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HISTORIA GENERAL DE

AMÉRICA LATINA
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HISTORIA GENERAL
DE
AMÉRICA LATINA

Volumen I

D IRECTO RA DEL VOLUMEN: TERESA ROJAS RABIELA


CODIRECTO R: JO H N V. MURRA

EDITORIAL TRO TTA EDICIONES UNESCO

O IIISI
Historia General de América Latina

'Volumen I
Las sociedades originarias

Volumen II
El primer contacto y la formación de nuevas sociedades

Volumen III
Consolidación del orden colonial

Volumen IV
Procesos americanos hacia la redefinición social

Volumen V
La crisis estructural de las sociedades implantadas

Volumen VI
La construcción de las naciones latinoamericanas

Volumen VII
Los proyectos nacionales latinoamericanos:
sus instrumentos y articulación,
1870-1930

Volumen VIII
América Latina desde 1930

Volumen IX
Teoría y metodología en la Historia de América Latina
Las ideas y opiniones expuestas en la presente publicación son las propias de sus
autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la UNESCO.

Las denominaciones empleadas en esta obra y la presentación de los datos


que en ella figuran no implican, de parte de la UNESCO, ninguna toma de
posición respecto al estatuto jurídico de los países, ciudades, territorios o zonas,
o de sus autoridades, ni respecto al trazado de sus fronteras o límites.

R e s e r v a d o s to d o s ios d e re ch o s. N i la to ta lid a d n i p a rte de este lib ro puede re p ro d u cirse


o tra n s m itirs e p o r n in g ú n p r o c e d im ie n to e le c tró n ico o m e c á n ic o , in clu y e n d o fo to c o p ia , g r a b a c ió n m a g n é tic a
o c u a lq u ie r a lm a c e n a m ie n to de in fo rm a c ió n y sistem a de re c u p e r a c ió n , sin p e rm iso e sc r ito de la U N E S C O .

Publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la


Ciencia y la Cultura (UNESCO), París, Francia.

O Editorial Trotta, S.A., 1999


© UNESCO, 1999

ISBN T R O T T A (obra completa); 8 4 -8 1 6 4 -3 5 0 -5


ISBN UNESCO (obra completa): 9 2 -3 -3 0 3 6 5 3 -7
ISBN T R O T T A (vol. I): 84-8 1 6 4 -3 5 1 -3
ISBN UNESCO (vol. I); 9 2 -3 -3 0 3 1 5 0 -0
Depósito Legal: VA-916/99

P rin ted in S p ain . Im p reso en E sp a ñ a p o r S im a n c a s E d ic io n e s , S.A .


ÍN D IC E G E N E R A L

A b r e v ia tu r a s ................................................................................................................. 9
P rólog o: F ederico M a y o r ........................................................................................... 11
In trodu cción G eneral: G erm án C arrera D am as ............................................... 13
C om posición d el C om ité C ientífico Internacional para la redacción de una
Historia General de América L a tin a .................................................................. 24
Introducción: T eresa R ojas R a b ie la ....................................................................... 25

Capítulo 1. Bases ecológicas y paleoambientales de América Latina: Olivier


D o l l f u s . . . . .............................................................................................................. 29
Capítulo 2. El poblamiento originario: Alan L. B r y a n ..................................... 41
Capítulo 3. Diversidad geográfica y unidad cultural de Mesoamérica: L o ­
renzo O choa, Edith Ortiz-Díaz y G erardo G u tiérrez ................................... 69
Capítulo 4. Demarcación del área sudamericana: Luis Guillermo Lum breras 99
Capítulo 5. Las sociedades mesoamericanas: las civilizaciones antiguas y su
nacim iento: Christine N ie d e r b e r g e r .................................................................. 117
Capítulo 6. Formaciones regionales de Mesoamérica: los Altiplanos del Cen­
tro, Occidente, Oriente y Sur, con sus costas: Linda M a n z a n illa ............. 151
Capítulo 7. La civilización maya en la historia regional mesoamericana:
L o ren z o O ch oa ....................................................................................................... 175
Capítulo 8. Formaciones regionales de Mesoamérica. Los Altiplanos del
Centro, Occidente, Oriente y Sur, con sus costas durante el Postclásico:
Teresa R ojas R abiela y M agdalena A. G arcía ............................................... 199
Capítulo 9. La región septentrional mesoamericana: Beatriz B ran iff C ornejo 229
Capítulo 10. Las culturas de cazadores-recolectores del Norte de México y
el Sur de los Estados Unidos: G rant D. H all ................................................. 261
Capítulo 11. Sociedades sedentarias y semisedentarias del Norte de México:
R andall H. M cG uire ............................................................................................. 285
Capítulo 12. Las sociedades del Norte de los Andes: M aría Victoria Uribe 315
Capítulo 13. El hombre andino: D uccio B onavia y C arlos M onge C............ 343
Capítulo 14. Las sociedades de los Andes septentrionales: Segundo E. M o­
reno Y á n e z ................................................................................................................. 359
8 ÍNDICE GENERAL

Capítulo 15. Las sociedades de regadío de la costa norte: Anne M arie H oc-
quen ghem ................................................................................................................ 387
Capítulo 16. Las sociedades costeñas centroandinas: María R ostw oroiv ski 413
Capítulo 17. Sociedades serranas centroandinas: D uccio B on avia y Fran-
klin P ease G . Y . ...................................................................................................... 429
Capítulo 18. Sociedades del Sur andino: los desiertos del Norte y el Centro
húmedo: Agustín Llagostera M a r tín e z ............................................................. 445
Capítulo 19. Las sociedades del Sudeste andino: M yriam N. T arrago . . . . 465
Capítulo 20. El Tawantinsuyu:/ofew V. AÍMT-ra ................................................. 481
Capítulo 21. Los pueblos del extremo austral del continente (Argentina y
Chile): R o d o lfo M. C a s a m iq u e la ....................................................................... 495
Capítulo 22. Sociedades fluviales y selvícolas del Este: Paraguay y Paraná:
B artom eu M e l i á ...................................................................................................... 535
Capítulo 23. Sociedades fluviales y selvícolas del Este: Orinoco y Amazo­
nas: Betty ]. M e g g e r s ............................................................................................. 553
Capítulo 24. Las sociedades originarias del Caribe: M arcio Veloz M aggiolo 571

B ibliog rafía g e n e r a l .................................................................................................... 587


ín d ice t o p o n ím i c o ...................................................................................................... 639
ín d ice o n o m á s t ic o ...................................................................................................... 655
B i o g r a f í a ....................................................................................................................... 657
A B R E V IA T U R A S Y S IG L A S

ADL Archivo Departamental de la Libertad, Trujillo


a.p. antes del presente
a.n.e. antes de nuestra era
AGI Archivo General de Indias, Sevilla
AGN Archivo General de la Nación, México
C 14 Carbono 14
CNPq Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológi­
co, Brasil
ICAN Instituto Colombiano de Antropología
msnm metros sobre el nivel del mar
n.e. nuestra era
OEA Organización de los Estados Americanos
PRONAPABA Programa Nacional de Pesquisas Arqueológicas na Bacia Ama­
zónica
PRÓ LOG O

Federico M ayor
Director General de la UNESCO

Al fundar la UNESCO, hace más de medio siglo, sus creadores le asignaron, en­
tre otros cometidos, el doble propósito de contribuir al estudio de todos los gru­
pos humanos y de facilitar la comunicación y la comprensión entre las naciones.
La H istoria G en eral d e A m érica Latina es un aporte relevante a esta tarea inter­
nacional, pues en su elaboración una red de unos 240 historiadores de diferentes
comunidades y concepciones intelectuales ha asumido e intentado explicar, en
todas sus dimensiones, la complejidad que el concepto «América Latina» supone
hoy en día. Con los instrumentos metodológicos de la historiografía actual han
estudiado las sociedades originarias latinoamericanas, sus contactos con la cul­
tura europea, la formación del orden colonial y la participación de grupos hu­
manos traídos de África, sin olvidar los aspectos económicos y políticos, las lu­
chas y los acuerdos que condujeron a la construcción de los Estados nacionales
en la región.
Las variantes regionales de la época precolombina muestran, a partir de los
testimonios arqueológicos y etnohistóricos, el grado de desarrollo tecnológico,
los intercambios comerciales y las alianzas políticas y militares que estas socie­
dades habían alcanzado. Las modalidades de implantación de la cultura europea
suponen un cambio en la dinámica demográfica de estas comunidades origina­
rias, causado por las nuevas enfermedades y por prácticas culturales inicialmente
incompatibles. Las pautas de mestizaje vigentes en las diversas zonas del conti­
nente se desarrollaron a partir de las transformaciones de los patrones religiosos,
el cambio de la alimentación y el uso de nuevos productos medicinales, la nove­
dosa organización institucional, la diferente distribución del espacio urbano y la
aplicación de un régimen distinto de producción minera y agrícola, con nuevas
técnicas de explotación; estos factores fueron definiendo un comportamiento
económico y ciertas características sociales que articularon los diferentes regis­
tros expresivos de las sociedades latinoamericanas.
Desde el inicio del proceso de formación de estas nuevas sociedades, en la
vasta porción continental e insular que hoy denominamos América Latina, fue
patente su repercusión en el resto del mundo y, particularmente, en todos los ór­
denes vitales de las sociedades europeas. No es fácil deslindar un ámbito donde
no sea perceptible esta influencia, creciente desde mediados del siglo X V I. La con­
cepción del mundo y de la cristiandad; la economía y los patrones de consumo;
12 FEDERICO MAYOR

los usos sociales, el pensamiento filosófico y el arte europeos, fueron teatro de


incesantes y fundamentales intercambios formativos y eru-iquecedores, casi desde
el momento mismo en que castellanos y portugueses iniciaron la que se denomi­
nó «la empresa americana».
Esta obra es, por consiguiente, una historia total, en tanto abarca todas las
producciones humanas (representaciones económicopolíticas, formación de sa­
beres, arte, religión, objetos, mitos, fiestas) y muestra la vigencia del pluralismo
cultural en América Latina. Al mismo tiempo, expone cómo se han integrado
sus componentes y en qué medida se ha definido, a través de las luchas civiles, el
papel social de los grupos indígenas, las asociaciones de mujeres, las culturas
afroamericanas, los artistas, los grupos profesionales y los artesanos en la cons­
trucción de comunidades múltiples y la elaboración de mecanismos de legitima­
ción que les permiten vivir y crecer en ese ámbito cultural y geográfico que hoy
se identifica como América Latina.
A través de este importante estudio, la UNESCO pone de relieve la actua­
lidad de la reflexión histórica que nos permite hacer un balance sobre lo que
América Latina ha sido y ha dejado de ser, así como formular previsiones so­
bre las sociedades que se construyen actualmente en esa región y en el resto del
mundo.

Federico Mayor Zaragoza


I N T R O D U C C IÓ N G E N E R A L

Germán Carrera D am as
Presidente del Comité Científico Internacional
para la redacción de una H istoria G en eral de A m érica Latina

A lo largo de sólo medio milenio, América Latina se ha conformado como una


de las grandes regiones geoculturales del mundo. Su unidad territorial es eviden­
te. Su madurez sociocultural es un hecho cotidianamente comprobado. Su signi­
ficación en el escenario mundial de la cultura no requiere de nueva argumenta­
ción. Su esfuerzo sostenido y crecientemente exitoso por constituirse como un
conjunto de sociedades modernas, democráticas y orientadas hacia niveles cada
día más altos de bienestar, es reconocido. En suma, América Latina es una reali­
dad que puede ser historiada como totalidad. Por eso, hemos escrito esta H isto­
ria G en eral d e A m érica Latina.
Nada más vano, desde una perspectiva científica, que pretender comparar la
evolución de las grandes regiones geoculturales del mundo. La vinculación orgáni­
ca entre ellas, así como las diferencias de tiempo histórico, impiden el deslinde y,
por ende, toda confrontación. Para las sociedades criollas latinoamericanas, el he­
cho de inscribirse en el tiempo que la historiografía de Europa occidental denomi­
na épocas moderna y contemporánea acentúa ese vínculo de manera decisiva. In­
cluso muchas de las sociedades preexistentes en el territorio americano lo reflejan
también en aspectos fundamentales, que tienen que ver tanto con tecnologías bási­
cas como con valores espirituales. Pero si bien esta condición es común a todas las
sociedades latinoamericanas, no lo es la forma de vivirla. Por eso tampoco parece
cómodo establecer la comparación entre las grandes regiones geoculturales del
mundo, tomando como criterio sus respuestas — o la ausencia de las mismas— en
relación con una línea media compuesta de problemas considerados similares.
Por eso esta H istoria es el resultado del ensayo de una nueva aproximación a
la evolución histórica de América Latina. Pretende captar la unidad y la diversi­
dad, pero no vistas como términos de un contraste, ni como yuxtaposición, sino
conjugadas como la esencial historicidad de estas sociedades. Cierto que este en­
foque permite evocar el tradicional debate sobre la unidad y la diversidad en la
historia de América Latina. Pero no busca dilucidar tal cuestión, sino que la asu­
me como una realidad que no requiere explicación, sino que es objeto de conoci­
miento. De ahí que el contenido informativo de esta H istoria sea resultado de
una cuidadosa elaboración crítica del conocimiento histórico acumulado, a la
par que de una reflexión sistemática sobre las grandes líneas del proceso históri­
14 GERMÁN CARRERA DAMAS

co latinoamericano. Por consiguiente, no se ha querido ofrecer una visión de


América Latina que, por cumplir un compromiso de pretendida objetividad cien­
tífica, se desentienda de las expresiones espirituales e intelectuales que sintetizan
la pasión latinoamericana, tan legítima y respetable como la generada por cual­
quier otra de las grandes regiones geoculturales del mundo. Por eso esta Historia
representa, sobre todo, un esfuerzo de comprensión de sí misma por parte de
América Latina. Pero de ninguna manera este esfuerzo encubre una absurda pre­
tensión de aislacionismo historiográfico. Tampoco un asomo siquiera de subes­
tima del papel desempeñado por los amplios escenarios, en los cuales se ha de­
senvuelto la realidad latinoamericana. Menos aun desdén por la visión ajena.
Representa un genuino esfuerzo de comprensión de sí mismas por las sociedades
latinoamericanas, en el cual han participado varias decenas de acreditados inves­
tigadores latinoamericanos, europeos y norteamericanos. No son ellos latino-
americanistas en el sentido tradicional, aún superviviente en muchos centros de
estudio, sino mentes científicas para las cuales América Latina es, también, algo
más que un objeto de estudio: lo es de un auténtico deseo de comprensión, en el
cual se combinan el conocimiento científico y la simpatía.
Ésta ha querido ser una historia de sociedades. Por lo mismo, se propuso re­
coger la existencia histórica de conjuntos sociales que son diversos por sus ras­
gos característicos. Pero también — y fundamentalmente— por la forma como se
han combinado en ellos los rasgos compartidos con otras sociedades, generan­
do la especificidad del curso histórico de las sociedades latinoamericanas. Estos
procesos, que componen el complejo mosaico de sociedades que es América La­
tina, son también reveladores de una creatividad que se manifiesta en el marco
de una creciente interrelación con los procesos históricos denominados universa­
les. El símil del mosaico de sociedades no carece de justificación. Pretende reco­
ger, a un tiempo, la trama que unifica y las fisuras que diferencian e incluso se­
paran los componentes. Pero el mosaico latinoamericano no es expresión de una
fallida esperanza de fusión homogeneizadora — necesariamente abandonada hoy
por las mentes más lúcidas de las sociedades criollas contemporáneas*— , sino de
la leal admisión de una realidad, a partir de la cual están arrancando nuevos
procesos de desarrollo histórico. Éstos pasan por la formación de bloques subre-
gionales, que buscan conjugar la diversidad real en el marco de proyectos de in­
tegración abiertos. En este esfuerzo de potenciación de las sociedades latinoame­
ricanas, los factores determinantes no derivan de la comunidad de origen, sino
de la identidad de propósitos. No ha sido otro el camino recorrido por el proce­
so de unificación en el viejo continente, hoy empeñado en probar la existencia
de Europa, como entidad histórica y no sólo geográfica.
Toda aproximación historiográfica a América Latina está regida por tres
grandes circunstancias. En primer lugar, por la acumulación y el entramado de

1. El autor utiliza el término «criollo» en su sentido más generalizado en América Latina. De­
signa al europeo y al africano nacidos en tierra americana y al producto de su mestizaje con la pobla­
ción indígena. Pero, más que un criterio étnico, para el autor importa una forma de mentalidad, la
propia de una relación de dominación respecto de las sociedades indígenas. En este sentido, la con­
ciencia criolla desborda los límites étnicos.
IN TRO DUCCIÓN GENERAL 15

estadios del tiempo histórico. En segundo lugar, porque la historicidad de la


conformación de las sociedades criollas se encuentra recogida, desde sus prole­
gómenos, en un denso cuerpo historiográfico extraordinariamente rico y conti­
nuo. En tercer lugar, porque el trabajo sostenido y productivo de arqueólogos,
antropólogos e historiadores aún no ha logrado llenar por completo las brechas
históricamente generadas entre las sociedades criollas y las sociedades aboríge­
nes más estructuradas.
De esta manera, las sociedades latinoamericanas actuales están vinculadas
orgánicamente con un proceso de poblamiento del actual territorio americano
que data de unos 25 000 años. Este vínculo se expresa directamente en las socie­
dades aborígenes e, indirectamente, en todas las sociedades latinoamericanas. Al
mismo tiempo, la vertiente europea de la conformación de las sociedades latino­
americanas las vincula directamente con las originarias raíces del mundo medite­
rráneo y, en especial, con su vertiente arábiga, a lo cual se sumó en forma cre­
ciente el aporte subsahariano. Por estas razones, merece particular estudio lo
que podría denominarse tiempo histórico de América Latina. Seguramente ca­
bría subrayar tres aspectos fundamentales. Uno —^y principal— es el alto nivel
de contemporaneidad que caracteriza en su conjunto a las sociedades latinoame­
ricanas. Ellas conjugan las etapas del tiempo histórico, que se extienden desde el
Paleolítico Superior hasta el umbral de la era atómica. Otro aspecto es el concer­
niente al hecho de que aún hoy se dan procesos de primer contacto de socieda­
des criollas con sociedades aborígenes. Por último — y cargado de consecuencias
sociopolíticas que llegan a revestir gravedad— se debe tener presente el hecho de
que varias de las sociedades que iniciaron su proceso de implantación en territo­
rio americano al nacer el siglo X V I no han completado aún la ocupación prima­
ria de su espacio históricamente atribuido.
Nuestro propósito de componer una historia de sociedades tropezó pronto
con una realidad histórica que en muchos aspectos alcanzó a prevalecer. Y es
que la historia de las sociedades latinoamericanas, criollas y aborígenes, ha sido
escrita y cultivada en correspondencia con el proceso de conformación social he-
gemónica del criollo latinoamericano. Naturalmente, esto vale no sólo para la
comprensión y la explicación de la historia; vale también para el acopio y la pre­
servación de las fuentes, así como para la orientación de los proyectos de investi­
gación. De esta manera en muchas ocasiones — como seguramente apreciará el
lector— la presencia histórica de las sociedades no criollas se debilita e incluso
queda subordinada a la de las sociedades criollas. Me niego a aceptar la fácil ex­
plicación de este hecho consistente en que sucede así porque las sociedades crio­
llas son el motor de los complejos sociales latinoamericanos. Viene más a la ra­
zón el observar que en éstos se da una desigualdad de ritmos históricos. Rechazo
la creencia, aunque generalizada, del estancamiento de alguno de sus componen­
tes. En todo caso, rechazo esta última creencia, por cuanto lleva en la práctica
social a pronunciar la más prejuiciada sentencia contra las sociedades indígenas,
tradicionalmente vistas por la mentalidad criolla como responsables del atraso
social y de los obstáculos encontrados por los intentos de progreso. Quizá ha es­
capado a la atención de quienes han puesto empeño en refutar esta interpreta­
ción, asumiendo la defensa del indígena y abonando la exaltación de su contri­
16 GERMÁN CARRERA DAMAS

bución cultural, el señalar que la verdadera causa de tal dificultad radica en el


modo como las sociedades criollas y aborígenes se relacionan en la mentalidad
del criollo, único término conocido de esa relación, ya que el papel de la menta­
lidad indígena en ella sigue siendo materia más de supuestos y deducciones que
de conocimiento.
Se ha formado así, entre las sociedades aborígenes y las criollas, una brecha
que ha resistido a los esfuerzos de creadores literarios y artísticos, al igual que
los de mentes científicas y filósofos sociales. También las corrientes ideológicas y
políticas de reciente curso han pretendido colmar esa brecha. El curso actual de
las sociedades indígenas latinoamericanas ha experimentado la intrusión, por lo
general depredadora, de tales intentos. De esta manera, esas sociedades siguen
siendo hoy, en términos generales, la arena en la cual se barajan enfoques ge­
nerados en el seno de las sociedades criollas, a lo largo de cinco siglos de domi­
nación. Si no como doctrinas explícitas expresamente, sí como práctica vigente
socialmente, esos enfoques se corresponden con la yuxtaposición de tiempos his­
tóricos, perceptible en algunas de las sociedades latinoamericanas. Forman la
gama que se extiende desde la acción misionera — ella misma reveladora de esa
yuxtaposición de tiempos históricos— hasta los tratamientos antropológicos ex­
perimentales actuales. Pero, de manera general, puede decirse que el núcleo de
relación de las sociedades criollas con las sociedades aborígenes, formado en el
siglo X V I, se mantiene: está compuesto por la acción simultánea de misioneros,
comerciantes, rescatadores, soldados, pobladores y funcionarios expoliadores. A
los cuales se han sumado, en los últimos años, los promotores de causas políti­
cas en búsqueda de prosélitos.
América Latina constituye, por consiguiente, una encrucijada de tiempos
históricos que ha elaborado el suyo propio, y esto es, justamente, lo que la pre­
sente H istoria ha querido captar y ofrecer al lector. Mas ese tiempo histórico no
es único, ni su diversidad intrínseca viene a ser un título de singularidad para
América Latina. Puesto en perspectiva histórica, se advierte que el de las socie­
dades latinoamericanas no ha sido un curso histórico que carezca de paralelo,
aunque tampoco cabe afirmar que carezca de singularidad. Visto como resul­
tado de procesos de implantación que abrieron extenso campo al mestizaje en
todos los órdenes, parecía sin embargo posible establecer similitud, en algunos
aspectos, con procesos más recientes que han tenido lugar en África y Oceanía.
Pero estas similitudes tienden a desvanecerse, como meras apariencias, cuando
se estudia estos procesos con detenimiento. Aun si se los engloba en una misma
modalidad de conformación de nuevas sociedades, la variante latinoamericana
presenta claros y permanentes rasgos diferenciales. Los otros procesos de pobla-
miento reciente mencionados entran más holgadamente en la categoría de tras­
plante de población y no en la de implantación de sociedades. El mestizaje, tanto
en su presencia como en su ausencia, establece la diferencia fundamental entre
ambos procesos, en el entendido de que se trata del mestizaje primario, dado en­
tre los primitivos y los nuevos pobladores. Visto así, el caso de las sociedades la­
tinoamericanas se singulariza, al menos en los tiempos modernos.
Desde el momento en que se estableció el vínculo inicial entre las comuni­
dades autóctonas del continente y los expedicionarios procedentes de la porción
IN TRO DUCCIÓ N GENERAL |7

mediterránea europea, se ha debatido la cuestión de la originalidad americana,


implícita en el concepto de Nuevo Mundo. A esos pobladores autóctonos fray
Antonio Vázquez de Espinosa Ies atribuyó como origen el ser descendientes de
la tribu perdida de Israel. Más tarde, diversos observadores, desde Galeotto
Cey a comienzos del siglo xv i, consideraron a las sociedades criollas como sim­
ples remedos de las sociedades europeas, pero condicionadas por un medio geo­
gráfico que era él mismo, en muchos aspectos, valorado como degradación del
europeo.
A partir de esa supuesta comprobación, que descalificaba a las sociedades
criollas latinoamericanas, sus integrantes vieron negadas tanto su creatividad
como la posibilidad de que pudieran elevarse al nivel de sus antepasados europeos.
Todavía a fines del siglo X IX viajeros y naturalistas europeos, al estilo de Juan
Bautista Diosdado Boussingault, mostraron mayor interés y simpatía por la na­
turaleza americana que por su población. Aún hoy, en el umbral del siglo X X I, la
imagen de las sociedades americanas, tanto criollas como indígenas, que ha sido
difundida por algunos escritores latinoamericanos de éxito internacional, se re­
laciona más con lo fantástico y hasta con lo irracional que con la racionalidad
intelectual y social determinada por los criterios europeos occidentales, compar­
tidos por el criollo latinoamericano.
Por otra parte, el europeo tiende a juzgar su historia con una selectiva racio­
nalidad de hoy, mientras a las sociedades latinoamericanas se las enclaustra, sin
posibilidad de rescatarse, en una irracionalidad esencial. Nada de nuevo hay en
esto, por otra parte. También el romanticismo, que es admitido como una etapa
en la sensibilidad de los europeos, es considerado poco menos que una condi­
ción insuperable en el criollo latinoamericano.
Nada en estos conceptos merece hoy una atención mayor que la prestada en
las líneas precedentes. Han quedado registrados, en la evolución de las socieda­
des criollas latinoamericanas, como muestras de la no siempre excusable incom­
prensión de la realidad de su conformación histórica. Pero no es difícil advertir
el importante papel que estos prejuicios han desempeñado, como fundamento de
la justificación de propósitos colonialistas, antiguos y modernos, formales e in­
formales, de los cuales es elocuente ejemplo la intervención franco-austríaca en
México a mediados del siglo x ix.
Pero sería muy cómodo atribuir tal grado de incomprensión tan sólo al
observador externo de las sociedades latinoamericanas. También el criollo ha
rehuido la admisión de su realidad, sobre todo en lo que concierne a sus relacio­
nes con las sociedades indígenas, al igual que a su tenaz actitud de subordi­
nación imitativa respecto de sus ancestros europeos. Esto ha entrabado la crea­
tividad del criollo latinoamericano, por obra tanto de la persistencia en su
conciencia de los modos iniciales y primarios de su relación con las sociedades
aborígenes como por su aspiración a identificarse con los patrones culturales eu­
ropeos. He intentado sintetizar esta situación del criollo latinoamericano defi­
niéndolo como un d om in a d o r cautivo, pues se esfuerza por diferenciarse del
aborigen dominado, entregándose cada vez más a su propio cautiverio, represen­
tado por su solícita sumisión a formas culturales acatadas como paradigmas, en
cuya formación ha tenido poca, si alguna, participación.
18 GERMÁN CARRERA DA MA S

También resultaría injusto —y sobre todo sería históricamente desacertado-


no reconocer que, pese a estas complejas formas de su conciencia, el criollo lati­
noamericano ha sido capaz de concebir, promover y realizar la más vasta y ardua
empresa de ruptura del nexo colonial cumplida hasta el presente, incluida la des­
colonización ocurrida después de la Segunda Guerra Mundial. Lá formulación de
la teoría de la emancipación de las colonias españolas de América y su práctica
creativa, obra de muchos hombres y mujeres, hoy representados por los grandes
nombres de Simón Bolívar, José de San Martín, Antonio Nariño y fray Servando
Teresa de Mier, constituye un justo título de recomendación de la capacidad inte­
lectual y el vigor de la acción social y política del criollo latinoamericano. Empe­
ñado éste, según los observadores europeos de mediados del siglo x ix, contra
toda razón aparente, en constituir nacionalidades en el marco de Estados sobera­
nos, fue capaz de persistir en la experiencia republicana cuando Europa retoma­
ba, visiblemente escarmentada, a la seguridad del viejo orden monárquico, en al­
gunos casos poco menos que absolutista. La tenacidad del criollo latinoamericano
en este orden fue, sin embargo, tildada de tozudez y hasta se exhibió como prue­
ba palpable de irracionalidad. En el fondo, se le exigía al criollo latinoamericano
que llegase en breve plazo a un ordenamiento social y político en cuyo logro Eu­
ropa había invertido siglos. Abundaron los criollos latinoamericanos, lectores de
su realidad en la ciencia europea, que pagaron tributo a esta muestra más de su­
bordinación intelectual y llegaron a desesperarse. Pero, felizmente, no fueron po­
cos los claros espíritus que desafiaron la engañosa sensatez así cultivada.
Esta H istoria ha querido enmarcarse en dos propósitos fundamentales, que
fueron establecidos en la versión original del proyecto que elaboré en 1981 y del
cual creo oportuno transcribir extensos pasajes, si bien introduciéndoles algunos
añadidos conceptuales, además de arreglos de estilo. Estos propósitos fueron
deducidos del estudio crítico, tanto de la historia como de la historiografía lati­
noamericanas y latinoamericanistas, así como del prolongado y enriquecedor
contacto intelectual con muchos de los autores seleccionados. Enunciados senci­
llamente, son los siguientes: la H istoria G eneral de A m érica Latina promovida
por la UNESCO debe ayudar a superar la visión criolla, esencialmente eurocén-
trica, de la historia de América Latina y, por lo mismo, contribuir a actualizar
los criterios nacionales y nacionalistas que han regido y rigen la historiografía
correspondiente.
Superar la visión criolla de la historia de las sociedades implantadas en Lati­
noamérica significa asumir una postura historiográfica que procure dos objeti­
vos primordiales. En primer lugar, rescatar la perspectiva histórica del largo pe­
riodo americano, representado por las sociedades aborígenes. Éstas deben ser
vistas com o un continuo, no como un antecedente o como un complemento del
proceso de implantación de las nuevas sociedades o sociedades criollas. En se­
gundo lugar, situar a las sociedades implantadas en una relación de interacción
múltiple con los factores y procesos que a lo largo de medio milenio han condi­
cionado su formación.
El logro de estos objetivos exige una revisión del modo de relación de dichas
sociedades con la «historia universal», con las sociedades aborígenes, con la po­
blación africana trasladada a América y con las sucesivas presencias migratorias.
IN TRO D U CCIÓ N GENERAL |9

Con la «historia universal» y tenida en cuenta la mediación de la historia eu­


ropea occidental en la concepción de esa universalidad, debe buscarse una rela­
ción que permita valorar ajustadamente la significación de ésta, que es a la vez
medio y componente. Ello obliga a valorar mejor el carácter endógeno, creciente
hasta llegar a ser muy pronto predominante, del proceso de implantación de las
hoy sociedades criollas latinoamericanas, así como a diferenciar entre la inicial y
las sucesivas modalidades de la inserción de lo europeo en ese proceso.
En lo que respecta a las sociedades indígenas, ha de estudiarse la existencia
de una doble relación, de condicionante y de condicionado, que representa aún
hoy, en algunos casos de forma creciente, la esencia de las sociedades implanta­
das. Esto obliga a restablecer la identidad histórica de las sociedades indígenas,
que han sido incorporadas en una suerte de escenario geohumano dispuesto
para la hazaña de la conquista y la colonización; o han sido relegadas abusiva­
mente, ya en la república, a la condición de minorías destinadas a desvanecerse.
En cuanto a la población africana trasladada a América, se busca establecer
una relación basada en la comprensión de que ella es, además de componente
del mestizaje global, también la matriz de sociedades afroamericanas. Esto im­
pone, igualmente, la comprensión de que está por esclarecer todo un complejo
de vínculos, el cual se ve abrumado todavía por las secuelas discriminatorias,
tanto sociales como culturales, de la esclavitud.
Con las sucesivas presencias migratorias, advertir una relación de estimulan­
te proceso abierto que ha culminado, luego de la inicial presencia de indostanos
y chinos, con las migraciones europeas de finales del siglo x ix y mediados del x x
hacia algunas áreas de América Latina.
El logro de estos objetivos supone, como se ha dicho, la superación de la vi­
sión criolla de la historia de América Latina. Se ha insistido mucho en la necesi­
dad de superar la visión crudamente eurocéntrica, sustituyéndola por una autén­
ticamente universal. Pero este debate tiene doble faz: una, visible, corresponde a
la necesidad generalmente admitida de abandonar la visión eurocéntrica, hacién­
dola salir por la puerta; otra, disimulada, consiste en que al cultivar la visión
criolla de la historia de América Latina se hace retornar por la ventana el punto
de vista que se había hecho salir por la puerta, pues ambas visiones se identifican
en sus planos fundamentales.
El intento de superar la visión criolla de la historia de América Latina exige,
en primer lugar, definirla, lo que no es fácil. Quizá podría entenderse por tal la
conciencia histórica, producto del proceso de implantación de una sociedad en un
territorio ya ocupado por sociedades aborígenes, proceso que ha generado una re­
lación de dominio, en la cual el dominador se ve a sí mismo como representante
de la razón histórica del proceso global y el dominado es visto por el dominador, a
un tiempo, como antecedente y como compañero indeseable {el problem a indíge­
na). El resultado es una concepción fatalista del proceso de relación entre socieda­
des, consistente en que el dominado estaría destinado a incorporarse a la sociedad
criolla. Esta concepción subyace como factor legitimador de todos los procedi­
mientos empleados a lo largo de los siglos para resolver el problem a indígena.
Pero la doble relación de interacción en la cual fraguó la sociedad implanta­
da, con las sociedades aborígenes y con el contexto colonial europeo expresado
20 GERMÁN CARRERA DAMAS

en el nexo colonial, y todo ello en el ámbito de lo nuevo americano, generó un


proceso de diferenciación que constituye la criollización. Sus parámetros han
sido una constante, tenaz, fundamental y procurada diferenciación respecto de
las sociedades aborígenes; y una no menos constante, inevitable, creciente, pero
no deseada, diferenciación respecto del contexto europeo original. Debe tenerse
en cuenta, sin embargo, que ambos parámetros han admitido históricamente — y
las admiten aún— oportunas conversiones transitorias de signo contrario. Pese a
las apariencias, el fin último de dichas conversaciones es mantener el ya comen­
tado proceso de diferenciación. Tal como sucedió cuando, a comienzos del siglo
XDC, el criollo se identificó con el indígena, en el papel de víctima de la opresión
ejercida por el peninsular, para justificar la ruptura del nexo colonial. Tal como
ha sucedido y sucede cuando el criollo ha pretendido identificarse y se identifica
con el europeo, para respaldar su predominio étnico-social.
Las tendencias políticas recientes, locales americanas y universales europeas,
que abarcan desde la universalidad de la defensa de los derechos humanos hasta
nuevas propuestas ideológicas de carácter sociopolítico, actúan como variables
en este proceso. El saldo global es que disminuyen las posibilidades de desvane­
cimiento de las sociedades indígenas, aunque en muchos aspectos acentúan la
brecha que separa a las sociedades implantadas del paradigma europeo, con
efectos desalentadores y hasta inhibidores de la creatividad en la conciencia crio­
lla. Pero está en marcha un cambio fundamental en el cuadro interno que puede
llegar, en algunas áreas de América Latina, a transformar la situación general: la
recuperación de las sociedades indígenas en sentido demográfico, cultural y po­
lítico contraría, hasta anularla, la concepción fatalista forzada acerca de ellas,
propia del proceso de implantación. En una proyección histórica abierta ya no
cabe descartar la posibilidad de que algunas de las sociedades indígenas reasu­
man su curso histórico. Obviamente, no cabe entenderlo como un retorno al si­
glo X V I, pero sí, en todo caso, superando la inserción criolla como representativa
del conjunto.
Visto para la totalidad de las sociedades implantadas, el cuadro se complica,
ya que, por ser el de implantación un proceso todavía inconcluso, en su fase pri­
mera y primaria de ocupación inicial del territorio, y aun de primer contacto con
algunas sociedades indígenas, la problemática del siglo X V I en lo que respecta a
la relación con estas sociedades se vuelve a plantear hoy, de forma análoga, en
ciertas áreas.
Los cambios en cuestión complican aún más el complejo tiempo histórico de
realización de las sociedades implantadas latinoamericanas, vigorizando los fun­
damentos del conflicto estructural que vive la conciencia criolla: ésta se desen­
vuelve, así, en un doble plano, formado por el atavismo esencial del siglo X V I y
por la actualidad del siglo X V I en ciertas áreas, simultáneamente con el lanza­
miento de algunas de esas sociedades hacia el siglo X X I, en el marco de las nue­
vas formas mundiales de relación. Por eso, es primordial para el desenvolvimien­
to de las sociedades implantadas latinoamericanas superar la visión criolla de su
historia desde un triple punto de vista: es vital para desobstruir el cauce al proce­
so que habrá de culminar con la reasunción de su curso histórico por algunas so­
ciedades indígenas; es necesario para liberar la conciencia criolla de limitaciones
INTRO DUCCIÓ N GENERAL 21

estructurales, que afectan a la creatividad de su cultura, por la doble relación de


aceptación/negación en la cual se desenvuelve respecto de las sociedades indíge­
nas y del contexto europeo y angloamericano; y es clave, por último, para la de­
finitiva conformación del ser histórico de las sociedades afroamericanas.
En síntesis, las sociedades implantadas latinoamericanas han alcanzado un
nivel de consolidación muy alto, que hace posible que se piensen a sí mismas p o ­
sitivam ente, es decir, sin pasar por la necesidad de definirse negativam ente res­
pecto de las demás sociedades con las cuales comparten el territorio. De lograr
este cometido se despejaría el campo para el despliegue de la creatividad del
criollo y con ello se multiplicarían sus opciones. Al mismo tiempo, se contribui­
ría decididamente a crear las condiciones que propiciarán el desenvolvimiento
global de las otras sociedades.
El segundo de los propósitos fundamentales de esta H istoria es contribuir a
actualizar, en las sociedades implantadas latinoamericanas, los criterios naciona­
les y nacionalistas, en el sentido de hacerlos concordar con el momento histórico
que viven esas sociedades y con la necesaria revaluación histórica de las socieda­
des indígenas y afroamericanas.
El nacionalismo latinoamericano ha sido objeto de toda suerte de enfoques y
tratamientos. Al ocuparse del área teóricoideológica, la H istoria G eneral de
A m érica Latina ha tenido en su estudio, al igual que en el del liberalismo latino­
americano, con el cual se halla estrechamente vinculado, uno de sus temas más
complejos. Pero no termina ahí su importancia. El esfuerzo metodológico y críti-
cohistoriográfico que tal H istoria supone, obliga a asumir ante el nacionalismo
posturas que sobrepasan la preocupación limitadamente historiográfica y que,
con mucha razón, se adentran en los terrenos de la conciencia histórica, traduci­
da en conciencia social y política.
Sin abonar la diatriba que, sospechosamente, suele proceder sobre todo de
nacionalismos tan avasalladores como mal disimulados, y sin caer en el exceso
de la exaltación lírica ripiosa, ha sido necesario abordar el estudio del naciona­
lismo latinoamericano viéndolo como expresión sintética de las formas de con­
ciencia propias del proceso de formulación y aplicación de los proyectos nacio­
nales de las sociedades implantadas latinoamericanas. Hacerlo así ha significado
asumir toda la carga de emotividad que tal proceso requirió durante un largo si­
glo en el cual, más de una vez, esas sociedades creyeron ver naufragar su proyec­
to nacional, en medio de vanos esfuerzos por superar la crisis estructural que las
agobiaba desde fines del siglo xviii y los estragos causados por los estallidos bé­
licos recurrentes, a todo lo cual se sumaban los efectos de la presencia imperial
europea y norteamericana.
Situados en esta perspectiva, se advierte que el nacionalismo ha desempeña­
do en América Latina un doble papel. Uno ha sido el de radicar la nación como
criterio de legitimación de la estructura de poder interna de la sociedad, una vez
desalojado el rey de esa posición, como consecuencia de la ruptura del nexo co­
lonial y de la adopción de la forma constitucional republicana. El otro ha sido el
de enlazar las nuevas demarcaciones político-administrativas, legitimando por
igual el control dominante de las sociedades implantadas sobre las sociedades in­
dígenas. Así, en nombre de la nación emancipada y republicana, ha sido posible
22 GERMÁN CARRERA DAMAS

asegurar la continuidad del proceso de implantación, iniciado y desarrollado en


el ámbito del nexo colonial monárquico.
De esta manera, el injustamente subestimado nacionalismo decimonónico la­
tinoamericano cumplió una importante función en la conformación del mapa
político del continente. Durante cierto tiempo —y en no pocos casos— ese na­
cionalismo nutrió actitudes de celosa defensa de las autonomías recién ganadas,
si bien tales actitudes eran canalizadas mediante proyectos nacionales que trope­
zaban con dificultades estructurales. En la medida en que fracasaban los inten­
tos de superarlas, esas dificultades parecían tan profundamente arraigadas, que
pronto fueron vistas como insuperables, en relación con los recursos de que dis­
ponían las nacientes nacionalidades, particularmente en el orden económico. Tal
comprensión del proceso por sus más lúcidos actores se convirtió rápidamente
en convicción generalizada. Esta última, que sirvió de fundamento a diversas
propuestas políticas de inspiración liberal, se veía reforzada por los efectos cier­
tos y prolongados de la dislocación social y económica, causada en extensas áreas
por guerras de independencia que fueron particularmente largas, sangrientas y
destructivas. Lo fueron hasta el punto de causar profundos traumatismos, de di­
fícil recuperación, a sociedades que en gran parte se encontraban todavía en los
inicios de su estructuración como tales, cuando se avocaron a la ruptura del
nexo colonial.
Los reiterados y tenaces esfuerzos por llevar a la práctica los proyectos na­
cionales en la primera mitad del siglo X IX , que se apoyaron sobre todo en los re­
cursos ya existentes en las sociedades correspondientes, consolidaron la convic­
ción de que esos recursos no sólo eran insuficientes y hasta inadecuados, sino
que sólo podrían incrementarse y reforzarse mediante la articulación plena de
las sociedades recién emancipadas con las áreas más dinámicas del sistema capi­
talista mundial, entonces en formación y expansión. Son abundantes las pruebas
de lo temprano, lo profundo y lo perdurable de esta forma de conciencia, así
como de sus expresiones legislativas y administrativas en materias tales como in­
centivos a la inversión extranjera y a la inmigración y colonización, con pobla­
ción preferentemente europea. De este modo, la correlación entre la autonomía
duramente conquistada y la convicción acerca de la no viabilidad de los proyec­
tos nacionales mientras estuviesen confiados a sus solos recursos preparó el te­
rreno para la presencia de los imperialismos europeo y norteamericano en las
antiguas colonias españolas de América y, con variantes apreciables, en Brasil.
Se generó así una compleja situación histórica cuya dialéctica durante déca­
das ha sido velada en gran parte por interpretaciones excesivamente inmediatis-
tas y unidireccionales. Éstas han conformado una visión fragmentaria y parcial
de los problemas conceptuales y metodológicos suscitados por el estudio históri­
co de la problemática del imperialismo moderno y contemporáneo, así como de
su papel en el desarrollo de los proyectos nacionales de América Latina.
Todo parece acentuar la urgente necesidad de someter este nivel del conoci­
miento general de América Latina a una cuidadosa revisión histórica. La madu­
ración de algunas de las sociedades que la forman y los requerimientos políticos
de todas determinan esa necesidad, en el marco compuesto por la proliferación
de formas de asociación supranacionales, en correlación con el desarrollo multi­
INTRO DUCCIÓ N GENERAL 23

nacional del capitalismo, con el surgir de nuevas modalidades de organización


sociopolítica y con la oportunidad de volver a definir, en algunas áreas, los vín­
culos de las sociedades implantadas latinoamericanas con las sociedades indíge­
nas y afroamericanas.
Contando en su haber histórico con la creación de Estados soberanos y re­
publicanos, a la par que con pruebas indubitables de su persistencia en el afán de
constituirse como naciones independientes y de consolidarse como sociedades
democráticas, las sociedades criollas latinoamericanas afrontan, si bien con dife­
rente intensidad y grado de percepción de esta situación, una difícil tarea que
podría expresarse de la siguiente manera: deben realizar una gran esfuerzo para
superar definitivamente los tenaces rasgos de su conciencia que arraigan en su
condición de dominador de las sociedades aborígenes, desde el umbral del siglo
X V I; o, lo que es lo mismo, están llamadas a redefinir sus relaciones con las so­
ciedades aborígenes y, sobre todo, a airear la conciencia con que viven esos ne­
xos. Al mismo tiempo están ante la necesidad de actualizar su nacionalismo, tan
costosamente elaborado en el siglo x ix y que tan importante papel desempeñó
en la constitución de los Estados nacionales. En suma, dos grandes y exigentes
tareas, que han de ser a un tiempo estímulo y prueba, en el más alto grado, de la
creatividad del criollo latinoamericano, comparable sólo con la demostrada por
las sociedades indígenas para sobrellevar la dominación ejercida por el criollo.
Cualesquiera que sean los modos de aproximarse a estos retos — ideológi­
cos, políticos o sociales— no parece necesario demostrar que tienen un punto de
partida común: han de fundarse en una transformación de la conciencia históri­
ca del criollo. Ahora bien, esta transformación sólo será posible mediante el de­
sarrollo crítico del conocimiento del acontecer histórico, del que él es todavía
hoy principal protagonista. Sobre esta base, podrá el criollo latinoamericano,
valido de su rico patrimonio indígena y africano, promover sus sociedades a los
grados de libertad, democracia, bienestar y justicia por él anhelados, y establecer
relaciones semejantes con las sociedades indígenas y afroamericanas.
La presente H istoria G en eral d e A m érica Latina, realizada bajo el patrocinio
genuinamente universal de la UNESCO, tiene como propósito primordial contri­
buir a la renovación de la conciencia histórica del criollo latinoamericano y, por
ende, a promover el papel propio y relativo de las demás sociedades con las cua­
les comparte el territorio americano.
C O M P O S IC I Ó N D E L C O M IT É C IE N T ÍF IC O IN T E R N A C IO N A L
P A R A L A R E D A C C IÓ N D E U N A
HISTORIA GENERAL DE AMÉRICA LATINA

P residente: Germán Carrera Damas (Venezuela)

M iem bros: Stephen Akintoye (Nigeria)


Xavier Albó (Bolivia)
Fitzroy Augier (Santa Lucía)
Enrique Ayala Mora (Ecuador)
Jorges Borges de Macedo (Portugal)
Alfredo Castillero Calvo (Panamá)
Malcom Deas (Reino Unido)
Vicente González Loscertales (España)
Laénnec Hurbon (Haití)
Herbert Klein (Estados Unidos)
Carlos Meléndez Chaverri (Costa Rica)
Manuel Moreno Fraginals (Cuba)
Marco Palacios (Colombia)
Franklin Pease, G. Y. (Perú)
Esteváo de Rezende Martins (Brasil)
Bianca Silvestrini (Puerto Rico/EE.UU.)
Josefina Zoraida Vázquez (México)
Gregorio Weinberg (Argentina)

M iem bros d e la Secretaría de la UNESCO:


Coordinación:
A. Garzón
A.Scavone
C. Espinosa
IN T R O D U C C IÓ N

Teresa Rojas Rabiela


Directora del volumen

Los latinoamericanos de hoy carecemos de suficientes obras generales que nos


acerquen a la historia de los pueblos y las sociedades del continente mediante
síntesis escritas en un lenguaje claro y sencillo, pero que al mismo tiempo reco­
jan críticamente el conocimiento y las interpretaciones más recientes.
Los trabajos reunidos en este primer volumen responden, como los del resto
de la H istoria G en eral d e A m érica Latina patrocinada por la UNESCO, a un es­
fuerzo «por proporcionar un punto de apoyo orgánico, sistemáticamente forma­
do, científicamente elaborado y metódicamente expreso, para promover el cono­
cimiento científico» (Carrera Damas, mecanoescrito: 11), en este caso, de las
sociedades del mundo aborigen americano.
La existencia de una base monográfica suficiente permite realizarlo, si bien,
como el lector podrá constatar, con múltiples lagunas en el conocir^iento, con
áreas y periodos mal conocidos y a menudo con grandes desacuerdos.^ero nada |
de esto se elude en esta H istoria, que incorpora una concepción crítica e inter- ¡
pretativa de la historiografía correspondiente, ofreciendo lo mismo la informa-j
ción básica que las secuencias cronológicas y de hechos indispensables para cap-j
tar el interés y la comprensión de los lectores de todo el mundo. ^ '

AM ÉRICA ANTES D E A M ÉRICA

Pero aquí cabe preguntarse si la historia de América es en verdad una sola, en el


sentido de compartir una misma trayectoria en la que las diversas regiones ha­
brían tenido vínculos más amplios, o si esta relación no se dio hasta que la ex­
pansión europea y el advenimiento del capitalismo las alcanzó e integró a una
misma corriente histórica (Wolf, 1987: 39).
Ciertamente no es ocioso preguntarse sobre la validez de hablar de una his­
toria de América Latina antes de la llegada de los castellanos y portugueses al
continente. O sobre si esta historia, que se supone compartida, es en verdad una
invención que tiene el propósito de unir, crear raíces comunes y una misma co­
munidad imaginaria en el sentido de una construcción mental, de una identidad
que une a los pueblos y las naciones que fueron colonizados por españoles y por­
tugueses en América, como lo plantea Enrique Florescano (1994: 14). Éste es el
26 TERESA ROJAS RABIELA

tipo de sustento ideológico de una historia de las sociedades originarias de Amé­


rica Latina como la presente.
En el terreno puramente académico, esta obra se concibe como una «historia
de historias», un conjunto de historias regionales que, si bien no del todo desvin­
culadas, estaban^lejos de una integración más amplia que abarcara todo el ám­
bito americano. Esta historia de historias pretende acercarse al conocimiento
! de los procesos particulares de las regiones, ^partir de las reconstrucciones de
¡ cómo las pobl^ipnes asiáticas que arribaron al_continent^hace aproximada-
mente_5Ó 000_años se adentraron y ocuparon el territorio de América Latina y
3e~cómo crearon las diversas adaptaciones regionales y de cómo surgieron las
múltiples sociedades y civilizaciones. ^
Dado que el estado del conocimiento es desigual en lo que toca tanto a co­
bertura regional como temporal, lo que aquí se apunta es a menudo incompleto
y provisional. Al fin y al cabo, ios datos que recogen el paleontólogo, el arqueó­
logo o el historiador son de naturaleza «efímera y cambiante» (Florescano,
1994; 7), como lo son las mismas interpretaciones que nos brindan.
Pero la empresa vale la pena en un continente que apenas hace escasos siglos
se integró en una idea de conjunto, primero imperial y luego nacional y suprana-
cional (América Latina). En este contexto, el concepto mismo 0g)América Latina
(esa gran «comunidad imaginada») es tan reciente en el_jiiarco d e h i s t o r i a
mundial, que la búsqueda de una historia común que arranque desde los oríge­
nes es claramente una construcción hecha desde el presente. La H istoria que
aquí se ofrece pretende abrir una vía «para restablecer la historicidad de las so­
ciedades aborígenes [...] haciendo aportaciones al fundamento de la misma y
propiciando una toma de conciencia general al respecto» (Carrera Damas, meca-
noescrito: 11). Así, nos enfrentamos al reto de construirla, de encontrar los con­
ceptos y los datos que, con rigor científico y con modestia, pero con amplitud de
miras, permitan alcanzar una suma de síntesis que recoja el conocimiento más
actualizado. Y no sólo eso se pretende, sino lograr una historia precolombina
que n o sea un mero antecedente o justificación de los episodios «gloriosos y he­
roicos» protagonizados por los europeos en tierras americanas después de 1492,
sino una historia propia que esté presente en la hazaña de la humanidad.
La historia que aquí se recoge ^ l a de las poblaciones y sociedades que he-
ny s preferido llamar originarias, significando las que poblaron originalmente el
continente americano, aunque provinieran de otro gran continente (Eurasia). Así,
esta obra tiene su punto de partida en la hazaña misma del poblamiento de Amé­
rica a través de las inmensas distancias que separan Asia de la Tierra del Fuego y
recorre los diversos episodios regionales que sólo conocemos fragmentariamente
y de los que quizá nunca sabremos todo, por la destrucción de los vestigios, a
causa de factores tanto naturales como artificiales. Los diversos capítulos que la
componen se nutren principalmente de información e interpretaciones provenien­
tes de investigaciones arqueológicas e históricas y de otras ciencias afines.
Huelga decir que los datos y conocimientos derivados de dichas pesquisas
guardan relación por igual con el avance de las técnicas propias de ese conjunto
de ciencias, como con las innovaciones de los aparatos y modelos conceptuales
que los especialistas emplean. Casi tan importantes como las pruebas mismas
IN TRO D U CCIÓ N 27

han sido las influencias de los modelos teóricos provenientes de otras ciencias
sociales y naturales sobre la construcción del conocimiento «histórico» (en su
sentido más amplio), obtenido a través de la arqueología, la paleontología, la et­
nología y la historia.
Comenzar esta H istoria G eneral d e A m érica Latina con un volumen dedica­
do expresamente (gestas sociedades originarias., tomando como punto de partida
las incursiones más antiguas en este continente, reafirma el enfoque de autores y
directores, al considerar que(e^ historia arranca desde allí y no desde el «descu­
brimiento de América» y el arriho de los europeos. Las poblaciones humanas que
colonizaron el continente poseen una historia que es tan historia como la de las
poblaciones de Occidente, si bien sus sociedades emprendieron vías de desarrollo
peculiares que esta H istoria contribuirá a dar a conocer y caracterizar mejor.
Como bien ha anotado Eric R. W olf, los antiguos americanos no son «gente
sin historia», ni su historia es menos verdadera que la de los «civilizados», con
los que entraron en contacto «cuando Europa extendió el brazo para apoderarse
de los recursos y las poblaciones de otros continentes» (Wolf, 1987: 33).^Las
materias de ambas historias (la americana y la otra, la supuestamente verdadera
o única, la occidental) son, al fin y al cabo, las mismas, como el propio W olf ha
demostrado, /y
Las contribuciones de este primer tomo de la H istoria G eneral de A m érica
L atin a se constituyen así en piedras para construir los muros de una «historia
común», (&nS)historia «universal» que no suprima u omita la historia ajnericana
y su rico y complejo tejido de historias regionales. En el núcleo de cada uno de
los capítulos está el conocimiento inteligente y crítico de un conjunto de recono­
cidos y activos especialistas de varias nacionalidades, inserciones institucionales
y especialidades. Arqueólogos, geógrafos, prehistoriadores, etnohistoriadores e
historiadores de Francia, Estados Unidos, Canadá y, sobre todo, de países de
América Latina, colaboran en este esfuerzo que la UNESCO ha impulsado a lo
largo de varios años, acogiendo el proyecto ideado por el historiador venezolano
Germán Carrera Damas, bajo cuya dirección se ha desarrollado la totalidad de
la obra.

ESTRU CTURA D EL VOLU M EN

En lo que respecta al presente volumen, se ha trabajado bajo el esquema propues­


to por los directores del mismo, Teresa Rojas Rabiela y John V. Murta. Se inicia
con un capítulo dedicado a presentar los rasgos y las variantes regionales del am­
biente americano y sigue con otro en el que se expone el proceso de poblamiento
originario del continente. A éstos siguen sendos capítulos consagrados a la de­
marcación de las dos grandes áreas de la región: Mesoamérica y Sudamérica, a
partir del poblamiento y, sobre todo, de los primeros asentamientos estables.
Los capítulos subsecuentes abordan las diversas formaciones regionales de
toda Latinoamérica, con enfoques de larga duración, desde las primeras etapas
hasta el contacto con la sociedad europea, que en ocasiones se prolongó hasta el
siglo X X . Un capítulo se dedica, por su singularidad, a la adaptación del hombre
TE R ESA ROJAS R A BIELA
28

al ambiente altoandino, único en el mundo, donde se desarrolló una civilización


en alturas supenores_a los. 3 000 metros^
Como todas las obras de síntesis, ésta pretende alentar el interés por el cono­
cimiento de la historia de estas sociedades originarias americanas, de su extraor­
dinaria hazaña de adaptación a la diversidad de ambientes naturales, de las disí­
miles vías civilizadoras que configuraron, así com o de las complejas opciones
culturales, técnicas, políticas, religiosas y económicas que encontraron.
Las visiones que aquí presentan los autores son, necesariamente, semblanzas
provisionales, dibujadas con los datos y las interpretaciones hoy disponibles, que
sólo esbozan el largo camino recorrido por las poblaciones que arribaron al con­
tinente americano durante la última glaciación y cuya vida, m lenios más tarde,
sufrió una alteración profunda con la llegada de los europeosrfeste choque en no
pocos casos significó su extinción, con la pérdida irreparable para la humanidad
de elementos y rasgos culturales y civilizadores únicos.^
B A S E S E C O L Ó G I C A S Y P A L E O A M B IE N T A L E S
D E A M É R IC A L A T IN A

O livier Dollfus

Los 22 millones de km^ de América Latina, situados entre 26° de latitud Norte y
56° de latitud Sur, ofrecieron a pequeños grupos de cazadores recolectores, y
posteriormente agricultores escasamente equipados, una gran diversidad de me­
dios naturales, cuatro quintas partes de los cuales se ubican entre los trópicos.
Hasta el siglo XVI nadie tenía una idea de conjunto, ni siquiera aproximada,
de la forma y disposición de los continentes que ahora todos tenemos presentes,
gracias a la existencia de mapamundis a escala global reducida. El aislamiento
del continente, a 3 000 km de las costas africanas más cercanas, a 7 000 de las de
Europa y a 15 000 de Australia, no era una realidad que se tomara en cuenta.
Nadie sabía que Sudamérica se asemejaba a una «nasa» de grandes dimensiones,
de 7 0 0 0 km de las Guayanas a la Patagonia, de 5 000 km de Ecuador al Nor­
deste brasileño, enlazada con América del Norte por dos «puentes» difíciles de
franquear, el de los istmos de Centroamérica y el arco insular del Caribe. Hasta
el siglo X V I, Sudamérica aparece dotada de una «insularidad continental».
Así, pues, al describir la base ecológica que brindan los medios naturales de
América Latina no debemos considerarla con nuestros ojos de viajeros aéreos y
provistos de mapas, sino con los del observador a ras del suelo; con la mirada
del peatón que aísla, al observar el paisaje que discurre a la velocidad del paso,
algunos puntos de referencia.

UN CO N TIN EN TE HABITABLE

Sudamérica fue insular hasta el M ioceno. No hubo nunca en ella poblaciones de


grandes simios, viveros de virus. Quienes primero arribaron, por Alaska, proce-
dentes de Asia, habían vivido durante generaciones en regiones de climas fríos, jdi-
minando los compleios p a té e n o s del AsiaJjapicalV Llegaban a un continente sin I
historia humana, es decir, <^) las^enfern^ades incesantemente reinventa^s_que
las poblaciones mantienen y crean en el curso~de su K s to n ¿ Por e5 0 ,' Hie'ún conti­
nente que hasta <su)conc[it^ta d es^ n o ció el paludismo en las regiories cálidas, la
viruela, el sarampión y prpba'blemente Ta peste y el cólera. La escasa densidad de-
30 OLIVIER DOLLFUS

O Géographie universelle BeUn-RECLUS, vol. 3, Amérique latine, 1991.


BASES E C O L Ó G I C A S Y P A L E O A M BI E N T A L ES DE A M É R I C A LATINA 3|

mográfica, salvo en el altiplano o en los piedemontes situados en las cordilleras; la


inexistencia de ganadería, exceptuando la cría de llamas y conejillos de Indias,
también limitaban otras enfermedades transmisibles^El complejo patógeno ameri­
cano era, hasta el siglo X V , infinitamente menos rico que el de Europa o el Asia
china de aquella época. Por eso, salvo enfermedades específicas como la «verruga»
y otras ubicuas como la leishmaniasis, América era un continente epidemiológica­
mente sano hasta que, las poblaciones indias, carentes de defensas inmunitarias,
pagaron un oneroso tributo a las enfermedades llegadas del Viejo Continente. * ‘
A diferencia de Asia y de África intertropical y subtropical, América Latina
carece de grandes desiertos como el del Sáhara. El desierto costero que bordea el
Pacífico a lo largo de 3 000 km del Norte de Chile es estrecho y está entrecortado
por los torrentes que bajan de los Andes, separados entre sí por pocas decenas
de kilómetros. Lo bordea un océano de corrientes frías en cuyas aguas y aires
bulle la vida. Desierto tibio y húmedo, está salpicado por oasis naturales pero
estacionales, vinculados a las garúas de la costa, las lomas. Es, pues, un desierto
«habitable», con recursos complementarios variados y frágiles, al ser sensibles a
las oscilaciones climáticas.
La sierra andina también es «habitable» hasta el límite superior de la vegeta­
ción, a más de 4 500 m. En los Andes intertropicales no hay cubierta nevadinver-
nal, a diferencia de lo que sucede en los Andes de Chile o Argentina templados.
No existen, por lo tanto, grandes obstáculos para pasar los puertos de montaña
elevados, en lo que se distinguen los Andes tropicales de los Andes del Sur, don­
de hay glaciares de dimensiones considerables. En los Andes tropicales situados
al sur del ecuador, las altas superficies herbáceas de las punas, con algunos bos­
ques de polilepis, permiten ver a lo lejos y circular con facilidad)' La caza de la
abundante fauna de cérvidos, auquénidos y pequeños roedores proporcionaba
carne y los totorales de los lagos de montaña constituían un recurso natural. Se
plantea, desde luego, la cuestión de la adaptación de los seres humanos a alturas
elevadas. Con el paso de las generaciones, la adaptaciór^se plasma en algunas
m o d ifica cio n esli^ lógicas y sornátícair gióbulos'roios^e menorHimensión. caja
toráH^ á jn á ¿ c ^ Íarrollada. cora 2.án.jaiás-jmktmingsa^ Así, pues, la serranía andi­
na es más o menos habitable por doquier, e incluso en el desierto de montaña
como el de los Lípez, situado a más de 4 500 m con intensos fríos nocturnos,
ofrece biotopos aceptables a pequeños grupos: hay manantiales en la ladera de
determinados volcanes; en los regueros de lava que retienen el agua abunda la
fauna — vizcachas, tinamús y ñandús— y, en los lagos, los flamencos que se ali­
mentan de diatomeas pueden suministrar huevos y carne.
Por último, en las orillas del extremo austral del continente, que baten sin
descanso los vientos lluviosos y fríos a la altura de los «50° rugientes», se pue­
den capturar abundantes moluscos, mamíferos marinos y peces.

A M ÉRICA PRECO LO M BIN A , UN C O N TIN EN TE ARBOLADO

A principios del Holoceno, esto es. hace unos diez mil años, cuatro quintas par-
tes de América Latina e s ta b ^ cubiertas de bosques. Bosques variados por los
32 OLI VIER D O L L F U S

distintos árboles que los formaban y por sus fisonomías. Bosques ecuatoriales,
siempre verdes de la Amazonia, las Guayanas, el Oeste de Colombia y la Améri­
ca ístmica, cuya riqueza biológica aún conocemos hoy en día; bosques umbrófi-
los que bordean la costa atlántica desde el cabo San Roque al de Santa Catalina,
que cubren los piedemontes andinos hasta los alrededores del Chaco; bosques
galería de los grandes ríos en las cuencas del Orinoco y el Beni; selvas nubladas
con espesura de carrizos, chusquea y hel&:hos arborescentes, que llegan hasta las
proximidades de las morrenas glaciales. Los Andes precolombinos estaban casi
enteramente cubiertos de árboles, salvo al llegar a las cimas más elevadas, que
coronaban los páramos>feosques de las sierras mexicanas y de las mesetas y las
montañas medias de la América ístmica, en los que predominan los pinos y los
encinos; bosques específicos del hemisferio Sur, como los de Araucaria, el Sur
del Brasil, de n othofagu s, la encina de las tierras australes, de Chile central y me­
ridional; bosques bajos, de mimosáceas y luego de cactáceas del Chaco central y
meridional. El Nordeste del Brasil, la catinga, el bosque blanco de los indios. En
las islas del Caribe, bosques igualmente, con el bosque denso umbrófilo en las
laderas expuestas a los vientos lluviosos y bosques secos, de espinos y cactáceas,
que pierden la hoja en la estación seca, en las laderas que el viento barre. Los
manglares de los estuarios y deltas tropicales lo mismo ocupan segmentos de
costa de las pequeñas Antillas que grandes estuarios y deltas como los del Ama­
zonas y el Orinoco o los de la costa colombiana del Pacífico; son ecosistemas
singularmente ricos en moluscos, crustáceos, peces y aves, que brindan posibili­
dades de fácil recolección a grupos escasamente equipados.'^esumiendo, pues,
casi por doquier bosques, pero que respondieron a los cambios climáticos del
Cuaternario Superior y del Holoceno^

IN TERPRETA C IÓ N SOCIAL DE LOS M EDIO S NATURALES

Los grupos humanos interpretan el potencial biológico y ecológico de cada siste­


ma en función de sus culturas, de su acervo de conocimientos adquirido y trans­
mitido de generación en generación y de sus necesidades. Es inútil hacer el in­
ventario de los recursos naturales utilizables como si todos los seres humanos
pudiesen explotarlos de la misma forma. Una población de las sabanas no sabrá
cómo actuar en un bosque que considerará peligroso; un grupo selvático se sen­
tirá carente de medios de subsistencia e indefenso en una sabana. El bosque den­
so umbrófilo ofrece posibilidades de vida a pequeños grupos móviles que conoz­
can bien el terreno; será en cambio un obstáculo difícilmente franqueable para
una población más numerosa y que ignore sus potencialidades.
En la América de finales del Cuaternario y del Holoceno hasta el comienzo
de nuestra era no faltaron en ningún lugar los recursos naturales utilizables en
potencia por los seres humanos, los cuales no abundaban. En la inmensa mayo­
ría del territorio había en cantidad suficiente animales y vegetales utilizables y
consumibles por los seres humanos. Las limitaciones eran culturales: tabúes, des­
conocimiento de las características de tal o cual planta, técnicas de pesca y caza
inadaptadas o prácticas culinarias que no permitían preparar determinado pez o
BASES E C O L Ó G I C A S Y P A L E O A M Bl E N T A L E S D E A M É R I C A L A T I N A 33

producto vegetal. Los obstáculos y limitaciones podían deberse en ocasiones al


estado de los conocimientos o a las mentalidades, no a la naturaleza misma.
Los medios naturales no eran homogéneamente permeables y franqueables
por los seres humanos a pie, aun teniendo en cuenta que el espacio del peatón
es más homogéneo que el del automóvil o el del avión. La inclinación del te­
rreno, por lo menos hasta los 30°, no constituye un obstáculo, y los pequeños
saledizos rocosos se pueden escalar o rodear. En cambio, el paso de los ríos
principales, como el Amazonas, el Orinoco o el Paraná en sus cursos medios e
inferiores, es problemático en cuanto la anchura y las corrientes superan la po­
sibilidad de hacerlo a nado. Hay que saber fabricar una canoa, una balsa, una
barca y ser capaces de maniobrarlas. Los ríos y las corrientes pueden convertir­
se en tal caso en ejes de circulación. Idéntico saber hace falta para que el arco
antillano pueda ser un puente, franqueado, isla a isla, por pequeños grupos que
se desplazan.
Otros medios constituyen obstáculos de desigual dificultad: los grandes cas­
quetes glaciales, azotados por la nieve y el viento de la Patagonia, o los glaciares
de las elevadas cordilleras tropicales no pueden ser recorridos fácilmente por pea­
tones mal equipados. Los nebelu/alds que se agarran a las laderas empinadas de
las cordilleras tropicales, de espesura casi impenetrable, son tramos ecológicos di­
fícilmente franqueables, y siguen siéndolo hoy en día, aunque por otros motivos.
En cambio, más o menos por doquier están próximos otros medios con dis­
tintas potencialidades, dispuestos en mosaico y de los que pueden sacar partido
los cazadores recolectores, los agricultores y pastores. La organización del espa­
cio de los grupos se basa prácticamente siempre en la articulación y la utili­
zación de medios diferentes más o menos próximos: en las regiones del Ori­
noco, articulación entre el bosque galería al borde de los ríos, con la sabana más
abierta, ora seca, ora húmeda; en la Amazonia, bosques umbrófilos primarios
— grandes árboles sobre bosque bajo despejado— junto a maleza crecida en tor­
no a árboles caídos a causa de huracanes y próximos a bosques —tipo varzea—
inundables en ciertas estaciones.
A la orilla de los mares cálidos, distintos tipos de manglares que bordean los
estuarios y playas de arena y un litoral que frecuentan otras especies. En los Lí-
pez, desierto volcánico a gran altura, una red vital constituida por el arroyo que
mana de la ladera del volcán, el lago con flamencos y patos, el reguero de blo­
ques volcánicos que concentra la humedad y donde viven las vizcachas y los ti-
namús. Las investigaciones de los etnohistoriadores han mostrado el uso hecho a
lo largo de la historia de las diversas facetas ecológicas de la montaña andina.

LOS PALEOAM BIENTES CUATERNARIOS Y HOLOCENOS


Y LAS CONSECUENCIAS D E LOS CAM BIOS CLIMÁTICOS

Durante los últimos treinta milenios, en América Latina, igual que en el resto del
planeta, se han producido modificaciones climáticas en las que no intervenía el
ser humano y que se traducían en cambios más o menos rápidos de los medios
naturales.
34 O LIVIERD O LLFU S

Podemos fijar por límite hace 30 000 años, pues los testimonios de presen­
cia humana en el continente encontrados por los prehistoriadores son muy
excepcionales, y por ahora no se puede dar fe a la hipótesis de una presencia
humana considerablemente anterior, señalada en el Estado de Bahia por de
Lumley e t al. (1987), que se remontaría a hace 300 000 años, atendiendo a los
restos de una fauna datada. América es un nuevo continente en la historia de la
humanidad.

E l C uaternario Superior

La última gran glaciación del Cuaternario en los Andes se sitúa entre hace
2 7 0 0 0 y 1 4 0 0 0 años. Le precedió en el altiplano boliviano un importante episo­
dio lacustre, el lago Michin, cuyos depósitos se encuentran a más de 60 m por en­
cima de los fondos actuales del Altiplano y que entre hace 30 000 y 25 000 años
había ocupado unos 40 000 km^. En los Andes tropicales y ecuatoriales, durante
esa última gran fase glacial, las temperaturas medias son inferiores de 5° a 8° C
a las actuales, las precipitaciones estaban mejor distribuidas que ahora, pero
eran menos abundantes y caían en forma de nieve por encima de los 4 000 m. En
función del volumen montañoso y de la exposición, la línea de equilibrio de los
glaciares disminuyó de 1 000 a 1 5 0 0 m durante la última fase glacial. Los gla­
ciares llegan hasta el linde de la sabana de Bogotá, donde reinaba entonces un
clima análogo al que actualmente encontramos a 4 2 0 0 m. En los Altos Andes
tropicales el estrato de las punas desciende cerca de 1 000 m; las cuencas intran-
dinas, secas, cuando las dominan montañas cubiertas de hielo, reciben el agua
de los deshielos y glaciares; tal es el caso de la cuenca de Ayacucho, en donde, en
una gruta situada a 2 500 m, el equipo de MacNeish ha encontrado huellas de
presencia humana que calcula se remontan a hace 23 000 años.
En los Andes templados de Chile y Argentina meridional se forma un inland-
sis^ entre 39° y 55° de latitud Sur; tiene 2 0 0 0 m de largo, 150 de ancho al Norte
y 3 00 al Sur, donde el espesor del hielo alcanza los 1 000 m. De ese inlandsis sa­
len unas lenguas de hielo que desembocan en el océano, con desprendimiento de
icebergs. Esos glaciares contribuyen a la formación de los fiordos.
En el llano, y en la zona intertropical, la disminución general de las precipi­
taciones contribuye a la de las superficies forestales; el macizo forestal amazóni­
co se fragmenta y en ocasiones se reduce a bosques galería a lo largo de los ríos,
al tiempo que las sabanas cubren los interfluvios. El régimen de los grandes ríos
se modifica de dos formas: disminuyen los caudales anuales y se reducen las cre­
cidas estacionales, pero el descenso general del nivel de los océanos de 120 a 150 m
alarga el curso de los ríos y modifica su perfil: se ahonda entonces el lecho de al­
gunas corrientes; el istmo de Panamá es mucho más ancho; los deltas del Orino­
co y del Amazonas se extienden más al Este por el Atlántico; las llanuras litora­
les de las Guayanas se ensanchan y se cubren de sabanas.

1. Voz escandinava que designa las llamadas calotas glaciares (glaciares continentales de las
regiones glaciares).
BASES E C O L Ó G I C A S Y P A L E O A MB I E N T A L E S DE A M É R I C A LATINA 35

La circulación de pequeños grupos de cazadores recolectores por los Andes


tiene lugar de cuenca a cuenca, los desplazamientos por los piedemontes orienta­
les de los Andes se efectúan más fácilmente, pues el menor caudal de los ríos fa­
cilita su travesía y el paisaje de mosaico de sabanas-bosques es más despejado.
La meseta de la Patagonia, en cambio, les es francamente inhóspita: es fría y la
barren las aguas de deshielo y vientos helados.
Hace 14 000 años, las modificaciones del clima suceden con rapidez: en los
Andes intertropicales se vuelve a la estacionalidad de las lluvias, que caen duran­
te el invierno y desencadenan por doquier escurrimientos y abarrancamientos;
suben las temperaturas, que se acercan a las medias actuales; se inicia el deshielo
de los glaciares, que, en función del volumen de los glaciares y de su posición,
proseguirá hasta hace 11 000 años. La fusión de los glaciares y precipitaciones
más abundantes acarrea la formación de lagos en las hondonadas: en el Sur del
altiplano boliviano, el lago Taúca llega a cubrir 4 3 0 0 0 km^ y durará, con oscila­
ciones, hasta hace 11 000 años; en los Andes, al Norte del ecuador, la interfase
«Guantia» de Van der Hammen se caracteriza por una subida del nivel de los la­
gos y la implantación paulatina del encinar; la reconquista forestal se produce
con rapidez lo mismo en la Amazonia que en Centroamérica y en las laderas hú­
medas de las cordilleras y, acompañando al retroceso de los glaciares, aparece el
bosque de n oth ofag u s en las morrenas.

El T ard og lacial

Más o menos por doquier, durante 500 años, entre hace 11 000 y 10 500 años,
tiene lugar una fase seca y más fría que corresponde al «Dryas» europeo. Se se­
can los lagos de las cuencas intrandinas, como el Taúca y los de la sabana de
Bogotá; se interrumpen las reconquistas forestales y en ocasiones las orillas re­
troceden ante sabanas y praderas; en suelos menos espesamente recubiertos de
vegetación, los aguaceros aceleran localmente la erosión.

El H o lo cen o Superior y M edio

Durante el Holoceno Superior y Medio, es decir, entre hace 1 0 0 0 0 y 5 000 años,


los medios se ven afectados por modificaciones climáticas de gran amphtud, sin
que se renueve el frío — ni tampoco, claro está, las glaciaciones— , aunque difie­
ren a ambos los lados del ecuador. También entonces se multiplican los yaci­
mientos prehistóricos, señaladamente en los Andes, donde, en las punas, nume­
rosos refugios bajo rocas habitados atestiguan — antes incluso de los inicios del
descubrimiento de la agricultura y la ganadería que entrañará el final del pe­
riodo— la presencia de bandas de cazadores que persiguen a cérvidos, a au-
quénidos y aun al caballo americano, el P arahipparion peruanus, y atrapan a
roedores. Está por dilucidar si la presión de la caza guarda relación con la desa­
parición, entre hace 20 000 y 8 000 años, de parte de la gran fauna de la que for­
maban parte los P arahipparion, los mastodontes o los perezosos gigantes.
La rápida fusión de los grandes inlandsis del hemisferio septentrional aca­
rrea una subida del nivel de los océanos: entre hace 11 000 y 8 500 años, su velo­
36 OLIVIER DOLLFU5

cidad es de casi un metro por siglo, y hace 8 500 años su nivel se hallaba a una
decena de metros por debajo del actual. Disminuye la velocidad de transgresión
oceánica y el nivel del mar se estabiliza en el actual hace aproximadamente 6 000
años. Las costas adoptan entonces poco más o menos su perfil actual; el istmo
de Panamá es más estrecho y se cubre de bosques densos; al borde del océano,
los grandes conos de deyección se acantilan, como el de Rímac, en Perú; la subi­
da del nivel del mar va acompañada del aluvión del tramo inferior de los ríos; el
Orinoco y el Amazonas construyen sus deltas y se implantan los manglares.
Es, pues, inútil buscar yacimientos arqueológicos litorales anteriores a hace
6 000 años, ya que, salvo en casos excepcionales de sitios levantados por la tec­
tónica o por el reajuste isostásico, como en la Patagonia tras el deshielo del in-
landsis, la subida de los océanos los destruyó.
Entre hace 8 000 y 4 000 años, en la costa actualmente desértica del Pacífico,
la circulación oceánica y la atmosférica eran distintas de las condiciones actuales.
«El Niño», u oscilación austral, que se caracteriza por la inversión de las corrien­
tes oceánicas por debajo del ecuador, haciendo oscilar el flujo de las aguas de
Oeste a Este y sustituyendo las aguas frías por aguas calientes (entre 26° y 28° C),
debía de desempeñar un papel mucho más importante que ahora, en que se trata
de un fenómeno recurrente pero de frecuencia variable. El Pacífico estaba enton­
ces más caliente cerca del litoral y su fauna marítima no era la actual; los aguace­
ros provocaban torrencialidad en un ambiente climático que seguía siendo seco
pero cálido; la inexistencia de garúas se traducía en la ausencia de lomas.
En los Andes tropicales, a ambos lados del ecuador, las situaciones difieren:
en el Altiplano peruano-boliviano y en las punas, un clima más seco y tempera­
turas algo superiores a las actuales se traducían en la regresión de niveles lacus­
tres; el Pequeño Titicaca se seca temporalmente. En los Andes ecuatoriales, en
cambio, pasa lo contrario: en la sabana de Bogotá se produce una fase de exten­
sión lacustre, entre hace 9 5 0 0 y 7 5 0 0 años, acompañada de la propagación del
encinar, lo cual es indicio de un clima más húmedo y tibio que el actual.
En la Amazonia, al Sur del ecuador, en ese mismo periodo hay sequías tem­
porales y episodios fríos vinculados a las corrientes de aire frío meridional proce­
dentes del Atlántico Sur, que hacen retroceder al bosque. Incendios, provocados
por los rayos de las tormentas y que se producen con más facilidad a raíz de algu­
nos años secos, contribuyen a la retracción del bosque en las zonas más húmedas
y a la extensión de las sabanas. En varios lugares, cerca de los ríos, la arena se
vuelve móvil y forma dunas como las de las proximidades de Santa Cruz de la
Sierra, en Bolivia. Al Norte del ecuador, en cambio, ocurren precipitaciones más
fuertes que las actuales y se traducen en la extensión del bosque por los llanos.
Estas diferencias registradas a ambos lados del ecuador se deben a la notable
permanencia durante el año del frente intertropical, algo al Norte del ecuador,
sin desbordar durante el verano sobre la Amazonia al Sur de la línea ecuatorial.

E l H o lo cen o In ferior y el A ctual

A partir de hace 5 000 años, las situaciones climáticas se aproximan a las del
Holoceno Actual. En unos cuantos siglos, entre hace 5 000 y 4 500 años, sube el
BASES ECO LÓ G ICAS Y P A L E O A M B I E N T A L E S DE A M É R I C A L A T I N A 37

nivel del lago Titicaca, y el Pequeño se llena de agua. Entre hace 3 200 y 3 000
años, lo mismo en los Andes venezolanos que en los del Perú y Bolivia, se regis­
tran localmente un pequeño recrudecimiento glacial y algunas fases torrenciales
en el desierto costero peruano, poca cosa, a fin de cuentas, en comparación con
los grandes cambios de finales del Cuaternario y principios del Holoceno. En los
Andes tropicales se observa un leve recalentamiento hacia los siglos X y X X de
nuestra era, acompañado de una pluviosidad ligeramente mayor. La «pequeña
edad» glacial registrada en los Alpes también se observa en los Andes entre los
siglos X V I y X I X . El periodo colonial coincidió en las cordilleras intertropicales
con precipitaciones nevosas más abundantes y pequeñas crecidas glaciales en el
extremo de los glaciares actuales, ocasionadas por un recrudecimiento del frío.

M ED IO S POCO M O D IFICA D O S PO R LA ACTIVIDAD HUMANA

Si bien las primeras domesticaciones o manejo de poblaciones de auquénidos se


remontan en las punas andinas a hace ocho milenios y los primeros intentos de
cultivo, entre otros de frijoles, tubérculos, papas y olluco, un maíz primitivo, y
tomates, se multiplican entre hace 6 000 y 3 000 años; sólo a partir de este últi­
mo periodo se imponen a algunos medios naturales modificaciones significativas
que podemos atribuir a la acción de los seres humanos: en la sabana de Bogotá
se observa la apertura de claros agrícolas en el bosque y en esa misma época, en
la cuenca de México, un recrudecimiento de la erosión que parece guardar más
relación con las prácticas agrícolas que con una oscilación climática.
A lo largo de las costas, los inicios de nuestra era se caracterizan por una
leve transgresión, de aproximadamente un metro. Las modificaciones del perfil
de la costa están más relacionadas con fenómenos locales o regionales — por
ejemplo, el aluvión en la desembocadura de los grandes ríos o fenómenos tectó­
nicos, descensos o alzas de porciones de litoral— que con cambios de escala pla­
netaria. En Perú, hasta hace 4 000 años existían aún elementos de fauna cálida
en la costa, pero, a partir de entonces, los vientos alisios soplan del anticiclón del
Sudeste del Pacífico, empujan las aguas a lo largo de la costa y provocan la subi­
da de aguas frías que se desvían de las orillas; la inversión de temperatura a que
da lugar el acusado descenso del aire a la orilla del anticiclón del Sudeste del Pa­
cífico bloquea la ascensión del aire y hace que se forme una capa de estratos que,
sin producir verdaderas lluvias, provoca nebÜnas, las cuales favorecen en invier­
no la vegetación de las lomas.
También se observan modificaciones regionales a lo largo del litoral brasile­
ño. Durante los cinco milenios últimos, en la parte central de ese litoral, el arras­
tre a lo largo de la costa había tenido lugar ininterrumpidamente en dirección
Norte-Sur en la región costera de Sao Francisco (10° S), pues el oleaje predomi­
nante venía del Nordeste. Al Sur, en la región costera de Paraiba do Sul (22° S),
el oleaje predominante venía del Sur-Sudeste por debajo de los 19° (Rio Doce),
dominando alternativamente una de las dos direcciones. Entre hace 5 100 y 3 900
años, el arrastre guardaba relación con el oleaje del Nordeste y después de hace
3 600 años con el del Sur-Sudeste.
38 OLIVIER DOLLFUS

LAS SOCIEDADES AN TE LOS CAMBIOS D E LA NATURALEZA

Las grandes variaciones climáticas de finales del Cuaternario y principios del


Holoceno desempeñaron un papel en las distribuciones y los lentos desplaza­
mientos de las poblaciones — entonces muy poco numerosas— que recorrían el
continente americano. En pocos siglos, en la Amazonia retroceden los bosques,
en el Altiplano aparecen o se secan lagos y sube sensiblemente el nivel del océa­
no; las bandas de cazadores recolectores deben adaptarse a esos cambios, ora
migrando, ora modificando las condiciones de su hábitat. Si bien a escala de las
eras geológicas esas modificaciones son rápidas, aun siendo perceptibles a escala
de una generación para observadores avezados, dan tiempo suficiente a las po­
blaciones para adaptarse.
En cambio, oscilaciones más breves — de pocos años— , en ambos sentidos
de umbrales climáticos sensibles, que posteriormente los medios naturales bo­
rran de su «memoria» y que más tarde son difícilmente identificables por los pa-
ieoclimatólogos y paleoecólogos, pueden tener consecuencias temibles para las
poblaciones, como se verá por los dos ejemplos siguientes: en el litoral desértico,
tibio y húmedo de Perú, si durante un periodo de desenvolvimiento «normal» de
la corriente de Humboldt — con las neblinas, garúas y lomas correspondientes—
acaece un «Niño» que dura dos o tres años, las poblaciones que viven de la reco­
lección y la caza en las lomas en invierno y de la captura de moluscos en el lito­
ral el resto del año se verán privadas bruscamente de sus bases alimenticias. De­
berán emigrar, cambiar de modo de existencia o desaparecerán por hambre. De
igual manera, si en los inicios de la domesticación del frijol o de la papa en los
Andes se producen heladas varios años seguidos en los momentos críticos para
las plantas, cuando aparecen las plántulas, los ensayos de cultivo se verán com­
prometidos irremediablemente y el arranque de la agricultura tal vez se demore
varios siglos. Pero resulta difícil encontrar las huellas de tales heladas, unas
cuantas noches gélidas desastrosas para las primeras producciones agrícolas.
El segundo ejemplo muestra además cómo una oscilación climática no tiene
idéntico valor según los modos de vida de las poblaciones. Las heladas in­
terestacionales, inoportunas en los inicios de la agricultura, probablemente no
hubieran tenido ninguna consecuencia un milenio antes en una población de
cazadores recolectores que ocupara ese mismo medio. De manera similar, la de­
saparición temporal de las lomas fue un desastre para las poblaciones para las
que constituían, en la estación adecuada, un medio importante en el que cazar y
recolectar, pero no tuvo consecuencias uno o dos milenios más tarde, cuando la
población de la costa se había convertido en una población de agricultores que
vivían de utilizar el agua de los oasis.
El valor de los riesgos naturales cambia en función de los niveles técnicos de
las sociedades. La América de las cordilleras es una región de fuerte sismicidad y
con riesgos volcánicos locales. En los cinco siglos posteriores a la conquista, la
mayoría de las ciudades fundadas por los españoles han padecido terremotos. Y
un terremoto violento (de grado 7 en la escala de Richter) cuyo epicentro estu­
viera en la ciudad destruiría parcialmente una de las grandes megalópolis actua­
les como México o Lima, provocando la rotura de las canalizaciones, el derrum­
BASES E C O L Ó G IC A S Y P A L E O A M BI E N T A L ES D E A M É R I C A LATINA 39

be de los edificios e incendios. Ese mismo terremoto habría aterrorizado a una


población de cazadores, que lo habrían considerado una manifestación de los
dioses, pero no les habría ocasionado daños. La paulatina densificación del con­
tinente multiplica los impactos de los riesgos naturales. Algunos datos de la na­
turaleza son cada vez más importantes a partir del momento en que las socieda­
des se tecnifican y multiplican, en que el espacio geográfico está más poblado
por seres humanos. Las limitaciones que imponen la inclinación del terreno y el
relieve son mayores en una sociedad mecanizada que en otra que emplea aperos
y se desplaza a pie. El agua se convierte en un recurso escaso y polivalente en
una megalópolis, requiriendo una administración cuidadosa, mientras que la
cuestión del agua presentaba menor importancia en una sociedad de agriculto­
res, aun de regadío, y menos todavía de cazadores recolectores que sólo consu­
mían el agua precisa para sus necesidades fisiológicas.
De ahí que existan unidades naturales que tienen valores cambiantes. El
Amazonas podía ser un obstáculo para las poblaciones de cazadores recolectores
que se desplazaban de Norte a Sur o a la inversa. Fue una vía de penetración de­
cisiva para la explotación de la cuenca amazónica desde la época colonial hasta
mediados del siglo X IX . Es, en parte, un obstáculo difícilmente superable para una
política de desarrollo basada en una red vial.
Así, pues, al analizar las relaciones de las sociedades con su espacio es indis­
pensable tener en cuenta a la naturaleza, sus datos, sus recursos, no como ele­
mentos que en todo lugar y momento tienen un mismo valor, sino interpretán­
dolos a través del prisma de los objetivos, los conocimientos y la cultura de las
sociedades de que se trate.
-'i.-
2

E L P O B L A M IE N T O O R IG IN A R IO

A lan L. B ryan

Los lejanos antepasados de los primeros seres humanos que llegaron a América
provenían del Nordeste de Asia, y después de atravesar lo que actualmente se co­
noce como Beringia (la región que abarca el extremo este de Siberia, Alaska y Yu-
kón), se desplazaron por el Oeste de Canadá y de Estados Unidos.^Muy probable­
mente estos primeros americanos entraron por lo que hoy es Alaska franqueando
un puente de tierra sumergido en la actualidad bajo el mar de Bering, aunque
también (Imposible que hayan cruzado cortas distancias por mar, utilizando em­
barcaciones simples, o que lo hayan hecho sobre el hielo invernal. El puente de
tierra aparecía cada vez que el nivel mundial del mar disminuía 48 m a causa de
la retención de las precipitaciones sobre la tierra en forma de hielo glacial que se
acumulaba en las regiones polares y montañosas del Mundo. En su extensión má­
xima, cuando el nivel del mar descendía cerca de 100 m por debajo del actual, el
puente de tierra de Bering se extendía desde el cabo Navarin, al Sur de la desem­
bocadura del río Anadyr en el oeste de Siberia, y después de bordear, hacia el Su­
roeste, las islas Pribilof, alcanzaba la Alaska continental cerca de la punta de la
península de Alaska al Sur de la desembocadura del río Yukón.^n esas épocas, el
puente se extendía hacia el Norte, cerca de 500 km allende el estrecho de Bering.
A pesar de las frías temperaturas, el clima de la costa sur del puente de tierra era
árido y continental de modo tal que los glaciares se acumulaban sólo en las zonas
de las altas montañas de Siberia, Alaska y Yukón (Ilustración 1). ♦
Cada vez que se formaba el puente de tierra, el clima de su costa sur era rela­
tivamente más moderado que en el interior, ya que las corrientes del océano
Artico quedaban interceptadas. Durante el periodo de máximo avance de los
glaciares en la última glaciación, hace entre 2 5 0 0 0 y 15 000 años, las riberas del
golfo de Alaska y la costa oeste de la Columbia Británica, hasta Puget Sound al
Sur, en el Estado de Washington,:estaban cubiertas de glaciares debido a las
grandes nevadas en las montañas adyacentes. Durante esa época, los glaciares
cubrían prácticamente todo Canadá, con excepción de la mayor parte de Yukón,
la cual, al igual que el resto de Beringia, era demasiado árida para la acumula­
ción de hielo glacial. No ^ sta n te, entre el 5 0 0 0 0 y el 35 000 antes del presente
(a.p.) aproximadamente, ^Dclima era mucho más parecido al de la actualidad.
Este intervalo cálido en la última glaciación es conocido como un interestadial.
42 ALAN L. B R Y A N

Ilustración 1
LA REG IÓ N D EL PUENTE T E R R E ST R E D E BERING

Asia del Nordeste y América del Norte en el momento de máxima glaciación continental
del Pleistoceno Inferior (aprox. 17000 a.p.)- En la ribera occidental de algunas islas de la
costa noroeste existían refugios que no se habían helado, pero el Sur de Alaska permane­
ció cubierto de hielo a partir del 2 5 0 0 0 a.p. Sin embargo, el centro de Alaska y el Japón
permanecieron libres de hielo. La glaciación continental de San Lorenzo avanzó en direc­
ción Oeste, hacia el Norte de las Montañas Rocosas alrededor del 30000 a.p. El hipotéti-
co «corredor libre de hielo» no existió hasta después del 11000 a.p., de modo que los po­
bladores se desplazaron hacia el Sur desde la zona no helada de Beringia a lo largo de la
costa del Pacífico antes-deL2i.Q0Q-a,p-,o por el Este de las Rocosas antes del 3 0 0 0 0 a.p.
lT L )m ñ ^ Y u ria k h , Siberia (250 0 0 0 a.p.).
2 . Kamitakamori, Japón (500 000 a.p.).
P
‘ uente: Alan L. Bryan.

Excepto en el periodo de máxima expansión glaciar, la zona situada al Este


de las M ontañas Rocosas en Alberta y el valle del río Mackenzie, permanecía li­
bre de hielo. Hacia el año 30000 a.p., la masa glaciar Lauréntida, avanzó desde
la bahía de Hudson hacia las Montañas Mackenzie, donde permaneció encerra­
da hasta aproximadamente el año 110 0 0 a.p.*A. partir de esta fecha, los mamífe­
ros superiores y los seres humanos pudieron desplazarse libremente entre el Yu-
k o n jr &s Graji3esJTanuras. h
Hasta hace poco, se postulaba la existencia de un hipotético pasillo libre de
hielo, situado al Este de las Rocosas, que habría permitido a los primitivos habi-
tantes del continente pasar de Beringia a la región subplacial de América. Se su­
pone que estos primeros pobladores eran cazadores (ju^perseguían grandes her-
bívoros por las Grandes Llanuras Centrales de Estados Unidos. El elemento
EL P O B L A M I E N T O ORIGINARIO 43

principal de esta suposición está dado por el hecho de que en general se reconoce
que la manifestación cultural más temprana en Norteamérica iés)la tecnología
clovis, fácilmente jdentificable por las_£uruas jle jiroyectU^ acanaladas muy-fía-
boradas usadas para cazar mamuts y .bisontes entre el 1.1200 y. el. 1Q50Q a.p.
(Haynes, 1 9 8 0 ; Haynes et al., 1984). Desde 1927, año en que se confirmó que'
las puntas acanaladas esta ^ n asociadas con la extinción del bisonte en el sitio
de Folsom, Nuevo México, se comenzó a desarrollar un modelo según el cual los
primeros americanos eran cazadores, especializados en la caza mayor, que po­
seían una tecnología análoga a la del Paleolítico Superior^ Excavaciones subsi­
guientes en unos doce sitios en las Grandes Llanuras y en el Sudeste de Arizona j
confirmaron la presencia de puntas de proyectiles clovis acanaladas que eviden-;
temente habían sido empleadas para dar muerte a los mamuts (Ilustración 2). t 1
Las Grandes Llanuras constituyen desde hace mucho tiempo un vasto ecosis­
tema de praderas que, desde d Pleistoceno, suministran pastos en abundancia a
las manadas de herbívoros, ferji) consecuencia,_lgs ocupantes prehistóricos de las
Llanuras hallaron una base económica en la caza de estos grandes herbívoros. Al
Este del río Mississipi se han encontrado varios sitios que incluyen puntas aca­
naladas, fechados entre el 11000 y el 13000 a.p. Asimismo, otros sitios con pun­
tas acanaladas de la zona Nordeste de Columbia Británica, Montana occidental,
Idaho, Nevada y uno ubicado a gran altura en Guatemala se han fechado con
menos de 1 1 000 años a.p. Pero estos sitios no han revelado la existencia de fau­
na extinta, por lo que no sabemos qué animales pudieron haber cazado sus mo­
radores. No obstante, ha ganado popularidad el modelo según el cual los caza­
dores de fauna mayor del Paleolítico Superior oriundos de Siberia — y, en último
término, de Europa— fueron los primeros americanos, que más tarde se habrían
desplazado por el hipotético corredor libre de hielo, hasta las Grandes Llanuras,

Ilustración 2

Punta clovis.
Fuente: Alan L. Bryan.
44 ALAN L. B R Y A N

donde desarrollaron su distintiva tecnología clovis y luego se expandieron con


rapidez en todas direcciones, para poblar, en pocos siglos, toda la superficie del
Nuevo Mundo.
Sin embargo, este modelo plantea problemas importantes. Por un lado, los si­
tios clovis no son los más antiguos del continente y, por el otro, el complejo clovis
no aparece al Sur de Panamá. Además, los datos actuales indican que la tecnología
clovis se originó al Este de las Grandes Llanuras y que los puntos donde se acumu­
lan los restos de mamuts son los sitios donde los cazadores venidos del Este encon­
traban y aniquilaban a los animales sedientos y cansados, que se agrupaban en los
abrevac^eros cuando, hacia el 11000 a.p., se desató la última gran sequía del Pleis-
toceno. Como veremos más adelante, las pruebas relativas iC)los sitios del Pleisto-
ceno en América del Sur han llevado a la mayoría de los arqueólogos a abandonar
eppopular m9 dej5 _clovj.s, como teoría inicial de poblamiento del continente. ,

ORÍG EN ES BIOLÓG ICOS ASIÁTICOS

genetistas concuerdan en que los amerindios están estre­


chamente emparentados con Jos) asiáticos del Nordeste, y que los pueblos que vi­
ven a ambos lados del estrecho de Bering están aún más vinculados. De hecho, los
esquimales viven hoy a ambos lados del estrecho y algunas evidencias sugieren
qiip (í^ prntr>p<!qiiitruiIes^-d£_Alaska llegaron de Siberia alrededor del 6000 a.p., y
que más tarde se extendieron hacia el Noroeste a lo largo de la costa ártica, hasta
poblar la última de las grandes regiones deshabitadas de las Américas. Para llevar
a cabo esta proeza, los esquimales usaron una tecnología altamente especializada
para cazar mamíferos marinos, caribús y bueyes almizclerosí^ambién habían de­
sarrollado una técnica para elaborar indumentarias especiales, con objeto de man­
tener el calor del cuerpo, así como viviendas convenientemente aisladas?'En efecto,
al igual que lasroblaciones indígenas de las Grandes Llanuras que cazaban búfa­
los a caballo, Qo^esquiniales fi^rojLJpS-ÚltimoS-Cajadgres especializados en ani­
males de fauna mayor y a menudo sirven como modelo de cómo pudo haber sido
el estilo de vida durante el Paleolítico Superior Temprano. Los indios atabascanos
(dené), que habitan una vasta zona boscosa que abarca el interior de Alaska, Yu-
kón, el Oeste de los territorios del Nordeste y la porción Norte de las provincias
de Canadá, al Oeste de la bahía de Hudson, no están relacionados lingüísticamen­
te con su contraparte, que habita el interior del Este de Siberia. Sin embargo, su
tecnología de caza, sus viviendas y sus indumentarias de piel son muy sirmlaresT'y
<Ksde el punto de vista~genético, ^stán estrecEamente emparentados^ ~’
Las fuertes similitudes genéticas, lingüísticas y culturales presentes en toda
Beringia han sido explicadas por medio de un modelo según el cual lo^squim a-
les fueron los últimos inmigrantes, mientras que los dené representan(1¿ penúlti­
ma inmigración. Tanto desde el punto de vista genético como lingüístico, todos
los otros amerindios, que viven más al Sur, están más lejanamente emparentados
con los asiáticos del Nordeste, de modo que se los considera descendientes de in­
migrantes más tempranos que, se supone, atravesaron el corredor libre de hídb
al final de la última glaciación (Greenberg, Turner y Zegura, 1986).
EL P O B L A M I E N T O O R I G I N A R I O 45

Después de realizar estudios detallados sobre los dientes amerindios y euro-


asiáticos, el antropólogo físico norteamericano Christy Turner (1989) llegó a la
conclusión de que éstos son más parecidos a los del Nordeste asiático y a los del
Norte de China, y que no están relacionados con los dientes de las poblaciones
del Paleolítico Superior de la Rusia europea, del Altai o del área del lago Baikal,
en el Sur de la Siberia central. Según este autor, la población del Norte de China'/
se extendió hacia Mongolia hace aproximadamente 20 ÓOÓ años v alrededor del
14000 a.p. cruzó ^eringia.. Los genetistas que estudian el ADN mitocondrial de
varias poblaciones americanas también encuentran estrechos vínculos entre los '
amerindios y los asiáticos del Nordeste, pero concuerdan en que el marco tem­
poral es muy dilatado (Paabo, ms; Torroni et al., 1990). La extrema diversidad
genética de los amerindios y la alta proporción de factores raros en el Este de
Asia indican que los amerindios de las zonas situadas al Sur de los glaciares tu­
vieron parentesco con los asiáticos del Nordeste l ^ e quizás 25 000 o 45 000
años, en una época que quizá pueda situarse entre 12^^ 45 mil años a.p.
Un estudio de morfología craneana realizado en Í991 por Ñeves yT*ucciare-
lli les llevó a la conclusión de que los antiguos habitantes de América del Sur
emigraron del Sudeste d e Asia antes_de que seTcTesarrqllaran los rasgos nwngo-
loides en esa regic^ y que Jopsuramericanos poseen un parentesco más estrecho j
con los australianos y los pobladores del Sudeste de Asia. Ambos autores sugie­
ren que estas poblaciones se desplazaron desde fcUÑorte de Chin^ en ambas di­
recciones, a lo largo de la costa del Pacífico, antes de que llegaran a desarrollarse
los modernos rasgos mongoloides.

O RÍG EN ES TEC N O LÓ G IC O S ASIÁTICOS

Según una vieja suposición de los arqueólogos americanistas, los hombres no pu­
dieron vivir en la zona subártica sino hasta después del 20000 a.p. (Dincauze,
1984). Los arqueólogos siberianos que estudian los ríos Yenisei, Angara y Lena
están excavando varios sitios que contienen artefactos del Inferior y Medio Paleo­
lítico en contextos estratigráficos fechados por radiocarbono en más de 35 000
años (Drozdov et a i , 1990) y, desde el punto de vista geológico, varios de estos
sitios pueden ser fechados en al menos 200 000 años (Larichev et al., 1987). Así,
por ejemplo, el sitio de Diring-Yurekh en el curso medio del Lena, cerca de Y a­
kutsk, en la parte más fría del hemisferio Norte, ha revelado una industria de
núcleos de guijarro y de lascas del Paleolítico Inferior en un estrato de grava,
debajo de una gruesa capa de arena’ que corona el terraplén de un antiguo río
(Ackerman, 1990; Larichev et al., 1987). La arena ha proporcionado fechas
paleomagnéticas y por termoluminiscencia que el arqueólogo luri Mochanov
(1993) ha interpretado como Pleistoceno Temprano, aunque los geólogos rusos
que visitaron el lugar consideran que es muy probable que el estrato tenga entre
200 000 y 300 000 años. Los análisis posteriores de las capas arenosas superio­
res mediante la termoluminiscencia muestran que la ocupación fue anterior al
26 0 0 0 0 a.p. y que podría incluso ser del 3 70000 a.p. (Waters et al., 1999). El
significado de Diring y de otros sitios de Siberia para la Prehistoria de América
46 ALAN L. B R Y A N

consiste en demostrar que los seres humanos ya se habían adaptado al medio


ambiente ártico y subártico de esa región, mucho antes de que se desarrollaran
las innovaciones tecnológicas del Paleolítico Superior. Todos estos informes son
preliminares y se esperan descripciones más detalladas.‘í ’ero los indicios de que
hace 2 5 0 0 0 0 años aproximadamente había ya en Siberia central poblaciones do­
tadas de tecnología del Paleolítico Medio o Inferior, arroja dudas sobre la hipó­
tesis de ima ocupación inicial de hace tan sólo 20 000 años.i'
Se sabe desde hace mucho que ^ H om o, erectus, con una tecnología del Pa­
leolítico Inferior, se encontraba ya en el Norte efe China hace entre 2 50 000 y
5 0 0 0 0 0 años. Recientemente, este marco temporal se ha extendido a un millón
de años. Én Japón se están excavando varios sitios del Paleolítico Medio en
Honshu. Los arqueólogos y geólogos de ese país creen que el periodo en algunos
de estos sitios corresponde al Pleistoceno Medio, quizás de unos 200 000 años de
edad (Nakagawa, 1990). Algunos arqueólogos japoneses de talante más conser­
vador han aceptado recientemente la existencia de un sitio fechado en 5 0 0 0 0 0
años a.p. (Imamura). Una vez más, se trata de informes preliminares. Sin embar­
go, en la región general que dio a luz a los primeros americanos existe evidencia
ciertamente suficiente como para poner en duda la suposición básica según la
cual la ocupación inicial de Beringia se produjo sólo después del 115000 a.p.
Como queda señalado, a partir del estudio de dientes Turner llegó a la con­
clusión de que los primeros americanos provenían desde el Norte de China. Pero
aunque dicha conclusión está bien fundada, es evidente que estos hombres al­
canzaron Beringia mucho antes del 11500 a.p. La presencia de hombres en Ja ­
pón, en el Norte de China e incluso en el Norte de la Siberia central hace más de
2 0 0 0 0 0 años, significa que éstos pudieron haberse hallado en cualquier parte
del Nordeste asiático durante el último periodo Interglaciar, cuando el clima era
más cálido que en la actualidad. Si ya en éste periodo los hombres se habían
adaptado al Nordeste del continente asiático y a las islas japonesas, es posible
suponer que también pudieron haber estado en condiciones de atravesar el puen­
te de tierra de Bering, ya fuera caminando, ya sea bajeando la costa con embar­
caciones simples, cada vez que el nivel del mar descendía unos 48 m, hecho que
se produjo en repetidas oportunidades durante el Pleistoceno, inclusive hace
7 0 0 0 0 años aproximadamente (Hopkins, 1982).''^Así, pues, si la entrada inicial
sobre el puente de tierra de Bering se produjo hace 70 000 años, estos hombres
tienen que haberse hallado ^ un_estadjO ífom sapiens á t transición tardío,
pero que no era aún toalm ente moderno. Asimismo, el nivel de su tecnología
tiene que KaBer"si3o el Hel Paleolítico Medio Tardío del Este de Asia, con una in­
dustria de herramientas de núcleo y lascas a las que puede haberles faltado el
lasqueado bifacial. Si estos primeros hombres se hubieran extendido hacia el
Noroeste desde las regiones arboladas del Este de Asia, podríán haber tenido un
repertorio simple de lascas muy poco retocadas, usadas para elaborar una tec­
nología razonadamente desarrollada de la madera, la fibra y otros elementos pe­
recederos, que en la mayoría de los contextos arqueológicos no han podido pre­
servarse.
Hoy en día sabemos que estos hombres tienen que haber desarrollado
embarcaciones lo suficientemente avanzadas como p jra cruzar hasta 70 km de
EL P O B L A M I E N T O O RIG IN ARIO 47

océano, con el objeto de poblar, hace por lo menos 40 000 años, Australia y
Nueva Guinea, e incluso las Salomón, Nueva Irlanda” (jones, 1990), y quizás
también, hace 30 000 años aproximadamente, Okinawa. Si hace más de 200 000
años ya había hombres en la isla de Honshu, se puede suponer que tenían expe­
riencia en embarcaciones y que eran capaces de cruzar extensiones de agua si­
milares a las del Pacífico Norte para poblar Hokkaido, las Kuriles y Kamchatka
hace más de 100 0 00 a ñ o s.l^ e c o sistema marítimo del Pacífico Norte, con pe­
ces, crustáceos, pájaros y mamíferos marinos en abundancia, así como también
moras y otras plantas comestibles, tiene que haberles resultado a los primeros
habitantes más productivo y de más fácil adaptación que el interior continental
del puente de tierra, donde la caza era más móvil y más diseminada y donde es­
caseaban las plantas comestibles^Así, pues, es muy posible que los primeros
hombres que atravesaron el puente de tierra hayan navegado cerca de la relati­
vamente cálida costa del Pacífico Norte, que era más productiva, llevando con­
sigo una tecnología relativamente simple de herramientas de núcleo y de lasca
del Paleolítico Medio.

EL PO BLA M IEN TO DE AM ÉRICA LATINA

Es muy probable que los seres humanos hayan penetrado por primera vez en lo
que hoy es América Latina a lo largo de la costa de la Baja California. A comien­
zos de la última glaciación, las cordilleras del Oeste de Norteamérica, hasta la
extremidad sur de la Sierra Nevada, en el Sur de California, estaban cubiertas de
hielo glacial; exceptuando la brecha del río Columbia, los hombres se habrían
confinado en el Oeste del sistema montañoso formado por la Cordillera de las
Cascadas y la Sierra Nevada. Durante el periodo de la última glaciación, algunos
aventureros pudieron haberse abierto paso hacia la cuenca del Columbia y la lla­
nura del río Snake, y otros pudieron haber cruzado por el Sur de las Sierras has­
ta el desierto de Mojave,'‘pero es muy probable que la mayoría haya permaneci­
do a lo largo de la costa del Pacífico y en los valles de los ríos más pequeños,
dentro de los ecosistemas productivos tradicionales que durante mucho tiempo
habían ocupado sus antecesores'.' Lamentablemente, la mayoría de los sitios cos­
teros que datan de la última glaciación están hoy sumergidos en la plataforma
continental. Los no sumergidos estarían enterrados en los depósitos aluvionales
de los ríos o en otros contextos geológicos. Se ha tenido noticia acerca de la exis­
tencia de tales sitios en San Diego, justo al Norte de la frontera mexicana, y en el
desierto de Mojave, pero como sóld contienen núcleos y lascas monofaciales
simples, la mayoría de los arqueólogos profesionales ha llegado a la conclusión
de que debe existir algún error en la evidencia señalada. Aunque no fechado en
el Pleistoceno a causa del nivel creciente del mar, el levantamiento tectónico en
las islas del canal del Sur de California ha preservado concheros con depósitos
fechados en más de 1 0 0 0 0 años (Meighan, 1989). Estos concheros tempranos
contienen también núcleos simples, lascas sin retoque y sm ninguna modifica­
ción,“y sólo unos pocos cuchillos tallados por ambos ladqs. Si no fuera'”poreI He­
cho de que fueron excavados en basureros de conchillas que contenían toneladas
48 ALAN L. B R Y A N

de desechos de comida, fogones y restos de esqueletos humanos, los arqueólogos


escépticos hubieran cuestionado su categoría de artefactos hechos por el hom­
bre. Meighan (1989) señala que los primeros californianos, que dependían prin­
cipalmente de los recursos marinos y cuyos descendientes desarrollaron más
tarde múltiples adaptaciones marítimas, recogían crustáceos y pescaban en es­
tanques de marea o en estuarios poco profundos, conredes, arpones o nasas^En
cuanto a las embarcaciones que habrían utilizado, ^ p osible que fueran simples
'■ c^qas_p_balsas_de.tuLejiesde las que se zambullirían para atrapar peces o desde
I las que pescarían con sedal. *
En Baja California se ha señalado la existencia de montículos de conchillas
en playas elevadas, pero ninguno de ellos ha proporcionado fechas tempranas.
Hasta el p r e s e n t e , s i t i o más temprano_de| que se tienejnoticia en México es
-^ El Cedral, al Sur de Monterrey, donde un posible fogón, que data des hace
33 0 00 años, estaba circundado de huesos de patas de proboscidios^Se encon­
traron también allí dos raspadores de lascas monofaciales y algunos posibles
artefactos en hueso (Lorenzo y Mirambell, 1986b). Otros artefactos, completa­
mente permineraüzados, trabajados y cincelados en huesos de animales extintos,
han sido dragados del fondo del lago Chapala y recolectados del lecho del lago
pleistocénico Zacoalco, cerca de Guadalajara (Solórzano, 1990). No se han
localizado sitios de ocupación y los huesos no han podido ser fechados a causa
de lo insuficiente del colágeno. Al sur de Puebla, en la presa Valsequillo, se han
excavado varios lugares con fauna extinguida (Irwin-Wiliiams, 1967). Uno de
ellos reveló la existencia de un raspador de laminilla asociado con conchas, que
datan del 20000 a.p. En Hueyatlaco, la localidad principal, se hallaron herra­
mientas sobre lascas monofaciales, así como también puntas bifaciales ^ fo r m a
de hojas de sauce, que parecen ser excepcionalmente tempranas, si deGa)única
localidad datada por radiocarbono se debe extrapolar la fecha de 20 000 años.
La mayor parte de la evidencia de la ocupación temprana ha jid o recogida
en la cuenca de México, cerca de la ciudad de México. BnJTl_^acgj;;a\e han en­
contrado varias láminas semejantes a cuchillas, cerca de un fogón fechado en
20 0 00 años (Lorenzo y Mirambell, 1986c). Asimismo, en las antiguas costas de
lagos se han_excavado_yariosjmatnuts (Lorenzo y Mirambell, 1986a). La mayo­
ría de estos sitios ha mostrado sólo herramientas sobre lascas monofaciales, pero
en dos lugares cerca de Iztapan se han encontrado puntas de proyectil bifaciales.
Estas puntas son lanceoladas y con pedúnculo, pero no están acanaladas. La fe­
cha del 9 0 0 0 a.p. en Iztapan I parece demasiado tardía para los mamuts, aunque
se considera que una punta con hombros asociada es similar a la forma de
Scottsbluff, en las Grandes Llanuras, y que data más o menos de la misma épo­
ca. En el Norte de México se han encontrado puntas acanaladas esparcidas;
también una en Zacoalco, pero la única excavada en un contexto fechado estra-
tigráficamente (9460 a.p.) se encuentra en un refugio de roca en la cueva de Los
Grifos, cerca de Ocozocoautla, en el estado sureño de Chiapas (García-Bárcena,
1979). La punta tiene forma de «cola de pescado», y se han encontrado varios
ejemplares de ella aislados más al Sur en Centroamérica. Sin embargo, sólo en
Sudamérica se la localiza en contextos fechados. Dado que el datado como más
antiguo (11000 a.p.) se halla en la cueva de Fell, cerca del estrecho de Magalla­
EL P O B L A M I E N T O ORIGINARIO 49

nes, y que este tipo de puntas aparece poco tiempo después en la provincia de
Buenos Aires, en las pampas argentinas, parece más razonable concluir que esta
forma distintiva se desarrolló en la Patagonia austral como parte de una adapta­
ción local para la caza de caballos, y que más tarde, cuando éstos se extinguie­
ron, se difundió hacia el Norte/^bos de las puntas cola de pescado de la cueva de
Fell y las dos puntas provenientes de sitios cercanos en las pampas han sido des­
critas como acanaladas; sin embargo, sería necesario realizar análisis tecnológi­
cos para determinar si son realmente acanaladas como las que provienen de más
al Norte, como, por ejemplo, las de la colección excavada de El Inga, cerca de
Quito, en Ecuador, en un contexto datado en el 9000 a.p.^
En Panamá, en el extremo sur de América central, se hallaron también pun­
tas acanaladas tipo clovis; sin embargo, en Los Tapiales, sitio ubicado en la cor­
dillera continental, a 3 000 m de altura, en Guatemala, sólo se ha excavado una
base acanalada en un contexto fechado en el 10700 a.p. (Gruhn, Bryan y Nance,
1977). Láminas, buriles y bifaces simples estaban asociados con esta base y con
una laminilla acanalada. Como en este sitio no se preservaron los huesos, no es
posible saber si estos hombres cazaban o no animales hoy extintos. A unos po­
cos kilómetros de Los Tapiales se han recogido puntas completas tipo clovis, así
como también puntas cola de pescado acanaladas; asimismo, se ha señalado la
existencia de huesos de mamuts, de modo tal que en Guatemala existe un p_pte.n-
daj^ para encontrar la asociaciór^en^ eI_ hombrs_y_£Lina.niut^Sin embargo, la
asociación no debe hacerse necesariamente con las puntas acanaladas. Resulta
interesante señalar que en la cuenca de Quetzaltenango (Xelajú), que puede ha­
ber contenido un lago pleistocénico como los de la cuenca de México, se encon­
tró una punta con hombros bastante similar en tamaño a aquella proveniente de
Iztapan I (Bryan, en prensa) (Ilustración 3).

Ilustración 3

Punta cola de pescado acanalado.


Fuente: Alan L. Bryan.
50 ALAN L. B R Y A N

En un campo de caña de azúcar en Turrialba, situado en la región montañosa


de Costa Rica, se han encontrado varias puntas tipo clovis, láminas y buriles.
Una punta cola de pescado proviene de una terraza más baja, lo que sugiere que
fue utilizada en tiempos más tardíos (Snarskis, 1979). En el lago Madden, un es­
tanque artificial construido para contener el agua de inyección al canal de Pana­
má durante los periodos secos, se han hallado en superficie varias puntas cola de
pescado, algunas acanaladas (Bird y Cooke, 1978). Así, pues, las puntas tipo clo­
vis más australes de las que tenemos noticias son las^eñaladas en La Muía Oeste,
cerca del Golfo de Panamá (Ranere y Cooke, 1989). En efecto, en Colombia y en
el Noroeste de Venezuela, se han encontrado puntas cola de pescado, algunas de
ellas acanaladas, pero hasta el presente no se ha informado acerca de la presencia
de las formas tipo clovis en Sudamérica. ^
La distribución en Centroamérica y en América del Sur de las puntas tipo
clovis y de la forma cola de pescado acanaladas se explica más simplemente a
través de la hipótesis de que las puntas acanaladas clovis, que están fechadas en
las Grandes Llanuras y en el Sudeste de Atizona entre el 10900 y el 11200 a.p.,
se difundieron hacia el Sur desde su centro norteamericano, al mismo tiempo
que la forma cola de pescado del estrecho de Magallanes, que está fechada en el
Cono Sur entre el 11000 y el 10500 a.p ..JoNhizo hacia el Norte.'^Ambas tradicio­
nes tecnológicas se encontraron y se fundieron en Ecuador y en C eju joamérica
^ c e aproximadamente 9 OpO tóos=_Más aún, la distribución dei. las) primeras
puntas de proyectil sugiere que los hombres del lugar desarrollaron técnicas es-
peciales para cazar fauna mayor, que incluyen la idea de las puntas de proyectil
bifaciales con las cuales experimentararon y las adoptaron si les resultaron efec­
tivas. La caza alrededor de las costas de los lagos y en los ecosistemas de prade­
ras abiertas, tales como los páramos altos, explicaría la presencia rara de puntas
tempranas en las áreas de las tierras bajas arboladas de Centroamérica.^a expli­
cación alternativa más favorecida sugiere que los primeros centroamericanos se
dedicaron a la caza mayor con puntas acanaladas, y que luego se trasladaron
con rapidez a través de Centroamérica y hacia la cordillera andina, donde la
caza resultaba más abundante, f
El modelo según el cual los hombres ya bien establecidos en sus ecosistemas
habían desarrollado técnicas para la caza de mamíferos terrestres que vivían en
guaridas en las praderas, puesto que, a fines del Pleistoceno, los bosques estaban
aumentando de tamaño, significa que deberían encontrarse sitios tempranos sin
puntas de proyectil bifaciales. La talla bifacial desapareció en Panamá alrededor
dei 7 0 0 0 a.p., ya que hacia esa época había bosques densgg en todas partes y los
herbívoros más grandes ya no podían correr en manadas. Sin embargo, en Gua­
temala, en el Sur de México, y probablemente también en Costa Rica, se siguie­
ron usando puntas de proyectil en las áreas abiertas de las regiones montañosas
donde todavía sobrevivían algunos animales de caza.#Dado que el lasqueado bi­
facial desapareció muy pronto en las áreas densamente arboladas, los arqueólo­
gos identifican los sitios tempranos por la presencia de la talla o lasqueado bifa­
cial y dan por sentado que todo sitio sin ella es tardío. Este problema conceptual
sólo podrá ser evitado si se fechan todos los sitios sin talla bifacial o si se en­
cuentran sitios con estratigrafía sin lasqueado bifacial en capas más bajas.
EL P O B L A M I E N T O O RIG INARIO 5|

La cueva de Espíritu Santo, en El Salvador, reveló una secuencia estratigrá-


fica de este tipo. Por debajo de una ocupación cerámica y de una capa interme­
dia estéril, el arqueólogo alemán Wolfgang Haberland (comunicación personal,
1989; 1991) encontró un grupo lítico abundante que carece de talla bifacial. Se
recuperaron además distales y laterales, perforadoras y tajadores, así como tam­
bién cientos de lascas de materiales exóticos. El componente temprano no ha po­
dido ser fechado debido a la falta de carbón y de huesos. Sin embargo, lo que
aparentemente es una pintura descolorida de un proboscidio sobre la pared tra­
sera del refugio de roca sugiere la posibilidad de un contexto pleistocénico. No
muy al Sur, en el Noroeste nicaragüense, se recuperaron algunas piezas de sílex
tallado entre abundantes huesos de animales extintos, entre los que se cuentan
huesos de mastodontes_)Ld£-p£xezQsns terrestres. Como la calcedonia sólo apare-
ce río abajo en el sitio de El Bosque, el contexto sugiere que los hombres recogían
los huesos de los animales muertos (Espinosa, 1976; Gruhn, 1978).
El único otro sitio en Centroamérica que en algún momento fue considerado
como temprano se encuentra en la ciudad de Managua. El Cauce o Acahualinca
es uno de esos escasos sitios en los que se han conservado en perfecto estado
h_uellas_de _pie huma nOy.ya-qu,e_ los hombres caminaban sobre ceniza volcánica
pura que luego era recjihÍeria_pQjr más cem Como las huellas están enterradas
a ^ m por debajo de la superficie actual, se pensó que eran muy antiguas. Sin
embargo, una fecha del 5945 a.p. de ácido húmico fue obtenida en un canal de
desagüe cercano que se había proyectado extender por debajo del estrato que
contiene las huellas (Bryan, 1973a).

ADAPTACIONES TEM PRA N A S A LOS M EDIO AM BIENTES SU DAM ERICAN OS

Reexaminaremos los sitios tempranos señalados en Sudamérica, considerando


en primer lugar el Norte de ésta, para luego atravesar los Andes antes de avan­
zar otra vez hacia el Norte, desde la Patagonia hasta el Nordeste brasileño. Se
puede dar por sentado que algunos hombres ya adaptados a las regiones coste­
ras y que se habían abierto paso a través del arbolado embudo centroamericano,
se dirigieron hacia el Este, bordeando la costa del Caribe, mientras que otros
grupos avanzaron hacia el Sur a lo largo de la costa del Pacífico.^ Hasta el mo­
mento, poco ha sido lo que se ha señalado al respecto en Venezuela oriental,
Guayanas o la cuenca amazónica. Esto se debe principalmente a que es muy difí­
cil encontrar sitios precerámicos en regiones densamente arboladas. Sin embar­
go, se han descubierto dos sitios con buena estratigrafía en la selva de galería a
lo largo del río Orinoco, en la región limítrofe entre Venezuela y Colombia (Bar-
se, 1990). Allí se hallaron láminas en cristal de cuarzo, un percutor, un fragmen­
to de hacha en piedra pulida y una piedra para partir nueces, que fueron asocia­
dos a un fogón que data del 9020 + 100 a.p. Otras localidades precerámicas no
fechadas han revelado la existencia en niveles más tardíos de lascas, de raspado­
res sobre lascas(y)de dos puntas de proyectil co n ^ ^ jg a. Según se cree, las lami­
nillas y los raspadores de laminilla íueroñlisados para manufacturar artefactos
de madera, de caña y de hueso.
52 ALAN L. B R Y A N

Uno de los últimos sitios estudiados en Suramérica, el de Pedra Pintada, cer­


ca de la desembocadura del río Tapajós, merece especial mención, porque sus
profundos estratos demuestran que los americanos primitivos se hallaban ya só­
lidamente establecidos en la cuenca amazónica hacia el año 11000 a.p. (Roose-
velt et al., 1996)/Aunque en los yacimientos más antiguos se encontró una pun­
ta bifacial, la mayoría de los artefactos desenterrados son lascas monofaciales
retocadas.
Las poblaciones en expansión hacia el Este, desde la región del Darién de Pa­
namá y Colombia, muy pronto se encontraron sin las densas selvas tropicales y
tuvieron que adaptarse^ los bosques semiáridos de árboles espinosos del Nordes­
te colombiano y del Noroeste venezolano, al Norte del límite septentrional de ios
Andes. El río Pedregal contiene una serie de terrazas bajas, así como también su­
perficies viejas más elevadas, con buenas exposiciones. En dichas superficies, el
arqueólogo venezolano José Cruxent encontró artefactos elaborados con cuarcita
local. Asimismo, descubrió una posible secuencia tecnológica correlacionada con
los diferentes niveles. El nivel más alto por encima del río proporcionó núcleos
toscos, raspadores, cuchillos y bifaces gruesas. La superficie siguiente en profundi­
dad reveló la presencia de bifaces más pequeñas y delgadas, además de los tipos
tempranos. En la terraza I se eMontraron puntas de proyectil gruesas en forma de
hoja de sauce, junto con tipos más antiguos. Las gruesas puntas biconvexas, ob­
viamente elaboradas para poder encajar en mangos provistos de un hueco para tal
fin, como un hueso cilindrico o una punta de madera, recibieron el nombre de El
Jobo, en estrecha alusión al depósito situado en las cercanías. Por último, la terra­
za de la llanura de inundación proporcionó pequeñas puntas con espiga y con ba­
ses estrechas (Rouse y Cruxent, 1963: fig. 5 y lámina 3). La secuencia tipológica
hipotética, factible si los lasqueadores experimentaron con la piedra como mate­
rial útil para golpear las lanzas de madera, sigue sin ser fechada. Siguiendo su co­
razonada, según la cual las puntas El Jobo fueron usadas para cazar grandes ma­
míferos, Cruxent se unió a un grupo paleontológico que estaba excavando huesos
de mastodontes y de otros animales extintos en el aguadero de Muaco, cerca de la
costa Este de Coro. Para gran felicidad suya, Cruxent encontró allí puntas El
Jobo, pero también artefactos más recientes, de modo que, evidentemente, no era
posible probar que las puntas El Jobo hubieran sido usadas para matar masto­
dontes en Muaco. A pesar de ello, en este sitio se rescató un hueso fósil que de
modo manifiesto había sido tallado según un patrón claro antes de la perminerali-
zación (Rouse y Cruxent, 1963: lámina 4A), así como un hueso calcinado, que
fue fechado en el 16870 a.p. (Rouse y Cruxent, 1963: 35-36) (Ilustración 4). /f
Alentado por estos descubrimientos, Cruxent se lanzó a la búsqueda de me­
jores sitios donde la corriente de agua emergente no hubiera mezclado los mate­
riales. A unos pocos kilómetros al Este se encontraron dos lugares fosilíferos,
pero como uno de ellos era un lecho de arroyo se llegó a la conclusión de que las
puntas El Job o y los huesos de caballo pudieron haber sido introducidos en el
depósito de grava desde contextos originales diferentes.
El vasto sitio de Taima-Taima no es ni una aguada ni un lecho de arroyo,
aunque de hecho las aguas freáticas se filtran horizontalmente desde las monta­
ñas de San Luis y fluyen a través de arenas de antiguas playas, debajo de un le­
EL P O B L A M I E N T O ORIGINARIO 53

Ilustración 4

Punta El Jobo.
Fuente: Alan L. Bryan.

cho de coquina que contiene fósiles miocénicos. Gradualmente, la arena pura


fue haciendo que la coquina se asentara y se resquebrajara y el agua que se filtró
a través de las resquebraduras redepositó la arena de la antigua playa sobre el
piso de coquina. La arena movediza alisó los vértices de los bloques de este piso,
pero la presión del agua i^nca fue lo suficientemente fuerte como para empare­
jar los distintos bloques. Los animales, en su mayoría mastodontes, se veían
atraídos por el agua, que, sobre este piso, formaba charcos en la arena gris. Asi­
mismo, es evidente que los hombres primitivos se sintieron atraídos hacia este si­
tio, puesto que Cruxent encontró puntas El Jobo en íntima asociación con hue­
sos de mastodonte, y una de ellas dentro de una cavidad pélvica,
Varios años después de los trabajos iniciales de Cruxent, otras excavaciones
confirmativas llevadas a cabo en 1976 permitieron recuperar una punta/Epíobo
rota dentro de la cavidad púbica de un mastodonte joven parcialmente desarticu­
lado y descuartizado, cuyos huesos habían sido cortados probablemente con una
lasca de jaspe encontrada cerca del cúbito izquierdo de la bestia. Es imposible que
la acción del agua haya movido los huesos pesados; sólo el honíbre pudo haberlo
hecho. Cerca del animal y conservada por la humedad constante se encontró una
concentración de ramas, masticadas-con seguridad por el mastodonte y que pre­
sumiblemente constituyen parte del contenido de su estómago.''Estas ramas pro­
porcionaron fechas confirmadas por varios laboratorios de radiocarbono que
indican que el joven mastodonte fue muerto y descuartizado aproximadamente
en el 13000 a.p. (Bryan et al., 1 9 7 8 ;'Ochsenius y Gruhn, 1979; Gruhn y Bryan,
1984).^Las nuevas fechas confirmaron la mayor parte de las que se habían obteni­
do con anterioridad a partir de los diferentes materiales de la arena gris. Sobre
ésta se formó con el tiempo un pantano, y en esta superficie más tardía vivieron
caballos y gliptodontes, pero no m astodoi^s, puesto que, evidentemente, ya se
habían extinguido .'M ás tarde, se acumuló ¡epcoluvión y otro p a leo sol sedesarrg-
54 ALAN L. B R Y A N

lió en otra superficie. El coluvión adicional fue recubierto por un abono orgánico
negro que data del 10000 a.p. aproximadamente. La totalidad de esta secuencia
de depósitos quedó rematada por una capa de coluvión estéril. Como no se han
encontrado artefactos en ningún depósito por encima de la arena gris, resulta cla­
ro que éstos no pudieron haberse filtrado desde más arriba.
A pesar de que se ha pretendido lo contrario (por ejemplo, Lynch, 1980),
Taim a-Taim a ha proporcionado artefactos definidos, en un contexto geológico
bien fechado y altamente estratificado, que se mantuvo puro a pesar del agua es­
curridiza, ya que ésta movió arena y concentró ramas en cavidades pero no fue
lo suficientemente fuerte como para mover o mezclar huesos o artefactos de pie­
dra. Reseñados con gran detalle, estos datos constituyen única evidencia sóli-
da^n toda Sudamérica^de un s^itio de matanza de megamamífecos. Por supuesto,
si se acepta el modelo según el cual los cazadores norteamericanos de fauna ma­
yor fueron los primeros sudamericanos, la evidencia de Taima-Taima o de cual­
quier otro sitio más temprano que Clovis no puede ser correcta, y todos estos si­
tios deben sey explicados de otro modo, tal como Lynch (1980) ha intentado
hacer sistemáticamente.
Ahora se hacen evidentes ciertas diferencias significativas entre la arqueolo­
gía de Norteamérica y la de Sudamérica. En su búsqueda de los orígenes cultura­
les, los arqueólogos norteamericanos dirigen su mirada hacia Beringia y Siberia,
donde es bastante sencillo encontrar similitudes y relaciones, ya que tanto los
grupos humanos que se adaptaron a las Grandes Llanuras como los que lo hicie­
ron con respecto a la tundra de las estepas de Beringia y de Siberia vivían<€H)eco-
sistemas que obligaban a hacer.,hincapié_en la caza y no en la recolección. Por su
parte, los arqueólogos sudamericanos buscan en Panamá y en Centroamérica los
orígenes culturales, pero el ecosistema dominante en esa región es la selva tropi­
cal y las únicas relaciones que se han podido reconocer son las puntas cola de
pescado y las tipo Clovis acanaladas que están ampliamente diseminadas. Los
arqueólogos orientados hacia Norteamérica concluyen, pues, que las puntas aca­
naladas deben constituir las relaciones más tempranas. A diferencia de estas
puntas que presentan una extensa distribución, puesto que muchos grupos cultu­
rales las consideraron armas de caza efectivas, las puntas El Jobo tienen una dis­
tribución conocida muy limitada. Así, si bien en Costa Rica, Nicaragua y M éxi­
co se han hallado puntas en forma de hoja de sauce, éstas no constituyen las
puntas distintivas El Jobo. Sin embargo, en un sitio situado en el Noroeste ar­
gentino se han encontrado las características puntas gruesas y biconvexas tipo El
Jo b o (Alberto Rex González, comunicación personal, 1970) y en el Sur de Chile
se han hallado dos más en un sitio coetáneo, ocupado hace 2 500 años en Monte
Verde, al que nos referiremos más adelante.*tju¡zás los trabajos que se realicen
en el futuro, en especial a lo largo de las desconocidas laderas este de los Andes,
revelen una vinculación entre estas ocurrencias tan alejadas entre sí; aunque
también es posible que la forma casi cilindrica de las puntas El Jobo provenga de
las puntas de madera o hueso pulido conformadas en forma similar, que fueron
halladas en varias partes de América del Sur.HJna diferencia de gran importancia
entre N orte v Sudamérica « la mayor diversidad de los grupos líticos que en for-
rrm local se desarrollaron en esta última, como parte de adaptaciones culturales
EL P O B L A M I E N T O O RIG INARIO 55

distintivas a diferentes ecosistemas que contenían una amplia y diversa gama de


recursos naturales. Es posible esperar, pues, una convergencia tecnológica, que
incluya las puntas bifaciales de formas parecidas, como producto de adaptacio­
nes paralelas, a bases similares de recursos y de medioambientes (Bryan, 1973;
Richardson, 1 9 7 8 ).*
En la zona central de Colombia, casi a 1 0 0 0 km al Sudoeste de Taima-Taima
en la elevada sabana de Bogotá, las excavaciones en los refugios de roca El Abra
revelaron la presencia de un núcleo simple y de una industria de lascas retocadas
que datan de una fecha tan temprana como la del 12400 a.p. (Correal, 1986).
Esta industria abriense aparece también en el sitio descampado de Tibitó, en
asociación con restos de mastodontes y de caballos, pero sobre todo de ciervos,
en un contexto que data del 11740 a.p. (Correal, 1981). Tibitó puede haber sido
una estación de procesamiento y no un sitio de matanza; pero, de todos modos,
parece significativa d^ausencia de toda evidencia de puntas.,bifaciales: rú siquiera
se han encontrado puntas rotas. Es posible que estos hombres mataran a los ani-
males con lanzas de madera, como todavía lo hacen hoy en día muchos indios de
las selvas de las tierras bajas sudamericanas. Asimismo, es válido suponer que en
algunas ocasiones los abrienses hayan obtenido puntas bifaciales como producto
de comercio, pero resulta evidente que estos cazadores-recolectores de la sabana
de Bogotá no usaron en forma cotidiana, ni siquiera en los tiempos cerámicos,
puntas bifaciales de proyectil de piedra lasqueada.
En las zonas montañosas del Ecuador, la historia es diferente. La región que
rodea Haló, ai Este de Quito, contiene en abundancia cantidades de obsidiana de
excelente calidad que atrajeron a los hombres cuando menos alrededor del
11000 a.p. Las excavaciones en El Inga proporcionaron varios tipos de puntas
bifaciales, entre ellas las formas de cola de pescado acanalada y no acanalada;
sin embargo, para nuestra decepción, las fechas que se obtuvieron por radiocar-
bono son tardías y se sitúan entre el 4 0 0 0 y el 9000 a.p. (Mayer-Oakes, 1986).
Las excavaciones del arqueólogo norteamericano William Mayer-Oakes en el si­
tio solar de San José revelaron una industria similar, que incluye láminas, bunles
y muchas herramientas talladas, cuidadosamente retocadas monofacialmente,
pero ninguna evidencia de retoque bifacial'\Mayer-Oakes, comunicación perso­
nal, 1990). Series estratigráficamente consistentes de fechas de hidratación de
obsidiana, entre el 10000 y el 11000 a.p., sugieren que los primeros ocupantes
conocidos de la región de Haló innovaron una industria avanzada de piedra ta­
llada que careció de lasqueado bifacial hasta el 10000 a.p. Probablemente, la
idea de una talla bifacial fue adoptada cuando la forma de cola de pescado ma-
gallánica se difundió desde el Sur. Un poco más tarde se aceptó el concepto de
acanaladura, proveniente del Norte, y se aplicó a las puntas cola de pescado.
Pero las puntas cola de pescado magallánicas no son omnipresentes en el Sur
de los Andes y, por tanto, no constituyen un marcador de horizonte convenien­
te. En realidad, tienen una distribución conocida muy irregular, con vacíos in­
cluso en sitios datados de la época en la que deberían encontrarse, si la idea
hubiera pasado de un grupo a otro. Más bien parece que, entre el 13000 y el
10000 a.p., grupos diferentes experimentaron con varios estilos de puntas de
proyectil, mientras que otros, como los que vivían en la sabana de Bogotá, nun­
5¿ ALAN L. B R Y A N

ca adoptaron la idea de puntas talladas bifacialmente, aun cuando se dedicaron


a la caza de grandes mamíferos en medioambientes de praderas. A diferencia de
lo que ocurrió en Norteamérica, donde los estilos de puntas preferidos se distri­
buyeron am p lia m en te,m a y o ría de los sudamericanos siguieron usando la tec­
nología funcional, que les daba buenos res^tados. r
Por ejemplo, los primeros ocupantes ® Pachamacha^Jun pequeño refugio
de roca ubicado a 4 000 m en la alta puna Hel centro de Perú, usaban 4í^tipo de
pujita triangular y regordeta para cazar vicuñas (Rick, 1980: 149, fig. 7.1). Ha­
cia er9Ó 00 a.p., estos hombres, que también cazaban animales más pequeños y
que recolectaban tubérculos y frutos, cambiaron a un tipo de punta peculiar,
que mantuvieron durante miles de años, en forma de hoja de sauce con salientes
bilaterales cerca de la base. Es evidente que estos cazadores apacentaron con éxi­
to los rebaños de vicuñas para mantener a sus poblaciones, pero también lo es
que sólo hace 4 0 0 0 años aproadniadaroente ejcnpezaron a reunir el ganado en re­
baños. Las puntas triangulares provenían de depósitos que fueron datados en el
1800 -H 930 a.p., una fecha que al principio Rick (1980: 65) aceptó, pero que
más tarde (Rick, 1988) puso en duda a causa del amplio margen de error esta­
dístico y de la brecha de 2 500 años que existiría antes de la siguiente ocupación.
La historia es bastante diferente sólo a 100 km al Norte, cerca del lago Lau-
ricocha, en las fuentes del río Marañón. Los primeros hombres que ocuparon la
cueva de Lauricocha hace 9 500 años, inmediatamente después de que se hubo
derretido el hielo glacial de la región, usaban lascas en abundancia, muchas con
retoque marginal monofacial, como raspadores y puntas para cazar ciervos an­
dinos. Las puntas de hueso y de cornamenta de ciervo, identificadas por el exca­
vador como dagas o punzones, eran los artefactos más comunes (Cardich, 1978:
298). Entre el 8000 y el 5000 a.p., periodo en el que los hombres cazaron más
camélidos que ciervos, se usaron tanto puntas de^oyectil triangulares retocadas
bifacialmente como en forma de hoja de sauce. evidencia de la alta puna del
c£ntrq_de Perú indica que grupos vecinos usaban, por la misma época, estilos di-
f^entes dejpuntas de prgyecjiiL _
La posibilidad de que las puntas de hueso hayan evolucionado para dar lu­
gar en Lauricocha a las puntas de piedra, debe ser considerada como una hipóte­
sis que explicaría los desarrollos locales independientes de puntas de proyectil en
piedra tallada bifacialmente. La comparación de las primeras puntas triangula-
res lasqueadas de Pachamachay y de Lauricocha con las dos puntas triangulares
de hueso pulido encontradas debajo de un alud de rocas en Pikimachay, un am­
plio refugio de roca con vista sobre el valle de Ayacucho en el Sur de Perú, sugie­
re que una forma de punta similar pudo haber sido transferida con facilidad a
un material más duro cuando los lasqueadores, familiarizados con el retoque
marginal simple, experimentaron con el retoque en todos los bordes sobre am­
bos lados, para crear una punta que sería más eficaz que las puntas de hueso o
de cMnamenta de ciervo para penetrar corambres gruesas.
|^PikImácháy~^e ha transformado en uno de los sitios más controvertidos de
Sudamérica, por que la evidencia sugiere jju ^ J_refu gio ya estaba ocupado hace
21 000 años. Siri embargo, como las piedras talladas de los primeros depósitos
son de ía misma toba volcánica que la pared de la cueva, es concebible que las
EL P O B L A M I E N T O ORIGINARIO 57

astillas de la bóveda se hayan lasqueado al caer y golpear el suelo de la caverna.


Asimismo, los huesos de animales extintos, en especial de perezoso, parecen ha­
ber sido cortados y trabajados, pero también eÍlo pue^e atriEüiSe a la caída de
las rocas. No obstante, en estos mismos depósitos se han descubierto también
guijarros exóticos no trabajados que debieron ser transportados a mano. Aun­
que en todos los depósitos más bajos se encuentran las equívocas piedras las-
queadas monofacialmente, no puede ponerse en duda que las puntas de hueso
triangulares provenientes de la parte más alta de los depósitos previos a la caída
de la bóveda, y que han sido fechadas en el 14150 + 180 a.p. (MacNeish et al.,
1980: 3 0 9 , fig. 8-1; 1981), constituyen a r^ f^ to s, puesto que las marcas de puli­
mento son visibles con facilidad a simple vista. Habría que suponer que varias
de las herramientas talladas definidas, y las puntas de hueso pulido, son parte
del complejo de Ayacucho y se introdujeron a través de la capa estéril de la caída
de la bóveda, una posibilidad que parece remota según el geólogo del proyecto
canadiense Nathaniel Rutter (comunicación personal, 1991). Las puntas de las­
cas monofaciales también fueron descritas como parte del complejo de Ayacu­
cho; pero el primer bifaz, una punta de doble filo, lasqueada por percusión, se
halló por encima del nivel de la caída de la bóveda. Tres puntas rotas identifica­
das como cola de pescado aparecieron algo después del 11000 a.p. (MacNeish et
al., 1980). 'Q)evidencia de Pikimachaylcobra sentido si se acepta que los prime-
ros cazadores-recoiectorea generales llevaron consigo una tecnología no especia­
lizada de piedra lasqueada monofacialmente, que incluía el potencial para inno­
var puntas bifaciales, ya sea por experimentación local o por estímulos externos.
Aunque los sitios fechados como más tempranos en el Oeste sudamericano
fueron encontrados en la puna, donde abundan los camélidos y pueden recoger­
se tubérculos, en o cerca de la costa pacífica se han hallado varios lugares que,
aunque no tanto por su edad, son significativos por la cantidad de artefactos allí
recuperados. Crustáceos, aves marinas, pescados, mamíferos de tierra y de mar,
componentes de ecosistemas productivos especialmente en las desembocaduras
de los ríos a lo largo de la árida costa pacífica, ya eran explotados tan temprano
como el 10500 a.p. Resulta significativo, sin embargo, que la tecnología aso­
ciada con estos tempranos sitios costeros no contenga artefactos lasqueados
bifacialmente, artefactos que podrían esperarse si sus antecesores immediatos
hubieran sido cazadores especializados en animales de caza mayor en las altas
montañas de los Andes.
En la semiárida península de Santa Elena, en Ecuador, Stothert (1985) infor­
ma acerca de la cultura de Las Vegas, que está completamente desarrollada ha­
cia el lOQQO a.p., y fechas anteriorés indican que sus raíces se remontan a otro
milenio.^ a s conchas, el carbón y los huesos humanos proporcionaron fechas es-
tratigráficamente consistentes de eritre el 6600 y el 10840 a.p." Los artefactos
incluyen una industria de lascas mónofaciales carente de tipos formales, pero
también se encoAtraron percutores, guijarros con filos pulidos y dos hachas de
piedra pulida. j,a^ puntas de hueso y una espátula pudieron haber sido usadas
para fabricar redes q textileSi,La abundante industria de lascas y de trozos utili­
zados, pero apenas retocados, sugiere la manufactura de artefactos y de acceso­
rios de madera, carrizo, caña y corteza de árbol. Las Vegas es interpretada como
58 ALAN L. B R Y A N

una tradición temprana de selva tropkal que incluyó algo de horticultura y que
dio origen, después del 5300 a.p., a cultura cerámica ternprana ..de-^Zaidi^ia,
con una agricultura intensiva, una extendida tecnología pesquera y un ceremo-
nialismo más desarrollado.
El sitio de Talara en el extremo noroeste peruano es una localidad paleonto­
lógica bien conocida del Pleistocenó Tardío. Cerca de ella, sobre la misma plata­
forma marina, se localizaron y analizaron conjuntos de tajadores monofaciales,
así com o también raspadores «casco de caballo», y lascas utilizadas y denticula­
das (Richardson, 1978). Las conchas de grandes moluscos Anadara, asociadas
con ellos y que evidentemente habían sido llevadas desde lejanas manglares, pro­
porcionaron las fechas de 11200 y de 8125 a.p. Es probable que los artefactos
monofaciales fueran usados para trabajar la madera, el hueso y las fibras. Con
la adición de hachas de piedra pulida, de morteros y de tazones, una industria si­
milar siguió usándose en la desembocadura del cercano río Siches hasta por lo
menos el 5 5 0 0 a.p.
Es evidente que los hombres que se adaptaron a la costa semiárida de la pe­
nínsula de Santa Elena y del Norte de Perú jamás sintieron la necesidad de tener
puntas bifaciales, aunque su ausencia parece extraña ^ p o c o antesJiabían sido
cazadores de grandes animales en los Andes. No obstante, a menos de 500 km
más al Sur, en la región que rodea el valle Moche, resulta claro que los cazado­
res mataban mastodontes con grandes y distintivas puntas espiga Paiján, que
sólo son conocidas en esta limitada región costera, aunque en El Inga se encon­
traron algunas formas similares. En un contexto cerrado en el pequeño refugio
rocoso de Quirihuac, se recuperaron diez puntas Paiján rotas y miles de lascas.
Cuatro fechas obtenidas de restos de madera y carbón van del 12795 al 8645
a.p., mientras que los huesos humanos datan del 9930 y del 9020 a.p. El sitio
abierto de La Cumbre proporcionó puntas Paiján eipasociación con huesos de
mastodonte que datan del 12360 y 10535 a.p. Como las fechas eran tan varia­
bles, se las promedió en el 10796 a.p., siendo comparables con el promedio del
1 0 650 para Quirihuac. Se cree que el complejo Paiján existió entre hace 11 000
y 1 0 0 0 0 años, periodo en el que, en forma gradual, los hombres fueron abando­
nando las puntas Paiján, aun cuando siguieron dando importancia a la econo­
mía marítima, a la que probablemente se dedicaban estacionalmente (Richard­
son, 1989).
En el Sur de Perú, cerca de lio, los recursos marinos eran utilizados en forma
intensiva hacia el 10500 a.p. Un conchero en forma de anillo proporcionó, en
HeposItoTfechados entre el 10570 y el 7670 a.p., un arpón de hueso, anzuelos de
hueso y concha, así como también conchas modificadas y una industria unifacial
de lascas monofaciales, pero ninguna bifaz (Richardson, 1989).*"Se identificaron
restos de moluscos, de peces del litoral, de mamíferos marinos y de pájaros; pero
no se encontraron restos de mamíferos terrestres.
La razón más probable que exphca por qué una adaptación marítima total­
mente desarrollada se halla presente hacia el 10500 a.p. sobre la costa pacífica
de Sudamérica, y hacia el 10000 a.p. en California, pero sólo después del 8000
a.p. en la costa atlántica, puede ser que ciertos tramos de la costa pacífica son
tectónicamente ascendentes, mientras que la costa atlántica es estable. Así, pues.
EL P O B L A M I E N T O ORIGINARIO 59

tanto Las Vegas como Siches y el sitio Anillo representan adaptaciones marí­
timas bien establecidas, que, al igual que sus contemporáneas en el Sur de Cali­
fornia, resultan ser los sitios más tempranos, preservados localmente, represen­
tativos de adaptaciones costeras más antiguas, cuyos remanentes deberían ser
hallados por los arqueólogos bajo el agua en las plataformas continentales de to­
das las costas. Esta interpretación implica la idea de que los sitios del interior al
Oeste de las cordilleras fueron ocupados por primera vez por grupos humanos
que gradualmente se fueron trasladando desde las costas hacia el interior, y ello
a medida que iban adaptando sus economías a la utilización de plantas y de ani-
males terrestres. En un primer momento, estos exploradores sólo incorporaron,
en su ciclo anual, los r ^ r s o s de las regiones interiores adyacentes; pero con el
tiempo algunos, como pachamachay. desarrollaron una tecnología capaz de /
adaptarse a ecosistemas terrestres duranrp tndr» pLaxir>-(ñ.iUfhay,. l ’<?Rqa| /
Dos sitios contemporáneos en el centro de Chile proporcionaron artefactos
con animales extintos. Quereo, situado en un farallón que hoy domina el Pacífi­
co, reveló la existencia de herramientas simples talladas monofacialmente, aso­
ciadas con huesos de mastodontes, de caballos, de camélidos extintos, de ciervos
y de mamíferos marinos, así como también con conchas marinas, en un contexto
fechado en el 11500 a.p. (Dillehay, 1989b). Es evidente que estos grupos cos­
teros estaban experimentando con ecosistemas interiores. Tagua-Tagua, bien
adentro en el valle central al Sur de Santiago, está situado sobre la orilla de un
lago que atrajo tanto a los animales (mastodontes, caballos, camélidos y pájaros
acuáticos) como a los cazadores, que dejaron lascas, núcleos, percutores y algu­
nas herramientas de hueso en un estrato fechado entre el 11430 y el 11000 a.p.
(Dillehay, 1989b).
En Monte Verde, aproximadamente 900 km al Sur en el bosque húmedo su-
bantártico y a 15 km tierra adentro desde el fiordo más septentrional, un lugar
pantanoso ha ofrecido artefactos perecederos muy bien conservados en un con­
texto fechado alrededor del 13000 a.p. (Dillehay, 1989a, 1986). Este sitio con­
tiene al menos diez bases de chozas semirectangulares hechas con troncos tosca­
mente modificados y mantenidos en el lugar por estacas de madera, y constituye
así 0 grupo arquitectónico más temprano del que se tenga noticias er^las_arnéri-
cas; los morteros de madera contenían semillas bien conservadas con frutos y ta­
llos de plantas comestibles estaban asociados directamente con piedras de mo­
lienda. Dentro de las estructuras, y muy cerca de pequeños fogones de arcilla
alineados, (s^encontraron artefactos de madera y algunas herramientas de piedra
lasqueada monofacialmente; fuera de las vías de acceso a estas casas, alineados a
lo largo del riachuelo Chinchihuapij se localizaron fogones más grandes. Monte
Verde e r ^ n asentamiento planificado con áreas para actividades diferentes ta­
les com oQ^preparación de comida^ la producción de herramientas y evidente­
mente tarnbién el tratamiento médico. Dado que se encontraron restos de plan­
tas ^ue) maduran en^jodas las estaciones, se llegó a la conclusión de que el
asentamiento era permanente. La presencia de restos vegetales originarios de las
costas oceánicas, de las altas montañas e inclus<^e la Patagonia, indica la exis­
tencia de relaciones, e inclusive quizás también comercio, con otros ecosiste­
mas. En efecto, es posible que las dos grandes bifaces y una punta tipo El jo b o
60 ALAN L. B R Y A N

de materiales exóticos hayan sido obtenidas a través de vínculos comerciales.


Más allá de éstas, la industria lítica está constituida por lascas y piedras simples
con bordes afilados naturalmente y, algunas de ellas, con mangos de madera.
Los filos de trabajo de estas piedras cuidadosamente seleccionadas muestran cla­
ras huellas de uso (Dillehay y Collins, 1986). Es posible que las piedras boleado­
ras y una lanza de madera con punta templada al fuego hayan sido usadas para
cazar camélidos extintos y animales más pequeños.'^unque, probablemente, es­
tos hombres mataban animales atrapados en el lodazal, es posible que recogie­
ran los huesos de mastodonte como objetos útiles.'#'
El informe final sobre los artefactos de Monte Verde arroja un cuadro ex­
cepcionalmente nítido del conjunto de la cultura m aterial(@ los primeros caza-
dores^recolectores. y subraya el hecho de que la piedra lasqueaHa'tenía una im-
f>ortancia relativamente menor. Una excavación de prueba en sedimentos más
antiguos del otro lado del riachuelo reveló la existencia de varias piedras fractu­
radas — once de las cuales muestran en el filo claras marcas de percusión o de
desgaste por el uso— , en directa asociación con tres alineaciones semejantes a
las de los fogones, que fueron fechadas en el 33000 a.p., aproximadamente (Di­
llehay y Collins, 1988). Dado que este sitio carece del excepcional estado de pre­
servación del asentamiento de la otra orilla, los arqueólogos dependen totalmen­
te del análisis lítico para evaluar los hallazgos.
En la C Q S ta chilena se ha excavado en varios sitios fechados después del
8500 a.p. ^o^ primeros caza^res-recolectores recogían crustáceos, pescaban y
cazaban mamíferos marinos y pájaros, algunas veces con puntas bifaciales en
forma de hoja de sauce y con pedúnculo. Algunos de estos grupos, en especial
los que vivían en el árido Norte, se trasladaban estacionalmente río arriba para
cazar animales terrestres y recoger plantas que utilizarían como alimento o me-
dicina;^in embargo,(T^ mayoría de los grupos que. ocupaban la costa meridional,
a^ntes cubierta con hielo glacial, se trasladaban estacionalmente a otras localida­
des costeras.''''Los arqueólogos norteamericanos daban por sentado que estas cul­
turas marítimas arcaicas se habían desarrollado a partir de culturas cazadoras
paleoindias más primitivas que usaban puntas de proyectiles en piedra lasqueada
bifacialmente, pero la evidencia temprana de Las Vegas, de Talara y del sitio
Anillo s u ^ r e que, antes de la innovación de las puntas bifaciales, se había desa­
rrollado @ las,, zonas, costeras una economía cazadora-recolectora general. La
evidencia de Monte Verde, de Tagua-Tagua, de Quereo y de Paiján sugiere que
los hombres primitivos que vivían en o cerca de la costa aprovecharon animales
de toda talla fácilmente asequibles, ya sea que hayan utilizado o no puntas bifa-
ciales.^'Con esta interpretación, los términos norteamericanos «paleo-indio» y
«arcaico», así como también la secuencia que de ellos se deriva, resultan eviden­
temente inaplicables en_Sudamérica. ,
La evidencia más temprana documentada de ocupación en la Patagonia, en
el interior austral de Argentina, es Los Toldos, cueva 3, donde el estrato cultural
más bajo — el nivel 11— fue fechado en el 12660 + 600 a.p. (Cardich, 1978; Or-
quera, 1987). Allí se encontraron raspadores, cuchillos, puntas de proyectil y
lascas usadas, todos retocados monofacialmente, junto con huesos de guanacos,
de camélidos extintos y de caballos; En el 9700 a.p. aproximadamente, el refu­
EL P O B L A M I E N T O O RIG INARIO 6|

gio fue ocupado otra vez por pobladores que utilizaron herramientas monofacia-
les similares, con el agregado de cuchillos y de puntas bifaciales subtriangulares
(alrededor de 9700 a.p.) así como también punzones y espátulas en hueso, todos
asociados con huesos de caballo y de guanaco. Los toldenses abandonaron la re­
gión hacia el 8750 a.p., pero otros hombres que insistieron en el uso de láminas,
raspadores, cuchillos y denticulados retocados monofacilmente ocuparon la cue­
va después del 7 2 6 0 a.p. Evidentemente, más que puntas bifaciales, estas perso­
nas utilizaron boleadoras para cazar guanacos, y
La cueva de Fell, en Chile, al Norte del estrecho de Magallanes, es el sitio tipo
para las puntas cola de pescado magallánicas, dos de las cuales tienen cicatrices de
adelgazamiento en la base. Se encontraron también raspadores terminales latera­
les junto con huesos quebrados y quemados de caballo(2)con muchos huesos de
guanacos descuartiza_dos,_en estratos fechados entre el 11000 j el 10000 a.p. Se­
gún se ha informado, la ocupación subsiguiente, fechada entre el 9100 y el 8100
a.p., careció de puntas bifaciales. Es probable que iJ)hayan utilizado puntas_en
hueso para matar guanacos. En la tercera ocupación, fechada entre el 8180 y el
6560 a.p., se encontraron puntas cortas triangulares bifaciales y piedras boleado­
ras. Las puntas triangulares y las fechas coincidentes sugieren alguna relación con
los toldenses (Orquera, 1987), aunque la falta de puntas cola de pescado en los si­
tios de la misma época en la Patagonia argentina sigue siendo un enigma. Al Este
de los Andes, en Tierra del Fuego, situada en la extremidad austral de América,
habitaron hombres que usaron piedras lasqueadas monofacialmente, aunque tam­
bién hay lascas derivadas bifacialmente, asociados con una fecha del 11900 a.p.
(Hugo Nami, comunicación personal, 1992). Más al N one, en la provincia cen­
tral de Buenos Aires, se excavaron dos puntas cola de pescado de dos sitios cerca­
nos, en contextos fechados entre el 10800 y el 10600 a.p. El único hueso que se
pudo identificar pertenecía a una placa de un armadillo extinto. Otra localidad en
la misma región parece haber sido un taller en el que eran fabricadas puntas cola
de pescado por pulimento más que por lasqueado. Dada la ausencia de sitios de
matanza, es difícil argumentar tan sólo a partir de la distribución conocida de las
puntas cola de pescado en el Cono Austral, a favor de un horizonte temprano de
caza especializada (Orquera, 1987; 354).
No muy lejos, en La Moderna, se encontraron huesos de guanacos y de glip-
todontes extintos, así como también muchas lascas de cuarzo alóctono.^ El
gliptodonte ha sido fechado en el 6550 a.p., pero esta fecha, obtenida a través
del colágeno de un hueso, ha sido puesta en tela de juicio, ya que implica una
persistencia tardía de una fauna etónta (Orquera, 1987). Sin embargo. Arroyo
Seco, en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, ha producido sorpresas aun
mayores en lo que respecta a la fauna extinta. En un componente no fechado
aparecen puntas triangulares bifaciales junto con artefactos monofaciales. Deba­
jo de este estrato se encontraron algunas herramientas sólo con retoque margi­
nal monofacial, asociadas con huesos de guanaco, ciervo, caballo y perezosos gi-
gantes terrestres. Por debajo de este nivel de ocupación y sin ninguna evidencia
de intrusión a través de la zona que proporciona la megafauna, se han encontra-
do entierros humanos con ocre rojo, acompañados de conchas perforadas y de
abalorios de (^ientes, asFcomo tambiéii una placa de gliptodonte. La idea de que
62 ALAN L. BRYAN

í^ h o m b re s tenían un cementerio en el mismo momento en el que todavía seguí-


an viviendo en ^í)área perezosos gigantes de tierra y gliptodontes gigantes seme­
jantes a armadillos, parece verse confirmada por las fechas casi idénticas obteni­
das por radiocarbono en huesos de perezosos y en huesos humanos, que giran en
torno al 8500 a.p^No existe, por cierto, ninguna evidencia que pueda confirmar
un modelo que indicaría que los cazadores de animales de fauna mayor en pose­
sión de una tecnología especializada tuvieran mucho efecto sobre la fauna pam­
peana.
En el Sur de Brasil las puntas cola de pescado en general aparecen asociadas
con sitios más recientes, aunque algunas puntas con pedúnculo pueden remon­
tarse al 7000 u 8000 a.p. (Schmitz, 1987: 90). De hecho, la única evidencia re­
portada de caza de grandes animales en las áreas de sabana/llano de Rio Grande
do Sul son huesos modificados de perezosos terrestres, uno de los cuales propor­
cionó una fecha del 12770 + 220 a.p. (Bombín y Bryan, 1978; Schmitz, 1987,
fig. 14). Más tarde, entre el 11000 y el 8 5 0 0 a.p., los hombres que ocuparon
esta región de sabana/llano a lo largo del Uruguay se dedicaron a la caza de cier-
vos y a la recolección de frutas piraHas.'^stos cazadores-recolectores usaron
puntasTasqueadas bifacialmente y con pedúnculo, cuchillos bifaciales y una va­
riedad de raspadores sobre lascas, así com o también piedras para moler y yun­
ques de piedra (Schmitz, 1987). ,
Algo después del 8000 a.p. apareció a lo largo del Alto Paraná en el Nordes­
te argentino. Este paraguayo y Sudoeste brasileño, una industria distintiva de
percusión tallada bifacialmente, que perduró hasta los tiempos protohistóricos
(Menghin, 1955-56). Las grandes y pesadas bifaces, semejantes a menudo a las
azuelas y a las hachas de mano del Viejo Mundo, llevaron a la hipótesis de que
esta industria era temprana y de que, en esencia, derivaba de la se había difundi­
do desde el Viejo Mundo; sin embargo, es evidente que se trata simplemente de
una adaptación local, por parte de los cazadores y recolectores, a un ecosistema
de selva tropical densa. Los an^act^s descubiertos incluyen picos, raspadores,
cuchillos, tajadores pesados y hachas, pero no puntas de proyectil bifaciales.
Más al Nordeste, en el sitio Alice Boér, situado cerca de la ciudad de Rio
Claro en el interior boscoso del Estado de Sao Paulo, fueron hallados un raspa­
dor nuclear monofacial y otro de terminal/lateral junto con varias lascas sobre la
superficie de una grava aluvial debajo de un grueso aluvión estéril. En la arena
arcillosa que cubre este último se encontraron artefactos monofaciales y lascas.
Cerca de la mitad del estrato, y en forma continua hasta su parte superior, apa­
recieron puntas bifaciales con espiga. Una pequeña muestra de carbón de la mi­
tad del estrato reveló la fecha del 14200 + 1150 a.p., y una lasca calcinada de sí­
lex encontrada por encima de esta muestra fue fechada por termolunünisc^ci^
en el 10970 a.p., es decir, en una fecha anterior a las del carbón, que se agrupa­
ron alrededor del 6000 a.p. (Bryan y Beltráo, 1978; Beltráo et al., 1986; Hurt,
1986). La evidencia de Alice Boér, que sugiere que la innovación de puntas bifa­
ciales se produjo aquí hace 1 4 0 0 0 años, es decir, antes que en cualquier otra
parte del Nuevo Mundo, debe ser confirmada en otros sitios; sin embargo, la
presencia de artefactos monofaciales estratigráficamente tempranos parece con­
firmar las fechas precoces de Rio Grande do Sul.
EL P O B L A M I E N T O ORIGINARIO 63

Más al Sudoeste, en el Estado de Sao Paulo, pero todavía en el Planalto, se


han encontrado una serie de sitios de ocupación, que incluyen algunos abiertos y
abrigos rocosos y que han sido fechados entre el 9800 y el 10500 a.p. (Collet,
1 9 8 5 ).^ a s conchas de caracoles de tierra gigantes constituyen los restos anima­
les más abundantes, pero la presencia de huesos de tapir, de ciervo, de pécari, de
monos, de pequeños roedores, de tortugas y de peces indica ;^ ^ c o n o m ía reco-
lectora_y_cazadora diversificada^ Se encontraron también herramientas amorfas
de lascas monofaciales y tajadores de guijarro, pero las puntas bifaciales están
ausentes. Las puntas de hueso pulido de pájaros y de mamíferos eran usadas
como puntas de proyectil. Enterramientos flexionados, uno de los cuales data
del 9810 ± 150 a.p., estaban ubicados en los estratos de ocupación. El hecho de
que estos cazadores-recolectores no utilizaran puntas bifaciales mientras que sus
contemporáneos del Noroeste y del Sur sí las usaban, finamente retocadas con
espiga y pedúnculo, indica que los estilos de puntas bifaciales no habían sido
adoptados de modo generalizado. Es posible que estos hombres subieran esta­
cionalmente desde la costa al Planalto, donde las puntas bifaciales siempre fue­
ron muy escasas.
En otros tiempos, sobre la costa desde Rio Grande do Sul hasta el Estado de
Espirito Santo al Norte de Rio de Janeiro era frecuente hallar concheros {samba-
quis), pero sólo muy pocos de ellos fueron excavados cuidadosamente antes de
que fueran destruidos para obtener materiales de construcción. Los sam baquis
más grandes, de más de 20 metros de alto, se encontraban en los Estados de Santa
Catarina, Paraná y Sao Paulo, donde existen muchos promontorios, bahías, cale­
tas y estuarios que protegían tanto los bancos de crustáceos como los concheros de
las marejadas del océano. Puesto que la costa atlántica es muy estable y no hay le­
vantamientos tectónicos, como en la costa del Pacífico el nivel gradualmente cre­
ciente del mar alcanzó su máximo aproximadamente después del 8000 a.p., de
modo que las bases sumergidas de los sam baquis más antiguos que se conocen
— tal es el caso de Maratuá, cerca de Santos— están fechadas después del 7800
a.p. (Laming-Emperaire, 1968: 93-94). La mayoría de los sam baquis datan de des­
pués del 6000 a.p., y fueron abandonados antes de la introducción de la cerámica
a fines de los tiempos prehistóricos.'®í,a piedra lasqueada en general es poco fre­
cuente, pero se encontraron lascas amorfas de cuarzo que habían sido usadas para
cortar y raspar y grandes bifaces talladas por percusión, conformadas a veces
como preformas para hachas pulidas'<'(Bryan, 1978). También aparecen hachas
con muescas, cinceles, morteros. plomadas_para redes de pescar, trituradores, per­
cutores, a menudo con hendiduras, para partir cocos de palmeras? Se ha señalado
la existencia de zoolitos, representaciónes de animales en piedra bellamente pulida,
en asociación con enterramientos, pero ninguna de ellas ha sido excavada en for­
ma apropiada. Los huesos eran usado^jcomo puntas de proyectil, anzuelos de pes­
ca, espátulas, abalorios y pendientes. l.o ¿h u esos de ballena eran transformados en
braseros, vasijj,s y otros_artefactos que incluían mazas y malacates. Los dientes de
mamíferos y ü^jiburones eran perforados para ser usados como colgantes y las
conchas para hacer adornos, cuchillos, raspadores y recipientes, n
Dado que la presencia de conchas es preponderante en relación con la de los
artefactos, ha ganado terreno la idea de que los ocupantes recolectaban princi-
64 ALAN L. B R Y A N

pálmente crustáceos; sin embargo, la abundancia en muchos sam baqu is de espi­


nas de peces y de huesos de mamíferos de tierra y de mar indica que estos hom­
bres eranjcazadores x.jrecoJÍ£Ctoxes. gejaerales_muy_exirosos. No obstante, y dad^
que con frecuencia secciones enteras de concheros proporcionaban tan sólo unos
pocos artefactos —situación muy poco atractiva para los arqueólogos— , a me­
nudo se los ha ignorado. Pero los sam baqu is son muy significativos, ya que si no
fuera por la preservación de artefactos, relativamente abundantes, en hueso y en
concha, de lascas amorfas y de algún que otro percutor con hendiduras (para
abrir cocos), los sitios de ocupación costera no habrían sido reconocidos, y ha­
bríamos tenido una visión muy parcial de la Prehistoria de la productiva zona
costera atlántica, la cual a principios de los tiempos históricos ya estaba razona­
blemente poblada.'^La investigación que en el futuro realicen bajo el agua los ar­
queólogos en las bahías, lagunas y estuarios protegidos y ricos en recursos debe­
ría revelar sam baqu is sumergidos más antiguos, y es probable que algunos de
ellos contengan materiales perecederos sumergidos en el agua, v
La excavación de cuevas de piedra caliza y de abrigos rocosos en el arbolado
interior del estado de Minas Gerais comenzó a principios del siglo pasado. El
propósito original era obtener huesos de la fauna pleistocénica; sin embargo,
tarnbién se hallaron huesos y artefactos humanos. El paleontólogo danés Wi¡-
helm Lund excavó varias cuevas cerca de la Lagoa Santa, al Norte de la ciudad
de Belo Horizonte, y llegó a la conclusión de que la mayor parte de los restos
humanos se habían depositado mucho después que los correspondientes a los
perezosos de tierra, mastodontes y otros animales extintos, salvo en un sitio
donde encontró huesos humanos fosilizados en asociación aparente con huesos
de mamíferos inexistentes ya en la actualidad. Los cráneos humanos de la cueva
de Sumidouro, estudiados con posterioridad por Poch (1938), incluyen algunos
con_únportantes protuberancias en la frente, rasgo que está ausente en esquele­
tos posteriores («hombre de la Lagoa Santa») excavados por Lund y otros. Más
o menos en la misma época del estudio de Poch, se llevaron a cabo otras excava­
ciones menos controladas tanto en la cueva de Lund como en otras del área. Los
huesos animales y humanos de estas excavaciones fueron almacenados en canas­
tas en la Universidad de Estado en Belo Horizonte. El examen, en 1970, del con­
tenido de estas canastas reveló evidencias de trabajo humano (tajaduras) sobre
algunos huesos fósiles (Prous, 1986), pero también una calota humana con ras­
gos similares a los que aparecen en el estudio de Poch, salvo que las protuberan­
cias son aun más pronunciadas (Bryan, 1978: figs. 7-12; Beattie y Bryan, 1984).
La calota se extravió antes de que pudiera ser estudiada en detalle, pero el esta­
do similar de permineralización y los rasgos morfológicos sugieren que provenía
de la cueva de Sumidouro. La calota puede o no datar del Pleistoceno, puesto
que se sabe de poblaciones con importantes protuberancias frontales en otras
partes de América procedentes de contextos holocénicosf’La calota es significati­
va no tanto porque puede ser muy vieja sino porque sugiere que una forma de
transición del H o m o sapiens primitivo podría haber estado presente en América,
al igual que en el Este de Asia y en Australia.'?^
Las excavaciones de la arqueóloga francesa Annette Laming-Emperaire en
Lapa Vermelha FV, un gran abrigo rocoso en la región de la Lagoa Santa, confir-
ELP O BLA M IEN TO O R IG IN A R IO 65

marón finalmente la asociación de la fauna extinta con los restos humanos. En


una grieta, en la parte trasera de la cueva, se recuperaron huesos diseminados de
un perezoso gigante terrestre y debajo, en un nivel fechado en el 11600 y 10200
a.p., se encontraron huesos humanos del tipo de la Lagoa Santa, sin las protube­
rancias (Laming-Emperaire et al., 1975; Prous, 1986a; Prous, 1986b). En la par­
te principal de la caverna se extrajeron de un estrato fechado en el 224 0 0 a.p.
núcleos y lascas de cuarzo mínimamente retocados, mientras que un raspador la­
teral retocado monofacialmente provenía de una capa situada justo encima de
carbón vegetal o animal fechado en el 250 0 0 a.p.^as excavaciones más al Norte
en Minas Gerais proporcionaron varias lascas de cristal de cuarzo y rojo ocre,
asociadas con un gran fogón fechado en el 11960 + 250 a.p. en el gran abrigo de
Santana do Riacho (Prous, 1986a; 1986b) ^
Se han excavado muchas otras cuevas y abrigos rocosos en Minas Gerais,
Goias y Bahia. Algunas de estas cuevas han proporcionado huesos fósiles trabaja­
dos @ mastodontes, perezosos y caballos; pero la falta de colágeno en el hueso
ha impedido 'sü'datación por radiocarbono. Las fechas de carbón sobre niveles
más tardíos se remontan hasta aproximadamente el 10000 a.p., y en depósitos
más antiguos se encuentran también instrumentos fabricados con guijarros y pie­
dra lasqueada (Bryan y Gruhn, 1993). La industria de piedra tallada de estas cue­
vas es siempre monofacial. De hecho, excepto por algún que otro artículo alócto­
no de comercio, la tecnología de piedra lasqueada se mantuvo monofacial hasta
que se adoptó la cerámica a fines del primer milenio de nuestra era. En la mayo­
ría de las áreas los artefactos formales de piedra tallada son escasos y tardíos; sin
embargo, entre el 11000 y el 9000 a.p. apareció, en el Sur de Goias, una lesna
(lesm a en portugués) distintiva, modelada monofacialmente, asociada con cuchi­
llos, raspadores, perforadores y tajadores monofaciales. Un deterioro importante
de los bordes cerca de la punta sugiere que las lesnas eran usadas como raspado­
res (Schmitz et al., 1989).^ stos hombres cazaban mamíferos de_pegLueña y me-
diana talla, reptiles y pájaros; también cazaban, presumiblemente con arpones de
inadera,* peces y nñoluscos~3e agua dulce y recogían cocos de palmera que abrían
utilizando percutores con hendiduras en los lados, t)
En la región semiárida del Piaui meridional un grupo franco-brasileño exca­
vó cerca de Sao Raimundo Nonato varios abrigos rocosos en la base de un acan­
tilado de piedra arenisca metamorfoseada. El propósito original era fechar el
arte en roca sobre las paredes posteriores, pero las vastas y profundas evidencias
de ocupación alteraron el primer objetivo y hoy en día existe un instituto de in­
vestigación y un museo que atrae a'los turistas a dicho lugar (Guidon, 1986; De-
librias y Guidon, 1986; Delibrias et al., 1989; Parenti et al., 1990). La Toca do
Sitio do Meio fue examinada ampliamente en 1978 y 1980, pero el derrumbe
del techo, compuesto de grandes cantos rodados, impidió la excavación de las
capas más bajas.^No obstante, se encontraron tajadores de núcleo de guijarro y
herramientas sobre lascas monofaciales asociados con fogones fechados en el
14300, 13900, 12440 y 12200 a.p. „
Entre 1978 y 1988 se llevaron a cabo importantes excavaciones en la cerca­
na Toca do Boqueiráo da Pedra Furada, ya que el techo de este gran abrigo ro­
coso se derrumbó sólo por delante, creando así un montículo o terraplén que ha­
66 ALAN L. B R Y A N

bría protegido a sus ocupantes de ser vistos desde el valle, situado 20 m más
abajo. En una esquina del abrigo se creó un cono aluvial, compuesto de guija­
rros de cuarzo erosionados procedentes de una formación situada más arriba so­
bre el frente del acantilado, fuera de la zona de excavación. Este cono contenía
una fuente de guijarros lasqueables al alcance de la mano, aunque también se
encontraron guijarros de cuarcita alóctona en varios pisos de ocupación, y una
variedad de sílex en los estratos superiores. A excepción de una punta bifacial
alóctona hallada en una capa superior, la totalidad de la industria de piedra ta­
llada es monofacial. Se identificaron raspadores sobre jascas, lascas con mues-
cas, guijarros en punta, tajadores con guijarro y percutores además de muchos
núcleos y lascas no retocados, que son desperdicios de talleres.fAIgunos artefac­
tos examinados con un microscopio electrónico revelaron evidencia de estrías
causadas por el uso, de modo tal que el sitio es mucho más que una simple can­
tera/taller, en la que los hombres también hicieron dibujos sobre las paredes.
El objetivo original de f e c h a r arte en roca tuvo éxito. En efecto, pudo ha­
llarse una astilla de la pared de piedra arenisca con huellas de pintura roja en
asociación directa con un fogón fechado en el 17000 + 40 0 a.p^ Cerca de la su­
perficie y hasta casi cinco metros de profundidad, se encontraron vastos lechos
de carbón, similares a los fogones hallados en otras cuevas brasileñas hasta don­
de, evidentemente, los hombres arrastraban ramas y leños para mantener el fue­
go durante toda la noche. Los hombres más primitivos quebraban rocas utilizan­
do el fuego para luego utilizarlas y nivelar la superficie para los fogones de rocas
acomodadas. El carbón de este horizonte Temprano ha sido fechado en el 41000,
4 2 4 0 0 y > 470 0 0 a.p. Más de doce fechas estratigráficamente consistentes y ob­
tenidas por radiocarbono, de fogones construidos en pisos de ocupación más
tardíos, van del 321 6 0 al 6100 a.p.^1 problema de la falta de conservación de
huesos en los refugios de piedra arenisca ha sido superado por excavaciones en
cuevas de piedra caliza cercanas, donde @ recuperaron huesos de muchos ani­
males pleistocénicos. así como un fragmento de una calota humana de paredes
gruesas y muy permineralizado (Guérin, 1991), cuyo estudio puede llegar a ayu­
dar a confirmar la calota de Lagoa Santa, f
El anuncio de estas fechas en informes preliminares dejó consternados a los
arqueólogos norteamericanos, que habían aceptado el modelo según el cual los
americanos primitivos habían fabricado puntas de proyectiles bifaciales. Los es­
cépticos — algunos de los cuales han visitado el sitio— sostienen que los artefac­
tos no son más que objetos naturales y que los fogones son, en realidad, restos
de fuegos forestales (por ejemplo, Lynch, 1980), e incluso aducen que los arqueó­
logos están mal adiestrados (Fagan, 1990b). Sólo un informe final sóbrenlas
pruebas hallacks en estos wtios.ppndrá_fin_a la poléniica.;
Á1 final, estos y otros sitios fechados tanto o más tempranos todavía que los
clovis obligarán a rechazar el popular modelo de «primero los Clovis» y a acep­
tar un modelo de explicación alternativa que no necesita dejar olvidados muchos
de los datos arqueológicos reales encontrados a lo largo de Sur, Centro y Norte­
américa. Según este modelo, los hombres del Este asiático, con_una economía ge­
neral cazadora-pescadora-recolectora y una~tecnología simple de piedra lasquea-
da monofacialmente, habrían extendido en forma gradual su territorio alrededor
EL P O B L A M I E N T O ORIGINARIO 67

del Noroeste del Pacífico sobre el puente de tierra de Bering no cubierto de hielo
y luego hacia abajo sobre la costa Noroeste de Norteamérica antes de que se cu­
briera de hielo glacial.'^os hombres con una orientación marítima se habrían
mantenido a lo largo de la costa, aunque algunos grupos pudieron haberse sepa­
rado y trasladado a los valles no helados de los ríos, que también proporciona­
rían ecosistemas productivos a los cazadores y recolectores generalesVOcasional-
mente, en algunas praderas abiertas que mantenían manadas 0 ^ e rb ív o ro s con
hábitos predecibles pero con muy pocos alimentos vegetales comestibles, algu-
nos hombres que se movían desde las costas y ríos hacia el interior habrían expe­
rimentado con métodos más eficaces para cazar animales. Entre estos nuevos
métodos se cuentan las puntas de proyectil de piedra ¡asqueada bifacialmente,
resultado de un proceso de transferencia a partir de puntas de hueso y madera
trabajadas en forma similar. Los futuros arqueólogos, liberados de un modelo
que contiene supuestos insostenibles y que restringe indebidamente no sólo la
acción sino también el pensamiento científico libre, podrán determinar con exac­
titud el momento en el que comenzó el largo proceso del poblamiento de las
américas (Ilustración 5).
ALAN L. 6 R Y A N
68

Ilustración 5
SITIOS M ENCIONADOS EN EL T E X T O

América Central;
Los sitios situados a proximidad unos de otros se designan por el mismo número.
1. Acahualinca 5. Cueva de Espíritu 8. Iztapan 10. Quetzaltenango
2. El Bosque Santo Tlapacoya Los Tapiales
3. El Cedral 6. Cueva de Los Grifos 9. La Muía 11. Turrialba
4. Laguna Chapala 7. Hueyatlaco
América del Sur:
1. El Abra 5. Fell’s Cave 10. Maratuá 17. Ring Site
Tibitó 6. El Inga 11. Monte Verde 18. Santana do Riacho
2. Alice Boér San José 12. Pachamachay 19. Tagua Tagua
3. Arroyo Seco 7. El Jobo 13. Pedra Furada 20. Talara
La Moderna Taima-Taima 14. Pedra Pintada 21. Los Toldos
4. La Cumbre 8. Lagoa Santa 15. Pikimachay 22. Las Vegas
Quirihuac 9. Lauricocha 16. Quereo
Fuente: Alan L. Bryan.
D IV E R S ID A D G E O G R Á F IC A Y U N ID A D C U L T U R A L
D E M E S O A M É R IC A

L o r e n z o O c h o a , E d it h O r t iz - D ía z y G e r a r d o G u t ié r r e z

Dentro de una gran parte del actual territorio de México, la totalidad de Belice y
Guatemala, así como regiones de Honduras y El Salvador tuvo lugar el surgi­
miento, desarrollo y ocaso de una serie de civilizaciones que, como resultado de
una herencia histórica común, compartieron un conjunto de rasgos culturales,
tanto de carácter material como ideológico. A causa de ello, a partir de esta con­
cepción de rasgos y de acuerdo no sólo con la filiación etnolingüística de los gru­
pos que ahí se localizaron, sino con el enclave geográfico de los asentamientos,
esa área fue definida bajo el nombre de «Mesoamérica» (Kirchhoff, 1967^). Los
problemas que han enfrentado las investigaciones desde que se planteó y deter­
minó esa área bajo una concepción geográficocultural cubren un amplio espec­
tro, aunque dos de ellos han ocupado la mayor atención:
á) el enfoque teórico con que se definió a partir de un esquema de rasgos
culturales comunes compartidos por diferentes grupos etnolingüísticos distribui­
dos en un territorio determinado, y
b) la profundidad temporal con que es posible reconocer tales rasgos y gru­
pos en ese espacio.
La historia acerca de quiénes y cómo han enfrentado tales asuntos, no sólo
desde la óptica de la cultura misma sino de la estrecha relación de ésta con el
medio geográfico, es bastante larga y no nos ocuparemos de ella^.

1. El trabajo de Paul Kirchhoff fue publicado originalmente en Acta Americana, en 1943 y re­
editado en edición accesible que reúne varios trabajos acerca del problema mesoamericano: Litvak
King, 1992. Acerca del concepto de civilización, en relación con Mesoamérica, cf. Willey, Ekholm y
Millón, 1964.
2. Del primer punto se han ocupado numerosos investigadores que casi siempre han pasado
por alto el segundo, más relevante para la Arqueología y la Lingüística según lo mostró Paul Kirch­
hoff. Esto es, ¿a partir de cuándo podemos hablar de Mesoamérica como un área cultural homogé­
nea.’ jC uá! era su extensión.’ ¿Es válido continuar exhibiéndola como tal para el Preclásico y el C lá­
sico? Quizás M atos Moctezuma toca el asunto con otros propósitos en su trabajo «M esoam érica»,
1 9 9 4 , mapas 1-3. Para quienes se interesen por este problema desde diversas ópticas recomendamos
entre otros la consulta de Olivé Negrete, 1958; Piña Chan, 1960 y 1 967; W olf, 1 9 6 7 (originalmente,
195 9 ); Sanders y Price, 1 9 68; Jiménez M oreno, 1 9 75; Litvak King, 1992.
70 LORENZO OCHOA, EDITH ORTIZ-DÍAZ Y GERARDO GUTIÉRREZ

Desde esta perspectiva, no es atrevido sugerir que a lo largo del tiempo la


extensión territorial ocupada por los llamados pueblos mesoamericanos no fue
la misma ni éstos, puede sugerirse, tuvieron la misma homogeneidad cultural
que presentaban en el siglo X V I. Por principio,(lá^manifestaciones culturales que
han sido consideradas como características de tal área se originaron en distintos
momentos y lugares^Esas primeras características, exhibidas como rasgos cultu­
rales, es obvio que sólo existían en puntos aislados y separados por cientos de
kilómetros, de tal suerte que sólo la interrelación de aquellos pueblos ocurrida a
lo largo de varias centurias crearía(uri^plataforma cultural en la cual bebieron y
a cuya formación contribuyeron los distintos grupos que posteriormente se fue­
ron integrando en un territorio, para dar paso a las tradiciones que ahora se de­
nominan mesoamericanas. De esta manera, podemos señalar que las manifesta­
ciones originales de aquella plataforma se han recuperado en la costa del golfo
de M éxico y en el Altiplano central; en los valles centrales de Oaxaca y en los al­
tos de Chiapas y de Guatemala; en la costa del Pacífico y en el occidente de Mé­
xico; en las selvas tropicales del Sudeste y en la planicie calcárea de la península
de Yucatán, n
Para el momento del contacto, de acuerdo con Paul Kirchhoff (1967^), las
fronteras de esa área cultural corrían por el Sur desde la desembocadura del río
Motagua hasta el golfo de Nicoya, y por el Norte de la desembocadura del río
Pánuco a la del Sinaloa, pasando por el Lerma-Santiago (Ilustración 1). Fuera de
aquellos límites se f-nrnnrrahan otros pueblos con característkas culturales bas­
tante diferentes, cuyas dinámicas tan sólo les habían permitido alcanrar organi-
zaciones politicoeconómicas sencillas.^Pasando el límite sur había grupos que
practicaban(í^horticultura v una ^grirnltnra poco adelantada en una zona de in­
mensas selvas tropicales. Por el contrario, en la frontera norte del territorio me-
soamericano, más allá del paralelo 22, destacabanO^recolectores-cazadores^en
una región poco favorecida por el clima que se ha llamado «Aridamérica»'*. Pero
esa supuesta frontera no determinó que los rasgos mesoamericanos detuvieran
su expansión en aquellos límites ni, mucho menos, impidió la transculturación.
Desde el Noroeste hasta el Nordeste estuvo presente este fenómeno, pero sin
conformar una unidad homogénea a causa de las diferencias en los desarrollos
culturales de los grupos. Sobre la frontera meridional sucedió algo semejante,
aunque no igual. En este caso los grupos estuvieron sometidos a las influencias
culturales del Norte de Sudamérica v del Sur de Mesoamérica. Acerca del parti­
cular anotó Kirchhoff: «La frontera biogeográfica entre Norte y Sudamérica,
aunque coincide con una frontera local entre regiones [...] no constituye una
frontera cultural [...] puesto que al norte de ella la cultura de los sum o y mísqui-
to y aun la de los paya y jicaqu e es tan “sudamericana” como la de los chibcha
centroamericanos» (1967: 29).

3. Aquí, aunque se aclara en cada caso, citamos indistintamente la edición de 1967 o la de


1 9 9 2 hecha por Litvak King.
4. Aunque no son los únicos, consideramos recomendable la revisión de los trabajos de Bea­
triz Braniff Cornejo (1994) y Jesús Nárez (1994), que proporcionan bastante información acerca de
la frontera septentrional de Mesoamérica y Aridamérica, respectivamente.
DIVERSIDAD G EO G R Á FIC A Y UNIDAD C U L T U R A L DE M E S O A M É R I C A 71

Ilustración 1
M ESO A M ÉR IC A : LIM ITES Y ÁREAS CULTURALES PARA EL PERIODO POSTCLÁSICO

Los pueblos localizados a lo largo y ancho del territorio mesoamericano alcan­


zaron un avanzado nivel cultural, como lo evidenciandasjcompleias organizaciones
políticas, sociales, económicas y religiosas. Las grandes urbes que fundaron deben
^considerarse reílejo de una economía basada en la combinación de dos tipos de
i apicultura. La más común era de tipo extensivo de temporal, empleando el sistema
i@ r o z a (tumba y quema), que practicaba el grueso de la población; junto a la ante­
rio r había otra de carácter intensivo de riego, con diferentes modalidades, usufruc­
tuada por la élite que también controlaba el comercio y la explotación de los recur­
sos naturales, dentro de una organización de tipo estatal centralizada. En las artes y
en las ciencias en general tales avances tuvieron sus particularidades de acuerdo
con los lugares en donde se localizaroji, ya que la diversidad de ambientes naturales
desempeñó un importante papel en sus procesos de desarrollo, al ofrecer á Su s ha-
bitantes el marco y la oportunidad ^de dar distintas respuestas (Sanders, 1962).

PAISAJE Y CULTURA

Dado el papel realizado por el paisaje en el desenvolvimiento de los pueblos,


puede sugerirse que para comprender mejor la relación ecológicocultural en una
72 LORENZO OCHOA. EDITH O RTIZ-DÍA2 Y GERARDO GUTIÉRREZ

determinada área es necesario conocer y entender sus características geográficas,


tanto en el aspecto fisiográfico como en el climático. La riqueza y diversidad de
la flora y de la fauna son resultado de la forma como interactúan clima, fisiogra­
fía y enclave territorial. En el caso de Mesoamérica, a pesar de localizarse al Sur
del Trópico de Cáncer, que supondría un clima tórrido, éste es severamente mo­
dificado por las agudas diferencias altitudinales y otros factores como los vien­
tos y la cercanía o separación de las costas y, por lo mismo, los contrastes de los
paisajes pueden ser bastante marcados desde las selvas tropicales siempre verdes,
con índices pluviométricos por encima de los 2 000 mm anuales, hasta las zonas
semiáridas y casi desérticas del Norte.^rofundos cañones y desfiladeros, que en
/ no pocos casos constituyeron verdaderas barreras naturales que dificultaron el
paso de un lado a otro, frente a la amplitud de los valles intermontanos y aluvia­
les capaces de sostener grandes núcleos de poblacióní*'Más todavía, estos con­
trastes pueden apreciarse en el simple paso de un nivel a otro. Así, mientras en la
mayor parte del golfo de México las costas y dilatadas llanuras salpicadas por
los manglares y esteros trepan suavemente a las altas montañas y los altiplanos,
en muchos lugares del Pacífico las montañas prácticamente se introducen en el
mar sin dejar siquiera una franja de costa.
Pero no es un paisaje acabado. A la fuerte acción del hombre debe agregarse
que esporádicamente la superficie sufre cambios en su fisonomía como resultado
de la inquietud de las capas internas que continúan moviendo la corteza terres­
tre. Esa inquietud tectónica es causa de que el territorio presente un rostro mon­
tañoso, con altitudes promedio de 1 200 a 2 500 msnm (en adelante debe enten­
derse que nos referimos a una altitud sobre el nivel medio del mar) y edificios
volcánicos que sobrepasan los 5 000 m. En ciertos casos puede hablarse de pa­
quetes montañosos que enmarcan extensas mesetas y altiplanos con alturas su­
periores a los 1 200 y 2 000 m, en donde se localizan amplios valles con sistemas
lacustres que, como en el caso de Michoacán, Jalisco, Guatemala y Nicaragua
ahí continúan; otros, como los de la cuenca de México, prácticamente han desa­
parecido. Sin embargo, el primero y el último vieron surgir y desarrollarse gran­
des centros culturales, pero también fueron mudos testigos de la forma cruel y
violenta de cómo los españoles destruyeron dos de las más sobresalientes civili­
zaciones mesoamericanas :( l^ u j^ p e c h a .yilajíiexifa-»
En fin, que no es exagerado afirmar que en el planeta son pocas las áreas de
un tam año similar a la que ocupó M esoamérica, que presenten la variedad fisio-
gráfica y la complejidad geológica de ésta. En efecto, ya que en el territorio se le­
vantan una serie de cadenas montañosas flanqueadas por las llanuras costeras del
Atlántico y el Pacífico, dilatadas altiplanicies, amplias zonas semiáridas, así como
innumerables valles y llanuras costeras irrigadas por una amplia red hidrológica
conform ada por ríos, lagunas, arroyos, esteros y pantanos, el conocim iento y la
descripción de este mosaico ambiental es por sí mismo relevante. Además, parte
indivisible de esos paisajes es la diversidad de sus asociaciones florísticas y faunís-
ticas, que desempeñaron un papel sobresaliente no sólo en la economía de los
pueblos sino en sus sistemas de creencias religiosas. Paisajes que juzgamos necesa-
rio describir y entender en su relación con el hombr¿7 En este sentido, aun cuando
el medio geográfico no determina los avances culturales, su diversidad demarca
DIVERSIDAD GEOGRÁFICA Y UN IDAD CULTURAL DE M E S O A M É R I C A 73

Ilustración 2
PROVINCIAS FISIOGRÁFICAS DE M É X IC O Y CEN TRO A M ÉRICA

1. Planicie Costera del Pacífico. 2. Planicie Costera del Golfo. 3. Sierra Madre Occiden­
tal. 4. Sierra Madre Oriental. 5. Mesa del Norte. 6. Mesa central. 7. Eje Volcánico
Transmexicano. 8. Depresión del Balsas. 9. Mesa del Sur. 10. Los Tuxtlas. 11. Sierra M a­
dre del Sur. 12. Istmo de Tehuantepec. 13. Península de Yucatán. 14. Tierras Altas de
Chiapas y Centroamérica. 15. Depresión Central de Chiapas. 16. Sierra Madre de Chia-
pas. 17. Eje Volcánico del Salvador y Nicaragua. 18. Planicie Costera del Caribe. 19. De­
presión de Nicaragua. (Basado en W est, 1964a).

numerosas provincias fisiográficas (Ilustración 2), que de un modo u otro reper­


cutieron en la concepción de tales avances^. Estas manifestaciones deben verse
como la respuesta de los habitantes que se asentaron ahí desde épocas tempra­
nas y la posibilidad de que explotaran diversos y numerosos biomas (West,
1964a y 1964b), resultado de l a ‘forma de como interactuó el hombre con el
medio.

5. Para la descripción del paisaje mesoamericano recurrimos a numerosos autores citados en


la bibliografía final de este volumen; sin embargo, por considerar que con frecuencia los datos son
repetitivos, no siempre los acotamos puntualmente. Aquí, por supuesto, no abordaremos la descrip­
ción detallada de cada provincia fisiográfica; remitimos a los interesados al trabajo de W est, 1964a.
74 LORENZO OCHOA, EDITH O R T IZ -D ÍA Z Y G E R A R D O GUTIÉRREZ

PRINCIPALES SISTEMAS M ON TA Ñ O SO S

Al Este del territorio mexicano siguiendo la costa del golfo de México se levanta
la Sierra Madre Oriental, que corre de Norte a Sur, desde cerca de la frontera en­
tre Texas y México hasta el Nordeste del Estado de Oaxaca. Aunque la compo­
sición geológica de la Sierra Madre Oriental es de calizas y rocas clásticas princi­
palmente, en su unión con el Eje Neovolcánico, entre los Estados de Puebla y
Veracruz, está cubierta por derrames de roca b a sá ltica fL a altitud promedio va­
ría entre 2 000 y 3 000 m, y en algunos lugares llega a los 4 000 m; por lo tanto,
no es raro que su clima varíe de templado a frío.^Innumerables corrientes que
drenan en el golfo de México bajan por el lado este de la sierra creando estre­
chos y profundos cañones, como el del río Moctezuma. Y si bien la sierra se an­
toja una barrera natural entre el golfo de México y la altiplanicie, existen pasos
naturales que, desde épocas remotas, fueron aprovechados como rutas de comu­
nicación y de comercio para penetrar en el interior del país (Ochoa, 1992).
Esta sierra se caracteriza por su vegetación de pinos y encinos (Pinus rudis y
Q uercus sap otaefolia) en las partes altas que, a medida que baja a la llanura cos­
tera y la costa, cambia a selva alta perenninfolia, ahora desplazada por extensas
sabanas dedicadas a la ganadería. Sobre esa ladera descienden numerosas co­
rrientes que conforman fértiles zonas aluviales que aprovecharon los pueblos
prehispánicos en sus prácticas agrícolas, mientras que las lagunas que se forman
a lo largo del litoral fueron fundamentales en la economía de algunos grupos.,
Pero no sólo eso, años atrás la presencia de lobos (Canis lupus bailey), monos
(A louatta villosa m exicana y Ateles g eoffroyi), venados (O docoileu s virginianus,
M azam a am erican a tem am a y O docoileus hem oionus), pumas {Felis concolor) y
otros animales menores era frecuente en esas partes.
Por el contrario, las partes con cara hacia tierra firme, por el efecto de la
sombra pluvial, en no pocas ocasiones resultan muy secas, incluso desérticas (De
Cserna, 1956). Ahí el paisaje es totalmente distinto y la vegetación cambia su as­
pecto por otro de xerófitas y de matorral desértico. Tal sucede en el valle del
Mezquital, donde, en medio de su quebrada topografía, sólo se dejan ver mez­
quites (Prosopis juliflora) y cactáceas (Opuntias ssp. y Cereus ssp.), al quedar
aislado por la sierra, que la priva de humedad. Pero no obstante algunos lugares
son aún menos favorables para recibir lluvias o para planear algún sistema de
riego, como ocurre en la zona de Cardonal, que cuenta con una población indí­
gena bastante alta asentada de manera dispersa, ya que es la única forma de po­
der obtener algunos productos para su reproducción (García Martínez, 1980:
32). Esa parte de la sierra además, al cerrar el valle, «impide en gran medida la
posibili3ad de simbiosis y de complementación ran las tierras bajas» {ibid.: 33).
En el lado opuesto defterritorio, bordeando el Pacífico y cubriendo una ex­
tensión de 1 2 50 km, cual continuación meridional de las montañas Rocosas que
desde los Estados Unidos penetran en México por el Sur de Arizona, baja la Sie­
rra Madre occidental, cuya vegetación sobresaliente es de bosques de pinos y en­
cinos. Aquí, hace pocos años todavía, la riqueza de su fauna era más que atracti­
va, hasta que prácticamente fue extinguida: oso negro {Ursus am ericanus), oso
pardo {Ursus horribilis), lobo mexicano (Canis lupus bailey) y venado cola blan­
DIVERSIDAD GEOGRÁFICA Y UNIDAD C U L T U R A L DE M E S O A M É R I C A 75

ca (O d ocoileu s virginianus). En este macizo montañoso, con alturas que varían


de 2 500 a 3 000 m, sobresalen los derrames de roca basáltica, en especial rioli-
tas y andesitas. Sus ríos, que desaguan principalmente en el Pacífico, aunque de
poca importancia, han excavado cañones que llegan a tener profundidades de
1 5 0 0 a 2 000 m/Esta sierra, por su riqueza en minerales, incluyendo oro, es, y
ha sido desde la época precolombina, sumamente atractiva para los grupos hu­
m a n o s.^ causa de ello, no es raro que por lo menos ya para los siglos IX -X la
explotación de yacimientos metalíferos mediante minas de poca hondura hubie­
ra sido una de las características culturales de aquella área (Krasnopolsky de
Gringberg, 1989).
Hacia el Sur, dividiendo prácticamente en dos porciones al territorio, se le­
vanta otro de los grandes sistemas montañosos: el Eje Neovolcánico. Compuesto
por rocas basálticas y calizas, en este sistema se pueden observar todos los efec­
tos del vulcanismo reciente, además de que en él se encuentran varios de los vol­
canes mexicanos cuya altura sobrepasa los 5 000 m: el Citlaltépetl, el Popocaté-
petl y el Iztaccíhuatl. Dada la altitud y el enclave de este macizo, no es raro
reconocer en @ toda la gama de climas y asociaciones vegetales que es factible
encontrar en Mesoamérica, ya que corre desde las costas de~Colima hasta Jalapa
en Veracruz, donde se encuentra con la Sierra Madre Oriental. Unos 1 2 0 0 m
más abajo (Wolf, 1967: 8) se extiende la costa con su exuberante vegetación tro­
pical, intercalada con algunas sabanas y zonas francamente semiáridas.
De esta forma, al Sur queda la depresión del Balsas con la cuenca hidrológi­
ca más grande del Suroeste mexicano, que nace en el estado de Puebla; una zona
bastante seca cuya vegetación de matorral está compuesta por huizaches {Acacia
gladiata, A cacia ssp.), mezquites (Prosopis juliflora) y una fauna propia de cli­
mas semidesérticos, en la que sobresalen la víbora de cascabel (Crotalus duris-
sus), la liebre (Lepus m exicanus) y otros roedores. Los índices de precipitación
anual varían entre 500 y 1 000 mm, por lo cual la práctica de la agricultura nun­
ca ha sido fácil, especialmente -en las laderas pedregosas; de ahí que los agricul-
tores crearan sistemas d^ siembra en las vegas del río. Aunque todavía no bien
conocidas arqueológicamente, las ocupaciones humanas permanentes comenza­
ron hacia los finales del segundo milenio por lo menos. De la misma manera, sa­
bemos que tardíamente, alrededor de los siglos viii-vii a.n.e., grupos de filiación
cultural olmeca se asentaron y ocuparon lugares como Teopantecuanitlan, don­
de construyeron edificios y tallaron esculturas monolíticas, además de que el
manejo del agua no les fue desconocido.
En la misma zona se localizan los cálidos valles de Morelos, que no sólo por
su fertilidad y clima, sino por comünicar de manera expedita con la cuenca de
M éxico, han desempeñado siempre un papel de importancia para la economía
de las culturas de la altiplanicie mespamericana. Aunque desde finales del segun­
do milenio antes de nuestra eran loS olmecas de la costa del Golfo los que co­
merciaban con grupos de Guerrero y Morelos, sólo sería hasta el siglo vm a.n.e.
cuando de manera permanente habitaron en Chalcatzingo, donde erigieron mo­
numentos y tallaron sobre las rocas relieves de alto valor estético y de un conte­
nido ideológico difícil de entender, si no se reconoce la fusión de ideas de la cos­
ta del Golfo con otras del Altiplano central.
76 LORENZO OCHOA, EDITH O RTIZ-DÍAZ r GERARDO GUTIÉRREZ

En el lado opuesto se localiza el ahora semiseco valle(áe^Tehuacáji, que con­


tiene los más antiguos vestigios de dom estic^ión de una de las varias plantas
fundamentales para el desarrollo de los grupos mesbameñcanos; el maí£. En
aquel valle el proceso de sedentarización pudo acelerarse por dos causas: 1) por
comenzarse a manufacturar una de las primeras cerámicas alrededor del año
2 3 0 0 a.n.e.; y 2) por practicarse una agricultura incipiente cuyos inicios antece­
den a esas primeras cerámicas por poco más de tres milenios (MacNeish, 1964b).
Desde Morelos o Tehuacán, los grupos pudieron alcanzar el istmo a través de
los valles centrales de Oaxaca y la cañada de Cuicatlán-Teotitlán (Litvak King,
1977). Desde Tehuacán, cruzando estrechos pasos de un angosto corredor, es
I factible alcanzar la costa del Golfo siguiendo la cuenca del Papaloapan. Hacia el
‘ Norte y Occidente del Eje Neovolcánico, recargada sobre éste, quedan una serie
de cuencas interiores que se comunican con el occidente bajando por la no poco
atractiva zona tarasca. /
Un trecho más abajo, conformado por rocas metamórficas intruidas por ba-
tolitos graníticos y afloramientos calizos, destaca otro escarpado paquete mon­
tañoso; se trata de la Sierra Madre del Sur, que bordea el Pacífico hasta el istmo
de Tehuantepec. En ese punto recibe uno de los macizos montañosos más abrup­
tos que, con el nombre de sierra de Juárez, se desprende de los edificios volcáni­
cos que rematan el Eje Neovolcánico en la Sierra Madre Oriental. Aunque la ve­
getación ofrece una amplia variedad que va del bosque de altura a la de tipo
tropical, la destrucción del medio que hoy se observa acentúa las asociaciones
propias de las zonas áridas, por lo cual encontramos; pinos y encinos, liquidám-
bar (hicju idam bar styraciflua), bayas y plantas xerófitas.
(La^ Sierra Madre del Sur, originada en las costas de Michoacán, cruza hacia
Guerrero con dirección Noroeste-Sudeste, donde comienza a dilatarse hasta alcan­
zar su máxima anchura en el Estado de Oaxaca. Aquí no encontramos ningún río
caudaloso, pero una buena parte de la cuenca del Papaloapan se desenvuelve sobre
las laderas de esa sierra (García Martínez, 1980: 71) que, si bien dificultosa, fue
aprovechada para cruzar hacia la costa del Golfo. Todavía en el siglo pasado, al­
gún viajero alcanzó el puerto de Alvarado siguiendo la vía Tuxtepec-Tlacotalpan.
Esa ruta, que con cierta seguridad bajaba desde Tehuacán, fue de gran importancia
para los antiguos comerciantes mexicas, pues en Tochtepec, según apuntó Saha-
gún, esos mercaderes, o pochtecas, se dividían en dos grupos, uno partía con rum­
bo al Anáhuac-Xicalanco y el otro hacia Anáhuac-Ayotla (1989, lib. IX, cap. IV).
No es extraño que los pochtecas, hubieran conocido y utiüzado esa ruta trillada
gor ios olmecas hace unos 2 5 0 0 años. A partir de Tuxtepec, conforme avanzamos
hacia el Ñfor-Nordeste7salvo el paquete montañoso de los Tuxtlas, se extienden las
inmensas tierras bajas pantanosas que penetran hasta el estado de Tabasco. Efecti­
vamente, una vez alcanzado Tuxtepec, por vía acuática se podía llegar a cualquier
punto de la costa de Tabasco-Campeche. Esta región quedaba comunicada por la
excelente red de vías fluviales, ahora casi inexistente, que entonces constituían ríos,
arroyos y lagunas que hacían posible el comercio de manera expedita.
Por otra parte, en virtud de la escarpada conformación que presenta la sie­
rra, son pocos los valles que pueden ofrecer buenas oportunidades para la prác­
tica de una agricultura aceptable, excepción hecha de algunos en Guerrero y los
DIVERSIDAD G EO G R Á FIC A Y UNIDAD C U L T U R A L DE M E S O A M É R I C A 77

valles centrales de Oaxaca. Estos últimos, por su carácter aluvial y coluvial, tu­
vieron ocupaciones humanas bastante tempranas y, para finales del segundo mi­
lenio e inicios del primero antes de nuestra era, aquellos grupos comenzarían la
construcción de basamentos arquitectónicos de carácter públicoceremonial, así
como la talla de los primeros bajorrelieves con claros indicios del conocimiento
y manejo de un calendario®.^esde hace tiempo se planteó que para los últimos
siglos anteriores a nuestra era^, en aquella zona(s^^racticó la agricultura intensi-
va, si bien la amplitud de los valles frente a las necesidades í e una población
poco numerosa no corresponde a tales exigencias. Posteriormente, en esa acci­
dentada región ^ d a r ía , entre otras, el auge de dos de las culturas prehispánicas
más conocidas:Cl^zapoteca y la mixteca, con centros políticoreligiosos como el
monte Albán, cuyas relaciones económicas y políticas con Teotihuacan fueron
de primer orden hacia los primeros siglos de nuestra era.
Al Sur de la unión del Eje Neovolcánico con la sierra de Juárez, después de
conformar el istmo de Tehuantepec, se inicia el ascenso de otras elevaciones que
si bien no resultan impresionantes por su magnitud, sus formaciones de rocas
metamórficas y sedimentarias, principales fuentes de jadeítas y otras piedras se-
mipreciosas, fueron sumamente apreciadas por los grupos prehispánicos desde
finales del segundo milenio a.n.e. Tal es la Sierra Madre de Chiapas, donde las
sierras de Chuacus y Minas han sido sugeridas como importantes fuentes de ser­
pentina y jadeíta explotadas desde el periodo Preclásico.
(L ^ S ierra Madre de Chiapas es un enorme batolito de diorita y granito, que
mientras en algunas partes está cubierto de rocas sedimentarias, en la cuenca del
río Motagua, uno de sus principales sistemas fluviales, presenta un gran depósito
de rocas metamórficas. Esta formación, con altitudes que varían de los 2 000 a los
3 100 m, penetra en territorio guatemalteco con el nombre de Altos Cuchumata-
nes. Aquí no es fácil reconocer estaciones bien definidas, aunque hay una tempo­
rada de lluvias que dura de mayo a noviembre, y otra de secas que cae entre di­
ciembre y abril. A la primera se le llama invierno y la segunda es conocida como
verano. Allá destacaban los bosques de pinabete, abeto (Abies religiosa), pinos y
encinos, liquidámbar (Liquidam bar styraciflua) y ciprés {Cupressus lindleyi) que,
antiguamente y hasta hace relativamente poco tiempo, albergaban venados, pu­
mas y una de las_ayes por excelencia para los pueWps indígenas: el quetzal (Pharo-
m achus m ocinno). Los Cuchumatanes, siguiendo una dirección Noroeste-Sudeste,
continúan hasta Honduras, donde se sumergen en el mar Caribe. En Guatemala y
Chiapas se han formado valles bastante amplios como los de Quetzaltenango,
Guatemala y Comitán, que siempre han sido importantes en la vida de los mayas.
En esa formación, el flanco nortfe de las tierras altas de Chiapas y Guatemala
presenta una serie de anticlinales de roca caliza que descienden gradualmente,
hasta convertirse en una sucesión de lomeríos y montañas bajas en el Petén y la
cuenca del Usumacinta, donde la vegetación cambia a una frondosa selva tropi­
cal, hasta alcanzar las zonas bajas de Tabasco-Campeche. Allá, los niveles de

6. Aunque hay publicaciones anteriores, señalamos Flannery y Marcus (1990; 1 7-69), por ser
resumen analítico de este problema.
7. Apuntamos esta misma consideración para el trabajo de Neely et al. (1990; 115 -1 8 9 ).
78 LORENZO OCHOA. EDITH ORTIZ-DÍAZ Y GERARDO GUTIÉRREZ

Ilustración 3
PERSPECTIVA DEL ÁREA MAYA

D E P R ES IO N C E N TR A L DE C H IA P A S

COSTA DEL
PA C ÍFIC O

S IE R R A M ADRE OE C H IA P A S

Fuente: Schele y Freidel, 1990.

precipitación sobrepasan los 2 000 mm anuales y en la zona del Petén y la cuen­


ca del Usumacinta rebasan los 3 500 mm (Ilustración 3).
Quien no conoce las salvadlas imagina inseguras y llenas de peligro; nada más
falso y alejado de la verdad. (EÍ)suficiente recordar que_en-es.e-ambiente los mayas
lograron cristalizar una de lasm ás altai civilizaciones deUSLuey.o. Mundo. No sólo
eso, sino que para los^tim os siglos anteriores a nuestra era destacaban importan­
tes centros de poder: XI. Mirador y Cerro^^^ Contemporáneos de estos
lugares, pero que prolongaron su existencia durante varios siglos, son los centros
políticos y religiosos g^Tikal y Uaxactún; más tarde habrían de agregarse Copán,
Calakmul, Piedras Negras, Yaxchilán, B (^ m p a k y Palenque, entre otros. En estos
y otros lugares, los gobernantes, aparte haber imaginado la traza de las urbes
de acuerdo con su cosmovisión, con sus palacios, plazasTiuegós de pelota, obser-
vatorios, templos y tumbas, a veces ricamente decorados con esculturas, estucos y
pintura mural, dedicaron buena parte de su tiempo al cultivo de la religión y las
ciencias: astronomía y matemática, entre otras. Dado que como casi todos los go­
bernantes mesoamericanos presumían su origen en las divinidades, de las cuales
creían ser representantes ea la tierra, dejaron constancia de ello y de sus historias
terrenales (genealogías, nacimientos, entronizaciones, casamientos, conquistas),
por medio de inscripciones jeroglíficas talladas en estelas, dinteles, jambas y escale-
DIVERSIDAD GEOGRÁFICA Y UNIDAD C U L T U R A L DE M E S O A M É R I C A 79

ras, o pintadas en las paredes de los edificios. Es probable que ellos mismos plane­
aran formas de intensificación agrícola de diferente naturaleza: campos levanta­
dos, terrazas y canales, base de su economía junto con el monopolio del comercio.
Durante siglos, aquellas ciudades, enclavadas a diferentes altitudes, permane­
cieron ocultas bajo las impenetrables selvas alta, mediana y baja perennifolia. Sel­
vas pobladas por gigantes estáticos de los que penden lianas y bejucos y no pocas
veces adornan bellas orquídeas, o las suculentas pitahayas que viven a sus expen­
sas. Entre los gigantes de más de cuarenta metros de altura destaca el chicozapote
(Achras z ap ota y Achras chicle) que, por ser resistente al ataque de los insectos y
a la humedad, se utilizó en la talla de los dinteles de algunos edificios. Preciados
también eran, y siguen siendo,(j^ a o b a (Swietenia m acrophylla), el cedro (Cedre-
la m exican a), el h\^^{(^stiüa eleastica) y el arrSé~(í¿CMS glabatra), entre otros.
Pero de todosTIugar sobresaliente ocupó, y aún ocupa, fí^ceiba {C eiba pentandra)
o yaxché, el árbol sagrado de Iot mayas, quienes, al igual que los huaxtecos, tam­
bién consideraron importante ^^tamón, o árboL del pan ÍBrosiinum a licastrum).
cuyos frutos aprovechaban en las difíciles épocas de hambrunas.
La selva, ahora bastante diezmada, es ocasionalmente interrumpida por pas­
tizales de sabana, consecuencia de la deforestación que incide en la fauna, que
también ha sufrido un agudo castigo. De la amplia variedad de aves, reptiles y
mamíferos tan caros para la vida material e ideológica de los mayas, poco que­
da: el mono araña {Ateles g eoffroy i), el saraguato (Alouatta villosa m exicana), el
venado {O d ocoileu s virginianus), el jabalí {Tayassu tajacu), el tapir {Tapirella
bairdii), el tepescuintle {Agouti p a ca nelsoni), el armadillo (Dasypus novem cinc-
tus m exicanus), el puma {Felis con color), el tigrillo {Felis wiedii), el ocelote {Felis
pardalis) y, por supuesto, el jaguar {Felis onca), animal sagrado por excelencia
para los pueblos mesoamericanos, como también lo fueron las serpientes: la
nauyaca {B oth rop s atrox), la cascabel {Crotalus ssp.), el caimán y el cocodrilo o
lagarto {C rocodylus ssp., Caim an crocodylu s y la familia A lligatoridae).
Pero no sólo allá sobresalieron las expresiones de la cultura maya. En la lla­
nura costera, donde son comunes las sabanas de diversos orígenes y la selva baja
con sus asociaciones de jícaro {Crescentia cujete), zapote de agua {Lucum a cam-
pechiana.) y palo de tinto {H aem atoxylon cam pechianum ), destacaron un poco
más tarde algunas ciudades no menos importantes como Jo nuta y Cqmalcalco.
De igual modo, en la costa, rodeado de manglares y'3oñHe los pantanos son tan
frecuentes, se distinguió Xicalango, el casi legendario puerto de intercambio en
donde grupos del centro de México, tal vez toltecas y mayas, llevaban a cabo
anualmente sus transacciones comerciales.

TIERRA S BAJAS Y ALTIPLANOS

Las sierras dibujaron el rostro que enm arcó el paisaje donde surgieron y se de­
sarrollaron varias de las principales culturas mesoamericanas: las costas y los al­
tiplanos. Efectivamente, en las planicies costeras del Golfo y del Pacífico, en la
peníi^ula de Yucatán y en'Ios’áltiplañós cefiitrales'’sé' Harían ías expresiones~cúP
turales de los pueblos más antiguos; muchos, incluso, tenidos como los más so-
80 LORENZO OCHOA, EDITH ORTIZ-DÍAZ Y GERARDO GUTIÉRREZ

Ilustración 4
C O R T E TRA N SVERSA L DEL T ER R ITO R IO SO BRE EL PARALELO 21

P L A N IC IE C O S T E R A
D E L P A C IF IC O

bresalientes. La provincia fisiográfica más grande y de mayor importancia cultu­


ral de Mesoamérica es el Altiplano central de México, que se extiende desde el
Sur, donde se levantarálj^ ciu d ad de México-Tenochtitlan, hasta la actual fron­
tera con los Estados Unidos, Este Altiplano promedia una altura superior a los
2 0 00 m en su parte meridional y decrece progresivamente hacia el Norte, hasta
alcanzar una media de 1 000 m en su parte septentrional (Ilustración 4). ■«'
El Altiplano central de México se encuentra rodeado de una sucesión de im­
portantes valles separados unos de otros por cadenas montañosas. De esta ma­
nera tenemos el de Morelos, la sucesión formada por los valles de Puebla, M éxi­
co y Toluca (Ilustración 5); este último, con su extensión hacia El Bajío y Jalisco
por el Noroeste. Asimismo, al Norte de los anteriores destacan otros, como el
del río Tula, en Hidalgo, límite septentrional de los pueblos agricultores durante
los siglos X y X III.
Todos esos valles fueron y son de gran importancia, no sólo por su excepcio­
nal productividad agrícola, sino porque ahí se desarrollaron varios de los cen­
tros urbanos más destacados de la época prehispánica: Xochicalco, en Morelos;
Teotenango, en ef valle de"ToTüca; Teotihuacan, en el valle del mismo nombre,
Tula, en Hidalgo y, por supuesto, Tenochtitlan, en la cuenca de M éxico.,
El Altiplano se divide en la Altiplanicie septentrional y la Altiplanicie meri­
dional. La frontera natural existente entre ambas es de carácter climático; sin
embargo, dado que los índices de precipitación disminuyen progresivamente de
Sur a Norte, en la época prehispánica llegó a convertirse en una frontera cultu­
ral. Así, pues, la Altiplanicie septentrional marca los límites norteños entre los
pueblos agricultores sedentarios de alta cultura y los agricultores incipientes de
Aridamérica, cuyas actividades principales eran la recolección y la caza. Debido
a que en esta última región la aridez dificultó y limitó el desarrollo de las prácti­
cas agrícolas, los grupos no conformaron unidades culturales homogéneas; por
lo tanto, sin ser ajenos a fenómenos de transculturación ni ser menos importan-
DIVERSIDAD G EO G RÁFICA Y UN IDAD CULTURAL DE M E S O A M É R I C A 81

Ilustración 5
P ER FIL D E LOS VALLES DE TOLUCA-M ÉXICO-PUEBLA

OCEANO PACIFICO G O L F O D E M É X IC O

1000 msnm

tes, resultan tan mesoamericanos como aquellas culturas de Oasisamérica que


adoptaron varios de lo s rasgos culturales de M esoam érica^a presencia de ele­
mentos culturales, o el hecho de que en Chalchihuites o en La Quemada se hu­
bieran establecido posibles «colonos» mesoamericanos, no implica que hubiera
habido una expansión de Mesoamérica hacia el Norte.
Por otro lado, en esta área se distribuyen con mayor abundancia la flora y
fauna desérticas del país, pues, además de los mezquites (Prosopis juliflora), se
concentran grandes zonas de cactáceas (O puntias ssp. y Cereus ssp.), yucas
(Yucca ssp.) y agaves (A gave lechuguilla), sobresaliendo una fauna compuesta de
roedores como la ardilla (G laucom ys volans), la liebre (Lepus m exicanus), la
tuza (T hom om ys u m brin u s), el perro de la pradera (Cynom ys m exicanus) y las
ratas magueyeras [N e o to m a albigula), entre otros, o bien uno de los anima­
les más extendidos en el territorio mesoamericano, pero que se asocia más con
aquellos paisajes: el coyote (Canis latrans). Allá, si bien la precipitación prome­
dio anual varía entre los 2 0 0 y 300 mm y los 400 y 500 mm, hacia la parte occi­
dental drenan importantes sistemas fluviales, como los de los ríos Sinaloa y
Fuerte, cuyas vegas durante siglos aprovecharon algunos agricultores primitivos.
Por el contrario, al Nordeste de México, en el Estado de Tamaulipas, la hume­
dad aumenta por las brisas del Golfo y los huracanes; más aun, en algunas cue­
vas de la sierra de Tam aulipas, jurito con evidencias culturales, tenemos la pre-
^ncia_de restos botánicos de épocas bastante tempranas como calabaza y frijol.
Pero la más extensa y culturalmente más importante de las tierras altas de
Mesoamérica es la altiplanicie meridional. Las lluvias son abundantes en verano,
siguiendo después una larga temporada seca, que reduce la agricultura a una sola
cosecha anual. La vegetación originaria de pinos (Pinus ssp.) y abetos {Abies ssp.)
82 LORENZO O C H O A . EDITH O RTIZ-DÍAZ Y GERARDO GUTIÉRREZ

ha sido muy afectada por el hombre, por lo cual ahora la encontramos combina­
da con acacias (Acacia ssp.), cactus (Opuntias ssp. y Cereus ssp.), pastos y enci­
nos bajos {Quercus ssp.). En el pasado la vida silvestre fue abundante; en los la­
gos podían encontrarse patos [Anas ssp.), garzas [Ardea herodias) y gansos
(Branta canadensis), así como una amplia variedad de pescado como mojarras
(L epom is ssp.), doradilla (Lerm ichthys multiradiatus), charales (Christoma ssp.),
o bien el famoso blanco de Pátzcuaro [Christom a estor). En los alrededores se en­
cuentran águilas [Aquila chrysaetos) y halcones [Falco mexicanus), entre otras
aves, mientras que ciertos mamíferos proporcionaron una rica fuente de proteí­
nas a los habitantes originales del país: venado cola blanca [O docoileus virginia-
nus), zorras [U rocyon cinereoargentous), mapaches [Procyon lotor), conejos [Syl-
vilagus floridanus), tuzas [Cratogeom ys castanops) y otros roedores.
En otro orden de cosas, las tierras bajas que bordean al territorio mesoame-
ricano consisten en tres planicies costeras: la del Golfo y la del Pacífico, que flan­
quean dos grandes ^ternasjnontañososj la tercera corresponde al Caribe, sobre
cuyas reducidas costas ios mayas levantaron varios puertos, como el de la anti­
gua ciudad amurallada de Tulum. Sin flanquear barrera montañosa alguna, la
planicie caribeña delimita el oriente de la península de Yucatán, la única zona de
baja altura que tiene una extensión importante dentro de Mesoamérica. Esta pe­
nínsula marca el término de las tierras bajas que corren desde Brownsville, en el
estado norteamericano de Texas y que se conocen con el nombre de Planicie
Costera del Golfo, cuya conformación geológica es muy variada. En ella desta­
can principalmente los aluviones, las rocas sedimentarias, los conglomerados y
las intrusiones de basalto. Con una extensión de 1 350 km, la anchura de esta
planicie alcanza hasta 300 km en el Norte de Tamaulipas y, prácticamente, se
pierde en la parte central de Veracruz, donde derrames de lava penetran en la
planicie hasta la costa. Aun cuando se conoce como Planicie Costera del Golfo,
cadenas de lomeríos y bajas montañas constituyen los rasgos característicos de
su configuración. Esta región, irrigada por una vasta red hidrológica de ríos,
arroyos, esteros, lagunas, manglares y pantanos, ha sido muy rica en recursos
naturales y testigo del origen, desarrollo y ocaso de culturas muy destacadas.
Sobre esta llanura, a finales del segundo milenio antes de nuestra era, entre el
Sur de Veracruz y el Noroeste de Tabasco tuvo lugar el origen de una de las cultu-
ras más conocidas del México antiguo: la olmeca. Los olmecas* fundaron los pri-
meros centros políticos y religiosos como ban Lorenzo, La Venta, Tres Zapotes y
Laguna de los Cerros, entre otros. Pero los olmecas son más conocidos por la talla
de (^u^grandes monolitos de basalto, cuya materia prima la procuraban en los Tux-
tlas, una extrusión volcánica que sobresale un poco más de 1 5 0 0 metros sobre la
planicie costera. Al Noroeste de esa zona montañosa, hasta llegar al río Cazones
por la costa y de ahí a las estribaciones y las partes bajas de la Sierra Madre Orien­
tal, desde los primeros siglos de nuestra era destacaron las llamadas culturas de Ve­
racruz central, conformadas por una serie de pueblos hasta ahora no identificados
/
8. (¿ P término «olmeca» identifica un estilo artístico. Aquí, por la brevedad del texto, utiliza­
mos el término para referirnos al grupo portador de ese estilo, lo cual no implica que corresponda a
un grupo etnolingüístico determinado. ^
DIVERSIDAD GEOGRÁFICA Y U N I D A D C U L T U R A L DE M E S O A M É R I C A 83

étnica ni lingüísticamente, pero cuyas diferentes formas de expresión nos ayudan a


distinguirlos. Ellos construyeron las grandes esculturas y caritas sonrientes hechas
en barro y fueron los responsables de la manufactura de yugos, hachas y palmas ta­
llados en piedras tan duras como la serpentina o la diorita.'^im ism o, desarrolla­
ron formas de conocimiento tan complejos comc(í^ u m eración y la escritura jero­
glífica que se aprecian en la Estatuilla'^de los Tuxtlas o en la Estela de La Mojarra.
Pueblos y culturas excepcionales florecieron en el llamado periodo Clásico
hasta que, entre los siglos VIII y xi, hicieran lo propio los fundadores de El Tajín,
cuya identidad desconocemos también. En medio de la selva tropical aquella es­
pléndida urbe destacó no sólo por las diecisiete canchas dedicadas a l a práctica^
del juego de pelota, sino porque la iconografía relacionada con esta actividad no
tiene parangón en ninguna otra ciudad mesoamericana. Un par de siglos más
tarde l o S ) t o t o n a c a s darían l u g a r a las más acabadas expresiones c u l t u r a l e s de la
última parte de la_iiislaria_prehispánica dei Golfo, con urbes de tan grande im­
portancia como ÍCempoala,! que sirviera de antesala a los españoles en la con­
quista de México-Tenochtitlan. Mientras tanto, hacia la planicie de San Luis Po­
tosí, el Este de Hidalgo, el Sur de Tamaulipas y el Norte de Veracruz, tuvo lugar
la expansión y d e s a r r o l l o la cultura huaxteca. En aquellos lugares, muy lejos
de su lugar originario, alrededor del primer milenio antes de nuestra era quedó
anclado este grupo de filiación mayance, cuyo máximo apogeo cultural habría
de alcanzar después de los siglos viii-ix y lo mantendría por largo tiempo, aun
después de las conquistas mexicanas ocurridas alrededor del siglo xv.
En la costa opuesta, bordeando la Sierra Madre Occidental, de Sonora a los
límites sureños de Mesoamérica, corre la Planicie Costera del Pacífico. Franja es­
trecha, con un promedio no mayor a los 50 km en algunos puntos. Esta unidad
geomorfológica además de terrenos bajos y llanos incluye también las últimas
elevaciones de la Sierra Madre del Sur. Su formación es principalmente de rocas
cristalinas intemperizadas que arrastraron los ríos a las planicies aluviales. Aquí,
la precipitación anual varía entre 1 000 y 2 000 mm, con una marcada estación
seca que puede durar de cinco a seis meses. La vegetación característica es la sel­
va semicaducifolia (monte alto) y la selva baja caducifolia (monte bajo). Entre
las especies dominantes se encuentra el guanacaste (E nterolobium cyclocarpum ),
el cuachalalá (Juliana adstringens) y las acacias (A cacia ssp.), que crecen en sue­
los de aluvión. A lo largo de ese litoral existen grandes extensiones de marismas,
esteros y pantanos cuyo bioma, rico en ostras, ostiones, caracoles y otros maris­
cos, motivó el asentamiento permanente de grupos pescadores y recolectores de
moluscos desde tiempos muy tempranos. Hasta ahora, las expresiones cerámicas
más antiguas fechadas alrededor de<la segunda mitad dei tercer milenio antes de
nuestra era se han encontrado en las costas de Guerrero: Puerto Marqués, en
Acapulco. Entre pantanos y manglares, pero hacia las costas del Pacífico de
Chiapas y de Guatemala, La Victoria, Salinas la Blanca y Chantuto contienen
los asentamientos humanos más antiguos que vivieron a expensas del medio.
Posteriormente, en aquellas costas y en la llanura costera habrían de aparecer los
más remotos antecedentes de la cultura olmeca.
Ambas planicies se aproximan en el istmo de Tehuantepec, la parte más es­
trecha del territorio, donde sólo alcanza unos 20 0 km y una altura promedio
84 LORENZO OCHOA, EDITH ORTIZ-DÍAZ Y GERARDO GUTIÉRREZ

Ilustración 6
C O R T E TRANSVERSAL DEL ISTM O DE TEHUANTEPEC

Sierra Madre de Chiapas


Sierra de Juárez
/ Istmo de Téhuantepec .y '
Chimclapas ^

Montaje; César A. Fernández.

de 2 5 0 m (Ilustración 6). Esta depresión, ahora y antes, resulta un paso natural


I para los pueblos ubicados en ambas costas.^n dirección Nordeste del istmo, ba-
ñada por el Golfo y el Caribe, se localiza la península de Yucatán, que represen­
ta no sólo la_ provincia de _composición más homogénea de carácter calcáreo,
sino las tierras continentales más recientemente emergidas'í^ La zona norte tiene
clima seco con escasas lluvias en verano y vegetación de bosque bajo. Por eso a
la ausencia de aguas superficiales y a la acentuada estación seca, apenas se la
puede considerar como una subregión. A pesar de esto, aun cuando su composi­
ción calcárea impide la presencia de corrientes superficiales, la permeabilidad de
éstas deja filtrar los escasos 750 o 1 000 mm de precipitación anual, de tal mane­
ra que se conforman corrientes y depósitos subterráneos: los cenotes, plural de
la corrupción en español de la palabra maya dzonot.
Esa planicie semiárida contrasta con los manglares y pantanos de las costas,
pero también con el Sur de Quintana Roo y Campeche, donde comienzan los
montes altos y algunas corrientes y lagunas que cambian el paisaje. A medida
que se avanza hacia el Sur se da paso a las tierras bajas centrales, esa zona que
ha sido descrita como de lluvias tan abundantes que llegan a sobrepasar los
2 0 00 mm anuales en promedio y una vegetación frondosa de selvas alta, media­
na y baja perennifolia. Esta zona de tierras bajas, en contraposición con la ante­
rior, cuenta con una amplia red hidrológica conformada por lagunas, pantanos,
arroyos y corrientes tan importantes como el Grijaiva, Usumacinta, Hondo, San
DIVERSIDAD G EO G R Á FIC A Y UN IDAD CULTURAL DE M E S O A M É R I C A 85

Pedro M ártir, Candelaria y de la Pasión, entre otras que cruzan el Sur de Cam­
peche, buena parte de Tabasco, Belice, el Petén guatemalteco y la Lacandonia.
Red)hidro^gica que fue utilizada como vía de tránsito y de comercio en la épo- ■
ca preKiipánica, y que se aprovechó de manera permanente hasta bien entrado 1
este siglo. « ‘
En el área norte, aunque la intensificación agrícola es más difícil, hubo di­
versas formas de aprovechamiento del agua; desde la construcción de chultunes
o cisternas y depósitos en el fondo de las aguadas, conocidos r.r,mc> huktés o
bu ktei (Barrera Rubio y Huchim Herrera, 1989: 279-284), hasta «el manejo in­
tegral de los recursos bajo el sistemai^ m ilEa^ que permitió generar el pluspro-
ducto necesario para el sostenimiento de la estructura económica de la sociedad
prehispánica que se desarrolló en el área [Puuc]» (Barrera Rubio, 1987: 137)®,
sin pasar por alto la construcción de terrazas asociadas a chultunes. A pesar de
ello, entre la vegetación encontramos valiosas especies para el hombre, incluyen­
do el tinto (H aem atoxylion cam pechianum ), el chicozapote (Achras zap ata y
A chras chicle), la caoba (Swietenia m acrophylla) y el ramón o árbol del pan
{Brosim um alicastrum ). A medida que nos acercamos al Norte penetramos en
una selva baja muy cerrada y espinosa, precisamente en la plataforma que da lu­
gar a la península, que tiene una anchura de 350 km entre el Golfo y el Caribe y
altitudes promedio de 40 m, donde sobresalió (gl)cultivo del henequén [Agave
fourcroides)(^^\ át\ a lg q d ^ , «materia prima del principal artículo de tributa­
ción» (Quezaoa, 1990). Pero no toda es plana. AI Noroeste de la península, cer-
ca de donde florecieron las grandes ciudades de Oxkintok, Uxmal, Kabah, Lab-
ná y Sayil entre otras, se levanta la pequeña sierra del Puuc, una sucesión de
modestas elevaciones que apenas alcanzan en ciertos puntos de 100 a 125 m.
Por el contrario, al Sudeste de la península, entre Belice y el Sur del Petén, se en­
cuentra una de las zonas de más alta precipitación de las tierras bajas. Conse­
cuentemente, allá se aprecian anchas franjas de selva tropical y bajos y valles
como el de Belice, donde, desde finales del segundo milenio antes de nuestra era,
se dieron los primeros pasos que anteceden a las manifestaciones primigenias de
la cult]^a[m§¿a (Ilustración 1).

LOS ANTECEDEN TES CULTURALES D E M ESOAM ÉRICA

Hacer referencia a los orígenes de los primeros pobladores de cualquier región


del continente americano implica exhibir las diversas teorías relativas al pobla-
miento de América, cosa que obviarémos. Baste anotar que la más aceptada y la
que posee mayor fundamento y coherencia científica, es la que sostiene que a
través del estrecho de Bering fue factible la travesía a pie desde el continente

9. sjitr a ta del manejo global de los recursos teniendo en cuenta las propiedades del suelo, de f!
la vegetación, de las variedades de semilla que sembraban en distintos puntos en el inicio del ciclo í
agrícola, «de acuerdo al adelanto o atraso del periodo regular de lluvias». Todo esto «dio lugar a un
sistema extensivo de milpa basado en el pluricultivo, con posibilidad de obtener cosechas múltiples»
(Barrera Rubio, 1 9 87: 137).
86 lo re n z o OCHOA, EDITH O R T IZ -D ÍA Z y G E R A R D O GU TIÉR REZ

asiático al de América hace unos 70 000 años. Pruebas irrefutables acerca de la


presencia humana en el Norte del continente datan de hace unos 3 0 0 0 0 años o
un poco más, mientras que en territorio mexicano se remontan a unos 21 OOP
años (Lorenzo, 1980: 102)^°, y en Belice apenas sobrepasan los 10 000 años.
El paso de aquellos primeros pobladores pudo ocurrir durante la última gla­
ciación, la Wisconsiniana, cuando Se han reconocido una serie de avances y re­
trocesos de las masas polares que permitieron esa comunicación (Lorenzo, 1980;
Mirambell, 1994). En el primer caso se plantea que entre los meses de noviem­
bre y marzo los hielos formaban un puente natural que comunicaba «el cabo
Dezhnev, el más oriental de la península de Chukotka, en Siberia, y el cabo Prín­
cipe de Gales, la punta más oriental de la península de Seward, en Alaska» (Lo­
renzo, 1980: 9 1 ).*ti segundo corresponde al retroceso de los hielos y al aflora­
miento de «una masa terrestre de más de 1 000 km en su eje Norte-Sur, a la cual
se le ha dado el nombre de Beringia» (ibid.: 97). En efecto, dado que el fondo
del estrecho de Bering es de unos 40 m, se tienen «pruebas fehacientes para ase-
-^gurar que, cuando el mar ha descendido 50 m o más durante una glaciación,
ambos continentes han quedado unidos por una llanura en la que sobresalen las
montañas que ahora son las islas Diomedes» {ibid.: 97). ^
Pero para el territorio de México y América central el estudio de la Prehisto­
ria no ha contado con los apoyos suficientes; los avances del conocimiento en
este campo son sustancialmente menores que en Estados Unidos y en el Viejo
Mundo. Tal vez esto se deba al escaso interés que en nuestros países despierta en
algunos funcionarios este tipo de investigaciones, cuya mayor atención presu­
puestaria, por razones políticas, la ponen en las grandes urbes prehispánicas.
Aun así, @ el caso de M éxico las contadas investigaciones y hallazgos controla­
dos que existen han posibilitado la creación de una periodización y nomenclatu­
ra originales, ajena a la utilizada en otros continentes, que permite agrupar y es­
tudiar por horizontes culturales los cambios observados en las formas de vida y
en el utillaje dejado por los primeros pobladores (Ilustración 7) (Lorenzo, 1980:
106 y cuadro 2).
El primer horizonte de la etapa Lítica se caracteriza por la existencia de re-
colectores-cazadores y la manufactura de instrumentos de piedra, que se fecha
entre los años 30000 (?) y 7000 a.p. En atención a los cambios tecnológicos ob­
servados en la manufactura de los instrumentos, este horizonte ha sido dividido
en: Arqueolítico (30 000 [?]-14 000 años a.p.) y Cenolítico (14 00 0 -7 0 0 0 años
a.p.)^^. Del Arqueolítico se conocen siete sitios, de los cuales solamente Tlapaco-

10. En adelante, para la descripción de las características de la etapa Lítica, salvo cuando se
indiquen citas textuales, nos basaremos en Lorenzo, 1980 y en Mirambell, 1994. En relación con las
teorías relativas al poblamiento de América, véase, infra, Alan F. Bryan, del quien disentimos en
cuanto a su consideración de que los primeros H om o sapiens que p o b la r ^ el c ontinente hubieran
sido «cazadores de megafauna del K leoU tico buperior¿7“Cómo”apühta José Luis Lorenzo; «Que en
ocasíoftés muy favorables hayan ultimado'un proboscídeo empantanado en las orillas de un lago no
permite hacerlos especialistas en caza mayor y mucho menos caracterizar una etapa cultural por una
actividad que hubiera resultado suicida» (1980; 103).
11. Lorenzo, 1 980; para mayor claridad en relación con estas cronologías, cf. el cuadro 2 de­
sarrollado por este autor.
DIVERSIDAD G EO G R Á FICA Y UN IDAD CULTURAL DE M E S O A M É R I C A 87

Ilustración 7
P E R IO D inC A C IÓ N D E LA ETAPA LÍTICA EN M É X IC O

Fuente: J. L. Lorenzo.
88 LORENZO O CH O A , EDITH O RTIZ-DÍAZ Y GERARDO GUTIÉRREZ

ya, en el Estado de M éxico, y Cualapan, en Puebla, han sido datados por medio
de carbono 14 (C 14), hacia el año 21000 a.p. Para entonces, la característica
principal es la presencia de instrumentos líticos más o menos toscos y la ausen­
cia de puntas de proyectil hechas de piedra, aunque no se descarta que se hubie­
ran fabricado de madera y hueso. La economía se basaba principalmente en la
c a ^ de espedes menores y_im j^ r ^ le c c ió n de frutos y semillas silvestres.
El horizonte Cenolítico se caracteriza por la aparición de puntas de proyectil
acanaladas: clovis y folsom, junto con las puntas foliáceas tipo lerma, que no
volverán a aparecer, así como un incipiente manejo de ciertas especies vegetales.
Los inicios del Cenolítico están representados en once sitios, de los cuales algu­
nos han sido excavados y fechados con radiocarbono, mientras que otros se han
datado por asociaciones tipológicas. Algunos de ellos son; Ocampo, cueva Es­
pantosa, cueva El Riego, cueva de Coxcatlán, cueva de Guilá Naquitz y cueva de
Santa Marta.
L ^ caza de especies pequeñas continuó siendo la actividad primaria, pues se
ha demostrado que la caza de animales pleistocénicos se reduce al aprovecha­
miento de los que caían en algún pantano, de forma accidental y esporádica^^.
Entre las especies vegetales recolectadas tenemos un tipo de aguacate silvestre y
maíz primitivo. Por otra parte, aunque es difícil de imaginar el tipo de organiza­
ción social de aquellos grupos, ésta debió ser bastante sencilla, acaso bandas con
unos cuantos individuos, o bien puede pensarse en familias nucleares o extensas.
Después del año 7000, al desaparecer los grandes animales junto con la retirada
de los glaciares y el calentamiento general de la tierra, se observa un aumento y
una variedad en la factura de_las ju n ta s de proyectil que sugieren una especiali-
z^ción eii laj::acería o cierta diferenciación de patrones culturales entre los dis-
tintos grupos. Estas sugerencias se apoyan en el hecho de que al inventario del
instrumental señalado debemos agregar la aparición de instrumentos de molien­
da, rudimentarios al principio, que si bien no indican la aparición de la agricul­
tura tal vez reflejan un manejo más intensivo de especies harinosas, como el
mezquite (Prosopis juliflora) y las gramíneas. Asimismo, las evidencias hacen
pensar en un perfeccionamiento de la cestería, que no sólo se utilizaba para al­
macenar semillas, sino que dado lo cerrado de su tejido pudo servir para conte­
ner líquidos. En la alimentación aparecen el chile, la calabaza, el frijol y la cirue-
la; posiblemente se aprovechó la penca del maguey y, a finales del horizonte, jép
maíz silvestre. Aun así, no debe olvidarse que en las costas la explotación de los
recursos acuáticos, junto con manipulación de algunos tubérculos, también
pudo conducir a otros procesos de sedentarización, como tal vez sucedió en la
costa del Pacífico de Chiapas y Guatemala.
A partir de entonces entraríamos en un nuevo horizonte, el Protoneolítico,
momento en que el consumo de maíz silvestre fue bastante importante y comenzó
a ser domesticado en la segunda parte de este horizonte. Los morteros y muelas
se fabricaron con mayor cuidado: «Los morteros, más antiguos, van cediendo el
paso a las muelas, lisas o cóncavas, sin que los primeros lleguen a desaparecer».

12. Véase, supra, nota 10.


DIVERSIDAD G EO G R Á FICA Y UN IDAD C U L T U R A L DE M E S O A M É R I C A 89

aunque la presencia de los implementos de molienda o de otras herramientas no


implica necesariamente la agricultura (Lorenzo, 1980: 120). Hasta ahora, los res­
tos arqueológicos más tempranos relacionados con la domesticación de algunas
plantas provienen de los estados de Tamaulipas y Puebla. En algunas cuevas se­
cas de la sierra de Tamulipas se han recuperado restos de plantas y partículas de
ellas en las heces humanasj^Q_primera evidencia de_una pj_anta domesticada es la
calabaza {Cucurbita p ep o), la cu^^ósTBIemente fue aprovechada por sus semillas
(MacNeish, 1964b). Entre los milenios quinto y tercero ^cu ltivaron frijoles ro- i
jos y amarillos {Phaseolus vulgaris), así como una mayor variedad de'calabazas ¡
con semillas más perfeccionadas.
En el valle de Tehuacán, Puebla, la domesticación de las primeras plantas
posiblemente ocurre entre el séptimo y sexto milenios antes de nuestra era: el
chile (Capsicum sp.), el aguacate y, hacia finales del quinto milenio, la calabaza
{Cucurbita m ixta). Posteriormente se agregarán otro tipo de la calabaza (Cucur­
bita m oschata), el frijol común (Phaseolus vulgaris) y el zapote negro (D iospyros
bum elioides) (MacNeish, 1964a y 1964b).''J^m aíz en Tehuacán no aparecerá
domesticado antes del tercer milenio, que en Tamaulipas data de los años 2200- ;
1800 a.n.e. D esp u és^ l segundo milenio la agricultura deja de ser una actividad i
complementaria, 'p a r^ o b ra r cierta importancia económica. //
De esta^ an era podemos señalar que a ^ r t i r de la segunda mitad del tercer
milenio y^[)aM _2000 a.n^^ comenzarán(yn^serie de cambios graduales en los ;
sistemas de ap r^ iacióh y en la tecnología de los grupos cazadores recolectores,
que los llevaráQ u n estadio cultural más complejo. Entre estos cambios se en­
cuentra el de(í^tecnojogía que implica_la dependencia de las plantas dornestica- '
das que formarían parte de la dieta mesoamericana; asimismo, debe agregarse la |
apanclon de\j^cerájmi£a^que representa una transformación fisicoquímica de laj
materia inorgánica hecha por el hombre en este territorio. ♦ '
Esta innovación y los cambios señalados serán determinantes la vida de
los grupos de recolectores-cazadores. De hecho, los sistemas sociales sé~viiélven
más complejos(J)comienzan a perfiFarse los asentamientos agrícolas permanen­
c i a Pero el paso de una economía ^ caza-rgcoÍección a otra basada en la agri­
cultura fue un jiroceso acumulativo muy lento, en eí cual jamás desaparecerá la
primera forma que, como una actividad complementaria, continuará al lado de
la agricultura durante toda la_Época Prehispánica. A partir de entonces se darán
las organizaciones aldeanas y puede hablarse del inicio de las tradiciones cerámi­
cas. Algunas de aquellas cerámicas son de carácter local, pero otras tal vez fue­
ron importadas de Sudamérica, como el caso de las recuperadas en la costa y
llanura costera de Chiapas y de Guátemala que, fechadas hacia mediados del se­
gundo milenio antes de nuestra erá, son de una factura muy evolucionada sin
antecedentes locales. De Norte a Sur y de Oriente a Poniente aldeas, villas y pue­
blos comienzan a perfilarse como lós antecesores de lo que más tarde serán las
grandes culturas de Mesoamérica.
90 LORENZO OCHOA, EDITH O R TIZ -D ÍA Z Y GERARDO GUTIÉRREZ

EL D ESA RRO LLO M ESOAM ERICANO

Aquí no discutiremos el problema teórico de la validez de la determinación del


área cultural llamada Mesoamérica ni la de su periodización; otros lo han inten­
tado con mejor intención que fortuna, o continúan en el debate^^.^Con este pun­
to de partida, aunque con ciertos cambios en la forma en que se han manejado
los parámetros utilizados en la definición (rasgos culturales característicos de esa
área), seguiremos su historia de acuerdo a como prácticamente todos los autores
la han tratado; esto es, un repaso de los progresos culturales de los pueblos me-
soamericanos dentro de un esquema cronológico de carácter evolutivo, dividido
en tres periodos que marcan cambios y transfoñhaciones: Preclásico o Formati-
vo. Clásico y Postclásico^"' (Ilustración 8). Más adelante, con el fin de rastrear la
gestación de Mesoamérica, abordaremos esa misma historia, haciendo un re-
cuento í^ su s caract^ísticas culturales y su extensión del siglo xvi hacia atrás.
En cuanto a las cronologías manejadas para marcar estos periodos, no existe
un acuerdo absoluto. Para el efecto, no hay más que constatar las fechas que se
adjudican a cada periodo. Por esta razón, frente a la imposibilidad de discutir
tales posturas, el cuadro cronológico relativo al desarrollo mesoamericano (Ilus­
tración 8) tan sólo debe tomarse como punto de referencia; son fechas bastante
aproximadas, pero no absolutas.
Por otro lado y por lo pronto, pensamos que ¡^im posible utilizar tal perio-
d iz y ión sin tener en cuenta los supue;stos avances alcanzados en cada uno de
ellos; si no, no tendría objeto aplicarla. No obstante, juzgamos bastante pruden­
te plantear una separación entre (la) cronología y el d esy rollo cultural, pero no
necesariamente entre éste y la nomenclatura. De esta manera, e intentando no
caer en una contradicción con nuestro planteamiento, describiremos un panora­
ma general de las características culturales presentes en los diferentes periodos,
independientemente de que en unas áreas aparezcan antes que en otras.
De esta manera, el Preclásico se ha caracterizado por el comienzo de las al­
deas agrícolas sedentarias, con una economía autosuficiente y una sociedad teóri­
camente igualitaria en sus inicios, si bien, más tarde, la habilidad en el manejo
de ciertos conocimientos pudo dar lugar a una diferenciación en el acceso a los
recursos, conformando pequeños grupos que pudieron llevar a cabo el inter-
carnbio de bienes suntuarios. Conocimiento e intercambio serían fundamentales
para la posible formación de linajes. Como consecuencia, aquellos contactos a

13. Para un análisis de estas discusiones remitimos a las recomendaciones de las lecturas
apuntadas en las notas 1 y 2.
14. Aunque no trataremos aquí en detalle esta nomenclatura, debemos aclarar que, sobre la_
base de los cam bios graduales que se pueden percibir en el paso de uno a otro periodo desde la ó pti-
ca de la cultura material e ideológica, se han intercalado dos ía ^ ó s dé'corta duración. Entre el Pre­
clásico y el Clásico se interpone el Protoclásico que, aun cuando no siempre es fácil de determinar,
resulta de gran utilidad como herramienta explicativa del modo como se sucedieron los cambios.
Una consideración semejante se ha hecho para finales del Clásico e inicios del Postclásico, donde se
intercala un lapso denominado Clásico Terminal o Epiclásico, que si bien no siempre se utiliza con
fortuna, su inclusión es determinante para explicar las agudas transformaciones ocurridas en prácti­
camente toda Mesoamérica después de los siglos vni-IX.
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Ilustración 8
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Fuente: Ochoa, Ortiz-Díaz y Gutiérrez.


92 LORENZO OCHOA. EDITH O RTIZ-DÍAZ Y GERARDO GUTIÉRREZ

nivel de élites repercutieron significativamente en los cambios y transformaciones


de las estructuras sociales, políticas y económicas que se aprecian a lo largo de ese
periodo, de tal suerte que los asentamientos pasaron de simples aljeas y pueblos
de agricultores, cuya sociedad pudo ser igualitaria en sus inicios, al surgimiento /
de los centros políticoreligiosos con sociedades fuertemente estmificadas. o /
Aquel primer periodo puede considerarse ei paso previo -.deXiia,civilización
en formación: el establecimiento de las bases de una sociedad estratificada cuya
élite controlaba el poder político y religioso, evidente en el surgimiento de pe­
queños centros cuyos propósitos, además del ceremonial, fueron de carácter so­
cial y de intercambio de productos si nos atenemos al modo como se concibie­
ron en la urbanística los espacios abiertos. Pero el final de ese periodo y el inicio
del siguiente no fue repentino; entre ambos hubo un periodo de transición: el
Protpdásicp. En éste, junto con los cambios y transformaciones sociales, políti­
cas, religiosas y económicas, se reflejan los avances tecnológicos que habrían de
culminar en el Clásico al iniciarse los estilos artísticos regionales. Desde esta óp­
tica el llamado estilo olmeca, más que una regla, es la excepción en el Preclásico.
En realidad, durante ese lapso y el inicio del Clásico los numerosos centros
menores comenzaron a fusionarse aglutinando mayores m asas. de población,
no sólo con Cn)sentido ^onóm icp sino políticoreligipso,iadquiriendo un cierto
poder regional que se manifiesta en los centros urbanos. En algunos lugares,
como los valles centrales de Q.axacaJ parecen haberse iniciado'Ja^planificación v
ejecución de distintos tipos de obras hidráulicas, mientras continuaban enrique-
ciendo una ideología religiosa que se plasmó en pinturas murales, piedra y ba­
rro. Asimismo, los sistemas de registro dejados en diferentes materiales, al igual
que los observatorios, son bastante claros en Oaxaca, el Sur de Veracruz y el
área maya. A partir de entonces las diferentes culturas h a b r ía n de d a r liiggr a
sus propios estilos.
Aunque un milenio antes del inicio de nuestra era aparecería la arquitectura
pública, ahora adquiriría características monumentales; la intensificación agríco­
la no sólo se incrementó por la urgencia de buscar un mejor abastecimiento de
las élites, que requerían cada vez más un plusproducto, sino que debe verse
como respuesta a la compleja organización política de carácter estatal respalda­
da por una fuerza coercitiva que no siempre es evidente. Por las mismas causas,
el comercio adquirió una importancia capital para esos grupos en el poder, que
lo manejaban a gran escala: de Norte a Sur y de Oriente a Poniente los mercade­
res recorrían el territorio llevando y trayendo productos de toda naturaleza. Las
grandes urbes alrededor de los centros p9 lídcoreligi_osgs fueron cada vez más
numerosas y, posi^eme^ñte, siyrgi^on las ciudades-estado: Calakmul, Palenque,
Yaxchilán, Tikal y Copán, entre otras de las tierras bajas centrales del área
maya. Y mientras Monte Albán señoreaba en los valles centrales de Oaxaca,
Teotihuacan prácticamente devenía en la Meca de Mesoamérica en el Altiplano
c^ntr^T Para entonces, además de las ciencias prácticas y los sistemas de regis­
tro, se formaliza una religión en la cual se integran una serie de dioses, varios de
los cuales se originaron en el periodo anterior, que pueden reconocerse a través
de las representaciones escultóricas de barro y piedra o en las pinturas murales
que, por otro lado, marcan las grandes expresiones artísticas.
DIVERSIDAD GEOGRÁFICA Y UNIDAD CULTURAL DE M E S O A M É R I C A 93

Pero no se sostienen. Hacia el siglo VIII Teotihuacan. la urhe más importante


del centro de M éxico, empieza a declinar. Más tarde, entre la novena y décima
centurias comienza el ocaso de Monte Albáiij capital d¿ los zapotecos en los va­
lles centralesjde Oaxaca; de igual forma, en las tierras bajas centrales del área
maya los grandes centros de poder inician su descenso cultural después del si­
glo IX . Durante ese lapso se van diluyendo muchos de los grandes logros alcan­
zados en los pasados siglos hasta que, prácticamente, desaparecen. Cesa la erec­
ción de monumentos conmemorativos, se interrumpe la construcción de tem­
plos, palacios y, más aun, las obras hidráulicas, poco desarrolladas de por sí,
caen en un aparente receso. Finalmente, aquellas urbes serían abandonadas. ^
Hasta ahora, aunque se exhiben varias teorías para explicar las posibles cau­
sas originarias del fenómeno que dio lugar a esa serie de cambios y transforma­
ciones culturales de Mesoamérica en el marco de un corto periodo denominado
Epiclásico, distamos de conocerlas. De ese lapso, entre otros sitios, dan cuenta
en la costa del Golfo El Tajín, en Veracruz; en el Altiplano central, Xochicalco,
en Morelos; en el área maya, Comalcalco, en Tabasco, Toniná, en Chiapas,
Cobá, en Quintana Roo, Chichén Itzá, en Yucatán, Lamanai, en Belice, Zaculeu,
en Guatemala y en los valles centrales de O axaca, Lambityeco.
En el Altiplano central, después de una serie de movimientos étnicos y la lle­
gada de uno o más grupos a esa región, al término de ese lapso y los inicios del
Postclásico (íe)van perfilando nuevas formas en las instituciones sociales, políti-
cas, económicas Teligiosas. Aun cuando es incuestionable que desde el Clásico
se hubiera dado a concepción del Estado como un nivel de integración política
territorial, este tipo de estructuras políticas se presentan con mayor complejidad.
Por otro lado, para reafirmar su dominio, los grupos dirigentes evidencian ttíñ ^
ideología militaristó^ue les perm te m a ^ su poderío por^medio de un rneca-
nismo coercitivo. §e«tab lecen alianzas entre varios estados, como fue el caso de
Texcoco-Tlacopan-Tenochtitlan, pero cuyos antecedentes parecen derivar de la
época tolteca. Asimismo, se unlversalizan e imponen ciertas deidades, prácticas e
ideas religiosas, algunas de las cuales eran conocidas de antiguo.^'kn fin, los siste­
mas de registro, cuyos orígenes se remontan al periodo Preclásico, aunque se ex­
tienden por un territorio mucho mayor, en ciertos casos sufren un estancamiento
y aun retrocesos, como sucedió entre Uos mayasl que abandonaron, o tal vez ol­
vidaron, e][ sistema de registro calendárico por medio de la «cuenta larga». En
aquella área los centrnsfpnl frjrnrel i nsns Irle las tierras bajas centrales práctica­
mente quedaron desocupados, aunque en la zona norte las grandes urbes alcan­
zaron un gran florecimiento que destaca por sus extraordinarios estilos arquitec­
tónicos, que habían iniciado desde ^os sj^los V II-V III.
En otros aspectos puede hablarse (@ u n sjgmficatÍYq^^delanto en^la agricul-
tura hidráulica y, con tal propósito, se acometen empresas de gran magnitud.
Aparece fa metalurgia, cuyo desarrplio, si bien casi se redujo al aspecto suntua­
rio, en ciertos casos se aplicó a la ‘manufactura de herramientas agrícolas, sin
llegar a incorporarse a la tecnología hidráulica. Como antes, las redes de co ­
mercio y los centros de distribución en forma de mercados siguen siendo con­
trolados por las élites. Esos y otros cambios de menor importancia caracterizan
al periodo Postclásico, cuya área abarcó desde el Golfo hasta el occidente y
94 LORENZO OCHOA, EDITH O R T I2 -D ÍA Z Y GERARDO GUTIÉRREZ

desde el Norte de la cuenca de México al área maya. Nuestra intención ha sido


hacer hincapié que la evolución cultural de Mesoamérica no se dio simultánea­
mente en todas los pueblos que la integraron. Esto, sin duda, ha dificultado la
cabal comprensión de su historia, que en no pocas ocasiones se ve sincrónica­
mente. Por lo tanto, esta síntesis vale tan sólo como una visión panorámica de
la misma.
Para concluir, como sugerimos antes, haremos una consideración al esque­
ma que Paul Kirchhoff desarrollara sobre la base de rasgos culturales sobresa­
lientes para el siglo X V I, válidos para el último periodo Prehispánico. Con este
punto de vista podemos argumentar que si bien el rasgo cultural aislado repre­
senta un instrumento útil, su empleo como un fin tiene mayor aplicación para el
estudio de problemas muy concretos. Para el caso específico de Mesoamérica,
encontramos más conveniente agrupar aquellos rasgos que guardan estrecha re­
lación (con)el objeto de formar co^^plejos-gener3 Iizante¿^, añadiendo otros as­
pectos relativos a la organización sociopolítica, insoslayables para el estudio y
explicación de la conformación cultural de dicha área.
Para alcanzar nuestro propósito nos basamos en el supuesto de que, en la in­
terpretación arqueológica, ^ d e b e partir de lo conocido a lo desconocido y,
como lo recomendara el mismo Kirchhoff, para Mesoamérica debe hacerse del si­
glo X V I hacia atrás. Sólo analizando retrospectivamente los componentes cultura­
les de esa área se podría plantear desde cuándo, con qué frecuencia y hasta dónde
se extendían los distintos periodos. Con esta postura general ¿cuáles serían los
complejos culturales relevantes de Mesoamérica para el Postclásico y cómo se
presentarían en las distintas zonas.’ ¿Podrían rastrearse esos complejos para pe­
riodos anteriores y cuál sería el espacio de distribución?
Para el objeto pasaremos revista a los que consideramos más significativos
para el Postclásico, sin desestimar la falta de algunos, amén de que ciertos com­
ponentes de un complejo no pueden estudiarse sin tener en cuenta la relación
que pensamos guardaban con los componentes de otros. Así, comenzaremos por
señalar^ue la sociedad mesoamericana estuvo dividida en clases fuertemente di­
ferenciadas: nobles, plebeyos y esclá^w. Las estructuras políticas fueron de tipo
estatal, aun cuando en algunos casos las había más sencillas, como pudieron ser
^ §) señoríps o cacicaz^gqs.^ De todas maneras, ^ £ o d e r lo_ejercía un jefe.ciyU o
militar y, con frecuencia, otro religioso perteneciente a lajnobj^^a..
En cuanto a k tecnología, aunque no muy adelantada, estuvo encaminada a
la construcción @ ^ ^ n d e s ,empresas públicas de cajácter_hid^ulico (albarrado-
nes, presas y canales entre otros), así como a las de tipo religioso, civil y militar
(pirámides, templos, calzadas, fortificaciones). La explotación intensiva de la
agricultura por medio de terrazas, camellones de cultivo, canales (de riego o de­
secación), chinampas y pozos fue la norma. El planteamiento y trazado de las
ciudades, fortificadas o sin fortificar, era de primer orden. En éstas, además de
ofrecer todo tipo de servicios púbhcos (mercados, escuelas, templos, drenaje.

15. T od a esta discusión, en buena medida, tiene como punto de partida los planteamientos
expuestos en Ochoa (1979; 1 53-161).
DIVERSIDAD GEO GRÁFICA Y UN IDAD CULTURAL DE M E S O A M É R I C A 95

vías de comunicación), ^ c e n tro polítIco.relÍgÍQSj3. estaba rodeado por una pobla­


ción organizada en_barrios dif^endad^ según sus actividac^
A su arribo, los españoles encontraron religión institucionalizad^ con
un panteón de dioses reconocible en esculturas de piedra, barro y otros rnateria;
les, en'pi'ñT:úras^muraJesj>..m at^ de expresión, artística. Las costumbres
funerarias y étnicas conao @ mutüación_ denta la deformación craneana y el ’
uso de pintura corporal no faltaban como distintivos sociales, de grupo y aun
simplemente como parte del embellecimiento. Lo^ entierros se hacían según el
rango y el sexo, acompañados derjca^ ofrendas y en sitios especiales de acuerdo
con el estatus del individuo. Asociados con sus creencias estuvieron los juegos ri-
tüales (volador y pelota entre otros) y una ideología manipulada por la clase sa­
cerdotal. Este grupo también ejercía el control de los conocimientos, tanto por
medio de la tradición oral como recurriendo a los sistemas de registro: calenda­
rios de 2 60 y 365 días (adivinatorio y solar), escritura, numeración y astrono­
mía, entre otros, que son conocidos a través ¿^códices hechos en piel de venado,
co rte^ de árbol o en algodón, o denlas inscripciones dejadas en piedra, hueso,
concha, barro y madera, i'
Por otra parte, como el poder político y religioso,(l^ economía, basada en la
intensificación agrícola, al igual que las instituciones comerciales, era dominio
de la nobleza, bien que en el caso de los mexicas los pochtecas aparecen como
una excepción a la regla. En todo caso, las actividades mercantiles se llevaban a
cabo en mercados periódicos y en puertos de intercambio que funcionaban
como centros de acopio y de redistribución. Mercados y .puertos de irrtercainbi
eran alcanzados por medio de extens.as cejJes. de caminos terrestres y acuáticos
controladas por gente especializadaS>Pero esto no era todo: el pago de una tribu­
tación en especie o en fuerza de trabajo formó parte importante de la economía
de los grupos de poder.V'
De una u otra forma alguno de los componentes de estos complejos articula­
dos en un todo, (s^ conocían a lo largo y a ^ h o del territorio delimitado por
Kirchhoff. Por el contrario, aunque para el periodo Clásico esas mismas caracte­
rísticas culturales prácticamente estuvieron presentes, el área en donde ha sido
posible identificarlas es bastante más reducida, aun tomando en cuenta la su­
puesta expansión norteña del territorio mesoamericano. Pero, sin desechar que
hubo una ligera expansión de rasgos culturales mesoamericanos hacia el Norte
del territorio, más que considerar tal expansión como un crecimiento del territo­
rio mesoamericano, esta expansión debe verse como focos aislados que surgie­
ron por un fenómeno no bien explicado de comercio, de^co lo n iz a d ^ o de acul-
turación, sin que en ningún momento lograran la homogeneidad cultural ^ e
había en el resto del área. H *
A lo anterior debe añadirse que en el Occidente, en los actuales Estados de
Jalisco, Colima y Nayarit, los orígene? y progresos culturales fueron bastante dis­
tintos. Allá, desde las tum bas d e tiro en el Preclásico o la particular manufactura
de las figuras de barro en el Clásico, hasta la ausencia de formas de registro, dio­
ses reconocibles y arquitectura pública monumental serían la nornia. Por lo tan­
to, no debe extrañar que esos y otros cóm p^énfes de los complejos señalados
como mesoamericanos no aparezcan; más todavía cuando se les encuentra care-
96 l o r e n z o o c h o a . ed ith o r t iz -d ía z y g e r a r d o Gu tiérr ez

Ilustración 9
MESOAMÉRICA: LÍMITES Y ÁREAS CULTURALES PARA EL PERIODO CLÁSICO

cen de las interrelaciones y sentido que guardaban en Mesoamérica. En el lado


opuesto, hacia el golfo de México, los particulares elementos mesoamericanos
en el Clásico tan s.ólo alcalizaron el J.rea^de Veracmz central. Antes de los siglos
v m -IX no estarán presentes en la Huaxteca, que habría de integrarse en el ámbi­
to cultural mesoamericano hacia el Clásico Terminal. En este sentido, aunque
los huaxtecos tallaron esculturas en piedra desde hace v a r i Q S siglos, no es facti­
ble reconocer en ellas atributos de dioses específicos. La arquitectura acusa ca­
racterísticas muy particulares, alejadas de la monumentalidad, la decoración y el
urbanismo mesoamericano; tampoco es dado reconocer sistemas de registro ni
otros elementos culturales como los de Oaxaca, el área maya o el Altiplano cen­
tral. De ahí que, a partir de estas estimaciones, resulte obvio concluir que, terri­
torialmente, Mesoamérica en el periodo Clásico era mucho más reducida que en
el Postclásico. Por lo tanto, ni el Occidente ni la Huaxteca deben atenderse
com o áreas culturalmente marginales a Mesoamérica (Ilustración 9), sino como
áreas distintas a ella con sus propias excepciones y desarrollos culturales.
Finalmente, debemos subrayar que si continuamos concibiendo a Mesoamé­
rica como una área en la cual coinciden una serie de rasgos culturales {qu^ueron
originados y amalgamados por determinados grupos etnolingüísticos, bien pode­
mos afirmar que para el periodo Preclásico sólo existieron desperdigados aquí y
DIVERSIDAD G EO G R Á FIC A Y UN IDAD CULTURAL DE M E S O A M É R I C A 97

allá algunos cuantos de ellos. Por lo tanto, estamos ciertos de que, para enton­
ces, Mesoamérica como área cultural es una concepción errónea (Ilustración
10). De todas maneras, el territorio en donde habitaron mexicas, tarascos, tolte-
cas, yucatecos, choles, tojolabales, quichés, cakchiqueles, mixes, zoques, zapote-
cas, huaves, mixtecas, popolucas, tepehuas, huaxtecas, totonacas, otomíes y de­
cenas de otros grupos corresponde al señalado por Kirchhoff para el momento
del contacto (Ilustración 1).

Ilustración 10
ANTECED EN TES CULTURALES DE M ESO A M ÉRICA
EN EL PERIODO PRECLÁSICO

1 . Colima TE O P AN TECUAN ITLAN

2. Guerrero
S A N JO SÉ MOGOTE
3. Cuenca de México
DA IN Z U
y valle de Morelos
ALTAM IRA
4. Valles centrales de Oaxaca
L A V IC TO R IA
5. Veracruz y Tabasco
SALIN AS LA B LA N C A
6. Costa del Pacífico de Chiapas y Guatemala
7. Bélica
Yucatán \

Fuente: Ochoa, Ortiz-Díaz y Gutiérrez. ‘


« . - ; « . ---------- >*L. -— .‘ . =->-?r^y

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4

D E M A R C A C IÓ N D E L Á R E A SU D A M E R IC A N A

L u is G u i l l e r m o L u m b r e r a s

Sudamérica es un continente comprendido mayoritariamente dentro de los lími­


tes de los trópicos, donde se encuentran casi todos los países que lo componen:
sólo el Centro y Sur de Chile y Argentina se ubican al Sur del trópico de Capri­
cornio, mientras que la parte norte del continente está comprometida directa­
mente con la banda ecuatorial.
Esta situación geográfica podría inducir a suponer que existe uniformidad
en la conducta ambiental del territorio en su conjunto, pero no es así; se trata,
en cambio, de un área que se caracteriza por la diversidad, que no procede preci­
samente de su ubicación geográfica, sino sobre todo de factores tales como la
existencia de extensas cordilleras o los circuitos climáticos generados por el en­
torno marítimo Atlántico y Pacífico que intervienen fuertemente en la estaciona-
lidad continental/Por esos factores como las tendencias a temperaturas altas,
acompañadas de una actividad pluvial intensa, que son las características que te­
óricamente debieran esperarse en una zona intertropical, se ven alteradas consis­
tentemente en áreas tan extensas como la andina, que ocupa todo el Occidente
sudamericano.

ÁREAS D EL C O N TIN EN TE

En términos muy generales, teniendo en cuenta esta diversidad ambiental, se


puede organizar una visión global del continente a partir de su división en áreas
cuya unidad está dada por los elerftentos de mayor compromiso en la definición
de sus condiciones ambientales. Una de ellas es el área andina, que está definida
por la cordillera de los Andes; otra-es el área circum -C aribe, que ocupa el extre­
mo norte sudamericano, en territorios que están comprendidos en lo que ahora
son Colombia y Venezuela, con una¡ directa relación con el mar Caribe, las Anti­
llas y Centroamérica; una tercera es la A m azonia, la más extensa, que incorpora
territorios principalmente del Brasil y además de Venezuela, Colombia, Ecua­
dor, Perú y Bolivia, y que se organiza alrededor del inmenso río Amazonas y sus
afluentes; la cuarta, más pequeña, identificada con la formación del Chaco, ocu­
pa la frontera sur de la Amazonia y compromete una parte menor del Brasil, el
100 LUIS G U IL L E R M O LUMBRERAS

Sudeste boliviano, Paraguay, Uruguay y el Nordeste argentino, en relación con


el Atlántico y una red de ríos que desaguan en este océano; y, finalmente, aun
cuando menos uniforme que las anteriores y ubicada al Sur del trópico de Capri­
cornio, el Cono Sur del continente, con las pampas argentinas, la cordillera me­
ridional andina-chileno-argentina y la Patagonia.
Hacia el Norte, la condición dominante es de tipo ecuatorial o tropical ple­
no, con un ambiente propicio a la formación de bosques húmedos siempre ver­
des y una mínima, casi imperceptible variación estacional, que se define por la
mayor o menor intensidad de las lluvias en diversos momentos del año, más bien
que por los cambios de temperatura. Ese ambiente es el que domina el área cir-
cum-Caribe y la mayor parte de la Amazonia, cuya imagen de un bosque tropi­
cal continuo es, sin embargo, falsa, dado que hay variaciones importantes en el
comportamiento forestal, con territorios selváticos boscosos, llanos de pradera y
pajonal, estepas, etc.
En el núcleo mismo de la Amazonia, se pueden distinguir claramente los am­
bientes ribereños de la Tierra Firme, en términos de acceso a determinado tipo
de recursos y a las _BQSÍbilid.ades humanas de disponer de ellos o domesticarlos.
En la varzea, que está asociada a los grandes sistemas aluviales, la agricultura
pudo alcanzar niveles significativos; en cambio, en la zona de bosque interior
interfluvial las actividades dominantes hubieron de mantener un régimen de ex­
plotación basado en(ía}recolección, la caza y la pesca. Esto determinó una ocu­
pación humana muy diversificada y con desplazamientos constantes de pobla­
ción en ambas direcciones como parte de la búsqueda de recursos de vida.
El Chaco, más al Sur, está en cambio sujeto a una estacionalidad más defini­
da, dentro de un marco ambiental semiárido y de más difícil domesticación, con
una formación arbórea menos densa y predominantemente xerofítica. Las áreas
más extensas son propicias al pastoreo, aun cuando no fue posible tenerlo antes
de la llegada de los españoles, porque no es un hábitat adecuado para los caméli­
dos sudamericanos; por esa causa, en tiempos precoloniales, la economía estaba
fundamentalmente asociada a la recolección, con unas débiles aproximaciones a
la horticultura.
En el Cono Sur, carente de bosques tropicales, la estacionalidad, en cambio,
es mucho más rotunda, con inviernos fríos y veranos cálidos, en donde desde
luego no existen formaciones de bosque tropical y, en cambio, predominan las
praderas y — especialmente alrededor de las zonas montañosas— los bosques
fríos de coniferas y sus asociados. Hay extensos territorios que pueden destinar­
se al pastoreo y de hecho fue el hábitat preferido de los euanacos. un tipo de ca-
mélido que todavía hoy se puede encontrar allá, junto con el ñandú un ave co­
rredora similar al avestruz. Asimismo, el acceso al agua estacional y de origen
aluvial permite la existencia de extensas áreas para el cultivo, aun cuando, por
tratarse de tierras compactas, los requerimientos de instrumentos punzantes du­
ros son mayores que en otras zonas; @ h ech o , los cultivos de origen europeo tu­
vieron éxito aquí después de los siglos xvi-xvn.
El área andina es la de mayor complejidad. Cubre un extenso territorio, que
comprende todos los países sudamericanos cruzados por la cordillera de los An­
des, asociados al océano Pacífico, que baña las estribaciones montañosas occi-
DEMARCACIÓN DEL ÁREA SUDAMERICANA |0I

dentales en casi todo su recorrido. Son, pues, andinos el Sudoeste de Venezuela,


Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y el Occidente de Argentina.
La cordillera de los Andes es una cadena montañosa de trazado irregular.
Nace tímidamente en América Central y las Antillas — en el mar Caribe— , y se
hace evidente en Venezuela y sobre todo en la meseta colombiana. En este terri­
torio ésta afecta a las condiciones propias del trópico, con intensas lluvias y una
temperatura de tendencia alta. En la medida en que las alturas dominantes llegan
sólo excepcionalmente a los 4 000 m, estas condiciones climáticas son constantes
en todo el territorio, con excepción del páramo, que es una formación ecológica
que se da desde los 3 200 m hasta el nivel de las nieves perpetuas y que existe
desde Costa Rica (11° de latitud Norte) a Huánuco Perú (8° de latitud Sur).
Los páramos son permanentemente fríos y húmedos, con temperaturas muy
altas durante el día e invernales por las noches, con muy pocas variaciones en el
curso del año, de modo que casi no se registran diferencias entre solsticios y
equinoccios. Los páramos están rodeados por bosques o sabanas tropicales, con
vegetación siempre verde y casi imperceptibles cambios estacionales.
"^Cuando la cordillera andina cruza el Ecuador, las montañas se hacen pro­
gresivamente más altas y más anchas, lo que multiplica las diferencias entre los
diversos pisos altitudinales, que se escalonan entre sí. /j/
La tendencia de la cordillera es ascendente hacia el Sur, de modo que en el
Perú central y más aun en el Sur, en Bolivia y el Norte grande de Chile, la cordi­
llera tiene varios cientos de kilómetros de ancho y sus montañas más altas sobre­
pasan los 6 000 m, con picos como el Huascarán, que alcanza los 6 768 m. Esta
altitud y anchura mayores originan fuertes alteraciones climáticas en ese extenso
territorio.
Se presentan, pues, diferentes sistemas ecológicos, que varían según la altura,
la latitud y la proximidad del mar. De Norte a Sur, la estacionalidad es más sensi­
ble, especialmente entre inviernos secos y veranos con lluvia en la cordillera.
De Este a Oeste, en cambio, la diferencia radica en una progresiva disminu­
ción de las lluvias, de modo que mientras el verano es muy húmedo y lluvioso al
Oriente, lo es cada vez menos hacia el Occidente, a tal punto que toda la vertien­
te occidental se convierte en un desierto. Esto se debe, entre otras causas, a que
los vientos húmedos y cálidos procedentes del Este se enfrían al elevarse por en­
cima de la cordillera, perdiendo la mayor parte de la humedad, sobre todo cuan­
do llegan al litoral marino, en donde el ambiente se encuentra fuertemente afec­
tado por el paso de la corriente fría de Humboldt, que corre paralela a las costas
andinas. U
Así, la costa es un desierto desde los 5° a los 6° de latitud Sur. Aquí la diferen­
cia estacional reside en el aumento de la temperatura y la sequedad durante el ve­
rano, mientras que en el invierno el calor disminuye en varios grados y la hume­
dad ambiental aumenta. Es tal el grádo de humedad, que en determinadas zonas
del desierto se producen áreas verdes — llamadas localmente «lomas»— alimenta­
das por la niebla. Aun así, es una neblina baja, que no llega a precipitarse en for­
ma de lluvia y sólo por condensación forma tímidas acumulaciones de agua.
Estas condiciones hacen que los cauces que se forman en la cordillera, ya sea
por el deshielo de los neveros o por las precipitaciones estacionales, conviertan
102 LUIS G U IL L E R M O LUMBRERAS

SUS conos de deyección en inmensos oasis o valles, que son los que le dan vida
agrícola al desierto costero.
Estas formaciones desérticas no son, por cierto, exclusivas de la vertiente
costera de los Andes; se presentan también en la cordillera misma, especialmente
en las quebradas más profundas y también en las alturas, donde se desarrolla un
paisaje particular andino, de tipo estepario, al que conocemos con el nombre de
«puna».( Q puna es similar al páramo en altitud y en temperatura, pero en gene­
ral es más alta y más fría y además no tiene los índices de precipitación y hume­
dad que caracterizan al páramo, por lo que la flora y la fauna de ambos ambien­
tes son distintas.^Por ejemplo, los camélidos son animales característicos de la
puna, aunque pueden vivir también en el páramo. Los datos arqueológicos con­
firman que la difusión de la llama y la alpaca hacia la zona de páramo se hizo
desde la puna, es decir, de Sur a Norte, entre aproximadamente 5 000 y 1 000
años a.n.e. Q condición doméstica de la llama hizo posible que este animal se
pudiera adaptar incluso a la costa y otros territorios diferentes a la puna, en pe­
riodos tardíos./
Es importante advertir que el territorio andino central no ofrece condiciones
materiales generosas para la agricultura; las montañas en un área tropical ge­
neran una gran diversidad de ecosistemas escalonados que serían propicios pa­
ra una producción variada, pero esto tiene un límite, porque en general escasea
el agua y las áreas con riego natural son escasas y requieren transformaciones
adaptativas múltiples para su explotación, sin contar con las dificultades que
ofrecen las fuertes pendientes y los procesos de desertificación del frente occi­
dental y meridional.^A esta suma de dificultades hay que agregar las impredeci-
bles catástrofes tectónicas y climáticas, debidas a la orogénesis de la cordillera y
los efectos de contraste entre las corrientes marinas de Humboldt (fría) y de «El
Niño» (caliente). *'
Con todo, la desertificación de la costa, provocada por la corriente de Hum­
boldt — entre otros factores— se compensa de algún modo con un mar suma­
mente rico en fauna y flora marina muy variadas.
A medida que se dirige hacia el Sur la cordillera se va angostando, especial­
mente después del trópico de Capricornio, de modo que se convierte progresiva­
mente en una muralla alta y estrecha, que separa la vertiente oriental (Argenti­
na) de la vertiente occidental (Chile), sin ofrecer las condiciones de habitabilidad
de los territorios de la puna y el páramo.
Estas diferencias, tanto latitudinales como longitudinales y altitudinales, afec­
tan de muchas maneras y en distinto grado las condiciones materiales de la exis­
tencia humana, de modo que podría decirse que una de las pecuUaridades del te­
rritorio andino es la diversidad de las condiciones que el hombre tiene que
afrontar para vivir. Esta diversidad imprime (@ sello muy fuerte la cultura, que
tiende a mantenerse regionalizada y autárquica. Sin embargó, regioñalizacioñ y
autarquía se rompen gracias a la necesidad delfrticular extensos territorios, con
mecanismos de complementariedad de distinta naturaleza y envergadura.
Desde luego, tales tendencias autárquicas y sus mecanismos de articulación
interregional son igualmente diversos, aun cuando es posible encontrar áreas
más o menos extensas, en donde funcionan, de manera más o menos general, ni­
DEM ARCACIÓN DEL Á R E A SUDAM ERICANA 103

veles de integración multirregional históricamente recurrentes. Tales áreas fue­


ron originalnaente descritas como áreas de «co-tradición» (Bennett, 1948), apli­
cando un criterio histórico a la teoría de las «áreas culturales»;'f)ero obviamente
son más bien territorios cuya recurrente asociación y coherencia se debe a facto­
res económico-sociales, derivados de la necesidad de enfrentarse de manera simi­
lar a un determinado tipo de condiciones materiales.
Por eso, el territorio de los Andes puede dividirse en áreas, cuyas «fronte­
ras», desde luego, se disuelven en zonas de transición de una a otra área:

1. ¡ t ^ Andes centrales constituyen un territorio medular, donde se dieron


los más complejos niveles de desarrollo económico y social, y donde se formó
una sociedad urbana organizada en Estados de distinto tamaño, con formas
similares a las que se reconocen como «civilizaciones prístinas» en el Medio
Oriente, China o Mesoamérica .^Cruzada por una vasta red de caminos, fue el
centro de imperios y reinos como el de los incas, que encontraron los españoles
cuando llegaron a los Andes en el siglo xvi./t-
2. Los Andes centro-sur, íntimamente ligados a los Andes centrales, y cons­
tituidos por el territorio más árido del espacio andino, tuvieron como eje de arti­
culación el lago Titicaca, ubicado a una altura de 3 800 msnm, y organizado a
partir de una economía fuertemente pastoril, complementada con una agricultu­
ra cordillerana a base de tubérculos, como la papa (Solanum tuberosu m ), y gra­
nos, como la quinua y la cañiwa {C hen opodium quin oa y Ch. pallidicule). Es el
área donde nace la metalurgia y donde se configura un mecanismo de comple-
mentariedad en forma de «archipiélago», que permitió la racional y eficiente ex­
plotación articulada de los recursos procedentes de los diversos pisos ecológicos.
Estos cubrían áreas muy extensas, con localidades discontinuas de producción,
separadas algunas de ellas por vastos territorios intermedios, permitiendo así el
desarrollo de formas económicas ventajosas, sólo se explican a partir de este ré­
gimen integrador.
3. Los Andes m eridionales son una suerte de extensión del área centro-sur.
Abarcan los extensos territorios áridos del Noroeste argentino y el Norte-chico
de Chile, caracterizados por una economía agrícola y pastoril, asociada a un in­
tenso tráfico de productos, con caravanas habituadas a los extensos desiertos y
punas que caracterizan este territorio, interrumpido por oasis y quebradas con
aguas estacionales. La vida aldeana de esta región fue incorporada al Imperio
inca, o Tawantinsuyu, en el siglo XV.
4. Los Andes septentrionales, .que están separados de los centrales por un
desierto, entre ios grados 4 a 6 de lasitud Sur, y que se caracterizan por su condi­
ción tropical dominante o, más precisamente, ecuatorial. La cordillera establece
un escalonamiento de varios pisos ecológicos, que van desde montañas perma­
nentemente nevadas y páramos fríós, hasta sabanas y vdles (cuencas) de gran
fertilidad, rodeados de bosques húniedos siempre verdes. Es un área agrícola de
gran eficiencia, que se complementa con recolección y caza, disponiendo de esta
manera de excedentes para un intercambio mercantil primario, similar, aunque
no igual, al de Mesoamérica. Cubre fundamentalmente Ecuador, el Sur de Co­
lombia y el extremo norte del P erú .^
104 LUIS GUILLERMO LUMBRERAS

5. Los territorios sub-andinos del Norte y del Sur tienen condiciones de


existencia y desarrollo diferentes de las que rigen la vida andina y se alejan, por
tanto, de sus formas más características de existencia, aun cuando es obvio que
mantienen fuertes vínculos con las áreas nucleares andinas, ya sea por migracio­
nes o por intercambio de sus logros culturales. El del Norte, en Colombia y Ve­
nezuela, es de ambiente ecuatorial y tropical, y por lo tanto húmedo y cálido, li­
gado al área circum-Caribe, mientras que el del Sur — en Chile y Argentina—
tiene condiciones subantárticas, que hacen que se considere dentro de un área
diferente de la que hemos llamado Cono Sur. La denominación de sub-andino se
la debemos a Gerardo Reichel Dolmatoff (1986).
Cada uno de estos extensos territorios tiene cierto rango de unidad, aunque
debe quedar claro que internamente contienen variaciones más o menos signifi­
cativas. Seguramente son más uniformes las regiones circum-Caribe y chaqueña,
seguidas por el Cono Sur y la Amazonia, donde, en todo caso, se dan ambientes
más homogéneos en territorios más extensos.
^ s t e es el marco material dentro del cual se produjo la ocupación humana
del continente, lo que obviamente determinó el desarrollo de vida que en térmi­
nos muy globales correspondefa^las condiciones rnnrrpfac gnp p1 ür>mhrp myr.
que resolver en cada territorio. /

EL POBLAM IENTO DE LOS ANDES

En cada una de estas áreas, la historia comenzó con la ocupación inicial del es­
pacio por los cazadores y recolectores que llegaron a América al finalizar el
Pleistoceno, hace quizá unos 30 000 años.
No es posible aún describir la forma precisa en que se produjo este primer
poblamiento americano y su ulterior avance hacia el Sur del continente. Todos
sabemos que la ruta principal fue gran «puente» terrestre, que unía Asia y
América durante los periodos glaciales, que conocemos como Beringia, suscepti-
We de ser habitado a lo largo de milenios; hoyes el estrecho de Bering, que sepa­
ra las penínsulas de Alaska y Chokotka. ^^¿Q^_p.obladpres_de origen asiático,
como parte de su largo proceso de ocupación del territorio, avanzaron lenta­
mente hacia el Sur, llegando a Sudamérica antes de finalizar el Pleistoceno, entre
20 00 0 y 12 000 años atrás, o incluso antes. Su contacto con este territorio tuvo
lugar, pues, cuando todavía existían grandes herbívoros como el perezoso gigan­
te o M e g a t e r i o un elefante, bajjtjzado como m astodon te, así como pequeños
caballos salvajes, tigres, con diemies de sable o^ m ilod o n te y ^ i ó s animales e5Sin-
guidos desde hace 8 000 o 10 000 años. *
De cualquier modo, la ocupación del territorio por parte de estos cazadores-
recolectores permitió su progresivo conocimiento, de manera que, cuando se pro­
dujo la disolución del Pleistoceno y se formó el paisaje actual, pudieron ocupar
los distintos ambientes de manera eficiente. Puede pensarse, desde luego, que los
antiguos pobladores pleistocénicos se extinguieron y fueron reemplazados por
otros durante el Holoceno; sin embargo, los datos conocidos señalan que en al­
gunos lugares la ocupación parece haber sido continua desde tiempos pleistocé-
DEM ARCACIÓN DEL ÁREA SUDAM ERICANA 105

nicos hasta épocas recientes, aun cuando hay indicios de muchos desplazamien­
tos de los cazadores en diversas direcciones.
La primera ocupación del territorio es un tema polémico entre los prehistoria­
dores, que no se ponen de acuerdo en la validez de los hallazgos y mucho menos
en una terminología apropiada para referirse a ellos.'^lEs una época culturalmente
indiferenciada, donde aparecen agrupaciones de cazadores de instrumentos refi­
nados — como los de la «tradición Llano» de Norteamérica— o recolectores, cu­
yos instrumentos para cazar o recolectar alimentos son totalmente indistintos, y
que en muchos casos no fabricaban de piedra, sino con huesos o vegetales, como
ocurre con los cazadores de Monteverde, en el Sur de Chile (Dillehay, 1986)A
Los prehistoriadores más conservadores sólo aceptan a los cazadores «pa-
leoindios» que ya elaboraban puntas de proyectil y que vivieron hace unos
1 2 0 0 0 años aproximadamente y ponen en duda la existencia de una etapa ante­
rior; debe anotarse que en aquel tiempo los cazadores-recolectores ya habían
ocupado América hasta llegar a la Patagonia, en el extremo sur, según lo prue­
ban los hallazgos de Junius B. Bird (1988)i^ e x isten pruebas cada vez mayores
de que todo el continente estaba ya habitado por seres humanos.
Al final del Pleistoceno y en su etapa de cambio al Holoceno, hace aproxi­
madamente 1 0 0 0 0 -9 000 años a.n.e., se advierte un incremento de la población
de cazadores y tendencias adaptativas muy claras. En la cordillera andina se de­
sarrollaron principalmente cazadores de venados o de camélidos y otras especies
menores; en los bosques y valles, cazadores-recolectores con una fuerte aproxi­
mación hacia el consumo de frutas y plantas domesticables; y en el litoral, gentes
adaptadas a la explotación de los recursos marinos.

EL PRO CESO DE DO M ESTICA CIÓ N Y M A N EJO D EL A M BIEN TE

Lo que sucedió en adelante, a partir del noveno milenio, fue un proceso de adap­
tación mucho más claro y definido; esta etapa es usualmente conocida como pe­
riodo «Arcaico», ( ^ l a jp o c a de la domesticación de plantas y anirnales,.que se
inicia con la consolidación de las asociaciones de pescadores y recolectores de
mariscos, de los cazadores trashumantes o semisedentarios y de los recolectores
según las condiciones del medio. C^una etapa sumarnente..nca en descubrimien­
tos y movimientos de población, lo que permitió ocupar la mayor parte de los
nichos ecológicos habitables en el continente."
Son de este periodo las evidehcias más notables del arte rupestre, aun cuan­
do aparentemente existían algunás muy antiguas en la Patagonia, en asociación
con la cultura tóldense; en los Andes, proceden de las paredes de las cuevas habi­
tadas por los cazadores camélidos, de modo que el principal tema de sus pin­
turas son estos animales. Su familiaridad con los camélidos es apreciable, sobre
todo en la puna, donde los llegaron a domesticar hacia el sexto milenio, según
los datos procedentes de la cueva de Telarmachay, en las punas de Junín (Lava-
W éeetal., 1985). ^
tQ ^ ^ istro arqueológico indica que la domesticación de plantas ..se. inició al-
rededor^el séptimo milenio a.n.e., con la posibilidad de que sus hipotéticos an-
106 LUIS G U I L L E R M O LUMBRERAS

tecedentes en la floresta tropical fueran aun anteriores. Por ahora, el hallazgo


más antiguo se encuentra en el área andina-central, en la cueva del Guitarrero,
en el Callejón de Huaylas, en la sierra norte del Perú, flonde se ha estahlecidn |a
existencia de plantas cultivadas, tales como los frijoles (Phaseolus vulgaris) o el
aTT{'Capsicum si>.), que aparentemente proceden de un ambiente boscoso tropi­
cal donde se encuentran sus posibles ancestros silvestres (Lynch et al., 1980).
Por cierto, los habitantes de^Iakueva del Guitarrero eran principalmente cazado­
res, aun cuando incluían muchos productos vegetales en su alimentación, varios
de ellos cultivados o en vías de domesticación.
Es evidente que la actividad cultivadora se fue generalizando desde entonces,
pero no hay indicios que induzcan a reconocer cambios inmediatos en la vida de
las comunidades recolectoras cazadoras, tanto en la cordillera como en la flores­
ta tropical o en cualquier otro lugar.
No se advierten cambios importantes durante los milenios sexto al tercero;
de donde hay registros conocidos se infiere un cierto aumento de población y
quizá una mayor aproximación de los asentamientos hacia los ambientes suscep­
tibles de cultivo. Esto es apreciable sobre todo en los Andes.
En la puna, la domesticación de los camélidos — llama y alpaca— no indujo
al abandono de las cuevas o abrigos previamente ocupados (Rick, 1980). Hasta
el tercer o cuarto milenio no se advierten asentamientos diferenciados en la flo­
resta, cuando aparecen aldeas cerca de los ríos (Marcos, 1986; Reichel Dolma-
toff, 1985). En la costa de los Andes centrales, donde aparecen indicios tempra­
nos de cultivo, se advierte un incremento notable de la población, pero-Jnás
ligado a la pesca v la recolecta de mariscos v a la recolección de plantas de «lo­
mas» que a la agricultura (Benfer, 1986). '•
Los cazadores altoandinos del Arcaico Tardío, que vivían en el páramo, ro­
deados de bosques tropicales, continuaron con una economía esencialmente ca­
zadora (Lynch y Pollock, 1980; Temme, 1982) y recolectora, aun cuando hay
indicios de domesticación del cuv o curi {Cavia porcellus) en los altos de Te-
quendama, en Colombia, hacia el quinto milenio a.n.e. (Correal y van der Ham-
men, 1977). Los habitantes de la puna, en cambio, si bien seguían siendo caza­
dores de vicuñas y guanacos, tenían una actividad pastoril complementaria, que
según parece se ampliaba mediante el intercambio de productos con regiones ve­
cinas, de ecosistemas diferentes.
En los valles y las quebradas, al Sur de la meseta de Junín, en una etapa des­
conocida arqueológicamente, con excepción de algunos datos aislados de Aya-
cucho y el cañón de Chilca (MacNeish, 1969; Engel, 1970) que requieren confir­
mación, se produjo @>proceso de domesticación de plant^^de altura, asociado
a la actividad pastoril, entre las que son muy importantesda)quinua y la cañiwa
(C hen opodiu m quin oa y Ch. pallidicaule), y tubérculos como la papa o patata
(Solanum tuberosum ).
De los Andes septentrionales seguramente obtendremos valiosa información j
sobre el cultivo temprano de productos como el maíz, sobre el w e ya tenemos/
varios datos con fitolitos, que indican una antigüedad próxima (aPsexto milenio!
a.n.e. (Stothert, 1985) en la costa sur del Ecuador, en asociación con la cultura
vegas, habiéndose confirmando la presencia del maíz en el tercer milenio con la
DEM ARCACIÓN DEL ÁREA SUD AM ERIC A N A 107

cultura valdivia (Pearsall, 1989) y también en los Andes centrales, durante el


Precerámico Tardío (Bonavia, 1982).
Todos están de acuerdo en que la actividad hortícola en la floresta tropical
estaba en pleno desarrollo, pero las informaciones confirmatorias no son sufi­
cientes. En el lapso comprendido entre 3 500 y 2 500 años a.n.e., aparecieron
florecientes aldeas de alfareros en el bosque húmedo tropical del Norte de Co­
lombia y en Ecuador; en las serranías de Ancash y Huánuco surgió una cultura
muy homogénea de agricultores precerámicos de la tradición Kotosh; en la costa
norte y central del Perú se produjo una intensificación productiva de alcances
notorios.
( T ^ ifarería apareció en este tiempo entre el Nbrte_de^ Qolombi^^ el Sur de
Ecuador.'No sabemos bien si como resultado de una invención indepencTíe’ñté^'o
como producto de influencias externas. Meggers Evans y Estrada (1965) sugirie­
ron ífln) origen transpacífico de la cerámica valdivia, procedente de la cultura jo-
mon del lapón, mientras que Donald Lathrap y sus discípulos (Lathrap, Marcos
y Zeidier, 1977) propusieron relaciones con la Amazonia o una procedencia lo­
cal posible (Marcos, 1988). No conocemos antecedentes locales, aunque el sitio
de Monsú (Reichel Dolmatoff, 1985) presenta fechamientos muy antiguos, co­
rrespondientes al cuarto milenio a.n.e.; el periodo Turbaná, el más viejo, termi­
na aproximadamente el 3350 a.n.e., que es cuando comienzan Puerto Hormiga
y Valdivia, los más conocidos vestigios de cerámica antigua .'Recientemente han
aparecido restos de alfarería con una datación muy antigua en el Brasil, pero su
evaluación requiere aún un proceso de verificación con otros hallazgos.^
(L^cerám ica tuvo una lenta maduración enJa_zona tropical, habiéndose ini-
ciado su expansión o difusión después delMOO a.n.e. hacia el resto del conti­
nente. Hay indicios, por cierto, que señalan más de un foco de difusión, v
De otro lado, en la sierra norcentral del Perú, @ te rc e r milenio fue funda-
mental en la reorganización de la sociedad. Sin duda, una agricultura de riego
natural y de temporal exitosa propició allí el desarroiloijig una cultura relativa­
mente homogénea, que se identifica como [«tradición Kotosh^ El elemento diag­
nóstico más significativo es la construcción de recintos ceremoniales, cuyo para­
digma es @ T em p lo de las Manos Cruzadas de la fase mito de Kotosh (Izumi y
Sono, 1963), que consiste en cuartos, en cuyo centro se ubica un fogón u hogar
construido de manera cuidadosa, cuya ventilación provenía del exterior del re­
cinto mediante un tubo subterráneo construido con igual cuidado e ingenio. Hay
varios sitios atribuibles a esta cultura precerámica, tanto en Huánuco como An­
cash, lo que indica una extensión regional de su desarrollo, que puede ubicarse
unos pocos siglos antes del 2000 a.n.e.
* En la costa desértica del Perúj las transformaciones fueron mayores, gracias
sobre todo a una agricultura cuyo éxito se debió al desarrollo de una tecnología
agraria cada vez más especializada, que requería una infraestructura hidráulica y
mecanismos de precisión (Sí> cálculos calendáricos con fines de_predicción dd
tiempo.a
108 LUIS G U IL L E R M O LUMBRERAS

EL D ESA RRO LLO URBANO DE LOS ANDES

En muy pocos siglos, alrededor del 2000 a.n.e., la costa entre Trujillo y Lima se
vio afectada por una población progresivamente más densa, que organizó su
vida en torno a centros poblados, cuya composición incluía edificios de estruc­
tura permanente, de obra y función pública más que doméstica, y que, hasta
■donde alcanzan nuestros conocimientos, cumplían funciones ceremoniales apa-
I rentemente ligadas ^ l a predicción del tiempo. ^Es el caso de lugares como Alto
Salaverrv (Pozorski, 1977), Salinas de Chao (Alva, 1986) o Aspero (Feldman,
‘ 1980), por citar sólo algunos de los muchos ya conocidos. Se caracterizan por la
presenciav'3e)plazas hundidas circul^es, ligadas a jin a función ceremonial presu­
miblemente calendárica (WiUiams, 1985).'^Progresivamente, los edificios ceremo­
niales se convirtieron en dominantes en los asentamientos principales, dejando a
los asentamientos rurales una condición más bien estanciera que aldeana, proba­
blemente en relación con los campos de cultivo, sobre lo que no tenemos aún in­
formación arqueológica, r
Todo eso fue posible gracias a un gran desarrollo poblacional, apoyado en
una estable economía de base marítima, que permitió una exitosa sedentarización
por milenios, desde los tiempos de Chilca (Benfer, 1986) o aún antes. Los pesca­
dores recolectores de mariscos y «lomas» no eran ajenos a la producción agríco­
la, de la que se abastecían de insumos para redes y flotadores (algodón y calaba­
zos), como tampoco eran ajenos al hábito de observar el movimiento de los
astros y otros indicadores calendáricos (de cambios cíclicos y ocasionales en el
tiempo), con los que todo hombre de mar se encuentra consistentemente asociado
(Fung, 1972):'iWcp_n^ol de las mareas y su relación con los cambios lunares, así
i como las alteraciones faünísticas ligadas a los cambios climáticos y estacionales,
; tienen que haber cumplido un papel muy importante en la formación de un siste­
ma ® conocimientos de predicción deljiempo, que al aplicarse a la agricultura se
convirtió en uno de los instrumentos principales para garantizar d3)eficienie_£X-
plotación de los conos aluviales, que hasta entonces eran mínimamente usados.//
Desde luego, en la costa estos conocimientos eran poco eficientes en la inten­
sificación de la producción agrícola, a menos que se dispusiera de una tecnología
suficiente como para convertir los fangosos e irregulares conos aluviales en zo­
nas tipo-valle; esto sólo era posible gracias a un progresivo crecimiento de la in­
fraestructura de riego, que habiéndose iniciado con simples acequias de deriva­
ción de las aguas que bajaban por los ríos, debió ampliarse como una red de
canales que incorporaran a la producción, de modo creciente, todo el cono de
deyección y más tarde incluso zonas muy alejadas del cauce de los ríos.
En tiempos del Clásico incluyeron canales intervalles, canales de drenaje
para derivación de aguas excedentarias, etc.; pero todo esto era posible, desde el
principio, gracias £)que existía mano de obra suficiente cojno para llevar a cabo
proyectos agrícolas de gran magnitud, que implicaban © limpieza extensiva de
terrenos baldíos, con pedreríos y bosques xerofíticos y, seguramente, el aplana­
do de los terrenos, junto con la excavación de acequias.
Ése fue el punto de partida de una exitosa historia, ^^especialistas en inge­
niería hidráulica y elaboración de calendaxJ.osja:e£ÍSDSj;:¿ilJ^^ actividad en
DEM ARCACIÓN DEL ÁR EA S U D A M E R IC A N A 109

0
los templos, lugares construidos para servir de observatorios astronómicos, para
centralizar servicios y, desde luego, para cubrir prácticas mágicoreligiosas que
hicieran posibles Ja ^ ctiv id ades de astrónomos e ingenieros-sacerdotes que, a di­
ferencia del resto de los mortales, debían disponer(S¿argsis_aaos,d£.aprendizaje,
con un régimen de trabajo más bien intelectual qu^manual. "
A medida que la eficiencia de los proyectos agrícolas hizo posible la intensi­
ficación productiva y un correspondiente crecimiento de la población, los tem­
plos se ampliaron y aumentaron, formando llamados «centros ceremonia­
les», que son la base sobre la que se organizó la sociedad urbana en los Andes.
El carácter público de los edificios ceremoniales y sus complementarias áreas de
servicios se vio progresivamente asociado :a)la vida de los sacerdotes, sus apren- ¡
dices y ayudantes, y creció no sólo por su papel de centros de trabajo especiali- i
zado, sino como centros residenciales de tamaño ascendente,
En este estado de cosas se advierte claramente un paralelo incremento de los
contactos entre diversas regiones, así como una progresiva adhesión a la forma
de vida agrícola, pasando la economía marítima y recolectora a un papel más
bien dependiente, no necesariamente secundario, dado que Uo^ productos del /
mar nunca dejaron de ser importantes en la vida de los habitantes andinos./.• ¡
Es así como también se inicia una diferenciación entre los Andes centrales y
los demás territorios sudamericanos, cuyos avances fueron sobre todo de intensi­
ficación agrícola, cazadora o recolectora, en algunos casos con afirmación y cre­
cimiento de la forma de vida aldeana, sin transformación de los patrones neolíti­
cos o previos vigentes. Es como se registra la historia hasta bien entrada nuestra
era i , en muchos casos, hasta la época en que llegaron los europeos.
desarrollo urbano activó la producción manufacturera, de modo que el
algodón, convertido en una fibra hábilmente dominada por los agricultores des­
de el Arcaico, incrementó su importancia con la producción de telas de un com­
plejo y variado desarrollo artístico y t e c n o l ó g i c o tejido se convirtió muv
pronto en la matriz preferida para la represenyición iconográfica de las divinida-
des y las expresiones singulares de las culturas.' La cerámica amplió aún más el
ámbito de las expresíoñes~p[astIcas, sea usando la superficie de las vasijas para
grabar en ellas sus diseños, sea para modelarlas con el barro;'pronto se extendió
a la piedra esta volunta.d de forma, tallando o grabando imágenes en aquellos
lugares donde era posible.
El proceso de desarrollo comprometido con fel) urbanisma no se quedó, desde
luego, circunscrito a uno u otro territorio; una de sus características importantes
fue su tendencia expansiva e integracionista,^en la medida en que exigía el con­
sumo de recursos de muy diversas procedencias; inmediatos fueron los de conec- I
tar las experiencias particulares de distintos territorios.'»
(Ex) la región norcentral del Perú se dio un proceso de integración claramente
visible en (In cultura chavín.\iEsta cultura representa u n ^ ^ erte de paradigma de
un proceso de progresiva integración deU^experienrias acumuladas por los pue­
blos de la costa, la sierra y la montaña tropical, que alcanza su óptimo desarrollo
en los primeros siglos del último milenio de la era pasada; por eso allí se articulan
la agricultura de la yuca v el maní o cacahuate (Arachis JivP.OSaeal con la del
maíz y el algodón, que representan hábitats de macro- a mesotérmicos, con la
lio LUIS GU ILLERM O LUMBRERAS

agricultura de la papa y la quinua, combinada con ^ p astoreo de camélidos, que


representan ambientes preferentemente microtérmicos. Si bien se trata de contac­
tos que nacieron en el Arcaico, esto representa el inicio de un proceso de asimila­
ción cruzada, con diversos mecanismos de complementariedad experiencias
productivas de origen plural y multirregional. maduradas a lo largo de milenios.
En el Sur árido centroandino, a diferencia del Norte, no se dio un proceso
asociado a grandes proyectos hidráulicos; tanto en la sierra como en la costa, el
riego complementaba los beneficios del secano en una, V j^ l a humectación na­
tural de los oasis en la otra: por tanto, los canales de riego eran obras que podían
realizarse con un grado de cooperación apenas superior a las posibilidades de
'uHas>pocas unidades doméstica^' sin exigir la participación de numerosos traba­
jadores, como sí ocurría, sin duda, en el Norte, v
M ás adelante, obras de clara conducción e inspiración comunal ampliaron el
ámbito agrícola con canales de riego de gran aliento y obras de infraestructura
ceremonial muy vastas, como las líneas y figuras de los desiertos de Nazca, que
al parecer cumplían funciones astronómicas y de ritos mágicoreligiosos comple­
mentarios. Todo parece indicar que existen diferencias que aparecen además su­
perpuestas. La mayor parte están asociadas a la cultura nazca.
Desde luego, se puede consolidar toda esta experiencia sureña en la cultura
paracas de los desiertos de lea, pero es un esfuerzo reduccionista excesivo; aún
más si tenemos en cuenta que no se trata de una formación cultural uniforme ni
única. En Ayacucho y Huancavelica hay evidencia clara de esta cultura, pero se
trata de formas culturales que los arqueólogos podemos individualizar llegando
a segregar culturas de ámbito local en las cuencas serranas, tales como chupas o
yyichqana en Ayacucho, o muyu mogo en Andahuaylas, cuya relación con Cara­
cas u Ocucaje puede encontrarse en las grandes líneas de desarrollo económico y
social, y en sus evidentes contactos, pero que son adaptaciones singulares pro­
pias. Eso mismo es válido para más al Sur, donde culturas como qaluyu-mar-
cavaile, de la cuenca norte del Titicaca y el vilcanota chanapata del Cuzco y pu-
cara de Puno, son formaciones con claros contactos con paracas, aunque
definidamente independientes. T)esde luego, más al Sur y al Oriente, culturas
«formativas» como faldas del morro en Arica, wankarani éS O ru ro , chullpa-
pata en Cochabamba. y otras un tanto más recientes, no ofrecen pruebas de ta­
les contactos, j
Una característica general, que es posible señalar en las culturas sureñas, es
su evidente afirmación en la economía pastoril, con apoyo en la agricultura de
altura; ellas elevaron al nivel de ganadería la producción animal, usando la lla­
ma y la alpaca para alimentación, para la industria del cuero y la lana, para el
transporte, etc.^Las grandes distancias del desierto sureño, tanto en la costa
como en la puna, fueron vencidas gracias a la posibilidad de organizar inmensas
caravanas de llamas. 1
Sin duda, la agricultura cordillerana se enfrentó fundamentalmente a la insu­
ficiencia de terrenos planos necesarios para el cultivo de algunas plantas como el
maíz, debido al predominio de los terrenos de fuerte pendiente, que aparte de
afrontar una erosión progresiva, como resultado de la labranza de secano, debi­
litan la posibilidad de su uso constante, desperdiciando los pocos recursos hídri-
DEMARCACIÓN DEL ÁREA SUDAMERICANA |||

eos existentes.^Esto estimuló la creación de las terrazas agrícolas llamadas «an­


denes», que exigían una cooperación comunal compleja, especialmente en los
proyectos de gran envergadura que los ayacuchanos y cuzqueños se propusieron
conducir después del Formativo.i/
En magnitud e implicaciones socioeconómicas, este tipo de trabajo era, sin
duda, equivalente a los proyectos hidráulicos del Norte. Pero aquí hay otros facto­
res adversos, que fueron hábilmente resueltos por los pueblos del Sur; estaban li­
gados a los rigores de la puna, en donde la alternancia climática es diaria, con in­
tensas heladas en las noches y fuerte insolación durante el día. El aprovechamiento
de estas condiciones permitió crear técnicas para la conservación .de_,aUnie^^^
m ela n te su deshidratación regulada, haciendo conservas de carne y papa, que po­
dían gu^darse por mudios mesgssin.perder sus propiedades esenciales.//
Todo esto le dio al Sur un potencial muy grande, que desembocó en la for­
mación de pueblos poderosos, como pucara-tiahuanaco en el Altiplano, el
huarpa-wari en Ayacucho y, más tarde, el inca en el Cuzco, f
En los Andes meridionales, en las secas punas y quebradas del Norte y Cen-
tro-Oeste argentino y del Norte-chico chileno, el apoyo en el pastoreo fue funda­
mental, aun cuando la agricultura de oasis se practicó de manera extensiva, en
asociación a culturas agroalfareras de progresiva definición sedentaria, como el
molle, alamito, condorhuasi-ciénaga y otras. Aunque debe quedar claro que esta
definición tuvo lugar varios siglos más tarde.
(En)l os Andes septentrionales, el éxito de valdivia en el manejo del ambiente
húmedo de la floresta tropical se hizo extensivo a las épocas posteriores, donde
surgió la cultura chorrera y un conjunto de otras formas culturales de ámbito
todavía no bien determinado, como narrio en la región de Cuenca, cotocollao
en Quito, o tachina en las regiones fronterizas de lo que hoy son Ecuador y Co­
lombia.
Está probado que en la época @ la cultura chorrera, y quizá antes, los habi­
tantes del septentrión andino habían aprendido<S aprovechar las inundaciones
provocadas por la lluvia y la crecida de los ríos, mediante la construcción de ca­
mellones, que es un sistema de preparación de campos de cultivo sobre montícu­
los o bancales alargados, rodeados por la inundación, que cumplen la doble fun­
ción de librar a los cultivos de ser cubiertos por el agua y, al mismo tiempo, de
disponer de adecuada .oxigenaLción-y-humectación para el alimento de las plan­
tas. En,Peñón del Río, cerca de Guayaquil, se ha podido establecer la asociación
entre Ío:^,camelloneg_i^.la. cultura chorrera, lo que nos indica que ya se construían
a comienzos del último milenio á.n.e. (Jorge Marcos, comunicación personal,
1988). í
Del mismo modo, y aparentemente desde las fases terminales de la cultura
valdivia, en la península de Santa, Elena se habilitó un sistema de albarradas
para represar el agua con fines agripólas — que aún usan hoy los campesinos de
la zona— , aprovechando las vertientes naturales de origen pluvial.
Se trata, pues, de un proceso sumamente creativo, que incluye probablemen­
te el cultivo en cochas o campos hundidos en la costa desértica del Perú — cono­
cidos también como «jagüeyes»— , que se alimentaban de la humedad producida
por los mantos freáticos.
112 LUIS G U ILLERM O LUMBRERAS

Algunos de estos recursos alcanzaron una gran difusión, con diversas formas
de adaptación a ambientes diferentes, como es el caso de los camellones, que se
encuentran desde el Norte de Colombia hasta la región de M ojos en Bolivia, y
sobre todo en la puna que rodea al lago Titicaca en su cuenca norte, donde hay
una infraestructura de camellones [waru-waru] aparentemente desde el Formati-
vo, con su máxima utilización durante la vigencia de la cultura pukara (Erick-
son, 1987).
En estas condiciones, el territorio de los Andes entró en un periodo de evi­
dente bonanza económica, que condujo paulatinamente a un activo proceso de
regionalización cultural, derivado de la máxima explotación de los recursos na­
turales.
C os^fectos de la regionalización fueron mucho más drásticos en los Andes
centrales que en las otras áreas, aun cuando tanto en los septentrionales como en
los meridionales la identificación regional de las culturas fue también perceptible.
En los Andes septentrionales se intensificó la vida agrícola de carácter aldea­
no, aunque hay indicios de formas de vida complejas en la región de Manabí en
torno a la cultura bahía, y también en La Tolita, al Norte del Ecuador. Esta
regionalidad, sin embargo, no pudo quedar al margen de los mecanismos de in­
tercambio que son propios del área, por lo que es posible apreciar constantes
desplazamientos de productos de una y otra región hacia las demás. Culturas re­
gionales tan aparentemente aisladas como tolita-tumaco estuvieron conectadas
con la sierra de Nariño y la región de Calima en Colombia, así como con Ayaba-
ca en la sierra de Piura, al Norte del Perú.^
m«alurgia_había alcanza.dp un notable _desarrpJlo^nJa^ regio­
nales del Ecuador.y-Colojubia, con niveles artísticos espectaculares, tanto en la
orfebrería de oro (platino sólo e.n_tplita-tumaco), como en la metalurgia del co­
bre y la tumbaga (aleación de oro y cobre). Pero, hasta donde nuestros conoci­
mientos alcanzan,'^metalurgia llegó a los Andes septentrionales en esta época y
desde allí se fue difundiendo hacia el Norte, aún más tarde, hasta llegar a Centro
y Mesoamérica. //
En ios Andes centrales encontramos evidencias más antiguas de conocimien­
to metalúrgico; aparecen en asociación con las^culturas chavín y cupisnique, en
el Formativo, y más al Sur, en épocas aun anteriores, entre 1 000 y 1 800 años
a.n.e. Los indicios actuales parecen señalar el Sur andino como uno de los focos
originarios de la metalurgia, tanto del oro como del cobre y otros metales. Por
ahora, el hallazgo más antiguo es (j^ d e Muyu-Moqo. en Andahua-vlas — entre
Cuzco y Ayacucho— , donde Joel Grossman (1972) encontró oro e instrumentos
de trabajo en asociación con cerámica y restos orgánicos que fueron datados ha­
cia el 1800 a.n.e. En cuanto al cobre, parece que también tiene una antigua data
en el Sur, en asociación con las culturas vyankarani. chiri£a yjiw anaku I m Boli­
via (Ponce, 1970: 42 y 55),"^que caben en un rango de edad entre 1 OÓO y 500
años a.n.e. Hay cobre en asociación con las fases finales de la cultura cupisnique
en el Norte. )
metalurgia alcanzó notables avances en el periodo de los Desarrollos R e­
gionales entre las culturas del á re^ e n tra l andina. Se llegó a la elaboración del
bronce, tanto en aleación con el arsénico' (Cu+As) como con el estaño (Cu+Sn),
DEMARCACIÓN DEL ÁREA SUDAMERICANA ||3

se dominó el fundido, el dorado y plateado,'tanto por enchape como por trata­


miento químico (m isse-en-couleur), el laminado, la elaboración de alambres, etc. í
'É ^ la cultura moche hay armas e instrumentos de metal, útiles p^ra_£orWr o hen-l
dir, en cantidad y calidades suficientes como para saber que eran parte impor-i
tante de la actividad productiva; algo similar ocurría ie^Ias otras culturas veci-1
ñas, lo que fue muy claro sobre todo en los periodos posteriores. <•
Pero en los Andes loj^efectos del uso ,y .dominio de los.metales-.no .fuer.Qn..£n ¡
nada semeiantes a los d<»l Vjfijo MnnHn'; el avance tecnológico andino no puede i
medirse por el desarrollo de los instrumentos duros — de piedra a metal— sino • :
por otro tipo de indicadores. Aquí cuenta la progresiva incorporación de tierras
mediante [provectos hidráulicos cada vez mavnres/ el mejoramiento de las condi­
ciones agrícolas por uso de fertilizantes tan eficientes como el guano-de las-is­
las, la creación ü^sistemas de preservación yxQnser.y.a de alimentos, mediante la '
construcción de grandes almacenes,i@Ja tecnologk dejg^deshidratación y elabo­
ración de harinas, ló ^ logros técnicos en la prexticclón deL tiempo, .e.tc^^
A partir de los inicios de nuestra era, en la sociedad del área central andina
se había definido claramente aíña) rotunda división del trabajo entre quienes se
ocupaban de la producción directa de bienes de consumo y los que se dedicaban
a la conducción @ l a s obras^d^ infraestmctura y la creación de los recursos téc- /
nicos^para la producción.^Un efecto directo de tal división era la residencia de
ambas clases de trabajadores; por vivir en las proximidades de su centro de tra­
bajo, uni^residían en los centros ceremoniales y otros en aldeas o estancias, cer­
ca de los campos de cultivo, pesca o recolección.'
El desarrollo regional de las culturas, aunque generalizado, fue bastante irre­
gular. En algunos valles de la costa peruana se alcanzaron altísimos niveles de
crecimiento de los centros urbanos teocráticos, con un ascenso paralelo del po­
der, la calidad y cantidad de sus habitantes. No ocurrió lo mismo, o al menos
con la misma magnitud, en otras regiones; los valles intermedios entre los gran­
des centros costeros no lograron sostener centros urbanos de tanta importancia.
En la sierra sur, con una economía al parecer más ligada al pastoreo, tanto en
Ayacucho como en Cuzco, se lograron formas culturales menos apoteósicas.
Este asimétrico desarrollo estableció relaciones igualmente desiguales entre los
habitantes de las diversas regiones, de modo que algunos de ellos estuvieron en
condiciones de someter a los otros, como parte de la búsqueda de ampliación de
su ámbito de dominio.
Sin duda las culturas anoche y tiwanaHTRepresentan, en términos de escala,
las formaciones regionales de mas notable desarrollo;»una de base económica
s^üstantivamente agrícola v marfrirha y la otra-con-ona.base agmpee.liana. Desa­
rrollaron proyectos expansivos, qiie en el caso de la moche parecen haber tenido
un sentido ^ c o n q u ista , cioft abspjcjón de mano_.d£-X!bJ3.localenaienack, mien­
tras que end^tiwanaku parecen más bien de colonización^, con incorporación, de
nuevas tierras — no importaba cuán distantes— para la obtención de productos
complementarios con los de las alturas.''
La cultura moche tenía el problema de la circunscripción territorial como lí­
mite de su expansión agrícola, que era el resultado de la eficiencia progresiva de
su desarrollo tecnológico y del ascenso demográfico ligado al éxito del creci-
114 LUIS G U IL L E R M O LUMBRERAS

miento productivo. Para eso era indispensable buscar la ampliación del territo­
rio, lo que era posible sólo mediante la ocupación por la fuerza de los valles ve­
cinos, que estaban ya habitados por otras gentes y, para ello, disponer de una
fuerza armada capaz de consolidar posesiones y ampliar a voluntad las fronte­
ras. (|^trataba 2_gueSj_deconsoli^i_im con voluntad y necesidad expan­
siva, protagoñizado~poFTosTiiiBTtáñtes*3eTos centros urbanos teocráticos, que
incorporaban campesinos y sirvientes, en condición similar a la de los esclavos, a
su régimen de vida, a menos que resolviesen matar a sus enemigos quizá
practicar la antropofagia— como parte de su expansión.
^^cultura_,íiiKanaku.jio tenía el problema de la circunscripción territorial;
no había desiertos u otros factores que impidiesen la expansión de los proyec­
tos agrícolas y ganaderos o limitasen el crecimiento de la población. El kaw say
(la subsistencia) estaba resuelto y podía ampliarse generosamente. El problema
era (^^com plem ent^iedad, de la necesidad de disponer de productos tales
como la sal, el ají {Capsicum sp.) para servir de condimentos, del maíz (Zea
m ays) para hacer chicha (cerveza de maíz) o.de la„coca {E rothoxylum coca)
para fines ceremoniafes (^)como complemento .alimenticio. Aparte, claro, de la
búsqueda de piedras finas para joyería, maderas preciosas para los adornos y la
vajilla, metales, etc. />

IM PERIOS, CACICAZGOS, TRIBUS Y BANDAS

El desarrollo tecnológico y poblacional que posibilitó la expansión económica del


área central andina, a partir de un régimen de clara inspiración urbana, con una
organización política centralizada, con sistemas de producción progresivamente
ampliados y asociados a mecanismos de previsión y redistribución sumamente ge­
nerosos, desembocó en una necesaria ruptura de tendencias autárquicas regiona­
les que se habían desarrollado a la sombra de la optimización de los recursos lo­
cales. Es así como, en la segunda mitad del primer milenio de nuestra era, ( ¿ í
gentes y sus jpro^du^qs cornenzarpn a .circular en A nd« centrale^en j i m
otra Hirección, lo que no impidió, por cierto, el mantenimiento de las tradiciones
y formas locales o regionales que hasta hoy sirven de «sello» a sus habitantes.
Dentro de este marco expansivo se formó €o>Avacucho un Estado que, a fi­
nales del siglo VI y durante los dos o tres siglos posteriores, desarrolló una políti­
ca e x f^ s iv a de gran aliento, que logró incorporar un territorio muy vasto, que
cubre lo* que los incas conocieron más tarde como Chinchavsuvu v que, según
todos los indicios, se sustentaba en un aparato militar eficiente y capaz de some­
ter a otros pueblos que —^orí>excepción de los moches— probablemente no dispo­
nían de instituciones guerreras capaces de oponerse a un ejército organizado.
<@ £stadn wari, que estableció una..red de caminos (Schreiber. 1984), sus­
tentó registros contables ípór)e\ sistema de los kipus (Conklin, 1982) y mandó
edificar urbanizaciones cuasimodulares^ de corte ortogonal, en distintas zonas
del territorio con fines administrativos, fue sin duda un antecedente directo del
Estado imperial que encontraron los españoles en el siglo X V I, bajo los incas del
Cuzco. 1/
DEMARCACIÓN DEL Á RE A SUDAMERICANA ||5

El periodo Wari, que duró quizá hasta el siglo X de nuestra era, representó
una época de gran desarrollo económico, que se expresa en la plena ocupación
de los espacios productivos, el crecimiento de la población, la diversificación es­
pecializada en los varios segmentos de la producción, tanto en el ámbito regio­
nal como entre los distintos sectores de la población: pueblos dp nllpmsj Hp pla­
teros, centros de producción masiva de telas, vajilla, etc. Una notable tendencia
fue producir cerámica de taller, con uso de moldes, que determinó, a la larga, el
deterioro en la calidad artística de la manufactura, hasta niveles que usualmente
calificamos de «decadentes», pese a queperm itió disponer de productos más
abundantes y técnicamente superiores. (Eg) esta dirección, cambió la sociedad
central andina, formándose Estados de diverso grado de poder, como éOde Chi-
mú, surgido sobre la rica tradición moche, el de Chincha o el del Cuzco, y
Pero se formaron también curacazgos, entidades políticas menores, usual­
mente sólo del tamaño de la unidad étnica local, enfrentadas constantemente en­
tre sí. Pareciera que la disolución del Estado wari favoreció la reorganización
económica y política según la capacidad para generar excedentes capaces de sol­
ventar los gastos que implica asumir su propia soberanía, de modo que en donde
tales condiciones no estaban dadas, la disolución del Estado centralizador repre­
sentó también la disolución de los mecanismos de articulación que tenían los pue­
blos dependientes de él, quedándose sin la capacidad y la fuerza integradora del
Estado.
Disueltos los vínculos formalizados durante tres o cuatro siglos sobre la base
del Estado, la descomposición económica y social, generó entidades étnicoloca-
les de tendencia autárauica. con relaciones interétnicas reducidas a la defensa de
sus propios espacios y, por lo tanto, más bien bélicas. Estos vínculos más am­
plios sólo pudieron reorganizarse con el restablecimiento del régimen estatal
centralista que realizaron los incas del Cuzco en los siglos Xiv y xv. //
En cambio, lo que ocurría @ los Andes septentrionales y meridionales, que
los incas también incorporaron luego a su Imperio, era diferente. Allí no se desa­
rrollaron centros urbanos con su correspondiente división social, ni se organiza­
ron Estados centralistas.
En el Norte, gracias al desarrollo de la actividad mercantil. (S b formaron
grandes centros de acopio y d istribu ci^ , con capacidad de incorporación de
árdeas a la red de intercambios establecida. En la sierra norte del Ecuador, en Im-
babura y PrcRmcha‘,'Tos señores étnicos locales alcanzaron un notable poderío,
sustentado en la agricultura y el intercambio, y formaron centros de vivienda
complejos, como los de Cochasqói y Zuleta, que concentraban una gran capaci­
dad de inversión de mano de obra. No era igual en todas partes, pero entre los
manteños y huancavilcas de la costa el desarrollo llegó a movilizar recursos a
distancias sumamente grandes, tanto hacia el Sur, en los Andes, como hacia el
Norte, hasta Centroam éric^por mar y por tierra.”^ n nuestra opinión, estaban
dadas las condiciones para (1^ formación de Estados de un tipo diferente a los de
los Andes centrales. «-
En el Sur, el patrón de vida siguió siendo aldeano, pero no cabe duda de que
con un incremento considerable de población y con una capacidad ascendente
para someter el medio a las condiciones sociales necesarias. Son ejemplos de esto
LUIS GUILLERMO LUMBRERAS
I 16

el desarrollo que alcanzó el área calchaquí y culturas como la Santamariana o


las de San Pedro de Atacama y de los valles transversales de Chile, que lograron
formar poblaciones aglutinadas tipo pueblo, aun en los lugares más inhóspitos
del desierto.
En esas condiciones, los incas del Cuzco se organizaron como un Estado de
conquista, cuyo ámbito de dominio — llamado Tawantinsuyu— incorporó la
mayor parte del mundo andino, desde la tierra de los pastos, al Sur de Colom­
bia, hasta la de los picunches y huarpes, en el centro de Chile y Argentina.
Cuando llegaron los españoles en el siglo xvi, los incas del_Cuzcp_eran los
gobernantes de este vasto Imperio. Había un emperador, Sapan Inca, en el cen­
tró del'poder, y una vasta red de funcionarios ligados a los nobles orejones del
Cuzco, base de un Estado que resumía una larga experiencia de organización
económica y social en la región andina y que, por lo tanto.^ra una empresa efi­
ciente y exitosa, pese a la magnitud de su territorio, la diversidad de sus habitan-
I tes V la variedad de las regiones y ecosistemas, n
' No ocurría lo mismo al Oriente de los Andes, tanto en la extensa Amazonia
como en los llanos del Orinoco, en el Chaco o las pampas argentinas y el Cono
Sur. En el extremo austral del continente, en los bordes del Círculo Polar Antár-
tico, los patagones y fueguinos vivían en pequeñas unidades familiares de caza-
dores-recolectores y pescadores; los habitantes de las pampas y los mapuches
(araucanos) del Centro-Sur chileno tenían una economía básicamente cazadora
y recolectora, con un manejo complementario de la agricultura, mientras que los
que bordeaban los Andes tenían un régimen de vida tribal, basado mayormente
en una agricultura adaptada a las condiciones particulares de cada territorio.
LA S S O C IE D A D E S M E S O A M E R IC A N A S :
L A S C IV IL IZ A C IO N E S A N T IG U A S Y SU N A C IM IE N T O

C h r i s t in e N i e d e r b e r g e r

La América media, uno de ios tres mayores centros mundiales de domesticación


de plantas, fue el marco del desarrollo multimilenario de un denso conjunto de
sociedades humanas de complejidad creciente. En esa zona nació la civilización
— homogénea pero de múltiples facetas— llamada «mesoamericana» que, sin
duda, fue la más elaborada del continente americano.
Durante el primer siglo de nuestra era,(í^ civili^zación rpava, por ejemplo, no-j
table por su monumental arquitectura urbana tanto de carácter civil como sa­
grado, poseía ya un verdadero sistema de «critura.(a)base de ideogramas y utili-i
zaba la noción de cero en los cálculos matemáticos. Este fenómeno constituye el'
resultado de una larga historia, desplegada a lo largo de milenios, que comienza
hace más de 20 000 años — con la presencia de cazadores-recolectores a fines del
Pleistoceno— y que, durante los cinco milenios que preceden a nuestra era, al­
canza una complejidad mayor con@ paulatina instauración de una economía
agrícola y el desarrollo de modos de vida sedentaria.,,
Las primeras etapas de la civilización"mesbamericana se sitúan al final dei
segundo milenio a.n.e. Para comprender esta mutación hacia una organización
socioDolítica jerarquizada y el desarrollo de poderosos centros regionales, es ne­
cesario ubicarla en una perspectiva diacrónica, es decir, en el seno de una visión
cronológica de larga duración.
En primer lugar, examinaremos aquí los diferentes procesos de «neolitiza-
ción», es decir, de instauración de modos de ocupación permanente del territo­
rio y de uso creciente ^ p la n ta s cültivadas dentro de la dieta alimenticia.'"
En segundo lugar, nos dedicaremos al ínáli?is~3é esFa época crucial — la de fi­
nes del segundo milenio a.n.e.— , absolutamente fascinante, de la historia de la
América media, en la que van a producirse múltiples cambios en el dominio de la
organización social y política, en la Concepción del espacio individual y colectivo,
en los sistemas tecnoeconómicos, así como en el universo de las creencias.
Esta época crucial es la del nacimiento de la civilización mesoamericana
stricto sensu, que corresponde, en sus primeras manifestaciones, @ un sistema
cultural llamado, a falta de un término mejor — como veremos m á s^ e ia n te — ,
«olmeca»./^
I |g CHRISTINE NIEDERBERGER

Sea como sea, est^ rim era alta civilización del continente americano, que va
a desarrollarse entre @ 1 2 5 0 y el 600 a.n.e., se caracteriza por una iconografía
específica — expresiónT a la vez, 0e}una cosmovisión nueva y de un sistema cohe­
rente de creencias— que va a marcar profundamente toda la secuencia de las ci­
vilizaciones que se sucederán en la América media hasta comienzos del siglo X V I.

DIVERSIDAD ECOLÓGICA EN LA A M ÉRICA MEDIA

El estudio del contexto biogeográfico es indispensable para la comprensión de la


historia de las comunidades de la América media.
La América media constituye un espacio geográfico complejo, hecho de la
yuxtaposición de zonas ecológicas muy contrastadas, entre las que figuran:
— zonas de bosques alpinos por encima de los 2 5 0 0 m;
— regiones lacustres templadas de montaña;
— laderas montañosas atlánticas con bosques de neblina;
— bosques lluviosos de planicies tropicales de baja altitud;
— estuarios marítimos;
— y, por último, particularmente importantes por su extensión en América
media, vastos espacios semiáridos cubiertos de vegetación xerófila y de plantas
leguminosas.
¡ Algunas de las variables climáticas, b i ó t i c a s edáficas que caracterizan la
I América media son particularmente significativas en ecología humana. Una de
í las más importantes para la evolución de las sociedades humanas es la tasa de
precipitaciones pluviales anuales, muy desigual según las zonas de la América
media. Precisamente por debajo de la isoyeta de 700 mm de lluvias anuales se si­
túan esos grandes espacios semiáridos americanos donde toda agricultura de
temporal — es decir, aquglla ^ e se jr a c tic a sin que intervengan métodos de irri-
I gavión— se convierte en una empresa arriesgada. Por ello la mayor parte de las
zonas septentrionales semiárfdas de M éxico fueron, hasta (¡sQépoca histórica, el
ámbito de_tribus_nómadas y no agrícolas j^ue vivían de la caza y de la recolec-
ción.*Sin embargo, los medios ambientes semiáridos están lejos de ser privativos
de las regiones septentrionales de México. Estas zonas semiáridas ocupan, tam­
bién, numerosos espacios de la América media, en particular en las regiones oc­
cidentales y sobre el Altiplano central, v
l^ ^ e s te mosaico de ecosistemas diversos, los factores climáticos y bióticos
desempeñaron un papel particularmente importante en la evolución de las socie­
dades antiguas, entre 9 000 y 3 000 años a.n.e. El registro arqueológico muestra
con claridad que el ritmo y la naturaleza de los cambios tecnoeconómicos y cul­
turales siguieron trayectorias relativamente diferentes, por un lado, en las áreas
de los estuarios costeros y las regiones lacustres de montañas templadas y, por el
otro, en las zonas semiáridas (Niederberger, 1979). Es lo que de manera más de­
tallada observaremos ahora al volcarnos en el estudio diacrónico de las primeras
sociedades agrarias.
L A S C I V I L I Z A C I O N E S A N T I G U A S Y SU N A C I M I E N T O ||9

IN STAURACIÓN DE UNA ECO N O M ÍA A G RÍCOLA Y PALEOAM BIENTES

instauración de una economía agrícola constituye,una. condición sirte qua


non para el desarrollo de sociedades complejas. Al comparar las trayectorias cul­
turales desarrolladas en zonas de amplios recursos bióticos, bien repartidos todo
a lo largo del ciclo anual y las áreas semiáridas, ^ o b se ry a que }os sistemas de /
explotación de los recursos alimenticios y los modos de ocupación del territorio ,
no han seguido ritmos de evolución similares.^ '

L as regiones sem iáridas

Aun cuando las regiones semiáridas han proporcionado, en razón de las condi­
ciones favorables de conservación que allí reinan, las pruebas más antiguas de
domesticación de plantas en la América media, es probable que esas regiones no
hayan desempeñado un papel central en la puesta en marcha no sólo de una eco­
nomía agraria, sino también del conjunto de los procesos que caracterizan un
modo de vida neolítica.
En cuanto a la domesticación de plantas, es en el valle de Oaxaca, más preci­
samente en la gruta de Guilá Naquitz, donde se ha encontrado el más antiguo
testimonio fiable de actividad agrícola. ^ trata de un fragmento de una calabaza
comestible (Cucurbita p ep o ), descubierta en un nivel arqueológico de 8 ÓÓÓ años
a.n.e. (Smith, 1986: 272).«
El inventario de plantas que los arqueólogos encontraron en el valle semiári-
do de Tehuacán (Puebla) muestra también que, entre 5 000 y 3 500 años a.n.e.,
se explotaban cucurbitáceas, frijoles (Phasoleus), chiles (Capsicunt), aguacates
(Persea am ericana), granos de Setaria, de amaranto y de maíz y que algunas de
esas plantas eran ya objeto de manipulaciones agrícolas (MacNeish, 1967).
Sin embargo, el nomadismo perduró durante mucho tiempo en esas regio­
n e s . Estas comunidades poseían un profundo conocimiento del ciclo anual de ios
diversos recursos silvestres, pero también una gran movilidad para poder explo­
tar ecosistemas dispersos y temporalmente fértiles (Flannery, 1968). Al comien­
zo de la estación de lluvias — de mayo a octubre— , los habitantes de esas zonas
cosechaban las vainas de plantas leguminosas {Prosopis, A cacia, Leucaena) y los
frutos espinosos del nopal y de la pitahaya. Al final de la estación de lluvias, se
desarrollaban actividades hortícolas en los fondos de las cañadas húmedas. Por
otra parte, en otoño se explotaban, las nueces y las bellotas de las plantas de las
regiones aluviales. Por último, durante el periodo más seco del año, en invierno,
se explotaban recursos disponibles todo el año: @ venado de cola b l a n c A , - e l co­
nejo, los lagartos, las aves o los roedores, así como también las raíces del pocho­
te o "algodonero silvestre (C eiba parviflora), las pencas del agave y el nopal
(Opuntia).^' _________
Ahora bien, en el estudio de las regiones semiáridas el caso deLlghuacánJnos
parece muy interesante, ya que muestra que el conocimiento de las prácticas
agrícolas, al menos a partir del quinto milenio, no va a cambiar en absoluto el
tipo prevaleciente de ocupación seminómada del territorio hasta aproximada­
mente 1 500/1 000 años a.n.e. Aun cuando se conocen las prácticas agrícolas, los
120
CHRISTINE NIEDERBERGER

riesgos que presenta la agricultura de temporal, en un medio semiárido, han in­


citado a los cazadores-recolectores de Tehuacán a privilegiar la movilidad y el
tipo tradicional de explptac_ión_estaciond de ecosistemas variados, fuente segura
y regular de recursos alimenticios silvestres.

L as regiones lacustres de m ontañas y los estuarios costeros


o los p ro ceso s de neolitización en zonas no áridas

El Sur de la cuenca de M éxico, con un régimen pluvial satisfactorio y con


sus grandes lagos de agua dulce, constituye, entre el 6000 y el 2000 a.n.e., un
buen ejemplo de una región del Altiplano con recursos bióticos densos y varia­
dos, particularmente favorable a los asentamientos humanos y al desarrollo pre­
coz de los fenómenos de neolitización.
Los datos paleoeconómicos, los estudios interdisciplinarios de la fauna y del
polen fósil obtenidos en Tlapacoya-Zohapilco (Niedeberger, 1976; 1987)*mues-
tran que las antiguas comunidades de esta región tenían un acceso directo o de
corto radio a diferentes zonas ecológicas, ricas en recursos perennes o estaciona­
les: bosques de robles, de pinos y de alisos, suelos aluviales de alto nivel freático
y medios lacustres. '/
■^Durante todo el año podían explotar la fauna lacustre: pez blanco (Chiros-
tom a), pez amarillo {G irardinichthys), ciprínidos, así como también el pato me-
xicano (Anas diazi) y la amplia población de gallinas de agua {Fúlica am erica­
na). En los bosques cazaban diferentes tipos de mamíferos, entre los cuales se
contaba O venado cola blanca {O docoileu s virginianus). r
Entre los recursos específicos de la estación de lluvia figuraban el amaranto,
el género Z ea (maíz y teosinte), el tomate verde (Physalis), la P ortulaca, un anfi­
bio comestible, el axolotl {A m bystom a) y reptiles tales como la tortuga del géne­
ro K inosternon.
Uno de los rasgos más notables en los sistemas de explotación de los recur­
sos regionales eraíK^caza de la densa población de aves, acuáticas, en particular
la explotación, durante el otoño y el invierno, de las aves migratorias provenien­
tes del Norte del continente: colimbos, avocetas, agachadizas, gansos del Cana­
dá {Branta canadensis) y patos silvestres {Anas acuta, Anas platyrhynchos, Spa-
tula clypeata, Anas cyan optera o Aythya).
Hacia el 5500 a.n.e., los habitantes de ÍHapacova-Zohapilcoj en el Sur de la
cuenca de México, explotaban, de hecho, diferentes ecosistemas yuxtapuestos que,
a lo largo de todo el año, les ofrecían la totalidad de los recursos alimenticios nece­
sarios, así como el agua dulce del lago y de manantiales. Todos estos factores tu­
vieron como consecuencia una ocupación sedentaria temprana del territorio, tal
como lo prueba el hallazgo de vestigios de actividades multiestacionales y de recur­
sos alimenticios de todas las estaciones del año en las zonas de hogares del sitio.
Así, la evolución cultural de esta zona diferirá sensiblemente de la que se ob­
serva en la región semiárida 0e)Tehuacán. De hecho, el estudio de los fenómenos
de neolitización en Tlapacoya-Zohapilco, en el Sur de la cuenca de México, ha
permitido definir un primer ejemplo americano de sedentarismo precoz, en un
contexto pre o protoagrario (ibid.). »
LAS C I V IL IZ A C IO N E S A N T I G U A S Y SU N A C I M I E N T O 121

Las consecuencias más importantes de una temprana sedentarización son de


diversa índole: se observa generalmente un sentido más agudo de los derechos
territoriales, un aprovechamiento sistemático del espacio habitado, un creci-
miento demográfico significativo, .yria)organÍ2ación política de mayor compleii-
dad y el desarrollo de relaciones hombre/plantas más estrechas que tiende a ace­
lerar el ritmo de instauración ijfóuna economía apraria. #
Los trabajos arqueológicos llevados a cabo en las zonas de los estuarios cos­
teros, como en Chantuto, al Sur de la costa pacífica, por B. Voorhies, y en Santa
Luisa, sobre la costa atlántica, por S. Wilkerson, parecen indicar que el sedenta-
rismo tuvo, allí también, raíces precoces. *
En Guatemala, sobre la costa del Pacífico, la gran variedad de los recursos
en la zona de los estuarios costeros parece haber ofrecido también la posibilidad
de un sedentarismo antiguo. Más tarde, por otra parte, la vida aldeana se desa­
rrolló rápidamente en la región de Ocos (Coe y Flannery, 1967). Las^layas
ofrecían moluscos, cangrejos, iguanas negras [Ctenosaura similis); los estuarios
marinos y las lagunas, hábitat de cocodrilos, proporcionaban, por su parte, nu­
merosas especies de peces entre las que se contaban^^dorado americano (Lutja-
nus colorad o), gsí como ostras y mejillones. La ribera de los ríos constituía el há-
^ ta t de camarones, nutrias, tapires, iguanas verdes {Iguana iguana) y caimanes.
'^)bosque in t«ip rj con sus árboles frutales, albergaba zorros grises, coatís {Na-
sua narica) y numerosos jaguares (Felis onca), hoy prácticamente desaparecidos.
En esta zona se descubrió uno de los más antiguos conjuntos cerámicos de la
América media, u

ALDEAS AGRARIAS Y DESA RRO LLO DE LA MANUFACTURA


DE VASIJAS Y HGURILLAS DE BA R RO COCIDO

El fin del tercer milenio y los comienzos del segundo a.n.e constituyen una im­
portante etapa en 4 ^ eyolución de las sociedades de la América media. Se genera­
lizan los modos de vida sedentaria en aldeas permanentes. Por primera vez, se
nota el nítido predominio de las plantas cultivadas en el régimen alimenticio. Fi­
nalmente, en el plano tecnológico, s^observan la aparición y el desarrollo de fi­
gurillas y de recipientes de barro cocido.
Estos desarrollos conciernen únicamente a las regiones centrales y meridio­
nales de la América media, que muy pronto emergerá como una región nuclear
— sede de una civilización compleja-^, conocida hoy con el nombre de «Mesoa-
mérica». En las regiones situadas al; Norte de este universo agrario los cazado-
res-recolectores continuarán su modo vida_^minójiiad^ hasta las épocas
históricas.'^
I
Prim eros testim onios cerám icos

La más antigua figurilla en barro cocido descubierta hasta hoy en la América


media ha sido hallada en el sitio arqueológico de ITlapacova-ZohapilcoJ en la
cuenca de México (Niederberger, 1976). Las características morfológicas de esta
CHRISTINE NIEDERBERGER
122

pequeña figura son notables. La cabeza y el cuerpo forman un fuste cilindrico


continuo sin brazos, rematado en dos piernas embrionarias cortas y bulbosas. El
rostro, sin boca, se caracteriza por un conjunto de cejas y nariz modelado en for­
ma de T , mientras que dos incisiones de dos puntos marcan los ojos. Los restos
de carbón asociados a esta figurilla, y a una zona de hogares contiguos, dieron la
fecha C 14 del 2300 + 110 a.n.e. (Ilustración 1). En esta época las multimilenarias
relaciones del hombre con ciertas plantas, entre las que se encuentra el maíz {Zea
m ays), parecen haber alcanzado en iTlapacova-Zohapilco |un punto irreversible.
En el inventario de las plantas cultivadas sobre las antiguas riberas de este si­
tio lacustre figuran el amaranto [Amaranthus leucocarpus), el tomate verde
{Physalis), la calabaza (Cucurbita), el chile (Capsicum annuum) y el chayóte (Se-
chiu m edule).
Por otra parte, sobre la costa pacífica de Guerrero, C. Brush ha reportado dos
pequeños conjuntos de tiestos de alfarería, fechados en el 2450 + 140 a.n.e. En el
valle de Tehuacán, y atribuidos al mismo periodo, 2 1 0 tiestos de alfarería han
sido asimilados a la fase arqueológica Purrón de esta región (MacNeish, 1967).
Sin embargo, la ambigüedad de las asociaciones estratigráficas, en el primer caso,
y la inconsistejicia general de la definición de la fase Purrón< en el segundo, llevan
a pensar ^
de haberi
épocas siguientes presentan ya un elevado grado de complejidad.
Sobre la costa pacífica de Guatemala y del Sur de M éxico, el complejo cerá­
mico Barra (1600-1400 a.n.e.) muestra, en efecto, un grado marcado de sofisti­
cación con un rico repertorio decorativo que incluye el uso de engobe rojo y de
pintura iridiscente, la impresión de cuerda, los motivos incisos y las formas glo­
bulares con finas acanaladuras (Lowe, 1975) (Ilustración 2).
Hacia el 1500 a.n.e., el registro arqueológico ofrece, por primera vez, @ i m -
portante corpus de datos que indican que la vida aldeana, asociada a una econo­
mía agraria, a la manufactura de vasijas, al tejido y al desarrollo de estructuras
públicas, es un fenómeno ampliamente extendido (eft la Mesoamérica naciente.
Veremos a continuación los diferentes aspectos regionales de esta evolución. *

Características d e la vida aldean a

Gracias a las excavaciones arqueológicas de los últimos decenios, comenzamos a


tener una visión más coherente de esta etapa caracterizada ,.;^o^una organización
sodaj_relativamente igualitaria v una economía-preidominantemente agrícola. El
valle de O axaca brinda actualmente el conjunto de datos arqueológicos más cla­
ro de este periodo (Flannery, 1976).
Hacia el 1400 a.n.e., al principio de la fase Tierras Largas, el valle de Oaxa­
ca estaba ocupado 7 .caseríos permanentes_de 3 a 10 casas cada uno. La
casa campesina, de planta rectangular, estaba construida con materiales vegeta­
les (postes de pinos, cañas, gramíneas). Las paredes, hechas de adobe, estaban
revestidas de una capa de material arcilloso, a veces blanqueado con cal. Las pa­
redes se apoyaban, a menudo, sobre un cimiento de piedras. Cada unidad do­
méstica se extendía sobre una superficie de unos 300 m^ e incluía la casa propia-
LAS CIVILIZACIO N ES ANTIGUAS Y SU N ACIM IEN TO 123

Ilustración 1
TLAPACOYA-ZOH APILCO. SUR D E LA CUENCA D E M É XIC O .
FIGURILLA D E BA RRO COCIDO Y ZON AS DE H O GARES DEL T ER C E R M ILEN IO a.n.e.

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Zona de hogares del tercer milenio a.n.e, con testimonios de actividades mutiestacionales y ocupa- i
ción permanente del territorio. Las muestras de carbón recolectadas cerca de la figurilla de barro co­
cido nf 21 y parte superior) dieron la fecha C 14 del 2 3 0 0 a 110 a .n.e. (tiempo radiocarbono no co­
rregido). Se trata de la más anogua figurilla encontrada en América Media. »
1. F r a ^ e n t o de «mano» para moler. 2, 4;íM acronavajas de andesita. 3, 6, 7, 2 8 , 2 9 , 4 1. Lascas
utilizadas de andesita. 5. Arterfacto de basalto con muesca. 8. Semillas de amáranm m lrivaHo {Ama-
ranthus leucocarpus). 9. Parte distal de una .asta de venado {O docoileus virginianus). 10, 3 3. Frag
mentos de «manos» cortas de toba volcánida. 11, 12, 13, 14, 16, 17, 18, 2 3, 2 4 , 3 0, 3 1 , 38 y 40
Lascas microllticas de obsidiana. 15. N avaja prismática de obsidiana. 19. Núcleo de basalto. 20
«M ano» corta de basalto. 2 1. Figurilla antropomorfa de arcilla cocida. 2 2. Fragmentos de carbono
2 5 . Semilla de Cucurbita. 16. «Mano» corta de basalto vesicular. 2 7 y 36. Raederas de andesita. 32
«M ano» de andesita con zona de desgaste pasivo en la parte superior. 34. Fragmento de madera. 35
Gubia de andesita. 37. Lasca de basalto. 3 9. Fragmento de vasija en toba volcánica vesicular.
Entre los vestigios de huesecillos de animales recolectados en esta zona de hogares figuran huesos de
peces blancos (Chirostoma), vértebras de ajolotes {Ambystoma), restos de gallina de agua {Fúlica) y
numerosos huesos de anátidos entre los cuales se identificaron tres especies migratorias, residentes
invernales en este sitio lacustre: el pato de collar {Anas platyrhynchos), el pato golondrino (Anas
acuta) y el pato cucharrón (Spatula clypeata). (Niederberger, 1979 y 1987: 3 34).
CHRISTINE NIEDERBERGER
124

Ilustración 2
CO N JU N TO S CERÁM ICOS DEL FORMATTVO ANTIGUO

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a) Cerámica con engobe rojo de la fase Barra (1600-1400 a.n.e.). Altamira, Chiapas
(Green y Lowe, 1967).
b) Formas típicas de la fase Capacha, asociada a la fecha C14 de 1450 a.n.e. Estado de
Colima (Kelly, 1980).
L A 5 C IV IL IZ A C IO N E S A N T I G U A S Y S U N A C IM 1 E N T O 125

mente dicha y un espacio doméstico externo. En este último se situaban unas fo­
sas de forma tronco-cónica — cuya primera función era almacenar cereales— , las
zonas de entierros familiares, los hornos de barro, así como las áreas dedicad^
a la molienda de maíz, a la cocción de alimentos o a la fabricación de vasijas.ü^
perro, y quizás una especiede loro, estaban domesticados.
La economía de subsistencia estaba basada en el cultivo del maíz — quizás
asociado al teosinte (Zea m exicana)— y otras plantas cultivadas como el agua­
cate (Persea am ericana). La dieta se completaba con la recolección de ciertas
plantas silvestres como la del fruto del nopal (Opuntia). Entre los animales caza­
dos y consumidos se encontraban el venado cola blanca, el conejo y la tortuga
de agua dulce del género Kinosternon.
Los instrumentos líricos abarcaban muelas y «manos» de piedra pulida, para
la molienda de los cereales, así como puntas de proyectil, cuchillos, raederas y
raspadores de pedernal y obsidiana.
La industria cerámica está representada por ollas monocromas de color
bayo o café, rojo y naranja, tazones hemisféricos con decoraciones geométricas
de color rojo sobre engobe bayo. Se nota también la presencia de ollas sin cuello
(tecom ates) y de platos de fondo plano y bordes divergentes. Entre los temas
más comunes de decoración plástica se nota la impresión de mecedora (rocker-
stamping).
Estas características se observan también en los complejos cerámicos con­
temporáneos de la costa pacífica meridional Chiapas-Guatemala, en San Loren­
zo, sobre la costa del Golfo, así como en Tlapacoya-Zohapilco, en la cuenca de
México. Sin embargo, es preciso notar que estas tres últimas regiones poseen, en
este nivel cronológico, un conjunto cerámico cuyo repertorio es sensiblemente
más rico en formas y modos decorativos.
Sobre la costa del Pacífico, @ la región de Ocos. cuya riqueza ecológica he­
mos evocado más arriba, una larga tradición sedentaria y el uso de la alfarería
desde la fase Barra llevaron a un modo de vida particularmente elaborado, hacia
el 1400 a.n.e. Las casas, con paredes de adobe a menudo blanqueadas con cal, se
construían, para evitar posibles inundaciones, sobre pequeños montículos. La
densidad de la población parece haber sido más elevada que en la región de Oa-
xaca para la misma época. Trabajos arqueológicos recientes, llevados a cabo por
J. Clark y M. Blake en la costa pacífica de Chiapas, ofrecen, de hecho, interesan­
tes datos indicando la posibilidad de un desarrollo precoz de pequeños cacicaz­
gos y sociedades de rango en esta región (cf. Fovsrler, coord., 1991).
Los recursos marinos desempeñaban un papel preponderante en la economía
de subsistencia. ^Según ciertos autores, tubérculos como l^m andioca pudieron
haber formado parte de las plantas cultivadas, aun cuando no "se" hayan encon­
trado vestigios arqueológicos de este arbusto. ♦
Por otra parte, comienzan a estudiarse sistemáticamente los niveles cerámicos
antiguos de otras regiones de la América media hasta ahora poco conocidas. Así,
en el Estado de Colima, en el Noroeste de México, L Kelly (1980) definió un
complejo cerámico antiguo, denominado «Capacha», asociado a la fecha C14
1450 a.n.e. Las vasijas Capacha provienen esencialmente de ofrendas funerarias,
ubicadas en tumbas excavadas en el subsuelo. Esas vasijas incluyen ollas, tazones
CHRISTINE NIEDERBERGER
126

hemisféricos, tecomates, así como recipientes de forma muy especial, llamados


«vasos de asa de estribo». Una de las formas más características(@ e l bule, espe­
cie de olla panzona, de cintura reducida, que imita la silueta de una calabaza
(Ilustración 2b)' El inventario incluye también vasos de doble cuerpo, ligados por
tres tubos, jarras zoomorfas, tazones dobles o triples y vasijas miniatura. El con­
junto se completa con figurillas, perlas, morteros en piedra y conchas marinas.
En los Estados de Nayarit y de Sinaloa se han encontrado también conjuntos
cerámicos de estilo Capacha, en particular en contexto funerario. Sin embargo,
no se ha señalado todavía ningún sitio de habitación Capacha.
En resumen, el periodo que acabamos de analizar, y que va aproximada­
mente del 1500 al 1250 a.n.e., muestraCí^instauración de lív id a alídeyia, con
cerámica y agricultura en toda la zona que luego será denominada «Mesoamé-
rica». En este nivel cronológico, el territorio ocupado — como lo muestra en
particular el ejemplo oaxaqueño— es de naturaleza homogénea: en efecto, está
compuesto por pequeñas aldeas agrarias relativamente similares en forma y en
función.
Este tipo de ocupación exclusivamente aldeano del territorio va a sufrir
transformaciones cualitativas marcadas, hacia el 1250 a.n.e., con la aparición de
capitales regionales (caput, no urbs) capaces de ejercer un control político y eco­
nómico sobre un conjunto de aldeas satélites (Niederberger, 1987).
Este nuevo tipo de organización territorial, con jerarquización de los sitios y
emergencia de centros de integración regional, forma parte de un conjunto de
cambios sociopolíticos y económicos que llevarán a la cristalización de la prime­
ra civilización del Nuevo Mundo.

D ESA RRO LLO DE CAPITALES REGION ALES Y CRISTALIZACIÓN


DE LA CIVILIZACIÓN M ESOAM ERICANA

(Afines dei.geRundo milenio a.n.e. se desarrollan de manera casi simultánea y en


numerosas regiones de la América media, varios centros mayores, marcos de un
poder político y religioso creciente (Ilustración 3). Los vestigios arquitectónicos
que sobrevivieron indican que esos sitios mayores fueron concebidos según un
glan^cpherente cuyo ¿entro exA.un espacio de connotación sagrada. En este nue­
vo modo de organización espacial centrípeto se desarrollan y se intensifican los
lyocesos de jerarquización social. Los testimonios arqueológicos recogidos seña­
lan la aparición de agentes políticos estables y de una clase de dignatarios con
vestimentas e insignias específicas, destinados a regir el dominio de lo sagrado.
Centros de control y de transmisión de conocimientos, esos sitios mayores fue­
ron también el punto focal de creación @ u n a iconografía elabaiada, tal como
lo atestiguan las artes lapidaria y cerámica. Las co m p l^ s técnicas utilizadas su­
brayan la presencia, en el seno de esas comunidades, ( ^ ^ rupos de artesanos es­
pecializados. Por último, el volumen y la variedad de los productos que circuTan,
a veces sobre distancias considerables, indican que esos centros mayores de la
Mesoamérica antigua formaban parte redes regionales e interregionales de in­
tercambio ya fuertemente estructuradas. //
Ilustración 3
PRINCIPALES SITIOS Y TESTIMONIOS DEL HORIZONTE OLMECA EN MESOAMÉRICA (1200-700 A.N.E.)
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M a p a de C . N ie d e rb e rg er, 1 9 8 7 : 7 8 2 .
123 C H R IS TIN EN IED ER BER G ER

L a M esoam érica antigua y el horizonte olm eca

Tal como lo hemos apuntado en la introducción, el nacimiento de la civilización


mesoamericana corresponde a la cristalización de un conjunto cultural específi­
co, convencionalmente llamado «olmeca».
Las razones de esta apelación, discutible y siempre ambigua, derivan del hecho
de que los primeros vestigios arquitectónicos de este horizonte cultural fueron des­
cubiertos, a comienzos del siglo XX, sobre la costa del golfo de México, donde, en la
época Histórica Tardía, residía una etnia denominada «olmeca huixtotin». sin duda
sin relación precisa con el conjunto arqueológico descubierto. De hecho, la palabra
«olmeca» conlleva generalmente posiciones difusionistas y el postulado según el
cual la civilización mesoamericana antigua tiene su origen en la costa del Golfo.
Debido a que hoy es difícil afirmar que la civilización llamada olmeca tenga
un origen unicentrista y a que, por lo demás, sus manifestaciones tempranas se
perciben en muchas zonas geográficas, la significación que daremos aquí al ine­
ludible término «olmeca», como en todos nuestros trabajos anteriores, estará li­
mitada estrictamente — y por conveniencia— a dos nociones;
— la del estilo arqueológico;
— la de una civilización, que hemos definido como multiétnica y de natura­
leza panmesoamericana (Niederberger, 1976 y 1987), que cubría, entre 1250 y
700/600 años a.n.e., amplios espacios de la América media. En otros términos,
creemos que la Mesoamérica antigua corresponde a una esfera de interacciones
económicas y culturales entre gurpos «pares», es decir, situados al mismo nivel
de evolución sociopolítica.
El término «olmeca», entonces, no será jamás utilizado aquí en el sentido de
un pueblo arqueológico, residente en la costa del golfo de México. Estas preci­
siones son necesarias para evitar el conjunto de malentendidos que nacen de los
empleos diversos — aunque generalmente difusionistas— de ese término.
Los principales documentos arqueológicos disponibles para numerosas re­
giones de la Mesoamérica de fines del segundo milenio a.n.e. indican que la civi­
lización mesoamericana naciente muestra, sobre un fondo cultural común, una
cierta diversidad.
La calidad y el peso de los conocimientos acumulados hasta ahora varían se­
gún las regiones. Pero, en síntesis, todas las investigaciones contribuyen a definir
las características profundamente originales de la civilización mesoamericana en
sus primeras manifestaciones, v

O cciden te de M éxico

fronteras culturales, y la extensión geográfica de Mesoamérica han oscilado


a través de las épocas.» Es una de las razones por las cuales es necesario ubicar el
estudio de esta área cultural en una perspectiva diacrónica. Es difícil conocer los
límites septentrionales de Mesoamérica en sus primeras etapas de desarrollo, lla­
madas generalmente Formativa o Preclásica. Un punto límite extremo podría es­
tar representado por el sitio de El Calón, en el Sur de Sinaloa, donde S. Scott ha
señalado un montículo piramidal atribuido al Formativo Antiguo.
LAS CIVILIZACIO NES ANTIGUAS Y SU N A CIM IEN TO 129

La época Formativa Antigua en M ichoacán es conocida actualmente por los


estudios del complejo funerario de El Opeño, datado a fines del segundo milenio
a.n.e. Se trata de una serie de tumbas subterráneas, con escalera y cámara oval,
excavadas en el subsuelo de costra calcárea endurecida o tepetat^estudiada pri­
mero por E. Noguera y, más recientemente, por J. A. Oliveros.(^ a lfa r e r ía está
decorada con motivos negativos y diseños de color rojo sobre bayo. Entre las fi­
gurillas de barro cocido de excelente factura, descubiertas por J. A. Oliveros, se
encuentran finísimas representaciones humanas, en arcilla blanca altamente pu­
lida y con un aspecto similar al marfil)^Algunas figurillas llevan objetos ligados a
un tipo de juego de pelota. Por otra parte, en este material funerario se han en­
contrado u n ^ o ry e ra s y una representación antropomorfa de jadeíta, así como
un pectoral de piedra en forma de cáparlTzón de tortuga marcado con el famoso
emblema olmeca de la cruz de San Andrés o motivo de bandas cruzadas, al que
nos referiremos más adelante.»
En cuanto al Estado de Guerrero, M. Covarrubias — gran pionero de los es­
tudios olmequistas— consideraba que podría representar el lugar de origen del
estilo y de la civilización olmeca. Sin suscribir necesariamente esta tesis, es preci­
so, sin embargo, reconocer que pocas zonas de la Mesoamérica pueden rivalizar
con Guerrero en lo que respecta al número de testimonios arte lapidario ol­
meca en jadeíta y serpentina (Ilustración 4a, b, d, e).
Hoy, el descubrimiento del vasto sitio olmeca de Teopantecuanitlan (Tlalco-
zoltitlán), situado en la confluencia de los ríos Amacuzac y Mezcala-Balsas, y las
excavaciones llevadas a cabo por el INAH (Martínez Donjuán, 1986; Niederber-
ger, 1986; Reyna Robles, 1989) abren la posibilidad de entender mejor las mo­
dalidades de integración de un gran centro regional de arquitectura monumental
de Guerrero en el universo panmesoamericano antiguo.
Según los estudios de Martínez Donjuán, la etapa de construcción más anti­
gua del sitio está representada por un patio de 32 x 26 m de lado construido en
tierra arcillosa amarilla. El patio estaba delimitado por un muro cuya cara externa
poseía escaleras simétricamente dispuestas. Las escaleras, situadas sobre el lado
sur, son dobles y están separadas sobre su eje mediano por una rampa rematada
en un pilar con motivos simbólicos altamente estilizados —^característicos del re­
pertorio olmeca— : la oreja del felino y la hendidura frontal. En síntesis, esta etapa
I, que concluye antes del 900 a.n.e., corresponde a una arquitectura de tierra.
La ocupación siguiente, o etapa II, se caracteriza por un conjunto arquitectó­
nico de piedras talladas. Los muros interiores del patio de tierra arcillosa amarilla
han sido reemplazados por muros de grandes piedras calcáreas blancas talladas,
de aristas vivas, unidas sin argamasa. El recinto rectangular, delimitado por esos
muros de piedras, talladas con gran maestría técnica, mide 19 x 14,20 m. En el in­
terior del recinto se han descubierto cuatro monolitos de casi tres toneladas_cada
uno, de forma poco comúní Cada bloque de piedra ha sido tallado en forma de T
invertida y perfectamente pulido. Sobre la fachada anterior de cada monolito se
encuentra grabado con gran seguridad de trazo, y ejecutado con ima poderosa so­
briedad, un motivo recurrente en la iconografía olmeca: @ i e l felino antmpnmnr-
fo^El rostro de este ser híbrido cubre lo esencial de la superficie del monoÜto con
su venda frontal, los ojos almendrados marcados por el estrabismo, la nariz ancha
CHRISTINE NIEDERBERGER
130

Ilustración 4
ICO N OG RAFÍA DEL H O RIZO N TE OLM ECA EN GUERRERO

.-f

a) Figurilla de jade azul de Olinalá (cf. D. Joralemon, 1971).


b) Cabeza de un ser sobrenatural inciso sobre una laja ovalada de piedra verde. Río del
Alto Balsas (cf. D. Joralemon, 1971).
c) M áscara de madera del Cañón de la Mano (cf. D. Joralemon, 1971).
d) M otivo felino-antropomorfo inciso sobre un disco de serpentina. Río del Alto Balsas
(cf. D. Joralem on, 1971).
e) M áscara a la efigie del felino antropomorfo (cf. D. Joralem on, 1971).
f) Pintura rupestre 7 de la cueva de Oxtotitlán (cf. D. Joralem on, 1971).
g) Uno de los cuatro monolitos encontrados en el patio principal del sitio de Tlalcozol-
titlán (Teopantecuanitlan), con bajo relieve a la efigie del felino-antropomorfizado
(Fuente: C. Niederberger).
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIM IENTO |3|

y los labios con las comisuras dirigidas hacia abajo. Sobre el torso embrionario se
observa el motivo de las fajas cruzadas o cruz de San Andrés. Por último, cada
una de las manos sostiene una antorcha que remata en una llama, tste último ras­
go iconográfico podía conferir a cada uno de los seres mitológicos representados
— probablemente asociados con los cuatro puntos cardinales— la calidad sagrada
de guardianes diurnos y nocturnos de la zona ceremonial (Ilustración 4g).«
Allí puede notarse una característica arquitectónica interesante. El patio, si­
tuado por debajo de una serie de plataformas dispuestas sobre el flanco de relie­
ves montañosos naturales, respeta ya la ley arquitectónica del patio hundido que
encontrará su apogeo en el trazado urbano de la Mesoamérica clásica. Este patio
poseía sistemas de drenaje constituidos por piedras taüadas en forma de,LI,y..pxo-
vistas de tapas. En la pared norte se encontró una escultura megalítica en forma
de cabeza humanay más recientemente, G. Martínez descubrió, sobre la explana­
da yuxtapuesta, do^estelas y un megalito en forma de sapo (cf. Clark, 1994). En
la zona este de la pTátáfórma norte Gámez Étemod excavó el área de un pequeño
altar de cantos rodados, con un monolito en forma de estela levantado en su cen- ¡
tro. Alrededor de esta estructura se encontraron las sepulturas de cuatro infantes,/
uno de los cuales estaba acompañado por el entierro de dos perros.^ '
*^Por último, ^ ^ estructuras de _dec_oradón__arquitectónica hecha de barras y
puntos pertenecen a una tercera fase de la construcción fechada entre el 800 y el
600 a.n.e.i/
Un importante sistema hidráulico fue construido para asegurar la regulari­
dad de la producción agrícola. Incluía un dique de almacenamiento río arriba,
que recibía aguas pluviales y manantiales, así como un grandioso acueducto for­
mado por dos filas paralelas de imponentes monolitos, de 1.20 a 1.90 m de altu­
ra, cubierto por grandes lajas. ^
La excavación de una unidad habitacional que hemos realizado en Teopan-
tecuanitlan ha proporcionado algunos datos sobre la dieta alimenticia en vigor
al principio del primer milenio a.n.e., dieta que incluía — al lado del maíz pre­
sente en el registro polínico— , fel)bagre del río Balsas, cangrejos, conejos, dos es­
pecies de cérvidos y una sorprendente proporción de perro.,^El piso de la casa
principal (sitio 5) y las fosas troncocónicas asociadas contenían una gran canti-
tad (74% del total de la industria lítica del sitio) de navajas prismáticas y otros
artefactos de obsidiana negra, de bandas grises, probablemente importada de la
cuenca de México. De gran interés fue también el análisis de las conchas mari­
nas encontradas en esta unidad, en forma de piezas enteras, fragmentos sin tra­
bajar o parcialmente trabajados yjjde adornos terminados, lo que sugiere da) pre­
sencia de un taller de manufactura de este material en el sitio. Al menos ocho
géneros de conchas marinas, toHas, provenientes de la costa pacífica, están repre­
sentadas. Por su destacable cantidad, la más preciada parece haber sido la ma­
dreperla (Pinctada m azatlanica). Eijtre los artefactos de cerámica se encontraron
platos de base plana con engobe blanco, con motivos incisos en el fondo y el
motivo de la doble línea interrumpida en el borde interno, así) como grandes fi­
gurillas Jiuecas_en_fqrma de niños mofletudos, cubiertas de engobe blaiicp_,alta-
mente pulido. Los habitantes de esta unidad habitacional — implicados en la ad­
quisición, almacenamiento, producción y redistribución de bienes obtenidos en
132 CHRISTINE N IEDERBERGER

las redes de intercambios interregionales— debían de tener relaciones estrechas


con la élite del sitio o formar parte de ella. Entre los ornamentos que se excava­
ron en la unidad figuran — al lado de los de conchas marinas— orejeras de ser­
pentina y de ónix, un bezote y un estilete de serpentina y fragmentos de espejos
de mena de hierro (Niederberger, 1996).
Por otra parte, la región de Guerrero es rica en pinturas rupestres del hori­
zonte olmeca, tal como lo prueban las grutas de Oxtotitián (Ilustración 4f), don­
de se ha descubierto, entre otras pinturas polícromas, la de un dignatario cubier­
to por una capa de plumas y sentado sobre un trono zoomorfo; o bien las
cavernas de Juxtlahuaca, donde se encuentra representado otro dignatario —con
una túnica tricolor y polainas y manoplas de piel de jaguar— , que domina desde
su altura a un personaje simbólicamente pequeño, quizás su vasallof Sobre las'j
paredes de una sala contigua se distribuyen diferentes representaciones zoomor-
£as entre las que resalta una serpiente de cresta emplumada, cuyo ojo aparece
m arcado con la cruz de San Andrés.^ ^

E J A ltiplano central

Sobre el Altiplano central, desde el Estado de Morelos hasta el de Puebla pasan­


do por la cuenca de México, se ha descubierto e inventariado una miríada de si­
rios arqueológicos — aldeas o centros de integración regional— , datados en el
periodo 1250 -6 0 0 a.n.e. Sería imposible citarlos todos, de modo que sólo elegi-
rem os algunos ejemplos.
[ Chalcatzingo,]en el Estado de Morelos, constituye un importante centro de
integración regional, conocido desde hace decenios por(s^)destacable número de
esculturas y grabados rupestres de estilo olmeca. Dichos relieves rupestres, traza­
dos sobre la roca rosada de las imponentes montañas en forma de domo, que
confieren una particular belleza y majestad al sitio, integran una temática de
gran poder simbólico que incluye: cavernas — lugar de iniciación y puerta de en­
trada al inframundo— , representadas por las fauces abiertas de un monstruo fe­
lino; grutas en las que un dignatario parece estar participando en ritos propicia­
torios ligados a la lluvia (Ilustración 5); representaciones de ceremonias con
personajes que llevan una máscara bucal aviforme; escenas de monstruos híbri­
dos a menudo marcados con la cruz de San Andrés, atacando o devorando a se­
res humanos.
Durante las excavaciones, dirigidas por D. Grove (Grove et al., 1987), se de­
finieron tres fases de ocupación del sitio: la fase Amate anterior al 1100 a.n.e.; la
fase Barranca (1100-700 a.n.e.) y la fase Cantera (700-500 a.n.e.). Por el mo­
m ento, la mejor documentación y el mayor volumen de ocupación arqueológica
recuperada provienen de la fase Cantera.
La fase Amate queda en gran parte por definir, tanto en su precisa ubica­
ción cronológica como en su contenido, aunque se le han atribuido dos estruc­
turas, una de las cuales contenía una pequeña estatuilla antropomorfa en jadeí-
ta. Entre los testimonios arquitectónicos de las fases siguientes figura el
M onum ento 22 , de 4.4 m de largo, realizado en piedra tallada y que representa
un altar o un trono. Probablemente, fue construido durante la fase Barranca y.
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 133

Ilustración 5
CH A LCA TZIN G O, M O R ELO S

Estela de 1.80 m de alto, con la efigie de un ser sobrenatural con hocico abierto (a) y ba­
jorrelieve rupestre n? 1, llamado «El Rey» (b), con un dignatario sentado en el interior de
una cueva, implicado en rituales de petición de lluvia. Ambos temas iconográficos están
ligados al simbolismo de la caverna-hocico del monstruo terrestre híbrido, dragón con
elementos reptilianos y feUnos, visto de frente (a) y de perfil (b), con conotaciones polisé-
micas: recintos secretos de iniciación, puertas de inframundo, aguas subterráneas o fertili­
dad agraria. (Grove et al., 1987)
CHRISTINE NIEDERBERGER
134

en todo caso, reestructurado durante la fase Cantera. La fachada norte de este


monumento está decorada con motivos abstractos, ligados a la temática del fe­
lino antropomorfo.
La amplia plaza pública o ceremonial de Chalcatzingo, de 120 m de largo y
70 de ancho, estaba bordeada al Norte por un montículo bajo de unos 70 m de
largo. E l estudio de las sepulturas y ofrendas mortuorias encontradas en la zona
ofrece valiosos datos sobre la jerarquización social en vigor.
En cuanto a la cuenca de México, los testimonios de esta época antigua son
particulaimente difíciles de rescatar. En efecto, tanto durante su trayectoria Clá­
sica, con la metrópolis de Teotihuacan, como a lo largo de su época Postclásica,
con la ciudad azteca de Tenochtitlan,(^cuenca de M éxico fue la sede de grandes
centros políticos, con fuerte impacto en toda efárea mesoamericana. La intensa
actividad Humana y las vastas transformaciones del medio ambiente efectuadas
hasta la fecha hacen difícil la supervivencia de testimonios arquitectónicos de su­
perficie de las épocas más antiguas que aquí nos interesan. En particular, en los
sitios lá ^Tlapacoya (Tolstoy et al., 1977; Niederberger, 1976, 1987) y de Tlatil-
co (G aíSa M olí et a i , 1989; Piña Chan, 1958; Porter, 1953; Romano, 1962),
que consideramos como dos de los centros de integración política y económica
más antiguos de la región.'
Una larga secuencia cultural, con las fases Nevada (1400-1250 a.n.e.), Ayo-
tla (1 2 50-1000 a.n.e.). Manantial (1000-800 a.n.e.) y Tetelpan (800-700 a.n.e.),
se elaboró etj Tlapacoya-Zahapilco ¿(Niederberger, 1976).
En cuanto a la existencia de estructuras públicas relacionadas con las fases
Ayotla y Manantial, es de interés señalar sin embargo que, en Tlapacoya, la
franja de base de un montículo de tierra, que se hallaba adosado a la montaña,
es visible todavía en la zona meridional del sitio. En esta zona, 150 000 m^ de se­
dimentos, compuestos sobre todo de material arqueológico de la época Ayotla y
Manantial, han sido sistemáticamente arrasados para construir una autopista
vecinal. Por otra parte, en Tlatilco M. Porter señaló la existencia de plataformas
y_de escaleras, visibles sobre el perfil de los cortes de terreno. Debe notarse, tam­
bién, que la gran capa de lava volcánica de fines del primer milenio a.n.e., que
cubre el Sudeste de la cuenca de México, puede ocultar un importante centro,
antecedente del núcleo protourbano de Cuicuilco.
Por último, también Coapexco, situado en la zona montañosa del Sudoeste
de la cuenca, parece haber constituido un sitio mayor en la época Ayotla, con
una superficie estimada en 50 ha y una densidad de ocupación de 60 casas por
héctarea (Tolstoy y Fish, 1975). La estructura 4, que fue excavada, poseía un
plano trapezoidal con paredes hechas de adobe y una fachada puÜda, recubierta
de una capa de arcilla roja.
Ahora bien, a pesar de la dificultad del trabajo y rescate ineherentes a esta
zona, las primeras capitales regionales de la cuenca de M éxico [caput, no urbs)
pueden caracterizarse por una asociación diagnóstica de testimonios arqueológi­
cos (Niedeberger, 1987).
Su economía se funda íínluna agricultura eficaz caracterizada por el cultivo
del maíz, el amaranto, el frijol, la calabaza, el tomate verde y el chile. Los agro-
sistemas intensivos parecen ya en desarrollo en la región meridional de Terremo-
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO |35

te, con indicios de construcción de zonas hortícolas en un medio lacustre y con


la presencia de canales de irrigación, referidos por D. L. Nichols, en la región
Noroeste más árida de Xalostoc. En esta zona se hallaron figurillas relacionadas
con la fase que hemos denominado Manantial. Esas capitales constituyen impor­
tantes centros económicos y desempeñan un papel fundamental en las redes de
intercambios interregionales^ Por ellas debían pasar las grandes cantidades de
obsidiana extraídas de los yacimientos geológicos del Norte de la cuenca para
ser distribuidas en numerosas zonas de Mesoamérica. En su marco se importa­
ban, también, diversos productos exóticos tales com o(^ónix, los espejos pulidos
de mena de hierro, la mica, el asfalto de la costa del Golfo, el cinabrio, el cuarzo,
la jadeíta yQ^ serpentina o las conchas marinas, por sólo citar los productos no
perecederos que sobrevivieron en el inventario arqueológico. ^
Se detectan allí ciertas formas institucionalizadas de poder que, a menudo,
aparecen ligadas al ámbito de lo sagrado. Las figurillas en barro cocido mues­
tran personajes con altos y sofisticados tocados, particularidad generalmente re­
servada, en la Mesoamérica Clásica, a ciertos dignatarios^ Los datos mortuorios
estudiados en Tlatilco, con ofrendas funerarias muy variables según los indivi­
duos y con una distribución restringida de objetos exóticos preciados, contribu­
yen a indicar que, a partir de la época Ayotla,@ co n ju n to social está claramente
jerarquizado. Por otro lado, la capital regional ya parece ser el marco de cere-
monias específicas. Ciertas figurillas, con una indumentaria particularmente ela­
borada, llevan un conjunto específico de objetos y símbolos asociado(g^ue¿<^de
pelota (Ilustración ó).''
Por último, estos centros regionales constituyen un foco de concentración
de informaciones tanto como de producción y circulación de mensajes. En
efecto, sobre ciertos grupos de artefactos cerámicos, en particular sobre los va­
sos cilindricos de Tlapacoya, Tlatilco y Coapexco, son numerosos los símbolos
iconográficos complejos, en relación con una reflexión cosmológica y religiosa.
De hecho, se puede observar que el Altiplano central, con sitios tales como
Tlapacoya o Las Bocas — en el Estado de Puebla— , ha proporcionado el reper­
torio más amplio y más complejo de iconografía sagrada sobre soporte cerámi­
co de toda la Mesoamérica olmeca (Ilustración 7). En la temática aparece de
manera recurrente el perfil del felino antropomorfo (Ilustración 8) — a menudo
dividido en elememos abstractos, reestructurados en una compleja composi­
ción imbricada— , (l^ serpiente con plumas, el hombre-oez-felino. los signos en
U, en E y en L, el rombo, el motivo de cinco puntos, el símbolo de las bandas
cruzadas o cruz de San Andrés, el ser con la hendidura frontal o el motivo me-
soamericano de la muerte, caracterizado por un rostro con párpados cerrados
atravesado por bandas verticales. En fin, ciertos motivos iconográficos presen­
tan un interés particular'.'Por ejemplo, un sello en terracota de Tlatilco muestra
tres símbolos gráficos, quizás formas prototípicas de una escritura. Entre ellos
figura la flor de cuatro pétalos, motivo que M . Coe ha asimilado al futuro glifo
maya kin, cuyo valor simbólico corresponde, en la época Clásica, a «día» o
«sol».'^
@ E s ta d o de Puebla seguramente desempeñó también un papel preponde­
rante en la génesis de Mesoamérica, a juzgar por los testimonios aislados de M o-
CHRISTINE NIEDERBERGER
136

Ilustración 6
P ER SO N A JE D E A LTO T O C A D O Y ATAVÍO EM BLEM Á TICO RELACIONADO
C O N E L JU EG O D E PELOTA. TLAPACOYA-ZOH APILCO. CUENCA DE M É X IC O

Esta figurilla de barro cocido (19 cm de alto), con vestigios de engobe blanco y restos de
pigmento lo jo , ostenta una compleja vestidura/:co5)atributQS típicos del iuego de pelota
mesoamericano: bandas de brazo y de tobillo, ancho y espeso cinturón con un adorno
circular central (espejo de hematita) y refuerzos para proteger las caderas. Las connota­
ciones sagradas del juego y sus implicaciones rituales se reflejan en los adornos de la ca­
beza que lleva una máscara, un alto tocado y orejedas de gran tamaño, (foto de C. Nie-
derberger, Niederberger, 1 9 8 7 ).,
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 137

Ilustración 7
TLAPACOYA, CUENCA D E M É X IC O

a) Extraordinario ejemplo (cf. Joraleriion, 1971) de la complejidad observada en la ico­


nografía del Altiplano central, en general, y de la capital regional de Tlapacoya, en parti­
cular, hacia el 1000 a.n.e. Aquí, varias caras imbricadas, de frente y de perfil, están aso­
ciadas al motivo de 5 puntos, al símbolo de la hendidura frontal y a la representación de
una planta trifoliada. Este conjunto temático está inciso sobre la pared de una vasija ci­
lindrica con engobe gris/blanco.
b) Base de vasija cilindrica gris/blanca con motivos excisos, incisos y «negativos», de la
efigie del felino antropomorfo.
Cortesía del Museo Nacional de Antropología, México.
138 CHRISTINE NIEDERBERGER

Ilu stració n 8
TLAPACOYA, CUENCA D E M É X IC O

-------------^

w w /m /M

Motivos excis^ e incisos recurrentes en la iconografía cerámica, hacia el 1000 a.n.e. Predo­
mina el tema la cabeza 'humana con tasaos felinos (a, b, d). El motivo b (Parsons, 1980)
es particularmente interesante, con el perfilimpoiieñté del hombre-felino asociado a lo que
interpretamos como claros símbolos de fuerza sobrenatural y de poder político: Qmano que
manda, el ojo que, ve .y la oreia que oye. Los motivos incisos sobre una vasija de pare3és"coñ-
vexas (c) podrían ya representar un prototipo del glifo mesoamericano «1 Temblor». Los
motivos (f) incisos sobre una vasija cilindrica de engobe blanco amarillento evocan, con una
visión sintética o con elementos desarticulados, el monstruo terrestre con hendidura frontal,
cejas flamígeras, nariz bulbosa, hocico abierto marcado con una cruz de San Andrés, símbo­
lo de la entrada al inframundo (dibujos: Joralemon, 1971, cf. Niederberger, 1987).
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 139

yotzingo, estudiados por J. Aufdermauer, de Nexapa, Necaxa o Tepatlaxco, de


Texmelucan (Ilustración 8a y 8b) o del gran centro de Las Bocas. Este último si­
tio, célebre en razón del gran número de sus piezas arqueológicas en colecciones
privadas, es conocido por la espléndida factura de sus figurillas y de sus vasijas
con temas sagrados o profanos/'Las figurillas huecas en formas de bebés mofle­
tudos, recubiertas de engobe blanco, cuidadosamente pulidas y decoradas con
cinabrio, constituyen una de las más bellas del mundo olmeca, al igual que cier­
tas representaciones zoomorfas, encantadoras por su armonía y espontaneidad
realista. Las hachas votivas y las figurillas en jadeíta pulida encontradas en la re­
gión representan a menudo personajes portadores de objetos recurrentes en la
iconografía olmeca tal como la manopla, especie de pequeño escudo manual y la
antorcha (Ilustración 9a).'»'

Ilustración 9
PUEBLA Y OAXACA

L 1 , 11 TTT j
a) Figurilla de jadeíta, con antorcha y manopla, de San Cristóbal Tepatlaxco, Puebla.
•b) Pequeño felino de jade de N ecaxa, Puebla.
c-d) Estas hachas ceremoniales, provenientes de O axaca, figuraban, desde el final del
segundo milenio a.n.e., entre los bienes preciados tanto por su valor en los intercambios
económicos y la consolidación de un estatuto social, como por su contenido simbólico,
(cf. Joralemon, 1971).
140 CHRISTINE NIEDERBERGER

O axaca

Las excavaciones efectuadas en el valle de Oaxaca, con la definición de la fase


Tierras Largas (1400-1150 a.n.e.), a la que ya hemos hecho referencia, y de las
fases San José (1150-850 a.n.e.), Guadalupe (850-700 a.n.e.) y Rosario (700-
500 a.n.e.) (Flannery, 1976; Flannery y Marcus, coords., 1983) llevaron a la ela­
boración de una larga secuencia que permite entender la cristalización, en esta
región, de modos de vida mesoamericanos.
A partir de la fase San José se observa un notable crecimiento de la pobla­
ción regional, una nítida jerarquización de los sitios ocupados y el desarrollo de
estructuras públicas.
El sitio de San José Mogote, con sus múltiples plataformas de piedra y de
adobe, alcanza las 20 ha. Lo rodean aldeas satélites en simbiosis económica, ta­
les como la aldea de Salinas, que provee la sal.
Por otro lado, los fenómenos de jerarquización social aparecen atestiguados
tanto en los diferentes tipos de residencia como en las prácticas funerarias. A lo
largo de las fases San José y Guadalupe, ciertas residencias poseen pequeños sis­
temas de drenaje. La Estructura 16 de San José Mogote, en la que se han recogi­
do 500 fragmentos de magnetita y otros minerales de hierro destinados a la fa­
bricación de espejos, pertenecía a una familia de alto rango que probablemente
dirigía el barrio de artesanos especializados en la fabricación de esos objetos.
Durante la fase Rosario las estructuras públicas se multiplican y se vuelven
más imponentes. El Montículo I de San José Mogote, construido sobre una eleva­
ción natural remodelada, alcanza 15 m de alto. Entre las Estructuras 14 y 19 se ha
descubierto una estela (Monumento 3) que constituye uno de los bajorrelieves más
notables de la Mesoamérica antigua.^En efecto, junto a la representación de un
personaje — especie de precursor de los «danzantes» de Monte Albán— se sitúa
una inscripción compuesta de un punto y de un motivo complejo en forma de X.<<
Según la hipótesis de J. Marcus, se trataría del jeroglífico «1 Movimiento» o
«1 Terrem oto», que podría constituir 0 m á s antiguo testimonio de la utilización
del calendario_ceremonial de 2 6 0 días y, quizás también, de la costumbre mesoa-
mericana de llamar a los individuos por su fecha de nacimiento. ^

L a costa d el G o lfo

A partir de fines del segundo milenio a.n.e., en las siempre verdes y húmedas lla­
nuras de la costa del Golfo comenzaron a desarrollarse importantes capitales re­
gionales: La Venta, San Lorenzo, Laguna de los Cerros y Tres Zapotes.
La Venta, en el Estado de Tabasco, representa, entre el 1000 y el 500 a.n.e.,
uno de los sitios más importantes de la Mesoamérica antigua con una extensión
total estimada, según las últimas investigaciones cartográficas, en 200 ha en el
momento de su apogeo (González Lauck, 1989).
El trazado del sitio fue planificado a lo largo de un eje Norte-Sur, afectado
por una desviación de 8° Oeste. Primero se exploraron tres conjuntos de arqui­
tectura civil y ceremonial llamados Complejos A, B y C (Drucker, Heizer y
Squier, 1959) (Ilustración 10a).
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 141

Ilustración 10
LA VEN TA, TABASCO

a) Área central del sitio arqueológico' y plano de los Complejos A, B y C. La zona pun­
teada corresponde al gran montículo de tierra compactada (Estructura C-1) (M cD o­
nald, 1983).
b) Estela 1. M onolito de basalto de 3 .4 0 m de altura con un bajorrelieve que representa
a un dignatario con alto tocado y una capa quizás hecha de plumas, rodeado de pe­
queños acólitos (dibujo de Miguel Covarrubias, 1961, 74).
142 CHRISTINE NIEDERBERGER

El Complejo A, compuesto por dos patios delimitados por montículos de tie­


rra apisonada, simétricamente dispuestos y con recintos delimitados por colum­
nas naturales de basalto, reveló una serie de escondites dedicatorios y de ofren­
das masivas subterráneas constituidas esencialmente por figurillas, hachas
votivas y grandes bloques de jadeíta y serpentina. Las figurillas en piedra meta-
mórfica verde representan personajes masculinos con el cráneo fuertemente mar­
cado por una deformación intencional fronto-occipital derecha u oblicua. /
El Complejo B, aún hoy mal conocido, comprende varios montículos de tierra
apisonada y una gran plataforma conocida con el nombre de Acrópolis Stirling.
El Complejo C posee el elemento arquitectónico más célebre del sitio. Se tra­
ta de una estructura monumental de tierra de unos 30 m de alto y 130 de diáme­
tro, en forma de cono con flancos acanalados, rodeada de una plataforma rec­
tangular. La costumbre de recubrir las superficies de terreno habitadas con
sedimentos de color diferente, observada en otras zonas, fue llevada a su paro­
xismo en La Venta, donde se descubrieron suelos que muestran una sucesión de
tonos rosa viejo, siena, blanco, verde oliva, azul, o rojo vivo.
^Un conjunto ge) imponentes monolitos se encontró en La Venta: «altares» o
«tronos» (Ilustración l i a ) , esculturaslie cabezas humanas colosales que podían
alcanzar hasta 18 toneladas y estelas cubiertas de bajorrelieves que evocaban
probablemente tanto acontecimientos históricos como escenas mitológicas./
La escena esculpida en altorrelieve sobre la cara anterior del Monumento 4,
poderoso «altar» o «trono» monolítico, representa, por ejemplo, a un dignatario
sentado con las piernas cruzadas, emergiendo de un nicho-caverna dominado por
máscara de un felino antropomorfo. Sostiene una cuerda que lo une a un per-
sonaje secundario esculpido sobre uno de los costados del monolito. Esta escena
puede expresar tanto un mito de origen ram o un acto de vasallaje o de captura
de prisioneros. Desde las visitas déTTlBlom y Ó. La Farge en 1925 y las primeras
excavaciones dirigidas por M. Stirling en 1942, se han descubierto un gran níi-
mero de esculturas en forma de estelas, a menudo alineadas ^ p i e de las cons-
trucciones de la zona ceremonial. La Estela 1, un majestuoso inonolito en basal-
to de 3 .4 0 m de alto, representa un potentado vestido con una túnica y una
capa, quizás hecha de plumas. Lleva un tocado alto con motivos simbólicos,
muy elaborado y que duplica su altura (Ilustración 10b).
En la Mesoamérica antigua ya se dominaban numerosas técnicas lapidarias,
no sólo de la escu ltya monumental sino también del pequeño arte lapidario en
jadeíta y serpentina. De hecho, la maestría observada fue muy rara vez superada
en toda la trayectoria cultural mesoamericana.»
^i^La Venta, como en varios sitios mesoamericanos. contemporáneos, las
hachas votivas en jadeíta, finamente pulidas, ofrecen, a menudo, motivos antro­
pomorfos esgrafiados y claros símbolos de poder tales como los centros y las ba­
rras ceremoniales, a menudo serpentiformes (Ilustración 11b).
Recientes excavaciones dirigidas por R. González Lauck (cf. Clark, 1994)
han llevado (j^uevos descubrimientos de estructuras y de monolitos pero, lo que
es más importante aun, han permitido comenzar a ubicar esos testimonios ar­
queológicos en un contexto socioeconómico más amplio. Los edificios de los
Complejos arquitectónicos D, G y H parecen relacionados con funciones cívicas
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 143

Ilustración 11
COSTA DEL G O LFO

a) La Venta, Tabasco. Altar 5. Pared lateral izquierda de un bloque rectangular de ba­


salto, de 1.55 m de altura, denominado «altar» o trono. Los altos y bajos relieves del
trono muestran personajes que llevan infantes en los brazos. Las escenas pueden li­
garse a ritos propiciatorios o a ceremonias de sucesión dinástica (dibujo de Miguel
Covarrubias, 1961, 72).
b) Hachas de jadeíta pulida de Arroyo Pesquero, Veracruz (cf. Joralemon, 1976).
144 CHRISTINE NIEDERBERGER

y administrativas. El Complejo E atestigua claramente la existencia de lugares


residenciales en la zona.
Por último, el estudio de los tipos de ocupación aldeana sobre el territorio
circundante, caracterizado(po^islotes y redes fljwiolacustres muy densas, ofrece
una primera visión de la constelación de aldeas sateTités que explotaban un me­
dio ambiente muy rico en aves acuáticas, anfibios, reptiles, peces, moluscos y
crustáceos. ^
M ás al Oeste, el sitio de San Lorenzo fue construido sobre una meseta de
más de 5 0 ha, que domina las llanuras circundantes, periódicamente inundadas.
Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 1966 permitieron definir una
larga secuencia cerámica y cultural que incluye las siguientes fases: Ojochi
(1 5 0 0 -1 3 5 0 a.n.e.). Bajío (1350-1250 a.n.e.). Chicharras (1250-1150 a.n.e.),
San Lorenzo (1150-900 a.n.e.) y Nacaste (900-800 a.n.e.) (Coe y Diehl, 1980).
Algunos índices de^anificación del sitio ya se perciben durante la fase Ba­
jío, pero sólo durante»!^ f a s e s Chicharras y San Lorenzo el sitio se transforma
en_un centro regional mayor. Durante la fase San Lorenzo~le Hesarrolían, en par-
ticuíar, sistemas de control de agua y la construcción de canales de distribución
y de drenaje, hechos de piedras talladas en forma de U cubiertas de lajas.
Recientes excavaciones dirigidas por A. Cyphers desde 1990 aportan nuevos
daros de sumo interés sobre las características arquitectónicas de la fase San Lo­
renzo (Cyphers, 1994).^^recuperaron testjmonios de casas de planta absidal, de
paredes de bajareque y de madera, de construcciones de mampostería, a menudo
con pisos o paredes hechos de bentonita local.^Se ha señalado también (In e x is­
tencia de una plataforma baja, de estructuras con piso cubierto de pigmento rojo
y con columnas basálticas utilizadas como elementos arquitectónicos. Relacio­
nadas con las unidades habitacionales se han rescatado áreas de actividades de­
dicadas a(í^ talla de la obsidiana, la explotación de asfalto y el reciclaje de las es­
culturas de basalto.M
En San Lorenzo se hallaron, en efecto, más de 70 esculturas monolíticas (Ilus^
tración 12), incluyendo altares/tronos, estelas, representaciones zoomorfas o hu­
manas. Entre ellas se han encontrado ijjie^caljezas hurnanas c o lo ia l^ de basalto
(Ilustración 13). La primera, descubierta por M. Stirling y bautizada como «El
Rey», mide 2 .8 m de alto (Coe y Diehl, 1980; 301). Se ignora si estas cabezas re­
presentaban retratos reales de dignatarios o si estaban destinadas a evocar, bajo
una forma plástica singular.fa^lgún héroe mitológico. ^También se ha formulado
la hipótesis de que dichas cabezas — debido a la presencia de una especie de cas­
co— hayan podido representar retrátos idealizados de guerreros (o~) incluso de
campeones del famoso juego de pelota mesoamericano. ya en vigencia a fines del
segundo milenio a.n.e.*'
El Monumento 20, de 1.67 m de altura, entra en la categoría de los «alta­
res» o «tronos» (ibid.: 331). Sobre la cara principal se observa, en altorrelieve,
la escena de la presentación de un niño por un personaje adulto que emerge de
un nicho. A la luz de la arqueología mesoamericana, en general, se han formula­
do varias interpretaciones acerca de este recurrente tema.^Entre ellas, la de la sa-
cralización del niño, quieo^de ser así, jugaría un papeljmportante en ciertos ri-
t£i&.piapj£iatoriQS..
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 145

Ilustración 12
SAN LO REN ZO Y P O TR ER O N U EVO , VERA CR U Z

a) San Lorenzo. Monumento 34. Escultura de basalto de 79 cm de altura que representa


a un personaje medio arrodillado, tal vez relacionado con el juego de pelota. Cortesía
del Museo Nacional de Antropología, M éxico.
b) Potrero Nuevo. «Altar» o trono de basalto de 94 cm de altura, soportado por atlan­
tes (Coe y Diehl, 1980: 367).

Ilustración 13
SAN L O R E N Z O , VERA CRU Z

Monumento 1, llamado «El Rey». Cabeza colosal de basalto de 2 .8 5 m de altura (dibujo


de Felipe Dávalos, Coe y Diehl, 1980: 301).
146 CHRISTINE NIEDERBERGER

En el caso específico de la Mesoamérica antigua se puede pensar también en


el simbolismo de la caverna que parece evocar los mitos de origen genealógico
con la presentación de un niño, el de las sucesiones dinásticas. Sea como sea,
esos megalitos esculpidos en una roca volcánica extraída de yacimientos alejados
implican la existencia de sistemas políticos fuertes y de una organización social
bien estructurada.
En la cercanía de San Lorenzo se dieron recientemente dos destacados ha­
llazgos ligados con el horizonte olmeca. El primero, estudiado por P. Ortiz y
M. C. Rodríguez en ía zona deí manantial de El Manatí — considerada por estos
investigadores como un espacio sagrado— , contenía un grupo de esculturas an­
tropomorfas de madera, extraordinariamente bien conservadas, hachas pulidas
de iade y pelotas de hule icí. Clark, coord., 1994). El segundo, realizado en el si­
tio El Azuzul, es una escena, encontrada in situ, de dos espléndidas esculturas de
adolescentes arrodillados frente a un pequeño felino, acompañado de otro felino
de tamaño mayor.
Diversos testimonios de este horizonte cultural, enumerados por A. García
Cook y L. Merino, están distribuidos también a lo largo de todo el litoral atlán­
tico, hasta las regiones septentrionales del río Pánuco.

E l Sur y el Sudeste m esoam erican os

En Chiapas las fases culturales Barra y Ocos fueron seguidas por las de Cuadros
(1100-900 a.n.e.) y Jocotal (900-800 a.n.e.), fuertemente ligadas al horizonte ol­
meca panmesoamericano, y luego por la de Conchas (800-400 a.n.e.) (Coe y
Flannery, 1967; Lowe, 1978; Navarrete, 1971).
A lo largo de las fases Cuadros y Jocotal, el litoral pacífico y la zona central
de Chiapas fueron el marco del florecimiento de una multitud de sitios. En cuan­
to a las ocupaciones más antiguas, T. Lee (1989) señala tres sitios en la zona del
Grijalva Medio — entre ellos San Isidro, que tenía una plataforma baja— , ocho
sitios en la depresión central y siete sitios sobre la costa pacífica. A partir del
900 a.n.e., T . Lee (1989) observa, en estas tres regiones, importantes mutaciones
que califica de «revolución», tanto(@ )la arquitectura como en la planificación
espacial, con grandes estructuras piramidales de tierra, plataformas «acrópolis»
con varíáFcóñsfrucciones de piedra y edificaciones fórmales del juego de pelota.
La riqueza del Estado de Chiapas en esculturas megalíticas, en grabados ru­
pestres y en objetos de arte mobiliario, tales como hachas pulidas, pectorales,
«cetros» y estatuillas que corresponden al horizonte olmeca, es bien conocida
(Navarrete, 1971; 1974). La estela de Padre Piedra muestra a un dignatario con
la característica «manopla» olmeca, especie de escudo manual. El bajorrelieve de
Xoc representa a un hombre con los pies en forma de garras, visto de perfil, con
una máscara bucal aviforme y un tocado alto adornado con el motivo de las
bandas cruzadas.
La continuidad geográfica de este conjunto cultural está atestiguada en Gua­
temala, en particular en el litoral pacífico y, más al interior, en Abaj Takalik
(Graham, 1978). Abaj Takalik, que cuenta con una larga secuencia de ocupa­
ción, es considerado como uno de los sitios del horizonte olmeca más importan-
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 147

Ilustración 14
GUATEMALA

a) Monumento 16/17 de Abaj Takalik. Representación megalítica antropomorfa en for­


ma de pilar (altura 2 m) (Graham et al., 1978).
b) Hacha pulida de jadeíta (altura 31 cm) de Puerto San José, Escuintla (Luján Muñoz,
1984; 85).

Ilustración 15
ICO N OG RA FÍA DEL H O R IZ O N T E O LM ECA PAN M ESO A M ERICA N O

a) El hombre-volador con manopla y antorcha. Chalcatzingo, M orelos.


b) Hacha petaloide de serpentina de Las Bocas, Puebla.
c) Motivo inciso sobre una hacha pulida de Emiliano Zapata, Tabasco, a la efigie de un
dignatario sentado, portador de una manopla y de una antorcha (Grove et a l , 1987;
Joralemon, 1976; Ochoa, 1984).
148 CHRISTINE NIEDERBERGER

te de la zona pacífica de Guatemala conocido hasta el momento. Su vasto corpus


de esculturas monumentales incluye cabezas colosales (Monumento 23), «alta­
res», personajes que emergen de cavidades, estelas con bajorrelieves como el
Monumento 16/17, pilar megalítico de 2 m de alto que representa el rostro de
un hombre con la boca de un felino, rematado con un alto «tocado» en forma
de cabeza humana (Ilustración 14a).
En Honduras, C. Baudez y P. Becquelin han señalado testimonios de este pe­
riodo en Los Naranjos, cerca del lago Yojoa. Por su parte, W. Fash encontró en
el Grupo 9N -8, en Copán, sepulturas con vasijas del horizonte ohneca. algunas
decoradas con el motivo «mano-garra» o el símbolo de las cejas «flamígeras»,
acompañadas de un número destacable de artefactos de jade (Ilustración 15).
En El Salvador este horizonte arqueológico Antiguo está bien representado
en la región de Chalchuapa (Sharer, 1978). En la misma región, cerca de Las
Victorias, S. Boggs señaló la presencia de bajorrelieves rupestres de claro estilo
olmeca.
^ Costa Rica podría representar el límite meridional extremo de la Mesoamé-
rica antigua. Sin embargo, tal como lo señala A. Pohorilenko, no se debe excluir
la posibilidad de que los múltiples artefactos pulidos de muy bello jade de estilo
olmeca puro, originarios de colecciones museográficas o privadas, hayan sido
llevados tardíamente a esta región. ^

M ESO AM ÉRICA EN TRE EL 1250 Y 600 A.N .E.: UNA SÍNTESIS

La síntesis de los datos arqueológicos recogidos permite observar que, hacia


fines del segundo milenio a.n.e., se desarrollaron (gr^la parte meridional de la
América media nuevas «tructuras sociales,, políticas y econóimicas, asi como sis-
temas de creencias de compIéjidadTacrecentada, f
Una de las características fundamentales de Mesoamérica es su tipo de eco­
nomía predominantemente agraria. Importante zon^de domesticación de plan-
tas, contaba ya hacia_el 1250 a.n.£., entre sus recursos alimenticios, una amplia
gamFde'plántás cultivadas entre las cuales figuraban!^ maíz, el amaranto, el fri-
jol, la calabaza, el chile, el tomate verde (Physalis) y el aguacate. Hacia el 1000
a.nTe^(^lüeR0~3^e~cuatr0 milenios"de~rnampüla¿ioñ^ favorables, el tamaño me­
dio de la mazorca de maíz(s^ había sextuplicado. Con este cambio morfológico
favorable, ligado al desarrollo de instrumentos de molienda más grandes y de
forma estandardizada, el maíz comienza a desempeñar un papel preponderante
en la alimentación.'^Paralelamente, los agrosistemas se intensifican y se diversifi­
can. El crecimiento del volumen demográfico se hace, entonces, sensible en dife­
rentes regiones.
Uno de los fenómenos más notables es el desarrollo, a fines del segundo mi­
lenio a.n.e., de una nítida jerarquización de los sitios en los diversos territorios
ocupados.'.Esti>ierarquización espacial conduce al surgimiento de asentamientos
mayores — focos de integración regional— rodeados por una constelación de
pueblos y de aldeas satélites. Los conjuntos de arquitectura pública observados
están hechos de tierra apisonada, a veces mezclada con piedra y adobe. En el
LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS Y SU NACIMIENTO 14 9

marco de un trazado planificado se nota la presencia de montículos bajos y de


plataformas.
Hacia el 1000-900 a.n.e., las estructuras públicas — a veces construidas con
piedra tallada— asociadas con esculturas monumentales se multiplican. El desa­
rrollo de sistemas de control del agua, de acueductos y de canales de drenaje re­
fleja una particular maestría de diversas técnicas hidráulicas. ^
En el marco de estas capitales regionales el poder político se intensifica. De
algunos bajorrelieves y pinturas rupestres de esta época parecen emanar escenas
de ratificación de lazos de vasallaje. La autoridad política parece estar fuerte-
mente marcada por connotaciones sagradas. La iconograBa muestra personajes
con adornos y emblemas hieráticos singulares, ligados a funciones o rangos emi­
nentes. En todo el cuerpo social, fenómenos de jerarquización se formalizan tal
como lo indica, en particular, el estudio de las prácticas funerarias.^En una pers­
pectiva más amplia de la antropolo^a política se puede definir a estas primeras

Las capitales de la Mesoamérica antigua son núcleos de recepción, creación


y circulación de información y de mensajes que, en ciertas instancias, son el ob­
jeto de un registro permanente baio(Qforma de códigos, de símbolos gráficos o
de formas primitivas de escritura grabadas en la piedra o en la arcilla cocida.
Gracias a este registro y a los símbolos recurrentes observables,@ pueden des-
cifrar algunos elemento^relativos a las creencias religiosas y cosmológicas de
fos primeros mesoamericanos. Parece poco probable que en la Mesoamérica an­
tigua hayan existido divinidades formalizadas.^El sistema de creencias parece
más bien implicar un universo de potencias sobrenaturales formado por seres
compuestos y formas fluidas, constantemente capaz de metamorfosis formal y
semántica. ^
Para concluir, debemos poner ahora el acento sobre la estrecha relación que
existió, en el vasto territorio de la Mesoamérica antigua, entre el intercambio de
bienes y la circulación de la información. Los datos arqueológicos ofrecen testi­
monio de la existencia 0e)redes estructiiradasude comercio v de intercambios in­
terregionales que han permitido el transporte, a veces muy lejos de su lugar de
origen, de productos tales como(í^obsidiana, el pedernal, el cuarzo, la amatista,
el ónix, el jade (Ilustración 16), la serpentina, el cristal de roca, la mica, los espe­
jos de mena de hierro, la toba volcánica, el ámbar, la cal, la sal, el asfalto, cierto
tipo de arcillas, el algodón, productos para tinturas, caparazones de tortugas o
conchas marinas.
Todo sistema estructurado de cnmprrin y He intprramhin posee una dimen­
sión no económica. A la circulación de los bienes materiales se agrega la infor­
mación. Por medio de esta doble red, una cierta forma @ simbiosis cultural se
asocia a la economía. Como hemos analizado en trabajos anteriores, tocias las
comunidades de la América media que forman parte de esas redes de comunica-
ción interregionales no sólo manipulan símbolos visuales, un sistema mítico y un
campo semántico común, sino que también participan activamente en su codifi­
cación, evolución y circulacióny\Así, la relativa unidad de estilo y de modos de
vida que se observa hacia el 1250 a.n.e. —y que precisamente define a M esoa­
mérica en su forma primera— deriva sin duda de diferentes factores, pero sobre
150 CHRISTINE NIEDERBERGER

todo de(U)larga osmosis económica observada entre regiones geológica y biocii-


máticamente contrastadas.
En otros términos,(íi)cristalización de esta primera expresión de una civiiiza-
ción panmesoamericana y multiéoiica no parece ser la consecuencia de la in­
fluencia o de ía dominación de una región específica — como por ejemplo la cos­
ta del G o ifo jja l como Ip.quiere,una lenazjradición académica— , sino más bien,
creemos, @ u n a larga maduración cultural ^n la que pudieron participar de ma­
nera activa, y en grados diversos, una gran cantidad de regiones de la América
media dotadas, desde fines del segundo milenio a.n.e., de una organización so­
cial ya compleja y de sistemas agrícolas eficientes.

Ilustración 16
C E R R O D E LAS MESAS, VERACRU Z

El tema del infante, a veces revestido de connotaciones sagradas, tiene un rol preponde­
rante en la iconografía olmeca. Esta estatuilla de jadeíta verde de 12 cm de altura repre­
senta a un niño llorando.
Cortesía del Museo Nacional de Antropología, México.
F O R M A C I O N E S R E G IO N A L E S D E M E S O A M É R IC A :
L O S A L T IP L A N O S D E L C E N T R O , O C C ID E N T E ,
O R IE N T E Y S U R , C O N SU S C O S T A S

L i n d a M a n z a n illa

SU RG IM IEN TO DE LOS C EN TRO S D E PO D ER POSTOLM ECA S

El surgimiento de una pléyade de centros regionales posteriores a la época ol-


meca es una de las características del Formativo Tardío del Altiplano central.
Tlapacoya y Cuicuilco en la cuenca de M éxico, Tlalancaleca y Totimehuacan en
el valle de Puebla-Tlaxcala, Monte Albán y los centros mixtéeos formativos de
Oaxaca son ^jemplos del proceso de nucleación demográfica y de competencia
por el poder. La marginación de la costa del Golfo es un proceso derivado del
abandono de los centros olmecas. La cultura de Chupícuaro mantendrá su inde­
pendencia de la filiación olmeca, pero Occidente tendrá por primera vez una es­
trecha relación con la cuenca de México. ^

C uenca d e M éxico

Aun cuando la cuenca de México no fue una región donde la presencia olmeca
fuese predominante, sí fue escenario de relaciones entre el mundo olmeca y los
grupos locales (particularmente en Tlapacoya y Tlatilco). Se ha propuesto la exis­
tencia de una especialización intercomunal en la producción^Ecatepec estaría de­
dicada a la extracción y procesamiento de la sal; Coapexco, a la manufactura de
manos y metates;'"''Loma Torremote, al abastecimiento y distribución de la obsi­
diana, lo mismo que los sitios Altica del valle de Teotihuacan; Terremote-Tlalten-
co, a la manufactura de cestos y cuerdas; Tlapacoya, a la explotación de recursos
faunísticos de origen lacustre (Sanders, Parsons y Santley, 1979; Serra, 1980). De
un mundo sedentario distribuido homogéneamente en torno a los lagos de la
cuenca, se pasó a un patrón de nucleación de la población alrededor de centros
importantes, como Cuicuilco y Tlapacoya, ubicados principalmente en el Sur.
En sitios del sector de Cuauhtitlán, en el Norte de la cuenca de M éxico, se
observan patrones culturales de inmigrantes probablemente de la región de Tula,
y relaciones con la zona de Chupícuaro, en Guanajuato.
LINDA MANZANILLA
IS 2

Poco se sabe de la población asentada en centros como Cuicuilco y Tlapaco-


ya, pues contamos sólo con la arquitectura del núcleo cívico-religioso. Por otro
lado, la erupción del volcán Xitle ocasionó un despoblamiento del área de Cui­
cuilco, pues la lava hizo impracticable la existencia de seres vivos y, por ende,
actividades como la caza, recolección y agricultura. Esta erupción también tuvo
efectos en el reacomodo demográfico que tuvo lugar en áreas como Chalco-Xo-
chimilco, Iztapalapa y Texcoco, reacomodo que estimuló el ingreso de una po­
blación considerable al valle de Teotihuacan (ilustraciones 1 y 2).^

Valle d e P u ebla-T laxcala

Las fases del Formativo de Tlaxcala correspondientes al mundo postolmeca y


preteotihuacano incluyen: Texóloc (800-400/300 a.n.e.) y Tezoquipan (400/300
a.n.e.-lOO n.e.) (García Cook, 1981).
Durante la fase Texóloc, además de una serie de innovaciones destinadas al
uso del agua (terrazas, estanques, depósitos), destacan posibles pueblos alfareros
construidos alrededor de hornos de cerámica, además de sitios fortificados,
como Gualupita Las Dalias. Otras actividades características son: el desfibrado
de maguey, la aparición de comales para hacer tortillas, el culto a Huehuetéotl y
a un dios del agua, como veremos más adelante.
El sitio principal es Tlalancaleca, ubicado en los flancos del Iztaccíhuatl: es
un sitio con 2 4 estructuras piramidales estucadas, 50 plataformas bajas y 400 vi­
viendas rurales, además de terrazas habitacionales y agrícolas. Sobresale el uso
del tablero-talud en la arquitect^a (elemento que anteriormente se pensaba ha-
jbía sido creado en Teotihuacan). También fueron hallados marcadores calendá-
\ricos (García Cook, 1981: 252) como los que sirvieron para trazar la ciudad de
Teotihuacan. ^
La fase Tezoquipan de Tlaxcala evidencia una mayor nucleación de los sitios
y el surgimiento de 2 0 villas con elementos arquitectónicos antes atribuidos al
horizonte Clásico: montículos grandes con plazas abiertas y arquitectura dis­
puesta en tres lados de ellas; recubrimiento con estuco pintado; existencia de
calles; aparición de juegos de pelota (como el de Capúlac Concepción) (García
Cook, 1981: 257).
Dentro del mundo aldeano del Preclásico de Puebla destaca el centro de To-
timehuacan, a orillas del río Alseseca, con una serie de montículos, terrazas y
plataformas con sus frentes dirigidos hacia los volcanes de la Sierra Nevada.
Una de las construcciones de planta rectangular fue edificada sobre galerías de
túneles que terminaban en recintos circulares con techo en falsa bóveda: en su
interior había una tina monolítica con cuatro figuras de ranas en el borde. El fe-
chamiento de radiocarbono de ésta fue de 200 ± 1 0 0 a.n.e. En Tlalancaleca se
halló una tina similar en el interior de una pirámide.
Otros sitios con huellas de construcciones, algunas de tipo agrícola (terra­
zas y probables canales), son: Amalucan, San Francisco Acatepec y Moyotzin-
go. Puebla. Por último mencionaremos una estructura con talud y cornisa en
Cholula, Puebla, que podría estar fechada al final del Preclásico (Piña Chan,
1974).
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA |53

Valle d e O axaca

La fase Rosario (700/650-550/500 a.n.e.) constituye lo que Flannery y Marcas


(1983: 74) consideran d final del período Aldeano Temprano en el valle de Oa­
xaca. El surgimiento a e ^ o n t e Albán I es indicador de un cambio en el patrón
de asentamiento y en la organización sociopolítica, ya que constituye un nuevo
fenómeno de concentración demográfica, a una escala no vista anteriormente y
un centro administrativo para todo el valle. /'
Hacia 500 a.n.e. la población del valle estaba constituida por una serie de
sociedades autónomas, cada una con una aldea grande y sus villorrios depen­
dientes. La más grande de estas sociedades es la de San José Mogote (con 62 ha
de extensión), cabeza de una organización con 18 a 20 villorrios. En este sitio,
Flannery y Marcus ya han reconocido elementos zapotecos, particularmente en
la escritura jeroglífica.
El periodo que Winter (1989) llama de «regionalización» (850 a 500 a.n.e.),
posterior al desarrollo olmeca, está caracterizado por redes interregionales de in­
tercambio, donde se mueven: obsidiana, jadeíta, piedras verdes, cerámica con
engobe blanco; en éste existe, además, un aumento demográfico y diferenciación
cultural, fenómenos que preparan el camino para el surgimiento de ciudades y
de la sociedad compleja.
Sin embargo, la divergencia entre los desarrollos de la Mixteca y del valle de
Oaxaca comienza a darse entre 1330 y el 5 0 0 a.n.e. La diferenciación funcional
de los sitios del Formativo del valle no sucede en la Mixteca sino hasta el Clásico
(Spores, en Flannery y Marcus, 1983).
■í^El periodo siguiente (500 a 2 00 a.n.e.) es testigo del surgimiento de centros
de concentración demográfica, de los cuales el principal fue Monte Albán. En
la M ixteca se pueden citar centros com o Yucuita, Huamelulpan, Diquiyú,
cerro de las Minas y otros. Estas «ciudades» cuentan con arquitectura monu­
mental y se trata de centros de poder político, económico y religioso (Winter,
1 9 8 9 ).v\
Estamos frente a un nuevo nivel de complejidad social. Mientras que las co­
munidades aldeanas de tiempos anteriores no tenían más de 20 0 habitantes, los
primeros centros urbanos''rebasaron las 2 000 personas. El desarrollo de la es­
critura es otro indicadoñ^ Se conmemoran eventos históricos y celebraciones ri­
tuales, y comienzan los registros de genealogías de individuos importantes. En la
jerarquía de asentamientos existen varios tipos de sitios, a cuya cabeza se en­
cuentran los centros urbanos con áreas residenciales extensas, que se convierten
en capitales políticas y en centros reJigiosos.

Costa d el G o lfo ■V

El fin del desarrollo olmeca se caracteriza por la probable llegada de nuevos gru­
pos; se observan nuevas materias primas en el área, y desde el 6 0 0 al 40 0 a.n.e.
en La Venta se comienza a plasmar un nuevo tipo físico; además las estructuras
y los grandes monumentos de piedra son destruidos, rotos y enterrados en forma
ceremonial (Bernal, 1974: 217).
154 LINDA MANZANILLA

Así, el área de la costa del Golfo se vuelve marginal y ya no será más el pivo­
te del desarrollo mesoamericano. El surgimiento de culturas locales en varios
puntos de Mesoamérica fue la base de la integración macrorregional del hori­
zonte Clásico.
Durante el Clásico, el área de la costa del Golfo se caracterizó por las cultu­
ras de Veracruz central y de la Huaxteca. En Veracruz central destaca el estilo
escultórico de cerro de las Mesas, la cultura de Remojadas-Tlalixcoyan-Apachi-
tal (con su escultura menor en barro y las famosas «caritas sonrientes») y el
complejo «yugo-hacha-palma» (desde el área de Tampico-Pánuco hasta el Bajo
Usumacinta) (Ochoa, 1989).
Sin embargo, el desarrollo más destacado del Clásico Tardío y Epiclásico co­
rresponde a la cultura del Tajín, que reseñaremos más adelante.

O cciden te d e M éxico

Durante el horizonte Formativo Temprano el Occidente de México fue el esce­


nario del desarrollo de las culturas El Opeño y Capacha, que durante el Forma­
tivo Tardío se dividieron en dos culturas distintas: la cultura de «tumbas de
tiro» en Jalisco, Colima y Nayarit, y la cultura chupícuaro entre Michoacán y
Guanajuato (Schóndube, 1988). Ésta representó en el Occidente, a juicio de Ji­
ménez M oreno, un papel semejante a la olmeca en el resto de Mesoamérica.
La cultura chupícuaro eligió asentarse en zonas de tipo lacustre o en sitios
cercanos a ríos. Tuvo contactos y relaciones con la cuenca de México (hasta el
Estado de Tlaxcala) y con la región de Chalchihuites en Zacatecas.^Se caracteri­
za por costumbres funerarias de entierros directos y sepulcros de cráneos, una
cerámica bicroma o polícroma, figurillas H4 y el uso del átlatl o lanzadardos.
La presencia teotihuacana en el occidente de México siguió la antigua ruta í
de dispersión de la cultura chupícuaro.//

C aracterísticas generales d el h orizon te Clásico

El horizonte Clásico podría definirse por la aparición de nueva forma de


vida que denominaremos urbana. Ésta se lleva a cabo en grandes asentamien­
tos cuyos centros cívicos y ceremoniales fueron cuidadosamente planificados y
orientados. En los centros urbanos @ obtienen servicios y bienes que no existen
en las áreas rurales, particularmente artesanías especializadas como la produc­
ción de navajillas prismáticas (Manzanilla, en Manzanilla y López Luján, 1989).
Los primeros centros urbanos presentan una gran diferenciación social inter­
na, basada no solamente en el acceso a bienes específicos, sino ^ndam entada en
el oficio. Para el centro de M éxico, es interesante observar que(1a)pirámide social
está dominada por el sacerdocio, mientras que en áreas como el valle de Oaxaca
o los centros mayas la cima la ocupa Q| gobernante y su fam ilia.,
El sacerdocio tiene en sus manos no sólo las actividades de culto, s in o ^ o -
bablemenfp también la organización de la producción y distribución de muchos
bienes, así como el control del intercaiñbio a larga distancia; ésta es una diferen­
cia notable entre los horizontes Clásico y Postclásico. ^
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA 155

La arquitectura monumental está dominada por las estructuras religiosas,


que presentan rasgos estilísticos regionales (el tablero-talud teotihuacano, el ta­
blero de doble escapulario en Oaxaca, la arquitectura de nichos de la costa del
Golfo). Las plazas frente a las grandes estructuras sirven de áreas de congrega­
ción para el culto y de intercambio.
La religión politeísta del Clásico parece estar dominada por el dios de la lluvia
y del trueno (Tláloc, Cocijo, Tajín y Chac), además de im antiguo dios del fuego y
una diosa de la fertilidad de la tierra, que provienen del horizonte Formativo.
Durante@ C lá sic o observamos la aparición de artesanías especializadas con­
troladas por ^ E sta d o , algunas producidas etTforma masiva. La existencia @ ta­
lleres de espe^ llstas sugiere una división compleja del trabajo.*
Es indudable que el mundo mesoamericano del Clásico estuvo en estrecho
contacto, probablemente a través de los sacerdocios de los diferentes centros. In­
dicadores de estas relaciones son: la difusión del calendario ritual de 260 días y
el cívico de 365 días, el uso de la numeración vigesimal, la presencia de concep­
tos astronómicos y cosmogónicos comunes. Además, podríamos citar el amplio
flujo de bienes suntuarios, organizado por los sacerdotes para abastecerse de
plumas de quetzal, pieles de jaguar, jadeíta, serpentina, turquesa, copal, etc.
El mundo del Clásico es uno de creciente interrelación entre grupos étnicos
distintos y de diferenciación con el resto de América. (L ^ existencia de grandes
capitales de unidades políticas macrorregionales difiere de la pléyade de sedes de
señoríos del Postclásico. if

LA ESFERA TEOTIH UA CAN A

E l d esarro llo teotihuacano

Originalmente, el primer centro urbano de Teotihuacan estuvo ubicado, según


M illón (1973), en el sector Noroeste del valle de Teotihuacan (fases Padachique
y Tzacualli: 150 a.n.e.-lOO n.e.). Al final de este periodo se edifican ^ ^ p irám i­
des del Sol y de la Luna. Durante la fase siguiente (Miccaotli: aproximadamente
entreTos años 100 y ZOO n.e.) s^onstru ye la Calle de los Muertos, que constitu­
ye el eje principal de la ciudad;(í^ o b la c ió n que antes vivía en el sector Noroeste
se muda y establece un patrón ^ i a l Nojjte-Sur de distribución. L a cmdad sigue
aumentando de tamaño hasta alcanzargO) km de superficie y se expande lateral­
mente, hasta que en la fase Xolalpan (aproximadamente entre los años 400 y
600 n.e.) vuelve a ocupar el sector í^oroeste del valle.//

L a ciu d ad de T eotihuacan y el sistem a de p lan ificació n u rb an a. Durante la fase


Tlamimilolpa (aproximadamente entre los años 200 y 40 0 n.e.), la ciudad de Teo­
tihuacan adquiere su configuración característica y ofrece una serie de servicios
y elementos urbanos.
En primer lugar, Ja) ciudad fue planificada siguiendo un sistema ortogonal de
calles paralelas y perpendiculares, constituyendo una retícula orientada a unos
15 grados 17 minutos azimut. Calle de los Muertos es el principal eje Norte-
IS 6 LINDA MANZANILLA

Ilustración 1
SECUENCIAS CRONOLÓGICAS M ENCIONADAS

C u e n ca V a lle de V aU ed e VaUe de V cracru z


H u a x te c a
d e M é x ic o P u eb la -T la x ca la O axaca T u la C en tral
Millón, 1981 Garda Cook, 1981 Winter, 1989 CobeanyMastadie, 1989 García Payón, 1974 Gafcú Payón, 1974
Fuego
1250 n.e.

V E>estrucción del
Toilan
Mazapan V Tajín

1000 n.c. Texcálac

Coyoclacelco Corral TajínV I


Mecepec Monte Aibán Prado Tajín V
nrb-rv Chingú Tajín IV
500 a.e. Xolalpan Tajín m
Monte Aibán IV
Tenanyécac ma
Tajín II
Tlamimilolpa Transidrá H/IIIa
^ en
Áj ^_
v n.e.
Forma tivo
Miccaocü Monte Aibán
Tzaeualli n Terminal
1 n.e. Tajín I
Cuicuilco Tezoquipan
Monte Aibán ra
2 5 0 a.n.e. Ticomán I Tcpeji

500 a n e
Texóloc Rosario

Fuente; Linda Manzanilla.

Ilustración 2
LOS ALTIPLANOS M EXIC A N O S DURANTE EL CLÁSICO Y POSTCLÁSICO TEM PRANO

Fuente: Linda Manzanilla.


FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA 15 7

Sur y Millón propone la existencia de una avenida Este-Oeste que pasaría al


Norte de la Ciudadela (Ilustración 3).
Además de grandes depósitos de agua ubicados al Noroeste de la Pirámide
de la Luna, la ciudad contaba con una extensa red de drenaje suhrerránen cnns-
truida con lajas de andesita y basalto muy bien labradas. El cauce del río San
Juan fue canalizado y su curso fue modificado con(^ fin de que se ajustara a la
traza de la ciudad, de ahí que pase perpendicular a la Calle de los Muertos, al
Norte de la Ciudadela.^
A lo largo de la Calle de los Muertos@ d isponen edificios administrativos v
ceremoniales. Las dos plazas de congregación más importantes se hallaban al
Norte (Plaza de la Luna) y en el Centro (la Ciudadela). Frente a la Ciudadela se
encuentra espacio abierto rodeado por dos alas al Norte y al Sur, denomina­
do el Gran Conjunto. Millón (1967: 83) propone que se trata del mercado más
grande de la ciudad, ya que se encuentra en la parte central de la ciudad; sin em­
bargo, no hay indicadores concretos que apoyen esta hipótesis.
Alrededor del área central se disponen varios complejos residenciales teotihua-
canos, entre los cuales se pueden citar: Atetelco. Yayahuala, T etitla, Tlamimilolpa,
5^1alpan, y otros más.lEstos complejoslde
gjosAc varias viviendas, son una característica
teotihuacana notable, (j^ ^ u e varias familias
__________________ ias compartían
compa tanto un espacio domésti-
____________
co común como c¡ertasactividades.yEstos complejos estaban excluidos de la vida
urbana por altas murallas sin ventanas. En el interior de cada una existía una clara
zonificación de actividades por cuartos (Barba et al., 1987) (Ilustración 4 ).i/
Por otra parte, existían diversos barrios de artesanosl particularmente de ta­
lladores de obsidiana dedi^dos a la manufactura de tipos específicos de objetos.
También existían talleres(d^ceramistas de vajillas diferentes, moldeadores de fi­
gurillas, lapidarios, talladores de piedra, artesanos dedicados a la pizarra, etc.
(de los cuales han sido excavados escasos ejemplos).
También se pueden citar dos sectores donde habitaba gente foránea: 0 ba­
rrio oaxaqueño, en el sector Sudoeste de la ciudad, v el barrio de los comercian­
tes en los márgenes orientales.

L a especialización d el trabajo. La ubicación de la ciudad de Teotihuacan fue ele­


gida tomando en cuenta varios factores: por un lado, la cercanía@ la s minas de
obsidiana de Pachuca; por el otro, la existencia de manantiales, la posición del
valle en la ruta más accesible de tránsito desde el Golfo hacia la cuenca de M éxi­
co v, por último, la cercanía del área al sistema lacustre.
vLas manufacturas teotihuacanas gozaron de prestigio en Mesoamérica. Se ha
calculado queíun^porcentaje importante de la población se dedicaba a las tareas
artesanales,
Dentro de las labores artesanales destacan los talladores de obsidiana, cuyos
talleres llegaron a una especialización a nivel del tipo de artefacto que producí­
an. Muchos de ellos se ubicaban eri torno la Pirámide de la Luna. Por otro
lado, los talleres de los alfareros se disponísm tanto en el sector Noroeste como
en el Sudoeste. Las vajillas utilitarias se hacían en talleres como el de Tlajinga,
mientras que (l^ v a s o s finos tipo «copa», en Teopancaxco (Krotser y Rattray,
1980). Un taller que destaca por ^ hallazgo de los distintos instrumentos y ma-
158 LINDA MANZANILLA

Ilustración 3

Vista de la ciudad de Teotihuacan desde la pirámide de la Luna.


Fuente: Linda Manzanilla.

Ilustración 4

Complejo residencial en el interior de la Ciudadela en Teotihuacan.


Fuente: Linda Manzanilla.
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA |S9

terias primas involucrados en la elaboración en serie de piezas para incensarios


que intervenían en el ceremonial teotihuacano es el excavado por Carlos Muñe­
ra (1985) al Norte de la Cindadela.
En sitios com ojTecópac se han encontrado evidencias de trabajo de lapida­
ria. Existen también otros indicios de zonas de manufactura de objetos de con­
cha, textiles y plumería.
Por otro lado, existían especialistas en la construcción y acabado de los edifi­
cios. En un conjunto residenciafTeotihuacano que excavamos recientemente he­
mos hallado la vivienda un grupo que se dedicaba a pulir y posiblemente pin­
tar los estucos de los edificios (Barba et al., 1987).
La figura sobresaliente los murales teotihuacanos es el sacerdote, que se
reconoce por portar una bolsa de copal. Interviene generalmente en ritos <oe)pro-
piciación de la fertilidad. Podemos pensar que, además del culto, el sacerdocio
cooirdmaba algunos circuitos económicos en los que intervenían prqbaMemgnte
alimentos (a través de la redistribución) y materias primas alóctonas (en circui­
tos de circulación restringida para fines suntuarios).

L a organización so cia l y política. Es poco lo que la arqueología ha aportado so­


bre este tema. Sin embargo, podemos decir, por un lado, que la existencia de
módulos residenciales para varias familias representa una característica singular
de Teotihuacán, y sugiere la convivencia de grupos de corresidencia, parentes­
co y oficio. Tetitla, Yayahuala, Atetelco, Tlamimilolpa, La Ventilla, Xolalpan y
Tlajinga son algunos ejemplos gejconjuntos residenciales teotihuacanos. Con re­
cientes investigaciones en proceso se determinará el grado de participación de es­
tas familias en actividades comunes. V
Sobre la organización política de Teotihuacan, actualmente estamos inmer­
sos en una polémica que sólo con investigaciones intensivas en el área se podrá
esclarecer. Existen dos posiciones encontradas: quienes sostienen que Teotihua­
can estuvo regido por gobernante (o dos) de carácter secular (Cabrera, Sugi-
yama y Cowgill, 1988) y quienes pensamos áúe)los sacerdotes encabezaban el
sistema.
No cabe duda de que, para toda la cuenca de M éxico, Teotihuacan era el
asentamiento más grande e importante. Se ha propuesto que existieran centros
secundarios dependientes en Azcapotzalco y El Portezuelo, aun cuando las ocu­
paciones predominantes de estos sitios sean posteriores a la caída de Teoti­
huacan.

L a religión. Para las primeras épocas teotihuacanas destaca un culto a las cuevas
que comienza a ser esclarecido recientemente (Manzanilla et al., 1989). Proba­
blemente estas cuevas determinaron la ubicación deJLa^ -giaadejS pirámides^~3eTa^
primeras épocas (Heyden, 1975) y quizá del primer centro urbano.
Las deidades más importantes de la religión urbana de Teotihuacan eran
Tláloc, Chalchiuhtlicuel^ u etz a lcó atl ,y eljdios_Mariposa. En las unidades resi­
denciales, como parte delcuíto dMnéstico, aparece Huehuetéotl, deidad que sur­
ge desde el Preclásico Superior. Se menciona también al dios Gordo y quizá, en
sus últimas fases, a Xipe Tótec.
160 LINDAMANZANILLA

D em og rafía d e la cuenca de M éxico durante tiem pos teotihuacanos

Es indudable que el asentamiento principal del Altiplano central durante el Clá­


sico fue Teotihuacán. Su presencia originó una ruralización del resto de la cuen­
ca de M éxico. Además, Sanders, Parsons y Santley (1979) proponen la existen­
cia de 10 centros provinciales, 17 aldeas grandes, 77 aldeas pequeñas, 149
villorrios y 9 recintos ceremoniales aislados.
'*Teotihuacan concentró del 50 al 60% de la población de la cuenca; una ter­
cera parte de sus habitantes estaba dedicada a tareas desvinculadas de la produc­
ción de alimentos.

L o s valles contiguos y los centros dependientes

Se ha pensado que los valles de Toluca, Tlaxcala y Morelos fueran dependientes


de Teotihuacan. Sitios comojCholula y Xochicalco kiuizá fueron centros de aco­
pio de materias primas v productos — como el algodón, el aguacate, la alfarería,
la anaranjada delgada y otros productos— , y que reconocían la supremacía de
Teotihuacán a nivel religioso y económico.
En<eT)valle de Puebla-Tlaxcala. la fase Tenanyécac (100-650 n.e.) es un pe­
riodo de ruralización y estancamiento. En el Norte existe un área bien definida
de 80 asentamientos teotihuacanos organizados en bloques. tG ) cultura cholula
tiene relación estrecha con Teotihuacan y comprende, además del sitio epónimo,
asentamientos como Manzanilla, Flor del Bosque, San Mateo y Chachapa (Gar­
cía Cook, 1981: 267). Se formaría así un corredor teotihuacano que uniría a Teo­
tihuacan con Cholula pasando al Este y Sur de La Malinche, y de ahí la ruta iría
a la costa del Golfo a través de la cuenca de Oriental. De Cholula partirían redes
de intercambio hacia Oaxaca (ibid.).

C olonias teotihu acan as en M esoam érica

Se ha pensado también que las relaciones externas de Teotihuacan con el resto


de Mesoamérica pudieran ser de tres tipos:
1. C olon ias teotihuacanas-. en Kaminaljuyú, Guatemala; Matacapan, Vera-
cruz y, probablemente, en la Sierra Gorda de Querétaro.
2. A lianzas políticas: con Monte Albán, Oaxaca y quizá alguna interven­
ción política directa o indirectai£ofaT ikal, Guatemala .
3. R elacion es d e intercam bio: con Guerrer'orHidalgo, la costa del Golfo y
otras regiones.
Sin embargo, es difícil evaluar el tipo de relación que Teotihuacan tuvo sólo
por el hecho de encontrar elementos como: tablero-talud, cerámica teotihuacana,
obsidiana de Pachuca y elementos iconográficos teotihuacanos en otras regiones.

L a caíd a d e T eotihu acan

La caída de Teotihuacán tuvo lugar alrededor del 750 n.e. Los factores que in­
tervinieron en dicha caída fueron; j
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA |¿|

1. Incursiones de grupos cazadores-recolectores jque habitaban las zonas


desérticas al Norte del valle de Teotihuacan y que aí ver sus recursos mermados
invaden la ciudad.
2. @ 1 proceso de deforestación y deterioro del potencial del valle debido al
crecimiento de la ciudad, por lo que las condiciones naturales, originalmente
ventajosas, se transformaron en adversas. Una probable disminución en la preci­
pitación pluvial pudo haber agudizado el fenómeno.
3. (Encierre de las rutas de acceso a la ciudad por grupos que habitaban los
valles contiguos.
@ c a so es que la parte central de la ciudad fue incendiada y hay huellas de
destrucción intencional de ciertas estructuras. Por otra parte, hav también un
abandono masivo de la ciudad, aun cuando no total, a

EL D ESA R RO LLO D EL ESTA DO ZAPOTECO

C ondiciones políticas d el valle d e O ax aca


en el m om en to d el surgim iento d e M onte A lbán

Uno de los prerrequisitos para el surgimiento de Monte Albán fue, en parte, el


hecho de que ya había existido una organización centralizada en el sitio de San
José Mogote, (@)centro distributivo de productos procedentes de comunidades
interdependientes durante el 1-ormativo Kíedio. Otro aspecto es que Monte Al­
bán está situado estratégicamente en la confluencia de los tres ramales del valle
de Oaxaca: Etla, Tlacolula y Zaachila. La existencia de un cerro alto, que puede
fortificarse y servir de puesto de vigía, fue otro aspecto importante.
@ )piensa que Monte Albán se fundó hacia 500 a.n.e. como la capital de los
tres ramales integrados no sólo a nivel político sino también a nivel económico,
es decir, como un centro de coordinación de la actividad intercomunal.

L a relación con T eotihuacan

Durante Monte Albán Illa (100 a 4 0 0 n.e.) hay evidencias de contacto estrecho
con Teotihuacan. (^ 1^ la plataforma sur observamos lápidas grabadas con altos
personajes teotihuacanos que llevan copal y van desarmados a visitar a un señor
zapoteca. Parece, pues, que conmemoran una alianza política entre las dos ciu­
dades. No hay que olvidar que eníj^ parte Sudoeste de la ciudad de T eotihuacan
ejdstía una pequeña colonia„zap.ot££a.-.

E l E stad o zap oteco

D esarrollo urbano d e M onte A lbán. Monte Albán llegó a cubrir un área de 6.5
km^ y tuvo una población@ 25 0 00 personas aproximadamente (Winter, 1989:
34 ss.). Del 500 al 200 a.n.e., este centro urbano comenzó gyoncentrar la mitad
de la población del valle en las terrazas habitacionales de las laderas del cerro. Se
observan para entonces tres áreas densamente pobladas (al Este, Oeste y Sur de la
LINDA MANZANILLA
162

Ilustración 5

Vista de la plaza del M onte Albán, Oaxaca.


Fuente: Linda Manzanilla.

plaza principal), hecho que ha sugerido la existencia de tres barrios, quizá rela­
cionados con los tres ramales del valle (Ilustración 5).
En el resto del valle se han localizado cuatro centros administrativos secun­
darios, espaciados uniformemente, ^^producción de cerámica tiene un carácter
estandarizado
Durante esta fase se erigen más de 300 lápidas de «danzantes», que podrían
ser cautivos de guerra, muertos, mutilados o enfermos.
Para Monte Albán II (200 a.n.e. a 100 n.e.)@ aban d on an varios centros del
somonte. Ésta fue la única fase en la que Monte Albán emprendió campañas írue-
ra del valle, como lo demuestra el puesto militar cerca de Cuicatlán. Monte Al­
bán se extiende al cerro vecino de El Gallo y se construyen también los grandes
muros defensivos del sitio, que se extienden al Norte, Noroeste y Oeste de la
parte central. En el sector norte el muro cruza una gran barranca formando así
un represamiento de 2 .2 5 hectáreas de superficie. En la cima del cerro, la Gran
Plaza es construida y estucada.
Monte Albán III es la fase de mayor población y construcción arquitectóni­
ca. Las colinas de Atzompa y Monte Albán Chico fueron ocupadas por primera
vez. Durante la subfase Illa hace su aparición el tablero de doble escapulario,
marcador arquitectónico zapoteca.
Durante Monte Albán Illb (400-600 n.e.), ({a^capital cuenta con 3 0 0 0 0 per-
sonas. (su máxima población), como respuesta a un aumento demográfico masi­
vo en la porción central del valle. Se han localizado catorce sectores que podrían
haber funcionado como barrios. En el sector norte de la Gran Plaza se construye
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA 16 3

un gran complejo arquitectónico de carácter palaciego, con áreas columnadas y


un patio hundido.
La fase Monte Albán IV (600-900 n.e.) representa,'!^ declinación del pran
centro zapoteca: se abandona la plaza principal y la ocupación se confina al sec­
tor en el interior de la muralla.

L a especialización d el trabajo. Se ha mencionado ya que desde sus inicios se ob­


servó en Monte Albán la presencia @ a lfa r e ría estandarizada. Durante la fase
Monte Albán Illa esta estandarización continúa, especialmente en lo que respec­
ta a los cuencos. Este hecho ha sido interpretado como una muestra del control
de los centros administrativos sobre la manufactura de la alfarería.
Durante Monte Albán Illb la mayor parte de los 14 «barrios» parece haber
estado asociada con la producción artesanal (manufactura de manos y metates,
cerámica, hachuelas, artefactos de obsidiana, concha, sílex y cuarcita).

L a organización social y política. Desde Monte Albán Illa @ observa un interés es­
pecial por establecer genealogías reales zapotecas a través de representaciones en
las que destaca el motivo «fauces del cielo» (terminología de Alfonso Caso). Las
capitales de distrito fueron Xoxocotlan, Zaachila, Cuilapan y Santa Inés Yatzeche. f
La fase Monte Albán Illb muestra ¿ñ) sistema regional más centralizado. El
mundo zapoteca se aísla del exterior y la Mixteca se separa de la tradición del
valle de Oaxaca. El nuevo complejo palaciego que se contruye en el sector norte
de la Gran Plaza pudo haber sido la residencia del señor zapoteca.
Durante Monte Albán IV el centro urbano declina. El sitio más grande del
valle es Jalieza, capital regional con 16 000 habitantes. Otros sitios, como Lam-
bityeco, comienzan a cobrar importancia d eb id o@ Ja explotación de la sal. La
pérdida de la autoridad central de Monte Albán origina un patrón de centros
políticos independientes y competitivos, separados por territorios despoblados.»-
El colapso de Monte Albán ha sido atribuido al hecho de que, sin la presencia de
Teotihuacan, existía una razón menos para mantener una población tan grande
en una cima improductiva.

L a religión. Se han contado 39 deidades en el panteón zapoteca. De las fuentes


del siglo X V I que nos hablan de la religión zapoteca, podemos destacar algunos
elementos importantes relacionados con las fuerzas de la naturaleza. Quizá el fe­
nómeno más impactante para los zapotecos fue el relámpago. El rayo mismo era
denominado cocijo, y el trueno, x o o co cijo («movimiento del relámpago»). Ele­
mentos importantes eran las nubes, de las que los zapotecas mismos se conside­
raban descendientes. Gtras~deIHad^ qué s~e~puedefi rñencionar son: el Dios con
la Máscara de Serpiente, el Dios Murciélago, el Dios con el Casco de Ave y la
Diosa 2 J con el Glifo J.
El ritual funerario fue particularmente importante en Oaxaca. El uso de ur­
nas funerarias se puede observar tanto en el valle como en la M ixteca.
El primer ejemplo de escritura jeroglífica zapoteca es el Monumento 3 de
San José Mogote que pertenece al horizonte Formativo. refiere a una fecha
«uno terremoto» del calendario ritual de 2 6 0 días^ Este calendario, denominado
164 LINDA MANZANILLA

piye, estaba dividido en cuatro periodos de 65 días (cocijo), que a su vez estaban
integrados por cinco subdivisiones de 13 días {cocii).
Las Estelas 12 y 13 de la Galería de los «danzantes» (pertenecientes a Monte
Albán I) presentan los textos jeroglíficos más antiguos de Monte Albán. En ellas
observamos tanto ieroglíficos calendáricos como de otra índole. Se ha propuesto
que ambas estelas pertenezcan a un. solo texto en dos columnas. De ser así, la
lectura nos proporcionaría el año y el mes, cuatro glifos de evento y los nombres
del día y mes correspondientes. Existen también representaciones de sitios con­
quistados. Desde el inicio del horizonte Clásico (Monte Albán III) observamos
monumentos que podrían referirse a genealogías reales.
Durante Monte Albán IV ocurre la pérdida de la autoridad central de sitio
anteriormente rector (Blanton y Kowalew^ski, 1981; Flannery y Marcas, 1983).
Hacia el 700 n.e. ya no hay construcción pública en el sitio y el número de
habitantes disminuye drásticamente (de 30 000 a 4 000/8 000 habitantes) (Flan­
nery y Marcus, 1983).

A rticulación con la región d e la M ixteca

Durante el Clásico, ningún centro dominó el área de la Mixteca, pero sus cen­
tros urbanos tenían patrones particulares. Muchos están separados a un día de
camino (aproximadamente 30 km).
Existen algunas evidencias de conflicto en las primeras fases del Clásico: ubi­
cación de los asentamientos en la cima de los cerros (cerro de las Minas, Diquiyú
y Monte Negro), construcciones defensivas, cabezas trofeo (Huamelulpán, Yu-
cuita y Monte Negro), interrupción de la ocupación (cese de construcción, aban­
dono, hiato, etc.) (Winter, 1989: 3 6-38).(S^podrían interpretar como unidades
políticas en competencia. Los elementos compartidos son fundamentalmente es­
tilos similares de puntas de proyectil, piedras de molienda, técnicas constructivas
y ciertos motivos (cabezas trofeo, «dagas», entre otros).
Los centros de la Mixteca difirieron de los zapotecas en términos de cerámica,
elementos arquitectórúcos y detalles en las costumbres funerarias (ibid.). A pesar de
compartir la elección de la ubicación de sus ciudades en las cimas de los cerros, nin­
gún centro mixteca tuvo(gl)monopoLio urbano de especialistas en artesanías, merca­
dos, comercialización y traza en retícula (Marcus, en Flannery y Marcus, 1983).
Simultáneamente a la caída de Monte Albán, son abandonados varios ce^n-
tros de la M ixteca. Una nueva organización política surge: íQ ciudad-estado, ca-
\ ' pital de señoríos independientes. Cada una funcionaba como sede de una familia
gobernante, así como centro religioso y de mercado. Existían además centros se­
cundarios, administrados por una nobleza de menor rango.
Otra característica de la época posterior al 750 n.e. fue la existencia de es­
tratificación social bien definida,^ q u e las distinciones de clase eran heredita­
rias (Winter, 1989: 71).
Marcus (en Flannery y Marcus, 1983: 358) ubica la declinación de los cen­
tros mixtéeos hacia el 900-1000 n.e., paralelamente al surgimiento de los cen­
tros ñuiñe de la Mixteca Baja que, a su vez, declinan frente al poderío tolteca.
Con el fin de Tula resurge el poderío mixteca de la Mixteca Alta.
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA 16 5

EL EPICLASICO y LA FO RM A C IÓ N DE C E N T R O S IN DEPEN DIEN TES

M ovim ientos d em og ráficos y conflictos. C am bios de fron tera

Hemos mencionado que un posible factor en la caída de Teotihuacan pudieron


serda^ presiones que centros periféricos y relacionados con Teotihuacan hayan
ejercido sobre la metrópolis.»Después de la destrucción y saqueo de Teotihua­
can, © in ic ió una migración hacia regiones cercanas y lejanas hasta Honduras.
Xochicalco manifestó un notable crecimiento hacia fines del Clásico y pudo ha­
ber bloqueado el acceso a recursos del río Balsas; El Tajín se consolida en el Clá­
sico Tardío y alcanza su apogeo en el Epiclásico; Cholula y Cacaxtla emergen
también como centros independientes en manos de los olmecas-xicallanca, y del
desarrollo de Tula hablaremos más detenidamente después. Otras áreas, como el
valle de Toluca, tuvieron también desarrollos importantes durante el Epiclásico
(Sugiura, en Manzanilla y López Luján, 1989).
ÚL^caída de Teotihuacan provoca un reacomodo en la geografía polírira de
toda Mesoamérica. balcanización del territorio en reinos independientes, la
lucha por la hegemonía, los movimientos de población ^^1 surgimiento de una
instancia secular separada de la religiosa son caraterísticas del Epiclásico. v

C holula y C acaxtla

Es realmente poco lo que se conoce de Cholula (Puebla) durante el Epiclásico.


Después de la etapa de clara influencia teotihuacana, viene una interrupción en
la secuencia (hacia el 7 00-800 n.e.). Posteriormente, del 800 al 900 n.e., se pro­
pone (ía)Jlegada_dejgente_jmeva_Í3UÍz£Jos_^ln^ec^jocicaUanca), quienes son
responsables del resurgimiento del centro durante la etapa Cholulteca I y de la
ruptura del control comercial sobre la región a beneficio de Teotihuacan (Ilus­
tración 6).
En relación a Cacaxtla (Tlaxcala), después de una fase de impacto teotihua-
cano (250-600 n.e.), se observa éT)arribo de un gruño nuevo — los olmecas-xica-
llanca—, quienes son responsables de la construcción de complejos fortificados.
El sltTo se abandona hacia el 1050 n.e., quizá debido a@ destrucción por los rol-
tecas-chichimecas (López de Molina y M olina, 1986) (Ilustración 7). v\
Cacaxtla y Xochicalco comparten la característica de haber elegido cimas de
cerros para ubicar sus principales construcciones cívico-ceremoniales, haber ini­
ciado una tradición de arquitectura militar y haber organizado su asentamiento
en conjuntos discretos.'’'Rodeando las áreas de culto y concentración se hallaban
las zonas residenciales y, más allá, las terrazas y los campos de cultivo.''
Además de los elementos arquitectónicos derivados de@ trad ició n teotihua-
cana, los habitantes de Cacaxtla utilizaron celosías, rombos, rosetones, relieves
monumentales y pinturas realistas de temas guerreros.^
Las relaciones foráneas apuntan en dirección a la costa del Golfo, Oaxaca y
el Sur de Puebla (ibid.).
166 LINDA MANZANILLA

Ilustración 6

La plaza principal de Cholula, Puebla.


Fuente: Linda Manzanilla.

Ilustración 7

V ista de Cacaxtla, Tlaxcala.


Fuente: Linda Manzanilla.
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA 167

X och icalco

Ubicado en el Estado de Morelos, en un cerro terraceado, se construyó Xochical­


co hacia fines del Clásico. Sus principales edificios — la Pirámide de la Serpiente
Emplumada, el Juego de pelota. éP Palacio, los subterráneos, el Templo de las Es­
telas— evidencian una transformación de la arquitectura teotihuacana. El Juego
^ pelota de Xochicalco puede ser uno de los más antiguos del Altiplano central.
@^uso de calzadas es otra característica de este asentamiento (Ilustración 8)."
La presencia de elementos mayas, zapotecas, nahuas y mixtecas en las repre­
sentaciones calendáricas indica que Xochicalco participó de un momento de es­
trechos contactos interregionales.^Las cuevas astronómicas, el culto a la serpien­
te emplumada, a Tláloc y a Xólotl; la representación del glifo teotihuacano «ojo
de reptil» y el uso de cinabrio son elementos que pueden atribuirse a la tradición
teotihuacana (Sáenz, 1974). ^
La ocupación original de Xochicalco se ubica entre el 250 y el 600 n.e., aun­
que su esplendor es durante el Epiclásico (600-900 n.e.). Se propone que haya
sido un centro religioso y astronómico, construido en un sitio estratégico, con
población predominantemente nahua, pero donde llegaron elementos de varias
culturas (Sáenz, 1974). ^
El área que ocupó el asentamiento durante el Epiclásico fue de 4 km. Se uti­
lizaron varios cerros para ubicar las principales construcciones y algunos com­
plejos arquitectónicos estaban unidos por medio de calzadas, r

Ilustración 8

Juego de pelota de Xochicalco, Morelos.


Fuente: Linda Manzanilla.
168 LINDA MANZANILLA

Las laderas de los cerros estaban ocupadas por las áreas residenciales, dis­
puestas sobre terrazas. Las habitaciones se distribuían alrededor de patios inter­
nos y albergaban a familias extensas en superficies de 350 a 1 000 m^.lOestaca el
uso de cuevas como lugares de almacenamiento (Hirth y Cyphers de Guillén,
1988: 121-122). -í'
De los cuatro talleres (S2)obsidiana en el sitio, sólo uno estaba especializado
en navajillas prismáticas con núcleos importados. La diferencia entre el abasteci­
miento de obsidiana del Clásico respecto del Postclásico es la mayor diversidad
de fuentes para este último.
La parte baja del cerro principal estaba ocupada por murallas, bastiones y
fosos. La naturaleza de la arquitectura militar sugiere que su población pudo ha­
berse defendido en segmentos independientes pero coordinados. Así, se sugiere
que la sociedad de Xochicalco haya sido heterogénea, pero integrada política­
mente (Hirth y Cyphers de Guillén, 1988).
Del área total del sitio, un 31% estaba destinado a arquitectura cívicocere-
monial, contrastando fuertemente con otros sitios. Por lo tanto, se ha pensado
que poca gente estuviese de hecho viviendo en el sitio.
1 Xochicalcq/fue, probablemente, la cabeza de un «estado secundario» y quizá
se constituyo en competidor de Teotihuacan por el control de rutas de intercam­
bio hacia Guerrero y el río Balsas, según sugiere Litvak.
Su fin quizá está relacionado con la llegada(^ l o s grupos chichimecas o con
la expansión de los olmecas-xicallanca.

E l T ajín

Si bien El Tajín se originó a fines de la época teotihuacana, su esplendor se ubicó


en el Epiclásico. La cultura de El Tajín se puede observar en sitios como Yohua-
lichan, Lagunilla y otros del centro de Veracruz. Se caracterizó por tener una ar­
quitectura con un estilo peculiar que hacía uso profuso de nichos, frisos de gre­
cas, cornisas voladas y falsos arcos. Los motivos zoomorfos y antropomorfos
muy complejos, la práctica de la deformación craneana y de<J ^ sacrificios hu­
manos son otras de sus características. »
Durante el Postclásico las fuentes mencionan que el área de El Tajín fue inva­
dida por < 1 ^ toltecas. .quienes edifican poblaciones fortificadas como Tuzapan,
Castillo de Teayo y Cacahuatenco. El Tajín evidencia reformas arquitectónicas, ya
que varios frisos de grecas se cubren con mampostería. La construcción del Juego
de Pelota Sxir y del conjunto Las Columnas está ligada a la presencia tolteca.
La presencia de deidades del panteón nahua en la región (Mixcóatl, Xipe,
Cihuacóatl, Chicomecóatl, Tláloc y Quetzalcóatl) es otro indicador (García Pa-
yón, 1974).
La región de El Tajín fue abandonada a fines del Postclásico Temprano; pos­
teriormente se tienen evidencias de invasiones chichimecas en la región.
El asentamiento de El Tajín, que se desarrolla entre el siglo ix y el xn, está
dividido en segmentos, debido a la presencia de sectores nivelados con muros de
contención. En la parte sur predominaban edificios de culto y asamblea, como
templos y juegos de pelota, Otro nivel altimétrico está ocupado por una serie de
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA 169

Ilustración 9

Pirámide de los Nichos en El Tajín, Veracruz.


Fuente: Linda Manzanilla.

edificios residenciales de acceso restringido albergaba quizá a la burocracia


estatal. I@ )te r c e r nivel, aún más restringido, estaba representado por el Templo
de las Columnas y las plataformas residenciales del grupo dominante (Brügge-
mann, en prensa) (Ilustración 9). ,

E l su rgim ien to de Tula

Contamos con algunas evidencias que sugieren que los grupos teotihuacanos va
tenían contacto con la región de Tula durante el Clásico — en sitios como Chin-
gú— , probablemente con el fin de obtener ciertos recursos como la roca caliza
para producir estuco. *'
La primera fase de ocupación de Tula es la fase Prado (700-800 n.e.), en la
que un grupo del Norte u Oeste se estableció en Tula junto con la población lo­
cal; su cerámica es Coyotlatelco, pero más semejante a los materiales del Clásico
Tardío de Querétaro, Guanajuato y Michoacán (Diehl, 1981: 279).
Durante la fase Corral (800-900 n.e.) se observa la primera ocupación sus­
tancial de Tula, particularmente en Tula Chico; todo el complejo Coyotlatelco
— desde El Bajío hasta la cuenca de México— se encuentra integrado. El final de
esta fase es crítico en cuanto a que preludia la aparición de Tula como un Estado
poderoso (Diehl, 1981: 280) (Ilustración 10). t
170 LINDA MANZANILLA

Ilustración 10

■/

Relieves alusivos a la muerte en Tula, Hidalgo.


Fuente: Linda Manzanilla.

EL ESTADO TO LTECA

Tula está situada en un valle del Estado de Hidalgo, cercano a la sierra de Pa-
chuca, atravesado por los ríos Salado y Tula. Existen en el área materiales volcá­
nicos y sedimentarios.
Por mucho tiempo se pensó que la «Tollan» de las fuentes era Teotihuacan,
debido al uso del vocablo náhuatl tollan para identificar famosos centros urba­
nos del Altiplano mexicano (Tollan Cholollan, Tollan Teotihuacan, Tollan Xi-
cocotitlan). El estudio etnohistórico de Wigberto Jiménez Moreno en la década
de los treinta marcó la pauta para la identificación correcta de la capital del rei­
no tolteca (Healan, 1989: 3).
En las fuentes históricas, los toltecas-chichimecas fueron grupos que prove­
nían originalmente del Norte y Oeste de México, y que migraron a la zona de
Hidalgo para establecerse cerca de Tulancingo, antes de poblar Tula. En la fun­
dación de Tula (entre el 750 y el 900 n.e.) algunas fuentes citan también la con­
currencia de un famoso grupo de artesanos, los nonoalca, procedentes de la cos­
ta del Golfo (Healan, 1 9 8 9 ^
La riqueza de los palacios toltecas, la destreza de sus artesanos, sus conoci­
mientos <qg)herbolaria, medicina, mineralogía, calendario v astronomía, su sabi­
duría y devoción a los dioses como Quetzalcóatl son todas características atri­
buidas a este grupo. #
FORMACIONES REGIONALES DE MESOAMÉRICA 17|

Kirchhoff (1985: 262) era de la ¡dea de que los 20 gentilicios y sus corres­
pondientes toponímicos pertenecientes al Imperio tolteca (y citados al principio
de la H istoria tolteca-chichim eca) representan «[•••] un bello ejemplo del ajuste
entre la estructuración del estado y una cierta concepción del mundo determina­
do por los rumbos del universo». Para( ^ Imperio tolteca proponía la existencia
de cuatro provincias exteriores y cuatro mteriores, con la de Tula en el centro
(Kirchhoff, 1985: 267). A este imperio pertenecieron pueblos de distintos oríge­
nes, lenguas y costumbres.*'
En relación con el fin de Tula, Kirchhoff lo atribuye no a una invasión de
los chichimecas (que habían llegado al sitio cuando ya estaba en ruinas) sino a
una migración ^ los colhuas que vivían al Oeste del Imperio (Kirchhoff, 1985:
270).
Existen evidencias de saqueo e incendio de Tula Grande hacia el 1150/1200
n.e., asociadas a cerámica Azteca II (Healan et al., 1989: 247). Pero también hay
algunas evidencias de la declinación de la vida urbana antes del abandono.
La fase Tollan (950-1150/1200 n.e.) es el momento en que Tula alcanza su
tamaño máximo. Se abandona el complejo de Tula Chico, se establece un centro
de culto a la deidad huasteca de Ehécatl, cerca del complejo El Corral, y Tula
Grande se convierte en el eje sociopolítico de la ciudad. ^

D esarrollo urban o en Tula

Los asentamientos del horizonte Clásico — Chingú y el sector norte de la zona


que ocuparía la ciudad de Tula— tienen una disposición y técnicas constructivas
semejantes a Teotihuacan. Fueron abandonados a raíz de la caída de la metró­
polis principal.
Los asentamientos de la fase Coyotlatelco marcan una ruptura respecto a la
disposición anterior; Cobean y Mastache (1985: 277) atribuyen esta solución de
continuidad a la llegada de grupos procedentes de El Bajío que estuvieron en
contacto con la periferia norte de Mesoamérica. Los asentamientos se ubicaron
en la cima de cerros con acantilados, en las laderas del monte Xicuco o en las lo­
mas, por ejemplo, de Tula Chico.
El único sitio de carácter urbano de la época Coyotlatelco fue Tula Chico,
que abarcó 5-6 km^; contó con sectores de producción especializada(^con un re-/
cinto central con juegos de pelota, montículos v plataformas residenciales. /
A diferencia de Mogoni, otro ejemplo de construcciones en el mismo valle
que tiene evidencia de las conexiones con El Bajío, Tula Chico tiene ademásdfl)
dicadores de la población teotihuacana remanente.
Durante el desarrollo del Estado tolteca (900-1150 n.e.), se hicieron modifi­
caciones radicales @ l a traza de la ciudad. Los asentamientos se ubican ahora en
el valle aluvial, en las márgenes de los ríos Tula y Salado y en las zonas de caH-
zas (Mastache y Cobean, 1985: 282). La zona urbana cubre ahora 13 km^ y se
construye un nuevo recinto — el de Tula Grande— con pirámides, templos, jue­
gos de pelota y palacios. Se abandona Tula Chico y estos cambios han sido rela­
cionados con la pugna t^^ T e z ca tlip o ca con Ouetzalcóatl v a la subsecuente hui­
da de este último, i/
172 LINDA MANZANILLA

Del 1000 al 1200 n.e. es el periodo de apogeo y máxima expansión del im­
perio tolteca. La ciudad cubre 16 km^ e incluye, según Mastache y Cobean
(1985: 2 8 7 ), áreas de culto, administración, intercambio, reunión, residencia,
producción y circulación (calles, calzadas v plazas). .
Existen varios tipos (áe)unidades residenciales: palacios, residencias de éli­
te alrededor de plazas, conjuntos resid^ciales de varios cuartos, semejantes a
los teotihuacanos, y grupos de casas. (El Jbarrio huaxteca constituye un sector
aparte, t
Tula no tuvo la planificación de Teotihuacan o Tenochtitlam sin embargo,
conservó la característica impuesta en tiempos teotihuacanos (de) ser un solo
asentamiento urbano grande en un mundo rural (Diehl, 1981: 294).
Com o muchas capitales prehispánicas. ^ u S f u e unA-Ciudad nliu'.iprnica, con
un fuerte com ponente nahua y otom í, además de un barrio huaxteco. v

In dicios d e esp ecialim ción d el trabajo

En relación a la subsistencia, los restos paleobotánicos han demostrado la exis­


tencia de maíz, qu en op od iu m , amaranto, nopal, verdolaga, capulín y mesquite,
además de maguey y varias maderas. El 70% de los restos de fauna pertenece(^
venado y perro doméstico (Diehl, 1981: 287-289).
De las áreas de producción, las actividades más antiguas identificadas son el
desfibramiento de maguey y la talla de obsidiana.
Los asentamientos Coyotlatelco tienen evidencias de áreas especializadas en
el trabajo de la obsidiana y quizá de cerámica y figurillas.
En la fase de máxima expansión, Tula está produciendo obsidiana no sólo
para el autoconsumo. ’^ sínQ) también para la exportación. El 90% es obsidiana
verde de Pachuca. Existen además casas que elaboran tubos de cerámica para el
drenaje, figurillas, vasijas de tecali (travertino) y productos textiles (Cobean y
Mastache, 1985: 288-9 3 ; Diehl, 1981: 288).
En relación con el intercambio con otras regiones, en Tula se han halládo
productos del Soconusco (cerámica Plumbate), de Centroamérica (alfarería po­
lícroma), del Noroeste de México (cerámica cloison n ée). Guerrero (serpentina).
Honduras (jadeíta) y de las costas del Pacífico y del Golfo (concha marina)
(Mastache y Cobean, 1985: 293).'*’Además existe cerámica huaxteca (Pánu-
co V), pero ya hemos mencionado la existencia de un barrio de este grupo en
Tula./»'
*^Las exportaciones incluyen la obsidiana de Pachuca, incensarios grandes de
Tláloc, figurillas, vasijas de tecali y quizá cal, bienes que entraban, según Diehl
(1981: 2 9 0 ), en el intercambio con la costa del Golfo..^.

L a organ ización social y p olítica

Healan J>a establecido la existencia de tres unidades sociales en la estructura do­


méstica: la familia nuclear, la familia extensa y el barrio, que manifiestan dife­
rencias socioeconómicas. La unidad «barrio» ha sido individuada, hasta ahora,
solamente a nivel ritual (Diehl, 1981: 290). t
FORM ACIONESREGIONALESDEM ESOAM ÉRICA |73

La existencia © u n solo recinto cívicoreligioso podría ser indicador de cen­


tralización de poder. Los abandonos de recintos y cambios en orientación o tra­
za han sido atribuidos a luchas de poder.
Existen posiciones encontradas en lo que atañe a la organización macrorre-
gional del imperio tolteca. Como señalamos anteriormente, Kirchhoff proponía
iin ^ división cuatrioartita. que tenía en su centro como eje motor la provincia de
Tula. Sin embargo, Feldman y Carrasco proponen la existencia de una primera
«triple alianza» en la que Tula participa, t

L a religión

Se puede concebir ^ g o b e rn a n ^ de T ula t ambién como sacerdote dedicadoL_al


culto sea de Quetzalcóatl, o de Tezcatlipoca. La presencia del culto a Quetzalcó-
atl-Tlahuizcalpantecuhtli ha sido atribuida al componente nonoalca. v
Los nuevos motivos iconográficos introducidos en el Altiplano en tiempos
toltecas incluyen @ c o a t epantli (muro de serpientes), uso de escenas militares in­
tegradas en la arquitectura y representaciones de órdenes militares, el tzom pantli
o muro de calaveras y el ch ac m o o l (escultura antropomorfa reclinada, que des­
cansa sobre sus espaldas) (López Lujan, en Manzanilla y López Luján, 1989).
Hers (1989) atribuye el origen de muchos de estos elementos a una región de
Zacatecas que tuvo su apogeo paralelamente al desarrollo teotihuacano y sin
aparente relación con este centro.

EL O CC ID EN TE D E M É X IC O D U RA N TE EL CLÁSICO
Y EL PO STCLÁSICO TEM PR A N O

Las características del Occidente de M éxico durante el Clásico y el Postclásico


Temprano son;
a) La existencia de regiones estilísticas diversas que, sin embargo, pudieron
haberse derivado de un origen común.
b) La inexistencia de centros urbanos grandes, como en el Altiplano central
o en el valle de Oaxaca.
c) Inexistencia de estados rerritar-iaJ^s.
d) Presencia de tumbas de tiro (2 0 0 -6 0 0 n.e.).
e) Industria cerámica destacada.
f) El aislamiento que las sierras provocaron en los desarrollos locales.
El complejo cerámico de Colima es característico por sus estatuillas en ba­
rro, que incluyen representaciones realistas de figuras humanas en escenas coti­
dianas, perros, maquetas de casas, entre otros.
El complejo cerámico de Nayarit se distingue por su policromía: parejas, se­
res enfermos o deformes, hombres con pintura facial; maquetas de casas, tem­
plos y juegos de pelota, etc.
Después del 600/900 n.e. dejan de construirse tumbas de tiro y figuras cerá­
micas; el occidente se «mesoamericaniza», perdiendo importancia el culto fune­
rario. Quizá grupos de filiación nahua pertenecientes al emergente reino tolteca
174 LINDA MANZANILLA

entraran en la región (Schondube, 1974). En Talisco, jS)<iesarrollo arquitectóni­


co peculiar es el de los guachimontones, o montículos circulares dispuestos alre­
dedor de patios circulares en sitios como Ahualulco, El Saucillo, Laguna Co­
lorada y Jalisco (Weigand, 1990).^Asociados a estos montículos se encuentran
juegos de pelota y altares. Todos los sitios se encuentran ubicados estratégica­
mente en lugares cercanos a buenas tierras para el cultivo.'^
Otras tradiciones que coexistieron en el occidente durante el Clásico fueron:
a) La tradición de Tierra Caliente, a lo largo del río Balsas en Guerrero, de
características más mesoamericanas (pirámides rodeando plazas y juegos de pe­
lota ocasionales).
b) La tradición de El Bajío, que quizá dio origen al desarrollo Coyotlatelco
y que fue responsable de la cerámica cloisonnée. Esta tradición se caracterizó
por un uso extensivo de terrazas y cuartos con columnas (González de la Vara,
en Manzanilla y López Luján, 1989).
En Zacatecas y Nordeste de Jalisco, los sitios de Chalchihuites, Altavista, ce­
rro de Moctezuma, cerro del Huistle y La Quemada fueron desarrollándose en
los primeros nueve siglos de la era. Esta colonización forzada de tierra de nóma­
das tuvo su resistencia: la ubicación de los sitios en zonas defensivas es un indi­
cador. La sociedad se hizo belicosa. Este pueblo —do^okecas-chichimecas— fue
cofundador de Tula (Hers, en Manzanilla y López Luján, 1989). «

A RTICU LA CIÓN Y CAM BIO SO CIO ECO N Ó M ICO

A continuación esbozaremos una visión personal de las diferencias entre los de­
sarrollos del Clásico y del Postclásico Temprano.
Consideramos que la organización que predominó durante el Clásico en el
Altiplano central de México fue una que giraba en torno@ la institución del tem-
£lo como eje económico y religioso. Esta organización era responsable de la cen­
tralización de excedentes y de la articulación de circuitos redistributivos, colonias
de abastecimiento de recursos y redes de ^rovisionamiento de productos simtua-
rios. Otra característica es la existencia (de^grandes «capitales» macroregionales,
donde se generaron las primeras instituciones urbanas de Mesoamérica. //
Con la desintegración de este tipo de organización se crea @ gran vacío de
poder, que genera la competencia entre pequeños centros y la formulación de
nuevos valores sobre los cuales edificar una organización diferente; (Qconauista
territorial y el estado expansionista. Este tipo de desarrollo estaba centrado en la
institución del palacio, que permitía la capitalización de tierras y bienes proce­
dentes del tributo. Aparece también da) figura del comerciant^. ya no como emi­
sario de las instituciones de control, sino como un personaje con cierta capaci­
dad de decisión. ^
Así, proponemos la existencia de un cambio entre dos tipos de organización,
que probablemente tenga su paralelo en otros lados del mundo (desarrollo su­
merjo t/er.5M5.,E.stado acadio, desarrollo de T iwanaku versus Estado inca).
L A C IV IL IZ A C IÓ N M A Y A
E N L A H IS T O R L \ R E G IO N A L M E S O A M E R IC A N A

Lorenzo Ochoa

El conocimiento de las raíces que alimentaron el desarrollo de la cultura maya


clásica*' era, hasta hace relativamente poco tiempo, bastante endeble debido a su
carácter fragmentario. Hoy día, las investigaciones realizadas en distintos luga­
res de Belice y Guatemala, el Medio Usumacinta y Yucatán, así como en los al­
tos y la costa del Pacífico de Chiapas y Guatemala, permiten penetrar un poco
más en la comprensión de esos orígenes. Actualmente, aunque buen número de
hallazgos corroboran que la presencia humana en el territorio donde floreció la
cultura maya es bastante antigua, en modo alguno es dable pensar que dicha ci­
vilización surgiera de manera autónoma, sin el concurso de estímulos culturales
externos y aislada de otros grupos, como ha llegado a plantearse (cf. Marcus,
1983: 4 8 0 ; Hammond, 1983: 29). Pero si bien las culturas se enriquecen al en­
trar en contacto con otras, cambios y adela,nLO.S_se_desarrplla.n ^n el inferior
de los grupos mismos, después de adoptar y adaptar a sus propias necesidades
ideas y recursos materiales llegados del exterior. El caso de los mayas no es la
excepción. Su culminación y trascendencia cultural, entre los años 250 y 900
n.e., fueron resultado de sus propias transformaciones. ^

EL T E R R IT O R IO , EL PAISAJE Y LAS LENGUAS

Aunque no es fácil conocer la extensión territorial ocupada por los mayas de la


antigüedad, ésta puede calcularse en poco más de 320 000 km^, si pensamos no
sólo en la presencia ^ j)« escritura ieroglífica, estelas conmemorativas con inscrip­
ciones cronológicas denominadas «series iniciales» y uso arquitectónico de cu­
biertas abovedadas» (Rivera Dorado, 1985: 5) y se incluye el área aún habitada
por hablantes de alguna de las lenguas mayances (Morley y Brainerd, 1983: 19).
Desde los estados mexicanos de Tabasco y Chiapas hasta la república de El Sal­

* Entendida ésta como la de máximo apogeo de sus expresiones culturales. Cf. los trabajos de
C. Niederberger y L. G. Lumbreras.
176 LORENZO OCHOA

vador pueden apreciarse las tierras bajas y las tierras altas. Sin embargo, por las
aparentes diferencias con que en éstas se presenta la cultura y la diversidad am­
biental, el territorio se divide en tierras bajas del Norte, tierras bajas centrales y
tierras altas, conocidas también como área norte, área central y área sur.
La zona norte tiene clima seco, con escasas lluvias en verano y vegetación de
bosque bajo. Comprende casi toda la península de Yucatán, que es de origen cali­
zo y apenas sobresale del nivel del mar, excepción hecha de una pequeña serranía
de escasos 100 a 125 m de altura conocida como Puuc, que interrumpe la planicie
calcárea entre los Estados de Campeche y Yucatán. Esa planicie semiárida con­
trasta con las costas, donde existen manglares y pantanos, y el Sur de Quintana
Roo y Campeche, donde comienzan los montes altos y algunas corrientes y lagu­
nas cambian el paisaje. En efecto, debe aclararse que si bien la composición calcá­
rea de la zona norte impide la presencia de corrientes superficiales, su permeabili­
dad en cambio deja filtrar los escasos 750-1 000 mm de precipitación anual, de tal
manera que se conforman corrientes y depósitos subterráneos: los conocidos ce-
notes, que es el plural de la corrupción española de la palabra maya dzonot.
A medida que se avanza hacia el Sur, comienzan las tierras bajas centrales;
una zona de lluvias tan abundantes que llegan a sobrepasar los 2 000 mm anua­
les en promedio y aun, en ciertos casos, alcanzan los 4 5 0 0 mm. Ahí la vegeta­
ción se torna exuberante hasta convertirse en la selva alta perennifolia. También
sobresalen las selvas alta, mediana y baja superennifolia que se desarrollan en
diferentes altitudes y, finalmente, hacia la llanura costera, destacan las sabanas
de diversos orígenes, así como los manglares en las costas. Estas zonas de las tie­
rras bajas, en contraposición con las del Norte, cuentan con una amplia red hi-
drológica conformada por lagunas, pantanos, arroyos y corrientes tan imponan-
tes como los ríos Grijalva, Usumacinta, Hondo, San Pedro Mártir, Candelaria y
de la Pasión, entre otros, que cruzan el Sur de Campeche y Quintana Roo, buena
parte de Tabasco, Belice, el Petén guatemalteco y la Lacandonia. Esa red fue uti­
lizada como vía de tránsito y de comercio en la época prehispánica y hasta bien
entrado este siglo!^n las zonas bajas, por el clima y las asociaciones vegetales, se
forman lagunas y pantanos, de manera más impresionante hacia la llanura cos­
tera de Tabasco y Campeche. *
En el área central no hay grandes elevaciones; tierra adentro se levantan al­
gunas discontinuas sierras irregulares que alcanzan alturas superiores a los 600
m. Más adelante, comienzan a conformarse las estribaciones de las tierras altas,
que en términos generales sobrepasan los 500 m, con promedios superiores a los
1 2 0 0 msnm. Ahí las lluvias, al igual que en el resto de las tierras tropicales, caen
entre mayo y noviembre, con mayores concentraciones entre junio y octubre. En
el área sur, las precipitaciones más altas se dan hacia las laderas del Pacífico, en
cuyas costas abundan los manglares y las lagunas. Esta zona incluye las tierras
altas de Guatemala y Chiapas, donde las intrincadas serranías, ríos, lagos, bos­
ques de pino-encino y valles intermontanos como los de Quetzaltenango, Guate­
mala y Comitán complementan un cuadro que, con excepción de las costas, con­
trasta con la geografía de las tierras bajas.
Durante la época prehispánica, después del Preclásico Superior, salvo peque­
ñas porciones ocupadas por grupos no mayas como los xincas, nahuas y otras
LA CIVILIZACIÓN MAYA EN LA HISTORIA REGIONAL M E S O A M E RI C A N A \^^

más amplias de zoques, todo ese territorio estuvo habitado por grupos de habla
maya. H oy día se conservan alrededor de 26 lenguas mayances, cuyos hablantes
sobreviven en condiciones deplorables, como parte de las contradicciones pro­
pias del mundo moderno. De lo que fueron sólo podemos hablar a través de sus
testimonios orales, de lo registrado en algunas fuentes históricas, pero principal­
mente de los restos de su cultura material.
Del tronco lingüístico macromayance, acaso localizado en los altos Cuchu-
matanes, en la actual frontera de Guatemala con M éxico, comenzaron a dife­
renciarse las diversas lenguas mayas después del año 1500 a.n.e. (McQuown,
1964). Y aunque puede haber discrepancias en este planteamiento, una de las
preguntas que más intriga a lingüistas, arqueólogos y epigrafistas se relaciona
con la identificación de las lenguas que se hablaban en las tierras bajas centrales
durante la época Clásica. Si esta pregunta se planteara para el área norte, no hay
muchas dudas para afirmar que @ hablaba maya-yucateco. Hacia las tierras ba­
jas centrales se supone que se hablaba chol, supuesto que, sin mayores cuestio-
namientos, han seguido la mayor parte de los epigrafistas. A pesar de ello, aun­
que en esa área se hablaban lenguas cholanas, no hay duda de que hacia la zona
de las tierras bajas noroccidentales, en donde queda incluido Palenque, se habló
chontal (Ochoa y Vargas, 1979).*M ás aun, puede sugerirse que si bien en el Fe­
tén y la Lacandonia pudo predominar Q) chol, en el Sudeste de las tierras bajas
centrales tal vez se habló chort./>

ALGO EN TORNO A LOS ANTECEDENTES DE LA CULTURA MAYA

Desde varios milenios a.n.e., pequeños grupos aislados de recolectores cazadores


y pescadores explotaban algunas zonas del área que más tarde sería escenario
del desarrollo, la culminación y la decadencia de la cultura maya. De épocas
posteriores ai año 2000 a.n.e., hasta unos cuantos años después del inicio de
n.e., de Norte a Sur y de Oriente a Poniente, son incontables las pequeñas aldeas
y villas y los grandes centros políticoreligiosos que anteceden a la cultura maya.
El valle de Belice, desde épocas precerámicas, albergó numerosos grupos, cuya
identidad etnolingüística es imposible conocer. En Cuello, alrededor de la segun-
da mitad del segundo milenio a.n.e., los habitantes empezaron a tener ciertas
preocupaciones que iban más allá de la mera satisfacción de las necesidades ma­
teriales. En efecto, allí planearonCR) construcción de plataformas sobre las que
erigían estructuras, cuya función, por la forma en que distribuyeron los espacios
abiertos, distaba bastante de ser habitacional.^En éste, como en otros casos, a
veces enterraban los cuerpos de personajes distinguidos de la comunidad, cuyos
restos revelan que acostumbraban a deformarse la cabeza y gustaban de usar co­
llares y otros adornos (Hammond, 1982: 115-116).
Pero si en el valle de Belice, Cuello es uno de los asentamientos más antiguos
con prácticas agrícolas, intercambio y características de un pequeño centro políti-
coreligioso (Hammond, 1982), en las tierras bajas centrales Uaxactún, en el Pre­
clásico Superior, tuvo los primeros avances en los conocimientos astronómicos
heredados de la cultura olmeca (Ochoa, 1983). Asimismo, los habitantes plasma­
178 LORENZO OCHOA

ron sus ideas religiosas en mascarones que modelaban en estuco sobre las facha­
das de los edificios; costumbre encontrada también en Cerros y El Mirador, perfi­
lándose los antecedentes de la iconografía religiosa de los mayas. En Uaxactún y
Tikal, unos cuantos siglos a.n.e., se experimentó por primera vez con el empleo
de la bóveda en saledizo (cf. La Porte, 1987), rasgo que caracterizaría la arquitec­
tura maya clásica. Un poco antes comenzaron a desarrollarse los complejos arqui­
tectónicos de carácter astronómico, como el Grupo E de Uaxactún(^ el conjunto
Mundo Perdido de Tikal (La Porte, 1987). En Becán, Campeche, se construyó un
sistema defensivo en el Preclásico Superior (cf. Webster, 1974). Ya para entonces,
los primeros grupos mayances se habrían asentado en las tierras bajas centrales y,
en los últimos años del segundo milenio a.n.e., llegaron a la península de Yuca­
tán. Allá, en los últimos siglos a.n.e. y los primeros de la actual, Dzibilchaltún se­
ría uno de los asentamientos más extensos, como Lamanai y Cerros, en Belice, y
El M irador en Guatemala fueron los centros de mayor monumentalidad.
Y mientras éíí)Tikal apepas se iniciaba la construcción de la Acrópolis Nor­
te, en las tierras altas de Guatemala Kaminaljuyú destacaba por su extensión y
enclave. Sobre la costa del Pacífico, Chantuto revela ocupaciones precerámicas
de recolectores de moluscos (cf. Voorhies, 1976). En el Preclásico Inferior, des­
pués del año 1800 a.n.e., destaca la importancia que en algunos sitios como'Al-
tamira tuvo el cultivo de tubérculos (Lowe, 1975: 35)^.
Por el interior de la llanura costera, un sitio que presenta importantes vesti­
gios del Preclásico Inferior y una interesante intrusión olmeca a finales del Preclá­
sico Medio es Padre Piedra (aproximadamente el año 550 a.n.e.). Ya bastante tie­
rra adentro, alrededor del año 1100 a.n.e., cuando la cultura olmeca había
empezado a despuntar, en Chiapas el sitio Mirador parece haber sido un punto
de enlacgcomercial entre la costa del Pacífico y el golfo de México (cf. Agriniere,
19 6 4 ). J ^ l a cultura olmeca, en se localizó un bajorrelieve fechable entre fi­
nales <^1 P^clásico Medio e inicios del Superior. Por la costa, vestigios olmecas
contemporáneos y de la misma factura se conocen desde Chiapas hasta El Salva­
dor, lo que atestigua el importante papel que desempeñó en la zona dicha cultura
que, de acuerdo con algunos autores, pudo ser transportada por grupos de habla
zoque (cf. Lowe, 1983).#
Por otra parte, en Paso de la Amada hubo caseríos contemporáneos a los de
Altamira, cuyos habitantes se desenvolvían entre la costa del mar y el interior
practicando diferentes actividades. Mientras en el primer caso la pesca era una
de las más importantes, en el segundo destacaban la agricultura y la caza. En tér­
minos generales, en los inicios del Preclásico puede hablarse ^^aldeas agrícolas
téoricamente de carácter igualitario, que más tarde cambiaron a una sociedad je­
rarquizada en el Preclásico Medio^. r.

1. Ésta puede considerarse com o una alternativa a la explicación unívoca ^ la agricult\ira de


m aíz ra tre jo^jpugblosjnesoam eric^^ En efecto, tradicionalmente se ha p lan teaío ^ u e la b á s e le
su alim entación era el maíz; sin emBargo, en los trópicos bajos en esas fechas ¿Titonsum o de tuhércu-
los pudo haberlo sustituido."
2 . Es probable que la habilidad en el manejo de ciertos conocimientos relacionados con la ma­
nipulación del medio pudiera dar lugar a la diferenciación en el acceso a los recursos. De esta manera
LA CIVILIZACIÓN MAYA EN LA HISTORIA REGIONAL M E S O A M E RI C A N A | 79

Hacia el interior de la costa, pocos kilómetros al Este de Altamira, Izapa al­


canzaba gran apogeo en los últimos siglos a.n.e. y los primeros de ésta. Sus es­
culturas expresan varias ideas de la cosmogonía y el pensamiento religioso olme-
ca, pero también muestran claros nexos con Kaminaljuyú (cf. Lowe et a l , 1982:
fe s. 2.2 y 2.3), sin dejar de reconocer las posibles relaciones que tuvo Izapa con
@ á rea oaxaqueña y con las tierras bajas centrales. O
ü ñ p o c o más al Sur, en Guatemala, se localizaron asentamientos del año
1500 a.n.e. Entre esa fecha y el año 850 a.n.e. se reducían a pequeñas aldeas
compuestas por grupos de 3 a 20 familias, instaladas gg^casas hechas de varas
forradas con lodo, asentadas sobre plataformas de poca altura. Los caseríos es­
taban dispuestos en las partes altas de las riberas cenagosas de los estuarios y las
lagunas que rodeaban los manglares. Aunque la caza no tuvo mayor importan­
cia, la pesca y la recolección de ostiones y almejas era muy apreciada, si bien la
captura de tortugas, cangrejos e iguanas no era menor. En las zonas más altas
cercanas a las aldeas se practicaba la agricultura de roza y se cultivaba maíz de
la variedad N al T el (Coe, 1986: 47-48).
En el valle de Guatemala hay sitios con fechas de la segunda mitad del se­
gundo milenio a.n.e. Metates y manos de moler reflejan su dependencia del cul­
tivo del maíz, aunque hay evidencias de calabaza, aguacate, frijol, chile y acaso
mandioca o yuca (cf. Borhegyi, 1965: 8).*Xos poblados estaban formados por/
dos o tres docenas de casas hechas de bajareque con techos de palma, distribui­
das aquí y allá.^Eran lugares abiertos y sin protección, enclavados cerca de las
fuentes de agua en los valles intermontanos. Junto a las construcciones o cerca
de ellas, en puntos con poco o ningún riesgo de inundarse, se excavaban grane­
ros subterráneos en forma de botellón, de unos tres metros de profundidad,
práctica que también llevaban a cabo en lugares de Chiapas, Oaxaca y el Alti­
plano central de M éxico. En el Estado mexicano de Chiapas, el sitio de Chiapa
de Corzo tiene ocupaciones fechables alrededor del año 1400 a.n.e. Los metates
y las manos de moler recuperados reflejan indirectamente la importancia del cul­
tivo de maíz. Después del año 850 a.n.e. se aprecia que hubo cierto aumento en
las actividades, que culminan entre el 600 y 500 a.n.e., dándose fuertes relacio­
nes de intercambio con la costa del golfo de México y otras áreas. Parece ser que
los habitantes complementaban su dieta con los productos de la caza y con la re­
cogida de mejillones de agua dulce. Entre los años 450 y 125 a.n.e., Chiapa de
Corzo era un centro políticoreligioso con clara división de clases, a cuya cabeza
pudo haber estado un sacerdote (Lee, 1989: 196). Para entonces, se establecen
claras relaciones con los valles centrales de Oaxaca y se conservaron las que de
antiguo guardaban con la costa del Golfo (ibid.). A la última parte de ese pe­
riodo corresponde el hallazgo de 'la Estela 2 en aquel sitio, con una inscripción
del año 36 a.n.e. (Ayala, 1983: 189-191). Monumentos con inscripciones tem­
pranas también se han encontrado en Guatemala: la Estela 1 de El Baúl, del año

se pudieron ir conformando algunas familias que tuvieron la posibilidad de intercambiar ciertos pro­
ductos con otros grupos, especialmente bienes suntuarios. Conocim iento e intercambio serían funda­
mentales para la form ación de linajes. Aparentemente, para finales de ese periodo se acentúa la dife­
renciación de las sociedades, dándose paso a una organización política del tipo de los señoríos.
180 LORENZO OCHOA

36 n.e., y las números 2 y 5 de Abaj Takalik, cuyas fechas corresponden a la pri­


mera centuria y al año 126 n.e., respectivamente.
Hacia las tierras altas de Guatemala, en el centro políticorreligioso de Kami-
naljuyú, se recuperaron interesantes estelas labradas, que muestran ciertos rasgos
relacionados con Izapa y que Joyce Marcus (1976; 55) considera textos que an­
teceden al sistema maya de registro. En ese lugar, los montículos de tierra, que a
veces alcanzan de 5 a 20 m de altura, remataban en templos hechos de materia­
les perecederos, a los que se accedía por medio de una escalera. Ocasionalmente
se hacían montículos funerarios y las tumbas se forraban con madera y petates,
en donde se colocaban los restos de personajes importantes, cuyos cuerpos se cu­
brían con polvo rojo de cinabrio, depositándoles comida, joyas y vasijas como
ofrendas.^A veces ^ l e s sacrificaban hombrea^-Y-JimÍ£re.a._adultos o niños, lo que
refleja una diferenciación social v la existencia de jefes.
Para el Preclásico Superior y Protoclásico sólo se puede hablar de rasgos ais­
lados de lo que sería la cultura maya. En Dzibilchaltún, si bien todavía no se co­
nocía la bóveda en saledizo, construyeron en cambio grandes plataformas de
mampostería que sostenían templos hechos con materiales perecederos; cono­
cían V u s a b a n el bañn de vapor, o c h o k o h sintum bil h a ’, costumbre que proba-
blemente se relaciona con ritos de purificación (Rivera Dorado. 1985: 63).
En el Preclásico Superior, la mayor parte de los sitios costeros del Norte y
Oeste de Yucatán parecen haber sido pequeñas comunidades de pescadores cu­
yas casas, distribuidas de manera dispersa, se construían sobre modestas plata­
formas hechas de tierra y concha. Algunos materiales revelan que aquellos gru­
pos mantenían intercambios de. escasa importancia con poblaciones del interior.
En otros casos, ciertos sitios pudieron dar cabida a un mayor número de habi­
tantes que, en buena medida, se dedicaban al comercio (Eaton, 1978: 2-63). En
el Sur de Campeche, no deja de llamar la atención que se afirme la tesis de que
Becán, después de una corta existencia y sin gran población, requiriera de un
«foso defensivo» en los últimos siglos del Preclásico Superior o en el Protoclási­
co, sin que aún se conozca bien para qué lo necesitaban (Webster, 1974; Prenti-
ce, 1981). Efectivamente, desde mi punto de vista, con base en la relación que
guarda el foso con los edificios, todo parece indicar que aquel es posterior a los
inicios del Clásico. '
Alrededor del año 1000 a.n.e., en el interior de la costa, sobre los bancos del
Usumacinta Medio, había pequeñas aldeas de carácter igualitario, formadas por
unas cuantas casas hechas de varas forradas de lodo. En algunos casos hubo
fuerte dependencia d ^ o s productos del río: tortugas^eces de varias ela§„es^,_mo­
lu sc o s,_ c ^ tá c e o sy a ^ s^ cu á tic a s (Ochoa y Casasola, 1978: 28), sin pasar por
alto que tambiénQ^ iguana y el venado formaron parte de la dieta de aquellos
grupos ribereños. Hasta ahora, desconocemos qué tipo de productos cultivados
se aprovechaban, pues ni metates ni manos o morteros fueron recuperados y los
restos botánicos indican que el maíz no se conoció hasta el Preclásico Medio,
época en que también comenzaron a utilizar el epazote.
Entre los años 800 y 600 a.n.e., algunas ceránúcas y figurillas reflejan rela­
ciones con el área nuclear olmeca, que se extendía entre el Sur del actual Estado
de Veracruz y el Noroeste de Tabasco. Estos nexos se incrementaron a finales
LA CIVILIZACIÓN MAYA EN LA HISTORIA REGIONAL M E S O A M E RI C A N A |8I

del Preclásico Medio (aproximadamente entre el 600-500 a.n.e.) y se extendie­


ron a las tierras bajas centrales. Para entonces, en sitios del Usumacinta Medio
se erigen plataformas grandes sobre las que plantaban construcciones localiza­
das frente a espacios abiertos que, si bien hechas también con varas y forradas
con lodo, por sus dimensiones y restos materiales eran distintas a otras habi­
taciones. ■'La diferencia en las cerámicas y restos botánicos y de animales recu­
perados refleja una clara desigualdad en el acceso a los recursos, marcando dife­
renciaciones en el interior de ios grupos^ La dependencia de la agricultura cobra
importancia, sin que la pesca ni la recolección de moluscos y caza menor hubie­
ran variado. Poco después, entre finales del Preclásico Medio e inicios del Pre­
clásico Superior, portadores de cultura olmeca se asentarían en varios puntos del
Usumacinta Medio y cerca de la cuenca del San Pedro M ártir (Ochoa, 1982;
1983; Ochoa y Hernández, 1977). Este panorama explica cómo, en el Preclásico
Superior, el Usumacinta Medio desempeñó un papel sobresaliente como vía de
tránsito e intercambio y fue un eslabón en los antecedentes olmecas de la cultura
maya (cf. Ochoa, 1983).

LOS PRELUDIOS DE UNA CULTURA

El desarrollo de la cultura maya fue precedido por un corto lapso, comprendido


entre los años 100 y 50 a.n.e. y 250 n.e.. llamado Protoclásico. Durante ese ínte­
rin, algunos de los sitios que se han mencionado decaen y más tarde son total­
mente abandonados, como es el caso de Cerros, en tantQ_g|ue El Mirador alcan­
zaría su máximo apogeo, mientras que otros como T ik ^ se perfilaban como
grandes urbes. Éste, incluso, llegó a ser capital de un gran territorio. En ese lap­
so, la interacción de los desarrollos internos y externos daría lugar a la confor­
mación de la cultura maya. En numerosos sitios se incrementa la población; la
organización política, otrora sencilla, em p ica a sufrir ciertos cambios en sus es­
tructuras hacia finales del periodo anterior. En efecto, comienzan a conformarse
una serie pequeños señoríos independientes, a cuyo frente pudo estar un jefe
que, adem ás^e concentrar el control territorial y político en sus manos, por
considerarse de origen divino, funda linajes, por lo que sus parientes más próxi­
mos ejercerán los más altos puestos de mando^./Ca)reproducción social de estos
grupos la lograban no sólo por el control territorial, político y económico, sino a
través de alianzas matrimoniales con otros linajes reconocidos por su jerarquía"*.
Este tipo de organización permitió que en las tierras bajas del Norte centros
como Dzibilchaltún, Chunchumil y Komchen, entre otros, monopolizaran la
producción de algodón y sal, así como su comercialización en las tierras bajas
centrales. Por la costa del Pacífico y las tierras altas de Chiapas y Guatemala las

3. Para una explicación más detallada de este asunto y del modo de producción de los mayas,
cf. Rivera Dorado, 1 9 8 5 : 2 3 1 .
4. Vid. infra el registro del tiempo y la historia. El «glifo introductorio» es una anotación ca-
lendárica especial que abre la serie inicial con que empieza un gran número de inscripciones (cf. Ber-
lin, 1 9 7 7 : 53).
182 LORENZO OCHOA

notaciones de puntos y barras, no ortodoxamente mayas, así como la iconogra­


fía de Izapa, Abaj Takalik, El Baúl, Chiapa de Corzo, Kaminaljuyú y otros sitios
preludiaban el gran momento, que llegaría después del año 250 n.e. Hasta aho­
ra, por lo menos en las tierras bajas centrales, el uso del glifo introductorio y del
sistema de cuenta larga en las inscripciones se encuentran por vez primera en la
Estela 2 9 de Tikal, que corresponde al 6 de julio del año 292 n.e.
Asimismo, el dominio de los sistemas de construcción, con la aplicación del
falso arco y el desarrollo de los impresionantes estilos artísticos en los que plas­
maron no sólo sus conocimientos científicos, sino también su ideología religiosa,
a partir de la cual concibieron las ciudades de acuerdo con su cosmovisión. Co­
mo todo lo anterior, también(j^planeación de los observatorios astronómicos y
de los grandes conjuntos arquitectónicos, con sus particularidades regionales, es­
tuvo sustentada en una sociedad clasista, que planeó y desarrolló sistemas inten­
sivos de producción agrícola e incrementó la red de comercio. Esta ampliación
del comercio permitió a ese grupo monopolizar el acceso a productos básicos y
de corte suntuario, además del intercambio de ideas que coadyuvaron a estruc­
turar el andamiaje de la cultura maya clásica, que se extendió desde los Estados
sureños y la península yucateca en México hasta Centroamérica.

ORG A N IZA CIÓN POLÍTICA Y SOCIAL

Una de las mayores dificultades que plantea el estudio de una civilización como
la maya es la de alcanzar a entender en qué tipo de organización política y eco­
nómica descansaba su desarrollo. Según Joyce Marcus (1976), la organización
política se caracterizaba por (Id existencia de ..territorios independientes con sus
capitales, de las cuales dependían centros de menor importancia. Pero esa orga­
nización no se dio repentinamente, sino que obedece a una evolución que se ini­
cia en el Clásico Temprano (1989, ms). Para entonces, acaso podría hablarse de
una organización basada en provincias autónomas que hacia el Clásico Tardío
sufren un cambio en sus estructuras y devienen en Estados regionales con cen­
tros primarios, secundarios y terciarios. Para diferenciarlos, se toma en cuenta el
número de estelas, canchas de juego de pelota, monumentalidad arquitectónica,
pero lo más importante es la presencia del Glifo Emblema, que era una suerte de
símbolo del lugar gobernado por determinado señor. Marcus, a partir del es­
tudio de la Estela A de Copán, dedicada al gobernante XVIII Jog, en el año
731 n.e., desarrolló un modelo cosmológico cuatripartito de la organización po­
lítica de las tierras bajas centrales: «parece claro que para el año 731 de nuestra
era, Copán, Tikal, Calakmul y Palenque fueron las capitales de grandes Estados
regionales y, poco después del año 731 de nuestra era, Yaxchilán también lo se­
ría» (1 9 8 9 , ms). Este tipo de organización política no parece haber sido exclusi­
vo de las tierras bajas centrales, pues hacia las tierras bajas del Norte pudo exis­
tir algo semejante, bien que en esta parte ^ío^es fácil reconocer cuáles pudieron
haber sido las capitales regionales.
En esta área las inscripciones son menos frecuentes; la más antigua, fechada
en el 4 7 5 n.e., se localizó en la espléndida ciudad de Oxkintok. Varias fechas pro-
LA C I V I L I Z A C I Ó N MAYA EN L A H I S T O R I A R EGIO N AL M E S O A M E RI C A N A | 83

ceden de Edzná y se ubican entre los años 672 y 782 n.e. Aunque llama la aten­
ción, no es extraño que estas fechas sean relativamente tardías en relación con las
tierras bajas centrales, pues fue donde desarrollaron y perfeccionaron la forma de
contar el tiempo a partir de una fecha determinada, el año 3114 a.n.e/. Otros lu­
gares conocidos también ^ n e n inscripciones con «cuenta larga» Chichén Itzá.
Tzibanché e Ichpantú’n. De todos los sitios de ía península, el que cuenta con el
mayor número de inscripciones es Cobá, cuyas fechas van del año 623 al 732
n.e., lo que me lleva a pensar que esta urbe, al igual que Oxkintok, Edzná y Chi­
chén Itzá, en distintos momentos, pudo ser capital regional.'^feste tipo de organi­
zación política probablemente existió en las regiones de Río Bec, Chenes y Puuc.
Para el área sur, quizás Kaminaljuyú podría apuntarse como una capital regional.^
Dentro de estos Estados centralizados pueden reconocerse dos clases sociales
claramente diferenciadas: nobles y plebeyos. Por otra parte, existen fuertes du­
das en cuanto a la existencia de esclavos que, si bien desde el punto de vista de la
iconografía parecen reconocerse en algunas representaciones, no se sabe cómo
participaban en la sociedad del periodo Clásico maya. A pesar de ello, si se toma
en cuenta que el papel que ese grupo desempeñó en el periodo Postclásico acaso
no fue muy distinto al de siglos atrás, entonces podría suponerse que)buena par­
te de suiuerza de trabajo se empleaba en la realización de las grandes obras pú­
blicas y aun en la producción de medios básicos.

PO LÍTICA Y ECO N O M ÍA

Esa organización política permitió el desarrollo de una base económica funda­


mentada en la práctica de la agricultura y el comercio (cf. Ochoa, 1979). La pri­
mera de estas actividades se llevaba a cabo tanto intensiva como extensivamente.
Aunque no es fácil referirse a las relaciones de producción, es posible señalar que
la tierra pudo estar bajo 0 ^ n t r o l del señor, o ÁhalIT^uyo puesto era heredita­
rio y. la administraba el grupo en el poder que pertenecía a su mismo linajeí'Este
grupo recibía tributo en especie y en fuerza de trabajo para cultivar las tierras y
para el mantenimiento de las obras de intensificación agrícola, especialmente ca-
nales, campos levantados v terrazas, localizadas en lasj:i«ras bajas centrales y al
Sur de Yucatán, cuyas fechas corresponden al período Clásico._En el área norte,
aunque la intensificación agrícola fue más difícil, hubo diversas formas de apro­
vechamiento del agua; desde la construcción de chultunes o cisternas, así como
depósitos en el fondo de las aguadas, conocidos como buktés o bu kteil (cf. Ba­
rrera Rubio y Huchim Herrera, 1989: 27 9 -2 84), sin pasar por alto la construc­
ción de terrazas asociadas a chultunes (Schmidt, 1981, en Barrera Rubio, 1987:
132). En este aspecto, dadas las limitaciones que ofrece el paisaje calcáreo de la
península, se ha concluido ^u^los maya-yucatecos tuyieron un «manejo integral
de los recursos bajo el sistema ^^m ilpa, que permitió generar el plusproducto

5. Esta fecha fue fijada por los mayas de manera convencional para poder referir todos los
acontecimientos a partir de ella. En el apartado «El registro del tiem po...» se hará referencia a esto.
184 LORENZOOCHOA

necesario para el sostenimiento de la estructura económica de la sociedad prehis-


pánica que se desarrolló en el área [Puuc]» (Barrera Rubio, 1987: 137)®.
Según mis propias observaciones y las pruebas arqueológicas, la agricultura
intensiva se circunscribía a zonas bastante inmediatas o muy cercanas a los gran­
des centros, desde donde la producción era controlada por la élite. Aunque no es
fácil explicarlo, todo tiende a señalar que el común del pueblo no participaba de
los beneficios,ígu^ran destinados al s o s t e n i m i e n t o HpI apararn hiirnrráfirC), m i -
litar y sacerdotal, y a la obtención de bienes suntuarios por medio del intercam­
bio.. De esta suerte, © m a y o ría campesina tuyo necesidad, continuar con sus
prácticas agrícolas de tipo aldeano, autosuficiente y a la usanza tradicional: la
roza (cf. Ochoa, 1979)^. »
La segunda actividad económica de importancia fue el intercambio a gran es­
cala, tanto intrarregional como interregional a larga distancia. Sobre este último,
si nos atenemos a la información que del momento anterior al contacto europeo
proporcionan las fuentes e s c r it^ no quedan muchas dudas en cuanto a que estu­
vo monopolizado por la é lite .® través de esa mstitución los señores adquirían
bienes suntuarios de diversa procedencia. Los mercaderes intercambiaban plumas
de aves preciosas, copal y resinas de los altos de Guatemala y Chiapas; obsidiana
de Guatemala o del centro de México; piedras verdes de Honduras; prendas teji­
das en algodón de Yucatán; cacao del Soconusco y la Chontalpa; pieles de anima­
les de distintos puntos de las tierras tropicales; corales del Caribe; espinas de
mantarraya del Caribe, del Golfo o del Pacífico; sal de la costa de Campeche y
Yucatán, sin que faltara la cerámica suntuaria de distintos lugares.
Aparte de estos productos, a través de esas interrelaciones se adquirían otros
conocimientos y se familiarizaban con otras ideologías, que con frecuencia fueron
aceptadas. Rdaciones de intercambio se.dieron entre las tierras bajas centrales
con los altos y el área norte; con Oaxaca, la costa del Golfo y el centro de M éxi­
co; entre la costa del Pacífico y el Golfo. De todas esas relaciones sobresalen las
que se establecieron entre Kaminaljuyú y Teotihuacan, y las de esta última urbe
con Tikal. Incluso.f^ a u s a de esoslntereses se entablaron alianzas matrimoniales
y, como sucedió en e f segundo caso, se fundaron verdaderas dinastías.

A RQUITECTURA Y URBANISMO

Solamente con esa organización política de carácter estatal centralizado, la coe­


xistencia de las dos formas de explotación agrícola apuntadas, éDmonooolio del
intercambio a larga distancia y la perpetuación del poder a través de los matri-
monios entre los descendientes de los linajes más reconocidos, fue posible que

6. Se trata del manejo global tomando en cuenta las propiedades del suelo, de la vegetación, de
las variedades de semilla que sembraban en distintos puntos al inicio del ciclo agrícola, «de acuerdo al
adelanto o atraso del periodo regular de lluvias». Todo esto «dio lugar a un sistema extensivo de milpa
basado en el pluricultivo, con posibilidad de obtener cosechas múltiples» (Barrera Rubio, 1987: 137).
7. Para una discusión y cuestionamiento relacionados con los alcances de la intensificación
agrícola entre los mayas, cf. O choa, 1990.
LA C I V IL IZ A C IÓ N M A Y A EN L A H I S T O R I A REGION AL M ESOAM ERICANA |85

los grupos se mantuvieran en el poder a lo largo de varias centurias. De esta for­


ma llegaron a desarrollar excepcional civilización, reconocible por sus gran-
des urbes, que no sólo estaban enclavadas en lugares estratégicos, sino que ^ s u
trazo y en ocasiones en su ubicación responden ajana concepción cosmogónica.
En las ciudades se refleja un claro dominio en el uso de los materiales y de
las técnicas de construcción, además de q u e@ arau itectura siempre se adecuó al
paisaje, ya por medio de la crestería que remataba el techo de los edificios, ya
por medio de los grandes basamentos o integrando la escultura en las fachadas.
En la búsqueda de esas soluciones, los mayas desarrollaron diversos estilos ar­
quitectónicos regionales, de modo que las ciudades del Petén no se confunden
con las del Usumacinta, que a su vez son diferentes de las del área norte, donde
los estilos Chenes, Río Bec y Puuc son excepcionales por la riqueza de la decora­
ción de las fachadas. En éstas, el trabajo del mosaico de piedra y los mascarones
del dios Chac ponen un toque inconfundible en lo general, pero distintivo en lo
p arti^ lar, por los elementos decorativos que definen cada estilo.
*'.!El)centro de las ciudades estaba ocupado por los principales edificios públicos,
entre los cuales los espacios abiertos o plazas servían de marco para desarrollar ac­
tividades políticas, religiosas y comerciales. y\hí residían no sólo los gobernantes y
sacerdotes, í^n^también las fsOTÍliasJigadas-aLgnjEO «i_el^Qd£L. En las ciudades
vivían igualmented^especialistas gu^esy ban al servicio de la élite, desempeñando
los más diversos oficios; tal vez junto a ellos estarían los esclavos que participaban
en la construcción y el mantenimiento de las grandes obras públicas. En las afueras
estaban los camp>esinos, aunque no necesariamente debemos pensar que las ciuda­
des mayas estaban dispuestas en círculos concéntricos, pues no había una distribu­
ción rígida de las áreas de vivienda, amén de que en ciertos casos los campesinos
podían habitar alejados de las urbes, en pequeñas aldeas y pueblos. A veces las ur­
bes pudieron estar distribuidas de esa manera, como en el caso de Tikal en el Petén,
donde se ha calculado que vivían más de 40 000 almas, o Dzibilchaltún en el Norte
de Yucatán, cuya población fue tan numerosa como la de Cobá, ciudad que a lo
largo de su existencia llegó a extenderse por una superficie de más de 40 km^. Pero
en éste, como en otros lugares, los cálculos de población que se han hecho deben
tomarse con todas las reservas del caso. Es imposible llegar a saber si la ocupación
era constante y si todas las viviendas estuvieron ocupadas al mismo tiempo. /

A RQ UITECTU RA, R ELIG IÓ N E ID EO LO G ÍA

Templos y construcciones como el del juego de pelota estuvieron ligados con la


religión y dan buena cuenta de la importancia de su ideología a través de las re­
presentaciones materiales en piedra y estuco con que decoraban aquellos edifi­
cios. Los escritos de épocas posteriores nos señalan una desesperada búsqueda
explicativa del papel y del lugar que ocupaba el hombre maya en el universo®.

8. Los planteamientos que siguen están basados en Villa R ojas, 1 9 6 8 ; Thom pson, 1 9 75; Sche-
lle y Freidel, 1 9 9 0 ; Schelle y M iller, 1 992; Rivera Dorado, 1990.
136 LORENZOOCHOA

Un cosmos conceptuado en tres planos^dispuestos verticalmente: el celestial, el


terrenal y el inframundo (Ilustración 1). El primero lo concebían dividido en tre­
ce pisos y el último en nueve, conformando dos especies de pirámides unidas por
el plano terrenal^En el primer caso tenía seis pisos en un lado, que recorría el sol
antes de alcanzar el séptimo que, en realidad, correspondía al treceno o superior,
ya que a partir de éste iniciaba su retorno pasando por los otros seis antes de pe­
netrar en el mundo inferior. Este inframundo lo concebían con cuatro pisos de
cada lado que recorría el sol de la misma manera hasta alcanzar el cuarto que,
en verdad, correspondía al noveno, el punto más profundo a donde llegaba el
astro antes de iniciar su retorno. Ambos extremos estaban comunicados por el
árbol sagrado, que era una ceiba o yaxché, el axism undi, que unía los tres pla­
nos, según su cosmovisión. En este sentido, para explicarse la forma como fun­
cionaba creían que el mundo estaba dividido en cuatro partes horizontales o
rumbos que se identificaban con un color y un dios. Al Este correspondía el rojo,
el blanco al Norte, el amarillo al Sur y el negro al Oeste; en tanto, los dioses es­
taban colocados en cada esquina para -SQSlenei_aLmundo, cuya imagen era la de
un cocodrilo. En su mentalidad este animal representaba la superficie terrestre
sobre la que estaba p la n ta á o ^ rn ax ch é o árbol sagrado, cuyas raíces llegaban al
inframundo y cuyas ramas tocaban las esquinas del mundo celestial, uniendo los
tres planos verticales^ Desde esta perspectiva.(í ^ m avas se afanaron en una bús­
queda explicativa de los lazos de unión eatre lo divino v lo humano, aun después
de la muerte, que concebían como un cambio a otra forma de vida y que, como
los planos verticales del universo, quedaban unidos en una suerte de eterno re­
torno. De ahí que gobernantes, sacerdotes y familiares ligados a las más impor­
tantes dinastíasfs^ on cib ieran como el cosmos, en una secuencia infinita, por lo
cual eran enterrados debajo de los edificios y templos principales, acompañados
de ricas ofrendas. Algunos señores incluso, en su obsesión por alcanzar esos pla­
nos, ordenaron la construcción de impresionantes y fastuosas tumbas.
En efecto,6 ^ q u e los dioses eran io s legitimadores, del poder de los señores,
de los linajes y las dinastías, éstos cumplían el papel de intermediarios entre aqué­
llos y los hombres. Por lo tanto, no es tan extraño que los dioses creadores Ixpi-
yacoc e Ixmucané; el dios del cielo diurno y nocturno Itzamná; la diosa de la
Luna pero también de la Tierra Ix Chel; el dios solar y del tiempo Kinich Ahau;
o el dios de la lluvia y de la fertilidad Chac, fueran concebidos en una dimensión
casi humana y, como tales, introducidos en su mito¡QgÍ3,. Así, los dioses adqui­
rían una dimensión histórica, como si en verdad hubieran tenido existencia te­
rrenal en «otro tiempo o en el origen de los tiempos, que vivieron, lucharon,
amaron y sufrieron, [que] incluso murieron una o varias veces» (Rivera Dorado,
1990: 102). Acaso por eso Rivera Dorado con justa razón señale que «los dioses
mayas no son representaciones antropomorfas de las fuerzas natur^;^ sino ex-
presión me^^órica [...] de los principios fundamentales de la ideología» (ibJS^).
Mundos c ele st^ )Tteñ-éñál~dioses~yTióffibFel forman un todo indivisible.
De ahí tal vez que ({^obsesión de los mayas por observar los fenómenos natura­
les y del universo se debiera a que «como los asuntos humanos están sometidos
a las mismas reglas de recurrencia que el movimiento de los astros o la sucesión
de las estaciones, conociendo el engranaje de los segundos, se puede adivinar
LA C I V I L I Z A C I Ó N MAYA EN L A H I S T O R I A R E G I O N A L M E S O A M E RI C A N A 187

Ilustración 1
LOS PLANOS D EL UNIVERSO

T I E R R A
(M O R A D A D E L O S V IV O S )

IN F R A M U N D O

(M O R A D A D E L O S M U E R T O S )

M E D IA

0 N O C H E

Puente: Basado en A. Villa Rojas.

— O sea, predecir— lo que el destino depara a los reyes, a los nobles y a los ple­
beyos» (ibid.). Concepción cíclica de la vida que aún conservan los mayas actua-
les, para quienes en sus idiomas el tiempo futuro no existe ni se usa de la misma
forma con que lo utilizamos ei^ u estro idioma. J ^ f u turo no está adelante sino
atrás. Se_predk£^lo c o n o c id q j^ fu tu ro sólo se recrea,. Lo que ahora es, fue y
188 LORENZO OCHOA

será. ^Pasado, presente y futuro son uno m i s m o N o sería inexplicable,


entonces, por qué los mayas tuvieron tanto interésela)escribir sus «profecías»,
como las que se asentaron en el Chilam Balam de Chum ayeL Q y n z is la cons­
trucción de edificios para observatorios y aun la planificación de conjuntos ar­
quitectónicos llevaban ese misma intención.

EL R EG ISTR O DEL TIEM PO Y LA HISTORIA

Pero no parece haber sido tan sólo ese el propósito, pues de igual manera los ob­
servatorios tuvieron fines prácticos. Ambas situaciones se entremezclaban. íí^ lín ea
que separaba la ideología religiosa del COTodmietóo práctico jfprmaija p.artLdfiLlá
manipulación del po3er.qüeTe'áIIza5an los sacerdote^s. De ahí la conceptualización
cosmogónica de las urbes o bien la orientación de los edificios y aun de ciertos
conjuntos arquitectónicos,(gu^intención era conocer el cambio de las estaciones.
solsticios V equinoccios. conocImíeñtó"vrtar en los puel^s agrarios para determi­
nar los c i ^ s agrícolas. Las fechas de los cambios podían registrarlas puntualmen­
te por el manejo de un calendario usado al efecto.
En este sentido, los mayas desarrollaron otros calendarios, aunque los más co­
nocidos son el de 365 y el de 260 días. Este último se formaba por la combinación
de 20 días y 13 numerales y se le denomina \tzolkín,\que quiere decir «cuenta de
los días», a cambio de su nombre original, que se d ^ o n o ce (Ayala, 1990: 120,
nota 3). Dicho calendario también recibe el nombre<ge^lmanaque sagrado, ya que
eUdestino del hombre maya se regía por los augurios, buenos o malos, que corres-
pondían al día de su nacimiento .^^Pero si de acuerdo con ese calendario el día del
nacimiento de una persona no era propicio, entonces podía manipularse para cam­
biarlo por uno más adecuado. De esta manera, cuando era factible y especial­
mente © s e trataba de u_i]L¿escendiente de la nobleza, se podía reorientar la suer-
te de la vida del niño, k

LO S G LIFO S D E LOS V EIN TE DÍAS DEL TZO LKÍN O ALM ANAQUE SAGRADO
(calendario de 260 días)

Chuen Eb Cib Caban Etznab Cauac Ahou

Tomado de N . Hammond. Redibujado por César A. Fernández.

9. Schumann (1968) discute con detalle este asunto en relación con el evidencial en las lenguas
mayas.
LA C I V I L I Z A C I Ó N MAYA EN L A H I S T O R I A R EGIO N AL MESO A ME R IC A N A | 89

El primer día del T zolktn era im ix y el último ahau. Como son 20 días y sólo
13 numerales, entonces el décimocuarto día ix volvía a caer en uno, y así sucesi­
vamente, hasta completar las 2 60 combinaciones:

Imix 1 8 2 9 3 10 4 11 5 12 6 13 7
Ik 2 9 3 10 4 11 5 12 6 13 7 1 8
Akbal 3 10 4 11 5 12 6 13 7 18 2 9
Kan 4 11 5 12 6 13 7 1 8 29 3 10
Chichan 5 12 6 13 7 1 8 2 9 310 4 11
Cimi 6 13 7 1 8 2 9 3 10 4 11 5 12
Manik 7 1 8 2 9 3 10 4 11 5 12 6 13
Lamat 8 2 9 3 10 4 11 5 12 613 7 1
Muluc 9 3 10 4 11 5 12 6 13 71 8 2
Oc 10 4 11 5 12 6 13 7 1 82 9 3
Chuen 11 5 12 6 13 7 1 8 2 9 3 10 4
Eb 12 6 13 7 1 8 2 9 3 10 4 11 5
Ben 13 7 1 8 2 9 3 10 4 11 5 12 6
Ix 1 8 2 9 3 10 4 11 5 12 6 13 7
Men 2 9 3 10 4 11 5 12 6 13 7 1 8
Cib 3 10 4 11 5 12 6 13 7 18 2 9
Caban 4 11 5 12 6 13 7 1 8 29 3 10
Etznab 5 12 6 13 7 1 8 2 9 310 4 11
Cauac 6 13 7 1 8 2 9 3 10 4 11 5 12
Ahau 7 1 8 2 9 3 10 4 11 512 6 13

Al lado del T zolktn se encontraba el calendario civil o Ha¿z¿^ividido en 18


meses de 2 0 días, más un mes de cinco días o u ayeb, que eran días sin nombre o
aciagos. La combinación de ambos calendarios daba a los mayas la ventaja de
no volver a repetir la misma fecha antes de que transcurrieran 52 años, que equi­
vale a un ciclo indígena o rueda calendárica (RC). Esto es, para que coincidieran
un día del T zolkíf^ con un día determinado de los meses del H aah tenían que
transcurrir 52 años. /
La e x a c titu ^ o n que los mayas contaban el tiempo fue resultado de cuatro
grandes logros:Q^concepción de una «fecha era»,(í^invención del cero con va­
lor posicional. una numeración vigesimal y un sistema de representación gráfica
de los «signos» calendáricos v no calendáricos. El primer logro fue haber tenido
una «fecha era» como punto de partida para referir todos los acontecimientos
que les interesaba dejar asentados. Esa fecha corresponde al 11 de agosto del
año 3114 a.n.e. o al 12 de agosto del 3113 del calendario gregoriano, según dis­
tintos autores^®..Al contar el transcurso del tiempo por medio de unidades con­
vencionales a partir de una fecha («fecha era»), pudieron registrar sin confusión

10. Entre otros autores, Coe (1 9 8 0 : 46) proporciona la primera de esas fechas; en tanto que
Ruz (19 8 1 ; 173) da la segunda.
190 LORENZO OCHOA

GLIFOS DE LOS 18 M ESES DEL HAAB


(calendario de 365 días)

los acontecimientos más relevantes de su historia. A ese procedimiento de regis­


trar el tiempo se le llama «cuenta larga».
Las unidades convencionales del registro del tiempo son:

Kin = 1 día.
Uinal = 2 0 días = 2 0 kines (un día).
Tun = 360 días = 1 8 uinales (un año).
Katun = 7 200 días = 2 0 tunes.
Baktun = 144 000 días = 20 katunes.

Otro de los logros que permitió a los mayas alcanzar un exacto registro del
tiempo fue la invención del cero con valor posicional, que entre ellos no significó
supresión, ^m ^com pletam iento». Este concepto se reconoce en la figura de una
LA C I V I L I Z A C I Ó N M A Y A EN L A H I S T O R I A R E G I O N A L M E S O A M E RI C A N A 191

C O M BIN A C IÓ N DE LOS CA LEN D A RIO S DE 2 6 0 Y 3 6 5 DÍAS


O RUEDA CA LEN DÁRICA

Tomado de N. Hammond. Redibujado por César A. Fernández.


1^2 LORENZO OCHOA

concha, según el códice de Dresde. Asimismo tuvieron un sistema de representa­


ción gráfica de ios signos ^alendáricos y no calendáricos: numerales, nominales,
¿ireccionales y de acción. Finalmente, estaría su contabilidad de carácter vigesi­
mal, que representaban por medio de puntos y barras verticales u horizontales;
el punto tenía valor de uno y la barra de cinco: f

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17 18 19 O

Conociendo el registro calendárico, el sistema de escritura y la representación


¿el Glifo Emblema de donde procede una inscripción, gS) factible ubicar en el
riempo y en el espacio los acontecimientos más relevantes de lajiistoria de las cla-
cpTéñ el poder"5g~uíi lugar determinado^ De esta manera se ha podido determinar
de (gü^ inscripciones los m ^ as se preocuparon por reflejar nacimien-
tns.jenealogías, matrimonios, alianzas, guerras y conquistas, pero también mi­
tos, ideas religiosas y cosmogónicas.» Acontecimientos e ideas que plasmaron en
estelas, altares, jambas, dinteles, tronos y escaleras, así como en placas de piedra
verde, vasijas, huesos de animales y humanos, y espinas de mantarraya.
Y aunque es difícil probarlo, no es improbable que en los primeros siglos de
n u e s t r a €riQesos registros los plasmaran en piel, telas de algodón y aun en papel,

con los gu^manufacturaron sus códices p libros doblados en forma de biombo,


que por díesgracia no llegaron a nosotros. De éstos, hasta hace poco tiempo, sólo
se conocían tres: D resde, M adrid y París, cuyo nombre se debe a las ciudades en
1:íi donde se encuentran. En los últimos años apareció un cuarto códice, el G rolier,
[ i| que está bastante dañado y es distinto de los primeros, pero cuya factura parece
h jer de indudable origen prehispánico” .

LA DECADENCIA Y LOS CAMBIOS

Hacia los siglos IX y X en términos generales, en unos lugares antes y más tarde en
otros, las estructuras políticas, sociales y económicas de las tierras bajas centrales
se fueron debilitando. A lo largo de más de cien años las actividades se fueron in­
terrumpiendo: poco a poco se dejaron de construir templos, palacios y tumbas.
Los monumentos donde se daba cuenta de la vida cortesana, de las victorias y ha­
z a ñ a s bélicas de los señores, se erigieron con menos frecuenciaí^En fin, las grandes

capitales como Palenque, Yaxchilán, Tikal y Copán comenzaron a declinar y en


algunos casos los centros de poder, aunque por corto tiempo, pasaron a otros lu-
gares.^^También los centros secundarios y terciarios sufrieron los efectos de los
cambios; no así los pueblos menores y las aldeas, que permanecieron sin modifi­
caciones. El eclipse sufrido por esta cultura en las tierras bajas centrales no afectó,
sin embargo, a los centros del área norte, donde, ya en el siglo vii, habían iniciado
un gran ascenso, que no terminaría antes del siglo X en el área Puuc.

11. Cf. Los códices mayas, introducción de Th. A. Lee, 1985.


LA C I V I L I Z A C I Ó N MAYA EN L A H I S T O R I A REGION AL M E S O A M E RI C A N A | 93

Aunque poco se sabe acerca de las causas que propiciaron aquella decaden­
cia y abandono, tampoco es un misterio. En todo caso, fueron situaciones de ca­
rácter interno y externo: ecológicas, sociopolíticas y económicas ./Tampoco igno­
ramos qué pasó con los habitantes. Én fin, que el desenlace de la grandeza maya
en las tierras bajas centrales no fue consecuencia de una sola causa, sino la con­
catenación de varias, que produjeron un fenómeno de despoblamiento por mi­
gración rumbo a la llanura costera y la costa del Golfo, a la península de Yuca­
tán y aun hacia las tierras altas. Las grandes dinastías fundadas cientos de años
atrás no tuvieron a nadie más que las sostuviera; abandonadas a su suerte tam­
bién tuvieron que emigrar.^En las tierras bajas centrales sólo quedaron aislados
núcleos de población dedicados a la agricultura y al intercambio de unos cuan­
tos productos con la costa del Golfo: cerámica, algodón y sal; y cesó el comercio
a larga distancia. 4

LAS TIER R A S BAJAS DEL N O R T E EN EL PO STCLASICO

Por el contrario, en las tierras bajas del Norte no sólo no cesaron las actividades,
sino que políticamente se consolidaron algunas provincias y en la cultura mate­
rial los estilos arquitectónicos Chenes, Río Bec y Puuc alcanzaron su máximo
florecimiento entre el Clásico Tardío y el Clásico Terminal. Poco después, emi­
grantes habla nahua procedentes del centro de México irrumpen por la costa
de Tabasco y Campeche hasta alcanzar la península; por otra vías llegarían a los
altos de Chiapas y Guatemala. Por todas partes se reconoce la introducción de
nuevas id eas()^ n a deidad: Quetzalcóatl = Kukulcán = Nacxitl (cf. Piña Chan,
1977), que comienza a cobrar importancia. Su presencia en Uxmal es indiscuti­
ble, pero es mucho más fuerte I^ C h ic h é n Itzá, donde se dejan ver otras innova-
ciones, creándose un estilo que se conoce como maya-tolteca. Es probable que
un poco antes, procedentes de las tierras bajas centrales, hubieran llegado a Yu­
catán los itzáes, que se asentaron en Chichén Itzá. Después, con edificios mal co­
piados de dicha urbe, se funda la ciudad de Mayapá, donde una famiÜa de nom­
bre Cocom queda al frente del gobierno^^. Otro dirigente. Ah Zuitok Tutul Xiu,
se asienta por aquellas fechas en Uxmal (Navarrete, 1986: 600). Las repercusio­
nes que en el terreno político generaron estos grupos se reflejan en la conforma­
ción de una serie de pequeños Estados independientes. Posteriormente Uxmal,
Mayapán y Chichén Itzá fundan una alianza conocida como la Liga de Maya-
pán, que dura un par de siglos: del X I al X iii. J. Marcus ha sugerido cómo pueden
explicarse los cambios políticos en el área a través del tiempo. De todas mane­
ras, como en el pasado, la base económica continuaba siendo de carácter agrí­
cola, si bien el comercio era una importante actividad de la clase dirigente. A
través de éste adquirían joyas, objetos de oro y tumbaga traídos de América

12. Navarrete (1 9 8 6 : 600) piensa que «Es posible que los itzáes hablaran originalmente ná­
huatl», aunque autores com o Eric J . Thompson hayan planteado antes que pudieron ser mayas
nahua tizados.
194 LORENZO OCHOA

Central; mosaicos de turquesa traídos del Norte de Mesoamérica; y utensilios fa­


bricados con concha adquirida en el Caribe, el Atlántico y el Pacífico.^as cerá­
micas finas procedían de Tabasco, Guatemala y Chiapas; de este último lugar se
importaban el ámbar y el cacao, producto que también se adquiría de la Chon-
talpa, Tabasco, a cambio de tres productos básicos; algodón, miel y sal, tan ca­
ros a la península yucateca. tf

LO S ÚLTIM OS SIGLOS ANTES DE LA CONQUISTA


DE YUCATÁN Y GUATEMALA

La solidez de la Liga de Mayapán llegó a su término cuando la familia Cocom se


encumbra por encima de los itzáes y xiues. Fundan un Estado cuya capital fue
Mayapán, en donde reunieron a los señores de los linajes más reconocidos, lo
que se conoce como Muí Tepal, y crearon un gobierno centralizado, sin borrar
las distinciones entre los linajes (Marcus, 1989: 209).
Bajo ese tipo de gobierno pueden reconocerse dos grupost^nobleza, a la que
pertenecían los gobernantes v sacerdotes que manejaban la burocracia más en­
cumbrada y la ideología y que ejercían además el monopolio de los conocimien­
tos y el comercio; i^los plebeyos, a quienes correspondían las actividades produc­
tivas, la agricultura, la pesM, la extracción de la sal y la miel, entre otras. Este
grupo, además, pagaba tributo en especie y trabajo al grupo dirigente. Finalmen­
te, e s t a b a n esclavos, cuya obligación consistía en trabajar para los gobernan­
tes, que disponían la tierra de la siguiente manera: tierra del Estado v tierra de los
pueblos. Pero además tanto los linajes como los señores tenían las suyas.
Habían transcurrido escasos tres cuartos de siglo después de la caída y des­
trucción de Mayapán y sus dirigentes a mano de las otras familias, cuando lle­
gan los españoles. Se vivía í@_periodo de reacomodo, en el que la fragn^jMación
política había üeyado a la constitución de pequeñps Estados independientes, a
los que denominaron provincias.'íQ) estructura y el poder en eso.s.Estados pre­
s e n ta ^ varias mojialidades. En algunos casos estaba en manos de un linaje en­
cabezado por un jefe, el Halach Uinic, de quien dependían los jefes de los pue­
blos ubicados en su provincia. Otra forma de gobierno fue da) confederación de
varios pueblos y había una tercera, en la que el territorio era gobernado por va­
rios miembros de un mismo linaje.
En tanto, para los últimos años anteriores a la llegada de los españoles, en
Guatemala sobresalían Iquichés v cakchiqueles. aunque estos últimos habían es­
tado sometidos durante largo tiempo a los quichés, cuya estructura política era
de corte estatal y tuvieron como capital a Utatlán. Del origen de esos grupos
poco se sabe, porque aun siendo mayas existía entre ellos la tradición de hacerse
proceder de Tula, en donde habían estado.^El libro del P op ol Vuh, en su tercera
parte, da cuenta de estas tradiciones, como también lo hace la primera parte del
M em orial d e S ololá o Anales d e los C akchiqueles. ^
De todas maneras, las relaciones con el centro de México pueden conside­
rarse, hasta cierto punto, algo estrechas, tanto en el terreno cultural como por el
interés comercial que estaba de por medio. En los últimos siglos anteriores a la
LA C I V IL IZ A C IÓ N MAYA EN L A H I S T O R I A REGIO N AL M E S O A M E Rl C A N A 195

Conquista, la arquitectura de algunas ciudades presenta ciaras influencias de


aquella área, como también se aprecia en el aspecto ideológico. De su religión se
registró en caracteres latinos uno de los más espléndidos libros de tradición
prehispánica, L as antiguas historias d e lQ u ic h é o P o p o l Vuh.
En cuanto a la organización social.d ^ quichés reconocían dos grupos clara­
mente diferenciados: señores y vasallos. tercer grupo lo constituía el que se
ha identificado como esclavo, que por lo regular estaba (^ s e r v icio de las casas
rein a n tes.^ e los esclavos podían disponer los señores y ponerlos a la venta u
ofrecerlo^ en sacrificio. lEr^ un grupo tan bien consdmido_gue, en algunos casos,
tenía sus formas de gobierno interno.
Los señores, por su parte, estaban organizados en linajes, y de éstos los prin­
cipales usufructuaban los puestos burocráticos de primero y segundo nivel,
mientras que los de tercer nivel los dejaban a los linajes secundarios. Los vasa­
llos estaban al servicio de los señores y tenían obligación, en ciertos casos, de
atender sus tierras^^. Entre los quichés no se sabe con certeza quiénes eran los
mercaderes, que si bien(ng) parecen, haber pertenecido a ningún linaje reconocí-1
do,tam poco eran simples vasallos. * '
Cuando los españoles arribaron a los altos de Guatemala, (!ei)panorama polí­
tico era distinto al de unas decenas de años atrás. Al principio, los cakchiqueles
eran soldados de los quichés que durante el reinado de Quikab llevaron las con­
quistas hasta sitios bastante alejados de las tierras altas. El despotismo con que
gobernaba dicho señor y los problemas interfamiliares lo condujeron a serios re­
veses, hasta que se debilitó el poder interno. Aprovechando la situación y con
sus éxitos militares los cakchiqueles lograron separarse y fundaron su propio se­
ñorío, cuya capital fue Iximché. Incluso, llegaron a derrotar y someter a sus anti­
guos amos, en una guerra que acabó con el poderío de los quichés.
Poco habría de durar tal situación.'^l dominio español empezó con los qui­
chés que, aun cuando opusieron resistencia, pronto fueron sometidos. Desde
Utatlán, que había sido incendiada, siguió la Conquista rumbo a Iximché y con­
tinuó a otros pueblos importantes.í^

EPÍLOGO

El desarrollo de la cultura maya tuvo su esplendor en distintos momentos en las


diferentes áreas y se fijó en una organización política de carácter centralizado,
en la cual jS>ideología religiosa desempeñó uno de los papeles más relevantes. La
centralización del poder permitió estructurar una economía de gran alcance; en
ésta, ^^agricultura y el comercio habrían sido las actividades más sobresalientes,
sobre las que descansó el esplendor de las expresiones culturales.
Según la evidencia arqueológica, hacia el primer milenio a.n.e. en las aldeas
agrícolas sedentarias con una economía autosuficiente y una sociedad teórica-

13. Carmack, en diferentes publicaciones, ha hecho aportaciones a estos temas; aquí sólo aco­
to un corto trabajo de 1 9 7 6 , en el cual ofrece un panoram a bastante conciso acerca de la organiza­
ción social y política de los quichés.
196 LORENZO OCHOA

mente igualitaria comienzan@ d estacar pequeños grupos, cuya habilidad en el


manejo de ciertos conocimientos dio lugar a una diferenciación en el acceso a los
recursos naturales/^ales conocimientos iban desde la aptitud para obtener y tra-
' bajar determinados materiales, ojlesde el reconocimiento.y uso de la herbolaria,
hasta Cuestiones tan complejas como el manejo de la escritura, las matemáticas,
la astronomía v el registro del tiempo/^Asimismo, el desarrollo y manejo de una
filosofía en la cual concibieron (Gña)cosmovisión qiw le£ permitía, desde su punto
de vista, explicar el lugar que ocupaba eí hombre en el universo. Estos conoci­
mientos y conceptos filosóficos íes conHüjeron á’ desárrolíar la idea de una histo­
ria cíclica en la que, aparentemente, interviene la noción de distintos tiempos, en
uno de los cuales los dioses habrían ocupado un lugar al lado del hombre, otor­
gando ciertas habilidades y conocimientos a algunos de ellos, v
Esa idea de concebir su cosmovisión y su historia fue fundamental para la
formación de grupos familiares cerrados o linajes, ostentaban un origen di­
vino. M ás aun, sus miembros, valiéndose de esa supuesta ascendencia divina,
manipularon la ideología y los conocimientos para legitimar el poder de algunos
de ellos que, finalmente, habrían quedado al frente del gobierno, como quedó
registrado en las inscripciones.'^e esta suerte, esos señores se presentaron como
intermediarios entre los dioses y los hombres comunes, acentuando la desigual­
dad social que posibilitó al grupo en el poder usufructuar la producción agríco­
la, al tiempo que monopolizaba el comercio y el intercambio de recursos, que se
traducían en bienes suntuarios, n
A partir de estos conceptos y de la desigualdad entre los hombres, surgen los
centros político y religiosos planeados @acueKlo_con_sus ideas_co5njngónicas;
las sociedades fuertemente estratificadas y el control de pequeños territorios au­
tónomos o provincias. Es posible considerar que hacia el Clásico Temprano exis­
tieran varias de esas provincias, cuya organización, aparentemente, ya obedecía a
una concepción cosmogónica, que resulta más clara en el Clásico Tardío, cuando
siguen un modelo cuatripartito. En efecto, para entonces muchas de aquellas pro­
vincias parecen haberse fusionado, conformando Estados regionales, con centros
primarios, secundarios^y terciarifis.^Esos Estados buscaron reforzar su poder me­
diante guerras de conquista, pero también a través (^ m atrim on ios de convenien-
cia entre personajes de las casas reinantes de los distintos centros, por lo cual la
mujer ocupó un lugar sobresaliente en la sociedad. i
Dentro de aquellos Estados, cuyo carácter centralizado parece indudable,
había dos clases sociales claramente diferenciadas: nobles y plebevos. v queda
una fuerte duda sobre la existencia de esclavos, de los que, si bien en la icono­
grafía parecen reconocerse, se ignora cuál era su participación en la sociedad del
Clásico maya. Esa organización sociopolítica tenía su base económica en la
práctica de la agricultura y el comercio. La primera de esas actividades se llevaba
a cabo tanto intensiva como extensivamente. Y si bien se desconocen las relacio­
nes de producción y las modalidades de la tenencia de la tierra, es posible seña­
lar que ésta pudo estar bajo el control del gobernante de cada Estado, que era
asistido por un grupo de su mismo linaje para administrarla. Ese grupo, que
conformaba la nobleza, recibía tributo en especie y en fuerza de trabajo para
cultivar las tierras y para el mantenimiento de las obras de intensificación agrí­
LA C I V I L I Z A C I Ó N M A Y A EN L A H I S T O R I A R EGIO N AL M E S O A M E RI C A N A I 97

cola, que eran modestas. Buena parte de la producción se destinaba a la obten­


ción de bienes suntuarios a través del comercio y el intercambio, lo cual permitía
la reproducción del aparato burocrático, militar y sacerdotal. Por el contrario,
los grapos campesinos continuaron con sus prácticas agrícolas de tipo extensivo.
(El}:omercio v el intercambio, interre^ional e intrarregional, estuvo moriopo-
lizado por la élite y puede considerarse como la segunda actividad sobre la que
descansó la economía. A través de esa institución, los señores obtenían bienes
suntuarios de diversas regiones, aunque también el intercambio de conocimien­
tos e ideologías se ponían en juego. Con esa organización política, la coexisten­
cia de las dos formas de explotación agrícola señaladas, el monopolio del inter­
cambio, el comercio exterior@ lo s arreglos matrimoniales'^por conveniencia entre
los descendientes de los linajes más reconocidos, aquellos grupos intentaron, y a
veces lo consiguieron, mantener la supremacía durante largo tiempo. De otro
modo, tal vez no hubieran llegado a desarrollar tan excepcional civilización, en
la cual no sólo destacan las grandes urbes enclavadas en lugares estratégicos, o
su magnifica arquitectura, escultura, pintura y los monumentos con inscripcio­
nes, sino las obras destinadas a las observaciones astronómicas o las de ingenie­
ría hidráulica.
Pero ese desarrollo y esplendor cultural llegó a su fin por un desenlace que
no fue repentino ni violento. En efecto, después del siglo IX, las estructuras so­
ciales, políticas y económicas comenzaron a resquebrajarse poco a poco. A lo
largo de una centuria se dio una serie de desajustes que se conoce como el «co­
lapso de la cultura maya». Unos centros primero y otros después fueron abando­
nados; cesó la construcción de grandes palacios, templos, juegos dg pelnfa y nh-
servatorios._ No se tallaron más monumentos (^ se construyeron más tumbas
ricamente decoradas con inscripciones y pinturas para perpetuar la historia de
las hazañas y el origen divino de los gobernantes y sus familias.
Pero no hubo un abandono total. Allá quedaron algunas familiasL^además,
en los pueblos pequeños, el llamado «colapso» no tuvo gran impacto.vLo^habi-
tantes que abandonaron las grandes urbes emigraron a distintas partes: la costa
del golfo de M éxico, la península de Yucatán y las tierras altas. <
En la zona norte del área maya, ese fenómeno no tuvo mayores repercusio­
nes; por el contrario, para el Clásico Tardío y Terminal las instituciones políti­
cas lograron una mayor consolidación. En lo material, los estilos arquitectónicos
Chenes, Río Bec y Puuc alcanzaron su máximo florecimiento. Posteriormente,
emigrantes de habla nahua procedentes del centro de México alcanzarían la pe­
nínsula: nuevas ideas fueron introducidas y el culto a Quetzalcóatl = Kukulcá
comenzó a cobrar importancia. Su presencia en Uxmal es indiscutible, pero sería
mucho más fuerte en Chichén Itzá, donde se creó el estilo maya-tolteca. Es pro­
bable que un poco antes, procedentes de las tierras bajas centrales, hubieran lle­
gado los itzáes.
En el terreno político existía una serie de pequeños Estados independientes
y, más tarde, Uxmal, Mayapán y Chichén Itzá fundarían una alianza conocida
como la Liga de Mayapán. Entonces, como en el pasado, la base económica con­
tinuó siendo de carácter agrícola, junto con el comercio, que seguía en manos de
la clase dirigente.
19 8 LORENZO OCHOA

La solidez de la Liga de Mayapán llegó a su término cuando la familia Co-


com se encumbró por encima de los itzáes y xiues/Esta situación duró hasta la
primera mitad del siglo XV, cuando se da una fragmentación política y se cons­
tituyen pequeños Estados independientes, que los españoles denominaron pro­
vincias.^/
En tanto, hacia los altos de Guatemala sobresalía el Estado quiché, al lado
de los cakchiqueles, kekchíes y mames, entre otros. Aunque se ha hecho bastante
referencia al origen de los primeros en el centro de México, específicamente des­
de Tula a través de Tabasco, la presencia de esta cultura en los altos no es del
todo clara, si bien existía el culto a Quetzalcóatl = Nacxitl. De todas maneras,
posteriormente las relaciones con el centro de M éxico se aprecian tanto en lo
cultural como en lo económico. En los últimos siglos anteriores a la Conquista
la arquitectura de algunas ciudades presenta claras influencias de aquella área,
impronta que también es posible encontrar en la ideología.
En la organización social de los quichés había señores, vasallos y esclavos;
estos últimos estaban al servicio de los primeros, aunque en algunos casos tenían
su propia organización interna. Hacia el siglo XV, existían varios pequeños Esta­
dos y la actividad bélica era constante. La disposición de las fortificaciones y el
enclave estratégico de las ciudades dan cuenta de esta situación, tal como existía
cuando los españoles irrumpen y se dan los primeros pasos de un nuevo orden.^.

CUADRO CRONOLÓGICO

Conquista ........................... . , , 1550


Postclásico T a r d ío ............ 1200-1250
Postclásico Temprano . . . 1000
Clásico T e rm in a l............... 850-900
C lá sico .................................. 250-300 n.e.
Preclásico T a r d ío ............... 350-400 a.n.e.
Preclásico M e d io ............... 800-1000 a.n.e.
Preclásico In fe r io r ............ . . . 1800-2000 a.n.e.
Fuente: Lorenzo Ochoa.
F O R M A C I O N E S R E G IO N A L E S D E M E S O A M É R IC A .
L O S A L T IP L A N O S D E L C E N T R O , O C C ID E N T E , O R IE N T E Y S U R
C O N SU S C O S T A S D U R A N T E E L P O S T C L Á S IC O

T e r e s a R o j a s R a b i e l a y M a g d a le n a A . G a r c ía

Desde su llegada a las costas mexicanas de Veracruz en 1519, Hernán Cortés


tuvo noticia de «una grandísima provincia muy rica, llamada Culúa» y de una
«maravillosa y rica» ciudad lacustre llamada Tenustitlan, gobernadas por «un
grandísimo señor llamado Mutezuma» (Cortés, 1970: 31). Su conquista se con­
virtió en la máxima meta del español y de sus huestes. pueblos enemigos
del mexica se encargaron de guiarlos por la sierra y el Altiplano hasta llegar a la
espaciosa cuenca de M éxico, asiento de la hermosa (Tenochtitlan. la mayor urbe
de aquel tiempo en América del Norte. Casi dos años después del desembarco
en Veracruz, @~13 de agosto de 1 5 2 1 . tras un penoso sitio, la ciudad cayó
derrotada.
La destrucción de los edificios y plazas de Tenochtitlan no se hizo esperar.
Coa en mano, sus propios habitantes fueron obligados a acabar con todos los
edificios y plazas que habían quedado en pie, a allanar el terieno y a rellenar los
canales para dar paso a la traza y construcción, allí mismo, ^g)México-Tenochti-
tlan, la nueva capital del reino de la Nueva España. Se inició así la era del some­
timiento, los grandes sufrimientos y las transformaciones de los pueblos origina­
r i o s ^ Mesoamérica. Ya nada volvió a ser igual.
<£]) mexica fue el último de los grandes Estados indígenas del Altiplano^ cen-
tral y probablemente el más complejo de Mesomérica, sucesor de Tula y Teo-
tihuacan. El punto de partida en el recorrido histórico que se emprende en este
capítulo @ e l de la crisis del mundo Clásico, que se traduce en grandes movi­
mientos de población y cambios en el orden sociopolítico y cultural.

EL EPICLÁSICO Y EL POSTCLÁ SICO

Hacia mediados del siglo vn n.e. y hasta el año 900-1000 n.e., las ciudades del
Clásico empezaron a decaer y fueron abandonadas. Teotihuacan, la «gran ciu­
dad de los dioses» ubicada en la cuenca de México, con una población máxima
calculada @ u n o s 125 000 habitantes, fue destruida y abandonada casi por com-
200 TERESA R O J A S R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

Ilustración 1
ESQUEM A DE LAS PRINCIPALES PROVIN CIAS nSIO G R Á FIC A S D E M É X IC O

Ilustración 2
MAPA QUE M U ESTRA LAS SUBÁREAS CULTURALES DE M ESO A M ÉRICA

«The Pattems of Farming Life and Civilization», en R. C. West (ed.), Hand-


book ofMiddle American Indians, vol. I, Austin, University of Texas Press.
FORMACIONES REGIONALES DE M E S O A M É R IC A 201

pleto hacia el 750 n.e., reduciendo su población hasta sólo tener entre 2 000 y
5 000 habitantes (Matos, 1990: 87). Algo semejante sucedió con Monte Albán,
gran urbe del valle de Oaxaca y con los monumentales centros de las tierras ba­
jas mayas como Yaxchilán, Tikal, Palenque, Copán y Piedras Negras (López
Luján, 1995: 17)*. En los siguientes 2 50 años, otros focos de alta cultura y civili­
zación de Mesoamérica entraron en un ocaso semejante y sufrieron la despobla­
ción y desintegración de sus estructuras políticas (León-Portilla, 1974: 186).
Las posibles causas y detonadores de este proceso no son aún del todo cla­
ras. Q )m ás probable es que se haya tratado de reacciones de descontento contra
las estructuras de soiuzgamiento. combinadas con presiones de nuevos grupos
que se disputaron el poder, en el contexto de condiciones difíciles @ t ip o climá-j
tico que afectaron a la producción. /
El turbulento periodo que se abrió tras el colapso y destrucción de Teoti-
huacan ha sido denominado «Epiclásico» y está comprendido entre los años
650/800 y 9 0 0 ^ ^ 0 0 n.e. Según López Luján, «Los principales signos de este
tiempo fueron'^m ovilidad social, la. repcganización de los asentamientos, el
cambio de las esferas de interacción cultural, la inestabilidad política y la revi­
sión de las doctrinas religiosas» (López Luján, 1995: 17). En este contexto, se)
incrementó et aparato militar; las ciudades se establecieron en lugares estratégi­
cos para defenderse mejor y «en el Altiplano central, como nunca antes, las re­
presentaciones iconográficas [...] hacen alusión a la guerra» (ibid.i 18). En ese
periodo inestable y cambiante florecieron y decayeron Xochicalco (650-900
n.e.), así como Cacaxtla y Teotenango en el Altiplano central, v íEuTajín en la
costa del golfo de México.
El Postclásico ha sido caracterizado como un periodo militarista, por la im­
portancia que parece haber adquirido la actividad, en contraste con el Clásico,
calificado como teocrático; pero a medida que avanza el conocimiento se sabe
que ambas caracterizaciones son relativas y que militarismo y religiosidad estu­
vieron presentes en ambos periodos, aunque ciertamente con un mayor énfasis
militarista en el Postclásico. También se ha identificado al Postclásico como
«histórico», en el sentido de la existencia de documentos escritos. Sin embargo,
como ha quedado demostrado por varios autores (Alfonso Caso, Wigberto Jim é­
nez Moreno), los testimonios escritos, tanto de contenido histórico como de
otros temas, eran «atributo y posesión de la civilización mesoamericana desde
muchos siglos antes»^ (León-Portilla, 1974: 189).
El Postclásico parece mejor caracterizado como(u^periodo en el cual un vie­
jo orden se resquebraja y nuevas poblaciones «aparecen en escena, trayendo
consigo formas nuevas de orden social y una nueva visión de su lugar en el uni­
verso. La diferencia entre el antiguo y nuevo orden de cosas es profunda» (Wolf,
1967: 101). El resultado: modjficaciones de k estrucmra interna.de la spcie^^^
que dieron paso a nuevas formaciones sociales y culturales (ibid.: 102). //

1. Veáse el trabajo de L. O choa, cap. 7 de esta misma obra.


2. En realidad su producción empezó desde tiempos olmecas (periodo Formativo) y fue abun­
dante en el Clásico en varias culturas com o la maya y la zapoteca, empleando como soporte piedra,
cerámica y posiblemente papel indígena {amate) (Rojas, 1991).
202 T E R E S A R O J A S R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

De acuerdo con Palerm, durante el periodo tuvo lugar la intensificación


de los sistemas hidráulicos (sobre todo en la cuenca de M éxico, donde alcanzó
grandes proporciones, permitiendo ampliar el potencial productivo); la integra­
ción de zonas simbióticas a través de la extensión del comercio y la conquista; la
orientación de la metalurgia a finalidades prácticas y no sólo suntuarias; la res­
tauración del sentido urbanístico del Clásico, mejores normas de planificación y
una mayor monumentalidad y número de población (Palerm, 1967; cf. Gibson,
1967: 8).
Según el propio Palerm, en el terreno sociopolítico se constituyeron Esta­
dos e Imperios que atrajeron «los recursos de inmensas regiones y extendieron
constantemente sus fronteras por medio de guerras y conquistas». La clase sa­
cerdotal continuó <^sempeñando un papel importante, pero subordinado al
de los guerreros» y(J^jociedad se diversificó.d.iacluir-jtpoderosos.,gremios de
comerciantes y_de artesanos» (Palerm, 1967: 273). En la religión, se impu­
sieron los dioses de la g u erra,!^ «exigir sacrificios humanos en gran escala»
( ib id .) . ...... .....

Ilustración 3
CHINAMPAS DE LA CUENCA DE MÉXICO

Fuente: Teresa Rojas.


FORM ACIONES REGION ALES DE M E S O A M É R I C A 2 03

M ESO A M ÉR ICA SEPTEN TRION A L M ARGINAL,


SU F R O N T E R A HASTA EL SIGLO XIII Y EL FEN Ó M EN O M IG R A TO RIO

Dada la importancia del fenómeno migratorio en la historia cultural y política


del periodo Postclásico que aquí se aborda, sin duda vale la pena detenerse un
poco en ello. Con demasiada frecuencia las fronteras de Mesoamérica se conci­
ben fijas y tal como existían en el siglo X V I, pero nada más lejos de la realidad.
^La frontera del Norte, que separaba a los pueblos agrícolas, sedentarios y de alta
cultura («civilizados»), de los pueblos cazadores-recolectores, nómadas y semi-
nómadas y de cultura menos «desarrollada», tuvo fuertes fluctuaciones.//La ar­
queología mostrado q u e ^ ic ^ frontera cultural estaba mucho más al Norte,
y coincidía aproximadamente con el trópico de Cáncer (23°), hasta su colapso
entre el 9 00 y el 1300 n.e. (Hers, 1989: 191).'’t)e otra manera sería difícil expli­
car la existencia de sitios tan desarrollados como Chalchihuites y La Quemada,
en el actual Estado de Zacatecas y de otros en Durango y Querétaro, anteriores
al siglo X II (Bernal, 1972; 100-101; Hers, 1989)^ ■í'
La contracción de esta frontera significó un amplio movimiento de la pobla­
ción sedentaria mesoamericana norteña hacia el Sur, imbuida de misticismo
guerrero, practicante de la guerra florida y del tzom pantli, estructura donde se
colocaban los cráneos de los sacrificados (Hers, 1989: 187). Fue el caso de la mi-
gración de(los\oltecas-chichimecas que cofundaron y fueron activos participan­
tes en los fenómenos que dieron lugar a la formación del horizonte Postclásico
(ibid.: 1 92).^ sim ism o,(S $ los chichimecas, que se establecieron en Tenayuca y
Amecameca y de los mexicas, que hicieron lo propio en Tenochtitlan (Gibson,
1967: 8), entre otros. ^

EL ALTIPLAN O CEN TRAL DU RANTE EL POSTCLÁSICO

El Altiplano central de México está delimitado por las Sierras Madres Oriental y
Occidental, así como por el Eje Neovolcánico al Sur. Si bien este enorme Altipla­
no ofrece continuidad hasta las grandes llanuras del Oeste norteamericano, la
frontera durante este periodo era de carácter ecológico-cultural (R eparaba los
pueblos agricultores, sedentarios y de_«alta cultura», de los jcazadpr,e5-£ec,pjec-
tores, nómadas o seminómadas (Palerm, 1967: 2 48; Rzedowski, 1978: 25). El
gran Altiplano está a más de 2 000 m de altitud y presenta «un relieve muy acci­
dentado y fragmentado, con mesetas^ cuencas cerradas y valles separados por
montañas difíciles de cruzar» {ibid.); las lluvias son suficientes para la práctica
agrícola de temporal durante el verano, si bien se presentan heladas durante el
otoño y el invierno y esto acorta el periodo agrícola.

3. Véase ilustración 2 del trabajo de Linda M anzanilla (cap. 6 de esta obra) y el de Beatriz
Braniff sobre M esoam érica septentrional (cap. 9).
204 T E R E S A R O J A S R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C f A

TULA Y LOS TOLTECAS

Tula se situaba en el borde sur de la Teotlalpan, zona árida y semiárida del Alti­
plano central en el actual Estado de Hidalgo. La influencia de esta cultura fue
tan grande que muchos de los linajes gobernantes de los Estados posteriores,
como lo fueteiViexica, reclamaban descender de los toltecas (Sanders y Merino,
1973: 109).
En la ciudad de Tula, en tiempo de los toltecas, se fusionaron conceptos y
tradiciones de Teotihuacan y de una cultura llamada coyotlatelco, que se desa­
rrolló previamente, en el curso de unos 200 años, con gente procedente de El Ba­
jío (Guanajuato y Querétaro), Jalisco y Zacatecas, que característicamente prefe­
ría vivir en la cima de los cerros y organizarse en pequeñas unidades políticas
autónomas.
(j l ^ i d a de la T u la .JQlt.eca.DOSterior y de su E stad o se in ició a principios del
siglo IX y d uró algo m ás de 4 0 0 a ñ o ^ L a arqueología y la docu m en tación escrita
co n flu y en p ara co n o c e r su h istoria. Se con firm ó así, p o r ejem plo, la propuesta
de Jim é n e z M o r e n o ( 1 9 4 1 ) , b asad a en fuentes indígenas, en el sentido de la co n ­
vergen cia g ^ d o s gru pos en la fu nd ación de la ciu d ad : el to lteca-ch ich im eca, p ro ­
ced ente del co n fín n o rte de M esoam érica y el n o n o a lca , de la zona del g olfo de
M é x ic o (C o b ea n y M a s ta c h e , 1 9 9 5 : 1 5 0 ). i
En cuanto a su estructura resulta de interés la p ro p u e st^ e Paul Kirchhoff
basada en la lectura de una lista de 20 ciudades contenida enQ¿ Historia tolteca-
ch ich im eca flista basada, probablemente, @ u n mapa tolteca perdido), que con­
siste en un mapa que muestra ([^estructura del imperio tolteca, con cinco provin­
cias articuladas a imagen del cosmos v los cinco rumbos del universo. Tula en el
‘ Centro y sus cuatro capitales en los cuatro rumbos: Tollantzinco en el Oriente;
Teotenanco en el Sur; Colhuacan en el Occidente y otra, cuyo nombre no pudo
identificar, al Norte (Kirchhoff, 1989: 262-263, 265).rTulalresultaría así la capi­
tal de @ E s t a d o imperial de carácter «multinacional», en el sentido de una for-
m ación política~compleia. que integraba «pueblos de distintos orígenes, lenguas
1 diferentes y variadas costumbres» (ibid.)./f
' En efecto, Tula parece haber dominado, a través de redes comerciales y de
tributo, gran parte del Altiplano central, algunas zonas de la Huaxteca, El Bajío,
la costa del Golfo, Yucatán y el Soconusco (Cobean y Mastache, 1995: 220). En
cuanto a su influencia cultural, sobrepasó las fronteras de su esfera política, ex­
tendiéndose por amplias zonas del México actual y Centroamérica (ibid.-. 15).
En lo económico, la fuerza de los toltecas se basó en el establecimiento «de un
enorme sistema de redes comerciales que se extendían desde Costa Rica hasta
los actuales estados de Nuevo México y Atizona (Estados Unidos)» (ibid.).
Dos deidades ocuparon un lugar prominente: Quetzacóatl, serpiente empluma­
da, «estrella de la mañana», y Tezcatlipoca, dios de la guerra. También aparecie­
ron Imágenes de Xipe Tótec, Mictlantecuhtli (¿n íios^ ela muerte) y otras deidades
(Cobean, 1994: 19). La pugna entre los seguidores de Quetzacóatl y Tezcatlipoca
en Tula refleja la transformación de los pueblos de aquella época. La victoria del
segundo «aumentó la atención en la guerra y el sacrificio humano en muchas cul­
turas mesoamericanas que tenían contacto con los toltecas» [ibid.]. No es de extra-
FORM ACIONES REGIONALES DE M E S O A M É R I C A 2 05

ñar por eso que en Tula se hayan encontrado evidencias del más antiguo tzom pan-
tli de todo el Altiplano central (Cobean y Mastache, 1995: 177).
Así, es probable que @ én fasis en la guerra y el sacrificio humano, que más
tarde se observan plenamente desarrollados entre los mexicas, proceda de Tula,
mismo que numerosos elementos de la planeación urbana. La presencia de
conchas, corales y turquesas en ofrendas indica la complejidad del sistema de
circulación comercial del Estado tolteca (Cobean y Mastache, 1995: 180-181).
£a^ckca.dencia v ocaso de Tula tuvo lugar a f in a le s ^ j^ l o X II n.e. La ciudad
fue saqueada casi por completo, aunque no despoblada del todo (Cobean y Mas-
tache, 1995: 221). Las causas son desconocidas, pero se proponen las siguientes:
limitaciones tecnológicas para aumentar la producción agrícola, surgimiento de
ptro^centros de poder y llegada de población ajena a la región {ib id .: 220). Esta
última hipótesis postula que dicha población procedía de la Mesoamérica septen­
trional o marginal, im p u ls a d a por nn prolongado periodo de sequía que al_pare-
cer tuvo lugar en el lapso en que T ula se desarrollaba que, entre otros estragos,
causaría ij^desaparicióh de la 1
laguna /de
Aa
Yuriria en El Bajío mguanajuatense''.
QT-i T h I i o 11 i o
a

EL O CC ID EN TE D E M ESO A M ÉR IC A DURANTE EL POSTCLÁSISO

La subárea de Mesoamérica conocida como Occidente de México corresponde a


un amplio territorio que abarca a los actuales Estados de Sinaloa, Nayarit, Coli­
ma, Jalisco y Michoacán, aproximadamente entre los ríos Fuerte y Balsas. In­
cluía la larga planicie costera que linda con el océano Pacífico al Poniente, la Sie­
rra Madre Occidental, que corre de Norte a Sur, y el Eje Neovolcánico, de Este a
Oeste. Hacia el Oriente, tierra adentro, el límite ecológico-cultural es la zona
árida del Altiplano mexicano; al Sur, la frontera era con la región de Guerrero.
El Occidente posee una gran diversidad ecológica: fértiles valles, cuencas lacus­
tres, abundantes ríos que fluyen al mar ^ntre los que destacan el Balsas y el Ler- i
ma), bosques de altura y zonas áridas. Tal territorio fue asiento(4^ grupos de |
distinta filiación étnica y cultural, cuyo desarrollo no fue homogéneo. „ I

D esarrollo cultural y cron ología

Desde el punto de vista arqueológico, el Occidente es una subárea mal conocida.


A pesar de que se habla de ella como de una unidad, en realidad tuvo una gran
diversidad cultural y no se puede englobar bajo la misma noción de desarrollo
cultural a todos sus habitantes. Lo que sí se ha aceptado es que fue en el Postclá-
sico (900-1000 a 1521 n.e.) cuando estos pueblos modificaron su organización
social V adquirieron elementos comunes con el.xesta.dg. Mesoamérica (Michelet,
1995: 159). Cabe mencionar que, en consideración a que algunas de tales modi­
ficaciones fueron evidentes desde antes del 900 n.e., el Postclásico se ha dividido

4. Esta laguna volvió a ser creada de forma artificial por los españoles después de la conquista
(Kirchhoff, 1 9 8 9 : 2 6 7 -2 6 8 ). Vemos que ahora ha vuelto a desaparecer (1998).
206 T E R E S A R O J A S R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

en Temprano (800/900-1000/1200 n.e.) y Tardío (1100-1521 n.e.). Esta distin­


ción tiene por objeto hacer más fina la cronología de los acontecimientos, tanto
los posteriores ai Clásico, como los inmediatos a la llegada de los españoles,
cuyo conocimiento se apoya en parte en las fuentes escritas y no sólo en la ar­
queología (Nalda, 1981: 119).
En cuanto al desarrollo cultural, existe una clara diferenciación entre lo que
se conoce como Imperio, Reino o Estado tarasco, cuya área nuclear coincide
con el actual E s t^ o de MIchoacán y las demás sociedades del Occidente duran­
te el Postclásico. Dada su complejidad, se tratará en particular más adelante.
Las investigaciones arqueológicas de las últimas décadas han proporcionado
evidencia de que durante el Postclásico el Occidente estuvo organizado en seño-
ríos, en un momento^ afiliados a centros rectores mayores, de los que han queda-
vestigios ar^ukectónicos v cerámicos, principalmente. Fue en el curso del Post­
clásico Temprano cuando tales señoríos tuvieron una marcada influencia de las
culturas del Altiplano central, lo cual no es casual si se toma en cuenta que fue
justamente durante dicho periodo cuando se produjo un mayor desarrollo gene­
ral, que culminó en una interregionalización mesoamericana (según Mountjoy,
en Williams, 1994; 29). Uno de los elementos más representativos que confir­
man ese contacto Q)la cerámica de la tradición Mixteca-Puebla (a partir del 900
n.e.), que parece haber arribado vía las cuencas del Lerma y Santiago, y que
también se encontró en Aztatlan de Guasave (Sinaloa), Chametla y Culiacán (Si-
naloa). Su característica más notable es la decoración con diseños similares a los
de los códices mixtéeos, con representaciones de varias deidades. Otras cerámi­
cas presentes son la anaranjado-delgada, cloisonné, plumbate y figurillas tipo
Mazapa (de tradición teotihuacana).'Además de la cerámica, otros rasgos mues­
tran dicha influencia: introducción de conjuntos de montículos (^^lanificación
de plazas orientadas a los puntos cardinales (Williams, 1994: 26); artefactos «ol-
meicos», arquitectura con talud-tablero, sacrificios humanos, tzom plantli, y uti-
t lización de estelas (según Mounfjoy, en Williams, 1994: 29).^
Una de las principales características panmesoamericanas que está presente
en el Occidente es el militarismo (Nalda, 1981: 120), que se evidencia por la
existencia de sitios en lugares üe)difícil acceso que actuaron como fuertes natu­
rales y que, además, reflejan gran organización e inversión de fuerza de trabajo
(Shóndube, 1976a: 95). Fue por esta época (hacia el 700 n.e.) cuando hizo¡¿I>
aparición la metalurgia, procedente de Centroamérica. Colombia y los Andes
centrales, como se verá más adelante.
En Nayarit los materiales cerámicos que fechan el Postclásico muestran la
influencia del Altiplano central en lo que se ha identificado como el complejo
Mazapa, con formas representativas como molcajetes de soportes de tres pies y
fondo estriado, comales y figurillas femeninas elaboradas en moldes.'^Asimismo,
existen muestras de cerámica que se parecen a la azteca y colecciones de vasijas
policromadas que también recuerdan a las de la región Mixteca-Puebla. Se han
encontrado sitios de este periodo en Jala, Toriles, La Cañada, Santiago Ixcuin-
!tla, Cerritos, Amapa y Gavilán Grande, entre otros (Oliveros, 1976a: 55).<¡>
Las estructuras arquitectónicas más importantes se han localizado en Ixtlán
del Río (cerca de la costa) y Amapa; en el primero se encontró un edificio circu­
FORM ACIONES REGION ALES DE M E S O A M É R I C A 20 7

lar que se conoce como [Templo de Quetzacóatl. Otros hallazgos han sido las la­
jas con petroglifos en relieve del Cañón de Boquillas, Compostela y las faldas del
cerro Guamiles (Oliveros, 1976a: 57).
Durante el Postclásico, en Jalisco se poblaron amplias zonas como Tuxcacuex-
co. Tala, Autlán, Tamazula-Tuxpan-Zapotlán, Sayula-Zacoalco, Tizapán el Alto
y Huistla. Cada una de las fases de población están detalladamente asociadas a de­
terminados materiales culturales, entre (í^ q u e destacan el cerámico y el arouitec-
tónicoJShóndube. 1976b: 60-94). Entre los primeros las formas características,
con o sin decoración, son básicamente cajetes (con o sin soportes, de formas glo­
bulares, de almena, etc.), ollas, vasijas de tres pies y figurillas humanas elaboradas
en barro. Otros elementos son instrumentos musicales, figurillas de animales, or­
namentos de barro, malacates y tepalcates trabajados (ibid.-. 6 9 )í^ n cuanto a la
evidencia arquitectónica, los edificios del área de Tuxcacuexco son significativas;
sus sistemas constructivos incluyen materiales como cantos rodados (no utilizan
piedras cortadas ni trabajadas) unidos con lodo, pisos de tierra, formas rectangu­
lares y, en general, casas levantadas con materiales perecederos (ibid.-. 71-72).^
En Colima j e han encontrando asentamientos en las laderas y cimas de los
cerros, en quebradas y en cañadas, situación que se ha considerado como la evi­
dencia de militarismo en la región (Shóndube, 1976a: 95). Sin duda el sitio más
i m p o r t a n t e Colima es F,1 Chana! (1100-1259 n.e.), que abarca casi 40 ha con
un desarrollo prácticamente urbano.^Tiene pirámides con escaleras de piedras

Ilustración 4

Tláloc y Chalchiuhtlicue, deidades del agua y de la lluvia, según el Códice Borgia.


208 TERESA ROJAS R A BIELA Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

Ilustración 5

Tonatiuh, el sol, sostiene el maíz, pero éste no echa raíces; la sementera está llena de ani­
males. Códice Fejérvary-Mayer.

Ilustración 6

Chalchiuhtlicue, diosa de la lluvia, sostiene y protege el maíz para que eche raíces y crez­
ca. Códice Fejérvary-Mayer.
FORM ACIONES REGIO N ALES DE M E S O A M É R I C A 209

grabadas con representaciones de Tláloc y animales estilizados; juego de pelota,


plazas y numerosos montículos (Michelet, 1995; 166; Shóndube, 1976a: 97-98).
En definitiva, se trata de un lugar que permite entrever la organización y el ma­
nejo de notables fuerzas de trabajo. La cerámica de Colima más conocida para
este periodo es la que representa escenas de la vida cotidiana: hombres y mujeres
con atuendos diversos, animales (perros, loros, coyotes), viviendas, ceremonias,
edificios, juegos, etc.’^amhién tiene presen^ci^a la cerámica de uso, como brase-
ros, cajetes y ollas. '
Otros sitios del Occidente están ubicados en Guasave (Sinaloa), cuyo com­
plejo cerámico está asociado al Mazapa del Altiplano central; Santa Cruz de
Bárcenas, en la zona de Etzatlán, Jalisco, y en las regiones de Apatzingán, Coju-
matlán y la costa (donde estuvo la provincia de Zacatula) en Michoacán (Olive­
ros, 1976b: 111).
Un elemento cultural que distingue a casi todos los sitios mencionados en las
distintas regiones de Occidente es la presencia de una abundante cantidad de ob­
jetos de metal, comparada con otras áreas de Mesomérica. Las investigaciones
más recientes han determinado que el metal apareció en Mesoamérica en el 700
n.e., precisamente en Occidente (Michoacán, Jalisco, Colima y Nayarit), donde se
han encontrado los objetos más antiguos. Allí se gestó «el desarrollo más comple­
jo y técnicamente más original de la antigua metalurgia mesoamericana» (Hosler,
1994: 85). La metalurgia fue introducida desde dos áreas culturales: la parte sur
de Centroamérica y Colombia, y los Andes centrales (Sur de Ecuador, Perú y Bo-
livia). El Occidente desarrolló «una manera única y técnicamente original» de
trabajar el metal, al mismo tiempo que fue conceptualmente imaginativa (ibid.).
La tecnología descansaba en el manejo de aleaciones que daban una mejor cali­
dad a los metales; las bases eran combinaciones en las proporciones de cobre-ar-
sénico y cobre-plata. Para la producción de objetos de metal (oro, cobre y alea­
ciones) se utilizaban fundamentalmente dos técnicas, una en frío (mecárúca) y
otra en caliente (fundición). La primera incluía el martillado del metal hasta ha­
cer una lámina. La variante era calentar la lámina de metal para modelarla con
martillo mientras se enfriaba. La segunda se refiere a la denominada cera perdida.
Con estas técnicas se elaboraban objetos suntuarios como los símbolos de cargos
políticos (narigueras, broches, anillos, pectorales), herramientas (pinzas, punzo­
nes, coas, azuelas, anzuelos, agujas de coser, hachas) y armas de bronce {ibid.).

E l E stad o tarasco

La formación estatal más importante en el Occidente de Mesoamérica durante el


Postclásico Tardío fue la de los tarascos o purépechas. A pesar de haberse desarro­
llado en un ambiente dominado por montañas, valles y áreas lacustres, similar al de
otras áreas de esta región, alcanzó un nivel de complejidad cultural sin paralelo en
Occidente. Se dice que los tarascos provinieron de grupos seminómadas que migra­
ron desde el Norte (probablemente ubicados en los límites de Guanajuato y Jalisco
con Michoacán; Michelet, 1995: 173) y se establecieron en la cuenca de Pátzcuaro,
fundando el germen de lo que más tarde sería la cabeza de un poderoso Estado
(Beltrán, 1986: 46). En el momento de máximo esplendor, el Estado tarasco se ex­
210 T E R ES A ROJAS RABIELA Y M A G D A L E N A A. G A R C I A

pandió hasta dominar un área de alrededor de 70 000 km^, en una extensión muy
similar a la que actualmente ocupa el Estado de Michoacán (Warren, 1977: 3).
La historia del territorio del Estado tarasco comenzó con el rey (cazonci) Ta-
riacuri y sus descendientes (hijo y sobrinos) Tangáxoan, Hiripan e Hiquingare,
quienes inicialmente se apropiaron de toda la cuenca de Pátzcuaro y hacia el
Postclásico Tardío se extendieron hasta zonas como el valle de Toluca y Colima
(que luego perderían; Michelet, 1995, 176).
La sede del Estado tarasco era Tzintzuntzan, en la cuenca de Pátzcuaro, don­
de aún pueden verse los edificios circulares en el corazón de la ciudad. En su or­
ganización social, este Estado mantenía una notable semejanza con los que para
entonces tenían su asiento en el Altiplano central de México; así, Tzintzuntzan,

Ilustración 7
TZ IN TZ U N TZ A N , PÁTZCUARO Y OTRAS CIUDADES, S. X V I

Esta es la ciudad de Tzintzunzan, Pátzcuaro y poblaciones de alrededor de la laguna.


AGN, Historia, yol. 10, cap. 5, f. 98. Fray Pedro de Beaumont. Crónica de Michoacán.
Copia de 1992 tomado de Boehm de Lameiras, B. (coord.). El Michoacán Antiguo. Méxi­
co, El Colegio de Michoacán, Gobierno del Estado de Michoacán, 1994, p. 19.
FORM ACIONES REGIO N ALES DE M E S O A M É R I C A 211

la capital, regía sobre señoríos ubicados en la cuenca (como Ihuatzio) o lejos de


ella (como Asajo, Pareo y otros). La relación económica, política, social, militar
y religiosa establecida por el Estado permitía y exigía el flujo tributario en bienes
o servicios entre los señoríos dependientes y la capital.
La sociedad tarasca estaba estratificada, contaba «con una clase dominante
que intervenía en muchas formas en el proceso de producción y tenía una posi­
ción fuerte y privilegiada dentro de la estructura de poder» (García Alcaraz,
1978: 43), tanto, que podía «controlar la mayor parte de la vida política, militar
y religiosa de la sociedad» {ibid.: 243). El gobierno estaba encabezado por el ca-
zonci, señor principal o rey de Tzintzuntzan, quien conjuntaba el poder político y
el religioso en su persona porque era considerado el intermediario con Curicaue-
ri, el dios principal tarasco. El cazonci tenía la facultad de elegir quién le sucede­
ría en el gobierno a su muerte, designación que generalmente recaía en un hijo
suyo. Contaba asimismo con un aparato estatal (burócratas que no pertenecían
necesa^^mente a los linajes reales; Beltrán, 1986: 49) que se encargaba de la ad­
ministración de los tributos. Otros puestos en la jerarquía eran los del goberna­
dor y el capitán general, los guerreros {qhuangáriecha), los embajadores (uaxano-
cha) y los señores encargados de cuidar sus fronteras (Carrasco, 1986: 94).
Los tributos los aportaban los miembros de la clase dominada de los señorí­
os sujetos, cuyos gobernantes eran miembros de las casas nobles tarascas, lo que
garantizaba las alianzas con el centro rector {ibid.: 95).
Los tarascos hablaban purépecha, una lengua que no tenía relación conocida
con los otros grupos lingüísticos de Mesoamérica. Purépecha era el nombre nati­
vo para su lengua y se empleaba, al mismo tiempo, para designar a los hombres
de trabajo (ibid.: 243).
La base económica de la zona nuclear del Estado tarasco estaba en la propia
cuenca de Pátzcuaro, que contaba con abundantes recursos agrícolas (maíz, frijol,
chile, amaranto, calabaza), lacustres (peces, patos, tule y otros productos biológi­
cos) y forestales (maderas, miel, animales de caza como conejos y venados), prin­
cipalmente. Pero también eran importantes los productos importados a través de
sus redes de tributo, comercio e intercambio (Gorenstein y Pollard, 1983: 84-89).
En efecto, uno de los elementos más importantes en la economía del Estado taras­
co eran las redes comerciales. Había mercados locales y regionales con las áreas
rurales en Tzintzuntzan, Asajo, Pareo, Uruapan y Naranjan (ibid.: 38-40), en los
cuales se comerciaban tanto los productos de la cuenca como los traídos del exte­
rior como la sal y la obsidiana. Los bienes suntuarios se obtenían por intercam­
bio, comercio o tributo y eran consumidos únicamente por la élite (ibid.: 90).
Documentos como la R elación d e M ichoacán, elaborada en la colonia tem­
prana, conservan el registro de una sociedad que llegó a competir en poder con
un homólogo, el Estado mexica, que nunca pudo dominarlos. Una red de forta­
lezas a lo largo de la frontera ilustra el estado de las relaciones entre ambos; es
notable que hacia el Sur los tarascos «controlaban los dos lados del río Balsas
hasta Ajuchitlán, donde el rey tarasco mantenía una fuerte guarnición frente a
los mexicanos» (Warren, 1977: 3).
El poderío del Estado tarasco continuó hasta la llegada de los españoles, a
quienes sorprendió la enorme fuerza centralizada en la persona del cazonci, así
212 CHRISTIN E NIEDERBERGER

Ilu stración í
PLATEROS

Plateros. «Los diputados sobre todos los oficios». Relación de Michoacán. M éxico, Se­
cretaría de Educación Pública, 1988, p. 93.
(Fotografía de Ricardo Sánchez).

Ilu stración 9
CASCABELES PREHISPÁNICOS DE M ETA L

(Davis, M ary L. y Parck, G. Mexican Jewelry. Austin, University of Texas Press, p. 18).
FORM ACIONES REGION ALES DE M E S O A M É R I C A 2 13

como la organización jerárquica que él encabezaba. Cabe mencionar que, como


en otras áreas de Mesoamérica, los conquistadores aprovecharon en gran medi­
da la organización política existente para sentar las bases de una nueva organi­
zación, la hispana.

O AXACA

La subárea de Oaxaca se ubica al Sudoeste del Altiplano central de M éxico y


coincide, en términos generales, con los límites del actual Estado de Oaxaca.
Está constituida por una región con una gran diversidad ecológica: «las selvas
húmedas (bosques perennifolios); las selvas semihúmedas (bosques tropicales
subcaducifolios); las selvas secas (bosques tropicales caducifolios); los bosques
espinosos» pastizales, matorrales xerófitos (matorrales muy secos); los bosques
de coniferas (bosques de encinos) y los increíbles bosques de niebla» (Romero
Frizzi, 1996: 21). En la parte de la costa existen dunas, acantilados, playas, este­
ros y hay vegetación que incluye desde maderas preciosas hasta manglares, pal­
mares y sabanas^.
Las subdivisiones internas de O axaca se conocen como: valle de Oaxaca (re­
gión central del Estado), las Mixtecas (alta, baja y de la costa), la Cañada y el
Istmo (Winter, 1990: 18-21). Han sido asiento de grupos étnicos de filiación za-
poteca (Centro y Sur), mixteca (Noroeste, centro Oeste y Sudoeste), mixe (Este),
zoque (en la zona istmeña), chontal (Sur del Istmo), pochuteco (en la costa su­
deste), chatino y amuzgo (en la M ixteca baja), trique (en el Centro de la M ixte­
ca), chinanteco y mazateco (al Nordeste del Estado), y enclaves chochos, popo-
locas, ixcatecos, cuicatecos y nahuas (al Norte del Estado) (ibid.: 26).
Durante el Clásico, el centro rector zapoteca más importante fue Monte Al-
bán en el valle de Oaxaca, urbe cuya influencia perduró más de un milenio. Sin
embargo, hacia la etapa final (7 50-1000 n.e.) la ciudad fue abandonada y su es­
tructura de dominación se desintegró. Los hechos que precipitaron su caída aún
no están del todo claros. Algunos la han asociado al paulatino abandono de Teo-
tihuacan, así como con decisiones internas de los señoríos tributarios sujetos a
Monte Albán (negativa a continuar el mantenimiento de la élite)*.
Hacia el Postclásico (1000-1521) surgió una nueva época que se ha definido
por los acontecimientos que protagonizaron principalmente dos de sus regiones:
los valles centrales y la Mixteca Alta, que en términos de filiación cultural y lin­
güística se relacionan con el poderío zapoteca y el mixteca, respectivamente. Du­
rante esos 500 años se puede decir que las condiciones generales de organización
social desarrollaron elementos propios pero también panmesoamericanos, que
se mantuvieron hasta prácticamente la llegada de los españoles.

5. Tales ecosistemas mantienen sus características climáticas particulares, que han determina­
do la presencia de plantas silvestres (se conocen cerca de 1 0 0 0 0 especies) y de cultivos que se han
adaptado a lo largo de los siglos (un poblado puede contar hasta con cuatro variedades de maíz
{ibid.: 30).
6. Cf. el trabajo de Linda M anzanilla, cap. 6 de este mismo volumen.
214 T E R ES A ROJAS R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

O rg an iz ac ió n so c ia l y política

El cambio social más evidente en esta etapa se refiere a la transición de lo que en


el Clásico fueron sociedades urbanas (con Monte Albán a la cabeza, seguida por
centros como Lambityeco o Nochistlán en la Mixteca) a pequeños señoríos inde­
pendientes. Cada uno mantenía una casa gobernante (específicamente una fami­
lia que transmitía por herencia el derecho al gobierno), cuyo control se restringía
básicamente a sus poblaciones tributarias, diseminadas en asentamientos disper­
sos. Tal control se manifestaba en el acceso a las tierras de cultivo y a ciertos
productos como la obsidiana, el jade y las urnas de cerámica, destinados al con­
sumo de la élite.
Los señoríos tuvieron una organización social y política del rango de ciuda-
des-estado y, a pesar de que eran comparativamente menores en extensión que
las entidades políticas del periodo anterior, participaron de una verdadera inte-
rregionalización, dado el alto grado de contacto entre sí (Winter, 1990: 100;
Flannery y Marcus, 1983: 217). Las ciudades-estado tuvieron características
particulares que las distinguen de las formaciones del Clásico. En primer térmi­
no se incrementó la población en los valles centrales, pero particularmente en la
M ixteca, donde un cálculo presupone 50 000 habitantes, o más, como lo testi­
monian algunos censos levantados por los españoles en el siglo xv i (Spores,
1 9 8 3 :2 3 6 ).
Las ciudades-estado ya no se ubicaron en las cimas de las montañas, sino en
los pies de monte y cerca de las fuentes de agua, como había sucedido en el Pre­
clásico. Cada una se constituyó con una cabecera de ios pueblos dependientes,
integrando en el mismo lugar las instituciones religiosa (templo), comercial
(mercado) y cívica (residencias de los nobles), sin contar con grandes plazas ni
edificios monumentales, como había ocurrido en Monte Albán y otras ciudades
contemporáneas. No obstante, los edificios que se construyeron para esos fines
fueron elaborados con una notable belleza arquitectónica, como lo testimonian
las ciudades de Mitla, Yagul y Zaachila, en los valles centrales o Tilantongo y
Yanhuitlán, en la Mixteca alta.
En la Costa y en el Istmo la situación era muy semejante; se ha constatado la
proliferación de pequeños sitios tanto en lugares antiguamente poblados como
en áreas nuevas, al parecer siguiendo el esquema de asentamiento disperso sin
un centro rector (Zeitlin y Zeitlin, 1990: 430). Asimismo, se señala evidencia ar­
queológica de tipo ritual en las cimas de las montañas istmeñas, como en Dani
Guiati, al pie de éstas, como en Salzar o en salientes de roca, como en los cerros
de Tlacotepec.
La estratificación social se manifestó más intensamente entre una clase noble
y la población trabajadora, además de que el estatus de la primera se pudo
transmitir de padres a hijos a través de la herencia.
Se manifestó también otra práctica importante entre la nobleza gobernante:
las alianzas étnico-políticas a través del matrimonio entre las élites de las ciuda-
des-estado. Las más comunes se realizaron entre zapotecas y zapotecas, mixtecas
y mixtecas, y — como un factor importante para este período en los valles cen­
trales— entre zapotecas y mixtecas.
FORM ACIONES REGIO N ALES DE M E S O A M É R I C A 215

Las alianzas entre estos últimos conllevaron a la larga a justificar una muy
notable presencia mixteca dentro del territorio zapoteca. Elementos culturales
mixtecas, particularmente cerámica, se han encontrado incluso en lugares como
Monte Albán^ y Miahuatlán. Esta situación ha conducido a interpretar la pre­
sencia mixteca como si se tratara de una invasión de los zapotecas y de su vir­
tual desaparición, hasta el punto de relacionar el Postclásico oaxaqueño sólo
con mixtecas (González y Márquez, 1995: 55-86). Sin embargo, estudios recien­
tes han propuesto que ni los zapotecas desaparecieron ni los mixtecas los inva­
dieron, sino que se trató de alianzas políticas que permitieron el desarrollo inde­
pendiente de los diversos señoríos y el desplazamiento de población entre
territorios, así como el mantenimiento de una paz estable muy conveniente para
todos, pero también de la unión de fuerzas para enfrentar los conflictos que se
presentaron, internos y externos (Flannery y Marcus, 1983; 217-226). Un caso
ilustrativo de lo anterior fue la unión entre los zapotecas cuando hubo necesi­
dad de pelear contra los aztecas (hecho histórico del que queda como testigo la
fortaleza de Guiengola, en el Istmo). En este periodo, el énfasis en la adquisición
y la conservación de estatus a través de las alianzas entre nobles de los distintos
señoríos fue inclusive más importante que la expansión territorial de un señorío
determinado.

Vida cotidiana

La vida diaria tanto de los nobles como de los pobladores comunes tuvo ciertas
similitudes en los dos periodos. Entre la gente común la forma de vida se mantu­
vo prácticamente igual. La evidencia arqueológica muestra que el tamaño de las
habitaciones así como los objetos utilitarios domésticos del Postclásico fueron
semejantes a los del Clásico. En la tipología cerámica de ambos periodos se han
encontrado comales, cajetes, cántaros, ollas y loza gris fina con soportes de dis­
tintas formas (Winter, 1990: 103). En cuanto a los nobles, al parecer, su residen­
cia estaba en función de su rango, lo que explica la diversidad en el tamaño de
sus viviendas. Además, cada señorío contaba con sus pueblos tributarios, que se
encargaban de abastecerlo tanto de alimentos como de ropa y fuerza de trabajo
para las obras necesarias. Los bienes suntuarios eran adquiridos a través de las
relaciones comerciales con otras ciudades-estado dentro y fuera de Oaxaca
[ibid.-. 103).
En lo que se refiere al tratamiento de los muertos, en el Postclásico hubo
cambios y pervivencias en el tipo de entierros que dan cuenta de la diversidad ét­
nica que conformaba la región en esta época. Se continuaron utilizando tumbas
excavadas en los patios de los conjuntos residenciales; las más sencillas consis­
tían en una cámara rectangular techada con grandes lajas; otras tienen nichos en
las paredes para las ofrendas; otras presentan planta cruciforme. Las más elabo­
radas cuentan con escaleras para descender a la cámara y suelen tener una fa-

7. Este hecho muestra que la ciudad no fue del todo abandonada cuando los zapotecas la de­
jaron, dado que los m ixtecas incursionaron ocasionalmente en ella.
216 T E R E S A ROJAS R A BIELA Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

Ilustración 10
M A TR IM O N IO ZAPOTECA

En Marcus, Joyce. Mesoamerican Writing Systems. Propaganda, Myth, and History in


four Ancient Civilizations. New Jersey, Princeton University Press, 1 9 9 2 , p. 241.

chada ricamente decorada al estilo zapoteca. Incluso se excavaron algunas tum­


bas sencillas en Monte Albán. Las ofrendas mortuorias más conocidas datan de
este periodo, la más famosa es la Tumba 7 de Monte Albán y se trata de una
ofrenda mixteca depositada en una tumba zapoteca pertenenciente al Clásico.
Otros ejemplos son las Tumbas 1 y 2 de Zaachila, la 4 de Yagul y las encontra­
das en Mitla y Xaaga (Winter, 1990: 104). Conviene señalar que las tumbas po­
dían ser utilizadas por varias generaciones y hasta por distintos grupos familia­
res, de ahí que puedan encontrarse entierros de distinta época en el mismo lugar.

E con om ía

Tanto en los valles centrales como en las Mixtecas la agricultura fue la principal
actividad productiva. Las diferencias de altitud, como las condiciones topográfi­
cas, determinaron el desarrollo de diversas técnicas en ambas regiones. Las zo­
nas más extensas y planas corresponden a los valles centrales ubicados en Etla,
Tlacolula y Zaachila, donde se sembraba maíz, frijol, chile, calabaza, aguacate.
FORM ACIONES REGIO N ALES DE M E S O A M É R IC A 217

zapote blanco, maguey y algodón, los dos últimos para la obtención de aguamiel
y fibra (Winter, 1985: 98). En las Mixtecas, dadas sus condiciones montañosas,
rocosas, de pendientes abruptas y de pocos y pequeños valles, los habitantes
construyeron terrazas llamadas la m a-bord o en las laderas de los cerros. Éstas
consistían en pequeñas áreas artificiales, aplanadas y escalonadas, delimitadas
con piedras, que permitían la creación y el aprovechamiento del suelo ganado a
la montaña, conservar la humedad y evitar la erosión del suelo. El diseño y la
construcción de las terrazas de cultivo muestran el grado de avance en la tecno­
logía agrícola de estas sociedades.
La población oaxaqueña desarrolló diversos sistemas hidráulicos que incluían
pozos para él riego «a brazo», canales, desagües, presas y drenajes, en particular
cercanos a las terrazas, donde los canales se aprovechaban para la captación del
agua de lluvia para regar los campos de cultivo, así como para drenar el suelo y
evitar inundaciones (Winter, 1985: 100-106; Doolitle, 1990: 110).
Tanto en los valles centrales como en las Mixtecas y otras regiones, además
de la siembra de alimentos se practicaba la recolección de plantas silvestres
como guaje, nopal, tuna, mezquite y cebollas silvestres, entre otros (Flannery y
Smith, 1983: 206).
En la Costa y en el Istmo la población se vio altamente favorecida con el
consumo de productos marinos y se estima que pudo haberse especializado en la
pesca, la recogida de mariscos y la producción de sal, para más tarde cambiarlos
por otros alimentos y otros bienes con los pobladores de tierra adentro (Zeitlin y
Zeitlin, 1990: 430).

C onquista m ex ica y códices

Hay coincidencia de opiniones en mostrar al Postclásico como un periodo de in­


tenso contacto intercultural, tanto con otras subáreas de Mesoamérica como in­
ternamente. Las influencias externas, sin embargo, no llegaron siempre a través
de la vía pacífica, como lo demuestra la conquista de Oaxaca por los mexicas.
Con Ahuízotl a la cabeza, éstos buscaron rutas comerciales y nuevos tributarios
en el Sur, donde conquistaron y sojuzgaron las cabeceras en Cuilapan, en los va­
lles centrales, Coixtlahuaca, en las Mixtecas, y el Soconusco en la costa (C ódice
M en docin o, en Berdan y Rieff, 1997).
En los cambios internos tuvieron un papel especial algunos personajes, como
el Señor 8 Venado Garra de Tigre, a quien se le adjudica la visión política que
permitió la unión de la M ixteca alta y la Mixteca del Golfo, así como de ser el
responsable de llevar la influencia de la cultura tolteca a las Mixtecas. No es ca­
sual que seis de ios ocho códices mixtéeos prehispánicos que se conocen en la ac­
tualidad relaten algún hecho de la vida de este personaje. Dichos códices, estu­
diados por Alfonso Caso, relatan la «historia genealógica» de cuatro ciudades
mixtecas: Tilantongo, Teozacualco, Tututepec y otra no identificada. Tilanton-
go destaca porque se extiende por cuatro dinastías, que cubren 848 años de his­
toria (Rojas, 1991: 374).
218 T E R ES A ROJAS R A B I E L A .Y MAGDALENA A. G A R C Í A

Ilustración 11

E scritu ra p icto g rá fica qu e m u estra a 8 V en ad o G a rra de T ig re cru zan d o un cu erp o de


agua. C ó d ic e N utalL L a e s ta m p a m ex ican a, M é x ic o . R ep ro d u cció n fa csim ilar ed itad a p o r
el M u se o P e a b o d y de la U niversid ad de H arv ard , 1 9 9 4 , p. 9 5 .

EL GOLFO

La subárea del Golfo se extiende en una amplia franja que rodea al golfo de M é­
xico; desde el río Soto la Marina por el Norte, hasta el Norte de Tabasco. Sus lí­
mites geográficoculturales por el Occidente abarcan grandes extensiones en los
Estados de San Luis Potosí e Hidalgo, hasta pequeñas porciones de Puebla y
Querétaro. Así definida, engloba distintos ecosistemas, entre los que se encuen­
tran la costa, la llanura, las estribaciones serranas (por la presencia de la Sierra
Madre Oriental), el bosque y las zonas áridas y semiáridas, con más o menos
abundancia y variedad de recursos bióticos.
Hacia el Postclásico (900/1000-1519 n.e.) el Golfo albergaba a grupos de fi­
liación huaxteca, tepehua, nahua, otomí y totonaca, destacando notablemente
los huaxtecas, quienes ocupaban la región identificada como la Huaxteca y los
totonacas, habitantes del Totonacapan (ubicado en la zona central de Veracruz).
Huaxtecas y totonacas se conocen mejor que los otros grupos (Ochoa, 1995:
1-13). Sin embargo, desde una visión general pareciera que justificaban su pre­
sencia como enclaves que representaban la influencia política y económica de sus
FORM ACIONES REGION ALES DE M E S O A M É R I C A 219

etnias correspondientes, con sede en el Altiplano central (nahuas y otomíes) y las


tierras mayas (tepehuas). De cualquier manera, conviene mencionar que se han
definido algunos rasgos culturales comunes a todos los habitantes de la costa del
Golfo, entre ellos la importancia de la pesca y de las artes textiles, la construcción
de casas elipsoidales y, para las mujeres, peinados en forma de corona (Dahlgren,
1953: 146). Aquí se tratará principalmente a los huaxtecas y totonacas.

L a H u axteca

El origen de los huaxtecas en la región se vincula a la época de las migraciones que


caracterizaron al último estadio de desarrollo mesoamericano. Como ya se ha di­
cho, en el periodo denominado Epiclásico o Postclásico Temprano (900-1100 n.e.)
grandes núcleos de población se trasladaron a mucha distancia de sus lugares de
origen, tal vez debido a un intenso periodo de sequía. En el caso de los huaxtecas,
sin embargo, sus antecesores no provenían del Norte sino del Sur, posiblemente «de
una zona localizada entre la costa de Tabasco y Campeche» (Ochoa, 1984: 115).
El área ocupada por los huaxtecas a partir de esa época se extendió en la
costa desde el río Soto la Marina, Chamal y Tagumba (en Tamaulipas) hasta el
río Cazones (en Veracruz), en donde hay muestras de su presencia en las ciuda­
des construidas en «sitios como El Tamuín, Taninul, Las Flores, Tantoc, Oxiti-
pan, Tam ós, Tancol, Huascamá, Tula, Tanchipa, Tanquián, El Choyal, Castillo
de Teayo»; pero también se asentó en la parte oriental de San Luis Potosí, al N o­
roeste de Hidalgo, la norteña veracruzana (como lo evidencian Tula de TamauU-
pas, Tancanhuitz y Tanlajás) y hasta el Noroeste de Puebla (Piña Chan, 1989:
168; García Payón, 1976: 243).
Los huaxtecas se distinguían y eran distinguidos por el nombre de las pro­
vincias que habitaban, por ejemplo: los de Cuextlan, cuextecas; Tuxpan, tuxpa-
necas; Tzicóac, tzicoacas; Pánuco, panotecas, entre otras. De ahí que los docu­
mentos coloniales hagan referencia a ellos como si fueran diferentes, cuando en
realidad se trataba de un mismo grupo cultural: el huaxteca o teneek (Ochoa,
1984a: 112-113).
La organización política de los huaxtecas era muy similar a la de algunas
otras regiones de Mesoamérica para este periodo. Se trataba de señoríos jerar­
quizados en donde gobernaba un señor principal (que los españoles llamaban
cacique, los huaxtecas tlahuan), seguido de señores menores (tiacham , pipihua;
García Payón, 1976: 251). El principal recibía tributo de la gente del pueblo. El
poder del gobernante era hereditario y si por alguna razón el hijo destinado no
podía asumir el cargo, se elegía a otro principal, el p ascóle (Ochoa, 1984a: 146)
Los señoríos, aparentemente, funcionaban en forma independiente, cada
uno con su propio gobernante sin tener una relación más estrecha con otros se­
ñoríos. Sin embargo, en casos de necesidad como el enfrentamiento con entida­
des políticas de otras regiones, los señores principales de cada uno se ababan
para defenderse eligiendo al más valiente, quien dirigía la guerra (Ochoa, 1984a:
149; García Payón, 1976: 249).
Si se considera la extensión que alcanzó la región huaxteca, que práctica­
mente coUndó con el Altiplano central por el Occidente, parecería extraño que
220 TERESA ROJAS R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

se hable de señoríos independientes, casi dispersos y con poderes fragmentarios,


pero la explicación que se propone es justamente que, por tratarse de baja densi­
dad de población, la organización política no llegó a consolidarse en una forma­
ción más compleja (Ochoa, 1984: 146-147).
Los huaxtecas tenían una economía mixta; se practicaba la agricultura
(maíz, del que obtenían hasta tres cosechas al año, frijol, chile, calabaza, ama­
ranto, camote, anona, nopal y algodón); la pesca en agua dulce y marítima (uti­
lizando arpones, anzuelos, redes, nasas y posiblemente barbasco como veneno);
la caza (con arco y flecha), con la que se proveían de venado, cojolite, pato, ar­
madillo, conejo, iguana y pécari, entre muchos otros; y la recolección de plantas
y animales silvestres como caracoles, ostras, larvas de insectos, tubérculos, flores
comestibles y miel (Piña Chan, 1967: 171; Ochoa, 1995: 47-48).
Los huaxtecas fueron excelentes artistas, a juzgar por la belleza y plasticidad
de sus esculturas en piedra. También conocieron y trabajaron los metales, prin­
cipalmente el cobre y el oro. Con el primero se hicieron aleaciones de ciertos ti­
pos de bronce (Grinberg, 1996: 6). Asimismo, han quedado vestigios de piezas

Ilustración 12

Escultura huaxteca del periodo Postclásico. Repre­


senta a un anciano apoyado en un bastón en forma
de serpiente. Encontrada en el sitio Órganos, Chi­
nampa de Gorostiza, Veracruz.
Fuente: Lorenzo Ochoa.
FORMACIONES REGIONALES DE M E S O A M É R I C A 221

trabajadas en jade, serpentina, obsidiana, concha, materiales perecederos como


madera, palma y tule, entre otras materias primas, que dan cuenta de su especia-
lización económica (Piña Chan, 1967: 171).
En cuanto a su religión, los huaxtecas influyeron sobre el panteón mexicano,
proveyendo de deidades tan importantes como Tlazoltéotl y la advocación de
Quetzalcóatl, deidad del viento, y de Venus, representado con su pectoral de ca­
racol cortado y vestimenta huaxteca; y Ehécatl, con su máscara de pico de ave
como advocación de Quetzalcóatl (Ochoa, 1994; 142-144; Piña Chan, 1989:
176; García Payón, 1976: 282).
A pesar de que los señoríos procuraban la paz dentro y fuera de sus fronte­
ras, la existencia de sitios asociados a barreras naturales o construidas ex p r o fe ­
so permite corroborar que los huaxtecas participaron de los movimientos béli­
cos característicos del Postclásico mesoamericano. Fueron guerreros feroces,
pero ni su valor ni las alianzas entre ellos pudieron evitar el que fueran conquis­
tados por el poderío mexica en tiempos de Ahuízotl. A partir de entonces las
cuatro provincias tributarias registradas en el C ódice M en docin o (Tuchpa,
Atlan, Tzicoac y Oxitipan) tributaban importantes cantidades de mantas bor­
dadas con plumas, ropa, aves (guacamayos y pájaros), algodón, chile chiltecpin,
entre otros muchos (García Payón, 1976; 282). La sujeción de esta región fue
estratégica, pues con ella se evitó la alianza de los huaxtecas con los totonacas,
sus vecinos sureños (Ochoa, 1984a: 149).

E l T oton acap an

El Totonacapan, asiento de los totonacas, se ha definido en sus límites desde la


desembocadura del río de la Antigua a la del río Cazones, en Veracruz, incluyen­
do zonas de los actuales Estados de Puebla e Hidalgo; Tlapacoya, Misantla, Tla-
coiula y Zacatlán hasta Metlaltoyuca (Palerm, 1953: 163-164; Ochoa, 1995:
19). Esta área incluye cuatro zonas climáticas; la costera (Cempoaia), la faja in­
termedia entre la costa y la sierra (Jalapa), la cáhdo-seca (Papantla) y la faja fría
y alta de la sierra (Tulancingo y Perote) (Palerm, 1972; 74).
Los totonacas, como sus vecinos los huaxtecas, tuvieron ciudades importan­
tes con características de planificación francamente urbanas; una de ellas, Cem-
poala, fue la primera ciudad que causó el asombro de los españoles dadas sus ca­
racterísticas constructivas y de limpieza, orden y servicios, que daba cabida a
una población estimada entre 25 y 30 000 habitantes (Ortiz, 1994: 38), lo que
no dejó de lado un porcentaje alto de población dispersa (Palerm, 1972; 76).
Las ciudades utilizaron un sistema constructivo que incluía muros con nú­
cleo de tierra cubierto con cantos rodados y acabados de estuco; la planta rec­
tangular de las casas se levantaba sobre plataformas, tenían un cuarto sin di­
visiones, pisos de tierra aplanada, techos de materiales perecederos (palmas o
zacates) y con escaleras al frente. Con los techos dispuestos de manera inclinada,
al parecer, se captaba y aprovechaba el agua de lluvia (Ochoa, 1995: 28). Las
casas de alto rango tenían jardines, agua corriente y un sistema para deshacerse
de los desechos (ibid.-. 27). Ciudades importantes con características similares
fueron Quiahuiztlan, Vega de la Peña y Tuzapan (Ortiz, 1994: 23).
222 TERESA R O J A S R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

Los totonacas también tuvieron una economía mixta. El cultivo de maíz se


practicaba principalmente en la zona cálido-seca, en la zona costera (donde se
obtenían dos cosechas anuales) y en la tierra fría. También se plantaba frijol, ca­
labaza, ciruelas, aguacates y zapotes (Palerm, 1953: 165), y aunque la vainilla
era un fruto silvestre abundante, no aparece como producto importante en la
economía totonaca y no fue considerado como tributo ni como objeto de comer­
cio (ibid.; Reyes y González, 1994: 45).
En la zona definida como cálido-seca se construyó un avanzado sistema hi­
dráulico para la agricultura que permitió también el desarrollo de la población;
éste incluía el regadío, favorecido por terrenos llanos, ríos pequeños y corrientes
de agua regulares, poco frecuentes en la costa (Palerm, 1972: 244).
A diferencia de la caza, la pesca tuvo una especial importancia, sobre todo en
agua dulce, donde se pescaba con anzuelos y redes y se obtenían buena parte de
los recursos alimentarios. En cuanto al consumo de animales domésticos, se comía
el guajolote, la miel de abeja y el perro (en Misanda) (Palerm, 1953: 165-166).
La población se dividía en dos clases principales, los nobles y el pueblo co­
mún, incluidos los servidores de los nobles. Como en el resto de Mesoamérica,
los gobernantes y sacerdotes pertenecían a la nobleza. El señor principal del sitio
rector transmitía su poder a los hijos, aunque las hijas también tenían derechos
(Palerm, 1953: 171).
La religión estaba notablemente presente en las prácticas funerarias, muestra
de lo cual es la construcción de tumbas, que llegaron a conformar cementerios,
como en la Isla de los Sacrificios y Quiahuiztlán. Las tumbas tenían «cámara fu­
neraria, basamento de uno a tres cuerpos superpuestos, escalera con alfardas y,
encima, el mausoleo que imita la forma de las casas y templos rectangulares [...]
en donde colocaban entierros secundarios» (Ochoa, 1995: 20).
Los totonacas establecieron relaciones comerciales con la cuenca de México,
la Huaxteca, Cholula, la M ixteca y Tlaxcala. Los productos que ofrecían, en co­
mercio o tributo, eran algodón, maíz, chile, plumas y piedras preciosas, liqui-
dámbar, petates, escudos, pieles, mosaicos de turquesas y textiles (mantas, telas,
ropa para hombres y mujeres). A cambio obtenían sal y maíz en tiempo de esca­
sez. Las monedas eran mantas, maíz o algodón, pero fundamentalmente se co­
merció a través del trueque. Un mercado descrito por los españoles fue el de
Cempoala (Palerm, 1953: 166-167).

LA TRIPLE ALIANZA O IM PERIO TEN OCHCA

A la llegada de los europeos, la llamada Triple Alianza (o Imperio tenochca),


que fundaron Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan hacia 1428, «dominaba la
cuenca de México, sede de las tres capitales, y se extendía desde la costa del Gol­
fo hasta la del Pacífico, desde las fronteras con Metztitlan, los chichimecas y el
reino tarasco de Michoacán, en el Norte y Noroeste, hasta el istmo de Tehuante-
pec y Xoconochco en el Sudeste» (Carrasco, 1996: 13). Se escapaban de su do­
minio el reino mixteca de Tototepec y el de Yopitzinco (costa de Guerrero) y los
señoríos de Metztitlan, Tototepec, Tlaxcala, Huexotzinco y Coatlicamac, que
FORM ACIONES REGION ALES DE M ES O A M É R IC A 2 23

estaban enclavados en su propio ámbito. Esta entidad política, que dominaba


gran parte del Centro y Sur de México, se ha descrito como de tipo imperial e
implicaba «una organización estatal en gran escala en la que hay dominio de un
pueblo sobre otro e igualmente de un rey supremo sobre otros subordinados; el
concepto de emperador como rey de reyes lo expresa concisamente. Ambas ideas
sirven para describir las unidades políticas mesoamericanas de mayor compleji­
dad» [ibid.).
El periodo dominado por la Triple Alianza y los célebres mexicas o tenoch-
cas hablantes de náhuatl que tenían la supremacía es, a no dudar, el más intensa­
mente estudiado y conocido de la historia de Mesoamérica. Los conquistadores
europeos dejaron numerosos testimonios de su funcionamiento, que se suman a
las muchas fuentes indígenas que sobrevivieron a la destrucción colonial. Pese a
esto, estamos lejos de contar con una versión unánime sobre su historia. El ca­
rácter de su formación política y de sus diversas instituciones, y la causalidad de
su desarrollo, son temas abiertos y vetas para toda clase de indagaciones científi­
cas y re^ereaciones literarias. ¿Cómo se habría desarrollado este imperio en caso
de que no hubieran llegado los españoles?
México-Tenochtitlan se fundó en el 1325 n.e. en un islote lodoso ya ocupa­
do en parte por los tlatelolcas. Se situaba en el lago de Texcoco, en territorio de
los tepanecas de Azcapotzalco, la principal potencia de aquel tiempo. Durante
una primera etapa, los mexicas «se enlistaron en los ejércitos de los toltecas te­
panecas de Atzcapotzalco, participando de este modo en la rápida expansión del
dominio tepaneca, ocurrida entre los años 1367 y 1418» (Wolf, 1967: 122). En­
tonces entronizaron a su primer soberano (tlatoani), hijo de un mexica y una no­
ble de Culhuacán, descendiente de los toltecas.
En 1428 los mexicas iniciaron otra etapa de su historia política al enfrentar­
se a los tepanecas de Azcapotzalco, aprovechando una coyuntura de disensión
interna y la alianza con los tepanecas de Tlacopan y los acolhuas de Texcoco.
Fue durante un segundo periodo cuando se formó el Estado, a través de la cons­
titución de una «Triple Alianza» (Wolf, 1967: 123). Aunque en apariencia los
tres aliados tenían igualdad de condiciones, Tlacopan era de menor jerarquía,
por lo cual sólo recibía la quinta parte de los beneficios. En esta etapa, Texcoco,
bajo el gobierno del célebre Nezahualcóyotl, parece haber dominado sobre sus
dos aliados. Fue entonces cuando se construyó, dirigido por el propio Nezahual­
cóyotl, «un gran sistema de diques y canales, que abrían al cultivo, por medio de
riego, tierras hasta entonces improductivas», además de permitir el control de
las inundaciones en Tenochtitlan y mejorar las condiciones para el cultivo en las
chinampas, al separar el agua salobre de la dulce de la laguna (ibid.).
Pero fue Tenochtitlan, la más militarista, la entidad que prevaleció y dejó su
sello indeleble en Mesoamérica. Así, en una tercera y final etapa iniciada hacia
1500, los mexicas establecieron su hegemonía en la alianza tripartita {ibid.-.
124). Los tributos, recabados antes por cada uno de los tres aliados, pasaron a
control de Tenochtitlan y eran repartidos entre sus dos aliados, reducidos a sa­
télites. De acuerdo con P. Carrasco, «las tres capitales aliadas con sus reinos de­
pendientes conformaban un grupo de unos 30 reinos que constituían la zona
nuclear del Imperio» (1996: 586). Tenochtitlan era la capital de las ciudades
224 T E R E S A R O J A S R A B I E L A Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

colhuas, Texcoco de las acolhuas y Tlacopan de las tepanecas, todas situadas


en la cuenca de México. En cuanto a sus funciones, Tenochtitlan ejercía la di­
rección de los ejércitos; Texcoco «tenía mayor autoridad en la organización ju­
dicial y en las obras públicas y Tlacopan probablemente en la administración
del tributo y el comercio» (ibid.-. 587).

D ESA R RO LLO U RBAN O, POBLACIÓN Y RELACIÓN CAMPO-CIUDAD

Al ocupar el islote, los mexicas construyeron un modesto templo a su dios tute­


lar, delimitando el espacio que, con el paso de los años, fue creciendo hasta con­
tener 78 edificios, siendo centro el Templo mayor (Matos, 1990: 51). La ciudad
lacustre creció artificialmente ganando terreno al lago con técnicas semejantes a
las empleadas para hacer chinampas (rellenos, pilotes, zanjas) (Rojas, 1993a).
Las numerosas obras hidráulicas formaban una intrincada red que servía a la
ciudad, controlaba las inundaciones, permitía el cultivo de numerosas chinam­
pas en sus alrededores y quedó inundada por tierra y agua con el resto de la
cuenca de M éxico. De acuerdo con las fuentes españolas, había «no menos de
2 0 0 mil canoas» dando servicio (Palerm, 1967; 275).
La inversión laboral para la construcción y el mantenimiento de las obras y
servicios urbanos fue de gran magnitud. El Estado mexica ejerció su poder de
llamamiento atrayendo el trabajo tributario organizado de las poblaciones suje­
tas a la Alianza en forma regular o bien de manera extraordinaria para emergen­
cias o para construcción de obras monumentales. Existió un bien organizado y
jerarquizado sistema laboral basado en unidades de 20 trabajadores cada una
con su mando y división de tareas (por tramos, por actividades o por tipo de su­
ministro) (Rojas, 1984; 1986).
El carácter urbano de Tenochtitlan-Tlatelolco está plenamente demostrado.
Llegó a tener no menos de 150 000 habitantes y pudo ser «considerablemente
mayor de 2 0 0 000» (Calnek, 1974: 54), mientras la población total de la cuenca
de M éxico sería de alrededor de 2 millones, habiendo varias ciudades con más
de 1 0 0 0 0 0 habitantes (como Texcoco, Tacuba y Xochimilco) (Palerm, 1967:
2 7 5 ). Las grandes obras hidráulicas incrementaron el potencial productivo de la
zona nuclear del Imperio, a través de la práctica de la agricultura de regadío en
las llanuras y laderas y de las chinampas en los pantanos y lagos de poco fondo*.
Ésta fue la base económica que sustentó el enorme poder desplegado por los
conquistadores mexicas y sus aliados {ibid.).
La distancia entre campo y ciudad estaba claramente establecida (Carrasco,
1996; Calnelk, 1974). En las ciudades residían los gobernantes, la nobleza, los
artesanos especializados y los comerciantes. Las comunidades rurales estaban
bien organizadas a cargo de mayordomos. Allí se producía lo necesario para

8. Las chinampas se ubicaban sobre todo en el Sur (Chalco, Xochim ilco, Tlalpan, Mexicalcin-
go, etc.) y en secciones del Poniente (Tlacopan) y Norte (Xaltocan) de la cuenca de M éxico (Rojas,
1 9 9 3 b : 2 4 4 -2 4 5 ).
FORM ACIONES REGIO N ALES DE M E S O A M É R I C A 225

abastecer a las ciudades, que eran habitadas por los campesinos que prestaban
los servicios (cuidado de las obras públicas, de los bosques y jardines, o milita­
res) (Carrasco, 1996: 588).

ECO N O M ÍA Y SOCIEDAD

En lo económico se habla de «una economía dirigida y regulada por el organis­


mo político», en cuya base existían dos grupos sociales fundamentales (clases,
estamentos): los nobles (pipiltin en náhuatl), que eran el personal de gobierno, a
cuyo cargo estaba el control de los medios de producción y los plebeyos (ma-
cehualtin), que eran los trabajadores. Como corresponde a una economía prein-
dustrial, la agricultura era la rama económica básica, en la que se producían ali­
mentos y materias primas para las artesanías y casi todo lo necesario para la
vida. Tierra, agua y trabajo eran los medios de producción fundamentales. Los
instrumentos de trabajo fueron básicamente manuales, con la consecuencia de
altas inversiones en fuerza laboral y cuidados individualizados en las distintas
ramas productivas, especialmente en la agricultura y la artesanía. Esto no impli­
có una agricultura carente de complejidad o improductiva, gracias a varias cla­
ves: domesticación de un amplio repertorio de especies vegetales adaptadas a los
micronichos; manejo de las diferencias microambientales, principalmente las de­
rivadas de la altitud; construcción de obras de riego y de conservación de la hu­
medad del suelo, así como rescate de suelos (Rojas, 1996: 77; 1988 y 1990).
En relación con la tierra, a cada clase o estamento, a cada institución y a
cada puesto público, «correspondía un tipo especial de tierra destinada a soste­
ner a sus poseedores en el ejercicio de las funciones de ellos requeridas en la or­
ganización política» (Carrasco, 1978: 28-29). El trabajo era de vital importan­
cia, dado el contexto de una sociedad con un desarrollo técnico relativamente
sencillo y que no contaba con animales de trabajo y transporte. Todo individuo
tenía la obligación de dar su tequio (trabajo, oficio o tributo), que era adminis­
trado por el organismo político. El trabajo masivo de los productores era la base
para sostener al Estado y a la nobleza. A cambio de usar una parcela, el hombre
común tenía que entregar tributo y trabajo.
En esta economía dominada por el sector político, el mercado «servía para
la circulación de bienes de consumo», tanto comunes como suntuarios. Todo
parece indicar que tierra y trabajo no intervenían en la circulación y distribución
de la tierra y el trabajo, es decir, no eran mercancías. El trabajo asalariado era
excepcional (Carrasco, 1978; 54).
El comercio mesoamericano se caracterizaba por dos rasgos básicos: la pre­
sencia de lugares definidos para realizarlo (plazas, tianguis), con periodicidad
fija, y la existencia de mercaderes profesionales (pochteca) que contaban con su
propia organización, vivían en barrios específicos y traficaban a grandes distan­
cias con bienes que no circulaban en el mercado, puesto que se entregaban al Es­
tado (Carrasco, 1978).
Otras interpretaciones otorgan mayor importancia al sistema mercantil en
el proceso de urbanización de Tenochtitlan, es decir, a la economía de merca­
226 T E R E S A R O J A S R A B I E L A Y M A G D A L E N A A, G A R C Í A

do. Así, en la relación entre la producción artesanal y el comercio, diversas m a­


terias primas necesarias para los artesanos se adquirían en el mercado, de m a­
nera que tenían ingresos derivados de su trabajo (Calnek, 1978: 104). Diversos
especialistas (como aguadores, cargadores, plumajeros, joyeros, lapidarios)
prestaban su servicio, se alquilaban o producían bienes intercambiables en el
mercado a fin de satisfacer sus necesidades {ibid.-. 104, 109). También llama la
atención «la creciente importancia de las qu achtli [mantas estandarizadas] y
del cacao como medios de cambio aceptados universalmente [...]» (Calnek,
1974; 110).
Compatible con el carácter urbano de la ciudad fue la gran importancia que
tuvieron el comercio y la manufactura, así como los tributos (Calnek, 1974: 50).
El tributo tuvo dos variantes: en trabajo y en especie. El primero era no especia­
lizado y consistía en la construcción de obras públicas comunes; el transporte de
mercancías, armas y bastimentos y el trabajo agrícola en terrenos cuyos pro­
ductos se destinaban al mantenimiento del aparato estatal (palacios, templos,
gobernantes). El tributo en especie al Estado consistía en la entrega periódica de
materias primas de gran valor (como ámbar, plumas preciosas, oro, algodón,
maderas, pieles de animales, aves vivas), productos semielaborados y elaborados
(trajes de género, mantas, bezotes, cuentas de turquesa, etc.) y alimentos almace-
nables (cacao, maíz, frijol, chía, amaranto, chile seco, entre otros). La asignación
seguía ciertos patrones, aunque no de forma mecánica; las materias comestibles
provenían de la zona central o de otras más o menos cercanas, mientras las de
lujo, o exóticas, de las provincias más lejanas. «Otros bienes o servicios especia­
les aportados por ciertas provincias eran los bastimentos para las fortalezas y
ejércitos de paso o la ayuda militar» (Carrasco, 1996: 599).
Los tlatoanis de la Triple Alianza contaban con mayordomos (calpixques)
propios para la recaudación de los tributos en las provincias conquistadas, que
por cierto eran distintas de las unidades políticas y territoriales, aunque en oca­
siones llegaron a coincidir.

ORGAN IZACIÓN DEL IM PERIO

De acuerdo con Carrasco, la triple división establecida en la zona central del Im­
perio se repetía o extendía a las regiones sojuzgadas. Una información recogida
por fray Torquemada sobre la organización de las tres divisiones según los rum­
bos del universo recuerda lo ocurrido en Tula, aunque no ha podido confirmarse
(Carrasco, 1996: 592). A Texcoco tocaba el cuadrante nororiental, a Tlacopan
el noroccidental y a Tenochtitlan toda la mitad sur.
Siguiendo una antigua tradición en Mesoamérica, las tres ciudades-capitales
y sus ciudades dependientes estaban divididas en segmentos (parcialidades o ca­
beceras), algunas las cuales tenían su propio tlatoani. Estas divisiones eran de
carácter territorial, pero en ocasiones también étnica, originadas «en los pueblos
que migraron a la caída de Tula». Tenían sus propios dioses y sus señores «pro­
cedían de dinastías y regímenes políticos anteriores» (Carrasco, 1996: 590). De
esta segmentación procedía, de acuerdo con Carrasco, el frecuente faccionalismo
FORM ACIONES REGIONALES DE M E S O A M É R I C A 227

político que se observa en la historia de la Triple Alianza y quizá ayuda a expli­


car las crisis de los imperios anteriores (Tula y Teotihuacan) (ibid.: 590).

RELIG IÓ N , CEREM O N IA L, CALENDARIO


Y O T R O S LO G R O S INTELECTUALES

La religión mesoamericana era politeísta y ceremonialista. Había una infinidad


de ceremonias y dioses para representar los diferentes elementos de la naturaleza
y los diversos grupos y actividades humanas; había ceremonias «para casi todos
los quehaceres humanos» (Carrasco, 1976: 237). Dioses y ceremonias eran cons­
titutivas de las relaciones sociales; dioses patrones de las diferentes entidades et-
nicopolíticas, de los oficios y de las actividades del ciclo de vida. La mayoría
eran representados con formas humanas {ibid.: 590).
Los mitos cosmogónicos consideran a los dioses «en su papel de creadores o
creados y mencionan su residencia y sus actividades» (ibid.: 241). De una pareja
de dioses que residían en el cielo superior, el tercero, derivaron cuatro hijos: Tla-
tlauhqui Tezcatlipoca, Yayauhqui Tezcatlipoca, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli.
La creación del resto «fue obra de estos cuatro», así como también la de los nue­
ve (o trece) cielos y nueve inframundos; la tierra era el primero de los cielos o de
los inframundos (ibid.: 242-243).
Respecto al tiempo, se deba la creencia en la existencia de diferentes eras del
mundo, en «soles» que rigen cada una de éstas, «que son creados o destruidos
uno tras otro por la acción de los varios dioses» (ibid.: 244).
Sobre el destino del hombre al morir, se creía en distintas moradas según las
circunstancias de la muerte (muerte normal, ahogado, por rayo, enfermedad, o
parto; o, bien, si eran niños, guerreros o cautivos sacrificados), cada una tenía sus
dioses propios y sus ritos de disposición del cuerpo. Las ideas sobre el destino de
los muertos guardaban relación con el ritual del sacrificio humano: «todos los
muertos se convierten en dioses» (ibid.: 254). Al sacrificado se le identificaba con
el dios al que era ofrendado, se le vestía a su semejanza; al dios se le alimentaba
con el corazón y la sangre del sacrificado. El canibalismo era un rito relacionado
con el sacrificio: «ios hombres consumen el cuerpo hecho dios del sacrificado»
(ibid.: 255). Se ofrendaban prisioneros de guerra o, bien, esclavos. Durante el
auge de ios mexicas se habla de sacrificios en masa, pero algunos estudiosos,
como Luis Reyes, han puesto en duda la veracidad de tales afirmaciones.
El ceremonial se ordenaba de acuerdo con el sistema calendárico, logro in­
telectual distintivo de las culturas mesoamericanas. El calendario poseía dos
cuentas: la de los días (tonalpohualli) y la del año (xihuitl). La primera, a seme­
janza de la astrología, servía para adivinar y conocer los días favorables o des­
favorables. Se dividía en 20 periodos de trece días cada uno, cada trecena con
los numerales del 1 al 13, constando así de 2 60 días. El segundo tenía 365 días
y constaba de 18 meses de 2 0 días cada uno, más cinco días extras; los días re­
cibían un nombre compuesto por un numeral y un signo. Ambas cuentas se
combinaban para nombrar los años, de tal manera que cada año tenía el nom­
bre de un día específico. No había año bisiesto y así, cada cuatro años, la cuen­
228 TERESA ROJAS R A BIELA Y M A G D A L E N A A. G A R C Í A

ta se retrasaba un día. Los signos tenían un dios patrón y éste se asociaba con
un punto cardinal.
Las estaciones del año guardaban relación con los puntos cardinales. El
Norte con el verano, la primavera con el Oeste, el otoño con el Este, el invierno
con el Sur. La conjunción del calendario y las estaciones daba lugar a un elabo­
rado ciclo de fiestas públicas religiosas, que eran ocasión para el sacrificio, el
convite y la reciprocidad social.
Otros muchos logros en el terreno intelectual y artístico son de mencionar,
pero sin duda resaltan algunos, como la escritura pictográfica, que servía para
toda suerte de detallados registros en papel indígena {am ate), piedra y otros ma­
teriales. Asimismo existían sistemas aritméticos y de medición, mediante los cua­
les se registraban fechas, se levantaban detallados catastros de tierras y cuentas
de tributos y tributarios, entre otros. Hubo, asimismo, sistemas de clasificación
del reino vegetal, animal y mineral (suelos) que representan avances intelectuales
que aún están en proceso inicial de investigación. Las técnicas son un terreno
mal conocido, respecto al cual se ha calificado (casi siempre en sentido negativo)
más que profundizado en su conocimiento. Entre las mejor conocidas están las
líticas, las cerámicas, las de cestería, las de riego, las agrícolas, las constructivas
y las minero-metalúrgicas, entre otras.
9

L A R E G IÓ N S E P T E N T R IO N A L M E S O A M E R IC A N A

B e a tr iz B r a n i f f C o r n e j o

LA PRO BLEM Á TICA REGIONAL

Vamos a tratar en este capítulo de una región cultural que se ubica al Norte de
los ríos Sinaloa, Lerma y Moctezuma, ríos en donde se localiza la frontera sep­
tentrional de Mesoamérica en el siglo X V I (Kirchhoff, 1943). Se encuentra en la
porción norcentral del Altiplano mexicano hasta el trópico de Cáncer, incluyen­
do los hoy estados de Querétaro, Zacatecas, Guanajuato, Durango, el Altiplano
y la región del río Verde en San Luis Potosí y la sierra de Tamaulipas (Ilustra­
ción 1), que en aquel entonces quedaban fuera de Mesoamérica.
Los mexicas se expresaban así de esa región norteña: «Es un lugar de mise­
ria, dolor, sufrimiento, fatiga, pobreza, tormento. Es un lugar de rocas secas, es­
téril; un lugar de lamentación, un lugar de mucha hambre, de mucha muerte.
Queda al none» (Sahagún, 1963: 263). «A las provincias donde moran los chi-
chimeca, las llaman chichim ecatlalli; es tierra muy pobre, muy estéril, y muy fal­
ta de todos los mantenimientos» (Sahagún, 1955: libro X I, 478).
La traducción de la palabra chichim eca es mecate o «cuerda de perro», en
otras palabras, linaje de gente que, como los perros, no tiene casa. El término
chichimeca incluye a varios grupos o «naciones» — como los llamaron los espa­
ñoles— cuya esencia era precisamente la de vivir en forma nómada como caza-
dores y recolectores, sin residencia definitiva. Estos grupos eran, por consiguien­
te, el contraste con los pueblos mesoamericanos, que fueron tradicionalmente
agrícolas, sedentarios, y con una ideología enraizada en la tierra y en su fertili­
dad (Rojas, 1985: 129). En consecuencia, la conquista de las tierras norteñas
por los españoles fue muy distinta a la de las culturas mesoamericanas, organi­
zadas éstas dentro de los llamados «Imperios» como el mexica y el tarasco, don­
de la conquista fue rápida y sólo hubo que cambiar al dirigente indígena por la
autoridad española. El mestizaje se inició pronto, la primera catedral en la ciu­
dad de México estaba edificándose hacia 1525 y las tierras se entregaron al con­
quistador con todo y con el indígena, quien de aquí en adelante serviría a nuevos
amos.
Pero al Norte de aquella frontera el blanco y sus aliados indígenas y mestizos
tendrían que emprender una ardua y larga lucha para alcanzar aquellas regiones
230 BEATRIZ BRANIFF CORNEJO

Ilustración 1
M ESOA M ÉRICA SEPTENTRIONAL

A ) R e g ió n n o rcen tra l y n o ro ccid e n ta l. B) R eg ió n n o ro rien ta l; fro n te ra del sig lo rx;


fro n te ra del siglo x v i.
f u e n t e : B e a triz B ra n iff.

de «bárbaros», que se convirtió en «tierra de guerra» que hubo que conquistar


palmo a palmo con otros métodos y estrategias (Mendizábal, 1930; Powell,
1972, 1977).
Si bien es cierto que el periodo colonial (si así puede llamarse a la época vi-
rreinal(^) marcaría una nueva era política y cultural en el centro de México a par­
tir de 1521-1525, en el Norte este cambio no se daría hasta bien entrado el siglo
xvni, en vísperas de la independencia y, en algunos casos, hasta principios de este
siglo. Un interesantísimo mapa del siglo xvi de la región guanajuatense muestra
las vicisitudes de los españoles en tierras de salvajes, quienes en caravanas de ca­
rretas defendidas por soldados llevan por el «camino real» los necesarios «mante­
nimientos» a las recién descubiertas minas de plata de Zacatecas (Ilustración 2).

1. La palabra «colonia», en su concepción original romana, se refiere a «cultivar la tierra y


hacerla más civil» y en tiempos del Renacimiento europeo la palabra se convierte en un vocablo polí­
tico y comercial de usufructo encubierto por la excusa de «llevar la cultura y civilización a los pue­
blos bárbaros». Ninguna de las dos acepciones es aplicable a Mesoamérica, porque, a su vez, tuvo
sus propias colonias. El término «colonial», aplicado a M éxico, es a todas luces errado.
LA R E G I Ó N SEPTENTRIO NAL ME S O A ME R IC A N A 231

Ilustración 2
EL CAM IN O REAL A ZACATECAS

Mapa de 1580.
Fuente: Biblioteca de la Real Academia de Historia de Madrid.
232 BEATRIZ BRANIFF CORN EJO

En contraste con esta realidad del siglo xvi, la arqueología demuestra un pa­
norama totalmente diferente para un tiempo más antiguo, pues en esa misma re­
gión de barbarie existen ruinas de poblados de todo tipo, y aun ciudades con pa­
lacios, templos y calles que no pudieron haber sido edificados por nómadas, ya
que sólo una agricultura eficiente estaba en grado de permitir asentamientos de
tal categoría. De esto se infiere que debió existir anteriormente un medio ambien­
te mucho más benévolo que el descrito por los mexicas y habría que aceptar tam­
bién un deterioro climático posterior que culminaría con aquella desolación his­
tóricamente registrada.
No existe todavía la prueba científica de dichos cambios climáticos, aunque
estudios polínicos tampoco lo refutan, pero no hay que descartar la posibilidad
de que en estas regiones, que hoy en día son semiáridas, una temporada de sólo
dos o tres años sin lluvia podría haber traído consecuencias y efectos desastrosos
para una población cuya base de sustento fuera la agricultura de temporada. Se
tiene, sin embargo, información indirecta que confirma hasta cierto punto tales
cambios climáticos así como la relación que existe entre la situación cultural y la
geográfica. Por una parte, es interesante anotar la concordancia que existe entre
la curva que sigue la frontera de los mesoamericanos en el siglo xvi y la frontera
climática entre las zonas de desierto y estepa hacia el Norte y la sabana mesoter-
mal y el bosque templado hacia el Sur (Armillas, 1969: 699). Por otra, el límite
sur del llamado desierto de Chihuahua — que es una unidad vegetacional (Jaeger,
1957; Rzedowski, 1978: 62)— sigue exactamente la máxima frontera de los me­
soamericanos (anterior al siglo XVl) y finalmente nuestra región se encuentra lo­
calizada entre las isoyetas actuales de 400 mm y 800 mm anuales (Ilustración 3).
Se ha dicho que la isoyeta de 700 mm anuales marca el límite por debajo del cual
la agricultura de temporada es totalmente aleatoria y precaria (Niederberger,
1987: 51, 95). El trópico de Cáncer es en sí mismo una frontera climática y la dis­
tribución de pueblos mesoamericanos en un tiempo se extendió hasta esta línea
(Ilustración 1).
Otra información igualmente indirecta se refiere a la documentación histórica
relacionada con el fin de la ciudad de Tula, hacia el 1200 n.e. La tradición indíge­
na expresa en forma simbólica y poética las causas físicas — sequía y sus conse­
cuencias— de dicha crisis política (Armillas, 1969: 701) y en nuestra región nor­
teña no existe nada mesoamericano que podamos detectar arqueológicamente
después de esa misma fecha (Braniff, 1972, 1988), sugiriéndose la crisis y aban­
dono de las regiones de la Mesoamérica septentrional (Armillas, 1964, 1969). Es
importante apuntar la coincidencia de estas fechas — 1150 a 1200 n.e.— con las
que se dan para el abandono y reorganización de los asentamientos en el llamado
«Sudoeste» de Estados Unidos (que en realidad fue el Noroeste de México hasta
el siglo pasado). Allí se argumentan igualmente explicaciones de cambios climáti­
c o s — y otros— (Cordell, 1984: cap. 9). Además, en esa misma región dejaron de
recibirse ciertos objetos típicamente mesoamericanos, de lo que se deduce que los
patrones comerciales cambiaron entonces, lógicamente relacionados con la desa­
parición de nuestra Mesoamérica septentrional y la revitalización de rutas comer­
ciales a lo largo de la faja costera del Pacífico que ligan a partir de entonces a
nuevos centros políticos y comerciales (Kelley, 1986; Braniff, 1989a).
LA R E G I Ó N SEPTEN TRIO N AL M E S O A M E Rl C A N A 233

Ilu stración 3
M ESOAM ÉRICA SEPTENTRIONAL

Como resumen podemos aseverar que esta región norteña contiene una pro­
blemática especial y diferente a la que se da en las regiones «nucleares» mesoa-
mericanas (por llamar de alguna manera a las que se distribuyen por debajo de
la frontera del siglo xvi). Mientras en estas últimas existe una evolución y pro­
greso paulatino hasta la civilización que serían sólo limitados y luego condicio­
nados por la conquista española, nuestra región septentrional muestra oscilacio­
nes de carácter cultural muy relacionadas con el medio ambiente, que en una
época la ligan a ios procesos de gente cultivadora mesoamericana y en otro tiem­
po se convierten en algo que es la antítesis de lo mesoamericano, determinándo­
se así un diferente proceso histórico de época virreinal que ha repercutido hasta
nuestros días. Mientras en Mesoamérica el hispano encontró «la mesa puesta»
(organización tributaria, mano de obra, tierras cultivables), en el Norte, donde
ésta no existía, se requirió de otro tipo de conquistador que daría por resultado
un tipo de población poco mestizada y criolla, bastante diferente de la población
indígena, mestiza y criolla de la Mesoamérica nuclear. Este contraste es más evi­
dente en las regiones extramesoamericanas, allende el trópico de Cáncer^.

2. La resistencia de algunos indígenas especialmente cazadores-recolectores determinó su ani­


quilamiento total y allí, al igual que en ciertas regiones de Estados Unidos, la política aplicada era la
que reza: «a good indian is a dead indian».
234 BEATRIZ BRANIFF CO R N EJO

LA COLO N IZA CIÓ N DE LAS NUEVAS TIERRAS

Como se menciona en varios capítulos de este volumen, las sociedades sedenta­


rias mesoamericanas que se organizaron hacia el 2000-1700 a.n.e. progresaron
en el tiempo hacia sistemas sociales cada vez más complejos, llegándose a esta­
blecer hacia el 1250 a.n.e. capitales regionales que eran cabeceras de poblados y
regiones que estaban integradas en forma simbiótica. Hacia el 700 a.n.e. se lo­
graría alcanzar un nivel protourbano caracterizado por centros regionales mayo­
res que, igualmente, integraba poblados y regiones, ahora con mayor extensión
territorial (Niederberger, 1987: 33).
Durante esta última época, en el llamado Formativo Tardío y Formativo
Terminal, tuvo lugar lo que en el Viejo Mundo se ha llamado la revolución ur­
bana, esto es, un periodo inicial de conformación de «Estados» que se lograría
gracias a los progresos del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relacio­
nes de producción. En el Viejo Mundo este importantísimo adelanto, que impli­
ca un desarrollo tecnológico y una organización política y económica más com­
pleja y poderosa, abrió la posibilidad de que algunos grupos se aventurasen a
colonizar un hábitat en el que antes los hombres no habían podido establecerse
(Olivé, 1985: 92-96). Es precisamente en estos tiempos, hacia el 300 a.n.e./200
n.e., cuando se dan las primeras evidencias de asentamientos agrícolas en la re­
gión septentrional que ahora nos ocupa y es posible entonces argumentar que
esta nueva colonización se debe a esa «revolución» que se da en la Mesoamérica
nuclear (Braniff, 1989b)^.
Para estos tiempos y en los límites norteños de Mesoamérica existían tres si­
tios que fueron importantes centros de control regional: Teuchitlan en Jalisco
(Weigand, 1985), Chupícuaro en Guanajuato (McBride, 1969) y Cuicuilco (y
sus contemporáneos Tlapacoya, Ticomán, Cuanalán y otros) en la cuenca cen­
tral de M éxico (Ilustración 4). Mientras Cuicuilco y sus contemporáneos son
aparentemente los herederos — o por lo menos los sucesores— de una antigua
tradición olmeca (Niederberger, 1987) y fueron a su vez la base y antecedente de
la posterior cultura teotihuacana, los otros dos centros mayores pertenecen a
una «tradición de occidente» diferente y tan antigua como la olmeca (Braniff,
1975a; Weigand, 1985: 69).
Es importante insistir que varios autores reconocen que en los sitios de la
cuenca de M éxico antes mencionados existió una poderosa penetración de las
culturas de occidente, especialmente de Chupícuaro (McBride, 1969), previa al
desarrollo de la gran ciudad de Teotihuacan, de lo que se infiere que la simili­
tud de varios elementos que por primera vez se dan en la Mesoamérica septen­
trional y en la cuenca de M éxico pueden ser originarios de Chupícuaro y no ne­
cesariamente de la cuenca de México''. En efecto, los primeros asentamientos en

3. Se ha argumentado que la agricultura de riego fue uno de los adelantos tecnológicos que
permitió el surgimiento de los centros urbanos en Mesoamérica, aumentando la producción y la po­
blación; sin embargo, es la agricultura de temparal la que explica la supervivencia de los asentamien­
tos rurales.
4. Desafortunadamente los arqueólogos mexicanos hemos heredado y adoptado la versión po-
LA R E G I Ó N S E P T E N T R I O N A L ME S O A ME R IC A N A 235

Ilustración 4
C O LO N IZ A C IÓ N DE LA M ESO A M ÉRICA SEPTENTRIONAL (300 A.N.E. 20 0 N.E.)

• A sentam ientos de la tradición de T eu ch itlán .


O A sentam ientos de la tradición de C hupícuaro: 1. T eu ch itlán , Ja lisc o ; 2 . C hupícuaro, G uana-
ju a to ; 3 . C u icuilco, T icom án , T lap aco y a, D . F .; 4 . San Ju an del R ío , Q u erétaro; 5 . Santa M aría
del R efu gio , G u an aju ato; 6. M o rales, G u an aju ato ; 7. V illa de R eyes, San Luis P otosí; 8. C erro
E n ca n ta d o , Ja lisc o ; 9 . H uejuquilla, Ja lisc o ; 1 0 . AltaVista (C halchihuites), Z acatecas.
R í o s : o) C hapalangana, a) B olañ o s, b) Ju ch ip ila-M alp aso , c) Verde, d) T u rb io , e) G u an aju ato,
f) L a ja , g) Santa M aría.
F u en te: Beatriz B raniff.
236 BEATRIZ BRANIFF CORNEJO

la Mesoamérica septentrional llevan todos el sello de la tradición de Occidente


(Teuchitlan) o de la que ahora podemos llamar tradición de Chupícuaro (Mc-
Bride, 1969) y se dan en una zona (A en la Ilustración 1) que en tiempos poste­
riores continuaría desarrollándose con su propia personalidad y en forma bas­
tante ajena o autónoma del sistema politicoeconómico de la gran ciudad de
Teotihuacan, que supuestamente dominó muchas regiones de la Mesoamérica
nuclear.
Teuchitlan y Chupícuaro, y en su caso Cuicuilco, pudieron haber sido la
base de la colonización norteña, como lo sugieren las similitudes arquitectó­
nicas^ y cerámicas. Faltan, sin embargo, muchas otras investigaciones (sobre la
lítica, arqueomoluscos, minerales, artesanías, etc.) para verificar las sugeridas fi­
liaciones, así como también para entender el tipo de colonización sobre las po­
blaciones previas en la región. Como veremos más adelante, en nuestra zona no
existió un proceso largo de sedentarización, sino que fue una verdadera coloni­
zación en el sentido de importar todo un complejo cultural ya existente en las re­
giones nucleares, a veces con el cariz propio de zonas periféricas y fronterizas.
En cuanto a Teuchitlan, situado en la antigua región lacustre en el norcentro
de Jalisco, fue éste un centro rector que se caracterizaba, entre otras cosas, por
una arquitectura ceremonial con base en elementos circulares llamados localmen­
te los «guachimontones» (Ilustración 5c), arquitectura que siguió utilizándose en
tiempos posteriores y hasta el 700 n.e. Otro elemento arquitectónico característi­
co son el juego de pelota abierto (Ilustración 5c) y la arquitectura funeraria de
«tumbas de tiro» — heredada de más antiguos tiempos— , generalmente acompa­
ñadas por ricas ofrendas (Ilustración 5a) (Weigand, 1985).
En esos tiempos del Formativo la arquitectura circular se extiende a varios
sitios a lo largo del río Bolaños (Weigand, 1985: fig. 2.8) y las tumbas de tiro,
que tienen una mayor distribución, se ubican tanto en el Bolaños como en el Ju-
chipila, en Zacatecas y en el colindante río Verde, en los Altos de Jalisco (ibtd.:
fig. 2.5).
Son característicos de Occidente varios estilos de figuras huecas, algunas de
las cuales son ofrendas en las tumbas de tiro. Entre ellas las llamadas estilo Za­
catecas, o «cornudos», se presentan en parejas (hombre y mujer). La representa­
ción masculina lleva en la cabeza un par de cuernos (Ilustración 5b). Una pareja
de estas figuras se halló en Cerro Encantado, en los Altos de Jalisco, asociada a
un complejo cerámico (que describiremos en adelante), hachas ranuradas, ani­
llos de atlatl (lanzadardos) de concha, una trompeta de caracol, varios fragmen­
tos de bases de «espejos» y pipas tubulares, entre otros.
Este complejo está fechado entre el 100 y 250 n.e. La mayoría de estos ras­
gos pueden relacionarse con el Occidente y el complejo cerámico es afín a lo
Chupícuaro.

lítica «centralista» que explica todo desarrollo en razón de los sucesivos templos mayores ubicados
en los valles centrales.
5. «La homogeneidad arquitectónica [...] es una manifestación de otras homologías relaciona­
das con la organización social y con el sistema de creencias» (Renfrew, 1 986: 5).
LA R E G IÓ N SEPTEN TRIO N AL M E S O A M E R 1C A N A 237

Ilustración 5
LA TRA D IC IÓ N DE TEUCHITLAN

a) «Tumbas de tiro» (Oliveros, 1971, lám. 12). b) Figura hueca «cornudo»; c) «Guachi-
montones» y juego de pelota (adaptado de Weigand, 1985: fig. 2.12).
238 B EA TR IZ BRANIFF CO RN EJO

& i ia región zacatecana, y específicamente en el valle del Bolaños, se han en­


contrado yacimientos naturales de minerales y otros materiales no comunes, que
por ello debieron haber sido codiciados por los centros de poder político. Estos
materiales especiales son cobre, piedras verdes, oro, plata y ópalo (Weigand,
1 9 8 5 : fig. 2.1).
Como corresponde a esta época de auge político y económico de Mesoamé-
rica, es en estos tiempos cercanos a nuestra era cuando se comienzan a ver clara­
mente intercomunicaciones entre el Occidente de M éxico y la región Hohokam,
en Arizona, así como con otras regiones del llamado Sudoeste (de Estados Uni­
dos). En Teuchitlan, Jalisco, ya se importa la turquesa química; el hacha ranura-
da aparece tanto en Cerro Encantado, Jalisco, como en Amapa y Nayarit. Por
otra parte, entre los Hohokam aparece el «espejo» de mosaico y ciertas formas
cerámicas que son características de la tradición de occidente que se encuentran
en la costa del Norte de Sinaloa y Sur de Sonora (ver resumen en Braniff,
1989a). Hay que aclarar, sin embargo, que el occidente de México tuvo siempre
un carácter conservador y que varias formas y estilos siguieron utilizándose con
ligeras variantes, por lo que es imprescindible una buena ubicación cronológica
para entender dichas intercomunicaciones.
En relación con el segundo centro de poder, Chupícuaro, sobre el río Lerma,
en el Sur de Guanajuato, éste fue estudiado hace ya tiempo (Poner, 1956; Piña
Chan, 1960: 125-131) y la investigación se dedicó básicamente a un gran número
de entierros acompañados por ofrendas que consistían en vasijas de formas y di­
seños específicos, figurillas, instrumentos musicales, collares, etc. (Ilustración 6 ).
Los estudios recientes sugieren que el fenómeno de Chupícuaro no se dio en
un solo lugar y tiempo, y si bien el desarrollo inicial ocurrió en esa localidad,
existen variantes (versiones, ausencias y presencias) de este complejo inicial en
varios sitios de la zona que ahora nos ocupa, lo que sugiere una supervivencia
dentro de los siglos primero y tercero n.e. (Castañeda et al., 1988: 322, fig. 2).
En esos primeros asentamientos de nuestra zona aparecen, junto a los rasgos de
Chipícuaro, otros que no se encuentran en este sitio pero que se han identifica­
do en los valles centrales de M éxico, específicamente en Ticomán, Cuicuiico,
Tlapacoya y Cuanalán, todos ellos dentro del Formativo Tardío pero, como
mencáonamos antes, estas similitudes pueden ser interpretadas tanto como va­
riantes posteriores de Chupícuaro como procedentes de esas regiones del centro
de M éxico.
Lx)s sitios a los cuales nos referimos son, entre otros (Ilustración 4), La Vir­
gen y Santa María del Refugio, en el Estado de Guanajuato, que contienen es­
tructuras grandes y complejas: plataformas, patios, montículos y altares (Ilustra­
ción 6 c) (Nalda, 1975: 87, 100); Morales sobre el río Laja (Braniff, 1972: 278,
lám. 1 ); en Querétaro la región de San Juan del Río (Nalda, 1975: 87, 100) Ce­
rro Encantado en los Altos de Jalisco (Bell, 1974); la primera fase de ocupación
(fase San Juan) en Villa de Reyes en el Altiplano potosino (Braniff, 1975b); y en
Zacatecas y las contiguas barrancas en Jalisco, que comparten 1a primera fase de
ocupación llamada Canutillo (Hers, 1989: fig. 3; Jiménez, 1989: 10-12). Duran­
te esta Éase se inicia la construcción del importante sitio de AltaVista, situado en
los confines de nuestra zona (Kelley, 1985: fig. 11.4).
LA R E G IÓ N S E P T E N T R I O N A L M ES O A ME R IC A N A 239

Ilu stración 6
LA TRA D IC IÓ N D E CHUPÍCUARO

a) Figurilla (Piña Chan, 1960: fig. 40). b) Cerámica de Chupícuaro y Ticomán (adaptado
de Covarrubias, 1961: fig. 3). c) Cañada de la Virgen, Guanajuato (Castañeda et al.,
1988: fig. 3). d) Cerámica de Morales, Guanajuato, diseños (Braniff, 1972).
240 BEATRIZ BRANIFF CO RN EJO

La arquitectura de Santa María del Refugio (Ilustración 6c) consiste en una


construcción simétrica y cuadrangular con un patio cerrado y construcciones a
los lados. Este tipo era el característico de los sitios importantes que se desarro­
llaron en el Centro de la zona septentrional y Noroeste de la Mesoamérica en
época posterior, aunque también sobrevivió el edificio circular de Teuchitlan
tanto en algunas zonas de Jalisco y Zacatecas como en las regiones colindantes
de Guanajuato. Ya regresaremos a este tema más adelante.
Otro rasgo interesante, que al parecer está prácticamente ausente en Chupí-
cuaro, es el diseño de figuras antropomorfas y, sobre todo, zoomorfas (aves, ma­
míferos, reptiles y batracios), que aparecen en las vasijas de Morales y de Cerro
Encantado, y muy posteriormente en las fases subsiguientes a la de Canutillo de
la cultura de chalchihuites en Zacatecas (Ilustración 6d) (Braniff, 1972: lám. 7).
Recientemente se ha descubierto un sitio en el Norte de Michoacán — Loma
Alta— donde existen en profusión estos diseños, así como la llamada greca esca­
lonada (Ilustración 6e) — que no está en Chupícuaro— , y otro en forma de pirá­
mide escalonada, a veces doble (Ilustración 6f), que sí se encuentra en Chupícua­
ro. Estos diseños zoo y antropomorfos son muy realistas, y se parecen mucho a
los diseños también realistas y al parecer contemporáneos del sitio de Snake-
town, en la región Hohokam de Atizona (Carot, 1989), donde igualmente apa­
rece la greca escalonada.
Finalmente, en relación con el tercer sitio mayor que pudo haber colonizado
estas regiones norteñas, ya hemos mencionado a Cuicuilco y los problemas de la
interpretación de los rasgos Ticomán-Chupícuaro. Algunos autores recientes han
revivido la discusión con base en nuevas investigaciones, sugiriendo que Chupí­
cuaro es un componente de un sistema estatal en expansión centrado en Cuicuilco
(Florance, 1985: 45) que había fenecido para cuando se inicia la colonización ha­
cia Guanajuato, los Altos y Zacatecas a partir de Cuicuilco (Jiménez, 1989: 12).

EL PER IO D O DE AUGE: EL CLÁSICO (200-900/1 0 0 0 N.E.)

Llegamos ahora a los tiempos de mayor desarrollo de toda la región septentrio­


nal, desarrollo que es paralelo a los sucesos en la Mesoamérica nuclear, por lo
que podemos aseverar que esta región forma parte de la generalizada civilización
mesoamericana del Clásico (Ilustración 7).
La región norcentral y noroccidental que ya describimos, y que tiene sus raí­
ces en el Formativo, alcanzará un nivel prácticamente urbano y ahora, por pri­
mera vez, vemos también la colonización definitiva de la región nororiental (B,
en la Ilustración 1), que ostenta claras relaciones con las culturas del Golfo así
como con Teotihuacan. Aquí también encontraremos sitios elaborados que im­
plican igualmente una compleja organización política y económica.
Vista la diferencia entre la primera (A) y segunda (B) región, sugerimos que
se trata de dos organizaciones diferentes, por lo cual conforman no una, sino
dos componentes más de la civilización mesoamericana de esos tiempos.
Como hemos hecho en el inciso anterior, iniciaremos nuestra descripción en
el Occidente.
LA REG IÓN SEPTEN TRIO N AL MESO A ME R IC A N A 241

Ilu stración 7
MESOAMÉRICA SEPTENTRIONAL: EL PERIODO DE AUGE (200 N.E.-900 N.E.)

Cultura:
HTeotihuacana (1. Teotihuacán, México; 2. Atemajac, Jalisco); •Teuchidán (3. Teuchitlán, Ja ­
lisco; 4. La Florida, Zacatecas); O Chalchihuites (5. AltaVista [Chalchihuites], Zacatecas; 6. El
Huistle [Huejuquilla], Jalisco; 7. La Quemada, Zacatecas); “Tunal Grande (8. Villa de Reyes, San
Luis Potosí; 9. Cerro de Silva, San Luis Potosí); O Guanajuatense (10. San Miguel Allende; 11.
Uruétaro; 12. San Bartolo Agua Caliente); □ Río Verde (13. San Rafael, San Luis Potosí; 14. Gua-
dalacázar, San Luis Potosí; 15. Ranas, Querétaro); □ Sierra de Tamaulipas (16. Pueblito; 17.
Ocampo).
Ríos: o. Chapalangana, a. Bolaños, b. J[uchipila-Malpaso, c. Verde, d. Turbio, e. Guanajuato, f.
Laja, g. Santa María, h. Verde, i. Támesis, j. Soto la Marina.
Fuente: Beatriz Braniff.
242 BEATRIZ BRANIFF CORN EJO

La tradición centrada en Teuchitlan, Jalisco, ha alcanzado ahora una gran


fuerza económica y política, como lo evidencia el desarrollo artesanal y arquitec­
tónico — siempre con base en las construcciones circulares y juegos de pelota—
integrando regiones circundantes a lo largo del río Bolaños al Norte, y regiones
próximas en Nayarit y Jalisco (Weigand, 1985: 70-89, fig. 2.8), e irrumpiendo
también en sitios en la cuenca del río Turbio en el Occidente de Guanajuato,
donde los clásicos y circulares «guachimontones» se encuentran junto a las cons­
trucciones rectangulares típicas de la región.
Simultáneamente, la llamada cultura de chalchihuites de estos tiempos, que se
desarrolla a partir de la fase Canutillo que ya describimos, se extiende desde el río
Chapalangana, en la zona de la Sierra Madre, hasta el cañón de Juchipila y el valle
del Malpaso. Existe una aparente sobreposición de Teuchitlan y Chalchihuites que
no es fácil de entender, especialmente por la falta de material ilustrativo. Las expli­
caciones que se dan para estos desarrollos tampoco son congruentes: por una par­
te se ha argumentado la existencia de la fase Canutillo como un desarrollo local
que tiene sus orígenes en una época preteotihuacana con afinidades hacia Chupí-
cuaro, fase de la que se desarrollarán las del Clásico y durante la cual se comienza
a edificar el famoso sitio de Altavista con las especificidades arquitectónicas que se
repiten posteriormente. Se insiste en que la tradición Teuchitlan desde el Formati-
vo y durante el Clásico es muy ajena y autónoma del proceso teotihuacano, a pe­
sar de su vecindad con el valle de Atemajac, donde la presencia teotihuacana es
muy clara (Weigand, 1985: 79), y a la vez se insiste y documenta ampliamente la
esencia de la cultura de chalchihuites como muy diferente a la teotihuacana (Hers,
1989: 155, entre otras). Pero en forma muy opuesta Jiménez (1989: 27-31, fig. 5)
considera este desarrollo de la cultura de chalchihuites durante el Clásico como un
proceso de vinculación con Teotihuacan, precisamente a través de Atemajac, vin­
culación que se ve como un mecanismo que pretende incorporar a las élites locales,
con un sistema estratificado mayor relacionado a su vez con la explotación de re­
cursos y con la participación en un sistema regional de intercambio. Sin embargo,
esta vinculación con Teotihuacan no ha podido verificarse (Braniff, 1988), por lo
cual, siguiendo las ideas de Weigand y Hers, entiendo estos desarrollos norteños
como paralelos a los que se dan en la Mesoamérica nuclear.
Siguiendo las ideas generalizantes de Hers, la cultura de chalchihuites podría
describirse como la que incluye diversas jerarquías de asentamientos, desde
aquellos sitios mayores de alta sofisticación, como fueron la ciudad de La Que­
mada y A ltaV ista en Zacatecas, o como otros de menor envergadura, hasta llegar
a las zonas rurales como son los sitios que ella ubica en las barrancas que limi­
tan con el río Chapalangana y las aldeas de la llamada cultura Loma San Gabriel
(Foster, 1985), que se distribuyen hasta el Norte de Durango.
La ubicación de los sitios en localidades generalmente de difícil acceso es in­
terpretada como la solución de una sociedad esencialmente a la defensiva y
agreste que vive en una región conflictiva en la cual los habitantes no parecen
disfrutar de una paz duradera. La primera emigración de esos grupos sedenta­
rios durante la fase Canutillo incluye una gran expansión espacial acompañada
ya de varios elementos muy elaborados, lo que sugiere una verdadera coloniza­
ción y no una lenta aculturación.
LA R E G IÓ N SEPTEN TRIO N AL ME S O A M£ R IC A N A 243

Esta original actitud agreste es acrecentada por rasgos especiales que clara­
mente enaltecen los valores guerreros: la repetida presencia de ritos que incluyen
trofeos humanos expuestos (los llamados tzom pantlis de época histórica) y la re­
lación de éstos con el culto a Tezcatlipoca (Abbott Kelley, 1978; Holien, 1975;
Holien y Pickering, 1978) de esta especial ideología militarista.
La forma arquitectónica común es la del patio hundido limitado por sus cua­
tro costados; y en los centros urbanos La Quemada y Chalchihuites, además del
patio cerrado, las salas de columnas son igualmente zonas restringidas y limita­
das, que estarían reservadas para una élite, que así quedaría (Ilustración 8 y 9) se­
parada del público. Esta arquitectura difiere de la que se encuentra en muchos si­
tios de la Mesoamérica nuclear, donde la pirámide es el centro, la que domina los
grandes espacios. En Chalchihuites la pirámide es casi inexistente, por lo cual la
autora propone que se trata de una élite militarista más que teocrática (Hers,
1989).
El estilo de la iconografía plasmado en la decoración de la cerámica difiere
de la elaborada complejidad y hieratismo de las culturas contemporáneas en el
Centro y Sur de Mesoamérica. Los diseños pintados en rojo o realzados con la
técnica del cham p elev é son una reelaboración de los diseños que se dan en la
fase Canutillo y, sobre todo, de la serie de los diseños antro y zoomorfos del
'Form ativo Terminal de Michoacán y Guanajuato que ya describimos. Sin em­
bargo, además de los diseños realistas, ahora los temas incluyen interesantes
combinaciones de «monstruos» que conjuntan elementos de serpientes y de aves,
cabezas con dos cuernos, hocicos dentados con lengua bífida que a veces se
transforman en dos penachos. Una interesante combinación serpiente-pájaro lle­
va una cabeza al parecer humana de la que sale el símbolo de la palabra (Ilustra­
ción 10). La figura humana se representa a veces con dos cabezas. Estos diseños
conservan, de tiempos pasados, una serie de puntos que rodean al tema que de­
ben tener algún significado, puesto que se presentan aun entre los hohokam en
Atizona. La división en cuatro paneles es también heredada de tiempos pasados,
como lo es la greca escalonada.
Las formas de las vasijas, y en especial las decoradas en cham pclevé, son un
desarrollo de las de la fase Canutillo (Kelley y Abbott Kelley, 1971, láms. 3, 8 y
13) y los soportes que representan una rodilla y un pie son típicos de la tradición
Chupícuaro-Ticomán (McBride, 1969: 37) (Ilustración 6b).
¿Qué representan estas figuras? Los animales monstruosos y la greca escalona­
da pertenecen a una antigua ideología tanto mesoamericana como sudamericana
se asocian a conceptos de fecundidad y de agricultura (Braniff, 1974). La interrela-
ción entre estas distantes regiones ha sido bien fundamentada (Kelley y Riley,
1969, entre otros). En Mesoamérica los «monstruos» son parte de la ideología de
tiempos históricos y es tentadora la combinación insistente del pájaro-serpiente en
Chalchihuites, que sugiere la combinación de quetzalcóaltl (pájaro-serpiente).
Finalmente, el elaborado estilo de la cerámica policromada llamada pseudo-
cloisonn é, que se aplica a copas de pedestal alto, es una técnica decorativa que se
encuentra desde la fase Canutillo (Hers, 1989: 46) y en Altavista representa her­
mosas combinaciones de la greca escalona, el ave devorando la serpiente (Ilustra­
ción 10) y personajes con tocados elaborados que a veces llevan bandas faciales
244 BEATRIZ BRANIFF CORN EJO

Ilustración 8

La Quemada, Zacatecas, sala de las columnas.


Fuente: Beatriz Braniff.

Ilustración 9

La Quemada, Zacatecas, patio.


Fuente: Beatriz Braniff.
LA R E G I Ó N S E P T E N T R I O N A L M E S O A M E RI C A N A 245

Ilu stración 10
CULTURA DE CHALCmHUITES

Diseños cerámicos (Kelley y Abbott Kelley, 1971, en Braniff, 1986).


246 BEATRIZ BRANIFF CORN EJO

horizontales (Kelley y Abbott Kelley, 1971, láms. 47-49). El cloisonné es origina­


rio de Zacatecas, y continuó empleándose sobre todo en vasijas hechas de vegeta­
les (calabazas) en Durango y Sinaloa. Varios objetos decorados con esta técnica,
así com o los espejos circulares, se encuentran en sitios estratégicos del Sudoeste
de Estados Unidos a partir del 700 n.e. (Holien, 1975; Haury, 1976: 299, fig.
17.3) y el culto a Tezcatlipoca en esa misma región hacia el 900-1050 n.e. ha sido
también identificado (Di Peso, 1968: 53). Elementos muy específicos como la
rana, la serpiente y las aves son el tema central en las joyas de los hohokam (Ati­
zona), así como el ave devorando la serpiente, diseños que aparecen temprana­
mente y que son sobre todo evidentes hacia el 550-900 n.e. (Haury, 1976: 321).
Varios diseños como la greca escalonada, el pájaro y combinaciones de éste con
la serpiente y el ser humano en formas sintéticas y simbólicas persistieron en con­
textos prehistóricos posteriores en el Noroeste de México (Chihuahua, Nuevo
M éxico) y aun en contextos históricos entre los pueblos de Nuevo México, sugi­
riéndose así la continuación de un mundo mítico y de un simbolismo ancestral al­
rededor del pájaro-serpiente (Braniff, 1986).
En cuanto a la cronología de esta región, Hers argumenta y fundamenta que
hacia el 7 00 n.e. se seguía construyendo en la acrópolis de AltaVista, pero que
entre el 800 y 1000 n.e. un incendio la arrasó y la zona quedó abandonada
como todas las otras partes de la comarca (Hers, 1989: 43). Estas fechas coinci­
den bien con las de Teuchitlan en Jalisco, donde hacia el 700-900 n.e. la región
entra en una evidente decadencia (Weigand, 1985: 89-90).
Para concluir, es a todas luces claro que la cultura de chalchihuites en Zaca­
tecas tiene su origen dentro del Formativo Terminal, y que los elementos que le
dan su especial carácter guerrero (arquitectónicos, rituales e iconográficos), así
como ciertos diseños específicos, son el antecedente de los desarrollos particula­
res de los toltecas de Tula en Hidalgo y del periodo «militarista» del Postclásico
Temprano.
Estos enfoques arqueológicos son a su vez confirmados por los mitos histó­
ricos que se conservaron hasta el siglo XVI que se refieren a un «Chicomoztoc»
— las «siete cuevas» (Ilustración 11), el lugar de origen— , la matriz (la provin­
cia que incluirá las varias regiones) de donde procedían los pueblos toltecas-chi-
chimecas (Hers, 1989: 183-197). El arribo de M ixcoatl — el guerrero norteño
«serpiente de lluvia»— y sus «cuatrocientos» toltecas-chichimecas— a los va­
lles centrales de M éxico, calculado en los primeros años dei siglo X , coincide
con la intrusión de estos grupos «que vinieron de tierras cazcanas del Sur de
Zacatecas y Jalisco» (Jiménez Moreno, 1959: 1094).
Como veremos más adelante, esta situación de auge durante el Clásico de la
región zacatecana se da también en la región norcentral y nororiental de nuestra
Mesoamérica septentrional, donde igualmente se presenta una decadencia y/o un
abrupto final que se da a fines del Clásico. En nuestra introducción sugerimos
un abandono total de estas regiones hacia el 1200 n.e., pero es evidente que exis­
te otro desquiciamiento hacia el 700-900 n.e., que, por otra parte, coincide con
el fin de Teotihuacan y el finiquito de su poder, que es suplantado por un tiempo
de grandes movimientos durante el cual se construye el mayor número de capita­
les de Estado que coexisten con el mayor número de variantes arquitectónicas es-
LA R E G IÓ N SEPTEN TRIO N AL M E 5 O A M E RI C A N A 247

Ilustración 11
«CHICOMOZTOC» LAS SIETE CUEVAS

(Sejourné, 1970: fig. 3).


248 BEATRIZ BRANIFF CORNEJO

pacíficas dentro de la Mesoamérica nuclear (Yadeun, 1985: 126). Es claro que


nuestros toltecas-chichimecas participaron en este tiempo de reorganización de
poderes.
Describamos ahora la región norcentral de nuestros territorios® durante esos
mismos tiempos del Clásico. Ya hemos comentado los antecedentes culturales y
la relación con Chupícuaro en el Centro de México.
El río Lerma y sus afluentes, domina la hidrología del Centro y Sur de Gua-
najuato, y puesto que se origina en los valles centrales de México, debió consti­
tuir una ruta de intercambio en ambas direcciones. En efecto, se han encontrado
algunos sitios en la región de El Bajío, a lo largo del Lerma, que incluyen mate­
riales que confirman algún tipo de relación con la gran ciudad de Teotihuacan
(West, 1964: 4 7 , fig. 8).
Cabe insistir aquí en la importancia histórica que tuvo El Bajío, que como su
nombre indica, ocupa la parte baja de la cuenca del Lerma. Esta zona estuvo for­
mada en tiempos antiguos por una serie de lagos intercomunicados que en época
de la colonización hispana se habían ya desecado para conformar una región de
depósitos lacustres, inmejorables para la agricultura.
De acuerdo con los datos publicados, la mayor parte de los sitios se encuen­
tran por encima de la cota de 1 700 msnm, lo que implica, entre otras posibilida­
des, que las tierras por debajo de ese nivel fueran demasiado húmedas para la
habitación o estuvieran todavía inundadas. Si, como lo sugiere la interpretación
de los documentos indígenas, el famoso sitio de Aztatlan — que era una isla— ,
lugar de origen de la migración mexica, se encontraba en el cerro de Culiacán en
el Sur del Estado (Kirchhoff, 1961), tendríamos una prueba más de la existencia
del supuesto lago, por lo menos en el siglo xii.
La región arqueológica que ahora estamos descubriendo llegó a alcanzar en
estos tiempos su máximo desarrollo, lo que está plenamente fundamentado en el
gran número de asentamientos de variada complejidad, que a su nivel más ela­
borado están compuestos por sitios mayores que comprenden terrazas, platafor­
mas, plazas, calzadas y construcciones dominantes que contienen un típico patio
hundido limitado, en su costado oriental, por una pirámide principal y, en los
otros lados, por plataformas donde se construyeron edificios que debieron de ser
la residencia de los principales (Ilustración 12). Estos sitios ocupan la mayor
parte del Noroeste, Centro y Sur del Estado; y su diversa jerarquía y agrupación
sugiere una regionalización política que podría ser similar a la estructura del
«señorío» de época histórica (Castañeda et al., 1988b) o del «cacicazgo», que
debieron constituir esferas de interrelación particulares, como lo sugieren sutiles
diferencias cerámicas.
A diferencia de la región de Chalchihuites, los sitios principales ocupan tan­
to cerros estratégicos que podrían considerarse defensivos como zonas abiertas,
por tanto indefendibles. Sin embargo, la arquitectura de patios siempre cerrados
implica esa limitación y separación que se argumenta para Zacatecas, aunque

6. Incluye los actuales estados de Guanajuato, Aguascalientes, parte del altiplano potosino y
el Sudoeste de Querétaro.
LA R E G I Ó N SEPTEN TRIO N AL ME S O A ME R I C A N A 249

Ilustración 12
ARQUITECTURA GUANAJUATENSE DEL CLÁSICO

(Castañeda et al., 1988: fig. 7).

habría que insistir en que esta arquitectura llamada «tetraespacial» es muy me-
soamericana (Yadeun, 1985). Lo que sí es excepcional en estos tiempos es la
«sala de columnas» de Chalchihuites, que también se ha localizado en los Altos
de Jalisco.
Proceden de una colección particular obtenida por saqueo de la región de
San Miguel de Allende las interesantes urnas que representaban personajes con
decoración facial de bandas horizontales — que recuerdan a Tezcatlipoca (Ilus­
tración 13)— . Finas pipas, «tapas», sahumadores, objetos de concha y turquesa,
del Blanco Levantado, forman parte al parecer de ese mismo saqueo. La elabora­
ción de estos objetos implica ciertamente la existencia de una élite.
En términos bastante precisos, coincide con la ubicación de estos asentamien­
tos la distribución de ciertas cerámicas, que aparecerán en los valles centrales de
México hacia el 750 n.e., después del ocaso de Teotihuacan y antes de la consoli­
dación del Estado tolteca (Braniff, 1972: 295). La presencia de otras cerámicas
guanajuatenses en Tula, Hidalgo (Cobean, 1978: 572-583) vuelve a reiterar la
proposición de varias migraciones norteñas hacia el Sur; y Guanajuato puede
considerarse, por tanto, como otra de las siete cuevas del mítico Chicomoztoc.
250 BEATRIZ BRANIFF CORNEJO

Ilustración 13
CERÁMICA GUANAJUATENSE DEL CLÁSICO

Fuente: Beatriz Braniff.

Viajemos ahora a la provincia más norteña de nuestros territorios mesoame-


ricanos, a la que llamamos el Gran Tunal, siguiendo el nombre que en la colonia
hispana se le dio a la «guarida» de los guachichiles, uno de los varios grupos chi-
chimecas (Jiménez Moreno, 1944: 129 y mapa; Powell, 1952: 33-37). El Gran
Tunal se localiza en ia zona más árida de nuestros territorios, lo que explica pro­
bablemente su relativa simplicidad. Las aldeas se identifican por cimientos de
piedra y por la presencia de una cerámica diagnóstica y se distribuyen a lo largo
de los arroyos que conforman el alto río Santa María, en el Altiplano potosino,
el cual es un afluente del Pánuco. Otras localidades se encuentran en zonas más
áridas hacia el Norte y el Poniente del Estado, extremo sudeste de Zacatecas y
Nordeste de Jalisco (Ilustración 7).
La cerámica (tiestos) en estos poblados varía en forma interesante en rela­
ción a su proporción con respecto a los artefactos y lascas de piedra: la cerámi­
ca es mayoritaria cuanto más se va al Norte y al Poniente, lo que propone un
diferente grado de sedentarismo. Algunos de los artefactos de piedra — proyec­
tiles y raspadores— muestran clara identidad con tipos norteños, especialmente
de Coahuila (sitios de La Paila y la Candelaria) (Braniff, 1972; Rodríguez,
1983, 1985). Y por otra parte la ubicación de estas localidades en sitios usual­
mente abiertos no indica la necesidad de defensa, por lo que parece existir una
imbricación pacífica, o por lo menos no contrastante, con los grupos nómadas
al N orte de la frontera que se identifican por no tener cerámica ni asiento fijo.
LA R E G IÓ N SEPTENTRIONAL M E 5 O A M E RI C A N A 251

O tro interesante aspecto de la zona, al igual que en la región próxima de


Guadalcázar, es que aparecen de cuando en cuando pipas de piedra, tanto tubu­
lares como de codo y con diseños esculpidos. Éstas no son mesoamericanas y
muestran grandes semejanzas con las que se encuentran en el Sudeste de los Es­
tados Unidos en tiempos equivalentes (MacNeish, 1948, Porter, 1948: 191; Bra-
niff, 1961: 35). Por cierto que en nuestra provincia aparecen en estos tiempos fi­
nas pipas de barro, y en este contexto son las más antiguas de Mesoamérica,
como también lo son las de la región del río Verde, que en adelante analizamos,
así como las de Guanajuato que hemos ilustrado antes.
Dentro de esta red de pueblos y aldeas, el sitio de Villa de Reyes es probable­
mente el más grande y complejo, y el único donde se ha encontrado una pirámi­
de. Las excavaciones en el sitio (Braniff, 1975b), así como el cuidadoso estudio
superficial (Crespo, 1976), nos permitieron establecer tres épocas de ocupación.
Ya nos hemos referido a la primera — fase San Juan— y ahora nos ocuparemos
de la segunda — fase San Luis— , que es la de mayor importancia tanto local
como regional, y para la cual tenemos varios fechamientos que la ubican entre el
3 40 y el 714 n.e. (Braniff, 1975b).
La zona habitacional incluía varias unidades con estructuras multihabita-
cionales hechas de adobe, así como un área más importante — plaza y platafor­
mas— que, junto con la pirámide, sugieren la existencia de una élite. Todas las
construcciones siguen una orientación específica lo que implica una planificación
cuidadosa. La excavación de una unidad especial mostró un gran cuarto de planta
cuadrangular y muros de adobe en cuyo centro había un patio-impluvium cuyos
accesos habían sido tapiados en un tiempo posterior a su construcción. La exca­
vación a profundidad de ese patio central demostró la existencia de otro implu-
vium más antiguo y, supuestamente, una construcción alrededor de él. Este patio
antiguo fue rellenado con una ofrenda de huesos de varios individuos que habían
sido destazados en otro lugar y que aparecieron revueltos con una gran cantidad
de tiestos del mismo tipo diagnóstico, huesos de animales, cenizas y carbón.
La investigación en otro poblado de la región, en las faldas del impresionante
cerro de Silva, mostró otros interesantes aspectos (Lesage, sin fecha). Las habitacio­
nes se identifican aquí con basa en burdas líneas de piedra, y en la excavación de
una de éstas se encontraron entierros de individuos que llevaban el cráneo defor­
mado intencionalmente — lo que es una práctica común en Mesoamérica— . Estos
entierros estaban asociados a la cerámica diagnóstica. Como contraste, en peque­
ñas covachas ajenas a la zona de las habitaciones se encontraron entierros de per­
sonas con cráneos dolicocéfalos asociados a una ínfima cantidad de tiestos. Esto es
interesante, puesto que la dolicocefalia, además de ser un índice de cierta antigüe­
dad en América, es un indicio particular de los habitantes no agrícolas del Norte de
México, y la mejor colección de cráneos de este tipo procede de La Candelaria, en
Coahuila (Romano, 1978: 66) que tiene una cronología posterior al 1000 n.e.
Ahora sólo nos falta mencionar qué tiestos de este Gran Tunal en la fase San
Luis han sido ubicados en Jalisco, en el Noroeste de Guanajuato y en la zona del
río Verde, al Oriente (Aveleyra, en Aveleyra et al., 1956: 102) de donde proceden
las pipas y varias cerámicas intrusivas finas que encontramos en Villa de Reyes
(Michelet, 1984: 273), lo que necesariamente propone un tipo de interrelación.
252 BEATRIZ BRANIFF CORNEJO

Ilu stración 14
SAN LUIS POTOSI

Ya que andamos por estas latitudes, dejemos el Altiplano y descendamos a


la Meseta que conforma la cuenca del río Verde dentro del mismo Estado poto-
sino, región que ocupa una posición topográfica intermedia entre el Altiplano y
la región costera — la Huaxteca— (Ilustración 14).
Los pobladores de este valle y los de la Sierra Gorda al Sur conforman una
sola unidad cultural, aun cuando el medio geográfico es totalmente diferente. La
región muestra muchas relaciones (cerámicas, arquitectónicas y escultóricas) con
el Centro de Veracruz y la Huaxteca, en la faja costera del golfo de México. Al
Noroeste, la sierra de Tamaulipas — que no detalleremos en esta ocasión (Bra-
niff, 1975b: 40-44)— también comparte varios rasgos con la Huaxteca, por lo
que pudiéramos hablar quizás de una sola unidad constituida por estas tres re­
giones. Por otra parte, Michelet^ defiende la proposición de que la cuenca del río
Verde tiene su propia personalidad y es, en ciertos casos, bastante autónoma.

7. En otro trabajo de este volumen se incluyen sus fases más interesantes, que consideran el
desarrollo muy antiguo de la agricultura en Mesoamérica (MacNeish, 1958).
LA R E G I Ó N S E P T E N T R I O N A L M E S O A M E RI C A N A 2 53

El río Verde y la Sierra Gorda muestran, además, claras interrelaciones con


Teotihuacan: ciertas formas cerámicas son indudablemente de aquella región;
pero, por otra parte, es muy posible que los teotihuacanos tuvieran mucho que
ver en la explotación de las minas de cinabrio, colorante rojizo que utilizaban
ampliamente en la decoración de casas y pirámides (Michelet, 1984: 68).
La diferencia del medio geográfico, el río Verde en el valle, y el agreste y
abrupto macizo montañoso de la sierra, pudiera haber definido una interrela-
ción, pues mientras que el valle se prestó para la fundación de muchos pueblos y
aldeas, la sierra, con sus encumbradas montañas y cañadas que se desploman
entre éstas, limita tal posibilidad. Pero, a cambio, en la sierra existen una gran
cantidad de minas de cinabrio y depósitos de obsidiana que debieron atraer tan­
to a los de río Verde como a los de Teotihuacan y Tajín, cosa que se comprueba
con los materiales hallados en las bocaminas (Franco, 1970). En la sierra se en­
cuentran poblaciones muy particulares que, aunque de poca extensión, incluyen
complejos arquitectónicos elaborados que llegan a incluir hasta cinco juegos de
pelota en una zona por demás limitada (Ilustración 15) (Primer, 1879). Estos si­
tios se localizan en lugares estratégicos: en la cima de los cerros o en caminos an­
tiguos (coloniales), sugiriéndose que su función era la de dominio o control de
cierta clase, relacionado probablemente con la explotación minera. Desgraciada­
mente no contamos con información reciente sobre la sierra a pesar de que ya se
ha investigado, y debemos referirnos a información antigua (Braniff, 1975c:
239), por lo que lo arriba expuesto son hipótesis.
Afortunadamente, para el río Verde contamos con el cuidadoso estudio de
Michelet, ya mencionado, que permite establecer una secuencia cronológica y
cultural bien fundamentada.
La secuencia se inicia hacia el 250 n.e. (aunque hay indicios de una pobla­
ción más antigua) para cuando se establecen unos cuantos poblados. Los mate­
riales arqueológicos indican la interrelación con gente del Golfo y de Teotihua­
can. Las fases que siguen ven el aumento progresivo de la densidad de
población y del complejo cultural. Durante la última fase es cuando el enorme
sitio de San Rafael rige sobre el gran territorio que se extiende al Poniente y que
incluye una variada jerarquía de sitios. San Rafael se localiza en una zona igual­
mente estratégica y funcionaba como un puerto de control dominando el valle
hacia el Poniente. A sus pies al Oriente se desploma la Sierra Madre, para bajar
a la Huaxteca, ya en la franja costera. El sitio contiene por lo menos 231 edifi­
cios entre los que hay pirámides y juegos de pelota. El sitio compartió proba­
blemente el control con otros tres asentamientos, también muy importantes
pero de menor jerarquía. El total de edificaciones de esta época es de 71. En re­
lación con la arquitectura y la interpretación que se hace de los planos topográ­
ficos, salta a la vista una falta de planificación y la integración sin orden de es­
tructuras tanto de planta rectangular como circular y juegos de pelota. Algunas
zonas llanas podrían considerarse como plazas, alrededor de las cuales se distri­
buyen, sin seguir ninguna simetría, los montículos de diversas formas (Miche­
let, 1984: 161-202). Este desorden contrasta con la simetría y organización de
las regiones en la Mesoamérica nuclear, incluyendo las de la Huaxteca y del
Centro de Veracruz.
Ilustración 15
ARQUITECTURA: LA SIERRA GORDA QUERETANA

n
O
Plano topográfico de la antigua ciudad y fortaleza de Toluquilla en la Sierra*Gorda 73
Z
a 3 1/2 leguas al Este de la Municipalidad del Doctor-Distrito de Cadereyta, Estado de Querétaro,
levantado y dibujado por Pawel, primer ingeniero y catedrático, Junio 1879.
LA REGIÓN SEPTENTRIONAL MESO A ME RIC A N A 255

En los pocos entierros estudiados no se demuestra una clara especialización


socioprofesional ni tampoco una diferenciación de riqueza; pero varios cráneos
muestran la deformación intencional típica de Mesoamérica.
La zona del río Verde fue abandonada rápidamente no más tarde del 1000
n.e., por razones desconocidas, igual como lo fue la sierra de Tamaulipas, que
revirtió a un patrón semisedentario. Probablemente la Sierra Gorda fue también
abandonada y las minas quedaron tapiadas en su entrada.
Para la región del río Verde no se pueden argumentar ataques de nómadas
norteños — que vivían muy cerca de allí— . Por el contrario, y tal como sucede en
el Tunal Grande, existían relaciones pacíficas, como lo demuestran ciertos arte­
factos Uticos y el hecho de que ningún sitio estuviera defendido. De acuerdo con
Michelet, el abandono puede explicarse en razón de la hipótesis de dificultades
agrícolas provocadas por las modificaciones del clima, que en los tiempos entre
el 900 y 1200 n.e. mostró un carácter inestable (Lauer, 1979; 40, en Michelet,
1984: 69).
Como epílogo a esta época de auge regional, es evidente el hecho de que des­
de Zacatecas hasta la sierra de Tamaulipas existió un grave colapso entre los
años 7 0 0 y 1000 n.e.
Ya para entonces Teotihuacan había dejado de existir como centro político
y económico, y a la vez coincide con la época subsiguiente, que aparentemente
fue de auge y de reacomodo político, al fin de la cual Tula — la de los toltecas de
las sagas históricas — asumirá el poder político en Mesoamérica.

EL O CA SO : LA R EC ESIÓ N DE LA FRO N TER A M ESOAM ERICANA (900-1500 N .E.)

Si bien es cierto que para esos primeros años desaparecieron las complejas
culturas de Zacatecas, el río Verde, la Sierra Gorda y la de Tamaulipas, la por­
ción central de nuestro territorio no fue abandonada drásticamente, sino que,
por el contrario, muestra una recesión paulatina, donde hay que resaltar un es­
fuerzo por parte de los toltecas de Tula por recolonizar la región. Para estos
tiempos (900-1150/1200 n.e.), Tula está en su apogeo y construye en las cerca­
nías de Querétaro un poblado importante de amplias proporciones, columnatas,
un probable juego de pelota y esculturas de innegable estilo tolteca, como son el
ch a cm ol y los «atlantes» (Ilustración 16). Mucho más al Norte, cerca de San
Luis de la Paz, en Guanajuato, otro sitio más modesto incluye un juego de pelota
y una plaza con altar central (Ilustración 17). Se reconoce el complejo cerámico
de la metrópoli que incluye el diagnóstico plomizo, una bella cerámica elabora­
da en Guatemala y distribuida por todo el ámbito mesoamericano en estos tiem­
pos. Todavía más al Norte, en el Gran Tunal y en nuestro sitio de Villa de Re­
yes, los toltecas vivieron entre las ruinas de los antiguos habitantes, donde se les
reconoce por el mismo complejo cerámico (Braniff, 1975b; Castañeda et al.,
1988: 328). M e parece que este intento tolteca no fructificó en este sentido. Sin
embargo, la presencia tolteca es muy clara en el Occidente de México, y es evi­
dente que esta primera ruta e interrelación costera fue la base para una nueva y
amplísima red comercial que se desarrollaría después del 1200 n.e. y que inclui-
LA R E G I Ó N S E P T E N T R I O N A L M E S O A M E RI C A N A 257

Ilu stra ció n 1 7


A RQ U ITECTURA TO LT E C A : CARABINO, GUANAJUATO

>1 É> L_
P o tio p j patio
"1 i:
ii 1____ 1
C A R A B IN O _______ II
C o ta s ed ificio 0 . 5 0 m 1| -JT '
C o ta s te rre n o 1 0 m

E s tru c tu ra s
A J u e g o de p elo ta
B B a s a m e n to p rin cip al
C P la ta fo rm a
C re s p o y F lo re s : 1 9 8 4

(C a sta ñ e d a e t a l., 1 9 8 8 : fig. 1 6 ).

ría la ciudad de Casas Grandes en Chihuahua, el Occidente, partes de Durango


hasta la Mixteca (Kelley, 1986) y Chichén Itzá en Yucatán (Braniff, 1988). Entre
los productos que se comerciaban está el cobre en forma de sonaja, y la turquesa,
objetos muy codiciados por la nobleza mesoamericana. El símbolo muy estilizado
de la Xiuhcoatl (serpiente de turquesa) (Ilustración 18) acompaña a esta empresa
comerciad. Es evidente que los mercaderes y nobles-mercaderes de las diferentes
regiones estaban involucrados siguiendo algún sistema que todavía no compren­
demos, pero la información histórica que ya existe para estos tiempos debiera
ilustrarnos en cuanto a los diferentes sistemas de interrelación y explotación.
Como contraste y mientras tanto, la población agrícola de Guanajuato se
había replegado hacia el Sudoeste, en sitios todavía importantes, pero con una
arquitectura diferente a la anterior, localizados en lugares de defensa.

8. Antes, com o ahora, las empresas políticas y comerciales de explotación van acompañadas
de símbolos de poder. La Xiuhcoatl decora la cerámica y también los «espejos» que los nobles y los
dioses utilizaban en la espalda sobre la cintura (Di Peso et al., 1974, vol. 7: 518).
258 BEATRIZ BRANIFF CORNEJO

Ilustración 18
LA XIUH COATL

a) Casas Grandes, Chihuahua (adaptado de Di Peso et al., 1974: fig. 656-7)-, b) Mochi-
cahui, Sinaloa (Manzanilla y Talayera, 1988, foto 44); c) Guasave, Sinaloa (adaptado de
Kelley, 1986: fig. 7); d) Culhuacán, Distrito Federal (Sejourné, 1970: figs. 50A, 53);
e) Tipo Azteca I (adaptado de Kelley, 1986: fig. 7); f) Chichén Itzá, Yucatán (adaptado de
Gendrop, 1979: lám. X X IV b).

La última época de civilización en Guanajuato corresponde a la presencia de


los tarascos (1350-1500 n.e.), que se identifica por la arquitectura típica de las yá-
catas (plataformas rectangulares sobre las cuales se edifica un templo circular)
(Ilustración 19) y por su cerámica diagnóstica. Los tarascos, cuyo núcleo se en­
cuentra aún hoy en día en la zona lacustre de Michoacán, extendieron sus colonias
un poco más al Norte del río Lerma y se volvieron a replegar hacia el 1500 n.e.
hasta-donde hoy se encuentran los límites entre Guanajuato y Michoacán. Los do­
cumentos históricos se refieren a problemas internos de tipo político y militar que
debieron forzarlos a abandonar los nuevos territorios (Castañeda et al., 1988).
Es entonces, ya muy cerca de la conquista hispana, cuando toda la región
cae en manos de los aguerridos chichimecas — aquellos «bárbaros» con los que
iniciamos nuestra intrincada y larga historia.
Para terminar, sólo queda aclarar que nuestros conocimientos sobre el pro­
ceso histórico de las sociedades que vivieron en esta región son todavía muy li­
mitados. Sin embargo, alguna lección podemos aprender, y ésta es que esos terri­
torios son frágiles y hostiles desde el punto de vista ecológico, por lo que todo
tipo de desarrollo en el futuro debiera incluir una consideración muy importante
sobre el medio ambiente. Es triste constatar, por ejemplo, que El Bajío, conside­
rado como el «granero de la Nueva España» hasta la mitad de este siglo, es hoy
en día una región de desequilibrio donde existe déficit de productos alimenticios
básicos — especialmente maíz y frijol.
LA R E G IÓ N SEPTEN TRIO N AL M E S O A M E RI C A N A 2S9

Ilustración 19
A RQU ITECTU RA TARASCA EN GUANAJUATO

(Castañeda et al., 1988: fig. 21).


10

L A S C U L T U R A S D E C A Z A D O R E S -R E C O L E C T O R E S
D E L N O R T E D E M É X I C O Y E L S U R D E L O S E S T A D O S U N ID O S

G r a n t D . H a ll

Las actividades misioneras y de colonización de los españoles tuvieron por esce­


nario grandes extensiones del Sur de América del Norte: el Norte de M éxico,
California, Arizona, Nuevo México, Texas y Florida. Situados a lo largo y an­
cho de esa parte del subcontinente, los centros de asentamiento español abarcan
entornos naturales muy diversos por su clima, fisiografía y recursos básicos. En
este trabajo denominaremos a ese vasto territorio «regiones fronterizas españo­
las septentrionales» Las poblaciones de cazadores-recolectores que habitaron en
ellas, en algunas zonas ininterrumpidamente durante al menos 12 000 años,
muestran la consiguiente diversidad cultural. A continuación expondremos bre­
vemente las distintas adaptaciones puestas en práctica por esas poblaciones a
través del tiempo y del espacio.
Desde el final de la glaciación Wisconsin Tardía (hace aproximadamente
1 25 0 0 años), el clima ha tendido generalmente a volverse más cálido y seco en el
subcontinente norteamericano. Los glaciares retrocedieron rápidamente hacia el
Norte, subió el nivel del mar y cambiaron en consonancia las comunidades vege­
tales y animales. Las piezas que componen el vasto mosaico de los ambientes na­
turales modernos de América del Norte se formaron y ocuparon su lugar actual
entre unos 5 000 y 4 0 0 0 años a.p. (Bryant y Holloway, 1985).

LOS PALEOINDIOS

Como ha expuesto Bryan', hay investigadores que creen que en el Nuevo Mun­
do había seres humanos miles de años antes de que apareciesen los cazadores
clovis, hace aproximadamente 1 2 0 0 0 años. Otros muchos sostienen que los clo-
vis fueron los primeros seres humanos que ocuparon América del Norte. Fuera
cual fuese el momento en que llegaron seres humanos al Nuevo Mundo, todos
los estudiosos sin prejuicios coinciden en que los primeros moradores procedían

1. V éase el cap ítu lo 2 de este vo lum en .


262 GRANT D. H A L L

de Siberia (Fagan, 1987). Roberts (1940) denominó por primera vez «Paleoin-
dio» a ese periodo y el término se ha generalizado.

E l d eb a te acerca d e la existencia d e actividades


hum an as an tes d e la cultura Clovis

Son tres las zonas del Sur de América del Norte que han figurado señaladamente
■en los debates acerca de «los primeros americanos». Dos de ellas, situadas en las
regiones de San Diego y Calicó, se encuentran en el Sur de California y la tercera
está en el Sur de Nuevo México. En el desierto de Mojave, cerca de Barstow, Ca­
lifornia, región de Calicó, se han encontrado miles de rocas desmenuzadas en
yacimientos de entre 5 0 0 0 0 y 200 000 años de antigüedad (Moratto, 1984: 41-
4 8 ; Fagan, 1987: 64-66). La mayoría de los autores coinciden en que esos su­
puestos artefactos son en realidad «geofactos» o «ecofactos», esto es, que tienen
causas naturales y no fueron elaborados por seres humanos. En la región de San
Diego, California, existe otro grupo de sitios de los que se ha dicho contienen
restos anteriores a la cultura clovis, que se remontan a entre 2 0 0 0 0 y 10 0 0 0 0
años (M oratto, 1984: 59-62), aunque también en este caso muchos investigado­
res no creen que se trate de artefactos ni consideran acertada la datación de los
depósitos que se aduce como prueba.
El arqueólogo Richard S. MacNeish ha comunicado recientemente haber ha­
llado, en la cueva «Pendejo» u Orogrande, un yacimiento estratificado con res­
tos vegetales y animales, algunos de los cuales corresponden a especies extingui­
das, que se remontan a hace 4 0 0 0 0 años (Bryant, 1992; 23-24). En los estratos
de esta cueva, datados con C14 entre 2 0 0 0 0 y 3 4 0 0 0 años a.p., MacNeish ha
recogido fragmentos minúsculos de arcilla endurecida, según él, por una mano
humana y afirma haber encontrado huellas de palmas. En los depósitos han apa­
recido, además, piedras lasqueadas y numerosos huesos rotos de animales, que a
juicio de MacNeish son producto de la actividad humana en la cueva. Los espe­
cialistas que han examinado los estratos de dicha cueva y los supuestos artefac­
tos no creen que MacNeish esté en lo cierto al sostener que en ella hubo seres
humanos entre hace 2 0 0 0 0 y 3 4 0 0 0 años. (Eileen Johnson y Yaughn Bryant, Jr.,
comunicaciones personales).
Resumiendo, las afirmaciones acerca de la existencia de asentamientos hu­
manos en América del Norte hace más de 1 2 0 0 0 años, no han sido corrobora­
das por los especialistas que las han analizado (Moratto, 1984: 71; Fagan,
1 987). Al comparar los supuestos conjuntos de artefactos y los presuntos patro­
nes de asentamiento de hipotéticos grupos humanos pre-clovis del hemisferio oc­
cidental con patrones y conjuntos contemporáneos del Viejo Mundo, surgen dis­
crepancias que constituyen otros tantos argumentos de peso en contra de la
existencia de seres humanos en el Nuevo Mundo antes de hace 1 2 0 0 0 años (Fa­
gan, 1987: 66-72). Nuestra comprensión cada día más afinada de los primeros
asentamientos humanos y de la situación paleoambiental de Siberia oriental y
Alaska no indica que hubiese ningún asentamiento anterior a hace 11 200 años
(Hoffecker et a l , 1993). Ahora bien, muchas de esas discrepancias se podrían
explicar por el pequeño número de inmigrantes, su incapacidad para establecer
LAS C U L T U R A S D E C A Z A D O R E 5 - R E C O L E C T O RE S 263

poblaciones viables que se perpetuaran y su consiguiente extinción (Meltzer,


1989: 4 7 1-490). Los lugares de América del Sur analizados por Bryan^, sobre
todo Monte Verde y Pedra Furada, ocupan un lugar de primer plano en los de­
bates al respecto, aún inconclusos. Al parecer, es en los sitios sudamericanos
donde mayores posibilidades hay en la actualidad de hallar pruebas que corro­
boren las afirmaciones de los partidarios de la existencia de seres humanos en
América del Norte antes de la cultura clovis.

L o s clovis y los p aleoin d ios tardíos d el Sur d e A m érica del N orte

Si bien la presencia de seres humanos en el Nuevo Mundo hace más de 1 2 0 0 0


años es muy controvertida, es creencia unánime que los cazadores clovis fueron
los primeros seres humanos en conseguir establecerse de forma viable en el Nue­
vo Mundo. El nombre dado a esa cultura se debe al pueblecito de Clovis, Nuevo
M éxico, próximo al arroyo de Aguas Negras (Blackwater Draw), donde se en­
contraron armas características y utensilios de piedra y hueso, junto a huesos de
animales del Pleistoceno desaparecidos hace mucho (Hester, 1972). Durante al­
gún tiempo se creyó que el periodo Clovis había durado en América del Norte
entre hace 1 1 5 0 0 y 1 1 0 0 0 años, pero mejoras recientes de la cronología Clovis
indican que es más acertado un rango de entre hace 11 300 y 1 0 9 0 0 años (Hay-
nes, 1991). Esta nueva datación de la cultura clovis es importante porque con­
cuerda mejor cronológicamente con la cultura paleoindia nanana del centro de
Alaska (Hoffecker et al., 1993), que hoy en día se considera el primer asenta­
miento humano de esa región del mundo.
La cultura clovis presenta varios rasgos notables: a diferencia de las culturas
anteriores, de las que ni siquiera sabemos si existieron en América del Norte, se
distingue por una tecnología distintiva de lasqueado del pedernal y un conjunto
de artefactos diagnósticos de piedra y hueso tallados. Hay miles de yacimientos
clovis diseminados desde Alaska hacia el Sur hasta el Centro de M éxico. Su da­
tación con C 14 muestra que la difusión de los clovis a lo largo y ancho de Amé­
rica del Norte se produjo con gran velocidad, en apenas cuatro siglos.
Se cree que los cazadores clovis vivían en pequeños grupos dotados de gran
movilidad, cada uno de ios cuales reunía de 20 a 50 individuos. Es probable que
su organización social fuese igualitaria y que los dirigentes lo fuesen por consen­
timiento de la comunidad gracias a su saber, experiencia y proezas en la caza. Se
protegían del frío con vestimentas confeccionadas con cueros y pieles. Cabe su­
poner que tenían algún tipo de abrigo portátil, consistente probablemente en
postes livianos y cueros, pero a decir verdad no sabemos casi nada al respecto.
Muchos de sus campamentos estaban al aire libre y si el paraje brindaba algún
refugio rocoso o cueva, los clovis lo aprovechaban para resguardarse.
Los clovis eran gente hábil en la caza de grandes piezas, por ejemplo, ma­
muts, mastodontes y bisontes gigantes, que solían matar de uno en uno o en pe­
queños grupos. Ahora bien, los paleoindios llevaron del Viejo Mundo una peri-

2. V ease el cap ítu lo 3 de este vo lum en .


264 GRANT D. H A L L

cia y un conocimiento del comportamiento de los animales en manada que les


serían de gran utilidad en América del Norte para acosar a los rebaños. Algunos
de los yacimientos paleoindios más conocidos de América del Norte son noto­
rios por su acumulación de huesos de animales sacrificados en lugares en que, en
una o múltiples ocasiones, los cazadores condujeron a los animales desorienta­
dos y aterrorizados a trampas naturales o artificiales o los hicieron despeñarse
para, en caso necesario, rematarlos arrojándoles proyectiles. Además, cazaban y
capturaban distintos animales más pequeños y, sin duda, consumían muchas cla­
ses de alimentos silvestres.
Los artefactos más peculiares dejados por los cazadores clovis son las puntas
de piedra tallada de venablos o flechas. La punta clovis tiene perfil lanceolado y
se estriaba (punta «acanalada») adelgazándola en el pedúnculo para sujetarla a
un asta de madera, hueso o marfil. El borde afilado del pedúnculo ha sido embo­
tado para evitar que cortase las ligaduras que la sujetaban ai asta. También for­
maban parte del repertorio de utensilios de los clovis diversas artefactos de pie­
dra tallada que servían para cortar, raspar y excavar; las empleaban para
sacrificar los animales, elaborar las pieles y fabricar y conservar en buenas con­
diciones otros artefactos de madera, hueso o marfil.
En las regiones fronterizas españolas septentrionales han aparecido numero­
sos yacimientos clovis, cuya excavación ha proporcionado buena parte de los
datos que poseemos acerca de su cultura. En el Noroeste de México se han he­
cho hallazgos diseminados de puntas clovis acanaladas (Di Peso, 1974: 63-65).
En el Sur de California se encuentran puntas acanaladas junto a lo que otrora
eran las orillas de grandes lagos pleistocénicos, como el lago Bórax y el lago de
China (M oratto, 1984: 82-86), los cuales, como otros muchos situados en Utah,
Arizona y el Oeste de Texas, desaparecieron al volverse el clima más seco y ca­
liente al principio del Holoceno. El medio en que vivieron los clovis fue mucho
más propicio en lo tocante a la disponibilidad de alimentos y agua, y a la tempe­
ratura que el de los habitantes posteriores de esas regiones.
El yacimiento de Naco, en el Sur de Arizona, destaca por haberse hallado
en él restos del esqueleto de un mamut con ocho puntas clovis (Haury et al.,
1 9 5 3 ). Los investigadores conjeturan que el animal, aunque herido de muerte,
logró huir de sus atacantes, que no consiguieron atraparlo. Otro yacimiento de
Arizona, Murray Springs, presenta grandes capas de huesos de mamuts y bison­
tes, que corresponden a animales muertos por cazadores clovis, y un campa­
mento en que éstos vivían. En el Este de Nuevo M éxico, en el yacimiento clovis
modelo — el Lugar n.° 1 de Blackvirater— apareció uno de los conjuntos más
variados de utensilios clovis de piedra y hueso (Hester, 1972). Cerca de allí, en
el Texas Panhandle que penetra en Nuevo M éxico, en un sitio donde los clovis
sacrificaban mamuts en el yacimiento del lago Lubbock, se encontraron los
huesos hechos añicos de un mamut junto a los guijarros de caliches empleados
para quebrarlos a fin de que los cazadores pudieran extraer la médula (John­
son, 1987).
En sumideros de las formaciones calizas kársticas de Florida se han encon­
trado algunos restos paleoindios excepcionalmente bien conservados. En un sa­
liente sumergido en las aguas ricas en minerales de un sumidero de Little Salt
LAS CULTURAS DE C A Z A D O RE S - R E C O L E C T O RE S 2 65

Spring se halló el caparazón de una tortuga terrestre gigante que tenía clavada
una estaca utilizada para matar al animal, que al parecer guisaron y comieron en
el reborde mismo. La estaca ha sido datada con C14 en hace aproximadamente
1 2 0 0 0 años. Increíblemente, junto al caparazón se encontraron restos del esque­
leto de un ser humano. Cabe imaginar que un desventurado paleoindio se cayó
en el sumidero y no logró salir. Nadó hasta el saliente, en el que quizá ya estaba
la tortuga, mató al animal y durante algún tiempo vivió de su carne. Acabó por
morir de hambre y sus huesos se mezclaron con los de su víctima (Claussen et
a l , 1979).
Contrasta con el número de yacimientos paleoindios clovis que se conocen
en América del Norte el escaso número de restos de esqueletos humanos encon­
trados, lo que hace que sepamos muy poco de sus usos funerarios. Además, a di­
ferencia de sus antepasados del Paleolítico Superior del Viejo Mundo, los clovis
no dejaron, al parecer, gran cosa de arte mobiliario, escultura o pintura. Pode­
mos inferir muy poco acerca de sus creencias religiosas, pero probablemente
quepa presumir que el animismo era decisivo y que atendían a sus bandas cha­
manes capaces de predecir el futuro y de establecer comunicación con el mundo
de los espíritus.

L a s culturas fo lso m y p aleoin dias tardías

Como ya se ha observado, los testimonios arqueológicos indican que las costum­


bres y la cultura material de los clovis eran muy homogéneas en todos los luga­
res de América del Norte en que se han encontrado restos suyos, lo cual no es
nada raro habida cuenta de la brevedad relativa de su existencia, pero sí consi­
derando la notable difusión geográfica de sus actividades: en la prehistoria de
América del Norte no hubo ninguna cultura que igualara su homogeneidad cul­
tural ni su penetración territorial, pese a lo cual es probable que los clovis fuesen
el tronco del que salieron las posteriores poblaciones indígenas propias de la ma­
yoría de las regiones de América del Norte, de lo que existen pruebas dentales
(Turner, 1986) y lingüísticas (Greenburg, 1987).
A los cazadores clovis sucedió cronológicamente otra cultura, asimismo ca­
zadora, denominada folsom, cuyos yacimientos datan sin excepción de entre
hace 10 800 y 1 0 2 0 0 años. Las culturas clovis y folsom constituyen el primer pe­
riodo Paleoindio. El nombre de folsom también procede de un pueblecito de
Nuevo M éxico, en el que se encontraron por vez primera restos de esa cultura.
Su descubrimiento tuvo gran importancia histórica en la evolución de la arqueo­
logía del Nuevo Mundo. En 1924 se hallaron muestras de manufactura humana
(puntas folsom) asociadas claramente a huesos de animales extinguidos (Bison
antiquus) (Figgins, 1927), prueba irrefutable de una antiquísima presencia de se­
res humanos en América del Norte. Las puntas folsom tienen un aspecto muy
peculiar: como las clovis, son lanceoladas, pero su rasgo más característico es
una muesca acanalada que ocupa casi toda la longitud de la punta por ambas
caras; además, suelen ser algo más pequeñas y estar lasqueadas más finamente
que las clovis. También se embotaban los filos de la base para que no cortasen
las ligaduras.
266 G R A N T D. H A L L

El periodo que abarca entre los años 10000 y 8000 a.n.e. en las regiones
fronterizas españolas septentrionales se denomina periodo Paleoindio Tardío.
Aparecen diversos tipos distintos de puntas de flecha paleoindias tardías, en su
mayoría de idénticas características morfológicas generales que las clovis y fol-
som, pero sin la acanaladura. Como los clovis y los folsom, los paleoindios vi­
vían, al parecer, fundamentalmente de la caza, pero se disciernen algunos cam­
bios de importancia. En primer lugar, se extinguieron algunos de los animales de
gran talla, como el mamut, el mastodonte y el bisonte gigante, en parte por los
cambios climáticos que por entonces acaecieron, pero es probable que también
desempeñase un importante papel la presión ejercida en sus rebaños por los ca­
zadores clovis y folsom, situación que se conoce con el nombre de «modelo de
matanzas excesivas del Pleistoceno», propuesto por Paul S. Martin (1967).
En todo el subcontinente, el clima se volvió gradualmente más cálido y seco;
se secaron los grandes lagos pluviales del Oeste y empezaron a desarrollarse los
patrones de comunidades vegetales y animales existentes en la época moderna.
América del Norte fue «sembrada» con el linaje paleoindio que, durante los seis
a ocho milenios siguientes, daría lugar a las culturas peculiares con que se encon­
traron los españoles al desembarcar en el Nuevo Mundo. Probablemente, en la
época Paleoindia Tardía ya operaba la tendencia a la diversificación cultural. El
crecimiento paulatino de la población, la adaptación a las características de los
entornos regionales y una movilidad y comunicación menores entre los grupos,
impulsaron la evolución desde la homogeneidad cultural propia del periodo Pale­
oindio a la diversidad cultural cada vez mayor que distingue al siguiente gran pe­
riodo de la Prehistoria de América del Norte, el periodo Arcaico.

EL A RCAICO DE AMÉRICA DEL N O R T E

El Arcaico es un periodo de la Prehistoria de América del Norte que se inicia hace


aproximadamente 8 000 años y abarca hasta el comienzo de nuestra era, con un
margen de más o menos de entre 500 a 1000 años, según las distintas regiones.
El nombre fue utilizado por primera vez por William A. Ritchie en 1932 a propó­
sito de una cultura concreta que estudiaba por entonces en Nueva York (Willey y
Phillips, 1958: 104). Posteriormente, se ha generalizado su empleo.

L a con cep ción tradicion al d el A rcaico

Según la concepción tradicional, el Arcaico no ofrece rasgos complicados: los se­


res humanos subsistían gracias a la caza y recolección de plantas y animales nati­
vos y no eran sedentarios. Se servían del atlatl (o lanzadardos) para arrojar flechas
dotadas de puntas de piedra que se diferenciaban de las puntas paleoindias funda­
mentalmente por tener vástagos o pedúnculos que facilitaban su sujeción al asta
de la flecha. Los habitantes de la América del Norte prehistórica no conocerían el
arco y la flecha hasta el milenio anterior a su contacto con los europeos. A falta
de mamuts, bisontes gigantes y otras espacies de gran talla del Pleistoceno para
entonces extinguidas, este armamento estaba pensado para atacar a las piezas de
LAS CULTURAS DE C AZ A D O R E S -R E C O L EC T O R E S 267

caza mayor que subsistían, entre las que predominaban el venado en el Oeste y el
Este y una especie diminuta de bisonte (Bison bison) en las llanuras del Centro de
América del Norte. En éstas los cazadores arcaicos seguían empleando la técnica
del acoso, transmitida por sus antepasados paleoindios, para matar gran número
de bisontes. En los lugares en que había, cazaban especies modernas de antílope,
oso y cabra montesa, además de numerosos tipos de animales más pequeños.
La cultura material de los pueblos arcaicos fue elaborada conforme fueron
haciéndose peritos en extraer los recursos de sus respectivas regiones de asenta­
miento. En todo el subcontinente aparecieron utensilios de molienda de piedra y
madera — manos, metates, morteros y majaderos— con los que trataban bello­
tas, nueces, semillas y frijoles. La vara de cavar fue un instrumento muy impor­
tante, empleado para extraer raíces y tubérculos y capturar animales que vivían
en madrigueras. En el Oeste de los Estados Unidos, donde se han conservado
materiales perecederos en grutas secas, y en menor medida en cuevas y zonas
pantanosas del Este, los cestos, los tejidos, las sogas, las esteras y ios vestidos
muestran que existían industrias muy evolucionadas de trenzado, entretejido o
entrelazado de fibras vegetales. Otro rasgo distintivo del periodo Arcaico es la
inexistencia de la alfarería; cabe suponer que, debido a su peso y fragilidad, eran
incompatibles con el modo de vida itinerante de los pueblos arcaicos.
Los cestos y otros implementos de fibra trenzada eran empleados por los ar­
caicos para transportar, elaborar, cocinar y almacenar alimentos. A falta de tras­
tes de barro, el método habitual de cocinar era el hervor mediante piedras: los
cocidos y aío/es (gachas) se elaboraban echando piedras, calentadas en una ho­
guera, en un recipiente con agua junto con la comida que iba a cocinarse. El re­
cipiente podía ser un cesto de trama muy apretada, un saco de piel cosida o el
vientre de un gran animal. El agua evitaba que las piedras quemasen el recipien­
te. Las piedras calientes hacían hervir el agua con rapidez y así se cocían los ali­
mentos.
Los animales de menor tamaño se asaban a menudo en las brasas de una ho­
guera al aire libre. Hogazas de harina de nueces, semillas o bellotas eran cocina­
das colocándolas en lechos de ceniza caliente y cubriéndolas con más ceniza y
brasas. Los pueblos arcaicos usaban además con frecuencia hornos de tierra para
asar y hornear: colocaban unas losas sobre lechos calientes de carbón y asaban
encima la carne. Excavaban pozos, los forraban de piedra y encendían hogueras
en su interior. Los alimentos vegetales — ^raíces, tubérculos, bulbos y cogollos—
se cocinaban en esos hornos para adaptalos al consumo humano.
Según la concepción tradicional de las culturas arcaicas, las bandas seguían
siendo tan móviles que sólo podían utilizar abrigos toscos, de carácter temporal
y muy portátiles, de la misma manera que los paleoindios. Podemos inferir algo
más acerca de su organización social, usos funerarios y sistemas de creencias re­
ligiosas gracias a la existencia de sepulturas con los correspondientes objetos en­
terrados, a los artefactos exóticos más durables que demuestran una intensifica­
ción de los intercambios interregionales y al aumento del arte rupestre que, sin
lugar a dudas, se remonta a ese periodo. En general, esos grupos arcaicos proba­
blemente tuvieron creencias animistas y en la mayoría de las bandas había cha­
manes. Como ha observado Fiedel (1987: 223-224): «Además de a sus dirigen­
268 GRANT D. H A L L

tes seculares temporales, la mayoría de las sociedades de cazadores-recolectores


admiten que determinados individuos son peritos en el trato con las potencias
sobrenaturales, en lo tocante a curar enfermedades o adivinar el futuro. Esos
chamanes constituyen una excepción significativa a los principios generales de
las sociedades constituidas en bandas. Su conocimiento del mundo de los espíri­
tus es esotérico y únicamente lo comparten unos cuantos discípulos escogidos
[...] A menudo se cree que los chamanes entran en comunicación con espíritus
que adoptan la forma de animales, p. ej., osos, crótalos o jaguares; otras veces,
que el propio chamán se transforma en animal».
En resumen, el periodo Arcaico siguió al Paleoindio y, en esa época, las po­
blaciones se fueron asentando en distintas regiones del subcontinente, adaptán­
dose concretamente a los recursos de cada zona. Los arcaicos explotaron un nú­
mero mayor de plantas y animales que los paleoindios y, por consiguiente, su
utillaje era más variado. Siguieron efectuando recorridos estacionales, pero sus
territorios no eran tan extensos como los de los paleoindios. Ni fabricaron ni
emplearon objetos de cerámica y tampoco conocieron el arco y la flecha.

C on cep cion es recientes so b re el m od o de vida en el p erio d o A rcaico

Las investigaciones de los últimos treinta años han modificado radicalmente la


concepción tradicional del modo de vida arcaico que acabamos de describir. Se
ha disipado la creencia de que el modo de vida de los cazadores-recolectores
acarreaba forzosamente traslados frecuentes de sus campamentos, al haberse
descubierto lugares en los que aquéllos alcanzaron un grado mayor de sedentari-
zación. La aparición de cementerios en algunas regiones en el periodo Arcaico
Tardío es asimismo sintomática de que los desplazamientos estacionales se efec­
tuaban a menos distancia, de un mayor sedentarismo y tal vez también de la
aparición de territorios circunscritos (Story, 1985).
Además, en los estudios de los cazadores-recolectores se ha aplicado la no­
ción de «intensificación», particularmente idónea para el análisis del periodo
Arcaico americano (Bettinger, 1991). Conforme aumentaban gradualmente en
todo el continente las poblaciones de cazadores-recolectores, fueron ocupadas
todas las zonas más aptas para asentamientos. El traslado de la población exce-
dentaria a nuevas regiones dejó de ser una opción viable. El aumento de la pre­
sión sobre los recursos alimentarios naturales fue contrarrestado con medidas de
control demográfico, la explotación más eficiente de los recursos tradicionales y
la ampliación del abanico de aUmentos, que empezó a comprender vegetales y
animales que antes se tenían por indeseables a causa de su gusto o por lo que
costaba producirlos.
Ese proceso de intensificación impulsó la variabilidad regional característica
del periodo Arcaico. Se perfeccionaron los artefactos y métodos de elaboración
para explotar mejor económicamente los recursos alimentarios de primera nece­
sidad. Se ensayaron recursos alimentarios hasta entonces subexplotados y, con
ello, la gente se preadaptó al cultivo de vegetales.
Se ha avanzado considerablemente en el estudio del Arcaico americano al
advertir que los habitantes de algunas zonas del continente habían descubierto
LAS C U L T U R A S D E C A 2 A D O R E S - R E C O L E C T O RE S 269

que algunas plantas silvestres podían cultivarse (Ford, 1985), conocimiento que
aceleró y permitió la acogida de importantes variedades de plantas mesoameri-
canas domesticadas, las cuales constituirían la base de la aparición posterior del
sedentarismo pleno y del modo de existencia basado en la producción de alimen­
tos en algunas partes de las regiones fronterizas españolas septentrionales^.

L o s cazad ores-recolectores arcaicos d e C alifornia

En el Centro de California, la región más septentrional de América de Norte a la


que llegaron los españoles, los cazadores-recolectores arcaicos explotaron recur­
sos alimentarios naturales excepcionalmente copiosos, tanto en las costas como
tierra adentro. En la costa capturaban, con anzuelos, redes y venablos, peces y
mamíferos marinos: focas, leones marinos, marsopas, etc. Los habitantes de la
costa construían canoas y almadías para capturar peces y mamíferos marinos en
alta mar. Los moluscos también eran una fuente importante de alimentos y las
conchas de algunas especies, como los abulones (haliotis y olivella), servían de
materia prima para fabricar utensilios y adornos. En las cuencas de los ríos Sa­
cramento y Klamath, situados en el Centro y el Norte de California, el paso
anual de los salmones permitía obtener toneladas de peces que se secaban y
guardaban para consumir durante el año. Tierra adentro, abundaban los vena­
dos y los encinares daban gran cantidad de bellotas con las que se podían elabo­
rar alimentos.
Los indios de California presentan varios rasgos notables. Al parecer, la cos­
ta y los valles del río Sacramento y sus afluentes abundaban tanto en alimentos
naturales que nunca se vieron precisados a dedicarse a la agricultura. En muchos
aspectos, mantuvieron un modo de vida del Arcaico Clásico hasta su contacto
con los europeos, si bien al principio de la era histórica se observa una conducta
«protoagrícola»: cultivo de tabaco, uvas y algunas plantas silvestres «especiali­
zadas» más (M oratto, 1984: 3). A la llegada de los europeos, en el Centro y el
Sur de California vivían las poblaciones mayores y más concentradas de toda
América del Norte. Cook (1976) ha calculado su número en 3 0 0 0 0 0 individuos.
La abundancia de recursos alimentarios naturales, en particular de los que se
prestaban a ser almacenados, como las bellotas o el salmón seco, explica además
por qué los cazadores-recolectores del Arcaico vivían hace ya 4 0 0 0 años en
asentamientos semipermanentes (Moratto, 1984: 281-283). En esas aldeas cons­
truían edificios de cierta entidad que ocupaban hasta seis meses al año. Las vi­
viendas consistían normalmente en casas excavadas de forma circular y semisub-
terráneas con techos en forma de cúpula o cónicos de troncos y ramas cubiertos
con tierra, paja, planchas de madera o corteza. En tiempos prehistóricos muy
remotos, muchos grupos participaban en un sistema monetario que usaba de
conchas marinas sueltas y en sartas que poseían valores fijos generalmente admi­
tidos. Además del conjunto habitual de utensilios arcaicos, los indios california-
nos tallaban «piedras dentadas» cuya función desconocemos y hacían «piedras

3. V éase el cap ítu lo 11 de este vo liim e n.


270 G R A N T D. H A L L

amuleto»: objetos en forma de plomada o de falo fabricados a partir de piedras


macizas (M oratto, 1984: 150, 262). Desconocemos igualmente la función exac­
ta de las llamadas piedras amuleto. Los primeros californianos tenían también
excepcionales industrias de grabado de adornos de conchas marinas y útiles de
hueso. En algunos lugares de California se encontraba obsidiana, materia prima
muy codiciada para fabricar instrumentos, que se distribuía ampliamente a tra­
vés de las redes comerciales prehistóricas.
Los californianos prehistóricos sabían fabricar recipientes de barro, pero
ésta tecnología no era relevante para ellos. Tallaban la esteatita, un mineral
blando y resistente al calor, para fabricar enseres de cocina y pipas. Más impor­
tancia tiene el que fueran cesteros muy diestros. Los cestos les servían a la per­
fección para todas las funciones que los trastes de barro desempeñaban en otras
culturas de América del Norte. El que se inclinaran por los cestos en lugar de la
cerámica fue sin duda cuestión de tradición, de preferencia y de comodidad. En­
tre el 1 7 5 0 y 1450 a.p., sus vecinos del Sudoeste, muy versados también en tejer
con fibras vegetales cestos y otros artefactos, adoptaron con entusiasmo la cerá­
mica en su cultura material y, posteriormente, alcanzarían fama por la perfec­
ción técnica y la belleza artística de su industria cerámica. Después del 1050
a.p., en algunas partes de California se comerciaba con los cacharros que fabri­
caban.
L a s b ello ta s eran un soporte principal de la existen cia p reh istórica en el C en­
tro de C a lifo rn ia . En la época del co n ta c to con los españoles, rep resentaban el
a lim e n to esencial de m uchos grupos, que con sag rab an grandes esfuerzos a su re­
co le c c ió n , e la b o ra ció n y con serv ación . Esta dependencia de las b ello tas es un
bu en eje m p lo de in ten sificació n , en el sentido en que se aplica este co n c ep to al
p e rio d o A rc a ic o n orteam erican o . C o m o ha analizad o B asgall ( 1 9 8 7 : 2 3 ), el ex ­
te n d id o co n su m o de bellotas p o r los indios de C alifo rn ia, ob servad o p o r prim e­
ra vez p o r los españoles y o b je to p osteriorm ente del co m en tario de num erosos
o b serv ad o re s h a sta el siglo XX, hizo que se generalizase la creen cia de que las be­
llo ta s e ra n un alim en to idóneo p ara los prim eros califo rn ian o s. Pues bien, las
p ru e b as arq u eo ló g icas indican que n o siem pre fue así.
Al evaluar los restos arqueológicos de California, Basgall (1987) advierte que
el paso del empleo de metates y manos al de morteros y maj adores fue importan­
te en lo que se refiere al consumo de bellotas en la Prehistoria. Se idearon morte­
ros: el tradicional y el giratorio considerablemente perfeccionados y eficientes.
Cuando en un campamento o en sus proximidades afloraba un lecho de roca, se
elaboraban morteros, en ocasiones por miles (Moratto, 1984: 310). No es prácti­
co aplastar bellotas en un metate, pues las bellotas tiernas son elásticas y saltan
como pelotas de pimpón al golpearlas con una mano. Los morteros y majadores
son utensilios mucho más eficaces, sobre todo en la primera fase de la majadura.
Según Basgall, la tecnología del mortero y el majador aparece hace 4 0 0 0
años en la comarca de la bahía de San Francisco, hace 2 800 años en la zona del
Valle Central y el Delta y hace 1 000 años en las regiones central y meridional de
Sierra Nevada, California. De estos cálculos, aunados a los datos que los respal­
dan (bellotas conservadas, paleopatología, paleodemografía y usos funerarios)
deduce que esas fechas corresponden con exactitud a los comienzos de una nota­
LAS CULTURAS D E C A Z A D O RE S - R E C O L E C T O RE S 271

ble balan ofag ia (consumo de bellotas como alimento básico) entre los pueblos
prehistóricos de California.
La mayoría de las especies de encinas de California producen bellotas con un
contenido de tanino (compuesto astringente natural) tan elevado que los seres
humanos no pueden comerlas en su estado natural, sino que deben majarlas y
lavarlas con abundante agua para eliminar el tanino, procedimiento que requiere
mucha mano de obra y que, según Basgall (1987), no siempre resultaba econó­
mico a los californianos prehistóricos: «Sólo cuando las densidades demográfi­
cas alcanzaban cierto nivel, originando una mayor competencia por los recursos
y limitando la movilidad, los grupos pasaban a depender de las bellotas para
subsistir» (Basgall, 1987: 44). Basgall considera que el crecimiento demográfico
fue un factor primordial de la dependencia cada vez mayor de las bellotas por
parte de los habitantes prehistóricos de California, si bien sostiene que ese cam­
bio habría acarreado las consiguientes modificaciones de estructura social de los
grupos que lo efectuasen. El almacenamiento de los excedentes de bellotas para
su consumo a lo largo del año tendría que disminuir la movilidad o acaso impo­
ner un alto grado de sedentarización. El mayor sedentarismo desencadenó la ela­
boración de una cultura material, la creación de redes interregionales de inter­
cambio y la aparición de territorios circunscritos con más rigidez, características
todas ellas de los grupos nativos de cazadores-recolectores con que se toparon
los españoles a su llegada a California.
Las aldeas mayores de estos cazadores-recolectores estaban organizadas en
pequeñas tribus regidas por jefes hereditarios, siendo ése el nivel de organización
social más elevado que surgió entre aquellos pueblos. En otras partes del territo­
rio en que las densidades demográficas eran menores, muchos grupos vivían en
regímenes sociales esencialmente igualitarios. Las creencias y prácticas religiosas
se pueden deducir indirectamente del arte rupestre, en el que aparecen dibujos
abstractos y representaciones del sol, estrellas, seres humanos, aves, serpientes y
peces (Grant, 1965). Entre los primeros grupos indígenas históricos de Califor­
nia había chamanes.

Lm. ad ap tación a l desierto en el p erio d o A rcaico

Desde el Sur de California y la Baja California a través del Oeste de Texas y los
Estados adyacentes del Norte de M éxico, los pueblos arcaicos se adaptaron a los
medios naturales de valles y montañas áridos y semiáridos. Los recursos alimen­
tarios naturales tendían a ser sumamente estacionales y de aparición irregular.
Gracias a la sequedad del clima y a la existencia en algunas regiones de grutas o
abrigos rocosos, hay diversos yacimientos con notables depósitos estratificados
que conservan restos perecederos, por ejemplo, utensilios de madera, cestos, es­
teras, redes, excrementos humanos fosilizados, cadáveres momificados y otros
muchos objetos (Taylor, 1966; Cordell, 1984; Shafer, 1986). Al habitar la zona
más seca de América del Norte, los moradores arcaicos del desierto dependían
para vivir de muy diversos animales pequeños, serpientes y lagartos, aves y pe­
ces, de cactos y otras plantas suculentas de tierras áridas, además de una varie­
dad impresionante de granos, nueces y raíces. Ante la irregularidad de las exis­
272 GRANT D. H A L L

tencias de comida y agua, era característico un alto grado de movilidad, a conse­


cuencia de la cual sus posesiones eran mínimas y sus abrigos muy rudimentarios,
normalmente de índole temporal y hechos con troncos y ramas cubiertos con
breña.
Los shoshones sobrevivieron como cazadores-recolectores en la gran depre­
sión de Utah y Nevada hasta finales del siglo XDC. Julián Steward conversó con
los supervivientes y descendientes directos de esas culturas y en 1938 publicó
una monografía titulada Basin-Plateau A boriginal S ociopolitical G roups, en la
que hace notables observaciones acerca de la organización de los cazadores-re­
colectores modernos que sobrevivían en las regiones áridas del Oeste de los Esta­
dos Unidos y que impulsó un enfoque ecológico-cultural en el estudio de la
Prehistoria de América del Norte (Bettinger, 1991). Gracias a su descripción de
las migraciones estacionales y de las técnicas de obtención de alimentos de los
shoshones se pudieron elaborar modelos que se contrastaron con los datos reco­
gidos en yacimientos prehistóricos regionales (Thomas, 1973).
En las zonas áridas de las regiones fronterizas españolas septentrionales, los
alimentos principales eran piñones, granos de mezquite, conejos y diversas plan­
tas suculentas. Había distintos tipos de cestos para las varias fases de la reco­
lección, elaboración y conservación de nueces, cactus y partes de plantas sucu­
lentas. Las manos y los metates también eran utensilios importantes para el
consumo de las nueces, los frijoles y las semillas. Se cazaban conejos en abun­
dancia, rodeándolos y empujándolos hacia hileras de redes de fibras. Los cone­
jos eran una fuente importante de carne y piel. Los habitantes arcaicos del de­
sierto y sus sucesores confeccionaban capas y mantas muy útiles con pieles de
conejo cosidas. Aunque escaseaban, también cazaban con flechas y lanzadardos
venados, antílopes, cabras montesas y osos.
Los shoshones comían frutas, hojas, semillas, tallos y corazones de diversos
cactus y plantas suculentas: saguaro, nopal, maguey, lechuguilla y sotol. En mu­
chos yacimientos arcaicos del desierto se encuentran acumulaciones de rocas
quemadas y fracturadas por el fuego, probablemente vestigios de los hornos de
tierra utilizados para asar los corazones de plantas suculentas como el maguey y
el sotol. En los primeros tiempos históricos, los apaches mezcaleros fueron lla­
mados de ese modo porque comían corazones de mezcal, una variedad de ma­
guey de hoja gruesa; recogían las plantas en primavera, poco antes de que salie­
ran los brotes en los que después aparecerían los pimpollos y los frutos. El asado
de mezcal por los apaches dejó acumulaciones características de rocas quemadas
denominadas «basurales en forma de anillo».
Las culturas de cazadores-recolectores prehistóricos del Sudoeste de los Esta­
dos Unidos presentan ejemplos prístinos de lo que en la actualidad se tiene por
conducta de «preadaptación» ante un posible paso al modo de vida basado en la
producción de alimentos. Al parecer, la transición ocurrió por vez primera en al­
gunos lugares del Sudoeste de todas las zonas de América del Norte en que la
agricultura indígena acabaría por constituir el modo de vida predominante.
Conseguir vivir como cazadores-recolectores en el entorno hostil del Sudoeste
exigía conocer a fondo los factores que rigen los ciclos de producción de las dis­
tintas especies vegetales de que dependían las bandas para lo esencial de su sub­
LAS CULTURAS DE C A Z A D O R E S - R E C O L E C T O RE S 273

sistencia. Los movimientos de las bandas se regulaban por la predicción de los


distintos momentos de sazón de las plantas en el año, ajustándose a menudo al
momento y lugar, impredecibles, de las precipitaciones atmosféricas. Con su
profundo conocimiento del comportamiento de las plantas silvestres, no es sor­
prendente que algunos de aquellos cazadores-recolectores fuesen los primeros en
captar el valor de las especies vegetales cultivadas, como el maíz, los frijoles y el
chayóte que, ya en el primer milenio a.n.e., fueron dadas a conocer gradual­
mente a los habitantes prehistóricos del Sudoeste desde las regiones en que habí­
an sido cultivadas por vez primera, más al Sur, en Mesoamérica (Ford, 1985).
Hacia el Este, en el Oeste de Texas y el Nordeste de México, sigue manifes­
tándose la adaptación esencial a las tierras áridas. En la cueva de la Candelaria,
un yacimiento funerario del estado mexicano de Coahuila, se han encontrado
valiosos restos de materias perecederas, asociados al parecer a cadáveres arroja­
dos al pozo (Aveleyra et al., 1956). Entre los artefactos hallados había cuchillos
de hojas triangulares de piedra tallada y con mangos de madera aún sujetos a
ellas, collares de vértebras de serpiente, collares de cuentas de conchas, sonajeros
hechos con cuerdas y conchas de moluscos, arcos de madera, cuencos y cucharo­
nes hechos con calabazas. El arrojar los cadáveres de seres humanos a esos po­
zos de piedra caliza era, al parecer, práctica habitual en las zonas de México sep­
tentrional y del Centro y Oeste de Texas en que las características geológicas se
prestaban a la formación de esos rasgos naturales en el lecho rocoso. Los muer­
tos de aquellos pueblos arcaicos también se dejaban en depósitos de abrigos ro­
cosos, en sepulturas excavadas en campamentos al aire libre o se eliminaban me­
diante cremación y posterior inhumación.
Donde confluyen los ríos Pecos y Diablos con el río Grande, la llamada re­
gión Transpecos de Texas y Coahuila, hay varias grutas y refugios rocosos en
los que se han encontrado restos notables de actividad de cazadores-recolectores
prehistóricos arcaicos y posteriores (Shafer, 1986). Uno de esos yacimientos pro­
tegidos por rocas es conocido con el nombre de Refugio de la Hoguera (Bonfire
Shelter) y en él, a finales de la época Paleoindia y de nuevo durante el Arcaico,
cazadores experimentados ahuyentaban a los bisontes hasta un despeñadero y
mataban a un número enorme de animales al pie del cañón rocoso (Dibble y Lo-
rrain, 1968). El Refugio de la Hoguera es un gran ejemplo de la técnica «del sal­
to» para cazar bisontes y cabe señalar que el lugar es hasta ahora único en esa
parte de América del Norte. Los saltos de bisontes son mucho más comunes en
las llanuras del Norte de los Estados Unidos y en el Canadá. Los restos hallados
en el Refugio de la Hoguera, junto con otros datos arqueológicos, indican que
los rebaños de bisontes a veces bajaban a pastar a la región de Transpecos, al
Sur de Texas (Black, 1986) y aun más al Sur, a M éxico, desplazamientos que po­
siblemente obedecieran a modificaciones del clima (Dillehay, 1974).
En las grutas y refugios rocosos de Transpecos se han encontrado abundan­
tes artefactos de materias perecederas (Shafer, 1986). En esos refugios se hallan
a menudo cestos de red para transportar cargas, sandalias de fibra, implementos
de madera para prender fuego, esteras de fibra tejida, palos para cavar, cestas,
cuerdas, artefactos de piel y cuero y piezas de armas de madera. Los análisis de
los cop rolitos (heces fosilizadas) humanos recogidos en la cueva de Hinds, con­
274 G R A N T D. H A L L

dado de Val Verde, Texas, han proporcionado más datos acerca del régimen ali­
mentario de los habitantes arcaicos de la región (Williams-Dean, 1978). Los pó­
lenes, cerdas de venados, esqueletos de ratones, espinas de nopal, escamas del
pez llamado m innow y otros restos minúsculos, son pruebas directas de los ali­
mentos que los seres humanos consumían en la época Arcaica.
La región de Transpecos y, en general, el Oeste de Texas constituyen el lími­
te oriental de una tradición de arte rupestre arcaico que se extiende por las re­
giones áridas del Sudoeste de los Estados Unidos, desde la Baja California a Te­
xas. Kirkland y Newcomb (1967) han estudiado el arte rupestre prehistórico y
de comienzos de la era histórica en su obra T he R ock Art o f T exas Indians. En
Texas las pinturas rupestres (pictografías) del Arcaico y final de la Prehistoria
son más numerosas en la región de Transpecos. Abundan las representaciones
humanas (chamanes), las pinturas de animales y diversos motivos geométricos y
lineales. Turpin (1990) ha propuesto recientemente un modelo de aumento de
las tensiones para explicar las primeras pinturas rupestres de Transpecos, el lla­
mado estilo del río Pecos. Los habitantes prehistóricos de Transpecos empezaron
a pintar en las paredes de las grutas y refugios hace aproximadamente 4 0 0 0
años. Turpin cree que el arte está en relación recíproca con un aumento de la ac­
tividad ritual al haberse incrementado los niveles de incertidumbre de las vidas
de aquellas gentes. Esta hipótesis se ajusta a la evolución de otras regiones que
habitualmente se achaca al aumento de la presión sobre los recursos alimenta­
rios naturales al crecer la población.
Existe la hipótesis de que las figuras antropomórficas del arte rupestre de
Transpecos podrían ser chamanes y que los animales que hay a su lado corres­
ponderían a espíritus auxiliares (naguales) o acaso al propio chamán transfor­
mado en espíritu (Kirkland y Newcomb, 1967). Cabe presumir que los chama­
nes aparecen en distintos estados de transformación entre el plano terrestre y el
mundo de los espíritus. Se ha especulado que el chamán alcanzaba el estado de
trance ingiriendo alucinógenos, pues en el entorno había peyote, toloache {Datu­
ra stram onium L.) y granos de laurel (Shafer, 1986). El contexto en el que se
efectuaron las pinturas en las paredes de los refugios de Transpecos sigue siendo
objeto de debate. Todos los autores están de acuerdo en que las pinturas repre­
sentaban distintos acontecimientos sucedidos en diferentes lugares y en que tal
vez correspondan a centenares o incluso miles de años de ceremonias periódicas.
Se han propuesto varios contextos: rituales de entrenamiento o de iniciación de
aprendices de chamán; ceremonias de iniciación a la pubertad o rituales para
que la búsqueda de alimentos fuese propicia.

E l C entro de Texas, el Sur d e Texas y el N ordeste de M éxico

Yendo hacia el Este y el Norte por Texas y México septentrional, las precipita­
ciones medias aumentan gradualmente y los terrenos desiertos dan paso a prade­
ras y sabanas atravesadas por ríos como el San Fernando, el San Juan, el Gran­
de, el Nueces, el Guadalupe y el Colorado. Gran parte del territorio del Sur de
Texas y el Nordeste de México está cubierto en la actualidad por malezas espi­
nosas: mezquites, nopales, granos de ébano y diversas acacias. Los análisis etno-
L A S C U L T U R A S D E C A Z A D O RE S - R E C O LE C T O RE S 275

históricos y los datos arqueológicos indican que esas grandes extensiones de ma­
torrales son un fenómeno relativamente reciente, que probablemente se desarro­
lló a raíz de que proliferasen las manadas de caballos y ganado mayor en el siglo
xvm (Hall et al., 1986).
Desde la época Paleoindia hubo pueblos de cazadores-recolectores en estas
tierras (Hester, 1980). En las regiones interiores, los habitantes prehistóricos
practicaban la adaptación a terrenos áridos o semiáridos y vivían fundamental­
mente de mezquites, nopales, granos de ébano y otros alimentos vegetales, ade­
más de venados y de caza menor (MacNeish, 1958). Capturaban peces, mejillo­
nes y tortugas en los ríos y corrientes de agua. Recogían grandes cantidades de
caracoles {R abdotus sp.) que comían asados. Además, consumían serpientes, ro­
edores y lagartos.
Uno de los primeros relatos etnohistóricos de cierta extensión acerca de la
vida de los indios de América del Norte fue el de Alvar Núñez Cabeza de Vaca,
un español que naufragó en las costas de Texas en 1528 (Covey, 1972). Durante
el tiempo que permaneció en el Sur de Texas, Cabeza de Vaca observó que nu­
merosas bandas de cazadores-recolectores se congregaban en torno a los grandes
campos de nopales tuneros del Sur de Texas en el verano, meses en los que vivían
esencialmente de comer los frutos de ese proiífico cactus. Además, abrían las tu­
nas y las secaban para consumirlas más entrada la estación, convertidas en hari­
na con manos y metates. Cabeza de Vaca describió también escenas de caza: los
indios provocaban estampidas de manadas de venados hacia los bajíos de las
orillas del Golfo de M éxico, donde los atrapaban y mataban. Mientras vivió con
un grupo de indios, los mariames, junto al río Guadalupe en el Sur de Texas,
Cabeza de Vaca observó la importancia de las pecanas, o nogales pecaneros,
para su subsistencia a finales del otoño y durante el invierno (Campbell y Camp­
bell, 1981).
En el Centro y el Este de Texas abundan los robles. Como en California, la
transformación de las bellotas en alimento era probablemente un elemento im­
portante de las actividades de subsistencia. En el Centro de Texas, uno de los ti­
pos más comunes de sitio prehistórico es el constituido por los escombros de ro­
cas quemadas, formadas por piedras muy juntas y resquebrajadas por el fuego,
cuyas dimensiones oscilan entre unos cuantos metros cuadrados y algunos centí­
metros de espesor hasta varias hectáreas y de uno a dos metros de altura. Buena
parte del Centro de Texas está constituida por colinas de piedras calizas roda­
das, por lo que muchos de los escombros de piedras quemadas están formados
por caliza quemada, aunque también se conocen de granito y arenisca.
Estos escoriales de rocas quemadas aparecen por vez primera en la Prehisto­
ria de Texas en el Arcaico Medio (hace aproximadamente 5 000 años) y abundan
más a partir del 2 200 a.p., aunque siguieron apilándose en distintas formas en la
época Prehistórica Tardía (Hester, 1991). Se han formulado muchas hipótesis
acerca de cómo se formaron y algunos investigadores opinan que se trata de es­
pacios «de cocina» polivalentes en ios que se elaboraban y cocinaban distintos
alimentos. Creel (1986) ha observado una notable correlación entre su distribu­
ción y la de los robles en Texas, lo que indicaría que guardaban alguna relación
con la elaboración y el cocinado de las bellotas. Otros sostienen que aparecieron
276 GRANT D. HALL

al hornear alimentos vegetales en hornos de tierra, de modo muy similar a como


los apaches mescaleros preparaban los corazones de maguey (Hester, 1991). Fue­
ra cual fuese su función, las escombreras de rocas quemadas de Texas son proba­
blemente un fenómeno que corresponde al proceso de intensificación que se pro­
dujo en otros lugares de América del Norte durante el Arcaico.
Es normal hallar huesos de venados en los escoriales del Centro de Texas, lo
que significa que esos animales eran una importante fuente de carne. Como en
otros lugares durante el Arcaico, la cerbatana y las flechas eran las principales
armas de caza. También se encuentran huesos de animales más pequeños y en
ocasiones de bisontes. Las escombreras del Centro de Texas contienen a menudo
enormes cantidades de lascas de sílex y otros restos de actividades de escantilla­
do para fabricar y mantener puntas de flecha y otros utensilios de piedra traba­
jada para cortar y rascar. En las escombreras cercanas a corrientes de agua o
ríos no es raro encontrar grandes cantidades de valvas de mejillón, lo que indica
que los nativos los asaban y se los comían. A veces, enterraban a sus muertos en
las escombreras, pero lo normal era arrojar los cadáveres a pozos de suelo calizo
del Centro de Texas.
En la mitad oriental de Texas, sobre todo en las zonas central, meridional y
suroriental del Estado, hay restos de campamentos en terrazas de terrenos alu­
viales próximos a los ríos y corrientes de agua. En esos lugares perfectamente
estratificados se encuentran con frecuencia restos arqueológicos que correspon­
den a toda la secuencia de 1 2 0 0 0 años de duración de la actividad cultural
prehistórica. En el llano costero central, por lo general entre los ríos Nueces y
Brazos, existe un complejo mosaico de comunidades vegetales: bosques de no­
gales y pecanas, praderas y bosques ribereños con grandes arboledas de nogales
pecaneros nativos. En esa región, más señaladamente en los tramos inferiores
de los ríos Colorado y Brazos, los patrones de asentamiento de los cazadores-
recolectores experimentaron un cambio, al pasar de una existencia totalmente
nómada a otra más sedentaria, como muestra la aparición de cementerios entre
el 4 0 0 0 y 3 0 0 0 a.p., (Story, 1985). Anteriormente, los muertos se enterraban
aleatoriamente en los lugares de habitación ocupados cuando se producía su fa­
llecimiento, costumbre que hizo que las tumbas estuviesen desperdigadas por
toda la región que recorrían las hordas durante sus desplazamientos estaciona­
les. Las tumbas de los cementerios del Arcaico Tardío contienen bienes perso­
nales u ofrendas: adornos de conchas de moluscos, pedazos de rocas cuidadosa­
mente talladas y pulidas a los que se ha dado el nombre de «piedras gamella»
(posibles pesos de lanzadardos), cuchillos grandes de sílex, etc. (Hall, 1981).
Algunos de esos restos proceden de fuentes situadas hasta 600 km de los ce­
menterios en que se encontraron. También hay esqueletos en esos cementerios
del Arcaico Tardío con heridas producidas por flechas, señal evidente de haber
muerto violentamente. Todos estos datos conjugados indican que los habitantes
del Arcaico Tardío de la llanura costera de Texas estaban constituyendo territo­
rios que contaban con recursos suficientes para mantener a sus grupos. Es pro­
bable que los bosques de nogales pacaneros nativos {Carya illinoesis) que había
en los valles fluviales fuesen los recursos alimentarios esenciales en torno a los
cuales se fijaron esos territorios.
LAS C U L T U R A S DE C A 2 A D O R E S - R E C O L E C T O RE S 277

En Texas las puntas de proyectiles son marcadores cronológicos particular­


mente sensibles y eficaces: una secuencia de tipos de puntas de proyectil que
abarca las épocas Paleoindia, Arcaica y Prehistórica Tardía ha ayudado mucho a
avanzar en la investigación arqueológica (Turner y Hester, 1993).
El litoral del golfo del Nordeste de M éxico y Texas, que alcanzó su altura
actual hace aproximadamente 4 5 0 0 años (Prewitt et al., 1987), fue explotado en
gran escala por los cazadores-recolectores que habitaban en la costa. Captura­
ban moluscos — sobre todo ostras al Sur y almejas al Norte— en las bahías y es­
tuarios y los comían en lugares de asentamiento próximos, a lo largo de la costa.
Las conchas que dejaron forman densos concheros, en los que, mezclados con
ellas, aparecen utensilios de piedra tallada y huesos de pescado, tortuga, aves
acuáticas y animales de caza menor, restos de presas llevadas a esos lugares por
seres humanos prehistóricos (Aten, 1987). Las conchas de algunas especies mari­
nas, como diversas caracolas y almejas, se convertían en utensilios — azuelas o
raederas, gubias y puntas de proyectiles— y adornos (Campbell, 1952).

E l N ord este d e Texas

Los densos bosques de pinos, robles y pacanas (Carya texana, C. ovata, C. cor-
diform is, etc.) del Nordeste de Texas son característicos del medio natural del
Surdeste de los Estados Unidos. Las actividades coloniales de los españoles llega­
ron hasta esa parte del subcontinente con un asentamiento en Nacogdoches. Los
promedios anuales de precipitación de la región son considerablemente superio­
res a los del resto del Estado. Según Story (1985), los recursos alimentarios natu­
rales del Nordeste de Texas están distribuidos mucho más parejamente que en
las tierras áridas y semiáridas del Oeste. Ocupándolo desde la época Paleoindia
en adelante, los cazadores-recolectores del Nordeste de Texas vivían fundamen­
talmente de pacanas, bellotas, venados y osos. Los bosques proporcionaban ade­
más diversos frutos y caza menor, como ardillas, pavos, mapaches y zarigüeyas.
Capturaban peces, tortugas y mejillones en las corrientes y ríos. Los instrumen­
tos para trabajar la madera, como hachuelas y azuelas de piedra tallada y puli­
da, se suman en esta región al instrumental arcaico habitual. Como en el llano
costero escaseaba la piedra, los utensilios esenciales como los morteros y maja­
deros, que en otros lugares se fabricaban con piedras grandes, eran en este caso
de madera.
Los bosques de pacanas, muy frecuentes en algunas partes del Oeste medio y
el Este de América del Norte, constituían una importante fuente de alimentos de
los cazadores-recolectores prehistóricos. La pacana da una nuez muy rica en
proteínas y grasas, aunque es muy pequeña y resulta difícil extraerle la pulpa.
Los pueblos del Sudeste idearon una forma eficiente de sacar su valor nutritivo;
juntaban las nueces y luego las aplastaban en morteros de madera utilizando
grandes majaderos hechos con troncos. Cocían las nueces, aplastadas en agua,
empleando la técnica del hervido de piedras hasta que la grasa y parte de la pul­
pa de las nueces flotaba en la superficie del recipiente usado para hervir. Des­
pués espimiaban la grasa, llamada leche de pacana, y la mezclaban con otros ali­
mentos. La cerámica surge en la región en fecha tan remota como el 2 1 5 0 a.p..
278 GRANT D. HALL

pero no indica que entonces se iniciase la agricultura, sino que los recipientes de
cerámica constituían, al parecer, un medio más eficiente para cocinar alimentos
y procesar las bellotas y pacanas.
En el Nordeste de Texas se da la expresión más suroccidental de tradición
preagrícola de construcción de montículos, mucho más frecuente y más antigua
entre las culturas situadas al Este y Nordeste. En el Nordeste de Texas existe un
sitio en montículo de este periodo. Se remonta más o menos al comienzo de
nuestra era y no es posterior a hace 1 4 5 0 años. El montículo, como los existen­
tes en otros lugares del Oriente de los Estados Unidos, se utilizaba para enterrar
a los muertos. Story (1985: 53) ha observado lo siguiente: «[...] estos montículos
[...] corresponden probablemente a la aparición de grupos locales de organiza­
ción más compleja, con funciones más especializadas y división jerarquizada, en
la que quizá hubiese un rango superior correspondiente al cargo de jefe». El me­
dio cultural en el que surgió el montículo de Coral Snake no era habitual en el
Nordeste de Texas y hasta que no surgió un pueblo agrícola plenamente seden­
tario hace aproximadamente 1 1 5 0 años, llamado los caddos, no se generalizó la
construcción de montículos funerarios en la zona.

L a Florida

En los tramos más orientales de las regiones fronterizas españolas septentriona­


les, Florida y Georgia pueden vanagloriarse de contar con testimonios excepcio­
nales de 1 2 0 0 0 años de actividad humana prehistórica (Milanich y Fairbanks,
1980; Smith, 1986; Steponaitis, 1986). En centenares de kilómetros de litoral
tanto del golfo de México como del Atlántico, hay miles de sitios desarrollados
a medida que los cazadores-recolectores prehistóricos explotaban los recursos
alimentarios que ofrecían la costa, las bahías, los pantanos y las marismas. Esos
mismos pobladores cazaban diversos animales tierra adentro y recogían nueces,
granos y plantas. Su abundancia permitió a los habitantes arcaicos asentarse en
aldeas permanentes o semipermanentes. En las partes septentrionales del territo­
rio, los seres humanos prehistóricos se adaptaron asimismo a los medios de pi­
nares meridionales.
Ya hemos mencionado el notable hallazgo de un paleoindio que había falle­
cido tras caer en Little Salt Spring. En ese mismo pozo se ha encontrado un mor­
tero de madera de roble, del Arcaico Temprano (hace 8 0 0 0 -7 5 0 0 años), lo que
muestra que los seres humanos que vivían en esos tiempos tan remotos en Flori­
da ya habían comenzado su proceso de adaptación a las cambiantes condiciones
del medio durante el Holoceno (Claussen et al., 1979). Se cree que, igual que en
Texas, el nivel del mar alcanzó en Florida su altura actual hace unos 4 5 0 0 años.
En los pantanos y marismas desperdigados por Florida se han encontrado arte­
factos perecederos excepcionalmente bien conservados, entre ellos objetos de
madera y textiles. Uno de esos lugares es el yacimiento de Windover, en el Este
de la Florida central (Doran, 1992). Se trata de un cementerio de los inicios del
Arcaico, de hace 8 000 años, en el que se se depositaron los cadáveres de 90 per­
sonas en una ciénaga. En los cráneos de muchos de los esqueletos se conservó te­
jido cerebral, lo que ha permitido analizar el ADN de indígenas americanos de
LAS C U L T U R A S D E C A Z A D O R ES - R E C O L E C T O RE S 279

hace 8 000 años (Hauswirth et a l , 1991). Con los restos se han encontrado tex­
tiles de fibra de palma: prendas de vestir, bolsas globulares, esteras, mortajas o
sábanas y cuerdas. Otro sitio posterior excepcionalmente conservado es Cayo
M arco, sito en la costa del Golfo en el Sur de Florida (Gilliland, 1975). En los si­
tios pantanosos de Cayo M arco apareció un verdadero tesoro de artefactos de
madera — cabezas de animales talladas, cuencos, paletas, cucharas y otros uten­
silios— , junto a cuerdas, redes y flotadores de redes.
La primera cerámica de América del Norte que se conoce procede de la cos­
ta de Georgia y de hace unos 4 5 0 0 años y se generalizó en otros lugares del Su­
deste hace aproximadamente 3 000 años. Más o menos por la misma época, se
fabricaban ollas y cuencos de esteatita, probablemente por ser instrumentos
más eficientes para eliminar el tanino de las bellotas y extraer las grasas y acei­
tes de otras nueces como las pacanas. También alrededor de hace 5 0 0 0 años
aparece en el Sudeste el primer cultivo importado, el guaje o calabaza (L agen a­
ria siceraria). Smlth (1986: 30) denomina a los guajes y calabacines «cultivos de
recipientes», ya que se pueden emplear como cuencos o recipientes para alma­
cenar y observa lo siguiente: «Esta discreta pareja de plantas significó los m o­
destos comienzos del cultivo en los bosques orientales y sirvió para preadaptar
a poblaciones fundamentalmente cazadoras-recolectoras a ensayos más avan­
zados con cultivos de simiente pequeña, templados, orientales e indígenas».
También en este caso, como en el del Sudoeste, vemos a cazadores-recolectores
sentar las bases de la agricultura hasta 2 000 años antes de que se convirtiera
en el modo de vida de sus descendientes.

ESTABILIDAD, TRA N SICIÓ N Y E X T IN Q Ó N

En esta panorámica, que se inicia hace 12 000 años con el asentamiento de los
paleoindios de América del Norte, hemos expuesto a grandes rasgos las adap­
taciones de ios cazadores-recolectores a distintas zonas de las regiones fronteri­
zas españolas septentrionales. Durante la mayor parte del tiempo considerado
los seres humanos vivieron de recursos alimentarios naturales y cuando, en al­
gunas zonas, pasaron a la agricultura, las nuevas fuentes de alimentos no ex ­
cluyeron muchos de los alimentos y técnicas de extracción tradicionales que
habían sido el sustento de las poblaciones humanas durante milenios. El con­
traste entre la existencia de los cazadores-recolectores y el modo de vida agrí­
cola no carecía de matices. Los datos cada vez más abundantes que poseemos
muestran que en realidad no hubo una solución de continuidad entre ambas
formas de vida. Los cazadores-recolectores practicaban cierto grado de activi­
dad agrícola y, por su parte, los agricultores cazaban y recolectaban. Cuando
coexistían, había intercambios de productos: carne a cambio de maíz, pieles
por adornos, etc. Las exigencias que los cultivos imponían — sembrar, cuidar,
proteger y cosechar— y el comportamiento dictado por la producción y el al­
macenamiento de los excedentes alimentarios domésticos requerían asentarse
en aldeas. La vida sedentaria basada en la producción de alimentos llevó apare­
jadas la arquitectura compleja, una cultura material más amplia, la especializa-
280 G R A N T D. H A L L

ción de los artesanos y formas más elaboradas de sistemas de organización so­


cial y creencias religiosas que caracterizan a las culturas agrícolas prehistóricas
de América del Norte.
Es menester recalcar que, en todo el territorio objeto de la actividad colonial
y misionera española en las regiones fronterizas septentrionales, los diversos esti­
los de vida de cazadores-recolectores a que nos hemos referido prosiguieron en
algunas partes hasta el periodo del contacto con los europeos y que muchos de
los grupos nativos siguieron subsistiendo como cazadores-recolectores, durante
el principio del periodo histórico, mientras lo permitieron las circunstancias his­
tóricas. El mantenimiento tenaz de su modo de vida de cazadores-recolectores
por aquellos pueblos diseminados, es suficientemente elocuente a propósito de la
calidad de su existencia y comporta un mensaje implícito acerca de la transición
a la agricultura que algunos americanos indígenas efectuaron: su modo de vida
no varió por elección propia, sino por necesidad.
En California, como ya hemos observado, los alimentos naturales eran tan
abundantes y las adaptaciones culturales tuvieron tanto éxito que los habitantes
no se vieron obligados a ejercer la agricultura en grado significativo. Los califor-
nianos indígenas vivían como cazadores-recolectores cuando llegaron los espa­
ñoles, aunque eran más sedentarios y tenían densidades demográficas superiores
a las de cualquier otro lugar de América del Norte. En el Sudoeste de este sub-
continente, comprendidos el Oeste y el Centro de Texas y el Norte de México,
algunas culturas se pasaron a la agricultura y otras siguieron cazando y recolec­
tando en épocas ya históricas. Los grupos de cazadores-recolectores que sobrevi­
vieron en los principios de la era histórica diferían, a decir verdad, muy poco de
sus antepasados arcaicos. El arco y la flecha se generalizaron en las regiones
fronterizas españolas septentrionales hace aproximadamente 1 2 5 0 años y abrie­
ron nuevas perspectivas a la caza de animales. La cerámica entró a formar parte
de la cultura material de algunos grupos de cazadores-recolectores cuando de­
mostró ser práctica para sus necesidades. Otros muchos grupos siguieron utili­
zando cestos, prescindiendo totalmente de la cerámica. En cualquier caso, los
patrones esenciales de subsistencia establecidos miles de años antes permanecie­
ron en su mayor parte virtualmente invariables.
Los caballos, llevados a América del Norte por los exploradores españoles
en el siglo x v i, proliferaron en las praderas. En 1750 florecían las «bandas» de
indios llenas de vitalidad y cuyas culturas giraban en torno al caballo. Este
proporcionó a aquellos cazadores-recolectores una movilidad y unas posibili­
dades de transporte mayores que las que jamás habían tenido. El caballo se
adaptó con rapidez a la caza del bisonte y las correrías a larga distancia se vol­
vieron algo habitual. Al disponer por fin de animales de carga mayores que las
personas y los perros, los grupos ecuestres de las praderas empezaron a vivir
en las grandes tiendas [tepees) cónicas, hechas con largos postes cubiertos con
pieles de bisonte, que llegarían a ser uno de los estereotipos de la vida de los
indios de América del Norte en la época histórica. Algunos de esos grupos
ecuestres, como los apaches y ios comanches, se extendieron a Texas, Nuevo
M éxico y el Norte de M éxico. Durante más de dos siglos combatieron con ar­
dor a los españoles.
LAS C U L T U R A S DE C A Z A D O R E S - R E C O L E C T O R E S 281

Hemos intentado mostrar cómo, en todas las regiones fronterizas españolas


septentrionales, las exigencias de la subsistencia de los cazadores-recolectores
prepararon el terreno, mediante un proceso de preadaptación, a la incorpora­
ción de los importantes cultivos mesoamericanos. En algunos lugares intervinie­
ron simplemente el conocimiento que los moradores arcaicos tenían del compor­
tamiento de los vegetales y sus necesidades ecológicas que se debían a una
mayor dependencia de aquellas especies silvestres. En otros, los grupos prehistó­
ricos ya habían empezado a seleccionar determinadas plantas indígenas que po­
seían cualidades particularmente apetecibles y a cultivarlas. En este contexto ge­
neral de hipersensibilidad hacia los alimentos vegetales, el maíz apareció por vez
primera en el Sudoeste hace unos 3 000 años, pero no se convirtió en un alimen­
to básico en la región hasta hace aproximadamente 1 700 años. Posteriormente,
el paso al cultivo del maíz sin restricciones, complementado con frijoles y cala­
bazas, sentó las bases de la aparición de las sociedades agrícolas, como los hoho-
kam, los mogollones y los anasazis. En Texas, esa transición tuvo lugar hace
unos 1 1 5 0 años, cuando los caddos del Nordeste de la región aportaron el mis­
mo trío de plantas cultivadas para crear las culturas aldeanas que aún estaban vi­
gorosas cuando irrumpieron los españoles en el siglo xvui. En Florida se siguió
una trayectoria similar.
Como se ha visto, entre los grupos de cazadores-recolectores podía existir
una vida sedentaria en pequeñas aldeas si lo permitía la base natural de recursos
alimentarios, por ejemplo, en Florida y California. Ahora bien, lo cierto era que
en la mayor parte de los lugares los cazadores-recolectores tenían que moverse
en mayor o menor grado. Una de las principales ventajas de su modo de vida era
su flexibilidad: cuando en un lugar empezaban a escasear o faltaban los alimen­
tos, el grupo se limitaba a trasladarse a otra fuente de recursos en la que el saber
y la experiencia colectivos le decía que aguardaban alimentos en cantidad sufi­
ciente para la supervivencia del grupo. Esa forma de vivir limitaba la permanen­
cia de los asentamientos, imponía que todos los bienes materiales y utensilios
fuesen transportables por los seres humanos y restringía el número de niños de­
pendientes que podía haber en un grupo, ya que también había que cargar con
ellos. Los factores nutritivos y la pautas generales de vida también imponían ta­
sas bajas de concepción y porcentajes elevados de mortalidad infantil a muchas
comunidades de cazadores-recolectores. Ese modo de vida era sumamente apro­
piado para los seres humanos, lo que explica su persistencia durante milenios.
La agricultura desencadenó algunos cambios radicales en las vidas de quie­
nes recurrieron a ella para sobrevivir. Las culturas agrícolas no estaban constre­
ñidas por la necesidad de una movilidad irrestricta, por lo que invirtieron más
esfuerzos en viviendas permanentes y poseían más bienes personales y utensilios.
Varios factores combinados — el sedentarismo, la productividad agrícola, la nu­
trición y el trabajo que requerían los cultivos— explican probablemente por qué
aumentó considerablemente la población de algunos grupos agricultores de las
regiones fronterizas españolas septentrionales, en las cuales, en particular las del
Sudeste, los españoles toparon con comunidades grandes y bien organizadas,
con regímenes sociales dirigidos por jefes hereditarios o por grupos corporados.
La conquista española truncó la trayectoria evolutiva de esas sociedades agríco­
282 GRANT D. HALL

las y el hambre, las epidemias, la guerra y la esclavitud acarrearon un desplome


general y sistemático al desorganizar las formas de vida tradicionales. Como en
otros lugares del Nuevo Mundo, se produjo una mortalidad masiva entre las po­
blaciones indígenas, tendencia que se ha invertido sólo en los últimos decenios.
LAS CULTURAS DE C A Z A D O RES - RE C O LE C T O R E S 28 3
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S O C IE D A D E S S E D E N T A R IA S Y S E M IS E D E N T A R IA S
D E L N O R T E D E M É X IC O

R a n d a l l H . M c G u i ré

En 1531, con la fundación española de la Villa de San Miguel de Culiacán, en lo


que hoy es Sinaloa, Ñuño de Guzmán llevó a cabo la última etapa del sojuzga-
miento del Occidente de México. En los diez años que siguieron al saqueo de Te-
nochtitlan por Cortés, los conquistadores extendieron las fronteras de Nueva Es­
paña 1 1 0 0 km hacia el límite norte de Mesoamérica y destruyeron dos de los
más poderosos Imperios aborígenes Nuevo Mundo, el azteca y el tarasco. En
1540 Coronado avanzó desde Cuüacán con el objeto de conquistar el Noroeste,
pero tuvo que regresar, luego de un funesto fracaso, dos años más tarde. Serían
necesarios 250 años más para que la colonización española en Sonora alcanzarse
su límite norte en Tucson, 900 km al Norte de Culiacán. Por último, los españo­
les se establecieron en la mitad sur del Noroeste de México, fundamentalmente
en Sonora y Chihuahua, y en el valle del río Grande en Nuevo M éxico, pero fue­
ron incapaces de ocupar la mayor parte de la Atizona y el Nuevo México actua­
les. La colonización española del Noroeste' fue profundamente diferente de la
de Mesoamérica y por eso los resultados históricos y culturales son distintos en
cada región.
El carácter único de la experiencia española en el Noroeste proviene de las
culturas nativas de la región. El mundo con el que se encontraron los españoles
no era el producto de su propia construcción ni tampoco similar al que ya habí­
an conquistado, sino el de los pueblos nativos de la zona, creado por ellos antes
del arribo de los españoles y sin ninguna anticipación de su llegada. Además,
era un mundo dinámico. Las culturas aborígenes no eran ni rígidas ni estáticas,
sino el resultado de siglos de cambio y desarrollo. La variación también existía
dentro de este mundo, de modo que la conquista de Nuevo M éxico fue más
parecida a la de Mesoamérica que a la colonización del Noroeste de México.
Nuestra comprensión de la experiencia europea en el Noroeste y de las causas

1. El área cultural aborigen hoy incorporada a los Estados modernos de Sonora, Chihuahua,
Arizona, Nuevo M éxico, Sudoeste de Colorado, Sudeste de Utah y la zona del Transpecos fue llama­
da, durante 3 0 0 años, el Noroeste, primero de Nueva España y luego de M éxico. La mayor parte de
los autores norteamericanos se refiere a esta área cultural como el Sudoeste.
286 RANDALL H. M C G U I R E

que la diferenciaron de lo ocurrido en Mesoamérica depende del conocimiento


de las circunstancias heredadas del pasado aborigen. La arqueología proporcio­
na uno de los medios principales de acceder al conocimiento de este periodo, ya
transcurrido^.

LAS SOCIEDADES ORIGnSIARIAS Y EL ANÁLISIS HISTÓRICO

En el Altiplano mesoamericano los españoles encontraron ciudades-estado e im­


perios aborígenes bien organizados. El control centralizado y la jerarquía que
existía dentro de estas formas de gobierno facilitaron la rápida Conquista espa­
ñola, cuya expansión procedió reemplazando la élite gobernante indígena por
otra constituida por los europeos y sus aliados aborígenes. Una vez sometidos
los Estados mesoamericanos, los españoles modificaron las instituciones deriva­
das de la Reconquista y la estructura social aborigen existente, de modo que
unos pocos españoles pudieron gobernar, una gran masa de indios (Gibson,
1964: 167-168). Mediante la Conquista, la encomienda, el repartimiento y la do­
minación religiosa, un pequeño número de españoles pudo no sólo someter rápi­
damente sino también explotar a decenas de miles de indios en Mesoamérica
que ya estaban subordinados a los Estados indígenas. En cierto modo, esto pare­
ce paradójico, ya que las formas más poderosas de gobierno de la América del
Norte aborigen fueron las menos capaces de resistir la Conquista española.
Las formas de gobierno, las instituciones y las estrategias que con tanta rapi­
dez habían reducido a el Altiplano mesoamericano no dieron muy buen resulta­
do en el Norte. Los indios de esta región no estaban subordinados a Estados ya
existentes. La Conquista exigió el sojuzgamiento y la conversión aldea por al­
dea. Era difícil explotar el trabajo indígena. Enfrentadas al repartimiento, aldeas
enteras huían a otra región. Los españoles esclavizaban a los indios, a fin de ob­
tener mano de obra, pero el número de indios disponible era limitado. Por otra
parte, también debe tenerse en cuenta que los indios resistieron ferozmente a los
esclavistas y que, en general, no sobrevivieron mucho tiempo a la esclavitud. Por
eso, para obtener fuerza de trabajo fiable, los españoles debieron importar in­
dios «civilizados» del Sur, tales como los tlaxcaltecas, tarascos o mestizos (Ger-
hard, 1982: 25). Muchos de estos últimos se integraron con éxito en la comuni­
dad española (Gerhard, 1982: 27).
Las instituciones y los mecanismos de la Conquista sólo dieron algún resul­
tado, aunque limitado, entre los Pueblos de Nuevo México, y la estrategia espa­
ñola en el temprano Nuevo México fue la más parecida, en el Norte, a la de
Nueva España. Los españoles no encontraron Estados, sino un sistema de asen­
tamiento más concentrado que en cualquier otra zona del Norte de Nueva Espa­
ña, con extensos pueblos que pudieron haber albergado hasta 2 000 habitantes
cada uno. La conquista española de Nuevo México fue similar a la de Nueva Es-

2. Muchos nativos norteamericanos utilizan su religión, sus mitos y sus leyendas como el me­
dio principal de conocer este pasado. Esto lleva a una comprensión espiritual de la Prehistoria, muy
diferente de las inferencias de los arqueólogos.
SO CIEDADES S E D E N T A R I A S Y S E M I S E D E N T A Rl A S 287

paña en varios aspectos: la habilidad de un pequeño número de españoles para


conquistar una numerosa población aborigen, el uso de la encomienda, la con­
versión de los indios y la rapidez de la Conquista. Tal como ocurriera en Mesoa-
mérica, algunos cientos de españoles, apoyados por aliados indios, conquistaron
una población igual o superior a 60 000 indígenas (Spicer, 1962).
Hoy en día, el Noroeste de México se considera diferente del resto del país y
existe en la región una cultura norteña característica (León-Portilla, 1972). Los
habitantes de la región también difieren físicamente de los de México central. El
norteño es más alto, de tez más blanca y apariencia más europea que los mexica­
nos del Sur (León-Portilla, 1972: 111-112). Las numerosas distinciones raciales
del Sur, las castas, desaparecieron en el Norte durante el periodo colonial. Desde
el siglo X V II hasta hoy, la principal distinción étnica ha sido entre la «gente de
razón», descendiente de los europeos, y los indios (Gerhard, 1982: 27). La ma­
yoría de los norteños rechaza la ideología nacional del «indigenismo» y glorifi­
ca, en cambio, un origen español, en oposición al indio.

EL ÁREA CULTURAL D EL N O R O ESTE

El área cultural del Noroeste abarca las regiones situadas al Norte de Mesoamérica
donde los aborígenes vivían a lo largo del año en ciudades o aldeas y se dedicaban
a la alfarería, el tejido y al cultivo del maíz, del frijol y de la calabaza (Cordell,
1984: 2-4; Ortiz, 1979; 1983)^. Los límites de la agricultura definen todos los bor­
des de esta área excepto en el Sur, donde el Noroeste se funde con Mesoamérica. A
lo largo de este borde sur, el Noroeste se define por lo que le faltaba: Estados, am­
plios centros urbanos, escritura y arquitectura pública monumental. Definido así, el
Noroeste incluye toda la Arizona actual. Nuevo México, Sonora y Chihuahua, más
el ángulo sureste de Utah, Sudoeste de Colorado y el TransPecos (Ilustración 1).
Este enfoque tradicional define al Noroeste como una región, como un área
geográfica en el mapa. Pero los fenómenos culturales que deseamos estudiar no
sólo no se distribuyen uniformemente en ella o están presentes en todos sus pun-

3. La literatura antropológica y arqueológica del Noroeste, tanto en inglés como en español,


es literalmente inmensa e incluye cientos de libros y miles de artículos. Anderson (1982) señala más
de 4 5 0 0 referencias publicadas antes de 1977 sólo sobre la arqueología de la región. Para la mayoría
de los temas analizados en este trabajo he preferido citar artículos o libros de resmnen a los cuales el
lector puede recurrir para una discusión más profunda o para una bibliografía más extensa, más que
intentar una mención exhaustiva de fuentes. El resumen más completo de la antropología y la arque­
ología de la región puede hallarse en los dos volúmenes dedicados al área en el H an dbook o f North
American Indians de la Smithsonian Institution (Ortiz, 1 9 79; 1983). La revista más importante que
se publica sobre la región es The Kiva, que proviene del Arizona State Museum de Tucson, Arizona.
También aparecen frecuentemente artículos sobre la región en American Antiquity, American Anth-
ropologist y en Ethnohistory. La Universiry of New M éxico Press, de Albuquerque, Nuevo M éxico,
y la University of Arizona Press, de Tucson, Arizona, son las fuentes más importantes de libros y mo­
nografías sobre la región. La R io Grande Press de Glorieta, Nuevo M éxico, reimprime regularmente
muchos de los libros más antiguos y agotados sobre la región. El Centro Regional del Noroeste de
INAH, en Hermosillo, Sonora, publica una importante serie de monografías sobre la región llamada
«Noroeste de M éxico».
288 R A N D A L L H. M C G U I R E

tos, sino que, además, son fenómenos dinámicos: sus formas cambian y su aspec­
to varía a lo largo del tiempo. Los límites que trazamos alrededor del Noroeste,
que parecen claros y nítidos en un determinado momento, así como precisos a es­
cala continental, se vuelven borrosos, algunas veces fluctuantes y arbitrarios,
cuando los examinamos en detalle y a lo largo del tiempo. Una manera más pro­
ductiva de ver estos fenómenos culturales dinámicos es considerarlos como un
conjunto de relaciones entre grupos sociales. Estos grupos ocupan un espacio, un
medio ambiente particular, pero lo que define el área cultural son las relaciones
entre ellos, ya que el espacio se transforma con el transcurso del tiempo.
Técnicamente todo el Noroeste es un desierto. En toda la región, la tasa de
evaporación anual es mayor que la de precipitaciones. El clima varía considerable­
mente según la altura, haciéndose más húmedo y frío a medida que se asciende.
Las variaciones anuales de temperatura son extremas, con máximas estivales que
normalmente exceden los 42° en los desiertos bajos y con temperaturas invernales
que, en las zonas más altas, caen por debajo de los 0° con presencia de nieve.
También la topografía cambia drásticamente según la altura en distancias relativa­
mente cortas (2 500 m en 50 km), variación topográfica que crea un complejo mo­
saico de condiciones medioambientales. La totalidad de la región es apenas margi­
nalmente apta para la agricultura del maíz. Las áreas de cultivo están restringidas
a dos zonas: por una parte, una estrecha franja de elevaciones donde la precipita­
ción suficiente se combina con una estación de 120 días libres de heladas; por
otra, las áreas adonde es posible utilizar las crecidas de los ríos, los canales o los
dispositivos de recolección de agua para irrigar los campos. Aun las variaciones
climáticas menores, si duran algún tiempo, pueden aumentar o disminuir drástica­
mente el área apta para el cultivo, por lo que en el pasado produjeron efectos no­
tables en el desarrollo cultural de los pueblos prehistóricos.

SUBDIVISIONES EN EL ÁREA CULTURAL

Cualquier intento de definir el Noroeste como un área cultural resulta derrotado


por la diversidad cultural de la región. Muchos autores han intentado tipificar la
conocida diversidad etnográfica del área con dos contrastes: 1) entre agricultores
y nómadas, y 2) entre un Noroeste septentrional Alto, donde predominan los
pueblos, y un Noroeste meriodional Bajo donde predominan las rancherías (Or-
tiz, 1983). Las diferencias culturales que señalan estas distinciones son el pro­
ducto de una historia larga y dinámica.
Kirchoff (1954) puso de relieve que antes del año 1750 n.e. todos los grupos
culturales del territorio de Nuevo México y Arizona realizaban algunos cultivos,
mientras que casi la mitad de los grupos del Norte de México no practicaban la
agricultura. A partir de esto concluyó que el Sudoeste de los actuales Estados Uni­
dos estaba, de hecho, constituido por dos áreas delimitadas tanto culturalmente
como desde el punto de vista del medio ambiente: una América árida y seca y una
América «oasis», más húmeda. La primera se extendía hacia el Sur dentro de lo
que los españoles llamaban la Chichimeca, o sea «tierra de bárbaros», en que
abarcaba desde Culiacán, en el Este de Sinaloa, hasta Monterrey en Nuevo León.
SO CIEDADES SEDENTARIAS Y 5 E MI S E D E N T ARI AS 289

En el 1540 n.e. la América «oasis» que incluía la mayor parte de Axizona,


Nuevo México, Sonora y la mitad oeste de Chihuahua se vio invadida por una
oleada de chichimecas. Pero incluso en ese momento, este oasis era más un ar­
chipiélago que una isla, en la medida en que las poblaciones de agricultores per­
manentes y arraigadas se agrupaban en centros, rodeados por pueblos nómadas
que realizaban poca actividad de labranza y que, en lo esencial, dependían de la
caza y la recolección para su supervivencia. Stead Upham (1988) ha señalado la
presencia de estos grupos nómadas a lo largo de todo el periodo Formativo"* del
Noroeste y es muy probable que tenga razón. Sin embargo, es evidente que los
asentamientos agrícolas ocuparon, durante la mayor parte de ese periodo un
área más amplia de la que abarcaban hacia el 1540 n.e.
La zona del Alto Noroeste corresponde al ámbito de las comunidades pue­
blo del Sudoeste de Estados Unidos. Incluye a los indios pueblo de Nuevo M éxi­
co y Arizona, así como a los grupos atabascanos, más nómadas, y a los grupos
yuma de las tierras altas, que vivían alrededor de ellos. Los grupos pueblo com­
parten muchos aspectos de la cultura, entre ellos, el uso del adobe y de la piedra
en el armazón de las casas, los danzantes enmascarados, la agricultura intensiva
del maíz, las aldeas compactas y permanentes, y un conjunto característico de
oficios asi como una visión del mundo y un sistema ritual de gran alcance. Algu­
nos de estos aspectos aparecen también en los grupos nómadas, especialmente
los relacionados con la religión y la visión del mundo.
A pesar de las similitudes, estos grupos difieren mucho desde el punto de vis­
ta hngüístico (Ortiz, 1979). En el siglo x v : los pueblos, ubicados a lo largo del
río Grande en Nuevo M éxico, hablaban al menos seis lenguas distintas pertene­
cientes a dos familias lingüísticas: keresan y kiowa-tanoan. Cuatro de estas len­
guas — tiwa, tewa, towa y keresan— sobreviven todavía. Los pueblos del Oeste
de Nuevo México y Nordeste de Arizona hablaban tres lenguas — hopi, zuni y
keresan— procedentes, cada una de ellas, de una familia lingüística diferente:
uto-azteca, zuni y keresan, respectivamente. Todos los atabascanos (navajos y
apaches) hablaban dialectos de la familia lingüística del atabascano, oriunda del
Noroeste del Canadá, mientras que los yumas de las tierras altas (yavapai, hava-
supai y walapai) hablaban lenguas de la familia hokan (Ortiz, 1983).
El Bajo Noroeste difiere del alto tanto en términos del patrón cultural abori­
gen como en el modo en que los procesos históricos de los últimos 3 0 0 años lo
rehicieron. A excepción de los seri, que hablaban hokan, todos los pueblos nati­
vos del área hablan (o hablaban) una lengua uto-azteca. También, a excepción
de los seri, todos estos grupos vivían en asentamientos formados por casas dise­
minadas y eslabonados entre sí en lo que los españoles llamaron rancherías;
practicaban la agricultura del maíz y tenían organizaciones de parentesco bilate­
rales (Ortiz, 1983: 315). Todos los nativos de! Bajo Noroeste estuvieron sujetos
al proceso misional jesuita y a distintos grados de control político secular espa-

4. El término «Formativo» es el período equivalente, en el Nuevo Mundo, al Neolítico en Eu­


ropa. Se caracteriza por la producción de cerámica, por aldeas sedentarias agrícolas, pero también
por la falta de evidencia de civilizaciones. En el Noroeste el Formativo se extiende desde el 2 0 0 hasta
el 1540 n.e.
290 R A N D A L L H. M C G U I R E

ñol — y posteriormente mexicano— desde el 1600 en adelante. Este proceso co­


mún de hispanización rehizo sus culturas de un modo bastante diferente del de
los pueblos del Alto Sudoeste, que tuvieron una experiencia histórica disímil con
el español. Este largo periodo de aculturación hispana explica también por qué
sabemos mucho menos acerca de la cosmología aborigen y de sus sistemas de
creencias en el Bajo Noroeste que en el Alto.
La frontera entre México y Estados Unidos ha sido un factor importante en
nuestra comprensión de la arqueología, la historia y la etnología de esta región.
Los antropólogos, arqueólogos e historiadores mexicanos se han interesado pri­
mordialmente en las culturas más elaboradas del Centro y el Sur de México,
mientras que la mayor parte de los investigadores norteamericanos dudaron en
cruzar la frontera de México para trabajar. Como resultado de ello, los corpus
de investigación que existen sobre los pueblos nativos, tanto del Alto Noroeste
como de Mesoamérica, son mucho mayores que los que existen para el Bajo No­
roeste (McGuire, 1991).

EL N O R O ESTE EN EL AÑO 1500 N.E. ANTES DEL HOLOCAUSTO

Los grupos culturales sobrevivientes del Noroeste representan tan sólo una frac­
ción de la pluralidad cultural que había en la región hacia el 1500 n.e. La re­
construcción de los grupos y lenguas aborígenes en contacto en el Bajo Noroeste
— realizada por Sauer (1934)— muestra 2 7 grupos identificados en Sonora y
Chihuahua. A fines del siglo X IX este número ya se había reducido sustancial­
mente, com o muestran los trabajos de la mayoría de los etnógrafos, que sólo se­
ñalan ocho grupos existentes: el tepehuán del Norte, el tarahumara, el guarijío,
el mayo, el yaqui, el pima bajo, el seri y el pima alto (que incluye el «sand pápa-
go», el pápago y el «Gila River Pima») y un grupo que desapareció a comienzos
del siglo XV U I, el ópata (Spicer, 1962; Ortiz, 1983). Los grupos nómadas del
Este de Chihuahua, el suma, el jano, el jumano, el concho y otros, desaparecie­
ron hacia el 1750 n.e. y es poco lo que sabemos sobre sus culturas. Algunos de
los grupos desaparecidos en el siglo xvn fueron absorbidos en poblaciones mes­
tizas del norte de México, mientras que otros se fundieron con pueblos nativos
sobrevivientes (Ilustración 1).
Estos nueve grupos habían emergido como entidades identificadas y cir­
cunscritas hacia fines de siglo X V ii, en parte debido a la política y a las activida­
des misioneras de los jesuítas, que apuntaban a plasmarlos y a retenerlos como
grupos distintos (Sauer, 1934; 2). Los grupos más recientes lograron sobrevivir
a través de diferentes medios. Los yaqui y los mayo resistieron al español en
una serie de guerras que se prolongaron durante 300 años. Por su parte, los ya­
qui no aceptaron el dominio mexicano hasta principios del siglo X X . Los ta­
rahumara y los seri se retiraron a las montañas y al desierto costero respectiva­
mente, zonas remotas y de poca importancia para el español. El tepehuán del
N orte, el guarijío y el pima bajo sobrevivieron sólo como remanentes en los va­
lles solitarios de las montañas. El pima alto se trasladó al Norte de la frontera
internacional, donde se recrearon divisiones indígenas que se perpetuaron en
SO CIEDADES S E D E N T A R I A S Y S E M IS E D E N T A Rl A S 291

las reservas indígenas norteamericanas, para crear la tribu pima y la nación to-
hono o’odham (pápago).
Los grupos nativos del Alto Noroeste vivieron tan sólo un poco mejor que sus
hermanos del Sur. Cuando en 1598 se fundó la colonia de Nuevo México, había
alrededor de 134 pueblos, con una población total de 6 0 0 0 0 habitantes. Apenas
un poco siglo después, en 1706, sólo quedaban 18 pueblos, con una población to­
tal de 6 4 4 0 , sin incluir a los hopi (Ortiz, 1979: 254). En el mismo periodo entra­
ron en la región nuevos grupos aborígenes. Los asentamientos atabascanos más
antiguos que conocemos en dicha región datan de fines del siglo X V ; sin embargo,
muchos autores creen que habían penetrado en ella hacia el 1300 n.e. (Ortiz,
1983: 381). Hacia el 1620 n.e., los atabascanos que practicaban algo de agricul­
tura y que habían comenzado la cría de ovejas eran conocidos como navajos (apa­
ches de Navajo), mientras que al resto, principalmente cazadores y recolectores,
se les llamaba simplemente apaches. La caza del bisonte a la manera comanche se
inició en las planicies altas del Oriente de Nuevo México a principios del siglo
XVIII (Hall, 1989: 94). Tanto los atabascanos como los comanches vivieron al
margen del dominio español y hacia el siglo xvin estos jinetes sumamente móviles
habían logrado detener e incluso hacer retroceder el avance del español hacia el
Norte. Su número aumentó hasta el siglo X I X , momento en el que fueron reduci­
dos y forzados por el ejército norteamericano a entrar en reservas indígenas.

PROBLEM A S E TN O H IST Ó R IC O S. RECO N STRU C CIÓ N

Las primeras expediciones españolas al Noroeste tuvieron lugar entre 1536 y


1542. La más prominente de ellas fue la de Coronado, entre 1540 y 1542 (Sauer,
1971; Riley, 1987). Los anales que dejaron son sugerentes e intrincados, pero, fi­
nalmente, poco satisfactorios. Rara vez sabían dónde se encontraban y cien años
de debate académico no han sido suficientes para mejorar su ubicación. Estos es­
pañoles no eran científicos sociales y a menudo dejaron informes contradictorios,
vagos e incompletos. Con frecuencia, escribían estos textos décadas después del
acontecimiento, con el propósito de difamar o defender a algún participante. Por
otra parte, es preciso ser cauteloso acerca del uso que los españoles hacían de tér­
minos como «provincias», «reinos» y «naciones», ya que aplicaban a las muy di­
ferentes modalidades de organización aborigen las características de las entidades
políticas europeas. Cuando los españoles escribían acerca de la región de los in­
dios pueblo, sus informes alcanzaban mayor consistencia y los estudiosos actua­
les pueden determinar con alguna certeza dónde se encontraban^. En cuanto al

5. Tres son las razones que explican las notables mejoras en las observaciones españolas des­
pués de haber llegado hasta los pueblo. En primer lugar, los indios pueblo, con sus aldeas com pac­
tas, no les parecieron a los españoles tan extraños y salvajes como los habitantes de las rancherías
más móviles. En segundo lugar, la consistencia de los sitios pueblo hace que sean más fáciles de ha­
llar para los investigadores modernos; además, muchos de ellos están, todavía hoy, ocupados. Por
último, los pueblo constituían la meta de las expediciones, y la más importante, la de Coronado,
pasó cerca de dos años entre ellos.
292 R A N D A L L H. M C G U I R E

resto del Noroeste, habrá que esperar entre 50 y 150 años para disponer de infor­
mes fiables, consistentes y claros respecto a la ubicación de las poblaciones indí­
genas. En el periodo intermedio, la esclavitud y las epidemias pueden haber alte­
rado significativamente estas culturas (Reff, 1986; Hall, 1989).
Otro problema que plantea la reconstrucción del mundo aborigen en el mo­
mento de la llegada de los españoles proviene de nuestra noción de tribu. No es
en absoluto seguro que estos grupos se hayan considerado alguna vez a sí mis­
mos como unidades claramente delimitadas, consideración que correspondería
con nuestra noción de tribu. Ningún área conoció una organización política
efectiva, que uniera entre sí más de unos pocos poblados y, aun así, ese tipo de
organización era poco habitual (Spicer, 1962). Además la Conquista española
no sólo redujo la diversidad demográfica y cultural, sino que también creó nue­
vos agrupamientos étnicos e identidades culturales. No podemos contentarnos
sólo con proyectar hacia atrás en el tiempo los grupos culturales que encontra­
mos en los registros etnográficos; tampoco podemos suponer que la cultura de
estos grupos haya permanecido inalterada a lo largo de los últimos 400 años
(Sauer, 1934; Riley, 1987).

GRUPOS CULTURALES

Originalmente, los tarahumara o rarámuri, como preferían llamarse a sí mis­


mos, se asentaron a lo largo de los flancos orientales de la Sierra Madre Occi­
dental, en Chihuahua. Se cree que, en el momento del primer contacto con los
españoles — en 1607— , los tarahumara superaban las 20 000 almas (Spicer,
19 6 2 : 25 ). Vivían en pequeños asentamientos, rancherías de chozas cónicas he­
chas con ramas, y cultivaban mieses en las zonas altas, donde el agua de lluvia
era suficiente o bien era posible utilizar el agua de los arroyos para el cultivo
del maíz y del frijol y donde la estación propicia para el crecimiento de los cul­
tivos era lo suficientemente larga. Al igual que las rancherías tarahumara, estos
sitios estaban ampliamente diseminados en este medio ambiente. No existía
ninguna organización política por encima de la ranchería y cada una de ellas se
componía de varias casas relacionadas, bajo el liderazgo de un jefe y de un
consejo de ancianos. Los capitanes de guerra podían, en tiempos de conflicto,
unir varias aldeas bajo su mando. La cosmología aborigen tarahumara incluía
la creencia en un universo constituido por siete hileras, en el que la Tierra ocu­
paba la hilera del medio. La Tierra actual es la cuarta en una serie de mundos
y, al igual que sus predecesoras, está destinada a morir cuando envejezca, para
ser reemplazada por un nuevo mundo. Tras una rebelión contra el dominio
español en 1698 los tarahumara se retiraron para refugiarse en lo alto de la
sierra, donde aún hoy viven sus descendientes (Spicer, 1962; Sheridan y Nay-
lor, 1979).
Al igual que en 1600, los yaqui y los mayo viven todavía hoy a lo largo de la
costa sur de Sonora y el Norte de Sinaloa. Estos dos grupos estrechamente em­
parentados hablan dialectos de una lengua común, el cahita, pero históricamente
actuaron como grupos separado, tanto frente a los españoles como entre sí. Am­
SOCIEDADES S E D E N T A R I A S Y S E M IS E D E N T A RI AS 293

bos son los únicos supervivientes de más de 18 grupos dialectales del cahita exis­
tentes en el siglo xvi, que sumaban más de 6 0 0 0 0 personas (Sauer, 1934; Spicer,
1962). Los yaqui y los mayo sobrevivieron a pesar de la dominación hispana de­
bido a la absorción de otros grupos de lengua cahita y a su feroz resistencia mili­
tar. Miles de yaqui huyeron a Estados Unidos a comienzos del siglo x x con el fin
de escapar de los ejércitos mexicanos, y más de 5 000 viven todavía allí (Spicer,
1962) (Ilustración 1).
Con anterioridad a la reducción, los grupos cahita vivían en aldeas que rara
vez superaban los 250 habitantes, diseminadas a lo largo del río Yaqui y del río
Mayo, en el desierto de Sonora, y sobre los flancos occidentales de la Sierra M a­
dre Occidental. Estos poblados estaban constituidos por grupos de casas con te­
chos abovedados, cubiertos de ramas o de caña. Los cahita dependían para la
agricultura de la crecida anual de los ríos del desierto y es probable que cavaran
pequeños canales para llevar las aguas de las crecidas a los campos. También de­
pendían mucho de los alimentos del desierto, como el cactus columnario, el mez­
quite y las semillas de los pastos, así como de los recursos marinos: peces, tortu­
gas y mariscos. Cada aldea era políticamente autónoma, con jefes para la paz y
para la guerra. En los periodos de conflicto, muchas aldeas podían unirse bajo
un único jefe militar y, así, formar ejércitos de varios miles de hombres que lu­
chaban en formación. Poco se sabe de la cosmología prehispánica. Los indivi­
duos podían lograr un poder sobrenatural a través de visiones de animales y
aparentemente las pinturas en la tierra se destinaban a rituales de curación. La
formación de grupos tribales como los yaqui y los mayo parece ser la consecuen­
cia de la guerra que se extendió a lo largo del siglo xvi y de la llegada de los es­
pañoles (Beals, 1943; Spicer, 1962).
A lo largo de la costa de Sonora y al Norte de los grupos que hablaban en
cahita, se ubicaba un grupo que empleaba una lengua de la familia de los hokan,
los seri. Éstos constituían el único grupo migratorio no agricultor y recolector de
alimentos de Sonora. Estaban organizados en seis comunidades, que a su vez se
subdividían en pequeños clanes familiares. Es probable que en 1692 su número
alcanzara alrededor de 3 000 individuos. Su subsistencia dependía de una mezcla
de recursos marinos y terrestres. Vivían en relativa paz con los españoles, hasta
que alrededor de 1750 comenzaron a reaUzar frecuentes incursiones, a las que
los europeos respondieron con campañas genocidas de represalia. Este ciclo de
incursión y represalia continuó hasta comienzos del siglo X X y aun en 1920 se
registraron algunas matanzas ocasionales. Menos de 500 seri viven hoy a lo lar­
go de la costa de Sonora (Spicer, 1962).
Los pima del Noroeste u o’odham, como ellos mismos preferían llamarse,
se dividían en dos grupos: el pima alto y el bajo. Este último vivía en asenta­
mientos de rancherías diseminadas en la Sonora central, donde practicaban la
agricultura junto a los ríos y arroyos más importantes. Es probable que a co­
mienzos del siglo X V I hubiera de 6 000 a 9 000 individuos de este grupo. El
pima alto vivía en ambos lados de la actual frontera internacional y probable­
mente su número se elevara a unas 30 000 personas, diseminadas sobre una in­
mensa área, que se extendía desde el Colorado hasta el río San Pedro y desde el
río Gila hasta el San Miguel.
294 R A N D A L L H. M C G U I R E

Ilustración 1
GRUPOS ABORÍGEN ES EN EL N O R O ESTE EN EL 1600 N.E.

F u en te: R a n d a ll H . M c G u ire .

En el siglo xvii, las aldeas más grandes de los pima alto albergaban a más de
5 0 0 individuos, que vivían en precarias casas de techos cubiertos con caña o ra­
mas, diseminadas a lo largo de los principales ríos. En estos valles de los ríos del
desierto, los pima practicaban la agricultura de riego y se dedicaban al cultivo
del maíz, el frijol, la calabaza y el algodón. En los desiertos de Atizona occiden­
tal, los pima se trasladaban estacionalmente de las aldeas agrícolas estivales ubi­
cadas en los valles a las invernales, cerca de los manantiales de las montañas. En
las regiones más secas, muchos pima vivían como cazadores y recolectores. La
organización política normal más extensa debió reunir cerca de 1 500 personas.
Los jefes guerreros pima podían reclutar partidas de guerra de un centenar de
personas, pero en las rebeliones contra los españoles, en 1695 y en 1751, se abs­
tuvieron de realizar batallas campales, prefiriendo en su lugar las emboscadas y
las incursiones. Además de los jefes de aldea y de los jefes de guerra, los pima
poseían chamanes curanderos (de ambos sexos) que obtenían su poder de los
sueños. Por otra parte, muchas aldeas realizaban ceremonias comunales en tor­
no a temas relacionados con la lluvia y la fertilidad, que incluían danzantes en­
mascarados. El cosmos de los pima no está muy estructurado y el simbolismo
del color y de la dirección está muy poco desarrollado (Ortiz, 1983; Spicer,
S O C I E D A D E S S E D E N T A R I A S Y S E M IS E D E N T A R I AS 295

1962; Riley, 1987). Los españoles ocuparon los valles de los ríos sureños de los
pima alto y muchos huyeron al Norte del río Gila y al desierto occidental, donde
sus descendientes viven todavía hoy en los Estados Unidos, como los pima (áki-
mel o’odham) y los pápago (tóhono o’odham).
Los ópata, que vivían en los flancos de la Sierra Madre occidental en la So­
nora central, entre los pima alto y bajo, parecen haber llegado al área a fines del
siglo X V , provenientes del centro prehistórico de Casas Grandes, en el Noroeste
de Chihuahua. Se calcula que alrededor de 20 000 ópata vivían en un área de
menos de un tercio de la extensión que ocupaban los pima alto a comienzos del
siglo X V I (Ortiz, 1983: 320). Las primeras expediciones españolas encontraron
un conjunto de grandes aldeas en el Centro de Sonora, la mayoría de las cuales
eran probablemente ópata y el resto pima bajo*. Los anales de la expedición de
Coronado hablan de extensos campos irrigados, plantados con maíz, frijoles, ca­
labazas y algodón, y de las mayores densidades de población encontradas al Sur
de los pueblos. Aparentemente, estas aldeas estaban unidas por aÜanzas débiles,
capaces de movilizar a cientos de guerreros que podían, llegado el caso, enfren­
tarse entre sí. En 1564-1565, la expedición de Ibarra fue severamente castigada
en batallas libradas contra algunas de estas alianzas. La investigación arqueoló­
gica indica que las aldeas más importantes contenían varios cientos de casas,
construidas de adobe y ramas y sugiere que el número máximo de habitantes po­
dría medirse en centenas. Cuando los misioneros jesuitas llegaron al área, en la
segunda década del siglo X V II, los ópata vivían en rancherías dispersas compues­
tas de casas con techo de paja, muy similares a las de sus vecinos pima (Spicer,
1962: 99). Las epidemias son la causa más plausible del descenso demográfico y
del deterioro de la organización social, en los 50 años que separan ambos he­
chos (Reff, 1986; Riley, 1987). Los ópata desaparecieron como grupo cultural
definible a finales del siglo x ix (Ortiz, 1983).
Los yuma se extendieron a través del Oeste de Arizona y del Norte de Baja
California. Los grupos que vivían en el curso inferior de los ríos Colorado y
Gila, los yuma del río, cultivaban la tierra y eran semisedentarios. Los grupos
del Oeste de Arizona, los yuma de las tierras altas, eran nómadas y su subsisten­
cia dependía mucho más de los alimentos silvestres que^de la agricultura subsis­
tencia. Finalmente, los de Baja California eran cazadores y recolectores, y depen­
dían mucho de los recursos marinos.
Probablemente, los yuma ribereños llegaban a 15 000 o 20 000 en el mo­
mento del primer contacto con el español. Estos grupos plantaban la tríada ha­
bitual de cultivos, en las tierras inundadas por las crecidas primaverales del río
Colorado. En el verano se trasladaban a la planicie de inundación, donde vivían

6. Diversos investigadores (cf. Riley, 1987) han señalado que estos sitios constituían el domi­
nio de un jefe o un pequeño «Estado» con poblaciones que rondaban las centenas de personas, con
jefes hereditarios, templos, sacerdotes, sepulturas y casas de piedra con terraplenes. Estas interpreta­
ciones no se apoyan ni en los documentos de la expedición de Coronado ni en restos arqueológicos
conocidos (McGuire y Villalpando, 1989). En gran medida dependen de los informes de segunda
mano de origen desconocido de Bartolomé de las Casas y tom an al pie de la letra el informe de
Obregón de la expedición de Ibarra, escrito veinte años después de los hechos.
296 R A N D A L L H. M C G U I R E

dispersos en chozas de varas y enramadas. Durante el invierno se concentraban


en aldeas de hasta varios cientos de personas y vivían en casas subterráneas. En
1540 los yuma del río estaban divididos al menos en ocho tribus, que formaban
alianzas y guerreaban constantemente entre si. Una alianza yuma podía poner en
pie de guerra a cientos de combatientes que luchaban en escuadras organizadas
según el tipo de armamento, por el dominio del territorio. Las aldeas se agrupa­
ban en torno a cabecillas carismáticos y los jefes de guerra podían movilizar a
una tribu entera con el fin de librar batalla. La religión estaba basada en los sue­
ños y en la búsqueda, a través de ellos, del poder individual, tanto por parte de
los hombres como de las mujeres (Spicer, 1962; Riley, 1987; Ortiz, 1983). Va­
rias expediciones españolas tuvieron contactos con estos pueblos en los siglos
X V I y X V II y los jesuitas fundaron una misión en el río Colorado, en 1777. Los
yuma destruyeron esta misión y vivieron al margen del dominio europeo hasta
que, en el siglo x ix , el ejército de los Estados Unidos los redujo a las reservas in­
dígenas a lo largo del río Colorado, donde viven actualmente.
Los indios pueblo fueron llamados así por los españoles porque vivían en
asentamientos compactos y permanentes, formados por casas de varios pisos,
construidas con piedra y adobe. Su población alcanzaba las 2 000 personas. De
los grupos aborígenes del Noroeste, los pueblo eran los más sedentarios, tenían
la mayor densidad demográfica y la organización social más estructurada y for­
mada. En el siglo X V I, su población total ascendía a 60 000 habitantes, o incluso
superaba esta cifra (Spicer, 1962; Riley, 1987). Los diferentes grupos lingüísticos
que forman los indios pueblo de los actuales Nuevo México y Arizona, pueden
dividirse en dos: los pueblo orientales, que ocupaban una extensión de 600 km a
lo largo del río Grande, y los pueblo occidentales, que vivían en la meseta del
Colorado, que incluye el Oeste de Nuevo México y el Nordeste de Arizona. Es­
tos últimos sembraban maíz, frijoles, calabaza y algodón, en terrenos que reci­
bían los desagües de las «mesas» de la meseta del Colorado y en terrenos irriga­
dos, donde el agua corriente era accesible. Por su parte, los pueblo orientales
practicaban la agricultura de riego a lo largo del río Grande y de sus afluentes.
Los pueblo occidentales son todos matrilocales con clanes matrilineales, mien­
tras que la mayoría de los pueblo orientales son patrilineales, con un sistema
dual por mitades. En 1598, los españoles sometieron a los pueblo a su dominio.
Los pueblo orientales permanecieron siempre bajo su dominación, hasta la inde­
pendencia mexicana en 1821, excepto en el periodo de la revuelta pueblo (1680-
1692). A diferencia de éstos, la mayor parte de los pueblo occidentales, los hopi
y los zuni, nunca volvieron a estar sometidos al control efectivo español, o pos­
teriormente mexicano, después de 1680.
Todos los pueblo eran políticamente autónomos, si bien podían concentrar
alianzas con otras aldeas. En cada aldea los sacerdotes dirigían las actividades
religiosas. Era su deber mantener el ciclo del mundo, asegurar la fertilidad y las
lluvias. El cosmos de los pueblo está rigurosamente estructurado en niveles y el
simbolismo direccional y de color está muy desarrollado. Durante los ciclos reli­
giosos anuales se realizaban (y se realizan aún hoy) danzas rituales con másca­
ras, las danzas katsina. Los sacerdotes controlaban este conocimiento esotérico y
toda la vida de los pueblo estaba estructurada en torno al ciclo religioso. Los se­
SO CIEDADES SEDENTARIAS Y S E M IS E D E N T A R IA S 297

res míticos y sobrenaturales incluyen los gemelos, una serpiente emplumada y un


nuevo dios del fuego. Las guerras y las enfermedades introducidas por los espa­
ñoles diezmaron a ios pueblo, pero sus descendientes viven, todavía hoy, en
Nuevo México y Arizona (Spicer, 1962; Riley, 1987).
En 1530, los grupos aborígenes del Noroeste carecían de la organización
central y de la jerarquía características de los Estados aborígenes mesoamerica-
nos. En cierto modo, esta carencia los hizo más aptos para resistir a la conquista
española retardando, y finalmente deteniendo, el avance colonial. La forma y la
naturaleza de estas sociedades aborígenes habían diferido en la Prehistoria y es
probable que un periodo de integración y jerarquía mayores hubiera precedido
la llegada de los españoles a la región.

LA FUNCIÓN DE M ESO A M ÉRICA EN LA PREH ISTO RIA DEL N O R O EST E

Una gran parte de la cultura del Noroeste proviene claramente de Mesoamérica.


Así, el conjunto de los cultivos más importantes (maíz, frijol, calabaza y algodón),
la alfarería, muchos de los detalles de la arquitectura y muchos aspectos de la cos­
mología — un universo con varias hileras, la creación y la destrucción cíclica del
mundo— , al igual que las creencias religiosas — los mitos de los gemelos y de la ser­
piente emplumada— y los rituales — los danzantes enmascarados y la ceremonia
del fuego nuevo— , se originan claramente en Mesoamérica. De allí, los grupos del
Noroeste adoptaron estos y otros elementos y al hacerlo transformaron sus cultu­
ras. Lo hicieron, sin embargo, de un modo que sigue siendo típico del Noroeste.
Los sistemas sociales de Mesoamérica y del Noroeste eran similares a dos familias
de lenguas que comparten ciertos términos pero que difieren en la sintáxis. La natu­
raleza y la extensión de los lazos entre ambos variaron a lo largo del tiempo en pa­
ralelo a las fluctuaciones Norte-Sur de la frontera septentrional de Mesoamérica^.

LOS IN ICIOS DE LA AGRICULTURA EN EL N O R O ESTE

El primer maíz aparece en el Noroeste alrededor del año 1000 a.n.e., cuando las
poblaciones locales incorporaron este cultivo al ciclo de sus recolecciones. Du­
rante los 1 000 años siguientes parece haberse producido, entre estos pueblos ar­
caicos, una intensificación gradual de la agricultura. Entre el 200 a.n.e. y el 200
n.e. aparecen pequeñas casas subterráneas en una gran variedad de lugares del
Noroeste, pero la vida sedentaria y la producción de cerámica no parecen co­
menzar hacia el periodo que va del 200 al 300 n.e., si no más tarde. Existe poca
diferenciación regional en este patrón temprano, que aparenta ser la extensión
más norteña de un patrón mesoamericano.

7. Muchos antropólogos y arqueólogos que trabajan en el Noroeste ven esta región tan sólo
como una extensión del área cultural mesoamericana. Para una discusión más detallada de ambos
puntos de vista sobre este problema, véanse los artículos citados en Mathien y M cGuire, 1986.
298 RANDALL H. M C G U I R E

Las tradiciones agrícolas del Noroeste reflejaban un cambio que comenzó


alrededor del 200 a.n.e., con el advenimiento de la tradición Chupícuaro en El
Bajío de M éxico. Esta tradición sirvió de base a desarrollos distintivos poste­
riores en el Occidente y en el Sudoeste de México (Braniff, 1974). Chupícuaro
y sus derivados se esparcieron primero hacia el Occidente y luego hacia el
Norte, al pie de las montañas de la Sierra Madre, a lo largo de importantes
cuencas del Norte de México para luego — después de franquear una brecha de
territorio árido y escarpado— hacerlo en Arizona y Nuevo M éxico. Una serie
simultánea o posiblemente posterior de transformaciones se produjo a lo largo
de la franja costera que mira al mar, en la Sierra Madre occidental. Las in­
fluencias mesoamericanas que los arqueólogos relacionan con este cambio eco­
nómico y social van desde un conjunto de influencias básicas (el maíz, la alfa­
rería) hasta otras, de índole más sutil (elementos iconográficos altamente
estilizados y alterados). Kelley (1966) y Braniff (1974) han puesto de relieve
sorprendentes similitudes cerámicas desde Chupícuaro hasta el Noroeste, a
través del Norte de México.

E L DESARROLLO DE TRAD ICIO N ES REGIONALES (3 00-900 N.E.)

Aproximadamente en el 300 n.e. comenzamos a observar la diferenciación del


Noroeste a partir de las sociedades del Sur, así como la diferenciación interna,
dentro del Noroeste, entre tradiciones regionales. LFna tradición anasazi surge en
la meseta del Colorado; una tradición mogollón en las montañas y otra, hoho-
kam, en los desiertos bajos*. Cada una de ellas se manifiesta como un patrón re­
lativamente uniforme de estilos cerámicos, arquitectura, subsistencia, ritual y or­
ganización social, diseminado en amplias zonas del Noroeste. En la segunda
mitad de este periodo (del 600 al 900 n.e.) una diferenciación regional creciente
creó subdivisiones en las tradiciones existentes y produjo el surgimiento de otras
más pequeñas, tales como la sinagua, la trincheras, la seri, la huatabampo y la
patayán, que no encajan muy bien en los límites que definen a las tradiciones
más amplias (Ilustración 2). El contacto entre estas tradiciones era más intenso
en los sitios donde se encontraban y los límites entre ellas, que parecen bastante
notorios en im análisis a gran escala del Noroeste, se tornan difusos y desapare­
cen cuando se ios examina en el ámbito local. Existen algunas pruebas de la
existencia de comercio entre estas tradiciones, especialmente de minerales, tales
como la turquesa, de joyería de concha y algo de cerámica.

8. Las primeras síntesis de la Prehistoria del Noroeste identifican el comienzo de estas tres tra­
diciones en este momento y luego tratan acerca del resto de la Prehistoria del Noroeste en términos de
ellas (por ejemplo, Cordell, 1984). A medida que se ha obtenido mayor información sobre la Prehisto­
ria del Noroeste se ha hecho cada vez más obvio que esta división tripartita es significativa para el pe­
riodo que va entre el 300 y el 900 n.e., pero hacia el 900 la diversidad de las culturas del Noroeste es
demasiado grande como para acomodarse a este modelo. La interpretación de la historia cultural que
aquí he propuesto refleja mi colaboración con otros participantes del Seminario sobre la Evolución y
Organización de la Sociedad del Sudoeste, del Instituto de Santa Fe, realizado en octubre de 1990.
Deseo dar las gracias especialmente a Norm an Yoffe, Jonathan Haas, Jerry Levy y Alan Ladd.
SO CIEDADES SEDENTARIAS Y S E M IS E D E N T A RI AS 299

Ilustración 2
TRA D IC IO N ES REGIONALES EN EL N O R O EST E (300 - 9 0 0 N.E.)

La distribución de la cerámica negro-sobre-blanco con un conjunto distinti­


vo de estilos de diseño define a la tradición anasazi. En el año 300 n.e. los anasa-
zi vivían en casas subterráneas redondas y profundas, organizadas en asenta­
mientos muy dispersos, algunas veces empalizados, que contenían entre 2 y 35
de estas viviendas. Se supone que en las aldeas más importantes las casas
subterráneas más grandes — consideradas como grandes cámaras de ceremonias
o «kivas»— constituían estructuras ceremoniales locales o de la aldea. En la se­
gunda mitad del periodo — del 6 00 al 900 n.e.— los anasazi comenzaron a cons­
truir habitaciones rectangulares de superficie primero de jacal y luego de piedra.
Al final de este periodo, un asentamiento típico estaba constituido por numero­
sas habitaciones contiguas, funcionalmente distintas (almacenamiento, vivienda,
molienda de maíz), sobre el suelo, con una habitación subterránea circular y es­
pecial llamada «kiva». Los asentamientos más amplios estaban formados por
una serie de estas unidades diseminadas en forma de una línea o de un arco con
hasta 3 00 habitaciones. La población anasazi parece haber crecido entre los
años 3 00 y 9 00 , y en los alrededores del 9 00 n.e. los asentamientos aparecen es­
parcidos por casi toda la meseta del Colorado. Existe poca evidencia de integra­
ción o de organización regional. En el periodo que va del 600 al 900 n.e. apare­
300 R A N D A L L H. M C G U I R E

cieron entre los anasazi subregiones diferenciadas que, a lo largo de esos 300
años, se hicieron cada vez más distintas. Las tendencias dominantes del próximo
periodo nacerían de esta diversidad.
En las tierras altas de Mogollón, al Sur de los anasazi y extendiéndose en un
largo arco desde allí hasta la Sierra Madre de Sonora y de Chihuahua, se desa­
rrolla una tradición mogollón. Los pueblos de esta tradición realizaban cerámica
color café y en la segunda mitad del periodo le agregaron dibujos, a menudo
cuadriculados en pintura roja. En la primera mitad del periodo, las casas son
subterráneas y circulares, con entradas en forma de rampa, mientras que en la
última mitad son viviendas subterráneas de planta cuadrada, con entrada en for­
ma de rampa. Alrededor del 900 n.e. muchos mogollón habían comenzado a
construir pueblos en la superficie como, los de los anasazi, y a realizar cerámica
negro-sobre-blanco. A través de este periodo, la mayoría de los asentamientos
son sólo un puñado de casas, pero las aldeas más importantes tienen hasta cin­
cuenta casas, con una gran «kiva» asociada. Al igual que entre los anasazi, en la
tradición mogollón surgen subregiones diferenciadas que siguen cada vez más su
propio curso de desarrollo.
La tradición agrícola temprana del desierto de Sonora suele denominarse ho-
hokam e interpretarse en términos de los desarrollos en Atizona del Sur (Haury,
1976; Crown, 1990). Sin embargo, a medida que aumenta nuestro conocimiento
de la arqueología de Sonora, este enfoque parece cada vez más limitado (Braniff,
1985; Álvarez, 1985; Villalpando, 1985). En el periodo que va del 300 al 700
n.e., los desarrollos en Atizona del Sur parecen ser la expresión más norteña de
una tradición Sonora que se extiende desde el río Fuerte, en Sinaloa, hasta la
Atizona central. Las culturas de esta tradición Sonora tienen en común las casas
con techos de vara y construidas en pozos poco profundos, un estilo de figurillas
y una cerámica finamente realizada de color café a gris. Sus emplazamientos se
ubicaban en las inmediaciones de los ríos mayores, en cuyas llanuras de inunda­
ción era posible sembrar maíz. Por otra parte, esta tradición desarrolló un con­
junto distintivo de joyería de conchas marinas que es similar, estilísticamente,
desde el Norte de Sinaloa hasta la Arizona central.
Entre el 700 y el 9 00 n.e. esta tradición se descompuso en cuatro variantes
regionales mayores, la tohokam, la trincheras, la seri y la huatabampo. La hoho-
kam se distingue por el uso de la paleta y el yunque en la producción de cerámi­
ca color de ante con dibujos rojos, la irrigación mediante canales, los amplios
campos ovalados destinados al juego de pelota, la cremación de los muertos, un
conjunto distintivo de artefactos mortuorios que incluían incensarios y paletas, y
por el uso de montículos en forma de plataforma. Esta tradición comienza alre­
dedor del 700 n.e. en el área de Phoenix, Arizona, y hacia el 900 se propaga por
casi todo el centro de Arizona. Incluye aldeas de hasta 200 casas. En cuanto a la
tradición trincheras, ésta se desarrolló justo al sur de la hohokam y se caracteri­
zó por un tipo particular de cerámica de color café, raspada y en forma de glo­
bo, pintada con dibujos de color púrpura, y por la cremación de los muertos.
Sus asentamientos eran, en general, más pequeños que los hohokam, ubicados al
Norte. Por otra parte, aparece, a lo largo de la costa de Sonora central, una cerá­
mica delgada, raspada y en forma de globo que, aunque similar a la trincheras y
SOCIEDADES S E D E N T A R I A S Y S E M I S E D E N T A RI A S 301

huatabampo, se asocia con una población cazadora y recolectora que, según al­
gunos autores, es antecesora de los seri (Villalpando, 1984). Finalmente, en el le­
jano límite sur de Sonora apareció una tradición distintiva, la huatabampo, con
cerámica roja con raspaduras de concha, casas de adobe efímeras y ceremonias
de inhumación. Este pueblo construyó sus aldeas con plazas comunales y montí­
culos de desechos y parece haber dependido más de los recursos marinos que de
la agricultura. La tradición huatabampo desaparece alrededor del año 1000. Los
hohokam, los trincheras y los huatabampo siguen realizando una joyería de con­
chas muy similar, con la que comercian en el Noroeste. Estas tradiciones ofrecen
la prueba más importante del contacto con Mesoamérica. Prueba de ello son el
estilo y la aparición de artículos de comercio mesoamericano, tales como los cas­
cabeles de cobre y los papagayos.
En el Norte de Arizona las tres tradiciones mayores se encuentran cerca de
Flagstaff, Arizona, donde se desarrolló una tradición local, la sinagua. Ésta co­
mienza alrededor del año 500 y exhibe características de las tres tradiciones ma­
yores. Los sinagua mezclaron esas características en una tradición distintiva pro­
pia (Cordell, 1984: 79-81).
En la mitad oeste de Arizona y en el Sudeste de California aparece después
del 500 n.e. una tradición patayán. Este pueblo producía una cerámica color de
ante con paleta y yunque, generalmente sin decoración. Al principio estas pobla­
ciones se agruparon alrededor de un lago de agua dulce, el Cahuilla, en el Sur de
California. Hacia el 1150 n.e., esta tradición se propaga hacia el Norte, hasta el
río Colorado y al Oriente, hacia los hohokam. Alrededor del 1400, la salinidad
del lago Cahuilla había aumentado tanto, que las poblaciones debieron abando­
narlo para trasladarse al río Colorado. Existe consenso acerca de que esta tradi­
ción es antecesora de los yuma del periodo histórico.

EL D ESARRO LLO DE C E N T R O S REGIONALES (90 0 -1 2 0 0 N.E.)

Los años que van del 900 al 1200 vieron, en cada una de las tradiciones mayo­
res, el desarrollo y la posterior decadencia de centros regionales complejos, que
formaban el núcleo de sistemas regionales amplios y altamente centralizados.
Estos centros no surgieron como resultado de tendencias dominantes en cada
tradición, sino que más bien resultaron de la elaboración de desarrollos locales
en una de las subregiones de las tradiciones. Los tres sistemas regionales, el ho­
hokam, el chaco (anasazi) y el mimbris (mogollón), son todos bastante amplios
en relación con los estándares del Noroeste (Ilustración 3). El sistema regional
chaco cubre un área de alrededor de 75 000 km^ (Vivian, 1990: 348); el sistema
regional hohokam, un área de alrededor de 100 000 km^ (Crov^rn, 1990: 2 24), y
el mimbris, una de alrededor de 56 000 km^. La distribución de rasgos arquitec­
tónicos, de cerámica o de tipos de asentamientos, señala los límites de cada uno
de estos sistemas. Así definidos, estos límites son aparentemente más nítidos
que los de las tradiciones más tempranas y dan la impresión de una separación
entre sociedades fuera del sistema y sociedades dentro de él. Esta situación di­
fiere de la de tiempos más remotos, en los que las tradiciones se confundían y
302 RANDALL H. M C G U I R E

Ilustración 3
SISTEM AS REGIONALES EN EL N O R O EST E (900 - 1 2 0 0 N.E.)

no había límites claros. Cada uno de estos sistemas tiene también un núcleo o
parte central precisa, con un área periférica que lo rodea. Las características de-
finitorias del sistema parecen originarse en ese centro y las periferias parecen es­
tar ligadas a él. La mayoría de los arqueólogos opina que estos sistemas unían
múltiples grupos étnicos y culturales. A pesar de la dimensión de estos tres sis­
temas, la mayor parte del Noroeste — en términos de área, sin duda, y proba­
blemente también en términos de población— se encuentra fuera de ellos.
En el siglo X n.e. la frontera norte de Mesoamérica se desplazó hacia el Nor­
te, hacia los modernos Estados mexicanos de Sinaloa y Durango. En el Norte de
Sinaloa, la tradición guasave reemplaza a la huatabampo, pero se ignora qué
ocurre en los valles de los ríos Yaqui y del bajo Mayo de Sonora, desde ese mo­
mento hasta el periodo histórico. Del otro lado de la Sierra Madre Occidental, la
tradición chalchihuites se expandió hacia el Norte en Durango casi hasta la
frontera con Chihuahua. Las mercaderías y los estilos mesoamericanos aparecen
sobre todo entre los hohokam, existiendo menor evidencia de contactos con los
sistemas mimbris y chaco, respectivamente. Se ha sugerido que la comercializa­
ción de la turquesa del Noroeste hacia el Sur, en Mesoamérica, comenzó en este
periodo, o incluso antes (Kelley, 1986) (Ilustración 3).
SOCIEDADES SEDENTARIAS Y S E M I S E D E N T A Rl AS 303

H O H OKA M

El núcleo o centro del sistema regional hohokam se encuentra en la cuenca de


Phoenix (Haury, 1976; Crown, 1990; Gumerman, 1991). Esta área tiene gran­
des pueblos, que contenían hasta 500 casas diseminadas y que estaban diferen­
ciados internamente con recintos domésticos y ceremoniales. Los sitios tenían
una jerarquía diferente, según el número de canchas de pelota que contuvieran.
Existían así aldeas con múltiples canchas de pelota; otras con sólo una y asenta­
mientos carentes de ellas. Un conjunto mortuorio distintivo, que incluye incensa­
rios, paletas, conchas grabadas al ácido y brazaletes de conchas, aparece en las
cremaciones hohokam. Hacia fines de este periodo, la red de irrigación alcanza
su máxima extensión e incluye acequias de hasta 32 km de largo y 23 m de an­
cho, que llevan agua a campos situados hasta a 11 km del río. Los hohokam
extendieron sus sitios a intervalos regulares, a lo largo de estas acequias. Los
pueblos más amplios incluyen canchas de pelota y montículos de plataforma.
Existen pocas pruebas de una organización política que uniera la totalidad de la
cuenca. Los estilos cerámicos, la iconografía y los aspectos de la cultura material
(tales como las canchas de pelota, los cascabeles de cobre y los papagayos) su­
gieren lazos indirectos con Mesoamérica o, a lo sumo, con una cadena de sitios
en Sonora.
Un sustrato ideológico y social parece enlazar todo el sistema, en el que las
canchas de pelota constituyen el centro físico principal de esas relaciones. Alrede­
dor del año 1100, algo más de 2 06 canchas de pelota, distribuidas en forma con­
tigua en más de 165 asentamientos, definen los límites del sistema (Crown, 1990:
233). Por otra parte, algunas canchas de pelota aparecen en posibles avanzadas
de comercio, un poco más allá de los límites del sistema. Los hohokam de la
cuenca de Phoenix obtenían conchas marinas del golfo de California, las conver­
tían en joyería y las comercializaban en un área ligeramente mayor que la zona
delimitada por las canchas de pelota. La mayor parte de la producción de con­
chas tuvo lugar en la periferia de Papaguería, pero hubo también algo de produc­
ción en las cuencas de Phoenix y de Tucson. A pesar de las relaciones ideológicas
y de intercambio que conectaban las áreas periféricas, existen diferencias conside­
rables entre estas áreas y el núcleo. Durante este periodo, la cultura material de
las áreas periféricas se diferencia cada vez más de la de la cuenca del Phoenix, de
modo que la variabilidad se incrementa con el tiempo.

CHACO

El núcleo de este sistema regional se encuentra en el cañón del Chaco, en el cen­


tro de la cuenca del mismo nombre, en la planicie del Colorado (Vivian, 1990).
Fue aquí donde los chaco construyeron diez «casas grandes», construcciones
masivas de un tamaño que iba de 200 a 800 habitaciones. Estas casas grandes
parecen pueblos con habitaciones cuadradas o rectangulares y con kivas redon­
das. La mayoría de las habitaciones son mucho más amplias que cualquier otra
existente en la Prehistoria del Alto Noroeste y la mayoría parece tener almace­
304 RANDALL H. M C G U I R E

nes. La falta de fogones en la mayoría de ellas ha llevado a muchos investigado­


res a concluir que estas estructuras albergaban mucha menos gente de lo que el
número de habitaciones podría sugerir. Una diversidad de artefactos, vasijas ci­
lindricas, conchas, cerámica cloisonné, papagayos y cascabeles de cobre aparece
exclusiva o predominantemente en las grandes casas del cañón. La mayoría de
estas «casas grandes» tenía una gran kiva, y dos de ellas incluían dos de estas
grandes estructuras comunales. Entre estas «casas grandes» se encuentran dise­
minados una variedad de elementos arquitectónicos especiales, que incluyen
montículos de plataforma y estructuras con tres paredes. Además, a lo largo de
la zona aluvial del cañón aparecen tres grandes kivas aisladas. También en el ca­
ñón hay sitios de aldeas menores, especialmente a lo largo de la ribera sur de la
zona aluvial.
En el cañón, las prácticas agrícolas eran intensivas. Había complejos siste­
mas de gestión de agua, que aunque de pequeña escala, recolectaban el agua de
los altos de la meseta para conducirla a los campos situados más abajo, en el
cañón. Desde éste partían siete caminos, que unían el cañón con los asenta­
mientos ubicados fuera de él. Estos caminos pueden llegar a tener varios me­
tros de ancho y hasta 80 km de largo. Corren en línea recta, a través de mese­
tas y aluviones, y están construidos para mantener las superficies a nivel. Los
asentamientos al final de estos caminos (y más allá también) muestran un pa­
trón consistente, al igual que los del cañón. Tienen una arquitectura de casas
grandes y están construidos en medio de pequeñas aldeas, semejantes a las del
cañón.
Al parecer, el cañón actuaba como una especie de imán para los bienes
provenientes tanto del interior como del exterior del sistema. Grandes cantida­
des de cerámica pintada entraron en el cañón desde el exterior. Las casas gran­
des utilizaban miles de vigas de abetos y pinos, la mayoría de las cuales tienen
que haber sido traídas desde las montañas ubicadas al final de la red vial. La
turquesa provenía de la mina Cerrios, cerca de Santa Fe, Nuevo M éxico. Es
muy probable que las conchas provenientes del golfo de California llegaran a
través del área de los mimbris. Los objetos más exóticos — cascabeles de cobre,
papagayos— eran originarios de Mesoamérica. Algunos objetos y rasgos me-
soamericanos (como las columnatas) aparecen como elementos excepcionales
en la cultura del Chaco, en contraste con su papel fundamental en el patrón
hohok