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Reformas Borbónicas en el Virreinato

Reformas Borbónicas en el Virreinato:


En 1700 muere Carlos II de Habsburgo, comienza la Guerra de Sucesión en Europa, entre los Habsburgo y los Borbones de
Francia. Finaliza con la paz de Utrecht en 1713.
Los Habsburgo recibieron los Países Bajos, Cerdeña, Milán y Nápoles.
Inglaterra (aliada desde un primer momento de los primeros) obtuvo algunas posesiones en Europa y América. Además
obtuvo el privilegio del comercio de esclavos en el virreinato durante 30 años, más la posibilidad de ingresar un barco
anualmente con 500t. de mercancías para comerciar con las colonias.
Los Borbones consiguieron la corona de España y su imperio de ultramar.(Rey Carlos III de España)
La nueva dinastía decidió aplicar una serie de medidas para revertir la decadencia del imperio español y por lo tanto
aplicaron algunas reformas políticas, militares y eclesiásticas.

La principal preocupación del grupo de ministros encargados de la recuperación del país, fue el progreso económico de las
colonias y el país.

Se promovió y protegió la industria manufacturera dentro de España.


Se desarrolló la marina de guerra, con nuevos barcos y armas.
Se aprovisionó y reorganizó el ejército.
Se fomentó la agricultura, producto de las nuevas ideas francesa sobre la fisiocracia. También se incentivó la actividad
ganadera.
Se crearon nuevos monopolios, como por ejemplo el del tabaco.(se fijaba una zona de plantación de tabaco, y se obligaba a
los cultivadores a venderlos solamente a España)
Se aumentó la presión sobre los tributos exigidos a los indígenas.
Se aumentó la explotación y exportación de productos coloniales tales como el azúcar de Cuba, el cacao de Venezuela , la
plata extraída del Potosí y el cuero del Río de la Plata.
Se separaron dos territorios dentro del virreinato del Perú llamado virreinato uno, Río de la Plata, con 8 intendencias
internas con capital en Buenos Aires; y otro llamado virreinato de Nueva Granada. La intensión de esta medida era la de
asegurar un mejor dominio y defensa de esta zona austral, contra las potencias extranjeras, como Inglaterra y Portugal, que
amenazaban con el contrabando de diversas mercancías. Se creó el primer consulado para el fomento del comercio
colonial. El primer cónsul fue el abogado Manuel Belgrano.
Se ampliaron a 24 la cantidad de puertos abiertos al comercio con la metrópoli que hasta ese entonces eras sólo dos. La
intensión era conseguir una relación comercial más fluida con las colonias, de tal manera que el comercio ilegal
disminuyera.
Resultados y Consecuencias de la Reforma:

Descontento de una gran parte de la población como los criollos y mestizos debido a la gran presión tributaria.
Conflictos internos en las colonias porque los criollos seguían sin poder acceder a cargos administrativos y de gobierno.
Las colonias seguían desabastecidas porque las potencias extranjeras dominaban los mares y asaltaban los barcos
españoles.
España consiente de la imposibilidad de abastecer las colonias permite el ingreso de mercadería desde otra procedencia
distinta de la metrópolis. Esto mostraba cierto grado de debilidad de la potencia española sobre sus colonias.
Aumento importante de los ingresos fiscales para la colonia.
Mejoramiento del ejército español. Se recuperó la Colonia de Sacramento en manos de los portugueses.(otro centro de
contrabando comercial)
Había evidencias del debilitamiento en el control metrópolis – colonias, por lo tanto las potencias veían una buena
oportunidad para ampliar su comercio ultramarino.
Para contrarrestar estos conflictos España trata de dominar la situación por medio de la fuerza a través de sus ejército, con
la intención de someter a todas las instituciones que ofrecen resistencia a la reforma imperial, y una de ellas fue la iglesia.
Como muestra de esta medida, se tiene la expulsión de las misiones jesuíticas de toda la América española en 1767.

Contexto Internacional:

Desde la instalación de los Borbones en el trono español, España estuvo aliada a Francia por lazos familiares.
Ambos países se unieron para competir con Inglaterra.
Napoleón inicia una lucha territorial en todo Europa tratando de conseguir el control comercial del continente y de sus
colonias.
Inglaterra también tenía las mismas intenciones monopólicas.
Ambas potencias se encuentran en 1805 en la batalla de Trafalgar, donde los ingleses tiene una importante victoria frente a
los españoles, quedando dueños únicos de los mares.
Inglaterra bloquea todos los puertos de Europa que quieran comerciar con Francia.
Napoleón responde con un bloqueo a la isla anglosajona, quedando ésta aislada.
Portugal, antigua aliada de Inglaterra trata de auxiliar a los ingleses. Napoleón pide a la corona de España para pasar por su
país y poder atacar a los portugueses.
En 1808, estando las fuerzas de Francia dentro de España, estas se vuelven contra la corona española y toma cautivo al rey
Carlos IV. Aquí comienza la crisis colonial y el movimiento de independencia de los territorios del Río de la Plata.
Otros Movimientos Importantes Simultáneos:

Existieron varios conflictos dentro y fuera de Europa que crearon una visión mas clara de las formas tradicionales de
gobierno, poniendo en duda la legitimidad de las monarquías.

1776 Las colonias de América del Norte se emancipan de Inglaterra, mostrándole a otras colonias que la gran potencia
inglesa también tenía fisuras y debilidades para controlar y someter sus otros asentamientos.

1780 En Perú los indígenas y mestizos se sublevan contra la Corona, comandados por Tupac Amaruc. Reclamaron contra la
total explotación en los régimen de mita y encomienda. Este conflicto ganó total adhesión de miles de indígenas de no
soportaban el sistema. La rebelión fue sofocada y el cuerpo de Tupac Amaruc fue descuartizado y sus partes diseminadas
por varias plazas de la región.

1789 Estalla en Francia la Revolución Francesa, el gran triunfo de la burguesía sobre un sistema opresor y totalitario como
era la monarquía de Luis XVI. Se difunden nuevas ideas sobre la libertad, igualdad y fraternidad de los pueblos, cuyos
promotores habían sido los hombres de la ilustración francesa.

1791 Se sublevan los esclavos negros de la colonia francesa de Santo Domingo. Luego de años de lucha en 1804 se
independizan formando el estado de Haití, el primer país negro en América.

1808 La monarquía de Carlos IV de España permite el paso de los ejércitos de Napoleón por su territorio para atacar a
Portugal. Esta actitud hace que el pueblo español se rebele contra la Corona y obligue a abdicar al rey colocando a su hijo
Fernando VII en el trono de España.

1809 En Chuquisaca estalló un movimiento revolucionario, que más tarde se extendió hasta La Paz, y adquirió matices
netamente antipeninsulares, antimonárquicos e independentistas. Esta oposición fue revertida por la acción en conjunto de
Cisneros y el virrey del Perú.

Invasiones Inglesas Al Río De La Plata:

1806 Primera Invasión Inglesa: La Reconquista

Sobremonte es virrey. El gobernador de Montevideo avisa del peligro inminente, pero el virrey convencido de que los
buques de gran calado no podrían llegar a Bs.As., se limitó a enviar sólo 300 milicianos a Montevideo, sin proteger
adecuadamente la ciudad de Bs.As. Santiago de Liniers no pudo defender la ciudad, y Beresford la toma sin grandes
esfuerzos. Ante la gravedad de la situación el virrey Sobremonte y otros funcionarios huyen hacia Córdoba. Los ingleses se
instalaron en el fuerte local, enarbolando la bandera inglesa. Más tarde Liniers,(un oficial francés al servicio de la corona
española) organiza la reconquista, con la ayuda de Martín de Pueyrredón. Luego de vencidos los ingleses, Liniers es
proclamado como nuevo virrey, pidiendo que Sobremonte no regrese a la ciudad, ya que se había resuelto privarlo de todo
mando militar y administrativo.

1807 Segunda Invasión Inglesa: La Defensa

Los ingleses a fines de 1806 recibieron un importante refuerzo y atacaron Montevideo, al mando del general Whitelocke,
dominando a los españoles. En junio 1807 entraron a la ciudad, pero el pueblo al mando del alcalde Martín de Alzaga, junto
a la milicia (que había sido vencida dos veces pocos días antes), se prepararon para ofrecer una enconada resistencia,
porque no estaban dispuestos a ser avasallados. Dos meses después los ingleses debieron abandonar el Río de la Plata.
Estos triunfos abrieron el camino a los criollos para comenzar a pensar seriamente en la emancipación de España.

Consecuencias:

Dejó a las claras que las tropas metropolitanas eran incapaces de defender las colonias.
Hubo un resentimiento popular en repudio a la actitud de los funcionarios de gobierno que habían escapado del ataque
inglés.
Creció un espíritu guerrero en la gente (criollos) que habían colaborado en la defensa de la ciudad. Como así también
crecieron ideas de unión y fraternidad entre los ciudadanos porteños.
Se gestaron ideas revolucionarias de independencia de España.
Se creó una nutrido ejército formado por criollos para la defensa local.
El gobierno seguía en manos de los peninsulares, que eran los grandes comerciantes monopolistas y los criollos seguían sin
poder acceder a estos cargos.

LAS REFORMAS BORBÓNICAS

Arturo Gómez Alarcón


Se denomina así al conjunto de grandes cambios económicos, políticos y administrativos que impulsaron losreyes borbones
de España, durante el siglo XVIII, para la metrópoli y sus colonias.

Estas reformas fueron iniciadas por Felipe V (1700-1746), continuadas por Fernando VI (1746-1759) y desarrolladas
principalmente por Carlos III (1759-1788). Los objetivos fueron, básicamente, recuperar la hegemonia comercial y militar de
España, y explotar y defender mejor los ingentes recursos coloniales.

Las Reformas Borbónicas y las colonias en América

El fuerte incremento de la población colonial durante el siglo XVII creó nuevas necesidades y problemas que los monarcas
habsburgos no pudieron resolver. La lentitud y la corrupción administrativa caracterizaban la administración colonial. Las
potencias rivales, Inglaterra y Portugal, se expandían impunemente e inundaban Sudamérica con mercancías de
contrabando. A todo esto hay que añadir el excesivo poder que habían adquirido la aristocracia criolla y el clero, quienes se
atrevían a desafiar las disposiciones reales que llegaban al Virreinato del Perú.
Los reyes borbones, principalmente Felipe V y Carlos III, emprendieron la colosal tarea de renovar la vieja estructural
colonial que habían dejado los habsburgos. Apoyados por ministros y asesores ilustrados llevaron adelante las famosas
Reformas Borbónicas.
Los borbones implementaron nuevas unidades administrativas en América. Crearon virreinatos, como Nueva Granada y Río
de la Plata; capitanías, como Venezuela y Chile; y comandancias como Maynas. En 1784 se suprimieron los corregimientos y
se implantó el sistema de intendencias, buscando mayor eficiencia en los gobiernos locales. De esta manera se consiguió
mejorar la explotación de las riquezas coloniales y la recaudación tributaria.

Los borbones hicieron grandes esfuerzos por contrarrestar la hegemonía comercial y marítima de potencias rivales como
Inglaterra y Holanda, prósperos países impulsados por la Primera Revolución Industrial. El proyecto borbón contempló la
renovación del sistema mercantil para que sus colonias sean proveedoras eficientes de materias primas y consumidoras de
las manufacturas españolas. La Corona apoyó a la burguesía penínsular favoreciendo la industria y protegiendo sus
mercados. En este contexto se fue liberalizando el comercio entre los puertos españoles y americanos, lo que se consagró
cuando Carlos III dio el decreto de Libre Comercio en 1778.

Esta política debía complementarse combatiendo el contrabando y mejorando la recaudación fiscal a favor de la metrópoli
española. Esto provocó fuertes tensiones y guerras principalmente contra los poderosos ingleses y lusitanos.
Los conflictos contra los contrabandistas y corsarios británicos, holandeses y portugueses hizo necesario un mayor
presupuesto para la armada, el ejército y las milicias. También se construyeron poderosas fortalezas y murallas para
defender los principales puertos y ciudades de las colonias. El más importante ejemplo fue la construcción de los castillos
del Real Felipe en el Callao.
El reformismo borbónico privilegió a los españoles europeos, “los chapetones”, en el acceso a los principales puestos de
confianza en el aparato burocrático. Esto fue un duro golpe para la aristocracia criolla, pero el despotismo de los borbones
reprimió duramente todo intento de resistencia.

Una de los instituciones afectadas por el despotismo ilustrado español fue la Iglesia Católica. La Corona pretendió afirmar el
poder secular sobre el religioso. Esto incluía la restricción de los privilegios y exoneraciones fiscales que gozaban las ordenes
católicas. Fueron los jesuitas los que más se opusieron al proyecto centralizador de los borbones, es por ello que fueron
expulsados de España y sus colonias en 1767.

EL REINADO DE FELIPE V (1700-1746)

Durante los siglos XVI y XVII gobernaron España, los monarcas de la Casa de Habsburgo (“los austrias”). El último de estos
fue Carlos II “el hechizado”, quien murió sin dejar descendencia; antes de morir cedió los derechos al trono a su sobrino
Felipe, el Duque de Anjou, un nieto del Rey Luis XIV de Borbón, el poderoso Rey Sol de Francia.
LA GUERRA DE SUCESIÓN ESPAÑOLA

El reinado de un borbón en España rompía el equilibrio geopolítico en Europa. Potencias como Inglaterra, Portugal y Austria
no se resignaban a que Francia tenga tanta influencia sobre España y alentaron al Archiduque Carlos de Habsburgo para
tomar el poder. La guerra estalló en 1702 y tuvo varios frentes. Francia utilizó todos sus recursos para sostener a Felipe V en
el trono español.
Después de una década de guerra, la Corona Británica se mostró dispuesta a terminar una guerra que la agotaba
económicamente y que causaba gran descontento en su población por la elevación de impuestos que sufría, por ello firmó
en 1711 con Francia los preliminares de paz, en los que reconocía a Felipe V como rey de España. El agotamiento de los
bandos en conflicto aceleró la firma de la paz definitiva en el famoso Tratado de Utrecht de 1713. Sus principales acuerdos
fueron:
Inglaterra conserva Menorca y Gibraltar, ocupadas durante la guerra (cedidas por España), Nueva Escocia, la bahía de
Hudson y Terranova (cedidas por Francia), la isla de Saint Kitts en el Caribe, el derecho de Asiento de negros (un monopolio
de treinta años sobre el tráfico de esclavos negros con la América española) y el Navío de Permiso (concedidos por España).
Portugal obtiene la devolución de la Colonia del Sacramento (Uruguay), ocupada por España durante la guerra.
Austria obtiene los Países Bajos españoles, Milán, Nápoles y la Isla de Cerdeña (cedidos por España). El Archiduque Carlos de
Austria, ahora emperador, renuncia a cualquier reclamación del trono español.
Felipe V obtiene el reconocimiento como rey de España por parte de todos los países firmantes en tanto que renuncia a
cualquier derecho al trono francés, España conserva sus posesiones americanas y asiáticas.
La potencia más beneficiada con este Tratado fue Inglaterra que además de sus ganancias territoriales, obtuvo grandes
ventajas económicas que le permitieron romper el monopolio comercial de España con sus colonias. Además, pudo
contener las ambiciones territoriales y dinásticas de los borbónes franceses.

PRINCIPALES REFORMAS EN EL REINADO DE FELIPE V

Este reinado se puede dividir en dos etapas. La primera (de 1700 a 1724) de fuerte influencia francesa e italiana; y la
segunda (de 1724 a 1742) de gran protagonismo de estadistas y ministros españoles.
En el primer periodo se vivió los dificiles años de la Guerra de Sucesión Española. Aún así, gracias al gran apoyo de su esposa
y regente María Luisa de Saboya, se inició la renovación cultural en España; se fundó la Librería Real ( después Biblioteca
Nacional), la Academia de la Lengua y, más tarde, las de Medicina e Historia.
Tras la muerte de su primera esposa, María Luisa de Saboya, adquirió protagonismo el Cardenal Julio Alberoni, quien
impulsó la reorganización de Estado con el objetivo de fortalecer el absolutismo real; se abolieron viejos privilegios
feudales, se centralizó la administración, otorgándose mayor poder al Rey.
En el aspecto económico, se restauró la Hacienda y se protegió a la burguesía buscando el crecimiento de industria
nacional. En este sentido se implementó una política económica fuertemente proteccionista. El impulsó a la producción
nacional se reflejó en la creación de una Real Fábrica en Guadalajara para fabricar tejidos de lujo que llegó a contar con
varios centenares de telares y unos miles de trabajadores. Se estimuló el comercio interior, suprimiendo las aduanas
internas, y se impulsó al comercio exterior trasladándose en 1717 la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz, cuyo puerto
ofrecía mejores posibilidades al calado de los buques.
En el aspecto militar, reorganizó la milicia dotándola de disciplina, buscando la profesionalización de sus miembros,
estableciendo una sólida jerarquía en los cuadros y un método de reclutamiento obligatorio entre la población nacional. La
Armada se fortaleció con la construcción de una base naval en Ferrol, mejorando la infraestructura portuaria de
importantes ciudades, construyendo numerosos barcos y activando las industrias auxiliares de la navegación.
En enero de 1724, Felipe V abdicó a favor de su hijo Luis I, sin embargo, la prematura muerte de éste, en agosto del mismo
año (víctima de la viruela), le obligó a ocupar el trono nuevamente.
En la segunda parte de su reinado destaca el papel desempeñado por los ministros españoles. Entre ellos, los ilustrados:
José Patiño, político, diplomático y economista; José del Campillo, hacendista; y, luego, el marqués de la Ensenada, gran
político y magnífico planificador de la economía.
Con estos eficientes colaboradores se acentuó este proceso de reconstrucción nacional: se expandió la flota, mercante y de
guerra; se reactivó el comercio, nacional y colonial, y se siguió protegiendo la industria nacional. Para el suministro de
materias primas se crearon varias compañías comerciales con América y se persiguió severamente el contrabando.

El ascenso de Felipe V a la corona española trajo consigo, en primer término, un fuerte intercambio comercial con Francia.
En 1701, el Rey autorizó la apertura de los puertos hispanos a los navíos franceses.
En 1705 llegó a Lima Manuel de Oms y Santa Pau, marqués de Castell dos Rius, el primer Virrey enviado por los borbones al
Perú. Hasta 1710 gobernó este Virrey que al permitir la presencia de naviós franceses en el Callao, encontró gran resistencia
del Tribunal del Consulado, cuyos miembros acusaron al Virrey de fomentar el contrabando.
Según el historiador Jonh Fisher, los franceses saturaron el mercado local con miles de toneladas mercancías que
desembarcaban por Pisco, sin pagar almojarifazgo. Esto con el aval del virrey que tenía familiares involucrados en las
empresas contrabandistas.
A semejanza de las famosas academias francesas, el Virrey Castell dos Rius, amante de la poesía y el teatro, fundó una
Academia Literaria en 1709, la misma que funcionaba en el propio palacio de Lima. Entre los contertulios amigos del Virrey
estaba el prestigioso erudito criollo Pedro Peralta y Barnuevo.

En 1710 asumió el poder Don Diego Ladrón de Guevara, Obispo de Quito, pues su nombre figuraba en el Pliego de
Providencia (llamado tambien Pliego de Mortaja), traido por el virrey anterior. Durante este gobierno llegó la noticia de la
firma del Tratado de Utrecht (1713) que ratificó a Felipe V como Rey de España y permitió la llegada de los Navíos de
Permiso con 500 toneladas de mercadería británica a la Feria de Portobello, perteneciente al Virreinato del Perú.
En 1716 inició su gobierno Don Carmine Nicolás Caracciolo, Príncipe de Santo Buono. Este Virrey recibió la noticia de la
creación del Virreinato de Nueva Granada en 1717, con lo cual se segregaban al Perú las audiencias de Bogotá, Quito y
Panamá. Su duración fue efímera pues a los pocos meses su corte fue desmantelada y sus territorios volvieron a jurisdicción
del Virreinato peruano.
En 1720 llegó a la Lima el Virrey Diego Morcillo, Arzobispo de Charcas, quien gobernó sin mayores sobresaltos hasta 1724
en que tomó el poder José de Armendáriz, marqués de Castelfuerte. Este Virrey era un experimentado militar y su
nombramiento obedece precisamente a los planes de defensa y paz colonial que impulsaron los borbones en el siglo XVIII.
La carrera militar se convirtió en un requisito para el nombramiento de los virreyes, principalmente desde 1745.
El marqués de Castelfuerte fortificó todos los puertos del virreinato, incrementó las tropas. Asimismo, pudo derrotar
diversas rebeliones como la de los indios de Cochabamba y la del criollo José de Antequera en el Paraguay.

En 1735 la corona española creó el sistema de Navíos de Registro, autorizando que españoles e ingleses comercien con los
puertos españoles de América por iniciativa propia. El único requisito era pagar los derechos aduaneros (almojarifazgo) en
el puerto de Cádiz. En la práctica se suprimía el sistema de flotas y galeones y se derrumbaba la famosa feria de Portobelo.
De 1736 a 1745 gobernó el Perú Don José Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía. Sucesos importantes marcaron este
periodo. En 1739 estalló una guerra con los ingleses en el Mar Caribe. Ante la grave situación el Rey Felipe V decidió
restablecer inmediatamente el Virreinato de Nueva Granada. Aparte de Bogotá, Quito,Panamá y Venezuela, se anexaron al
nuevo virreinato los territorios peruanos de Maynas, Jaen, Tumbes y Guayaquil.
En 1741 llegó una poderosa escuadra británica al mando del corsario George Anson. Los invasores saquearon e incendiaron
Paita. Al año siguiente miles de nativos ashánincas y shipibos se sublevaron en el Gran Pajonal (Selva Central). Su líder era
Juan Santos Atahualpa quien pretendía expulsar a los españoles y restaurar un gobierno incaico para el Perú. Las fuerzas del
virrey no pudieron derrotar a los rebeldes.

El siglo XVIII también se caracteriza por el impulso a las expediciones científicas auspiciadas por los reyes borbónicos. Una
de las más importantes fue la que encabezó el sabio francés Carlos María de la Condamine.
Cosmógrafos, naturalistas y etnólogos integraron el equipo que llegó al Perú en 1737, entre quienes se encontraban dos
ilustrados españoles: Jorge Juan y Antonio Ulloa. Ellos tenían la misión de elaborar un informe con los pormenores de la
desorganización colonial, corrupción de los funcionarios y comercio ilegal que caracterizaban al Virreinato. El informe fue
publicado más tarde con el título de “Noticias Secretas de América”.

En 1746 murió el Rey Felipe V. Pocos meses antes había nombrado como nuevo Virrey del Perú a José Antonio Manso de
Velasco.

REINADO DE FERNANDO VI (1746-1759)

Este monarca continuó la política de su padre, de reorganización política y administrativa de España. Su principal ministro
fue el eficiente marqués de la Ensenada.
Este reinado se caracteriza por su pacifismo. Se mantuvo neutral en medio de diversos conflictos de aquellos años. Tal vez
lo más trascendental fue la firma del Tratado de Madrid (1750) con Portugal, por la cual solucionaron provisionalmente
conflictos de la región amazónica. Portugal renunció a la colonia de Sacramento (Uruguay) a favor de España, que cedió
vastos territorios guaraníes colonizados por los jesuitas.
Otros hechos dignos de mención son: la fundación de la Academia de Bellas Artes y el impulso a la ampliación de los puertos
y la construcción de barcos.
Fernando VI falleció el 10 de agosto de 1759 sin dejar descendientes; entonces fue coronado su hermano Carlos III.
EL REINADO DE CARLOS III (1759-1788)
Carlos III tenía experiencia de gobierno, pues había sido Rey de Nápoles. Al llegar al trono español se instaló con una corte
de ministros y asesores de origen italiano, entre quienes destacaba el marqués de Esquilache. Más tarde se rodeó de
eficientes ministros ilustrados españoles como Aranda, Campomanes y Floridablanca.
El nuevo monarca llegó a Madrid dispuesto a iniciar grandes reformas modernizadoras. Su gobierno tuvo el espíritu
característico del Despotismo Ilustrado, por lo tanto tuvo que enfrentar la resistencia de la aristocracia y el clero. Su
carácter enérgico y el apoyo de la burguesía y los intelectuales ilustrados permitieron llevar adelante el proceso reformista.
Carlos III restringió viejos privilegios feudales, dividió latifundios, repartió tierras comunales, construyó canales de regadío y
liberó el comercio y las aduanas. Apoyó la industria privada e impulsó la navegación y el comercio con las colonias
americanas. La burguesía fue favorecida, también, con la creación del Banco de San Carlos y la creación de la Orden del Sol.
El proceso reformista afectó los intereses eclesiásticos, ya que el clero poseía grandes latifundios y tenía estrechos vínculos
con la vieja aristocracia feudal. Carlos III buscó el nombramiento de nobles y religiosos abiertos a las reformas. En este
contexto decretó la expulsión de la Compañía de Jesús. Los religiosos jesuitas y su poderosa clientela, educada en los
colegios de la orden, controlaban gran parte del poder administrativo tradicional y eran firmes opositores de las reformas
ilustradas.
La investigación científica y la difusión de los nuevos conocimientos recibió gran impulso de este monarca y sus ministros.
Esto contribuyó a renovar la mentalidad de los españoles. Viejas costumbres y supersticiones fueron combatidas; España
debía modernizarse y esto sólo era posible extendiendo la educación, alentando el desarrollo de la ciencia.
Con respecto a las colonias, Carlos III emprendió una serie de reformas destinadas a racionalizar la administración,
liberalizar el comercio, incrementar la recaudación de rentas y mejorar las defensas.

EL VIRREINATO DEL PERÚ EN EL REINADO DE CARLOS III


El rey Carlos III puso especial interés en renovar el sístema administrativo de las colonias. El Virreinato del Perú sufrió
importantes cambios que conmocionaron a sus habitantes y provocaron la rebelión de los indígenas, mestizos y criollos
afectados. Las reformas de mayor trascendencia fueron: la creación del Virreinato del Río de la Plata (1776), el decreto de
Libre Comercio (1778) y las medidas fiscales del visitador Areche (1778-1780).
Además, las reformas carolinas reforzaron la presencia hispana en la alta burocracia estatal. El predominio criollo en la
maquinaria estatal llegó a su fin. La corona los relegó gradualmente en el acceso a las audiencias, gobernaciones,
corregimientos y las fuerzas armadas; favoreciendo a los “chapetones” de rango militar.

GOBIERNO DEL VIRREY MANUEL AMAT Y JUNIET (1761-1776)

El Virrey Manuel Amat continuó la reconstrucción de Lima. Su objetivo era convertir a la capital del Perú en una de las
ciudades más hermosas y seguras de América.
Los principales monumentos arquitectónicos ordenados por el Virrey tuvieron como modelo el estilo rococó, muy en boga
en Francia del siglo XVIII. Entre las obras más destacadas tenemos a la plaza de toros de Acho, elpaseo de Aguas, un coliseo
de gallos, la alameda de los Descalzos, el convictorio de San Carlos, la iglesia de las Nazarenas y las torres de la iglesia de
Santo Domingo. En el Callao se culminó la impresionante fortaleza del Real Felipe. La renovación urbana de Lima incluyó la
construcciones de bellos cafés y nuevos hospitales.
En 1767 llegó la orden de expulsión de los jesuitas del Perú. Fue una Pragmática Sanción decretada por el Rey Carlos III, ésta
se cumplió el 9 de setiembre de 1767. Todas la propiedades de los religiosos expulsados pasaron a poder de la Oficina de
Temporalidades, institución que remató gran parte de los bienes. Al clausurarse los colegios jesuitas, Amat fundó el Real
Convictorio de San Carlos y construyó un bello edificio para su sede.
No se puede dejar de lado la famosa relación amorosa del sexagenario Virrey con la joven y bella actrizMicaela Villegas, con
quien tuvo un hijo llamado Manuel Amat y Villegas. Este amor escandalizó Lima, principalmente, por el origen plebeyo de la
muchacha, una mujer ilustrada y caritativa, a quien las lenguas envidiosas llamaban Perricholi.

GOBIERNO DEL VIRREY MANUEL GUIRIOR (1776-1780)

Antes de llegar al Perú, ejerció el cargo de Virrey de Nueva Granada durante cuatro años. Recibió con beneplácito su
traslado al Perú, llegando a Lima a mediados de 1776.
Apenas instalado en el palacio recibió la noticia de la creación del Virreinato del Río de la Plata, hecho que afectó
notablemente la economía peruana. Todo el rico Alto Perú, incluyendo los corregimientos de Puno, pasaron a poder de
Buenos Aires. Además, Lima fue obligada a financiar los gastos de la instalación del nuevo Virreinato.
En 1777 llegó a Lima José Antonio de Areche, Visitador General de la Real Hacienda y Tribunales del Reino, con la expresa
misión de aumentar las rentas de la Corona y sanear la administración pública. El Visitador incrementó las alcabalas, creó las
aduanas terrestres y empadronó a los mestizos para que paguen tributo como los indios. Su maneras autoritarias y su
menosprecio por los funcionarios criollos le valieron serios enfrentamientos con el Virrey Guirior. El Visitador emprendió
una campaña e desprestigio contra Guirior ante la Corte, logrando su destitución en 1780.
El incremento de los impuestos y los repartos mercantiles de los corregidores ocasionaron muchas rebeliones en diversas
provincias como Chumbivilcas (Cusco), Huamalies (Huanuco), Huaylas y Conchucos (Ancash). Las agitaciones y protestas se
propagaron en todo Arequipa y en el Cusco se descubrió la Conspiración de los Plateros, dirigidas por Lorenzo Farfán de los
Godos y Bernardo Tambohuacso, el cacique de Písac. Las autoridades reprimieron a sangre y fuego todos estos
movimientos rebeldes donde estaban involucrados indígenas, mestizos y criollos; todos afectados por las reformas fiscales
implementadas por Areche y auspiciadas por la Corona.
Uno de los hechos más importantes del rey Carlos III fue la liberalización del comercio colonial. El decreto de Libre Comercio
de 1778 legalizó el tráfico mercantil entre trece puertos españoles y 22 puertos americanos. El objetivo era favorecer el
crecimiento económico de las regiones descuidadas por las viejas rutas monopólicas y convertirlas en nuevas fuentes de
materias primas y mercados para las manufacturas españolas.

El comercio entre la metrópoli y las colonias se quintuplicó en una década. En América los más favorecidos fueron los
mercaderes afincados en Buenos Aires y Valparaiso. Aunque el libre comercio fue resistido por los comerciantes limeños, no
significó la destrucción de la importancia comercial del Callao o de Lima.

Según Jhon Fisher, aún con la fuerte competencia de los bonaerenses y chilenos, el Perú mantuvo su hegemonía comercial
en Amércia del Sur hasta el ocaso de la etapa colonial. A pesar del gran crecimiento mercantil de otros puertos
sudamericanos, el Perú controló casi el 15 º/o de las exportaciones a España, superando al Río de la Plata que tenía el 12
º/o, y a Venezuela con el 10 º/o.

Como ya mencionamos, los reyes borbones favorecieron las expediciones de carácter científico a las colonias. En 1778 echó
anclas en el Callao el navío “El Peruano” que traía a los renombrados naturalistasHipólito Ruiz y José Pavón acompañadosde
otros sabios ilustrados españoles. El objetivo era hacer estudios botánicos, zoológicos y minerológicos en el Perú y Chile.
Después de diez años de intensas investigaciones los científicos retornaron a España llevandose 53 cajones con especies
vegetales y animales, 800 dibujos. Ruiz y Pavón luego publicaron en España la famosa obra “Flora peruviana et chilensis”.

En 1780 el virrey Guirior fue relevado de su cargo y tuvo que regresar a España, para beneplácito del poderoso visitador
Areche. El mismo año desembarcó en el Callao el sucesor, Agustín de Jauregui.

VI. LAS REFORMAS BORBÓNICAS Y LA INDEPENDENCIA, 1767-1821


ANTES DE SEGUIR con el hilo de la historia de la gobernación de Sinaloa y Sonora es necesario referirnos, aunque sea
brevemente, a los acontecimientos que sacudieron al imperio español entre 1767 y 1821, que tuvieron una relación muy
estrecha con lo que sucedió en la metrópoli. La sociedad del noroeste ya estaba integrada al imperio español, y lo que
ocurría en el imperio afectaba a nuestra región.

Desde el siglo XVI, la casa reinante en España era de la familia Habsburgo, de origen austriaco, pero en 1700 falleció el
último rey de la dinastía, Carlos II, sin dejar descendencia directa. Después de no pocos conflictos, la sucesión recayó en el
príncipe francés Felipe de Anjou, sobrino nieto del difunto rey, quien asumió el trono de España con el nombre de Felipe V e
inició una nueva dinastía, la de los Borbón, por el apellido de la familia a la que pertenecía, y que era la misma que reinaba
en Francia. Los reyes de la casa de Borbón comenzaron una profunda reforma en España porque consideraban que el país
estaba muy atrasado en comparación con los demás países europeos. Efectivamente, los cambios modernizadores que
transformaban a Europa no habían tenido cabida en España, y en el siglo XVIII estaba en desventaja económica y
tecnológica respecto del mundo occidental. Cuando las reformas borbónicas quedaron consolidadas en la península ibérica,
los monarcas decidieron extenderlas también a las colonias del imperio, lo que ocurrió en la segunda mitad del siglo XVIII
por iniciativa del rey Carlos III quien gobernó el imperio español de 1759 a 1788. En este capítulo nos ocuparemos de las
reformas borbónicas que afectaron a la Nueva España, y en especial de las consecuencias que tuvieron en las provincias del
noroeste.

Las reformas aplicadas en la Nueva España y en otras colonias del imperio tenían por principal objetivo recuperar para la
corona el poder que los reyes de la familia Habsburgo habían ido delegando en algunas corporaciones de las colonias, como
la iglesia católica y los consulados de comerciantes, así como al menos moderar la creciente corrupción de todas las esferas
del gobierno. Ejercer el poder sin la interferencia de estas corporaciones también significaba canalizar hacia la corona los
beneficios económicos que éstas acaparaban. La batalla fue muy reñida porque se afectaron muchos y muy fuertes
intereses creados desde tiempo atrás.

Para ejemplificar la situación que Carlos III quería reformar, examinemos lo que ocurría en el noroeste novohispano, según
lo hemos descrito. Las funciones de gobierno que debían ejercer el gobernador y los alcaldes mayores estaban orientadas a
proteger intereses que no eran los del rey. Así, los alcaldes mayores, que al mismo tiempo eran mercaderes, estaban muy
comprometidos con los comerciantes almaceneros de la ciudad de México, de modo que dichos alcaldes anteponían los
intereses de los almaceneros —que también coincidían con sus propios intereses— al provecho del rey y de sus súbditos.
Con su fuerza política, la Compañía de Jesús intervenía en los asuntos de gobierno y en defensa de sus propias ventajas. La
riqueza producida en el noroeste beneficiaba a los comerciantes, a los locales, pero sobre todo a los almaceneros, y la
Compañía de Jesús se llevaba también una buena porción. La Real Hacienda era la menos beneficiada por las riquezas del
noroeste, pues sólo recibía lo recaudado en impuestos. Para el gobierno imperial, pues, era muy conveniente eliminar a
quienes interferían en los asuntos de gobierno y se llevaban la mayor parte de los rendimientos económicos.

Para llevar a cabo las reformas en la Nueva España, Carlos III envió a un funcionario de la más alta burocracia de la corte de
Madrid, José Bernardo de Gálvez Gallardo, con el nombramiento de visitador general del reino de la Nueva España y con
atribuciones superiores a la autoridad del virrey. Desembarcó en Veracruz el 18 de julio de 1765 y allí mismo empezó a
ejercer sus funciones interviniendo en todos los asuntos, lo mismo militares que de gobierno, fiscales, de comercio e incluso
mineros. El virrey en funciones, el marqués de Cruillas, no aceptó la injerencia del visitador, pero el rey respaldó la
autoridad de Gálvez y el virrey tuvo que someterse. Al año siguiente, el marqués de Cruillas fue remplazado por el nuevo
virrey Carlos Francisco, marqués de Croix, un enérgico militar cuya virtud era la adhesión sin reservas a su rey Carlos III. El
marqués de Croix fue el mejor colaborador de José de Gálvez en la difícil tarea de reformar la Nueva España.

En general, las profundas reformas impuestas en las provincias del noroeste afectaron a la iglesia católica, a la organización
política y militar, a la economía y al fisco. Empezaremos por la expulsión de los jesuitas, porque fue la primera
manifestación del reformismo borbónico en el noroeste novohispano.

La expulsión de los jesuitas y las comunidades indígenas

El visitador en el noroeste novohispano

La reforma política y administrativa

Las reformas en la economía

La población

La Alta California

El obispado de Sonora

El significado de las reformas borbónicas

La crisis de la Independencia

La expulsión de los jesuitas y las comunidades indígenas


En el capítulo anterior dijimos que la expulsión de los misioneros jesuitas de las provincias del noroeste fue un
acontecimiento con profundas repercusiones en la historia de la región. La expulsión de estos religiosos del imperio español
fue una de las reformas borbónicas, y la primera que afectó al noroeste. La Compañía de Jesús había provocado la
animadversión y desconfianza del rey Carlos III tanto en España como en diversas colonias del imperio. Esta orden era en
extremo poderosa por las propiedades acumuladas y por la influencia política que había alcanzado. Los jesuitas fueron los
educadores de las elites del imperio español y sus alumnos les guardaban respeto y admiración. Además, el rey recelaba de
la fidelidad de los jesuitas porque no aceptaban la política de imponer la voluntad del rey sobre la Iglesia, aun por encima de
la autoridad del papa.

Los monarcas de Portugal y de Francia también tuvieron conflictos con la Compañía de Jesús, que resolvieron expulsando a
los religiosos y confiscando sus bienes. Carlos III optó por la misma vía y, el 27 de febrero de 1767, firmó la orden de
expulsión de los jesuitas de todos los dominios de España y la confiscación de sus propiedades. En México y en otras
ciudades de la Nueva España la orden se cumplió entre el 25 y el 28 de junio del mismo año, pero en las provincias remotas
se realizó más tarde, a mediados de julio en el noroeste: 52 misioneros fueron concentrados en Guaymas y 10 meses más
tarde deportados por mar a San Blas, salieron por Veracruz hacia el destierro en diversos países europeos.

La expulsión de los misioneros fue súbita y violenta en las provincias de Sinaloa, Ostimuri y Sonora, lo que provocó efectos
inmediatos en las comunidades indígenas. Los jesuitas daban coherencia y unidad al sistema de misiones que, con una
administración centralizada, presentaba un solo frente a los colonos que buscaban su desaparición. La salida de los
misioneros desarticuló la organización de los pueblos indígenas y los redujo a comunidades aisladas y vulnerables al asedio
de los colonos. Desapareció también la disciplina misional que normaba la vida interna de las comunidades y, aunque esta
supresión gustó a muchos indios, la falta de dirección provocó la pérdida de los bienes de comunidad.

Se había previsto secularizar las misiones luego de la expulsión de los jesuitas, pero el obispo de Durango, a cuya diócesis
pertenecía la gobernación de Sinaloa y Sonora, sólo tuvo suficientes clérigos para atender las 14 misiones de Sinaloa y
Ostimuri. Para administrar las 25 misiones de la provincia de Sonora hubo que llamar a los frailes franciscanos, pero ni los
clérigos ni los religiosos recibieron autorización para intervenir en la vida económica y política de las comunidades, como lo
habían hecho los jesuitas.

Sobre estas comunidades desarticuladas y en su mayor parte carentes de dirección incidieron otras disposiciones del
gobierno colonial que resultaron muy perjudiciales para los indios. El 23 de junio de 1769, el visitador general José de
Gálvez ordenó que las tierras de las misiones, que eran propiedad colectiva de cada comunidad, se fraccionaran en parcelas
y se repartieran en propiedad privada. Los primeros adjudicatarios serían los indios, pero también los españoles y mestizos
podrían recibir tierras si deseaban quedarse a vivir en los pueblos de indios. El intendente Pedro Corbalán (1770-1778)
aplicó la disposición de Gálvez, con cierto éxito en la provincia de Sonora, pero con fuerte resistencia de los indios cahitas
de Ostimuri y Sinaloa. El comandante Pedro de Nava, con objeto de obligar a los indios a que aceptaran la propiedad
privada, en 1794 declaró abolida la propiedad comunitaria de la tierra y el agua; es decir, las comunidades indígenas
quedaron desprovistas del título legal que amparaba la propiedad de sus tierras y aguas; si no aceptaban la propiedad
privada las tierras pasaban a ser realengas, o sea propiedad del rey, y podían ser entregadas a quien las solicitase.

Los cambios que trataban de imponer las autoridades coloniales en las comunidades indígenas fueron graves y de
profundas consecuencias. La introducción de españoles mestizos y mulatos en las comunidades tendía a promover la
aculturación de los indios, es decir, a debilitar la identidad cultural de las comunidades. En la tradición de los indígenas la
tierra y el agua no eran patrimonio individual y menos aun mercancías susceptibles de compraventa. Por otra parte, faltaba
saber si los indios podrían conservar la tierra y el agua, aunque les expidieran un título de propiedad privada. Lo previsible
era que, desprovistos del apoyo de su comunidad, fueran obligados por los colonos a vender su tierra o que por fraude o
violencia fueran despojados, y que así la tierra y el agua pasaran a manos de blancos y mestizos. Así, en este periodo (1767-
1821) comenzó la destrucción de las comunidades indígenas, la pérdida de la propiedad de la tierra y del agua, la pérdida
incluso de la cultura propia. Desprovistos de su comunidad, de su tierra y de su cultura, los indígenas no tuvieron otra
alternativa que alquilarse como peones al servicio de los colonos. Éste es el profundo cambio social que se inició a raíz de la
expulsión de los misioneros jesuitas.

El visitador en el noroeste novohispano


En los planes del visitador general José de Gálvez, el noroeste novohispano ocupaba un lugar preferente, y había para ello
varias razones. Tenía una exagerada opinión sobre las riquezas minerales de la región y quería terminar con la inseguridad
que privaba en la zona a causa de los indios insumisos. El visitador soñaba con un noroeste completamente colonizado por
los españoles, sin las angustias que los pobladores sufrían a causa de los seris, los pimas, los apaches y los yaquis. A esto se
añadía el inminente peligro de una invasión extranjera, ya por parte de los rusos que navegaban el Pacífico norte, o bien por
parte de los ingleses, franceses o estadunidenses, muy interesados en aprovechar el Océano Pacífico, donde el imperio
español tenía enormes y desprotegidos litorales.
El visitador dispuso varias acciones importantes en relación con las provincias del noroeste, como el envío de una
expedición militar de grandes proporciones para la pacificación de los indios rebeldes, la cual, al mando del coronel
Domingo Elizondo, partió para Guaymas en 1767. Era tan impresionante el despliegue de soldados, armas y pertrechos que
se pensaba que su sola presencia bastaría para disuadir a los rebeldes y lograr la sumisión. En el mismo año el visitador
ordenó la habilitación del puerto de San Blas en las costas de Nayarit, así como el establecimiento de un astillero y de una
base naval.

A principios de 1768, José de Gálvez y el virrey marqués de Croix sometieron al rey un proyecto para crear una nueva
entidad gubernativa con jurisdicción sobre todas las provincias del norte de la Nueva España, desde California hasta Texas,
del cual nos ocuparemos más adelante. Era tal el interés de De Gálvez por el noroeste que decidió recorrerlo personalmente
para disponer las medidas reformadoras. Partió de la ciudad de México en abril 1768, pasó por Guadalajara y llegó a San
Blas, donde se embarcó hacia Baja California. En el curso del viaje desembarcó en Mazatlán, donde estuvo una semana y
concedió privilegios a los mulatos de la guarnición del presidio, como la exención de impuestos al comercio, el aumento del
número de plazas para presidiales y cierta autonomía del alcalde mayor de Copala, del cual dependían por estar el presidio
en este territorio.

José de Gálvez estuvo en el sur de Baja California por espacio de 10 meses y se dedicó a organizar minuciosamente a la
nueva sociedad peninsular. Repartió las escasas tierras cultivables que pertenecían a las antiguas misiones jesuíticas y
amplios sitios para la cría de ganado mayor; puso en funcionamiento unas minas por cuenta del rey y creó un almacén con
fondos de la Real Hacienda para agilizar el comercio y el abastecimiento de los colonos, quienes importaban desde el
continente todas sus mercancías. Los actos del visitador que tuvieron mayor trascendencia fueron la decisión de colonizar la
Alta California y la organización de las dos primeras expediciones que participaron en esta empresa. De este asunto
hablaremos con mayor detenimiento en otro apartado de este capítulo.

En mayo de 1769, De Gálvez salió de Baja California y desembarcó en Santa Bárbara, pequeña ensenada cercana a la
desembocadura del Río Mayo, en la provincia de Sinaloa. Al llegar al continente se enteró de algunos asuntos enojosos. El
ejército del coronel Elizondo llevaba un año en la provincia de Sonora emprendiendo campañas contra los indios seris, pero
con ínfimos resultados, sobre todo tomando en cuenta los gastos que la expedición militar causaba al real erario. El ejército
español no disuadía a los rebeldes seris, sino que estimulaba su astucia para eludirlo. En el mismo mes, los indios cahitas del
Río Fuerte se sublevaron contra autoridades y colonos y fueron reprimidos por la tropa española con violencia inmoderada.
Las fuerzas de coronel Elizondo estuvieron dos años más en la región y se retiraron, a mediados de 1771, sin haber logrado
el objetivo de pacificar a los indios insumisos.

Antes de partir a Baja California, De Gálvez había comisionado al doctor Eusebio Ventura Beleña para que recorriera las
provincias de El Rosario, Maloya, Copala, Culiacán y Sinaloa e iniciara la organización de la Real Hacienda, esto es, el aparato
burocrático para la recaudación fiscal, que hasta la fecha no existía en el noroeste. El comisionado debía poner las bases
para la fundación de una real caja y el establecimiento de los “estancos” del tabaco, la pólvora, los naipes y la sal. La real
caja era una oficina recaudadora en la que los mineros pagaban el impuesto del quinto real y marcaban sus barras de plata
con el sello del rey para poder comercializarlas. Los estancos eran monopolios del rey, de modo que sólo las oficinas de la
Real Hacienda podían vender los productos. El comisionado también estableció una oficina para “rescatar” el oro y la plata
que producían los mineros y cambiar estos metales por plata acuñada, medida que afectó a los comerciantes locales porque
esta oficina pagaba mejor precio que ellos. Pero el visitador desaprobó las gestiones de Ventura Beleña, lo destituyó y lo
puso en prisión.

José de Gálvez permaneció tres meses y medio en el real de los Álamos, provincia de Sinaloa, desde donde dispuso
importantes medidas para el desarrollo de la región. Estableció la real caja para el quintado de los metales de la
gobernación y venta del azogue a precios reducidos asimismo, ordenó la formación de padrones de todas las provincias
para el cobro de diezmos y tributos, expidió un reglamento de salarios y jornales, y ordenó la formación de milicias de
españoles y de indios para la defensa de los pueblos. Una de las más importantes disposiciones, a la cual ya nos referimos,
fue la repartición de las tierras misionales entre indios y no indios, para que la propiedad privada sustituyera a la colectiva y
para que indios y no indios vivieran juntos en los mismos pueblos.

Posteriormente, De Gálvez partió al presidio del Pitic, en la provincia de Sonora, y a las misiones de Ures y Arizpe. Cuando se
encontraba en Ures mostró señales de una enfermedad que perturbaba sus facultades mentales, por lo que sus servidores y
el gobernador Claudio de Pineda procuraron retirarlo sigilosamente para que no se difundiera la noticia del penoso estado
de tan ilustre funcionario, y lo trasladaron a Chihuahua, a donde llegó ya en su sano juicio. José de Gálvez volvió a España en
1772; el rey Carlos III recompensó sus servicios con el nombramiento de ministro universal de Indias y le concedió el título
nobiliario de marqués de Sonora.
El visitador José de Gálvez pasó por el noroeste novohispano con la celeridad y la fuerza de los ciclones de verano. No se
había visto en la región a un funcionario imperial de tan alta investidura y que dictara tantas y tan diversas disposiciones
reformadoras. En los siguientes apartados seguiremos el curso de los acontecimientos posteriores a la visita de De Gálvez
para evaluar el efecto que tuvieron las reformas borbónicas sobre la sociedad regional

La reforma política y administrativa


Páginas atrás vimos cómo José de Gálvez y el marqués de Croix concibieron un proyecto para formar una nueva entidad
política que comprendiera a todas las provincias del norte. novohispano; el rey lo aprobó en 1769 y se puso en práctica en
1776. Esta entidad recibió el nombre de Comandancia General de las Provincias Internas. La palabra “comandancia”
indicaba el carácter preponderantemente militar de la nueva institución, cuyo titular, llamado “comandante general”, debía
ser un militar de alta graduación porque una de sus principales funciones sería defender la frontera norte del imperio
español. El término “provincias internas” era el nombre genérico de todas las provincias situadas al norte de Zacatecas; se
consideraba que estaban “en el interior del territorio”, como lo indicaba también el nombre “camino de tierra adentro”
aplicado a la vía que conducía a ellas, a partir de la ciudad de México.

El caballero Teodoro de Croix, sobrino del virrey, fue designado primer comandante general con órdenes de establecer en el
pueblo de Arizpe, provincia de Sonora, la sede de su gobierno. De Gálvez había planeado la fundación de una ciudad en las
márgenes del Río Gila, que se llamaría San Carlos, para que fuera la capital de la Comandancia, pero mientras ocurría esto,
la sede estaría en Arizpe. Es curioso observar que provincias como Texas y Nuevo Santander (Tamaulipas) quedaban a
mayor distancia de Arizpe que de México y, sin embargo, serían gobernadas desde esta remota capital que, además,
presentaba muchos problemas de comunicaciones.

Las atribuciones del comandante general fueron superiores a las de un gobernador, y en ciertos ramos como hacienda,
gobernación y guerra, sus facultades eran equiparables a las del virrey de Nueva España; no así en el ramo de justicia,
porque estaba sujeto a la Audiencia de Guadalajara. El comandante general dependía directamente del rey de España sin
que debiera rendir cuentas al virrey de la Nueva España.

Teodoro de Croix permaneció cinco años en Arizpe tratando de organizar el gobierno de la Comandancia General, sin
muchos aciertos. Eran numerosos los obstáculos que impedían su consolidación: el territorio tenía enormes dimensiones, la
población era muy escasa y estaba diseminada, las vías de comunicación eran deficientes, había indígenas insumisos dentro
de las fronteras e invasiones de apaches desde el exterior. En pocas palabras, las necesidades presupuestales de la
Comandancia General fueron muchas, y muy escasos los productos fiscales que recababa, de aquí que debiera recurrir al
apoyo financiero del virrey.

Los sucesores del marqués de Croix en la Comandancia General tampoco pudieron establecer el gobierno, y su principal
actividad fue la de garantizar la seguridad de las provincias. La Comandancia General duró hasta después de la
independencia, sí bien con varias transformaciones: en 1786 se dividió en tres comandancias, la del poniente, la del centro y
la del oriente; en 1788 se redujo a dos y, en 1790, volvió a la comandancia única. Sufrió nuevos cambios en 1791, 1792 y
1804, mas, a pesar de tantos ajustes, nunca fue una institución sólida. El proyecto era adecuado en cuanto a crear un
gobierno militar que fortaleciera la frontera, pero no hubo los medios necesarios para llevarlo a la práctica.

Las reformas en la economía


De las reformas efectuadas por los monarcas borbones en el campo de la economía, dos fueron las que mayores
repercusiones tuvieron en el noroeste novohispano: la liberalización del comercio y los incentivos a la minería. Antes de las
reformas el comercio exterior de la Nueva España era un monopolio de los comerciantes del consulado de Sevilla, en
España, y de los consulados de cada colonia americana, en nuestro caso el Consulado de Comerciantes de la ciudad de
México. Sevilla era el único puerto español que estaba autorizado a manejar el comercio trasatlántico (después lo fue Cádiz)
y sólo un puerto novohispano, Veracruz, podía recibir la flota que una vez al año venía de España cargada de mercaderías
europeas y volvía con plata y oro, principalmente. En el Océano Pacífico ocurría algo similar, pues sólo los consulados de
México y de Manila podían hacer el comercio por medio de un galeón que anualmente viajaba de las islas Filipinas a
Acapulco —único puerto autorizado para el comercio— con mercancías sobre todo chinas, y volvía a Manila con plata
novohispana. Este comercio monopólico, establecido desde el siglo XVI por concesiones del rey a los comerciantes, producía
grandes ganancias a los mercaderes almaceneros, pero perjudicaba a los consumidores porque estaban sujetos a los precios
que fijaban los monopolistas.

Las reformas llamadas del “libre comercio” tenían por objeto romper el monopolio de los consulados, porque estos
poderosos mercaderes eran los que acaparaban las utilidades del comercio y con su riqueza lograban influir en no pocas
decisiones de las autoridades del virreinato. Los principales cambios en el sistema de comercio fueron la habilitación de
nuevos puertos para el comercio ultramarino, lo mismo en España que en América; la sustitución de la flota anual por
navíos sueltos que podían viajar sin someterse a un calendario; la ampliación de los permisos para comerciar con más
productos, tanto de la metrópoli con las colonias como de las colonias entre sí, porque antes de estas reformas estaba
restringido el comercio entre las colonias. A estas reformas hay que añadir la supresión de los alcaldes mayores, a la que ya
nos referimos, porque estos funcionarios eran un eslabón muy importante en el control del comercio en el interior de la
Nueva España.

El libre comercio quebró las bases del monopolio que mantenían los almaceneros de México; algunos de estos comerciantes
prefirieron retirarse de esta actividad y dedicar sus capitales al crédito o a la compra de haciendas. La ciudad de México
dejó de ser el único centro del comercio ultramarino y surgieron otros dos consulados, el de Veracruz y el de Guadalajara. El
libre comercio favoreció a un nuevo tipo de comerciantes que fincaban sus ganancias en el volumen de las ventas más que
en los precios exageradamente altos; de esta manera creció el tráfico comercial y por ende la recaudación fiscal de las
alcabalas.

El libre comercio tuvo amplias repercusiones en la Intendencia de Arizpe, pues al fracturarse el monopolio de los
almaceneros y al desaparecer los alcaldes mayores quedó desmantelada la estructura que durante casi dos siglos había
sustentado la forma de hacer el comercio entre el noroeste y el centro de la Nueva España. Otros cambios importantes se
produjeron en las rutas comerciales al abrirse las comunicaciones marítimas en el Pacífico que, a partir de Acapulco y de San
Blas, llegaban a Mazatlán, Altata, Guaymas, Loreto, La Paz, San Diego, Monterrey y San Francisco. Estos tres últimos puertos
eran de Alta California, que fue colonizada a partir de 1769, como más tarde expondremos. En 1768 el visitador José de
Gálvez había autorizado la celebración de ferias francas, esto es, sin pago de impuestos, en Guaymas y en Loreto, con
objeto de intensificar el comercio marítimo en el noroeste. Cuando en 1795 surgió el Consulado de Guadalajara, los
comerciantes tapatios quedaron en mejor posición que los de México para abastecer las importaciones de la Intendencia de
Arizpe y se intensificó el comercio entre estas intendencias vecinas que tenían comunicación marítima.

Debemos referirnos a otro acontecimiento que incidió sobre la Intendencia de Arizpe a fines del siglo XVIII.No se trata de
alguna de las reformas borbónicas porque este hecho fue ajeno al Imperio español, pero coincidió en tiempo con ellas: la
apertura de las rutas comerciales en el Pacífico norte. En efecto, hacia 1765, los comerciantes rusos establecidos en Alaska
empezaron a cruzar el Pacífico para llevar a China las pieles de nutria que obtenían en las costas de América del Norte. En
1784, navegantes ingleses y estadunidenses de Boston empezaron también a navegar el Pacífico para llegar al mercado
chino y participar en el comercio de pieles finas. Entraban al Pacífico por el estrecho de Magallanes, luego recorrían las
costas del Imperio español hasta Alta California y el actual Canadá, donde obtenían las pieles de nutria que llevaban a China
por la ruta de Hawai. Recordemos que fue la presencia de los rusos en el Pacífico norte lo que decidió al gobierno español a
ocupar la Alta California antes de que éstos lo hicieran.

En este nuevo mapa de las rutas de navegación, la Intendencia de Arizpe ocupó un lugar estratégico. Los barcos ingleses y
estadunidenses costeaban el litoral de la Intendencia, en donde había plata, así que no tardaron en detenerse para
intercambiarla por los productos que transportaban, tanto europeos como estadunidenses y asiáticos. Este comercio era de
contrabando, porque las autoridades españolas ni con el libre comercio habían autorizado el trato con extranjeros, pero fue
imposible de evitar, ya que la intendencia carecía de medios para alejar a los extranjeros y, por otra parte, era un negocio
atractivo para los comerciantes locales y muy beneficioso para los consumidores así que las autoridades prefirieron
disimular y negaban que hubiera contrabando en sus partidos.

Los comerciantes de México y Guadalajara, que abastecían a la Intendencia con productos importados, protestaban ante las
autoridades superiores por ese tráfico ilícito que afectaba sus intereses, y éstas emitían prohibiciones, pero el contrabando
continuaba. Al principio, los comerciantes mayoristas se inconformaron porque el contrabando mermaba sus negocios,
puesto que los artículos introducidos eran de mejor calidad y menor precio que los traídos de México o de Guadalajara; sin
embargo, terminaron por participar también porque obtenían buenas utilidades y no necesitaban compartirlas con los
proveedores que desde aquellas ciudades los surtían. Por otra parte, resultaba prácticamente imposible competir con los
bajos precios del comercio ilícito, así que para estos comerciantes la disyuntiva era participar en el contrabando o quedar
fuera del comercio,

Las circunstancias que favorecieron el contrabando se acentuaron en las primeras décadas del siglo XIX;una de ellas fue la
insuficiencia de la marina novohispana del Pacífico, que obligaba a utilizar barcos extranjeros para el transporte de la carga
destinada a la Intendencia de Arizpe o a las Californias. Otra fue la guerra insurgente que interrumpió las comunicaciones
con el centro del virreinato. La conjunción de estos elementos no sólo incrementó el volumen del comercio ilegal, sino que
amplió su radio de acción a la Intendencia de Durango. Las autoridades locales contemporizaron con el contrabando y
cobraron las alcabalas correspondientes,

Muy importantes fueron los cambios que se gestaron en el comercio de Sinaloa y de todo el noroeste en el periodo de las
reformas borbónicas, porque tuvieron hondas repercusiones. Por una parte, se aflojó el nudo que ataba a la Intendencia de
Arizpe con los almaceneros de México; se desarticuló el mecanismo por el que la riqueza de la región salía para México en
forma de plata. Por otra parte, se esbozaba otra forma de realizar el comercio exterior: el trato directo con los comerciantes
extranjeros, que al correr del tiempo llegara a ser determinante en la historia de la economía sinaloense, Asimismo, las
comunicaciones marítimas empezaron a cumplir una función relevante en el comercio del noroeste, aunque —y es preciso
señalarlo— el comercio exterior conservó el mismo defecto que Rodríguez Gallardo señalara 70 años antes: los
comerciantes del exterior sólo querían plata en pago de sus mercancías, por lo que muchos otros productos regionales
siguieron inexplotados por falta de mercado.

La minería

La minería
La política de los monarcas de la casa de Borbón en la Nueva España tendió a impulsar el desarrollo de la minería con el
propósito de incrementar la producción de plata. Las principales medidas prácticas en apoyo a los mineros fueron las
siguientes: disminución a la mitad del precio del azogue y una mejor distribución de esta materia prima para la producción
de la plata; organización del gremio de los mineros en el Tribunal de Minería y sus diputaciones provinciales; creación de un
banco para el financiamiento de los mineros y de una escuela para la formación de los jóvenes en el arte de la minería. Para
la intendencia de Arizpe, en particular, hubo un frustrado pero interesante proyecto de José de Gálvez, que consistió en
crear una compañía por acciones para invertir en las “ricas minas de Sonora y Sinaloa”, como el visitador lo publicó. El
proyecto fracasó porque los comerciantes a quienes propuso la empresa no quisieron secundarla, tal vez porque las
reformas que De Gálvez impulsó habían lesionado sus intereses.

En la Intendencia de Arizpe llegó a haber alrededor de 150 reales mineros de muy diferente capacidad productiva y
duración de su bonanza, pero los más consistentes fueron los mismos que desde el siglo anterior producían la mayor parte
de la plata en el noroeste: Álamos, Cosalá y El Rosario. Para este periodo tenemos registros sobre la producción de plata, en
los montos de la plata quintada en la Real Caja de Álamos, después trasladada a El Rosario, que podemos estimar como la
plata producida en la intendencia. La información se resume en el cuadro VI.2.

La población
Los datos de población de la Intendencia de Arizpe en el periodo 1720-1821 aparecen en los cuadros VI.3 y VI.4

Las cifras del cuadro VI.3 indican el acelerado crecimiento de la población total de la intendencia, debido aumento de la
población no indígena que se triplicó entre 1750 y 1821, lo que indica que hubo inmigración de mestizos, mulatos y
españoles provenientes de otras regiones de la Nueva España; es decir, el noroeste novohispano, antaño desdeñado por
falta de atractivos económicos, era ahora una región más integrada a la sociedad colonial y apetecible para quienes
buscaban mejores oportunidades para sobrevivir o progresar.

El significado de las reformas borbónicas


En el presente capítulo hemos expuesto con algún detenimiento cuáles fueron los cambios que el visitador José de Gálvez
inició en el noroeste de la Nueva España y que hemos llamado las reformas borbónicas. En este apartado presentaremos
algunas reflexiones sobre el fenómeno histórico considerado en su conjunto, porque se trata de una combinación de
acontecimientos que incidieron profundamente en la sociedad regional y modificaron el rumbo de su evolución al alterar las
relaciones entre sus grupos internos y también las relaciones con las sociedades regionales vecinas y con la capital del
virreinato e, incluso, con el extranjero. Fueron tan importantes los cambios inducidos por las reformas borbónicas que
podemos considerarlas como un hito en el proceso histórico regional del noroeste en general y de Sinaloa en particular.

Las reformas borbónicas llegaron del exterior, concretamente de la corte imperial de Madrid; llegaron de fuera como llegó
la conquista en el siglo XVI. Afectaron todo el imperio, pues no eran sólo para la Nueva España y menos privativas del
noroeste. El objetivo último de los monarcas de Borbón era la sujeción de las colonias para beneficio económico de la
metrópoli: corregir las fugas fiscales y promover la producción para aumentar así la recaudación de impuestos. Para lograrlo
se necesitaba reformar instituciones y procedimientos viciados —a juicio de los reformadores— que se habían incrustado
en las sociedades coloniales y con los que ciertos grupos de privilegiados medraban al amparo de la debilidad de los
gobernantes de la casa de Habsburgo. El Consulado de Comerciantes, algunas corporaciones religiosas como la Compañía
de Jesús y la misma institución del virreinato fueron el blanco de los golpes de los reformadores.

Los cambios llamados de “libre comercio” minaron las bases en las que se apoyaba el monopolio de los comerciantes
almaceneros del Consulado de México y resquebrajaron su poder económico y político. La otrora corporación más poderosa
de la Nueva España vino a menos; siguió como la asociación más importante en la Colonia, pero ya no fue la única, ni la
rectora de la política comercial del virreinato ni la acaparadora de la riqueza colonial. La expulsión de los religiosos de la
Compañía de Jesús eliminó de la política imperial a un opositor temible por su poder económico y su influencia en los
estratos ilustrados de la sociedad; además, la confiscación de sus bienes produjo considerables ingresos a la hacienda del
rey.
La implantación del sistema de intendencias pretendía que, desde la metrópoli, se ejerciera un control más directo y
efectivo sobre las regiones del imperio. El intendente era un funcionario de la más alta jerarquía, con un sueldo equiparable
al del virrey y revestido de amplios poderes en todos los ramos de la administración pública dentro del territorio de su
intendencia. El intendente era nombrado por el rey y a él debía responder de su gestión. Aunque no se dijo de manera
expresa, de hecho el sistema de intendencias venía a suplantar la antigua institución del virreinato; o, en otras palabras, en
el sistema de intendencias el virrey no era necesario. Resulta muy interesante observar que Antonio María de Bucareli y el
segundo conde de Revillagigedo, virreyes de intachable lealtad al monarca, respondieron con disgusto a la limitación de su
autoridad y la disminución de sus funciones. Ciertamente, la ley seguía otorgándoles los omnímodos poderes que sus
antecesores ejercieron en todo el virreinato, pero ahora sólo a través de los intendentes podían hacer uso de tales poderes,
y los intendentes no dependían del virrey. Por esto, los virreyes consideraron al intendente como una cuña que había
puesto el monarca para minar su poder.

La creación del ejército profesional fue también una de las reformas mas borbónicas, y su objetivo fue contar con una
fuerza represiva disciplinada y leal al rey. Las reformas lesionaron muchos y muy fuertes intereses, así que el monarca debía
tener a mano el instrumento para reducir a los inconformes. El ejército profesional fue objeto de los máximos privilegios
concedidos por el rey, y era tanta su confianza en los altos cuadros del ejército que casi todos los intendentes fueron
oficiales de alta graduación.

Veamos la magnitud de los cambios producidos en la gobernación de Sinaloa y Sonora que se transformó en la Intendencia
de Arizpe. La primera reforma de consideración fue la expulsión de los jesuitas que eliminó de tajo una de las más
importantes fuerzas económicas y políticas de la región, con el aplauso de mineros, alcaldes mayores y comerciantes, pues
quedaba despejado el campo para que los ricos de la región recibieran más trabajadores indígenas y tuvieran acceso a la
propiedad de la tierra y el agua. La política de incentivos a la minería también benefició a este grupo social, que aumentó la
producción de plata en forma considerable.

La creación de la Intendencia de Arizpe dotó a la región de un aparato burocrático que no tenía; una autoridad superior en
la persona del intendente y un grupo de subdelegados nombrados por él y sólo dependientes de él, a través de los cuales
podía ejercer su autoridad en todos los puntos de la intendencia; un aparato para la recaudación fiscal que extendió su
campo de acción hasta el cobro de diezmos y tributos (y el intendente tenía injerencia en la administración de estos
ingresos). Por medio de esta burocracia, el intendente podía también ejercer funciones militares, judiciales y de fomento de
la economía regional. Y es de notar que este aparato burocrático se articuló en la misma región, del intendente hacia abajo;
ya no hubo alcaldes mayores cuya lealtad estaba comprometida con los comerciantes de México. A pesar de las fallas y
confusiones, cosa explicable en un organismo nuevo y sin antecedentes en la región, este aparato sirvió bien al desarrollo
de los intereses locales.

La ruptura del monopolio comercial de la ciudad de México puso término al más gravoso mecanismo de explotación de la
región. De manera simultánea, la llegada de comerciantes extranjeros abrió la oportunidad para que los comerciantes
locales, antes sujetos a los almaceneros de México, pudieran operar por su propia cuenta y evitar que las ganancias
generadas por el comercio fluyeran hacia la ciudad de México. Los capitales mercantiles acumulados podrían invertirse en la
región para estimular el crecimiento de las actividades productivas.

El gobierno de los intendentes de Arizpe favoreció al grupo regional privilegiado, como se puede observar en la política de
privatización de la tenencia de la tierra, tanto de la baldía como la de las comunidades indígenas. El empeño por repartir las
tierras comunales conducía a favorecer también a ese grupo, pues si bien la tierra se entregaba a indios y mestizos a la larga
pasaría a manos de los ricos, ya por compraventa o por despojo. Saúl Jerónimo Romero ha estudiado este fenómeno en su
libro De las misiones a los ranchos y haciendas. La privatización de la tierra en Sonora, 1740-1860, en el que muestra con
detalle el acaparamiento de las tierras y aguas por un reducido grupo de pudientes en lo económico e influyentes en lo
político. La actitud de los intendentes fue muy favorable con los comerciantes, como se observa con claridad en la
tolerancia o permisividad del contrabando de ingleses y estadunideneses, a despecho de las leyes que prohibían el comercio
con extranjeros.

Este comportamiento de los intendentes resulta explicable si consideramos que necesitaban una base de sustentación
regional si querían conservar su puesto y ejercer sus funciones. El intendente era un forastero que llegaba a la región
respaldado por la autoridad de un rey muy lejano y amenazado por la enemistad de un virrey más cercano, así que al hacer
causa común con los importantes de la intendencia de Arizpe encontraba un sólido asidero que le permitía desafiar incluso
la autoridad del virrey.

Esta cadena de cambios en la política y la economía del noroeste novohispano produjo el debilitamiento de las relaciones
comerciales y políticas con la ciudad de México, y por consiguiente la organización de la economía tendió a reforzar su
sentido regional, para beneficio de quienes habitaban la región o al menos para cierto grupo. Antes, la zona dependía de
México en todos los aspectos: las decisiones políticas, económicas y religiosas para la región se tomaban allá. Los
gobernantes regían al noroeste, principalmente, para beneficio de ciertas gentes de la capital; el noroeste era una “colonia”
de los almaceneros del Consulado de México. En este periodo se debilitó mucho esta asimétrica relación que supeditaba
nuestra región a los intereses de algunas personas del centro. Éste es un hecho que no debemos perder de vista en el curso
de los sucesos posteriores.

En capítulos anteriores dijimos que a finales del siglo XVII se habían delineado con precisión los tres principales grupos
sociales surgidos de la conquista y colonización de las provincias del noroeste. Un grupo de prominentes, pequeño en
número pero grande en poder económico y político, formado por autoridades, comerciantes, mineros, capitanes de
presidio y religiosos jesuitas, todos ellos españoles aunque sólo algunos peninsulares. El segundo grupo, el más numeroso,
formado por los indios, especialmente aquellos que estaban integrados en comunidades misionales, que eran propietarios
colectivos de la tierra y del agua y cuya organización les daba fuerza económica y política, bajo la tutela de los jesuitas. El
tercer grupo social, el de los mestizos, mulatos y negros, era el intermedio por el número de sus integrantes, que vivían del
alquiler de su trabajo a los dueños de las minas y de las tierras o bien eran artesanos independientes.

Con la repercusión de las reformas borbónicas se inició una transformación profunda en el concierto de estos grupos
sociales. Del grupo de los españoles desapareció el poderoso sector de los religiosos jesuitas, se integraron otros clérigos,
como los párrocos seculares, los misioneros franciscanos y el nuevo obispo, pero su influencia no alcanzó el grado que había
tenido el poder de los jesuitas. Los integrantes de este grupo (autoridades de la intendencia, propietarios de tierras,
mineros y otros empresarios) trabajaron en armonía y con sus intereses más centrados en la región que en México.

El segundo grupo, el de los indios de comunidad, resultó muy afectado por las reformas borbónicas que aniquilaron el
sistema de misiones jesuíticas. La política reformista tendía a la anulación de la propiedad comunitaria y a la implantación
de la propiedad privada de los recursos de la comunidad. Se inició un lento pero irreversible proceso de cambio que tendía
a la destrucción de las comunidades y a la asimilación de los indios al tercer grupo social, el de los desposeídos.

El grupo de los mestizos y mulatos fue el que creció más entre 1767 y 1821, pero no resultó beneficiado por las reformas
borbónicas, sino que fue mejor controlado y objeto de las exacciones fiscales de una burocracia más amplia y eficiente.

La crisis de la Independencia
Para cerrar este capítulo, examinaremos los hechos ocurridos en la etapa final del periodo, de 1808 a 1821, y que llamamos
la crisis de la independencia, porque el resultado fue la ruptura del lazo que ligaba a la Nueva España con la metrópoli. Los
acontecimientos que desataron la crisis ocurrieron fuera de la intendencia de Arizpe concretamente en el centro del
virreinato, pero fue tal su magnitud que repercutieron en todo el ámbito de la Colonia. Examinaremos brevemente en qué
consistieron y cómo influyeron en nuestra región. Nos referiremos a tres hechos principales: el conflicto criollos y
gachupines de la ciudad de México en 1808; la revolución insurgente de 1810 acaudillada por Miguel Hidalgo, y el
movimiento trigarante de 1821 encabezado por Agustín de Iturbide.

En 1808 Napoleón Bonaparte invadió España, apresó al rey y al heredero y nombró a su hermano José Bonaparte monarca
de España. El pueblo español respondió con una insurrección general en contra de los franceses. Cuando en la Nueva
España se supo que el reino estaba acéfalo, los “criollos” de la ciudad de México, encabezados por el ayuntamiento,
trataron de ganar la participación política que los reyes borbones les habían negado. Los criollos, los españoles nacidos en
Nueva España, estaban en conflicto con los gachupines llegados de la península para el desempeño de los puestos del
gobierno colonial. Los reyes borbones habían postergado a los criollos al negarles la participación en el gol de su propia
patria —como ellos decían— y otorgar los puestos importantes a los peninsulares. Éstos respondieron con un armado que
dominó a los criollos, pero que no resolvió el conflicto político.

Hasta donde tenemos noticia, el enfrentamiento entre criollos gachupines no se dio en la Intendencia de Arizpe, pues no se
mostró esa escisión del grupo dominante, lo que indica que los intereses de los miembros de la elite estaban mejor
concertados que en la ciudad de México. Podemos señalar que aquí la política de los borbones favoreció al grupo de
españoles, tanto criollos como peninsulares; los mercaderes perjudicados por los cambios estaban fuera de la Intendencia,
principalmente en México y Guadalajara. Los ricos de la Intendencia de Arizpe no habían sido tan maltratados por el rey
como los de otras regiones.

En 1810 estalló la revolución social protagonizada por indios y castas que afectó una amplia zona de la Nueva España que
prendía las intendencias más pobladas del centro, occidente y sur del virreinato: Guanajuato, Valladolid, Guadalajara,
Puebla, Oaxaca, Veracruz y México. En la guerra insurgente también participaron algunos criollos, sobre todo clérigos y
militares, que actuaron como caudillos y guerrilleros. La rebelión fue sofocada en 1817 por el ejército borbónico, pero no
extinguida.
El movimiento insurgente no tuvo importantes adhesiones en la Intendencia de Arizpe. Si bien Miguel Hidalgo comisionó a
José María González de Hermosillo para propagar la insurrección en estos territorios, fue poco lo que logró. Las fuerzas
insurgentes ocuparon El Rosario el 24 de diciembre de 1810 y saquearon la Real Caja tras vencer a las fuerzas realistas
comandadas por el coronel Pedro de Villaescusa. Luego avanzaron hacia el norte con la intención de tomar Cosalá y en el
trayecto recibieron la adhesión de los mulatos del presidio de Mazatlán. González de Hermosillo atacó San Ignacio Piaxtla el
7 de febrero de 1811, pero fue completamente derrotado por las fuerzas realistas al mando del brigadier Alejo García
Conde, intendente de Arizpe. González de Hermosillo, con los restos de su tropa, volvió a Jalisco. En el noroeste dejó su
nombre a la ciudad que hoy es la capital del estado de Sonora.

En la zona serrana, en Badiraguato, hubo otro movimiento de indígenas y mestizos capitaneado por Apolonio García,
levantado en armas a principios de marzo de 1811. El día 13 los insurrectos enfrentaron a los realistas en Charay, donde
fueron derrotados y se desbandaron. Queda aún por averiguar si este movimiento tuvo relación directa con los insurgentes
de González de Hermosillo o fue una rebelión provocada por los problemas sociales propios de la región. El obispo de
Sonora, fray Francisco Rousset de Jesús, había condenado al movimiento insurgente en 1810, y del clero de su diócesis sólo
fray Agustín José Chirlín trabajó en favor de la difusión de las ideas insurgentes. Los efectos más notables de la guerra
insurgente en la Intendencia de Arizpe fueron de tipo económico, pues las comunicaciones terrestres entre México,
Guadalajara y la intendencia quedaron interrumpidas entre 1810 y 1817, dado que no había seguridad para los arrieros
transportistas. Esta circunstancia provocó el aumento del comercio de contrabando en toda la costa de la intendencia.

La lucha del pueblo español contra los invasores franceses tuvo otra importante faceta que fue el combate por los derechos
políticos de los individuos, que la monarquía española desconocía. En ausencia del rey, se reunieron en la ciudad de Cádiz
las Cortes, el Congreso de Representantes del reino, y elaboraron una constitución liberal que consagraba los derechos
políticos de los españoles de todo el imperio. Esta constitución se llamó “de Cádiz” o “de 1812” porque fue promulgada en
marzo de dicho año. Cuando Fernando VII volvió de su prisión en Francia fue reconocido como legítimo rey de España, pero
se encontró con una constitución vigente en la península y en las colonias americanas.

De los ordenamientos de la Constitución de Cádiz, dos fueron los que mayor repercusión tuvieron en las colonias: la
restauración del régimen municipal y la creación de la Diputación de Provincia, que era un cuerpo formado por diputados
electos en cada provincia y cuya función era proponer a las autoridades las medidas convenientes para el buen orden de los
asuntos locales. La vigencia de la constitución fue breve, porque el rey la desconoció en 1814, y no hubo tiempo para
aplicarla en la Intendencia de Arizpe; pero en 1820 se restauró y con ella se inició la creación de ayuntamientos en las
ciudades de la intendencia y la instalación de una diputación de provincia en Arizpe con jurisdicción local y sobre ambas
Californias. Este hecho es importante porque tanto los ayuntamientos como la diputación fueron los instrumentos con los
cuales los mineros, comerciantes y otros personajes importantes empezaron a ejercer funciones políticas reconocidas por la
autoridad.

El año de 1821 surgió en el centro de la Nueva España el movimiento trigarante que acaudilló Agustín de Iturbide. Fue un
proyecto nacido de un sector de la elite novohispana de la región central que, con una débil concertación entre las diversas
fuerzas sociales, logró imponerse el 27 de septiembre de 1821 y desde la capital proclamó la independencia de México.
Cuando el movimiento trigarante aún no triunfaba, ya en la Intendencia de Arizpe hubo adhesiones al Plan de Iguala que
Iturbide había proclamado, cosa que también ocurrió en muchos otros lugares de la Nueva España. El 16 de julio de 1821, el
teniente coronel Fermín de Tarbé y el párroco fray Agustín José Chirlín juraron el Plan de Iguala en el real de El Rosario. A
fines del mes de agosto, el brigadier Alejo García Conde, que ahora era comandante general de las provincias internas,
también lo respaldó. En septiembre lo juraron el teniente coronel Arvizu, en Tucsón, y Antonio Narbona, en Arizpe. Antonio
Cordero era intendente de Arizpe por estas fechas, pero prefirió renunciar a su cargo para no jurar el Plan de Iguala. Como
la aceptación del plan se generalizó en la Intendencia, el ahora obispo de Sonora, fray Bernardo del Espíritu Santo, ordenó a
los párrocos de la diócesis que no se opusieran a la proclamación de las adhesiones.

Así, en menos de tres meses la gente importante de la intendencia de Arizpe se había adherido al Plan de Iguala. Es
sorprendente la rapidez con que se difundió la información sobre el movimiento trigarante y su plan, y no menos
extraordinaria la celeridad con la que fue aceptado en la Intendencia. Más que una decisión de las autoridades parece que
fue una opción de las personas importantes de la intendencia, que del poder económico habían pasado a ejercer el poder
político. Estas personas, que se llamaban “los notables”, desempeñarían un papel muy importante en la historia de Sinaloa y
de Sonora durante el siglo XIX.

Este punto de la historia sinaloense no está suficientemente investigado. Falta encontrar la razón que ayude a explicar el
cómo y el porqué de la aceptación del movimiento trigarante por los notables de la Intendencia de Arizpe. La investigadora
Rina Cuéllar Zazueta propone la hipótesis de que los masones, que se habían extendido en la intendencia por lo menos
desde 1816, desempeñaron un papel en la difusión de la información y actuaron como organización política para concertar
las decisiones de sus miembros, Esta explicación parece factible y convincente porque coincide con los hechos posteriores,
que examinaremos en los siguientes capítulos.

VII. LOS NOTABLES Y EL ESTADO INTERNO DE OCCIDENTE, 1821-1830


AGUSTÍN DE ITURBIDE culminó la campaña militar por la independencia de México el 21 de septiembre de 1821, cuando el
ejército trigarante entró en la capital. Un mes y medio antes, a principios de agosto, había llegado a Veracruz el último
gobernante de Nueva España nombrado por la metrópoli, Juan de O’Donojú, con quien Iturbide había firmado el Tratado de
Córdoba por el que este jefe político reconocía la independencia, pero, según el Plan de Iguala, quedaban a salvo los
derechos de la casa real española, porque se invitaría, en primer término, a Fernando VII para que ocupara el trono de
México, o, en su defecto, a alguno de los príncipes españoles. Sólo en el caso de que no se cumplieran estas previsiones, el
trono sería ocupado por la persona que el Congreso designara. Es importante recordar esta circunstancia porque nos ayuda
a entender la relativa facilidad con que fue aceptado el Plan de Iguala en toda la Nueva España, pues la independencia no
significaba el rechazo del rey Fernando VII, a quien la mayor parte de la población profesaba lealtad. Lo que se exigía en el
Plan de Iguala era que la Nueva España no fuera más una colonia, sino un reino independiente de España, gobernado por
Fernando VII o algún príncipe español. México y España serían dos reinos diferentes, sin que uno estuviera sujeto al otro,
aunque tuvieran el mismo rey. Fue por esto que el obispo de Sonora, fray Bernardo del Espíritu Santo, aceptó el Plan de
Iguala, porque no implicaba deslealtad contra su rey, al que siempre defendió con ardor. Otra circunstancia importante del
movimiento trigarante fue que reconoció la vigencia de la constitución española de 1812 en todo aquello que no se
opusiera a la independencia del país.

Como la monarquía mexicana nació fiel a la casa real de España y a la constitución de 1812, quienes ocupaban los puestos
de gobierno no tuvieron inconveniente en continuar ejerciendo sus funciones bajo el nuevo régimen independiente.
Excepto el intendente Antonio Cordero, quien prefirió renunciar a su cargo, en la intendencia de Arizpe permanecieron en
sus puestos los subdelegados, los alcaldes y los capitanes de presidio. El mismo comandante general de las Provincias
Internas de Occidente, el brigadier Alejo García Conde, continuó como tal hasta mediados de 1822.

Como la constitución de 1812 permaneció vigente, los ayuntamientos constitucionales y las diputaciones de provincia
quedaron confirmadas en sus funciones. Recién instalada en México la junta de Regencia, dispuso que las diputaciones de
provincia fueran renovadas mediante elecciones, que en el noroeste se realizaron el 24 de febrero de 1822. La diputación
de Arizpe quedó integrada por las siguientes personas: Antonio Narbona, Rafael Montes, Manuel Íñigo, Antonio Almada,
Julián Moreno, Manuel Gómez de la Herrán y el obispo fray Bernardo del Espíritu Santo; como suplentes quedaron los
sacerdotes Santiago Domínguez Escobosa, Juan Elías González y Salvador Salido. Antonio Narbona y el obispo fray Bernardo
eran autoridades de la época virreinal, y los demás diputados eran miembros de las familias distinguidas de la región, eran
“notables”. Fue también en este momento cuando se abandonó el nombre de intendencia de Arizpe y se aceptó el de
provincia de Sonora y Sinaloa, y se cambió el título de intendente por el de jefe político superior, Para ocupar este puesto
fue designado Antonio Narbona.

Por estas fechas, los nombres “Sinaloa” y “Sonora” se aplicaban a territorios más amplios de lo que fueron las respectivas
provincias coloniales. “Sinaloa” designaba en este momento a la villa de San Felipe y Santiago, al partido de que esta villa
era cabecera y, además, al territorio comprendido entre los ríos de las Cañas y Mayo. “Sonora” se aplicaba únicamente a la
zona ubicada entre los ríos Mayo y Gila, porque en esta provincia no había algún partido o ciudad que llevaran ese nombre.

Las reformas borbónicas y sus efectos en la nueva España

A mediados del siglo XVIII, el virreinato de la Nueva España presentaba características muy distintas de las que se dieron en
la primera mitad del siglo. En la metrópoli, los monarcas se sentían seguros en el trono y sabían que había llegado el
momento de romper definitivamente con las estructuras políticas y económicas impuestas por los Habsburgo. En el caso
particular de España, los cambios obedecieron a la necesidad de la nueva administración borbónica que tomó el poder a
partir de 1700, con el propósito de corregir la situación de progresiva decadencia que se manifestó en el transcurso del siglo
XVII.

En la Nueva España, los visitadores y virreyes, así como los obispos nombrados por Carlos III, fueron los primeros y más
destacados abanderados del pensamiento fisiocrático y del absolutismo regalista, fueron los agentes de una “revolución
desde arriba” tendiente a transformar el sistema colonial, para sujetarlo a la Corona de una manera más eficaz, mediante la
aplicación de los conocimientos científicos de la fisiocracia.
De acuerdo con el principio de que no podían existir poderes corporativos o privados que rivalizaran con los del monarca, ni
privilegios que atentaran contra el interés supremo del Estado, la principal tarea de los funcionarios borbónicos en el
virreinato fue la de recuperar las atribuciones que los Habsburgo habían delegado en corporaciones y grupos.

Todo lo anterior implicaba eliminar la oposición de los grupos de poder locales americanos, y liberar los factores de
producción monopolizados por algunos de esos grupos. Por ello, los reformistas se plantearon los siguientes propósitos:

Crear cuadros administrativos y burocráticos leales a las ideas colonialistas, eliminando el peso de los criollos.
Adecuar la legislación a las nuevas necesidades de la Metrópoli.
Contar con una fuerza militar que defendiera y protegiera el programa de remodelación presentado, como un ejército
defensor de las fronteras ante las agresiones extranjeras.
Reducir la autonomía de gestión y control económico de los consulados de comerciantes.
Poner en circulación los bienes de la Iglesia.
Favorecer la reducción de precios de las importaciones para erradicar los sectores productivos competitivos, como los
obrajes, que desarrollados en la colonia competían con cierto éxito, limitando las ganancias de los comerciantes, fieles a la
corona y desarrollando grupos con intereses económicos distintos a la metrópoli.
El encargado de promover estas reformas en América fue José de Gálvez, nombrado visitador de la Nueva España por Carlos
III entre 1765 a 1771. La misión de Gálvez era establecer diversos mecanismos que recuperara los hilos que con
independencia de la metrópoli se movían desde hacía más de un siglo en los asuntos económicos, políticos y administrativos
de la colonia y colocarlos bajo la dirección y vigilancia de funcionarios fieles a la metrópoli. Una de las primeras instituciones
contra las que el visitador Gálvez dirigió sus ataques fue el virrey, por considerar peligroso para la metrópoli la
centralización de tanto poder, así como la ineficacia administrativa que entorpecía la solución de todos los asuntos que
concentraba. El instrumento recomendado por Gálvez para buscar la solución a este problema fue una nueva división
territorial en intendencias que venía a sustituir el sistema de provincias y reinos vigente en ese momento, que permitiría
una mejor administración evitando los abusos de la centralización del poder en el virrey, los alcaldes mayores, delegados y
subdelegados.

El establecimiento del sistema de intendencias enfrentó fuertes resistencias que impidieron su aplicación completa; en un
primer momento el rechazo provino de los virreyes mismos, quienes se opusieron a ceder parte de su poder. Más tarde a
sus protestas se unieron los integrantes de la Real Audiencia, los altos jerarcas eclesiásticos y los miembros de las
principales corporaciones, que sentían limitado su poder por las reformas.

En 1776 la Corona creó el puesto de regente, de rango inmediatamente inferior al del virrey, con facultades para asumir ese
cargo en su ausencia o cuando quedara vacante. La Real Audiencia, institución civil más poderosa después del virrey,
también fue objeto de cambios, uno de los cuales consistió en que había de ser presidida por el regente, quien estaba
facultado para intervenir en asuntos judiciales, generales o específicos. Esta disposición, fundamentada en la idea de que la
burocracia colonial necesitaba de mas conexiones entre los diversos sectores, afectó directamente la relación entre el virrey
y la Audiencia. En la época en que llego José Gálvez, la gran mayoría de los miembros de la Audiencia eran del grupo criollo,
por lo que se propuso modificar esta situación en primer lugar, y puso en práctica medidas tendientes a reducir la
participación de los criollos en la Real Audiencia; además, en la Ordenanza de Intendentes de 1786, se le restaron facultades
a esta institución, al disponer que muchos asuntos de índole económica, antes manejados por ella, pasaran a ser de la
competencia de la Real Hacienda. De esta manera, el antes poderoso tribunal perdió poder y sobre todo dejó de constituir
un bastión del grupo criollo.

También fueron sustituidos casi todos los tesoreros y oficiales encargados de manejar las cajas reales donde se acumulaban
los impuestos del virreinato, y sus cargos fueron ocupados por personas adictas a la nueva administración de los Borbones,
enviadas desde España.

Otra disposición fue la de suprimir a los alcaldes mayores y corregidores de los pueblos de indios, porque suponía que las
bajas recaudaciones de impuestos tenían origen en la corrupción de estos administradores locales y en la práctica
generalizada de controlar la producción y el consumo de los indígenas mediante el repartimiento del comercio, pues de este
modo sólo se beneficiaban los comerciantes y los alcaldes, pero no la Corona ni sus súbditos indígenas. Para acabar con esa
situación se recomendó la abolición total de los alcaldes mayores, y se proyectó la creación de un nuevo rango de oficiales
subordinados al intendente: los subdelegados, que mediante el pago de un salario, se encargarían de las funciones
gubernamentales antes en manos de los alcaldes, y tendrían prohibida toda práctica comercial y monopólica. Este plan fue
aceptado por el gobierno metropolitano en el año de 1769, y confirmado luego por la Ordenanza de Intendentes.

Además fue creada una nueva institución, el ejército, como instrumento destinado a vigilar el cumplimiento de las
disposiciones del gobierno borbónico. La nueva estructura del ejercito se componía de tres niveles: un pequeño número de
unidades regulares bien adiestradas, un grupo más grande de regimientos de la milicia y una extensa red de compañías de
reserva. Sin embargo, el reclutamiento enfrentó varias dificultades y creó algunos problemas sociales y económicos, sobre
todo por la resistencia de los pobladores a ingresar al ejército. Los reclutadores atribuían su fracaso a la ausencia de valores
marciales entre los mexicanos, y además, dadas las circunstancias de sujeción colonial no era posible inculcar virtudes
patrióticas para defender los intereses de la Corona.

Tampoco fue posible cumplir con los propósitos de orden racial, de acuerdo con los reglamentos, los elegibles para el
servicio deberían ser individuos de origen europeo o mestizos, tener entre 16 y 36 años de edad, medir por lo menos metro
y medio de estatura y tener buena salud. Los negros y los indígenas estaban exentos del servicio militar, pero eran
aceptables los de “sangre mixta”.

Ante el rechazo al reclutamiento, los oficiales tuvieron que recurrir a prácticas de leva, sin importar el origen racial de
quienes eran reclutados a la fuerza. Estas medidas trajeron consigo problemas de orden social y económico porque
provocaron un ambiente de tensión que comúnmente ocasionaba la fuga de los hombres hacia las montañas, abandonando
su trabajo y su familia. La Corona, para hacer más atractivo el servicio, otorgó privilegios militares (fueros) a los miembros
del ejército, pero esta medida fue mal interpretada por quienes abusaron del fuero al suponer que se les otorgaba
inmunidad contra el castigo penal.

El proyecto de reformas afectó a la más poderosa de las corporaciones: la Iglesia. Los ataques contra la Compañía de Jesús,
considerada como la orden religiosa mas desafiante no sólo por su cuantiosa riqueza y su poderosa influencia como
educadora de los criollos, sino por su adhesión al papa Clemente XIII, quien luchaba contra el regalismo en defensa de los
derechos de la Santa Sede. En junio de 1767 el gobierno español decretó de manera sorpresiva la expulsión de los jesuitas
de todas las tierras bajo su dominio. En la Nueva España se vieron afectados 7()() miembros de la orden; su arresto y
posterior destierro ocurrió cuando la influencia jesuita se encontraba en su punto más alto, pues además de ejercer una
influencia incuestionable sobre la élite criolla, gozaban de un elevado prestigio entre otros sectores de la población
novohispana.

Pero todos estos cambios e implicaciones en la vida social constituían sólo una parte del conjunto de grandes
transformaciones operadas en el mundo occidental a lo largo del siglo XVIII, etapa pletórica de acontecimientos
trascendentales, los cuales se manifestaron con toda su fuerza durante el llamado “Siglo de las Luces”, y revolucionaron al
mundo introduciéndolo a una era de modernidad sin precedentes.

El cumplimiento de estos propósitos implicaba a su vez contar con medios económicos financieros adecuados, para lo cual
se programó una política fiscal encaminada a suprimir las deshonestidades, crear nuevos estancos y ampliar la base social
tributaria, dándole a la colonia su carácter real de territorio sometido a una metrópoli imperialista.

Algunas de esas reformas se sometieron a estudio, pues su aplicación se consideraba asunto delicado, por las protestas que
pudiera ocasionar el rompimiento de los antiguos esquemas pero como quiera estas reformas dieron comienzo en el año de
1765, con la llegada de José de Gálvez como visitador general. A partir de ese momento se produjeron cambios tan
violentos que es posible afirmar que fue entonces cuando la Nueva España adquirió, en un sentido real y estricto, su estatus
colonial, porque nunca antes su dependencia y sometimiento fueron mayores.

Sistema de Intendencias

Entre las primeras funciones del visitador español José Gálvez, estuvo la de establecer una centralización administrativa
orientada a fortalecer el control de la Corona sobre el virreinato. Dentro de este propósito se buscaba tomar medidas
encaminadas a romper el monopolio que tenían las élites locales en el gobierno municipal, y establecer un sistema de
división territorial similar al creado por el gobierno de Francia, y ya adoptado en España.

La implantación de este sistema exigió la división del virreinato en juridicciones político administrativas denominadas
intendencias, las cuales habrían de estar bajo la dirección de un funcionario que fungía como gobernador general o
intendente, quien ejercía todos los atributos del poder: justicia, guerra, hacienda, fomento de las actividades económicas y
obras públicas. Los intendentes debían utilizar su autoridad para movilizar la economía de sus provincias, y debían solicitar
la colaboración del pueblo a fin de tener éxito; se consideraba necesario mejorar la participación pública en los asuntos
comunales para que hubiese contacto entre gobernantes y gobernados, y lograr con ello una mayor estabilidad.

Los intendentes debían estimular la actividad económica directa e indirectamente, por medio de obras publicas. Se
esperaba que los intendentes, adictos a la Corona y bien pagados acabarían con la corrupción y con los abusos de los
alcaldes mayores, para ello serían los encargados de producir las reformas, y estimular el rendimiento colonial que debía
comenzar por la agricultura. El intendente repartiría baldíos a los indios y españoles que carecieran de tierras, supervisando
que las hicieran producir, además debía favorecer la artesanía y fomentar el comercio y la minería.
Transcurrieron 19 años entre 1767, fecha en que Gálvez presentó su plan original de intendencias, y 1786, año en que la
Corona española promulgó las Ordenanzas de Intendentes, que daban carácter legal y definitivo al sistema de intendencias.
Las Ordenanzas establecían la nueva división territorial en 12 intendencias, cuyas capitales serían México, Puebla, Oaxaca,
Mérida, Veracruz, San Luis Potosí, Guanajuato, Valladolid, Guadalajara, Zacatecas, Durango, y Arizpe (Sonora-Sinaloa). No
formaban parte de las intendencias de esta Ordenanza los territorios de California, Nueva Vizcaya, Nuevo México, Coahuila
y Texas, quizá por tratarse de provincias que constituían la Comandancia General de Provincias Internas; además las
ordenanzas mencionan aparte otras regiones como el Nuevo Reino de León y Nuevo Santander, donde el gobernador debía
tener el mando en las causas de Hacienda y de guerra.

Descontento contra las reformas borbónicas

Antes de tomar medidas para con la Nueva España, el gobierno español decidió, primero que nada, organizar una
inspección militar (1764) y una visita general a las oficinas virreinales (1765), aunque estas dos medidas provocaron una
división entre las autoridades coloniales. Con la llegada de José Gálvez, con carácter de visitador general las tensiones
aumentaron, hasta que sale en 1771 de la Nueva España. De su visita resultó la nueva división política del territorio en
intendencias y comandancias de provincias internas, el aumento al triple de las rentas públicas, la reducción de
restricciones al comercio, la fundación del obispado de Sonora y la Academia de Bellas Artes. El virrey-inspector general
inicia una segunda reorganización del ejército e intenta establecer una nueva modalidad en las milicias. Toma medidas
intrascendentes que fracasan y sólo hacen perder dinero. La economía de la Nueva España es cargada con los cuantiosos
gastos que provocaban los preparativos militares para el conflicto en América del Norte. La recuperación de La Habana
(1763) y las medidas para modernizar sus defensas se transformarían en la insaciable boca que engulle cuanto Nueva
España no se basta para producir: dinero, hombres, pólvora, carne, maíz, arroz, habas y harina. En Veracruz enfermaban los
cientos de reos que esperaban para ser llevados a trabajar en la isla. Se calcula que las obras de fortificación de la isla
requirieron del envío de más de 5 mil trabajadores novohispanos. La quiebra del erario se fue agudizando debido al
aumento de los gastos, provocados por el mantenimiento de las tropas y trabajadores en La Habana. Ante esto, las
tensiones sociales aumentan y comienza a organizarse la oposición. El Gobierno de Carlos III recibe desde 1766 noticias, las
que considera sin fundamento, sobre el supuesto espíritu de rebeldía existente en la nueva España, y sobre un plan de
insurgencia que contaba con el apoyo de Inglaterra.

Efectos socioeconómicos de las reformas borbónicas

Como es de suponerse, las reformas económicas trajeron consigo múltiples efectos y consecuencias, tanto positivas como
negativas. El gobierno español tomó diversas medidas para explotar al máximo los recursos de la colonia, con el propósito
de generar mucha más materia prima para la metrópoli. Con las reformas borbónicas se tocaron todas las áreas principales
en la Nueva España, entre ellas se encontraba la minería. También estaban la agricultura, el comercio (pequeño) y algunas
empresas de manufactura. Obviamente hubo beneficios, se permitió ampliar los negocios entre ciertas colonias (Trinidad,
Margarita, Cuba, Puerto Rico).

La medida que mayores desajustes provocó en la Nueva España fue la real cédula de 1804 sobre la enajenación de bienes
raíces de las corporaciones eclesiásticas, que desató reacciones violentas en contra del gobierno español. Esto se debió a
que, con excepción de los comerciantes más ricos, aquella disposición afectó a los principales sectores productivos del
virreinato (agricultura, minería, manufacturas y pequeño comercio), y en particular a los agricultores, pues la mayoría de los
ranchos y haciendas estaban gravados con hipotecas y censos eclesiásticos, que los propietarios se vieron obligados a cubrir
en un plazo corto, a fin de que ese capital fuera enviado a España. De esta manera, no sólo la Iglesia se vio afectada por la
real cédula, sino también casi toda la clase propietaria y empresarial de la Nueva España, así como los trabajadores
vinculados con sus actividades productivas. Por ello, se levantó un reclamo y por primera vez en la historia del virreinato
todos los sectores afectados expusieron al monarca por escrito sus críticas contra el decreto en cuestión. A pesar de todo, la
cédula se aplicó desde septiembre de 1805 hasta enero de 1809, produciendo un ingreso de alrededor de 12 millones de
pesos para la Corona.

Para la Nueva España , la aplicación de la cédula aparte de provocar una severa crisis de capital, agrietó considerablemente
las relaciones entre la Iglesia y el Estado; desde entonces esos dos poderes no sólo rompieron los lazos de unión que
tuvieron en el pasado, sino que se convirtieron en facciones antagónicas. Las reformas borbónicas también afectaron al
Consulado de Comerciantes de la ciudad de México; esta corporación, que había acaparado el comercio exterior e interior
del virreinato por medio del sistema de flotas y del control de los puertos, perdió su enorme monopolio con la expedición
de las leyes sobre la libertad de comercio. Al mismo tiempo, la supresión de los alcaldes mayores, agentes comerciales del
Consulado en los municipios del país y en las zonas indígenas, acabó con la red de comercialización interna y rompió el lazo
político que permitía a los comerciantes de la capital controlar los productos indígenas de mayor demanda en el mercado
exterior e interior.
Al parecer los reformadores borbónicos, encabezados por Gálvez, no tenían una visión completa del funcionamiento del
sistema económico en la Nueva España. Aunque es cierto que muchos alcaldes mayores eran corruptos y abusaban de su
autoridad, el repartimiento del comercio era mucho más que un mero mecanismo de explotación; constituía el más
importante sistema de crédito para las comunidades indígenas y los pequeños agricultores. Los alcaldes mayores se
beneficiaban porque proporcionaban a crédito servicios necesarios: distribuían semillas, herramientas y otros bienes
agrícolas básicos; facilitaban la compra o la venta de ganado, y con frecuencia vendían los productos de algunos grupos que
quizá no hubieran encontrado otra forma de colocar su producción. Todo esto fue interrumpido con el decreto que
suprimía las funciones de los alcaldes mayores.

El Comercio Exterior

El comercio de la Nueva España fue limitado por la corona española para asegurar para sí los máximos beneficios. El
comercio con España se hacía por el puerto de Cádiz en el que se reunían, para la inspección de la Audiencia y la casa de
contratación de Sevilla, todos los artículos destinados a América. El comercio con la Nueva España se hacía por el puerto de
Veracruz, que era el único autorizado, y el de Acapulco que recibía los artículos importados por Filipinas.

Los comerciantes de España y Nueva España tenían un acuerdo en común para mantener el monopolio comercial para su
beneficio exclusivo. Estos comerciantes monopolizaban los productos importantes y controlaban el mercado colonial. Se
estableció un Consulado, que tenía como objetivo defender los intereses de los grandes comerciantes y excluyendo a los
que realizaban el comercio de menudeo. El gobierno otorgó el cobro de impuestos y de la alcabala a todo artículo que se
comerciara. El transporte de las mercancías europeas a Nueva España y el envío de caudales a la metrópoli fue
cuidadosamente reglamentado por la corona española. Los navíos cargados de géneros (la flota) debían atravesar el océano
protegidos por otros de guerra (la armada o los galeones). La inspección para verificar el buen estado de las embarcaciones,
que tenían que ser fuertes y veleras, era rigurosa. La dotación de los navíos también estaba cuidadosamente regulada y los
navegantes, capitán y oficiales, pasaban estrictos exámenes y para cada travesía habían de recabar licencia. Tanto cuidado y
vigilancia tenían por objeto que la mercancía estuviera expuesta al menor número de riesgos posibles.

La plata era la principal mercancía que se enviaba a España en forma de moneda acuñada. Las monedas de plata
novohispanas estimularon la economía europea y el comercio entre los dos continentes. Además de plata, la Nueva España
exportaba oro, cueros, grana, que era una pintura roja que los indios sacaban de la cochinilla.

La Nueva España tenía relaciones comerciales con diferentes partes del mundo. Barcos españoles llegaban al puerto de
Veracruz. Traían fierro, papel, vino, fruta seca, telas, y ropa fina. El comercio con las Filipinas y el Oriente se hacía a través
de la Nao de China, que cada año llegaba a Acapulco con finas telas de algodón y de seda, piezas de marfil y de porcelana.
Estas mercancías se pagaban con monedas de plata, muy cotizadas en todo el mundo y de la Nueva España salían productos
europeos.

Algunas regiones del virreinato de Nueva España comerciaban entre sí durante la época colonial. De Nueva España, por
Veracruz, se enviaba harina a las islas del Caribe y a las costas de Venezuela. De esos lugares venía cera, tabaco y cacao.

Los monopolios de las aduanas de Veracruz y Cádiz se eliminaron con las reformas borbónicas del siglo XVIII y buscaron
diversificar los cauces comerciales en el interior de la Nueva España; sin embargo siguieron las restricciones con países
extranjeros, por ejemplo España prohibió el comercio con Inglaterra, con quien mantenía una rivalidad ancestral, sin
embargo el contrabando de productos ingleses era frecuente en la colonia.

El control del comercio exterior de la Nueva España fue un rasgo del sistema mercantilista vigente en España en el siglo XVI,
cuando inicia el dominio que por trescientos años establecería en territorios americanos.

La agricultura, la minería y las manufacturas en la Nueva España.

Acorde con los lineamientos de la política económica mercantilista, la corona española promovió el desarrollo de la minería,
los primeros fundos mineros importantes se crearon en el siglo XVI al descubrirse importantes yacimientos de plata en
Zacatecas, Guanajuato, Taxco y Pachuca, que aunados a nuevos descubrimientos en el siglo XVIII colocaron a la Nueva
España como el mas importante productor de plata. Estos centros mineros se convirtieron mas tarde en detonantes de
otras actividades económicas al desarrollarse centros agrícolas, pueblos y ciudades, donde se crearon obrajes para producir
herramientas, utensilios y textiles que requería la cada vez más creciente población. Junto a estas actividades productivas se
desarrolló un activo comercio al que se dedicaron un buen número de criollos, grupo que habiendo nacido en la Colonia
desarrollaría de esta forma, intereses económicos y políticos que los llevaría más tarde a apoyar la lucha por la
independencia.
Reformas para impulsar la minería:

La medida inicial consistió en reducir el precio del mercurio en una tercera parte, y mas tarde, como esta disposición
provocó un aumento inmediato de la producción, se decidió bajar el precio hasta la mitad de su valor anterior. Al mismo
tiempo, los mineros fueron beneficiados con exenciones de impuestos en la introducción de maquinaria y materias primas.

Por último, se crearon tres instituciones que transformaron la situación de la minería:


Un consulado que agrupó a todos los mineros en una organización con privilegios y derechos especiales, un tribunal que se
convirtió en un activo órgano de difusión de conocimientos técnico y científico, y un Colegio de Minería, creado en 1792,
primera escuela secular y técnica altamente especializada, en donde se impartieron por primera vez cursos de metalurgia,
mineralogía y química, así como aquellas materias de estudio acordes con el pensamiento ilustrado, como matemática y
lengua francesa.

Mediante estos tres organismos, los mineros pudieron manejar por ellos mismos los problemas inherentes a sus
actividades, organizaron y sistematizaron los aspectos técnicos y administrativos que antes dificultaron el progreso de la
minería, lo cual les permitió adquirir fuerza y autonomía. Pero la Corona no puso el mismo interés en impulsar otras
actividades industriales o manufactureras, sino al contrario, estas fueron desalentadas y hasta prohibidas.