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Fernández Chein, Guadalupe (2017) - MATERNIDADES EN LA ADOLESCENCIA.

NI
DESTINO, NI PROBLEMA. Hacia una descolonización de nuestras prácticas docentes. Libro en
publicación.

CAPÍTULO 1 - Maternidades en la adolescencia ¿Un problema para quién?

I. ¿A quién adolece la maternidad adolescente?


En este capítulo se hará un breve repaso sobre las concepciones en torno a la maternidad
en la adolescencia. Es acertado reflexionar en torno a las miradas hegemónicas que
prevalecen sobre la temática, en particular sobre aquellas que, desde un espacio de
poder, pretenden establecer un lugar común de "normalidad" para los/as adolescentes.
Ese modelo imperante de normalidad para la adolescencia se conjuga con las relaciones
desiguales de poder que se construyen a la luz de las variables de género, de clase, de
sexualidad, de raza, etarias, etc.
Se reconocen, fundamentalmente, dos posiciones hegemónicas a la hora de hablar de
maternidad en la adolescencia. Una está ligada a las nociones esencialmente patriarcales
que plantean a la maternidad como un destino para las mujeres, y refuerzan en las
adolescentes todos los mandatos que ello implica. Entre las obligaciones que recaen en
las jóvenes se destierra la edad de éstas, reduciéndolas sólo al rol de madres. Estas ideas
se construyen en una relación desigual con los padres de las criaturas en quienes no
recaen, al menos desde las diferentes instituciones, roles impuestos.
La segunda posición es la que, desde otros lugares de poder, instaura la idea de la
maternidad en la pubertad como un problema social. Esta premisa estigmatiza al
embarazo en la adolescencia al considerar un modelo universal del ser adolescente, un
modelo que se erige siendo ciego a la realidad y al contexto que determina a cada joven.
Desde esta última concepción, y ubicándose en las antípodas de la primera, el embarazo
en la adolescencia es un problema, idea que se ha viralizado y ha sido absorbida por
diferentes grupos que trabajan con adolescentes en situación de ma-paternidad. Lo que
no se explicita en esta tendencia es por qué y para quién (o quiénes) es un problema.
Resulta sumamente importante el aporte que realiza el investigador Ariel Adaszko,
cuyas palabras sirvieron como apertura de este libro. Desde una visión
contrahegemónica, efectúa una fuerte crítica a las posiciones que atribuyen el
"problema" de los embarazos no oportunos a causas individuales que refieren a la
condición "natural" de los adolescentes, quienes "por su esencia son irresponsables y
proclives al riesgo". Asimismo, cuestiona la corriente que busca el origen del
"problema" en causas sociales, a las que se les adjudica que "las condiciones de
exclusión y de miseria estructural llevan a que los/as jóvenes no puedan proyectar su
futuro —según los parámetros establecidos—, y eso los/as lleve a ‘encauzar su miseria’
teniendo hijos/as". El autor propone que el análisis de esta situación sea abordado desde
una compleja mixtura entre los contextos históricos, políticos y económicos.
Es interesante observar en qué medida las políticas públicas y los lineamientos de
trabajo de quienes se vinculan con jóvenes en situación de ma-paternidad procuran
reparar en la articulación de los múltiples factores sociales a la hora de pensar las
situaciones y realidades de los/as adolescentes.
Hay que reconocer que esa complejidad repercute en un mundo heterogéneo que es
construido y determinado por múltiples factores. Al respecto, el Dr. Solum Donas Burak
plantea que:

La maternidad no opera de modo homogéneo en los distintos


sectores sociales y la prueba palpable radica en la diferencia
observada en el número promedio de hijos por mujer, que es
notablemente más alto en los sectores más pobres en Argentina
y otros países de América latina. Esta tasa diferencial tiene su
explicación en la mayor persistencia de patrones reproductivos
tradicionales en las familias de sectores populares. Las mujeres
de sectores medios y altos, con acceso creciente a la educación,
se encuentran tensionadas entre sus nuevas posibilidades de
realización intelectual, profesional, política o artística y su
vocación de maternidad. En cambio las mujeres de clases
populares no tienen las mismas alternativas, más aún ante la
carencia de empleo que se ha agravado en la última década; la
tendencia hacia una maternidad abundante en las clases más
pobres, en la que actúan distintos factores sociales y culturales
que inciden en el menor uso de anticonceptivos, tampoco tiene
el contrapeso de las nuevas opciones brindadas a las mujeres de
otros sectores sociales para su realización personal.

La maternidad, así como otros fenómenos, no pueden pensarse de forma monolítica en


los diferentes grupos sociales. Las diferentes dimensiones que se articulan, en torno a
los sujetos, configuran escenarios complejos y diversos. La clase social y otras
variables, como la cultura, la nacionalidad, la etnia, la raza y la edad, operan en la
construcción de imaginarios que, desde lugares de poder, se constituyen como
universales y homogéneos.
La maternidad obligatoria se ha constituido, a lo largo de la historia, en una institución
funcional al control de las mujeres. Junto a otras instituciones como el matrimonio, la
monogamia y la heterosexualidad ha sido uno de los mecanismos más efectivos para
apropiarse de la capacidad reproductiva de las mujeres.
La universalización de la categoría "mujer" hace que una lectura como la anterior sea
extrapolable a cualquier mujer de cualquier lugar del mundo y de cualquier período
histórico. Sin embargo, pensar en clave histórica permite complejizar esta mirada.
En el caso de las mujeres de sectores medios y altos, la maternidad se ha ido aplazando
producto de la idea de la realización personal como prioridad a través de la formación
académica. Muchas de estas mujeres —adultas, por cierto— son las que desarrollan
trabajos con las jóvenes de sectores populares que transitan embarazos o ejercen la
maternidad. La visión de las primeras es vista como la única válida, incluso desde una
perspectiva salvacionista, en la que se considera que si la joven evita un embarazo a
temprana edad disminuyen sus posibilidades de perpetuar su pobreza accediendo a más
alternativas de formación y de salida laboral. Por lo tanto, es visto como una opción de
salida de esa vida "des-graciada". Esta mirada, que puede ser que parta desde una
preocupación genuina por el desarrollo de las jóvenes, en ocasiones se convierte en una
nueva forma de desoír lo que las mismas muchachas tienen para decir.
Esta heterogeneidad, lejos de ser re-significada para estudiar las realidades en las que se
anclan las profundas desigualdades sociales con perspectiva de transformación, opera
más bien de modo simplificador. No sólo estamos hablando de mujeres de sectores
sociales altos, estamos hablando de adultas y adultos que también obtienen una cuota de
poder de esta condición. Encapsulan a los adolescentes como grupos de riesgos,
invalidando sus acciones, deseos y decisiones. Esta perspectiva generalizada de la
adolescencia, atravesada por la variable de la pobreza, resulta en la criminalización de
las adolescencias en los sectores populares.
En algunas oportunidades, estas posiciones son sostenidas desde argumentos
provenientes de la salud perinatal. Fabián Portnoy, médico e investigador especialista en
Salud Sexual y Reproductiva, afirma que los riesgos probables, asociados a la salud de
la mujer gestante y del bebé, son más bien riesgos que se corresponden con el medio
ambiente en el que vive la adolescente que con su edad. Ésta es una forma más de poner
en jaque la idea del embarazo en la adolescencia como un problema en sí mismo, al
mismo tiempo que refuerza la importancia de centrar el foco en las condiciones de
existencia previas —materiales y subjetivas— que enmarcan la realidad de vida de las
jóvenes en situación de maternidad.
El mismo autor afirma que la mejora en la atención del embarazo y en la captación
temprana redundará en mejores resultados obstétricos y perinatales.
Los doctores Claudio Stern y Elizabeth García llaman "enfoques tradicionales" a
aquellos que desde diferentes disciplinas denominan problema al embarazo adolescente.
La demografía, la medicina y la epidemiología han colaborado en desplegar discursos
recurrentes que contribuyen a instalar la idea del problema. En este sentido, afirman que
"…la mortalidad y la morbilidad materno-infantiles asociadas al embarazo adolescente
son más una manifestación de la desigualdad social y de la pobreza que enfrentan los
grupos más desprotegidos, que una consecuencia de la edad a la que ocurren los
embarazos."
Desde otras corrientes teóricas, suelen esgrimirse argumentos para fortalecer la idea del
embarazo en la adolescencia como un problema. Desde un enfoque demográfico se
sostiene que el crecimiento de la tasa de fecundidad en la población adolescente tiene un
correlato con un crecimiento desmedido de la población. También se le atribuye la
transmisión intergeneracional de la pobreza como una consecuencia de la deserción
escolar.
En las diferentes conclusiones, se trasluce la falta de profundización y de análisis de la
realidad de las jóvenes en situación de embarazo o de maternidad. Cuando se ahonda en
ello, los diferentes discursos que sostienen la noción de problema social asociado a
embarazo en la adolescencia van perdiendo credibilidad y sustento. Estos enfoques
tradicionales no se proponen indagar más profundamente en torno a la realidad
sistémica de las jóvenes, es decir, a las condiciones materiales y subjetivas que llevan a
una desigualdad de oportunidades que ensancha, a pasos agigantados, la brecha entre
jóvenes de distintos sectores sociales. Por el contrario, podríamos ligar este tipo de
argumentos a líneas de pensamiento más bien conservadoras y contemporáneas que
sostienen, por ejemplo, que las jóvenes se embarazan para cobrar planes o becas.
Posiciones, estas, no tan lejanas en el tiempo, fácilmente ubicables en cualquier fuente
periodística de actualidad.
Al calificar al embarazo en la adolescencia como un problema social se instala que esto
es una cuestión a erradicar. Los parámetros desde los que se construye esta noción de
problema decantan en que el embarazo en la adolescencia sea considerado como un
comportamiento desviado, que se sale de la norma establecida para los y las jóvenes. De
esta manera, a lo que nos enfrentamos no es a otra cosa que a un nuevo intento por
controlar la sexualidad a este sector de la población, como una forma más de garantizar
el control social.
No sólo se refuerza la idea del "problema", sino que lo adjudican a factores individuales
que responden a comportamientos desviados de "jóvenes irresponsables", o en su
defecto, al resultado de "familias disfuncionales" que no supieron encarrilar a sus
hijos/as. Estas percepciones se construyen sobre un andamiaje teórico adultocéntrico
que juzga a la/s adolescencia/s. La caracterización de una conducta desviada —como lo
es un embarazo antes de lo esperado— que, además tiene como correlato perjuicios para
el conjunto de la sociedad, se plantea como una urgencia a ser corregida, reencauzada,
normalizada.
Los doctores Stern y García sostienen que estos enfoques tradicionales parten de
posturas epistemológicas positivistas, que piensan el concepto adolescente
descontextualizado de toda realidad social. Asimismo, suelen ser enfoques que se
construyen en el hemisferio norte y son extrapolados acríticamente a nuestras
sociedades.
El embarazo en la adolescencia, y los problemas a los que se lo vincula, tiene
características distintas según el sector social donde se manifieste. Es importante
conocer estas particularidades, ya que las acciones que se puedan emprender deberán
tenerse en cuenta para que puedan ser exitosas.
Los cambios culturales, asociados a los cambios políticos y económicos, promueven
modificaciones en las costumbres y en la vida de las personas. Antaño, la unión en
pareja de una joven y su pronta maternidad eran bien aceptadas. Cuando el modo de
producción capitalista necesitó incrementar la mano de obra e incorporó a las mujeres al
mercado laboral creó diferentes expectativas de ascenso social en la población, de la
mano de la escolarización y del acceso a la educación superior de las clases populares.
Todo este proceso contribuyó a que el embarazo en la adolescencia comience a
percibirse como problema.
Se trata, entonces, de considerar el fenómeno en el contexto histórico y en el momento
socio-espacial en el que ocurre, sin dejar de tener en cuenta la desigualdad social y la
desigualdad en las relaciones de género.
Es posible aseverar, por tanto, que el embarazo en la adolescencia es un fenómeno
social y cultural. Y, en consecuencia, que el abordaje que se haga al trabajar con jóvenes
en situación de ma-paternidad debe ser flexible a la vez que sensible. Es decir, si
reconocemos su componente fundamentalmente cultural, no podemos enfocar nuestra
mirada con preconceptos establecidos. Muy por el contrario, será tarea de quienes estén
en esta labor priorizar la sensibilidad a la escucha y permitir que afloren los emergentes
genuinamente planteados por parte de la población con la que se trabaja.
Este análisis lleva a problematizar qué clase de educación sexual es necesario construir
desde las escuelas y ámbitos en los que transitan los/as jóvenes. Se vuelve trascendental
que las perspectivas moralizantes y prohibicionistas sean reemplazadas por otras que
promuevan la escucha y la participación activa de los/as propios/as jóvenes. Una
educación sexual integral que entienda que sus pilares fundamentales se construyen en
torno al enfoque de género y a la perspectiva de derechos y que, aún observándose
éstas, es necesario seguir complejizándolas.
La sexualidad, entendida como "una dimensión de la construcción de la subjetividad
que trasciende ampliamente el ejercicio de la genitalidad […] está presente en el
currículum oculto de las escuelas medias a partir de las significaciones de género
hegemónicas", según especifica la Dra. en Educación Graciela Morgade, decana de la
Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Su aparición más explícita en las aulas estuvo
mayormente ligada a la reproducción humana, como uno de los ejes obligados dentro de
la asignatura Biología. Incluso, luego de la sanción de la Ley de Educación Sexual
Integral en Argentina (Ley 26.150/06), este enfoque sigue perpetuándose en algunos
discursos y prácticas docentes. Las escuelas cumplen un rol fundamental a la hora de
poder problematizar con mayor énfasis estos paradigmas reduccionistas. Sin lugar a
dudas, poder comenzar a disociar en las instituciones educativas la sexualidad de la
reproducción, extender las posibilidades de abordar la dimensión del placer y cuestionar
con vehemencia las relaciones de poder que se establecen a raíz de las desigualdades de
género sienta un importante hito para que las jóvenes y adolescentes escolarizadas
puedan vislumbrar, en un horizonte no tan lejano, la posibilidad de decidir sobre su
propio cuerpo.
La Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo llevada a cabo en El
Cairo, en el año 1994, trata sobre los Derechos Humanos y Reproductivos y especifica
que:

(…) abarcan ciertos derechos humanos que ya están


reconocidos en las leyes nacionales, en los documentos
internacionales sobre derechos humanos y en otros documentos
pertinentes de las Naciones Unidas aprobadas por consenso.
Esos derechos se basan en el reconocimiento del derecho básico
de todas las parejas e individuos a decidir libre y
responsablemente el número de hijos, el espaciamiento de los
nacimientos y el intervalo entre éstos y a disponer de la
información y de los medios para ello y el derecho a alcanzar el
nivel más alto de salud sexual y reproductiva.

Hay que destacar el cambio de paradigma que introducen las conferencias de población
como la anteriormente citada que, influenciadas por el movimiento feminista y a la luz
de la categoría de género que irrumpió en la academia y en el movimiento político,
empiezan a cuestionar las políticas estatales que persiguen ejercer un control sobre la
natalidad/sexualidad de las mujeres.
Este impulso logra introducir en la Organización Mundial de la Salud, en el año 1994, el
concepto de Salud Sexual y Reproductiva que refiere a "un estado general de bienestar
físico, mental y social, y no sólo a la ausencia de dolencias o enfermedades en todos los
aspectos relacionados con el sistema reproductivo y a sus funciones y procesos". Esta
definición enfatiza el ejercicio pleno de la sexualidad, libre de cualquier tipo de
violencia o de coerción y desligado de la procreación.

Volviendo a la propuesta de problematizar aquellas verdades que se pretenden


universales, es preciso cuestionar no sólo la construcción histórica de la valoración de la
maternidad en la sociedad, sino también la diversidad que existe al respecto en términos
culturales. La profesora Norma Fuller refiere al cambio de paradigma que significó la
separación de la sexualidad de la reproducción. Sin embargo, esta disociación no
atravesó a toda la sociedad de forma semejante. En términos de clase y en términos
étnicos y nacionales, las realidades son bien diversas. La sexualidad de las jóvenes está
fuertemente condicionada por la desigualdad de género y por los privilegios que el
patriarcado otorga a los varones cis1, que lleva a que las jóvenes heterosexuales tengan
que negociar —en una relación de poder que no las favorece— las formas de
relacionarse sexualmente con sus parejas. Al mismo tiempo, implica una negociación
con su familia de origen, núcleo desde el que, también, se imparten mandatos con
respecto a la sexualidad.
La perspectiva más tradicional que asevera que la maternidad en la adolescencia trunca
el desarrollo social y los proyectos de vida de las jóvenes puede ser puesta en jaque, si
al analizar la realidad de estas jóvenes se pone en relieve que su maternidad implica un

1 En los estudios de género se utiliza el término cisgénero (o la abreviatura ´cis´) para referirse a las
personas que se autoperciben con la identidad de género que les fue asignada al nacer. El prefijo ‘cis’
significa ‘de este lado’ y su antónimo ‘trans’, significa ‘del otro lado’.
giro en su vida, para asumir mayores compromisos con la escolaridad, la búsqueda de
estabilidad laboral, emocional, etc. De una manera u otra, es un interrogante que aún
dejaremos abierto.
Al mismo tiempo, hay que cuestionar qué es lo que se entiende por proyecto de vida.
Probablemente, las percepciones de completar los niveles de escolarización y de
concretar la inserción al mercado laboral estén impregnadas de lo que aquí hemos
llamado miradas tradicionales. Al decir de la Dra. Eva Giberti:

(…) la expresión "proyecto de vida" corresponde a una


ideología propiciada por los adultos en relación con la posible
autonomía de los jóvenes respecto de su futuro. La anticipación
que estos proyectos suponen suele estar alejada de los anhelos
juveniles, que insisten en regular su futuro de acuerdo a sus
propios cánones que privilegian el momento actual. Lo que no
significa que acierten.

II. "Juventud, divino tesoro". Adolescencia(s) se escribe en plural

El concepto "adolescencia" es fundamentalmente histórico. Lejos de ser una noción


estática responde a construcciones culturales que han sufrido transformaciones con el
transcurso del tiempo en función de cada contexto histórico y de los intereses que se
conjugan desde los lugares de poder. Entonces, se puede afirmar que la adolescencia es
una invención y, como tal, ha ido mutando.
La noción moderna de adolescencia, según ha sido observada por los Dres. Stern y
García y por la Lic. Susana Checa, surgió en la primera mitad del siglo XXI,

intrínsecamente ligada al proceso de expansión capitalista y al desarrollo de la


industrialización, que sin dudas repercutió en las formas de organización de la
institución familia.
De la mano del sistema escolar obligatorio, surge la conceptualización de la
adolescencia como un modo de posponer el ingreso de jóvenes a la edad adulta, al
matrimonio y al mercado laboral, para postergar, al mismo tiempo, la dependencia de
sus progenitores. La necesidad del sistema de incorporar nuevas formas productivas
impone la educación formal como medio para obtener mano de obra calificada.
Lejos de achicar la brecha que genera el sexismo, este proceso la profundizó. Mientras
masculinizó la mano de obra que necesitaba, circunscribió a las mujeres al ámbito de las
tareas domésticas y de la reproducción de la especie.
El concepto "adolescencia" no deja de ser una idea occidental que se ha extendido y que
pretende englobar y etiquetar a todos los jóvenes entre los 13 y los 19 años,
pertenecientes a diferentes sectores sociales y geográficos. Lo cierto es que son bien
diversas las realidades de los y las jóvenes de América latina que divergen en su
pertenencia a espacios urbanos o rurales, como así también contemplan amplias
desigualdades, si nos referimos a las realidades socioeconómicas.
En la actualidad transcurren, del mismo modo, parámetros que pretenden establecer qué
es ser "un adolescente normal" y que parten de una mirada adultocéntrica imbricada en
determinado sector social y en espacios culturales que se erigen desde lugares de poder.
Esta posición construye un falso modelo del ser adolescente que, al ser universalizante,
invisibiliza a jóvenes de otros sectores socioculturales que no responden al modelo
hegemónico.
En sintonía con estos parámetros para pensar la(s) adolescencia(s), el sociólogo Mario
Margulis arguye que:

A primera vista, la noción de juventud se presenta como una


categoría vinculada con la edad y por tanto remite a la biología,
al estado y las capacidades del cuerpo: parecería invocar al
reino de la naturaleza. Sin embargo, y por poco que se
profundice, la significación de "juventud" se revela como
sumamente compleja, proclive a las ambigüedades y
simplificaciones. "Juventud" convoca a un marco de
significaciones superpuestas, elaboradas históricamente, que
refleja en el proceso social de construcción de su sentido la
complicada trama de situaciones sociales, actores y escenarios
que dan cuenta de un sujeto difícil de aprehender.

Por ello hablo de juventudes en plural y, coincidiendo con el autor, cabe sostener que
existen escalas dentro de la categoría "juventud" que la diversifican. Entre ellas, "las
más notorias son la diferenciación social, el género y la generación".
En la construcción hegemónica de ese concepto de Juventud se construye también un
modelo ideal de cuerpo que es el que se asimila a esa juventud. Lo cierto es que ese
modelo está constituido desde ciertos parámetros y resulta inalcanzable para los y las
jóvenes de los sectores populares. Lo impregnan los ideales de belleza configurados a
partir de una mirada eurocéntrica, que claramente no contempla los rasgos originarios
de Nuestra América, entendiendo que usamos este concepto para referirnos al
subcontinente América Latina.
Cuando el sociólogo Claudio Duarte Quapper se responde el interrogante en cuanto a la
pertinencia de hablar de Juventud o Juventudes, citando a Pierre Bourdieu, afirma que
para mirar a este grupo social es necesario hacerlo desde la diversidad:

La juventud y la vejez no están dadas, sino que se construyen


socialmente entre jóvenes y viejos. [...] La edad es un dato
manipulado y manipulable, muestra que el hecho de hablar de
los jóvenes como una unidad social, de un grupo constituido,
que posee intereses comunes, y referir estos intereses a una
edad definida biológicamente, constituye en sí una
manipulación evidente

Las miradas que construyen la existencia de la juventud lo hacen desde determinadas


matrices culturales. Dos de ellas son el adultocentrismo y el patriarcado. Por
adultocentrismo se entiende, según el mismo Duarte Quapper, como la perspectiva que
"sitúa lo adulto como punto de referencia para el mundo juvenil, en función del deber
ser, de lo que debe hacerse para ser considerado en la sociedad".
Coincido con Duarte Quapper cuando afirma que estas matrices reproducen una
concepción homogeneizadora de la juventud que no repara en sus diferencias intrínsecas
y sociales:
(…) vale decir que no se elabora ningún nivel de distinciones
entre los tipos de jóvenes, ni entre géneros, razas, clases
sociales, estilos (contra) culturales, etc. De esta forma existe
sólo una juventud, singular y total al mismo tiempo. Esta
objetivación de corte positivista intenta igualarles en un
concepto, se niega la existencia de las otras versiones que ya
señalamos y que abren un abanico amplio de significaciones. A
nuestro juicio, la juventud, si existiera, no posee carácter
universal, constituye un referente conceptual que precisa de
contextualización y especificidad desde sus acepciones más
básicas: momento de la vida, grupo social, estado de ánimo,
estilo de vida entre otras. El reconocimiento de la
heterogeneidad, la diversidad y la pluralidad, como veremos,
son ejes para una nueva mirada de las juventudes en nuestro
continente.

Lo mismo sucede cuando se piensa la sexualidad en la adolescencia. La Lic. Susana


Checa plantea que esa etapa de la vida es un período en el que la sexualidad se potencia
adquiriendo ribetes particulares surgidos de nuevas sensaciones sexuales y de nuevas
erotizaciones. La autora repara en la importancia de no circunscribir el abordaje de la
sexualidad en la adolescencia desde una perspectiva únicamente biológica, sino en tanto
"construcción social y colectiva regida por pautas históricas y culturales, propias de
cada sociedad". Es posible, a la luz de estas reflexiones, pensar sobre las maternidades
en la adolescencia y sobre los múltiples abordajes que desde el mundo adulto se hacen
al respecto.
Pese a que algunas visiones se esfuerzan en sostener que la adolescencia es una mera
etapa de transición, conviene subrayar la idea de que ésta es una etapa singular con
características propias. Esta visión colabora a que las lecturas que se hagan para esa
franja etaria o las políticas que se diseñen para esa población contengan, en la mayor
medida posible, las particularidades y especificidades que la caracterizan. Sin embargo,
la misma autora sugiere que es oportuno observar otras realidades que construyen
diferentes adolescentes:

(…) junto con los condicionamientos familiares, los


comportamientos más frecuentes de los adolescentes están
decisivamente influenciados por el contexto espacial, histórico,
económico y sociocultural en el que se desenvuelven. Existen
importantes diferencias entre adolescentes pertenecientes a
medios urbanos y rurales, entre los diferentes estratos
socioeconómicos, y entre países centrales y periféricos.

La profesora María Alicia Gutiérrez sostiene que caratular a la adolescencia como un


"período de transición" es una definición por la negativa que involucra una lectura
adultocéntrica, enmarcada en relaciones de poder específicas de una sociedad capitalista
y patriarcal. La juventud, en tanto nuevo sujeto social, debe hacerse lugar en el terreno
político y en el escenario histórico para contrarrestar aquellas acepciones.
La concepción moderna de ciudadanía se constituyó desde un lugar universal y
androcéntrico que contemplaba a un solo sujeto: el varón blanco, adulto, burgués y
heterosexual. Al resto de las identidades nos queda la tarea de dar batalla para cambiar
la correlación de fuerzas y ganarnos, a fuerza de lucha y de organización, los espacios y
derechos merecidos.
En cuanto a los y las jóvenes, pese al marco legal existente, aún no son considerados/as
como sujetos con capacidad de participar en la toma de decisiones que involucran sus
vidas, incluso en el campo de los Derechos Sexuales y de Reproducción. Menos aún si
pensamos en jóvenes de sectores populares de Nuestra América.

III. "Estoy rodeado de viejos vinagres": las miradas adultocéntricas.


Conceptos de autonomía racional y de autonomía progresiva.

La Convención Internacional por los Derechos de los/as Niños, Niñas y Adolescentes


(NNyA), incorpora el principio de la autonomía progresiva. Este nuevo paradigma
implica la facultad de asumir roles y funciones conforme al desarrollo y a la madurez de
estos/as. Comprende la doctrina de la protección integral y del reconocimiento de los/as
NNyA como sujetos de derecho2.
Es así que tanto las familias como el Estado deben posibilitar el desarrollo progresivo de
la capacidad de los NNyA, a efectos de guiar y de acompañar su formación en el
camino.
De esta manera, se debe comprender que esto/as tienen un amplio espectro de decisión y
que, ante determinados actos, son ellos/as mismos/as quienes tienen derecho a opinar
sobre la resolución de situaciones que les atañen.
El concepto de capacidad, que emana de la citada Convención, supone que el ejercicio
de sus derechos se encuentra determinado por la "evolución de sus facultades".
Desde este marco conceptual, las ideas sociales y culturales transforman el estatus
social de lo que se pensaba, otrora, sobre la infancia y sobre la adolescencia. Quienes
fueron reducidos/as a la figura de "menores de edad" durante décadas, ahora son
reconocidos/as como portadores de una titularidad plena de sus derechos y de un
reconocimiento a su capacidad progresiva para ejercerlos. Por ello, es acertado, y
urgente, pensar a los/as NNyA como sujetos/as de derecho3.
Desde esta concepción, se desprende que la mejor forma de garantizar la protección de
la infancia es promoviendo su autonomía como sujetos; los/as NNyA podrán ir
construyendo progresivamente una percepción de control acerca de su situación
personal y de su proyección de futuro.
Las jóvenes que transitan una situación de maternidad tienen derecho a ser escuchadas.
A que su opinión sea tenida en cuenta y considerada a la hora de la elaboración de las
políticas públicas que las afectarán. A que esas políticas institucionales no las
encorseten, reproduciendo nuevas opresiones. Es imprescindible que cada uno de los
lineamientos que se diseñen se hagan a partir de las necesidades concretas de estas
adolescentes, y no de nociones y preconceptos ajenos a su cotidianeidad.
Sin embargo, esto no deja de estar en tensión con otro concepto que vale la pena traer a
colación, el de autonomía relacional. Susan Sherwin, desde el libro Salud Sexual y
Procreación Responsable. Desde una perspectiva de Derechos Humanos y con enfoque
de género editado por los Dres. Villaverde y Rosales, cuestiona las nociones y prácticas
que ponen el peso en las responsabilidades individuales, máxime cuando no se establece

2 Ley 26061 de Nación; Ley 114 de CABA


3 Negritas de la autora.
que esas responsabilidades individuales están condicionadas y determinadas por
diferentes contextos, por distintas interferencias y coerciones.
Para reemplazar esa idea hegemónica de autonomía, Sherwin propone el concepto de
autonomía relacional, que intenta superar la lógica de la "ética principista" caracterizada
por la universalidad ciega a las realidades particulares y locales. El concepto intenta
aportar una perspectiva que repare en teorías más contextuales, específicas y prácticas,
que advierta las particularidades culturales y que se proponga desde un enfoque
"genero-sensitivo".
En este sentido, al pensar las maternidades en la adolescencia, no se puede dejar de
observarlas en el contexto en el que se producen. La maternidad se ha constituido, para
muchas de las jóvenes de los sectores que aquí estudiamos, en un "ritual de paso hacia
ilusorias posibilidades de emancipación, adultez y autosuficiencia". Estos modelos se
van consolidando en tanto van pasando de una generación a otra y están arraigados en
las subordinaciones de clase y de género que impone el sistema.
La Organización Mundial de la Salud, en 1995, ha definido a la Salud Sexual y
Reproductiva como la posibilidad del ser humano de tener relaciones sexuales
gratificantes y enriquecedoras, sin coerción y sin temor de infección ni de embarazo no
deseado. La Plataforma de Acción de Beijing, el mismo año, refiere que es un estado
general de bienestar físico, mental y social y no de mera ausencia de enfermedades; en
todos los aspectos relacionados al sistema reproductivo y a sus funciones y procesos.
Implica la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria, sin riesgo de procrear,
y la libertad de elegir entre querer hacerlo o no.
El Dr. Burak resalta la "necesidad del reconocimiento político-social de la existencia del
grupo adolescente-juvenil con características propias y necesidades específicas". Plantea
cuán necesario es que se priorice el reconocimiento de los/as adolescentes y jóvenes
como sujetos de derecho (y no sólo objetos); y, en consecuencia, potenciales agentes de
desarrollo (y no sólo de problemas). Este autor destaca las grandes potencialidades
creadoras que caracterizan a este grupo poblacional. Como otros autores/as, también
recalca la diversidad existente dentro del grupo adolescente-juvenil y destaca que
"dentro de esas diferencias debemos atender a las de género, de clase y de raza,
fundamentalmente".
Las miradas adultocéntricas que prevalecen en los ámbitos institucionales en donde
los/as jóvenes se desenvuelven se caracterizan por instalar que estos/as "no son
responsables", "no son capaces", limitando y cercenando la posibilidad, a este grupo
generacional, de desarrollar y de explotar su capacidad creadora y transformadora. De la
misma manera, se restringe su derecho a participar activamente de las decisiones que les
incumben. La sociedad contemporánea se ha encargado de estigmatizar a los y las
jóvenes, instalando una mirada peyorativa y criminalizadora de esta franja etaria. Sobre
todo, esta criminalización ha ido ligada a la pertenencia de clase y a los orígenes
étnicos: la idea de delincuencia y la imagen del "pibe-chorro"4 está asociada a un
subgrupo determinado dentro del grupo de los/as adolescentes.
Los medios masivos de comunicación se han encargado bastante bien de instalar este
imaginario en torno a la identidad juvenil, reforzando las concepciones hegemónicas:
"los jóvenes son drogadictos, irrespetuosos, se embarazan irresponsablemente." 5, por
mencionar sólo algunas de las ideas que suelen reproducirse.
Es muy común escuchar sentencias que afirman que "los jóvenes han perdido todos los
valores"6. Lo cierto es que la apreciación de los valores, siguiendo al Dr. Burak, está
signada por las diferentes perspectivas históricas; y esas miradas de seguro tendrán
diferentes ópticas en jóvenes y en adultos/as.

IV. La interseccionalidad como clave para nuestro análisis: conceptos de


género, de clase, de raza y de sexualidad.

Cuando se nombra/se piensa/se juzga desde un lugar de poder, se considera universal,


apto y necesario para el conjunto del grupo humano que estamos estudiando/nombrando
todo aquello que —según términos de la escritora y docente feminista Francesca
Gargallo— "es experimentado, vivido y pensado" desde un lugar específico.
Para pensar en términos genuinos el empoderamiento de las jóvenes en situación de
maternidad es necesario despojarse de los universalismos que silencian, oprimen,
invisibilizan, acallan.
Los estudios poscoloniales, tales como los producidos por Aníbal Quijano, Walter
Mignolo y, particularmente, las feministas descoloniales —a saber: Karina Bidaseca,
Francesca Gargallo, Yuderkys Espinosa Miñoso, Breny Mendoza, Rita Segato, María
Lugones, Gloria Anzaldúa, Suelí Carneiro, bell hooks, entre muchas otras— hacen un
importante aporte en este sentido.

4 Entrecomillado y cursiva de la autora.


5 Ídem.
6 Ídem.
Nuestro continente tiene como experiencia común al Colonialismo, que ha instaurado la
idea de raza para reorganizar la división social del trabajo en el nuevo modo de
producción. En Nuestra América, es sobre la historia colonial y sobre la racialización de
las relaciones sociales y de producción donde se erige la división clasista surgida de la
contradicción capital-trabajo. Si se niega esa particularidad, se está analizando de forma
sesgada la realidad de los cuerpos que habitan este suelo.
Particularmente, interesa para este trabajo denunciar cómo ese entramado social instaló
el racismo desde el que se construyó la idea de supremacía de “razas” 7 desde una
perspectiva biologicista. Así, la iglesia católica, y otras instituciones hegemónicas,
colaboraron en perpetuar las nociones despectivas para con los pueblos originarios y la
población afro.
Lo cierto es que el racismo fue, y sigue siendo, funcional al saqueo de las riquezas de
Nuestra América y a la violencia ejercida sobre los/as habitantes del continente. Parte de
la herencia de esa experiencia de colonización se ha constituido como la colonialidad
del poder y del saber. Esa colonialidad ha permitido calar en las subjetividades, y por
tanto enraizarse y prolongarse en el tiempo hasta nuestros días.
Nuestras teorías, incluso las que pretendemos emancipadoras, muchas veces parten de
esa colonialidad. He aquí donde reparamos en la necesidad de revisar estas
particularidades. La intrínseca colonialidad de los espacios de poder-saber desde los que
se construyen las políticas públicas de las y los adolescentes —entre otras— no
reconoce la diversidad cultural y étnica. No reconoce las diferentes pertenencias de
clase. No reconoce las diferentes sexualidades e identidades de género; experiencias,
todas estas, que determinan la existencia de las personas. No reparar en estas
particularidades es no reparar en su historia y, por lo tanto, las planificaciones y los
lineamientos de trabajo que sólo son proyectadas por la visión de quienes se encuentran
en un lugar de poder y de privilegios, se vuelven opresoras.
Esta línea de pensamiento permite analizar las opresiones que se conjugan en términos
geopolíticos, es decir, cuando las relaciones de poder reproducen miradas etnocéntricas.
Pero al mismo tiempo, se busca reflexionar en torno a las diferentes relaciones de poder
que entrecruzan las relaciones sociales en este sistema político-cultural-económico. Es

7 Se prefirió utilizar en este trabajo la categoría de “raza” en lugar de la de etnicidad, coincidiendo con la
antropóloga Verena Stolcke cuando afirma que el reemplazo de “etnicidad” por “raza” es parte de la
teoría liberal que intenta neutralizar la existencia del racismo: “Está demostrado que las ‘razas’ no existen
en un sentido biológico estricto en la especie humana. (…) Si la ‘raza’ no es un hecho biológico sino una
construcción social, el ‘racismo’ no puede ser deducido de ella como fenómeno natural. Y de modo
inverso, si no prevalece una ideología racista, la noción de ‘raza’ carece de cualquier sentido”.
así que deriva de ello la imposibilidad de no pensar en términos de clase, de raza, de
nación, de sexualidad, de edad, etc., cuando abordamos alguna problemática social.
Quienes construyen las miradas sobre los y las jóvenes lo hacen desde un lugar de poder
—hablamos de adultos/as, generalmente profesionales, respaldados/as por alguna
institución educativa o de salud—, su discurso y sus prácticas prefiguran parámetros de
normalidad que se universalizan invisibilizando las realidades particulares. Así es que
encontramos prácticas y discursos que se presentan como “salvacionistas” para con
jóvenes en situación de vulnerabilidad, que no hacen más que reproducir opresiones al
invisibilizar las “identidades contextuadas” de estos/as jóvenes. Con identidades
contextuadas se hace referencia a la necesidad de pensar que las identidades se
construyen en un contexto político, económico, social y cultural determinado.
La activista Manuela Alvarado López, de origen k’ich’é y que reside en Guatemala,
afirmó en el marco del Foro Internacional sobre Participación Política de Mujeres
Indígenas de las Américas, realizado en México en mayo de 2012, que "quienes llegan a
una comunidad a decir cómo hay que comportarse, pero no se dejan cuestionar y no son
capaces de recibir enseñanzas, producen que sus propuestas ya no sean alternativas a
considerar sino nuevas prácticas de opresión".
Teniendo en cuenta esta caracterización, utilizaremos el concepto de colonización en un
sentido amplio, entendiendo por el término cualquier acción que produzca la imposición
de prácticas y de concepciones en desmedro de otras, aferrándose a un argumento de
superioridad de las primeras, las cuales sólo lo son en la medida que quienes las
promueven se encuentran en un lugar de poder.
La retórica salvacionista, de la que hablábamos para con las adolescentes, se construye a
partir de la intersección del hetero-sexismo, del racismo y de la explotación de clase.
En términos de la poeta y ensayista feminista Adrienne Rich, el hetero-sexismo refiere a
un sistema que promueve la Heterosexualidad Obligatoria, para lo que la construye
como Institución Política que no sólo comprende a la heterosexualidad como norma,
sino que además nos educa y forma como heterosexuales. Con ello se puede afirmar que
la heterosexualidad, en este contexto, se constituye en un régimen político que atraviesa
a la mayoría de las relaciones y cuestiona la idea de entenderla como una mera práctica,
orientación u opción sexual. Es también la lesbiana feminista francesa Monique Wittig
quien describe de manera muy perspicaz cómo la heterosexualidad es una construcción
política con claras implicancias materiales.
Al decir de la filósofa feminista María Lugones, existen diversas versiones sobre cómo
interpretar la interseccionalidad:
La intersección muestra la ausencia (…) pero la construcción de
las categorías asume que aquellos que son dominantes en
términos de poder social agotan la categoría, encubriendo las
relaciones de poder intracategoriales. Los subordinados dentro
de la categoría no tienen la capacidad de darle sentido. Las
categorías dominantes homogéneas, monádicas, impermeables
funcionan como organizadores de lo social pero no están
relacionadas inductivamente o por abstracción de relaciones
sociales sino que las constituyen, son una producción social.
Ausentan lo complejo de las relaciones sociales y las relaciones
de poder que constituyen esa complejidad. Nuevamente, la
reducción es inter e intra categorial. La simplicidad fragmenta
lo social en átomos separados y los constituye en términos de
los que ocupan la posición dominante en ese fragmento:
mujeres blancas burguesas heterosexuales en la simplificación,
fragmentación, reducción, que constituye la categoría mujer.
Hombres no blancos en las simplificaciones y fragmentaciones
que constituyen a “indígena”, “negro”, “chicano”, “chino”,
“blanco” y otras varias categorías raciales que constituyen la
clasificación social introducida en la organización de la
producción con el sistema global de poder capitalista.

Esto es lo que sucede con los/as adolescentes que aquí estudiamos. Entonces, se pre-
asume que su situación de maternidad viene a truncar un proyecto de futuro
esperado/deseado. La pregunta es, esperado/deseado ¿por quién?

La Lic. María Pía Pawlowicz plantea que:

(…) el cruce de género-adolescencia-clase social es interesante


por su originalidad ya que, en el relevamiento bibliográfico,
especialmente acerca de la adolescencia, se evidencia cómo se
ha teorizado desde una visión etnocéntrica, extrapolando
categorías. Por ejemplo, se generalizan las normas y
representaciones acerca de la maternidad adolescente desde lo
instituido en los sectores medios. Sin embargo, en los sectores
populares este fenómeno tiene otra significación y otra
valoración social.

Es imprescindible despojarse de estos prejuicios de clase, de los prejuicios etarios y,


también, de los culturales para abordar las situaciones de las estudiantes y elaborar con
ellas estrategias de trabajo que faciliten su tránsito por el sistema educativo, sin que ello
implique reproducir nuevas opresiones.

En síntesis, como afirma la antropóloga Verena Stolcke: “Se trata de comprender cómo
la intersección entre la raza, la clase y el género produce experiencias comunes, pero
también diferencias en el hecho de ser mujeres y, por otra parte, por qué el género, la
clase y la raza son constitutivos de la desigualdad social".
Fundamentalmente, debe priorizarse que esas estrategias se anclen desde una
perspectiva de género —la historiadora Joan Scott sostiene que el género es un
elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que
distinguen los sexos y es una forma primaria de relaciones significantes de poder—,
teniendo en cuenta la necesidad de este enfoque para reconocer los lugares que le son
adjudicados a las mujeres en nuestra sociedad, donde el mandato de la maternidad viene
a ser un rol asignado al género femenino en la patriarcal distribución de tareas dentro de
nuestro modo de producción y dentro de nuestro marco de relaciones sociales.
En el binomio de la mujer-santa y la mujer-puta que instaura el patriarcado, el primero
está signado por la maternidad, que viene a garantizar la reproducción social y la del
sistema. Regular la reproducción de la especie humana implica regular la capacidad
reproductiva de las mujeres, represión que se ha garantizado a través de diferentes
formas de control social y sexual, donde la prostitución y la monogamia vienen a ser
dos de los mecanismos que garantizan dicho control.
En esa desigual distribución de roles y de tareas asignadas a los sexos en el sistema
patriarcal, las diferencias implican consecuencias sociales y políticas. Entre ellas, los
varones son portadores de un privilegio en el que disponen del trabajo de las mujeres,
controlan su acceso al espacio público y, también, sus capacidades reproductivas.
Asimismo, disponen de una libertad sexual mayor, pues la familia monogámica está
teñida de una doble moral en la que las mujeres deben cumplimentarla al pie de la letra,
mientras que el varón tiene permitido corromperla; por ello la prostitución es su
contracara.

Al mismo tiempo, y en la medida en que se reproducen las opresiones de género, se


reproducen otras opresiones que recaen sobre las mismas adolescentes. La mirada
adultocéntrica, sobre todo la que prevalece en las instituciones, viene cargada de un
fuerte componente de clase. En el prefacio de su obra titulada La formación de la clase
obrera en Inglaterra, el historiador Edward Thompson plantea que una clase social no
se define exclusivamente a partir de sus determinaciones “objetivas”. El autor introduce
las dimensiones de la acción y de la subjetividad. Así, la experiencia y la conciencia de
clase aparecen como las verdaderas portadoras del concepto de clase. De este modo,
establece la multicausalidad de la construcción de la categoría en cuestión, sin
abandonar la perspectiva materialista, ya que ancla su existencia en las relaciones
sociales de producción.
Sobre las jóvenes, por lo tanto, recaen los mandatos de un proyecto de vida que se
prefigura para los sectores medios. Se extrapolan de forma mecánica las expectativas
que los/as adultos/as de los sectores medios, urbanos, occidentales anticipan para los y
las jóvenes pertenecientes a su mismo ámbito social.
Propongo, entonces, como directriz de este trabajo, adentrarnos en una investigación
que, atenta a todo este entramado social, complejo por cierto, oficie como aporte para
buscar nuevos horizontes de construcción, donde las jóvenes en situación de maternidad
pasen de ser objetos de políticas públicas a ser sujetas activas en su diseño.