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LA SOCIEDAD ECUATORIANA EN EL SIGLO XIX

La sociedad ecuatoriana en sus inicios estaba caracterizada por tener rasgos de raíz colonial;[1] el nombre del
Ecuador surge como consecuencia de la regionalización y la debilidad inicial del nuevo Estado que se había
integrado por tres departamentos del Distrito del Sur de Colombia; durante los primeros años se dio una lucha
por los privilegios y autonomías de los Departamentos y se reconocen tres polos de poder (Azuay, Guayaquil y
Quito) sujetos al control de élites latifundistas, es decir se había constituido en un “Estado Oligárquico
Terrateniente”, cruzado por profundas diferencias socioeconómicas étnicas y regionales; con una república que se
asentaba en el robustecimiento de la propiedad, la reconstitución del poder legal y la exclusión de la mayoría,
sobre todo indígena, mestiza y negra.[2] Los primeros años fueron de gran inestabilidad y predominio de
caudillos militares; desde las haciendas y parroquias, hasta los antiguos departamentos, pasando por las
provincias y municipios, las instancias políticas reclamaban autonomía, la burocracia era reducida y los grupos
privilegiados eran los militares y el clero.[3] El Estado Oligárquico Terrateniente que se había instaurado adoptó
el sistema presidencialista y la división de poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, los municipios eran
aglutinantes de los intereses seccionales y poderosos centros de influencia política,[4] se evidencia la presencia de
regímenes autoritarios que entorpecieron el desarrollo del Estado Nacional frente a proyectos que buscaban la
consolidación del Estado pero que eran contradictorios puesto que orientaban la acción política dentro del
catolicismo ortodoxo;[5] para finales del siglo XIX, el poder terrateniente pierde su dominio y empieza un
robustecimiento estatal con influencia de la burguesía comercial y bancaria, se incrementa la participación
política y florecieron nuevas formas de organización y en los sectores políticos dominantes prevaleció un
ambiente de civilismo y estabilidad republicana.[6]

Las fronteras agrícolas se expandían, la tendencia a poseer enormes haciendas poco cultivadas era la forma de
garantizar que los campesinos, privados de la tierra se vincularan al latifundio, la relación productiva
prevaleciente era el concertaje que se sostenía por la represión y dominación ideológica,[7] el comercio interno
era precario; hacia la mitad del siglo XIX aumentó el comercio exterior, se diversificaron los mercados y los
proveedores de manufacturas,[8] los terratenientes serranos exigían proteccionismo en la aduana como garantía
para sus productos, amenazados por los artículos importados mientras que los comerciantes del puerto,
presionaban por el librecambismo,[9] al final del siglo XIX, el país se consolidó como productor de materias
primas e importador de manufacturas,[10] toda esta gran expansión económica fue marcada por el auge de las
exportaciones cacaoteras cuyas rentas además fortalecieron el sistema bancario.[11]

Una vez iniciada la vida autónoma, de la exaltación de la libertad y la crítica, se pasó a la justificación del nuevo
poder y la glorificación de las luchas independentistas; frente a la debilidad de la cultura oficial se desarrolló una
rica cultura popular, con elementos andinos que recogían la herencia indígena y española en una identidad
mestiza, en donde las creencias y prácticas religiosas del cristianismo jugaron un papel decisivo; los pueblos
indígenas por su parte, en contacto pero diferenciándose de la sociedad criolla desarrollaron su cultura en la
resistencia, conservando características propias, como expresión de identidad,[12] el impulso educativo del
garcianismo permitió que florezca la literatura, la historiografía y la ciencia, el romanticismo sucedió a la
ilustración como corriente dominante del pensamiento y la cultura; a finales del siglo XIX se gestó especialmente
en Quito un movimiento cultural que formó la Academia Ecuatoriana creada bajo auspicio estatal como referente
de la cultura oficial dominada por el latifundismo y el clero,[13] todo esto ha dejado un gran legado artístico y
cultural que enorgullece nuestra identidad nacional.
LA SOCIEDAD ECUATORIANA DEL SIGLO XIX: UN ANÁLISIS A SUS DIMESIONES POLÍTICAS,
ECONÓMICAS Y CULTURALES.

Analizar el panorama al cuál tuvo que enfrentarse Ecuador se torna fundamental para poder verter opiniones
válidas, para ello se considera como referencia el texto de Enrique Ayala Mora, en donde se divide al período
republicano en 3 ejes fundamentales: Sociedad dividida en clases y ligada a la Iglesia, Estado-nación y proyecto
nacional criollo.

Para el Ecuador la Independencia significó una seria ruptura y un rápido cambio político, muchos rasgos de la
sociedad colonial pervivieron más allá de la fundación de la República. El fuerte sentido colectivo continuó sobre
los procederes republicanos; se mantuvo la discriminación racial y la exclusión de la mujer de la vida política.[1]

Desde el primer momento de la vida del Ecuador, se manifestó una tensión y enfrentamiento entre las oligarquías
regionales dominantes[2], principalmente de la Costa y de la Sierra. Efectivamente, ambas tenían intereses
comunes pero también existían muchos motivos de tensión, como el control de la mano de obra, siempre escasa
en el litoral; y la mantención de medidas aduaneras proteccionistas que defendían la producción textil serrana,
pero limitaban el comercio.[3] Por otra parte el Ejército, que se había popularizado en la Independencia, tenía los
recursos de la represión y conservaba una alta cuota de poder político, se transformó en otro de los pilares del
naciente proyecto nacional.[4] Los primeros años de vida del Ecuador se caracterizaron por la inestabilidad y la
desarticulación, es decir, existía un Estado central débil, y debido a ello las instituciones del poder local y
regional eran sólidas. La descentralización era la norma prevaleciente. Las instituciones regionales,
primordialmente los municipios, fiscalizaban la educación inicial, servicios, obras públicas, beneficencia,
administración de justicia, cobraban impuestos. Al Estado central le quedaba el manejo del Ejecutivo y la
recaudación de algunas rentas.[5] Los ingresos fiscales, provenientes en buena parte de la “contribución” o
tributo indígena, estancos y diezmos, se gastaban en el mantenimiento del ejército, el clero y la alta burocracia. Al
fundarse el Estado, la Iglesia Católica cuyo mensaje había justificado la Conquista, y con el tiempo se había
transformado en uno de los valores fundamentales de la identidad, se reconoció como "Religión de Estado" y se
reafirmó su papel de conservación ideológica de la precaria unidad del país y de la dominación socio-económica,
es decir la Iglesia, heredera de su poder colonial, tanto económico como ideológico, siguió inserta en el Estado
republicano, que reclamaba sobre ella el derecho de Patronato, o sea de controlar los nombramientos de la
jerarquía, a cambio de mantener a la religión católica como oficial y excluyente, financiando a sus ministros y
garantizando sus prerrogativas y propiedades. Esta situación se volvió cada vez más conflictiva y desató varios
enfrentamientos ideológicos y políticos. Al ser reconocida como oficial la religión católica, la Iglesia mantuvo bajo
su control: el registro de nacimientos, matrimonios y muertes; el púlpito, que era un medio generalizado de
comunicación; y la mayor parte del sistema educativo, por cierto muy precario y dedicado solamente a una
porción bajísima de la población.[6]

Sin duda el nacimiento de Ecuador es un referente fundamental en nuestra historia, debido a que sólo el hecho de
fundar un Estado y ponerlo en marcha es una tarea compleja, la fundación de la república mantuvo muchas
realidades coloniales, pero también fue la puerta para ir cambiado progresivamente.