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Limitar para educar.

Mariana Fiksler.
El País

Cómprame, llévame, quiero, tráeme...son algunas de las palabras más pronunciadas por
los niños. Los padres deben saber hasta dónde satisfacer o no estas peticiones.
Existen padres que niegan cosas a sus hijos de forma permanente y, hasta, arbitraria;
pero una cosa es ser un padre que defrauda sistemáticamente a sus hijos y, otra, que los
niños tengan que enfrentarse a alguna contrariedad indispensable para su evolución.
Los adultos sabemos perfectamente que vivir en sociedad conlleva dilaciones,
prohibiciones, normas que deben ser aceptadas; guste o no.
Aceptar las reglas y las limitaciones constituyen un aprendizaje necesario. Un niño por
naturaleza y menor experiencia de vida, no se sentirá a gusto con las limitaciones que la
convivencia le impone -cumplir horarios, no coger juguetes u objetos de otros niños sin
pedirlos-pero ahí deben estar los adultos para favorecer el contacto con la realidad y
enseñarles que convivir lleva, también, implícitas algunas frustraciones.
Aquellos niños a los que se les dice a todo que sí para no contrariarlos, a quienes se les
hace todo -arreglar su ropa, recoger sus cosas- en fin, que no están acostumbrados a
ningún esfuerzo ni a esperar para la satisfacción de sus deseos, serán niños con grandes
dificultades de adaptación a la vida de relación, a la inclusión en la sociedad.
Madres y padres se preguntan si ante la falta de aceptación de límites es prudente pegar
un cachete; la respuesta es que el golpe no educa y no modifica lo que los padres
consideren un mal comportamiento -sólo modifica la infancia. Además hay que
reflexionar sobre lo que, emocionalmente, significa pegar para imponerse y lo que
significa descargar la rabia sobre alguien que no puede defenderse.
Lo aconsejable es mantener un sistema de educación basado en la repetición de
modelos de convivencia que deben contemplar la dosificación de los "no", los "luego",
los "mañana" y algunos "nunca".
Cómo enseñar sin violencia
- Manteniendo su palabra, sin cambiar un "no" por un "sí" a causa de una rabieta del
niño. Si había dicho "no" manténgalo. La consistencia de su palabra hará que las rabietas
desaparezcan porque el niño comprenderá que no le son útiles. Pero también mantenga
el "sí" si ya lo ha dicho.
- Piense dos veces antes de decir "sí" o "no", debe estar totalmente convencido de que
es eso lo que quiere decirle a su hijo.
- Incorpore otras respuestas para las peticiones del niño; tales como tal vez mañana,
luego, déjame pensarlo y no.
- Delegue tareas en su hijo, créele responsabilidades acordes a sus posibilidades.
- Si pide varias cosas, propóngale que opte por una de ellas.
- Si le compró un helado no le compre otro; a veces es bueno quedarse con las ganas
de...
- Propicie el cumplimiento de algunas normas en la rutina diaria, de un modo calmo,
como un aspecto normal de la convivencia.
- No autorice todos los pedidos. Algunas veces la respuesta debe ser: no.
EDUCAR EN EL ESFUERZO
Milagros Pérez Oliva
El País. Salud, 9 de Junio de 2007 (24)

Profesores y psicólogos advierten de que muchos niños no están siendo educados en el


esfuerzo, de que esperan conseguir las cosas sin poner nada de su parte y que esto
puede convertirles en adolescentes frustrados y adultos fracasados. ¿Por qué es tan
importante inculcar el valor del esfuerzo? "Porque así avanza cada persona y así avanza
también la humanidad", resume Elena Martín, profesora de Psicología de la Educación
de la Universidad Autónoma de Madrid.
"Muchos niños no saben lo que es un esfuerzo porque los estamos acostumbrando a que
lo consigan todo con mucha facilidad. Para muchos padres es más fácil dar que negar,
porque así el niño deja de molestar", añade Cristina Ramírez, profesora de Psicología
Evolutiva de la Universidad de Barcelona. Pero educar en el esfuerzo requiere esfuerzo y
dedicación. "Los padres tienen que implicarse más en la educación de sus hijos", añade.
El problema es que muchos padres trabajan en jornadas interminables y es frecuente
oírles decir que dedican poco tiempo pero procuran que sea de gran calidad. "Pues no es
suficiente: no se trata ya de dar solo más calidad, sino más tiempo", sostiene.
Educar en el esfuerzo significa tratar de hacer ver al niño que para afrontar vivir tiene
que aprender y que no se puede aprender sin esfuerzo, pero ese esfuerzo ha de tener
sentido para el niño. Hemos de darle una motivación para hacerlo, que entienda su
finalidad y la meta tenga sentido para él", añade Elena Martín.
A veces, sin embargo, la recompensa a un esfuerzo está dilatada en el tiempo,
especialmente en el aprendizaje escolar. Es más fácil para un niño ver el beneficio de
tener la habitación ordenada que de estudiar los ángulos. Por eso es importante que el
esfuerzo se convierta también en un hábito y una disciplina. "Una vez establecido el
hábito, el esfuerzo le resulta menos gravoso", sostiene Elena Martín. Pero, ¿cómo
conseguirlo? "Con ese equilibrio mágico entre control y afecto que da a los padres
capacidad para poner normas y límites a sus hijos haciendo que las incorporen en su
vida como algo positivo para ellos aun cuando no las comparten".
Pero hay que tener en cuenta que nadie hace un esfuerzo si no se siente competente o
piensa que va a fracasar. "Hay que poner a los niños tareas en las que puedan tener éxito
y valorar los pequeños avances, porque eso recompensa su esfuerzo, consolida el hábito
y aumenta la autoestima".
Para saber más:
“Disciplina positiva” de Nelson, Jane. Ed. Oniro
“Desarrollo moral y educación” de Gordillo, M. V.. Ed. Eunsa. Pamplona 1992
DECÁLOGO PARA UNA SOCIEDAD DE NIÑOS “HIPERREGALADOS”
Niños hiperregalados. Este es el título que tendrá el libro que prepara la profesora
Cristina Ramírez. Ella resume la estrategia que seguir para educar a los niños en el
esfuerzo en el siguiente decálogo:
1. El niño debe descubrir la necesidad de esforzarse y valorarla por sí mismo.
2. Ha de comprender que sus decisiones tienen consecuencias positivas y negativas y,
por tanto, tiene que aprender a regularlas y valorarlas.
3. También debe aprender a controlar las emociones frente a las actividades que
exigen esfuerzo. Un niño que hace esfuerzo y no consigue lo que quiere se sentirá
frustrado. Hemos de enseñarle a conocer y controlar este tipo de emociones.
4. Ha de aprender que a veces el esfuerzo y sus consecuencias no son visibles y, por
tanto, tampoco serán valorados por los demás. Ha de saber que, aunque el esfuerzo no
tenga a veces recompensa pública, tiene un gran valor para él, porque le ayuda a crecer
y madurar.
5. Es importante enseñarle a perder, a equivocarse, a no llegar. Eso le dará estrategias
para lograr una buena tolerancia a la frustración, que en algún momento será inevitable.
6. Ha de entender que el esfuerzo es una capacidad que debe aprenderse. No se nace
con ella. Requiere un entrenamiento. Hay que hacer ver al niño que el esfuerzo es una
energía, una fuerza interior que si la utiliza bien, le permitirá superar las dificultades y
llegar a donde se propone.
7. El adulto debe ayudar al niño a organizar la información y los instrumentos para
aprender. Este conocimiento es el que da al niño confianza en sus propias capacidades y
le permite valorar el esfuerzo aunque el resultado o las compensaciones sean invisibles
para los demás.
8. Hay que facilitarle al niño estrategias que le permitan superar sus dificultades y
disfrutar de lo que consigue, aunque no sea todo lo que esperaba. Aquellos adultos que
nunca están satisfechos con lo que el niño consigue, que no valoran sus pequeños
avances, no le hacen ningún favor.
9. Todo ello debe conducir a que el niño pueda desarrollar cada día un mejor
concepto de sí mismo, una identidad propia diferenciada. El esfuerzo le ayudará a tener
un concepto de sí mismo lo más positivo posible, basado en una apreciación realista.
10. En resumen, el niño necesita un acompañamiento por parte del adulto que le
permita adquirir no sólo el valor del esfuerzo, sino los valores necesarios para ser una
persona y reconocerse como tal.
EL ARTE DE COMBINAR EL CONTROL Y EL AFECTO
Hay muchas formas de familia y la sociedad moderna se caracteriza por un mayor
pluralismo en los modelos familiares. Pero desde el punto de vista de los modelos
educativos, la psicología evolutiva las clasifica en cuatro modelos: la familia autoritaria,
la democrática, la permisiva y la negligente. En la sociedad española ha pervivido hasta
muy tarde el modelo de familia autoritaria como la más extendida. Ahora está en claro
declive, aunque aún quedan segmentos en que está vigente. "Lo lógico es que de la
familia autoritaria se hubiera pasado a la democrática, pero tal vez por un efecto
péndulo, hemos pasado en muchos casos a la familia permisiva e incluso negligente",
sostiene Elena Martín, profesora de Psicología de la Educación de al Universidad
Autónoma de Madrid.
Estos cuatro modelos de familia se estructuran sobre la combinación de dos factores,
el control y el afecto, según se den en mayor o menor grado uno u otro. Así, la familia
autoritaria se caracterizaría por mucho control y poco afecto. Priman las normas y la
disciplina sobre la expresión de los vínculos emocionales. La "combinación equilibrada
de control y afecto daría lugar a una familia democrática. Se trata de establecer límites y
normas en beneficio del niño y desde el afecto. Poco control y mucho afecto daría lugar
a una familia permisiva. La familia negligente se caracterizaría por falta de control y
afecto al mismo tiempo. "Una buena educación se consigue con un buen equilibrio de
estos factores. Y no es un arte. Es algo que se puede aprender”, concluye Elena Martín.
Tú trabajas para mí
Miguel Ángel Santos Guerra
La Opinión de Málaga: 22 Enero, 2011

Los padres deben evitar que los adolescentes se mantengan en una infancia eterna.
La relación entre padres y madres y sus hijos e hijas adolescentes suele ser problemática.
No es fácil tratar con alguien que ha dejado de ser niño y todavía no es un adulto,
aunque él se lo crea. No es fácil. Hacer frente a las exigencias, a las pretensiones y a las
desconsideradas y agresivas actitudes de quien hace poco fue un bebé y ahora se erige
en mandamás. Ya sé que no se puede meter en un saco a todos los adolescentes como si
todos y todas fueran iguales. Algunos, no sé si muchos, plantean a sus progenitores sus
exigencias como si todo se les debiera y mantienen unas actitudes violentas, que tienen
poco que ver con el necesario respeto y la debida consideración. Gritan, exigen, juzgan,
sin tener en cuenta la historia y circunstancias de quienes les están educando. Han
aprendido derechos, pero no saben de obligaciones.

Siendo profesor de bachillerato le oí decir a un adolescente, dirigiéndose a su padre::

- Trabaja, cabrón, que trabajas para mí.

Me duelen, me indignan y me preocupan estas posturas exigentes y altaneras,


mantenidas algunas veces ante personas que han sufrido mucho y que se han esforzado
al máximo por ofrecerles lo mejor.

Me escribe una madre y profesora cuyo nombre y procedencia voy a silenciar por
motivos obvios, contándome una experiencia personal que ha vivido recientemente con
su hijo mayor. Aunque los hechos son reales, todos los nombres son supuestos. Esta
madre, se carga de razones cuando le recuerda a su hijo lo que ella ha vivido y lo
contrasta con la situación de privilegio que el hijo está viviendo. Estas son las palabras
que le dirige en una carta, después de aguantar sus gritos y descalificaciones:

“Querido Javier: cuando te enojes conmigo por algo, en lugar de gritarme, amenazarme
o insultarme, tómate la molestia al menos de preguntar por qué hago lo que hago.

Tengo cincuenta años de razones para explicarte mi actitud con el abuelo. Nunca fue un
buen padre. Me hizo trabajar desde los 5 ó 6 años en trabajos muy pesados, como cuidar
animales, hacer quinta, cosechar maíz… Recuerdo que lloraba de frío arrastrando una
bolsa pesada que casi podía conmigo…

Siempre me pegó terribles palizas, con la mano, con palos, con sogas. Toda la infancia
tuve las piernas llenas de moretones de las palizas que me daba. La última la recibí a los
15, porque no me había presentado a unos exámenes. De castigo me quitó toda la ropa y
unas sandalias rojas y unos zuecos y los partió con el hacha (…).

Todas las chicas usaban minifaldas, nosotras teníamos que usar las polleras por la rodilla
y ropas con mangas. Parecíamos de asilo. A los 15 años me depilé por primera vez las
cejas y papá me dio una tremenda cachetada y me dijo que parecía una puta. Como
éramos muy pobres y no teníamos más que para comer, mis abuelos y sobre todo la tía
Laura nos hacían de papá Noel y de Reyes Magos y nos regalaban esas cosas que tanto
deseábamos: una malla, unas sandalias, algún vestidito y golosinas. Cuando mi tía Laura
se iba, papá hacía una pila con todo lo que nos había traído y le prendía fuego… Lo
mismo hacía con nuestros pocos juguetes, también regalados por nuestros abuelos, si los
llegábamos a dejar tirados.

Recuerdo que para el día de mi primera comunión (tenía 6 años) mi madrina me había
regalado una preciosa muñeca. Mi hermana, que era muy chiquita, la dejó por ahí.
Nunca más la vi. Él la quemó al día siguiente de mi comunión.

A los 16 años me fui de casa a una comunidad religiosa (la de la tía Victoria) no porque
tuviera ninguna vocación sino porque quería irme lejos de papá y que nunca más
volviera a pegarme ni tuviera ninguna autoridad sobre mí. Solo iba de visita dos veces al
año. Todo lo que soy lo hice a pulmón y gracias a mamá y a la comunidad de la tía
Victoria.
Tuve la mala suerte de que mamá estuviera en una silla de ruedas toda mi vida. Yo solo
tenía nueve años cuando quedó paralítica. Ella ni siquiera pudo ir a llevarla. A los 28
volví. Y estuve dos años en el campo. Trabajando por supuesto y gratis o mejor dicho por
casa y comida. Le ayudé a construir el negocio y lo atendía el día entero todos los días
incluidos los domingos. Esos dos años también tuvimos muchas peleas, solo que ya no
podía pegarme. Esto son solo algunas pequeñas cosas personales.

Me olvidaba contarte que al igual que mis hermanos, siempre estuve cuando me
necesitó. Pero esta vez me cansé. Estoy harta de abuso y manipulación. No puedo sentir
ninguna ternura por alguien que siempre fue increíblemente egoísta. Dirás que por qué
pasan estás cosas ahora. Es que no está la abuela. Ella que fue la persona más increíble
que conocí, con la cuál nunca jamás tuve ningún pero, hizo siempre de paragolpes.
Estuvo siempre en el medio para apaciguar y consolar, para aconsejar y proteger, para
querer a cada uno como cada uno era.

Siento contarte estás cosas. Pero si eres un adulto para gritarme y para poner en tela de
juicio lo que hago también lo eres para saberlas. Es tu abuelo. Con eso no me meto.
Quizás como abuelo trate de redimir todo lo que no fue como padre. Ahora te pido que
hagas un repaso de tu vida y veas si le encuentras algún parecido con la mía. Dios te
regalo un padre que es un lujo. Quizás al leer esto puedes entender lo que vale.

Siempre envidié el padre que tenéis. Un abrazo. Te quiero mucho. Mamá”.

Esta madre ha puesto la cruda verdad ante los ojos de su hijo. Es necesario, a veces,
plantear con esta claridad las cosas. No se debe mantener a los hijos adolescentes en
una perpetua infancia. Deben saber lo que es la vida. Deben saber dónde están los
límites. Hay que bajar a los adolescentes de las nubes de sus fantasías a la realidad de la
tierra.
¿QUÉ TE SUGIEREN ESTAS IMÁGENES EN RELACIÓN
CON EL CURRICULUM?