ley, entonces Cristo
habría muerto en vano» (Gál 2,21), está sentando un principio fundante. Sea cual sea el lenguaje
o la terminología que usemos para hablar del gran don que el único y verdadero Dios ha dado a
su pueblo en y a través de Jesucristo («salvación», «vida eterna», etc.), sigue siendo exactamente
un don. Nunca es algo que nosotros podamos ganarnos. Jamás podemos poner a Dios en deuda
con nosotros; nosotros siempre permanecemos suyos. Todo lo que voy a decir sobre la vida
moral, sobre el esfuerzo moral, sobre la configuración consciente de nuestros modelos de
conducta, se mueve, simple y únicamente, dentro del marco de la gracia: la gracia que se
personificó en Jesús y en su muerte y resurrección; la gracia que está activa en la predicación
llena de Espíritu del Evangelio; la gracia que sigue estando activa, gracias al Espíritu, en las
vidas de los creyentes. No se trata simplemente de que Dios realice algo del trabajo de nuestra
salvación y nosotros tenemos que hacer el resto. No es que nosotros comenzamos siendo
justificados por la gracia a través de la fe y después tenemos que ir a trabajar totalmente por
nosotros mismos para completar la obra, luchando sin ayuda para vivir una vida santa.

Es más, si intentamos poner a Dios en deuda con nosotros, tratando de hacer por nosotros
mismos «cosas suficientemente buenas en su favor» (signifique esto lo que signifique), estamos
condenados a hacer las cosas mal. Una de las horribles verdades de las que somos plenamente
conscientes en nuestro día a día, es que algunas de las acciones más repugnantes, más crueles y
brutales son realizadas por la gente en nombre de la «religión». Con frecuencia, este hecho, que
se convierte claramente en una excusa para la violencia cuyas verdaderas causas y motivaciones
están en otra parte, no hace sino probar mi afirmación. En efecto, decir: «Y por supuesto, Dios
está de mi parte» significa que toda posterior restricción moral es innecesaria. E incluso si nadie
más está implicado, alguien que intenta con determinación mostrar a Dios lo bueno que es,
termina siendo inevitablemente un insufrible mojigato. Todos nosotros preferimos vivir con
gente que sabe perfectamente bien que no ha sido suficientemente buena para Dios, pero que está
humildemente agradecida por el amor incondicional que Dios les ha mostrado, y no con personas
convencidas de que han actuado según el criterio de Dios y pueden mirar al resto por encima del
hombro desde una total superioridad moral.

La doctrina de la justificación por la fe va mucho más allá de todo esto, pero no es menos. La
intuición radical de san Pablo sobre lo que significa ser humano y sobre lo que significa que el
amor abrumador de Dios haya tomado posesión de uno, corresponde de manera bastante obvia a
lo que mucha gente sabe sobre lo que convierte a cada uno en más o menos tratable. Y el hecho
de ser tratable, aunque, por supuesto, contiene un elemento claramente subjetivo, no es una mala
regla general para lo que puede significar ser verdaderamente humano.

Igualmente, san Pablo y los demás escritores del naciente cristianismo tenían perfectamente claro
que, aunque los seres humanos no pueden por sí mismos estar a la altura de Dios, ni pueden
tampoco por sí mismos guardar las exigencias morales de Dios con sus propias fuerzas, ello no
significa que puedan encogerse de hombros y desentenderse del combate moral. Una de las más
llamativas preguntas de Pablo, respondida por su famoso «¡De ninguna manera!», desemboca
precisamente en este punto en su carta a los cristianos de Roma (6,1-2). Después de haber
expuesto brillantemente y en detalle la conmovedora verdad de que el amor de Dios se ha
derramado en Jesucristo y nos ha traído redención, justificación, reconciliación, salvación y paz
(Rm 3,21-5,21), afronta la cuestión que ha de interpelar a mucha gente en el mundo de hoy: muy
bien, si Dios nos ama tanto, aunque no hayamos hecho nada para servirle, ¿no deberemos
permanecer en este estado de total inmerecimiento, de modo que Dios siga amándonos así? O, en
su lenguaje cortante y en cierta medida técnico, «¿permaneceremos en el pecado, para que pueda
abundar la gracia?». Si Dios quiere librar al pueblo del barro y de la suciedad en la que está
revolcándose, ¿no sería una buena idea permanecer embarrados, para que Dios nos ame mucho
más?

Cuando Pablo contesta: «¡De ninguna manera!», no está siendo ilógico. La lógica de la gracia de
Dios va por un camino mucho más profundo de lo que la pregunta imagina. Y dentro de esta
lógica encontramos que renace la noción de virtud y lo hace como medio mediante el que
podemos obedecer a la llamada al seguimiento de Jesús. Otra ilustración lo pondrá de relieve.
Conozco a un director de coro que asumió la dirección del coro de la iglesia de un pueblo que
había estado durante años descuidado. Habían luchado valientemente para cantar los himnos,
para poner a la asamblea un poco a tono, intentando, en algunas ocasiones especiales, la
interpretación de una antífona sencilla. Pero francamente los resultados no fueron precisamente
impresionantes. Cuando la asamblea daba las gracias a los cantores, se trataba más de una
manifestación de simpatía por su aparentemente duro trabajo, que por cualquier aprecio de un
sonido genuinamente musical. Sin embargo, por más que practicaban, no parecían mejorar
especialmente; probablemente, lo único que estaban haciendo era simplemente reforzar sus
malos hábitos. De modo que, cuando llegó el nuevo director del coro y se hizo cargo de él,
buscar amablemente qué debían y no debían hacer, fue, en algún sentido, un acto de gracia. Él no
les dijo que eran basura ni les gritó para que cantaran con afinación. Esto no hubiera aportado
ningún bien. Habría sido, sencillamente, deprimente. Les aceptó como eran y empezó a trabajar
con ellos. Pero la razón de hacerlo así, no era para que pudieran seguir como antes, si bien ahora
con alguien delante de ellos agitando los brazos. El objetivo de aceptarlos como eran, era que
ellos pudieran... aprender realmente a cantar. Y ahora llamativamente sí pueden hacerlo. Un
amigo mío que fue a esta iglesia hace unas semanas, dijo que el coro había sido transformado. La
misma gente y un nuevo sonido. Ahora, al practicar, saben qué es lo que están haciendo y así
pueden aprender cómo sonar mejor.

Esta es una imagen de cómo actúa la gracia de Dios. Dios nos ama como somos, como nos
encuentra, que es (más o menos) sucios, embarrados y cantando sin afinar. Incluso cuando hemos
intentado ser buenos, frecuentemente no hemos hecho otra cosa que empeorar las cosas,
añadiendo orgullo a nuestros otros fallos. Y la inacabable admiración en el corazón de una
genuina vida cristiana es que Dios ha venido a encontrarse con nosotros exactamente ahí, en
nuestra confusión de orgullo y miedo, de barro y suciedad, y de manifiesta rebelión y pecado.

Este es el meollo del Evangelio cristiano: la buena noticia.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para todo el que crea en él
no perezca, sino que tenga vida eterna.

Este resumen, que se encuentra en uno de los más famosos versículos del Nuevo Testamento (Jn
3,16), dice todo esto. El amor de Dios llega hasta nosotros allí donde estemos a través de
Jesucristo, y todo lo que tenemos que hacer es aceptarlo. Pero cuando lo aceptamos -cuando
acogemos al nuevo director del coro en nuestro descuidado y desafinado canto moral-
encontramos un nuevo deseo de interpretar la música mejor, de comprender de qué trata, de
sentir las armonías, el dibujo de la melodía, de dominar correctamente la respiración y la emisión
de la voz ... y paso a paso cantar a tono.
Aparte de nuestro deseo de llegar a ser mejores músicos, empezamos a practicar y aprender los
hábitos de cómo cantar; a adquirir el carácter no solo de unos buenos cantores individuales sino
de un buen coro y, de este modo, podemos ocupar nuestro puesto dentro de la historia en marcha
de la música, específicamente de la música de Iglesia, esa tradición que se remonta a Bach,
Haendel y más allá. Esta es la secuencia: la gracia, que nos encuentra allí donde estamos, pero
que no se contenta con dejarnos en ese punto, a la cual sigue una dirección y guía que nos
permite adquirir los hábitos correctos que reemplacen a los equivocados.

Ahora bien, ¿cómo funciona esto en términos de vida cristiana? ¿Cómo tiene lugar la
transformación moral? ¿Significa que simplemente se nos dan los diez mandamientos -y tal vez
otros muchos también- y se nos dice que nos apañemos con todo ello? ¿Qué decir del trío fe,
esperanza, y caridad del Nuevo Testamento? ¿En dónde encaja? Y, si realmente existe un nuevo
deseo de cantar a tono, hablando en términos morales, ¿cómo se relaciona con las virtudes? Y,
sobre más allá y por debajo de todo esto, ¿qué ocurre con toda esta pintura, cuando miramos, no
ya a la primitiva predicación cristiana sobre Jesús, sino al mismo Jesús, a su vida y enseñanza, a
su anuncio del reino de Dios, y a su muerte y resurrección?

Todas estas cuestiones sobre lo que un amigo mío llamaba «cómo pensar sobre qué hacer»,
pueden llegar a marearnos. Es como si se nos pide pilotar un avión teniendo que aprender
mientras tanto qué nos dicen los diferentes instrumentos del salpicadero y cuál es la función de
las diversas teclas y botones que tendremos que utilizar. La buena noticia es que el mensaje
cristiano ofrece un marco en el cual todo ello tiene auténtico sentido: sentido no solo para los
propios cristianos, sino sentido que puede ofrecerse a todo el mundo; sentido, también, no solo
para los individuos sino para comunidades y naciones.

Como nuestro mundo se estremece como un avión repentinamente golpeado por una bandada de
gansos, nosotros necesitamos desesperadamente gente que aprenda este sentido y que lo aprenda
rápidamente, no simplemente o incluso prioritariamente para su propio beneficio, sino porque
nuestro mundo, el mundo de Dios, necesita gente que esté al timón, cuyo coraje, buen juicio,
mente fría y adecuada solicitud por las personas -y si es posible fe, esperanza, y caridad,
también- se hayan convertido en una segunda naturaleza.

El resto de este libro explorará cómo es posible realizar todo esto. Estoy convencido, como he
dicho antes, de que todo esto puede desembocar en una revolución, una revolución en la
orientación con que los cristianos afrontan el problema de «cómo pensar sobre qué hacer» y
también, más allá de esto, una revolución en la orientación con que los seres humanos en general
afrontan el problema de qué significa vivir una vida humana plena y auténtica.

Entonces, ¿cuál es la meta o el fin que perseguimos? ¿Cómo podemos anticiparlo aquí y ahora?
En primer lugar, una nota sobre lo de «anticipar». Esta idea puede resultar, hasta cierto punto,
una trampa y haríamos bien dedicando un momento a tratar de clarificarla. Si yo digo: «Estoy
anticipando que va a llover después», puedo estar diciendo simplemente que espero que va a
llover después, aunque en este momento no lo haga. Pero, si se lo digo a alguien que me
pregunta por qué me estoy poniendo una gabardina aun cuando está brillando el sol, significa
algo más: significa que ya estoy vestido de forma apropiada para las condiciones meteorológicas
posteriores. De la misma manera, cuando a un jugador de cricket o baseball le pide el entrenador
que «anticipe» por dónde va a ir el balón en el aire una vez golpeado, esto no significa que el
jugador deba adivinar con anterioridad qué es lo que va a suceder. Significa que debe empezar a
moverse antes de que el balón haya sido realmente golpeado, de modo que se pueda colocar en la
posición correcta para detenerlo.

En otras palabras, «anticipar», en este segundo y más fuerte sentido, significa no solo pensar qué
pueda suceder, sino hacer algo con anterioridad. Algunas veces, el director le dirá a un cantor o
instrumentista que anticipe el ritmo, queriendo decir con ello realmente que cante o toque la nota
una fracción de segundo antes de lo que indica la partitura escrita. Si un jugador de ajedrez
adivina acertadamente qué movimiento está a punto de hacer su oponente, puede anticipar ese
movimiento, haciendo algo que aborte el peligro y tomando la delantera en la jugada. Si un niño
entra en la habitación de la fiesta antes que los invitados, puede anticipar el comienzo formal del
convite, probando privadamente y por su cuenta los entremeses.

Todo esto apunta en la dirección de esa realidad a la que Pablo y otros escritores del primitivo
cristianismo están aludiendo constantemente, pero nunca expresan totalmente. Puede resultar
más familiar -entendiendo por «familiar» el anuncio que hace el Nuevo Testamento de Jesús y de
su ofrecimiento del reino- pensar en términos de un rey justo que llega en secreto a su pueblo y
reúne a un grupo para que le ayude a vencer a los mandatarios que han usurpado su trono.
Cuando finalmente se convierta plenamente en rey, sus seguidores, por supuesto, le obedecerán.
Sin embargo, cuando le obedecen en este momento -aunque todavía no está públicamente
reconocido como rey- ellos están anticipando genuinamente la obediencia que le ofrecerán en el
futuro.

Aplicar todo esto a la fe y a la vida cristiana significa realizar una especie de cálculo.
Ciertamente, Pablo usa la palabra «calcular» justamente en este punto:

-Jesucristo ha muerto y ha resucitado -dice-y vosotros ahora estáis «en él», de modo que debéis
«calcular» o «valorar» que también vosotros habéis muerto y habéis resucitado» (d. Rm 6,11).
Esta verdad sobre lo que ya sois y la vida moral que nace de ello, anticipa vuestra propia
(posible) muerte y resurrección corporal y la vida del mundo futuro.

El asunto es este: la realidad total o plena tiene todavía que ser revelada, pero podemos
genuinamente participar anticipadamente de esta realidad final. Podemos traer algo del futuro de
Dios a nuestro propio momento presente. El razonamiento para esto es que en Jesús ese futuro ya
ha estallado, penetrando en nuestro tiempo presente, de modo que, anticipando eso que vendrá,
estamos también implementando lo que ya ha tenido lugar. Este es el marco de pensamiento que
da sentido a la ética de la virtud del Nuevo Testamento.

¿Cómo funciona en la práctica todo esto? ¿Cuál es la meta, y cómo podemos anticiparla aquí y
ahora?
Aquí es donde muchos siguen todavía aferrados a la idea de un cielo desencarnado, una
existencia en la que pasamos la eternidad, estando sin más en compañía de Dios. El cuadro moral
que se sigue de esto se parece más o menos a esto:

l. La meta es el éxtasis final del cielo, fuera de esta vida sometida al espacio, al
tiempo y a la materia.
2. Esta meta es lograda gracias a la muerte y resurrección de Jesús, al que nos
adherimos por la fe.
3. La vida cristiana en el presente consiste en anticipar ese estado «eterno» y
desencarnado mediante la práctica de una espiritualidad de desprendimiento,
evitando la contaminación «mundana».

Afortunadamente, hay suficiente autenticidad evangélica en ello para la vida de mucha gente,
pero los que cojan este camino tratarán de vivir «cristianamente» con una mano atada a la
espalda.

Existe, por lo menos, otra posible visión del ser cristiano, corriente en el mundo occidental.
Funciona más o menos así:

l. La meta es establecer el Reino de Dios en la tierra mediante nuestro propio y


duro esfuerzo.
2. Esta meta queda demostrada por Jesús en su actividad pública, en la que
comienza el proceso, enseñándonos cómo llevarlo a cabo.
3. La vida cristiana en el presente consiste en anticipar en la tierra el Reino final,
trabajando y luchando por la justicia, la paz y la superación de la pobreza y el
dolor.

Aquí, una vez más, hay gran cantidad de «buenas noticias» con las que la gente puede vivir,
aunque da la impresión de que se ha perdido extrañamente el corazón del asunto, tal vez porque
los intentos de vivir según este esquema nunca resultan tan exitosos como esperan sus
proponentes.

Mi contraproposición a ambos modelos (y consecuentemente también al esquema de


pensamiento de Aristóteles, que he esbozado brevemente más arriba) nos lleva al corazón del
presente libro y, con él, al acceso a una lectura fresca de la idea moral del Nuevo Testamento.
Estos son sus enunciados:

l. La meta es el nuevo cielo y la nueva tierra con los seres humanos resucitados
de la muerte, para ser renovados como jefes y sacerdotes del mundo.
2. Esta meta es lograda mediante la obra de Jesús y el Espíritu, que establece el
Reino, que nosotros hacemos nuestro por la fe y en el que participamos por el
bautismo y vivimos en el amor.
3. La vida cristiana en el presente consiste en anticipar esta realidad última
mediante una práctica auténticamente humana de la fe, la esperanza y el amor,
guiada por el Espíritu y formadora de hábitos, que sostiene a los cristianos en
su vocación al culto de Dios y refleja su gloria en el mundo.
A mi juicio, esta visión produce una doble revolución.

En primer lugar, muchos cristianos en el mundo de hoy jamás han imaginado su comportamiento
moral en estos términos. Más bien han luchado tanto para articular como para adherirse a un
conjunto de «normas cristianas». Las discusiones sobre «ética cristiana» han tendido a centrarse
en discusiones sobre cómo se puede exponer qué son las normas, dando por supuesto que de esta
forma, lo que hace uno es simplemente asumirlas y guardarlas lo mejor que puede (sin duda con
la ayuda del Espíritu), como si se tratara de una arbitraria lista de instrucciones que se ha
inventado Dios por razones bien conocidas por él. A veces, los cristianos han justificado estas
normas centrándose en sus consecuencias:

-Fíjate cuánto mejor sería el mundo si todos nos amáramos y nos perdonáramos.

Esta apelación a las consecuencias tiene cierta fuerza, pero normalmente te abandona en el
momento en que la discusión ética toca algún punto delicado, como ocurre cuando se plantean
diferentes puntos de vista en distintos debates morales en los que cada uno sostiene que las
consecuencias que se siguen apoyan la propia posición. Nos encontramos un problema similar, si
intentamos, con muchos pensadores recientes, destacar varios «principios» de la Escritura o de la
tradición cristiana. Está muy bien decir que debemos aspirar -digamos- a la justicia, o a la
inclusividad o a pensar que Dios está del lado de los pobres. Resulta difícil estar en desacuerdo
en este nivel de generalidades, pero esto lo único que hace es posponer el problema de aplicar
estos términos tan amplios a situaciones particulares.

En contraste, contemplar el comportamiento cristiano en términos de virtud -entendiendo la


virtud como anticipación de la vida del mundo futuro- produce tres cosas:

Primero, ayuda a los seguidores de Jesucristo a comprender cómo «funciona» el comportamiento


cristiano. Esto es, ofrece un marco dentro del cual es posible captar la conexión orgánica entre
aquello que estamos llamados a hacer y llegar a ser en el presente, y lo que se nos ha prometido
como una vida humana plena y auténtica en el futuro.

Como consecuencia, en segundo lugar, debe también procurar un apoyo masivo a todos los que
comienzan a pensar seriamente en el seguimiento de Jesús. «Sí -declara la virtud-, esto va a ser
duro, especialmente al principio». Es un saber adquirido. Un nuevo lenguaje con su propio
alfabeto y gramática. Ahora bien, cuanto más se practica, más natural llega a ser. Esto es
particularmente importante, porque muchos cristianos, pensando que es difícil, por ejemplo,
perdonar al prójimo, justamente asumen: «Esto es imposible; nunca podré con ello». Algunos
pueden llegar a concluir, incluso, que las normas que a ellos les resultan difíciles y «no-
naturales», no se les aplican, o que esas normas concretas pertenecen a una época pasada, cuando
la gente veía las cosas de forma distinta. Este enfoque es incorrecto. ¿Tú crees que puedes
sentarte al piano por primera vez e interpretar una sonata de Beethoven completa? ¿Tú crees que
puedes volar a Moscú y empezar a hablar correctamente el ruso nada más salir del avión? ¿Tú
crees, como una persona joven, «normal», que ha crecido en el mundo occidental imbuido de
sexo, que puedes alcanzar la castidad de corazón, mente y cuerpo simplemente mediante una
oración sobre el asunto? Aquí están las lecciones; aquí aparece cómo practicar; aquí está el
camino hacia la meta. Y aquí -extendiendo la metáfora al comportamiento cristiano- el espíritu
de Beethoven o el espíritu de Rusia habitarán dentro de ti y te ayudarán en aquello que necesitas.

Tercero, enfocar el comportamiento cristiano de esta forma, significa que abordamos las
cuestiones éticas -cuestiones concretas sobre qué hacer y qué no hacer- a través de la categoría
más amplia de la voluntad divina para toda la vida humana. La ética tiende a ofrecer una visión
muy restrictiva de lo que es la vida humana. Incluso a aquellos que poseen una conciencia bien
desarrollada, no suelen dedicar cada minuto de cada día a ocuparse de cuestiones morales sobre
qué hacer en el próximo minuto y después. Sin embargo, cuando contemplamos el
comportamiento cristiano en términos de la totalidad de la vida vista desde la perspectiva de la
voluntad del creador con respecto a los seres humanos, la ética puede ser entendida como algo
propio de y esperanzadoramente configurado por esta visión mucho más amplia. La cuestión del
contenido, es decir, de cómo saber lo que hay que hacer, no queda entonces confinada a dilemas
éticos particulares, sino que se abre como una vocación a la totalidad de la vida de cada uno.

Cuando enfocamos las cosas de esta manera, la línea de pensamiento que estoy proponiendo,
puede eclipsar fácilmente a su mayor rival, la idea de ir al cielo, y el uso de esta meta para
generar una visión de la vida presente. La vieja idea de que la meta de la existencia cristiana es
simplemente ir al cielo, no resulta, de hecho, excesivamente estimulante para esa virtud
plenamente madura que encontramos preconizada en el Nuevo Testamento. Puede coexistir
confortablemente, como lo ha hecho frecuentemente a lo largo de los siglos, con el enfoque ético
de los viejos códigos, así como con los sueños románticos, emocionalistas, y existencialistas.
(Como el Evangelio nos ofrece paz para nuestros corazones, los románticos, por ejemplo, pueden
asumir que cualquier sentimiento de paz que experimenten en el presente puede ser básicamente
plenamente correcto). Mi opinión en este libro es que la visión bíblica renovada del cielo y la
tierra, a la que he dedicado mi reflexión en otra parte, establece un marco dentro del cual una
visión genuinamente cristiana de la virtud constituye el mejor camino para pensar sobre qué se
debe hacer. La práctica y el hábito de la virtud, en este sentido, consisten en aprender el lenguaje
del nuevo mundo de Dios.

Por tanto, la primera revolución que propongo-una revolución para muchos cristianos modernos,
aunque no pocos de las generaciones previas y algunos ya de la nuestra simplemente darían por
supuesto mucho de lo que he dicho con anterioridad- es que pensar el comportamiento cristiano
en términos de virtud y rediseñar la virtud en términos de los nuevos cielos y la nueva tierra
prometidos y el cometido de los seres humanos dentro de ellos, ofrece un marco de sentido y al
mismo tiempo un fuerte ímpetu con respecto al camino de santidad al que nos llaman tanto Jesús
como sus primeros seguidores.

Esto apunta a la segunda revolución, que tiene lugar donde esta propuesta no solo clarifica y
llena de energía la vida cristiana, sino también plantea un desafío y un interrogante al amplio
mundo no cristiano. No es suficiente perseguir nuestras propias metas en privado, precisamente
porque la meta que tenemos a la vista no es un cielo escapista sino el Reino de Dios de una
justicia reconstituyente y de una alegría sanante, que vienen sobre toda la creación. Ahora bien,
para desarrollar esta posterior evolución debemos esperar hasta que primero hayamos establecido
la visión fundamental cristiana.
El objetivo cristiano -no lo olvidemos- es que, cuando nos acercamos a la meta cristiana,
obtenemos todo lo que en el esquema de Aristóteles merecía también la pena, mientras que al
revés no funciona. Para empezar, hay que aceptar el hecho de que la virtud cristiana no tiene que
ver con mi yo: mi felicidad, mi perfección, mi autorrealización. Tiene que ver con Dios y con el
Reino de Dios, y con nuestro descubrimiento de una existencia humana auténtica, mediante el
paradójico camino -camino que el propio Dios recorrió en Jesucristo- de entregarse a sí mismo;
de un amor generoso que rechaza constantemente ocupar el lugar central. La visión de
Aristóteles de la persona virtuosa tiende siempre a ser la de héroe, el gigante moral que camina a
grandes zancadas por el mundo realizando grandes obras y ganándose el aplauso. La visión
cristiana de la persona virtuosa enaltece de manera singular a todo carácter lleno de generosidad
y amor que, normalmente, no reclama ninguna atención para sí. La gloria de la virtud, en sentido
cristiano, es que el yo no está en el centro de esta pintura. En el centro están Dios y el Reino de
Dios. Como dijo el mismo Jesús, lo que tenemos que hacer en primer lugar es buscar el Reino de
Dios y su justicia (más tarde diremos algo más sobre la palabra «justicia»), y después, todo lo
demás vendrá a ocupar su lugar correspondiente.

Esta visión revolucionaria de la virtud nos permite, por tanto, acabar bastante drásticamente con
la idea de que el comportamiento cristiano en el mundo tiene que ver, sobre todo, con las
«buenas obras», en el sentido de una buena vida moral que guarda las normas, etc., y dirigir la
mirada hacia la idea de que el comportamiento cristiano tiene que ver básicamente con las
«buenas obras» en el sentido de hacer cosas que hacen nacer en el mundo la sabiduría y la
gloria de Dios. Por supuesto, también se mantiene aquí una buena vida moral (es posible que
alguien pudiera temer que esto fuera el principio de una brecha, que condujera a alguna forma de
relativismo moral). Pero como siempre han insistido acertadamente los protestantes, aunque sin
saber siempre exactamente por qué, concentrarse en las buenas obras morales en sí mismas es
poner el carro delante de los bueyes, poner el yo -¡incluso el yo cristiano!- en el centro del
cuadro. La virtud, después de todo, no tiene que ver precisamente con morales, en el sentido de
«conocimiento de los estándares según los que se debe vivir» o con el «conocimiento de cuáles
son las normas que se supone que uno debe guardar». La virtud, como ya hemos visto, tiene que
ver con la totalidad de la vida, no con opciones específicamente morales. Aquellos que ponen en
primer lugar las normas o las consecuencias, piensan, a veces, de las opciones vocacionales
como si fueran una especie de rama subordinada de la ética. Y o prefiero pensarlas de una forma
totalmente contraria. Estamos llamados a ser seres humanos auténticos, portadores de la imagen
que refleja a Dios. Esto se concreta en miles de formas, entre las que no es la menos importante
una pasión por la justicia y un entusiasmo por crear y celebrar la belleza. Las opciones morales
específicas que consideramos como éticas -me permito sugerir- son una derivación de esta
vocación más amplia de reflejar la imagen de Dios.

Una vez que tenemos claro nuestro propio cometido como compañeros de juego en el gran
drama de Dios, somos libres de una forma que no lo hubiéramos sido si todavía estuviéramos
luchando para considerarnos héroes morales en construcción, para ver qué vocación tan
absolutamente admirable tenemos en realidad y, por consiguiente, para reflejar hasta qué punto
esto funciona en nuestro tiempo actual. En media docena de notables pasajes del Nuevo
Testamento se nos informa de que nuestro cometido futuro en la nueva creación de Dios será
tomar parte en el sabio gobierno de Dios sobre su mundo, particularmente haciendo juicios que
pondrán todas las cosas en su sitio; y también tomar parte en la alabanza de la creación a su
generoso creador, particularmente llevando esta alabanza agradecida a nuestro hablar consciente
y articulado.

Estos pasajes del Nuevo Testamento se remontan al pasaje en el que a los humanos se les da su
vocación original, la vocación a la que Jesús afirmó que estábamos llamados. En el próximo
capítulo nos remontaremos a los comienzos, al Génesis.
3. Sacerdotes y Reyes

En Génesis 1 Dios crea a los seres humanos a su propia imagen y les concede soberanía sobre el
resto de la creación:

Entonces dijo Dios:


-Hagamos a los hombres a nuestra imagen, según nuestra semejanza, para que
reinen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes
y los reptiles de la tierra.
Y creó Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y
hembra los creó. Y los bendijo Dios, diciéndoles:
-Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del
mar, las aves del cielo y todos los animales, que se mueven por la tierra (Gn 1,26-
28).

Que reinen. ¿Cómo reaccionar ante esta orden?

Sería posible escribir toda una novela política basándose en las diferentes respuestas de la gente
a la sugerencia de que los seres humanos deben «reinar» sobre el mundo. Recuérdese a los dos
antiguos filósofos, uno de los cuales, al salir de su casa por la mañana, despotricaba contra el
mundo, sin parar de reirse, mientras el otro se consumía en lágrimas. De la misma manera, nos
dividimos nosotros nítidamente en dos grupos ante la idea de unos seres humanos a los que se les
concede soberanía sobre el mundo.

Algunos de nosotros daríamos un suspiro de alivio: -¡Alguien está al mando! ¡Se acabó el caos!

Otros, sin embargo, se quejarían:

-¡Esto es una tiranía! ¡No queremos a nadie reinando sobre nosotros! ¡Queremos ser libres!

Todas las grandes teorías sobre la sociedad humana y sobre la política han basculado con
frecuencia entre estas reacciones a tenor de la experiencia de la gente. Cualquiera que haya
conocido el caos (pensemos en la gente que vivía en Irak los años que siguieron al derrocamiento
de Sadam Hussein) y cualquiera que haya vivido bajo una tiranía (pensemos en los que vivían en
Albania o en Bulgaria en el antiguo periodo comunista), estarán muy recelosos de poder volver a
una situación parecida.

La reacción negativa en particular («No, gracias; no queremos que nadie maneje las cosas; solo
provocarían desastres») ha sido muy común en nuestros días. Mucha gente ha declarado que la
razón de que nuestro mundo haya sido contaminado y despojado, la razón de que nuestros mares
hayan sido esquilmados de pesca y nuestros cielos se hayan llenado de lluvia ácida, está en que
hemos seguido esa orden del Génesis. «Someter la tierra» se ha convertido, a los ojos de mucha
gente, en una explicación, e incluso una excusa, para una codicia inmisericorde y destructiva.
Ahora bien, ¿es esto lo que el Génesis quiere decir? ¿Qué clase de «reinado» tiene su autor en
mente? Los relatos de creación de los capítulos 1 y 2 del Génesis, que están entre los más
profundos y evocativos jamás escritos, no contemplan, ciertamente, a unos seres humanos
tiranizando la creación. Intenta hacer esto a un jardín, fuérzalo a hacer lo que tú quieres, lo
acepte la tierra o no, y lo más probable es que crees un desierto. Y lo que tenemos en el Génesis
es un jardín, un terreno lleno de una rica variedad de espléndidos frutos, con el hombre al mando
para cuidarlo, para hacerlo más fructífero, y (mientras está en ello) para dar nombre a los
animales. No hay sugerencia alguna de que el «reinado en cuestión» sea otra cosa que
beneficioso. Los humanos están para permitir que el jardín florezca y para decir palabras que
traigan un orden articulado a la maravillosa diversidad de la creación de Dios.

La creación -eso parece- no es como un cuadro o una escena estática. Aparece diseñada como un
proyecto, puesta en marcha para caminar en una determinada dirección. El creador tiene en
mente un futuro para ella, y el hombre -esa extraña criatura llena de misterio y de gloria- es el
instrumento que piensa utilizar el creador para llevar adelante su proyecto. El jardín y todas las
criaturas vivas, plantas y animales dentro de él, están diseñadas para convertirse en aquello que
para lo que estaban destinadas a ser, merced al trabajo de las criaturas portadoras de la imagen de
Dios en medio de ellas. El objetivo del proyecto era que el jardín se fuera extendiendo,
colonizando al resto de la creación; por su parte, el hombre es indudablemente la criatura que se
pone al frente de este plan. El hombre, por tanto, es una especie de mediador: refleja a Dios para
el mundo y refleja al mundo para Dios. Esta es la base de una vocación «verdaderamente
humana». Y esta, como declara el Nuevo Testamento, es también la meta a la que estamos
destinados; es, ciertamente, la meta de toda existencia humana. En terminología de Aristóteles,
este es el télos hacia el que nos encaminamos, aunque esta meta es muy diferente de lo que
Aristóteles tenía en mente. La visión cristiana de la virtud es la visión del camino hacia esta
meta. Y así como la meta es diferente de la de Aristóteles, también lo es el camino; pero el
marco, el concepto para discernir el camino a la luz de la meta, sigue siendo el mismo.

Los que vivimos a la sombra de Gn 3 (la rebelión del hombre contra Dios y contra este
proyecto), somos con frecuencia incapaces de ver esta extraordinaria vocación, porque todo lo
que logramos ver es lo que sucede cuando la autoridad delegada de Dios ha sido objeto de abuso.
Eso es lo único que conocemos demasiado bien: el comportamiento tiránico y abusivo que
ensucia la vida humana, la vida animal, la vida del mundo, ya se realice (esta tiranía) en la
privacidad de un hogar o en el mundo de la política y de los asuntos internacionales (¿quién se
preocupa del florecimiento del ecosistema, cuando se trata de hacer dinero o se tiene que ganar
una guerra?). Vemos también las diversas formas en que el hombre desprecia con mucha
frecuencia al Dios del jardín, el Dios que hizo al hombre a su imagen. Pero el relato al que los
primeros cristianos volvían su mirada, el relato de Gn 1-2, insiste en que no era esta la intención
de los comienzos. Dios puso al hombre en el jardín para reflejar su imagen ante el nuevo mundo
que estaba creando, esto es, para que fuera el instrumento presente y visible, gracias al cual se
hiciera realidad su propio cuidado del jardín y de los animales. Si el hombre lo hacía así, se
mantendría en sintonía con Dios.

El abuso de autoridad por parte del hombre no elimina, por tanto, su adecuada utilización. No
cancela la vocación. Esta es la razón de que en otro pasaje del Antiguo Testamento, al que los
primitivos textos cristianos se refieren en numerosas ocasiones, se repita la vocación:
¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Tu majestad se alza por encima de los cielos.
De los labios de los pequeños
y de los niños de pecho,
levantas una fortaleza frente a tus adversarios,
para hacer callar al enemigo y al rebelde.
Al ver el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano para que de él te cuides?
Lo hiciste inferior a un dios,
coronándolo de gloria y esplendor;
le diste el dominio
sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies:
rebaños y vacadas, todos juntos, y aun las bestias salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y todo cuanto surca las sendas de las aguas.
¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra! (Sal 8).

Se trata con toda claridad de una celebración de la tarea de los seres humanos tal y como aparece
expuesta en Gn 1, y forma parte importante del bagaje mental de los primeros cristianos, que
exploraron la vocación humana de una manera viva a la luz del Evangelio de Jesús. Se trata de la
meta de una existencia genuinamente humana: «Olvida la "felicidad"; estás llamado a ocupar un
trono. ¿Cómo te prepararás para ello?». Esta es la cuestión de la virtud, el estilo cristiano.

De hecho, esta sabia norma de los seres humanos sobre el mundo de Dios es en lo que consiste,
al menos en parte, «ser imagen de Dios», como veremos después con más detalle. La «imagen»
no se refiere en principio a algún aspecto de la naturaleza humana o del carácter que se parezca
especialmente a Dios. Como han mostrado muchos escritores, apunta a la convicción de que,
igual que los antiguos gobernantes podían situar estatuas de ellos mismos en ciudades remotas
para recordar a las gentes sometidas quiénes eran los que les gobernaban, Dios ha puesto su
propia imagen, los seres humanos, dentro de su mundo para que el mundo pueda ver quién es el
que lo gobierna. No solo ver, sino experimentar. Precisamente porque Dios es el Dios de un
amor generoso, creativo, y exuberante, su manera de gobernar las cosas es compartir el poder,
actuar a través de los que son portadores de su imagen, invitar a una entusiasta y libre
colaboración en su proyecto. Sí, hubiera sido más fácil, en algún sentido, que Dios hubiera
decidido gobernar él mismo todas las cosas sin intermediarios. Pero eso no hubiera tenido que
ver excesivamente con el carácter. Y «carácter» es aquello a lo que se refiere la virtud: el
carácter, la percepción de que «sí, esta es la clase de persona que es», que es lo que la gente
concluye sobre la base de lo que alguien ha llegado a ser por opciones habituales. La virtud es lo
que sucede cuando esas opciones habituales han sido sabias. Tanto los escritores judíos como los
cristianos, han sugerido que esta sabiduría refleja la sabiduría del mismo Creador.
2

Los primeros cristianos creían, basándose en la autoridad del mismo Jesús, que la visión original
de la creación, y del ser humano dentro de ella, había sido captada de nuevo y restaurada gracias
a la inauguración del reino soberano de Dios realizada por Jesús. Todo lo que Jesús hizo y dijo
estaba diseñado para ofrecer una respuesta decisiva, tanto en hechos como en palabras, a esta
pregunta: ¿cómo serían las cosas si Dios gobernara sobre ellas? Y, como en el Génesis, parte de
la respuesta a esta pregunta sería: se parecería a unos seres humanos que, siguiendo al Hombre
obediente, actuaran como administradores de la creación, alumbrando una nueva creación y
juntando todas las alabanzas de esta creación para presentarlas a su hacedor. El mismo Jesús,
como lo deja claro todo el Nuevo Testamento, actuó como el Hombre obediente, resumiendo las
alabanzas de la creación e inaugurando la soberanía salvadora de Dios. Lo que no se suele
subrayar habitualmente es que este cometido lo compartió plenamente con sus seguidores.

Los primeros cristianos mantuvieron una comprensión radical e imponente de la meta última de
todas las cosas: los nuevos cielos y la nueva tierra, la renovación de todas las cosas, la nueva
Jerusalén que «desciende desde el cielo a la tierra» (Ap 21,2), un mundo empapado de la alegría
y la justicia de Dios, del Dios que lo creó en primer lugar. Así pues, es posible plantear esta
pregunta: ¿qué lugar y qué cometido tienen los seres humanos dentro de este nuevo mundo? Solo
cuando respondamos a esta pregunta podremos comenzar a comprender las virtudes que nos
permitirán formar nuestros caracteres en el tiempo actual. ¿Para qué hemos sido hechos? y
¿cómo podemos aprender el lenguaje futuro aquí y ahora?

Como vimos, la Biblia se abre con la imagen de Dios asignando una particular vocación a los
seres humanos: ellos deben cuidar de la creación de Dios, haciéndola fructífera y abundante. La
Biblia se cierra con una escena en la que esto, por fin, acontece, solo que al final de todo.
Olvidemos la vaga e insípida piedad que habla del «cielo» como un simple lugar de descanso y
adoración. Pongamos a un lado también esas nobles afirmaciones sobre el «principal fin» de los
seres humanos, tal como las encontramos en la Confesión de Westminster: «Glorificar a Dios y
gozar de él para siempre» (esta afirmación es indudablemente cierta, pero no es toda la verdad en
la que insiste la Escritura). En los nuevos cielos y la nueva tierra habrá nuevas vocaciones y
nuevas tareas; la definitiva realización de aquellos entregados al Hombre en primer lugar. Una
vez que captemos esto, estaremos en condiciones de ver cómo la visión del Nuevo Testamento
sobre el comportamiento cristiano tiene que ver, no con la lucha para guardar un manojo de
viejas y aparentemente arbitrarias normas, ni con «dejarse llevar por el viento», o «hacer lo que
pide el cuerpo», sino con el aprendizaje, ahora, de un lenguaje que nos equipará para hablar
fluidamente en el nuevo mundo de Dios.

En el último capítulo de la Biblia, encontramos dos cosas destacadas como actividades centrales
de los seres humanos renovados dentro de la nueva creación de Dios:

Ya no habrá nada maldito. Será la ciudad del trono de Dios y del Cordero, en la
que sus servidores le rendirán culto, contemplarán su rostro y llevarán su nombre
escrito en la frente. Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz
del sol; el Señor Dios alumbrará a sus moradores, que reinarán por los siglos de
los siglos (Ap 22,3-5).
Adorar y reinar: estas son las dos vocaciones del nuevo pueblo en la nueva ciudad. Este tema que
aparece en el libro final de la Biblia, es tan importante que se repite, de una u otra forma, no
menos de cuatro veces, sin contar con el final de la cita anterior:

Al que nos ama y nos liberó de nuestros pecados con su propia sangre, al que nos
ha constituido en reino y nos ha hecho sacerdotes para Dios su Padre; al él la
gloria y el poder para siempre. Amén (Ap 1,5-6).

Al vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí, lo mismo que yo también he


vencido y estoy sentado junto a mi padre en su mismo trono (Ap 3,21).

Cantaban un cántico nuevo que decía:


-Eres digno de recibir el libro y romper sus sellos, porque has sido degollado y
con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y
nación, y los has constituido en reino para nuestro Dios, y en sacerdotes que
reinarán sobre la tierra (Ap 5,9-10).

Después, vi unos tronos, y a los que se sentaron en ellos se les dio poder para
juzgar. Y vi a los que habían sido degollados por dar testimonio de Jesús y por
anunciar la palabra de Dios: los que no habían adorado a la bestia ni a su estatua,
los que no se habían dejado marcar ni en su frente ni en sus manos. Todos ellos
revivieron y reinaron con Cristo mil años. Los demás muertos no revivieron hasta
pasados los mil años. Esta es la primera resurrección. ¡Dichosos los elegidos para
tomar parte en esta resurrección primera! No tiene sobre ellos poder la segunda
muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, con quien reinarán los mil
años (Ap 20,4, 6).

No puede haber equivocación. El libro del Apocalipsis, tantas veces despachado como un libro
simplemente oscuro, extraño y violento, contiene una visión no solo de toda la creación renovada
y llena de alegría sino también de los seres humanos dentro de ella, capaces, por fin, de resumir
la alabanza que toda la creación ofrece a su creador, y de ejercer esa soberanía, ese dominio, esa
sabia administración sobre el mundo, que Dios siempre soñó para esas criaturas suyas que son
portadoras de su imagen. Ellas serán sacerdotes y reyes resumiendo las alabanzas de toda la
creación, y ejercerán la autoridad en nombre de Dios y del Cordero.

«¡Sacerdotes y reyes!». La frase tiene una gran vitola y en muchas mentes produce
reminiscencias de una época pasada de vida cortesana, vestiduras regias y gran parafernalia. La
distancia (en este caso distancia en el tiempo) provoca un cierto encanto, pero también, tal vez,
una amenaza. ¿Realmente queremos vivir en un mundo como ese, un viejo mundo, drama
costumbrista de nobleza y religión formalista? Antes de retroceder ante esta imagen,
consideremos la realidad que la frase trata de destacar. Se remonta, dentro del marco de
referencia bíblico, al menos a la vocación de Israel. Después del éxodo, Dios condujo a su
pueblo nuevamente liberado al monte Sinaí, donde le entregó la Ley. El mismo Dios montó la
escena para esta mayestática revelación, dando a su pueblo una vocación nuevamente definida
(Éx 19, véase también Is 61,6).
¿Un reino de sacerdotes? Los que están familiarizados con el relato bíblico, tal vez estén
acostumbrados a imaginarse al antiguo Israel como un pueblo que (en un determinado estadio)
poseyó reyes, empezando por Saúl y David, para continuar tras el exilio con una especie de
sombra de realeza; y que también tuvo sacerdotes, los descendientes del patriarca Leví, y más
concretamente de Aarón, hermano de Moisés. Tal vez no estemos suficientemente acostumbrados
a pensar en Israel como un pueblo que es todo él, al menos en la intención de Dios, un «reino de
sacerdotes», una nación a la que se le ha confiado el doble cometido de la realeza y el
sacerdocio. En la larga y muchas veces tenebrosa historia que vivió, da la impresión de que esta
vocación quedó frecuentemente sumergida u olvidada. Pero permaneció en alguna medida dentro
de la memoria corporativa del pueblo. Y sale a la superficie de nuevo dramáticamente en el
Nuevo Testamento.

Esta vocación tiene también sus raíces en Gn 1-2. Si leemos estos capítulos desde el punto de
vista del judaísmo desarrollado del Exilio y del posterior -cuando según muchos investigadores
el grueso del Antiguo Testamento fue editado tal como aparece en su forma presente-, entonces
puede quedamos claro que el papel asignado al Hombre en la creación era visto no solo como
«real» (dominio de la creación como en las citas más antiguas del Génesis), sino también como
«sacerdotal». El hombre era simultáneamente el portador del gobierno sabio de Dios sobre el
mundo y también la criatura que llevaría la lealtad y la alabanza de esta creación a su creador en
una obediencia consciente y amorosa. La vocación real y sacerdotal de todos los seres humanos
parece consistir en esto: hacer la conexión entre Dios y su creación, llevando la sabiduría y el
generoso orden de Dios al mundo, y dar una voz articulada a la alabanza agradecida y alegre de
la creación hacia su hacedor.

Esto es exactamente lo que encontramos en el libro del Apocalipsis. Y el escenario para esta
visión real y sacerdotal es muy elocuente.

Primero, la visión que presenta Juan del huésped celestial que da culto a Dios y al Cordero en los
capítulos 4 y 5, se parece mucho a un «salón del trono», ese lugar donde un emperador o gran
monarca tendría su corte y estaría rodeado de su séquito. Algunos han sugerido que Juan
construye deliberadamente una escena en la que el salón del trono de Dios eclipsa
dramáticamente el salón del trono del César (o de cualquier otro monarca mundano). Este es el
verdadero gobierno imperial y es ejercido a través del Cordero degollado y de sus seguidores,
que adoptan su camino de humildad y sufrimiento.

Segundo, la «nueva Jerusalén» de los capítulos 21 y 22 es diseñada, al parecer, para ser como el
Templo. En esta nueva ciudad no hay un templo propiamente dicho, porque la misma ciudad es
un Templo, o mejor, es el verdadero Templo, la realidad hacia la que templo de Jerusalén había
estado apuntando durante todo el tiempo. Sus medidas y adornos hablan de esto, al igual que las
reglas de su santidad (21,8.11-21.27; 22,3.15). Por fin, dice Juan, esta será la realidad de la que el
mismo jardín del edén, y luego el antiguo templo de Jerusalén, fueron anticipos. Este es el lugar
donde mora el Dios viviente, el lugar del que fluirá su río sanador para regenerar y limpiar todo
el mundo (22,1-2). Reyes y sacerdotes se sitúan ahora, bien en un salón del trono, bien en un
templo. Esta es la meta, el télos del hombre.
Cuando miramos la descripción de esa nueva ciudad que es un templo en Ap 21-22, nos damos
cuenta concretamente de dos cosas. Primero, este es el lugar donde Dios pone, por fin, todas las
cosas en su sitio. Él corregirá todos los males, enjugando las lágrimas de todos los ojos (21,4),
anulando todo aquello que destruye y desfigura la vida humana (21,8). Segundo, la ciudad será
un lugar de exquisita belleza (21,11-21). La descripción de las joyas y de otros adornos de la
ciudad se hace eco de diversos pasajes bíblicos (incluidos Éx 26-28; 2 Cr 3; Is 60), en los que la
gloria y la belleza del mismo Dios están presentes, respectivamente, en el tabernáculo del
desierto, en el templo de Salomón y en el nuevo templo de la era mesiánica. En la Biblia hay
pocas referencias a la belleza, pero allí donde las hay, están directamente vinculadas a la gloriosa
presencia de Dios, tanto en el conjunto de la creación como específica y llamativamente en el
«pequeño mundo» del templo y sus adornos. Estas dos notas -Dios poniendo todas las cosas en
su sitio y el desvelamiento de la gloriosa belleza de Dios- tienen una considerable importancia
para poder entender la meta hacia la que apuntan todas las virtudes humanas dentro del
pensamiento cristiano.

No debemos dejar de caer en la cuenta de que en el libro del Apocalipsis, igual que en el resto
del Nuevo Testamento, este destino último queda anticipado en el tiempo presente. La visión de
Ap 5 no es una visión del fin último, el télos, sino de la dimensión celestial de la realidad terrena
actual. En esta visión vemos a la Iglesia dando culto ya, llevando la alabanza de toda la creación
a un lenguaje articulado y razonado. El reino animal alaba a su Creador en Ap 4,6-9; la Iglesia,
uniéndose a esta alabanza en Ap 4,10 y a lo largo de todo el capítulo 5, añade la palabra clave:
porque. Dios creador merece la alabanza porque ha creado todas las cosas (4,11); el Cordero
merece tener el rollo y abrir sus sellos por lo que (porque) ha llevado a cabo a través de su
muerte (5,9).

Aquí hay una visión del destino último de los seres humanos redimidos que queda anticipada ya
en el presente. En el Nuevo Testamento, la meta final de los seres humanos no es simplemente la
eudaimonía o cualquier variación sobre ella. No es una meta centrada en sí misma, la
compleción de un carácter humano que ya es capaz de mantenerse por sí mismo -digamos- en un
heroico aislamiento. Los primeros cristianos desafiaban implícitamente la tradición filosófica
desde Aristóteles hasta sus días, no abandonando el marco de una vida dibujada por la meta hacia
la que se dirige, sino ofreciendo una meta distinta. La meta es la realización plena de la tarea
para la que, según Gn 1-2, habían sido hechos en primer lugar los seres humanos, la tarea a la
que, según el Éxodo, había sido llamado Israel. Es la tarea de ser «sacerdocio real», el término
medio clave en la sabia regla de la creación por su Creador, y también en la alabanza que se
eleva hacia el mismo Creador, procedente de la propia creación. Si queremos entender la virtud
-si queremos aprender con antelación el lenguaje que tendremos que aprender para hablar en el
nuevo mundo de Dios-, estos son algunos de sus principales rasgos. Culto y gobierno
produciendo justicia y belleza: he aquí las principales vocaciones del pueblo de Dios redimido. Y
los hábitos del corazón y la mente, así como la vida a la que somos llamados, están diseñados
para formarnos gradualmente y poco a poco como pueblo que puede llevar adelante, con la
«segunda naturaleza» duramente ganada a la que llamamos virtud, estas tareas libre y
alegremente.

3
El otro pasaje del Nuevo Testamento donde se afirma con toda obviedad y explícitamente la
misma vocación, haciéndose eco directamente de Éx 19, es 1 Pe 2. En y a través de la acción de
Dios en Jesucristo ha venido a nacer un nuevo templo formado no por ladrillos y cemento sino
por seres humanos; ese es el núcleo de lo afirmado aquí. Pero para poder ver exactamente qué
significa esto, debemos hacer una pausa y reflexionar todavía más sobre el significado del
templo de Jerusalén para el pueblo judío.

Incluso en los propios relatos sobre la creación, se pueden escuchar ecos del templo. Para decirlo
de otra manera: cuando el templo fue construido (y su antecedente, el tabernáculo del desierto),
fue diseñado de tal manera que pudiera ser un «microcosmos», un «pequeño mundo», una
creación en miniatura. Sus dimensiones, su mobiliario, su ornamentación, las vestiduras y
actividades de sus sacerdotes, pretendían reflejar y resumir la realidad misma del gran cosmos.
Lo fundamental de todo ello era, por supuesto, que el templo era donde el Dios de Israel, el
Creador, había prometido venir y habitar para vivir en medio de su pueblo. Cuando los
sacerdotes realizaban su trabajo en el templo, celebraban y llevaban a cabo el hecho de que el
Dios que había prometido llenar toda la creación con su presencia y su gloria, lo estaba haciendo
exactamente, muy cerca y con total concentración, en un lugar y edificio determinados. Pero los
sacerdotes no eran los únicos profundamente implicados en ello. El templo estaba planeado,
construido, dedicado y posteriormente purificado por los reyes de Israel. Por consiguiente, el
templo reunía a un tiempo las vocaciones sacerdotal y real.

Nunca se pensó que el templo fuera algo retirado o sacado del mundo, un lugar santo seguro,
donde uno podría estar sin miedo en la presencia de Dios, a buen recaudo de todas las maldades
exteriores. El templo era un signo que anticipaba lo que Dios quería hacer con y por toda la
creación. Cuando Dios llenaba con su presencia la casa, era un signo y un anticipo de su
intención última, que era llenar todo el mundo con su gloria, presencia, y amor. Igual que en Éx
19 Dios dice a los israelitas que todo el mundo le pertenece, antes de decirles que van a ser un
pueblo especial con el encargo de servir a este mundo, el tabernáculo en el desierto y el templo
en Jerusalén son vistos como, en algún sentido alucinante, una anticipación de una realidad
mucho mayor que todavía tendría que venir.

Así pues, existe en el Antiguo Testamento un vaivén entre la presencia de Dios que llena y habita
en el templo y esa misma presencia llenando y habitando finalmente todo el mundo. Los propios
israelitas más antiguos parecen haber sido conscientes de que el templo era únicamente, en el
mejor de los casos, una especie de expresión temporal e inadecuada de lo que significaba
realmente, teniendo en cuenta que, después de todo, ni siquiera los mismísimos cielos podían
contener a Dios11. Cosas similares se pueden decir sobre las promesas que se refieren a la Tierra
santa: el templo estuvo en el corazón de la tierra que Dios había prometido a Abraham y la
misma tierra apuntaba a una realidad mucho más amplia, el derecho del Creador. Como insiste
Pablo en la misma línea de otros pensadores judíos de la época, las promesas hechas a Abraham
eran que debía heredar no solo un pequeño territorio sino el mundo entero (Rm 4,13).

11
Para este tema en su conjunto, ver: Éx 24,16; 29,42-43; 40,34; Nm 14,21; 1 Re 8,10-11,27; 2 Cr 2, 6; 5,13-14;
6,18; 7, 1; Sal 72,19; Is 6,3; 11,9; 35,1-2; 40,5; 58,8; 60,1-2; 66,1-2; Jr 23,24; Ez 10,4; Hab 2,14. Y sobre la
expectación del periodo del segundo templo: 2 Mac 2,8; 3 Mac 2,15-16; Sab 1,7. Y en el Nuevo Testamento: Hch
7,47-50.
Alejemos un tanto la mirada de esta pintura densa y algo apretada de las antiguas meditaciones
judías sobre Dios, el templo, la Tierra Santa y el mundo: ¿qué es lo que vemos? Vemos una
historia larga, que se desarrolla lentamente: la historia del buen Creador, Dios, haciendo un
mundo maravilloso y poniendo al hombre al frente de él para gobernarlo con sabiduría, y para
recoger su alabanza agradecida; la historia de un hombre que se rebela y fracasa en su tarea, de
modo que el proyecto no puede ir adelante; la historia del buen Dios convocando a una familia,
para, a través de ella, poder rescatar y comenzar de nuevo el proyecto, otorgándole una vocación
que reflejara, en amplia escala, la vocación del hombre en primer lugar: la historia de este buen
Dios, ahora, en alianza con su pueblo elegido, otorgándole un lugar especial y medios con los
que pudiera ser conocida su verdadera intención -misteriosamente con antelación-, consistente en
llenar todo el mundo con su gloriosa presencia; la historia de varias instituciones (reyes,
sacerdotes), a través de los que, dentro de la vida de este pueblo, pudiera llegar a nacer este
símbolo, conservándolo, perfeccionándolo y haciéndolo eficaz; y no en último lugar, la historia
de los fallos miserables de este pueblo, denunciados implacablemente por los profetas, fallos que
desembocarán en la destrucción del propio templo.

La historia de reyes y sacerdotes es contada extensamente en el Antiguo Testamento, al menos en


las huellas paralelas de los libros de Samuel y de los Reyes por una parte, y de las Crónicas por
otra, los primeros especialmente centrados en los reyes, y el último en los sacerdotes. Pero la
historia apunta más allá, como aparece en los libros del Antiguo Testamento, planteando algunas
preguntas abiertas: ¿qué va a hacer Dios Creador ahora?, ¿qué le va a suceder a Israel, a su
vocación, y a la del hombre?, ¿cómo irá adelante la vocación real y sacerdotal, llevando con ella
el propósito del Creador para toda la creación?

Todo el Nuevo Testamento está escrito, desde diferentes ángulos, para responder a estas
preguntas. El núcleo de la respuesta es esta afirmación maravillosa e increíble, generadora de
virtud: aquellos que pertenecen a Jesús, el Mesías, están llamados a ser, ahora, «reyes y
sacerdotes al servicio de nuestro Dios». El proyecto de Israel ha sido cumplido, y como
consecuencia, el proyecto de hombre está de nuevo en marcha, y es el propio pueblo de Dios el
que forma el «nuevo templo».

También vosotros, como piedras vivas, vais construyendo un templo espiritual


dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios
espirituales agradables a Dios ... Vosotros, en cambio, sois linaje escogido,
sacerdocio regio y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las
grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pe 2,5.9).

Aquí, al igual que ocurre con muchos otros pasajes del Nuevo Testamento, Pedro asume la
vocación fundamental de Israel y declara con audacia que ahora se ha cumplido plenamente esa
vocación de Israel. «Plenitud de Israel» significa, en primer lugar, Jesús mismo, Mesías de Israel;
pero además, la vocación se extiende a todos aquellos que le siguen y le pertenecen. Jesús es la
verdadera «piedra viva» y sus seguidores son las «piedras vivas» con las que se ha de construir el
verdadero templo, trayendo a todo el amplio mundo la presencia de Dios, llevando adelante la
misión de declarar las acciones poderosas y liberadoras de Dios y comenzando la obra de
completar el Reino mesiánico de Jesús en todo el mundo. Esto es lo que significa ser «sacerdocio
real».
El resto de 1 Pe deja claro qué es lo que no significa. No significa que los seguidores de Jesús, de
entrada, se sitúen a sí mismos como «reyes del mundo», ni siquiera como reyes locales en el
sentido ordinario de la expresión. Tenemos noticia de algunos oficiales de gobiernos locales que
llegaron a ser cristianos muy al principio, pero como algo inesperado y gratuito en esta etapa y
no como algo que pudiera ser visto en sí mismo como una anticipación de la definitiva vocación
a ser «reyes y sacerdotes». Al margen de esto, 1 Pe está llena de advertencias sobre la
persecución y de instrucciones a los que se dan cuenta de que están ya sufriéndola. Además, en
algún sentido que el escritor no indaga explícitamente, esta situación de los primeros cristianos
como pueblo rechazado por el mundo de alrededor y que, sin embargo, viven unas vidas de
felicidad y esperanza, es lo que se podría esperar que fuera el equivalente del «sacerdocio real».
Esta es la forma en que el Reino mesiánico de Jesús es ofrecido al mundo en poderoso
testimonio. El mensaje de que Jesús -¡el crucificado Jesús!- es el verdadero Señor del mundo, se
dará a conocer precisamente a través de la Iglesia que sigue sus pasos (2,21-23).

Una vez que nos hemos entretenido en la visión y vocación de Ap y de 1 Pe 2, nos vamos a fijar
ahora en uno o dos pasajes clave del Nuevo Testamento que expresan la misma idea. El primero
de ellos aparece en medio de un párrafo tan denso, que el lector puede pasar fácilmente por él sin
caer en la cuenta de qué es lo que realmente está diciendo.

El pasaje en cuestión aparece en el momento en que Pablo está resumiendo los primeros cuatro
capítulos de la carta a los Romanos, de modo que así puede construir una plataforma para los
siguientes cuatro capítulos, con lo que, de esta forma, los primeros ocho capítulos formarán una
posterior plataforma muy sólida para lo que quiere decir en los capítulos 9-16. El pasaje al que
nos estamos refiriendo, en otras palabras, no es una línea marginal y desdeñable sin referencia a
la sustancia real del pensamiento de Pablo en general o el que aparece concretamente en esta
carta. Es central y vital. Es el punto en el que Pablo, por así decir, escala una alta montaña, desde
cuya cima puede contemplar en toda su extensión el plan de Dios, desde los primeros días hasta
el desenlace último.

Pablo lo hace principalmente poniendo en contraste la figura de Adán, el primer hombre al que
Dios le dio un gran mandamiento pero que desobedeció, con Jesucristo, que fue obediente al plan
salvador de Dios y por ello liberó a la raza humana. Pablo declara, con otras palabras, que
nuestra vocación como seguidores de Jesús es ser, en definitiva, auténticos seres humanos:

Así pues, por un hombre entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte.
Y como todos los hombres pecaron, a todos alcanzó la muerte. Cierto que ya antes
de la ley había pecado en el mundo; ahora bien, el pecado no se imputa al no
haber ley. Y, sin embargo, la muerte reinó sobre todos desde Adán hasta Moisés,
incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de
Adán, que es figura del que había de venir.
Pero no hay comparación entre el delito y el don. Porque, si por el delito de uno
todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre,
Jesucristo, sobreabundó para todos. Y hay otra diferencia entre el pecado del uno
y el don del otro, pues mientras el proceso a partir de un solo delito terminó en
condenación, el don, a partir de muchos delitos, terminó en absolución (Rm 5,12-
16).

Y dos versículos más adelante, de manera triunfal:

Por tanto, así como por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los
hombres, así también la fidelidad de uno solo es para todos los hombres fuente de
salvación y de vida. Y como por la desobediencia de uno solo, todos fueron
hechos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo, todos alcanzarán la
salvación (Rm 5,18-19).

Denso y complicado; bien, así es. Pero me parece que, en principio, podemos ver qué es lo que
Pablo está diciendo. Aquí está Adán, llamado a un gran destino, que pierde por su desobediencia.
Y aquí está también Jesucristo, llamado a deshacer el lío resultante, a reanudar el proyecto
humano; Él es obediente a esta llamada y así termina realizándolo. Podemos centrarnos en esto.

Ahora bien, el contraste que establece Pablo no es exactamente entre Adán y Jesucristo. Es entre
el status y el papel que juegan los seres humanos como consecuencia de la desobediencia de
Adán, y el que desarrollarán como consecuencia de la obediencia de Jesucristo. Muchos
cristianos de hoy -sospecho seriamente- no han pensado jamás en su cometido en estos términos
y probablemente no están preparados para ello. Por eso, en el versículo que hemos omitido hace
un momento, Pablo va más allá de lo que muchos podrían esperar que dijera, cuando declara que
los hombres no solo han sido liberados por medio de Jesucristo, sino que han sido investidos de
autoridad sobre el nuevo mundo de Dios:

Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien; aunque por una persona
buena quizá alguien esté dispuesto a morir (Rm 5,7).

¡Cuánto más, ellos reinarán! ¿Qué es lo que dice y por qué lo dice? Esto, junto con la
revelación, es el signo indicador de que la visión cristiana de una existencia genuinamente
humana, va más allá de la «felicidad» de Aristóteles, conduciendo al mismo tiempo también a
una esfera diferente. Aristóteles soñaba con un mundo en el que los seres humanos pudieran
aprender las virtudes, de forma que fueran capaces de ejercer el liderazgo en el orden político de
la ciudad de la antigua Grecia. Pablo habla de un mundo en el que a los seres humanos se les
pondrá al frente de toda la creación. De hecho, nos retrotrae al auténtico fundamento de lo que
significa ser hombre. Aquí hemos de comenzar si queremos ver cómo «ser hombre» puede
convertirse en un arte que podemos practicar, un lenguaje que podemos aprender, una meta, un
télos, hacia la que podemos comenzar a dar pasos serios aquí y ahora.

Aquí, Pablo está remontándose a la antigua tradición judía, que se retrotrae a Gn 1,26-28.
Jesucristo ha puesto de nuevo en marcha el proyecto humano; realmente, algo más que en
marcha. Se trata, en realidad, del proyecto de Dios por medio de los seres humanos para todo el
mundo. En Jesús el Mesías, Dios, ciertamente, supera el problema provocado por haber comido
del árbol del conocimiento del bien y del mal; pero ha hecho algo más que esto. Ha llevado a la
raza humana, por fin, a gustar el árbol de la vida. En esto consiste la resurrección de Jesús, que
es por lo que, volviendo una vez más a Ap 22, encontramos el árbol de la vida creciendo junto al
río que fluye fuera de la ciudad (22,1-2). Los seres humanos son llamados, en y por medio de
Jesucristo, a convertirse en aquello para lo que fueron creados. Y aquello para lo que fueron
creados puede resumirse en una sola palabra: la gloria.

«Gloria» es la forma bíblica estándar de referirse al gobierno sabio de los hombres sobre la
creación. Gloria no es simplemente una cualidad que los individuos pueden poseer o no en sí y
para sí mismos, un esplendor, un status, una condición que provoca admiración. Gloria es una
cualidad activa. Es la gloriosa norma humana a través de la cual el mundo es conducido a su
pretendido estado de florecimiento, y a través de la cual los mismos seres humanos acceden a su
propio florecimiento. De hecho, es «la gloria de Dios», el verdadero rango y estado que muestra
que los hombres son ciertamente reflejo de Dios, aquellos a través de los que la sabia soberanía y
el amor de Dios creador son llevados a la presencia poderosa y vivificante dentro de la creación.

Lo que es más, este es también el tema del templo. La gloria de YHWH abandonó el templo en la
época del exilio y nunca volvió. Pero la promesa de su retorno permaneció en pasajes como Is
40,3-5; 52,7-10; Ez 43,1-9; Zac 2,10-12; y Mal 3,1-4, esperando su cumplimiento. Sí, dice Pablo;
los hombres perdieron «la gloria de Dios» por su pecado (Rm 3,23), pero ahora, según se les ha
prometido, será restaurada cuando reciban, como hombres redimidos, el «acceso a la gracia»,
igual que los sacerdotes eran autorizados a entrar al santo de los santos y así «celebrar la
esperanza de la gloria de Dios» (Rm 5,2). Esto es exactamente lo que afirma Rm 5,17.

Veamos qué sucede como consecuencia. Rm 5,1-2 introduce uno de los pasajes en los que
aparece con más claridad que Pablo está pensando en la meta futura como aquello que forma el
carácter en el presente. Dice:

Hasta de las tribulaciones nos sentimos orgullosos, sabiendo que la tribulación


produce paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida,
esperanza. Una esperanza que no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios
ha derramado su amor en nuestros corazones (Rm 5,3-5).

Es este uno de los pasajes paulinos más densos, que reúne varios mundos de referencia, grandes
e interconectados. Se refiere al nuevo templo lleno de la gloria de Dios y (a través del Espíritu)
de su presencia. Se refiere a la nueva humanidad, llamada a una vida que anticipe el definitivo
status de «sacerdocio real» mediante el desarrollo de un carácter apropiado. Y se refiere al Dios
vivo, que crea este «nuevo templo» por medio de Jesucristo, para llenarlo después con su propia
presencia.

Los hombres redimidos, por tanto, están llamados a compartir el «Reino» de Jesucristo sobre el
nuevo mundo. Ahora bien, ¿cuál será el resultado de este Reino? ¡Nada menos que la renovación
del mundo entero! Los tres capítulos siguientes de Rm exploran el gran relato (que surge por
primera vez del sumario del resumen de Pablo en el capítulo 5) modelado en el éxodo de Egipto,
cuando se articuló por primera vez la vocación de «sacerdocio real», cómo fueron liberados los
hombres del estado de esclavitud, quedando capacitados para llegar a ser por fin auténticos seres
humanos. Y cuando esto suceda, el proyecto de la creación se pondrá por fin de nuevo en
marcha. El clímax de todo esto es la gran afirmación de que, cuando los hombres sean
plenamente restaurados, la misma creación quedará también plenamente restaurada, de modo
que, en vez de la «esclavitud» del decaimiento y la corrupción, le será dada «la libertad de la
gloria de los hijos de Dios» (Rm 8,21). En otras palabras, cuando los hijos de Dios, la raza
humana redimida, sean «glorificados», entronizados por fin (como siempre se intentó) en
obediente autoridad sobre el mundo, entonces la creación entera exhalará un gigantesco suspiro
de alivio y llegará a ser verdaderamente lo que siempre tuvo capacidad de ser, pero que, a causa
del fracaso de los hombres para gobernarla con la «gloria» que Dios tenía en su mente, fue
incapaz de lograr. Por eso, Pablo vuelve en su resumen conclusivo a lo que había dicho en 5,17
(que los que reciben el don de la justificación reinarán): «a los que puso en camino de salvación,
les comunicó su gloria» (Rm 8,30). «Glorificar» significa aquí, más o menos, «entronizar en
gloriosa autoridad sobre el mundo».

Esta es la esperanza. Cuando Dios redima a toda la creación, los hombres redimidos jugarán su
papel clave, asumiendo la sabia y sanante soberanía sobre todo el mundo, para la que Dios los
creó en primer lugar.

Muy bien. Si este es el télos, la meta para la que fuimos creados (por decirlo una vez más:
caigamos en la cuenta de qué diferente es esto de cualquier clase de «felicidad aristotélica» y
también de qué diferente es de muchas visiones pretendidamente cristianas de un «arrobamiento
redimido»), debemos plantear esta pregunta: ¿cómo se anticipa al presente esta «gloria»? ¿Cómo
aprendemos en el presente los hábitos mentales y del corazón que nos ponen en la dirección de
este Reino final? Volveremos sobre esto más tarde con mayor detalle; pero démonos cuenta ya
desde ahora, dentro del contexto inmediato de Rm, de las dos respuestas sumamente claras que
ofrece Pablo. El camino para anticipar esta «gloriosa soberanía» al presente, no es, como podrían
imaginar los escépticos, un régimen que permita gestionar las cosas, aprendiendo la forma de
oprimir y de ser autoritario y tiránico. Los dos caminos que subraya son: la santidad y la
oración.

Primero, el camino hacia la gloria que él expone en el pasaje al que nos acabamos de referir, es el
camino de un costoso negarse a sí mismo, esto es, un camino de santidad:

Por tanto, hermanos, estamos en deuda, pero no con nuestros apetitos para vivir
según ellos. Porque, si vivís según ellos, ciertamente moriréis; en cambio, si
mediante el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. Los que se dejan
guiar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues bien, vosotros no
habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que
habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite clamar:
¡Abbá!, es decir, «¡Padre!». Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar
testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también somos
herederos: herederos de Dios y coherederos todos juntos con Cristo, toda vez que,
si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él (Rm 8,12-17).

Aquí lo tenemos. La meta es la «glorificación» de los hijos de Dios que, como acabamos de ver,
aparece como la soberanía redentora sobre toda la creación. Pero el camino que tienen que
recorrer para conseguir esta meta, es el camino de la libertad, distintivo de los hijos de Dios.
Pablo se hace eco aquí deliberadamente del relato del Éxodo, la época en que Israel -«hijo
primogénito de Dios»- fue liberado de la esclavitud y conducido por el mismo Dios, a través del
desierto, hacia la «herencia» prometida.

Dentro de este relato, el pueblo sintió en ocasiones la tentación de volver a Egipto al estado de
esclavitud. Pero tuvo que resistir a esa tentación. Tuvo que seguir la guía personal de Dios
durante todo el camino hacia la tierra prometida.

De modo que es algo para aquellos que pertenecen al Mesías, aquellos que, de hecho, son sus
coherederos. Dios ha prometido al Mesías que le daría en herencia el mundo entero (Sal 2,8ss.;
otro pasaje de la Escritura muy querido para Pablo). Ahora se ve que esta «herencia» del mundo
entero ha de ser compartida con todo el pueblo del Mesías. De esto es de lo que trata Rm 8,18-
30. Ahora bien, si ellos están llamados a ser el pueblo de Dios libre y liberador, entonces deben
aprender a vivir como pueblo de Dios libre, superando el hábito de la esclavitud -sí, la esclavitud
es tanto un hábito de la mente, como un estado físico- y aprendiendo el arte de un vivir libre y
responsable. Por decirlo de otra forma: si este pueblo ha de asumir una responsabilidad redentora
sobre toda la creación, debe anticiparla asumiendo también una responsabilidad redentora en el
momento presente sobre esta parte concreta de la creación sobre la que tienen el más evidente
control, a saber: sus propios cuerpos.

Caigamos en la cuenta del sutil cambio que se produce en el lenguaje de Pablo. Para él, «carne»
es siempre un término negativo, que indica bien la naturaleza corruptible y decadente de nuestro
estado presente o la real rebelión contra Dios; y algunas veces, ambas cosas juntas. Vivir «según
la carne», entonces, es vivir una vida de rebelión, cuyo fin natural (no un castigo arbitrario, sino
el cumplimiento del modelo de vida que se ha estado llevando) es la muerte. Pero Dios trata de
sacar (resucitar) al «cuerpo» de la muerte, como en 8,11:

Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el que


resucitó al Mesías de la muerte hará revivir vuestros cuerpos mortales por medio
de ese Espíritu suyo que habita en vosotros.

Para que suceda esto, las cosas a las que el «cuerpo» está naturalmente inclinado en virtud del
tirón de la «carne», en otras palabras, aquellas acciones que nacen del instinto esclavo de
rebelión contra el Dios liberador, deben ser entregadas a la muerte. Y esto es lo que, según
parece, ocurre con el sufrimiento gracias al cual el cristiano se une al sufrimiento del Mesías.

Así pues, el télos, la meta de ser «glorificados» sobre la creación, será anticipada en el presente
mediante el cambio de los hábitos de esclavitud de la mente, el corazón y el cuerpo, por unos
hábitos de libertad; hábitos que comparten en la libertad de Dios, llevando esta misma libertad al
mundo. Esto es, más o menos, lo que Pablo entiende por santidad, o santificación: el aprendizaje
en el presente de los hábitos que anticipan el futuro definitivo.

Pero este gobierno soberano y redentor de unos hombres renovados sobre el mundo de Dios, es
anticipado en el presente también mediante la oración. Dice:

Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto
hasta el presente. Pero no solo ella; también nosotros, los que poseemos las
primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando por que Dios nos
haga sus hijos y libere nuestro cuerpo (Rm 8,22-23).

Pero precisamente en este estado, mientras anhelamos y anticipamos la definitiva


«glorificación», el Espíritu está también trabajando dentro de nosotros, «gimiendo sin palabras»,
y capacitándonos así, incluso cuando no sabemos orar como debemos, para poder interceder por
todo el mundo (Rm 8,26-27). Esta vocación esencialmente sacerdotal de permanecer ante Dios
llevando a toda su creación en nuestros corazones, nos asocia con la visión de la soberanía real
sobre la creación y es uno de sus aspectos fundamentales. Este pasaje ofrece una de las
descripciones más extrañas y también más emocionantes de todo el Nuevo Testamento, de lo que
el cristiano entiende por oración: el gemido inarticulado en el que el sufrimiento del mundo es
percibido más agudamente, allí donde es también trasladado por el Espíritu a la presencia del
Dios Creador. Esto es central en el tiempo presente para la entera vocación humana. Aprender
este lenguaje es el segundo hábito clave que conforma el camino hacia la meta final, la meta de
un «sacerdocio real».

En otras palabras: la presente anticipación de la gloria futura no consiste en enseñorearse de la


creación, imaginándonos ya a nosotros mismos como sus dueños, capaces de tiranizada y de
someterla a nuestra voluntad. Consiste, más bien, en la actividad humilde, erística y guiada por el
Espíritu, de la oración, una oración en la que el amor de Dios es derramado en nuestros
corazones por el Espíritu (cf. Rm 5,5), de modo que esta esperanza tan extraordinaria y casi
increíble que ha sido puesta ante nosotros, es, no obstante, firme y segura (cf. Rm 5,1-5; 8,28-
30).

Así pues, en el corazón del que se puede considerar el más grande capítulo de la sin duda más
grande de sus cartas, Pablo expone el modelo de la presente anticipación del futuro. En esto
consiste la virtud. La esperanza es que todos aquellos que están «en Cristo» y están habitados por
el Espíritu, reinen finalmente en gloria sobre la creación entera, asumiendo así, por fin y para
siempre, el papel encargado a los hombres en Gn 1 y en Sal 8, y compartiendo la herencia y la
obra definitivamente liberadora del propio Mesías, como aparece en Sal 2. Y si este el télos, la
meta, ha de ser anticipada en el presente instaurando hábitos de santidad y de oración.

Si esto es lo que Pablo entiende por Reino final -y su presente y extraña anticipación-,
observamos que, junto con esta visión, en cada momento de sus escritos aparece un idéntico
énfasis en el hecho de que el Espíritu viene a «habitar» en los corazones y las vidas de los
creyentes, inspirando precisamente esta santidad, esta oración, este amor, y esta esperanza. Pero
este tema de la «in-habitación» del Espíritu (Rm 8,5-11; Ef 3,17) no es otra cosa que la visión de
Pablo sobre la Iglesia, pueblo de Cristo, como «nuevo templo», tal como aparece en 1 Cor 3,10-
17; 6,19-29 y en Ef 2,11-21. Igual que el Dios de Israel «habitaba» en el antiguo templo (y en su
predecesor, el tabernáculo del desierto), conduciendo al pueblo desde Egipto a la tierra
prometida, así ahora el propio Espíritu de Dios habita dentro de su pueblo, conduciéndolo de la
antigua esclavitud a la futura y definitiva libertad. Por consiguiente, el Espíritu capacita al pueblo
de Dios para que sea una comunidad de sacerdotes que comparte el culto de alabanza de la
creación y, al mismo tiempo, el Espíritu constituye también al pueblo de Dios como un pueblo de
gobernantes (reyes), capaz de llevar la sabiduría y la sanación de Dios al mundo.
Como también veremos, el Espíritu es vital para la búsqueda y la práctica de la virtud. Los
primeros cristianos no suponían que estaban llevando a cabo esta búsqueda y esta práctica con
sus propias fuerzas. Este es uno de los grandes momentos decisivos en toda la cuestión de la
virtud. Mientras al hombre virtuoso de Aristóteles se le animaba para sentirse orgulloso por
construir él solo su carácter, la clásica postura cristiana aparece en la insistencia de Pablo:

Bueno, no era yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Cor 15,10).

Otros tres pasajes del Nuevo Testamento completan esta visión del futuro prometido por Dios y
de la forma en que ha de ser anticipado al presente. En primer lugar, tenemos otro pasaje paulino,
que sospecho que, como resulta muy sorprendente para muchos lectores modernos, se silencia y
se olvida rápidamente:

Cuando alguno de vosotros tiene un litigio con otro hermano, ¿cómo se atreve a
llevar el asunto a un tribunal no cristiano, en lugar de resolverlo entre creyentes?
¿Acaso no sabéis que son los creyentes quienes juzgarán al mundo? Pues si el
mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿no vais a ser competentes para juzgar
causas más pequeñas? ¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¡Pues
mucho más las cosas de esta vida! Y, sin embargo, cuando tenéis que recurrir a los
tribunales para las cosas de esta vida, elegís como jueces a quienes nada cuentan
en la Iglesia. Para vergüenza vuestra os lo digo. ¿Es que no hay entre vosotros
algún entendido capaz de ser juez entre sus hermanos? (1 Cor 6,1-5).

Como de costumbre, cuando Pablo dice: «¿No sabéis...?», como hace aquí dos veces en una
rápida sucesión, nosotros queremos responder: «No, realmente no sabemos». Pero Pablo parece
tener las cosas muy claras. Llegará un día en que habrá un juicio y entonces serán descubiertos
los secretos de todos los corazones (Rm 2,1-16; 14,10; 1 Cor 4,5; 2 Cor 5,10; etc.). El propio
Jesús será el juez supremo (Rm 2,16; Hch 17,31). Pero, al parecer, dentro de esta actividad
enjuiciadora, «los santos» tendrán un cometido como gran pueblo de Dios. Esto es lo que, según
este pasaje, espera Pablo que los corintios den por descontado.

¿Por qué? Presumiblemente, porque Pablo, como muchos primitivos cristianos, se tomaron Dn 7
muy en serio:

Pero después recibirán el reino los fieles del Altísimo y lo poseerán por toda la
eternidad. [ ] pero entonces vino el anciano e hizo justicia a los fieles del
Altísimo, porque había llegado el tiempo en que los fieles tomasen posesión del
reino. [ ] Y la realeza, el poder y el esplendor de todos los reinos de la tierra serán
entregados al pueblo de los fieles del Altísimo. Su reino es un reino eterno y todo
poder le servirá y obedecerá (Dn 7,18.22.27).

En su ubicación original, esta profecía formula la reivindicación de que el pueblo judío (o los
creyentes que queden dentro de él) será constituido en autoridad sobre los reinos del mundo,
después de su terrible sufrimiento en las garras de las «bestias». ¿Qué ha ocurrido con esta
profecía en la interpretación que se hace en el primitivo cristianismo?

La primera respuesta parece clara: en Jesucristo, en su reivindicación y exaltación por Dios


después de su sufrimiento a manos de los malvados, esta se ha cumplido plenamente. Al menos,
esto es parte de lo que los escritores del Evangelio interpretan, cuando recogen el título «Hijo del
Hombre» como una expresión utilizada por el mismo Jesús para referirse a sí mismo (p. ej. Me
14,62). El título sigue siendo todavía objeto de gran controversia, pero no me cabe duda de que
Dn 7,13 con su visión de «uno como un hijo de hombre» está claramente detrás de sus
principales usos.

Ahora bien, dentro ya del primitivo cristianismo aparece que lo que se postulaba para Jesús, se
postulaba también para su pueblo. La referencia en plural que aparece en Dn 7 («los santos del
altísimo», que reciben el poder real), se ha convertido de nuevo en plural tras el uso del singular
en los evangelios, de modo que los confusos y desorientados corintios iban a compartir el
«gobierno» prometido, la actividad judicial del Mesías. Tanto que Pablo podía esperar, hasta
cierto punto al menos, que ellos actuaran como jueces sabios, incluso en el momento presente.
Lo que va a ser verdad en el futuro -sigue diciendo-, debe ser anticipado al presente. O al menos
esto es lo que la Iglesia debe esperar, trabajando por ello.

-No alquiléis abogados paganos -dice-. Uno de entre vosotros tendrá todo lo necesario. Después
de todo, en el nuevo mundo de Dios, todos vais a ser jueces.

Tal vez, esto pueda explicar también el segundo pasaje de 1 Cor, donde Pablo, hablando con gran
ironía, reprende a sus oyentes por la forma en que están dándose importancia:

Pues, ¿quién te hace superior a los demás? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y
si lo has recibido, ¿por qué presumes, como si no lo hubieras recibido?
¡Ya estáis satisfechos! ¡Ya sois ricos! ¡Habéis llegado a ser reyes sin contar con
nosotros! ¡Ojalá lo fueseis de verdad, para que también nosotros reinásemos con
vosotros! (1 Cor 4,7-8).

Las frases que aparecen aquí como preguntas, pueden leerse también como afirmaciones
irónicas. La respuesta de Pablo muestra que él piensa que estas fanfarronadas están vacías, pero
también que subyace a ellas un punto teológico importante: se les ha dicho que son reyes en un
sentido nuevo, pero su actual forma de comportarse choca sencillamente con el viejo sentido
normal en el que la gente «importante» se pone a sí misma por encima y se da importancia. Esto,
sin embargo, no socava la llamativa pretensión realizada al final del capítulo anterior:

Por tanto, que nadie presuma de quienes no pasan de ser hombres. Porque todo es
vuestro: Pablo, Apolo, Pedro, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro;
todo es vuestro. Pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 Cor 3,21-23).

¡Todo os pertenece! Este es el principio teológico que está detrás de todo esto; y, por mucho que
los corintios lo hayan forzado para adecuarlo a sus expectativas culturales previas, sigue siendo
válido y teniendo fuerza. Aquellos que están «en el Mesías», comparten ya su status real. Por
más que este status real haya sido radicalmente redefinido en virtud de la cruz -y los primeros
cuatro capítulos de 1 Cor están escritos para dejar claro este punto- sigue siendo el verdadero
status real, el status del verdadero gobernador del mundo. Este es el status que el pueblo de Dios
comparte ahora con Cristo.

Este alucinante compartir la función real de Jesús para traer al mundo la justicia de Dios, aparece
también en las cartas pastorales. En 2 Tim 2,8-13 encontramos lo siguiente:

Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de


David, según el evangelio que yo anuncio, por el cual sufro hasta verme
encadenado como malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso
todo lo soporto por amor a los elegidos, para que ellos también alcancen la
salvación de Jesucristo y la gloria eterna. Es doctrina segura: si con él morimos,
viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él
nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí
mismo.

«También reinaremos con él». Esta sigue siendo la promesa y la esperanza, la meta a la que
apunta el Nuevo Testamento. En los nuevos cielos y la nueva tierra los que pertenecen a Jesús
compartirán su gobierno soberano sobre su nuevo mundo. Si no fue Pablo el que escribió 2 Tim
(y muchos especialistas así lo piensan), lo fue alguien que estaba cerca, en este punto y en el
tono, de lo que el propio Pablo dice en Rm y en 1 Cor. Y en cada caso, nos damos cuenta de que
el asunto no es presentado como una idea nueva, algo que los primeros cristianos no hubieran
esperado oír. Se afirma como algo que cabía esperar que ellos conocieran ya, dándolo por
descontado.

Finalmente, el propio Jesús afirma lo mismo explícitamente en el evangelio de Mateo. El pasaje


en cuestión (19,28-30) es uno de esos que, incluso los escépticos, han reconocido que
verosímilmente procede de los labios del mismo Jesús. Esto es así en parte, porque el dicho
parece ser específico de Israel, mientras que los seguidores de Jesús, y ciertamente el propio
Mateo, centraron en seguida sus preocupaciones en un mundo más amplio fuera de las fronteras
de Israel. Por tanto, es altamente improbable que un dicho como este hubiera sido inventado
posteriormente. Y también, de una forma todavía más llamativa, es peculiar e «in-inventable»,
porque parece asignar un puesto en el juicio final incluso al mismísimo Judas el traidor. Nadie en
la primera Iglesia hubiera ido tan lejos.

El dicho aparece cuando Jesús, después del incidente con el joven rico, responde a la pregunta de
Pedro sobre el futuro:

Jesús les contestó:


-Os aseguro que vosotros, los me habéis seguido, cuando todo se haga nuevo y el
Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también en doce
tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casas,
hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien
veces más y heredará la vida eterna. Hay muchos primeros que serán últimos y
muchos últimos que serán primeros (Mt 19,28-30).
El pasaje, como 1 Cor 6, depende probablemente de Dn 7. Jesús asume que, puesto que él es el
Mesías que está inaugurando el Reino de Dios, tanto a él como a sus seguidores les será confiado
el juicio con el que Dios por fin ajustará las cuentas con todas las cosas. Una vez solventado este
pasaje, podemos centrarnos en las promesas, que aparecen también en el Nuevo Testamento, de
carácter más general pero llenas también de fuerza, sobre los siervos a los que, habiendo sido
fieles en lo poco, se les confía mucho (Mt 25,21.23; Le 19,17.19). Así que también podemos
incluir a la «oveja», que sin caer en la cuenta de ello, ha estado ya sirviendo a aquel a quien ellos
encontrarán posteriormente como su juez. Y una vez que incluimos estos pasajes, empezamos a
darnos cuenta de que realmente gran parte de lo que Jesús tiene que decir sobre el Reino que va a
venir, y sobre el papel que jugarán en él sus seguidores, se refiere, de hecho, al próximo gobierno
de Dios sobre todo el mundo, al que enderezará por fin, y a la forma en que aquellos que le
siguen en el presente deben anticiparlo aquí y ahora: el papel que se les otorgará en ese futuro
definitivo.

En otras palabras, para una completa fundamentación de la remodelación de la virtud cristiana,


debemos mirar, en primer lugar, al mismo Jesús. Como reconocieron los primitivos cristianos, él
ha perfeccionado los cometidos humanos, los cometidos de reyes y sacerdotes de Israel. Él ha
llevado a su clímax los grandes relatos de Israel, de los hombres y del mundo entero. Él ha
representado en sí mismo a las comunidades que habían sido llamadas a llevar adelante la
vocación dada por Dios. Y él ha convocado al pueblo para seguirle y compartir esta historia, esta
comunidad y esta vocación.
4. El Reino que ha de venir y el Pueblo Preparado

Cuando empecé a estudiar teología, alguno de los autores cuyos trabajos leía, debatían
desesperadamente entorno al sermón de la montaña (Mt 5-7; una versión algo diferente del
mismo material se encuentra en Lucas 6.20-49). Todo el mundo sabía, por supuesto, que según el
evangelio grande y glorioso predicado por san Pablo, la persona era justificada por la fe, no por
la obras. Entonces, se preguntaban los estudiosos, ¿por qué Jesús parecía empezar su predicación
diciendo a la gente cómo debían vivir, qué debían hacer y qué tenían que evitar? Seguramente,
darles normas de vida les animaría a adquirir malos hábitos espirituales y a imaginar que ellos
solos, con su propio esfuerzo, podrían ser lo suficientemente buenos ante Dios.

Una respuesta que algunos teólogos daban a esa pregunta era:

-Bueno, sí, es cierto que el evangelio de san Pablo trata de la fe y no de cómo debemos vivir.
Pero el evangelio de Mateo no era considerado primera evangelización, sino que fue escrito por
quienes ya eran cristianos: ya habían aceptado a Jesús y la salvación ofrecida por medio de él
únicamente por la fe. Ahora necesitaban ser instruidos para saber cómo vivir: no para salvarse
por sus propios esfuerzos, sino para responder adecuadamente a la gracia de Dios.

Pienso, por ejemplo, en el libro, muy cuidadoso y bien pensado, sobre el sermón de la montaña
del gran estudioso Joachim Jeremías, que más o menos estaba en esta línea. Igualmente pienso
en una conferencia pronunciada en Oxford hace muchos años por el bien conocido luterano
Günther Bomkamm, que logró demostrar que, apariencias aparte, Mateo no era realmente un
«legalista». Porque, después de todo, no se estaba enfrentando únicamente a los fariseos de su
derecha, sino también a los entusiastas de su izquierda, una gente que estaba abandonando todo
freno moral y que pensaba así, porque decían seguir a Jesús, no a la Ley Judía, por lo que
sostenían que podían hacer lo que quisieran. Al parecer, Mateo estaría evitando, por una parte, el
legalismo y, por otra, la herejía antinomista, lo mismo que haría Martín Lutero con posterioridad.
Me da la impresión de que se llegó a esta conclusión en aquel momento con un cierto suspiro de
alivio.

Recuerdo mi suspicacia de entonces sobre ese enfoque (todo parecía encajar demasiado bien),
pero no tenía mucho más que sugerir como alternativa. Desde entonces he observado cómo
quienes hacen la misma lectura del texto, tienden a enmarcarlo todo en términos no de lo que el
mismo Jesús quiso decir cuando pronunció palabras concretas en sus discusiones, sino de lo que
los evangelistas (Mateo o cualquier otro) pretendieron afirmar.

Esta manera de leer los evangelios sigue siendo popular y hasta cierto punto saludable. De
hecho, no pocas personas maduras están aprendiendo a leer cualquier escrito con un interrogante
en su expresión, ya sea el periódico de la mañana (en el que los periodistas pueden mal
interpretar ciertas cosas para contar la historia que quieren contar, por ejemplo, más que lo que
realmente ocurrió), o cualquier texto sagrado (¿podemos confiar en él?, ¿quién lo escribió y por
qué?). De la misma manera, mucha gente supone que aprender a leer el Evangelio exige aprender
a leer entre líneas y a descubrir que este no transmite lo que realmente ocurrió con Jesús, sino la
teología de Mateo (o la de Marcos, Lucas, o Juan), o también la vida de sus comunidades, etc.

Todo esto parece maduro, sofisticado, adulto. Y, por supuesto, a cierto nivel lo es. Todos los que
escriben historia, todos los que escriben un artículo en un periódico sobre «lo que pasó ayer», y
de igual modo, todo el que dice a alguien «lo que acabo de ver en la calle», selecciona y arregla
el material. Uno no puede decir todo y, si lo intentara, se pasaría con ello todo el día, lo que sería
sumamente aburrido. Así pues, todos seleccionamos y arreglamos nuestros materiales y
cualquiera que lea lo que escribimos, intentará, como primera providencia, descubrir por qué
hemos hecho las cosas de esa manera.

Ahora bien, esta apariencia de sofisticación puede fácilmente enmascarar un peligroso sofisma.
El hecho de que todo haya sido seleccionado y arreglado no significa que todo esté maquillado.

En la zona del mundo en la que vivo, hay tres equipos de futbol que alimentan una enorme
rivalidad local. Siempre que juegan uno contra otro, es fascinante leer los relatos en los
diferentes periódicos locales. Obtienes muy diferentes puntos de vista sobre si el árbitro estuvo
en lo cierto al conceder ese crucial penalti o si el extremo izquierda estaba realmente en fuera de
juego; si ambos jugadores que estaban peleando deberían haber sido expulsados, o tan solo uno.
Pero en cualquier caso, todos los periódicos dirán quién ganó el partido, cuál fue el resultado,
etc. Si pensáramos que se lo estaban inventando, lo primero que haríamos sería no comprar los
periódicos.

He hecho este pequeño paréntesis en la cuestión de la historia y de los evangelios -pequeño


fragmento de una discusión mucho más amplia que podríamos haber tenido por una sola razón:
me he ido convenciendo progresivamente de que un método de leer el Evangelio, que ha sido
popular entre los estudiosos de occidente durante tantos años, no solo está agrietado en sí mismo,
al ofrecer una lectura aparentemente sofisticada mientras niega algo muy básico (que Jesús dijo e
hizo sustancialmente lo que los evangelios dicen que dijo e hizo), sino que esas grietas están ahí
por una razón concreta directamente relacionada con el tema de este libro: porque la visión total
del mundo que ha guiado a los estudiosos en cuestión, descartó la mera posibilidad de que
pudiera existir una verdad más grande que los evangelios intentaron expresar, pero que no
encajaba en las categorías que ellos manejaban. Y esa verdad más grande que hace que el sermón
de la montaña tenga el mayor de los sentidos, es esta: el futuro de Dios llega al presente en la
persona y obra de Jesús y puedes practicar ahora mismo los hábitos de vida que lograrán su
objetivo último en el futuro que vendrá. Esta es, si se quiere, la respuesta de Jesús a Aristóteles.

Esta es la meta, el télos: no la felicidad, en el sentido de la eudaimonía de Aristóteles, sino la


condición de ser bendecido, en el sentido del hebreo ashre o baruch (makarios). Por cierto, por
esta razón son las traducciones de las bienaventuranzas (esa serie familiar de sentencias que
anuncian una serie de bendiciones) que hablan de «feliz» (bienaventurado, dichoso) en vez de
«bendito», las que evidentemente yerran. Y es precisamente la esencia de los términos
«bendición», «bendecir» y «bendito» lo que distingue a Jesús de Aristóteles en lo referente a la
fuente y la energía conductora de las virtudes: esos términos incluyen la felicidad, pero como
resultado de algo más, la acción amorosa de Dios creador. Para el ser humano, la felicidad es
simplemente un estado del ser, una unidad independiente. En principio, puedes alcanzarla por ti
mismo y desarrollarla a tu manera. La condición de bendito, sin embargo, acontece cuando Dios
creador está actuando en y a través de la vida de la persona. Del mismo modo, la condición de
bendecido tiene lugar cuando este mismo Dios cumple las promesas que hizo a su antiguo
pueblo, promesas contenidas en la alianza, como establecen los últimos capítulos del
Deuteronomio. Y ambas -la bendición a la humanidad y la bendición de Israel- son evocadas por
las palabras de Jesús al comienzo del sermón de la montaña en Mt 5.3-11:

Benditos los pobres en el espíritu, porque suyo es el reino de los cielos.


Benditos los que están tristes, porque Dios los consolará.
Benditos los humildes, porque heredarán la tierra.
Benditos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios
los saciará.
Benditos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.
Benditos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.
Benditos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos.
Benditos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el
reino de los cielos.
Benditos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda
clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande
vuestra recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a
vosotros.

Evidentemente, estas sentencias no están describiendo «cómo son las cosas». No están
sugiriendo que los que sufren, estén siendo ya consolados a pesar de las apariencias. No están
tratando de enseñar verdades ocultas y atemporales sobre una realidad que está normalmente
escondida tras una fría fachada. Están declarando un nuevo estado de cosas, una nueva realidad
que está en proceso de brotar en todo el mundo. Están anunciando que algo que no existía
previamente, va a surgir ahora; que la vida del cielo, que siempre nos ha parecido tan distante e
irreal, está en proceso de hacerse realidad en la tierra.

¿Qué sucede cuando ponemos estas sorprendentes declaraciones en el formato que establecimos
al final del capítulo segundo?

1. El objetivo es el Reino de Dios; es el momento de sentirnos a gusto, porque por


fin el cielo viene a la tierra; el momento de la renovación de la creación, de la
plenitud, de la misericordia, del premio y, sobre todo, quizás, de poder ver al
mismo Dios.
2. Esta meta ha llegado en el presente, ahora que Jesús está aquí. Desde la
perspectiva de los que siguen el sermón de la montaña, aún no está claro cómo
resultará su presencia pública.
3. Los seguidores de Jesús pueden empezar a practicar, ya en el presente, los hábitos
del corazón y de la vida que corresponden a la forma de ser las cosas en el Reino
de Dios, la forma en que posteriormente serán, pero también la forma en que ya
son, porque Jesús está aquí.
¿Cómo se corresponde el prometido futuro final con los hábitos y prácticas presentes en las que
Jesús insiste? De dos formas opuestas.

Por una parte, existe una correspondencia directa, en la que el estado futuro queda anticipado
exactamente en los hábitos presentes de vida: humildad, mansedumbre, misericordia, pureza y
paz. Cuando llegue el reino final, no dejaremos de ser mansos, humildes y puros. («Ya está bien
de todo eso. Ahora podremos ser lo que siempre quisimos, es decir, orgullosos, arrogantes e
impuros»). No: estas cualidades brillarán a través de todo, con más fuerza.

Por otra parte, existe la correspondencia igual-opuesto, que demuestra la tensión entre ese futuro
que viene y la manera como siguen siendo las cosas en el presente. Teniendo en cuenta a los que
sufren, a los perseguidos, a aquellos que están sedientos de justicia, cuando el reino final llegue,
los que sufren serán consolados, la sed de justicia será satisfecha, y la persecución se detendrá.
(El pacifismo quizá pertenezca a las dos categorías, pues la actitud de corazón que inspira a los
pacifistas se corresponde directamente con la paz del nuevo mundo de Dios, pero la necesidad de
un pacifismo real entre los partidos en disputa, desaparecerá cuando la paz de Dios llene el cielo
y la tierra, como en la visión de Is 11.) Obviamente, estas dos clases de correspondencia van muy
unidas.

Pero la razón de hablar de los dos tipos -la correspondencia directa y la correspondencia igual-
opuesto- está en que Jesús no se refiere a ningún «Si eres capaz de comportarte de esta manera,
serás recompensado» (una forma de solución legalista}, o a un «Ahora que has creído en mí y en
el proyecto de mi reino, es así como debes comportarte» (el tipo de planteamiento en el que
podría insistir alguna teología posreformista). Aunque el primer enfoque está más cerca de la
verdad, no es, sin embargo, en el sentido normalmente imaginado. Saltar entre esas dos opciones
es permanecer enredado en los cuernos de un dilema filosófico con sus ramificaciones
teológicas, más que dar la vuelta a la esquina para ver cosas desde el punto de vista de Jesús, un
judío de principios del siglo 1.

Lo que Jesús está diciendo es esto:

-Ahora que estoy aquí, está despuntando el nuevo mundo de Dios; y una vez que lo hayas
descubierto, verás que estos son los hábitos del corazón que anticipan ese nuevo mundo aquí y
ahora.

Estas cualidades-pureza de corazón, misericordia, etc. no son, por así decirlo, «cosas que debes
hacer» para conseguir un premio o una recompensa. Tampoco son meramente «normas de
conducta» establecidas para que los nuevos conversos las sigan, normas que hoy pueden percibir
algunos, en cierto modo, como arbitrarias. Son en sí mismas signos de vida, lenguaje de vida; la
vida de la nueva creación, la vida de la nueva alianza, la vida que Jesús vino a traer. Como
veremos, son parte de esa modificación radical cristiana de la antigua noción griega de virtud,
una modificación que rápidamente se convirtió en un modelo general de fe, esperanza y amor.
2

En este punto podríamos ir directamente al resto del sermón de la montaña, empezando con Mt
5,13, y trabajarlo cuidadosamente de arriba abajo. No es necesario, sin embargo, para el
argumento que estoy planteando, pero hay varias cosas que sí deben decirse para completar los
puntos básicos ya establecidos.

En primer lugar y como hemos visto, las bienaventuranzas podrían ser confundidas con un
conjunto de normas. Sin embargo, no lo son. Se parecen mucho más a las virtudes y así es como
funcionan: intenta «asir» el final, el objetivo, el télos, el futuro, y trabaja para anticiparlo al aquí
y el ahora. Eso no quiere decir (como vengo insistiendo) que no haya cosas parecidas a las
normas; como veremos, las bienaventuranzas son, a la vez, guías para aquellos que están
aprendiendo la virtud, y una lista para confrontar con ella la propia vida, a la que los cristianos
virtuosos pueden acudir de vez en cuando. Pero leer las bienaventuranzas como normas es errar
el tiro.

La mayor parte del resto del sermón, no obstante, puede llevar al lector ocasional moderno por
un derrotero distinto. Se debe evitar no solo el asesinato sino el odio, no solo el adulterio sino la
lujuria, etc. (Mt 5,21-47); cuando das dinero, rezas, o ayunas, debes querer hacerlo realmente, no
simplemente hacer el gesto (6,1-18). Todo esto podría parecer como si Jesús estuviera
encomendando «autenticidad» en línea con todo el movimiento romántico o con el
existencialismo, es decir: la forma exterior no importa; lo que importa es la actitud del corazón.
Pero una vez más el sermón no puede ser rebajado a las categorías ofrecidas por nuestro discurso
moral contemporáneo, como si Jesús estuviera realmente diciendo lo que alguno de los
pensadores de hoy ha pretendido.

De hecho, Jesús está invitando a sus oyentes a algo mucho más radical: una anticipación de lo
que podemos llamar autenticidad escatológica. Sí, llegará un tiempo en que el pueblo de Dios le
servirá y amará; y vivirá la genuina humanidad de la que la antigua Ley había hablado,
«naturalmente» y desde el corazón. Pero esto será una segunda naturaleza otorgada por Dios, una
nueva manera de ser hombre. Y ahora todo esto lo puedes poner en práctica, aunque sea difícil,
porque Jesús está aquí inaugurando el Reino de Dios. No sucederá «automáticamente»,
precisamente porque Dios quiere que seamos humanos y no muñecos, por así decirlo. Tendremos
que pensar sobre ello, peleado, orar pidiendo gracia y fortaleza; pero por lo menos ahora está a
nuestro alcance. No se puede resumir toda la pregunta «¿cómo comportarse?» en la orden «debe
venir naturalmente y, si no, el comportamiento no es auténtico». Jesús lo expresó de forma muy
diferente al decir: «Seguidme y la autenticidad empezará a surgir». La autenticidad que
realmente importa es vivir de acuerdo con la genuina condición humana, a la que eres llamado
por Dios. Lo que la Ley antigua quería realmente -una vida humana genuina que refleje la gloria
de Dios en el mundo- empezará a surgir.

Todo el sermón de la montaña está enmarcado dentro del anuncio de Jesús de aquello que sus
compatriotas judíos habían esperado tanto durante muchas generaciones, y que ahora por fin
estaba a punto de pasar; pero ese nuevo reino no se parecía mucho al que ellos habían pensado
que sería. En verdad, en algún sentido se presentó como algo completamente opuesto. No a la
violencia, no al odio de los enemigos, no a la ansiosa protección de la tierra y la propiedad contra
las hordas paganas. En resumen, no a la frenética intensificación de los ancestrales códigos de
vida. Más bien, una confianza feliz y despreocupada en Dios creador, cuyo reino está ahora
empezando a llegar, llevando el corazón feliz y generoso hacia otros, incluso hacia aquellos que
técnicamente son «enemigos». Fe, esperanza y amor: aquí están de nuevo. Son el lenguaje de la
vida, el signo presente de brotes verdes, que crecen a través del cemento de este triste y viejo
mundo, la señal de que Dios creador está activo y que los oyentes y seguidores de Jesús pueden
ser parte de lo que está haciendo ahora él.

Ese es el contexto en el que Jesús dice lo que es quizás la cosa más importante de todas: «Sed
perfectos, porque vuestro Padre celestial es perfecto» (5,48). El griego es téleios, recordándonos
el «objetivo» de Aristóteles, el télos. Debéis ser gente con metas, gente de genuina humanidad,
gente «completa». Es la misma palabra que aparece en la versión que ofrece Mateo de la historia
del joven rico (19,21). Jesús le dijo a aquel joven:

-Si quieres ser perfecto (completo, téleios), entonces ve y vende todas tus posesiones, entrégalas
a los pobres, ven y sígueme12

Notemos que en todos los casos la «perfección» en cuestión consiste no en una larga lista de
difíciles mandamientos morales debidamente cumplidos, sino en un carácter formado por el
desbordamiento de un amor generoso. Cuando Pablo, como veremos ahora, resume la vocación
de los cristianos en términos de amor, está diciendo lo mismo que dijo Jesús de una forma
diferente. Y por eso no es más de lo que Jesús hizo.

Lo cual apunta a la pregunta que debe plantearse en este momento de la argumentación. ¿Cómo
se podrá poner en práctica el programa de Jesús para el Reino de Dios? Él envía a sus seguidores
a los pueblos y ciudades, y encuentran, para su sorpresa y agrado, que las cosas que él ha estado
haciendo, como particularmente las curaciones, que eran un signo tan sorprendente del poder de
Dios en acción, están sucediendo también a través de ellos 13. Ahora bien, ¿era eso todo lo que iba
a ocurrir? ¿Simplemente más seguidores de Jesús llevando esperanza y nueva vida a las pocas
personas con que se encontrasen, mientras la mayoría del mundo continuaría avanzando por el
mismo camino?

Ciertamente no. Jesús pensaba en algo mucho más radical, algo que conformaría decisivamente
el emergente movimiento de sus seguidores. Esto es lo que dejó a Jesús y a sus primeros
discípulos dramáticamente en el margen en su búsqueda de algo que podemos llamar virtud.
Básicamente, Jesús creía que el futuro de Dios solamente podría asentarse plenamente si las
fuerzas que se le oponen -las fuerzas del caos y la destrucción, del odio y la sospecha, de la
violencia y el orgullo, del egoísmo y la ambición- resultaran confrontadas y vencidas, y no
simplemente acompañadas por la alegría de una nueva alternativa. Esto estaba en el centro de su
forma de entender su propia vocación real y sacerdotal. A través de su lectura, fresca y piadosa,
de las Escrituras de Israel, Jesús llegó a creer que su confrontación y derrota llegaría a través de
12
También la misma palabra se encuentra en un contexto similar en Sant 3,2.
13
Nótese ya, «por cierto», que a los discípulos no se les ofrecen retos morales para someterlos a examen, como si el
objetivo de todo ello fuera saber si su conducta estaba ajustándose a la moral y a la ética. Eso vendrá después, y las
primeras señales no son especialmente alentadoras, ya que están peleándose entre ellos. Más bien, se les ofrecen
cosas que pueden hacer, a través de las cuales podrá proseguir la nueva tarea de Dios. El lenguaje de la vida es el
lenguaje en el que Dios habla al mundo a través de los seres humanos.
los papeles gemelos de rey y sacerdote: el Mesías de Israel dando la batalla por el Reino a través
de su propio sufrimiento y muerte, y a través del auténtico Sacerdote de Israel, que ofrece al Dios
de Israel un sumiso sacrificio en el corazón del nuevo Templo. Y como un asunto vocacional
demasiado profundo para que nosotros lo comprendamos plenamente, Jesús estaba convencido
de que él mismo era el Mesías de Israel y el Sacerdote de Israel, y que por ello sufriría el destino
de traer esa victoria ofreciendo su obediencia.

¿Cómo se relaciona esta vocación y su representación en la muerte y resurrección de Jesús con el


desafío presentado en el sermón de la montaña y en otros lugares, con el desafío del Reino que
ha de venir, con el desafío de vivir en el presente a la luz del futuro que nos llega de Dios?

La futura muerte de Jesús y su propia y profunda comprensión de las Escrituras, que le llevó no
solo a esperarla sino a interpretarla con anticipación, está muy ligada, de hecho, al anuncio del
Reino de Dios y a la invitación hecha a sus seguidores para comenzar enseguida a aprender su
lenguaje. Así al menos parecen decirlo los cuatro evangelios. Para ellos no hay una clara
separación entre el anuncio del Reino de Dios y su muerte venidera. Ambas realidades
permanecen muy unidas. Esto nos lleva a enfrentamos cara a cara con un problema muy presente
dentro de todo el cristianismo occidental y que, a no ser que lo afrontemos con decisión,
impedirá cualquier intento de comprensión de la vida de la virtud (cristiana) a la que Jesús nos
llama. Dejamos para más tarde la pregunta sobre la relación de todo ello con los otros esquemas
de virtud que se ofrecen en el mundo antiguo o moderno.

Los cristianos, en particular en el mundo occidental, han estado durante mucho tiempo divididos
entre «los de las cartas» y «los del evangelio». «Los de las cartas» han pensado el cristianismo
fundamentalmente en términos de la muerte de y resurrección de Jesús para «salvarnos de
nuestros pecados». «Los del evangelio» lo han pensado fundamentalmente en términos de
seguimiento de Jesús en la tarea de alimentar al hambriento, ayudar al pobre, etc. «Los de las
cartas» han encontrado a menudo dificultades para dar cuenta con claridad de las implicaciones
del anuncio del Reino por Jesús y del alcance de la llamada a sus seguidores para ser
«perfectos». «Los del Evangelio» -o quizá deberíamos decir «los del comienzo del Evangelio»,
puesto que la línea de pensamiento a la que se unen normalmente deja de lado unos cuantos
capítulos finales- a menudo han encontrado dificultades para explicar por qué Jesús, que estaba
haciendo cosas tan importantes, tenía que morir y morir tan pronto. Consecuentemente, les ha
resultado difícil con frecuencia referirse a los principales temas de la teología paulina.

Esta división en estos o aquellos no hace justicia a ninguna de las cartas o de los evangelios. Y
aún menos justicia hace al propio Jesús. Para él, el Reino que ha inaugurado solo podría ser
firmemente establecido a través de su muerte y resurrección. O, por decirlo al revés, el principal
propósito de su muerte y resurrección era establecer el Reino que ya había empezado a poner en
marcha. La forma en que los escritores del evangelio cuentan la historia de la muerte de Jesús
-con largas secciones de enseñanzas preliminares, seguidas de relatos muy detallados de las
«comparecencias» ante los sumos sacerdotes y el gobernador de Roma- no fue elegida por «el
color local» o las meras reminiscencias históricas ligadas a un acontecimiento (la crucifixión
real), cuyo sentido teológico debería ser extraído de otra parte. Para los evangelios, el significado
de la cruz reside en el hecho de que se trata de la ejecución de aquel que trae el Reino, aquel que
reúne las vocaciones regias y sacerdotales de Israel y de toda la raza humana, aquel que al mismo
tiempo da cuerpo al Dios de Israel, viniendo a establecer su Reino tanto en la tierra como en el
cielo. Los famosos pasajes que encierran lo que escritores recientes han llamado «teología de la
expiación» (como Me 10,45: «El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar
su vida en rescate de muchos»), son pistas básicas para poder interpretar y comprender un
aspecto clave de lo que trata toda la historia, y no la superposición de una teología
supuestamente «paulina» (que vería a Jesús muriendo por nuestros pecados) en un relato que
básicamente trata de algo distinto.

De la misma manera, para Pablo la muerte y resurrección de Jesús no lograba una salvación
meramente «sobrenatural», que no tuviera nada que ver con el rescate de la creación de Dios.
Como vimos en el capítulo anterior, para Pablo el punto clave de lo conseguido por Jesús con su
muerte y resurrección es que, a través de este, ha nacido un pueblo redimido y a través de ese
pueblo el Creador establecerá finalmente las reglas para el mundo entero. La clave de todo ello
es la «nueva creación» (2 Cor 5,17; Gál 6,15). Los evangelios, las cartas y la revelación misma
solo «funcionan» cuando se ven como elaboraciones detalladas de esa gran historia, compleja
pero muy coherente, que ya esquematizamos con anterioridad: la llamada de lo Humano para que
sea quien lleve la imagen de Dios a la creación; la llamada de Israel para que sea liberador de lo
Humano; y la vocación de Jesús a ser quien, completando la tarea de Israel, rescata lo Humano
de forma que, a través de la humanidad redimida, la creación entera pueda ser liberada de su
muerte y corrupción, y pueda ser puesto en marcha definitivamente el proyecto de una nueva
creación. Si se recorta este relato o se olvida alguno de sus pasos, nunca se podrá comprender
plenamente el Nuevo Testamento y aún menos su llamada a aprender y asimilar los hábitos del
corazón y de la mente que anticipan el objetivo final.

Así pues, la diferencia de puntos de vista que hemos observado, no tiene que ver sobre todo con
la disyuntiva entre evangelios y cartas sino con una lectura truncada tanto de unos como de otras,
que refleja otra Gran Diferencia que terminará llegando al cristianismo occidental. (Las raíces
históricas de esta diferencia de enfoques son fascinantes, pero no es este el momentos de sacarlas
a colación). Una vez más, parte del problema es que durante muchos siglos los cristianos han
asumido que, virtualmente, la única razón que explicaba la muerte de Jesús era la necesidad de
«salvamos de nuestros pecados», entendida con una gran variedad de formas. Ahora bien, para
los propios evangelios ese rescate de los individuos, que desde luego permanece como elemento
central, está diseñado para servir a un gran objetivo: el objetivo de Dios, el objetivo del Reino de
Dios. Y en el Reino de Dios los seres humanos son rescatados, son liberados de sus pecados, para
que puedan ocupar su lugar (como ya Jesús llamaba a los discípulos a ocupar los suyos), no solo
como receptores del perdón de Dios y de la nueva vida, sino también como agentes de ella. En
otras palabras: reyes y sacerdotes.

Entonces, ¿cómo se integrarán en una sola unidad el anuncio del Reino de Jesús y su muerte y
resurrección salvadoras? Se trata, desde luego, de una pregunta de grandísimo calado a la que,
con una temeridad considerable, voy a intentar dar una respuesta corta e inevitablemente
inadecuada. Acerquemos a ello de esta manera:
El anuncio de Jesús no va a ser: «Dios se ha hecho rey» en un territorio neutral, como un
explorador que se anexionara una tierra que estaba previamente desocupada. Lo que proclama es
el gobierno salvador del Dios soberano, empezando a realizar una serie de cosas que demuestran
su fuerza y su presencia en un mundo gobernado todavía por poderes hostiles, poderes que, para
nuestro horror, incluyen a los gobernantes oficiales del mismo pueblo de Dios, no solo la élite
real y sacerdotal sino también los grupos de presión popular y los movimientos revolucionarios
de Israel, unidos, por supuesto, a los poderes del mundo pagano. Decir que Dios se iba a
convertirse en rey en la Palestina del siglo I, era una manera de afirmar que el Dios de Israel iba
a destronar a los dioses paganos y a rescatar a su pueblo; parece, sin embargo, que el pueblo
mismo había pasado a ser parte del problema. Ahora bien, todo el tema del gobierno salvador de
Dios, tal como Jesús lo entendió, implica que se trata del gobierno salvador de este Dios -el Dios
del amor dulce, generoso y desbordante, cuyo camino del reino estaba ya articulado en el sermón
de la montaña-, por lo que no puede ser establecido por fuerza mayor sino solo por sus propios
medios: el sufrimiento y un amor entregado. De ahí el profundo nivel de integración del mensaje
del Reino con la necesidad de la cruz. Y de ahí también, el profundo nivel de resistencia en la
cultura occidental a semejante integración. Hemos preferido que nuestros reinos sean de un tipo
diferente y hemos preferido ver la vergonzosa muerte de Jesús como aquella que trae una
«salvación» puramente celestial.

Así también y este es un tema principal en el evangelio de Juan pero está presente en todas
partes, también en los otros tres, Jesús es descubierto como el único en quien la gloria de Dios
vuelve finalmente a su pueblo. Claramente en Juan e implícitamente en los otros, Jesús es el
templo-en persona, el lugar al que ha venido a habitar el Dios de Israel para cumplir su antigua
promesa. Por eso, en los relatos de los evangelios, particularmente cuando Jesús va a Jerusalén
por última vez, aparece una confrontación directa entre ambos, Jesús y el templo, representando
a esta última institución, por supuesto, los principales sacerdotes y el mismísimo sumo sacerdote.
Todo esto, una vez más, no es un fragmento accidental de «color local» e indudablemente no
debe reducirse simplemente a la idea de «una oficialidad religiosa», que se opone a un Jesús de
espíritu libre que aboga por una especie de espiritualidad espontánea por encima de cualquier
supuesto formalismo. No; las referencias a Jesús y al templo trasmiten la convicción de que,
igual que Jesús está anunciando el Reino y él mismo es el auténtico (aunque muy sorprendente)
rey, también está dando cuerpo al auténtico templo y él mismo es el verdadero (aunque muy
chocante) sumo sacerdote. Así, Jesús da cuerpo a los dos grandes relatos de Israel, los órdenes
sacerdotal y real del Antiguo Testamento, uniéndolos y estableciendo una nueva vía, la vía real y
sacerdotal, para Israel y para la raza humana por el bien del mundo. Gracias a este doble logro se
puede reafirmar la vocación humana de Gn 1-2, como vimos en el capítulo anterior en relación
con Ap y Rm en otros textos.

La más profunda revolución en la idea de virtud que encontramos en el corazón del Evangelio -y
de los evangelios- se encuentra precisamente aquí mismo. Jesús cargó con el peso no solo del
pecado en abstracto, en una especie de transacción que tuvo lugar lejos de los sucesos reales que
llevaron a su muerte, sino más bien con el peso real -fuerza y resultados- del pecado y la rebelión
humana, la acumulación del orgullo, pecado, locura y vergüenza humanos, que en ese momento
de la historia, se concentraron en la arrogancia de Roma, la autobúsqueda de los líderes judíos y
los sueños distorsionados de los revolucionarios judíos, además, desde luego, del fracaso de los
seguidores del propio Jesús. Antes he citado y nuevamente cito una frase incomparable de mi
maestro, el profesor George Caird:

Así, en la verdad histórica literal, no simplemente en las interpretaciones


teológicas, el uno carga con los pecados de muchos.

Algunas teorías de la expiación se separan de los sucesos reales y se sobreimponen (o incluso


sustituyen) a un relato evangélico o a un esquema teológico de interpretación extraído de otro
sitio, para «explicar» cómo los pecadores pueden finalmente dejar este mundo e ir al cielo. Tales
teorías no son mejores a nivel de un adecuado método teológico que las teorías del Reino que
ignoran la cruz. El Reino y la cruz van juntos. La historia es la historia completa. Y es dentro de
esa historia completa, no dentro de alguna versión truncada, donde la llamada de Jesús a un tipo
de virtud de nueva creación, tiene el sentido que tiene.

La llamada de Jesús a seguirle para descubrir en el presente los hábitos de vida que apuntan
hacia el futuro Reino que ha de venir y que, en cierta medida, comparten ya su vida, solo tiene
sentido cuando se sitúa en el contexto de las famosas afirmaciones de Dietrich Bonhoffer: « Ven
y muere». Jesús no dijo, como hacen algunos evangélicos modernos:

-Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida.

Tampoco dijo:

-Te acepto como eres, por lo que puedes hacer lo que te venga en gana de forma natural.

Dijo:

-Si quieres seguirme, niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme (cf. Me 8,34). Habló de perder
la propia vida para ganarla, como algo opuesto a engancharse a ella y perderla. Habló de todo
esto en relación directa a sí mismo y a su propia humillación y muerte, que vendrían bien pronto,
seguidas de su resurrección y exaltación. Exactamente en línea con las bienaventuranzas, él iba
descubriendo e invitando a sus seguidores a adentrarse en un mundo vuelto del revés, un mundo
donde todas las cosas que la gente normalmente asume sobre el éxito del desarrollo humano,
incluida la virtud humana, se dejan de lado quedando establecido un nuevo orden.

Jesús habría dicho, por supuesto, que el que está del revés es el mundo actual. Él venía para
ponerlo de nuevo en el lugar correcto. Ese cambio de percepción es el desafío del Evangelio que
predicó y vivió, y por el que murió.

Lo que esto significa es que los mismos patrones normales de la virtud quedan puestos en
entredicho en su mismo centro. La buena vida no va a ser ya asunto de unos seres humanos que
vislumbran como objetivo una felicidad con la que se sentirán plenamente realizados,
estableciendo luego un programa de mejora personal, por el que podrían empezar a hacer ese
objetivo realidad. No. Se trata de que los hombres son convocados a seguir a un líder, cuyo
último fin es, desde luego, un mundo sin barreras y lleno de bendiciones, pero cuyo fin
inmediato, el único camino que conduce a esa meta, es una muerte horrible y vergonzosa. La
razón que explica esta diferencia radical está bastante clara. Y es que el diagnostico que Jesús
hace del problema es mucho más profundo que el de ningún antiguo filósofo griego.

Jesús creía y enseñaba que los seres humanos en general, también el pueblo de Dios de Israel,
tenían una enfermedad del corazón, a la que no afectaban todos los intentos de mejora personal.
Si se quería establecer realmente el proyecto del Reino de Dios llevando a los hombres a una
nueva vida y a una nueva vocación, cuyo lenguaje entonces tendrían que aprender, habría que
afrontar esta enfermedad. La corrupción y decadencia del viejo mundo y del viejo corazón
humano, los hábitos y modelos de pensamiento, imaginación y vida, deberían ser no solo
reformados sino suprimidos.

Además, puesto que uno de los principales signos indicadores de esa corrupción y decadencia era
el orgullo humano, no habría lugar para un tipo de virtud que pretende hacerse a sí misma. Los
más grandes moralistas paganos solo podían atisbar la realidad de una existencia auténticamente
humana, en la que el fin de la vida humana se realizaba poco a poco, con entrenamiento del
corazón y la vida en los nuevos hábitos. Esa realidad resplandecía como espejismo al otro lado
de un caudaloso y profundo río que el moralismo pagano no podía ni nadar ni vadear. Jesús se
lanzó al río y, estando sumergido de verdad, fue trasladado al muelle de la otra orilla. Y dijo a sus
discípulos que le siguieran. El camino del Reino es el camino de la cruz y viceversa, siempre que
recordemos una vez más que el Reino no es el «cielo», sino el estado de cosas para cuyo servicio
ha venido el Reino de Dios: su voluntad está siendo cumplida tanto en la tierra como en el cielo.

Todo esto significa que el resumen de la frase del capítulo anterior, la idea de que el pueblo de
Dios es un sacerdocio real, es algo que está firmemente enraizado en la obra misma de Jesús. El
destino real, sacerdotal, de los seres humanos ha renacido únicamente porque el Hombre
esencial, el único Hijo de hombre, estaba siendo a la vez rey y sacerdote. Jesús vino para
inaugurar y dar cuerpo al gobierno soberano y salvador de Dios dentro de su creación; vino para
dar cuerpo también a la muy esperada y fiel obediencia de toda la creación, de la humanidad y,
particularmente, de Israel. En el centro de ambas vocaciones -el movimiento soberano de Dios
hacia su creación y el agradecido y obediente movimiento de vuelta de la creación a su hacedor-
encontramos en los evangelios el movimiento no solo del pensamiento sino de la acción, una
acción que lleva directamente a la cruz. La cruz es el lugar donde el Dios verdadero derrotó a los
falsos dioses y estableció, en una profunda y sonora paradoja, su Reino tanto en la tierra como en
el cielo. La cruz es el lugar en el que por fin se ha ofrecido como repuesta total a su amor una
obediencia fiel y agradecida, aquella que Dios había buscado desde la creación, desde la
implantación de su imagen en los hombres y desde la elección de su pueblo. Ciertamente hay
mucho más que decir sobre el significado de la cruz; nunca, desde luego, menos.

Así pues, Jesús fue tanto rey como sacerdote. Este juicio teológico anticipa en tres dimensiones y
con gran ironía toda la historia de su entrada mesiánica en Jerusalén y la limpieza del templo, su
arresto y «juicio» ante el sumo sacerdote y, finalmente, su presencia ante el representante del
César. Por tanto, en su resurrección, es ahora rey y sacerdote, y nos llama a sus seguidores, en un
asombroso acto de gracia y con la fuerza de su Espíritu, a unimos a él practicando este doble
ministerio en nuestras vidas y en nuestro mundo. Toda la virtud cristiana se encierra en esa
vocación, enraizada en el único logro de Jesús y mirando hacia un nuevo mundo, donde se
acometerá la tarea de ser «reyes y sacerdotes», un «sacerdocio real». El objetivo final de la vida
humana, el télos que el Nuevo Testamento sostiene como la verdadera realidad, de la que el
eudaimonía de Aristóteles fue una aproximación pagana- se dio en Jesús. Él es el «fin», la meta,
como lo dice el himno:

Jesús, sé tú nuestra única alegría,


sé tú también nuestro premio.
En ti estará ahora nuestra gloria
a lo largo de la eternidad14.

Por tanto, desde el punto de vista cristiano, la virtud no puede ser concebida únicamente en
términos de viaje individual, a partir de un principio estático hacia un destino futuro. Pertenece a
un final que ya ha comenzado, a una escatología que ya ha sido inaugurada. La virtud, en la gran
tradición filosófica, siempre ha dicho:

-Llega a ser lo que debes ser.

La virtud cristiana dice:

-Lo que debes ser es lo que ya eres en Cristo.

Esta es la forma de decir, como siempre han hecho los teólogos cristianos, que todo es gracia.
Una vez que se ha realizado el ajuste, encontramos que la dinámica interna de la virtud -el
sentido de un carácter que debe ser moldeado por una perspectiva de futuro y formado por un
pensamiento cuidadoso, unas opciones difíciles y un esfuerzo moral- no está minado, sino más
bien exaltado. Por todo esto decimos, como los sabios teólogos cristianos siempre han dicho, que
la manera de trabajar de la gracia es mediante el Espíritu Santo, que nos permite convertirnos,
por fin, en verdaderamente humanos. De aquí que se solape con Aristóteles y su diferencia
radical.

Llegar a ser sacerdocio real, llegar a ser hombres auténticos, siempre implica una batalla, una
lucha y, a menudo, una aparente derrota. Así ocurrió con Jesús; así también con sus seguidores
una y otra vez. Pero entre estos seguidores ha crecido la virtud, una cualidad del carácter en la
que el sermón de la montaña se ha hecho realidad, en la que cosas importantes han venido a
sustanciarse a través de vidas humanas. Y en el centro de este fenómeno encontramos, sí, el
corazón humano.

El profeta Jeremías (Jr 17) declaró: «El corazón es falso», «desesperadamente malvado».
¿Pesimista? No: realista. Jesús habría estado de acuerdo y, por mucho que esto sea una bofetada
para aquellos que de forma natural se inclinan hacia una filosofía o ética romántica, no podemos
esperar comprender las demandas morales de Jesús y valorar cómo funcionan, a no ser que
afrontemos o nos veamos confrontados por su análisis del profundo nivel del dilema y la
enfermedad humana, y la manera tan asombrosa como parece asumir que tiene en sus manos el

14
Bernardo de Clara Val, «Jesus the very thought of thee», tr. E. Caswall, en Hymns Ancient and Modern (New
Standard). Norwich, Hymns A&M Ltd., 1990, n.120.
remedio para ello. De la misma manera que el anuncio del Reino de Jesús no fue hecho en un
espacio vacío sino en un territorio ocupado por el enemigo, así su desafío a toda vida humana no
se plantea sobre aquellos cuyos corazones son tabula rasa, tablillas de cera limpias y listas para
escribir, sino más bien sobre aquellos cuyos corazones son muy parecidos a los descritos por
Jeremías. Los hábitos se habían consolidado ya y, como Shakespeare vio con frecuencia, se
trataba de hábitos malos. A menudo -y esto es lo que «la falsedad del corazón» realmente
significa- eran malos hábitos enmascarados como buenos. Sea lo que sea lo que pueda significar
la virtud en el desafío de Jesús, se sitúa siempre en este contexto.

El sitio obvio para empezar es la notable intervención de Jesús a propósito de alimentos puros
(limpios) e impuros (sucios) (Me 7,14-22 y paralelos):

Y llamando de nuevo a la gente, les dijo:


-Escuchadme todos y entended esto: Nada de lo que entra en el hombre puede
mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.
Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por el
sentido de la comparación.
Jesús les dijo:
-¿De modo que tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que nada de lo que
entra en el hombre puede mancharlo, puesto que no entra en su corazón, sino en el
vientre, y va a parar al estercolero?
Así declaraba puros todos los alimentos. Y añadió:
-Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. Porque es de dentro,
del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos,
fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude,
libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de
dentro y manchan al hombre.

En alguna otra parte he discutido la forma como funciona esta pequeña secuencia. Jesús dice
algo tan devastador -una vez que se comprende- que tiene que mantenerse críptico mientras está
en la calle. Solo lo explicará cuando esté a solas en casa con los discípulos. (Esto sucede con
otros dichos también, como en Marcos 4,1-20). El asunto está claro para cualquiera que esté
familiarizado con el judaísmo del siglo r: Jesús estaba pisando fuerte sobre algunos pies muy
sensibles. Los judíos luchadores por la libertad habían muerto -así nos lo contaron las tradiciones
folklóricas de los Macabeos y algunas otras-por comer alimentos impuros (sucios). Las leyes
sobre alimentación eran parte vital de la tradición viva y permitieron al Israel del tiempo de
Jesús, que ya estaba dispuesto para la guerra, definir su posición como contraria a las naciones
paganas de alrededor, todas ellas paganas, mantener su identidad recibida de Dios, como habían
hecho Daniel y sus amigos en la corte de Babilonia. ¿Cómo podría Jesús decir ahora que la gente
se ensuciaba no por comer determinados alimentos, sino por cosas que bullían desde su interior?

Podemos aceptar que la respuesta no fuera bien recibida por muchos de los judíos del siglo I,
como no lo es por muchos pensadores contemporáneos que tienen una visión «liberal» u
«optimista» de la naturaleza humana.
(Recordemos el comentario anteriormente citado de Arthur M. Schlesinger sobre los que asumen
la bondad sin mezcla de impulsos espontáneos). Sin embargo, la respuesta debe darse y es esta:
así es justamente como es. El diagnóstico es acertado. Los alimentos impuros (sucios) son
únicamente un símbolo de algo más y ese algo más reside dentro, en la profundidad del corazón
humano. La lista de los horrores de los versículos 21-22 -inmoralidad, robo, asesinato, etc.
nombra con vergüenza las características que no son meramente comportamientos «aprendidos»,
como si fueran añadidos accidentales a una, por lo demás, pura naturaleza humana.
Lamentablemente estas son cosas sobre las que no tienes que trabajar. No tienes que pasar por el
trago de cómo practicarlas duramente porque son muy difíciles y exigentes. No: ellas brotan
desde dentro libres y espontáneas, incluso desde dentro de aquellos de nosotros que estamos
educados en tradiciones piadosas de devoción, culto, estudio y autonegación. Desde luego
pueden ser estimuladas y fortalecidas por circunstancias o decisiones particulares; como
cualquier otro modelo de conducta, pueden remodelar el entramado del cerebro, para pasar a ser
algo automático, pero no tienen que ser pensadas y practicadas conscientemente para estar
presentes. Son la autentica suciedad.

Pero ¿cuál es la razón por la que Jesús llama la atención sobre todo esto? ¿Ha venido
simplemente a decir a la gente que tiene una enfermedad incurable? Por supuesto que no. Habla
de sí mismo como un doctor que viene a visitar al enfermo (Me 2,17), pero -como veremos
gradualmente está convencido de que su proyecto de Reino contiene en su centro la curación de
esta enfermedad mortal, de este sucio corazón. Perdona con su autoridad, cura al enfermo
(incluyendo a aquellos cuyas enfermedades los han convertido técnicamente en «sucios»; por
ejemplo, Me 5,24b-34); expulsa a los espíritus inmundos (Me 5,1-20). Además, advierte contra
una limpieza superficial que deje el corazón intacto (Me 7,1-8; Mt 12,43-45). Ahora bien, no
hace públicas estas advertencias sobre «la suciedad» para decir: «Así eres y así seguirás siendo»,
aunque es evidente que, si sus oyentes no se arrepienten, eso será verdad. De alguna manera, su
intención es que aquellos que escuchan y aceptan el anuncio del Reino, tengan limpios sus
corazones. Él está haciendo el trabajo de sacerdote real, que ofrece soberanamente esa limpieza
de corazón de la que las prácticas regulares del templo, ordenadas por Dios, eran un anticipo
simbólico (aunque finalmente ineficaces).

Todo esto se daba por sabido en la Iglesia primitiva, como podemos ver, por ejemplo, en Hch
15,9, donde Pedro habla del Dios que «limpia los corazones de los gentiles conversos a la fe».
Vemos lo mismo en 1 Jn 1,7, que declara que «la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado».
Jesús mismo, en los llamados discursos de despedida en el evangelio de Juan, afirma, casi en un
aparte, que sus discípulos están «limpios gracias a las palabras que os he comunicado» (Jn 15,3).
Tres hechos diferentes: la fe en Jesús, su sangre y su palabra, pero un solo resultado: limpieza.

Podemos abordar el mismo punto desde un ángulo algo diferente, si nos fijamos de nuevo en el
comentario de Jesús sobre el divorcio en Me 10,2-12. Como sabemos, existía un aspecto político:
en el mundo de Jesús, todo el mundo sabía perfectamente lo que Herodes Antipas había hecho
casándose con la mujer de su hermano y una pregunta sobre el divorcio ya no era una pregunta
neutral sobre un tema abstracto de ética, como no lo hubiera sido tampoco en la corte de Enrique
VIII. Por tanto, Jesús da una respuesta oblicua, aunque no menos aguda, provocando que sus
interlocutores le dijeran lo que pensaban sobre lo que dice la Escritura. Sacan a relucir el
Deuteronomio, donde Moisés permite el divorcio en ciertas circunstancias. Sí -dice Jesús-, pero
al principio no era así. Dios los hizo hombre y mujer, y declaró que los dos serían una sola carne,
queriendo decir que Dios se había unido a ellos y que, por tanto, no debían separarse. ¿Por qué,
entonces, la autorización del Deuteronomio? «Porque -explica Jesús- vuestros corazones estaban
endurecidos» (Me 10,5). Esto es extraordinario ¿Qué sentido tiene decir que la autorización fue
dada porque los corazones de la gente estaban endurecidos, si ahora queda abolida? Aquí, como
ocurre a menudo, la escala de comprensión de Jesús de su propio trabajo al traer el Reino,
emerge sin aliento detrás de una discusión aparentemente casual. Jesús cree que él y el Reino de
Dios que está preparando llevarán consigo una curación de la dureza de corazón. Él cree que ha
venido a deshacer los efectos de la dureza de corazón y a restaurar el objetivo original de la
creación. Ha venido a poner las cosas en su sitio, uniendo de nuevo entre sí, como parte de ello, a
todos los hombres.

No será difícil descubrir la fuente de esta sorprendente petición de que, a través de su obra de
traer el Reino, sean limpiados y ablandados los corazones humanos. Jesús, como sabemos por
múltiples fuentes, se había empapado de las escrituras judías, sobre todo en aquellos pasajes que
hablan del Dios que renueva la alianza y restablece a su pueblo, permitiendo que Israel llegara a
ser finalmente Israel, y los hombres los terminaran siendo verdaderamente hombres. Como Jesús
creía, como de nuevo sabemos por varias fuentes, que estas profecías iban finalmente a
cumplirse en y a través de su propia obra, cuando se trata de corazones sucios y duros, destacan
pasajes como este:

Vienen días, oráculo del señor, en que yo sellaré con el pueblo de Israel y con el
pueblo de Judá una alianza nueva. No como la alianza que sellé con sus
antepasados el día en que los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Entonces
ellos violaron la alianza, a pesar de que yo era su dueño, oráculo del Señor. Esta
será la alianza que haré con el pueblo de Israel después de aquellos días, oráculo
de Señor. Pondré mi ley en su interior; la escribiré en su corazón; yo seré su Dios
y ellos serán mi pueblo. Para instruirse, no necesitarán animarse: «¡Conoced al
Señor!», porque me conocerán todos, desde el más pequeño hasta el mayor,
oráculo del Señor. Yo perdonaré su maldad y no me acordaré más de sus pecados
(Jr 31,31-34).

Os rociaré con agua pura y os purificaré de todas vuestras impurezas e idolatrías.


Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; os arrancaré el
corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros
y haré que viváis según mis mandamientos, observando y guardando mis leyes
(Ez 36,25-27).

Tenemos buenas razones para suponer que Jesús tenía en mente el pasaje de Jeremías porque
habló en la última cena de establecer una nueva alianza, en la que los pecados quedaran
perdonados (Mt 26,28; Le 22,20). Los manuscritos tienen distintas variaciones en estos puntos,
pero el tema general del conjunto está claro). Su ministerio había empezado con el bautismo de
Juan, un baño con agua para señalar un principio completamente nuevo para Israel como parte de
la base del establecimiento del Reino de Dios. Detrás, tanto de Jeremías como de Ezequiel,
aparece el Deuteronomio, que habla de amar a Dios con todo nuestro corazón (6, 5), y después,
cuando aparentemente todo ha fallado y la alianza se ha roto (28,15-68), se refiere también a
Dios que «circuncida tu corazón» para que, después de todo, le ames con toda el alma y todo el
corazón (30,6), con el resultado de la renovación de la alianza y el restablecimiento de Israel.
Pocas dudas debe haber de que Jesús se veía a sí mismo como heredero de esas tradiciones, con
la vocación de convertirlas en realidad. Todo lo que dice a sus seguidores sobre sus vidas y sus
corazones, nace de ese punto; todo lo que sus primeros seguidores creían sobre sí mismos y
sobre su vocación en los años posteriores a su resurrección, nos indica que compartían la visión
de Jesús. El Reino que Jesús vino a traer, debe enraizarse y cumplirse mediante los corazones
limpios y ablandados de sus seguidores.

Pero todo esto tampoco sucede simplemente porque los seguidores de Jesús firmen como
«discípulos». El relato evangélico lo deja claro: cuando truena, todos le abandonan y escapan.
Indudablemente, no podemos psicoanalizarlos en la distancia, ni emprender un cuidadoso
examen de su estado espiritual. Estaban en una posición única, eran, sin duda, unos privilegiados
al estar con el mismo Jesús, al tener suficiente fe para seguir y, sin embargo, una y otra vez se
muestran incapaces de comprender lo que estaba ocurriendo ante sus ojos o de responder a ello
apropiadamente. Dentro del guión de la propia historia, también necesitaron los sucesos de la
muerte de Jesús y de su resurrección, antes de que la obra del Reino se asentara en ellos con toda
su fuerza transformadora. (Ese es el punto del críptico versículo de Jn 7,39: «el Espíritu no
estaba todavía disponible, porque Jesús aún no había sido glorificado»). Ahora bien, cuando la
obra del Reino les engancha realmente por completo, como ocurre en «Pentecostés», aparecen
como personas radicalmente cambiadas; no perfectas todavía, como lo revela Hechos de forma
muy dolorosa, pero transformadas de dentro a fuera de una manera cuya única explicación podía
ser una combinación de profecías de la Escritura, de sucesos concernientes a Jesús, y de una
nueva fuerza que latía dentro ellos. Y con eso descubrieron que la intención declarada de Jesús
de establecer el Reino de Dios en la tierra como lo estaba en el cielo, se había hecho realidad,
aunque una vez más, no de la misma manera que ellos -judíos del siglo 1- habían imaginado.

Más bien se había hecho realidad a través de la derrota, por parte de Jesús, de los poderes
corruptos, del pecado y la muerte, así como de su propia conversión en el Reino en-persona y el
templo-en-persona. El mismo cuerpo resucitado de Jesús era el trozo de «tierra» que debía ser
colonizado ya por la poderosa energía que da la vida y la gloria del «cielo». Los discípulos, como
seguidores de Jesús, fueron entonces encargados de establecer el Reino no mediante conquista
militar ni mediante ningún otro medio mundano, sino anunciando a Jesús como auténtico Señor
del mundo y convocando a la gente a creer en él y a conocer sus curaciones, liberando su poder
en sus propias vidas y en sus comunidades. En otras palabras, la evidencia del cambio en los
corazones de los discípulos es que ellos se convierten a su vez en «transformadores» de
corazones o, más bien y como ellos lo habrían expresado, en instrumentos de la obra de Dios
para el cambio de los corazones (nótese cómo llamaba Pablo a Dios «el busca corazones» en Rm
8,27). Y parte de su tarea durante todo el tiempo, era sufrir persecución y peligros, para llegar a
ser los que trajeran el Reino y llevaran la gloria. El camino del Reino y el camino de la cruz eran
uno y el mismo para ellos, como lo era para Jesús.

¿Qué nos dice todo esto sobre la virtud cristiana? Sencillamente esto: que la vida a la que Jesús
llamó a sus seguidores era la vida del Reino -más específicamente, el anticipo del Reino-, la vida
que requirió a la gente para que fueran agentes del Reino, a través de los medios del Reino.
Podemos resumirlo como lo hacen 1 Pe y Ap, haciéndose eco de la antigua llamada de Israel:
ellos iban a ser reyes y sacerdotes. Los hábitos y prácticas del corazón, y la vida a que eran
llamados, eran los hábitos y prácticas que con anterioridad demostraron que el Reino de Dios
estaba de hecho enderezando el mundo de forma correcta, limpiándolo para que se convirtiera en
morada de la gloria de Dios. Y esa obra empezaría en sus propios corazones, mentes y vidas,
para que pudiera funcionar mediante sus propios corazones, mentes y vidas.

Entre estas prácticas, lógicamente eran importantes el bautismo, que hablaba del baño
regenerador de Dios (renovación del corazón, renovación de la alianza), y la comida del pan y el
vino compartidos, que hablaba de la Pascua hebrea, de la muerte y resurrección de Jesús, y de
nuevo, de la renovación de la alianza. Pero como consecuencia de estas prácticas -de estos
hábitos comunitarios que formaron los hábitos del corazón de los discípulos como individuos-,
aparecía la adquisición de hábitos del corazón, de la mente y del cuerpo, así como la
confraternidad que hablaba del télos del mismo Reino y que proporcionaba la evidencia de ese
intento de ser téleios, «completo»: la dulzura, la paz, la pureza de corazón (ahí está otra vez), de
nuevo con el mandato que Jesús había urgido desde el principio en el sermón de la montaña.

Jesús llamó a su pueblo para compartir la tarea de traer su Reino, compartiendo también el coste
de esa obra. Ese doble desafío dice mucho de la naturaleza revolucionaria de la virtud dentro de
la perspectiva cristiana, y también del hecho de que, a través del pensamiento cristiano, la virtud
es en sí misma una obra de la gracia, no algo que suceda automáticamente, con facilidad, o sin
tener el equivalente cristiano del duro esfuerzo moral del que habían hablado los teóricos
paganos. El desafío de Jesús amplía y transforma el de Aristóteles, pero las líneas principales de
la sabiduría pagana antigua -aunque mucho hayan cambiado por estar situadas en un marco tan
diferente- quedan, sin embargo, exaltadas. Esa es, como veremos, la base sobre la cual podrán
seguir adelante los mayores cambios del Reino.

Antes de continuar, debemos afrontar una pregunta concreta. Mucha gente, al leer un capítulo
sobre Jesús y la virtud, esperaría una discusión sobre el propio Jesús como gran ejemplo.
Seguramente muchos pensaran: ¿formó parte del objetivo de su vida mostramos cómo la
desarrolló?

Una contrapregunta: ¿hasta qué punto podría esto servir de ayuda o, al menos, ser siquiera
posible, para continuar por esta línea?

En un determinado nivel, ciertamente no sería una ayuda y puede que ni tan siquiera fuera
posible. Mantener a Jesús como ejemplo de cómo vivir una vida moral, parece como mantener a
Tiger Woods como ejemplo de cómo golpear una pelota de golf. Incluso si yo empezara ahora a
entrenar ocho horas diarias, es altamente improbable que fuera capaz de hacer lo que Woods
puede hacer y hay mucha gente más joven y en mejor forma que yo que están intentándolo muy
duramente y siguen sin conseguirlo. De igual modo, mirar a Jesús con su asombrosa mezcla de
sabiduría, amabilidad, agudeza, socarronería, paciencia con los seguidores torpes, valentía para
confrontar al maligno, autocontrol en innumerables situaciones de tentación (logrando, dice Heb
4,15, mantenerse sin pecado, aunque fue tentado en todos los sentidos, como lo somos todos
nosotros), hace que la mayoría de nosotros, orgullosos y ambiciosos hasta decir basta, tengamos
los mismos sentimientos que experimentamos al ver a Tiger Woods golpear una pelota de golf.
Incluso mucho más.

Es más, la sugerencia de tratar a Jesús como un ejemplo moral, puede ser -y en el pensamiento
de algunos ha sido una forma de sostener en una mano el mensaje del Reino de Dios y en la otra
el significado de su muerte y resurrección. Convertir a Jesús en ejemplo supremo por ser alguien
que vivió una vida buena, puede ser algo bastante consolador, pero es, sobre todo,
fundamentalmente seguro: suprime el desafío mucho más peligroso de suponer que Dios puede
venir para transformar realmente esta tierra, y a nosotros dentro de ella, con la fuerza y la justicia
del cielo. Y nos ayuda a evitar el hecho, como dicen los cuatro evangelios, de que solo se pudiera
lograr mediante los terribles sucesos de la muerte de Jesús. Un Jesús como ejemplo moral, es un
Jesús domesticado, una especie de mascota religiosa. Le miramos con aprobación y decidimos
imitarle (en parte al menos y sin duda nos perdonará el resto, porque «es un tipo decente»). Si
todo lo que necesitamos es tan solo un buen ejemplo, puede que no estemos en tan mal estado
como otros (incluido Jesús mismo) han sugerido.

Frente a todas esas ideas se presenta toda la tradición desde Jeremías con sus advertencias acerca
del corazón engañoso, pasando por Juan el Bautista con sus advertencias acerca del hacha puesta
sobre la raíz del árbol, por Pablo con sus advertencias de que si la justificación hubiera llegado
con la Ley, el Mesías no habría necesitado morir, pasando por Ambrosio, Agustín, Lutero,
Kierkegaard y muchos otros más, y pasando, por supuesto, por el mismo Jesús. Él no iba por ahí
diciendo: «Así es como se hace; imitadme»; sino que decía: «El reino de Dios está en camino;
coge tu cruz y sígueme». Solamente cuando aprendemos la diferencia entre esos dos retos,
podemos captar el corazón del Evangelio y con ello la raíz principal de una renacida virtud.

Y sin embargo, al menos en un aspecto, el Nuevo Testamento sí mantiene a Jesús por encima,
como ejemplo a seguir. Es sorprendente que esto ocurra en una de los campos donde Jesús no era
un modelo de virtud convencional, sino que estaba realizando algo que antes nadie nunca
imaginó, a saber: perdonar a aquellos que le estaban torturando y matando (Le 23,34). Hasta ese
momento tanto la tradición judía como la pagana habían asumido que lo correcto, en tales
circunstancias, era invocar la cólera de Dios sobre los torturadores y los ejecutores: así al menos
lo podemos ver en historias espantosas que aparecen en los libros de los Macabeos y en algunos
otros. Aquí, sin embargo, en la misma línea que vinos en el sermón de la montaña, encontramos a
Jesús retratado, no como ejemplo de cómo afrontar una tentación normal, sino de cómo hacer
algo completamente diferente:

Si hacéis el bien y por ello sufrís pacientemente, eso sí agrada a Dios. Habéis sido
llamados a comportaros así, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos
un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado, ni se halló engaño
en su boca; injuriado, no devolvía las injurias; sufría sin amenazar, confiando en
Dios, que juzga con justicia (1 Pe 2.20b-23).

El pasaje sigue hablando del valor expiatorio de la muerte de Jesús, pero el mensaje en este
punto es diferente: esta es una nueva forma de comportamiento que nadie antes ha intentado y,
menos aún, enseñado. Mira con cuidado a Jesús e imítale. Hay alguna evidencia en la primitiva
Iglesia de que los seguidores de Jesús hicieron exactamente eso, empezando con el primer mártir,
Esteban (Hch 7,60). No hay más que leer las historias de los grandes mártires macabeos e incluso
algún salmo (por ejemplo, 58,6-9; 69,22- 28) con lúgubres maldiciones contra los perseguidores,
para ver lo tremenda que resultaba esta innovación.

Este puede ser el significado también de esos pasajes en los que Pablo habla de «imitar al
Mesías» o, al menos, imitarle a él, Pablo, como él, a su vez, imita a Jesús. Así, en 1 Cor 11,1,
Pablo dice: «Imitadme, como yo imito al Mesías», resumiendo un punto concreto, a saber: que
uno no debe ofender sino más bien tratar de no complacerse a sí mismo y buscar el bien de los
demás (1 Cor 10,32-33). Esto curiosamente encaja muy bien con Rm 15,2-6.

Que cada uno de nosotros trate de agradar al prójimo, buscando su bien y su


crecimiento en la fe. Pues tampoco Cristo buscó complacerse a sí mismo, sino
que, como dice la Escritura: Los insultos de los que te ultrajaban cayeron sobre
mí. Y sabemos que cuanto fue escrito en el pasado, lo fue para enseñanza nuestra,
a fin de que, a través de la perseverancia y el consuelo que proporcionan las
Escrituras, tengamos esperanza. Dios, por su parte, de quien proceden la
perseverancia y el consuelo, os conceda vivir concordes a ejemplo de Cristo
Jesús, para que con un solo corazón y una sola boca alabéis a Dios, Padre de
nuestro Señor Jesucristo. (Rm 15,2-6).

En otras palabras, el modelo de la vida mesiánica de Jesús -que no se complació a sí mismo, sino
que actuó en obediencia a la vocación de Dios, entregándose a sí mismo para la redención del
mundo- debía ser mantenido como un ejemplo extraordinario, no tanto de cómo hacer, sino de
qué hacer, en un campo en el que, sin él, uno podría sin más no haber sabido que se podía esperar
una actitud tan insólita. A esto también podemos suponer pertenece otro pasaje más conocido:

Así es como debéis pensar entre vosotros: con la mente que tienes al estar en el
Mesías, Jesús (Flp 2,5).

En este pasaje, Pablo sigue hablando del voluntario vaciarse del Mesías y su consiguiente
glorificación. Esto se tiene que ver con el sorprendente atractivo de la unidad de corazón y mente
de 2,1-5 y al mismo tiempo constituye la base para la consiguiente llamada a «trabajar por tu
salvación con temor y temblor» (2,12), lo que creo que efectivamente significa: «Piensa con
mucho cuidado los nuevos modelos de vida a los que te has comprometido gracias a la
"salvación", que te pertenece en el Mesías». Una vez más, recordamos que la muerte y
resurrección de Jesús inauguraron verdaderamente un nuevo modelo de vida. Nadie en el mundo
antiguo, pagano o judío, habría nunca imaginado vivir así. Jesús sí lo había hecho y el sermón de
la montaña mostró que él esperaba que sus seguidores también lo hicieran. Estas exhortaciones
paulinas muestran que, por lo menos, algunos seguidores de Jesús se lo tomaron muy en serio.

El ejemplo «moral» de Jesús, entonces, no es lo que a menudo se cree que es: que un ser humano
normal puede realmente resistirse al pecado si lo intenta suficientemente, y que observar cómo
Jesús lo hizo nos permitirá también hacerlo. Nadie ha dicho jamás nada parecido en el Nuevo
Testamento. De hecho, las referencias del Nuevo Testamento a la condición propia de Jesús
carente de pecado, una notable determinación para que la gente la alcanzara inmediatamente
después de su vida, no tratan de concluir con «por tanto, también tú puedes estar sin pecado». Su
significado es diferente: «por tanto, su muerte fue la operación de redención de Dios» (2 Cor
5,21); «por tanto, él sabe lo que es la tentación y está ahí para ayudar cuando tú lo necesitas»
(Heb 4,15, ya citado); «por tanto, él es el único sumo sacerdote (Heb 7,26); «él es quien quita los
pecados» (1 Jn 3,5). La vida de Jesús constituye un ejemplo moral en la medida en que ha
moldeado un aspecto completamente nuevo de la moralidad: humildad, deseo de sufrir sin
recriminación y determinación de perdonar, incluso a quienes no lo solicitan. Ahora bien, estos
no son «ejemplos de cómo hacerlo». Son indicaciones de que ha sido lanzada al mundo una
nueva forma de ser humano. Y son los hábitos del corazón los que generan y sostienen esta
nueva forma de hombre, que la virtud específicamente cristiana está destinada a producir.

En este sentido, ¿puede Jesús ser visto entonces como ejemplo de virtud? A primera vista nos
inclinamos a contestar que no o, al menos, no en el sentido normal. Los primeros cristianos
estaban convencidos de que Jesús tenía la categoría de ser único: era ciertamente un ser humano
completo y sometido a tentaciones como todos lo estamos, pero también era uno con el Único, «a
través del cual fueron creadas todas las cosas». ¿Tiene sentido pensar que este Jesús tiene que
recorrer el mismo proceso de laborioso aprendizaje, en términos de conflicto moral, que el resto
de nosotros tenemos que afrontar?

Sorprendentemente quizá, puede ser. Después de todo, tres de los evangelios empiezan con un
relato de las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11 y paralelos); y, aunque esos relatos,
abreviados y estilizados, pueden ser malinterpretados como una victoria aparentemente bastante
fácil, están sin duda destinados a hacer comprender que fueron ataques prolongados y severos,
dirigidos al mismo corazón de la autocomprensión de Jesús de su vocación e identidad, y del
carácter del Reino que estaba llamado a inaugurar. Un éxito en la resistencia a la tentación puede
desembocar en un incremento del músculo moral, pero eso sucede cuando uno va a necesitarlo:
una tentación resistida se puede convertir en más, no en menos feroz, puesto que ceder es rebajar
la tensión, al menos por el momento. Ese puede ser el significado, al menos en parte, de esta
interesante declaración de Heb 5,7-9:

El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas
con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue
escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo
aprendió a obedecer a través del sufrimiento. Alcanzada así la perfección, se hizo
causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Por supuesto, esto se refiere principalmente a la experiencia de Jesús en Getsemaní (Me 14,32-42
y paralelos), pero parece que tiene una aplicación más extensa también. Jesús, aunque era Hijo
de Dios, aprendió la naturaleza de la obediencia. Lo que el pasaje literalmente dice es tan
simple como «él aprendió a obedecer», aunque el escritor claramente no piensa que esto
signifique que fuera a veces desobediente y que solo poco a poco descubrió cómo ser obediente.
Más bien él descubrió, practicándolo, lo que se sentía obedeciendo en todos los asuntos, incluso
cuando estaba tentado de desobedecer.

Después de todo, esto suena bastante como lo que hemos estado diciendo en términos de virtud.
Incluso Jesús tuvo que aprender lo que significaba obedecer, cuando él no quería hacerlo. A
medida que su sufrimiento aumentaba, iba descubriendo más y más lo que significa en la práctica
la obediencia. El resultado fue que él se convirtió en téleios, «perfecto» y «completo» (Heb 5,9);
no que antes de eso él hubiera sido imperfecto en el sentido de pecaminoso, sino que en ese
momento aún no había alcanzado el grado de madurez de un ser humano completamente
desarrollado, como el que llegó a ser una vez terminado ese trabajo. Y eso, como indica el
amplio contexto de Heb, es lo que los cristianos deben hacer. Porque ellos están empezando
desde un punto de partida diferente -el de los pecadores perdonados ,que aún están expuestos a
pecar- y necesitan aprender no solo obediencia, sino también coraje para poder mantener con
garbo su confesión de fe (Heb 4,14). El objetivo, el télos sigue adelante. Los hábitos del corazón
que debemos aprender en el presente, son aquellos que asuman totalmente el logro de Jesús y lo
hagan propio.

Lo que no encontramos en el Nuevo Testamento o en los escritos que le siguieron


inmediatamente, es un intento de categorizar la vida de Jesús en términos de los valores morales
o virtudes normales. Su vida estuvo llena a rebosar, si creemos a los evangelios, de fe, esperanza
y, sobre todo, caridad, pero realmente nadie señala nunca ese punto. Su vida fue igualmente un
maravilloso modelo de valentía, prudencia, templanza y justicia, pero, una vez más, nadie sale y
lo dice. Lo que impactó extraordinariamente a los primeros cristianos y a lo que volvieron su
mirada una y otra vez, fue lo que habían visto en Jesús (y los relatos lo testimoniaron para
aquellos que no lo habían visto): una clase de ser humano que nunca había imaginado nadie con
anterioridad. Una forma de generosidad y perdón, un camino de autovaciamiento y una
determinación de anteponer siempre las necesidades de los demás, lo que era en sí mismo
original y también la fuente de esas otras virtudes que son reconocidas comúnmente como
innovaciones cristianas, a saber: la humildad, la caridad, la paciencia y la castidad. Las cuatro,
como advierte secamente el filósofo seglar contemporáneo Simon Blackburn, habrían sido

ininteligibles como virtudes éticas para los antiguos griegos15.

Y como decíamos antes, los relatos de las tentaciones de Jesús y la reflexión, aunque breve,
ofrecida por la carta a los hebreos, sugieren que, al perseguir ese objetivo, el propio Jesús tuvo
que pasar por el mismo camino que hemos descrito como virtud: esto es, descubrir a través de
una dolorosa práctica, lo que realmente significa obedecer; en particular, obedecer el encargo del
Padre de vivir y morir bajo la regla de la propia y amorosa entrega.

Lo que ya no encontramos después es a Jesús manteniéndose como ejemplo de alguien que


cumplía las normas, bien reforzándolas o reinterpretándolas. La clase de vida que estaba
mostrando no era precisamente algo que pudiera ser reducido a normas, o llevarse a cabo
simplemente con el esfuerzo de ajustarse a ciertas pautas escritas. Tampoco podría haber venido
(como les gusta decir a los utilitaristas) calculando y sopesando los presumibles efectos de
ciertas conductas, con aquellos cálculos que conducen a decisiones y acciones concretas.
Ciertamente tampoco se dedicaba Jesús a decir que la gente debe hacer lo que surge de forma
natural: por cierto, lo que procede naturalmente del corazón era precisamente el problema, según
él lo veía. La única forma en que podemos llegar a entender el núcleo del desafío moral que
Jesús ofreció y que todavía ofrece hoy, es pensar en términos no de normas o de cálculos, de
efectos o de autenticidad existencialista o romántica, sino de la virtud. Una virtud que ha sido
transformada por el Reino y la cruz.
15
S. Blackburn, Oxford dictionary of philosophy, p. 381.
Por supuesto, Jesús daba por hecho, como hicieron sus contemporáneos, que las conductas
enumeradas en Me 7,21-22 (la inmoralidad, el asesinato, el robo, etc.) están equivocadas. El no
habría perdido el tiempo con alguien que hubiera dicho que, puesto que lo que importaba era el
carácter (lo que una persona era) más que las normas (lo que una persona hacía), uno podría
alegremente romper las normas (digamos, robar o matar), mientras su carácter esté
desarrollándose correctamente. La maldad, la traición, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la
soberbia y todo lo demás, continúan siendo malos. Las normas todavía importan; uno no puede
jugar el partido de la virtud contra las normas y esperar que tenga sentido. Pero lo que importa,
puesto que todo lo reseñado puede ser perdonado, es que el corazón sea renovado. Y cuando el
corazón es renovado, tiene un conjunto de nuevas tareas: aprender los hábitos que conviertan el
evitar cualquier forma de maldad en un asunto de «segunda naturaleza». Aprender esa obediencia
será un camino duro y doloroso. Pero nos enseñará el lenguaje de la vida.

Lo que esta discusión ha hecho ha sido desplazar la ética de la posición que suele mantenerse
dentro de la discusión sobre Jesús y su logro, y recolocarla en un punto distinto, dentro de un
marco diferente. Jesús no vino a enseñar una nueva ética. Tampoco vino a enseñar a la gente que
todo lo que habían pensado siempre sobre el comportamiento humano estaba equivocado y que
debían empezar nuevamente desde el principio. Tampoco vino a enseñarnos cómo guardar la Ley
de Dios; o a advertimos de que no podríamos hacerlo, aunque lo intentáramos, por lo que mejor
sería ir a pedirle perdón. Jesús, en otras palabras, no vino a reforzar ninguna de las formas
normales en que los cristianos occidentales -y también los occidentales no cristianos han pensado
sobre el comportamiento. Vino a inaugurar el Reino de Dios en su vida y ministerio público y, a
través de la culminación de ambos, en su muerte y resurrección. Vino a liberar a Israel, a rescatar
a la humanidad, y así preservar la creación. Y, con eso, todo es diferente.

Jesús vino, de hecho, a establecer la nueva creación de Dios y con ella una nueva forma de ser
humano, una forma que toma el reflejo del «comportamiento recto», proporcionado por el
antiguo judaísmo y paganismo, y, trascendiendo ambos, establece la profunda verdad interior de
ambos en una fundación bastante nueva. Y, con eso, también lanzó un proyecto para rehumanizar
a los seres humanos, un proyecto en el que encontrarían sus corazones limpios y suavizados, se
encontrarán vueltos del revés y de dentro a fuera, y descubrirán un nuevo lenguaje por aprender
con todos los incentivos para aprenderlo. El Reino de Dios estaba explotando en aquel mundo,
ofreciendo un objetivo como nunca habría imaginado Aristóteles. Los hombres eran por fin
llamados a redescubrir aquello para lo que habían sido creados, para lo que Israel había sido
creado. Después de todo, iban a ser reyes y sacerdotes, siguiendo el logro fundamental, real y
sacerdotal de Jesús, y tendrían que «aprender de los rasguños» lo que significaba. Ellos iban a
practicar la virtud, un tipo de virtud nunca antes imaginado. Y en este, como en otros muchos, el
primer gran teórico de los seguidores de Jesús fue ese hombre infatigable, inquieto, entrañable y
a menudo enigmático, llamado Pablo.
5. Transformados por la Renovación de la Mente

Pienso con frecuencia que Pablo debe haber sido lo que llamamos un hombre madrugador.
Recordemos que, desde luego, también era capaz de trasnochar. De hecho, una de las anécdotas
más conocidas que aparece en los Hechos, lo presenta hablando sin parar en la habitación de
arriba de la casa, hasta que, finalmente, un joven, vencido por el sueño, se cayó de una ventana.
Pablo, intrépido, le levantó, comprobó que todo estaba correcto y siguió hasta la mañana (Hch
20,7-12).

Pero existen pasajes significativos en sus cartas que, a mi juicio, nos sugieren que Pablo era una
de esas personas que sentía y disfrutaba la excitación de estar en pie antes de la salida del sol,
siendo también capaz, como un surfista que aprovecha la energía de una ola, de dar rienda suelta
al poder y la promesa de provocar un pensamiento, oración y acción frescos y estimulantes.
Pregunta:

¿Es que no sabéis qué hora es? La noche está a punto de acabar; va a comenzar el
día. Es hora de dejar de dormir y levantarse (Rm 13,11-12).

E insiste:

¡Despertaos ya, dormilones! Levantaos de la muerte y el Mesías os dará luz (Ef.


5,14).

Y, tal vez, más revelador:

En cuanto al tiempo y a las circunstancias, no tenéis, hermanos, necesidad de que


se os escriba. Sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en
plena noche. Cuando los hombres hablen de paz y seguridad, entonces caerá sobre
ellos la ruina de improviso, igual que los dolores de partos sobre la mujer
embarazada, y no podrán escapar.
Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas. Por tanto, el día del Señor no debe
sorprendernos como si fuera un ladrón. Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos
del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por consiguiente, no durmamos,
como hacen los demás, sino vigilemos y vivamos sobriamente. Los que duermen,
de noche duermen; los que se emborrachan, de noche se emborrachan. Pero
nosotros, que somos del día, debemos vivir con sobriedad, cubiertos con la coraza
de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como casco protector.
Porque no nos ha destinado Dios al castigo, sino a alcanzar la salvación por medio
de nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, a fin de que, tanto despiertos
como dormidos, vivamos unidos a ÉL
Por lo tanto, animaos mutuamente y confortaos unos a otros, como ya lo venís
haciendo (1 Tes. 5,1-11).
Sí. De acuerdo. Realmente Pablo ha mezclado aquí bien las metáforas. Debéis estar despiertos
por si un ladrón intenta robar vuestra casa. Necesitáis despertaros, porque se acerca la mañana. Y
afortunadamente la mujer se ha ido a trabajar, de manera que no hay que emborracharse sino
ponerse la armadura.

Ahora bien, junto a la retórica sin aliento del amanecer, hay un punto fundamental que muestra
hasta qué punto el enfoque del primitivo cristianismo sobre la virtud era similar, y al mismo
tiempo diferente, del que mantenía el mundo pagano de su alrededor. Nosotros, gente del día,
debemos autocontrolamos, vestimos con la armadura de la fe y del amor, y ponernos el casco de
la esperanza de salvación. Esta es la meta, el télos, el pleno día que ya está despuntando; estos
son los pasos hacia esa meta, los hábitos del corazón, de la mente y del cuerpo, que os prepararán
para ser personas del día, seres humanos plenamente renovados. 1 Tesalonicenses es casi con
certeza una de las cartas más primitivas de Pablo, pero en ella podemos percibir ya la posición de
madurez que aparece dibujada más plenamente en otros lugares, una posición sobre la virtud que
desembocará, con el paso de los siglos, en una estructura masiva de investigación cristiana,
capaz de renovar la clásica tradición antigua sobre la virtud, transformándola radicalmente
durante el proceso. Fe, esperanza y amor forman para Pablo el carácter fundamental de la
persona, que anticipa en el presente, mediante una disciplina moral paciente y cuidadosa, la meta
de la genuina humanidad que se pone ante nuestros ojos. (Observemos especialmente la frase
«autocontrolarnos». Estas cosas no suceden por casualidad. Volveremos sobre ello en su
momento).

La meta -insiste- está ya dada en Cristo. Por esta razón, desde un cierto punto de vista, el día ha
despuntado ya, mientras que desde otro, todavía está en camino. Pablo, desconocedor del
moderno fenómeno del jet-lag, expresa aquí, sin embargo, algo similar. Le sucede como a
alguien que sale justo cuando está despuntando el día, y vuela a gran velocidad hacia el oeste,
comenzando el vuelo al final de la noche, para llegar al nuevo país, con tiempo para
experimentar de nuevo el amanecer. Su cuerpo y su mente saben que ya es de día, mientras que
el mundo que le rodea todavía espera que empiece a amanecer. Este es el cuadro del cristiano que
vive en el nuevo día del Reino de Dios -un Reino puesto en marcha por Jesús-, mientras que el
resto del mundo está todavía en la cama. La visión que tiene Pablo de la virtud cristiana, centrada
aquí, como en otras partes, en la fe, la esperanza y el amor, consiste en el desarrollo de los
hábitos de un corazón lleno de la luz del día en un mundo invadido todavía por la oscuridad.

Comenzar aquí es poner de relieve una vez más, como vimos en el capítulo anterior, que todo lo
que decimos ahora sobre la vida moral, vista desde la perspectiva de Pablo, es firme e
indestructiblemente mantenido en el contexto global de la gracia de Dios. Ni por un momento se
imagina Pablo, como puede uno hacer leyendo a Aristóteles, que la moralidad sea sencillamente
un asunto sobre la decisión de un hombre de adoptar un determinado conjunto de características,
y sobre el descubrimiento en él de la capacidad y energía para asumir y reformar la propia vida
de esa forma.

Pablo no habría dudado de que tales reformas sean en principio posibles. La mayoría de la gente,
tal vez después de algunos años de vida disoluta y desorganizada, cae en la cuenta de que
parecen no existir unas formas de vida mejores, más efectivas, y felices, y deciden disciplinarse y
poner orden en sus vidas. Mejor eso que nada. Pero con ese esfuerzo moral -habría insistido
Pablo- vienen después tentaciones de orgullo, arrogancia, codicia, y muchas cosas más. E incluso
en los moralistas paganos más serios (Aristóteles, Séneca, etc.) sigue dándose el enigma de que
alguien pueda decirle a la gente cómo vivir, no siendo capaz de hacerlo él mismo. Para Pablo, la
fe, la esperanza y el amor están ya dadas en Cristo y por el Espíritu, siendo posible vivir desde
ellas. Pero hay que trabajarlas. Y para ello es necesario querer vivir a la luz del día. Es necesario
comprender cómo funciona la propia vida moral. Y también pensar cuáles son los medios y cómo
funcionan. Es necesario desarrollar consciente y deliberadamente los hábitos del corazón, la
mente y el alma, y reforzar lo que sustentará esta vida de fe, esperanza y amor. En otras palabras,
es necesario practicar la forma específicamente cristiana de virtud.

Saber que el día ya ha despuntado y que uno está inmerso en una nueva vida con nuevas
posibilidades, es la estructura que permite que tenga lugar la reflexión paulina sobre las virtudes.
Es también la estructura que garantiza que, conforme vamos hacia delante, no pondremos en
peligro de ninguna manera la bien conocida posición de Pablo de que somos justificados y
definitivamente salvados por la gracia a través de la fe.

La visión de Pablo sobre el amanecer, la justificación, la fe y la vida cristiana se sostiene dentro


de una estructura teológica más amplia. Para él, toda la vida cristiana -la fe, el pensamiento y la
acción- acontece dentro de la actividad creadora y redentora (o neocreadora) del único Dios
verdadero, que se ha dado a conocer en Jesús el Mesías y que está ahora activo a través del
Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo. La estructura implícita -y a veces explícitamente trinitaria-
del pensamiento de Pablo ha sido investigada muchas veces y no necesitamos desarrollarla aquí,
excepto para observar que, si tuviéramos que preguntar a Pablo por su definición de la meta
última, el télos de la totalidad de nuestra fe y nuestra vida, podría muy bien responder: la
resurrección o, tal vez, la nueva creación; pero del mismo modo y tal vez más profundamente su
respuesta podría ser: Dios mismo. Para nosotros -escribe a los corintios- no hay más que un
Dios: el Padre, de quien proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos (cf. 1 Cor 8,6).

Esta pequeña frase, «para quien nosotros existimos», se hace eco de lo que dice al final de una de
sus principales argumentaciones: «De él, por él y para él son todas las cosas» (Rm 11,36). Esto
está íntimamente ligado a una frase similar, que aparece en Col 1, aunque en esta última es
Jesucristo al que tienden todas las cosas: todo fue creado «por él y para él» (1,16) y todas las
cosas fueron reconciliadas «por él y para él» (1,20). Para Pablo Dios permanece en el centro del
cuadro y, si nos centramos en la humanidad renovada, la nueva creación, el mundo restaurado
por el amor y la justicia salvadora de Dios, y lleno por fin de su gloria, debemos no olvidar que
el objetivo de todas las cosas es «que Dios pueda ser todo en todos» (1 Cor 15,28).

Ahora bien, si tuviéramos que reemplazar el télos de felicidad o florecimiento humano +O al


estilo cristiano, resurrección y nuevos cielos y nueva tierra-, por la respuesta: «Dios mismo», y
tuviéramos que preguntar cómo afectaría eso a la estructura de pensamiento que genera el
discurso de la virtud, encontraríamos rápidamente en Pablo lo que podríamos esperar de un judío
inmerso en las antiguas escrituras de Israel. Si el Dios creador es la meta, entonces lo que esto
significa para los seres humanos no es que estos serán absorbidos en Dios, perdiendo su
identidad e individualidad, sino que una vez más vendrán a reflejar la imagen divina plena y
completamente desde Dios hacia el mundo y desde el mundo hacia Dios. En otras palabras: reyes
y sacerdotes.
Esta idea de ser restaurados como genuinos portadores de la imagen, es exactamente lo que
encontramos al estudiar a Pablo. La gente del día, en la perspectiva de Pablo, es la gente que
hace opciones en el presente, desarrolla el carácter en el presente y la que tenderá hacia la meta
que es el mismo Dios, gracias a ser «renovados en el conocimiento según la imagen del creador»
(3,10). Y con esto llegamos a una de las principales exposiciones de la vida cristiana que hace
Pablo: la carta a la comunidad cristiana de Colosas.

Cuando aparezca el Mesías, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis


gloriosos con él. Destruid, pues, lo que hay de terreno en vosotros..., despojaos
del hombre viejo y de sus acciones, y revestíos del hombre nuevo que, en busca
de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su
creador (Col 3,4-5.9-10).

Existe una comprensión de la virtud por parte de Pablo. Significativamente, también existe en
Juan:

Sí, hijos míos, permaneced en él, para que, cuando se manifieste, tengamos plena
confianza, y no nos veamos avergonzados ante él el día de su gloriosa venida ...
Queridos, ahora somos ya hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que
seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo
veremos tal cual es. Todo el que tiene en él esta esperanza, se purifica a sí mismo
como él es puro (1 Jn 2,28; 3,2-3).

El acontecimiento futuro demostrará nuestra verdadera y definitiva existencia: por consiguiente,


debemos trabajar duro en el presente para convertirnos en el pueblo que estamos destinados a ser.
En cada caso, tanto en Pablo como en Juan, este futuro destino (para subrayar la cuestión una vez
más) está ya dado en Jesucristo y en nuestra pertenencia a él como sus miembros. No partimos
de un material humano en bruto ni trabajamos partiendo de cero. Partimos de un carácter humano
que está ya en Cristo, «resucitado con él» (Col 3,1) y «que permanece en él» (1 Jn 3,1; Gál 4,1-
7). Sin embargo, lo que nos interesa ahora no es tanto la lógica de la virtud paulina y joánica,
como los pasos concretos que deben darse para alcanzar esta virtud.

En primer lugar, como es lógico, los mandamientos de Pablo se inscriben claramente en el


discurso de la virtud, aunque al modo cristiano. No pueden ser reducidos ni a una deontología
cristiana, esto es, a la búsqueda de un conjunto nuevo o revisado de normas u obligaciones, ni a
un utilitarismo cristiano (buscando, y tal vez calculando, la felicidad previsiblemente resultante
para la mayoría) y menos todavía a un romanticismo o existencialismo cristianos. Vayamos uno
por uno.

Los mandamientos de Col 3,1-17, uno de los pasajes éticos más completos de Pablo y uno de los
mejor ordenados teológicamente, no deben verse como normas cristianas, en el sentido en que
los interpreta habitualmente la gente hoy. (No me refiero a filósofos serios, que por supuesto
saben que la virtud no debe practicarse en contra de las propias normas, sino a la idea popular
según la cual se considera que cualquiera que le dice a otro cómo debe comportarse está
proyectando sus propios prejuicios o su propia psicología sobre los demás de una forma
arbitraria y desagradable). Tampoco deben explicarse estos mandamientos de Pablo basándose en
la idea de que un comportamiento de esta naturaleza producirá la máxima felicidad al mayor
número de personas. Pablo es demasiado realista para esto, es demasiado consciente del
sufrimiento que tiene lugar cuando la gente se pone en el camino del seguimiento de Jesús
crucificado. Sí, «los sufrimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria
que será revelada» (Rm 8,18), pero se trata de un argumento escasamente prudente para ser
aceptado por alguien que fuera un utilitarista cristiano. Por último, tampoco está diciendo Pablo
concretamente, como podría esperar un romántico o un existencialista, que la posición moral que
está encareciendo, vendrá naturalmente, de modo que, una vez que uno es cristiano, solo tiene
que esperar ser capaz de hacer lo que él dice sin reflexión o esfuerzo moral.

No: lo que cuenta es la formación en el momento actual de un carácter que propiamente anticipa
la situación futura prometida, en el sentido que hemos analizado antes. Como vimos, esta
situación futura es para el cristiano la resurrección en un cuerpo como el de Jesucristo resucitado,
una resurrección para compartir, en el nuevo mundo, la nueva creación que ha comenzado ya con
él y en la cual el pueblo de Dios será un sacerdocio real, los auténticos seres humanos mediante
los que el mundo de Dios es conducido a una situación gloriosa floreciente. El Mesías está ya
sentado a la derecha de Dios, esto es, en una posición de autoridad ejecutiva sobre el mundo.
«Muy bien -dice Pablo-, vosotros estáis en Cristo, de modo que estáis también allí». De modo
que, igual que las virtudes cardinales dentro del esquema pagano de la virtud apuntaban más allá
y realmente anticipaban aspectos de la eudaimonía final o florecimiento humano, los estilos de
vida que encarece Pablo apuntan más allá y anticipan realmente aspectos de la definitiva
renovación de la humanidad.

Dentro de esta lógica es importante notar lo que Pablo no dice: «Pensad en las cosas de arriba».
Dice: «no en las de este mundo» (Col 3,2). Siglos de malentendidos dualistas han llevado a los
lectores de hoy a imaginar que, cuando él habla sobre «cosas de arriba» como algo opuesto a las
«cosas de este mundo», está adoptando una decidida antítesis entre el mundo del espacio,
tiempo, y materia (las cosas de este mundo), y un mundo «superior», una existencia puramente
espiritual, donde estas cosas no esenciales, desordenadas y desafortunadas son abandonadas con
un suspiro de alivio.

Pues no. Si fuera esto lo que quisiera decir, habría reforzado las prohibiciones contra ciertos tipos
de comida y de bebida, en vez de declarar innecesarias semejantes prohibiciones (2,16-23). No
habría recomendado todos los aspectos prácticos del carácter a los que volveremos (3,12-17).
No: cuando dice «de este mundo», se está refiriendo, como queda claro en 3,5-9, a esos estilos de
comportamiento que han vuelto la espalda al Dios creador y que reflejan la presente corrupción
de la creación en vez del amor y el señorío de Dios. Debemos caer en la cuenta del paralelo que
existe con Flp 3,14-21. Allí, Pablo establece el mismo contraste entre «arriba» y «en la tierra»,
dejando claro que «en la tierra» no significa una parte del mundo, del espacio, el tiempo, y la
materia, sino el comportamiento que se desarrolla como si lo único verdaderamente importante
fueran los apetitos terrenos. Este pasaje termina no con Jesús sacando a la gente del mundo físico
presente, sino con su vuelta desde el cielo para mantener unidos cielo y tierra, y para,
gobernando ambos, transformar nuestros cuerpos corruptibles de ahora, de forma que lleguen a
ser como el que él posee ya. Y, como ha sido subrayado frecuentemente a propósito de la lista de
«obras de la carne» de Gál 5,19-21, la mayor parte de lo que vemos aquí en Col 3,5-9, podría ser
practicado en realidad por un espíritu desencarnado (cólera, calumnia, blasfemia y, sobre todo,
mentira). En otras palabras, Pablo adopta el lenguaje de «arriba» y «abajo» para subrayar el
punto moral, pero no por ello está dando a su argumentación la impronta de un dualismo
ontológico (materia= malo, no-materia= bueno). Rechazar el mundo creado, que es bueno, es, en
el mejor de los casos, una burda parodia y una notable distorsión de la virtud cristiana.

Entonces, ¿qué dice Pablo en la carta a los colosenses que debemos hacer los cristianos?
Respuesta: les dice que desarrollen en el momento presente el carácter que verdaderamente
anticipará la vida de la era que ha de venir. Más adelante consideraremos detalladamente las
cosas prácticas que plantea, que están íntimamente relacionadas con otras listas similares. Lo que
necesitamos captar como la esencia de su síntesis de la virtud cristiana, es el esfuerzo moral que
implica «matad...» (3,5), «abandonad...» (3,8), «revestíos...» (3,14): estos son los puntos de
especial interés.

Lo principal que hay que subrayar es que ninguna de estas cosas ocurren naturalmente, sin más.
Incluso para el cristiano, las cosas no marchan por sí mismas y, ciertamente, no desde el
principio. Lo propio de la virtud, como hemos visto, es que con el tiempo, cuando el carácter de
una persona termina estando plenamente formado, estas cosas pueden, sin duda, comenzar a
suceder naturalmente. Pero los pasos hasta llegar a ese punto implican decisiones y acciones
duras y difíciles, opciones que van a contracorriente de aspiraciones, deseos e instintos con los
que todo ser humano viene equipado.

Pablo no se anda con rodeos en este punto. No dice: «Deberíais intentar realizar algo de esto» o
«Si os parece bien, pensad en absteneros de algunas de estas cosas». No. Dice: «Aniquiladlas. Si
no las matáis, ellas os matarán a vosotros» (3,6). Y esto -debemos subrayarlo- no porque Dios
vaya a invocar de repente una prohibición divina, arbitraria y tiránica para constreñir nuestra
forma de ser, para impedir que tengamos una buena andadura o para castigarnos si nos pasamos
de la raya. Al contrario, la razón es que estas formas de comportamiento conducen directamente,
con la fuerza de la necesidad, a la corrupción, la decadencia, y la muerte y, consecuentemente,
expulsan de la nueva creación en la que cielo y tierra se dan la mano, y donde triunfa la
resurrección.

Un ejemplo obvio. Como he mencionado antes, yo estaba escribiendo este libro durante la
tormenta financiera del denominado «derrumbe crediticio» de 2008-2009. Todos los que tenían
una cabeza financiera veterana y sabia, decían:

-Bien, los bancos y los prestamistas estaban prestando a la gente un dinero del que no disponían,
para comprar unas casas cuyo valor era superior al precio de venta, por lo que el derrumbe era
inevitable antes o después.

El resultado no era un castigo arbitrario, como el que podía imponer un tribunal condenando a
alguien a cinco años por fraude. Era una conclusión lógica, una consecuencia necesaria dentro
del propio comportamiento. «Haz este tipo de cosas y de su propio interior saldrán esas
consecuencias». Lo mismo ocurre con los comportamientos que Pablo enumera aquí. Son los
hábitos de vida los que conducen ya a la muerte.

Por lo tanto, algunas cosas deben ser «aniquiladas». Otras «excluidas», puestas fuera de alcance,
eliminadas con sentido de revulsivo. Indudablemente, el desarrollo de esta sensibilidad -el
reconocimiento y una consciencia sostenida de que estos aspectos negativos del carácter, furia,
ira, malicia, blasfemia, y cualquier tipo de maledicencia, resultan realmente deshumanizantes- es
una parte vital del desarrollo del carácter. Si estas cosas o la lista del versículo 5 llegan a
convertirse en hábitos, como dice Pablo que ha sucedido entre los miembros de la comunidad a
la que escribe (versículo 7), entonces el primer nuevo hábito a adquirir es el de la ruptura con
todas las cosas viejas. Pensemos en un jugador de tenis autodidacta, que ha estado haciéndolo
todo mal durante años. Esta persona necesitará desaprender toda una serie de cosas que, de
continuar con ellas, le impedirían jugar un campeonato correctamente. Solo después de este
desaprendizaje podrá adquirir nuevos hábitos, que le capacitarán para jugar al tenis no solo
apropiadamente sino incluso con éxito. De la misma manera, los convertidos necesitan aprender
que existen algunos hábitos del cuerpo, la mente, la imaginación, el habla, etc., que requieren ser
desaprendidos, para dar paso a nuevos hábitos que deben ser aprendidos.

Esta ilustración, sin embargo, es limitada, porque el tenis es un juego que se puede jugar uno
contra uno. En otras palabras, normalmente se trata de una tarea individual. Sin embargo, el
comportamiento cristiano no es así. No es un deporte como el fútbol, el rugby o el hockey. En él
no hay cabida para «pasajeros», es decir, jugadores que dejan que otros realicen el trabajo duro, a
la espera de todo vaya bien. Pero tampoco hay cabida para el individuo solitario que da por
supuesto que puede ser capaz de jugar a un mismo tiempo al ataque, en la defensa y como apoyo.
Por eso, las virtudes que Pablo anima a desarrollar a los colosenses son virtudes de comunidad:
mutua amabilidad, veracidad, perdón recíproco, aceptación por encima de las barreras
tradicionales de raza, cultura y clase. No es que la construcción y cuidado de una comunidad de
este tipo sea en sí misma una de las virtudes. Habida cuenta de que el amor es la principal virtud
(3,14), la comunidad es el contexto principal. Y, anticipando un punto muy posterior, a la esencia
más auténtica de esta clase de comunidad pertenece el que no somos clones los unos de los otros.
Todos los cristianos deben exhibir las virtudes cristianas, pero cada uno está llamado a un
conjunto de tareas diferentes.

A continuación, Pablo se centra en el lado positivo: «Comportaos, pues, como elegidos de


Dios...». Una vez más, lo fundamental es que todo esto no sucede automáticamente. La
comunidad es vital, pero todos sus miembros deben hacerla suya. No es bueno esperar que,
puesto que uno se ha convertido, va a la iglesia, dice sus oraciones, tiene amigos cristianos, etc.,
va a descubrir que las cualidades de amabilidad, gentileza, humildad, y las demás se van a
producir sin más, sin esfuerzo por su parte. Ciertamente, este contexto es esencial. Estar en
compañía de gente de mentalidad afín y capaz de apoyar (o tener un saludable mapa genético y
una feliz educación), puede, aunque no resulte absolutamente necesario, crear un contexto dentro
del cual un individuo puede encontrar coraje y energía suficientes para realizar progresos
morales. Pero más pronto o más tarde, probablemente más pronto, cada cristiano individual
deberá hacer las opciones clave para «realizar» las cosas que anticipan genuinamente en el
presente la vida que se nos ha prometido para el futuro, la vida que ya nos ha sido dada en Cristo.
Y habiendo realizado esas opciones clave, cada cristiano debe adquirir el hábito de seguir
haciéndolas una y otra vez.

Como con el «desechar», así también el «realizar» es cuestión de una decisión consciente,
reiterada una y otra vez, de hacer determinadas cosas en determinada dirección, de crear
estructuras o modelos de memoria e imaginación en lo más hondo del psiquismo y, como hemos
aprendido de la neurociencia contemporánea, en lo más hondo de la actual estructura física de
nuestro misterioso cerebro. Gradualmente, paso a paso, el realizar o hacer funcionar estas
cualidades, unas cualidades que por el momento me pueden parecer sumamente artificiales,
antinaturales y ajenas a mí, transformará de hecho el carácter en sus niveles más profundos. Col
3 es indudablemente un número uno en la cuestión de la virtud cristiana.

Por supuesto, utilizamos con frecuencia la expresión que usa Pablo, «realizar» 16, para referimos a
todos los que pretenden ser algo que no son. Se trata de una expresión algo despectiva. «Estás
realmente exagerando la nota», decimos a alguien que aparentemente está fingiendo una
emoción profunda. «En realidad, no te sientes así». Nuestra cultura, empapada de romanticismo
y existencialismo, está pronta a detectar y reírse de la hipocresía. Esta reacción es, en realidad, el
contrapunto moderno y secular de la antigua ansiedad teológica con respecto a quienes trataban
de «considerarse suficientemente buenos ante Dios», en vez de confiarse a la gracia de Dios.
Como hemos visto antes, Martín Lutero, hace cerca de cinco siglos, consideró que toda «virtud»
era en realidad «hipocresía».

Pero parte del punto de vista de Pablo, que es completamente característico de la ética de la
virtud, es que uno tiene que pasar por esta etapa, si quiere ir a cualquier lado. Por poner de nuevo
un ejemplo tomado de un deporte individualista: cuando un maestro de golf me indicó finalmente
qué era lo que estaba haciendo mal en la forma como estaba agarrando el palo, durante los días
posteriores todo mi juego me resultó «innatural». Pretendía equivocadamente volver a hacer las
cosas como siempre las había hecho, porque era la forma que me parecía y sentía como correcta.
Era lo que mis manos y mis hombros estaban acostumbrados a hacer. El problema era que la
pelota normalmente no iba a donde yo quería que fuera..., mientras que, por lo menos algunas
veces, la nueva forma de agarrar el palo, por más innatural que me pareciera, estaba empezando
a mejorar mi realización. De manera parecida, recuerdo a un profesor de piano que insistía en
que la causa de que yo estuviera teniendo problemas con una determinada pieza en la que había
sido autodidacta, era que no prestaba atención suficiente a la posición de los dedos que el propio
compositor había sugerido. Cuando intenté por primera vez colocar los dedos «correctamente»,
después de meses de vérmelas con la pieza según mi propio y dulce entender, la sensación fue
sumamente extraña. Apenas podía concentrarme en el sentimiento musical, porque estaba
totalmente bloqueado por una incorrecta sensación en mis dedos. Pero una vez más y
gradualmente no solo me acostumbré a la nueva posición de los dedos, sino que la pieza empezó
a sonar de una forma inédita hasta entonces. Esto es lo que viene a suceder cuando alguien
comienza seriamente a «realizar» las cosas a las que se refiere Pablo.

16
En el original inglés, puttíng on. El autor está utilizando este verbo con la preposición correspondiente para
referirse a lo que el texto paulino traducido al castellano sería «revestirse de», con el significado de «practicar»,
«realizar», «hacer», etc. Evidentemente, las expresiones del inglés no resultan trasladables sin más al castellano,
sobre todo cuando el autor las utiliza metafóricamente, aplicándolas a situaciones concretas de la vida. Téngase esto
en cuenta, para poder interpretar correctamente toda esta parte del capítulo (N. del T).
Pues bien, conviene entonces que transportemos estos ejemplos individuales al plano de toda una
comunidad. No es infrecuente escuchar a profesionales y aficionados al fútbol lamentarse de que
su equipo está formado por un conjunto de individualidades muy caras, que no han aprendido a
jugar juntos. Semejante equipo -equipo solo de nombre- estará a merced de cualquier otro con
menos individualidades geniales, que conocen las capacidades de los demás y saben cómo jugar
haciéndolas rendir; saben cómo sacar lo mejor de cada uno y confían los unos en los otros a la
hora de estar en el lugar correcto en el momento oportuno. De igual manera, pongamos a un
pianista en un grupo de cámara o, si se prefiere, al intérprete de viola en una gran orquesta. El
buen músico no se contenta con interpretar la música simplemente en el estrado. Interpreta
conscientemente y con toda fruición como parte de un todo más amplio, aportando su propia
contribución, pero consciente de todo el alcance y el flujo de la música y de las demás
aportaciones tan diferentes de la suya, pero tan necesariamente complementarias.

«Revestíos, pues, de compasión y amabilidad...», «Vestirse» es también, por supuesto, una


metáfora, que hace alusión a lo que ocurre cuando uno se levanta por la mañana y decide qué
ropa ponerse. Imaginemos a un hombre que acaba de cambiar de trabajo y ha pasado de ser
censor jurado de cuentas a dedicarse a cuidar un centro de jardinería. Durante años se ha
levantado por la mañana y se ha vestido automáticamente con su traje para ir a la oficina. No ha
tenido que pensar en ello. Sin embargo, ahora tiene que elegir la ropa adecuada para su trabajo al
aire libre. Es fácil imaginar cómo se las arreglará. Los primeros días, pensando con entusiasmo
en el nuevo trabajo, no le resultará difícil escoger en el armario la ropa adecuada. Pero, antes de
adquirir la rapidez propia de lo que se ha convertido en hábito, no sería sorprendente si al
levantarse una mañana con otras cosas en la cabeza, se diera cuenta de que se estaba vistiendo de
traje y corbata antes de caer en la cuenta de ello. Tal vez un ejemplo tonto, pero da en el clavo: la
ropa no sale sola del armario y se coloca sin más sobre uno; es necesario pensar qué se va uno a
poner, tomar una y otra vez decisiones conscientes para ponerse la ropa adecuada para la nueva
vida que uno se dispone a seguir.

Esto es exactamente lo que dice Pablo. La nueva vida es la vida «en Cristo». Los nuevos vestidos
-que indudablemente parecerán poco naturales y nada confortables al principio- están en la lista
que encontramos en los versículos 12-17: compasión, amabilidad, humildad, mansedumbre,
aguante, perdón y, sobre todo, amor. Suena un poco como las bienaventuranzas, ¿verdad?, y,
como ocurre con la célebre lista de Jesús, uno no tiene más remedio que decidir que intentará
revestirse de ellas. Es necesario sacarlas del armario. Hay que aprender a vestirlas correctamente,
como alguien que aprende a hacer una corbata de pajarita.

Pablo amplía la metáfora: hay una ropa que se superpone a las demás y las ata en un punto, como
si fuera un cinturón. Es el agápe o el amor (versículo 14). Volveremos a ocupamos del
significado de agápe en Pablo más tarde, pero caigamos ahora en la cuenta de lo que él dice
sobre esta palabra: el amor es «el vínculo de la perfección», el syndesmos tes teleiótetos, aquello
que da unidad al todo, «perfeccionándolo». Hay una raíz que conecta todo este tema, por una
parte, con Aristóteles, con su télos, la meta, el fin último de todos nuestros esfuerzos, y con
Jesús, por otra, con su exhortación a ser «perfectos» o completos, téleios. Aquí está la meta; estos
son los pasos que conducen a ella. Hay algunas cosas que permanecen, que duran, que crean (por
así decir) un puente entre este mundo y el venidero; y entre estas cosas perdurables el amor es la
más grande (1 Cor 13,13), que examinaremos en el próximo capítulo.
Así es como funciona la virtud. «Mantén los ojos puestos en la meta de un carácter «completo»,
en el caso cristiano la plenitud humana prometida en la resurrección, a través de la cual somos
llamados a ser un sacerdocio real. Practica en el presente las habilidades que gradualmente te
permitirán hacer y ser lo que te conducirá a conseguir ese carácter completo». Esto, de entrada,
parecerá «innatural», pero posteriormente, si insistimos en ello, puede llegar a convertirse en una
segunda naturaleza. Cuando hacemos esto -nos dice-, nos convertimos en un auténtico ser
humano capaz de reflejar a Dios. El mundo verá en nosotros un reflejo de lo que es
verdaderamente Dios. Dios verá en nosotros un reflejo del mundo tal como ha sido y será
renovado en la resurrección de Jesucristo.

Para que algo de esto tenga sentido, existe un elemento clave en el que Pablo insiste una y otra
vez. Hay dos razones interrelacionadas que explican por qué no podemos actuar sin este
elemento. En primer lugar, existe un ingrediente vital dentro de una existencia genuinamente
humana que, si no se mantiene dentro de ella, como lamentablemente parecen querer hacer
muchos, termina confabulándose con lo que en el mejor de los casos es un estado semihumano.
Segundo, hay otro ingrediente sin el cual todo este esquema sencillamente no funcionará. Me
refiero a la mente.

Sed transformados -encarece Pablo- mediante la renovación de vuestra mente


(Rm 12,2).

La llamada de Pablo a permitir la renovación de la mente para ser así totalmente transformados,
aparece al principio de la sección «Así pues» de Rm, que es su carta más importante. Merece la
pena transcribir toda la cita:

Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como


sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto.
No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos,
renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios,
qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rm 12,1-2).

Notemos, en primer lugar, que Pablo configura la exhortación a ser transformados dentro de su
llamada a un culto sacerdotal. Nosotros hemos de ofrecer sacrificios; hemos de dar culto al Dios
vivo de forma viva y veraz. Y los sacrificios en cuestión, exactamente igual que en Rm 8, son la
totalidad de nuestras personas. Aquellos a los que se les ha asegurado su «acceso» a la presencia
de Dios como en el templo (Rm 5,2) y a los que se les ha prometido que «reinarán» con
Jesucristo (5,17), se les dice ahora que vengan al templo, no ya como quienes dan culto sino
como quienes se ofrecen en sacrificio. Ellos han de presentarse a sí mismos en el altar; en otras
palabras, han de entregar la totalidad de sus vidas al Dios que los ha liberado en virtud de su
misericordia. Haciéndolo así, unirán, como los hombres de Ap 4-5, las alabanzas inarticuladas de
toda la creación, presentándolas ante el Creador. En este sentido, compartirán el culto obediente
y agradecido ofrecido en Jesucristo.
La palabra que utiliza Pablo para decir «verdadero y apropiado» es realmente un término que los
moralistas paganos habrían reconocido (aunque probablemente no habrían comprendido el
verdadero meollo de lo que dice Pablo). Esta palabra, logikós, resulta difícil de traducir, porque,
además de significar «verdadero y apropiado» o «lógico», puede también querer decir «racional»
por una parte y «espiritual» por otra. Da la impresión de que Pablo está diciendo tres cosas
interrelacionadas. En primer lugar, ofrecer vuestros cuerpos (que aquí equivale a la totalidad del
yo) a Dios es sin duda la cosa más apropiada que puede hacerse, ya que Dios os ha redimido y
transformará este cuerpo, para que sea como el cuerpo resucitado de Jesucristo; una
transformación que es posible anticipar mediante un apropiado comportamiento aquí y ahora.
Segundo, este autoofrecimiento no es meramente del cuerpo, sino del cuerpo en cuanto que está
dirigido por una mente que razona. Tercero, «cuando dais culto a Dios de esta forma, con todo
vuestro ser, en realidad no estáis, por supuesto, tumbándoos sobre un altar y cortando vuestra
propia garganta, sino que lo estáis haciendo "espiritualmente", no por cierto metafóricamente,
sino en el ámbito de la realidad espiritual». Esta es, por así decir, la verdadera obra «sacerdotal»,
a la que apuntaban todos los antiguos sacrificios que se realizaban en el templo de Jerusalén.

Pablo desarrolla este tema «sacerdotal» de diversas formas en otros lugares. En Rm 15,16 se ve a
sí mismo yendo a Jerusalén como sacerdote y llevando una ofrenda al templo; ahora bien, la
ofrenda es los gentiles conversos en la forma del dinero que habían dado y que se había
convertido en santo por la acción del Espíritu Santo (suponiendo que a alguien se le ocurriera
ponerlo en cuestión). En Flp 2,17 ve a los filipenses y su vida de fe como sacrificios ofrecidos a
Dios con su propia vida, como bebida derramada en sacrificio. Estas imágenes de un culto
sacrificial aparecen en Pablo con toda naturalidad. Una vez que ha examinado cuidadosamente el
hecho de que el significado del templo de Jerusalén haya sido transferido a Jesucristo y a
aquellos en los que ahora habita el Espíritu, no tiene ninguna dificultad en utilizar estas imágenes
para subrayar la naturaleza del culto cristiano, del aspecto «sacerdotal» de la vocación al
«sacerdocio real».

El mismo tema es puesto de relieve al final de la «epístola del sacerdocio», es decir, la carta a los
hebreos:

Nosotros tenemos un altar del que no tienen derecho a participar los que están al
servicio de la antigua tienda de la presencia. En efecto, los cuerpos de las víctimas
expiatorias, cuya sangre es llevada al santuario por el sumo sacerdote, son
quemados fuera del campamento. Por eso, también Jesús, para santificar al pueblo
con su propia sangre, padeció fuera de la ciudad. Salgamos, pues, a su encuentro
fuera del campamento y carguemos también nosotros con su oprobio. Porque no
tenemos aquí ciudad permanente, sino que aspiramos a la ciudad futura. Así pues,
ofrezcamos sin cesar a Dios por medio de él un sacrificio de alabanza, es decir, el
fruto de los labios que bendicen su nombre.
No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente, porque en tales
sacrificios se complace Dios (Heb 13,10-16).

Una vez más, el sacerdocio real aparece trascendiendo el mundo del judaísmo antiguo, pero
manteniendo en pie su esencial vocación.
Volviendo a Rm 12,1, por este medio Pablo ha creado el contexto para el mandamiento clave,
que sitúa la totalidad de su ética al margen de cualquier insinuación de «espontaneidad», es decir,
puesto que, «una vez que habéis estado en Cristo habitados por el Espíritu, todo lo que tenéis que
hacer es dejar que la nueva vida venga naturalmente». No: la mente debe ser transformada, de
modo que podáis pensar, valorar y considerar por vosotros mismos cuál es realmente la voluntad
de Dios. De no involucrarse plenamente la mente, no solo «no creceréis como seres humanos en
plenitud (y plenamente integrados), sino que no os comprometeréis en absoluto con la virtud».

Cuando Pablo habla sobre la mente, no está valorando a los cristianos en términos de lo que
podríamos llamar su capacidad intelectual o académica. Algunos cristianos tienen este tipo de
mente. Muchos otros no. Pero lo que Pablo quiere es que todos los cristianos tengan sus mentes
renovadas, de modo que puedan pensar de forma diferente. Todos nosotros afrontamos
numerosos desafíos no solo en la esfera de la moralidad en cuanto tal sino en otros mil contextos
diferentes. No se trata simplemente de que haya que poner el piloto automático y esperar que las
cosas se resuelvan por sí mismas. Esto funcionará, como con nuestros ejemplos de virtud,
únicamente cuando nos hayamos entrenado en la práctica de los hábitos necesarios. Ahora bien,
hacer esto requiere un pensamiento cuidadoso y debidamente disciplinado en esta nueva forma
probablemente durante algún tiempo. Tenemos que ser capaces de pensar qué hacer: qué hacer
con nuestras vidas y qué hacer en las crisis repentinas que se nos presentan cada minuto. Estar
entrenados para pensar «cristianamente» es el antídoto necesario para lo que pasaría de otra
forma, que sería estar, como dice Pablo, «exprimidos según el modelo dictado por el tiempo
presente».

De nuevo, la subestructura de la que Pablo está hablando debe ser clara. En los once primeros
capítulos de Rm ha expuesto con una extensión considerable la forma en que Dios creador ha
sido fiel, en Jesucristo y en su muerte y resurrección, a su alianza prometida a Abraham y a su
familia, y ha provisto el modo por el que los seres humanos, a pesar de su pecado e idolatría,
pueden ser liberados y situados en el camino hacia la tierra prometida, hacia la renovación de
toda la creación. En concreto, ha mostrado que, incluso la aparente defección de muchos judíos
rechazando la fe en su propio Mesías, está incluida, hasta cierto punto, en el objetivo de largo
alcance del Dios único. Toda su exposición está dominada por la convicción básica de que en
Jesús, el Mesías, ha despuntado ya para el «tiempo presente» la «época futura». Muchos judíos
de aquel tiempo esperaban que la época presente llegara a su fin y que así el tiempo futuro
comenzara en plenitud. Pablo piensa que en Jesucristo el tiempo futuro tan largamente esperado
ha comenzado ya. Y ahí es donde los cristianos deben optar por vivir.

Sí, el tiempo presente sigue también su fatigoso camino, de tal modo que ambos se entrelazan.
Como las olas en el océano, la nueva era de Dios ha llegado ruidosamente en la resurrección de
Jesucristo, pero el tiempo presente actúa como una poderosa resaca, que impide que las olas se
muevan con toda su fuerza. La resaca de la era presente, que sigue desarrollándose, es lo mejor
para persuadir a todos los que mediante la fe y el bautismo forman parte ya del tiempo futuro, de
que, de hecho, nada ha cambiado significativamente y de que lo que deben hacer sencillamente
es seguir como estaban, viviendo la misma vida que vive todo el mundo. «El mundo tal como
es» es una fuerza poderosa e insidiosa, que capta toda la energía de la nueva creación, sin
respetar la fe y la esperanza, para recordar a cada uno que la edad futura está realmente ya aquí
con todas sus nuevas posibilidades y proyectos.
El antídoto para el poder de la era presente, por tanto, es tener la mente renovada, de modo que
cada uno pueda pensar claramente sobre la forma de vida que agrada a Dios, que está de acuerdo
con la voluntad de Dios, que es buena y aceptable, y (aquí una vez más) es «perfecta», téleios,
completa. Esta renovación de la mente está en el centro de la renovación de todo el ser humano,
puesto que la «oscuridad» de la mente se identificaba como el núcleo central del problema de la
idolatría, de su humanización y pecado en un capítulo anterior de Rm 1,21-23.28:

Porque habiendo conocido a Dios, no lo han glorificado ni le han dado gracias,


sino que han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido su
insensato corazón. Alardeando de sabios, se han hecho necios y han trocado la
gloria del Dios incorruptible por representaciones de hombres corruptibles, e
incluso de aves, de cuadrúpedos y de reptiles [...] Y por haber rechazado el
verdadero conocimiento de Dios, Dios los ha dejado a merced de su depravada
mente, que los impulsa a hacer lo que no deben.

Una vez más, aunque sea difícil la traducción, resulta esencial, sin embargo, captar lo que se
dice, si queremos entender cómo fluye el pensamiento de Pablo. La mente que está en rebelión
contra Dios, que rechaza glorificarle, se convierte en «necia», es decir, en incapaz de pensar
rectamente sobre lo que constituye un comportamiento humano apropiado, mientras que la mente
que ha sido renovada adquirirá el hábito de la claridad y el recto pensar. La mente necia es, en
Rm 1, la raíz de la que procede la totalidad de cosas malas, todas las cuales, en la interpretación
de Pablo, reflejan la ruptura de la «imagen» a la que se alude aquí, en un pasaje que claramente
tiene en mente los cinco primeros capítulos del Génesis. No es que el cuerpo extravíe a la mente
o al corazón. Es, más bien, la negativa a dar gloria al único Dios verdadero lo que conduce al
fracaso en el pensar y, como consecuencia, al fracaso en el actuar como deben hacerlo los
auténticos seres humanos. Merece la pena notar (para evitar cualquier duda) que Pablo está
describiendo aquí a la raza humana en su conjunto, no a individuos concretos dentro de ella. Está
diagnosticando un mal que todos hemos sufrido, aun cuando los síntomas varíen de una persona
a otra.

Tal vez, el punto más llamativo es aquel con el que concluye Rm 1:

Conocen bien el decreto de Dios, según el cual los que cometen tales acciones son
dignos de muerte, pero no contentos con hacerlas, aplauden incluso a los que las
cometen (1,32).

Una cosa es insistir en caminar hacia el sur cuando el compás está apuntando al norte; ahora
bien, «fijar» el compás de modo que te diga que el camino equivocado es el correcto, es algo
muchísimo peor. Es posible corregir una equivocación. Pero una vez que alguien se dice a sí
mismo que no se trata de una equivocación, ya no hay vuelta atrás.

Así pues, la redención de la totalidad del ser humano anticipada en el caso de Abraham en Rm 4,
está notablemente caracterizada por el reverso de todo este proceso:
Y no decayó su fe [de Abraham] al ver que su cuerpo estaba sin vigor -tenía casi
cien años- y que Sara ya no podía concebir. Tampoco vaciló por falta de fe ante la
promesa de Dios; al contrario, se consolidó en su fe, dando así gloria a Dios,
plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete (Rm
4,19-21).

Esto forma parte del significado que tiene Abraham en el pensamiento de Pablo, particularmente
en Rm. En virtud de la llamada y de la promesa de Dios, Abraham es el comienzo de la
verdadera humanidad. Él es aquel que, con una fe que Pablo ve como el verdadero antecedente
de la fe cristiana, permite que su pensamiento y su fe sean determinados no por la forma de ser
que tiene el mundo, ni tampoco por la forma de ser de su propio cuerpo, sino por las promesas y
acciones de Dios. Por eso, esto da el tono para la «verdadera humanidad», que se expone en el
capítulo 5 y que hemos visto antes, donde la misma raíz de la palabra (dokimós) es utilizada
cuando Pablo habla sobre el «carácter intentado y acreditado» en 5,4.

De nuevo, para evitar las distorsiones que pueden producirse por la dificultad de hacer una
traducción exacta, pero teniendo en cuenta que las expresiones pueden ayudar a la mejor
comprensión del pensamiento de Pablo, vamos a mirarlo más de cerca. Los seres humanos no
han «tenido a bien» mantener a Dios en sus mentes y, por eso, han sido «ineptos» a la hora de
pensar y, consecuentemente, de actuar (1,28). Habiendo sido justificados por la fe, están en paz
con Dios, tienen acceso a la gracia y son lanzados a un desarrollo de la estructura del carácter, en
la que el sufrimiento produce paciencia, la paciencia los convierte en «aptos» y su «aptitud» les
otorga esperanza (5,4). Así pues, siendo transformados por la renovación de sus mentes, tienen
que asumir la «aptitud» de la voluntad de Dios, que determina lo que es bueno, aceptable, y
«perfecto» (12,2). Para Pablo, la mente es central para el carácter cristiano: la virtud es el
resultado del pensamiento y la elección.

Todo esto nos ayuda también a comprender la exhortación del capítulo 6 a «considerarse muertos
al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (6,11). Es una llamada a una
actuación no basada en conjeturas ni en una imaginación o fantasía especulativas, sino en una
deducción mental: «Vosotros estáis en el Mesías; el Mesías ha muerto y ha resucitado; por tanto,
vosotros habéis muerto y habéis resucitado; por tanto, el pecado no tiene ningún derecho sobre
vosotros». Este imperativo mental, y solamente él, es la base para la llamada que viene a
continuación: «De modo que no permitáis que el pecado reine en vuestro cuerpo mortal, para
obligaros a obedecer a sus deseos» (6,12). Todo esto -y mucho más realmente, pero por lo menos
todo eso- está detrás de la aparentemente breve instrucción de Pablo al comienzo del capítulo 12:
«No permitáis ser manipulados según los dictados del tiempo presente, sino transformaos por la
renovación de vuestras mentes».

¿Qué significa todo esto en términos de la visión que tiene Pablo de la virtud? La virtud, como
hemos visto, es una tarea dura. Requiere conseguir una determinada musculatura. Supone el
aprendizaje de un lenguaje nuevo y complejo que, de entrada, la gente encuentra difícil tanto
para su mente como para su lengua. Pero no es un lenguaje que se pueda aprender como
aprenden los loros. Sí, puede ayudar unirse a otros que están también aprendiéndolo. Sí, será
bueno acudir a clases y oír programas de radio que hablen el nuevo lenguaje. Pero a la hora de la
verdad, no hay más remedio que comprometer en ello la propia mente: hay que meterse en la
estructura de los verbos y las frases, aprender cómo ha surgido el vocabulario y por qué se han
producido, en determinadas palabras, complejas asociaciones metafóricas, que nunca antes uno
había imaginado de primeras. Solo cuando alguien ha entrado con el pensamiento en este mundo,
podrá llegar a lograr algo así como la fluidez.

¿Cómo se aplica todo esto a nuestro tema? Parte de nuestra dificultad en el mundo cristiano de la
última modernidad occidental, ha sido que la mente, la facultad de pensar y razonar, ha quedado
desprendida. Como sucede cuando uno tiene desprendimiento de retina en el ojo, cuando el
pensamiento termina desprendido, dejan de verse las cosas con claridad. Pensamiento y razón
parecen haber quedado situados en un lado, en un mundo privado reservado para intelectuales y
académicos (notemos, por ejemplo, la forma en que los comentaristas deportivos usan la palabra
«académico» para significar «irrelevante»). Más aún, con frecuencia hablamos de nuestros
pensamientos como si fueran sentimientos: en un encuentro, para ser educados, podríamos decir:
«Tengo la impresión de que esto es equivocado», porque suena menos agresivo que decir:
«Pienso que esto es equivocado». De modo parecido, tal vez sin darnos cuenta siempre de ello
(lo que a su vez es un signo del mismo problema), algunas veces permitimos que los
sentimientos se sobrepongan a los pensamientos: decir «Tengo la apremiante sensación de que
debemos hacer esto» puede tener más peso que decir: «Pienso que debemos hacer esto», puesto
que nadie quiere herir nuestros sentimientos. Dando un lógico paso más, permitimos que los
sentimientos reemplacen todo el proceso de pensar, de modo que lo que parece ser una discusión
razonada es, en realidad, un intercambio de emociones, al margen de todo razonamiento en el
que todos los participantes pretenden el más alto punto de partida moral, porque cuando dicen:
«Tengo la apremiante sensación de que debemos hacer esto» están diciendo la verdad: realmente
sienten con toda intensidad, hasta el punto de que se sentirán heridos y rechazados, si los demás
no están de acuerdo con ellos. De esta forma, el discurso razonado es abandonado en favor de la
política del patio de recreo.

El día que estaba redactando este capítulo, alguien escribió al periódico que suelo leer para
expresar una opinión sobre el «suicidio asistido», es decir, la eutanasia. Después de expresar su
opinión, decía:

-Esto es lo que siento sobre el particular y sé que otras personas tienen sentimientos igualmente
fuertes sobre este asunto.

No dudo de que fuera cierto. Pero sus sentimientos eran irrelevantes para la cuestión de si el
objetivo era acertado o equivocado. Mucha gente siente intensamente que deberíamos
bombardear a nuestros enemigos, ejecutar a los grandes criminales y castrar a los violadores; que
deberíamos abolir los impuestos y permitir que sobrevivieran solo los más aptos. Mucha otra
gente siente muy intensamente que no deberíamos hacer ninguna de estas cosas. Un intercambio
de sentimientos podría decirnos hasta qué punto puede llegar la presión, pero nunca nos dirá qué
opción es la correcta.

A menos que una persona pueda aportar razones, no hay literalmente razón alguna que obligue a
tomar en serio a esa persona. Sin razones, lo único que hacemos es quedar sometidos a un
chantaje emocional. Algunas veces lo llamamos «chantaje moral», pero no tiene nada que ver
con la moral, sino únicamente con la amenaza juvenil implícita de coger un berrinche a menos
que todo el mundo ceda. La consecuencia es que la toma de decisiones morales termina
rebajándose al nivel de un sopesar una serie de sentimientos cuasi morales, y desde allí, a una
ciénaga donde ciertamente la época presente nos ha marcado una vez más con su propia forma.
Es como si no hubiera tenido lugar nunca la resurrección, como si no hubiera despuntado nunca
la nueva era. Esta es precisamente la cuestión.

O mejor dicho, esta es la mitad de la cuestión. Desde este ángulo, la enseñanza moral de Pablo
comienza con el requerimiento, como en Rm 6,11, de «pensar desde donde realmente estáis, en
el Mesías crucificado y resucitado», volviendo atrás la mirada hacia los acontecimientos
mesiánicos de la muerte y resurrección de Jesús. Ahora bien, aquí, lanzándose a una típica
exhortación sobre la virtud, Pablo está al mismo tiempo mirando hacia adelante: la cuestión de
«ser transformados por la renovación de la mente» se plantea «para que podáis elaborar,
discernir, pensar, y llegar a un juicio solvente sobre (todo esto contenido en la densísima
expresión griega eis to dokimázein hymás) cuál es la voluntad de Dios, lo que hará de vosotros
hombres plenamente renovados, lo que os marcará el télos, la meta. No la alcanzaréis siguiendo
la corriente ni tampoco dando un salto siguiendo vuestra intuición. Sí, vuestra intuición puede
orientaros hacia el lugar correcto, pero hasta que hayáis realizado el trabajo de la renovación de
la mente, no tendréis garantía de que esa intuición sea correcta y de que no estéis una vez más
siendo engañados por la era presente».

Otro pasaje que se sitúa en paralelo con Rm 12 se encuentra casi al comienzo de la carta a los
filipenses:

Y le pido que vuestro amor crezca más y más en conocimiento y sensibilidad para
todo. Así sabréis discernir lo que más convenga, y el día en que Cristo se
manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación
que se logra por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Flp 1,9-11).

Lo señalado en cursiva permite ver cómo aparece de nuevo el mismo tema. Cuando piensa y reza
por sus queridos fieles de Filipo, Pablo, por supuesto, quiere que crezcan en el amor, pero este
amor no consiste en «indisciplinadas escuadras de emociones» sino en un hábito de pensamiento
del corazón, un corazón que sabe por qué aprueba lo que aprueba y por qué desaprueba lo que
desaprueba.

Todo esto lleva consigo la mirada de futuro que es común a la clásica enseñanza sobre la virtud.
«El día de la manifestación de Cristo» está llegando, es el día en el que lograréis la «plenitud»,
como ha dicho un poco antes en el versículo 6:

Estoy seguro de que Dios, que ha comenzado en vosotros una obra tan buena, la
llevará a feliz término [epitelései, de nuevo la raíz télos] para el día en que Cristo
Jesús se manifieste.

Aquí está de nuevo el télos, la meta, y también está la gracia, la obra soberana de Dios «que os
conducirá a la meta; pero no penséis ni por un minuto que esta gracia actuará sin la implicación
total de vuestra mente». De nuevo encontramos aquí lo mismo: Dios quiere que seamos pueblo,
no muñecos; auténticos seres humanos que piensan y toman decisiones, no paja que mueve el
viento hacia uno u otro lado. «Necesitáis entender adecuadamente las cosas que difieren» -dice
Pablo- y la palabra que usa para «entender adecuadamente» es nuestra vieja amiga dokimázein,
como en la raíz dokimós en Rm 1,5.12. Pienso que parte del problema que existe en el
cristianismo contemporáneo es que hablar sobre la libertad del Espíritu, sobre la gracia que nos
arrastra, que sana y transforma nuestras vidas, se ha confundido subrepticiamente con una
especie de romanticismo de baja calidad en connivencia con un rasgo antiintelectual de nuestra
cultura, que ha producido la convicción de que cuanto más espiritual es alguien, menos necesita
pensar.

No hace falta que me esfuerce en subrayar que esto es una equivocación. Cuanto más
genuinamente espiritual es alguien, de acuerdo con Rm 12 y Flp l, más clara, exacta y
cuidadosamente pensará, particularmente sobre hasta qué punto será completa la meta de la
peregrinación cristiana, y consecuentemente qué pasos habrá que dar, qué hábitos habrá que
adquirir como parte de ese viaje o peregrinación hacia esa meta ya desde ahora. Así pues,
pensar clara y cristianamente es tanto un elemento clave dentro del proceso total de
rehumanización (no se es plenamente humano si se prescinde del pensamiento y la razón), como
una parte vital del motor que conduce el resto de este proceso.

Una vez más, nada de esto puede ser entendido en un sentido individualista. Por supuesto,
aquellos que tienen una dotación mental e intelectual más acusada deben utilizarlos al servicio de
Dios. Pero, como viene a decir Rm 12, no debemos pensar por más tiempo sobre nosotros
mismos con indebido aire de superioridad, sino que debemos tener un juicio sobrio, puesto que
Dios nos ha hecho miembros unos de otros en Cristo dentro de un mismo cuerpo (Rm 12,3-5).
Ahora bien, incluso aquí, al subrayar la naturaleza corporativa del discipulado cristiano de la que
se sigue un requerimiento absoluto de la necesaria humildad, Pablo subraya también que cada
persona debe pensar individualmente. Escribe: «Digo esto para cada uno de vosotros». Y una vez
más, lo que importa es el pensar: En efecto, dice él: «No sobrepenséis lo que tenéis que pensar,
sino pensad con un pensamiento razonable». El juego de palabras que emplea Pablo aquí
(hyperphronéin, phronéin, y sophronéin) alcanza su clima en una palabra que los lectores pueden
reconocer perfectamente como emparentada con sophroeúne, «razonable» o «moderado»,
palabras bien conocidas en las discusiones clásicas sobre la virtud. Todos los cristianos son
llamados a pensar las cosas, a pensarlas ciertamente como lo hace el pensamiento, marcando una
diferencia real en la vida del cuerpo de Cristo.

A mi juicio, esta nota es necesaria y urgente hoy día. Una de las ironías que ha aparecido en el
desarrollo de la teología occidental durante mi vida, ha sido la forma como la tradición liberal,
que acostumbraba a estar orgullosa de sí misma sobre todo por su pensamiento claro y racional,
ha ido poco a poco quedando contagiada por el emocionalismo, especialmente en el campo de la
ética. Mientras tanto, la tradición conservadora, que solía enorgullecerse de un pensamiento
cuidadosamente articulado, tanto en el terreno ético como en el doctrinal, ha sentido
frecuentemente tanta preocupación por el peligro de una justificación por las obras, que se ha
vuelto ciega para la naturaleza y la comprensión del esfuerzo moral sobre el que Pablo ha
insistido especialmente, regulando de manera efectiva la virtud desde el comienzo, para que la
gente creyera que contribuía a su propia salvación. No es de admirar que cuando intentamos
discutir asuntos fundamentales, nos encontremos en un diálogo de sordos.
Esta discusión sobre la mente y su renovación, nos lleva al difícil y delicado tema de la
conciencia. ¿Cuál es, al menos para Pablo, el papel de esta en la formación y práctica de la
virtud?

Algunas veces hablamos de una «conciencia atribulada», pero en algún sentido conciencia es un
concepto atribulado en los escritos cristianos primitivos. Ahora bien, si la mente y su renovación
gracias al poder de Dios es algo tan importante para Pablo y para otros primitivos cristianos
como parte del entrenamiento cristiano en los hábitos de un comportamiento humano auténtico,
quiere decirse que esta facultad cuya palabra griega (syneídesis) -el griego es la lengua original
de los escritos de Pablo- significa literalmente «conocer-juntos-con», difícilmente puede
sustraerse a nuestra consideración.

En primer lugar, vamos a ver algunos pasajes que son indudablemente fundamentales. Pablo, en
el juicio por sedición ante el Consejo judío en Jerusalén, declara que ha mantenido su conciencia
durante toda su vida en buen estado y que sigue manteniéndola ahora como cristiano:

Hermanos, yo he procedido con toda honradez ante Dios hasta el día de hoy (Hch
23,l; compárese con 2 Tim 1,3).

Pablo se busca un problema por esto: el sumo sacerdote ordena que le golpeen en la boca por
atreverse a decir semejante cosa. Pero él repite lo mismo cinco días después ante Félix el
gobernador:

Te confieso, sin embargo, que, siguiendo el camino que ellos llaman secta, sirvo
al Dios de nuestros antepasados, creyendo en todo lo que está escrito en la Ley y
en los Profetas, y teniendo en Dios la esperanza, como también estos mismos la
tienen, de que ha de haber resurrección, tanto de buenos como de malos. Por ello,
yo también me esfuerzo por tener una conciencia irreprensible para con Dios y
para con los hombres (Hch 24,14-16).

La palabra que usa Pablo aquí para «irreprensible» es apróskopos, la misma que utiliza en un
contexto similar en 1 Cor 10,32:

En cualquier caso, ya comáis, bebáis o hagáis otra cosa cualquiera, hacedlo todo
para gloria de Dios. Y no seáis ocasión de pecado [apróskopoi] ni para judíos ni
para paganos ni para la Iglesia de Dios. Ya veis cómo procuro yo complacer a
todos en todo no buscando mi conveniencia, sino la de los demás, para que se
salven. Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo (1 Cor 10, 31-11,1).

En otras palabras: Pablo siempre ha mirado muy de cerca su propia situación de mente y
corazón, fijándose en los puntos en los que pudiera haber algo de lo que le podrían acusar, algo
por lo que pudiera ser herido. Como decimos, él mantuvo pocas polémicas consigo mismo y con
Dios. Ciertamente, en Hch 23 podemos verle en ello, cuando su airada respuesta a la orden del
sumo sacerdote de golpearle en la boca merece una posterior reprimenda por insultar al sumo
sacerdote, la cual, a su vez, provoca una rápida respuesta por parte del propio Pablo, que no
había caído en la cuenta de que la persona en cuestión era, ciertamente, el sumo sacerdote. Él
tendría que haber respetado el cargo -dice- y pide disculpas por no haberlo hecho.

Idéntica perspectiva aparece cuando retrocedemos en 1 Cor:

En cuanto a mí, bien poco me importa el ser juzgado por vosotros o por cualquier
tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo. De nada me remuerde la
conciencia mas no por eso me considero inocente, porque quien me juzga es el
Señor. Así pues, no juzguéis antes de tiempo. Dejad que venga el Señor. Él
iluminará lo que se esconde en las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones
del corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que merezca (1 Cor
4,3-5)17.

Aquí tenemos que resaltar dos puntos. Primero, la palabra synoida del versículo 4 está
emparentada con synéidesis, que es la palabra griega habitual para «conciencia». Pablo sabe
«que su conciencia no le acusa de nada»; en otras palabras, él no tiene nada sobre su conciencia
en relación a su ministerio en Corinto. Sin embargo, en segundo lugar, lo que importa es el juicio
final, cuando los secretos oscuros serán descubiertos y las intenciones del corazón serán
reveladas. La conciencia, por consiguiente, puede, o no, arrojar suficiente luz para iluminar
durante el tiempo presente lo que aparecerá en el día final.

El ministerio de Pablo es evaluado de nuevo por su propia conciencia, y aparece despejado -a


pesar de toda la angustia por la que ha pasado- al comienzo de 2 Cor:

Porque si de algo estamos orgullosos es de que nuestra conciencia nos asegura


que nos hemos comportado en todo lugar, y particularmente entre vosotros, con la
sencillez y sinceridad que Dios nos ha dado; es decir, que nuestro comportamiento
ha sido fruto de la gracia de Dios y no de la sabiduría humana. (2 Cor 1,12;
compárese la reflexión similar que aparece en Hb 13,18).

Una vez más, Pablo ha vuelto su mirada hacia su propio corazón en la medida de sus
posibilidades y declara que no encuentra nada de qué avergonzarse. Ciertamente, en esta ocasión
su conciencia no está simplemente absolviéndole de posibles acusaciones, sino felicitándole por
la santidad y la sinceridad de su comportamiento, y diciéndole que lo que ha hecho ha puesto de
manifiesto no solo su propia sabiduría humana sino la gracia de Dios.

Por tanto, Pablo parece tener una idea muy clara de lo que es la conciencia o de lo que puede ser:
un testimonio interior, una voz dentro de uno mismo que evalúa el valor moral de lo que se ha
hecho, y tal vez de lo que debería todavía hacerse (aunque ninguno de los pasajes ya examinados
contiene una mirada de futuro). Sin embargo, esto está muy bien para él. Otros, no parecen tener
las cosas tan fáciles.

17
Una línea de pensamiento algo similar, pero que introduciría complicaciones que van más allá de nuestro actual
propósito, se encuentra en Rm 2,12-16.
Algunos, por estar acostumbrados hasta ahora a la idolatría, comen carne
sacrificada a los ídolos, y su conciencia, que está poco formada, se hace culpable.
No será, por supuesto, un alimento lo que nos haga gratos a Dios; y no seremos
mejores por no comer, ni peores por comer. Cuidad, no obstante, de que vuestra
libertad no sea ocasión de caída para los poco formados. Pues si alguien te ve a ti,
que tienes el debido conocimiento, tomando parte en el banquete de un templo
dedicado a los ídolos, ¿no se verá inducida su conciencia, a pesar de estar
insegura, a comer carnes sacrificadas a los ídolos?
Y así, porque tú te las das de sabio, puede perderse ese que tiene la conciencia
poco formada. Ese que es un hermano por quien Cristo murió. Por eso, pecando
contra los hermanos y haciendo daño a su conciencia mal formada, pecáis contra
Cristo. Por tanto, si tomar un alimento pone a mi hermano en ocasión de pecar,
jamás tomaré ese alimento, para no ponerlo en peligro de pecar (1 Cor 8,7b-13).

Los detalles de la discusión concreta que aparece aquí, no tienen por qué preocuparnos a
nosotros. Lo que importa es el fenómeno de la «conciencia débil», que ahora puede ser
«contaminada» (vv. 7.10.12). Pablo está convencido de que todos los seres humanos poseen una
conciencia a la que se puede apelar (como también en 2 Cor 4,1; 5,11). Sin embargo, cuando la
gente distorsiona su naturaleza humana dada por Dios mediante la idolatría, la conciencia es
empujada de un lado a otro. Inicialmente, aprueba las acciones en cuestión; después, tras la
conversión a Jesucristo, queda horrorizada al pensar en ellas.

Pablo quiere afirmar que una vez que la conciencia es adecuadamente informada por un fuerte
monoteísmo, llegará a ver que toda carne es creada por Dios y, por tanto, apta para ser comida (1
Cor 8,1-6; 10,25-30). Sin embargo, en el pasaje citado más arriba y en 10,27-29 vuelve sobre sus
pasos, para insistir en que, si un cristiano tiene una conciencia débil sobre este tipo de cosas,
debido a su procedencia del mundo de la idolatría, esta persona debe ser respetada. Pablo no
pasará por encima de otros escrúpulos, presumiblemente porque una vez que se hace, se termina
al mismo tiempo con la brújula moral. El hecho de que él no quiera hacerlo -aunque proseguirá
la tarea de intentar educar a los cristianos para que piensen los asuntos y lleguen a tener una
mentalidad diferente- indica que para él prestar atención a la propia conciencia es más
importante, al menos en algunas materias, que llegar inmediatamente a la solución «correcta».
Este es un lugar complicado para Pablo, pero muestra no solo sabiduría pastoral sino un claro
sentido de que, cuando pasamos a considerar los rasgos de un cristiano cuyo carácter ha sido
formado por el Espíritu Santo y por la práctica de los hábitos cristianos, hay algo que puede
situarse junto a la mente transformada y renovada: una conciencia que puede ciertamente, y
ciertamente necesita, ser educada pero también estar a la escucha. Esto es presumiblemente lo
que se pretende decir en 1 Timoteo:

El objeto de esta advertencia es que buscar el amor que procede de un corazón


puro, de una conciencia buena y de una fe sincera (1 Tim 1,5; compárese con 3,9).

Ciertamente, el mismo capítulo llega a subrayar que uno no puede sencillamente rechazar la
conciencia:
Esta es la recomendación que te hago, Timoteo, hijo mío, conforme a las palabras
proféticas que fueron pronunciadas sobre ti; con los ojos puestos en ellas,
participa en este hermoso combate, conservando la fe y la buena conciencia.
Algunos, por haberlas abandonado, han naufragado en la fe (1 Tim 1,18-19).

Por lo tanto, uno debe atender a la conciencia, aun en el caso de que necesite ser entrenada y
aunque pueda, incluso, no llegar al fondo de las cosas u ofrecer señales equívocas.
Indudablemente, Pablo cree que cuando él mismo predica o se explica ante alguna de sus
iglesias, está apelando no a las mentes de un auditorio pagano sino a sus conciencias. Hay algo
en su interior que debe ofrecer aprobación, tanto moral como intelectual, a lo que se esta
diciendo.

Nada de esto nos lleva demasiado lejos en términos de los posteriores debates sobre qué sea
exactamente «conciencia», cómo funcione, qué pueda y qué no pueda conocer, hasta qué punto
merezca siempre confianza y, no en último lugar, qué peso haya que concederle cuando aparece
en conflicto con otra autoridad, ya sea de la Escritura, del Papa o de cualquier otro tipo.
Afortunadamente, lo único que necesitamos para nuestro objetivo es sintetizar los principales
rasgos de la siguiente forma. Pablo es consciente, cuando contempla el último día en que Dios
juzgará todos los secretos de todos los corazones, de que parte de una apropiada preparación para
aquel día es tener una conciencia clara. Evidentemente, él quiere ayudar al pueblo a mantener
esta conciencia clara, incluso cuando piensa que la conciencia en cuestión necesita más
educación o que debe, incluso, ser reajustada.

Es posible dudar de si él diría todo esto en todas las circunstancias. Supongamos, por ejemplo,
que el hombre culpable de incesto en 1 Cor 5 hubiera declarado que su conciencia le había dicho
que hiciera eso. (Desgraciadamente esto no es infrecuente. Hace poco oí a un clérigo que
disculpaba su aventura con una feligresa casada, explicar que sintió a Jesús muy cerca de él
conforme se iba comprometiendo en la relación ilícita). Pablo, sin embargo, considera
claramente el autoconocimiento moral como un elemento vital en la formación de todo carácter
moral. En otras palabras, este es parte del equipamiento que sostiene al cristiano a la hora de
anticipar en el tiempo presente el carácter moral que será completado o perfeccionado en el
futuro. Y elocuentemente, la conciencia es algo que en principio es compartido por todo el
mundo, judíos, gentiles y cristianos. Es parte de la condición humana universal, algo que está
sujeto a los mismos problemas que encontramos en otros aspectos de la vida humana, pero que
en cualquier caso debe ser respetado y que en último término está llamado a ponerse en
consonancia con el Evangelio.

Sería estupendo que pudiéramos pedir a Pablo que se explicara más ampliamente sobre todo
esto; pero, habida cuenta de que eso no es posible, volvemos de nuevo la vista a un tema
emparentado con este, sobre el que él tiene más cosas que decir. Volvemos a Colosenses y a un
tema que ha estado durante algún tiempo sobrevolando, y que ahora debemos hacer aterrizar.
Toda la carta a los colosenses trata de la madurez cristiana; toda ella trata de cómo aprender a dar
gracias a Dios; toda ella trata fundamentalmente sobre Jesús y, por tanto, a causa de y
contribuyendo a todo lo anterior, trata sobre la sabiduría.

5
Igual que en Flp, en Col Pablo describe con cuidadoso detalle la oración con la que ha estado
rezando por la nueva y joven iglesia. Dice que ha estado pidiendo a Dios:

para que conozcáis perfectamente su voluntad, colmados de la sabiduría y la


inteligencia que otorga el Espíritu. Llevaréis así una vida digna del Señor,
agradándole en todo, dando como fruto toda suerte de buenas obras y creciendo
en el conocimiento de Dios. El poder glorioso de Dios os hará fuertes, hasta el
punto de que seáis capaces de soportarlo todo con paciencia y entereza, y llenos
de alegría deis gracias al Padre que os ha hecho dignos de compartir la herencia
de los creyentes en la luz. Él es quien nos arrancó del poder de las tinieblas y
quien nos ha trasladado al reino de su Hijo amado (Col 1,9-13).

Esta es una de esas oraciones-sumario en las que encontramos muchos de los temas que aparecen
posteriormente en la carta. Pablo pide en primer lugar que sus oyentes lleguen a una determinada
comprensión y a continuación procede a deletreársela más detalladamente, con la esperanza de
que el resto de su carta forme parte del modo como Dios contesta a su plegaria.

Conocer a Dios. Este es el corazón de la carta. Conocer a Dios, conocer su voluntad, conocer lo
que él quiere para ti y llegar a este conocimiento a través de «toda sabiduría y comprensión
espiritual». Para esto, los jóvenes cristianos necesitarán la fuerza que evidentemente viene de
Dios, y necesitarán desarrollar la paciencia, la firmeza, la alegría y la gratitud. Y todo esto en
virtud de la esperanza que se les ha propuesto, tal y como Pablo ya lo había dicho en el versículo
5: ellos tienen que compartir la herencia del Dios santo y vivir conforme al mando soberano del
Hijo de Dios, Jesús el Mesías. Brevemente, ellos han sido llamados a desarrollar estas virtudes
que les harán capaces de alcanzar la meta que se les ha propuesto como un don gratuito. Y entre
estas virtudes ocupa el centro la sabiduría, que se convierte a continuación en el tema
fundamental de la carta.

No todo el mundo caerá en la cuenta de esto, porque no todo el mundo comprenderá que el
espléndido poema que ocupa a continuación los versículos 15 a 20 está basado de hecho en la
antigua idea judía de la Sabiduría divina, un segundo yo de Dios, aquella mediante la cual fueron
planificadas y creadas todas las cosas. Este tema se retrotrae nada menos que a Prov 8, que no
podemos analizar en detalle aquí, pero en donde la figura de la Señora Sabiduría convoca al
pueblo a venir hasta ella para aprender cómo ser auténticamente humanos. Haciéndolo así,
describe su papel como instrumento de YHWH en la creación (vv. 22-31). Este tema fue
desarrollado en varios escritos judíos posteriores, ofreciendo un rico contexto en el que nació la
primitiva reflexión cristiana sobre la identidad de Jesús, no solo en Pablo sino también en Juan y
en otros autores.

A partir de este contexto, Pablo (o quien escribiera el poema que él cita aquí) sitúa a Jesús en el
lugar atribuido a la Sabiduría.

Cristo es la imagen del Dios invisible,


el primogénito de toda criatura.
En Él fueron creadas todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
las visibles y las invisibles:
tronos, dominaciones, principados, potestades,
todo lo ha creado Dios por él y para él.
Cristo existe antes que todas las cosas
y todas tienen en él su consistencia.
Él es también la cabeza del cuerpo,
que es la Iglesia.
Él es el principio de todo,
el primogénito de los que triunfan sobre la muerte,
y por eso tiene la primacía sobre todas las cosas.
Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud,
y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas,
tanto las del cielo como las de la tierra,
trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz
(Col 1,15-20).

Jesús es aquel por medio del cual el Creador hizo todas las cosas y ahora es aquel por medio del
cual el mismo Dios ha reconciliado consigo todas las cosas. La segunda mitad del poema, hasta
el versículo 18, ofrece la base sobre la que puede construirse gran parte del resto de la carta. El
objetivo de Pablo es asegurar a los colosenses que, poseyendo a Jesucristo, tienen ya la llave para
la sabiduría que necesitan desarrollar si quieren alcanzar la meta (también una vez más aquí) de
la «plenitud», «madurez», «perfección». Una persona así está en disposición de llegar a ser
téleios. Pablo declara:

A este Cristo anunciamos nosotros, amonestando e instruyendo a todos con el mayor empeño, a
ver si conseguimos que todos alcancen plena madurez [téleion] en su vida cristiana (Col 1,28).

Y como hemos visto en cada paso de nuestra argumentación, esta misma posición de la meta -la
meta de un producto de humanidad pleno y acabado- conduce y configura los hábitos de la
mente, el corazón y el cuerpo, que llevarán a este producto acabado y que, además, configura la
manera en que estos hábitos deben ser claramente comprendidos, escogidos y aprendidos.

Esta es la dirección que toma toda la carta de aquí en adelante. El objetivo fundamental de Pablo
es conducir a los jóvenes cristianos hacia un conocimiento pleno del misterio de Dios, que es el
mismo Cristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento» (Col
2,3), en contraste con los caducos esquemas humanos que abundan en la era presente (Col 2,4.8-
23). Una vez que caigan en la cuenta de que han llegado a la plenitud en Cristo, después de haber
sido bautizados en él y de haber, consiguientemente, muerto al mundo presente, convirtiéndose
en seres vivos en Cristo, ya no necesitan las distintas variedades de falsa sabiduría ni los
esquemas de una pseudosantidad, que podrán encontrar aquí y allá (tal vez en algunas variedades
de judaísmo, tal vez en ciertos tipos de paganismo). Aquí llega a su propia cima uno de los
pasajes examinados anteriormente, Col 3,1-17: en efecto, la virtud cristiana dice a esos otros
esquemas:

-Cualquier cosa que vosotros podáis hacer, yo puedo realizarlo mejor.


Durante los siglos n y m, ciertamente, los antiguos cristianos tuvieron que sufrir para mantener
este enfoque, soportando las burlas de sus oponentes paganos, e incluso la muerte. Ellos estaban
tratando de modelar una forma de vida diferente, un tipo distinto de virtud, descartando los que
les ofrecían en otros ámbitos con el sello clásico todavía claramente reconocible: una percepción
nítida de una meta (télos), que permitía el nacimiento de hábitos del corazón frescos y bien
trabajados, junto a opciones de vida y mentalidad18.

En relación con esta visión de la renovación humana, resulta fundamental una parte de un
versículo que deliberadamente hemos retenido en nuestra anterior discusión: Col 3,9-10.

No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones, y


revestíos del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento más profundo, está
siendo renovado en conocimiento de acuerdo con la imagen de aquel que lo creó.

Evidentemente, esto corre en paralelo con el gran poema del capítulo 1, donde el mismo Cristo
es «la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación». Pero del mismo modo
también, llegamos aquí a una clave central y vital en toda la visión de Pablo sobre lo que
significa la virtud cristiana: ser creados de nuevo a imagen de Dios.

En otras palabras, la virtud cristiana significa llegar a ser auténticamente humanos. Donde
Aristóteles ofrecía eudaimonía, Pablo ofrece «la imagen de Dios». Esto nos retrotrae en último
término al punto en el que comenzamos, es decir, Gn 1. La llamada a reflejar la imagen de Dios
es la piedra de toque que nos permite juzgar la «renovación del pensamiento» de la que Pablo
habla. Igual que en Rm 12, aquí el camino que conduce a la meta es tener una mente renovada.

Todo esto plantea otra pregunta: ¿cómo, entonces, debe renovarse la mente? ¿No hemos
confinado la lógica de la virtud a su punto de partida, descubriendo que aquí, después de todo,
hay todavía algo exigible que el cristiano individual debería, por así decirlo, conseguir a partir de
sus propios recursos? En absoluto. Las virtudes, como han insistido en ello muchos moralistas
clásicos, se necesitan unas a otras para alcanzar la plenitud. Cada una depende de las otras para
poder mantenerse en su lugar. Las otras virtudes no podrán funcionar realmente a no ser que la
mente esté plenamente comprometida. Ahora bien, para que la mente esté plenamente
comprometida, pensando lo que implica el comportamiento cristiano y siendo consciente del
proceso de desarrollo de una necesaria musculatura moral, debe haber comunión, amor, oración y
apoyo mutuo cristiano. Y sobre todo, debe haber una palabra viva y constante procedente del
mismo Señor:

Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza, enseñaos y


exhortaos unos a otros con toda sabiduría, y cantad a Dios con un corazón
agradecido salmos, himnos y cánticos (Col 3,16).

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De paso, pienso que esto ayuda a explicar por qué Pablo no utiliza la palabra pagana habitual para referirse a la
virtud, areté, en este punto, él está tratando de eclipsar toda la tradición pagana. Adicionalmente, la misma palabra
había generado en aquel momento algunos significados relacionados que le hubieran situado en una dirección
distinta.
Así pues, lo que Pablo tiene en mente es un servicio mutuo de la palabra, tanto la palabra
enseñada como cantada, narrando una y otra vez la historia de Dios, del mundo, de Israel, de
Jesucristo y, no en último lugar, de la esperanza futura. El objetivo es que los cristianos
individuales puedan tener sus mentes y sus corazones despiertos y alerta para una purificada
visión de la realidad de Dios, de la esperanza final puesta ante sus ojos, siendo capaces de
discernir con claridad qué hábitos de la mente, el corazón y el cuerpo son necesarios, si
pretenden crecer dentro del pueblo de Dios.

Col es un excelente recurso para la reflexión sobre la visión que tiene Pablo de la virtud cristiana.
Existe, sin embargo, otra fuente que todavía se puede mostrar como de mayor envergadura.

El fundamento de la carta a los efesios, como el de la carta a los colosenses y a los filipenses, es
la oración. La carta se abre con un gran himno de alabanza a la gracia de Dios, que pone ante
nuestros ojos la visión de esperanza que contempla a Dios uniendo «todas las cosas en Cristo, las
del cielo y las de la tierra» (Ef 1,10). Esta es la promesa definitiva de un mundo recreado, que
establece el contexto para la promesa definitiva de una humanidad renovada. A continuación,
Pablo comienza a formular su oración para sus lectores en términos de la meta a la que son
destinados, y el poder que les permitirá alcanzarla:

Que el Dios de Nuestro señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un


espíritu de sabiduría y una revelación que os permita conocerlo plenamente. Que
ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la
que habéis sido llamados, cuál es la inmensa gloria otorgada en herencia a su
pueblo; y cuál es la excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes,
manifestada a través de su fuerza poderosa. Es la fuerza que Dios desplegó en
Cristo al resucitarlo de entre los muertos (1,17-20).

Esta es, una vez, más, la clásica estructura de la virtud. Descripción de la meta, trabajo durante el
camino que conduce a ella, y desarrollo de los hábitos que habrá que practicar, si alguien quiere
recorrerlo. Este pasaje, sin embargo, no menciona los músculos morales específicos que se
necesitan para cumplir todo eso. Simplemente asegura la fidelidad del poder de Dios, que hará
posible el desarrollo de estos músculos, una vez hechas las necesarias opciones. Y prepara el
camino para las afirmaciones dramáticas y decisivas sobre el libre rescate de los pecadores por
parte de Dios (2,1-10) y su consecuente incorporación de los gentiles a su antiguo pueblo,
formando un cuerpo en el Mesías, y, consecuentemente, un nuevo templo, donde el mismo Dios
vendrá a morar a través de su Espíritu (2,11-22). Esta pintura que aparece en los dos primeros
capítulos -un resumen, más o menos, de todo el mensaje de Pablo- conduce a una posterior
explicación de la agenda apostólica de Pablo (3,1-13) y a una posterior oración-sumario (3,14-
21).

Los tres primeros capítulos de Ef, impresionantes por su alcance y extensión, establecen el
escenario para lo que frecuentemente se describe como la sección «ética» de la carta en los
capítulos 4 al 6. Lo que llama la atención de esta sección es, una vez más, la forma en que Pablo
trabaja con lo que podríamos llamar una virtud ética cristianizada, manteniendo ante sus lectores
la promesa de una plena madurez cristiana en Cristo y urgiéndoles a abrazar los hábitos del
corazón, la mente y la vida que les conducirán hacia ella.

El centro de la larga exhortación inicial puede detectarse en 4,13-16. Trabajando en aras de este
punto central, Pablo señala que los cristianos tienen que luchar por la unidad, trabajar duro en el
amor mutuo y desarrollar humildad, amabilidad y paciencia (4,1-3), puesto que han sido
llamados a pertenecer al único Dios (4,4-6). Esta es la razón por la que Dios otorga diversos
ministerios a la Iglesia (4,7-12): para construir el cuerpo de Cristo,

Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo
de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la
talla de Cristo.
Así que no seamos niños caprichosos, que se dejan llevar de cualquier viento de
doctrina, engañados por esos hombres astutos, que son maestros en el arte del
error. Por el contrario, viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia
aquel que es la cabeza. A él se debe que todo el cuerpo, bien trabado y unido por
medio de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada
miembro, vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor (4,13-16).

«Una vida humana madura y auténtica»: esto lleva consigo el pleno sabor de eis ándra téleion
del versículo 13. Ahí aparece de nuevo: los cristianos abrazan la meta para ser téleios, maduros,
completos, perfectos. La perfección es, por supuesto, la del mismo Cristo (esta es la razón, a mi
juicio, de que Pablo utilice la palabra ándra, que es específicamente masculina, en vez de
ánthropos, «ser humano»), y las virtudes de verdad y amor son los caminos que recorremos para
«crecer hacia él», aun cuando el crecimiento es otorgado por él en primer lugar. Y, sentada esta
primera afirmación, Pablo puede abordar una serie de instrucciones más detalladas en 4,17-5,20,
que guardan algunos paralelismos con Col 3, pero que en la mayoría de los casos obtienen un
mayor desarrollo en Ef.

Así pues, encontramos de nuevo a Pablo subrayando la renovación de la mente. «Desechad -dice-
el Hombre Viejo», que está corrompido en consonancia con sus engañosos deseos (engañosos,
presumiblemente, porque prometen una existencia humana plena y auténtica, pero de hecho dan
todo lo contrario), y «renovaos espiritualmente en vuestras mentes» (4,23, que podríamos
traducir también acertadamente así: «renovaos en vuestras mentes por el Espíritu»), y construid
el Hombre Nuevo «creado de acuerdo con Dios en la rectitud y la santidad que pertenecen a la
verdad» (4,24). Esto se parece a Col 3,10 y también a Rm 12,2, y tiene el mismo alcance: la meta
es la humanidad renovada que por fin refleja con verdad la imagen de Dios, y el camino hacia
esta meta es la renovación y la plena actividad de la mente. Aparece a continuación un catálogo
de los nuevos hábitos que deben adquirirse, y de los viejos hábitos y prácticas que ahora deben
ser rechazados (4,25-5,2; 5,3-20). Como siempre, no falta la nota escatológica: estas no son
(como aparece en el epígrafe de alguna traducción) «normas para la Nueva Vida», sino hábitos
del corazón y de la mente, formas de aprender cómo pensar cristianamente sobre el futuro
definitivo, y sobre el camino que conduce hacia él, un camino que es -diríamos- una resurrección
diaria (5,14). (De nuevo, para evitar malentendidos: no estoy diciendo que las normas sean
irrelevantes o innecesarias dentro de la vida de la virtud, simplemente quiero decir que ni son el
punto de partida, ni constituyen el destino último).
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Todo esto (Rm, Flp, Col y Ef) nos permite comprender sin ninguna duda que Pablo está
pensando sustancialmente en términos de una virtud ética comprendida escatológicamente, algo
que en modo alguno puede ofrecer el mundo pagano. Él ha diseñado una visión clara del futuro
definitivo, que le ha permitido, a su vez, hacerse con una visión de los hábitos de vida con los
que los hombres pueden vivir ya en el presente como pueblo configurado por este futuro. La
meta es una nueva creación de Dios, y la plena madurez y dignidad humana que será
definitivamente celebrada en la resurrección. El camino hacia esa meta es el conjunto completo
de hábitos de vida aprendidos, hábitos del corazón y del cuerpo, y sobre todo de la mente. Un
pensamiento directo, claro y agudo no solo capta la meta y el camino que conduce a ella, sino
que él mismo es parte de esta madurez de la que habla Pablo. Por decirlo de otra forma, si la
mente es minusvalorada, uno será menos que plena y auténticamente humano, en parte porque no
captará la meta y el camino que a ella conduce, y, consecuentemente, buscará fuera de lugar;
pero aún más porque una parte de la configuración de los rasgos de la plena humanidad no serán
operativos y, por tanto, no podrán ser integrados con todo lo demás.

En consecuencia y como hemos visto antes, pensar sobre lo que uno debe hacer es una de las
claves de la ética de la virtud, en oposición a esquemas éticos basados, bien únicamente sobre
normas que se obedecen sin pensar, bien sobre la «espontaneidad» o «autenticidad». En el primer
caso, no se necesita pensar, una vez que se han aceptado las normas, pero, como algunos
jugadores de rugby que han aprendido docenas de «movimientos» formales pero que nunca han
adquirido realmente un instinto o una segunda naturaleza instintiva para el juego, el sujeto se
perderá cuando surja una nueva situación para la que las normas (los movimientos formales en el
partido de rugby) no ofrecen una respuesta clara. En el segundo caso -espontaneidad o
autenticidad- no hay por qué pensar excesivamente (de hecho no hay por qué pensar en
absoluto), porque lo que importa es aquello que «viene naturalmente». Evidentemente, Pablo
quiere que los jóvenes cristianos se desarrollen hasta que, como seguidores maduros de
Jesucristo, vayan descubriendo gradualmente que los hábitos cristianos del corazón y de la vida
vienen naturalmente. Pero, para alcanzar este punto, deben aprender a pensar, deben ser
«transformados por la renovación de sus mentes» y después deben permitir que esa
transformación informe y reconduzca sus hábitos de vida.

De hecho, aquí reside una de las mayores diferencias entre la ética de la virtud y otros esquemas
de pensamiento: el pensamiento es de carga frontal. Una persona centrada en una ética basada en
la obligación o en la norma, cuando se enfrenta a un reto o dilema, necesita pararse a pensar: ¿se
trata de una norma?, ¿es una obligación? Cualquiera que funcione con una ética basada en el
principio de utilidad -ética utilitaria- necesita pensar más o menos esto: ¿cómo afectará al
conjunto de la felicidad humana hacer o dejar de hacer esto? Por supuesto, una persona que siga
una ética de la espontaneidad, no querrá pensar en absoluto. Para alguien que desarrolle una ética
de la virtud, por otra parte, el pensamiento más duro ya ha sido realizado con anterioridad a que
se presente una crisis o desafío concreto. El carácter ha sido formado mediante hábitos y
opciones conscientes. Haya o no tiempo para el pensamiento, se asumirá la emergencia y se le
hará frente.
Pablo es plenamente consciente de que toda la forma cristiana de vida, más que la suma de sus
partes «éticas» individuales, es algo nuevo, que ha de pensarse, estudiarse, reflexionarse y
practicarse, sin cuyo esfuerzo las Iglesias sencillamente retrocederán a los caminos del viejo
Mundo. Y, plenamente consciente de los riesgos que asume transitando por esta ruta, se propone
a él mismo (y a los que están más próximos a él) como ejemplos de cómo ha de ser este nuevo
estilo de vida. Sus conversos no habían visto nunca antes a nadie que viviera de esta forma, y
deben tener presente en sus mentes y recuerdos los ejemplos que se les ofrecen.

Os suplico, por tanto, que seáis imitadores míos. Para ello os he enviado a
Timoteo, mi hijo querido y fiel en el Señor. Él os recordará el modo de conduciros
como cristianos, cosa que voy enseñando por todas partes y en todas las Iglesias
(1 Cor 4,16-17).
Y no seáis ocasión de pecado ni para judíos ni para paganos, ni para la Iglesia de
Dios. Ya veis cómo procuro yo complacer a todos en todo, no buscando mi
conveniencia, sino la de los demás, para que se salven. Sed imitadores míos como
yo lo soy de Cristo (1 Cor 10,32-11,1).
Con la ayuda de Jesús, el Señor, espero poder enviaros pronto a Timoteo; me
confortará recibir noticias vuestras. Y es que no tengo a nadie que comparta tan
íntima y sinceramente como él mis sentimientos y preocupación por vosotros.
Todos buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo; pero en el caso de
Timoteo, conocéis su probada fidelidad y el servicio que ha prestado al evangelio,
colaborando conmigo como un hijo que ayuda a su padre (Flp 2,19-22).
Imitad mi ejemplo, hermanos, y fijaos en quienes me han tomado como norma de
conducta (Flp 3,17).
Practicad asimismo lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto
en mi. Y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4, 9).
Sabéis de sobra que todo lo que hicimos entre vosotros fue para vuestro bien. Por
vuestra parte, seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la palabra en
medio de grandes tribulaciones, pero con el gozo que viene del Espíritu Santo (1
Tes 1, Sb-6).
Conocéis perfectamente el ejemplo que os hemos dado, porque no hemos vivido
ociosamente entre vosotros, ni hemos comido de balde el pan de nadie; al
contrario, hemos trabajado con esfuerzo y fatiga día y noche, para no ser gravosos
a ninguno de vosotros. ¡Y no es que no tuviéramos derecho a ello! Pero quisimos
daros un ejemplo que imitar (2 Tes 3,7-9).

En todos estos pasajes lo que hace Pablo es indicar que hay una nueva forma de vivir, con la que
ahora están comprometidos los seguidores de Jesús, y que uno de los medios que existen para
mantener el compromiso de vivir de esta forma es tener siempre presentes estos ejemplos.
Volveremos sobre ello.

En todo esto, Pablo desarrolla explícitamente una ética del carácter. En el punto clave de
transición entre Rm 4 y Rm 5, en un pasaje en el que ya nos hemos fijado previamente a
propósito de otra conexión, Pablo esboza una teoría sobre cómo se forma el carácter, señalando
hacia y derivando su significado de la esperanza definitiva, esperanza de «la gloria de Dios»:
Así pues, quienes mediante la fe hemos sido puestos en camino de salvación,
estamos en paz con Dios a través de Nuestro Señor Jesucristo. Por la fe en Cristo
hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos
sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios. Y no solo esto,
sino que hasta de las tribulaciones nos sentimos orgullosos, sabiendo que la
tribulación produce paciencia; la paciencia produce virtud sólida [«carácter», en
griego: dokimé], y la virtud sólida, esperanza. Una esperanza que no engaña,
porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros
corazones (Rm 5,1-5).

Aquí hay dos cosas clave para nuestro actual propósito: esperanza y construcción del carácter.

La esperanza es, como afirma Pablo con toda claridad, «la gloria de Dios». Ya hemos hablado de
esto a propósito de dos temas interconectados: la soberana administración de la creación
confiada por Dios a la humanidad y el retorno de la gloria divina para morar en medio del pueblo
de Dios después de los largos años del exilio. Este último tema parece estar en el trasfondo de la
mente de Pablo en algunos de sus escritos y no en menor medida aquí, en Rm 5, y en la
prolongación del mismo tema en el capítulo 8, donde el Espíritu «mora dentro» de los creyentes,
evocando el tema de la morada de Dios en el templo, del Antiguo Testamento (8,4-11).
Lamentablemente, la palabra «gloria» está tan profusamente utilizada en círculos cristianos como
término vago para indicar «ir al cielo», que estos importantes énfasis en el concepto de «la gloria
de Dios» -énfasis que habría podido captar Pablo y también sus primeros oyentesson con
frecuencia ignorados.

Lo que está diciendo Pablo -y es de capital importancia para todo su libro- es que la esperanza a
la que nos entregamos, el télos o meta de toda nuestra peregrinación, es la gloria de Dios.
Cuando todo esto es explicado, se ve que significa por una parte, el sacerdocio real que hemos
estudiado antes, la vocación de una genuina humanidad, y por otra, el lugar donde viene a morar
el Dios vivo en cumplimiento de su antigua promesa.

Ambas realidades fueron realizadas por el propio Jesús, tal como hemos visto. El acento de
Pablo en Rm 5-8, y muy especialmente en el capítulo 8, es que ambas ya han sido realizadas
mediante la presencia y el poder del Espíritu Santo, en y a través del pueblo de Dios. Algunos
dicen que los primeros cristianos no tuvieron una teología trinitaria, sin embargo esta posición
solo puede sostenerse poniendo un telescopio cuidadosamente en el ojo de un ciego.

Ahora bien, si la gloria de Dios es la meta, ¿cuál es el camino que conduce a ella? ¿Cuáles son
los hábitos capaces de formar el carácter, capaces de unificar a los seres humanos auténticos
portadores de Dios y llenos del Espíritu, que un día administrarán o gobernarán la nueva creación
de Dios y se harán cargo de su alabanza? Como respuesta se nos adoctrina con un tema que,
como sabía perfectamente Pablo (no en último término, cuando escribía 2 Cor), habría sido
anatema para toda la tradición clásica, incluido Aristóteles, y también para cualquiera, incluidos
los cristianos, que no hubiera pensado plenamente la forma en que el Evangelio de Jesucristo
transformaba el ideal de vida humana. El tema es duro y desafiante: para desarrollar un carácter
cristiano el primer paso es el sufrimiento.
Dos impulsos llevaron a Pablo a esta conclusión impactante e indeseable. En primer lugar, estaba
el sufrimiento del Mesías; después, el sufrimiento que él, Pablo, había causado antes a la Iglesia,
llevándole a él mismo a caer en manos tanto de judíos celosos como de autoridades y multitudes
paganas. Hch nos ofrece una pequeña ventana sobre todo esto; partiendo de 2 Cor 11, podemos
deducir que junto a ello había mucho más. Ahora bien, ¿qué le proporcionó a Pablo el marco
teológico para afrontar todo esto y convertirlo claramente en algo central de su comprensión?

La tradición del antiguo Israel en la que estaba situado Pablo, había llegado lenta, pero
firmemente, a comprender el sufrimiento como algo perteneciente al plan salvador de Dios. Esta
idea encuentra su expresión, especialmente, en libros como Is, Jr y Dn, y por supuesto en los
salmos. Además, sabemos que Pablo convirtió la crucifixión de Jesús en tema de su propia vida y
de su enseñanza, como podemos comprobar en muchos lugares, tal vez especialmente en 2 Cor.
No sabemos, aunque a mí me parece verosímil, si él conocía alguna de las tradiciones específicas
derivadas de Jesús, como por ejemplo la bienaventuranza de los perseguidos, y la invitación a
cargar con la cruz. Ciertamente, sí reflexionó sobre el sufrimiento a partir de todos los cristianos
marginados por el mundo que les rodeaba, y en conflicto con los «poderes» que ejercían
autoridad dentro de aquel mundo. La gente cuya vida hace frente a las expectativas del mundo y
a las de sus gobernantes, puede esperar sufrir la sospecha, la hostilidad y diversas formas de
ataque. Todos los que se encuentran en situaciones similares como consecuencia de seguir al
Mesías crucificado, y que entienden su propio sufrimiento dentro del contexto de la esperanza
judía del plan salvador de Dios, lograrán un marco de comprensión dentro del que podrán
interpretar lo que les sucede, dotándole de un significado teológico y moral.

Lo que encontramos aquí en Rm 5, es que Pablo incorpora el sufrimiento no solo a una


afirmación general sobre sufrir con Cristo para ser glorificados con él (véase también 8,17;
compárense 2 Cor 4,10 y pasajes parecidos como Flp 3,10-11), sino a la afirmación notable, casi
única, sobre la formación del carácter. El sufrimiento produce fuerza y paciencia, la fuerza
produce carácter (no cualquier forma de carácter, sino aquella que se ha intentado, se ha probado
y ha demostrado su validez), y el carácter hace nacer la esperanza, una esperanza que no
defrauda. Esta secuencia que aparece en un punto decisivo de la carta, muestra, por encima de
toda duda, que Pablo indudablemente abordó toda la cuestión de la vida cristiana teniendo en
cuenta el modelo de la tradición clásica de la virtud, pero habiendo repensado radicalmente esta
tradición desde Jesús y el Espíritu, y cambiando tanto su contenido como sus principales rasgos,
aunque reteniendo los elementos clave, el sentido de un télos definitivo y la insistencia en
trabajar hacia esta meta mediante la construcción del carácter y los pasos que conducen a la
formación de hábitos.

He dicho que Rm 5,1-15 era casi único; sin embargo, hay otros dos pasajes del Nuevo
Testamento que ofrecen unas secuencias de pensamiento similares, tratando de pensar
cuidadosamente por todas partes las agendas que conducen al desarrollo de la virtud:

Considerad como gozo colmado, hermanos míos, el estar rodeados de pruebas de


todo género. Tened en cuenta que, al pasar por el crisol de la prueba, vuestra fe
produce paciencia, y la paciencia alcanzará su objetivo, de manera que seáis
perfectos y cabales, sin deficiencia ninguna (Sant 1,2-4).
Por eso mismo, poned todo vuestro empeño en unir a vuestra fe una vida honrada;
a la vida, honrada, el conocimiento; al conocimiento, el dominio de sí mismo; al
dominio de sí mismo, la paciencia; a la paciencia, la religiosidad sincera; a la
religiosidad sincera, el aprecio fraterno; y al aprecio fraterno, el amor. Pues si
poseéis en abundancia todas estas cosas, no quedaréis inactivos ni estériles en
orden al conocimiento de nuestro señor Jesucristo (2 Pe 1,5-8).

Aquí estamos evidentemente en el mismo mundo de pensamiento. Todas estas características


conducen una a otra, por supuesto. La cuestión no es emplear algunos años adquiriendo la
primera, para luego ir a la segunda y así sucesivamente; todas ellas funcionan juntas. Y lo
fundamental es su mirada de futuro: el objetivo de todo ello es dar fruto trabajando en favor de
Jesús (2 Pe); llegar a ser maduros, téleioi, preparados para cualquier contingencia que pueda
surgir, ya que vuestro carácter ha sido formado para ser capaz de abordar cualquier cosa y todas
las cosas (Sant). No podemos entretenernos demasiado en estos pasajes, pero la cuestión general
es clara.

Todo esto conduce a una serie de asuntos de la mayor importancia relacionados entre sí, que nos
ocuparán en el próximo capítulo. Si esta era la teoría de Pablo sobre la vida cristiana, ¿cómo
funcionará en la práctica? Más concretamente, ¿dónde situar realidades como los «frutos del
Espíritu» y los «dones del Espíritu»? ¿Por qué subraya Pablo determinados rasgos del carácter y
qué está dispuesto a conceder cuando se refiere simplemente al «bien» y al «mal», aceptando
aparentemente que sus lectores saben de qué está hablando? Cuando pormenoriza otras
instrucciones, ¿está simplemente suplementando su ética de la virtud con unas cuantas normas
que deben seguirse?; y de ser así, ¿hay alguna razón para ello? En particular y teniendo en cuenta
todo esto, ¿por qué subraya una y otra vez la fe, la esperanza, y la caridad?, ¿qué papel juegan
estos rasgos dentro del conjunto de su pensamiento sobre el carácter cristiano?, ¿son virtudes en
sentido clásico?; de ser así, ¿cómo situarlas en esta posición privilegiada que altera el verdadero
carácter de la propia virtud? Y por encima y en torno a todo esto, ¿cómo forma parte del
necesario contexto para la práctica de la virtud cristiana, la concepción que tiene Pablo de la
Iglesia como un único cuerpo y una única comunidad?
6. Tres Virtudes, Nueve Variedades
de Fruta y un Cuerpo

«Cuando llegue "lo perfecto", "lo parcial" será abolido». Algunos oyentes de Pablo tuvieron
probablemente que detectar ecos de Aristóteles, para quien «la perfección», to téleion, era la
meta. Sin duda Pablo era consciente de la tradición del pensamiento moral pagano, pero la
tradujo a un registro diferente. La línea procede, por supuesto, del corazón del mejor capítulo de
Pablo sobre la mayor de las virtudes y nos habla, sobre todo, no solo de cómo entendía él esa
virtud concreta, sino también de cómo comprendió la virtud en general. «Nosotros conocemos
parcialmente -dijo- y profetizamos parcialmente», contrastando los dones pasajeros con la virtud
perdurable del amor; «pero cuando llegue "lo perfecto", entonces quedará abolido "lo parcial"»
(1 Cor 13,9-10).

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy
como campana que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de hablar
en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia; y aunque mi
fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Y
aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las
llamas, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente y bondadoso; no
tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni
lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría
en la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.
El amor no pasa jamás. Desaparecerá el don de hablar en nombre de Dios, cesará
el don de expresarse en un lenguaje misterioso, y desaparecerá también el don del
conocimiento profundo. Porque ahora nuestro saber es imperfecto, como es
imperfecta nuestra capacidad de hablar en nombre de Dios; pero cuando venga lo
perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando ya era niño, hablaba como niño,
razonaba como niño; al hacerme hombre, he dejado las cosas de niño. Ahora
vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara.
Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me
conoce.
Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más
excelente de todas es el amor (1 Cor 13,1-13).

1 Cor 13 es uno de los pasajes más conocidos de todos los escritos de Pablo -sospecho que en
parte porque muchas parejas lo escogen para que se lea públicamente en sus bodas, aunque si
reflexionaran sobre él línea por línea, quizás les resultaría un reto un tanto intimidante-.
Demasiado bello para mantener ante nuestros ojos una cuadro tan sorprendente. Pero no
pensemos que podemos sin más meternos en él una bella mañana soleada, quedándonos ahí para
siempre sin ningún esfuerzo. Las últimas líneas hablan de su propia historia: tolerar, creer,
esperar, soportar, no caer nunca; todo esto habla de momentos, horas, días y quizás años, en los
que habrá cosas que tolerar y que creer en contra de aparentes evidencias; cosas que esperar, que
ahora no se ven, cosas que soportar, cosas cuya amenaza provoca que fracase el amor. La
expresión «amor tenaz» suena ahora como manoseada, una reliquia social de debates de antes de
ayer. Sin embargo, el amor del que habla Pablo es fuerte. De hecho, es la cosa más fuerte que
existe.

El amor del que habla Pablo es claramente una virtud.

No es una norma de esas que en nuestros días están pasadas de moda, impuestas por un
convencionalismo arbitrario, que ha de obedecerse al margen de cualquier sentido de la
obligación. (Posteriormente discutiremos la pregunta más seria sobre las normas más apropiadas
y su relación con la virtud).

No es un principio, es decir, una norma general a la que una persona puede obedecer o
desobedecer.

No es «una máxima prudente basada en efectos calculados», aunque habría que decir que, con
que al menos unos cuantos vivieran según la descripción de Pablo, muchos serían bastante más
felices.

Ni es tampoco el resultado de acciones personales «realizadas de forma natural». En cada punto


concreto del catálogo de Pablo sobre lo que hace o no hace el amor, queremos decir:

-Sí, entiendo lo que quieres decir. Sin embargo, abandonado a mis propias inclinaciones, yo sería
corto de mente, descortés, celoso, molesto, engreído, sinvergüenza, etc. En particular,
abandonado a mí mismo, hay ciertas cosas que no puedo soportar, muchas otras que no puedo
creer, algunas que no sería capaz de esperar, y muchísimas que no podría soportar. Abandonado a
mí mismo, haciendo lo que me sale de forma natural, fallaría.

Pero lo que caracteriza al amor es precisamente que él no hace. Por eso el amor es una virtud. Es
un lenguaje que hay que aprender, un instrumento musical que hay que practicar, una montaña
que se tiene que escalar por caminos difíciles, muy pendientes y empedrados, pero con la más
deslumbrante vista desde la cima. Es una de las cosas que durará, uno de los rasgos del carácter
que otorga el genuino anticipo de esa plenitud humana que se nos prometió para el final. Y, por
tanto, es algo que puede ser anticipado en el presente merced al objetivo futuro, el télos, que ya
ha sido dado en Jesucristo (Cristo Jesús). Es parte del futuro que puede traerse al presente.

Aquí, como muchos lo intuyen vagamente pero pocos reflexionan realmente sobre ello, estamos
ante un problema de lenguaje. Un problema con esa bendita palabra: «amor». La palabra «amor»
pretende ejercer a un mismo tiempo funciones tan dispares que uno realmente no tiene más
remedio que sentarse con ella y enseñarle a delegar.

Como algunos han pensado con frecuencia, no es simplemente una cuestión de volver al
«auténtico» significado de la palabra griega agápe. En realidad, esta palabra tuvo un recorrido
tan variado en los siglos anteriores y posteriores a Pablo como ha tenido nuestra palabra «amor»
(o, para el caso, «caridad») en los últimos trescientos años. Una mirada al léxico griego nos
indica que agápe y sus connotaciones fueron utilizados según distintos espectros de
significación, cubriendo «afecto», «pasión erótica», «satisfacción con algo o con alguien», «alta
estima» o «valoración de algo», etc. Algunas veces agápe se distinguía de philía (que nosotros a
menudo traducimos como «amistad»), y otras parece que ambas han resultado intercambiables.
El significado específico de agápe que encontramos en el Nuevo Testamento, no es el resultado
del descubrimiento por parte de los primeros cristianos de una palabra que ya expresaba
exactamente lo que ellos querían decir ciñéndose a ella. Más bien, parece que se quedaron
inmediata y rápidamente con ella, considerándola la mejor posible. Luego le otorgaron un nuevo
privilegio: el de ser portadora de una nueva profundidad de significado, dentro del cual se
subrayaban algunos aspectos de su antiguo significado, mientras que se dejaban de lado otros. De
hecho, los primitivos cristianos hicieron con la palabra agápe prácticamente lo - mismo que
hicieron también con la antigua noción de virtud. La aislaron, la llenaron del mensaje de Jesús y
la dotaron de nueva vida.

No es sorprendente que en el mundo antiguo, lo mismo que hoy, las palabras utilizadas para
expresar la idea de amor, llevaran consigo una amplia variedad de significados y se movieran
dentro del campo de esa pluralidad. Después de todo, la pregunta sobre cómo nos relacionamos
los unos con los otros, cómo valoramos el hecho de que nos agraden o no ciertos estilos de esas
relaciones (que podemos aprobar o censurar), y cómo o por qué cambian según los tiempos y las
culturas estas percepciones así como las convicciones morales, resulta extremadamente
compleja. Novelas, poemas, obras de teatro y películas -por no mencionar las experiencias
normales con la familia y con los amigos- generan tanta información sobre el tema, que es algo
así como mirar arriba, hacia el cielo, en una noche clara sin nubes para ver, no solo millones de
estrellas y planetas, sino también meteoritos, estrellas fugaces y satélites. No hay solo cuatro
cosas llamadas «amor», como en el título del importante libro de C.S. Lewis sobre el tema.
Como el propio Lewis habría aceptado rápidamente, hay cuatro mil cuatro, o tal vez cuatro
millones y cuatro. Necesitamos una enorme variedad de palabras (como al menos en la mitología
urbana los pueblos inuit tienen cuatro tipos de nieve diferente) para dibujar la compleja y
cambiante naturaleza de lo que se sigue llamando «amor».

Afortunadamente, no necesitamos para nuestro actual argumento entrar en ese trabajoso dibujo.
Solo necesitamos caer en la cuenta de que Pablo, como otros primitivos cristianos, estableció la
palabra agápe para hacer un trabajo de cuya necesidad nadie se había dado cuenta hasta
entonces. Nadie hasta aquel momento había atisbado realmente, como esos primitivos cristianos
lo hicieron, el desafío que suponía encarnar una virtud tan profunda, tan capaz de cambiar la
vida, tan definidora de la comunidad, tan revolucionaria -tanto en su naturaleza como en sus
efectos, así como en el carácter moral para aspirar a ella- que la gente en la época de Pablo
pensaba que estaba loco. Verdaderamente, desde entonces la gente, incluso dentro de la propia
Iglesia, ha resistido al desafío y se ha colocado para el segundo mejor. O para el vigésimo
segundo mejor. Agápe pone el listón tan alto como puede. Lo primero que debemos hacer, antes
de poder discutir el asunto, es reconocer que hemos fallado bastante drásticamente a la hora de
superar el listón. Entonces, con el tema sobre el tapete, nos podemos imponer la tarea de pensar,
en primer lugar, sobre lo que dice Pablo sobre lo perfecto y lo parcial. Esta es la clave para
comprender cómo cree él que funciona la virtud y en qué consiste.

2
«Cuando llegue "lo perfecto", "lo parcial" será abolido». La palabra que utiliza Pablo para «lo
perfecto» es nuestro viejo amigo téleios -el adjetivo, tratado aquí como un nombre, «lo
perfecto», to téleion. Esta palabra lleva consigo dos significados que, como en el caso de la
palabra «amor», resultan difíciles de trasladar al castellano. Por una parte, sugiere que algo ha
alcanzado finalmente su meta, o que una copa que se ha ido llenando poco a poco ha alcanzado
el límite, o que una larga peregrinación ha llegado a su punto final. Por otra parte, ofrece el
significado ligeramente diferente de «madurez» o «plenitud», en contraste el primero con
«juventud» o «inmadurez». Ese es el sentido que Pablo desarrolla en el versículo siguiente:
después de decir cuando llegue «lo perfecto», «lo parcial» será abolido, prosigue:

Cuando yo era niño, hablaba como niño, razonaba como niño; al hacerme
hombre, he dejado (literalmente, «abolí», como en el versículo anterior) las cosas
de niño.

Por tanto, Pablo subraya la permanencia de agápe como la principal razón para urgir a los
confusos cristianos de Corintio a trabajar por ella. Este es el lenguaje de la virtud, aunque
obviamente, con un acento cristiano. Aristóteles y la corriente que nace de él, pudieron haber
comprendido la madurez humana en términos simplemente de «florecimiento humano», el
carácter humano en su plenitud en la vida presente, en vez de buscar una era futura en la que la
visión parcial del tiempo presente pudiera dar paso a un conocimiento cara a cara (versículo 12).
Para Pablo, lo que cuenta es la permanencia.

El capitulo está bella y cuidadosamente estructurado en tres movimientos. En el párrafo de


apertura (13,1-3), Pablo resalta que cualquier otra experiencia cristiana sin agápe no merece la
pena. Lenguas, profecías, misterios, conocimiento, fe capaz de mover montañas, vida de
autosacrificio, a menos que exista agápe, no importan nada. Entonces llega el rico párrafo
central, lleno de lirismo, que citamos al principio de este capítulo. Después, la sección final,
equilibrando la primera, plantea, suave pero firmemente, la cuestión: es la permanencia de la fe,
la esperanza y el amor, pero especialmente el amor, lo que hace que merezca la pena la tarea
cristiana. 1 Cor 13 pone en primer término su planteamiento casi tanto por su atractivo estético
como por su lógica, aunque esta también es profunda.

La sección final del capítulo versa toda ella sobre las cosas que no durarán y las que sí lo harán:

El amor no pasa jamás. Desaparecerá el don de hablar en nombre de Dios, cesará


el don de expresarse en un lenguaje misterioso, y desaparecerá también el don del
conocimiento profundo. Porque ahora nuestro saber es imperfecto, como es
imperfecta nuestra capacidad de hablar en nombre de Dios; pero cuando venga lo
perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando ya era niño, hablaba como niño,
razonaba como niño; al hacerme hombre, he dejado las cosas de niño. Ahora
vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara.
Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me
conoce.
Ahora subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más
excelente de todas es el amor (1 Cor 13,8-13)
Esta idea de que algunas cosas no durarán y otras sí lo harán, está basada en la asunción, como
subraya el argumento de toda la carta de Pablo y que finalmente quedará desvelado en el capítulo
15, de que la vida presente es la primera fase de una existencia mucho más larga y de que entre el
presente y el futuro final existirá una fuerte continuidad junto a una radical discontinuidad. La
promesa y esperanza de resurrección, en otras palabras, son las realidades que han reconfigurado
cómo trabaja la virtud, dándole también su fresco contenido moral.

Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más
miserables de todos los hombres (15,19)... sabes que el Señor no dejará sin
recompensa vuestra fatiga (15,58b).

Todo esto clarifica lo que se dijo de manera más confusa al principio de la carta:

No juzguéis antes tiempo. Dejad que venga el Señor. Él iluminará todo lo que se
esconde en las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón (4,5);
Dios resucitó al Señor y por su poder nos resucitará...; dad, pues, gloria a Dios
con vuestro cuerpo (6,14-20).

La continuidad entre la vida presente y la futura apuntala muchas de las enseñanzas de Pablo
sobre cómo comportarse en el presente.

Sí, verdaderamente hay algunos elementos de la vida cristiana actual que ya no serán necesarios.
Irónicamente, incluyen algunas cosas que los Corintios, como algunas personas en nuestros días,
tienen la tentación de considerar como muy «espirituales» y, por tanto, superiores a la disciplina
carente de interés de la vida cristiana «ordinaria». Cosas no permanentes incluyen esos
fenómenos extraños que trasladan la vida del cielo a la tierra en el presente: lenguas, profecía y
dones especiales de «conocimiento». Las tres resultarán superfluas cuando se imponga la
realidad, igual que las velas resultan superfluas cuando amanece. Está en camino un gran
cambio, una gran transformación, que para nosotros será como el paso de la niñez a la madurez
en nuestra vida, el paso de estar viendo a alguien como se ve en un espejo borroso a poder
hacerlo ver cara a cara (13,12), el paso de mirar un rompecabezas sin tener idea de cómo encajar
las piezas a captarlo en su totalidad de un simple golpe de vista (13,12b), para ajustarse más
exactamente a lo que dice Pablo, el paso de atisbar partes del puzle a caer en la cuenta de que el
puzle no solo está completo, sino que nos devuelve la mirada.

Ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a


cara. Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me
conoce (13,12).

Pablo escribe esto con cuidada sutileza. El contraste entre una niñez inmadura y una madurez
adulta, es una metáfora del paso futuro de la vida presente a la vida resucitada, aunque parezca
más que una simple metáfora. También se da un sentido similar al de Gál 4,1-7 (aunque con un
punto de diferencia), el de que ahora somos hijos inmaduros de Dios y llegará un día en que
habremos crecido. El contraste entre mirar como en un espejo borroso y ver cara a cara es una
metáfora de la futura transformación, aunque para Pablo existe un sentido que realmente
captamos cuando atisbamos la oscuridad del mundo presente, discerniendo confusamente la
realidad de Dios y de sus caminos, y que un día descubriremos con claridad. Y cuando llegue a
«conocer parcialmente» y a conocer plenamente como somos conocidos (retomando un tema del
principio de la carta en 8,1-3), estamos yendo más allá de un lenguaje figurado, para hacer
afirmaciones todo lo claras posible en materias como esta. Es como si Pablo, que en un
determinado nivel tiene que emplear inevitablemente un lenguaje gráfico, tuviera que estar
volviendo a la dura realidad, afrontándola de la mejor manera posible. De esta forma tal vez
podamos captar también la explicación de por qué agápe es una de las tres cosas que
permanecerán en el futuro y por qué es, desde luego, la principal de ellas. Conocer como somos
conocidos es ir más allá de la virtud, desembocando en el culto; o quizá deberíamos decir: es el
punto en que la virtud se convierte en culto, o nuestro culto llega a ser la culminación de los
hábitos del corazón, que llamamos virtud. Es el punto en el que somos formados por el espíritu
de Dios en un real sacerdocio. Después de todo, 1 Cor 13 está entre un par de capítulos en los
que Pablo discute la vida cultual en la Iglesia. Este es el centro de todo.

Así el agápe que estamos llamados a practicar en el presente, a aprenderlo como un idioma
difícil pero poderoso, practicándolo como un hermoso aunque difícil instrumento musical,
permanecerá en el mundo futuro -en realidad, se cumplirá gloriosamente- porque es la auténtica
esencia del Dios que conocemos en Jesucristo. El Dios que Pablo había llegado a reconocer en el
rostro del crucificado y resucitado Jesús, es el Dios del máximo amor desinteresado y nosotros
los humanos estamos llamados a reflejar a este Dios, para ser «renovados en conocimiento según
su imagen». Entonces no sorprende que un amor de este tipo sea el elemento clave de esa vida
futura y de su anticipo aquí y ahora. «Aguantará» (13,13); permanecerá. Es el ejemplo supremo
del principio que Pablo articulará en dos capítulos posteriores (15,58): lo que hacemos en el
presente, en el Señor, no se desperdicia. El amor es el lenguaje que se habla en el mundo de Dios
y estamos llamados a aprenderlo hasta el día en que el mundo de Dios y el nuestro se junten para
siempre. Es la música que hacen en la corte de Dios y se nos invita por anticipado a aprenderla y
practicarla. El amor no es una obligación, ni siquiera nuestra mayor obligación. Es nuestro
destino.

Bienvenidos, pues, a la exposición más grande que hace Pablo de la mayor de las virtudes. Aquí
tenemos la meta, el télos, el estado en el que estamos para compartir to téleion, «lo perfecto», «lo
completo», «lo maduro». Un día todo el cosmos alcanzará la perfección, la plenitud y la
madurez. En ese cosmos renovado, los seres humanos alcanzarán «la perfección» adecuada a
ellos, «la madurez» que finalmente les permitirá ser el sacerdocio real mediador entre la cuidada
y sabia vigilancia del mundo por parte de Dios y el alegre culto del mundo a su hacedor. Y si esa
es la meta, aquí están «las virtudes», «los puntos fuertes», los hábitos del corazón, de la mente y
de la vida que te formarán como la persona que necesitas ser para ese día, y anticipará incluso en
el mundo actual, incompleto y parcial, algo de la vida del mundo nuevo y completo. La virtud
para Pablo, es parte de la escatología inaugurada, parte de la vida de un futuro que irrumpe en el
presente. De ahí que sea un trabajo tan duro como glorioso.

3
Sin embargo, antes de ir más lejos con las tres grandes virtudes, aparte de la pregunta natural:
«Pablo, todo eso esta muy bien, pero, ¿cómo podemos siquiera empezar a alcanzar tan alto
ideal?», debemos mirar al segundo gran tema paulino que la acompaña. En Gál 5 Pablo habla de
«fruto del Espíritu». Y aquí, como en las tres grandes virtudes, encabezando la lista aparece
agápe. Es evidente que todas ellas se relacionan entre sí, pero, ¿cómo?

Cuando Pablo enumera nueve «frutos del Espíritu» (Gál 5,22-23), lo hace inmediatamente
después de haber anunciado la introducción de un punto crucial: «Si sois guiados por el Espíritu,
no estáis bajo la Ley» (v. 18). En el clima del pensamiento de hoy, con algunas preguntas
relacionadas con nuestra búsqueda ética, esa gran afirmación está casi destinada a ser
desatendida y seriamente malinterpretada.

Para mostrar lo que quiero decir sobre la posibilidad de desatender algo porque se está pensando
una serie de preguntas diferente, imaginemos que estamos sentados en una cafetería escuchando
por encima una conversación que tiene lugar en la mesa contigua. No tenemos ni idea de quién
sea esa gente o de qué estén hablando. Todo lo que oímos es una sola frase:

-Debemos terminar en C.

¿Qué significa eso? Quizá esas personas sean parte de un consejo de educación, que tratan de
construir una nueva estructura para registrar y tabular los resultados de los exámenes. ¿Queremos
una estructura con cinco notas para aprobado: A, B, C, D, y otras dos, E y F, que signifiquen
«suspenso»?, ¿o es demasiado drástico? ¿Necesitamos realmente cinco notas?

-No -dice el presidente-. La lista será suficientemente larga con tres categorías. La terminaremos
en la C. Eso es lo más que necesitamos.

O supongamos que forman parte de una editorial y están intentando decidir dónde dividir una
enciclopedia de varios volúmenes. Es claro que el libro va a tener más que un volumen, e incluso
más de dos o tres. Pero todo el material lo tienen ahí y la pregunta es:

-¿En qué punto del alfabeto vamos a dejar el primer volumen?

Respuesta:

-Debemos terminar en C. El próximo volumen quizá vaya de la Da la F.

O supongamos que se está discutiendo sobre un posible crucero por el Mediterráneo. El barco
parará en varios puertos; ahora bien, uno de los participantes espera encontrarse con un amigo,
que estará en tierra cerca de uno de los puertos citados. Pregunta a los organizadores si sería
posible que su amigo acudiera a la fiesta de esa noche a bordo, para desembarcar de nuevo antes
de que zarpe el barco. La respuesta es:

-Lo siento pero no; el barco necesita aprovechar la marea de la tarde. En cuanto a la fiesta, la
terminaremos en alta mar, una vez que haya zarpado el barco.
También podríamos imaginar otros ejemplos. Pensemos, por ejemplo, en el compositor Jean
Sibelius en el momento de planificar el final de su incomparable séptima sinfonía, cuando la
música finalmente se resuelve en un gran acorde de do mayor.

No hace falta seguir, porque indudablemente el asunto ya está claro. Una sola frase puede tener
significados muy diferentes, dependiendo de las preguntas implícitas, o del conjunto de
preguntas que el que escucha tiene en la cabeza y que percibe la frase como respuesta.

Así ocurre con Pablo. «Si os guía el Espíritu, no estáis bajo la Ley». Alguien que hoy captara
únicamente ese fragmento de la conversación, es muy verosímil que lo oyera en términos de un
debate, implícito y fuerte, entre aquellos que piensan que hay que ordenar la vida mediante
«normas», y aquellos que piensan que lo que importa es «hacer lo que surge naturalmente»,
viviendo «espontánea» o «auténticamente». Y no es solo nuestro clima cultural el que nos obliga
a aceptar que es eso lo que estamos escuchando por encima en esa conversación. Durante
cuatrocientos años el clima religioso y teológico nos ha condicionado a escuchar una versión
religiosa del mismo asunto. Desde entonces, al menos desde la Reforma, gran número de
cristianos ha asumido que los fundamentos del pensamiento de Pablo son algo así: pasó la
primera parte de su vida tratando de guardar las normas de su religión y después descubrió no
solo que no iba a poder hacerlo, sino que las normas no eran el asunto. Dios no quería
cumplidores de normas; quería «espontaneidad». Dios le había perdonado todas sus infracciones
de las normas en y a través de Jesucristo, y ahora le daba su Espíritu, que produciría todo el
«fruto» sin todo ese tremendo sufrimiento moral.

Ahora bien, ¿era de eso de lo que la conversación de la mesa de al lado estaba tratando?

Con esta forma de interpretar, el oyente asume que, cuando Pablo dice «ley» o «la Ley», no se
refiere a la ley judía, la ley de Moisés, o al menos no particularmente a ella. Si hay una referencia
a ella, es porque era el tipo concreto de ley que Pablo conocía. Desde este punto de vista todos
estamos, en un sentido u otro, bajo la ley, puesto que todos los seres humanos son conscientes de
algún tipo de código moral por encima de ellos, que les dice qué hacer y los hace sentirse
culpables cuando no lo hacen. Y el mensaje de Pablo, dentro de esta manera de pensar es:

-¡Estás libre de todo eso! El Espíritu te guiará desde tu interior y no necesitas molestarte con
todas esas normas que te vienen desde otras instancias, sea la tradición, la filosofía o el Antiguo
Testamento. Deja de preocuparte de todo ese moralismo; clarifícate y sé espontáneo. ¡No tienes
que intentarlo! El esfuerzo moral es una señal de que aún estás en el camino equivocado. Todo lo
que tienes que hacer es caminar con el flujo del Espíritu.

Todo lo cual no es más relevante en relación con lo que Pablo está realmente diciendo, que lo es
el significado que tiene la «enciclopedia», cuando alguien oye decir al agente de viaje:

-Terminaremos en el mar.

Pablo no está discutiendo el tema de las normas en oposición a la espontaneidad. Está hablando
de la gran transformación que tiene que llegar al pueblo de Dios con la muerte y resurrección del
Mesías y el don del Espíritu.
La Ley, esto es, la Ley mosaica, era el don de Dios para el período que culminó con el Mesías.
Pablo se refirió a esto en Gál 3,15-29. Sin embargo, esta idea había llegado como una novedad a
algunas de las Iglesias de Galacia, a las que se había enseñado que la Ley mosaica -al menos
aquellas normas (como la circuncisión y las leyes sobre alimentación) que distinguían a los
judíos de sus vecinos paganos se iba a exigir a todos los conversos del paganismo, para
asegurarse de que eran miembros genuinos del pueblo de Dios, auténticos hijos de Abraham.
Pablo no está de acuerdo: hijos de Abraham son todos aquellos que creen en Jesús el Mesías y
son bautizados en él, no importando cuál fuera su origen étnico ni cuál su relación con la Ley
judía.

Entonces Pablo despista a sus oponentes con considerable ironía y es en este contexto en el que
expone los diferentes «frutos del Espíritu», con agápe a la cabeza. Toda esa concentración en la
Ley de Moisés, la Torah, había dado como resultado grandes luchas dentro de la Iglesia gálata.
¿No es eso una señal de que algo ha ido mal? Después de todo, el mejor resumen de toda la ley
de que disponemos es: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Gál 5,14). Como en Rm 13,8-10,
que trataremos más adelante, Pablo aquí en Gál está citando Lv 19,18.

-Sí, -dice-. Toda la Ley se resume en esta sentencia: «Ama a tu prójimo a ti mismo». Entonces,
¿cómo se puede ser respetuoso con la Ley, si al mismo tiempo se rompe el principio fundamental
de la misma Ley? Al contrario: vais en dirección opuesta y pedís a gritos vuestra mutua
destrucción (5,15).

¿Cuál es la alternativa? Resumiendo en un par de frases algo densas lo que explicará más tarde y
con mayor detalle en Rm, Pablo viene a decir que hay un camino para lograr aquello que la ley
trataba realmente de cumplir, pero que no es el camino de «la carne». Aquí, el argumento nos
conecta con la ambigüedad de éste término clave. Para Pablo, «la carne» no es simplemente algo
de carácter físico. Siempre lleva la connotación de corruptibilidad o de auténtica rebelión, de un
dar la espalda a Dios por parte de la humanidad en general o de Israel en particular. Pablo ha
estado especialmente interesado en subrayar que la circuncisión es meramente un asunto
«carnal»; no que él se haya convertido de repente en dualista, rechazando el mundo físico de
espacio, tiempo y materia, sino que para él la palabra «carnal» es una forma de hacer ver «eso
que decaerá y morirá». «La carne» no es algo que durará. Ahí aparece de nuevo, como en Cor
13: «Cuando llegue lo perfecto, lo parcial será abolido».

Y así, ahora dice:

-Debes huir de «la carne», no coquetear con ella. Si le das mucha importancia, ya verás qué
compañías tendrás. Te pondrás al lado de esos paganos cuyo estilo de vida tanto desprecias. Por
eso debes ordenar tu vida en sintonía con el Espíritu; ese es el camino-el único camino-para
evitar «las obras de la carne», que ves por todas partes a tu alrededor dentro del paganismo. No
puedes hacerlo mediante la circuncisión y una adhesión exterior o étnica a la Ley mosaica.

Ahora por fin podemos entender el significado de lo que hemos oído de forma entrecortada
proveniente de la mesa de al lado.
-Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley mosaica.

Esto no tiene nada que ver con preferir la espontaneidad a las normas. Tiene que ver con la nueva
alianza mediante la que Dios está derramando su Espíritu sobre aquellos que están «en Cristo»,
de manera que en ellos se ha llevado a plenitud por fin la vida que la Ley quería producir, pero
que no pudo hacerlo (cf. Rm 8,1-11). Y cuando sucede esto -este es el meollo del no estar «bajo
la Ley»- la Ley mosaica no juega ningún papel a la hora de producir ese comportamiento,
aunque, por así decirlo, ahora pueda mirar y aplaudir desde el flanco de al lado. En otras
palabras:

-No tienes que convertirte en judío, acatando la Ley mosaica, para llegar a ser un miembro
floreciente y lleno de fruto del pueblo de Dios. En realidad, si de hecho vas por ese camino, te
encontraras atrapado paradójicamente ¡al mismo nivel que los paganos de los que quieres
distanciarte!

Así pues, Pablo incluye en la lista de las conductas que asocia con «la carne», muchas de las
cuales, como señalamos antes, pueden practicarse por un espíritu maligno sin cuerpo, de modo
que no hay duda de su desaprobación de estos estilos de acción, pues no tienen nada que ver con
lo físico. Más bien los desaprueba, porque son lo que ocurre cuando la humanidad se vuelve
sobre sí misma y se aparta de Dios:

En cuanto a las consecuencias de esos desordenados apetitos, son bien conocidas:


fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, discordias,
rivalidad, ira, egoísmo, disensiones, cismas, envidias, borracheras, orgías y cosas
semejantes. Los que hacen tales cosas -os lo repito ahora, como os lo dije antes-
no heredarán el reino de Dios (Gál 5,19-21).

Nótese la última línea: el reino está llegando a la tierra tal como está en el cielo y esos son los
caminos que no van en esa dirección. Son los que mantienen la vida del cielo apartada y, por
tanto, hacen una alianza con la muerte, declarando con su actitud que quieren mantener la vida
en la tierra tal como está, en su presente corrupto y con sus formas decadentes. Y en cuanto a la
virtud, igual que con el vicio: la cuestión no es que estos estilos de comportamiento estén
prohibidos por alguna arbitrariedad legalista divina, empeñada en que los seres humanos dejen
de «ser ellos mismos» o no «se lo pasen bien». Son realidades que muestran signos de
deshumanización, de esa corrompida versión de la humanidad que, abandonada a sí misma, está
dejando la promesa de futuro de Dios marginada. Es más, como bien lo vio el propio
Shakespeare, hay costumbres del corazón -hábitos- que se consolidan y resultan casi imposibles
de cambiar. Ese es el meollo de la palabra «vicio»: Una vez que los hábitos se han establecido, te
tendrán amarrado y serás incapaz de soltarte.

Por contra,
los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe,
mansedumbre, y dominio de sí mismo. No hay ley frente a esto (5,22-23).

La última línea es muy irónica:

-Creo que os daréis cuenta de que ninguna de esas cosas va contra la Ley.

En otras palabras:

-Si el pueblo redimido de Dios es verdaderamente así, ¿no creéis que la Ley tiene que estar
encantada?

Eso pone de relieva lo más importante de lo que dice Pablo. No está afirmando que, una vez que
el Espíritu establece su morada en una persona o comunidad, esto es lo que sucederá
automáticamente, como si con ello reforzara el enfoque romántico o existencial de actuar en
contra de cualquier tipo de legalismo. Tampoco dice:

-Ahora que ya tenéis el Espíritu, ¿no es maravilloso que podáis deshaceros de esa antigua y tonta
Ley y de todas sus restricciones morales?

Mas bien, lo que afirma es:

-Después de todo, este es el comportamiento que produce el Espíritu; ¿no sois capaces de ver que
no es necesario imponer la Ley mosaica a los conversos para existan personas como esas?

Hemos de caer en la cuenta de que Pablo escribe aquí sobre el fruto en singular, no sobre los
frutos del Espíritu en plural. Al igual que Platón y otros muchos, él insistió en que, si
verdaderamente se quiere poseer alguna de las virtudes cardinales, hay que poseerlas todas,
porque cada una, por así decirlo, ocupa y mantiene su puesto gracias a las otras, por lo que Pablo
no contempla la posibilidad de que alguien pueda cultivar una o dos de estas características,
quedando convencido de que ya ha tenido suficiente del huerto como para seguir con él. No:
cuando el Espíritu entre en acción, será posible ver las nueve variedades del fruto. Pablo no
contempla ninguna especialización.

Y, para dejar claro lo que no quiso decir, completa la discusión con una frase que funciona como
una advertencia a sus lectores, para que no piensen que se pueden quedar con «la carne» y seguir
formando parte del pueblo cristiano, de la comunidad mesiánica.

Los que son de Cristo Jesús han crucificado sus apetitos desordenados junto con
sus pasiones y apetencias (5,24).

Ellos crucificaron la carne: esto corresponde a lo que Pablo dijo casi al principio del argumento
teológico de la carta:

Estoy crucificado con Cristo (2,19).


Y esta frase, aunque construida con otro propósito, sirve para alertarnos, con nuestras propias
preguntas, sobre un punto clave que, de otra forma, podría ser pasado por alto.

La clave es esta: el «fruto del Espíritu» no crece automáticamente. Sus nueve variedades no
surgen de repente solo porque alguien haya creído en Jesús, haya rezado al Espíritu de Dios y
luego se haya sentado a esperar la llegada del fruto. Puede perfectamente haber unos claros y
repentinos signos iniciales de que el fruto está en camino. Muchos nuevos cristianos,
particularmente cuando una conversión súbita ha significado un alejamiento dramático de un
estilo de vida lleno de «obras de la carne», informan de su asombro por la voluntad que surge en
ellos para el amor, el perdón, para ser amables, para ser puros. Y se preguntan: ¿de dónde ha
venido todo esto? Yo no era así. Es algo maravilloso, una señal segura de que el Espíritu está
trabajando.

Pero esto no quiere decir que a partir de ahí venga todo rodado. Se trata de brotes; para obtener
frutos, tienes que aprender a ser un jardinero. Debes descubrir cómo cuidar y podar, cómo regar
el campo, cómo mantener lejos a los pájaros y las ardillas. Tienes que ver el tizón y el moho,
cortar la hiedra y los parásitos que chupan la vida del árbol, y asegurarte de que el joven tronco
podrá permanecer firme frente a los fuertes vientos. Solo entonces aparecerá el fruto.

Y, en caso de que alguien piense que estoy poniendo una nota exótica en la alegre lista de estas
maravillosas características confeccionada por Pablo (seguramente, piensa el romántico y
tranquilo cristiano, todas estas cosas se darán por sí solas ¡ahora que el Espíritu esta en mí!),
fijémonos en la característica final de la lista: el autocontrol. Si el fruto fuera automático, ¿para
qué se necesitaría el autocontrol? Respuesta: no es automático y, por tanto, es necesario. Todas
las variedades de fruto que Pablo menciona aquí, son relativamente fáciles de falsificar,
especialmente en la gente joven, sana y feliz, excepto el autocontrol. Si este no está, vale la pena
preguntarse si la apariencia de las otras clases de fruto es solo eso, apariencia, más que una señal
real de la labor del Espíritu.

Podríamos suponer que es por eso por lo que Pablo añade inmediatamente la nota de la
crucifixión.

Los que son de Cristo Jesús han crucificado sus apetitos desordenados junto con
sus pasiones y apetencias (5,24).

Existen muchos parásitos, muchos exóticos arbustos que amenazan con ahogar el árbol frutal;
muchos predadores listos para mordisquear la raíz o arrancar el fruto antes de que madure. Debe
haber una decisión consciente de la mente, el corazón y la voluntad, para enfrentarse sin piedad a
tales enemigos. De repente nos damos cuenta de que estamos exactamente en el lugar al que nos
llevó Col 3,5: «Haced morir, pues, todo lo que es terrenal». El «terrenal» de Col es el «carnal» de
Gál: la postura Pablo es sustancialmente la misma en ambos lugares, como podemos apreciar en
el solapamiento que se da entre las cosas que es necesario matar de Col y la «labor de la carne»
de Gál. Solo cuando este «hacer morir» se realice, podrá ser obedecida la encomienda final de
Pablo:

Si vivimos gracias al Espíritu, procedamos también según el Espíritu (5,25).


La cláusula segunda podría ser traducida como «caminemos junto al Espíritu», pero la raíz de
«caminar» puede igualmente referirse a cosas alineadas en hilera, y en ambos casos la cosa esta
clara: solo del hecho de «vivir en el Espíritu» no se sigue automáticamente la dirección efectiva
del Espíritu. Es necesario escoger hacerlo. Y ello es ciertamente posible.

Este es ese punto por el que, muchos siglos después, Pablo podría haber sido invocado para
establecer un argumento de largo recorrido en discusiones sobre moral. Algunos teólogos han
distinguido cuidadosamente entre el tipo de virtud que se puede adquirir mediante un duro
trabajo en soledad, y el que se puede alcanzar solo si Dios te lo concede. La pregunta que se
plantea es: ¿supone esto que el segundo tipo no exige trabajo? La respuesta de Pablo a esto,
como todo en sus escritos, es enfática. La virtud cristiana, incluyendo el noveno fruto del
Espíritu, es al mismo tiempo don de Dios y resultado de la fe de la persona, que toma decisiones
conscientes para cultivar esa forma de vida y esos hábitos del corazón y de la mente. En lenguaje
técnico, estas cosas son a la vez «infusas» y «adquiridas», aunque la forma en que las adquirimos
es en sí misma, en esa misma jerga, «infusa». Estamos aquí, como tan a menudo en teología, en
los límites del lenguaje, porque intentamos hablar al mismo tiempo sobre «algo que hace Dios» y
«algo que hacemos los hombres», como si Dios fuera simplemente uno como nosotros. Como si,
en otras palabras, la interacción de la acción de Dios con nuestro trabajo pudiera ser imaginada
según el modelo de dos personas que colaboran en un proyecto. Hay aquí implicados algunos
misterios que en este momento no necesitamos explorar más. Es suficiente advertir que las
variedades de los frutos espirituales que Pablo enumera como virtudes cristianas, permanecen
como obra del Espíritu y, al mismo tiempo, resultado de la elección y el trabajo consciente del
interesado.

Podemos llegar al mismo punto por un camino diferente, acudiendo a algunas de nuestras
discusiones precedentes. El mandato básico dado a los seres humanos y a todo el reino animal (al
escribir esta frase, dos gorriones tras mi ventana estaban obedeciendo, con deleite, la orden del
creador), fue «dad fruto y multiplicaos». Pablo puede utilizar exactamente ese lenguaje para
referirse a los primeros brotes de la fe y de la vida de las jóvenes Iglesias cristianas (cf. Col 1,6-
10). Pero el asunto del fruto espiritual es que, al margen de lo sano que esté, el árbol debe de
cuidarse. Si lo dejas por mucho tiempo sin atender, sin podar, se volverá silvestre. Una vez más,
la conducta que Pablo espera que produzca el Espíritu no llegará porque el Espíritu sustituya la
mente, la voluntad y la elección consciente de los jóvenes cristianos. Ellos tienen que crucificar
la carne. Tienen que ser transformados mediante la renovación de sus mentes. Luego, cuando ya
sean «guiados por el Espíritu», no estarán «bajo la Ley»; pero tampoco estarán viviendo en el
ideal romántico del comportamiento espontáneo e irreflexivo, igual que no están siguiendo a
ciegas una lista de normas arbitrarias. Estarán descubriendo el auténtico significado de la libertad
humana (5,1-13); el significado por el cual los seres humanos fueron creados en un principio, el
significado al que señalaba la Ley judía, pero que ellos pueden alcanzar solamente mediante la
muerte y la resurrección con el Mesías. Ellos serán auténticamente libres caminando sobre la
senda que lleva a esa completa autenticidad, que es la meta de la vida cristiana. Y el camino
consiste en la práctica guiada por el Espíritu, como sucede con la práctica de un idioma o de un
instrumento musical, de las virtudes cristianas.

4
Así pues, ¿dónde se unen las tres virtudes y los nueve tipos de fruto? ¿Cómo trabajan juntos,
según lo entiende Pablo? El lector serio de Pablo se plantea esta pregunta desde un cierto ángulo,
tratando de ver el pensamiento ético de Pablo como una estructura clara y coherente; pero por
supuesto el mismo Pablo la aborda desde diferentes ángulos, dependiendo de la propia pregunta
y de la Iglesia a la que se dirija. De cualquier forma, podemos comenzar trazando juntos algunos
esquemas, antes de adentrarnos en el tercer gran tema de este capítulo: la llamada a la unidad, así
como los hábitos del corazón, la mente y la práctica que contribuye a alcanzarla.

En primer lugar, ¿no es verdad que da la impresión de que, a pesar de nuestra insistencia en que
la virtud es el centro profundo de lo que Pablo está explorando, lo que de hecho está ofreciendo
son nuevamente normas, pero introducidas por la puerta de atrás? Cuando describe
detalladamente cómo se comporta agápe -sin celos sin jactancia, sin arrogancia ni rudeza, etc.-y
cuando insiste en que «la totalidad de la Ley se resume en este mandamiento», ¿no está diciendo
en realidad:

-Bien, debéis cultivar éstos hábitos, pero solo porque ese es el mejor camino para poder cumplir
las normas?

La respuesta a esta pregunta es no. Ahora bien, explicarlo nos conduce a una cuestión
interesante. Hay un antiguo dicho: «Dale a alguien un pescado y lo alimentarás todo un día;
enséñale a pescar y lo alimentarás toda su vida». La práctica normal de Pablo al enseñar a sus
conversos, es la última. Su versión del dicho parece ser: «Dale a la gente un mandamiento para
una particular situación y lo ayudarás a vivir de manera correcta por un día; enséñales a pensar
de manera cristiana sobre el comportamiento y serán capaces de navegar por sí solos, por
espacios sobre los que no han recibido ninguna instrucción específica». Lo que Pablo hace una y
otra vez es dar directrices iniciales, especialmente en áreas en las que el trabajo de la virtud
cristiana llevará a la gente a un patrón de comportamiento que a sus vecinos les resultará
sorprendente y quizás chocante. Ellos necesitan que se les refuerce la seguridad de que
verdaderamente ese es el camino a recorrer. Las instrucciones que pueden parecer simplemente
antiguas normas, son, para la mayor parte, directrices que les mantienen al día, mientras
aprenden los hábitos del corazón. Igual que está seguro de no recaer en un legalismo que minaría
sus enseñanzas sobre la gracia y la fe -una sugerencia extraña, que solo pudo nacer de una
interpretación errónea-, lo está de no volver a caer en una ética basada en normas, cuando lo que
realmente está proponiendo es una basada en la virtud.

Otro ejemplo puede ayudar y puede mostramos que no se trata de jugar a «Reglas o virtudes»,
una contra otra, sino de entender las primeras dentro del marco de trabajo más amplio de las
segundas. Cuando las autoridades locales construyeron carreteras para que los coches viajaran
largas distancias -autopistas, autovías, llámese como se quiera naturalmente intentaban que la
gente condujera por estos caminos con el control absoluto de sus coches. Idealmente, nadie se
saldría nunca de su propio carril, ocupando el reservado al tráfico que viene en sentido contrario.
Pero, puesto que se sabe que de vez en cuando la gente pierde la concentración, se queda
dormida al volante, se distrae con una mascota del asiento trasero o lo que sea -y porque algunas
veces un pinchazo u otro fallo mecánico puede provocar que el coche se comporte erráticamente,
con independencia de lo que el conductor esté haciendo- los sabios constructores de carreteras
construyeron una barrera en el centro, de forma que cualquier coche a la deriva en dirección
contraria, sería parado en seco. Mejor estar dando tumbos entre coches yendo en la misma
dirección, que estacarse en una colisión frontal. Así mismo, construyeron una «doble franja» al
final de la salida de la autopista, que produce un gran ruido si tus ruedas la tocan, para ayudar a
los conductores a mantener la posición correcta. Esos responsables de construir caminos no
dicen:

-Ahí la tienes; ahí hay una bonita franja-barrera contra accidentes, rebota contra ella y no tendrás
problemas.

Sino que dicen:

-Se supone que debes conducir por el camino sin tocar las barreras. Pero si algo va mal, debes de
saber que ahí están las barreras.

Aplicando esto a la ética de Pablo, debemos añadir que, en medio de las múltiples confusiones
morales del antiguo paganismo y con su amplia y diversa experiencia pastoral, Pablo es
consciente, sin duda, de que, por mucho que él quiera que las virtudes y el fruto sean elegidas,
desarrolladas y puestas en práctica por cada uno de los cristianos y por la Iglesia como un todo,
habrá muchos casos en los que uno sencillamente no pueda esperar que eso ocurra. Uno no
puede, mientras tanto, dejar a la gente sin guía (cuando y donde las virtudes deben ser las que
guíen), no más de lo que se puede dejar a los nuevos conversos sin indicaciones claras sobre qué
tipo de comportamiento será coherente con «estar en Cristo» y cuál no (pensemos por ejemplo en
1 Tes 4). Esto puede parecer un razonamiento circular (ver las buenas acciones como las cosas
que se derivan de las virtudes y, luego, ver las virtudes como las cosas que producen las buenas
acciones. ¿Qué produce qué?), pero eso sería allanar lo que Pablo esta haciendo. Él está
comprometido en un ministerio pastoral activo, no simplemente en un empeño por teorizar sobre
moral. Y, si ve un coche fuera de control, fuera de la pista que deben controlar o dirigir la fe, la
esperanza y el amor, no esperará a que ocurra el accidente y a que las lecciones sean aprendidas,
si tiene tiempo para evitarlo. Intervenir con algunas «normas» estrictas, como por ejemplo en 1
Cor 5-6, no significa que se haya dado por vencido en inculcar la virtud y que vuelva a las
normas, por no hablar de la propia Ley. Lo que hace, más bien, es mostrar la habilidad del pastor
que sabe cuándo dejar al joven pupilo aprender de los errores que comete, y cuándo poner la
teoría en un segundo plano e ir al rescate.

Desarrollaremos la imagen del conductor/coche/autopista también en distintas direcciones. El


otro día me encontraba conduciendo por un condado que conocía algo, pero, como se vio
después, más bien poco. La principal autopista estaba bloqueada por un accidente, por lo que me
salí, para ir por un camino anexo. Siguiendo mi olfato, zigzagueé a través de caminos rurales, al
menos en dirección correcta, aunque con frecuencia llegué a encrucijadas y giros donde no había
señalización. Obviamente las gentes de la zona que utilizan esos caminos saben por cuál ir; pero
yo, un extraño en comparación con ellos, no lo sabía. Me podría haber beneficiado de las normas
-una señalización que dijera: «Este es el camino»- hasta que llegase el día en que «yo mismo lo
aprendiera» y no necesitase más de ellas. Los conductores experimentados en esa zona solo
tendrían que echar un vistazo a tal señal, porque, por supuesto, sabrían de antemano por qué
camino ir. Las normas y la virtud van juntas, pero en una sociedad donde con frecuencia han sido
percibidas como arbitrarias o restrictivas, necesitamos recordarnos a nosotros mismos cómo
deben funcionar realmente, no para rehabilitar una mentalidad irreflexiva de mantenimiento-de-
normas, sino para poder ver, como en un gran lienzo, la verdad que Pablo pone de relieve en Rm
8,3: lo que la Ley no puede hacer..., lo ha hecho Dios.

Todo esto nos lleva a otras dos preguntas, que a menudo se plantean a cerca de la virtud y a las
que la ética de la virtud de Pablo ofrece respuestas claras. Primero, ¿no es egocentrismo centrar
todo el discurso moral en las virtudes que el individuo se supone está cultivando? ¿No es la
moral la que tiene que dirigir la atención hacia los demás? Y segundo, ¿no centrarse en la virtud
significa que el valor moral de la persona se verá determinado en gran medida por «accidentes»
como el nacimiento, la personalidad, la naturaleza y la nutrición?

No y no. Contestar a estas dos preguntas nos conducirá al corazón de lo que Pablo dice sobre las
virtudes y los nueve frutos. Estas características son precisamente generadas por, y constitutivas
de, la vida y el trabajo de una comunidad entera, no de individuos aislados, y ellos están
destinados a contribuir a esa vida de trabajo, no a llamar la atención de la persona que los está
ejercitando. Y, por más que sean deliberadamente pensados, escogidos y practicados,
permanecen para los cristianos como un don de la gracia de Dios.

Para explicar esto, primero tenemos que ampliar la imagen para incluir las dos características
que, según afirma Pablo, «durarán» hasta el nuevo mundo de Dios junto con el amor: la fe y la
esperanza. Es importante señalar que este trío, que aparece en el punto culminante de 1 Cor 13,
se presenten juntas por norma general en Pablo, en cartas casi siempre consideradas tanto
tempranas como tardías:

Ante Dios, que es nuestro Padre, hacemos sin cesar memoria de la actividad de
vuestra fe, del esfuerzo de vuestro amor y de la firme esperanza que habéis puesto
en nuestro Señor Jesucristo (1 Tes 1,3).
Pero nosotros, que somos del día, debemos vivir con sobriedad, cubiertos con la
coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como casco
protector (1 Tes 5,8).
Rogamos sin cesar por vosotros al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús y de
vuestro amor para con todos los creyentes. Os mueve a ello la esperanza del
premio que Dios os ha reservado en los cielos (Col 1,3-5).

Dos de estas frases se encuentran en saludos de apertura, indicando que son las categorías a las
que llega Pablo cuando quiere decir:

-Estáis mostrando todos los signos de que sois una comunidad cristiana saludable

También es interesante que el pasaje de 1 Tes 5 es el que vimos antes, que dice:

-¡Somos gente del día, aunque el mundo duerma!


Como en 1 Cor, las tres virtudes se van a encontrar en un contexto escatológico. Son las cosas
que pertenecen al nuevo día que amanece, y que se debe hacer todo lo posible para situarlas en el
tiempo presente.

Pero ahora aparece un rompecabezas más. Debe estar claro que el amor es una virtud, en cuanto
que constituye un aspecto del discipulado presente, duramente ganado, que anticipa realmente el
punto fundamental de la vida en la era venidera; pero, ¿cómo se aplica esto a la fe y a la
esperanza? Seguramente son pasajeras, como las lenguas, las profecías y otras características de
la vida cristiana actual con las que no contaremos en la era venidera. Un himno lo expresa así:

La fe se desvanecerá a la vista;
la esperanza se vaciara en alegría;
el amor en el cielo brillará con más luz;
por tanto, dadnos amor19.

Esta estrofa procede del himno del siglo XIX «Espíritu Santo, Espíritu compasivo» del obispo
Christopher Wordsworth; es la más sorprendente, ya que Wordsworth era un expositor del Nuevo
Testamento y buena parte del himno en cuestión esta directamente sacado de 1 Cor 13. Pero ese
capítulo insiste, como hemos visto, en que las tres permanecen. Permanecerán en el mundo
futuro. La fe y la esperanza no se desvanecerán ni se vaciarán. ¿Por qué no?

Es verdad que ahora la fe y la esperanza nos parece que están orientadas hacia la nueva era, por
lo que debemos asumir que, cuando esa nueva era llegue, estarán de más. Pero Pablo ve el asunto
mucho más profundamente. La fe es la confianza asentada e inquebrantable en el único Dios
verdadero que hemos llegado a conocer en Jesucristo. Cuando lo veamos cara a cara, no
abandonaremos esa confianza sino que profundizaremos en ella. La esperanza es la seguridad
asentada e inquebrantable de que este Dios nunca nos abandonará y siempre tendrá almacenado
para nosotros mucho más de lo que pudiéramos pedir o pensar. No puedo imaginar ni por un
segundo que en la era venidera lleguemos a un punto en el que hayamos experimentado todo lo
que el nuevo mundo puede ofrecer y termine siendo aburrido (como imagina «el paraíso» alguna
despectiva visión contemporánea). Se trata de una caricatura, nacida de un lenguaje blandengue
sobre el cielo, que ha caracterizado las especulaciones sobre el «más allá» en el mundo
occidental durante los últimos dos siglos. En contraste -y porque yo creo que el Dios que
conocemos en Jesús es el Dios de la máxima generosidad y del mayor amor- estoy convencido
de que no habrá final para la nueva creación de este Dios y de que dentro de esta misma nueva
era habrá siempre más cosas que esperar, más cosas por las que trabajar, más cosas que celebrar.
Aprender a esperar en el tiempo actual es aprender no solo a esperar un nuevo lugar mejor que el
que habitamos ahora, sino aprender a confiar en Dios, que es y seguirá siendo siempre el Dios
del futuro.

Así pues, volvamos a las dos objeciones: ¿está la ética de la virtud realmente centrada en sí
misma y se apoya demasiado en rasgos del carácter adquiridos ya en el nacimiento? Este breve
análisis de la fe y la esperanza, y el más obvio análisis que podemos hacer del amor (donde el
amor en el presente es la anticipación de la afirmación y la mutua satisfacción entre Dios y sus

19
Christopher Wordsworth, «Gracious Spirit, Holy Ghost», en Hymns Ancient and Modern (New Standard).
Norwich, Hymns A&M Ltd., 1990, nº. 120.
criaturas y entre las propias criaturas mismas), deben ser suficientes para contestar la primera de
ellas. Hablar de virtud es ciertamente decir que nos preocupa el crecimiento moral, los hábitos
del corazón de cada individuo. Pero insistir en que las virtudes principales son fe, esperanza y,
sobretodo, amor, es subrayar que crecer en esas virtudes es precisamente mirar fuera de uno
mismo, por un lado, hacia Dios y, por otro, hacia el prójimo. Cuanto más se cultivan estas
virtudes menos se piensa en uno mismo.

Aquí nos hemos tropezado con una de las más obvias diferencias entre la virtud cristiana y la de
los antiguos paganos. La virtud pagana trataba de cultivar figuras heroicas, líderes valientes y
resueltos, especialmente durante las guerras. El ideal de virtud aristotélica estaba concebido y
desarrollado dentro del contexto de la pólis, la ciudad-estado, ya que, como bien lo vio
Aristóteles, los humanos son animales sociales. Pero las virtudes pertenecen a aquellos
individuos que destacan sobre la muchedumbre. La virtud cristiana «por definición» no es así.
Como dijimos antes, es un deporte de equipo y solo puede ser eficaz cuando todos los miembros
del gran equipo juegan su único y distintivo papel, en cuidadosa relación con todos los demás
miembros y buscando el bien del equipo como un todo.

¿Es paradójico decir que cultivar la virtud supone mirar fuera de uno mismo? De ser así, la
paradoja sería solo aparente, no real. Por supuesto, la moralidad debe arraigar muy dentro del
individuo. Insistir en esto, como hace la virtud, es subrayar que no se trata ni de una norma
impuesta desde el exterior ni de un cálculo de consecuencias que puede ofrecer un programa de
ordenador; tampoco es descubrir lo que hay en la profundidad del propio corazón y ser fiel a ello.
Ahora bien, si la moral acaba teniendo su centro en la fe, la esperanza y el amor, entonces
-aunque brote desde muy dentro- su auténtico centro está fuera del yo, está en Dios y en el
prójimo que son amados, en Dios, que es objeto de la fe y la esperanza, y en el prójimo, que será
siempre visto y amado a la luz de esa fe y de esa esperanza. O por decirlo de otra manera:
incluso las palabras «fe», «esperanza» y «caridad» podrían llegar a decepcionarnos. La clave de
las tres no es: «Mira, aquí están las tres cualidades que estoy desarrollando en mí mismo». Decir
eso de la fe, la esperanza y el amor es incurrir en una contradicción en los términos. Las tres,
todas ellas dones de Dios, apuntan fuera y lejos de nosotros mismos: la fe, hacia Dios y su acción
en Jesucristo; la esperanza, hacia el futuro de Dios; el amor, hacia Dios y nuestro prójimo.

La segunda objeción era que una focalización en la virtud puede parecer algo arbitrario, ya que
algunos pueden considerar el buen carácter como un rasgo congénito, o como el producto de una
determinada educación. Y ciertamente podríamos decir que esta pretensión tiene aparentemente
su base. Bill puede parecer que tiene ventaja en algunas áreas relevantes, lo que no es
desdeñable; creció en una familia llena de amor que lo apoyaba, y parecía mucho más probable
que fuera extravertido y generoso que Ben, que creció rodeado de egoísmo, abusos y violencia.
Ahora bien, la respuesta de Pablo sería, sin duda, que todo eso está fuera de lugar cuando se trata
del carácter cristiano de la virtud. «Aquellos que pertenecen al Mesías, crucificaron la carne»: no
hay excepciones ni categorías de gente que pueda entrar a hurtadillas en la santidad que genera el
Evangelio, sin pasar por el doloroso camino de la crucifixión con el Mesías, y después, por el
duro esfuerzo moral necesario para cultivar las virtudes en toda su plenitud. (Pensemos para
empezar en el número de áreas de la vida que cubre el breve análisis de Pablo sobre el agápe).
Bill puede perfectamente imaginar que su formación le convierte en un ser superior. Mucho se
espera de aquellos a quienes mucho se ha dado; la serpiente más venenosa de todas, el orgullo,
está siempre acechando entre la hierba, lista para morder a aquellos que, sin esfuerzo, se
imaginan superiores a sus desfavorecidos prójimos. Ben, oteando la diferencia entre su
formación y la vida del genuino cristianismo, puede dar un agradable salto hacia el interior del
nuevo mundo. Volvemos al tema de ser «renovados en el conocimiento de la imagen del
Creador». No se trata de la cuestión de un carácter previamente formado, sino de unas decisiones
pensadas, razonadas y aplicadas, de un nuevo idioma aprendido, practicado y hablado, con
torpeza al principio y después con creciente fluidez.

Con el fruto del Espíritu ocurre lo mismo que con las virtudes. De hecho, cuanto más cerca
estemos de entender las dos categorías, más cuenta nos daremos de que son dos maneras de decir
lo mismo. Enseguida estudiaremos las listas de las virtudes y los frutos espirituales de forma más
completa, buscando su dinámica interna y sus realizaciones prácticas, y descubriremos que Pablo
está simplemente llegando a un mismo y profundo nivel de realidad desde distintos ángulos,
obedeciendo las necesidades retóricas de los diferentes contextos a los que se dirige. La razón de
utilizar el término «fruto» después de todo, es que se trata de cosas que crecen desde dentro, más
que de cosas impuestas desde fuera. Una vez que superamos la común, aunque falsa, percepción
de que, si es un fruto, debe producirse sin que nosotros hagamos ningún esfuerzo o sin que
tengamos que pensar -realmente cualquier cristiano con una cierta conciencia de sí mismo debe
darse cuenta del fallo en seguida-, empezamos a ser libres para reconocer que los diversos frutos
son, como las virtudes, características que deben ser pensadas, escogidas mediante un acto
mental voluntario y aplicadas con determinación, aun en el caso de que las emociones pudieran
sugerir algo bastante diferente. Así se adquiere una afición o una pericia. Así es como se aprende
un idioma. Así es como se es recreado como ser humano completo capaz de reflejar la imagen de
Dios. Así es como uno se convierte anticipadamente en parte del «sacerdocio real».

Ahí nos llevan, después de todo, todas estas cosas. Finalmente, Dios no quiere -y Pablo no cree
que Dios quiera seres humanos perfectos, totalmente limpios y aseados, pero sin nada que hacer.
La moral, sorprendentemente para algunos, es parte de la misión. Las vasijas limpias van a ser
puestas en uso y, a la inversa, un nuevo uso requiere una limpieza previa de la vasija. Sin
embargo, antes de que podamos estudiar todo ello con más profundidad, debemos contemplar la
virtud corporativa, en la cual las virtudes y las clases de fruto van unidas. Pablo insiste en que la
Iglesia debe ser y debe pensarse a sí misma como un cuerpo y hacer cualquier esfuerzo necesario
para permanecer como tal.

No es difícil, cuando uno lee las listas de Pablo de las virtudes y los vicios, ver los principales
efectos que produce seguir una u otra. Imaginemos que vivimos en una comunidad donde, día
tras día, los hábitos de vida normales para la mayoría de la gente incluyen la inmoralidad, el mal
humor, los celos, las facciones, la envidia, etc. Luego imaginemos una comunidad donde, día tras
día, los hábitos normales de vida son la paciencia, la bondad, la amabilidad, el autocontrol, por
no mencionar el amor, la alegría y la paz. En una de las más memorables imágenes de C. S.
Lewis esbozada en The Great Divorce, el infierno es un lugar donde la gente vive cada vez más
lejos unos de otros, siempre peleando y murmurando, al cambiar de residencia, sobre lo mal que
han obrado los otros y cómo la culpa la tienen los demás. Por supuesto, cualquiera con un poco
de experiencia en la Iglesia sabe que llevarse bien con otro puede ser a veces algo solo
superficial. Lamentablemente, existen muchas comunidades que son muy agradables en la
superficie, pero que en realidad y en el fondo son nidos de víboras. Pero el hecho de que muchos
de nosotros encontremos que el ideal es difícil de lograr, no significa que no sea eso a lo que
deberíamos aspirar. De hecho, nuestra frustración cuando nos encontramos con esos dos niveles
en una comunidad -brillantez en la superficie y podredumbre por debajo-, debería aumentar
nuestra convicción de que realmente vale la pena trabajar por esa virtud de la unidad colectiva.

Pero no tendremos más remedio que hacer ese trabajo. Mandatos como el que sigue, parecen
bastante extraordinarios e irreales para nosotros hoy, pero no tenemos ninguna razón para
suponer que la cosa fuera más sencilla en el siglo primero:

Si de algo vale una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una
exhortación nacida del amor, si vivimos unidos en el Espíritu, si tenéis un corazón
compasivo, dadme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un
mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo. No hagáis nada por
rivalidad o vanagloria; sed, por el contrario, humildes y considerad a los demás
superiores a vosotros mismos. Que no busque cada un sus propios interese sino
los de los demás (Flp 2,1-4).

Es impresionante, pero parece como si Pablo realmente lo hiciera patente. Y no se trata de


ningún extra opcional, una cumbre más de una montaña moral para los pocos intrépidos que ya
han escalado otros picos de alrededor y están buscando más desafíos. Esto, podríamos decir, es a
lo que Pablo se quiso referir cuando afirmaba que el amor es la virtud que une todas las demás
entre sí (Col 3,14). Este es el amor-en-acción o, mejor dicho, es el punto de partida para el amor-
en-acción. La unidad del corazón y la mente entre los creyentes es solo el comienzo. Desde aquí,
el Evangelio del amor activo y generoso puede esparcirse por el resto del mundo.

Hubo, por supuesto, presiones muy concretas en el siglo 1, lo que hizo de vital importancia que
los cristianos quisieran atesorar su unidad. Las persecuciones iban y venían; pero, cuando los
primeros cristianos y su extraño mensaje se convirtieron en blanco de incomprensión y cuando
sus reuniones despertaron múltiples sospechas por parecer desagradables e ilícitos rituales
(¿estaban realmente hablando sobre comerse a alguien?) y por suscitar preocupaciones sobre la
subversión política (¿estaban realmente hablando sobre «otro rey»?), los seguidores de Jesús
debieron permanecer muy unidos. Cualquier división en las diminutas comunidades habría sido
potencialmente desastrosa, tanto para su salud interna como para su testimonio externo. Una de
las tragedias normales de aquellos días entre los pequeños grupos de cristianos que se
enfrentaban a la hostilidad externa, era lo fácilmente que, al abordar esa amenaza, proyectaban
las frustraciones unos contra otros en una lucha de facciones dentro de la misma comunidad.

E incluso cuando eso no ocurre, los que hemos vivido durante muchas generaciones con el
fenómeno de las «denominaciones», bien podemos suspirar y darnos con un canto en los dientes.
Nuestras denominaciones, con todas sus ambigüedades y rompecabezas, están a menudo
enraizadas en auténticas distinciones étnicas o divisiones basadas en la personalidad, que Pablo
combatió a su manera. Quizá esa sea una de las razones por la que las discusiones morales en la
Iglesia tienden a dar vueltas y vueltas en pequeños círculos sobre unos cuantos temas escogidos,
especialmente el sexo: discutir cómo, por qué y cuándo dos seres humanos se unen en un acto de
amor o casi de amor, puede ser, después de todo, una actividad sustitutiva cuando no podemos
hacer frente a la cuestión de cómo, por qué y cuándo toda una familia de cristianos debe (pero no
puede) estar unida en mutuo amor y apoyo. Eso no significa que la ética sexual no importe. Al
contrario: es sintomático de la salud o debilidad de la comunidad en general. Pero no debemos
fijar todas nuestras preocupaciones en el hecho de que el secretario de la iglesia se haya escapado
con la esposa del organista, cuando la promesa de unidad de Jesucristo con todo su pueblo es
burlada por las estructuras y costumbres -y sí, ¡algunas veces también por la teología!- que
destruyen el tejido de la Iglesia con tanta contundencia como un adulterio destruye el tejido de la
comunidad. Y tampoco debemos concentrar toda nuestra atención en el hecho de que el tesorero
de la iglesia haya malversado miles de dólares (aunque eso sea lógicamente muy reprobable),
cuando todo el sistema bancario ha estallado en un caos a causa de la increíble codicia de los de
arriba. La moral personal tiene una enorme importancia, pero la concentración excesiva en ella
puede funcionar como un desplazamiento o sustitución de la actividad, cuando no queremos
enfrentarnos a un asunto mayor e igualmente importante.

(Una vez dicho eso, ambos ejemplos, adulterio y malversación, demuestran el peligro de permitir
que la moral se enseñe únicamente en términos de normas que serán obedecidas o
desobedecidas. De acuerdo, el tesorero se ha quedado con el dinero que pertenecía a la iglesia.
Pero ahora que lo ha confesado, ¿no deberíamos ser comprensivos, no informar a la policía
-recordemos que Jesús acogió a los pecadores-y volver a contratarlo? No es tan sencillo. Lo que
esto no tiene en cuenta es hasta qué punto la ruptura de la norma que prohíbe la malversación de
fondos es mucho más que cargarse una orden judicial arbitraria. Se destruye la confianza. ¿Daría
la gente dinero a la iglesia si no confiaran en el tesorero? Lo mismo pasa con el adulterio:
¡cuántas veces uno oye decir, cuando una pareja ha abandonado a sus respectivos cónyuges y se
han «juntado», que Jesús acoge a los pecadores, que se debe «apoyar» y que no debemos
autojustificar ni «criticar»! Todo esto no tiene en cuenta el efecto producido en casi todas las
comunidades -pueblos, iglesias, colegios, empresas etc.-, que sufren una especie de
electrochoque moral cuando dos personas, que se han comprometido públicamente, de pronto su
ruptura se convierte en una noticia social. No es solo que hayan «roto una norma». Es que han
minado buena parte de la fibra moral de su mundo).

Por consiguiente, el mandamiento de que hay que estar unidos es elaborado por Pablo con un
enfoque claro y preciso. El pasaje de Flp con el que comenzamos, llega a ello de un lado a otro:
aprender a pensar de la misma manera que los demás, aprender a amarnos unos a otros de la
misma manera, practicar la armonía entre pensamiento y sentimiento, uniéndonos en el objeto
del pensamiento... ¿de cuántas maneras, nos preguntamos, puede Pablo expresar lo mismo?

Y coloca estos extraordinarios mandamientos dentro de un marco que en sí mismo lo dice todo.
El consuelo, el compañerismo, el afecto, la misericordia ¡y la alegría! Si hay una señal de
cualquiera de ellas, ese es el lugar por el que se debe empezar. Cualquier comunidad cristiana
que carezca de estas virtudes, difícilmente podrá considerarse tal. Y cuando se ve una chispa de
cualquiera de ellas, como un pequeño resplandor en la parte posterior de la chimenea, hay que
soplar con cuidado, convertirla en una llama pequeña y alimentarla después con más
combustible, hasta que todo el fuego quede avivado. Así es como se hace. Y en la otra cara de la
moneda, allá donde se encuentre vanidad, egoísmo o ambición, será posible saber que ese no es
el buen camino. Siempre que uno se observe a sí mismo pensando que es superior, debe poner en
práctica el hábito de rechazar ese pensamiento. (Recordemos al señor Baxter, el padre que, al
actuar deprisa, salvó a su hija pequeña de ahogarse: «Cada vez que pensaba algo malo, me
forzaba a pensar en otra cosa»). Cada vez que uno ve que está angustiado tratando de ser el
número uno, que se pare a pensar y trate de encontrar la forma de revertir esa prioridad. Todo Flp
2 trata de la necesidad de despreocuparnos de nosotros mismos para concentrarnos en los demás.

Sí, lo sé: alguien ya se está diciendo:

-Vale, así que Pablo piensa que debemos ser felpudos para Jesús. Yo solía ser así y todo el mundo
acababa entrando pisando encima de mí. Ahora he aprendido que, si no te mantienes firme por ti
mismo, serás utilizado y abusaran de ti.

Esa es la crítica habitual que se hace a lo que se toma por ética cristiana; la encontraréis en
muchos sitios, tanto dentro como fuera de la Iglesia.

Pero es una crítica de una parodia, no de la realidad. Muchos cristianos modernos han llegado a
acostumbrarse tanto a tomar los mandatos de Pablo con una pizca de sal, que estas instrucciones
se han quedado, como la mueca del gato de Cheshire, en formas degradadas; la sonriente
pseudohumildad del personaje de Anthony Trollope, el Sr. Slopes, y su odio a este mundo, así
como el auto-odio de aquellos que, por cualquier motivo, siempre se infravaloran y pretenden
que, solo por hacerlo, están siguiendo a Jesús y Pablo. Nosotros estamos menos acostumbrados,
quizás, a reconocer una comunidad alegre y robusta, cuando la auténtica y mutua sumisión van
de la mano con y crean un contexto propicio para un ejercicio enérgico y una alegre celebración
de los dones individuales, incluyendo el de un liderazgo fuerte y sabio. Afortunadamente, esas
comunidades existen y, cuando lo hacen, son una alegría.

En realidad, como ocurre con todas las virtudes, una vez que se ha empezado a aprender el
lenguaje, y especialmente una vez se ha empezado a hablarlo en grupos donde también lo están
aprendiendo otros, no parece tan imposible, sino que realmente comienza a adquirir su propio
sentido de «segunda naturaleza», de segundo orden espontáneo, como los actores
experimentados, los futbolistas o los ejecutantes de jazz que han aprendido el arte de la
improvisación colectiva real. Lamentablemente, con demasiada frecuencia nos conformamos con
la espontaneidad inmediata de todos «haciendo lo que emerge de forma natural»; con líderes
fuertes, que imponen su poder, organizaciones que van de la tiranía al caos y viceversa, y con los
que dentro de ellas se sienten intimidados hasta la sumisión y se esconden tras la esperanza de
que tal vez están siendo «humildes». Todo esto es, de nuevo, una parodia desagradable de lo que
Pablo tiene en mente.

La mayor y más sostenida llamada de Pablo a la unidad está en la carta que llamamos 1
Corintios. Toda la carta es una lección sobre los hábitos de mente y corazón necesarios para
alcanzar y mantener una rica y diversa unidad. Esto, una vez más, no es cuestión de normas,
aunque, como hemos visto, las normas pueden ser una buena forma de indicar a la gente la
dirección correcta y de capacitarla para que compruebe si sigue en ella. Se trata más bien de
aprender a pensar y actuar de acuerdo con el Espíritu de Jesucristo, de tal manera que aquello
que daña a la unidad, pueda ser localizado con prontitud y arrojado fuera. Cultos de la
personalidad, inmoralidad sexual, demandas legales, conflictos sobre diferencias culturales,
flirteos con prácticas paganas, división entre pobres y ricos, especialmente cuando tropiezan con
la Santa Cena del Señor, orgullo o envidia en relación con los dones espirituales, cultos caóticos,
aflojar amarras del corazón del Evangelio..., prácticamente todo ello aparece en 1 Cor y en cada
momento Pablo intenta introducir los hábitos de la vida comunitaria necesarios para ordenarlo
todo, además de las enseñanzas teológicas que lo completarán todo, especialmente la paradójica
sabiduría de la cruz. Esto permea una buena parte de la carta desde el principio y la espectacular
esperanza de la resurrección, que se hace cada vez más clara, domina un tema detrás de otro
hasta su plena declaración en el capítulo 15.

Desde luego 1 Cor no era el final de la historia. 2 Cor nos dice, con rigor y cierta mordacidad,
que todo fue horriblemente mal y que el mismo Pablo tuvo que moldear el esquema de
autohumillación de la cruz, para poder restablecer la Iglesia en Corintio y su apostólica relación
con ella, sobre la base del propio Jesucristo crucificado y resucitado. Ello muestra con enorme
claridad que los hábitos del corazón no son fáciles de aprender y que toda comunidad cristiana y
todo líder cristiano están llamados a aprenderlos cada vez más y con mayor profundidad.
También pone de manifiesto que, esté o no la gente aprendiendo esos hábitos, las circunstancias
pueden empujarlos perfectamente en una dirección en la que se ven forzados bien a hacerlo con
mayor profundidad bien a perder el plan por completo.

De todas maneras, es en estos complejos asuntos pastorales y teológicos donde encontramos una
de las más importantes declaraciones de Pablo sobre la unidad de los creyentes formando un
cuerpo. Habiendo desafiado a sus lectores al principio de la carta (1,3) preguntando si el mismo
Cristo estaba dividido, como lo darían a entender sus propias divisiones, y habiendo advertido a
quienes destruyen la unidad de la Iglesia que, después de todo, es el nuevo templo de Dios (3,16-
17), vuelve al tema, alcanzando la carta lentamente su clímax. Igual que el cuerpo es uno, con
muchos miembros, lo mismo ocurre con el Mesías.

El error más obvio que se puede cometer -como leemos en la descripción que hace Pablo de la
Iglesia como «cuerpo del Mesías» en 1 Cor 12 es suponer que la imagen de un cuerpo humano es
simplemente una adecuada metáfora escogida al azar para demostrar un punto a propósito de la
diversidad de dones y de la unidad de objetivos. Desde ese punto de vista, podía igualmente
haber descrito un elefante, cuyo cuerpo contiene aún más diversidad de piezas, o haberse referido
a la tripulación de un barco con sus diferentes funciones, o incluso a un coche (de acuerdo, en su
tiempo una calesa). Había muchas otras maneras de articular la diversidad-en-unidad, y la
unidad-en la-diversidad. ¿Por qué un cuerpo humano?

Bien, para empezar, Jesús el Mesías era y es un ser humano. Resultaba adecuado pensar lo
mismo de quienes pertenecían a él. Esta respuesta, sin embargo, solamente araña la superficie.
La auténtica respuesta -tal y como encontramos en otros pasajes de esta carta, y en otros escritos
de Pablo- está enraizada en su visión de la Iglesia precisamente como la humanidad renovada y
redimida. Existe una especie de aptitud en esta metáfora o, si se quiere, no es solo una metáfora
sino también una metonimia. La construcción y la operación adecuada de una nueva forma de ser
humano son exactamente el centro y la sustancia de todo. Un cuerpo humano no es una simple
ilustración dibujada sin ton ni son. Es una señal que va directa al meollo de lo que ocurre.
El tema concreto en discusión es el de los dones espirituales: lenguas, profecías, palabras
especiales de conocimiento, repentinos dones de fe especial y demás. Pablo declara en el capítulo
siguiente que todas estas cosas sin amor no son nada y que quedarán abolidas antes o después,
mientras que el amor perdurará. Esto forma parte también del tema del presente capítulo: no os
preocupéis demasiado de qué don habéis o no recibido, pero reconoced que todos proceden de la
misma fuente (12,4-11) y son mutuamente interdependientes tal como el pie, la mano o el ojo
(12,14-26). El desafío de vivir como un solo cuerpo es el desafío de vivir como el Nuevo Ser
Humano. Cuando el Espíritu de Jesús el Mesías viene a morar en los cristianos, individual y
colectivamente, es para que todos ellos unidos puedan ser el lugar donde continúa real y
físicamente su vida genuinamente humana dentro de la vida del mundo actual.

No es extraño que la unidad de la Iglesia sea tan contestada y difícil de mantener, ya sea en el
Corinto del siglo I o en el confuso mundo del XXI. No es extraño que existan tantas parodias de
esa unidad de escaso nivel, tanto en el forzado conformismo del totalitarismo eclesial como en la
forzada alegría de pequeños grupos parecidos. Estos dos caminos evitan el auténtico reto, que es
permitir que las principales virtudes cristianas, fe, esperanza y amor, así como los frutos del
Espíritu, que son amor, dicha, paz, grandeza de corazón amabilidad, generosidad, fidelidad,
educación y auto control, tengan libertad de circulación en nuestras relaciones mutuas, y puedan
descubrir -según van trabajando nuestras vidas- las virtudes colectivas de sumisión mutua y de
mutuo reconocimiento de los dones de liderazgo, magisterio, etc., otorgados por Dios.

En eso es precisamente en lo que insiste Pablo en otro pasaje que merece estar a la altura de 1
Cor 12. Aquí, en Ef 4,1-16, queda claro que la unidad por la que deben trabajar los cristianos no
es meramente pragmática -reconocimiento de unas diferencias ante las que todos nos encogemos
de hombros, hacemos nuestras cosas, y permitimos que los demás hagan las suyas- sino una
unidad profunda, rica y multifacética que permita crecer en madurez a la Iglesia y deje atrás
-como en 1 Cor 13, pero como tarea actual- el infantilismo inmaduro que, de lo contrario, podría
permanecer como un estado permanente y vulnerable:

Así pues, yo, el prisionero por amor al Señor, os ruego que os comportéis como
corresponde a la vocación con que habéis sido llamados. Sed humildes, amables y
pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor. Mostraos solícitos en
conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu. Uno
solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como también es una la esperanza que
encierra la vocación a la que habéis sido llamados; un solo Señor, una fe, un
bautismo; un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y
habita en todos.
A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del
don de Cristo. Por eso dice la Escritura: Al subir a lo alto llevó consigo cautivos,
repartió dones a los hombres. Eso de «subió», ¿no quiere decir que también bajó
a las regiones inferiores de la tierra? Y el que bajó es el mismo que ha subido a lo
alto de los cielos para llenarlo todo. Y fue también él quien constituyó a unos
apóstoles, a otros 'profetas, a otros evangelistas y a otros pastores y doctores.
Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo
de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento
del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en
plenitud la talla de Cristo.
Así que no seamos niños caprichosos, que se dejan llevar de cualquier viento de
doctrina, engañados por esos hombres astutos, que son maestros en el arte del
error. Por el contrario, viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia
aquel que es la cabeza, Cristo. A él se debe que todo el cuerpo, bien trabado y
unido por medio de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia
de cada miembro, vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor (Ef
4,1-16).

Hay tanto detalle en todo esto, que podríamos quedar empantanados. Permítaseme destacar los
elementos clave para nuestro actual propósito.

Primero, este majestuoso pasaje se encuentra enmarcado en lo que Pablo ha dicho antes en Ef. Y,
siguiendo esta secuencia de pensamiento, dejará claro a qué propósito, según supone él, servirá
esta virtud de la unidad tan difícil de conseguir. El capítulo 1 concluye con una afirmación de la
posición actual de Jesús como la que expresan los Salmos 2, 8 y 110: el Mesías, que es también
el Hombre Nuevo: «Dios ha puesto todas las cosas bajo sus pies», haciéndolo soberano sobre
toda otra autoridad, poder, dominio y nombre (1,22.21) Esto, sin embargo, no es un asunto que
celebran solo los cristianos. Ellos lo van a compartir en esta identidad:

Todo lo ha puesto Dios bajo los pies de Cristo, constituyéndolo cabeza suprema
de la Iglesia, que es su cuerpo, y, por lo mismo, plenitud del que llena totalmente
el universo (Ef 1,22-23).

Aquí aparece el vaivén, la paradoja que advertimos antes en conexión con el templo: el Dios
vivo llena el cielo y la tierra y, sin embargo, escoge su morada en un lugar determinado. Y ese
lugar no es ya un edificio en Jerusalén o en cualquier otro sitio. Es una familia, la familia de
aquellos que pertenecen al Mesías. Ellos son la expresión viva del hecho de que él es el buen
soberano del mundo, la real comunidad del Rey. Ahora bien, si ellos son la comunidad real,
también serán la comunidad sacerdotal, una vez que la idea del sacerdocio se une a la del templo
al final de Ef 2:

Por tanto, ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del


pueblo de Dios; sois familia de Dios, estáis edificados sobre el cimiento de los
apóstoles y profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, en quien todo el
edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor y
en quien también vosotros vais formando conjuntamente parte de la construcción,
hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios (Ef 2,19-21).

¡Qué fácil ha sido para los cristianos occidentales olvidar esta vocación en su conjunto! (Ha
venido bien que muchos sugirieran que Pablo no escribió Ef, lo que ha puesto en cuestión la
misma autoridad de la carta. Yo creo que eso fue originalmente un movimiento táctico, al menos
en parte, para justificar el abandono de esta conmovedora pero exigente visión). O, si no
olvidamos esta vocación, la domesticamos hablando en términos exaltados de la Iglesia, al
pretender, por ejemplo, que la marca «Iglesia» se refiera solo a la última comunidad escatológica
o celestial, mientras se va dividiendo en grupos y subgrupos, donde sea posible mantener una
apariencia de unidad sin nada del esfuerzo que supone conseguirla.

Pero la virtud es siempre resultado del esfuerzo y tiene su coste. La llamada de Pablo a la unidad
(en el capítulo 2, la unidad de judíos y gentiles en la misma Iglesia; en el capítulo 4, la unidad de
todos los cristianos con sus muy variados ministerios), si no es un llamamiento a la virtud, no es
nada. Aquí -declara él- está el objetivo: «la humanidad madura» (4,13) creciendo eis ándra
téleion, «para ser un Hombre perfecto», medido con los estándares de plenitud del Mesías. Y
estas son las cosas que hay que trabajar. No ocurren por accidente ni por casualidad, suceden
porque los que podrían haberlo hecho de forma distinta -dejados a solas- han tomado la decisión
de «hacer todos los esfuerzos» (4,3) para cultivar las múltiples virtudes que, juntas, contribuyen
a esa madurez. El amplio rango de diferentes ministerios que Dios da a la Iglesia, no es para
deshacerla en fragmentos persiguiendo a toda nueva personalidad o iniciativa que aparezca, sino
para «construir el cuerpo del Mesías», para que pueda crecer en una rica y diversa unidad. Todos
y cada uno de los cristianos están para exhibir las virtudes y deben ser obedientes a su única,
distinta e irrepetible vocación. Ese es el reto.

De nuevo aquí, como en el cultivo del «fruto del Espíritu», hay poderosas corrientes que nos
arrastran en dirección opuesta hacia la falsedad en la enseñanza, las triquiñuelas y los engaños (v.
14). Por eso hay que repetir que la unidad es una virtud -la virtud colectiva o comunitaria en la
que los diferentes miembros del cuerpo o colectivo crecen en todos los sentidos en él... que es la
cabeza, el Mesías. Y por supuesto, como ocurre con las tres virtudes y los nueve frutos, la clave
para el único cuerpo es el amor (v. 16). «Imitad a Dios» -urge Pablo al final del siguiente pasaje-,
como niños amorosos que imitan a su padre. Aquí, inusual pero muy sorprendentemente, Pablo
urge a sus oyentes no solo a reflejarse en el amor de Dios, sino a mirar con atención para ver
cómo se hace, y luego hacerlo ellos. Y continúa:

Sed, pues, imitadores de Dios como hijos suyos muy queridos. Y haced del amor
la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo que nos amó y se entregó a sí
mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios (5,1-2).

Así es como se ve el «sacerdocio real» en el mundo actual: una comunidad que aprende unida las
lecciones de santidad (4,17-5.20) y que también aprende lo que significa reflejar el carácter de
Dios en los actos de los unos con los otros.

El reto de luchar por las virtudes colectivas es, después de todo, lo que debemos esperar cuando
la virtud-clave individual, y el primer fruto del Espíritu es el amor. El pensamiento de dos o tres
cristianos -o doscientos, trescientos o dos mil- intentando todos practicar el amor mientras
permanecen con determinación en su propio mundo herméticamente cerrado de espiritualidad y
virtud privada, es, por supuesto, una contradicción en sus términos. Las virtudes cristianas, a
diferencia de las virtudes clásicas o cardinales expuestas por Aristóteles y otros, están destinadas
a producir no grandes y aislados líderes que dirigen una nación en la política o en la guerra, sino
comunidades integradas, que quieren dar forma a una vida de autoentrega amorosa.

Con eso vislumbramos una verdad que apuntaba casi al principio de este libro y a la que ahora
debo regresar para analizarla. Si la comunidad cristiana está aprendiendo de verdad las virtudes
colectivas requeridas para una unidad multifacética, ello contiene en sí mismo un valor
apologético por encima de una mera diferencia («¡Que fantasía! Esos cristianos están viviendo
de una manera bien diferente al resto de nosotros»), o de un cierto atractivo («Bien, pero
¡realmente su forma de vida resulta muy buena!»). Precisamente porque las virtudes cristianas
miran arriba, al Dios que hizo todo el mundo y creó a todos a su imagen y semejanza, y hacia
fuera, a ese mundo y a todos los que hay en él, no pueden ser la reserva privada de una
comunidad encerrada. No se trata de que debamos dar la espalda a las grandes tradiciones de la
virtud desarrolladas por filósofos paganos o no cristianos a lo largo de los siglos. Debería tratarse
de demostrar que aquello por lo que se esforzaban, es plenamente comprendido en nuestro
interior, pero también es trascendido por esta nueva visión de la virtud que es la visión del propio
Jesucristo.

Por tanto, no puede tratarse meramente de añadir unas cuantas nuevas virtudes a una lista ya
larga, o de insistir en que las nuevas sean más importantes. Con la adición de virtudes cristianas
y su intento de prelación, algo le ha ocurrido a la virtud misma, algo que nos señala el mismo
núcleo central del desafío que la fe cristiana ofrecía -y debe seguir ofreciendo- al mundo entero.
Aquí está -declaran estas virtudes- la nueva forma de ser humano; no sólo unas cuantas virtudes
nuevas y desconocidas, sino también una nueva definición de la virtud misma, toda una nueva
forma de humanidad que se ofrece como el artículo más genuino a un mundo sorprendido e
incrédulo. ¿Es o no esto una auto-recomendación? Así, el único cuerpo unificado de Cristo,
luchando por las virtudes y trabajando duro para dar a luz el fruto del Espíritu, debe ser el cuerpo
misionero que promueve el objetivo de Dios de reunir todas las cosas del cielo y la tierra en el
Mesías. Esto es lo que hoy significa vivir un sacerdocio real.
7. La Virtud en Acción: el Sacerdocio Real

No hay duda de que se abren ante nosotros muchas vías de investigación. Mundos enteros de
investigación ética y moral invitan a una nueva exploración. Pero este libro no es el lugar
adecuado para hacerlo. Lo que quiero hacer, sacando a colación el principal punto que he venido
estableciendo, es mostrar lo que significa hoy el desarrollo de las virtudes, que verdaderamente
anticipa las del sacerdocio real. Estamos diseñados para ser finalmente portadores de una imagen
renovada de los seres humanos. ¿Cuál será la fortaleza del carácter que lleve a su plenitud ese
tipo de vida y cómo podemos desarrollarla aquí y ahora? Estas, más que los detalles de ética o
moral por un lado, o el bien orientado estudio de los rasgos del carácter por otro, constituyen el
gran escenario que debemos poner en marcha.

Por tanto, este capítulo va a plantear tres preguntas, con dos secciones cada una de ellas. Primera,
¿qué significado tiene en el momento actual actuar como sacerdocio real? y ¿cuáles son los
hábitos de corazón, mente y vida que contribuyen a ello? Segunda, ¿cómo esta vocación no solo
compromete al mundo en toda su amplitud, manteniendo ante él la visión de una nueva manera
de ser hombre, pero eclipsando al mismo tiempo la tradición clásica (y moderna) de la virtud
ética secular, reteniendo el máximo énfasis en la tradición pero transformándolo dentro del nuevo
marco? Tercera, ¿cómo da forma y cuerpo esta más alta vocación a los hábitos particulares que
generan el comportamiento específicamente cristiano y nos ayudan a evitar el comportamiento
específicamente pagano? O, en otras palabras: ¿cómo el seguimiento de Jesús en la vocación al
sacerdocio real, necesita y genera a la vez una vida de auténtica santidad cristiana?

La primera de estas preguntas proviene directamente del estudio que hemos hecho de partes
clave de la Biblia. Hemos visto que en aquel mandato a la humanidad en el Gn 1 y la promesa de
una humanidad renovada en el Nuevo Testamento destacan la doble vocación a ser sacerdotes y
reyes. En eso consiste -sugiero yo- la vocación que conforma las dos principales tareas de la
Iglesia: el culto y la misión.

El culto y la misión son como hermanos siameses. Comparten un mismo corazón: el corazón que
ama a Dios creador y, a través suyo, ama también al mundo creado por él, especialmente a las
criaturas que son su imagen. Este es el corazón que puede ser entrenado en la práctica de la
virtud. Lo frustrante, cuando se reconoce esto, es darse cuenta de la cantidad de gente que asiste
regularmente al campo de entrenamiento, pero no participa en el juego.

Hablemos en primer lugar del culto. Adorar al Dios vivo, el Dios que conocemos como Padre,
Hijo y Espíritu, es poner voz a nuestra fe, celebrar nuestra esperanza y, sobre todo, articular y
expresar nuestro amor. Tal como una persona enamorada enumera a su amado las ciento y pico
cosas que encuentra maravillosas en él, así el culto cristiano se sitúa conscientemente en
presencia del Dios vivo y declara quién es él y todo lo que ha hecho por nosotros. Igual que una
pareja enamorada volverá a repetir la historia del primer encuentro, de su noviazgo y mutuo
descubrimiento, contando una y otra vez la historia de cómo sucedió todo aquello, de igual
manera el corazón que adora querrá contar de forma natural y sin cesar la historia de Dios y el
mundo, de Dios e Israel, de Dios y Jesús, de Dios y uno mismo, así como su propia historia
personal. Este es un elemento fundamental en el culto cristiano.

Nótese que he dicho que estas cosas ocurren al principio de forma «natural». ¿Pero qué ocurre
después, cuando son dejadas así, sin más?

La respuesta está en torno nuestro, en la Iglesia occidental contemporánea que de alguna manera
se quedó estancada en la foto romántica del «enamorarse de Jesús» o de «tener a Jesús de
novio». Eso está bien al menos por ahora. La Biblia y las aportaciones significativas, tanto de la
devoción judía como de la cristiana, han expresado el culto a Dios en un lenguaje tomado
directamente de la relación romántica, e incluso erótica, de dos amantes humanos. Pero, como
saben todos los amantes románticos, las cosas no mantienen siempre el impulso inicial. Y, como
he tenido que decir constantemente a jóvenes enredados en la exploración del amor, del sexo y
del matrimonio, la excitación del romance es como encender de un fósforo: repentino, brillante y
dramático, pero que no dura mucho. La pregunta es: ¿qué piensas hacer con él una vez que lo has
encendido?

La respuesta -que tiene obvias resonancias del culto cristiano, más allá del sentido metafórico- es
que usarás el fósforo para encender la vela. Una vela no es tan excitante como un fósforo, al
menos para empezar; pero puede ser mucho más hermosa, mucho más evocadora y mucho más
duradera. Las parejas humanas deben aprender esa lección, para prevenir que puedan pensar que,
cuando se apaga el fósforo, es que algo ha ido dramáticamente mal y que hay que buscar otro lo
antes posible. Aprender esto es, desde luego, parte del camino de la virtud de la castidad. De la
misma manera, aquellos que han visto sus corazones ardiendo en el amor a Dios, deben aprender
que las virtudes de la fe, la esperanza y el amor, como se expresan en el culto, han de ser
trabajadas, profundamente reflexionadas, descubiertas y después planificadas, preparadas y
celebradas con una nueva dimensión, que agitará pasiones que «los fósforos», con su atractivo
rápido y romántico, no podrían alcanzar. Como la pareja que se prepara para celebrar su cuarenta
aniversario de boda, puede dedicar un considerable tiempo a pensar qué hacer y cómo hacer para
que ambos disfruten al máximo de la ocasión, así la Iglesia -que fomenta un amor a Dios
maduro, profundo y duradero- querrá pensar detenidamente cómo adorarlo, y no porque ese culto
nos «venga de forma natural», sino porque estima que lo importante está en la que venimos
llamando «segunda naturaleza», las virtudes desarrolladas y mantenidas con un amor que ha
pensado bien por qué adora a este Dios, y ha descubierto las muchas maneras de hacerlo que lo
expresan con profundidad y riqueza.

De hecho, esa es la diferencia entre la liturgia y el culto espontáneo; este no tiene nada de malo,
como tampoco lo tiene, por ejemplo, que dos amigos se encuentren casualmente, compren unos
bocadillos y se vayan juntos a pasar un día de campo improvisado. Pero si los amigos llegan a
conocerse mejor y deciden juntarse más a menudo, pueden también decidir que, aunque repitan
el día de campo de cuando en cuando, un marco mejor para su amistad y una forma de mostrar
esa amistad en acción podría ser pensar en comer adecuadamente y prepararse a fondo. De la
misma forma, la buena liturgia cristiana es amistad en movimiento, amor que domina la mente,
relación de alianza entre Dios y su pueblo, no simplemente descubierta y celebrada como el
encuentro casual entre amigos, emocionante y que vale la pena, sino bien pensada y saboreada,
planeada y preparada. Y finalmente, es en esencia una forma mejor de crecer en la relación y, a la
vez, demostrar cómo es esta.

En particular, el culto cristiano consiste en la celebración eclesial de los actos de Dios, los actos
de creación y alianza seguidos de actos de nueva creación y nueva alianza. La Iglesia siempre
necesita aprender (y trabajar después) la manera práctica de contar una y otra vez las grandes
historias del mundo y de Israel, especialmente la creación y el éxodo; las grandes promesas
surgidas de esas historias y las formas mediante las que esas promesas llegaron· a su plenitud de
disfrute en Jesucristo. La lectura de las Escrituras -el relato escrito de esas historias- ha sido, por
tanto, central para el culto de la Iglesia. No es solo que haya que recordar a la gente lo que las
historias dicen (aunque eso es de creciente importancia en una época en que, de otra forma, la
gente «educada» simplemente no sabe nada de las historias judías y cristianas). Esas historias
deben ser ensayadas en actos de celebración y culto «cantando abiertamente la grandeza del
Señor», como María cantó en el Magníficat. La buena liturgia usa formas contrastadas de
asegurarse que las Escrituras van a ser leídas completamente, y está siempre buscando otras
formas, incluso más efectivas, de hacerlo. La buena liturgia está también ávida de encontrar
siempre mayor sentimiento y belleza al cantar y rezar los salmos conjuntamente, para que
lleguen a ser esa segunda naturaleza dentro de la memoria, la imaginación y la espiritualidad de
todos los fieles que participan en el culto, y no solo de los musicalmente dotados o aficionados.
Es interesante estudiar el relato de las Escrituras del primitivo culto de la Iglesia en los Hechos
de los Apóstoles, que describen los primeros diseños cristianos de los salmos y otros escritos
para celebrar el amor y el poder de Dios, y ser fortalecidos y mantenidos en su misión. Debido a
que los primeros cristianos estaban tratando de vivir como el auténtico templo -llenos del
Espíritu-, no debemos sorprendemos de que las principales confrontaciones en que incurrieran
fuesen con otros templos ya existentes y con sus guardianes: el templo judío en Jerusalén, y toda
la cultura de templos paganos en Atenas y demás lugares. Eso es lo que cabría esperar, cuando un
nuevo sacerdocio real estaba empezando a ver la luz.

En concreto, desde luego, una Iglesia que está aprendiendo los hábitos del sacerdocio real,
celebrará los sacramentos -esas ocasiones en las que la vida del cielo se cruza misteriosamente
con la vida de la tierra (no que la tierra pueda controlar o manipular el cielo, eso sería magia, no
fe)-para que la historia de los cielos pueda llegar a convertirse en una concreta realidad física en
la vida de la tierra, alcanzando a los seres humanos en un mundo en el que todo tipo de cosas
tienen un sentido que no tendría en caso contrario, y todo tipo de cosas que pudo parecer tenían
sentido, ya no lo tienen.

En esta vida del culto, todo debe ser aprendido. Las comunidades pueden crecer en la liturgia y
los sacramentos, y pueden alegrarse descubriendo que esas cosas pueden convertirse en hábitos
del corazón comunitario y también individual. Compartir el culto equivale en cierto modo a lo
que significa comparar el cristianismo con un deporte de equipo. Juntos seremos el pueblo de
Dios; como individuos aislados, no.

Ese estar juntos no significa, por supuesto, uniformidad. Lo que cuenta es precisamente que se
junten aquellos que son bien distintos en todo, excepto en su compromiso con el Dios que
conocemos por las Escrituras, y finalmente con Jesús. Esas diferencias van a cristalizar en las
múltiples vocaciones a las que Dios nos llama, vocaciones que, como vimos en el capítulo
anterior, están sin embargo diseñadas como dones que permiten a toda la comunidad crecer en
una madura unidad. Y es precisamente en el culto compartido donde esa unidad diferenciada se
aprende y se expresa.

Aquí es donde nos encontramos, irónicamente, con una objeción opuesta a la que encontramos
antes. La objeción habitual protestante a la virtud, como hemos visto, es que se trata solo de
hipocresía, «un hacerse la foto» cuando aún no estás seguro. La respuesta estándar es que ese es
el único camino para adquirir las muy enraizadas características de la fe, la esperanza, el amor y
todas las demás. Si para empezar a practicar estas cosas esperamos hasta «estar seguros» desde el
fondo de nuestros corazones, tendremos que esperar mucho tiempo y probablemente
estropearemos en el proceso muchas vidas, incluyendo la nuestra. Ahora, sin embargo, nos
enfrentamos al problema opuesto: la acusación de que la liturgia y otros aspectos formales del
culto, se han convertido en «solamente un hábito», lo que implicaría que no se percibe del todo
su significado. A un cierto nivel, las dos acusaciones se anulan mutuamente. ¡Si estás
simplemente haciéndote la foto, no se trata de un hábito; y si es un hábito, no estás solo
haciéndote la foto! Pero hay un punto serio en el seno de este segundo problema. La virtud, sea
individual o colectiva, no es nunca algo que pueda ser dado por sentado o sabido. Una vez que se
forma el hábito mediante muchas decisiones conscientes, ha de ser mantenido en buen estado de
revista. Esta es la diferencia entre «autenticidad» y «espontaneidad». La espontaneidad objeta
todos los hábitos: ¡las cosas deben simplemente ocurrir! La autenticidad, por otra parte, no se
preocupa por los hábitos mientras estos no se vuelvan huecos. Bastante justo. Con franqueza,
sería bueno poder pensar que muchos cristianos de hoy estarían tan cerca del peligro de
establecer hábitos de culto muy fuertes, que podrían convertirse en «solo un hábito».
Seguramente este es un problema que está yendo a menos poco a poco. Pero, cuando el peligro
sigue presente, la advertencia está plenamente justificada.

Cuando los seres humanos adoran a Dios creador, articulando su adoración y alabanza por ser él
quien es y por lo que ha hecho, están resumiendo, se den cuenta o no, la alabanza y adoración de
toda la creación. Esa es otra razón por la que la expresión física del culto -en la liturgia, y sobre
todo en los sacramentos- sigue siendo importante. No deberíamos pensar en adorar como almas
desencarnadas que resulta que están temporalmente residiendo en esas cosas tan raras llamadas
cuerpos físicos, y luego ser capaces de hacer nuestra labor como sacerdotes reales de Dios,
recogiendo las alabanzas de la creación y presentándolas ante el trono de Dios. Recordemos: a
eso es a lo que estamos llamados, a hacerlo y a ser. No nos sorprendamos si el lenguaje del
cuerpo de los adoradores expresa algo que está siendo dicho y hecho. Sin duda esto también
puede convertirse en un hábito sin contenido, que será puesto en duda, de cuando en cuando, en
nombre de la autenticidad. Pero fruncir el ceño ante la expresión física del culto (los gestos de la
mano y el brazo, de la cabeza y la rodilla, o de lo que sea)-como si todos ellos fueran signos de
hipocresía o un intento de poner a Dios en nuestro debe- sería tan ridículo como suponer que
esas expresiones eran todas ellas necesarias sin la devoción del corazón y la mente. Como hemos
visto frecuentemente en este libro, la Iglesia está llamada a ser el nuevo templo, el lugar donde
mora el Dios vivo junto al Espíritu. Esta es la vocación de toda persona.

Por tanto, la vida del culto es en sí misma una forma colectiva de virtud. Expresa y, a su vez,
refuerza la fe, la esperanza y el amor, que son las virtudes cristianas. De esta actividad dimana
toda clase de cosas en términos de vida cristiana y testimonio. Pero el culto es central, básico, y
en el mejor sentido, produce hábito. Todo cristiano serio debe trabajar para tener el culto como
una segunda naturaleza. Al expresar el amor de Dios de esta manera, fluirá de forma natural,
cruzando desde el primer gemelo conjunto al segundo, y reforzará la vida de la misión. El templo
está allí, porque Dios todo lo llena con su presencia, y eso va a ser un medio, y también un signo,
de que Dios quiere llenar el mundo entero de su gloria. El culto debe llevar a la misión. Los
sacerdotes son también reyes.

Si queremos saber en qué consiste para el renovado pueblo de Dios en Cristo ser (un pueblo)
«real», ser (un pueblo de) «reyes» en el sentido indicado en virtud de la vocación a ser un
«sacerdocio real», no miremos a los siglos IV y v, cuando los emperadores romanos se hicieron
cristianos por primera vez. Esto plantea preguntas y retos a otros niveles, pero empezar por ahí
sería ignorar el punto principal. Miremos en cambio a lo que la Iglesia hacía en los primeros dos
o tres siglos, mientras era acosada y perseguida por las autoridades: anunciar a todo el mundo
que Jesús, el crucificado y resucitado Mesías de Israel, era su verdadero y único Señor. Eso es lo
que significa ser «reyes» en el sentido que estamos tratando aquí: ser agentes de ese reino
soberano, el reino del Príncipe de la Paz, el único mediante el cual la misma tiranía (por no
mencionar ningún tirano individual y concreto) fue derribada con la destrucción de su arma más
vital -es decir: la muerte-, y, por tanto, el único gracias al cual nació un nuevo mundo en el que el
orden y la libertad finalmente se encontraron. (No debemos olvidar que la muerte es la última
arma, no solo de la tiranía sino también de la anarquía).

Fijémonos concretamente en los Hechos de los Apóstoles, en donde la Iglesia aparece


explícitamente dirigida por el propio Señor resucitado, para dar testimonio de él como Rey y
también de la realidad de su Reino (Hch 1,7-8). La comunidad que vive como nuevo templo, va a
vivir también como futuros reyes, como un pueblo que puede declarar que sus ciudadanos deben
obedecer a Dios antes que a las autoridades humanas (Hch 4,19; 5,29). Aquellos primeros
cristianos no estaban desobedeciendo las leyes de su tierra; simplemente ofrecían su lealtad al
Dios que se había revelado a sí mismo de una forma nueva. (Esto pudo resultar particularmente
frustrante, por supuesto, para aquellos judíos tradicionalistas que pensaban que eran ellos los
intermediarios, por designación divina, del orden sabiamente establecido por Dios). Los
seguidores de Jesús continuarán sirviendo al Dios de sus ancestros y narrando la historia de su
ingente obra. Pero contarán esta historia con un clímax diferente (como por ejemplo en Hch 7;
13). En vez de situar ese clímax de la historia en el hecho de la presencia del sumo sacerdote en
el templo (como se afirma en el libro llamado Ben-Sira o Eclesiastés, escrito entorno al 200 a.
C.), o en la venida de un futuro mesías-guerrero, que lideraría los ejércitos de Israel en una
poderosa batalla contra los romanos (como parece que habrían esperado los esenios), o en un
intensificado mantenimiento de la ancestral Ley de Israel (como habrían querido los fariseos), el
clímax habría estado en el propio Jesús, el auténtico Rey, rechazado pero luego exaltado, que
reclamaba una soberanía otorgada por Dios de la que los apóstoles eran testigos y agentes.

Y esta soberanía no se detendría en Israel. Ya en esos primeros siglos se fue extendiendo por todo
el mundo dentro de una especie de constante y paradójica confrontación. Pablo y sus compañeros
recordaron a los magistrados sus obligaciones bajo la ley romana (Hch 16,35-40), se enfrentaron
al más famoso tribunal pagano del mundo grecorromano (Hch 17,22-23), obtuvieron un
veredicto favorable ante el cuñado de Séneca y una implícita reivindicación por parte del
secretario del ayuntamiento de Éfeso (Hch 18,12-17; 19,35-41), recordaron a un tribuno romano
su situación legal (22,25-29), anunciaron el juicio venidero de Dios a un gobernador romano y su
actual situación legal a otro (24,25-26; 25,6-12) y terminaron usando su ciudadanía romana para
conseguir un pasaje seguro a Roma, a la que Pablo siempre creyó que Dios quería que fuese para
proclamarle (a Dios) como Rey y a Jesús como Señor (25,11; 28,30-31; Rm 1,13-15). Esta es
una parte, al menos, de lo que significa ser «reyes»: convocar a los dirigentes del mundo para
que den cuenta ante Jesús de su propia labor y de sus obligaciones subordinadas.

Más concretamente, los primeros cristianos empezaron a ser agentes del gobierno soberano de
Dios a través de su trabajo, proclamando a Jesús como Señor. Conforme lo iban haciendo y como
la vida y el corazón de muchos comenzaron a cambiar gracias a la fuerza transformadora del
Evangelio, empezaron a ver cómo surgían comunidades que mostrarían fidelidad a Jesús y
celebrarían su señorío. «Alegraos siempre en el Señor -exhortaba Pablo-. Os lo repito: ¡alegraos!,
el Señor está muy cerca» (Flp 4,4-5). Estas comunidades -aunque con los problemas que
adivinamos por lo que reflejan las cartas de Pablo- eran al menos comunidades de amor y apoyo
mutuo, comunidades en las que la gente se acogía mutuamente por encima de las tradicionales
limitaciones de raza, género y clase social, y se preocupaba de las necesidades de los demás,
especialmente de los más pobres. En otras palabras, unas comunidades en las que el desafío de
Jesús al hombre rico en Me 10 estaba siendo cumplido, al ir juntando la gente sus recursos para
cuidar de aquellos que habían hecho causa común con Jesús y sus seguidores (Hch 2,43-47;
4,32-37). Esto no fue sencillo como Hch mismo testifica (5,1-11), 1:9ero el principio se extendió
a lo largo y ancho de toda la Iglesia, sobre todo en cuanto al mandato del amor. Vemos esto, por
ejemplo, en 1 Tes 4,9-12, donde el mandamiento del amor significa: «Asegúrate de que ganas lo
que puedes y das lo que puedes a los que están necesitados»; y más en concreto el proyecto
favorito de Pablo: la importante colecta de dinero de las Iglesias gentiles del entorno de la costa
del Egeo para apoyar a la Iglesia de Judea después de la hambruna (Hch 11,27-30; 1 Cor 16,1-4;
2 Cor 8-9; Rm 15,25-29).

¿Qué papel jugaba todo esto dentro de la idea de que los cristianos eran «reyes» en el nuevo
mundo de Dios? Pablo responde a esa pregunta resumiéndolo todo en Ef 3, declarando que su
misión al crear y mantener Iglesias de judíos y gentiles en tierra gentil -reuniendo en el amor a
toda una nueva y sorprendida familia que estaba descubriendo una forma diferente de ser
personas humanas- era una señal inequívoca, dirigida a los poderes fácticos del mundo, de que
Dios era Dios y de que Jesús era el Señor. Y que había llegado la hora de que los entonces
gobernantes del mundo fueran puestos en cuestión por su legítimo maestro. Después de todo,
Alejandro Magno se había considerado a sí mismo como el auténtico líder mundial, porque había
logrado juntar a griegos y bárbaros en un solo imperio. Los diferentes emperadores romanos
posteriores a Augusto -el primero y posiblemente el más grande que llevara ese título- se
consideraron como los auténticos gobernantes del mundo, porque juntaron en su imperio a gentes
de muy diferentes pueblos o naciones. Pablo se dio cuenta del éxito de Jesús al re-unir a judíos y
gentiles, la división arquetípica de la humanidad, en un solo pueblo, y lo entendió como una
señal no solo de que el Nuevo Templo había sido construido ya, sino también de que había sido
proclamado el nuevo Señor. Ser reyes significaba para los primeros cristianos vivir unidos lo que
habían proclamado al mundo: que Jesús el crucificado y luego resucitado, era el auténtico
soberano del mundo.
Es enormemente importante, tanto para nuestra comprensión histórica como para la propia
reflexión contemporánea, que consideremos la forma en que esos primeros cristianos
comprendieron que vivían, al mismo tiempo, como ciudadanos modélicos en sus países y como
personas en deuda de lealtad con el nuevo Señor. La virtud que iban a desarrollar no suponía una
interrupción de las virtudes paganas del mundo de alrededor. Así, Pablo puede apelar a los
valores morales del paganismo circundante, para mostrar a los corintios lo mal que se están
comportando. «Mirad -les dice-, ¡ni siquiera los paganos hacen eso!» (1 Cor 5,1). Y puede
aceptar que tienen todo tipo de modelos en común: «Odiar lo maligno y agarrarse a lo bueno»
(Rm 12,9). La Iglesia va a actuar con sabiduría hacia los de fuera (Col 4,5) buscando la paz (Rm
12,14-21), obedeciendo a las autoridades (mientras les recuerda que también ellos deben
responder ante Dios, algo que muchas autoridades paganas preferían olvidar) (Rm 13,1-7), y
manteniendo la cabeza alta dentro de sus propias comunidades (Flp 1,27). De hecho, en Flp es
donde encontramos a Pablo dando prueba inequívoca de aprobación al amplísimo mundo de la
virtud pagana:

Por último, hermanos, tomad en consideración todo lo que hay de verdadero, de


noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable, de virtuoso y de encomiable
(Flp 4,8).

Esto no significa que los cristianos deban aceptar todo lo que el mundo hace. El siguiente
versículo insiste, como vimos en una discusión anterior, en que la propia forma de vida de Pablo
-radicalmente diferente de la del mundo de su entorno- debe ser modelo para ellos: pide a sus
lectores que hagan «lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, o a través mío». Sin
embargo, hay muchas cosas ahí fuera en el ancho mundo que, debido a la bondad de Dios en la
creación, son verdaderamente justas, santas, rectas, puras, atractivas, con buena reputación,
virtuosas y loables. Los cristianos no han de ser evasivos en esto. Nosotros somos los primeros
que debemos ensalzar lo que deba ser ensalzado e, igualmente, pensar sobre todas estas cosas,
ponderarlas bien, y preguntar qué tal funcionan y qué efecto tienen.

Entonces, ¿cuáles son en concreto las virtudes cristianas de los que son «reyes», «pueblo del
reino», que se practican hoy para alcanzar el sacerdocio real que nos está prometido en el nuevo
mundo? La respuesta está una vez más, sin que nos sorprenda, en el carácter que deben
desarrollar los cristianos, ese carácter del amor, la delicadeza, la ternura, etc. Estas son las cosas
que, según las bienaventuranzas de Jesús, caracterizarán a quienes pertenezcan al mundo de
Dios. Estas son las cosas que Jesús mismo ejemplificó a través de su vida y, principalmente, en
su entrega al martirio y a la muerte. Estas son las cosas que los primeros cristianos se empeñaron
en practicar, sobre todo el cuidado de los pobres y el mantenimiento de comunidades de apoyo
mutuo. Esta puede no ser la idea más común de la monarquía, pero sí empieza a parecer como
una redefinición de la realeza puesta en marcha a lo largo de la vida de Jesús, y concretamente en
la gran secuencia narrativa que va desde su entrada en Jerusalén montado sobre un pollino hasta
su muerte crucificado en una cruz romana, que había conquistado la imaginación y la vida de sus
seguidores. Como esto era lo que para él significaba ser Rey, ellos tratarán de buscar y seguir
caminos similares, para asumir sus propias y verdaderas responsabilidades y para practicar en el
presente las virtudes propias del sacerdocio real.
Los hábitos fundamentales de esta nueva, extraña y revuelta realeza van, por tanto, clarificándose
y resultan ser lo mismo que Jesús y Pablo habían venido urgiendo. Son las virtudes, duras al
principio pero que se convierten en una segunda naturaleza tras una larga práctica; las que
generan comunidades en cuyas vidas el señorío de Jesús es evidente, unas vidas que por su
propia naturaleza no quedan como propiedades escondidas dentro de esas comunidades, sino que
desde ellas se contagian necesariamente por el mundo de alrededor, al ver la gente la vida
humana realizada de una forma radicalmente diferente y a veces irresistiblemente atractiva. De
nuevo aquí, la vida de la virtud cristiana es como un deporte de equipo.

Y es en este contexto también donde la Iglesia conquista la plataforma y el derecho moral de


hablar públicamente de Jesús, anunciándolo como Señor, explicando cómo murió por los
pecados del mundo y resucitó. En otras palabras: en el mismo centro de la llamada a un
sacerdocio real, se encuentra la tarea de evangelizar, es decir, proclamar a Jesús, convencer a la
gente de que lo tenga presente, invitar a la gente a que le otorgue su confianza y a descubrir, a
través suyo y con la compañía de sus seguidores, toda una nueva forma de ser personas; y de
hecho, una vida de fe, esperanza y amor, de amabilidad y de caballerosidad, de perdón y de
generosidad, de paciencia y castidad. Evangelizar tiene también algo del carácter de la virtud.
Debió resultar muy raro para los primeros apóstoles decir a los extranjeros que un judío
crucificado era realmente el Señor del mundo; ciertamente, esa sensación de rareza todavía existe
en todas las culturas, tanto en las que el nombre de Jesús es bien conocido como en las que no lo
es. Ahora bien, contar a la gente la buena noticia se convierte en un hábito. Y este, como todas
las virtudes cristianas, anticipa al presente la vida de la época futura, donde la celebración del
rescate realizado por Jesús, su señorío sanador, no conocerá fatiga ni tendrá fin. En ese punto se
unen de nuevo las vocaciones real y sacerdotal.

Pero la idea de reflejar la imagen de Dios en el mundo una vez más -la imagen de un creador
generoso y lleno de amor, que llena este mundo de belleza, orden, libertad y gloria- debe ser más
amplia que la creación de las comunidades por un lado y la evangelización por otro. La vocación
«real» de los seguidores de Jesús debe provocar que surjan virtudes difíciles de alcanzar, como
por ejemplo generar, buscar y mantener la justicia y la belleza en un mundo donde han estado a
la baja demasiado tiempo. Este es un tema extenso, que necesitaría un tratamiento mucho más
completo del que podemos ofrecer aquí, pero la línea que va desde la insistencia de Aristóteles
en «lo bello y lo justo» al principio de su Ética a Nicómaco, es algo que los cristianos deben
celebrar y profundizar.

Consideremos la justicia. Uno de los libros más importantes del Nuevo Testamento (Rm) trata de
la justicia reparadora de Dios. Aquellos que son llamados a reflejar la imagen a Dios a través de
sus propias obras, deben estar atentos a la tarea de descifrar -en un mundo contemporáneo muy
convulso- cómo ha de entenderse esa justicia reparadora y cómo podemos nosotros ayudar a
establecerla. Esto significará implicarse en debates políticos y en procesos de distinto tipo, hacer
campañas sobre temas clave y denunciar la opresión y la injusticia, siempre que existan. El
mundo occidental ha creído durante más de doscientos años que separar las cuestiones de justicia
social de las cuestiones relativas a Dios y a la fe nos daría una sociedad más justa. Las
revoluciones, los totalitarismos y las diversas guerras de ese período han demostrado nuestra
equivocación. Pero, para poner a Dios y a la justicia juntos de nuevo, hace falta un gran esfuerzo
perseverante no solo de los individuos sino de la Iglesia como un todo, y hace falta también
desarrollar las virtudes colectivas de justicia, un trabajo que se convertirá en hábito del corazón
de la Iglesia y que atraerá a las conciencias del mundo en su mayor amplitud.

Lo mismo ocurre con la belleza. Si el templo de Jerusalén, el lugar donde tenía que morar la
misma gloria de Dios, era visto como un «pequeño mundo», el microcosmos donde se
concentraría la belleza del mundo -como parte entonces de la virtud del «sacerdocio real»-, el
nuevo y vivo templo deberá ser el cultivo y la celebración de la belleza a todos los niveles. Esto
exige que las virtudes «reales» puedan hacer surgir esa combinación delicadamente equilibrada
de orden y libertad. En cierto modo, como el arte, que ha ido de un extremo a otro: del
superordenado mundo del cubismo al mundo desordenado y deliberadamente caótico del
informalismo, y también del reciente arte pop. ¿Cómo podremos trabajar hoy, para anticipar el
futuro del mundo reconstruido de Dios, donde los horrores sean por fin superados? Ese es el
desafío cuando intentamos generar nuevas expresiones de belleza. El mundo estético del
momento oscila entre la brutalidad que, empezando por los estilos arquitectónicos, se ha
extendido en formas de pura fealdad hortera, y el sentimentalismo que, deseando aún vislumbrar
la hermosura de la creación, no puede encontrar una forma de expresarlo sin precipitarse en lo
cursi. A las virtudes del «sacerdocio real» se les pide que declaren, tanto en el arte como en el
mundo, la consistente victoria de Jesús sobre la maldad que ha corrompido y pintarrajeado el
mundo, y que proclamen la nueva creación -iniciada con la resurrección- de un mundo lleno de
libertad y gloria.

La libertad debe ser generada, protegida y celebrada. Ahora bien, los pensadores, desde san
Pablo a mediados del siglo I hasta Bob Dylan de mediados del siglo xx y más allá todavía, se han
preguntado por el auténtico significado de la libertad. En un sentido cristiano, obviamente no
significa «el casual vuelo de una partícula subatómica», por mucho que algunos ansiosos
retóricos, políticos o psicólogos quieran seguir insistiendo en la total supresión de límites. (La
supresión de límites es lo que los gobiernos hicieron en los mercados financieros los años
previos al reciente crack económico. No parece un buen augurio). Para que un actor sea libre a la
hora de interpretar a Hamlet, tiene que haber otros actores involucrados; cada uno de ellos
limitará su propia libertad buscando la más alta libertad de ser limitado por el drama de
Shakespeare, pero encontrándole a la obra nuevos sentidos una y otra vez. Para que unos
músicos sean libres interpretando un blues, la guitarra debe estar afinada, el pianista debe tener
práctica, aunque no sea perfecto, ser serio aunque no necesariamente completamente sobrio; por
su parte, el batería y el bajo deben encontrar su libertad dentro de las limitaciones bastante
severas de tempo y armonía. Y para que el ciudadano normal sea políticamente libre, deben
existir fuerzas de seguridad y jueces que puedan impedir el caos y las manifestaciones violentas,
defender la vida y la propiedad, e impedir las formas maliciosas y violentas de los que pretenden
imponer su caprichosa voluntad.

Todos nosotros aceptamos voluntariamente limitaciones de ese tipo. Reconocemos que una
libertad que consista meramente en actividad espontánea o casual, no es necesariamente una
libertad genuina y, además, puede resultar sencillamente caótica. Buscamos una libertad que
consiste en la elección de una forma de vida feliz, integrada y planeada, que incluye la
aceptación de la responsabilidad de sacar adelante esa forma de vida, pagar su peaje y vivir sus
consecuencias. Y los cristianos -llamados a reflejar el amor creativo y generoso de Dios hacia el
mundo- deben desarrollar las virtudes personales y cívicas que apoyarán y sostendrán esa
libertad, esa entrega a los demás hombres de la oportunidad de ser genuinamente humanos. Que
todo ello funcione será algo muy complejo -un camino tortuoso- y planteará no pocas exigencias.
Como todos los grandes eslóganes, la libertad plantea alguna pregunta más que proporcionar
respuestas. Pero también es un eslogan cristiano y quienes son llamados a ser sacerdotes reales
deben trabajar las virtudes requeridas para crear las condiciones para ello y hacer posible que
florezca donde y cuando pueda.

Vamos a necesitar esto en los días venideros, al crecer la población y presentar nuevos problemas
los recursos alimentarios y sus canales de suministro, sin olvidar los alarmantes problemas
vinculados al cambio climático. No podemos aceptar que el mundo entero vaya siendo dominado
cada vez más por la democracia de estilo occidental con la gente votando dócilmente de cuando
en cuando y haciendo lo que les viene en gana entre elecciones.

La libertad, como la autenticidad, es aquello que se nos promete cuando nuestros anhelos y
deseos coinciden por completo con los designios de Dios para nosotros como seres plenamente
humanos. El servicio de Dios -dice la antigua plegaria- es una «libertad perfecta». Y como la
autenticidad, la libertad esgrimida demasiado pronto se convierte en una escatología
archirrealizada, un fracaso a la hora de darse cuenta de la cantidad de trabajo que tiene aún por
hacer la virtud para alcanzar la meta. Pero la característica de la virtud es trabajar para acercar el
futuro al presente, vislumbrando y amarrando la auténtica libertad que se nos ofrece con Jesús
como elemento vital. Por el contrario, el eslogan «¡Libertad!» se convierte simplemente en una
excusa, como ya lo vio Pablo en Gál 5. Aceptar unos adecuados límites morales no es cercenar la
auténtica libertad, sino crear las condiciones para que florezca.

Los sacerdotes reales trabajarán revelando la gloria de Dios al mundo. Esa es la tarea del nuevo
templo. Pero si -como en el evangelio de Juan- la gloria de Dios se revela cuando Jesús de
Nazaret toma la cruz como supremo acto de amor Gn 13,1; 17,1-5), nosotros deberíamos esperar
que la Gloria de Dios se refleje en el mundo cuando los seguidores de Jesús aprendan los hábitos
de mente, corazón y vida que imitan el amor oneroso de Jesús, que sí trae nuevo orden, belleza y
libertad al mundo. Es tremendamente importante que entendamos estos hábitos como virtudes,
no simplemente como «principios» que han de ser «aplicados», o «valores» que han de ser
«asumidos». Nosotros no empezamos con las formas platónicas de justicia, belleza y libertad, de
manera que, poseyendo ese impresionante conocimiento, podamos volver a pisar tierra con un
gran plan para que esos grandes ideales se vayan filtrando a la realidad desde su ideal existencia
platónica. Más bien se nos ha hecho la promesa de que la tierra será colmada del conocimiento y
la gloria de Dios como las aguas cubren el mar; se nos ha dado la resurrección de Jesús, para que
fuera la iniciadora del proyecto, y se nos da el Espíritu Santo, para poder anticipar el primero y
aplicar el último. Empezar esas tareas no significa que lo sabemos todo y que podemos ver lo
que es necesario hacer (como podríamos imaginar, si pensáramos en principios y valores).
Significa que tenemos el compromiso de dar los primeros y más difíciles pasos para adquirir los
hábitos colectivos que generarán más justicia, producirán más belleza y ampliarán la libertad; y
que nos comprometemos también a continuar los debates a varias bandas, para profundizar en lo
que significan exactamente todas esas frases. Y una vez más, todos los seguidores de Jesús
tendrán su propia, única e interesante vocación dentro de este complejo proyecto.
Por tanto, la tarea de ser sacerdocio real de Dios en el presente está relacionada con el culto y la
misión, culto y misión que comparten un corazón, un corazón que está aprendiendo a amar a
Dios Creador y a Dios recreador, y está aprendiendo también a descubrir cómo desarrollar los
hábitos que reflejen el amor de Dios por el mundo y el amor agradecido de este mundo como
respuesta. Ahora debemos mirar más allá, tratando de ver cómo ha de realizarse todo esto en la
práctica.

Tuve yo una vez un estudiante de teología que había empleado todas sus vacaciones de verano
trabajando en un país subsahariano de África. Cuando regresó, el director de la facultad le
preguntó qué quería hacer después de graduarse. Él contestó que estaba a la espera de poder ir a
trabajar en un plan de desarrollo internacional, llevando ayuda y conocimiento a los sitios más
pobres del globo. El director, entonces, le preguntó por qué estaba estudiando teología en vez de
políticas o economía. El estudiante no tardó un segundo en responder:

-Porque la teología es mucho más importante.

Había visto en primera fila y durante varios meses la forma en que la Iglesia estaba llevando a
cabo su tarea en el país en el que él había vivido. «La teología de la liberación», como se conocía
entonces, ya no era un ejercicio abstracto, excitante en apariencia pero deslavazado y
ligeramente peligroso, una ramificación de la teología sistemática creada para mantener
entretenidos a los estudiantes izquierdistas y que no se aburrieran con el estudio de los antiguos
dogmas. Se trataba de las Iglesias, pobres ellas y pobres los que vivían en su territorio, que día a
día descubrían lo que significa llamar a Jesús «el Señor» y convertir ese señorío en una realidad
viva, extendida por todas las comunidades.

Yo estaba orgulloso de ese estudiante, tanto por su experiencia como por su respuesta. Pero,
como ya reflejé en la conversación, me preguntaba cómo habíamos llegado en el mundo
occidental a aceptar que la teología pueda ser irrelevante para las auténticas necesidades del
mundo real. Y, según estaba yo ponderando todo esto, me di cuenta de que, aunque la temática de
la teología pueda parecer algo lejano (de hecho no lo es, pero aquellos que controlan los medios
de comunicación no tienen ni idea de su verdadero contenido y la ignoran rutinaria y
sistemáticamente), la vida práctica de la Iglesia alcanza numerosas áreas de la vida ordinaria en
el mundo occidental, sin obstrucciones ni triunfalismos. Este hecho debe ser destacado y
celebrado ya como una realidad floreciente. En Inglaterra las propias estadísticas del Gobierno
muestran que una gran mayoría de quienes dan su tiempo, dinero y energía al voluntariado
dentro de las comunidades -trabajo con personas mayores, con discapacitados, moribundos, con
gente muy joven, etc.- está formada por cristianos practicantes. Muchos de ellos dirán de sí
mismos que no se consideran muy buenos cristianos, queriendo significar que son conscientes de
sus propios fallos morales, de su ignorancia sobre muchas cosas de la Biblia, etc... Sin embargo,
algo de la vitalidad de la Iglesia los ha conmovido, llevándoles a ofrecer ayuda allí donde se
necesita; y lo hacen con alegría y encuentran tal satisfacción personal al hacerlo que siguen en
muchos casos volviendo con regularidad, incluso cuando se hacen mayores y se casan. (Conozco
una pareja que estuvo llevando «comida sobre ruedas» a personas mayores alrededor de la
ciudad ¡hasta que ellos fueron ya más viejos que la mayoría de los que asistían!).
El hábito del servicio práctico -signo exterior y visible de la virtud del amor- se remonta a los
primeros tiempos de la Iglesia. Uno de los pasajes más sorprendentes del notable libro de
Rodney Stark, The Rise of Christianity es su descripción de cómo reaccionaban los cristianos en
la primitiva Turquía cuando su localidad era golpeada por una plaga. Los ricos, los acomodados
y, concretamente, los doctores reunían sus posesiones y cogían a su familia para escapar de la
ciudad. Marchaban a las colinas, buscando un aire más fresco y puro, o a casa de familiares o
amigos en otras ciudades a cierta distancia. Sin embargo, los cristianos, a menudo entre los más
pobres y muchos además esclavos, se quedaban para cuidar de la gente, incluyendo a aquellos
que no eran cristianos, ni familiares ni amigos o conocidos. Algunas veces toda esta gente se
ponía bien; no todas las enfermedades resultaban fatales. Otras veces, eran los propios cristianos
quienes caían enfermos, muriendo tal vez a causa de ello. Pero indudablemente la cuestión de
fondo estaba clara: se trataba de una forma distinta de ser hombres. Hasta entonces a nadie se le
había ocurrido vivir así. ¿Por qué lo hacían? Los cristianos, al ser requeridos para que explicaran
los hábitos del corazón que habían convertido en algo natural (una segunda naturaleza, por
supuesto) hacer todas esas cosas, hablaban de Jesús y del Dios que habían descubierto gracias a
él, un Dios cuya misma naturaleza era y es amor entregado (amor de autoentrega). Stark sugiere
que este tipo de comportamiento fue una de las muchas razones que contribuyeron a la rápida
expansión del cristianismo, a pesar de los grandes esfuerzos de los eficientes perseguidores
romanos, que siguieron con su actividad hasta la época (principios del siglo IV) en que casi la
mitad del Imperio era ya cristiana, decidiendo los emperadores unirse a lo que parecía ser el
bando ganador20 por considerarlo preferible.

Todo esto conecta con las exhortaciones de Pablo en Rm 12 y Flp 4: los cristianos deben
practicar el arte de vivir como buenos ciudadanos, celebrando lo que puede ser celebrado en el
ancho mundo y sufriendo por todo lo que aporta tristeza a la vida de la gente. Dios, el creador
generoso, no es honrado ni es reflejado en este mundo por una Iglesia que, segura de su santidad,
marca distancias y desprecia lo mejor que el resto del mundo puede realizar, tildándolo de basura
poco espiritual, no cristiana e impía. (Eso no significa que no haya mucha basura por ahí fuera,
tanta como la puede haber dentro de la misma Iglesia). Precisamente porque la mayor virtud
cristiana es el amor -inspirado en el Dios creador de la vida- el cristiano individual y la Iglesia en
su conjunto deben desarrollar los hábitos ya formados de mirar al exterior y ver lo que pasa en el
mundo que los rodea, gozando con sus alegrías y llorando con sus sufrimientos, pero sobre todo
deseando encontrar oportunidades para llevar amor, consuelo, curación y esperanza, cuando sea
posible. Y a todo ello puede llevar la fe no necesariamente hablando a todas horas de Jesús
(aunque haya muchas oportunidades), sino viviendo a Jesús en público. El mundo, y tristemente
también algunos en la Iglesia, puede incluso despreciar a los que «hacen el bien». A veces, el
desprecio puede también ganarse a pulso: siempre es posible caer en el fariseísmo, y desde luego
debe ser evitado. Pero el abuso no invalida el uso; puede simplemente demostrar que el trabajo
que hay que realizar, como mejor se lleva a cabo es mediante el hábito. Mediante la virtud. A
través de los nueve frutos del Espíritu. Con decisiones conscientes de toda una comunidad y de
los individuos que la forman, que persiguen su propia y concreta vocación para adquirir,
desarrollar y mantener los hábitos del sacerdocio real.

20
Rodney Stark, The Rise of Christianity: How the Obscure, Marginal Jesus Movement Became the Dominant
Religious Force. San Francisco, Harper San Francisco, 1997, cap. 4.
4

Si la vida cristiana de la virtud dirige su mirada hacia el exterior del mundo en toda su amplitud,
¿qué ocurre con la teoría cristiana de la virtud?

En realidad, esta pregunta ha estado latente a lo largo de todo este libro. Confío en que el resto de
la exposición se mantenga en pie sin la discusión que ahora abordamos. Ahora bien, puesto que
parte de lo que he venido diciendo es que los hábitos de la virtud cristiana deben mirar hacia
fuera, deben llegar más allá de los confines de la Iglesia y deben actuar en el mundo para aportar
curación y esperanza, sería extraño que luego diéramos marcha atrás, declarando que lo que el
cristiano dice sobre la virtud cristiana no tiene punto de contacto alguno con lo que los paganos
dicen sobre la virtud pagana, como si fueran cosas totalmente separadas, que ni se solapan ni se
entremezclan.

Por el contrario, si la posición cristiana es que en Jesucristo y a través del Espíritu, Dios creador
ha inaugurado una nueva forma de ser hombre, deberíamos esperar que se produjera un
solapamiento, una interacción: quizá, una confrontación parcial; posiblemente, una parcial
convergencia.

Esto nos conduce, en dos niveles, a esa inmensa área que los teólogos han denominado con
ligereza «naturaleza» y «gracia». Una de las principales preguntas que plantea el estudio de la
misma es: ¿es posible que un ser humano sin la ayuda divina -es decir, en estado de naturaleza
pura- alcance la virtud? El propio paganismo había estado dividido ante esta pregunta, ya que
para algunos paganos -por lo menos para los estoicos- un poder divino actuaba en los hombres,
con el fin de que toda vida humana, al menos todo el esfuerzo moral, tuviera algún tipo de
corriente profunda de carácter divino fluyendo a través suyo. Pero para Pablo y los primeros
cristianos, que pensaban en «judío» sobre el Dios creador y autoentregado, se necesitaba algo
mucho más explícito. Sí, los paganos podían articular, respetar y, a veces incluso, vivir de
acuerdo con «nobles ideales»; pero la fe, la esperanza y el amor, el fruto del Espíritu en plenitud
y la unidad en un solo cuerpo, eran dones superiores disponibles solo por la gracia de Jesucristo,
que van más allá de lo que el paganismo podía hacer. Sin esa gracia incluso el celoso seguidor de
la Ley judía acabaría en el mismo lugar que el perplejo moralista pagano:

No hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco (Rm 7,1921).

Para que la gracia tenga el efecto deseado -concluía Pablo-, no es suficiente hacer simplemente
un añadido a la naturaleza. No es que la naturaleza sea, moralmente hablando, buena pero
incompleta y solo necesite una especie de remate que la complete. No: la naturaleza debe ser
matada y devuelta a la vida en el otro lado: «Aquellos que son del Mesías, han crucificado la
carne con sus-pasiones y deseos» (Gál 5,24). Mientras la cruz siga siendo un escollo para los
judíos y una locura para los paganos, la acción de la gracia para construir la vida moral que prevé
el Nuevo Testamento no será un mero suplemento, sino que será la crucifixión y la resurrección.
Ahora bien, esa resurrección llevará consigo realmente una afirmación del orden creado y, con
ella, una reafirmación de la forma de vida construida dentro de la propia creación, atisbada,
como mucho, por el paganismo pero inalcanzable en esas coordenadas.
21
Este no es el lugar para explicar o justificar la interpretación de ese controvertido pasaje.
Como sugerí mucho antes, existe un paralelismo de todo esto con lo que dice Pablo sobre la ley
judía. La ley judía contempla la realización de Dios en Cristo y en el Espíritu Santo, y la aplaude,
a pesar de que esa misma ley, siendo «débil a causa de la carne», resulta incapaz de producir ese
resultado (Rm 8,3-4). De la misma forma, la acción de la gracia produce un tipo de vida humana
que cualquier pagano serio podría reconocer como genuina y completamente humana, y que el
cristiano debe ver -debería haber visto- como la meta que perseguía el paganismo, aún con
impotencia, en tiempos de Pablo.

Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿existe una total separación entre la teoría de la virtud de, por
ejemplo, Aristóteles o Séneca, y la teoría que hemos estado viendo desarrollar en la
proclamación de Jesús y en las enseñanzas de Pablo? No; yo sugiero que, a nivel teórico, somos
testigos de algo muy similar a lo que acabamos de ver a nivel práctico. Para Aristóteles, nos
convertimos en virtuosos haciendo actos virtuosos: «la segunda naturaleza» se desarrolla y va
creciendo hasta alcanzar por completo aquello que -atisbando la meta de un florecimiento
humano completo-hemos empezado a practicar. Así, para Pablo, tomando 1 Cor 13 como el
ejemplo más obvio: esta es la meta, el estado de ser téleios, «más completo»; aquí están las
cualidades del carácter que contribuyen a ello; estos son los pasos que se deben dar para practicar
esa cualidad del carácter. O bien tomemos Col 3 o Ef 4: ahí se encuentra el estado de la perfecta
y madura humanidad; ahí están las cualidades del carácter que se deben lograr, vistiéndose con
ellas, y aprendiendo a practicarlas. Se trata solamente, sugiero yo, del en cierto modo exagerado
culto a la espontaneidad y de la más reflexiva, aunque insistente, cultura de «la autenticidad»,
que han puesto difícil a los lectores de Pablo de los últimos dos siglos conocer lo que estaba
pasando. Lo que Pablo defiende es la forma cristiana de la primitiva teoría pagana de la virtud.

Pero, desde luego, ha sido cristianizada a fondo. En este segundo nivel ha sido matada y hecha
renacer en una nueva vida. Todo esto trata, de nuevo, sobre la naturaleza y la gracia, pero ahora
en relación con la teoría misma. No se trata de que Aristóteles vaya a ser ahora «adornado» con
un poco de Pablo. La tradición aristotélica conduce en último término al orgullo. Desde luego,
alguno de sus seguidores incluso ha reconocido tener un serio problema por opinar que la
persona virtuosa tendrá como una especie de supervirtud, el orgullo de sus propios logros 22. Para
Pablo -y esta fue una de las cosas más dolorosas que tuvo que solucionar, como vemos en 2 Cor-
la vida cristiana de la virtud fue modelada por la cruz de Jesucristo con el resultado de una nueva
virtud nunca antes imaginada: la humildad. Igual que la práctica cristiana de la caridad resultó
una forma de ser hombres que nadie antes había imaginado, -por ejemplo, preocuparse
voluntariamente por gente que ni siquiera ha pedido nuestra ayuda expresamente-, de igual
manera la humildad rebasa no solo todas las ideas previas de lo que representa la virtud, sino
también la antigua teoría pagana de la virtud misma, al decir, en efecto, que una de las más
elevadas virtudes es ese estado en el que uno ya no es consciente de su propia virtud. Como dijo
C. S. Lewis en otro contexto, es como si te encuentras con la serpiente de mar y descubres que
no crees en ella23. La persona cristiana virtuosa no piensa en la moralidad de sus actos. Piensa en
Jesucristo y en cómo puede dar su amor al prójimo.

22
Ver Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro 4. El epílogo de este volumen enumera dos posibles ediciones.
23
C. S. LEWIS, Miracles. San Francisco, Harper San Francisco, 2001, p. 183. (trad. esp.: Los milagros. Madrid,
Encuentro, 1992).
Sin embargo, estas preguntas no son simplemente una cuestión de teoría individual. Son muy
prácticas y, además, afectan directamente a otras dos preguntas, ambas urgentes. Primero,
¿podemos utilizar las antiguas tradiciones no cristianas para ayudarnos en nuestra búsqueda
moral o tenemos que utilizar solamente las Escrituras? En segundo lugar, ¿podemos dirigirnos a
nuestros «contemporáneos no-cristianos» en cuestiones morales o debemos simplemente
decirles: «Mirad, como somos cristianos hacemos las cosas de otra forma»? Si no existen
diferencias fundamentales, si podemos leer al mismo tiempo a Aristóteles y a Pablo, uno junto al
otro, encogernos de hombros y aprender de ambos con idéntico beneficio; y si podemos también
contribuir con nuestro granito de sabiduría a las preguntas de hoy sobre moralidad pública junto
con todos los demás, entonces claramente habremos dado un gran paso alejándonos del mundo
de los evangelios y las epístolas. Por otra parte, si no hay solapamiento ni punto de contacto, nos
situaremos en un mundo cerrado. Será un hermetismo que no solo nos impedirá aprender algo
nuevo de fuera, sino también -y esto es lo más preocupante quedaremos herméticamente aislados
del exterior a la hora de poder darles algo a los de fuera. ¿Por qué el mundo ha de hacernos caso?
Si me pongo de pie en el parlamento y digo que, puesto que vivo en un mundo moldeado por la
fe y la vida de la Iglesia cristiana, no creo en la eutanasia, aquellos que no comparten esa fe se
sonreirán y dirán:

-En efecto, muy bien, pero ya que nosotros no partimos de esa premisa cristiana, no vamos a
tenerla en cuenta.

¿No hay continuidad entre la moral cristiana y la del resto del mundo? Si decimos que la fe
cristiana produce verdadera humanidad, ¿no debería haber muchas áreas de gran solapamiento e
intercambio en que pudiéramos trabajar buscando grandes acuerdos?

Una buena parte de la teología cristiana a través de los siglos se ha despreocupado de las
preguntas sobre esa tierra fronteriza; unas veces, inclinándose a decir que el mundo es
básicamente bueno, pero que se necesita algo de ayuda y asesoramiento; y otras veces
inclinándose a decir que el mundo es básicamente malo y necesita ser rescatado mediante una
transformación radical. Ha resultado difícil demostrar lo que muchos querían expresar: que el
mundo es una mezcla, rica y extraña, del bien y del mal, y que es desde la muerte y resurrección
de Jesucristo desde donde deben juzgarse su maldad absoluta y rebelde, y reafirmar -en la otra
cara de dicha sentencia- su inherente bondad como creada por Dios. Creemos que algo así resulta
necesario. Al menos espero haber señalado una manera de lo que se puede hacer en este ámbito
del discurso moral.

Se podría decir mucho más en este nivel, pero no aquí. Espero que entre los efectos que produzca
este libro esté el haber podido alertar a los teóricos de la virtud sobre la riqueza y profundidad
del material del Nuevo Testamento, que normalmente han ignorado al ir directamente a los
principales exponentes del tema, como Aristóteles y santo Tomás de Aquino. Y a la inversa,
espero haber alertado a los moralistas del Nuevo Testamento del hecho de que Jesús y sus
primeros seguidores pueden ser entendidos en el contexto de las antiguas teorías paganas sobre la
vida moral, no en términos de unos préstamos «de relleno», sino en términos de una
transformación de la teoría en sí. Los primeros cristianos creían ser el auténtico templo de Dios,
lleno totalmente de su gloriosa presencia a través del Espíritu Santo y llamado a revelar esa
gloria al mundo. Ellos, pues, se veían a sí mismos en relación con todos los demás templos,
judíos y paganos, como la realidad frente a la parodia. (Imaginemos que casual y repentinamente
conocemos a una figura pública a quien solo habíamos visto antes en horribles caricaturas de
periódicos populares). De la misma forma, los primeros cristianos parecen haber creído que su
forma de entender el objetivo final de la vida humana y su forma de ponerlo en práctica en el
momento presente, era la realidad, de la que la antigua meta pagana de la felicidad -y las virtudes
que la anticipaban y cultivaban- era, en el mejor de los casos, una buena parodia. Caminar con
Agustín declarando que las virtudes paganas se quedan, en última instancia, en «vicios
espléndidos», que conducen al orgullo y, por ende, al alejamiento del Dios revelado en
Jesucristo, o aceptar la posibilidad de que, puesto que los paganos se aferraban a la vida moral tal
como la conocían, ya estaban respondiendo de hecho lo mejor que podían a Dios creador, es una
cuestión que va más allá del alcance de este libro. Puede que haya alguien a quien Jesús le diga,
como dijo al escriba, «no estás lejos del Reino de Dios» (Me 12,34). Por supuesto «no lejos» nos
indica que todavía hay un paso, corto pero importante, que dar.

He sugerido que parte de la dinámica interna de la virtud en sí misma, vista desde el ángulo
cristiano, consiste en mirar más allá de uno mismo en dirección a Dios, tanto en el culto como en
la misión. Eso es lo que significa sacerdocio real. Ahora deseo mostrar cómo la santidad cristiana
no es un algo separado del culto y la misión, sino que pertenece orgánica e íntimamente a ese
escenario. Todo esto está contenido en la idea de que somos reconstruidos a imagen de Dios. El
secreto de un espejo no es su belleza o utilidad, sino reflejar bien la imagen de quien se pone
delante. El secreto de un espejo angulado está en que refleja una cosa en otra. En este caso, Dios
al mundo (la misión), y el mundo a su vez a Dios (el culto). Propongo ahora que la visión del
Nuevo Testamento de la virtud cristiana y de la santidad -a la que son llamados los seguidores de
Jesús y para la que están equipados por el Espíritu- se puede entender (y es quizás la mejor forma
de hacerlo) en función de ese doble papel. No se trata, en otras palabras, de que existan o
funcionen a la vez dos cosas separadas: primero, una llamada a la santidad, y segundo, una
llamada a la adoración y a la misión (o incluso tres cosas separadas, si el culto y la misión están
también separados, como por desgracia ocurre a menudo). Por el contrario, la llamada a la
santidad se da precisamente porque solo si somos genuinos seres humanos, seremos capaces de
resumir las virtudes de la creación; y siendo auténticos seres humanos podremos llevar a todo el
mundo la justicia de Dios, la libertad, la belleza y la paz, rescatando sobre todo el amor.

Creo que esta es la línea de pensamiento que Pablo contempla cuando insiste en que la santidad
debe estar orientada a la misión:

Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones. Seréis así limpios e


irreprochables; seréis hijos de Dios sin mancha en medio de una generación mala
y perversa, entre la cual debéis brillar como lumbreras en medio del mundo,
manteniendo con firmeza la palabra de vida, para que el día en que Cristo se
manifieste, pueda yo enorgullecerme de no haber corrido o trabajado inútilmente
(Flp 2,14-16).

El mundo es oscuro, hay que reflejar la luz divina en él. Aquí Pablo está reuniendo distintos
aspectos de las expectativas judías, de la vocación de Israel a ser la luz al mundo (Is 49,6,
llamada de Dios a su «siervo», que acaba de sufrir ansiedad en el versículo 4, y que podría haber
estado trabajando sin ningún objetivo). En concreto, Pablo se hace eco de Dn 12,3, donde el
profeta declara:

Los sabios brillarán como el esplendor del firmamento; y los que guiaron a
muchos por el buen camino, como las estrellas por toda la eternidad.

Curiosamente, mediante una paráfrasis una de las antiguas traducciones griegas de la frase
«aquellos que llevaron a muchos a la justicia» se convirtió en «aquellos que son poderosos con
mi palabra». Pablo puede hacerse eco de esa versión en el texto citado más arriba, donde habla
de «extender» (o tal vez «extender con rapidez») la palabra de la vida. El punto es este: los que
siguen al crucificado y resucitado Jesús, y le acogen como Señor (2, 11), aquellos que «trabajan»
en lo que va a significar su propia salvación, en oposición a las varias formas de salvación que
ofrece el mundo pagano en torno a ellos (2,12), aquellos en cuyas vidas se encuentra el Dios vivo
en acción para cumplir su buena voluntad (2,13), todas estas personas van a ser santos por el
bien de la misión en la que la vocación de Israel a ser luz del mundo es finalmente una realidad.
Con esto, «la gloria de Dios Padre» (2,11), que se muestra cuando la gente reconoce a Jesús
como Señor, fue manifestada a las naciones, como había prometido Isaías (60,1-3), y ya no se
oculta en el templo. La santidad de los seguidores de Jesús es parte del equipamiento necesario
para ser sacerdocio real.

Los primeros cristianos se aferraron a esta vocación como dura evidencia de que la luz no sería
bien recibida por un mundo sumido en la oscuridad. Este es un tema importante en el evangelio
de Juan. Sin embargo, tenían que continuar con el proyecto. Su santidad sería una señal para el
mundo de que realmente existía un camino diferente y mejor para ser hombres, aun en el caso de
que el único efecto fuera que el mundo se quedara sin excusa, cuando Dios finalmente pusiera
todo en su sitio. Pedro transmite el mismo mensaje. Inmediatamente después de declarar que los
seguidores de Jesús forman un «sacerdocio real» para proclamar los hechos poderosos de aquel
que los llamó de las tinieblas a la luz, sigue diciendo:

Queridos, como a peregrinos aún lejos de su hogar os exhorto a que hagáis frente
a los apetitos desordenados que os acosan. Portaos dignamente entre los no
creyentes, para que vuestro buen comportamiento desmienta a quienes os
calumnian como si fueseis malhechores, y así ellos mismos glorifiquen a Dios el
día de su venida (1 Pe 2,11-12).

El tema se repite en el capítulo siguiente:

Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra
esperanza a todo el que os pida explicaciones. Hacedlo, sin embargo, con dulzura
y respeto, como quien tiene limpia la conciencia (1 Pe 3,15-16).

Toda la secuencia de pensamiento que estamos estudiando es exactamente la de Ef 4-5. Después


de la gran apertura de esa sección (4,1-16) instando a la Iglesia a trabajar duro por la unidad,
viendo a los diferentes ministros dentro de ella como una contribución al estado de «plenitud» y
de madurez en Cristo, Pablo continua enfatizando la necesidad de una ruptura radical con el
modelo de vida pagano. Ese es el escenario en el que los seguidores de Jesús están para:

Se os enseñó como cristianos a renunciar a vuestra conducta anterior y al hombre viejo,


corrompido por apetencias engañosas. De este modo os renováis espiritualmente y os revestís del
hombre nuevo creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa (Ef
4,22-24).

El meollo de esto, como de Flp 2, es que los oyentes de Pablo, en vez de vivir como luz en medio
de la oscuridad, van a ser personas resucitadas en medio de un mundo de muerte (Ef 5,8-14). A
tal fin, tendrán que desplegar todos los medios habituales mediante los que el carácter cristiano
puede fomentarse, evitando las causas evidentes de corrupción, tales como la inmoralidad sexual
y la embriaguez, para abrazar una vida de perdón, bondad y, sobre todo, de celebración cultual de
la acción de gracias (4,25; 5,20).

Lo mismo se establece también en Rm. Los que van a ser agentes de Dios en el juicio final de
toda la creación -aquellos para quienes la creación misma ha estado esperando, ya que solo
cuando se revelen como verdaderos seres humanos la creación entera será renovada- son los que
deben aprender a «hacer morir las obras de la carne» (8,13), para que puedan revivir. Si han de
ser sacerdocio real, gobernando sobre el nuevo mundo de Dios (Rm 5,17), deben ser aquellos en
cuyas vidas brille una humanidad verdadera renacida en Cristo, después de que se haya dictado
sentencia sobre su pecado. La obra de Dios de salvación y de justicia regeneradora debe
acontecer primero en nosotros, para que pueda pasar después a través nuestro. Esa es la lógica
interna que une la conversión personal, la fe y la santificación del amplio quehacer de la Iglesia
en el mundo.

De todo esto -por supuesto hay mucho más, que también podríamos haber explorado-debe
quedar claro que el Nuevo Testamento prevé la santidad del pueblo de Dios como un factor
importante en su grandiosa vocación de ser luz del mundo. De aquí surgen las características
particulares de la conducta cristiana, esas virtudes concretas que nadie (excepto, en algunos
casos, el pueblo judío) había considerado antes como virtudes y que, de acuerdo con Jesús y los
primeros cristianos, fueron la clave secreta para esa verdadera humanidad, a través de la que se
dio a conocer en su mundo el Dios creador y el mundo fue convocado a la adoración. Vuelvo a la
lista anterior de estas características que ofrece Simon Blackburn: humildad, caridad, paciencia y
castidad. Todas ellas aparecen una y otra vez en las páginas del Nuevo Testamento y ellas
contribuyeron significativamente a la total perplejidad del antiguo paganismo, cuando se
confrontó con los primeros cristianos: ¿por qué querría alguien comportarse así? La respuesta de
los cristianos era y es que estas virtudes ejemplifican y moldean la genuina humanidad; esta fue
vivida por el mismo Jesús, cuya vida le es dada a su pueblo por su Espíritu; que en Jesús, y de
hecho en todos los que comparten su modo de ser hombre, se puede ver el verdadero reflejo del
Dios creador, con tanta frecuencia parodiado en el paganismo, pero que vuelve a mostrarse tan
claramente en su muerte y posterior resurrección. Este conjunto de virtudes constituye la imagen
del Hombre Auténtico. A ella deben parecerse sus seguidores.

Por tanto, es más bien imposible hablar de Dios con convicción o eficacia si los que profesan
seguir a Jesús no dan ejemplo de humildad, caridad, paciencia y castidad. Estas no son opciones
adicionales para alguien especialmente interesado, sino la ropa más esencial que el sacerdote real
debe «vestir» día a día. Si la vocación del sacerdocio real es reflejar a Dios para el mundo y el
mundo para Dios (es decir, el mundo para lo que fue creado, que es lo que por la gracia de Dios
llegará a ser un día), esa vocación debe ser constante y solo se podrá mantener con una atención
seria que logre «incorporar» esas virtudes no para poseer una santidad egocéntrica ni por el
orgullo de alcanzar una meta moral, sino para revelar al mundo quién es su verdadero Dios. La
Iglesia se ha dividido entre aquellos que cultivan su santidad personal pero no hacen nada en
favor de la justicia en el mundo, y aquellos que son apasionados de la justicia pero consideran la
santidad personal como una distracción innecesaria para esa misión. Esta división se ha
consolidado gracias a la mala costumbre de la Iglesia de aceptar de la cultura política que nos
rodea el discurso y la praxis inútil de «izquierda» y «derecha» con todos sus prejuicios, el
arcaico lenguaje sobre la justicia en el sentido de liberalismo y el más reciente sobre la santidad
con la connotación de dualismo. Todo esto debe dejarse a un lado con toda rotundidad. Lo que
necesitamos es integración.

La gran llamada de la moral cristiana es, por tanto, la esclava necesaria de las llamadas aún
mayores del culto cristiano y de la misión. Las virtudes que constituyen la primera son los
componentes vitales de estos últimos. El único camino para que el culto y la misión lleguen a ser
una segunda naturaleza para los seguidores de Jesús, es el de las virtudes, el de los frutos del
Espíritu, el de la pasión por la unidad y el de la celebración de un aumento de las diversas
vocaciones dentro de un mismo cuerpo, para que adopten todos también una segunda naturaleza.
De lo contrario, el culto será una farsa y la misión una mera proyección de las ideologías.
Reflejar la imagen de Dios significa aprender las disciplinas de un Dios-que-refleja la vida
humana.

Por tanto, ¿cuáles son las disciplinas y cómo podemos aprenderlas? Esto nos conduce al último
capítulo de este libro. En primer lugar, sin embargo, valgan unas primeras palabras sobre la
forma en que las sorprendentemente llamadas antes «virtudes cristianas diferentes» -humildad,
paciencia, castidad y caridad- se han desarrollado a lo largo del tiempo.

La humildad, en el mundo occidental, ha llegado gradualmente a conseguir al menos un reticente


respeto. Es cierto que algunos filósofos (en particular, Nietzsche) la han menospreciado,
descalificándola como algo débil, sin mordiente, causa o signo de degeneración humana más que
de verdadera nobleza. Por una parte, la humildad puede ser fácilmente parodiada y, por otra,
fingidamente pretendida; en ninguno de los dos casos constituye un bonito espectáculo. La falsa
humildad es tan poco atractiva como la adulación (solo un par de veces he recibido mensajes
normales de comunicantes que firmaban «Su humilde servidor» y estaba claro que ninguno de
los dos tenía intención de hacer lo que les podría sugerir). Pero nuestra cultura ha cambiado
notablemente con relación a la del mundo antiguo, donde el mero anuncio era lo normalmente
esperado. Donde, por ejemplo, Cicerón podía felicitar a Roma por su buena fortuna, al conseguir
un nuevo nacimiento cuando él era cónsul, y Augusto pudo escribir un libro sobre sus logros y
conseguir que fuera todo él tallado en la piedra de la ribera del río Tíber, para que todos pudieran
leerlo (incluso hoy día). Hoy no nos gusta que la gente se meta por esos vericuetos y tendemos a
querer apartarlos de ahí como sea. Presumir ha sido siempre mal visto, especialmente en
Inglaterra; como el crítico de la cultura George Steiner ha comentado, la frase «¡Largo de aquí!»
es una expresión particular inglesa (Come off it!), difícil de traducir a otros idiomas con un
significado exacto y parecidamente despectivo. En este sentido, algo de la virtud cristiana de la
humildad ha permanecido, al menos como esbozo, dentro de la cultura poscristiana occidental.

Sin embargo, hemos revivido algo de la antigua alternativa pagana con nuestra pasión por los
héroes y heroínas del deporte, la música popular, o la televisión. Confiamos en que cumplan su
papel de «celebridades», siendo al mismo tiempo superhumanos en unas cosas y más o menos
sub humanos en otras (en su indisciplinado uso del alcohol, las drogas, la velocidad y el sexo).
Ellos reflejan de hecho una imagen que es bien conocida por los estudiantes del mundo clásico:
los dioses y diosas de las antiguas Grecia y Roma, que eran poderosos, deslumbrantes,
caprichosos, licenciosos y extraordinariamente útiles para quienes les gustaban, así como
peligrosos para los que no eran de su agrado. Y cuando dentro de una cultura pretendidamente
cristiana y que ha olvidado sus raíces, como la nuestra, los maestros y predicadores del
Evangelio son tratados de la misma manera. que esas llamadas «celebridades», y su rutina actual
cae en desgracia normalmente debido a faltas o delitos de tipo financiero o sexual, estamos
sencillamente ante un signo de que tampoco antes estaban en sintonía con el centro del mensaje.
Esto se aplica igualmente al teleevangelista que ha malversado millones de las ayudas a los
fondos eclesiales, o al cura de la parroquia que abusó sexualmente de menores. Ellos han
disfrutado de un estatus en sus comunidades que les ha estimulado a vivir un tipo de humanidad
que refleja no el amor generoso y entregado del Dios creador, sino los lascivos deseos de
autosatisfacción y autoglorificación de los dioses y diosas paganos.

El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia (1 Cor


13,4).

Una vez más nuestra cultura va por dos caminos. Aplaudimos la paciencia, pero preferimos que
sea una virtud que posean otros. Cuando un conocido banco dio a conocer las tarjetas de crédito
a un público desprevenido en la década de 1970 y declaró que su trocito de' plástico «iba a
suprimir la espera del deseo», hizo sonar dos acordes muy diferentes entre sus oyentes. Algunos
-los más- decidieron que eso era lo que siempre habían querido, y la contrataron. Otros, que
parecían estar «viviendo en el pasado» y «desfasados», advirtieron que esa bofetada en la cara de
la virtud de la paciencia traería su propia y fatal recompensa. Una generación más tarde, con
niveles de deuda personal en el mundo occidental astronómicos y sin precedentes, sobre todo
entre los jóvenes, el segundo grupo ha demostrado una y otra vez que tenía razón. Esto no quiere
decir que no exista un uso responsable de las tarjetas de crédito y de iniciativas similares.
Simplemente pone de relieve que, cuando una sociedad en su conjunto decide que la paciencia
está anticuada, algo de su verdadera humanidad sufre un duro golpe. Y cuando lo humano se
deteriora, los resultados son la corrupción (en el sentido de algo en decadencia o que va mal) y la
esclavitud.

Por supuesto que la paciencia es necesaria para el ejercicio de todas las virtudes. Parte de esa
misma cultura del «tenerlo-todo-ahora», aplicada a la vida cristiana, afirma que ahora que eres
cristiano y estás habitado por el Espíritu, debes ser instantáneamente santo. ¿Quieres ser como
Jesucristo?: reza esta oración, ten esta experiencia, y ¡todo es tuyo ya! No, responde la Paciencia
con la Humildad a su lado: vamos a aprender esta lección esta semana, la siguiente la próxima
semana y así sucesivamente. Vamos a practicar las virtudes, paso a paso, «vistiéndonos con
ellas», con un pensamiento consciente y con esfuerzo, incluso si tenemos la sensación de que la
ropa no nos sienta bien en ese momento. No nos distraeremos ni por el brillar de ofertas de
mejora espiritual al instante ni por acusaciones engañosas de que solo nos vestimos con ellas
para presumir de forma hipócrita.

Y luego está la castidad. Para muchas personas es una sorpresa descubrir que los antiguos
cristianos (y los judíos antiguos) eran vistos como «fuera de onda» en relación con la cultura que
les rodeaba. Casi todo el mundo en la antigüedad daba por sentado que la gente tenía, para
decirlo sin rodeos, tanto sexo como era capaz de conseguir. El matrimonio (entre un hombre y
una mujer) era una cosa y muchos o querían permanecer fieles o tenían miedo, pm cualquier
razón, al puro extravío. El principal problema con respecto al adulterio, sin embargo, no era el
fallo moral sino los celos del cónyuge. Entre solteros, las relaciones sexuales eran comunes y
esperadas, y en un mundo donde los abortos se intentaban con frecuencia, los niños no deseados
se abandonaban a las bestias salvajes; algunos problemas residuales se resolvían con facilidad,
dejando la principal dificultad para la familia que trataba de casar a una hija con un «cierto
pasado». Existían otros tabúes en distintos momentos y lugares. En la antigua Atenas, por
ejemplo, había una cuidada escala de grados de lo que era aceptable cuando un hombre mantenía
amistades homosexuales con un joven. Pero nadie pensó que el comportamiento homosexual,
incluyendo relaciones estables de por vida casi maritales, fuera particularmente inusual y, menos
aún, reprobables en sí mismas. En efecto, Platón (en El Simposio) celebró tales relaciones
estables como la forma suprema del amor. Otras formas muy diferentes de la actividad sexual,
como el sexo con animales, era algo ante lo que la mayoría de la gente se encogía de hombros.
Una buena parte de todo este comportamiento se desarrollaba en y alrededor de los templos
paganos, pero sin lugar a dudas sin limitarse a ellos.

Los primeros cristianos compartían la visión de los judíos, antiguos y modernos, de que esta
clase de comportamiento era oscura y deshumanizante, y que distorsionaba la propia esencia de
lo que significa ser humano. El sexo fue dado -creían- para el mutuo deleite de marido y esposa,
y con proyección exterior (exterior, ya que, como el amor de Dios, el amor de los cónyuges
genera nueva creación, tanto en la procreación de los hijos como en la creación de un ambiente
cálido, seguro, dentro de un hogar hospitalario). Por eso y no por prejuicios o represión arbitraria
basada en el miedo, es por lo que rechazó el camino «todo-demasiado-familiar e íntimo» de su
mundo. Ellos se creían llamados a hacer brillar en la oscuridad la luz de una manera diferente de
ser humano.

El contraste de sus creencias y su comportamiento con su entorno en este punto se remonta a


Jesús mismo. Jesús nos previno, en un pasaje que vimos antes, en contra de la conducta inmunda
que surge espontáneamente de las profundidades de la personalidad humana. Los términos en los
que hizo esa advertencia -haciéndose eco de las prohibiciones y con el respaldo central del
Antiguo Testamento debe quedar claro que, a pesar de las impresiones populares en contrario,
está apoyado firmemente en la antigua prohibición judía de cualquier tipo de relaciones sexuales
fuera del matrimonio indisoluble de un hombre y una mujer. Todo el Nuevo Testamento insiste
en que el objetivo de la vida cristiana es la reconstrucción de los seres humanos a imagen y
semejanza de Dios y, cuando llevamos esa idea hasta su misma raíz, queda claro que el portador
de la imagen de Dios es la pareja -hombre y mujer- llamados a dejar a otros uniéndose entre sí.
No en vano los teólogos, desde entonces, ven la unión humana como un signo del compromiso
inquebrantable del Dios creador con su creación. No nos debemos sorprender de que, cuando por
fin se unen el cielo y la tierra al final del libro del Apocalipsis, la imagen utilizada sea la de un
matrimonio. Ese es el télos, la meta de toda nuestra existencia. La virtud alcanza esa meta con la
fe y aprende las lecciones de vivir en el presente de la manera más genuina, para anticipar el
futuro sometiéndose a la fidelidad dentro del matrimonio y a la abstinencia fuera de él.

La cultura occidental, compuesta en gran parte por naciones al menos nominalmente cristianas,
ha sido en parte moldeada por la visión cristiana del matrimonio y la sexualidad. Pero, como
digo, no toda ella. Los intentos de abstinencia forzada han ido y venido, para ser sustituidos, de
nuevo intermitentemente, por casi una indulgencia forzada (piénsese en el siglo XVII, con la
Restauración después de los puritanos, o la rebelión después de la Primera Guerra Mundial
contra los supuestos patrones «victorianos», aunque la historia revela que una buena parte de
Europa del siglo XIX era tan sexualmente desenfrenada como en cualquier otro momento). Un
psicoanálisis vulgar, que supone que el sexo está en el fondo de todo y, por tanto, no puede ser
resistido por lo que ni siquiera habría que intentarlo, y un darwinismo rastrero, que insiste en que
lo que importa es la fuerza vital que nos lleva a propagarnos, por lo que es mejor seguir adelante
con ella, han creado un clima en la mentalidad popular en virtud del cual cualquier llamada seria
a la moderación -ya sea en el modo o en las circunstancias particulares de expresión sexual- no
se aborda con argumentos serios, sino con desprecio.

-¡Ah! -exclamó un corresponsal a un diario popular el otro día-, todo este discurso de la
abstinencia de algunos locos de la derecha lunática... Muy pronto se impondrá la biología y
entonces estarán en ello como todo el mundo.

En otras palabras: la biología manda, tenemos necesidades que no podemos controlar y no es


saludable ni natural resistirse a ellas. Relaciones sexuales múltiples y ahora incluso relaciones
cuasicontractuales o múltiples («poliamor», con tres o más personas que hacen acuerdos
multidireccionales de reparto de sexo), están abriéndose paso para convertirse en un
comportamiento «aceptado». La anticoncepción y el aborto fácil han abierto las puertas a una
nueva ronda de licencia sexual en los últimos decenios, una licencia que ni siquiera la crisis del
SIDA ha podido controlar.

Sin embargo, los cristianos siempre han insistido en que el autocontrol es uno de los nueve frutos
del Espíritu. Sí, es difícil. Sí, hay que trabajar en ello y descubrir por qué ciertas tentaciones, en
ciertos momentos y lugares, son difíciles de resistir. Esto es así porque la castidad es una virtud:
ante todo no es una regla para decidir si cumplirla o romper con ella (aunque algunas normas son
lo suficientemente claras en la Escritura); ciertamente no es algo que se pueda calcular de
acuerdo con un principio, como la máxima felicidad o el mayor número (entre otras cosas porque
la felicidad total a corto plazo de la mayoría de los congresos sexuales inclinaría la balanza
artificialmente), y, en particular, como Jesús mismo indicó, no se producirá acomodándose al
flujo de lo que es natural. Aquí es donde el verdadero celibato, como el del mismo Jesús y como
el de un gran número de héroes y heroínas, tanto en las comunidades monásticas como en un
montón de lugares menos obvios, ha puesto de manifiesto la alegría de una segunda naturaleza,
el autocontrol que gran parte de nuestra cultura, como la mayoría del mundo antiguo, ni siquiera
imagina. Por el contrario, como saben todos los que como nosotros tienen acción pastoral o
familiar en favor de las personas que han adoptado los hábitos actuales de la sociedad, las
contusiones y las heridas causadas por esos hábitos son profundas, de larga duración, y
deterioran la vida. La Iglesia es llamada a menudo «aguafiestas» por protestar contra el
libertinaje sexual. Pero la muerte real de la alegría viene con el acaparamiento de placer. Al igual
que con el uso de tarjetas de crédito, el precio se oculta al principio, pero la deuda física y
emocional ocasionada tardara mucho tiempo en pagarse.

Aquí la Paciencia y la Humildad, que siguen estando al margen, entran en juego una vez más. El
impulso frenético hacia la intimidad sexual es parte de la energía que necesitas para expresarte,
para ir hacia delante, para insistir en que esa es tu identidad y que así es como quieres
comportarte.

-No -dice la Humildad-, uno no descubre su verdadera identidad de esa forma. Se descubre
saliendo de sí, dándose a los demás.

Precisamente, reconoce Paciencia: sustraer la espera del deseo es estafarse a uno mismo y a
todos los demás. Las virtudes están unidas entre sí, como dijo Aristóteles en relación con su lista
de cuatro (el valor, la templanza, la prudencia, y la justicia) Si quieres una de ellas, es mejor
desarrollarlas todas.

Y lo mismo también, por supuesto, a propósito de la caridad, que, como hemos señalado, es
descrita por Pablo como la virtud que necesitamos poner por encima de todas las otras, como el
vínculo que mantiene al resto en su sitio. (Col 3,14). El amor (la palabra normal, aunque
imprecisa, que usamos (porque «caridad» ha visto reducido su uso), es lo que permitirá a la
paciencia, la humildad y la castidad permanecer en su lugar, porque el amor respeta a la otra
persona y quiere lo mejor para ella. Y el amor, a su vez, es sostenido, como en el famoso pasaje
de Pablo, por la fe, en una mano y la esperanza en la otra, todas juntas mirando al Dios creador y
recreador, y a sus promesas verificadas y confirmadas en Jesucristo.

La sociedad occidental ha sabido algo de este amor. En nuestro mundo muchos consideran el
perdón una virtud de una manera bastante ajena a algunas otras visiones del mundo. (Recuerdo la
conmoción que sentí al contarme un amigo en Oriente Medio que el perdón nunca se había visto
como algo bueno allí.) Sabemos que no lo hacemos en general, pero creemos que debemos
hacerlo. El resultado de esto, por desgracia, es que hemos desarrollado un corolario, que no es ni
amor ni perdón, concretamente, la tolerancia. El problema con esto es claro: podemos tolerar, sin
que ello nos cueste demasiado. Podemos encogernos de hombros, irnos y dejar que el otro haga
sus cosas. Eso –admitámoslo es preferible a coger al prójimo por el cuello y sacudirle hasta que
esté de acuerdo conmigo. Pero indudablemente no es amor. El amor reafirma la realidad de las
personas, de otras culturas, de otras formas de vida; el amor se toma la molestia de conocer a la
otra persona o cultura, de descubrir cómo son él, ella o sus garrapatas, qué es lo que los hacen
especiales; y por último, el amor quiere lo mejor para esa persona o cultura. Fue el amor -y no
solo una imposición arrogante de las normas extranjeras- lo que llevó a gran parte del mundo a
oponerse al régimen del apartheid en Sudáfrica. Fue el amor -y no un ingenuo prejuicio
antiempresarial (aunque eso es lo que le dijeron en aquel momento)-, lo que llevó al abolicionista
William Wilberforce a protestar contra la trata de esclavos. Es el amor -y no el imperialismo
cultural- el que afirma que es deshumanizante y destructivo para la sociedad quemar a la viuda
sobreviviente en la pira funeraria de su marido o matar a la hija que se ha fugado con un hombre
de otra religión o raza. El amor debe confrontarse con la tolerancia e insistir, como ha hecho
siempre, en un camino mejor.

Es interesante ver cómo todos los caminos conducen y vuelven al amor. El amor es incluso
parodiado, pero su poder brilla directamente como la mayor de las virtudes y el primer fruto del
Espíritu -hasta para los moralistas paganos es la principal-, que sitúan al cristianismo aparte.

Ahora, por último, debemos preguntamos: si es esto lo que significa ser sacerdote real, adorar al
Dios vivo y llevar su amor y su justicia reparadora al mundo, ¿cuáles son las vías por las que
podemos cultivar todas las virtudes necesarias? ¿Cómo podemos adquirir esa compleja segunda
naturaleza, que nos permitirá crecer como auténticos seres humanos, reflejando a Dios en el
mundo y al mundo en Dios? ¿Qué pasos podemos dar para lograr un carácter plenamente
formado que, cuando ocurra una emergencia, sepa por instinto qué se debe hacer?
8. El Círculo Virtuoso

Comenzamos nuestra investigación con (entre otras cosas) dos escenas: el piloto «aterrizando»
sin problemas un avión sobre el río Hudson y el joven ilusionado que pide consejo a Jesús,
consejo sobre las cosas buenas que debe hacer para poder heredar la vida eterna. La respuesta de
Jesús a este peticionario no fue dar más reglas, sino ofrecer una serie de sugerencias originales:
la invitación a una forma de vida, a un conjunto de acciones que forman el carácter, y que
reflejan el amor generoso de Dios por el mundo, en vez de proyectar los logros morales de uno
mismo en la pantalla de un cosmos que nos observa. El logro del piloto Chesley Sullenberger fue
tener un carácter tan bien formado gracias a miles de pequeñas opciones y decisiones aprendidas
a lo largo de muchos años, que cuando llegó la prueba, su segunda naturaleza hizo lo que había
que hacer. Estas dos escenas son, por supuesto, muy diferentes, pero tienen algunas
características clave en común.

Ahora, después de haber visto en toda su amplitud la invitación de Jesús y después de desarrollar
a partir del Nuevo Testamento la idea de una respuesta cristiana basada en la virtud a la pregunta
cómo debemos vivir, llegamos al último elemento del «cómo» de la cuestión. Si la respuesta
inicial a cómo debemos vivir es por la fe, la esperanza y el amor (y todo lo demás), y la segunda
parte de la respuesta es mediante la práctica de la virtud, sale a nuestro encuentro la última
pregunta: entonces, ¿cómo puede practicarse la virtud? Si después de todo no se trata de un
moralismo de autoayuda, de mejorar uno mismo mediante el propio esfuerzo, ¿cómo se hace?

Antes de ponemos en marcha, vamos a señalar una vez más el peligro que acecha como
consecuencia de un rechazo demasiado fácil de «moralismo» y «esfuerzo». Todo lo que ahora
digo supone que Dios, la Santísima Trinidad, ha actuado de manera decisiva en la historia, para
rescatar a los seres humanos del desastre en que ellos mismos se habían metido, por lo que todo
lo que hacemos se enmarca dentro de ese acto y ese mundo de la gracia. También supone, para
situar esa historia cósmica a nivel humano, que todo lo que hace un cristiano cuando toma
decisiones morales y cuando actúa en general, está dirigido y capacitado por el Espíritu Santo.
Una de las grandes oraciones de Pascua en el viejo libro inglés Book of Common Prayer («Libro
de Oración Común») pide dos cosas: en primer lugar, que la gracia especial de Dios ponga los
deseos de Dios en nuestras mentes y, segundo, que su constante ayuda nos permita convertir esos
deseos en buenos resultados. Y la oración especial para el primer domingo después de Epifanía,
unas semanas antes, dice más o menos lo mismo. Se pide que el pueblo de Dios pueda

percibir y conocer qué cosas debe hacer, y también puedan alcanzar la gracia y el
poder para cumplirlas fielmente24.

He sugerido a lo largo de este libro que el mismo Nuevo Testamento responde a la primera mitad
de cada una de estas oraciones fundamentalmente en términos de una clara lista de los rasgos del
carácter cuya radical novedad procede del interior de la vida, de la visión, del logro, de la muerte
y resurrección del propio Jesús. Estos acontecimientos, en su conjunto, convierten a los
seguidores de Jesús en auténticos portadores de la imagen de un sacerdocio real. Más aún, he
24
The Book of Common Prayer. Cambridge, Cambridge University Press, pp. 97-98, 156.
propuesto que, de acuerdo con el Nuevo Testamento, la forma como Dios Espíritu Santo
responde a la segunda mitad de la oración es mediante la renovación del corazón y la mente
individuales, para que podamos, libre y conscientemente, optar por practicar los hábitos de
comportamiento que, torpe y chapuceros al principio, poco a poco se irán convirtiendo en una
segunda naturaleza.

En este punto se da, desde luego, algo que podríamos llamar «moralismo». En efecto, existe
también el llamado «esfuerzo moral». Sin embargo, no cae bajo la sospecha de pelagianismo, es
decir, de postular que podemos salir adelante por nuestros propios esfuerzos morales y que a
Dios le satisface eso. Esa acusación, como tantas propuestas teológicas de segunda categoría, se
construye en realidad sobre la base de un simple error, a saber, sobre la idea de que todo lo que
Dios hace no lo hacemos nosotros, y viceversa. La vida (¡a Dios gracias!) es más complicada que
todo eso.

Después de estas observaciones preliminares, pasamos al asunto. ¿Cómo se produce la virtud, en


sentido plenamente cristiano? Se produce -sugiero- cuando los cristianos se ven inmersos en un
círculo especial de actividades y prácticas: el «círculo virtuoso» que da título a este capítulo. Ya
me he referido a algunas de estas prácticas, pero quiero ahora desarrollarlas dentro de un
argumento ligeramente diferente.

Hay muchas personas que practican la mayoría o la totalidad de las cosas a que me estoy
refiriendo aquí, pero que, en cualquier caso, parecen avanzar muy lentamente en la vida de la
virtud. De hecho, algunos lectores pueden estar muy decepcionados con este capítulo por esa
misma razón: sin duda -pensarán- estas prácticas son las cosas que hemos hecho durante muchos
años y, si lo que se propone es un nuevo tipo de santidad, ¡esperaríamos algunas cosas nuevas
que nos ayuden! La gente que está en esta situación, se parece a menudo a aquel hombre judío
del chiste, que oraba constantemente, porque quería que le tocara la lotería. Al final, agitando el
puño hacia el cielo, le exigió a Dios que explicara por qué no respondía a la oración ferviente de
un hombre.

-Hijo mío -le contestó Dios-, tienes que andar la mitad del camino para encontrarte conmigo. ¡Al
menos podrías comprar un billete!

Muchas personas esperan que la virtud les llegue de forma automática, simplemente porque ellos
toman parte en las prácticas que tratamos aquí. Pero las prácticas no son como las medicinas
recetadas que te curan, entiendas o no cómo lo hacen. La clave de la virtud reside precisamente,
como hemos visto, en la trasformación de la mente. La cuestión no es que las prácticas sean
erróneas o inadecuadas, sino que nuestra mente consciente y el corazón necesitan entender,
reflexionar y elegir conscientemente los patrones de vida que esas prácticas deben producir en y
a través de nosotros. Como vimos antes, esa es una parte no negociable del proceso.

Aunque podamos elegirlas conscientemente, ninguna de estas prácticas, por sí sola, es suficiente
para generar o mantener lo conseguido duramente, el hábito de un carácter formado del que
hemos hablado. Varias de ellas juntas bien pueden tener ese efecto, todas ellas juntas
probablemente lo tendrán. Igual que con una bicicleta: para que funcione, tienes que ser capaz de
operar los pedales, el manillar y los frenos, ¡y aprender a mantener el equilibrio!; es decir,
hacerlo todo, una cosa solo no es suficiente.

Y también igual que con una bicicleta: es más fácil dibujar el círculo de las prácticas (el círculo
virtuoso) que describirlo, pero permítanme hacer una primera lista de los elementos que lo
componen, en lo que me parece a mí que es el orden natural. Luego deberemos examinar con
más detalle uno por uno y ofreceremos algunos ejemplos de cómo podrían ser en la práctica.

El círculo no incluye a Dios, a Jesús ni al Espíritu Santo, porque no solo se presuponen, sino
porque también están presentes en cada punto de él. Por eso, el círculo debe ser entendido como
teniendo la «gracia» como punto de partida y la «gloria» -una vida individual y comunitaria llena
de la presencia de Dios- como su meta. A la luz de todo lo que he dicho hasta ahora, el círculo
tiene la justicia y la belleza entre sus objetos principales. Dentro de todos esos parámetros, hay
cinco elementos: Escritura, relatos, ejemplos, comunidad y prácticas:

Una característica alentadora de este círculo es que no importa por dónde o cuándo entras en él,
ni cuándo y por dónde, por así decirlo, entra él en ti. Una persona resulta atraída hacia él por el
ejemplo de alguien que, aunque ni siquiera le es conocido, tiene un comportamiento tan singular
que lo encuentra convincente y atractivo. Otro se siente hechizado mientras está sentado en la
parte posterior de una iglesia durante la celebración de la eucaristía un día entre semana a la hora
del almuerzo, y no sabe por qué. Otra escucha una historia en la radio, no sabe de dónde viene y
empieza a hacer preguntas. Tarde o temprano, sin embargo, los tres entran en el círculo y, si lo
recorren, esto es lo que encontrarán.

He puesto la Escritura en la parte de arriba por razones bastante obvias, que están en las
enseñanzas de Jesús y en otras partes de los escritos de los primeros cristianos. La práctica de la
lectura de la Escritura, el estudio de la Escritura, vivir la Escritura, cantar la Escritura, en general
sumergirse dentro de la Escritura, uno mismo como individuo y también como comunidad, ha
sido visto desde los primeros días del cristianismo como un elemento central de la formación del
carácter cristiano.

Es importante destacar en este momento (con el fin de que todo el esquema no se desplome en la
trivialidad), que esto tiene que ver con el hecho de que la Escritura da solo secundariamente
instrucciones particulares sobre temas concretos. Esto es importante, por supuesto; pero es
mucho más importante el que la actividad pura de leer la Escritura, dentro del deseo consciente
de ser formado y conformado según la voluntad de Dios, es ya en sí misma un acto de fe,
esperanza y amor, un acto de humildad y paciencia. Es una manera de decir que necesitamos
escuchar una palabra pura, una palabra de gracia, tal vez incluso una palabra de juicio y a la vez
de curación, de alerta y también de bienvenida. Abrir la Biblia es abrir una ventana hacia
Jerusalén, como hizo Daniel (6,10), sin importar a dónde nos haya conducido nuestro exilio.

Concretamente se trata de una manera de situarnos nosotros mismos como actores de un drama
que se está desarrollando. No importa cuántas pequeñas historias pueda haber dentro de la
Escritura, ni cuántos millones de historias o relatos edificantes puedan existir fuera de ellas; el
verdadero drama de la Escritura, tal y como se presenta hoy, forma una única trama, cuyas
muchas vueltas y revueltas, sin embargo, convergen extraordinariamente en un tema principal: la
reconciliación de los cielos y la tierra, mientras Dios el creador se ocupa de todo lo que frustra su
objetivo en relación con el mundo y, por medio de su Hijo y su Espíritu, crea un nuevo pueblo,
gracias al cual se realizará por fin ese objetivo: llenar el mundo con su gloria. Ser formado por
esta Historia, con mayúscula, es ser formado como cristiano. Tomar las mil y diez mil decisiones
de abrir la Biblia hoy en día y leer más de esta historia, aunque todavía no podamos mantenerlo
todo en nuestra propia cabeza, es dar el siguiente pequeño paso para llegar a ser el tipo de
persona que, gracias a su segunda naturaleza, va a pensar, actuar, orar e incluso sentir de forma
apropiada para alguien encargado de llevar esa narración adelante.

Pero después de todo, tampoco estamos aún al final del drama. Los lectores de la Biblia (a menos
que adopten una de las estrategias conocidas para resistir este proceso), se verán dibujados como
«personajes» en un escenario. Sí, esto también bien puede implicar la interpretación de un papel
y todos las antiguas acusaciones de hipocresía que giran alrededor de la práctica de la virtud
resonarán también aquí. Sin embargo, cuanto mejor se conozca la obra, menos se estará
interpretando un papel y más sencillamente se podrá ser uno mismo. Tarde o temprano, se
actuará de forma natural. La segunda naturaleza. Así es como funciona la virtud.

Por supuesto, dentro de la Biblia hay todo tipo de pasajes mucho más específicos, que forman y
dirigen la vida de fe, esperanza y amor, y que el Espíritu puede y tiene que utilizar para despertar
al pueblo de Dios y producir frutos. Casi todos los párrafos de los cuatro evangelios tendrán este
efecto, si se leen, ponderan y se reza con ellos lenta y cuidadosamente. Del mismo modo, los
salmos abrirán ·el corazón y la mente de cualquier persona que los lea, cante o rece con una
mínima atención; formarán y reformarán ese corazón y esa mente de un modo que, aunque no
sea siempre cómodo, es siempre formativo del carácter cristiano. Incluso las genealogías, que se
leen mejor de carrerilla, pueden proporcionar un poderoso sentido de los objetivos de Dios
cuando presenta, una generación tras otra, a gentes que viven con fe y esperanza antes de que el
siguiente punto principal del propósito divino sea desvelado, como una floración de orquídeas
largamente esperada. Algunas partes de la Biblia es mejor beberlas de un trago, como un gran
vaso de agua en un día muy caluroso -es decir, grandes cantidades a la vez-, mientras que otras,
como buena parte de las cartas, son mejores bebidas de sorbo en sorbo, saboreándolas gota a gota
como un buen vino (recordando siempre que, sobre todo en una carta, cada versículo significa lo
que significa en relación con todo el asunto, no por sí mismo). Pero el tema es que la lectura de
la Biblia es un hábito formativo: no solo en el sentido de que cuanto más lo haces, mas te gusta
querer hacerlo, sino también en el sentido de que cuanto más lo haces, mejor se formaran los
hábitos de la mente y el corazón, del alma y el cuerpo, que lentamente, pero con seguridad,
formaran vuestro carácter a semejanza de Jesucristo. Y ese «vuestro» aquí es sobre todo plural,
por muy importante que el singular también lo sea.

Esto no quiere decir que no haya páginas difíciles en la Biblia -tanto los pasajes que son difíciles
de entender, como los que entendemos tan sumamente bien que los encontramos impactantes o
perturbadores (por ejemplo, la celebración de la matanza de los bebés edomitas al final del salmo
137). Se deben evitar las soluciones fáciles a esos pasajes, por ejemplo: que estos fragmentos no
fueron inspirados, o que toda la Biblia no es más que un perverso sinsentido, o que Jesús solo
abolió las partes del Antiguo Testamento con las que no estábamos de acuerdo. Hay que vivir con
las tensiones. Dios sabe que hay un montón de tensiones similares en nuestras propias vidas, en
nuestro propio mundo. Dejemos que las palabras que nos turban choquen entre sí. Démonos la
oportunidad de practicar un poco la paciencia («Podría haber aquí más significado del que puedo
ver de momento»), y la humildad («Dios bien puede tener cosas que decir a través de este pasaje
para el que aún no estoy preparado»). De hecho, la humildad es una de las lecciones clave que
nos viene a través de muchos años de lectura de la Biblia; hay algunos pasajes que encontramos
fáciles y otros que nos cuestan, pero no todos están de acuerdo a la hora de identificarlos.

Parece ser que algunas personas son temperamentalmente adecuadas para un libro en particular o
para un tipo de libro que otros encuentran opaco. El evangelio de Juan es así: algunos lo aclaman
como la cima de las escrituras, mientras que otros, aunque aprecian algunos de sus puntos
fuertes, lo encuentran incómodo y desconcertante. A algunas personas también les ocurre esto
con san Pablo. Tal vez -y aquí es donde aparece la humildad- podría ser que la Escritura esté
dispuesta de modo que, para poder crecer hacia una humanidad plena y verdadera, hacia la bien-
acabada virtud de ser un sacerdocio real, tengamos nosotros que crecer hacia ella (la Escritura),
como un niño que hereda la ropa de su hermano mayor da vueltas dentro de ella mientras, poco a
poco la va llenando según va creciendo. Quizá tengamos una medida de nuestra madurez cuando,
en un fragmento de la Escritura que encontramos extravagante o repelente, de repente surge una
nueva luz; cuando la gente que de forma natural sigue a Pablo, llega a querer también a Juan, y
viceversa; cuando la gente empapada en el Apocalipsis no tarda en disfrutar con los Hechos, y
viceversa. Tal vez estemos ante otro signo de madurez cuando esa idea o sensación que podemos
tener de que la Escritura se compone de unos fragmentos que conocemos y amamos, junto a
otros que simplemente toleramos esperando que lleguen de nuevo nuestros favoritos, queda
superada de repente por una sensación de totalidad: anchura, cromatismo multicolor y poderío
inexpresable. Quizás hemos estado vagando alrededor de una luz tamizada por la niebla
visitando pueblos y aldeas predilectos y después, cuando la niebla se va despejando poco a poco,
descubrimos que todo lo que amamos ha mejorado conforme se contempla dentro de un paisaje
enorme, nunca antes sospechado, lleno de colinas y valles y de una gloria inimaginable. .
3

La Escritura, pues, crea el hábito y forma el carácter, pero también nos entrena para escuchar y
aprender de los relatos o historias de todo tipo, dentro y fuera del texto sagrado; para discernir
patrones y significados en ella. Y los relatos o historias de todo tipo forman y moldean el carácter
de aquellos que los leen.

Para que un relato o una historia sean eso (en oposición a una mera colección de frases), debe
haber una trama con algún tipo de tensión y resolución. Somos criaturas históricas; naturalmente,
amamos los relatos de historias porque nuestras vidas están llenas de tensión y resolución, y en
algunos momentos es probable que haya más tensión que resolución. Así que nos identificamos
con este o aquel carácter, con este o aquel momento, con este o aquel giro de la trama, y
terminamos enganchados. Queremos saber lo que pasa, cómo se desarrolla y cómo va saliendo
adelante. Queremos un desenlace, un cierre, que aparezca algún sentido de justicia o, en último
término, un cierto sentido de integridad.

De modo que vivimos dentro de un mundo de narración, como criaturas que buscan un final, que
buscan la felicidad, que buscan to téleion, «lo completo». Rastrear cómo las situaciones y
personajes principales avanzan hacia eso o se apartan de ello, es parte de su atractivo. Y en todo
esto consiste, a un nivel profundo y no solo porque nos guste un personaje en particular, o por la
aprobación o desaprobación de un estilo concreto de comportamiento, la formación del carácter.
Comedia o tragedia, épica o romántica, vemos a los personajes en desarrollo afrontando
situaciones, tomando decisiones y cosechando poco a poco las consecuencias; y (a no ser que
estemos sordos en nuestra alma y en nuestros corazones), nos enteramos de cómo funcionan las
cosas, y nos hacemos sensibles a las mismas preguntas y desafíos de nuestras propias vidas.

Todo esto es verdad, por supuesto, de cualquier ser humano y se da en cualquier tradición. Pero
dentro de la tradición cristiana hay una razón especial para prestar atención a los relatos e
historias. Muchos grandes escritores han sido formados a fondo por las tradiciones judías y/ o
cristianas, y sus palabras reflexivas nos pueden ayudar a meditar con más profundidad en esa
tradición. Ahora bien, los cristianos creen que toda vida humana es, por sí misma, un don de
Dios y, por mucho que se distorsione, un reflejo de Dios. Así, incluso historias escritas por
autores que son explícitamente ateos -de hecho, escritores cuyas palabras estaban destinadas a
burlarse o a rechazar a Dios- tienen una extraña capacidad para crear momentos cruciales que
permiten reflexionar sobre lo que significa el ser humano, sobre la importancia del amor, la
justicia y la belleza. Vivir el mundo de las historias aumenta, si nosotros lo permitimos, la
capacidad de discernimiento.

Por supuesto que es dentro del mundo de los relatos bíblicos en particular donde muchos han
encontrado un impulso especial para adquirir los hábitos que conforman la vida virtuosa. El valor
de Noé, la fe de Abraham, la esperanza de Josué en prisión, el liderazgo de Moisés y así
sucesivamente. Sí: la Escritura está, en efecto, llena de personajes y de sus historias, y nosotros
podemos y debemos ser impulsados y estimulados por su ejemplo.
Y, sin embargo, como mi nieto de tres años de edad declaró después de no dar muestras de haber
escuchado en la iglesia la segunda lectura (que resultó, además, ser la parábola de Jesús y los
patronos malvados que golpearon a sus sirvientes y finalmente mataron a su hijo):

-Esta no es una historia muy bonita.

No. Y no estaba destinada a serlo. Solo un pequeño número de historias, que componen la
Historia en la Escritura, son lo que podríamos llamar «agradables». De hecho, solo un pequeño
número se nos presenta directamente como ejemplo. Las que están son importantes (como señala
Pablo en Rm 15,4 y 1 Cor 10,11), pero muchas de esas historias son bastante más indirectas,
incluyendo las que acabamos de señalar. Noé, después de todo, se emborrachó. Abraham,
después de todo, puso en peligro la vida de Sara y las promesas de Dios por cobardía. Josué
estaba en prisión por su propia y original cabezonería. Moisés al principio no quería conducir a
los hijos de Dios y más de una vez se quejó a Dios por la forma en que las cosas iban
sucediendo. Incluso la madre de Jesús, llamada «bendita» por todas las generaciones, fue
reprendida por su hijo por no entenderle ni a él ni a su vocación. Poco a poco, nos damos cuenta
de que la Escritura no se nos dio para que pudiéramos registrarla en busca de vidas santas y
virtuosas que pudiéramos copiar tal y como aparecen. Se escribió como la historia de Dios, del
pueblo de Dios y del mundo de Dios; y el pueblo de Dios se encuentra implicado una y otra vez
entre Dios y el mundo -en la Escritura igual que en la vida de hoy día- en situaciones ambiguas y
moralmente comprometidas. Casi nadie en toda la Biblia, excepto Jesús, se presenta con las
características de alguien del que pudiéramos decir: «Míralo(a); lo único que tienes que hacer es
lo que ellos(as) hicieron» (Daniel y sus amigos se acercaron, pero quizá el libro de Daniel fue
escrito más que otros libros bíblicos con miras a proporcionar «ejemplos para los judíos bajo
presión pagana» y, por tanto, quizá fue la excepción que rompió la regla).

En consecuencia, lo que encontramos en las historias bíblicas debe ser ejemplar, pero ejemplar
de una manera mucho más interesante que la de simplemente ofrecer una variedad de tipos y
caracteres para escoger y apropiárnoslos. Es ejemplar, si lo es y en la medida en que lo es, dentro
del tenor global de la narración conforme al que los propios cristianos son llamados a vivir y
desempeñar su papel desarrollando la vocación de los israelitas a ser sacerdocio real de Dios;
sobre todo porque no podemos separar los personajes particulares que presentan manteniéndolos
como modelos para ser copiados. La gente todavía lo hace, por ejemplo con Elías y Elíseo,
aunque, si cualquiera de ellos irrumpiera en una típica iglesia moderna occidental o en una
simple reunión cristiana, podría producirse consternación, por no decir alboroto. Un buen lector
puede «aprender» de los personajes que aparecen en cada historia o relato, pero solo mediante un
complejo proceso de discernimiento, generalización y aplicación cuidadosamente filtrada.
Incluso servilmente los predicadores bíblicos son poco dados a recomendar que los maestros
cristianos rodeen a sus enemigos y los maten en el acto, como hizo Elías (1 Re 18,40); y la
respuesta de Elíseo a las burlas de los niños pequeños, difícilmente le conseguiría una segunda
invitación para dirigirse al Club de la Juventud (2 Re 2,23-24). El mismo proceso que se sigue
para extraer de las historias aquellos fragmentos que podemos adaptar a nuestra propia situación,
nos permitirá también comenzar con personajes mucho menos prometedores -algunos reyes de
una indiscutible tercera categoría por ejemplo, o los aburridos sacerdotes en Malach- y
reflexionar a la luz de los acontecimientos cómo podemos encontrar la sabiduría.
La sabiduría es, después de todo, lo que buscamos: ni reglas ni plantillas, sino un sentido para
comprender cómo los caminos de Dios y el trabajo humano, situado todo ello dentro de la gran
Historia del caminar de Dios con la humanidad, se centran en primer lugar sobre Israel y final o
definitivamente sobre Jesús. Lo importante es aprender a vivir desde dentro de las historias,
dentro de la trama en el momento que ha alcanzado ahora. Los ejemplos encajan dentro de esto.

Pero, una vez que hemos alcanzado ese punto, encontraremos otros ejemplos de todo tipo. Esto
nos lleva a dar otra vuelta alrededor del círculo, para llegar a la siguiente categoría.

Como acabo de desaconsejar que se busquen prematuramente ejemplos en la Escritura, debo


subrayar ahora que existen lugares obvios donde se nos dice que hagamos exactamente eso.
Pablo ofrece un ejemplo sorprendente:

Con la ayuda de Jesús, el Señor, espero poder enviaros pronto a Timoteo; me


confortará recibir noticias vuestras. Y es que no tengo a nadie que comparta tan
íntima y sinceramente como él mis sentimientos y preocupación por vosotros.
Todos buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo, pero en el caso de
Timoteo conocéis su probada fidelidad y el servicio que ha prestado al evangelio,
colaborando conmigo como un hijo que ayuda a su padre. Espero enviároslo tan
pronto como vea despejada mi situación, aunque, con la ayuda del Señor estoy
persuadido de que también iré pronto a veros (Flp 2,19-24).

Aquí, y en primer plano, vemos cómo funciona algunas veces. Timoteo es un ejemplo a seguir,
porque hace exactamente lo que, unos cuantos versos antes, había dicho Pablo que hizo el propio
Jesús. Timoteo ha mirado no por sus intereses personales, sino por los de Jesús y su palabra. Más
aún: él es un buen ejemplo de aprendiz, trabajando junto al maestro artesano y aprendiendo su
oficio. Sin duda también hay otras cosas que decir sobre Timoteo, pero esto es un comienzo. Al
menos en estos aspectos es un ejemplo a seguir.

Otros escritores del Nuevo Testamento llaman la atención de una forma parecidamente
«ejemplar», sobre los personajes de un pasado lejano. Tenemos a Santiago, inspirándose en la
historia de Elías como los predicadores modernos harían, dándose cuenta del hecho de que es
ejemplar en algún aspecto destacado, aunque quizá no en todos:

Mucho puede la oración insistente del justo. Elías, que era un hombre de nuestra
misma condición, oró fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la
tierra durante tres años y seis meses; oró de nuevo, y el cielo dio la lluvia y la
tierra produjo su fruto (Sant 5,16b-18).

Y tenemos la carta a los Hebreos con una docena de ejemplos, y con el mismo Jesús como punto
culminante de ellos:

Por tanto, también nosotros, ya que estamos rodeados de tal nube de testigos,
liberémonos de todo impedimento y del pecado que continuamente nos asedia, y
corramos con constancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en
Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por el gozo que le
esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecha del
trono de Dios. Pensad, pues, en aquel que soportó en su persona tal contradicción
de parte de los pecadores, a fin de que no os dejéis abatir por el desaliento (Heb
12,1-3).

El escritor sabe muy bien que se pueden decir muchas más cosas sobre Jesús sin quedarse solo
en todo esto: Jesús, hijo de Dios superior a los ángeles; Jesús, sumo sacerdote según el rito de
Melquisedec; Jesús que ofrece su propia sangre para hacer expiación. Pero también... Jesús,
ejemplo de virtud, que mira al futuro y conduce la vida de la persona en consonancia con la
visión de la «perfección» (11,40) que vislumbramos. En Heb también se nos ofrecen ejemplos
negativos: pensemos en Esaú, que vendió su primogenitura por una comida y después no pudo ya
cambiar su decisión (12,16-17).

El mismo escritor puede aportar ejemplos mucho más cercanos y llamar la atención sobre los
líderes de la propia comunidad:

Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios; tened en


cuenta cómo culminaron su vida e imitad su fe (13, 7).

Este es el lenguaje de la virtud: mirad dónde terminaron, no desde el ángulo de su muerte, sino
desde el de la total transformación del carácter que desarrollaron. Por tanto, copiadlos, en
particular su fe, y encontraréis que también en vosotros va creciendo en vosotros el mismo
carácter.

Por tanto, la Biblia está llena de historias que, aun no habiendo sido escritas en primera instancia
con ese propósito, pueden servir de ejemplo de cómo desarrolló mucha gente el carácter de la
virtud. En particular, el Nuevo Testamento contiene las historias de los once discípulos que,
viajando con Jesús, aprendieron de él una forma de vida en plenitud, que después ellos
modelaron para otros. Pablo, como hemos visto, utilizó su propio ejemplo, específicamente en su
forma de imitar a Jesucristo (1 Cor 10,31-11,1; Flp 3,4-17).

Pero, por supuesto, vivir dentro de la historia del pueblo de Dios es vivir en un lugar en donde
ahora están muchos otros, a cuyos innumerables ejemplos también podríamos apelar. El
fenomenal éxito, solo en términos humanos, de san Francisco de Asís se puede atribuir en gran
medida al poder del ejemplo: la gente se dio cuenta de repente de que, en medio de una Iglesia al
parecer corrupta y descuidada, vivía alguien (como él y ellos suponían) como había vivido Jesús.
El espectáculo era lo suficientemente convincente como para hacer que otras muchas personas
decidieran vivir así y tomaran las decisiones necesarias para dedicarse a una vida de pobreza,
castidad y obediencia. Esto está en la línea establecida ya por los Padres y Madres del Desierto
de los primeros siglos, que abandonaron la vida corrupta de sus ciudades y se fueron al desierto
para vivir en soledad y oración, lo que alentó a un número considerable a imitarlos. Podemos
sospechar que aquí hay algo más que una mera imitación. Un escritor reciente habla de «la gracia
en cascada», que acontece cuando Dios hace algo en la vida de una persona y a través de su obra,
otras personas lo ven y piensan: «¿Crees que podría suceder aquí?». Y una chispa se convierte en
una llama, casi siempre una llama de un color ligeramente diferente. La imitación no tiene que
ser servil. Guiados por el Espíritu, puede ser un camino hacia algo completamente nuevo.

Sospecho que de hecho muchos de mis lectores están leyendo este libro porque en último
término ellos mismos han tenido líderes cristianos en los que se han mirado como ejemplo.
Desde un principio, los líderes cristianos han estado convencidos de que debían convertirse en
ejemplos (1 Tim 4,12; Tit 2,7; Heb 13,7; 1 Pe 5,3; y otros lugares similares), y nos guste o no (y
a muchos de nuestros líderes esto les produce ansiedad), el pueblo cristiano -como ocurre con los
niños de nuestra misma sangre tenderán a imitarnos.

Cada siglo, desde la época de Jesús, ha dado ejemplos particulares de personas cuyos caracteres
se formaron gracias a una atención tan persistente a los patrones de la virtud que, cuando llegó el
momento, ellos estaban preparados y ahora sirven como uno de los ejemplos más llamativos. En
el frente oriental de la abadía de Westminster aparece la efigie de varios mártires del siglo XX de
países y culturas de todas partes del mundo. Mencionaré solamente uno.

Maximiliano Kolbe fue un sacerdote católico polaco que junto a su gente fue enviado al campo
de la muerte en Auschwitz. Un día uno de sus compañeros, prisionero también allí, fue
amenazado de muerte por intentar escapar. El hombre empezó a llorar: estaba preocupado,
porque tenía mujer e hijos. Kolbe dio un paso al frente y se ofreció en su lugar. Se condujo en
calma hacia la muerte. La intención del castigo era la muerte por hambruna, pero cuando,
después de dos semanas, Kolbe seguía con vida, lo mataron mediante una inyección letal. La
cuestión es esta: él no estaba actuando de forma espontánea ni obedeciendo una norma. Estaba
haciendo algo que le surgió con naturalidad, como punto culminante de una vida dedicada a
darse a los demás, a seguir el trabajo de Jesús en su ministerio pastoral y en su vida sacramental
diaria. Como Chesley Sullenberger, no tuvo tiempo de pensar, pero tampoco lo necesitó. El
pensar se había realizado mucho tiempo antes, y los hábitos de segunda naturaleza de ofrecer su
amor, como resultado, se habían arraigado en él. Llegó el momento; la decisión estaba tomada.

Otro ejemplo más reciente. Estuve en una gran celebración en una iglesia descomunal, con
música maravillosa, fluir de túnicas y una multitud de miles de personas que apenas cabían
dentro del enorme edificio. De repente, como a los diez minutos del servicio, unos hombres se
abrieron paso brutalmente sobre los ujieres en las puertas, hiriendo a uno de ellos, y corrieron
dentro de la iglesia gritando consignas. La interrupción fue causada por un grupo de protesta que
recientemente había adquirido reputación nacional por comportarse escandalosamente en la
defensa de su causa (que, dicho sea de paso, no tenía nada que ver directamente con la iglesia ni
con ninguno de los presentes).

Los manifestantes alcanzaron la parte delantera de la iglesia, gritaron algunas consignas más,
agitaron sus pancartas y sin más se detuvieron. Claramente no habían decidido que era lo que
harían después, si lograban llegar tan lejos. Pero en la iglesia tampoco nadie tenía ni idea de lo
que vendría después. Los ujieres habían sido claramente asaltados y no sabían cómo proceder.
Nadie quería una escena (excepto quizá los manifestantes, a quienes les hubiera encantado ser
llevados por la policía, gritando más consignas según se iban yendo) La celebración había sido
interrumpida de forma masiva y completa. Las peleas y la necesaria aunque contenida violencia,
habían deteriorado aún más la atmósfera. Mientras todos nosotros nos preguntábamos qué era lo
que iba a ocurrir después, uno de los clérigos veteranos caminó en silencio atravesando la iglesia
hasta llegar al líder de la protesta y tuvo una conversación con él en voz baja. Entonces se dirigió
caminando hacia el clérigo que presidía para mantener con él otra pequeña conversación. Un
momento después el clérigo que presidía habló a la asamblea informándoles de esta guisa:

-Nuestros «inesperados invitados» han accedido a exponer su caso durante tres minutos y luego
abandonar el edificio en silencio.

¿Cómo se hizo? Y o temía por el hombre que había dado un paso adelante y había hablado con el
manifestante. Yo no habría sabido qué decir. Habría tenido miedo de lo que el grupo de
manifestantes pudiera hacer, si me acercaba, y me habría preocupado poder empeorar las cosas
con palabras o acciones. Al parecer, como descubrí más tarde, él les hizo ver que ya habían
realizado su protesta y que, si continuaban durante mucho más tiempo, alejarían a más personas
que las que pudieran atraer. Ahora bien, ¿cómo había sido capaz de hacer eso con tanta calma?

Entonces recordé que muchos años antes había observado cómo el mismo clérigo bajaba por la
calle en una de nuestras concurridas ciudades. Vestido como un sacerdote, se paró calladamente
y se sentó en la acera, para charlar con un grupo de hombres que estaban bebiendo bebidas
alcohólicas. Hizo que su acercamiento pareciera natural y ellos lo recibieron de la misma
manera. Iba a predicar en una celebración pero no parecía tener prisa; esas reuniones eran ya,
obviamente, un hábito. Él sabía por experiencia cómo hablar con calma y prudencia con personas
de las que otros tendrían miedo. En el momento en que llegó a esa gran celebración, quince años
o más después, los hábitos de la fe, el amor y el valor habían quedado totalmente formados. Y,
cuando llegó el momento, no tuvo que pensar en ello. La segunda naturaleza hizo su aparición.
Él sabía realmente qué hacer y cómo hacerlo. He aprendido muchas cosas de ese hombre, pero
cabe destacar ésta. Su nombre es Rowan Williams.

Los ejemplos nos llegan desde todas partes, pero siempre dentro de un contexto. Ese contexto es
-y sé cuán trivial se ha vuelto esta palabra- la comunidad del pueblo de Dios. Tiene que estar
claro para los lectores que la vocación de ser sacerdocio real, el desafío para desarrollar las
virtudes cristianas que nos constituyen como auténticos seres humanos reflejo de Dios, es una
vocación y un reto que no recibimos solo como individuos sino como comunidades. Aristóteles
veía a la persona virtuosa con un papel clave dentro de la pólis, la ciudad, que era la unidad
política básica de su época. La virtud cristiana, a pesar de que genera grandes líderes, lo hace a
fin de que el cuerpo de Cristo funcione con la misma enseñanza, la virtud habitual. En
consecuencia, seguir ejemplos nos conduce, siguiendo el movimiento alrededor del círculo, hasta
el punto donde debemos reconocer que uno de los principales lugares dónde y por medio del que
cualquiera de nosotros aprende los hábitos del corazón y la vida cristiana, es eso que
relajadamente llamamos la Iglesia.

Este no es el lugar para desarrollar una discusión sobre la naturaleza de la Iglesia. Ese es un tema
extenso y complejo para otra ocasión. Pero, cuando aquí digo «Iglesia», quiero decir al menos
tres cosas entrelazadas. Hago notar esto con el fin, tanto de desmitificar el concepto de cara a los
que les resulta demasiado vago, como para ponerlo al alcance de las personas que lo han
encontrado alienante.

En primer lugar, me refiero a toda la compañía del pueblo de Dios, desde Abraham en el pasado
lejano, hasta la niña que bauticé hace unos días: una gran multitud que nadie podría contar de
toda nación y cultura bajo el sol. Muchos de estos cristianos se han ido antes que nosotros, para
descansar en Jesucristo a la espera de la resurrección final. (Pueden ser la mayoría; pero como
hay más seres humanos vivos hoy que en la mayor parte del resto de la historia y como la Iglesia
se ha expandido enormemente en las últimas décadas, es posible que este equilibrio haya
cambiado). Los cristianos que han muerto siguen siendo parte de la familia, miembros del pueblo
de Cristo, y nosotros aún podemos aprender de ellos y celebrar su compañía en los momentos en
que los cielos y la tierra se unen -como cuando rezamos, leemos la Escritura, celebramos los
sacramentos, así como cuando atendemos las necesidades del mundo de Dios, especialmente las
necesidades de los pobres-. Igualmente importante: un gran número de familias cristianas vive en
lugares muy diferentes al nuestro, con costumbres locales y esperanzas que nos resultan muy
ajenas a nosotros, como les ocurre a ellos. El año pasado, acogiendo a invitados de todo el
mundo en la conferencia de Lambeth, fui sorprendido, como lo fuimos todos, por lo diferentes
que eran entre sí las culturas representadas. Este amplio contexto de la Iglesia a lo largo del
tiempo y el espacio, es el escenario general en el que los cristianos aprenden, individual o
colectivamente, esos hábitos que constituyen la virtud cristiana.

En segundo lugar, me refiero a la verdadera familia viva y a la comunidad de la que formo parte.
En mi tradición, esto se expresa en una unidad que llamamos «diócesis», supervisada por un
obispo. Esta unidad funciona como una prolongación de la familia, con sus propias culturas y
tradiciones locales y su propio ordenamiento y estructuración de la vida en común. Esta unidad
se considera a sí misma no como un cuerpo independiente que no debe lealtad a la unidad
principal a la que acabamos de referimos, sino como una instancia de ella, como si toda esa
familia a través del tiempo y el espacio se redujera a solo ese grupo. Dentro de este escenario
relativamente local -las diócesis difieren considerablemente en tamaño, incluso dentro de mi
denominación, pero el principio es el mismo- hay un enfoque más centrado en el contexto dentro
del que tenemos que aprender a ser sacerdocio real. Los hábitos del corazón y la mente son aquí,
más bien y obviamente, hábitos corporativos: así es como hemos aprendido a actuar. Yo aprendo
a confiar en ti como tú aprendes a confiar en mí, y juntos aprendemos a actuar con esperanza y
amor en esta o aquella situación, construyendo comunidades en las que la fe, la esperanza y el
amor junto con los nueve frutos del Espíritu, llegan a ser realidades no para pensar sobre ellas,
tratarlas de vez en cuando, y luego interrumpir su aplicación, sino realidades para pensar sobre
ellas, pero con el fin de practicarlas conjuntamente.

En tercer lugar, me refiero al pequeño grupo que puede ser, bien una iglesia parroquial, un grupo
doméstico de estudio de la Biblia, o también un grupo que se reúne para planear la mejor
estrategia en relación con asuntos sociales locales, o lo que sea, en el que es posible planear y
llevar a cabo el aprendizaje y las realizaciones correspondientes. Aquí los hábitos son formados
por amigos cristianos, vecinos y compañeros trabajando juntos, orando juntos, compartiendo la
vida con el otro, sus frustraciones, y también sus alegrías y emociones. Aquí esta Jane,
estudiando tranquilamente un plan para conocer a mujeres ex delincuentes cuando salen de la
cárcel, para evitar que vuelvan a los hábitos que les llevaron allí. Aquí está Jack, con una nueva
guía para el estudio de la Biblia que ha estado leyendo y que sabe que abrirá los ojos del grupo a
visiones de la verdad nunca antes imaginadas. Aquí está Jeff, que ha estado hablando con la
autoridad local de educación sobre cómo iniciar un programa preescolar para los niños pequeños
de las familias monoparentales (de las que hay muchas en la zona) que no pueden hacer nada
cuando la mamá tiene que salir al trabajo. Aquí esta Lisa, que ha estado escribiendo algo de
música nueva, para ser utilizada en la misa del domingo por la tarde, en la que suele dejarse caer
un variopinto grupo de jóvenes. La razón de introducir a estos cuatro -y a los miles de pequeños
grupos como ellos alrededor del mundo-, es que están aprendiendo los hábitos del corazón y la
vida en común. La cuestión de la virtud para ellos no es que ninguno de ellos quiera convertirse
en el tipo de líder llamativo que va a ganar premios, a ser reconocido en la calle y a aparecer en
las tertulias de televisión. Tampoco se trata de que todos ellos sean iguales. No lo son; son
personajes muy diferentes, con diferentes dones, vocaciones, temperamentos y entorno social y
cultural. Están juntos contribuyendo a formar una comunidad que está practicando el arte de ser
un sacerdocio real. Un culto y trabajo de compañerismo para quienes están aprendiendo la fe, la
esperanza y el amor que se ejercen en el servicio del reino de Dios. Y parte de la cuestión es esta.
Con el fin de trabajar juntos, estos cuatro -y otros en su comunidad local- tienen que desarrollar
los frutes del Espíritu. Si no tienen amor, gozo, paz, amabilidad, bondad, paciencia, fidelidad,
mansedumbre y dominio de sí mismos, no llegarán muy lejos. Su compañerismo se fragmentará.
Cada uno se apagará y ellos y ellas se dedicarán a sus propias cosas, murmurando sobre la falta
de visión del resto de la Iglesia. Esto es lo que quiero decir cuando digo que la Iglesia, la
comunidad del pueblo de Dios, es el foro en el que la virtud se aprende y se practica.

Por supuesto, como es obvio para cualquiera que haya formado parte de la comunidad de la
Iglesia durante más de uno o dos días, puesto que todos sabemos que el fruto del Espíritu es
importante, todos nosotros aprendemos a fingir. («La sinceridad es lo que importa -dice Bob
Hope-. Una vez que la puedes fingir, lo tienes hecho»), Una cultura general del «buenismo»
(aunque con notable falta de autocontrol, por lo menos detrás del escenario), puede atascar las
ruedas y conseguir la forma de abordar los temas difíciles que deben ser trabajados. Hay muchas
maneras de evitar esos problemas, de mantener las apariencias en vez de cultivar la sustancia,
pero todas se reducen a no hacer el esfuerzo para desarrollar la musculatura individual y
comunitaria de la fe, esperanza y amor. Y el resultado será ni verdadero sacerdocio ni
verdaderamente real. «Fingir» no es lo mismo que «revestirse de ello» (cargar con ello), que,
como hemos visto, es la primera etapa del hábito de la virtud. Fingir es una manera de no trabajar
en ello. Y trabajar en ello es lo que cuenta.

Pero, afortunadamente existen también comunidades donde estas cosas se trabajan y se sacan
adelante. Existen, en particular, comunidades donde el sacerdocio real es más evidente. Venid
conmigo a una de ellas un miércoles de un lluvioso día. Ocho o diez personas acuden a las
puertas de la iglesia, después de la celebración de la eucaristía de la mañana. Proceden de una
calle donde la mitad de las tiendas han sido clausuradas. El desempleo ha aumentado de nuevo,
la gente está gastando menos dinero y los comerciantes no pudieron pagar el alquiler por más
tiempo. Como resultado, el banco local se ha visto obligado a cerrar también. Pero el banco está
ahora «bajo una nueva administración», que consiste, más o menos, en las ocho o diez personas
que salen de la iglesia y abren sus paraguas. Ellos van por la calle, abren el viejo banco y
empiezan a preparar otro día de trabajo. Estas gentes atareadas y sus compañeros feligreses,
muchos con jornada completa de trabajo, también ofrecen un grupo para madres con niños
pequeños, un servicio de asesoramiento de deuda, destinado a ayudar a las personas cuyas
finanzas están tan mal que hasta les avergüenza ir a la oficina de correos; un centro de día para
ancianos, donde en vez de quedarse solos y encerrados en sí mismos en su pequeño apartamento,
pueden reunirse, aprender manualidades, jugar partidas y disfrutar de su mutua compañía, y
también de un completo centro de alfabetización que incluye una sala con computadoras. La
razón de contar todo esto es bastante simple. En este mundo no habría pasado nada si no hubiera
sido por una gente que, entrenada ya en los hábitos del pensamiento cristiano, al ver cómo su
pequeña calle principal se iba convirtiendo en un desierto, sabía lo que tenía que hacer y además
disponía de la suficiente habilidad y práctica de las virtudes para conseguirlo. Y lo que es más,
este proyecto -un gran ejemplo de virtud comunitaria, virtud cristiana que no llama la atención
sobre sí misma, sino que se pone directamente a la tarea- ha sido a su vez un ejemplo para otros,
una señal de lo que se puede hacer, un estímulo para que otros cristianos piensen, recen y
practiquen la vida del reino de Dios, viviendo como sacerdocio real.

O venid conmigo a una vieja escuela que fue transformada por gente de otra Iglesia en un centro
para afectados de diversas enfermedades mentales y físicas. En ese edificio ocurrieron muchas
cosas, pero hay una que yo particularmente encuentro especialmente conmovedora: su tienda de
reparación de muebles. La gente trae al centro sillas rotas, mesas dañadas, armarios con las
puertas que se caen, y muchos otros artículos parecidos. Bajo la discreta guía de uno o dos
expertos, los trabajadores -personas que están rotas, dañadas e impedidas en alguna parte del
cuerpo y/ o de la mente, que no les funcionan correctamente- reparan los muebles y los
devuelven reparados y completos. Por supuesto, proyectos como estos son creación de alguien y
por lo general, una o dos personas han brindado un excelente liderazgo. Pero la cuestión es que
los hábitos del corazón y la mente que han sido generados y sostenidos dentro de la vida de la
Iglesia, han impulsado a la gente a aprovechar la oportunidad de hacer algo que tiene la huella
del Evangelio de Jesucristo por todas partes.

Otros han descrito con elocuencia la forma en que todas las comunidades pueden ejemplificar la
virtud cristiana, y confío que este aspecto haya sido suficientemente destacado. La fe, la
esperanza, el amor, y los nueve frutos son realidades que exigen ser practicadas, aprendidas y
convertirse en habituales. Incluso si alguien está llamado a ser un ermitaño en una isla desierta
-de hecho, especialmente si está llamado a ser un ermitaño en una isla desierta- necesita formar
parte de una comunidad más amplia con la que rezas y para la que rezas, y a favor de la cual, con
toda probabilidad, asumes ciertas responsabilidades personales. El cuerpo único es el lugar
donde y el medio por el cual sigue adelante la labor del sacerdocio real.

Me vienen a la mente ejemplos específicos de expresión comunitaria de las tres virtudes


principales. Pienso en una iglesia a la que el desafío de su ministro los llevó a una seria aventura
de fe, con su decisión de salir en tropel para recaudar fondos para un sistema nuevo de
calefacción realmente muy necesario. Se mantuvieron de una u otra manera en ello, apoyándose
y estimulándose unos a otros a creer y orar, y tuvo éxito. Pienso en una iglesia que se negó a
renunciar a la esperanza, cuando la hija adolescente del ministro desapareció mientras estaba de
vacaciones en el extranjero. La esperanza los mantuvo unidos entre sí, incluidos el ministro y su
familia, hasta que al fin se encontró a la hija a salvo. Pienso en una iglesia, no muy lejos de mi
casa, donde, en una pequeña comunidad hay un muchacho con graves problemas mentales y
dificultades físicas bastante serias. La comunidad le ha rodeado de amor, lo ha incorporado a su
vida y ahora les faltaría algo sin él. Y así podríamos seguir. ¿Son ejemplos triviales? No.
Pensemos en las parábolas de Jesús: parte de la cuestión del reino de Dios es que planta
pequeñas semillas donde quiera que pueda, y confía en que Dios las permita crecer del modo que
desee hacerlo. Así es como se produce la virtud: las comunidades decidiendo juntas, como dice
en Heb: «Incitaros unos a otros al amor y a las buenas obras» (10,24), y luego trabajad en ello
para que lo que podía empezar pareciendo imposible (o al menos muy poco natural), se
convierta, con notable rapidez, en una segunda naturaleza.

Comunidades como esta son las que forman el siguiente paso en el camino alrededor del círculo
virtuoso. Pero hay un último escalón, el que nos llevará a donde empezamos.

Todas las prácticas de la comunidad son importantes. El hecho de llamarlas con ese nombre, nos
da un indicio: estas son las cosas a través de las cuales la comunidad practica los hábitos de la
mente y el corazón, que a su vez desarrollan esas virtudes comunitarias de las que hemos
hablado.

El centro de la práctica de la fe cristiana, como he dicho todo el tiempo, es compartir el culto.


Asumo que todo cristiano serio rinde culto y reza en privado, cada día; con seguridad es dudoso
que se dé cualquier crecimiento en la virtud por pequeño que sea, o cualquier cosa parecida sin
hacer esto. Pero también asumo que los cristianos serios celebrarán el culto y rezarán juntos,
aprendiendo, como comunidades, a hacerlo sabia y eficazmente. Igual que la disposición mejor
del que abre la Biblia es decir: «Señor, aquí estoy; habla que tu siervo te está escuchando» (lo
que en sí mismo es el comienzo del hábito del corazón de estar abierto a Dios), la mejor
disposición de los que se reúnen para el culto, una semana detrás de otra, es decir: «Nosotros,
juntos, esperamos e intentamos ser parte del sacerdocio real de Dios, y estamos aquí para
apropiamos la sabiduría y la fuerza del mismo Jesús». En consecuencia, antes de cantar himnos o
de pronunciar cualquier palabra, se está formando el hábito del corazón: una comunidad que,
junta, intenta trabajar en la fe, la esperanza y el amor.

Por supuesto, sé demasiado bien que algunas comunidades son todo hábito y nada virtud. Ese es
el punto al que volvemos con el viejo dilema: ¿qué es preferible: la espontaneidad poco
profunda, porque es mejor que la falsa práctica de la virtud, o el aburrido hábito, porque por lo
menos se posee una liturgia, cuyas raíces son profundas? Respuesta: naturalmente, ninguna de
las dos cosas. Pero los que vivimos en un país donde ir a la iglesia era la costumbre de la
mayoría y ahora es hobby de unos pocos, no debemos despreciar tales hábitos porque aún
permanecen.

Las prácticas del culto se han centrado durante doscientos años en la comida que Jesús nos dio.
Esa comida era parte de un hábito colectivo con más de mil años de antigüedad: el hábito de
mantener la fiesta de la pascua (judía) para celebrar el éxodo de Egipto. Ese hábito preparó los
corazones y las mentes de generaciones y generaciones de judíos y todavía los prepara para
pensar instintivamente que son el pueblo de Dios liberado en continuidad con sus lejanos
antepasados y en continuidad también con las generaciones venideras. Jesús adoptó esa comida y
la transformó para que hablara de su propia muerte y resurrección, llevando a su clímax esa larga
historia de una comunidad libre, y formando a sus seguidores en el mismo camino. La eucaristía
es más que esto, pero no menos.

Generaciones de protestantes de diversas denominaciones, muy preocupados por la hipocresía de


la virtud y por los peligros del ritualismo y el formalismo, no se han enterado de lo que
realmente está en juego aquí. Es cierto que el ritualismo y el formalismo se pueden convertir en
un fin en sí mismos. Esta es una de las razones por las que la fe cristiana ha incluido siempre no
solo la lectura de la Escritura sino también la predicación de la palabra, de modo que la palabra,
que explica tanto la Escritura como el sacramento, pueda ser viva y capaz de provocar a la
comunidad para que esta la lleve a la práctica, haciéndole caer en la cuenta también de las
implicaciones que tiene de cara a su misión en el mundo.

Por supuesto que los detalles de la práctica eucarística varían de un lugar a otro y de una Iglesia a
otra, pero las acciones centrales de tomar y partir el pan, de verter el vino, de incorporar
previamente alguna narración referente a Jesús (a menudo, una lectura del Evangelio), junto con
la oración y la confesión del pecado, hablan con fuerza por su propia forma de una formación
lenta y constante tanto de los individuos presentes como de la comunidad. Nos estamos
convirtiendo, a menos que nos resistamos, en personas que están viviendo una historia de
libertad: la historia de Dios con Israel y con el mundo, la historia de Dios, sobre todo, con y en
Jesús. Nos estamos convirtiendo, a menos que nuestros corazones sean duros (y cuanto más se
llega a la eucaristía sin dejar que produzca ningún efecto en uno, más duro deberá ser el
corazón), en personas que experimentan en sus huesos, mediante una creciente segunda
naturaleza cada vez más clara, que somos perdonados igual que también nosotros perdonamos.
(En Iglesias que «comparten el signo de la paz», eso es lo que se supone que significa ese gesto
realizado antes de compartir la mesa del Señor). Nos estamos volviendo conscientemente (para
terminar siéndolo inconscientemente) personas que colectiva e individualmente encuentra nuevas
energías, como se encuentra nueva energía para el cuerpo en los alimentos y bebidas, al
alimentarse con el mismo Jesús y con su muerte y resurrección. Dentro de y a través de todo
esto, nos estamos convirtiendo en personas que unen las alabanzas y las necesidades del mundo,
y las presentan ante el Dios que conocemos en Jesús. En este lugar y por todo esto estamos
formando un pueblo, que encontrará -y después podrá discernir de una manera nueva y con
frecuencia sorprendente- las tareas que puede realizar en las comunidades que lo integran. Serán
las tareas que pongan en práctica la dimensión regia de nuestra vocación principal, igual que el
culto pone en práctica la dimensión sacerdotal.

Las comunidades de culto sanas pueden no darse cuenta de que les está sucediendo todo esto.
Ellas simplemente saben que la Iglesia está donde necesitan que esté, que la oración, la Escritura
y la eucaristía hacen lo que necesitan que hagan, y que no conocerían su verdadera identidad sin
todas esas cosas. Eso, una vez más, es totalmente característico de la virtud cristiana. El cristiano
no dice al salir de la iglesia: «¡Oh!, ¡qué persona tan espléndida soy! Me siento como si hubiera
crecido dos metros. Puedo dominar el mundo». Los cristianos con hábitos integrados están
probablemente demasiado ocupados comprobando que los niños estén bien en la guardería, que
el anciano en silla de ruedas tenga un buen camino de vuelta a casa y que sus nombres están en la
lista de espera para visitar el hospicio el próximo jueves. Con estas actividades tan poco
dramáticas y aparentemente monótonas (los que aman los grandes proyectos y los hermosos
diseños pueden hacer muecas, pero deben pensar en lo que sería la vida si varios millones de
cristianos dejaran de repente de hacer ese tipo de cosas), la Iglesia de Jesucristo se está
convirtiendo en ese auténtico sacerdocio real, practicando las virtudes humildes que anticipan de
verdad el nuevo mundo de Dios.

Junto a la eucaristía va, por supuesto, el bautismo. Una vez más, muchos cristianos no serían
capaces de explicar fácilmente lo que sucede en el bautismo o por qué lo celebran. Eso no
significa necesariamente que la práctica se haya convertido en un simple ritual formal (aunque
eso también sucede). Puede perfectamente significar que, al igual que la virtud misma, se ha
convertido en una segunda naturaleza. Así es como nos unimos a la familia: sumergiéndonos en
el agua y volviendo a salir otra vez. Muriendo y resucitan do con Jesús el Mesías. Tengo la
sensación de que, al menos en las Iglesias que mejor conozco, el bautismo puede, de hecho,
necesitar más explicación y más trabajo para ver cómo su significado se puede convertir en una
realidad de vida para la comunidad ·habitual, y también para aquellos más marginales que
quieren que sus bebés sean bautizados pero que están lejos de tener claro por qué. Sin embargo,
la práctica regular del bautismo dice algo a la comunidad, algo que esta debería ir profundizando
más y más hasta convertirse en segunda naturaleza.

Entonces, ¿qué les dice a ellos todo esto? En primer lugar, nadie es arrastrado sin más al reino de
Dios. Tarde o temprano tiene que haber un morir y un resucitar. La vida cristiana, incluida la
virtud, no es simplemente una cuestión de descubrir lo que me apetece hacer y ver cómo lo hago.
No: «Has muerto y tu vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). El bautismo hace que
quede muy claro que toda la vida cristiana es una cuestión de estar alineado con la cruz, de
compartir la cruz, de tomar la cruz y seguir a Jesús. Es necesario subrayar hoy esto, a la vista de
la extraordinaria idea que se ha deslizado en algunas Iglesias de que el bautismo significa
simplemente la aceptación de todo el mundo tal y como es por parte de Dios, sin necesidad de
arrepentimiento o de morir a uno mismo elevándose a Dios en Cristo.

En segundo lugar, el bautismo es el mismo para todo el mundo, marcando decisivamente a la


Iglesia como un solo cuerpo. No tenemos un rito diferente para adultos y niños, o para hombres y
mujeres, para ricos y pobres, o para la gente de diferentes naciones, razas y culturas. Sí, hay
diferentes modos de bautismo, por ejemplo, algunas personas no piensan que es un bautismo real
a menos que la persona se moje de pies a cabeza, mientras que muchos de nosotros pensamos
que es suficiente con que se derrame un poco de agua sobre la cabeza (igual que la eucaristía es
una comida real, aunque solo se tome un poco de pan y un sorbo de vino). Pero el asunto es que
el bautismo, al ser el mismo para todos, nos recuerda a un nivel profundo, informando a la mente
y el corazón de los cristianos, que todos somos hermanos en Cristo. No hay en ese sentido
cristianos especiales. La ordenación, para los llamados a ella, no es más que una subrama del
bautismo, poniendo a determinadas personas a un lado (como en Ef 4), de modo que, a través de
su ministerio, todo el cuerpo bautizado de Cristo pueda seguir funcionando como tal y pueda
crecer unido hacia la madurez. Cada cristiano tiene una vocación diferente. Sin embargo, todos
los llamados son marcados con la misma agua, con la misma cruz.

He hablado ya de la oración en relación con la eucaristía, pero por supuesto la oración sigue
siendo fundamental en toda la práctica cristiana, tanto en público como en privado. La oración
sigue siendo un misterio, no sería oración si no lo fuera; pero sigue siendo un misterio cuya
forma podemos discernir, un misterio al que nosotros damos forma por la unión del cielo y la
tierra en Jesucristo, y con nuestra participación en esa unión a través del Espíritu. Pero una vez
más la práctica misma de la oración, antes incluso de que empecemos a pensar en el contenido,
dice de sí misma: somos personas que viven en la conexión entre el mundo de Dios y la vida en
este mundo, formamos parte de esa incómoda tierra fronteriza. Estamos llamados a permanecer
en ese puesto, aunque no tengamos ni idea de lo que en realidad esté pasando. Y, de nuevo, esto
constituye obviamente un .entrenamiento en la humildad, la paciencia, la fe y la esperanza y, si
somos persistentes, tal vez incluso en el amor. Pero esto significa que llegamos a la oración
sabiendo que vamos a reforzar los hábitos del corazón que nos hacen ser, como una segunda
naturaleza, lo que somos. Y nos levantamos de la oración con el corazón formado, con un poco
más de seguridad en su asentada segunda naturaleza, confianza y obediencia.

El hábito de dar dinero es una práctica más, que forma el corazón y la vida del pueblo de Dios.
Una vez más, esto puede convertirse en un ritual hueco o puede, peor aún, transformarse en una
costumbre asentada en las mentes de gente que piensa: «La Iglesia siempre nos está pidiendo
dinero» o «Dios me debe un favor, porque le he firmado un cheque». No dejemos que las
parodias nos desanimen. El hábito de dar, de dar con generosidad, no es una opción adicional
para los cristianos interesados. Se trata de algo absolutamente obligatorio para todos, porque toda
nuestra vocación es reflejar a Dios creador, y lo principal que sabemos acerca de este Dios
verdadero es que su propia naturaleza es la autoentrega, el amor generoso. La razón por la cual
«Dios ama al que da con alegría» (2 Cor 9,7), es que esa es la naturaleza del mismo Dios.
Alguien así es una persona que va tras el propio corazón de Dios. Convertir en una práctica
regular, formal y pública la entrega del dinero está pensado para generar el hábito del corazón
que forma una parte fundamental de lo que Pablo quería decir con la palabra agápe («amor»).

Y, por supuesto, una de las cosas fundamentales que la comunidad debe hacer, a todos los
niveles, es leer la Escritura en comunidad. Esto viene a decir con toda claridad:

-No somos una colección aleatoria de personas que hacen cosas extrañas, porque es lo que
nuestras familias y amigos han hecho siempre, a pesar de que todos hemos olvidado por qué.
Somos miembros del cuerpo de Cristo, asumiendo nuestro lugar en la historia de Jesucristo, y en
los propósitos en curso, del Dios a quien él llamaba Padre, sintiéndonos llamados a aprender el
arte de la humanidad genuina mediante su adoración, y trabajando por su reino en el mundo.

Al igual que los actores que comprueban con el libreto las escenas antes de salir al escenario, o
como los músicos repasan la partitura antes de entrar a ocupar su lugar en la orquesta, nosotros
recordamos los fragmentos clave de la historia, no solo para aprender algo nuevo acerca de ellos
(aunque bien podríamos hacerlo), sino porque nos recuerdan la historia en su conjunto y dónde·
encajamos en ella. Entonces seremos capaces de salir de la iglesia y discernir -con la segunda
naturaleza- lo que es necesario hacer en la calle, en el consejo local de la ciudad o en la
economía global en su conjunto.

La Escritura tiene una función particular en relación con los otros cuatro elementos del círculo.
Sin ella, y no menos sin la normal predicación basada en esa Escritura, las historias pueden salir
volando en diferentes direcciones. Los ejemplos pueden estar mal construidos, las comunidades
pueden tener vida propia y las prácticas se pueden convertir, como hemos señalado, en ritos
vacíos, carentes sentido.
Con la Escritura todo eso cambia. Dios labora, mediante el Espíritu Santo, a través de la lectura,
la enseñanza y la predicación de la Escritura, para crear nuevos espacios de ideas, para
recordamos las facetas de la historia que estaban en peligro de ser olvidadas, para corregir
desequilibrios y, sobre todo, para agitar nuestros corazones y mentes con nuevas visiones del
amor de Dios. Después de todo, es el amor lo que crea todas las demás virtudes: el amor de Dios,
para el que todo el esfuerzo moral no es más que una palabra de respuesta agradecida, una
alabanza y un amor correspondido. Y la Escritura no sería nada si no fuera la historia del amor de
Dios. El amor de Dios en la creación, en Israel, en Jesús, en el Espíritu, en la nueva creación.
Cuantos más seamos en la historia, en el ejemplo, en la comunidad y en las prácticas, mejor
entenderemos la Escritura, y viceversa. Y cuanto más los unamos a todos, más fuerte se formará
una comunidad a nivel local y mundial, y a través del tiempo, en cuya vida los hábitos de Jesús
de fe, esperanza y amor se habrán convertido en una segunda naturaleza.

Esto cierra el círculo, no para hacer de esto un grupo sagrado encantador, donde todo no hace
sino reforzarse a sí mismo y nada puede romper el cascarón ni hacia dentro ni hacia fuera; pero
queda claro que donde quiera que empieces el desarrollo de los hábitos del corazón cristiano, es
vital recorrer el círculo una y otra vez, hasta que se convierta en un hábito del corazón, algo
natural. Solo entonces, cuando de repente te enfrentes a una situación de emergencia que exija un
acto creativo de reconciliación, de curación y esperanza, estarás preparado para realizarlo. Solo
entonces, cuando llega una campaña electoral, se puede elegir entre la justicia para los
injustamente tratados por el gobierno y la preocupación por nuestra popularidad gracias a un
hacer la vista gorda; tendremos todos nuestros instintos atentos no a lo que afirman los
periódicos, sino a lo que dice el Evangelio. Solo entonces, cuando uno de los miembros se
enfrente a una tragedia personal, el resto de la comunidad sabrá, a través de la segunda
naturaleza, qué hacer y qué decir. Solo entonces sabremos en nuestra propia piel lo que debemos
hacer «después y además de creer». Solo entonces, cuando alguien diga: «háblame de Jesús»,
sabré realmente qué decir. Y solo entonces, lo que digamos tendrá el sentido que debería tener.
EPÍLOGO

Para leer más

Mientras investigaba para escribir este libro, he sido sensible a tres corrientes de pensamiento
con las que he estado en constante e implícito diálogo. Me hubiera gustado tener más espacio
para desarrollar mis teorías sobre ellas, pero eso tendrá que esperar a otra ocasión. Lo que sigue
no es en absoluto una bibliografía exhaustiva sobre estos temas, sino simplemente una indicación
de dónde he encontrado estímulos concretos (a veces por desacuerdo) y ayuda. Muchos de estos
libros tienen a su vez, buenas bibliografías que ayudan al lector a encontrar estos temas.

Actualmente hay excelentes libros sobre la ética del Nuevo Testamento, pero en lo que a mí
respecta, no suelen acercarse al tema con la virtud en mente, o no lo han desarrollado como yo lo
he hecho. Eso no significa que no haya aprendido de ellos, al contrario. El reciente libro de
Richard Burridge Imitating Jesus: An inclusive approach to New Testament ethics (Grand
Rapids, MI, 2007) es el estudio más importante y hace referencia a todos sus predecesores
significativos. Pese a sus amables palabras hacia mi persona en el prólogo, estoy en completo
desacuerdo tanto en sus argumentos como en sus conclusiones, pero estoy agradecido por su
prolífica e importante obra y por su amistad.

Tanto la colección de materiales en Moral Exhortation: A Greco-Roman Sourcebook


(Philadelphia, Westminster, 1986), de Abraham J. Malherbe, y los dos títulos de Wayne Meek,
The Moral World of the First Christians (Philadelphia, Westminster London SPCK 1986) y The
Origins of Christian Morality: The First Two Centuries (New Haven, CT, Yale University Press,
1993) son estudios básicos e importantes sobre el discurso moral del que emergieron los
primeros cristianos. Malherbe sugiere que los primeros cristianos dejaron la virtud a un lado,
mientras que según mi punto de vista, este marco teológico recontexualizó y transformó, que no
abandonó, ese tema.

Un importante estudio del contexto judío de la ética paulina es el de Markus Bockmuehl Jewish
Law in Gentiel Churches: Halakah and the beginning of Christian Public Ethics (Edinburgh,
T&T Clark, 2000).

Por encima de otras obras sobre la ética en el Nuevo Testamento, está la obra maestra de Richard
B. Hays The Moral Vision of the New Testament: A Contemporary Iniroduction to New
Testament Ethics (San Francisco, Harper San Francisco, 1996), aunque como en las anteriores,
no hay mucho sobre la virtud. La habitación donde he escrito gran parte de mi libro, tiene una
foto enmarcada de Richard y yo mismo, tomada durante unas vacaciones en el norte de
Inglaterra. Y o estoy mirando a la cámara mientras que Richard, con prismáticos, está
escudriñando el horizonte. Esta imagen resume razonablemente bien la diferencia entre nuestros
dos libros.

Me complace que la lectura original que me inició en la presente línea de pensamiento se haya
convertido en un artículo, «Faith, Virtue, Justification, and the Journey to Freedom», publicado
en el Libro Conmemorativo de Richard The Word Leaps the Gap: Essays on Scripture and
Theology in Honor of Richard B. Hays J.Ross Wagner, C. Kavin Rowe, and A. Katherine Grieb
(Grand Rapids, MI Eerdmans, 2008), 472-497.

Otros dos títulos recientes de teología bíblica, que no están directamente relacionados con la
ética o la virtud pero que han sido importantes para el desarrollo de mis ideas, son The
Liberating Image: The lmago Dei in Genesis I, de Richard Middleton (Grand Rapids MI, Brazos
Press, 2005) y The Temple and the Church' s Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place
of God (Downers Grove, IL, lnter Varsity Press, 2004).

Como consecuencia de que la mayoría de los escritores sobre ética en el NT no prestan mucha
atención a la virtud, los actuales escritores sobre virtud no prestan demasiada atención al NT, y
esto provoca un vacío aparente, que sugiero que debería llenarse. Tres honrosas excepciones a
esta situación que no son, a mi parecer, muy conocidas, son The Christian Case for Virtue Ethics,
de Joseph J. Kotva (Washington DC, Georgetown University Press, 1996), Jesus and Virtue
Ethics: Building Bridges between New Testament Studies and Moral Theology, de Joseph J.
Kotva y James F. Keenan (Lanham, MD, Sheed & Ward -Rowman and Littlefield-, 2002) y
Spiritual Fitness: Christian Character in a Consumer Culture, de Graham Tomlin (London &
New York, Continuum, 2006). Este último me llegó como un regalo del autor, ya finalizando este
libro y comprobé con agrado que coincidíamos considerablemente. Tomlin da una imagen más
equilibrada y redonda que yo sobre la postura de Martín Lutero sobre la virtud.

También me enviaron la obra magistral de Jennifer A. Herdt, Putting on virtue: The Legacy of
the Splendid Vices (Chicago, University of Chicago Press, 2008). Anterior a este, y como la
mayoría de los que han pensado en estos temas, me siento en deuda con Alasdair Maclntyre, por
su After Virtue: A Study in Moral Theory (Notre Dame, IN, University of Notre Dame Press,
1984)25, y, paralelamente, también con Stanley Hauerwas con sus dos obras Christians Among
the Virtues: Theological Conversations with Ancient and modern Ethics (con Charles Pinches,
Notre Dame, IN, University of Notre Dame Press, 1997) y A Community of Character (Notre
Dame, IN, UNDPress, 1991).

He disfrutado particularmente con las lecturas de estos dos títulos de Samuel Wells:
Improvisation: The Drama of Christian Ethics, (Grand Rapids, MI, Brazos Press, 2004) y God's
Companions: Reimagining Christian Ethics (Oxford, Blackwell, 2006).

Trabajando en este libro, llegó a mis manos un libro de texto muy reseñable, que explora la ética
cristiana en términos de virtud y utiliza el NT más de lo que lo hacen todos los anteriores que he
mencionado. No siempre estoy de acuerdo con David D. Cunningham en su Christian Ethics:
The End of the Law (London, Routledge, 2008), pero su libro, aunque mucho más lleno que el
mío, corre por un sendero paralelo.

Oliver O'Donovan ha influido significativamente en mis reflexiones sobre la ética cristiana, así
como en mi propia vida y pensamiento. Su Resurrection and Moral Order: An Outline far
Evangelical Ethics (Leicester, UK, Intervarsity Press Grand Rapids, MI, Eerdmans, 1986)
estableció un nuevo estándar para muchos de nosotros. Le agradezco sus certeros y claros
comentarios sobre el borrador de este libro, que hicieron que no cayera en algunos errores por los
25
Ed. castellana: Tras la virtud. Barcelona, Crítica, 2004 (N. E.).
que vagaba. Su sucesor en la cátedra en Oxford, Profesor Nigel Biggar, también aportó su
colaboración con comentarios sobre el borrador. Los errores, incertezas y con-
fusiones que se mantienen, son, por supuesto, de mi propia cosecha.

La tercera corriente de pensamiento con la que he mantenido un diálogo implícito es el enorme y


poliédrico mundo del pensamiento ético no-cristiano (y no-judío). Mucho de él se limita, como la
filosofía occidental en general, a unas «notas a pie de página a Platón y Aristóteles»,
particularmente en este caso, a la gran obra de Aristóteles Ética Nicomaquea, uno de los textos
básicos sobre los que yo tuve mi bautismo de fuego en Oxford hace cuarenta años. Para la
mayoría de los lectores, la edición más accesible bien puede ser la de la Biblioteca Clásica Loeb,
ed. H. Rackham (Cambridge MA, Harvard University Press, 1934), o el clásico de Penguin, tr
J .A.K. Thomson (Harmondsworth, UK Penguin, 1953)26.

Hay tres autores a los que encuentro estimulantes, aunque estoy en total desacuerdo en varios
puntos ( como la existencia de Dios) que son Simon Blackburn (Being good: a Short introduction
to Ethics. Oxford, Oxford University Press, 2001)2727, A.C. Grayling (Lije, Sex and Ideas: The
good lije without God. Oxford, Oxford University Press, 2003) y el excelente trabajo que se ha
convertido en un best-seller en su país natal, Francia: A short Treatise on the Great Virtues: the
Uses of Philosophy in everyday life. Sospecho, realmente, que en este último, el lector medio
entenderá «virtud» en términos de «valor» más que en el sentido aristotélico del término, pero
este es uno de los miles de asuntos que dejo para otra ocasión.

Tres libros que me han ayudado a pensar un poco sobre la neurociencia y su importancia para la
vida moral y espiritual son Brain rules: 12 Principies for surviving and Thriving at Work, Home
and School, de John Medina (Seattle, Pear Press, 2008); Neuroscience, Psychology and Religios:
Illusions, Delusions and Realities about Human Nature, de Malcolm Jeeves y Warren S. Brown
(West Conshohocken, PA Templeton Fountation Press, 2009); y Body, Soul and Human Life: The
Nature of Humanity in the Bible, de Joel B. Green (Grand Rapids, MI, Baker, 2008).

No me he referido a mis trabajos previos, pero por supuesto, todo cuanto he escrito aquí se
asienta en la base de esfuerzos anteriores. Podemos listar los siguientes:

2009 Justification: God's Plan and Paul's Vision. Londres, SPCK, Downers Grove, IL,
InterVasity Press.
2007 Surprised by Hope. Londres, SPCK.
The Cross and the Colliery. Londres. SCPK.
2006 Judas and the Gospel of Jesus. Londres, SCPK.
Simply Christian. Londres, SPCK.
2005 Paul: Fresh Perspectives. Londres. SCPK.
Scripture and the Authority of God. Londres, SPCK.
2003 The Resurrection of the Son of God. Volumen 3 de Christian Origins and the Question of
God. Londres, SPCK.
1999 The Challenge of Jesus. Londres, SPCK.
The Myth of the Millenium. Londres, SPCK
26
En castellano, una buena edición es Ética nicomaquea. Madrid, Gredos, 2000 (N. E.).
27
Ed. castellana: Sobre la bondad: una breve introducción a la ética. Barcelona, Paidós Ibérica, 2002 (N. E.).
1997 What St Paul Really Said. Oxford, Lion.
1996 Jesus and the Victory of God. Volumen 2 de Christian Origins and the Question of God.
Londres, SPCK.
1992 The New Testament and the People of God. Volume 1 de Christian Origins and the
Question of God.