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Carbó, Teresa. “El cuerpo herido o la constitución del corpus en análisis de discurso”, Escritos, Revista del Centro de Ciencias del Lenguaje Número 23, enero-junio de 2001, pp. 17-47.

El cuerpo herido o la constitución del corpus en análisis de discurso

Teresa Carbó

Las notas anexas intentan desbrozar camino hacia la conceptualización del corpus como un efecto teórico de múltiples resonancias, tanto en ciertos principios y prác- ticas de desempeño metódico sobre el cuerpo mismo del material, como en lo que concierne a la línea argumental de pensamiento y acción que las diversas intervencio- nes disciplinarias se proponen. La mayor parte del texto se dedica a la revisión (somera) de una lectura de cier- tas propuestas sobre estos temas (en teoría literaria y análisis de discurso). La (apresurada) sección final ofre- ce algunas pistas sobre el tramado conceptual del cor- pus: las nociones de forma, disposición, foco, tensión, movimiento y tiempo, junto con el postulado de un pro- ceso activo de construcción del objeto, sugieren líneas preliminares de reflexión.

¿acaso del delito? Probablemente no. Es

más bien el cuerpo del deseo, de un deseo feroz; es el cuerpo del análisis de discurso: el corpus. Ese cuerpo, que percibo herido en la frágil especificidad de su materia carnal —el habla—, me evoca sin quererlo el de san Sebastián, transido por lanzas o flechas (anafóricas quizás, Bühler 1979: 408) y arrojado por ellas en sentidos múltiples y divergentes. Merced a una obstinada e implacable pasión

de saber, esas líneas doloridas que se proyectan al infinito, trazan

Se trata de un cuerpo

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también el diseño según el cual, desde la materia corpórea, un algo más se despliega, hendiendo lo inexplorado en direcciones que la teoría se empecina en seguir. ¿Qué es lo que de esta manera se persigue? ¿Qué deseo alimenta esa avidez perseverante? Una utopía, quizás; un espejismo también. Sin duda, un delirio. Borges, como de costumbre, ya lo sabía, y había hallado la referencia bibliográfica precisa. En Viajes de varones prudentes (Libro 4to., capítulo XLV, Lérida 1658), Suárez Miranda nos habla “Del rigor en la ciencia” y dice así:

en aquel Imperio el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio toda una Provincia. Con el Tiempo, esos Mapas Des- mesurados no satisfacieron [con todo respeto, sic] y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio que tenía el tama- ño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del sol y de los inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

La exhaustividad, tema y exigencia en ciertos ciclos de la discusión metodológica (no sólo del discurso), se encamina al olvido, impulsada por una vocación de ruina y decadencia tan ineludible como su anhelo de totalidad. Más cautivador es tal vez el abismo de la máquina de razonar, el juego del placer del método (perfecto) al que se entregan Marco Polo y el Honorable Kan. Sin duda, son varios los paradigmas metodológicos en el área disciplinaria de los estudios del lenguaje que se transparentan, sin excesiva malicia, en esa práctica sutil de la obsesión, tal como la escucha Ítalo Calvino (1991: 81):

De ahora en adelante seré yo quien describa las ciudades, había dicho el Kan. Tú en tus viajes verificarás si existen. Pero las ciudades visitadas por Marco Polo eran siempre distintas de las pensadas por el emperador.

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Y

sin embargo, he construido en mi mente un modelo de ciudad, de

la

cual se pueden deducir todas las ciudades posibles —dijo

Kublai—. Aquél encierra todo lo que responde a la norma. Como las ciudades que existen se alejan en diverso grado de la norma, me basta prever las excepciones a la norma y calcular sus combinacio- nes más probables. También yo he pensado en un modelo de ciudad de la cual deduzco todas las otras —respondió Marco—. Es una ciudad hecha sólo de

excepciones, impedimentos, contradicciones, contrasentidos. Si una ciudad así es cuanto hay más de improbable, disminuyendo el núme-

ro de los elementos fuera de la norma, aumentan las posibilidades de

que la ciudad verdaderamente sea. Por lo tanto, basta que yo sus- traiga excepciones a mi modelo y, en cualquier orden que proceda, llegaré a encontrarme delante de una de las ciudades que, si bien a modo de excepción, existen. Pero no puedo llevar mi operación más allá de cierto límite; obtendría ciudades demasiado verosímiles para ser verdaderas.

Es claro que este deslumbrante delirio metodológico testimonia asuntos y problemas que han sido objeto de continuada y tenaz reflexión teórica (y política) en el campo disciplinario del análisis de discurso, sobre todo en sus primeros ciclos. La excepción y la norma, el modelo y sus variantes, la inferencia y la predicción; lo plausible o lo verdadero; ejemplos y contraejemplos; la contradicción, esa materia que quisiéramos dócil y sin embargo se resiste; el control y el cálculo; sobre todo el control. Henos todos allí, analistas de discurso o de ciudades: ganados por el ansia contenida de la paciencia metódica que aguarda y se pregunta (ciertamente, mordiéndose las uñas) si el complejo dispositivo largamente diseñado servirá por fin para atrapar, como la red a la mariposa, ese algo, eso, eso casi indecible casi por definición, que el método científico construye con delicado afán para luego descubrir en sincera admiración. Los cartógrafos del imperio, por su parte, se entregan con humana soberbia al sueño de la omnisciencia: asirlo todo, registrarlo todo con minucia voraz para que puedan luego cundir los estragos del tiempo. Empero, diría yo, los anhelos o delirios que atraviesan el cuerpo del análisis, el corpus del deseo, no son en sí mismos poco nobles.

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En primer lugar, un anhelo de exacta belleza; obviamente, de armonía y claridad; luego entonces, también de precisión, finura, amplitud y detalle. Así, al menos, he vivido yo una reflexión que fue clásica en los años setenta, sin que haya perdido aún, se diría, vigencia o interés. En su momento, a fines de los setenta, el tema era el rigor, el rigor de la ciencia y el de la política. Se trataba (¿y por qué no?) de que era preciso entender. Deseosos de saber y, sobre todo, de entender para cambiar el mundo, el asunto de los criterios teóricos —y políticos— de construcción del corpus fue, naturalmente, central en una discusión que merece rescatarse del olvido. Sin duda, hace treinta años, se anudaba en el tema del rigor científico de las empresas revolucionarias de índole teórica una rigidez cercana al terror del error, propia de las ortodoxias militantes. El derrumbe que siguió es de todos conocido. Sin embargo, que el mundo sea hoy el guiñapo que es, no nos exime de la obligación de reflexionar sobre el proceso por medio del cual, luchando contra el sinsentido y la barbarie, el análisis de discurso (entre otros modestos frentes del pensar) construye sus datos, y con base en ellos, sus aseveraciones, sean éstas del alcance que sean. En efecto, ¿acaso es posible, sin ser el Honorable Kan, “modelizar” un principio de constitución del corpus como efecto, como lugar oblicuo y virtual desde donde se observa una infinita complejidad; incomparable, inconmensurablemente mayor que la porción metódica que ha sido de lo complejo extraída como parte a tratar? Un problema esencial aquí es la confianza que se pueda tener en la capacidad del corpus para exhibir rasgos significativos con respecto al asunto que se analiza. Rasgos: ¿comportamientos, regularidades, diferencias, anomalías? En cualquier caso, rasgos que sean, además, significativamente (¿afines, cercanos, próximos, ajenos, semejantes, diferentes, homólogos, análogos?) a los de la totalidad mayor a partir de la cual ese inevitable retazo ha sido construido de manera más o menos experimental. Otro asunto, también casi siempre silenciado, es el de la avaricia (que puede también ser concebida como economía o justeza) o largueza (amplitud o exhaustividad “imperial”) con la que ese fragmento de

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mundo es recortado. ¿Cuánto se precisa para decir? ¿Cuánto es suficiente para generalizar? Las fronteras del corpus, tan esenciales como la existencia de membrana en torno a la célula, trazan diferentes destinos teóricos, empíricos (y de vida). Ciertamente, la centralidad teórica y metodológica del conjunto de materiales discursivos sobre los que se aplica el análisis no puede ser sobreestimada. Como sostiene Eliseo Verón en un artículo notable, el tema del corpus y de los criterios de su construcción como tal, es crucial, no sólo en semiología (según él designa entonces lo que hoy llamamos análisis de discurso, en un seminario del año 1967 en el Instituto Torcuato Di Tella en Buenos Aires), sino en el conjunto de las ciencias sociales. 1 Pionero, relativamente solitario en el planteamiento del tema (en español y en francés), Verón participa también (¿quién no en ese tiempo?) de las cautelas hoy desdeñadas como cientificistas, y que entonces se tejían de la manera más estrecha con la soñada asepsia de la lucha revolucionaria contra el poder instituido. Dice Verón (1971: 145, n.9) con categórica sencillez: “Desde el punto de vista del investigador, las reglas para la selección del corpus (y por consiguiente, los criterios para su homogeneidad) dependen de consideraciones sustantivas, y éstas determinarán la significación de los resultados que se obtengan”. La tensión, en este caso, se traza entre homogeneidad y diferencia, un dilema siempre ineludible en el momento de construcción de un corpus que no sea trivial o predecible pero tampoco caótico; un equilibrio, como todos, difícil de lograr. Él, por su parte, añade una serie de alternativas de definición de homogeneidad, establecidas sobre alguna combinación de los siguientes criterios: fuente, destinatario, contextos de transmisión, consumo y respuesta (Ibid., p. 146). Resulta curioso observar que,

1 Por cierto, alimentan ese artículo autores y lecturas que han tardado muchí- simos años en llegar al espacio disciplinario de la lingüística y el discurso, si es que lo han hecho. Notoriamente, Clifford Geertz, Gregory Bateson, Paul Watzlavick, Carlos Sluzki y otros personajes cercanos al grupo de Palo Alto, en los años más creativos del equipo.

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preocupado por el asunto de la necesaria homogeneidad de los materiales, Verón omite destacar una dimensión que él mismo incluye al presentar cada uno de los criterios y sus combinaciones posibles: lo comparativo o contrastivo de los materiales componentes del corpus, dimensión fundamental y constitutiva en el artículo citado, donde al analizar la construcción ideológica que dos fuentes periodísticas diferentes hacen de un mismo hecho de violencia política: el asesinato del dirigente gremial peronista Rosendo García. Sin embargo, el hecho es que, aun sin tratar argumentalmente el asunto de lo comparativo con el rango metodológico decisivo que luego le otorgaría el grupo francés de análisis de discurso, dos páginas después de la nota citada, Verón (Ibid., p. 148) especifica lo siguiente: “Los criterios para la selección del corpus han sido dos: (a) las diferencias (sociológicamente significativas) entre las fuentes, y (b) la ‘respuesta’ de dichas fuentes a un estímulo común:

un cierto hecho social al que ambas se refieren en los contenidos de sus mensajes.” Me interesa destacar que es en esta misma zona textual donde introduce otro tema fundamental: la supuesta autonomía del análisis estructural y, desde su punto de vista, la necesaria libertad con la que el analista ha de moverse entre el “interior” y el “exterior” del corpus (Ibid.). No que el tema de la selección de los materiales de análisis careciera de antecedentes notables en el campo de los estudios del lenguaje. En Bruselas, en 1964, un Coloquio Internacional de Sociología de la Literatura en el que participaron entre otros Roland Barthes, Lucien Goldmann, Henri Lefebvre y Robert Escarpit, destinó al asunto abundante y apasionada discusión (Doucy, et al., 1969). Imposible reseñar la amplitud y fineza de la discusión allí (re)producida. Rescato unas pocas citas memorables, en un ánimo que no es sólo de coleccionista; se trata más bien de un ejercicio de memoria que puede devolver a nuestras discusiones actuales la necesaria modestia de una filiación. Argumentando en favor del método empírico, uno de los participantes en el coloquio de Bruselas (A. Silbermann) sostiene lo siguiente (Doucy, et al., 1969: 113): “El pensamiento empírico no puede permitirse ningún apriorismo; eso anularía el método.

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Usted (a L. Goldmann) sabe muy bien que toda investigación

empírica es la historia de un crimen; nunca se sabe quién es el

criminal antes de haber terminado [

(Yan Kott) se apresura a replicar: “Existe en el positivismo el principio de que el investigador no sabe nada en un principio. Pero si pretendemos que no sabe nada, estamos enunciando una proposición falsa que, además, falsea la investigación. Sabemos muy bien que los hechos estudiados constituyen una antología de hechos” (Ibid.). Y remata Lucien Goldmann, a quien el tema, es claro, le parece de suma importancia: “El recortar el objeto es ya algo determinante. En realidad no hay hechos; los hechos sólo existen en el interior de una visión, de un conjunto de conceptos y valores” (Ibid.). En efecto, su propio texto (un clásico), concluye subrayando lo siguiente con respecto a “ese momento tan importante en toda investigación estructuralista, que yo llamaría la parcelación del objeto”. (Goldmann 1969: 222), y que ahora llamamos la constitución o construcción del corpus. Decía el maestro en 1964 , consciente de su propia filiación: “Existe, en efecto, una relación íntima entre la delimitación del objeto que se ha de estudiar y los

A lo que otro participante

]”.

resultados a los que posteriormente puede llegar la investigación más rigurosa y objetiva; Max Weber ha insistido mucho, después de Marx, en esta relación.” (Ibid.) ¿Cuáles eran (siguen siendo) los resultados deseables en una investigación que no ha partido de bases erróneas a ese respecto? Según Goldmann, nada menos que “introducirse en la realidad y captarla de forma a la vez comprensiva y explicativa”. (Ibid., subrayados del autor). 2

2 Remito a los lectores a otro artículo memorable de Lucien Goldmann del año 1967 (1971 en esta bibliografía) en el que repasa, con gran sencillez, las consecuen- cias metodológicas de unos cuantos postulados básicos de la “sociología estructuralista genética”. Notable entre ellos el rechazo al estudio del contenido de las obras analizadas y la sustitución de ese enfoque por las “estructuras categoriales significativas, que no son fenómenos individuales sino sociales” (Ibid., p. 14), así como su discusión con la escuela alemana con respecto a la innecesaria brecha que ésta establece entre comprensión y explicación (Ibid., p. 20). El texto en su conjun- to, con un lenguaje y algunos conceptos marxistas clásicos que hoy resuenan lejanos, se inscribe, no obstante, en el núcleo de temas teórico-metodológicos perfectamente actuales.

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Sin embargo, el análisis de discurso, más o menos como hoy lo concebimos (inclusive en una versión espontánea en el conjunto de las ciencias sociales) no surge de esta interesante línea de sociología de la literatura (de los procesos significantes, de hecho), 3 sino de otro grupo de intelectuales franceses, que eran también herederos de la tradición marxista aunque reclamaban para sí otros padres fundadores; ciertamente no Lukács ni Goldmann, sino, de manera prominente, Althusser. En París, a fines de los sesenta, un nombre

y un grupo legendarios abordan el asunto de la significación

socialmente construida, con la convicción política y la ferocidad teórica que habrían de permitirles, pensaban ellos en el optimismo de esos años militantes, tomar el lenguaje por asalto, y capturar la

materialidad lingüística y social (ideológica y política) de las luchas de poder. Se trataba de desnudar —con inapelable método científico— la complicidad que el discurso construía (y construye) sin cesar con una sociedad dividida entre clases antagónicas. Michel Pecheux y el grupo del proyecto de análisis automático del discurso (Paul Henry, Françoise Gadet, Denise Maldidier y otros cercanos al AAD; en ciertos tramos también la revista Langages,

el equipo de historiadores de la revolución francesa, notoria entre

ellos Régine Robin), son algunos de estos personajes entrañables.

Y puesto que el núcleo de su empresa era crítico y político (en

sentido también estricto), intentaron la imposible tarea de construir

la teoría y, sobre todo, el método para una lectura enteramente no

subjetiva de los fenómenos discursivos. Era preciso alejarse de la “homogeneidad cómplice entre la práctica y la teoría del lenguaje” (Pecheux 1978a: 20) en los estudios de la significación. El asunto del método y el tema del corpus recibieron privilegiada atención en el programa de investigación por ellos emprendido. De hecho, creo que ese asunto permea por entero la principal reflexión de

3 En el caso de lo que se conoció como “sociología de la literatura”, al igual que con los formalistas rusos, no es verdadero que este pensamiento se haya dedicado sólo a la literatura y al estudio “sociológico” de sus productos específicos. El objetivo era mucho más vasto y abstracto, y releídos hoy ciertos postulados, es claro que ofrecen marcado interés y plausibilidad.

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Pecheux: la teoría del corpus (de una teoría), el afán constante de un pensamiento en curso hasta el final. 4 Imposible glosar aquí una discusión inmensa y por demás interesante, las épocas de la misma, las autocríticas y reformulaciones de la producción intelectual de quienes no fueron en sentido estricto ni un grupo ni una escuela. Varios de los puntos ciegos de la empresa son harto conocidos: el intento de eliminar la ilusión del sujeto como fuente y origen de un ejercicio “libre” de la lengua. Vinculado a ello, la preocupación por el sentido; su poderosa presencia en el centro de ese pensamiento se manifestaba en su expulsión feroz:

la significación de los hechos de lenguaje, postulada crucial, sólo podía ser atrapada si era fingida inexistente a lo largo del proceso de investigación. El análisis debía tratar el lenguaje sin tocarlo con la mano, sin contaminarse en el camino como lo que éste dijera, anhelo teórico, metodológico y político jamás satisfecho (Carbó 1996: 35-42 y ss.). Una síntesis abusivamente mínima diría que optaron por la desconfianza metódica, por lo que llamaron el rechazo a la “armonía preestablecida entre el hombre que habla y el gramático” (Pecheux 1978a: 28). Ese era precisamente el momento en el cual el corpus se constituía (en años lacanianos) como efecto del deseo del analista. En contra de ello, argumentaron, se trataba de seleccionar el material de análisis por medio de diversos procedimientos que sustituirían una decisión directa del analista. Subtienden a estas zonas de la teoría las nociones de estabilidad en las condiciones de producción de los discursos y de la necesaria homogeneidad en el objeto de análisis. Allí también la idea de una invarianza en la sintaxis

4 Veánse algunos de sus últimos textos; por ejemplo: “Sur les contextes épistémologiques de l’analyse de discours”, publicado póstumamente en MOTS 9 (1984), así como el artículo (en el mismo número) de Bernanrd Conein, Jacques Guilhamou y Denise Maldidier, interlocutores y colaboradores cercanos de M. Pecheux, titulado (en clara resonancia con su propio texto) “L’analyse de discours como contexte épistémologique”. El debate sobre el corpus y el tema del sujeto, en este caso el sujeto de la investigación, son allí situados como preocupaciones centrales del proyecto en su conjunto a lo largo del tiempo, y como discusiones abiertas (aún hoy, añado).

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y el requisito de normalización de los textos y su reducción a listas de enunciados de forma canónica. De hecho, el origen de las reglas de constitución del corpus residía precisamente en la noción de condiciones de producción discursiva estables y homogéneas. En palabras de ellos, en México en 1982 y ya en un proceso de autocrítica deslumbrante y feroz, el proceso se sintetizaba así: “El corpus se construye por medio de un contexto sociohistórico localizado a partir de investigaciones históricas e implica por lo general dos textos que se contrastan por el contexto. Los materiales textuales se obtienen de un conjunto documental, generalmente de archivo, del cual se aísla un subconjunto que contiene formas recurrentes. Este primer corpus es regularizado por medio de procedimientos de reducción, tomados de la lingüística, y el analista trabaja sobre este corpus regularizado, construyendo el sistema de relaciones que liga las series regularizadas” (Conein y Pecheux 1982: 6). Desde la relativa impunidad que ofrece el transcurso del tiempo, parece claro que es en ese conjunto de decisiones de método donde quedó herida y presa la teoría del corpus y de las formas de tratamiento legítimo (canónico) del material por parte del analista; y que allí se jugó inclusive (¿y por qué no?) el interés de la demostración científica que como grupo se proponían. A pesar de conocer muy bien la obra de Benveniste y de Jakobson, Pecheux basó el enfoque metodológico del análisis de discurso en el trabajo sobre una sola fuente lingüística: el método formal, asemántico, del distribucionismo, experimentalmente aplicado a textos, tal como lo hiciera Zellig Harris en un par de artículos merecidamente famosos que llevan por título el sintagma que da nombre a la disciplina: discourse analysis). 5 Las razones son, en su momento, comprensibles. Harris (1952a y b) ofrecía, al parecer, todo cuanto esta empresa materialista, no subjetiva, de

5 En inglés no existe, en el nivel superficial, la alternativa entre análisis de 0 discurso y análisis del discurso. Yo, sin duda, opto por la forma 0; adversa a las

tipologías y a las gramáticas locales y a todo cuanto implique una presuposición de

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análisis científico y crítico, necesitaba en lo concerniente al lenguaje y sus formas de operar. A saber: nada menos que un método, a method for the analysis of connected speech (or writing) (1952º p. 1), basado en procedimientos formales de análisis propios de la lingüística descriptiva; un enfoque que sería además capaz, decía Harris, de obtener información nueva (en principio, sólo acerca de un texto en particular), más allá de la lingüística descriptiva. He aquí, prácticamente, el procedimiento no subjetivo de lectura que podía sustentar la ambición científica y polémica del grupo AAD. Releyendo hoy a Harris es fácil imaginar la excitación que ha de haberlos poseído cuando trasladaban esa propuesta lingüística a la naciente teoría del discurso como mecanismo de producción de sentido. Una promesa de sirena a la vez que una apasionante propuesta de investigación, de cuyos modestos alcances, al menos en esa primera etapa experimental, Harris era plenamente consciente. Para lograr la apuesta que él mismo se había fijado, Harris argumentaba de manera pionera en la lingüística que la descripción debía trasponer los límites de la oración, portando como único saber exterior al texto el de los límites morfemáticos propios de la lengua (el inglés en su caso), la frontera entre elementos que se manejarían como unidades de análisis, o series de unidades (1952a: 1). Allí inicia un texto memorable, en el cual, el maestro de Chomsky, con una exquisita finura lingüística en la sequedad de la detallada descripción y en el juego de alternativas analíticas, despliega ante nosotros un conjunto particularmente interesante de problemas de teoría y de método, de descripción y de análisis, que pueden ser retomados hoy, en su nivel más abstracto, como temas pendientes en efecto; activos e irresueltos en el núcleo del análisis de discurso, creo yo. Es por ello también que resulta difícil sustraerse al atractivo intelectual que emana de ese texto, 6 de la sencillez y pertinencia

6 Sobre todo el primero, en el que toda la argumentación de la propuesta se basa en el análisis de un texto publicitario muy breve, preñado de recurrencias léxicas, que se ha hecho también famoso: “Millions Can’t Be Wrong!” (Harris

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de sus preguntas iniciales y, dentro de su marco, de la poderosa plausibilidad del planteamiento. Abstrayendo (sólo en cierta medida) un léxico de otra época y otro paradigma, los dos problemas centrales que Harris plantea desde el inicio (1952:1), siguen resultando cruciales: está el asunto de los límites superiores de las unidades de análisis a las que es aplicable una lingüística descriptiva, 7 y está nada menos que el asunto de la relación entre ‘cultura’ (comillas simples del autor) y lenguaje, o entre comportamiento lingüístico y no lingüístico. En cuanto a la aplicación de la propuesta en análisis de discurso, es interesante destacar que, más preocupado por la plausibilidad teórica del modelo en su dimensión descriptiva fina que por sus condiciones empíricas, Harris se desinteresa del asunto de la selección del material, o de lo que luego habría de convertirse en el tema del corpus, aunque es perfectamente consciente del volumen de redundancia (recurrencia léxica) que presenta el texto por él escogido, y de su brevedad. Se refiere también al asunto de la aridez de los procedimientos analíticos específicos (painstaking, los llama) y a la magnitud requerida en el esfuerzo si el método ha de aplicarse a un gran número de discursos, lo cual sería necesario, sostiene el mismo Harris, para alcanzar conclusiones pertinentes (1952a: 27). La automatización, después, proporcionaría los medios para el manejo de corpora extensos. Consciente de la posición polémica que argumenta, Harris va señalando, con particular austeridad y agudeza, diversos temas metodológicos asociados a sus primeras decisiones axiomáticas:

las necesidades que el análisis presenta de uso de conocimiento

1952a). El segundo, concebido como una experimentación del método (y titulado “Discourse analysis: A sample text”) sobre un artículo de teoría económica consi- derablemente más extenso, no arroja resultados muy interesantes, y ello es visible en el tono cauteloso con el que el autor cierra la exposición (Harris 1952b). 7 Imposible evocar aquí todo el tratamiento del tema de la frase, en Barthes o en Benveniste, o en el grupo de AAD y tantos otros (cf. Carbó 1996, Cap. 1). Diré sólo: ¿es o no la frase una suerte de umbral o frontera, la percepción (in/)distinta de algo (inasible pero) cognoscitivamente reconocible, como la estructura de 0?

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adicional al postulado umbral de ‘no saber’ (más que las fronteras morfemáticas); la conveniencia de aplicar, en ciertos segmentos del material textual, la reversión de las transformaciones (notoria, sin duda, la pasiva), así como la conveniencia de no aplicar arbitrariamente estos procedimientos auxiliares, sino en función de la estructura del propio texto (1952a: 4). También los problemas de la regularización del material, de su segmentación, el valor del orden, la diferencia entre un sentido estricto y uno lato en la noción de equivalencia principio que sería crucial en las decisiones metodológicas del AAD, y tantos otros temas de singular interés. Muy poco de esta discusión lingüística (en la que ya me he extendido demasiado pues merece un tratamiento aparte que me tienta desde hace años) sobrevivió en la propuesta del AAD. Cautivados sobre todo, es lícito pensar, por la promesa de asemanticismo e impersonalidad en el procedimiento (que en el caso de Harris tenía también una orientación polémica, dentro de otra área disciplinaria, la lingüística descriptiva, y desde otra perspectiva, el distribucionismo angloamericano), Pecheux y su grupo permitieron que las determinaciones que provenían de las formas concretas propuestas por Harris para el tratamiento del material verbal prevalecieran sobre los criterios de construcción (delimitación) del corpus y, particularmente, sobre los modos de sus análisis como objeto teórico y argumental. No fueron quizás conscientes de cuánto innovaban con la postulación de la discursividad como un nivel específico de significación, de naturaleza compleja y sincrética (en el sentido jakobsoniano de convergencia de diferentes sistemas; 1976: 107), que no se agotaba en lo verbal aunque de esa manera se materializara (predominantemente, decimos hoy), con una capacidad semiótica recursiva, y sobre cuya naturaleza específica y abstracta no era el distribucionismo quien más tenía para enseñarles, sino la lingüística estructural, clásica y extensa tal como la formulaban, en su propia casa y lengua, Benveniste y Jakobson. Es decir: creo que los AAD renunciaron (¡había demasiadas cosas por hacer!) al esfuerzo de formular sus propios criterios de pertinencia ante el material, los cuales debieron ser sustantivos y específicos con respecto al nivel teórico en el que

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ellos mismos se situaban. De esta manera quedó preso en la

presuposición de existencia de zonas semánticamente estables, en

la búsqueda de una pura repetición del sentido bajo la variación de

formas, el corpus del análisis textual de discurso que en 1982, en México, Pecheux y Conein presentaban como diferente del “análisis de discurso conversacional”. Son palabras de ellos que anunciaban

“un nuevo proyecto (AAD80)” que se desplazaría desde la desconfiada rigidez en contra de la lectura conceptualizada como cómplice, hacia formas tenues de “conversación” entre el analista

y su objeto (Conein y Pecheux 1982: 20 y ss.). Para el caso de

Michel Pecheux, la decisión de silencio interrumpió ese trayecto. Sin embargo, si observamos algunos estudios producidos en Francia en esos mismos años dentro del marco general del análisis de discurso, concebido como una empresa analítica y crítica de orientación teórica, veremos que la discusión conceptual sobre los criterios del corpus no impidió en la práctica el recurso a soluciones metodológicas bastante más flexibles de lo que hubiera sido quizás de esperar. Por ejemplo, en 1971 Denise Maldidier (quien en 1990 elaboró una selección de textos de Michel Pecheux, precedida por un largo estudio introductorio sumamente agudo y justo, además de amoroso en un sentido intelectual) publicó en el célebre número 23 de la revista Langages dedicado al discurso político, un magnífico estudio sobre el discurso oficial francés durante la guerra de Argelia. Regida por el interés teórico de construir un corpus que incluyera enunciados comparables, pero que permitiera también seguir el transcurso del tiempo en el desenvolvimiento del discurso de la guerra, Maldidier trabaja desde la doble perspectiva de diacronía y sincronía, manteniendo como invariante la noción de ‘discurso oficial’. Su corpus se compone de varios subconjuntos correspondientes a coyunturas históricas bien delimitadas en el curso de la lucha y asumiendo, para propósitos de análisis, que cada una de esas sincronías se encuentra representada en una determinada “fórmula”, empíricamente producida por un vocero gubernamental. El material proviene de un conjunto de 6 periódicos, “representativos de grupos sociales de la comunidad francesa” (1971: 57) y se estructura para cada coyuntura en torno a un

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determinado discurso oficial de alto nivel (de donde el análisis extrae la respectiva formulación ‘prototípica’), y con respecto al cual los periódicos realizan labores de comentario, transformación, paráfrasis, etcétera. El análisis lingüístico, particularmente fino, se aplica sobre aquellas proposiciones en las que aparecen los términos definidos como “pivotes” para el asunto: Argelia, Francia y sus derivaciones. Frases nominales, ambigüedades, nominalizaciones, transformaciones sintácticas (negativa, de sujeto, de predicado), exclusiones o elisiones, formas del discurso citado, modalidades y otros fenómenos de esta misma naturaleza van mostrando la capacidad transformadora de la sintaxis y la vacuidad de la distinción entre forma y contenido. Quisiera seguir pero es imposible; sólo puedo recomendar la lectura completa del texto, en el cual la autora presenta el análisis de la cuarta y última sincronía (1962: “la independencia de Argelia”). En sus conclusiones con respecto a los logros alcanzados a partir de un rechazo del isomorfismo simple entre lengua y sociedad, el texto concluye con una formulación premonitoria: ciertas preguntas del análisis de discurso (notoria entre ellas el carácter “intencional”

o no de la ambigüedad estructural que permite el paso de la fórmula

de una sincronía hacia otra) sólo podrán ser respondidas por el historiador. Otros trabajos que merecen consultarse son, por ejemplo, el del historiador Jacques Guilhaumou sobre la formación y circulación de una consigna en la revolución francesa durante un ciclo de dos meses (“Pongamos el terror a la orden del día”); entre otras cosas, por la flexibilidad metodológica con la que se mueve entre fuentes

manuscritas y fuentes impresas y, en general, entre lo llamado social

y lo igualmente llamado lingüístico, obteniendo de esa manera (y

sin demasiado martirio metodológico) resultados muy interesantes. No es ése el caso de uno de los pocos trabajos empíricos de Pecheux (Pecheux y Wesselius 1973) en donde la modestia del objetivo propuesto (estudiar el contexto de la palabra “lucha” en los volantes emitidos por tres organizaciones estudiantiles durante mayo de 1968 a fin de mostrar un aspecto de sus estrategias y perspectivas políticas) está claramente regido por los postulados

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distribucionalistas: la hipótesis de que la ocurrencia de esa palabra habría de poner en juego mecanismos específicos de selección y combinación, recuperables por medio de conmutaciones en un contexto asumido invariante. Hasta cierto punto eso también sucede con el artículo de Gayot (1973) sobre los masones de provincia en

la Francia del siglo XVIII: la presuposición de existencia de un estado

estable y dominante de condiciones de producción para los textos del corpus no es inocente, estoy convencida, con respecto a las observaciones finales que formula el actor, relativamente desconcertadas me atrevería a llamarlas, y en las que vuelve de nueva cuenta la mirada hacia el carácter propiamente histórico de la materia del análisis de discurso. Ése es, precisamente, el enfoque con el cual la historiadora Regine Robin (1980) comienza un extenso trabajo de análisis del discurso escolar de los manuales de historia de la Tercera República:

afirmando la imposibilidad de aislar el material discursivo de la historia de la institución escolar y de las luchas de clase producidas en torno a ésta, y cuestionando la vocación “inmovilista, clasificatoria,

taxonómica” (p. 256) que percibe en el análisis del discurso político. De allí (en realidad, de una discusión bastante extensa y muy sugerente) se sigue su relativo eclecticismo metodológico que se mueve libremente entre enunciados, mecanismos enunciativos, estructura del relato, figuras retóricas, campos semánticos y otros (p. 258 y ss.). Los criterios de constitución del corpus, aunque la autora no los formula de manera explícita, parecen proponerse asir la diversidad y la variación por encima de la homogeneidad y la regularidad, anhelos en principio muy convincentes. Sin embargo,

y a pesar de lo interesante de sus hallazgos, como lectora no logro

establecer el alcance de sus aseveraciones ni la capacidad de las mismas para caracterizar una cierta formación discursiva, ni tampoco, como dice M. Monteforte Toledo en el severo comentario que acompaña al trabajo de Robin (presentado en México), “se accede a una explicación de la práctica discursiva global” (p. 294). Henos aquí de nueva cuenta en el tema de la explicación o comprensión como un efecto de las decisiones tomadas con respecto

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al corpus y a las formas posibles de conversión del material en datos pertinentes. 8 El asunto concierne no sólo a las modalidades analíticas en sentido estricto sino asimismo, y quizá en primera instancia, al afán de demostración que moviliza la recopilación de materiales. Por ejemplo, en la práctica contemporánea de análisis de discurso, Teun van Dijk ha emprendido un vasto proyecto de análisis de las múltiples formas de reproducción del racismo entre las elites dominantes y en diversas instituciones dotadas de poder y prestigio en el llamado primer mundo. Para ello, y en contra de las inevitables acusaciones por parte de las elites estudiadas, en el sentido de que está haciendo denuncia ideológica y no análisis, este investigador ha acumulado inmensos volúmenes de material discursivo empíricamente ocurrido en varios países (Holanda, Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, EEUU y otros), en distintos géneros o instancias (sobre todo, discurso periodístico y debates parlamentarios). De allí emanaron sus estudios sobre racismo (van Dijk 1991, 1993, entre muchos otros), que han sido base, además, para numerosos trabajos en colaboración con diversos investigadores e institutos. Es altísimo el valor de ese corpus en una disposición estratégica en contra del racismo, la exclusión y el maltrato, actitud académica militante que rehúsa prescindir del avance científico en el ejercicio de los estudios críticos del poder de lo significante.

8 El asunto del corpus, de su valor descriptivo, de su relación con el archivo, la memoria, y el co-texto, las operaciones de cierre y el carácter necesariamente incompleto de todo estudio de un acontecimiento dado, son algunos de los nume- rosos y muy interesantes tópicos registrados en las actas de una mesa redonda sostenida en París en abril de 1983 (Cf. Achard y otros 1983), en la que Denise Maldidier, Pierre Achard (que en paz descanse también él, a quien debo mi primera publicación en francés, o ‘lengua distinta al español’ dirían los actuales criterios de evaluación académica), Jacques Guihaumou, Bernard Conein, Pierre Fiala y mu- chos otros practicantes de la disciplina rinden un homenaje a Michel Pecheux mientras elaboran teóricamente los límites percibidos en el tratamiento discursivo de fenómenos que son a la vez lingüísticos e históricos. No tengo registro de otras discusiones expertas en las que el tema del corpus del análisis de discurso ocupe ese lugar central.

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Sin embargo, quisiera hacer un comentario: la recopilación de material oral o escrito ‘a secas’ en lo que concierne a sus específicas condiciones de producción, aun cuando la selección se centre en ciertos espacios institucionales y esté orientada por criterios temáticos, es una forma de trabajo sobre las funciones ideológicas de la producción verbal que, en mi mirada, se aproxima a lo que he llamado el acervo de un corpus en análisis de discurso (Carbó 1996). El concepto de acervo no es el mismo que el de corpus, en tanto el análisis propiamente discursivo, según lo concibo, necesita siempre el volumen más fino y amplio posible de información histórica sobre las condiciones particulares (no sólo locales) de producción de los textos. Ello, a fin de alcanzar el perfil peculiar de los respectivos casos, que es insustituible para aspirar a comprender las respectivas apuestas y posiciones confrontadas. De hecho, sólo entiendo como corpus en análisis de discurso una selección de material que ha estado presidida por una interrogación de tipo histórico y de carácter específico. Sin embargo, claro está que en el espacio de los estudios críticos del lenguaje, el poder y la desigualdad, deseable es multiplicar los frentes en contra de la reacción conservadora que crece en este mundo, alimentada por el miedo y la confusión. En ese sentido, el valor testimonial que corpora como los de van Dijk y de las aseveraciones que es posible extraer de allí, con un alarmante alcance general para las elites del llamado primer mundo, resulta insustituible, y el esfuerzo habría de propagarse. Parecida ferocidad de propósito: demoler las fronteras opacas del decir (mal/intencionado, animó a fines de los años setenta al grupo conocido como la lingüística crítica: Hodge y Kress 1993, 2da. edición [1979]; Fowler y otros, 1979 también [1983 en español]). Emplearon en el esfuerzo una muy inteligente selección de las herramientas lingüísticas de avanzada en su tiempo, al igual que la astucia, tenacidad y fineza de escucha que se atribuirían (dramatizando, como con san Sebastián) a la figura de un lingüista arrojado en una población caníbal cuya lengua desconoce. En el libro fundacional del grupo, por cierto, Hodge y Kress retomaron el concepto de transformación del primer Chomsky, proponiendo la

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reversión de las transformaciones a partir de la superficie textual del material analizado. Sin embargo, en el caso de la lingüística crítica, esas operaciones eran ya parte del análisis en sentido propio y, en ese carácter, una fuente de información específica; no una labor de regularización del material previa al análisis, cual había sido el caso en Harris y en el modelo AAD. 9 Como intervención estratégica (de propósito político-científico), la lingüística crítica fue muy fructífera: al postular la existencia (necesaria, desde luego) de otros aspectos y rasgos de “uso ideológico” del lenguaje no trabajados por ellos, pero que podían asimismo ser detectados con instrumental lingüístico, ofrecían a pares y prójimos un inmenso territorio de experimentación y lucha. El valor prominente que la empresa otorgaba a su orientación crítica (del poder, la desigualdad y la “manipulación”) se retoma ahora en el análisis crítico del discurso (Cf. Discourse & Society 5(4) 1994; Carbó 1996: 43). El asunto del corpus, sin embargo, no les interesó de manera particular. En 1979 y desde el mundo de habla inglesa, ellos hacían una convocatoria teórica y política a la comunidad de pares especializados, y en ese ánimo, lo que he llamado una prevalencia (paradójica) de la teoría sobre la práctica (Carbó 1996: 47), resulta comprensible. Empleando de manera reveladora (casi propiamente en sentido químico, fotográfico) el análisis lingüístico crítico sobre una serie de textos diversos (o “exposición sistemática de formas lingüísticas”; Hodge y Kress 1993: xii), esa intervención pionera se proponía lograr una demostración experimental en el territorio compartido de la ética de la indagación científica. Es perceptible además que la obra en su conjunto está escrita con una suerte de prisa, que trasunta la excitación de los autores por los logros obtenidos, una vez lanzada

9 Mi propia experiencia analítica en asuntos de discursos confirma ciertamen- te el interés de revertir las transformaciones a fin de apreciar el volumen de trabajo discursivo que porta una formulación dada, sin que ello implique en ningún modo la creencia en una supuesta forma neutra de expresión, con respecto a la cual las diversas realizaciones empíricamente documentadas guardarían mayor o menor distancia.

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la desconfianza metódica y la lectura iconoclasta y utilitaria de la disciplina lingüística, como ‘bala suelta’ (¿a loose cannon?) contra los muros de lo institucional. Desde esa perspectiva, la línea francesa no está lejos. Ello también es comprensible puesto que, obviamente, todo depende de lo que uno se proponga; de lo que uno se proponga entender (describir, observar, cambiar); de lo que uno se proponga escribir, y de lo que luego pueda uno en efecto escribir, cuando el tiempo y los deadlines apremian. Porque, dice un lingüista (Becker 1985: 32), “como académicos (scholars), lo que hacemos depende grandemente de la clase de producto final que anticipamos, del tipo de aseveraciones que vamos a hacer, y de los criterios con los cuales resultará apropiado evaluarlas”. En lo que a este texto se refiere, el interés es mirar las maneras en que algunos sujetos de investigación, quizá no sólo en análisis de discurso, miran (construyen) su objeto de trabajo (o corpus). Para ese propósito, otra fuente valiosa reside en las actas de un Simposio Nobel de 1991 sobre la lingüística del corpus, a cargo de grandes expertos (‘duros’ varios de ellos y no tanto: Chafe, Fillmore, Halliday, Hasan, Leech, Quirk among them). Claramente, no son analistas de discurso. Sin embargo, el análisis de discurso que más me interesa (sería muy poco delicado llamarle el análisis de discurso ‘en sentido propio’; propio para mí o según yo, en cualquier caso), es aquel que se concibe como legítimo integrante de la honorable empresa de la lingüística descriptiva de las lenguas de este mundo, en sus condiciones empíricas de uso y para una sincronía dada. Por eso, hallo muy interesante escuchar cómo estos lingüistas responden a una convocatoria para pensar el asunto del corpus desde sus respectivas curiosidades, intereses y formas de estudio del lenguaje humano. De hecho, me resultó una lección magnífica la lectura de algunos de esos textos de reflexión teórica y metodológica sobre las virtudes o razones del trabajo con corpora (de desempeños lingüísticos empíricamente ocurridos). Los maestros sí saben su oficio; vaya que sí saben muy bien en cada caso tras de qué van, y cómo aguzan el ingenio descriptivo y la argumentación conceptual para extraer el máximo beneficio posible,

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en pos de sus propias motivaciones, del corpus como construcción epistemológica: una modalidad, entre otras, en el repertorio de posibilidades observacionales (Chafe 1992: 82). Los autores relacionan, sin duda, el rendimiento posible del corpus con la descripción y comprensión del lenguaje humano como metas básicas, pero para ello despliegan una variedad de asuntos complejos de comparación, experimentación, conteo, inferencia (probabilística y otras). El lenguaje humano les interesa como sistema y como instancia, en su relación con los problemas cognitivos y en el funcionamiento simultáneo de los subsistemas que lo integran. El panorama de preguntas y temas es de una singular riqueza. Asimismo es notorio el clima de optimismo. Dice Chafe (1992: 96): “Quisiera ver llegado el día en que seamos más versátiles en nuestras metodologías, y más hábiles en integrar cuantas técnicas logremos descubrir para comprender el lenguaje, esa manifestación tan básica y fascinante, aunque también tan elusiva, de la mente humana”. Por mi parte, y sin querer abanderar el pesimismo, diré que me produce una suerte de estremecimiento el tipo de anhelo que se expresa en la cita anterior, sobre todo su confianza en un inagotable desarrollo técnico. Creo que esto se suma al efecto de ciertas partes de la conferencia de apertura del simposio, a cargo de Jan Svartvik, en las cuales, según él, el futuro promisorio del corpus permitirá, entre otras cosas, formular aseveraciones más objetivas que las que provienen de la introspección (coincido plenamente), así como una verificabilidad científica estándar de la cual no ha de eximirse a la lingüística (suscribo con énfasis esto también), además de algo ya bastante más estremecedor que la conocida y, con todo, honorable ilusión cientificista; a saber: la posibilidad de una, cito en inglés, total accountability of linguistic features (Svartvik 1992:

9). Este sorprendente pronóstico se añade a los comentarios sobre las perspectivas de investigación que ofrecen los actuales medios múltiples de registro electrónico (y que, según entiendo, podrían estar avanzadas), como por ejemplo, un macrocorpus, o “corpus monitor”, que se prevé de tamaño no finito sino como un flujo constante de lenguaje en movimiento, analizado a través de filtros

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en tiempo real (p. 11), con lo que el estremecimiento se confirma:

Big Brother nos aguarda a la vuelta de la esquina. Sin embargo, es este mismo autor quien advierte con singular lucidez en contra de la ilusión de que big is beautiful, y quien destaca el riesgo de tratar el material del corpus como una suerte de canon carente de contexto (p. 10). Si el análisis de discurso, por su parte y según yo lo entiendo, se interroga sobre el lenguaje como manifestación de la historia humana; 10 si lo que se propone es, al igual que los colegas lingüistas, describir y comprender fenómenos de orden semiótico, en este caso, los procesos de construcción significante (regularmente renovada y resistida) de asimetrías de poder, de conflicto en suma, tal como se materializan discursivamente en el tejido de lo social, en un tiempo y un lugar determinados, así como los recorridos históricos de sus (re)configuraciones polémicas en el espacio de las luchas de sentido/s, entonces, ¿qué es lo que nosotros, analistas de discurso, habremos de hacer? ¿Qué clase de cuerpo reclamamos como propio? Es claro ya (aunque nada específico, me temo) que la configuración del corpus responde a la forma probable que se espera habrán de tener las respuestas a las preguntas cuyas condiciones de formulación (la construcción de éstas) equivale en lo básico (o, para entonces, habrá equivalido) al proceso de investigación. Bien. En efecto, como dice Chafe (1992: 82), el gran don que tenemos los humanos como ‘comprendedores’ (understanders) en que podemos imaginar activa y creativamente modelos mucho más extensos que el mundo inmediato; modelos, mundos, añado yo, o contextos de sentido en los que inclusive el extraño artefacto de un corpus pueda alcanzar un lugar (no artificioso ni trivial). Muy bien. ¿Luego?

10 Incluyo en el ámbito de la historia también lo que concierne al estudio y desciframiento de la mente humana, de los procesos de conciencia y del diseño heurístico del funcionamiento cerebral (lo que hoy se practica, en direcciones muy interesantes, como ciencias de la cognición), en una concepción de lo mental que se inspira en Bateson (1972).

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Creo que el asunto del corpus en análisis de discurso reside ante todo en una cuestión de forma, forma histórica y forma significante. La forma del corpus, entonces, me parece esencial, y cuando digo forma no pienso por fuerza, ni quizás para nada, en un modelo a escala reducida, pretendidamente isomórfico con lo que se estudia, que hablaría de aquello mayor de donde proviene con base en un principio de semejanza o representatividad. Pienso en realidad en la forma como trazo, dibujo o diseño, en un sentido inclusive primariamente visual, sólo que en este caso se trata de la

forma construida de un conjunto significante de naturaleza discursiva

y propósito experimental. Ese conjunto, obviamente, no es espontáneo ni natural aunque tampoco forzado, contrahecho, deforme o mutilado en la especificidad material de su capacidad semiótica. Ello es comprensible: las flechas que atraviesan el cuerpo de san Sebastián no lo hacen al azar: hieren (escogen, señalan) puntos estratégicos de articulación y movimiento (vital en su caso). En el corpus, las líneas que emanan de ciertos lugares son (dis/)continuas y no; además de no necesariamente convergentes, aunque por supuesto tampoco azarosas. Esos recorridos (¿virtuales?, ¿carnales?) de la teoría pueden igualmente interpretarse como el seguimiento, cual

en la minería de antaño, de una veta, que es al mismo tiempo un indicio (indica la localización del filón que integra en tanto exhibe su misma materialidad) y también, o quizás ante todo, una ‘falla’:

una ineludible (y reveladora) imperfección. Por lo tanto, el corpus suele (¿debe?) provenir de una labor de recorte o selección. La selección, sin duda intencionada (y por eso:

“constitución del corpus”, que no “recopilación”), es a su vez efecto del ejercicio de una atención y percepción diferenciadas, en asuntos

y en densidades de los mismos. El dibujo del corpus como recurso

observacional puede incluso provenir de una búsqueda deliberada de contigüidades novedosas en la disposición de sus partes y elementos. Acudiendo a una analogía fotográfica, la construcción del corpus se diría el producto de una mirada capaz de simultáneas (y también sucesivas) diferencias en la profundidad de campo y en las áreas de foco. Es claro entonces que ese objeto de investigación,

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conceptual y empírico, inexorablemente se perfila como tal, se

delimita y observa, desde un cierto punto de vista, una perspectiva

y una colocación, allí incluidos los efectos de luz (curiosidad,

enigma) que producen mayor prominencia (visibilidad o definición de trazo) en ciertos costados (aspectos) del fenómeno. Desde ese lugar, que es el lugar virtual de la investigación, permeado él mismo de historia y también biografía, se delinean y trazan las varias dimensiones de esa especie de “toma” (Becker 1988: 24) (visual además de sonora, es preciso insistir contra un

apego excesivo a lo más estrictamente verbal); toma en el sentido cinematográfico, añado, que implica asimismo una movilidad en el ver: los procesos de análisis que van educando al analista desplazan

y transforman ese lugar de observación que deviene una serie de

puntos de mira. 11 Se tejen aquí problemas muy interesantes que quisiera apenas mencionar como una suerte de agenda para un tratamiento futuro del corpus en análisis de discurso. Entre ellos, no sólo el de la forma que pudiéramos llamar perimetral del corpus (o sus fronteras ‘externas’, lo cual es otra manera de plantear el tema de los criterios de pertinencia para la delimitación del objeto de estudio), con todas las dificultades que conlleva el trazo de este (¿simple?) lindero, sino también el problema de su específica forma ‘topográfica’, con accidentes y diferencias peculiares: la forma del corpus concebida como el conjunto de sistemas de relaciones que lo integran en el tipo de unidad compleja de estabilidad y delimitación relativa que es. 12 Allí se juega sin duda la escala (extensión posible) de las unidades (subsistemas) que integran un corpus y que de ningún modo precisan ser sólo unidades mínimas, sino más bien

11 He trabajado algo la noción de punto de vista en otro texto (Carbó en

prensa), junto con la idea del trazo de vida que articula esa colocación.

12 En otro lugar me he referido (con terrible pedantería, dice mi amiga Paloma

Villegas) a los procesos discursivos “(que no textos) como series de configuracio- nes estructuradas transitorias (en temporalidades no uniformes) de complejos históricos de sentidos (polémicos) en lucha en circunstancias determinadas”. (Carbó 1999: 16).

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constelaciones de fenómenos que son a su vez complejos. Está también la posible (¿necesaria?, ¿ávida?) ampliación progresiva de las unidades de observación (figuras, en la relación figura/fondo), hacia territorios que habían sido antes concebidos como respectivos fondos (o contextos). Es claro que esto a su vez relaciona con el asunto de los diferentes principios de frontera que delimitan esas unidades, que no precisan ser homogéneas de un nivel a otro. Una interrupción (o traslape intencional) en una situación dialógica no es, desde luego, la misma suerte de hecho que la omisión de un sujeto gramatical en un texto epistolar, aunque ambos tipos de unidades pueden integrar niveles (subsistemas) de un mismo universo o proceso discursivo, en determinadas escalas o desde ciertas perspectivas; y pueden también inscribirse en una misma (o contrapuesta o diferente) lógica significante amplia (lo que sería un movimiento semiótico más extenso). Los diferentes niveles de ocurrencia de las unidades se imbrican con el asunto de las formas distintas de su respectiva materialización significante (¿la forma de la expresión?), y la contribución de esas materialidades y procesos a un sistema complejo mayor; se trata del alcance posible de la especificidad de sus efectos como parte de éste. Y está pendiente sin duda el asunto (¡vaya!) del papel que ciertos procesos cognitivos básicos desempeñan en los desplazamientos de la mirada analítica, que no sólo se mueve hacia adelante (entre unidades, niveles y contextos) en una especie de fuga o regresión, sino también lateral y oblicuamente entre fenómenos que son discontinuos sólo desde cierta percepción. 13 Ése es también un asunto esencial en la futura inmensa agenda aquí esbozada. Las operaciones ‘de intelección’ que el corpus soporta constituyen, de hecho, la materia misma del movimiento

13 En mi propio trabajo de investigación empírica he logrado seguir (con singular felicidad, confieso) el anfractuoso camino que puede trazarse entre una simple flexión verbal de pasado ocurrida en una intervención oral polémica y el peso de poderosas fuerzas políticas en la escena nacional que dictaban (dictaron) la conveniencia de un pacto ante y extraparlamentario (Carbó 1996: 453-7).

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analítico a cuyos movimientos he dedicado en este texto preferente atención. Sobre esos procesos, ahora quisiera sólo sugerir que su carácter específico me parece residir en un territorio, cuyo nombre desconozco, pero que se sitúa en la intersección de lo que algunos autores han indicado para el estudio del lenguaje, del discurso y más allá. Pienso en Jakobson y su noción de awareness. En sus palabras (1981: 753): “un punto de vista que combina la conciencia de las múltiples funciones de una obra poética con la comprehensión de su integridad”. Pienso también en el texto, ya citado, de A.E. Becker (1988) según el cual el estudio del lenguaje habrá de disciplinarse (sí) por medio del recurso a la particularidad, a fin de comprender las diferencias que emanan de una descripción lo más cuidadosa y autoconsciente que sea posible. Y esto es, me parece, lo que Bateson (1972: 453) señala como el asunto propio del mapa (que no del territorio): el registro de que existen diferencias que hacen diferencia. El tema en el que nos encontramos involucra asimismo la dimensión temporal, no sólo en la observación del fenómeno sino en la propia configuración de éste. En un corpus de análisis de discurso, la noción de tiempo que delimita las fronteras entre unidades puede extenderse desde un ciclo histórico más o menos amplio, o un cierto momento (o coyuntura), escena o episodio particular, hasta la fugacidad (¿sólo local?) de las apuestas pragmáticas de conflicto o cooperación que se juegan en el intercambio de un simple par adyacente (saludo/despedida, provocación/réplica). Con toda probabilidad, por cierto, el corpus incluirá más de una de cualesquiera de esas unidades, con las inagotables ramificaciones que ello proyecta hacia mucho más allá de la frontera en principio propuesta para el objeto de investigación. Los resultados de visibilidad que arrojan los cortes temporales en el objeto de análisis me parecen asemejarse al efecto de una sección transversal en una planta, o al de una instantánea fotográfica en un evento familiar. El congelamiento o fijación, la cesura o momentánea interrupción allí introducida (¿el acceso a la sincronía?) no cancela la vigencia del sistema ni su tensión temporal. De hecho, el sistema mayor, el movimiento implícito de todo ello, estar allí, en

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el ojo vacuo del conducto cercenado de su fluir; asimismo, en el

distraído gesto indiferente (u hostil) que delata entre los cuerpos el dolor activo de la historia familiar, y que la cámara detiene en una

permanencia que es también engañosa. Continuando con la analogía fotográfica (entre las innumerables

a las que he acudido ya), creo que el trabajo sobre el corpus

requiere un movimiento de ajuste de foco en la aprehensión del fenómeno. Además de los grandes planos, ocurre también el close up: deliberados acercamientos a la textura irregular que (des/)compone

la imagen ampliada (o el grano de la voz), prácticas de observación

que aspiran a una mayor fineza en el análisis, y emanan de la complejidad constitutiva que se percibe y busca en el asunto. El microscopio no está lejos de este escrutinio (maniaco) que se detiene sobre una cierta zona textual hasta lograr situar un vasto movimiento de efectos discursivos en la presencia o ausencia de un mínimo morfema de plural o de género, o en la poderosa densidad pragmática del más delicado hálito de espiración modulada dentro de un intercambio de habla. En todos los casos, esos (micro)procesos se producen en sintonía con la serie co- ocurrente de otros códigos significantes activos en el evento, alcanzando el conjunto grados prácticamente inasibles de simultánea (armoniosa o conflictiva) complejidad, casi como el fluir mismo de la vida que pulsa. ¿Heme aquí quizás en la alucinante perspectiva de un corpus on line, analizado en el tiempo real de su ocurrencia? Creo que no; creo que la insistencia con la que el tema del tiempo se me aparece en relación con el asunto (más o menos teórico) del corpus emana de una concepción del lenguaje como algo no estático ni dado de antemano, sino como algo que, inserto en la historia y en el tiempo, está sujeto a constante reconfiguración (Becker 1988: 25). El análisis de discurso participa plenamente de esa idea del lenguaje como algo siempre en proceso de (conflictiva) re-negociación. Hablar es prácticamente coextensivo con luchar; luchar en torno a los sentidos del decir en el seno de una situación, una coyuntura o una ‘toma’ histórica dada, y allí (en esas condiciones particulares actúan un efecto no reversible: la escena va transformándose a

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medida que las palabras ocurren, y lo antes dicho no queda nunca, en cierto modo, dicho tal como fuera en su momento proferido. 14 En ese sentido, se diría, el análisis de discurso llega siempre tarde: aquello que observa está tan preñado de tanto que ocurrió tanto antes y también tan lejos, que su comprensión de los fenómenos que con afán reconstruye es desde luego parcial, tentativa y fugaz (además de necesariamente anclada en una posición o punto de vista). Sólo un esfuerzo perseverante de autoescrutinio, sobre la propia mirada y sus deslizamientos, y sobre las operaciones analíticas que esa mirada realiza, aun sin saberlo, podrá quizá detener el deslizamiento incesante tras un espejismo, el punto de fuga del delirio del mapa total. 15

14 Halliday (1992: 69), también en el libro del Simposio Nobel, habla de

hermosísima manera acerca del transcurso del tiempo en la conformación del texto. Se trata de una dinámica acumulativa que proviene, entre otros factores, de las

decisiones antes tomadas dentro del mismo sistema, de modo que la tendencia a la complejidad se acentúa a medida que el texto avanza.

15 Este trabajo tiene una larga historia manuscrita. El núcleo de sus intereses

fue discutido en el Área VI “Lenguaje y Sociedad” de CIESAS, entre septiembre de 1990 y septiembre de 1991, en un interesante y caótico seminario que allí tuvimos, con el pomposo nombre de La construcción del dato en lingüística y sociolingüística (Reflexiones sobre teoría y análisis). En algún tramo de ese año, Robert Hodge participó en él y sugirió varias lecturas interesantes. Me temo que fue más o menos en ese tiempo cuando nos desalojaron de Casa Chata y el seminario nunca se repuso del trauma de abandonar tan hermoso lugar (nosotros en lo personal tam- poco). Por mi parte, discutí el tema con cierta extensión con el grupo (muy estimu- lante y crítico) de octavo semestre de la Licenciatura en Lingüística de la ENAH, durante el curso que allí impartí entre junio y octubre de 1992. Presenté luego una versión preliminar inconclusa de este texto (de hecho, casi sólo el fragmento de apertura) en el Primer Coloquio de Lingüística de esa misma institución, en abril de 1996, sobre La construcción del dato en las ciencias del lenguaje. Una versión completa fue discutida con mucho provecho en el Seminario de la Red México de Analistas de Discurso, con sede en CIESAS, en mayo de 1998. Después, el manus- crito pasó numerosos meses en prensa en un libro universitario en coedición inter- institucional que no acaba de publicarse, proyecto amistoso con quien las cuentas del SNI me empujan a ser desleal. Los colegas de Escritos le/me han ofrecido un lugar en donde alcanzar finalmente una versión pública completa. Añadiré que aunque esto resulte, después de tanta historia, un “parto de los montes”, agradez- co cuanto me beneficié de esas sucesivas discusiones. Últimamente, destaco las sugerencias de Rodrigo de la Torre sobre el concepto de forma, y las observaciones burlonas de Irene Fonte sobre rasgos excesivamente idiosincráticos en mi estilo de expresión.

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La constitución del corpus en análisis de discurso

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