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Unidad 9

 “Organización genital infantil” (1923)


En los tres ensayos de teoría sexual, Freud postula tres fases del desarrollo, la oral, la sádico-anal y
la genital. Tiempo después, agrega una fase entre la sádico-anal y la genital, a la que llama
“fálica”.
La unificación de las pulsiones parciales y su subordinación al primado de los genitales no son
establecidas en la infancia, o lo son de manera muy incompleta. La instauración de ese primado al
servicio de la reproducción es la última fase por la que atraviesa la organización sexual.
Sin embargo, postula que si bien no se alcanza una verdadera unificación de las pulsiones parciales
bajo el primado de los genitales, en el apogeo del proceso de desarrollo de la sexualidad infantil, el
interés por los genitales y el quehacer genital cobran una significatividad dominante. El carácter
principal de esta “organización genital infantil” es su diferencia respecto de la organización genital
definitiva del adulto. Reside en que, para ambos sexos, sólo desempeña un papel un genital, el
masculino. Por tanto, no hay un primado genital, sino un primado del falo.
El varón percibe la diferencia entre varones y mujeres, pero al comienzo no tiene ocasión de
relacionarla con una diversidad de sus genitales. Para él es natural presuponer un genital parecido
al que él mismo posee; hasta en las cosas inanimadas busca una forma análoga a su miembro. El
niño querría verlo también en otras personas para compararlo con el suyo. La fuerza pulsionante
que esta parte viril desplegará más tarde en la pubertad se exterioriza en aquella época de la vida,
como esfuerzo de investigación, como curiosidad sexual. Muchas de las exhibiciones y agresiones
que el niño emprende se revelan al análisis como experimentos puestos al servicio de la
investigación sexual.
En el curso de estas indagaciones el niño llega a descubrir que el pene no es un patrimonio común
de todos los seres semejantes a él. Es notoria su reacción frente a las primeras impresiones de la
falta del pene. Desconocen esa falta; creen ver un miembro a pesar de todo; disfrazan la
contradicción entre observación y prejuicio mediante el pretexto de que aún sería pequeño y ya va
a crecer, y después, poco a poco, llegan a la conclusión, de que sin duda estuvo presente y luego
fue removido. La falta de pene es entendida como resultado de una castración. Sólo puede
apreciarse rectamente la significatividad del complejo de castración si a la vez se toma en cuenta
su génesis en la fase del primado del falo.
No importa concretamente el pene, sino el valor que tiene en cuanto falo, y lo que representa. Es
decir, lo importante, es el valor simbólico.
El niño no generaliza tan rápido su observación de que muchas personas del sexo femenino no
poseen pene; ya es un obstáculo el supuesto de que la falta de pene es consecuencia de la
castración a modo de castigo. El niño cree, que sólo personas despreciables del sexo femenino
habrían perdido el genital. Pero las personas respetables, como su madre, siguen conservado el
pene. Para el niño, ser mujer no coincide todavía con falta del pene. Sólo más tarde, cuando aborda
los problemas de la génesis y el nacimiento de los niños, y deduce que sólo mujeres pueden parir
hijos, también la madre perderá el pene y, se edificaran complejísimas teorías destinadas a
explicar el trueque del pene a cambio de un hijo.
El niño experimenta mudanzas durante el desarrollo sexual infantil. Una primera oposición se
introduce con la elección del objeto, que sin duda presupone sujeto y objeto. En el estadio de la
organización pregenital sádico-anal la oposición es entre activo y pasivo. En el siguiente estadio de
la organización genital infantil hay algo masculino, pero no algo femenino; la oposición está en
genital masculino (falo), o castrado. Solo con la culminación del desarrollo en la época de la
pubertad, la polaridad sexual coincide con masculino y femenino. Lo masculino reúne el sujeto, la
actividad y la posesión del pene; lo femenino, el objeto y la pasividad. La vagina es apreciada
ahora como albergue del pene, recibe la herencia del vientre materno.
 “El sepultamiento del complejo de Edipo” (1924)
El complejo de Edipo, es sepultado, sucumbe a la represión, y es seguido por el período de latencia.
Pero todavía no se ha aclarado a raíz de qué se va a pique; los análisis parecen enseñarlo: a raíz de
las dolorosas desilusiones acontecidas. La niñita, que quiere considerarse la amada predilecta del
padre, forzosamente tendrá que vivenciar alguna seria reprimenda de parte de él, y se verá
arrojada de los cielos. El varoncito, que considera a la madre como su propiedad, hace la
experiencia de que ella le quita amor y cuidados para entregárselos a un recién nacido.
Aun donde no ocurren acontecimientos particulares, la falta de la satisfacción esperada, por fuerza
determinarán que los pequeños se extrañen de su inclinación sin esperanza. El complejo de Edipo
se iría al fundamento a raíz de su fracaso, como resultado de su imposibilidad interna.
Cuando el niño ha volcado su interés a los genitales, lo deja traslucir por su vasta ocupación
manual en ellos, y después tiene que hacer la experiencia de que los adultos no están de acuerdo
con ese obrar. Más o menos clara, sobreviene la amenaza de que se le arrebatará esta parte tan
estimada de él. Al principio el varoncito no presta creencia ni obediencia algunas a la amenaza. La
observación que por fin quiebra la incredulidad del niño es la de los genitales femeninos. Alguna
vez el varoncito, orgulloso de su posesión del pene, llega a ver la región genital de una niñita, y no
puede menos que convencerse de la falta de un pene en un ser tan semejante a él. Pero con ello se
ha vuelto representable la pérdida del propio pene, y la amenaza de castración obtiene su efecto
con posterioridad.
El complejo de Edipo ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción, una activa y una pasiva.
Pudo situarse de manera masculina en el lugar de padre y, como él, mantener comercio con la
madre, a raíz de lo cual el padre fue sentido pronto como un obstáculo; o quiso sustituir a la madre
y hacerse amar por el padre, con lo cual la madre quedó sobrando.
No tuvo aún ocasión alguna para dudar de que la mujer posee un pene. Ahora bien, la aceptación
de la posibilidad de la castración, la intelección de que la mujer es castrada, puso fin a las dos
posibilidades de satisfacción derivadas del complejo de Edipo. En efecto, ambas conllevaban la
pérdida del pene; una, la masculina, en calidad de castigo, y la otra, la femenina, como premisa. Si
la satisfacción amorosa en el terreno del complejo de Edipo debe costar el pene, entonces por
fuerza estallará el conflicto entre el interés narcisista en esta parte del cuerpo y la investidura
libidinosa de los objetos parentales. En este conflicto triunfa normalmente el primero de esos
poderes: el yo del niño se extraña del complejo de Edipo.
Las investiduras de objeto son resignadas y sustituidas por identificación. La autoridad del padre, o
ambos progenitores, introyectada en el yo, forma ahí el núcleo del superyó.
También el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un superyó y un período de latencia. El
clítoris de la niñita se comporta al comienzo en un todo como un pene, pero ella, por la
comparación percibe que es “demasiado corto”, y siente este hecho como un perjuicio y una razón
de inferioridad.
Pero la niña no comprende su falta actual como un carácter sexual, sino que lo explica mediante el
supuesto de que una vez poseyó un miembro igualmente grande, y después lo perdió por
castración. Así se produce esta diferencia esencial: la niñita acepta la castración como un hecho
consumado, mientras que el varoncito tiene miedo a la posibilidad de su consumación.
El complejo de Edipo de la niñita es raro que vaya más allá de la sustitución de la madre y de la
actitud femenina hacia el padre. La renuncia al pene no se soportará sin un intento de
resarcimiento. La muchacha se desliza del pene al hijo; su complejo de Edipo culmina en el deseo,
alimentado por mucho tiempo, de recibir como regalo un hijo del padre, pedirle un hijo. Se tiene la
impresión de que el complejo de Edipo es abandonado después poco a poco porque este deseo no
se cumple nunca.

 “Sobre la sexualidad femenina” (1931)


En la fase del complejo de Edipo normal encontramos al niño tiernamente prendado del progenitor
de sexo contrario, mientras que en la relación con el de igual sexo prevalece la hostilidad.
El caso es diverso para la niña pequeña. También la madre fue, su primer objeto.
Como es sabido, es frecuente el caso de mujeres con intensa ligazón-padre. En tales mujeres Freud
ha realizado observaciones que lo han movido a adoptar cierta concepción acerca de la sexualidad
femenina. Dos hechos le llamaron sobre todo la atención. Primero: toda vez que existía una
ligazón-padre particularmente intensa, había sido precedida, por una fase de ligazón-madre
exclusiva de igual intensidad y apasionamiento.
El segundo hecho enseñaba que se había subestimado la duración de esa ligazón-madre. En la
mayoría de los casos llegaba hasta bien entrado el cuarto año, en algunos hasta el quinto, y por
tanto abarcaba la parte más larga del florecimiento sexual temprano.
La fase preedípica deja espacio para todas las fijaciones y represiones a que se reconduce la
génesis de las neurosis.
La mencionada fase de la ligazón-madre deja conjeturar un nexo particularmente íntimo con la
etiología de la histeria, lo que ni puede sorprender si se repara en que ambas, la fase y la neurosis,
se cuentan entre los caracteres particulares de la feminidad.
Freud vuelve atrás para insertar estos resultados dentro del cuadro del desarrollo sexual femenino.
La comparación continua con las constelaciones que se halla en el varón no hará sino beneficiar la
exposición.
En primer lugar, es innegable que la bisexualidad resalta con mucho mayor nitidez en la mujer que
en el varón. En efecto, este tiene sólo una zona genésica rectora, un órgano genésico, mientras
que la mujer posee dos de ellos: la vagina, propiamente femenina, y el clítoris, análogo al miembro
viril. La vida sexual de la mujer se descompone por regla general en dos fases, de las cuales la
primera tiene carácter masculino; sólo la segunda es la específicamente femenina.
Paralela a esta primera gran diferencia corre la otra en el campo del hallazgo de objeto. Para el
varón, la madre deviene el primer objeto de amor a consecuencia del influjo del suministro de
alimento y del cuidado del cuerpo, y lo seguirá siendo hasta que la sustituya un objeto de su
misma esencia o derivado de ella. También en el caso de la mujer tiene que ser la madre el primer
objeto. Pero al final del desarrollo el varón-padre debe haber devenido el nuevo objeto de amor: al
cambio de vía sexual de la mujer tiene que corresponder un cambio de vida en el sexo del objeto.
El inevitable destino del vínculo de simultáneo amor a uno de los progenitores y odio al rival se
establece sólo para el niño varón. Y luego es en este en quien el descubrimiento de la posibilidad
de castración, impone la replasmación del complejo de Edipo, produce la creación del superyó y así
introduce todos los procesos que tienen por meta la inserción del individuo en la comunidad de
cultura.
En el varón, resta como secuela del complejo de castración cierto grado de menosprecio por la
mujer cuya castración se ha conocido. Muy diversos son los efectos del complejo de castración en
la mujer. Ella reconoce el hecho de su castración y, así, la superioridad del varón y su propia
inferioridad, pero también se revuelve contra esa situación desagradable. De esa actitud bi-
escindida derivan tres orientaciones de desarrollo. La primera lleva al universal extrañamiento
respecto de la sexualidad. La nena, aterrorizada por la comparación con el varón, queda
descontenta con su clítoris, renuncia a su quehacer fálico y, con él, a la sexualidad en general. La
segunda línea, retiene la masculinidad amenazada; la esperanza de tener alguna vez un pene
persiste hasta épocas increíblemente tardías.
Sólo un tercer desarrollo, desemboca en la final configuración femenina que toma al padre como
objeto y así halla la forma femenina del complejo de Edipo. Por lo tanto, el complejo de Edipo es en
la mujer resultado final de un desarrollo más prolongado; no es destruido por el influjo de la
castración, sino creado por él.
La fase de la ligazón-madre exclusiva, que puede llamarse preedípica, reclama entonces una
significación muchísimo mayor en la mujer, que no le correspondería en el varón.
Nuestro interés tiene que dirigirse a los mecanismos que se han vuelto eficaces para el
extrañamiento del objeto-madre.
En primera línea han de nombrarse aquí los celos hacía otras personas. El amor infantil es
desmedido, pide exclusividad, no se contenta con parcialidades. Un segundo carácter es que este
amor carece propiamente de meta, es incapaz de una satisfacción plena. En épocas posteriores de
la vida, la ausencia de una satisfacción final puede favorecer otro desenlace: este factor puede
asegurar la persistencia imperturbada de la investidura libidinal; pero en el esfuerzo de los
procesos de desarrollo sucede por lo común que la libido abandone la posición satisfactoria para
buscar una nueva.
Otro motivo, de extrañamiento respecto de la madre resulta del efecto del complejo de castración
sobre la criatura sin pene. En algún momento la niña pequeña descubre su inferioridad orgánica,
desde luego antes y más fácilmente cuando tiene hermanos o hay varoncitos en su cercanía.
Cuenta el estado del propio quehacer fálico; también, que este sea descubierto o no, y el grado de
impedimento que se vivencie tras el descubrimiento.
El propio quehacer fálico, la masturbación en el clítoris, es hallado por la niña pequeña casi
siempre de manera espontánea, y al comienzo no va por cierto acompañado de fantasías.
La prohibición de masturbarse se convierte en la ocasión para dejar de hacerlo, pero también es
motivo para rebelarse contra la persona prohibidora, vale decir, la madre. El rencor por haberle
impedido el libre quehacer sexual desempeña un gran papel en el desasimiento de la madre.
Cuando la niña pequeña se entera de su propio defecto por la vista de un genital masculino. En
todos los casos, el niño considera al comienzo la castración sólo como un infortunio individual, sólo
más tarde la extiende también a ciertos niños, y por fin a algunos adultos. Cuando se capta la
universalidad de este carácter negativo, se produce una gran desvalorización de la feminidad, y
por eso también de la madre.
Al final de la primera fase de la ligazón-madre emerge como el más intenso motivo de
extrañamiento de la hija respecto de la madre el reproche de no haberla dotado de un genital
correcto, vale decir, de haberla parido mujer. Además, se oye otro reproche, que se remonta un
poco menos atrás: la madre dio escasa leche a su hija, no la amamantó el tiempo suficiente.
Repasemos toda la serie de las motivaciones que el análisis descubre para el extrañamiento
respecto de la madre: omitió dotar a la niñita con el único genital correcto, la nutrió de manera
insuficiente, la forzó a compartir con otros el amor materno, no cumplió todas las expectativas de
amor y, por último, incitó primero el quehacer sexual propio y luego lo prohibió.
Quizá lo más correcto sea decir que la ligazón-madre tiene que irse a pique justamente porque es
la primera y es intensísima.
En las primeras fases de la vida amorosa es evidente que la ambivalencia constituye la regla.
Entonces, la intensa ligazón de la niña pequeña con su madre debió de haber sido muy
ambivalente, y justamente por esa ambivalencia, con la cooperación de otros factores, habrá sido
esforzada a extrañarse de ella.
Las metas sexuales de la niña junto a la madre son de naturaleza tanto activa como pasiva. Es fácil
observar que en todos los ámbitos del vivenciar anímico, no solo en el de la sexualidad, una
impresión recibida pasivamente provoca en el niño la tendencia a una reacción activa. Intenta
hacer lo mismo que antes le hicieron o que hicieron con él.
Las primeras vivencias sexuales y de tinte sexual del niño junto a la madre son desde luego de
naturaleza pasiva. Es amamantado, alimentado, limpiado, vestido por ella. Una parte de la libido
del niño permanece adherida a estas experiencias y goza de las satisfacciones conexas; otra parte
se ensaya en su re-vuelta.
Es raro oír que la niña pequeña lave a la madre, la vista, etc, casi siempre cumple con esos deseos
activos de manera indirecta, en el juego con la muñeca, donde ella misma figura a la madre como
la muñeca al nene
 Análisis de la fobia de un niño de cinco años (Hans)
(1909)
El caso del pequeño Hans es el primer caso que tiene Freud con un niño, aunque a través del
padre, lo trata igual que a un adulto pues hay que recordar que aunque sus teoría se centra en la
etapa infantil él trabaja con adultos. En este caso su deseo se mueve en torno al hace pipi.
Le pregunta a la madre si ella tiene uno, le atribuye uno a la vaca que se ordeña es sorprendido por
la madre cuando se entrega a tocamientos de su pene. Lo amenaza con que le va a cortar el "hace
pipí" si continúa haciendo eso y adquiere un complejo de castración. Después, el niño quiere saber
si también su padre tiene un "hace pipí", y se sorprende de que su madre, no tenga un "hace pipí"
del tamaño del que tiene el caballo.
Un importante acontecimiento de la vida de Hans es el nacimiento de su hermanita Hanna, cuando
él tiene exactamente tres años y medio". Su padre empieza a notar sospechas acerca de la
falsedad de la fábula de la cigüeña. A Hans le llevará tiempo superar sus celos y convencerse de su
superioridad sobre la hermana menor. Un día al ver a su hermana bañarse, se fija si ella tiene un
"hace pipí y que este es todavía pequeño y supone que será más grande cuando crezca.
Hans se enamoró de una niñita. Cuando tenía cuatro años y por medio de un sueño hace ver su
deseo por exhibirse ante las niñas. Cuando volvió a ver a su hermana bañarse termina con esto al
ver la diferencia de los genitales.